
Capítulo 1: El Silencio de los Buitres
El polvo del camino se aferraba a sus zapatos como un viejo recuerdo. Itzel Flores había descendido del camión de segunda clase en la parada de la carretera, a dos kilómetros de la entrada principal de la Hacienda Garza. Mientras los Mercedes y los Audis pasaban a su lado, levantando nubes de tierra que ella recibía con el rostro impasible, sentía el peso de cada uno de sus pasos sobre el asfalto agrietado. El sol de Jalisco caía a plomo, un calor seco que ondulaba sobre el pavimento y hacía brillar los campos de agave azul que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, como un mar de espadas plateadas apuntando al cielo.
Cada paso era una cuenta regresiva. Con cada metro conquistado, el murmullo de su vida anterior, la vida sencilla y anónima que tanto amaba, se desvanecía un poco más, reemplazado por la inminente cacofonía de la codicia. Llevaba el vestido de lino gris, su favorito. No por el corte o la tela, sino porque fue el que usó el día que Lorenzo la llevó a conocer el mar en Cuyutlán. “Te ves como una perla”, le había dicho él, su voz un susurro ronco contra su cabello mientras las olas se rompían a sus pies. “No de las perfectas y redondas que venden en las joyerías. Eres como una perla barroca, única, con tus propias formas. Más valiosa por ser real”.
El suéter de estambre azul pálido que colgaba de sus hombros había sido un regalo de su madre, tejido en las tardes frías de Tapalpa. Olía a hogar, a leña y a café de olla. Era su armadura, un escudo tejido con amor verdadero contra las miradas afiladas que sabía que la esperarían. Su bolso de tela, cosido por ella misma con retazos de manta y bordado con un colibrí casi imperceptible, contenía solo lo esencial: su cartera con una identificación y unos cuantos billetes, un pañuelo de algodón y las llaves de la pequeña casa en el pueblo que había sido su refugio, su nido secreto con el hombre que el mundo conocía como un titán y que ella llamaba simplemente “mi Loro”.
Al llegar al imponente portón de hierro forjado, flanqueado por dos muros de cantera que parecían haber estado allí desde la fundación del mundo, el guardia de seguridad, un hombre mayor llamado Ramiro, la miró con una mezcla de confusión y lástima. La conocía de vista; la había visto llegar y salir en el coche discreto de Lorenzo en contadas ocasiones, siempre por la entrada de servicio.
—Buenos días, señorita —dijo, quitándose el sombrero con un gesto de respeto campesino—. ¿Viene a… a la cocina? La señora Elodia está esperando ayuda extra.
Itzel le dedicó una sonrisa cansada, una que no le llegó a los ojos avellana. Esos ojos que en ese momento guardaban un océano de dolor y una tormenta de determinación.
—Buenos días, Ramiro. Vengo a la lectura del testamento. Soy una invitada.
La confusión del hombre se profundizó. Miró su atuendo, sus zapatos cubiertos por una fina capa de polvo rojizo, y luego la lista de invitados en su tabla con portapapeles. Su nombre, “Itzel Flores”, no aparecía. Por supuesto que no. El plan requería que ella fuera una nadie, una sombra.
—Discúlpeme, pero… su nombre no está aquí. La lista es muy estricta, órdenes del licenciado Montero.
—Lo sé —respondió ella con calma—. Por favor, dígale al licenciado que “la perla barroca” ha llegado. Él entenderá.
Ramiro, perplejo pero sintiendo una autoridad en la voz suave de la mujer que no podía ignorar, levantó su radio. Habló en voz baja, repitiendo la extraña frase. Unos segundos después, su expresión cambió. Asintió, abrió una pequeña puerta peatonal junto al gran portón y dijo:
—Adelante, señorita. El licenciado dice que puede pasar.
El camino de entrada era un túnel de fresnos y jacarandas. El silencio aquí era diferente, más denso. El aire se sentía más fresco, perfumado por la hierba recién cortada y la tierra húmeda. Al final del camino, la casona principal de la Hacienda Garza se reveló en todo su esplendor colonial. Cantera rosa, techos de teja roja, balcones de hierro que se asomaban como pestañas sobre ventanas enormes. Era un lugar construido para durar, un monumento al poder y al linaje.
Frente a la entrada, un ejército de camionetas de lujo y coches europeos estaban siendo estacionados por un equipo de valet parking. De ellos descendían hombres con trajes oscuros de cortes impecables y mujeres que parecían flotar en nubes de seda y gasa, sus joyas destellando bajo el sol como armas. Sus risas eran demasiado altas, sus abrazos demasiado dramáticos. Eran actores en una obra de luto, y ninguno conocía bien su papel.
Itzel se detuvo un momento, observando la escena desde la sombra de un árbol de pirul. Vio a Patricio Garza, el primo segundo de Lorenzo, bajar de un BMW con un aire de dueño. Era un hombre que había nacido en la opulencia y al que la vida fácil le había ablandado el cuerpo y el carácter. Su traje parecía un poco apretado en la cintura, y su rostro estaba permanentemente sonrojado, como si viviera en un estado constante de indignación y exceso. A su lado, su hermana Melissa, envuelta en un vestido rojo tan agresivo como su personalidad, saludaba a otros recién llegados con besos al aire para no estropear su meticuloso maquillaje.
Vio a Carla Evans, la sobrina veinteañera, más interesada en encontrar el ángulo perfecto para una selfie que en el motivo de la reunión. Su teléfono era una extensión de su mano. Ya la imaginaba pensando en el caption: “Aquí, despidiendo al tío Lolo. #FamilyFirst #Legacy”. Qué farsa.
El corazón de Itzel se apretó. Recordó las palabras de Lorenzo, una noche mientras miraban las estrellas desde el patio de su casita. “Son como buitres, mi amor. Pacientes. Siempre esperando. Me sonríen, me abrazan, me llaman ‘familia’, pero sé que en sus mentes ya están midiendo mi ataúd y repartiéndose mis huesos. Por eso necesito hacer esto. Necesito saber si hay uno, solo uno, que valga la pena”.
“Es cruel, Loro”, le había respondido ella, acariciando su rostro. “Es cruel para ti y es cruel para ellos”.
“La verdad a veces lo es, Itzel. Pero el engaño es peor. Y yo he vivido rodeado de él toda mi vida. Contigo… contigo por fin respiro aire puro. Quiero dejar mi mundo en manos del único aire puro que he conocido”.
Respiró hondo, el aroma de las buganvillas trepando por los muros llenando sus pulmones. Era hora. Enderezó la espalda, ajustó la correa de su bolso y caminó hacia la entrada principal.
Al cruzar el umbral de las enormes puertas de madera tallada, el mundo exterior desapareció. El aire dentro del gran salón era espeso y olía a lo que Lorenzo solía llamar “el perfume del cautiverio”: una mezcla abrumadora de cera para pisos de roble, cuero de libros antiguos, tabaco de puro y el aroma casi fúnebre de los nardos, cuyas flores blancas y cerosas se desbordaban de enormes jarrones de plata.
El ruido era un murmullo constante, un zumbido de abejas en una colmena de lujo. Cuarenta y dos personas, le había dicho Lorenzo. Familiares, socios, asesores, viejos amigos que eran más bien viejos parásitos. Todos estaban allí, vestidos de un luto que no sentían, sus rostros máscaras de una tristeza ensayada. Copas de champán circulaban en bandejas de plata, un brindis silencioso por la muerte que les prometía vida.
Nadie la notó al principio. Era invisible en su sencillez, una mancha gris en un lienzo de negros, grises y joyas deslumbrantes. Se deslizó por el borde de la habitación, sus zapatos bajos no hacían ruido en el frío mármol de Saltillo. Encontró un rincón junto a un alto ventanal con vista a los jardines traseros, un lugar donde podía observar sin ser el centro de atención.
Desde allí, el espectáculo era aún más grotesco. Vio a Gerardo Hernández, un exsocio de Lorenzo, pontificando en un círculo de hombres de negocios, sus gestos amplios, su voz un trueno de autoridad fingida. Su esposa, ahogada en esmeraldas, asentía a todo, su única función ser un brillante eco de su marido. Vio a la tía Lilia, una prima lejana de la madre de Lorenzo, aferrada a un rosario de perlas mientras sus ojos, pequeños y duros, juzgaban el vestido de otra invitada.
Y entonces, la invisibilidad de Itzel se rompió.
Fue Patricio Garza quien la vio primero. Estaba apoyado en una mesa de caoba, su Rolex de oro macizo captando la luz de un candelabro. Su mirada la recorrió de arriba abajo, sin disimulo, y una sonrisa de puro desdén se dibujó en su rostro. Se inclinó hacia su grupo de primos.
—Oigan —dijo, su voz con el volumen justo para ser escuchada por encima del murmullo general—. ¿Ya vieron? En serio, ¿quién demonios dejó entrar al personal de servicio?
La risa que siguió fue un sonido feo, ahogado pero cruel. Unos cuantos pares de ojos se volvieron hacia ella. Itzel sintió las miradas como pequeños alfileres en la piel. No se movió. No les dio la satisfacción de verla estremecerse. Fijó su vista en un punto vacío en la pared de enfrente, su rostro una máscara de serenidad. Su corazón, sin embargo, martilleaba contra sus costillas. Respira, Itzel. Es solo el principio. Por Loro.
A su lado, Melissa, su hermana, bebió un sorbo de champán y añadió, su voz un siseo venenoso:
—Ay, Patricio, no seas así. A lo mejor vino a sacudir el testamento antes de que lo lean. Para que no tenga polvo.
Más risas. El grupo se estaba divirtiendo. Itzel era su entretenimiento inesperado, un pequeño ratón gris en una jaula de cobras.
Al otro lado del salón, la escena no pasó desapercibida para Carla, la sobrina influencer. Le dio un codazo a su amiga Elisa, una exasistente de un director de la empresa.
—No manches, mira eso —susurró Carla, aunque el susurro de una persona acostumbrada a proyectar su voz para videos era bastante audible—. Te apuesto a que es una de esas… ¿cómo les decía mi tío? ¿Sus “proyectos de caridad”? Seguro le daba una lana al mes y la tonta cree que eso le da derecho a venir.
Elisa soltó una risita aguda.
—O una amante de pueblo de la que se aburrió. Qué oso. Mírale la bolsa, parece que trae su itacate para el camino.
Itzel sintió el calor subir a sus mejillas. El itacate. La palabra era un golpe bajo, una forma de llamarla india, provinciana, pobre. Su bolsa, que ella había bordado con tanto cariño en las noches, ahora era un objeto de burla, un símbolo de su supuesta inferioridad. Apretó la tela con sus dedos. Dentro, el forro estaba hecho con la tela de una de las viejas camisas de Lorenzo, una que olía a él. Era un secreto que le daba fuerza.
El desprecio fue instantáneo, un veredicto dictado en segundos. La juzgaron por su ropa, por sus zapatos, por su bolso. Ninguno se preguntó quién era. Ninguno vio la dignidad en su postura, la inteligencia en su mirada, el dolor de una viuda en el fondo de sus ojos. Solo vieron lo que querían ver: alguien que no pertenecía a su mundo. Alguien a quien podían pisotear para sentirse más altos.
A sus treinta y seis años, Itzel Flores poseía una belleza que no necesitaba la aprobación de nadie. Una belleza forjada en la tierra, en el trabajo honesto y en un amor profundo. Pómulos altos que hablaban de su herencia purépecha, un regalo de su abuela michoacana. Ojos color avellana que podían ver el alma de las personas. Y unos labios que habían aprendido el valor del silencio, unos labios que Lorenzo había besado mil veces, diciendo que eran su refugio.
Permaneció en su rincón, un faro de quietud en medio de la tormenta de susurros. Se convirtió en el centro secreto de la habitación. La gente fingía hablar de otras cosas, pero sus miradas se desviaban constantemente hacia ella, la anomalía, la mujer del vestido gris.
Se sintió como un animal en un zoológico. El dolor de la humillación era agudo, un cuchillo frío en el estómago. Pero debajo del dolor, una ira helada comenzaba a formarse. La ira que Lorenzo había predicho. La ira que él le había pedido que usara como combustible.
“No dejes que te rompan, perla mía”, le había suplicado al explicarle el plan. “Van a intentar hacerlo. Van a ser crueles. Pero quiero que te mantengas firme. Quiero que seas mis ojos y mis oídos. Quiero que seas mi justicia”.
Y eso es lo que sería.
Observó a la multitud, a cada rostro sonriente y falso, y por primera vez desde que había entrado, sintió una punzada de poder. Ellos creían que la estaban juzgando. Pobres tontos. No tenían ni idea de que eran ellos, y solo ellos, los que estaban siendo puestos a prueba. La lectura del testamento no era el final de nada. Era el principio del fin para todos ellos. El telón estaba a punto de levantarse en el teatro que ella y Lorenzo habían construido. Y ella, la humilde mujer del rincón, era la directora de la obra.
Capítulo 2: El Festín de los Murmullos
La risa de Melissa, la hermana de Patricio, fue un sonido agudo y quebradizo, como el de una copa de cristal fino al estrellarse contra el mármol. El vestido rojo carmesí que llevaba parecía absorber la luz de la sala y reflejarla con una intensidad depredadora. Se deslizó junto a su hermano, su movimiento una danza de estudiada elegancia, y añadió su propia gota de veneno al pozo que ya se estaba formando alrededor de Itzel.
—Ay, Patricio, no seas así. A lo mejor vino a sacudir el testamento antes de que lo lean. Para que no tenga polvo —dijo, y su sonrisa revelaba unos dientes demasiado blancos, demasiado perfectos, como los de un tiburón.
La metáfora, aunque torpe, cumplió su cometido. El círculo de primos y allegados soltó otra oleada de risas, esta vez más abierta, más confiada. La mujer del rincón era oficialmente el chivo expiatorio del día, el objeto sobre el cual podían descargar la tensión, la ansiedad y la codicia que burbujeaban bajo la superficie de su falso luto.
Itzel sintió cómo el aire a su alrededor se enrarecía, se volvía pesado y difícil de respirar. Cada risa era una pequeña piedra lanzada contra ella. No se movió. Su abuela le había enseñado a quedarse quieta cuando se enfrentaba a un animal asustado o agresivo. “No les muestres tu miedo, mi’jita”, le decía mientras le trenzaba el cabello. “Si te quedas quieta, si tu corazón late despacio, el animal se confunde. No sabe si eres presa o roca. Y a las rocas, ni los lobos les hincan el diente”. En ese momento, Itzel era una roca.
Al otro lado del salón, Carla Evans, la sobrina de Lorenzo que medía el mundo en likes y shares, observaba la escena con los ojos brillantes de un cazador que ha encontrado una presa fácil. Su teléfono ya estaba en su mano, listo para la acción.
—No puede ser, Elisa, mira esto. Es oro puro —le susurró a su amiga, una joven de aspecto avinagrado que había sido despedida de una de las empresas de Lorenzo por filtrar información. El rencor la había convertido en la sombra perfecta para Carla—. La trajeron aquí para que yo la hiciera famosa.
Elisa soltó una risita cómplice.
—Es el colmo del mal gusto. ¿Quién viene a la lectura de un testamento multimillonario vestida como si fuera al mercado de los domingos?
—Exacto —confirmó Carla, sus dedos ya volando sobre la pantalla—. Es una falta de respeto. Y las faltas de respeto, amiga, se pagan con la moneda de nuestro tiempo: la humillación viral.
Con la destreza de una fotógrafa de guerra, Carla levantó el teléfono discretamente. Ajustó el zoom, encuadrando a Itzel contra el ventanal. La luz de fondo la convertía en una silueta, destacando la modestia de su vestido y el desgastado suéter azul. Era la imagen perfecta de la “pobreza” contrastada con la opulencia del salón que se reflejaba débilmente en el cristal. Hizo clic. El sonido fue inaudible en el bullicio, pero para Itzel, fue como el disparo de un arma.
—La tengo —dijo Carla con una sonrisa triunfante—. Ahora, el texto. Tiene que ser filoso. Algo que la gente comparta sin pensar.
Elisa se inclinó para ver la pantalla.
—¿Qué tal algo como: “En el velorio de mi tío, hasta las de la limpieza quieren heredar”?
—No, no, muy simple —descartó Carla—. Necesita mi toque, mi marca personal. Irónico, un poco clasista pero disfrazado de observación social. Ya sé.
Sus pulgares se movieron con una velocidad hipnótica.
Caption: Aquí, en la lectura del testamento del tío Lorenzo Garza (Q.E.P.D.), presenciando un fascinante estudio sociológico. Cuando la herencia es de miles de millones, hasta los casos de caridad más insospechados salen de la madera. Supongo que cree que el look “vintage de tianguis” le da derecho a un pedazo del pastel. Acompáñenme a ver esta triste historia. #GarzaLegacy #Cazafortunas #QuéOso #NoTienenLlenadera
—Perfecto —dijo Elisa con admiración—. La llamas “caso de caridad”, así parece que Lorenzo era un santo y ella una aprovechada. Genial.
—Y el hashtag #NoTienenLlenadera es la cereza del pastel —concluyó Carla, presionando “Publicar” con un gesto final y dramático—. Ahora, a ver la magia.
Itzel, desde su rincón, no necesitaba ver el teléfono para saber lo que estaba pasando. Podía sentirlo. Podía ver la sonrisa torcida de Carla, la forma en que los ojos del grupo a su alrededor brillaban con malicia mientras sus propios teléfonos empezaban a vibrar y a sonar con notificaciones. Los vio inclinarse unos sobre otros, mostrando las pantallas, las risas convirtiéndose en un zumbido cruel que se extendía por la sala.
“Te van a querer convertir en un espectáculo, Itzel”, le había advertido Lorenzo. “Van a usar sus armas. Y sus armas ya no son solo palabras al aire. Son permanentes, digitales. Van a querer definirte ante el mundo antes de que puedas decir una palabra”.
Ella apretó la correa de su bolso. El bordado del colibrí se hundió en la palma de su mano. Recordó el día que lo terminó. Estaba sentada en el pequeño patio de su casa, el sol de la tarde filtrándose a través de las hojas de un bugambilia. Lorenzo estaba a su lado, leyendo un libro de poesía de Sabines, pero en realidad la miraba a ella.
—¿Por qué un colibrí? —le preguntó.
—Porque son guerreros —respondió ella sin levantar la vista de su costura—. Parecen frágiles, pero su corazón late más rápido que el de cualquier otra criatura. Viajan miles de kilómetros. Luchan por su territorio. Y traen alegría. Son mensajeros.
Lorenzo le había quitado la aguja de la mano y había besado sus dedos.
—Tú eres mi colibrí. Mi guerrera.
La vibración de un teléfono cercano la devolvió al presente. Una mujer con un collar de perlas, la tía Lilia, miró su pantalla y ahogó un grito de falsa indignación.
—¡Ay, por Dios bendito! Miren lo que publicó la niña Carla. ¡Qué atrevimiento el de esta mujer!
El círculo de buitres se cerró un poco más. Los teléfonos salieron de los bolsillos y los bolsos. El sonido de los “me gusta” y los “compartir” era casi audible, un chasquido digital de aprobación. Itzel vio sus rostros iluminados por el brillo azul de las pantallas, sus expresiones una mezcla de burla y superioridad.
Carla, disfrutando de su momento, leyó en voz alta algunos de los comentarios que ya inundaban su publicación.
—”¡No puedo con el descaro! ¡Etiqueten a Ventaneando!”, dice @LaChismosaVIP. “Amiga, ¡qué valiente por exponerla! Seguro es una trepadora”, escribe @MirreyDePolanco. ¡Ay, este es mi favorito! De @JusticieroAnonimo: “Esa bolsa seguro es robada”.
La risa general se hizo más fuerte, más cruel. La humillación ya no era solo contenida en esa sala; se había desbordado al mundo digital, donde miles de extraños ahora la juzgaban, la insultaban, la convertían en un meme, en un objeto de desprecio sin rostro y sin historia.
Fue entonces cuando Elisa, la amiga de Carla, decidió dar su propio golpe. Se acercó unos pasos a Itzel, su rostro una máscara de falsa compasión.
—Pobrecita —dijo en un tono lo suficientemente alto para que todos la oyeran—. Ni siquiera sabe que ya es un meme. Debe ser horrible no entender el mundo en el que vives.
El golpe fue preciso, diseñado para herirla en su inteligencia, para pintarla como una ignorante, una reliquia de otro tiempo. Itzel levantó la vista y sus ojos avellana se encontraron con los de Elisa por un instante. En esa fracción de segundo, Elisa vio algo que no esperaba: no vio miedo, ni vergüenza, ni tristeza. Vio una calma profunda, una claridad que la descolocó por completo. Fue como mirar el fondo de un pozo muy hondo. Incómoda, Elisa retrocedió, su sonrisa flaqueando.
El silencio de Itzel era su escudo, pero también su arma. Los desconcertaba. Esperaban lágrimas, gritos, una salida humillante. No les daba nada. Y su falta de reacción los enfurecía, los obligaba a escalar su crueldad.
Gerardo Hernández, el exinversionista corpulento y de voz estentórea, se unió a la fiesta. Le murmuró a su esposa, la mujer de las esmeraldas, pero su murmullo era como el de un actor de teatro, proyectado para toda la sala.
—Lorenzo siempre andaba recogiendo perros callejeros. Tenía un corazón demasiado blando. Pero esta ya es el colmo. No tiene nada que hacer aquí. Es un insulto a su memoria.
Su esposa, ajustándose uno de sus pesados aretes de esmeraldas, recorrió a Itzel con la mirada de un entomólogo examinando un insecto peculiar.
—Qué falta de clase —sentenció, su voz un susurro de escenario—. Está avergonzando a la familia solo con estar parada ahí. Es una mancha en el cuadro.
Cada palabra era un eco de las advertencias de Lorenzo. “Van a hablar de clase, Itzel. Ellos, que no tienen ni una pizca. Para ellos, la clase no es cómo tratas a los demás, es la marca de tu ropa. Es la lección más triste y vacía que aprenden”.
Un primo más joven y con ínfulas de galán, Tadeo, que vestía un ridículo saco de terciopelo azul en pleno día, quiso su parte del protagonismo. Con una sonrisa socarrona, se dirigió a Itzel directamente.
—Oye, bonita —gritó desde el otro lado de la sala, atrayendo la atención de todos—. La cocina está por allá, por si te perdiste.
Señaló hacia una puerta lateral con un gesto de la cabeza. Un par de sus amigos le dieron palmadas en la espalda, riendo de su “ingenio”. La habían relegado oficialmente a la servidumbre.
La tía Lilia, la de las perlas, chasqueó la lengua con desaprobación, aunque era evidente que disfrutaba del espectáculo.
—¡Por favor! ¿Nadie va a hacer nada? Alguien debería acompañarla a la salida antes de que llegue el licenciado Montero. Es una falta de respeto a la memoria de Lorenzo. ¡Qué vergüenza!
La palabra “respeto” en sus labios era una blasfemia. Itzel pensó en las innumerables veces que había escuchado a Lorenzo quejarse de cómo su “respetable” tía Lilia lo llamaba solo para pedirle dinero o para que le consiguiera un puesto a alguno de sus inútiles hijos.
El crescendo de la crueldad llegó con Melissa.
Decidió que los ataques a distancia no eran suficientes. Con la determinación de un torero entrando a matar, comenzó a cruzar el salón en dirección a Itzel. El murmullo de la sala disminuyó, reemplazado por un silencio expectante. Todos los ojos estaban puestos en ella. El sonido de sus tacones de aguja sobre el mármol era nítido y rítmico, como una cuenta regresiva hacia una ejecución.
Itzel la vio venir. Vio el balanceo de sus caderas, la determinación en su rostro maquillado, el brillo de superioridad en sus ojos. Se preparó. Respiró hondo, llenando sus pulmones. Soy una roca.
Melissa se detuvo a escasos centímetros de ella. Era más alta que Itzel, y el efecto se magnificaba por sus tacones. La invadió con su perfume, una fragancia cara y abrumadora que olía a químicos y a flores artificiales. Era el opuesto exacto del aroma a tierra mojada y a hierbabuena que Itzel amaba.
—Estás en el lugar equivocado, querida —dijo Melissa, su voz ahora un susurro íntimo y amenazador, pero lo suficientemente audible para el círculo de espectadores más cercano.
Y entonces, hizo algo que cruzó la línea de la crueldad verbal a la agresión física. Levantó la mano, sus uñas pintadas de un rojo sangre, y con un gesto de infinito desdén, tocó el suéter de Itzel. No fue una caricia, fue un toque despectivo, como si estuviera apartando una telaraña o tocando algo sucio. Sus uñas se rasparon ligeramente contra el estambre.
—Esto no es un comedor comunitario —siseó—. ¿Por qué no te vas antes de que te avergüences todavía más?
Ese toque. Ese simple, arrogante toque. Fue una violación. El suéter, tejido por su madre, un objeto imbuido de amor y protección, había sido profanado por el desprecio de esa mujer. Por un instante, la roca casi se quiebra. La ira, pura y helada, subió por la garganta de Itzel como bilis. El impulso de abofetear esa sonrisa satisfecha de su rostro fue casi abrumador. Sus manos, todavía aferradas a su bolso, se convirtieron en puños.
Pero entonces, por encima del hombro de Melissa, vio su salvación. Su ancla. Su cómplice silencioso.
En la esquina superior de la pared, una pequeña cúpula negra. Y en el centro de la cúpula, un diminuto punto de luz roja que parpadeaba con una regularidad metronómica.
La cámara de seguridad.
La cámara que no estaba conectada al sistema general de la hacienda. La cámara que transmitía a un servidor privado, a un enlace encriptado al que solo dos personas en el mundo tenían acceso.
Una era ella. El otro, el hombre que todos en esa sala creían muerto.
Al ver la luz roja, la ira de Itzel no desapareció, pero se transformó. Se transmutó de un calor inútil a un acero frío y afilado. Te estoy viendo, Loro, pensó. Y sé que tú también me estás viendo a mí.
No se movió. No retrocedió ante la invasión de Melissa. Simplemente la miró a los ojos, y por primera vez desde que había entrado, dejó que una fracción de lo que sentía se reflejara en su mirada. No era miedo. Era un desafío. Un desafío tan profundo y silencioso que Melissa, por un segundo, pareció desconcertada.
El momento se alargó, tenso e incómodo. La multitud observaba, hambrienta de un clímax. Un primo cercano murmuró, audible en el silencio: “Qué descaro el de quedarse”. Y la aprobación tácita de la sala a la agresión de Melissa fue palpable. Su silencio era su complicidad.
Itzel Flores estaba sola, rodeada de lobos. Pero la manada no sabía que ella no era la oveja. Era la pastora. Y el verdadero lobo estaba observando desde la distancia, esperando la señal para entrar en escena. El parpadeo de la luz roja era una promesa. Justicia.