¡LA HUMILLARON POR SER “LA HIJA DE LA LIMPIEZA”, PERO UNA FRASE EN COREANO LE CAMBIÓ LA VIDA Y DEJÓ A TODOS LOS EMPRESARIOS EN SHOCK!

CAPÍTULO 1: EL INFIERNO EN TACONES DE GOMA

El reloj en la pared de la cocina marcaba las 9:45 de la noche, pero para Ximena, el tiempo se había detenido hacía horas en una especie de bucle eterno de órdenes, gritos y el olor penetrante a grasa quemada y perfumes caros. Estaba en “Le Prestige”, uno de esos restaurantes en el corazón de Polanco donde una botella de agua costaba lo mismo que el salario diario de un obrero y donde los clientes no pedían comida, exigían experiencias.

—¡Ximena! ¿Te quedaste dormida o estás esperando que los platos le salgan patas y caminen solos a la mesa 4? —El grito de Rogelio, el gerente, taladró el aire.

Rogelio era un tipo bajito, con complejo de Napoleón y un traje que le quedaba dos tallas más chico, probablemente para intentar verse “fit”, aunque solo lograba verse como un tamal mal amarrado. Tenía ese bigotito delineado que gritaba “soy el jefe y te odio”, y disfrutaba cada segundo de su miserable poder.

—Ya voy, don Rogelio. Estaba esperando que el chef terminara de montar el rib-eye —respondió Ximena, tragándose las ganas de decirle que si tanta prisa tenía, se pusiera el mandil él mismo. Pero no podía. No con la cuenta del hospital respirándole en la nuca como un animal hambriento.

Agarró la charola. Pesaba. Pesaba como el demonio. Llevaba tres cortes de carne importada, dos botellas de vino tinto que valían más que los muebles de su casa en Iztapalapa, y una guarnición de espárragos trufados. Sus muñecas temblaron levemente, no por debilidad, sino por el agotamiento acumulado de un turno doble. Llevaba de pie desde las diez de la mañana. Sus pies, embutidos en esos zapatos negros reglamentarios “antiderrapantes” que había comprado en oferta en el tianguis de Santa Cruz Meyehualco, sentían como si estuvieran pisando carbones encendidos. Cada paso era un recordatorio punzante de su realidad.

Salió de la cocina empujando la puerta abatible con la cadera. El cambio de ambiente fue brutal. Atrás quedaba el calor sofocante, los gritos de los cocineros mentando madres porque se les quemaba la cebolla, y el ruido de sartenes chocando. Adelante, en el salón, todo era aire acondicionado gélido, jazz suave de fondo y el murmullo de gente que nunca había tenido que preocuparse por si les alcanzaba para el pasaje del Metro.

Avanzó entre las mesas sorteando obstáculos. Había que tener cuidado con las bolsas Louis Vuitton que las señoras dejaban en el suelo como si fueran trampas para osos, y con los pies estirados de los empresarios que, después de tres tequilas, creían que eran dueños del lugar.

Llegó a la mesa 4. Un grupo de “mirreyes” cuarentones, con las camisas desabotonadas hasta la mitad del pecho y relojes del tamaño de un plato.

—Aquí tienen, caballeros. Rib-eye término medio y el Cabernet que pidieron —dijo Ximena, forzando esa sonrisa de “estoy feliz de servirle” que ya le dolía en la mandíbula.

—Oye, reina, te tardaste un chingo, ¿no? —dijo uno de ellos, un tipo con cara de colorado que ya tenía los ojos vidriosos—. Ya se me estaba bajando la peda.

—Una disculpa, señor. La cocina está un poco saturada esta noche —respondió ella, sirviendo el vino con técnica perfecta, sin derramar una sola gota, girando la botella al final para cortar el flujo. Mano firme. Pulso de cirujano. Ojalá tuviera dinero para pagarle a un cirujano de verdad para su madre.

—Ya, ya, no te excuses. Mejor sírveme más, ándale. Y sonríe, que te ves muy seria, muñeca. Con esa carita deberías estar más alegre —insistió el tipo, chasqueando los dedos cerca de la cara de Ximena como si llamara a un perro.

Ximena sintió el calor subirle por el cuello. Era esa mezcla tóxica de vergüenza y furia que conocía tan bien. Quería estrellarle la botella en la cabeza. Quería gritarle que mientras él se gastaba diez mil pesos en una cena, ella estaba contando las monedas para comprarle Losartán a su mamá. Pero respiró hondo. Inhala. Exhala. Piensa en la medicina. Piensa en el cuarto del hospital.

—Provecho —dijo secamente y se retiró.

Regresó a la “estación de servicio”, un rincón oscuro cerca de los baños donde los meseros podían respirar dos segundos sin ser vistos. Se recargó en la pared fría y sacó su celular disimuladamente. Tenía la pantalla estrellada, pero funcionaba. Abrió la aplicación del banco.

Saldo: $345.50 MXN.

Un nudo se le formó en la garganta. Faltaban tres días para la quincena. Las propinas de hoy habían sido miserables; la mesa de los mirreyes seguramente dejaría el 10% exacto, o menos, alegando mal servicio porque la carne tardó cinco minutos más.

—¿Qué onda, Xime? ¿Todo bien? —era Beto, el garrotero. Un chavo de dieciocho años que vivía en Ecatepec y que siempre andaba con una sonrisa chimuela.
—No, Beto. Todo de la chingada. Mi jefa se puso mala anoche otra vez. Tosía sangre.
—No manches… ¿Y qué te dijo el doctor?
—Que necesita la operación ya. Que el corazón no le aguanta más tiempo así. Dice que es como una bomba de tiempo. Si no consigo los doscientos mil varos para los insumos y la cirugía, se me va a ir, Beto. Se me va a morir.

Beto bajó la mirada, limpiando un vaso con un trapo.
—Chale… ojalá pudiera prestarte, pero ya sabes, mi hermana salió embarazada y…
—No, güey, no te preocupes. Yo veo cómo le hago. Siempre veo cómo le hago.

En ese momento, Rogelio apareció de la nada, materializándose como un mal espíritu.
—¡Menos plática y más acción! ¡Parecen viejas chismosas en lavadero! Ximena, vete a la zona VIP. Me acaban de avisar que viene una reservación importante.
—¿VIP? Pero esa no es mi zona, le toca a Karla —replicó Ximena. Karla era la favorita de Rogelio, una chica que no sabía diferenciar un tenedor de ensalada de uno de carne, pero que tenía la “ventaja” de reírse de todos los chistes estúpidos del gerente y usar la falda un poco más corta de lo reglamentario.
—Karla se sintió mal. Le dio “la pálida” o qué sé yo, se fue a vomitar al baño. Así que te toca. Y escúchame bien, Ximena… —Rogelio se acercó, invadiendo su espacio personal, apestando a loción barata y café rancio—. Esta gente no son cualquier pelagatos. Son asiáticos. Inversionistas. Vienen con el dueño de Grupo Valladares. Quiero un servicio impecable. Nada de tus jetas de niña de barrio. Si me haces quedar mal, te juro que te vas a la calle sin liquidación. ¿Entendiste?

—Sí, señor. Entendí.

Ximena se acomodó el mandil y se dirigió a la zona VIP, un salón privado separado del resto por puertas de cristal esmerilado. Mientras caminaba, su mente divagaba. Rogelio pensaba que la insultaba diciéndole “niña de barrio”, pero no tenía idea. El barrio te enseña cosas que en Polanco no se aprenden. El barrio te enseña a leer a la gente. Te enseña a aguantar el dolor. Y, en el caso de Ximena, el barrio le había dado un hambre voraz de aprender, de salir adelante.

Lo que Rogelio y nadie en ese restaurante sabía, era lo que Ximena hacía en sus trayectos de dos horas en el Metro y la combi. Mientras todos iban dormidos, con la baba escurriendo en el hombro del vecino, o escuchando reggaetón a todo volumen sin audífonos, Ximena iba con sus libros y sus audios.

Había empezado con inglés, lo dominó en dos años. Luego francés. Pero hace tres años, algo hizo clic en su cerebro. Había visto un drama coreano en el celular de una prima y quedó fascinada. No por los actores guapos, sino por el idioma. Sonaba lógico, estructurado, pero a la vez emocional.

Empezó a estudiar coreano obsesivamente. Descargaba PDFs piratas, usaba aplicaciones gratuitas, repetía frases en voz alta mientras trapeaba su casa. “Annyeonghaseyo”. “Juseyo”. “Gamsahamnida”. Sus vecinos pensaban que estaba loca o que le estaba rezando al diablo en lenguas muertas. Su mamá, Doña Licha, solo la miraba con ternura y le decía: “Aprende, mija. El saber no pesa, lo que pesa es la ignorancia”.

Ahora, Ximena hablaba coreano con una fluidez que asustaría a cualquiera. Entendía los matices, los niveles de formalidad, incluso algo de jerga callejera de Seúl. Pero, ¿de qué le servía eso ahí? ¿De qué le servía saber decir “La flor de cerezo cae a 5 centímetros por segundo” si tenía que servirle tequila a un grupo de empresarios borrachos?

Llegó a la sala VIP. Estaba helada. La mesa de caoba estaba puesta para siete personas. Copas de cristal Riedel, cubiertos de plata. Todo brillaba. Ximena revisó que no hubiera ni una sola huella digital en las copas. Rogelio la observaba desde la puerta como un halcón.

—Ahí vienen —susurró el gerente, poniéndose firme y metiendo la panza.

La puerta se abrió y entró el grupo. Ximena se hizo a un lado, bajando la cabeza en señal de respeto, volviéndose invisible, como le habían enseñado. El buen mesero no se ve, se siente, decía el manual.

Primero entraron cuatro mexicanos. Tipos corpulentos, de esos que huelen a dinero viejo y corrupción. El líder era inconfundible: Don Augusto Valladares, un magnate de la tecnología en México. Un hombre de unos sesenta años, canoso, con una presencia que llenaba la habitación. Se veía preocupado, tenso.

Y luego entraron ellos. Tres hombres asiáticos. Coreanos. Ximena lo supo al instante por la ropa. Los trajes eran de corte perfecto, minimalistas, sin arrugas. Sus rostros eran inexpresivos, máscaras de porcelana.

Please, sit down, gentlemen —dijo Valladares en un inglés tropezado, señalando las sillas.

Ximena sintió un escalofrío. Estaba a punto de presenciar una negociación de alto nivel. Su corazón latía rápido. No por miedo a servir mal, sino porque, por primera vez en su vida, iba a escuchar su idioma secreto hablado en vivo, por nativos, frente a ella.

Se acercó a la mesa para ofrecer agua.
—¿Agua natural o mineral, caballeros? —preguntó suavemente.

Uno de los coreanos, el más joven, la miró. Fue una mirada de medio segundo, pero fue suficiente para que Ximena se sintiera escaneada. Él no vio a una persona; vio un instrumento. Vio una “sirvienta”. Apartó la mirada con indiferencia y siguió hablando con sus compañeros.

Ximena sintió el golpe en el orgullo, pero se lo tragó. Soy invisible, se repitió. Solo soy la que trae el agua.

Empezó el servicio. Entradas de escamoles y tostadas de atún. El ambiente estaba tenso. Había un traductor, un chico mexicano llamado Kevin, que sudaba a chorros. Se notaba que Kevin había aprendido coreano en un instituto y tenía las certificaciones, pero le faltaba la calle, la velocidad.

Los coreanos hablaban rápido, cortante.
Kevin traducía: —El señor Kim dice que… eh… le gusta mucho el restaurante.
Ximena, que estaba sirviendo vino por la derecha del Señor Kim, casi soltó la botella. El Señor Kim no había dicho eso. El Señor Kim había dicho: “Este lugar es pretencioso y la comida huele demasiado a grasa, pero sonriamos para que firmen rápido”.

Ximena parpadeó. Cálmate, se dijo. Tú no escuchaste nada. Tú solo sirves vino.

La cena avanzó. Valladares y su equipo intentaban impresionar a los inversionistas. Hablaban de sinergias, de futuro, de expansión en Latinoamérica. Los coreanos asentían, sonreían levemente, brindaban.

Pero Ximena, con su oído entrenado durante años de soledad y audífonos baratos, empezó a captar algo más.

Cada vez que Valladares se reía o se distraía cortando su carne, los coreanos intercambiaban frases rápidas, susurros venenosos que pasaban por debajo del radar del pobre traductor Kevin, que estaba demasiado ocupado tratando de recordar cómo se decía “infraestructura logística”.

Esos tontos no leyeron la cláusula de exclusividad —murmuró el hombre a la izquierda de Kim, mientras se limpiaba la comisura de los labios con la servilleta de lino.

Déjalos —respondió Kim en voz baja, sin dejar de sonreírle a Valladares—. Creen que están comprando tecnología, pero están comprando su propia quiebra. Para cuando se den cuenta, ya habremos liquidado los activos.

Ximena sintió que el suelo se movía. Se quedó paralizada un microsegundo con la jarra de agua en el aire.
¿Qué?
Su mente procesó la información a mil por hora. Estaban hablando de una estafa. Una estafa masiva. Valladares, ese hombre poderoso que tenía enfrente, estaba a punto de ser destruido. Y no solo él. Si la empresa de Valladares quebraba, ¿cuánta gente perdería su trabajo? Miles. Familias enteras que, como la suya, dependían de un sueldo para comer, para pagar medicinas.

—¿Todo bien, niña? —le susurró Rogelio, apareciendo a su lado y pellizcándole el brazo discretamente—. Te veo pasmada. ¡Muévete!

El dolor del pellizco la trajo a la realidad.
—Sí, señor. Todo bien.

Regresó a la cocina, temblando.
—¿Qué tienes, güera? Pareces fantasma —le dijo el chef, un gordo bonachón que siempre le guardaba un taco de lo que sobraba.
—Nada, Chef. Es el cansancio.

Se recargó en la barra de acero inoxidable. Su respiración era agitada. Tenía un dilema moral del tamaño del Estadio Azteca.
Si hablaba, la despedían. Rogelio no dudaría ni un segundo. La echarían por “impertinente”, por meterse donde no la llaman, por espiar a los clientes. Perdería el dinero para su mamá. Perdería la única fuente de ingresos que tenía.

Pero si callaba… esos hombres destruirían todo. Y había algo más. Algo que ardía dentro de Ximena. Era la rabia de años de ser ignorada, de ser tratada como mobiliario, de que pensaran que por ser mesera, por ser morena, por ser pobre, era estúpida.
Esos coreanos la miraban con el mismo desprecio con el que la miraban los niños ricos en la primaria. Con la misma superioridad con la que el gerente la trataba.
Pensaban que estaban seguros en su burbuja de idioma extranjero. Creían que nadie en ese “país tercermundista”, y mucho menos la chica que les servía el agua, tenía la capacidad intelectual para entender su plan maestro.

Volvió a entrar al salón VIP. Valladares estaba levantando su copa.
—Por una alianza próspera entre México y Corea —dijo Valladares, radiante de felicidad ignorante.
Geonbae (Salud) —dijeron los coreanos, con una burla escondida en sus ojos.

El traductor sacó los contratos. Eran carpetas gruesas de piel.
—Aquí están los documentos finales, listos para firma —dijo el abogado de Valladares.

El Señor Kim sacó una pluma Montblanc dorada. La destapó con elegancia.
Este es el momento —dijo Kim a su colega en coreano, casi inaudible—. Firma y vamonos. Ya no aguanto el olor de este lugar.

Ximena sintió una descarga eléctrica en la columna vertebral. Miró a Valladares, a punto de firmar su sentencia de muerte. Miró a Rogelio, que la vigilaba desde la esquina. Miró sus zapatos viejos. Pensó en su mamá tosiendo en la cama.

“El miedo no paga las cuentas, Ximena. Pero la dignidad no tiene precio.”

Apretó la charola contra su pecho. Sus manos sudaban. Dio un paso al frente, rompiendo el protocolo, rompiendo la invisibilidad, rompiendo con su destino de ser “solo la mesera”.

Era ahora o nunca.

 

CAPÍTULO 2: LA HIJA DE LA INTENDENTE

El tiempo en la sala VIP de “Le Prestige” parecía haberse congelado en una fotografía grotesca. El señor Valladares sostenía la pluma en el aire, una sonrisa ingenua dibujada en su rostro cansado. El señor Kim, el líder de los inversionistas coreanos, mantenía esa expresión de esfinge, aunque en sus ojos bailaba un brillo de triunfo malicioso.

Ximena, parada a escasos metros con la charola apretada contra el pecho como si fuera un escudo, sentía que el aire acondicionado le calaba hasta los huesos, pero no era frío lo que sentía. Era el eco de un recuerdo. El desprecio en la voz del coreano al llamar “idiotas” a los mexicanos había activado un detonador en su memoria. Ese tono de superioridad, esa certeza de que el otro no vale nada, la transportó de golpe a quince años atrás.

De repente, ya no estaba en Polanco. El olor a vino caro y perfume de diseñador desapareció. En su lugar, su nariz se llenó del aroma penetrante, químico y barato del limpiador “Fabuloso” de lavanda y el cloro a granel.


Iztapalapa, 15 años atrás.

El sol pegaba a plomo en el patio de cemento de la Escuela Primaria “Héroes de la Revolución”. Era la hora del recreo y el ruido era ensordecedor: gritos, balones botando, risas y la campana de la señora que vendía congeladas de rompope a través de la reja.

Ximena tenía ocho años, las rodillas raspadas y unas trenzas que su mamá le había peinado con mucho gel a las cinco de la mañana, antes de que saliera el sol. Estaba sentada sola en una jardinera, sacando su almuerzo de una bolsa de plástico del supermercado “Bodega Aurrera”.

No tenía lonchera de Barbie ni de las Chicas Superpoderosas como las otras niñas. Su almuerzo era una torta de frijoles con huevo, envuelta en una servilleta de papel que ya se había pegado al pan por la humedad.

—¡Miren! ¡Ahí está la Ximena! —gritó una voz chillona. Era Vanessa, la niña más popular del 3º B, que siempre traía moños nuevos y dinero para comprar papas en la cooperativa.

Ximena se encogió, tratando de hacerse bolita. Odiaba esa hora. Odiaba ser visible.

—Oye, Ximena —Vanessa se acercó con su séquito de amigas—, se le cayó el jugo a mi amiga en el baño. Ve a decirle a tu mamá que vaya a limpiar, ¿no? Para eso le pagan.

Las risas estallaron alrededor. Eran risas crueles, de esas que solo los niños saben soltar porque aún no entienden que las palabras rompen huesos más rápido que las piedras.

Doña Licha, la mamá de Ximena, era la intendente de la escuela. Todos los días, Ximena la veía empujando el carrito gris con las cubetas, el trapeador y las bolsas negras de basura. La veía sudar bajo su uniforme azul marino, ese que le quedaba un poco grande. La veía agacharse a recoger los envases de Frutsi que los otros niños tiraban al suelo con descaro, justo enfrente de ella.

—Mi mamá está ocupada —murmuró Ximena, sin levantar la vista de su torta deshecha.

—Ay, sí, ocupada. Ocupada oliendo a caño —se burló Carlos, un niño robusto que siempre la empujaba en la fila—. Hueles igual que ella, Ximena. Hueles a trapeador sucio.

Esa frase fue el golpe final. Ximena sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, calientes y traicioneras. Dejó la torta en la jardinera y salió corriendo hacia los baños del fondo, los que casi nadie usaba porque decían que ahí se aparecía “la niña del baño”. Pero a Ximena no le daban miedo los fantasmas; le daban miedo los vivos.

Se encerró en el último cubículo y se sentó sobre la tapa del inodoro, abrazando sus piernas, llorando en silencio para que nadie la oyera.

Unos minutos después, escuchó el sonido inconfundible de unas llaves tintineando y el rechinido de las ruedas de una cubeta. Luego, unos toquidos suaves en la puerta del cubículo.

—¿Mija? ¿Estás ahí, mi cielo?

Era la voz de su mamá. Ximena abrió la puerta y se lanzó a sus brazos, enterrando la cara en el delantal de poliéster. Sí, olía a cloro. Sí, olía a sudor. Pero para Ximena, ese era el olor del amor más puro del mundo.

—¿Qué pasó, mi niña? ¿Te hicieron algo esos escuincles? —preguntó Doña Licha, acariciándole el pelo con sus manos ásperas. Manos que estaban rojas, agrietadas por el agua fría y los químicos, con las uñas cortas y limpias, pero desgastadas.

—Me dijeron que hueles feo, mamá. Que yo huelo feo. Que somos unas chachas —sollozó Ximena—. Ya no quiero venir a la escuela. Ya no quiero que trabajes aquí. Vámonos, mamá.

Doña Licha se arrodilló en el piso húmedo del baño, sin importarle ensuciarse las rodillas, para quedar a la altura de su hija. Le levantó la cara con suavidad y la miró a los ojos. Tenía los ojos cansados, con ojeras profundas, pero brillaban con una dignidad feroz.

—Escúchame bien, Ximena Guadalupe. Levanta la cabeza. Nunca, nunca la bajes ante nadie.

Licha sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y le limpió los mocos a su hija.

—Mira mis manos, hija —dijo Licha, extendiendo sus palmas abiertas—. ¿Las ves? Están feas, ¿verdad? Están rasposas.

Ximena asintió levemente.

—Estas manos se parten el lomo todos los días tallando excusados y recogiendo basura. ¿Y sabes por qué? Para que tú nunca tengas que hacerlo. No es vergüenza trabajar, mija. Vergüenza es robar. Vergüenza es humillar a alguien que te sirve. Ellos se ríen porque tienen miedo, porque no saben lo que es ganarse el pan. Pero tú… tú vas a ser grande, Ximena.

Licha le dio un beso en la frente, un beso sonoro y tronado.

—Tú vas a estudiar. Vas a aprender cosas que ellos ni se imaginan. Y un día, cuando tú seas la licenciada, o la doctora, o lo que quieras ser, ellos se van a acordar de la hija de la intendente y se van a tragar sus palabras. Yo limpio mugre del piso, sí. Pero mi conciencia está limpia. Y tu futuro va a brillar tanto que les va a arder los ojos. ¿Me oíste?

—Sí, mamá —susurró Ximena.

—Ándale pues. Lávate esa carita, cómete tu torta y regresa al salón con la frente en alto. Que nadie te vea llorar. Las reinas no lloran frente a los plebeyos.


La Adolescencia: El Descubrimiento del Código Secreto

Esa promesa se convirtió en el motor de la vida de Ximena. Creció con una disciplina militar. Mientras sus compañeras de la secundaria en la colonia se iban de pinta al parque o se embarazaban a los dieciséis, Ximena estaba en la biblioteca pública o en el cibercafé de la esquina, donde el dueño, Don Pancho, la dejaba estar horas por solo diez pesos si le ayudaba a barrer al final.

Fue ahí, en una computadora vieja con Windows XP y un teclado al que le faltaba la letra “Ñ”, donde Ximena descubrió su superpoder.

No eran las matemáticas, aunque era buena. No era la historia. Eran los idiomas.

Tenía un oído musical. Podía imitar acentos a la perfección. Aprendió inglés viendo películas subtituladas y escuchando canciones de los Beatles que bajaba ilegalmente en Ares. Aprendió francés con un curso en PDF que encontró en un foro olvidado. Pero el inglés y el francés eran comunes. Todo el mundo quería aprenderlos.

Ximena quería algo solo suyo. Un muro. Un código secreto.

Una tarde lluviosa, navegando en YouTube, el algoritmo le sugirió un video: el episodio uno de un drama coreano llamado “Sonata de Invierno”. Por curiosidad, le dio play.

Quedó hipnotizada. No por la trama romántica, sino por los sonidos. El idioma coreano le sonó como una melodía compleja. Tenía una estructura lógica, respetuosa, con niveles de formalidad que le recordaban a la estricta educación que le daba su madre (“háblale de usted a los mayores”), pero elevada a la décima potencia.

Empezó a obsesionarse.

—¿Qué tanto balbuceas, Ximena? —le preguntaba su mamá mientras cenaban frijoles refritos en la pequeña cocina de su departamento de interés social.

—Es coreano, amá.

—¿Coreano? ¿Y eso con qué se come? —se reía Doña Licha, aunque la miraba con orgullo—. Ay, mi hija, tú siempre con tus cosas raras. Pero si te gusta, dale. Que nadie te diga que no puedes.

Aprender coreano en Iztapalapa sin dinero era una misión imposible, pero Ximena la hizo posible. Descargó aplicaciones gratuitas. Se unió a grupos de intercambio de idiomas en Facebook donde hablaba con gente de Seúl que quería aprender español. Se desvelaba hasta las tres de la mañana, con los ojos rojos frente a la pantalla de su celular estrellado, repitiendo: “Annyeonghaseyo, jeoneun Ximena imnida” (Hola, soy Ximena).

Sus compañeros de la prepa se burlaban.

—Pinche Ximena, se cree muy “k-poper”. ¿Crees que un coreano te va a hacer caso? Mírate al espejo, prieta. Esos güeyes son racistas.

Pero a Ximena no le importaba. El coreano era su refugio. Cuando hablaba ese idioma, no era la hija pobre de la intendente. Era alguien sofisticada, inteligente, capaz de comunicarse con el otro lado del mundo. Era su armadura.


El Derrumbe

Todo iba según el plan. Ximena entró a la universidad pública, a la carrera de Lenguas Modernas. Era la mejor de su clase. Doña Licha, que ya se había jubilado con una pensión miserable que apenas alcanzaba para el gas, lloró el día que Ximena trajo su credencial universitaria.

—Lo logramos, mija. Lo logramos.

Pero la vida, en su infinita crueldad, tenía otros planes.

Empezó con una tos. Una tos seca que Doña Licha trataba de esconder. “Es el frío, mija”, decía. Luego vino la fatiga. Licha, la mujer que cargaba cubetas de veinte litros como si fueran plumas, ahora tenía que sentarse a la mitad del camino al mercado porque le faltaba el aire.

Ximena la obligó a ir al médico del seguro social. Las citas tardaban meses. Le daban paracetamol y jarabe para la tos.

Una noche, Ximena despertó con un sonido aterrador. Su madre se estaba ahogando. Sus labios estaban azules.

La carrera al hospital de urgencias fue un borrón de luces de ambulancia y miedo puro.

El diagnóstico cayó como una sentencia de muerte: Insuficiencia cardíaca congestiva valvular severa. El corazón de Doña Licha, ese corazón enorme que había amado y protegido a Ximena contra todo, estaba fallando. Estaba cansado de latir tan fuerte.

—Necesita un reemplazo valvular urgente, y un dispositivo de asistencia ventricular —dijo el cardiólogo, un hombre joven y ojeroso en el hospital público—. Aquí… aquí no tenemos los insumos, señorita. La lista de espera nacional es de años. Ella no tiene años. Tiene meses. Tal vez semanas.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó Ximena, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies.

—Si la lleva a un privado, o si consigue comprar los insumos por fuera… pero estamos hablando de mucho dinero. La cirugía, la terapia intensiva… Doscientos, trescientos mil pesos. Mínimo.

Ximena miró a su madre en la camilla, conectada a monitores que pitaban rítmicamente. Licha se veía tan pequeña, tan frágil.

—No te preocupes por el dinero, mamá —le susurró Ximena, tomándole la mano—. Yo lo consigo.

—No, mija… tu escuela… no dejes la escuela…

—La escuela puede esperar. Tú no.


La Mesera Invisible

Así fue como Ximena terminó en “Le Prestige”. Dejó la universidad temporalmente. Necesitaba dinero rápido, y las becas de estudiante no servían para pagar cirujanos. Un amigo le dijo que en los restaurantes de lujo de Polanco las propinas eran buenas si aguantabas la friega.

Y Ximena aguantaba. Vaya que aguantaba.

Pero el costo era alto. No solo físico, sino emocional. En “Le Prestige”, Ximena volvió a ser la hija de la intendente. Volvió a ser invisible.

Para los clientes, ella no tenía nombre. Era “señorita”, “oye tú”, o simplemente un chasquido de dedos. Para Rogelio, el gerente, era mano de obra barata y un saco de boxeo para sus frustraciones.

—¿Otra vez con tus libritos chinos, Ximena? —le decía Rogelio cuando la encontraba repasando vocabulario en sus cinco minutos de descanso—. Ponte a limpiar las copas. Aquí no te pagamos para que sueñes.

Sus compañeros tampoco entendían.

—Ya supéralo, Ximena —le decía Karla, mientras se retocaba el labial—. Tu mamá ya está grande. Así es la vida. Disfruta tu juventud, vente de fiesta con nosotros.

Pero Ximena no podía ir de fiesta. Cada peso que ganaba iba a una lata de galletas escondida bajo su cama. Cada propina era una pastilla más para su mamá, un día más de oxígeno.

Se sentía sola. Terriblemente sola. Su mundo se había reducido a dos lugares: el cuarto de hospital donde su madre se marchitaba lentamente, y el restaurante donde ella vendía su dignidad por monedas.

Hasta esta noche.


El Regreso al Presente

De vuelta en la sala VIP. El flashback se disipó, pero la rabia quedó.

Ximena miró al señor Kim. Lo vio impecable, arrogante, seguro de su impunidad. Vio cómo miraba a los mexicanos: como a niños tontos a los que se les puede quitar el dulce.

Era la misma mirada de Vanessa en la primaria. La misma mirada de Carlos. La misma mirada de todos los que habían humillado a su madre por limpiar sus porquerías.

“Ellos creen que porque no hablamos su idioma, somos tontos”, pensó Ximena. “Creen que porque servimos su comida, no tenemos cerebro.”

El señor Kim sonrió y levantó su copa de vino.
Geonbae. A los negocios fáciles —dijo en coreano, sabiendo que el traductor oficial estaba distraído.

Esa frase. “Negocios fáciles”. Estaban llamando “fácil” a destruir el patrimonio de cientos de familias mexicanas.

El corazón de Ximena empezó a latir con una fuerza que le dolía en el pecho. Recordó las manos de su madre. Esas manos agrietadas por el cloro. Recordó a su mamá tosiendo sangre la noche anterior, diciéndole que no se preocupara, que Dios proveería.

Dios no va a bajar a detener a estos tipos, pensó Ximena. Pero yo estoy aquí.

Miró a Valladares. Era un tipo rico, sí. Probablemente nunca había pisado Iztapalapa. Pero era mexicano. Y en su empresa trabajaba gente normal, gente como su madre, gente que limpiaba pisos y servía café. Si esa empresa quebraba, los primeros en caer serían los de abajo.

El miedo le cerró la garganta. Si hablaba, Rogelio la despediría al instante. Perdería el dinero de la operación. Su madre podría morir por su culpa.

“Nunca bajes la cabeza, Ximena”, resonó la voz de Licha en su cabeza. “Vergüenza es robar. Vergüenza es callar ante la injusticia.”

Ximena apretó los dientes. Sus manos dejaron de temblar. Una calma fría, peligrosa, se apoderó de ella.

Rogelio, desde la esquina, le hizo señas frenéticas para que rellenara las copas de agua. Ximena asintió. Caminó hacia la mesa. Sus pasos eran firmes. Los tacones de goma resonaban en la alfombra cara.

Llegó al lado del Señor Kim. El hombre ni siquiera la volteó a ver. Estaba demasiado ocupado riéndose internamente de su propia astucia.

Ximena tomó la jarra de agua. Sirvió el vaso del coreano con precisión milimétrica. Luego, se enderezó. No se retiró. Se quedó parada allí, rompiendo la regla de oro del servicio invisible.

El señor Kim frunció el ceño, notando por fin su presencia estática. Levantó la vista, molesto.
¿Qué quieres? Vete —le dijo en inglés, con un gesto de la mano como si espantara una mosca.

Ximena lo miró directamente a los ojos. Esos ojos oscuros y profundos que habían leído mil subtítulos, que habían memorizado miles de caracteres bajo la luz de una pantalla rota.

Inhaló profundo. El aire olía a decisión.

Abrió la boca y, por primera vez en su vida, dejó que su secreto saliera a la luz, no como un susurro vergonzoso, sino como un grito de guerra.

Estaba a punto de soltar la frase que cambiaría todo. La frase por la que había estudiado noches enteras mientras su madre dormía. La frase que valía más que todas las propinas del mundo.

El silencio antes de la tormenta llenó la habitación.


CAPÍTULO 3: LA BOMBA EN LA MESA VIP

El silencio en la sala VIP de “Le Prestige” dejó de ser una ausencia de ruido para convertirse en algo físico, denso y pesado, como el aire antes de un temblor. Ximena sentía su propio pulso martilleando en sus sienes, un tambor de guerra que solo ella podía escuchar.

El Señor Kim la miraba con impaciencia, con esa expresión de quien espanta a un mosquito molesto. Para él, Ximena era parte del mobiliario, un objeto parlante que servía agua y debía desaparecer.

Ximena apretó la jarra de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Recordó las humillaciones, el cansancio, las manos de su madre. Recordó la frase que el coreano acababa de soltar con tanta arrogancia: “Negocios fáciles con idiotas”.

Inhaló profundamente. El olor a carne asada y vino caro llenó sus pulmones. Exhaló miedo y se quedó solo con la determinación.

Abrió la boca y, con una pronunciación que había perfeccionado durante miles de horas en la soledad de su cuarto en Iztapalapa, soltó la bomba.

Sajang-nim, dangsin-eun i saramdeul-i babo-rago saeng-gakh-amnikka? (Señor Presidente, ¿usted piensa que estas personas son idiotas?)

La frase salió limpia, cortante, con la entonación perfecta de una nativa de Seúl, usando el honorífico correcto pero con un tono de acusación que helaba la sangre.

El efecto fue inmediato y devastador.

El Señor Kim dio un respingo tan violento que su codo golpeó la copa de vino tinto que tenía enfrente. La copa se volcó en cámara lenta, derramando el líquido oscuro sobre el mantel blanco impoluto, extendiéndose como una mancha de sangre arterial. Nadie se movió para limpiarlo.

Los otros dos coreanos se quedaron con la boca abierta, literalmente. Sus máscaras de indiferencia se hicieron pedazos. Se miraron entre ellos, aterrorizados, como si la estatua de la esquina hubiera cobrado vida y les hubiera gritado.

Don Augusto Valladares, que estaba a punto de firmar el documento, detuvo la pluma a milímetros del papel. No había entendido las palabras, pero había entendido el tono. Y, sobre todo, había visto la reacción de los asiáticos. El pánico no necesita traducción.

—¿Qué… qué dijiste? —balbuceó Valladares, mirando a Ximena como si acabara de verla levitar.

Ximena no miró a Valladares. Mantuvo sus ojos fijos en los del Señor Kim, sosteniendo la mirada con una ferocidad que no correspondía a una mesera de veintiún años.

Geu geyag-eun sa-gi-imnida. Dangsin-eun geudeul-ui gishu-reul humchi-go isseumnida —continuó Ximena en coreano, implacable—. (Ese contrato es una estafa. Usted les está robando su tecnología).

El Señor Kim se puso de pie de un salto, tirando su silla hacia atrás con un estruendo que resonó en toda la sala. Su cara, antes pálida y compuesta, ahora estaba roja de ira y vergüenza.

—¡Tú! ¡Calla! —gritó Kim en un inglés roto, perdiendo toda compostura—. ¡Tú ser sirvienta! ¡Tú no saber nada! ¡Loca! ¡Mujer loca!

Se giró hacia Valladares, agitando las manos frenéticamente.
Mister Valladares, this woman crazy. Ella borracha. ¡Sáquela! ¡Nosotros irnos si ella no irse!

La amenaza era clara. Pero Valladares era un tiburón de los negocios. Había sobrevivido a devaluaciones, a crisis políticas y a la competencia desleal. Tenía un instinto para el peligro, y en ese momento, todas sus alarmas internas estaban sonando a todo volumen.

Valladares dejó la pluma sobre la mesa con un clic suave pero definitivo. Se recargó en su silla, cruzó los brazos y miró a Ximena. Por primera vez en la noche, la vio. Realmente la vio. Ya no era la chica del agua. Era una variable desconocida en su ecuación.

—A ver, niña —dijo Valladares, con voz grave y controlada—. Repíteme lo que dijiste. Pero en español. Y más te vale que sea cierto, porque estás interrumpiendo un negocio de cincuenta millones de dólares.

El corazón de Ximena quería salirse por su boca, pero su voz no tembló.

—Señor Valladares —dijo ella, girándose hacia él—. Estos hombres no son inversionistas. Son liquidadores.

—¿De qué hablas?

—Llevo toda la noche escuchando lo que dicen entre ellos cuando usted se distrae o cuando el traductor no está poniendo atención —Ximena señaló con la cabeza a Kevin, el traductor oficial, que estaba pálido y sudando frío, pareciendo querer fundirse con la pared.

—Ellos han estado burlándose de ustedes toda la cena —continuó Ximena, ganando confianza con cada palabra—. Hace cinco minutos, el Señor Kim le dijo a su socio que ustedes eran unos “idiotas” por no leer la letra pequeña. Dijo textualmente: “En cuanto firmen la cláusula 4, la patente será nuestra y su empresa quebrará en seis meses. Se quedarán sin nada y ni siquiera podrán demandarnos por la jurisdicción internacional”.

La sala se quedó en un silencio sepulcral. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado y el goteo del vino cayendo al suelo.

Valladares se puso pálido. Giró la cabeza lentamente hacia su abogado, el Licenciado Montero, un hombre calvo que estaba revisando el contrato con manos temblorosas.

—Montero… —gruñó Valladares—. La cláusula 4. Léela. Ahora.

—Pero señor, ya la revisamos, es estándar, habla sobre la transferencia de derechos de uso y… —balbuceó el abogado.

—¡Léela, carajo! —rugió Valladares, dando un golpe en la mesa que hizo saltar los cubiertos.

El abogado abrió la carpeta frenéticamente, buscando la página. Ajustó sus lentes. Leyó en silencio por unos segundos. De repente, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Gotas de sudor perlaron su frente.

—Santo cielo… —susurró Montero.

—¿Qué? ¡Habla!

—Señor… aquí, en el anexo técnico, referencia a la subsección B… —la voz del abogado era un hilo—. Dice que al firmar, cedemos la propiedad intelectual total a la entidad matriz en Corea en caso de “reestructuración administrativa”. Y… y la cláusula 5 define “reestructuración” como cualquier cambio en la mesa directiva. Ellos… ellos planeaban comprar una acción mañana, entrar a la mesa directiva, declarar reestructuración y quedarse con todo. Legalmente.

Valladares sintió que la sangre se le iba a los pies. Era una trampa maestra. Una jugada de ajedrez corporativo diseñada para despojarlo de la empresa que había construido durante treinta años. Y había estado a dos segundos de firmar.

Lentamente, Valladares levantó la vista del contrato y miró al Señor Kim. La mirada del mexicano ya no era de socio. Era de asesino.

—¿Es cierto? —preguntó Valladares, con una voz tan baja y peligrosa que daba más miedo que sus gritos.

El Señor Kim sabía que el juego había terminado. En Corea, el concepto de “pérdida de rostro” (Chemyon) es vital. Ser descubierto en una mentira tan descarada, y por una “sirvienta”, era la humillación máxima.

Kim no respondió. Simplemente chasqueó la lengua con disgusto, recogió su maletín de cuero y le ladró una orden a sus subordinados en coreano.

Kaja! Yeogi sigan nangbiya! (¡Vámonos! ¡Aquí es una pérdida de tiempo!)

Sin una palabra de disculpa, sin mirar a nadie, los tres coreanos salieron de la sala VIP como una exhalación, empujando la puerta con furia.

La sala quedó en shock. Los mexicanos se miraban entre sí, procesando que acababan de salvarse de la ruina total por un pelo de rana calva.

Y en medio de todo eso, estaba Ximena. Con su uniforme negro, su mandil sucio de vino y su charola vacía.

Entonces, la puerta se abrió de golpe otra vez.

Entró Rogelio. El gerente.

Rogelio venía rojo, casi morado. Había visto salir a los coreanos furiosos y había asumido lo peor. Su mente pequeña y servil solo procesaba una cosa: La mesera la regó. Los clientes se fueron. Mi bono se esfumó.

—¡Ximena! —gritó Rogelio, entrando como toro en cristalería, sin notar el ambiente denso de la sala—. ¿Qué hiciste, infeliz? ¡Vi a los señores irse furiosos! ¡Les tiraste el vino encima, verdad! ¡Eres una inútil! ¡Te dije que no sirves para nada!

Rogelio se abalanzó sobre Ximena, agarrándola del brazo con violencia.
—¡Estás despedida! ¡Lárgate ahora mismo! ¡Y no creas que te voy a pagar la semana! ¡Te voy a descontar la cuenta de esta mesa de tu finiquito! ¡Seguridad! ¡Saquen a esta gata de aquí!

Ximena se encogió, el viejo miedo regresando por un instante. La fuerza del hábito de ser sumisa, de agachar la cabeza.

Pero entonces, una mano pesada y firme cayó sobre el hombro de Rogelio. Una mano con un reloj de oro macizo.

—Suéltala —dijo Valladares.

Rogelio se congeló. Se giró lentamente y vio la cara de su cliente más importante. Pensó que Valladares iba a unirse al linchamiento.

—Señor Valladares, mil disculpas, de verdad, no sé qué hizo esta niña, es nueva, es… es de barrio, ya sabe, no tiene educación, ahorita mismo la saco a patadas y…

—Dije que la sueltes, imbécil —repitió Valladares, esta vez con veneno.

Rogelio soltó el brazo de Ximena como si quemara. Retrocedió dos pasos, confundido.
—¿Perdón, señor?

Valladares se arregló el saco del traje. Caminó hasta quedar frente a Rogelio. Lo miró de arriba abajo con un desprecio absoluto, el desprecio de un león hacia una hiena.

—Esta “niña”, como la llamas, tiene más educación en la punta del dedo meñique que tú en toda tu miserable vida. Esta “gata” acaba de salvar mi empresa. Acaba de salvar mi patrimonio. Y acaba de demostrar que es la persona más inteligente en este edificio.

Rogelio boqueó como pez fuera del agua.
—P-pero… ella es la mesera…

—Y tú eres un idiota —cortó Valladares—. Tráeme una silla. Una silla para ella. Ahora.

—¿Cómo dice?

—¡Que le traigas una silla a la señorita, carajo! —gritó Valladares.

Rogelio, temblando, corrió a jalar una de las sillas de caoba y la puso detrás de Ximena.

—Siéntate, por favor —le dijo Valladares a Ximena, su tono cambiando radicalmente a una suavidad paternal.

Ximena dudó. Miró la silla. Miró a Rogelio, que parecía a punto de desmayarse. Miró sus zapatos viejos. Y se sentó. Se sentó en la mesa de los patrones.

Valladares se sentó frente a ella. El resto de su equipo (el abogado, el financiero, el traductor inútil) se quedaron de pie, respetuosos.

—¿Cómo te llamas, hija? —preguntó Valladares.

—Ximena… Ximena López, señor.

—Ximena. Tienes un nombre bonito. Dime, ¿dónde aprendiste coreano así? Porque mi traductor aquí presente —señaló con desdén a Kevin— tiene un título de la UNAM y no se enteró de que me estaban robando la cartera en su cara.

Ximena se frotó las manos sobre el mandil.
—Estudio por mi cuenta, señor. En internet. Y en la universidad, estudio Lenguas, pero tuve que dejarla… temporalmente.

—¿Por qué la dejaste?

—Por dinero. Mi mamá… mi mamá está muy enferma. Necesita una operación del corazón. Es muy cara. El seguro no cubre los insumos a tiempo. Por eso trabajo aquí. Por las propinas.

Hubo un silencio. Valladares asintió lentamente, como si las piezas del rompecabezas encajaran. Miró las manos de Ximena, maltratadas por el trabajo. Miró sus ojeras. Vio el hambre, no de comida, sino de vida.

—¿Cuánto cuesta la operación?

Ximena tragó saliva. Decir la cifra en voz alta siempre le daba vértigo.
—Doscientos mil pesos, señor. Mínimo. Más la recuperación.

Valladares no parpadeó. Sacó una chequera de su saco interior. No era una chequera personal, era la corporativa. Sacó una pluma. No la Montblanc que casi usa para firmar su ruina, sino una sencilla Bic que le pidió prestada a su abogado.

Empezó a escribir. Rasgaba el papel con fuerza.
Arrancó el cheque y lo deslizó sobre la mesa hacia Ximena.

Ximena lo tomó con dedos temblorosos. Miró la cifra.
Casi se cae de la silla.

$500,000.00 M.N. (Quinientos mil pesos 00/100 M.N.)

—Señor… esto es… esto es demasiado. Yo no puedo aceptar esto. Yo solo hice lo correcto.

—No es un regalo, Ximena —dijo Valladares, serio—. Es un pago. Acabas de darme una consultoría de emergencia que me ahorró cincuenta millones de dólares. En el mundo real, los consultores cobran caro. Ese es tu honorario. Tómalo. Opera a tu mamá. Sálvala.

Ximena sintió que las lágrimas, esas que había contenido durante meses, rompían la presa. Empezó a llorar ahí mismo, frente a los millonarios, frente al gerente que la odiaba. Lloraba de alivio, de un cansancio infinito que por fin se soltaba.

—Gracias… gracias… —sollozaba.

—Y una cosa más —dijo Valladares, levantándose—. Mañana, cuando termines con lo de tu mamá, quiero que vayas a mis oficinas en Santa Fe. Pregunta por mí. No vas a volver a servir mesas en tu vida, Ximena. Necesito gente leal y lista. Y tú eres las dos cosas. Tienes trabajo. De verdad. Con seguro, con prestaciones, con un sueldo digno.

Valladares se giró hacia Rogelio, que estaba pegado a la pared intentando hacerse invisible.

—Y tú —le dijo al gerente—. Si me entero de que le tocas un pelo, o que le niegas su liquidación, o que hablas mal de ella… voy a comprar este restaurante solo para despedirte y luego lo voy a convertir en un estacionamiento. ¿Entendiste?

—S-sí, señor Valladares. Clarísimo.

—Vámonos —dijo Valladares a su equipo.

El grupo salió, dejando a Ximena sentada en la silla de terciopelo, con medio millón de pesos en la mano y la vida cambiada para siempre.


La Salida Triunfal

Ximena se quedó sentada unos minutos más, respirando. El cheque se sentía caliente en su mano. Era real. No era un sueño. Su mamá iba a vivir.

Se levantó. Sus piernas ya no le dolían. El cansancio había desaparecido, reemplazado por una adrenalina pura y eléctrica.

Se quitó el mandil. Ese mandil sucio, testigo de tantas humillaciones. Lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la mesa, justo donde había estado el contrato fraudulento.

Caminó hacia la cocina.
Entró y todos se callaron. El chisme ya había corrido como pólvora. El lavaplatos, el cocinero, Beto el garrotero… todos la miraban con ojos desorbitados. Habían escuchado los gritos, habían visto salir a los coreanos. Sabían que algo enorme había pasado.

—¿Es cierto, Xime? —preguntó Beto—. ¿Es cierto que hablaste en chino y corriste a los clientes?

Ximena sonrió. Una sonrisa verdadera, que le iluminó la cara.
—Coreano, Beto. Hablé en coreano. Y no los corrí. Solo dije la verdad.

Fue hacia su casillero. Sacó su mochila desgastada, sus libros, su suéter. Cerró la puertecita de metal.
Rogelio estaba en la puerta de la oficina, mirándola con una mezcla de odio y terror. No se atrevió a decirle nada. Sabía que Valladares cumplía sus amenazas.

Ximena caminó hacia la salida de servicio. Pero se detuvo. Giró y caminó hacia la puerta principal.
—¡Oye! ¡Por ahí no pueden salir los empleados! —chilló Rogelio por costumbre.

Ximena no se detuvo. Empujó la puerta de cristal giratoria. Sintió el aire fresco de la noche de Polanco en su cara.
—Ya no soy empleada, Rogelio —dijo sin voltear—. Soy consultora.

Salió a la calle Masaryk. Las luces de las tiendas de lujo brillaban. Los coches pasaban rápidos.
Ximena sacó su celular. Marcó el número del hospital.

—¿Bueno? ¿Doctor? Soy Ximena López… Sí, la hija de Doña Licha… Doctor, prepare el quirófano. Sí. Tengo el dinero. Lo tengo todo. Voy para allá.

Colgó el teléfono y corrió. Corrió hacia el metro, apretando el cheque contra su pecho. Corría no de algo, sino hacia algo. Hacia la vida. Hacia el futuro.

Mientras bajaba las escaleras del metro Auditorio, entre el olor a tacos de canasta y el ruido de la ciudad monstruosa, Ximena se rió. Una risa carcajeada, loca, liberadora.
La gente la miraba raro.
“Ahí va una loca”, pensarían.

Pero ella sabía la verdad. Ahí no iba una loca. Ahí iba la hija de la intendente, la mesera invisible, la que acababa de ganar la partida más importante de su vida usando el arma más poderosa que existe: su voz.

Y esto… esto era apenas el comienzo.


CAPÍTULO 4: DE LA SALA DE URGENCIAS A LA JUNGLA DE CRISTAL

El viaje en el Metro desde Polanco hasta el hospital donde estaba internada su madre fue el trayecto más largo y a la vez más rápido de la vida de Ximena. Iba apretada en el vagón de mujeres, con la cara pegada al cristal sucio, rodeada de señoras que cargaban bolsas del mandado y estudiantes dormidas.

Su mano derecha no soltaba el bolsillo interior de su suéter. Ahí, doblado en cuatro, estaba el cheque. Quinientos mil pesos.

Cada vez que el metro se detenía en una estación y las puertas se abrían con ese sonido neumático de suspiro cansado, Ximena sentía pánico. ¿Y si me asaltan? ¿Y si se me cae? ¿Y si es un sueño y cuando lo saque es solo un papel de envoltura de chicle?

Bajó en la estación Centro Médico. Corrió por las calles oscuras, esquivando puestos de tacos que ya estaban recogiendo y perros callejeros que buscaban sobras.

Al entrar al hospital público, el olor la golpeó como una bofetada: esa mezcla inconfundible de cloro, enfermedad, sudor rancio y desesperanza. Los pasillos estaban abarrotados. Gente durmiendo en el suelo sobre cartones, familiares con caras largas esperando noticias que nunca llegaban.

Ximena se abrió paso a empujones hasta el mostrador de urgencias. La enfermera de turno, una mujer con cara de pocos amigos que estaba llenando un formulario con una lentitud exasperante, ni siquiera levantó la vista.

—Señorita, vengo a ver a Licha… a la señora Alicia López. Cama 42, pasillo C.
—Horario de visitas terminó a las 8. Venga mañana —dijo la enfermera, mordiendo la tapa de su pluma.
—No vengo de visita. Vengo a sacarla. Me la llevo.
—¿Cómo que se la lleva? No se puede llevar a un paciente así nomás, necesita el alta, y el doctor ya se fue, y…

Ximena sacó el cheque. No lo desdoblo, pero su actitud cambió. Ya no era la chica que pedía permiso. Era la chica que tenía el poder.

—Escúcheme bien. Mi madre se muere. Conseguí el dinero. Me la llevo a un privado. Ahora mismo. Así que o me ayuda a tramitar el traslado voluntario o grito tan fuerte que va a venir hasta el director del hospital en pijama.

La enfermera la miró, vio la fiebre en sus ojos, y decidió que no le pagaban lo suficiente para discutir con locas.
—Espérame tantito. Deja le hablo al residente.

La Carrera Contra la Muerte

Las siguientes tres horas fueron un torbellino burocrático. Firmar responsivas, conseguir una ambulancia privada (que cobró cinco mil pesos solo por el traslado de veinte minutos), y ver cómo subían a Doña Licha a la camilla.

Licha estaba consciente, pero apenas. Su piel tenía ese tono grisáceo que Ximena había aprendido a temer.
—Mija… ¿qué haces? No tenemos dinero para esto… déjame aquí… —susurró Licha, con la mascarilla de oxígeno empañada.
—Cállate, mamá. Ya pagué. Ya pagué todo. Tú solo aguanta. No te atrevas a dejarme sola ahora que ganamos.

Llegaron al hospital privado al sur de la ciudad. El cambio fue brutal. Pisos de mármol brillante, silencio respetuoso, olor a limpio, a flores frescas.
En la recepción, Ximena se sintió fuera de lugar con su ropa de mesera y su mochila vieja. La recepcionista la miró con duda hasta que Ximena puso el cheque y su tarjeta de débito (donde Valladares le había dicho que podía depositar si era necesario) sobre el mostrador.

—Operenla. Lo que cueste. Quiero al mejor cardiólogo que tengan despierto.

La cirugía duró seis horas.
Seis horas eternas.

Ximena se sentó en la sala de espera, que parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas. Había sillones de piel cómodos, café de grano recién hecho y revistas que no eran de hace diez años.
Pero el miedo era el mismo. El miedo no entiende de lujos.

A las 5:00 AM, el cirujano salió. Vestía pijama quirúrgica verde y gorro. Se quitó el cubrebocas.
Ximena se levantó de un salto, el corazón en la garganta.
—¿Doctor?

El médico sonrió. Una sonrisa cansada pero genuina.
—Fue complicado, Ximena. El daño valvular era extenso. Pero tu madre es una guerrera. La operación fue un éxito. Le pusimos la válvula mecánica y reparamos el tejido dañado. Está en terapia intensiva, estable. Va a vivir.

Ximena no dijo nada. Sus piernas cedieron y se dejó caer de rodillas en medio del lobby elegante. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Lloró todo el miedo, toda la angustia, toda la rabia acumulada.
—Gracias… gracias… —repetía, no sabía si al doctor, a Valladares, o a Dios.

La Metamorfosis

Pasó una semana. Doña Licha mejoraba a pasos agigantados. Ya estaba en una habitación privada, comiendo gelatina y quejándose de que la televisión por cable tenía muchos canales pero nada bueno.
—Mija, vete a descansar. Mira esas ojeras. Pareces mapache —le decía Licha.
—Estoy bien, má.
—No, no estás bien. Mañana es tu primer día en esa empresa grande, ¿no? Con el señor Valladares.
—Sí.
—Pues no puedes ir vestida así. Con mis pants viejos y esa playera. Tienes que ir como lo que eres: una licenciada. Bueno, casi licenciada. Agarra algo de ese dinero y cómprate ropa decente. Invierte en ti, Ximena.

Ximena dudó. El dinero del cheque se había reducido considerablemente con la operación y el depósito del hospital, pero aún quedaba bastante.
—Pero hay que ahorrar para tus medicinas…
—Hay para las dos cosas. Anda. Vete a una tienda departamental. Y no al tianguis, eh. Cómprate un traje sastre. Zapatos que no sean de hule.

Esa tarde, Ximena entró a una tienda departamental en Plaza Universidad. Se sentía como una intrusa. Tocaba las telas de los sacos: lana, algodón, seda. Miraba las etiquetas y le dolía el codo pagar dos mil pesos por un pantalón.
Pero se acordó de la mirada de los coreanos. De la mirada de Rogelio.
La ropa es una armadura. En el mundo corporativo, te tratan como te ven.

Salió de la tienda con dos trajes sastre (uno negro, uno azul marino), tres blusas de cuello alto y unos zapatos de tacón medio, de piel, cómodos pero elegantes. También pasó a una estética. Le cortaron las puntas maltratadas, le hicieron un tratamiento de hidratación y le peinaron el cabello lacio y brillante.

Cuando se miró en el espejo del vestidor, no se reconoció.
Ya no era la mesera. Ya no era la niña asustada.
La mujer que le devolvía la mirada tenía postura, tenía fuego en los ojos y, por primera vez, tenía esperanza.

Bienvenida a Mordor

Lunes, 7:00 AM.
Santa Fe.
Para los que no viven en la Ciudad de México, Santa Fe es un monumento a la aspiración y al caos. Un distrito financiero de rascacielos de cristal y acero construido sobre lo que antes eran basureros y minas de arena. Es impresionante y hostil. No hay banquetas para caminar, solo avenidas para coches de lujo y un tráfico que te roba el alma. Los “Godínez” (oficinistas) lo llaman “Mordor” porque llegar ahí es una odisea.

Ximena bajó del Uber frente a la Torre Valladares, un edificio imponente de cuarenta pisos que brillaba bajo el sol de la mañana. Se sintió pequeña. Una hormiga a los pies de un gigante.

Entró al lobby. Techos de triple altura, mármol por todos lados, torniquetes de seguridad que parecían de la NASA.
Se acercó a la recepción.
—Buenos días. Vengo a ver al Licenciado Augusto Valladares. Soy Ximena López.

La recepcionista, una chica rubia impecable que parecía generada por Inteligencia Artificial, la miró con escepticismo. Revisó su lista.
—¿Tiene cita? El señor Valladares no recibe sin… ah. Aquí está.
La recepcionista levantó las cejas.
—”Ximena López. Acceso VIP. Pase directo a Presidencia”.

La chica le entregó un gafete magnético.
—Piso 40. Elevador A. Bienvenida a Grupo Valladares.

El elevador subió tan rápido que se le taparon los oídos. Al abrirse las puertas en el piso 40, Ximena entró a otro mundo.
No había cubículos grises. Había espacios abiertos, obras de arte moderno en las paredes, ventanales con vista a toda la ciudad y un silencio respetuoso, solo roto por el sonido de teclados y tacones.

Una mujer de unos cincuenta años, vestida con elegancia severa, la esperaba.
—¿Tú eres Ximena? —preguntó, escaneándola de arriba abajo. No con desprecio, sino con curiosidad analítica.
—Sí, mucho gusto.
—Soy Marcela, la asistente ejecutiva del Señor Valladares. Él te está esperando. Pasa.

Entraron a la oficina de la esquina. Era enorme. Valladares estaba detrás de un escritorio que parecía la pista de aterrizaje de un avión, hablando por teléfono. Al verla, colgó inmediatamente.

—¡Ximena! Llegaste. Siéntate, por favor. ¿Cómo está tu madre?
—Mucho mejor, señor. Gracias a usted, ya está en recuperación.
—Gracias a mí no. Gracias a ti. Tú te ganaste cada centavo.

Valladares se levantó y caminó hacia la ventana.
—Bienvenida a las grandes ligas. Te voy a ser sincero. Aquí no servimos comida, pero la gente tiene más hambre. Hambre de poder, de dinero, de puestos. Te contraté como “Analista Junior de Asuntos Internacionales”, adscrita directamente a mi oficina.
—Suena… importante —dijo Ximena, nerviosa.
—Lo es. Básicamente, vas a ser mis ojos y mis oídos. Quiero que revises contratos, que estés en las juntas con extranjeros, que detectes mentiras. Tienes un don, Ximena. No solo hablas el idioma, lees a la gente. Pero te advierto algo…
Valladares se giró y la miró seriamente.
—Aquí nadie sabe quién eres ni por qué te contraté. Solo saben que vienes recomendada por mí. Y eso te va a poner una diana en la espalda. Van a decir que eres mi sobrina, o mi amante, o un capricho. Van a intentar hacerte la vida imposible. ¿Crees que puedes aguantar?

Ximena pensó en Rogelio gritándole. Pensó en los niños de la primaria burlándose de su mamá. Pensó en las noches sin dormir estudiando verbos irregulares.
Sonrió. Una sonrisa afilada.
—Señor Valladares, vengo de Iztapalapa y sobreviví a un gerente psicópata y a la terapia intensiva del IMSS. Unos cuantos oficinistas envidiosos no me dan miedo.

Valladares soltó una carcajada.
—Eso quería oír. Marcela te llevará a tu lugar. A trabajar.

El Nido de Víboras

Marcela la llevó al piso 35, donde estaba el departamento de Relaciones Internacionales.
—Este es tu escritorio —dijo, señalando un espacio moderno con dos monitores y una silla ergonómica—. Esa es tu computadora y aquí están tus claves.

En cuanto Marcela se fue, Ximena sintió las miradas.
El departamento estaba lleno de gente joven, bien vestida, de esa gente que tiene apellidos compuestos y estudió en universidades privadas carísimas. Eran los “mirreyes” y las “fresas” corporativas.

—¿Y esta quién es? —susurró una chica a dos escritorios de distancia. Llevaba un bolso Gucci sobre el escritorio.
—Dicen que la trajo el “Big Boss” directamente. Ni pasó por Recursos Humanos.
—Uy, ya me imagino por qué. Mírala. Tiene cara de que no sabe usar ni Excel. Seguro era su edecán o algo así.

Ximena escuchó. Sus oídos de tísica seguían funcionando a la perfección.
Se sentó, encendió la computadora y respiró hondo. Que hablen. Yo vine a trabajar.

A la hora de la comida, Ximena fue a la cocineta. Sacó su tóper. Llevaba arroz con pollo que había preparado la noche anterior.
Entraron tres chicas. Las típicas “Mean Girls” de oficina. Lideradas por una tal Fernanda, una rubia despampanante que era la Gerente de Marketing.

—Ay, huele a comida casera —dijo Fernanda, arrugando la nariz—. Qué vintage. Aquí casi todos pedimos UberEats o vamos a los restaurantes de abajo. Tú eres la nueva, ¿no? La protegida de Valladares.
—Soy Ximena. Analista.
—Mmm. Pues mucho gusto, Ximena. Un consejo: aquí la imagen lo es todo. Y traer tóper… es un poco “básico”.

Ximena estaba a punto de responder algo mordaz, cuando una voz masculina interrumpió desde la puerta.

—A mí me encanta el olor a comida casera. Me recuerda a mi abuela. Y honestamente, Fernanda, tu ensalada de 300 pesos huele a plástico.

Ximena volteó.
En el marco de la puerta estaba un hombre joven, de unos 28 años. Alto, cabello castaño un poco despeinado (ese despeinado que cuesta dinero lograr), y una sonrisa franca, sin la malicia que parecía impregnar al resto de la oficina. No llevaba saco, solo una camisa blanca remangada hasta los codos.

Fernanda cambió su expresión de asco por una sonrisa coqueta instantánea.
—¡Valentín! Qué milagro que bajas a comer con los mortales. Solo le daba consejos de etiqueta a la nueva.

El chico, Valentín, ignoró a Fernanda y entró a la cocineta. Se acercó a Ximena y le extendió la mano.
—Hola. Soy Valentín. Trabajo en Proyectos Especiales. No les hagas caso, aquí a veces se les olvida que venimos a trabajar, no a un desfile de modas. ¿Arroz con pollo? Se ve buenísimo.

Ximena le estrechó la mano. Su apretón era firme y cálido.
—Ximena. Y sí, es receta de mi mamá.
—Provecho, Ximena. Bienvenida al manicomio. Si necesitas algo, estoy en la oficina del fondo.

Valentín se sirvió un café y salió, dejando a Fernanda hirviendo de rabia y a Ximena confundida.
—¿Quién es él? —se atrevió a preguntar.

Fernanda la fulminó con la mirada.
—Él es Valentín Valladares. El hijo del dueño. Y está fuera de tu liga, “licenciada tóper”. Así que ni te emociones.

Ximena se quedó sola en la cocineta. Comió su arroz con una sonrisa.
Así que ese era el hijo. El heredero. Y acababa de defenderla.
No porque fuera la protegida de su padre, sino porque le gustó su arroz.

La jungla de cristal era hostil, sí. Había víboras como Fernanda. Pero Ximena empezaba a ver que también había aliados inesperados.

Regresó a su escritorio, abrió el primer archivo que Valladares le había enviado: “Contrato Proveedores China – Confidencial”.
Sus ojos recorrieron las cláusulas en inglés y mandarín.

—A ver si son tan listos como creen —murmuró para sí misma.

El juego había empezado. Y Ximena López ya no era una espectadora. Era una jugadora titular.

 


CAPÍTULO 5: VÍBORAS EN TACONES Y UN CAFÉ PENDIENTE

Habían pasado tres semanas desde que Ximena aterrizó en el planeta Santa Fe, y aunque ya no se perdía en los pasillos laberínticos de la Torre Valladares, todavía sentía que caminaba sobre un campo minado.

Su rutina se había vuelto una danza de contrastes brutales. A las 5:00 AM, el despertador sonaba en su departamento de interés social en Iztapalapa, donde se bañaba a jicarazos porque el calentador fallaba y escuchaba a los vecinos gritando para que sus hijos se apuraran para la escuela. A las 8:30 AM, entraba al lobby de mármol y aire acondicionado perfumado de Grupo Valladares, saludando a recepcionistas que hablaban tres idiomas y vestían ropa que costaba más que todos los muebles de su sala.

En la oficina, Ximena era una anomalía. Una falla en la Matrix. No tenía apellido compuesto, no había ido al Colegio Americano y no veraneaba en Vail. Pero tenía algo que los demás no: hambre. Hambre de verdad.

Don Augusto la mantenía ocupada. Le lanzaba contratos en mandarín, reportes en alemán y correos en inglés técnico. Ximena los devoraba. Su cerebro, entrenado para absorber patrones lingüísticos en la soledad de su cuarto, encontraba matices que los traductores automáticos y los despachos legales pasaban por alto.

—Aquí dice “colaboración estratégica”, señor —le explicó una mañana a Valladares, señalando un contrato con una farmacéutica alemana—, pero el término en alemán legal implica una “absorción de pasivos”. Si firma esto, usted se hace responsable de sus deudas, no solo de sus ganancias.

Valladares la miró por encima de sus lentes, impresionado.
—Ese bufete de abogados me cobra mil dólares la hora y no vieron eso. Bien hecho, Ximena.

Esas pequeñas victorias eran su oxígeno. Pero cada vez que salía de la oficina del “Big Boss”, sentía las miradas clavadas en su espalda como cuchillos.

Sobre todo las de Fernanda.

La Reina del Panal

Fernanda del Castillo era la Gerente de Marketing. Alta, rubia (de salón caro, no de farmacia), y con una sonrisa que mostraba todos los dientes pero nunca llegaba a los ojos. Era la típica “fresa” que usaba palabras como “o sea”, “literal” y “ni al caso” como signos de puntuación.

Para Fernanda, Ximena era una ofensa personal. ¿Cómo se atrevía esa “niña de barrio” a tener acceso directo al dueño? Y peor aún, ¿cómo se atrevía a llamar la atención de Valentín?

Porque Valentín Valladares, el hijo del jefe y el soltero más codiciado del corporativo, había desarrollado la “extraña” costumbre de pasar por el escritorio de Ximena.

—Hola, Xime. ¿Tienes cinco minutos? —llegó Valentín esa mañana, con esa informalidad que volvía locas a todas las de Recursos Humanos. Se sentó en la orilla del escritorio de Ximena, arrugando un poco sus pantalones de lino.

—Dígame, Joven Valentín —respondió ella, sin dejar de teclear, aunque sintió un calorcito en las mejillas.

—Ya te dije que no me digas “Joven”. Me haces sentir como si tuviera chofer y nana. Dime Valentín. O Val. O “ese güey que da lata”.

Ximena sonrió. No podía evitarlo. Valentín tenía un encanto genuino, una sencillez rara para alguien que había nacido en cuna de oro.

—Está bien, Valentín. ¿En qué puedo ayudarte?

—Tengo una videoconferencia con unos proveedores de Seúl para el proyecto de microchips. Mi coreano se limita a “hola” y “gracias”, y el traductor oficial se enfermó (o le dio miedo después de lo que pasó con mi papá). ¿Me haces el paro? Solo necesito que escuches y me digas si me están viendo la cara.

—Claro. ¿A qué hora?

—Ahorita. En diez minutos. En la sala de juntas B.

Fernanda, que había estado “casualmente” retocándose el maquillaje cerca de ahí, escuchó todo. Sus ojos se entrecerraron. Valentín nunca le pedía ayuda a ella, y eso que ella se gastaba una fortuna en ropa para impresionarlo.

—Ay, Valentín —intervino Fernanda, acercándose con un caminado de pasarela—. ¿Seguro que quieres llevar a Ximena? Digo, es muy buena traduciendo papeles, pero una negociación en vivo es otra cosa. Se requiere… tacto social. Clase. No queremos que se asusten con… ya sabes.

Fernanda barrió a Ximena con la mirada, deteniéndose en su traje sastre, que aunque era nuevo y bonito, no era de marca italiana.

Valentín se puso serio. Su sonrisa desapareció.
—Fernanda, Ximena salvó a esta empresa de una estafa millonaria mientras tú estabas eligiendo el color del logo para la fiesta de Navidad. Creo que tiene más “tacto social” del que te imaginas.

Fernanda se puso roja hasta la raíz del pelo teñido. Dio media vuelta y se fue, taconeando con furia.

—Perdón por eso —dijo Valentín, volviendo a mirar a Ximena—. Es insoportable. No sé por qué mi papá la mantiene aquí.

—Porque da resultados, supongo —dijo Ximena, diplomática.

—O porque su papá es socio del club de golf de mi papá. En fin, ¿vamos?

La Anomalía en los Números

La reunión fue un éxito. Ximena no solo tradujo, sino que interpretó las pausas y los silencios de los coreanos, ayudando a Valentín a cerrar un trato justo. Al salir, Valentín estaba eufórico.

—¡Eres una crack, Ximena! Neta, te debo una. ¿Te invito a comer? Vamos aquí abajo, hay un lugar de cortes buenísimo.

—Gracias, Valentín, pero tengo mucha chamba. Tu papá me pidió revisar los reportes de gastos del último trimestre antes de las 4.

—Qué aguafiestas. Bueno, te debo el corte. Pero te traigo un café. ¿Cómo te gusta?

—Negro. Sin azúcar. Como mi conciencia —bromeó ella.

Valentín soltó una carcajada.
—Va. Negro y amargo. Regreso.

Ximena volvió a su lugar, sintiéndose extrañamente ligera. Le gustaba Valentín. No por su dinero, sino porque la trataba como a una igual. Pero no tenía tiempo para romances de oficina. Abrió los archivos de Excel: “Gastos de Marketing – Q3”.

Empezó a revisar filas y columnas. Eventos, impresiones, consultorías externas. Todo parecía normal. Pero Ximena tenía un don para detectar patrones, el mismo don que le servía para los idiomas.

Se detuvo en una partida recurrente: “Servicios de Asesoría Creativa – Agencia Lumina”.
Eran facturas mensuales de 150,000 pesos.
Ximena buscó a la agencia en Google. La página web estaba “en construcción”. Buscó la dirección fiscal. Era una casa particular en una colonia popular de Naucalpan.
Raro.

Siguió rascando. Encontró correos adjuntos autorizando los pagos. Todos firmados digitalmente por Fernanda del Castillo.

Ximena sintió un hueco en el estómago. Comparó las fechas de las facturas con los entregables. No había reportes, no había diseños, no había nada que justificara casi dos millones de pesos al año.

—Estás robando, güerita —murmuró Ximena.

Pero antes de que pudiera guardar la evidencia, su computadora parpadeó. La pantalla se puso negra un segundo y luego volvió. El archivo se cerró.
—¿Qué diablos?

Intentó abrirlo de nuevo. “Error: Archivo dañado o no encontrado”.

Ximena frunció el ceño. Alguien del departamento de TI estaba jugando sucio. O alguien con acceso remoto.
Levantó la vista y vio a Fernanda al otro lado de la oficina, hablando por su celular y mirándola fijamente con una sonrisa triunfal.

La Emboscada

A las 3:30 PM, media hora antes de su entrega con Don Augusto, Ximena recibió un correo de Fernanda.

Asunto: URGENTE – Presentación para Don Augusto
Cuerpo: Hola Xime. Don Augusto me pidió que integraras estos gráficos de mi departamento a tu reporte final. Dice que es vital que los presentes tú en la junta de hoy. Besos.

Adjunto venía un archivo de PowerPoint: “Reporte_Marketing_Final_V8”.

Ximena, aunque sospechaba, no podía ignorar una orden que supuestamente venía del jefe. Abrió el archivo. Eran gráficas impresionantes, con números positivos, crecimiento, alcance en redes sociales. Todo se veía perfecto. Demasiado perfecto.

Pero no tenía tiempo de verificar. Don Augusto la llamó por el interfon.
—Ximena, a mi oficina. Trae el reporte. Y dile a Fernanda que venga también.

Ximena imprimió el reporte y entró a la oficina del jefe. Fernanda ya estaba ahí, sentada con las piernas cruzadas y oliendo a Chanel N°5.

—Adelante, Ximena —dijo Don Augusto—. Fernanda me dice que el trimestre fue espectacular en Marketing y que tú ibas a presentar los hallazgos.

—Así es, señor —dijo Fernanda, con voz melosa—. Ximena y yo colaboramos. Ella hizo el análisis.

Era una trampa. Ximena lo supo en ese instante. Si los números estaban mal, la culpa sería de la analista (Ximena), no de la fuente (Fernanda). Fernanda se estaba lavando las manos preventivamente.

Ximena conectó su laptop al proyector. Abrió la presentación que Fernanda le había mandado.
La primera diapositiva apareció en la pantalla gigante.
“Crecimiento del 200% en engagement orgánico”.

Don Augusto se ajustó los lentes.
—¿Doscientos por ciento? Eso es inaudito. A ver, explícame cómo lograron eso, Ximena.

Ximena miró la gráfica. Luego miró los datos crudos en su memoria. Recordó las facturas fantasmas. Recordó la agencia “Lumina”.
Si presentaba eso como cierto, estaría mintiendo al dueño. Si decía que no sabía, parecería incompetente.

Fernanda la miraba, esperando verla tartamudear. Esperando ver a la “sirvienta” tropezar con los tacones prestados.

Pero Ximena cerró la laptop de golpe. La pantalla se fue a negro.

—¿Qué pasa? —preguntó Valladares, extrañado.

—Señor, con todo respeto, esta presentación es inexacta —dijo Ximena, firme.

—¿Cómo que inexacta? —saltó Fernanda, fingiendo indignación—. ¡Son los datos oficiales! ¡Tú los revisaste!

—Revisé los datos que me enviaste hace veinte minutos, Fernanda —dijo Ximena, girándose hacia ella—. Pero antes de eso, revisé las facturas reales. Y los números no cuadran.

—¿De qué estás hablando? —Fernanda se puso pálida, pero de ira.

Ximena miró a Don Augusto.
—Señor, no hubo un crecimiento del 200%. El tráfico web subió solo un 15% según los reportes de Google Analytics que pude rescatar del servidor antes de que… curiosamente… se borraran. Lo que muestra esa gráfica no es crecimiento orgánico. Es tráfico comprado. Bots.

—¡Mentira! —gritó Fernanda—. ¡No sabes de lo que hablas! ¡Eres una simple traductora!

—Y además —continuó Ximena, implacable, sacando una hoja de papel doblada de su bolsillo (siempre imprimía respaldos, costumbre de estudiante pobre que no confía en las impresoras)—, encontré una serie de pagos mensuales a una tal “Agencia Lumina” por asesoría creativa. Casi dos millones de pesos al año.

Ximena puso la hoja sobre el escritorio de Valladares.
—La dirección de esa agencia es una casa en Naucalpan. Y curiosamente, señor, esa casa aparece en el Registro Público de la Propiedad a nombre de… —Ximena hizo una pausa dramática—… la señora Patricia del Castillo. Tía de Fernanda.

El silencio en la oficina fue sepulcral. Se podía escuchar el zumbido de una mosca, si es que las moscas se atrevieran a entrar a esa oficina.

Don Augusto tomó la hoja. Leyó. Su rostro se endureció, transformándose en piedra.
Levantó la vista hacia Fernanda.
—¿Tu tía?

Fernanda estaba temblando. Ya no había arrogancia en su rostro, solo pánico puro.
—Tío Augusto… digo, Señor Valladares… puedo explicarlo… es una agencia boutique, muy exclusiva… Ximena no entiende cómo funciona el marketing de lujo… ella es… ella es…

—Ella es la única persona en esta habitación que no me está tratando de ver la cara de imbécil —cortó Valladares con voz gélida.

Se levantó y caminó hacia la puerta. La abrió.
—Fernanda, recoge tus cosas. Estás suspendida indefinidamente mientras Auditoría revisa esto. Y agradece que soy amigo de tu padre, porque si no, saldrías de aquí esposada por fraude. ¡Largo!

Fernanda se levantó, con lágrimas de rabia manchando su maquillaje perfecto. Miró a Ximena con un odio visceral.
—Esto no se queda así, gata —susurró al pasar junto a ella—. No sabes con quién te metiste.

Ximena no bajó la mirada.
—Sé exactamente con quién me metí. Con una ladrona. Adiós, Fernanda.

El Café y la Cicatriz

Cuando Fernanda salió azotando la puerta, Don Augusto se dejó caer en su silla, frotándose las sienes. Parecía haber envejecido diez años en cinco minutos.
—Traición… odio la traición. La vi crecer. Le di su primer trabajo.

—Lo siento mucho, señor —dijo Ximena suavemente—. No quería causar problemas.

—No, Ximena. Tú no causaste el problema. Tú encendiste la luz para que viera a las cucarachas. Gracias. Otra vez.

Valladares abrió un cajón y sacó una botella de whisky.
—Vete a casa, muchacha. Ya hiciste suficiente por hoy. Tómate el día de mañana.

Ximena salió de la oficina, agotada. La adrenalina estaba bajando y le temblaban las piernas.
Al llegar a su escritorio para recoger su bolsa, vio un vaso de café de Starbucks sobre su teclado.
Tenía una nota pegada en un post-it amarillo.

“Negro y amargo. Como tu conciencia (que espero que no sea tan negra). Buen trabajo hoy. Me contaron que hubo gritos. ¿Estás bien? – Val”

Ximena tomó el café. Ya estaba tibio, pero le supo a gloria.
Valentín había cumplido.

Bajó por el elevador, rodeada de ejecutivos que hablaban de golf y acciones. Al salir al lobby, el sol de la tarde bañaba los edificios de Santa Fe en un tono dorado.
Se sentía poderosa. Había derribado a la “Reina del Panal”.

Pero mientras caminaba hacia la parada del camión (porque el Uber salía carísimo a esa hora), un coche deportivo negro se le emparejó. Bajó la ventanilla. Era Fernanda.
—Disfruta tu victoria, Ximena —le gritó, con los ojos hinchados—. Pero en este mundo, nadie sube tan rápido sin caerse. Voy a averiguar quién eres en realidad. Y voy a encontrar tu punto débil. Y cuando lo haga, te voy a aplastar.

El coche arrancó, quemando llanta.

Ximena se quedó parada en la banqueta, con el humo del escape en la cara.
¿Su punto débil?
Su punto débil estaba en un hospital, recuperándose de una cirugía de corazón abierto. Y otro punto débil, uno que ella misma trataba de ignorar, era el secreto de su padre. El padre que nunca conoció, el hombre que abandonó a Doña Licha.

Fernanda tenía recursos. Tenía dinero. Y tenía sed de venganza.
La guerra apenas empezaba.

Pero Ximena sonrió, dio un sorbo a su café tibio y pensó: “Inténtalo, Fernanda. Yo vengo de donde la gente se levanta aunque la pisen. Tú no aguantas ni un round en mi barrio.”

Subió al camión, que iba lleno, y se agarró del pasamanos.
—Súbale, súbale, lugares atrás —gritaba el chofer.

Ximena iba de regreso a su realidad, pero algo había cambiado. Ya no era solo una superviviente. Ahora era una guerrera corporativa. Y le estaba empezando a gustar el sabor de la batalla.

 


CAPÍTULO 6: SOMBRAS DEL PASADO Y UNA CENA INESPERADA

El despido —o “suspensión indefinida”— de Fernanda del Castillo tuvo el efecto de una bomba nuclear táctica en el ecosistema de Grupo Valladares. La noticia corrió por los pasillos alfombrados, saltó de cubículo en cubículo a través de WhatsApps secretos y llegó hasta el último rincón del edificio.

Ximena López, la “nueva”, la que comía en tóper y venía de Iztapalapa, había derribado a la Abeja Reina.

De la noche a la mañana, la actitud de la oficina cambió. Ya no había risitas burlonas cuando Ximena pasaba. Ahora había silencios respetuosos, saludos nerviosos y una extraña reverencia. La llamaban “La Matagigantes” a sus espaldas. Ximena lo sabía, y aunque le daba un poco de risa, también le daba una soledad distinta. Antes la ignoraban por pobre; ahora la evitaban por miedo.

—Buenos días, Licenciada López —le dijo el guardia de seguridad del piso, un hombre que antes ni la miraba.
—Buenos días, Don Pepe. Y por favor, dígame Ximena. No soy licenciada todavía.
—Como diga, Licenciada.

Ximena suspiró y entró a su lugar. Su escritorio estaba impecable. Nadie se atrevía a dejarle basura o esconderle la engrapadora como al principio. Pero el vacío a su alrededor era palpable.

Sin embargo, había una excepción a la regla del miedo. Una excepción de un metro ochenta, sonrisa fácil y apellido de dueño.

El Príncipe de los Tacos

A las 11:00 AM, mientras Ximena estaba sumergida en la traducción de un contrato de importación de litio, una bolsa de papel estraza aterrizó suavemente sobre su teclado.

El olor inconfundible a chicharrón en salsa verde y frijol con chorizo invadió el aire estéril de la oficina.

Ximena levantó la vista. Valentín estaba ahí, recargado en la mampara, con la corbata aflojada y esa expresión de niño travieso que desarmaba cualquier defensa.

—¿Desayunaste? —preguntó él.
—Sí. Un licuado a las 6 de la mañana.
—Eso no es desayuno, eso es un castigo. Te traje tacos de canasta. De los buenos, de los de la bici de la esquina. Sudados, como deben ser.

Ximena sonrió, a pesar de intentar mantener su fachada profesional.
—Valentín, eres el Director de Proyectos Especiales. Si te ven comiendo tacos de canasta en el piso ejecutivo, las acciones de la empresa van a caer.

—Que caigan. Tengo hambre. Y además, quería ver cómo estabas. Después de lo de Fernanda… el ambiente está medio denso, ¿no? Parecen zombies asustados.

Valentín arrastró una silla y se sentó junto a ella. Abrió la bolsa y le ofreció un taco.
—¿Salsa? Pica rico, no pica feo.

Ximena aceptó el taco. Estaba delicioso. La grasa manchó un poco el papel, y por un momento, se sintió humana otra vez.
—Estoy bien, Valentín. Solo… cansada. Es mucha responsabilidad. Tu papá me está dando acceso a cosas muy delicadas. A veces siento que soy una impostora. Que en cualquier momento va a entrar Seguridad y me va a decir: “Se acabó el juego, regresa a servir mesas”.

Valentín la miró fijamente. Sus ojos color miel se oscurecieron un poco, poniéndose serios.
—Tú perteneces aquí más que la mitad de los inútiles que tienen maestrías compradas. Tienes instinto, Ximena. Eso no se aprende en Harvard. Y sobre Fernanda… no te sientas mal. Ella cavó su propia tumba. Tú solo le pasaste la pala.

—Me amenazó —confesó Ximena en voz baja—. Dijo que buscaría mi punto débil.

Valentín dejó su taco a medio comer.
—Que ladre lo que quiera. Está fuera. Y si se atreve a acercarse a ti, se las verá conmigo. Y no hablo como el hijo del jefe. Hablo como… como tu amigo.

La palabra “amigo” quedó flotando en el aire, cargada de un significado que ambos sabían que era insuficiente. Había una tensión eléctrica entre ellos, una atracción que iba más allá de la gratitud o la admiración profesional.

—Gracias, Val.

—Oye, por cierto. Mi papá tiene una cena de negocios hoy en la noche. Con unos socios nuevos de Monterrey y un consultor externo muy importante. Quiere que vayas. Dice que necesita tu “detector de mentiras” activado.

—¿Otra cena? —Ximena sintió un escalofrío. Las cenas de negocios le traían recuerdos mixtos: el triunfo con los coreanos, pero también años de ser la que servía y callaba.

—Sí, pero esta vez vas de invitada. En el restaurante “Linares”. Es muy fresa, pero la comida es buena. Paso por ti a las 8.

—¿Pasas por mí? Puedo llegar en Uber.
—Ni lo sueñes. Paso por ti. Y sirve que… no sé, platicamos sin que Don Pepe el guardia nos esté espiando.

Ximena asintió, sintiendo que las mejillas le ardían.
—Está bien. A las 8.

El Espejo Roto

Esa tarde, Ximena salió temprano para ir a ver a su madre antes de la cena. Doña Licha ya estaba en casa, en el departamento de Iztapalapa. Ximena había contratado a una enfermera particular para que la cuidara durante el día, un lujo que todavía le parecía irreal.

Llegó y encontró a Licha sentada en el sillón nuevo que Ximena le había comprado, viendo una telenovela vieja. Se veía mejor, con más color en las mejillas, pero sus ojos tenían una tristeza profunda, una nostalgia que la medicina no podía curar.

—Hola, ma. ¿Cómo te sientes? —Ximena le dio un beso en la frente.
—Bien, mija. Aburrida. Extraño el trabajo. Extraño el chisme con las otras intendentes. Aquí nomás veo la tele y a la señorita enfermera que no habla nada.

—Mamá, ya no tienes que trabajar. Descansa. Te lo mereces.

Licha apagó la tele y miró a su hija. Ximena llevaba su traje sastre azul marino y se veía imponente.
—Te ves tan hermosa, Ximena. Tan… ajena. A veces siento que ya no eres mi hija, que eres una señora importante de la tele.

—No digas eso, amá. Soy la misma de siempre. Solo que ahora no huelo a cloro.

Licha sonrió con tristeza y tomó la mano de Ximena.
—Hoy soñé con él. Con tu papá.
Ximena se tensó. Su madre rara vez hablaba de él. Para Ximena, su padre era una figura borrosa, un villano de caricatura que las había abandonado.

—¿Para qué sueñas con ese señor? Nos dejó solas. No vale la pena.
—No seas dura, Ximena. La vida no es blanco y negro. Yo… yo lo amaba. Era un buen hombre. Culto. Guapo. Se parecía a ti, ¿sabes? Tienes sus ojos. Esa mirada que parece que desnuda el alma… es de él.

—Si fuera tan bueno, no nos hubiera dejado en la miseria —replicó Ximena con amargura.
—Fue complicado, hija. Su familia… eran gente de dinero. Como tus jefes ahora. No querían a una… a una como yo. Hubo mentiras. Hubo cartas que nunca llegaron. Yo fui orgullosa también. Cuando me enteré que estaba embarazada, ya no quise buscarlo. Pensé: “Si no me buscó él, yo no le voy a rogar”. Y mira… el orgullo no llena la panza.

—Ya no pienses en eso. El pasado ya pasó. Ahora estamos bien.
—Sí, estamos bien. Pero a veces pienso… ¿qué habrá sido de él? ¿Sabrá que tiene una hija tan maravillosa?

Ximena miró el reloj. Se le hacía tarde para la cena con Valentín.
—Tengo que irme, má. Es una cena de trabajo.
—Ándale, ve. Y ten cuidado con ese muchacho, el Valentín. Los ricos son encantadores, pero viven en otro mundo. No quiero que te rompan el corazón como a mí.

Ximena salió del departamento con el corazón estrujado. Las palabras de su madre resonaban en su cabeza. Otro mundo.

La Cenicienta de Reforma

Valentín pasó por ella en un coche discreto, un sedán negro, no el deportivo llamativo que usaba a veces.
—Pensé que te sentirías más cómoda en este —dijo él al abrirle la puerta. Un gesto de caballerosidad que a Ximena todavía le costaba procesar.

—Gracias. Eres… considerado.

El trayecto hacia el restaurante fue suave. La ciudad de noche, vista desde la comodidad de un asiento de piel con aire acondicionado, se veía hermosa. Las luces de Reforma brillaban como diamantes. Ximena pensó en cuántas veces había recorrido esa misma avenida en un microbús atascado, viendo esas luces como algo inalcanzable.

—¿Nerviosa? —preguntó Valentín.
—Un poco. No por el trabajo. Sino por… todo esto. A veces siento que estoy disfrazada.

Valentín estiró la mano y, por un segundo, tocó la de ella sobre la palanca de velocidades.
—No estás disfrazada. Estás evolucionando. Y te ves espectacular, por cierto.

Llegaron a “Linares”. Un restaurante que era un templo a la gastronomía mexicana moderna. Techos altos, luz tenue, olor a mole negro y mezcal.
El maître los recibió con una reverencia exagerada al ver a Valentín.
—Joven Valladares, su padre y los invitados ya están en la mesa privada.

Caminaron hacia el reservado. Ximena sintió ese viejo reflejo de querer irse hacia la cocina, hacia la entrada de servicio. Tuvo que forzarse a caminar hacia el salón principal.
Soy una invitada. Soy una invitada.

Entraron al privado.
Don Augusto Valladares estaba ahí, presidiendo la mesa. A su lado había dos hombres de negocios regiomontanos, hablando fuerte y riendo.
Y en la cabecera opuesta, había un hombre solo.

Era un hombre mayor, quizás de unos sesenta años, pero muy bien conservado. Tenía el cabello gris plata, impecablemente peinado, y vestía un traje que gritaba “sastre italiano”. Estaba revisando su teléfono con una expresión seria, casi melancólica.

—¡Llegaron! —anunció Don Augusto—. Señores, les presento a mi hijo Valentín y a mi mano derecha, la genial Ximena López.

Los hombres se levantaron para saludar.
—Mucho gusto, señorita. Augusto nos ha contado maravillas de usted. Dicen que tiene un radar para los negocios.

Ximena saludó con cortesía profesional.
—Es un placer.

Entonces, el hombre de cabello gris se levantó. Lo hizo despacio, con una elegancia cansada.
Se giró hacia Ximena para saludarla.
Sus ojos se encontraron.

El tiempo se detuvo.

Ximena sintió una descarga eléctrica en la nuca. Esos ojos. Eran oscuros, profundos, inteligentes.
Eran sus propios ojos.
Eran los ojos que veía en el espejo todas las mañanas.

El hombre se quedó congelado con la mano extendida. Su expresión pasó de la cortesía protocolaria a la confusión, y luego a algo parecido al shock.
Miró a Ximena como si estuviera viendo a un fantasma.
Escaneó su cara: la forma de la mandíbula, los pómulos altos, la nariz recta.

—Buenas noches —dijo Ximena, sintiéndose incómoda bajo ese escrutinio tan intenso. Su voz salió un poco más aguda de lo normal.

El hombre parpadeó, rompiendo el hechizo momentáneamente, pero no dejó de mirarla.
—Buenas noches… señorita… ¿López? —preguntó, su voz era grave, profunda, con un timbre que resonó en el pecho de Ximena de una manera inexplicable.

—Sí. Ximena López.

—Roberto, te presento a Ximena —intervino Don Augusto, notando la tensión pero sin entenderla—. Ximena, él es Roberto Montenegro. Es uno de los consultores financieros más brillantes del país. Acaba de regresar de Europa para ayudarnos con la fusión.

—Mucho gusto, Don Roberto —dijo Ximena, retirando su mano que él había sostenido un segundo más de lo socialmente aceptable.

Roberto Montenegro. El nombre no le decía nada a Ximena. Pero la mirada… esa mirada la hacía sentir desnuda.

Se sentaron. La cena comenzó.
Ximena trató de concentrarse. Escuchaba a los regiomontanos hablar de inversiones en Monterrey, de plantas industriales. Valentín le pasaba la sal o le servía agua, rozando su brazo para tranquilizarla.

Pero Ximena sentía el peso de la mirada de Roberto Montenegro desde el otro lado de la mesa. Él apenas comía. Apenas hablaba. Solo la observaba. No con lujuria, sino con una curiosidad desesperada, casi dolorosa.

En un momento, Don Augusto habló del pasado.
—Roberto y yo nos conocemos desde la universidad, ¿verdad? Éramos unos locos. Aunque Roberto era el romántico. El poeta. Siempre escribiendo versos en las servilletas.

Roberto sonrió, una sonrisa triste.
—Eso fue hace mucho tiempo, Augusto. En otra vida. Antes de que… antes de que me volviera un cínico hombre de números.

—¿Y nunca se casó, Don Roberto? —preguntó Valentín, tratando de hacer plática.

La pregunta cayó como una piedra.
Roberto tomó un trago largo de su vino.
—Me casé. Sí. Con la hija de un socio de mi padre. Un matrimonio… conveniente. Pero no hubo hijos. Ella falleció hace cinco años. Ahora estoy solo. Mi única familia es el trabajo.

Ximena sintió una punzada de compasión, a pesar de la incomodidad.
—Lo siento mucho —dijo ella suavemente.

Roberto la miró de nuevo.
—Gracias, Ximena. Dígame… es una pregunta extraña, y discúlpeme si soy indiscreto, pero… usted me recuerda muchísimo a alguien que conocí hace más de veinte años. Tienen… tienen la misma sonrisa.

La mesa se quedó en silencio.
Ximena sintió que el corazón se le aceleraba.
—Dicen que tengo cara común —bromeó ella, tratando de desviar el tema.

—No —dijo Roberto, tajante—. Su cara no tiene nada de común. Es… inolvidable. ¿Su madre es de la Ciudad de México?

Ximena apretó la servilleta en su regazo.
—Sí. De Iztapalapa.

La palabra “Iztapalapa” pareció golpear a Roberto. Sus ojos se abrieron un poco más. Iztapalapa no era el lugar donde un hombre como él buscaría conocidos. Pero la mención del lugar pareció confirmar algo en su cabeza, no descartarlo.

—Ya veo… —murmuró Roberto.

El Encuentro en el Pasillo

La cena terminó. Ximena necesitaba aire. Se excusó para ir al baño.
Se mojó la cara con agua fría frente al espejo del baño lujoso.
¿Qué me pasa?, pensó. Es solo un viejo triste. Deja de imaginar cosas. Tu mamá dijo que tu papá se llamaba Vladimir, o algo así. Este es Roberto. (Nota mental de Ximena: Su madre nunca le dijo el nombre completo, solo le hablaba de “tu padre”).

Salió del baño.
En el pasillo estrecho que llevaba al salón, Roberto Montenegro la estaba esperando.
No parecía amenazante, pero sí decidido.

—Ximena —dijo él.
—Don Roberto. ¿Se le ofrece algo?

Él dio un paso hacia ella. Olía a tabaco caro y a madera.
—Perdóname por insistir. Sé que parezco un viejo loco. Pero necesito saberlo. No he podido dejar de ver tus ojos toda la noche. Son los ojos de la única mujer que he amado en mi vida.

Ximena retrocedió un paso, chocando contra la pared.
—Señor, por favor…

—¿Cómo se llama tu madre? —preguntó él. Su voz se quebró. Ya no era la voz del consultor financiero. Era la voz de un hombre desesperado.

Ximena dudó. Podía irse corriendo. Podía gritarle a Valentín.
Pero algo en el dolor de ese hombre la detuvo.
Y recordó lo que su madre le había dicho esa tarde: “Se parecía a ti. Tienes sus ojos.”

—Mi madre se llama Alicia —dijo Ximena, desafiante—. Alicia López. Pero todos le dicen Licha.

Roberto Montenegro se puso blanco como el papel. Se tuvo que recargar en la pared para no caerse. Se llevó la mano al pecho, como si le faltara el aire.

—¿Licha…? —susurró—. ¿Mi Licha?

Lágrimas empezaron a brotar de los ojos del hombre elegante.
—Dios mío… Licha. Me dijeron que se había ido. Me dijeron que se había casado con otro. Que no quería saber nada de mí.

Miró a Ximena con una mezcla de terror y maravilla.
—Entonces tú… tú eres…

Ximena sintió que el mundo daba vueltas.
No podía ser.
No podía ser que en una ciudad de veinte millones de habitantes, en una cena de negocios, se encontrara con el fantasma que había perseguido a su madre toda la vida.

—¿Usted…? —balbuceó Ximena.

En ese momento, la puerta del privado se abrió y salió Valentín.
—¿Ximena? ¿Todo bien? Te tardaste y…

Valentín se detuvo al ver la escena. Ximena pálida contra la pared. Roberto Montenegro llorando en silencio frente a ella.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Valentín, poniéndose en modo protector, colocándose entre Ximena y Roberto.

Roberto se limpió las lágrimas rápidamente, recuperando una fracción de su compostura, pero su voz seguía rota.
—Nada, muchacho. Nada. Solo… solo me sentí un poco mareado y la señorita Ximena me ayudó.

Miró a Ximena una última vez. Una mirada cargada de veintidós años de preguntas.
—Tengo que irme. Disculpen.

Roberto salió casi corriendo hacia la salida del restaurante, dejando a Ximena y a Valentín solos en el pasillo.

—Xime, ¿qué te dijo? ¿Te hizo algo? —Valentín le tomó los hombros.

Ximena miraba la puerta por donde había desaparecido el hombre. Su mente era un caos. “Mi Licha”, había dicho.
Su madre le había dicho que su padre se llamaba Vladimir. Pero Roberto… ¿y si Vladimir era un segundo nombre? ¿O un apodo? ¿O si su madre le había mentido para protegerla?
O tal vez… tal vez ese hombre no era Vladimir. Pero era el hombre.

—No, Val. No me hizo nada —dijo Ximena, temblando—. Solo… solo me preguntó por mi mamá.

—¿Por tu mamá? ¿La conoce?

Ximena volteó a ver a Valentín. Sus ojos estaban llenos de lágrimas no derramadas.
—Creo que sí, Valentín. Creo que la conoce muy bien.

El Enemigo en la Sombra

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en un departamento de lujo pero con las luces apagadas, Fernanda del Castillo revisaba un correo electrónico en su laptop.

Había contratado a un investigador privado con sus últimos ahorros antes de que le congelaran las cuentas.
El investigador le había mandado un archivo PDF titulado: “Antecedentes – Familia López”.

Fernanda abrió el archivo. Había fotos de la casa en Iztapalapa. Fotos de Doña Licha saliendo del hospital. Y un acta de nacimiento de Ximena.
En el rubro “Padre”, decía: Se desconoce.

Pero el investigador había añadido una nota al final:
“Nota: Realicé una búsqueda cruzada de la madre, Alicia López. Trabajó como empleada doméstica en la casa de la familia Montenegro hace 23 años. Fue despedida repentinamente. El hijo mayor, Roberto Montenegro, fue enviado a Europa esa misma semana.”

Fernanda sonrió en la oscuridad. La luz de la pantalla iluminaba su cara con un brillo siniestro.
—Roberto Montenegro… el nuevo consultor estrella de Valladares.

Fernanda soltó una carcajada.
—Ay, Ximena. No eres una nadie. Eres la bastarda de un millonario. Y esto… esto vale oro. Si yo no puedo quedarme en la empresa, voy a asegurarme de que tú tampoco tengas tu final feliz.

Fernanda tomó su celular y marcó un número.
—¿Bueno? ¿Revista “Caras”? Tengo una exclusiva que les va a interesar. Un escándalo de paternidad, fraude y cenicientas. ¿Cuánto me dan por la primicia?


CAPÍTULO 7: LA BASTARDA DE POLANCO Y EL PRECIO DE LA VERDAD

El regreso a Iztapalapa esa noche fue silencioso. El sedán negro de Valentín se deslizaba por la Calzada de Tlalpan, dejando atrás los rascacielos iluminados para adentrarse en la realidad de concreto gris y luces amarillentas del sur de la ciudad.

Valentín manejaba con una mano en el volante y la otra descansando cerca de la palanca, pero sin tocar a Ximena. La tensión en el aire era espesa, como si el oxígeno se hubiera vuelto gelatina.

—Xime —rompió el silencio él, bajando el volumen del radio—. ¿Me vas a decir qué pasó en ese pasillo? Ese señor, Roberto… salió como si hubiera visto al diablo. Y tú… tú estás temblando.

Ximena miraba por la ventana. Veía pasar las farmacias, las tiendas de conveniencia, los puestos de tacos nocturnos. Su mente estaba en un torbellino. Las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión aterradora. Los ojos de Roberto. La reacción de su madre. La historia del “amor imposible”.

—Creo que acabo de conocer a mi padre, Valentín —dijo ella, con una voz tan suave que él tuvo que inclinarse para escucharla.

El coche se frenó un poco. Valentín la miró, atónito.
—¿Roberto Montenegro? ¿El consultor financiero? ¿El tipo que sale en las portadas de Forbes?

—El mismo. El poeta que escribía en servilletas. El que se fue a Europa.

—No manches… —susurró Valentín, procesando la información—. Pero… ¿él lo sabe?

—No lo sabía. Hasta hace media hora.

Llegaron frente al edificio de departamentos de Ximena. Un bloque de interés social pintado de color melón despintado. No había portero, solo una reja oxidada. El contraste con el mundo de Roberto Montenegro era un abismo imposible de cruzar.

Valentín apagó el motor. Se giró hacia ella y le tomó las manos. Estaban heladas.
—Xime, si esto es verdad… tu vida va a cambiar. Ese hombre es inmensamente rico. Y no tiene herederos.

Ximena retiró sus manos bruscamente. La mención del dinero le provocó una náusea repentina.
—No me importa su dinero, Valentín. Yo limpié mesas para pagar la operación de mi mamá. Yo me gané mi puesto en tu empresa traduciendo contratos, no pidiendo limosna. No quiero nada de él. Solo quiero la verdad.

—Lo sé. Perdón. No quise que sonara así. Solo digo que… es fuerte. ¿Vas a hablar con tu mamá?

—Voy a sacarle la verdad, aunque tenga que arrancársela.

Se despidieron con un beso en la mejilla, un beso que se sintió incompleto, lleno de palabras no dichas. Ximena bajó del coche y escuchó cómo Valentín esperaba hasta que ella entrara al edificio antes de arrancar. Al menos, en medio del caos, tenía eso: alguien que esperaba a que ella estuviera segura.


La Confesión de Media Noche

El departamento estaba en penumbra. Solo la luz azulada de la televisión iluminaba la sala pequeña. Doña Licha se había quedado dormida en el sillón, con una manta de cuadros sobre las piernas.

Ximena cerró la puerta. El clic del cerrojo despertó a su madre.
Licha se talló los ojos.
—¿Mija? ¿Ya llegaste? ¿Cómo te fue en tu cena de ricos? ¿Comiste bien o nomás puras hierbas de esas que sirven?

Ximena no sonrió. Se quitó los tacones, dejándolos en la entrada, y caminó descalza hasta quedar frente a su madre. Se sentía como una niña otra vez, pero una niña con el corazón roto.

—Conocí a un hombre hoy, mamá. Se llama Roberto.

El nombre flotó en el aire, pesado.
Licha se congeló. Su rostro, que había recuperado algo de color tras la operación, se volvió cenizo instantáneamente. Se llevó la mano al pecho, instintivamente, hacia la cicatriz de su cirugía.

—Roberto… —repitió Licha, como si el nombre fuera un rezo olvidado.

—Roberto Montenegro —confirmó Ximena, implacable—. Me dijo que tengo los ojos de la única mujer que amó. Me preguntó por ti. Se puso a llorar en medio del restaurante. Mamá… ¿él es mi papá?

Licha bajó la mirada. Sus manos empezaron a temblar sobre la manta. Hubo un silencio largo, roto solo por el zumbido del refrigerador viejo.
—Sí —susurró Licha. Una sola sílaba que cargaba veintidós años de silencio.

Ximena sintió que las piernas le fallaban y se sentó en la silla del comedor.
—¿Por qué? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué me dijiste que nos abandonó? ¿Por qué me dejaste creer que era un patán que no nos quería?

Licha levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Porque era más fácil que lo odiaras a que lo extrañaras, Ximena.

—¿Más fácil? —Ximena sintió una ola de rabia—. ¡Mamá, limpiamos excusados! ¡Comimos frijoles toda la vida! ¡Me humillaron en la escuela! Y mientras tanto, él vivía en Europa, millonario. ¿Más fácil para quién?

—¡Para ti! —gritó Licha, con una fuerza sorprendente—. Escúchame bien. Yo trabajaba en casa de sus padres. Él era el joven señorito. Yo era la sirvienta. Nos enamoramos. Sí, fue un amor tonto, de esos de novela. Él me escribía poemas, me prometía que se iba a casar conmigo. Pero su familia… su madre… era una bruja.

Licha tomó aire, sollozando.
—Cuando me embaracé, Roberto estaba de viaje. Su madre se dio cuenta. Me corrió. Me aventó a la calle como perro. Me dijo que si le decía algo a Roberto, te iban a quitar a ti en cuanto nacieras. Que tenían abogados, jueces, todo comprado. Que me iban a meter a la cárcel por robar cosas que no robé.

Ximena escuchaba, horrorizada.
—¿Y él? ¿Nunca te buscó?

—Yo le mandé cartas. Muchas. A la dirección que él me dio en París. Nunca contestó. Después supe que su madre las interceptaba. Luego… luego me enteré por las revistas de chismes que se había casado con una rica. Y entendí que yo solo fui un pasatiempo. ¿Qué iba a hacer, Ximena? ¿Ir a tocarle la puerta con una bebé en brazos para que me la quitaran? Preferí que fueras pobre pero mía. Mía y libre.

Ximena se levantó y abrazó a su madre. Entendió el miedo. El miedo de una mujer sola contra un imperio.
—Perdóname, mamá. Perdóname por juzgarte.

—Él no sabía, Ximena —dijo Licha contra el hombro de su hija—. Te lo juro por la Virgen. Él no sabía que existías. Si hubiera sabido… Roberto era bueno. Él no nos hubiera dejado.

Esa noche, Ximena no durmió. Se quedó mirando el techo, pensando en el hombre que lloró en el pasillo. Su padre no era un villano. Era otra víctima. Una víctima con millones de dólares, sí, pero víctima de la misma crueldad de clase que ella había sufrido.


El Periodicazo

A la mañana siguiente, Ximena llegó a la Torre Valladares con los ojos hinchados pero con una determinación de acero. Iba a hablar con Valentín. Iba a pedir una reunión con Roberto. Iba a arreglar esto.

Pero en cuanto puso un pie en el lobby, notó que algo estaba mal. Muy mal.

Las recepcionistas, que usualmente la saludaban con cortesía temerosa, hoy cuchicheaban descaradamente y se callaron en cuanto la vieron entrar. El guardia de seguridad evitó su mirada.
En el elevador, dos ejecutivos de Finanzas se bajaron en cuanto ella subió, murmurando “mejor esperamos el otro”.

Llegó al piso 40.
Marcela, la asistente de Don Augusto, estaba parada frente a su escritorio con cara de funeral.
—Ximena… Don Augusto te espera en la sala de juntas. Ahora mismo.

—¿Qué pasa, Marcela?

Marcela no dijo nada. Solo señaló una revista de espectáculos que estaba sobre su escritorio. Una de esas revistas baratas, amarillistas, que se venden en los semáforos. TV Notas y Chismes.

Ximena tomó la revista.
La portada la golpeó como un puñetazo en el estómago.

Había una foto borrosa de ella y Valentín en el coche, tomada la noche anterior afuera de su edificio en Iztapalapa. Y al lado, una foto de ella vestida de mesera en el restaurante “Le Prestige”.

El titular, en letras amarillas gigantes, gritaba:
¡ESCÁNDALO EN LA ALTA SOCIEDAD! LA “CENICIENTA” DE GRUPO VALLADARES: DE MESERA A AMANTE.

Y abajo, un subtítulo aún peor:
LA HIJA SECRETA Y NO RECONOCIDA DE UN MAGNATE FINANCIERO BUSCA VENGANZA SEDUCIENDO AL HEREDERO VALLADARES.

Ximena sintió que el suelo se abría.
Abrió la revista. El artículo era venenoso. Decía que había “engatusado” a Don Augusto con trucos baratos, que había falsificado su currículum, y que estaba usando a Valentín para escalar socialmente. Citaban a una “fuente anónima muy cercana a la gerencia” (Fernanda, obviamente).

Pero lo peor era que revelaba el nombre de Roberto.
“Fuentes confirman que esta chica, criada en la pobreza de Iztapalapa, alega ser hija bastarda del respetado Roberto Montenegro para extorsionarlo.”

Ximena dejó caer la revista.
Fernanda no solo la había atacado a ella. Había atacado a su madre. Había atacado a Valentín. Y había destruido la reputación de Roberto.

Entró a la sala de juntas.

El ambiente estaba gélido.
En la cabecera, Don Augusto Valladares, con el rostro rojo de furia contenida.
A su derecha, Valentín, que miraba por la ventana con los puños apretados.
Y a la izquierda, Roberto Montenegro.

Roberto se veía devastado. Estaba pálido, despeinado, como si no hubiera dormido en días. Tenía la revista abierta frente a él.

—Cierra la puerta, Ximena —dijo Don Augusto.

Ximena cerró. Se quedó de pie, sola, frente al tribunal.

—¿Es cierto? —preguntó Don Augusto, golpeando la revista con el dedo—. ¿Es cierto que eres hija de Roberto?

Ximena miró a Roberto. Él levantó la vista. Había dolor en sus ojos, pero también súplica.

—Eso parece, señor —dijo Ximena con voz firme—. Pero yo no filtré esto. Y nunca he intentado extorsionar a nadie.

—¡El daño está hecho! —gritó Don Augusto—. ¡Las acciones de la empresa bajaron dos puntos esta mañana! ¡Los socios están llamando! Dicen que tengo a una “cazafortunas” manejando contratos confidenciales. ¡Dicen que mi hijo está enredado con una estafadora!

—¡Papá, basta! —intervino Valentín, girándose—. Ximena no es ninguna estafadora. Ella salvó esta empresa. Y lo que diga una revista de chismes no cambia quién es ella.

—¡Cambia cómo nos ven! —replicó Augusto—. En este negocio, la percepción es realidad. Y ahora mismo, parecemos un circo.

Entonces, Roberto habló. Su voz era baja, ronca, pero llenó la habitación.
—Ella no tiene la culpa, Augusto.

Roberto se puso de pie. Caminó lentamente hasta quedar al lado de Ximena.
Miró a su amigo Augusto a los ojos.
—La culpa es mía.

—¿De qué hablas, Roberto? —preguntó Augusto, confundido.

Roberto tomó aire. Miró a Ximena, y por primera vez, le sonrió. Una sonrisa triste, paternal.
—La revista miente en muchas cosas. Pero en una dice la verdad. Ximena es mi hija.

Un jadeo colectivo recorrió la sala.

—Yo no lo sabía —continuó Roberto—. Su madre… Licha… fue el amor de mi vida. Mi familia nos separó. Me ocultaron su embarazo. Yo viví veinte años pensando que ella me odiaba, cuando en realidad yo la abandoné sin saberlo.

Roberto puso una mano en el hombro de Ximena. Ella no se apartó. Sentía el calor de su mano, un calor que había necesitado toda su vida.

—Ximena no es una bastarda —dijo Roberto, elevando la voz con autoridad—. Es una Montenegro. Y es la única heredera de mi fortuna, de mis empresas y de mi nombre. Si alguien en esta ciudad, o en esta empresa, se atreve a llamarla “cazafortunas” o a faltarle al respeto, se las verá conmigo. Y tú sabes, Augusto, que yo puedo comprar y vender tu empresa tres veces antes del desayuno.

Don Augusto se quedó mudo. La amenaza era real. Roberto Montenegro era un tiburón financiero mucho más grande que él.

Roberto se giró hacia Ximena.
—Perdóname, hija. Perdóname por no estar. Pero voy a arreglar esto. Voy a demandar a la revista. Voy a destruir a quien filtró esto. Y voy a darte el lugar que te corresponde.

Ximena miró a su padre. Luego miró a Valentín, que la observaba con orgullo. Y finalmente miró a Don Augusto, que ahora la veía con una mezcla de miedo y cálculo.

—Gracias… Roberto —dijo Ximena. No pudo decirle “papá” todavía—. Pero no necesito que me defienda con su dinero.

Ximena dio un paso al frente, quitándose la mano de Roberto del hombro suavemente.
—Yo no soy una “Montenegro” por decreto. Soy Ximena López. Soy la hija de la intendente. Y soy la Consultora Senior de esta empresa. Me gané mi lugar trabajando, no heredando.

Se dirigió a Don Augusto.
—Señor Valladares, usted sabe quién filtró esto. Fue Fernanda. Es su venganza por haber descubierto su fraude. Si usted decide despedirme por un chisme, hágalo. Pero perderá a la única persona que realmente le cuida las espaldas. Si decide quedárseme, voy a salir ahí afuera y voy a dar una conferencia de prensa. Y voy a decir la verdad. No la versión de la revista. La mía.

Don Augusto la miró. Vio en ella la fuerza de Roberto, pero templada por la dureza de la vida real.
Sonrió levemente.
—Fernanda va a pagar por esto. Está boletinada en toda la industria. Nadie la va a contratar ni para servir café. Ximena… estás contratada. Y quiero que des esa conferencia. Limpia tu nombre. Y limpia el de mi hijo.

La Rueda de Prensa

Dos horas después, el lobby de la Torre Valladares estaba lleno de reporteros.
Ximena salió al podio improvisado. No llevaba papeles.
Detrás de ella, en una muestra de poder sin precedentes, estaban parados Don Augusto, Valentín y Roberto Montenegro. Los tres hombres más poderosos de la sala la respaldaban.

Los flashes estallaron.
—Señorita López, ¿es verdad que sedujo al heredero?
—¿Es verdad que su madre era sirvienta?
—¿Quiere el dinero de los Montenegro?

Ximena levantó la mano. El silencio se hizo.
Habló en español. Luego repitió en inglés. Y para rematar, dijo una frase en coreano, mirando a la cámara, sabiendo que el mundo la veía.

—Mi nombre es Ximena López. Sí, mi madre limpió pisos para que yo pudiera estudiar. Y estoy más orgullosa de eso que de cualquier apellido. Sí, descubrí recientemente quién es mi padre biológico, y estamos procesando eso en privado. No busco dinero. No busco fama. Busco justicia.

Miró directamente a la lente de una cámara de televisión.
—Y para la persona que intentó usar mi origen humilde para humillarme, le tengo una noticia: La pobreza no es una vergüenza. La maldad, sí. Y hoy, la vergüenza es toda tuya.

El Mensaje

Esa noche, el video de Ximena se hizo viral.
#TodosSomosXimena fue tendencia número uno en México.
La gente aplaudía su valentía. Las historias de personas que venían de abajo y triunfaban inundaron las redes. La revista tuvo que emitir una disculpa pública ante la amenaza de demanda de Roberto.

Ximena estaba en su departamento, agotada pero feliz.
Valentín estaba con ella, comiendo pizza en la sala. Doña Licha ya se había ido a dormir, después de llorar de emoción con Roberto, quien había ido a visitarla (con un ramo de cien rosas) para pedirle perdón de rodillas.

—Estuviste increíble hoy —dijo Valentín, jugando con un mechón del pelo de Ximena.
—Gracias. Creo que por fin me siento… libre. Ya no hay secretos.

El celular de Ximena vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.

“Disfruta tus 15 minutos de fama, gata. Ganaste la batalla de relaciones públicas. Pero no has visto lo que puedo hacer físicamente. Cuida a tu mamita. Iztapalapa es muy peligroso de noche.”

Ximena sintió un frío helado.
Fernanda había perdido la cabeza. Ya no era un juego corporativo. Era una amenaza directa.

Ximena le mostró el mensaje a Valentín.
La cara de Valentín cambió. Dejó de ser el chico amable.
—Se acabó. Roberto me ofreció su equipo de seguridad. Los voy a traer. Y voy a cazar a esa loca.

Ximena se levantó y fue a la ventana. Miró la calle oscura.
—No, Valentín. Ella quiere que tengamos miedo. Quiere que nos escondamos. Pero se le olvida algo.

—¿Qué?

—Que yo soy de Iztapalapa. Y aquí, en mi barrio, nos cuidamos entre nosotros. Si ella quiere venir aquí… que venga. La voy a estar esperando.

 


CAPÍTULO 8: EL TRIUNFO DE LA HIJA DEL PUEBLO

La amenaza de Fernanda flotaba en el aire como una nube tóxica sobre Iztapalapa. Pero Ximena no estaba dispuesta a vivir con miedo. Había sobrevivido al hambre, a la humillación escolar, a la enfermedad de su madre y a los tiburones corporativos de Santa Fe. Una “niña rica” despechada no iba a ser quien la quebrara.

Sin embargo, Valentín y Roberto no estaban dispuestos a correr riesgos.

Esa misma noche, dos camionetas blindadas negras se estacionaron discretamente (bueno, tan discretamente como es posible estacionar vehículos de dos toneladas en una calle estrecha) frente al edificio de Ximena. Eran el equipo de seguridad privada de Roberto Montenegro, exmilitares que parecían capaces de masticar alambre de púas.

—Es demasiado —protestó Ximena cuando Roberto le explicó el operativo por teléfono.
—No es negociable, hija —la voz de Roberto sonaba firme, pero llena de esa ternura nueva que estaba aprendiendo a usar—. Ya te perdí una vez por la maldad de la gente. No voy a permitir que te pase nada. Ni a ti ni a Licha.

La Trampa en el Mercado

Pasaron dos días. Fernanda no había dado señales de vida. La policía cibernética estaba rastreando el origen del mensaje, pero había usado un teléfono desechable.

Era sábado. Día de mercado sobre ruedas en la colonia. A pesar de las advertencias de Valentín (“Pide el súper a domicilio, por favor”), Doña Licha insistió en ir por sus verduras.
—A mí nadie me escoge mis jitomates, mija. Y menos un muchacho de aplicación que no sabe distinguir el cilantro del perejil.
—Está bien, má. Pero vamos con “los gorilas”.

Salieron al mercado. El bullicio era reconfortante: el olor a fruta fresca, el sonido de la cumbia sonidera en los puestos de discos piratas, los gritos de “¡Bara, bara, llévele!”. Dos guardaespaldas las seguían a cinco pasos de distancia, intentando (y fallando) mezclarse entre las señoras con bolsas de mandado.

Ximena estaba comprando queso Oaxaca cuando sintió una vibra extraña. No era miedo, era instinto.
Vio a un tipo con sudadera y gorra, parado cerca del puesto de carnitas, mirándolas fijamente. No miraba la comida. Miraba a Doña Licha.

El tipo sacó el celular, escribió algo y asintió levemente hacia otro sujeto que estaba del otro lado del pasillo.

—¡Cuidado! —gritó Ximena.

Todo pasó en cámara lenta y rápida a la vez.
Los dos tipos se abalanzaron hacia ellas. No iban armados con pistolas, pero uno traía una navaja. Su objetivo era claro: asustar, herir, tal vez secuestrar.

Pero no contaban con dos factores.
Uno: Los guardaespaldas de Roberto eran profesionales.
Dos: Estaban en el barrio de Ximena.

Antes de que los atacantes pudieran dar tres pasos, “El Jefa”, uno de los guardaespaldas, tacleó al de la navaja con la fuerza de un camión de carga, estampándolo contra un puesto de ropa de paca.
El segundo agresor intentó correr, pero Doña Chole, la señora de las gorditas que conocía a Ximena desde que era bebé, le aventó un cucharón de salsa roja hirviendo a la cara.

—¡Con la Licha no se metan, cabrones! —gritó Doña Chole.

El mercado entero reaccionó. Los carniceros salieron con sus cuchillos, los de la fruta empezaron a aventar papayas. En segundos, los dos matones contratados por Fernanda estaban sometidos, amarrados con mecate de tendedero y rodeados por una multitud furiosa de vecinos.

Ximena abrazó a su madre, que estaba pálida pero ilesa.
—¿Estás bien, má?
—Sí… sí… Ay, Doña Chole, ¡qué puntería!

La policía llegó minutos después. Los matones, aterrorizados más por las señoras del mercado que por la ley, cantaron como pajaritos.
—Nos pagó una güera. Nos dio cinco mil pesos a cada uno para darles un susto. Nos dijo que la viejita era el blanco.

El Fin de la Reina Caída

La confesión de los matones fue el clavo final en el ataúd de Fernanda del Castillo.
Esa misma tarde, la policía, acompañada por los abogados de Grupo Valladares y Roberto Montenegro, llegó a la mansión de los padres de Fernanda en Las Lomas.

La encontraron haciendo maletas, intentando huir a Miami.
No hubo glamour en su arresto. Salió esposada, gritando amenazas incoherentes, sin maquillaje, transmitida en vivo por los noticieros que ya estaban obsesionados con el “Caso Ximena”.

Su carrera estaba acabada. Su reputación, destruida. Enfrentaría cargos por fraude corporativo, intento de lesiones y asociación delictuosa. Sus padres, avergonzados y temerosos de perder sus propios negocios ante la furia de Roberto Montenegro, le dieron la espalda.

Ximena vio la noticia en la tele, sentada en el sofá con Valentín.
—Se acabó —dijo él, besándole la mano.
—Sí. Se acabó.

El Perdón y la Reconciliación

Con la amenaza eliminada, la vida empezó a tomar un ritmo nuevo, casi mágico.

Roberto Montenegro se convirtió en una presencia constante. No intentó comprar el amor de Ximena con regalos caros (aunque lo intentaba). Intentó ganárselo con tiempo.
Iba a Iztapalapa a tomar café con Doña Licha. Se sentaban horas a platicar, sanando heridas de dos décadas. Licha, con su enorme corazón, lo perdonó. Entendió que ambos habían sido peones de un juego cruel.

—Ya no somos jóvenes, Roberto —le dijo Licha un día—. Pero no estamos muertos.

Y Roberto, el tiburón financiero, el hombre de hielo, lloró y le pidió una segunda oportunidad. No para casarse mañana, sino para cortejarla. Para llevarla al cine, para caminar de la mano, para conocerse de nuevo.

Ximena vio a sus padres enamorarse como adolescentes. Y eso le sanó el alma más que cualquier herencia.

La Propuesta

Seis meses después.
Ximena ya no era “la nueva”. Era la Directora Adjunta de Relaciones Internacionales. Se había graduado con honores de la universidad (terminó sus materias en tiempo récord).
Valentín y ella eran inseparables. Hacían un equipo formidable en la empresa: él tenía la visión estratégica, ella la ejecución precisa y el instinto humano.

Una noche, Valentín la invitó a cenar. No a un restaurante de lujo.
La llevó a la azotea de la Torre Valladares.
Había preparado una mesa sencilla, con tacos de canasta (sus favoritos), un vino bueno y una vista espectacular de la Ciudad de México.

—Aquí empezó todo, Xime —dijo Valentín, mirando las luces infinitas—. En esta ciudad loca que nos juntó.
—¿Te vas a poner cursi? —bromeó ella, aunque el corazón le latía a mil.

—Sí. Me voy a poner cursi.
Valentín se arrodilló. Sacó una cajita de terciopelo azul.
—Ximena López. No quiero casarme con la hija de Roberto Montenegro. No quiero casarme con la Directora Adjunta. Quiero casarme con la mujer que defendió a mi papá en coreano. Con la que come arroz con pollo en tóper. Con la que tiene al barrio respaldándola. ¿Te quieres casar conmigo?

Ximena lloró.
—Sí, güey. Sí quiero.

La Boda del Año (y del Pueblo)

La boda fue un evento que desafió todas las leyes de la física social mexicana.
Se celebró en un jardín hermoso en Xochimilco.
Hubo invitados de la alta sociedad: socios de Valladares, banqueros amigos de Roberto.
Y hubo invitados de Iztapalapa: Doña Chole (que llevó sus gorditas como regalo), las vecinas del edificio, y hasta Rogelio, el exgerente del restaurante, que ahora trabajaba de Uber y había ido a pedir perdón (Ximena lo invitó porque no guardaba rencor).

El menú fue una mezcla ecléctica: Crema de nuez de entrada, y mixiotes de carnero de plato fuerte. Vino francés y tequila reposado. Música de violines y luego, a petición de la novia, Los Ángeles Azules en vivo.

Ver a Don Augusto Valladares bailando “17 Años” con Doña Chole fue el momento cumbre de la noche. Las barreras de clase se derritieron al ritmo de la cumbia.

Ximena bailó con su padre, Roberto.
—Gracias por darme la vida, papá —le susurró.
—Gracias a ti por devolvérmela, hija —respondió él.

Luego bailó con Valentín.
—Te amo, Cenicienta de Iztapalapa —le dijo él al oído.
—Y yo a ti, Príncipe de los Tacos.

El Viaje Prometido

Como regalo de bodas, Roberto Montenegro les dio un sobre.
—Sé que tienes dinero, Valentín. Sé que pueden ir a donde quieran. Pero esto… esto es especial.

Dentro del sobre había boletos de avión en primera clase.
Destino: Seúl, Corea del Sur.

Ximena gritó de emoción. Era el sueño de su vida. Ir a la tierra del idioma que le había abierto las puertas del mundo.

Epílogo: Seúl

Dos semanas después, Ximena caminaba por las calles de Myeongdong de la mano de Valentín.
Todo era como lo había imaginado: las luces de neón, los puestos de comida callejera (que le recordaban a su México querido), la moda, la energía.

Entraron a un restaurante tradicional para cenar.
Un mesero joven, muy amable, se acercó.
Eoseo oseyo (Bienvenidos). ¿Menú en inglés?

Ximena sonrió. Miró a Valentín.
Se giró hacia el mesero y, con esa fluidez perfecta que había nacido en la oscuridad de su cuarto y florecido en la sala de juntas más importante de México, respondió:

Aniyo, gwaenchanh-ayo. Hanguk-eo hal su isseoyo. Chucheonhaejusil su innayo?
(No, está bien. Puedo hablar coreano. ¿Podría darnos su recomendación?)

El mesero abrió los ojos, sorprendido y encantado.
Wah! Hanguk-mal jinjja jalhasineyo! (¡Wow! ¡Habla coreano muy bien!)

Gamsahamnida (Gracias) —dijo Ximena—. Baewosseoyo. Kkum-eul irugi wihaeseo.
(Lo aprendí. Para cumplir mis sueños.)

Cenaron bulgogi y bebieron soju.
Al final de la noche, caminaron hacia el río Han. Se sentaron en una banca, viendo el reflejo de la ciudad en el agua.

Ximena sacó su celular. Hizo una videollamada.
En la pantalla aparecieron Doña Licha y Roberto, sentados en la sala del departamento nuevo que Roberto había comprado para ellos (aunque Licha insistió en que fuera en una colonia tranquila, no en una jaula de oro). Se veían felices.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Estamos en Seúl!
—¡Qué bueno, mija! —dijo Licha—. ¿Ya comiste? ¿No te cayó pesado el chile ese que comen allá?
—No, má. Está delicioso. Los extraño.

Colgaron.
Valentín abrazó a Ximena.
—¿Y ahora qué sigue, señora Valladares-López-Montenegro?
Ximena recargó la cabeza en su hombro.
—Ahora sigue vivir. Vivir sin miedo. Y tal vez… aprender otro idioma. ¿Qué te parece el alemán? Dicen que la empresa quiere expandirse a Berlín.

Valentín se rió.
—Contigo, voy hasta a Marte.

Ximena miró al cielo de Seúl. Pensó en la niña que comía tortas de frijol sola en el recreo. Pensó en la mesera que lloraba en el baño. Y le mandó un mensaje mental a su yo del pasado:
“Aguanta. Estudia. No te rindas. Vale la pena. Todo vale la pena.”

Y así, bajo la luna de Corea, la hija de la intendente, la mesera que desafió a los tiburones, la mujer que unió dos mundos, sonrió.

Porque sabía que su historia no era un cuento de hadas.
Era una historia de chingarle, de soñar y de nunca, nunca agachar la cabeza.

FIN

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