
CAPÍTULO 1: EL INFIERNO EN EL PERIFÉRICO
El cielo sobre la Ciudad de México no estaba simplemente nublado; parecía un moretón gigante, una mezcla enferma de púrpuras y grises que amenazaba con aplastar los rascacielos de Santa Fe. Eran las seis de la tarde de un martes cualquiera, pero para Maximiliano Ortega, ese martes tenía el peso de una sentencia final.
Maximiliano apretó el volante de su viejo Nissan Sentra con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, como si quisiera estrangular al destino mismo. Frente a él, el Segundo Piso del Periférico era un estacionamiento de pesadilla. Un mar interminable de luces rojas de freno se extendía hasta donde alcanzaba la vista, parpadeando burlonamente entre la cortina de lluvia que acababa de desatarse con la furia típica de las tormentas capitalinas.
—¡Avanza, maldita sea! —gritó, golpeando el claxon inútilmente. El sonido se perdió en la cacofonía de miles de motores, bocinas y el repiqueteo furioso del granizo contra el techo del auto.
Llevaba cuarenta minutos sin moverse ni un metro. El aire acondicionado del coche había muerto hacía meses, y el interior olía a humedad, a estrés y al sándwich de jamón que no había podido comerse a la hora de la comida. Se aflojó la corbata, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por la espalda, pegando la camisa barata a su piel.
Su teléfono, montado en un soporte de plástico roto en el tablero, cobró vida de repente. La pantalla iluminó la penumbra de la cabina con una foto de Ana, su esposa, sonriendo en días mejores, antes de que el hospital se convirtiera en su segundo hogar.
Maximiliano sintió un vuelco en el estómago. Sabía que esa llamada no era para saludar.
—Bueno —contestó, tratando de que su voz sonara firme, aunque por dentro se estaba desmoronando.
—Max… —la voz de Ana era un hilo, un susurro ahogado que lo heló hasta los huesos—. Max, tienes que venir. Ya.
—Estoy en camino, amor. Estoy en el Periférico, a la altura de San Jerónimo, pero esto no se mueve. Dicen en el Waze que hubo un accidente más adelante, un tráiler se llevó a dos peseros. Está todo parado.
—No, Max, no entiendes —Ana sollozó, un sonido crudo que rompió algo dentro de él—. Sofi… a Sofi le acaba de dar otro ataque. Los doctores están corriendo. El monitor empezó a pitar y… y la saturación bajó a setenta.
—¡¿Qué?! —Maximiliano sintió que la sangre se le iba a los pies. El mundo exterior, la lluvia, el tráfico, todo desapareció. Solo existía la voz de su mujer y el terror—. Pero si en la mañana estaba estable. El doctor Linares dijo que aguantaría hasta la semana que viene.
—¡El doctor Linares dice que ya no hay tiempo! —gritó Ana, perdiendo la compostura—. El ventrículo izquierdo está colapsando, Max. Dice que su corazoncito ya no tiene fuerza para bombear. Le dieron… le dieron 24 horas. Máximo. Si no la operan antes de mañana a esta hora, se nos va, Max. Se nos muere nuestra niña.
Maximiliano se quedó mudo. Las palabras “24 horas” rebotaban en su cráneo como balas. Miró a través del parabrisas empapado. Un vendedor ambulante pasaba entre los carriles detenidos, ofreciendo cargadores de celular y chicles, cubriéndose con un plástico azul. La normalidad de la escena le pareció obscena. ¿Cómo podía el mundo seguir girando cuando su hija de cinco años se estaba apagando?
—¿Qué… qué necesitamos? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. La respuesta que lo había mantenido despierto las últimas cien noches.
—Dinero, Max. Maldito dinero —Ana lloraba abiertamente ahora—. Fui a administración. Me dijeron que sin el pago del 100% de los insumos y el equipo quirúrgico externo no pueden programar el quirófano. Son políticas nuevas, dicen. No les importa que seamos clientes de años, no les importa nada. Necesitamos los tres millones. Ya.
Tres millones de pesos.
La cifra sonaba tan imposible como viajar a la luna.
—Les dije que vendimos la camioneta, que ya dimos el anticipo… —balbuceó Max.
—¡No es suficiente! Quieren todo liquidado. La válvula protésica es importada, el equipo de circulación extracorpórea… todo se paga por adelantado a proveedores externos. Max, estoy sola aquí. Tengo miedo. Sofi me miró antes de que la sedaran y me preguntó si ya venías. Me dijo: “¿Papi va a traerme mi muñeca?”.
Maximiliano cerró los ojos y una lágrima solitaria, caliente y amarga, rodó por su mejilla.
—Voy a conseguirlo, Ana. Te lo juro por mi vida. No sé cómo, pero voy a llegar con ese dinero. Dile a Linares que prepare todo. Que no se atreva a desconectarla ni a rendirse. Ya voy.
Colgó. El silencio que siguió fue más fuerte que la tormenta.
Tres millones.
Revisó su cuenta bancaria en la app del teléfono con dedos temblorosos. Saldo disponible: $4,500 pesos.
Tenían deudas hasta el cuello. La pandemia había destrozado su pequeña empresa de logística. Habían hipotecado el departamento de interés social en Iztapalapa, vendido el auto del año de Ana, y pedido prestado a cada familiar y amigo que tenían. Todo se había ido en tratamientos, terapias y hospitalizaciones previas.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea todo! —golpeó el volante una, dos, tres veces, hasta que el claxon sonó como un lamento largo y doloroso.
Miró a su alrededor. Estaba atrapado. Literalmente. Atrapado en una caja de metal, en una ciudad de concreto, en una situación sin salida. A su derecha, un conductor en un BMW revisaba su Instagram, ajeno al drama que ocurría a dos metros de él. A su izquierda, un camión de redilas lleno de obreros dormitando.
La desesperación se transformó en una necesidad física de movimiento. No podía quedarse ahí sentado viendo cómo los minutos en el reloj digital del tablero cambiaban, restando tiempo de vida a Sofía. 18:15. 18:16.
Bajó la ventanilla. El aire frío y húmedo le golpeó la cara, trayendo el olor a gasolina quemada, asfalto mojado y tacos de suadero de algún puesto lejano bajo el puente.
—¡Oiga! —le gritó al vendedor ambulante que regresaba—. ¡Jefe! ¿Sabe qué pasó adelante?
El vendedor, un hombre mayor con la piel curtida por el sol y arrugas profundas, se acercó, protegiendo su mercancía de la lluvia.
—Está feo, patrón. Se volteó una pipa. Dicen que hay derrame. Cerraron todo hasta Barranca del Muerto. No se va a mover nadie de aquí en unas tres o cuatro horas. Mejor apáguelo y échese un sueñito.
—¿Tres horas? —repitió Max, con la voz estrangulada—. No tengo tres horas. Mi hija no tiene tres horas.
El vendedor lo miró con una mezcla de lástima e indiferencia capitalina. En esta ciudad, cada quien cargaba su propia cruz.
—Pues está cañón, jefe. Si quiere salir, la única es volando. O regresarse en reversa, pero ya tiene cola de dos kilómetros atrás.
Maximiliano subió el vidrio. El pánico empezaba a nublarle la vista. Sentía que el pecho le iba a estallar. Taquicardia. Le faltaba el aire.
“Piensa, Max, piensa”, se dijo a sí mismo. “¿Qué opciones tienes? ¿Correr? El hospital está en el sur, a quince kilómetros. Con esta lluvia y en traje, no llegarás nunca. ¿El Metro? La estación más cercana está a tres kilómetros y seguro está inundada. ¿Llamar a alguien?”
Revisó su lista de contactos.
“Carlos – Prestamista”. Ya le debía doscientos mil.
“Tía Lupe”. No tenía ni para la renta.
“Jefe Roberto”. Lo había despedido hacía dos meses por ‘baja productividad’ cuando las visitas al hospital se hicieron frecuentes.
No había nadie. Estaba solo. Solo contra el monstruo de la burocracia médica y la crueldad del destino.
De repente, una idea loca cruzó su mente. Vender el coche ahí mismo. Rematarlo. Pero ¿quién le daría tres millones por un Sentra viejo? Ni siquiera cubriría el 1% de lo que necesitaba.
La impotencia se convirtió en rabia. Abrió la puerta del coche y salió a la lluvia. No le importó que su traje, el único decente que le quedaba para entrevistas de trabajo, se empapara en segundos. Necesitaba sentir algo que no fuera miedo. Necesitaba gritar.
Caminó hacia la orilla del segundo piso y miró hacia abajo. El Periférico bajo nivel estaba igual de colapsado. Un río de luces blancas hacia un lado, un río de luces rojas hacia el otro. La ciudad parecía una bestia herida sangrando luz.
—¡Dios! —gritó hacia el cielo gris, sin importarle que lo vieran como a un loco—. ¡Si existes, haz algo! ¡No te lleves a mi niña! ¡Llévame a mí, pero a ella déjala!
Nadie respondió. Solo el trueno lejano y el sonido de los limpiaparabrisas de los autos cercanos.
Un claxon sonó detrás de él.
—¡Eh, güey! ¡Métete al coche o te van a atropellar las motos! —le gritó un taxista.
Maximiliano se giró, con los ojos inyectados en sangre, listo para pelear, para sacar toda su frustración a golpes. Pero se detuvo.
Junto a la barrera de contención, pegado al muro para no mojarse tanto, había una figura pequeña. Un niño.
No era un vendedor. No traía mercancía. Solo estaba ahí, parado, observándolo.
Llevaba una sudadera gris con capucha, tan grande que le cubría las manos, y unos pantalones de mezclilla desgastados hasta el hilo en las rodillas. Sus tenis eran de marcas distintas, uno Nike pirata y el otro Converse, ambos rotos y empapados.
Pero lo que detuvo a Max fueron los ojos del niño.
En una ciudad donde todos evitan la mirada, donde el contacto visual es una invitación al peligro o a la petición de dinero, este niño lo miraba directamente a los ojos. Sin miedo. Sin vergüenza. Con una curiosidad casi clínica.
—¿Qué me ves? —espetó Max, limpiándose el agua de los ojos—. ¿Quieres dinero? No tengo. Lárgate.
El niño no se movió. Dio un paso adelante, saliendo de la protección del muro. La lluvia le pegó de lleno, pero ni parpadeó.
—No quiero su varo, señor —dijo. Su voz era sorprendentemente clara, con ese acento cantadito y golpeado de los barrios bravos de la capital—. Se ve que le urge un chingo llegar a algún lado.
Maximiliano soltó una risa amarga, histérica.
—¿Tú crees? Me urge, sí. Me urge tanto que estoy a punto de aventarme de este puente. Mi hija se está muriendo en un hospital y yo estoy aquí, platicando con un chamaco en medio del diluvio.
Esperaba que el niño se asustara, que se fuera. Pero el niño asintió, como si entendiera perfectamente la lógica del suicidio y la desesperación.
—El hospital… ¿es el de cardiología? ¿O el Ángeles del sur?
Max frunció el ceño. —¿Y a ti qué te importa? El Ángeles. Pero da igual. No voy a llegar.
—Sí llega —dijo el niño. Fue una afirmación, no una pregunta.
Se acercó más. Olía a calle, a humo de leña y a ropa húmeda que no se ha lavado en días.
—Me llamo Mateo. Yo sé cómo sacarlo de este atolladero. Aquí arriba no se mueve nada, pero abajo… abajo hay caminos que el Waze no se sabe. Caminos de moto. Caminos de la banda.
Max lo miró con incredulidad.
—¿De qué hablas? ¿Caminos de la banda? Niño, deja de decir tonterías.
—No son tonterías, jefe. Mi carnal, el “Chino”, trae su Italika ahí abajo, en el bajo puente. Él reparte Uber Eats y DiDi. Se sabe todos los huecos. Él lo puede llevar. En moto sí pasa.
Maximiliano miró hacia el caos de autos inmóviles. Luego miró al niño. Era una locura. Subirse a una moto con desconocidos, en una zona que no conocía, con un niño de la calle. Todo gritaba “secuestro exprés” o “asalto”.
Pero entonces recordó la voz de Ana. “24 horas”. “Se nos muere”.
—¿Cuánto? —preguntó Max, su mano yendo instintivamente a la cartera donde guardaba sus últimos billetes.
Mateo negó con la cabeza, un gesto solemne.
—Le dije que no quiero su lana. Lo hago porque… porque usted tiene la mirada.
—¿Qué mirada?
—La mirada que tenía mi jefa cuando me trajo del pueblo. La mirada de que se le acaba el mundo.
Esa frase golpeó a Max más fuerte que cualquier insulto. Ese niño, ese pequeño desconocido empapado, había leído su alma en un segundo.
Maximiliano tomó una decisión. Una decisión estúpida, imprudente y desesperada. La decisión de un padre.
—¿Dónde está tu carnal?
Mateo sonrió por primera vez, revelando que le faltaba un diente canino.
—Abajo. Sígame, jefe. Pero córrales, que la parca no espera.
Maximiliano cerró su auto con el control remoto. Lo dejó ahí, abandonado en el carril central del Periférico, con las intermitentes puestas. No le importaba si se lo llevaba la grúa, si lo desvalijaban o si le caía un rayo. Si no salvaba a Sofía, ese coche sería su ataúd de todas formas.
Saltó la barrera de contención siguiendo al niño, deslizándose por el terraplén lodoso hacia la oscuridad del bajo puente, dejando atrás su vida de ciudadano respetable para adentrarse en la noche de la ciudad, guiado por un ángel con sudadera gris.
CAPÍTULO 2: ÁNGELES EN MOTOCICLETA
El descenso desde el Segundo Piso del Periférico hacia el “mundo de abajo” fue un bautismo de fuego y lodo. Maximiliano, con sus zapatos de vestir de suela lisa, resbaló dos veces en el terraplén empinado, cubierto de pasto quemado y basura acumulada por años. Su traje azul marino, que hasta hace una hora era su armadura de ejecutivo respetable, ahora estaba manchado de tierra ocre y grasa.
Mateo bajaba con la agilidad de un gato callejero. Conocía cada piedra, cada hueco en la alambrada rota, cada escalón improvisado con llantas viejas.
—¡Aguas con el alambre, jefe! —gritó el niño sin voltear, saltando sobre una valla oxidada.
Maximiliano lo siguió, sintiendo cómo el metal rasgaba la tela de su pantalón a la altura del muslo. No le importó. El dolor físico era una distracción bienvenida del dolor que le taladraba el pecho. Al llegar al nivel del suelo, bajo la inmensa estructura de concreto que sostenía la autopista, el ruido de la ciudad cambió. Ya no era el zumbido constante de los motores a alta velocidad, sino un estruendo más visceral: cláxones de camiones de carga, cumbias sonando a todo volumen desde puestos de tacos, el ladrido de perros callejeros y el rugido de motocicletas.
Estaban en la “tierra de nadie”, ese espacio liminal debajo de los puentes donde la lluvia no cae directamente, pero la humedad se condensa en una niebla sucia y fría. El aire olía a solvente, a orines viejos y a garnacha frita.
Mateo corrió hacia un pilar de concreto masivo, decorado con grafitis de calaveras aztecas y tags ilegibles. Allí, resguardada en la penumbra, había una motocicleta. No era una moto deportiva ni una Harley; era una Italika 150cc de trabajo, despintada, con el asiento remendado con cinta canela y una caja naranja de repartidor amarrada con pulpos elásticos en la parte trasera.
Sentado sobre ella, revisando su celular con el ceño fruncido, estaba un joven.
—¡Chino! —gritó Mateo, su voz rebotando en el concreto—. ¡Chino, tira paro!
El joven levantó la vista. Tendría unos veinte o veintiún años. Llevaba una chamarra de vinipiel negra que había visto mejores días, un casco integral con visera oscura descansando sobre el tanque de gasolina y unos guantes de motociclista con los nudillos reforzados. Su rostro, iluminado por la luz azul de la pantalla del celular, era anguloso, con una cicatriz fina que le partía la ceja izquierda. Tenía esa mirada de “no te metas conmigo” que se desarrolla como mecanismo de defensa en las calles de la capital.
El Chino guardó el celular lentamente y miró a Maximiliano de arriba abajo. Evaluó el traje caro pero sucio, el reloj que parecía auténtico, y el pánico evidente en los ojos del hombre. Luego miró a Mateo.
—¿Qué traes, Mateo? —preguntó el Chino, su voz ronca y desconfiada—. ¿Quién es este don? ¿Te viene siguiendo la tira o qué?
—Nel, carnal —dijo Mateo, recuperando el aliento—. Es un señor que estaba atorado arriba. Su hija se está muriendo, güey. Neta. Necesita llegar al hospital en chinga.
El Chino soltó una risa seca, sin humor.
—¿Y eso a mí qué? Yo estoy jalando. Tengo tres pedidos de Rappi que ya van tarde por la lluvia. Si no entrego, me bloquean la cuenta.
Maximiliano dio un paso adelante. Sentía que las piernas le temblaban, no por el frío, sino por la adrenalina.
—Joven, por favor —su voz salió quebrada, suplicante—. Le pago. Le pago lo que quiera. Tengo… —buscó frenéticamente en su cartera empapada— tengo tres mil pesos en efectivo y mi reloj. El reloj vale diez mil. Lléveme al Hospital Ángeles del Sur. Es urgente.
El Chino miró el dinero que Max le extendía con manos temblorosas. Billetes de quinientos pesos mojados. Luego miró el reloj. Sus ojos brillaron por un segundo con codicia, pero luego se endurecieron. En el barrio, aceptar un viaje así con un desconocido podía significar dos cosas: problemas o más problemas.
—Guárdese su lana, jefe. No soy taxi. Y con esta lluvia, el Periférico bajo es una pista de patinaje. No me voy a jugar el pellejo ni la moto por un viaje. Pida un Uber.
—¡No hay Ubers! —gritó Max, perdiendo la paciencia, sintiendo cómo la histeria burbujeaba en su garganta—. ¡Todo está colapsado! ¡Mi hija tiene un fallo cardíaco! ¡Si no llego con el dinero para la operación en una hora, se muere! ¿Entiendes? ¡Se muere una niña de cinco años!
El grito de Max resonó bajo el puente, silenciando momentáneamente el entorno. El Chino se quedó inmóvil. La mención de “una niña” pareció tocar una fibra sensible que su exterior duro intentaba ocultar.
Mateo se acercó al Chino y le puso una mano en la rodilla, sobre el pantalón de mezclilla desgastado.
—Chino, por fa. Acuérdate de tu carnalita. La Lupita.
El rostro del Chino se tensó. Su mandíbula se apretó tanto que los músculos saltaron bajo la piel. Hubo un silencio denso, pesado. Maximiliano no sabía quién era Lupita, pero vio cómo la mención del nombre desarmaba al joven motociclista.
El Chino suspiró, un sonido largo y cansado, y se pasó la mano por el cabello rapado a los costados.
—Chale… pinche Mateo, siempre me metes en broncas.
Se puso el casco con un movimiento brusco y encendió la moto. El motor tosió un poco antes de rugir con un sonido metálico y potente.
—Súbase pues. Pero si nos partimos la madre, es su pedo.
Maximiliano sintió un alivio tan intenso que casi se desmaya.
—Gracias, gracias…
—¡Espérese! —el Chino levantó la visera—. No cabe con esa caja.
Desamarró la caja naranja de reparto con movimientos rápidos y la dejó en el suelo, junto al pilar.
—Ahí te la encargo, doña pelos —le gritó a una señora que vendía elotes en un puesto cercano. La señora solo levantó la mano con un elote en señal de confirmación.
—¿Y tú? —preguntó Max, viendo que Mateo no se movía.
—Yo voy también —dijo el niño, subiéndose ágilmente a la parte trasera del asiento, dejando un espacio ridículamente pequeño en medio para Max—. Usted no se sabe el camino por la “ratonera”. El Chino maneja chido, pero yo soy el GPS del barrio.
—No cabemos tres —dijo Max, mirando el asiento.
—En México siempre caben tres, jefe —dijo el Chino, acelerando el motor—. Súbase y apriete las nalgas. Y agárrese de mí, sin miedo, que no muerdo.
Maximiliano se montó en la moto. Quedó emparedado entre la espalda rígida del Chino y el cuerpo flaco de Mateo, que se aferró a su cintura como una garrapata.
—¡Vámonos! —gritó Mateo.
La moto salió disparada, levantando una cortina de agua sucia.
El viaje comenzó. Y no fue un viaje; fue una guerra.
El Chino no tomó la avenida principal. En lugar de eso, giró el manubrio violentamente hacia la derecha y subió la moto a la banqueta. Los peatones que se resguardaban de la lluvia bajo los toldos de los comercios saltaron a los lados, gritando insultos que se perdían en el viento.
—¡Fíjate, animal!
—¡La banqueta es para caminar, pendejo!
El Chino los ignoraba. Conducía con una mezcla aterradora de agresividad y precisión quirúrgica. Esquivaba postes de luz, botes de basura y puestos ambulantes por milímetros. Maximiliano cerró los ojos instintivamente cuando pasaron rozando un puesto de revistas, sintiendo el golpe del plástico contra su hombro.
—¡No cierre los ojos, jefe! —le gritó Mateo al oído, su voz apenas audible sobre el viento y el motor—. ¡Necesita ver para inclinar el cuerpo! ¡Si se pone tieso nos caemos!
Max abrió los ojos. El mundo pasaba como una mancha borrosa de luces neón y sombras. La lluvia se sentía como perdigones golpeándole la cara, ya que él era el único sin casco. El agua fría se mezclaba con sus lágrimas de desesperación.
Bajaron de la banqueta y se metieron en un laberinto de callejones estrechos. Estaban entrando en las colonias populares que flanquean el Periférico: Observatorio, Tacubaya, zonas donde la ley es una sugerencia y la geografía es un caos de barrancas y colinas.
—¡Dale por la de los mecánicos, Chino! —gritó Mateo.
El Chino asintió y viró bruscamente hacia una calle empinada llena de talleres automotrices cerrados y coches desguazados en la vía pública. El asfalto estaba lleno de baches profundos, cráteres invisibles bajo el agua acumulada.
¡BAM!
La moto golpeó un bache y Max sintió que su columna vertebral se comprimía. Gimió de dolor, pero se agarró más fuerte a la chamarra del Chino.
—¡Aguante, jefe! —gritó el conductor—. ¡Ya falta menos para salir a Revolución!
De repente, una patrulla de la policía capitalina apareció en la intersección, con las luces azules y rojas girando perezosamente. Estaban bloqueando el paso, desviando el tráfico por la inundación.
—¡Mierda, la tira! —masculló el Chino. Frenó en seco, haciendo derrapar la llanta trasera. La moto se coleó peligrosamente, pero el Chino bajó el pie y la estabilizó con fuerza bruta.
—¡No podemos parar! —gritó Max, viendo cómo un policía gordo impermeable amarillo les hacía señas para que se detuvieran—. ¡Me van a detener!
—Nadie lo va a detener hoy —dijo Mateo—. ¡Chino, por el mercado! ¡Métete al mercado!
—¡Estás loco, enano!
—¡Hazlo!
El Chino aceleró de nuevo, pero no hacia la policía, sino hacia la entrada de un mercado techado que, milagrosamente, tenía las rejas abiertas para la descarga de mercancía nocturna.
La moto rugió y entró en el pasillo principal del mercado. El olor a frutas podridas, cilantro, carne cruda y cloro golpeó a Max como una bofetada. El suelo era de concreto liso y resbaladizo. Pasaron zumbando entre puestos de verduras vacíos y carnicerías donde los tablajeros limpiaban sus cuchillos.
—¡Están dementes! —gritó un carnicero, lanzándoles un trapo sucio que le pegó a Mateo en la espalda.
—¡Perdón, don Chuy! —gritó Mateo riendo nerviosamente.
Salieron por la parte trasera del mercado, volando sobre unos escalones de concreto para aterrizar en una callejuela oscura. El impacto hizo que los dientes de Max chocaran con fuerza. Se mordió la lengua y sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.
—¿Estás bien? —preguntó Max, girando la cabeza para ver a Mateo.
El niño estaba pálido, temblando de frío y miedo, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.
—Simón, jefe. Todo chido. Piense en su niña. Solo piense en ella.
Maximiliano miró la nuca del Chino, el tatuaje de una Santa Muerte que asomaba por el cuello de su chamarra. Pensó en la extraña tripulación de ese barco suicida: un ejecutivo fracasado, un repartidor temerario y un niño de la calle. Tres extraños unidos por la velocidad y la desesperación en la noche más oscura de sus vidas.
De repente, el celular de Max vibró en su bolsillo interior. Intentó sacarlo con una mano mientras se aferraba con la otra. Era un mensaje de Ana.
“Max, está bajando la frecuencia cardíaca. El doctor dice que la tiene que intubar ya. ¿Dónde vienes?”
El terror le inyectó una nueva dosis de adrenalina.
—¡Más rápido! —le gritó al oído del Chino—. ¡Se está poniendo peor! ¡Más rápido, por favor!
El Chino no respondió con palabras. Respondió con el acelerador. La aguja del velocímetro subió. 80, 90, 100 km/h en calles residenciales. Se pasaron altos, ignoraron sentidos contrarios. En una avenida, un autobús de pasajeros les tocó el claxon, un sonido ensordecedor de aire comprimido, y pasó tan cerca que Max sintió el calor del motor del autobús en su pierna derecha.
—¡Estuvo cerca! —gritó Mateo.
—¡Cállate y reza! —respondió el Chino.
Finalmente, las luces de la ciudad cambiaron. Dejaron atrás las calles oscuras y emergieron en una avenida amplia y bien iluminada. A lo lejos, brillando como un faro de esperanza entre la lluvia, se veía el letrero luminoso azul y blanco: HOSPITAL ÁNGELES.
—¡Ahí está! —gritó Max, señalando con el dedo tembloroso—. ¡Es ese!
El Chino asintió y aceleró para el tramo final. Sortearon los últimos autos estancados frente a la entrada de urgencias. La moto subió la rampa de acceso peatonal, ignorando los bolardos, y frenó con un chillido agudo justo frente a las puertas de cristal automáticas.
El silencio repentino del motor al apagarse fue ensordecedor.
Maximiliano intentó bajarse, pero sus piernas no respondieron de inmediato. Estaban entumecidas por la tensión y el frío. Casi se cae al suelo, pero el Chino lo sostuvo del brazo con un agarre firme.
—Cuidado, jefe. Respire. Ya llegó.
Max se apoyó en la moto, jadeando. La lluvia se mezclaba con el sudor en su rostro. Miró a sus dos salvadores. El Chino se quitó el casco. Estaba empapado en sudor, con el cabello pegado al cráneo. Mateo bajó de un salto, frotándose las manos para calentarse.
—Gracias… —dijo Max, con la voz rota por la emoción—. No tienen idea… salvaron mi vida. Salvaron a mi hija.
Sacó la cartera de nuevo, sacando todo el dinero mojado.
—Tomen. Por favor. Es poco, pero es todo lo que traigo. Y el reloj…
El Chino miró el dinero. Esta vez, su expresión era diferente. Había visto la desesperación pura de un padre. Negó con la cabeza lentamente, empujando la mano de Max.
—Ya le dije que no, jefe. Esa lana le va a servir más adentro. Los hospitales privados cobran hasta por respirar. Guárdelo pa’ las medicinas de la chamaca.
—Pero… arriesgaste tu vida. Tu moto…
—Hoy por usted, mañana por mí —dijo el Chino, encogiéndose de hombros—. Además, el Mateo me hubiera estado chingando la vida si no lo traía. Es un latoso.
Mateo sonrió, temblando visiblemente.
—Vaya, señor Max. Entre. Su esposa lo espera.
Maximiliano asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Quería abrazarlos, quería hacer algo más, pero el tiempo seguía corriendo.
—Nunca lo voy a olvidar. Lo juro.
Se dio la vuelta y corrió hacia las puertas automáticas. El sensor lo detectó y se abrieron con un siseo suave, permitiéndole entrar al mundo estéril, climatizado y terriblemente caro de la medicina privada.
El cambio de atmósfera fue brutal. De la selva de asfalto, ruido y lluvia, pasó al silencio blanco, al olor a antiséptico y al zumbido tenue de las máquinas expendedoras. Las enfermeras en el mostrador lo miraron con horror: un hombre en traje sucio, empapado, con sangre en el labio y ojos de loco.
—¡Mi hija! —gritó Max, ignorando las miradas—. ¡Sofía Ortega! ¡Terapia intensiva!
—Tercer piso, señor —dijo una recepcionista asustada—. Pero no puede subir así…
Max no esperó. Corrió hacia los elevadores. Mientras las puertas de metal se cerraban, vio a través del cristal de la entrada.
Ahí afuera, bajo la lluvia, el Chino se estaba poniendo el casco. Pero Mateo no se subió a la moto. El niño se quedó parado en la banqueta, mirando hacia el hospital, con las manos en los bolsillos de su sudadera gigante. Parecía un pequeño guardián, un espectro de la ciudad que se negaba a abandonar su misión hasta el final.
Max sintió una punzada de culpa por dejarlo ahí, pero el elevador hizo “ding” y las puertas se abrieron en el tercer piso.
La realidad lo golpeó de nuevo.
Ana estaba al final del pasillo, sentada en una silla de plástico, con la cabeza entre las manos. Parecía más pequeña, más frágil que nunca.
—¡Ana!
Ella levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, hinchados, rodeados de ojeras profundas. Al verlo, se levantó, tambaleándose.
—¡Max! —corrió hacia él y lo abrazó, manchando su blusa con el lodo del traje de Max. Pero a ella no le importó. Se aferró a él como un náufrago a una tabla—. Llegaste… pensé que no llegarías.
—Te lo prometí —susurró él en su cabello—. ¿Cómo está?
Ana se separó un poco, mirándolo a los ojos. El terror en su mirada era absoluto.
—Mal, Max. Muy mal. El doctor Linares salió hace diez minutos. Dijo que… dijo que ya no pueden esperar ni una hora más. El corazón está fallando. Necesitan operarla ya. Ahora mismo.
—¡Pues que la operen! —gritó Max.
—¡No pueden! —Ana sollozó, golpeando suavemente el pecho de Max—. Fui a administración otra vez. La maldita burocracia. Dicen que el sistema bloqueó la solicitud de la prótesis porque detectaron que nuestras tarjetas están sobregiradas. No liberan el material sin el pago total. Tres millones, Max. Tres millones o no abren el quirófano.
Max sintió que el piso se movía bajo sus pies. Todo ese viaje, toda esa locura en la moto, ¿para esto? ¿Para llegar y toparse con una pared de dinero?
—Hablé con ellos… les dije que firmaba pagarés…
—No quieren pagarés. Quieren transferencia o cheque certificado. Tienen miedo de que no paguemos. Y tienen razón, Max. No tenemos con qué pagar. Estamos en la ruina.
Maximiliano miró hacia la puerta cerrada de la Terapia Intensiva Pediátrica. Detrás de esa madera y cristal, su hija estaba luchando por cada latido. Podía imaginarla, pequeña, conectada a tubos, asustada.
La impotencia se transformó en una furia fría y calculadora.
—No —dijo Max.
—¿Qué?
—No voy a dejar que se muera por dinero. No hoy.
Se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal del pasillo que daba a la calle. Miró hacia abajo, tres pisos. La lluvia seguía cayendo. Y ahí estaba.
Mateo seguía ahí abajo. Sentado en la banqueta, abrazando sus rodillas, esperando. El Chino ya se había ido, pero el niño se había quedado.
Max recordó lo que el niño había dicho en el tráfico, algo que en ese momento le pareció una fantasía infantil, pero que ahora era su único clavo ardiendo.
“Yo sé quién tiene el dinero. Don Valeriano. El dueño de las tequileras. Él ayuda.”
Era una locura. Una estupidez. Ir a buscar a un millonario basándose en el rumor de un niño de la calle.
Pero, ¿qué otra opción tenía?
—Ana —dijo, volviéndose hacia su esposa—. Dame una hora más.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, asustada por la expresión en su rostro.
—Voy a conseguir el dinero.
—¿Cómo? Nadie nos va a prestar tres millones a esta hora.
—Conozco a alguien. O más bien… conozco a alguien que conoce a alguien.
—Max, estás delirando…
—Confía en mí, Ana. Aguanta aquí. Grita, patalea, amenaza a los doctores, haz lo que tengas que hacer para que la mantengan viva una hora más. Solo una hora.
Sin esperar respuesta, Maximiliano corrió de nuevo hacia los elevadores.
Bajó a la planta baja y salió disparado por las puertas automáticas.
Mateo levantó la vista cuando vio al hombre de traje salir corriendo del hospital hacia él. Se puso de pie, alerta.
—¿Qué pasó, jefe? ¿No la operaron?
Max se detuvo frente al niño, jadeando, empapándose de nuevo bajo la lluvia implacable. Se arrodilló para quedar a la altura de los ojos de Mateo.
—Mateo, mírame.
El niño lo miró, sus ojos negros fijos y serios.
—¿Es verdad? —preguntó Max, agarrando los hombros del niño—. Lo que dijiste del tal Don Valeriano. ¿Es verdad que ayuda? ¿Es verdad que tú sabes dónde vive? ¿O es solo un cuento?
Mateo no parpadeó. Sostuvo la mirada del hombre desesperado.
—Es la neta, jefe. Por mi madre que está en el cielo. Yo sé dónde vive. En las Lomas. La casa que parece castillo.
—Si me mientes, Mateo… si me haces perder el tiempo… mi hija se muere. ¿Entiendes? No hay segundas oportunidades.
—No le miento —dijo Mateo con una dignidad que hizo que Max se sintiera pequeño—. Yo no juego con la muerte, señor. La muerte juega con nosotros todos los días. Vamos. Yo lo llevo.
Maximiliano se puso de pie. Se sentía como si estuviera saltando a un abismo sin paracaídas.
Miró a la calle. No había taxis. No había motos. Solo la noche lluviosa y hostil.
—No tenemos carro —dijo Max.
—Pida un Uber —dijo Mateo—. Ya bajó el tráfico por aquí. Si le pone tarifa alta, sí llegan.
Max sacó su celular. Le quedaba 8% de batería. Abrió la aplicación. Sus dedos resbalaban sobre la pantalla mojada. “Uber Black”. Era lo más rápido.
Confirmar viaje.
“Buscando conductor…”
Los segundos pasaban. Max miraba la pantalla, hipnotizado.
“Conductor encontrado. Mercedes Benz C-Class. 4 minutos”.
Max soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Viene uno.
Cuatro minutos después, un auto negro impecable se detuvo frente a ellos. El chofer, un hombre joven de corbata, bajó la ventanilla y miró con horror a sus pasajeros: un hombre lleno de lodo y sangre seca, y un niño de la calle que olía a humedad.
—¿Maximiliano? —preguntó el chofer, dudoso.
—Soy yo —dijo Max, abriendo la puerta trasera—. Y tengo prisa. Mucha prisa. Vamos a Las Lomas de Chapultepec. Paseo de la Reforma número… —miró a Mateo.
—Paseo de la Reforma 2450 —completó Mateo de memoria—. La casa de los leones de piedra.
El chofer dudó un segundo, probablemente pensando en la tapicería de su coche.
—Señor, están muy… sucios.
—Le pagaré la limpieza —gruñó Max, empujando a Mateo dentro del auto y subiéndose él—. Le pagaré un coche nuevo si quiere. Pero arranque. ¡Ahora!
El chofer, intimidado por la furia en la voz de Max, asintió y arrancó.
El auto se deslizó suavemente por el asfalto mojado, alejándose del hospital. Max miró hacia atrás, hacia la ventana del tercer piso donde sabía que Ana estaba rezando.
—Vamos por ti, Don Valeriano —susurró Max en la oscuridad del auto de lujo, mientras Mateo miraba por la ventana las luces de la ciudad que nunca dormía—. Más te vale que tengas corazón.
CAPÍTULO 3: LA FORTALEZA DEL SILENCIO
El interior del Uber Black —un Mercedes Benz Clase C último modelo— era un universo aparte. Aislado del caos de la tormenta por cristales dobles insonorizados, el mundo exterior se reducía a una película muda de luces borrosas y charcos explosivos. Dentro, olía a cuero nuevo, a aromatizante de vainilla “Premium” y, ahora, invadiendo ese espacio aséptico, al olor penetrante del lodo, la lluvia ácida y el sudor de dos supervivientes.
Maximiliano se hundió en el asiento de piel color crema, sintiendo una culpa inmediata al ver cómo su pantalón mojado dejaba una mancha oscura en la tapicería inmaculada. Pero la culpa duró un microsegundo; su mente estaba en otro lado, conectada por un hilo invisible al monitor cardíaco de Sofía.
Miró el reloj digital del tablero del auto: 20:45.
El tiempo no corría; devoraba.
A su lado, Mateo parecía una alucinación. El niño de la calle, con su sudadera gris gigante y sus tenis rotos, estaba sentado con la rigidez de quien espera un golpe. Sus ojos negros escaneaban el interior del vehículo con una mezcla de fascinación y desconfianza. Pasó un dedo sucio por el panel de la puerta, dejando una huella de grasa en el acabado negro piano.
—Oiga, joven —dijo el conductor, mirándolos por el espejo retrovisor con una mueca de disgusto mal disimulada—. Le voy a tener que cobrar un extra por la limpieza. Esto es piel napa.
Maximiliano levantó la vista. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, se encontraron con los del chofer en el espejo. Había una ferocidad en la mirada de Max que hizo que el conductor tragara saliva y volviera la vista al frente.
—Cobre lo que quiera —gruñó Max, con la voz rasposa—. Cobre el coche entero si le da la gana. Pero maneje. Si baja de ochenta, le juro que rompo el asiento.
El conductor asintió, intimidado, y aceleró. El auto se deslizó por el Segundo Piso del Periférico, que ahora, milagrosamente, empezaba a fluir hacia el norte, alejándose de la zona del accidente.
Mateo se inclinó hacia Max, bajando la voz como si temiera que el chofer, con su traje y corbata, fuera un policía disfrazado.
—Está chida la nave, ¿no, jefe? —susurró—. Nunca me había subido a uno de estos. Huele a rico.
Max miró al niño. En medio de la tragedia, la inocencia rota de Mateo era un golpe al corazón.
—Es solo un coche, Mateo.
—No, nel. No es solo un coche. Es una burbuja. Aquí adentro no se oye el desmadre de afuera. Ni se siente el frío.
Maximiliano suspiró. El niño tenía razón. La riqueza en México no era solo tener cosas; era la capacidad de aislarse, de construir muros, cristales blindados y zonas exclusivas para no ver, no oír y no sentir la realidad del país. Y ellos se dirigían al corazón mismo de esa burbuja: Las Lomas de Chapultepec.
—Mateo —dijo Max, necesitando distraer su mente del pánico creciente—. Necesito que me digas la verdad. Toda la verdad. ¿Cómo sabes dónde vive este señor? ¿Cómo sabes que nos va a recibir? No puedo llegar ahí y que me saquen a patadas. No tengo tiempo para errores.
Mateo dejó de jugar con el botón de la ventana eléctrica y su expresión se ensombreció. Se veía, de repente, mucho más viejo de lo que era.
—Mi jefa… mi mamá —corrigió, tratando de sonar más formal—, trabajaba ahí. Hace un chingo… hace como cinco años. Antes de que nos fuera mal.
—¿Era empleada doméstica?
—Simón. Era la de planta. Cocinaba, limpiaba, hacía todo. Yo estaba chiquito, tenía como seis años. La patrona, la esposa de Don Valeriano, me dejaba estar ahí los fines de semana porque no tenía con quién dejarme en el cuarto de la vecindad.
El niño miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar como estrellas fugaces.
—Era una casota, jefe. Como de película. Tenían un jardín tan grande que te cansabas de correr. Y tenían un hijo. Gabriel.
El nombre flotó en el aire acondicionado del Mercedes. Gabriel.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Max, recordando lo que Mateo había gritado bajo la lluvia, pero necesitando los detalles para usarlos como arma.
—Gabriel estaba enfermo —dijo Mateo en voz baja—. Tenía lo mismo que su niña. El corazón malito. No podía correr mucho porque se ponía morado. Pero jugábamos. Yo le enseñaba a jugar canicas en la alfombra persa cuando el Don no nos veía. Gabriel era mi valedor, aunque él tenía juguetes caros y yo nada más mis manos.
Mateo hizo una pausa, tragando saliva.
—Un día se puso malo. Fue un domingo. Me acuerdo porque estábamos viendo la tele. Empezó a toser y a agarrarse el pecho. Don Valeriano se puso loco. Gritaba por teléfono. Pero era domingo, y los bancos estaban cerrados, y algo pasó con el seguro… no sé bien, yo estaba escondido en la cocina. El chiste es que no llegaba la ambulancia especial, esa que tiene aparatos. Y el dinero no pasaba.
Max sintió un escalofrío. La historia se repetía. El dinero como barrera entre la vida y la muerte.
—Se murió ahí —susurró Mateo—. En el sillón de la sala. Yo lo vi. Se puso gris y dejó de respirar. Don Valeriano lloró como nunca he visto llorar a un hombre. Rompió cosas. Rompió un jarrón que valía más que mi vida. Y luego, en el velorio, cuando estaba borracho en la cocina y mi mamá le servía café, lo escuché decir: “Daría todo lo que tengo, cada centavo de esta maldita fortuna, por otra oportunidad. Por salvar a un niño como no pude salvar al mío”.
Maximiliano miró al niño, impactado. Esa promesa, lanzada al aire en un momento de dolor etílico hacía años, era ahora su única esperanza.
—¿Y luego? —preguntó Max—. ¿Por qué se fueron?
Mateo se encogió de hombros, volviendo a su coraza de indiferencia callejera.
—La señora se puso triste. Mucho. Se fue a Europa o no sé dónde. Y Don Valeriano corrió a todos. Dijo que no quería ver a nadie que le recordara a Gabriel. Nos dio una lana a mi mamá y a mí, pero… —el niño hizo un gesto vago con la mano— la lana se acaba. Mi mamá se enfermó. Y luego… pues, la calle.
El auto comenzó a subir. Habían dejado atrás el Paseo de la Reforma de los rascacielos corporativos y entraban en la zona residencial. El cambio fue drástico. Las calles se volvieron más anchas, arboladas y oscuras. Ya no había puestos de tacos, ni gente caminando, ni ruido. Solo muros altos de piedra volcánica, cámaras de seguridad con luces rojas parpadeantes y casetas de vigilancia privada en cada esquina.
Era el Olimpo de la ciudad. Aquí vivían los políticos, los empresarios, los dueños de México. El silencio era pesado, opresivo.
—Ya casi llegamos —dijo Mateo, enderezándose—. Es en Virreyes. Subiendo la cuesta.
El chofer, visiblemente nervioso por estar metiendo a dos vagabundos (a sus ojos) en esa zona de alta seguridad, carraspeó.
—Joven, no puedo dejarlos frente a la puerta si hay seguridad privada. Me van a reportar. Los dejo en la esquina.
—¡Nos dejas en la puerta! —ladró Max—. ¡Te estoy pagando un servicio!
—Señor, por favor. Si ven bajar a… —miró a Mateo— a personas con ese aspecto de mi unidad, me pueden vetar la placa en la zona. Aquí son muy especiales.
—Déjelo en la esquina, jefe —intervino Mateo—. Mejor llegamos caminando. Si ven el carrazo van a pensar que somos secuestradores o algo. Mejor que nos vean jodidos. Da menos miedo y más lástima.
Maximiliano analizó la lógica callejera del niño. Tenía razón. En este mundo paranoico, la incongruencia generaba alertas. Dos tipos sucios bajando de un Mercedes eran sospechosos. Dos tipos sucios caminando bajo la lluvia eran solo invisibles o patéticos.
—Está bien —dijo Max—. Déjanos en la esquina.
El auto se detuvo en una intersección oscura, iluminada apenas por farolas de luz ámbar que daban a las calles un aspecto cinematográfico y siniestro. La lluvia había amainado a una llovizna constante y helada.
Maximiliano y Mateo bajaron. El chofer ni siquiera esperó a que cerraran bien la puerta; aceleró y desapareció llantas rechillando, ansioso por escapar de esa anomalía.
Se quedaron solos en la banqueta. El silencio era absoluto, roto solo por el ladrido lejano de un perro guardián. Los árboles inmensos, fresnos y jacarandas centenarios, formaban un túnel sobre sus cabezas.
—Es allá —señaló Mateo hacia el final de la calle.
Caminaron cien metros. A cada paso, Max sentía que se hacía más pequeño. Las casas a su alrededor no eran casas; eran fortalezas. Muros de cuatro metros de altura, coronados con cercas electrificadas y alambre de púas. Casetas blindadas. Ventanas oscuras.
Finalmente, llegaron.
El número 2450.
Era una mansión imponente de estilo colonial moderno. Un muro de piedra negra se extendía por toda la cuadra. La entrada principal estaba resguardada por un portón de acero macizo y madera, flanqueado por dos leones de piedra que parecían observar a los intrusos con desprecio. Había cámaras apuntando desde todos los ángulos posibles.
Maximiliano se paró frente al interfón. Era una placa de acero cepillado con un solo botón y una cámara.
Sus manos temblaban. Miró a Mateo. El niño asintió.
Max apretó el botón.
Esperaron. Un segundo. Cinco. Diez.
Max volvió a apretar, esta vez manteniéndolo presionado.
Bzzzzzz.
Una voz metálica, distorsionada por la estática, salió del altavoz.
—¿Sí?
—Buenas noches —dijo Max, tratando de sonar autoritario, como el ejecutivo que era hasta hace tres horas—. Necesito hablar con el señor Valeriano Montiel. Es urgente.
—¿Tiene cita? —la voz era gélida, aburrida. Era la voz de alguien pagado para decir “no”.
—No, no tengo cita. Pero es un asunto de vida o muerte. Soy… soy Maximiliano Ortega. Se trata de una emergencia médica que…
—El señor Montiel no recibe a nadie sin cita previa. Deje su tarjeta en el buzón o llame a la oficina mañana en horario laboral. Retírese de la entrada.
—¡No puedo esperar a mañana! —gritó Max, acercándose a la cámara—. ¡Escúcheme! ¡Mi hija se está muriendo ahora mismo! ¡Necesito su ayuda!
—Señor, retírese o activo la alarma vecinal y llamo a la patrulla del sector. Tiene diez segundos.
El clic del interfón cortando la comunicación sonó como un disparo.
Maximiliano golpeó el muro de piedra con el puño.
—¡Abre! ¡Maldita sea, abre! —gritó, perdiendo el control. La desesperación, acumulada durante horas, estalló. Pateó el portón de acero. El sonido retumbó en la calle vacía, escandaloso e inútil.
—¡Jefe, cálmese! —Mateo lo jaló de la manga del saco—. ¡Así no! ¡Va a venir la tira y nos van a llevar!
Max se recargó en el portón, deslizándose hasta quedar de rodillas en el suelo mojado. Estaba llorando. Lágrimas de rabia, de impotencia.
—Se acabó, Mateo. Se acabó. No van a abrir. Es una fortaleza. No les importamos. Somos basura para ellos.
Miró sus manos llenas de lodo. Miró su reloj, ese símbolo de estatus que ahora no servía para nada.
—Mi niña… —sollozó—. Le fallé.
Mateo miró al hombre destrozado en el suelo. Luego miró a la cámara de seguridad, cuyo ojo rojo brillaba en la oscuridad como el de un cíclope.
El niño se quitó la capucha de la sudadera. Se limpió la cara con la manga. Se paró de puntitas frente al interfón y apretó el botón. Lo mantuvo apretado.
—¿Qué parte de “largo” no entendieron? —la voz del guardia sonó irritada—. La patrulla ya viene en camino.
—¡No le hables al patrón, háblale a Don Valeriano! —gritó Mateo con su voz de niño, pero con el tono de quien exige un derecho de sangre—. ¡Dile que está aquí el Tigre!
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Qué? —preguntó el guardia, confundido.
—¡Dile que soy Mateo! ¡El Tigre! ¡El hijo de Maricela, la que le hacía sus chilaquiles! —Mateo hablaba rápido, atropellando las palabras—. ¡Dile que estoy aquí afuera y que venimos a cobrarle la promesa de Gabriel!
Max levantó la cabeza, mirando al niño.
—¡Dile que hay una niña muriéndose igual que se murió Gabriel! —gritó Mateo, y su voz se quebró al final—. ¡Que si no abre, él va a ser el culpable esta vez! ¡Dile eso!
Soltó el botón.
El silencio volvió a caer sobre la calle Virreyes. Solo se escuchaba la respiración agitada de Mateo y el llanto silencioso de Max.
Pasó un minuto.
Dos minutos.
A lo lejos, se escuchó una sirena. La policía.
—Vámonos, jefe —dijo Max, poniéndose de pie con dificultad—. Ya viene la policía. Si nos agarran, no podré estar con Sofía cuando… cuando pase.
Max tomó a Mateo del hombro.
—Gracias, hijo. Lo intentaste.
Dieron media vuelta para irse. Derrotados.
Entonces, un sonido mecánico, pesado y profundo, hizo vibrar el suelo.
Clack. Zzzzzzzzz.
El portón de acero no se abrió, pero una pequeña puerta peatonal integrada en el muro, que Max no había notado, hizo un chasquido y se entreabrió unos centímetros.
Una voz diferente sonó por el interfón. Ya no era el guardia aburrido. Era una voz de hombre mayor, temblorosa pero potente.
—Que pasen.
Max y Mateo se miraron. No hubo sonrisas. Solo el reconocimiento mutuo de que el milagro acababa de ocurrir.
Max empujó la puerta peatonal y entraron.
Si afuera era el Olimpo, adentro era otro planeta.
El ruido de la ciudad desapareció por completo, absorbido por los muros. El jardín era inmenso, perfectamente cuidado incluso bajo la lluvia. Árboles frutales, arbustos esculpidos, y un camino de adoquines que serpenteaba hacia la casa principal.
Pero lo que más impresionó a Max no fue el lujo, sino la soledad. La casa estaba casi a oscuras, salvo por una luz en la entrada principal. Se sentía como un mausoleo.
Un guardia de seguridad privada, vestido de negro táctico y con una subametralladora colgada al hombro, salió de una caseta interior. Los miró con desprecio profesional, escaneándolos en busca de armas.
—Sigan el camino. Sin desviarse. Manos visibles.
Caminaron bajo la llovizna. Mateo iba adelante, como si recordara el camino de memoria.
—Ahí jugábamos —señaló un columpio antiguo que colgaba de un roble—. Y ahí enterrábamos tesoros.
Llegaron a la puerta principal. Era de madera tallada, de tres metros de altura.
La puerta se abrió antes de que tocaran.
En el umbral no estaba Don Valeriano. Estaba un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje gris impecable, con el porte de un mayordomo o asistente personal de alto nivel. Tenía cara de pocos amigos.
—Soy Sergio, el asistente personal del Señor Montiel —dijo secamente, bloqueando la entrada—. El Señor no está en condiciones de recibir visitas, pero insistió. Les advierto una cosa: si esto es una estafa, si vienen a pedir dinero para vicios o mentiras, no saldrán de esta propiedad caminando. ¿Entendido?
Maximiliano se enderezó. A pesar de su aspecto lamentable, recuperó su dignidad de padre.
—No quiero su dinero para vicios, señor. Quiero salvar a mi hija. Si quiere, llame al hospital. Llame al Dr. Linares. Compruebe todo. Pero déjenos ver al señor Montiel.
Sergio los miró con escrutinio. Luego, su mirada bajó a Mateo. Su expresión se suavizó imperceptiblemente.
—Hola, Mateo. Has crecido.
—Hola, don Sergio —murmuró el niño—. ¿Está el patrón?
Sergio suspiró y se hizo a un lado.
—Pasen. No toquen nada. Están llenos de lodo.
Entraron al recibidor. El piso era de mármol blanco, tan pulido que reflejaba sus figuras miserables como un espejo cruel. Había obras de arte en las paredes que Max reconoció vagamente: tal vez un Tamayo, un Toledo. El techo era de doble altura, con una araña de cristal que valía más que toda la vida laboral de Max.
Pero la casa estaba fría. Un frío que no venía del clima, sino de la ausencia de vida. No había fotos familiares recientes. No había desorden. Era un museo de la tristeza.
—Esperen aquí —dijo Sergio, señalando un área vacía del vestíbulo, lejos de las alfombras persas.
Sergio desapareció por un pasillo oscuro.
Max sacó su celular.
21:05.
Le quedaba 4% de batería. Y a Sofía le quedaba menos tiempo.
—Ana, ya estamos adentro —escribió rápidamente. No hubo respuesta. Tal vez ella estaba en el quirófano, o tal vez…
No quiso pensar en la alternativa.
—¿Jefe? —susurró Mateo—. Tengo miedo.
—Yo también, Mateo. Yo también.
Se escucharon pasos lentos, pesados. El sonido de un bastón golpeando el mármol. Toc. Toc. Toc.
Desde la penumbra del pasillo, emergió una figura.
Don Valeriano Montiel.
Max esperaba ver a un titán de la industria, un hombre poderoso. Lo que vio fue a un fantasma.
Era alto, pero estaba encorvado. Llevaba una bata de seda color vino sobre un pijama. Su cabello era completamente blanco, y su rostro estaba surcado por arrugas profundas, como grietas en un desierto. Pero sus ojos… sus ojos eran dos carbones encendidos, llenos de inteligencia y de un dolor antiguo que nunca había sanado.
Se detuvo a tres metros de ellos. Se apoyó en su bastón con pomo de plata y los observó en silencio.
Nadie habló. El sonido de un reloj de péndulo en algún lugar de la casa marcaba los segundos.
Valeriano ignoró a Max. Sus ojos se clavaron en Mateo.
—El Tigre —dijo el viejo. Su voz era ronca, como si no la usara a menudo—. Pensé que habías muerto o que te habías olvidado de este lugar maldito.
—No me olvidé, Don Valeriano —dijo Mateo, sosteniendo la mirada del anciano—. Mi mamá tampoco se olvidó nunca. Ella rezaba por usted.
El viejo hizo una mueca de dolor.
—Tu madre era una buena mujer. Mejor de lo que yo merecía. Me enteré de que falleció. Lo siento.
Mateo asintió, tragando sus propias lágrimas.
—Gracias.
Valeriano finalmente giró la cabeza hacia Maximiliano. Lo miró con la frialdad de quien ha negociado fusiones empresariales de miles de millones de dólares.
—Y usted… el hombre desesperado que viene a mi casa a media noche, trayendo a un niño de la calle como llave maestra para abrir mis puertas. Tiene agallas, se lo reconozco. O está muy loco.
—Estoy desesperado, señor Montiel —dijo Max, dando un paso adelante. Sergio, el asistente, se tensó, listo para intervenir, pero Valeriano levantó una mano para detenerlo—. Mi hija Sofía tiene cinco años. Tiene insuficiencia cardíaca aguda. Está en el Hospital Ángeles. Necesita tres millones de pesos para que desbloqueen los insumos de la cirugía. Me queda menos de una hora. No tengo el dinero. Perdí todo.
Max se metió la mano en el bolsillo interior del saco, sacando su celular casi muerto. Buscó la foto de Sofía. Esa foto donde estaba en el columpio, riendo, con las mejillas sonrosadas.
Se acercó y le mostró la pantalla al viejo.
—Mírela. Solo mírela. No le pido que me regale el dinero. Le firmo lo que sea. Trabajaré para usted el resto de mi vida. Seré su esclavo si quiere. Pero por favor… no deje que se muera por un maldito trámite bancario.
Valeriano miró la pantalla iluminada. Sus ojos recorrieron el rostro de la niña.
Su mano, la que sostenía el bastón, empezó a temblar.
Max vio cómo la máscara de dureza del millonario se agrietaba. Vio el recuerdo de Gabriel superponerse a la imagen de Sofía. Vio el domingo fatal de hace años reflejado en el martes lluvioso de hoy.
—Gabriel tenía el cabello más oscuro —murmuró Valeriano, casi para sí mismo—. Pero tenía esa misma sonrisa. Esa sonrisa de que el mundo es bueno.
El viejo cerró los ojos un momento. Parecía estar librando una batalla interna. La lógica contra la emoción. El dolor contra la esperanza.
Abrió los ojos. Brillaban con lágrimas no derramadas.
—Sergio —dijo, sin voltear.
—¿Sí, señor?
—Trae la chequera. La de emergencias. Y el teléfono satelital.
—¿Señor? —Sergio pareció sorprendido—. ¿Está seguro? No sabemos si es verdad…
—¡Trae el maldito teléfono! —gritó Valeriano, con una furia repentina que hizo eco en el vestíbulo—. ¡Y llama a Linares! ¡Ahora!
Sergio asintió y corrió hacia el despacho.
Valeriano se acercó a Max. Estaba tan cerca que Max podía oler el whisky caro y la tristeza en su aliento.
—No lo hago por usted —dijo el viejo, clavándole un dedo huesudo en el pecho—. Usted es un extraño. Lo hago por él —señaló a Mateo—. Y lo hago porque llevo veinte años despertando cada mañana odiando mi dinero porque no sirvió para lo único que importaba.
Sergio regresó corriendo con un teléfono satelital y una chequera.
—Tengo al director del hospital en la línea, señor.
Valeriano tomó el teléfono. Su postura cambió. Se enderezó. Volvió a ser el “Patrón”.
—¿Martínez? Habla Valeriano Montiel. Cállate y escucha. Tienen a una paciente, Sofía Ortega. Sí. La vas a operar. Ahora mismo. Yo cubro todo. Absolutamente todo. Y quiero a Linares en el quirófano, no a un residente. Si esa niña muere porque un administrativo no liberó un sello, voy a comprar tu hospital mañana solo para despedirte y demolerlo ladrillo por ladrillo. ¿Me entendiste?
Escuchó un momento.
—Bien. Manda los datos de la transferencia a Sergio. Él lo hace ahorita. Y dile a los padres que ya está autorizado.
Colgó el teléfono y se lo lanzó a Sergio.
Arrancó un cheque en blanco que ya había firmado y se lo dio a Max.
—Esto es para los gastos postoperatorios. Medicinas, terapias. No quiero que esa niña sufra por falta de nada.
Max tomó el papel. Sentía que se iba a desmayar. La adrenalina estaba abandonando su cuerpo, dejándolo vacío y temblando.
—Señor… gracias. No sé cómo…
—Váyase —lo cortó Valeriano—. Corra con su hija. El tiempo no perdona.
Max asintió. Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. Miró a Mateo.
—Vámonos, Mateo.
El niño miró a Max y luego a Valeriano.
—Vayan —dijo Valeriano, mirando al niño con una intensidad extraña—. Luego… luego hablamos, Tigre. Si quieres.
—Sí, patrón —dijo Mateo.
Salieron de la casa. Sergio los escoltó hasta la puerta.
—El chofer del señor los llevará de regreso —dijo Sergio, señalando una camioneta blindada Suburban que ya estaba encendida en la entrada—. Es más rápido. Tiene sirena.
Max y Mateo subieron a la camioneta.
Mientras salían de la propiedad, Max miró hacia atrás. Valeriano Montiel estaba de pie en la puerta de su fortaleza, apoyado en su bastón, mirando la lluvia. Un rey solitario en su castillo de oro y silencio, que acababa de comprar un pedazo de redención.
—Lo logramos, jefe —susurró Mateo, recargando su cabeza en el asiento de piel.
—Sí, Mateo —dijo Max, llorando libremente ahora—. Lo logramos.
La camioneta aceleró, rugiendo hacia la noche, llevando esperanza a 120 kilómetros por hora
CAPÍTULO 4: EL PRECIO DE UN LATIDO
La Chevrolet Suburban blindada, nivel 5 plus, era una bestia negra que devoraba el asfalto mojado de Paseo de la Reforma. A diferencia del Uber anterior o la motocicleta suicida del Chino, este vehículo no pedía permiso para pasar; lo exigía.
El chofer de Don Valeriano, un exmilitar de cuello ancho y mirada fija en el retrovisor, había encendido las luces estroboscópicas ocultas en la parrilla y la sirena tipo escolta federal. Los autos se apartaban como si Moisés estuviera abriendo el Mar Rojo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Maximiliano desde el asiento trasero, su voz temblando por la bajada de adrenalina.
—Diez minutos, señor. Estamos cortando por el Segundo Piso. Tengo luz verde para ignorar los límites de velocidad.
Max asintió y miró a su lado. Mateo se había quedado dormido. El niño de la calle, que había desafiado a guardias y tormentas, ahora parecía increíblemente pequeño y frágil hundido en el asiento de cuero. Su cabeza colgaba hacia un lado, y un hilo de baba le corría por la comisura de la boca. En su sueño, fruncía el ceño, como si incluso descansando tuviera que estar alerta.
Max sacó el celular. 2% de batería. Tenía una sola oportunidad.
Marcó el número de Ana.
—¿Max? —contestó ella al primer timbrazo. Se oía ruido de fondo, voces médicas.
—Ya está, Ana. Ya está todo. Valeriano llamó. El dinero está cubierto.
—¡Lo sé! —Ana lloraba, pero esta vez era un llanto diferente, histérico de alivio—. ¡Vinieron corriendo! El director médico bajó en persona. Están preparando a Sofía. Ya se la llevaron al área de transferencia. Max, ¡van a operarla!
Max cerró los ojos y recargó la cabeza en el cristal frío.
—Voy para allá. Llego en diez. Espérame.
El teléfono se murió en ese instante. Pantalla negra. Pero ya no importaba. La misión estaba cumplida. Ahora solo quedaba rezar.
La llegada al Hospital Ángeles del Sur fue una escena sacada de una película de políticos. La Suburban derrapó controladamente en la rampa de urgencias. Antes de que Max pudiera tocar la manija, el chofer ya estaba abriéndole la puerta.
—Llegamos, señor.
Max bajó, pero se detuvo. No podía dejar a Mateo ahí. Sacudió suavemente el hombro del niño.
—Mateo… despierta, campeón. Llegamos.
Mateo abrió los ojos de golpe, lanzando un manotazo defensivo al aire antes de reconocer dónde estaba.
—¿Qué? ¿Ya? —parpadeó, desorientado.
—Vamos. Tienes que venir conmigo.
Entraron al hospital. Y ahí fue donde Maximiliano entendió el verdadero poder del apellido Montiel.
Horas antes, él era un padre desesperado, sucio y pobre, ignorado por recepcionistas y guardias. Ahora, al bajar de la camioneta blindada del magnate, con el chofer escoltándolos hasta la entrada, el mundo había cambiado.
El guardia de seguridad que antes lo había mirado con asco, ahora le sostenía la puerta con una reverencia servil.
—Pase, licenciado. Lo están esperando.
En el lobby, una mujer con traje sastre impecable —la jefa de relaciones públicas del hospital, dedujo Max— corrió hacia ellos. Sus tacones resonaban en el mármol como castañuelas.
—¿Señor Ortega? Soy Claudia, de la dirección. Por favor, una disculpa por cualquier… malentendido anterior. El señor Montiel nos ha dado instrucciones precisas. Acompáñeme, por favor. Tenemos un elevador reservado.
Max sintió una náusea repentina. Odiaba esa hipocresía. Odiaba que la vida de su hija valiera menos cuando él era solo Max, y valiera todo ahora que venía apadrinado por un millonario. Pero se tragó el orgullo. No era momento de dar lecciones de moral.
—Llévame con mi esposa —dijo secamente.
Subieron al tercer piso en silencio. Mateo miraba todo con los ojos como platos, escondiéndose detrás de Max, avergonzado por sus tenis rotos en medio de tanto lujo clínico.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, Ana estaba ahí.
Al ver a Max, corrió y se lanzó a sus brazos con una fuerza que casi lo derriba.
—¡Se la llevaron, Max! ¡Justo ahora! —sollozó en su pecho—. Pude darle un beso. Estaba medio dormida, pero me apretó la mano.
Max la abrazó, hundiendo la cara en su cabello que olía a sudor y champú barato.
—Va a estar bien, amor. Va a estar bien.
Se quedaron así un minuto, respirando juntos, dos náufragos que acababan de encontrar tierra firme.
Entonces, Ana se separó un poco y miró por encima del hombro de Max. Vio al niño.
Mateo estaba parado junto a una planta artificial, frotándose las manos sucias contra el pantalón, tratando de hacerse invisible.
—¿Es él? —preguntó Ana, secándose las lágrimas.
Max asintió.
—Es Mateo. Él nos salvó. Él sabía dónde vivía Valeriano. Él convenció al viejo.
Ana se soltó de Max y caminó lentamente hacia el niño. Mateo retrocedió un paso, asustado. No estaba acostumbrado a que las señoras “bien” se le acercaran, a menos que fuera para regañarlo.
Pero Ana se arrodilló frente a él, sin importarle ensuciar sus rodillas en el piso.
Lo miró a los ojos. Vio el cansancio, el hambre, la soledad. Y vio la valentía.
—Hola, Mateo —dijo ella con voz suave.
—Hola, seño —susurró él.
Ana no dijo nada más. Simplemente lo abrazó. Lo envolvió en sus brazos maternales, atrayéndolo hacia su calor. Mateo se puso rígido como una tabla al principio, conteniendo la respiración. Nadie lo había abrazado así en años. Ni su mamá antes de irse, ni sus “cuates” de la calle. Era un abrazo que no pedía nada, solo daba.
Poco a poco, el niño se relajó. Sus hombros bajaron. Cerró los ojos. Y por primera vez en la noche, soltó un suspiro que sonó como un sollozo contenido.
—Gracias —le susurró Ana al oído—. Gracias por devolverme a mi hija.
La Sala de Espera: El Purgatorio Blanco
El Dr. Linares salió brevemente antes de iniciar la cirugía principal. Era un hombre alto, canoso, con esa aura de autoridad tranquila que tienen los grandes cirujanos.
—Señores Ortega —dijo, quitándose los lentes—. Vamos a empezar. La situación es crítica, no les voy a mentir. El ventrículo está muy deteriorado y hay líquido en los pulmones. Pero tenemos el equipo, tenemos la prótesis y tenemos al mejor equipo. Vamos a hacer todo lo humanamente posible.
—Sálvela, doctor —rogó Max.
—Haremos lo imposible. Pero prepárense para una espera larga. Esto va a tomar entre cinco y ocho horas.
Ocho horas.
Ocho horas en las que el destino de su universo se decidiría detrás de unas puertas batientes que decían “Quirófano 3 – Acceso Restringido”.
La jefa de relaciones públicas intentó llevarlos a una sala VIP privada, con sillones de piel y televisión, pero Max se negó.
—Nos quedamos aquí. Frente a la puerta.
—Pero señor, estarán más cómodos…
—Dije que aquí.
Se sentaron en las sillas de plástico duro de la sala de espera general. Max, Ana y Mateo.
El reloj de pared marcaba las 23:15.
La primera hora fue de silencio absoluto. Max sostenía la mano de Ana. Mateo se había sentado dos sillas más allá, respetando el espacio, balanceando sus pies que no llegaban al suelo.
A la una de la mañana, el estómago de Mateo rugió con la ferocidad de un león. El sonido resonó en la sala silenciosa. El niño se puso rojo de vergüenza y se apretó la panza.
Max levantó la cabeza. Se dio cuenta de que, en su locura, no había comido nada desde el mediodía, y el niño probablemente no había comido en días.
—Tengo hambre —dijo Max, poniéndose de pie—. Ana, ¿quieres algo?
Ana negó con la cabeza, con la mirada perdida en la puerta del quirófano.
—Mateo, ven conmigo.
Bajaron a la cafetería del hospital, que afortunadamente estaba abierta las 24 horas. Olía a café quemado y a pan dulce.
Max le dijo a la cajera:
—Dame tres sándwiches de jamón, dos jugos de naranja, un café negro grande y… —miró a Mateo, que observaba la vitrina de pasteles con deseo— y una rebanada de ese pastel de chocolate. La más grande que tengas.
Se sentaron en una mesa de formica. Mateo devoró el sándwich en tres bocados, casi sin masticar. Max lo observó, sintiendo una punzada de dolor.
—Despacio, Mateo. Te va a doler la panza. Hay más si quieres.
Mateo asintió, con la boca llena, y atacó el pastel. Cuando tuvo un poco de azúcar en el sistema, pareció revivir.
—Oiga, jefe… digo, señor Max. ¿Cree que la libre? —preguntó, limpiándose el chocolate de la boca con la manga.
Max tomó un sorbo de café amargo.
—Tiene que librarla, Mateo. No hay otra opción. Es fuerte. Se parece a su mamá.
—¿Y a usted no?
Max sonrió tristemente.
—A mí se parece en lo necia. Cuando se le mete algo en la cabeza, no para.
Mateo sonrió.
—Como yo.
—Sí, como tú. Oye… —Max se inclinó hacia adelante—. Allá en la casa de Valeriano… dijiste algo. Dijiste que tu mamá se fue. ¿A dónde se fue?
Mateo dejó el tenedor en el plato. Su mirada se endureció un poco.
—Se fue con un vato. Un trailero. Dijo que se iban al norte, a Tijuana. Me dijo que iba a arreglar unos papeles y regresaba por mí.
—¿Hace cuánto fue eso?
—Hace dos años.
Max sintió un hueco en el estómago. Dos años. Un niño de diez años esperando dos años.
—¿Y con quién vives?
—Ahí, variando. A veces me quedo con el Chino en su cuarto, en una vecindad por Tacubaya. Pero el Chino tiene su novia y luego se pelean y me corren. A veces me quedo en la bodega del mercado con don Chuy. A veces… pues en la calle. En los cajeros automáticos se duerme calientito si no te saca la policía.
Maximiliano miró las manos de Mateo. Tenía cicatrices pequeñas, quemaduras, mugre incrustada en las uñas. Eran manos de un veterano de guerra, no de un niño.
—¿Y la escuela?
—Iba… antes. Pero me pedían útiles y uniforme y pues… está cañón. Mejor me puse a vender chicles y a limpiar parabrisas. Se gana más. Además, aprendo rápido. Sé leer chido. Leo los periódicos que tiran en el metro.
Max sintió una admiración profunda por ese pequeño superviviente.
—Mateo, lo que hiciste hoy… arriesgaste el pellejo por nosotros. ¿Por qué? De verdad. Podías haberte ido cuando nos dejó el Chino.
Mateo jugó con el papel del sándwich, haciendo una bolita.
—Es que… cuando vi su cara en el tráfico… me acordé de mi jefa. La última vez que la vi, tenía esa cara. Estaba llorando porque no tenía para pagar la renta. Y nadie la ayudó. Nadie se paró. Todos pasaron de largo. Y yo pensé: “Si yo fuera grande y tuviera lana, yo sí ayudaría”. Pero no soy grande y no tengo lana. Solo tengo… pues, maña. Sé cosas. Y pensé que si le ayudaba a usted, a lo mejor… a lo mejor Dios le echa la mano a mi jefa donde quiera que esté. Es como… ¿cómo dicen? ¿Karma?
Max estiró la mano y cubrió la mano pequeña y sucia de Mateo con la suya.
—Eres un buen hombre, Mateo. Mejor que muchos que conozco que usan corbata.
Regresaron a la sala de espera.
Las 3:00 AM.
El tiempo se había vuelto viscoso. Ana dormitaba en la silla, con la cabeza cayendo hacia adelante, despertándose cada cinco minutos sobresaltada.
Mateo se había acostado en el suelo, usando su sudadera hecha bola como almohada. Max se quitó el saco del traje, que ya estaba seco pero arrugado y sucio, y cubrió al niño.
Max se quedó de guardia. Caminaba de un lado a otro del pasillo. Leía los carteles de “Lávese las manos” y “Derechos de los pacientes” hasta memorizarlos.
Cada vez que la puerta del quirófano se abría, su corazón se detenía. Pero solo salían enfermeras con bolsas de sangre o camilleros con cara de aburrimiento.
A las 4:30 AM, el miedo empezó a transformarse en terror. Llevaban mucho tiempo. ¿Y si algo salió mal? ¿Y si Valeriano llamó demasiado tarde? ¿Y si el daño era irreversible?
Max empezó a negociar con Dios, con el Universo, con quien fuera que escuchara.
“Te doy todo. Mi vida. Mi salud. Llévame a mí. Pero déjala a ella. Tiene cinco años. No ha ido a la escuela primaria. No ha aprendido a andar en bici. No ha tenido su primer amor. No es justo”.
Miró a Mateo durmiendo en el suelo.
“Y cuida a este también. Si salimos de esta… te prometo que no lo voy a dejar tirado”.
El Amanecer del Juicio
A las 5:15 AM, cuando las primeras luces del alba empezaban a pintar de gris las ventanas del pasillo, las puertas del quirófano se abrieron de par en par.
El sonido metálico despertó a Ana y a Mateo.
Salió el Dr. Linares.
Su aspecto era terrible. Tenía ojeras profundas, el gorro quirúrgico chueco y la bata verde manchada de fluidos oscuros en el pecho. Se quitó el cubrebocas lentamente, revelando una barba de un día y una expresión indescifrable.
Max y Ana se pusieron de pie de un salto, tomados de la mano tan fuerte que se lastimaban. Mateo se levantó del suelo, frotándose los ojos, y se paró un poco detrás de ellos, como un espectro.
El silencio duró tres segundos. Tres siglos.
Max buscó en los ojos del médico. Buscó la pena, la disculpa profesional. “Hicimos todo lo posible”.
Linares suspiró profundamente y luego… sonrió. Una sonrisa cansada, leve, pero una sonrisa al fin.
—Vivió —dijo con voz ronca—. Lo logramos.
Ana soltó un grito que no fue humano; fue el sonido de un alma regresando al cuerpo. Se desplomó sobre la silla, llorando y riendo al mismo tiempo.
—Fue una guerra ahí adentro —continuó Linares, apoyándose en la pared—. El ventrículo estaba casi destrozado. Tuvimos dos paros durante el procedimiento. Tuvimos que reiniciar su corazón manualmente. Pero es una guerrera, esa niña. Aguantó la prótesis, aguantó el bypass. Ahora está en recuperación. Su corazón está latiendo por sí solo. Fuerte. Rítmico.
Maximiliano sintió que las piernas se le volvían de gelatina. Se acercó al médico y, sin pensarlo, lo abrazó. Abrazó a ese hombre desconocido, manchado de sangre de su hija, como si fuera su hermano.
—Gracias… gracias… —repetía Max una y otra vez.
—No me dé las gracias a mí —dijo Linares, dándole palmadas en la espalda—. Agradézcale a quien pagó el equipo. Sin esa máquina de circulación extracorpórea nueva que trajeron de urgencia, no la contábamos. Y agradézcale al tiempo. Llegaron justo en el límite. Diez minutos más tarde y el tejido hubiera estado necrótico.
Max se separó y miró a Ana, que seguía llorando de felicidad. Luego buscó a Mateo.
El niño estaba sonriendo. Una sonrisa amplia, chimuela, genuina. Levantó el pulgar hacia Max.
—¿Podemos verla? —preguntó Ana, limpiándose la cara.
—Ahorita la están pasando a Terapia Intensiva Pediátrica para estabilizarla. Denme una hora. Podrán pasar de uno en uno, cinco minutos. Está intubada y sedada, no se asusten por los cables. Pero está viva.
Linares se despidió y se fue arrastrando los pies hacia el área de descanso de médicos.
Max se volvió hacia su pequeña tropa.
Abrazó a Ana de nuevo, besándola en la frente, en los ojos, en la boca.
—Lo hicimos, flaca. Lo hicimos.
Luego se agachó frente a Mateo.
El niño lo miró con timidez.
—¿Vio, jefe? Le dije que la libraba.
Max no dijo nada. Simplemente agarró al niño por los hombros y lo atrajo hacia un abrazo de oso. Esta vez, Mateo no se puso rígido. Rodeó el cuello de Max con sus brazos delgados y recargó la cabeza en su hombro.
Max sintió los huesos del niño, su fragilidad, su olor a calle y a lluvia. Y sintió también su corazón latiendo fuerte contra su pecho.
—Tú eres parte de esto, Mateo —le susurró Max al oído, con la voz quebrada—. Tú le salvaste la vida. Nunca, escúchame bien, nunca voy a olvidar esto.
Se quedaron así un momento, los tres, formando una extraña familia unida por el hilo invisible de la tragedia y el milagro.
—Bueno —dijo Max, poniéndose de pie y secándose las lágrimas—. Ana, tú entras primero a verla. Yo me quedo con Mateo.
—¿Y luego? —preguntó Ana.
—Luego… luego vamos a ver qué hacemos. Pero nadie se va a ir a la calle hoy.
Mateo miró hacia el ventanal. El sol estaba saliendo sobre la Ciudad de México. El cielo, que ayer era un moretón púrpura de tormenta, ahora se pintaba de un naranja suave y limpio. La lluvia había lavado el smog. Los volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, se veían a lo lejos, majestuosos y nevados.
—Se ve chido el amanecer desde aquí arriba —dijo Mateo—. Nunca lo había visto desde un edificio. Siempre lo veo desde abajo.
Max se paró junto a él y puso una mano en su hombro.
—Acostúmbrate a las buenas vistas, Mateo. Porque las cosas van a cambiar.
Pero mientras decía esto, una sombra de preocupación cruzó la mente de Max. La adrenalina se iba y la realidad volvía. Debían dinero. Mucho dinero, aunque Valeriano hubiera pagado la operación. No tenían coche. No tenían trabajo. Y ahora, tenía una promesa moral con un niño de la calle que no tenía dónde caer muerto.
¿Qué iba a hacer con él? No podía simplemente llevarlo a su departamento de dos recámaras en Iztapalapa y decir “aquí vive ahora”. Había leyes, el DIF, la madre ausente, el padre biológico…
Pero al mirar el perfil de Mateo, iluminado por el sol naciente, Max supo que pelearía esa batalla también. Ya había vencido al tráfico, al dinero y a la muerte. Unos cuantos trámites burocráticos no lo iban a detener.
—¿Tienes sueño? —le preguntó al niño.
—Un chingo, jefe.
—Duerme otro rato. Yo te cuido. Aquí nadie te va a mover.
Mateo se volvió a sentar en la silla, se acomodó el saco de Max como cobija y cerró los ojos. En dos minutos, estaba roncando suavemente.
Max se sentó a su lado, montando guardia frente a la puerta de Terapia Intensiva.
Era el hombre más pobre del mundo en términos económicos, pero mientras veía el pecho de Mateo subir y bajar y escuchaba a Ana hablarle bajito a la enfermera, se sintió el hombre más rico de la galaxia.
Su hija vivía.
Y el día apenas comenzaba.
CAPÍTULO 5: UN INTRUSO EN EL PARAÍSO DE INFONAVIT
La mañana siguiente a la cirugía no trajo fanfarrias ni fuegos artificiales; trajo la cruda y pegajosa realidad de la resaca emocional. El sol entraba sin piedad por los ventanales del pasillo del Hospital Ángeles, iluminando el polvo que flotaba en el aire y las caras demacradas de Maximiliano, Ana y Mateo.
Sofía estaba estable. Esa era la noticia que los mantenía en pie. “Estable” era una palabra hermosa, sólida, aburrida. Después del terror de la noche anterior, el aburrimiento era un lujo.
Pero el mundo exterior, ese que no se detiene por tragedias personales, empezó a exigir su cuota.
El celular de Max, cargado un poco gracias al cable prestado de una enfermera compasiva, empezó a vibrar. Mensajes del trabajo (que ya no tenía), correos de cobranza del banco, notificaciones de facturas vencidas.
—Tenemos que irnos a casa a bañarnos y comer algo de verdad —dijo Ana, frotándose el cuello rígido—. No dejan estar a los dos en Terapia Intensiva al mismo tiempo. Tú ve primero, Max. Yo me quedo.
Max miró a Mateo. El niño estaba despierto, sentado en la silla de plástico con la postura de una gárgola: inmóvil, observador, esperando que lo echaran. Se había lavado la cara en el baño del hospital, pero su sudadera gris seguía manchada de lodo seco y grasa de la moto. En el ambiente aséptico del hospital privado, donde pasaban doctores con batas almidonadas y señoras con bolsas Louis Vuitton, Mateo resaltaba como un error del sistema.
—No voy a dejar a Mateo aquí —dijo Max en voz baja—. Y no puedo dejarlo en la calle. No después de lo de ayer.
Ana miró al niño. Sus instintos maternos, que habían estado enfocados al 100% en Sofía, ahora se expandían.
—Llévatelo a la casa —dijo ella, decidida—. Que se bañe, que coma y que duerma en una cama. Luego… luego vemos.
Max asintió. Se acercó al niño.
—Mateo, vámonos.
El niño se tensó.
—¿A dónde, jefe? ¿Ya me va a tirar?
—Vamos a mi casa. Necesitas un baño y ropa que no huela a escape de moto.
Mateo abrió los ojos como platos. —¿A su cantón? ¿Neta?
—Neta. Vámonos antes de que me arrepienta.
El viaje en taxi hacia Iztapalapa fue un descenso de categoría social. Dejaron atrás las avenidas arboladas del sur y se adentraron en el oriente de la ciudad, donde el asfalto está cacarizo, los cables de luz cuelgan como telarañas negras y los murales de la Santa Muerte adornan las esquinas.
Max vivía en una unidad habitacional cerca de Cabeza de Juárez. Un departamento de interés social, un “huevito” de sesenta metros cuadrados en un cuarto piso sin elevador. Para Max, ese lugar era el recordatorio de sus fracasos económicos recientes; para Mateo, al entrar, pareció el Palacio de Versalles.
Max abrió la puerta de metal, batallando con la chapa que siempre se atoraba.
El departamento olía a encierro y a esa tristeza específica de los hogares descuidados por la enfermedad. Había platos sucios en el fregadero de días antes, ropa amontonada en el sofá, y juguetes de Sofía esparcidos por el suelo como minas terrestres de recuerdos dolorosos.
—Pásale —dijo Max, dejando las llaves en la mesa—. No es Las Lomas, pero el techo no se gotea.
Mateo entró con reverencia. Se quitó los tenis rotos en la entrada sin que nadie se lo pidiera, alineándolos perfectamente junto a la puerta. Caminó en calcetines (uno azul, uno negro, ambos con agujeros en los talones) sobre el piso de loseta fría.
Tocó el respaldo del sofá. Miró la televisión de pantalla plana (que Max había estado a punto de empeñar). Miró las fotos en las paredes.
—Está bien chido su cantón, jefe —susurró—. Tiene… tiene muchas cosas.
Max sintió una punzada de vergüenza. Él veía pobreza; Mateo veía abundancia.
—El baño está al fondo a la derecha. Hay agua caliente, creo. Si no sale, le abres a la llave de la cocina un rato para que prenda el boiler. Ahí hay toallas limpias. Te voy a buscar algo de ropa mía… te va a quedar gigante, pero mejor que eso —señaló la sudadera mugrosa— sí va a estar.
Mateo entró al baño como quien entra a un santuario.
Max se quedó en la sala, escuchando. Oyó el agua correr. Oyó un tarareo desafinado.
Se dejó caer en el sofá y, por primera vez en 24 horas, se permitió cerrar los ojos sin estar en guardia.
“¿Qué estoy haciendo?”, pensó. “No tengo dinero para la renta del próximo mes. Debo la luz. Sofía va a necesitar medicinas carísimas. Y ahora traigo a un niño de la calle a mi casa. Soy un idiota”.
Pero luego recordó la moto. La lluvia. La mansión de Valeriano.
“Soy un idiota con suerte”, se corrigió.
Veinte minutos después, Mateo salió del baño.
Max tuvo que morderse el labio para no reírse, no por burla, sino por ternura. El niño llevaba una playera de Max con el logo de una ferretería que le llegaba a las rodillas como vestido, y unos pants deportivos amarrados a la cintura con un cordón de zapato porque le quedaban inmensos.
Pero estaba limpio. Su piel morena brillaba. Su cabello negro, mojado y peinado hacia atrás, revelaba una cara de facciones finas que la mugre había ocultado. Ya no parecía un “huerco” peligroso; parecía lo que era: un niño de once años.
—Me siento raro, jefe —dijo Mateo, oliéndose la camiseta—. Huelo a limón.
—Es el jabón de Ana. Siéntate. Vamos a comer algo.
Max preparó lo único que había: huevos revueltos con salchicha y tortillas recalentadas.
Comieron en silencio en la pequeña mesa redonda. Mateo comía con una mezcla de voracidad y educación exagerada. No tiraba ni una migaja. Limpiaba el plato con la tortilla hasta dejarlo blanco.
—Gracias por los sagrados alimentos —dijo al terminar, una frase que sonaba extraña en su voz callejera, probablemente un remanente de algún comedor comunitario de monjas.
—Mateo —dijo Max, sirviéndose un vaso de agua—. Voy a ser claro contigo. No sé qué va a pasar mañana. Ni pasado. Mi vida es un desastre ahorita. Pero mientras Sofía esté en el hospital, puedes quedarte aquí. El sofá es tuyo.
Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. Las parpadeó rápido, avergonzado.
—No le voy a dar lata, jefe. Lo juro. Como poco. Y sé hacer cosas. Sé barrer, sé trapear. Puedo cuidar la casa para que no se metan los rateros.
—No te traje para que seas mi sirviente, Mateo. Te traje porque eres… porque eres mi amigo. Y los amigos se echan la mano.
Esa noche, Mateo durmió en el sofá. Max le dio una cobija de lana.
Desde su cuarto, con la puerta entreabierta, Max escuchó cómo el niño se acomodaba. Luego, silencio. Un silencio profundo.
Era la primera vez en dos años que Mateo dormía con ambas orejas apagadas, sin tener que escuchar si venía la policía, o un borracho, o un perro bravo.
La Rutina de la Espera
La semana siguiente fue un borrón de idas y vueltas al hospital.
Sofía mejoraba rápido. Su corazón nuevo (metafóricamente, pues era su propio corazón reparado) latía con fuerza. Ya la habían extubado y pasado a piso. Hablaba, pedía ver caricaturas y se quejaba de la comida del hospital, lo cual era una excelente señal.
En el departamento de Iztapalapa, una extraña rutina se estableció.
Max y Ana se turnaban para estar en el hospital. Uno dormía en casa, el otro en el sillón reclinable junto a la cama de Sofía.
Mateo se quedaba en el departamento.
Al principio, Max tenía miedo de dejarlo solo. “¿Y si se roba la tele? ¿Y si mete a sus amigos de la banda?”. Escondió los pocos objetos de valor que quedaban (un par de relojes viejos, los papeles de la hipoteca) en el fondo del clóset.
Pero sus miedos resultaron infundados.
Una tarde, Max regresó del hospital hecho pedazos. Había discutido con la aseguradora (que no quería cubrir una complicación menor) y había tenido que pedir prestado para el pasaje del metro.
Abrió la puerta esperando encontrar el caos habitual: platos sucios, polvo.
Se detuvo en seco.
El piso brillaba. Olía a Fabuloso de lavanda.
Los juguetes de Sofía estaban recogidos y ordenados por tamaño en la estantería. La ropa sucia ya no estaba en el sofá; estaba lavada y tendida en el pequeño balcón, ondeando al viento contaminado de la ciudad.
Y olía a comida.
Mateo salió de la cocina, con un trapo al hombro y una espátula en la mano. Llevaba puesto un delantal de Ana que le daba tres vueltas.
—¿Qué onda, jefe? —saludó con una sonrisa nerviosa—. Llegó temprano.
Max caminó hacia la cocina. En la estufa, había una olla con arroz rojo (que se veía perfecto, ni batido ni crudo) y un sartén con picadillo.
—¿Tú… tú hiciste esto? —preguntó Max, incrédulo.
—Simón. Encontré arroz en la alacena y unas papas que ya se iban a echar a perder. La carne la compré en la carnicería de la esquina, don Beto me fió veinte pesos porque le barrí la banqueta.
—Mateo, tienes once años. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?
Mateo se encogió de hombros, moviendo el picadillo.
—En la calle se aprende, jefe. Cuando mi mamá trabajaba doble turno, yo me hacía de comer. Y luego… pues en los puestos. Doña Pelos, la de los elotes, me enseñó a cocer el arroz. Y el taquero de Tacubaya me dejaba picar cebolla a cambio de tacos. Viendo se aprende.
Max probó una cucharada del arroz. Estaba delicioso. Mejor que el que hacía él (que siempre se le quemaba).
Se sentó en la silla de la cocina, sintiendo una oleada de gratitud tan grande que le dolía el pecho.
—Está buenísimo, Mateo. Gracias.
Mateo sonrió, orgulloso.
—Es para que no gasten en comida de la calle, jefe. Ustedes necesitan la lana para la niña. Yo coopero con lo que puedo.
Ese día, Max entendió algo fundamental: Mateo no se sentía un invitado; se sentía en deuda. Y su forma de pagar esa deuda, esa vida que sentía que no merecía, era volviéndose indispensable. Tenía terror de ser inútil. Terror de que, si dejaba de ser útil un solo segundo, lo devolverían a la banqueta.
—Siéntate a comer conmigo —dijo Max—. Y quítate ese mandil, pareces abuelita.
El Encuentro
Finalmente, llegó el día.
El alta médica.
Ana llamó desde el hospital a las diez de la mañana.
—¡Nos vamos a casa, Max! ¡Firma el alta y vámonos!
Max fue a recogerlas en un taxi (el presupuesto no daba para más). Sofía salió en silla de ruedas, pálida, delgada, con una cicatriz vertical en el pecho que asomaba por el cuello de su pijama de unicornios, pero viva. Sonreía.
El viaje de regreso fue una fiesta. Sofía cantaba canciones de Disney en voz baja. Ana lloraba de felicidad cada tres semáforos.
Pero Max tenía un nudo en el estómago.
No le habían dicho a Sofía sobre Mateo.
No sabían cómo reaccionaría. ¿Se pondría celosa? ¿Se asustaría? Sofía era una niña tímida, sobreprotegida debido a su enfermedad. Los extraños la ponían nerviosa.
Llegaron al edificio. Max cargó a Sofía escaleras arriba hasta el cuarto piso, aunque la doctora había dicho que podía caminar despacio. No quería arriesgar nada.
Abrió la puerta.
El departamento estaba impecable. Mateo había puesto un cartel hecho con hojas de cuaderno pegadas con diurex en la pared de la sala. Con letras chuecas y plumones de colores, decía:
“BIENVENIDA SOFI”.
Mateo estaba parado junto a la ventana, con las manos a la espalda, rígido como un soldado en inspección. Se había puesto su “mejor” ropa: la misma playera y pants que Max le había prestado, pero lavados y planchados (a saber cómo planchó sin quemar nada).
Ana entró primero.
—¡Mira qué bonito cartel! —exclamó, guiñándole un ojo a Mateo.
Max entró con Sofía en brazos y la depositó suavemente en el sofá.
—Sofi —dijo Max, arrodillándose frente a ella—. Te tenemos una sorpresa. ¿Te acuerdas que te contamos que un amigo nos ayudó mucho para que te curaras?
Sofía asintió, abrazando su peluche. Sus grandes ojos cafés escanearon la habitación y se detuvieron en el niño junto a la ventana.
—¿Es él? —preguntó con su voz finita.
—Sí, mi amor. Él es Mateo.
—Hola —dijo Mateo. Su voz tembló. Estaba aterrorizado. Enfrentar a pandilleros o policías no le daba miedo, pero esa niña frágil, esa muñeca de porcelana que había costado tres millones y lágrimas de sangre salvar, le imponía un respeto absoluto. Sentía que si respiraba muy fuerte la iba a romper.
Sofía lo miró fijamente. Lo estudió con esa honestidad brutal de los niños de cinco años. Miró su cabello corto, su piel morena, sus manos grandes.
—Tienes cara de susto —dijo Sofía.
Mateo parpadeó, sorprendido.
—Es que… es que eres muy chiquita. Y te ves… delicada.
—No soy delicada —frunció el ceño Sofía—. Soy de hierro. Mi papá dice que soy Iron Man.
Mateo sonrió, relajándose un poco.
—Simón. Eres Iron Man.
—¿Tú vives aquí ahora? —preguntó ella.
Max y Ana contuvieron el aliento. Esta era la pregunta del millón.
—Este… pues… un ratito —balbuceó Mateo, mirando a Max buscando auxilio—. Mientras mis papás… digo, mientras arreglo mis ondas. Soy compa de tu papá.
Sofía asintió, satisfecha con la explicación.
—¿Sabes jugar a las Barbies?
Mateo se puso rojo.
—No, pos no. Yo juego fútbol y canicas.
—Te puedo enseñar. Ken necesita un chofer.
—Va. Jalo de chofer.
La Cicatriz: El Mapa del Dolor Compartido
Los días siguientes fueron de adaptación.
Sofía dormía en la recámara principal con Ana, para monitorearla. Max dormía en el sillón de la sala. Mateo dormía en un colchón inflable que un vecino les prestó, tirado en el suelo del pasillo, porque insistió en que Max usara el sofá.
La dinámica cambió. Mateo se convirtió en la sombra de Sofía.
Si Sofía quería agua, Mateo corría por ella antes de que Ana pudiera levantarse. Si se le caía un juguete, Mateo se lanzaba al suelo como portero parando un penal.
La trataba como si fuera de cristal sagrado.
Pero Sofía se frustraba. Quería correr, quería saltar, y su cuerpo todavía no la dejaba. Se cansaba rápido. Le dolía el pecho.
Una tarde, una semana después de su regreso, hubo crisis.
Era la hora del baño. Ana estaba preparando la tina. Sofía estaba sentada en la cama, llorando.
—¡No quiero! —gritaba—. ¡No quiero verme! ¡Soy un monstruo!
Max y Mateo estaban en la sala, escuchando los gritos.
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, alarmado.
—Es la cicatriz —dijo Max, frotándose la cara con cansancio—. Le da miedo vérsela. Dice que es fea. Que los niños se van a burlar.
Mateo se quedó pensando un momento. Su rostro se endureció con una determinación que Max ya conocía: la misma cara que puso cuando decidió llevarlos en moto bajo la lluvia.
Sin pedir permiso, caminó hacia la recámara.
—¡Mateo, espera! —dijo Max, siguiéndolo.
Mateo entró al cuarto. Sofía estaba hecha un ovillo en la cama, cubriéndose el pecho con los brazos cruzados, llorando. Ana trataba de consolarla inútilmente.
—Sofi —dijo Mateo.
Sofía levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas y moco.
—¡Vete! ¡No me veas! ¡Estoy fea!
Mateo no se fue. Se acercó a la cama y se sentó en la orilla.
—No estás fea, mensa. Estás viva.
—¡Tengo una raya horrible! —lloró ella—. ¡Parece un cierre! ¡Soy un monstruo de Frankenstein!
Mateo suspiró. Miró a Ana, pidiendo permiso silencioso. Ana, intrigada, asintió levemente.
Mateo se levantó la playera holgada.
—Mira —dijo.
Sofía dejó de llorar un segundo para mirar.
En el pecho de Mateo, atravesando su esternón, había una línea blanca, gruesa y queloide. Una cicatriz vieja, de hace años, pero inconfundible. Era idéntica a la que ella tenía bajo el vendaje, solo que más grande, estirada por el crecimiento.
—¿Tú… tú también? —preguntó Sofía, tocándose su propio pecho con asombro.
—Simón —dijo Mateo, bajándose la playera—. Cuando tenía ocho años. Me pasó lo mismo que a ti. Mi corazón venía chueco de fábrica. Tuvieron que abrirme para arreglar la tubería.
Sofía estiró una mano temblorosa y tocó la playera de Mateo sobre la cicatriz.
—¿Dolió?
—Un chingo… digo, un montón —se corrigió Mateo rápido ante la mirada de Ana—. Al principio arde. Pica. Se siente como si te jalara la piel. Pero luego… luego se pone blanca. Y deja de doler.
—¿Y se burlan? —preguntó Sofía con voz chiquita—. ¿Los niños dicen que eres Frankenstein?
Mateo soltó una carcajada.
—¡Nombre! Al contrario. En el barrio, las cicatrices son de valientes. Si tienes una cicatriz, significa que te peleaste con la muerte y le ganaste. Eres una guerrera. Los niños sin cicatrices son aburridos, no tienen historia. Tú y yo… nosotros somos especiales. Somos del club de los “Corazones Remendados”.
Sofía se quedó pensando en eso. Club de los Corazones Remendados. Sonaba bien. Sonaba heroico.
Lentamente, bajó los brazos que cubrían su pecho.
—¿Soy valiente?
—La más valiente del condado —aseguró Mateo—. Más que yo. Yo lloré como nena cuando me quitaron los puntos. Tú ni has chillado.
Sofía esbozó una sonrisa tímida.
—Bueno… un poquito sí chillé.
—Poquito no cuenta.
Ana miraba la escena desde la puerta del baño, con lágrimas en los ojos. Max, detrás de ella, sentía que el corazón se le hinchaba. En ese momento, en esa habitación pequeña de Iztapalapa, viendo a esos dos niños rotos y remendados conectarse a través del dolor, supo que ya no había vuelta atrás.
No había “mientras tanto”. No había “temporal”.
Eran familia.
Tal vez no de sangre, tal vez no de papeles todavía. Pero eran familia de cicatriz.
La Tormenta se Acerca
Esa noche, después de que los niños se durmieron (Sofía insistió en que Mateo le leyera un cuento, aunque Mateo leía lento y tropezándose con las palabras largas), Max y Ana se sentaron en la cocina con un café soluble.
—No podemos dejarlo ir, Max —dijo Ana, yendo al grano.
—Lo sé.
—Pero tampoco podemos tenerlo así nada más. Es ilegal. Si alguien denuncia, si el DIF se entera… nos pueden acusar de secuestro o algo peor.
—Lo sé.
Max sacó unos papeles de su portafolio.
—Fui a ver a un abogado de oficio hoy en la mañana, mientras tú estabas en la farmacia.
Ana abrió los ojos. —¿Y?
—Es complicado. Muy complicado. Mateo tiene madre. Aunque lo haya abandonado, legalmente tiene la patria potestad. Si queremos quedarnos con él legalmente, tenemos que encontrarla y hacer que renuncie a sus derechos, o probar ante un juez que lo abandonó.
—¿Y si no la encontramos?
—Entonces Mateo se va al sistema. A una casa hogar. Hasta que cumpla 18.
Ana golpeó la mesa.
—¡Ni hablar! ¡No va a ir a un orfanato! ¡Esos lugares son horribles!
—Hay otra cosa —dijo Max, dudando—. El abogado dijo que también hay que buscar al padre.
—¿El padre? Mateo nunca habla de él.
—Pero existe. En el acta de nacimiento. Mateo… Mateo tiene apellidos. Se llama Mateo Alíev.
—¿Alíev? —Ana frunció el ceño—. Suena… ruso.
—O árabe. No sé. El punto es que si el padre aparece, o si la madre regresa… nos lo pueden quitar. Y nos pueden meter a la cárcel por tenerlo sin permiso.
Ana miró hacia el pasillo, donde Mateo dormía en su colchón, roncando suavemente, soñando tal vez que volaba en una moto o que jugaba con Sofía.
—No me importa —dijo ella con una fiereza de leona—. Que venga quien quiera. Que venga la madre, el padre o el Papa. Ese niño es mi hijo. Se ganó su lugar en esta casa cuando nos salvó la vida. Y voy a pelear por él como peleé por Sofía.
Max sonrió, tomando la mano de su esposa.
—Sabía que dirías eso. Por eso ya empecé a investigar.
—¿Qué encontraste?
Max suspiró, sacando una hoja impresa con una foto borrosa de Facebook.
—Encontré a la mamá. Se llama Olga. Y adivina qué… posteó hace tres días que viene de regreso a la Ciudad de México. Dice que “extraña sus raíces”.
El ambiente en la cocina se heló.
La burbuja de felicidad doméstica estaba a punto de reventar. La realidad, esa que siempre espera agazapada, estaba tocando a la puerta. Y esta vez, no traía buenas noticias.
—¿Qué vamos a hacer, Max?
Max miró la foto de la mujer rubia teñida, sonriendo con una cerveza en la mano.
—Vamos a prepararnos. Porque la batalla por el corazón de Sofía ya la ganamos. Pero la batalla por Mateo apenas empieza.
CAPÍTULO 6: LA SANGRE LLAMA (Y A VECES HIERE)
La calma en el departamento de los Ortega duró exactamente tres semanas. Fueron veintiún días de una felicidad frágil, construida sobre rutinas sencillas: desayunos de huevos con jamón, tardes de tareas escolares improvisadas en la mesa del comedor, y noches de películas piratas compradas en el metro.
Mateo había florecido. Ya no era el niño encorvado y alerta que había subido a la moto del Chino. Había ganado peso; sus mejillas, antes hundidas, tenían ahora un color saludable. Su risa, antes escasa y nerviosa, se escuchaba rebotar en las paredes del departamento, mezclándose con la de Sofía.
Se había convertido en el hermano mayor perfecto. Le enseñaba a Sofía a atarse las agujetas (con una técnica extraña de “las orejas de conejo” que aprendió en la calle), le explicaba por qué el cielo se ponía naranja en las tardes (por la contaminación, decía él con sabiduría científica dudosa, pero convincente), y la protegía de cualquier peligro imaginario.
Pero Max y Ana vivían con un ojo en la puerta y el otro en el teléfono. Sabían que la tregua era temporal.
La Llamada del Pasado
Fue un martes por la tarde. Llovía de nuevo, esa lluvia terca y gris de la Ciudad de México que parece lavar la alegría de las calles.
Sonó el timbre.
No era el timbre del interfón de abajo, sino el timbre de la puerta del departamento. Quien fuera, ya había burlado la seguridad del edificio (lo cual no era difícil, considerando que la chapa de la entrada principal servía de adorno).
Max estaba en la cocina revisando vacantes en LinkedIn. Ana doblaba ropa en la sala mientras los niños veían la tele.
Al oír el timbre, Mateo se congeló. Su instinto callejero se activó. Bajó el volumen de la tele con el control remoto y miró hacia la puerta con los ojos muy abiertos.
—Yo abro —dijo Max, levantándose despacio. Sintió un mal presentimiento en la boca del estómago.
Abrió la puerta.
Frente a él, empapada y temblando, había una mujer.
No se parecía en nada a la foto de Facebook que Max había encontrado. En la foto se veía joven, arreglada, fiestera. La mujer en el pasillo parecía diez años mayor. Tenía el cabello teñido de un rubio cenizo que ya mostraba raíces oscuras de varios centímetros. Su maquillaje estaba corrido por la lluvia, dándole un aspecto de mapache triste. Llevaba una chamarra de mezclilla delgada y cargaba una bolsa de plástico con el logo de una tienda de conveniencia.
—¿Sí? —preguntó Max, aunque ya sabía la respuesta.
La mujer lo miró con ojos acuosos, mezcla de desafío y súplica.
—Busco a mi hijo —dijo con voz ronca, de fumadora—. Busco a Mateo. El Chino me dijo que estaba aquí.
Max sintió que el piso se abría. El Chino. Claro. El único eslabón débil. El único que sabía dónde vivían.
—¿Usted es Olga?
—Soy su madre. ¿Está o no está?
Desde la sala, se oyó un ruido sordo. El control remoto cayendo al suelo.
Mateo apareció en el pasillo. Estaba pálido como un fantasma.
—¿Mamá? —susurró.
Olga se asomó por encima del hombro de Max. Al ver al niño, su rostro se descompuso. Soltó la bolsa de plástico (que sonó a botellas chocando) y se cubrió la boca con las manos.
—¡Mateo! —gritó, y antes de que Max pudiera detenerla, empujó la puerta y entró, arrodillándose para abrazar al niño.
Mateo no la abrazó de vuelta. Se quedó rígido, con los brazos a los costados, dejando que ella lo estrujara, lo besara, lo mojara con su ropa húmeda.
—¡Mi bebé! ¡Mi tigre! ¡Perdóname, perdóname! —lloraba Olga—. ¡Te extrañé tanto!
Ana salió de la recámara, alarmada por los gritos. Vio la escena y se detuvo, sintiendo una punzada de celos y miedo. Esa mujer, esa extraña que olía a tabaco y lluvia, estaba reclamando lo que Ana ya sentía suyo.
—Señora —dijo Max, cerrando la puerta para que los vecinos no salieran a ver el show—. Levántese, por favor. Está asustando a los niños.
Sofía observaba desde el sofá, abrazada a su cojín, con los ojos llenos de miedo. Nunca había visto a una mamá así. Las mamás en su mundo eran suaves, olían a vainilla y no gritaban.
Olga se levantó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Miró a Max y a Ana con una mezcla de gratitud y sospecha.
—Gracias por cuidarlo —dijo, sorbiendo la nariz—. El Chino me dijo que ustedes le dieron asilo. Son buena gente. Pero ya vine por él. Ya nos vamos.
—¡Espera! —dijo Ana, dando un paso adelante como una leona defendiendo a su cría—. ¿Cómo que ya se van? ¿A dónde? ¿Así nada más?
—Es mi hijo —repitió Olga, como si eso explicara todo—. Tengo derecho. Soy su madre.
—¿Derecho? —Max no pudo contenerse. La rabia le subió por la garganta—. ¿Dónde estaba ese derecho hace dos años? ¿Dónde estaba cuando Mateo dormía en cajeros automáticos? ¿Dónde estaba cuando tuvo que pedir dinero en los semáforos para comer?
Olga bajó la mirada, avergonzada pero terca.
—Usted no sabe nada. No sabe lo que pasé. Me fui porque no tenía opción. El hombre con el que estaba… era violento. Me obligó. Me dijo que si llevaba al niño, nos mataba a los dos. Lo hice para protegerlo.
—Lo abandonó —dijo Max, implacable—. Eso no es protección. Eso es cobardía.
—¡Basta! —gritó Mateo.
Todos se callaron y miraron al niño.
Mateo estaba temblando. Miraba a su madre y luego a Max. Sus lealtades estaban divididas. La sangre llamaba, pero el amor recibido en las últimas semanas pesaba más.
—Mamá —dijo Mateo con voz suave—. ¿A dónde vamos a ir? ¿Tienes casa?
Olga dudó.
—Renté un cuarto. En Iztacalco. Es chiquito, pero cabemos los dos. Ya conseguí chamba de mesera en una cantina. Vamos a estar bien, mi amor. Te lo juro. Esta vez sí.
Mateo miró a Max. En sus ojos había una súplica silenciosa: “No me dejes ir. Pero no puedo decirle que no a mi mamá”.
Max entendió el dilema del niño. Si se negaba, sentiría culpa por rechazar a su madre. Si se iba, perdería la seguridad que acababa de encontrar.
—Mire, señora Olga —dijo Max, tratando de negociar—. Está lloviendo. Es tarde. Mateo ya cenó, ya se bañó. No es momento para sacarlo así. ¿Por qué no hablamos con calma? Siéntese. Tómese un café.
Olga miró la lluvia tras la ventana, luego el departamento cálido y limpio. Suspiró, derrotada por la lógica y el cansancio.
—Está bien. Pero solo un rato.
La Negociación del Dolor
Se sentaron en la mesa del comedor. Ana sirvió café, con las manos temblorosas. Los niños se fueron al cuarto de Sofía, pero dejaron la puerta entreabierta para escuchar.
Olga contó su historia. Era la clásica tragedia de la pobreza urbana: malas decisiones, hombres equivocados, falta de oportunidades. Se había ido a Tijuana persiguiendo la promesa de una vida mejor con un trailero que resultó ser un alcohólico golpeador. Había tardado dos años en juntar el valor y el dinero para escapar y regresar.
—No soy una santa —admitió Olga, encendiendo un cigarro sin pedir permiso, aunque Max le acercó un cenicero improvisado con una tapa de frasco—. Pero amo a mi hijo. Es lo único bueno que he hecho en mi vida. Y quiero recuperarlo.
—Lo entendemos —dijo Ana, tratando de ser empática aunque por dentro quería gritar—. Pero Mateo necesita estabilidad. Acaba de pasar por mucho. Aquí tiene su rutina, va a empezar la escuela la próxima semana (Max había movido cielo, mar y tierra para inscribirlo en una primaria pública cercana). Si se lo lleva ahora, a un cuarto, mientras usted trabaja de noche… va a volver a estar solo.
Olga soltó el humo hacia el techo.
—¿Y qué sugieren? ¿Que se los regale? ¿Que deje que unos extraños con dinero —señaló el departamento, asumiendo erróneamente que tenían dinero— lo críen? Él es mi sangre.
—No tenemos dinero —corrigió Max—. Estamos igual de jodidos que usted, señora. Pero tenemos tiempo. Y tenemos ganas. Lo que sugerimos es… una transición.
—¿Transición? —Olga arqueó una ceja pintada—. ¿Qué es eso?
—Que no se lo lleve hoy —dijo Max—. Que lo deje quedarse aquí, donde está seguro. Y usted viene a visitarlo. Los fines de semana. O cuando tenga libre. Que Mateo vea que usted está bien, que tiene trabajo, que tiene un lugar seguro. Y cuando usted esté lista de verdad… entonces vemos.
Olga se quedó callada, mirando la brasa de su cigarro. Sabía que tenían razón. Sabía que llevarse a Mateo a ese cuarto húmedo de azotea en Iztacalco, donde ni siquiera tenía cama todavía, era un error. Pero su orgullo de madre herida le impedía aceptar.
—¿Y si me lo quieren robar? —preguntó con desconfianza—. ¿Si le meten ideas en la cabeza para que me odie?
—Mateo la ama —dijo Ana—. Si no la amara, no habría sobrevivido dos años esperándola. Nosotros nunca le hablaríamos mal de usted. Solo queremos que esté bien.
En el cuarto de junto, Mateo escuchaba todo. Sofía le apretó la mano.
—No te vayas —susurró la niña.
—Es mi mamá, Sofi.
—Pero ella te dejó. Mi papá nunca te dejaría.
Mateo sintió un nudo en la garganta. Sabía que Sofía tenía razón. Pero la culpa es un lazo poderoso.
Finalmente, en la cocina, Olga aplastó la colilla del cigarro.
—Está bien. Se queda. Por ahora. Pero voy a venir a verlo. Y si veo algo raro, me lo llevo. Y no firmo nada. No les voy a dar papeles. Sigue siendo mío.
Max y Ana respiraron aliviados. Era una victoria pírrica, pero una victoria al fin.
—Trato hecho —dijo Max.
Olga se levantó. Fue al cuarto de los niños.
—Mateo, mi amor. Me voy a ir.
Mateo se levantó de un salto.
—¿Ya?
—Sí. Pero voy a volver. El sábado. Te voy a llevar al parque. ¿Quieres?
Mateo asintió, aunque sus ojos no brillaban.
—Sí, ma.
—Pórtate bien. Hazles caso a los señores.
Le dio un beso en la frente y salió rápido, como si temiera arrepentirse.
Cuando la puerta se cerró, el silencio en el departamento fue pesado.
Mateo salió del cuarto y se sentó en el sofá, mirando a la nada.
Max se sentó a su lado.
—¿Estás bien, campeón?
Mateo no contestó. Solo recargó la cabeza en el hombro de Max.
—Ella huele a chupe —susurró el niño—. Y a tristeza.
Max lo abrazó.
—Lo sé, Mateo. Lo sé.
La Sombra del Padre
Si Olga era un huracán emocional, lo que vino después fue un terremoto estructural.
Dos semanas después, un sábado, Mateo regresó de su visita con Olga. Venía callado, con la mirada baja. Traía una bolsa de McDonald’s en la mano, un lujo que Olga le había comprado para “compensar”.
—¿Cómo te fue? —preguntó Ana, sirviéndole un vaso de leche.
—Bien —dijo Mateo secamente—. Fuimos al cine.
Pero había algo más. Max lo notó.
—¿Qué pasa, Mateo? Escúpelo.
Mateo jugó con la pajita de su refresco.
—Mi mamá dijo… dijo que vio a mi papá.
Max y Ana se miraron. El misterioso padre. El Sr. Alíev.
—¿Ah sí? ¿Y qué dijo?
—Dijo que está en la ciudad. Que tiene una constructora. Que tiene lana. Y que quiere conocerme.
El corazón de Ana dio un vuelco. Un padre con dinero. Eso cambiaba todo el juego legal. Un padre pobre es fácil de pelear en tribunales; un padre rico te aplasta con abogados.
—¿Y tú… tú quieres conocerlo? —preguntó Max con cautela.
Mateo se encogió de hombros.
—No sé. Mi mamá dice que nos puede dar dinero. Para que ella y yo vivamos juntos en un depa chido. Dice que me puede pagar una escuela privada.
Ahí estaba. La tentación. El sueño dorado de Olga: usar al niño para sacarle dinero al exmarido y arreglar su vida. Y Mateo, en su inocencia y deseo de ayudar a su madre, era el peón perfecto.
—Mateo —dijo Max seriamente—. El dinero no lo arregla todo. Mira a Don Valeriano. Tiene todo el dinero del mundo y vive solo en un castillo triste. Lo importante es quién te cuida. Quién está contigo cuando tienes fiebre. Quién te hace de cenar.
—Lo sé, jefe —dijo Mateo—. Pero… es mi papá. Nunca lo he visto. Solo en fotos viejas. Quiero saber… quiero saber por qué no me buscó antes.
Max entendió. Era una necesidad biológica. La necesidad de saber de dónde vienes.
—Está bien. Si quieres verlo, lo veremos. Pero no vas a ir solo. Yo voy contigo.
El Encuentro con el Sr. Alíev
La cita fue en un restaurante de cadena en Polanco. Un lugar neutro, ruidoso, lleno de familias felices comiendo hamburguesas gourmet.
Max, Ana y Mateo llegaron puntuales. Olga no fue; dijo que prefería evitar al “desgraciado”.
En una mesa del fondo, un hombre esperaba.
Era alto, corpulento, vestido con un traje que costaba más que el coche de Max. Tenía facciones fuertes, nariz aguileña y cabello oscuro con canas en las sienes. Se parecía a Mateo. Innegablemente. Eran los mismos ojos, la misma forma de la boca.
Se levantó al verlos.
—Mateo —dijo, extendiendo la mano como si saludara a un socio de negocios, no a su hijo de once años—. Soy Ruslan. Tu padre.
Mateo no le dio la mano. Se quedó pegado a la pierna de Max.
—Hola —dijo.
Se sentaron. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
—Ustedes deben ser los Ortega —dijo Ruslan, mirándolos con una mezcla de curiosidad y desdén—. Olga me contó. Gracias por… cuidar al muchacho. Les reembolsaré cualquier gasto, por supuesto.
Sacó una cartera de piel y puso un fajo de billetes sobre la mesa.
Max miró el dinero con asco.
—No queremos su dinero, señor Alíev. Queremos saber qué quiere con Mateo.
Ruslan sonrió, una sonrisa de tiburón.
—Quiero lo que es mío. Es mi hijo. Tengo derechos. Me enteré de que Olga lo tuvo viviendo como un animal en la calle. Eso es inaceptable. Yo puedo darle una vida mejor. Educación, viajes, futuro.
—¿Y dónde estuvo estos diez años? —preguntó Ana, furiosa—. ¿Dónde estaba cuando Mateo nació enfermo del corazón? ¿Dónde estaba cuando lo operaron?
Ruslan suspiró, tomando un trago de su whisky.
—No sabía. Olga se fue cuando quedó embarazada. Éramos jóvenes, estúpidos. Yo regresé a mi país un tiempo. Luego volví, hice negocios… No sabía que el niño existía hasta hace poco, cuando Olga me contactó pidiendo dinero.
Mentira. Max lo vio en sus ojos. Sabía. Simplemente no le importó hasta ahora. Tal vez necesitaba un heredero, o tal vez le remordía la conciencia en su vejez prematura. O tal vez era solo un juego de poder contra Olga.
—Mateo —dijo Ruslan, ignorando a los adultos y dirigiéndose al niño—. ¿Te gusta el fútbol? Tengo un palco en el Estadio Azteca. Podríamos ir el domingo. Y te puedo comprar el PlayStation 5. Y una moto de verdad, no como esa en la que andabas.
Mateo miró al hombre. Miró el dinero en la mesa. Miró el reloj de oro en la muñeca de su padre.
Luego miró a Max. Miró los zapatos desgastados de Max, su camisa planchada por Ana, sus manos callosas de trabajador. Recordó las noches en el sofá, los cuentos leídos a Sofía, el arroz rojo quemado, el cariño que no pedía nada a cambio.
Mateo se levantó de la silla. Parecía haber crecido cinco centímetros en ese momento.
—No quiero tu PlayStation —dijo con voz firme—. Y no quiero ir al estadio contigo.
La sonrisa de Ruslan flaqueó.
—¿Cómo? No seas tonto, muchacho. Te ofrezco el mundo. ¿Prefieres vivir en un departamento de interés social comiendo frijoles?
—Prefiero vivir donde me quieren —dijo Mateo—. Tú me abandonaste. Ellos me recogieron. Ellos son mi familia. Tú solo eres… un señor con dinero.
Ruslan se puso rojo de ira.
—¡Soy tu padre! ¡Tengo abogados! ¡Puedo quitártelos en un segundo!
—Inténtelo —dijo Max, poniéndose de pie y poniéndose frente a Mateo—. Inténtelo y va a ver de qué es capaz un padre de verdad. No tenemos su dinero, pero tenemos la verdad. Y si usted quiere llevar esto a un juzgado, vamos a hablar de abandono, de negligencia, de años de ausencia. A ver qué juez le da la custodia a un fantasma.
Ruslan miró a Max, midiendo sus fuerzas. Vio que no era un hombre al que pudiera intimidar con la cartera. Vio la determinación de alguien que ya había vencido a la muerte.
Guardó sus billetes con un movimiento brusco.
—Se arrepentirán —dijo, señalando a Mateo—. Cuando crezcas y te des cuenta de lo que rechazaste, me buscarás. Y tal vez ya no esté.
—No te voy a buscar —dijo Mateo—. Ya encontré lo que buscaba.
Ruslan se fue, dejando una estela de colonia cara y amargura.
Cuando salieron del restaurante, Mateo estaba temblando. La adrenalina del enfrentamiento se disipaba.
Max se agachó y lo abrazó en plena calle Masaryk.
—Estoy orgulloso de ti, Mateo. Muy orgulloso.
Mateo lloró. Lloró por el padre que pudo tener y no fue. Lloró por la fantasía que acababa de romper. Pero también lloró de alivio. Había elegido. Y había elegido bien.
La Huida Final
La victoria sobre Ruslan tuvo un costo. Olga, al enterarse de que Mateo había rechazado al padre “rico” y por lo tanto, la pensión jugosa que ella esperaba administrar, enfureció.
Llegó al departamento de los Ortega gritando, acusándolos de poner al niño en su contra, de arruinar su futuro (y el de ella).
—¡Me voy a llevar a mi hijo! —gritó, tratando de jalar a Mateo del brazo en la puerta del edificio—. ¡Vámonos, malagradecido! ¡Por tu culpa no voy a tener un peso!
—¡Suéltame! —gritaba Mateo—. ¡No quiero ir contigo! ¡Solo quieres el dinero!
Fue una escena horrible. Vecinos asomados. Sofía llorando. Max tuvo que intervenir físicamente, separando a Olga de Mateo con suavidad pero firmeza.
—Si no se calma, llamo a la patrulla, Olga. Está lastimando al niño.
Olga se detuvo, jadeando. Miró a Mateo, que la miraba con terror. Se dio cuenta, en ese instante de lucidez dolorosa, de que había perdido. Había perdido a su hijo no por culpa de los Ortega, sino por su propia avaricia y desesperación.
—Te odio —le escupió a Mateo—. Te odio por ser igual a tu padre.
Se dio la media vuelta y se fue corriendo bajo la lluvia.
Dos días después, llegó la carta.
No era una demanda. Era una nota simple, escrita en una hoja de cuaderno, dejada bajo la puerta.
“Me voy. Me salió una chamba en Cancún. No voy a regresar. Quédense con el niño. Es mucho problema para mí. Ahí les dejo un papel firmado, espero que sirva. Que Dios los bendiga, porque yo no pude.”
Junto a la nota, había un documento notariado, arrugado y manchado de café. Era una cesión de la custodia temporal, que Olga había tramitado (probablemente con el último dinero que le quedaba o con ayuda de algún conocido coyote) antes de irse, tal vez en un último acto de amor retorcido, o simplemente para lavarse las manos legalmente.
Max leyó el documento. Ana lloraba de alivio.
Mateo tomó la nota de su madre. La leyó una, dos veces.
No lloró. Su rostro estaba tranquilo, resignado.
—Se fue —dijo.
—Se fue, Mateo —confirmó Max—. Pero nosotros nos quedamos.
Mateo dobló la nota y la guardó en su bolsillo, junto a una canica y una ficha de refresco. Sus tesoros.
—Está bien —dijo—. Cancún está bonito. Ojalá le vaya chido.
Esa noche, en la cena, Sofía preguntó:
—¿Ya no se va a ir Mateo?
Max sonrió, sirviendo la sopa.
—No, mi amor. Mateo se queda. Para siempre.
Mateo sonrió. No la sonrisa nerviosa de antes, sino una sonrisa plena, dueña del lugar.
—Pásame la sal, papá —dijo, probando la palabra en su boca.
Max se congeló un segundo. Ana dejó de masticar.
—Toma, hijo —dijo Max, pasándole el salero con la mano firme, aunque el corazón le galopaba.
La familia estaba completa. Rota, remendada, cicatrizada, pero completa.
CAPÍTULO 7: EL ECO DE LAS LOMAS
Seis meses.
Habían pasado seis meses desde aquella noche de lluvia, tráfico y milagros.
Para el universo, medio año no es nada; un parpadeo cósmico. Pero para la familia Ortega —ahora extraoficialmente compuesta por cuatro integrantes—, habían sido seis vidas comprimidas.
La Ciudad de México había cambiado de estación. Las lluvias torrenciales habían dado paso al frío seco de enero, ese que se cuela por las ventanas mal selladas de los departamentos de interés social y te obliga a dormir con doble cobija de tigre.
En el departamento 402 de la unidad habitacional en Iztapalapa, la alarma del celular de Max sonó a las 5:30 AM.
Maximiliano estiró el brazo, apagó el ruido infernal y se quedó mirando el techo despintado un momento. Suspiró. No era un suspiro de tristeza, sino de cansancio profundo, ese cansancio honrado del que se parte el lomo para llevar comida a la mesa.
Se levantó con cuidado para no despertar a Ana. Fue a la cocina, esquivando una mochila de Spider-Man (de Mateo) y una muñeca sin cabeza (de Sofía) que yacían en el pasillo como trampas mortales. Puso café.
Mientras el agua hervía, Max hizo cuentas mentales.
Renta: pagada. Luz: vencida, hay que pagar hoy o la cortan. Gas: queda medio tanque. Comida: hay huevo y frijoles.
Estaban apretados. Muy apretados.
Max había conseguido trabajo como chofer de una plataforma de transporte, rentando un auto (el suyo seguía descompuesto y arrumbado). Ana hacía postres —pays de limón y gelatinas— que vendía por catálogo y en la escuela de los niños. Sobrevivían. Apenas.
Pero eran felices. Una felicidad ruidosa, caótica y apretada.
La Batalla de las Agujetas y la Multiplicación
A las 6:30 AM, el departamento era zona de guerra.
—¡Mateo! ¡Se te hace tarde! —gritó Ana desde la cocina, volteando tortillas—. ¡Sofi, deja al gato y ponte los zapatos!
Mateo salió del cuarto (que ahora compartía oficialmente con Sofía en una litera que Max había comprado a meses sin intereses). Llevaba el uniforme gris de la primaria pública: pantalón de poliéster que ya le quedaba un poco corto (había dado el estirón) y un suéter verde con el escudo de la SEP.
—No encuentro mi cuaderno de matemáticas, ma —dijo Mateo, con la boca llena de pasta de dientes.
—Está en la mesa, donde lo dejaste anoche cuando te rendiste con las fracciones —dijo Max, abrochándose la camisa—. Y límpiate la boca, pareces perro con rabia.
Mateo se rió y se limpió con la manga.
La adaptación escolar de Mateo había sido… interesante. Después de dos años sin pisar un aula, el sistema educativo fue un choque cultural. Mateo sabía calcular el cambio de un billete de 500 en tres segundos (habilidad de vendedor ambulante), pero no sabía qué era un mínimo común múltiplo. Sabía leer las intenciones de un asaltante a una cuadra de distancia, pero se trababa leyendo en voz alta frente al grupo.
Sin embargo, tenía algo que los demás niños no tenían: calle. Y tenía a Sofía.
Sofía, ya recuperada casi al 100%, iba en el kinder del mismo complejo educativo. Mateo la llevaba de la mano hasta la puerta de su salón como si fuera un guardaespaldas del Servicio Secreto. Nadie se metía con la “hermanita del Tigre”.
—Vámonos, tropa —dijo Max, agarrando las llaves—. El Uber no espera y el tráfico menos.
Bajaron las escaleras corriendo.
Max dejó a los niños en la puerta de la escuela. Antes de entrar, Mateo se detuvo.
—Oye, pa… —dijo, bajando la voz para que sus amigos no lo oyeran.
—¿Qué pasó?
—Hoy es la junta de boletas. La maestra dijo que tenías que ir.
Max sintió un sudor frío. —¿Reprobaste?
Mateo miró sus tenis.
—No… pero le rompí la nariz al Brayan de sexto.
Max cerró los ojos y contó hasta diez.
—¿Por qué?
—Le dijo a Sofi que tenía cicatriz de zombi. Y le quiso levantar la falda para verla.
Max abrió los ojos. Miró a su hijo. Vio en él la misma lealtad feroz que lo había salvado aquella noche lluviosa.
—¿Le pegaste fuerte?
—Le di un cabezazo. Como me enseñó el Chino.
Max suspiró, tratando de ocultar una sonrisa de orgullo inapropiada.
—Hablamos en la tarde. Pero… bien hecho, hijo. Solo que la próxima vez, avísale a la maestra primero.
—Va.
La Carta del Olimpo
Esa tarde, cuando Max regresó de manejar diez horas en el tráfico capitalino, encontró a Ana sentada en la mesa de la cocina con un sobre color crema en las manos.
El sobre desentonaba con el mantel de plástico de frutas. Era de papel grueso, texturizado, con un sello en relieve.
—Llegó esto —dijo Ana. Su voz sonaba nerviosa.
—¿Qué es? ¿Demanda? —el miedo de Ruslan o de Olga siempre estaba latente.
—No. Es de él. De Don Valeriano.
Max tomó el sobre. Olía a papel caro y a oficina antigua.
Lo abrió. Dentro había una tarjeta escrita a mano, con una caligrafía elegante y temblorosa de anciano.
“Estimada Familia Ortega:
Ha pasado tiempo. Me gustaría verlos. A todos. Incluyendo al Tigre.
Los espero este sábado a las 2:00 PM en mi casa para comer. No acepto un no por respuesta.
Enviaré el auto.
Atte. V. Montiel”
Max dejó la tarjeta en la mesa.
—Quiere vernos.
—¿Para qué? —preguntó Ana, preocupada—. ¿Y si quiere el dinero de vuelta? Max, la operación costó tres millones. No tenemos ni tres mil ahorrados.
—No creo que sea eso. Valeriano no es de los que cobran favores así. Dijo que era un regalo.
—¿Entonces?
—No sé. Tal vez… tal vez se siente solo.
El Regreso a la Fortaleza
El sábado llegó.
La preparación fue un evento en sí mismo. Ana planchó las camisas de Max y Mateo con almidón. Le puso a Sofía su mejor vestido (uno que había comprado en el tianguis, pero que parecía de boutique). Ella misma se puso el vestido que usó para la boda de su prima hace tres años.
Querían verse dignos. No ricos, porque no lo eran, pero sí dignos.
A las 1:30 PM en punto, la Suburban negra blindada se estacionó frente al edificio despintado de Iztapalapa. Los vecinos salieron a los balcones a chismear. “¿A quién van a levantar?”, murmuraban. “¿O a quién le pegaron al gordo de la lotería?”.
El chofer, el mismo exmilitar de aquella noche, bajó y les abrió la puerta.
—Buenas tardes, licenciado. Señora. Niños.
—Hola —dijo Mateo, chocando puños con el chofer—. ¿Qué onda, Capi?
—Todo tranquilo, Tigre. Súbanle.
El viaje hacia Las Lomas fue diferente esta vez. No había lluvia, no había urgencia de muerte, no había miedo a perder un órgano vital. Pero había otro tipo de nerviosismo. El nerviosismo de enfrentarse al benefactor, al dios que había bajado del Olimpo para tocarlos y luego había desaparecido.
Sofía iba pegada a la ventana, fascinada.
—Mira, Mateo, ¡las casas son gigantes! ¡Parecen escuelas!
—Son mansiones, mensa —explicó Mateo—. Ahí vive gente que nunca se sube al metro.
Llegaron a la calle Virreyes.
Los leones de piedra seguían ahí, custodiando la entrada. El portón se abrió silenciosamente.
Entraron al jardín.
A la luz del día, el lugar era aún más impresionante. El pasto parecía cortado con tijeras de manicura. Había fuentes, estatuas, rosales perfectos.
Pero seguía sintiéndose vacío. Un escenario perfecto sin actores.
Don Valeriano los esperaba en la puerta principal.
Se veía más viejo que hace seis meses. Estaba más delgado, y se apoyaba con más peso en su bastón. Pero sus ojos seguían siendo agudos, inteligentes.
Llevaba un traje de lino claro, impecable.
—Bienvenidos —dijo con su voz rasposa—. Pasen. Mi casa es su casa, aunque suene a cliché de telenovela.
Entraron. El vestíbulo de mármol brillaba.
Sofía, con la inocencia que solo da haber sobrevivido a la muerte, se soltó de la mano de Ana y caminó directamente hacia el anciano millonario.
Se paró frente a él, mirándolo hacia arriba.
—Hola —dijo—. Tú eres el señor que pagó mi corazón nuevo, ¿verdad?
Valeriano se quedó inmóvil. Miró a la niña. Vio la cicatriz que asomaba discretamente por el cuello de su vestido.
—Hola, pequeña. Sí. Fui yo. O más bien, fue mi chequera.
—Mi papá dice que eres mi ángel guardián —dijo Sofía—. Pero te ves muy viejito para volar.
Ana soltó un grito ahogado.
—¡Sofía!
Valeriano soltó una carcajada. Una risa seca, oxidada, como un motor que no se ha encendido en años.
—Tienes razón, niña. Ya no vuelo. Apenas camino. Pero me alegra que tu corazón funcione bien. Tienes buenas mejillas.
Luego miró a Mateo.
Mateo se había quedado atrás, junto a Max.
—Tigre —dijo Valeriano—. Acércate.
Mateo caminó hacia él. Ya no bajaba la cabeza. Lo miró a los ojos.
—Buenas tardes, Don Valeriano.
—Te ves diferente. Ya no hueles a calle. Hueles a… —olfateó el aire— a jabón corriente y a almidón. Me gusta. Te ves bien.
—Gracias. Usted también se ve… elegante.
Valeriano sonrió levemente.
—Vamos a comer. Sergio preparó algo sencillo. No se asusten con los cubiertos. Usen los que quieran. Si quieren comer con las manos, háganlo. Aquí mando yo, no la etiqueta.
La Comida de los Contrastes
El comedor era una mesa de caoba para veinticuatro personas. Ellos eran cinco. Se sentaron en un extremo, agrupados como náufragos en una balsa gigante.
La comida fue exquisita pero extraña. Sopa de flor de calabaza, filete mignon, puré de papa trufado. Mateo miraba el plato con sospecha, probablemente extrañando unos tacos de suadero, pero comió con educación.
Valeriano hablaba poco. Hacía preguntas puntuales.
—¿Cómo va el trabajo, Maximiliano?
—Bien, señor. Manejo un Uber. Sale para los gastos. Estamos… estables.
—¿Y la escuela, Mateo?
—Bien. Voy en quinto. Me cuestan las matemáticas, pero soy bueno en historia.
—La historia es importante —asintió Valeriano—. Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Yo repetí la mía, casi. Hasta que ustedes llegaron.
Cuando sirvieron el postre, Valeriano dejó su cuchara y se limpió la boca con la servilleta de lino.
—Bueno. Basta de charla social. No los traje aquí solo para que probaran la mano de mi chef. Los traje porque necesito arreglar mis asuntos.
El ambiente se tensó. Max sintió que el filete se le atoraba. ¿Arreglar asuntos? ¿Iba a pedir el dinero?
—Señor —empezó Max—, sé que es mucho dinero, y le juro que en cuanto pueda voy a empezar a pagarle, aunque sea de a poco…
Valeriano levantó la mano, callándolo.
—No seas idiota, Maximiliano. No quiero tu dinero. Tengo más dinero del que puedo gastar en diez vidas. Y no tengo a quién dejárselo.
El silencio en el comedor fue absoluto.
Valeriano miró a Mateo.
—He estado investigando. Tengo recursos, ya saben. Sé lo de tu madre, Olga. Sé que se fue a Cancún. Sé que firmó un papel notariado cediendo la custodia.
Max asintió. —Así es.
—Y sé lo de tu padre. Ruslan Alíev. Sé que intentó comprarte con juguetes y promesas vacías, y que lo rechazaste.
Mateo se sorprendió. —¿Cómo sabe eso?
—Tengo ojos en todas partes, Tigre. Y me impresionaste. Rechazar dinero fácil por lealtad… eso es algo que pocos hombres hacen, y menos un niño. Eso demuestra carácter. Y el carácter no se compra.
Valeriano sacó una carpeta de piel de debajo de la mesa.
—Ese papel que firmó tu madre es un buen comienzo, pero legalmente es débil. Cualquier juez con mal día lo puede tumbar. Y tu padre biológico, aunque lo rechazaste, sigue teniendo derechos de sangre. Si se le antoja volver en cinco años, puede hacerles la vida imposible.
Ana se llevó la mano a la boca. —Dios mío.
—Por eso —continuó Valeriano—, me tomé la libertad de contratar al mejor bufete de abogados de familia de México. Ya iniciaron el trámite de privación de patria potestad contra Ruslan y Olga por abandono. Con mis abogados, ese trámite que duraría años, va a salir en tres meses. Y luego, el trámite de adopción plena para ustedes. Mateo será legalmente un Ortega. Con acta de nacimiento nueva y todo. Nadie podrá quitárselos nunca.
Max sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Ese era el regalo más grande. La seguridad. La paz.
—Señor… no sé qué decir.
—No digas nada. Aún no termino.
Valeriano abrió la carpeta.
—Maximiliano, manejar un Uber es honrado, pero es arriesgado y mal pagado. Necesitas estabilidad para criar a dos hijos, uno de ellos con historial cardíaco.
Sacó una tarjeta de presentación.
—Tengo una empresa de logística. Transportes Montiel. Necesito un gerente de operaciones en la planta de Vallejo. Alguien honesto. Alguien que sepa resolver problemas bajo presión. Tú resolviste el problema de cruzar la ciudad en una tormenta sin dinero para salvar a tu hija. Eso es gestión de crisis nivel experto. El puesto es tuyo si lo quieres. Sueldo base, prestaciones superiores, seguro de gastos médicos mayores para toda la familia. Incluyendo preexistencias cardíacas.
Max se quedó mudo. Miró a Ana. Ana lloraba abiertamente.
Seguro de gastos médicos. Eso significaba que las revisiones de Sofía y Mateo estarían cubiertas. Significaba dormir tranquilo.
—Señor Montiel… acepto. Claro que acepto. No le voy a fallar.
—Más te vale. Soy un jefe exigente. Si llegas tarde te descuento el día —dijo Valeriano, pero sus ojos brillaban con diversión.
Luego, se volvió hacia Mateo.
—Y para ti, Tigre…
Mateo se enderezó.
—Tú me recordaste a mi hijo. No físicamente, sino en el espíritu. Gabriel no tuvo la oportunidad de crecer. Tú sí. Y no quiero que desperdicies esa oportunidad vendiendo chicles o manejando un taxi, con todo respeto a tu padre.
Valeriano sacó un documento más.
—He creado un fideicomiso educativo a tu nombre y al de Sofía. Cubre preparatoria y universidad. En la escuela que quieran. Pública, privada, en el extranjero. Donde sea. La única condición es que estudien. Que se preparen. Que sean alguien.
Mateo miró el papel. No entendía todos los términos legales, pero entendía el significado. Futuro. Esa palabra que en la calle no existía.
—¿Por qué? —preguntó Mateo, con la voz quebrada—. ¿Por qué hace todo esto por nosotros? Ni siquiera somos su familia.
Valeriano se apoyó en la mesa y se levantó con dificultad. Caminó hasta quedar frente a Mateo.
Puso su mano huesuda y llena de manchas de la edad sobre el hombro del niño.
—Porque tú me diste algo que el dinero no puede comprar, Mateo. Me diste una segunda oportunidad. Esa noche, cuando llegaste a mi puerta gritando y exigiendo… sentí que Gabriel me estaba gritando. Sentí que, por fin, podía hacer algo útil. Me salvaste de morirme siendo un viejo amargado y tacaño. Me recordaste que tengo corazón, aunque esté viejo y cansado.
Valeriano miró a Sofía, que se había quedado dormida en la silla con la boca abierta.
—Ustedes no son mi sangre. Pero son mi legado. Gabriel se fue. Pero ustedes se quedan. Quiero verlos crecer. Quiero ver en qué se convierten esos corazones remendados.
Mateo, rompiendo todo protocolo y superando su miedo, abrazó al viejo por la cintura. Hundió la cara en el saco de lino.
—Gracias, abuelo —susurró.
Valeriano se tensó. La palabra “abuelo” lo golpeó como un tren. Sus ojos se humedecieron. Levantó una mano temblorosa y acarició torpemente el cabello negro del niño.
—De nada, hijo. De nada.
La Salida
Salieron de la mansión al atardecer.
El cielo de la Ciudad de México estaba pintado de violeta y naranja, un espectáculo que a veces regala la contaminación.
Max caminaba con la espalda más recta. Ya no llevaba el peso del mundo sobre los hombros; llevaba responsabilidad, sí, pero también esperanza. Tenía trabajo. Tenía seguro. Tenía futuro.
Ana llevaba a Sofía cargada, dormida.
Mateo caminaba al lado de Max, mirando sus tenis nuevos (regalo de Valeriano antes de salir).
—Oye, pa —dijo Mateo.
—¿Qué pasó?
—El señor Valeriano… es buena onda. Aunque tiene cara de enojado.
—Las caras engañan, Mateo. Tú tenías cara de delincuente cuando te conocí y mira.
Mateo se rió.
—Oye… ¿entonces voy a tener que estudiar mucho? Dijo universidad y todo eso.
—Vas a estudiar hasta que se te queme el cerebro, chamaco. No hay excusas. Tienes beca.
—Chale. Yo que quería ser youtuber.
—Ni lo pienses. Vas a ser ingeniero, o doctor, o abogado. O lo que quieras, pero con título.
Llegaron a la camioneta. El chofer abrió la puerta.
Antes de subir, Mateo miró hacia la casa.
En la ventana del segundo piso, una cortina se movió. Valeriano estaba ahí, observando.
Mateo levantó la mano y se despidió.
La figura en la ventana levantó la mano también. Un saludo leve, casi imperceptible.
El portón de los leones se cerró detrás de ellos.
La fortaleza ya no era un lugar prohibido. Era parte de su historia.
—¿A dónde vamos, jefe? —preguntó el chofer.
Max miró a su familia. Miró a Ana, que le sonreía con paz. Miró a Sofía dormida. Miró a Mateo, que jugaba con el vidrio eléctrico.
—A casa, Capi. A Iztapalapa. Tenemos que preparar las mochilas para mañana.
La Suburban arrancó, mezclándose con el tráfico de la ciudad monstruo, llevando en su interior a cuatro personas que habían desafiado las estadísticas de la desgracia y habían ganado.
—Oye, pa —dijo Mateo otra vez.
—¿Qué?
—¿Crees que el Capi nos deje poner reguetón? Es que esta música clásica me da sueño.
Max se rió.
—Capi, ponle lo que quiera el niño. Hoy es su día.
El chofer sonrió y cambió la estación.
Y así, a ritmo de Bad Bunny (para horror de Max y deleite de Mateo), la familia Ortega cruzó la ciudad, dejando atrás Las Lomas y volviendo a su realidad, que ya no era gris, sino de todos los colores posibles.
CAPÍTULO 8: EL CÍRCULO SE CIERRA (12 AÑOS DESPUÉS)
El tiempo en la Ciudad de México no se mide en años, sino en cicatrices y remodelaciones. Doce años habían pasado desde aquella tormenta bíblica en el Periférico. El Segundo Piso ya tenía baches nuevos, el gobierno había cambiado de color tres veces, y los niños que jugaban en los parques ahora eran adultos buscando su lugar en el monstruo de asfalto.
En el auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM, en Ciudad Universitaria, el aire vibraba con ese calor humano mezcla de orgullo, desodorante barato y togas de poliéster.
—¡Mateo Ortega Alíev! —anunció el decano por el micrófono, con esa voz solemne reservada para los momentos que cambian vidas.
Un joven de veintitrés años se levantó de la tercera fila. Era alto, de hombros anchos, con la piel morena brillando bajo las luces del escenario. Llevaba el cabello corto y una sonrisa que, aunque nerviosa, iluminaba su rostro. Caminó hacia el estrado con paso firme, pero si uno observaba bien, notaba que sus zapatos —unos mocasines lustrados hasta el espejo— rozaban el suelo con una humildad aprendida a la mala.
Desde las gradas, el clan Ortega estalló.
—¡Eso es, hijo! —gritó Maximiliano, poniéndose de pie y agitando una mano, sin importarle que se le quebrara la voz o que las lágrimas le empaparan las canas de la barba.
—¡Bravo, Mateo! —Ana aplaudía con una fuerza que le dejaría las palmas rojas por dos días.
Junto a ellos, una adolescente de diecisiete años, hermosa y vibrante, silbó con dos dedos en la boca, un sonido agudo y callejero que hizo voltear a las familias decentes de al lado. Sofía se reía, con los ojos llenos de adoración por su hermano mayor.
Mateo recibió el diploma. “Médico Cirujano”.
Miró el papel. No pesaba nada, pero sentía que cargaba toneladas de historia.
Miró hacia las gradas. Vio a Max, su padre, el hombre que le abrió la puerta cuando olía a basura. Vio a Ana, su madre, que le enseñó que el amor también es un plato de sopa caliente. Vio a Sofía, su hermana, su motivo, su primer paciente imaginario.
Y vio un asiento vacío.
Simbólicamente, al lado de Max, había un espacio. Mateo sabía quién debería estar ahí. Don Valeriano Montiel había fallecido tres años atrás, en su cama, tranquilo, rodeado de esta familia postiza que le había regalado una última década de risas y propósito.
Mateo alzó el diploma ligeramente hacia el techo, un gesto sutil. Para ti, abuelo.
El Doctor del Barrio
La vida de los Ortega había prosperado, pero no habían perdido el piso. Max seguía trabajando en Transportes Montiel, ahora como Director Regional. Habían dejado el departamento de Iztapalapa para mudarse a una casa modesta pero propia en Coyoacán, con un jardín donde Ana cultivaba hierbas de olor.
Mateo, fiel a su promesa y a su vocación, había decidido hacer su especialidad en Cardiología. Pero antes, tenía que cumplir con su servicio social. Podría haber usado las influencias de la Fundación Montiel para conseguir una plaza cómoda en un hospital de lujo, archivar expedientes con aire acondicionado y coquetear con las enfermeras.
Pero ese no era el estilo del Tigre.
Mateo pidió su plaza en un Centro de Salud comunitario en las zonas altas de Iztapalapa, cerca de donde alguna vez corrió para escapar de la policía.
—¿Estás seguro, Mateo? —le había preguntado Max—. Es zona roja. Es peligroso.
—Pa, yo soy de ahí —contestó Mateo—. El barrio no me va a comer. Además, ahí es donde se necesita. Los ricos ya tienen al Hospital Ángeles. Los de allá arriba solo tienen paracetamol y rezos.
Su consultorio era un cuarto de 3×3 metros con un ventilador que hacía ruido de matraca.
Una tarde de martes, el calor era insoportable. La sala de espera estaba llena: madres con bebés llorando, ancianos con diabetes mal cuidada, obreros con cortadas infectadas.
—Siguiente —llamó Mateo, ajustándose el estetoscopio.
Entró un hombre joven, tatuado hasta el cuello, cargando a un niño de unos cinco años que ardía en fiebre.
Mateo reconoció los tatuajes. Eran de la “Banda de los 18”, los que controlaban la venta de droga en la colonia vecina.
El hombre miró a Mateo con desconfianza.
—¿Tú eres el doctor nuevo? Te ves muy chavo, güey.
—Soy lo que hay, carnal —dijo Mateo sin inmutarse, usando el caló que nunca olvidó—. Siéntalo ahí. ¿Qué trae el chavo?
—Lleva dos días hirviendo. Y le duele la panza.
Mateo examinó al niño con manos rápidas y gentiles. Apendicitis. Estaba a punto de reventar.
—Tiene apendicitis aguda. Necesita cirugía ya. Si se le revienta, le da peritonitis y se te va.
El pandillero palideció.
—No manches. ¿Aquí lo operan?
—No, aquí no hay quirófano. Tienes que llevarlo al Hospital General. Te hago la hoja de referencia.
El hombre se pasó la mano por la cabeza rapada.
—No tengo carro, doc. Y la ambulancia va a tardar horas en subir hasta acá.
Mateo miró al niño. Recordó la sensación de urgencia. Recordó el tráfico. Recordó el miedo.
Se quitó la bata blanca.
—Vámonos.
—¿A dónde?
—Tengo mi coche afuera. Yo los llevo.
—¿Neta? —el pandillero lo miró extrañado—. ¿Me vas a hacer el paro? Sabes quién soy, ¿no?
Mateo lo miró a los ojos.
—Sé que eres un papá asustado. Lo demás me vale madre ahorita. Carga al niño.
El coche de Mateo era un Jetta usado que cuidaba como oro. Subieron al niño. Mateo manejó bajando los cerros, esquivando baches y perros, con la destreza que aprendió en la moto del Chino años atrás.
Llegaron al Hospital General en veinte minutos.
Mateo no solo los dejó en la puerta; entró con ellos, usó su credencial de médico para brincarse la burocracia de urgencias y se aseguró de que un residente de cirugía recibiera al niño.
Cuando salió a la sala de espera, el padre estaba ahí, fumando nerviosamente (aunque estaba prohibido).
—Ya entró —dijo Mateo—. Va a estar bien. Llegamos a tiempo.
El pandillero tiró el cigarro y miró a Mateo.
—Te debo una, doc. En serio. En el barrio se sabe quién es derecho. Aquí tienes un valedor.
Mateo sonrió.
—Solo cuida al chamaco. Y que vaya a la escuela. Que no ande en la calle.
—Simón. Lo prometo.
La Reunión de los Eslabones Perdidos
Ese fin de semana, había fiesta en casa de los Ortega. Era el cumpleaños número 18 de Sofía.
La casa estaba llena. Max asaba carne en el jardín (una habilidad que perfeccionó con los años, aunque seguía quemando las tortillas). Ana servía margaritas.
Sonó el timbre.
Mateo fue a abrir.
Frente a la puerta, había un hombre de unos treinta y cinco años, con una panza chelera incipiente y una gorra de béisbol hacia atrás. Llegaba en una motocicleta Harley Davidson negra, impecable y ruidosa.
—¡Qué tranza, Tigre! —gritó el hombre.
—¡Chino! —Mateo sonrió y abrazó a su viejo amigo.
El Chino había cambiado. Ya no era el repartidor flaco y desesperado. Gracias a un préstamo inicial que Max le consiguió (con aval de Valeriano) hace años, el Chino había puesto un taller de motos. Ahora tenía tres sucursales y era el mecánico de confianza de media ciudad.
—Felicidades por el título, mi doc —dijo el Chino, entregándole un paquete envuelto en papel periódico—. Te traje un regalo.
Mateo abrió el paquete. Era un casco de moto. Pero no uno cualquiera. Era un casco de alta gama, pintado a mano con un diseño increíble: un corazón anatómico rojo brillante sobre un fondo negro, y debajo, en letras doradas: Team Ortega.
—Para cuando te canses del Jetta y quieras sentir el viento otra vez —guiñó el Chino.
—Está chingonsísimo, Chino. Gracias.
Entraron a la fiesta.
Sofía corrió a abrazar al Chino.
—¡Tío Chino!
—¡Mírate nomás, princesa! Ya estás para Miss Universo. Si se te acerca algún novio baboso, me avisas para echarle la moto encima.
Sofía rió.
—Tengo a Mateo para eso, y es peor porque te diagnostica enfermedades venéreas con la mirada para asustarlos.
La fiesta transcurría entre risas y música. Pero Mateo notó que Max estaba un poco apartado, sentado en una banca del jardín, mirando la luna.
Se acercó con dos cervezas.
—¿Qué piensa, jefe?
Max tomó la cerveza.
—Pienso en el tiempo, Mateo. Pienso en que Sofía ya es mayor de edad. Hace nada estaba conectada a tubos. Y tú… tú eras un niño flaquito que cabía en el asiento de atrás de una moto.
Max miró a su hijo.
—¿Sabes? A veces todavía me despierto en la noche sudando, soñando que sigo atorado en el tráfico. Que no llego. Que el celular se apaga.
—Pero llegó, pa. Llegamos.
—Sí. Pero me pregunto… ¿qué hubiera pasado si tú no hubieras estado ahí? Si hubieras decidido no hablarme. Si te hubieras seguido derecho.
Mateo tomó un trago de su cerveza.
—No sé. A lo mejor el destino tenía otro plan. Pero yo creo que las cosas pasan por algo. Yo necesitaba un papá. Usted necesitaba un guía. Y Sofi necesitaba un milagro. Nos encontramos porque nos necesitábamos.
Max asintió.
—¿Has sabido algo de… ellos?
Se refería a Olga y Ruslan.
Mateo miró el fondo de su botella.
—Olga me mandó un mensaje por Facebook hace un mes. Me felicitó por la graduación. Vio las fotos que subió Ana.
—¿Y qué le dijiste?
—Le di las gracias. Me dijo que sigue en Cancún, que trabaja en un hotel. Se oía tranquila.
—¿Y Ruslan?
—Nada. Y mejor así. Dicen que perdió mucha lana en unos negocios chuecos. No me interesa. Mi herencia está aquí —Mateo señaló la casa, la familia, el taller del Chino, el jardín—. Esto es lo que vale.
El Legado de Don Valeriano
Dos semanas después, Mateo recibió una llamada. Era del bufete de abogados de la Fundación Montiel.
—Doctor Ortega, necesitamos que venga a la lectura de una cláusula final del testamento de Don Valeriano. Se activaba cuando usted se graduara.
Mateo fue, intrigado.
En una oficina de cristal en Santa Fe, un notario le leyó el documento.
Don Valeriano no solo había dejado el fideicomiso educativo. Había dejado instrucciones precisas.
La antigua mansión de Las Lomas, esa fortaleza que alguna vez pareció inexpugnable, no se había vendido tras su muerte. Había estado cerrada, mantenida por Sergio (el fiel asistente), esperando.
—”Deseo que la propiedad ubicada en Virreyes 2450 deje de ser un mausoleo a mi tristeza”, leyó el notario. “Instruyo que sea remodelada y convertida en la sede principal de la Fundación Corazón de Gabriel. Será un centro de diagnóstico y atención cardiológica para niños de bajos recursos. Y nombro como Director Médico Vitalicio al Doctor Mateo Ortega Alíev, con la esperanza de que él llene esa casa con las risas de niños salvados que a mí me faltaron”.
Mateo se quedó sin aire.
Una clínica. Su propia clínica. En la casa donde todo comenzó.
—¿Y Sergio? —preguntó Mateo.
—El señor Sergio está incluido como administrador del inmueble, si él acepta.
La Inauguración
Seis meses después, la mansión de Las Lomas reabrió sus puertas.
Ya no había guardias armados en la entrada. Los leones de piedra seguían ahí, pero ahora, alguien (probablemente Sofía) les había puesto corbatas de colores.
El letrero en la entrada decía: CENTRO PEDIÁTRICO GABRIEL & SOFÍA. (Mateo insistió en incluir el nombre de su hermana).
El día de la inauguración, había prensa, había médicos, había políticos buscando la foto.
Pero los invitados de honor estaban en primera fila.
Max, Ana, Sofía y el Chino.
Sergio, el antiguo mayordomo, ahora gerente de la clínica, cortó el listón junto con Mateo.
Mateo subió al podio. Llevaba su bata blanca con su nombre bordado: Dr. Mateo Ortega.
Se ajustó el micrófono. Miró a la multitud. Vio caras conocidas y desconocidas. Vio a niños en sillas de ruedas. Vio padres con esa mirada de desesperación que él conocía tan bien.
—Buenas tardes —empezó Mateo. Su voz era firme—. Muchos de ustedes ven esta casa y piensan en lujo. Yo la veo y pienso en segundas oportunidades. Hace doce años, llegué a esa puerta pidiendo limosna de vida. Yo era un niño de la calle, invisible. Y un hombre me abrió la puerta.
Mateo hizo una pausa, controlando la emoción.
—Esta clínica no es para hacer dinero. Es para que ningún padre tenga que sentir que su hijo se muere porque hay tráfico o porque el banco está cerrado. Aquí, el único requisito para entrar es tener un corazón que necesita ayuda. Y nosotros vamos a remendarlos todos. Porque un corazón remendado… late más fuerte.
Los aplausos resonaron en la calle Virreyes, espantando a las palomas.
Epílogo: La Cicatriz
Esa noche, después de que todos se fueron, Mateo se quedó solo en su consultorio, que alguna vez fue el despacho de Don Valeriano.
Estaba cansado, pero feliz.
La puerta se abrió y entró Sofía. Ya no era la niña frágil. Estudiaba Arquitectura. Quería construir puentes, decía, para que nadie se quedara atorado.
—Hola, Dr. Tigre —dijo ella, sentándose en el escritorio.
—Hola, Arqui Sofi.
—Estuvo bonito el discurso. Casi lloro. Bueno, lloré poquito.
—Poquito no cuenta —sonrió Mateo, repitiendo la frase de su infancia.
Sofía se tocó el pecho, distraídamente, sobre la blusa.
—¿Te duele? —preguntó Mateo, su instinto médico activándose.
—No. Solo… estaba pensando.
—¿En qué?
—En que tenemos suerte.
—Mucha.
Sofía se bajó del escritorio y abrazó a su hermano.
—Gracias, Mateo. Por subirte a la moto. Por tocar el timbre. Por quedarte.
Mateo le besó la frente.
—No me des las gracias. Yo fui el que ganó más. Ustedes me dieron una vida.
Salieron de la clínica, apagando las luces, pero dejando encendida la del pórtico, como un faro.
Afuera, Max y Ana los esperaban en el auto.
—¿Listos? —preguntó Max—. Tengo hambre. Se me antojan unos tacos.
—Vamos a los de Tacubaya —dijo Mateo—. Donde el taquero me regalaba cebollitas.
Se subieron al coche.
La Ciudad de México brillaba a su alrededor, caótica, ruidosa, infinita. El tráfico en el Periférico estaba pesado, como siempre. Un mar de luces rojas.
Pero esta vez, dentro del auto de la familia Ortega, no había miedo. Había música, había risas y había cuatro corazones latiendo al mismo ritmo, sabiendo que, sin importar el tráfico, siempre encontrarían el camino a casa.
FIN