
CAPÍTULO 1: EL TRATO EN LA TORMENTA
El asfalto de la carretera federal México-Toluca brillaba como una serpiente de obsidiana bajo el cielo plomizo de la tarde. Faltaban pocos días para Navidad y el frío en la zona de La Marquesa calaba hasta los huesos, esa clase de frío húmedo que se mete por las costuras de la ropa y se instala en el pecho.
A bordo de su BMW Serie 7 negro blindado, Sergio Mondragón apenas sentía la temperatura exterior. El climatizador bizona mantenía la cabina a unos perfectos 22 grados, mientras el sistema de sonido Harman Kardon reproducía “La Célula Que Explota” de Caifanes a un volumen que haría vibrar los vidrios de un auto normal. Pero el BMW no era un auto normal, y Sergio tampoco era un hombre normal. A sus 45 años, era el tiburón inmobiliario más temido de Santa Fe, un hombre que había construido rascacielos sobre pantanos y cerrado tratos con políticos que harían temblar al diablo.
Sin embargo, en ese momento, Sergio Mondragón tenía miedo.
Sus manos, enfundadas en unos guantes de piel de venado, apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. El tráfico comenzaba a asentarse cerca de La Pila, esa zona de curvas traicioneras donde la neblina baja repentinamente como un telón blanco, borrando el mundo.
—¡Maldita sea! —gritó, golpeando el tablero de madera de nogal—. ¡Muévanse!
El teléfono, conectado al sistema del auto, comenzó a timbrar. En la pantalla táctil apareció el nombre: Beto Asistente. Sergio respiró hondo, tratando de componer la máscara de frialdad que usaba como armadura.
—Habla —ladró, bajando el volumen de la música.
—Jefe, buenas tardes —la voz de Beto sonaba temblorosa, con ese tono de quien espera un regaño inminente—. Perdón que lo moleste en carretera, pero acaba de llamar la secretaria de Don Humberto Garza.
El estómago de Sergio dio un vuelco. Los Garza. La dinastía de Monterrey. Los reyes del cemento y el acero en el norte del país. Llevaba seis meses cortejándolos para la fusión de Mondragón Corp con Grupo Regio. Si ese trato se cerraba, Sergio pasaría de ser un millonario a ser un magnate intocable. Si fallaba, las deudas de sus últimos desarrollos en Tulum se lo comerían vivo.
—Dime que no cancelaron, Beto. Porque si cancelaron, te juro que voy a la oficina y te despido antes de que cuelgues.
—¡No, no, jefe! ¡Al contrario! —Beto se apresuró a corregir—. Confirmaron la fecha. El 23 de diciembre. Quieren firmar el contrato preliminar en la Hacienda Los Encinos.
Sergio soltó el aire.
—Excelente. Eso es en una semana. Prepara los papeles.
—Hay… hay un detalle más, Don Sergio.
—¿Qué detalle?
—Don Humberto fue muy específico. Dijo que quiere que sea una “reunión familiar”. Ya sabe cómo son estos regios de la vieja escuela, súper conservadores, persignados. Dijo textualmente: “Quiero conocer a la familia del hombre con el que voy a mezclar mi patrimonio. Un hombre sin familia es un hombre sin raíces, y yo no confío en gente sin raíces”.
El silencio en el auto fue sepulcral. Solo se escuchaba el ronroneo del motor V8.
—¿Le dijiste que soy soltero, Beto? ¿Le dijiste que mi “familia” son mis acciones en la bolsa?
—No pude, jefe… Él asumió que usted tenía familia porque… bueno, porque en la revista Expansión del mes pasado salió un artículo viejo donde mencionaban que usted era un “hombre de hogar”. Don Humberto espera verlo con su esposa y su hija. Dijo que trae a sus nietos y quiere que convivan.
Sergio colgó la llamada sin despedirse.
—¡Mierda! —gritó, y esta vez el grito fue primario, gutural.
Aceleró, rebasando imprudentemente a un camión de carga por la derecha. La neblina afuera se espesaba, convirtiéndose en una mezcla de aguanieve y lluvia sucia. El destino le estaba jugando una broma macabra. Tenía el dinero, tenía el poder, tenía la inteligencia. Pero no tenía lo único que Don Humberto Garza exigía: una familia.
Una esposa falsa era fácil. Podía contratar a alguna modelo de Glenda Reyna, o incluso a alguna de sus ex novias interesadas que por un bolso Birkin fingirían amarlo una semana. ¿Pero una hija? ¿De dónde diablos iba a sacar una hija adolescente que no pareciera una actriz de televisa mal casteada? Necesitaba a alguien con clase, pero no arrogante. Alguien educada, pero sumisa ante la autoridad de los Garza.
La carretera comenzó a subir hacia la zona boscosa. Los pinos altos se cerraban sobre el camino como dientes de un animal gigantesco. El limpiaparabrisas trabajaba frenéticamente contra la cellisca. Sergio bajó la velocidad. No quería matarse antes de perder su fortuna.
Fue entonces cuando vio el puesto.
Era una estructura miserable hecha de tablas de madera podrida y una lona azul que se agitaba violentamente con el viento helado. Estaba en un paraje solitario, lejos de los restaurantes de quesadillas y sopa de hongos habituales de La Marquesa. Un lugar donde nadie con sentido común se detendría.
Y allí, parada frente a la intemperie, había una chica.
Sergio frunció el ceño. Algo en la imagen lo obligó a quitar el pie del acelerador. La chica no podía tener más de 18 o 19 años. Llevaba un rebozo gris, deshilachado, envuelto alrededor de la cabeza y el cuello, y una chamarra de poliéster rosa que claramente no era suficiente para los 3 grados de temperatura que marcaba el tablero del BMW.
Ella brincaba sobre su propio lugar, frotándose los brazos, intentando generar calor. Frente a ella, sobre una mesa plegable, había unos cuantos quesos de aro, frascos de miel y bolsas de nueces.
—Se va a morir de hipotermia —murmuró Sergio.
Normalmente, él no se detendría. Él era de los que pasaban a 140 km/h, ignorando la pobreza que bordeaba las carreteras de México. Pero hoy, la desesperación lo había puesto en un estado mental diferente. O tal vez, fue el destino.
Giró el volante y el auto se deslizó sobre la grava del acotamiento, deteniéndose a unos metros del puesto.
Al bajar el vidrio, el frío entró como una bofetada, trayendo consigo el olor a pino mojado, tierra y humo de leña.
La chica levantó la vista. Tenía la nariz roja por el frío y los labios partidos, temblando incontrolablemente. Pero cuando vio el auto de lujo, se irguió. Se acomodó el rebozo y forzó una sonrisa. No era una sonrisa de lástima; era una sonrisa de dignidad, de quien está trabajando honradamente aunque el clima esté en su contra.
—¡P-p-pásale, patrón! —tartamudeó, luchando contra el castañeo de sus dientes—. ¿Q-qué le damos? Tengo quesito fresco de vaca, requesón, miel de abeja virgen… todo del día.
Sergio la observó desde la seguridad de su cabina de piel color crema.
—Niña, ¿qué haces aquí? Estamos bajo cero. No pasa ni un alma.
Ella se frotó las manos, que estaban rojas y agrietadas.
—Pues… la necesidad no conoce de frío, señor. Si no vendo, no comemos. ¿Se va a llevar algo o nomás está mirando?
Había fuego en esa respuesta. Una chispa de carácter. A Sergio le gustó.
—Dame todo —dijo él, impulsivamente.
Los ojos de la chica se abrieron desmesuradamente. Eran unos ojos grises, extrañamente claros, enmarcados por pestañas largas y oscuras. Unos ojos que, por un segundo, a Sergio le provocaron un déjà vu tan fuerte que se sintió mareado. Le recordaban a alguien. A un fantasma de su pasado universitario. Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento.
—¿T-todo, señor? —preguntó ella, incrédula—. Son… son como diez quesos y cinco frascos de miel. Es mucha lana.
—¿Cuánto es?
La chica hizo cálculos mentales rápidos, mirando al cielo como si pidiera ayuda para no equivocarse.
—Pues… serían mil doscientos pesos, patrón. Pero si se lleva todo, se lo dejo en mil.
Sergio sacó su cartera Louis Vuitton, extrajo un billete de quinientos y uno de mil.
—Toma. Quédate con el cambio. Empácalo rápido.
Mientras la chica guardaba torpemente los productos en bolsas de plástico delgadas, Sergio bajó del auto. Necesitaba estirar las piernas y, sobre todo, necesitaba verla de cerca. Había una idea loca, absurda, germinando en su cerebro de empresario. Una idea de alto riesgo.
Se acercó al puesto. La chica retrocedió un paso instintivamente, como un animalito asustado.
—Aquí tiene, señor. Gracias, muchas gracias. Que Dios se lo pague.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Sergio, ignorando las bolsas.
—Paulina… Paulina, para servirle.
—Paulina… —repitió él. El nombre sonaba bien. No era rebuscado—. Escúchame, Paulina. Mírame a los ojos.
Ella levantó la mirada, temerosa pero firme.
—¿Pasa algo con el cambio? ¿Es falso el billete?
—No es el dinero. Tengo una propuesta para ti. Una propuesta de trabajo.
Paulina frunció el ceño y abrazó su cuerpo con fuerza. Su expresión cambió de gratitud a desconfianza defensiva.
—Mire, señor, yo no soy de esas. Yo vendo quesos. Si busca otra cosa, mejor váyase o grito. Pasa la patrulla de la Guardia Nacional a cada rato.
Sergio soltó una carcajada seca.
—No, por Dios. No es eso. Mírame. ¿Me veo como un depravado? Soy un hombre de negocios. Tengo un problema, Paulina, y creo que tú, curiosamente, podrías ser la solución.
—¿Qué clase de problema se arregla con una vendedora de quesos?
Sergio dio un paso adelante, bajando la voz para que el viento no se llevara sus palabras.
—Necesito una hija.
El silencio que siguió fue solo interrumpido por el paso de un tráiler a toda velocidad que levantó una cortina de agua sucia.
—¿Está loco? —susurró ella.
—Escúchame. Tengo que cerrar un trato de cincuenta millones de dólares la próxima semana. Los inversores son gente muy especial, muy de familia. Creen que tengo una hija. Necesito a alguien que finja ser mi hija por una semana. Solo cenas, un par de eventos, sonreír, vestirse bien y callarse la boca cuando sea necesario.
Paulina lo miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Usted está borracho. Mejor vágase.
—Te pago cien mil pesos —soltó Sergio.
El mundo de Paulina se detuvo. Cien mil pesos.
Ella pensó en su casa en la colonia popular, allá en las afueras de Toluca, donde el techo de lámina goteaba cada vez que llovía. Pensó en Luz, la mujer que la había criado como a una madre, postrada en la cama, tosiendo sangre, necesitando una operación de riñón que costaba una fortuna que jamás reunirían vendiendo quesos. Cien mil pesos era la vida de Luz.
—¿Cien mil pesos? —su voz era apenas un hilo.
—Cincuenta mil ahora mismo, en efectivo. Cincuenta mil al terminar la semana —Sergio vio la duda en sus ojos y supo que había ganado. Era el mismo brillo que veía en los ojos de los dueños de terrenos cuando les ofrecía el doble del valor catastral—. Además, te compraré ropa. Comerás como reina. Vivirás en mi casa en Lomas de Chapultepec, con cuarto propio y servicio. Solo tienes que actuar.
—¿Y si me descubren? —preguntó ella, temblando, y Sergio supo que ya no temblaba solo por el frío.
—No te descubrirán si haces lo que yo te diga. Tienes porte, Paulina. A pesar de esa ropa… tienes algo. Una mirada inteligente. ¿Estudias?
—Estudiaba —corrigió ella con dolor—. Historia del Arte en la universidad pública. Tuve que dejarlo hace seis meses para cuidar a mi mamá.
—Historia del Arte —Sergio sonrió, una sonrisa de triunfo—. Perfecto. Eres culta. Eso les va a encantar a los Garza. Dirás que estudias en Europa, que viniste de vacaciones. Es perfecto.
Paulina miró su puesto miserable. Miró los quesos que quedaban. Miró sus manos agrietadas. Luego miró al hombre elegante frente a ella. Era un pacto con el diablo, o tal vez un milagro de Navidad.
—Mi mamá… —dijo ella con la voz quebrada—. Está muy mala. Necesito dejarle dinero y asegurarme que alguien la cuide si yo me voy una semana.
—Hecho. —Sergio sacó su teléfono—. Tengo médicos privados en mi nómina. Mandaré una ambulancia por tu madre ahora mismo. La llevarán al Hospital Ángeles. La operarán y la cuidarán mientras tú trabajas para mí. Todo pagado. Aparte de tus cien mil pesos.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Paulina, calientes sobre sus mejillas heladas. No podía creerlo.
—¿De verdad haría eso?
—Es un negocio, Paulina. Yo invierto para ganar. Si tú haces bien tu papel, yo gano mi contrato y tú salvas a tu madre. ¿Trato hecho?
Sergio extendió su mano, enfundada en el guante de piel fina.
Paulina dudó un segundo. Miró su propia mano, sucia de tierra y trabajo. Se la limpió en el pantalón de mezclilla y, respirando hondo, estrechó la mano del millonario.
—Trato hecho, señor Mondragón.
—Llámame papá —dijo él, abriendo la puerta del copiloto—. Al menos por esta semana. Sube, te vas a congelar.
Paulina dejó el puesto abandonado. Dejó la mesa, la lona y los quesos. Subió al auto que olía a cuero nuevo y a perfume caro. Mientras el asiento calefactable comenzaba a calentar su espalda entumecida, vio por el retrovisor cómo su pequeña vida de vendedora desaparecía en la neblina de La Marquesa.
Sergio aceleró. El BMW rugió, devorando la carretera rumbo a la Ciudad de México.
—Primero —dijo Sergio, mirándola de reojo—, tenemos que quitarte ese olor a leña y vestirte como una heredera. Vamos a Santa Fe. Y Paulina…
—¿Mande?
—Si me traicionas, o si intentas robarme algo, te juro que te arrepentirás.
—No soy una ladrona, señor —respondió ella con dignidad, mirándolo a los ojos—. Solo soy una hija que quiere salvar a su madre.
Sergio asintió, volviendo la vista al camino.
—Bien. Eso espero.
Lo que Sergio no sabía, mientras conducía hacia su mansión, era que la chica que llevaba a su lado no era una extraña. No sabía que esos ojos grises eran los mismos que había besado hace veinte años. No sabía que acababa de subir a su coche a la pieza faltante de un rompecabezas sangriento que había comenzado dos décadas atrás con una mujer llamada Alina y un brazalete de plata perdido.
El destino no solo había cruzado sus caminos; estaba a punto de estrellarlos.
CAPÍTULO 2: LA PIEL DEL CAMALEÓN
El silencio dentro del BMW blindado era absoluto, una cápsula de vacío que aislaba a sus ocupantes del caos exterior. Afuera, la Ciudad de México comenzaba a mostrar sus dientes. Habían dejado atrás los pinos de La Marquesa y ahora descendían por la autopista hacia Santa Fe, esa extraña utopía de cristal y acero que se alzaba sobre las barrancas de la pobreza como una nave espacial que acabara de aterrizar en medio de la nada.
Paulina miraba por la ventana polarizada. Sus ojos grises, todavía enrojecidos por el frío y el llanto contenido, escaneaban los edificios gigantescos. “La Lavadora”, “El Pantalón”, torres corporativas que tocaban el cielo gris. Nunca había estado tan cerca de ese mundo. Ella era de la otra ciudad, la ciudad de ladrillo gris, de combis atestadas y música de cumbia sonando en los mercados. Esta ciudad, la de Sergio Mondragón, parecía un planeta alienígena.
—Deja de mirar afuera con esa cara de asombro —la voz de Sergio rompió el silencio. No era cruel, pero sí seca, autoritaria—. Si vas a ser mi hija, tienes que acostumbrarte a esto. Para una Mondragón, ver rascacielos es tan normal como respirar.
Paulina se giró en el asiento de piel color crema. El calor del asiento había descongelado sus huesos, pero ahora sentía otro tipo de frío: el miedo a lo desconocido.
—Perdón… papá —dijo, probando la palabra. Le supo a ceniza en la boca. Nunca había llamado “papá” a nadie.
Sergio apretó la mandíbula. Escuchar esa palabra, dicha con esa voz suave, le provocó un calambre en el estómago.
—No lo digas todavía si no te sale natural. Estamos solos. Aquí soy el Señor Mondragón. Allá afuera, cuando haya ojos mirándonos, soy tu padre.
El empresario tomó su teléfono y marcó un número, activando el altavoz.
—Doctor Arriaga, soy Sergio. Te mandé una ubicación por WhatsApp hace diez minutos. Es una casa en la colonia San Pablo Autopan, en Toluca.
—Sí, Don Sergio, la recibí —respondió una voz profesional al otro lado—. Ya despaché la ambulancia privada de terapia intensiva. Llegarán en veinte minutos.
Paulina se inclinó hacia el tablero, con el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Van a ir por mi mamá Luz? ¿Ahorita?
Sergio le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio.
—Escúchame bien, Arriaga. La paciente se llama Luz María. Tiene un cuadro renal severo, posiblemente diálisis urgente. Quiero que la traslades al Hospital Ángeles de Interlomas. Suite privada. Que la vea el nefrólogo, el Dr. Castillejos. Y Arriaga… trátala como si fuera mi madre. Todo a mi cuenta personal.
—Entendido, señor. ¿Algún familiar que la acompañe?
Sergio miró a Paulina. Ella tenía las manos juntas en gesto de súplica. Quería ir. Necesitaba ir.
—No —dijo Sergio fríamente—. Su hija no puede ir. Está conmigo en un asunto urgente. Asigna enfermeras 24/7. Que me reporten cada dos horas.
Colgó.
—¡Tenía que dejarme ir! —explotó Paulina, olvidando por un segundo con quién hablaba—. ¡Se va a asustar si ve llegar a gente extraña! ¡Va a pensar que me pasó algo!
Sergio frenó el auto en un semáforo de Constituyentes, girándose hacia ella con una mirada de acero.
—Tu madre va a estar en el mejor hospital de América Latina, en una cama que cuesta más por noche de lo que tú ganas en tres años vendiendo quesos. Va a tener a los mejores especialistas salvándole la vida. Ese fue el trato, Paulina. El precio es tu tiempo. Tu tiempo ahora es mío. Si te vas con ella, el trato se rompe, la ambulancia se da la vuelta y tú regresas a tu puesto en la carretera. ¿Eso quieres?
Paulina tragó grueso. La crueldad pragmática de ese hombre la aterraba, pero tenía razón. Era un secuestro consensual. Una venta de alma.
—No… —susurró—. No quiero eso. Solo… por favor, dígales que le digan que estoy bien. Que conseguí un trabajo de interna. Que la veo pronto.
—Eso les dirán. Ahora límpiate la cara. Vamos a entrar a Polanco. Tienes facha de indigente y necesito que parezcas una princesa europea en menos de dos horas.
El Centro Comercial Antara estaba decorado con una opulencia que insultaba la crisis económica del resto del país. Enormes árboles de Navidad dorados, luces blancas cayendo como cascadas y gente caminando con una lentitud despreocupada, esa lentitud de quien no tiene que correr para alcanzar el metro.
El BMW se detuvo en el valet parking. Dos empleados corrieron a abrir las puertas.
—Buenas tardes, Don Sergio.
Sergio bajó, ajustándose el saco de su traje italiano. Paulina bajó después, y el contraste fue brutal. Con sus botas llenas de lodo seco de La Marquesa, sus jeans deslavados y ese suéter de lana lleno de pelusas, parecía una intrusa, un error en la Matrix de la alta sociedad.
Paulina sintió las miradas de inmediato. Miradas que barrían el piso con ella. Miradas de señoras copetudas que abrazaban sus bolsos Chanel al verla pasar. Bajó la cabeza, intentando hacerse pequeña.
—Levanta la barbilla —susurró Sergio, tomándola del brazo con firmeza, pero no con violencia—. Si caminas como si pidieras perdón por existir, te van a comer viva. Camina como si fueras dueña del piso que pisas. Eres una Mondragón, ¿recuerdas? Actúa.
La arrastró, literalmente, hacia la entrada de Palacio de Hierro. No fueron a la zona general. Fueron directo a las boutiques exclusivas: Gucci, Dolce & Gabbana, Ferragamo.
Entraron a una tienda de diseño minimalista, donde solo había tres vestidos en exhibición y el aire olía a té blanco y dinero viejo. Una vendedora, una mujer rubia teñida, delgada como un alfiler y con una nariz operada que apuntaba al techo, se acercó a Sergio con una sonrisa depredadora, pero su expresión cambió a una de asco absoluto al ver a Paulina.
—Don Sergio, qué milagro —dijo la vendedora, ignorando olímpicamente a la chica—. ¿Viene por el regalo para… alguna amiga?
—Vengo por ropa para mi hija —dijo Sergio, soltando a Paulina frente a él como quien presenta una obra de arte sin restaurar—. Necesito todo. Vestidos de cóctel, ropa casual de invierno, abrigos, botas, lencería. Todo.
La vendedora, cuyo gafete decía “Romina”, parpadeó confundida, mirando a Paulina de arriba abajo.
—¿Su… hija? —soltó una risita nerviosa—. Ay, Don Sergio, no sabía que tenía hija. Y… bueno, ¿tenemos tallas para… ella? Digo, el corte italiano es muy exigente.
Paulina sintió que la cara le ardía. La estaban llamando gorda, naca y fuera de lugar sin usar ninguna de esas palabras. Sintió lágrimas de humillación picando en sus ojos. Quiso salir corriendo, volver a su frío, a su pobreza digna.
Pero entonces, Sergio dio un paso adelante. Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa.
—Romina, ¿verdad? —Sergio se quitó los lentes de sol—. Escúchame bien. Esta niña es mi hija. Y si vuelves a mirarla con ese gesto de superioridad, o si insinúas que no “cabe” en tu ropa, voy a comprar esta tienda solo para despedirte y luego la voy a cerrar. ¿Fui claro?
El color desapareció del rostro de Romina.
—S-sí, señor. Disculpe. Fue un malentendido.
—Muévete. Tráele lo mejor que tengas. Colección de invierno. Colores sobrios. Azul marino, beige, negro, blanco. Nada de estampados ridículos.
Durante las siguientes dos horas, Paulina fue un maniquí viviente.
Entró y salió del probador decenas de veces. Al principio, se movía con torpeza, temerosa de tocar las telas que costaban más que su casa entera. Seda fría, cachemira suave como una nube, terciopelo pesado.
En la soledad del probador, rodeada de espejos de tres cuerpos, Paulina se vio a sí misma. Se quitó su ropa vieja, que olía a humo y sudor. Quedó en su ropa interior de algodón gastado.
—¿Quién eres, Paulina? —se preguntó al espejo.
Se puso un vestido azul noche de corte imperio, sencillo pero elegantísimo. Se subió el cierre. Al girarse, el aliento se le cortó.
La chica del espejo no era la vendedora de quesos. La tela abrazaba su figura delgada pero con curvas sutiles. El color hacía que sus ojos grises brillaran como lunas llenas. Su cabello, aunque despeinado, caía sobre sus hombros con un brillo dorado natural.
—Se ve… diferente —murmuró.
Salió del probador. Sergio estaba sentado en un sillón de piel, revisando correos en su celular. Al escuchar la puerta, levantó la vista.
Y se quedó petrificado.
El teléfono casi se le resbala de las manos.
Por un segundo, el centro comercial desapareció. Los ruidos se apagaron.
Frente a él no estaba Paulina. Estaba Alina.
Era la misma imagen de Alina el día de su graduación, cuando usó un vestido azul prestado. La misma postura tímida, cruzando los brazos. La misma mirada inocente pero inteligente. El parecido era tan violento, tan físico, que a Sergio le faltó el aire. Un dolor agudo, antiguo, le atravesó el pecho.
—¿Papá? —dijo Paulina, temerosa por su silencio—. ¿No le gusta? Me lo quito…
Sergio parpadeó, sacudiendo la cabeza, luchando contra los fantasmas. Se puso de pie bruscamente, cerrando su saco para ocultar el temblor de sus manos.
—No —dijo con voz ronca—. No te lo quites. Te queda… adecuado. Nos llevamos este. Y el beige. Y el abrigo negro. Y las botas de piel.
Se giró hacia la vendedora, evitando mirar a Paulina a los ojos porque dolía demasiado.
—Cobra todo, Romina. Y tira esa ropa vieja que trae puesta a la basura. No quiero volver a ver esos trapos en mi vida.
Paulina sintió una punzada. En el bolsillo de sus jeans viejos, que ahora estaban en una pila en el suelo, estaba su celular con la pantalla rota y una foto arrugada de su mamá Luz.
—Espere —dijo ella, corriendo a recuperar sus jeans—. Mi ropa no, por favor. Solo… póngala en una bolsa.
Sergio la miró con impaciencia, pero asintió.
—Como quieras. Pero en mi casa, usarás lo que acabamos de comprar.
La mansión de Sergio Mondragón en Lomas de Chapultepec no era una casa; era una fortaleza. Muros de tres metros de altura coronados con cercas eléctricas, cámaras de seguridad en cada esquina y guardias armados en la caseta.
Cuando el portón de acero se abrió, Paulina vio un jardín que parecía un campo de golf, perfectamente cuidado, sin una sola hoja fuera de lugar. La casa era una estructura moderna de concreto aparente y ventanales inmensos, fría, imponente, sin alma.
Bajaron del auto. El servicio ya los esperaba en la puerta. Una mujer mayor, con uniforme impecable, y dos mozos.
—Buenas noches, señor Mondragón.
—Buenas noches, Ernestina. Ella es Paulina. —Sergio no dio explicaciones. No dijo “mi hija”. Simplemente la presentó—. Se quedará en la habitación de huéspedes del ala este. La azul. Prepara la cena para dos en el comedor principal en media hora. Y Ernestina… quiero que la traten con el mismo respeto con el que me tratan a mí.
—Sí, señor. Bienvenida, señorita.
Paulina asintió, abrumada. Entró al vestíbulo. El piso de mármol de Carrara brillaba tanto que podía ver su reflejo en él. Había esculturas abstractas, cuadros que parecían manchones de pintura (y que seguramente valían millones), pero no había ni una sola fotografía.
Era una casa sin pasado. Un museo habitado por un fantasma.
—Sube —ordenó Sergio—. Primera puerta a la derecha. Báñate. Ponte el vestido beige. Te espero abajo para cenar y para repasar tu historia. No tenemos tiempo que perder.
La habitación que le asignaron era más grande que toda su casa en Toluca. Tenía una cama King Size con sábanas de seda egipcia, un baño con jacuzzi y un vestidor donde ya habían colgado toda la ropa nueva.
Paulina se metió a la ducha. El agua caliente salía con una presión deliciosa. Lloró bajo el chorro de agua. Lloró por el miedo, por el alivio de saber que su mamá ya estaba en el hospital (Beto le había mandado un mensaje confirmando el ingreso), y por la extraña sensación de estar borrando quién era ella.
Al salir, se puso el vestido beige de lana y se cepilló el cabello. Se miró al espejo.
—Eres Paulina Mondragón —se dijo a sí misma—. Eres rica. Eres feliz. Tu papá te ama.
Era mentira, pero tenía que creérsela.
La cena fue un examen oral.
Estaban sentados en un comedor de caoba tan largo que Paulina tenía que alzar la voz para que Sergio la escuchara desde la cabecera opuesta. Les sirvieron una crema de espárragos y salmón. Paulina miró los cubiertos: había tres tenedores y tres cuchillos.
Entró en pánico.
—De afuera hacia adentro —dijo Sergio, sin levantar la vista de su plato, como si le leyera la mente—. Empieza con los cubiertos más alejados del plato. No hagas ruido al comer. No sorbas la sopa. Siéntate derecha, no toques el respaldo de la silla.
Paulina corrigió su postura inmediatamente.
—Sí, señor.
—Papá —corrigió él—. Acostúmbrate. Bien, repasemos. ¿Dónde naciste?
—En… ¿aquí en México?
—No. Naciste en Ciudad de México, pero te fuiste a vivir a Suiza a los diez años, a un internado. Le Rosey. El internado más caro del mundo. Por eso casi no tienes acento chilango marcado, aunque tu forma de hablar es bastante neutra, lo cual ayuda. ¿Qué estudias?
—Historia del Arte —dijo ella con más confianza.
—Bien. Eso lo mantenemos. Pero estudias en Florencia, Italia. ¿Por qué estás aquí?
—Vine de vacaciones de invierno para estar con… con mi papá.
—Correcto. ¿Tu madre?
Paulina dudó.
—¿Qué digo de mi madre?
Sergio dejó los cubiertos. Tomó un trago de vino tinto, uno muy largo. Sus ojos se oscurecieron.
—Tu madre murió cuando eras muy pequeña. Un accidente. No recuerdas mucho de ella. Era francesa. Por eso eres rubia, por eso tienes esos ojos. No se habla de ella porque a tu padre le duele demasiado. Fin del tema.
Paulina sintió un escalofrío. La historia estaba peligrosamente cerca de la verdad que ella conocía: una madre muerta, un pasado borroso.
—¿Y usted… tú, la amabas? —preguntó Paulina, atreviéndose a cruzar la línea.
Sergio clavó sus ojos en ella. Por un momento, la máscara de frialdad se rompió y dejó ver un abismo de tristeza infinita.
—Era lo único que he amado en mi vida —confesó, tal vez por el vino, tal vez por el cansancio—. Pero el amor no paga las cuentas, Paulina. Y a veces, el amor destruye.
Se hizo un silencio denso.
—Los Garza te van a preguntar cosas de cultura. ¿Sabes quién es Botticelli? ¿Sabes diferenciar un vino de un refresco?
Paulina se sintió ofendida.
—No soy ignorante, señor. Leí a Gombrich completo en la preparatoria. Sé quién es Botticelli, sé qué es el Renacimiento y sé distinguir el Barroco del Neoclásico. Que sea pobre no significa que sea tonta.
Sergio sonrió levemente. Una media sonrisa arrogante pero de aprobación.
—Bien. Tienes garras. Úsalas. Los hijos de Humberto Garza son unos depredadores. Te van a querer hacer menos. Si te atacan, ataca de vuelta, pero con elegancia. Con una sonrisa.
Terminaron de cenar.
—Mañana es el evento en la Hacienda Los Encinos. Descansa. Te quiero lista a las 8:00 AM.
Paulina se levantó.
—Buenas noches… papá.
Sergio no respondió. Se quedó mirando su copa de vino vacía.
Paulina subió a su habitación de lujo. Se sentó en la orilla de la cama gigante. Se sentía sola, increíblemente sola en esa mansión de eco.
Sacó de su bolso lo único que había guardado de su vida anterior, aparte del celular: un pequeño objeto envuelto en un pañuelo de tela.
Lo desenvolvió.
Era un brazalete de plata viejo, opaco por el tiempo. Tenía dos cisnes entrelazados formando un corazón extraño.
Su mamá Luz se lo había dado hacía años. “Es de tu verdadera madre”, le había dicho. “Nunca lo vendas, ni por toda el hambre del mundo. Es tu única conexión con ella.”
Paulina se puso el brazalete en la muñeca derecha. El metal frío le dio consuelo.
—Mamá… quien quiera que hayas sido… ayúdame mañana —susurró a la oscuridad.
No se dio cuenta de que se quedó dormida con el brazalete puesto. No sabía que esa pequeña joya era una bomba de tiempo. Mañana, en la comida con los Garza, esa bomba iba a estallar en la cara de Sergio Mondragón, destrozando su mentira y abriendo la tumba de un pasado que él creía enterrado bajo veinte años de dinero y silencio.
El destino afilaba sus cuchillos.
CAPÍTULO 3: LA BOCA DEL LOBO
El domingo amaneció con un sol engañoso sobre el Valle de México; brillante pero sin calor, como el oro falso. A las 8:00 de la mañana, la mansión de Lomas de Chapultepec era un hervidero de actividad silenciosa y eficiente.
En su habitación de huéspedes, que más bien parecía una suite presidencial de hotel, Paulina se miraba al espejo de cuerpo entero. La chica que le devolvía la mirada era una desconocida. Llevaba un vestido de lana cashmere color crema, botas altas de piel color coñac y un abrigo negro de corte clásico que costaba más de lo que ella había ganado en toda su vida vendiendo quesos y nueces. Su cabello, antes siempre recogido en una trenza práctica para trabajar, ahora caía en ondas suaves y brillantes sobre sus hombros, gracias al estilista que Sergio había hecho venir a las 6:00 AM.
—Te ves bien, Paulina. Te ves como una de ellos —se susurró a sí misma, tratando de calmar el temblor de sus manos.
Pero el miedo estaba ahí, un nudo frío en el estómago. Hoy no solo tenía que verse bien; tenía que actuar, mentir y convencer a una de las familias más poderosas y conservadoras de Monterrey. Un error, una palabra mal dicha, un cubierto mal usado, y la operación de su madre Luz se cancelaría.
Paulina caminó hacia la mesa de noche. Allí, sobre la superficie de mármol, descansaba su único tesoro real: el viejo brazalete de plata. Lo tomó con reverencia. Era una pieza artesanal, un poco oscurecida por los años, con dos cisnes entrelazados formando un corazón asimétrico. No brillaba como las joyas que Sergio le había prestado, pero tenía algo que las otras no: historia.
—Mamá Luz dijo que esto era de mi verdadera madre… que me protegería —murmuró.
Dudó un momento. Sergio había sido muy estricto con el vestuario: “Nada que no haya comprado yo”. Pero Paulina sentía que si iba a entrar a la boca del lobo, necesitaba un amuleto. Se subió la manga izquierda del vestido y se abrochó el brazalete. Quedaba oculto bajo la tela gruesa y el abrigo. Nadie lo vería. Sería su secreto, su ancla a la realidad en medio de tanta fantasía.
Bajó las escaleras. Sergio la esperaba en el vestíbulo, revisando su reloj Patek Philippe con impaciencia. Llevaba un traje gris oxford impecable y un abrigo azul marino. Al verla bajar, asintió levemente. No hubo sonrisas, solo una aprobación técnica, como quien revisa un plano arquitectónico y ve que las medidas son correctas.
—Llegas dos minutos tarde —dijo él—. La puntualidad es la cortesía de los reyes, Paulina. Y los Garza se creen la realeza de México. Vámonos.
El viaje hacia la salida a Toluca fue tenso. Sergio conducía, habiendo dado el día libre al chofer para mantener la privacidad de su “conversación padre-hija”.
—Repasemos por última vez —dijo Sergio, sin quitar la vista de la carretera—. Humberto Garza es el patriarca. Machista, anticuado, le gusta hablar de caballos y política. Solo asiente y sonríe. Su esposa, Catalina, es la verdadera prueba. Es una mujer que huele el miedo y la clase social. Si te pregunta sobre tu vida en Europa, mantente en lo vago pero sofisticado: museos, el clima frío, la ópera.
—Entendido —dijo Paulina.
—Y sus hijos… —Sergio apretó el volante—. Rodrigo y Sofía. Son lo que llamamos “Mirreyes”. Arrogantes, maleducados y creen que el mundo les debe todo. Te van a atacar, Paulina. Van a tratar de hacerte sentir menos porque te verán como competencia. No te dejes, pero no pierdas la compostura. Mátalos con elegancia.
—¿Y si me preguntan algo que no sé?
Sergio la miró de reojo.
—Eres una Mondragón. Si no sabes algo, es porque no vale la pena saberlo. Esa es la actitud.
La Hacienda Los Encinos estaba ubicada en una zona exclusiva cerca de Ocoyoacac, rodeada de bosques de coníferas. No era una simple casa de campo; era una propiedad del siglo XVIII restaurada con un lujo obsceno. Muros de piedra volcánica, jardines laberínticos estilo francés y caballerizas que olían a madera fina y cuero.
Al llegar, un valet recibió el auto. Paulina bajó y el aire frío de la montaña le golpeó la cara, recordándole su puesto de quesos en la carretera, a solo unos kilómetros de ahí, pero en un universo paralelo.
Un mayordomo los guio hacia el jardín trasero, donde se había dispuesto un almuerzo al aire libre bajo una pérgola calefactada.
Allí estaban. Los Garza.
Don Humberto, un hombre corpulento de bigote canoso y chaleco acolchado, reía con una copa de coñac en la mano. Doña Catalina, delgada, rubia y con tantas cirugías que su expresión parecía de perpetua sorpresa, estaba sentada con la espalda recta como una vara. Y los hijos: Rodrigo, de unos 25 años, con camisa desabotonada y mocasines sin calcetines; y Sofía, de la misma edad que Paulina, mirando su celular con aburrimiento existencial.
—¡Sergio, hermano! —gritó Humberto, abriendo los brazos—. ¡Qué gusto verte! Y puntual, como buen hombre de negocios.
—Humberto, un placer —Sergio estrechó la mano con firmeza y luego se giró—. Quiero presentarte a mi orgullo. Mi hija, Paulina.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero para Paulina fue eterno. Sintió cuatro pares de ojos escaneándola, buscando la costura suelta, el zapato sucio, el acento de barrio.
Paulina respiró hondo, tocó el brazalete bajo su manga a través de la tela, y sonrió.
—Es un honor conocerlos, Don Humberto, Señora Catalina —dijo con voz suave pero clara, extendiendo la mano con la palma ligeramente hacia abajo, tal como Sergio le había enseñado—. Mi papá me ha hablado maravillas de esta hacienda.
Catalina la observó con ojos de águila.
—Vaya… es preciosa, Sergio. Tiene tus ojos, pero gracias a Dios sacó la delicadeza de su madre. —Catalina le dio un beso al aire cerca de la mejilla de Paulina—. Bienvenida, querida. ¿Recién llegada de Florencia, verdad?
—Así es, señora. Extrañaba el sol de México. El invierno en la Toscana es… melancólico.
Sergio soltó el aire disimuladamente. Touché.
—Siéntense, por favor. Traigan mezcal y canapés —ordenó Humberto.
La primera hora fue un campo minado. Los hombres hablaban de la fusión, de terrenos industriales y de la política fiscal del nuevo gobierno. Paulina se quedó con las mujeres y el hijo varón.
—Así que… Historia del Arte —dijo Rodrigo, mirándola con una mezcla de deseo y desdén, balanceando su copa de mezcal—. ¿No es eso lo que estudian las niñas que no quieren trabajar de verdad?
Paulina sintió el golpe. Sergio la miró desde el otro lado de la mesa, tenso.
—El arte es la memoria de la humanidad, Rodrigo —respondió ella tranquila, tomando un sorbo de agua—. Preservarlo es un trabajo duro. Aunque entiendo que para alguien enfocado solo en gastar dinero, pueda parecer… pasivo.
Rodrigo se atragantó con su bebida. Sofía, la hermana, soltó una risita burlona, pero esta vez dirigida a su hermano.
—Te calló la boca, wey —murmuró Sofía, y luego miró a Paulina con un poco más de respeto—. Oye, ¿y es verdad que en Florencia la fiesta se pone buena?
—Depende de qué busques —improvisó Paulina—. Hay lugares turísticos, pero los locales vamos a sitios más… privados.
Pasaron la prueba inicial. Paulina estaba logrando lo imposible: encajar. Sergio la miraba con un orgullo que, por primera vez, no era fingido. La chica tenía madera. No solo estaba salvando el negocio, estaba dándole a Sergio una validación social que él, como “nuevo rico”, siempre había anhelado frente a las viejas familias.
El almuerzo se sirvió a las tres de la tarde. Una mesa larga de madera maciza, vestida con manteles de lino blanco y vajilla de talavera poblana. Sirvieron crema de flor de calabaza, chiles en nogada (fuera de temporada, un capricho carísimo) y cortes de carne importada.
El ambiente se había relajado gracias al vino y al mezcal. Don Humberto estaba encantado con Paulina.
—Sergio, te felicito —dijo el patriarca, cortando su filete—. Tienes una hija educada, bonita y con cerebro. Eso es raro hoy en día. Mis nietos deberían aprender de ella.
—Gracias, Humberto. La familia es lo más importante para mí, ya lo sabes —respondió Sergio, alzando su copa. El contrato estaba prácticamente en la bolsa. Solo tenían que terminar la comida y firmar los papeles en el despacho.
—A propósito de familia —intervino Doña Catalina, limpiándose la comisura de los labios con delicadeza—. Paulina, querida, casi no hemos hablado de tu madre. Sergio siempre ha sido muy hermético con eso, y lo respetamos, pero… se nota que heredaste su buen gusto. ¿Tienes algo de ella? ¿Algún recuerdo?
La pregunta cayó como una piedra en el estanque. Sergio se tensó. Habían acordado decir que no se hablaba del tema.
Paulina sintió la mirada de Sergio clavada en ella: “Di que no. Cierra el tema”.
Pero el ambiente cálido, el vino que le había subido un poco a la cabeza y la emoción de estar “ganando” el juego, la hicieron sentir confiada. Demasiado confiada.
Además, la calefacción de la pérgola estaba muy alta y el calor del alcohol la estaba sofocando.
—Bueno… —empezó Paulina—. Mi papá prefiere no hablar de ella porque le duele, pero… sí tengo algo.
Sergio abrió los ojos. ¿Qué estaba haciendo?
—Tengo un recuerdo que llevo siempre conmigo —continuó Paulina, sonriendo con una dulzura genuina—. Es mi amuleto.
Hizo un movimiento natural para acomodarse el cabello, y al bajar la mano, sintió el calor agobiante en su brazo. Sin pensarlo, con un gesto automático, se arremangó ligeramente el suéter de cashmere del brazo izquierdo.
Solo un poco. Lo suficiente para liberar la muñeca.
El sol de la tarde se filtró por las vigas de la pérgola y golpeó el metal.
El destello plateado brilló sobre el mantel blanco.
—Qué brazalete tan curioso —comentó Sofía, estirando el cuello—. No parece de diseñador. Es como… vintage.
Sergio miró hacia la mano de Paulina.
El tiempo se detuvo.
No fue una metáfora. Para Sergio Mondragón, el universo entero se congeló en ese preciso instante. El sonido de los cubiertos, las risas de Humberto, el relincho lejano de un caballo… todo desapareció.
Su visión se redujo a un túnel. Al final de ese túnel estaba la muñeca de la chica que fingía ser su hija.
Ahí estaba.
Plata oxidada.
Dos cisnes.
Entrelazados en un cuello imposible, formando un corazón deforme.
Y en el ala del cisne izquierdo, una pequeña muesca, un rayón profundo.
Sergio dejó de respirar.
El ruido en su cabeza fue ensordecedor, como un tren descarrilándose.
Flashback.
Hace 22 años. Un taller de joyería en el centro de Coyoacán. Un joven Sergio gastando sus ahorros de tres meses.
“Quiero que sea único”, le dijo al joyero. “Póngale dos cisnes, porque los cisnes tienen una sola pareja para toda la vida”.
El día que se lo dio a Alina. Ella riendo. El rayón que se hizo cuando se cayó de la bicicleta en Chapultepec dos días después. “Ahora es más nuestro”, había dicho ella.
—¿Sergio? —la voz de Humberto sonó lejana, como bajo el agua—. ¿Te pasa algo, hombre? Estás pálido.
Sergio no podía moverse. Sus ojos iban del brazalete a la cara de Paulina. Ahora lo veía. Ahora que la verdad le golpeaba la cara, era innegable. La forma de la barbilla. La línea del cabello. Esos malditos ojos grises.
No era una actriz. No era una casualidad.
Las matemáticas estallaron en su cerebro. 20 años. Ella tenía 19 o 20. Alina “murió” embarazada, o eso creía él, o…
—Papá… —dijo Paulina, notando la mirada aterrada de Sergio. Se dio cuenta de su error y se bajó la manga rápidamente, cubriendo la joya—. Perdón, me dio calor.
Sergio se puso de pie tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás con un estruendo que silenció a toda la mesa.
Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Infarto, pensó. Me está dando un infarto. Pero era algo peor. Era la realidad.
—Sergio… —Humberto se levantó, preocupado.
—Tengo… —la voz de Sergio salió estrangulada, irreconocible—. Tengo que irme.
—¿Qué? —Catalina soltó su copa—. Pero el postre, los contratos…
—¡Tengo que irme! —gritó Sergio, con una desesperación que asustó a todos. Miró a Paulina con una mezcla de horror y fascinación—. Tú. Vámonos. Ahora.
—Pero, Don Sergio… papá… —Paulina estaba petrificada.
—¡Al auto! ¡Ahora! —bramó él.
Sergio ni siquiera se despidió. Dio media vuelta y caminó hacia la salida con pasos largos y temblorosos, como un hombre que huye de un incendio. Dejó a los Garza, el contrato de cincuenta millones de dólares y su reputación tirados en el jardín. Nada de eso importaba ya. El edificio de su vida acababa de colapsar.
Paulina, roja de vergüenza y miedo, murmuró un “lo siento muchísimo” a la mesa atónita y corrió tras él, con los tacones hundiéndose en el pasto.
El trayecto de regreso fue una pesadilla. Sergio conducía como un maniaco, tomando las curvas de la carretera federal a una velocidad suicida.
Paulina se aferraba al asidero de la puerta, llorando en silencio.
—¡Perdón! ¡Perdóneme, por favor! —sollozó ella—. No quise arruinarlo. Solo me dio calor. Le juro que no lo vieron bien. Podemos inventar algo. ¡No me quite el dinero para mi mamá, por favor!
Sergio no respondía. Respiraba por la boca, sudando frío. Sus manos apretaban el volante como si quisiera triturarlo. No estaba enojado por el negocio. El negocio le importaba un carajo en este momento.
Frenó de golpe en un mirador abandonado, a mitad del bosque, lejos de todo. El auto derrapó en la grava y se detuvo violentamente.
Sergio se quitó el cinturón de seguridad y se giró hacia ella. Su rostro estaba descompuesto, sus ojos inyectados en sangre.
—¡Dámelo! —gritó, extendiendo la mano.
Paulina se encogió contra la puerta.
—¿Q-qué?
—¡El brazalete! ¡Dámelo ahora mismo!
Paulina, temblando incontrolablemente, se subió la manga, desabrochó el cierre de plata y se lo entregó. Sentía que le estaba entregando su corazón.
Sergio tomó la joya. Sus manos grandes y cuidadas temblaban tanto que casi se le cae. Lo acercó a sus ojos. Lo giró.
Ahí estaba. La marca del joyero en el interior. “S&A”. Sergio y Alina. Él lo había mandado grabar. Era minúsculo, casi invisible, pero él sabía dónde buscar.
Un sollozo, un sonido roto y agónico, escapó de la garganta de Sergio. Se cubrió la boca con la mano, apretando el brazalete contra su frente.
—Dios mío… Dios mío… —gemía, balanceándose hacia adelante y atrás.
Paulina estaba aterrada. Nunca había visto a un hombre romperse así.
—Señor… es solo una joya vieja. Mi mamá Luz me la dio…
Sergio levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero ahora había un fuego diferente en ellos. Una urgencia maníaca.
—No me mientas, Paulina —susurró, y su voz era más aterradora que sus gritos—. No me mientas porque mi vida depende de esto. ¿De dónde sacaste esto? ¿Quién te lo dio?
—¡Se lo juro! —gritó ella, llorando—. ¡Me lo dio mi mamá Luz! ¡Me dijo que era de mi verdadera madre!
—¿Tu verdadera madre? —Sergio la agarró de los hombros, sacudiéndola—. ¿Qué sabes de ella?
—¡Nada! —Paulina lloraba histeria—. ¡Solo sé que murió cuando yo nací! ¡Que se llamaba Alina! ¡Luz nunca me quiso decir más! ¡Me dijo que mi papá no me quería y que mi mamá murió de tristeza!
Sergio la soltó como si le quemara. Se golpeó la espalda contra el asiento del conductor.
Alina.
El nombre llenó el auto.
Murió de tristeza. Tu papá no te quería.
—Mentira… —susurró Sergio, mirando el techo del auto—. Todo es mentira.
Se giró hacia Paulina. La miró, y por primera vez en 20 años, vio la verdad. Vio su propia nariz en la cara de ella. Vio la boca de Alina.
—¿Cuántos años tienes, Paulina? —preguntó con voz muerta.
—Diecinueve. Cumplo veinte en febrero.
Febrero. Alina desapareció en mayo. Nueve meses.
Todo encajaba. La pesadilla perfecta.
—¿Tu madre Luz… dónde vive? —preguntó Sergio, encendiendo el auto. Su voz había cambiado. Ya no era el empresario. Era un hombre en una misión suicida.
—En… en San Pablo Autopan. Pero está en el hospital, usted la mandó allá.
—No —dijo Sergio, metiendo primera velocidad con furia—. No vamos al hospital. Vamos a tu casa. Necesito ver dónde vivías. Necesito ver fotos. Papeles. Y luego… vamos a ir a ese hospital y esa mujer me va a tener que explicar por qué tengo una hija que vendía quesos en la carretera mientras yo me podría en dinero pensando que estaba muerto por dentro.
—¿Hija? —Paulina dejó de llorar. La palabra flotó en el aire, pesada, imposible—. ¿De qué está hablando?
Sergio aceleró. El BMW salió disparado hacia la carretera.
—No preguntes, Paulina. No preguntes porque si te respondo, voy a estrellar este auto.
El viaje de regreso no fue hacia la mansión de lujo. Fue hacia el pasado. Hacia la verdad dolorosa que había estado oculta bajo capas de mentiras y tiempo. Sergio Mondragón, el hombre que creía tenerlo todo bajo control, conducía hacia el abismo, y llevaba a su propia hija desconocida en el asiento del copiloto.
El brazalete de plata, caliente por el tacto de ambos, descansaba en la consola central, brillando como una acusación silenciosa. La farsa había terminado. La tragedia acababa de comenzar.
CAPÍTULO 4: CENIZAS DE UN AMOR PROHIBIDO
El BMW Serie 7 atravesaba las calles de San Pablo Autopan como un intruso de otra galaxia. En esta zona de la periferia de Toluca, el asfalto era un lujo intermitente, devorado por baches lunares y topes de cemento construidos por los propios vecinos. El cielo seguía gris, amenazando con soltar una segunda nevada, y el lodo negro de las calles sin pavimentar salpicaba la carrocería inmaculada del auto de tres millones de pesos.
Sergio Mondragón conducía con una precisión mecánica, pero su mente era un caos de ruido blanco. A su lado, Paulina no había dejado de sollozar en silencio, abrazando su propio cuerpo como si intentara evitar desmoronarse. Llevaba puesto el abrigo de diseñador que Sergio le había comprado, y el contraste con el entorno —casas de bloque gris sin aplanar, perros callejeros famélicos escarbando en la basura, cables de luz enmarañados como telarañas negras— era una bofetada visual.
—¿Es aquí? —preguntó Sergio, su voz sonando ronca, ajena.
—En la siguiente esquina, a la derecha, donde está la tienda de abarrotes “La Esperanza” —indicó Paulina, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
El auto se detuvo frente a una vivienda humilde. Un portón de lámina oxidada, pintado de un verde menta descarapelado, resguardaba una construcción de un solo piso con techo de lámina de asbesto. En la ventana, una cortina de encaje viejo se movía con el viento que se colaba por las rendijas.
Sergio apagó el motor. El silencio cayó sobre ellos, pesado y denso.
—Paulina —dijo él, sin mirarla, con la vista clavada en la puerta de la casa—. Necesito que entres y busques cualquier cosa. Fotos, papeles, cartas. Cualquier cosa que tenga el nombre de Alina. O fotos de cuando eras bebé.
—¿Para qué? —suplicó ella, con la voz quebrada—. Don Sergio, ya le di el brazalete. ¿Qué está buscando? ¿Por qué le importa tanto mi mamá biológica si usted es un millonario y ella… ella no era nadie?
Sergio se giró lentamente. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, estaban rojos, inyectados de una emoción cruda que Paulina no pudo identificar. ¿Era ira? ¿Era dolor?
—Ella no era “nadie”, Paulina. Ella era todo. Y si mis sospechas son ciertas… —se detuvo, tragando saliva, incapaz de pronunciar las palabras que cambiarían su universo—. Solo abre la puerta.
Bajaron del auto. Unos niños que jugaban fútbol con una botella de plástico aplastada se detuvieron a mirarlos con la boca abierta. En ese barrio, un hombre de traje y un auto así solían significar dos cosas: políticos en campaña o narcos.
Paulina abrió el candado con manos temblorosas. El rechinido de la puerta metálica fue como un grito.
Entraron. El olor golpeó a Sergio de inmediato: humedad, frijoles hirviendo, Vick VapoRub y pobreza. Era un olor digno, limpio, pero impregnado de carencias.
La casa constaba de dos habitaciones. Una servía de cocina, comedor y sala. La otra era el dormitorio que Paulina compartía con Luz. En el centro de la sala, un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe estaba iluminado por una veladora.
Sergio se sintió un profanador. Caminó por el pequeño espacio, tocando los muebles viejos. Una mesa con hule de flores. Un sillón con los resortes vencidos.
—Aquí vivía ella… —murmuró. No se refería a Paulina, sino al fantasma que lo perseguía.
—Mamá Luz guarda las cosas importantes en una caja de galletas, debajo de la cama —dijo Paulina, resignada, caminando hacia el dormitorio.
Sergio la siguió. La vio arrodillarse en el piso de cemento pulido y sacar una vieja lata de galletas Danesas.
Se sentaron en la orilla de la cama. El colchón se hundió bajo el peso de ambos.
Paulina abrió la lata.
Había recibos de luz, recetas médicas del Seguro Popular, y un pequeño fajo de fotografías amarradas con una liga.
Sergio extendió la mano.
—Dámelas.
Paulina se las entregó. Sergio quitó la liga con una delicadeza que no correspondía a sus manos grandes.
La primera foto era de Paulina de niña, vestida de escolar, sonriendo sin dientes.
La segunda, Paulina en su primera comunión.
Sergio pasaba las fotos rápido, buscando… buscando…
Y entonces, se detuvo.
El aire salió de sus pulmones en un silbido agónico.
Era una foto Polaroid, descolorida por los años, con los bordes doblados.
En ella, una mujer joven, de unos veintitantos años, estaba sentada en una silla de plástico en un patio soleado. Tenía el cabello rubio cenizo recogido en una coleta, y una sonrisa triste pero hermosa. En sus brazos, sostenía a un bebé envuelto en una manta amarilla.
La mujer miraba a la cámara, pero sus ojos… esos ojos grises miraban más allá, hacia un futuro que le habían robado.
Era Alina.
No había duda. Un poco más delgada que como él la recordaba, con ojeras, pero era ella. Su Alina. La mujer por la que había llorado noches enteras, la mujer cuya tumba vacía visitaba cada año.
Sergio giró la foto.
Al reverso, con una tinta azul que se estaba borrando, había una inscripción:
“Mi pequeña Pau. Enero 2005. Perdóname por el mundo que te doy.”
Sergio dejó caer la foto sobre la colcha tejida. Se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.
No fue un llanto discreto. Fue un llanto desgarrador, un aullido contenido que finalmente se liberaba después de dos décadas de represión. El hombre de negocios, el tiburón, el monstruo de hielo se derritió en ese cuarto de lámina.
Paulina lo miraba, aterrorizada y confundida.
—Don Sergio… —se atrevió a tocarle el hombro—. Esa es mi mamá verdadera. ¿Usted… usted la conocía?
Sergio levantó la cara, empapada en lágrimas. Miró a la chica. Miró sus ojos. Los mismos ojos de la foto.
—Paulina… —tomó las manos de ella. Estaban frías—. No soy Don Sergio.
Hizo una pausa, tomando aire para lo que iba a decir.
—Yo soy el hombre de la historia que Luz nunca te contó. Yo soy el que le regaló ese brazalete.
Paulina parpadeó, procesando la información lentamente.
—Pero… Luz dijo que mi papá nos abandonó. Que no nos quería.
—¡Mentira! —rugió Sergio, golpeando el colchón—. ¡Me dijeron que había muerto! ¡Me dijeron que se había ahogado en el lago! ¡Mis padres… mis propios padres me mostraron su ropa en la orilla! ¡Lloré su muerte veinte años, Paulina!
La revelación cayó sobre la habitación como un rayo.
Paulina se llevó las manos a la boca.
—¿Usted… usted es mi papá?
Sergio asintió, incapaz de hablar, y la abrazó. Fue un abrazo torpe, desesperado. Paulina estaba rígida al principio, pero luego, el instinto, la sangre, o tal vez la soledad compartida, la hizo ceder. Se aferró al abrigo caro de ese extraño que resultaba ser su origen.
—Tenemos que ir al hospital —dijo Sergio de repente, separándose y limpiándose la cara con furia—. Luz tiene muchas explicaciones que darme. Y esta vez, no voy a aceptar mentiras.
El Hospital Ángeles de Interlomas era un monumento a la medicina privada. Pisos de mármol, olor a desinfectante cítrico, silencio sepulcral solo roto por el suave pitido de los monitores cardíacos.
Sergio entró en el lobby caminando como un general en tiempos de guerra, con Paulina trotando para seguirle el paso. Ignoró a la recepcionista. Subió directo al elevador privado. Piso 4. Suite 402.
Al llegar a la habitación, encontraron a dos enfermeras ajustando un suero. En la cama, conectada a monitores y con una mascarilla de oxígeno, yacía Luz. Se veía pequeña, frágil, consumida por la enfermedad renal, pero estaba consciente.
Al ver entrar a Sergio, los ojos de Luz se abrieron con un terror primario. Intentó incorporarse, pero las fuerzas le fallaron.
—Salgan —ordenó Sergio a las enfermeras.
—Señor Mondragón, la paciente necesita reposo… —empezó una.
—¡He dicho que salgan! —ladró él. Las enfermeras, asustadas, salieron y cerraron la puerta.
Sergio se acercó a la cama. Paulina se quedó junto a la puerta, sin saber si proteger a su madre adoptiva o escuchar a su padre biológico.
—Luz —dijo Sergio. No era una pregunta. Era una sentencia.
La mujer se quitó la mascarilla de oxígeno con mano temblorosa.
—Sabía que vendrías… —su voz era un susurro seco, como hojas muertas arrastrándose—. Cuando vi a Pau irse contigo… supe que Dios tenía sus tiempos. Tienes los mismos ojos que ella. La misma mirada terca.
—¿Por qué? —Sergio se inclinó sobre ella, apoyando las manos en los barandales de la cama—. ¿Por qué me hicieron creer que estaba muerta? ¿Por qué me robaron a mi hija? ¡Tengo dinero! ¡Pude haberlas cuidado! ¡Pude haberles dado el mundo!
Luz tosió, una tos dolorosa que sacudió su cuerpo.
—El dinero… ese fue el problema, Sergio. Tu dinero. O mejor dicho, el de tus padres.
Luz señaló una jarra de agua. Paulina corrió a servirle un vaso y ayudarla a beber.
—Gracias, mi niña —dijo Luz, acariciando la mejilla de Paulina con tristeza—. Siéntate, Pau. Tienes que escuchar esto. Ya no puedo llevarme este secreto a la tumba.
Sergio jaló una silla y se sentó, tenso como una cuerda de violín.
—Hace veinte años —comenzó Luz, mirando al techo, recordando—, Alina llegó a la vecindad donde yo vivía, en Valle de Bravo. Estaba destrozada. Lloraba día y noche. Me contó de un muchacho rico, un estudiante de economía que le había jurado amor eterno. Tú.
Sergio cerró los ojos, sintiendo el dolor del recuerdo.
—Pero luego llegaron ellos —continuó Luz—. Tus padres. Don Víctor y Doña Elena. Llegaron en una camioneta negra, con guardaespaldas. Encontraron a Alina sola. Yo estaba en el cuarto de al lado, escuché todo a través de la pared.
La voz de Luz se endureció.
—Le dijeron que tú eras un capricho. Que te ibas a casar con una chica de tu clase. Y que ella, una becada muerta de hambre, solo iba a arruinar tu futuro. Alina les gritó que estaba embarazada. Pensó que eso los ablandaría.
Paulina sollozó bajito.
—Pobre ilusa —dijo Luz con amargura—. Eso solo lo empeoró. Tu padre, Sergio… tu padre le dijo que si ese bastardo nacía, él se encargaría de que “tuviera un accidente”. Le dijeron que tenían el poder para desaparecerla a ella y al bebé, y que a ti te dirían que ella te engañó y se fue.
Sergio apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en las palmas. Su padre. El hombre que le enseñó a jugar golf, que le hablaba de honor y rectitud. Ese hombre había amenazado de muerte a su hijo no nato.
—Alina estaba aterrorizada —siguió Luz—. No por ella, sino por el bebé. Por ti, Paulina. Tus padres le dieron una opción: “Desaparece. Muérete para el mundo. Si Sergio cree que estás muerta, dejará de buscarte y seguirá con su vida. Si intentas contactarlo, cumpliremos nuestra amenaza”.
—Y ella aceptó… —susurró Sergio.
—Lo hizo por amor, imbécil —espetó Luz, con un repentino destello de furia—. Lo hizo para salvarte a ti de la ruina y a su hija de la muerte. Fingieron el accidente en el lago. Dejaron su ropa y sus zapatos. Tus padres pagaron a la policía para que cerraran el caso como “cuerpo no recuperado”. Y Alina huyó conmigo. Nos vinimos al Estado de México, a la zona más pobre, donde nadie buscaría a una chica rubia.
—¿Y luego? —preguntó Sergio, con la voz rota—. ¿Por qué no me buscó después? Mis padres murieron hace cinco años. Ya no había peligro.
Luz suspiró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla arrugada.
—La desgracia es pegajosa, Sergio. Cuando Paulina tenía dos años, la vida era dura. Vendíamos tamales, lavábamos ropa ajena. Alina quería darle algo mejor a la niña. Consiguió trabajo de planta como sirvienta en una casona en Condado de Sayavedra. Gente rica. Gente como tú.
Sergio sintió un escalofrío. Sabía hacia dónde iba esto.
—Alina era hermosa —dijo Luz—. Y el patrón de esa casa se obsesionó con ella. La acosaba. Una noche… hubo una fiesta. Se pusieron borrachos y violentos. Hubo una pelea entre el hijo del dueño y un socio. Se dispararon. El socio murió ahí mismo, en la sala.
Paulina estaba pálida como el papel.
—¿Y mi mamá…?
—Tu mamá estaba sirviendo las bebidas. Vio todo. —Luz miró a Sergio directamente a los ojos—. Necesitaban a un culpable. Alguien desechable. Alguien sin familia, sin conexiones, una “muerta” legalmente. Le pusieron el arma en la mano a Alina mientras estaba en shock. Llamaron a la policía. Dijeron que la sirvienta había intentado robar y disparó.
—¡No! —gritó Sergio, poniéndose de pie—. ¡Eso es imposible! ¡Hubiera salido en las noticias!
—Salió —dijo Luz—. “Sirvienta mata a empresario en intento de robo”. Nota roja de tercera página. Nadie investigó. El abogado de oficio ni siquiera la miró a la cara. Le dieron veinticinco años, Sergio. Veinticinco años en el penal de Santa Martha Acatitla.
El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el zumbido de los aparatos. La magnitud de la injusticia era aplastante. Mientras Sergio cerraba tratos en rascacielos y bebía whisky de 18 años, la madre de su hija se pudría en una celda por un crimen que no cometió, víctima primero de sus padres y luego de su clase social.
—¿Ella… murió en la cárcel? —preguntó Paulina, temiendo la respuesta.
Luz negó con la cabeza lentamente.
—No. Alina es de acero. Sobrevivió por ti. Salió hace dos años por buena conducta y sobrepoblación. Pero… salió rota, Sergio. Tenía antecedentes penales, no tenía dinero, y tenía miedo. Mucho miedo de que si te buscaba, el pasado volviera. Además… le daba vergüenza.
—¿Vergüenza? —Sergio no entendía.
—Vergüenza de ser una ex presidiaria. Vergüenza de que tú la vieras vieja, acabada, marcada por la cárcel. Pensó que Paulina estaba mejor conmigo, creyendo que era huérfana, que sabiendo que su madre era una “asesina”. Se fue. Se autoexilió.
—¿Dónde está? —Sergio se acercó a la cama, tomando la mano de Luz—. Dímelo, Luz. Te lo suplico. Te doy mi fortuna, te doy mis riñones si los necesitas, pero dime dónde está.
Luz cerró los ojos, agotada por la confesión.
—No quiere ser encontrada.
—Me importa un carajo lo que ella quiera —dijo Sergio con ferocidad—. Voy a encontrarla. Voy a pedirle perdón de rodillas y voy a pasar el resto de mi vida compensándola por cada minuto que pasó en ese infierno. Dímelo.
Luz abrió los ojos y miró a Paulina.
—Hija… busca en mi bolsa vieja. La de cuero café. En el forro de adentro. Hay un papelito doblado. Es la dirección de donde me manda los giros postales. A veces me manda cien pesos, doscientos… lo que junta.
Paulina corrió al pequeño armario de la habitación, sacó la bolsa gastada y rasgó el forro con desesperación. Sacó un pedazo de papel de cuaderno cuadriculado, doblado en cuatro.
Lo desdobló. Sus manos temblaban.
—Es… es en el norte —dijo Paulina, leyendo la letra cursiva que reconocía de las fotos—. Estación Catorce. San Luis Potosí. Dice “Fonda La Rielera”.
Sergio conocía el lugar. Real de Catorce y sus alrededores. Desierto. Olvido. Un pueblo fantasma donde la gente iba a perderse o a encontrarse con espíritus. El lugar perfecto para alguien que quiere desaparecer de la faz de la tierra.
—Estación Catorce —repitió Sergio, grabando el nombre en su mente como una promesa de fuego.
Se giró hacia Luz.
—Vas a tener a los mejores médicos, Luz. Te vas a curar. Porque cuando regrese con Alina, quiero que estés fuerte para ver a la familia que salvaste.
Luz sonrió débilmente y cerró los ojos, cayendo en un sueño profundo inducido por el cansancio y los medicamentos.
Sergio miró a Paulina. La chica seguía sosteniendo el papel, mirando la dirección como si fuera un mapa del tesoro.
—Paulina —dijo él.
Ella levantó la vista. Ya no había miedo en sus ojos. Había determinación. La misma determinación que tenía él cuando cerraba un negocio imposible.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó ella.
Sergio miró su reloj. Eran las 6:00 PM.
—El jet privado está en el hangar de Toluca. Si salimos ahora, estaremos en San Luis Potosí antes de la medianoche. Mañana, al amanecer, buscaremos a tu madre.
—No tengo ropa para el desierto —dijo Paulina, mirando su vestido de marca.
Sergio se quitó su bufanda y se la puso a ella alrededor del cuello.
—No importa. Vamos a recuperar nuestra vida, hija. Lo demás, se compra.
Salieron del hospital caminando rápido, dejando atrás el olor a antiséptico y muerte. Afuera, la noche había caído sobre la Ciudad de México. Las luces de los edificios brillaban indiferentes, pero para Sergio Mondragón, la ciudad ya no era su hogar. Su hogar estaba en un punto perdido del desierto, en una fonda junto a las vías del tren, donde una mujer con cicatrices en el alma esperaba, sin saberlo, el final de su condena.
El motor del BMW rugió una vez más, pero esta vez no sonaba a ostentación. Sonaba a guerra. Sergio iba a declararle la guerra al destino, al tiempo y a sus propios errores. Y no pensaba perder.
CAPÍTULO 5: EL TREN DEL OLVIDO
El Aeropuerto Internacional de Toluca era un páramo de concreto azotado por el viento helado de la medianoche. A diferencia del bullicio del Aeropuerto Benito Juárez, aquí, en la zona de hangares privados, reinaba un silencio industrial, solo roto por el silbido lejano de las turbinas y el ladrido de algún perro de seguridad.
El BMW de Sergio se detuvo en seco junto a la escalerilla de un Gulfstream G650 blanco, cuya silueta brillaba bajo los reflectores halógenos como un tiburón durmiente.
Paulina miró el avión a través de la ventanilla. Sus ojos, hinchados por el llanto de las últimas horas, se abrieron con incredulidad.
—¿Ese… ese es su avión? —preguntó, con la voz quebrada.
Sergio apagó el motor y se giró hacia ella. Su rostro estaba tenso, las líneas de expresión marcadas por el agotamiento emocional, pero sus ojos ardían con una determinación que Paulina no había visto antes.
—Es nuestro avión, Paulina. Y por favor, deja de llamarme “usted”. Soy tu padre. Aunque me va a costar la vida ganarme ese título, soy tu padre.
Bajaron del auto. El viento les golpeó la cara, trayendo el olor acre del combustible de aviación. El piloto, un hombre canoso y militar llamado Capitán Mendoza, los esperaba al pie de la escalerilla.
—Buenas noches, Don Sergio. Todo listo. Plan de vuelo autorizado a San Luis Potosí. Tiempo estimado: 45 minutos.
—Vámonos ya, Mendoza. No hay tiempo que perder.
Subieron. El interior del jet era un palacio en miniatura: asientos de piel color mantequilla, madera de caoba, alfombras que parecían nubes. Pero esa noche, el lujo se sentía vacío, casi obsceno frente a la urgencia de su misión.
Paulina se sentó en uno de los sillones giratorios, encogida dentro del abrigo caro que Sergio le había comprado, abrazando su propia cintura. Se sentía como una impostora en una película de Hollywood. Hace apenas 24 horas vendía quesos en la carretera y contaba las monedas para comprar tortillas; ahora, volaba en un jet privado rumbo al desierto para buscar a una madre que creía muerta.
El avión despegó con una potencia suave, dejando atrás las luces parpadeantes del Valle de México. La ciudad, vista desde arriba, parecía una mancha de lava dorada, un monstruo de millones de cabezas que devoraba historias y escupía olvido.
Sergio se sirvió un vaso de agua con hielo, ignorando el bar surtido con licores premium. Se sentó frente a Paulina, rodilla con rodilla.
—Tenemos que hablar —dijo él, rompiendo el zumbido constante de la cabina—. Antes de aterrizar, necesito que entiendas quiénes fueron tus abuelos. Y por qué soy el cobarde que soy.
Paulina levantó la vista.
—Luz dijo que eran malos. Que nos odiaban.
—No nos odiaban, Paulina. Ojalá fuera tan simple como el odio. El odio es caliente, pasional. Ellos eran fríos. Eran pragmáticos. Para Víctor y Elena Mondragón, la familia no era amor; era una empresa. Una dinastía. Y yo era su único activo valioso.
Sergio miró por la ventanilla hacia la oscuridad absoluta de la noche.
—Cuando conocí a tu madre… a Alina… yo era un estudiante rebelde. Quería ser músico, ¿puedes creerlo? O escritor. Odiaba los negocios. Alina era mi escape. Ella era luz, risas, paseos en bicicleta, comer esquites en Coyoacán. Ella me hacía sentir humano.
—¿Y por qué la dejó sola? —la pregunta de Paulina fue un dardo, suave pero preciso.
Sergio bajó la cabeza.
—Porque tuve miedo. Tenía 22 años y nunca había trabajado un día en mi vida. Dependía de mis padres para todo. Cuando me amenazaron con desheredarme, dudé. Solo un momento. Pero luego, cuando les dije que no me importaba el dinero, cambiaron la táctica. Fueron contra ella.
Sergio tomó la mano de Paulina. Sus dedos grandes envolvieron la mano pequeña y trabajadora de su hija.
—No sabía lo del embarazo, Paulina. Te lo juro por mi vida. Si hubiera sabido que venías en camino, habría quemado el mundo entero para protegerlas. Me dijeron que ella se había ido con otro. Que yo era un juego para ella. Y luego… la ropa en el lago. El funeral sin cuerpo. Me rompieron. Y yo dejé que me rompieran. Me convertí en lo que ellos querían: una máquina de hacer dinero. Un hombre muerto por dentro.
Paulina apretó la mano de su padre. Sintió el temblor en él. Por primera vez, vio al niño herido detrás del magnate.
—Yo crecí pensando que era un error —confesó ella, con voz apenas audible—. En la escuela, el Día del Padre, yo inventaba que mi papá era astronauta o que trabajaba en el norte. Los niños se burlaban. Luz me decía que mi papá se había ido porque no estaba listo. Yo pensaba… pensaba que yo no valía la pena para que alguien se quedara.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Sergio.
—Vales todo, hija. Eres lo mejor que he hecho, y ni siquiera sabía que te había hecho. Perdóname por los 19 años de silencio.
—Vamos a encontrarla, papá —dijo Paulina, usando la palabra por primera vez con convicción, no como parte de un guion—. Y vamos a ser una familia. Aunque sea una familia rara y rota.
Sergio asintió, besando la mano de su hija.
—Lo prometo.
El aterrizaje en el Aeropuerto Internacional Ponciano Arriaga de San Luis Potosí fue brusco, azotado por los vientos del altiplano. Eran las 2:00 de la mañana. El aire aquí era diferente: seco, delgado, cortante como una navaja de obsidiana. Olía a polvo y a mezquite.
No había limosinas esperando. Sergio había coordinado por teléfono satelital la renta de un vehículo adecuado. En la pista los esperaba una camioneta Chevy Suburban negra, blindada, con llantas todo terreno.
—¿Sabe manejar en carretera, don… papá? —preguntó Paulina al ver el monstruo de metal.
—Aprendí a manejar en terracería antes que en pavimento —mintió Sergio a medias, subiéndose al asiento del conductor—. Abróchate el cinturón. Estación Catorce está a tres horas de aquí, en medio de la nada.
Salieron del aeropuerto y tomaron la carretera 57 hacia el norte, rumbo a Matehuala. La autopista era una cinta negra infinita, iluminada solo por los faros de los tráileres de doble remolque que cruzaban el país como bestias de carga nocturnas.
Sergio conducía rápido pero concentrado. Paulina, agotada por la montaña rusa emocional, se quedó dormida contra la ventanilla. Sergio la miró un momento, aprovechando la luz tenue del tablero. Se parecía tanto a Alina que dolía. Pero tenía algo más… tenía la fuerza de la supervivencia. Alina era etérea, dulce; Paulina era un roble joven que había resistido tormentas.
Pasaron Matehuala y tomaron la desviación hacia el desierto. El paisaje cambió. Los anuncios y las luces de la civilización desaparecieron. Ahora solo había oscuridad y las sombras fantasmales de las yucas y los cactus gigantes que se alzaban a los lados del camino como centinelas deformes.
Estaban entrando al territorio sagrado de Wirikuta. Tierra de peyote, de chamanes y de fantasmas.
A las 5:00 de la mañana, el cielo comenzó a clarear. No fue un amanecer normal. En el desierto, el sol no sale; estalla. El horizonte se tiñó de un violeta profundo, luego sangró en rojo y finalmente en un naranja cegador.
Sergio despertó a Paulina suavemente.
—Ya casi llegamos. Mira.
Paulina abrió los ojos y vio el desierto. Nunca había visto algo así. La inmensidad de la tierra ocre, salpicada de verde pálido, bajo un cielo tan grande que te hacía sentir insignificante. A lo lejos, las montañas de la Sierra de Catorce se levantaban como una muralla de piedra.
—Es… es enorme —susurró ella.
—Y solitario —añadió Sergio—. El lugar perfecto para esconderse si no quieres que nadie te encuentre.
El GPS del auto indicaba que estaban cerca. Giraron en un camino de terracería que levantaba nubes de polvo blanco tras ellos. Las llantas crujían sobre las piedras.
Pasaron un letrero viejo, oxidado y balaceado: “Estación Catorce – Pob. 500”.
El pueblo no era el Real de Catorce turístico, el de los hoteles boutique y los jipis europeos. Estación Catorce era la parte baja, la olvidada. Un asentamiento junto a las vías del tren que alguna vez trajo prosperidad y ahora solo traía migrantes colgados de “La Bestia” y polvo.
Las casas eran de adobe y ladrillo sin terminar. Perros flacos dormían a mitad de la calle y ni siquiera se movían al paso de la camioneta.
—Ahí está —señaló Sergio. Su corazón empezó a latir tan fuerte que lo sentía en la garganta.
Junto a las vías del tren, separada del resto de las casas, había una construcción de madera y lámina, pintada de un azul deslavado. Un letrero de madera colgado con alambre rezaba: “Fonda La Rielera – Comida Corrida”.
Salía humo de una chimenea de latón. Estaba abierto.
Sergio detuvo la camioneta a unos cincuenta metros. Apagó el motor. El silencio del desierto cayó sobre ellos, inmenso, total, solo roto por el canto de un gallo lejano.
—¿Estás lista? —preguntó Sergio. Sus manos temblaban sobre el volante.
Paulina asintió, aunque estaba pálida.
—¿Qué le vamos a decir?
—La verdad. Es lo único que nos queda.
Bajaron del vehículo. El frío de la mañana era intenso, de esos que congelan el aliento en el aire. Sus pasos crujían en la grava.
Al acercarse a la fonda, les llegó el olor. Café de olla. Canela, piloncillo y leña. Tortillas de maíz recién hechas.
Sergio se detuvo en la entrada. No había puerta, solo una cortina de cuentas de plástico que tintineaba con el viento.
Desde adentro, se escuchaba el sonido rítmico de alguien torteando masa. Clap, clap, clap.
—Buenos días —dijo Sergio. Su voz salió estrangulada, apenas un susurro. Carraspeó y lo intentó de nuevo, más fuerte—. ¿Buenos días?
El sonido del torteo se detuvo.
—Pásenle, ya hay café —respondió una voz desde el interior.
Sergio sintió que las rodillas se le doblaban.
Esa voz.
Más ronca, más cansada, con el acento golpeado del norte pegado a ella, pero era su voz. La voz que le cantaba al oído en aquel departamento de estudiantes en Copilco.
Sergio apartó la cortina de cuentas y entró. Paulina lo siguió, escondiéndose un poco detrás de él.
El lugar era sencillo. Piso de tierra apisonada, barrido inmaculadamente. Tres mesas de madera cubiertas con hule de cuadros rojos. En las paredes, calendarios viejos y una imagen de San Judas Tadeo.
Al fondo, frente a un comal de barro que ardía sobre leña, había una mujer de espaldas.
Llevaba el cabello gris recogido en una trenza larga que le llegaba a la cintura. Vestía un mandil de cuadros sobre un vestido sencillo de algodón y un suéter grueso de lana gris.
—Si vienen del tren, los frijoles todavía no están, pero hay huevito con… —la mujer se dio la media vuelta mientras hablaba, limpiándose las manos llenas de masa en el mandil.
Se quedó congelada.
La mujer dejó caer el trapo.
Alina no había envejecido; se había curtido. Su piel estaba bronceada por el sol inclemente del desierto, y había arrugas profundas alrededor de sus ojos y boca, marcas de dolor, de soledad y de años de encierro. Pero sus ojos… esos ojos grises seguían siendo dos faros de luz en medio de la tormenta.
Miró a Sergio.
Parpadeó lentamente, como si estuviera viendo una alucinación provocada por el humo de la leña.
Luego, su mirada se desplazó hacia la chica que estaba detrás de él.
Se detuvo en la cara de Paulina.
La bandeja de peltre que había en la mesa cercana vibró cuando Alina se apoyó en ella para no caerse.
—¿S-Sergio? —susurró. Fue un sonido tan doloroso, tan lleno de incredulidad y miedo, que partió el alma.
Sergio dio un paso adelante, con las manos abiertas, mostrando que iba desarmado, que iba rendido.
—Alina… soy yo.
—No… —ella retrocedió, chocando contra la mesa de trabajo. Agarró un cuchillo cebollero de la mesa por instinto, con el pánico de una presa acorralada—. No puedes estar aquí. Estoy muerta. Tú crees que estoy muerta. Vete. ¡Vete!
—Alina, por favor… —Sergio ignoró el cuchillo. Siguió avanzando—. Sé la verdad. Sé todo. Sé lo que te hicieron mis padres. Sé lo de la cárcel. Sé que te sacrificaste por mí.
—¡No te acerques! —gritó ella, y las lágrimas empezaron a abrir surcos en la harina que tenía en las mejillas—. ¡Vienen a quitarme lo poco que me queda! ¡Ya pagué! ¡Veinticinco años pagué! ¡Déjenme en paz!
—Nadie viene a quitarte nada, Alina —dijo Sergio, deteniéndose. Su voz se rompió—. Venimos a devolverte lo que es tuyo.
Sergio se hizo a un lado suavemente, revelando a Paulina por completo.
La chica dio un paso al frente, temblando como una hoja. Se quitó el abrigo caro, como si quisiera despojarse de la riqueza para mostrar quién era realmente. Levantó su mano izquierda y se subió la manga del suéter.
El brazalete de plata brilló a la luz del fuego del comal.
Alina soltó el cuchillo. El metal golpeó la tierra con un sonido sordo.
Sus ojos viajaron del brazalete a la cara de Paulina.
Vio su propia juventud reflejada. Vio a la bebé que tuvo que entregar. Vio a la niña que imaginó cada noche en su celda de concreto durante dos décadas y media.
—¿Pau…? —preguntó Alina, con un hilo de voz que apenas salió de su garganta—. ¿Mi nena?
Paulina rompió a llorar y corrió hacia ella.
—¡Mamá!
El choque fue brutal. Madre e hija se fundieron en un abrazo desesperado, caótico. Alina cayó de rodillas al suelo de tierra, arrastrando a Paulina con ella, abrazándola, besándole el cabello, la cara, las manos, tocándola para asegurarse de que era real, de que no era otro sueño cruel del que despertaría con el sonido de los barrotes.
—¡Mi niña! ¡Mi niña hermosa! —sollozaba Alina, meciéndose en el suelo—. ¡Pensé que nunca te vería! ¡Pensé que me odiabas!
—¡Nunca! —lloraba Paulina—. ¡Luz me dio el brazalete! ¡Yo sabía que me querías!
Sergio se quedó de pie, a unos metros, testigo de la escena más sagrada de su vida. Las lágrimas le corrían por la cara libremente, mojando el cuello de su camisa de diseñador. Quería correr y unirse a ellas, pero sentía que no tenía derecho. Él era la causa de ese dolor. Él era el apellido que las había destruido.
Pero entonces, Alina, aún en el suelo abrazada a Paulina, levantó la vista. Sus ojos, rojos y llenos de lágrimas, se encontraron con los de él.
Ya no había miedo. Había dolor, sí. Había años de sufrimiento. Pero debajo de todo eso, había algo que Sergio no merecía, algo milagroso.
Había reconocimiento.
Alina extendió una mano temblorosa hacia él, la mano llena de masa y tierra.
—Sergio… —dijo ella, invitándolo a entrar en el círculo.
Sergio no caminó; se derrumbó. Cayó de rodillas junto a ellas y rodeó a las dos mujeres de su vida con sus brazos grandes y fuertes.
—Perdóname, Alina. Perdóname, mi amor —repetía una y otra vez contra su cuello, aspirando el olor a leña y pan—. Te voy a pasar el resto de mi vida pidiéndote perdón.
—Estás viejo… —dijo ella, tocándole las canas de las sienes y riendo entre sollozos—. Y gordo.
Sergio soltó una carcajada húmeda y dolorosa.
—Y tú estás más hermosa que el día que te conocí.
Afuera, el sol del desierto terminó de salir, iluminando las vías del tren que brillaban como caminos de plata hacia el infinito. Un silbato lejano anunció la llegada del tren de carga, “La Bestia”, que pasaba rugiendo, indiferente a los dramas humanos.
Pero dentro de la “Fonda La Rielera”, el tiempo se había detenido y reiniciado. La familia Mondragón, rota, dispersa y golpeada, acababa de nacer de nuevo sobre un piso de tierra en medio de la nada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Alina, cuando el llanto se calmó un poco, limpiándose la cara con el mandil.
Sergio se sentó en el suelo, sin importarle sus pantalones de casimir italiano. Miró a Alina, luego a Paulina.
—Ahora… —dijo Sergio, tomando la mano de Alina y besando sus nudillos callosos—. Ahora nos vamos a casa. Y tengo unos socios en Monterrey a los que voy a mandar al diablo, porque tengo cosas más importantes que hacer. Como aprender a hacer gorditas de nata contigo.
Alina sonrió, y por primera vez en veinticinco años, la sonrisa le llegó a los ojos.
—Primero tómate el café —dijo ella, levantándose y recuperando su rol de matriarca—. Se les va a enfriar, y aquí en el desierto, el frío no perdona a los ricos.
Paulina y Sergio rieron. Era una risa ligera, sanadora.
El infierno había terminado.
CAPÍTULO 6: EL PESO DE LA MEMORIA
El sol del mediodía en el desierto de San Luis Potosí no acariciaba; castigaba. Sin embargo, para Alina, ese calor seco había sido su única compañía constante durante los dos últimos años de autoexilio. Cerrar la puerta de la “Fonda La Rielera” por última vez se sintió como amputarse un miembro gangrenado: doloroso, pero necesario para sobrevivir.
Sergio cargaba una pequeña maleta de cartón amarrada con un lazo. Era todo lo que Alina poseía en el mundo. Veinticinco años de vida, de cárcel y de libertad condicional, reducidos a dos mudas de ropa, una Biblia desgastada y una foto arrugada de Paulina bebé.
—¿Estás segura de que no quieres llevarte nada más? —preguntó Sergio, mirando la humilde construcción de lámina y madera que había sido el refugio de su mujer.
Alina se detuvo frente a la puerta. Pasó la mano por el marco de madera astillada.
—Aquí no hay nada, Sergio. Solo polvo y fantasmas. Lo que importa ya está en la camioneta.
Paulina esperaba dentro de la Suburban blindada, con el aire acondicionado al máximo, pero con la ventanilla bajada, ansiosa por no perder de vista a sus padres ni un segundo, como si temiera que el desierto se los tragara de nuevo si parpadeaba.
Alina subió al vehículo de lujo. El contraste fue violento. El olor a cuero nuevo, el silencio hermético del blindaje, la suavidad de los asientos. Se sentó con rigidez, con las manos sobre el regazo, temerosa de ensuciar algo con su ropa impregnada de humo de leña.
—Vámonos —dijo ella, mirando al frente, hacia la carretera infinita.
Sergio arrancó. El motor rugió y la camioneta levantó una nube de polvo blanco que cubrió por un momento la fonda, borrándola del espejo retrovisor. Alina no volteó. Dejó atrás a la “mujer del riel”, a la ex convicta solitaria. Iba de regreso al mundo que la había masticado y escupido, pero esta vez, no iba sola.
El vuelo de regreso en el Gulfstream fue diferente al de ida. No hubo silencios incómodos, pero sí una pesadez en el aire. La euforia del reencuentro había dado paso a la realidad de la situación.
Alina miraba las nubes desde la ventanilla, sosteniendo una copa de jugo de naranja que le temblaba en la mano.
—¿Qué les vas a decir? —preguntó de repente, sin mirar a Sergio.
—¿A quiénes?
—A tu gente. A tus socios. A la sociedad de allá. —Alina se giró, y sus ojos grises mostraron el miedo que la había mantenido oculta—. Sergio, para el mundo yo soy una asesina. Tengo antecedentes penales. Soy la sirvienta que mató a un empresario. Si llego a tu casa… te voy a manchar. Van a destruir tu reputación. Los Garza, esos con los que ibas a firmar… no van a querer saber nada de ti si apareces con una ex presidiaria del brazo.
Sergio se desabrochó el cinturón de seguridad y se arrodilló frente a ella, ignorando la turbulencia leve.
—Que se pudran los Garza. Que se pudra la sociedad y que se pudra mi reputación.
Le tomó las manos, esas manos ásperas y fuertes que habían trabajado tanto.
—Alina, pasé veinte años construyendo un imperio sobre un cementerio. Tengo edificios, tengo dinero, tengo poder. Pero estaba vacío. Era un cadáver caminando. Tú no eres una mancha; eres la única verdad que tengo. Y en cuanto a tus antecedentes…
La mirada de Sergio se endureció, mostrando al tiburón de los negocios.
—Tengo el mejor equipo legal de México. Vamos a pedir una revisión del caso. Vamos a demostrar que fue defensa propia, o que fuiste inculpada, o lo que sea necesario. Voy a comprar la justicia si hace falta, igual que mis padres la compraron para hundirte. Pero esta vez, la usaré para limpiarte.
Paulina, que escuchaba desde el asiento contiguo, se acercó y puso su cabeza en el hombro de su madre.
—Y si no nos quieren, mamá, nos vamos. Nos vamos a otro lado. Tú, yo y papá. Pero no nos separamos nunca más.
Alina besó la cabeza de su hija, respirando el aroma del champú caro que ahora usaba.
—Está bien. Vamos a casa.
Aterrizaron en Toluca al atardecer. El cielo del Valle de México los recibió con ese tono gris violáceo característico de la contaminación y la altura. El frío aquí era distinto al del desierto; era un frío húmedo, urbano.
—Primero al hospital —ordenó Sergio al chofer que los esperaba con el BMW.
El trayecto hacia el Hospital Ángeles de Interlomas fue rápido. Alina miraba los edificios de Santa Fe con una mezcla de asombro y repulsión.
—Todo ha cambiado… —murmuró—. Hay tanto cristal. Tanta riqueza. Y apuesto a que abajo de esos puentes sigue habiendo la misma hambre.
—Es México, Alina. El país de las dos caras —respondió Sergio con amargura—. Pero nosotros ya no vamos a ser parte del problema.
Llegaron al hospital. El ambiente estéril y lujoso intimidó a Alina más que la prisión. En la cárcel conocía las reglas: no mirar a los ojos, no mostrar debilidad. Aquí, todo era “por favor” y “gracias”, pero ella sentía las miradas de las enfermeras juzgando su ropa humilde, su piel curtida, sus trenzas.
Subieron a la suite 402.
Sergio abrió la puerta.
Luz estaba despierta, sentada en la cama con el respaldo elevado. Se veía mejor que el día anterior; el tratamiento de diálisis de urgencia y los medicamentos de primera calidad habían devuelto algo de color a sus mejillas cetrinas.
Cuando Luz vio entrar a Alina, el tiempo se detuvo en la habitación.
Las dos mujeres se miraron.
Una, la madre biológica, la que había parido y sacrificado, la que había ardido en el infierno de la cárcel para proteger a su cría.
La otra, la madre de crianza, la que había limpiado fiebres, cosido uniformes, vendido tamales y amado a una niña ajena como propia en la pobreza.
—Luz… —la voz de Alina se quebró.
Luz extendió los brazos, ignorando las vías intravenosas en sus manos.
—Mi niña… mi guerrera.
Alina corrió hacia la cama y se abrazó a Luz. No fue un abrazo suave. Fue un choque de almas. Lloraron juntas, un llanto que olía a antiséptico y a redención.
—Gracias… —sollozaba Alina en el hombro de Luz—. Gracias por cuidarla. Gracias por amarla. Gracias por no dejarla sola cuando yo no pude estar. Me salvaste la vida al salvar la de ella.
Luz acariciaba la espalda de Alina, sintiendo los huesos bajo el suéter de lana.
—Tú me diste el regalo más grande, Alina. Me diste una hija cuando la vida no me dio las mías. Paulina fue la luz de mis ojos todos estos años. Yo solo la guardé para ti. Sabía que volverías. Siempre supe que el amor de madre rompe hasta las rejas más fuertes.
Paulina se unió al abrazo, formando un nudo humano de tres mujeres que habían sobrevivido a todo.
Sergio se quedó en la puerta, sintiéndose un intruso en ese santuario femenino, pero con el corazón hinchado de gratitud.
—Ahora somos familia, Luz —dijo Sergio desde la puerta, con voz firme—. Tú no te vas a ir a ningún lado. Cuando te den de alta, te vienes a la casa. Hay espacio de sobra. No voy a permitir que la abuela de mi hija viva en otro lado que no sea con nosotros.
Luz sonrió, cansada pero feliz.
—Ay, Don Sergio… digo, Sergio. Con que me dejen un cuartito donde no estorbe y pueda ver mis novelas, yo feliz.
—Tendrás la mejor habitación, Luz. Te lo prometo.
La llegada a la mansión de Lomas de Chapultepec fue la verdadera prueba de fuego.
Era de noche cuando el BMW cruzó los portones de acero. La residencia Mondragón, iluminada arquitectónicamente, parecía un templo moderno.
Alina bajó del auto y miró la estructura imponente.
—Esta es la casa que el dinero construyó —dijo en voz baja—. El dinero que nos separó.
—Esta es solo una casa, Alina —dijo Sergio, tomándola del brazo—. Nosotros somos el hogar. Vamos a llenarla de cosas nuevas. De recuerdos buenos.
Entraron. El servicio estaba formado en el vestíbulo, alertado por Sergio de la llegada de “invitados muy especiales”.
Ernestina, la ama de llaves, una mujer que llevaba treinta años trabajando para los Mondragón y que conocía todos los secretos oscuros de los padres de Sergio, abrió los ojos con sorpresa al ver a la mujer que entraba.
Reconoció la mirada. Reconoció el porte, a pesar de la ropa humilde.
Ernestina recordaba el escándalo de hace veinte años. Recordaba los gritos en el despacho de Don Víctor. Recordaba a la chica rubia embarazada que vino a pedir clemencia y fue echada como un perro.
—Buenas noches, señor —dijo Ernestina, recuperando la compostura profesional, aunque sus manos temblaban.
—Buenas noches, Ernestina —dijo Sergio con autoridad—. Quiero presentarte a la señora de la casa. Alina. Y a mi hija, Paulina.
Un murmullo recorrió la fila de empleados. ¿Hija? ¿Señora?
—Ernestina —continuó Sergio, mirándola fijamente a los ojos—. Prepara la habitación principal. La mía. Y prepara la habitación contigua para Paulina. Y quiero que quede claro para todos: Alina es mi esposa ante los ojos de Dios y pronto lo será ante la ley. Cualquiera que la mire mal, que murmure o que le falte al respeto, se va a la calle sin liquidación. ¿Entendido?
—Sí, señor Mondragón. Bienvenida, señora —dijo Ernestina, inclinando la cabeza con un respeto nuevo, teñido de miedo.
Alina miró a Ernestina. Recordaba su cara. Recordaba que esa mujer le había abierto la puerta hace veinte años y la había mirado con desprecio.
Pero Alina ya no era la niña asustada de 20 años.
—Gracias, Ernestina —dijo Alina con voz calmada, sin rencor, pero con una dignidad aplastante—. Solo necesitaremos té de manzanilla. Ha sido un día largo.
Subieron la escalinata de mármol.
Al entrar a la habitación principal, Alina se quedó parada en el umbral. La habitación era enorme, masculina, decorada en tonos grises y negros. Olía a Sergio: a tabaco caro, madera y soledad.
—No tienes que dormir aquí si no quieres —dijo Sergio rápidamente, notando su vacilación—. Hay cinco habitaciones más. Puedo dormir en el sofá. No quiero presionarte. Sé que es… mucho.
Alina caminó hacia el ventanal que daba al jardín iluminado. Se veía su reflejo en el cristal: una mujer mayor, cansada, vestida de pobre en un palacio de rico.
—No es la habitación, Sergio. Es que… míra todo esto. Y mírame a mí. —Se señaló a sí misma—. Tengo las manos llenas de callos. Tengo cicatrices de peleas en el patio de la prisión. No sé usar esos cubiertos de plata. No sé hablar de ópera. Soy una ex presidiaria que hacía tortillas para sobrevivir. ¿Cómo voy a ser la señora de esta casa?
Sergio se acercó a ella por la espalda, pero no la tocó. Respetó su espacio.
—Tú eres una reina, Alina. No por lo que tienes, sino por lo que aguantaste. Las cicatrices son medallas de guerra. Y en cuanto a los cubiertos y la ópera… a mí me importan un carajo.
Sergio giró suavemente a Alina para que lo mirara.
—Me pasé veinte años cenando con gente que sabe usar todos los tenedores pero que no tiene alma. Gente que vendería a su madre por un contrato. Tú eres real. Y Paulina… Paulina es lo mejor de los dos mundos. Tiene tu corazón y, desgraciadamente, mi terquedad.
Alina sonrió levemente.
—Tiene tu nariz. Y tu mal genio cuando tiene hambre.
Sergio rió, y el sonido rompió la tensión de la habitación.
—Mira, mañana vendrán sastres, estilistas, médicos. No para disfrazarte, sino para cuidarte. Quiero que descanses. Quiero que te sientas segura. Aquí nadie te va a hacer daño nunca más. Esas rejas se acabaron.
Alina miró la cama King Size. Parecía un océano de seda.
—Solo quiero dormir —susurró—. Dormir sin tener que escuchar si alguien se acerca a mi celda. Dormir sabiendo que mi hija está en el cuarto de al lado y no a mil kilómetros.
—Entonces duerme. Yo haré guardia.
Esa noche, Sergio no durmió en la cama. Se sentó en el sillón de lectura, vigilando el sueño de Alina como un perro guardián. La vio dormir profundamente, por primera vez sin la tensión en el entrecejo.
Paulina dormía en la habitación contigua, abrazada a una almohada de plumas, soñando con un futuro que finalmente no tenía techo de lámina.
A la mañana siguiente, la realidad tocó a la puerta en forma de abogado.
El Licenciado Montiel, el jefe del equipo jurídico de Mondragón Corp, llegó a las 9:00 AM, convocado de urgencia. Era un hombre bajo, calvo y astuto como un zorro, acostumbrado a limpiar los desastres corporativos de Sergio.
Estaban en el despacho de la casa. Sergio, Alina (vestida con una bata de seda que Sergio le había dejado) y Paulina estaban presentes.
—Licenciado, la situación es esta —dijo Sergio, sin rodeos—. Ella es Alina. La madre de mi hija. Fue condenada injustamente hace 20 años por el homicidio de Ricardo Valenzuela en Condado de Sayavedra. Quiero que limpies su expediente. Quiero un indulto, una anulación de juicio, lo que sea. Y quiero que le des el apellido Mondragón a Paulina hoy mismo.
Montiel ajustó sus lentes, sudando frío. Miró a Alina. Recordaba el caso vagamente. Un escándalo menor tapado con dinero.
—Don Sergio… reabrir un caso de homicidio cerrado con sentencia cumplida es… extremadamente difícil. Y peligroso. La familia Valenzuela sigue siendo poderosa. Si removemos esto, la prensa se va a enterar. Va a ser un circo mediático. “El magnate y la ex convicta”. Las acciones de la empresa podrían caer. Los socios…
—¡Al diablo las acciones! —golpeó Sergio el escritorio—. ¡No te pago para que me digas qué tan difícil es! ¡Te pago para que lo hagas!
—Sergio… —intervino Alina, poniendo una mano sobre el puño cerrado de él—. Tranquilo.
Alina miró al abogado. Se irguió en la silla. Ya no parecía una sirvienta. Parecía una matriarca.
—Licenciado Montiel. Yo no maté a ese hombre. El hijo del dueño, Esteban, fue quien disparó. Yo solo estaba ahí. Me obligaron a tomar el arma. Me hicieron firmar una confesión a base de golpes que la policía nunca reportó. Tengo las marcas en las costillas todavía. Si usted busca los reportes médicos del penal de aquel año, verá que entré con traumatismos.
Montiel la miró con interés profesional.
—¿Tortura? Eso cambia las cosas. Si podemos probar que la confesión fue coaccionada y que hubo irregularidades en el debido proceso… podríamos alegar violaciones a los derechos humanos. Ahora está muy fuerte ese tema en la Suprema Corte.
—Hágalo —dijo Sergio—. Y quiero que investigues a los Valenzuela. Busca trapos sucios. Si intentan manchar el nombre de Alina, quiero tener munición para hundirlos.
—Entendido, señor. Me pongo a trabajar. Pero… necesito advertirle. En cuanto presentemos la demanda de reconocimiento de paternidad para la señorita Paulina, el secreto se acabará. Todo México sabrá que usted tiene una hija ilegítima y que la madre es… ella.
Sergio se levantó, caminó hacia Paulina y le puso una mano en el hombro. Luego miró a Alina.
—Que lo sepan. Que sepan que Sergio Mondragón ya no está solo. Y que si se meten con ellas, se meten conmigo.
El abogado asintió, guardó sus papeles y salió.
Alina suspiró, dejándose caer en el respaldo de la silla de cuero.
—Va a ser una guerra, Sergio.
—Sí. Pero esta vez vamos a ganar.
En ese momento, el teléfono de la casa sonó. Ernestina entró con el auricular inalámbrico, pálida.
—Señor… es el señor Humberto Garza. Está en la línea. Está furioso por lo de ayer. Dice que si no le da una explicación en este instante, cancela la fusión y demanda por incumplimiento de precontrato.
Sergio miró el teléfono. Ese contrato era el trabajo de cinco años. Eran millones de dólares. Era el futuro de la empresa.
Miró a Paulina, jugando con el brazalete de plata en su muñeca. Miró a Alina, que lo observaba con preocupación, sabiendo lo que ese negocio significaba para él.
Sergio tomó el teléfono.
—Humberto. Buenos días.
—¡Mondragón! —bramó la voz al otro lado—. ¡¿Qué demonios fue ese espectáculo ayer?! ¡Dejaste a mi familia y a mis abogados plantados! ¡Tu hija salió corriendo como una loca! ¡Exijo una explicación o te destruyo en el mercado bursátil!
Sergio sonrió. Una sonrisa tranquila, liberadora.
—Humberto, te voy a dar la explicación. Ayer me fui porque descubrí algo más valioso que tu dinero. Descubrí a mi familia. La verdadera.
—¿De qué hablas? ¿Estás borracho?
—No. Estoy más lúcido que nunca. Y sobre el contrato… puedes enrollarlo y metértelo por donde te quepa. No voy a firmar. No necesito tu dinero para ser quien soy. Y mi hija… mi hija no necesita tu aprobación ni la de tu esposa clasista.
—¡Estás cometiendo un suicidio comercial, Sergio! —gritó Humberto.
—Tal vez. O tal vez estoy resucitando. Adiós, Humberto. No vuelvas a llamar a mi casa.
Sergio colgó.
El silencio en el despacho fue absoluto durante tres segundos.
Luego, Paulina soltó una carcajada nerviosa.
—¡Papá! ¡Le dijiste que se lo metiera por…!
Alina negó con la cabeza, sonriendo.
—Estás loco, Sergio Mondragón. Acabas de perder millones.
—Recuperé algo que no tiene precio —dijo él, abrazando a las dos—. Ahora, ¿quién tiene hambre? Dicen que la cocinera hace unos chilaquiles decentes, pero creo que necesito que alguien le enseñe a hacer las salsas como en el norte.
La familia Mondragón se dirigió a la cocina. Afuera, la tormenta mediática y legal estaba a punto de estallar, pero dentro de esos muros, por primera vez en décadas, había paz.
CAPÍTULO 7: LA VERDAD ANTE EL JUEZ
La tormenta no tardó en llegar; de hecho, llegó con la furia de un huracán categoría cinco. Tres días después de la llamada con Humberto Garza, la portada de la revista Quién y los titulares de los periódicos de circulación nacional amanecieron con una bomba mediática.
“EL ESCÁNDALO MONDRAGÓN: HIJA SECRETA, AMOR CARCELARIO Y UNA FORTUNA EN JUEGO”.
Alguien había filtrado la información. Tal vez fue un empleado despedido, tal vez fue el propio Garza buscando venganza, o quizás el sistema judicial mexicano es tan poroso como una coladera. No importaba quién. El hecho era que el rostro de Alina, una foto policial antigua en blanco y negro, estaba al lado de una foto reciente de Sergio saliendo de sus oficinas.
En el comedor de la mansión, Sergio arrojó el periódico Reforma sobre la mesa con disgusto.
—Buitres —masculló, bebiendo su café negro—. Son unos malditos buitres.
Alina, sentada frente a él, no tocó su desayuno. Estaba pálida. Sus manos temblaban sobre el mantel de lino.
—Lo sabía —susurró—. Te lo dije, Sergio. Soy veneno para ti. Mira lo que dicen: “La amante convicta”. Dicen que Paulina es una bastarda. Van a destruir a la niña en la universidad.
Paulina entró en ese momento al comedor, con el celular en la mano y los ojos rojos.
—Ya lo vieron, ¿verdad? —dijo con voz temblorosa—. En Twitter soy tendencia. #LaHijaDelNarco, #CenicientaCriminal… inventan cosas horribles. Dicen que tú… que tú eras jefa de una banda en la cárcel, mamá.
Sergio se levantó y abrazó a su hija con fuerza.
—No leas eso, Paulina. Bloquea las cuentas. Apaga el teléfono. Nada de eso es real.
—¡Pero lo están diciendo! —gritó ella, separándose—. ¡Mis compañeros de la UNAM me están mandando mensajes preguntando si es cierto que mi mamá mató a un empresario!
—¡Basta! —la voz de Alina resonó en el comedor, firme y autoritaria, una voz que había aprendido a usar para sobrevivir entre asesinas y ladronas. Se puso de pie.
—No vamos a escondernos —dijo Alina, mirando a Sergio y a Paulina—. Me pasé veinticinco años escondiéndome de la verdad, agachando la cabeza. Ya no más. Si quieren hablar, que hablen. Pero nosotros vamos a hablar más fuerte.
—¿Qué propones? —preguntó Sergio, sorprendido por la fuerza de su mujer.
—Montiel dijo que podíamos pelear, ¿no? Pues peleemos. Convoca a una rueda de prensa, Sergio. Vamos a contar nuestra historia. La real. No la que inventan ellos.
La conferencia de prensa se organizó en el auditorio de Mondragón Corp en Santa Fe. Había más cámaras que en una visita presidencial. Periodistas de espectáculos, de finanzas y de nota roja se empujaban por un lugar.
Sergio salió al estrado, impecable en un traje azul marino. A su derecha, Paulina, vestida con sobriedad y elegancia. A su izquierda, Alina.
Alina no llevaba joyas caras ni vestidos de diseñador ostentosos. Llevaba un traje sastre blanco, sencillo, y el cabello recogido. Se veía digna, pero no intentaba ocultar quién era. Sus manos, curtidas por el trabajo, descansaban sobre la mesa.
Sergio tomó el micrófono.
—Buenas tardes. No voy a responder preguntas sobre mis negocios. Estoy aquí para hablar de mi familia.
Hubo un murmullo general.
—Esta mujer —Sergio señaló a Alina— es Alina Torres. Es la madre de mi hija Paulina. Y es la víctima de una de las injusticias más grandes de este país.
Sergio narró la historia. Habló de sus padres, de la amenaza, del sacrificio de Alina. Habló sin vergüenza de su propia cobardía juvenil.
Luego, le pasó el micrófono a Alina.
El silencio fue sepulcral. Alina respiró hondo. Miró a las cámaras, a esos ojos de vidrio negro que transmitían su imagen a millones de hogares.
—Yo no maté a Ricardo Valenzuela —dijo con voz clara—. Fui testigo de su asesinato a manos de Esteban Valenzuela, hijo de su socio. Me obligaron a firmar una confesión bajo tortura. Me robaron mi vida, mi juventud y a mi hija. Pagué una condena por un crimen que no cometí. No pido lástima. Solo pido que se sepa la verdad. Y a quienes atacan a mi hija… sepan que ella es la única inocente en toda esta historia.
Fue un momento electrizante. La sinceridad cruda de Alina, su dolor palpable, atravesó las pantallas.
Pero la respuesta no se hizo esperar.
Al día siguiente, los abogados de la familia Valenzuela, una de las dinastías más temidas del Estado de México, interpusieron una demanda por difamación y daño moral contra Alina y Sergio, exigiendo una suma millonaria y una disculpa pública.
—Nos están desafiando —dijo el Licenciado Montiel, revisando la notificación judicial en el despacho de Sergio—. Quieren callarnos. Tienen miedo. Si se prueba que Esteban Valenzuela fue el verdadero asesino, no solo se cae su prestigio, sino que Esteban podría ir a la cárcel, aunque el delito haya prescrito, la vergüenza social los mataría.
—No vamos a disculparnos —dijo Sergio—. Vamos a juicio.
El proceso legal fue una carnicería.
Durante las siguientes semanas, la vida de los Mondragón se trasladó a los juzgados. Paulina tuvo que dejar temporalmente la universidad por el acoso, pero se dedicó a ayudar a Montiel a revisar archivos viejos. Su mente aguda y su obsesión por los detalles resultaron invaluables.
—Papá, mira esto —dijo Paulina una noche, rodeada de cajas de archivo con olor a humedad—. En el reporte original de la autopsia de Ricardo Valenzuela… dice que la bala entró por la espalda, con una trayectoria descendente de izquierda a derecha.
Sergio se acercó, ajustándose los lentes.
—¿Y?
—Mamá es diestra. Y mide 1.60. El reporte dice que el tirador debía ser más alto que la víctima o estar en una posición elevada. Ricardo Valenzuela medía 1.80. Esteban Valenzuela mide 1.85.
—Es imposible que mamá le disparara desde ese ángulo a menos que estuviera volando —concluyó Paulina brillante.
—¿Por qué nadie vio esto en el juicio original? —preguntó Sergio con furia.
—Porque nadie miró. El abogado de oficio ni siquiera pidió el peritaje balístico completo. Aceptaron la confesión firmada y cerraron el caso.
Con esa evidencia, y con el testimonio de una enfermera del penal (localizada por los detectives privados de Sergio) que confirmó las lesiones de Alina al ingresar a prisión, el equipo de Montiel solicitó una audiencia extraordinaria para la revisión del caso.
Pero los Valenzuela no jugaban limpio.
Dos días antes de la audiencia clave, el auto de Paulina fue interceptado saliendo del gimnasio.
Una camioneta negra le cerró el paso. Dos hombres armados se bajaron.
Paulina, recordando las clases de manejo defensivo que Sergio le obligó a tomar, no se congeló. Metió reversa a fondo, chocando contra el auto que venía detrás, y luego aceleró por la banqueta, llevándose un poste de luz pero logrando escapar hacia una avenida principal donde había patrullas.
Llegó a la casa temblando, con el BMW abollado, pero viva.
Sergio estaba lívido. Quería ir a matar a Esteban Valenzuela con sus propias manos.
—¡Me van a oír! —gritaba Sergio, cargando una pistola que guardaba en la caja fuerte—. ¡Se metieron con mi hija!
Alina lo detuvo en la puerta. Se paró frente a él, pequeña pero inamovible.
—No, Sergio. Si vas y haces una locura, ganan ellos. Te vas a la cárcel y nos dejas solas de verdad.
—¡Casi la matan, Alina!
—Pero no lo hicieron. Porque Paulina es lista. Es una sobreviviente, como yo. Vamos a ganarles donde más les duele: en la corte y en la prensa. No con balas. Ya hubo suficientes balas en esta historia.
Sergio bajó el arma, llorando de rabia. Alina lo abrazó, absorbiendo su furia.
El día de la audiencia final, el tribunal estaba rodeado de manifestantes. La historia de Alina había despertado la simpatía de grupos feministas y de derechos humanos. Había pancartas que decían: “Yo sí te creo, Alina” y “Justicia para las inocentes”.
Dentro de la sala, el ambiente era tenso. Esteban Valenzuela estaba ahí, un hombre de 50 años, calvo y arrogante, rodeado de abogados caros. Miraba a Alina con desprecio absoluto.
El Licenciado Montiel presentó la nueva evidencia balística. Presentó el testimonio de la enfermera. Y, como golpe final, presentó el testimonio de un ex guardia de seguridad de la casa de los Valenzuela, un hombre anciano que, carcomido por la culpa y el cáncer terminal, aceptó grabar una declaración en video a cambio de que Sergio pagara su tratamiento paliativo.
En la pantalla de la sala, el viejo guardia habló con voz rasposa:
“Yo vi todo. El joven Esteban estaba drogado. Discutieron por dinero. Esteban sacó la pistola de la colección de su papá y le disparó a Ricardo por la espalda cuando este se iba. La muchacha, Alina, solo entró con la charola de bebidas cuando oyó el tiro. El patrón, Don Humberto Valenzuela, me ordenó que le pusiera la pistola en la mano a ella y que la golpeara para que se estuviera quieta. Me dijo que si yo abría la boca, me mataban a mí también. Perdóname, muchacha. Dios me perdone.”
Un murmullo de shock recorrió la sala. El juez tuvo que pedir orden a martillazos.
Esteban Valenzuela se puso pálido como un muerto. Sus abogados trataban de objetar, pero el video era devastador.
El juez, un hombre severo que había seguido el caso con escepticismo, miró a Alina.
—Señora Torres… ¿es esto verdad?
Alina se puso de pie.
—Es la verdad, su Señoría. Lo he dicho durante veinte años, pero nadie quiso escuchar porque yo era la sirvienta y ellos eran los dueños.
El juez dictó un receso de dos horas para deliberar.
Fueron las dos horas más largas de la vida de Sergio. Caminaba de un lado a otro del pasillo. Paulina y Luz (que había insistido en ir en silla de ruedas) rezaban el rosario en voz baja. Alina estaba sentada, mirando a la nada, en paz. Pasara lo que pasara, la verdad ya había salido.
Cuando regresaron, el juez leyó la sentencia.
—Dada la contundencia de la nueva evidencia pericial y testimonial, este tribunal declara la nulidad absoluta de la sentencia condenatoria dictada contra Alina Torres en 2004. Se le declara inocente de todos los cargos. Asimismo, se ordena girar orden de investigación contra Esteban Valenzuela por homicidio calificado y falsedad de declaraciones.
La sala estalló.
Alina se cubrió la cara con las manos y sollozó. No fue un llanto de tristeza, fue un llanto de liberación. Veinticinco años de peso se le quitaron de encima.
Sergio la abrazó, levantándola en el aire. Paulina se unió al abrazo.
—¡Lo logramos, mamá! ¡Eres libre! ¡Libre de verdad!
Las cámaras captaron el momento en que salieron del tribunal. Ya no salieron corriendo ni escondiéndose. Salieron con la cabeza en alto. Alina levantó la mano, saludando a las mujeres que gritaban su nombre afuera.
Esa noche, en la mansión Mondragón, no hubo fiesta de gala. Hubo una cena íntima.
Estaban Sergio, Alina, Paulina y Luz. También invitaron al Licenciado Montiel y a Ernestina, que había llorado al escuchar la sentencia en la radio.
Sirvieron tamales y atole, a petición de Alina.
—Quiero comida de verdad para celebrar una victoria de verdad —había dicho ella.
En medio de la cena, Sergio se puso de pie. Tintineó su copa (esta vez llena de agua de jamaica) con un tenedor.
—Quiero proponer un brindis —dijo, mirando a las tres mujeres de su vida—. Por el tiempo perdido, que no volverá, pero que nos enseñó a valorar el tiempo que nos queda. Por Luz, que fue madre cuando hizo falta. Por Paulina, que fue valiente y nos unió. Y por Alina…
Sergio sacó una cajita de terciopelo negro de su bolsillo.
Alina se llevó una mano al pecho.
Sergio se acercó a ella y abrió la caja. No había un diamante gigante. Había un anillo sencillo, de oro blanco, con dos pequeños cisnes entrelazados. Una réplica miniatura, en oro, del brazalete de plata que lo había iniciado todo.
—Alina Torres —dijo Sergio, arrodillándose—. Te pedí matrimonio hace veintidós años con un anillo de dulce porque no tenía dinero. Ahora tengo todo el dinero del mundo, pero este anillo vale más porque está lleno de arrepentimiento y de esperanza. ¿Quieres casarte conmigo, de verdad, y ser la señora Mondragón legalmente, para que nadie nunca más pueda dudar de tu lugar en este mundo?
Alina lloraba y reía al mismo tiempo.
—Sí, viejo tonto. Sí quiero.
Paulina aplaudió, y Luz se secó las lágrimas con una servilleta.
—¡Vivan los novios! —gritó Luz.
Mientras se besaban, Paulina miró su muñeca. El viejo brazalete de plata seguía ahí. Ya no era una prueba de identidad ni un secreto doloroso. Ahora era solo una joya. Un recuerdo.
La historia de la “hija falsa” había terminado. La historia de la familia verdadera apenas comenzaba.
Pero el destino tenía una última vuelta de tuerca. Mientras celebraban, el teléfono de Sergio vibró en la mesa. Era un número desconocido.
Lo ignoró.
Vibró de nuevo.
Y de nuevo.
Sergio frunció el ceño, se disculpó y contestó, alejándose un poco.
—¿Bueno?
—Sergio… soy Humberto Garza —la voz del magnate sonaba diferente. Rota. Humilde—. Vi las noticias. Vi lo del juicio.
—Humberto, si vas a insultar a mi familia otra vez, te juro que…
—No, Sergio. Llamo para pedir perdón. —Hubo un silencio al otro lado—. Mi esposa… Catalina… me acaba de confesar algo al ver el noticiero. Ella sabía. Ella conocía a los Valenzuela. Ella escuchó rumores hace años de que el hijo había matado a alguien y culparon a la sirvienta. Y se quedó callada. Me siento… me siento sucio, Sergio. Tienes razón. Tú tienes una familia de verdad. Yo tengo una familia de cómplices. Solo quería decirte que… te envidio. Y que el trato sigue en pie, si tú quieres. Con mis condiciones, no. Con las tuyas.
Sergio miró a Alina, que reía con Paulina y Luz.
Miró su vida, completa al fin.
—Hablaremos el lunes, Humberto. Ahora estoy ocupado siendo papá.
Colgó el teléfono y regresó a la mesa. No necesitaba a los Garza. Pero era bueno saber que la verdad, al final, dobla incluso a las rodillas más soberbias.
—¿Quién era? —preguntó Alina.
—Nadie importante —sonrió Sergio, tomando su mano con el anillo nuevo—. Solo el pasado despidiéndose.
CAPÍTULO 8: LA FORTUNA QUE NO SE COMPRA
Han pasado dieciocho meses desde que el juez golpeó su mazo dictando la libertad absoluta de Alina. Dieciocho meses que parecen un suspiro, pero que han transformado la mansión de Lomas de Chapultepec de una fortaleza fría a un hogar caótico, ruidoso y lleno de vida.
Es una mañana de sábado en la Ciudad de México. El smog ha dado una tregua y el cielo luce de un azul insultante, brillante y limpio. En el jardín trasero de la residencia Mondragón, donde antes solo había pasto cortado milimétricamente como un campo de golf estéril, ahora hay rosales, buganvilias trepando por los muros y un huerto de hierbas de olor que Alina insistió en plantar.
Sergio Mondragón, el “Tiburón de Santa Fe”, está irreconocible. No lleva traje, ni reloj de medio millón de pesos. Lleva un delantal manchado de carbón y está peleando con el asador argentino que mandó instalar.
—¡Papá, se te va a quemar la arrachera! —grita Paulina desde la terraza, riendo.
Paulina ha cambiado. Ya no es la niña asustada que vendía quesos. A sus 21 años, irradia una seguridad magnética. Ha retomado sus estudios en Historia del Arte, pero ahora en la Ibero, aunque sigue yendo los fines de semana a la UNAM a tomar cursos libres porque dice que “ahí está la verdadera raza”.
—No se quema, se está sellando, hija. Es técnica —responde Sergio, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Y tu madre? Ya van a llegar los invitados.
—Mamá está con Luz en la habitación, ayudándola a vestirse. Ya sabes que Luz se pone necia con los zapatos de tacón.
Sergio sonríe. Luz sigue viva. Contra todo pronóstico médico, la operación de riñón fue un éxito total y los cuidados posteriores le regalaron una segunda vida. Ahora vive en la planta baja de la mansión, en una suite adaptada, y se ha convertido en la “abuela postiza” que tiene aterrorizado y encantado al servicio doméstico con sus exigencias de limpieza y sus recetas de atole.
Hoy es un día especial. No es solo una carne asada. Hoy se celebra el lanzamiento oficial de la Fundación Alina Torres: Segundas Oportunidades.
Alina baja las escaleras del brazo de Luz. Alina lleva un vestido de lino blanco, sencillo pero elegante, que resalta su piel bronceada y su cabello gris plata, que ahora lleva suelto y bien cuidado. Ya no intenta esconder su edad ni su pasado. Sus arrugas son su mapa de vida.
—Te ves guapísima, mujer —dice Sergio, dejando las pinzas de carne para recibirla. Le da un beso en los labios, un beso profundo y sin vergüenza delante de los meseros.
—Y tú hueles a humo, Mondragón —ríe ella, acomodándole el cuello de la camisa tipo polo—. ¿Estás nervioso?
—Más que cuando cerraba tratos con los japoneses. Hoy viene mucha gente importante. Y mucha gente… de tu mundo.
—De nuestro mundo, Sergio.
A las 2:00 de la tarde, el jardín está lleno. Es una mezcla surrealista que solo podría pasar en el México contemporáneo.
Por un lado, están los socios de Sergio: hombres de negocios en guayaberas de lino, políticos y socialites que han venido por curiosidad o por respeto al nuevo poder de los Mondragón. Entre ellos, increíblemente, está Humberto Garza. El regio ha bajado la guardia. Después de descubrir las mentiras de su propia esposa y ver la integridad de Sergio, se tragó su orgullo. Ahora saluda a Sergio con un abrazo genuino.
Por otro lado, están las “chicas” de Alina. Mujeres ex convictas, liberadas de Santa Martha Acatitla, a las que la fundación ayuda con capacitación laboral, asesoría legal y vivienda. Mujeres con tatuajes, con historias duras en la mirada, que conviven tímidamente con los meseros de librea.
Y en medio de todos, Paulina, fluyendo entre ambos grupos como un pez en el agua. Habla de arte con la esposa de Garza y cinco minutos después está bromeando en jerga de barrio con “La Chofis”, una ex compañera de celda de Alina que ahora trabaja en la cocina de la fundación.
Sergio toma el micrófono en el pequeño estrado montado en el jardín.
El sonido se acopla un poco. Piiiiiii.
Todos guardan silencio.
—Buenas tardes a todos —empieza Sergio. Su voz tiembla un poco, algo inaudito en él—. Hace dos años, yo era un hombre pobre. Tenía miles de millones en el banco, sí. Tenía este avión, esta casa, estos autos. Pero era pobre. No tenía con quién compartirlo. No tenía por quién luchar.
Sergio busca a Alina con la mirada entre la multitud.
—Luego, la vida, o Dios, o el destino, me puso un puesto de quesos en la carretera y una tormenta de nieve. Y conocí a mi hija. —Señala a Paulina—. Y a través de ella, recuperé al amor de mi vida, a quien yo creía perdida por mi propia cobardía.
Alina sonríe, con los ojos vidriosos.
—Hoy, la Fundación Alina Torres nace con una misión simple: que nadie pierda su vida por no tener dinero para un abogado. Que ninguna mujer inocente se pudra en una cárcel por culpa de los poderosos. He decidido donar el 40% de mis acciones de Mondragón Corp a este fideicomiso.
Un murmullo de asombro recorre a los invitados ricos. El 40% es una fortuna incalculable.
—Me dicen que estoy loco —continúa Sergio, riendo—. Que estoy regalando el imperio. Pero no lo estoy regalando. Lo estoy invirtiendo. Estoy invirtiendo en justicia. Porque la justicia, amigos míos, es el único lujo que este país necesita desesperadamente. Salud.
—¡Salud! —gritan todos, alzando copas de champaña y vasos de agua de jamaica.
Más tarde, cuando el sol comienza a caer y el cielo se tiñe de naranja y rosa, la fiesta se relaja. Un mariachi ha llegado y toca “Si nos dejan”.
Sergio se sienta en una mesa apartada con Humberto Garza.
—Tu mujer es impresionante, Sergio —admite Garza, fumando un puro—. Tiene una presencia… fuerte. Me recuerda a mi abuela, que en paz descanse. Mujeres de las que ya no hay.
—La forjaron a golpes, Humberto. El acero se templa en el fuego.
—Oye… supe lo de Esteban Valenzuela.
Sergio asiente, con el rostro serio.
—Treinta años. Sin derecho a fianza. Logramos que le sumaran cargos por lavado de dinero que encontramos en la investigación. Se va a morir en la cárcel.
—Justicia divina —dice Garza, soltando el humo—. O justicia comprada. Da igual. El tipo era una basura. Oye, Sergio… el trato de la fusión. Sé que me mandaste al diablo, y con razón. Pero Grupo Regio necesita tu tecnología de construcción sustentable. Y tú necesitas mi red de distribución en el norte.
Sergio lo mira. Ya no siente esa ansiedad por cerrar el trato. Ya no lo necesita para validar su existencia.
—Hablemos de negocios el lunes, Humberto. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Quiero que Grupo Regio implemente una política de contratación de “segunda oportunidad”. Quiero que contraten gente que sale de prisión. Si aceptas eso, firmamos.
Garza lo mira, sorprendido. Luego, extiende la mano.
—Eres un hueso duro de roer, Mondragón. Trato hecho.
En el otro extremo del jardín, Paulina está sentada en el pasto con Luz. La anciana tiene una manta sobre las piernas.
—¿Estás cansada, mamá Luz? —pregunta Paulina, recargando la cabeza en sus rodillas.
—Estoy feliz, mi niña. Mírate. Míralos a ellos. —Luz señala a Sergio y Alina, que están bailando un bolero lento en la pista improvisada—. ¿Quién lo hubiera dicho? De la fonda La Rielera a las Lomas.
—Tú lo hiciste posible, Luz. Si no me hubieras cuidado… si no me hubieras dado ese brazalete…
Luz acaricia el cabello de Paulina.
—Ese brazalete era tu destino, hija. Yo solo fui la guardiana. Pero dime una cosa… ¿eres feliz? De verdad. No por el dinero.
Paulina mira a su alrededor. Mira la casa grande que ya no se siente vacía. Mira a su papá riendo con su mamá. Mira sus propios zapatos de diseñador, que ahora combina con una pulsera de hilo tejida que le regaló una de las chicas de la fundación.
—Soy feliz, Luz. Porque ya no tengo que fingir. Ya no soy la hija falsa. Soy yo.
—Eso es lo único que importa.
La noche cae y la fiesta termina. Los últimos invitados se van. El servicio recoge las copas.
Sergio y Alina caminan hacia la terraza superior, mirando las luces de la ciudad que se extienden como un mar de estrellas eléctricas.
—¿Te acuerdas cuando éramos estudiantes? —dice Alina, recargada en el barandal—. Soñábamos con tener un departamento chiquito en la Roma y comer sopa Maruchan.
—Y mira dónde acabamos —responde Sergio, abrazándola por la espalda—. En una mansión que me queda grande, pero contigo, que me quedas perfecta.
Alina se gira y le pone las manos en el pecho. Toca el lugar donde late su corazón.
—Tengo miedo a veces, Sergio. Miedo de despertar y estar otra vez en la celda. Miedo de que esto sea un sueño del que voy a despertar con el pase de lista de las 6 de la mañana.
Sergio le toma la cara con las manos.
—Mírame. Esto es real. Yo soy real. Tus cicatrices son reales. No vamos a borrar el pasado, Alina. El pasado es lo que nos trajo aquí. Pero el futuro… el futuro es nuestro.
Saca algo del bolsillo.
No es una joya. Es un sobre.
—¿Qué es esto? —pregunta ella.
—Ábrelo.
Alina abre el sobre. Son boletos de avión. Y una reservación.
—¿París?
—Nunca tuvimos luna de miel. Y Paulina me dijo que siempre quisiste ir al Louvre. Nos vamos mañana. Solo tú y yo. Paulina se queda a cargo de la casa y de Luz.
Alina empieza a llorar, pero sonríe.
—¿Y la fundación? ¿Y la empresa?
—Que esperen. El mundo puede esperar. Nosotros ya esperamos veinticinco años.
EPÍLOGO: EL BRAZALETE
Un año después.
Paulina camina por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Acaba de presentar su tesis: “El Arte como Resistencia: La Estética en los Centros Penitenciarios de México”. Obtuvo mención honorífica.
Sus amigos la esperan afuera para celebrar con unas cervezas en “Las Islas”.
Paulina camina con paso firme. Su teléfono suena. Es una videollamada.
Contesta. En la pantalla aparecen Sergio y Alina. Están en una playa, en Tulum. Se ven relajados, bronceados, felices. Sergio lleva una camisa de flores ridícula que jamás se hubiera puesto en su vida anterior.
—¡Felicidades, licenciada! —gritan los dos al unísono.
—¡Gracias, papás! —Paulina sonríe—. ¿Cuándo regresan? Luz dice que si no vuelven pronto, va a convertir el despacho de papá en un cuarto de costura.
—Dile que no se atreva —ríe Sergio—. Llegamos el viernes. Te tenemos una sorpresa.
—Los quiero. Diviértanse.
Cuelga.
Paulina guarda el teléfono y sigue caminando. El sol de la tarde le da en la cara.
Se detiene un momento para amarrarse la agujeta de su tenis Converse.
Al agacharse, la manga de su sudadera se sube.
Ahí está.
El brazalete de plata.
Los dos cisnes entrelazados.
El corazón deforme.
El rayón en el ala izquierda.
Sergio le había ofrecido comprarle uno de diamantes. Alina le ofreció guardarlo en la caja fuerte para que no se perdiera.
Pero Paulina nunca se lo quitó.
Ese brazalete no era una joya. Era un testigo.
Había visto la pobreza y la riqueza. Había sentido el frío de la carretera y el calor de la chimenea de mármol. Había estado en la muñeca de una madre que huyó para salvar a su hija, y en la muñeca de una hija que fingió para salvar a su madre.
Paulina acaricia la plata con el pulgar.
—Gracias —susurra al viento.
Se levanta y corre hacia sus amigos, hacia su vida, hacia su futuro.
La hija falsa del millonario ha desaparecido.
En su lugar, queda Paulina Mondragón Torres. Una mujer que sabe que la verdadera herencia no son los millones en el banco, sino la lealtad, la verdad y el coraje de amar a pesar de todo.
Y esa es una fortuna que nadie puede embargar.
FIN