
El sol caía a plomo sobre el pueblo de San Miguel de los Milagros, un rincón olvidado por Dios pero bendecido por la naturaleza en el corazón de México. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido entre las paredes de adobe y las calles empedradas que serpenteaban como venas viejas a través de las colinas. El aire olía siempre a tierra mojada, a tortillas recién hechas y al dulce aroma de las flores de jacaranda que teñían el paisaje de un violeta melancólico cada primavera.
En este pueblo, donde todos conocían los pecados de todos, vivía una criatura que parecía haber sido esculpida por los mismos ángeles para probar la fe de los hombres. Se llamaba Lucero. Y su nombre no era una coincidencia, pues su presencia iluminaba hasta los rincones más oscuros de la cantina del pueblo cuando pasaba caminando por la acera de enfrente.
Lucero no era rica. Vivía en una casita humilde, con techo de teja roja y un patio lleno de gallinas y macetas con geranios, a las afueras del pueblo, cerca de donde el río comenzaba a susurrar sus secretos a las piedras. Su padre, Don Beto, era un campesino de manos callosas y espalda doblada por años de trabajar la milpa bajo el sol inclemente. Su madre, Doña Elena, era una mujer de sonrisa fácil y ojos tristes, conocida por hacer los mejores tamales de dulce de toda la región.
Pero lo que realmente hacía que los forasteros detuvieran sus caballos y que las señoras chismosas del mercado dejaran de regatear el precio de los tomates, era el cabello de Lucero.
No era simplemente cabello. Era un manto sagrado. Eran dos cascadas de noche líquida, dos ríos de obsidiana que nacían en su frente y descendían, trenzados con una perfección casi matemática, hasta rozar sus tobillos. Eran tan gruesas esas trenzas que Doña Elena tardaba casi una hora cada mañana en peinarlas y trenzarlas, un ritual sagrado que madre e hija compartían como una oración silenciosa. Cuando Lucero caminaba, las trenzas se mecían con un ritmo hipnótico, golpeando suavemente sus caderas, y brillaban bajo el sol con reflejos azulados, como las alas de un cuervo.
—Mija, Dios te dio ese pelo para que te acuerdes de que la belleza cuesta —le decía Doña Elena mientras pasaba el cepillo de cerdas de jabalí una y otra vez—. Pero no dejes que se te suba a la cabeza. El pelo crece y se cae, se pone blanco y se quiebra. Lo que llevas adentro, eso es lo que cuenta pa’l de arriba.
Lucero, con apenas diez años en aquel entonces, miraba a su madre a través del espejo manchado de la cómoda.
—Sí, mamá. Pero me gusta cómo me miran. Me siento… como una princesa azteca.
Doña Elena reía, una risa cantarina que resonaba en las paredes de adobe.
—Princesa eres, mi cielo. Pero recuerda: la verdadera realeza no vive en los palacios, vive en la bondad. Si tienes un corazón podrido, ni todas las coronas de oro te harán bella.
Esos fueron los años dorados. Los años en los que la pobreza no dolía porque había amor. Los años en los que Don Beto llegaba del campo oliendo a sudor y tierra, y cargaba a Lucero en sus hombros mientras ella reía, y sus trenzas le hacían cosquillas en la nariz a su padre.
—¡Ay, chamaca! ¡Me vas a ahorcar con esas reatas que tienes por pelo! —bromeaba él, con los ojos llenos de orgullo.
Pero la felicidad en los pueblos como San Miguel a veces es tan frágil como una hoja seca en octubre.
Todo comenzó con una tos. Una tos seca, pequeña, que Doña Elena trató de ocultar con tés de gordolobo y miel. “Es el sereno, mija, no te preocupes”, decía cuando Lucero la miraba con preocupación en las noches. Pero la tos se volvió más fuerte, más profunda, como si algo estuviera rasgando sus pulmones desde adentro.
El color de Doña Elena, que siempre había sido de un hermoso tono canela, comenzó a palidecer. Sus mejillas se hundieron, y esos ojos tristes se volvieron aún más grandes y acuosos. El médico del pueblo, el viejo Doctor Arreola, venía a verla, movía la cabeza y le recetaba jarabes que costaban lo que Don Beto ganaba en una semana. Pero nada funcionaba.
Fue un invierno particularmente crudo cuando la verdad cayó sobre la casita como una losa de mármol. Doña Elena ya no podía levantarse de la cama.
Lucero, que ahora tenía doce años, asumió el rol de mujer de la casa. Con sus trenzas atadas en un rodete para que no le estorbaran, cocinaba, lavaba y atendía a su madre. Ver a su madre marchitarse día a día era una tortura lenta. La mujer fuerte que amasaba kilos de masa ahora no tenía fuerzas ni para levantar una cuchara.
Una tarde lluviosa, cuando el cielo estaba gris y el viento aullaba entre los árboles de mezquite, Doña Elena llamó a Lucero. Su voz era apenas un hilo, un susurro que se perdía entre el sonido de la lluvia golpeando el techo de lámina.
—Mi Lucero… ven aquí —dijo, dando palmaditas débiles en el borde del colchón.
Lucero se acercó, con el corazón oprimido en un puño. Se sentó y tomó la mano de su madre. Estaba fría, tan fría.
—¿Qué pasa, mamita? ¿Quieres agua?
—No, mi vida. Quiero verte. Suéltate el pelo, por favor.
Lucero obedeció. Con dedos temblorosos, deshizo las cintas de colores que ataban sus trenzas y dejó que el cabello cayera libre, cubriendo sus hombros y la cama como una manta negra. Doña Elena sonrió, y por un momento, la enfermedad pareció desaparecer de su rostro.
—Qué hermoso es… —susurró la madre, enterrando sus dedos huesudos en la cabellera de su hija—. Es tu luz, Lucero. En los días oscuros que vendrán, y vendrán días muy oscuros, mija, quiero que este pelo te recuerde cuánto te amé.
Lucero sintió que las lágrimas comenzaban a picar en sus ojos.
—No hables así, mamá. Te vas a poner bien. Don Beto fue a la ciudad a traer otra medicina…
—Escúchame —la interrumpió Doña Elena con una urgencia repentina, apretando su mano con una fuerza sorprendente—. Tu padre es un hombre bueno, pero es débil. La soledad lo espanta. Él buscará calor en otro lado cuando yo me vaya. No lo juzgues. Pero tú… tú tienes que ser fuerte.
—Mamá, por favor…
—Prométeme una cosa, Lucero. Prométeme que pase lo que pase, que te hagan lo que te hagan, nunca dejarás que tu corazón se vuelva duro. La amargura es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. No lo bebas. Sé bondadosa. Esa es tu mayor belleza. No esto… —tocó el cabello—, sino lo que hay aquí adentro.
—Lo prometo, mamá. Lo prometo —sollozó Lucero, hundiendo su cara en el pecho de su madre.
Esa noche, Doña Elena murió. Se fue en silencio, mientras Lucero dormía a su lado, con su cabello negro extendido sobre el cuerpo de su madre como un sudario de luto.
El velorio fue un evento triste y concurrido. Todo el pueblo vino a dar el pésame. Las mujeres rezaban el rosario con voces monótonas, los hombres bebían aguardiente en el patio para espantar el frío y la muerte. Lucero no lloró durante el entierro. Estaba en estado de shock, mirando fijamente la caja de madera barata donde descansaba su mundo entero. Don Beto, en cambio, lloraba a gritos, abrazado a la cruz de madera, clamando al cielo por qué se la habían llevado a ella y no a él.
Los meses siguientes fueron un borrón de grisura. La casa se sentía enorme y vacía sin la risa de Doña Elena. Don Beto se sumió en una depresión profunda. Dejó de trabajar la tierra con el mismo ahínco. Pasaba las tardes sentado en el porche, mirando a la nada, con una botella de tequila barato como única compañía. Lucero, a sus trece años, trataba de mantener todo a flote. Iba a la escuela, regresaba corriendo, hacía la comida, limpiaba, y cuidaba de su padre como si él fuera el hijo.
—Papá, tienes que comer —le rogaba, poniéndole un plato de frijoles enfrente.
—No tengo hambre, hija. Déjame solo —respondía él, con la voz pastosa por el alcohol.
La debilidad de Don Beto fue la grieta por donde entró el mal.
Un año después de la muerte de Doña Elena, Don Beto conoció a Narcisa en una feria del pueblo vecino. Narcisa no era de San Miguel. Decían que venía del norte, de una ciudad grande. Era una mujer viuda, o eso decía, con una hija pequeña y muchas deudas. Pero tenía una presencia que intimidaba. Era alta, de caderas anchas y mirada felina. Se pintaba los labios de un rojo sangre que escandalizaba a las beatas del pueblo y usaba perfumes fuertes que mareaban.
Narcisa vio en Don Beto una oportunidad. Un hombre viudo, con una casa propia y tierras, aunque estuvieran descuidadas, era mejor que nada. Y Don Beto, cegado por la soledad y la necesidad de una figura femenina en la casa, cayó redondito en sus redes.
—Tu padre necesita una mujer, Lucero —le dijo Don Beto una noche, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Alguien que cuide de la casa, que te cuide a ti. Eres ya una señorita y necesitas una madre.
—Yo ya tuve una madre, papá —respondió Lucero, cepillándose el cabello con fuerza—. Y nadie la va a reemplazar.
—No es para reemplazarla —dijo él, casi suplicante—. Es para… para no estar tan solos. Narcisa es buena mujer. Y tiene una hija, Tamara, que será como tu hermanita. Podrán jugar juntas.
Lucero sintió un frío en el estómago. Una premonición. Pero no dijo nada. ¿Qué podía decir una niña contra la voluntad de su padre?
El día que Narcisa llegó a la casa, el cielo estaba despejado, pero Lucero sintió que una sombra cubría el sol. Narcisa bajó de la camioneta de fletes, sacudiéndose el polvo de su falda ajustada. Detrás de ella venía Tamara, una niña de ocho años con rizos artificiales, un vestido lleno de encajes ridículos para el campo y una muñeca cara en brazos.
Narcisa recorrió la casa con la mirada, no con gratitud, sino con evaluación. Miró las paredes descarapeladas, los muebles viejos, y finalmente, sus ojos se posaron en Lucero, que estaba parada en la puerta con sus trenzas cayendo hasta las rodillas.
Hubo un silencio tenso. Narcisa miró a la niña de arriba a abajo. Vio su rostro perfecto, sin maquillaje pero radiante. Vio su figura que, aunque joven, prometía ser hermosa. Y sobre todo, vio ese cabello. Ese cabello magnífico, brillante, abundante.
Narcisa se tocó instintivamente su propio cabello, teñido y reseco por tantos químicos. Luego miró a su hija Tamara, que era una niña común, con el pelo finito y escaso.
En ese preciso instante, la semilla del odio se plantó en el corazón de la madrastra. No fue un odio nacido de una ofensa, sino el odio más puro y peligroso de todos: la envidia.
—Así que tú eres Lucero —dijo Narcisa, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos como el hielo—. Vaya greñas que tienes. Vas a gastar mucha agua lavándote eso. Aquí no venimos a desperdiciar, ¿oíste?
Lucero sostuvo la mirada, apretando la medalla de la Virgen que su madre le había dejado.
—Bienvenida, señora —dijo con educación, pero sin calidez.
Tamara, imitando a su madre, soltó una risita burlona.
—Mami, ¿esta va a ser mi sirvienta?
Don Beto rió nerviosamente.
—No, mi hijita, es tu hermana mayor. Ella te va a enseñar a jugar.
Narcisa puso una mano sobre el hombro de Don Beto, marcando territorio.
—Ya veremos, Beto. Ya veremos. Las niñas tienen que aprender su lugar en el mundo. Y me parece que en esta casa hace falta mucha mano dura.
Esa noche, mientras Lucero intentaba dormir en su cuarto, escuchó a Narcisa y a su padre hablando en la cocina. O mejor dicho, escuchó a Narcisa dando órdenes.
—Esa niña está muy malcriada, Beto. La tienes como una reina. Mira nada más, no movió un dedo para ayudarme con las maletas.
—Es que es tímida, mujer…
—Tímida mis narices. Es altanera. Se cree mucho con ese pelo largo. Mañana mismo empieza a trabajar en serio. Yo no voy a mantener vaquetonas. Y Tamara necesita el cuarto grande, el que da a la calle. A la otra pásala al cuartito de atrás, al que usaban para guardar el maíz.
—Pero ese cuarto es muy húmedo… y era el de Elena…
—¡Beto! ¿Acaso quieres que yo me vaya? ¿Quieres quedarte solo otra vez llorándole a una muerta? ¡Decídete!
Hubo un silencio largo. Y luego, el sonido de la derrota de un hombre débil.
—Está bien, Narcisa. Lo que tú digas.
En su cama, Lucero abrazó la almohada y lloró en silencio, mordiendo la tela para no hacer ruido. Sabía que su vida había cambiado para siempre. El santuario que había sido su hogar ahora era territorio enemigo. Y ella, la princesa de las trenzas largas, acababa de convertirse en una intrusa en su propia casa.
Lo que Lucero no sabía era que el infierno apenas estaba encendiendo sus brasas. Narcisa no solo quería el cuarto, ni el control de la casa. Narcisa quería apagar su luz. Quería verla rota. Y haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, para lograrlo.
CAPÍTULO 2: CENICIENTA EN SU PROPIA CASA
La transformación de la casa de Don Beto fue tan rápida como brutal, como cuando una helada negra cae sobre la milpa y quema todo lo que toca en una sola noche.
A la mañana siguiente de la llegada de Narcisa, Lucero no fue despertada por el canto del gallo ni por el beso de su padre, sino por un golpe seco en la puerta de su habitación. O mejor dicho, de la que había sido su habitación.
—¡Arriba, holgazana! —la voz de Narcisa atravesó la madera como un picahielo—. Ya amaneció y el desayuno no se va a hacer solo.
Lucero abrió los ojos, desorientada. Por un segundo, pensó que todo había sido una pesadilla. Pero al ver las maletas de Narcisa todavía en el pasillo y escuchar los ronquidos de su padre en la habitación contigua, la realidad le cayó encima. Se levantó rápido, se puso su vestido de algodón remendado y salió.
Narcisa la esperaba en la cocina, con los brazos cruzados y una mueca de disgusto, como si oliera algo podrido. Llevaba una bata de seda sintética con estampado de leopardo que desentonaba violentamente con la sencillez de la casa de campo.
—Escúchame bien, escuincla —dijo Narcisa, acercándose a Lucero hasta invadir su espacio personal. Olía a laca de pelo y a café rancio—. Las cosas van a cambiar aquí. Tu padre trabaja como burro para mantenerte, y tú te la pasas viviendo como reina. Se acabó.
—Yo siempre ayudo a mi papá… —intentó defenderse Lucero.
—¡No me contestes! —gritó Narcisa, levantando la mano como si fuera a abofetearla, aunque se detuvo en el último segundo—. A partir de hoy, tú te encargas de todo. Barrer, trapear, cocinar, lavar la ropa de todos, planchar y atender a mi hija Tamara. Ella es delicada, no está acostumbrada a este pueblo polvoriento. Tú serás su sombra. ¿Entendiste?
—Sí, señora.
—No me digas señora. Dime Doña Narcisa. Y otra cosa… —Narcisa sonrió, y fue una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Saca tus trapos de ese cuarto. A Tamara le gusta la luz de la mañana. Tú te vas al cuarto de atrás, al que está junto al corral.
Lucero sintió un nudo en la garganta.
—¿El cuarto de los trebejos? Pero Doña Narcisa, ahí hay goteras, y ratones, y… es donde guardamos el maíz viejo.
—Pues límpialo. Si eres limpia, no habrá ratones. Ahora muévete, que quiero café caliente y tortillas hechas a mano en la mesa en media hora. ¡Ándale!
Ese día marcó el inicio del calvario. Lucero tuvo que sacar sus pocas pertenencias: su ropa desgastada, el cepillo de cerdas de jabalí de su madre y la foto enmarcada de sus padres el día de su boda. Arrastró todo hacia el cuarto trasero, una pequeña bodega de adobe con piso de tierra apisonada que olía a humedad y encierro.
Llorando en silencio, barrió las telarañas de las esquinas y puso un petate viejo en el suelo porque no cabía su cama. Colocó la foto de su madre sobre una caja de madera que usaría como mesa de noche.
—Aquí estaremos bien, mamita —susurró, tratando de convencerse a sí misma—. Al menos aquí nadie nos ve llorar.
La Rutina del Dolor
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses de una rutina aplastante. Lucero se levantaba a las cuatro de la mañana, cuando el cielo aún estaba negro y las estrellas tiritaban de frío. Tenía que encender el fogón de leña, ir al pozo por agua helada cargando cubetas pesadas que le cortaban la circulación de los dedos, y poner el nixtamal para las tortillas.
Sus manos, antes suaves y cuidadas por su madre, empezaron a llenarse de callos, quemaduras y grietas por el jabón de lejía y el agua fría. Su espalda le dolía constantemente, un dolor sordo en la zona lumbar que a veces le impedía enderezarse completamente.
Mientras Lucero trabajaba como una mula, Tamara y Narcisa vivían en una realidad paralela. Se levantaban a las diez u once de la mañana. Tamara aparecía en la cocina con los ojos lagañosos, arrastrando las pantuflas, y se sentaba a la mesa esperando ser servida.
—¡Lucero! —chillaba Tamara con su voz chillona—. ¡El chocolate está frío! ¡Caliéntalo! Y quiero pan dulce, del que tiene concha, no de este bolillo duro.
Lucero obedecía, bajando la cabeza.
—Sí, Tamara. Enseguida.
Lo peor no era el trabajo físico. Lucero tenía la fuerza de la gente de campo; sus brazos eran delgados pero fuertes. Lo peor era la humillación sistemática, el veneno que Narcisa destilaba gota a gota para romper su espíritu.
Don Beto, su padre, se había convertido en un fantasma en su propia casa. Narcisa lo tenía completamente dominado. Cuando él llegaba del campo por las tardes, cansado y sucio, Narcisa lo recibía con quejas inventadas.
—Ay, Beto, tu hija es imposible. Hoy me contestó feo, rompió un plato de los buenos y se la pasó flojeando toda la tarde. Yo ya no sé qué hacer con ella, me va a enfermar de los nervios.
Y Don Beto, queriendo evitar conflictos y cegado por la manipulación de su esposa, regañaba a Lucero sin escuchar su versión.
—¡Lucero! ¡Obedece a tu madre! Ella solo quiere tu bien, quiere enseñarte a ser una mujer de provecho. ¡No seas ingrata!
Esas palabras dolían más que cualquier golpe. Que su propio padre, el hombre que antes la cargaba en hombros, la llamara “ingrata” le partía el corazón en mil pedazos.
El Banquete de la Crueldad
Un incidente en particular quedó grabado en la memoria de Lucero como hierro candente. Fue un domingo de verano. Narcisa había ordenado preparar mole poblano, un platillo laborioso que requieria tostar chiles, moler especias, chocolate y almendras en el metate durante horas.
Lucero pasó todo el día en la cocina, rodeada de vapores y olores deliciosos que hacían rugir su estómago vacío. No había desayunado más que un té de canela sin azúcar, porque Tamara se había comido el último pedazo de pan. Sus brazos ardían de tanto mover la cazuela enorme de barro para que el mole no se pegara.
Cuando por fin estuvo listo, la casa se llenó de un aroma celestial. Narcisa, Tamara y Don Beto se sentaron a la mesa. Lucero sirvió los platos, poniendo las piezas de pollo más jugosas a su madrastra y hermanastra.
Vio cómo Tamara desgarraba la carne con los dientes, manchándose las comisuras de los labios de salsa oscura, sin siquiera dar las gracias. Vio a su padre comer con apetito, elogiando la sazón.
—Te quedó bueno el mole, Narcisa —dijo Don Beto con la boca llena.
—Ay viejo, es una receta secreta de mi abuela —mintió Narcisa descaradamente, mientras Lucero, quien lo había cocinado todo, permanecía de pie en la esquina, esperando permiso para retirarse.
Cuando terminaron, sobró un poco de mole en la cazuela y un par de tortillas. Lucero, mareada por el hambre, dio un paso al frente.
—Tía Narcisa… ya terminé de servir. ¿Puedo… puedo comer un taquito de lo que sobró?
El silencio cayó en la cocina. Narcisa dejó su vaso de agua con lentitud sobre la mesa. Se limpió la boca con la servilleta y giró la cabeza lentamente hacia Lucero. Sus ojos eran dos pozos negros de maldad.
—¿Comer? —preguntó Narcisa, como si la idea fuera absurda—. ¿Acaso te ganaste la comida hoy, Lucero? Rompiste una taza en la mañana.
—Se me resbaló porque tenía jabón, tía…
—¡Excusas! —golpeó la mesa—. En esta casa no se premia la torpeza. Además… —miró la cazuela y luego miró al perro de la casa, un chucho flaco llamado “Solovino” que dormía bajo la mesa—. Solovino también tiene hambre. Y él por lo menos no me contesta.
Con una crueldad que heló la sangre de Lucero, Narcisa tomó la cazuela y vació el resto del mole y las tortillas en el plato del perro, en el suelo.
—Ándale, Solovino. Come, mi rey.
Lucero sintió que el mundo se le venía encima. Las lágrimas brotaron de sus ojos, calientes y dolorosas. Miró a su padre, buscando ayuda.
—Papá… —susurró.
Don Beto, avergonzado, bajó la vista a su plato y fingió no escuchar.
—Hazle caso a tu madre, Lucero. Tienes que aprender a cuidar las cosas.
Tamara soltó una risita burlona, tapándose la boca con la mano.
—Uy, qué pena. Si tienes mucha hambre, creo que vi un pan duro tirado en el patio, cerca del gallinero. Córrele antes de que se lo coman las hormigas.
Lucero no aguantó más. Dio media vuelta y salió corriendo de la casa, con el corazón galopando de rabia y dolor. Corrió hasta el viejo árbol de mezquite al fondo del terreno, lejos de las risas, lejos del olor a comida que no podía probar.
Se dejó caer en la tierra seca. No había pan duro, no había nada. Solo el silencio de la noche que empezaba a caer y el sonido de los grillos. Lloró hasta que se quedó sin lágrimas, hasta que le dolió el pecho.
—Mamá, ¿por qué me dejaste? —gritó al cielo, con voz ronca—. ¡Mira cómo me tratan! ¡Soy peor que un animal para ellos!
Fue entonces cuando, en medio de su desesperación, sintió una brisa suave que movió las hojas del mezquite. La brisa acarició su rostro y movió sus largas trenzas. Lucero se sentó y, por instinto, soltó su cabello.
Era de noche, pero la luna llena iluminaba el campo con una luz plateada. Lucero tomó su cabello entre sus manos. Había crecido aún más. Era una cascada sedosa, pesada, reconfortante. Lo abrazó contra su pecho como si fuera una manta de seguridad. Recordó las palabras de su madre: “Tu cabello es tu luz, pero tu corazón es tu corona”.
—No me van a romper —dijo Lucero, limpiándose los mocos con el dorso de la mano sucia—. Me pueden negar la comida, me pueden hacer dormir con las ratas, pero no me van a quitar quien soy. Soy hija de Elena. Soy Lucero.
Sacó de su bolsa del delantal un pequeño peine de madera que había logrado esconder de Narcisa. Y allí, bajo la luz de la luna, con el estómago vacío pero el alma llena de una extraña fuerza, comenzó a cepillarse el cabello. Cien cepilladas, como hacía su madre. Cada pasada del peine era un acto de rebeldía. Cada mechón desenredado era una promesa de supervivencia.
La Envidia Crece en la Oscuridad
Mientras tanto, dentro de la casa, la dinámica del odio se estaba transformando. Al principio, Tamara solo despreciaba a Lucero por ser pobre y sirvienta. Pero conforme pasaban los años y ambas crecían, el desprecio se convirtió en algo mucho más peligroso: envidia pura y dura.
Lucero cumplió dieciocho, luego veinte, luego veinticinco. Y con cada año, se ponía más hermosa. A pesar de los trapos viejos que usaba, a pesar de no tener maquillaje ni cremas, su piel tenía un brillo natural color canela. Sus ojos, grandes y expresivos, tenían la profundidad de quien ha sufrido pero no se ha rendido. Su cuerpo, forjado por el trabajo duro, era esbelto y fuerte.
Pero era el cabello lo que volvía loca a Tamara.
Tamara, ahora con veinte años, se pasaba el día intentando ser bella. Obligaba a su madre a comprarle cremas caras en la ciudad, se teñía el pelo de rubio oxigenado que le quedaba fatal con su tono de piel, se pintaba las uñas de colores chillantes. Pero nada funcionaba. Su cabello, quemado por los tintes, no crecía más allá de los hombros y se veía seco, como paja de escoba.
La gente en el pueblo lo notaba. Cuando Lucero iba al mercado los domingos, cargando las bolsas pesadas detrás de Narcisa y Tamara, los hombres se quitaban el sombrero a su paso.
—Buenos días, Lucerito —decían con respeto y admiración.
—Qué chula está la muchacha, mira nomás ese pelo —comentaban las señoras de los puestos de verdura—. Es una lástima que tenga esa madrastra tan bruja.
Nadie saludaba a Tamara. Nadie le decía “chula”. A ella la miraban y veían el reflejo de su madre: arrogancia y vacío.
Un día, la envidia estalló. Tamara estaba en su cuarto, probándose un vestido nuevo frente al espejo. Lucero entró calladamente para dejar la ropa limpia y planchada sobre la cama.
—Ya está lista su ropa, Tamara —dijo Lucero, bajando la vista.
Tamara se miró en el espejo y luego miró el reflejo de Lucero detrás de ella. La comparación fue brutal. Incluso con el vestido caro, Tamara se veía deslucida al lado de la belleza natural de su hermanastra. Lucero llevaba el pelo en una trenza gruesa que caía por su espalda como una serpiente negra y brillante.
Tamara sintió una oleada de calor subirle por el cuello.
—¡Vete! —gritó de repente.
Lucero saltó del susto.
—¿Qué hice? Solo traje la ropa…
—¡Que te largues! ¡No te quiero ver! ¡Hueles a humo, apestas mi cuarto! —Tamara agarró un frasco de perfume y se lo lanzó. El frasco se estrelló contra la pared, rozando la oreja de Lucero por centímetros.
Lucero salió corriendo. Tamara se tiró en la cama, pataleando y gritando.
—¡Mamá! ¡Mamáááá!
Narcisa entró corriendo, con una mascarilla de aguacate en la cara.
—¿Qué pasó, mi niña? ¿Te hizo algo esa salvaje?
—¡La odio, mamá! —lloró Tamara, con lágrimas de cocodrilo—. ¡La odio! ¡Todos la miran a ella! Hoy en la plaza el hijo del panadero le regaló una concha y a mí ni me cobró. ¡Dicen que es la más bonita del pueblo! ¡Y todo por ese maldito pelo! ¡Yo quiero su pelo, mamá! ¡Haz que se lo corte!
Narcisa abrazó a su hija, acariciando su cabeza de cabello estropajoso. Sus ojos se entrecerraron, brillando con una malicia calculadora. Ya no se trataba solo de tener una sirvienta gratis. Ahora era personal. Lucero estaba humillando a su hija con su simple existencia.
—Ya, ya, mi reina —susurró Narcisa, con voz suave y peligrosa—. No llores. Esa gata no va a opacarte por mucho tiempo. Te lo prometo.
—¿Qué vas a hacer? —sollozó Tamara, limpiándose los mocos.
—Voy a esperar el momento justo —dijo Narcisa, mirando hacia la puerta por donde había huido Lucero—. La belleza de esa muchacha es su orgullo. Y el orgullo, hija mía, es lo que más duele cuando se rompe. Vamos a quitarle lo que la hace sentir especial. Vamos a convertir a la princesa en un espantapájaros.
Esa noche, mientras la casa dormía, Narcisa no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, pensando. Necesitaba un plan. Algo definitivo. Algo cruel. No bastaba con golpearla o insultarla; eso ya lo hacía a diario y Lucero aguantaba. Necesitaba destruir su imagen, su identidad.
Y entonces, el destino, con su ironía habitual, le dio la oportunidad perfecta.
Días después, el camión del sonido pasó por el pueblo anunciando el Gran Baile de la Hacienda La Esperanza. Cuando Narcisa escuchó el anuncio, una sonrisa lenta y terrible se dibujó en su rostro pintarrajeado.
—Ahí está —pensó—. El baile. Ella va a querer ir. Va a soñar con ir. Y yo voy a dejar que sueñe… para luego convertir su sueño en su peor pesadilla.
En el cuarto de los trebejos, Lucero dormía inquieta, abrazada a sus trenzas, sin saber que en la habitación principal, su madrastra ya estaba afilando mentalmente las tijeras que cambiarían su destino para siempre. La tormenta se acercaba, y esta vez, no habría techo que la protegiera.
CAPÍTULO 3: EL ANUNCIO QUE DESPERTÓ AL PUEBLO
El tiempo en San Miguel de los Milagros pasaba lento, como miel derramada sobre una mesa de madera. Los años se habían deslizado sobre la vida de Lucero, endureciendo sus manos pero suavizando su alma. A sus veinticinco años, ya no era la niña asustada que lloraba bajo el árbol de mezquite. Se había convertido en una mujer de una belleza silenciosa y resistente, como los cactus que florecen en medio de la sequía más cruel.
A pesar de que Narcisa y Tamara hacían lo imposible por esconderla, por mantenerla cubierta de ceniza y trapos viejos, la belleza de Lucero era un secreto a voces que ya no se podía callar. Era imposible ignorar cómo caminaba con la espalda recta a pesar del peso de los cántaros de agua, o cómo sus ojos negros brillaban con una inteligencia que la falta de escuela no había podido apagar.
Pero sobre todo, estaba su cabello.
Sus trenzas habían seguido creciendo, desafiando las leyes de la naturaleza y la lógica del maltrato. Eran más gruesas que nunca, brillantes, pesadas. Cuando Lucero se las soltaba para lavarlas en el río, las mujeres del pueblo se detenían a mirar, hipnotizadas por esa cascada oscura que le llegaba a las pantorrillas.
—Es un milagro de la Virgen —decían las lavanderas, persignándose—. Esa muchacha tiene a Dios en el pelo.
Tamara, por su parte, había cumplido veinte años, pero su madurez emocional se había quedado estancada en los diez. Se había convertido en una mujer amargada antes de tiempo, una fruta que se pudre antes de madurar. Pasaba sus días sentada en la plaza, gastando el dinero que Don Beto ya no tenía en revistas de chismes y refrescos, mirando con odio a cualquiera que fuera más feliz o más bonita que ella. Y en su mente retorcida, la culpable de todas sus desgracias era Lucero.
Un Domingo en el Mercado
Fue un domingo de abril, cuando el calor empezaba a apretar y el polvo se levantaba en las calles, que la tensión entre las hermanastras llegó a un punto de quiebre público.
Como cada semana, Narcisa había ordenado a Lucero acompañarlas al mercado, no para pasear, sino para cargar las bolsas. Mientras Narcisa y Tamara caminaban adelante bajo sombrillas de encaje para protegerse del sol, Lucero iba tres pasos atrás, cargada como mula con bolsas de yute llenas de papas, frijoles y carne.
El mercado estaba a reventar. Olía a cilantro fresco, a carnitas friéndose en cazos de cobre, a flores y a sudor. La música de banda sonaba en los altavoces de la carnicería “El Toro”.
Tamara se detuvo en un puesto de joyería de fantasía.
—¡Mamá, mira estos aretes! —chilló, señalando unos colgantes de plástico dorado—. Cómpramelos.
Narcisa, siempre complaciente con su hija y tacaña con el mundo, sacó el monedero.
—Lo que tú quieras, mi reina. Te van a lucir preciosos con tu corte de pelo nuevo.
Tamara se probó los aretes y se miró en el espejito del puesto. Se sentía la reina del mundo. Pero entonces, el hijo del panadero, un muchacho llamado Jacinto que siempre había tenido ojos soñadores, pasó por ahí con una canasta de pan dulce recién horneado.
Jacinto no vio a Tamara. Sus ojos se fueron directo a Lucero, que estaba parada bajo el sol, sudando, con las bolsas pesadas marcándole los hombros.
—Lucero… —dijo Jacinto, deteniéndose. Sacó una concha de vainilla, grande y esponjosa, de su canasta—. Ten. Para que agarres fuerzas. Se ve que te traen en friega.
Lucero sonrió, una sonrisa tímida pero genuina que iluminó su rostro cansado.
—Gracias, Jacinto. Pero no tengo dinero…
—No es venta, es regalo. Es que… —Jacinto se puso rojo—, es que con ese pelo y esos ojos, tú deberías estar comiendo pan de ángel, no cargando costales.
La gente alrededor soltó una risita de ternura. “Míralos, hacen bonita pareja”, murmuró una señora.
Tamara, que había visto todo, sintió que la sangre le hervía. Arrojó los aretes de plástico sobre el mostrador.
—¡Vámonos, mamá! —gritó, empujando a Lucero al pasar—. ¡Ya me dio asco estar aquí! ¡Hay mucha mosca muerta rodeando la basura!
Narcisa le lanzó una mirada de odio a Jacinto y jaló a Lucero del brazo, clavándole las uñas.
—¡Camina, inútil! ¡Nada más vienes a coquetear! ¡Vergüenza te debería dar!
Lucero agachó la cabeza y siguió caminando, pero guardó la concha de pan en su bolsa como un tesoro. Ese pequeño gesto de amabilidad fue suficiente para darle fuerzas para el resto de la semana. No sabía que el destino le tenía preparada una sorpresa mucho mayor.
La Voz que Cambió el Destino
Tres días después, un sonido inusual rompió la monotonía de la tarde. No era el canto de los grillos ni el ladrido de los perros. Era una voz amplificada, metálica y potente, que venía recorriendo las calles polvorientas del pueblo.
—¡Atención! ¡Atención, habitantes de San Miguel y sus alrededores! —bramaba el altavoz montado en el techo de una camioneta vieja con logotipos de la Hacienda La Esperanza.
La gente salió de sus casas. Las mujeres se limpiaban las manos en los delantales, los hombres dejaban las herramientas. En la casa de Don Beto, Tamara saltó de la hamaca y corrió a la cerca. Narcisa salió de la cocina secándose las manos. Lucero, que estaba tallando ropa en el lavadero del patio trasero, se detuvo, con las manos llenas de espuma, y aguzó el oído.
La camioneta se detuvo justo frente a su casa. El chofer, un hombre bigotudo con uniforme, bajó el volumen de la música de fanfarria y habló por el micrófono.
—Se hace saber… —la voz resonó con eco— que el Patrón Don Rodrigo anuncia el regreso de su hijo, el Licenciado Don Alejandro, de sus estudios en Europa. Para celebrar su retorno y su cumpleaños número veintiocho, la Hacienda La Esperanza abrirá sus puertas este sábado para un Gran Baile de Gala.
Un murmullo recorrió a los vecinos que se habían asomado. ¿Don Alejandro? ¿El heredero? Hacía diez años que no se le veía por el pueblo. Decían que se había ido a estudiar a España y Francia. Decían que era guapo como un actor de cine y rico como un rey.
El hombre del altavoz continuó, y esta fue la parte que encendió la mecha:
—El joven Alejandro ha expresado su deseo de reencontrarse con sus raíces. Por tal motivo, se invita a todas las señoritas solteras del pueblo, sin distinción de clase, a asistir al baile. Se dice, y escuchen bien, que el joven patrón anda en busca de una esposa que ame esta tierra tanto como él. ¡Habrá música, comida y transporte para todos! ¡No falten!
La camioneta arrancó, dejando una estela de polvo y un alboroto monumental.
—¡Mamá! ¡Mamá, ¿escuchaste?! —Tamara gritaba como si le hubieran prendido fuego, saltando y aplaudiendo—. ¡Un baile! ¡En la Hacienda! ¡Y Alejandro busca esposa!
Narcisa tenía los ojos abiertos como platos, brillando con la codicia de mil monedas de oro.
—Lo escuché, mi vida, lo escuché. ¡Es nuestra oportunidad! Ese muchacho es el partido más grande de la región. Si logras que se fije en ti… ¡nos sacamos la lotería! ¡Adiós a esta casa de pobres, adiós a las deudas! Seremos las dueñas de La Esperanza.
—¡Tengo que ir a la ciudad! —Tamara ya estaba haciendo planes, girando sobre sí misma—. Necesito un vestido, mamá. Pero no cualquier vestido. Uno caro, uno que brille, uno que diga “mira a la futura patrona”. Y zapatos, y maquillaje…
—Venderemos los puercos si hace falta —dijo Narcisa, decidida—. Tú vas a ser la más hermosa de ese baile. Ese Alejandro no va a tener ojos para nadie más.
Desde el lavadero, Lucero escuchaba todo. Su corazón empezó a latir con una fuerza que le dolía en las costillas.
Un baile…
No le importaba el dinero de Don Alejandro. No le importaba la Hacienda. Lo que le importaba, lo que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas de emoción, fue la palabra “invitadas”.
“Todas las señoritas solteras… sin distinción”.
Por primera vez en años, una imagen se formó en su mente: ella, limpia, con un vestido que no estuviera roto, bailando bajo luces de colores, escuchando música que no fuera el regaño de su madrastra. Sentirse, aunque fuera por una noche, una persona y no un objeto.
Dejó la ropa en el agua y caminó hacia donde estaban Narcisa y Tamara, secándose las manos en su falda. Sus piernas temblaban, pero su voz salió firme.
—Tía Narcisa…
Narcisa y Tamara se voltearon, molestas por la interrupción de sus fantasías de grandeza.
—¿Qué quieres? ¿Ya terminaste de lavar? —ladró Narcisa.
Lucero respiró hondo, apretando la medalla de su madre contra su pecho bajo la ropa.
—Escuché el anuncio. Dijeron que todas las muchachas pueden ir.
Hubo un silencio de dos segundos. Luego, Tamara soltó una carcajada estridente, doblándose por la cintura.
—Ay, no… ¡No me digas! —Tamara se reía tanto que casi se ahogaba—. Mamá, ¿oíste? ¡La Cenicienta quiere ir al baile!
Narcisa no se rió. Su rostro se puso rojo de ira, una ira fría y peligrosa. Caminó lentamente hacia Lucero hasta quedar cara a cara con ella.
—¿Tú? —preguntó en voz baja—. ¿Tú quieres ir a la Hacienda de los patrones?
—Tengo derecho —dijo Lucero, sosteniendo la mirada—. Soy soltera. Soy del pueblo. El anuncio dijo “todas”.
—¡Tú no eres nadie! —explotó Narcisa, y su grito hizo que las gallinas del patio salieran corriendo—. ¡Mírate! Eres una gata. Una criada. Tienes las manos rojas de lejía. Hueles a jabón corriente. ¿Crees que un hombre como Don Alejandro, que ha vivido en Europa, va a querer bailar contigo? ¡No me hagas reír!
—Él no sabrá quién soy —insistió Lucero, con una valentía que sorprendió incluso a ella misma—. Solo quiero ir. Solo quiero bailar. No pido nada más. Terminaré todos mis quehaceres antes. Lavaré, plancharé, dejaré la comida hecha. Por favor, tía. Déjeme ir.
Tamara se acercó, con una sonrisa venenosa. Le dio un empujón a Lucero en el hombro.
—Ubícate, Lucero. Aunque fueras, ¿qué te vas a poner? ¿Tus trapos viejos? ¿O vas a ir envuelta en una sábana? Vas a ser la burla de todos. Nos vas a avergonzar.
—Tengo un vestido —mintió Lucero, pensando en la vieja tela que Mina, su amiga costurera, tenía guardada—. Y tengo mi cabello.
La mención del cabello fue un error.
Al decir eso, Lucero vio cómo la mirada de Narcisa cambiaba. De la ira pasó al cálculo. Los ojos de la madrastra se clavaron en las trenzas de Lucero.
—Tu cabello… —repitió Narcisa suavemente—. Sí, claro. Tu famoso cabello. Crees que eso te hace especial, ¿verdad? Crees que porque tienes pelo de caballo ya eres una reina.
—Es lo que mi madre me dejó —dijo Lucero con dignidad.
Narcisa soltó una risa seca.
—Está bien. Quieres ir… ve. Pero no esperes que yo te dé un centavo. Y si el sábado no está terminada toda la limpieza, incluyendo el chiquero de los cerdos y el deshierbe del campo, no sales de esta casa. ¿Entendido?
Lucero sintió que el alma le volvía al cuerpo.
—¡Sí! ¡Sí, lo prometo! Gracias, tía.
Dio media vuelta y corrió hacia su cuartito, con el corazón lleno de pájaros cantando.
Tamara miró a su madre con horror.
—¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Cómo la vas a dejar ir? ¡Si va, todos la van a mirar a ella! ¡Es… es bonita, mamá! ¡Aunque me duela decirlo, es bonita y ese pelo llama la atención! ¡Alejandro la va a ver y yo voy a quedar como una tonta!
Narcisa miró a su hija y le acarició la mejilla con calma.
—Tranquila, tonta. No conoces a tu madre.
—Pero le dijiste que sí…
—Le dije que sí para que se ilusione —susurró Narcisa, mirando hacia la puerta del cuarto de Lucero con una expresión diabólica—. Porque no hay nada que duela más que caerse cuando uno está volando alto. Ella cree que va a ir a ese baile. Cree que va a lucir sus trenzas. Pero no tiene idea de lo que le espera.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Tamara, bajando la voz.
—Digamos que… voy a asegurarme de que el sábado, Lucero no tenga ganas de salir ni a la esquina. Voy a quitarle las ganas de sentirse bonita. Para siempre.
La Esperanza de Lucero
Esa tarde, Lucero se escabulló de la casa con el pretexto de ir a buscar leña. Corrió por el sendero que llevaba al pueblo hasta llegar a una casita azul con macetas de barro en la ventana. Era la casa de Amina.
Amina, o “Mina” como le decía Lucero de cariño, era una mujer joven pero sabia, con manos mágicas para la costura. Vivía sola desde que sus padres murieron, y se ganaba la vida remendando ropa y haciendo vestidos para las fiestas del pueblo. Era la única persona en el mundo, aparte de Jacinto el panadero, que trataba a Lucero con amor.
—¡Mina! ¡Mina, abre! —Lucero golpeó la puerta, jadeando.
Mina abrió, con una cinta métrica colgada al cuello y alfileres en la boca. Se los quitó al ver la cara de su amiga.
—¿Qué pasó, chula? ¿Te pegaron? ¿Estás bien?
—¡El baile! —exclamó Lucero, entrando y cerrando la puerta tras de sí—. ¿Oíste del baile?
—Todo el pueblo habla de eso. Las muchachas están locas comprando telas. ¿Por qué? No me digas que…
—¡Voy a ir, Mina! —Los ojos de Lucero brillaban—. La bruja de Narcisa dijo que si termino todo el trabajo, puedo ir.
—¿En serio? —Mina la miró con sospecha—. Eso suena raro, Lucero. Esa mujer no da paso sin huarache. Seguro trama algo.
—No me importa. Trabajaré día y noche si hace falta. Pero necesito tu ayuda. No tengo qué ponerme.
Mina sonrió y la llevó a la mesa de trabajo.
—Sabía que este día llegaría. Mira.
Mina levantó una sábana y debajo había una tela de un color azul profundo, como el cielo justo antes de que anochezca, o como el mar profundo que Lucero solo conocía por fotos. Era una tela sencilla, pero el color era majestuoso.
—Me la regaló una señora de la ciudad porque tenía una manchita en la orilla. Pero alcanza perfecto para ti. Con ese cuerpo que tienes, flaca, cualquier trapo te queda de modelo.
—Es hermoso… —Lucero tocó la tela con reverencia.
—Te haré un vestido, Lucero. Sencillo, pero elegante. Y con tu pelo… ay, amiga. Cuando entres con esas trenzas sueltas sobre este azul, el tal Alejandro se va a caer de espaldas.
Pasaron las siguientes horas diseñando, cortando y soñando. Por primera vez en años, Lucero reía a carcajadas. Se probó la tela, imaginando cómo sería bailar un vals.
—¿Crees que él sea amable? —preguntó Lucero—. No quiero casarme por dinero, Mina. Solo quiero… que alguien me mire y no vea a una sirvienta. Que alguien me pregunte qué pienso, qué siento.
—Si es un hombre de verdad, verá eso y más —dijo Mina, clavando un alfiler en el dobladillo—. Y si no, que se vaya al diablo. Tú vas a ir a divertirte.
Lucero regresó a su casa ya tarde, escondiendo la emoción bajo su máscara habitual de sumisión. Pero algo en ella había cambiado. Caminaba más ligero. La esperanza es un combustible poderoso.
La Conspiración Nocturna
Mientras Lucero soñaba con telas azules, en la casa principal, la conspiración estaba tomando forma.
Narcisa y Tamara estaban sentadas en la cocina, con la luz apagada, iluminadas solo por una vela para no gastar luz.
—Mamá, tengo miedo —dijo Tamara, mordiéndose una uña—. ¿Y si Lucero consigue un vestido? ¿Y si va? Ella es… bueno, tú sabes. Tiene presencia.
—Ya te dije que no te preocupes.
Narcisa se levantó y caminó hacia un cajón de la alacena, el cajón donde guardaban las herramientas de costura y reparaciones. Rebuscó entre los hilos y las agujas hasta que su mano se cerró sobre algo frío y metálico.
Sacó unas tijeras. Eran tijeras de sastre, grandes, pesadas, de acero viejo pero afilado. Las tijeras que usaban para cortar tela gruesa o incluso para tusar a las ovejas cuando tenían lana de más.
Hizo sonar las hojas de metal. Chass. Chass. El sonido era agudo, definitivo.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Tamara, abriendo los ojos.
—¿Cuál es la fuerza de Sansón? —preguntó Narcisa con una sonrisa torcida.
—¿Qué?
—El de la Biblia, niña tonta. Su fuerza estaba en su pelo. Si le cortaban el pelo, perdía su poder.
—¿Vas a…? —Tamara se llevó las manos a la boca, y luego, una sonrisa maliciosa, idéntica a la de su madre, apareció en su rostro—. ¡Sí! ¡Sí, mamá! ¡Córtaselo! ¡Córtaselo todo! ¡Déjala pelona como un perro sarnoso!
—Exactamente —dijo Narcisa, pasando el dedo pulgar por el filo de la tijera—. Sin su pelo, no es nada. Sin su pelo, le dará tanta vergüenza que no saldrá de su cuarto en un mes, mucho menos irá a un baile de gala. Se verá horrible. Se verá enferma. Y tú… tú brillarás sin competencia.
—¿Cuándo lo harás? —preguntó Tamara, ansiosa.
—No hoy. Hoy está alerta. Lo haré la noche antes del baile. Cuando esté cansada de tanto trabajar, cuando crea que ya ganó… ahí es cuando atacaré. Será mi regalo de despedida para su belleza.
Narcisa guardó las tijeras en el bolsillo de su delantal.
—Ahora vete a dormir, mi futura señora de la Hacienda. Deja que tu hermana sueñe un poco más. Cuanto más alto suba, más duro será el golpe.
Afuera, la luna se escondió detrás de una nube negra, como si no quisiera ser testigo de lo que se planeaba en esa casa maldita. El viento sopló fuerte, moviendo las ramas del árbol de mezquite, que golpearon la ventana del cuarto de Lucero como una advertencia que nadie pudo entender.
El destino estaba echado. El baile sería el escenario, pero la verdadera tragedia ocurriría en silencio, en la oscuridad, al filo de unas tijeras oxidadas.
CAPÍTULO 4: LA TRAICIÓN A MEDIANOCHE
La semana previa al Gran Baile de la Hacienda La Esperanza no fue una semana; fue un siglo de tortura comprimido en siete días. Si Narcisa había sido dura antes, ahora se había convertido en un capataz del infierno. Su objetivo era claro: romper a Lucero físicamente para que, cuando llegara el momento del golpe final, no tuviera fuerzas ni para levantar la mano en defensa propia.
El lunes, Narcisa despertó a Lucero antes de que saliera el sol, arrojándole un balde de agua fría sobre el petate.
—¡Muévete, holgazana! —gritó—. Si quieres ir a mover el trasero a ese baile, tienes que ganártelo.
La lista de tareas que Narcisa había preparado era inhumana. No eran los quehaceres habituales. Eran trabajos diseñados para humillar y agotar.
—Quiero que limpies el chiquero de los cerdos —ordenó Narcisa, tapándose la nariz con un pañuelo perfumado—. Pero no por encimita. Quiero que saques todo el lodo, laves las paredes de piedra y talles el piso hasta que yo pueda comer ahí si se me antoja.
Lucero miró el corral, donde cuatro cerdos enormes se revolcaban en una mezcla nauseabunda de barro y excremento.
—Pero tía, eso es trabajo de peón… necesito ayuda para mover a los animales.
—¿Ah, sí? —Narcisa arqueó una ceja pintada—. Pues si no puedes, no vas al baile. Así de simple. Tú decides: o eres princesa de chiquero o te quedas encerrada.
Lucero apretó los labios, se amarró las trenzas en un chongo alto para que no se ensuciaran, y entró al lodo. Pasó el día entero con el estiércol hasta las rodillas, paleando, tallando, sudando bajo el sol inclemente. Sus brazos ardían, su espalda gritaba de dolor, pero en su mente, se repetía una y otra vez: “El sábado bailaré. El sábado seré libre”.
El Contraste de las Dos Hermanas
Mientras Lucero vivía entre la suciedad, Tamara vivía en un sueño de vanidad. Narcisa había vendido dos vacas lecheras y empeñado las joyas de la difunta Doña Elena (que había encontrado escondidas en un cajón viejo) para financiar el capricho de su hija.
El miércoles llegó la costurera más cara de la ciudad vecina. Traía sedas, encajes importados y revistas de moda europea. Tamara se pasaba las horas parada sobre un banquito, mientras la costurera le ajustaba un vestido color rosa mexicano chillante, lleno de olanes, piedras brillantes y lentejuelas.
—¡Ay, qué cintura tiene la niña! —mentía la costurera, sabiendo que Narcisa pagaba bien—. Va a parecer una muñeca de pastel.
Lucero pasaba por el pasillo cargando canastos de ropa sucia y veía la escena. Tamara la miraba a través del espejo y le sacaba la lengua.
—¿Te gusta, cenicienta? —preguntaba Tamara—. Es seda francesa. Cuesta más de lo que tú ganarías en diez vidas de sirvienta.
—Está muy bonito, Tamara —respondía Lucero con voz ronca, bajando la mirada.
Pero Lucero tenía su propio secreto. Por las noches, cuando todos dormían, o en los breves minutos que tenía para ir al mercado, se escapaba a casa de Mina.
El vestido de Lucero no tenía lentejuelas ni sedas importadas. Era de algodón teñido de azul profundo, el color de la noche. Pero Mina tenía manos de ángel. Había cortado la tela de manera que abrazara el cuerpo de Lucero con elegancia, resaltando su cuello largo y sus brazos torneados.
—No necesitas brillos, Lucero —le decía Mina mientras le probaba el vestido a la luz de una vela—. Tu brillo eres tú. Y cuando te sueltes esas trenzas… ay, Dios mío. Vas a parecer la Virgen de la Soledad bajando del altar.
Lucero se miraba en el espejo de Mina y, por primera vez en mucho tiempo, no veía a la sirvienta mugrosa. Veía a una mujer.
—Gracias, Mina. No sé cómo pagarte esto.
—Págame siendo feliz. Y bailando una pieza con el guapo ese por mí.
El Día Previo
El viernes llegó cargado de electricidad estática. El cielo estaba nublado, pesado, color plomo. Se anunciaba tormenta.
Narcisa estaba nerviosa. Caminaba de un lado a otro de la casa, revisando cada rincón con un dedo acusador, buscando polvo.
—¡Aquí hay una mancha! —gritaba—. ¡Limpia otra vez!
Lucero limpiaba. Sus manos estaban en carne viva por el jabón y el zacate. Sus rodillas tenían moretones. Sus ojos tenían ojeras profundas por la falta de sueño. Pero no se quejaba. Faltaban menos de veinticuatro horas.
A las ocho de la noche, Lucero terminó la última tarea: planchar el vestido de Tamara. Lo hizo con un cuidado exquisito, asegurándose de que cada olán estuviera perfecto. No tenía envidia en su corazón, solo cansancio.
Llevó el vestido al cuarto de Tamara y lo colgó en el ropero.
—Ya está listo, Tía Narcisa —dijo Lucero, presentándose en la sala donde su madrastra tomaba un té.
Narcisa la miró. Vio el agotamiento extremo en el rostro de la muchacha. Vio cómo sus párpados pesaban. Vio, con satisfacción, que Lucero apenas podía mantenerse en pie.
—Bien —dijo Narcisa secamente—. Has cumplido. Mañana puedes ir a tu bailecito. Pero escúchame bien: te vas caminando. No hay lugar en la carreta para ti. Y más te vale que no nos avergüences.
—Gracias, tía. Gracias —Lucero casi lloró de alivio. Se sentía como si hubiera ganado una guerra.
—Ahora vete a dormir. Apestas a sudor. Y cierra bien la puerta de ese cuchitril, que anuncian lluvia fuerte.
Lucero se retiró a su cuarto en el patio trasero. Estaba tan cansada que no tuvo fuerzas ni para cenar. Se quitó la ropa sucia, se lavó la cara con un poco de agua de la jofaina y se puso su camisón de manta vieja.
Antes de acostarse, hizo su ritual sagrado. Se sentó en el borde del petate y comenzó a deshacer el chongo apretado que había llevado todo el día. Al soltar el cabello, sintió un alivio físico. Las trenzas cayeron pesadas sobre su espalda.
Tomó el cepillo de su madre.
Una, dos, tres…
Cepilló su cabello con lentitud. Era su momento de conexión.
—Mañana, mamá —susurró a la foto en la mesita de madera—. Mañana voy a ser feliz un ratito. Cuídame desde allá arriba.
Afuera, el viento comenzó a aullar. Los truenos retumbaron a lo lejos, haciendo vibrar las láminas del techo. Lucero se acostó, abrazada a sus trenzas como si fueran un peluche. El sueño la venció en cuestión de segundos. Un sueño profundo, pesado, negro como un pozo sin fondo. El sueño de los justos… y de las víctimas.
La Sombra en el Umbral
Eran las dos de la mañana. La tormenta había estallado con furia sobre San Miguel. La lluvia golpeaba el techo como mil martillos y los truenos eran tan fuertes que hacían temblar el suelo. Era la noche perfecta para un crimen, porque el cielo mismo gritaba para ocultar cualquier sonido terrenal.
La puerta de la casa principal se abrió con un gemido que el viento se llevó. Una figura envuelta en un rebozo oscuro cruzó el patio lodoso, protegiéndose de la lluvia bajo un paraguas negro.
Era Narcisa.
No caminaba rápido. Caminaba con la determinación de un verdugo. En su mano derecha, apretaba el mango frío de las tijeras de sastre. Las había afilado esa misma tarde con la piedra de moler cuchillos, hasta que el filo brillaba capaz de cortar el aire.
Llegó a la puerta del cuarto de trebejos donde dormía Lucero. La puerta no tenía cerradura, solo un pestillo de madera que se podía levantar desde afuera con un cuchillo o una tarjeta. Narcisa lo sabía. Había planeado esto al milímetro.
Levantó el pestillo con cuidado. La puerta se abrió, rechinando levemente, pero un trueno oportuno enmascaró el ruido.
Narcisa entró. El cuarto olía a humedad, a maíz viejo y al suave aroma a flores silvestres que siempre parecía emanar de Lucero, sin importar cuán sucio fuera su trabajo.
La luz de los relámpagos que entraba por las rendijas de las tablas iluminaba la escena de forma intermitente, como flashes de una cámara de terror.
Ahí estaba Lucero. Dormida profundamente, con la respiración suave y rítmica. Estaba acostada de lado, con una mano bajo la mejilla.
Y ahí estaba. El objetivo.
El cabello de Lucero estaba suelto, derramado sobre el petate y el suelo de tierra como un río de tinta negra. Era magnífico. Incluso en la penumbra, brillaba con vida propia. Era una capa real que cubría la pobreza de la cama.
Narcisa sintió una punzada de odio tan intensa que le supo a bilis en la boca.
—Maldita seas —pensó—. Maldita tú y tu belleza que no te cuesta nada. Yo tengo que pintarme, fajarme, operarme… y tú solo respiras y eres bella. Eso se acaba hoy.
Se acercó a la cama, sus pasos silenciados por el estruendo de la lluvia afuera. Se arrodilló junto a la cabecera de Lucero. El corazón le latía rápido, no por miedo, sino por la excitación de la maldad pura.
Lucero se movió un poco en sueños, murmurando algo ininteligible. Quizás soñaba con Alejandro. Narcisa se congeló, con las tijeras en alto. Esperó. Lucero suspiró y volvió a quedar inmóvil.
Narcisa acercó las tijeras a la base del cráneo, justo donde nacía la nuca. El metal estaba helado.
Abrió las hojas de la tijera. Eran enormes. Abarcaban un mechón grueso, casi un tercio de la cabellera.
—Adiós, princesa —susurró Narcisa, tan bajo que ni los ratones la oyeron.
¡CRISH!
El sonido de las tijeras cortando el pelo grueso fue repugnante. Sonó como tela rasgándose, como hierba seca rompiéndose.
Lucero no despertó. Estaba tan agotada por la semana de esclavitud que su cuerpo se negaba a reaccionar.
Narcisa cortó el primer mechón gigante. Lo sostuvo en su mano un segundo, sintiendo el peso, la suavidad. Le dio asco y placer al mismo tiempo. Lo dejó caer al suelo con desprecio.
Volvió a meter las tijeras.
¡CRISH! ¡CRISH!
Cortó el lado derecho. Luego el izquierdo. Cortaba sin cuidado, sin técnica. Daba tijeretazos brutales, dejando el cuero cabelludo expuesto en parches irregulares, dejando mechones cortos y trasquilados que apuntaban a todas direcciones.
Fue una carnicería estética. En cuestión de tres minutos, la gloriosa melena que había tardado veinticinco años en crecer, yacía muerta en el suelo de tierra, mezclada con el polvo y las telarañas.
Lucero quedó allí, con la cabeza desnuda, vulnerable, despojada de su escudo.
Narcisa se puso de pie, mirando su obra con una sonrisa triunfal. Se guardó las tijeras en el bolsillo. Miró por última vez a su hijastra.
—Ahora sí —pensó—. Mañana, cuando te mires al espejo, desearás estar muerta. Y mi hija no tendrá rival.
Salió del cuarto tan silenciosamente como había entrado, cerrando la puerta tras de sí. La lluvia siguió cayendo, lavando las huellas de sus zapatos en el lodo del patio, pero incapaz de lavar el pecado que acababa de cometerse.
El Grito del Alma
La tormenta pasó. El sábado amaneció con un cielo azul insultante, brillante y limpio, con pájaros cantando como si el mundo fuera un lugar hermoso.
La luz del sol se filtró por las rendijas del cuarto de trebejos y golpeó los ojos cerrados de Lucero.
Ella despertó lentamente. Estiró los brazos, sintiendo el dolor en sus músculos por el trabajo de ayer, pero también sintiendo una extraña sensación de ligereza. Su cabeza se sentía… fría. Extrañamente ligera.
—Qué raro… —murmuró, aún medio dormida.
Se sentó en el petate. Instintivamente, llevó sus manos hacia atrás para recoger su cabello y empezar a trenzarlo, como hacía cada mañana desde que tenía memoria.
Sus manos encontraron aire.
Sus dedos tocaron piel. Piel desnuda, erizada. Luego tocaron mechones cortos, duros, puntiagudos.
Lucero se congeló. El corazón se le detuvo un instante y luego comenzó a golpear contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
—No… —susurró.
Bajó la vista.
Ahí, a su alrededor, como serpientes negras muertas sobre la tierra, estaba su cabello. Sus trenzas deshechas, sus mechones largos, todo tirado en el suelo sucio.
El silencio se rompió.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
El grito de Lucero no fue humano. Fue el aullido de un animal herido de muerte. Fue un sonido que nació en las entrañas y desgarró su garganta.
—¡MI PELO! ¡MAMÁ! ¡MI PELO!
Se lanzó al suelo, tratando de recoger los mechones con las manos temblorosas, como si pudiera volver a pegarlos a su cabeza. Se apretó el cabello cortado contra el pecho, meciéndose, llorando con una desesperación que nublaba la vista.
—¡No, no, no! ¡Dios mío, no! ¿Por qué?
La puerta se abrió de golpe.
Narcisa y Tamara estaban ahí, ya vestidas y arregladas, fingiendo alarma.
—¿Qué pasa? ¿Qué son esos gritos? —preguntó Narcisa, actuando pésimamente.
Lucero levantó la cara. Estaba irreconocible. Los ojos hinchados, la cara roja, y la cabeza… su cabeza estaba trasquilada, con parches casi a rapa y otros con mechones de dos centímetros. Parecía una prisionera de guerra, una víctima de tortura.
—¡Usted! —gritó Lucero, señalando a Narcisa con un dedo acusador—. ¡Usted fue!
Narcisa soltó una carcajada, dejando caer la máscara.
—¡Ay, por favor! Mírate. Pareces un espantapájaros. ¿Quién fue? Yo creo que fueron las ratas. O quizás te lo cortaste tú sola sonámbula, de lo loca que estás.
Tamara se tapó la boca, riéndose histéricamente.
—¡Mamá, mira! ¡Parece un niño! ¡Parece un muchacho feo! ¡Qué asco!
Lucero se puso de pie, temblando de rabia y dolor, sosteniendo su cabello muerto en las manos.
—Me lo cortó… me quitó lo único que tenía de mi madre…
Narcisa se acercó, con la mirada fría como el hielo.
—Te hice un favor. Ese pelo ya estaba viejo y lleno de piojos. Además… —se inclinó y le susurró al oído con veneno—, ¿de verdad pensabas que ibas a ir al baile? ¿Tú? ¿Con el príncipe? Ahora entiendes tu lugar, Lucero. Las sirvientas no son princesas. Y las pelonas no van a los bailes.
—¡Vámonos, Tamara! —ordenó Narcisa, dando media vuelta—. Deja que la loca llore sus penas. Tenemos un baile al que asistir.
Tamara salió detrás de su madre, lanzando una última mirada de burla.
—Adiós, pelona. No te preocupes, yo le daré tus saludos a Alejandro. ¡Si es que no vomita cuando le cuente lo fea que te ves!
Cerraron la puerta.
Lucero se quedó sola de nuevo. Cayó de rodillas frente al espejo roto que tenía en la pared. Se miró. El monstruo que la miraba de vuelta la hizo llorar de nuevo. Se tocó la cabeza rapada. Se sentía áspera, ajena.
—Mamá… —sollozó—. Perdóname. No pude cuidarlo. Me lo quitaron. Me quitaron todo.
Se sintió tentada a quedarse ahí. A tirarse en el petate y dejarse morir de tristeza. No salir nunca más. Que el mundo se olvidara de Lucero. Que ganaran ellas. Narcisa tenía razón. ¿Quién querría a una mujer calva? ¿Quién la miraría sin sentir lástima o asco?
Pero entonces, mientras sus lágrimas caían sobre la foto de su madre en la mesita, un rayo de sol entró por la ventana e iluminó el rostro de Doña Elena en la fotografía.
Lucero recordó las palabras. No las palabras sobre el cabello. Las otras palabras. Las importantes.
“Tu corazón es tu verdadera corona. Tu belleza es tu luz. Que te hagan lo que te hagan, nunca dejes que tu corazón se vuelva duro.”
Lucero dejó de llorar. Respiró hondo, un respiro tembloroso y entrecortado. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Miró su reflejo trasquilado una vez más.
La ira empezó a transformarse en algo más. En fuego.
—Me quitaron el pelo —dijo en voz alta, y su voz sonó extraña en el cuarto vacío—. Pero no me quitaron las piernas para bailar. No me quitaron los ojos para ver. Y no me quitaron el coraje.
Se levantó. Sus ojos, antes llenos de dolor, ahora brillaban con una determinación feroz.
—Creen que me vencieron. Creen que me voy a quedar aquí llorando mientras ellas bailan.
Apretó los puños.
—Pues se equivocan. Voy a ir. Voy a ir así. Y que me miren. Que me miren todos. Porque soy Lucero, y mi luz no está en mi pelo. Está en mí.
Con movimientos rápidos, buscó entre sus cosas. Encontró el vestido azul que Mina le había hecho. Y encontró algo más: un rebozo de seda antiguo que había pertenecido a su abuela, lleno de colores vivos y bordados de flores.
—Esto servirá —dijo, mirando el rebozo.
La guerra no había terminado. Apenas empezaba. Y la “princesa calva” estaba a punto de dar la batalla de su vida.
CAPÍTULO 5: LA CORONA DE SEDA Y VALOR
Lucero salió de su casa como un fantasma herido, aprovechando que Narcisa y Tamara ya se habían ido rumbo al pueblo para peinarse en el salón de belleza antes del baile. Se cubrió la cabeza destrozada con un trapo viejo de cocina, atándolo bajo la barbilla, y echó a correr.
Corrió por los senderos de tierra, evitando la calle principal para que nadie la viera. Sus lágrimas se mezclaban con el sudor y el polvo. Cada paso era una mezcla de dolor y rabia. Sentía el viento fresco en su nuca desnuda, una sensación nueva y terrible que le recordaba a cada segundo lo que había perdido.
Llegó a la casa de Mina jadeando, con el corazón a punto de explotar. Golpeó la puerta con desesperación, casi tirándola abajo.
—¡Mina! ¡Mina, ábreme por favor! ¡Ayúdame!
Mina abrió la puerta, con una taza de café en la mano y una sonrisa que se borró instantáneamente al ver a su amiga. Lucero estaba pálida, temblando, con los ojos inyectados en sangre por el llanto y ese trapo sucio en la cabeza.
—¡Lucero! ¡Santo cielo! —Mina dejó la taza sobre una mesa y la jaló hacia adentro—. ¿Qué pasó? ¿Te pegaron? ¿Estás herida?
Lucero no pudo hablar. Solo negó con la cabeza y, con manos temblorosas, desató el nudo del trapo bajo su barbilla. Dejó caer la tela al suelo.
El silencio en la habitación fue absoluto.
Mina se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de horror. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Vio la masacre. Vio los trasquilones brutales, los parches de cuero cabelludo blanco expuestos, los mechones irregulares que quedaban como testigos mudos de la violencia. La gloriosa melena que había sido el orgullo del pueblo había desaparecido.
—¡Malditas! —susurró Mina, con una voz cargada de un odio que rara vez sentía—. ¡Malditas bestias! ¡Fue ella, verdad? ¡Fue la bruja de Narcisa!
Lucero asintió, sollozando, y se dejó caer en una silla, cubriéndose la cara con las manos.
—Me lo cortó mientras dormía, Mina… Me lo quitó todo. Ya no soy nadie. Mírame… soy un monstruo. No puedo ir al baile. No puedo salir a la calle nunca más.
Mina se arrodilló frente a ella. Le quitó las manos de la cara con suavidad pero con firmeza.
—Mírame a los ojos, Lucero. Mírame.
Lucero levantó la vista, avergonzada.
—¿Tú crees que tu valor estaba en esos pelos? —preguntó Mina, con voz dura pero amorosa—. ¿Crees que la gente te quiere porque tenías trenzas largas?
—Era lo único bonito que tenía… —sollozó Lucero.
—¡No! —gritó Mina, sacudiéndola un poco—. ¡Eso es lo que ellas quieren que pienses! Quieren que creas que sin tu pelo no vales nada. Quieren verte escondida, llorando, derrotada. ¿Les vas a dar el gusto? ¿Vas a dejar que ganen?
Lucero guardó silencio. La pregunta flotó en el aire. ¿Les vas a dar el gusto?
Mina se levantó, se secó las lágrimas y adoptó una postura de general en batalla.
—Escúchame bien. Tú vas a ir a ese baile.
—Mina, estás loca. Mírame la cabeza. Todos se van a reír.
—Nadie se va a reír. Porque no van a ver una cabeza rapada. Van a ver a una reina.
Mina corrió hacia su baúl de telas. Empezó a sacar cosas, lanzando retazos al aire hasta que encontró lo que buscaba.
—Aquí está.
Era una tela de seda tornasolada, de un color azul profundo con hilos plateados, que brillaba como la luz de la luna sobre el mar. También sacó una caja pequeña de madera donde guardaba sus tesoros: broches, piedras de fantasía, plumas.
—Siéntate frente al espejo —ordenó Mina.
Lucero obedeció, aunque cerró los ojos para no verse.
—Abre los ojos —dijo Mina—. Tienes que ver tu transformación.
Mina tomó unas tijeras.
—Voy a emparejarte esto. Lo que te hicieron fue una carnicería, pero si lo cortamos bien, con estilo… puede verse moderno. Diferente.
Mina cortó con cuidado, igualando los mechones, dejando el cabello muy corto, casi al ras, pero uniforme. Limpió el cuello de Lucero con una toalla húmeda y le puso un poco de crema humectante en la piel irritada.
—Ya está limpio —dijo Mina—. Ahora, la magia.
Mina tomó la tela de seda. Con una destreza impresionante, comenzó a envolver la cabeza de Lucero. No lo hizo como una señora que va al mercado. Lo hizo con arte. Cruzó la tela, creó pliegues elegantes, dejó caer un extremo largo sobre el hombro de Lucero como si fuera un velo real. Sujetó el turbante con un broche plateado en forma de estrella justo en el centro de la frente.
—Ahora el maquillaje —dijo Mina.
Sacó sus pinturas. Delineó los ojos de Lucero con kohl negro, haciéndolos ver más grandes, más profundos, más misteriosos. Puso un poco de rubor en sus mejillas pálidas y pintó sus labios de un rojo suave.
—Ponte el vestido.
Lucero se puso el vestido azul que Mina le había hecho días atrás. La tela se ajustó a su cuerpo como una segunda piel. El color azul hacía resaltar su piel morena.
Cuando Lucero se miró al espejo, se quedó sin aliento.
La mujer que la miraba no era la sirvienta. No era la víctima rapada.
Era… exótica.
El turbante le daba una altura y una dignidad impresionantes. Su cuello, ahora totalmente expuesto, se veía largo y elegante. Sus ojos, sin el marco del cabello, eran los protagonistas absolutos de su rostro. Se veía fuerte. Se veía poderosa.
—Parezco… parezco de otro mundo —susurró Lucero.
—Pareces lo que eres —dijo Mina, sonriendo con orgullo—. Una mujer que ha pasado por el fuego y no se ha quemado. Ahora vete. El transporte del pueblo está por salir de la plaza. Corre. Y camina con la cabeza en alto, porque esa corona que llevas puesta te la hiciste tú misma con tu valor.
Lucero abrazó a su amiga con fuerza.
—Gracias, hermana. Gracias por devolverme la vida.
—Ve y baila. Baila hasta que te duelan los pies.
La Entrada a la Hacienda
El viaje hacia la Hacienda La Esperanza fue una mezcla de nervios y adrenalina. Lucero subió al último camión que puso el patrón para la gente del pueblo. Se sentó en el fondo, envuelta en un chal para que nadie viera su vestido ni su turbante todavía. Escuchaba a las otras muchachas reír y hablar de sus peinados, y sentía un nudo en el estómago.
Al llegar, la Hacienda era un espectáculo. Cientos de faroles de papel iluminaban los jardines. Había mesas con manteles blancos, meseros de uniforme sirviendo bebidas, y una orquesta tocando música suave en un kiosco iluminado. El olor a jazmín y a comida cara llenaba el aire.
Lucero bajó del camión. Sus piernas temblaban.
“Tu corazón es tu corona”, se repitió.
Caminó hacia la entrada del gran salón. Los porteros, dos hombres grandotes de uniforme, la miraron con curiosidad pero la dejaron pasar.
—Pase usted, señorita —dijo uno, abriéndole la puerta.
Lucero entró.
El salón estaba lleno. Cientos de personas. La crema y nata de la sociedad local mezclada con la gente del pueblo. Los candelabros de cristal en el techo lanzaban destellos de luz por todos lados.
Cuando Lucero dio los primeros pasos dentro del salón, ocurrió algo extraño.
Alguien la vio y dejó de hablar. Luego otro. Y otro.
Un silencio progresivo se fue extendiendo desde la entrada hacia el centro de la pista, como una ola. La música no paró, pero las conversaciones sí.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
No la miraban con burla. La miraban con asombro.
¿Quién era esa mujer desconocida con el porte de una reina egipcia? El turbante azul brillante, el vestido que marcaba su figura esbelta, el cuello desnudo, la mirada fiera y triste a la vez.
—¿Es una actriz? —susurró alguien.
—¿Es una princesa árabe? —preguntó una señora emperifollada.
—Qué elegancia… —murmuró un hombre.
Tamara y Narcisa estaban cerca de la mesa de los bocadillos. Tamara se estaba atragantando con un pastelillo cuando vio que todos miraban hacia la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Llegó Alejandro? —preguntó Tamara con la boca llena.
Se giró y vio a Lucero.
El pastelillo se le cayó de la mano.
—No puede ser… —susurró Tamara, pálida como un fantasma—. Mamá… mamá, mira.
Narcisa se volteó. Sus ojos se entrecerraron. Tardó unos segundos en reconocerla. El maquillaje, el turbante, la postura… pero eran los ojos. Esos malditos ojos.
—Es ella… —siseó Narcisa, sintiendo que la sangre se le helaba—. ¡La muy descarada vino! ¡Y tapó su calvicie!
—¡Se ve… se ve hermosa! —gimió Tamara con envidia—. ¡Mamá, todos la miran! ¡Haz algo!
Pero antes de que Narcisa pudiera moverse, alguien más se movió.
El Encuentro
En el otro extremo del salón, Don Alejandro estaba aburrido. Llevaba una hora saludando a señoras que le presentaban a sus hijas, todas iguales, todas con sonrisas ensayadas y vestidos exagerados. Se sentía asfixiado.
Entonces, vio el silencio en la entrada. Levantó la vista y la vio.
Una mancha de azul profundo en un mar de colores chillantes.
Alejandro sintió algo que no había sentido en años: curiosidad genuina. Y atracción. Esa mujer no estaba tratando de llamar la atención; simplemente la tenía. Había una tristeza digna en su rostro que lo llamó como un imán.
Sin decir una palabra a la chica que le estaba hablando (una tal Patricia que hablaba sin parar de sus viajes a Cancún), Alejandro dejó su copa de vino en una mesa y comenzó a caminar hacia Lucero.
La multitud se abrió a su paso como el Mar Rojo.
Lucero vio que el hombre caminaba hacia ella. Era alto, apuesto, con un traje negro impecable y ojos amables. El corazón de Lucero empezó a latir tan fuerte que pensó que se oiría por encima de la música.
“No bajes la cabeza. No bajes la cabeza”, se ordenó.
Alejandro se detuvo frente a ella. La miró a los ojos, ignorando el murmullo de la gente.
—Buenas noches —dijo él. Su voz era grave y cálida—. No tengo el placer de conocer su nombre, pero me atrevo a decir que su presencia es lo más interesante que ha pasado en esta hacienda en años.
Lucero hizo una pequeña reverencia, elegante y sencilla.
—Buenas noches, señor. Mi nombre es Lucero.
—Lucero… —Alejandro sonrió—. Un nombre que le queda perfecto. ¿Me concedería el honor de este baile?
Lucero dudó un segundo. Miró hacia la esquina donde Narcisa la fulminaba con la mirada. Luego miró a Alejandro.
—Sería un honor —dijo ella.
Alejandro tomó su mano. La mano de Lucero era áspera, callosa por el trabajo. Alejandro lo notó al tacto. Miró sus manos trabajadoras y luego miró su rostro de reina. Eso le intrigó aún más. No era una niña rica jugando a disfrazarse. Había una historia ahí.
La condujo a la pista. La orquesta comenzó a tocar un vals lento.
Bailaron.
Lucero se sentía flotar. Por primera vez en su vida, un hombre la sostenía con respeto, con delicadeza. Alejandro no la miraba como un objeto, ni como una sirvienta. La miraba como a un misterio que quería resolver.
—Dígame, Lucero —dijo él mientras giraban suavemente—, ¿de dónde viene? Nunca la había visto en las reuniones sociales del pueblo.
—Vivo aquí, señor. Siempre he vivido aquí. Pero mi vida… mi vida es un poco escondida.
—¿Escondida? ¿Por qué alguien escondería tanta luz?
—A veces las nubes tapan el sol, señor. Pero el sol siempre está ahí.
Alejandro la miró con intensidad.
—Me gusta cómo habla. Y me gusta su… estilo. Ese turbante es muy original. Todas las demás traen peinados complicados, pero usted… usted trae elegancia pura.
Lucero sintió un pinchazo de dolor. Si él supiera lo que había debajo de esa seda…
—Es… es una elección personal —dijo con voz temblorosa.
Bailaron dos piezas más. La gente murmuraba, chismeaba, envidiaba. Tamara estaba a punto de explotar. Se estaba arrancando las lentejuelas del vestido de puro coraje.
—¡Mamá, ya basta! —chilló Tamara—. ¡Está bailando con él! ¡Lleva tres canciones! ¡A mí ni me saludó! ¡Tienes que pararla! ¡Diles a todos que es una sirvienta! ¡Diles que es una pelona!
Narcisa miró a la pareja feliz. El odio la consumía. No podía permitir que Lucero ganara. No después de todo lo que había hecho para destruirla.
—Sí… —dijo Narcisa, con una sonrisa diabólica—. Es hora de que se le caiga el teatro. Vamos.
Narcisa tomó a Tamara de la mano y empezaron a abrirse paso entre la multitud, empujando gente, dirigiéndose directamente hacia el centro de la pista, donde la magia estaba a punto de ser brutalmente interrumpida.
Lucero vio venir a su madrastra por el rabillo del ojo. Vio la furia en su cara.
Sintió miedo. Un miedo frío y paralizante.
Alejandro notó su tensión.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Tengo que irme… —dijo Lucero, intentando soltarse—. Por favor, déjeme ir.
Pero ya era tarde.
Narcisa estaba ahí.
—¡ALTO! —gritó Narcisa, con una voz que hizo que la orquesta dejara de tocar desafinadamente.
El silencio cayó sobre el salón como una guillotina.
Narcisa se plantó frente a Alejandro, con una falsa sonrisa de disculpa.
—Ay, Don Alejandro, mil perdones. Qué pena me da interrumpir. Pero creo que usted no sabe con quién está bailando.
Alejandro frunció el ceño, protegiendo a Lucero con su cuerpo ligeramente.
—Estoy bailando con la señorita Lucero. ¿Algún problema, señora?
—Muchos problemas —dijo Narcisa, riendo—. Para empezar, esta “señorita” es mi sirvienta. La que limpia mis cerdos.
Hubo jadeos en la multitud.
—Y segundo… —Narcisa miró a Lucero con maldad pura—. Ella no es lo que parece. Se esconde bajo trapos caros porque tiene vergüenza de lo que es.
—¡Déjela en paz! —dijo Alejandro con voz firme.
—¡No! —gritó Tamara, saltando al frente—. ¡Que todos vean la verdad! ¡Es una mentirosa! ¡Es fea! ¡Miren lo que esconde!
En un movimiento rápido y cobarde, que nadie pudo prever, Tamara estiró la mano.
Agarró la tela de seda azul del turbante de Lucero.
Y jaló con todas sus fuerzas.
El broche se soltó. La seda se deslizó. El turbante cayó al suelo.
Y Lucero quedó expuesta.
Su cabeza rapada, trasquilada, con los cortes irregulares que Mina había intentado arreglar pero que aún gritaban “violencia”, brilló bajo la luz implacable de los cien candelabros.
Lucero cerró los ojos y esperó el fin del mundo.
CAPÍTULO 6: LA REINA SIN PELO
El tiempo se congeló. Fue como si el aire hubiera sido succionado del gran salón de la Hacienda La Esperanza. Cientos de ojos estaban clavados en la figura temblorosa de Lucero.
La seda azul, ese escudo que Mina había construido con tanto amor, yacía en el suelo de mármol como un animal muerto. Y sobre los hombros de Lucero, su cabeza desnuda brillaba bajo la luz dorada de los candelabros.
No era solo una cabeza rapada. Era el mapa de una tortura. Se podían ver los trasquilones desiguales, las zonas donde la tijera había pasado al ras de la piel irritada, y los pequeños mechones que habían sobrevivido como hierba en un campo quemado. Era una imagen cruda, violenta, que contrastaba brutalmente con la elegancia del vestido y el maquillaje.
Lucero se llevó las manos a la cabeza instintivamente, tratando de cubrirse, de esconderse, de desaparecer. Sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos, calientes y humillantes. Quería que la tierra se abriera y se la tragara.
“Ya está”, pensó con desesperación. “Se acabó. Soy el monstruo que ellas querían que fuera.”
El silencio se rompió con el sonido más cruel del mundo: una risa.
Tamara soltó una carcajada estridente, señalando con su dedo lleno de anillos baratos.
—¡Lo ven! ¡Mírenla! —gritó Tamara, histérica de triunfo—. ¡Es una pelona! ¡Es horrible! ¡Parece un hombre! ¡Alejandro, estabas bailando con un fenómeno!
Narcisa se unió a la burla, con una sonrisa de satisfacción que le deformaba la cara.
—Qué vergüenza, Lucero. Venir así a una casa decente. Engañar al patrón con disfraces. Eres una descarada. ¡Vete a tu chiquero, que es donde perteneces!
Algunas personas en la multitud empezaron a murmurar. Algunos se reían nerviosamente, contagiados por la crueldad. Otros, la mayoría, miraban con una mezcla de horror y lástima.
Lucero dio un paso atrás, lista para salir corriendo y no volver jamás. Su dignidad estaba en el suelo, junto con el turbante de seda.
Pero entonces, algo pasó.
Una mano firme, cálida y fuerte, tomó la muñeca de Lucero y detuvo su huida.
Era Alejandro.
El joven patrón no se había reído. No había retrocedido con asco. Su rostro estaba serio, pero sus ojos… sus ojos ardían con una intensidad que nadie había visto antes. No era ira contra Lucero. Era una furia fría y controlada dirigida hacia las dos mujeres que se reían.
Alejandro no soltó a Lucero. Al contrario, la atrajo suavemente hacia él, colocándola a su lado, no detrás, sino a su lado.
—¡Silencio! —la voz de Alejandro tronó en el salón, potente y autoritaria.
La risa de Tamara se cortó de golpe. Narcisa borró su sonrisa. La orquesta, que había intentado tocar algo bajito para disimular, se calló por completo.
Alejandro miró a la multitud, desafiante. Luego miró a Narcisa y a Tamara con un desprecio tan profundo que las hizo encogerse físicamente.
—¿Les parece gracioso? —preguntó Alejandro, con voz calma pero letal—. ¿Les causa risa ver el dolor de una mujer?
Caminó un paso hacia Narcisa, quien retrocedió instintivamente.
—Usted dice que ella es su sirvienta. Dice que limpia sus cerdos. Y ahora veo esto… —señaló la cabeza de Lucero—. Veo un acto de violencia. Porque esto no es un corte de moda, señora. Esto es crueldad. ¿Quién le hizo esto?
Narcisa palideció. Trató de balbucear una excusa.
—Ella… ella tenía piojos… fue por higiene…
—¡Mentira! —gritó una voz desde la puerta.
Todos voltearon. Era Mina, que se había colado en la fiesta, preocupada por su amiga.
—¡Es mentira! —repitió Mina, avanzando valientemente—. Lucero tenía el cabello más hermoso y limpio de este pueblo. ¡Esa bruja se lo cortó anoche mientras dormía por pura envidia! ¡Para que no viniera al baile!
El murmullo de la multitud se transformó en indignación.
—¿Es cierto eso? —preguntó una señora.
—Qué maldad… —dijo otra.
Alejandro miró a Lucero. Ella estaba temblando, con la cabeza baja.
Con una ternura infinita, Alejandro levantó la mano. Delante de cientos de testigos, acarició la mejilla de Lucero y luego, con una lentitud deliberada, pasó su palma suavemente sobre su cabeza rapada. No hubo asco en su toque. Hubo reverencia.
Lucero levantó la vista, sorprendida, y se encontró con los ojos de él.
—Levanta la cara, Lucero —dijo Alejandro, lo suficientemente alto para que todos oyeran—. No tienes nada de qué avergonzarte. La vergüenza es de quienes necesitan destruir la belleza ajena para sentirse menos vacíos.
Alejandro se volvió hacia el centro del salón, tomando la mano de Lucero y levantándola en alto.
—Miren bien —dijo—. Ustedes ven una cabeza sin pelo. Yo veo a una mujer que ha sobrevivido al infierno y ha tenido el coraje de venir aquí, de pie, con la frente en alto.
Apretó la mano de ella.
—Dicen que el cabello es la corona de una mujer. Se equivocan. El cabello se corta, se cae, se quema. Pero lo que veo en los ojos de esta mujer… esa dignidad, esa fuerza… esa es la verdadera corona. Y esa nadie se la puede cortar con unas tijeras.
Tamara intentó protestar, desesperada porque su plan se desmoronaba.
—¡Pero es fea! ¡Es una sirvienta! ¡Alejandro, mírame a mí, yo soy bonita, yo tengo dinero!
Alejandro la miró y soltó una risa seca y triste.
—Tú tienes cabello, es cierto. Y tienes un vestido caro. Pero por dentro… por dentro eres tan fea que me das lástima. Prefiero mil veces a una mujer sin pelo pero con alma, que a una muñeca vacía y cruel como tú.
Tamara soltó un chillido de indignación y se echó a llorar, esta vez de verdad.
Alejandro volvió su atención a Lucero. Se arrodilló. Allí, en medio de la pista de baile, el heredero de la Hacienda La Esperanza, el soltero más codiciado, hincó una rodilla en el suelo ante la “sirvienta” rapada.
—Lucero —dijo él—. Vine buscando una esposa para compartir mi vida. Pensé que buscaría belleza, educación, clase. Pero esta noche encontré algo mucho más raro: encontré verdad.
Sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y secó suavemente una lágrima que rodaba por la mejilla de ella.
—Me has enseñado en una noche más sobre el valor que lo que aprendí en diez años de viajes. No me importa tu pasado, no me importa tu madrastra, y me importa un comino tu cabello. Crecerá. Y mientras crece, yo estaré ahí para recordarte cada día que eres hermosa.
El salón contuvo el aliento.
—Lucero, ¿me harías el honor de permitirme cortejarte? ¿De dejarme intentar sanar las heridas que te han hecho?
Lucero no podía hablar. El nudo en su garganta era gigante. Pero su corazón, ese corazón que su madre le había dicho que cuidara, estaba cantando. Asintió con la cabeza, incapaz de emitir sonido, y una sonrisa radiante, luminosa como el sol de mediodía, rompió a través de sus lágrimas.
—Sí… —susurró finalmente—. Sí, Don Alejandro.
Alejandro se puso de pie y la abrazó. Fue un abrazo protector, fuerte, definitivo.
Y entonces, algo maravilloso sucedió.
Mina empezó a aplaudir. Sola al principio. Clap, clap, clap.
Luego se unió el panadero Jacinto, que estaba sirviendo mesas.
Luego una señora rica. Luego el alcalde.
En segundos, el salón entero estalló en una ovación atronadora. Aplaudían a la pareja, pero sobre todo, aplaudían a la justicia. Aplaudían porque, por una vez en la vida, los buenos estaban ganando.
La Caída de las Villanas
Narcisa observaba la escena como si estuviera viendo su propia ejecución. Su plan maestro, su obra de arte de crueldad, le había estallado en la cara. En lugar de humillar a Lucero, la había convertido en mártir y heroína. En lugar de elevar a Tamara, la había expuesto como un monstruo.
Sintió que le faltaba el aire. El pecho le oprimía. La rabia era tanta que su cuerpo no pudo procesarla.
—¡No! —graznó Narcisa—. ¡No puede ser! ¡Es una gata!
Dio un paso hacia ellos, con la intención de separarlos, de gritar, de hacer algo. Pero sus piernas le fallaron. Su visión se nubló.
Se llevó la mano al corazón y cayó al suelo como un saco de papas, fulminada por un soponcio provocado por su propia bilis.
—¡Mamá! —gritó Tamara, tirándose al suelo junto a ella—. ¡Mamá, levántate! ¡Todos nos miran!
Nadie se movió para ayudarlas de inmediato. La gente las miraba con frialdad.
—Sáquenlas de aquí —ordenó Alejandro a los guardias, sin soltar a Lucero—. Y que no vuelvan a poner un pie en mis tierras.
Los guardias levantaron a una Narcisa semi-inconsciente y a una Tamara llorosa y pataleante, y las arrastraron hacia la salida.
—¡Esto no es justo! —gritaba Tamara mientras la sacaban—. ¡Yo soy la bonita! ¡Ella es la pelona!
La puerta se cerró tras ellas, y con eso, la oscuridad salió de la vida de Lucero para siempre.
El Baile de la Libertad
Con las villanas fuera, el ambiente en el salón cambió. Se volvió ligero, festivo, mágico.
Alejandro hizo una seña a la orquesta.
—Maestro, toque algo alegre. ¡Celebramos el amor y la verdad!
La música comenzó de nuevo. Alejandro tomó a Lucero en sus brazos. Ella ya no se cubrió la cabeza. Ya no bajó la mirada. Bailó con su cabeza rapada al descubierto, orgullosa, sintiendo la brisa de los ventiladores en su piel, sintiendo las miradas de admiración.
Esa noche, Lucero no solo bailó con un príncipe. Bailó con su propia libertad. Bailó sobre las cenizas de su pasado y sobre el miedo que había dejado atrás.
Al final de la noche, Alejandro la acompañó hasta la puerta.
—No volverás a esa casa —dijo él—. Tengo una tía en el pueblo, Doña Gertrudis. Ella te alojará esta noche. Mañana… mañana empezaremos una nueva vida.
Lucero miró hacia el cielo estrellado. Se tocó su cabeza calva y sonrió.
—Gracias, mamá —susurró al viento—. Tenías razón. La corona no se ve, pero pesa… y brilla.
Alejandro le besó la mano.
—Descansa, mi reina sin pelo. Mañana será el primer día del resto de tu vida
CAPÍTULO 7: EL PESO DE LA VERDAD Y LA CAÍDA DEL ORGULLO
La mañana siguiente al baile, el pueblo de San Miguel de los Milagros amaneció diferente. El chisme, esa fuerza de la naturaleza que corre más rápido que el viento en los pueblos pequeños, ya había hecho su trabajo. Antes de que saliera el sol, no había una sola alma —desde el cura hasta el borracho de la cantina— que no supiera lo que había pasado en la Hacienda La Esperanza.
La historia se contaba con lujo de detalles, y cada vez que pasaba de boca en boca, Lucero se volvía más santa y Narcisa más diabólica.
—Dicen que la madrastra usó unas tijeras oxidadas del tamaño de un machete —contaba Doña Lupe en la tortillería.
—Y dicen que el patrón Alejandro besó la cabeza calva de Lucero frente a todos —suspiraba la panadera—. ¡Qué romántico!
Pero mientras el pueblo celebraba el triunfo del amor, en la casa de Don Beto, el ambiente era fúnebre.
El Despertar de la Vergüenza
Narcisa despertó en su cama, con un dolor de cabeza que le partía el cráneo en dos. Por un momento, pensó que todo había sido una pesadilla provocada por cenar pesado. Pero al abrir los ojos y ver su vestido de gala arrugado y manchado de tierra (de cuando los guardias la arrastraron fuera de la hacienda), la realidad la golpeó como un ladrillo.
—¡Maldita sea! —gritó, tirando una lámpara de la mesita de noche.
Tamara entró corriendo, con los ojos hinchados de tanto llorar.
—¡Mamá! ¡Mamá, qué bueno que despiertas! ¡Es horrible! ¡Nadie me quiere hablar! Fui a la tienda a comprar leche y el tendero me cerró la puerta en la cara. ¡Me gritó “envidiosa”!
Narcisa se sentó en la cama, sintiendo que el mundo giraba.
—Cállate, Tamara. Deja de lloriquear.
—¡No me callo! ¡Todo es tu culpa! ¡Tú dijiste que si le cortábamos el pelo yo ganaría! ¡Dijiste que Alejandro me miraría a mí! ¡Y ahora soy la burla del pueblo y Lucero es la reina!
—¡Cállate te digo! —Narcisa le soltó una bofetada a su hija, la primera en toda su vida.
Tamara se llevó la mano a la mejilla, atónita.
—Me pegaste…
—Y te pegaré más si no te calmas. Esto no se ha acabado. Lucero no tiene nada. Es una sirvienta sin un peso. Alejandro se aburrirá de ella en dos días. Los hombres ricos son así, les gusta jugar a los salvadores un rato y luego vuelven a lo suyo.
En ese momento, la puerta principal de la casa se abrió de golpe.
No era Lucero regresando sumisa.
Era Don Beto.
Pero no era el Don Beto borracho y sumiso de siempre. Era un hombre que parecía haber despertado de un coma de diez años. Tenía los ojos rojos, pero de ira, y venía acompañado de dos oficiales de policía del pueblo y de Mina, la amiga de Lucero.
—¡Beto! —Narcisa intentó componer su figura, alisándose el vestido—. Amor mío, qué bueno que llegas. Esa muchacha loca nos hizo un escándalo anoche, tienes que…
—¡Ni una palabra más! —bramó Don Beto, con una voz que hizo temblar las ventanas.
Caminó hacia Narcisa y la miró con un asco que la hizo retroceder.
—Me contaron todo. Me contaron lo que hiciste. Me contaron cómo la trataste todos estos años mientras yo me hacía el ciego. Pero cortarle el pelo… lo único que le quedaba de su madre… eso no tiene nombre, mujer. Eso es de demonios.
—Beto, por favor, exageran… fue por higiene…
—¡Cállate! —Don Beto señaló la puerta—. Mina me llevó al cuarto de trebejos. Vi el pelo de mi hija tirado en la tierra. Vi dónde la hacías dormir. ¡Mi hija! ¡La hija de Elena!
Don Beto se sacó un papel del bolsillo y se lo arrojó a la cara.
—Aquí está el acta de divorcio. Y aquí está la orden de desalojo. Esta casa era de Elena. Y ahora es de Lucero. Tú y tu hija se largan. Ahora mismo.
—¡No puedes hacernos esto! —chilló Tamara—. ¡No tenemos a dónde ir!
—Hubieran pensado en eso antes de ser unas arpías —dijo Mina, cruzándose de brazos con una sonrisa de satisfacción—. Y agradezcan que Lucero es tan buena que me pidió que no levantara cargos criminales por agresión. Porque si fuera por mí, las dos estarían en la cárcel pelando papas.
Los policías dieron un paso al frente.
—Señora, señorita… tienen diez minutos para sacar sus cosas personales. Si no, las sacamos nosotros.
La salida de Narcisa y Tamara fue el espectáculo del año. Salieron arrastrando sus maletas, bajo el sol del mediodía, mientras los vecinos salían a sus puertas para abuchearlas.
—¡Fuera! ¡Malas entrañas! —les gritaban.
Tamara lloraba de vergüenza, tapándose la cara. Narcisa caminaba con la cabeza alta, fingiendo dignidad, pero por dentro estaba destrozada. Lo había perdido todo: el marido, la casa, la reputación y el futuro de su hija. La envidia, su compañera fiel, le había cobrado la factura más cara de su vida.
El Renacer de la Hacienda
Mientras tanto, Lucero estaba viviendo un sueño en la casa de Doña Gertrudis, la tía de Alejandro. Era una casona antigua en el centro del pueblo, llena de patios con fuentes y pájaros.
Por primera vez en años, Lucero despertó sin que nadie le gritara. Despertó en una cama con sábanas de hilo suave que olían a lavanda.
Se sentó y se tocó la cabeza. El cabello corto seguía ahí, recordándole todo, pero el dolor había desaparecido.
Doña Gertrudis, una anciana amable de cabello blanco, entró con una bandeja de desayuno.
—Buenos días, mi niña. ¿Cómo amaneciste?
—Como en el cielo, señora. Gracias.
—Nada de señora. Dime tía Tula. Alejandro está abajo. Lleva una hora caminando de un lado a otro, esperando a que despiertes. Está enamorado hasta los huesos, ese muchacho.
Lucero se sonrojó. Se levantó y se miró al espejo. Mina había venido temprano y le había traído ropa limpia y unos pañuelos de seda hermosos.
Lucero tomó uno rojo. Dudó un momento. Luego, lo dejó sobre la mesa.
—No —dijo en voz baja—. No me voy a tapar hoy. Alejandro dijo que le gustaba mi verdad. Pues esta es mi verdad.
Se puso un vestido sencillo de flores, se puso unos aretes pequeños y bajó las escaleras con su cabeza rapada descubierta.
Alejandro estaba en el patio, bebiendo café. Al verla bajar, se le iluminó el rostro.
—Buenos días, Lucero. Te ves… radiante.
—Buenos días, Alejandro. Me siento radiante.
Él le tomó las manos.
—Tengo noticias. Tu padre echó a Narcisa de la casa. Fue a buscarte, quería pedirte perdón, pero le dije que te diera tiempo. ¿Quieres verlo?
Lucero suspiró. Su corazón bondadoso, ese que su madre le había encomendado cuidar, no sabía guardar rencor.
—Sí. Es mi papá. Fue débil, pero es mi papá.
El reencuentro con Don Beto fue emotivo. El viejo lloró como un niño, arrodillado ante su hija, besando sus manos llenas de callos.
—Perdóname, hija. Perdóname por no protegerte.
—Ya pasó, papá. Levántate. Lo importante es que despertaste.
La Propuesta Real
Los meses siguientes fueron un torbellino de felicidad. Alejandro cortejó a Lucero a la antigua. Le llevaba serenata con mariachis, le escribía cartas, paseaban juntos por el pueblo tomados de la mano.
La gente los adoraba. Ver a la humilde Lucero del brazo del patrón era la prueba viviente de que los milagros existían.
Y el cabello de Lucero… empezó a crecer.
Pero no creció como antes. Creció con fuerza, con rebeldía. Lucero decidió mantenerlo corto por un tiempo, estilo “pixie”, muy moderno, muy elegante. Se convirtió en una moda. Las muchachas del pueblo empezaron a cortarse el pelo “a lo Lucero”. Lo que había sido un símbolo de vergüenza se transformó en el último grito de la moda y de la liberación femenina.
Un día, seis meses después del baile, Alejandro llevó a Lucero al mismo árbol de mezquite en su antigua casa, donde ella solía llorar.
Había mandado poner una banca de madera tallada y llenar el lugar de luces.
—Lucero —dijo él, bajo la sombra del árbol—. Aquí fue donde lloraste tu soledad. Quiero que aquí empiece tu felicidad.
Sacó una caja de terciopelo.
—No te ofrezco un reino, porque tú ya eres una reina por derecho propio. Te ofrezco mi mano, mi nombre y mi amor eterno. ¿Quieres casarte conmigo?
Lucero miró el anillo. Era hermoso, pero miró a los ojos de Alejandro, que eran aún más hermosos.
—Sí, Alejandro. Mil veces sí.
El Día de la Boda
La boda de Lucero y Alejandro no fue un evento privado. Fue la fiesta del pueblo. Se cerraron las calles, se pusieron mesas largas desde la plaza hasta la iglesia. Todo el mundo estaba invitado.
Lucero llegó a la iglesia del brazo de su padre.
Llevaba un vestido blanco impresionante, bordado por Mina (quien ahora era la costurera oficial de la Hacienda y tenía su propio taller). El vestido tenía encajes hechos a mano y una cola larga.
Pero lo que todos miraban era su cabeza.
Lucero no usó velo.
Llevaba una corona. Una corona delicada de flores de azahar y pequeñas perlas, posada sobre su cabello corto, que ahora formaba unos rizos suaves y negros alrededor de su rostro.
Se veía moderna, valiente, espectacular.
Cuando entró a la iglesia, Don Beto le susurró:
—Tu madre estaría tan orgullosa.
—Ella está aquí, papá. La siento.
La ceremonia fue hermosa. Cuando el cura dijo “puedes besar a la novia”, Alejandro la besó con tanta pasión que la gente aplaudió dentro de la iglesia, rompiendo el protocolo.
Al salir, una lluvia de arroz y pétalos de rosa cayó sobre ellos.
Lucero se detuvo en el atrio. Vio a todas las mujeres del pueblo. Vio a niñas con el pelo corto, vio a señoras con pañuelos de colores.
Levantó su ramo de flores.
—¡Mujeres! —gritó Lucero, radiante de felicidad—. ¡Recuerden siempre! ¡Que nadie les diga cuánto valen! ¡Su valor no está en lo que se ve, está en lo que se siente! ¡Sean valientes!
Lanzó el ramo, y fue Mina quien lo atrapó, guiñándole un ojo al panadero Jacinto.
El Destino Final
La historia no termina sin saber qué pasó con las sombras.
Narcisa y Tamara se mudaron a la ciudad. Sin dinero y sin habilidades para trabajar, la vida fue dura. Narcisa terminó vendiendo comida en un puesto callejero, envejeciendo rápidamente por la amargura.
Tamara, por su parte, tuvo que trabajar. Consiguió empleo en una estética, barriendo cabellos cortados. Cada día, al barrer los rizos y mechones de otras mujeres, recordaba con dolor el crimen que habían cometido y cómo eso les costó su propio paraíso. Aprendió la lección de la manera más difícil: la belleza que se construye destruyendo a otros, siempre termina en basura.
Y así, en San Miguel de los Milagros, la leyenda de Lucero, la “Reina sin Pelo”, se contó de generación en generación. No como un cuento de hadas, sino como una historia de verdad. La historia de la muchacha que perdió sus trenzas pero encontró sus alas.
CAPÍTULO 8: EL LEGADO DE LA REINA DE CORAZÓN
Habían pasado cinco años desde aquella noche tormentosa en la que unas tijeras intentaron cortar el destino de una mujer. Cinco años desde el baile que cambió la historia de San Miguel de los Milagros.
El pueblo ya no era el mismo rincón polvoriento y olvidado. Bajo la administración de Don Alejandro y la visión humanitaria de Doña Lucero, la Hacienda La Esperanza se había convertido en el motor de una prosperidad que alcanzó a todos. Se construyeron escuelas, se mejoraron los caminos y, lo más importante, se respiraba un aire de dignidad que antes no existía.
Lucero, ahora con treinta años, era la imagen viva de la plenitud. Su cabello había vuelto a crecer, fuerte y abundante, pero ella rara vez lo llevaba en aquellas trenzas largas de su juventud. Prefería llevarlo suelto, ondulado, a la altura de los hombros, o a veces recogido en moños elegantes adornados con flores frescas. Ya no definía su vida por su cabello; lo disfrutaba, sí, pero sabía que era solo un accesorio de su verdadera esencia.
Pero su labor más importante no ocurría en los salones de la hacienda, sino en un edificio antiguo y renovado en las afueras del pueblo, pintado de un azul alegre: La Fundación “Doña Elena”.
La Niña del Espejo Roto
Una tarde de otoño, Lucero estaba en la Fundación revisando los libros de contabilidad para las becas escolares. Mina, quien ahora era la directora del taller de costura de la fundación, entró corriendo.
—Lucero, tienes que venir. Hay una niña en la entrada… no quiere pasar. Dice que es un monstruo.
Lucero se levantó de inmediato. Su instinto maternal (ahora acunaba en casa a un pequeño de dos años llamado Mateo) se activó.
—¿Dónde está?
Salió al patio. Escondida detrás de una columna de piedra, vio a una niña pequeña, de unos ocho años, abrazada a sus rodillas. Llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas, a pesar del calor.
Lucero se acercó despacio y se agachó hasta quedar a su altura.
—Hola, pequeña. Me llamo Lucero. ¿Cómo te llamas tú?
La niña levantó la cara. Tenía los ojos llenos de lágrimas y miedo.
—Me llamo Rosita —susurró.
—Hola, Rosita. ¿Por qué te escondes? Aquí todos son bienvenidos.
—No… —la niña sollozó—. Los niños de la escuela me tiran piedras. Dicen que soy fea. Dicen que tengo la cabeza podrida.
Lucero sintió un pinchazo en el corazón, un eco de su propio dolor pasado.
—¿Puedo ver? —preguntó con suavidad.
Rosita dudó, pero algo en los ojos cálidos de Lucero le dio confianza. Lentamente, se quitó el gorro.
La niña sufría de alopecia areata severa. Tenía parches grandes de calvicie en toda la cabeza. No era culpa de nadie, era una condición médica, pero la crueldad de los niños puede ser tan afilada como las tijeras de Narcisa.
Lucero no hizo muecas. No mostró lástima. Sonrió.
—Ya veo —dijo Lucero, tocando suavemente la cabeza de la niña—. Tienes la cabeza de una guerrera.
—¿Guerrera? —Rosita sorbió los mocos—. No… estoy pelona. Soy fea.
Lucero se quitó el pañuelo de seda que llevaba en el cuello ese día.
—¿Sabes un secreto, Rosita? Yo también estuve pelona una vez. Y no fue por enfermedad, fue porque alguien quiso hacerme daño. Me sentí igual que tú. Quería esconderme en un agujero y no salir nunca.
—¿Y qué hiciste? —preguntó la niña, con los ojos muy abiertos. Lucero, la gran señora de la Hacienda, ¿había sido calva?
—Me levanté —dijo Lucero con firmeza—. Me puse un vestido bonito, levanté la barbilla y salí a bailar. Y descubrí algo mágico: cuando tú te sientes reina por dentro, los demás te ven como reina por fuera.
Lucero tomó el pañuelo y, con la destreza que había aprendido de Mina, se lo colocó a Rosita en la cabeza, haciendo un nudo hermoso en forma de flor a un lado.
—Mírate —le dijo, sacando un espejo de bolsillo.
Rosita se miró. El pañuelo colorido realzaba sus ojos oscuros y su sonrisa tímida. Ya no veía los parches. Veía color, veía estilo.
—Me veo… bonita.
—Te ves preciosa. Y escucha bien, Rosita: este pañuelo no es para esconderte. Es tu corona. Úsalo con orgullo. Y si alguien se burla, tú les sonríes y les dices: “Mi belleza no cabe en mi pelo, por eso se me cae”.
Ese día, nació el movimiento de “Los Pañuelos de Lucero”. La Fundación comenzó a regalar pañuelos y turbantes hermosos a mujeres y niñas con cáncer, alopecia o quemaduras. Lo que comenzó en San Miguel se extendió a los pueblos vecinos, y luego a la ciudad. El pañuelo se convirtió en un símbolo de resistencia, de sororidad y de amor propio.
El Fantasma en la Ciudad
Lejos, muy lejos de la luz y la alegría de San Miguel, en una vecindad gris y húmeda de la capital, la vida tenía otro sabor. Un sabor amargo a derrota y a sopa fría.
Narcisa había envejecido veinte años en cinco. Su cabello, antes teñido y peinado de salón, ahora estaba gris, ralo y descuidado. Las líneas de amargura alrededor de su boca se habían convertido en surcos profundos.
Trabajaba lavando platos en una fonda barata. Sus manos, que antes solo tocaban cremas caras, ahora estaban agrietadas por el detergente industrial.
Tamara no estaba mejor. La “princesa” que soñaba con ser dueña de la hacienda, trabajaba como recepcionista en un hotel de paso de mala muerte. Había perdido su brillo. Su vanidad, al no tener dinero para alimentarla, se había convertido en una neurosis. Se miraba al espejo y solo veía lo que no tenía.
Una tarde lluviosa, Narcisa regresaba a su cuarto alquilado, caminando con dificultad por el reumatismo. Al pasar por un puesto de periódicos, algo la detuvo en seco.
En la portada de una revista de sociales titulada “Mujeres que Inspiran”, estaba ella.
Lucero.
En la foto, Lucero aparecía radiante, con un vestido elegante pero sencillo, abrazada a Alejandro y sosteniendo a su hijo. Pero lo que más destacaba era su mirada. Una mirada de paz absoluta. El titular decía: “LUCERO DE LA ESPERANZA: La filántropa que transformó el dolor en amor. Su Fundación ayuda a miles de niñas a encontrar su autoestima”.
Narcisa sintió que el aire se le escapaba. Agarró la revista con manos temblorosas.
—Mírala… —susurró con voz ronca—. Mírala.
Tamara llegó en ese momento, mojada por la lluvia y de mal humor.
—¿Qué ves, mamá? ¿Ya compraste la cena? Tengo hambre.
Narcisa le puso la revista en la cara.
—Mira lo que hicimos, Tamara. Mira lo que creamos.
Tamara vio la foto. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de arrepentimiento, sino de esa envidia corrosiva que nunca la había abandonado.
—Debí ser yo… —gimió Tamara—. Ese vestido, esas joyas, ese hombre… ¡Debí ser yo! ¡Es injusto! ¡Ella era la sirvienta!
—No, hija —dijo Narcisa, y por primera vez en su vida, hubo un atisbo de verdad en su voz—. Ella nunca fue la sirvienta. Nosotras la tratamos como tal, pero ella siempre tuvo algo que nosotras no.
—¿Qué? ¿Ese pelo estúpido?
—No. Luz. Ella tenía luz propia. Nosotras… nosotras somos oscuridad. Y la oscuridad nunca puede apagar la luz, Tamara. Solo puede hacer que brille más fuerte.
Narcisa dejó caer la revista en el charco de lodo de la banqueta. La imagen de Lucero quedó ahí, sonriendo impecable incluso en el barro, mientras Narcisa y Tamara entraban a su edificio ruinoso, condenadas a vivir con el peor castigo de todos: su propia compañía y el recuerdo eterno de lo que perdieron por maldad.
El Discurso Final
De vuelta en San Miguel, se celebraba el quinto aniversario de la Fundación. Había una gran gala en la plaza del pueblo. Gente de todo el estado había venido.
Lucero subió al estrado. Llevaba el cabello suelto, moviéndose con la brisa nocturna. Alejandro la miraba desde la primera fila, con el pequeño Mateo en brazos y Don Beto, ya muy anciano pero feliz, a su lado.
Lucero tomó el micrófono. El silencio se hizo, respetuoso y expectante.
—Amigas, amigos, vecinos —comenzó Lucero con voz clara—. Muchos de ustedes conocen mi historia. Saben que hubo una noche en la que pensé que mi vida se había acabado porque perdí mi cabello. Lloré, grité y sentí que no valía nada.
Hizo una pausa, mirando a Rosita, que estaba en primera fila luciendo su pañuelo de flores.
—Vivimos en un mundo que nos dice que debemos ser perfectas. Que si no tienes el cabello largo, la cintura pequeña o la piel sin manchas, no eres suficiente. Nos enseñan a competir entre nosotras, a envidiarnos, a destruirnos para sentirnos más altas.
Lucero negó con la cabeza.
—Pero yo aprendí, a través del dolor, que eso es una mentira. La belleza no es un peinado. La belleza no es un vestido caro.
Se tocó el corazón.
—La belleza es esto. Es la capacidad de levantarse cuando te han tirado. Es la capacidad de perdonar cuando te han herido. Es la capacidad de compartir tu pan cuando tienes hambre.
Miró a Alejandro y sonrió.
—Un príncipe no me salvó. El amor me acompañó, sí, y estoy agradecida por ello cada día. Pero quien me salvó fui yo misma, el día que decidí que no me escondería. El día que decidí que mi cabeza rapada no era un símbolo de vergüenza, sino un grito de guerra.
Lucero levantó los brazos hacia la multitud.
—Así que hoy, les pido una cosa. No cuiden solo su cabello, no cuiden solo su ropa. Cuiden su corazón. Cuiden sus palabras. Sean amables. Porque al final del día, la belleza física se marchita, el cabello se pone blanco o se cae… pero un alma buena… un alma buena brilla para siempre.
El aplauso fue tan fuerte que espantó a las palomas de la iglesia. Fue un aplauso de celebración, de catarsis. Las mujeres se abrazaban. Los hombres se secaban las lágrimas disimuladamente.
Esa noche, bajo las estrellas de San Miguel, Lucero bailó de nuevo. No para demostrar nada a nadie, sino para celebrar la vida. Y mientras giraba, se dio cuenta de que su madre, Doña Elena, tenía razón en todo.
Las trenzas eran bonitas, sí. Eran de oro negro.
Pero las lágrimas que había derramado se habían convertido en diamantes de sabiduría.
Y su corazón… su corazón bondadoso, valiente e indestructible… esa era, y siempre sería, su verdadera y eterna corona.
FIN