
CAPÍTULO 1: NIEBLA EN LA HACIENDA “LAS ÁNIMAS”
Nunca me han gustado los días grises en Valle de Bravo. Tienen algo… algo que se te mete en los huesos. No es solo el frío húmedo que baja de la montaña y se mezcla con el olor a pino y tierra mojada; es esa niebla espesa que parece tragarse los sonidos, dejando al pueblo sumido en un silencio algodonoso y traicionero. Dicen que en Valle la gente viene a descansar o a esconderse, y yo todavía no sabía cuál de las dos cosas aplicaba para la familia Sotomayor.
Mi nombre es Paola Astudillo. Llevo quince años siendo enfermera. Empecé en las trincheras, en la sala de urgencias de un hospital público en la Ciudad de México, donde aprendes a suturar con los ojos cerrados y a comer tortas de tamal en tres minutos porque la vida y la muerte no te dan descanso. Ahí vi de todo: baleados, infartados, accidentes que te quitan el sueño por semanas. Creí que ya estaba curada de espantos, que mi piel se había vuelto tan dura como el asfalto del Periférico. Por eso, cuando decidí dedicarme a la enfermería privada, buscando un ritmo más “tranquilo”, pensé que lo peor había pasado. ¡Qué equivocada estaba, por Dios! A veces, el verdadero horror no está en la sangre ni en las sirenas de las ambulancias, sino en el silencio de una habitación infantil que huele a medicina y a miedo.
Todo comenzó con esa llamada del Dr. Max, un viejo amigo y colega con el que había compartido guardias infernales. —Pao, necesito que me hagas un paro, pero de los grandes —me dijo, y noté en su voz ese tono serio que usaba cuando un paciente entraba en código azul—. Tengo un amigo, Nicolás Sotomayor. Es un buen tipo, empresario, gente bien. Pero está desesperado. Tiene unos gemelos, Mateo y Diego, ocho años. Están mal, Pao. Muy mal. Y él se tiene que ir de viaje de negocios.
—¿Qué tienen? —pregunté, mientras me servía mi tercer café del día en mi departamento de la colonia Roma. —Nadie sabe con certeza. Debilidad generalizada, hipotonía, anemia que no cede… Han visto a tres especialistas. El diagnóstico oficial es una enfermedad autoinmune rara o quizás algo genético degenerativo, pero… —¿Pero qué, Max? —Pero hay algo que no me cuadra. Necesito tus ojos ahí. Eres la mejor diagnosticando lo que los médicos pasamos por alto porque tú sí convives con los pacientes. Además, hay una tía… la cuñada. Ella los cuida. Nicolás no confía en dejarla sola, aunque no lo admite en voz alta.
Acepté. La paga era excelente y, siendo honesta, mi cuenta bancaria necesitaba un respiro tanto como yo necesitaba alejarme del caos de la ciudad.
El viaje hacia la casa fue el primer aviso. Manejé mi pequeño sedán por la carretera federal, esquivando baches y camiones de carga, hasta desviarme hacia la zona residencial de Avándaro. Cuanto más subía, más se cerraba el bosque. Los árboles, inmensos y viejos, formaban un túnel oscuro sobre el camino empedrado. La lluvia empezó a caer, primero como una llovizna molesta, ese “chipi-chipi” que no moja pero empapa, y luego como un aguacero furioso que golpeaba el parabrisas con violencia.
Llegué a la reja de la propiedad: “Hacienda Las Ánimas”. El nombre ya me dio mala espina. Un portón de hierro forjado, alto y oxidado en las bisagras, se abrió lentamente después de que me identifiqué por el interfón. El camino de entrada era largo, flanqueado por estatuas de piedra que parecían observarme con cuencas vacías. La casa principal era imponente, una casona estilo colonial con muros de piedra volcánica y vigas de madera oscura, hermosa pero intimidante, como un castillo feudal perdido en el Estado de México.
Me recibió Doña Anita. Era la clásica nana mexicana: bajita, regordeta, con un delantal inmaculado y el cabello gris recogido en un chongo apretado. Pero sus ojos… sus ojos no sonreían. Estaban rojos, hinchados, y tenían esa mirada huidiza de quien ha visto cosas que prefiere callar. —Pásale, hija, pásale rápido que te vas a mojar —me dijo, persignándose discretamente cuando un trueno retumbó cerca—. El señor Nicolás está en la biblioteca. Está… está muy nervioso.
La casa por dentro olía a cera de piso, a madera vieja y, muy al fondo, a ese olor dulzón y metálico de la enfermedad. Era un olor que yo conocía bien: mezcla de alcohol, pañales limpios y sudor febril. Caminé sobre los tapetes persas sintiendo que mis zapatos hacían demasiado ruido en aquel mausoleo silencioso.
La biblioteca era una habitación cavernosa con una chimenea encendida que apenas lograba calentar el ambiente. Nicolás Sotomayor estaba de pie junto al ventanal, mirando la lluvia. Era un hombre atractivo, de unos cuarenta y tantos, pero la vida le había pasado una factura carísima en poco tiempo. Su traje gris impecable contrastaba con su postura derrotada. Tenía los hombros caídos y sostenía una taza de café que temblaba visiblemente en su mano. —¿Paola? —se giró al escucharme. Su rostro estaba demacrado, con ojeras oscuras y profundas que parecían moratones. —Mucho gusto, señor Sotomayor. El Dr. Max me ha hablado mucho de usted.
—Por favor, dime Nicolás. Y gracias por venir tan rápido. Si Max confía en ti, yo también —dejó la taza sobre un escritorio de caoba lleno de papeles desordenados y contratos—. Me tengo que ir, Paola. Me tengo que ir en tres días a Houston y luego a Tokio. Es un viaje que no puedo cancelar si quiero salvar mi empresa, pero… —se le quebró la voz y se pasó una mano por el cabello, desesperado—… Dios mío, ¿cómo voy a dejar a mis hijos así?
Me acerqué un poco, manteniendo esa distancia profesional que a veces sirve de barrera y a veces de puente. —Nicolás, estoy aquí para eso. He trabajado diez años en terapia intensiva pediátrica. No se me escapa nada. Dígame, ¿cómo están los chicos hoy?
Él suspiró, un sonido largo y doloroso que pareció desinflarlo. —Mal. Anoche Mateo tuvo fiebre de nuevo. Y Diego… Diego apenas habla. Hace seis meses corrían por este jardín jugando fútbol. Eran… eran niños normales. Y ahora… —señaló hacia el techo, hacia la planta alta—. Ahora son fantasmas en su propia casa. Los médicos dicen que es una distrofia rara, pero los análisis son contradictorios. Un día están un poco mejor, y al siguiente, se desploman.
—¿Quién se encarga de su dieta y sus medicamentos actualmente? —pregunté, sacando mi libreta para tomar notas.
El ambiente en la habitación cambió drásticamente. Nicolás tensó la mandíbula. —Mi cuñada. Nadia. La hermana de mi esposa Mariana… que en paz descanse. Miró una fotografía en la repisa de la chimenea. Una mujer bellísima, sonriente, cargando a dos bebés idénticos. —Nadia se mudó con nosotros después del funeral, hace tres años. Ha sido… un apoyo. Ella los adora, de verdad. Pero últimamente está… —buscó la palabra correcta—… intensa. Obsesiva. Dice que nadie los cuida como ella. Que solo ella sabe lo que necesitan.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe. No hubo toquidos, ni permiso. Solo el golpe de la madera contra la pared. Entró una mujer. Debía tener la misma edad que la difunta esposa, pero se veía diez años mayor. Vestía una falda larga, gris, y una blusa de cuello alto abotonada hasta la barbilla, como si viviera en el siglo pasado. Su cabello estaba restirado hacia atrás, tan fuerte que parecía dolerle. Pero lo que me impactó fue su mirada. Fría. Calculadora. Y al mismo tiempo, extrañamente vacía.
—Así que tú eres la “ayuda” —dijo. No fue una pregunta, fue una sentencia. Su voz era rasposa, desagradable. —Buenas tardes. Soy Paola Astudillo, la enfermera especializada —respondí, manteniéndole la mirada. No me iba a dejar intimidar por una tía con complejo de generala. He lidiado con neurocirujanos con complejo de Dios; ella no era nada nuevo.
—No necesitamos enfermeras —espetó Nadia, ignorando mi saludo y dirigiéndose a Nicolás—. Yo puedo sola. Lo he hecho estos meses. ¿Vas a meter a una extraña a la casa? ¿A que toque a los niños con sus manos sucias de la calle? —¡Basta, Nadia! —Nicolás golpeó el escritorio, haciéndome saltar. Era la primera muestra de autoridad que le veía—. Ya lo decidí. Me voy de viaje y no te voy a dejar sola con toda la carga. Paola se queda. Es una orden.
Nadia apretó los labios hasta que se pusieron blancos. Giró lentamente la cabeza hacia mí, como un búho mecánico. —Bien. Pero los niños son delicados. No soportan los cambios. Si les pasa algo por tu culpa… te juro que te arrepentirás.
—Lo único que quiero es que mejoren, señora —dije con calma. —Señorita —corrigió ella con veneno—. Señorita Nadia. Y no te hagas ilusiones. Nadie los conoce como yo. Nadie los ama como yo. Son lo único que me queda de mi hermana.
Dicho esto, dio media vuelta y salió, dejando una estela de perfume barato y alcanfor. —Perdónala —murmuró Nicolás, dejándose caer en su silla de cuero—. El duelo la ha afectado mucho. Cree que es la madre sustituta. A veces… a veces me da miedo contradecirla porque si se va, ¿qué hago?
—No se preocupe, Nicolás. Yo me encargo de lidiar con ella. Lo mío son los niños. ¿Puedo verlos?
Subí las escaleras de madera crujiente hacia el segundo piso. La casa era enorme y laberíntica, llena de sombras alargadas por la luz gris de la tarde. Al llegar al pasillo de las habitaciones, sentí un escalofrío. No era por la temperatura, aunque hacía un frío de la fregada ahí arriba. Era una sensación física, una opresión en el pecho. Mis instintos, esos que me habían salvado en urgencias, estaban gritando: “Aquí hay algo mal. Aquí hay peligro”.
La puerta de la habitación de los gemelos estaba entreabierta. Entré despacio. Estaba en penumbras. Las cortinas pesadas de terciopelo azul estaban cerradas, bloqueando cualquier rastro de luz natural. Olía a encierro, a vick vaporub y a sopa fría. Me acerqué a la primera cama. Ahí estaba Mateo. Su piel era translúcida, se le notaban las venitas azules en las sienes. Tenía los ojos hundidos y los labios resecos. —Hola, campeón —susurré. Abrió los ojos con dificultad. Eran de un color miel precioso, pero estaban apagados, sin brillo. —¿Quién eres? —su voz era apenas un hilo, ronca por la falta de uso. —Soy Pao. Vengo a echarles una mano para que se pongan fuertes y puedan salir a jugar fut.
En la otra cama, Diego se movió inquieto. —Tengo sed… —gimió. Busqué agua en la mesita de noche, pero la jarra estaba vacía. —Ahorita te traigo agua fresca, mi amor.
Empecé mi valoración inicial. Saqué mi estuche de diagnóstico. Al tocar el brazo de Mateo para tomarle el pulso, noté algo alarmante. Su piel estaba fría, pero sudorosa. Diaforesis. Su pulso era filiforme, débil y rápido. Taquicardia. Revisé sus uñas. Tenían líneas blancas transversales. Líneas de Mees, pensó mi cerebro clínico automáticamente. Eso no es autoinmune. Eso suele ser… intoxicación. O deficiencia nutricional severa. Pero se alimentaban bien, supuestamente.
Levanté la sábana de Diego para revisar sus piernas. Atrofia muscular, claro, por el desuso. Pero cuando toqué sus pies, él gritó. Un grito agudo, de dolor puro. —¡Me duele! ¡Me queman! —lloró. —¿Te queman los pies, corazón? —pregunté, sintiendo que el corazón se me aceleraba. Neuropatía periférica. Dolor urente. —Sí… como si tuviera hormigas de fuego —sollozó el niño.
Mi mente empezó a conectar puntos a una velocidad vertiginosa. Dolor en extremidades, líneas en las uñas, taquicardia, debilidad progresiva, cambios mentales (letargo). Esto no era una enfermedad genética “rara”. Esto era un cuadro clínico de libro de texto, pero de un libro que no se lee a menudo en pediatría general.
En ese momento, sentí una presencia a mis espaldas. Me giré rápido. Nadia estaba en el marco de la puerta, observándome en la oscuridad. No había escuchado sus pasos. —¿Qué haces destapándolos? Tienen frío —siseó. —Diego tiene dolor neuropático en los pies, Nadia. Necesito ver… —Necesitan descansar —me cortó, entrando a la habitación y cerrando las cortinas aún más, si es que eso era posible—. Ya les toca su medicina. Salte. —Tengo que supervisar la toma de medicamentos. Es mi trabajo. —¡Dije que te salgas! —su grito fue repentino y estridente, haciendo que los niños se encogieran en sus camas—. Ellos solo toman la medicina conmigo. Es nuestro secreto. Nuestro momento. ¡Fuera!
Retrocedí, no por miedo a ella, sino para no alterar más a los niños. —Está bien. Estaré afuera —dije, levantando las manos en señal de paz.
Salí al pasillo y cerré la puerta, pero me quedé pegada a la madera. Mi corazón latía a mil por hora. Saqué mi celular y escribí un mensaje rápido a Max, aunque no tenía señal ahí arriba. “Max, esto está peor de lo que dijiste. No es genético. Los síntomas son neurológicos y dermatológicos muy específicos. Y la tía… la tía me da pavor”.
Desde adentro, escuché la voz de Nadia cambiar. Ya no era la voz rasposa y agresiva. Ahora era una voz dulce, empalagosa, casi infantil. —A ver, mis angelitos… abran la boquita. Tía Nadia les trajo su jarabe mágico. Para que duerman… para que vayan a ver a mamá en sus sueños. Ándale, Mateo, trágatelo todo. Eso es. Así se van a poner fuertes para irse… para irse muy lejos.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral. ¿Irse muy lejos? ¿Ver a mamá? Me alejé de la puerta caminando de puntitas, con las manos temblorosas. Bajé a la cocina buscando a Doña Anita. Necesitaba respuestas. Y necesitaba un café fuerte, porque esa noche no pensaba pegar el ojo. Sabía, con esa certeza visceral que te da el miedo, que si me dormía, esos niños podrían no despertar.
La tormenta afuera arreciaba, los truenos hacían vibrar los vidrios de la vieja casona, pero la verdadera tormenta estaba adentro. Y yo acababa de caminar directo al ojo del huracán.
CAPÍTULO 2: OJOS EN LA PARED
La mañana siguiente amaneció con ese gris plomizo que parece chupar la alegría de cualquier lugar. Era el día de la partida de Nicolás. La atmósfera en la casa “Las Ánimas” era tan tensa que se sentía como estar bajo cables de alta tensión a punto de reventar.
Me levanté temprano, antes de las seis. El frío de Valle de Bravo calaba los huesos, así que me puse una chamarra gruesa encima de mi uniforme y bajé a la cocina. Necesitaba café, y necesitaba observar el terreno antes de que la “Generala” Nadia despertara. Doña Anita ya estaba ahí, trajinando con ollas de barro. El olor a canela y piloncillo del café de olla me dio un breve momento de paz.
—Buenos días, hija —me saludó en voz baja, como si las paredes oyeran—. ¿Pudiste dormir? —A duras penas, Doña Anita. Esta casa hace muchos ruidos. La anciana se detuvo con el cucharón en el aire y me miró fijamente. —No es la casa la que hace ruido, niña. Son las penas que se cargan aquí adentro.
A las ocho en punto, Nicolás bajó con sus maletas. Se veía devastado. Subió a despedirse de los niños y yo me quedé en el marco de la puerta, observando. Fue una escena que me partió el alma. Se arrodilló entre las dos camas, tomando una mano de Mateo y otra de Diego. —Pórtense bien, mis guerreros. Papá tiene que irse a trabajar para traerles cosas bonitas, ¿sí? —su voz temblaba . —Papá, ¿tú vas a volver pronto? —preguntó Mateo con esa vocecita débil que me preocupaba tanto. —Te lo prometo, campeón. Dos semanas se pasan volando. —No te vayas… —susurró Diego, y vi cómo una lágrima solitaria rodaba por su mejilla pálida.
Nicolás se levantó rápido, limpiándose los ojos, incapaz de soportar el dolor. Al salir al pasillo, se topó conmigo. Me agarró de los hombros con fuerza, casi desesperado. —Paola, te los encargo con mi vida. Cualquier cosa, lo que sea, me llamas. No importa la hora. Tienes mi satelital. —Váyase tranquilo, Nicolás. Yo no me muevo de aquí. —Nadia… Nadia es difícil. Pero quiere a los niños. Solo tenle paciencia —dijo, más para convencerse a sí mismo que a mí.
Cuando el motor de su camioneta se perdió en la distancia, el silencio cayó sobre la casa como una lápida . Me giré y ahí estaba ella. Nadia. Estaba parada al final de la escalera, con los brazos cruzados y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Una sonrisa de triunfo. —Bueno —dijo, alisándose la falda gris—. Ya se fue. Ahora las cosas se hacen a mi modo.
Sabía que no podía enfrentarla directamente, no todavía. Necesitaba pruebas. Mis instintos de enfermera gritaban “intoxicación”, pero mi lógica necesitaba evidencia. Si la confrontaba sin pruebas, me echaría a la calle en dos segundos y los niños quedarían indefensos. Tenía que ser más lista. Tenía que ser una espía.
Aproveché que Nadia salió a media mañana. Dijo que iba a la farmacia del pueblo por “sus cosas” y se llevó las llaves del auto con un aire de importancia . Apenas cruzó el portón, saqué mi celular y marqué el número que me había dado Max.
—¿Bueno? ¿Fidel? Habla Paola. Max me dijo que eres el mejor para instalaciones… discretas. Necesito que vengas ya. Tienes una hora.
Fidel llegó en veinte minutos en una camioneta de “Reparaciones Eléctricas” para no levantar sospechas. Era un chavo joven, espigado, que no hacía preguntas. —¿Dónde las quieres, jefa? —me preguntó, sacando unas microcámaras del tamaño de un botón. —En el cuarto de los niños. Necesito que cubran cada ángulo, especialmente las camas y la puerta. Pero Fidel, esto es de vida o muerte: no se pueden ver. Si esa mujer las encuentra, se acaba el juego.
Fidel asintió y se puso a trabajar. Era un mago. Escondió una en el ojo de un oso de peluche en la repisa alta, otra entre los libros de la estantería y una más disimulada en el detector de humo . —Listo. Todo se va a la nube y lo puedes ver en tiempo real en esta app —me explicó, configurando mi teléfono—. También graba audio de alta fidelidad. Vas a escuchar hasta los suspiros.
Apenas se fue Fidel, subí a probar el sistema. Me encerré en mi habitación (que estaba contigua a la de los niños) y abrí la aplicación. La imagen era nítida. Podía ver a Mateo y Diego dormitando. Podía escuchar el ritmo irregular de su respiración. —Te tengo —murmuré para mí misma. Ahora, “El Gran Hermano” estaba vigilando.
Bajé a la cocina para la segunda fase de mi plan: inteligencia humana. Doña Anita estaba desgranando chícharos. Me senté a su lado y empecé a ayudarla. Nada abre más la boca de la gente que compartir el trabajo manual. —Oiga, Doña Anita… —empecé suavemente—. ¿Qué onda con la comida aquí? Noto que usted cocina delicioso, pero a los niños les dan otra cosa. La mujer suspiró y dejó los chícharos. Miró hacia la puerta de la cocina, asegurándose de que estuviéramos solas. —Ay, mijita. Es un relajo. Yo les preparo el desayuno, huevito, frutita… pero la comida fuerte y la cena, eso es territorio prohibido . —¿Cómo prohibido? —La señorita Nadia. Ella dice que los niños tienen el estómago “delicado”. No deja que nadie toque sus platos. Ella misma cocina sus caldos y sus papillas en una ollita que guarda bajo llave. ¡Imagínate! Ni siquiera me deja lavar los trastes de los niños. Se los lleva a su cuarto o los lava ella misma con cloro, como si tuvieran peste .
—¿Y usted ha notado algo raro después de que comen? Anita se inclinó hacia mí, bajando la voz a un susurro conspirador. —Pues claro. Antes, cuando el señor Nicolás estaba, comían de todo y andaban bien. Pero desde que ella tomó el control de la cocina… fíjate lo que te digo: comen y a la media hora se ponen pálidos, les da el soponcio. Se marean, dicen que todo les da vueltas . Y la señorita Nadia dice que es “la digestión”, que es normal por su enfermedad. Pero yo he criado cinco hijos, Paola, y la digestión no te pone los ojos en blanco.
Mis sospechas se confirmaban. El veneno, fuera lo que fuera, entraba por la boca.
En ese momento, escuchamos el motor del auto de Nadia. Había vuelto. —¡Shhh! Ya llegó —dijo Anita, volviendo a sus chícharos con nerviosismo.
Subí las escaleras, intentando parecer ocupada con mis reportes médicos. Al pasar por el pasillo del segundo piso, escuché un estruendo. ¡Clack! Como cerámica rompiéndose contra el suelo. Venía de cerca del cuarto de Nadia . Corrí hacia allá. Nadia estaba en el pasillo, agachada, recogiendo frenéticamente los pedazos de un frasco de vidrio ámbar que se le había caído. El líquido se derramaba por la duela de madera, manchándola. —¡No se acerque! —gritó cuando me vio. Su cara estaba desencajada, pálida del susto. —Déjeme ayudarla, se va a cortar —dije, dando un paso. —¡Dije que no! —chilló, casi histérica, cubriendo los restos con su cuerpo—. ¡Es medicina privada! ¡Váyase a cuidar a los niños, para eso le pagan!
Me detuve. El olor que subía del charco no era medicina. No olía a alcohol ni a hierbas. No olía a nada. Y eso era lo más aterrador. —Está bien, tranquila —levanté las manos—. Solo quería ayudar. Me di la vuelta, pero mi mente trabajaba a mil. ¿Qué había en ese frasco? ¿Por qué tanto pánico por un simple accidente? .
Llegó la hora de la comida. La hora de la verdad. Me retiré a mi cuarto, cerré con seguro y me puse los audífonos. Abrí la aplicación en el celular. La pantalla me mostró el cuarto de los niños en alta definición. Vi entrar a Nadia. Llevaba una bandeja con dos tazones humeantes. Su actitud había cambiado radicalmente; ya no era la arpía histérica del pasillo. Ahora era… dulce. Terriblemente dulce.
—A ver, mis amores, mis tesoros —la escuché decir a través de los audífonos. Su voz sonaba clara, melosa—. Tía Nadia les hizo su sopita especial. La que les gusta. —No tengo hambre, tía —se quejó Diego. —Tienes que comer, mi cielo. Si no comes, no vas a tener fuerzas para ir a ver a mami —dijo ella. Esa frase. Otra vez esa frase. “Ir a ver a mami”.
Vi cómo les daba de comer en la boca, cucharada tras cucharada, con una paciencia infinita y perturbadora. Los niños comían mecánicamente, sin ganas. —¿Por qué sabe amargo hoy? —preguntó Mateo, haciendo una mueca. Mi corazón dio un vuelco. —Es por las vitaminas nuevas, mi amor. Son para que se curen más rápido. Anda, trágatelo todo.
Nadia se quedó ahí hasta que se terminaron la última gota. Luego, recogió todo con una meticulosidad obsesiva, limpiando las comisuras de los labios de los niños con un pañuelo. —Ahora, a descansar. Necesitan dormir para que la medicina haga efecto.
Salió del cuarto. Yo seguí mirando la pantalla, conteniendo la respiración. Pasaron diez minutos. Nada. Quince minutos. Los niños veían la tele. Veinte minutos. Y entonces empezó.
En la pantalla, vi a Mateo llevarse la mano a la cabeza. —Me da vueltas todo… —dijo, y su voz se captó perfecta en el micrófono oculto. —A mí también… me duele la panza —gimió Diego, acurrucándose en posición fetal . El cambio fue drástico. De estar sentados viendo tele, pasaron a estar sudorosos, pálidos, retorciéndose. En la cámara de alta definición, pude ver el temblor en las manos de Mateo. Fasciculaciones musculares. —¡Tía Nadia! —llamó Diego—. ¡Me siento mal!
Nadia no apareció. Yo no aguanté más. Me quité los audífonos y corrí a la habitación de al lado. Entré de golpe. —¡¿Qué pasa?! —pregunté, fingiendo que no sabía nada. —Tía Paola… voy a vomitar… —dijo Mateo. Lo ayudé a incorporarse y le acerqué una riñonera médica justo a tiempo. El vómito era biliar, amarillento. Tomé su temperatura: 37.8. Estaba subiendo. Les revisé las pupilas: dilatadas.
Esto no era una enfermedad autoinmune. Esto era una intoxicación aguda postprandial. Cada vez que comían lo que ella les daba, recibían una dosis. —Tranquilos, respiren despacio —les dije, limpiándoles el sudor frío de la frente—. Ya estoy aquí.
En ese momento, Nadia apareció en la puerta. Se veía molesta por el ruido. —¿Qué escándalo es este? Necesitan silencio. —Vomitaron, Nadia. Los dos. Al mismo tiempo. Justo después de comer —dije, clavándole la mirada. Ella ni se inmutó. —Es la digestión. Siempre les pasa. Son débiles. Sal de aquí, yo los limpio. —No —dije firme—. Soy la enfermera. Yo me encargo de la parte médica. Tú encárgate de la cocina… que por lo visto, es lo que les hace daño.
Nadia se quedó helada. Sus ojos se entrecerraron. Por un segundo, vi odio puro en su mirada. Pero también vi miedo. Sabía que yo estaba empezando a atar cabos. —Ten cuidado, enfermera —susurró, acercándose a mí—. En esta casa, los metiches no duran mucho.
Esa noche, la casa crujía más que nunca. Yo estaba encerrada en mi cuarto, repasando mis notas y vigilando el monitor. Síntomas: Náuseas, vómito, dolor abdominal, neuropatía (dolor en pies), líneas en las uñas, caída de cabello (había notado pelos en la almohada de Diego), cambios mentales. Busqué en mi manual de toxicología. Mis dedos pasaron por Arsénico… Mercurio… Plomo… Y entonces me detuve en uno. Talio. “El veneno de los envenenadores”. Insípido. Inodoro. Soluble en agua. Síntomas: Alopecia, dolor urente en extremidades, taquicardia, síntomas gastrointestinales. Todo coincidía. Maldita sea, todo coincidía.
Miré la pantalla del celular una vez más. Eran las once de la noche. Los niños dormían, agotados por el vómito. De repente, la puerta de su cuarto se abrió. Era Nadia. Llevaba una bata blanca larga, que la hacía parecer un espectro en la visión nocturna de la cámara. Se acercó a las camas. No los despertó. Se quedó parada en medio de los dos, mirándolos. Y entonces empezó a hablar. Sola. O eso parecía.
Subí el volumen de mi celular al máximo. Su voz susurrada llenó mis oídos. —Ya falta poco, hermana… ya falta poco, Mariana. No llores. Yo te los voy a mandar. Están sufriendo mucho aquí sin ti. Son muy chiquitos para estar sin mamá. Yo los estoy ayudando… los estoy durmiendo despacito… .
Me tapé la boca con la mano para no gritar. No era dinero. No era herencia. Era locura. Una locura retorcida y dolorosa. Ella creía que los estaba “salvando” de la orfandad matándolos lentamente para enviarlos al cielo con su madre.
Nadia sacó algo del bolsillo de su bata. Un gotero. Se acercó al vaso de agua que estaba en la mesita de noche de Diego. Dejó caer tres gotas. —Para la sed… por si despiertan —susurró.
Me quedé paralizada viendo la pantalla. Tenía la prueba. Tenía la confesión. Y tenía un vaso con agua envenenada a dos metros de un niño sediento. El juego del gato y el ratón había terminado. Ahora era una carrera contra la muerte. Mañana mismo tenía que sacar esa muestra, llamar a Max y detener a esta mujer. Pero por ahora, tenía que entrar ahí y tirar ese maldito vaso de agua antes de que Diego despertara.
Respiré hondo, abrí mi puerta y me adentré en la oscuridad del pasillo.
CAPÍTULO 3: EL SABOTAJE Y LA CAJA DE PANDORA
Me quedé parada en el pasillo oscuro, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera romperlas. A través de la rendija de la puerta, veía la silueta de Nadia alejarse hacia su habitación al final del corredor. La “Dama de Negro”, como había empezado a llamarla en mi mente, acababa de dejar caer tres gotas de un líquido desconocido en el vaso de agua de Diego.
“Para la sed… por si despiertan”. Sus palabras resonaban en mi cabeza, mezcladas con esa confesión delirante sobre “mandarlos con mamá”.
No podía esperar. Si Diego despertaba sediento en la madrugada —y con la deshidratación que tenían, seguro lo haría—, bebería ese veneno. Y tal vez esa dosis sería la última.
Esperé a escuchar el click del cerrojo de la puerta de Nadia. Conté hasta diez, respirando hondo para calmar el temblor de mis manos. Luego, me deslicé dentro de la habitación de los gemelos como un gato. El aire adentro estaba viciado, pesado. Me acerqué a la mesita de noche de Diego. Ahí estaba el vaso, inocente, transparente, brillando bajo la luz de luna que se colaba por una rendija de la cortina.
Lo tomé con cuidado, usando un pañuelo para no dejar huellas, aunque en ese momento lo forense me importaba menos que la supervivencia. Miré el líquido. No tenía color. Lo acerqué a mi nariz: inodoro. Talio. Tenía que ser Talio o algo de esa familia de metales pesados. Los malditos “polvos de sucesión” que usaban en la Edad Media.
—¿Tía Pao? —la voz de Diego me congeló la sangre.
Me giré lentamente. El niño tenía los ojos entreabiertos, vidriosos por la fiebre y el letargo. —Shhh, mi amor. Aquí estoy —susurré, escondiendo el vaso detrás de mi espalda. —Tengo sed… el agua… —estiró su manita flaca hacia la mesita.
—Esa agua ya estaba vieja, mi cielo. Tenía polvo. Ahorita te traigo una fresca de mi botella. Diego asintió, demasiado débil para discutir, y volvió a cerrar los ojos. Salí de la habitación corriendo de puntitas. Entré a mi baño y vertí el contenido del vaso en una botellita estéril de muestras que siempre cargo en mi kit. “Evidencia A”, pensé. Luego, lavé el vaso frenéticamente en el lavabo, lo sequé y lo llené con agua purificada de mi propia botella.
Regresé y se lo puse en la mesa. —Toma, mi vida. Diego bebió con avidez. Verlo tragar esa agua limpia, sabiendo que minutos antes era una sentencia de muerte, me hizo sentir una rabia que jamás había experimentado. Esa mujer no estaba cuidándolos; los estaba sacrificando en el altar de su locura.
Esa noche no dormí. Me senté en una silla junto a la puerta de los niños, vigilando el pasillo como un perro guardián, con el frasquito de la muestra apretado en mi bolsillo.
El amanecer trajo una luz grisácea y más lluvia sobre Valle de Bravo. Bajé a la cocina antes de que nadie despertara. Necesitaba a Doña Anita. Ella era mi única aliada en este manicomio, aunque todavía no sabía la magnitud del horror.
La encontré poniendo a hervir los frijoles. Se sobresaltó al verme. —¡Jesús, María y José! Niña, tienes una cara de espanto… ¿Qué pasó? Cerré la puerta de la cocina y me acerqué a ella. La tomé de las manos. Estaban calientes y ásperas por el trabajo. —Doña Anita, necesito que me escuche y que sea fuerte. Lo que le voy a decir es muy grave.
Le conté todo. Omití la parte técnica de los metales pesados para no confundirla, pero fui clara: Nadia les estaba dando algo en la comida y en la bebida que los estaba matando. Le hablé de lo que escuché en la cámara, de la obsesión de Nadia con que los niños “se fueran con su mamá”.
La pobre mujer se puso pálida. Se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. —¡Virgen Santísima! Yo sabía… yo sabía que algo andaba mal. Esos caldos que hace… a veces huelen raro, pero ella me regaña si me acerco. Y el otro día… —Anita empezó a temblar—… el otro día encontré unos recibos en su basura. —¿Recibos? ¿De qué? —No sé, decían “Laboratorios Químicos del Centro” o algo así. Eran de la Ciudad de México. Pensé que eran medicinas, pero… ¡Dios mío, los está envenenando!
—Anita, escúcheme. Necesito encontrar dónde guarda ese polvo o ese líquido. Anoche sacó un gotero, pero debe tener más. Si encuentro el frasco original, los médicos sabrán exactamente cómo curarlos. Pero Nadia no me deja entrar a su cuarto y la cocina es su territorio. Doña Anita se secó las lágrimas con el delantal y su mirada cambió. Ya no había miedo, había determinación. Esa furia protectora de las abuelas mexicanas. —Hoy va a salir. Los jueves va al mercado y a la iglesia a “rezar por los niños”. ¡Hágame el favor! —escupió con desprecio—. Se va a las diez. En cuanto cruce la puerta, volteamos esta cocina de cabeza.
A las 10:15 a.m., el auto de Nadia salió de la propiedad. Apenas se cerró el portón, Anita y yo nos lanzamos sobre la cocina como forenses en una escena del crimen.
—Ella guarda sus cosas bajo llave, pero yo sé dónde esconde la copia —dijo Anita, sacando una llavecita oxidada de adentro de una maceta con hierbabuena en la ventana.
Abrimos la alacena “prohibida”. Había harinas, pastas orgánicas, chocolates caros. Nada sospechoso a primera vista. —Busque cosas que no cuadren, Anita. Frascos sin etiqueta, latas viejas… Revisamos las latas de avena. Nada. Los botes de azúcar. Nada. Empecé a desesperarme. Nadia era loca, pero no estúpida. —Mire aquí —dijo Anita, señalando un estante alto donde estaban las especias—. Ella nunca usa estas especias. Dice que a los niños les cae mal el condimento. Pero siempre está acomodando esos botes.
Me subí a un banco. Había hileras de orégano, comino, clavo. Detrás de todo, pegada al fondo del mueble, había una pequeña caja de lámina, de esas antiguas de té inglés . La bajé con cuidado. El corazón me latía en la garganta. La abrí. Adentro no había té. Había una bolsa de plástico tipo Ziploc con un polvo blanco, fino como talco. Y junto a ella, un frasco pequeño de vidrio ámbar con un gotero, similar al que se le había roto el día anterior.
Me puse unos guantes de látex que traía en el bolsillo. Abrí la bolsa y tomé una pizca del polvo con una espátula de café, depositándola en otra bolsa de evidencia. —¿Es eso? —preguntó Anita en un susurro. —Parece sal, ¿verdad? O azúcar glass. No huele a nada. Es perfecto para mezclarlo con la papilla o el jugo . —¡Maldita mujer! —Anita apretó los puños—. Y yo pensando que era yo la que cocinaba mal…
—Anita, esto se queda entre nosotras. No le diga nada a Nadia. Si se entera que sabemos, podría hacer algo desesperado. Podría darles una dosis masiva antes de que llegue la ayuda. —¿Y qué vamos a hacer? No podemos dejar que coman hoy. —Exacto. Hoy empieza la “Operación Sabotaje”. Pero primero, necesito llamar a refuerzos.
Guardé la muestra en mi sostén (el lugar más seguro que conozco) y dejé la caja de té exactamente como estaba. Limpiamos cualquier rastro de nuestra búsqueda y nos fuimos a la sala.
Saqué mi teléfono y marqué a Max. —Max, tengo la muestra. Es un polvo blanco y un líquido inodoro. Talio casi seguro. Necesito que vengas. —¿Voy para allá? —preguntó Max alarmado. —No, si vienes hoy Nadia sospechará. Ella sabe que Nicolás te mandó, pero piensa que eres solo un amigo preocupado. Necesito que vengas mañana con la excusa de un “chequeo de rutina” ordenado por Nicolás desde el viaje. Y necesito que traigas equipo para análisis de metales pesados in situ o que te lleves sangre de contrabando. —Llego mañana a primera hora. Paola… ten cuidado. Si es Talio, es letal. —Lo sé. Por eso, a partir de hoy, esos niños no vuelven a probar un bocado de lo que cocine esa bruja.
El reloj marcaba la una de la tarde. La hora del almuerzo. El momento más peligroso del día. Nadia regresó del mercado de muy buen humor. Tarareaba una canción de cuna mientras sacaba verduras de las bolsas. —Hoy les voy a hacer una crema de elote. Les encanta —dijo, poniéndose el delantal.
Me senté en la barra de la cocina, fingiendo leer un libro médico, pero no le quitaba la vista de encima. La vi preparar todo con normalidad. Desgranó los elotes, puso la leche. Pero en el momento en que la licuadora empezó a sonar, aprovechando el ruido, la vi meter la mano en el bolsillo de su falda. Sacó un paquetito de papel. Un “sobrecito” como de azúcar. Con un movimiento rápido, vertió el contenido en la olla donde ya hervía la crema. —Un poquito de “sabor” extra —murmuró para sí misma, revolviendo con una cuchara de madera.
Sentí náuseas. Estaba viendo un intento de homicidio en directo. Doña Anita, que estaba lavando trastes, me miró con ojos de pánico. Le hice una señal discreta: Espera.
Cuando la sopa estuvo lista, Nadia sirvió dos platos hondos. El olor era delicioso, dulce y cremoso. Un vehículo perfecto para la muerte. —Voy a subirles la comida —dijo Nadia, colocando los platos en una charola bonita. —Yo le ayudo con los vasos —me ofrecí. —No. Yo puedo sola —espetó, levantando la charola.
Caminamos hacia las escaleras. Nadia iba adelante. Yo iba detrás, y Doña Anita nos seguía con un trapo en la mano, pálida como un papel. Teníamos un plan. Era arriesgado, infantil casi, pero era lo único que se nos ocurrió para evitar la ingesta sin confrontarla.
Al llegar al descanso de la escalera, justo antes de entrar al pasillo de las habitaciones, Doña Anita aceleró el paso. —¡Ay, perdón, señorita, voy a abrirle la puerta! —dijo Anita, adelantándose torpemente. Al pasar junto a Nadia, Anita fingió tropezar con la alfombra. —¡Ay, Dios mío! —gritó, y se fue de bruces… pero no hacia el suelo, sino hacia Nadia.
El choque fue perfecto. Anita empujó a Nadia con el hombro. Nadia perdió el equilibrio. La charola voló. Fue como ver una película en cámara lenta. Los platos de cerámica giraron en el aire, derramando la crema de elote caliente por todos lados, manchando las paredes, la alfombra persa y el vestido de Nadia, antes de estrellarse contra el suelo con un estruendo espectacular .
—¡¡IMBÉCIL!! —el grito de Nadia fue tan agudo que me dolieron los oídos. Se quedó parada en medio del desastre, con crema goteando de su falda, mirando los restos de la sopa en el suelo como si fueran diamantes perdidos. —¡Mira lo que hiciste! ¡Era su comida! ¡Su medicina! —gritaba, temblando de ira.
Doña Anita estaba en el suelo, gimiendo (muy buena actriz, por cierto). —¡Perdóneme, señorita Nadia! Me tropecé, es que esta alfombra está vieja… ¡Ay, qué pena! —¡Lárgate! ¡Inútil! ¡Eres una estúpida! —Nadia estaba fuera de sí. Se agachó e intentó, absurdamente, recoger la sopa con las manos, como si quisiera salvar el veneno.
Yo intervine rápido, poniéndome en medio. —Nadia, por favor, fue un accidente. Anita, ¿está bien? —¿Qué van a comer ahora? —Nadia se levantó, con los ojos inyectados en sangre, mirándome con una hostilidad que ya no ocultaba nada—. No hay más elotes. Se arruinó todo.
—No se preocupe —dije con mi voz más calmada y profesional, sacando mi as bajo la manga—. Tengo unas latas de Ensure pediátrico y unas compotas selladas en mi maleta. Son especiales para nutrición clínica. Con eso cubrimos la comida de hoy . —¡No! Ellos no comen cosas procesadas. Yo les cocino. Voy a hacer otra cosa. —Nadia, tardarás una hora en cocinar. Los niños tienen que comer a sus horas por la medicación. Además, estás toda manchada, te vas a quemar. Ve a cambiarte. Yo les doy el suplemento. Es solo por hoy.
Nadia dudó. Miró la sopa en el suelo, miró a Anita lloriqueando, y me miró a mí. Sabía que había perdido esta batalla. Si insistía demasiado, se vería sospechoso. —Está bien —siseó entre dientes—. Dales esa porquería. Pero la cena… la cena la hago yo. Y pobre de esta vieja inútil si se me vuelve a cruzar.
Se dio la media vuelta y marchó hacia su cuarto, azotando la puerta.
Anita y yo nos quedamos en el pasillo, rodeadas del desastre. Anita me guiñó un ojo, aunque todavía le temblaban las manos. —Estuvo cerca, güerita. —Estuvo perfecto, Anita. Ahora, vamos a limpiar esto y a darle de comer a los niños algo que no brille en la oscuridad.
Entré al cuarto con los suplementos. Los niños se habían asustado por los gritos. —¿Qué pasó? —preguntó Mateo. —Nada, amores. Un pequeño accidente en la cocina. Hoy toca “malteada de astronauta” —les dije, dándoles los botes de Ensure de vainilla.
Esa tarde fue reveladora. Al no recibir la dosis de veneno del almuerzo, el cambio fue sutil pero evidente. A las cuatro de la tarde, Mateo no tenía dolor de cabeza. A las seis, Diego pidió ver caricaturas y se sentó en la cama sin marearse . No hubo vómitos. No hubo “todo me da vueltas”.
Yo anotaba todo en mi bitácora clínica, ocultándola bajo mi almohada: Día 1 del Sabotaje: 14:00 hrs – Ingesta de veneno evitada. 18:00 hrs – Pacientes alertas, sin emesis (vómito). Coloración de piel ligeramente mejorada. Diego interactúa más. Conclusión: La correlación entre la comida de Nadia y los síntomas es absoluta.
Pero la guerra no había terminado. Llegó la noche. Y con ella, la cena. Nadia bajó vestida impecable, como si nada hubiera pasado, pero su mirada era más oscura. —Voy a prepararles un té y unas galletas. Eso no lo puede tirar la torpe de Anita —dijo desafiante.
Tuve que pensar rápido. No podía tirar la comida dos veces el mismo día. Sería obvio. Tenía que “contaminar” la comida de otra forma. Cuando Nadia puso el agua a hervir y se dio la vuelta para buscar las tazas, agarré el salero de la mesa. Vacié una cantidad industrial de sal en la olla del té. Fue un movimiento de un segundo.
Nadia sirvió el té. Le puso su “polvito mágico” (lo vi, lo hizo de espaldas a mí, pero el movimiento de su brazo la delató). Llevó las tazas a los niños. Yo recé para que funcionara.
—Tomen, mis niños. Té de manzanilla para dormir rico. Mateo dio el primer sorbo. —¡Puaajjj! —escupió todo sobre la sábana—. ¡Qué asco! —¿Qué pasa? —Nadia se alarmó. —¡Está salado! ¡Sabe horrible! —gritó el niño. —¿Cómo que salado? —Nadia probó un poco de la taza de Diego y escupió en el suelo—. ¡Puaj! ¡Pero qué demonios…!
Se giró hacia mí, furiosa. —¿Quién le puso sal al agua? —Yo no fui —levanté los hombros—. Quizás confundiste los botes, Nadia. Con tanto estrés por lo de la sopa… a veces el azúcar y la sal se parecen.
Nadia estaba a punto de estallar. Se agarró la cabeza con las manos, jalándose el pelo. —¡Todo me sale mal hoy! ¡Todo! —empezó a llorar, un llanto histérico, desproporcionado—. ¡Mariana se va a enojar! ¡No pude darles su medicina!
—Tranquila, Nadia. Es solo un mal día. Mira, los niños están cansados. Mejor que duerman ya. Mañana será otro día. Saqué a Nadia del cuarto casi empujándola. Ella estaba desorientada, murmurando cosas incomprensibles. La intoxicación por metales pesados no solo afectaba a los niños; estar manipulando esas sustancias sin protección y en un estado mental alterado probablemente le estaba afectando a ella también, o simplemente su psicosis se estaba agudizando ante la frustración de sus planes.
Esa noche, los niños durmieron sin veneno en el sistema por primera vez en meses. Yo me quedé vigilando el monitor. Nadia no durmió. La vi en la cámara del pasillo, caminando de un lado a otro frente a la puerta de los niños, como un león enjaulado. Murmuraba, discutía con el aire. —No puedo fallar… prometí cuidarlos… prometí mandártelos… perdóname… mañana sí… mañana doble dosis… para compensar.
Escalofríos me recorrieron el cuerpo. “Mañana doble dosis”. Si Max no llegaba temprano, o si el análisis tardaba, mañana tendría que enfrentarme a ella físicamente. Ya no había lugar para accidentes fingidos. La careta se había caído. Ella estaba desesperada y yo era el único obstáculo entre esos niños y la tumba.
Miré el reloj. 3:00 a.m. Faltaban cinco horas para que amaneciera. Cinco horas eternas en la Hacienda de las Ánimas. Apreté el frasco con la muestra de veneno en mi mano. —Aguanten, niños —susurré—. La ayuda viene en camino.
CAPÍTULO 4: LA MÁSCARA DE LA LOCURA
El amanecer en Valle de Bravo llegó envuelto en una neblina tan densa que no se veía ni el portón de la entrada. Eran las cinco de la mañana y yo seguía despierta, sentada en el sillón de mi cuarto con la puerta entreabierta, vigilando el pasillo como un halcón. Mis ojos ardían por la falta de sueño y el exceso de cafeína, pero la adrenalina me mantenía alerta. Sabía que hoy era el día D. Hoy, o salvábamos a esos niños, o los perdíamos para siempre.
A través de las paredes viejas de la casona, escuché el primer ruido: pasos apresurados en el piso de arriba, provenientes del cuarto de Nadia. Luego, el rechinar de la escalera de servicio. Iba a la cocina. Me puse de pie, me alisé el uniforme y bajé detrás de ella, procurando no hacer ruido.
La encontré en la cocina, iluminada solo por la luz fría del extractor de la estufa. Estaba de espaldas, inclinada sobre la barra, triturando algo en un mortero de piedra. El sonido crac-crac-crac de la piedra contra la piedra resonaba en el silencio de la madrugada como huesos rompiéndose.
—Buenos días, Nadia —dije desde la puerta, encendiendo la luz principal de golpe.
Ella dio un salto, casi tirando el mortero. Se giró con los ojos desorbitados, las pupilas dilatadas y el cabello, usualmente impecable, cayéndole sobre la cara en mechones grasientos. Se veía terrible. Ojeras profundas, labios resecos. La locura la estaba consumiendo físicamente. —¡Me asustaste! —siseó, cubriendo el mortero con su cuerpo—. ¿Qué haces despierta a estas horas? Los sirvientes no deben andar rondando.
—Soy enfermera, Nadia, no sirvienta. Y estoy despierta porque estoy preocupada. Los niños no pasaron buena noche —mentí, acercándome lentamente. Quería ver qué estaba triturando. —Por eso estoy preparando su desayuno —dijo ella, con una sonrisa temblorosa que parecía una mueca de dolor—. Un atole de avena. Calientito. Con mucha… energía. Para que recuperen lo que perdieron ayer con tus tonterías de dietas líquidas.
Miré sobre su hombro. En la mesa había varias pastillas blancas pulverizadas junto a la cajita de té que habíamos descubierto. Estaba preparando una bomba. Esa “doble dosis” que le había prometido al aire la noche anterior .
—Nadia, es muy temprano para avena. El estómago de Diego sigue delicado. —¡No me digas qué hacer! —gritó, golpeando la mesa—. ¡Hoy se van a tomar todo! ¡Todo! Mariana me lo exigió anoche. Dijo que ya no pueden esperar más.
Sentí un hueco en el estómago. Ya no disimulaba. Su delirio era total. —¿Mariana? —pregunté suavemente, tratando de ganar tiempo—. ¿Tu hermana? —Sí, ella —susurró, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Viene a la ventana. Llora. Dice que tiene frío, que sus brazos están vacíos. Me dice: “Nadia, mándamelos. Mándamelos a dormir para que despierten aquí conmigo, donde no hay dolor”.
Era aterrador y desgarrador al mismo tiempo. No lo hacía por odio; lo hacía por una lealtad torcida y enferma hacia su hermana muerta. —Nadia, escucha… —¡No! —me cortó, volviendo a su tarea frenética de mezclar el polvo con la leche—. Tengo que apurarme. Antes de que llegue ese doctor metiche.
El timbre de la puerta principal sonó en ese preciso instante. Salvada por la campana. O mejor dicho, por el Dr. Max. —¿Quién es? —Nadia se congeló. —Debe ser el Dr. Max. Nicolás dejó instrucciones de que viniera a revisar a los niños hoy temprano —dije, caminando hacia la entrada. —¡No! ¡No puede verlos hoy! ¡Están dormidos! ¡Dile que se vaya! —gritó Nadia, corriendo detrás de mí, todavía con el cucharón en la mano.
Abrí la puerta. Max estaba ahí, con su maletín médico y cara de pocos amigos. Detrás de él, la lluvia caía suavemente. —Buenos días. Vengo a ver a mis pacientes —dijo Max con voz de autoridad, entrando sin pedir permiso. —Doctor, no es buen momento —intentó bloquearle el paso Nadia, temblando—. Apenas se van a despertar. Necesitan desayunar primero. Yo les estoy haciendo su atole…
Max la miró fijamente. Conocía a Nadia desde hacía años, pero la expresión de shock en su cara me dijo que notaba el deterioro mental de la mujer. —El desayuno puede esperar, Nadia. La salud no. Paola, llévame con los niños. Nadia intentó protestar, pero Max ya estaba subiendo las escaleras. Ella se quedó al pie de los escalones, apretando el cucharón hasta que sus nudillos se pusieron blancos, murmurando cosas inaudibles.
En la habitación de los gemelos, cerramos la puerta con seguro. —Dime que tienes la muestra —fue lo primero que dijo Max. Saqué el frasco de mi bolsillo y la bolsita con el polvo que había robado el día anterior. —Aquí está. Y Max… anoche confesó. Le habla a la hermana muerta. Dice que los quiere “mandar a dormir” para que estén con ella. Está preparando una dosis masiva en la cocina ahora mismo .
Max tomó la muestra y sacó de su maletín un kit de reactivos portátiles. —Traje pruebas rápidas para metales pesados. Talio, Arsénico, Mercurio. Si esto se pone de algún color brillante, llamamos a la policía ya. Mientras él hacía la química, yo desperté a los niños suavemente. —Hola, campeones. Miren quién vino. —Tío Max… —saludó Mateo, débilmente.
Max se acercó a examinarlos mientras el reactivo hacía su trabajo. —A ver, Mateo, déjame ver tus uñas. Max iluminó las manos del niño con una linterna. —Líneas de Mees —murmuró, señalando las bandas blancas transversales en las uñas—. Clásico. Luego revisó el cuero cabelludo de Diego. Al pasar la mano suavemente, se quedó con un mechón de pelo entre los dedos. Alopecia difusa. —Reflejos tendinosos casi inexistentes. Dolor al tacto en plantas de los pies… Paola, tenías razón. Clínicamente es una intoxicación por Talio de libro de texto. Han estado ingiriendo esto por semanas, quizás meses .
—¡Doctor! —lo llamé desde la mesa donde estaba el kit de pruebas. El líquido del tubo de ensayo, que era transparente, se había tornado de un color amarillo intenso y luego precipitado en un naranja oscuro al contacto con el polvo que robé. Max miró el tubo y su rostro se endureció. —Talio. Y en una concentración altísima. Esto no es veneno para ratas comercial; esto es puro. Lo consiguió en algún laboratorio industrial .
—Tenemos que sacarlos de aquí. Ahora —dije, empezando a buscar ropa para los niños. —No nos va a dejar salir —dijo Max, guardando las pruebas—. Está brotada. Si tratamos de llevárnoslos, se va a poner violenta. —Pues que se ponga como quiera. Tú eres hombre y yo soy enfermera de barrio bravo si es necesario. No voy a dejar que les dé ese atole.
En ese momento, la manija de la puerta giró. Estaba cerrada con seguro. —¡Abran! —la voz de Nadia sonó al otro lado, distorsionada por la ira—. ¡Sé lo que están haciendo! ¡Déjenme entrar con mis niños! ¡Tienen hambre! —Nadia, tranquilízate —dijo Max a través de la puerta—. Estamos terminando el examen. —¡Mentira! ¡Quieren quitármelos! ¡Mariana me dijo que me los querían robar! —empezó a golpear la puerta con fuerza. Los niños se asustaron y empezaron a llorar.
—Tengo miedo… —lloró Diego. —Pao, agarra a los niños. Yo abro y la contengo —me instruyó Max. Cargué a Diego (que pesaba tan poco, Dios mío, era puro hueso) y agarré a Mateo de la mano. —Pase lo que pase, quédense detrás de mí —les ordené.
Max quitó el seguro y abrió la puerta de golpe. Nadia cayó hacia adelante, casi perdiendo el equilibrio. Tenía la charola con el atole humeante en las manos. El olor dulce y lechoso llenó el cuarto. —¡Hora de desayunar! —gritó con una sonrisa maníaca, ignorando a Max y mirando fijamente a los niños—. Tía Nadia les trajo su medicina para ser ángeles.
—¡Nadia, basta! —Max le dio un manotazo a la charola. El atole voló por segunda vez en dos días, salpicando las paredes y el suelo. Nadia soltó un alarido inhumano. No miró el desastre esta vez. Nos miró a nosotros. —¡Arruinaron todo! ¡Ahora van a sufrir! ¡Mariana no los va a perdonar!
Se abalanzó sobre mí, intentando llegar a los niños. Sus uñas buscaban arañar, sus ojos estaban completamente vacíos de humanidad. —¡Quítate! ¡Son míos! ¡Tienen que irse con su mamá! —gritaba mientras Max la sujetaba por la cintura . Era increíblemente fuerte para ser una mujer delgada. La fuerza de la histeria. —¡Paola, saca a los niños! ¡Corre! —gritó Max, forcejeando con ella.
Jalé a los niños y corrimos hacia el pasillo. —¡No! ¡Diego! ¡Mateo! ¡No se vayan! ¡Aquí se van a quedar solos! —chillaba Nadia, mientras Max lograba derribarla al suelo y inmovilizarla.
Bajé las escaleras con los niños en brazos, sintiendo que las piernas me fallaban. Doña Anita estaba en la sala, con el teléfono en la mano, temblando. —¡Ya llamé a la policía! ¡Ya vienen! —gritó al vernos. —¡Abra la puerta, Anita! ¡Vámonos al coche!
Salimos a la lluvia. Metí a los niños en el asiento trasero del coche de Max. —¿Y mi papá? —preguntó Mateo, llorando. —Papá ya viene, mi amor. Papá ya viene —le aseguré, cerrando la puerta y bloqueando los seguros.
Regresé a la casa para ayudar a Max. Lo encontré en el pasillo de arriba. Había logrado sentar a Nadia en el suelo, inmovilizándole las manos. Ella ya no luchaba. Se había “roto”. Estaba meciéndose de adelante hacia atrás, llorando bajito, como una niña pequeña. —Solo quería que estuvieran bien… solo quería que no lloraran más por su mamá… yo los amo… yo los amo más que a mi vida… —repetía una y otra vez .
Max estaba jadeando, con un rasguño sangrando en la mejilla. Me miró y negó con la cabeza. —Psicosis reactiva grave. Probablemente esquizofrenia paranoide no diagnosticada, detonada por el duelo. No sabe dónde está, Paola. En su mente, ella es la heroína de esta historia.
Me acerqué a ella con precaución. Saqué una jeringa de mi kit de emergencia que siempre llevo en la bolsa. Diazepam. —Sujétala bien, Max. Le inyecté el sedante en el brazo. Nadia me miró en ese momento. Por un segundo, la niebla en sus ojos pareció disiparse. Me miró con una claridad escalofriante . —Sabes… —susurró, mientras el medicamento empezaba a hacer efecto—. Mariana nunca hubiera querido esto. Fui yo. Fui yo solita. La extrañaba tanto que quería mandarle regalos… mis regalos eran los niños.
Cerró los ojos y se desplomó en los brazos de Max.
A lo lejos, se escucharon las sirenas. Primero tenues, luego ensordecedoras, rompiendo la paz falsa de Valle de Bravo. La pesadilla había terminado, pero el dolor apenas empezaba a asentarse.
Me senté en el suelo, junto a las piernas de la mujer que había intentado matar a sus sobrinos por amor, y por primera vez en tres días, me permití temblar.
CAPÍTULO 5: EL REGRESO Y LA HERIDA ABIERTA
El sonido de las sirenas en Valle de Bravo tiene un eco particular; rebota en las montañas y se magnifica, convirtiendo el pueblo mágico en un escenario de catástrofe. Cuando la policía y la ambulancia se llevaron a Nadia, la casa quedó sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el llanto hipido de Doña Anita, que se aferraba a su rosario como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio.
Ver a Nadia salir esposada, pero sedada, con esa mirada perdida hacia el cielo gris, fue una imagen que se me grabó a fuego. No iba peleando. Iba… en paz. Como si al ser descubierta, su misión macabra hubiera terminado por fuerza mayor y eso la liberara de la responsabilidad. Antes de subir a la patrulla, miró hacia la ventana del cuarto de los niños y sonrió levemente. —Diles que los quiero —le dijo al oficial, con una voz tan dulce que le puso los pelos de punta al hombre .
Yo no tuve tiempo de procesarlo. Mi prioridad eran Mateo y Diego. Subí a la ambulancia con ellos. Max iba en su coche detrás de nosotros. —¿A dónde vamos, tía Pao? —preguntó Diego, agarrándome la mano con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. —Vamos al hospital, mi amor. A que les den un jugo especial para que se les quite el dolor de panza para siempre. —¿Y la tía Nadia? —preguntó Mateo—. ¿Está enferma? —Sí, cielo. Está muy enfermita de su cabeza y se la llevaron unos doctores para curarla. No tuve corazón para decirles la verdad. No todavía. ¿Cómo le explicas a un niño de ocho años que la persona que les daba el beso de buenas noches también les daba veneno para matarlos?
Llegamos al hospital privado en la zona de Santa Fe, en la Ciudad de México. Max ordenó el traslado inmediato allá porque necesitábamos toxicólogos especialistas y equipos de diálisis que no había en el pueblo. El viaje fue eterno. Cada bache se sentía como un golpe en el estómago.
Al llegar, el protocolo fue brutal pero necesario. Lavados gástricos, vías intravenosas, monitores cardíacos pitando como locos. El diagnóstico se confirmó oficialmente: intoxicación crónica por Talio con picos agudos de Arsénico. El tratamiento: Azul de Prusia. Un antídoto que suena a pintura, pero que es lo único que atrapa el talio en el intestino y lo saca del cuerpo.
Me quedé en la habitación mientras las enfermeras del turno los canalizaban. Ver sus bracitos flacos llenos de agujas me partió el alma. Ellos no lloraban por los piquetes; estaban tan acostumbrados al dolor físico que esto era “una raya más al tigre”. Eso me dolió más que si hubieran gritado.
A las dos de la tarde, Max entró a la habitación. Se veía agotado, con la bata manchada de café. —Están estables, Paola. Lo agarramos justo a tiempo. Si hubieran tomado ese atole hoy en la mañana… —dejó la frase en el aire, negando con la cabeza—. El daño renal es reversible. La neuropatía en los pies tardará meses en sanar, tendrán que tomar mucha terapia física, pero volverán a caminar bien. Suspiré, sintiendo que por fin me entraba aire a los pulmones después de tres días de apnea. —Gracias, Max. —No me des las gracias a mí. Tú fuiste la que vio lo que nadie más vio. Ahora viene la parte difícil. —¿Cuál? —Ya le avisé a Nicolás. Aterriza en dos horas. Viene destrozado. Alguien tiene que explicarle todo, y creo que debes ser tú. Tú viviste el horror en primera fila.
Esperé a Nicolás en la sala de espera privada del hospital. Eran las cinco de la tarde. Afuera llovía otra vez, una tormenta típica de la ciudad que colapsaba el tráfico, pero Nicolás llegó en tiempo récord.
Lo vi entrar por las puertas automáticas y casi no lo reconocí. El hombre impecable de traje gris que había salido de la hacienda hacía unos días, ahora parecía un indigente. Traía la camisa de fuera, la corbata desabrochada colgando del cuello, barba de dos días y los ojos tan rojos e hinchados que apenas podía abrirlos. Había llorado todo el vuelo .
Me vio y corrió hacia mí. No caminó, corrió. —¡Paola! —gritó, sin importarle que hubiera gente—. ¿Dónde están? ¿Están vivos? ¡Dime la verdad! Lo detuve antes de que entrara en pánico total. Lo agarré de los brazos, obligándolo a mirarme. —Están vivos, Nicolás. Están estables. Están durmiendo. Se desplomó. Literalmente. Sus piernas cedieron y tuve que sostenerlo para llevarlo a un sofá. El gran empresario, el hombre fuerte, se rompió en pedazos frente a mí. Lloró con un sonido gutural, profundo, de esos que salen desde las entrañas cuando el miedo se convierte en alivio.
—Soy un imbécil… soy un maldito imbécil… —repetía entre sollozos, cubriéndose la cara con las manos grandes y temblorosas—. Yo la dejé ahí… yo los dejé con ella… —Nicolás, escúcheme —le dije firme, pasándole un vaso de agua—. Usted no sabía. Nadie sabía. Nadia es su familia. Era impensable. —¡Pero estaban mal desde hace meses! —golpeó el sillón con rabia—. ¡Y yo pensaba que era una enfermedad! ¡Contraté médicos, especialistas, y la respuesta estaba en mi propia cocina! ¡Mi cuñada los estaba matando y yo le daba las gracias!
Dejé que se desahogara. Necesitaba sacar ese veneno de culpa antes de poder ver a sus hijos. Cuando se calmó un poco, se limpió la cara con la manga de la camisa y me miró con ojos suplicantes. —Cuéntame todo. Quiero saber exactamente qué pasó. No me ocultes nada.
Nos sentamos en una mesa de la cafetería, lejos de oídos curiosos. Saqué mi carpeta. Le mostré la bitácora. Le mostré las fotos de los frascos escondidos en la caja de té . Le mostré los recibos del laboratorio químico que Anita había encontrado . Y finalmente, saqué mi celular. —Esto es lo más difícil de ver, Nicolás. Pero necesita verlo para entender que no fue maldad… fue locura.
Le puse el video de la noche anterior. El video donde Nadia, vestida de blanco, le habla a la nada, confesando que quiere mandarlos con su mamá . Nicolás vio la pantalla sin parpadear. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo una vena palpitaba en su sien. Escuchó la voz de Nadia: “Ya falta poco, hermana… no llores… te los voy a mandar…”.
Cuando el video terminó, Nicolás cerró los ojos y recargó la cabeza en la mesa. —Es Mariana… —susurró—. Nadia siempre estuvo obsesionada con Mariana. Eran gemelas también, ¿sabes? Cuando Mariana murió en el parto… Nadia se rompió. Pero pensé… pensé que su amor por los niños la había sanado. —Su amor se enfermó, Nicolás. Ella creía genuinamente que los niños sufrían aquí sin su madre. En su delirio, matarlos era un acto de piedad. Quería “reunir a la familia”. —Amor enfermo… —repitió él, con amargura—. Maldita sea su amor enfermo .
—Ahora ella está en una clínica psiquiátrica de seguridad. Max dice que tiene un brote psicótico severo. Probablemente pasará años ahí, o toda la vida. Pero ahora, su prioridad son Mateo y Diego. Ellos lo necesitan entero. No pueden verlo así, culpándose. Necesitan a su papá héroe, no a una víctima más.
Nicolás se enderezó. Respiró hondo, se acomodó el cuello de la camisa y se pasó las manos por el cabello, intentando recuperar la compostura. —Tienes razón. Tienes toda la razón, Paola. ¿Puedo verlos? —Vamos.
Entrar a la habitación fue otro golpe. Nicolás se detuvo en el umbral, viendo a sus dos hijos conectados a las máquinas de diálisis, con la piel pálida y ojeras violáceas. Se acercó despacio, como si el piso fuera de cristal. —Mis niños… —susurró.
Mateo abrió los ojos. —¿Papá? Nicolás se arrodilló entre las dos camas, tal como lo había hecho el día que se fue, pero esta vez no había promesas de viaje, solo devoción absoluta. —Aquí estoy, campeón. Aquí estoy. Perdónenme por no haber llegado antes. —¿Ya trajiste los juguetes de Tokio? —preguntó Diego, medio dormido. Nicolás soltó una risa entre lágrimas, besando la frente de Diego. —Todavía no, mi amor. Pero les prometo que les voy a comprar la juguetería entera si quieren.
Me quedé en la puerta, observando la escena. Sentí que sobraba. Era un momento íntimo de reconstrucción familiar. Me di la vuelta para salir y darles privacidad, pero la voz de Nicolás me detuvo. —No te vayas, Paola. Me giré. Él me miraba desde el suelo, todavía sosteniendo las manos de sus hijos. —Por favor. No te vayas. No solo de la habitación… no te vayas de nuestras vidas. No sé qué voy a hacer sin ti. No sé cómo cuidarlos ahora que sé que el peligro estaba en casa. Tengo miedo.
Hubo una vulnerabilidad en su voz que me desarmó. No me hablaba el empresario millonario; me hablaba un padre aterrorizado. —No me voy a ir, Nicolás —le prometí—. Me quedo hasta que estén corriendo otra vez.
Los días siguientes fueron una mezcla borrosa de médicos, abogados y policías. Nicolás tuvo que dar declaraciones. Yo tuve que entregar mis videos y las muestras como evidencia. El caso se mantuvo con mucha discreción para proteger a los niños, pero fue catalogado como “Intento de homicidio agravado por vínculo familiar en estado de inimputabilidad”. Traducción: Nadia no iría a la cárcel, iría al manicomio.
Una tarde, mientras los niños dormían la siesta, Nicolás y yo salimos a la terraza del hospital a tomar aire. Él ya se veía mejor, se había rasurado y traía ropa limpia, pero la tristeza seguía en su mirada. —Fui a ver a Nadia hoy —me soltó de repente. Me sorprendí. —¿Te dejaron entrar? —Solo a través de un vidrio. Está… sedada. Pero me reconoció. —¿Qué te dijo?
Nicolás miró hacia el horizonte de edificios grises de la ciudad. —Me preguntó por los niños. No se acuerda del veneno, Paola. O lo bloqueó. Me preguntó si ya habían comido, si tenían frío. Y luego… luego se puso a llorar y me dijo: “Diles que Mariana los espera para cenar”. Se le quebró la voz. —El psiquiatra dice que su realidad está completamente fracturada. Que quizás nunca vuelva. Y por una parte… creo que es mejor así. Es mejor que viva en su fantasía donde es buena, a que despierte y se de cuenta de que casi asesina a sus sobrinos.
—Es una tragedia, Nicolás. No hay villanos de caricatura aquí. Solo dolor mal gestionado. —Sí. Pero gracias a ti, no hubo funerales. Se giró hacia mí y me tomó las manos. Sus palmas eran cálidas. —Paola, quiero pedirte algo formalmente. Sé que te contraté por dos semanas. Pero quiero que te quedes indefinidamente. Como enfermera en jefe, como nana, como… lo que quieras. Pon tú el sueldo. Pero mis hijos te adoran. Diego pregunta por ti cada vez que despierta. Y yo… yo necesito saber que hay alguien en quien puedo confiar ciegamente en esa casa.
Lo miré a los ojos. Eran unos ojos marrones, profundos, bondadosos. —Acepto, Nicolás. Pero con una condición. —La que sea. —Nada de “señorita Paola”. Solo Pao. Y quiero carta blanca para tirar todas las especias de esa cocina y comprar todo nuevo. No confío ni en la sal de esa casa. Nicolás soltó una carcajada. La primera risa real que le escuchaba en días. —Trato hecho, Pao. Quemamos la cocina si quieres.
El regreso a casa, dos semanas después, fue agridulce. Los niños fueron dados de alta, aunque todavía estaban débiles y necesitaban sillas de ruedas para distancias largas debido al dolor en los pies. Al entrar a la Hacienda “Las Ánimas”, el ambiente se sentía diferente. Ya no estaba la sombra de Nadia. Pero el vacío se notaba.
Doña Anita nos recibió con un banquete (previamente supervisado por mí, ingrediente por ingrediente). Lloró al ver a los niños. Los besuqueó y los abrazó como si hubieran vuelto de la guerra. —Mis niños, mis niños… flacos pero vivos —decía, limpiándose los mocos con el delantal.
Esa primera noche en casa, después de acostar a los gemelos, bajé a la cocina por un vaso de agua. Nicolás estaba ahí, sentado en la barra, mirando la nada. —¿Todo bien? —pregunté. —Es raro —dijo—. Siento que esta casa es enorme ahora. Antes Nadia llenaba mucho espacio con su… energía. —Vamos a llenarla de cosas buenas, Nicolás. De música, de juegos, de ruido. Los niños necesitan ruido.
En ese momento, escuchamos un grito arriba. —¡Papá! ¡Tía Pao! Corrimos escaleras arriba. Era Diego. Estaba sentado en la cama, temblando, sudando frío. —¿Qué pasó, mi amor? —lo abracé. —Tuve una pesadilla… soñé que la tía Nadia me daba una sopa negra y me decía que me tenía que ir al hoyo. Mateo, en la otra cama, también estaba despierto, con los ojos muy abiertos. —Yo también tengo miedo… ¿Y si regresa? ¿Y si se escapa del hospital y viene a darnos la medicina?
Nicolás se sentó en la orilla de la cama y los abrazó a los dos, haciendo un “sándwich” de papá. —Escúchenme bien, guerreros. La tía Nadia no va a volver. Ella está en un lugar donde los doctores la cuidan para que no se haga daño ni le haga daño a nadie. Y aquí… aquí estoy yo. Y está la tía Pao. Y pusimos cámaras, y alarmas, y hasta un dragón invisible en la puerta si quieren. Nadie, absolutamente nadie, los va a volver a lastimar. ¿Me creen?
Los niños asintieron, pero el miedo no se va con palabras bonitas. El trauma estaba ahí, instalado en sus cabecitas. Miré a Nicolás sobre las cabezas de los niños. Su mirada me lo dijo todo: Esto va a ser largo. La intoxicación del cuerpo se cura con medicinas. La intoxicación del alma, el miedo a ser lastimado por quien te debe amar, eso… eso requiere otro tipo de antídoto. Y yo estaba dispuesta a encontrarlo.
—¿Saben qué? —dije, rompiendo el momento denso—. Creo que este cuarto necesita una limpia. Pero no de esas de hierbas. Una limpia de juguetes. Mañana vamos a rediseñar todo. ¿Quieren pintar las paredes de azul? ¿O de verde? ¿Quieren literas nuevas? Los ojos de los niños se iluminaron un poquito. —¿Podemos poner estrellas que brillan en el techo? —preguntó Mateo. —Podemos poner la galaxia entera —contestó Nicolás sonriendo.
Esa noche, me quedé dormida en el sillón de su cuarto, haciendo guardia. No porque fuera necesario médicamente, sino porque ellos me lo pidieron. “No te vayas, tía Pao”. Y yo sabía que ya no me iría. Mi corazón, que yo creía blindado por años de emergencias, había echado raíces en esa casa maldita que, poco a poco, empezábamos a bendecir.
CAPÍTULO 6: EL DIFÍCIL ARTE DE VOLVER A CAMINAR
Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero nadie te dice que la calma a veces duele. La calma es el momento en que la adrenalina baja y te das cuenta de todos los moretones que te dejó la batalla.
Las semanas siguientes al regreso del hospital no fueron un cuento de hadas inmediato. Fueron trabajo duro. Chamba de la pesada. La casa “Las Ánimas” dejó de ser un escenario de crimen para convertirse en un centro de rehabilitación improvisado.
Mi rutina cambió drásticamente. Ya no era la espía nocturna con audífonos; ahora era la generala de la fisioterapia. El veneno había salido de sus cuerpos, pero el daño en los nervios periféricos de los pies de los gemelos era real. Les costaba caminar. Les dolía. Sus piernitas, atrofiadas por meses de estar en cama bajo el “cuidado” de Nadia, eran como fideos temblorosos.
—¡Me duele, tía Pao! ¡Ya no quiero! —gritaba Diego una mañana, tirado en la alfombra de la sala, llorando de frustración porque no podía patear una pelota de hule espuma. —Yo sé que duele, mi amor. Pero si no lo mueves, se pone duro como piedra. ¿Quieres piernas de piedra o piernas de futbolista? —¡Quiero piernas que no duelan! —sollozó, aventando la pelota lejos.
En ese momento entró Nicolás. Había cambiado su oficina corporativa en Santa Fe por un escritorio improvisado en la biblioteca para no despegarse de ellos. Se quitó el saco y se aflojó la corbata al ver la escena. —¿Qué pasa aquí? ¿Quién se rindió? —preguntó, agachándose junto a Diego. —No puedo, papá. Soy un inútil. —Oye, mírame —Nicolás le levantó la barbilla con suavidad—. Tú eres un guerrero. Sobreviviste a cosas que tumbarían a un gigante. Esto… esto es pan comido. Ven, yo te ayudo.
Ver a Nicolás, ese hombre de negocios acostumbrado a dar órdenes, arrodillado en el suelo masajeando los pies de su hijo con aceite de árnica, me conmovió más de lo que quise admitir. Aprendió rápido. Yo le enseñé a hacer los estiramientos, a detectar cuándo el dolor era real y cuándo era berrinche. Se convirtió en mi mejor enfermero auxiliar.
Pero la rehabilitación física era la parte fácil. La difícil era la otra. El miedo a la comida. Durante las primeras semanas, comer era una tortura psicológica. Mateo olía todo tres veces antes de probar bocado. Diego solo quería comer cosas empaquetadas, cerradas de fábrica. Si Doña Anita servía una sopa casera, se ponían pálidos y decían que no tenían hambre. El trauma de asociar “comida de casa” con “veneno” estaba profundamente arraigado.
—No podemos seguir dándoles nuggets congelados y jugos de cajita, Pao —me dijo Nicolás una noche en la cocina, preocupado—. Necesitan nutrientes de verdad. —Lo sé. Pero no podemos obligarlos. Tienen que volver a confiar en el proceso. —¿Y cómo hacemos eso? —Metíéndolos a la cocina.
Al día siguiente, implementé el “Taller de los Mini Chefs”. Compramos delantales chiquitos. Saqué a Doña Anita (que al principio se ofendió, pero luego entendió) y puse a los niños sobre banquitos frente a la barra. —Hoy vamos a hacer pizza —anuncié. —¿Nosotros? —preguntó Mateo, con los ojos abiertos. —Sí. Ustedes van a ver los ingredientes. Ustedes van a amasar. Ustedes van a poner el queso. Así sabrán exactamente qué hay en su comida. No hay magia, no hay polvos secretos. Solo harina, agua y tomate.
Fue un desastre glorioso. Hubo harina hasta en las lámparas del techo. Nicolás entró a “supervisar” y terminó con una mancha de salsa de tomate en la camisa blanca impoluta. Pero por primera vez en meses, escuché algo que pensé que se había extinguido en esa casa: carcajadas. Risas de verdad. De esas que te hacen doler la panza.
Cuando las pizzas salieron del horno, deformes y un poco quemadas de las orillas, los niños se las comieron con gusto. —Sabe rico porque la hicimos nosotros —dijo Diego con la boca llena. Nicolás me miró desde el otro lado de la barra, con harina en la nariz, y sonrió. En esa mirada hubo una complicidad, un agradecimiento mudo que me hizo sentir un calorcito extraño en el pecho.
A medida que pasaban los meses, la primavera empezó a llegar a Valle de Bravo. El bosque cambió de gris a un verde intenso. Y con la primavera, llegaron noticias de Nadia. Max venía cada quince días a revisar a los niños y nos traía el reporte médico de la clínica psiquiátrica.
Estábamos sentados en el porche, tomando café mientras los niños jugaban con unos legos en la alfombra . —Está mejorando, dentro de lo que cabe —dijo Max, soplando su taza—. Los antipsicóticos están haciendo efecto. Ya no ve a Mariana. Ya no escucha voces. —¿Y eso es bueno? —preguntó Nicolás, con la mirada perdida en el jardín. —Es… doloroso. Porque ahora que la niebla se fue, llegó la culpa. Se da cuenta de lo que hizo. Llora todo el día. Pregunta por los niños, pero ya no desde el delirio, sino desde el arrepentimiento . —¿Crees que algún día pueda salir? —Quizás. Pero no pronto. Y nunca será la misma. El juez determinó que es inimputable, pero necesita vigilancia de por vida.
Hubo un silencio pesado. —Papá, mira —interrumpió Mateo. Habían construido una torre altísima con los bloques de colores. —¡Es un castillo! —exclamó Diego—. Y aquí vive el rey, y aquí los soldados… —¿Y la bruja? —preguntó Mateo inocentemente. Diego lo pensó un momento. —No hay bruja. En este castillo no entran brujas. Solo dragones buenos como el perro que nos prometiste.
Nicolás soltó una carcajada y se levantó para ir a jugar con ellos. —¿Un perro? ¿Yo prometí un perro? —¡Síii! ¡Un Golden! —gritaron al unísono. La construcción con cubos era parte de la terapia que yo había diseñado para mejorar su motricidad fina, que también se había visto afectada por el talio . Verlos apilar bloques sin que les temblaran las manos era una victoria médica enorme.
Esa noche, después de acostar a los niños (que ahora dormían con la luz apagada, un gran avance), me quedé en la sala leyendo. Nicolás bajó con dos copas de vino. —Creo que nos merecemos esto —dijo, ofreciéndome una. —No debería… estoy en turno. —Pao, por favor. Los niños duermen como troncos. Y tú ya no eres solo la enfermera. Eres… parte de esto. Acepté la copa. Nos sentamos frente a la chimenea apagada. —¿Sabes? —dijo él, girando el vino en la copa—. Hoy me di cuenta de algo. Por primera vez en tres años, no siento ese nudo en el estómago. Ese miedo constante de que algo malo va a pasar. Siento que me quitaron una piedra de encima .
—Es porque estás presente, Nicolás. Antes confiabas ciegamente porque tenías miedo de enfrentar el dolor de la ausencia de Mariana. Ahora enfrentaste al monstruo y ganaste. —No gané solo. Sin ti… —se detuvo y me miró fijamente. La atmósfera cambió. Se volvió más densa, más íntima—. Sin ti, hoy estaría visitando un cementerio, no una juguetería. Me ruboricé. —Solo hice mi trabajo. —Hiciste mucho más. Les devolviste la risa. Me devolviste a mí. A veces los veo mirarte y… te ven con tanta admiración. Diego te dice “mamá Pao” cuando cree que no lo oigo .
Sentí que el corazón se me salía. —Es normal… la transferencia afectiva en pacientes pediátricos es común… —empecé a balbucear mi jerga técnica para protegerme. Nicolás sonrió y se acercó un poco más. —Deja la medicina un rato, Paola. Hablo de nosotros. De esta casa. Se siente vacía cuando sales en tus días libres. —Nicolás… —Tengo miedo de que llegue el día en que digas: “Misión cumplida, están sanos, me voy al siguiente paciente”.
La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de una ansiedad real. —¿Te vas a ir? —preguntó directo . Lo miré. Miré sus manos, las manos de un padre que había aprendido a dar masajes en pies doloridos. Miré sus ojos cansados pero esperanzados. Y pensé en mi departamento vacío en la Roma, en mi vida solitaria de guardias y café instantáneo. —No —respondí, y mi voz salió segura—. No me voy a ir. No hasta que ustedes me corran. O hasta que los niños sean tan grandes y fuertes que ya no necesiten a su enfermera gruñona.
Nicolás suspiró aliviado, como si le hubiera dado el mejor diagnóstico del mundo. —Eso va a tardar mucho. Porque creo que el papá también necesita a la enfermera. Nos quedamos en silencio, mirándonos, al borde de algo nuevo. No hubo beso esa noche. No todavía. Pero hubo una promesa tácita. Éramos un equipo. Éramos, de una forma extraña y remendada, una familia.
De repente, un ruido nos interrumpió. —¡Papá! ¡Tengo ganas de pipí y me da miedo ir solo! —gritó Diego desde arriba. El momento romántico se rompió, pero ambos soltamos una risa. —El deber llama —dijo Nicolás, levantándose. —Ve tú, súper papá. Yo lavo las copas.
Mientras lavaba las copas en la cocina, miré por la ventana hacia el jardín oscuro. Ya no me daba miedo la oscuridad de “Las Ánimas”. Porque adentro, por fin, había luz. Y yo sabía, con esa certeza que te da el instinto, que lo mejor estaba por venir.
CAPÍTULO 7: EL CORAZÓN NO SIGUE PROTOCOLOS
El tiempo en Valle de Bravo tiene una forma curiosa de pasar. A veces se arrastra como la niebla en el lago, y otras veces corre como el agua de cascada. Pasaron seis meses desde aquella noche oscura en que se llevaron a Nadia. Seis meses de terapias, de juegos, de risas y de reconstruirnos pedazo a pedazo.
El otoño había vuelto a pintar el bosque de ocres y naranjas, pero esta vez, la casa “Las Ánimas” no se sentía fría. Al contrario. Se sentía viva. Si alguien hubiera mirado por la ventana del jardín una tarde cualquiera, no habría reconocido a los niños que encontré aquel primer día.
—¡Atrápame si puedes, Charlie! —gritaba Mateo, corriendo a toda velocidad por el pasto. Detrás de él, un cachorro de Golden Retriever, torpe y peludo, intentaba morderle los talones, ladrando de felicidad. Charlie fue la promesa cumplida de Nicolás . Un perro de terapia, decía él, aunque en realidad era un perro de desastre que mordía los zapatos y llenaba la casa de pelos dorados. Pero ver a Mateo y a Diego correr tras él, sin bastones, sin sillas de ruedas, con sus piernas fuertes y ágiles, valía cada zapato destrozado.
Yo los observaba desde el porche, con una taza de té en la mano. Mi “contrato” médico había terminado técnicamente hacía meses. Ya no había medicinas que administrar, ni terapias físicas obligatorias. Pero seguía ahí. Nicolás me había “contratado” indefinidamente como… bueno, no teníamos un título oficial. Era la administradora de la casa, la nana, la consejera y, si soy honesta, el pilar emocional de tres hombres que me habían robado el corazón.
Una tarde, ocurrió algo que cambió la dinámica sutil que manteníamos. Estaba ayudando a Diego con su tarea de matemáticas en la mesa de la cocina. Las fracciones se le complicaban. —No le entiendo, tía Pao. Es muy difícil. —A ver, imagínate que es una pizza. Si Charlie se come dos rebanadas de ocho… Diego se rió y resolvió el problema. De repente, me miró con esos ojos grandes y serios que tenía, tan parecidos a los de su padre. —Oye… —dudó un poco, jugando con su lápiz—. En la escuela me preguntaron quién me ayudaba con la tarea. —¿Y qué dijiste? —Dije que mi mamá Pao .
El mundo se detuvo un segundo. Sentí que se me subía la sangre a las mejillas. —Diego… yo… soy tu tía Pao. O tu enfermera Pao. Él se encogió de hombros, restándole importancia. —Ya sé. Pero se siente igual. ¿Te molesta? Se me hizo un nudo en la garganta. Me agaché a su altura y le di un beso en la frente. —No, mi amor. No me molesta. Es el honor más grande que me han dado en la vida. Diego sonrió satisfecho y volvió a sus fracciones. Nicolás había entrado a la cocina en ese momento, buscando agua. Se quedó parado en el umbral, escuchando todo. Cruzamos miradas. Él no dijo nada, pero sus ojos brillaban de una forma que me hizo temblar las rodillas.
Al día siguiente, vino Max a visitarnos. Ya era un ritual de los domingos: carne asada en el jardín. Max, Nicolás y yo. Mientras los niños jugaban con el perro, Max observó cómo Nicolás me pasaba una servilleta o cómo yo le acomodaba el cuello de la camisa distraídamente. —Oye, amigo —le dijo Max a Nicolás, dándole un codazo, pensando que yo no escuchaba—. A veces lo más importante pasa frente a nuestras narices y no lo vemos. O nos hacemos los ciegos .
—¿De qué hablas? —se hizo el desentendido Nicolás, volteando la carne en el asador. —Hablo de que ya no necesitas una enfermera. Necesitas una esposa. Y esos niños necesitan una mamá. Ayer Diego me preguntó si la tía Pao se iba a quedar para siempre. Nicolás suspiró, dejando las pinzas. —Tengo miedo, Max. ¿Y si ella solo lo ve como trabajo? ¿Y si le digo lo que siento y se va? No puedo perderla. Los niños no aguantarían otra pérdida. —Pues más te vale averiguarlo, porque si la dejas ir por cobarde, ahí sí te voy a golpear yo mismo.
Yo estaba en la cocina preparando la salsa, escuchando todo a través de la ventana abierta. Mi corazón latía a mil por hora. Nicolás tenía miedo de perderme. Y yo… yo tenía pánico de admitir que ya no podía imaginar mi vida sin ellos.
Esa misma noche, tenía una reunión virtual con mis ex colegas del hospital. Era una simple puesta al día, pero decidí arreglarme. Me quité el uniforme clínico que usaba por comodidad, me solté el cabello que siempre llevaba en una coleta práctica y me puse un vestido sencillo de color azul marino y un poco de maquillaje.
Cuando bajé las escaleras, la casa estaba en silencio. Nicolás estaba en la sala, leyendo junto a la chimenea encendida. Al escuchar mis pasos, levantó la vista. Se quedó paralizado. Literalmente se le cayó el libro de las manos. —Wow… —murmuró, poniéndose de pie—. Te ves… te ves hermosa, Paola. —Solo voy a una reunión con los doctores —dije, sintiéndome extrañamente tímida bajo su mirada intensa—. No me tardo. Se acercó a mí. Ya no había distancia de seguridad. Podía oler su colonia, madera y cítricos. —Espera —me dijo suavemente, tomándome de la mano cuando iba a pasar junto a él .
Me detuve. El contacto de su piel con la mía fue eléctrico. —¿Qué pasa? —No te vayas. —Nicolás, es solo una hora, estoy en el estudio… —No hablo de la reunión —me interrumpió, y su voz bajó un tono, volviéndose ronca—. Hablo de… nosotros. Quédate. No como enfermera. No como la salvadora de mis hijos. Quédate conmigo. Como mujer. Como compañera.
Sentí que me faltaba el aire. Ahí estaba. El momento de la verdad. —Nicolás… hay ética profesional… yo fui su empleada… —empecé a balbucear las excusas que mi cerebro racional me dictaba. —Al diablo la ética —dio un paso más, acortando la distancia a centímetros—. ¿Acaso no lo sientes? Hemos pasado por el infierno juntos. Hemos sacado a mis hijos de la oscuridad. Ya no somos jefe y empleada, Paola. Somos… somos algo más.
Levanté la vista y me perdí en sus ojos. Vi todo el dolor que había sufrido, pero también vi una esperanza inmensa. Y vi amor. Amor puro y duro. —Lo siento —admití en un susurro—. Lo siento desde hace mucho tiempo. —Entonces, déjame hacer esto. Me tomó el rostro con ambas manos, con una delicadeza infinita, y me besó. Fue un beso suave al principio, tentativo, como pidiendo permiso. Pero cuando respondí, se volvió apasionado, urgente. Fue el beso de dos náufragos que por fin encuentran tierra firme. Todos los meses de tensión, de miedo, de miradas robadas, se fundieron en ese instante .
—¡Iuuugh! ¡Guácala! —se escuchó un grito desde las escaleras. Nos separamos de un salto, riéndonos. Ahí estaban Mateo y Diego, asomados entre los barrotes del barandal, en pijamas, con caras de asco fingido pero con sonrisas enormes. —¡Papá está besando a la tía Pao! —gritó Mateo. —¡Ya era hora! —añadió Diego, con la sabiduría de un anciano—. ¡Papá, bésala otra vez! .
Nicolás se rió, me agarró de la cintura y me levantó en el aire, girando conmigo. —¡Vengan acá, espías! —les gritó. Los niños bajaron corriendo y se unieron al abrazo. Terminamos los cuatro en el suelo de la sala, riendo, abrazados, con Charlie lamiéndonos las caras. En ese momento supe que no había vuelta atrás. Esta era mi familia.
A la mañana siguiente, Nicolás convocó a una “Junta de Consejo Familiar” en la sala. El ambiente era solemne, pero acogedor. Había chocolate caliente y pan dulce. —A ver, equipo —empezó Nicolás, sentándose frente a los niños—. Quiero consultarles algo muy importante. Es sobre la estructura de esta organización. Los niños lo miraban atentos, con bigotes de chocolate. —¿Cómo verían ustedes… si le pedimos a la tía Pao que se quede para siempre? Pero no como tía. Sino como… mamá .
Se hizo un silencio de dos segundos. Yo contuve la respiración. Sabía que me querían, pero “mamá” es una palabra sagrada, especialmente cuando hay una ausencia dolorosa de por medio. —¿Como mamá de verdad? —preguntó Mateo, dejando su concha en el plato. —Sí. Como mamá de verdad. Que viva aquí, que los regañe, que los cuide y que sea la esposa de papá.
Mateo miró a Diego. Diego miró a Mateo. Hubo una comunicación telepática de gemelos. —¡SÍ! —gritaron al unísono, saltando del sofá . Se lanzaron sobre mí. —¡Queríamos eso desde hace mucho! —dijo Diego, abrazándome el cuello—. ¡Charlie también quiere! Nicolás me miró sobre las cabezas de los niños, con los ojos húmedos. —¿Entonces es un sí de la mesa directiva? —¡Sí, aprobado! —gritó Mateo.
Luego, Nicolás se arrodilló frente a mí, ahí mismo, entre migajas de pan y risas de niños. Sacó una cajita de terciopelo de su bolsillo. —Paola Astudillo… llegaste a nuestras vidas en medio de una tormenta y nos enseñaste a ver el sol. ¿Me harías el honor de casarte con este desastre de hombre y adoptar a este par de terremotos? .
Lloré. Claro que lloré. No podía hablar, así que solo asentí frenéticamente mientras los niños gritaban “¡Di que sí, di que sí!”. Me puso el anillo. Era sencillo, elegante, perfecto. —Sí. Sí a todo. Sí a siempre —logré decir.
—¡Yo quiero llevar los anillos! —gritó Diego inmediatamente. —¡Y yo quiero pastel de chocolate gigante! —añadió Mateo . Nos reímos. La vida, por fin, era ligera. —Tendremos el pastel más grande del mundo —prometió Nicolás, besándome de nuevo.
Esa noche, cuando la emoción bajó y los niños se durmieron (agotados de tanta felicidad), Nicolás y yo salimos al porche a ver las estrellas. —Hay algo que tenemos que hacer antes de la boda —dijo Nicolás, poniéndose serio. —¿Qué cosa? —Cerrar el círculo. Me miró fijamente. —Nadia. Los niños preguntan por ella a veces. Y creo… creo que debemos ir a verla. Para perdonar. Y para que ella vea que no ganó la muerte, sino la vida. Sentí un escalofrío al escuchar su nombre, pero Nicolás tenía razón. No podíamos construir nuestro futuro sobre los cimientos del rencor. —Tienes razón. Vamos a ir. Necesitamos decirle que estamos bien. Y que la perdonamos, no por ella, sino por nosotros.
—Max dice que ya está lúcida. Que la terapia ha funcionado. Será difícil, Pao. —Hemos pasado por cosas peores, Nicolás. Esto será el final del capítulo oscuro. Nicolás me abrazó, protegiéndome del frío de la noche. —Y el comienzo del mejor libro de nuestras vidas.
Miré hacia el cielo estrellado de Valle de Bravo. Ya no había niebla. Todo estaba claro. Mañana enfrentaríamos al fantasma del pasado, pero esta noche, solo existía el amor.
CAPÍTULO 8: EL PERDÓN Y LA PROMESA DE VIDA
El camino hacia la clínica psiquiátrica estaba bordeado de jacarandas que empezaban a florecer, pintando el paisaje de un violeta intenso. Iba en el asiento del copiloto, apretando la mano de Nicolás sobre la palanca de velocidades. Atrás, los gemelos iban inusualmente callados, mirando por la ventana.
—¿Estás seguro de esto? —pregunté por tercera vez. —Es necesario, Pao. Para ellos y para nosotros. No podemos casarnos arrastrando fantasmas —respondió Nicolás, aunque noté cómo tensaba la mandíbula.
Había pasado un mes desde nuestra “Junta de Consejo Familiar” y la propuesta de matrimonio. La boda estaba planeada para el verano, pero antes, teníamos que enfrentar al dragón en su cueva. Solo que este dragón no echaba fuego; estaba medicado y vivía entre paredes acolchadas.
Llegamos a la clínica, un lugar tranquilo rodeado de jardines, muy diferente a los manicomios de las películas de terror. Max nos esperaba en la entrada. —Se ve bien hoy —nos informó Max, saludando a los niños con un choque de puños—. Ha tenido avances notables. Su psiquiatra dice que el delirio ha remitido casi por completo. Ahora está en la etapa de aceptación y duelo real.
Caminamos por pasillos blancos impecables. Mi corazón latía con fuerza. La última vez que vi a Nadia, intentaba arañarme la cara para llegar a los niños. —Entren despacio —nos indicó una enfermera amable, abriendo la puerta de una sala de visitas.
Nadia estaba sentada en un sillón gris, mirando hacia el jardín. Al vernos entrar, se puso de pie. Había cambiado. Ya no tenía esa rigidez militar ni la mirada fanática. Se veía… frágil. Había perdido peso y tenía algunas canas visibles, pero sus ojos estaban claros. Limpios. —Hola —dijo con voz suave.
—Hola, Nadia —saludó Nicolás, manteniendo una distancia prudente con los niños. Nadia miró a Mateo y a Diego. Se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. —Están grandes… y tienen color en las mejillas —susurró, llevándose una mano al pecho—. Gracias a Dios.
—Hola, tía Nadia —dijo Diego, dando un pasito valiente al frente—. Te trajimos un dibujo. Le extendió una hoja de papel donde habían dibujado a la familia: Nicolás, yo, los gemelos y Charlie el perro. Y en una esquina, un sol sonriente. Nadia tomó el dibujo con manos temblorosas. —Es hermoso… perdónenme. Por favor, perdónenme. Yo no sabía… mi cabeza me decía cosas que no eran verdad. Yo solo quería que estuvieran con Mariana .
Nicolás se acercó y, para mi sorpresa, le puso una mano en el hombro. —Lo sabemos, Nadia. Sabemos que estabas enferma. No te guardamos rencor. Mariana no hubiera querido eso. —Ella nunca hubiera querido hacerles daño —sollozó Nadia—. Ahora lo entiendo. Ella quería que vivieran. Que fueran felices.
Luego, Nadia me miró a mí. Hubo un momento de tensión. Yo era la mujer que había arruinado sus planes, la intrusa. Pero en su mirada no encontré odio, solo una profunda tristeza y resignación. —Tú… —dijo, acercándose un poco—. Tú los salvaste de mí. Gracias. —Solo hice mi trabajo, Nadia. Y los quiero mucho. —Lo sé. Lo veo en cómo te miran. Cuídalos, por favor. Sé la mamá que mi hermana no pudo ser y que yo… yo no supe ser .
Fue un momento de una intensidad brutal. Los niños se acercaron y la abrazaron brevemente. No fue un abrazo largo, pero fue suficiente. Fue el abrazo del perdón. —Mejórate, tía —dijo Mateo.
Salimos de la clínica con el alma más ligera. Sentí que habíamos dejado un costal de piedras en esa sala de visitas. —¿Estás bien? —le pregunté a Nicolás en el coche. Él suspiró y sonrió. —Sí. Por fin, sí. El pasado se queda atrás.
Llegó el verano. Y con el verano, el día de la boda. Decidimos hacerlo en el jardín de la Hacienda “Las Ánimas”. Queríamos resignificar el lugar. Que dejara de ser la casa del envenenamiento y se convirtiera en la casa de la celebración.
Doña Anita se lució. Preparó un banquete mexicano digno de la realeza: mole, chiles en nogada, y una mesa de postres kilométrica. Yo llevaba un vestido sencillo, blanco, con encaje, nada pomposo. Me sentía la mujer más bonita del mundo, no por el vestido, sino por cómo me miraba Nicolás cuando caminé hacia el altar improvisado bajo el gran árbol de ahuehuete.
La música empezó a sonar. Los gemelos iban adelante, vestidos con trajes de lino color beige, cargando los anillos en unas almohaditas de terciopelo. Iban concentradísimos para no tirar nada, con Charlie caminando (o más bien, tropezando) a su lado con un moño en el cuello . —¡No corras, Charlie! —susurró Mateo, jalando la correa.
Cuando llegué junto a Nicolás, él me tomó las manos. Estaban cálidas y firmes. —Te ves espectacular, Pao —susurró. La ceremonia fue emotiva. Lloré, Nicolás lloró, Max (que era el padrino) lloró y hasta Doña Anita lloró a moco tendido desde la primera fila. —Prometo no solo amarte a ti —dije en mis votos, mirando a los niños—, sino ser el refugio, la risa y la medicina para esta familia, en la salud y en la enfermedad, hasta que la vida nos alcance .
—Y yo prometo —respondió Nicolás— que nunca más tendrás que pelear sola. Que seré tu socio, tu amor y tu fan número uno.
Cuando nos besamos, los invitados estallaron en aplausos. Pero hubo una sorpresa más. Entre la gente, vi una figura conocida. Era Nadia. Había recibido un permiso especial de la clínica para asistir, acompañada de su terapeuta y de un hombre que no conocía. Se veía mucho mejor. El cabello teñido, un vestido discreto de flores. Me acerqué a ella durante la recepción. —Viniste —dije, sinceramente contenta. —No me lo hubiera perdido —sonrió—. Él es Sergei. Lo conocí en la biblioteca de la clínica. Es voluntario allá. Me ha ayudado mucho a… volver a la realidad .
Sergei, un hombre con cara de bonachón y lentes gruesos, le apretó la mano. —Nadia me ha contado todo. Es un honor ver cómo el amor repara las cosas. —Felicidades, Paola —dijo Nadia, y esta vez su sonrisa llegó a sus ojos—. Mariana estaría feliz. De verdad. Siento su paz hoy .
Saber que incluso la “villana” de nuestra historia tenía una segunda oportunidad me dio una paz inmensa. La vida es así: a veces nos rompemos, pero siempre, siempre nos podemos volver a armar, aunque sea con piezas diferentes.
EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS
El jardín de “Las Ánimas” estaba decorado con globos de colores y serpentinas. Era el cumpleaños número nueve de los gemelos (o más bien, casi diez, el tiempo vuela). Había un brincolín, música, y niños corriendo por todos lados. Charlie, ya convertido en un perro adulto y majestuoso, perseguía pelotas incansablemente.
Yo estaba sentada en una silla de jardín, con una mano en mi enorme panza de ocho meses. —¡Cuidado con mamá! —gritó Nicolás, interceptando un balón que iba directo a mi vientre—. ¡Esa niña necesita tranquilidad antes de nacer! . —¡Es una niña guerrera, como su mamá! —le respondí riendo.
Sí, íbamos a tener una niña. Los gemelos estaban extasiados con la idea de tener una hermanita a quien “enseñar a jugar fut y a no comer cosas raras”. Nadia y Sergei llegaron con un regalo enorme. Se habían casado hacía unos meses en una ceremonia civil pequeña. Nadia trabajaba ahora en la biblioteca del pueblo, rodeada de libros y silencio, lejos del estrés y cerca de la paz que necesitaba .
—¡Tía Nadia! —corrieron los niños a recibirla. El miedo había desaparecido por completo. El perdón había hecho su trabajo de limpieza profunda. Max se acercó con una rebanada de pastel en la mano. —¿Quién lo diría, eh, Pao? Hace año y medio me llamaste escondida en un baño con una muestra de veneno en el sostén. Y mírate ahora. —La vida da muchas vueltas, Max. A veces te tira al suelo para que encuentres algo valioso que estaba tirado ahí.
Al atardecer, cuando los invitados se fueron y la fiesta terminó, nos quedamos los cuatro (bueno, los cinco, contando a la bebé) en el porche. Nicolás traía un álbum de fotos viejo que Nadia le había regalado. —Mira —me señaló una foto—. Esta era Mariana. Siempre sonreía así. Vi la foto. Mariana tenía una luz especial. —Ella nos cuidó —dije—. Creo que ella me mandó esa intuición aquella noche para revisar el vaso de agua. —Yo también lo creo —dijo Nicolás, besándome la sien—. Y ahora, su luz vive en ellos.
Mateo y Diego jugaban con Charlie en el pasto, bajo la luz dorada del sol poniente. Se reían. Estaban sanos, fuertes, llenos de vida. Ya no había palidez, ni dolor, ni miedo. Sentí una patadita fuerte en mi vientre. —Creo que alguien ya quiere salir a jugar —dije. Nicolás puso su mano sobre mi panza. —Aquí la esperamos. Con los brazos abiertos.
Miré hacia el cielo, donde la primera estrella de la noche empezaba a brillar sobre las montañas de Valle de Bravo. Cerré los ojos y di gracias. Gracias por la intuición. Gracias por la ciencia. Gracias por el valor de enfrentar la oscuridad. Pero sobre todo, gracias al amor. Porque al final del día, es la única medicina que realmente cura todo.
FIN