¡LA ECHARON A LA CALLE EL DÍA DEL FUNERAL! La Viuda Creía Haber Ganado, Pero El Testamento Secreto De Su Esposo Desató Una Venganza Perfecta Que Nadie Vio Venir

CAPÍTULO 1: El Frío del Adiós y la Traición de Sangre

El cielo de la Ciudad de México parecía haberse vestido de luto aquel martes de diciembre. No era una lluvia torrencial, sino esa llovizna fina y persistente, el “chipichipi” que cala hasta los huesos y convierte la tierra del Panteón Francés en un lodo pegajoso y oscuro. El viento soplaba con una crueldad inusitada, colándose por los abrigos caros y agitando los paraguas negros como si fueran cuervos nerviosos esperando su turno.

Cristina Solís, de diecinueve años, sentía que sus piernas eran de plomo. Estaba parada al borde del abismo, frente a la fosa abierta que estaba a punto de tragarse al único ser humano que la había amado incondicionalmente: Víctor Solís, su padre, su héroe, el hombre que había levantado un imperio de la nada con sus manos callosas y su mente brillante.

—El Señor es mi pastor, nada me faltará… —murmuraba el sacerdote con una voz monótona, casi aburrida, acelerando el trámite porque el frío era insoportable.

Cristina no escuchaba las oraciones. En su mente solo había ruido blanco y una imagen repetitiva: la mano de su padre soltando la suya en la cama del hospital, ese último suspiro que se llevó la luz de sus ojos. “¿Qué voy a hacer sin ti, papá?”, pensó, sintiendo un nudo en la garganta que le impedía respirar. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia en su rostro pálido, sin maquillaje, enmarcado por un cabello castaño que el viento despeinaba sin piedad.

A su lado, el contraste no podía ser más insultante. Elena de la Garza, su madrastra, mantenía una postura regia, casi militar. Llevaba un abrigo de lana italiana que costaba más de lo que ganaba un obrero en un año, botas de piel impecables y unas gafas oscuras de marca Gucci que cubrían la mitad de su rostro. De vez en cuando, Elena emitía un sollozo ahogado, un sonido ensayado y teatral, y se llevaba un pañuelo de encaje a la nariz con una delicadeza exasperante.

—Sé fuerte, mi niña —le susurró Elena al oído, inclinándose hacia ella. Para los demás, parecía un gesto maternal, un abrazo de consuelo. Pero Cristina sintió las uñas de acrílico de Elena clavándose en su brazo con una fuerza innecesaria, casi sádica—. No hagas un escándalo. Hay prensa y socios importantes. Tu padre odiaba la debilidad.

Cristina se estremeció, pero no por el frío. Se soltó con suavidad del agarre de esa mujer. Conocía a Elena desde hacía tres años. Al principio, había sido la novia perfecta: atenta, simpática, trayendo regalos y sonrisas. Pero en cuanto el anillo de bodas brilló en su dedo, y especialmente cuando el cáncer de páncreas empezó a devorar a Víctor, la máscara cayó. Elena era una depredadora, y Víctor había sido su presa. Ahora que la presa había muerto, Cristina sabía que ella era el siguiente obstáculo.

El funeral terminó con el sonido sordo de la tierra golpeando la madera del ataúd. Fue el sonido más definitivo y horrible que Cristina había escuchado en su vida.

Poco a poco, los asistentes comenzaron a dispersarse. Eran los “amigos” de su padre, los socios de Constructora Solís, hombres de negocios con trajes grises que miraban el reloj, ansiosos por volver a sus oficinas o a sus almuerzos.

—Lo siento mucho, Cristi —dijo Don Roberto, uno de los socios mayoritarios, dándole un abrazo rápido y palmadas en la espalda que se sentían vacías—. Tu padre era un grande. Un tiburón para los negocios, pero un hombre de palabra. Si necesitas algo… bueno, ya sabes dónde estamos.

—Gracias, Don Roberto —respondió ella con la voz quebrada. Sabía que era mentira. En el mundo en el que se movía su padre, la lealtad moría junto con la persona.

Elena se interpuso rápidamente, deslizando su brazo bajo el de Don Roberto con una familiaridad que a Cristina le revolvió el estómago.
—Gracias, Roberto. Nosotras estaremos bien. Han sido meses muy duros cuidando a mi pobre Víctor, pero ahora toca reponerse. Mañana mismo estaré en la oficina para ver los pendientes. La empresa no puede detenerse.

Don Roberto arqueó una ceja, sorprendido por la frialdad empresarial en pleno cementerio, pero asintió.
—Claro, Elena. Claro. Descansen.

Cuando el último auto de lujo se alejó por la avenida arbolada, la fachada de la viuda doliente se desmoronó instantáneamente. Elena se quitó las gafas, revelando unos ojos secos y calculadores, perfectamente delineados. Sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno, expulsando el humo hacia la cara de Cristina.

—Vámonos —ordenó, con un tono seco y cortante—. Me estoy congelando y este lugar apesta a humedad y a flores podridas. Odio los cementerios.

—¿No te vas a despedir? —preguntó Cristina, mirando la tumba de su padre—. Todavía no han puesto todas las flores.

—Ya me despedí en el hospital. Los muertos no escuchan, Cristina. Deja el drama para las telenovelas. Sube al coche.

El trayecto de regreso a casa fue una tortura silenciosa. Iban en la camioneta blindada de Víctor, con el chofer, Don Manuel, al volante. Manuel, un hombre mayor que había visto crecer a Cristina, las miraba por el retrovisor con ojos tristes, pero no se atrevía a decir nada. Sabía que su empleo pendía de un hilo con la nueva “patrona”.

Cristina apoyó la frente contra el cristal frío. Veía pasar las calles de la Ciudad de México, adornadas con luces navideñas y piñatas colgadas en los mercados. La ciudad se preparaba para celebrar, ajena a su tragedia. Recordó las navidades pasadas, cuando su papá cerraba la constructora dos semanas enteras solo para llevarla a patinar sobre hielo al Zócalo o a comer churros en Coyoacán.

“Mija, la lana va y viene,” solía decirle Víctor con su acento norteño, herencia de sus años trabajando en Monterrey. “Pero la familia, la sangre, eso es lo único que importa. Yo construyo edificios para que otros vivan, pero mi verdadero hogar eres tú.”

¿Cómo pudo un hombre tan sabio casarse con alguien como Elena? La soledad, supuso Cristina. La maldita soledad que atrapa a los hombres poderosos cuando envejecen. Elena le había vendido una ilusión de juventud y compañía, y él la compró a un precio demasiado alto.

La camioneta entró en la exclusiva zona de Bosques de las Lomas. Las casas allí eran fortalezas, mansiones escondidas tras muros altos y cercas electrificadas. Llegaron a la residencia Solís, una imponente construcción moderna de concreto y cristal que su padre había diseñado personalmente. Era hermosa, pero esa tarde parecía una boca oscura lista para devorarla.

Al bajar del auto, Cristina sintió una punzada de ansiedad en el estómago. Algo no estaba bien. La atmósfera en la casa se sentía diferente, cargada de una electricidad estática peligrosa.

—Lleva las maletas de la señora arriba, Manuel —ordenó Elena al entrar, quitándose el abrigo y tirándolo sobre un sillón de cuero blanco sin mirarlo.

—Sí, señora.

Cristina se dirigió hacia las escaleras. Solo quería llegar a su cuarto, encerrarse, ponerse la pijama de franela que su papá le había regalado y llorar hasta quedarse dormida abrazada a su almohada.

—¿A dónde crees que vas? —La voz de Elena restalló como un látigo en el amplio recibidor de mármol.

Cristina se detuvo, con la mano en el barandal.
—A mi cuarto, Elena. Estoy agotada.

Elena soltó una risa. No fue una risa alegre, sino un sonido seco, gutural, carente de cualquier empatía humana. Caminó hacia la sala principal y se sirvió un tequila doble de la botella de Reserva de la Familia que Víctor guardaba para ocasiones especiales.

—Tu cuarto —repitió Elena, saboreando las palabras con ironía mientras giraba el vaso—. Ya no tienes cuarto aquí, querida.

Cristina bajó un escalón, confundida. El cansancio mental le impedía procesar la maldad que tenía enfrente.
—¿De qué estás hablando? He vivido aquí desde que papá construyó la casa.

Elena dio un sorbo al tequila, hizo una mueca de satisfacción y señaló con el dedo índice hacia un rincón del recibidor, cerca de la puerta de servicio, un lugar que Cristina no había notado al entrar por estar sumida en su dolor.

Allí, amontonadas de manera humillante, había tres bolsas negras de basura, de esas grandes, industriales, que se usan para los escombros de las obras. Junto a ellas, su vieja maleta azul, la que usaba para irse de campamento, lucía raspada y triste.

—Esas son tus chivas —dijo Elena con una tranquilidad pasmosa—. Le dije a la sirvienta que empacara todo lo que pareciera tuyo. Ropa, tus libritos de la universidad, esas fotos viejas que tenías en la pared… todo está ahí.

El mundo de Cristina se detuvo. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas.
—¿Empacaste mis cosas? —preguntó, con la voz temblando—. ¿Por qué?

—Porque te vas —Elena se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Olía a perfume caro y a alcohol—. Te vas hoy mismo. Ahora.

—¡Estás loca! —gritó Cristina, la indignación finalmente rompiendo el dique de su tristeza—. ¡Esta es mi casa! ¡Es la casa de mi padre! ¡No puedes echarme el día de su funeral!

—¡Era! —gritó Elena, perdiendo la compostura por un segundo, sus ojos brillando con una furia contenida—. ¡Era la casa de tu padre! Pero ahora es mía. Mía, ¿me oyes?

Elena caminó hacia una mesita de centro y tomó una carpeta de cuero. La agitó en el aire.
—Aquí están los papeles, niñita. Escrituras, traspasos, cuentas bancarias. Tu padre, en su infinita “sabiduría” —hizo comillas con los dedos—, o tal vez en su delirio por la morfina, me lo dejó todo a mí. Soy la única propietaria de este inmueble y accionista mayoritaria de la empresa. Tú no figuras en ningún lado. Eres mayor de edad, tienes diecinueve años. Legalmente, no tengo ninguna obligación de mantenerte.

Cristina sentía que el suelo se abría bajo sus pies.
—Eso es mentira… Papá nunca me dejaría desamparada. Él me dijo que todo estaría bien. ¡Tú lo manipulaste! ¡Lo obligaste a firmar cuando estaba drogado por las medicinas!

—¡Cállate! —Elena le propinó una bofetada. El sonido fue seco y eco en el vestíbulo vacío. La mejilla de Cristina ardió al instante—. No te atrevas a acusarme, mocosa malagradecida. Yo fui quien le limpió el vómito, quien soportó sus gritos de dolor, quien estuvo ahí viéndolo consumirse mientras tú estabas en la universidad jugando a la estudiante modelo. Me gané cada centavo de esta herencia.

Cristina se llevó la mano a la mejilla, conteniendo las lágrimas de rabia.
—Él te amaba, Elena. Y tú lo ves como un cheque al portador.

—El amor no paga las cuentas, ni mantiene este estilo de vida —dijo Elena, recuperando su frialdad—. Mira, Cristina, nunca nos caímos bien. Yo te toleraba por Víctor. Tú me tolerabas porque no te quedaba de otra. Se acabó la farsa. No te quiero en mi casa. No quiero ver tu cara de víctima desayunando en mi comedor mañana. Me recuerdas demasiado a él y quiero pasar página.

—No tengo a dónde ir… —susurró Cristina. La realidad la golpeó con la fuerza de un tren. No tenía dinero propio; su padre le daba una mensualidad que, seguramente, ya estaba cancelada. Sus tarjetas eran extensiones de las de él.

—¡Híjole! Qué pena —dijo Elena con sarcasmo puro, encendiendo otro cigarro—. Pues tendrás que aprender a ganarte la vida como el resto de los mortales. Tienes salud, eres joven, medianamente bonita. Búscate un trabajo. O un novio con lana, que es lo que hacen las inútiles como tú. Pero aquí, se acabó la beca.

Elena caminó hacia la puerta principal y la abrió de par en par. El viento frío y la lluvia entraron de golpe, mojando el mármol italiano.

—Tienes cinco minutos para sacar tu basura de mi casa antes de que llame a seguridad de la colonia y les diga que hay una intrusa agresiva. Y créeme, me creerán a mí. Soy la viuda Solís. Tú solo eres una huerfanita que nadie quiere.

Cristina miró a esa mujer, el monstruo que había dormido en la cama de su padre. Entendió que no había negociación posible. Rogar solo alimentaría el ego de Elena.

Con la dignidad que le quedaba, Cristina bajó los últimos escalones. Caminó hacia las bolsas de basura. Pesaban una tonelada. Agarró la maleta con una mano y arrastró una de las bolsas con la otra.

—Espero que te pudras en este dinero, Elena —dijo Cristina al pasar junto a ella, mirándola a los ojos.

—Vete al diablo —respondió Elena, dando un sorbo a su copa y cerrando la puerta en cuanto Cristina puso un pie fuera.

El golpe de la puerta resonó como un disparo. Seguido por el sonido metálico de los cerrojos electrónicos activándose. Click. Clack. Beep.

Cristina se quedó parada en la entrada, bajo el pórtico, pero el viento lateral la mojaba igual. Estaba afuera. Expulsada del único hogar que conocía. Miró hacia las ventanas de la casa. Vio cómo las luces de la sala se atenuaban. Elena probablemente pondría música, se serviría otro trago y celebraría su victoria.

Cristina cargó sus cosas y comenzó a caminar hacia la salida de la privada. La caseta de vigilancia estaba lejos. La lluvia se intensificó. El agua fría se mezclaba con sus lágrimas calientes. Sus zapatos de tacón resbalaban en el adoquín mojado.

—Papá… perdóname —sollozó al aire—. No pude defender lo nuestro.

Llegó a la calle principal, fuera de la zona residencial segura. Los autos pasaban a toda velocidad, salpicándola de agua sucia. No tenía a quién llamar. Sus amigas de la universidad estaban de vacaciones decembrinas fuera de la ciudad. Sus tíos vivían en Monterrey y apenas los conocía. Estaba sola en una de las ciudades más grandes y peligrosas del mundo, de noche, con frío y sin un peso en la bolsa, salvo lo que traía en su cartera.

Caminó sin rumbo durante lo que parecieron horas. El frío le entumecía los dedos. Pasó frente a una panadería que despedía olor a conchas calientes y café, y su estómago rugió, recordándole que no había comido nada en todo el día. Pero no se atrevió a gastar lo poco que tenía.

Finalmente, sus piernas fallaron. Llegó a un pequeño parque público, desierto por la lluvia. Había un kiosco viejo que ofrecía un poco de protección. Cristina arrastró sus bolsas hasta allí y se dejó caer en una banca de metal helada. Se abrazó a sus rodillas, temblando violentamente.

—¿Este es mi fin? —pensó, con la desesperación nublando su juicio—. ¿Morirme de hipotermia en un parque el día que enterré a papá?

Cerró los ojos, deseando desaparecer. El agotamiento era tal que empezó a alucinar con la voz de su padre llamándola. “Cristi… Cristi… despierta”.

Pero no era la voz de su padre.

—¿Cristina? —una voz de mujer, llena de asombro y preocupación, rompió el sonido de la lluvia—. ¿Cristina Solís? ¿Eres tú?

Cristina abrió los ojos con dificultad. Frente a ella, bajo un paraguas rojo brillante, estaba una figura que le resultaba vagamente familiar. Una mujer mayor, con el cabello gris recogido en un chongo y un abrigo modesto pero grueso.

Era la Maestra Vera. La profesora de literatura de la preparatoria que siempre le decía que tenía talento para escribir, la única que le había regalado un libro el día de su graduación cuando todos le regalaban ropa.

—¿Maestra Vera? —preguntó Cristina, con los dientes castañeteando.

—¡Virgen Santísima! —exclamó la mujer, soltando las bolsas del mandado que traía para correr hacia ella—. ¡Niña! ¡Estás helada! ¿Qué haces aquí? ¡Supe lo de tu padre, lo siento tanto! Pero… ¿qué es esto? ¿Por qué estás en la calle con maletas?

Cristina intentó hablar, pero solo salió un gemido ronco. El alivio de ver una cara amable fue demasiado y rompió a llorar de nuevo, un llanto desgarrador, de niña perdida.

—No digas nada, no digas nada —dijo Vera con firmeza, levantándola del brazo—. Vives cerca, ¿verdad? No, no me contestes. No vas a volver ahí. Mira nada más cómo estás, tienes los labios morados.

La maestra Vera, a pesar de su edad, tenía una fuerza sorprendente. Tomó la maleta de Cristina.
—Mi departamento está a dos cuadras, en los edificios de ladrillo. Vamos. Te voy a preparar un café de olla y me vas a contar qué diablos pasó. Nadie se queda en la calle en mi guardia. ¡Ándale!

Mientras caminaban bajo la lluvia, con el paraguas de la maestra protegiéndola apenas un poco, Cristina sintió una pequeña chispa de calor en el pecho. No sabía qué pasaría mañana. No sabía cómo recuperaría su casa. Pero esa noche, gracias a un ángel con paraguas rojo, no moriría de frío.

Lo que Cristina no sabía, mientras se alejaba del parque, era que en ese preciso momento, en una oficina postal al otro lado de la ciudad, un sobre amarillo con sello de “CONFIDENCIAL” estaba siendo clasificado para su entrega urgente a primera hora de la mañana. Un sobre que Elena de la Garza no sabía que existía y que contenía una bomba de tiempo que estaba a punto de estallar en sus manos perfectamente cuidadas.

CAPÍTULO 2: Cenizas y un Café de Olla

El edificio donde vivía la maestra Vera no tenía nada que ver con la fortaleza de seguridad y mármol frío de la que Cristina acababa de ser expulsada. Era un bloque de departamentos de los años setenta en la colonia Narvarte, de esos con fachadas de ladrillo rojo y balcones llenos de plantas que parecían selvas en miniatura. No había portero con uniforme, solo un zaguán de hierro forjado que chirriaba al abrirse y un interfón que seguramente no funcionaba desde el mundial del 86.

Sin embargo, al cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí, dejando fuera la lluvia y la crueldad de la noche, Cristina sintió algo que no había sentido en su propia casa desde hacía meses: paz.

—Pásale, mija, pásale —decía Vera, sacudiendo el paraguas con energía—. Perdona el desorden, pero ya sabes cómo soy con mis libros. Si no tengo cuidado, un día me van a echar de mi propia cama.

El departamento era pequeño, sí, pero acogedor hasta el último rincón. Las paredes estaban forradas de estanterías que gemían bajo el peso de enciclopedias, novelas clásicas y pilas de exámenes antiguos. Olía a madera vieja, a cera para pisos y, sobre todo, a un aroma dulce y especiado que hizo rugir el estómago de Cristina: canela y piloncillo.

—Siéntate ahí en el sofá, quítate esos zapatos mojados —ordenó Vera con esa autoridad cariñosa que solo tienen las maestras veteranas—. Te voy a traer una toalla y algo seco. Creo que tengo un pants que me queda grande, a ti te va a quedar bien.

Cristina obedeció mecánicamente. Se sentó en el sofá de terciopelo verde, hundiendo los pies en una alfombra tejida. Le temblaban las manos, no solo por el frío, sino por la descarga de adrenalina que empezaba a disiparse, dejando paso al dolor puro.

Miró a su alrededor. En una mesita lateral había fotos de exalumnos, de viajes, y una foto en blanco y negro de un hombre que debía ser el esposo de Vera, fallecido hacía años. Era un hogar construido con recuerdos, no con dinero.

Vera regresó con una toalla esponjosa y ropa de algodón.
—Ten. El baño está al fondo a la derecha. Date una ducha caliente, pero rápida, porque el calentador es medio caprichoso. Mientras, te caliento la cena. Hice tamales ayer y sobraron un montón.

Bajo el chorro de agua caliente, Cristina se derrumbó. Lloró hasta quedarse sin aire, sus lágrimas mezclándose con el agua. Lloró por su padre, por la injusticia, por el miedo al futuro. Se talló la piel con fuerza, como si quisiera quitarse la sensación de las manos de Elena empujándola, o la mirada de lástima de la gente en el funeral.

Cuando salió, vestida con un pants gris y una sudadera de la UNAM que le quedaba enorme, se sintió un poco más humana.

En la pequeña cocina, Vera había puesto la mesa. No había manteles de lino ni cubiertos de plata, sino un hule de flores coloridas y tazas de barro. Sirvió un café de olla humeante y puso un plato con dos tamales verdes y uno de dulce.

—Come —dijo Vera, sentándose frente a ella—. Las penas con pan son menos, y con tamales, pues mejor.

Cristina tomó el primer bocado y casi gimió. El sabor casero, la salsa verde picante pero sabrosa, la masa suave… le recordó a los domingos antes de que su padre enfermara.

—Gracias, maestra… Vera —corrigió Cristina, bajando la mirada—. No sé cómo pagarle esto. De verdad, no tengo…

—¡Chist! —la calló Vera, agitando una mano—. Ni lo menciones. ¿Tú crees que te voy a cobrar por un tamal y un sofá? Fui tu maestra tres años, Cristina. Sé quién eres. Sé que eres una niña buena, inteligente y trabajadora. Y conocí a tu padre.

Al mencionar a Víctor, Cristina dejó la taza sobre la mesa. El vapor le empañó los ojos.
—Elena dice que él le dejó todo —murmuró, con la voz rota—. Que la casa, la empresa, las cuentas… todo es de ella. Que a mí no me dejó nada porque… porque ya soy mayor de edad.

Vera frunció el ceño, sus arrugas marcándose con indignación.
—Mira, niña, yo no soy abogada, soy maestra de literatura. He leído suficientes tragedias griegas y dramas de Shakespeare para reconocer a una villana cuando la veo. Y esa mujer, esa Elena… tiene “Lady Macbeth” escrito en la frente. Pero tu padre no era el Rey Lear. No estaba loco.

—Estaba muy enfermo al final, Vera. La morfina… a veces no sabía qué día era. Elena estaba con él 24/7. Pudo haberle hecho firmar lo que sea.

—Tal vez —concedió Vera, pensativa—. Pero Víctor Solís era un hombre que se hizo a sí mismo. Un hombre que construyó edificios que aguantan terremotos. Dudo mucho que no haya puesto unos cimientos firmes para su propia hija. Esa mujer te quiere asustar. Quiere que te rindas antes de pelear.

—No tengo con qué pelear. Me sacó sin nada. Mis tarjetas están bloqueadas, lo comprobé en el celular mientras me bañaba. No tengo dinero ni para un abogado.

—Pues ya veremos —dijo Vera con determinación—. Mañana es otro día. Por hoy, necesitas dormir. Mañana pensaremos con la cabeza fría.

Vera le preparó el sofá con sábanas limpias y una cobija de lana pesada.
—Descansa, Cristina. Aquí nadie te va a hacer daño.

Pero el sueño no llegó fácil. Cristina se quedó mirando el techo en la oscuridad, escuchando los sonidos del edificio viejo: el agua corriendo por las tuberías, los pasos del vecino de arriba, el ladrido lejano de un perro.

Cerró los ojos y, traicioneramente, su mente la llevó de vuelta a un recuerdo. Tenía quince años. Estaba en la oficina de su papá, una construcción enorme con ventanales que daban a la obra. Víctor llevaba su casco amarillo y tenía planos desplegados sobre la mesa.

“Ven acá, mi princesa,” le había dicho él, cargándola aunque ya estaba grande. “Mira allá abajo. ¿Ves a esos hombres colando el cemento? Son la fuerza. Pero mira los planos. Esta es la mente. Tú tienes que tener las dos cosas, Cristi. Tienes que ser dura como el concreto para que nadie te tumbe, pero flexible como el acero para no quebrarte cuando tiemble.”

“Pero yo no quiero ser constructora, papá. Yo quiero pintar,” le había contestado ella.

Él se había reído, una risa grave y rasposa por el cigarro. “Pinta, baila, escribe, haz lo que quieras. Pero nunca dependas de nadie, mija. Tu libertad es lo único que nadie te puede comprar. Por eso trabajo tanto. Para que tú tengas la opción de mandar al diablo a quien quieras.”

Cristina despertó sobresaltada, empapada en sudor frío. La luz gris del amanecer se colaba por las cortinas. “Papá”, susurró en la penumbra. “Fallaste. O yo fallé. Porque ahora dependo de la caridad y no tengo libertad”.

La realidad de la mañana la golpeó con fuerza. No estaba en su cama king-size con sábanas de algodón egipcio. Estaba en un sofá prestado. No tenía a su nana preparándole jugo de naranja. Tenía que levantarse y enfrentar el día uno del resto de su miserable vida.

Sin embargo, el olor a café recién hecho la animó un poco.
—¡Buenos días, bella durmiente! —saludó Vera desde la cocina, ya vestida y peinada impecablemente, como si fuera a dar clase—. ¿Cómo amaneciste?

—Bien… creo —mintió Cristina, sentándose y frotándose los ojos hinchados—. Gracias por todo, Vera. De verdad. Hoy mismo voy a ver qué hago. Tengo una amiga, Sofía, que tal vez regresa mañana de Valle de Bravo, le puedo pedir que me deje quedar en su casa unos días…

—Siéntate y desayuna —la cortó Vera, poniéndole un plato de huevos a la mexicana con frijoles refritos—. No vas a ir a ningún lado hasta que comas. Y olvídate de irte hoy. Te quedas aquí hasta que sepamos qué terreno pisamos.

Mientras desayunaban, Vera sacó una libreta y una pluma.
—A ver, hagamos un plan. Paso uno: recuperar tus documentos. ¿Traes tu INE? ¿Tu pasaporte?

—Traigo mi INE y mi credencial de la universidad en la bolsa. El pasaporte se quedó en la caja fuerte de la casa. Elena no me dejó sacar nada más que ropa.

—Maldita bruja —masculló Vera, anotando—. Bueno, con el INE hacemos mucho. Paso dos: el banco. Tienes que ir a ver si hay alguna cuenta a tu nombre que no sea mancomunada con tu papá. A veces los padres abren cuentas de ahorro para los hijos cuando son chiquitos.

—Creo que sí había una… “Mi Primer Ahorro” o algo así —recordó Cristina vagamente—. Pero hace años que no sé de ella.

—Pues a investigar. Paso tres: La universidad. Tienes que ver si la colegiatura del próximo semestre está pagada. Si no, hay que ver becas o prórrogas. No puedes dejar de estudiar, Cristina. Tu padre te mataría si te salieras.

La lista de Vera era pragmática, sensata y abrumadora. Cristina sentía que le faltaba el aire. Ayer era una “niña rica” cuya única preocupación era entregar su proyecto final de diseño. Hoy tenía que pelear por su supervivencia básica.

Estaban terminando el café cuando el timbre del interfón sonó, un zumbido estridente que las hizo saltar a las dos.

—¿Quién será a estas horas? —Vera miró el reloj de pared. Eran las nueve de la mañana—. Si es Doña Lupe vendiendo Avon, le voy a decir que no es momento.

Vera se levantó y descolgó el auricular.
—¿Bueno? … Sí, aquí vive. ¿Quién la busca? … ¿Cómo? … A ver, repítame eso.

La expresión de Vera cambió drásticamente. De la molestia pasó a la sorpresa, y luego a una seriedad absoluta. Miró a Cristina con los ojos muy abiertos.
—Permítame un momento, voy a bajar a abrirle. No sirve el botón eléctrico.

Colgó el auricular y se volvió hacia Cristina.
—Es un mensajero. Busca a Cristina Solís.
—¿A mí? —Cristina sintió un escalofrío—. ¿Elena? ¿Me mandó mis cosas? ¿O una demanda?
—No dijo que fuera de Elena. Dijo que es una entrega “Legal Urgente y Confidencial”. Ponte los zapatos, niña. Voy por él.

Los minutos que Vera tardó en bajar y subir se sintieron eternos. Cristina se alisó el cabello con las manos y se puso la chamarra que Vera le había prestado. Su corazón latía desbocado. ¿Qué más podía pasar? ¿Una orden de restricción? ¿Una factura cobrándole los años de vida en su propia casa?

La puerta se abrió y Vera entró seguida de un muchacho joven con casco de motociclista y un chaleco impermeable amarillo neón que goteaba agua sobre el piso de madera.

—Buenos días —dijo el muchacho, buscando en su tableta electrónica—. ¿Señorita Cristina Solís?
—Soy yo —dijo Cristina, con voz temblorosa.
—Necesito ver una identificación oficial para entregarle esto. Es muy importante.

Cristina sacó su INE de la bolsa con manos torpes y se la mostró. El muchacho verificó la foto y el nombre, asintió y le extendió un dispositivo para que firmara con el dedo.

—Aquí tiene. Que tenga buen día.

El mensajero le entregó un sobre grande, de esos de papel manila grueso, sellado con cinta roja y lacre. El muchacho salió y Vera cerró la puerta rápidamente, poniéndole el seguro.

Las dos mujeres se quedaron mirando el sobre sobre la mesa de la cocina como si fuera una bomba de tiempo o una serpiente venenosa.

En la esquina superior izquierda, en letras doradas y elegantes, se leía:
NOTARÍA PÚBLICA No. 54 – Lic. Alejandro Suárez
ASUNTO: CONFIDENCIAL / APERTURA DE TESTAMENTO

—¡Testamento! —exclamó Vera, llevándose las manos a la boca—. ¡Te lo dije! ¡Te dije que Víctor no era ningún tonto!

Cristina sintió que las piernas le fallaban y se dejó caer en la silla.
—Pero… Elena dijo que no había testamento. O que el testamento se lo dejaba todo a ella. Dijo que tenía los papeles del traspaso de la casa.

—El traspaso de la casa es una cosa, Cristina —dijo Vera, sus ojos brillando con emoción—. Eso puede ser una donación en vida, una venta simulada, las tranzas que hace la gente rica para evadir impuestos. Pero un testamento… un testamento ante notario revoca cualquier disposición anterior si es el último. ¡Ábrelo! ¡Por el amor de Dios, ábrelo ya!

Con dedos temblorosos, Cristina rompió el sello. Sacó una única hoja de papel membretado, formal y seria.

“Estimada Señorita Cristina Solís:

Por medio de la presente, y en cumplimiento de las instrucciones dejadas por el finado Sr. Víctor Andrés Solís, se le cita a la LECTURA OFICIAL DE TESTAMENTO Y ÚLTIMA VOLUNTAD.

La presencia de todos los interesados es obligatoria.

Lugar: Notaría Pública 54, Calle Madero #200, Centro Histórico.
Fecha: 15 de Diciembre de 2023.
Hora: 14:00 horas.

Nota: Se le ruega puntualidad. Su padre dejó instrucciones específicas de que esta lectura se llevara a cabo exactamente 24 horas después de su sepelio.”

Cristina leyó la carta dos veces, tres veces. Las letras bailaban ante sus ojos.
—¡Es hoy! —dijo, mirando el reloj—. 15 de diciembre… ¡es hoy a las dos de la tarde!

—¡Eso es en cuatro horas! —gritó Vera, galvanizada por la acción—. ¡Tenemos que movernos! No puedes ir con esos pants prestados. Tienes que ir como lo que eres: la hija de Víctor Solís. Tienes que ir con la cabeza en alto.

—Pero Vera… ¿y si es una trampa? —la inseguridad de Cristina, alimentada por el abuso de Elena, resurgió—. ¿Y si solo me citan para decirme oficialmente que no tengo nada? ¿Para humillarme frente a Elena y sus abogados?

Vera se acercó a ella, la tomó por los hombros y la miró fijamente a los ojos.
—Escúchame bien, Cristina. Tu padre era un hombre de negocios. Si te hubiera querido desheredar, no armaría este teatro. Habría dejado que Elena te echara y ya. Si hay una cita, si hay un notario, y si hay tanto misterio, es porque hay algo que proteger. Algo que Elena no sabe o no controla.

Vera suspiró, suavizando su tono.
—Mira, tal vez no te dejó la casa. Tal vez Elena le sacó la mansión con sus malas artes. Pero estoy segura, segurísima, de que tu papá no te dejó en la calle. ¿Te acuerdas cuando sacaste diez en tu ensayo sobre “Pedro Páramo”? Tu papá vino a agradecerme personalmente. Me dijo: “Maestra, mi hija es muy sensible. El mundo se la va a querer comer viva. Pero yo me voy a asegurar de que tenga dientes para defenderse”.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Cristina, pero esta vez no eran de desesperación, sino de una frágil, muy frágil, esperanza.
—¿Tú crees?

—Lo sé. Ahora, límpiate esos mocos. Vamos a buscar en esas bolsas de basura. Elena fue muy cruel, pero en su arrogancia, seguro empacó cosas que ni revisó. A lo mejor metió algo de ropa decente. Si no, yo tengo un vestido negro que usé para la boda de mi sobrina que con un cinturón te va a quedar divino.

Las siguientes dos horas fueron un torbellino. Vaciaron las bolsas negras en la sala de Vera. Entre libros maltratados y marcos de fotos rotos (seguramente rotos por Elena al aventarlos), encontraron un traje sastre negro que Cristina había usado para una exposición en la universidad. Estaba arrugado, pero intacto. Encontraron sus botas de piel, un poco raspadas pero limpias.

Mientras Cristina se planchaba el cabello, intentando ocultar las ojeras con un poco de maquillaje que Vera le prestó, su mente no dejaba de dar vueltas.

Imaginaba la cara de Elena. Seguramente ella también había recibido la citación. ¿Estaría furiosa? ¿Estaría asustada? ¿O estaría riéndose, sabiendo que ya tenía todo atado y bien atado?

—Lista —dijo Cristina, saliendo del baño. Se veía pálida, delgada, pero había una chispa de determinación en sus ojos oscuros que recordaba a la mirada de Víctor en las fotos.

—Te ves hermosa —dijo Vera con orgullo—. Y digna. Sobre todo digna.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó Cristina con un hilo de voz—. No sé si pueda entrar ahí sola y verle la cara a esa mujer.

—¿Que si voy? —Vera agarró su bolso y se puso un abrigo elegante de lana gris—. Ni un ejército de notarios me impediría ir. Soy tu testigo moral, niña. Y si esa Elena te dice media palabra, va a conocer el vocabulario florido que aprendí creciendo en el barrio de Tepito antes de volverme maestra.

Salieron del edificio. La lluvia había cesado, dejando un cielo azul pálido, lavado y frío, típico del invierno en la capital. El sol brillaba tímidamente, reflejándose en los charcos.

Pararon un taxi en la avenida.
—Al centro, por favor. A la calle Madero —ordenó Vera.

El taxi se abrió paso entre el tráfico caótico de la Ciudad de México. El claxon de los peseros, los vendedores ambulantes gritando sus ofertas, el ruido de la vida que seguía su curso. Cristina miraba por la ventana, apretando el sobre del notario contra su pecho como si fuera un escudo.

“Papá,” pensó, cerrando los ojos. “No sé qué hiciste. No sé qué planeaste. Pero por favor, no me falles. Dame una señal. Dame una oportunidad.”

Al llegar a la calle Madero, el corazón de Cristina dio un vuelco. Frente al edificio antiguo y señorial de la notaría, estacionada en doble fila con las intermitentes puestas, estaba la camioneta blindada de su padre. Y recargado en ella, fumando nerviosamente, estaba el abogado personal de Elena, un tipo llamado Licenciado Rivas, conocido por ser tan corrupto como eficaz.

—Ahí están los buitres —murmuró Vera, pagando al taxista.

Cristina respiró hondo, llenando sus pulmones del aire contaminado pero libre de la ciudad. Abrió la puerta del taxi y puso un pie en la acera.

La batalla estaba a punto de comenzar. Y aunque no tenía dinero, ni casa, ni poder… tenía un sobre, tenía una aliada dispuesta a todo, y tenía la sangre de Víctor Solís corriendo por sus venas.

—Vamos —dijo Cristina, enderezando la espalda.

Caminaron hacia la entrada de la notaría, donde el destino, o la última jugada maestra de un padre amoroso, las estaba esperando.

CAPÍTULO 3: La Voluntad del Patriarca

El edificio de la Notaría Pública No. 54 era una reliquia del Porfiriato incrustada en el corazón del Centro Histórico. Sus muros de piedra volcánica habían visto pasar revoluciones, terremotos y crisis económicas, permaneciendo impasibles. Al cruzar el pesado portón de madera tallada, el ruido infernal de la calle Madero —los organilleros, los vendedores de billetes de lotería, el claxon de los taxis— se cortó de tajo, reemplazado por un silencio eclesiástico y el olor inconfundible a cera para muebles, papel viejo y tinta.

Cristina sentía que caminaba hacia el patíbulo. Sus tacones resonaban en el piso de mármol blanco y negro, un sonido solitario que delataba su nerviosismo. A su lado, la maestra Vera caminaba con la barbilla en alto, agarrando su bolso como si llevara un ladrillo dentro, lista para usarlo como arma contundente si la situación lo requería.

La recepcionista, una mujer de unos cincuenta años con lentes de cadena y un peinado inamovible lleno de laca, levantó la vista por encima de su computadora.

—Buenos días. ¿Tienen cita? —preguntó con tono burocrático.

—Cristina Solís. Tengo cita para la lectura del testamento de Víctor Solís —respondió Cristina. Su voz salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro sus entrañas se retorcían.

La recepcionista se quitó los lentes y la miró con otros ojos. Había reconocimiento en su mirada, y tal vez, un destello de lástima.
—Ah, sí. La señorita Solís. El Licenciado Suárez la está esperando. Pasen, por favor. Es la sala de juntas al final del pasillo. Ya… ya están los otros asistentes.

“Los otros”. Elena.

El pasillo parecía interminable, flanqueado por óleos de antiguos notarios que parecían juzgarla desde sus marcos dorados. Al llegar a la puerta de doble hoja de caoba, Cristina se detuvo un segundo para tomar aire. Vera le apretó el brazo.

—Ni un paso atrás, mija. Recuerda quién eres. Eres hija de un león, no de un ratón.

Cristina asintió y empujó la puerta.

La sala de juntas era imponente, con una mesa ovalada de madera oscura tan brillante que reflejaba el candelabro de cristal del techo. Y allí, sentada en la cabecera opuesta al escritorio del notario, estaba Elena.

Se veía impecable, como siempre. Llevaba un vestido negro de corte sastre que gritaba “dinero”, perlas en el cuello y el cabello recogido en un chongo perfecto. A su lado, revisando unos documentos en una carpeta de piel, estaba el Licenciado Rivas, un hombre bajo, calvo y sudoroso que siempre le había dado mala espina a Cristina. Se decía en los círculos empresariales que Rivas era el tipo de abogado que contratabas cuando querías enterrar la verdad, no cuando buscabas justicia.

Al verlas entrar, Elena soltó una risita burlona y se volvió hacia Rivas.
—Mira nada más, licenciado. La gata bajo la lluvia apareció. Pensé que a estas alturas ya estarías pidiendo limosna en algún semáforo.

Rivas sonrió con dientes amarillentos, pero no dijo nada. Solo evaluó a Cristina con una mirada depredadora.

Cristina sintió que la sangre se le subía a la cara, pero antes de que pudiera responder, la maestra Vera dio un paso al frente, interponiéndose entre Cristina y la mirada venenosa de la madrastra.

—Tenga un poco de decencia, señora —dijo Vera con voz gélida—. Estamos aquí para honrar la voluntad de un difunto, no para escuchar sus vulgaridades. Aunque, como dice el dicho: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Elena abrió los ojos como platos, indignada.
—¿Y esta vieja quién es? ¿Tu abogada de oficio? —espetó, mirando a Vera con asco—. Cristina, te dije que vinieras sola. Esto es un asunto familiar, no un circo para que traigas a tus recogidos.

—Es mi acompañante y mi testigo moral —dijo Cristina, tomando asiento frente a Elena, obligándose a no temblar—. Y se queda.

—Me importa un bledo —Elena sacó un cigarrillo electrónico y dio una calada, exhalando vapor con olor a menta—. Rivas, dile al notario que empiece ya. Tengo una cita en el spa a las cinco y quiero terminar con esta farsa. Solo venimos a formalizar lo que ya sabemos: que la niña no tiene nada que hacer aquí.

En ese momento, una puerta lateral se abrió y entró el Licenciado Alejandro Suárez.

Suárez era una institución en sí mismo. Un hombre de setenta años, alto, delgado y recto como una vara, con un traje gris impecable y una corbata de seda discreta. Tenía el cabello completamente blanco y unos ojos azules penetrantes que habían leído miles de secretos familiares a lo largo de las décadas. Era amigo personal de Víctor Solís desde hacía treinta años; jugaban ajedrez los jueves por la noche antes de que Elena llegara a sus vidas.

Suárez caminó hacia la cabecera de la mesa, ignorando ostensiblemente el vapor del cigarrillo de Elena. Se sentó, acomodó sus gafas de lectura y puso una carpeta gruesa sobre la mesa. Luego, miró a los presentes uno por uno. Su mirada se suavizó al posarse en Cristina.

—Cristina, mi más sentido pésame. Tu padre era un hombre excepcional.
—Gracias, Licenciado Suárez —respondió ella.

Luego, su mirada se endureció al dirigirse a Elena.
—Señora de la Garza, le agradecería que guardara ese aparato. Esta es una oficina federal, no una cantina.

Elena resopló, pero guardó el vaporizador en su bolso Hermès.
—Vamos al grano, Suárez. Lea el documento para que Cristina entienda de una vez por todas que la casa y la empresa son mías. Rivas ya revisó el traspaso de la propiedad y está todo en orden.

El notario entrelazó los dedos sobre la carpeta.
—El traspaso de la propiedad de Bosques de las Lomas al que usted hace referencia, señora, es un documento privado. Sin embargo, lo que nos ocupa hoy es el Testamento Público Abierto número 45,892, otorgado por el Señor Víctor Andrés Solís hace exactamente seis meses. Y como usted bien sabe, o debería saber su abogado —lanzó una mirada afilada a Rivas—, un testamento posterior revoca cualquier disposición anterior que lo contradiga.

Rivas se aclaró la garganta, nervioso.
—Por supuesto, colega. Pero asumimos que la voluntad de Don Víctor era consistente con sus acciones en vida…

—No asuma, Licenciado. Escuche —cortó Suárez.

El notario rompió el sello de lacre de la carpeta. El sonido del papel rasgándose resonó como un trueno en la sala silenciosa. Cristina contuvo el aliento. Vera le tomó la mano por debajo de la mesa y se la apretó fuerte.

—”Yo, Víctor Andrés Solís, mexicano por nacimiento, mayor de edad, en pleno uso de mis facultades mentales y libre de cualquier coacción, dicto mi última voluntad y testamento de la siguiente manera…” —comenzó a leer Suárez con voz solemne.

Los primeros párrafos eran formalidades legales. Luego, llegaron a la carne del asunto.

—”CLÁUSULA TERCERA: Respecto al inmueble ubicado en la calle Paseo de los Ahuehuetes número 120, en la colonia Bosques de las Lomas…” —Suárez hizo una pausa y miró a Elena. Ella sonrió triunfante.

—”…Instituyo como heredera universal de dicho inmueble, con todo su menaje, muebles y obras de arte contenidas en él, a mi esposa, Elena de la Garza.”

Elena soltó un suspiro dramático y aplaudió una sola vez.
—¡Ahí está! ¿Lo ven? —Miró a Cristina con una mueca cruel—. Te lo dije, niña. La casa es mía. Mi casa. Así que espero que hayas disfrutado tu estancia anoche en la calle, porque no vas a volver a poner un pie ahí.

Cristina sintió un dolor agudo en el pecho. No era por el valor monetario de la mansión, sino por los recuerdos. El jardín donde aprendió a caminar, la cocina donde hacían galletas, el estudio de su padre… todo perdido. Todo en manos de esa mujer que lo convertiría en un escenario para sus fiestas vacías. Bajó la cabeza, derrotada.

—Es una pena —susurró Vera—, pero lo material va y viene, Cristina. Aguanta.

—Sin embargo —la voz del notario retumbó, silenciando el momento de victoria de Elena—, hay más cláusulas.

Elena rodó los ojos.
—¿Qué más? ¿El coche viejo? ¿Sus libros polvorientos? Que se los quede la niña, me da igual.

—”CLÁUSULA CUARTA,” —continuó Suárez, subiendo el volumen— “Declaro que, consciente de la situación familiar y previendo el bienestar de mi única hija, he adquirido a través de un fideicomiso privado un segundo inmueble del cual mi esposa no tenía conocimiento…”

La sonrisa de Elena se congeló. Rivas dejó de tamborilear los dedos sobre la mesa. Cristina levantó la cabeza.

—”…Lego la propiedad total y absoluta del departamento ubicado en Avenida Santa Fe número 405, Torre Panorama, Piso 25, a mi hija, Cristina Solís. Dicho inmueble se encuentra totalmente pagado, amueblado y listo para ser habitado, libre de cualquier gravamen.”

—¿Qué? —Elena saltó de su silla—. ¿Un departamento en Santa Fe? ¿En la Torre Panorama? ¡Esos departamentos cuestan millones de dólares! ¡Víctor nunca me dijo nada! ¡Ese dinero era nuestro!

—Era dinero de él, señora —corrigió Suárez con frialdad—. Y decidió usarlo para asegurar un techo para su hija. Aquí están las escrituras y las llaves, Cristina.

El notario deslizó un juego de llaves magnéticas y un documento hacia Cristina. Ella las tocó como si fueran de oro. Santa Fe… una de las zonas más modernas y seguras de la ciudad. Su padre le había comprado una casa secreta.

—¡Eso es ocultamiento de bienes conyugales! —chilló Elena, mirando a Rivas—. ¡Haz algo, inútil! ¡Demándalos!

—Cálmese, señora —murmuró Rivas, secándose el sudor de la calva—. Si el dinero salió de las cuentas personales de Don Víctor antes de la sociedad conyugal o de dividendos propios, es legal…

—¡Pero eso no es todo! —interrumpió Suárez, y esta vez había un brillo de satisfacción en sus ojos azules. Parecía estar disfrutando el momento.

Elena se dejó caer en la silla, respirando agitadamente.
—¿Qué más? ¿Qué más le dio a esta… esta mocosa?

—”CLÁUSULA QUINTA: Respecto a la sociedad mercantil denominada ‘CONSTRUCTORA SOLÍS S.A. DE C.V.’, empresa que fundé con mi trabajo y esfuerzo…”

El silencio en la sala se volvió absoluto. Incluso el tráfico de la calle Madero parecía haberse detenido. La constructora era la joya de la corona. Generaba millones al año. Era la fuente del poder y el estilo de vida de Elena.

—”…Lego el cuarenta y nueve por ciento (49%) de las acciones de la serie ‘A’ a mi esposa, Elena de la Garza, otorgándole derecho a recibir dividendos y utilidades en la proporción correspondiente.”

Elena exhaló, aliviada.
—Bueno, el 49%. Es casi la mitad. Con eso puedo vivir. Y seguro yo seré la presidenta del consejo, ¿no? Alguien tiene que manejar el negocio y esta niña no sabe ni cambiar un foco.

Suárez negó con la cabeza lentamente.
—Permítame terminar, señora.

—”…Lego el cincuenta y un por ciento (51%) restante de las acciones de la serie ‘A’, así como el Voto de Calidad en el Consejo de Administración y el cargo de Administradora Única, a mi hija, Cristina Solís.”

¡Bum!

Fue como si una bomba hubiera estallado en el centro de la mesa.

Cristina se quedó paralizada. ¿Cincuenta y uno por ciento? Eso significaba… control total. Mayoría absoluta. Elena podía tener casi la mitad de las ganancias, pero Cristina tenía el mando. Cristina decidía. Cristina era la dueña.

—¡ESO ES IMPOSIBLE! —El grito de Elena fue tan agudo que hizo vibrar los cristales de la vitrina—. ¡Es un error! ¡Víctor nunca haría eso! ¡Yo soy quien sabe de relaciones públicas! ¡Yo organicé las cenas benéficas! ¡Esa niña estudia Artes, por el amor de Dios! ¡Va a arruinar la empresa en una semana!

Elena se abalanzó sobre la mesa, intentando arrancar el documento de las manos del notario, pero Suárez fue más rápido y lo cerró.

—¡Es un fraude! —continuó gritando Elena, con el rostro desfigurado por la ira—. ¡Tú y la niña se pusieron de acuerdo! ¡Víctor estaba senil! ¡Estaba drogado con morfina! ¡Voy a impugnar este testamento! ¡Voy a demostrar que estaba loco! ¡Rivas, di algo!

El Licenciado Rivas se puso de pie, tratando de recuperar algo de dignidad.
—Colega Suárez, mi cliente tiene un punto. Don Víctor estaba en una etapa terminal muy agresiva. Tenemos informes médicos… enfermeras dispuestas a testificar sobre sus lagunas mentales. Impugnaremos la capacidad del testador. Congelaremos los activos hasta que un juez decida.

Cristina sintió que el miedo regresaba. Un juicio podía durar años. Años en los que Elena seguiría viviendo en la mansión y gastando el dinero de la empresa, mientras ella se desgastaba.

Pero el Licenciado Suárez no se inmutó. Con una calma exasperante, abrió un cajón de su escritorio y sacó una memoria USB y una carpeta médica sellada.

—Me temo, Licenciado Rivas, que eso será un camino sin salida y muy costoso para su cliente.

—¿Por qué? —preguntó Rivas, desconfiado.

—Porque Víctor Solís no era tonto. Sabía perfectamente con quién se había casado —Suárez miró fijamente a Elena—. Sabía que usted intentaría alegar demencia. Por eso, el día que firmamos este testamento, hace seis meses, no solo estuvieron presentes tres testigos intachables. También estuvo presente el Dr. Armenta, neurólogo certificado, quien expidió este certificado de plena salud mental y capacidad cognitiva en el momento de la firma.

Suárez lanzó la carpeta médica sobre la mesa, deslizándola hacia Rivas. Rivas la abrió, leyó el resumen y palideció.

—Y por si eso fuera poco —continuó Suárez, levantando la memoria USB—, todo el proceso fue grabado en video de alta definición. En este video, Víctor explica, con lujo de detalle y total lucidez, por qué toma estas decisiones. Explica explícitamente que le deja el 51% a su hija porque teme que usted, señora Elena, venda la empresa por partes para financiar su estilo de vida.

Elena se quedó helada. Su rostro pasó del rojo furia al blanco ceniza.
—¿Grabó… un video?

—Sí. Y en él tiene palabras muy… específicas para usted, Elena. Palabras que estoy seguro no querrá que se escuchen en un tribunal público ni que se filtren a la prensa de sociales que tanto le gusta.

Suárez se inclinó hacia adelante, cruzando las manos.
—Así que le sugiero, señora de la Garza, que tome su 49%, se vaya a su mansión en Bosques y deje a Cristina trabajar. Porque si intenta impugnar este testamento, haré público este video y el certificado médico. Y no solo perderá el juicio y pagará las costas legales, sino que perderá su reputación. Y sabemos que para usted, la imagen lo es todo.

Elena miraba al notario con odio puro. Luego miró a Cristina. Por primera vez en tres años, Cristina no bajó la mirada. La sostuvo. Vio a una mujer derrotada, acorralada por la inteligencia de un hombre muerto.

—Vámonos, Rivas —dijo Elena entre dientes, agarrando su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Pero señora, podríamos intentar negociar una… —empezó Rivas.

—¡He dicho que vámonos! —gritó Elena. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez hacia Cristina—. Quédate con tu empresita de cemento y ladrillos. A ver cuánto duras antes de que todo se te venga abajo. Eres una niña jugando a ser grande.

Y salió dando un portazo que retumbó en todo el edificio.

El silencio volvió a la sala. Cristina exhaló un aire que no sabía que estaba conteniendo y se desplomó en la silla. Vera la abrazó de inmediato.

—¡Lo logramos, mija! ¡Lo logramos! —decía Vera, llorando y riendo a la vez.

El Licenciado Suárez se quitó los lentes y se frotó los ojos, pareciendo repentinamente más viejo y cansado.
—Tu padre estaría orgulloso de cómo te comportaste, Cristina.

El notario le extendió un sobre blanco, cerrado, con su nombre escrito a mano con la caligrafía inconfundible de Víctor.
—Esto es para ti. Me pidió que te lo diera cuando Elena se hubiera ido. Contiene las claves de seguridad de la empresa, las cuentas bancarias personales que te dejó y… una carta.

Cristina tomó el sobre. Le temblaban las manos.
—Gracias, licenciado. Gracias por defender su memoria.

—No tienes nada que agradecer. Víctor era mi hermano. Ahora ve. Ve a tu nuevo departamento. Descansa. Mañana preséntate en la empresa. Miguel, el capataz, ya sabe todo. Él te cuidará la espalda en la obra. Pero prepárate, Cristina. Elena no se va a quedar quieta. Ha perdido una batalla, pero la guerra apenas empieza. Ella tiene el 49% y va a hacer todo lo posible para boicotearte desde adentro.

—Que lo intente —dijo Cristina, poniéndose de pie y apretando las llaves de su nuevo hogar y el sobre de su padre—. Ya no soy la niña que sacó a la calle anoche.

Vera sonrió, orgullosa.
—Esa es mi alumna.

Salieron de la notaría al sol de la tarde. La calle Madero seguía igual de ruidosa y caótica, pero para Cristina, el mundo se veía diferente. Los colores eran más brillantes. El aire, aunque contaminado, sabía a libertad.

—¿Y ahora qué? —preguntó Vera, parando un taxi—. ¿Vamos a Santa Fe?

Cristina miró hacia el poniente, donde los rascacielos de Santa Fe se recortaban contra el cielo.
—Vamos a casa, Vera. A mi nueva casa. Y luego… luego vamos a leer lo que papá tiene que decirme.

Subieron al taxi. Mientras el auto avanzaba, Cristina acarició el sobre. Sentía que su padre viajaba con ella, sonriendo, diciéndole al oído: “Te lo dije, princesa. Nunca te dejaría sola.”

Pero en el fondo de su mente, la advertencia del notario resonaba. Elena estaba herida, y un animal herido es el más peligroso de todos. Tenía el control, sí. Pero ahora tenía que aprender a usarlo. Y rápido.

CAPÍTULO 4: El Nido del Águila y la Trinchera

El taxi avanzaba a vuelta de rueda por la Avenida Constituyentes, atrapado en ese monstruo de mil cabezas que es el tráfico de la Ciudad de México a las seis de la tarde. Sin embargo, para Cristina, el caos exterior de cláxones y vendedores ambulantes toreando coches parecía una película muda. Su mente estaba en otro lado, procesando el giro de 180 grados que su vida acababa de dar en menos de veinticuatro horas.

—¡Válgame Dios, mija! —exclamó la maestra Vera, pegando la nariz a la ventanilla mientras el taxi comenzaba a subir hacia la zona de Santa Fe—. Mira nada más esos edificios. Parecen de película de ciencia ficción. Nunca vengo por acá, me queda lejísimos de mi Narvarte querida.

Santa Fe se alzaba ante ellas como una ciudadela de cristal y acero, una isla de riqueza futurista separada del resto de la capital por barrancas y autopistas. Era el símbolo del México moderno, del dinero nuevo, el lugar donde su padre, Víctor Solís, había decidido esconder su último regalo.

El taxi se detuvo frente a la Torre Panorama, un rascacielos imponente que parecía perforar las nubes bajas. El lobby era más lujoso que el hotel más caro que Cristina conocía: pisos de mármol negro, una cascada minimalista en la pared y seguridad privada que parecía salida del Servicio Secreto.

—Buenas tardes, señorita Solís —dijo el conserje, un hombre joven y amable, en cuanto ella se identificó con las llaves magnéticas que le dio el notario—. El Licenciado Suárez nos avisó de su llegada. El penthouse 25 es todo suyo. Sus huellas dactilares ya están dadas de alta en el elevador.

—¿Penthouse? —susurró Vera, abriendo los ojos como platos—. ¡Ay, Cristo! Tu papá no se andaba con chiquitas.

El elevador subió tan rápido que se les taparon los oídos. Al abrirse las puertas directamente en el departamento, ambas se quedaron sin aliento.

No era un departamento; era un mirador al mundo. Las paredes eran ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de 360 grados: el Parque La Mexicana iluminado abajo como una joya verde, y a lo lejos, el mar de luces infinito de la Ciudad de México parpadeando bajo el smog y la noche.

El lugar estaba decorado con un gusto exquisito, moderno pero cálido. Maderas finas, sofás de piel color crema, una cocina abierta con isla de granito que brillaba inmaculada. No había nada del estilo recargado y “nuevo rico” que a Elena tanto le gustaba. Esto era puro Víctor Solís: sólido, elegante y funcional.

—¡Madre mía! —Vera caminó por la sala, tocando los muebles con reverencia—. Aquí caben cuatro departamentos como el mío. Cristina, esto es… esto es seguridad, hija. Nadie te puede sacar de aquí.

Cristina dejó su maleta vieja y las bolsas de basura en la entrada. Desentonaban horriblemente con el entorno, un recordatorio brutal de dónde venía. Caminó lentamente hacia el centro de la sala. Se sentía pequeña en tanta inmensidad.

—Es hermoso —murmuró Cristina—. Pero está vacío.

—Llénalo —dijo Vera con sabiduría—. Llénalo de ti, de tu vida. Pero primero, hay algo que tienes que hacer.

Vera señaló el sobre que el notario le había dado, el que Cristina aún apretaba contra su pecho.

Cristina asintió. Se sentó en uno de los sillones frente al ventanal. La ciudad brillaba a sus pies, indiferente. Con manos temblorosas, abrió el sobre.

Adentro había una carta manuscrita, una tarjeta bancaria negra sin límite preestablecido y un papelito con una combinación numérica.

Cristina desdobló la carta. Reconoció al instante la letra de su padre: grande, inclinada, con trazos fuertes, la letra de un hombre que firmaba planos y cheques con la misma autoridad.

“Mi adorada Cristi:

Si estás leyendo esto, es que ya me fui a rendir cuentas con el Creador, y tú estás en el departamento de Santa Fe. Espero que te guste la vista. Siempre quise que miraras alto, mi niña, por encima de los problemas.

Perdóname. Esa es la primera palabra que tengo que decirte. Perdóname por haber metido al enemigo en casa. Me casé con Elena pensando que tendría una compañera para mi vejez, pero el cáncer me abrió los ojos demasiado tarde. Vi cómo te miraba cuando yo no podía defenderme. Vi la codicia en sus ojos cuando los doctores me daban malas noticias.

Sabía que, en cuanto yo faltara, ella intentaría aplastarte. Por eso tuve que actuar en las sombras, mija. Tuve que fingir que estaba más débil de lo que estaba para que ella se confiara. Tuve que comprar este lugar en secreto y transferir las acciones sin que el consejo se enterara. Fue mi última gran obra, Cristi. Y la hice solo para ti.

La empresa, ‘Constructora Solís’, es tu herencia y tu responsabilidad. Sé que estudiaste Diseño y que el cemento no es lo tuyo, pero llevas mi sangre. Tienes instinto. No dejes que Elena y sus buitres desmantelen lo que construí en 30 años. Ella tiene el 49%, pero tú tienes el mando. Úsalo.

No estás sola. Busca a Miguel, mi capataz. Él daría la vida por mí y la dará por ti. Y confía en Antonio, el abogado. Es joven, pero es el único honesto en ese nido de víboras legales. Él te guiará.

En la recámara principal, detrás del cuadro de los volcanes, hay una caja fuerte. La combinación es tu fecha de nacimiento (siempre fuiste mi día más feliz). Ahí hay efectivo para que te muevas mientras se desbloquean las cuentas. Úsalo con sabiduría.

Te amo más que a mi vida, hija. Sé fuerte. Sé una Solís. Y cuando sientas que no puedes más, mira por esa ventana y recuerda que la ciudad está llena de edificios que alguna vez fueron solo un hoyo en la tierra. Todo se puede construir si tienes los cimientos correctos.

Tu papá, que siempre te cuida,
Víctor.”

Cristina dejó caer la carta sobre su regazo. Las lágrimas brotaron, pero no eran las lágrimas desesperadas de la noche anterior. Eran lágrimas de sanación, de conexión. Su padre no la había abandonado; la había armado para la guerra.

—¿Estás bien? —preguntó Vera suavemente, poniéndole una mano en el hombro.

—Sí —dijo Cristina, secándose los ojos y levantando la barbilla—. Estoy bien. Y tengo trabajo que hacer.

Se levantó y fue a la recámara principal. Tal como decía la carta, había un óleo hermoso del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Lo movió. Detrás había una caja fuerte empotrada.

Digitó su fecha de nacimiento: 12-05-04.

Beep. Clack.

La puerta se abrió. Dentro había fajos de billetes —dólares y pesos—, pasaportes, las escrituras originales de la empresa y una memoria USB etiquetada como “EVIDENCIA ELENA”.

Cristina tomó un fajo de billetes. Eran 50,000 pesos. Más dinero del que había tenido en la mano en toda su vida.

—Vera —llamó desde la recámara—. Mañana vamos a ir de compras. Necesito ropa de “Jefa”. Y tú necesitas un abrigo nuevo.

—¡Ay, niña, no gastes en mí! —protestó Vera desde la sala.

—No es gasto, es inversión —dijo Cristina, sintiendo cómo una nueva fuerza nacía en su interior—. Mañana voy a entrar a esa constructora y Elena va a saber que la hija de Víctor Solís no vino a jugar.


A la mañana siguiente, el despertador sonó a las 6:00 AM.

Cristina apenas había dormido, pero la adrenalina suplía la falta de descanso. Se duchó en el baño de mármol que parecía un spa, y se vistió con lo mejor que pudo rescatar: un pantalón de vestir negro, una blusa blanca impecable y un saco gris. Se recogió el cabello en una coleta alta, tensa, profesional. Se miró al espejo.

Todavía se veían las ojeras de la tristeza, pero sus ojos brillaban con determinación.

—Te ves perrona, mija —dijo Vera, que ya estaba en la cocina preparando café (había encontrado la cafetera de espresso, pero insistió en hacerlo en una ollita que trajo de su casa porque “el café de máquina sabe a plástico”).

—Tengo miedo, Vera —confesó Cristina, tomando la taza—. No sé nada de construcción. No sé qué es una estimación, ni una licitación, ni nada. Me van a comer viva.

—Nadie nace sabiendo —dijo Vera, untando mantequilla en un pan tostado—. Tú eres lista. Pregunta lo que no sepas. Escucha más de lo que hables. Y sobre todo, no dejes que te vean dudar. Si te tiemblan las piernas, que sea debajo del escritorio.

Se despidieron con un abrazo fuerte. Vera se regresaría a su departamento para dar sus clases, pero prometió estar al pendiente del teléfono.

Cristina pidió un Uber. El destino no era una torre de cristal en Reforma, sino la zona industrial de Vallejo, al norte de la ciudad, donde estaba la sede operativa de Constructora Solís.

El trayecto duró una hora. Al llegar, el paisaje cambió drásticamente. De los lujos de Santa Fe pasó a calles llenas de baches, tráilers maniobrando, bodegas enormes y puestos de tacos de canasta en las esquinas rodeados de obreros con chalecos naranjas.

El edificio de la constructora era una estructura de tres pisos de ladrillo aparente, funcional y sólida, rodeada de un patio enorme lleno de maquinaria pesada: retroexcavadoras, grúas y camiones de volteo con el logo del águila y el sol: SOLÍS.

Cristina bajó del auto. El olor a diésel y polvo la golpeó. Era el olor de su infancia, cuando visitaba a su papá.

Caminó hacia la entrada. El guardia de la caseta, un hombre mayor con bigote canoso, la reconoció de inmediato y se cuadró, quitándose la gorra.

—¡Señorita Cristina! —dijo Don Chuy, con genuina alegría—. ¡Qué milagro! Mi más sentido pésame, oiga. Su padre era un santo.

—Gracias, Don Chuy —dijo ella, forzando una sonrisa—. Vengo a trabajar.

—Pásale, pásale. Es su casa. Aunque… —Don Chuy bajó la voz y miró a los lados—, el ambiente está medio pesado. La señora Elena vino ayer y corrió a dos ingenieros. Dice que va a vender las máquinas.

Cristina sintió un frío en el estómago, pero asintió.
—No se preocupe, Don Chuy. Eso se acabó hoy.

Entró al edificio. El bullicio de la oficina se detuvo en seco. Había escritorios llenos de planos, teléfonos sonando, secretarias tecleando y arquitectos discutiendo. Todos se quedaron callados al verla. Sabían quién era. Sabían del escándalo.

Una mujer de unos cuarenta años salió corriendo de detrás de un mostrador. Era Susy, la secretaria personal de su padre desde hacía quince años. Tenía los ojos hinchados de llorar.

—¡Cristi! —Susy se olvidó del protocolo y la abrazó—. ¡Bendito Dios que estás aquí! ¡Es un caos! Los proveedores están llamando porque les rebotaron los cheques, la obra de Polanco está parada y Elena se llevó la camioneta del año y la computadora de tu papá.

—Respira, Susy —dijo Cristina, separándose suavemente—. Convoca a una junta urgente. Quiero a todos los jefes de departamento en la sala de juntas en diez minutos. Y localiza a Miguel.

—¿A Don Miguel? —Susy se mordió el labio—. Él está en el patio, peleándose con unos tipos que vinieron a embargar una retroexcavadora por orden de Elena.

—¿Qué? —Cristina sintió que la sangre le hervía.

Sin pensarlo, dio media vuelta y salió al patio trasero, sus tacones repiqueteando en el concreto.

Allá, junto a una enorme máquina Caterpillar amarilla, había un grupo de hombres discutiendo. Reconoció la espalda ancha y la camisa a cuadros de Don Miguel, el capataz general, un hombre que parecía tallado en la misma piedra que usaban para los cimientos. Estaba gritándole a dos tipos de traje barato que sostenían unos papeles.

—¡Que les digo que no se la llevan! —bramaba Miguel, con la cara roja de ira—. ¡Esta máquina es vital para la obra del Hospital General! ¡Si se la llevan, nos atrasamos y nos multan!

—Son órdenes de la accionista Elena de la Garza —decía uno de los tipos con prepotencia—. Tenemos una orden de venta firmada.

—¡Esa orden no vale ni el papel en el que está escrita! —gritó Cristina.

Todos se giraron. Cristina caminó hacia ellos, ignorando el lodo que manchaba sus zapatos. Se plantó entre Don Miguel y los tipos.

—¿Y usted quién es, muñeca? —preguntó el del traje barato con una sonrisa burlona.

—Soy Cristina Solís. Dueña del 51% de esta empresa y Administradora Única —dijo ella, sacando de su bolsa la copia certificada del testamento que el notario le había dado (Vera le había dicho: “Llévala contigo hasta al baño”). Se la puso en la cara al tipo—. Y si toca esa máquina, lo voy a demandar por robo calificado y allanamiento. La firma de la señora Elena ya no tiene validez para disponer de activos sin mi autorización.

El tipo miró el papel, vio el sello notarial y la fecha reciente. Su sonrisa se borró.
—Nosotros solo cumplimos órdenes, señorita. Nos dijeron que la viuda era la dueña.

—Pues les informaron mal. Regresen a su agujero y díganle a quien los mandó que esta empresa no está en liquidación. ¡Largo! —Su voz resonó con una autoridad que no sabía que tenía. Tal vez era la voz de Víctor saliendo por su garganta.

Los tipos intercambiaron miradas, vieron a Don Miguel tronándose los nudillos y a varios obreros que se habían acercado con palas y llaves inglesas en la mano. Decidieron que no valía la pena pelear. Se subieron a su coche y se fueron.

Don Miguel se quitó el casco y miró a Cristina. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mija… perdón, señorita Cristina. Pensé que nos había abandonado. Pensé que la bruja esa había ganado.

—Nunca, Miguel —dijo Cristina, sintiendo que las piernas le empezaban a temblar ahora que el peligro había pasado—. Papá me dejó a cargo. Pero no tengo idea de qué estoy haciendo. Necesito que me ayudes.

Miguel sonrió, mostrando un diente de oro.
—Usted tiene los pantalones bien puestos, igualito a Don Víctor. Con eso basta pa’ empezar. Lo demás, yo se lo enseño.

En ese momento, un joven salió del edificio principal, caminando a paso rápido hacia ellos. Llevaba un traje azul marino impecable, pero sin corbata, y tenía el cabello un poco despeinado, como si hubiera estado pasándose las manos por la cabeza con frustración. Llevaba un montón de carpetas bajo el brazo.

—¡Miguel! —gritó el joven—. ¡Ya paré el embargo de las cuentas en el banco, pero necesitamos…!

Se detuvo en seco al ver a Cristina.

Cristina lo miró. Era alto, de tez morena clara y ojos oscuros, inteligentes y profundos. Tenía esa mezcla rara de profesionalismo y pasión.

—Cristina, él es el Licenciado Antonio —presentó Miguel—. El abogado de la empresa. El único que no se vendió a Elena. Lleva dos días durmiendo aquí en la oficina para que no nos roben los papeles.

Antonio la miró un segundo, como si estuviera viendo un fantasma, y luego extendió la mano. Su agarre fue firme y cálido.
—Cristina… es un honor. Tu padre hablaba de ti todo el tiempo. Lamento mucho todo este desastre.

—Gracias, Antonio —dijo ella. Sintió una pequeña corriente eléctrica al tocar su mano, pero la ignoró. No había tiempo para eso—. En la carta, papá me dijo que confiara en ti.

—Tu padre me sacó de un problema muy fuerte cuando nadie más creía en mí —dijo Antonio con seriedad—. Le debo mi carrera. Y no voy a dejar que Elena destruya su legado. Pero tenemos problemas graves, Cristina. Muy graves.

—Vamos a mi oficina —dijo Cristina—. Y explícame qué tan mal estamos.

Subieron al segundo piso. La oficina de Víctor estaba al final del pasillo. La puerta estaba entreabierta. Al entrar, Cristina sintió un golpe en el pecho.

El lugar estaba saqueado.

Los cajones del escritorio de caoba estaban abiertos y vacíos. Faltaba la computadora. Los cuadros de las paredes habían sido descolgados. Incluso se habían llevado la cafetera y la silla ergonómica de cuero de su padre. Solo quedaba el escritorio desnudo y una silla de visitas barata.

—Elena estuvo aquí ayer —dijo Antonio, cerrando la puerta tras ellos—. Se llevó “sus cosas”, según ella. Se llevó los discos duros con la contabilidad de los últimos cinco años, los contratos originales y la lista de clientes VIP.

—Quiere dejarnos ciegos —murmuró Cristina, pasando la mano por el escritorio vacío—. Quiere que no podamos operar.

—Exacto —Antonio tiró sus carpetas sobre la mesa—. Sin esa información, no podemos cobrar las estimaciones pendientes. Si no cobramos esta semana, no hay nómina para los albañiles el sábado. Y si no hay nómina…

—La obra se para y los sindicatos nos comen vivos —completó Cristina, recordando las lecciones de sobremesa de su padre—. ¿Cuánto necesitamos para la nómina?

—Cuatrocientos mil pesos. Y las cuentas de la empresa están en ceros o bloqueadas por el pleito legal que Elena inició ayer mismo impugnando el testamento. Aunque el notario la asustó, ella ya había metido un amparo preventivo.

Cristina miró a Antonio y luego a Miguel, que esperaba en la puerta con el casco en la mano. La situación era crítica. Elena jugaba a matar. Si no pagaban el sábado, la gente se iría, la reputación de Solís se iría al suelo y la empresa quebraría en un mes.

Cristina respiró hondo. Recordó la caja fuerte en el departamento. Recordó el fajo de billetes.

—Antonio, ¿tienes coche? —preguntó.

—Sí, un Honda viejito, pero jala.

—Bien. Vamos a mi departamento en Santa Fe. Tengo el dinero para la nómina.

Antonio y Miguel se miraron, sorprendidos.
—¿Tiene medio millón de pesos en efectivo? —preguntó Antonio, incrédulo.

—Digamos que mi papá era un hombre muy precavido —dijo Cristina, sentándose en la silla de visitas que ahora era su trono—. Miguel, dile a la gente que siga trabajando. El sábado se paga. Palabra de Solís.

Miguel sonrió, se puso el casco y asintió con respeto militar.
—¡A hueamecharle ganas, muchachos! —gritó al salir al pasillo—. ¡Ya llegó la patrona y trae tortas!

Cristina se quedó a solas con Antonio. El joven abogado la miraba con una nueva apreciación, una mezcla de respeto y curiosidad.

—Estás loca —dijo él, pero con una sonrisa leve—. Poner tu dinero personal para salvar la empresa… es arriesgado. Si Elena gana el juicio, no recuperarás ese dinero.

—Elena no va a ganar —dijo Cristina, mirándolo a los ojos—. Porque te tengo a ti, ¿no? Tú eres el mejor abogado, según mi papá.

Antonio se sonrojó ligeramente y se aflojó el nudo de la corbata.
—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos, Cristina. Te lo juro. Pero prepárate. Elena no solo va a atacarnos con abogados. Va a jugar sucio. Va a intentar romperte emocionalmente.

—Que venga —dijo Cristina, sacando su celular que no paraba de vibrar con notificaciones—. Ya me rompió una vez. Pero se le olvidó que los vidrios rotos cortan.

En ese momento, el teléfono de la oficina (el único que Elena no se había llevado porque era viejo y de cable) sonó. Cristina levantó el auricular.

—Constructora Solís, oficina de la Dirección —dijo.

—Vaya, vaya… así que decidiste jugar a la casita en mi oficina —la voz de Elena al otro lado de la línea era puro veneno—. Disfruta la silla, querida. Porque te aseguro que tiene una pata rota. Y por cierto, espero que sepas lidiar con el Sindicato de Transportistas. Acabo de desayunar con su líder y me dijo que, casualmente, van a bloquear el acceso a tus obras mañana por “falta de medidas de seguridad”. Buena suerte con eso.

Click.

Cristina colgó el teléfono lentamente.
—¿Qué pasó? —preguntó Antonio, viendo su expresión.

—Elena —dijo Cristina—. Dice que mañana nos bloquean los transportistas.

Antonio soltó una maldición y se pasó la mano por el pelo.
—El “Gordo” Macías. Es un mafioso. Si nos bloquea la entrada de material, estamos muertos.

Cristina miró por la ventana hacia el patio, donde los hombres trabajaban bajo el sol, confiando en ella. Sintió el miedo, sí, frío y paralizante. Pero luego recordó la carta. “Eres dura como el concreto”.

—Antonio —dijo ella, levantándose—. ¿Sabes dónde desayuna ese tal “Gordo” Macías?

—Sí, en una cantina por la Doctores. ¿Por qué?

—Porque vamos a ir a verlo. Ahora mismo.

—Cristina, eso es peligroso. Ese tipo es un delincuente.

—No me importa. Es mi empresa. Son mis trabajadores. Y nadie va a parar mis obras. ¿Vienes o voy sola?

Antonio la miró un segundo, evaluando la locura y la valentía en sus ojos. Luego, sonrió, una sonrisa amplia y cómplice que iluminó su rostro cansado. Agarró sus llaves y su saco.

—No dejaría que fueras sola ni loco. Vamos, Jefa. A ver de qué cuero salen más correas.

Cristina salió de la oficina, sus tacones resonando con fuerza. La guerra había comenzado, y ella acababa de decidir que no la pelearía desde una trinchera, sino en el frente de batalla.

CAPÍTULO 5: De Tequila, Sangre y Lealtades Rotas

El Honda Civic de Antonio tenía el aire acondicionado descompuesto, así que tuvieron que bajar las ventanas. El aire caliente y contaminado de la colonia Doctores entró en el auto, trayendo consigo una mezcla de olores: grasa de tacos de suadero, humo de escape y esa electricidad estática que precede a la violencia en los barrios bravos de la capital.

Cristina iba en el asiento del copiloto, aferrada a su bolso como si fuera un salvavidas. A pesar de su apariencia serena —la coleta alta y tensa, el maquillaje impecable que ocultaba el terror—, por dentro sentía que se iba a desmayar.

—Todavía estamos a tiempo de dar la vuelta, Cristina —dijo Antonio, mirándola de reojo mientras esquivaba un bache del tamaño de un cráter en la Avenida Dr. Vértiz—. El “Gordo” Macías no es un tipo con el que se negocia tomando el té. Es el líder del sindicato de transportistas más corrupto de la ciudad. Ha mandado golpear a ingenieros por menos de lo que tú vas a hacer.

—Si damos la vuelta, perdemos —respondió Cristina, con la voz fija en el frente—. Si perdemos mañana, no pagamos la nómina. Si no pagamos, la empresa muere. Y si la empresa muere, Elena gana. No voy a dejar que gane, Antonio. No hoy.

Antonio suspiró, una mezcla de frustración y admiración.
—Eres igual de terca que tu padre. Don Víctor una vez se paró frente a una excavadora para evitar que clausuraran una obra injustamente.

—Cuéntame —pidió ella, necesitando distraerse—. Dijiste que él te salvó. Nunca me has contado la historia completa.

Antonio frenó en un semáforo en rojo. Un limpiaparabrisas se acercó, pero él le hizo una seña negativa con la mano.
—Fue hace tres años. Yo era un pasante tonto recién salido de la libre de derecho. Trabajaba en un despacho grande, de esos de “renombre”. Mi jefe me obligó a firmar unos documentos fraudulentos para una constructora fantasma. Yo no sabía lo que estaba firmando, era un novato. Cuando el fraude explotó, me echaron la culpa a mí. Iba a perder mi cédula profesional antes de tenerla, e incluso podía ir a la cárcel.

El semáforo cambió a verde. Antonio metió primera con fuerza.
—Nadie me creía. Mis propios padres dudaban. Entonces, tu papá, que era cliente de ese despacho, vio mi expediente. No sé qué vio en mí. Quizás vio a un chamaco asustado. Pidió hablar conmigo. Me interrogó durante dos horas. Al final, dijo: “Este muchacho es honesto, solo es pendejo. Y lo pendejo se quita, lo deshonesto no”.

Cristina soltó una risita nerviosa. Sonaba exactamente como su padre.

—Pagó mi fianza —continuó Antonio, su voz suavizándose—. Me contrató como asistente legal en Constructora Solís. Me pagó la maestría. Me dio una vida, Cristina. Por eso estoy aquí, manejando hacia la boca del lobo contigo. Porque le debo todo a Víctor Solís. Y ahora, te lo debo a ti.

Cristina lo miró. Vio la lealtad inquebrantable en sus ojos oscuros, la tensión en sus manos sobre el volante. Sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el clima.
—Gracias, Antonio. Prometo que no seré tan “pendeja” como tú al principio —bromeó para aligerar la tensión.

—Eso espero, Jefa. Porque ya llegamos.

Se estacionaron frente a “El Último Trago”, una cantina de mala muerte con puertas de vaivén de madera vieja y un letrero de neón que parpadeaba con un zumbido molesto. Desde afuera se escuchaba la música de banda a todo volumen y risotadas de hombres borrachos.

—Quédate detrás de mí —instruyó Antonio, bajando del auto y abrochándose el saco para ocultar (o quizás para verificar) que no llevaba armas, aunque su postura era defensiva.

Al entrar, el silencio cayó sobre el lugar como una losa de concreto. La cantina estaba llena de humo de cigarro y olor a orines y cerveza barata. Había aserrín en el suelo. Las mesas estaban ocupadas por hombres con camisas desabotonadas, sombreros y miradas turbias. No había ni una sola mujer.

Todas las cabezas se giraron hacia Cristina. Ella destacaba como un diamante en un basurero: alta, elegante, limpia. Sintió las miradas lascivas recorriendo su cuerpo, pero enderezó la espalda, levantó la barbilla y caminó con el paso firme que había aprendido en sus clases de ballet, ignorando el miedo que le helaba la sangre.

Al fondo del local, en una mesa redonda que parecía un trono improvisado, estaba él.

Rubén “El Gordo” Macías hacía honor a su apodo. Era un hombre inmenso, con una camisa de seda Versace (probablemente pirata o de muy mal gusto) abierta hasta el ombligo, mostrando cadenas de oro gruesas como dedos. Estaba comiendo un plato de birria con las manos, la grasa escurriendo por su barbilla. A su alrededor, cuatro guardaespaldas con aspecto de ex-policías la miraban sin pestañear.

—Buenas tardes, Señor Macías —dijo Cristina, deteniéndose frente a la mesa. Su voz resonó clara por encima de la música, que alguien había tenido la decencia (o la curiosidad) de bajar.

El Gordo se chupó un dedo ruidosamente, tomó un trago de su cerveza y luego soltó una carcajada que hizo temblar su papada.
—¡Miren nada más lo que trajo el gato! —bramó—. Pero si es la princesita Solís. Y trae a su perro guardián.

Antonio dio un paso al frente, tenso, pero Cristina le puso una mano en el pecho para detenerlo.
—Vengo a hablar de negocios, Macías. No a intercambiar insultos.

—¿Negocios? —El Gordo se limpió la boca con el dorso de la mano—. Yo no hago negocios con niñas. Y menos con niñas que ya están muertas. Tu madrastra, la señora Elena, ya me llamó. Me dijo que la empresa es suya y que tú eres una… ¿cómo dijo? Una “usurpadora berrinchuda”.

—Elena miente —dijo Cristina, sacando de su bolso una copia del testamento y poniéndola sobre la mesa, justo al lado del plato de birria—. Aquí está el testamento notariado. Soy la dueña del 51% de las acciones y la Administradora Única. Elena de la Garza tiene el 49%, sí, pero no tiene firma autorizada para contratos ni pagos.

Macías ni siquiera miró el papel.
—Papelitos… a mí me valen madre los papelitos, muñeca. Aquí lo que manda es la lana. Y la señora Elena me mandó un “regalito” muy generoso ayer por la tarde para asegurar que mis camiones no muevan ni un gramo de arena a tus obras.

—¿Cuánto? —preguntó Cristina, directa.

—Quinientos mil pesos. En efectivo. Y la promesa de exclusividad en todas las obras futuras.

Cristina sintió un golpe. Tenía medio millón en la caja fuerte, sí. Pero era para la nómina. Si se lo daba a Macías, los obreros no cobraban. Si pagaba a los obreros, Macías bloqueaba la obra y la empresa quebraba igual. Era un jaque mate.

Elena había calculado bien.

—No tengo quinientos mil pesos para darte hoy —admitió Cristina, manteniendo la mirada fija en los ojos porcinos del líder sindical.

Macías soltó una risotada cruel.
—Entonces, ¿a qué viniste? ¿A ofrecerme cuerpomátic? Porque estás muy bonita, flaca, pero no vales medio melón.

Antonio se abalanzó.
—¡Cierra la boca, cerdo!

Dos guardaespaldas de Macías sacaron pistolas de debajo de sus chamarras y apuntaron a la cabeza de Antonio. El sonido de los seguros quitándose fue ensordecedor en el silencio de la cantina.

—¡Antonio, no! —gritó Cristina, poniéndose frente a él—. ¡Quietos todos!

Cristina se volvió hacia Macías. Su corazón latía tan fuerte que le dolía, pero su mente, extrañamente, se aclaró. Recordó lo que le decía su padre sobre estos hombres: “Son animales de poder, Cristi. El dinero les gusta, pero el respeto les obsesiona. Si huelen miedo, te comen. Si huelen autoridad, te siguen”.

Cristina se acercó a la mesa, ignorando las armas. Se inclinó hacia Macías, invadiendo su espacio, hasta que pudo oler su aliento rancio.

—Escúchame bien, Rubén —dijo, usando su nombre de pila, algo que nadie se atrevía a hacer—. Tú conocías a mi padre. Víctor Solís te dio tu primer contrato grande cuando nadie quería trabajar contigo porque tenías fama de tranza. Él te dio la mano cuando estabas empezando.

La sonrisa de Macías titubeó un segundo.
—Don Víctor era un cabrón bien hecho. Un hombre de palabra. Tú no eres él.

—Soy su sangre —siseó Cristina—. Y tengo su memoria. Elena… Elena es una turista en este negocio. Ella te pagó medio millón hoy, sí. Pero, ¿tú crees que ella va a seguir construyendo? Elena quiere vender las máquinas, liquidar la empresa y largarse a Europa a gastarse la herencia.

Cristina vio que había captado su atención. Continuó, implacable.
—Si te vas con ella, te ganas medio millón hoy y mañana te quedas sin cliente. Constructora Solís es tu cliente más grande en la zona norte. Si la empresa cierra, tú pierdes millones al año en contratos futuros.

Macías frunció el ceño, procesando la lógica empresarial.
—¿Y tú qué ofreces? No tienes lana.

—Te ofrezco futuro —dijo Cristina, irguiéndose—. Te ofrezco un contrato de exclusividad por cinco años, firmado por mí, la dueña legítima. Te ofrezco seguir trabajando. Te ofrezco lealtad. Pero si decides bloquear mis obras mañana… te juro por la memoria de mi padre que voy a contratar camiones de Puebla, de Tlaxcala o de donde sea. Voy a traer a la Guardia Nacional si es necesario para proteger mi entrada. Y cuando gane… porque voy a ganar… tú y tu sindicato van a estar vetados de por vida en mis obras.

Hubo un silencio tenso. Macías la miraba, evaluando si la chica estaba blofeando. Cristina sostuvo la mirada, canalizando toda la furia, el dolor y la dignidad de las últimas 48 horas.

De repente, Macías hizo una seña con la mano. Los guardaespaldas bajaron las armas.

El Gordo tomó una botella de tequila Herradura que tenía en la mesa y sirvió dos caballitos hasta el borde.
—Tienes huevos, niña —gruñó—. Más que muchos ingenieros que han venido a llorarme aquí. Tienes los ojos de Víctor.

Empujó un vaso hacia ella.
—Si te tomas esto conmigo, sin hacer caras, levanto el bloqueo. Como muestra de buena fe por la memoria de tu papá. Pero el lunes quiero ver un adelanto, o mis camiones se paran.

Cristina miró el vaso. Odiaba el tequila. Pero sabía que era una prueba.
—Trato hecho.

Tomó el vaso.
—¡Por Constructora Solís! —brindó ella.
—Por el Patrón Víctor —respondió Macías.

Cristina se llevó el vaso a la boca y se lo tomó de un solo trago, sin respirar. El líquido le quemó la garganta como lava, le hizo llorar los ojos, pero no tosió. Golpeó el vaso vacío contra la mesa con fuerza.

—¡Ahhh! —exclamó Macías, golpeando la mesa también—. ¡Así se hace! Está bien, jefa. Mañana a las 7 AM mis camiones están ahí. Dile a la viuda que su dinero no compra la lealtad de la Doctores.

Cristina asintió, sintiendo que las piernas se le iban a doblar en cualquier momento.
—Gracias, Macías. Vámonos, Antonio.

Salieron de la cantina caminando despacio, sintiendo las miradas en la nuca. En cuanto cruzaron la puerta y el aire de la calle les dio en la cara, Cristina se derrumbó.

Antonio la atrapó antes de que cayera al suelo sucio de la acera.
—¡Cristina! ¡Cristina! ¿Estás bien?

Ella se aferró a las solapas de su saco, temblando incontrolablemente. La adrenalina se estaba yendo, dejándola vacía.
—Lo hice… ¿verdad? Lo convencí.

Antonio la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus rostros estaban a centímetros. Podía ver cada pestaña de sus ojos, sentir su respiración agitada.
—Lo hiciste. Fuiste increíble. Nunca había visto a nadie domar a Macías así. Eres… eres extraordinaria.

Por un momento, el tiempo se detuvo en esa calle peligrosa. El ruido del tráfico desapareció. Solo existían ellos dos, unidos por el peligro y la victoria compartida. Antonio bajó la mirada a los labios de ella, y Cristina sintió un impulso magnético de acercarse más.

Pero el claxon de un camión los hizo saltar. Se separaron, ambos sonrojados y confundidos.

—Tenemos que irnos —dijo Antonio, aclarándose la garganta—. Esto sigue siendo zona peligrosa.

Subieron al auto. Mientras se alejaban, Cristina empezó a reírse. Una risa histérica, de alivio.
—¡Le gané! ¡Le gané a Elena sin gastar un peso!

Antonio sonrió, relajándose por primera vez en el día.
—Ahora solo falta pagar la nómina, arreglar las máquinas, recuperar la contabilidad y ganar el juicio. Pan comido.

—Paso a paso, licenciado. Paso a paso. Oye…

—¿Qué?

—Tengo un hambre que me muero. Ese tequila me abrió un hoyo en el estómago.

Antonio se rio.
—Conozco unos tacos de pastor aquí a la vuelta que son gloriosos. ¿Te animas, Jefa? ¿O prefieres un restaurante en Santa Fe?

—Llévame a los tacos —dijo Cristina, quitándose los tacones y subiendo los pies al tablero del coche—. Hoy me siento más de barrio que de penthouse.

Comieron tacos de pie, en la calle, manchándose las manos de salsa y piña. Cristina nunca había probado algo tan delicioso. Antonio la miraba comer con una sonrisa boba en la cara, fascinado por esa mujer que podía ser una dama de sociedad, una guerrera empresarial y una chica sencilla al mismo tiempo.


Mientras tanto, en la mansión de Bosques de las Lomas.

Elena de la Garza estaba en su jacuzzi, con una copa de champaña en la mano, disfrutando del silencio de la casa que finalmente era toda para ella. Se imaginaba a Cristina llorando en algún rincón sucio, derrotada.

Su teléfono sonó. Era un número privado.

—¿Bueno? —contestó, esperando escuchar al “Gordo” Macías confirmarle que la obra estaba parada.

—Señora Elena —la voz de Macías sonaba burlona—. Le llamo pa’ decirle que puede pasar a recoger su lana cuando quiera. O se la mando con un muchacho.

Elena se enderezó, tirando un poco de champaña al agua.
—¿De qué hablas, imbécil? Quédate el dinero, es el pago por el bloqueo.

—Ya no hay bloqueo, señora. Hubo un cambio de planes. La nueva patrona vino a verme.

—¿Cristina? —Elena sintió que la bilis le subía a la garganta—. ¿Esa estúpida fue a la Doctores? ¿Qué te ofreció? No tiene dinero.

—Me ofreció respeto, señora. Y huevos. Cosa que a usted le falta. Hice trato con ella. Así que su dinero aquí no sirve. Y le aviso… no me vuelva a llamar pa’ chingaderas. Yo estoy con los Solís.

Click.

Elena se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de desconexión.
Lanzó el celular con todas sus fuerzas contra la pared de mármol del baño. El aparato se hizo añicos y cayó al agua.

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea! —gritó, golpeando el agua con los puños, salpicando todo.

Salió del jacuzzi, temblando de furia, no de frío. Se envolvió en una bata de seda.
—Crees que ganaste, ¿verdad, niñita? Crees que por hablar con un camionero ya eres empresaria.

Elena caminó hacia su vestidor, un cuarto del tamaño de un departamento pequeño. Fue hacia una caja fuerte escondida detrás de un espejo (una que Víctor le había enseñado y que ella usaba para sus propios secretos).

Sacó una carpeta vieja, llena de polvo.
Era una carpeta que había encontrado hacía años, revisando las cosas viejas de la primera esposa de Víctor, la madre de Cristina. Víctor nunca supo que Elena la tenía.

La abrió. Adentro había cartas, fotos y un certificado de nacimiento que contaba una historia muy diferente a la oficial. Una historia que podría destruir la legitimidad de Cristina no solo como dueña, sino como hija.

Elena sonrió, una sonrisa torcida y malévola reflejada en el espejo.
—Macías te dio el paso, querida. Pero yo te voy a quitar el apellido. Vamos a ver si tus leales empleados siguen a una “Solís” que ni siquiera es una Solís.

Tomó el teléfono fijo de la recámara y marcó un número.
—¿Diga?
—Licenciado Rivas. Soy Elena.
—Señora, es tarde…
—Cállese y escuche. Olvide la demanda de demencia. Tengo algo mejor. Quiero que contrate a un detective privado y que prepare una demanda de impugnación de paternidad.
—¿Paternidad? Pero… Cristina está reconocida.
—Hay secretos, Rivas. Secretos sucios. Venga a mi casa mañana a primera hora. Vamos a destruir a esa bastarda de una vez por todas.


Lejos de allí, en el departamento de Santa Fe, Cristina entraba arrastrando los pies pero con el corazón ligero. Vera ya estaba dormida en la habitación de huéspedes.

Cristina se acercó al ventanal. La ciudad brillaba.
Sacó su celular y vio que tenía un mensaje de Antonio.

“Descansa, Jefa. Hoy estuviste increíble. Mañana conquistamos el mundo. A.”

Cristina sonrió y apretó el teléfono contra su pecho.
—Buenas noches, Antonio —susurró a la soledad del penthouse.

Se sentía fuerte. Se sentía capaz.
Pero no tenía idea de que la verdadera tormenta apenas se estaba formando, y que el siguiente golpe no vendría por el dinero, sino por su propia identidad.

CAPÍTULO 7: Secretos en la Sangre y el Libro Negro

El trayecto de regreso a Santa Fe fue silencioso, pero ya no era ese silencio pesado y asfixiante de los funerales. Era un silencio cargado de electricidad, de pensamientos que corrían a mil por hora y de la conciencia aguda de dos cuerpos que acababan de cruzar una línea irreversible en la azotea de un edificio industrial.

Cristina miraba por la ventana cómo la Ciudad de México se encendía bajo el crepúsculo. El smog convertía la puesta de sol en una acuarela de morados y naranjas tóxicos pero hermosos. Se tocó los labios inconscientemente, recordando la presión de la boca de Antonio. En medio del caos, de la duda sobre su propia identidad, ese beso había sido su única certeza.

—¿En qué piensas? —preguntó Antonio, sin apartar la vista del tráfico denso de la Supervía Poniente.

—En mi papá —dijo ella, y luego se corrigió—: En Víctor. No sé cómo llamarlo ahora. Siento que… siento que viví engañada diecinueve años. Que cada “te quiero” fue una mentira piadosa.

Antonio estiró la mano y tomó la de ella, entrelazando sus dedos sobre la palanca de velocidades. Su mano era cálida y firme.
—El amor no se finge por diecinueve años, Cristina. La gente puede fingir muchas cosas: honestidad, lealtad, hasta orgasmos. Pero el amor de un padre que se levanta a las tres de la mañana cuando tienes fiebre, o que se pelea con medio mundo para dejarte un futuro… eso no se finge. Eso es más real que el ADN.

Cristina apretó su mano.
—Espero que tengas razón. Porque si no, Elena tiene razón. Soy un fraude.

Llegaron a la Torre Panorama. El valet parking recibió el humilde Honda de Antonio con el mismo respeto que si fuera un Ferrari, sabiendo ya que era visita de la dueña del Penthouse.

Subieron en silencio. Al abrir la puerta del departamento, encontraron a la maestra Vera dormida en el sofá con un libro de Cien Años de Soledad sobre el pecho. Se despertó sobresaltada.

—¡Ay, caray! Me quedé jetona —dijo Vera, acomodándose los lentes—. ¿Cómo les fue? ¿Por qué traen esas caras de velorio? ¿Salió mal la nómina?

—La nómina salió bien —dijo Cristina, dejando su bolso en la entrada—. Pero Elena sacó su arma secreta.

Le contaron todo. La carta de su madre, la foto del desconocido, la amenaza de impugnación de paternidad. Vera escuchó con la boca abierta, santiguándose varias veces.

—¡Hija de la gran… siete leches! —exclamó Vera, indignada—. Esa mujer no tiene límites. Pero a ver, Cristina, mírame. Tú eres una Solís. Tienes los gestos de Víctor, su necedad, su forma de caminar. Y aunque fueras hija del lechero, él te reconoció. Legalmente eso es oro.

—Elena dice que puede anularlo por “vicio de consentimiento” —intervino Antonio, ya en modo abogado, quitándose el saco y aflojándose la corbata—. Dice que Víctor fue engañado por la madre de Cristina y que si lo hubiera sabido, no la habría reconocido. Es un argumento difícil de probar, pero suficiente para congelar la herencia años.

—A menos… —murmuró Cristina, caminando hacia el ventanal—. A menos que él lo supiera.

—¿Cómo? —preguntó Vera.

—Si Víctor sabía que no era mi padre biológico y aun así me reconoció, no hay engaño. No hay “vicio”. Es un acto voluntario y consciente de amor. Y si es voluntario, es irrevocable.

Antonio chasqueó los dedos.
—¡Exacto! Si encontramos una prueba de que él sabía la verdad desde el principio, la demanda de Elena se va a la basura.

—La caja fuerte —dijo Cristina, girándose con determinación—. En la carta dijo que había documentos importantes. Yo solo agarré el dinero y las escrituras por la prisa. Pero había más cosas al fondo. Y estaba la memoria USB.

Corrieron a la recámara principal. Cristina quitó el cuadro de los volcanes y tecleó la combinación: 12-05-04.

La puerta de acero se abrió.

Cristina sacó todo lo que había. Los fajos de billetes restantes, los pasaportes… y una caja de madera vieja, tallada a mano, que olía a cedro. También sacó la memoria USB plateada que tenía una etiqueta adhesiva escrita con plumón: “PARA CRISTINA – CASO DE EMERGENCIA”.

—Primero la caja —dijo Cristina. Se sentaron en la cama king-size los tres.

Abrió la caja de madera.
Adentro no había joyas. Había recuerdos. El brazalete del hospital cuando Cristina nació. Su primer diente de leche. Un dibujo garabateado que decía “Te amo papá”. Y hasta el fondo, un sobre azul, sellado con lacre, que decía: “LA VERDAD”.

A Cristina le temblaban las manos tanto que Antonio tuvo que ayudarla a abrirlo.
Sacaron una carta, fechada hace dieciocho años. Y junto a ella, un documento legal: una Renuncia de Patria Potestad.

Cristina desdobló el documento legal primero. Estaba firmado por un tal “Eduardo Mendoza”.
—”Yo, Eduardo Mendoza, renuncio a cualquier derecho sobre la menor nacida de mi relación con Mariana…” —leyó Cristina en voz alta. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Este es… este es mi padre biológico.

—Mira la fecha —dijo Antonio, señalando—. Es dos meses antes de que tú nacieras. Y mira quién firma como testigo.

Ahí, con su firma inconfundible, estaba: Víctor Andrés Solís.

—¡Lo sabía! —gritó Cristina, una mezcla de risa y llanto explotando en su garganta—. ¡Él lo sabía! ¡Él estuvo ahí cuando este tipo renunció a mí!

Antonio tomó el papel, analizándolo con ojos de jurista.
—Esto es dinamita pura, Cristina. Esto prueba que Víctor no solo sabía que no eras su hija biológica, sino que activamente gestionó la renuncia del padre biológico para poder reconocerte él. No hubo engaño. Hubo adopción de facto. Elena no tiene caso. Con este papel, cualquier juez se reirá de su demanda.

Cristina tomó la carta adjunta. Era de Víctor.

“Mi niña:

Si estás leyendo esto, es porque alguien (seguramente Elena, que siempre fue muy curiosa con el pasado) ha intentado usar tu origen en tu contra.

Quiero que sepas la historia por mí. Tu mamá y yo nos conocimos cuando ella ya estaba embarazada. Eduardo, tu padre biológico, era un cobarde que se asustó con la responsabilidad. Cuando te vi en el ultrasonido, algo pasó en mí. Supe que eras mía. No por biología, sino por destino.

Yo le pedí a tu mamá que nos casáramos. Yo pagué para que Eduardo firmara esa renuncia y desapareciera. Yo corté tu cordón umbilical. El ADN es un manual de instrucciones, Cristi, pero la paternidad es una construcción diaria, ladrillo a ladrillo, como mis edificios.

Nunca te lo dije porque no quería que te sintieras menos. No quería que pensaras que había una ‘verdad’ distinta a la nuestra. Tú eres mi hija. Punto. Y nadie, ni la ley, ni la sangre, ni Elena, puede cambiar eso.

Te amo,
Papá.”

Cristina abrazó la carta contra su pecho y lloró. Pero esta vez fue un llanto liberador, profundo, que limpió toda la duda y la vergüenza que Elena le había inyectado esa mañana. Se sintió más Solís que nunca.

Vera se sonaba la nariz ruidosamente con un kleenex.
—Ay, ese Víctor… siempre fue un chingón, con perdón de la palabra.

Antonio le puso una mano en la espalda a Cristina.
—Ya tenemos la defensa, Cristina. Con esto ganamos el juicio de paternidad. Pero… eso solo nos defiende. No ataca.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, limpiándose los ojos.

—Elena sigue teniendo el 49% de las acciones. Sigue teniendo dinero. Sigue pudiendo bloquearnos, comprar sindicatos, hacer la vida imposible. Necesitamos sacarla de la ecuación para siempre. Necesitamos que venda sus acciones y se largue.

Cristina miró la memoria USB que seguía en la cama.
—La memoria —dijo—. La etiqueta dice “Caso de Emergencia”.

Antonio fue por su laptop y la trajo a la cama. Conectó el USB.
Se abrió una carpeta llena de archivos de Excel, PDFs escaneados y grabaciones de audio.
El nombre de la carpeta principal era: “AUDITORÍA FORENSE – ELENA – DESFALCO”.

—¡Santo cielo! —exclamó Antonio mientras abría los archivos—. Mira esto.

Empezaron a revisar. Era un registro meticuloso, recopilado por Víctor durante los últimos dos años de su vida.

—Aquí hay transferencias a cuentas en las Islas Caimán —señaló Antonio—. Disfrazadas como pagos a proveedores de materiales que no existen. “Materiales del Norte SA de CV”… empresa fantasma.

—Y aquí —señaló Cristina un archivo de audio—, hay grabaciones.

Le dieron play. Se escuchó la voz de Elena, inconfundible, hablando por teléfono.
“…Sí, necesito que infles la factura del concreto un 20%. Víctor está muy drogado, no se va a dar cuenta. Manda la diferencia a mi cuenta personal en Suiza. Necesito liquidez para pagar la deuda de juego en Las Vegas…”

—¿Deuda de juego? —preguntó Vera—. ¿La señora fina es ludópata?

—Al parecer —dijo Antonio, revisando otro documento—. Aquí hay estados de cuenta de casinos. Debe millones de dólares. Por eso estaba robando a la empresa. Y por eso está tan desesperada por vender las máquinas y liquidar todo. Necesita pagar antes de que los prestamistas la encuentren.

Cristina sintió una oleada de furia fría.
—Le estaba robando a mi papá mientras él se moría de cáncer. Estaba saqueando la empresa de la que comen cincuenta familias para pagar sus vicios.

—Esto es fraude, administración fraudulenta, evasión fiscal y lavado de dinero —dijo Antonio, cerrando la laptop con un golpe seco—. Con esto, Cristina, no solo le quitamos las acciones. Con esto la metemos a la cárcel veinte años.

Se miraron. Tenían el arma nuclear en sus manos.

—¿Qué hacemos? —preguntó Antonio—. ¿Vamos a la policía?

Cristina se levantó y caminó hacia la ventana. Miró su reflejo en el cristal. Ya no veía a la niña asustada. Veía a la mujer que había brindado con tequila barato en una cantina de mala muerte.

—No —dijo ella—. La policía tarda. Los trámites son lentos. Y ella tiene abogados corruptos que pueden ampararla. Quiero terminar esto hoy.

Se giró hacia ellos.
—¿Dónde está Elena ahora?

Antonio revisó su celular.
—Según las redes sociales… —abrió Instagram—, está en la mansión. Está dando una “fiesta de celebración” por la “nueva etapa” de la empresa. Hay fotos de ella con Rivas y varios socios traidores bebiendo champaña.

—Perfecto —dijo Cristina, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Vamos a ir a su fiesta.

—¿Estás segura? —preguntó Vera—. Esa mujer es peligrosa.

—Yo también —respondió Cristina—. Vera, necesito que me prestes ese vestido negro que dijiste que tenías. Y Antonio… prepara los documentos. Imprime todo. La renuncia de mi padre biológico y las pruebas del robo.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Antonio, sintiendo la adrenalina subir.

—El plan es simple —dijo Cristina, soltándose el pelo—. Vamos a hacerle una oferta que no podrá rechazar. O me vende sus acciones por un peso y se larga del país esta noche… o mañana desayuna en el reclusorio de Santa Martha Acatitla.


Una hora después.
Mansión Solís, Bosques de las Lomas.

La casa estaba iluminada como un árbol de Navidad. Había coches de lujo estacionados en la entrada circular. Música de jazz suave salía por las ventanas abiertas. Elena de la Garza no reparaba en gastos cuando se trataba de celebrar su propio ego.

Adentro, en la sala principal de doble altura, Elena sostenía una copa de Dom Pérignon. Llevaba un vestido rojo sangre de seda que dejaba ver su espalda. Estaba rodeada de un grupo de “amigos” de la alta sociedad, el Licenciado Rivas y un par de proveedores corruptos que esperaban hacer negocios con la nueva administración.

—¡Por el futuro! —brindó Elena, con una sonrisa radiante—. Un futuro sin lastres, sin pasado y, sobre todo, sin herederas molestas.

—¡Salud! —corearon los aduladores.

—Me dicen que la niña se fue llorando de la oficina hoy —comentó Rivas, riendo—. Fue patético. Creo que mañana mismo firma la renuncia.

—Más le vale —dijo Elena—. O la destruyo.

En ese momento, el sonido de un motor interrumpió la música. No era un coche de lujo. Era la camioneta de carga de la empresa, la Ford Lobo de Don Miguel, que acababa de estacionarse bloqueando la entrada principal, justo detrás de un Ferrari.

—¿Qué demonios? —Elena frunció el ceño.

La puerta de la mansión se abrió de golpe. Los guardias de seguridad privada intentaron detener a los intrusos, pero se apartaron al ver quién entraba.

No era solo Cristina.
Era Cristina vestida de negro total, como un ángel vengador, con la cabeza alta y la mirada fija en Elena.
A su derecha, Antonio, con su maletín de abogado.
Y detrás de ellos… detrás de ellos venían Don Miguel y cuatro de los albañiles más grandes de la obra, todavía con sus botas de trabajo llenas de polvo, cruzándose de brazos con caras de pocos amigos.

La música se detuvo. Los invitados se quedaron con las copas en el aire.

—¿Qué significa esto? —chilló Elena—. ¡Seguridad! ¡Saquen a esta chusma de mi casa!

—Esta es mi casa —dijo Cristina, su voz resonando en el salón—. Y esta es mi empresa. Y tú, Elena, estás despedida.

Hubo murmullos de asombro entre los invitados.

Elena soltó una carcajada nerviosa.
—¿Despedida? ¿Tú a mí? Por favor, niña bastarda. No tienes autoridad. Mañana el juez va a recibir la prueba de que no eres hija de Víctor y…

—Ahórrate el discurso —la interrumpió Cristina—. Podemos hacer esto de dos formas, Elena. La forma difícil, aquí, frente a todos tus amigos hipócritas. O la forma privada, en el estudio. Tú eliges.

Elena miró a los albañiles que bloqueaban la puerta. Miró la seguridad de Cristina. Dudó un segundo.
—Vamos al estudio —siseó—. Rivas, ven conmigo.

—No —dijo Antonio, dando un paso al frente—. Rivas se queda. Él es cómplice. Si entra, se hunde contigo.

Rivas, que era una rata cobarde, palideció y dio un paso atrás.
—Yo… yo mejor espero aquí, señora Elena.

Elena lo miró con odio, pero no dijo nada. Caminó hacia el estudio de Víctor, sus tacones golpeando el piso con furia. Cristina y Antonio la siguieron y cerraron la puerta.

El estudio estaba tal como Víctor lo había dejado, impregnado de olor a tabaco y cuero, salvo por el hecho de que Elena había empezado a empacar las cosas de valor en cajas.

Elena se giró, cruzándose de brazos.
—Tienes cinco minutos antes de que llame a la policía. ¿A qué viniste? ¿A rogar por la mensualidad?

Cristina no dijo nada. Simplemente sacó de su bolso el documento de Renuncia de Patria Potestad firmado por su padre biológico y Víctor. Lo tiró sobre el escritorio.

—Léelo —dijo.

Elena lo tomó. Sus ojos recorrieron el papel rápidamente. Su rostro perdió color.
—Esto… esto estaba escondido. ¿Cómo…?

—Papá me lo dejó —dijo Cristina—. Sabía que intentarías esto. Sabía que eras capaz de usar mi origen para herirme. Así que se aseguró de protegerme desde la tumba. Víctor Solís sabía que no era mi padre biológico, y aun así firmó como testigo en la renuncia del otro y me reconoció. No hubo engaño, Elena. Hubo amor. Tu demanda es basura.

Elena arrugó el papel, temblando.
—Esto no prueba nada… puedo alegar que la firma es falsa… puedo alargar el juicio diez años…

—Puedes intentarlo —dijo Antonio, abriendo su maletín—. Pero vas a tener un problema logístico para asistir a las audiencias.

—¿Por qué?

—Porque es difícil litigar desde la cárcel —respondió Antonio.

Sacó el legajo de la Auditoría Forense. Las fotos de las transferencias, los estados de cuenta de los casinos, la transcripción de las llamadas.

—Sabemos del desfalco, Elena. Sabemos de los “Materiales del Norte”. Sabemos de tus deudas de juego en Las Vegas. Y lo más importante: tenemos tu voz grabada ordenando el fraude.

Elena se dejó caer en la silla de cuero de Víctor. Parecía haberse encogido diez centímetros. Ya no era la viuda poderosa; era una criminal acorralada.

—Víctor… ¿Víctor lo sabía? —preguntó, con voz apenas audible.

—Lo sabía —dijo Cristina—. Y estaba reuniendo pruebas para divorciarse y meterte presa. Pero se murió antes de poder hacerlo. Me dejó la tarea a mí.

Cristina se inclinó sobre el escritorio, apoyando las manos sobre la madera, mirando a Elena a los ojos.
—Esto es lo que va a pasar, Elena. Antonio tiene aquí un contrato de compra-venta de acciones. Me vas a vender tu 49% por la suma simbólica de un peso. Vas a firmar tu renuncia a cualquier derecho sobre la casa, los coches y la empresa. Y te vas a ir. Ahora.

—¿Y si no firmo? —intentó desafiar Elena, aunque le temblaba la voz.

—Si no firmas —dijo Antonio—, salimos por esa puerta y le entregamos este expediente a la Fiscalía. Tienes lavado de dinero, fraude fiscal y administración fraudulenta. Son delitos graves. Sin fianza. Te pasarás los próximos veinte años vistiendo de beige en lugar de Prada.

Elena miró los documentos. Miró a Cristina. Vio en sus ojos la misma determinación implacable que había visto en Víctor tantas veces. Se dio cuenta de que había perdido. Había subestimado a la “niña”.

—Un peso… —murmuró Elena, con amargura.

—Es más de lo que mereces —dijo Cristina.

Elena tomó la pluma Montblanc de Víctor que estaba en el escritorio. Le temblaba la mano. Firmó el contrato de venta. Firmó la renuncia. Firmó su derrota.

—Toma —dijo Elena, tirando la pluma—. Quédate con tu maldita empresa. Está llena de deudas de todas formas.

—Nosotros nos encargamos de las deudas —dijo Cristina, tomando los papeles—. Tú encárgate de desaparecer. Tienes una hora para sacar tu ropa y tus joyas personales. Nada de cuadros, nada de muebles. Y si vuelvo a ver tu cara cerca de mis obras o de mi gente… la Fiscalía recibe el expediente.

Elena se levantó. Trató de recuperar algo de dignidad, alisándose el vestido rojo.
—Eres igual a él. Fría. Calculadora. Te vas a quedar sola, Cristina. El poder aísla.

—Prefiero estar sola que mal acompañada —respondió Cristina.

Elena salió del estudio. Cruzó la sala llena de invitados en silencio.
—¡Se acabó la fiesta! —gritó—. ¡Lárguense todos!

Los invitados, confundidos, empezaron a salir. Rivas intentó hablar con Elena, pero ella lo empujó. Subió las escaleras corriendo para hacer sus maletas.

En el estudio, Cristina y Antonio se quedaron solos. El silencio volvió a la casa.

Cristina se dejó caer en el sofá de cuero. Sentía que le habían quitado una tonelada de encima.
—Se acabó —susurró—. Ganamos.

Antonio se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Ganaste, Jefa. Recuperaste tu casa, tu empresa y tu nombre.

Cristina miró alrededor. El estudio estaba lleno de la presencia de su padre.
—No lo hice sola.

Se giró hacia Antonio y, sin pensarlo dos veces, lo abrazó. Escondió la cara en su cuello, respirando su olor a café y colonia barata pero reconfortante.
—Gracias, Antonio.

Él le acarició el pelo.
—Siempre, Cristina. Siempre.

—Oigan, tórtolos —la voz de Don Miguel los interrumpió desde la puerta—. Perdón por interrumpir, pero… ¿ya podemos sacar a los guaruras de la señora? Es que mis muchachos tienen hambre y vieron unos canapés muy buenos en la cocina.

Cristina se separó de Antonio, riendo con lágrimas en los ojos.
—Sí, Miguel. Saquen a los guaruras. Y cómanse todo. Esta casa hoy es nuestra.

Mientras los albañiles tomaban la mansión (con mucho respeto, pero con mucho apetito), Cristina salió al jardín. La noche estaba fresca. Miró hacia el cielo.

—Gracias, papá —dijo al viento—. Ya puedes descansar. Yo me encargo desde aquí.

Pero la historia no terminaba ahí. Cristina sabía que reconstruir la empresa sería difícil. Sabía que Elena, aunque derrotada, era vengativa. Y sabía que su relación con Antonio apenas comenzaba a navegar aguas complicadas. Pero por primera vez en su vida, se sentía dueña de su destino. Era Cristina Solís. Y nadie se lo podía quitar.


Fin del Capítulo 7.

Solo falta el Capítulo 8 (Final). ¿Te gustaría que lo escriba ahora para cerrar la historia con broche de oro? El final incluiría el epílogo, el futuro de la empresa, la boda (o consolidación de la relación) y el destino final de Elena.

nEXT Capit 3000 word

Viết truyện Mexico

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Gemini replied

Aquí tienes el Capítulo 8 (Final). En este desenlace, cerramos todos los arcos emocionales, mostramos la transformación definitiva de Cristina de “niña bien” a “matriarca”, y le damos a cada personaje el destino que merece bajo el sol de México.


LA HEREDERA DESPOJADA

CAPÍTULO 8: Cimientos de Amor y Justicia Divina

La mañana siguiente a la expulsión de Elena, la mansión de Bosques de las Lomas amaneció envuelta en una quietud extraña. No era el silencio opresivo que había reinado durante el luto, ni el silencio tenso del miedo. Era un silencio limpio, como el aire después de una tormenta eléctrica que se lleva el smog.

Cristina se despertó en su antigua habitación. Por un momento, al abrir los ojos y ver el techo familiar con las molduras de yeso, pensó que los últimos meses habían sido una pesadilla provocada por la fiebre. Pero al girarse, vio sobre la mesita de noche la carpeta de cuero con las acciones recuperadas y el contrato firmado por Elena.

No era un sueño. Era la nueva realidad.

Bajó las escaleras descalza. En la cocina, no estaba la servidumbre habitual (Elena había despedido a los leales a Víctor y contratado gente nueva que se fue con ella). En su lugar, estaban la maestra Vera y Don Miguel, preparando chilaquiles. El contraste era cómico: Vera con un delantal de seda que había encontrado en la despensa y Don Miguel, con su camisa de cuadros, exprimiendo naranjas con la fuerza de un brazo hidráulico.

—¡Buenos días, patrona! —saludó Miguel con una sonrisa radiante—. Aquí la maestra me está enseñando que la salsa roja tiene su ciencia, casi tanta como colar una losa.

—Buenos días —Cristina sonrió, sintiendo que el corazón se le hinchaba en el pecho—. Huele a hogar.

—Huele a victoria, mija —corrigió Vera, sirviéndole un plato humeante con crema y queso—. Y a libertad.

Desayunaron en la cocina, ignorando el comedor formal de doce sillas. Antonio llegó media hora después, bañado y afeitado, pero con las mismas ojeras de felicidad que Cristina.

—Traigo noticias —dijo, aceptando un café de olla que Miguel le sirvió—. Elena tomó un vuelo a Madrid anoche a las 3:00 AM. Rivas, su abogado, me llamó hace rato. Está tratando de negociar inmunidad a cambio de entregar más pruebas de los desfalcos. Parece que las ratas abandonan el barco.

—Que se vaya —dijo Cristina, soplando su café—. Que se vaya lejos. Mientras no vuelva, no gastaré mi energía en odiarla. Tengo una empresa que levantar.

Porque la victoria legal era solo el principio. La realidad financiera era un campo de batalla.


Seis Meses Después

Si alguien pensaba que ser la dueña de Constructora Solís significaba sentarse en una oficina con aire acondicionado a firmar cheques, no conocía a Cristina Solís.

Durante los primeros meses, Cristina vivió prácticamente en su camioneta (había vendido la blindada de lujo de su padre y comprado una pickup funcional). El desfalco de Elena había dejado un agujero financiero enorme. Había deudas con el SAT, con el Seguro Social y con proveedores críticos.

Cristina tuvo que aprender rápido. Antonio le enseñó a leer balances generales hasta que le ardían los ojos. Don Miguel le enseñó a distinguir entre un bulto de cemento de calidad y uno “patito”. Y la vida le enseñó a tener la piel gruesa.

Una tarde lluviosa de julio, Cristina estaba en la oficina de Vallejo, cubierta de polvo hasta las pestañas, discutiendo con un inspector de obra del gobierno que quería clausurar el proyecto “Los Álamos” por un tecnicismo absurdo (y buscando claramente un soborno).

—Le repito, ingeniero —decía Cristina con firmeza, señalando los planos—, la norma estructural se cumple al 100%. Si usted quiere clausurar, hágalo. Pero mañana a primera hora tengo a la prensa aquí, y les voy a explicar que usted detuvo la construcción de vivienda social porque no le di para sus refrescos.

El inspector, un tipo bajo y sudoroso, la miró con desdén.
—Mire, señorita… entiendo que es nueva en esto. Su papá y yo nos entendíamos de otra manera.

—Mi papá está muerto —cortó ella, acercándose un paso. Ya no retrocedía ante nadie—. Y la administración cambió. En Constructora Solís ya no damos mordidas. Damos resultados. Así que firme la bitácora o lárguese, pero deje de hacerme perder el tiempo.

El inspector sostuvo la mirada unos segundos, midiendo fuerzas. Vio en los ojos de Cristina el mismo acero que tenía Víctor. Bufó, firmó la bitácora de mala gana y se fue.

Cristina cerró la puerta de la caseta de obra y se recargó en ella, exhalando todo el aire. Le temblaban las manos, pero de rabia, no de miedo.

—Estuviste impecable —dijo Antonio, que había estado observando desde la esquina, listo para intervenir legalmente si era necesario.

—Odio esto, Antonio —confesó ella, pasándose la mano por la frente sucia—. Odio que piensen que soy débil por ser mujer o por ser joven.

—No piensan que eres débil —Antonio se acercó y le quitó el casco con ternura—. Tienen miedo porque saben que eres fuerte e incorruptible. Estás cambiando las reglas del juego, Cristina. Y eso asusta a los dinosaurios.

Antonio le acarició la mejilla, dejando un rastro limpio en su piel polvorienta. La relación entre ellos había crecido así: entre sacos de cemento, demandas laborales y cenas de tacos a medianoche. No habían tenido tiempo para citas románticas de película, pero habían construido una intimidad blindada.

—¿Sabes qué necesito? —preguntó Cristina, mirándolo a los labios.
—¿Un amparo federal?
—No. Necesito que me saques de aquí. Necesito un día sin ser “La Jefa”.

Antonio sonrió.
—Paso por ti el domingo a las ocho. Ponte bonita. Bueno, más bonita de lo que ya eres, si es que eso es posible.


El domingo, Antonio la llevó a Xochimilco. No a la parte turística llena de borrachos y música a todo volumen, sino a los canales tranquilos, a la zona ecológica donde el tiempo parece detenerse entre ahuejotes y garzas.

Alquilaron una trajinera pequeña, solo para ellos dos, llamada “La Esperanza”. Comieron quesadillas de flor de calabaza hechas por una señora en una canoa de paso y bebieron pulque curado de avena.

El sol se filtraba entre los árboles, creando un juego de luces en el agua oscura.
—¿Te acuerdas del primer día que nos vimos? —preguntó Antonio, rompiendo el silencio cómodo—. Cuando entraste a la sala de juntas vestida de negro, asustada pero digna.

—Estaba aterrorizada —admitió Cristina—. Sentía que era una impostora.

—Yo vi a una reina reclamando su trono —dijo él—. Desde ese momento supe que estaba perdido.

Cristina se rio, sonrojada.
—¿Perdido?
—Perdidamente enamorado.

Antonio se puso serio. Sacó una cajita de su bolsillo. No era de terciopelo, era una cajita de madera tallada, similar a la que su padre le había dejado en la caja fuerte.

—Cristina, no tengo una mansión como la de Bosques. Mi coche sigue teniendo el aire acondicionado descompuesto. Pero te prometo una cosa: nunca vas a estar sola en la trinchera. Quiero ser tu socio, tu abogado, tu mejor amigo y el hombre que te despierta con café de olla todos los días.

Abrió la cajita. Adentro había un anillo sencillo, de oro blanco, con una pequeña esmeralda.
—Es el anillo de mi abuela —explicó, nervioso—. Ella decía que el verde es vida y esperanza.

Cristina sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero esta vez eran dulces.
—Sí —dijo, antes de que él pudiera preguntar—. Sí, Antonio. Sí a todo.

Se besaron mientras la trajinera se mecía suavemente. No hubo fuegos artificiales, solo el canto de los grillos y la certeza absoluta de que estaban donde debían estar.


Un Año Después: La Venganza del Destino

Mientras Cristina y Antonio construían su futuro, el destino se encargaba de cobrar las facturas pendientes de Elena de la Garza.

En un pequeño departamento en las afueras de Madrid, España, Elena miraba su reflejo en el espejo. El estrés y la falta de tratamientos costosos habían empezado a cobrar factura. Las arrugas alrededor de sus ojos ya no se podían ocultar con cremas de farmacia.

El dinero de la venta de sus joyas se había acabado hacía meses. Había intentado cazar a algún empresario español, pero su reputación (y una alerta discreta que Antonio había boletinado en círculos financieros internacionales) la precedía. Nadie quería hacer negocios ni compartir cama con la mujer que había desfalcado a su marido moribundo.

Su celular sonó. Era el dueño del departamento.
—Señora De la Garza, le recuerdo que me debe dos meses de alquiler. Si no paga mañana, cambio la cerradura.

—Mañana le pago, hombre, qué impaciencia —mintió Elena, con su acento fingido de española que ya a nadie engañaba.

Colgó y se sentó en la cama dura. Abrió su laptop vieja y, como hacía todas las noches, buscó en Google: “Constructora Solís México”.

Apareció una noticia reciente.

“LA CONSTRUCTORA SOLÍS INAUGURA EL ‘CENTRO COMUNITARIO VÍCTOR SOLÍS’ PARA NIÑOS DE BAJOS RECURSOS”

En la foto, Cristina lucía radiante, cortando el listón rojo. Llevaba un vestido blanco sencillo y elegante. A su lado, Antonio la miraba con adoración. Y detrás de ellos, sonriendo como una madre orgullosa, estaba la maestra Vera.

La nota hablaba de cómo la joven empresaria había saneado las finanzas de la compañía, expandido operaciones y creado una fundación para becar a estudiantes de ingeniería que, como ella, habían tenido comienzos difíciles.

Elena cerró la laptop con rabia.
—Maldita sea —susurró—. Se quedó con todo.

Pero en el fondo, sabía que no era verdad. Cristina no se “quedó” con todo. Cristina construyó todo. Elena había tenido la oportunidad de ser parte de ese legado, de ser familia, pero su codicia la había condenado a ese cuarto frío y solitario.

Miró por la ventana hacia la calle gris. Empezó a llover. Estaba sola. Completamente sola. Y esa era la peor prisión de todas.


El Gran Día: Epílogo

El día de la boda de Cristina y Antonio, la Ciudad de México decidió regalarles un cielo azul impecable. La ceremonia no fue en una catedral lujosa, sino en el jardín de la casa de Bosques de las Lomas, que Cristina había recuperado y transformado. Ya no era un museo frío; ahora estaba llena de flores, de vida y de gente que realmente los quería.

No había socialités hipócritas. Estaban los compañeros de la universidad, los amigos de Antonio del despacho, y sobre todo, estaban los trabajadores de la obra. Don Miguel y Don Lupe llevaban trajes que les quedaban un poco apretados, pero lucían orgullosos como tíos de la novia.

La maestra Vera, que fungía como madrina de honor, lloraba a moco tendido en primera fila.

Cuando Cristina caminó hacia el altar improvisado bajo el viejo árbol de jacaranda, no iba del brazo de nadie. Caminaba sola, con la cabeza alta, pero en sus manos llevaba el ramo y una pequeña foto de Víctor en un relicario.

Sintió una brisa suave que movió su velo.
“Estoy aquí, princesa,” pareció susurrar el viento. “Siempre estuve aquí.”

Llegó junto a Antonio, que la miraba como si fuera la octava maravilla del mundo.
—Te ves… espectacular —susurró él.
—Tú no te ves mal para ser un abogado peleonero —bromeó ella, aunque le temblaba la voz de emoción.

La ceremonia fue breve y emotiva. Cuando el juez los declaró marido y mujer, un mariachi entró tocando “El Son de la Negra” a todo volumen. La fiesta explotó.

Hubo mole, hubo tequila (del bueno, esta vez), y hubo baile hasta que dolieron los pies.

A medianoche, Cristina se escapó un momento del bullicio. Fue al estudio de su padre, que ahora era su estudio. Se sentó en la silla de cuero, que ya había tomado su forma.

Miró por la ventana hacia el jardín iluminado, donde su esposo bailaba con Vera y Miguel reía con Susy.

Abrió el cajón del escritorio y sacó el documento de renuncia de paternidad, aquel papel viejo y arrugado que le había revelado quién era realmente.

Lo miró una última vez. Luego, tomó un encendedor.
Acercó la flama a la esquina del papel.

Vio cómo el fuego consumía las letras, el nombre de su padre biológico, el dolor del abandono y la vergüenza de la ilegitimidad. Lo dejó caer en el cenicero de cristal hasta que solo quedaron cenizas.

Ya no necesitaba ese papel. Ya no necesitaba pruebas de quién era.

Era Cristina Solís. Hija de Víctor Solís. Esposa de Antonio. Dueña de su destino.

Se levantó, se sacudió las cenizas de las manos y salió de nuevo al jardín, donde la música, el amor y la vida la estaban esperando.

FIN

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