LA CORRIÓ DE SU MANSIÓN PENSANDO QUE ERA UNA VAGABUNDA, PERO AL VER LOS PAPELES EN SU BOLSA VIEJA, CAYÓ DE RODILLAS LLORANDO: LA VERDAD ERA ATERRADORA

CAPÍTULO 1: LA SOMBRA BAJO EL AGUACERO

La Ciudad de México no lloraba esa noche; se estaba ahogando.

Eran las 10:45 de la noche de un martes de octubre, y el cielo sobre el Valle de México había decidido desplomarse con una furia bíblica. No era una lluvia cualquiera, era uno de esos aguaceros traicioneros que convierten el Viaducto en un canal de aguas negras y hacen que el Periférico parezca un estacionamiento de luces rojas infinitas.

Maximiliano Ferrer estaba atrapado en medio de ese caos, aislado del mundo exterior por el blindaje nivel 4 de su camioneta Mercedes G-Class negra. El vehículo era una bestia, una fortaleza de piel y acero alemán diseñada para protegerlo de secuestros, balas y del ruido de la ciudad, pero esa noche, ni todo el dinero del mundo podía protegerlo de sus propios pensamientos.

El limpiaparabrisas trabajaba a marchas forzadas, luchando contra cortinas de agua que golpeaban el cristal como piedras. Dentro, el aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta de 20 grados, y en las bocinas sonaba Sade a volumen bajo, una ironía suave y elegante contra la violencia de la tormenta exterior.

—Me lleva la chingada… —murmuró Max, golpeando el volante forrado en cuero.

Llevaba cuarenta minutos sin avanzar más de dos kilómetros. El GPS del tablero brillaba con líneas rojas que parecían venas a punto de estallar. “Tiempo estimado de llegada: desconocido”.

Max se aflojó el nudo de la corbata Hermès que sentía como una soga al cuello. Se pasó una mano por el cabello, que ya empezaba a pintar canas en las sienes a sus 42 años. Se sentía viejo. No, no viejo; se sentía gastado. Como una batería a la que ya no le queda carga, pero que siguen forzando a funcionar.

Había pasado los últimos tres días encerrado en una sala de juntas en un rascacielos de Santa Fe, negociando con un grupo de inversionistas regios que eran tan duros como el concreto que vendían. Querían su empresa, o al menos, una parte mayoritaria de ella. Le ofrecían una salida fácil: vender, agarrar una lana estratosférica y retirarse a jugar golf a Valle de Bravo.

Cualquier persona cuerda habría aceptado. Pero Max no. Él era terco, orgulloso. Esa constructora la había levantado desde cero, empezando con una camioneta pick-up destartalada y colando techos en Iztapalapa hace veinte años. No iba a soltar a su “bebé” solo porque el mercado estaba difícil y el SAT (Servicio de Administración Tributaria) le estuviera respirando en la nuca con auditorías sorpresa.

Pero el costo era alto. Su vida personal era un desierto.

Miró el asiento del copiloto. Vacío. Siempre vacío. Había una botella de agua Fiji y un portafolios de piel desgastado. Eso era todo su compañía. Su prometida, Vanessa, se había largado hacía tres años. Recordó la nota que dejó pegada en el espejo del baño con su labial rojo favorito: “No eres una mala persona, Max. Pero ya no eres una persona. Eres una cuenta bancaria con piernas. Quédate con tu dinero, yo quiero a alguien que me mire cuando le hablo.”

Esas palabras dolían más que una patada en las costillas.

El tráfico avanzó dos metros y se detuvo de nuevo. Un microbús verde se le cerró a la mala, echándole lámina.
—¡Pásale, animal! —gritó Max dentro de su burbuja insonorizada, sabiendo que nadie lo oía.

La frustración le hervía en la sangre. Necesitaba moverse. Odiaba estar estático. Giró el volante bruscamente hacia la derecha, ignorando las protestas del GPS que le pedía dar vuelta en U. Decidió tomar un atajo por el centro, bajando hacia la zona de la antigua estación de trenes y autobuses, un área que de día era un hormiguero de comercio informal y de noche se convertía en tierra de nadie.

—A ver si por aquí fluye… —pensó.

Fue una mala decisión. Las calles secundarias estaban peor. El drenaje, colapsado por la basura, había convertido las avenidas en lagunas. Max tuvo que activar la suspensión elevada de la camioneta para no quedarse varado. Pasó junto a locales cerrados con cortinas de acero grafiteadas, puestos de tacos cubiertos con lonas azules que se agitaban violentamente con el viento, y perros callejeros buscando refugio bajo los toldos.

La ciudad se veía fea, hostil. Una jungla de concreto mojado.

Al llegar cerca de la terminal de autobuses, la calle estaba desierta. La luz de las farolas parpadeaba, reflejándose en los charcos negros como aceite. Max aceleró un poco, queriendo salir de esa zona. No era lugar para una camioneta de tres millones de pesos. Ahí te bajaban a punta de pistola en cualquier semáforo.

Y entonces, la vio.

Al principio pensó que era un montón de basura. Un bulto oscuro tirado en las escaleras de concreto de la entrada lateral de la estación, un acceso que llevaba años clausurado.

Pero el bulto se movió.

Max redujo la velocidad instintivamente. Sus faros LED de alta potencia barrieron la escena, iluminándola como un escenario teatral macabro.

Era una chica.

Estaba sentada en el escalón más bajo, donde el agua de la banqueta ya empezaba a subir de nivel. Llevaba una chamarra de mezclilla delgada, ridícula para ese clima, y unos tenis de tela que seguramente estaban empapados hasta la suela. Estaba hecha un ovillo, con las rodillas pegadas al pecho, y abrazaba una mochila deportiva vieja, despellejada, de esas que venden en el tianguis por cincuenta pesos.

No pedía aventón. No tenía un vaso para monedas. No hacía señas. Simplemente estaba ahí, con la cabeza agachada, recibiendo el castigo de la lluvia como si fuera una penitencia.

Max pasó de largo.

—No te pares, güey. No te pares —se dijo a sí mismo en voz alta—. Es una trampa. Seguro hay tres cabrones escondidos detrás de la columna esperando a que el pendejo del Mercedes baje el vidrio.

Avanzó cincuenta metros. El semáforo de la esquina estaba en rojo.

Miró por el retrovisor. La figura seguía ahí, inmóvil bajo el chorro de agua que caía de un canalón roto. Se veía tan pequeña… tan insignificantemente pequeña contra la inmensidad gris del edificio.

—Maldita sea —gruñó Max.

Su mente de empresario calculador le gritaba: Riesgo alto. Beneficio nulo.
Pero su instinto, ese que tenía enterrado bajo capas de cinismo, le dio un piquete en el estómago. Le recordó una noche, hacía veinte años, cuando le embargaron su primer departamento. Recordó la sensación de estar en la calle con una caja de cartón, sintiendo que el mundo era un lugar gigantesco y que a nadie le importaba si vivías o morías.

—Pinche conciencia —masculló.

Giró el volante con rabia, haciendo rechinar las llantas sobre el pavimento mojado. Dio la vuelta en U, subiéndose al camellón, y regresó hacia la entrada de la estación.

Se detuvo a unos tres metros de la chica. Mantuvo el motor encendido y la mano cerca de la palanca de velocidades, listo para acelerar y aplastar a quien fuera si esto resultaba ser un asalto.

Bajó la ventanilla del copiloto solo unos diez centímetros. El ruido de la lluvia irrumpió en la cabina como una explosión estática.

—¡Oye! —gritó.

La chica no se movió. Ni siquiera levantó la cabeza. Parecía una estatua de miseria.

Max bajó el vidrio a la mitad. El agua empezó a salpicar el interior de cuero napa.
—¡Hey! ¡Niña!

Ella levantó la cara lentamente.

Max sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
No era una drogadicta, ni una de esas señoras que llevan años viviendo en la calle con la mirada perdida. Era una jovencita, no tendría más de veinticinco años. Su piel, pálida de por sí, tenía ese tono azulado de la hipotermia. El cabello negro se le pegaba al cráneo y a las mejillas como algas oscuras.

Pero fueron sus ojos los que lo impactaron. Grandes, oscuros y vacíos. No había esperanza en ellos, ni siquiera súplica. Había una resignación total. La mirada de alguien que ha aceptado que este es el final del camino.

Ella lo miró, parpadeando contra las gotas de lluvia, y luego volvió a bajar la cabeza, abrazando su mochila con más fuerza, protegiéndola con su propio cuerpo.

—¡Súbete al carro! —le gritó Max, con voz de mando, la misma que usaba con sus capataces de obra.

La chica negó con la cabeza levemente, sin mirarlo.

—¡No me hagas bajar por ti! ¡Te vas a morir de frío, carajo!

Ella lo miró de nuevo. Tenía los labios temblando tanto que apenas podía articular.
—N-no… no tengo dinero —su voz era apenas un susurro que el viento casi se lleva.

—¡No soy taxista! ¡Súbete!

La chica dudó. Miró la camioneta negra, imponente, brillante. Luego miró la calle oscura y vacía. El instinto de supervivencia debió encenderse una última vez en su cerebro reptiliano.
Se puso de pie con dificultad. Sus piernas estaban entumidas. Se tambaleó.

Max quitó los seguros de las puertas. Click-clack. Un sonido seco.
—Atrás no. Adelante —ordenó él cuando vio que ella iba hacia la puerta trasera—. Quiero verte las manos.

Era una precaución de seguridad. Si iba a sacar un cuchillo, quería verla venir.

La chica abrió la puerta del copiloto. El olor a lluvia sucia, a humedad rancia y a miedo entró con ella. Se sentó en el borde del asiento, tratando de no tocar nada, escurriendo agua a chorros sobre la tapicería inmaculada.

Cerró la puerta. El silencio volvió a reinar, salvo por el motor V8 que ronroneaba suavemente.

Max la miró de reojo. Temblaba violentamente. Sus dientes castañeteaban con un sonido rítmico, clac-clac-clac. Sus manos, pálidas y huesudas, tenían los nudillos blancos de tanto apretar esa maldita mochila vieja.

—Ten —Max alcanzó una caja de pañuelos desechables de la consola central y se la aventó.

Ella la atrapó torpemente.
—G-gracias… perdón por mojar su coche, señor. De verdad… perdón.

—Ya ni modo —dijo él, más brusco de lo que quería sonar. Arrancó la camioneta y se alejó de la estación—. ¿A dónde te llevo?

Silencio.

—Te hice una pregunta. ¿A dónde vas? ¿Tu casa? ¿Con tu novio? ¿Tus papás?

La chica miró por la ventana, hacia las luces borrosas de la ciudad que pasaban rápido.
—No tengo a dónde ir —dijo, y su voz se quebró—. Solo… lléveme a donde sea. Lejos de aquí. Donde haya luz. Por favor.

Max apretó la mandíbula hasta que le dolió.
“Genial, Maximiliano. Te acabas de ganar el premio al Buen Samaritano del año y ahora tienes un problema de sesenta kilos empapado en tu asiento.”

—¿Cómo te llamas? —preguntó, suavizando un poco el tono mientras tomaba la subida hacia el Segundo Piso del Periférico.
—Cristina.
—Okay, Cristina. Mira, no soy un psicópata, ni un tratante de blancas. Soy un empresario que quiere llegar a su casa a dormir. No te puedo dejar en la calle así.

Ella no respondió. Solo se encogió más en su asiento, haciéndose bolita.

—Te voy a llevar a mi casa —soltó Max. Lo dijo antes de pensarlo bien.
Vio cómo los ojos de ella se abrían con pánico. Se pegó a la puerta, buscando la manija.

—¡Hey! Tranquila —dijo él rápido—. Tengo casa de huéspedes. Cuarto separado. Tienes baño, cama y seguro en la puerta. Te secas, duermes, comes algo y mañana en la mañana te llevo a algún albergue o a donde me digas. ¿Trato?

Cristina lo miró, evaluando la amenaza. Vio a un hombre cansado, bien vestido, con ojeras profundas y un reloj que costaba más que la casa que ella había perdido. No parecía un depredador. Parecía… triste.

—Trato —susurró ella.
—Bien. Soy Max.
—Gracias, Max.

El resto del viaje fue en silencio. Max condujo hacia las Lomas de Chapultepec, la zona donde el dinero viejo y el dinero nuevo de México convivían tras muros de tres metros y cercas electrificadas.

Al llegar a su casa, la reja automática de hierro forjado se abrió lentamente. La propiedad era impresionante: una mansión de estilo modernista, con mucho concreto aparente, cristal y madera. Un garaje para seis autos, un jardín que costaba una fortuna mantener verde y una soledad que se sentía en el aire.

Metió la camioneta al garaje subterráneo.
—Bájate —dijo, apagando el motor.

Cristina bajó, abrazando su mochila como si llevara lingotes de oro dentro. Caminaba encorvada, avergonzada de su ropa sucia en medio de tanto lujo.

Subieron a la planta principal. El vestíbulo tenía pisos de mármol de Carrara. Cristina se quedó parada en el tapete de la entrada, sin atreverse a pisar el suelo blanco. De sus tenis salía un charquito de agua lodosa.

—Quítate los tenis —dijo Max, cerrando la puerta con doble llave—. Y la chamarra. Déjalos ahí. Mañana le digo a Lupita que los lave y los seque.

Ella obedeció, quedándose en calcetines con agujeros. Max sintió otro piquete en el corazón. Fue al baño de visitas y regresó con una toalla grande y esponjosa, de algodón egipcio, con sus iniciales bordadas.

—Sécate el pelo. Ven.

La guió a través de la sala, pasando por muebles italianos que nadie usaba y obras de arte abstracto que Max había comprado porque su decorador dijo que “subirían de valor”.

Abrió una puerta al final del pasillo.
—Este es el cuarto de huéspedes. Aquí no entra nadie. El baño está ahí —señaló—. En el clóset debe haber una bata de baño de mi… de una visita anterior. Úsala. Pon tu ropa en el radiador para que se seque.

Cristina miraba la habitación como si fuera una suite presidencial. La cama era inmensa, las sábanas se veían suaves.
—En la cocina hay comida. Sándwiches, fruta, lo que quieras agarrar del refri es tuyo. Pero oye —Max se puso serio, señalándola con el dedo índice—, no toques nada más de la casa. No subas al segundo piso. Ahí es mi espacio. ¿Entendido?

—Sí, señor. Entendido. No le voy a robar nada, se lo juro por Dioscito.

Max asintió, sintiéndose un poco culpable por su dureza.
—Descansa. Mañana hablamos.

Cerró la puerta. Escuchó cómo ella pasaba el seguro por dentro casi inmediatamente. Click.

Max soltó un suspiro largo. Se fue a la cocina, abrió el refrigerador de dos puertas y sacó una cerveza Bohemia oscura. La destapó y le dio un trago largo, sintiendo el frío bajar por su garganta.

—¿Qué carajos estás haciendo, Max? —se preguntó en voz alta.

Subió a su habitación, una master suite que era más grande que el departamento promedio en la ciudad. Se quitó el traje empapado, se dio una ducha hirviendo para quitarse el frío de los huesos y se puso el pijama.

Pero no podía dormir.

Daba vueltas en la cama King Size. El sonido de la lluvia había amainado, convirtiéndose en un goteo constante. Su mente no dejaba de pensar en la chica de abajo. En su mirada. En el moretón que había vislumbrado en su muñeca cuando ella agarró los pañuelos.

Eran dedos. Alguien la había agarrado con fuerza.

—No es tu pedo, Max. No te metas —pensó.

Pero la curiosidad era un veneno.

A las 7:00 de la mañana, Max ya estaba despierto. Había dormido mal, soñando con auditorías fiscales y mujeres llorando bajo la lluvia. Bajó las escaleras en bata, con necesidad urgente de café.

La casa estaba en silencio absoluto.

Pasó frente al cuarto de huéspedes. La puerta estaba entreabierta.

—¿Cristina? —llamó en voz baja.

Nadie respondió. Empujó la puerta suavemente.

La chica estaba profundamente dormida en el sofá que había junto a la ventana, no en la cama. Se había tapado con una manta ligera, hecha un ovillo, en posición defensiva incluso en sueños. La luz gris de la mañana entraba por la ventana, iluminando su rostro. Ya no se veía tan pálida, pero sí terriblemente joven y frágil.

Y allí, sobre la mesa de centro de cristal, estaba la mochila.

Esa maldita mochila vieja y despellejada que ella había defendido como si fuera el Santo Grial. Estaba abierta.

Max sabía que no debía. Era invasión a la privacidad. Era incorrecto. Pero algo en la forma en que ella la cuidaba le gritaba que ahí estaba la respuesta a todo.

Se acercó silenciosamente, caminando sobre las puntas de sus pantuflas.

Dentro de la mochila no había joyas robadas, ni paquetes de droga, ni armas.
Había un cepillo de dientes gastado. Un par de calcetines limpios. Una barra de granola a medio comer. Y un folder de plástico transparente, de esos baratos de papelería, lleno de documentos.

Max sacó el folder. Sus manos temblaron ligeramente.
Abrió el primer documento.

Era una Sentencia Definitiva de Juicio Sucesorio. Juzgado 34 de lo Familiar de la Ciudad de México.
“Se adjudica la propiedad del inmueble ubicado en Calle Santa María La Ribera #102 a favor del C. Víctor Petrov. Se ordena el lanzamiento inmediato de la ocupante Cristina Covarrubias López.”

Max frunció el ceño. Petrov… Víctor Petrov. El nombre le sonaba. Era un funcionario de la Alcaldía Cuauhtémoc, un tipo nefasto con el que alguna vez tuvo que lidiar por unos permisos de construcción. Un burócrata corrupto de los que piden “moches” por respirar.

Pasó la página.

El siguiente documento era un Acta de Defunción.
“Nombre: Elena López de Covarrubias. Causa de muerte: Carcinoma pancreático. Fecha: 14 de mayo del presente año.”
Hace cinco meses. La chica había perdido a su madre hacía menos de medio año.

Pero fue el tercer documento el que hizo que a Max se le helara la sangre y se le cayera el alma a los pies.

Era una copia de una denuncia ante el Ministerio Público, con sello de “Recibido”, pero sin número de carpeta de investigación asignado. Y pegado a ella, un parte médico de urgencias del Hospital General, fechado hacía tres semanas.

Leyó en voz baja:
“Paciente femenino de 23 años de edad. Ingresa por politraumatismo. Presenta fractura de radio distal en extremidad superior derecha (muñeca), equimosis periorbitaria (ojo morado) y contusiones múltiples en tórax y abdomen. La paciente refiere haber sido empujada por una escalera durante un altercado doméstico. Se da aviso al MP.”

Y debajo de los papeles, una foto. Una fotografía impresa en papel Kodak, de esas viejas, con los bordes doblados. En ella, una mujer hermosa, muy parecida a Cristina pero mayor, abrazaba a una niña pequeña frente a un pastel de cumpleaños. Al reverso, con tinta azul desvaída, decía: “Para mi princesa Cristi. Que nadie apague tu luz. Mamá, 2010”.

Max sintió una náusea repentina.
La realidad lo golpeó como un mazo.
Esa chica no era una vaga. No era una drogadicta.
Era una víctima. Alguien la había despojado de todo. Le habían quitado a su madre, le habían robado su casa, y cuando intentó defenderse, la habían molido a golpes y la habían tirado a la calle como basura.

Y el responsable era ese cerdo de Víctor Petrov.

Max apretó los papeles con tanta fuerza que los arrugó. Sintió una rabia caliente, volcánica, subirle por el pecho. Hacía años que no sentía algo así. No era estrés de negocios, no era frustración por el tráfico. Era ira. Pura y justa ira.

—¡NO!

El grito lo hizo saltar.
Cristina estaba despierta. Estaba de pie junto al sofá, mirándolo con los ojos desorbitados por el terror. Su pecho subía y bajaba agitadamente.

—¡No me robe eso! ¡Por favor! —gritó, lanzándose hacia él sin pensar, tratando de arrebatarle el folder—. ¡Es lo único que me queda de mi mamá! ¡Démelo!

Estaba llorando, un llanto histérico, roto. Pensaba que Max, el millonario que la había “rescatado”, ahora le iba a quitar los papeles para destruirlos, o que quizás trabajaba para su tío.

—¡Cálmate! —dijo Max, levantando las manos, pero manteniendo el folder fuera de su alcance—. ¡Cristina, escúchame!

—¡Démelo! ¡Ya me voy! ¡No le voy a decir a nadie! —sollozaba ella, cayendo de rodillas al suelo, tapándose la cara con las manos—. Por favor… no me haga daño. Ya no aguanto más…

Verla así, de rodillas en su alfombra persa, suplicando piedad cuando él era quien había invadido su privacidad, rompió algo dentro de Max. Rompió esa coraza de indiferencia que había construido durante años.

Se agachó frente a ella. Ignoró sus propias reglas de “no tocar”. Le puso una mano firme en el hombro.

—Cristina, mírame —dijo. Su voz ya no era la del empresario déspota. Era grave, sí, pero vibraba con una intensidad nueva—. Mírame, carajo.

Ella levantó la cara, llena de lágrimas y mocos, temblando como una hoja.

—Nadie te va a hacer daño aquí —dijo Max, mirándola directo a los ojos—. Y nadie te va a quitar estos papeles. Pero me vas a explicar algo ahora mismo.

Le puso el folder en las manos a ella. Cristina lo abrazó contra su pecho, protegiéndolo con su vida.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó Max, señalando el parte médico que asomaba—. ¿Fue Petrov?

Ella asintió levemente, con miedo.

Max se puso de pie. Se alisó la bata, pero sus manos estaban cerradas en puños. Caminó hacia la ventana y miró hacia el jardín mojado. La lluvia había parado, pero el cielo seguía gris plomo.

—Levántate, Cristina —dijo sin voltear—. Lávate la cara. Vamos a desayunar. Y me vas a contar cada maldito detalle de cómo ese infeliz te quitó tu casa.

Se giró para verla.
—Porque hoy, ese cabrón va a saber lo que es meterse con alguien que sí tiene con qué defenderse.

La guerra acababa de empezar. Y por primera vez en mucho tiempo, Maximiliano Ferrer tenía una razón para pelear.

 


CAPÍTULO 2: CICATRICES Y CAFÉ NEGRO

El olor a café recién molido comenzó a llenar la cocina de Maximiliano, peleando contra el ambiente estéril y frío de acero inoxidable y granito negro. Era una cocina de revista, de esas que salen en Architectural Digest, diseñada para ser admirada pero no utilizada. Sin embargo, esa mañana, Max la sentía diferente. La sentía como una trinchera.

Max estaba de pie frente a la cafetera industrial italiana, observando cómo el líquido oscuro y espeso caía en la jarra de cristal. Sus manos, apoyadas en la encimera, ya no temblaban de ira, pero sus nudillos seguían blancos por la tensión.

Escuchó pasos tímidos detrás de él. El sonido de calcetines arrastrándose sobre el piso de porcelanato.

No se giró de inmediato. Necesitaba un segundo para componer su rostro, para guardar al “Max furioso” y sacar al “Max negociador”. Pero, ¿con quién estaba negociando? ¿Con una niña rota a la que el sistema había masticado y escupido?

—Siéntate en la barra —dijo Max, con voz ronca.

Se dio la vuelta con dos tazas humeantes.
Cristina estaba allí, parada en el umbral como si esperara permiso para existir. Se había lavado la cara. Tenía los ojos hinchados y rojos, y la piel lavada se veía aún más pálida bajo la luz cruda de la mañana, pero había una dignidad silenciosa en la forma en que mantenía la barbilla levantada. Ya no abrazaba la mochila; la había dejado en el suelo, a sus pies, como un perro guardián.

Llevaba la bata de baño de Max, que le quedaba inmensa. Se había remangado las mangas varias veces, y el cinturón le daba dos vueltas a su cintura. Parecía una niña jugando a ser adulto, si no fuera por la mirada de mil años de soledad que cargaba.

Se sentó en uno de los taburetes altos, con movimientos lentos y cuidadosos, como si le doliera el cuerpo. Y Max sabía que le dolía. El parte médico decía “contusiones múltiples”. Esos golpes tardan semanas en dejar de doler, especialmente cuando hace frío y llueve.

Max deslizó una taza hacia ella.
—Es café de grano. Fuerte. Sin azúcar, como la vida —intentó bromear, pero le salió seco.
—Gracias —susurró ella. Rodeó la taza con ambas manos, buscando el calor desesperadamente.

Max se apoyó en la isla de la cocina, frente a ella, y bebió un sorbo largo. El café le quemó la lengua, pero le ayudó a despertar.

—Los huevos están en el refri —dijo él—. El pan en la alacena. Si tienes hambre, dime y preparo algo. Pero primero… —dejó la taza con un golpe suave sobre la piedra—, primero me vas a contar la historia completa. Y no quiero la versión resumida. Quiero nombres, fechas y detalles.

Cristina miró el remolino negro dentro de su taza.
—¿Para qué quiere saber? —preguntó, sin levantar la vista—. Ya vio los papeles. Ya sabe que soy una perdedora que se dejó quitar todo.
—No eres una perdedora, eres una víctima —corrigió Max con firmeza—. Y quiero saber porque tengo curiosidad de entender cómo un funcionario de medio pelo puede joderle la vida a alguien con tanta impunidad y salirse con la suya.

Ella soltó una risa amarga, corta y seca.
—Porque así es México, ¿no? El que tiene palancas gana. El que tiene dinero compra la verdad.
—Yo tengo dinero —dijo Max, inclinándose hacia adelante—. Y tengo muchas palancas. Así que, pruébame.

Cristina levantó la vista. Lo miró a los ojos, buscando mentiras, buscando burla. No encontró ninguna. Solo vio a un hombre cansado que parecía estar tan harto del mundo como ella.

Suspiró, un sonido largo y tembloroso.
—Todo empezó en abril —comenzó a hablar, y su voz fue ganando fuerza poco a poco—. Mi mamá, Elena… ella era todo para mí. Mi papá se fue por cigarros cuando yo tenía tres años y nunca volvió. Mamá trabajaba doble turno como enfermera en el Siglo XXI para sacarme adelante. Compró el departamento de Santa María la Ribera hace veinte años, con créditos del FOVISSSTE, pagándolo peso a peso. Era su orgullo. Decía: “Cristi, estas cuatro paredes son tu seguridad. Pase lo que pase, nunca te van a faltar un techo”.

Max asintió. Conocía esa mentalidad. La mentalidad de la gente que ha tenido hambre y necesita ladrillos para sentirse segura.

—Cuando le detectaron el cáncer… fue muy rápido —a Cristina se le quebró la voz, pero carraspeó y siguió—. Cáncer de páncreas. Agresivo. En tres meses se la llevó. Yo dejé la universidad, dejé mi trabajo de medio tiempo en una librería, dejé todo para cuidarla. Gastamos los ahorros en medicinas, en morfina para el dolor…

Hizo una pausa, tomando un trago de café como si fuera medicina.
—El tío Víctor… es el hermano mayor de mamá. Nunca nos visitaba. De niña lo vi dos veces. Mamá decía que era la “oveja negra”, que se había metido en la política y se había podrido por dentro. En los noventa le pidió prestado dinero a mis abuelos para un “negocio seguro” y se lo gastó en vicios. Mis abuelos murieron sin que él les pagara un centavo. Mamá nunca se lo perdonó.

—Un tipo encantador —murmuró Max con sarcasmo.

—El día del velorio, apareció —continuó Cristina. Sus manos apretaron la taza con fuerza—. Llegó a la funeraria Gayosso con un arreglo de flores inmenso, ridículo. Lloró más que yo. Abrazaba el ataúd, gritaba “hermanita, por qué me dejaste”. Yo estaba en shock, ni siquiera podía llorar, y él estaba ahí, haciendo su show. Se me acercó y me dijo: “Cristinita, no estás sola, tu tío Víctor está aquí para protegerte”.

Max sintió un asco visceral. Conocía a esos buitres. Huelen la muerte y la debilidad a kilómetros.

—A la semana del entierro, cambió el tono. Me citó en un café en la colonia Roma. Llegó con un abogado que tenía cara de perro de pelea. Me dijo: “Cristina, tenemos que hablar de la herencia. Tu mamá me vendió el departamento hace tres años”.

—¿Te dijo que se lo vendió? —interrumpió Max—. Pero el documento que vi era un testamento.

—Esa fue su segunda mentira —explicó ella—. Primero intentó decir que había una compra-venta privada. Yo me reí en su cara. Le dije que era imposible, que mamá lo odiaba y que la casa seguía hipotecada hasta hace poco. Entonces cambió la estrategia. Dijo: “Ah, bueno, tal vez me confundí, pero hay un testamento”.

—¿Y tú tenías uno?
—Sí. —Cristina soltó una mano de la taza y se tocó el pecho, como si buscara algo—. Mamá hizo su testamento ante notario hace dos años, cuando empezó a sentirse mal. Me dejaba todo a mí. Única y universal heredera. Yo tenía la copia certificada. Me sentía segura con ese papel. Qué estúpida fui.

—No fuiste estúpida. Confiaste en la ley. Ese es el error que cometemos todos hasta que nos topamos con la realidad —dijo Max, sirviéndose más café.

—Víctor presentó un testamento anterior. Fechado cuatro años atrás. —La voz de Cristina se volvió dura—. Un documento supuestamente notariado donde mamá le dejaba la propiedad a él “en pago de una deuda moral”. ¡Una deuda moral! ¡Él le debía dinero a ella! Pero el documento tenía sellos, firmas, todo.

—Falsificación —dictaminó Max—. Y de las buenas, si pasó por el juzgado.

—Yo impugné —dijo ella rápidamente, defendiéndose—. No me quedé cruzada de brazos. Contraté a un abogado de oficio porque no tenía dinero para uno privado. El licenciado Martínez… un señor ya grande, cansado. Me dijo que el caso estaba difícil. Víctor tenía testigos. Llevó a una mujer, una tal “Licenciada Karpova”, que juró ante el juez que ella estuvo presente cuando mi mamá firmó ese testamento en una servilleta en un restaurante y que luego lo formalizaron.

—Testigos comprados. Clásico.

—El juez… creo que el juez ni siquiera leyó mis pruebas. —Cristina miró hacia la ventana, donde el sol empezaba a romper las nubes grises—. En la audiencia, Víctor saludó al juez de mano. Se reían. Hablaban de fútbol. Yo estaba ahí sentada, sintiéndome como una intrusa en mi propia vida. El juez dictó sentencia en diez minutos. Dijo que el testamento de Víctor era válido porque “subsanaba errores de forma” del mío. Una tontería legal que no entendí.

—Y luego vino el desalojo.

La palabra cayó pesada en la cocina. Cristina se encogió.
—Fue hace tres semanas. Un martes, igual de lluvioso que ayer. Llegaron a las siete de la mañana. No tocaron el timbre. Empezaron a taladrar la chapa. Eran cargadores, policías y Víctor. Él estaba ahí, supervisando todo con un cigarro en la boca. Me dieron quince minutos para sacar mis cosas personales. “Ropa y fotos, nada de valor”, dijo él. Empezaron a sacar los muebles de mamá, su sillón favorito, sus libros… los aventaban al camión como si fueran basura.

Cristina empezó a temblar de nuevo. Max tuvo el impulso de rodear la barra y abrazarla, pero se contuvo. Sabía que ella necesitaba sacar el veneno, no ser consolada todavía.

—Intenté agarrar el joyero de mamá. No tenía gran cosa, unos aretes de perlas falsas, su anillo de bodas de plata… cosas sentimentales. Víctor me vio. Me agarró del brazo.

Cristina levantó la muñeca derecha. El moretón ya estaba amarillo y verdoso, pero se notaba la forma de los dedos marcados.
—Me dijo: “Eso es mío, ladrona”. Me torció la mano hasta que solté la caja. Me gritó que me largara. Yo… me puse loca. Le grité verdades, le grité que era un asesino, que él había matado a mamá de disgustos.

Hizo una pausa larga. Sus ojos se oscurecieron.
—Estábamos en el pasillo, afuera del departamento. Tercer piso. Él se puso rojo. Me empujó. No fue un accidente, Max. Me miró a los ojos y me empujó hacia las escaleras.

Max sintió que la sangre le hervía. Imaginó la escena: la escalera de granito de un edificio viejo, la caída, el crujido de los huesos.

—Rodé todo un tramo —susurró—. Sentí cómo se me rompía la muñeca al tratar de frenar. Me pegué en la cabeza, en las costillas. Quedé tirada en el descanso del segundo piso, sin aire. Los vecinos se asomaron, pero nadie hizo nada. Nadie quiso meterse con los policías que estaban arriba riéndose. Víctor bajó despacio, me pasó por encima… literalmente me pasó por encima, y me dijo: “Si vuelves a acercarte, te mato”.

Silencio. Solo el zumbido del refrigerador.

—Fui al hospital. Me enyesaron. Fui al Ministerio Público en la Cuauhtémoc. —Cristina negó con la cabeza—. Perdida de tiempo. Me tuvieron esperando seis horas en una silla de plástico, con dolor, mareada. Cuando me atendieron, el MP me dijo que era un pleito de familia. Que si no había testigos oculares imparciales, era mi palabra contra la de un “servidor público respetable”. Que mejor me fuera a descansar y no buscara problemas. “No le busques tres pies al gato, mija”, me dijo el secretario.

Max golpeó la encimera con la palma de la mano. Un golpe seco que hizo saltar a Cristina.
—Hijos de puta —gruñó—. Son una bola de cobardes.

—Desde entonces… he estado vagando. —La voz de Cristina se volvió pequeña otra vez—. Se me acabó el poco dinero que tenía en hostales baratos y comida corrida. Intenté buscar trabajo, pero con el brazo así… y sin comprobante de domicilio… nadie me contrata. Mis “amigos” de la universidad dejaron de contestar mis mensajes cuando les pedí prestado. Me quedé sola. Ayer… ayer fue la primera vez que pensé que tal vez era mejor dejarme morir de frío. Que ya no valía la pena luchar.

Max la miró. Vio en ella el abismo. Él había estado al borde de ese mismo abismo en 1995, cuando la crisis económica le quitó todo lo que su padre le había dejado. Recordó la vergüenza, el hambre, la rabia impotente. Pero él había tenido suerte. Había tenido un socio que le prestó capital. Ella no tenía a nadie.

Hasta ahora.

—Cristina —dijo Max. Su tono cambió completamente. Ya no era inquisitivo, era resolutivo. Como cuando decidía comprar un terreno para construir un rascacielos—. ¿Tienes hambre?

Ella parpadeó, confundida por el cambio de tema.
—Un poco…
—Bien. Voy a hacer huevos revueltos con jamón. Y calentar unas tortillas. ¿Comes picante?
—Sí…
—Tengo una salsa macha que te despierta hasta el alma.

Max se movió por la cocina, sacando sartenes, rompiendo huevos con una mano, cortando jamón serrano. Necesitaba hacer algo físico. Necesitaba canalizar la energía violenta que sentía hacia algo productivo, o saldría a buscar a Petrov y lo mataría con sus propias manos, y eso no ayudaría a nadie.

Mientras cocinaba, habló. Sin mirar a Cristina, concentrado en el sartén.

—Yo crecí en la colonia Obrera —dijo de repente—. No nací en cuna de oro. Mi papá era albañil, luego maestro de obras, luego contratista. Yo heredé su negocio, pero antes de eso, heredé sus deudas. En el 95, perdí mi primera casa. El banco me la quitó. Me sacaron igual que a ti, con policías y cargadores. Dormí en mi coche, un vocho viejo, durante tres semanas.

Cristina lo miraba fijamente. No se imaginaba a ese hombre de traje italiano y reloj de oro durmiendo en un vocho.

—Sé lo que se siente que te miren como si fueras basura —continuó Max, sirviendo los huevos en dos platos—. Sé lo que se siente que la ley proteja al ladrón y castigue al trabajador. Me juré que nunca más me iba a pasar. Me volví duro. Me volví… bueno, me volví un cabrón en los negocios para que nadie pudiera volver a pisarme.

Puso el plato frente a ella. El olor a huevo y jamón frito llenó el espacio entre ellos.
—Pero hay algo que odio más que perder dinero, Cristina. Y es a los abusivos. A los gandallas que se aprovechan de los que no pueden defenderse. Tu tío… tu tío cometió el error de su vida ayer.

—¿Por qué? —preguntó ella, tomando el tenedor con la mano izquierda, torpemente, porque la derecha seguía dolorida aunque ya no tenía yeso (se lo había quitado ella misma hacía días porque le picaba y olía mal).

—Porque se metió con alguien que se cruzó en mi camino —dijo Max. Se sentó frente a ella y empezó a comer—. Y hoy amanecí con ganas de pelear.

Cristina comió con hambre voraz. Al principio intentó ser educada, pero el cuerpo le pedía calorías. Max la observó, asegurándose de que comiera todo.

Cuando terminaron, Max sacó su celular. Ese teléfono era su arma más letal. Más peligrosa que cualquier pistola. Tenía la agenda de contactos más pesada de la industria de la construcción.

Marcó un número. Puso el altavoz.
—¿Bueno? —contestó una voz masculina, arrastrada y cínica al otro lado—. Max, son las ocho de la mañana. Si no se cayó un edificio, te voy a cobrar la hora doble.

—Despierta, Olegario. Necesito que vengas a mi casa. Ahora.
—¿Problemas fiscales otra vez? Te dije que no facturaras esa camioneta como gasto de…
—No es fiscal. Es personal. Y es penal.
—Uy. Eso suena divertido. —La voz de Olegario cambió, se volvió más afilada—. ¿A quién mataste?
—A nadie todavía. Pero hay un tipo, un tal Víctor Petrov, funcionario de la Alcaldía, que necesita que le arruinemos la vida legalmente, financieramente y socialmente.
—Petrov… —Olegario hizo una pausa—. Me suena. ¿El de Desarrollo Urbano? Es una rata escurridiza. ¿Qué te hizo?
—A mí nada. Le robó la casa a una niña, falsificó un testamento, la golpeó y la tiró a la calle. Y esa niña está desayunando en mi cocina ahora mismo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Olegario Montes era el mejor abogado litigante de la ciudad. Un hombre sin escrúpulos para defender a sus clientes, pero con un código de honor muy extraño: odiaba a los abusadores de mujeres y niños. Tenía tres hijas.

—Llego en cuarenta minutos —dijo Olegario—. Voy a llevar a mi perito calígrafo de confianza. Ese tipo puede detectar una firma falsa aunque la haya hecho Dios. Dile a la chica que busque todos los papeles originales que tenga. Vamos a ir a la guerra, Max.

—Trae donas. De las de chocolate —añadió Max.
—Jalo. Nos vemos.

Max colgó. Miró a Cristina. Ella había dejado de comer y lo miraba con la boca ligeramente abierta.
—¿Va a contratar a un abogado… para mí? —preguntó, incrédula—. Pero… no tengo cómo pagarle. Esos abogados cobran miles de pesos.
—Olegario cobra en dólares —corrigió Max con una media sonrisa—. Y no te preocupes por eso. Yo invito. Considéralo una inversión a largo plazo.

—¿Inversión? ¿En qué? No tengo nada.
—En justicia —dijo Max, poniéndose serio—. Y en karma. Tengo mucho karma negativo que limpiar, Cristina. Tal vez ayudarte a ti me compre un boleto al cielo, o al menos, me salve de ir al círculo más profundo del infierno.

Cristina bajó la mirada a su plato vacío. Sus hombros empezaron a temblar de nuevo. Max pensó que estaba asustada, pero luego escuchó el sollozo. Estaba llorando. Pero esta vez era diferente. No era el llanto del miedo. Era el llanto del alivio. El llanto de quien ha estado nadando contra la corriente durante meses, a punto de ahogarse, y de repente siente tierra firme bajo los pies.

—Gracias… —dijo entre hipidos—. Nadie… nadie me había creído. Todos me miraban como si estuviera loca.
—Ya no estás sola —dijo Max. Se levantó y, esta vez sí, le puso una mano en el hombro y apretó suavemente—. Ve a buscar esos papeles. Saca todo. Fotos, cartas viejas de tu mamá, recibos, todo lo que tenga su letra. Vamos a armar un expediente que va a hacer que Petrov desee no haber nacido.

Cristina se levantó, se limpió las lágrimas con la manga de la bata gigante y asintió. Por primera vez, Max vio una chispa en sus ojos. Una chispa pequeña, tímida, pero real. No era solo gratitud. Era esperanza. Y debajo de la esperanza, algo más peligroso para Petrov: sed de venganza.

—Tengo cartas —dijo ella, corriendo hacia su mochila—. Cartas que mamá me escribía en mis cumpleaños. Ahí está su letra real. Y tengo la copia de mi testamento. Y fotos de los moretones que me tomé con el celular antes de que me lo quisieran quitar.

—Perfecto —dijo Max—. Eso es munición.

Mientras ella vaciaba su mochila sobre la mesa de granito, Max miró por la ventana. La lluvia había parado por completo. Un rayo de sol pálido intentaba atravesar las nubes sobre el jardín.

Maximiliano Ferrer, el hombre que pensaba que su vida ya no tenía propósito más allá de acumular riqueza, sintió una descarga de adrenalina. Iba a destruir a Víctor Petrov. Iba a usar cada recurso, cada contacto y cada peso de su fortuna para aplastar a ese miserable.

Y por primera vez en años, sonrió de verdad. Una sonrisa de lobo que ha encontrado una presa.

—Prepárate, Víctor —susurró al vidrio—. Te metiste con la sobrina equivocada.

 


CAPÍTULO 3: TIBURONES EN LA PECERA

El timbre de la residencia Ferrer sonó no como una petición de entrada, sino como una declaración de guerra. Eran las 9:15 de la mañana.

Maximiliano abrió la puerta principal. Frente a él, bajo el pórtico de concreto aparente que aún goteaba por la lluvia de la noche anterior, estaba Olegario Montes. Si los tiburones usaran trajes de tres piezas y mocasines Ferragamo sin calcetines, se verían exactamente como Olegario. Bajito, de tez morena, calvo como una bola de billar pero con una barba de candado impecablemente recortada, Olegario emanaba esa energía nerviosa y depredadora de quien desayuna conflictos legales.

Detrás de él, cargando un maletín metálico que parecía contener códigos nucleares, estaba un hombre alto, delgado y con aspecto de bibliotecario asustado.

—Traje las donas —dijo Olegario, levantando una caja rosa de Krispy Kreme con una mano y señalando a su acompañante con la otra—. Y traje a Ramiro. Es el mejor perito grafoscopista de la ciudad, aunque tiene el carisma de una puerta. Ramiro, saluda al señor Ferrer, el hombre que paga tus honorarios de hoy, que por cierto, son obscenos.

—Buenos días, licenciado —murmuró Ramiro, ajustándose los lentes de fondo de botella.

—Pasen —dijo Max, haciéndose a un lado—. El café está listo. Y la cliente está en la cocina, tratando de no vomitar del nerviosismo.

Entraron. El sonido de los mocasines de Olegario resonando en el mármol del vestíbulo rompió la solemnidad de la casa. Max los guio hacia el comedor principal, una mesa de madera de parota de tres metros de largo que normalmente solo acumulaba polvo, pero que hoy se convertiría en el cuarto de guerra.

Cristina estaba sentada en la cabecera, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Había sacado todos sus papeles y los había ordenado en pilas meticulosas: “Legal”, “Médico”, “Personal”. Al ver entrar a los hombres, se puso de pie de un salto, alisándose la bata de baño prestada que ahora llevaba sobre unos jeans viejos y una playera que Max le había conseguido de su ex (que afortunadamente había dejado algo de ropa “de gimnasio” olvidada).

—Siéntate, niña, no soy el Papa —dijo Olegario, lanzando su maletín de cuero sobre una silla y abriendo la caja de donas en el centro de la mesa—. Soy Olegario Montes. Cobro caro, peleo sucio y casi siempre gano. Max me dice que te robaron tu casa y te rompieron la mano. ¿Es cierto?

Cristina parpadeó, intimidada por la velocidad verbal del abogado.
—Sí… sí, señor.
—No me digas señor, me haces sentir viejo. Dime Licenciado o dime Olegario. A ver, enséñame la “evidencia”. Y tú, Ramiro, deja de babear y saca tus juguetes.

La atmósfera cambió instantáneamente. Lo que antes era una mañana tensa se convirtió en una operación quirúrgica. Ramiro, el perito, abrió su maletín metálico. Adentro no había armas, pero sí herramientas igual de peligrosas en las manos correctas: lupas de gran aumento, lámparas de luz ultravioleta, un microscopio portátil digital conectado a una tablet y varios juegos de regletas milimétricas.

—Necesito un documento indubitable —dijo Ramiro con voz suave y profesional—. Es decir, algo donde esté la firma original de la madre, de cuya autenticidad no tengamos duda. Credencial de elector, pasaporte, contratos bancarios.

Cristina empujó una pila de papeles hacia él.
—Aquí está su INE, vencida el año pasado pero firmada. Su pasaporte. Y… —dudó un momento, y luego sacó un sobre de papel manila color amarillo—, y estas son cartas. Mamá me escribía cartas en cada cumpleaños. La última fue hace dos años.

Ramiro tomó las cartas con guantes de látex, tratándolas como si fueran manuscritos del Mar Muerto.
—Perfecto. Ahora, el documento cuestionado.

Cristina le pasó la copia certificada del testamento que Víctor Petrov había presentado en el juzgado. Era una fotocopia de alta calidad, donde se apreciaban los sellos notariales y la firma al calce.

El comedor se sumió en un silencio denso, solo roto por el zumbido del microscopio digital y el sonido de Olegario masticando una dona glaseada.

Max se quedó de pie, cruzado de brazos, observando la escena. Veía a Cristina mirar a Ramiro con una intensidad dolorosa. Toda su vida, su pasado y su futuro, dependían de lo que ese hombre delgado dijera en los próximos minutos.

—¿Qué opinas del juez? —preguntó Max a Olegario en voz baja.
—El Juez 34… —Olegario se limpió el azúcar de los dedos con una servilleta de tela—. Es un incompetente o un corrupto, o las dos cosas. Probablemente Petrov le dio una “gratificación” para agilizar el trámite. En este país, la justicia es pronta y expedita solo si le pones aceite a la maquinaria. Si no, es lenta y pendeja.

—¿Podemos clavar al juez también?
—Despacio, vaquero. Primero matamos a la víbora, luego vamos por las ratas que se comen los restos. Si demostramos que el documento es falso, la sentencia del juez se cae sola por “nulidad de actuaciones”. Pero lo divertido no es lo civil, Max. Lo divertido es lo penal.

Olegario sonrió, y sus dientes brillaron.
—Fraude procesal. Falsificación de documentos. Despojo agravado. Lesiones. Si armamos bien el paquete, tu amigo Petrov no solo pierde la casa; pierde su puesto en la Alcaldía, su pensión y su libertad. Lo vamos a meter al Reclusorio Norte con los mismos delincuentes que él desprecia.

—Aquí hay algo —interrumpió Ramiro.

Todos se congelaron. El perito estaba inclinado sobre la tablet, donde se veía la firma del testamento ampliada 500 veces. Parecía un mapa topográfico de tinta negra.

—Explícate —ordenó Max, acercándose.

Ramiro señaló la pantalla con un puntero.
—Miren aquí. En la curva de la “E” de Elena. Y aquí, en el remate de la “s” de Covarrubias. ¿Ven estos micro-puntos de tinta? Se llaman “paradas indebidas”.

—En español, Ramiro —pidió Cristina, con el corazón en la garganta.

—Cuando una persona firma su propio nombre —explicó Ramiro, entrando en su elemento—, lo hace de manera automática. Es memoria muscular. El cerebro no piensa “ahora subo, ahora bajo”. El trazo es fluido, rápido. La pluma vuela sobre el papel. Pero cuando alguien copia una firma, el cerebro está dibujando, no escribiendo.

Hizo zoom en la imagen.
—El falsificador tiene que ir más lento para imitar la forma. Esa lentitud provoca que la pluma se detenga milésimas de segundo en las curvas, depositando más tinta. Son puntos de duda. Y miren esto…

Cambió la imagen a la firma de las cartas de cumpleaños.
—La señora Elena tenía un “temblor senil” incipiente en sus últimos años, visible en las cartas. Un temblor rítmico, vertical. Pero la firma del testamento… —regresó a la imagen del documento falso— tiene un “temblor de falsificación”. Es un temblor horizontal, producto de la tensión muscular de la mano del falsificador tratando de controlar el trazo.

Ramiro levantó la vista, ajustándose los lentes.
—Es una falsificación. Buena a simple vista, pero bajo el microscopio es una chapuza. Quien hizo esto intentó imitar el estilo de la señora, pero olvidó la presión. La señora Elena firmaba presionando fuerte al inicio y suave al final. Esta firma tiene la misma presión en todo el trazo. Es plana. Es un dibujo, no una firma.

Cristina soltó el aire que había estado conteniendo. Se tapó la boca con una mano y soltó un sollozo ahogado.
—Lo sabía… —susurró—. Yo sabía que mamá no me había traicionado.

Max sintió una opresión en el pecho. Ver la validación en los ojos de Cristina era más gratificante que cerrar un contrato millonario.
—¿Puedes sostener eso en un juicio, Ramiro? —preguntó Max.

—Puedo escribir un dictamen de cincuenta páginas con bibliografía internacional que lo demuestre. Y puedo destruir al perito de la contraparte en el estrado. Esa firma es falsa, señor Ferrer. Pongo mi licencia sobre la mesa.

—¡Bum! —gritó Olegario, golpeando la mesa—. Eso es lo que quería escuchar. Tenemos el arma humeante. Ahora, hablemos de la cómplice.

Olegario sacó su propio iPad y abrió un archivo.
—Cristina, mencionaste a una testigo. Una tal “Licenciada Karpova”.
—Sí —dijo ella, limpiándose las lágrimas—. Lydia Karpova. Dijo que era amiga de mamá de la infancia.

—Pues tu mamá tenía amigas muy raras —dijo Olegario con sarcasmo—. Porque Lydia Karpova, según mis bases de datos, tiene 32 años. Tu mamá tenía 55. Difícil que fueran amigas de la infancia, a menos que tu mamá tuviera amigas imaginarias en el futuro.

Olegario deslizó el iPad hacia ellos. Mostraba un perfil de LinkedIn y una ficha de nómina gubernamental filtrada.
—Lydia Karpova. Cargo: Asistente Administrativo C. Lugar de trabajo: Dirección de Desarrollo Urbano, Alcaldía Cuauhtémoc. Jefe directo: Víctor Petrov.

Max soltó una carcajada seca.
—¡Qué pendejos son! —exclamó Max—. Usaron a una empleada subordinada como testigo.

—Es conflicto de interés, es falso testimonio y es estupidez humana nivel Dios —confirmó Olegario—. Petrov obligó a su secretaria o asistente a mentir por él. Probablemente la amenazó con despedirla si no lo hacía. “Gata” del patrón.

Cristina miraba la foto de la mujer en la pantalla. Una chica joven, con cara de cansancio, muy maquillada.
—Ella… ella juró ante la Biblia en el juzgado. Lloró y dijo que mamá le había tomado la mano antes de firmar.

—Es buena actriz —dijo Olegario—. Pero va a ser mejor cantando cuando la Fiscalía la cite por falsedad de declaraciones. A esta mujer la vamos a romper en cinco minutos. Le vamos a ofrecer un trato: o vas a la cárcel con tu jefe, o nos das a Petrov y te salvas. Te aseguro que va a elegir salvarse.

Max empezó a caminar alrededor de la mesa. Su mente de estratega estaba conectando los puntos.
—Okay, tenemos la firma falsa. Tenemos a la testigo comprada. Tenemos el motivo (el valor de la propiedad). ¿Cuál es la jugada, Olegario?

Olegario se reclinó en la silla, entrelazando las manos detrás de la nuca.
—La jugada es la Blitzkrieg. Guerra relámpago. No vamos a demandar por la vía civil todavía. Eso tarda años. Vamos a ir directo a la yugular: la vía penal.

Empezó a enumerar con los dedos:
—Uno: Ramiro redacta el dictamen pericial preliminar hoy mismo.
—Dos: Redactamos una denuncia de hechos ante la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. No en la delegación de barrio donde Petrov tiene amigos, no. Vamos a ir a las oficinas centrales, a la Fiscalía de Servidores Públicos. Ahí les encanta comerse a peces gordos para salir en la tele.
—Tres: Solicitamos medidas de protección inmediatas para Cristina. Una orden de restricción. Si Petrov se acerca a menos de 500 metros, lo entamban.

—¿Y la casa? —preguntó Cristina—. ¿Cuándo recupero mi casa?

—Esa es la parte difícil —admitió Olegario, bajando el tono—. El aseguramiento del inmueble puede tardar unas semanas. El Ministerio Público tiene que asegurar la propiedad como “cuerpo del delito” para que Petrov no la venda ni la rente mientras dura el juicio. Pero te prometo algo, niña: antes de Navidad, estás cenando en tu comedor.

Cristina asintió. Semanas. Podía aguantar semanas. Había aguantado meses de infierno; unas semanas con Max y este equipo de locos parecían unas vacaciones.

—Hay un problema —dijo Max, deteniéndose frente a la ventana—. Petrov es un animal acorralado. Ya vino ayer a amenazar. Si se entera de que estamos armando esto, puede intentar algo estúpido antes de que nos den las medidas de protección. Puede intentar lastimarla de verdad.

Olegario se puso serio. La luz juguetona de sus ojos desapareció.
—Por eso no se va a enterar… hasta que tenga las esposas puestas. El factor sorpresa es clave. Vamos a presentar la denuncia bajo sigilo.

En ese momento, el teléfono de casa de Max sonó.
Era una línea fija que casi nadie tenía, reservada para emergencias familiares o alarmas de seguridad. El sonido estridente hizo eco en el comedor.

Max miró el identificador de llamadas en la pared. “Número Privado”.
—Nadie tiene este número —dijo Max, frunciendo el ceño—. Solo la empresa de seguridad y…

Contestó y puso el altavoz.
—¿Diga?

—Sé que la tienes ahí, Ferrer.

La voz de Víctor Petrov sonó distorsionada, como si estuviera hablando desde un teléfono desechable o con un pañuelo sobre la bocina. Pero la rabia contenida era inconfundible.

Cristina se llevó las manos a la boca. Olegario hizo una seña de silencio absoluto, sacando su celular para grabar el audio ambiental.

—No sé de qué hablas, Víctor —dijo Max con una calma helada.
—No te hagas pendejo. Mis fuentes me dijeron que tu camioneta entró anoche con una pasajera. Escúchame bien, niñito rico. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Yo no soy un contratista al que puedes intimidar con tus abogados caros. Yo soy la autoridad en esta zona.

—Tú eres un burócrata de cuarta con delirios de grandeza —respondió Max—. Y estás cometiendo un error federal al llamarme a mi casa para amenazarme.

—¿Amenaza? No, esto es un aviso. —La voz de Petrov bajó de tono, volviéndose más siniestra—. Esa niña es una delincuente. Robó joyas de su madre antes de morir. Tengo una orden de aprehensión lista para salir en su contra. Si no la entregas en dos horas en la delegación, voy a mandar a la judicial a tu casa. Y a ti te voy a acusar de encubrimiento y secuestro. ¿Quieres ver tu linda mansión rodeada de patrullas y prensa? ¿Quieres que tus inversionistas vean cómo te sacan esposado?

Max sintió el golpe. Petrov estaba jugando sucio, usando el sistema corrupto a su favor. Inventar cargos falsos era el deporte nacional de ciertos funcionarios.

—Saca tus patrullas, Víctor —dijo Max, y su voz sonó como el crujido de una viga de acero antes de romperse—. Pero te advierto algo: si una sola patrulla pisa mi banqueta sin una orden firmada por un juez federal, voy a hacer que te arrepientas el resto de tu miserable vida. Tengo cámaras grabando, tengo testigos y tengo algo que tú no tienes.

—¿Ah sí? ¿Qué tienes, pendejo?
—Tengo la verdad. Y tengo mucho, mucho más dinero que tú para gritarla.

Max colgó el teléfono con fuerza, casi rompiendo la base.

El silencio en la habitación era absoluto. Cristina estaba pálida, temblando visiblemente.
—Va a venir… va a mandar a la policía… me van a llevar… —balbuceó, al borde de un ataque de pánico—. Max, tengo que irme. No puedo dejar que te hagan esto. Si me voy, él te dejará en paz.

Se levantó, tropezando con la silla, buscando sus cosas como un animal asustado que busca la salida.
—¡Cristina, alto! —gritó Max.

Ella se detuvo, girándose hacia él con los ojos llenos de terror.
—¡Me van a meter a la cárcel, Max! ¡Tú no sabes cómo son! ¡Te siembran droga, te inventan cosas! ¡No puedo, no puedo!

Max la alcanzó en dos zancadas y la tomó por los hombros. No con violencia, sino con firmeza, para anclarla al suelo, a la realidad.

—Mírame. —La sacudió suavemente—. ¡Mírame! No te vas a ir a ningún lado. Esa orden de aprehensión es mentira. Es un blofeo. Si la tuviera, ya estarían aquí tirando la puerta. Está asustado. Nos está tanteando.

—¿Y si no es mentira? —sollozó ella.
—Entonces peleamos —dijo Max, mirándola con una intensidad feroz—. Escúchame bien: esta casa es una fortaleza. Tengo seguridad privada armada. Nadie entra aquí si yo no quiero. Y Olegario…

Se giró hacia el abogado. Olegario ya estaba tecleando furiosamente en su celular.
—Ya estoy tramitando un amparo buscador —dijo Olegario sin levantar la vista—. En dos horas tenemos una suspensión provisional contra cualquier orden de detención, presentación o comparecencia. Si algún policía intenta tocarte, le enseño el amparo y si te toca, comete delito federal. Bendito Poder Judicial Federal, lo único que medio funciona en este país.

Max volvió a mirar a Cristina.
—¿Lo oyes? Tienes un escudo. Tienes un ejército. Pero necesito saber algo, Cristina. Y necesito que seas honesta.

Ella asintió, sorbiendo por la nariz.
—¿Quieres esto? ¿Quieres pelear? Porque va a ser feo. Nos van a tirar lodo. Van a decir que eres una drogadicta, que eres una puta, que eres lo peor. Van a decir cosas de mí también. Si quieres parar, paramos. Te doy dinero, te vas a otra ciudad y empiezas de cero. Nadie te juzgaría.

Cristina miró a Max. Miró los papeles sobre la mesa, la firma temblorosa de su madre muerta, la prueba de que ella la había amado hasta el final. Pensó en las noches durmiendo bajo puentes, en el frío, en el dolor de su muñeca rota, en la humillación de ser tratada como basura por su propia sangre.

Algo cambió en su rostro. El miedo seguía ahí, pero se endureció. Se cristalizó en algo frío y cortante.

Se soltó del agarre de Max. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, con un movimiento brusco.
—No —dijo. Su voz ya no temblaba—. No me voy a ir. Esa es mi casa. Es el esfuerzo de mi mamá. Si me voy, él gana. Y no voy a dejar que ese hijo de la chingada gane.

Miró a Olegario.
—Licenciado, ¿qué tengo que firmar?

Olegario sonrió. Una sonrisa depredadora, amplia y genuina.
—Esa es la actitud, carajo. Ramiro, empieza a redactar. Max, necesito que me firmes un cheque con muchos ceros para la fianza del amparo y los gastos operativos. Cristina, ven acá, vamos a redactar tu declaración. Hoy no dormimos.

Max fue hacia la cocina a por más café. Mientras servía las tazas, miró su reflejo en el acero del refrigerador. Se veía cansado, despeinado, con la camisa arrugada. Pero por primera vez en años, no veía al empresario aburrido. Veía al peleador callejero de la Obrera.

—Bienvenido de vuelta, Max —se dijo a sí mismo.

Regresó al comedor.
—Olegario —dijo Max, poniendo la cafetera en el centro de la mesa—. Hay una cosa más.
—¿Qué?
—Dijiste que Petrov odia que lo expongan, ¿no?
—Como a todo político ratero. Son vampiros, odian la luz.
—Bien. Tengo un amigo que es dueño de un periódico digital. De esos amarillistas que le encantan a la gente. “El Gráfico de la Verdad” o algo así.
—Ajá.
—Voy a filtrar el video de seguridad de ayer. El de Petrov golpeando mi reja y gritando como loco. Y le voy a dar copia de la denuncia a su reportero estrella.

Olegario soltó una carcajada.
—Eso es jugar sucio, Max. Me encanta. Se llama “litigio mediático”. Antes de que el juez lea el expediente, la opinión pública ya lo habrá condenado.
—Pues que se joda —dijo Max—. En la guerra y en el amor, todo se vale.

Cristina lo miró.
—¿En el amor? —preguntó, confundida por la frase.
Max se detuvo un segundo. Sus miradas se cruzaron. Había una electricidad estática en el aire, una tensión que no venía solo del peligro, sino de la cercanía, de la intimidad de compartir una trinchera bajo fuego.
—Es un decir —dijo Max rápidamente, desviando la mirada—. Es solo un dicho. A trabajar.

Las siguientes horas fueron frenéticas. El comedor se llenó de olor a tinta, café y sudor frío. Redactaron, corrigieron, imprimieron. Ramiro tomaba fotos macroscópicas. Olegario gritaba por teléfono a sus pasantes en el despacho. Cristina narraba, reviviendo cada trauma para que quedara plasmado en papel oficial.

A las tres de la tarde, tenían listo el paquete.
—El “Torpedo Petrov” está armado —anunció Olegario, cerrando una carpeta gruesa—. Ramiro y yo vamos a la Fiscalía ahora mismo. Tú, Max, te quedas aquí con Cristina. Activa todos los protocolos de seguridad. Que no entre ni el de la pizza.

—Entendido —dijo Max.

Acompañó a los dos hombres a la puerta. La lluvia amenazaba con volver. El cielo estaba negro otra vez.
—Suerte —dijo Max.
—No necesitamos suerte —dijo Olegario, poniéndose sus gafas de sol aunque no había sol—. Tenemos la razón y te tenemos a ti financiando la guerra. Petrov está muerto, solo que todavía no le han avisado.

El Porsche de Olegario rugió y salió disparado por la calzada húmeda.

Max cerró la puerta y echó el cerrojo. La casa quedó en silencio de nuevo, pero ahora se sentía diferente. No vacía, sino en espera. Como el ojo de un huracán.

Regresó al comedor. Cristina estaba recogiendo los papeles sobrantes, apilando las tazas sucias.
—Deja eso —le dijo Max—. Lupita lo limpia mañana. Ven a la sala. Necesitas descansar.

Fueron a la sala principal, con sus techos de doble altura y su chimenea de gas. Max la encendió con un control remoto. Las llamas artificiales bailaron sobre los leños de cerámica.
Cristina se sentó en el sofá, abrazando sus rodillas. Se veía agotada, vacía.
—Max… —dijo en voz baja.
—¿Mande?
—Gracias. Sé que ya te lo dije mil veces, pero… nunca nadie había hecho algo así por mí. Ni siquiera mi papá.

Max se sentó en el sillón de enfrente. La miró, iluminada por el fuego.
—No me des las gracias todavía. Todavía no ganamos.
—Ya gané —dijo ella, mirándolo—. Recuperé mi dignidad. Recuperé la memoria de mi mamá. Aunque pierda la casa… ya sé que no estoy loca y que no estoy sola. Eso vale más que los ladrillos.

Max sintió un nudo en la garganta. Esa chica, con sus jeans viejos y su historia trágica, tenía más clase y más fuerza que todas las mujeres de alta sociedad con las que había salido en los últimos diez años.

—No vas a perder —prometió él—. Te lo juro por lo que más quieras. No vas a perder.

En ese momento, un trueno hizo vibrar los ventanales de la casa. La tormenta regresaba. Pero adentro, por primera vez, se sentía cálido.

Y mientras la lluvia comenzaba a azotar los cristales, Max supo que no estaba haciendo esto solo por justicia. Lo estaba haciendo porque, de alguna manera incomprensible, salvarla a ella era la única forma de salvarse a sí mismo.


CAPÍTULO 4: LA HOGUERA DIGITAL Y LOS LOBOS NOCTURNOS

La tarde cayó sobre la Ciudad de México como una manta pesada y gris. En la residencia de Maximiliano Ferrer, el tiempo parecía haberse estirado, convirtiendo los minutos en horas de una espera agónica.

Afuera, la lluvia había dado una tregua, dejando tras de sí un frío húmedo que calaba los huesos, típico del otoño en las Lomas de Chapultepec. Adentro, en la sala de doble altura, el fuego de la chimenea era la única fuente de calidez, proyectando sombras danzantes sobre los muros de concreto aparente y las obras de arte que Max había comprado por consejo de curadores pretenciosos y que nunca había entendido realmente.

Max y Cristina estaban sentados en sofás opuestos, como dos náufragos compartiendo una balsa de lujo.

—¿Por qué se fue? —preguntó Cristina de repente. Su voz rompió el silencio que había durado casi una hora, interrumpido solo por el crepitar de los leños cerámicos.

Max levantó la vista de su celular, donde había estado revisando correos de la empresa sin leerlos realmente.
—¿Quién?
—La mujer de la nota. La del espejo.

Max se tensó. Había olvidado que Cristina había usado el baño de su recámara principal esa mañana para secarse el pelo, y la nota de Vanessa, escrita con labial rojo indeleble en el espejo, seguía ahí. Nunca la había borrado. Era su penitencia diaria, su recordatorio de fracaso.

—Vanessa —dijo Max, suspirando. Dejó el celular sobre la mesa de centro—. Se fue porque se cansó de competir contra un edificio de veinte pisos.
—¿Cómo?
—Yo estaba construyendo la Torre Altus II en Reforma. Fue el proyecto más ambicioso de mi carrera. Me obsesioné. Trabajaba dieciocho horas diarias, dormía en la oficina, comía sándwiches de máquina. Vanessa quería una boda, quería hijos, quería ir a cenar los viernes. Yo quería ser el rey del concreto.

Max miró el fuego, perdiéndose en los recuerdos.
—Un día llegué a casa, un martes cualquiera, a las tres de la mañana. Ella ya no estaba. Se llevó su ropa, sus joyas y al perro. Solo dejó esa nota en el espejo. “Eres un cajero automático, no un hombre”. Y tenía razón. Me convertí en una máquina de generar dinero, Cristina. Y las máquinas no sienten, no aman y no acompañan. Solo funcionan hasta que se rompen.

Cristina se abrazó las rodillas, mirándolo con una intensidad que lo incomodaba y lo reconfortaba al mismo tiempo.
—Usted no es una máquina, Max.
—¿Ah no? ¿Qué soy entonces?
—Es un hombre triste. —Lo dijo con una honestidad brutal, sin filtro—. Y los hombres tristes a veces hacen cosas buenas para dejar de estar tristes. Como recogerme a mí.

Max soltó una risa corta, sin humor.
—Tal vez tengas razón. Tal vez solo estoy tratando de comprar mi redención salvando a la damisela en apuros.
—No me importa por qué lo hace —dijo ella firmemente—. Me importa que lo está haciendo. Mi papá se fue por cigarros, mi mamá se murió, mi tío me traicionó. Usted es el primer hombre en mi vida que se queda cuando las cosas se ponen feas. Eso no lo hace una máquina. Lo hace… —buscó la palabra—… real.

El momento de intimidad fue interrumpido por el zumbido agresivo del celular de Max.
Era Olegario. Pero no era una llamada, era un mensaje de WhatsApp.
Un solo enlace. Y un texto: “Siéntate y disfruta. Empieza el show.”

Max abrió el enlace. Lo proyectó en la pantalla gigante de la sala mediante AirPlay.
Era Twitter (ahora X). Tendencias en México: #LordDesalojo y #JusticiaParaCristina.

El video era una joya de la edición rápida. “El Gráfico de la Verdad”, el portal amarillista amigo de Max, había hecho su trabajo. El video comenzaba con una toma granulada de la cámara de seguridad de la entrada de Max. Se veía claramente a Víctor Petrov, con su cara roja y desencajada, golpeando los barrotes de la reja y gritando como un poseso.

El audio era nítido gracias a los micrófonos direccionales de la seguridad:
“¡Mocosa del demonio! ¡Te voy a internar en un psiquiátrico! ¡Soy la autoridad! ¡Nadie se mete conmigo!”

Luego, corte a negro. Aparecían fotos filtradas del expediente: el moretón en la muñeca de Cristina, la radiografía de la fractura, la copia del testamento falso con círculos rojos marcando las inconsistencias de la firma.

Y la narración en off, con esa voz dramática típica de las noticias virales:
“Él es Víctor Petrov, Director de Desarrollo Urbano en la Alcaldía Cuauhtémoc. Ella es su sobrina, huérfana y desamparada. Él le robó su herencia, falsificó documentos y la golpeó hasta romperle el brazo. Hoy, este funcionario público amenaza con usar su poder para aplastar a la víctima. ¿Hasta cuándo permitiremos que el poder aplaste a la verdad? Comparte si quieres justicia.”

Max miró el contador de reproducciones.
150,000 vistas en cuarenta minutos.
20,000 compartidos.
Los comentarios caían en cascada, uno tras otro, a una velocidad vertiginosa.

—¡Maldito cerdo! Yo conozco a ese tipo, me pidió mordida para un permiso de remodelación.
—Qué poca madre, pegarle a su sobrina. ¡Quémenlo en leña verde!
—¿Alguien sabe dónde vive? Hay que ir a visitarlo.
—@FiscaliaCDMX hagan algo o son cómplices.

Cristina se tapó la boca, con los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez eran diferentes. No eran de miedo. Eran de asombro.
—Todo el mundo… todo el mundo lo está viendo —susurró—. Me creen. Max, la gente me cree.

—La gente ama odiar a un villano, Cristina —dijo Max, sintiendo una satisfacción fría y calculadora—. Y le acabamos de servir al villano perfecto en bandeja de plata. Petrov ya no es un funcionario anónimo. Ahora es #LordDesalojo. Su carrera política acaba de terminar hace diez minutos.

El celular de Max volvió a sonar. Esta vez era una llamada de Olegario.
—¿Viste eso? —gritó el abogado, eufórico, con el ruido del tráfico de fondo—. Es hermoso. Es poesía digital.
—Está fuerte, Olegario. ¿No nos pasamos de la raya?
—¿Pasarnos? Max, esto es la guerra. En la guerra nuclear no hay “pasarse”. Acabo de recibir una llamada “extraoficial” de la oficina del Alcalde. Están cagados de miedo. Dicen que van a “investigar internamente”. Traducción: van a sacrificar a Petrov para salvar su propia imagen antes de las elecciones.

—¿Y la denuncia?
—Presentada, sellada y recibida en la Fiscalía de Servidores Públicos. Con el video viral, el Ministerio Público no tuvo opción más que darle prioridad “A1”. Ya abrieron la carpeta de investigación. Ramiro entregó su peritaje preliminar y el Fiscal casi se cae de la silla. La orden de aprehensión podría salir en 48 horas si presionamos.

—¿Y el amparo? —preguntó Max, mirando a Cristina, que seguía leyendo comentarios en la pantalla grande.
—Ese tarda un poco más. El Juez de Distrito ya recibió la demanda, pero la suspensión provisional suele salir al día siguiente. Así que, Max… —la voz de Olegario se puso seria—… esta noche es crítica. Petrov ya vio el video. Debe estar recibiendo llamadas de sus jefes mentándole la madre. Es una rata arrinconada, herida y humillada. Esta noche es cuando más peligroso es.

—Tengo la seguridad al máximo.
—No te confíes. Petrov tiene amigos en la “Judicial”, esos policías viejos y mañosos que hacen el trabajo sucio sin orden de cateo. Mantén los ojos abiertos. Si ves algo raro, no salgas. Llama al 911 y graba todo.

—Entendido.
Max colgó. La euforia del video viral se disipó, reemplazada por una tensión eléctrica.
Miró hacia los ventanales inmensos que daban al jardín delantero. La noche había caído por completo. La oscuridad afuera era absoluta, salvo por las luces de seguridad perimetral.

—Cristina —dijo Max—. Vamos a cenar aquí en la sala. No quiero que estés sola en el cuarto de huéspedes.

Ella asintió, sin apartar la vista de la pantalla.
—Alguien puso su dirección —dijo ella con voz temblorosa—. En los comentarios. Alguien puso la dirección de la casa de mi mamá. Dicen que van a ir a grafitearle la fachada.
—Déjalos. Que sienta el miedo que tú sentiste. Es justicia poética.

Cenaron pizza que Max tenía congelada (no quería arriesgarse a pedir un delivery y que alguien extraño llegara a la puerta). Comieron en silencio, con los sentidos agudizados. Cada crujido de la casa, cada rama golpeando la ventana por el viento, los hacía saltar.

Eran las 11:30 de la noche cuando sucedió.

El radio de comunicación que Max tenía en la mesa de centro, conectado con la caseta de vigilancia de la privada, emitió un chasquido estático.
Señor Ferrer. Código Ámbar.

Max agarró el radio al instante. Cristina se paralizó, con un trozo de pizza a medio camino de su boca.
—Aquí Ferrer. Reporte, Sergio.
Tenemos visita, patrón. Dos vehículos sin placas en la entrada principal. Un Dodge Charger negro y una camioneta Suburban blanca. Vidrios polarizados. No son visitas sociales.

Max sintió el golpe de adrenalina en el estómago. El Charger y la Suburban. Los vehículos favoritos de los “ministeriales”, la policía de investigación, o peor, de los grupos de choque que operan al margen de la ley.

—¿Se identificaron? —preguntó Max, poniéndose de pie y apagando las luces de la sala para poder ver hacia afuera sin ser visto.
Negativo. Bajaron dos hombres. Visten de civil, pero traen “cangureras” tácticas y botas. Se ve que van armados. Están hablando con el guardia de la pluma. Están agresivos. Dicen que traen una orden de presentación para la señorita Covarrubias.

Cristina soltó un gemido ahogado.
—Vinieron… Max, vinieron por mí.

Max se giró hacia ella. En la penumbra, sus ojos brillaban con determinación.
—Nadie te va a llevar. Sergio —habló al radio—, no abras la pluma. Repito: no abras. Diles que es propiedad privada y que si no traen una orden firmada por un Juez Federal y se identifican con placa y número de empleado, no pasan. Activa los bolardos de acero.

Copiado, patrón. Activando bolardos. Pero… patrón, están golpeando la caseta. Uno de ellos está enseñando la cacha de la pistola.

—Voy para allá —dijo Max.
—¡No! —gritó Cristina, agarrándolo del brazo—. ¡Max, no vayas! Te van a matar. Son capaces de todo. Entrégales… diles que yo salgo. No vale la pena que te pase algo por mí.

Max le tomó las manos. Estaban heladas.
—Escúchame, Cristina. Si sales, te desaparecen. Te suben a esa camioneta y amaneces en una zanja en el Estado de México. Esto no es una detención legal, es un secuestro disfrazado. Petrov está desesperado.

Fue hacia un gabinete oculto en el librero de la sala. Digitó una clave. El panel se abrió, revelando una caja fuerte. Max sacó una pistola Glock 19. Tenía permiso de portación para el hogar, un trámite que le había costado meses y mucho dinero, pero que ahora agradecía.

Cristina lo miró con horror.
—¿Vas a dispararles?
—Espero que no. Pero no voy a salir desarmado a hablar con bandidos. Quédate aquí. Enciérrate en el baño de visitas. No salgas a menos que escuches mi voz o la de Olegario. Llama a Olegario y dile que están aquí. ¡Ahora!

Max salió de la casa hacia el jardín delantero. La lluvia había vuelto, una llovizna fina y molesta. Caminó hacia la reja principal de su propiedad, que estaba a unos cincuenta metros de la caseta de vigilancia de la calle privada.

Desde su posición, a través de los barrotes de su propia reja, podía ver la entrada de la privada. Las luces estroboscópicas rojas y azules, apagadas hasta entonces, se encendieron de repente en el Charger. Un intento barato de intimidación.

Vio a Sergio, su jefe de seguridad, un ex-marine mexicano de dos metros de altura, discutiendo con dos tipos fornidos a través de la ventanilla blindada de la caseta. Los bolardos hidráulicos de acero se habían levantado del pavimento, bloqueando el paso vehicular.

Max se acercó al interfón de su reja, que conectaba con el sistema de altavoces de la entrada de la privada.
—¡Buenas noches, caballeros! —su voz retumbó en los altavoces exteriores, amplificada y distorsionada—. Soy el propietario. Están invadiendo una zona federal de acceso controlado. Están siendo grabados por cinco cámaras de alta definición que transmiten en vivo a la nube. Sonrían.

Los dos hombres se giraron hacia la cámara principal. Uno de ellos, un tipo calvo con una chamarra de cuero que gritaba “policía corrupto de los 80s”, hizo una seña obscena.

—¡Abre la puta reja, Ferrer! —gritó el calvo—. ¡Traemos orden de presentación para la C. Cristina Covarrubias por el delito de robo calificado! ¡Entrégala y no te metes en pedos!

—¡Muéstrenme la orden! —respondió Max desde la seguridad de su jardín—. ¡Pónganla frente a la cámara de la caseta! ¡Quiero ver la firma del juez, el sello y el número de expediente!

—¡No te tengo que enseñar ni madres a ti! ¡Somos la autoridad! —El tipo sacó una placa colgada al cuello, la famosa “charola”, y la agitó en el aire—. ¡Policía de Investigación! ¡Abres o entramos por la fuerza y te acusamos de obstrucción de la justicia!

Era el momento de la verdad. El famoso “charolazo”. En México, esa placa solía abrir cualquier puerta por miedo. Pero Max sabía que una placa sin papel no vale nada ante un juez, aunque vale mucho en un callejón oscuro.

—¡Si intentan entrar por la fuerza a una propiedad privada sin orden judicial, mis guardias tienen instrucciones de repeler la agresión con fuerza letal! —mintió Max, o tal vez no tanto. Sergio tenía una escopeta táctica en la caseta—. ¡Están cometiendo un delito en flagrancia! ¡Allanamiento y abuso de autoridad!

El segundo hombre, más joven y nervioso, se acercó al calvo y le susurró algo al oído. Probablemente le estaba recordando que Max Ferrer no era un ciudadano cualquiera, sino un empresario con dinero y conexiones, y que el video de Petrov ya era viral. Meterse a balazos a su casa sería suicidio mediático y profesional.

El calvo escupió al suelo. Miró hacia la cámara con odio puro.
—¡Te la estás jugando muy vergas, Ferrer! —gritó—. ¡Cuida tu espalda! ¡Tú y la ratera esa no van a tener suerte siempre!

En ese momento, el teléfono de Max sonó en su bolsillo. Era Cristina.
—Olegario… dice Olegario que ya se la enviaron… —sollozaba ella—. Que se la enviaron a tu correo.

Max sacó el celular con la mano libre, sin soltar la Glock. Abrió su correo.
Ahí estaba. Un PDF con sello digital del Consejo de la Judicatura Federal.
SUSPENSIÓN PROVISIONAL (AMPARO INDIRECTO 845/2023).
“Se ordena a cualquier autoridad administrativa o judicial que se abstenga de privar de la libertad a la quejosa Cristina Covarrubias…”

—¡Atención oficiales! —gritó Max por el altavoz, sintiendo una oleada de poder—. ¡Tengo en mi poder una Suspensión Provisional Federal otorgada por el Juez Quinto de Distrito en Materia de Amparo! ¡Cualquier intento de detención viola una orden federal! ¡Se los estoy enviando al correo de la Fiscalía en este momento! ¡Si la tocan, se van a la cárcel federal por desacato!

El efecto fue mágico. La palabra “Amparo” y “Federal” son como ajo para los vampiros en el sistema judicial mexicano corrupto. Saben que un juez federal no se anda con juegos.

El hombre joven jaló al calvo del brazo.
—Vámonos, comandante. Ya valió madres. Tienen amparo. Si nos quedamos, nos clavan.

El calvo dudó. Miró la reja de Max, miró la cámara. Sabía que había perdido. Petrov los había mandado a una misión suicida.
—¡Esto no se acaba aquí! —bramó, apuntando con el dedo hacia la casa—. ¡Dile a tu patrón Petrov que venga él si tiene huevos! —respondió Max, perdiendo la compostura por un segundo.

Los hombres subieron a sus vehículos. El Charger arrancó quemando llanta, seguido por la Suburban. Las luces rojas y azules se alejaron en la noche lluviosa, dejando un silencio sepulcral en la calle.

Max se quedó ahí, parado bajo la llovizna, con la pistola colgando de su mano, temblando. No de miedo, sino de la descarga de adrenalina que abandonaba su cuerpo.
Respiró hondo. El aire olía a tierra mojada y a ozono.

—Se fueron, patrón —dijo la voz de Sergio por el radio—. Buen bluff el de la fuerza letal. Casi me la creo hasta yo.
—Gracias, Sergio. Mantén la alerta roja toda la noche. Nadie entra y nadie sale. Doble turno para todos. Les pago triple.
—Copiado, señor.

Max regresó a la casa. Cerró la puerta y puso el cerrojo, y luego otro, y luego la alarma.
Fue a la sala. Cristina había salido del baño y estaba parada en medio de la habitación, pálida como un fantasma.
Al ver entrar a Max, empapado, con la pistola en la mano pero vivo, se le doblaron las rodillas.

Max soltó el arma en el sofá y corrió a sostenerla antes de que cayera al suelo.
Se abrazaron. No fue un abrazo romántico. Fue un abrazo de supervivencia. El abrazo de dos personas que acaban de verle la cara al lobo y han vivido para contarlo.

Cristina lloraba contra su camisa mojada. Max podía sentir el latido frenético del corazón de ella contra su pecho. O tal vez era el suyo propio.
—Se fueron —le susurró al oído, acariciándole el pelo húmedo—. Se fueron. Tienes el amparo. Eres intocable.

Ella levantó la cara. Sus ojos oscuros lo buscaban con desesperación.
—¿Por qué? —preguntó otra vez, como un mantra—. ¿Por qué te arriesgas así por mí? Pudieron matarte.
—Porque odio a los abusivos —dijo Max, y luego, mirándola a los ojos, admitió la verdad más profunda—. Y porque… porque hace mucho tiempo que no me sentía vivo, Cristina. Tú me despertaste.

Se quedaron así un momento, en el silencio de la casa fortificada. La distancia entre ellos era mínima. La tensión del peligro se estaba transformando en otra cosa, una gravedad emocional que los atraía inevitablemente.

Pero Max se separó suavemente. No era el momento. Ella estaba vulnerable, asustada. Él estaba lleno de adrenalina. No sería justo.
—Necesitas dormir —dijo él, retrocediendo un paso—. Mañana va a ser un día largo. La prensa va a estar afuera. Olegario va a venir. Petrov va a intentar controlar el daño. Necesitamos estar lúcidos.

Cristina asintió, limpiándose las lágrimas. Parecía decepcionada por la separación, pero también aliviada.
—¿Te puedes quedar… te puedes quedar aquí abajo? —pidió ella—. No quiero estar sola en el cuarto de huéspedes. No hoy.
—Me quedo en el sofá —prometió Max—. Con la Glock al lado. Nadie va a entrar.

Cristina se acomodó en el sofá grande con una manta. Max se sentó en el sillón individual, vigilando la puerta, vigilando las cámaras en su iPad.

A eso de las tres de la mañana, cuando la lluvia era solo un susurro, Max miró a Cristina. Dormía, pero su sueño era inquieto.
Maximiliano Ferrer se dio cuenta de que su vida anterior, la de las juntas aburridas y la soledad de lujo, había terminado para siempre. Había entrado en una guerra por una extraña. Y lo más aterrador de todo era que estaba disfrutando cada segundo de esa guerra. Porque por primera vez, estaba peleando por algo que no tenía precio.

Afuera, en la oscuridad de la ciudad, Víctor Petrov probablemente estaba bebiendo whisky barato y planeando su siguiente movimiento. Pero Max sonrió en la penumbra.
Ven si quieres, cabrón, pensó. Ahora tengo algo que proteger.

 


CAPÍTULO 5: EL ASEDIO DE LOS MICRÓFONOS Y LA TRAICIÓN

El amanecer llegó a las Lomas de Chapultepec no con el canto de los pájaros, sino con el zumbido de un dron.

Maximiliano Ferrer abrió los ojos. Estaba entumido. Dormir en un sillón de diseño italiano de cien mil pesos no garantizaba comodidad, solo estética. Su cuello crujió al girarse. Lo primero que vio fue la Glock 19 sobre la mesa de centro, negra y mate, como un recordatorio físico de que la noche anterior no había sido una pesadilla.

Lo segundo que vio fue a Cristina.

Seguía dormida en el sofá grande, envuelta en la manta de lana virgen como un capullo. Su respiración era suave, rítmica. Un mechón de pelo oscuro le caía sobre la cara. En el sueño, las líneas de tensión y miedo que marcaban su rostro despierto se habían suavizado. Se veía joven, pacífica y dolorosamente hermosa. Max se quedó mirándola unos segundos, sintiendo esa extraña presión en el pecho que le daba últimamente. No era taquicardia; era… pertenencia.

Se levantó con cuidado para no despertarla. Caminó hacia el ventanal blindado que daba a la calle y descorrió la cortina apenas un centímetro.

—Me lleva la chingada —susurró.

La calle privada, usualmente desierta y silenciosa, parecía la entrada de un concierto de rock. Había al menos cuatro unidades móviles de televisión con antenas parabólicas desplegadas. Reporteros con micrófonos, camarógrafos con lentes largos y youtubers independientes con celulares en tripiés se agolpaban contra la reja de seguridad.

El video de “Lord Desalojo” había hecho su trabajo demasiado bien. La opinión pública había olido sangre y ahora los tiburones estaban rondando el tanque.

Max fue a la cocina. Necesitaba café. Mucho café.
Mientras la máquina molía el grano, escuchó pasos detrás de él.
Cristina entró en la cocina, frotándose los ojos. Llevaba el pelo alborotado y la misma ropa de ayer.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó con voz ronca—. Suena como… abejas.

—Es un dron —dijo Max, sirviendo dos tazas—. Probablemente de algún canal de noticias. Están grabando la casa desde el aire.
Cristina se puso pálida.
—¿Están aquí? ¿La policía?
—No. Peor. La prensa.

Le pasó una taza.
—Toma. Lo vas a necesitar. Hoy te conviertes en una celebridad, quieras o no.
—Yo no quiero ser una celebridad —dijo ella, tomando la taza con ambas manos—. Solo quiero mi casa. Solo quiero que me dejen en paz.

Max se recargó en la encimera, mirándola seriamente.
—Escucha, Cristina. En este mundo moderno, la privacidad es un lujo que acabas de perder. Pero podemos usar eso a nuestro favor. Petrov intentó aplastarte en la oscuridad. Ahora vamos a encender todas las luces. Mientras las cámaras estén afuera, él no puede tocarte. La prensa es tu nuevo escudo antibalas.

—¿Tengo que salir? —preguntó con pánico—. ¿Tengo que hablar?
—No. Yo voy a hablar. Tú solo tienes que existir. Tienes que dejar que te vean, que vean que no eres la “delincuente peligrosa” que Petrov dice que eres. Eres la víctima perfecta: joven, bonita y agraviada.

En ese momento, el interfón de la cocina sonó. Era Sergio, el jefe de seguridad.
Patrón, tengo al Licenciado Olegario en la puerta peatonal. Viene abriéndose paso a codazos entre los reporteros. Dice que si no le abrimos va a empezar a cobrar las consultas a los periodistas.

Max sonrió.
—Déjalo pasar, Sergio.

Cinco minutos después, Olegario Montes entró en la cocina como un huracán. Traía el traje impecable, pero la corbata un poco chueca. Venía sonriendo como si acabara de ganar la lotería.

—¡Buenos días, equipo de crisis! —gritó, lanzando un periódico sobre la isla de granito—. ¡Miren esa portada! ¡Es arte!

Max miró el periódico La Prensa. El titular en letras rojas y amarillas gritaba: “FUNCIONARIO GOLPEADOR ACORRALADO: SOBRINA SE REFUGIA EN MANSIÓN DE MAGNATE”.
La foto era una captura borrosa del video de seguridad donde Petrov parecía un gorila rabioso.

—”Magnate” —leyó Max, arqueando una ceja—. Me han llamado cosas peores.
—Lo importante es la página tres —dijo Olegario, robándole una tostada a Max—. La Fiscalía General de Justicia ya emitió un comunicado oficial a las 6:00 AM. Cito: “Se ha abierto una carpeta de investigación contra el servidor público V.P. por los delitos de abuso de autoridad, despojo y lesiones calificadas. Se ha solicitado su separación del cargo mientras dura la investigación.”

Cristina soltó un suspiro tembloroso.
—¿Lo corrieron?
—Lo suspendieron —corrigió Olegario con la boca llena—. Pero en política, una suspensión con escándalo mediático es la muerte civil. El Alcalde no se va a quemar las manos por él. Petrov está solo. Ya no tiene el aparato del Estado protegiéndolo. Ahora es solo un ciudadano con muchos problemas legales.

—¿Y la orden de aprehensión falsa? —preguntó Max.
—Desapareció mágicamente. Fui al Ministerio Público esta mañana temprano. Nadie sabe nada de una orden contra Cristina. Dicen que fue un “error administrativo” o un “rumor”. Los policías que vinieron anoche seguramente eran amigos de Petrov haciendo un favor “por fuera”. Como fallaron, ahora todos niegan conocerlos. Las ratas abandonan el barco.

Cristina se sentó en el taburete, sintiendo que las piernas le fallaban.
—Entonces… ¿ya ganamos?

Max y Olegario intercambiaron una mirada. La mirada de dos veteranos que saben que ganar una batalla no es ganar la guerra.

—Ganamos el primer round por nocaut técnico —dijo Max suavemente—. Pero Petrov no se va a quedar tirado. Tiene dinero escondido, tiene abogados sucios y tiene mucho rencor. Va a intentar contraatacar. No con fuerza bruta, porque ahora todo el mundo lo vigila, sino con lodo. Va a intentar destruir tu reputación.

—Que lo intente —dijo Cristina. Había algo nuevo en su voz. Una dureza que no estaba ahí el día anterior—. Que diga lo que quiera. Yo tengo la verdad. Y tengo a la testigo.

Olegario dejó de masticar.
—¿Qué testigo?
—Lydia —dijo Cristina—. La secretaria. La que mintió en el juicio. Ustedes dijeron que era el eslabón débil.

Olegario sonrió, y fue una sonrisa depredadora.
—Me encanta cómo piensas, niña. De hecho, mi investigador privado ya la localizó. Vive en Iztapalapa, es madre soltera de dos niños y tiene deudas con Coppel hasta el cuello. Petrov le paga una miseria. Es la candidata perfecta para un “Criterio de Oportunidad”.

—¿Qué es eso?
—Es un trato —explicó Max—. Ella canta, nos da a Petrov, confiesa que la firma es falsa, y a cambio la Fiscalía no la mete a la cárcel. Solo la inhabilitan para trabajar en gobierno, lo cual, considerando su jefe, es un favor.

—Voy a ir a verla hoy mismo —anunció Olegario, limpiándose las migajas del traje—. Antes de que Petrov la amenace o la compre. Pero primero, Max, tienes que lidiar con el circo de allá afuera. Están bloqueando tu salida y necesito sacar mi coche.

Max asintió.
—Voy a dar una declaración. Corta. Sin preguntas.
Miró a Cristina.
—¿Vienes? No tienes que hablar. Solo párate a mi lado. Que vean que no tienes miedo.

Cristina dudó un segundo. Miró sus manos, que ya no temblaban tanto. Miró la cocina de lujo, la pistola en la mesa, al abogado sonriente. Luego miró a Max, el hombre que le había abierto la puerta bajo la lluvia.
—Voy —dijo ella.


Salir al pórtico fue como entrar en una zona de guerra.
En cuanto la puerta principal se abrió, el estruendo de los obturadores de las cámaras sonó como una ametralladora: Click-click-click-click. Los reporteros empezaron a gritar preguntas al mismo tiempo, creando una cacofonía ininteligible.

—¡Señor Ferrer! ¿Es cierto que es su amante?
—¡Cristina! ¿Cristina, te golpeó tu tío?
—¡Señor Ferrer, dicen que usted secuestró a la chica!
—¡Cristina, voltea para acá!

Max levantó una mano. No gritó. Simplemente esperó. Su presencia imponía. Con su traje gris hecho a la medida, su postura erguida y su mirada de hielo, proyectaba una autoridad que hizo callar a la multitud poco a poco.
Cristina estaba a su lado, un paso atrás. Llevaba unos lentes oscuros que Max le había prestado para ocultar el miedo en sus ojos, pero mantenía la cabeza alta.

—Buenos días —dijo Max. Su voz era tranquila, pero proyectada para que los micrófonos de las rejas captaran cada sílaba—. No voy a responder preguntas. Voy a hacer una única declaración.

Hizo una pausa, mirando a las cámaras una por una.
—La señorita Cristina Covarrubias es mi invitada y está bajo mi protección. Ayer, fue víctima de un intento de detención ilegal orquestado por Víctor Petrov, un funcionario corrupto que ha utilizado su poder para robarle a su propia familia.

Un murmullo recorrió a los reporteros. Max continuó, subiendo el volumen.
—Tenemos pruebas periciales de que el testamento con el que se le despojó de su hogar es falso. Tenemos videos de las agresiones. Y tenemos la ley de nuestro lado. Hago responsable públicamente a Víctor Petrov de cualquier cosa que le suceda a Cristina, a mí o a mi equipo legal.

Dio un paso adelante, acercándose a la línea de seguridad.
—A los medios, les pido una cosa: investiguen. No se queden con el chisme. Vayan al Registro Público. Vayan a la Alcaldía. Pregunten cómo un Director de Desarrollo Urbano tiene tres casas y cuatro coches de lujo con un sueldo de servidor público. Hagan su trabajo, y la verdad saldrá sola.

Se giró hacia Cristina y le ofreció el brazo, como un caballero de antaño. Ella lo tomó, apretándolo con fuerza.
—Vámonos —le susurró él.

Dieron la media vuelta y entraron a la casa. La puerta se cerró, silenciando el caos.

Cristina se quitó los lentes oscuros. Estaba temblando, pero sonreía.
—Lo hiciste muy bien —le dijo Max, mirándola con admiración genuina.
—Sentí que me iba a desmayar —confesó ella—. Pero cuando me diste el brazo… sentí que nada podía pasarme.

Max se quedó paralizado un momento. La cercanía física entre ellos se estaba volviendo adictiva. El olor de su pelo, el calor de su mano en su brazo.
—Mientras yo esté aquí, nada te va a pasar —prometió, con una voz más ronca de lo habitual.


La tarde transcurrió en una extraña calma doméstica.
Olegario se había ido a “cazar” a la secretaria. Max había dado órdenes a su empresa de que no lo molestaran a menos que el edificio se estuviera cayendo. Decidió trabajar desde la biblioteca de la casa, una habitación revestida de madera de nogal que olía a libros viejos y a tabaco, aunque Max ya no fumaba.

Cristina deambulaba por la casa. Al principio, se sentía como una intrusa, pidiendo permiso hasta para tomar agua. Pero poco a poco, empezó a ocupar espacio.
Max la observaba de reojo desde la puerta abierta de la biblioteca.

La vio en la sala, acomodando los cojines que habían quedado desordenados. La vio en la cocina, lavando los platos del desayuno (a pesar de que Max le dijo que la empleada lo haría). La vio detenerse frente a los cuadros abstractos, inclinando la cabeza, tratando de descifrarlos.

A eso de las cuatro de la tarde, un olor delicioso invadió la biblioteca. No era olor a comida de chef ni a delivery. Olía a hogar. A cebolla frita, a tomate, a especias.

Max siguió el aroma hasta la cocina.
Cristina estaba frente a la estufa. Había encontrado pasta, latas de tomate, ajo y algunas hierbas en la despensa. Estaba cocinando con una concentración absoluta, tarareando una canción bajito.

Max se quedó en el marco de la puerta, observándola.
Vanessa, su ex prometida, jamás había tocado esa estufa. Para ella, la cocina era territorio del servicio. Si tenían hambre, pedían sushi de mil pesos o iban a restaurantes con estrellas Michelin.
Ver a Cristina ahí, picando perejil con destreza, transformó el espacio. La cocina fría de granito negro de repente parecía cálida.

—Huele increíble —dijo Max.
Cristina saltó un poco, girándose con una sonrisa tímida.
—¡Ay! Me asustaste. Es… es solo pasta a la boloñesa. Bueno, una versión inventada porque no tenías carne molida, así que piqué un poco de filete que encontré en el congelador. Espero que no te moleste, era carne cara…

Max soltó una carcajada.
—Cristina, puedes usar toda la carne que quieras. ¿Necesitas ayuda?
—¿El gran Maximiliano Ferrer sabe poner la mesa?
—Soy experto en logística. Dime dónde van los tenedores.

Comieron en la barra de la cocina, hombro con hombro. La pasta estaba deliciosa, simple y reconfortante.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó Max, sirviéndose una segunda copa de vino tinto.
—Mi mamá —dijo ella, y por primera vez al mencionar a su madre, no lloró. Sonrió—. Ella decía que la comida es el único idioma que todo el mundo entiende. Cuando no teníamos dinero, ella hacía magia con papas y arroz. Me enseñó que aunque seas pobre, no tienes por qué comer feo.

—Tu mamá era una mujer sabia.
—Lo era. —Cristina jugó con su tenedor—. ¿Y tú, Max? ¿Qué querías ser antes de ser millonario?
—¿Cómo sabes que quería ser otra cosa?
—Porque tienes una biblioteca llena de libros de historia y arte, no de negocios. Y porque cuando miras tus planos de construcción, no sonríes. Pero cuando miras ese cuadro raro de la sala, sí.

Max dejó la copa. Esa chica veía demasiado. Lo leía mejor que sus socios de veinte años.
—Quería ser historiador —confesó. Era un secreto que no le había dicho a nadie en décadas—. Me fascinaba la historia de México. La Revolución, la Conquista. Quería dar clases en la UNAM, escribir libros aburridos que nadie lee.

—¿Y qué pasó?
—Pasó la realidad. Mi papá murió, dejó deudas. La historia no paga las facturas, Cristina. El cemento sí. Tuve que elegir entre mi pasión y comer. Elegí comer. Y comí muy bien, como puedes ver —hizo un gesto abarcando la mansión—, pero a veces siento indigestión del alma.

Cristina puso su mano sobre la de él. Su piel estaba tibia, callosa por el trabajo y la vida dura, pero suave al tacto.
—Nunca es tarde —dijo ella—. Ya tienes el dinero. Ahora puedes comprar tiempo. Podrías volver a estudiar. O escribir ese libro.

Max la miró fijamente. Sus ojos oscuros tenían una profundidad que lo mareaba.
—Tal vez —susurró—. Tal vez solo necesitaba a alguien que me recordara que se puede empezar de cero. Como tú vas a empezar de cero con tu casa.

El momento se rompió con el sonido del celular de Max.
Era Olegario.
Max contestó, poniendo el altavoz.
—Dime que traes buenas noticias, abogado.

Te traigo la cabeza de Medusa, Max —la voz de Olegario sonaba triunfal—. Lydia Karpova acaba de firmar. Está llorando a mares en mi oficina, con un café y una caja de pañuelos. Cantó todo.

Max y Cristina se miraron. Ella apretó la mano de Max.
—¿Qué dijo? —preguntó Max.

Confirmó todo. Petrov la obligó a firmar como testigo. Le prometió una plaza sindicalizada que nunca le dio. Pero hay más. Lydia no solo sabe del testamento. Sabe de las cuentas. Sabe de los moches. Petrov tiene una red de lavado de dinero usando permisos de construcción falsos. Max, esto ya no es solo fraude familiar. Esto es Delincuencia Organizada.

Max silbó.
—Eso son ligas mayores.
Exacto. Con la declaración de Lydia, la Fiscalía va a pedir una orden de cateo para la casa y la oficina de Petrov mañana mismo. Y esta vez, no va a haber amparo que lo salve. Va a caer, Max. Y va a hacer mucho ruido al caer.

—Gracias, Olegario. Eres un genio.
Lo sé. Mándame el cheque. Y cuida a la chica. Ella es la dueña de la historia.

Max colgó.
Se giró hacia Cristina. Ella estaba estática, procesando la información.
—Lydia confesó —dijo ella, incrédula—. Se acabó. De verdad se acabó.
—Se acabó el miedo —corrigió Max—. Ahora empieza la justicia. Petrov va a ir a la cárcel. Tú vas a recuperar tu casa. Y vas a tener una indemnización que te permitirá vivir tranquila un buen rato.

Cristina se bajó del taburete. Max pensó que iba a celebrar, a gritar.
Pero ella hizo algo que no esperaba.
Se acercó a él, se puso de puntitas y lo abrazó por el cuello.
No fue el abrazo desesperado de la noche anterior. Fue un abrazo suave, deliberado.
Enterró la cara en el cuello de Max, respirando su olor a colonia cara y madera.

—Gracias por salvarme la vida, Maximiliano —susurró contra su piel.
Max sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. Sus brazos rodearon la cintura de ella instintivamente. Era tan delgada, tan frágil, pero al mismo tiempo tan fuerte.

—Tú también me estás salvando a mí, Cristina —respondió él, apoyando la barbilla en su cabeza.

Se quedaron así, abrazados en la cocina, mientras la tarde caía y la luz dorada del atardecer bañaba la casa.
Max sintió algo que no había sentido en años: paz.
Sabía que afuera el mundo seguía girando, que la prensa seguía en la puerta, que Petrov seguía libre (por ahora). Pero en ese círculo que formaban sus brazos, todo estaba bien.

De repente, Cristina se separó un poco. Sus caras quedaron a centímetros de distancia.
Max vio sus labios entreabiertos, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y deseo.
Podría haberla besado. El impulso era abrumador.
Pero Max Ferrer era un caballero, y sobre todo, sabía que ella estaba vulnerable. No quería ser otro hombre que se aprovechara de su situación.

Dio un paso atrás, rompiendo la burbuja con suavidad.
—Deberíamos… deberíamos ver las noticias —dijo, con la voz un poco quebrada—. Para ver qué dicen de tu tío.

Cristina sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice. Entendió el gesto. Entendió el respeto. Y eso hizo que se enamorara un poco más de él.
—Sí —dijo ella—. Vamos a ver cómo se quema Roma.


Mientras tanto, en un despacho lleno de humo al otro lado de la ciudad, Víctor Petrov miraba por la ventana hacia la avenida lluviosa.
Su teléfono no dejaba de sonar, pero ya no contestaba.
Sabía quiénes llamaban. Eran las ratas huyendo. Eran sus “amigos” del partido diciéndole que estaba solo. Eran sus acreedores.

En la pantalla de su televisión, el noticiero de la noche mostraba su foto con la etiqueta “PRÓFUGO POTENCIAL”.
Petrov se sirvió otro vaso de whisky barato. Le temblaba la mano.
—Maldita escuincla —murmuró, con los ojos inyectados en sangre—. Maldito Ferrer. Creen que me ganaron.

Abrió el cajón de su escritorio. Sacó un pasaporte y un fajo de billetes de dólares.
Luego sacó algo más. Una pistola Beretta plateada.

—Si voy a caer —dijo a la habitación vacía—, me voy a llevar a alguien conmigo. No me voy a ir solo a la cárcel.

Tomó el teléfono desechable que usaba para sus negocios sucios. Marcó un número que tenía guardado como “El Tuercas”.
—¿Qué pasó, jefe? Ya vio las noticias, está cabrón el pedo… —contestó una voz nerviosa.
—Cállate y escucha —siseó Petrov—. Tengo un último trabajo. Pago triple. Pero tiene que ser hoy en la noche.
—No sé, jefe… la casa de ese güey Ferrer es un búnker.
—No vamos a entrar a la casa. Vamos a hacer que salgan.
—¿Cómo?
—Fuego —dijo Petrov, sonriendo con malicia—. A las ratas se les saca con humo. Consigue gasolina. Mucha. Nos vemos en una hora.

Colgó.
Víctor Petrov ya no tenía nada que perder. Y un hombre sin nada que perder es el animal más peligroso de la creación.

 


CAPÍTULO 6: CENIZAS Y REDENCIÓN

La medianoche en las Lomas de Chapultepec suele ser un manto de silencio absoluto, roto apenas por el paso ocasional de patrullas privadas o el ladrido lejano de perros de raza. Pero esa noche, el silencio en la casa de Maximiliano Ferrer tenía una cualidad densa, eléctrica, como el aire antes de un terremoto.

Max y Cristina estaban en la sala principal. La televisión estaba apagada. Ya no necesitaban ver las noticias; ellos eran la noticia.

Max servía dos copas de coñac. No era bebedor habitual, pero la adrenalina residual de los últimos dos días le impedía bajar la guardia. Necesitaba algo que suavizara los bordes afilados de sus nervios.

—¿Te arrepientes? —preguntó Cristina. Estaba sentada en la alfombra, de espaldas al fuego de la chimenea, abrazando sus rodillas. Llevaba puesto un suéter de cachemira gris que le quedaba tres tallas grande, otra prenda rescatada del “museo de ex-novias” del armario de visitas.

Max le entregó la copa y se sentó en el sofá frente a ella.
—¿De qué? ¿De salvarte?
—De meterte en este lío. —Cristina giró la copa, observando el líquido ámbar—. Mañana tu nombre va a estar en todos lados. Tus socios van a preguntar. Tu reputación de “empresario serio” se va a ir al diablo. Te convertiste en el guardaespaldas de una “vagabunda”.

Max sonrió, recargando la cabeza en el respaldo.
—Mi reputación… —Soltó una risa suave—. ¿Sabes qué es mi reputación, Cristina? Es una máscara. “Maximiliano Ferrer, el Rey del Concreto”. “El hombre que nunca sonríe”. Estoy harto de ese tipo. Me cae mal.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Estos dos días… con el caos, las amenazas, la prensa… han sido los días más honestos de mi vida en diez años. No me arrepiento de nada. Al contrario. Me siento útil. Y eso vale más que cualquier acción en la bolsa.

Cristina lo miró. Sus ojos, antes llenos de miedo, ahora tenían un brillo de admiración peligrosa.
—Mi mamá decía que los caballeros ya no existían. Que se habían muerto con Pedro Infante.
—Tu mamá no conoció a los hombres de la Obrera —dijo Max, guiñando un ojo—. Ahí aprendemos a defender lo nuestro a chingadazos si es necesario. Y tú, Cristina, ahora eres “lo mío”.

La frase quedó flotando en el aire. Tú eres lo mío. Max no quiso corregirla. No quiso suavizarla. Era una declaración de propiedad, pero no como la de Petrov sobre la casa. Era una declaración de protección. De pertenencia.

Cristina bajó la mirada, sonrojada, pero no se alejó.
—Ojalá pudiera pagarte.
—Ya me pagaste.
—¿Cómo? No tengo ni un peso.
—Hiciste que esta casa dejara de sentirse como una tumba. Cocinaste pasta. Llenaste el silencio. Eso es pago suficiente.

El momento era perfecto. La luz tenue, el calor del fuego, la cercanía emocional. Max sintió el impulso magnético de bajar al suelo, de sentarse junto a ella, de romper la última barrera física.
Iba a hacerlo. Estaba a punto de dejar su copa en la mesa y moverse.

Y entonces, el mundo explotó.

No fue un sonido sordo. Fue un estruendo de cristal roto seguido de un ¡WHOOSH! aterrador, como si un dragón hubiera exhalado de golpe.
La ventana lateral de la sala, un panel de vidrio templado de tres metros de altura, estalló hacia adentro.

Una bola de fuego entró rodando por la alfombra persa.
El olor a gasolina cruda llenó la habitación en un microsegundo, golpeando la nariz de Max con violencia.

—¡ABAJO! —gritó Max, instintivamente.

Se lanzó desde el sofá hacia Cristina, cubriéndola con su cuerpo justo cuando una segunda botella —un cóctel Molotov casero— entraba por el hueco de la ventana rota y se estrellaba contra la librería de madera de nogal.
El líquido inflamable salpicó los libros y las cortinas de seda. El fuego trepó por las paredes con una velocidad antinatural, alimentado por el barniz y la tela.

Las alarmas de humo comenzaron a aullar. Un sonido agudo, perforante, que impedía pensar.
—¡Max! ¡Fuego! —gritó Cristina, tosiendo por el humo negro que empezaba a formarse.

Max se levantó, jalándola del brazo.
—¡Vámonos! ¡A la cocina! ¡Sergio! —gritó al aire, buscando su radio, pero lo había dejado en la mesa que ahora estaba en llamas.

Corrieron hacia el pasillo. La sala se estaba convirtiendo en un infierno. El calor era insoportable en cuestión de segundos.
Al llegar al vestíbulo, Max intentó ir hacia la puerta principal, pero vio a través de las ventanas laterales que el pórtico también estaba ardiendo. Habían tirado gasolina en la entrada.

—¡Están bloqueando las salidas! —bramó Max. Su mente analítica dejó paso al instinto de supervivencia—. ¡Nos quieren asar vivos!

—¡La puerta de servicio! —gritó Cristina, jalándolo hacia la cocina.

Llegaron a la cocina. Ahí el aire todavía estaba respirable. Max soltó a Cristina y corrió hacia el gabinete debajo del fregadero. Sacó un extintor industrial rojo.
—¡Quédate aquí! ¡No abras la puerta trasera hasta que yo te diga!

—¡No voy a dejarte!
—¡Cristina, obedece, carajo! —gritó Max con una ferocidad que la paralizó—. ¡Si abres, entra oxígeno y esto explota! ¡Ponte en la esquina!

Max regresó al umbral del pasillo. Activó el extintor y lanzó un chorro de polvo químico hacia las llamas que intentaban lamer el pasillo. Era inútil. El fuego era demasiado grande. La gasolina había empapado los muebles.
Tenían que salir. Pero si salían, los estarían esperando.

En ese momento, se escucharon disparos afuera.
Bang. Bang. Bang.
Secos. Rítmicos.
No eran fuegos artificiales. Era plomo.

Max tiró el extintor vacío y corrió de regreso a la cocina. Abrió el cajón de los cubiertos, sacó el cuchillo de chef más grande que encontró (había dejado la Glock en la sala, maldita sea su estupidez, la Glock estaba derritiéndose en la mesa de centro).
—Vamos a salir por el jardín trasero —dijo Max, jadeando—. Tienen el frente tomado. El jardín trasero da a la barda del vecino. Podemos saltarla.

Abrió la puerta corrediza de la cocina que daba al patio posterior.
El aire frío de la noche chocó con el calor del incendio.
Salieron al pasto mojado. La lluvia había parado, pero el césped estaba resbaloso.
La parte trasera de la casa estaba oscura. Las luces de seguridad habían sido rotas a pedradas.

—¡Corre hacia el muro! —ordenó Max, empujando a Cristina hacia la hiedra que cubría la barda perimetral.

—¡Ahí están! —una voz gritó desde la oscuridad, a su izquierda.

Max se giró.
Dos figuras emergieron de entre los arbustos de camelias.
Uno era un tipo flaco, vestido con ropa deportiva oscura, sosteniendo un bate de béisbol y oliendo a thinner. “El Tuercas”.
El otro… el otro era Víctor Petrov.

Petrov se veía demacrado. Llevaba la camisa abierta, manchada de sudor y hollín. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre y locura. En su mano derecha sostenía una pistola Beretta plateada que temblaba violentamente.
Apestaba a whisky barato y a desesperación.

—¡Creíste que me ibas a ganar! —aulló Petrov. Su voz era un graznido roto—. ¡Creíste que podías humillarme en televisión y salirte con la tuya!

Max se puso delante de Cristina, cubriéndola completamente. Levantó las manos, mostrando las palmas vacías (había tirado el cuchillo al ver la pistola; un cuchillo contra una bala es suicidio).
—Víctor, se acabó —dijo Max. Su voz era sorprendentemente calmada, la voz de un negociador en medio del desastre—. Mira la casa. Ya la quemaste. Ya hiciste tu punto. Vete antes de que llegue la policía. Las sirenas ya se oyen.

Y era cierto. A lo lejos, el gemido creciente de las sirenas de bomberos y patrullas se acercaba por Reforma.

—¡Me vale madre la policía! —gritó Petrov, dando un paso tambaleante—. ¡Ya estoy jodido! ¡Me quitaste mi trabajo! ¡Me quitaste mi dinero! ¡Esa perra me quitó todo!

Apuntó la pistola hacia Cristina, asomando por detrás de Max.
—¡Tú! —escupió—. ¡Mocosa malagradecida! ¡Debí haberte matado cuando te tiré por la escalera!

—¡No! —gritó Cristina.
—Víctor, mírame a mí —dijo Max, dando un paso lento hacia adelante—. Tu problema es conmigo. Yo fui el que filtró el video. Yo fui el que contrató a Olegario. Ella no hizo nada. Disparame a mí si tienes huevos.

Petrov giró el arma hacia el pecho de Max.
—¡No me retes, fresa de mierda! ¡Te voy a volar el corazón!

—Hazlo —dijo Max. Estaba a tres metros. Calculó la distancia. Calculó el temblor de la mano de Petrov. Calculó que el tipo estaba borracho y probablemente nunca había disparado a matar—. Pero si disparas, te pudres en la cárcel de por vida por homicidio. Si te vas ahora, es solo daño en propiedad. Todavía tienes salida.

Era mentira. No tenía salida. Pero Max necesitaba ganar tiempo. Necesitaba que Petrov dudara.
El cómplice, el tal “Tuercas”, miró las llamas que salían por el techo de la casa y escuchó las sirenas ya muy cerca.
—Jefe… vamonos, jefe. Ya viene la tira. Ya quemamos el cantón. Vámonos.

—¡Cállate! —gritó Petrov, girándose un segundo hacia su cómplice.

Fue el segundo que Max necesitó.
Maximiliano Ferrer, el hombre de negocios, desapareció. En su lugar surgió el hombre que había crecido peleando en las calles de la Obrera.
Se lanzó hacia adelante como un linebacker de fútbol americano.

El disparo sonó. ¡BANG!
Max sintió un ardor caliente en el hombro izquierdo, como un latigazo de fuego, pero la adrenalina bloqueó el dolor.
Chocó contra Petrov con todo su peso. Ambos cayeron al pasto mojado.

La pistola salió volando hacia la oscuridad.
Max quedó encima de Petrov. No era una pelea técnica. Era una pelea callejera, sucia y brutal. Petrov arañaba, mordía, gritaba incoherencias. Max respondía con puñetazos secos y directos a la cara.
Uno. Dos. Tres.
La nariz de Petrov crujió bajo sus nudillos.

—¡Esto es por ella! —gruñó Max, golpeando de nuevo—. ¡Esto es por su casa! ¡Esto es por su brazo!

El cómplice, “El Tuercas”, levantó el bate de béisbol para golpear a Max en la nuca.
—¡Déjalo! —gritó.

Cristina, que había estado paralizada, reaccionó. Vio el extintor rojo que Max había tirado en la cocina, pero estaba lejos. Vio una piedra de jardín, grande, decorativa, cerca de sus pies.
La adrenalina le dio una fuerza que no sabía que tenía.
Agarró la piedra con ambas manos (incluso con la muñeca lastimada protestando) y corrió hacia el sicario.

Justo cuando “El Tuercas” bajaba el bate, Cristina le estrelló la piedra en la zona lumbar.
No fue un golpe letal, pero fue suficiente. El tipo aulló de dolor, se arqueó y soltó el bate, cayendo de rodillas.

Max aprovechó la distracción. Agarró a Petrov por las solapas de su camisa cara y arruinada y lo levantó del suelo solo para volver a azotarlo contra la tierra.
—¡Quédate quieto! —rugió Max.

Petrov estaba aturdido, sangrando profusamente por la nariz y la boca, lloriqueando. Ya no era el monstruo amenazante. Era un guiñapo patético.

En ese momento, las luces del jardín se inundaron de haces de luz blanca y azul.
—¡POLICÍA! ¡AL SUELO! ¡MANOS ARRIBA!

Un comando de policías tácticos (ahora sí, los verdaderos, alertados por las llamadas de emergencia de los vecinos y del propio Sergio, que había estado repeliendo el ataque en la entrada) irrumpió en el jardín trasero saltando la barda y entrando por los costados.

Max levantó las manos, respirando con dificultad. La sangre le empapaba la camisa blanca en el hombro izquierdo.
—¡No disparen! —gritó Cristina, poniéndose frente a él—. ¡Él es el dueño! ¡Esos son los criminales! —señaló a Petrov y al Tuercas.

Los policías sometieron a Petrov y a su cómplice en segundos. Las esposas chasquearon.
Víctor Petrov fue levantado del suelo. Lloraba abiertamente, mezclando mocos con sangre.
—¡Me provocaron! —gritaba mientras lo arrastraban—. ¡Ellos me robaron! ¡Tengo fuero! ¡Soy director!

Un policía joven le empujó la cabeza para meterlo a la patrulla.
—Ya cállese, señor. Usted ya no es nadie.


Media hora después, el caos se había controlado, pero el escenario era desolador.
Los bomberos habían apagado el incendio en la sala, pero el daño estaba hecho. La mitad de la planta baja estaba carbonizada. El agua y la espuma química cubrían los pisos de mármol. El olor a quemado era nauseabundo.

Max estaba sentado en la defensa trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros. Un paramédico le estaba vendando el hombro.
—Fue un rozón, señor Ferrer —dijo el paramédico—. La bala entró y salió por el deltoides. Va a necesitar puntos y va a doler como el demonio mañana, pero tuvo suerte. Cinco centímetros más a la derecha y le daba en el pulmón.

Cristina estaba a su lado, sosteniendo su mano buena con fuerza. No se había separado de él ni un segundo. Tenía la cara manchada de hollín y lágrimas secas.

—Tu casa… —susurró ella, mirando la fachada ahumada de la mansión—. Max, tu casa hermosa… está arruinada. Por mi culpa.

Max miró la estructura. Las ventanas rotas, las paredes negras.
Recordó lo que le había dicho a Cristina horas antes. Que esa casa era un mausoleo. Que era fría.
Ahora, paradójicamente, al verla quemada, sentía que por fin había servido para algo. Había servido de fortaleza. Había resistido el asedio.

—No es por tu culpa —dijo Max, haciendo una mueca de dolor mientras el paramédico apretaba el vendaje—. Es por culpa de un loco. Y en cuanto a la casa… —se encogió de hombros—. Es solo concreto, madera y vidrio. Tengo una constructora, ¿recuerdas? Puedo arreglarla. O mejor aún… puedo venderla y construir algo nuevo. Algo que no esté lleno de fantasmas.

Olegario apareció entre el humo, caminando entre las mangueras de los bomberos. Venía despeinado, sin corbata, hablando por teléfono. Colgó al verlos.
—¡Max! ¡Cristina! —corrió hacia ellos—. ¿Están vivos? Vi las noticias, dijeron que hubo tiroteo.

—Estamos bien, Olegario —dijo Max—. Petrov está en esa patrulla.
Olegario miró hacia la patrulla donde tenían a Petrov. Escupió al suelo con desprecio.
—Acabo de hablar con el Fiscal. Esto ya no es solo despojo. Es Tentativa de Homicidio Calificado, Daño en Propiedad Ajena, Incendio Provocado y Portación de Arma de Fuego de uso exclusivo. Ese imbécil no va a salir nunca. Le van a caer cuarenta años mínimo.

Se giró hacia Cristina.
—Y tú, niña… tu pesadilla se acabó. Mañana mismo solicitamos la restitución de tu inmueble. Con Petrov preso, el juez va a firmar los papeles en tiempo récord para lavarse las manos.

Cristina asintió, pero no parecía estar escuchando los detalles legales. Solo tenía ojos para Max. Para la mancha de sangre en su camisa.
—Te dispararon por mí —dijo ella, con voz temblorosa.
—Me dispararon por necio —corrigió Max suavemente—. Por no dejar que un bully se saliera con la suya.

El paramédico terminó.
—Listo, señor. Deberíamos llevarlo al hospital para una revisión completa y sutura.
—Voy en mi coche —dijo Max—. No quiero más escándalo.

Se puso de pie, un poco mareado. Cristina lo sostuvo por la cintura inmediatamente, sirviéndole de muleta.
—Yo te llevo —dijo ella—. Sé manejar. Bueno, más o menos.
—Es una camioneta automática, no tiene ciencia.

Caminaron hacia la salida de la privada, alejándose de las luces azules y rojas, del olor a ceniza y del ruido.
Los reporteros seguían afuera de la reja perimetral, gritando preguntas, pero la policía había formado un cordón y no dejaban pasar a nadie.

Max se detuvo un momento y miró a Cristina.
Ahí, bajo la luz de los faroles de la calle, sucia, despeinada, oliendo a humo, le pareció la mujer más hermosa que había visto en su vida. No por su físico, sino por lo que acababa de hacer. Había agarrado una piedra y había atacado a un hombre armado para salvarlo.
Vanessa se habría desmayado o habría huido. Cristina había peleado.

—¿Sabes qué? —dijo Max.
—¿Qué?
—Creo que me gusta más mi casa así. Quemada.
—¿Estás delirando por la pérdida de sangre?
—No. Es que ahora ya no es perfecta. Ahora tiene cicatrices. Como tú. Como yo. Y las cicatrices cuentan historias.

Cristina sonrió, y una lágrima limpia rodó por su mejilla sucia, dejando un surco blanco.
—Estás loco, Maximiliano Ferrer.
—Puede ser.

Subieron a la camioneta de seguridad que Sergio les había acercado. Cristina se sentó al volante. Max en el copiloto.
Mientras se alejaban hacia el hospital, dejando atrás las ruinas humeantes de la batalla, Max extendió su mano sana y tomó la de ella sobre la palanca de velocidades.

—Cuando salgamos del hospital —dijo Max—, no vamos a volver aquí. Vamos a un hotel. Y luego… luego vamos a ir a ver tu casa en Santa María la Ribera. Creo que voy a necesitar un lugar donde quedarme mientras reparan el mío. ¿Tienes espacio para un roomie millonario y herido?

Cristina rió, una risa que sonó como campanas después de la tormenta.
—El sofá es incómodo, pero el café es bueno.
—Trato hecho.

Y mientras la camioneta se perdía en la noche de la Ciudad de México, Max supo que el incendio no había destruido su vida. La había purificado. Había quemado todo lo superfluo, todo lo falso, dejando solo lo que era sólido y verdadero: la mano de esa mujer entrelazada con la suya.

 


CAPÍTULO 7: EL PALACIO VACÍO Y LOS TACOS DE SUADERO

El despertar de Maximiliano Ferrer no fue poético. Fue doloroso.

Un dolor punzante, caliente y rítmico en el hombro izquierdo le anunció que la anestesia local había dejado de hacer efecto. Abrió los ojos y se encontró con el techo blanco impoluto de una habitación privada en el Hospital ABC de Observatorio. El zumbido monótono de los aparatos médicos era el único sonido en la habitación.

Intentó moverse, pero una mano suave se posó sobre su pecho, deteniéndolo.

—Quieto, Rambo —susurró una voz conocida—. El doctor dijo que si te mueves se te pueden saltar los puntos.

Max giró la cabeza, haciendo una mueca. Cristina estaba sentada en un sillón reclinable junto a la cama. Se había lavado la cara y el hollín, pero sus ojos seguían teniendo esas sombras oscuras del agotamiento extremo. Llevaba puesta una sudadera gris que Max reconoció como suya; debió haberla sacado de la camioneta de seguridad.

—¿Qué hora es? —preguntó Max. Su voz sonaba como si hubiera tragado papel de lija.
—Son las once de la mañana. Dormiste casi diez horas. Estabas sedado.

Max intentó incorporarse de nuevo, ignorando la advertencia. Odiaba sentirse vulnerable, postrado.
—Necesito mi teléfono. Necesito hablar con Olegario. Necesito saber qué pasó con la casa…

Cristina se levantó y le puso un vaso de agua con popote en la boca.
—Toma. Y cállate un rato. Olegario ya vino, pero no te despertó. Dejó un recado: “Petrov está cantando ópera en la celda y tu casa huele a barbacoa, pero la estructura aguanta”.

Max bebió el agua con avidez. El líquido fresco le aclaró las ideas.
—¿Y tú? —preguntó, mirándola fijamente—. ¿Estás bien?
—Tengo raspones. Un par de moretones nuevos. Pero estoy viva. —Ella sonrió, una sonrisa cansada pero genuina—. Gracias a ti.

Hubo un silencio cómodo. Max recordó la noche anterior. El fuego, los disparos, el peso del cuerpo de Petrov bajo sus puños. Se sentía irreal, como una película de acción mal editada. Pero el dolor en su hombro era muy real.

—Me dieron el alta —dijo Max, arrancándose el oxímetro del dedo—. Me voy de aquí. Odio los hospitales. Huelen a muerte y a desinfectante barato.
—El doctor dijo que tenías que quedarte en observación hasta la tarde.
—El doctor no es el que paga la cuenta. Vámonos.


La salida del hospital fue una operación militar. Sergio, el jefe de seguridad de Max, había organizado una extracción por el sótano para evitar a la prensa que acampaba en la entrada principal.

—La cosa está caliente allá afuera, patrón —dijo Sergio mientras abría la puerta de una Suburban blindada (la anterior olía a humo)—. Todos los noticieros están hablando de usted. Lo llaman “El Vengador de las Lomas” o alguna tontería así. Las acciones de la constructora subieron dos puntos esta mañana. Aparentemente, a los inversionistas les gusta que su CEO sea un tipo duro.

Max soltó una risa sarcástica mientras se acomodaba en el asiento de piel, con cuidado de no apoyar el hombro izquierdo.
—El mundo está enfermo, Sergio.
—Sí, patrón. Pero nosotros ganamos.

Se dirigieron al Hotel St. Regis en Reforma. Max no quería volver a su casa quemada todavía. Necesitaba un lugar neutral, un lugar donde pudiera pensar.
Alquilaron una suite con vista a la Diana Cazadora.

Cuando entraron, Cristina se quedó parada en medio de la sala de estar de la suite, mirando los muebles de lujo, las orquídeas frescas y el ventanal inmenso.
—Esto es más grande que todo mi departamento —murmuró.

Max se dejó caer en un sofá, agotado por el simple esfuerzo de caminar.
—Es solo un hotel, Cristina. No te encariñes. Es temporal.
—Para ti es “solo un hotel”. Para mí es… es otro planeta. —Ella se acercó a la ventana—. Hace tres días dormía en una banca de concreto mojada. Hoy estoy en el piso 15 de Reforma mirando la ciudad como si fuera dueña de ella. Me da vértigo, Max. Siento que voy a despertar y voy a estar otra vez en la lluvia.

Max se levantó con esfuerzo y se paró junto a ella.
—No vas a despertar. Esto es real. Y hablando de realidad… —Sacó su celular, que por fin había recuperado—. Olegario me mandó los documentos digitales. Ábrelos.

Cristina tomó el teléfono. Era un archivo PDF con el sello del Tribunal Superior de Justicia.
AUTO DE RESTITUCIÓN DE INMUEBLE.
“Se ordena la entrega inmediata material y jurídica del bien inmueble ubicado en Calle Naranjo, Colonia Santa María la Ribera, a favor de la C. Cristina Covarrubias…”

Ella leyó el párrafo dos veces. Sus manos empezaron a temblar.
—¿Es… es oficial?
—Tan oficial como puede serlo. La Fiscalía aseguró el inmueble ayer en la noche tras la detención de Petrov. Le quitaron los sellos de “propiedad en litigio” esta mañana. Las llaves las tiene Olegario. Tu casa es tuya de nuevo. Hoy mismo.

Cristina soltó el teléfono sobre una mesa y se cubrió la cara con las manos. Max pensó que iba a llorar otra vez, y estaba preparado para consolarla, pero cuando ella bajó las manos, estaba radiante.
—Quiero ir.
—¿Qué?
—Quiero ir a mi casa. Ahora mismo.
—Cristina, acabo de salir de cirugía. Estoy drogado con analgésicos.
—No te pedí que manejaras —dijo ella con una determinación nueva—. Pedimos un Uber. O le decimos a Sergio. Pero necesito pisar mi casa. Necesito saber que es verdad.

Max la miró. Vio en ella esa urgencia visceral de recuperar su nido, su refugio. Entendió que el lujo del St. Regis no significaba nada para ella si no tenía su propio espacio.
—Está bien —suspiró Max—. Vamos. Pero Sergio maneja. Y si me desmayo, tú me cargas.


El viaje hacia la colonia Santa María la Ribera fue como cruzar una frontera invisible. Dejaron atrás los rascacielos de cristal de Reforma, los Starbucks y las boutiques de lujo, y se adentraron en el corazón del viejo barrio.
Aquí las calles tenían baches. Las banquetas estaban rotas por las raíces de árboles centenarios. Había puestos de tacos de canasta en las esquinas, música de cumbia saliendo de una tlapalería y señoras barriendo la entrada de sus casas.

Para Max, era un viaje al pasado. Le recordaba a la colonia Obrera donde creció. El ruido, el caos, la vida palpitante.
Para Cristina, era volver a respirar.

La Suburban negra se detuvo frente a un edificio antiguo, de esos de los años 50, con fachada de mosaico y balcones de herrería. No era lujoso, pero tenía carácter.
Había una cinta amarilla de “PROHIBIDO EL PASO” de la Fiscalía en la puerta del departamento 302, pero un asistente de Olegario ya los estaba esperando con un juego de llaves y un oficio en la mano.

—Buenas tardes, Licenciado Ferrer —dijo el asistente, un joven nervioso—. El Ministerio Público ya liberó el lugar. Aquí están las llaves. Solo… —el joven dudó—. Solo les advierto que el lugar no está… en las mejores condiciones.

Cristina no esperó. Agarró las llaves y subió las escaleras de dos en dos, con Max siguiéndola a un ritmo más lento, apretando los dientes por el dolor del hombro.

Llegaron al tercer piso. Cristina abrió la puerta. Sus manos temblaban tanto que tardó tres intentos en atinarle a la cerradura.
La puerta se abrió con un chirrido familiar.

Cristina entró. Y se detuvo en seco.
Max entró detrás de ella.

El departamento estaba vacío.
Pero no “vacío” como cuando te mudas. Estaba saqueado.
Víctor Petrov no se había conformado con robar la casa; al saberse perdido o quizás solo por maldad pura durante su ocupación, había desmantelado todo.
No había muebles. No había cuadros. Habían arrancado hasta las lámparas del techo, dejando solo los cables pelados. La cocina no tenía estufa ni refrigerador. En las paredes había manchas donde antes colgaban las fotos familiares. El piso de madera estaba rayado, sucio de lodo y colillas de cigarro.

Olía a encierro, a tabaco rancio y a abandono.

Cristina caminó lentamente hacia el centro de la sala. Sus pasos resonaban con un eco hueco en el espacio vacío.
—Se llevó todo… —susurró. Su voz rebotó en las paredes desnudas—. Los libros de mamá. Su sillón de lectura. La mesa donde comíamos. No dejó nada.

Fue hacia su habitación. Max la siguió.
Igual. Un cascarón vacío. En la pared, alguien (probablemente Petrov o sus matones) había escrito con plumón negro: “PURA MIERDA”.

Cristina se dejó caer al suelo, en el rincón donde solía estar su cama. Se abrazó las rodillas.
—Recuperé una caja vacía —dijo, con la voz quebrada—. Esto no es mi casa. Es… es un cadáver.

Max sintió una oleada de furia fría hacia Petrov, pero la reprimió. La furia no servía de nada ahora. Petrov estaba pudriéndose en una celda. Lo que se necesitaba ahora era construcción. Y él era constructor.

Se acercó a Cristina, pero no se sentó. Le dolía demasiado el hombro. Se recargó en la pared, mirando el espacio con ojos críticos, de arquitecto.

—Tienes buena luz —dijo Max de repente.

Cristina levantó la cabeza, mirándolo con incredulidad.
—¿Qué?
—La luz. —Max señaló la ventana—. Tienes orientación sur. Eso significa que tienes sol todo el día. Y los techos son altos, de los antiguos. Los pisos son de duela de encino; están sucios y rayados, pero si los lijas y los barnizas, quedan mejor que los de mi departamento en Polanco.

—Max, no tengo ni un colchón donde dormir.
—Detalles —dijo él, moviendo la mano sana—. Lo importante son los “huesos” de la casa. Y este lugar tiene buenos huesos.

Cristina se limpió una lágrima, un poco molesta.
—Para ti es fácil decirlo. Tú puedes chasquear los dedos y comprar muebles nuevos. Yo… yo no tengo nada. Todo lo que tenía era lo que estaba aquí.

Max se agachó con dificultad, haciendo una mueca, hasta quedar a su altura.
—Cristina, mírame.
Ella lo miró.
—Petrov se llevó las cosas. Las cosas son basura. Se compran, se tiran, se rompen. Pero no se pudo llevar la luz. No se pudo llevar la vista de ese árbol de jacaranda afuera. Y no se pudo llevar tus recuerdos. Esos están en tu cabeza, no en los muebles.

Hizo una pausa.
—Además… —Max sonrió, una sonrisa traviesa que le quitaba diez años de encima—. Mi casa huele a carne asada y no tengo dónde vivir mientras la arreglan. Los hoteles me dan alergia después de tres días. Así que te propongo un trato.

Cristina lo miró con sospecha.
—¿Qué trato?
—Tú pones la casa. Yo pongo el capital para la remodelación. Yo pago los muebles, la pintura, los arreglos. A cambio… tú me dejas vivir aquí un mes. O dos. Hasta que mi casa sea habitable de nuevo.

Cristina abrió los ojos como platos.
—¿Tú? ¿Maximiliano Ferrer? ¿Vivir aquí? —Se echó a reír, una risa histérica—. Max, no hay agua caliente. El baño es diminuto. Los vecinos ponen reguetón a las tres de la mañana. Tú estás acostumbrado a sábanas de hilo egipcio y silencio sepulcral. No aguantarías ni una noche.

—Pruébame —dijo Max, desafiante—. Crecí en una vecindad peor que esta. Se me ha olvidado, sí, pero lo llevo en la sangre. Además, necesito alguien que me cambie los vendajes.

Cristina lo miró. Vio al hombre millonario, herido, parado en medio de su ruina, ofreciéndole reconstruirla no como caridad, sino como un socio.
—Es una locura.
—Las mejores cosas siempre lo son. ¿Trato?

Cristina miró alrededor. Ya no vio el vacío. Vio la posibilidad.
—Trato. Pero tú duermes en el sofá cama.
—Ni siquiera tenemos sofá cama.
—Pues compramos uno.


Lo que siguió fue la semana más extraña y maravillosa en la vida de Maximiliano Ferrer.

En lugar de dirigir su corporativo desde una oficina de cristal, dirigió la remodelación del departamento 302 desde una silla plegable que compraron en Chedraui.
Max activó a su red de contratistas. Pero no mandó a una cuadrilla grande. Mandó a Don Pepe, su maestro de obras de mayor confianza, un señor de 60 años que sabía hacer de todo: plomería, electricidad, carpintería.

—Patrón, ¿seguro que quiere meter piso laminado aquí? —preguntaba Don Pepe—. La duela aguanta una pulida.
—Pule la duela, Pepe. Queremos conservar lo original. Y cambia todo el cableado, no quiero cortos.

Cristina y Max se convirtieron en un equipo. Fueron a comprar muebles, no a tiendas de diseño italiano, sino a la Lagunilla y a tiendas locales de la colonia. Max descubrió el placer del regateo, algo que no hacía desde que tenía veinte años.
Compraron un refrigerador modesto, una estufa funcional, y lo más importante: un colchón matrimonial decente (que tiraron al suelo porque la base de la cama no llegaba hasta la semana siguiente).

La primera noche que pasaron ahí fue memorable.
El departamento olía a pintura fresca y a thinner. No tenían cortinas, así que pegaron periódicos en las ventanas. Solo había el colchón en el suelo de la recámara y dos sillas en la sala.

Cenaron tacos de suadero que compraron en el puesto de la esquina.
Max, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, con su camisa de marca arremangada y manchada de pintura blanca, le dio una mordida al taco. La salsa roja le escurrió por el dedo.

—Dios mío —gimió Max—. Esto sabe a gloria.
—Son los mejores del barrio —dijo Cristina, limpiándose la boca con una servilleta de papel—. ¿Mejor que el caviar?
—Infinitamente mejor. El caviar sabe a agua de mar salada. Esto sabe a México.

Bebieron refresco en vasos desechables. La luz de la calle se filtraba por los periódicos de la ventana, creando patrones extraños en el suelo.

—¿Cómo te sientes del hombro? —preguntó Cristina, mirándolo con preocupación.
—Mejor. Ya casi no duele. Don Pepe dice que si sigo cargando botes de pintura se me van a botar los puntos, pero soy necio.

Cristina se acercó a gatas por el suelo hasta quedar frente a él.
—Déjame ver.

Con cuidado, le desabotonó la camisa. Max se quedó quieto. El contacto de los dedos de ella sobre su piel le provocó una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con el dolor.
Ella revisó el vendaje.
—Está limpio. Pero tienes que descansar, Max. En serio. Has estado trabajando como peón de albañil todo el día.

—Me gusta —dijo él, mirándola a los ojos—. Me gusta cansarme de verdad. No cansarme de estrés mental, sino cansarme de lijar una pared. Dormí mejor anoche en el colchón inflable que en los últimos cinco años en mi cama King Size.

Cristina pasó su mano suavemente por la cicatriz del hombro, sobre la gasa.
—Eres un hombre muy raro, Maximiliano.
—Y tú eres una mujer muy valiente, Cristina Covarrubias.

El aire en la habitación cambió. Se volvió denso, cargado.
Estaban solos en un departamento semivacío. Ya no había fuego que los amenazara, ni prensa gritando, ni abogados de por medio. Solo eran un hombre y una mujer que habían sobrevivido juntos.

Cristina levantó la vista. Sus labios estaban a centímetros de los de él.
—Max… —susurró.
—Dime.
—No quiero que te vayas. Cuando arreglen tu casa… no quiero que te vayas.

Max acunó el rostro de ella entre sus manos. Sintió la suavidad de su piel, el pulso acelerado en su cuello.
—Mi casa ya no es esa mansión quemada, Cristina. Mi casa… creo que mi casa eres tú.

La besó.
Fue un beso que supo a tacos de suadero, a pintura fresca y a esperanza. Fue un beso lento, profundo, donde vertieron todo el miedo y la euforia de los últimos días.
Max sintió que algo se rompía definitivamente dentro de él. La última barrera de su soledad se desmoronó.

Esa noche, durmieron juntos en el colchón tirado en el suelo. Abrazados, enredados en una sola cobija barata. Y mientras escuchaba los ruidos de la calle —una sirena lejana, un perro ladrando, la risa de unos borrachos—, Max pensó que era el hombre más afortunado del mundo.


Los días siguientes trajeron la normalidad, pero una normalidad nueva.
Olegario llamó el viernes con noticias finales.

—Max, tengo el acuerdo final del juez. Petrov se declaró culpable.
—¿Cómo? —Max estaba en la azotea del edificio, ayudando a impermeabilizar—. ¿Tan rápido?
—Su abogado le aconsejó negociar. Le ofrecieron 15 años sin derecho a fianza si se declaraba culpable y devolvía el dinero que había desviado de la Alcaldía. Aceptó. Sabía que si iba a juicio, con todas las pruebas que teníamos, le caerían 40. Así que, felicidades. El monstruo está enjaulado.

—¿Y Lydia?
—Inhabilitada por diez años y dos años de servicio comunitario. Le salió barato, pero nos dio lo que necesitábamos.

Max colgó y bajó al departamento. Cristina estaba colgando unas cortinas nuevas, unas sencillas de lino blanco que dejaban entrar mucha luz.
—Petrov se declaró culpable —le dijo Max—. Quince años.
Cristina soltó la cortina. Se quedó quieta un momento, mirando por la ventana hacia el parque del Kiosco Morisco.
—Quince años… —susurró—. Cuando salga, será un viejo.
—Y tú habrás vivido toda una vida. Una vida feliz.

Ella se giró y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, Max.
—Deja de darme las gracias. Mejor dime qué vamos a cenar. Doña Chonita, la del 301, nos trajo tamales de agradecimiento porque le arreglaste la fuga de agua.
—¿Arreglaste? —rió Cristina—. Tú fuiste el que le mandó al plomero.
—Detalles. En el barrio, los favores se pagan con comida.


Un mes después.
El departamento estaba terminado. No era lujoso, pero era hermoso. Tenía plantas en cada rincón, libros en las repisas (Max había traído algunos de los que sobrevivieron al incendio), y fotos nuevas en las paredes. Fotos de ellos dos: manchados de pintura, comiendo helado en el parque, riéndose.

Max había vuelto a trabajar a la constructora, pero su rutina había cambiado. Ya no se quedaba hasta las diez de la noche. A las seis en punto, apagaba la computadora.
—¿Se va tan temprano, Licenciado? —le preguntaba su secretaria, asombrada.
—Tengo prisa. Hoy toca pozole en casa.

Sus socios decían que estaba en una “crisis de la mediana edad”. Decían que se le pasaría el capricho de vivir en una colonia popular. Max solo sonreía. No entendían nada.

Una tarde de domingo, Max estaba sentado en el pequeño balcón del departamento, leyendo el periódico. Cristina salió con dos tazas de café.
—Oye —dijo ella, sentándose a su lado.
—Dime.
—Me llegó un correo de la universidad. Me aceptaron. Empiezo la carrera de Diseño de Interiores en enero.
—¡Eso es fantástico! —Max dejó el periódico y le dio un beso—. Vas a ser la mejor. Tienes talento natural. Mira lo que hiciste con este lugar.

—Y… también me llegó otro correo. De una inmobiliaria.
Max arqueó una ceja.
—¿Ah sí?
—Dicen que hay un comprador interesado en el terreno de las Lomas. Un comprador que quiere demoler la casa quemada y construir un edificio de departamentos de lujo. Ofrecen una muy buena suma.

Max miró hacia la calle, donde los niños jugaban fútbol entre los coches estacionados. Pensó en su mansión. En los muros altos, en el silencio, en la soledad.
—Véndela —dijo sin dudarlo.
—¿Estás seguro? Es tu patrimonio.
—Ese no es mi patrimonio. Era mi jaula. Con ese dinero podemos comprar el edificio de aquí al lado que se está cayendo, remodelarlo y rentarlo a precios justos. Podemos hacer negocio tú y yo. “Ferrer & Covarrubias, Constructores”. Suena bien, ¿no?

Cristina sonrió, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.
—Suena a plan.

Se quedaron en el balcón, viendo atardecer sobre la Ciudad de México. El cielo estaba teñido de naranja y morado, sucio por el smog pero hermoso a su manera.
Maximiliano Ferrer había perdido una mansión, un coche y parte de su reputación. Pero había ganado una vida.

Abajo, en la calle, un organillero empezó a tocar una melodía nostálgica.
—¿Tienes monedas? —preguntó Max.
—En el frasco de la cocina.
—Voy por ellas.

Max entró al departamento. Su departamento. Su hogar.
Y mientras buscaba las monedas, pensó en aquella noche de lluvia, en la chica temblando en la escalera y en la extraña, maravillosa y torcida forma en que el destino, o la suerte, o Dios, acomoda las piezas cuando uno se atreve a detenerse y mirar dentro de la bolsa de un extraño.


CAPÍTULO 8: EL ARQUITECTO DE SUEÑOS Y LA ÚLTIMA SENTENCIA

El tiempo en la Ciudad de México no perdona, pero a veces, si tienes suerte, cicatriza.

Habían pasado dieciocho meses desde la noche del incendio en las Lomas. Dieciocho meses desde que el mundo de Maximiliano Ferrer se quemó para renacer de entre las cenizas. Ahora, Max estaba parado frente a un espejo de cuerpo entero, pero no en un vestidor de lujo italiano, sino en la pequeña habitación del departamento en Santa María la Ribera. Se ajustaba la corbata, una sencilla de seda azul marino.

—Te ves guapo —dijo Cristina, entrando a la habitación.

Max sonrió a través del reflejo. Ella estaba radiante. El cabello le había crecido, cayéndole en ondas brillantes sobre los hombros. Llevaba un vestido sastre color crema que ella misma había diseñado y confeccionado como proyecto final de su primer año de la carrera. Ya no quedaba rastro de la chica asustada y encogida que Max había recogido en la lluvia. Ahora, Cristina caminaba con la seguridad de quien sabe exactamente quién es y cuánto vale.

—No me siento guapo —confesó Max, alisándose el saco—. Me siento nervioso. Hoy es el día.
—Hoy se cierra el libro, Max. Solo vamos a leer la última página.

Max asintió. Hoy era la audiencia final de sentencia de Víctor Petrov. Aunque se había declarado culpable para reducir su condena, la ley exigía una audiencia presencial para la ratificación y la lectura de la pena. Cristina había insistido en ir. Quería verlo a los ojos una última vez. Quería que él la viera a ella: feliz, fuerte e intocable.

—¿Estás lista? —preguntó él, ofreciéndole el brazo.
—Nací lista. Vámonos. Sergio nos espera abajo.


El Reclusorio Norte es una bestia de concreto gris que devora esperanzas. El aire adentro huele a humedad, a cloro y a miedo rancio.
Max y Cristina entraron a la sala de audiencias acompañados por Olegario, quien caminaba como si fuera el dueño del lugar, saludando a los custodios por su nombre.

—Tranquilos —susurró Olegario—. Esto es mero trámite. El juez ya tiene la sentencia firmada. Solo venimos a ver el show.

Se sentaron en la zona de las víctimas, detrás de un cristal blindado.
Minutos después, la puerta lateral se abrió. Dos custodios entraron escoltando a Víctor Petrov.

El cambio era brutal.
El hombre prepotente, gordo y colorado que había golpeado la reja de Max había desaparecido. En su lugar había un espectro. Petrov había perdido al menos treinta kilos. Su piel colgaba flácida y tenía un tono amarillento, enfermizo. El cabello, antes teñido de negro azabache, ahora era completamente blanco y escaso. Caminaba arrastrando los pies, con la mirada clavada en el suelo.

La prisión en México envejece a los hombres en cámara rápida, especialmente a los que entran siendo “alguien” y descubren que adentro no son nadie. Sin dinero para pagar protección VIP, Petrov había sido masticado por el sistema que él mismo ayudó a corromper.

Cuando se sentó en el banquillo, levantó la vista. Sus ojos barrieron la sala y se detuvieron en el cristal blindado.
Vio a Cristina.
Vio a Max a su lado, sosteniendo su mano.

Por un segundo, una chispa de odio antiguo brilló en sus ojos, pero se apagó casi al instante, ahogada por la resignación. Bajó la cabeza. Sabía que había perdido. No solo la libertad, sino la guerra moral. Ellos estaban ahí, juntos, exitosos, libres. Él estaba solo, con un uniforme beige mugriento.

El juez, un hombre joven y severo, leyó la sentencia con voz monótona.
—…por lo que, encontrándolo penalmente responsable de los delitos de Fraude Procesal, Despojo Agravado, Tentativa de Homicidio y Daño en Propiedad Ajena, se le condena a una pena privativa de libertad de 18 años y 6 meses, así como al pago de una multa de 2.5 millones de pesos por reparación del daño…

Dieciocho años.
Cristina apretó la mano de Max tan fuerte que le cortó la circulación.
Max hizo el cálculo mental. Petrov tenía 55 años. Saldría a los 73, si es que sobrevivía a la cárcel. Su vida había terminado.

Cuando los custodios levantaron a Petrov para llevárselo, él intentó decir algo. Se giró hacia el cristal y movió los labios. No había sonido, pero Max, que sabía leer a la gente, entendió la palabra: “Perdón”.

Cristina lo miró, impasible. No hubo odio en su rostro, ni lástima. Solo indiferencia. La indiferencia absoluta que se le regala a un extraño que ya no importa.
Se dio la vuelta y salió de la sala sin mirar atrás.

Afuera, el sol del mediodía golpeaba el estacionamiento del penal. Cristina se detuvo junto a la camioneta y respiró hondo, llenando sus pulmones de aire contaminado pero libre.
—¿Estás bien? —preguntó Max.
—Sí —dijo ella, y sonrió. Una sonrisa luminosa—. Se acabó. Ya no hay monstruos debajo de la cama.

Olegario llegó encendiendo un cigarro.
—Bueno, niños, mi trabajo aquí ha terminado. La reparación del daño se va a cobrar del remate de los bienes embargados a Petrov. No esperen ver ese dinero pronto, la burocracia es lenta, pero llegará. Mientras tanto… ¿quién invita el almuerzo?

Max rió.
—Tú invitas, Olegario. Con lo que me cobraste de honorarios, deberías invitarnos a comer por el resto del año.
—Justo. Vamos a La Polar, se me antoja una birria.


Seis meses después.

La colonia Santa María la Ribera estaba cambiando, y gran parte de la culpa la tenían “Ferrer & Covarrubias”.
Max y Cristina no se habían detenido en el departamento 302. Con el capital de la venta del terreno de las Lomas (que se vendió por una cifra obscena a un desarrollador canadiense), Max había fundado una nueva empresa con Cristina: “Renovación Urbana con Alma”.

Su modelo de negocio era simple y revolucionario: compraban edificios antiguos y abandonados en colonias tradicionales, los restauraban respetando su arquitectura original y los rentaban a precios accesibles para las familias del barrio, reservando los locales comerciales para negocios locales. Nada de gentrificación depredadora. Nada de Starbuks. Querían panaderías de barrio, zapateros, librerías de viejo.

Esa tarde, estaban inaugurando su proyecto más ambicioso: “La Casona de los Poetas”, una vieja mansión porfiriana en la calle Dr. Atl que había sido ocupada por paracaidistas durante años y que ahora era un centro cultural y de vivienda comunitaria.

Había música de mariachi, papel picado de colores y una multitud de vecinos, amigos y curiosos.
Max estaba en el patio central, con una copa de mezcal en la mano, platicando con Don Pepe, quien ahora era el Jefe de Operaciones de la empresa y vestía un chaleco con el logo bordado.

—Quedó chulo, patrón —decía Don Pepe, mirando los balcones restaurados—. La verdad no creí que pudiéramos salvar esa escalera de madera, estaba podrida.
—Tú haces milagros, Pepe —dijo Max—. Yo solo firmo los cheques.

Cristina apareció entre la gente. Llevaba un vestido de flores y se veía agotada pero feliz. Había estado coordinando el evento desde las seis de la mañana.
—Señor Ferrer, lo buscan —dijo ella, guiñándole un ojo.
—¿Quién? ¿El SAT?
—No. Una fan.

Ella lo tomó de la mano y lo llevó a un rincón tranquilo del patio, bajo la sombra de una bugambilia gigante.
—¿Qué pasa? —preguntó Max, notando un brillo extraño en sus ojos.
—Tengo que darte un regalo de inauguración.
—Cristina, ya me diste esta empresa. Me diste una vida. No necesito más regalos.
—Este es diferente.

Ella sacó de su bolso un sobre pequeño. Parecía una tarjeta de invitación.
Max lo tomó, curioso.
—¿Qué es esto? ¿Un viaje? ¿Nos vamos a París?

Abrió el sobre.
Adentro no había boletos de avión. Había una imagen en blanco y negro, granulada. Una ecografía.
Y una nota escrita con la letra redonda de Cristina: “Proyecto Nuevo. Fecha de entrega: Diciembre. Arquitecto principal: Dios. Inversionistas: Tú y Yo.”

Max se quedó congelado. El ruido de la fiesta, la música, las risas, todo se apagó. Solo escuchaba el latido ensordecedor de su propio corazón.
Miró la imagen. Miró a Cristina. Miró la imagen otra vez.

—¿Es…? —su voz le falló.
—Sí —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Vamos a ser papás, Max.

Maximiliano Ferrer, el hombre de acero, el empresario que había enfrentado crisis financieras, incendios y balazos sin pestañear, sintió que las piernas se le doblaban.
Se dejó caer en una banca de piedra, con la ecografía temblando en sus manos.
—Un bebé… —susurró.
—Bueno, técnicamente es un feto del tamaño de una aceituna todavía, pero sí.

Max levantó la vista. Tenía los ojos rojos.
—Nunca quise hijos —confesó, con la voz rota—. Con Vanessa… siempre le dije que no. Que no tenía tiempo. Que el mundo era un lugar horrible para traer a alguien. Que yo no sabría ser padre porque el mío nunca estuvo…

—Tú no eres tu papá, Max —dijo Cristina, sentándose a su lado y tomando su cara entre sus manos—. Y el mundo sigue siendo horrible a veces, pero también es maravilloso. Mira lo que hemos construido. Ese bebé va a crecer en una casa llena de amor, de libros y de tacos de suadero. Va a tener al papá más valiente del mundo.

Max soltó una carcajada entre sollozos y la abrazó. La abrazó con una fuerza desesperada, enterrando la cara en su cuello.
—Gracias —lloró él—. Gracias, gracias, gracias.

En ese momento, sintió que el último vestigio de su antigua vida se desvanecía. El Max solitario y amargado había muerto definitivamente. Ahora era Max el padre. Max el esposo (aunque todavía no se casaban, eso era un tecnicismo que arreglaría pronto).

—Tenemos que ponerle nombre —dijo él, separándose y limpiándose las lágrimas con la manga—. Si es niño, no le vamos a poner Maximiliano. Es muy largo y pretencioso.
—Si es niño, me gusta Elena —dijo Cristina—. Por mi mamá.
—¿Y si es niño?
—Si es niño… —ella lo pensó—. Me gusta “Salvador”. Porque eso fuiste tú para mí. Y yo para ti.

Max sonrió.
—Salvador Ferrer Covarrubias. Suena bien. Suena fuerte.


Epílogo: Tres años después.

La lluvia caía sobre la Ciudad de México, pero esta vez no era una tormenta furiosa, sino una lluvia suave de verano, de esas que refrescan el asfalto y hacen que la tierra huela a vida.

Una camioneta familiar Volvo se detuvo frente a la antigua estación de trenes, la misma que ahora estaba siendo remodelada para convertirse en un museo de arte moderno (un proyecto donado por la Fundación Ferrer).

Max bajó del auto y abrió un paraguas grande. Caminó hacia el lado del copiloto y ayudó a bajar a Cristina.
Luego, abrió la puerta trasera.
Un niño pequeño, de dos años y medio, con el cabello negro alborotado y unos ojos oscuros enormes, estiró los brazos.
—¡Papá! ¡Agua! —gritó el niño, señalando los charcos con alegría.
—Sí, Salva, es agua. Ven acá, monstruo.

Max cargó a Salvador en un brazo y sostuvo el paraguas con el otro, cubriendo a Cristina.
Caminaron hacia la entrada de la estación. Hacia esas mismas escaleras de concreto donde, una noche de octubre hacía cinco años, el destino había jugado sus cartas.

Las escaleras ya no estaban sucias ni oscuras. Habían sido restauradas. Había buena iluminación y vigilancia.
Se detuvieron justo en el escalón donde Cristina había estado sentada aquella noche.

—Aquí fue —dijo Max en voz baja.
Cristina miró el lugar. Apretó el brazo de Max.
—Parece que fue en otra vida.
—Lo fue. Éramos otras personas.

Salvador se removió en los brazos de Max, queriendo bajar. Max lo soltó con cuidado. El niño, enfundado en un impermeable amarillo y botitas de hule, saltó inmediatamente al charco más cercano, riendo a carcajadas cuando el agua salpicó.

Max y Cristina lo observaron.
—¿Te imaginas si hubieras pasado de largo? —preguntó Cristina de repente. Era una pregunta que a veces la asaltaba en las noches de insomnio.
—No —dijo Max con firmeza—. No me lo imagino. Porque no podía pasar de largo.
—¿Por qué?
—Porque creo que, de alguna manera, te estaba buscando sin saberlo. Estaba buscando esto.

Señaló a su hijo chapoteando. Señaló la vida que tenían. El departamento en la Santa María, los domingos de parque, el trabajo con propósito, el amor sin condiciones.

—Mi mamá decía que Dios escribe derecho con renglones torcidos —dijo Cristina.
—Pues vaya que mi renglón estaba torcido —rió Max—. Tuve que perder una fortuna, quemar una mansión y recibir un balazo para llegar aquí.
—¿Valió la pena?

Max miró a su esposa. Miró las pequeñas arrugas de felicidad que se formaban junto a sus ojos cuando sonreía. Miró su mano, donde brillaba un anillo sencillo de oro (no un diamante gigante, sino una banda de oro con una inscripción por dentro que decía “Hogar”).

—Pagaría el doble —dijo él—. Volvería a quemar la casa mil veces. Volvería a pasar por todo el infierno, solo para llegar a este momento bajo la lluvia contigo.

Salvador corrió hacia ellos y se abrazó a las piernas de Max.
—¡Papá, mamá, abrazo!
Se agacharon los dos y lo envolvieron en un abrazo familiar, ahí, en medio de la calle, bajo el paraguas, mientras la lluvia caía a su alrededor como una cortina de plata.

Ya no había frío. Ya no había miedo. La bolsa vieja y despellejada había desaparecido, reemplazada por pañaleras y juguetes. Los papeles legales del juicio estaban archivados en una caja en el fondo de un armario, olvidados.
Lo único que quedaba, lo único que importaba, era el calor de esos tres cuerpos unidos.

Maximiliano Ferrer miró al cielo gris y, por primera vez en su vida, no deseó que dejara de llover. Porque sabía que después de la lluvia, siempre, siempre sale el sol. Y si no sale, no importa, porque él ya llevaba el sol de la mano.

—Vámonos a casa —dijo Max, levantando a su hijo y tomando la mano de Cristina—. Hoy toca noche de películas y palomitas.
—Y tacos —añadió Cristina.
—Y tacos —concedió Max sonriendo—. Siempre tacos.

Caminaron hacia el coche, alejándose de la estación, dejando atrás a los fantasmas del pasado, caminando juntos hacia un futuro que ellos mismos habían construido, ladrillo a ladrillo, beso a beso, golpe a golpe.

FIN DE LA HISTORIA

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