LA ARROJÓ AL RÍO: El Precio de una Mentira y el Milagro que Nació del Agua

PARTE 1

CAPÍTULO 1: EL SILENCIO QUE AHOGA EN SAN PEDRO

El sol en San Pedro de las Tunas no salía con delicadeza; irrumpía como una bofetada de calor húmedo que levantaba el vapor de la tierra mojada y hacía cantar a las chicharras antes de tiempo. Pero para Juan y Berenice, ese sol que doraba los cañaverales y hacía brillar las aguas del río Papaloapan no traía luz a sus vidas. Para ellos, cada amanecer era solo el recordatorio de otra noche larga, silenciosa y estéril.

Vivían en una casita de adobe encalado, con techo de teja y un corredor lleno de helechos que Berenice cuidaba con la devoción de quien no tiene a quién más cuidar. Llevaban veinte años de casados. Dos décadas enteras. En ese tiempo, sus vecinos habían bautizado hijos, celebrado quinceañeras y hasta llorado a sus muertos. Pero en la casa de Juan y Berenice, el tiempo parecía estancado en una perpetua espera. No había triciclos estorbando en el patio, ni ropa diminuta secándose al sol, ni ese olor a talco y leche agria que inunda las casas donde hay vida nueva. Solo había silencio. Un silencio denso, pesado, que se metía por las rendijas de las puertas y se sentaba a comer con ellos en la mesa.

Todas las mañanas, cuando el cielo apenas pasaba del negro al azul añil, Berenice se levantaba sin despertar a Juan. Se envolvía en su rebozo gris para protegerse del sereno y caminaba descalza hacia la orilla del río que corría detrás de su solar. Sus pies, anchos y curtidos por la tierra, conocían cada piedra y cada raíz del camino.

Al llegar a la orilla, donde el agua formaba remansos oscuros y profundos, Berenice se hincaba en el lodo. No le importaba ensuciarse las rodillas. Sacaba de entre sus pechos un rosario de madera, ya gastado por el roce de sus dedos ansiosos, y comenzaba su liturgia privada, su pleito diario con el cielo.

—Madre Santísima, Virgencita de Guadalupe —susurraba, y su voz se quebraba como una rama seca—. ¿Qué te he hecho? ¿Qué pecado tan grande cargo en la espalda para que me tengas así, seca como una milpa sin lluvia?

Berenice tocaba su vientre plano, duro por el trabajo pero vacío de vida. A veces, cerraba los ojos e imaginaba que sentía una patadita, un movimiento, algo. Pero al abrirlos, solo veía el reflejo de su cara triste en el agua turbia.

—Dame uno, Madre. Nomás uno —gemía, balanceándose hacia adelante y hacia atrás—. No te pido riquezas, ni salud para mí. Llévame si quieres después, pero déjame sentir lo que es dar vida. Déjame escuchar un llanto que sea de mi sangre.

Juan, que solía despertarse al sentir el frío del lado vacío de la cama, la observaba desde la sombra de un árbol de mango en el patio. Él era un hombre de campo, de pocas palabras y manos grandes y callosas, acostumbradas al machete y al arado. Ver a su mujer así, consumiéndose en su propia fe y desesperación, le dolía más que cualquier herida. Al principio, en los primeros años, él se hincaba a su lado. Lloraban juntos, se abrazaban y se prometían que “el año que viene será”. Pero después de veinte años, la esperanza de Juan se había convertido en una resignación amarga, dura como una piedra de río.

Él ya no rezaba. Solo suspiraba. Un suspiro largo y cansado que se perdía entre el ruido del viento en las hojas.

—Ya métete, mujer —le decía a veces, con voz ronca—. Te va a dar un aire.
—Déjame, Juan. Hoy siento que sí me va a escuchar —respondía ella, con esa terquedad ciega que solo tienen los desesperados.

Pero Dios, o quien fuera que estuviera a cargo de repartir las almas en San Pedro, parecía estar sordo.

El pueblo, como todos los pueblos chicos de México, era un infierno grande. La gente no tenía piedad. El chisme era el deporte local, más popular que el fútbol los domingos. Cuando Berenice iba al mercado a comprar el mandado, sentía las miradas clavadas en su espalda como agujas.

—Mira, ahí va la seca —murmuraba Doña Chona, la verdulera, mientras acomodaba los chiles jalapeños—. Pobre mujer. Dicen que su matriz está quemada.
—¿Quemada? ¡Salada! —corregía la vecina de puesto, limpiándose las manos en el delantal—. Yo escuché que su abuela le hizo un mal de ojo a una gitana hace años, y que la maldición cayó sobre la nieta. “No tendrás fruto”, le dijeron. Y mira, ahí está, pagando justos por pecadores.

Berenice agachaba la cabeza, apretaba su bolsa de ixtle y caminaba rápido, fingiendo que no oía. Pero oía todo. Cada palabra se le clavaba en el corazón.

Juan tampoco se salvaba. En la cantina “El Último Trago”, donde los hombres se reunían a tomar cerveza y jugar dominó después de la jornada, las bromas eran crueles.
—¿Qué pasó, mi Juan? —le gritaba el compadre Beto, ya medio borracho—. ¿Todavía no le atinas? A lo mejor necesitas ayuda, compadre. Yo tengo buena puntería, si quieres te presto tantita pólvora.
Las risotadas estallaban como cohetes. Juan apretaba los puños sobre la mesa, con los nudillos blancos, tragándose la rabia junto con el tequila.
—Es la voluntad de Dios —decía, tratando de mantener la dignidad, aunque por dentro se sentía menos hombre, menos macho.

La presión social y la tristeza los empujaron a buscar soluciones donde fuera. Primero, vendieron dos vacas lecheras, el orgullo de Juan, para pagar el viaje a la ciudad de Veracruz. Fueron a ver a un especialista, un ginecólogo de renombre que tenía el consultorio lleno de diplomas y aire acondicionado.

El doctor, un hombre joven con lentes y manos suaves que nunca habían tocado la tierra, les hizo mil preguntas. Les mandó hacer estudios de sangre, radiografías, conteos. Berenice soportó los exámenes fríos y dolorosos sin una queja. Juan se dejó sacar sangre hasta marearse.

Un mes después, regresaron por los resultados. El doctor revisó los papeles, frunció el ceño, se quitó los lentes y los limpió con parsimonia.
—Señor, señora… no sé qué decirles —dijo el médico, negando con la cabeza—. Médicamente, los dos están perfectamente sanos. Sus niveles hormonales están bien, no hay obstrucciones, el conteo de esperma es normal. Es… es un caso de esterilidad idiopática.
—¿Idio… qué? —preguntó Juan, arrugando el sombrero entre las manos.
—Inexplicable —tradujo el doctor—. No hay razón física para que no puedan tener hijos. Simplemente no sucede. Lo siento.

“Simplemente no sucede”. Esa frase resonó en la cabeza de Berenice todo el camino de regreso en el autobús guajolotero. Si no era el cuerpo, entonces era el alma. O peor, era un castigo.

La desesperación los llevó entonces por caminos más oscuros. Si la ciencia no tenía respuestas, tal vez la magia sí. Empezaron a visitar a los curanderos de la sierra. Viajaron horas en caminos de terracería hasta llegar a chozas llenas de humo de copal y olor a hierbas podridas.

Un brujo famoso en Catemaco, un hombre con la piel tatuada y la mirada turbia, les dijo que tenían un “trabajo” enterrado en su patio.
—Alguien les tiene envidia —dijo el brujo con voz cavernosa, escupiendo aguardiente sobre una vela negra—. Les echaron tierra de panteón. Hay que limpiar.

Les cobró un dineral por una “limpia” que duró tres horas. Golpes con ramas de pirul, baños con agua helada a medianoche, rezos en lenguas extrañas. Berenice terminó temblando, pálida como un papel, con los ojos desorbitados.
—Tómense esto —les dio una botella con un líquido oscuro y viscoso que olía a amoniaco y ruda—. Esto abre hasta las piedras.

Berenice se lo tomó, aguantando las ganas de vomitar, rezando con cada trago. Juan se lo tomó por solidaridad, aunque le quemaba la garganta como fuego líquido.
Esperaron un mes. Dos meses.
Nada.
La regla de Berenice llegaba puntual, mes tras mes, roja e implacable, burlándose de sus sacrificios.

Luego vino la etapa de los “profetas” y las “iglesias de garaje”. Gente que gritaba y se tiraba al suelo, prometiendo milagros a cambio de diezmos gordos.
—¡Decláralo, hermana! —le gritaba un pastor sudoroso, poniéndole la mano en la frente con tanta fuerza que casi la desnucaba—. ¡Recibe fuego! ¡Tu vientre se abre ahora!

Berenice gritaba “¡Amén!” con lágrimas en los ojos, caía al suelo, convulsionaba de pura histeria y emoción contenida. Pero al llegar a casa, el silencio seguía ahí. El milagro no llegaba, solo llegaban los dolores de cabeza y la sensación de vacío que crecía como un cáncer en su alma.

Lo peor ocurrió en el decimoquinto año de su matrimonio. Un “apóstol” itinerante llegó al pueblo vecino. Decían que levantaba paralíticos y hacía ver a los ciegos. Juan, desesperado por ver a su mujer dejar de llorar, vendió su motocicleta, su único medio de transporte para ir a la leña, y llevó el dinero como ofrenda.

El hombre, vestido con un traje blanco impecable y zapatos de charol que brillaban demasiado para ese polvo, recibió a Berenice en privado.
La miró de arriba abajo, con unos ojos que no tenían nada de santos.
—Hermana —le dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro aceitoso—, el Espíritu me dice que tu bloqueo es espiritual. Hay una maldición en tu linaje que solo se puede romper con un acto de fe supremo.
—Lo que sea, Padre —lloró Berenice, arrodillada—. Hago lo que sea.
—La unción debe entrar en ti —dijo el hombre, acercándose demasiado—. Necesitamos hacer un pacto de carne para santificar tu vientre. Dios me ha elegido como instrumento para sembrar la semilla santa en ti.

Berenice tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, sintió un frío que le recorrió la espina dorsal. Se levantó de golpe, con los ojos abiertos de par en par, llenos de horror.
—¿Qué? —balbuceó—. ¿Usted quiere…?
—Es la voluntad del Señor —insistió el tipo, tratando de agarrarle el brazo.

Berenice salió corriendo de la carpa, tropezando, llorando a gritos. Juan, que esperaba afuera, la vio salir con la cara descompuesta. Cuando ella le contó, entre sollozos, lo que el “santo varón” le había propuesto, Juan sintió que la sangre se le subía a la cabeza.
Se le olvidó Dios, se le olvidó la prudencia. Sacó el machete que siempre llevaba en la camioneta y entró a la carpa rugiendo como un animal herido. El “apóstol” tuvo que salir corriendo por la parte de atrás, perdiendo un zapato de charol en la huida, mientras Juan destrozaba el púlpito a machetazos.

Esa noche, de regreso en casa, no encendieron la luz. Se sentaron en el corredor, a oscuras, escuchando el canto de los grillos y el correr del río. Estaban agotados. Agotados de la fe, agotados de la esperanza, agotados de la gente.
Juan tomó la mano de Berenice. Estaba fría.
—Ya no más, Bere —dijo él. Su voz sonaba distinta, firme, decidida—. Ya estuvo suave. Nos están viendo la cara. Nos están robando la vida y el dinero.
—Pero Juan… —sollozó ella—, ¿y mi bebé?
—Si Dios quiere darnos un hijo, nos lo va a dar aquí, o en China, o en el monte —dijo Juan, apretándole la mano—. Pero ya no voy a dejar que nadie más te humille. Ya no voy a dejar que te manoseen brujos ni que te griten pastores mañosos. Se acabó.

Berenice recargó la cabeza en el hombro de su marido y lloró hasta quedarse seca.
—¿Qué vamos a hacer, Juan? Aquí en el pueblo ya no podemos salir ni a la calle. Todos saben lo del machete. Todos se burlan.
—Nos vamos —dijo Juan, mirando hacia la oscuridad del río—. Tengo un terrenito que me dejó mi abuelo, río arriba, lejos de aquí. Es puro monte, no hay luz, no hay gente. Pero hay paz.

Al día siguiente, antes de que el sol saliera, empacaron sus cosas. La cama matrimonial, la estufa, la imagen de la Virgen, la ropa raída. Cargaron la vieja camioneta hasta el tope.
No se despidieron de nadie. Dejaron la casa de San Pedro cerrada, con un letrero de “Se Vende” clavado chueco en la puerta.
Mientras la camioneta avanzaba por el camino de terracería, alejándose del pueblo, Berenice miró por el retrovisor. Vio las casas, la iglesia, el mercado. Sintió tristeza, sí, pero también sintió que se quitaba un peso de encima.

Llegaron al terreno al mediodía. Era un lugar salvaje, hermoso y solitario. El río allí era más limpio, más bravo. Los árboles eran gigantescos y daban una sombra fresca.
—Aquí —dijo Juan, bajándose y respirando profundo el aire limpio—. Aquí vamos a empezar de nuevo. Solo tú y yo, vieja. Y que sea lo que Dios quiera.

Construyeron una cabaña pequeña de madera y palma. Sembraron maíz y frijol. Criaron gallinas.
Se aislaron del mundo. Dejaron de ir a misas, dejaron de ir a doctores.
La vida se volvió simple. Se levantaban con el sol y se dormían con la luna.
Pero el deseo seguía ahí, latiendo bajo la piel de Berenice. Aunque ya no iba a la iglesia, seguía bajando al río.
Ahora, sus rezos eran diferentes. Ya no pedía con gritos, ni con llanto histérico.
Se sentaba en una piedra grande, metía los pies en el agua corriente y hablaba con el río.
—Tú que vienes de lejos y vas para el mar —susurraba—, tráeme algo. Lo que sea. No me dejes morir seca.

Pasaron cinco años más en ese aislamiento. Cinco años de paz y silencio.
Berenice envejeció. Le salieron canas en las sienes y arrugas alrededor de los ojos. Juan se volvió más lento, su espalda se encorvó un poco.
Ya no esperaban nada. Se habían acostumbrado a ser solo dos. “Los viejos del río”, les decían los pocos pescadores que pasaban por ahí en sus lanchas.

Pero el destino es un bromista cruel. Justo cuando uno deja de esperar, cuando uno baja la guardia y acepta su suerte, es cuando la vida decide dar un giro violento.
Lo que Juan y Berenice no sabían era que, río abajo, en un pueblo lleno de luces y vicios, una muchacha llamada Amanda estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría el curso del río y de sus vidas para siempre.
Una decisión nacida de la ambición, que terminaría flotando en una canasta hacia las manos de quienes más la anhelaban.

El río Papaloapan, testigo mudo de tantas historias, se preparaba para ser el mensajero.
Porque el agua tiene memoria, y el agua siempre, siempre devuelve lo que se le arroja.

CAPÍTULO 2: LA AMBICIÓN TIENE CARA DE MUJER

Si el silencio definía la vida de Berenice río arriba, el ruido era lo que marcaba la existencia de Amanda en el pueblo de El Naranjo. Pero no cualquier ruido. Era el ruido de su propia sangre hirviendo, de sus pensamientos que gritaban “más, quiero más”, y del murmullo constante que su belleza provocaba a su paso.

Amanda Rosales tenía diecinueve años y una belleza que parecía un error de cálculo en un lugar tan olvidado por Dios. En El Naranjo, donde las mujeres envejecían rápido bajo el sol del campo y las manos se les llenaban de callos antes de los veinte, Amanda floreció como una orquídea en medio de un basurero. Tenía la piel del color de la canela fina, el cabello negro, espeso y ondulado que le llegaba hasta la cintura, y unos ojos oscuros, almendrados, que tenían la peligrosa cualidad de hacer sentir a cualquier hombre que era el único en el mundo… o el más miserable.

Desde niña supo que era distinta. Mientras sus hermanas y primas jugaban a las muñecas de trapo y soñaban con casarse con un buen jornalero, Amanda se miraba en el trozo de espejo roto que tenía escondido en su cuarto. Se probaba los vestidos viejos de su madre, los ajustaba con pinzas de ropa para que marcaran una cintura que aún no tenía, y ensayaba sonrisas.

—Tú vas a ser grande, Amanda —se susurraba a sí misma—. Tú no naciste para oler a humo de leña ni para parir chamacos en un petate.

Sus padres, Don Chema y Doña Toña, eran buena gente. Gente de maíz y frijol, de misa los domingos y persignarse al pasar frente a la iglesia. Adoraban a Amanda, pero con ese amor temeroso de quien sabe que tiene algo demasiado valioso para sus pobres manos.
—Mija, no andes tan “despechugada” —le regañaba su madre cuando Amanda se soltaba dos botones de la blusa escolar—. La gente habla.
—Que hablen, amá. La envidia les corroe las tripas —contestaba ella con descaro, mordiendo una manzana con esa boca roja que no necesitaba pintura.

La vida en su casa le resultaba insoportable. Odiaba el piso de tierra apisonada que le ensuciaba los pies. Odiaba tener que ir al pozo a sacar agua y que se le rompieran las uñas. Odiaba el olor a manteca quemada que se impregnaba en su ropa y en su pelo.
—Amanda, ponte a barrer el patio.
—Amanda, ayuda a desgranar el maíz.
—Amanda, ve a dejarle el taco a tu papá a la milpa.

Cada orden era como un latigazo a su orgullo. Ella sentía que era una reina atrapada en el cuerpo de una sirvienta.
—¿Para esto nací? —pensaba con rabia, tallando la ropa en el lavadero de piedra hasta que los nudillos le sangraban—. ¿Para ser la gata de alguien? ¡Ni muerta!

El punto de quiebre llegó una tarde calurosa de abril. Su padre llegó del campo, se quitó el sombrero sudado y se sentó a la mesa con una sonrisa de satisfacción que a Amanda le dio mala espina.
—Viejas, les traigo noticias —dijo Don Chema, partiendo una tortilla—. Hoy hablé con Don Beto, el dueño del taller mecánico y la refaccionaria.
Doña Toña dejó de servir los frijoles y puso atención. En El Naranjo, Don Beto era un “buen partido”. Tenía dinero, casa de material y dos camionetas.
—¿Y qué dice Don Beto, viejo?
—Pues que su hijo mayor, el Rogelio, ya le echó el ojo a nuestra Amanda. Dice que es una muchacha muy sana y muy chula. Que tiene intenciones serias.

A Amanda se le heló la sangre. Conocía a Rogelio. Era un muchacho gordo, con las manos siempre negras de grasa de motor y una risa estúpida que sonaba como un burro rebuznando.
—Quiere venir a pedir la mano el sábado —concluyó su padre, radiante—. Imagínate, mija. Te vas a casar con el hijo del patrón. Nunca te va a faltar comida en la mesa. Vas a ser la señora de la refaccionaria.

Amanda sintió que el aire se le acababa. Miró a sus padres, vio sus caras de esperanza, su humildad conformista, y sintió un asco profundo. No por ellos, sino por el futuro mediocre que le estaban pintando como si fuera un premio de lotería.
—Yo no me voy a casar con el grasiento ese —dijo Amanda, poniéndose de pie de golpe.
—¡Amanda! —gritó su madre—. ¡Respeta! Es una suerte que un muchacho así se fije en ti, que no tienes ni un peso de dote.
—¡Pues que se fije en otra! ¡Yo no soy vaca de feria para que me anden negociando! —gritó ella, tirando la silla, y salió corriendo a su cuarto, atrancando la puerta con una tranca de madera.

Esa noche no durmió. Escuchó a sus padres murmurar en la cocina, preocupados, planeando cómo convencerla “por su bien”.
—Se le va a pasar —decía su padre—. Es joven y caprichosa. Cuando vea los anillos de oro se le va a ablandar el corazón.

“Pobres ilusos”, pensó Amanda, metiendo su ropa en una mochila escolar vieja. “No saben que mi corazón no se ablanda con oro de pueblo. Yo voy por el oro de verdad”.
Empacó lo indispensable: dos vestidos cortos que su madre le había prohibido usar, unos zapatos de tacón desgastados que compró en la paca, su crema corporal y el frasco donde guardaba los pocos billetes que le había robado a su papá de la venta de la cosecha.

Escribió una nota en una hoja de cuaderno, con su letra redonda y firme:
“Me voy. No me busquen. No nací para ser la mujer de un mecánico ni para morir en este pueblo polvoriento. Voy a buscar la vida que me merezco. Perdónenme, pero si me quedo, me muero.”

Salió por la ventana cuando los perros del vecino dejaron de ladrar, cerca de las tres de la mañana. Caminó hasta la carretera federal, sintiendo el frescor de la noche y el miedo mezclado con una adrenalina deliciosa. Cuando pasó el primer autobús con destino al Puerto de Veracruz, Amanda subió sin mirar atrás. Mientras el motor rugía y El Naranjo quedaba atrás en la oscuridad, ella sonrió. Una sonrisa depredadora. El mundo allá afuera no sabía lo que le esperaba.


Veracruz la recibió como recibe a todos: con un golpe de calor húmedo, olor a mar y a diesel, y un caos de bocinas y gritos. Para una chica de pueblo, el puerto podía ser aterrador. Para Amanda, fue como llegar a casa.

Al principio fue difícil. El dinero se le acabó en tres días. Tuvo que dormir una noche en la terminal de autobuses, abrazada a su mochila, vigilando con un ojo abierto. Pero Amanda tenía un recurso que valía más que el dinero: su juventud y esa cara que hacía que los hombres perdieran el hilo de sus pensamientos.

Consiguió trabajo rápido en una marisquería del malecón. No era el gran trabajo, pero le daba propinas y comida. Y sobre todo, era un escaparate.
Aprendió rápido las reglas de la ciudad. Se dio cuenta de que su ropa de pueblo la delataba, así que invirtió sus primeras propinas en transformarse. Compró blusas escotadas que dejaban ver la piel dorada de sus hombros, faldas ajustadas que marcaban el ritmo de sus caderas al caminar, y maquillaje. Aprendió a delinearse los ojos para hacerlos más felinos, a pintarse los labios de un rojo sangre que prometía pecado.

En dos meses, la niña de El Naranjo había desaparecido. En su lugar estaba Amanda, la “hostess” más cotizada del restaurante “El Rey del Mar”.
Los clientes habituales preguntaban por ella.
—Que me atienda la morenaza —decían los turistas chilangos y los petroleros de la zona, dejando billetes de quinientos pesos solo por verla sonreír.

Amanda aceptaba el dinero, aceptaba los piropos, pero no aceptaba las invitaciones.
—Todavía no —se decía—. Estos son peces chicos. Yo quiero un tiburón.

Y el tiburón llegó un viernes por la noche.
Llegó en una camioneta blindada, negra y reluciente como un escarabajo gigante. Detrás venían otras dos camionetas con hombres armados, vestidos de civil pero con esa mirada de “no me toques” que tienen los guaruras.
El gerente del restaurante corrió a recibirlos, sudando frío.
—¡Don Odilón! Qué honor, qué gusto. Pásele, pásele, su mesa de siempre está lista.

Amanda, que estaba limpiando unas cartas en la entrada, alzó la vista.
Don Odilón no era guapo. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, bajo de estatura, con una barriga prominente que tensaba los botones de su guayabera de lino fino. Tenía la cara marcada por cicatrices de acné viejo y un bigote espeso teñido de negro. Pero lo que le faltaba de belleza le sobraba en oro. Traía una esclava de oro macizo en la muñeca, tres anillos con piedras preciosas y un reloj que costaba más que todo el pueblo de El Naranjo junto.
Caminaba con la seguridad de quien es dueño de la calle, de la policía y de la vida de los demás. Era un cacique moderno. Un hombre de poder.

Amanda sintió un escalofrío. No de miedo, sino de reconocimiento. “Este es”, pensó. “Este es el boleto”.

Don Odilón se sentó, pidió whisky etiqueta azul y miró a su alrededor con aburrimiento. Hasta que sus ojos se toparon con Amanda.
Ella no bajó la mirada como hacían las otras meseras. Ella sostuvo su mirada, se pasó la lengua suavemente por los labios y le regaló una media sonrisa, misteriosa y desafiante.
El viejo cacique se enderezó en su silla.
—Oiga, gerente —tronó su voz—. ¿Quién es esa potranca?
—Es… es nueva, patrón. Se llama Amanda.
—Pues que venga a atenderme ella. Y que traiga otra botella.

Esa noche, Amanda no sirvió mesas. Se sentó a la mesa del patrón. Él le hizo preguntas, ella respondió con mentiras a medias, haciéndose la difícil, la interesante. Le contó que era estudiante, que trabajaba por necesidad, que estaba sola en el mundo. La clásica historia de la “pobre niña rica en belleza”.
Al final de la noche, Don Odilón le puso un fajo de billetes en la mano, solo “para el taxi”, y le dijo:
—Mañana paso por ti. Ya no vas a trabajar aquí. Una mujer como tú no está para servirle camarones a los borrachos.

Amanda renunció esa misma noche.

Su vida cambió de la noche a la mañana, literalmente. Don Odilón la instaló en un departamento de lujo en Boca del Río, con vista al mar y aire acondicionado central. Le compró ropa de marca en las plazas comerciales más caras, le dio joyas, le puso chofer.
Amanda, la niña que lavaba ropa en el río, ahora se bañaba en un jacuzzi con sales aromáticas.
Pero había un problema. Amanda no era la única.
Don Odilón tenía esposa. Una señora “de sociedad”, intocable, que vivía en la mansión principal. Y además, tenía otras tres “casas chicas” repartidas por el estado. Amanda era la novedad, el juguete nuevo, pero sabía que los juguetes viejos se tiran.

Necesitaba asegurarse. Necesitaba ser la número uno.
Empezó a investigar. Habló con los choferes, con los guardaespaldas, haciéndose la tonta.
—Oye, ¿y el patrón tiene muchos hijos? —preguntaba mientras se limaba las uñas.
—Uy, señorita —le dijo un día “El Chato”, uno de los escoltas—. El patrón está salado con eso. Tiene puras viejas. Cuatro con la señora legítima y otras tres con las otras queridas. Siete hijas.
—¿Y ningún varón? —preguntó Amanda, deteniéndose.
—Ninguno. Y eso lo trae loco. Dice que se va a morir y que su apellido se va a perder. Que toda su fortuna se la van a pelear los yernos. Daría la mitad de su reino por un hombrecito.

Amanda sintió que se le iluminaba el cerebro. Ahí estaba. Ese era el talón de Aquiles del gigante.
Esa noche, cuando Odilón llegó a visitarla, borracho y melancólico, Amanda puso en marcha su plan maestro.
Lo atendió como una reina. Le dio un masaje, le sirvió su bebida y se acostó en su pecho, jugando con los pelos canosos de su pecho.
—Ay, mi amor —le dijo con voz dulce—. Tienes todo, pero te veo triste.
—Tengo dinero, Amanda. Pero el dinero no compra todo —gruñó él—. No tengo a quién dejárselo. Puras viejas me han salido. Mi sangre se acaba conmigo.

Amanda se incorporó, dejó que la sábana de seda resbalara de su cuerpo perfecto y lo miró a los ojos con una intensidad casi religiosa.
—Eso es porque no habías encontrado a la mujer correcta, Odilón. Las otras… ellas no tienen mi fuerza. Ellas te dieron lo que pudieron. Pero yo…
Le tomó la cara con las dos manos.
—Yo te voy a dar tu hijo, mi amor. Yo te voy a dar al varón que tanto quieres.
Odilón se rió, cínico.
—Eso dicen todas.
—Pruébame —susurró ella al oído—. Hazme tu mujer oficial ante los ojos de Dios y del mundo, o por lo menos trátame como tal, y yo te juro, por mi vida, que te voy a dar un príncipe. Un heredero.

El viejo la miró. Vio la juventud, la salud que emanaba de ella, la certeza en sus ojos negros. Y quiso creer. La desesperación de un hombre poderoso sin legado es un arma peligrosa.
—Si me das un varón, Amanda… —dijo él, con la voz ronca—, te pongo casa a tu nombre, te lleno de oro y serás la reina de todas mis mujeres. Nadie estará por encima de ti. Pero si me fallas…
—No voy a fallar —cortó ella.

Dos meses después, Amanda miró las dos rayitas azules en la prueba de embarazo.
Sonrió frente al espejo del baño de mármol.
—Ya la hiciste, Amanda —se dijo—. Ya tienes al viejo en la bolsa.
Salió del baño gritando de alegría, fingida y real al mismo tiempo.
—¡Papito! ¡Mi amor! ¡Ya pegó!
Odilón llegó esa tarde con mariachis. Lloró cuando vio la prueba. Abrazó a Amanda, besó su vientre plano.
—¡Es niño! ¡Lo siento en los huesos, es niño! —gritaba el cacique, disparando su pistola al aire desde el balcón, borracho de felicidad.

Desde ese día, Amanda dejó de caminar. Levitaba.
El servicio doméstico tenía órdenes estrictas: la señora Amanda no mueve un dedo.
—Tráiganme jugo de naranja recién exprimido.
—Quiero mangos, pero de los de Manila, búsquenlos donde sea.
—Esta sopa está fría, llévensela.
Trataba a las sirvientas peor de lo que la trataron a ella en su casa. Tal vez para vengarse de su propio pasado.
Las otras amantes de Odilón rabiaban de envidia. La esposa legítima se encerró en su mansión, humillada por el descaro con el que Odilón presumía el embarazo de “la chulita esa”.

Amanda se acariciaba la barriga frente al espejo gigante de su habitación.
—Tienes que ser niño —le susurraba al feto que crecía dentro de ella—. Escúchame bien, escuincle. Tienes que ser niño. No te atrevas a salirme con una “rajadita”. Si eres niña, no vales nada. Si eres niño, eres el rey. Y yo soy la reina madre.

Se convenció a sí misma de que su voluntad era tan fuerte que podía cambiar la biología. Ignoró las probabilidades. Ignoró a la naturaleza. En su arrogancia, Amanda creyó que podía mandar sobre la vida misma.
—Voy a tener un niño —repetía como un mantra—. Un varón. Un varón.

Y así pasaron los nueve meses. Entre algodones, caprichos y una soberbia que crecía al mismo ritmo que su vientre. Odilón estaba extasiado. Ya había comprado una cuna importada de Italia, ropa azul, juguetes de niño. Ya hablaba de “Odilón Junior”.

La trampa estaba puesta. Y Amanda, ciega por las luces de su propio éxito, no veía que estaba caminando directo hacia el abismo. Porque el río de la vida tiene sus propias corrientes, y a veces, lo que trae la marea no es lo que uno pidió.

La noche del parto llegó con una tormenta eléctrica que sacudió las palmeras de Veracruz. Los truenos retumbaban como advertencias. Amanda rompió fuente en medio de gritos de dolor que no eran fingidos.
—¡Ya viene! ¡Ya viene el heredero! —gritaba Odilón, paseándose por el pasillo del hospital privado, con una botella de tequila en la mano.

Adentro, Amanda pujaba, sudando, con el maquillaje corrido y el miedo empezando a asomar por primera vez en sus ojos.
—Vamos, Amanda, empuja —le decía el doctor.
—¡Saca al niño! —gritaba ella—. ¡Sácalo ya!

Y entonces, el bebé salió.
Hubo un silencio de un segundo. Un segundo eterno.
Luego, el llanto. Un llanto agudo, fuerte.
Amanda se incorporó a medias, jadeando.
—¿Qué es? —preguntó, exigente—. ¡Díganme que es niño!

El doctor la miró por encima de la mascarilla. Sus ojos no tenían la chispa de felicitación que ella esperaba.
La enfermera limpió al bebé y lo envolvió en una manta… rosa.
—Felicidades, señora —dijo la enfermera con voz suave—. Es una niña preciosa.

El mundo de Amanda se detuvo. El sonido de la lluvia golpeando la ventana desapareció. El dolor del parto desapareció. Solo quedó un frío glacial en su pecho.
—¿Qué dijiste? —susurró Amanda, con los ojos inyectados de locura.
—Es una niña —repitió el doctor—. Una nena muy sana.

—¡No! —el grito de Amanda desgarró la garganta—. ¡Mienten! ¡Es un error! ¡Revisen bien! ¡Yo prometí un varón!
Trató de levantarse de la camilla, histérica, manoteando. Las enfermeras tuvieron que sujetarla.
—Cálmese, señora, le va a hacer daño a la bebé.
—¡Quítenmela! —lloraba Amanda, pero no eran lágrimas de amor. Eran lágrimas de terror puro—. ¡No la quiero! ¡Él me va a matar! ¡Me va a echar a la calle!

En el pasillo, Odilón esperaba la noticia. Amanda sabía que en cuanto esa puerta se abriera y le dijeran “es niña”, su corona se caería al suelo. Los lujos, la casa, el poder… todo se esfumaría. Volvería a ser la sirvienta, la nadie. O peor, sería la burla.

Miró a la criatura que la enfermera intentaba ponerle en los brazos. La bebé la miró con ojos oscuros, inocentes, buscando calor.
Amanda no sintió amor. Sintió odio. Odio por esa pequeña cosa que había arruinado su plan perfecto.
Y en ese instante, en la oscuridad de su mente retorcida por la ambición, nació una idea. Una idea terrible.
Si no había niño… no habría niña tampoco.
Tenía que deshacerse del “problema”. Y tenía que hacerlo rápido.

Esa noche, mientras Odilón dormía borracho en la sala de espera, creyendo que aún no nacía, o que había complicaciones, Amanda tramó su siguiente paso. Un paso que la llevaría directo al puente sobre el río, donde la oscuridad escondería su pecado… o eso creía ella.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: LA NOCHE QUE EL RÍO LLORÓ

La tormenta había cesado, dejando tras de sí un silencio húmedo y pesado que envolvía la Hacienda “La Esperanza”, el refugio campestre donde Don Odilón había escondido a Amanda para el alumbramiento. Era una ironía cruel el nombre del lugar, porque esa noche, la esperanza estaba a punto de ser estrangulada por manos humanas.

En la habitación principal, una estancia enorme con techos de vigas de madera y muebles de caoba tallada, el aire olía a sangre, sudor y alcohol. Amanda yacía en la cama king size, con el cabello pegado a la frente y la respiración agitada. A su lado, en una cuna de mimbre forrada con seda blanca, estaba el “problema”.

La partera, una mujer vieja llamada Doña Chuy, a quien Odilón había pagado una pequeña fortuna por su discreción, se limpiaba las manos en una palangana de peltre. Su rostro estaba pálido. Sabía que algo andaba mal, no con la bebé, sino con la madre.

—Es una niña preciosa, patrona —repitió Doña Chuy con voz temblorosa, tratando de romper la tensión que se sentía en el cuarto como un cable de alta tensión a punto de reventar—. Mírela, tiene sus ojos.

Amanda giró la cabeza lentamente. Sus ojos, esos ojos negros que habían enamorado a un cacique, ahora estaban vacíos, fríos como el fondo de un pozo. Miró el bulto en la cuna. No vio a una hija. No vio un milagro. Vio su sentencia de muerte. Vio el fin de los lujos, el regreso a la pobreza, la humillación pública. Vio a Odilón echándola a la calle como a un perro sarnoso en cuanto se le pasara la borrachera y entrara a ver a su “heredero”.

—No es un niño —susurró Amanda. Su voz sonaba rasposa, metálica.
—Pero está sanita… —insistió la partera.
—¡Cállate! —siseó Amanda, incorporándose con un gemido de dolor. El dolor físico del parto no era nada comparado con el terror pánico que le devoraba las entrañas—. Tú no entiendes. Él quiere un varón. Me va a matar, vieja estúpida. Nos va a matar a las dos si se entera que le fallé.

Doña Chuy dio un paso atrás, asustada por la locura que brillaba en la mirada de la muchacha.
—Yo… yo no diré nada, señora. Pero el patrón está afuera, esperando.
—¿Está despierto? —preguntó Amanda, con el instinto de supervivencia afilado como una navaja.
—No… creo que se quedó dormido en el sillón de la sala. Se acabó la botella de tequila él solo celebrando antes de tiempo.

Una idea oscura, viscosa y terrible comenzó a formarse en la mente de Amanda. Era una idea que ningún ser humano, mucho menos una madre, debería tener. Pero Amanda ya no era una madre. Era una bestia acorralada.

—Dame a la niña —ordenó.
—Señora, tiene que descansar…
—¡Que me la des! —gritó, pero bajito, para no despertar al ogro que dormía en la sala.

La partera, temblando, tomó al bebé envuelto en una manta rosa y se lo entregó. La niña era pequeña, de piel suave y sonrosada. Dormía plácidamente, ajena al monstruo que la sostenía. Amanda sintió el calor del cuerpecito, pero su corazón no se descongeló. Al contrario, se endureció más. Ese calor era el calor de la traición.

—Vete, Chuy —dijo Amanda, sacando de debajo de su almohada un fajo de billetes que tenía guardado “por si acaso”—. Toma. Esto es más de lo que ganas en diez años. Vete por la puerta de servicio. Desaparece. Si alguien te pregunta, tú entregaste un niño sano y te fuiste. ¿Entendiste?

La vieja miró el dinero y luego a Amanda. Vio la determinación asesina en sus ojos. Sabía que si se quedaba, podría terminar mal. Agarró el dinero con manos rapaces, asintió y salió corriendo de la habitación sin mirar atrás. El miedo al patrón y la codicia pudieron más que su conciencia.

Amanda se quedó sola. Sola con su pecado.

Se levantó de la cama. Las piernas le temblaban, le dolía el vientre, sangraba. Pero la adrenalina es una droga potente. Caminó hacia el ventanal que daba al jardín trasero. La hacienda estaba construida al borde del río Papaloapan, en una zona alta donde la corriente era rápida y profunda.

Miró a la niña en sus brazos. La bebé abrió la boca en un bostezo mudo, buscando instintivamente el pecho.
—No hay leche para ti —murmuró Amanda con desprecio—. No hay nada para ti. Tú eres mi ruina. Eres una inútil. Una vieja más en un mundo de hombres. Yo prometí un rey, y tú… tú eres basura.

Se envolvió en una bata de seda negra, ocultando al bebé bajo los pliegues de la tela, y abrió la puerta del ventanal. El aire nocturno la golpeó en la cara, trayendo el olor a tierra mojada y jazmines.
El jardín estaba oscuro. Los guardias estaban en la entrada principal, lejos, o dormidos en sus casetas. Nadie vigilaba la parte trasera que daba al río.

Amanda caminó descalza por el pasto húmedo. Cada paso era una agonía física, pero su mente estaba disociada. No sentía el frío en los pies. No sentía el dolor de sus partes íntimas desgarradas por el parto. Solo sentía la urgencia de borrar el error. De hacer “control de daños”.

Llegó al pequeño muelle de madera que se adentraba en el río. El agua corría negra, rápida, murmurando secretos oscuros. La luna llena se asomaba tímidamente entre las nubes, iluminando la escena con una luz espectral.

Amanda se detuvo al borde. Debajo de ella, el río abría sus fauces.
Miró por última vez el bulto. La niña empezó a inquietarse, soltando un gemido suave, un “ñe, ñe” que en cualquier otra mujer hubiera despertado el instinto de protección más feroz. En Amanda, solo despertó prisa.

—Perdóname —dijo, no porque lo sintiera, sino porque era lo que se suponía que debía decirse en las películas—. Pero no puedo volver a ser pobre. No voy a volver a lavar ajeno. No voy a volver a ese pueblo de muerte.

Desató la manta rosa. No quería que nada flotara y la delatara. Envolvió a la bebé en un trozo de tela de yute vieja que encontró en una caja de pesca sobre el muelle, algo que se hundiera o se confundiera con la basura del río. Le dejó puesto solo un pequeño brazalete de hilo rojo con un ojo de venado (una semilla de protección) que Doña Chuy le había puesto a la niña al nacer por costumbre supersticiosa. Amanda ni se fijó.

Levantó el bulto con ambas manos.
La niña abrió los ojos. Eran negros, profundos, idénticos a los de Amanda. Por un segundo, madre e hija se miraron. El abismo mirando al abismo.
—Adiós —susurró Amanda.

Y la soltó.

No hubo música dramática. No hubo truenos. Solo un splash sordo, seco, cuando el cuerpo impactó el agua oscura.
El río se tragó el bulto al instante. La corriente lo atrapó, lo giró y se lo llevó.
Amanda se quedó allí, con las manos vacías suspendidas en el aire.
Esperó verla hundirse. Esperó ver el final.
Pero la oscuridad era total. El río se la había llevado.

Se frotó los brazos, sintiendo un frío que venía de adentro de sus huesos.
—Ya está —se dijo, temblando violentamente—. Ya no existe. Nunca existió.
Se dio la vuelta y caminó de regreso a la casa. Pero ahora, el camino se sentía más largo. Las sombras de los árboles parecían manos que intentaban agarrarla. El canto de los grillos sonaba como acusaciones. “Asesina, asesina”, parecían decir.

Al llegar a la habitación, Amanda sabía que la parte difícil apenas comenzaba. Tenía que actuar. Tenía que mentir como nunca había mentido en su vida.
Entró al baño. Se miró en el espejo. Vio a un fantasma.
Tomó una tijera pequeña del neceser. Respiró hondo y se hizo un corte superficial en el muslo, mezclando su sangre nueva con la sangre del parto. Mancho las sábanas de la cama con violencia, creando una escena de horror. Tiró la cuna al suelo.

Luego, se sentó en el borde de la cama, se cubrió la cara con las manos y soltó un grito. Un grito desgarrador, ensayado, pero cargado de la histeria real de lo que acababa de hacer.
—¡Ayuda! ¡Mi bebé! ¡Ayuda!

La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Don Odilón entró trastabillando, con los ojos rojos por el alcohol y el sueño, pistola en mano.
—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío? —bramó.
Vio la sangre. Vio la cuna volcada. Vio a Amanda llorando en el suelo.
El viejo soltó la pistola y corrió hacia ella.
—¿Amanda? ¿El niño? ¿Dónde está mi hijo?

Amanda levantó la cara, bañada en lágrimas. Se aferró a la camisa de Odilón con uñas y dientes.
—¡Se murió, Odilón! ¡Se murió! —aulló ella—. Nació… nació mal. Estaba morado. No respiraba.
—¿Qué? —Odilón se puso pálido—. ¡No! ¡El doctor dijo que todo iba bien! ¡Dónde está! ¡Quiero verlo!

Este era el momento crítico. Si él pedía el cuerpo, todo se acababa.
Amanda enterró la cara en el pecho del hombre y sollozó con convulsiones.
—La partera… ella dijo que era un castigo. Dijo que venía maldito. Se lo llevó, Odilón. Se lo llevó al río para que el mal no se quedara en la casa. ¡Yo quise detenerla pero no pude! ¡Estaba muy débil!

Era una mentira absurda, llena de superstición de pueblo. Pero Amanda conocía a su público. Sabía que Odilón, a pesar de su dinero y su poder, era un hombre de rancho, supersticioso hasta la médula, temeroso de brujerías y maldiciones.
El hombre se quedó helado. Miró la sangre, miró el dolor de su mujer. Su cerebro alcoholizado procesó la información: Niño muerto. Maldición. Sangre.

—¿Se lo llevó? —preguntó él, con voz ahogada.
—Dijo que tenía que enterrarlo en el agua para que su espíritu no nos persiguiera —mintió Amanda, improvisando sobre la marcha—. ¡Mi hijo! ¡Mi varoncito! ¡Era hermoso, Odilón! ¡Era igualito a ti!

Al escuchar eso, el corazón duro del cacique se rompió. Se dejó caer de rodillas, abrazando a Amanda. Ambos lloraron. Él lloraba la muerte de su sueño, de su linaje. Ella lloraba de alivio, de terror y de la monstruosidad en la que se había convertido.

—Ya, mi reina, ya… —decía Odilón, acariciándole el pelo, llorando como un niño—. Dios da y Dios quita. Maldita sea mi suerte. Maldita sea.
—No me dejes, Odilón. No me dejes sola —suplicó ella.
—Nunca. Tú eres la madre de mi único hijo varón, aunque se haya ido al cielo. Eres mi mujer sagrada.

Amanda cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro del hombre. Había ganado. Había asegurado su posición. Pero afuera, el río seguía corriendo, y el río sabía la verdad. Y lo que Amanda no sabía es que el río no guarda secretos para siempre.

CAPÍTULO 4: EL MILAGRO EN LA CURVA DEL OLVIDO

Mientras en la hacienda reinaba el duelo falso y el olor a mentira, el río Papaloapan continuaba su curso indiferente, serpenteando a través de la selva veracruzana como una serpiente plateada bajo la luna.

Pero el río no era indiferente. El río estaba vivo. Era una entidad antigua que había visto nacer y morir civilizaciones enteras. Esa noche, el río cargaba algo ligero, algo frágil.
La corriente, que usualmente era brava en esa zona, se comportó de manera extraña. En lugar de golpear el bulto contra las piedras o hundirlo en los remolinos, el agua parecía acunarlo. Lo empujaba suavemente hacia el centro, lejos de los caimanes que dormitaban en las orillas, lejos de las ramas que podían rasgar la tela.

La bebé, envuelta en el yute áspero, no lloraba. Tal vez el vaivén del agua le recordaba al vientre materno. Tal vez los ángeles existen y esa noche estaban haciendo horas extra. Flotó durante horas. Pasó por debajo de puentes donde los traileros cruzaban sin saber que una vida pasaba debajo de sus llantas. Pasó frente a pueblos dormidos donde los perros ladraban al sentir su presencia.

Kilómetros río abajo, en una curva olvidada por los mapas, donde la vegetación era tan densa que parecía una muralla verde, estaba la cabaña de Juan y Berenice.
Eran las cuatro de la mañana. La hora más oscura, justo antes del amanecer.

Berenice estaba despierta. Como casi todas las noches, el insomnio era su compañero fiel. Estaba sentada en el pórtico de su casita, desgranando unas mazorcas de maíz a la luz de una lámpara de petróleo. Juan roncaba suavemente en la hamaca de al lado.
El silencio era absoluto, solo roto por el sonido rítmico del río chocando contra las piedras.
De repente, Berenice se detuvo.
—¿Escuchaste eso? —susurró, aunque sabía que Juan estaba dormido.

Aguzó el oído.
Nada. Solo el viento.
“Estás loca, mujer”, se dijo a sí misma. “Ya oyes cosas”.
Siguió desgranando. Crak, crak, crak.
Y entonces, otra vez. Un sonido débil, agudo.
Wah… wah…

Berenice soltó la mazorca. El corazón le dio un vuelco violento en el pecho. Ese sonido. Conocía ese sonido. Lo había escuchado en sus sueños mil veces. Lo había escuchado en las casas de sus vecinas, provocándole envidia y dolor.
Era el llanto de un bebé.

—¡Juan! —gritó, sacudiendo la hamaca con fuerza—. ¡Juan, despierta!
Juan se despertó sobresaltado, manoteando el aire como si peleara con fantasmas.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Se metió una culebra?
—¡Calla! Escucha.

Ambos se quedaron inmóviles.
El llanto vino de nuevo, más claro esta vez, arrastrado por la brisa desde la orilla del río.
Wah… wah…
—Es un niño —dijo Juan, con los ojos abiertos de par en par—. Pero… ¿cómo? Aquí no vive nadie en diez kilómetros a la redonda.
—¡Viene del río! —gritó Berenice, agarrando la lámpara y echando a correr hacia el agua sin ponerse los huaraches.

—¡Espera, mujer! ¡Está oscuro! —gritó Juan, agarrando su machete por instinto y corriendo tras ella.

Llegaron a la orilla jadeando. La luz de la lámpara de petróleo bailaba sobre el agua negra, creando sombras fantasmales.
Berenice escaneaba la superficie con desesperación.
—¿Dónde? ¿Dónde estás? —gritaba al vacío.
—Mira allá —señaló Juan con el dedo tembloroso.

Atorado entre unas raíces de mangle y un tronco podrido, había un bulto oscuro que se movía.
Berenice no lo pensó. No pensó en la corriente, ni en el frío, ni en los animales. Se metió al agua. El vestido se le empapó y pesaba, el lodo le chupaba los pies, pero ella avanzó chapoteando hasta llegar al tronco.
Con manos temblorosas, jaló el bulto hacia ella.

Era una tela de costal, áspera y sucia.
—Dios mío, Dios mío —repetía mientras rasgaba la tela con urgencia.
Y allí, a la luz parpadeante de la lámpara que Juan sostenía en alto, vio el rostro.
Una carita morada de frío, unos puños cerrados, una boca abierta buscando aire y vida.
Estaba viva.

Berenice soltó un alarido que no era humano. Era el grito de veinte años de silencio rompiéndose de golpe.
—¡Está viva, Juan! ¡Es un bebé! ¡Es una niña!
Se la pegó al pecho, mojando al bebé con sus propias lágrimas calientes, tratando de darle calor con su cuerpo.
Juan se acercó, con el agua hasta las rodillas. Miró a la criatura. Extendió un dedo calloso, grande como una salchicha, y tocó la mejilla helada de la niña.
La bebé dejó de llorar. Giró la cabeza y agarró el dedo de Juan con su manita diminuta. Apretó fuerte.

Juan, el hombre que no lloraba, el hombre que había matado sus esperanzas a machetazos, sintió que las rodillas se le doblaban. Cayó al agua, llorando a moco tendido, abrazando a su mujer y al regalo que el río les había traído.
—Nos escuchó, vieja —sollozó Juan—. La Virgencita nos escuchó.

Salieron del río como un solo ser de tres cabezas. Corrieron a la cabaña. Juan avivó el fuego de la estufa de leña mientras Berenice le quitaba los trapos mojados a la niña.
La secaron con toallas suaves que Berenice guardaba en un baúl “por si algún día”. Calentaron leche de cabra.
Cuando la niña estuvo seca, calientita y alimentada, se quedó dormida en los brazos de Berenice.

La miraron durante horas, sin atreverse a hablar, por miedo a romper el encanto.
—¿De dónde habrá venido? —preguntó Juan, mirando la muñeca de la bebé—. Mira, trae una pulserita.
Examinaron el hilo rojo con el ojo de venado. Era una pulsera fina, pero de hechura rústica.
—Alguien la tiró, Juan —dijo Berenice, y su voz se endureció—. Alguien no la quiso.
—¿Quién puede hacer algo así? —Juan negó con la cabeza—. Eso es obra del diablo.
—No importa —dijo Berenice, apretando a la niña contra su pecho—. Ya no es de nadie. El río me la dio. Es mía. Es nuestra.

Juan asintió. Sabía que no irían a la policía. No bajarían al pueblo a reportar nada. Si lo hacían, se la quitarían. Se la llevarían al DIF, a un orfanato. Y eso no iba a pasar. Primero muerto.
—¿Cómo la vamos a llamar? —preguntó él.
Berenice miró la carita de la niña, iluminada por el fuego.
—Milagros —dijo primero—. No, espera…
Recordó todos los años de rezos, todas las lágrimas derramadas en ese mismo río. Recordó cómo el agua se la había traído, suavemente, sin daño.
—Se llamará Marina —dijo Berenice—. Porque vino del agua. Pero… no, necesita un nombre más fuerte. Un nombre que diga que Dios se acordó de nosotros.

Juan miró la imagen de la Virgen de Guadalupe en la pared.
—Guadalupe —sugirió él.
Berenice sonrió.
—Lupita. Nuestra Lupita. Pero de cariño, le diremos “Lluvia”. Porque cayó del cielo a nuestro río.

Y así, en esa cabaña perdida en la selva, mientras el sol comenzaba a salir pintando el cielo de naranja y rosa, se selló un pacto de amor.
Río arriba, Amanda dormía el sueño pesado de la culpa y la victoria vacía.
Río abajo, Lupita dormía el sueño de los salvados.

Los años pasarían rápido, como el agua en los rápidos. Lupita crecería rodeada de un amor tan grande que no cabía en la casa. Crecería sin saber que su madre verdadera era una mujer rica y cruel que vivía a solo unos kilómetros de distancia. Crecería sin saber que ella era la heredera de un imperio manchado de sangre.
Pero la sangre llama. Y el río… el río siempre termina su viaje en el mar, donde todas las aguas se encuentran. El destino de Lupita y Amanda estaba trazado, y el reencuentro sería tan inevitable como la marea.

Pero antes de eso, habría años de luz. Años donde Lupita descubriría que tenía un don. Un don especial en sus manos. Porque quien sobrevive al río, se queda con algo de su poder.

PARTE 3

CAPÍTULO 5: LA FLOR DEL PANTANO

El tiempo en la selva de Veracruz no se mide con relojes, sino con temporadas de lluvia, cosechas de maíz y la altura de los árboles. Y así, como quien no quiere la cosa, pasaron dieciocho años. Dieciocho ciclos de sol y agua que transformaron aquel bulto llorón envuelto en yute en una mujer hecha y derecha.

Lupita, o “Lluvia” como le decían de cariño Juan y Berenice, había crecido con la fuerza de la naturaleza que la rodeaba. No era una belleza de revista, de esas artificiales que se veían en la televisión satelital del pueblo. Su belleza era salvaje, cruda. Tenía la piel del color de la miel derramada, el cabello negro y ondulado que siempre olía a flores de vainilla y río, y unos ojos… ah, esos ojos. Eran dos pozos de agua oscura que parecían ver más allá de la piel, directo al alma de las personas.

En la pequeña comunidad dispersa de “La Curva”, donde las casas estaban separadas por kilómetros de monte, Lupita era una leyenda silenciosa.
—Esa chamaca tiene don —decían las viejas mientras molían café—. Toca a los enfermos y se les baja la fiebre. Le habla a las plantas y crecen el doble.

Lupita no se creía nada de eso. Para ella, su vida era simple. Se levantaba a las cinco de la mañana para ayudar a su papá Juan a ordeñar las cabras. Luego ayudaba a su mamá Berenice a echar las tortillas en el comal de barro.
—Ándale, mija, que se te queman —le decía Berenice, que ya peinaba canas y caminaba despacio por la artritis, pero que tenía la sonrisa más feliz del mundo cada vez que miraba a su hija.
—No se queman, amá, se están dorando, como a mi papá le gustan —respondía Lupita riendo, con esa risa que sonaba a cascabeles.

Pero aunque Lupita amaba a sus padres con locura, había algo en ella que siempre miraba hacia el horizonte, hacia donde el río se ensanchaba y se iba lejos.
A veces, se sentaba en la misma piedra donde Berenice solía rezar, metía los pies en el agua y sentía una tristeza inexplicable, una nostalgia de algo que no conocía.
—¿Quién soy? —le preguntaba al agua—. ¿Por qué siento que vengo de otro lado?

Juan y Berenice vivían con el alma en un hilo. Nunca le habían dicho la verdad. Para Lupita, ella era su hija biológica, un milagro tardío.
—Si se entera que la tiraron… se nos muere de tristeza —le decía Juan a su mujer en las noches, fumando su cigarro de hoja en el pórtico—. O peor, nos odia por no decirle.
—Ella es nuestra, Juan. La sangre no hace familia, el amor sí —respondía Berenice, aunque en el fondo, temía el día en que la verdad saliera a flote. Porque la verdad, como los cadáveres en el río, siempre termina flotando.

Lupita tenía un corazón de oro, pero también tenía una mente brillante. Había terminado la telesecundaria y el telebachillerato con las mejores calificaciones de la zona. Caminaba cinco kilómetros diarios para ir a la escuela, con sus zapatos gastados pero lustrados, y regresaba leyendo libros prestados.
Quería ser enfermera. Quería curar.
—Papá, mamá —les dijo una noche durante la cena de frijoles con queso fresco—. Quiero irme a estudiar a la ciudad. Quiero entrar a la universidad en Veracruz o en Xalapa.

El silencio cayó en la mesa como una losa.
Juan dejó de comer. Berenice se llevó la mano al pecho.
—¿Irte? —balbuceó Berenice—. ¿Dejarnos?
—No es dejarlos, amá. Es progresar. Quiero ayudar a la gente. Miren a Doña Cata, se murió de una infección simple porque no hubo quién le pusiera una inyección a tiempo. Yo no quiero que eso pase. Tengo que ir.

Juan miró a su hija. Vio la determinación en sus ojos, la misma fuerza que tenía el río cuando crecía. Sabía que no podía detenerla.
—Está bien, mi niña —dijo Juan con la voz ronca—. Vamos a romper el cochinito. Vamos a vender lo que haga falta. Tú vas a ser doctora o enfermera o lo que tú quieras. Pero prométeme una cosa.
—Lo que sea, papá.
—Nunca olvides de dónde vienes. Y ten cuidado con la gente de dinero. Esa gente… esa gente no tiene corazón.

Lupita abrazó a su padre, sin entender del todo la advertencia. No sabía que su padre estaba hablando de su propia sangre, de la mujer que la había engendrado.

Lupita se fue a la ciudad. Consiguió una beca por promedio y trabajaba los fines de semana limpiando casas para pagarse la estancia. En la facultad de enfermería, destacaba no solo por lista, sino por su “mano”.
Cuando Lupita hacía las curaciones en el hospital de prácticas, los pacientes dejaban de llorar.
—Tienes manos de ángel, muchacha —le dijo un día un anciano con quemaduras graves—. Cuando me tocas, deja de doler.
Lupita solo sonreía humildemente.
—Es Dios, abuelo. Yo solo soy la herramienta.

Pero no todo era luz. Lupita sentía, a veces, una oscuridad que la acechaba. Tenía pesadillas recurrentes. Soñaba que caía en un abismo negro, frío y húmedo. Soñaba con unas manos con uñas pintadas de rojo que la empujaban. Despertaba sudando, con la sensación de ahogo en la garganta.
—Es el estrés de la escuela —se decía. Pero en el fondo, sabía que era una memoria. Una memoria grabada en sus células.

Un día, el destino decidió mover sus fichas.
Lupita estaba haciendo sus prácticas profesionales en el Hospital General de Veracruz. Le tocaba el turno de noche, el más pesado.
—Lupita, te toca la cama 405 —le dijo la jefa de enfermeras—. Es una paciente complicada. Muy rica, muy prepotente, y nadie la aguanta. Dicen que está loca.

Lupita tomó la charola con los medicamentos y caminó hacia la habitación privada.
Al entrar, el olor a enfermedad y a perfume caro rancio la golpeó.
En la cama yacía una mujer que alguna vez debió ser hermosa, pero que ahora era una sombra. Estaba esquelética, con la piel manchada y grisácea. Tenía el cabello, aún negro, revuelto sobre la almohada.
La mujer abrió los ojos al escuchar a Lupita. Eran ojos negros, profundos, llenos de terror y amargura.

—¿Quién eres? —graznó la mujer.
—Soy Lupita, su enfermera de noche. Vengo a darle su medicina para el dolor.
La mujer la miró fijamente. Algo en la cara de Lupita, tal vez la forma de los ojos, tal vez la voz, hizo que la paciente se estremeciera.
—No quiero medicina. Quiero que se callen —susurró la mujer, tapándose los oídos—. ¿No los oyes?
—¿A quiénes, señora?
—A los bebés. Al bebé que llora en el agua. Wah, wah, wah. ¡Que se calle!

Lupita sintió un escalofrío. Ese llanto. Ella también lo había escuchado en sus sueños.
Se acercó a la cama y, rompiendo el protocolo, tomó la mano de la mujer. La mano estaba fría, huesuda, llena de anillos de oro que le bailaban en los dedos flacos.
—Tranquila, señora… ¿cómo se llama?
La mujer la miró con desesperación.
—Soy Amanda. Amanda Rosales viuda de Odilón. La dueña de todo… y de nada.

Lupita no lo sabía, pero estaba sosteniendo la mano de su madre. Y Amanda no lo sabía, pero estaba siendo tocada por la hija que asesinó.
En ese instante, una chispa eléctrica saltó entre las dos. Amanda dejó de temblar por un segundo.
—Tú… —murmuró Amanda, drogada por los calmantes y la fiebre—. Tú te pareces a alguien.
—Debe ser a mi mamá, dicen que tengo sus ojos —respondió Lupita inocentemente, pensando en Berenice.
—No… —Amanda cerró los ojos, exhausta—. Tú tienes luz. Yo tengo oscuridad. Vete, niña. Vete antes de que te contamine.

Lupita salió de la habitación temblando. No entendía por qué, pero sentía unas ganas inmensas de llorar. Sentía pena por esa mujer rica y miserable. Y sentía, muy en el fondo, un miedo atroz. Como si acabara de ver a un fantasma.

CAPÍTULO 6: EL PALACIO QUE SE PUDRE

Para entender cómo Amanda llegó a esa cama de hospital, convertida en un espectro, hay que regresar un poco en el tiempo. Hay que ver cómo el oro, cuando está manchado de sangre, termina oxidándose y envenenando al que lo porta.

Después de aquella noche en el río, Amanda consiguió lo que quería. Don Odilón, destrozado por la “muerte” de su supuesto hijo varón, se volcó en atenciones hacia ella.
—Tú eres la madre de mi ángel —le decía borracho—. Tú eres la única que vale la pena.
Amanda se convirtió en la dueña y señora de la hacienda. Las otras amantes fueron despachadas con una miseria. La esposa legítima murió de un infarto (o de tristeza) un año después, y Amanda, astuta como una serpiente, logró que Odilón se casara con ella por lo civil y por la iglesia.

Tenía todo. Las camionetas blindadas, las joyas de Cartier, los viajes a Europa, las sirvientas que le tenían pavor. Se vestía con ropa de diseñador, se operó la nariz, los pechos, las nalgas. Se convirtió en una “Señora de Sociedad”, aunque la alta sociedad de Veracruz siempre la miró como lo que era: una advenediza con suerte.

Pero había un vacío que ninguna cirugía ni ningún diamante podía llenar.
Odilón quería intentar tener otro hijo.
—Todavía estamos a tiempo, mi reina —le decía—. Vamos a buscar al varoncito otra vez.
Pero el cuerpo de Amanda, o tal vez su alma, se cerró.
No volvió a quedar embarazada. Jamás.
Fue a los mejores doctores en Houston, en Ciudad de México.
—Señora, no hay explicación —le decían—. Usted es fértil, su marido es fértil. Pero su cuerpo rechaza la vida.
Era como si su matriz supiera lo que había hecho sus manos y se hubiera declarado en huelga permanente. “Aquí no crece nada más”, parecía decir su cuerpo.

Con los años, la relación con Odilón se volvió tóxica. Él empezó a culparla. Empezó a beber más. Empezó a buscar a otras mujeres más jóvenes. Amanda, aterrada de perder su estatus, se volvió celosa, paranoica. Contrataba detectives, hacía escándalos, consultaba brujos para hacer “amarres”.
Su vida se volvió un infierno dorado.

Y entonces, la muerte vino a cobrar la factura.
Don Odilón murió de un infarto fulminante en medio de una fiesta, con un vaso de whisky en una mano y un puro en la otra. Cayó seco, muerto antes de tocar el suelo.

El velorio fue un circo. Las hijas legítimas de Odilón, esas a las que él había ignorado por años, llegaron como buitres. Llegaron con abogados, con notarios, con odio en los ojos.
—Tú no eres nadie, gata igualada —le gritó la hija mayor a Amanda frente al ataúd—. Te vamos a quitar hasta los calzones.

La guerra por la herencia fue brutal. Amanda peleó con uñas y dientes. Tenía el acta de matrimonio, tenía testamentos. Logró quedarse con la Hacienda “La Esperanza” y una cuenta bancaria considerable, pero las hijas le quitaron los negocios, el ganado, las inversiones.
Amanda se quedó rica, sí, pero sola. Y aislada.

Se encerró en la mansión. La casa, que antes bullía con fiestas y gente aduladora, se quedó en silencio. El servicio doméstico empezó a renunciar. Decían que en la casa “asustaban”.
—Señora, anoche oí llorar a un bebé en el pasillo —le dijo una cocinera temblando.
—¡Son gatos! —gritó Amanda—. ¡Lárgate si tienes miedo!
Pero ella también lo oía.
Al principio era solo en las noches de tormenta. Luego fue todas las noches.
Wah… wah…
Un llanto suave, ahogado, como si viniera de abajo del agua.

Amanda dejó de dormir. Se pasaba las noches caminando por los pasillos vacíos de la mansión, con una copa de vino en la mano, encendiendo todas las luces.
Y entonces empezó la enfermedad.
No empezó con dolor. Empezó con manchas.
Pequeñas manchas oscuras en sus manos, en sus brazos. Como moho.
Fue al dermatólogo.
—Es estrés, señora. O una reacción alérgica.
Le dieron cremas. No funcionaron.
Las manchas se convirtieron en llagas. Su piel, esa piel que tanto había cuidado con cremas importadas, empezó a secarse, a agrietarse, a oler mal.
Se le cayó el pelo a mechones. Perdió peso. Los dientes se le aflojaron.

Visitó oncólogos, internistas, infectólogos. Le hicieron biopsias, resonancias, escáneres.
—No sabemos qué es —era la respuesta constante—. Sus órganos están fallando, pero no hay causa aparente. Es como si su cuerpo se estuviera apagando solo. Como si se estuviera pudriendo en vida.

Desesperada, Amanda recurrió a lo único que le quedaba: la brujería.
Mandó traer a una santera famosa de Catemaco, una mujer vieja y ciega llamada Mamá Toña.
La bruja entró a la mansión y se detuvo en la puerta. Arrugó la nariz.
—Aquí huele a sangre inocente —dijo la vieja, escupiendo al suelo.
Llevaron a la bruja a la habitación de Amanda.
La vieja tocó la piel escamosa de Amanda y retiró la mano como si la hubiera quemado.
—Tú no estás enferma de cuerpo, mujer. Tú estás enferma de alma.
—¡Cúrame! —suplicó Amanda, llorando—. ¡Te doy lo que quieras! ¡Tengo oro, tengo dólares!
—El oro no compra el perdón de los muertos —dijo la bruja con voz cavernosa—. Hay alguien que clama justicia. Alguien a quien le negaste la vida. El agua te reclama.

Amanda se puso pálida bajo su maquillaje corrido.
—Yo… yo perdí un hijo… nació muerto… —mintió por hábito.
La bruja soltó una carcajada seca, horrible.
—¡No mientas a quien ve en la oscuridad! —gritó—. Tú lo tiraste. Tú lo diste al río. Y el río está enojado. Te estás pudriendo porque tu pecado te está comiendo desde adentro.
—¿Qué puedo hacer? —susurró Amanda, temblando.
—Solo hay una cura —dijo la bruja, acercándose a su oído—. Tienes que encontrar lo que perdiste.
—¿Encontrar qué? ¿El cadáver?
—¡No está muerta, estúpida! —la revelación golpeó a Amanda como un mazo—. El río no mata a los inocentes. La niña vive. Y solo si ella te perdona, de corazón, tú vivirás. Si no la encuentras antes de la próxima luna llena… te vas a convertir en polvo.

La bruja se fue, dejando a Amanda en un estado de shock.
¿Viva? ¿La niña estaba viva?
Era imposible. Habían pasado dieciocho años.
Pero entonces recordó el llanto. El llanto que la perseguía. Tal vez no era un fantasma. Tal vez era un llamado.

Amanda se miró en el espejo. Vio a un monstruo. La muerte le respiraba en la nuca. Tenía miedo. Un miedo atroz al infierno, porque sabía que se lo había ganado.
“Tengo que encontrarla”, pensó. No por amor. No por arrepentimiento. Sino por egoísmo puro. Quería vivir.
—Si está viva… tiene que estar río abajo. El río se la llevó.

Al día siguiente, Amanda usó sus últimas fuerzas. Contrató a un investigador privado, un hombre turbio que hacía trabajos sucios.
—Busca en los pueblos río abajo —le ordenó, tosiendo sangre—. Busca a una muchacha de 18 años. Una expósita. Alguien que haya aparecido de la nada. Busca rumores de un bebé encontrado en el agua.
—¿Tiene alguna seña particular? —preguntó el hombre.
Amanda cerró los ojos y recordó esa noche en el muelle. El único detalle que su mente había guardado.
—Una pulsera. Una pulsera de hilo rojo con un ojo de venado. Se fue con ella puesta.

El investigador se fue. Y Amanda terminó en el hospital esa noche, colapsada, donde el destino, con su sentido del humor macabro, le mandó a su propia hija a darle calmantes.
Lupita había estado ahí, tocándole la mano, y Amanda no la había reconocido. La ironía era perfecta. La salvación había estado al alcance de su mano, y la había dejado ir.

Mientras tanto, en la casa de huéspedes donde vivía Lupita, la joven enfermera no podía dormir. Se miraba las manos. Sentía un calor extraño en las palmas desde que tocó a esa mujer. Y tuvo un impulso repentino.
Fue a su cajón y sacó una cajita de madera vieja donde guardaba sus tesoros.
Sacó una pulsera. Una pulsera vieja, de hilo rojo deshilachado, con una semilla de ojo de venado desgastada por el tiempo.
Su mamá Berenice se la había dado cuando cumplió 15 años.
—Esta traías puesta cuando… cuando naciste —le había dicho Berenice, nerviosa—. Es tu protección.

Lupita se puso la pulsera. Le quedaba justa.
Sintió una corriente eléctrica.
—Algo va a pasar —le dijo a la soledad de su cuarto—. Algo grande viene.

El río de la vida estaba a punto de chocar con el mar de la verdad. Y la colisión iba a destruir a una y a liberar a la otra.
Amanda tenía los días contados. La luna llena se acercaba. Y el investigador estaba a punto de llegar al pueblo de “La Curva”, preguntando por una niña que vino del agua

CAPÍTULO 7: EL SABUESO Y LA VERDAD QUE SANGRA

El hombre que bajó del autobús en el cruce de caminos de “La Curva” no parecía pertenecer a ese lugar. Llevaba una guayabera manchada de sudor, zapatos de ciudad llenos de polvo y unos lentes oscuros que ocultaban una mirada de depredador. Se llamaba Rutilio, pero en el bajo mundo de los “trabajitos” en Veracruz le decían “El Sabueso”. No por su olfato, sino porque una vez que mordía una presa, no soltaba hasta que le sacaba el hueso.

Amanda le había pagado una fortuna. Un anticipo en efectivo que Rutilio ya se había gastado en apuestas y mujeres. Ahora necesitaba el resto. La orden era clara: “Busca a la niña del río. Busca la pulsera”.

Rutilio entró a la única tienda de abarrotes del pueblo, pidió una Coca-Cola bien fría y se recargó en el mostrador, espantándose las moscas.
—Oiga, doña —le dijo a la encargada, una anciana curiosa—. Ando buscando a una familia. Dicen que tienen una hija muy chula, una que estudia enfermería en la ciudad.
La anciana sonrió, mostrando las encías.
—Ah, debe ser la Lupita. La hija de Juan y Berenice. Es el orgullo de este rancho, esa muchacha. Un ángel.
—¿Ah, sí? —Rutilio encendió un cigarro, aunque había un letrero de no fumar—. Y dígame, ¿se parece a sus papás? Porque Juan es medio indio y la señora Berenice muy morena, ¿no?
—Pues… —la anciana dudó, bajando la voz—. La verdad, no mucho. La Lupita es más… fina. Tiene un porte distinto. Pero es hija de ellos, claro. Llegó… bueno, llegó de repente hace años. Decían que un pariente se las dejó, pero la gente dice que fue un milagro.
—Un milagro… —Rutilio sonrió. Sus dientes amarillos brillaron—. ¿Y dónde viven esos suertudos?

Media hora después, Rutilio estaba parado frente a la cerca de madera de la casa de Juan.
Juan estaba en el patio, afilando su machete con una piedra de río. Al ver al desconocido, su instinto de padre se erizó. Dejó de afilar, pero no soltó el machete.
—Buenas tardes —dijo Rutilio, sin quitarse los lentes.
—Buenas —respondió Juan, seco—. ¿Qué se le ofrece?
—Ando buscando a Guadalupe. Lupita.
—No está. Estudia en el puerto. ¿Quién la busca?
—Un amigo de su verdadera madre.

El mundo de Juan se detuvo. El sonido de los pájaros, el viento en los árboles, todo se apagó. Solo quedó el zumbido de la sangre en sus oídos.
—Lárguese —gruñó Juan, apretando el mango del machete—. Su madre es mi mujer, Berenice. No hay otra.
Rutilio soltó una risita cínica. Sacó un sobre de su bolsillo.
—Mire, don. No nos hagamos pendejos. Yo sé que esa niña no es suya. Sé que la encontraron en el río hace dieciocho años. Y sé que traía una pulsera.
Juan se puso pálido. Berenice, que había salido al escuchar voces, se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.

—¿Cómo… cómo sabe? —susurró Berenice, temblando.
—La mujer que la tiró… digo, la mujer que la perdió, la está buscando. Se está muriendo, doña. Y quiere ver a su hija antes de estirar la pata. Hay mucho dinero de por medio. Si me dicen dónde está la pulsera, les puedo dar una tajada.

—¡Nosotros no queremos su dinero sucio! —gritó Juan, dando un paso adelante, amenazante—. ¡Esa niña es nuestra! ¡Nosotros la curamos, nosotros la criamos! ¡Esa mujer la tiró como basura!
—Ah, entonces sí la tiraron —confirmó Rutilio, satisfecho—. Gracias por el dato, jefe.

Juan alzó el machete, ciego de rabia y miedo.
—¡Si se acerca a mi hija, lo mato! ¡Lo mato como a un perro!
Rutilio retrocedió, levantando las manos, pero sin perder la sonrisa burlona.
—Tranquilo, viejo. No hace falta violencia. La verdad siempre sale. Y créame, a la muchacha le va a interesar saber que su mamá es millonaria y no un par de campesinos muertos de hambre.

Rutilio se dio la vuelta y caminó hacia su coche. Ya tenía la confirmación. Ahora solo faltaba la pieza final. Fue directo al Hospital General de Veracruz.

Lupita estaba en su turno, cansada pero feliz. Había logrado canalizar a un niño difícil y se sentía orgullosa. De pronto, una enfermera le avisó:
—Lupita, te buscan en la sala de espera. Un hombre. Dice que trae noticias de tu familia.

Lupita sintió un vuelco en el estómago. ¿Le habría pasado algo a sus papás?
Corrió a la sala de espera. Allí estaba Rutilio, sentado con las piernas abiertas, leyendo un periódico.
—¿Usted me busca? —preguntó ella.
Rutilio bajó el periódico y la miró. Sí, era ella. Tenía los mismos ojos que la loca de Amanda. Los mismos rasgos finos. Era innegable.
—Tú eres Guadalupe. La que tiene la pulsera de ojo de venado.
Lupita se tocó instintivamente la muñeca. Llevaba la pulsera puesta, oculta bajo la manga del uniforme.
—¿Quién es usted?
—Soy el que te va a cambiar la vida, chula. Siéntate. Te voy a contar un cuento. El cuento de una princesa que tiraron al agua y de unos viejos que se la robaron.

Lupita escuchó. Al principio con incredulidad, luego con horror. Rutilio no tuvo tacto. Le soltó la historia cruda: la mujer rica, el embarazo oculto, el río, el hallazgo.
—Tus “papás” te han mentido toda la vida, niña. No eres de ellos. Eres una Rosales. Y tu madre verdadera te está esperando para heredarte todo.
—¡Es mentira! —gritó Lupita, con lágrimas en los ojos—. ¡Mis papás me aman!
—Claro que te aman. Pero te robaron. ¿Por qué crees que nunca te dijeron nada? ¿Por qué crees que te escondieron en el monte? Pregúntales. Ve y pregúntales.

Rutilio se fue, dejándole una tarjeta con la dirección de la Hacienda “La Esperanza”.
Lupita se quedó parada en medio del hospital, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies. Todo encajaba. Sus sueños de ahogamiento. Su falta de parecido físico. Los susurros de la gente del pueblo.
Pidió permiso para salir. Tomó el primer autobús a “La Curva”. Lloró todo el camino. No lloraba por el dinero, ni por la madre rica. Lloraba porque sentía que su vida entera había sido una mentira piadosa.

Llegó a casa de noche. Juan y Berenice la esperaban sentados en el pórtico, a oscuras. Sabían que el hombre iría con ella.
Al verla bajar del taxi, con los ojos hinchados y la pulsera apretada en la mano, Berenice rompió en llanto.
—¡Hija! —corrió a abrazarla.
Lupita se dejó abrazar, pero su cuerpo estaba rígido.
—¿Es verdad? —preguntó, con la voz rota—. ¿Es verdad que me encontraron en el río?

Juan se acercó, con la cabeza gacha, derrotado.
—Sí, mi niña. Es verdad.
Lupita sintió que le arrancaban el corazón.
—¿Por qué no me dijeron? ¿Por qué?
—Porque teníamos miedo —dijo Berenice, cayendo de rodillas, abrazando las piernas de Lupita—. Teníamos miedo de que te llevaran. De que te devolvieran a quien te quiso matar. Porque tú venías morada de frío, mi amor. Alguien te tiró para que te murieras. Nosotros solo queríamos salvarte.

Lupita miró a esos dos ancianos, humildes, destrozados por el amor y el miedo. Recordó todas las tortillas que Berenice le hizo. Todos los sacrificios de Juan para comprarle libros. Recordó el calor de ese hogar.
Y entendió. Entendió que la sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia.
Se agachó y abrazó a Berenice y a Juan. Los tres lloraron bajo la luna, un llanto que limpiaba y sanaba.
—Ustedes son mis padres —sollozó Lupita—. Nadie más.

Pero la duda ya estaba sembrada. Y la curiosidad, mezclada con una extraña necesidad de cierre, pulsaba en su mente.
—Ese hombre… dijo que la mujer que me parió se está muriendo —dijo Lupita después de un rato—. Dijo que me necesita.
—No vayas —suplicó Juan—. Esa mujer es mala. Es el diablo.
—Tengo que ir, papá —dijo Lupita, secándose las lágrimas—. No por ella. Sino por mí. Necesito verla a los ojos. Necesito saber por qué. Y necesito… necesito perdonarla para poder ser libre.

A la mañana siguiente, Lupita tomó una decisión. No iría a buscarla a la hacienda. Había una fiesta grande en el pueblo de San Pedro ese fin de semana. La fiesta patronal. Rutilio le había dicho que Amanda estaba desesperada. Si Amanda quería verla, tendría que ser en los términos de Lupita. En su terreno.

Mientras tanto, en la mansión, Rutilio le entregó la información a Amanda.
—La encontré, patrona. Está en La Curva. Pero mañana van a estar en la fiesta de San Pedro. La muchacha va a recibir un reconocimiento del municipio por sus estudios.
Amanda, que apenas podía sostenerse en pie, con la piel cayéndosele a pedazos y un dolor que le carcomía los huesos, sonrió con sus labios agrietados.
—Llevame —graznó—. Llevame a San Pedro. Tengo que llegar antes de que salga la luna llena.

CAPÍTULO 8: LA DANZA DE LA VIDA Y LA MUERTE

El pueblo de San Pedro de las Tunas estaba de fiesta. La plaza principal era un estallido de colores y sonidos. Papel picado de colores brillantes cruzaba las calles de lado a lado, ondeando con la brisa caliente. La marimba orquesta tocaba zapateados alegres en el kiosco central. Había puestos de elotes, de churros, de tacos de cochinita. Los niños corrían con globos y las mujeres estrenaban sus mejores vestidos.

Era un día especial. El presidente municipal iba a entregar reconocimientos a los jóvenes destacados de la región, y Lupita estaba en la lista.
Lupita estaba allí, de pie cerca del kiosco, vestida con un traje regional blanco con bordados de flores rojas. Se veía hermosa, radiante, pero sus ojos escaneaban la multitud con nerviosismo.
Juan y Berenice estaban a su lado, vestidos de gala, protegiéndola como dos leones viejos.
—No va a venir, hija —decía Juan—. Está enferma.

Pero Amanda sí venía.
La camioneta de lujo se detuvo a unas cuadras de la plaza. El chofer abrió la puerta y el olor a podredumbre salió del vehículo.
Amanda intentó bajar. Sus piernas, flacas como ramas secas y llenas de úlceras, le fallaron. Cayó al suelo polvoriento.
—¿Le ayudo, señora? —preguntó el chofer, haciendo una mueca de asco.
—¡No me toques! —gritó Amanda con la poca voz que le quedaba—. Yo puedo sola. Tengo que llegar.

Se levantó a duras penas. Se cubrió la cabeza y la cara con un rebozo negro para ocultar las llagas y la calvicie. Empezó a caminar hacia la música. Cada paso era un cuchillo en sus articulaciones. La gente se apartaba al verla pasar. No sabían quién era, pero sentían la muerte rondándola. Parecía una aparición, una “Llorona” de día.

Llegó a la orilla de la plaza. El ruido de la fiesta la aturdió. Vio el kiosco. Vio la luz.
Y entonces la vio.
Vio a la muchacha de blanco. Vio la piel morena, el cabello negro, la postura orgullosa.
Era ella. Era su sangre. Era la vida que ella había despreciado.
Y en la muñeca de la muchacha, brillando bajo el sol, estaba la pulsera roja.

Amanda sintió que el corazón le iba a estallar. Quiso correr, pero sus piernas colapsaron. Cayó de rodillas en la entrada de la plaza.
—¡Hija! —trató de gritar, pero solo salió un gemido ronco.
Nadie la oyó por la música.
Desesperada, Amanda empezó a arrastrarse. Se arrastró por el pavimento caliente, raspándose las rodillas sangrantes. Se arrastró entre la gente que bailaba, empujando piernas, siendo pisada.
—¡A un lado! —jadeaba—. ¡Déjenme pasar!

La gente empezó a notar a la mujer que se arrastraba. La música de la marimba se detuvo poco a poco. El silencio se extendió como una mancha de aceite por la plaza.
—¿Quién es esa? —murmuraban.
—Parece una pordiosera. O una leprosa.
—¡Dios mío, miren sus manos!

Se abrió un círculo alrededor de Amanda. Ella quedó en el centro, tirada en el suelo, levantando una mano esquelética hacia el kiosco.
Lupita, desde la altura de la tarima, vio el alboroto. Vio el círculo. Y vio a la mujer en el suelo.
Reconoció el rebozo. Reconoció los ojos negros que la habían mirado con terror en el hospital.
El corazón de Lupita empezó a latir como un tambor de guerra.
—Es ella —susurró.

Berenice agarró el brazo de Lupita.
—No vayas, mi amor. No vayas.
Lupita se soltó suavemente.
—Tengo que hacerlo, mamá.
Bajó los escalones del kiosco. Sus huaraches hacían un sonido suave contra la piedra. La multitud se apartó para dejarla pasar. Parecía una procesión sagrada. La niña del río caminando hacia la mujer que la quiso ahogar.

Lupita se detuvo a dos metros de Amanda.
Amanda alzó la vista. El rebozo se le resbaló, revelando su rostro desfigurado por la enfermedad. La gente ahogó un grito de horror. Parecía un cadáver viviente.
—Tú… —dijo Amanda, llorando lágrimas que le ardían en la piel—. Tú eres mi hija.
Lupita la miró desde arriba. No con odio, sino con una lástima inmensa.
—Yo soy Lupita, hija de Juan y Berenice —dijo con voz firme, que resonó en toda la plaza—. ¿Quién es usted y qué quiere?

Amanda se arrastró un poco más, tratando de tocar los pies de Lupita.
—Soy tu madre… soy Amanda. Yo te parí. Mírame… me estoy muriendo. La bruja dijo… dijo que solo tú puedes salvarme. Dijo que necesito tu perdón.
La multitud empezó a murmurar. El chisme corrió como pólvora. “Es la madre rica”, “Dicen que la tiró al río”.

Lupita no retrocedió.
—¿Usted me parió? —preguntó—. Sí. Pero, ¿fue usted madre?
Amanda sollozó, golpeando el suelo con los puños.
—¡No me juzgues! ¡Tú no sabes lo que era mi vida! —gritó, con un último estallido de su vieja soberbia—. ¡Él quería un varón! ¡Si yo llegaba con una niña, me iba a matar! ¡Te tiré para salvarme yo! ¡Tuve miedo!

La confesión retumbó en la plaza.
—¡La tiró! —gritó una mujer del pueblo—. ¡Maldita bruja! ¡Asesina!
La gente empezó a insultar. Algunos agarraron piedras.
—¡Mátenla! ¡Al río con ella!
Juan y Berenice corrieron para ponerse al lado de Lupita, protegiéndola.
—¡Atrás! —gritó Juan al pueblo—. ¡Nadie la toca! ¡Esto es entre ella y mi hija!

Lupita levantó la mano y la multitud se calló. Había una autoridad natural en ella, una dignidad que Amanda jamás tuvo con todo su dinero.
Lupita se agachó. No le importó el olor a podrido, ni la sangre. Se arrodilló frente a su madre biológica.
—Usted me tiró al agua como si fuera basura —dijo Lupita suavemente—. Me quitó mi nombre, mi derecho, mi cuna.
—Perdóname… —suplicó Amanda, aferrándose al borde del vestido blanco de Lupita, manchándolo de sangre y pus—. No quiero morir así. Tengo miedo. ¡Sálvame! ¡Tú tienes el don! ¡Sálvame!

Lupita miró esas manos destrozadas. Miró a la mujer que le dio la vida y que intentó quitársela. Recordó a Berenice rezando por un hijo. Recordó a Juan trabajando de sol a sol.
Y entendió que el odio es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Y ella no quería envenenarse. Ella era una sanadora.
—Usted me dio la vida una vez —dijo Lupita—. Y luego me la quiso quitar. Pero Dios es grande. El río no me mató. El río me regaló a los padres que de verdad me merecían.

Lupita puso sus manos sobre la cabeza calva y llagada de Amanda.
Cerró los ojos.
—Yo no soy quién para juzgarla. Eso se lo dejo a Dios.
Amanda dejó de temblar. Sintió un calor inmenso que bajaba de las manos de Lupita. Un calor que no quemaba, sino que aliviaba. El dolor de los huesos empezó a ceder.
—Te perdono —dijo Lupita. Y lo dijo de verdad. No por salvar a Amanda, sino para soltar la piedra que cargaba en el pecho—. Te perdono por haberme tirado. Te perdono por no haberme querido. Te perdono todo. Vete en paz.

Amanda suspiró. Fue un suspiro largo, profundo. Sintió que el aire entraba a sus pulmones por primera vez en meses sin dolor. La picazón cesó.
Miró a Lupita con asombro.
—¿Me curaste? —preguntó.
Lupita se puso de pie y se limpió las manos en su delantal.
—El perdón cura, señora. Pero no borra.
Lupita dio un paso atrás, volviendo al lado de Juan y Berenice. Tomó la mano de Juan y la mano de Berenice.
—Usted ya tiene su vida, señora Amanda. Y yo tengo la mía. Usted tiene su dinero y su hacienda vacía. Yo tengo a mi familia.

Amanda intentó levantarse. Se sentía mejor, increíblemente mejor. La muerte se había alejado.
—Hija… —dijo, extendiendo la mano—. Ven conmigo. Te daré todo. Serás rica.
Lupita negó con la cabeza, con una sonrisa triste pero firme.
—Yo ya soy rica. Tengo amor. Eso es algo que usted nunca pudo comprar.

Lupita se dio la media vuelta.
—Vámonos, papá. Vámonos, mamá. Se nos enfrían los tamales.
Juan y Berenice, con lágrimas de orgullo, caminaron junto a ella. La multitud se abrió para dejarlos pasar, aplaudiendo suavemente, con respeto.

Amanda se quedó sola en medio de la plaza, arrodillada en el polvo. Estaba viva, sí. Se recuperaría. Su piel sanaría. Pero mientras veía a su hija alejarse abrazada de dos campesinos viejos, Amanda sintió un frío más profundo que el del río.
Entendió, demasiado tarde, que había recuperado la salud, pero había perdido su alma para siempre. Se había quedado con la vida, pero se había quedado sola.
Y el río, a lo lejos, seguía corriendo, llevándose los pecados de unos y las bendiciones de otros hacia la mar eterna.

(Fin de la historia)

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