
PARTE 1: EL ORIGEN DEL CAOS
CAPÍTULO 1: SANGRE, LLUVIA Y UNA PROMESA EN LA OSCURIDAD
La noche en que murió mi infancia, el cielo sobre Santa Cruz, Sinaloa, se estaba cayendo a pedazos. No era una lluvia normal; era una de esas tormentas tropicales que golpean la costa del Pacífico con la furia de un dios despechado. El agua bajaba por las calles empinadas transformando el asfalto en ríos de lodo negro, arrastrando basura, pecados y el calor sofocante del día.
Yo tenía diez años, pero en este país, a los diez años ya has visto demasiadas cosas si creces en el barrio equivocado. Esa noche, yo no debía estar allí. Se suponía que debía estar en casa de la vecina, Doña Chuy, viendo la televisión y comiendo pan dulce. Pero me había escapado. Extrañaba a mi mamá. Ella llevaba días sin dormir, encerrada en su despacho, fumando un cigarro tras otro, con esa mirada que tienen los adultos cuando saben que la muerte les está tocando la puerta.
El “Despacho Jurídico Sánchez” estaba en un edificio viejo del centro, de esos con techos altos y ventiladores de techo que giran perezosamente, cortando el humo. Cuando llegué, empapado hasta los huesos, vi que la luz de su oficina parpadeaba.
No entré corriendo. Algo en el aire, un olor metálico mezclado con la humedad, me detuvo. Me asomé por la rendija de la puerta de madera y vidrio esmerilado.
Ahí estaba ella. Mi madre, la Licenciada Carmen Sánchez. La mujer más valiente que he conocido. Estaba de pie frente a su escritorio, pero no estaba sola. Dos hombres, armados con esas “cuernos de chivo” que en el norte son tan comunes como las camionetas pickup, bloqueaban la salida. Y sentado en la silla de clientes, con las piernas cruzadas y una tranquilidad que helaba la sangre, estaba él: “El Caimán”. El jefe de plaza de Santa Cruz. Un tipo que no necesitaba gritar para que la gente se orinara del miedo.
—Licenciada, no se haga la difícil —dijo El Caimán, limpiándose una mancha imaginaria en sus botas de piel de avestruz—. Usted sabe cómo funciona esto. Aquí en Santa Cruz, la ley soy yo. La Jueza Elena solo firma los papeles que yo le pongo enfrente.
Mi madre, con el labio partido y un hilo de sangre bajando por su barbilla, lo miró con un asco infinito.
—Tú eres un perro con correa, Caimán —le respondió ella. Su voz temblaba, no de miedo, sino de rabia—. Y la Jueza Elena es peor que tú. Ella juró proteger la ley, tú solo eres un delincuente ignorante. Esa tarjeta de memoria que buscan… jamás la van a encontrar.
—¡Cállese, vieja! —uno de los sicarios le soltó un revés con la culata del rifle.
Mi madre cayó al suelo con un golpe seco.
—¡Mamá! —el grito se me escapó antes de que pudiera taparme la boca.
El tiempo se detuvo. El Caimán giró la cabeza lentamente hacia la puerta donde yo estaba escondido. Sus ojos eran como los de un tiburón: negros, vacíos, sin alma.
—Vaya, vaya… parece que tenemos visita —sonrió, mostrando unos dientes amarillentos—. Tráiganme al escuincle.
Mi madre, que segundos antes parecía derrotada, sacó fuerzas de donde solo una madre puede sacarlas. Se lanzó a los tobillos del sicario que iba por mí, haciéndolo tropezar.
—¡Corre, Juan! ¡Vete! ¡No mires atrás! —gritó con una desesperación que se me grabó en el ADN.
Ella sacó algo de su sostén. Una pequeña tarjeta SD negra. La deslizó por el piso de madera encerada hacia mí.
—¡Tómala y busca a tu tío Lalo en el D.F.! ¡Corre!
Agarré la tarjeta. Mis manos eran pequeñas y torpes, temblando incontrolablemente. Vi cómo el otro sicario levantaba a mi madre del cabello. Vi el brillo de una navaja en la mano del Caimán.
—No debiste traer a tu cría al matadero, Carmen —dijo El Caimán.
Y entonces, lo hizo.
No voy a describir el sonido. Solo diré que es un sonido húmedo, final, que te rompe algo por dentro que nunca se vuelve a arreglar.
Salí corriendo por el pasillo trasero, tropezando con las cubetas de limpieza, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse de mi pecho. Escuché los pasos pesados de las botas persiguiéndome.
—¡Agarren al morro! ¡Que no se escape con la memoria!
Salí a la calle, directo a la tormenta. La lluvia golpeaba mi cara, mezclándose con mis lágrimas calientes. Corrí por callejones llenos de basura, salté cercas oxidadas, me metí por debajo de los coches estacionados.
En la esquina de la Avenida Revolución, vi una patrulla. ¡La policía! Sentí un alivio momentáneo. Corrí hacia ella, agitando los brazos.
—¡Ayuda! ¡Mataron a mi mamá! ¡Ayuda, oficial!
El policía bajó la ventanilla. Era el Comandante Rivas. Lo conocía, había ido a comer a mi casa una vez. Me miró, luego miró hacia el callejón de donde yo venía, y luego sacó su radio.
—Aquí Rivas. Tengo al niño. Está en la Avenida Revolución. Voy a proceder a… asegurarlo.
No estaba pidiendo una ambulancia. Estaba avisando a los sicarios.
En ese momento, entendí la lección más dura de mi vida: En México, a veces la placa y la pistola del delincuente son la misma cosa. La ley no existe para protegernos a nosotros, los pobres, los honestos. La ley es una prostituta del mejor postor.
Mordí la mano del Comandante Rivas cuando intentó agarrarme por la camisa. Le clavé los dientes hasta sentir el sabor a hierro de su sangre. Él gritó y me soltó un golpe, pero yo era pequeño y rápido como una rata de alcantarilla. Me escabullí por una coladera abierta, dejándome caer en la oscuridad del drenaje pluvial.
Pasé dos días ahí abajo, entre ratas y agua sucia, abrazado a mis rodillas, apretando la tarjeta de memoria hasta que se me marcó en la palma de la mano.
Cuando salí, ya no era Juanito. Era un fantasma. Hice autostop, me subí a trenes de carga, robé comida en los mercados. Tardé una semana en llegar a la Ciudad de México, al barrio bravo de Tepito, donde vivía la única familia que me quedaba: mi tío Lalo.
Don Lalo no era un abogado. Era el líder de una de las pandillas más respetadas del barrio. Un hombre que resolvía los problemas con plomo o con plata, nunca con papeles.
Cuando me vio llegar a su vecindad, sucio, flaco y con la mirada muerta, dejó caer su caguama.
—¿Y tu jefa, mijo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta al ver mis ojos.
—La mataron, tío. El Caimán y la Jueza Elena.
Lalo se agachó frente a mí, me tomó por los hombros y me sacudió.
—¿Vas a llorar?
—No —le dije. Y era verdad. Se me habían acabado las lágrimas.
—Bien. Porque en este mundo, el que llora pierde. Si quieres vengarte, vas a tener que ser más cabrón que ellos. Vas a estudiar leyes, Juan. Vas a ser el mejor maldito abogado de este país. Pero también vas a aprender a pelear. Vas a aprender a usar la ley como una espada y el barrio como un escudo.
Y así pasaron trece años.
Estudié en la UNAM de día y peleaba en jaulas clandestinas de noche. Aprendí el Código Penal de memoria y también aprendí cómo romperle el brazo a un hombre en tres puntos diferentes. Me convertí en una contradicción viviente: un abogado que conoce la ley mejor que los jueces, pero que no duda en saltársela si es necesario.
Ahora, estoy listo. Tengo el dinero, tengo el poder y tengo la sed de sangre.
Santa Cruz, voy por ti.
CAPÍTULO 2: EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO
13 años después.
El sol de Sinaloa no acaricia, golpea. El calor hacía vibrar el aire sobre la carretera mientras mi Porsche 911 negro devoraba el asfalto a 180 kilómetros por hora. Llevaba un traje italiano hecho a la medida, lentes oscuros de diseñador y el reggaetón a todo volumen. Parecía un narco-junior más, un hijo de papi gastando la herencia.
Perfecto. Eso es exactamente lo que quiero que piensen.
En el espejo retrovisor aparecieron las luces azules y rojas. Una patrulla de caminos. Sonreí. Bajé la velocidad y me orillé, bajando la ventanilla mientras el aire acondicionado luchaba contra el calor del desierto.
El oficial se acercó, tocando su arma, con esa arrogancia típica del que tiene una placa y hambre de dinero.
—Buenas tardes, joven. ¿Sabe a cuánto venía? Esto es zona federal, no pista de carreras.
Me quité los lentes lentamente, mirándolo a los ojos.
—Tiene razón, oficial. La prisa es mala consejera. Pero fíjese que tengo una audiencia y la justicia no espera.
—Pues la justicia va a tener que esperar mientras le remito el vehículo al corralón. A menos que… —dejó la frase en el aire, esperando el soborno. El clásico “moche”.
Saqué mi cartera. Estaba gorda, llena de billetes de quinientos y mil pesos. Los ojos del policía brillaron. Saqué un fajo, pero en lugar de dárselo, saqué una tarjeta de presentación dorada y se la extendí.
—¿Qué es esto? —preguntó confundido, con la mano extendida esperando el dinero.
—Mi tarjeta. Juan Sánchez, Abogado Penalista. Especialista en defensa contra abuso de autoridad y corrupción policial.
El oficial se rió.
—¿Te quieres hacer el gracioso, payaso? Bájate del carro.
—Oficial, antes de que cometa un error que le cueste la pensión, sonría —señalé con el dedo hacia el tablero de mi auto—. Tengo tres cámaras grabando en 4K. Una hacia usted, una hacia el velocímetro y una transmitiendo en vivo a la nube. Tengo grabado el momento exacto en que insinuó una mordida. Ahora, el artículo 222 del Código Penal Federal dice que el cohecho se castiga con… bueno, con mucha cárcel. ¿Quiere que le siga o me deja ir?
El color se le fue de la cara. Se quedó mudo, con la mano en la pistola pero sin valor para sacarla.
—Que tenga buen día, Licenciado —murmuró, devolviéndome la tarjeta como si quemara.
Arranqué el auto, levantando polvo. Bienvenidos a México. Aquí, el poder no lo tiene la ley, lo tiene quien sabe usar el miedo.
Entré a Santa Cruz. El pueblo había crecido, pero seguía oliendo a lo mismo: a mariscos podridos y corrupción. Pasé por el malecón, viendo las nuevas torres de condominios construidas con dinero lavado. Todo esto era obra de la “Honorable” Jueza Elena y sus socios. Ella había limpiado la imagen del pueblo mientras llenaba sus bolsillos de sangre.
Frené frente a un edificio de dos pisos en el centro viejo. La pintura estaba descascarada y un letrero neón parpadeaba: “PRÉSTAMOS RÁPIDOS EL BUITRE”.
Era el antiguo despacho de mi madre.
Sentí un nudo en la garganta, pero lo tragué rápido. No vine a ponerme sentimental. Bajé del coche y entré.
El lugar era un asco. Escritorios baratos, tipos con cara de pocos amigos contando billetes arrugados y un olor a tabaco rancio. Al fondo, donde solía estar el escritorio de caoba de mi madre, había un tipo gordo con cadenas de oro falsas, comiendo unos tacos de carnitas.
—¡Oigan! ¿Quién dejó entrar al mirrey? —gritó el gordo, escupiendo un pedazo de cilantro.
—Vengo a recuperar mi oficina —dije con calma, abotonándome el saco—. Tienen diez minutos para sacar su basura. Y cuando digo basura, me refiero a ustedes.
Los cinco tipos que estaban en el local soltaron carcajadas.
—Mira, “Licenciado” —dijo uno de ellos, un flaco con tatuajes de la Santa Muerte en los brazos, sacando una navaja mariposa—. Creo que te perdiste. Aquí no se litiga, aquí se cobra. Y tú vas a pagar la cuota por respirar nuestro aire.
Se me abalanzaron.
Grave error.
El primero intentó apuñalarme en el estómago. Giré el torso, agarré su muñeca y la torcí hasta escuchar el crujido. Usé su propio impulso para lanzarlo contra el escritorio del gordo, tirando los tacos y la salsa.
—¡Mis carnitas, hijo de tu…! —el gordo se levantó, sacando un bate de béisbol de debajo de la mesa.
Me quité el saco con un movimiento fluido y lo lancé a la cara del segundo atacante para cegarlo momentáneamente, luego le di una patada giratoria en las costillas que lo mandó a dormir.
Pelear en la calle no es como en el dojo. No hay honor. Hay que ser sucio. Usé grapadoras, tazas de café y hasta una silla para neutralizar a los otros dos. En menos de tres minutos, el lugar parecía zona de guerra.
Solo quedaba el gordo, temblando con el bate en la mano.
—Te voy a demandar… —gimió.
—Hazlo. Soy mi propio abogado y cobro caro —me acerqué a él, le quité el bate suavemente y le di una palmada en la mejilla—. Ahora, dile a tu jefe que Juan Sánchez ha vuelto. Y que este despacho está bajo nueva administración.
Esa misma tarde, fui a los juzgados. Necesitaba verla a ella. A la Jueza Elena.
Pero lo que encontré fue algo más interesante. En la Sala 3, se llevaba a cabo una audiencia por violencia doméstica. La abogada defensora era una chica joven, de unos veintitantos, con el cabello recogido en una coleta desordenada y una mirada que echaba chispas. María “Mina” Pérez.
El juez, un viejo machista amigo de Elena, estaba desestimando el caso.
—Licenciada Pérez, su clienta provocó al marido. Si no tuviera la cena fría, no la habrían golpeado. Caso cerrado. Sentencia suspendida.
María se quedó paralizada. Temblaba de rabia.
—¿Es en serio, Su Señoría? —gritó ella—. ¡Le rompió tres costillas! ¡La ley dice…!
—La ley dice lo que yo digo que dice. Si sigue gritando, la voy a mandar arrestar por desacato. ¡Cállese y siéntese, mujer!
María cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. Y luego hizo lo que todos los abogados honestos hemos soñado hacer alguna vez, pero nunca nos atrevemos.
Caminó hasta el estrado, subió los escalones, y le soltó un derechazo en la mandíbula al juez que resonó en toda la sala.
El silencio fue absoluto. Luego, el caos.
—¡Arréstenla! ¡Está loca! —gritaba el juez desde el suelo.
Yo observaba desde la última fila, sonriendo. “Esa es”, pensé. “Esa es la socia que necesito”.
Más tarde, fui a la delegación. María estaba en una celda preventiva, sentada en el suelo, con los nudillos hinchados.
—Bonito gancho de derecha —le dije a través de los barrotes.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero no de llorar, sino de furia contenida.
—¿Quién eres tú? ¿Otro gato del juez?
—Soy Juan Sánchez. Y vengo a sacarte de aquí.
—No necesito tu ayuda. Y no tengo dinero para pagarte. Estoy suspendida de la barra de abogados por seis meses. Mi carrera se acabó.
—Tu carrera de abogada sumisa se acabó —corregí—. Pero tu carrera como abogada de verdad apenas empieza. Te ofrezco trabajo.
—¿Trabajo? ¿De qué?
—De gerente de mi despacho. Y mi socia. Voy a abrir un bufete que se va a dedicar a cazar a los tiburones de este pueblo. Al Cártel, a los políticos corruptos… y a la Jueza Elena.
Al mencionar a Elena, María se puso tensa.
—La Jueza Elena es una santa. Es la mujer más respetada de Santa Cruz. No te atrevas a hablar mal de ella. Ella es mi mentora.
Sonreí con tristeza. Pobre María. No tenía idea de que su “mentora” era el diablo disfrazado de ángel. No sabía que la misma mujer que ella admiraba estaba involucrada en la desaparición de su propia madre hace 18 años.
—Piensa lo que quieras —dije, abriendo el maletín y sacando el dinero de la fianza—. Pero estás endeudada, tu papá debe dinero a los prestamistas que acabo de golpear, y nadie más te va a dar trabajo después de noquear a un juez federal. Trabaja para mí. Paga tus deudas. Y si después de un mes sigues pensando que Elena es una santa, te puedes ir.
Ella miró el dinero. Miró mis ojos. Vio algo allí, quizás la misma oscuridad que ella sentía.
—Está bien, “Licenciado” —dijo, poniéndose de pie—. Acepto. Pero si intentas algo chueco, te rompo la mandíbula a ti también.
—No esperaría menos —respondí.
Salimos de la comisaría bajo la lluvia ligera. El equipo estaba formado. Un abogado gángster y una abogada boxeadora.
La Jueza Elena estaba inaugurando una estatua en la plaza principal esa noche. La vi en las pantallas gigantes, sonriendo, perfecta, intocable.
—Disfruta tu fiesta, Elena —murmuré mientras encendía un cigarro—. Porque el juicio final acaba de llegar a Santa Cruz.
PARTE 2: LA BOCA DEL LOBO
CAPÍTULO 3: EL CLIENTE DEL DIABLO
La oficina olía a Fabuloso lavanda y a miedo rancio.
Habían pasado tres días desde que tomé el control del tugurio de los usureros. Mis “nuevos empleados” —el gordo Beto y sus dos secuaces, el Flaco y el Tuercas— estaban barriendo los vidrios rotos y pintando las paredes de un blanco clínico que no lograba ocultar la podredumbre de los cimientos. Ahora vestían trajes baratos que les quedaban grandes o apretados, comprados de urgencia en alguna barata del centro. Parecían pingüinos en un desierto, sudando la gota gorda mientras intentaban acomodar los expedientes jurídicos que yo había traído de la capital.
—Jefe, ¿en serio tenemos que usar corbata? —se quejó Beto, aflojándose el nudo que le estrangulaba la papada—. Siento que me voy a ahogar.
—La imagen lo es todo, Beto —respondí sin levantar la vista de mi escritorio, puliendo mis mancuernillas de oro—. Antes eran delincuentes que rompían piernas por mil pesos. Ahora son asistentes legales de un despacho de alto perfil. Comportense como tal o regresan a la alcantarilla.
La puerta de entrada se abrió con violencia, haciendo sonar la campanilla que habíamos instalado. Entró María. No traía buena cara. Llevaba una caja de cartón con sus pocas pertenencias de su antiguo escritorio: una foto de su padre, una taza rota y un cactus medio muerto. Me miró como si yo fuera una infección estomacal.
—Esto es ridículo —dijo, dejando caer la caja sobre el escritorio de recepción—. Mi padre dice que trabajar contigo es venderle el alma al diablo. Dice que eres un gángster.
—Tu padre es un hombre sabio, pero también debe trescientos mil pesos al banco y la hipoteca se vence el viernes —me puse de pie y caminé hacia ella. Le extendí un café de Starbucks—. Bienvenida a “Despacho Sánchez”. Aquí no vendemos el alma, María. Aquí la alquilamos para recuperar la de los demás.
Ella ignoró el café.
—¿Cuál es el plan, “Licenciado”? ¿Defender narcos? ¿Lavado de dinero? Porque si crees que voy a usar mi título para sacar a tus amigos de la cárcel, estás muy equivocado. Prefiero vender tacos de canasta.
Sonreí. Me gustaba su fuego. Me recordaba a mi madre antes de que el miedo se la comiera.
—No, María. Vamos por el pez gordo.
Encendí la televisión de pantalla plana que habíamos montado en la pared. El noticiero local estaba en “Breaking News”. La presentadora, con demasiado maquillaje y voz alarmista, narraba la noticia que tenía a todo Santa Cruz en estado de sitio.
“…confirmamos la trágica muerte del Alcalde de Santa Cruz, asesinado anoche en su casa de campo. Según fuentes de la Fiscalía, el principal sospechoso ha sido detenido en la escena del crimen. Se trata del Comandante Víctor Rivas, ex jefe de la policía municipal y escolta personal del Alcalde…”
La imagen de Rivas apareció en la pantalla. Estaba esposado, con la cara cubierta por una chamarra, siendo empujado hacia una patrulla.
Se me heló la sangre por un segundo, pero mantuve la sonrisa congelada en el rostro. Rivas. El mismo hombre que me había traicionado hace trece años. El policía que vendió a mi madre al Cártel. El hombre al que le arranqué un pedazo de carne de la mano con mis propios dientes de niño.
—Ahí está nuestro primer cliente —señalé a la pantalla.
María soltó una carcajada incrédula.
—¿Estás loco? Rivas es escoria. Todo el mundo sabe que es el perro faldero del Alcalde. Si lo mató, seguro fue por una disputa de dinero sucio. Además, Rivas me odia. Odia a mi padre. Es un corrupto de primera.
—Exacto. Es un corrupto. Es una basura de ser humano. Pero no mató al Alcalde.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Tienes una bola de cristal?
—No necesito magia, María. Conozco a los jugadores de este tablero. Rivas es un cobarde. Un cobarde no apuñala a su dueño; le lame la mano hasta que muere. Esto es una puesta en escena. Alguien necesitaba al Alcalde muerto y necesitaban un chivo expiatorio perfecto. ¿Y quién mejor que el policía corrupto que ya nadie quiere?
Agarré mi saco y me lo puse con un movimiento teatral.
—Vamos al penal. Vamos a ofrecerle mis servicios al hombre que desearía verme muerto.
El Centro de Readaptación Social (CERESO) de Santa Cruz era el infierno en la tierra. Un bloque de concreto hirviendo bajo el sol, rodeado de alambres de púas y torres de vigilancia donde los guardias parecían más dormidos que alertas. El olor te golpeaba antes de entrar: una mezcla de orina, frijoles rancios y desesperación humana.
María caminaba a mi lado, intentando no mostrar miedo, pero veía cómo sus nudillos se ponían blancos al apretar su bolso. Los reclusos nos silbaban desde las ventanas enrejadas, gritando obscenidades que harían sonrojar a un marinero.
—Tranquila —susurré—. Si alguien se acerca, Beto se encarga.
Beto, que venía detrás de nosotros intentando verse intimidante con su traje de poliéster, asintió, aunque se veía más asustado que ella.
Entramos al área de locutorios. Gracias a unos cuantos billetes deslizados en la mano del guardia de turno, nos dieron acceso inmediato a la zona de alta seguridad.
Ahí estaba Rivas.
Trece años no habían pasado en balde. El hombre que recordaba como un gigante amenazante ahora era un viejo consumido. Tenía el cabello gris, la piel cetrina y un ojo morado reciente. Estaba sentado esposado a la mesa de metal, mirando al vacío.
Me senté frente a él. María se quedó de pie, cruzada de brazos, observando con desconfianza.
—Comandante Rivas —dije suavemente—. Se ve usted de la chingada.
Rivas levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban vidriosos. Tardó unos segundos en enfocarme.
—¿Quién eres tú? ¿Otro buitre de la Fiscalía? Ya les dije que yo no fui. Yo no lo maté. Fue una trampa.
—Lo sé —dije, sacando un cigarro aunque estaba prohibido fumar. El guardia en la esquina miró hacia otro lado—. La Fiscalía no te va a creer, Rivas. Tienen órdenes de arriba. Necesitan cerrar el caso rápido. “Crimen pasional”, “disputa de borrachos”, lo que sea. Te van a dar cuarenta años, si es que no te suicidan en tu celda esta noche.
Rivas tembló. Sabía que tenía razón. En México, los “suicidios” en las celdas son tan comunes como los tacos al pastor.
—Soy Juan Sánchez. Y soy el único abogado en este maldito pueblo que tiene los huevos para sacarte de aquí.
Rivas me miró con el ceño fruncido, estudiando mi cara. Buscando algo familiar en mis rasgos afilados, en mi sonrisa cínica.
—Sánchez… —murmuró—. No conozco a ningún Sánchez.
Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Bajé la voz para que solo él pudiera escucharme, un susurro que cortaba como navaja.
—Claro que me conoces, Víctor. Mírame bien. Mira mi boca. ¿Recuerdas esta boca?
Rivas parpadeó, confundido.
—Hace trece años… en una noche de lluvia… un niño te mordió la mano izquierda cuando intentabas entregarlo a los sicarios. ¿Todavía tienes la cicatriz?
El color desapareció del rostro de Rivas. Fue como ver a un cadáver darse cuenta de que estaba muerto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su mirada bajó instintivamente a su mano izquierda, donde una vieja marca irregular de dientes blanqueaba sobre su piel morena.
—Tú… —su voz fue un hilo de aire—. El hijo de Carmen.
María dio un paso adelante, intrigada por el cambio en la atmósfera, pero no escuchó lo que dije.
—Imposible… estás muerto. Dijeron que habías muerto en el drenaje.
—La hierba mala nunca muere, Comandante. Y aquí estoy. Regresé de la tumba para ser tu abogado.
Rivas empezó a reírse, una risa histérica, maníaca.
—¿Tú? ¿Defender a mí? ¡Debes querer matarme tú mismo! ¡Eres tú quien me puso la trampa!
—Si quisiera matarte, ya estarías muerto —dije fríamente, volviendo a mi tono profesional—. Te quiero vivo, Rivas. Porque tú sabes quién dio la orden anoche. Tú sabes quién mató realmente al Alcalde. Y vas a decírmelo. A cambio, te salvo el pellejo.
—No puedo… —Rivas empezó a llorar, lágrimas gordas y patéticas—. Si hablo, matan a mi esposa. Matan a mi hija. Ella es la Jueza… Ella controla todo.
—La Jueza Elena —dije el nombre y sentí cómo María se tensaba a mis espaldas—. Ella ordenó esto, ¿verdad? El Alcalde se le salió del huacal. Quería más dinero o quizás le creció la conciencia, y Elena decidió cortarle la cabeza.
Rivas no contestó, pero su silencio fue más ruidoso que un grito.
Me levanté y le puse una tarjeta de presentación en el bolsillo de su camisa de reo.
—Firma el documento de representación, Rivas. O quédate aquí esperando a que los hombres del Caimán vengan a “visitarte” con una cuerda de piano. Tú decides.
Me di la vuelta y salí, con María pisándome los talones.
—¡Espera! —me gritó ella en el pasillo—. ¿De qué hablaron? ¿Qué le dijiste para que se pusiera así? ¿Y por qué mencionaste a la Jueza Elena? ¡Ella no tiene nada que ver con esto!
Me detuve y la miré. Su inocencia era casi conmovedora, pero peligrosa.
—María, tienes dos opciones. Seguir viviendo en tu mundo de fantasía donde los jueces son santos y los policías nos cuidan, o abrir los ojos y ver la mierda en la que estamos parados. Rivas es inocente del asesinato, pero culpable de cosas peores. Y Elena… Elena es la titiritera.
—¡Eso es mentira! —gritó ella—. Elena me becó. Ella pagó mis estudios cuando mi madre desapareció. Ella ha sido como una madre para mí.
Sentí una punzada de dolor por ella. La ironía era cruel. La mujer que admiraba era la misma que había destruido a nuestras dos familias. Pero no podía decírselo todavía. La verdad sin pruebas es solo chisme, y ella no me creería. Necesitaba que lo viera con sus propios ojos.
—Entonces demuéstralo —le reté—. Únete al caso. Investiga conmigo. Si encuentras una sola prueba de que Elena es inocente y yo soy el mentiroso, cierro el despacho y me largo de Santa Cruz para siempre. Pero si encuentras podredumbre… te quedas y peleas a mi lado.
Ella dudó. Mordió su labio inferior. El fuego en sus ojos chocaba con la duda.
—Trato hecho, gángster. Voy a probar que estás equivocado.
Mientras tanto, en la zona más exclusiva de Santa Cruz, “Las Lomas del Mar”, la realidad operaba bajo otras reglas.
La mansión de la Jueza Elena era un monumento al buen gusto y al dinero viejo. Jardines perfectamente podados, fuentes de cantera y un silencio sepulcral que solo el poder real puede comprar.
Elena estaba en su invernadero, cortando rosas blancas con unas tijeras de plata. Tenía sesenta años, pero parecía de cuarenta y cinco. Elegante, con el cabello recogido en un chongo perfecto y una sonrisa que transmitía una paz maternal. Era la “Madre Teresa” de Santa Cruz. Donaba a orfanatos, inauguraba escuelas y presidía la misa de los domingos.
La puerta de cristal se abrió. Entró un hombre que desentonaba completamente con la delicadeza del lugar. Llevaba botas de piel de cocodrilo, una camisa de seda abierta hasta el pecho y un sombrero texano.
Ahn Oh-joo, o como lo conocíamos aquí: “El Caimán”. El antiguo sicario que ahora jugaba a ser empresario respetable y candidato político.
—Con permiso, Jueza —dijo él, con esa voz rasposa de fumador empedernido. No se quitó el sombrero.
Elena no volteó. Siguió cortando una rosa que tenía un pétalo marchito.
—Te he dicho mil veces que no entres aquí con esas botas sucias, Caimán. Manchas mi piso.
—Perdone usted, su Señoría. Pero tenemos un problema. O más bien, una curiosidad.
—¿El Alcalde ya está frío? —preguntó ella con la misma naturalidad con la que preguntaría por el clima.
—Frío y enterrado. Y Rivas ya está en el bote, llorando como Magdalena. Todo salió según su guion, Jueza. Pero… apareció un abogado.
Elena detuvo las tijeras. Giró lentamente.
—Siempre hay abogados, Caimán. Son como las cucarachas. ¿Qué tiene de especial este?
—Se llama Juan Sánchez. Llegó de la capital. Tomó mi antigua oficina de préstamos, golpeó a mis muchachos y ahora dice que va a defender a Rivas. Es un tipo… extraño. No parece abogado de escritorio. Se mueve como nosotros.
—Sánchez… —Elena probó el apellido en su lengua—. Es un apellido común.
—Sí, pero este cabrón tiene una mirada que no me gusta. Y trae de socia a la hija de la masajista. A la tal María.
Elena sonrió levemente.
—Ah, mi querida Mina. Esa niña es inofensiva. Yo la tengo comiendo de mi mano. Si ella está con él, entonces tengo ojos y oídos dentro de su defensa.
—No se confíe, Jueza. Ese tipo huele a problemas. ¿Quiere que lo mande a “dormir”?
Elena negó con la cabeza y volvió a sus rosas.
—No seas bárbaro, Caimán. Estamos en tiempos electorales. Un abogado muerto es mala prensa. Déjalo jugar. Si Rivas habla, entonces sí… córtales la lengua a los dos. Pero por ahora, quiero ver qué hace este tal Juan Sánchez. Me divierten los valientes. Suelen caer más alto.
—Como usted diga, Jefa. Por cierto… ahora que el Alcalde no está, creo que la silla queda vacante. Y yo tengo muchas ganas de sentarme.
Elena lo miró con un desprecio sutil, casi imperceptible.
—Primero aprende a no ensuciar mis pisos, Caimán. Luego hablamos de política.
El Caimán apretó la mandíbula, pero asintió. Salió del invernadero aguantando la rabia. Sabía que era el rey de las calles, pero en esa casa, él era solo el perro guardián.
Al día siguiente, la guerra comenzó oficialmente.
El juicio preliminar de Rivas estaba programado. El fiscal del estado, un tipo llamado Mendoza, famoso por fabricar culpables, estaba listo para pedir la pena máxima.
Llegué al tribunal con María. Ella llevaba su traje sastre gris, seria y profesional. Yo llevaba un traje azul eléctrico y lentes de sol, masticando chicle.
—Escúpelo —me susurró María—. Es una corte, no un bar.
—Me ayuda a concentrarme.
Entramos a la sala. Estaba llena de prensa. El caso del Alcalde era la noticia del año.
Cuando el juez llamó al caso, el abogado de oficio asignado a Rivas se puso de pie. Era un tipo tartamudo que sudaba profusamente.
—Su Señoría… el acusado se declara… eh… culpable… digo, inocente, pero buscamos un acuerdo…
Me puse de pie, empujando las puertas batientes de la zona de abogados con fuerza.
—¡Objeción! —grité, aunque el juicio ni siquiera había empezado formalmente.
El juez, el fiscal y el público voltearon a verme.
—¿Quién diablos es usted? —preguntó el juez.
Caminé hacia el estrado con la confianza de quien es dueño del edificio.
—Juan Sánchez, Su Señoría. Y desde hace diez minutos, soy el nuevo representante legal del Señor Víctor Rivas. Y permítame decirle que ese abogado de oficio huele a alcohol desde aquí. Mi cliente no va a aceptar ningún acuerdo. Vamos a juicio. Y vamos a probar no solo que él es inocente, sino que el verdadero asesino está allá afuera, probablemente riéndose de todos nosotros.
El Fiscal Mendoza se puso rojo.
—¡Esto es irregular! ¡El acusado ya tenía representación!
Miré a Rivas. Él estaba temblando en el banquillo. Nuestras miradas se cruzaron. Recordó la cicatriz. Recordó el miedo.
—Señor Rivas —dijo el juez—. ¿Ratifica usted a este hombre como su abogado?
Rivas tragó saliva. Miró hacia la zona del público, donde un hombre del Caimán le hacía una señal discreta de “te voy a degollar”. Luego me miró a mí.
—Sí —dijo Rivas con voz quebrada—. Él es mi abogado.
El mazo golpeó la mesa.
—Se acepta el cambio. Tienen una semana para preparar la defensa.
Me giré hacia el público y busqué las cámaras de televisión. Sonreí. Sabía que Elena estaba viendo. Sabía que El Caimán estaba viendo.
—Esto apenas empieza —le susurré a María.
Salimos del tribunal rodeados de micrófonos.
—¿Licenciado Sánchez, quién mató al Alcalde?
—¿Es cierto que Rivas fue incriminado?
No contesté. Me abrí paso hasta mi coche. María se subió al asiento del copiloto, respirando agitadamente.
—Estuviste… increíble —admitió ella, casi a regañadientes—. Pero sigo pensando que estás loco. Acabamos de declararle la guerra a la Fiscalía.
—No, María. Le declaramos la guerra a todo el sistema. Ahora, vámonos. Tenemos que ir a la escena del crimen antes de que “limpien” lo que se les olvidó.
Arranqué el Porsche. El motor rugió como una bestia despertando. Mientras aceleraba, vi por el retrovisor una camioneta Suburban negra con vidrios polarizados que empezaba a seguirnos.
—Agárrate fuerte, socia —dije, cambiando a modo deportivo—. Parece que tenemos compañía.
María miró hacia atrás y vio la camioneta.
—¿Esos son…?
—Los amigos del Caimán. Y no creo que quieran pedirme un autógrafo.
Pisé el acelerador a fondo, esquivando un camión de redilas lleno de naranjas. La persecución por las calles de Santa Cruz había comenzado, y con ella, el descenso a los infiernos de mi pasado. Pero esta vez, no iba a correr para huir. Iba a correr para cazarlos.
PARTE 2: LA BOCA DEL LOBO
CAPÍTULO 3: BAILE DE BALAS Y MENTIRAS
El espejo retrovisor de mi Porsche se llenó de metal negro. La parrilla de la Suburban blindada era como las fauces de una bestia prehistórica queriendo devorarnos. No había sirenas, no había luces estroboscópicas; solo el rugido de un motor V8 modificado y la intención clara de sacarnos de la carretera y, probablemente, de la existencia.
—¡Juan, nos van a pegar! —el grito de María se mezcló con el rechinido de mis llantas.
—Sujétate, licenciada. Vamos a ver si estos gorilas saben bailar.
Pisé el acelerador a fondo. El motor trasero del 911 aulló, una sinfonía de ingeniería alemana protestando contra el asfalto irregular de Santa Cruz. El velocímetro saltó de 80 a 140 en cuestión de segundos. El mundo se convirtió en un borrón de colores: el gris del concreto, el verde de las palmeras, el amarillo de los puestos ambulantes.
La Suburban no se quedaba atrás. Eran profesionales. Sicarios del Caimán. Gente que aprendió a manejar huyendo del Ejército o persiguiendo deudores.
—¡Frena! ¡Hay un camión! —María señaló hacia adelante.
Un camión repartidor de refrescos bloqueaba la mitad de la avenida, descargando cajas de vidrio. No había espacio para pasar. O frenaba, o nos convertíamos en una lata de sardinas aplastada.
—No voy a frenar —dije, con la calma psicópata que me entra cuando la adrenalina inunda mi cerebro.
—¡Estás loco! ¡Nos vamos a matar!
—Confía en mí. O reza. Lo que prefieras.
Giré el volante bruscamente a la izquierda, invadiendo el carril contrario. Una bocina de autobús sonó como la trompeta del juicio final. Vi la cara aterrorizada del conductor del bus urbano que venía de frente.
—¡Ahora!
Tiré del freno de mano y giré el volante al lado contrario. El coche derrapó, las llantas traseras quemando caucho blanco, deslizándose lateralmente en un drift perfecto que nos hizo pasar a centímetros del camión de refrescos y a milímetros de la defensa del autobús.
La Suburban no tuvo tanta suerte. O tanta gracia.
El conductor intentó seguirme, pero la física es una amante cruel con los vehículos pesados. La camioneta se amarró, sus frenos bloquearon las llantas, y se fue de lleno contra la parte trasera del camión de refrescos.
El estruendo fue glorioso. Vidrios rotos, metal retorciéndose y una lluvia de botellas de cola explotando como fuegos artificiales de caramelo negro.
Enderecé el auto y bajé la velocidad, mirando por el retrovisor el caos que habíamos dejado atrás.
—¿Estás bien? —pregunté, mirando a María.
Ella estaba pálida, aferrada al tablero con tanta fuerza que sus nudillos parecían de mármol. Respiraba agitadamente, con los ojos desorbitados.
—Eres… eres un imbécil —dijo, pero su voz temblaba—. Un completo y absoluto demente. Podríamos haber matado a esa gente del autobús.
—Podríamos —admití, encendiendo un cigarro con el encendedor del coche—. Pero no lo hicimos. Y más importante aún: no estamos en una bolsa negra camino al desierto. De nada, por cierto.
María se soltó el cinturón de seguridad y me miró con una mezcla de furia y, muy en el fondo, asombro.
—Esto no es la ley, Juan. Esto es guerra. Esos tipos no eran policías.
—Bienvenida a Santa Cruz, socia. Aquí la línea entre la policía y el Cártel es tan delgada que a veces la inhalan.
Conduje hacia el “malecón viejo”, una zona de bodegas pesqueras abandonadas donde sabía que podíamos perdernos un rato. Necesitábamos reagruparnos. El mensaje del Caimán había sido claro: “Deja el caso o muere”. Y mi respuesta acababa de ser igual de clara: “Inténtalo”.
La Escena del Crimen: Donde los muertos hablan
La noche cayó sobre Santa Cruz como un manto de humedad pegajosa. Después de cambiar de coche —tenía un viejo Jetta guardado en una pensión para situaciones de bajo perfil—, nos dirigimos a la casa de campo del Alcalde asesinado.
Oficialmente, la escena estaba clausurada por la Fiscalía. Había cinta amarilla de “PROHIBIDO EL PASO” y una patrulla estacionada en la entrada. Pero conocía a los policías de este pueblo. A esta hora, estarían dormidos o viendo TikTok en sus celulares.
Estacioné el Jetta a medio kilómetro, entre unos matorrales secos. Caminamos bajo la luz de la luna, el sonido de los grillos y los sapos llenando el silencio. María caminaba con dificultad por sus tacones, pero no se quejó ni una sola vez.
—¿Sabes que si nos agarran aquí, perdemos la licencia y nos vamos a la cárcel por alteración de evidencia? —susurró ella mientras saltábamos una barda perimetral baja.
—Técnicamente, ya estamos invadiendo propiedad privada. Así que el “allanamiento” ya lo tienes. Lo demás son detalles. Además, no venimos a alterar, venimos a ver lo que ellos “olvidaron” ver.
La casa de campo era lujosa, pero de ese lujo narco: columnas romanas falsas, demasiad mármol y una alberca con forma de riñón que ahora lucía oscura y siniestra.
Nos deslizamos hacia la puerta trasera. Estaba cerrada, pero no con llave. El precinto de la policía estaba roto.
—Alguien ya entró —dijo María, tensándose.
—O nunca la cerraron bien. La incompetencia es la mejor aliada del crimen en este país.
Entramos. Saqué una linterna táctica y la encendí, cubriendo el foco con mis dedos para atenuar la luz. El haz iluminó la sala principal.
Ahí había pasado.
Había una mancha oscura y seca en la alfombra persa color crema. La silueta de tiza ya no se usa tanto, pero la energía de la muerte se sentía en el aire. Muebles volcados. Una lámpara rota.
—El reporte oficial dice que Rivas y el Alcalde discutieron por dinero —dijo María, analizando la escena con su ojo clínico—. Que Rivas, borracho, sacó su arma de cargo y le disparó en el pecho. Luego intentó huir pero tropezó y cayó inconsciente por el alcohol hasta que llegó la patrulla.
—Bonita historia. Lástima que sea una novela barata.
Caminé hacia la mancha de sangre. Me agaché. Cerré los ojos un momento y dejé que mi mente reconstruyera la escena. No como abogado, sino como el peleador callejero que fui.
—Mira esto, María —señalé una marca en el suelo, cerca de la entrada—. Huellas de barro. Botas grandes, con dibujo de suela militar o táctica.
—Rivas usa botas tácticas. Es policía.
—Sí, pero Rivas calza del 7. Estas huellas… —puse mi propia mano al lado para comparar— son al menos del 9 o 10. Son enormes. Y hay dos pares diferentes.
María se acercó, iluminando con su celular.
—Entonces no estaba solo.
—O Rivas no estaba de pie cuando esto pasó. Mira la pared.
Iluminé un cuadro al óleo de un paisaje genérico colgado en la pared opuesta a donde cayó el cuerpo. Había un agujero de bala en el marco, justo en la esquina superior.
—Balística —murmuré—. Si Rivas le disparó al Alcalde desde donde dicen, la bala debió haber entrado en el cuerpo o pegado en el sofá. Pero para pegar allá arriba… el tirador tuvo que haber disparado desde el suelo, hacia arriba. O hubo un forcejeo muy diferente al que describen.
María empezó a revisar los alrededores. Se movía con instinto. A pesar de su idealismo, tenía madera de investigadora.
—Juan, ven a ver esto.
Estaba cerca de una mesa auxiliar, debajo de una maceta enorme con una planta de plástico. Se agachó y recogió algo con un pañuelo que sacó de su bolsa.
Era una colilla de cigarro. Pero no cualquier cigarro. Era un cigarro delgado, importado, con un filtro dorado.
—El Alcalde no fumaba —dijo María—. Mi papá le hizo fotos para su campaña. Era un fanático de la salud, corría maratones. Odiaba el humo.
—Y Rivas fuma Delicados sin filtro, tabaco barato de policía viejo —añadí, tomando la colilla (con el pañuelo) para olerla—. Esto huele a tabaco fino. Vainilla.
—¿Quién fuma cigarros con filtro dorado y sabor a vainilla en Santa Cruz?
Sonreí en la penumbra. Sabía exactamente quién.
—Solo un hombre tiene el mal gusto y el dinero para fumar esta porquería importada de Europa —dije—. Ahn Oh-joo. El Caimán.
María se quedó helada. La conexión era directa.
—Pero… ¿por qué dejaría esto aquí? Es un descuido de aficionado.
—O de arrogancia —respondí—. Cuando eres el dueño del pueblo, no te preocupas por recoger tu basura. Sabes que la señora de la limpieza, en este caso la Fiscalía, lo va a barrer por ti. Pero esta vez, llegamos antes que la limpieza profunda.
De repente, escuchamos el crujido de grava afuera. Luces de faros barrieron las ventanas cerradas.
—Mierda —susurré—. Llegaron las visitas.
—¿Policía?
—Peor. Camionetas sin logotipos.
Apagué la linterna. La adrenalina volvió a dispararse.
—Al piso. Gateando hacia la cocina. ¡Muévete!
Nos arrastramos por el suelo de mármol frío mientras escuchábamos cómo se abría la puerta principal. Voces masculinas, órdenes cortas.
—Revisen todo. El Jefe dice que se le cayó el encendedor o algo. Que no quede ni rastro.
Eran ellos. Habían vuelto a limpiar lo que faltaba.
Nos escondimos detrás de la isla de granito de la cocina. María temblaba, su respiración era fuerte. Le tapé la boca con mi mano suavemente, mirándola a los ojos. “Silencio”, le dije con la mirada.
Los pasos se acercaban a la cocina. Las botas pesadas resonaban como tambores de guerra.
Miré a mi alrededor. Había una puerta de servicio que daba al patio trasero, pero estaba cerrada con un pasador oxidado. Si intentaba abrirla, haría ruido.
No teníamos salida.
Uno de los sicarios entró a la cocina. La luz de su linterna barrió la encimera. Se acercó a donde estábamos agazapados. Podía ver la punta de su rifle AR-15 asomando por el borde de la isla.
Mi mano se deslizó hacia mi cinturón. No llevaba arma de fuego —un abogado armado es un abogado preso— pero llevaba mi navaja mariposa, un regalo de mi tío Lalo. Era poco contra un rifle de asalto, pero en distancias cortas, el acero es más rápido que el gatillo.
El sicario dio un paso más. Estaba a punto de vernos.
Crac.
Un ruido fuerte sonó en la sala principal. Como un jarrón rompiéndose.
—¡Eh! ¡Gato! ¿Qué tiraste? —gritó el sicario de la cocina, dándose la vuelta y regresando a la sala.
—Fue el viento, güey. Una ventana estaba abierta —respondió otro voz.
Aproveché ese segundo de distracción divina. Me levanté, jalé el pasador con un movimiento seco (gracias a Dios estaba bien engrasado) y empujé a María hacia la noche.
Salimos corriendo hacia los matorrales, agachados, sin mirar atrás, mientras los sicarios seguían discutiendo en la sala. Llegamos al Jetta, nos subimos y arranqué sin encender las luces hasta que estuvimos a un kilómetro de distancia.
María soltó el aire que llevaba conteniendo diez minutos.
—Casi nos matan. Otra vez.
—Casi. Pero mira lo que tenemos —levanté la bolsa de plástico donde había guardado la colilla—. Tenemos el ADN del Caimán en la escena del crimen.
María me miró, y por primera vez, no vi juicio en sus ojos. Vi complicidad. Vi a la guerrera despertando.
—Vamos a hundirlos, Juan. Vamos a hundirlos a todos.
La Telaraña de la Araña Reina
Mientras nosotros huíamos por carreteras secundarias, en el corazón de la ciudad, la Jueza Elena celebraba.
El Club Campestre de Santa Cruz era el epicentro de la hipocresía social. Mujeres con joyas que costaban más que una casa de interés social bebían champán, mientras los hombres cerraban tratos ilegales entre puros y risas.
Elena estaba en el centro de todo, vestida con un traje blanco impecable, recibiendo condolencias por la muerte del Alcalde.
—Es una tragedia, una verdadera tragedia —decía ella, tomando la mano de la viuda, una mujer que parecía más aliviada que triste—. Pero la justicia prevalecerá. Ese animal de Rivas pagará por lo que hizo.
Se retiró a un salón privado, lejos del ruido de la fiesta. Allí la esperaban sus “Siete”: un grupo selecto de las personas más poderosas de la región. El Fiscal Mendoza, el director del periódico local, el dueño del banco principal, y por supuesto, El Caimán, que se veía ridículo intentando sostener una copa de cristal fino con sus manos enormes.
—¿Y bien? —preguntó Elena, su voz cambiando instantáneamente de la dulzura pública al acero privado—. ¿Qué novedades tenemos del abogado?
El Fiscal Mendoza se aclaró la garganta, nervioso.
—Su Señoría… Juan Sánchez se ha hecho cargo de la defensa de Rivas. Y hoy… hoy hubo un incidente.
—¿Qué tipo de incidente?
—Mis muchachos intentaron… asustarlo —intervino El Caimán, comiendo cacahuates con ansiedad—. Una pequeña persecución. Pero el tipo maneja como piloto de Fórmula 1. Se nos escapó. Y creemos que fue a la casa de campo.
Elena no gritó. No rompió nada. Solo se quedó en silencio, un silencio que bajó la temperatura de la habitación diez grados. Caminó hacia El Caimán y lo miró con una decepción profunda.
—Te dije que no dejaras cabos sueltos, Ahn. ¿Limpiaste la casa?
—Mandé a mi equipo hace una hora. Dijeron que todo estaba limpio.
—Dijeron… —Elena suspiró—. La incompetencia de ustedes es mi cruz. Ese abogado, Juan Sánchez… no es un abogado normal. Hice unas llamadas a la Ciudad de México. No es solo un litigante. Es sobrino de Lalo “El Carnicero”, uno de los capos más viejos de Tepito.
El silencio en la sala se hizo pesado.
—¿Un narco-abogado? —preguntó el banquero.
—Peor. Un hombre con recursos, con entrenamiento y, lo más peligroso de todo, con una motivación que no es el dinero.
Elena caminó hacia la ventana, mirando las luces de la ciudad que ella creía poseer.
—Investigué sus antecedentes. Su madre… era Carmen Sánchez.
El nombre cayó como una bomba. Los rostros de los presentes, especialmente el del Caimán y el del Fiscal, palidecieron. Recordaban a Carmen. La abogada que casi los expone hace trece años.
—El niño… —susurró El Caimán—. El niño que se escapó.
—Regresó —dijo Elena, y una sonrisa torcida apareció en sus labios—. Regresó por nosotros.
—Hay que matarlo. Ya. Esta noche —gruñó El Caimán, llevando la mano a su cintura.
—No —ordenó Elena—. Si lo matamos ahora, lo convertimos en mártir. Y con las elecciones acercándose, no quiero mártires. Quiero destruirlo. Quiero humillarlo en mi corte. Quiero que vea cómo la ley, MI ley, aplasta sus esperanzas igual que aplastamos a su madre.
Se giró hacia ellos, sus ojos brillando con malicia pura.
—Vamos a dejar que juegue a los detectives. Fiscal Mendoza, adelante el juicio. Quiero la audiencia inicial mañana mismo. Vamos a atraparlo en tecnicismos, vamos a bloquear sus pruebas, vamos a usar a su querida “socia”, María, en su contra. Ella confía en mí. Será su talón de Aquiles.
Elena levantó su copa de champán.
—Por el regreso del hijo pródigo. Que su caída sea espectacular.
La Llamada Nocturna
De vuelta en la seguridad relativa de mi oficina (donde Beto roncaba en el sofá de la entrada con una escopeta en el regazo), me serví un trago de tequila barato. Mis manos, por fin, empezaron a temblar. La adrenalina se estaba yendo y dejaba paso al trauma.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a mi madre en el suelo de esa casa de campo. La veía en la mancha de sangre del Alcalde.
Saqué mi teléfono desechable y marqué un número que solo yo tenía.
—¿Bueno? —la voz al otro lado era ronca, con el acento cantado de la Ciudad de México. Tío Lalo.
—Tío. Ya empezó.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Se escuchaba música de mariachi y risas de fondo.
—Te dije que no fueras, Juan. Te dije que dejaras a los muertos descansar. Estás picando al jaguar con una vara muy corta.
—Encontré al Caimán. Encontré a Elena. Están más fuertes que nunca, tío. Son dueños de todo.
—El poder es prestado, mijo. Siempre es prestado. ¿Y la chica? ¿La hija de la otra señora?
Miré hacia el despacho contiguo, donde María estaba revisando libros de leyes, buscando precedentes para el caso de mañana. Se veía cansada, pero decidida.
—Está conmigo. No sabe quién soy. No sabe quién es su madre realmente.
—Eso es peligroso, Juan. Los secretos son como granadas; si te las guardas mucho tiempo, te explotan en la bolsa. Si ella se entera de que la estás usando…
—No la estoy usando —interrumpí, quizás demasiado rápido.
—Mmmm. Eso dices. Pero ten cuidado. En la venganza, uno cava dos tumbas. No vayas a cavar la tercera para esa muchacha.
—Necesito un favor, tío. Necesito que tus muchachos en la capital investiguen las cuentas bancarias de la Fundación de Elena. Creo que ahí es donde lavan el dinero del Caimán.
—Está bien. Pero te va a costar una botella de ese mezcal bueno cuando vuelvas. Si vuelves.
—Gracias, tío.
Colgué.
Me acerqué a la puerta del despacho de María. Ella levantó la vista.
—Encontré algo —dijo ella, señalando un viejo código penal—. El artículo 345. Si logramos probar que la cadena de custodia de la escena del crimen se rompió antes de que llegara la policía… podemos anular gran parte de la evidencia de la Fiscalía.
—Y sabemos que se rompió. Porque nosotros entramos —sonreí.
—Exacto. Pero no podemos decir que fuimos nosotros. Tenemos que hacer que Rivas diga que vio a alguien más.
Me senté en el borde de su escritorio.
—Aprenderás rápido, licenciada. Mañana en la corte, vamos a hacer un show. Elena cree que tiene el control. Cree que somos ratones en su laberinto. Pero se le olvida una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que los ratones, cuando están acorralados, muerden. Y nosotros traemos rabia.
María sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
—Mañana a las 9 am. Que empiece el espectáculo.
Afuera, la lluvia comenzó a caer de nuevo sobre Santa Cruz, lavando la sangre de las calles pero no la de nuestras memorias. La tormenta estaba aquí. Y yo era el rayo.
PARTE 2: LA BOCA DEL LOBO
CAPÍTULO 4: EL TEATRO DE LAS MENTIRAS
La Armadura del Guerrero
El espejo del baño del despacho devolvía la imagen de un hombre que parecía tener el mundo bajo control, aunque por dentro sus cimientos estuvieran temblando. Me ajusté el nudo de la corbata —una seda italiana color vino sangre— y me pasé la mano por el cabello engominado.
La guerra no se gana solo con balas; se gana con percepción. Y hoy, tenía que parecerme al diablo, pero hablar como un ángel.
Salí a la recepción. El ambiente era eléctrico. Beto, el gordo ex-matón convertido en mi asistente, estaba intentando meter su inmensa humanidad en un chaleco antibalas debajo de su camisa talla XXXXXL.
—Jefe, con este calor me voy a cocer en mi propio jugo —se quejó, secándose el sudor de la frente.
—Prefiero que te cuezas a que te perforen, Beto. El Caimán va a tener gente en la audiencia. Ojos abiertos. Si ves a alguien con las manos en los bolsillos o con cara de estreñimiento crónico, te pones entre María y él. ¿Entendido?
—Sí, jefe. Yo soy el muro.
María salió de su oficina. Llevaba el mismo traje sastre gris, pero había algo diferente en ella. Ya no tenía esa postura derrotada de la abogada suspendida. Tenía la barbilla alta. La noche anterior, huyendo de los sicarios y escondiéndonos en la cocina del Alcalde muerto, había despertado algo en ella. Miedo, sí, pero también indignación. Y la indignación es la gasolina de la justicia.
—¿Lista para el show, licenciada? —le pregunté.
Ella me miró, revisando que sus documentos estuvieran en orden.
—No es un show, Juan. Es la vida de un hombre. Aunque ese hombre sea Rivas.
—En Santa Cruz, todo es un show, María. La política, la religión y la ley. Solo asegúrate de saberte tu guion.
El Circo Romano
El Palacio de Justicia de Santa Cruz era un edificio brutalista de los años 70, manchado por la humedad y el tiempo. Ese día, parecía un hormiguero pateado. Había unidades móviles de televisión de todo el estado, vendedores ambulantes vendiendo “Tacos de Canasta El Juicio”, y un cordón policial que más parecía una zona de guerra.
Cuando mi Porsche (reparado mágicamente durante la noche gracias a los contactos de mi tío Lalo en un taller clandestino) se detuvo frente a las escalinatas, los flashes estallaron como granadas de luz.
Bajé del auto con una sonrisa de millón de dólares. Le abrí la puerta a María.
—Sonríe —le susurré—. Que vean que no tenemos miedo.
Los reporteros se nos echaron encima como pirañas.
—¡Licenciado Sánchez! ¿Es cierto que va a alegar locura para Rivas?
—¡Abogado! ¿Quién cree que mató al Alcalde?
—¡María! ¿Es verdad que golpeaste a otro juez?
Levanté la mano, pidiendo silencio con el gesto de un mesías de barrio.
—Señores, señores… tranquilos. Hay declaraciones para todos. —Me acerqué a los micrófonos—. Lo único que voy a decir es esto: Hoy van a ver cómo se cae el teatro. La Fiscalía tiene un guion muy bonito, escrito por gente muy poderosa, pero se les olvidó un detalle… la verdad es terca. Y mi cliente, el Comandante Rivas, es tan inocente como un bebé recién nacido.
Un reportero del periódico local, El Sol de Santa Cruz (propiedad de uno de los socios de Elena), gritó:
—¡Rivas fue encontrado con el arma humeante y borracho sobre el cadáver! ¿Cómo explica eso?
Me bajé los lentes de sol y miré a la cámara, sabiendo que Elena me estaría viendo desde su despacho privado.
—Si yo te pongo una pistola en la mano mientras duermes y mato a alguien a tu lado… ¿eres tú el asesino o eres la víctima de una puesta en escena? Nos vemos adentro.
Entramos al edificio, dejando el caos atrás.
La Sala de Audiencias
El aire acondicionado estaba al máximo, pero se sentía el calor humano. La Sala 1 estaba a reventar. En primera fila, la viuda del Alcalde lloraba con un pañuelo de encaje negro, consolada por el mismísimo Caimán, que vestía un traje negro que parecía disfraz, intentando verse solemne.
Qué imagen tan grotesca. El asesino consolando a la viuda de su víctima.
Nos sentamos en la mesa de la defensa. Rivas ya estaba ahí, traído desde las celdas subterráneas. Se veía peor que ayer. Tenía un labio hinchado y temblaba incontrolablemente.
—Me dijeron que me van a matar hoy —susurró Rivas sin mirarme—. Dijeron que si abro la boca, mi esposa no llega a la cena.
Me incliné hacia él, tapando mi boca con la mano para que no leyeran mis labios.
—Tu esposa está a salvo, Víctor. Mi gente la sacó de su casa a las 5 de la mañana. Ahora mismo está en un Airbnb en Guadalajara, viendo Netflix y comiendo tortas ahogadas. Nadie la va a tocar. Pero si te rajas, si te declaras culpable… entonces sí, no puedo protegerte de lo que te espera en el penal.
Rivas me miró, sus ojos llenos de lágrimas y esperanza. Asintió levemente.
—¡Todos de pie! —gritó el alguacil—. Preside la Honorable Jueza Elena Quiñones.
El silencio fue instantáneo. Elena entró.
Tengo que admitirlo, la mujer tenía presencia. Caminaba con una elegancia que no se aprende, se nace con ella. Su toga negra parecía una vestimenta real. Subió al estrado, se sentó y escaneó la sala con esos ojos inteligentes y fríos. Su mirada se detuvo un segundo en mí, luego en María, y finalmente en Rivas.
—Pueden sentarse —dijo con voz suave pero firme—. Estamos aquí para la audiencia de vinculación a proceso en la causa penal 45/2024 contra Víctor Rivas por el delito de Homicidio Calificado. Fiscal Mendoza, tiene la palabra.
El Fiscal Mendoza se levantó. Era un hombre bajo, calvo y agresivo, como un perro de pelea mal entrenado.
—Su Señoría —empezó Mendoza, paseándose frente al estrado—. Este caso es simple. Trágico, pero simple. Tenemos el arma homicida, una Glock 9mm registrada a nombre del acusado, con sus huellas dactilares. Tenemos pruebas de rodizonato de sodio positivas en sus manos. Y tenemos el motivo: Rivas estaba siendo investigado por el Alcalde por desvío de fondos, y en un ataque de furia alcohólica, lo asesinó. No hay misterio aquí. Pedimos la vinculación inmediata y prisión preventiva oficiosa.
Elena asintió, tomando notas.
—Licenciado Sánchez —dijo ella, mirándome—. ¿Su defensa?
Me levanté despacio. No fui al podio. Caminé hacia el centro de la sala, desabotonándome el saco.
—Su Señoría, el Fiscal tiene razón en una cosa: esto es una tragedia. Pero la tragedia no es solo la muerte del Alcalde. La tragedia es la incompetencia criminal de la Fiscalía de este estado.
—¡Objeción! —gritó Mendoza—. ¡Está atacando a la institución sin fundamentos!
—¿Sin fundamentos? —Me giré hacia Mendoza—. Fiscal, dígame, ¿a qué hora llegó la policía a la escena del crimen?
—A las 11:45 PM.
—Correcto. ¿Y a qué hora se aseguró el perímetro?
—Inmediatamente.
—Falso —saqué una tablet de mi maletín y la conecté a la pantalla de la sala—. María, por favor.
María, con manos firmes, reprodujo un video. No era el video de nosotros entrando (eso sería suicidio), sino un video de una cámara de seguridad de un vecino que habíamos conseguido “prestado” esa mañana.
En el video, se veía la casa del Alcalde a las 11:30 PM. Se veían luces de linternas moviéndose dentro. Y luego, a las 11:40 PM, cinco minutos antes de que llegara la policía oficial, se veía salir una camioneta Suburban negra sin placas.
La sala contuvo el aliento. En la primera fila, El Caimán dejó de masticar su chicle.
—Su Señoría —dije, señalando la pantalla—. Cinco minutos antes de que la policía “asegurara” la escena, un vehículo no identificado salió de la propiedad. La cadena de custodia estaba rota antes de que empezara. Cualquiera pudo haber entrado, plantado el arma, puesto las huellas de mi cliente (que estaba inconsciente por el alcohol, o quizás drogado) y salido.
—Eso es especulación —dijo Elena, su voz tranquila, pero sus ojos clavados en el video.
—Es duda razonable, Jueza. Y hay más. —Me acerqué al estrado, mirando a Elena a los ojos—. Encontramos inconsistencias en el reporte de balística. El ángulo del disparo no coincide con la altura de mi cliente. A menos que Rivas disparara levitando, es físicamente imposible que él hiciera ese tiro.
Mendoza estaba rojo de ira.
—¡Esto es un circo! ¡El abogado está inventando teorías de conspiración!
—Lo que estoy haciendo, Fiscal, es su trabajo —le espeté—. Porque parece que usted estaba muy ocupado cerrando el caso para irse a cenar.
Elena golpeó el mazo.
—¡Orden! Licenciado Sánchez, modere su tono. Fiscal Mendoza, ¿qué tiene que decir sobre ese vehículo?
—No… no teníamos conocimiento de ese video, Su Señoría. Debe ser verificado. Podría ser un montaje de la defensa.
—Verifíquenlo —ordenó Elena—. Pero hasta entonces, la prueba del arma sigue siendo contundente.
—Jueza —intervine—, solicito que se admitan como prueba los registros telefónicos del Alcalde. Sabemos que hizo una llamada a las 10:00 PM. Una llamada de 20 minutos. Queremos saber a quién llamó.
Elena dudó. Sabía que esa llamada podía ser peligrosa.
—La privacidad de la víctima debe respetarse…
—La víctima está muerta, Jueza. Mi cliente está vivo y luchando por su libertad. ¿Qué es más importante? ¿La privacidad de un muerto o la justicia para un vivo?
Elena me miró. Fue un duelo de miradas que duró segundos pero pareció horas. Ella sabía que yo sabía. Y sabía que si me bloqueaba demasiado, se vería sospechosa. Tenía que jugar a ser imparcial para destruirme después.
—Se admite la solicitud —dijo ella, sorprendiendo a Mendoza y al Caimán—. La Fiscalía entregará los registros. Se decreta un receso de dos horas.
El mazo golpeó.
La sala estalló en murmullos. Me acerqué a Rivas.
—Aguanta, Víctor. Ganamos el primer round.
Rivas me miró con algo que no había visto antes en él: respeto.
—Gracias, abogado.
El Almuerzo con el Enemigo
Salimos de la sala hacia la cafetería del tribunal. María estaba eufórica.
—¡Lo lograste! —dijo, casi sonriendo—. Admitieron los registros. Si encontramos a quién llamó, tenemos al verdadero culpable.
—No cantes victoria, María. Elena no es tonta. Si aceptó, es porque cree que puede manipular esos registros antes de que nos lleguen.
Nos sentamos en una mesa de plástico. Beto nos trajo unos sándwiches y refrescos.
—Jefe —dijo Beto, bajando la voz—, vi al Caimán hablando con Mendoza en el baño. Se veían muy enojados. Y el Caimán hizo una llamada. Dijo algo de “preparar el paquete”.
—¿El paquete? —preguntó María.
—Drogas —dije—. O una bomba. O un testigo falso. Con esa gente, “paquete” puede ser cualquier cosa.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa.
Levanté la vista. Era la Jueza Elena.
La cafetería se quedó en silencio. No es común ver a un juez mezclándose con la plebe, y mucho menos acercándose a la mesa de la defensa.
—Licenciado Sánchez —dijo ella con una sonrisa maternal—. María, querida.
María se puso de pie de un salto, instintivamente respetuosa.
—Jueza Elena… buenas tardes.
—Siéntate, niña. No estamos en sesión. —Elena me miró—. Tienes talento, Juan. Mucho talento. Me recuerdas a alguien.
—Espero que sea a alguien que le caiga bien, Jueza.
—Me recuerdas a tu madre —soltó ella.
El sándwich se me hizo piedra en el estómago. María nos miró a los dos, confundida.
—¿Conocía a su madre, Jueza? —preguntó María.
—Oh, sí. Carmen era… apasionada. Como tú, Juan. A veces, la pasión nos ciega ante la realidad. Ella también creía ver conspiraciones donde solo había orden. Es una lástima lo que le pasó.
Apreté los puños debajo de la mesa hasta que mis uñas se clavaron en la carne. Esta mujer era el demonio. Estaba usando la memoria de mi madre para provocarme frente a todos.
—Mi madre no veía conspiraciones, Jueza. Veía criminales con toga. Y créame, tengo muy buena vista, heredada de ella.
La sonrisa de Elena no vaciló, pero sus ojos se enfriaron.
—Ten cuidado, Juan. Santa Cruz es un lugar peligroso para los que tienen demasiada imaginación. Y tú, María… —se giró hacia ella, tomándola de la mano con una ternura falsa—. Estoy decepcionada. Pensé que te había enseñado a distinguir entre la justicia y el circo. Estás tirando tu carrera por la borda siguiendo a este… forastero.
—Él me dio una oportunidad cuando nadie más lo hizo, Jueza —dijo María, retirando su mano suavemente—. Y creo que Rivas es inocente.
Elena suspiró, como una madre tolerando a una hija rebelde.
—Ya veremos, querida. Ya veremos. Esta noche, daré una pequeña cena en mi casa. Solo amigos cercanos. Me gustaría que vinieras, María. Sola. Necesitamos hablar de tu futuro.
—Ella está ocupada preparando la defensa —intervine.
—Deja que ella decida, Juan. No eres su dueño. ¿Verdad, María? Te espero a las 8. No faltes.
Elena se dio la vuelta y se fue, dejando un rastro de perfume caro y amenaza.
—No vas a ir —le dije a María en cuanto Elena estuvo lejos.
—Tengo que ir —respondió ella, sentándose—. Si no voy, pensará que tengo miedo. Además, quiero saber qué quiere.
—Quiere ponerte en mi contra. Quiere envenenarte el oído. Esa mujer es experta en manipular.
—Juan, confía en mí. Sé cuidarme. Y si ella sabe algo, necesito averiguarlo. Además… tengo preguntas sobre mi madre. Ella la conocía. Quizás esta noche pueda sacar algo de información.
La miré. Estaba jugando con fuego, pero no podía detenerla. Si la obligaba a no ir, la perdería.
—Está bien. Pero llevas un micrófono.
—¿Qué? No. Si me descubren…
—Llevas un micrófono o te amarro a esta silla. No voy a dejar que te metas en la boca del lobo sin una cuerda de seguridad.
La Cena de las Bestias
Esa noche, mientras yo vigilaba desde una camioneta van estacionada a dos cuadras de la mansión de Elena, escuchando a través de los audífonos, María entraba al territorio enemigo.
Llevaba un broche en la solapa de su vestido, que en realidad era un transmisor de alta gama.
Escuché el sonido de sus tacones sobre el mármol, el saludo del mayordomo y luego, la voz de Elena.
—Bienvenida, hija. Qué bueno que viniste. Pasa, pasa.
—Gracias por la invitación, Jueza.
—Por favor, dime Elena. Aquí no soy jueza. Soy tu amiga.
Escuché el sonido de copas brindando.
—María, voy a ser directa. Me preocupas. Ese hombre, Juan Sánchez… tiene un pasado oscuro. Su tío es un narcotraficante de la Ciudad de México. Es gente violenta.
—Él ha sido respetuoso conmigo, Elena. Y es un buen abogado.
—Es un buen manipulador. Te está usando. Quiere vengarse de mí porque yo no permití que su madre torciera la ley hace años. Carmen era corrupta, María. Aceptaba sobornos del Cártel. Yo tuve que detenerla. Y ahora su hijo viene a manchar mi nombre.
Apreté los audífonos contra mis oídos. Mentirosa. Maldita mentirosa.
—¿Corrupta? —preguntó María—. Juan me dijo que ella investigaba corrupción.
—Claro que te diría eso. Los villanos siempre creen que son los héroes de su historia. Pero mira los hechos, María. ¿Quién defiende a un asesino como Rivas? Solo otro criminal. Te ofrezco algo mejor. Deja el caso. Vente a trabajar conmigo a la corte. Te conseguiré tu licencia de vuelta. Serás mi asistente personal. Te prepararé para ser jueza algún día.
Era una oferta tentadora. La vida resuelta. Poder. Prestigio. Todo lo que María había soñado. Hubo un silencio largo en la transmisión.
—¿Y qué pasa con la verdad sobre Rivas? —preguntó María finalmente.
—La verdad es relativa, querida. Lo que importa es el orden. Rivas es un sacrificio necesario para mantener la paz en Santa Cruz. Si lo liberas, el Caimán se enojará. Y cuando el Caimán se enoja, corre sangre inocente. ¿Quieres eso en tu conciencia?
—¿Usted protege al Caimán? —la voz de María tembló.
—Yo controlo al Caimán. Es diferente. Alguien tiene que mantener a las bestias a raya. A veces, hay que ensuciarse las manos para mantener la ciudad limpia. Tu madre lo entendía… al principio.
—¿Mi madre? —María se tensó. Lo pude escuchar en su respiración—. ¿Qué pasó con ella, Elena? Usted me dijo que ella se había ido con otro hombre. Que me había abandonado.
—Y así fue. Pero antes de irse… cometió errores. Se involucró con gente como Juan Sánchez. Por eso desapareció. No quiero que te pase lo mismo.
De repente, escuché un ruido extraño. Interferencia. Y luego, silencio.
—¿María? —susurré al micrófono—. ¿María?
Nada.
—¡Mierda!
Arranqué la camioneta. No me importaba el sigilo. Si le habían hecho algo, iba a entrar por la puerta principal con el auto.
Pero entonces, mi celular vibró. Era un mensaje de texto de María.
“Estoy bien. Fui al baño. Me quité el micrófono porque sospechaban. Voy a salir en 10 minutos. Tengo lo que necesito.”
Respiré. Esa mujer tenía nervios de acero.
La Revelación
Media hora después, recogí a María en la esquina. Se subió al auto y se quedó callada un largo rato.
—¿Y bien? —pregunté, manejando hacia nuestra oficina.
María miró por la ventana.
—Ella admitió que controla al Caimán. Admitió que Rivas es un sacrificio. Es todo lo que dijiste, Juan. Es un monstruo.
—Te lo dije.
—Pero dijo algo de mi madre. Dijo que “cometió errores”. Dijo que se fue… pero la forma en que lo dijo… sentí que estaba hablando de una muerta.
María se giró hacia mí, con lágrimas en los ojos.
—Juan, tú sabes algo más, ¿verdad? Sabes qué le pasó a mi madre. Por eso me contrataste. Porque nuestras madres están conectadas.
Frené el coche en un semáforo en rojo. La miré. Ya no podía mentirle completamente.
—Tu madre no te abandonó, María. Ella era la masajista de Elena. Ella vio algo esa noche. La noche que mataron a mi madre. Tu madre fue la testigo clave. Y por eso… por eso el Caimán fue tras ella.
María se cubrió la boca, sollozando.
—¿Está muerta?
—No lo sé —dije, y esa era la única verdad a medias que me quedaba—. Mi madre me dio una tarjeta de memoria antes de morir. Pero tu madre… tu madre tenía la información en su cabeza. Si está viva, Elena la tiene. Y si la tiene… la vamos a encontrar.
El semáforo cambió a verde.
—Vamos a terminar esto, Juan —dijo María, secándose las lágrimas con rabia—. Mañana en la audiencia, no quiero solo ganar. Quiero destruirla.
—Mañana es el turno de la defensa —sonreí, una sonrisa depredadora—. Y tengo una sorpresa preparada. Un testigo que nadie espera.
—¿Quién?
—El único hombre al que el Caimán no puede matar.
El Final del Acto
Mientras tanto, en una celda oscura del penal, Rivas recibía una visita inesperada. No era su abogado. No era su esposa.
Era El Caimán, vestido con uniforme de guardia de seguridad.
—Hola, Víctor —dijo el gángster, encendiendo uno de sus cigarros de vainilla.
Rivas se encogió en su camastro.
—Me dijeron que estaba protegido… que mi esposa…
—Tu esposa está bien, por ahora. Ese abogado tuyo es listo. La movió rápido. Pero tú… tú sigues aquí.
El Caimán sacó una foto de su bolsillo. Era una foto de Juan Sánchez de niño.
—Este abogado… es el hijo de Carmen. ¿Lo sabías?
Rivas asintió, temblando.
—Bien. Porque él no quiere salvarte, Víctor. Él quiere usarte para llegar a mí y a la Jueza. Y cuando termine contigo… te va a tirar a la basura. Yo te ofrezco algo mejor.
—¿Qué? —susurró Rivas.
—Mañana, en el estrado… vas a decir que Juan Sánchez te obligó a mentir. Que él te amenazó. Haz eso, y te garantizo que saldrás de aquí en dos años por buena conducta. Y te daré un millón de pesos para que te largues del país.
El Caimán se acercó a los barrotes, exhalando el humo en la cara de Rivas.
—Fállame, Víctor… y te juro que voy a encontrar a tu esposa, aunque la escondan en la Luna. Y a ti te voy a desollar vivo en este mismo cuarto.
El Caimán se fue, dejando a Rivas solo con su miedo y el olor a vainilla y muerte.
Mañana sería el día decisivo. Y en el teatro de las mentiras, nadie sabía quién iba a olvidar su guion.
PARTE 2: LA BOCA DEL LOBO
CAPÍTULO 4: EL TEATRO DE LAS MENTIRAS
La Armadura del Guerrero
El espejo del baño del despacho devolvía la imagen de un hombre que parecía tener el mundo bajo control, aunque por dentro sus cimientos estuvieran temblando. Me ajusté el nudo de la corbata —una seda italiana color vino sangre— y me pasé la mano por el cabello engominado.
La guerra no se gana solo con balas; se gana con percepción. Y hoy, tenía que parecerme al diablo, pero hablar como un ángel.
Salí a la recepción. El ambiente era eléctrico. Beto, el gordo ex-matón convertido en mi asistente, estaba intentando meter su inmensa humanidad en un chaleco antibalas debajo de su camisa talla XXXXXL.
—Jefe, con este calor me voy a cocer en mi propio jugo —se quejó, secándose el sudor de la frente con una toalla pequeña que ya estaba empapada.
—Prefiero que te cuezas a que te perforen, Beto. El Caimán va a tener gente en la audiencia. Ojos abiertos. Si ves a alguien con las manos en los bolsillos o con cara de estreñimiento crónico, te pones entre María y él. ¿Entendido?
—Sí, jefe. Yo soy el muro.
María salió de su oficina. Llevaba el mismo traje sastre gris, pero había algo diferente en ella. Ya no tenía esa postura derrotada de la abogada suspendida. Tenía la barbilla alta. La noche anterior, huyendo de los sicarios y escondiéndonos en la cocina del Alcalde muerto, había despertado algo en ella. Miedo, sí, pero también indignación. Y la indignación es la gasolina de la justicia.
—¿Lista para el show, licenciada? —le pregunté, notando cómo revisaba compulsivamente los folios del expediente.
Ella levantó la vista. Sus ojos tenían ojeras, pero brillaban con determinación.
—No es un show, Juan. Es la vida de un hombre. Aunque ese hombre sea Rivas, un corrupto que merece la cárcel por otras cosas, no merece morir por un crimen que no cometió.
—En Santa Cruz, todo es un show, María. La política, la religión y la ley. Solo asegúrate de saberte tu guion y de no dejar que Elena se te meta en la cabeza. Recuerda lo que escuchaste anoche. Ella no es tu amiga. Es la dueña del circo.
El Circo Romano
El Palacio de Justicia de Santa Cruz era un edificio brutalista de los años 70, manchado por la humedad y el tiempo, una mole de concreto que parecía diseñada para aplastar el espíritu humano. Ese día, parecía un hormiguero pateado. Había unidades móviles de televisión de todo el estado, vendedores ambulantes vendiendo “Tacos de Canasta El Juicio” y aguas frescas, y un cordón policial que más parecía una zona de guerra.
Cuando mi Porsche (reparado mágicamente durante la noche gracias a los contactos de mi tío Lalo en un taller clandestino) se detuvo frente a las escalinatas, los flashes estallaron como granadas de luz.
Bajé del auto con una sonrisa de millón de dólares. Le abrí la puerta a María. Ella vaciló un segundo ante la multitud, pero le ofrecí mi brazo.
—Sonríe —le susurré—. Que vean que no tenemos miedo. Que huelan nuestra confianza, no nuestro pánico.
Los reporteros se nos echaron encima como pirañas oliendo sangre en el agua.
—¡Licenciado Sánchez! ¿Es cierto que va a alegar locura para Rivas?
—¡Abogado! ¿Quién cree que mató al Alcalde?
—¡María! ¿Es verdad que golpeaste a otro juez? ¿Vas a golpear a Elena hoy?
Levanté la mano, pidiendo silencio con el gesto de un mesías de barrio.
—Señores, señores… tranquilos. Hay declaraciones para todos. —Me acerqué a los micrófonos, disfrutando el momento—. Lo único que voy a decir es esto: Hoy van a ver cómo se cae el teatro. La Fiscalía tiene un guion muy bonito, escrito por gente muy poderosa, pero se les olvidó un detalle… la verdad es terca. Y mi cliente, el Comandante Rivas, es tan inocente como un bebé recién nacido. Al menos de este homicidio.
Un reportero del periódico local, El Sol de Santa Cruz (propiedad de uno de los socios de Elena), gritó con veneno en la voz:
—¡Rivas fue encontrado con el arma humeante y borracho sobre el cadáver! ¿Cómo explica eso?
Me bajé los lentes de sol y miré a la cámara, sabiendo que Elena me estaría viendo desde su despacho privado, bebiendo su té importado.
—Si yo te pongo una pistola en la mano mientras duermes y mato a alguien a tu lado… ¿eres tú el asesino o eres la víctima de una puesta en escena? La evidencia física no miente, pero la gente que la interpreta sí. Nos vemos adentro.
Entramos al edificio, dejando el caos atrás, pero llevando la tormenta con nosotros.
La Sala de Audiencias
El aire acondicionado estaba al máximo, zumbando como un motor viejo, pero se sentía el calor humano. La Sala 1 estaba a reventar. En primera fila, la viuda del Alcalde lloraba con un pañuelo de encaje negro, consolada por el mismísimo Caimán, que vestía un traje negro que parecía disfraz, intentando verse solemne. Llevaba una corbata demasiado ancha y un reloj de oro que costaba más que la educación de todos los presentes.
Qué imagen tan grotesca. El asesino consolando a la viuda de su víctima. Y lo peor, es que ella probablemente lo sabía y lo aceptaba. El poder en México es un matrimonio por conveniencia.
Nos sentamos en la mesa de la defensa. Rivas ya estaba ahí, traído desde las celdas subterráneas. Se veía peor que ayer. Tenía un labio hinchado y temblaba incontrolablemente. Sus ojos saltaban de un lado a otro, buscando una salida que no existía.
—Me dijeron que me van a matar hoy —susurró Rivas sin mirarme, con la voz rota—. Dijeron que si abro la boca, mi esposa no llega a la cena. El Caimán vino a verme anoche.
Me incliné hacia él, tapando mi boca con la mano para que no leyeran mis labios.
—Tu esposa está a salvo, Víctor. Mi gente la sacó de su casa a las 5 de la mañana en una camioneta de lavandería. Ahora mismo está en un Airbnb en Guadalajara, viendo Netflix y comiendo tortas ahogadas. Nadie la va a tocar. Pero si te rajas, si te declaras culpable o si mientes para protegerlos… entonces sí, no puedo protegerte de lo que te espera en el penal. Te van a comer vivo ahí dentro.
Rivas me miró con algo que no había visto antes en él: una mezcla de terror y respeto. Asintió levemente, aunque el sudor frío seguía corriendo por su sien.
—¡Todos de pie! —gritó el alguacil—. Preside la Honorable Jueza Elena Quiñones.
El silencio fue instantáneo. Elena entró.
Tengo que admitirlo, la mujer tenía presencia. Caminaba con una elegancia que no se aprende, se nace con ella. Su toga negra parecía una vestimenta real, no un uniforme burocrático. Subió al estrado, se sentó y escaneó la sala con esos ojos inteligentes y fríos. Su mirada se detuvo un segundo en mí, luego en María, y finalmente en Rivas. Era la mirada de un depredador evaluando a la manada.
—Pueden sentarse —dijo con voz suave pero firme—. Estamos aquí para la audiencia de vinculación a proceso en la causa penal 45/2024 contra Víctor Rivas por el delito de Homicidio Calificado. Fiscal Mendoza, tiene la palabra.
El Fiscal Mendoza se levantó. Era un hombre bajo, calvo y agresivo, como un perro de pelea mal entrenado. Se ajustó el saco y caminó hacia el centro de la sala, disfrutando de ser el centro de atención.
—Su Señoría —empezó Mendoza, paseándose frente al estrado—. Este caso es simple. Trágico, pero simple. Tenemos el arma homicida, una Glock 9mm registrada a nombre del acusado, con sus huellas dactilares. Tenemos pruebas de rodizonato de sodio positivas en sus manos. Y tenemos el motivo: Rivas estaba siendo investigado por el Alcalde por desvío de fondos, y en un ataque de furia alcohólica, lo asesinó. No hay misterio aquí. Pedimos la vinculación inmediata y prisión preventiva oficiosa. Es un peligro para la sociedad.
Elena asintió, tomando notas en una libreta de piel.
—Licenciado Sánchez —dijo ella, mirándome—. ¿Su defensa?
Me levanté despacio. No fui al podio. Caminé hacia el centro de la sala, desabotonándome el saco con calma deliberada. Dejé que el silencio se extendiera un momento, creando tensión.
—Su Señoría, el Fiscal tiene razón en una cosa: esto es una tragedia. Pero la tragedia no es solo la muerte del Alcalde. La tragedia es la incompetencia criminal de la Fiscalía de este estado.
—¡Objeción! —gritó Mendoza, poniéndose rojo—. ¡Está atacando a la institución sin fundamentos! ¡Es irrelevante!
—¿Sin fundamentos? —Me giré hacia Mendoza—. Fiscal, dígame, ¿a qué hora llegó la policía a la escena del crimen?
—A las 11:45 PM.
—Correcto. ¿Y a qué hora se aseguró el perímetro?
—Inmediatamente.
—Falso —saqué una tablet de mi maletín y la conecté a la pantalla de la sala—. María, por favor.
María, con manos firmes, reprodujo un video. No era el video de nosotros entrando (eso sería suicidio procesal), sino un video de una cámara de seguridad de un vecino que habíamos conseguido “prestado” esa mañana a cambio de perdonarle una deuda legal.
En el video granulado, se veía la entrada de la casa de campo del Alcalde a las 11:30 PM. Se veían luces de linternas moviéndose dentro, sombras alargadas. Y luego, a las 11:40 PM, cinco minutos antes de que llegara la primera patrulla oficial, se veía salir una camioneta Suburban negra sin placas a toda velocidad.
La sala contuvo el aliento. En la primera fila, El Caimán dejó de masticar su chicle y sus ojos se entrecerraron.
—Su Señoría —dije, señalando la pantalla—. Cinco minutos antes de que la policía “asegurara” la escena, un vehículo no identificado salió de la propiedad. La cadena de custodia estaba rota antes de que empezara. Cualquiera pudo haber entrado, plantado el arma, puesto las huellas de mi cliente (que estaba inconsciente por el alcohol, o quizás drogado) y salido.
—Eso es especulación —dijo Elena, su voz tranquila, pero sus ojos clavados en el video. Estaba calculando el daño.
—Es duda razonable, Jueza. Y hay más. —Me acerqué al estrado, mirando a Elena a los ojos—. Encontramos inconsistencias en el reporte de balística. El ángulo del disparo no coincide con la altura de mi cliente. A menos que Rivas disparara levitando o colgado del techo como el Hombre Araña, es físicamente imposible que él hiciera ese tiro. La bala entró de abajo hacia arriba en un ángulo de 45 grados. Rivas mide 1.70. El Alcalde medía 1.80. Haga las matemáticas.
Mendoza estaba furioso.
—¡Esto es un circo! ¡El abogado está inventando teorías de conspiración! ¡Ese video no prueba nada!
—Lo que estoy haciendo, Fiscal, es su trabajo —le espeté—. Porque parece que usted estaba muy ocupado cerrando el caso para irse a cenar en lugar de investigar. O quizás le ordenaron no investigar.
Elena golpeó el mazo con fuerza. El sonido resonó como un disparo.
—¡Orden! Licenciado Sánchez, modere su tono. Fiscal Mendoza, ¿qué tiene que decir sobre ese vehículo?
—No… no teníamos conocimiento de ese video, Su Señoría. Debe ser verificado. Podría ser un montaje de la defensa.
—Verifíquenlo —ordenó Elena—. Pero hasta entonces, la prueba del arma sigue siendo contundente.
—Jueza —intervine, lanzando mi segunda carta—, solicito que se admitan como prueba los registros telefónicos del Alcalde. Sabemos que hizo una llamada a las 10:00 PM. Una llamada de 20 minutos. Queremos saber a quién llamó. Esa llamada provocó la reunión. Esa llamada provocó la muerte.
Elena dudó. Sabía que esa llamada podía ser peligrosa. Seguramente la llamada era al Caimán, o peor, a ella misma.
—La privacidad de la víctima debe respetarse…
—La víctima está muerta, Jueza. Mi cliente está vivo y luchando por su libertad. ¿Qué es más importante? ¿La privacidad de un cadáver o la justicia para un vivo?
Elena me miró. Fue un duelo de miradas que duró segundos pero pareció horas. Ella sabía que yo sabía. Y sabía que si me bloqueaba demasiado, se vería sospechosa ante la prensa. Tenía que jugar a ser imparcial para destruirme después.
—Se admite la solicitud —dijo ella, sorprendiendo a Mendoza y al Caimán—. La Fiscalía entregará los registros. Se decreta un receso de dos horas.
El mazo golpeó.
La sala estalló en murmullos. Me acerqué a Rivas.
—Aguanta, Víctor. Ganamos el primer round. Pero ahora viene lo difícil.
Rivas me miró, secándose el sudor.
—El Caimán no se va a quedar quieto.
—Yo tampoco, Víctor. Yo tampoco.
El Almuerzo con el Enemigo
Salimos de la sala hacia la cafetería del tribunal. María estaba eufórica.
—¡Lo lograste! —dijo, casi sonriendo por primera vez en días—. Admitieron los registros. Si encontramos a quién llamó, tenemos al verdadero culpable.
—No cantes victoria, María. Elena no es tonta. Si aceptó, es porque cree que puede manipular esos registros antes de que nos lleguen. O porque sabe que el número es de un teléfono desechable que no lleva a ningún lado.
Nos sentamos en una mesa de plástico. Beto nos trajo unos sándwiches y refrescos, mirando a todos lados como un perro guardián paranoico.
—Jefe —dijo Beto, bajando la voz y acercándose—, vi al Caimán hablando con Mendoza en el baño hace rato. Se veían muy enojados. Y el Caimán hizo una llamada. Dijo algo de “preparar el paquete”.
—¿El paquete? —preguntó María, alarmada.
—Drogas —dije—. O una bomba. O un testigo falso. Con esa gente, “paquete” puede ser cualquier cosa. Incluso un cuerpo.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa. El aire se volvió más frío.
Levanté la vista. Era la Jueza Elena.
La cafetería se quedó en silencio. No es común ver a un juez mezclándose con la plebe, y mucho menos acercándose a la mesa de la defensa en medio de un juicio. Los abogados de otras mesas dejaron de comer para escuchar.
—Licenciado Sánchez —dijo ella con una sonrisa maternal, esa sonrisa que usaba para ocultar sus colmillos—. María, querida.
María se puso de pie de un salto, instintivamente respetuosa, aunque sus manos estaban cerradas en puños.
—Jueza Elena… buenas tardes.
—Siéntate, niña. No estamos en sesión. —Elena me miró, ignorando a María—. Tienes talento, Juan. Mucho talento. Me recuerdas a alguien.
—Espero que sea a alguien que le caiga bien, Jueza. O al menos a alguien que siga vivo.
—Me recuerdas a tu madre —soltó ella.
El sándwich se me hizo piedra en el estómago. María nos miró a los dos, confundida.
—¿Conocía a su madre, Jueza? —preguntó María.
—Oh, sí. Carmen era… apasionada. Como tú, Juan. A veces, la pasión nos ciega ante la realidad. Ella también creía ver conspiraciones donde solo había orden. Es una lástima lo que le pasó. Se ahogó en su propia ambición.
Apreté los puños debajo de la mesa hasta que mis uñas se clavaron en la carne. Esta mujer era el demonio. Estaba usando la memoria de mi madre para provocarme frente a todos, para hacerme perder los estribos y cometer un error.
—Mi madre no veía conspiraciones, Jueza. Veía criminales con toga. Y créame, tengo muy buena vista, heredada de ella. Y a diferencia de ella, yo sé nadar contra corriente.
La sonrisa de Elena no vaciló, pero sus ojos se enfriaron, perdiendo esa calidez falsa.
—Ten cuidado, Juan. Santa Cruz es un lugar peligroso para los que tienen demasiada imaginación. El mar aquí tiene corrientes muy fuertes. Y tú, María… —se giró hacia ella, tomándola de la mano con una ternura falsa que me dio náuseas—. Estoy decepcionada. Pensé que te había enseñado a distinguir entre la justicia y el circo. Estás tirando tu carrera por la borda siguiendo a este… forastero.
—Él me dio una oportunidad cuando nadie más lo hizo, Jueza —dijo María, retirando su mano suavemente pero con firmeza—. Y creo que Rivas es inocente.
Elena suspiró, como una madre tolerando a una hija rebelde.
—Ya veremos, querida. Ya veremos. Esta noche, daré una pequeña cena en mi casa. Solo amigos cercanos. Me gustaría que vinieras, María. Sola. Necesitamos hablar de tu futuro. Tengo una vacante en mi despacho personal.
—Ella está ocupada preparando la defensa —intervine, poniéndome de pie para cortar la interacción.
—Deja que ella decida, Juan. No eres su dueño. ¿Verdad, María? Te espero a las 8. No faltes.
Elena se dio la vuelta y se fue, dejando un rastro de perfume caro y amenaza que flotaba sobre el olor a grasa de la cafetería.
—No vas a ir —le dije a María en cuanto Elena estuvo lejos.
—Tengo que ir —respondió ella, sentándose—. Si no voy, pensará que tengo miedo. Además, quiero saber qué quiere.
—Quiere ponerte en mi contra. Quiere envenenarte el oído. Esa mujer es experta en manipular.
—Juan, confía en mí. Sé cuidarme. Y si ella sabe algo, necesito averiguarlo. Además… tengo preguntas sobre mi madre. Ella la conocía. Quizás esta noche pueda sacar algo de información.
La miré. Estaba jugando con fuego, pero no podía detenerla. Si la obligaba a no ir, la perdería. Ella necesitaba ver la verdad por sí misma.
—Está bien. Pero llevas un micrófono.
—¿Qué? No. Si me descubren…
—Llevas un micrófono o te amarro a esta silla. No voy a dejar que te metas en la boca del lobo sin una cuerda de seguridad. Beto tiene unos dispositivos espía que compramos en el Barrio Chino del DF. Son pequeños, parecen joyería.
La Cena de las Bestias
Esa noche, el cielo estaba despejado, pero la oscuridad se sentía densa. Yo estaba vigilando desde una camioneta van de cristales tintados estacionada a dos cuadras de la mansión de Elena, escuchando a través de los audífonos con el corazón en la garganta.
María entraba al territorio enemigo. Llevaba un broche en la solapa de su vestido negro, que en realidad era un transmisor de alta gama.
Escuché el sonido de sus tacones sobre el mármol, el saludo del mayordomo y luego, la voz de Elena.
—Bienvenida, hija. Qué bueno que viniste. Pasa, pasa.
—Gracias por la invitación, Jueza.
—Por favor, dime Elena. Aquí no soy jueza. Soy tu amiga.
Escuché el sonido de copas brindando. Cristal contra cristal.
—María, voy a ser directa. Me preocupas. Ese hombre, Juan Sánchez… tiene un pasado oscuro. Su tío es un narcotraficante de la Ciudad de México. Es gente violenta.
—Él ha sido respetuoso conmigo, Elena. Y es un buen abogado.
—Es un buen manipulador. Te está usando. Quiere vengarse de mí porque yo no permití que su madre torciera la ley hace años. Carmen era corrupta, María. Aceptaba sobornos del Cártel. Yo tuve que detenerla. Y ahora su hijo viene a manchar mi nombre.
Apreté los audífonos contra mis oídos. Mentirosa. Maldita mentirosa. Mi madre murió por ser honesta.
—¿Corrupta? —preguntó María—. Juan me dijo que ella investigaba corrupción.
—Claro que te diría eso. Los villanos siempre creen que son los héroes de su historia. Pero mira los hechos, María. ¿Quién defiende a un asesino como Rivas? Solo otro criminal. Te ofrezco algo mejor. Deja el caso. Vente a trabajar conmigo a la corte. Te conseguiré tu licencia de vuelta. Serás mi asistente personal. Te prepararé para ser jueza algún día.
Era una oferta tentadora. La vida resuelta. Poder. Prestigio. Todo lo que María había soñado desde que entró a la facultad de derecho. Hubo un silencio largo en la transmisión.
—¿Y qué pasa con la verdad sobre Rivas? —preguntó María finalmente. Su voz no tembló.
—La verdad es relativa, querida. Lo que importa es el orden. Rivas es un sacrificio necesario para mantener la paz en Santa Cruz. Si lo liberas, el Caimán se enojará. Y cuando el Caimán se enoja, corre sangre inocente. ¿Quieres eso en tu conciencia?
—¿Usted protege al Caimán? —la voz de María sonó horrorizada.
—Yo controlo al Caimán. Es diferente. Alguien tiene que mantener a las bestias a raya. A veces, hay que ensuciarse las manos para mantener la ciudad limpia. Tu madre lo entendía… al principio.
—¿Mi madre? —María se tensó. Lo pude escuchar en su respiración rápida—. ¿Qué pasó con ella, Elena? Usted me dijo que ella se había ido con otro hombre. Que me había abandonado.
—Y así fue. Pero antes de irse… cometió errores. Se involucró con gente como Juan Sánchez. Por eso desapareció. No quiero que te pase lo mismo. Ella era débil, María. Tú puedes ser fuerte.
De repente, escuché un ruido extraño. Interferencia estática. Y luego, silencio.
—¿María? —susurré al micrófono—. ¿María?
Nada.
—¡Mierda!
Arranqué la camioneta, haciendo rechinar las llantas. No me importaba el sigilo. Si le habían hecho algo, iba a entrar por la puerta principal con el auto, atropellando a quien se pusiera enfrente.
Pero entonces, mi celular vibró. Era un mensaje de texto de María.
“Estoy bien. Fui al baño. Me quité el micrófono porque sospechaban. Voy a salir en 10 minutos. Tengo lo que necesito.”
Respiré, golpeando el volante. Esa mujer tenía nervios de acero.
La Revelación
Media hora después, recogí a María en la esquina. Se subió al auto y se quedó callada un largo rato mientras conducía de regreso a la oficina.
—¿Y bien? —pregunté, rompiendo el silencio.
María miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar.
—Ella admitió que controla al Caimán. Admitió que Rivas es un sacrificio. Es todo lo que dijiste, Juan. Es un monstruo. Todo lo que creía sobre ella… era mentira.
—Te lo dije.
—Pero dijo algo de mi madre. Dijo que “cometió errores”. Dijo que se fue… pero la forma en que lo dijo… sentí que estaba hablando de una muerta.
María se giró hacia mí, con lágrimas en los ojos.
—Juan, tú sabes algo más, ¿verdad? Sabes qué le pasó a mi madre. Por eso me contrataste. Porque nuestras madres están conectadas. No soy tonta.
Frené el coche en un semáforo en rojo. La miré. Ya no podía mentirle completamente. Merecía saber la verdad, o al menos, la parte de la verdad que yo conocía.
—Tu madre no te abandonó, María. Ella era la masajista de Elena. Ella vio algo esa noche. La noche que mataron a mi madre. Tu madre fue la testigo clave. Ella tomó una foto. Y por eso… por eso el Caimán fue tras ella.
María se cubrió la boca, sollozando.
—¿Está muerta?
—No lo sé —dije, y esa era la única verdad a medias que me quedaba—. Mi madre me dio una tarjeta de memoria antes de morir. Pero tu madre… tu madre tenía la información en su cabeza. Si está viva, Elena la tiene o sabe dónde está. Y si la tiene… la vamos a encontrar.
El semáforo cambió a verde.
—Vamos a terminar esto, Juan —dijo María, secándose las lágrimas con rabia—. Mañana en la audiencia, no quiero solo ganar. Quiero destruirla. Quiero que pague por cada lágrima.
—Mañana es el turno de la defensa —sonreí, una sonrisa depredadora—. Y tengo una sorpresa preparada. Un testigo que nadie espera.
—¿Quién?
—El único hombre al que el Caimán no puede matar. Y el único hombre que puede vincular al Caimán con el Alcalde.
El Final del Acto
Mientras tanto, en una celda oscura del penal, Rivas recibía una visita inesperada. No era su abogado. No era su esposa.
Era El Caimán, vestido con uniforme de guardia de seguridad.
—Hola, Víctor —dijo el gángster, encendiendo uno de sus cigarros de vainilla. El humo llenó la pequeña celda.
Rivas se encogió en su camastro, abrazando sus rodillas.
—Me dijeron que estaba protegido… que mi esposa…
—Tu esposa está bien, por ahora. Ese abogado tuyo es listo. La movió rápido. Pero tú… tú sigues aquí. Y aquí, yo soy Dios.
El Caimán sacó una foto de su bolsillo. Era una foto de Juan Sánchez de niño, una copia de la ficha policial de la desaparición hace años.
—Este abogado… es el hijo de Carmen. ¿Lo sabías?
Rivas asintió, temblando.
—Bien. Porque él no quiere salvarte, Víctor. Él quiere usarte para llegar a mí y a la Jueza. Y cuando termine contigo… te va a tirar a la basura. Él quiere venganza, no justicia. Yo te ofrezco algo mejor.
—¿Qué? —susurró Rivas.
—Mañana, en el estrado… vas a decir que Juan Sánchez te obligó a mentir. Que él te amenazó. Haz eso, y te garantizo que saldrás de aquí en dos años por buena conducta. Y te daré un millón de pesos para que te largues del país. Te irás a Brasil, donde nadie te conoce.
El Caimán se acercó a los barrotes, exhalando el humo en la cara de Rivas.
—Fállame, Víctor… y te juro que voy a encontrar a tu esposa, aunque la escondan en la Luna. Y a ti te voy a desollar vivo en este mismo cuarto y voy a transmitir el video a tu abogado.
El Caimán se fue, dejando a Rivas solo con su miedo y el olor a vainilla y muerte.
Mañana sería el día decisivo. Y en el teatro de las mentiras, nadie sabía quién iba a olvidar su guion.