JAMÁS VIAJES SIN REZAR: La Aterradora Historia Real de Por Qué NUNCA Debes Tocar lo Sagrado en un Pueblo Mágico

PARTE 1: EL PECADO

CAPÍTULO 1: LA TENTACIÓN EN LA SIERRA

El calor en San Juan de las Nieblas no era normal ese día. No era ese calor seco y tolerable del norte, ni el bochorno húmedo de la costa. Era un calor pesado, estático, de esos que se te pegan a la ropa y te hacen sentir que el aire se ha vuelto sólido. Estábamos a mediados de julio, en lo profundo de la Sierra de Oaxaca, un lugar donde los mapas a veces olvidan poner nombres y donde el GPS del celular simplemente se rinde y muere.

Llevábamos un año ahí. Doce meses interminables de servicio social. Éramos un grupo mixto: dos médicos, un dentista, una abogada y yo, que estudiaba administración. Nos decíamos “Los Chilangos”, aunque solo dos éramos de la Ciudad de México; el resto venía de Puebla y del Estado de México, pero para los locales, todos éramos extranjeros. Todos éramos intrusos.

—Ya me tienes hasta la madre, pinche pueblo bicicletero —masculló Néstor, pateando una piedra que rebotó con eco seco en la calle empedrada.

Néstor era el dentista del grupo. Un tipo flaco, nervioso, con esa ansiedad perpetua de quien siente que la vida le debe algo y no se lo está pagando lo suficientemente rápido. Tenía esa maña de tronarse los dedos cuando estaba desesperado, y últimamente, se los tronaba todo el tiempo. Su familia en la ciudad estaba pasando por una racha terrible; su papá había perdido el taxi con el que trabajaba y las deudas los estaban ahogando. Néstor no hablaba mucho de eso, pero se le notaba en la mirada hambrienta, en cómo cuidaba cada peso, en cómo se quejaba de que el servicio social era “esclavitud moderna”.

—Relájate, güey. Ya nos vamos mañana —le contestó Ximena, la pasante de medicina. Ella era todo lo contrario a Néstor: tranquila, respetuosa, casi mística. Se había pasado el año aprendiendo zapoteco con las abuelas del pueblo y comprando hierbas en el mercado. Tenía un respeto profundo, casi temeroso, por San Juan.

Estábamos sentados en la banqueta afuera de la pequeña clínica rural, esperando a que dieran las seis de la tarde para entregar las llaves al comité del pueblo. Las maletas ya estaban hechas, amontonadas como cadáveres de tela en la entrada.

—Mañana es mucho tiempo —insistió Néstor, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Necesito una chela, un cigarro de verdad y señal de internet. Siento que me asfixio aquí.

—Vamos a dar una última vuelta —propuse yo, tratando de calmar los ánimos. La tensión entre nosotros era palpable. El encierro y la convivencia forzada nos habían desgastado—. Vamos a la Capilla de las Ánimas. Nunca entramos realmente, solo la vimos por fuera.

Ximena dudó.
—No sé… Doña Chole me dijo que hoy es día de guardar para ellos. Algo sobre la luna y los ancestros. Mejor no buscamos pedos.

—Ay, no mames, Ximena —se burló Néstor, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de los jeans—. Siempre con tus brujerías. Es una iglesia, punto. Dios es el mismo aquí y en China. Si no quieres ir, quédate cuidando las maletas como la abuelita que eres. Yo voy. Necesito caminar o voy a golpear a alguien.

Néstor empezó a caminar calle arriba, hacia donde la neblina perpetua del pueblo comenzaba a lamer los techos de teja roja. Ximena suspiró, negó con la cabeza y se levantó.
—No lo voy a dejar ir solo. Es capaz de insultar a alguien y que nos linchen antes de irnos.

La seguimos. El pueblo estaba extrañamente desierto. Usualmente, a esa hora se veían señoras con rebozos cargando leña o niños jugando con llantas viejas. Pero hoy, las ventanas de madera estaban cerradas. Solo se escuchaba el viento silbando entre los ocotes gigantes que rodeaban el valle.

La Capilla de las Ánimas no era la iglesia principal del pueblo. Era una construcción antigua, del siglo XVII, hecha de piedra volcánica negra y argamasa. Estaba en una loma apartada, rodeada de cruces de madera vieja que se inclinaban como dientes podridos. No había cura asignado ahí; era un lugar que el pueblo manejaba bajo sus propias reglas, sus “usos y costumbres”.

Al llegar al atrio, el aire se sentía más frío, como si hubiéramos entrado en un refrigerador abierto. Las puertas de madera, talladas con figuras que parecían una mezcla entre ángeles bíblicos y demonios prehispánicos, estaban entreabiertas.

—Huele a copal… pero fuerte —murmuró Ximena, tapándose la nariz.

Empujamos la puerta. El chirrido de las bisagras oxidadas resonó como un grito en la nave vacía.
El interior era impresionante y aterrador a la vez. No había bancas ordenadas. El suelo estaba cubierto de pino fresco y miles de velas derretidas que formaban lagos de cera multicolor. Las paredes estaban ahumadas por siglos de peticiones. Y al fondo, en el altar mayor, estaba Ella.

La Virgen de los Dolores de San Juan. Pero no era la virgen doliente y suave que ves en las estampitas. Esta imagen era morena, con ojos de cristal que parecían demasiado reales, demasiado húmedos. Estaba vestida con ropajes de terciopelo negro bordados con hilo de plata real. Y sobre su cabeza… sobre su cabeza descansaba la razón de nuestra desgracia.

La Corona.

Incluso en la penumbra de la iglesia, iluminada solo por las velas temblorosas, esa cosa brillaba con luz propia. No era latón, ni baño de oro. Era oro macizo, grueso, pesado. Un trabajo de orfebrería colonial tosco pero magnífico. Tenía incrustaciones de rubíes, esmeraldas y perlas de río que parecían ojos observándote desde todas las direcciones.

Nos quedamos mudos. El silencio era absoluto, solo roto por nuestra propia respiración agitada.

Néstor caminó hacia el frente, como hipnotizado. Sus botas resonaban en el piso de piedra. Se detuvo justo frente a la reja de hierro forjado que separaba la nave del altar.
—No mames… —susurró. Su voz no tenía el tono burlón de siempre. Era un tono de reverencia, pero una reverencia enferma—. ¿Ya vieron eso? Es oro. Oro de verdad.

—Está bonita —dije yo, sintiendo una incomodidad creciente en el estómago. Quería irme.

—¿Bonita? —Néstor se giró hacia mí, con los ojos desorbitados. La luz de las velas le hacía sombras extrañas en la cara, haciéndolo parecer una calavera—. Güey, no es “bonita”. Es una fortuna. ¿Tienes idea de cuánto vale eso? Solo una de esas piedras paga toda mi carrera. Solo el peso del oro paga las deudas de mi jefe y sobra para comprarme una casa.

Se agarró de los barrotes de la reja. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Néstor, vámonos —dijo Ximena, su voz temblando. Ella no miraba la corona. Miraba a las sombras en las esquinas de la iglesia—. No me gusta cómo se siente aquí. Siento que nos están viendo.

—Claro que nos ven —dijo Néstor, sin soltar la reja—. Los pinches santos de madera nos ven. Pero ellos no hablan, Xime. Ellos no acusan.

—No hablo de los santos —respondió ella en un susurro—. Vámonos, por favor. Doña Chole me contó de esa corona. Dijo que tiene “sombra”. Que no pertenece a la iglesia, sino al pueblo, y que la cuidan cosas que no son de Dios. Dicen que el que la toca con codicia… se seca. Se seca por dentro y se lleva a los suyos entre las patas.

Néstor soltó una carcajada que rompió el ambiente sacro.
—Ay, por favor. Ya vas a empezar con tus cuentos de la Llorona y el Chupacabras. ¿Sabes qué es eso, Ximena? —señaló la corona con un dedo huesudo—. Eso es capital muerto. Está ahí, llenándose de polvo, adorando a un pedazo de madera, mientras allá afuera hay gente real, gente viva como mi familia, que se está partiendo la madre para comer. Es un insulto que eso esté ahí.

—Es su fe, Néstor. Tienes que respetar —intervine yo, poniéndome del lado de Ximena.

—¿Respetar? —Néstor escupió al suelo—. ¿Ellos nos respetaron este año? Nos trataron como apestados. Nos daban la comida más gacha, nos miraban mal si caminábamos por la calle equivocada. ¿Y yo tengo que respetar su pedazo de metal? No, carnal. El mundo es de los vivos, no de los santos.

Sacó su celular y encendió la linterna, apuntando directamente a la cerradura de la reja. Era un candado viejo, grande, pero oxidado.
—Esto se abre con un pasador —murmuró, casi para sí mismo.

—¿Qué estás pensando? —Ximena dio un paso atrás, horrorizada—. Néstor, ni se te ocurra. Nos van a linchar. ¿Escuchaste lo que le hicieron a los ladrones en el pueblo de al lado? Los quemaron vivos, Néstor. ¡Vivos!

Néstor apagó la linterna y se giró lentamente. Su rostro estaba transformado. Ya no era el compañero quejumbroso con el que compartía el cuarto. Era alguien más. La codicia le había afilado las facciones.
—Nadie se va a enterar. Mañana a las 6 de la mañana sale el camión. Si esto desaparece hoy en la noche… para cuando se den cuenta, nosotros ya estaremos desayunando en Oaxaca capital. Y de ahí, cada quien a su casa. Esto se funde, se venden las piedras por separado y adiós problema.

—Estás loco —le dije, tomándolo del brazo para jalarlo hacia la salida—. Estás delirando por el calor. Vámonos ya.

Néstor se dejó arrastrar, pero su cabeza seguía girada hacia atrás, sus ojos clavados en el resplandor dorado de la corona.
—Piénsenlo —dijo mientras salíamos al atrio—. Solo piénsenlo. Una vida nueva. Sin deudas. Sin trabajar como esclavos por tres pesos.

Salimos de la capilla. El sol ya se había puesto y el frío de la sierra caía como una guillotina. Caminamos de regreso al albergue en silencio. Ximena iba rezando en voz baja. Yo iba nervioso, mirando hacia atrás, esperando ver a los pobladores con machetes y antorchas, pero el pueblo seguía muerto.

Esa noche, cenamos frijoles y tortillas duras en silencio. Néstor no comió. Estaba sentado en su catre, mirando la pared, tronándose los dedos. Clac, clac, clac. El sonido era desesperante.
A eso de las once, apagamos la luz.
—Descansen —dijo Ximena—. Mañana nos largamos de este infierno.

Yo tardé en dormirme. El viento golpeaba las láminas del techo y, por momentos, juraría que escuchaba pasos alrededor de la casa. Pasos descalzos, suaves, que se detenían justo afuera de nuestra puerta y luego seguían. Finalmente, el cansancio me venció.

Desperté sobresaltado unas horas después. El reloj marcaba las 3:33 AM. El cuarto estaba helado. Miré hacia el catre de Néstor.
Estaba vacío.

Mi corazón dio un vuelco. Me levanté de un salto y sacudí a Ximena.
—¡Ximena! ¡Néstor no está!
Ella se despertó de golpe, con los ojos muy abiertos.
—No… dime que no fue…

Salimos del cuarto, poniéndonos las chamarras encima de las pijamas. La puerta principal del albergue estaba entreabierta. Salimos a la calle. La neblina era tan espesa que no te podías ver los pies. Todo era blanco y gris.
—¡Néstor! —susurré, temiendo gritar y despertar al pueblo.

Corrimos hacia la capilla. Sabíamos que estaba ahí. Tenía que estar ahí.
Al llegar al atrio, vimos una sombra saliendo por una ventana lateral de la iglesia, una que tenía los barrotes flojos. Era él. Llevaba su mochila de deporte negra, esa Nike pirata que llevaba a todos lados, abrazada contra el pecho como si protegiera a un recién nacido.

Nos vio y se detuvo. Por un momento, pensé que correría. Pero nos esperó, con una sonrisa triunfal y macabra en el rostro.
—¿Qué hiciste, imbécil? —le reclamó Ximena, llorando de rabia y miedo—. ¡Condenaste a todos!

Néstor abrió un poco el cierre de la mochila. Un destello dorado iluminó su cara desde abajo, como el maletín de Pulp Fiction.
—Hice lo que tenía que hacer —dijo, cerrando la mochila de golpe—. Ya no hay vuelta atrás. Ahora, si quieren vivir, cierren la boca y actúen normal. Mañana nos vamos. Y yo me voy siendo rico.

—Tienes que devolverla —supliqué yo—. Néstor, por favor. Se van a dar cuenta.

—¿Quién? ¿El viejo que cuida? Ese güey duerme como piedra. Nadie lo sabe. Solo nosotros. Y ustedes no van a decir nada, porque son mis cómplices ahora. Si caigo yo, caen ustedes. Diré que fue idea de todos.

Nos quedamos helados. Nos tenía atrapados. El miedo a la cárcel, o peor, a la justicia del pueblo, nos paralizó.
—Eres un maldito —le escupió Ximena.

—Soy un maldito con futuro —respondió él—. Vámonos a dormir. Mañana tenemos un camión que agarrar.

Regresamos al albergue caminando entre la niebla. Pero algo había cambiado. El aire pesaba más. Los perros del pueblo, que siempre ladraban a los extraños, estaban en silencio absoluto. Ni un ladrido. Ni un grillo.
Era como si el pueblo entero estuviera conteniendo la respiración, observando. Como si la tierra misma supiera que le habíamos arrancado el corazón.

Al entrar al cuarto, Néstor metió la mochila debajo de su cama y se acostó, dándonos la espalda. A los cinco minutos, estaba roncando. Yo no pude cerrar los ojos. Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo el frío se colaba por mis huesos, no por el clima, sino por la certeza absoluta de que acabábamos de cometer el peor error de nuestras vidas.

Y entonces, justo antes del amanecer, lo escuché.
Fue un sonido lejano, proveniente de la dirección de la capilla. No era una alarma. No eran gritos.
Era un tambor. Un solo tambor, profundo, lento, tocando un ritmo que sonaba a guerra o a funeral. Bum… bum… bum…
Ximena también lo escuchó. Me miró desde su cama, con lágrimas en los ojos.
—Ya saben —susurró—. Los espíritus ya le avisaron a los vivos.

El amanecer llegó teñido de un rojo sangre sobre las montañas. El autobús fletado llegó puntual a las 6:00 AM. Subimos nuestras cosas rápido, sin mirar a nadie. El chofer, un señor gordo y amable llamado Don Beto, nos saludó alegremente.
—¡Vámonos, jóvenes! Se acabó el encierro. ¡A la civilización!

Néstor subió el último, con su mochila pegada al cuerpo. Se sentó hasta el fondo.
El motor arrancó. Mientras el autobús avanzaba por la calle principal para salir del pueblo, vi a una anciana parada en la esquina. Era Doña Chole. No nos estaba despidiendo. Nos estaba apuntando con un dedo retorcido, murmurando algo que se perdía en el ruido del motor diésel.
Su mirada se cruzó con la mía a través de la ventana sucia. No había odio en sus ojos. Había lástima. Una lástima profunda y terrible.

El autobús tomó la primera curva de la carretera de terracería y San Juan de las Nieblas desapareció tras los árboles.
—La libramos —dijo Néstor en voz alta, soltando el aire—. ¡La libramos, cabrones!

Pero yo sabía que no. Sentía un peso en el pecho, una presión en los oídos. La Corona no viajaba sola. Algo venía sentado en el asiento vacío junto a Néstor. Algo invisible, antiguo y muy, muy enojado.

El viaje apenas comenzaba, y la muerte ya nos había marcado el boleto.

CAPÍTULO 2: LA HUIDA MALDITA

La carretera que baja de la Sierra de Juárez no perdona. Los locales la llaman “El Espinazo del Diablo” por una razón muy simple: es una serpiente de asfalto gris y baches eternos que se retuerce entre barrancos de trescientos metros de profundidad. No hay barandales de contención, solo cruces blancas oxidadas en las curvas más cerradas, marcando el lugar donde alguien, algún día, no frenó a tiempo.

El autobús de Don Beto era un Dina olímpico de los años noventa, de esos que rugen como bestias prehistóricas y huelen a diésel quemado y aromatizante de pino barato. Iba decorado al estilo clásico de los camioneros mexicanos: peluche azul en el tablero, una calcomanía de “Dios bendiga mi camino” en el parabrisas y un rosario de madera bailando colgado del espejo retrovisor, oscilando hipnóticamente con cada curva. Izquierda, derecha. Izquierda, derecha.

Yo iba sentado en la tercera fila, pegado a la ventana, mirando cómo el paisaje verde oscuro de los pinos pasaba borroso. Mis manos sudaban frío. Cada vez que el autobús pasaba un bache, mi estómago daba un vuelco, no por el mareo, sino por la culpa.

A cinco filas detrás de mí, Néstor iba solo. Había ocupado los cinco asientos traseros como si fuera su trinchera personal. Tenía la mochila negra entre las piernas, abrazada con fuerza, y miraba por la ventana trasera, hacia el pueblo que dejábamos atrás, como si esperara ver una patrulla o una turba con antorchas persiguiéndonos. Pero no había nada. Solo la neblina matutina que se tragaba la carretera detrás de nosotros.

—Ya relájate, flaco —le dijo Don Beto, mirándome por el espejo retrovisor con sus ojos cansados pero amables—. Estás muy tenso. Ya salimos de lo feo. En tres horas estamos desayunando chilaquiles en Oaxaca centro.

Traté de sonreír, pero sentí que la cara se me quebraba.
—Sí, Don Beto. Solo… quiero llegar a casa.

Ximena iba sentada al otro lado del pasillo. Tenía los ojos cerrados y los labios se le movían en un rezo silencioso e interminable. Sus dedos apretaban un pequeño crucifijo de plata que llevaba al cuello hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Ella sentía lo mismo que yo: una presión en el aire, una estática invisible que erizaba los vellos de los brazos.

El ambiente dentro del autobús empezó a cambiar sutilmente unos veinte minutos después de salir del pueblo. Al principio fue la temperatura. Afuera, el sol de la mañana empezaba a pegar fuerte, calentando el metal del techo. Pero adentro, hacía frío. Un frío seco, de ese que se te mete en los huesos y te hace doler las articulaciones viejas.

—Oiga, Don Beto, ¿le puede bajar al aire? —gritó Karla, la otra pasante de medicina, frotándose los brazos—. Nos estamos congelando.

Don Beto frunció el ceño, confundido.
—Hija, este camión no tiene aire acondicionado desde el 98. Son las ventanas abiertas.

Miré a mi alrededor. Todas las ventanas estaban cerradas. El frío no venía de afuera. Venía de adentro. Venía de la parte trasera del autobús.

Néstor seguía inmóvil, con la mirada fija en la nuca de Ximena. Tenía una sonrisa extraña, casi imperceptible. Parecía estar escuchando música, pero no traía audífonos.
Me levanté, con las piernas temblorosas, y caminé hacia él tambaleándome por el movimiento del vehículo.
—Néstor —susurré al llegar a su lado.

Él levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiera dormido en una semana. Las pupilas estaban dilatadas, negras y profundas como pozos.
—¿Qué quieres? —su voz sonó rasposa.

—Tenemos que hablar. Siento algo raro. El ambiente… se siente pesado.
Néstor soltó una risita seca.
—Es tu miedo, güey. Hueles a miedo. Relájate. Mira… —Dio una palmadita suave a la mochila—. Aquí está el futuro. ¿Sabes qué estoy pensando? Que cuando venda esto, ni siquiera voy a pagar las deudas de mi jefe primero. Me voy a ir a Cancún. Una semana. Todo incluido. Me lo merezco. Nos lo merecemos.

—No creo que lleguemos a Cancún —le dije, y las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas. No fui yo quien lo dijo. Fue una certeza que me golpeó el pecho.

Néstor frunció el ceño, molesto.
—Cállate el hocico. No seas ave de mal agüero. Lárgate a tu asiento.

En ese preciso instante, el autobús dio una sacudida brutal, como si una mano gigante invisible nos hubiera golpeado desde el techo.
—¡Ay, cabrón! —gritó Don Beto.

El motor tosió. Fue un sonido horrible, metálico, CLANK-CLANK-CLANK, seguido de un silbido de vapor. El vehículo perdió potencia inmediatamente. Las luces del tablero parpadearon y se apagaron. La dirección hidráulica murió, y vi los brazos de Don Beto tensarse, sus músculos marcándose bajo la camisa de cuadros, luchando para mantener el control del volante y orillarnos en un descanso de grava apenas lo suficientemente ancho para el autobús.

El silencio que siguió al apagarse el motor fue ensordecedor. Solo se escuchaba el tic-tic-tic del metal enfriándose y el zumbido de las cigarras en la selva que nos rodeaba.

—¿Qué pasó? —preguntó Ricardo, el abogado del grupo.
—Quién sabe —Don Beto se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo—. Se sintió como si se hubiera amarrado la caja. Voy a checar.

Nos bajamos todos. Necesitábamos aire. El frío antinatural del interior desapareció en cuanto pusimos un pie en la tierra roja, reemplazado por el calor sofocante de la sierra.
Don Beto abrió el cofre trasero. Una nube de humo negro con olor a azufre nos golpeó la cara.
—Huele a huevo podrido —dijo Karla, haciendo una mueca de asco.
—No es el motor —murmuró Ximena, que estaba parada junto a mí—. Ese olor… es azufre. Es el olor del Bajo.

Don Beto tosió y movió cables.
—Está raro… —dijo el chofer, rascándose la cabeza—. Las bandas están bien. El aceite está bien. No se ve nada quemado. Pero está… muerto. Como si le hubieran chupado la energía a la batería de un jalón.

Pasamos una hora ahí parados. Una hora bajo el sol. Néstor no se bajó. Se quedó arriba, sentado en su trono de vinil, vigilando su tesoro a través de la ventana. Lo veía mover los labios, hablando solo.
Yo me acerqué a Ximena, que estaba sentada en una piedra al borde del barranco, mirando hacia abajo.
—Xime…
—Cállate —me cortó ella suavemente—. Escucha.

Agudicé el oído. Al principio solo escuché el viento. Luego, lo noté.
No había pájaros.
Estábamos en medio de una de las reservas ecológicas más ricas de México. Debería haber pericos, calandrias, águilas. Pero no había nada. El bosque estaba en silencio total. Un silencio depredador.
—La naturaleza sabe —dijo ella—. Sabe que traemos algo que no debe estar aquí. Estamos marcados, amigo. Y ese pobre señor… —señaló a Don Beto, que seguía peleando con el motor—… él no tiene la culpa, y va a pagar los platos rotos.

De repente, el motor rugió.
Un estruendo poderoso que nos hizo saltar a todos. El autobús cobró vida por sí solo, sin que Don Beto estuviera en la cabina para girar la llave.
—¡Ah, chinga! —gritó Don Beto, corriendo hacia la puerta del conductor—. ¡Ese es mi “Prieto”! ¡Quién sabe qué le picó, pero ya jaló! ¡Vámonos, súbanse antes de que se arrepienta!

Subimos corriendo, con una mezcla de alivio y terror renovado. ¿Cómo había arrancado solo? Nadie quiso preguntar. Queríamos salir de ahí.
Néstor nos recibió con una sonrisa burlona desde el fondo.
—¿Ya ven? Se los dije. Puro drama. Vámonos.

El autobús retomó el camino. Pero algo había cambiado en la conducción. Se sentía más pesado, más inestable. Don Beto iba peleando con el volante en cada curva.
—Siento la dirección muy dura —lo escuché murmurar—. Como si trajéramos carga completa de cemento.

Avanzamos unos cinco kilómetros más. El paisaje se volvió más agreste. Paredes de roca vertical a la derecha, abismo infinito a la izquierda.
Íbamos bajando una pendiente pronunciada cuando sucedió el segundo aviso.

¡BAM!

El sonido fue como un cañonazo. El autobús se inclinó violentamente hacia la izquierda, hacia el barranco. Karla gritó. Ricardo se golpeó la cara contra el asiento delantero. Don Beto, con una habilidad que solo dan treinta años en la carretera, logró mantener el autobús sobre el asfalto, frenando con motor hasta detenernos a centímetros de la orilla.
El corazón se me quería salir por la boca. Miré por la ventana. La llanta delantera izquierda estaba destrozada. Pero no estaba ponchada… estaba desgarrada.

Bajamos temblando. Don Beto miró la llanta y se persignó.
—Miren esto —dijo con voz temblorosa.
El caucho no tenía un clavo ni una piedra. Tenía marcas. Tres surcos profundos y paralelos que habían rebanado la llanta gruesa de camión como si fuera mantequilla.
—Parecen… garras —susurró Ricardo.

—¡Son piedras filosas! —gritó Néstor desde la ventanilla del autobús. No había bajado—. ¡Dejen de inventar pendejadas y cámbienla rápido! ¡Tengo prisa!

Don Beto lo miró con furia, pero no dijo nada. Sacó la llanta de refacción, el gato hidráulico y la cruceta.
—Ayúdenme —nos pidió.
Entre Ricardo y yo le ayudamos a aflojar las tuercas. Estaban durísimas, oxidadas al instante. Mientras forcejeábamos, noté algo en la orilla del bosque, al otro lado de la carretera.
Entre los árboles, en la sombra densa de los pinos, había gente.

Me tallé los ojos. Eran figuras estáticas. Parecían usar túnicas blancas o ropa de manta muy vieja. No se les veía la cara, solo sombras donde deberían estar los ojos. Eran cinco, diez, tal vez veinte. Parados, observándonos sin moverse.
—Ximena… —susurré, jalándole la manga.
—No los mires —dijo ella, cerrando los ojos con fuerza—. Si los miras, les das permiso de acercarse. Ignóralos. Son “Los Aires”. Son los guardianes.

Don Beto estaba cambiando la llanta, sudando a chorros. En un movimiento brusco, la cruceta se resbaló y le golpeó la mano, abriéndole una herida profunda en los nudillos.
—¡Carajo!
La sangre goteó sobre la tierra roja de la carretera.
Y juro por mi vida que la tierra… siseó.
Como cuando echas agua a un sartén hirviendo. La sangre de Don Beto tocó el suelo y desapareció al instante, absorbida con un sonido de succión voraz. La tierra tenía sed.

—Ya quedó —dijo Don Beto, vendándose la mano con un trapo sucio. Su rostro estaba pálido, ceroso. Se veía enfermo de repente—. Vámonos. Ya no me gusta aquí.

Subimos de nuevo. Néstor estaba comiéndose las uñas, arrancándose pedazos de piel.
—Se tardaron un chingo —gruñó.
—Cállate, Néstor —le grité, perdiendo la paciencia—. Cállate o te juro que te bajo a patadas.

El autobús arrancó.
El último tramo era el peor. La “Bajada del Diablo”. Una serie de curvas en “S” con una pendiente del cuarenta por ciento.
Don Beto metió segunda velocidad para frenar con motor. El autobús gruñía, reteniendo su propio peso.
El rosario en el espejo retrovisor ya no se balanceaba suavemente. Giraba. Giraba sobre su propio eje como un ventilador loco, golpeando el parabrisas. Tak-tak-tak-tak.

—Don Beto… —dijo Ximena con voz de hilo.
—Sí, hija, ya lo vi —respondió él, con los ojos fijos en la carretera.

Entonces, la gravedad cambió.
Sentimos un empujón desde atrás. El autobús aceleró de golpe en plena bajada.
Don Beto pisó el freno.
Nada.
Lo pisó de nuevo, a fondo, bombeando desesperadamente.
El pedal golpeó el piso metálico con un sonido hueco, inútil.
—¡No agarra! —gritó Don Beto. El pánico en su voz fue lo que rompió nuestra realidad—. ¡Se fue el aire! ¡No tengo frenos!

El autobús ganó velocidad. 60 km/h. 80 km/h. En una carretera de montaña, eso es velocidad luz.
—¡Agárrense! ¡Agárrense fuerte! —aulló el chofer, luchando con el volante para tomar la primera curva.
El autobús se inclinó peligrosamente. Las llantas chirriaron como demonios gritando. Las maletas en los portaequipajes salieron volando, golpeando a todos.
—¡Dios te salve, María, llena eres de gracia…! —Ximena gritaba el rezo, llorando.
—¡Vamos a chocar! —gritó Ricardo.

Miré hacia atrás. Néstor.
Néstor no gritaba. Estaba en el suelo del pasillo, hecho bolita alrededor de su mochila. Sus ojos estaban abiertos, fijos en mí, y se reía. Una risa histérica, muda, de locura total.
El autobús tomó la segunda curva. Don Beto intentó pegarse al cerro para frenar con la fricción. El costado del autobús raspó la pared de roca. SCREEEEEEECH. Chispas llovieron sobre las ventanas, rompiendo los cristales. El ruido era insoportable, metal desgarrándose.

Pero no fue suficiente.
Llegamos a la tercera curva. Una curva cerrada a la izquierda, con el precipicio a la derecha. Íbamos demasiado rápido. La física y la maldición se dieron la mano.
Don Beto giró todo el volante, pero la inercia ganó.
Sentí el momento exacto en que las llantas derechas se despegaron del asfalto. Ese segundo de ingravidez donde el estómago se te sube a la garganta.
El autobús se inclinó hacia el vacío.
Vi el cielo azul girar. Vi los árboles desde arriba.
Y luego, el impacto.

El primer golpe fue brutal. El autobús cayó de punta contra unas rocas, unos diez metros abajo. El parabrisas estalló en mil diamantes asesinos. Don Beto salió disparado a través de él como un muñeco de trapo. No tuvo oportunidad.
El autobús rodó.
El mundo se convirtió en una licuadora de asientos, metal, tierra y cuerpos humanos.
No sentí dolor al principio. Solo confusión. Golpes secos. Oscuridad. Luz. Oscuridad. El sonido de huesos rompiéndose que suena como ramas secas.
El vehículo se detuvo finalmente, incrustado contra un árbol gigante, cincuenta metros barranco abajo.

Silencio.
Un silencio absoluto, roto solo por el siseo de una llanta girando en el aire y el goteo de líquidos. Aceite. Gasolina. Sangre.

Abrí los ojos. Todo estaba borroso y rojo. Tenía sangre en los ojos. Me dolía todo el cuerpo con una intensidad que me hizo querer vomitar, pero no podía moverme. Estaba atrapado entre dos asientos que se habían compactado.
—¿Ximena? —gorgoteé. Mi voz sonaba burbujeante.
Escuché un gemido a mi izquierda. Ximena estaba colgando de cabeza, con el pie atorado en el portaequipajes, pero estaba consciente.
—Ayúdame… —lloró.

Ricardo no contestó. Lo vi a unos metros, inmóvil, en una posición antinatural.
El olor a gasolina era fuerte. Teníamos que salir.
Traté de empujar el asiento que me atrapaba. Grité de dolor. Tenía el brazo roto.

Y entonces, escuché movimiento.
Alguien caminaba sobre los restos del autobús. Alguien que no estaba herido. O que no le importaba el dolor.
Pasos metálicos sobre el techo abollado. Luego, una figura saltó hacia la tierra.
Limpié la sangre de mis ojos y miré a través del hueco donde antes había una ventana.

Era Néstor.
Tenía la ropa desgarrada, la cara llena de tierra y un corte profundo en la frente que sangraba profusamente, bañándole medio rostro en rojo carmesí. Parecía un demonio salido del infierno.
Pero estaba de pie. Caminaba.
Y en sus manos, libre de polvo, impoluta, brillante incluso bajo la sombra de los árboles… estaba la mochila.

—¡Néstor! —grité con las fuerzas que me quedaban—. ¡Ayúdanos! ¡Estamos atrapados!
Néstor se detuvo. Giró la cabeza lentamente hacia el autobús destrozado. Me vio. Nuestros ojos se cruzaron.
Esperé ver arrepentimiento. Esperé ver humanidad.
Pero solo vi cálculo.

Miró el autobús, luego miró la carretera arriba, y luego miró la vereda que se internaba en el monte, un atajo hacia la carretera federal.
—¡Néstor, por favor! —suplicó Ximena—. ¡Hueal a gasolina! ¡Va a explotar!
Néstor sonrió. Fue una mueca triste, rota.
—Lo siento, güey —dijo, su voz clara y tranquila en medio del desastre—. Ustedes pesan mucho. Y yo tengo que llegar.

Se dio la vuelta.
—¡Maldito! —grité, llorando de impotencia—. ¡Te vas a pudrir! ¡Néstor!
Él no volteó. Empezó a correr. Corría con una fuerza que no debería tener alguien que acaba de sobrevivir a un accidente así. Corría impulsado por la Corona, alimentado por ella.

Lo vi desaparecer entre la maleza, huyendo como una rata, llevándose nuestra maldición y dejándonos con la muerte.
Segundos después, una chispa saltó en el motor expuesto.
—¡Cúbrete! —le grité a Ximena.
El fuego rugió, una llamarada naranja que lamió el metal retorcido, pero gracias a Dios, o a lo que fuera que quedaba de piedad en ese lugar, la explosión no llegó. Solo fuego. Fuego que nos iluminaba mientras esperábamos a que alguien, cualquiera, viera el humo y bajara a sacarnos del infierno que mi amigo había creado.

A lo lejos, en el monte, escuché una risa. No era de Néstor.
Era la risa de un niño. O de muchos niños.
“Los Aires” estaban contentos. Ya tenían su primer pago: la sangre de Don Beto y el alma rota de los que quedábamos vivos.
Pero querían más. Querían al ladrón. Y la cacería apenas comenzaba.

CAPÍTULO 3: EL CAMINO DE SOMBRAS

El sonido del fuego lamiendo el metal retorcido del autobús se quedó atrás, pero en mi cabeza seguía rugiendo más fuerte que el viento de la sierra. Mis botas, unas Timberland piratas que había comprado en Tepito, golpeaban la tierra seca y roja con un ritmo frenético. Crac, crac, crac. Cada paso era una huida, cada zancada una confesión de culpa.

No miré atrás. Ni una sola vez.

Sabía lo que vería si volteaba: una columna de humo negro elevándose como una señal de auxilio hacia un cielo indiferente. Vería el barranco tragándose los restos del camión de Don Beto. Quizás, si agudizaba la vista, vería a Ximena o a Ricardo arrastrándose entre los vidrios rotos, sangrando, gritando mi nombre.

—Se iban a morir de todos modos —dije en voz alta, mi voz sonando extraña, ajena, quebrada por la falta de aire—. El camión ya valía madre. Yo no los empujé. Yo solo… aproveché.

Me repetía esa mentira como un mantra, tratando de convertirla en verdad a fuerza de repetición. La mochila negra rebotaba contra mi espalda, pesada, sólida. Sentía la forma de la Corona a través de la tela y la sudadera con la que la había envuelto. Me golpeaba la columna vertebral con cada paso, un recordatorio físico: Aquí estoy. No me sueltes. Soy tuya. Eres mío.

Corrí hasta que el aire en mis pulmones se sintió como vidrio molido. Mis piernas, engarrotadas por la adrenalina y el esfuerzo, empezaron a fallar. Tuve que detenerme. Me recargué en el tronco de un encino viejo, jadeando como perro atropellado.

El bosque estaba en silencio. Ese silencio maldito del que hablaba Ximena. No había grillos, no había viento moviendo las hojas. Era como estar dentro de una foto.
Miré mi reloj. La pantalla estaba estrellada, pero marcaba las 9:15 AM. Habían pasado apenas dos horas desde que salimos del pueblo, pero sentía que llevaba días en esa pesadilla.

—Tengo que llegar a la federal —murmuré, secándome el sudor que me escocía en la herida de la frente. La sangre ya se estaba secando, formando una costra pegajosa que me estiraba la piel.

Revisé la mochila. Abrí el cierre con manos temblorosas, solo un poco, solo para ver.
Ahí estaba.
El oro brillaba incluso en la sombra del bosque. Parecía palpitar. Las piedras preciosas —rubíes rojos como gotas de sangre fresca— capturaban la poca luz que se filtraba entre las ramas. Era hermosa. Era terrorífica.
—Con esto… con esto saco a mi jefe del hoyo —pensé. Me imaginé la cara de mi papá cuando llegara y le pusiera fajos de billetes en la mesa. “Tenga, jefe. Pague el taxi. Compre otro. Mande a la chingada al banco”. Me imaginé a mi mamá llorando de alegría, a mi hermanito Toñito con tenis nuevos, no los usados que siempre heredaba de mí.

Esa imagen, esa fantasía de salvador, me dio la fuerza para seguir. Me enderecé, ajusté las correas de la mochila y caminé. Ya no corría, caminaba rápido, con el paso decidido de quien huye del diablo.

Caminé por veredas de chivos, esquivando espinas y piedras afiladas. El sol subió hasta el cenit, castigando mi nuca. Tenía sed. Una sed espantosa, metálica. Pero no traía agua.

Después de lo que parecieron horas, escuché el sonido más hermoso del mundo: el rugido de un motor diésel a lo lejos y el zumbido de llantas sobre asfalto.
La carretera federal.

Salí del monte como un animal asustado, rompiendo ramas, y caí de rodillas en el acotamiento de asfalto caliente. Besé el suelo, literalmente. Estaba a salvo. Aquí pasaban coches, tráilers, gente normal que no sabía de maldiciones ni de pueblos brujos.

Me paré y me sacudí la tierra. Parecía un vagabundo: ropa rota, sangre en la cara, sucio. “Nadie me va a querer subir así”, pensé con pánico.
Pasó un coche familiar, un sedán gris. Les hice señas desesperadas. El conductor, un señor de lentes, me miró, vio mi aspecto y aceleró, negando con la cabeza.
—¡Culero! —le grité, levantando el dedo medio—. ¡Ojalá se te ponche!

Pasaron diez minutos. Veinte. El sol me estaba matando.
Entonces, apareció.
Venía subiendo la cuesta lentamente, tosiendo humo negro. Era un autobús de segunda clase, un “guajolotero” de esos que paran en cada ranchería. Estaba pintado de un verde despintado, con el nombre “Transportes de la Sierra” apenas visible en el costado oxidado. Llevaba canastas amarradas en el techo y gente de pie en el pasillo.

Le hice la parada, casi metiéndome en medio de la carretera.
El autobús rechinó y se detuvo unos metros adelante. La puerta se abrió con un siseo neumático perezoso.
Subí. El olor me golpeó de inmediato: una mezcla densa de sudor humano, gasolina, tortillas calientes y gallinas.
El chofer era un tipo gordo, con bigote de morsa y una camisa desabotonada que dejaba ver una cadena de oro (falso, noté enseguida) en el pecho sudoroso. Me miró de arriba abajo con desconfianza.

—¿A dónde vas, chavo?
—A Oaxaca —dije, tratando de sonar normal, aunque la voz me temblaba—. ¿Cuánto?
—Cincuenta pesos. Pero te vas parado, ya no hay lugar. Y… —me señaló la frente—, límpiate esa madre, estás espantando al pasaje. Pareces sicario.

Busqué en mis bolsillos. Saqué un billete de cien arrugado.
—Quédese con el cambio, nomás lléveme.
El chofer agarró el billete rápido, lo revisó a contraluz y asintió.
—Pásale al fondo.

Avancé por el pasillo. El autobús iba atascado. Mujeres indígenas con sus trajes bordados y canastas de fruta en el regazo, campesinos con sombreros de paja durmiendo con la boca abierta, niños llorando, un borracho cantando bajito en el asiento trasero.
Sentí sus miradas. Ojos oscuros, profundos, que me seguían.
“Saben”, pensé. “Saben lo que hice”.
Me abracé a la mochila. “No, no saben nada. Estás paranoico, Néstor. Relájate”.

Me fui hasta atrás, junto al baño que apestaba a orines y cloro. Había un espacio pequeño junto a la ventana. Me recargué ahí, poniendo la mochila entre mis pies, atrapándola con mis piernas para que nadie pudiera jalarla.
El autobús arrancó con un jalón brusco.
Cerré los ojos y recargué la cabeza en el vidrio vibrante. El movimiento me arrulló. El cansancio era brutal.

Empecé a dormitar. En mis sueños, volvía al barranco. Veía a Don Beto, el chofer muerto, parado frente a mí. Pero no tenía cara, tenía la llanta destrozada en lugar de rostro. Me extendía una mano llena de grasa y sangre y me decía: “El boleto se paga al bajar, joven. Se paga al bajar”.
Desperté de golpe, empapado en sudor frío.
El autobús estaba en silencio.

Ya no lloraban los niños. El borracho no cantaba. Las señoras no platicaban.
Miré a mi alrededor. Todos los pasajeros estaban despiertos. Todos.
Y todos me estaban mirando.
Cincuenta pares de ojos clavados en mí. Sin expresión. Sin odio, sin curiosidad. Solo observando.
—¿Qué pedo? —murmuré, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Me giré hacia la ventana para evitar sus miradas.
Afuera ya estaba atardeciendo. La luz era naranja y violeta, alargando las sombras de los cactus y los árboles.

Y entonces, vi algo corriendo junto al autobús.
Íbamos a unos setenta kilómetros por hora. Nada debería poder correr a esa velocidad junto a la ventana.
Pero ahí estaba.
Era un perro. Un perro negro, enorme, flaco, sarnoso. Corría en dos patas, o eso parecía por la forma en que se movía entre la maleza. Sus ojos eran rojos, brillantes como las luces traseras de un coche.
Me miró. Me sonrió. Los perros no sonríen, pero este sí. Tenía dientes humanos.

—¡No mames! —grité, saltando hacia atrás y cayendo sobre una señora que llevaba una jaula con pollitos.
La señora gritó. Los pollos aletearon. El autobús se convirtió en un caos.
—¡Está loco! —gritó alguien.
—¡Viene drogado! —dijo un señor, empujándome.

El chofer frenó de golpe. Me fui de boca contra el pasillo sucio, pero abracé la mochila antes de tocar el suelo.
El camión se detuvo en el acotamiento. El chofer vino caminando por el pasillo con una llave de tuercas en la mano.
—¡A ver, cabrón! —gritó—. ¡Ya me tienes hasta la madre! ¡Vienes alterando al pasaje, gritando pendejadas! ¡Bájate!

—No, por favor —supliqué, levantándome del suelo—. Vi algo afuera. Un perro… un nahual, no sé. ¡No me baje aquí!
—¡Que te bajes te dije! —El chofer levantó la llave amenazante—. O te bajo a chingadazos. Aquí no queremos viciosos.

Miré a los pasajeros buscando ayuda. Nadie se movió. La señora de los pollos me miraba con terror y se persignaba. Una abuela que estaba sentada cerca me miró a los ojos y me dijo en voz baja, casi inaudible:
Lárgate, muchacho. Hueles a muerto. Bájate antes de que nos mates a todos como a los otros.

Me helé. ¿Cómo sabía de “los otros”?
No dije nada más. Agarré mi mochila y bajé las escaleras del autobús.
El chofer cerró la puerta casi machucándome el pie y arrancó, dejándome en una nube de polvo y diésel.
Me quedé solo otra vez. En medio de la nada. Con la noche cayendo encima.

Pero esta vez tuve suerte. O eso creí.
A los cinco minutos pasó una camioneta de redilas, una Ford vieja cargada de costales de naranjas. El conductor, un chavo joven que iba escuchando banda a todo volumen, se detuvo.
—¿Qué pasó, carnal? ¿Te dejó la novia?
—Me bajó el pinche camionero —dije, subiéndome rápido al asiento del copiloto antes de que se arrepintiera—. Voy para el centro. Te pago lo que quieras.

El chavo se rio.
—Cámara, súbete. No hay pedo, yo voy pa’ allá a dejar la fruta.
El viaje en la camioneta fue más tranquilo. La música de banda —tuba y trompetas escandalosas— espantaba el silencio del bosque. El conductor, que se llamaba Chuy, hablaba sin parar de su novia y de fútbol. Yo solo asentía, abrazando mi mochila.
—Oye, ¿y qué traes ahí que la cuidas tanto? —preguntó Chuy de repente, bajándole a la música—. ¿Mota? ¿Perico?
—Ropa —dije seco.
—Mmm. —Chuy me miró de reojo—. Ropa pesada, ¿eh? Se ve que pesa. Si traes broncas, dímelo, carnal. No quiero pedos con la maña.

—No es nada de eso, güey. Es… herramienta. Soy mecánico. Se me quedó el coche y voy por refacciones.
—Ah, órale.

Llegamos a la ciudad de Oaxaca ya de noche. Las luces de la ciudad, el tráfico, los cláxones, los OXXOs en cada esquina… nunca me había sentido tan feliz de ver la civilización.
—Déjame aquí, en la central —le dije a Chuy.
Le di doscientos pesos. Él los tomó sonriendo.
—Suerte con tu nave, mecánico.

Bajé y me mezclé entre la gente. La terminal de autobuses estaba llena. Gente viajando, maletas, tortas, vendedores ambulantes. El ruido era mi escudo. Aquí, entre tanta gente, los espíritus de la sierra no podían tocarme. Eso pensaba yo. Qué pendejo.

Compré un boleto para la Ciudad de México en la línea más cara, un ADO Platino. Quería aire acondicionado, asientos reclinables, seguridad. Quería alejarme lo más rápido posible.
El viaje de seis horas a la capital fue borroso. No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el perro negro corriendo al lado del autobús. O escuchaba el sonido de las piedras golpeando el techo.
Llegué a la TAPO en la madrugada del día siguiente. Tomé un taxi de sitio.

—A Iztapalapa, jefe. Por la Vicente Guerrero.
El taxista me vio por el retrovisor.
—Esa zona está caliente a esta hora, chavo.
—Yo vivo ahí. Dele.

Ver mi barrio fue un golpe de realidad. Las calles mal pavimentadas, los puestos de tacos de suadero que cerraban tarde, los perros callejeros (perros normales, gracias a Dios) ladrando a las llantas, las casas de autoconstrucción con las varillas salidas esperando un segundo piso que nunca llega.
Era feo, gris y peligroso. Pero era mi hogar.

El taxi se detuvo frente a mi casa. Una construcción de dos pisos, la mitad en obra negra. La fachada estaba pintada de un azul chillante que ya se estaba despellejando. La reja blanca tenía óxido.
Pagué y bajé.
Respiré el aire de la ciudad: smog y coladera. Aire de casa.
—Llegué —susurré—. La libré.

Abrí la reja con mi llave, tratando de no hacer ruido. Eran las 5:00 AM.
Entré a la salita. Olía a Pinol y a frijoles refritos. Mi mamá era obsesiva con la limpieza, aunque la casa fuera humilde.
En el sillón, hecho bolita bajo una cobija de San Marcos con un tigre estampado, estaba mi hermanito, Toñito.
Tenía seis años. Era un niño de luz. Siempre sonreía, siempre quería jugar. Me esperaba despierto muchas veces cuando yo llegaba tarde de la universidad o de la fiesta.

Al escuchar la puerta, Toñito se despertó. Se frotó los ojos y al verme, su cara se iluminó.
—¡Néstor! —gritó, saltando del sillón—. ¡Llegaste!
Corrió hacia mí para abrazarme las piernas.
Mi primer instinto fue abrazarlo. Lo extrañaba. Pero en cuanto sus manitas tocaron mi pantalón, un pensamiento intrusivo y violento cruzó mi mente: Me va a quitar la mochila. Quiere ver qué hay dentro. Quiere robarme.

Fue un pensamiento ajeno, una voz que no era mía. Pero mi cuerpo reaccionó.
Me hice a un lado bruscamente, casi empujándolo.
—¡Quítate, Toño! —le grité—. Estoy cansado. No estés chingando.

Toñito se detuvo en seco. Su sonrisa se borró. Sus ojitos se llenaron de lágrimas. Nunca le había gritado así.
—Solo… quería saludarte… —susurró.
Me sentí la peor basura del mundo. Quise pedirle perdón. Quise soltar la maldita mochila y cargarlo. Pero mis brazos no respondieron. Mis brazos apretaron más la bolsa.
—Vete a dormir —gruñí—. Mañana hablamos.

Subí las escaleras de concreto hacia mi cuarto, dejando a mi hermano llorando en silencio en la sala. Ese llanto me perseguiría por el resto de mi corta vida. Fue la última vez que lo vi sonreír.

Entré a mi cuarto. Era un chiquero típico de estudiante: ropa en la silla, posters de películas en la pared, una cama destendida.
Cerré la puerta y puse el seguro. También puse una silla atorada en la manija. Paranoia pura.
Fui a mi ropero, aparté mis zapatos viejos y las cajas de apuntes de la carrera.
Saqué la Corona de la mochila.

Ahí, bajo la luz amarilla del foco de 60 watts de mi cuarto, se veía obscena. Demasiado brillante para este cuarto pobre. Demasiado real.
La envolví en una toalla vieja y la metí al fondo del ropero, debajo de unas cobijas que no usábamos.
—Ahí te quedas —dije—. Mañana busco dónde venderte. Mañana todo cambia.

Me tiré en la cama, vestido y con los zapatos puestos. El agotamiento me cayó encima como una losa de concreto.
“Ya pasó”, pensé. “Estoy en mi casa. Nadie sabe dónde estoy. Los espíritus no tienen GPS. La policía no tiene pruebas. Soy libre”.

Cerré los ojos.
Y entonces, la temperatura del cuarto bajó.
No fue gradual. Fue de golpe. De los 22 grados de una noche de verano en la ciudad, bajó a cero. Pude ver mi aliento salir como vapor blanco.
El perro del vecino, el Killer, un pitbull que ladraba a todo lo que se movía, empezó a aullar. Un aullido largo, triste, lastimero.

Y luego, dentro de mi cuarto, escuché el sonido.
Goteo.
Ploc… ploc… ploc…
Sonaba como una llave mal cerrada. Pero venía del ropero.
Me levanté, temblando de frío y miedo. Me acerqué al ropero.
“Es una tubería”, me dije. “Pasa un tubo por la pared”.

Abrí la puerta del ropero.
No había agua.
Pero la toalla… la toalla vieja con la que había envuelto la corona estaba manchada.
Manchas rojas, oscuras, que se expandían lentamente como flores abriéndose en cámara rápida.
Sangre.
La Corona estaba sangrando.

Retrocedí, tropezando con mis propios pies, y caí sentado en la cama.
—No es real, no es real, estoy cansado —balbuceé.
Cerré la puerta del ropero de un patada.
Me cubrí con las cobijas hasta la cabeza, como un niño asustado, temblando, rezando oraciones que no recordaba bien.

Afuera, en el pasillo, escuché pasos.
Pasos pesados. Botas con espuelas. Y el sonido de un látigo arrastrándose por el piso de loseta. Sssshhh… sssshhh…
Se detuvieron justo frente a mi puerta.
La manija giró lentamente. La silla que había puesto se tensó, crujiendo bajo la presión.
Alguien quería entrar. Alguien que no era mi mamá, ni mi papá, ni Toñito.

Devuélvelo… —susurró una voz a través de la rendija de la puerta. Era una voz de viento, una voz de polvo y huesos.
Me tapé los oídos y empecé a tararear una canción para no oír.
Finalmente, el amanecer llegó, gris y contaminado, trayendo una luz que no calentaba nada.
Sobreviví la primera noche. Pero la maldición ya estaba instalada en la casa, como un virus, esperando el momento de despertar y desayunar.
Y su primer plato sería lo más inocente que encontrara.

CAPÍTULO 4: LA SOMBRA EN EL PATIO

La mañana en Iztapalapa tiene un sonido muy particular. No es el canto de los gallos de la sierra, ni el silencio del viento en los pinos. Es una sinfonía de caos urbano: el claxon lejano de las peseras sobre la Calzada Ermita, el grito grabado de “¡El gaaas!” que retumba en las bocinas de los camiones repartidores, y el ladrido de mil perros en las azoteas vecinas saludando al sol que se filtra entre el smog.

Desperté con la boca seca y un sabor a cobre en la lengua. Por un segundo, solo un segundo bendito, olvidé dónde estaba y qué había hecho. Pensé que seguía en el catre del albergue en Oaxaca, y que Ximena me despertaría para ir a vacunar niños.
Pero luego vi el techo de concreto sin aplanar de mi cuarto. Vi mis posters viejos de Rápido y Furioso. Y vi el ropero.

El ropero de madera aglomerada, con una puerta medio chueca, estaba cerrado. Pero se sentía como si hubiera un reactor nuclear ahí dentro. La vibración era casi imperceptible, un zumbido de baja frecuencia que me hacía doler las muelas.
Me levanté de la cama, todavía vestido con la ropa sucia del viaje. Me acerqué y pegué la oreja a la madera.
Silencio.
Pero no un silencio vacío. Un silencio contenido. Como cuando entras a una habitación donde dos personas acaban de gritarse y se callan de golpe al verte.
—Quédate quieta —susurré a la madera—. Hoy te vas. Hoy te hago dinero y te largas de mi vida.

Bajé a la cocina. Mi mamá, Doña Carmen, ya estaba ahí. El olor a café de olla con canela y a tortillas quemadas en el comal me golpeó con una ola de nostalgia que casi me hace llorar. Ella estaba de espaldas, moviéndole a una cazuela de frijoles refritos.
—Buenos días, ma —dije, tratando de que la voz no me temblara.

Ella se giró. Era una mujer bajita, de piel morena y manos curtidas por años de lavar ropa ajena y propia. Tenía el pelo recogido en un chongo apretado. Al verme, su sonrisa se congeló. Soltó la cuchara.
—¡Virgen Santísima! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. ¡Néstor! ¡Hijo! ¿Qué te pasó? Pareces… pareces cadáver.

Me abrazó. Su abrazo era cálido, olía a jabón Zote y a madre. Pero yo me sentí rígido, sucio. Sentí que si la abrazaba mucho tiempo, la iba a manchar con la oscuridad que traía pegada.
—No es nada, ma. El viaje estuvo pesado. El camión se descompuso, tuvimos que caminar un buen tramo… casi no dormí.
—¿Y esa herida en la frente?
—Me pegué con una rama en el monte. Ya sanó.

Mi papá, Don Goyo, entró en ese momento por la puerta del patio. Venía de lavar el taxi, un Tsuru blanco que era su orgullo y su tormento. Era un hombre grande, de bigote canoso y espalda ancha, aunque los años y la diabetes lo habían encogido un poco.
—¡Miren nomás quién revivió! —gritó, dándome una palmada en la espalda que me sacó el aire—. ¡El licenciado! Bueno, casi licenciado. ¿Cómo te fue en el pueblo ese? ¿Ya curaste a todos los indios?

—Bien, pa. Ya terminé. Ya soy libre.
—Eso es todo, chingao. Ahora sí, a titularse y a sacar a estos viejos de trabajar, ¿no? —se rio, pero su risa terminó en una tos seca, de fumador de toda la vida.
Se sentó a la mesa y mi mamá le sirvió café.
—Oye, hijo —dijo mi papá, soplando el humo de su taza—. La cosa está fea aquí. El banco ya me mandó otro aviso. Dicen que si no pagamos los atrasos del crédito del coche para fin de mes, me lo embargan. Y sin taxi… pues no comemos.

Sentí un nudo en la garganta. Esa era la razón. Ese era el motivo por el que había robado.
—No se preocupe, jefe —dije, sintiendo el peso de la mentira en mi lengua—. Traje… unos ahorros. Y allá hice unos conectes. Voy a conseguir lana. Mucha lana. Ya no se va a tener que preocupar por nada.

Mi mamá me miró raro. Ella tenía ese sexto sentido que tienen las madres mexicanas, ese radar que detecta mentiras y peligros antes de que ocurran.
—¿Qué conectes, Néstor? No te habrás metido en cosas raras, ¿verdad?
—No, ma. Cosas de la carrera. Proyectos.

En ese momento, Toñito entró corriendo a la cocina. Traía su uniforme de la primaria, aunque era sábado, porque le gustaba jugar a que era el maestro. Traía una pelota de plástico bajo el brazo.
—¡Néstor! ¡Juega conmigo! —gritó, jalándome del pantalón. Ya se le había olvidado mi grito de la madrugada. Los niños perdonan rápido. Demasiado rápido.

—Ahorita no, mijo —dijo mi mamá—. Tu hermano está cansado y huele a chivo. Déjalo que se bañe.
—Ándale, Néstor. Solo unos penales en el patio.
Lo miré. Sus ojos brillaban con esa inocencia pura que yo ya había perdido.
—Órale, pues. Me baño y jugamos un rato —prometí.
Fue la última promesa que le hice. Y la rompí.

Subí a bañarme. El baño de la casa era pequeño, con azulejos azules que mi papá había pegado mal hace diez años. Abrí la regadera. El agua salió fría al principio, luego tibia.
Me metí bajo el chorro, cerrando los ojos, dejando que el agua se llevara la tierra de Oaxaca. Tallé mi piel con el estropajo hasta que me dolió, queriendo arrancar la sensación de las miradas en el autobús, el recuerdo de la sangre de Don Beto.

Mientras me enjabonaba la cabeza, con los ojos cerrados por la espuma, lo sentí.
Un cambio en la presión del aire. El baño se volvió helado. El vapor del agua caliente desapareció.
Y escuché una respiración.
No era mía. Era una respiración rasposa, húmeda, justo detrás de la cortina de plástico de la regadera.
Jjjjjjj… Jjjjjjj…

Abrí los ojos de golpe, con el corazón disparado, y abrí la cortina.
No había nadie. Solo el espejo empañado.
Pero en el espejo, escrito en el vapor, había un dibujo. No eran letras. Era un símbolo. Un círculo con tres líneas cruzándolo. El mismo símbolo que estaba tallado en la puerta de la Capilla de las Ánimas.
—Es el vapor… es pareidolia… —me dije, temblando.
Me enjuagué rápido y salí. Me vestí con lo primero que encontré y bajé.

La casa estaba tranquila. Mi papá se había ido a trabajar al sitio de taxis. Mi mamá estaba viendo su novela en la sala.
—¿Y Toñito? —pregunté.
—Está en el patio de atrás, jugando con el agua. Le dije que no mojara porque se va a resbalar, pero ese niño es necio como su padre —dijo ella sin apartar la vista de la tele.

Caminé hacia la puerta trasera que daba al patio de servicio. Era un patio pequeño de cemento pulido, donde teníamos el lavadero, la lavadora vieja y unos tendederos.
Miré a través del vidrio de la puerta.
Toñito estaba ahí. Había llenado una cubeta con agua y jabón para lavar su pelota. Estaba de espaldas a mí, agachado junto al lavadero de concreto, que tenía una orilla afilada y descuidada.

Iba a abrir la puerta para decirle que tuviera cuidado. Puse la mano en el picaporte.
Y entonces, lo vi.
No estaba solo.

Junto a Toñito, en la esquina más oscura del patio donde la sombra del muro del vecino caía pesada, había algo.
Era una sombra. Pero no una sombra plana. Tenía volumen. Tenía densidad. Parecía un hombre alto, envuelto en trapos negros, encorvado. No tenía cara, solo un vacío oscuro donde debería estar el rostro.
La sombra extendió un brazo largo, desproporcionado, hacia mi hermano.

—¡Toño! —grité, girando la perilla.
La puerta estaba trabada.
—¡Toño, muévete!
Golpeé el vidrio.
Toñito se giró al escucharme. Me vio a través del cristal. Sonrió y levantó la mano llena de espuma para saludarme.
—¡Mira, Néstor! ¡Burbujas!

La sombra no lo tocó. No hizo falta.
Solo sopló.
Vi cómo la ropa de Toñito se movía como si una ráfaga de viento fuerte le hubiera pegado, aunque no había viento ese día.
El niño perdió el equilibrio. Sus tenis pisaron el charco de agua jabonosa que él mismo había hecho.
Sus pies se fueron hacia arriba.

Fue como ver una película en cámara lenta. Vi su carita de sorpresa transformarse en miedo. Vi su cuerpo pequeño girar en el aire.
Y vi la esquina de concreto del lavadero esperando.
—¡NO! —mi grito se desgarró en mi garganta.

C R A C.

El sonido fue seco. Hueco. Como romper una sandía contra el piso.
Toñito cayó al suelo y no se movió. El agua jabonosa a su alrededor empezó a teñirse de rojo, un rojo brillante y rápido que se expandía buscando el drenaje.
La sombra en la esquina me miró —lo sentí, aunque no tuviera ojos—, hizo una reverencia burlona y se disolvió en el aire.

Finalmente logré abrir la puerta de una patada.
Corrí hacia él. Me resbalé en el jabón y caí de rodillas junto a su cuerpo.
—Toñito… Toñito, levántate… carnalito, por favor…
Lo volteé con cuidado.
Sus ojos estaban abiertos, mirando al cielo, pero ya no había nadie detrás de ellos. La pupila estaba dilatada, fija. De su nuca brotaba la vida a borbotones.

—¡MAMÁ! —grité. Fue un aullido animal, un sonido que no sabía que podía hacer—. ¡MAMÁAA!

Mi madre llegó corriendo segundos después. Al ver la escena, soltó un grito que me heló la sangre. Se tiró sobre el cuerpo de su hijo, manchándose su delantal de sangre, besándole la cara, sacudiéndolo.
—¡Mi niño! ¡Despierta, mi niño! ¡Néstor, haz algo! ¡Eres médico, haz algo!
—No soy médico, ma… soy administrador… —balbuceé, inútil, con las manos llenas de la sangre de mi hermano.

Traté de darle RCP. Presioné su pecho pequeño. Soplé en su boca. Pero solo sabía a jabón y a hierro.
Ya no estaba. Se había ido.
La ambulancia tardó una hora en llegar. Para entonces, ya no había nada que hacer. Los paramédicos negaron con la cabeza, cubrieron el cuerpo con una sábana azul y mi madre se desmayó en los brazos de una vecina.

Esa noche, la casa se convirtió en una tumba.
El velorio se hizo ahí mismo, en la sala, porque no teníamos dinero para una funeraria. Quitamos los muebles, pedimos sillas prestadas a los vecinos. El ataúd blanco, pequeño, dolorosamente pequeño, estaba en el centro, rodeado de cuatro cirios enormes.

Olía a café, a tamales de mole y a flores de nardo. El olor de la muerte en México.
La casa estaba llena de gente. Tías que no veía hace años lloraban a gritos. Vecinos chismosos entraban a persignarse y a ver “cómo quedó la familia”.
Yo estaba sentado en un rincón, en una silla de plástico, mirando el suelo. No podía acercarme a la caja. No podía ver a mi mamá, que estaba sedada en su cuarto, ni a mi papá, que estaba sentado frente al ataúd, en silencio, con la mirada perdida, envejecido diez años en diez horas.

—Fue un accidente —decía la gente—. Pobre angelito. Resbaló. Así es la vida, Dios lo quería allá arriba.
“Mentira”, gritaba mi mente. “No fue un accidente. Fue un cobro. Fue el primer pago”.

Me levanté para ir al baño. Al pasar junto al pasillo que daba a la escalera, sentí una corriente de aire helado.
Miré hacia arriba, hacia la oscuridad del segundo piso, donde estaba mi cuarto. Donde estaba la Corona.
En el descanso de la escalera, había alguien.
Era un niño.
—¿Toñito? —susurré, con el corazón saltándome en el pecho.

La figura dio un paso hacia la luz. No era Toñito.
Era uno de los niños del pueblo de Oaxaca. Uno de los monaguillos que ayudaban en la iglesia. Pero su piel era gris, podrida. Y sus ojos eran cuencas vacías.
Me señaló con un dedo descarnado.
Uno —susurró. Su voz sonó en mi cabeza, no en el aire—. Falta el roble.

Parpadeé y desapareció.
Me fui a meter al baño y vomité hasta que me dolió el estómago. Me lavé la cara, mirándome al espejo. Mis ojos tenían ojeras moradas. Parecía un loco.
“Tengo que devolverla”, pensé. “Tengo que irme ahorita mismo y llevar esa maldita cosa de regreso”.

Salí del baño decidido a subir por la mochila, agarrar dinero de la cartera de mi papá y largarme.
Pero cuando llegué a la sala, el caos estalló de nuevo.

Mi papá, Don Goyo, se había levantado para agradecer a los vecinos por venir. Estaba de pie, con su vaso de café en la mano.
—Gracias, compadres… gracias por acompañarnos en este dol…
De repente, se calló.
Su cara se puso roja, luego morada.
Soltó el vaso. El café caliente salpicó el piso y los zapatos de la gente.
Se llevó la mano al pecho, luego a la cabeza.
—Goyo… ¡Goyo! —gritó mi tía Lucha.

Mi papá intentó hablar, pero solo salió un balbuceo ininteligible. Gaaa… glll…
La mitad de su cara se derritió. Su ojo izquierdo se cerró, su boca se fue de lado en una mueca grotesca.
Su brazo izquierdo cayó muerto a su costado.
Se desplomó como un árbol talado. Cayó pesadamente, golpeándose la cabeza contra la pata de la mesa donde estaba el ataúd de su hijo.

—¡Un doctor! ¡Llamen a una ambulancia! —gritaron todos.
Yo corrí hacia él.
—¡Papá! ¡Papá!
Lo abracé. Estaba convulsionando. Sus ojos me miraban con terror absoluto. En su mirada, vi que él sabía. Él veía lo que yo veía.
Detrás de mí, entre la gente asustada, las sombras se alzaban. Figuras altas, los “Aires”, los guardianes de la corona, estaban parados entre los vecinos, riéndose sin sonido.

El Roble ha caído —escuché el susurro en mi oído.

La ambulancia llegó rápido esta vez. Se lo llevaron con sirena abierta. Derrame cerebral masivo, dijo el paramédico. “Pronóstico reservado”.
La casa se vació poco a poco. La gente se fue al hospital o a sus casas, asustada por la “mala vibra” que se sentía ahí.
Me quedé solo en la sala, con el ataúd de mi hermano y las manchas de café y sangre en el piso.
Mi mamá estaba en el hospital con mi papá.

Estaba solo. Completamente solo con la Muerte.
Subí las escaleras lentamente. Mis piernas pesaban toneladas.
Entré a mi cuarto. El frío era insoportable, se veía mi aliento.
Abrí el ropero.
La toalla estaba empapada en sangre fresca.
Saqué la Corona. Brillaba más que nunca. Parecía pulsar, como un corazón dorado y enfermo.

La sostuve en mis manos. Era tan bella y tan maldita.
—¿Estás feliz? —le grité al objeto—. ¿Ya estás contenta? ¡Te llevaste a mi hermano! ¡Te llevaste a mi papá! ¡¿Qué más quieres?!

La Corona no respondió con palabras. Respondió con una visión.
Por un segundo, la habitación desapareció.
Vi fuego. Vi a mi mamá llorando sola en una casa vacía. Me vi a mí mismo colgando de una cuerda. Y vi el pueblo de San Juan de las Nieblas, esperando, con la boca abierta de la tierra lista para tragarme.

La visión terminó.
Caí al suelo, llorando, abrazando la corona.
Sabía lo que tenía que hacer.
No podía venderla. No podía tirarla a la basura. Si la tiraba, la maldición nunca se iría.
Tenía que devolverla.
Tenía que regresar al infierno.

Pero no tenía dinero. Mi papá se había llevado la cartera. La alcancía de Toñito tenía solo monedas.
Estaba atrapado.
Y entonces, recordé a Doña Chole, la curandera de mi barrio, la que vivía a tres cuadras. Ella sabía de estas cosas. Ella me había visto mal de ojo cuando era niño.
Metí la corona en la mochila, que ahora pesaba como si llevara piedras de panteón.
—Aguanta, papá. Aguanta, ma. Voy a arreglar esto.

Salí de la casa dejando la puerta abierta, sin importarme si robaban lo poco que quedaba. Ya no había nada de valor ahí. Lo más valioso estaba en una caja blanca en la sala y en una camilla de hospital.
Caminé hacia la noche de Iztapalapa, donde las sombras de los postes de luz parecían estirarse para agarrarme los tobillos.
La peregrinación de regreso había comenzado. Y esta vez, los demonios no iban detrás de mí.
Iban conmigo, montados en mi espalda, susurrándome al oído que nunca llegaría a tiempo.

CAPÍTULO 5: EL DIAGNÓSTICO DEL MAL

Salí de mi casa dejando la puerta abierta. No me importaba. Adentro ya no había nada que robar que valiera la pena; la muerte ya se había llevado lo más valioso y la desgracia se estaba comiendo el resto. La calle estaba oscura, iluminada apenas por esas lámparas de vapor de sodio que tiñen todo de un naranja enfermo y zumban como moscas eléctricas.

Eran las tres de la mañana en Iztapalapa. A esa hora, las calles no pertenecen a la gente decente. Pertenecen a los perros callejeros, a los patrulleros buscando mordida, a los halcones en las esquinas y a las cosas que no tienen cuerpo pero tienen mucha hambre.

Caminé pegado a la pared, abrazando mi mochila. Pesaba más. Juro por mi vida que pesaba más con cada paso. Al salir de Oaxaca sentía que llevaba una piedra; ahora sentía que cargaba un cadáver. La correa se me clavaba en el hombro, cortándome la circulación, pero no me atrevía a cambiarla de lado. Sentía que si la soltaba, aunque fuera un segundo, la mochila echaría raíces en el cemento y nunca más podría moverla.

Mi destino estaba a seis cuadras, en una vecindad vieja conocida como “El Palomar”. Ahí vivía Doña Chole. No la curandera del pueblo, sino “La Madrina”, una mujer que mi mamá consultaba a escondidas de mi papá para que le barriera el mal de ojo o le diera tés para los nervios. Yo siempre pensé que eran tonterías de gente ignorante. “Supersticiones del tercer mundo”, les decía yo a mis compañeros de la universidad mientras tomábamos café en la Condesa.

Qué imbécil era. Qué arrogante. Ahora, esas supersticiones eran lo único real en mi vida.

Llegué a la vecindad. Un portón de metal oxidado, grafiteado con placas de bandas locales. Entré. El patio común olía a humedad, a ropa vieja y a orines de gato. Al fondo, en el último cuarto de la planta baja, se veía una luz violeta saliendo por debajo de la puerta.

Toqué tres veces.
—¿Quién? —preguntó una voz rasposa desde adentro. Una voz que sonaba a cigarro barato y aguardiente.
—Soy Néstor… el hijo de Doña Carmen. Necesito ayuda.

Hubo un silencio largo. Escuché el sonido de cadenas y cerrojos moviéndose. La puerta se abrió despacio.
Doña Chole era una mujer inmensa, vestida con una bata de flores desteñida. Tenía el cabello teñido de un rojo furioso, raíces canosas y unos ojos negros, pequeños y brillantes como cuentas de azabache.
Me miró. No me miró a la cara. Miró directamente a la mochila.
Su expresión cambió de fastidio a terror puro en un segundo.
—¡Madre Santísima! —susurró, dando un paso atrás y haciendo la señal de la cruz con los dedos chuecos—. ¿Qué traes ahí, muchacho? ¡Apesta a panteón!

—Déjeme entrar, por favor. Se lo suplico.
—¡No! ¡Aquí no metes eso! —intentó cerrar la puerta.
Metí el pie. Estaba desesperado.
—Madrina, por favor. Se llevó a mi hermano. Se está llevando a mi papá. Soy el siguiente. Si usted no me ayuda, nadie lo hará. Tengo dinero… bueno, conseguiré dinero.

La mención de la muerte de mi hermano la detuvo. Ella conocía a Toñito. Le había curado el empacho muchas veces. Su rostro se suavizó un poco, pero sus ojos seguían clavados en la mochila con desconfianza.
—Pásale rápido. Y no sueltes esa chingadera. No la pongas en mi suelo.

Entré. El cuarto era un asalto a los sentidos. Había estanterías llenas de frascos con hierbas, líquidos turbios y fotos de gente amarradas con listones rojos. En el centro, un altar enorme. No era un altar católico normal. Había un San Judas Tadeo gigante, pero junto a él, vestida de novia, estaba la Santa Muerte, sosteniendo su guadaña y un mundo de cristal. Había velas negras, moradas y rojas por todos lados. El calor era sofocante y olía a copal quemado, ruda y algo más dulce… como flores podridas.

—Siéntate ahí —me señaló una silla de madera vieja—. Y no te quites la mochila. Esa cosa está buscando tierra para anclarse.
Me senté, temblando.
Doña Chole se acercó a su altar. Agarró un huevo de gallina y un ramo de pirul. Empezó a rezar en voz baja, una mezcla de Padre Nuestro y palabras que no entendí. Se acercó a mí.

—No me digas nada. Déjame ver —dijo.
Pasó el huevo por mi cabeza, por mis hombros, por mi pecho. Cuando el huevo pasó cerca de la mochila, estalló.
¡Plaff!
No se rompió. Explotó. La yema salió disparada negra, como chapopote, y el olor a azufre llenó el cuarto instantáneamente.
Doña Chole soltó el cascarón y se limpió la mano en el delantal con asco.

—Estás jodido, muchacho —dijo sin rodeos—. Lo que traes ahí no es un “mal aire”. No es una brujería que te echaron. Tú… tú profanaste.
Se sentó frente a mí y me miró a los ojos.
—Robaste algo sagrado. Algo que tiene dueños antiguos.
—Fue en Oaxaca… —balbuceé, llorando—. Una corona. De la Virgen.
—¡Calla! —me gritó—. No la nombres. Al nombrarla le das fuerza.

Se levantó y fue a buscar un vaso de agua. Le echó un chorro de mezcal y me lo dio.
—Bébetelo. Lo vas a necesitar.
Me lo tomé de un trago. El alcohol me quemó la garganta, pero me calmó un poco el temblor de las manos.
—Madrina… ¿qué hago? Mi papá está en el hospital. Le dio un derrame. Toñito… Toñito se murió ayer.
—Lo sé —dijo ella, con voz grave—. Las noticias vuelan en el barrio. Y los muertos también. Tu hermano está aquí.

Me helé.
—¿Qué?
—Está en la esquina. Llorando. Dice que tiene frío. Dice que por qué lo empujaste.
—¡Yo no lo empujé! —grité, parándome—. ¡Fue la sombra!
—Siéntate. Sé que tú no fuiste con tus manos. Pero fuiste tú con tu avaricia. Tú abriste la puerta, Néstor. Y cuando abres la puerta del infierno para sacar oro, no puedes esperar que los demonios se queden adentro. Salen a cobrar.

Doña Chole sacó unas cartas del tarot. Eran viejas, gastadas. Las barajó y tiró tres sobre la mesa.
La Torre. El Diablo. El Colgado.
—Malo. Muy malo —murmuró—. Escucha bien lo que te voy a decir, Néstor. Lo que te persigue no es un fantasma. Son “Los Cargadores”. Los Penitentes. Son espíritus que custodian los tesoros sagrados de los pueblos viejos. Ellos no descansan. No comen. No duermen. Su única misión es devolver lo robado y castigar al ladrón.

—¿Cómo los detengo? ¿Cuánto cuesta? Le pago lo que sea.
Doña Chole soltó una carcajada triste.
—¿Dinero? ¿Crees que esto se arregla con dinero? Ay, muchacho, por eso estás como estás. Crees que todo tiene precio. Esto se paga con sangre. Ya pagaste con la de tu hermano. Tu padre es el siguiente pago parcial. Si no devuelves eso… el pago final eres tú. Y no solo morirás. Tu alma se quedará encadenada a esa corona para siempre, cargándola por la eternidad.

—Tengo que devolverla —dije—. Lo sé. Pero no tengo cómo ir. No tengo dinero. Mi papá tenía la cartera.
—Pues ve caminando. Ve de rodillas. Arrástrate. Pero esa cosa tiene que regresar a su altar antes de la tercera luna. Tienes tres días, Néstor. Tres días desde que la tomaste.
Hice cuentas mentales. La tomé la madrugada del viernes. Hoy era domingo en la madrugada.
—¡Mañana! —exclamé—. ¡Mañana se cumplen los tres días!

—Entonces corre. Vuela. Porque si te agarra el amanecer del tercer día con eso en las manos… ni Dios te salva.
Me levanté. Tenía que irme. Tenía que llegar a Oaxaca.
—Gracias, Madrina.
—Espera —dijo ella. Fue al altar, agarró un collar de cuentas rojas y negras (un collar de Elegguá, creo) y me lo puso en el cuello—. Esto no te va a salvar. Pero te va a esconder un poco. Va a confundir su olfato para que puedas salir de la ciudad. Pero en cuanto pises carretera abierta… estarás solo.
—¿Cuánto le debo?
—Nada. Vete. Y por lo que más quieras… no vuelvas a esta vecindad. Te has traído la peste contigo.

Salí de ahí corriendo.
Tenía un plan. Un plan estúpido, desesperado, pero era lo único que se me ocurría.
Necesitaba dinero para el boleto de autobús, para los taxis, para moverme rápido. No podía irme caminando hasta Oaxaca, tardaría semanas y tenía horas.
“No puedo vender la corona”, pensé. “Pero… tiene piedras. Muchas piedras. Si le quito una… solo una… una pequeña, un rubí o una perla. Con eso me dan lo suficiente para el viaje y para pagar el hospital de mi papá. Y devuelvo el resto. La Virgen entenderá. Es por una buena causa”.

La mente del adicto a la codicia es experta en justificaciones. Incluso con el miedo a la muerte encima, mi cerebro seguía buscando cómo sacar ventaja, cómo no perderlo todo.
Me dirigí al norte. Hacia Tepito.
Ahí, en el Barrio Bravo, conocía a un tipo. “El Ruso”. Un reducidor que compraba lo que fuera sin preguntas. Celulares manchados de sangre, relojes arrancados de muñecas, joyas robadas. Él me daría efectivo rápido.

Tomé el metro en la estación Iztapalapa en cuanto abrieron, a las 6:00 AM.
El vagón iba semivacío. Me senté en una esquina, con la capucha de la sudadera puesta. La gente me evitaba. Debía verme fatal. Y olía mal. Olía a ese azufre que Doña Chole había liberado.
Llegué a la estación Tepito/Lagunilla a las 7:00 AM. El mercado apenas estaba despertando. Los diableros movían estructuras metálicas, los puestos de tacos de tripa empezaban a humear.

Caminé entre los puestos cerrados, metiéndome en los callejones laberínticos de “La Fortaleza”. Yo sabía dónde paraba El Ruso. En una vecindad en la calle de Tenochtitlán.
Toqué en una puerta de metal blindada.
Un ojo me miró por la mirilla.
—¿Qué traes?
—Soy Néstor… el del Tsuru. Traigo oro. Oro bueno. Necesito al Ruso.

La puerta se abrió.
El Ruso era un tipo calvo, lleno de tatuajes carcelarios y cicatrices de navajazos. Estaba desayunando una guajolota (torta de tamal) y una Coca-Cola.
—Pásale, güero. Te ves de la verga. ¿Te madrearon?
—Algo así. Necesito varo, Ruso. Urgente.
—A ver qué traes.

Puse la mochila en una mesa de plástico sucia. Mis manos temblaban tanto que me costó abrir el cierre.
Saqué la Corona.
El silencio en el cuarto fue absoluto. El Ruso dejó de masticar. Su guardaespaldas, un gorila llamado “El Tanque”, se acercó con los ojos abiertos como platos.
Bajo la luz fluorescente de la cocina del Ruso, la Corona brillaba con una majestad insultante. Contrastaba con la suciedad, con las armas sobre la mesa, con nuestras vidas miserables.

—No mames… —susurró El Ruso, limpiándose la salsa verde de la boca con la manga—. ¿De qué museo te robaste esto, cabrón? Esto es… esto es de reyes.
—Es de una iglesia —dije rápido—. Es oro macizo. Las piedras son reales.
—¿De una iglesia? —El Ruso silbó—. Eso calienta, güero. La iglesia tiene contactos. Pero… el oro es oro.
Se acercó y extendió la mano para tocarla.

—¡No la toques! —grité instintivamente.
El Ruso se detuvo, frunciendo el ceño.
—¿Qué pedo? ¿La vendes o no?
—Solo… solo quiero vender una piedra. Un rubí. Necesito 20 mil pesos. Con eso me conformo. Te puedes quedar con la piedra, vale mucho más.
El Ruso se rio.
—¿Estás pendejo? Yo quiero todo. Te doy 50 mil ahorita en caliente y te largas.
—No puedo venderla toda. Tengo que devolver el resto. Es… es un asunto de vida o muerte.
—Mira, Néstor. Tú estás en mi casa. Tú trajiste el pastel. Ahora el pastel es mío.

El Ruso hizo una señal. El Tanque sacó una pistola y me apuntó a la cabeza.
—Deja la cháchara ahí y lárgate. Te doy 5 mil pa’ tus pasajes y sales ganando.
Mi corazón se detuvo. Me la iban a quitar. Y si me la quitaban, yo no podría devolverla. Y si no la devolvía, mi papá moría. Y yo moría.
—¡No! —grité, abrazando la corona—. ¡Es mía! ¡Tengo que regresarla!

En ese momento, la luz de la cocina parpadeó.
Zzzzt… Zzzzt…
La temperatura bajó drásticamente, igual que en el autobús, igual que en mi cuarto.
El Ruso miró hacia un rincón oscuro de la habitación, detrás de mí. Su cara de matón se transformó en una máscara de terror infantil.
—¿Quién es ese niño? —preguntó con voz temblorosa.

Me giré.
Ahí estaba. Toñito.
Pero no era el fantasma triste que había visto antes.
Estaba parado en la esquina, con su uniforme escolar empapado en sangre y agua jabonosa. Su cabeza estaba deforme por el golpe. Tenía la boca abierta en un grito silencioso y eterno. Y señalaba al Ruso.
Es de él… —susurró el fantasma de mi hermano. Pero no se refería a mí. Se refería a la Corona.

—¡Saca a ese pinche niño de aquí! —gritó El Ruso, retrocediendo y tirando la mesa. La Coca-Cola se derramó.
—¡No lo veo, jefe! —gritó El Tanque, buscando a quién disparar.
Pero entonces, El Tanque también vio algo. Vio las sombras.
De las paredes descarapeladas empezaron a salir figuras. Los Penitentes. Hombres altos, con capuchas cónicas moradas y negras, torsos desnudos y llagas en la espalda.
Traían látigos. Látigos de fuego invisible.

¡CRACK!
El sonido del latigazo rompió el aire.
El Ruso gritó y cayó al suelo, agarrándose la cara. Un corte profundo, sangrante, apareció en su mejilla de la nada.
—¡Me cortaron! ¡Me cortaron! —chillaba.
¡CRACK!
El Tanque salió volando contra la pared como si lo hubiera golpeado un camión. Cayó inconsciente.

Yo estaba en medio del caos, abrazando la corona, ileso. Los Penitentes no me pegaban a mí. No todavía. Estaban protegiendo su propiedad de otros ladrones. Estaban limpiando el camino para que yo siguiera mi calvario.
—¡Lárgate! —gritó El Ruso, arrastrándose por el suelo, sangrando—. ¡Llévate tu maldición! ¡Brujo! ¡Diablo!

Agarré la mochila, metí la corona como pude y salí corriendo.
Salí a la calle de Tenochtitlán. El mercado ya estaba lleno de gente.
Yo corría, empujando a las señoras, tirando puestos de ropa.
—¡Aguas, pendejo! —me gritaban.

Pero yo no corría solo.
Detrás de mí, y a mis costados, escuchaba los látigos.
¡Crack! ¡Crack!
Y esta vez, sí eran para mí.
Sentí el primer golpe en la espalda. Fue como si me hubieran echado ácido hirviendo.
—¡AHHHH! —grité, cayendo de rodillas en medio de la calle, entre puestos de tenis piratas y películas clonadas.

La gente se detuvo. Vieron a un muchacho loco, gritando y retorciéndose en el suelo, gritando perdón a la nada.
—¡Ya no! ¡Ya no! —suplicaba yo, sintiendo otro latigazo en las piernas que me rasgó el pantalón y la piel.
Nadie veía los látigos. Nadie veía a los encapuchados gigantes que me rodeaban. Solo veían mi locura.
—¡Llamen a la patrulla! ¡Está en un mal viaje! —decía la gente, grabando con sus celulares.

Me levanté como pude. El dolor era insoportable, pero el miedo era mayor.
“No puedo venderla. No puedo empeñarla. No puedo pedir ayuda”, entendí finalmente, con la sangre escurriéndome por la espalda. “Tengo que llevarla yo. Y tengo que sufrir cada paso del camino”.

Me eché a correr de nuevo, cojeando, llorando, moco y sangre mezclados en mi cara.
Salí de Tepito. Crucé el Eje 1 Norte sorteando coches que me pitaban.
No tenía dinero. No tenía fuerzas. Estaba herido.
Y tenía que llegar a Oaxaca, a 500 kilómetros de distancia, antes de que saliera el sol de mañana.

Caminé hacia la Calzada de Tlalpan. Mi mente estaba rota. Ya no pensaba como humano. Pensaba como una bestia acorralada.
Vi un camión de carga detenido en un semáforo. Un tráiler de doble remolque que iba hacia el sur, hacia la salida a Cuernavaca.
No lo pensé.
Corrí y me trepé en la parte trasera, entre las llantas y el chasis, en un espacio suicida donde un mal movimiento me trituraría.
Me abracé a los fierros llenos de grasa.
El tráiler arrancó.

El viento me golpeaba la cara. El ruido era ensordecedor. Pero me alejaba de la ciudad.
Miré hacia atrás.
En el puente peatonal que dejábamos atrás, vi a mi hermano Toñito, parado, diciéndome adiós con la manita. Y detrás de él, una fila de encapuchados esperando mi regreso si fallaba.
—Voy a llegar, carnalito —susurré al viento—. Voy a llegar o me voy a morir en la raya.

El tráiler aceleró, llevándome hacia la carretera, hacia la sierra, hacia el origen del mal.
La verdadera penitencia acababa de empezar.

CAPÍTULO 6: LA PEREGRINACIÓN DEL CONDENADO

El mundo se redujo a vibración, ruido y olor a grasa quemada. Iba encogido en posición fetal sobre el eje trasero de un tráiler de doble remolque Kenworth, un monstruo de acero que rugía por la autopista México-Puebla a ciento diez kilómetros por hora.

No sé cómo no me caí en los primeros kilómetros. Supongo que el miedo es un adhesivo más potente que el pegamento industrial. Mis dedos estaban engarrotados, aferrados a una barra de metal helado y sucio, mis nudillos blancos, mis uñas rotas y llenas de chapopote. Debajo de mí, a escasos cuarenta centímetros de mi espalda (porque iba boca arriba, mirando el chasis del remolque), el asfalto pasaba como una cinta gris borrosa, una lija gigante esperando el más mínimo error para borrarme del mapa.

El viento era un castigo constante. No era brisa; era una bofetada interminable cargada de polvo, gravilla y monóxido de carbono. Mis ojos lloraban sin parar, pero no por tristeza, sino por la irritación del aire sucio. Cada vez que el tráiler pasaba un bache, mi cuerpo entero rebotaba contra el metal, golpeándome las costillas, la cabeza, los codos. Sentía que mis huesos se estaban convirtiendo en polvo dentro de mi piel.

Pero el dolor físico era lo de menos. Lo peor era la carga.

La mochila. La maldita mochila Nike pirata seguía amarrada a mi pecho, atrapada entre mi cuerpo y el metal del camión. Y pesaba. Dios mío, cómo pesaba. No eran los tres o cuatro kilos de oro y piedras que pesaba físicamente la Corona. Era un peso gravitacional, como si llevara un agujero negro colgado al cuello. Sentía que la Corona quería hundirme, quería jalarme hacia abajo, hacia el asfalto, para que las llantas gemelas del tráiler nos trituraran a los dos y acabaran con esta farsa.

Suéltate… —escuchaba entre el rugido del motor y el silbido de las llantas—. Suéltate y descansa, Néstor. Ya no tienes a nadie. Tu papá ya se murió. Tu mamá te odia. Suéltate…

La voz no era mía. Era la voz de la carretera. O tal vez era la voz de Toñito.
Cerré los ojos con fuerza.
—¡Cállate! —grité, pero el viento se tragó mi voz—. ¡Voy a llegar! ¡Voy a devolver esta chingadera!

Pasamos la caseta de San Marcos. Sentí el frenón, el momento de pánico cuando el camión se detuvo y temí que los guardias nacionales o los cobradores me vieran. Me hice bolita, conteniendo la respiración, rezando para ser invisible. El tráiler arrancó de nuevo, lento y pesado, y volvimos a la velocidad suicida.

Las horas pasaron. El frío de la mañana dio paso al calor sofocante del mediodía cuando entramos al valle de Puebla. El metal bajo mi cuerpo se calentó. Ahora me quemaba. Era como ir en una parrilla.
Tenía sed. Una sed antigua, bíblica. Mi lengua era un pedazo de cuero seco en mi boca. Mis labios estaban partidos y sangraban.
“Tengo que bajar”, pensé. “Si no tomo agua, me voy a desmayar y me voy a caer”.

El tráiler empezó a frenar. Escuché el cambio de velocidades, el rugido del freno de motor. Brrrrrummmm…
Estábamos orillándonos.
El camión entró a una gasolinera de esas paraderos gigantes donde descansan los traileros, cerca de Esperanza, antes de las Cumbres de Maltrata.
El vehículo se detuvo con un siseo final de frenos de aire.
Esperé un minuto. Dos. Escuché el portazo de la cabina. El chofer se bajó. Escuché sus botas crujir en la grava mientras se alejaba hacia la tienda de conveniencia.

Me descolgué.
Mis piernas no respondieron al principio. Caí al suelo como un costal de papas. Mis rodillas golpearon el concreto caliente y no sentí nada; estaban entumidas. Me arrastré hacia la sombra de las llantas traseras, tosiendo, escupiendo flemas negras por el humo.
Me revisé. Estaba hecho un asco. Mi ropa estaba negra de grasa, rota en las rodillas y codos. Mi cara debía ser una máscara de hollín y sangre seca. Olía a diésel y a miedo.

Nadie me vio. Estaba en la parte trasera del estacionamiento, donde los camiones hacen una muralla de acero.
Me levanté, tambaleándome como un borracho. Necesitaba agua.
Vi una llave de agua pegada a una pared, cerca de los baños de los choferes. Una manguera verde goteaba sobre un charco de lodo aceitoso.
Corrí hacia ella. Me tiré al suelo y puse la boca bajo el chorro. El agua sabía a óxido, a tierra, pero en ese momento fue el néctar de los dioses. Bebí hasta que me dolió el estómago. Me eché agua en la cabeza, tratando de limpiar la herida de mi frente y la suciedad.

—Oye, tú. ¿Qué haces ahí?
Me congelé.
Un guardia de seguridad privada, un tipo gordo con uniforme azul mal fajado y una macana en el cinto, me estaba mirando con asco.
—Lárgate de aquí, teporocho. Aquí no queremos viciosos.
Me levanté despacio, abrazando la mochila.
—Solo tomaba agua, jefe. Ya me voy.
—¿Qué traes en la bolsa? —El guardia entrecerró los ojos—. ¿Robaste algo de los camiones?
—No, nada. Es mi ropa.

El guardia dio un paso hacia mí, llevando la mano a su macana.
—A ver, abre la mochila. Ha habido mucho robo de autopartes.
—No tengo nada… —retrocedí.
—¡Que la abras te digo, pinche mugroso!

El guardia se abalanzó sobre mí. Me agarró del hombro y jaló la mochila.
—¡Suéltala! —grité, con una fuerza que no sabía que tenía, y lo empujé.
El guardia, sorprendido, tropezó y cayó de nalgas en el lodo.
—¡Ah, hijo de tu puta madre! —gritó, sacando la macana y un radio—. ¡Pedro! ¡Traéte a los perros! ¡Aquí hay una rata!

El pánico me inyectó adrenalina pura. Eché a correr.
Corrí hacia la carretera, saltando una barda baja. Escuché ladridos detrás de mí.
Llegué al acotamiento de la autopista y seguí corriendo, sin mirar atrás, mientras los coches pasaban zumbando a mi lado.
Corrí hasta que el paradero se convirtió en un punto lejano. Corrí hasta que el aire me faltó de nuevo.

Ahora estaba solo. A pie. En medio de la nada, en el tramo más desolado entre Puebla y Veracruz. El sol estaba en su punto más alto. No había árboles, solo matorrales secos y campos de cultivo amarillentos a lo lejos.
Empecé a caminar.
—Son quinientos kilómetros… —murmuré—. Me faltan como trescientos. No voy a llegar.

Pero entonces, la ayuda llegó. O más bien, la tortura cambió de forma.
El sol se nubló de repente. Una nube negra, densa, tapó el cielo azul. La temperatura bajó diez grados en un segundo.
Miré hacia el campo al lado de la carretera.
Ahí venían.
Los Penitentes.
Ya no eran sombras vagas. Ahora los veía con claridad. Eran tres. Figuras de más de dos metros de altura, vestidas con túnicas moradas cónicas, como los nazarenos de Semana Santa en España, pero su ropa estaba sucia, raída, manchada de sangre vieja. No tenían pies; flotaban a unos centímetros del suelo seco.
Y en sus manos llevaban látigos de ixtle con puntas de obsidiana.

Caminaban paralelos a mí, al otro lado de la valla de contención. No decían nada. Solo me escoltaban.
—Déjenme en paz… —lloré—. Ya voy de regreso. ¡Ya voy!
El de en medio levantó el látigo y señaló hacia adelante.
Camina.
No lo dijo con voz. Lo dijo con dolor.
Sentí un latigazo en la pantorrilla derecha que me hizo gritar y caer al asfalto.
¡CRACK!
Me revisé el pantalón. La tela estaba cortada. Mi piel estaba abierta, sangrando.
—¡Estoy caminando! —grité, levantándome a la fuerza—. ¡No me peguen, estoy caminando!

Empecé a cojear rápido. Si me detenía, me pegaban. Si bajaba el ritmo, me pegaban.
Era una marcha forzada.
Los coches pasaban a mi lado. Veía las caras de los conductores: familias yendo de vacaciones, agentes de ventas, camioneros. Me veían y aceleraban. Para ellos, yo era un loco que gritaba y cojeaba solo en la carretera. No veían a mis verdugos.

Caminé durante horas. Mis zapatos, esos tenis que antes cuidaba tanto para que no se ensuciaran, se estaban deshaciendo. La suela se había despegado y sentía las piedras del camino. Mis pies eran una masa de ampollas reventadas y sangre.
Cada paso dejaba una huella roja en el acotamiento blanco.
Sangre por oro… Sangre por oro… —empezaron a susurrar las voces en el viento.

La tarde cayó y con ella llegó el verdadero terror.
La noche en la carretera no es oscura. Es una mezcla de luces cegadoras y negrura absoluta.
Llegué a la desviación hacia Tehuacán. Mis piernas ya no respondían, se movían por inercia, por espasmos musculares provocados por los latigazos invisibles que recibía cada vez que intentaba sentarme.

De repente, un tráiler se detuvo unos metros adelante. Puso las intermitentes.
Era un camión viejo, rojo. La puerta del copiloto se abrió.
—¡Súbete, chavo! —gritó el chofer.
No lo podía creer. ¿Alguien se paraba por mí? ¿Con mi aspecto?
Me acerqué cojeando.
—¿Me lleva? —pregunté, con la voz rota.
—Sí, súbete rápido. Te ves de la chingada. Pareces zombi.

Me subí. El calor de la cabina era gloria. El asiento estaba roto, pero era suave.
El chofer era un señor mayor, con barba blanca y un sombrero de paja. Tenía la radio puesta con música norteña viejita.
—Gracias, jefe. Gracias. Me salvó la vida.
—No agradezcas. A nadie se le deja tirado en este tramo. Aquí espantan. Dicen que sale la Llorona, o que asaltan los muertos.
Me reí. Una risa histérica, sin humor.
—Sí… aquí espantan.

El camión arrancó. Me recargué en el asiento y cerré los ojos.
—¿A dónde vas? —preguntó el viejo.
—A Oaxaca. A la sierra.
—Ufff, está lejos. Pero yo voy pa’ allá. Te acerco.
Por un momento, sentí esperanza. Tal vez Dios me había perdonado. Tal vez mi mamá había rezado por mí y su rezo había roto la barrera de la maldición.

Pero entonces, el viejo miró por el espejo retrovisor.
Su cara cambió. Se puso pálido como el papel.
Bajó la velocidad.
—Oye… chavo…
—¿Qué pasa?
—¿Vienes solo?
—Sí, vengo solo.
—No… no vienes solo.

El viejo señaló el espejo con mano temblorosa.
Miré.
En la parte de atrás de la cabina, en el camarote donde duermen los choferes, la cortina se estaba moviendo.
Y sentado en la cama, mirándonos con ojos vacíos, estaba mi papá.
Don Goyo.
Pero no el Don Goyo fuerte. El Don Goyo del hospital. Con la cara torcida por el derrame, la baba escurriendo, y una bata de hospital manchada de sangre.
Hijo… —gorgoteó la aparición—. Me duele… ¿Por qué no la devolviste antes?

—¡Papá! —grité.
El chofer gritó más fuerte.
—¡Bájate! ¡Bájate, demonio! ¡Traes al muerto!
El viejo frenó en seco en medio de la carretera. Abrió mi puerta y me empujó.
—¡Lárgate!
Caí al asfalto, rodando. La mochila amortiguó el golpe, clavándoseme en las costillas.
El tráiler arrancó quemando llanta, dejándome tirado en la oscuridad.

Me levanté llorando.
—¡Perdón, papá! ¡Perdón!
Miré a mi alrededor. Estaba en la entrada de las Cumbres. La carretera empezaba a subir hacia la montaña.
Y ahí estaban ellos. Los Penitentes. Ahora eran más. Eran seis. Doce. Una procesión entera flanqueando la carretera.
Y Toñito estaba al frente.
Mi hermanito, pequeño, roto, brillaba con una luz azul pálida.
Me hizo señas con la mano.
Ven. Falta poco.

No tuve opción. Me uní a la procesión.
Empecé a subir la montaña caminando.
Cada kilómetro era un siglo. Mis pies ya no tenían piel en las plantas. Caminaba sobre carne viva. Dejaba un rastro de sangre brillante que los espíritus lamían.
El hambre me devoraba por dentro. Mi estómago se comía a sí mismo. La sed era tan fuerte que empecé a alucinar agua en el asfalto.

Empecé a hablar con la Corona.
—Te odio —le decía a la mochila—. Te odio, maldita. Ojalá te funda el diablo.
La mochila vibraba. Se reía. Sentía su risa en mi columna vertebral.
Tú me deseaste… —me respondía en mi cabeza—. Tú me tomaste. Ahora cárgame.

Caminé toda la noche. Cruzamos la frontera estatal entre Puebla y Oaxaca en la madrugada.
Vi cosas que ningún hombre debería ver. Vi perros con cara de hombre cruzando la carretera. Vi bolas de fuego saltando entre los cerros (las brujas, decían). Vi autobuses fantasmas pasar a mi lado, llenos de pasajeros que gritaban sin sonido.
Pero nada me detuvo. El miedo a morir sin redención era más fuerte que el miedo a los monstruos.

Al amanecer del tercer día, llegué al crucero.
El letrero oxidado decía: “San Juan de las Nieblas – 40 km”.
Era un camino de terracería que se internaba en el bosque.
Me detuve. Mis piernas temblaban incontrolablemente.
Cuarenta kilómetros. A pie. Subiendo la sierra.
Era imposible. Físicamente imposible.

Me dejé caer de rodillas frente al letrero.
—No puedo más… Dios, no puedo más. Mátame ya. Llévame con Toñito.
Cerré los ojos, esperando el final. Esperando que los Penitentes me dieran el latigazo final que me partiera el corazón.

Pero no me golpearon.
Escuché un ruido. Un motor.
Abrí los ojos.
Una camioneta Pick-up vieja, destartalada, venía saliendo del camino de terracería. Llevaba vacas en la parte de atrás.
El conductor se detuvo al verme.
Era un indígena mixteco, un anciano con la piel como corteza de árbol y ojos sabios.
Se bajó de la camioneta. No me tuvo miedo. No se asustó de mi cara sangrienta ni de mi ropa destrozada.
Se acercó a mí despacio.
Miró por encima de mi hombro, hacia los Penitentes invisibles que me rodeaban. Asintió con la cabeza, como saludándolos.
Luego me miró a mí.

—Has caminado mucho, muchacho —dijo en un español lento, con acento fuerte.
—Ayúdeme… —susurré—. Tengo que llegar a San Juan.
El anciano miró mi mochila.
—Lo sé. El pueblo huele tu llegada desde ayer. Los perros no han dejado de aullar.
Se agachó y me ofreció una jícara con agua.
—Bebe. Pero no mucho.

Bebí. El agua estaba tibia, pero me supo a vida.
—Súbete —dijo el anciano—. Yo voy para allá. Soy de allá.
—¿No… no le da miedo? —pregunté, señalando el aire vacío a mi alrededor—. Ellos vienen conmigo.
El anciano sonrió. Le faltaban dientes.
—Ellos son los guardianes. No hacen daño al que no debe. Tú eres el que debe. Súbete atrás, con las vacas. El castigo no ha terminado, pero el camino a pie sí. Tienes que llegar antes de que el sol esté en lo alto. Si no… tu padre se va.

Me subí a la batea, entre el estiércol y la paja. Las vacas me olieron y se apartaron mugiendo nerviosas. Sabían que yo era un depredador, un portador de muerte.
La camioneta arrancó, saltando en los baches del camino de tierra.
Miré hacia atrás.
La procesión de los Penitentes no se quedó en la carretera. Empezaron a flotar detrás de la camioneta, siguiéndonos a la misma velocidad. Una estela de túnicas moradas y látigos en el polvo.

Entramos en la niebla.
El aire se volvió frío y húmedo. El olor a pino y tierra mojada llenó mis pulmones.
Estaba regresando.
Cada vuelta del camino me acercaba más al lugar donde condené mi alma.
Saqué el celular. Tenía 2% de batería. Y, milagrosamente, una raya de señal.
Entró un mensaje de texto. De mi tía.
“Néstor, ¿dónde estás? Tu papá está muy mal. Los doctores dicen que no pasa de hoy. Ven rápido.”

Las lágrimas se mezclaron con el polvo en mi cara.
—Aguanta, jefe. Aguanta. Ya voy llegando.
Apreté la mochila contra mi pecho.
—Ya casi llegas a tu casa, maldita —le dije a la Corona—. Prepárate.

La camioneta dio una última vuelta y ahí estaba.
San Juan de las Nieblas.
El pueblo aparecía entre la bruma como un fantasma de piedra y teja. Las campanas de la iglesia empezaron a repicar en cuanto la camioneta apareció en la loma.
No era un toque de misa.
Era un toque de difuntos. Tan… tan… tan…
Me estaban esperando.

CAPÍTULO 7: EL CALLEJÓN DE LOS CONDENADOS

La camioneta del anciano se detuvo con un rechinido de frenos oxidados en la entrada principal de San Juan de las Nieblas. El motor tosió una última vez y murió, dejando paso a un silencio que pesaba más que las montañas que nos rodeaban.

Bajé de la batea temblando. Mis piernas, que habían caminado cientos de kilómetros y soportado el peso de una maldición, se sintieron de gelatina al tocar el suelo empedrado del pueblo. El olor del lugar me golpeó de inmediato: una mezcla de leña quemada, pino húmedo y algo más… olor a cera derretida y flores de cempasúchil, el aroma inconfundible de los altares de muertos. Pero no era noviembre. Era julio.

—Hasta aquí llego yo —dijo el anciano sin bajarse de la cabina. Me miró por el retrovisor con esos ojos oscuros que parecían haber visto nacer y morir al mundo—. El resto del camino lo haces solo. La iglesia te espera.

—Gracias… —alcancé a susurrar, con la garganta en carne viva.
—No me des las gracias. Pide perdón. Y hazlo rápido, porque la sombra que traes ya cubrió todo el cielo.

La camioneta arrancó, dejándome solo en la entrada de la calle principal.
Levanté la vista.
San Juan de las Nieblas no era un pueblo grande. Era una sola calle larga que subía en pendiente hacia la plaza principal, donde se alzaba, imponente y negra, la Capilla de las Ánimas.
Y la calle estaba llena.

Parecía que todo el pueblo había salido a recibirme. Hombres con sombreros de paja y machetes al cinto, mujeres con rebozos oscuros tapándose la boca, niños descalzos con ojos grandes y asustados. Estaban parados a los lados de la calle, formando un pasillo humano, un callejón silencioso por donde yo tenía que pasar.
Nadie hablaba. Nadie gritaba “¡Ladrón!”. Nadie intentaba lincharme.
Solo miraban.
Era un juicio silencioso, mucho peor que cualquier golpe. Sus miradas decían lo que sus bocas callaban: Sabíamos que volverías. El oro siempre vuelve a su dueño.

Me ajusté la mochila. Las correas se habían incrustado en mis hombros, cortando la piel, fusionándose con mi carne. Sentía que la Corona ya era parte de mi esqueleto.
Di el primer paso.
Camina… —susurró el viento.

En cuanto mi pie derecho tocó el primer adoquín de la calle principal, el infierno se desató de nuevo. Pero esta vez, fue público.
Los Penitentes, mis verdugos invisibles que me habían escoltado desde Puebla, se materializaron alrededor de mí.
No eran visibles para la gente del pueblo como cuerpos sólidos, pero sí como sombras densas, distorsiones en el aire que hacían que la luz se curvara. Y los látigos… los látigos sonaban reales.

¡CRACK!
El primer latigazo me golpeó en la espalda baja.
—¡AHHH! —grité, cayendo de rodillas.
El dolor fue cegador. Sentí la piel abrirse, caliente y húmeda.
La gente del pueblo ahogó un grito colectivo. Vieron cómo mi camiseta sucia se rasgaba sola y una línea de sangre fresca brotaba de la nada en mi espalda.
—¡Dios mío! —gritó una mujer, persignándose—. ¡Lo están azotando los Aires!

Me levanté a duras penas, llorando.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —le grité al aire vacío—. ¡Déjenme llegar!
Di otro paso.
¡CRACK!
Otro golpe. Esta vez en las piernas. Caí de boca, raspándome la cara contra las piedras. Escupí sangre y un diente flojo.
—¡Perdón! —sollocé, arrastrándome—. ¡Perdónenme!

La gente no se movía para ayudarme. Se apartaban. Tenían terror. Sabían que si se acercaban, los latigazos también les tocarían a ellos.
—Es el castigo —murmuró un viejo que estaba cerca, apoyado en un bastón de madera—. Robó a la Madre. Ahora la Madre lo educa.

Seguí avanzando. Arrastrándome, levantándome, cayendo de nuevo.
Era el Vía Crucis de un pecador sin dios.
Cada metro era una batalla. La mochila pesaba toneladas. Sentía que llevaba el autobús entero en la espalda, con los cuerpos de mis amigos y de Don Beto adentro.
—Néstor… —escuché una voz conocida.

Levanté la vista, con la sangre nublándome un ojo.
Entre la multitud, vi una cara.
Era Ximena.
Estaba viva.
Estaba sentada en una silla de ruedas, en la banqueta, con una pierna enyesada y el brazo en cabestrillo. Tenía la cara llena de cortadas y moretones. Me miraba con una mezcla de odio y lástima infinita.
Me detuve.
—Xime… —gemí, estirando una mano hacia ella—. Ayúdame…
Ella no se movió. Solo lloró en silencio.
—Te dije que no la tocaras —susurró. Su voz, aunque suave, se escuchó clara en el silencio sepulcral—. Te dije que nos matarías a todos.

—Lo siento… lo siento tanto… —Me arrastré hacia ella.
Un hombre se interpuso. Era alto, moreno, con autoridad. El Presidente Municipal.
—No te acerques a ella —dijo seco—. Ya hiciste suficiente daño. Sigue tu camino. Tu negocio es allá arriba.
Señaló la iglesia.

Los Penitentes se impacientaron.
¡CRACK! ¡CRACK!
Dos latigazos seguidos en la espalda. Sentí cómo mis costillas crujían.
Grité como un animal herido y volví a avanzar.
Pasé junto a Ximena. Ella cerró los ojos para no ver cómo la carne de mi espalda se convertía en pulpa.
—Devuélvela, Néstor —la escuché decir—. Y muérete si es necesario. Pero devuélvela.

Seguí subiendo. La pendiente se hacía más pronunciada.
Faltaban cien metros para la puerta de la iglesia.
Mi cuerpo ya no respondía. Mi mente se estaba fracturando.
Empecé a ver cosas que no estaban ahí. O tal vez sí estaban.
Vi a mi papá, Don Goyo, caminando entre la multitud. Llevaba su uniforme de taxista, pero estaba gris, cenizo. Me miraba y negaba con la cabeza, decepcionado.
Vi a Toñito corriendo entre las piernas de los aldeanos, riéndose, jugando con una pelota hecha de su propio cráneo.
¡Atrápala, hermano! —me gritaba.

—¡Déjenme en paz! —aullé, tapándome los oídos—. ¡Soy yo! ¡Soy yo el culpable! ¡A ellos déjenlos!
La gente del pueblo murmuraba.
—Está loco.
—No está loco. Está viendo a sus muertos.
—Ya tiene la muerte en los ojos. Mírenlo.

Llegué al atrio.
La reja de entrada estaba abierta de par en par.
El camino de piedra hasta la puerta de madera de la capilla estaba flanqueado por doce ancianos. Los “Principales”. Los guardianes de la tradición.
Estaban vestidos de blanco impecable, con pañuelos rojos al cuello y velas negras encendidas en las manos.
No me miraban con odio. Me miraban con solemnidad. Como verdugos que respetan el ritual de la ejecución.

Al cruzar la reja, sentí una barrera.
Era como caminar contra un viento huracanado, aunque el aire estaba quieto.
La Corona no quería entrar. O la Iglesia no quería recibirla.
La mochila tiraba hacia atrás con una fuerza brutal. Me jalaba hacia la salida, hacia la libertad, hacia la cobardía.
No entres… —susurró la voz dorada en mi cabeza—. Si entras, se acaba. Si te vas… podemos ser reyes. Todavía puedes huir.

Me clavé las uñas en las palmas de las manos hasta sangrar para romper el trance.
—¡No! —grité—. ¡Tú no mandas!
Di un paso. Otro.
Los ancianos empezaron a rezar en zapoteco. Un canto bajo, gutural, que vibraba en el suelo.
El sonido de sus rezos pareció debilitar a los Penitentes. Los latigazos cesaron por un momento.
Aproveché la pausa.
Corrí los últimos diez metros.

Llegué a la puerta de la iglesia. Era inmensa, de madera vieja y herrajes negros.
Estaba cerrada.
Me lancé contra ella.
—¡Abran! —grité, golpeando la madera con mis puños ensangrentados—. ¡Abran, por favor! ¡La traigo de regreso!
La puerta no se movió. Era sólida como una montaña.

Me dejé caer de rodillas, recargando la frente en la madera fría.
—Por favor… Dios mío… Virgen Santa… ábreme.
Silencio.
Entonces, sentí el celular vibrar en mi bolsillo. Una, dos, tres veces.
Lo saqué con manos temblorosas.
Era mi tía de nuevo.
Contesté.
—¿Bueno?
—Néstor… —la voz de mi tía era un hilo—. Se acabó, hijo.
—¿Qué?
—Tu papá. Acaba de fallecer. A las 12:00 en punto.

Miré mi reloj roto. Eran las 12:05.
El mundo se detuvo. El sonido del pueblo desapareció.
Mi papá estaba muerto.
Don Goyo. El hombre que me enseñó a andar en bici. El hombre que trabajaba 14 horas en el taxi para pagarme la carrera. El hombre que solo quería que yo fuera “alguien”.
Muerto.
Por mi culpa. Por mi maldita ambición.
Solté el celular. Cayó al suelo y la pantalla se terminó de romper.

Un grito nació en mis entrañas. No fue un grito humano. Fue el aullido de un alma que se rompe para siempre.
—¡AAAAHHHHHHHHHHH!
Golpeé la puerta con la cabeza. Una, dos veces.
—¡Mátame a mí! —le grité a la puerta, a la Virgen, al cielo—. ¡Mátame a mí, cobarde! ¿Por qué a él? ¡Él no hizo nada!

Y entonces, la puerta se abrió.
No la empujé. Se abrió sola, lentamente, con un gemido de bisagras que sonó como un lamento fúnebre.
El interior de la iglesia estaba oscuro, iluminado solo por cientos de velas al fondo.
Olía a muerte antigua.

Los ancianos dejaron de rezar.
El Mayordomo, el más viejo de todos, se acercó a mí. Me puso una mano en el hombro. Su tacto quemaba.
—Entra —dijo—. Ella te está esperando. Pero ten cuidado, muchacho. Entras a entregar, no a pedir. Ya no tienes derecho a pedir nada.

Me levanté. Mis piernas ya no dolían. El dolor emocional era tan grande que anulaba el físico.
Entré a la capilla.
Caminé por el pasillo central. Mis pasos resonaban con eco.
Ahí estaba el altar. Y ahí estaba la imagen de la Virgen de los Dolores.
Pero algo había cambiado.
La imagen no tenía cara.
Donde debería estar el rostro de porcelana pintada, solo había oscuridad. O tal vez eran mis ojos los que ya no podían ver lo sagrado.

Llegué a la reja del altar. La misma reja que yo había forzado hacía tres noches. El candado roto seguía en el suelo, un testigo mudo de mi crimen.
Me quité la mochila.
Mis manos temblaban tanto que tardé una eternidad en abrir el cierre.
Saqué la Corona.
Brillaba. Brillaba con una intensidad obscena en la penumbra. Parecía más grande, más pesada. Estaba caliente al tacto, como si tuviera fiebre.
Y estaba limpia. No tenía ni una gota de mi sangre, ni de la de Toñito, ni del lodo del camino. El oro rechaza la suciedad, dicen. Pero absorbe el pecado.

Abrí la reja. Entré al santuario.
Me subí al pequeño pedestal donde estaba la Virgen.
Mis manos levantaron la corona.
—Aquí está —dije, con la voz rota—. Tómala. Devuélveme a mi familia.
Sabía que era imposible. Sabía que la muerte es irreversible. Pero la esperanza es lo último que muere, incluso después del sentido común.

Coloqué la Corona sobre la cabeza de la Virgen.
Encajó perfecta.
CLIC.
Un sonido metálico resonó en toda la iglesia.
Y en ese instante, sentí una descarga eléctrica.
No fue dolorosa. Fue… vaciadora.
Sentí cómo algo salía de mí. Como si me arrancaran la columna vertebral.
Caí de espaldas, rodando por los escalones del altar hasta quedar tirado en el piso de piedra, mirando al techo de vigas viejas.

El aire de la iglesia cambió. Se volvió ligero. El olor a podrido desapareció, reemplazado por olor a rosas frescas.
La presión en mi pecho se fue. Los Penitentes, que me esperaban en la puerta, se desvanecieron en humo.
Había terminado.
La Corona estaba en su lugar. El equilibrio se había restaurado.

Pero el precio… el precio estaba pagado.
Me quedé ahí tirado, llorando en silencio, incapaz de moverme.
Escuché pasos acercándose.
Eran los ancianos. Entraron y rodearon mi cuerpo.
El Mayordomo se inclinó sobre mí.
—Se ha hecho justicia —dijo.
—Mi papá murió… —susurré—. Mi hermano murió…
—La deuda era grande —respondió el viejo sin emoción—. Vida por vida. Oro por sangre.

—¿Y yo? —pregunté, mirándolo a los ojos—. ¿Por qué sigo vivo? ¿Por qué no me mató a mí?
El anciano sonrió con tristeza.
—Porque la muerte es un descanso, muchacho. Y tú no mereces descansar. Tú castigo es vivir. Vivir recordando. Vivir sabiendo que el peso de ese oro lo pagaron ellos, no tú. Vas a vivir muchos años, Néstor. Y cada día, vas a desear haber muerto en ese autobús.

Me cubrí la cara con las manos. Tenía razón. Estar vivo era la verdadera tortura.
Los ancianos me levantaron. No con delicadeza, sino como se levanta una bolsa de basura que se va a tirar.
Me sacaron de la iglesia.
El sol de la tarde me golpeó la cara. El pueblo seguía ahí, en silencio.
Al verme salir sin la mochila, sin la carga, soltaron un suspiro colectivo. El miedo se había ido de San Juan de las Nieblas.
Pero se había quedado dentro de mí.

Caminé hacia la salida del atrio.
Vi a Ximena otra vez. Me miró. Y luego, lentamente, giró su silla de ruedas y me dio la espalda.
Ya no era uno de ellos. Ya no era amigo, ni colega, ni humano.
Era el Ladrón. El Maldito. El sobreviviente.

Salí del pueblo caminando. Nadie me ofreció agua. Nadie me ofreció llevarme.
Tenía que bajar la montaña solo.
Tenía que regresar a una casa vacía en Iztapalapa, a enterrar a mi padre, a mirar la cama vacía de mi hermano, a ver a mi madre a los ojos y decirle que yo fui el monstruo que se comió su vida.

Llegué al puente que cruzaba el río, a las afueras del pueblo.
Me detuve. Miré el agua abajo, rugiendo entre las piedras.
Pensé en saltar.
Sería fácil. Un paso y todo el dolor se acabaría.
Me subí al barandal de piedra.
—Hazlo —me dije—. Hazles un favor a todos.

Pero entonces, sentí un peso en la espalda.
No era la mochila.
Era una mano. Una mano pequeña y fría.
Y escuché una voz en mi oído. La voz de Toñito.
No, hermano. No te puedes ir todavía.
Me giré. No había nadie.
Pero entendí el mensaje.
No tenía permiso de morir. Mi condena era cargar la memoria.

Bajé del barandal.
Y seguí caminando.
El camino de regreso a la ciudad fue largo y silencioso. Pero ya no estaba solo.
Mis fantasmas venían conmigo. No para atormentarme, sino para asegurarse de que nunca, nunca olvidara.
Y dicen que si prestas atención en las noches de luna llena, en la carretera que baja de la sierra, puedes ver a un hombre caminando, encorvado por el peso de una mochila invisible, susurrando perdones al viento que nadie escucha.

La Corona sigue ahí, en San Juan. Brillando. Hermosa. Esperando al siguiente tonto que crea que el oro vale más que la sangre.
Pero yo… yo ya sé la verdad.
Y la verdad es que hay cosas en este mundo que es mejor no tocar.
Cosas por las que debes rezar antes de viajar.
Porque si no rezas… tal vez nunca regreses. O peor aún, regreses solo.

FIN

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