
PARTE 1
CAPÍTULO 1: Ecos de una Casa Muerta
El sonido de la botella de vidrio chocando contra la mesa de madera maciza retumbó en la cocina como un disparo sordo. Era una botella de Tequila Cabrito, del barato, de ese que raspa la garganta y quema las tripas, pero que cumple su función: apagar el cerebro.
Basilio se miró en el espejo del recibidor, un espejo con marco de latón que alguna vez brilló y que ahora estaba opaco por una capa de polvo grisáceo. Lo que vio le devolvió una mueca de asco. A sus treinta y dos años, parecía un hombre de cincuenta. Tenía los ojos inyectados en sangre, hundidos en unas ojeras violáceas que delataban el insomnio crónico, y una barba de tres días que picaba como lija. Llevaba la misma camisa de franela a cuadros desde hacía dos días, manchada de grasa de motor y tierra roja de los campos de agave.
—Mañana… —murmuró con voz pastosa, arrastrando las palabras en la soledad de la casa—. Mañana sí limpio este chiquero. Te lo juro por mi madre santa, Basilio, mañana te levantas y arreglas este desmadre.
Pero Basilio sabía que era mentira. Esas promesas eran tan frágiles como el cristal que sostenía en su mano callosa. Se romperían al amanecer, cuando el sol inclemente de los Altos de Jalisco pegara contra las láminas del techo y el dolor de cabeza de la cruda realidad lo despertara a martillazos.
La casa era enorme. Demasiado grande para un solo hombre y sus fantasmas. Tenía dos pisos, cuatro recámaras, dos baños completos y una cocina integral de madera de pino que costó lo que Basilio ganaba en dos años de cosechas récord. Ahora, esa casa era un mausoleo. El polvo bailaba en los rayos de luz que se colaban por las persianas cerradas. Había platos sucios apilados en el fregadero con restos de frijoles resecos de hace una semana. Ropa tirada en los sofás. Y un silencio… un silencio tan denso que zumbaba en los oídos.
Basilio vivía en este infierno personal desde hacía exactamente un año, dos meses y cuatro días. Llevaba la cuenta no porque quisiera, sino porque el dolor tiene su propio calendario. Todo comenzó —y terminó— con Natalia.
Cerró los ojos y le dio otro trago largo a la botella, sintiendo el ardor bajar por el esófago. La memoria, traicionera como siempre, lo arrastró tres años atrás, a la feria patronal de San Miguel el Alto.
Recordaba el olor: pólvora de los castillos, churros azucarados, elotes asados al carbón y el perfume barato pero dulce de las muchachas que daban la vuelta al kiosco. La banda La Arrolladora sonaba a todo volumen en los altavoces, haciendo vibrar el suelo. Basilio estaba recargado en su camioneta Ford antigua, una joya que él mismo había restaurado, sintiéndose el rey del mundo. Y lo era, en cierto modo. En la región, no había quien manejara la maquinaria pesada como él. Los patrones de los ranchos aguacateros y maiceros se peleaban por contratarlo.
—Ese “Güero” Basilio hace hablar a los tractores —decían los viejos ejidatarios—. Donde él mete el arado, la tierra da el doble.
Era huérfano, criado por una abuela dura como la piedra volcánica, Doña Chuy, que le enseñó que el hombre se mide por el grosor de los callos de sus manos y la palabra dada. Cuando ella murió, Basilio se quedó solo, pero con una ambición feroz: no volver a pasar frío ni hambre nunca más. Trabajó como bestia. Ahorró cada centavo. Compró el terreno en la loma y empezó a construir la casa de sus sueños, ladrillo a ladrillo, pensando en una familia que aún no tenía.
Y entonces apareció ella. Natalia.
No era del pueblo, venía de una ranchería más pobre, pegada a la sierra. Tenía el pelo negro, largo hasta la cintura, y unos ojos oscuros que prometían paraísos que Basilio ni siquiera sabía que existían. Esa noche en la feria, ella llevaba un vestido rojo que dejaba ver sus hombros. Cuando Basilio la sacó a bailar una quebradita, sintió que sus manos grandes y torpes temblaban al tocar su cintura.
Se casaron a los seis meses. Fue la boda del año en la comunidad. Basilio mató tres vacas para la birria, contrató dos bandas y hubo cerveza hasta para tirar al cielo. Él estaba idiotizado de amor. La sacó de la casa de sus padres, donde vivía amontonada con siete hermanos y un padre borracho que solo sabía gritar, y la llevó a su castillo en la loma.
—Aquí eres la reina, mi vida —le dijo el día que la cargó para cruzar el umbral—. Tus manos ya no van a tocar el estropajo ni la leña. Tus manos son pa’ acariciarme a mí.
Durante tres años, Basilio vivió en una nube. Le compraba todo lo que ella pedía: ropa de marca que encargaban por catálogo, un celular del año, perfumes caros. Natalia dejó de cocinar porque decía que el vapor le abría los poros. Dejó de limpiar porque el polvo le daba alergia. Basilio, ciego, contrataba a una señora del pueblo para que hiciera el aseo y él mismo cocinaba los domingos, feliz de verla sonreír mientras se pintaba las uñas.
Pero no vio las señales. No vio cómo ella torcía la boca cuando él llegaba oliendo a diesel y sudor. No notó cómo ella se pasaba horas en el teléfono, mensajeando con quién sabe quién, sonriendo a la pantalla de una forma que a él ya no le dedicaba. No escuchó las quejas sutiles que poco a poco se convirtieron en reclamos a gritos.
—Basilio, ¿hasta cuándo nos vamos a pudrir aquí? —le soltó una tarde de abril, mientras él se quitaba las botas llenas de lodo en la entrada.
—¿Mande? —preguntó él, aturdido por el cansancio.
—Que hasta cuándo vamos a seguir en este pueblo bicicletero, Basilio. ¡Mírame! Soy joven, soy bonita. Me estoy secando aquí entre vacas y chismes de viejas argüenderas. La gente que quiere progresar se va a Guadalajara, a León, ¡a donde haya vida!
Basilio sintió un frío en el estómago.
—Pero mujer… aquí tenemos todo. Esta es mi tierra. Aquí me respetan. Allá en la ciudad no soy nadie, solo un chofer más. Aquí soy Don Basilio.
—¡Pues a mí me vale madre tu respeto! —gritó ella, lanzando un cojín—. ¡Yo quiero ir al cine, quiero plazas comerciales, quiero restaurantes donde no sirvan gorditas de chicharrón! ¡Quiero vida!
Esa noche durmieron espalda con espalda, separados por un abismo de silencio. Basilio pensó que era un berrinche. Pensó que con un par de aretes de oro se le pasaría.
Tres semanas después, al llegar del trabajo, la casa estaba a oscuras. No era el silencio normal de la tarde. Era un vacío que calaba los huesos.
En la mesa de la cocina, debajo del salero de cerámica en forma de gallo, había una hoja de cuaderno arrancada.
“Basilio:
Me voy. Conocí a alguien por internet. Es un empresario de Zapopan, él sí entiende lo que valgo y me va a dar la vida que merezco, lejos del olor a estiércol. No me busques.
PD: Me llevé el dinero de la caja de zapatos. Tómalo como mi pago por los tres años de juventud que perdí haciéndote la comida y aguantando tu aburrimiento.”
Basilio corrió a la recámara. Se arrodilló y sacó la caja de zapatos Nike viejos de debajo de la cama. Estaba vacía. Ahí estaban los ahorros de cinco años. El dinero para la camioneta nueva, el dinero para cuando vinieran los hijos.
Se lo llevó todo. Pero lo que más le dolió no fue el dinero. Fue que se llevó su esperanza.
Desde ese día, Basilio se rompió. Vendió las gallinas, dejó secar el jardín que era el orgullo de la cuadra. Empezó a llegar tarde al trabajo. El “Güero” Basilio, el mejor tractorista, empezó a ser conocido como el borracho del pueblo. Los murmullos a sus espaldas en la tienda de abarrotes eran navajas: “Pobre cuate, la vieja lo dejó en la calle”, “Dicen que se fue con un narquillo de la ciudad”, “Míralo, ya ni se rasura”.
Basilio abrió los ojos en la cocina oscura. La botella estaba vacía.
—A la chingada —gruñó. Se levantó tambaleándose.
Mañana sería otro día de infierno, pero esta noche, al menos, el tequila había logrado que dejara de pensar en ella por unos minutos. Se arrastró hasta la cama, se dejó caer vestido, y esperó a que la negrura lo tragara.
CAPÍTULO 2: El Encuentro en la Helada
El despertador sonó a las 4:30 de la madrugada, un chirrido electrónico que perforó el cerebro de Basilio.
Gruñó y le dio un manotazo al aparato. La cabeza le daba vueltas, la boca le sabía a moneda de cobre y trapo sucio. La cruda. Esa vieja amiga que lo visitaba todas las mañanas.
Se sentó en la orilla de la cama, frotándose la cara con fuerza para reactivar la circulación. Hacía frío. Mucho frío. Un frente polar había bajado desde el norte y, según el pronóstico de la radio, estaban a dos grados bajo cero. En los Altos de Jalisco el frío es seco, traicionero; se mete por las rendijas de las ventanas y se clava en los huesos como agujas de hielo.
—Ándale, huevón, levántate —se dijo a sí mismo.
Si no llegaba al taller antes de las cinco y media, el Ingeniero Martínez lo iba a correr. Ya se lo había advertido la semana pasada, cuando Basilio llegó con aliento alcohólico y casi vuelca la sembradora. “Eres el mejor, Basilio, pero mi paciencia tiene límite. Una más y te vas a la calle”, le había dicho el patrón, un hombre justo pero estricto.
Basilio se lavó la cara con agua helada del grifo, ni siquiera esperó a que saliera caliente. Se puso su chamarra gruesa de borrego, esa que tenía el cuello desgastado, y se caló una gorra de los Tractores John Deere para tapar el desastre de su cabello.
Salió al patio trasero. El viento soplaba fuerte, silbando entre las ramas desnudas de los mezquites y levantando remolinos de polvo. La oscuridad era casi total, apenas rota por la luz amarillenta y parpadeante de la lámpara municipal en la esquina de la calle. El tractor, un New Holland azul enorme que el patrón le dejaba guardar en su casa para ahorrar tiempo en los traslados, parecía un monstruo dormido bajo el cobertizo de lámina.
Basilio caminó hacia la máquina, encogiendo los hombros, maldiciendo el clima y su vida. Iba pensando en que tenía que revisar el nivel de aceite antes de arrancar, cuando escuchó algo.
No era el viento. No era el crujir de las láminas.
Era un sonido humano. Un gemido suave, ahogado. Y luego, una voz femenina, un susurro cargado de desesperación.
—Shh, mi cielo, aguanta… ya casi amanece. Pégate a mí, mi amor, caliéntate con mi cuerpo. No tiembles, por favor, no tiembles…
Basilio se detuvo en seco, con la mano a medio camino de la puerta del tractor. El instinto de alerta se le disparó. En los últimos meses, la inseguridad en el pueblo había subido; se escuchaban historias de robos, de gente mala que bajaba de la sierra.
Agarró una llave inglesa pesada de acero cromado que había dejado olvidada sobre un tambo de diesel la noche anterior. Su corazón empezó a bombear con fuerza, no por miedo, sino por adrenalina.
—¿Quién anda ahí? —gritó Basilio. Su voz salió ronca, agresiva, rompiendo la quietud de la madrugada—. ¡Salgan o les suelto a los perros!
Era mentira, no tenía perros. Los había vendido todos cuando Natalia se fue. Pero la amenaza solía funcionar.
Encendió la linterna de su celular y barrió la oscuridad con el haz de luz blanca. Apuntó hacia la esquina del granero, donde tenía apilados unos costales viejos de fertilizante y un montón de leña podrida.
La luz reveló una escena que le hizo bajar la llave inglesa lentamente, hasta que el metal golpeó su propia pierna.
No eran ladrones. No eran sicarios.
Era la imagen de la miseria humana.
Acurrucada contra la pared de madera, tratando de hacerse un ovillo para conservar el calor, estaba una mujer. O más bien, una muchacha. No tendría más de veinticuatro años. Llevaba una sudadera gris desgastada, dos tallas más grande de lo que necesitaba, y unos pantalones de mezclilla tan finos que parecían papel contra el frío de la helada. Sus tenis estaban llenos de lodo seco y agujereados en la punta.
Pero lo que detuvo el corazón de Basilio fue lo que ella abrazaba con desesperación.
Debajo de un rebozo tradicional, de esos de bolita que usan las abuelas, asomaba la cabecita de un niño. Un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años. Tenía los labios morados por el frío y la piel pálida, casi traslúcida. Sus ojos grandes, negros y llenos de un terror absoluto, miraban la luz del celular como si fuera el faro de un tren a punto de atropellarlos.
La muchacha levantó la cara, protegiendo al niño con su propio cuerpo, poniéndose entre él y Basilio como una loba herida pero dispuesta a morder. Temblaba violentamente, sus dientes castañeaban haciendo un ruido rítmico, trac-trac-trac.
—¡Por favor! —suplicó ella, con la voz quebrada por el llanto y el frío—. ¡No nos haga daño! No estamos robando nada, se lo juro por la Virgencita de Guadalupe. Solo… solo queríamos taparnos del viento.
Basilio se quedó paralizado. La imagen era brutal. En su pueblo, la gente era pobre, sí, pero nadie se moría de frío en la calle. Siempre había un vecino, un primo, alguien. Ver a una mujer y a un niño en esas condiciones, en su propio patio, era un golpe a la realidad.
—¿De dónde chingados salieron? —preguntó Basilio, bajando un poco la luz para no cegarlos, pero sin guardar la distancia. La desconfianza estaba tatuada en su piel después de lo de Natalia—. Yo conozco a todos aquí. Ustedes no son de San Miguel.
La muchacha bajó la mirada, avergonzada, intentando frotar los bracitos del niño a través del rebozo.
—Vamos de paso, señor. Venimos del norte, íbamos para la capital… pero se nos acabó el dinero del camión hace dos días. Nos bajaron en el cruce de la carretera. Hemos caminado toda la noche buscando dónde dormir, pero nadie nos abrió. Tocamos en tres casas y nos echaron los perros. Vimos su granero abierto y… y el niño ya no podía caminar más. Se me estaba desmayando del frío.
El niño tosió, una tos seca y fea, de esas que suenan a pecho cargado.
—Tengo hambre, mami… —susurró el pequeño, con un hilo de voz que apenas se escuchó sobre el viento.
Basilio sintió una punzada física en el pecho, justo donde se suponía que tenía el corazón endurecido. Ese niño… tenía la misma edad que tendría su hijo si Natalia no hubiera abortado a escondidas antes de irse, una verdad que Basilio descubrió meses después al encontrar unos papeles médicos en la basura.
Miró su reloj de pulsera. 4:55 AM.
El tiempo corría. Si no salía en cinco minutos, perdía el trabajo. Si perdía el trabajo, perdía la casa. Si perdía la casa, se moría.
Pero miró de nuevo los labios azules del niño.
“Si los dejas aquí, amanecen tiesos”, pensó. “Con este frío, al niño le da una hipotermia en una hora. Y vas a cargar con eso en tu conciencia, Basilio.”
—Mire, señorita… —Basilio se pasó la mano por la cara, frustrado—. Yo me tengo que ir a trabajar. No puedo quedarme a cuidarlos.
La muchacha asintió rápidamente, intentando levantarse, aunque sus piernas entumecidas le fallaron y tuvo que apoyarse en la pared.
—Sí, sí, entendemos. Ya nos vamos. Vámonos, Juanito, párate mi amor. Perdónenos, señor.
—¡No, espérese, chingada madre! —exclamó Basilio, dando un paso al frente. La chica se encogió de miedo—. ¡No se pueden ir así! ¿A dónde van a ir? ¿Al monte? Se van a morir congelados.
Basilio metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón de mezclilla. Sus dedos rozaron el manojo de llaves. El metal estaba tibio por el calor de su cuerpo.
Era una locura. Una estupidez monumental.
“Te van a robar, güey”, le gritaba su cerebro. “Es una trampa. Mientras tú te vas, ella le abre a sus cómplices y te vacían la casa. Te van a quitar la tele, la herramienta, los papeles del terreno. Eres un pendejo, Basilio, igual que con Natalia.”
Pero luego miró los ojos de la muchacha. Eran azules, profundos, limpios. Había miedo, sí, pero no había malicia. Había la desesperación de una madre que se ha tragado su orgullo para que su hijo no sufra.
Basilio sacó las llaves. Respiró hondo, sintiendo el aire helado quemarle los pulmones.
—Tenga —dijo, extendiendo el llavero hacia ella.
La muchacha se quedó inmóvil, mirando las llaves como si fueran un objeto alienígena.
—¿Qué?
—Son las llaves de mi casa —dijo Basilio, con voz brusca para ocultar que le temblaba—. La llave dorada es la de la puerta de la cocina, ahí atrás. Ábrala y métanse.
—Señor… no, yo no puedo…
—¡Agárrelas, carajo! —insistió él, tomándole la mano a la fuerza y depositando las llaves en su palma helada. Sintió la piel de ella rasposa y fría como el hielo—. Adentro hay calefacción. Bueno, no hay calefacción, pero la casa es térmica. Prenda la estufa un rato para que se caliente la cocina. En el refrigerador debe haber huevos, tortillas duras, a lo mejor algo de jamón. Coman.
La muchacha lo miró con los ojos llenos de lágrimas que empezaban a brotar.
—¿Por qué…? —preguntó ella, incrédula.
—Porque hace un frío de la chingada y no soy un animal para dejar a un niño afuera —respondió Basilio, desviando la mirada—. Yo regreso después de las seis de la tarde, cuando termine la jornada. No le abran a nadie. En el pueblo son muy chismosos. Y… —Basilio sintió que las orejas se le ponían rojas—. Perdone el desorden. Vivo solo y soy… bueno, mi casa es un desastre. No se asusten.
—Gracias… —sollozó ella, apretando las llaves contra su pecho—. Gracias, señor. Dios se lo va a pagar con creces. Me llamo Anastasia. Y él es Juanito.
—Yo soy Basilio. Ora, córranle pa’ dentro antes de que me arrepienta.
Sin esperar respuesta, Basilio giró sobre sus talones, trepó al tractor de un salto ágil y giró la llave del encendido. El motor diesel rugió, tosiendo humo negro antes de estabilizarse con un traqueteo poderoso.
Mientras maniobraba para salir del patio, miró por el espejo retrovisor. Vio a la silueta delgada de Anastasia cargando al niño en brazos, corriendo torpemente hacia la puerta trasera de su casa. La vio meter la llave, abrir, y desaparecer en el interior de su hogar.
Basilio aceleró hacia la carretera de terracería, dejando atrás su casa, sus cosas y su seguridad.
—Estás loco, Basilio —se dijo en voz alta, golpeando el volante—. Estás rematadamente loco.
Pero mientras el sol empezaba a teñir de rosa el horizonte sobre los campos de agave azul, por primera vez en un año, Basilio no sentía el peso muerto de la soledad en el asiento del copiloto. Sentía miedo, sí, pero también sentía una extraña calidez en el pecho. Alguien estaba a salvo gracias a él. Y eso, aunque fuera por un día, valía más que cualquier botella de tequila.
Lo que Basilio no sabía, mientras conducía hacia el amanecer, era que al darle esas llaves a Anastasia, no solo le había abierto la puerta de su casa. Le había abierto la puerta al destino, un destino que estaba a punto de traerle de vuelta a los fantasmas del pasado y a poner a prueba todo lo que creía saber sobre el amor y el perdón.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Peso de las Horas y la Tienda de la Esquina
El día se le hizo eterno a Basilio. Las doce horas de jornada en el campo se sintieron como doce años. Mientras manejaba el tractor sobre los surcos de tierra roja, removiendo el suelo para la próxima siembra de maíz, su mente no estaba en el motor ni en las líneas rectas del arado. Su mente estaba en su casa.
“¿Qué hiciste, animal?”, se repetía una y otra vez, golpeando el volante con la palma de la mano. “Le diste las llaves de tu patrimonio a una desconocida. Ahorita mismo deben estar cargando la televisión, la licuadora y hasta los cables de la luz en una camioneta prestada. Vas a llegar y vas a encontrar las paredes pelonas.”
La ansiedad le provocaba una sed seca, de esa que solo se quita con alcohol. Normalmente, a esa hora, Basilio ya estaría pensando en pasar por el “Depósito El Compadre” por su botella de Cabrito o Jimador. Era su rutina sagrada: salir del trabajo, comprar el olvido líquido y encerrarse a beber hasta perder la conciencia.
Pero hoy… hoy había algo diferente. Una imagen se le cruzaba en los pensamientos fatalistas: los ojos del niño. Juanito. Unos ojos negros, profundos, llenos de miedo y frío. Y los ojos de ella, Anastasia. Había dignidad en esa mujer, aunque estuviera cubierta de mugre.
A la hora de la comida, Basilio se sentó bajo la sombra de un mezquite con sus compañeros. Sacó sus tacos fríos de frijoles que él mismo se había preparado la noche anterior.
—¿Qué traes, Güero? —le preguntó “El Chato”, un jornalero viejo y chimuelo que siempre masticaba una varita de trigo—. Te ves muy serio. Ni has sacado la pachita de anís que siempre traes escondida.
Basilio negó con la cabeza, masticando con dificultad.
—Nada, Chato. Malas noches, nomás.
—Pos’ cuídate, muchacho. Tienes cara de que viste al Diablo… o a un ángel, que pa’l caso es lo mismo, los dos te cambian la vida.
Cuando por fin el sol comenzó a caer, tiñendo el cielo de Jalisco de tonos violetas y naranjas, Basilio apagó el tractor. El silencio del motor le dejó un zumbido en los oídos. Se lavó las manos en un tambo con agua, quitándose lo peor de la grasa, y se subió a su camioneta Chevy vieja para volver a casa.
El camino de regreso fue una tortura. Cada kilómetro que avanzaba, el miedo crecía. ¿Y si llegaba y no había nadie? ¿Y si, peor aún, llegaba y estaban ahí, esperando algo más de él?
Al pasar por la tienda de abarrotes “La Guadalupana”, frenó por costumbre. El cuerpo le pedía tequila. Entró a la tienda, donde el ventilador de techo giraba perezosamente espantando a las moscas.
—¡Quihubo, Basilio! —saludó Don Pepe desde el mostrador—. ¿Lo de siempre? Ya te tengo tu botella enfriando.
Basilio se quedó parado frente al mostrador. Miró la botella de tequila reposado que Don Pepe ya había puesto sobre la madera. La botella sudaba frío, prometiendo alivio.
Pero entonces, Basilio miró hacia el estante de los dulces. Vio un Huevo Kinder, de esos caros que traen juguete. Vio unas bolsas de pan dulce, conchas y orejas recién horneadas que olían a canela.
—No, Don Pepe —dijo Basilio, y su propia voz lo sorprendió—. Hoy no.
—¿Ah, caray? —El tendero se ajustó los lentes—. ¿Te sientes mal?
—No… dame… dame medio kilo de jamón del bueno. Unas dos bolsas de pan blanco. Un cartón de leche. Y… —señaló el estante con un dedo tembloroso—… y dame ese chocolate, el del huevito. Y unos Gansitos.
Don Pepe lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza, pero no dijo nada. Metió todo en una bolsa de plástico.
—¿Algo más?
—Sí. Una Coca-Cola de dos litros. Pero de la normal, no de dieta.
—Son doscientos pesos, Basilio.
Basilio pagó y salió de la tienda con la bolsa de mandado en lugar de la botella. Se sentía extraño, como si estuviera actuando en una película que no era la suya. Las manos le sudaban. ¿Para qué compraba dulces? Seguro ya se habían ido. Seguro se burlarían de él si lo vieran llegar con chocolatitos después de que le robaran todo.
Llegó a su casa cuando ya era noche cerrada. El viento seguía soplando fuerte, pero el cielo estaba despejado, lleno de estrellas brillantes como tachuelas de plata.
Detuvo la camioneta frente al portón. El corazón le latía en la garganta.
Había luz.
La ventana de la cocina, que siempre estaba oscura cuando él llegaba, brillaba con una luz cálida, amarilla. Y lo más increíble: salía humo de la chimenea.
Basilio bajó de la camioneta, apretando la bolsa del mandado contra su pecho como un escudo. Caminó despacio por el sendero de tierra.
Fue entonces cuando el olor lo golpeó.
No olía a encierro. No olía a humedad ni a polvo.
Olía a comida.
Un aroma que Basilio tenía olvidado. Olía a cebolla frita, a comino, a tomate asado. Olía a hogar. Su estómago rugió con una violencia que le dolió.
Llegó a la ventana y se asomó con precaución, sintiéndose un intruso en su propia casa.
Lo que vio lo dejó clavado al suelo.
La cocina no era la misma.
La montaña de trastes sucios había desaparecido. El fregadero brillaba. La mesa de madera estaba despejada y cubierta con un mantelito bordado que Basilio recordaba vagamente haber guardado en algún cajón hacía años. El piso de loseta, antes opaco de tierra, estaba trapeado y reluciente.
Y ahí estaban ellos.
Anastasia estaba junto a la estufa. Ya no llevaba la sudadera gris sucia. Llevaba una camisa de franela vieja que Basilio reconoció como suya; le quedaba enorme, le llegaba a las rodillas y tenía las mangas arremangadas varias veces, pero se veía limpia. Su cabello, antes enmarañado, estaba peinado en una trenza húmeda que caía sobre su espalda. Estaba moviendo una cuchara de palo en una olla humeante.
En el suelo, sobre una alfombra, estaba Juanito. El niño ya no temblaba. Llevaba puesta una camiseta térmica de Basilio que le servía de túnica completa. Estaba jugando con unas pinzas de ropa, haciendo como que eran avioncitos, y se reía.
Basilio sintió que las piernas se le doblaban. Se recargó en la pared de ladrillo. Una oleada de emociones lo golpeó: alivio, vergüenza, y una tristeza profunda, antigua. ¿Cómo era posible que una desconocida, en unas pocas horas, hubiera convertido su cueva de oso en una casa decente?
Respiró hondo, se armó de valor y abrió la puerta.
CAPÍTULO 4: La Cena de los Náufragos
El rechinido de la puerta hizo que Anastasia diera un brinco. Se giró rápidamente, con la cuchara en la mano como si fuera un arma defensiva. Al ver que era Basilio, bajó la guardia, pero sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
—¡Señor Basilio! —exclamó ella, alisándose la camisa prestada con nerviosismo—. Perdón, no lo escuché llegar.
Basilio entró, cerrando la puerta detrás de él para dejar fuera el frío de la noche. Se quedó parado en el tapete de la entrada, sintiéndose sucio y grande en medio de tanta limpieza.
—Buenas noches —dijo él, con voz ronca.
Anastasia se movió rápido, casi corriendo hacia él, pero se detuvo a un metro de distancia.
—Perdóneme, por favor. Sé que no debí… —empezó a hablar atropelladamente, señalando la cocina—. Es que… encontré algo de arroz y unas papas que ya se estaban poniendo viejas, y había un poco de carne en el congelador. Me tomé el atrevimiento de cocinar. Teníamos mucha hambre y… y como forma de agradecerle. Y también agarré esta camisa, es que mi ropa estaba mojada y la lavé, está secándose junto al calentador. Perdóneme si le molesta, ahorita mismo me la quito y…
Basilio levantó una mano para detener el torrente de disculpas.
—Párale, muchacha. Párale.
Se quitó la gorra y la estrujó entre sus manos. Miró alrededor, incrédulo.
—¿Tú limpiaste todo esto?
Ella asintió tímidamente, bajando la cabeza.
—Pues sí. No podía quedarme sentada nomás. Y aparte… bueno, el niño no podía estar respirando tanto polvo. Espero que no se enoje porque moví algunas cosas de lugar.
Basilio soltó una risa seca, sin humor, pero sin malicia.
—¿Enojarme? Llevo un año prometiendo que iba a lavar esos platos. Me has hecho un milagro, mujer.
Caminó hacia la mesa y puso la bolsa del mandado sobre ella.
—Traje esto. Pan, leche… y unas chucherías.
Juanito, que había estado observando desde el suelo con ojos muy abiertos, se levantó despacito al ver la bolsa.
Basilio metió la mano y sacó el Huevo Kinder y los Gansitos. Se agachó, crujiendo las rodillas, hasta quedar a la altura del niño.
—Ten, chamaco. Esto es pa’ ti. Pero primero comes lo que hizo tu mamá, ¿eh?
El niño miró a su madre buscando permiso. Anastasia sonrió, con los ojos aguados, y asintió levemente.
—Agárralo, mi amor. Dile gracias al señor.
—G-gracias —susurró Juanito, agarrando el chocolate con sus manitas como si fuera oro puro.
Basilio se levantó y sintió que algo se rompía dentro de su pecho, una capa de hielo que llevaba mucho tiempo ahí.
—Huele re bueno —dijo, mirando la olla.
—Es un guisado de papas con carne —dijo Anastasia, recuperando un poco la compostura—. Y arroz rojo. ¿Quiere cenar? Digo… es su comida, al final de cuentas.
—Me voy a lavar —dijo Basilio—. Sírveme, por favor. Me muero de hambre.
Se fue al baño. Al verse en el espejo limpio (ella incluso había limpiado el espejo), Basilio se sintió avergonzado de su aspecto. Se lavó la cara con jabón, se cepilló la tierra de los brazos y se peinó un poco. Por primera vez en meses, no quería sentarse a la mesa oliendo a bestia.
Cuando regresó a la cocina, la mesa estaba puesta. Dos platos humeantes. Tortillas calientes envueltas en una servilleta de tela. Un vaso de agua de limón (¿de dónde sacó limones? Ah, del árbol del patio, pensó Basilio).
Se sentaron. El silencio al principio fue incómodo, solo roto por el sonido de los cubiertos. Basilio probó el guisado.
Cerró los ojos.
Estaba delicioso. Tenía ese sazón casero que no se encuentra en las fondas, ese sabor a “mano de mujer” que dicen los viejos. El arroz estaba esponjoso, perfecto. La carne se deshacía en la boca.
—Está buenísimo —dijo Basilio, y lo dijo en serio.
Anastasia sonrió, y por primera vez, Basilio vio lo bonita que era. A pesar de la delgadez, a pesar de las ojeras, tenía una sonrisa que iluminaba su cara pálida.
—Gracias. Mi abuela me enseñó a cocinar con lo que hubiera. “Donde llora uno, comen tres”, decía ella.
Comieron con apetito. Basilio repitió plato dos veces. Juanito devoró su porción y luego se puso a jugar con el juguete del huevo sorpresa en la alfombra, tarareando una canción bajito.
Basilio se recargó en la silla, satisfecho. Miró a Anastasia, que recogía los platos con una eficiencia silenciosa.
—Siéntate —le dijo él—. Deja eso ahí.
—No, ¿cómo cree? Yo lavo.
—Siéntate, te digo. Quiero platicar.
Ella obedeció, sentándose en la orilla de la silla, con las manos entrelazadas sobre la mesa. La tensión volvió a sus hombros.
Basilio la miró fijamente, pero ya no con desconfianza, sino con una curiosidad seria.
—Ahora sí, Anastasia. Ya comimos, ya entraste en calor. Ahora dime la verdad. Una mujer como tú, con un niño así de cuidado… no es una vagabunda. No tienes las manos de quien vive en la calle. Hablas como gente con estudios. ¿De quién huyes?
Anastasia se tensó. Miró hacia Juanito para asegurarse de que estaba distraído. Luego miró a Basilio, y sus ojos azules se llenaron de una determinación triste.
—No soy vagabunda, tiene razón. Hasta hace tres días, tenía una casa. Bueno, no era mía, era de mi madre.
Suspiró, tomando aire para soltar una historia que le pesaba toneladas.
—Yo estudié Contabilidad, señor Basilio. En la capital. Fui a la universidad. Pero… cometí un error. Me enamoré de un tipo que me prometió el cielo y las estrellas, y cuando le dije que estaba embarazada, desapareció. Me quedé sola con la panza. No me quedó de otra que regresar al pueblo, con mi mamá.
Basilio asintió. Historia conocida. Historia vieja.
—¿Y tu mamá te corrió?
—No al principio. Mi papá murió hace años. Mi mamá se volvió a casar. Con un tipo… un tipo joven. De mi edad. —Anastasia hizo una mueca de asco—. Se llama Rogelio. Al principio todo iba bien. Nació Juanito y ellos me ayudaban. Yo llevaba la contabilidad del negocio de abarrotes que tienen. Pero… Rogelio empezó a cambiar conmigo.
Anastasia bajó la voz, clavando la mirada en el mantel.
—Empezó a mirarme cuando mi mamá no estaba. Empezó a decirme cosas. Que yo estaba más buena que la vieja de mi madre. Que por qué no le agradecía “como se debe” que nos mantuviera a mí y al bastardo de mi hijo.
Basilio apretó el puño sobre la mesa. Los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba a los hombres así. Los odiaba con toda el alma.
—¿Y le dijiste a tu mamá?
—¡Claro que le dije! —Anastasia sollozó, una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Ese fue mi error. Mi mamá… ella está ciega por él. Tiene miedo de quedarse sola, de ser una vieja. Cuando le dije, se puso como loca. Me cacheteó. Dijo que yo era una, una… —se tragó la palabra—. Dijo que yo lo provocaba. Que yo era la envidiosa que quería quitarle a su marido.
—Hija de la… —masculló Basilio.
—Pero eso no fue lo peor. —Anastasia se limpió la cara con furia—. Rogelio, al ver que mi mamá estaba de su lado, se envalentonó. Me dijo que si no me “portaba bien” con él, iba a convencer a mi mamá de que me quitaran al niño. Dijo que tenían dinero y abogados, que iban a alegar que yo era una loca, una inepta, y que me iban a quitar a Juanito para criarlo ellos. “Una familia completa”, dijo.
Anastasia levantó la vista, y había fuego en sus ojos.
—Nadie me quita a mi hijo, señor. Nadie. Esa misma noche, agarré lo poco que tenía, envolví a Juanito y me salí por la ventana. Tomé el primer camión que pasó. Solo quería alejarme lo más posible. Pero nos asaltaron en el camino, me quitaron la bolsa con el dinero… y acabamos aquí, en su patio.
Se hizo un silencio denso en la cocina. El viento aullaba afuera, golpeando las ventanas, pero adentro, el drama humano pesaba más que la tormenta.
Basilio la miró. Vio en ella el reflejo de su propia soledad, pero también una valentía que él había perdido. Él se había tirado al alcohol cuando lo traicionaron. Ella se había lanzado al mundo para salvar a su hijo. Ella era más fuerte que él.
—¿Y te van a buscar? —preguntó Basilio.
—Mi mamá es necia. Y Rogelio es vengativo. Seguramente sí. Pero no saben dónde estoy.
Anastasia se levantó de golpe, asustada por su propia confesión.
—Perdón, ya le conté mis penas y usted no tiene por qué cargar con esto. Mañana temprano nos vamos. Ya comimos, ya descansamos. No queremos causarle problemas.
Basilio se quedó sentado, mirando sus manos callosas. Pensó en la casa vacía. Pensó en llegar mañana y encontrar otra vez el silencio, el polvo, la botella de tequila esperándolo como única amiga. Pensó en Natalia y en cómo se burló de él. Y pensó en este niño y esta mujer que, contra todo pronóstico, le habían devuelto el apetito y la dignidad en una sola noche.
—No —dijo Basilio.
—¿Mande?
Basilio se levantó. Era alto y ancho, y su sombra cubrió la mesa.
—No se van a ir mañana.
Anastasia retrocedió un paso, asustada.
—Pero señor…
—Escúchame bien, Anastasia. —La voz de Basilio era firme, la voz del capataz que daba órdenes a cuadrillas de hombres—. Allá afuera hace un frío del demonio. No tienes dinero, no tienes a dónde ir. Si te vas, te van a encontrar o te vas a morir de hambre.
Señaló hacia el piso de arriba.
—Hay tres cuartos vacíos arriba. Tienen camas, tienen cobijas. Yo duermo abajo, en la recámara principal. Nadie los va a molestar.
—Señor Basilio, no podemos… ¿qué va a decir la gente? Usted es un hombre solo y yo…
—¡Que la gente diga lo que se le dé la rechingada gana! —explotó Basilio, y luego bajó la voz al ver que Juanito se sobresaltaba—. Perdón. Mira, en este pueblo ya dicen que soy un borracho y un cornudo. Una raya más al tigre no me afecta.
Se acercó un poco más a ella, pero manteniendo el respeto.
—Tú necesitas un techo y seguridad. Yo necesito… —se detuvo, buscando las palabras—. Yo necesito que esta casa no se me caiga encima. Necesito comer caliente y que alguien me recuerde que no soy un animal.
Basilio sacó su cartera. Sacó dos billetes de quinientos pesos y los puso en la mesa.
—Quédate. Hazte cargo de la casa. Cocina. Cuida al chamaco. Yo pongo el dinero y la seguridad. Nadie va a entrar aquí a llevarse a tu hijo, te lo juro por la memoria de mi abuela. Si ese tal Rogelio se aparece, se va a topar con un tractorista que tiene muy mal genio y una llave de cruz muy pesada.
Anastasia lo miró, atónita. Sus ojos escaneaban la cara de Basilio buscando una trampa, una segunda intención. Pero solo encontró la rudeza honesta de un hombre de campo.
—¿Por qué hace esto? —susurró ella—. Apenas nos conoce.
—Porque hoy, cuando venía del trabajo, en lugar de comprar una botella de tequila, compré un Huevo Kinder —dijo Basilio, encogiéndose de hombros—. Y eso se sintió bien.
Anastasia se mordió el labio inferior para no llorar más. Miró a Juanito, que ya se había quedado dormido sobre la alfombra, abrazado a su chocolate.
—Está bien —dijo ella, con voz apenas audible—. Pero solo por un tiempo. Hasta que consiga trabajo y pueda pagarle.
—Trato hecho.
Basilio sintió que se le quitaba un peso de encima, un peso que cargaba desde hacía un año.
—Ahora, vete a dormir. Agarra el cuarto del fondo, es el más calientito. Yo voy a echar una vuelta para asegurar el portón.
Cuando Anastasia subió las escaleras cargando a Juanito, Basilio se quedó solo en la cocina. Pero ya no se sentía solo.
Apagó la luz. Miró la botella de tequila vacía que había dejado la noche anterior sobre el refrigerador. La tomó, la miró un momento y la tiró al bote de basura. El ruido del vidrio rompiéndose fue el sonido final de su antigua vida.
—Buenas noches, Basilio —se dijo a sí mismo.
Y por primera vez en trescientos sesenta y cinco días, Basilio sonrió antes de irse a dormir.
CAPÍTULO 5: Rumores y Sombras
La semana siguiente pasó volando, como si el tiempo hubiera decidido acelerar para recuperar el año perdido. La vida de Basilio cambió radicalmente, adoptando una rutina que, aunque extraña al principio, pronto se volvió adictiva.
Ahora, al despertar a las 4:30 AM, ya no había silencio. Se escuchaba el tintineo suave de trastes en la cocina. Cuando bajaba, bañado y rasurado (porque ahora se rasuraba diario), encontraba café de olla humeante, con canela y piloncillo, y unos huevos con chorizo o unos chilaquiles listos en la mesa.
—Buenos días, Don Basilio —le decía Anastasia, siempre arreglada, aunque fuera con la misma ropa que lavaba y secaba cada noche, hasta que Basilio le trajo dinero para que fuera al tianguis a comprarse algo.
—Buenos días, muchacha.
Se iban perdiendo las formalidades, pero el respeto se mantenía como un muro de piedra entre los dos. Basilio no se atrevía a mirarla más de la cuenta, aunque le costaba trabajo no notar cómo ella florecía. Con comida y tranquilidad, Anastasia recuperó el color. Su cuerpo dejó de verse esquelético y recuperó ciertas curvas que hacían que Basilio tuviera que rezar un Padre Nuestro mentalmente para no tener pensamientos impuros. Ella era sagrada. Era la madre del niño que lo esperaba en la puerta cuando llegaba del trabajo.
—¡Tío Vili! —gritaba Juanito corriendo hacia la camioneta.
Juanito no podía pronunciar “Basilio”, así que le decía “Vili”. Y a Basilio ese apodo le sonaba a música celestial. El niño se había encariñado con él de una forma brutal. Basilio lo subía al tractor los domingos y le dejaba tocar el claxon. Le enseñó a diferenciar una vaca de un toro. Le compró botas de hule pequeñas.
En el pueblo, por supuesto, el infierno de los chismes se desató.
“Dicen que el Basilio ya tiene querida en la casa”, murmuraban las señoras en la misa de doce. “Una güila que recogió de la calle”, decían los hombres en la cantina, mitad con desprecio, mitad con envidia porque habían visto a Anastasia de lejos y era guapísima.
Basilio los ignoraba. Caminaba con la cabeza en alto. En el trabajo, su rendimiento se disparó.
—Te veo muy repuesto, Basilio —le dijo el Ingeniero Martínez un martes, mientras revisaban una siembra—. Hasta te ves más joven. Y ya no hueles a cruda.
—Ando bien, Ingeniero. Ando tranquilo.
—Pues cuida esa tranquilidad, cabrón. Porque en este pueblo la felicidad ajena les da comezón a muchos.
Y el Ingeniero tenía razón. La felicidad es frágil, y el pasado tiene patas largas.
Un jueves por la tarde, Basilio regresó temprano porque se había roto una banda del tractor y tenía que ir a la refaccionaria en el pueblo vecino. Al llegar a su casa, notó algo raro.
El portón estaba abierto.
Él siempre lo cerraba con candado.
El corazón se le fue a los talones. Bajó de la camioneta sin apagar el motor y corrió hacia la entrada.
—¡Anastasia! —gritó.
Nadie respondió.
Entró a la casa. La cocina estaba vacía. Había un plato roto en el suelo, la cerámica esparcida como dientes blancos sobre la loseta.
—¡Juanito!
Corrió al piso de arriba. Escuchó un sollozo ahogado en el cuarto donde dormían ellos.
Basilio empujó la puerta.
Anastasia estaba sentada en la cama, abrazando a Juanito tan fuerte que el niño lloraba. Ella estaba pálida, temblando como la primera noche que la encontró.
Pero lo que hizo que la sangre de Basilio hirviera fue ver la ventana. El vidrio estaba roto. Una piedra yacía en el suelo de la habitación, envuelta en un papel.
Basilio se acercó despacio.
—¿Están bien? ¿Les hicieron algo?
Anastasia negó con la cabeza, incapaz de hablar. Señaló la piedra.
Basilio la recogió. Desdobló el papel arrugado, una hoja de cuaderno rayado.
La letra era tosca, agresiva, escrita con plumón negro.
“Sabemos que estás ahí, zorra. Disfruta tu casita mientras puedas. Ya le avisamos a tu mamá dónde estás. Vamos por el niño. Y al pendejo que te cuida le vamos a dar un susto que no se la acaba.”
Basilio leyó la nota dos veces. Sintió una calma fría, metálica, apoderarse de él. No era miedo. Ya no. Era la furia del perro guardián al que le patean la reja.
Arrugó el papel en su puño hasta que sus nudillos crujieron.
—¿Quién aventó esto? —preguntó con voz baja, terrible.
—No… no los vi —susurró Anastasia—. Pasó una camioneta negra, rápido. Rompieron el vidrio y se fueron chillando llanta. Juanito se asustó mucho.
Basilio se sentó en la cama junto a ella. Por primera vez, le puso una mano en el hombro. Sintió su calor, su miedo.
—Escúchame bien, Anastasia. Nadie va a entrar a esta casa.
—Ya saben dónde estamos, Basilio. Tenemos que irnos. No quiero que le hagan daño a usted. Rogelio es malo, tiene amigos pesados.
—Yo también tengo amigos —dijo Basilio, pensando en sus compañeros del ejido, hombres de campo que se partían la madre por los suyos—. Y tengo una escopeta calibre 12 debajo de mi cama que no uso desde que iba a cazar conejos, pero que todavía sirve.
Se levantó y caminó hacia la ventana rota. Miró hacia el camino desierto. El sol se estaba poniendo, proyectando sombras largas y siniestras sobre el campo.
—Empaca una maleta pequeña, por si acaso —ordenó Basilio sin voltear—. Pero no nos vamos a ir huyendo como ratas. Esta es mi casa. Y ustedes son mi… —se detuvo antes de decir “familia”—… son mi responsabilidad.
Se giró hacia ella.
—Mañana vamos al registro civil.
Anastasia abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Qué?
—Mañana. Vamos al pueblo. Vamos a meter un amparo o lo que sea necesario. Y si ese cabrón de tu padrastro asoma la nariz por aquí, va a saber lo que es un hombre de los Altos.
Basilio bajó las escaleras decidido. Fue a su cuarto, se arrodilló y sacó de debajo de la cama, no una caja de zapatos vacía, sino un estuche largo de lona verde. Sacó la escopeta, oliendo el aceite de armas y la madera vieja.
Cargó dos cartuchos. Click-Clack.
Se sentó en el porche de su casa, con el arma sobre las piernas, mirando hacia el portón.
—Vengan —susurró al viento—. Vengan si tienen huevos.
La guerra había llegado a la casa de Basilio, pero esta vez, tenía algo por qué pelear.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Juramento bajo la Luna de Jalisco
La noche en los Altos de Jalisco tiene un peso específico. No es solo oscuridad; es una manta densa tejida con el canto de los grillos, el ladrido lejano de los perros coyotes y el silbido del viento que baja de la sierra cortando la piel. Basilio conocía esa noche mejor que nadie. Había pasado muchas veladas borracho, hablándole a la luna, pero esta noche era diferente. Esta noche estaba sobrio, y en sus manos no tenía una botella, sino el acero frío y aceitado de su vieja escopeta Winchester calibre 12.
Sentado en la mecedora de madera de mezquite, en el porche de su casa, Basilio vigilaba el portón de entrada. Cada sombra que se movía con el viento le hacía tensar los músculos del cuello. El papel con la amenaza seguía arrugado en su bolsillo, quemándole la pierna a través de la mezclilla.
“Sabemos que estás ahí…”
—No van a pasar —murmuró para sí mismo, acariciando la culata del arma—. Primero me matan a mí antes de que toquen un pelo de ese chamaco.
Eran las tres de la mañana. El frío era mordiente, de ese que entumece los dedos. Basilio se subió el cuello de la chamarra de borrego, intentando conservar el calor. Sus párpados pesaban toneladas después de la jornada en el campo y la tensión acumulada, pero el miedo a cerrar los ojos era más fuerte.
De pronto, el rechinido suave de la puerta principal lo hizo girar el arma instintivamente.
—¡Basilio! ¡Soy yo! —susurró una voz urgente.
Era Anastasia. Salía de la casa envuelta en una cobija de lana gruesa, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros como una cascada de tinta negra. En las manos traía dos tazas de peltre humeantes.
Basilio bajó el arma, sintiendo que el corazón le volvía al pecho.
—¿Qué haces despierta, mujer? Te dije que te encerraras con tranca.
—No podía dormir sabiendo que usted está aquí afuera congelándose por nuestra culpa —dijo ella, acercándose con pasos silenciosos, descalza pero ignorando el frío del piso de cemento—. Tenga. Es café de olla. Le puse un chorrito de aguardiente para el frío, espero no le moleste. Sé que… sé que dejó de beber.
Basilio la miró. La luz de la luna llena iluminaba su rostro pálido, dándole un aspecto etéreo, casi de virgen de iglesia de pueblo. Tomó la taza. El calor de la cerámica le reconfortó las manos entumidas.
—Un chorrito no hace daño pa’l remedio —dijo él, dando un sorbo. El líquido dulce, picante por la canela y el alcohol, le bajó caliente hasta el estómago—. Pero deberías estar dormida. Si esos cabrones regresan…
—Si regresan, quiero estar despierta —lo interrumpió ella, sentándose en el escalón del porche, a sus pies, arropándose bien con la cobija—. No voy a dejar que pelee solo mis batallas, Basilio. Ya ha hecho demasiado.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando la noche. Era un silencio cómodo, de esos que solo se comparten con alguien en quien confías la vida.
—¿Por qué? —preguntó Basilio de repente, mirando hacia el camino oscuro—. ¿Por qué te odian tanto? Digo, entiendo que tu padrastro sea un puerco, pero tu madre… es tu sangre.
Anastasia suspiró, un sonido triste que se perdió en el viento.
—Mi madre… mi madre siempre tuvo miedo de estar sola, Basilio. Cuando mi papá murió, ella se sintió desprotegida. En este pueblo, una viuda con tierras es presa fácil. Ella cree que necesita un hombre para valer algo. Y Rogelio… él sabe manipularla. Le dice que yo soy la mala, la malagradecida. Y el dinero… al final todo es por el dinero. Mi papá me dejó una parte de las tierras a mi nombre, pero mi mamá las administra hasta que yo me case o cumpla veinticinco. Rogelio quiere esas tierras. Si me declaran incompetente o me quitan al niño, ellos se quedan con todo.
Basilio apretó la mandíbula. La avaricia. Siempre la maldita avaricia pudriendo a las familias.
—Pues se van a topar con pared —gruñó él—. Mañana mismo vamos al pueblo. Tengo un compadre que es abogado, el Licenciado Treviño. Es medio borracho, pero es un perro pa’ los pleitos. Vamos a arreglar esto legalmente.
—¿Y si no funciona? —preguntó ella, volteando a verlo con esos ojos azules llenos de miedo—. ¿Y si tienen comprada a la policía?
—Entonces usamos el “Plan B” —dijo Basilio, palmeando la escopeta—. Aquí en mi rancho, la ley soy yo.
Anastasia se levantó despacio y, antes de que Basilio pudiera reaccionar, se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, justo donde la barba de tres días empezaba a raspar.
—Gracias, Basilio. Nunca nadie me había defendido así. Ni mi propio padre.
Basilio se quedó estático, sintiendo el lugar del beso arder más que con el aguardiente.
—Ándale, métete ya —dijo con voz ronca, tratando de disimular la emoción—. Que mañana hay que madrugar.
Cuando ella entró, Basilio se tocó la mejilla. En medio de la oscuridad y la amenaza, una sonrisa tonta se le dibujó en la cara. Estaba metido en un lío de los mil demonios, sí, pero por primera vez en su vida, sentía que estaba exactamente donde tenía que estar.
La mañana siguiente amaneció gris y neblinosa. Basilio no fue a trabajar al campo. Llamó al Ingeniero Martínez a las seis de la mañana.
—Ingeniero, no voy a ir hoy. Tengo un asunto de vida o muerte.
—¿Todo bien, Basilio? —preguntó el jefe, preocupado—. Se oyen rumores raros en el pueblo. Dicen que andas armado.
—La gente habla mucho, Inge. Pero sí, ando arreglando un problema familiar. Mañana repongo el día.
—Cuídate, cabrón. Si necesitas paro, avisa.
Basilio colgó. Se puso su mejor camisa, una blanca de botones que planchó torpemente Anastasia, sus botas vaqueras de piel de avestruz (las de los domingos) y su sombrero Stetson negro. Se veía imponente. Parecía el capataz de una hacienda de película de oro.
Subieron a la camioneta Chevy. Anastasia iba de copiloto, con Juanito en las piernas. Ella se había puesto un vestido sencillo que encontró en el fondo de una maleta vieja que Basilio tenía de su madre, ajustándolo con un cinturón. Se veía hermosa y digna.
El viaje al pueblo de San Miguel el Alto fue tenso. Basilio miraba constantemente los espejos retrovisores, buscando alguna camioneta negra siguiéndolos. Pero el camino estaba tranquilo, solo cruzado por tractores y camiones de carga.
Al llegar a la plaza principal, la gente se les quedaba viendo. San Miguel es un pueblo donde todos se conocen, y ver a Basilio, el “viudo” alcohólico, bajarse de su camioneta limpio, armado con su dignidad y acompañando a una mujer desconocida y guapa, fue el evento del mes.
—Mira nomás, es el Basilio —cuchicheaban dos señoras que barrían la banqueta frente a la iglesia—. ¿Y esa quién es?
—Dicen que es la querida que se trajo.
—Pues querida o no, se ve más decente que la tal Natalia esa que lo dejó pelón.
Basilio ignoró los murmullos. Tomó a Anastasia del brazo, con un gesto protector y posesivo, y caminó directo al despacho del Licenciado Treviño, que estaba arriba de la nevería de la plaza.
El Licenciado, un hombre gordo y sudoroso con tirantes, los recibió con sorpresa.
—¡Dichosos los ojos, Basilio! Pensé que te habías secado en alcohol.
—Déjate de bromas, Treviño. Vengo a tratar un asunto serio.
Estuvieron dos horas ahí. Basilio explicó todo. Las amenazas, el intento de despojo del niño, la situación de las tierras. Treviño escuchó, tomando notas en una libreta amarilla, poniéndose serio.
—Está complicado, Basilio. Si la madre tiene la patria potestad y alega abandono o secuestro, te pueden meter en un broncón a ti por tenerla en tu casa.
—Ella está aquí por su voluntad —dijo Basilio golpeando el escritorio—. Y el niño estaba muriéndose de frío.
—Lo sé, lo sé. Pero la ley es fría. Mira, lo que podemos hacer es levantar una constancia de hechos preventiva. Declarar que ella huyó por violencia intrafamiliar. Eso nos da un escudo. Pero necesitamos pruebas. Mensajes, testigos…
—Tengo la piedra que aventaron a mi casa —dijo Basilio.
—Eso es daño a propiedad ajena y amenazas. Sirve. Vamos a levantar la denuncia al Ministerio Público. Pero te advierto, Basilio: si la familia tiene dinero, van a soltar mordida. Vas a tener que estar muy al tiro.
Salieron del despacho con un papel sellado y una sensación agridulce. Tenían un inicio de defensa legal, pero la sensación de peligro no se iba.
—Vamos a comer algo —dijo Basilio al ver la cara de preocupación de Anastasia—. Juanito ya tiene hambre.
Entraron a una fonda económica cerca del mercado. Pidieron pozole. Mientras comían, Basilio notó que un hombre en la mesa de la esquina los miraba mucho. Era un tipo con sombrero bajo, hablando por celular y mirándolos de reojo.
—Termina rápido —le susurró a Anastasia—. Nos vamos.
El instinto de Basilio le gritaba que la paz era una ilusión. Al salir de la fonda, Basilio prácticamente empujó a Anastasia y al niño dentro de la camioneta.
—¿Qué pasa? —preguntó ella asustada.
—Nos están vigilando. Vámonos a la casa. Ahí tengo ventaja.
Arrancó la camioneta haciendo rechinar las llantas. Mientras salían del pueblo, vio por el retrovisor que una Ford Lobo negra se incorporaba al tráfico detrás de ellos, a una distancia prudente.
—Agárrate fuerte, Anastasia —dijo Basilio, pisando el acelerador—. Vamos a ver si esa troca corre tanto como la mía.
La persecución no fue de película, fue una tensión silenciosa. La camioneta negra los siguió por cinco kilómetros, pero cuando Basilio tomó el atajo de terracería que solo los locales conocían, brincando baches y levantando una nube de polvo impenetrable, los perdió.
Llegaron a la casa con el corazón en la boca. Basilio metió la camioneta de reversa hasta el granero, cerró el portón y puso cadenas nuevas que había comprado en la ferretería.
—Nadie sale —ordenó—. A partir de hoy, esta casa es un fuerte.
Esa noche, Basilio no durmió. Pero no sabía que el enemigo que estaba por llegar no vendría con armas ni camionetas negras. Vendría con tacones altos y perfume barato, directo desde su pasado.
CAPÍTULO 6: El Regreso de la Hija Pródiga
Pasaron tres días de calma tensa. Tres días donde Basilio iba a trabajar con la escopeta detrás del asiento del tractor y Anastasia no salía ni al patio a tender la ropa. La amenaza de la camioneta negra parecía haberse esfumado, o tal vez solo estaban esperando el momento justo.
Era viernes por la tarde. El cielo estaba nublado, presagiando tormenta. Basilio llegó a casa más temprano de lo habitual, con una bolsa de pan dulce y una muñeca de trapo que había comprado para Juanito en la tienda del pueblo, aunque fuera “cosa de niñas”, él sabía que al niño le gustaría.
Abrió el portón, estacionó la camioneta y caminó hacia la casa silbando una canción de Vicente Fernández. Se sentía bien. Se sentía hombre de familia.
Al entrar a la cocina, esperaba el olor a guisado, la risa de Juanito o la sonrisa tímida de Anastasia.
Pero lo que encontró fue un perfume que le revolvió el estómago. Un perfume dulzón, empalagoso, mezcla de vainilla barata y almizcle.
Se detuvo en seco en el marco de la puerta.
En la sala, sentada en SU sillón, con las piernas cruzadas y revisando su celular con aburrimiento, había una mujer.
No era Anastasia.
Llevaba unos pantalones de mezclilla ajustadísimos, botas de tacón de aguja rojas y una blusa escotada que dejaba poco a la imaginación. Su cabello estaba teñido de un rubio cenizo artificial y traía uñas postizas de tres centímetros decoradas con pedrería.
La mujer levantó la vista y sonrió. Una sonrisa que Basilio conocía bien. Una sonrisa de depredadora.
—Hola, mi amor. Te tardaste mucho. Ya me estaba aburriendo de esperarte.
Basilio soltó la bolsa del pan. Los Gansitos y las conchas cayeron al suelo.
—¿Natalia?
Ella se levantó con un movimiento ensayado de cadera y caminó hacia él, intentando abrazarlo. Basilio retrocedió un paso, chocando con la pared.
—¿Qué chingados haces aquí? —preguntó, con la voz temblando, pero no de amor, sino de una mezcla de furia y asco.
Natalia se detuvo, haciendo un puchero exagerado.
—Ay, Vasito, qué modo es ese de recibir a tu esposa. ¿No me extrañaste?
Miró alrededor de la casa, pasando un dedo con una uña larga sobre la mesa limpia.
—Veo que al fin limpiaste. Me sorprende. Pensé que te encontraría viviendo entre botellas y basura, como el borracho que eres. Pero veo que te pusiste las pilas. ¿Lo hiciste para que yo volviera, verdad? Sabías que iba a volver.
Basilio la miraba como si estuviera viendo a un fantasma, o a un monstruo.
—¿Tú… volver? —balbuceó—. Te largaste, Natalia. Te llevaste mi dinero. Me dejaste una carta diciéndome que yo era poca cosa. ¿Y tienes los ovarios de pararte aquí?
Natalia soltó una risita nerviosa y se encogió de hombros.
—Ay, ya supéralo. Fue un error, bebé. Ese tipo de la ciudad… era un estafador. Me pintó pajaritos en el aire, pero no tenía ni en qué caerse muerto. Me trató mal. Y entonces me acordé de ti. De mi Vasito trabajador, de mi hombre fuerte. Me di cuenta de que el verdadero amor estaba aquí, en el rancho. Así que… aquí estoy. Para perdonarte por descuidarme y para que volvamos a empezar.
Dio un paso más, poniendo una mano sobre el pecho de Basilio, acariciando los botones de su camisa.
—Además, se me acabó el dinero. Y tú siempre has sido bueno para proveer. Vamos a la recámara, anda… te voy a hacer olvidar todo el coraje.
Basilio sintió su tacto y le dio náuseas. Le quitó la mano de un manotazo brusco.
—¡No me toques! —gritó, y su voz retumbó en las paredes—. ¿Crees que soy un perro que pateas y luego le chiflas para que vuelva? ¡Lárgate de mi casa! ¡Ahora mismo!
Natalia borró la sonrisa. Sus ojos se entrecerraron con malicia.
—Cálmate, estúpido. Esta sigue siendo mi casa. Estamos casados por bienes mancomunados, ¿se te olvida? No me puedes correr. Tengo derechos.
En ese momento, se escucharon pasos en la escalera.
—¿Basilio? ¿Pasa algo?
Anastasia bajó, con Juanito agarrado de la mano. Se quedó paralizada a mitad de la escalera al ver la escena. Natalia, con su ropa vulgar y su actitud agresiva, frente a Basilio, que estaba rojo de ira.
Natalia se giró lentamente y miró a Anastasia de arriba abajo. Su mirada fue de puro veneno.
—¿Y esta gata quién es? —preguntó Natalia con desprecio, soltando una carcajada estridente—. ¡No me digas! ¿Contrataste sirvienta? ¿O es una de tus putitas de consuelo? Con razón la casa está limpia. Oye tú, india, tráeme un vaso de agua con hielo, que me estoy muriendo de sed.
Basilio vio rojo. La sangre le subió a la cabeza en un instante. Cruzó la sala en dos zancadas y se puso entre Natalia y Anastasia, cubriendo a la muchacha y al niño con su cuerpo.
—¡Te lavas la boca antes de hablarle a ella! —rugió Basilio. Parecía un oso defendiendo a su cría—. Ella es Anastasia. Y es la señora de esta casa. Tú aquí no eres nada. Eres una ladrona y una traidora.
Natalia abrió la boca, indignada.
—¿La señora? ¡Por favor! Mírala, si parece que la sacaste del basurero. Trae tu camisa puesta, ¡qué asco! ¿A poco cambiaste a una mujer como yo por esa… cosa desabrida con hijo ajeno?
Anastasia, que había estado temblando, de repente soltó la mano de Juanito y bajó los escalones que faltaban. Se paró junto a Basilio. No bajó la mirada.
—Buenas tardes —dijo Anastasia con una calma helada—. Le voy a pedir que se retire. Está asustando al niño.
—¡Tú cállate, muerta de hambre! —gritó Natalia, avanzando para abofetearla.
Pero Basilio le interceptó la mano en el aire. Le apretó la muñeca con fuerza, no para romperla, pero sí para dejarle claro quién mandaba.
—Ni se te ocurra —dijo Basilio en voz baja, peligrosa—. Te vas a largar ahorita mismo por donde viniste. Y si vuelves a poner un pie en mi terreno, te saco a balazos. Me vale madre la ley y los bienes mancomunados. Tú perdiste todos tus derechos cuando me robaste y me abandonaste.
Soltó la muñeca de Natalia con un empujón que la hizo trastabillar hacia la puerta.
Natalia se soba la muñeca, mirando a Basilio con una mezcla de miedo y odio puro. Se dio cuenta de que ese no era el Basilio manso que ella manipulaba. Este era otro hombre. Un hombre endurecido.
—Me las vas a pagar, Basilio —siseó ella, arreglándose el escote—. No sabes con quién te estás metiendo. ¿Crees que puedes botarme por una recogida?
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y sonrió con maldad.
—Ah, por cierto… cuando venía para acá, vi una camioneta negra parada en la entrada del camino vecinal. Unos tipos me preguntaron si aquí vivía “la güerita con el bastardo”. Les dije que no sabía, pero… uy, creo que dejé el portón abierto cuando entré.
El color se le fue del rostro a Anastasia. Basilio sintió un golpe de adrenalina pura.
—¡Maldita seas! —gritó Basilio.
Natalia salió riendo, taconeando hacia la oscuridad.
—¡Suerte con tus visitas, mi amor! —gritó desde afuera.
Basilio corrió hacia la puerta y la cerró de un golpe, echando el cerrojo. Se giró hacia Anastasia.
—¡Al cuarto de pánico! —gritó—. ¡Ahora! ¡Agarra al niño y métanse al baño de arriba, al que no tiene ventanas!
—¿Qué pasa, Basilio? —lloraba Juanito.
—¡Corre, Anastasia! ¡Ya están aquí!
Apenas Anastasia y el niño subieron corriendo las escaleras, se escuchó el rugido de un motor potente acercándose a toda velocidad por el camino de entrada. Los faros de xenón de una camioneta iluminaron la sala a través de las cortinas, barriendo las paredes como ojos de un depredador.
Luego, el rechinido de llantas frenando en la grava del patio.
Y un golpe seco en el portón de madera.
¡BAM!
—¡Abran, chingada madre! —gritó una voz de hombre, grave y ronca—. ¡Sabemos que están ahí! ¡Entréganos al niño y a la vieja y no te pasa nada, tractorista!
Basilio corrió a su cuarto. Se tiró al suelo y sacó la escopeta de nuevo. Se metió una caja de cartuchos en el bolsillo.
Salió a la sala oscura, agazapado.
El golpe en la puerta se repitió, más fuerte. La madera crujió.
¡BAM!
—¡Tienen tres segundos! —gritó la voz—. ¡Uno!
Basilio se parapetó detrás del sofá, apuntando el cañón hacia la puerta. El sudor le corría por la frente, pero sus manos no temblaban.
—Hoy no —susurró Basilio—. Hoy nadie se lleva nada de mi casa.
—¡Dos!
El sonido de un cristal rompiéndose en la cocina. Habían entrado por atrás.
Basilio giró sobre sus talones, apuntando hacia el pasillo de la cocina. Vio una sombra recortada en la luz de la luna que entraba por la ventana rota.
—¡Tres!
Basilio quitó el seguro de la escopeta. El sonido metálico resonó en el silencio de la casa como una sentencia de muerte.
—¡Bienvenidos al infierno! —gritó Basilio y apretó el gatillo.
El estruendo del disparo sacudió los cimientos de la casa y dio inicio a la noche más larga de sus vidas.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: Pólvora y Sangre en la Duela
El estruendo del disparo dentro de la casa cerrada fue ensordecedor. No fue un sonido seco, sino una explosión que hizo vibrar hasta los cimientos y soltó una lluvia de polvo del techo. El olor acre a pólvora quemada llenó la sala instantáneamente, mezclándose con el hedor del miedo y la adrenalina.
Basilio no había tirado a matar, todavía no. El plomazo de la escopeta impactó en el marco de madera de la puerta de la cocina, arrancando astillas del tamaño de dedos y dejando un agujero humeante a centímetros de la cabeza de la sombra que intentaba entrar.
—¡La próxima va al pecho, cabrones! —rugió Basilio, recargando el arma con un movimiento rápido y sonoro: clack-clack. El cartucho vacío rebotó en el suelo de loseta con un tintineo metálico.
Del otro lado del pasillo, se escucharon gritos de sorpresa y dolor.
—¡Está armado el hijo de la chingada! —gritó uno de los intrusos, retrocediendo hacia el patio trasero—. ¡Rogelio, nos dijiste que era un pinche borracho inofensivo!
—¡Entren, cobardes! —respondió otra voz, más aguda y desesperada, la de Rogelio—. ¡Son dos mujeres y un granjero! ¡Si no me traen al niño no les pago ni un peso!
Basilio, agazapado detrás del sofá de terciopelo verde, sintió que el tiempo se estiraba. Sus sentidos estaban al límite. Podía escuchar su propia sangre bombeando en sus oídos como un tambor de guerra. Sabía que tenía ventaja: conocía cada rincón de su casa, cada tabla que rechinaba, cada obstáculo en la oscuridad. Ellos no.
—Anastasia… —susurró para sus adentros—, no salgas, por favor no salgas.
De repente, la ventana frontal de la sala estalló en mil pedazos. Un ladrillo voló hacia adentro, seguido inmediatamente por dos siluetas que saltaron al interior con agilidad. Eran matones a sueldo, tipos de esos que por cinco mil pesos te rompen las piernas.
Basilio giró el cañón hacia la ventana, pero no pudo disparar. Estaban demasiado cerca y la oscuridad le jugaba en contra. Si fallaba, se le echarían encima antes de poder recargar.
Soltó la escopeta al suelo —era inútil en el cuerpo a cuerpo— y agarró lo primero que su mano encontró: una pesada lámpara de bronce que había sido de su abuela.
—¡Ahí está! —gritó uno de los tipos, encendiendo una linterna potente que cegó a Basilio momentáneamente.
Basilio no esperó. Se lanzó hacia la luz con la fuerza de un toro de lidia. Sus ciento diez kilos de peso, forjados cargando costales de maíz y peleando con maquinaria oxidada, chocaron contra el intruso. Se escuchó el crujido de costillas rompiéndose. El tipo soltó la linterna y el aire se le escapó en un gemido agónico.
Cayeron al suelo, rodando entre los vidrios rotos. Basilio sentía golpes en la espalda, patadas del segundo atacante, pero la furia lo había anestesiado. Le propinó dos puñetazos en la cara al hombre que tenía debajo, sintiendo cómo se le abrían los nudillos y cómo la nariz del agresor cedía bajo sus puños de piedra.
—¡Suéltalo! —gritó el segundo hombre. Basilio sintió un ardor agudo en el hombro izquierdo.
Un cuchillo. Lo habían navajeado.
El dolor fue un relámpago blanco, pero en lugar de detenerlo, encendió una ira primitiva en Basilio. Soltó al hombre inconsciente y se giró hacia el segundo, ignorando la sangre que empezaba a empapar su camisa blanca de domingo.
El segundo agresor, un tipo flaco con paliacate, retrocedió al ver la mirada de Basilio. En la penumbra, el tractorista parecía un demonio bañado en sangre, con los ojos inyectados de furia.
—Ven… —gruñó Basilio, respirando con dificultad—. Ven por el niño si tienes huevos.
El tipo tiró un segundo viaje con la navaja, buscando el estómago. Basilio esquivó por instinto, aunque el filo le rasgó la piel del antebrazo. Aprovechó el impulso del atacante, le agarró la muñeca armada y la torció con una técnica que había aprendido en las peleas de cantina de su juventud. Se oyó un chasquido seco. El tipo gritó y soltó el arma. Basilio le conectó un cabezazo brutal en la frente y el hombre cayó como costal de papas.
La sala quedó en un silencio momentáneo, solo roto por la respiración jadeante de Basilio.
—Dos… faltan… —murmuró, tratando de mantenerse en pie. El mundo le daba vueltas. Estaba perdiendo sangre.
Entonces, escuchó pasos pesados en la cocina. Y risas.
—Muy bien, granjero. Muy valiente. Pero te olvidaste de la puerta de atrás.
Basilio se giró, tambaleándose.
En el marco del pasillo estaba Rogelio. Era un hombre joven, bien vestido con camisa de marca, pero con la cara desencajada por la avaricia. En una mano traía una pistola escuadra cromada. Y con el otro brazo, sostenía a alguien.
Basilio sintió que se le helaba la sangre.
No era Anastasia.
Era Natalia.
Rogelio tenía a Natalia agarrada por el pelo, usándola de escudo humano, aunque no la necesitaba porque Basilio estaba desarmado y herido. Natalia lloraba, con el maquillaje corrido y un labio partido.
—¡Ayúdame, Basilio! —chilló ella—. ¡Este loco me pegó! ¡Yo le abrí la puerta y me pegó!
—Cállate, estúpida —dijo Rogelio, dándole un jalón—. Tú solo eras el boleto de entrada.
Rogelio apuntó la pistola al pecho de Basilio.
—Se acabó el jueguito. Dile a la zorra de tu querida que baje con el niño. Ahora. O te vuelo la tapa de los sesos aquí mismo y subo yo por ellos.
Basilio miró la pistola. Miró a Natalia, la mujer que alguna vez amó y que ahora lo había vendido. Y miró hacia las escaleras, donde Anastasia y Juanito se escondían.
—No van a bajar —dijo Basilio, escupiendo sangre al suelo—. Vas a tener que matarme primero.
—Con gusto —sonrió Rogelio, quitando el seguro del arma.
El dedo de Rogelio empezó a apretar el gatillo. Basilio cerró los ojos, preparándose para el final, pidiendo perdón a Dios y encomendándole el alma de Juanito.
¡CLANG!
Un sonido metálico, agudo y violento, resonó en la habitación.
Rogelio gritó y la pistola salió volando de su mano, disparándose sola hacia el techo. El hombre se dobló sobre sí mismo, agarrándose la nuca, cayendo de rodillas.
Basilio abrió los ojos.
Detrás de Rogelio, parada en la penumbra del pasillo de la cocina, estaba Anastasia.
Tenía el pelo revuelto, los pies descalzos y llenos de sangre por los vidrios, y en las manos sostenía, temblando pero con fuerza, la sartén de hierro fundido más pesada de la cocina, esa que usaban para freír frijoles.
Había bajado por la escalera de servicio, en silencio, como un fantasma, mientras Rogelio se regodeaba en su victoria.
—¡Nadie toca a mi familia! —gritó Anastasia, con una voz que no parecía suya, una voz de leona.
Rogelio, aturdido por el golpe en la cabeza, intentó gatear hacia la pistola que estaba a unos metros.
—¡Maldita perra! —balbuceó.
Pero Basilio ya no estaba herido. O al menos, ya no le importaba. El ver a Anastasia pelear por él le inyectó una última dosis de fuerza sobrehumana.
Dio dos pasos largos y le pegó una patada a la pistola, mandándola lejos, debajo del sillón. Luego, agarró a Rogelio por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
—Te dije… —jadeó Basilio, acercando su cara llena de sangre a la de Rogelio—… que te ibas a topar con pared.
Le dio un solo golpe. Un derechazo directo a la mandíbula, cargado con todo el peso de su cuerpo, con toda la rabia de los años de soledad, con todo el amor por el niño que dormía arriba.
Rogelio cayó fulminado, inconsciente antes de tocar el suelo.
La sala quedó en silencio.
Natalia estaba acurrucada en una esquina, sollozando histéricamente. Los dos matones seguían inconscientes.
Basilio se quedó de pie un segundo, oscilando como un árbol a punto de caer.
Miró a Anastasia. Ella soltó la sartén, que cayó con un ruido sordo (clonq), y corrió hacia él.
—¡Basilio! ¡Basilio!
Basilio sintió que las piernas se le volvían de agua. Cayó de rodillas. Anastasia lo atrapó, abrazándolo, manchándose de su sangre sin importarle.
—Estás herido… estás sangrando mucho… —lloraba ella, presionando sus manos sobre la herida del hombro.
Basilio le sonrió, con los dientes rojos.
—Le diste… le diste con el sartén… —murmuró, y soltó una risa débil—. Qué buen putazo, mi amor.
A lo lejos, empezaron a escucharse sirenas. Muchas sirenas. El vecino chismoso, o tal vez el velador del rancho, por fin habían llamado a la policía.
Basilio recargó la cabeza en el hombro de Anastasia y se dejó ir hacia la oscuridad, pero esta vez no era la oscuridad de la muerte, sino la del agotamiento de quien ha ganado la guerra.
CAPÍTULO 8: La Calma después de la Tormenta y el Juicio del Pueblo
Basilio despertó con el olor inconfundible del alcohol y el yodo. No estaba en el cielo, porque el cielo no huele a hospital público y definitivamente las camas del cielo son más cómodas que el catre duro en el que estaba acostado.
Abrió los ojos con dificultad. La luz blanca del tubo fluorescente le lastimó la vista.
Trató de moverse y un gemido se le escapó. Sentía el hombro izquierdo como si se lo hubieran arrancado y vuelto a coser con alambre de púas. De hecho, eso era casi lo que había pasado.
—Quieto, quieto, toro. No te muevas que se te saltan los puntos.
Basilio giró la cabeza. Sentado en una silla de plástico incómoda, leyendo un periódico deportivo, estaba el Licenciado Treviño. Al lado, dormida en otra silla con la cabeza recargada en la cama, estaba Anastasia. Tenía la mano entrelazada con la de Basilio, incluso en sueños.
—¿Licenciado? —graznó Basilio. Tenía la garganta seca.
—Despertó la Bella Durmiente —bromeó el abogado, doblando el periódico—. Nos tenías con el Jesús en la boca, Basilio. Perdiste mucha sangre. Treinta puntadas en el hombro, tres costillas rotas y la mano derecha hecha puré. Pero estás vivo, cabrón. Eres duro de matar.
Basilio apretó suavemente la mano de Anastasia. Ella se despertó de golpe, sobresaltada. Al ver sus ojos abiertos, se le iluminó el rostro y se echó a llorar en silencio, besándole la mano vendada una y otra vez.
—Pensé que te morías… pensé que te morías…
—Hierba mala no muere, chula —susurró Basilio, intentando sonreír—. ¿Y Juanito? ¿Dónde está el niño?
—Está afuera, con el Ingeniero Martínez —dijo Anastasia, secándose las lágrimas—. Tu patrón vino en cuanto supo. Ha estado cuidando a Juanito y pagó los gastos del hospital. Dijo que no te preocupes por nada.
Basilio suspiró aliviado.
—¿Y… y los otros?
El Licenciado Treviño se puso serio y se acomodó los lentes.
—Ahí viene lo bueno. La policía llegó justo a tiempo para recoger la basura. A Rogelio lo detuvieron por allanamiento, intento de homicidio, secuestro y lesiones. Y como traía arma de fuego exclusiva del ejército, le van a caer años federales. Los dos matones cantaron como pajaritos en cuanto los apretaron; confesaron que Rogelio les pagó para “darle un susto” al granjero y llevarse al niño.
—¿Y mi suegra? —preguntó Anastasia con temor.
—Tu madre está en el Ministerio Público, declarando. Al parecer, cuando vio que a su marido se lo llevaban esposado y sangrando, se le cayó la venda de los ojos. O tal vez solo quiere salvar su propio pellejo. Está alegando que ella no sabía nada del plan violento. Pero eso ya lo veremos. Por lo pronto, tú tienes una orden de protección y la custodia temporal total mientras dura el juicio. Nadie te va a quitar a ese niño.
Basilio asintió, satisfecho. Pero faltaba una pieza.
—¿Y Natalia?
Se hizo un silencio incómodo en la habitación. Treviño carraspeó.
—Natalia… bueno. Natalia intentó voltear la tortilla. Le dijo a la policía que ella fue una víctima, que Rogelio la obligó a abrir la puerta. Pero… —el abogado sonrió con malicia—… resulta que en el pueblo todo se sabe. Los vecinos vieron cómo llegó ella sola antes, cómo te gritó, y cómo dejó el portón abierto a propósito. Además, la declaración de Anastasia fue muy clara. Natalia está detenida por complicidad. Y aunque salga bajo fianza… digamos que su reputación en San Miguel está acabada. Nadie le va a volver a abrir una puerta aquí.
Basilio cerró los ojos. Sentía pena, una pena lejana y sorda, por la mujer que alguna vez fue su esposa. Pero ya no sentía amor, ni odio. Solo indiferencia. Natalia era un capítulo cerrado, un libro quemado.
—Descansa, Basilio —dijo el Licenciado, levantándose—. Tienes que recuperarte. Mañana te dan el alta si no te da fiebre. Yo me encargo del papeleo. Tú encárgate de vivir.
Cuando el abogado salió, Anastasia se levantó y le acomodó la almohada con una ternura infinita.
—¿Te duele mucho?
—Ya no —mintió él—. Oye… gracias.
—¿Gracias de qué?
—Por salvarme la vida. Si no le hubieras dado ese sartenazo…
—Tú nos salvaste primero —lo interrumpió ella, acariciándole la frente—. Tú nos diste las llaves cuando nadie más lo hizo. Estamos a mano, tractorista.
Se miraron a los ojos. Y en esa mirada, sin necesidad de palabras, se cerró un pacto más fuerte que cualquier matrimonio por la iglesia.
—Anastasia…
—¿Mande?
—Cuando salga de aquí… vamos a tener que pintar la sala. Quedó hecha un asco con la sangre.
Ella soltó una carcajada, una risa limpia y cristalina que a Basilio le supo a gloria.
—Sí, vamos a pintar. De color azul. Como el cielo.
Tres días después, Basilio regresó a casa.
El brazo lo traía en cabestrillo y caminaba despacio, apoyado en Anastasia.
Al llegar al portón, vio algo que lo detuvo.
Había gente. Mucha gente.
Eran sus compañeros de trabajo, los jornaleros del rancho. Estaba Don Pepe, el de la tienda. Estaban las vecinas chismosas, que ahora lo miraban con respeto. Estaba el Ingeniero Martínez con su camioneta del año.
Y todos estaban trabajando.
Habían limpiado los vidrios rotos. Habían arreglado el portón. Un grupo de hombres estaba poniendo una reja nueva, más fuerte. Las señoras habían traído cazuelas de mole y arroz.
Cuando vieron bajar a Basilio, estallaron en aplausos y chiflidos.
—¡Ese es mi gallo! —gritó “El Chato”—. ¡Puro semental de Jalisco!
Basilio se sintió abrumado. Sintió un nudo en la garganta. No estaba solo. Nunca había estado solo, solo se había aislado.
Juanito corrió desde donde estaba jugando con los hijos del Ingeniero y se abrazó a las piernas sanas de Basilio.
—¡Papá Vili! ¡Papá Vili! —gritaba el niño saltando.
El silencio se hizo en el grupo. Todos escucharon al niño llamarlo “Papá”.
Basilio miró a Anastasia. Ella estaba roja, apenada, pero no corrigió al niño.
Basilio puso su mano buena sobre la cabeza de Juanito y le revolvió el pelo.
—Quihubo, mijo. Ya llegué.
Miró a sus vecinos, a sus amigos.
—Gracias, raza —dijo con voz potente—. Gracias por echarme la mano.
—Pa’ eso estamos, Basilio. Aquí nadie se raja —dijo el Ingeniero, dándole una palmada en la espalda—. Pero ya métete a descansar, que tienes cara de que te atropelló el tren.
La fiesta improvisada duró un par de horas en el patio, pero Basilio se metió pronto a la casa.
La sala estaba limpia. Ya no había rastro de la pelea, excepto por la ventana que tenía un plástico provisional.
Se sentó en su sillón. Anastasia le trajo un vaso de agua.
—¿Te traigo una pastilla para el dolor?
—No. Quiero estar despierto.
Basilio sacó de su bolsillo (con dificultad, usando la mano izquierda) algo que le había pedido al Licenciado que recuperara de la delegación: su llavero. Las llaves de la casa.
Las separó del anillo. Quitó la llave de la entrada principal y la de la cocina.
—Anastasia.
Ella se acercó.
—Toma.
Le extendió las llaves. Pero esta vez no era un préstamo de emergencia en una noche helada.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
—Son tus copias. Ya mandé sacar un juego nuevo para mí. Estas son tuyas.
—Basilio… yo no puedo aceptar… esto es tu casa.
—No —la corrigió él—. Esta era mi casa. Una casa grande y vacía donde vivía un borracho triste. Ahora… ahora quiero que sea un hogar. Nuestro hogar.
Le tomó la mano y le puso las llaves.
—Quédate. No como invitada. No como sirvienta. Quédate conmigo. Sé mi mujer. Déjame ser el padre de ese chamaco. No tengo mucho que ofrecerte, soy un tractorista con mala fama y un hombro jodido, pero te juro que nunca les va a faltar comida ni amor.
Anastasia apretó las llaves. Las lágrimas le rodaban por la cara, pero eran lágrimas de felicidad.
—Tú eres el mejor hombre que he conocido, Basilio. Claro que me quedo. Me quedo para siempre.
Se inclinó y lo besó. Fue un beso largo, suave, con sabor a promesa. Un beso que borró el recuerdo de los labios de Natalia, el sabor del tequila y el amargo de la soledad.
Afuera, el sol se ponía sobre los campos de agave, tiñendo el mundo de oro. El invierno seguía siendo frío, pero dentro de esa casa de muros color durazno, el invierno había terminado para siempre.
Seis meses después, se casaron en el jardín de la casa, con Juanito llevando los anillos vestido de charro pequeño. Basilio ya no bebía, excepto un brindis con sidra en Navidad. Su jardín volvió a florecer, más verde que nunca. Y cuentan en el pueblo que, si pasas por ahí en las tardes, se ve al tractorista más rudo de la región sentado en el porche, leyendo cuentos infantiles con un niño en las rodillas y una mujer de ojos azules que lo mira como si él fuera el mismísimo sol.
Porque a veces, la felicidad no se busca en la ciudad ni en el dinero. A veces, la felicidad toca a tu puerta en una noche helada, pidiendo refugio, y todo lo que tienes que hacer es tener el valor de entregarle las llaves.
FIN