
CAPÍTULO 1: LA TORMENTA Y EL DESPRECIO
La lluvia en la Ciudad de México no avisa; ataca. No es esa llovizna romántica de las películas europeas, es un diluvio furioso, sucio y gris que convierte las avenidas en ríos de agua negra y aceite de motor.
Enrique, a sus diez años, conocía bien esa lluvia. La conocía porque sus tenis, unos Converse piratas que alguna vez fueron blancos y ahora eran del color del asfalto, tenían agujeros en las suelas. Cada paso que daba sobre la banqueta rota de la Avenida Insurgentes era un recordatorio helado de su realidad: el agua se colaba, empapaba sus calcetines y le entumía los dedos de los pies. Pero el frío no importaba. Hoy no.
Abrazada contra su pecho, protegida por tres capas de bolsas de plástico del Oxxo y un rezo silencioso a la Virgen de Guadalupe, llevaba su vida entera. O al menos, la única esperanza que le quedaba para salvarla. Era una caja de zapatos Nike, vieja y abollada, reforzada en las esquinas con cinta canela. Adentro no había tenis. Adentro estaba el sacrificio de un año entero.
—Córrele, mijo, que se nos viene el cielo encima —murmuró para sí mismo, esquivando a un oficinista que corría con un paraguas, quien ni siquiera lo volteó a ver.
El Centro Cultural de las Artes se alzaba frente a él como una fortaleza de cristal y concreto, imponente, iluminado por luces cálidas que contrastaban cruelmente con la tarde oscura y tormentosa. Era un edificio donde la gente como Enrique —los que viven al día, los que cuentan las monedas para el pasaje del microbús— generalmente solo entraban para limpiar los baños o sacar la basura. Pero hoy era diferente. Hoy, Enrique iba a entrar por la puerta grande. O al menos, eso intentaría.
Se detuvo bajo el alero de la entrada, sacudiéndose el agua como un perro callejero. Su sudadera gris, que le quedaba dos tallas más grande (herencia de un primo que se fue al norte), pesaba por el agua absorbida. Se pasó la mano por el cabello rapado, respiró hondo y sintió ese hueco en el estómago que no era hambre —aunque también tenía hambre—, sino miedo. Miedo puro y duro.
Pensó en su mamá, Diana. La imagen de ella esa mañana lo golpeó como un puñetazo. Estaba sentada en la orilla de la cama, tan flaca que los huesos de sus hombros parecían querer romperle la piel. Se estaba peinando, o intentándolo, porque cada vez que pasaba el cepillo, se quedaba con mechones de cabello negro en la mano. Ella había tratado de sonreírle, de decirle que todo estaba bien, que se fuera a la escuela. Pero Enrique vio el pañuelo con sangre en el buró. Vio las facturas del hospital amontonadas bajo la imagen de San Judas Tadeo. Sabía que los 1.5 millones de pesos que costaba la cirugía eran una cifra imposible, un número que solo existía en la televisión.
Hasta que vio el anuncio.
Concurso Nacional de Talento Juvenil: “Voces de México”.
Primer Premio: $2,000,000 de pesos.
Dos millones. La vida de su madre costaba uno y medio. Le sobrarían quinientos mil para comprarle medicinas, comida de verdad, y tal vez, solo tal vez, unos tenis que no dejaran entrar el agua.
—Tú puedes, Kike. Tú puedes —se susurró, apretando la caja contra sus costillas.
Empujó la puerta giratoria y el cambio fue brutal. El ruido del tráfico y la lluvia desapareció, reemplazado por una música clásica suave y el zumbido del aire acondicionado con aroma a lavanda. El lobby era inmenso, con pisos de mármol tan brillantes que Enrique podía ver su reflejo distorsionado y patético en ellos.
Había una fila corta frente al mostrador de registro. Delante de él, una señora rubia con un abrigo que costaba más que la casa de Enrique, le acomodaba el corbatín a su hijo. El niño, un güerito peinado con gel, jugaba con un iPhone último modelo, aburrido.
—Mamá, ¿ya nos podemos ir? Quiero ir a comer sushi —se quejó el niño.
—Espérate, mi amor, solo firmamos y ya. Recuerda que tienes clase de solfeo a las cinco con el maestro Barrientos.
Enrique bajó la mirada. Él nunca había tenido una clase de solfeo. Sus clases eran escuchar la radio de los taxis mientras limpiaba parabrisas en los semáforos, o imitar a los cantantes viejos que su mamá ponía en su grabadora cuando aún tenía fuerzas para bailar.
La fila avanzó. La señora y su hijo se fueron, dejando un rastro de perfume caro.
Enrique se acercó al mostrador. Detrás de la inmensa barra de granito negro estaba ella.
Victoria Harper. La Directora del Programa.
No necesitaba presentación; su postura lo decía todo. Estaba sentada como una reina en su trono, tecleando furiosamente en una MacBook Pro. Llevaba un traje sastre blanco impecable —quien se viste de blanco en un día de lluvia en la Ciudad de México es alguien que nunca tiene que caminar por la calle—, y sus uñas acrílicas, largas y decoradas con cristales Swarovski, hacían un clac-clac-clac rítmico y agresivo sobre las teclas.
Enrique esperó. Un segundo. Diez segundos. Un minuto.
Victoria no levantó la vista. Para ella, Enrique era invisible. Parte del mobiliario, o quizás una mancha en su visión periférica que su cerebro había decidido ignorar por higiene mental.
—Buenas tardes —dijo Enrique. Su voz salió un poco ronca, así que carraspeó y lo intentó de nuevo, más firme—. Buenas tardes, señorita.
El tecleo se detuvo. El silencio que siguió fue más pesado que la caja de zapatos.
Victoria levantó la vista lentamente. No fue una mirada de curiosidad. Fue un escaneo. Sus ojos, delineados perfectamente, recorrieron a Enrique desde los tenis enlodados que estaban dejando huellas marrones en el mármol, subieron por los jeans deshilachados, pasaron por la sudadera mojada y finalmente llegaron a su cara.
Hizo una mueca. Una microexpresión de asco, como si acabara de oler leche agria.
—¿Sí? —preguntó. No hubo un “¿en qué te puedo ayudar?” ni un “¿qué necesitas?”. Solo un seco y cortante “¿Sí?”.
—Vengo a registrarme —dijo Enrique. Trató de pararse derecho, de parecer más alto, más digno.
Victoria soltó una risa nasal, corta y sin humor. Cerró su laptop con un movimiento suave pero definitivo y entrelazó sus dedos sobre el escritorio.
—¿A registrarte? —repitió, como si la palabra en boca de Enrique fuera un chiste malo—. Niño, creo que te equivocaste de lugar. El albergue del DIF está a tres cuadras, sobre la calle de atrás. Aquí no damos comida.
El calor subió a las mejillas de Enrique. Sintió cómo se le ponían las orejas rojas. La vergüenza era un fuego que conocía bien, pero la rabia empezaba a mezclarse con ella.
—No vengo a pedir comida —dijo Enrique, apretando la mandíbula—. Vengo al concurso. “Voces de México”. Sé cantar.
Victoria arqueó una ceja perfectamente depilada. Se reclinó en su silla de piel ergonómica y lo miró como quien mira un insecto interesante pero repugnante.
—Ah, ya veo. —Su tono destilaba sarcasmo—. Sabes cantar. Mira qué tierno. Escúchame bien… ¿cómo te llamas?
—Enrique. Enrique Beltrán.
—Enrique. Mira, este es un concurso de alto rendimiento. Buscamos artistas integrales. Niños que han estudiado en conservatorios, que tienen técnica vocal, presencia escénica, vestuario… refinamiento. —Hizo un gesto vago con la mano, señalando el lobby de lujo—. No buscamos… caridad. No buscamos historias tristes para reality shows. Buscamos talento real.
—Yo tengo talento —insistió Enrique. Dio un paso adelante, dejando otra huella de lodo—. Canto mejor que muchos. Mi mamá dice que tengo voz de ángel.
Victoria suspiró, un sonido largo y dramático que indicaba que su paciencia, de por sí escasa, se había agotado.
—Tu mamá te quiere mucho, eso es obvio. Pero aquí tenemos estándares, Enrique. No queremos niños de la calle que vengan a… ensuciar nuestro escenario.
Las palabras golpearon a Enrique en el pecho. Ensuciar.
—No soy de la calle —dijo, con la voz temblando por primera vez—. Tengo casa. Y tengo el dinero.
Victoria lo miró con incredulidad.
—¿El dinero?
—La inscripción. En el cartel decía que cualquiera puede entrar si paga la inscripción.
—La cuota de recuperación son cinco mil pesos, niño —dijo Victoria, pronunciando cada sílaba lentamente, como si le hablara a un retrasado mental—. Cinco. Mil. Pesos. Eso no es lo que sacas vendiendo chicles en una semana. Es dinero de verdad.
—Aquí los tengo.
Enrique puso la caja de zapatos sobre el escritorio de cristal inmaculado. El plástico del Oxxo goteó agua sucia sobre los documentos de Victoria.
Ella reaccionó como si le hubieran puesto una rata muerta enfrente.
—¡Quita eso de ahí! —gritó, perdiendo la compostura por un segundo—. ¡Estás mojando todo! ¡Seguridad!
—¡No! —Enrique protegió la caja con sus manos—. ¡Espere! Aquí está el dinero. Cuéntelo.
Con manos temblorosas, Enrique quitó las bolsas de plástico. El cartón de la caja estaba húmedo y suave. La tapa estaba medio rota.
Victoria lo miraba con una mezcla de horror y fascinación mórbida.
—¿Qué es esto? ¿Una broma? —preguntó ella.
Enrique no respondió. Quitó la tapa.
No había billetes crujientes de quinientos pesos. No había transferencias bancarias ni tarjetas Platinum.
Había caos.
Había miles de monedas. Monedas de diez pesos con el águila dorada brillando tenuemente. Monedas de cinco, de dos, de un peso. Incluso había un montón de monedas de cincuenta centavos, de esas plateadas y chiquitas que la gente suele tirar. Entre el metal, había billetes de veinte y cincuenta pesos, arrugados, alisados y vueltos a arrugar, hechos rollito y amarrados con ligas para el cabello.
Era el dinero más sucio y más hermoso del mundo.
—Son cinco mil pesos —dijo Enrique. Su voz sonó fuerte en el silencio del lobby—. Me tardé un año. Lavé coches en la colonia Roma. Barrí la estética de Doña Pelos. Ayudé a cargar mandado en el mercado de Jamaica. No gasté ni un peso en dulces, ni en juguetes, ni en nada.
Victoria miraba el montículo de dinero como si fuera basura radioactiva. No veía el esfuerzo. No veía el amor. Solo veía gérmenes. Solo veía pobreza.
—Esto es inaceptable —susurró ella, arrugando la nariz—. No somos un banco, Enrique. No voy a ponerme a contar… morralla.
—Dinero es dinero —respondió él, desafiante—. En el reglamento no dice que tengan que ser billetes nuevos.
Victoria cerró los ojos y se masajeó las sienes. Estaba harta. Quería irse a su casa, tomarse una copa de vino y olvidar que existía gente que vivía fuera de su burbuja de privilegios.
Tomó una hoja de papel del escritorio. Era el formulario de inscripción.
—Mira, niño. Aunque aceptara tu… colección de limosnas… no tienes lo que se necesita. Mírate. —Señaló su ropa—. ¿Crees que vas a pararte en un escenario con luces HD, frente a cámaras 4K, vestido así? ¿Con esos zapatos rotos? Serías el hazmerreír. Te harían pedazos en redes sociales. Te estoy haciendo un favor al decirte que no.
—No me importa lo que digan. Necesito el premio. Mi mamá se está muriendo.
La mención de la muerte pareció molestar aún más a Victoria. Era demasiado real. Demasiado crudo para su lobby de mármol.
—Todos tenemos problemas, Enrique. Eso no te da un pase especial.
—¡Inscríbame! —gritó Enrique, golpeando la mesa con la palma abierta.
Victoria se puso de pie de golpe. Era alta, imponente con sus tacones de aguja.
—¡Baja la voz! —siseó—. Estás en un lugar decente. Lárgate ahora mismo antes de que llame a la policía y te saquen a rastras. Y llévate tu basura.
Agarró el formulario de inscripción que Enrique había llenado con su letra infantil pero cuidadosa. Lo sostuvo con dos dedos, con desprecio infinito.
—Esto… —dijo ella, mirando la hoja— ni siquiera sirve. Está mal llenado. No pusiste correo electrónico. No pusiste teléfono fijo. Eres un fantasma, Enrique. No existes para el sistema.
Y entonces, lo hizo.
Con un movimiento lento, casi teatral, soltó la hoja.
El papel planeó en el aire, cayendo suavemente, hasta aterrizar en el suelo. Pero no cayó en el mármol seco. Cayó justo en el charco de agua sucia y lodo que se había formado alrededor de los tenis de Enrique.
Enrique se quedó paralizado. Vio cómo el agua negra absorbía el papel bond. Vio cómo la tinta azul de su nombre —Enrique Beltrán— comenzaba a correrse, convirtiéndose en una mancha borrosa e ilegible.
Era como ver su propia identidad disolverse.
—Uy —dijo Victoria, con una voz falsa e infantil—. Qué torpe soy. Bueno, ya oíste. Se arruinó. Es una señal del destino, ¿no crees? Vete a casa, niño. Cómprate algo de comer con tus moneditas y deja de soñar con cosas que no son para ti.
Enrique sintió que algo se rompía dentro de él. No fue el corazón; eso ya estaba roto desde que el doctor les dio el diagnóstico. Fue algo más profundo. Fue la inocencia. En ese momento, Enrique dejó de ser un niño. Comprendió, con la claridad brutal que solo da la pobreza, que el mundo no es justo. Que hay gente mala. Que hay gente a la que no le importa si tu mamá vive o muere, siempre y cuando no les ensucies el piso.
Sintió las lágrimas picándole los ojos, calientes y furiosas. Pero se mordió el labio hasta que sintió el sabor metálico de la sangre. No voy a llorar, se prometió. No le voy a dar ese gusto a esta bruja.
Se agachó lentamente. Sus rodillas tocaron el suelo frío y húmedo. Metió la mano en el agua sucia y recuperó la hoja empapada. Estaba deshecha, era pulpa inútil.
La apretó en su puño, sintiendo el agua escurrir por su muñeca.
—¿Ya te vas? —preguntó Victoria, volviendo a abrir su laptop, lista para seguir con su vida perfecta.
Enrique se levantó. Iba a decir algo. Iba a gritarle. Iba a insultarla con todas las groserías que había aprendido en el barrio.
Pero entonces, la puerta de las oficinas administrativas se abrió a espaldas de Victoria.
El sonido de unas botas pesadas resonó en el mármol.
—Victoria, necesito la lista final de participantes para enviarla a producción —dijo una voz masculina. Era una voz grave, rasposa, una voz que Enrique había escuchado mil veces en la radio, en la televisión, en los discos piratas que vendían en el metro.
Enrique levantó la vista.
Ahí estaba. Parado a unos metros, sacudiéndose un paraguas negro. Llevaba una chamarra de cuero gastada, jeans oscuros y una bufanda gris. Tenía el cabello despeinado y barba de tres días. Se veía cansado, pero tenía esa aura de electricidad que solo tienen las verdaderas estrellas.
Era Nicolás “Nico” Valdés.
El productor musical más famoso de Latinoamérica. El hombre que había descubierto a las estrellas más grandes del pop en la última década. El “Rey Midas” de la música. Y el juez invitado de honor para la competencia.
Nico levantó la vista de su celular y se detuvo en seco.
El escenario era un cuadro de miseria y opulencia. De un lado, Victoria, impecable y cruel. Del otro, un niño empapado, con una caja de zapatos llena de monedas y un papel deshecho en la mano, temblando de rabia y frío.
Nico se quitó los lentes oscuros lentamente. Sus ojos, profundos y oscuros, se clavaron en Enrique.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —preguntó Nico. Su voz resonó en el lobby vacío.
Victoria dio un respingo. Su máscara de arrogancia se transformó instantáneamente en una sonrisa profesional y servicial.
—¡Nico! Señor Valdés, qué sorpresa. No lo esperaba hasta mañana. —Se levantó rápidamente, alisándose la falda—. Nada, no se preocupe. Solo un pequeño malentendido con un… visitante no deseado. Ya se iba.
—Ella tiró mi hoja al agua —dijo Enrique.
No gritó. No lloró. Lo dijo con una calma aterradora, con la voz de un hombre atrapado en el cuerpo de un niño.
Nico miró a Victoria, luego miró el charco, luego miró la hoja deshecha en la mano de Enrique.
—¿Tú hiciste eso, Victoria? —preguntó Nico, acercándose.
—Fue un accidente, Nico, por favor. El niño entró mojando todo, trajo esa caja llena de dinero sucio… Es antihigiénico. Le estaba explicando que este concurso tiene cierto nivel y que él no…
—Dijo que iba a ensuciar su escenario —interrumpió Enrique, mirando a Nico directamente a los ojos.
Nico sintió un escalofrío. Había algo en la mirada de ese niño. Algo familiar. Una intensidad, una rebeldía dolorosa que le recordaba a alguien, pero no podía precisar a quién. Tal vez a él mismo cuando tenía esa edad y soñaba con salir del agujero donde vivía.
Nico caminó hasta quedar frente a Enrique. Ignoró el olor a humedad y a calle. Miró la caja de zapatos.
—¿Eso es para la inscripción? —preguntó, señalando las monedas.
—Sí —dijo Enrique—. Son cinco mil pesos. Los gané yo. Trabajando.
Nico miró el dinero. Vio las monedas de a peso. Vio las ligas baratas amarrando los billetes. Su mente, entrenada para ver historias donde otros solo ven datos, entendió todo en un segundo. Ese no era dinero de papá. Ese era dinero de sangre, sudor y lágrimas.
Se giró hacia Victoria. Su expresión se oscureció.
—Inscríbelo —ordenó.
Victoria parpadeó, confundida.
—¿Perdón? Nico, no puedes hablar en serio. Mira cómo viene vestido. No tiene imagen. No tiene…
—He dicho que lo inscribas —Nico alzó la voz, y el eco hizo vibrar los cristales—. Ahorita.
—Pero la hoja está arruinada… —balbuceó Victoria.
Nico agarró un formulario en blanco de la pila sobre el escritorio. Sacó una pluma Montblanc de su chaqueta y se la tendió a Enrique.
—Llénala otra vez, chavo.
Enrique tomó la pluma. Pesaba. Era cálida.
—Gracias —murmuró.
—No me des las gracias todavía —dijo Nico, mirándolo fijamente—. Victoria tiene razón en una cosa: esto es una competencia de tiburones. Si te subes a ese escenario, te van a querer comer vivo. ¿Estás listo para eso?
Enrique pensó en su mamá tosiendo sangre. Pensó en la cinta adhesiva que tenía guardada en su bolsillo, con la que pensaba vendarse las muñecas esa noche para sentirse fuerte.
—Tengo que estarlo —dijo Enrique—. No tengo opción.
Nico asintió lentamente. Había respeto en sus ojos.
—¿Cómo te llamas?
—Enrique Beltrán.
Nico sintió como si alguien le hubiera dado un golpe en el plexo solar. El aire se le atoró en la garganta.
Beltrán.
Ese apellido. Ese maldito apellido.
Su mente viajó atrás en el tiempo, once años atrás. A un departamento pequeño en la colonia Narvarte. A sábanas desordenadas, a risas, a una mujer con ojos negros profundos y una voz que le erizaba la piel. Diana Beltrán. El amor de su juventud. La mujer a la que abandonó cuando su carrera empezó a despegar, porque le tenía miedo al compromiso, porque era un cobarde ambicioso que quería comerse al mundo y sentía que una familia lo iba a frenar.
Nico miró a Enrique. Miró sus ojos. Eran los ojos de Diana. Eran sus propios ojos.
El corazón de Nico empezó a martillear contra sus costillas. No puede ser, pensó. No puede ser. Ella nunca me dijo…
—Enrique —dijo Nico, con la voz extrañamente ahogada—. ¿Tu mamá… cómo se llama tu mamá?
Enrique lo miró con curiosidad. La pregunta le pareció rara, pero respondió.
—Diana. Diana Beltrán.
El mundo de Nicolás Valdés se detuvo. El ruido de la lluvia afuera, el zumbido del aire acondicionado, el tecleo indignado de Victoria… todo desapareció. Solo quedó el niño frente a él.
El niño con su ropa vieja. El niño con su caja de monedas. El niño que había trabajado un año entero para salvar a su madre.
Su hijo.
Nico tuvo que agarrarse del borde del escritorio para no caerse. Quería gritar. Quería abrazarlo. Quería salir corriendo.
—¿Está todo bien, señor Valdés? —preguntó Enrique, notando la palidez repentina del hombre.
Nico tragó saliva. Forzó una sonrisa que le dolió en el alma.
—Sí… sí, todo bien, Enrique. Solo… llénala. Bienvenida a la competencia.
Mientras Enrique llenaba el formulario con una concentración absoluta, ajeno a la bomba nuclear que acababa de detonar en la vida del famoso productor, Victoria miraba a Nico con sospecha. Ella conocía los secretos de la industria. Sabía leer a la gente. Y acababa de ver cómo el gran Nicolás Valdés se rompía en mil pedazos frente a un niño de la calle.
La tormenta afuera arreció, los truenos sacudieron el edificio, pero la verdadera tormenta acababa de comenzar adentro, en el corazón de un padre que llegaba diez años tarde.
CAPÍTULO 2: PROMESAS DE CINTA ADHESIVA
La puerta de cristal del Centro Cultural se cerró a sus espaldas, cortando de tajo el aire acondicionado con aroma a lavanda y el silencio de mármol. De golpe, la Ciudad de México rugió de nuevo. El estruendo de los camiones bajando por Insurgentes, los cláxones desesperados de los taxistas peleando por un centímetro de asfalto y el repiqueteo incesante de la lluvia contra el toldo de un puesto de periódicos le dieron la bienvenida a Enrique.
Era un regreso brutal a su realidad, pero esta vez, algo había cambiado.
Enrique metió la mano en el bolsillo de su sudadera mojada. Sus dedos se cerraron alrededor de un papel doblado en cuatro. No era la hoja empapada y humillada que Victoria Harper había tirado al charco. Era la nueva. La copia amarilla del formulario de inscripción, sellada con un timbre rojo que decía: ACEPTADO.
Ese pedazo de papel valía más que su propia vida. Pesaba más que la caja de monedas que había dejado atrás. Era un boleto. Una oportunidad. Una promesa.
Caminó rápido hacia la parada del microbús, esquivando los charcos aceitosos que reflejaban las luces de neón de los espectaculares. Su cuerpo estaba helado, tiritaba incontrolablemente, pero por dentro sentía un fuego extraño. Era la adrenalina del que acaba de sobrevivir a un accidente, mezclada con la euforia del que acaba de ganar una pelea callejera contra un gigante.
El microbús de la ruta “San Ángel – Iztapalapa” llegó frenando con un chirrido agudo de balatas gastadas. El cobrador, un tipo con chaleco naranja colgado de la puerta abierta, gritaba: “¡Súbale, súbale, lugares, lugares!”, aunque era obvio que el camión iba atascado, con gente colgando de los estribos como racimos de uvas humanas.
Enrique se empujó entre la multitud húmeda y malhumorada. El olor adentro era una mezcla penetrante de ropa mojada, humanidad cansada y el aromatizante de vainilla barato que colgaba del espejo retrovisor del chofer. Pagó su pasaje con las últimas monedas que le habían quedado en el bolsillo del pantalón —monedas que no habían cabido en la caja de zapatos— y se hizo un hueco al fondo, apretado contra la ventana trasera.
Mientras el microbús avanzaba a sacudidas, Enrique pegó la frente contra el cristal frío. Veía pasar la ciudad: los edificios altos de la zona rica iban quedando atrás, reemplazados poco a poco por construcciones grises, cables de luz enmarañados como telarañas negras en el cielo y calles donde el alumbrado público funcionaba a medias.
Pensó en el hombre de la chamarra de cuero. Nicolás Valdés.
Enrique sabía quién era, claro. Todo mundo sabía quién era Nico. Salía en la tele los domingos, juzgando a cantantes famosos, produciendo los discos que sonaban en todas las fiestas. Pero en persona era diferente. No se veía tan brillante como en la pantalla. Se veía… triste. Enrique recordaba la forma en que el hombre lo había mirado. No con lástima, como lo miraba la gente en la calle cuando lo veían vendiendo chicles. Sino con algo más. Una especie de reconocimiento. Como si Nico hubiera visto un fantasma en la cara de Enrique.
“¿Tu mamá… cómo se llama tu mamá?”
La pregunta seguía rebotando en su cabeza. ¿Por qué le importaba? Tal vez solo era curiosidad. Tal vez conocía a su mamá de antes, de cuando ella era joven y sana, antes de que el papá de Enrique se fuera “a comprar cigarros” y nunca volviera, antes de que el cáncer llegara como un ladrón silencioso a robarles todo.
El microbús frenó en su parada, sacándolo de sus pensamientos. Enrique bajó de un salto, aterrizando en el lodo de su colonia. Aquí, la lluvia no se lavaba, se estancaba. Las calles olían a tierra mojada y a coladeras tapadas.
Corrió las tres cuadras que faltaban para llegar a su edificio. “Edificio” era un decir; era una vecindad vieja de cuatro pisos, con la pintura descarapelada y un portón de metal oxidado que siempre estaba entreabierto. Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor en sus piernas. Vivían en la azotea, en un cuarto de servicio adaptado que su mamá rentaba barato porque la dueña, Doña Chole, era buena gente y sabía que Diana estaba enferma.
Al llegar a la puerta de metal, Enrique se detuvo. Respiró hondo, se alisó el cabello mojado y trató de poner su mejor cara de “todo está bien”. No quería que su mamá lo viera asustado o preocupado. Ella ya tenía suficiente dolor.
Abrió la puerta con cuidado para que no rechinara.
El cuarto lo recibió con su olor característico: una mezcla de cloro, vaporub y esa esencia metálica y dulzona que tienen los cuartos de los enfermos. Estaba oscuro, iluminado solo por la luz de una veladora en el pequeño altar improvisado sobre el refrigerador.
—¿Mijo? —la voz de Diana era un susurro rasposo desde la cama.
—Soy yo, ma —susurró Enrique, cerrando la puerta suavemente.
Diana estaba hecha un bulto bajo las cobijas. Enrique se acercó y le tocó la frente. Estaba caliente. Otra vez fiebre.
—Llegas tarde —dijo ella, abriendo los ojos con dificultad. Eran grandes y negros, idénticos a los de Enrique, pero estaban hundidos en cuencas oscuras—. Estaba preocupada. Con esta lluvia…
—Perdón, ma. Se tardó el camión.
—Estás empapado, Enrique. Quítate esa ropa antes de que te enfermes tú también. No tenemos dinero para dos doctores.
Enrique asintió y se fue al pequeño baño, que estaba separado del cuarto principal solo por una cortina de plástico. Se quitó la ropa mojada. Su cuerpo de diez años estaba delgado, fibroso por cargar cajas en el mercado, pero se le notaban las costillas. Se puso una camiseta seca y unos pants de algodón que le quedaban cortos de los tobillos.
Mientras se cambiaba, escuchó el sonido.
Ploc… ploc… ploc…
Era la llave del lavabo de la cocineta. Goteaba. Otra vez.
Ese sonido lo volvía loco. Era como un reloj de arena contando el tiempo que les quedaba. Cada gota era un segundo menos. Cada gota era dinero desperdiciado.
Salió del baño y fue directo a la cocineta. Se subió a una silla de madera coja para alcanzar la tubería.
—Enrique, deja eso —dijo Diana desde la cama—. Mañana le digo a Don Pepe que venga a verla.
—Don Pepe cobra cien pesos, ma —dijo Enrique, tomando una llave inglesa oxidada que guardaban en el cajón de los cubiertos—. Yo puedo. Vi un video en YouTube en el ciber. Solo hay que apretar la tuerca de empaque.
—Te vas a lastimar los dedos. Ven a cenar. Hay frijoles en la olla.
—Ahorita voy. Tengo que arreglar esto.
Enrique apretó los dientes y giró la herramienta. Sus manos resbalaban. La tuerca estaba vieja y barrida. Hizo fuerza, tanta que los nudillos se le pusieron blancos.
Ploc… ploc…
Maldita gota. Maldita pobreza donde todo se rompe y nada se puede arreglar bien.
—¡Enrique! —la voz de Diana fue más firme esta vez, con ese tono de madre que, aunque esté muriendo, sigue siendo la autoridad—. Bájate de ahí. Ahora.
Enrique soltó la herramienta con frustración. La dejó caer en el fregadero con un estruendo metálico. Se bajó de la silla y se quedó parado en medio del cuarto, con los puños cerrados a los costados.
—Ya no gotea —mintió, aunque ambos podían escuchar el ritmo lento del agua cayendo.
Se acercó a la cama. Diana se sentó con esfuerzo, apoyándose en los codos. Le temblaban los brazos. Enrique sintió una punzada de dolor en el pecho al ver lo frágil que se veía. Hace un año, ella trabajaba doble turno, limpiaba casas en la mañana y oficinas en la noche. Era fuerte. Se reía fuerte. Ahora parecía hecha de papel de china.
—Siéntate aquí —dijo ella, palmeando el borde del colchón.
Enrique obedeció. El colchón se hundió bajo su peso.
Diana le tomó la mano. Sus dedos estaban fríos, la piel seca.
—¿Dónde estabas, Enrique? —preguntó ella, mirándolo fijamente.
Enrique desvió la mirada hacia el altar de la Virgen.
—Fui a dar una vuelta.
—No me mientas. Conozco esa cara. Es la cara que pones cuando estás tramando algo. Y esa caja de zapatos… —Diana señaló hacia la esquina donde Enrique solía guardar su “tesoro”—. Ya no está.
Enrique sintió que se le aceleraba el corazón. No quería decirle. No quería ilusionarla para luego fallarle. Pero tampoco podía mentirle a su mamá. Nunca había podido.
Metió la mano en su bolsillo y sacó el papel doblado. La copia amarilla.
Se la extendió sin decir nada.
Diana la tomó. Entrecerró los ojos para leer en la penumbra.
CONCURSO NACIONAL DE TALENTO “VOCES DE MÉXICO”.
PARTICIPANTE: ENRIQUE BELTRÁN.
ESTATUS: INSCRITO.
El papel tembló en las manos de Diana.
—Enrique… —su voz se quebró—. ¿Qué hiciste?
—Pagué la inscripción, ma.
—¿Con qué dinero?
—Con el de la caja.
Diana soltó el papel como si quemara. Se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
—¡Esos eran tus ahorros! —exclamó, con lágrimas brotando instantáneamente—. ¡Era para tus tenis nuevos! ¡Para tus libros de la secundaria! ¡Llevas un año juntando peso por peso!
—No me importan los tenis —dijo Enrique, inclinándose hacia ella—. Ma, el premio… el primer premio son dos millones de pesos.
Diana negó con la cabeza frenéticamente.
—No, mi amor. No. Escúchame. Esos concursos… son para gente con dinero. Para gente con palancas. Nosotros no… nosotros no ganamos esas cosas.
—Yo canto bien. Tú me lo has dicho.
—¡Cantas hermoso! —Diana le acarició la cara, limpiando una mancha de lodo de su mejilla—. Tienes la voz más hermosa del mundo. Pero el mundo es cruel, Enrique. Se van a burlar de ti. Te van a lastimar. Y no voy a estar ahí para defenderte.
—Hoy me defendí solo —dijo Enrique, y su voz sonó extrañamente adulta—. Había una señora. Una bruja. Me dijo que iba a ensuciar su escenario. Tiró mi hoja al agua.
Diana jadeó, el instinto materno encendiéndose en sus ojos cansados.
—¿Qué te hizo?
—Quería correrme. Pero no me dejé. Y luego llegó un señor… el señor Valdés.
—¿Nicolás Valdés? —preguntó Diana, y su rostro se puso blanco como una sábana. El nombre salió de sus labios como un susurro cargado de fantasmas.
—Sí. El de la tele. Él la regañó. Le dijo que me inscribiera. Fue… fue increíble, ma. Me defendió.
Diana se quedó paralizada. Su mirada se perdió en el vacío, como si estuviera viendo una película de terror que solo ella podía ver. Sus manos apretaron las cobijas hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿Te vio? —susurró—. ¿Él te vio?
—Sí. Me preguntó mi nombre. Y el tuyo.
Diana cerró los ojos fuertemente, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla pálida.
—Oh, Dios mío…
—Ma, ¿qué tienes? —Enrique se asustó. Nunca la había visto así—. ¿Hice mal?
Diana abrió los ojos y lo agarró de los hombros con una fuerza sorprendente.
—Escúchame, Enrique. No quiero que te hagas ilusiones con ese hombre. No quiero que pienses que es un héroe. Es solo un juez, ¿entiendes? Solo un famoso que quería quedar bien.
—Ya lo sé —dijo Enrique, confundido por la reacción—. Solo dije que me ayudó a inscribirme. Ma, tengo que ganar. Escuché al doctor ayer.
El cuarto se quedó en silencio. Solo el ploc… ploc… de la gota en la cocina.
Diana bajó la mirada, derrotada.
—¿Qué escuchaste?
—Lo escuché hablando contigo por teléfono cuando creías que yo estaba dormido. Dijo que el tumor creció. Dijo que la operación tiene que ser en veinte días. Dijo que cuesta un millón y medio.
Diana no lo negó. No tenía caso. La verdad estaba ahí, pesada y fría entre los dos.
—Tenemos veinte días, ma —continuó Enrique, con la voz temblando—. Si no consigo ese dinero…
—Si no consigues ese dinero, Dios decidirá —dijo Diana suavemente—. Enrique, mírame. Eres un niño. Tienes diez años. No es tu trabajo salvarme. Tu trabajo es ir a la escuela, jugar futbol, rasparte las rodillas. No cargar con mis facturas.
—¡Soy el hombre de la casa! —gritó Enrique. Se puso de pie, frustrado, con lágrimas de impotencia en los ojos—. ¡Tú me lo dijiste cuando mi papá se fue! ¡Me dijiste “ahora tú y yo somos el equipo”! ¡Pues el equipo no se rinde!
Diana lo miró, y en sus ojos vio no a un niño, sino a un guerrero pequeño y asustado que estaba dispuesto a pelear contra dragones con una espada de cartón. El corazón se le rompió de orgullo y de dolor al mismo tiempo.
—Está bien —susurró ella, rindiéndose—. Está bien, mi amor. Vas a cantar.
Enrique se limpió las lágrimas con la manga de su camiseta.
—Voy a ganar. Te lo juro.
Diana le sonrió débilmente y se recostó de nuevo. El esfuerzo la había agotado.
—Ven aquí. Dame un abrazo.
Enrique se acurrucó junto a ella. Olía a enfermedad, sí, pero bajo eso, todavía olía a mamá. A seguridad. A amor. Se quedó ahí hasta que la respiración de Diana se volvió lenta y profunda, señal de que se había quedado dormida.
Entonces, Enrique se levantó con cuidado.
Fue hacia la esquina del cuarto que servía como su “habitación”: un colchón en el suelo, una caja de plástico con su ropa y un póster viejo de la selección mexicana pegado con diurex en la pared.
Buscó en su caja de tesoros. Sacó un rollo de cinta adhesiva blanca, de esa gruesa que usan los boxeadores o los futbolistas para vendarse los tobillos. La había encontrado tirada afuera de un gimnasio en la colonia Del Valle hacía meses.
Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas.
Tomó un marcador negro permanente.
Cortó una tira larga de cinta. Se la pegó alrededor de la muñeca izquierda, apretándola fuerte. La sensación de la presión le ayudaba a concentrarse, a no sentir tanto miedo.
Con el marcador, escribió con letras mayúsculas, toscas y gruesas:
PROTEGE
Cortó otra tira. Se la pegó en la muñeca derecha. Apretó los dientes mientras escribía con la mano izquierda, un poco chueco, pero legible:
A MAMÁ
Levantó los brazos y miró sus muñecas.
PROTEGE A MAMÁ.
No era un tatuaje, pero dolía como uno. Era un pacto de sangre sin sangre. Era su armadura. Victoria Harper tenía trajes caros y poder. Nicolás Valdés tenía fama y dinero. Los otros niños del concurso tenían maestros y pianos de cola.
Enrique tenía dos tiras de cinta adhesiva y una razón para morir en la raya.
Se acostó en su colchón, mirando las manchas de humedad en el techo. No podía dormir. Su mente repasaba la canción que iba a cantar. “A Change Is Gonna Come”, de Sam Cooke. La había escuchado en un documental en la tele del vecino. No entendía todo el inglés, pero había buscado la traducción. Hablaba de nacer junto al río, de correr, de cansarse, pero de saber que un cambio iba a llegar.
Era su canción.
Mientras Enrique cerraba los ojos, rezando para que la gotera de la cocina no inundara el departamento, al otro lado de la ciudad, en un pent-house de lujo en Polanco, Nicolás Valdés tampoco podía dormir.
Nico estaba sentado en su terraza, mirando las luces de la ciudad bajo la lluvia, con un vaso de whisky en la mano que no había probado. Su celular estaba sobre la mesa de cristal.
Había hecho una llamada hacía una hora. A un investigador privado que usaba para revisar los antecedentes de sus artistas.
“Necesito que busques a alguien. Urgente. Diana Beltrán. Vivía en la Narvarte en 2014. Ahora… no sé. El hijo se llama Enrique. Tiene diez años. Quiero saberlo todo. Dónde viven, qué hacen, por qué el niño necesitaba cinco mil pesos con tanta desesperación.”
El investigador le había dicho que tardaría 24 horas.
Nico miró su reflejo en el vidrio del balcón. Se veía viejo. Cansado.
—Enrique —susurró al viento.
Recordó los ojos del niño. La determinación. La forma en que había defendido su dignidad con una caja de monedas.
Si ese niño era su hijo… Dios, si ese niño era suyo, Nico no sabía si merecía vivir. Había abandonado a Diana embarazada. La había bloqueado de su vida, cambió de número, se mudó a Miami para grabar su primer disco de éxito. Se había convencido a sí mismo de que ella estaría mejor sin él, que él era un desastre tóxico.
Pero ver al niño hoy… ver la pobreza en su ropa, el hambre en su mirada…
El celular de Nico vibró sobre la mesa, sacándolo de su trance.
Era una notificación de Twitter.
TENDENCIA EN MÉXICO: #ElNiñoDeLasMonedas
Nico frunció el ceño. Desbloqueó el teléfono.
Alguien había grabado.
Por supuesto que alguien había grabado. En esta época, nadie puede estornudar sin que alguien lo suba a TikTok.
Era un video borroso, tomado desde la fila de atrás en el lobby del Centro Cultural. Se veía la espalda de Enrique, pequeño y frágil frente al enorme escritorio. Se escuchaba perfectamente la voz chillona y cruel de Victoria: “No queremos niños de la calle que vengan a ensuciar nuestro escenario”.
Luego, el sonido de las monedas cayendo. El clímax visual. La cascada de plata y billetes arrugados.
Y el final del video, justo cuando Nico entraba y decía: “¿Qué está pasando aquí?”.
El video tenía ya 500,000 reproducciones y subiendo. Los comentarios eran una hoguera.
@Usuario123: “¡Qué poca madre de la jueza! 😡 Alguien sabe quién es el niño? Quiero ayudarle.”
@AnaG: “Lloré con las monedas. Se nota que le costó mucho juntarlas. 😭 #JusticiaParaElNiño”
@VengadorAnonimo: “Esa es Victoria Harper. Vamos a funarla. Nadie trata así a un niño mexicano.”
Nico soltó el aire que estaba conteniendo.
Esto se iba a poner feo. Muy feo. Victoria iba a querer sangre. La prensa iba a buscar al niño. Y si encontraban al niño… encontrarían a Diana.
Y si encontraban a Diana, encontrarían la verdad sobre Nicolás Valdés.
Nico tomó un trago largo de whisky. El líquido quemó su garganta, pero no quitó el frío que sentía en el alma.
En la azotea de Iztapalapa, Enrique dormía inquieto, soñando que cantaba en un escenario que se convertía en agua, mientras sus muñecas encintadas pesaban como plomo.
La tormenta sobre la Ciudad de México no amainaba. Al contrario, se estaba convirtiendo en un huracán. Y Enrique estaba justo en el ojo, sin saber que el mundo entero estaba a punto de mirar hacia él.
Faltaban 19 días para la cirugía.
Faltaban 3 días para la primera ronda del concurso.
Y el reloj seguía goteando.
Ploc… ploc… ploc…
CAPÍTULO 3: LA FAMA, LA HIPOCRESÍA Y LA TRAMPA
El amanecer en la colonia de Enrique no llegaba con el canto de los pájaros, sino con el ruido de los motores diésel de los camiones de basura y el grito lejano del vendedor de tamales oaxaqueños. Pero esa mañana del martes, hubo un sonido nuevo.
Bzzzz… Bzzzz… Bzzzz…
El celular de su mamá, un modelo viejo con la pantalla estrellada que descansaba sobre la mesa de formica, vibraba como si estuviera teniendo una convulsión. No era una llamada. Era una metralleta de notificaciones.
Enrique se despertó de golpe en su colchón. Se talló los ojos, sintiendo las lagañas del sueño y el cansancio acumulado. Se quitó las cintas de las muñecas —las había usado para dormir, como quien duerme con un rosario— y caminó descalzo hacia la mesa.
Tomó el teléfono. La pantalla se iluminó, lastimándole la vista.
Facebook: 99+ notificaciones.
Twitter: Tendencia #1 #ElNiñoDeLasMonedas.
YouTube: Tu video ha sido compartido 15,000 veces.
—No manches… —susurró Enrique, con la voz pastosa.
Desbloqueó el teléfono. Lo primero que vio fue su propia cara. Alguien, probablemente un padre de familia aburrido en la fila de atrás, había grabado todo. El video, titulado “Jueza Fresa vs Niño Héroe: El momento que hizo llorar a México”, tenía 3.5 millones de reproducciones.
Enrique le dio play.
Ahí estaba él, pequeño y pixelado, vaciando su caja de zapatos. Se escuchaba el tintineo de las monedas amplificado por la acústica del lobby. Se escuchaba la voz chillona de Victoria Harper: “No queremos niños de la calle…”. Y luego, el momento cumbre: Nicolás Valdés entrando como un vengador de chamarra de cuero, ordenando su inscripción.
Los comentarios pasaban tan rápido que era imposible leerlos todos.
“¡Ese niño tiene más huevos que todos los políticos juntos!”
“¿Alguien sabe su cuenta? Quiero depositarle.”
“¡Que corran a esa vieja clasista!”
“Lloré en el trabajo, neta que sí. México te apoya, carnalito.”
—¿Enrique? —la voz de Diana sonó débil desde la cama.
Enrique saltó, apagando la pantalla.
—Nada, ma. Es… es la alarma.
Diana se sentó con dificultad. Se veía peor que ayer. Sus labios estaban resecos y tenía ojeras moradas que parecían golpes.
—Suena mucho para ser una alarma —dijo ella, estirando la mano—. ¿Quién llama tan temprano?
Enrique dudó, pero sabía que no podía ocultarlo. Se sentó en la orilla de la cama y le mostró el teléfono.
—Mira.
Diana vio el video. Vio los números. Se llevó una mano a la boca, cubriéndose un grito ahogado.
—Virgen Santísima… Enrique, todo el mundo nos está viendo.
—Es bueno, ¿no? —dijo Enrique, tratando de sonar convencido—. Mira esto.
Abrió un enlace que alguien le había mandado por Messenger. Era una página de Donadora (crowdfunding). Título: “Ayudemos a Enrique y a su mamá Diana”.
La barra de progreso estaba en verde.
Recaudado: $22,500 pesos.
Meta: $1,500,000 pesos.
Diana miró la cifra. Veintidós mil pesos. Era más dinero del que habían visto junto en años.
—La gente es buena… —susurró Diana, con los ojos llenos de lágrimas—. La gente es muy buena, hijo.
—Sí, ma.
Pero la mente de Enrique, entrenada en la supervivencia, hizo los cálculos fríos y rápidos.
Veintidós mil pesos era increíble. Pagaba la renta de seis meses. Pagaba comida. Pero faltaban un millón cuatrocientos setenta y siete mil quinientos pesos.
Y faltaban 19 días.
Al ritmo que iba la colecta, necesitarían dos años para juntar el dinero de la operación. Y Diana no tenía dos años. Tenía semanas.
—No es suficiente —pensó Enrique, sintiendo un peso de plomo en el estómago—. Necesito el premio. Necesito ganar.
La escuela primaria “Héroes de la Revolución” era un edificio de ladrillo pintado de amarillo institucional, con canchas de básquetbol de cemento agrietado y bebederos que casi nunca tenían agua.
Normalmente, Enrique era invisible ahí. Era “el niño callado del 5º B”. El que no llevaba lunch. El que usaba el uniforme del año pasado que le quedaba corto. Los bravucones a veces lo empujaban en el recreo, pero la mayoría del tiempo, simplemente lo ignoraban.
Hoy no.
En cuanto cruzó el portón oxidado, sintió las miradas. Eran miradas pesadas, pegajosas. Un grupo de niñas de sexto grado cuchicheaba y lo señalaba. El conserje, Don Beto, que siempre le gritaba por correr en los pasillos, le sonrió y le levantó el pulgar.
—¡Ese es! ¡El del video! —gritó alguien.
Antes de que pudiera llegar a su salón, estaba rodeado.
—¡Oye, Enrique! ¿Es cierto que Nico Valdés te dio su número?
—¡Kike! ¡Una selfie, porfa! Mi mamá te ama.
—¿A poco sí juntaste cinco mil pesos? Invita las papas, ¿no?
Enrique apretó su mochila contra el pecho. Se sentía como un animal de zoológico. Esos mismos niños, el Kevin y el Brayan, que le habían robado su torta la semana pasada, ahora le daban palmadas en la espalda como si fueran sus mejores amigos de toda la vida.
—Déjenme pasar —murmuró Enrique, bajando la cabeza.
—Ay, ya se le subió —dijo una niña con tono burlón—. Ya se cree artista.
Entró a su salón. La maestra Lupita, que usualmente lo regañaba por no traer los materiales completos, estaba en su escritorio. Al verlo, se levantó con una sonrisa exagerada.
—¡Enrique! —exclamó, aplaudiendo—. Clase, démosle un aplauso a su compañero. Es un orgullo para la escuela.
Los niños aplaudieron. Enrique caminó hacia su pupitre al fondo del salón, sintiendo la cara arder.
—Enrique, el director quiere verte en el recreo —añadió la maestra—. Quiere tomarse una foto contigo para el Facebook de la escuela.
Hipocresía. Esa era la palabra. Enrique la había aprendido leyendo el diccionario en la biblioteca pública. Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.
El mundo estaba lleno de hipócritas. Cuando era pobre y anónimo, era un estorbo. Ahora que era viral, era un “orgullo”. Pero nadie le preguntó si su mamá había amanecido con fiebre. Nadie le preguntó si tenía miedo. Solo querían la foto. Solo querían un pedazo de su fama prestada.
A la hora del recreo, se escondió detrás de las gradas de la cancha de fútbol, su lugar seguro. Sacó una torta de frijoles fría que se había preparado en la mañana.
—Provecho.
Enrique saltó del susto.
Frente a él, parado con las manos en los bolsillos de un pantalón de vestir gris impecable, estaba un niño que definitivamente no iba a esa escuela.
Llevaba el uniforme de un colegio privado: suéter azul marino con escudo bordado, zapatos boleados y un corte de cabello que costaba más que la despensa de Enrique de un mes.
Era Julián Harper. El hijo de Victoria.
Enrique se puso de pie de un salto, tirando su torta. Se puso en guardia, con los puños cerrados.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Enrique a la defensiva.
Julián alzó las manos en señal de paz.
—Tranquilo. No vengo a pelear.
—¿Te mandó tu mamá? ¿Viene a tirarme otra cosa al lodo?
Julián hizo una mueca de dolor. Bajó la mirada.
—No. Mi mamá no sabe que estoy aquí. Me escapé de mi chofer. Me está esperando en la esquina pensando que fui a comprar un jugo.
—¿Entonces?
Julián miró alrededor, asegurándose de que nadie los escuchara. Los gritos de los niños jugando fútbol se oían lejanos.
—Vine a advertirte —dijo Julián.
—¿Advertirme de qué?
—De mi mamá. —Julián se acercó un paso—. Está furiosa, Enrique. El video… la están haciendo pedazos en redes sociales. Hay un hashtag pidiendo su renuncia. Dice que tú la humillaste.
—Ella se humilló sola —respondió Enrique con frialdad.
—Lo sé —Julián asintió, sorprendiendo a Enrique—. Sé que ella es… difícil. Pero por eso es peligrosa. La escuché hablando por teléfono con sus abogados hoy en la mañana.
Enrique sintió un frío en la espalda.
—¿Abogados?
—Están buscando algo para sacarte. Lo que sea. Están revisando tus antecedentes, los de tu mamá, todo. Dijo algo de “elegibilidad”. Dijo que no iba a permitir que un “mocoso viral” le ganara a su hijo.
—Yo no te quiero ganar a ti —dijo Enrique—. Solo quiero el dinero.
—Y yo no quiero ganar así —respondió Julián, y por primera vez, Enrique vio honestidad en sus ojos. Julián parecía cansado, presionado, como si cargar con las expectativas de Victoria Harper fuera tan pesado como la caja de monedas de Enrique—. Mira, yo canto porque me gusta, pero ella… para ella es una guerra. Solo ten cuidado, ¿va? Revisa tu correo. Revisa todo. No le des ninguna excusa.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó Enrique, confundido. Eran rivales. Eran de mundos opuestos.
Julián se encogió de hombros y sonrió tristemente.
—Porque tu audición fue increíble, güey. En serio. Tienes algo que… que yo no tengo. Y no sería justo que te sacaran por una trampa de escritorio.
Julián se dio la vuelta para irse, pero se detuvo.
—Ah, y… suerte en la final. Vas a necesitarla.
El niño rico saltó la barda baja de la escuela con una agilidad sorprendente y desapareció hacia la calle donde lo esperaba su chofer y su vida de jaula de oro.
Enrique se quedó solo detrás de las gradas. Recogió su torta del suelo, le sopló el polvo y le dio una mordida. Sabía a tierra y a miedo.
El golpe llegó dos días después.
Era viernes. El día de la Gran Final.
Faltaban seis horas para el evento. Enrique estaba en su casa, tratando de planchar su camisa blanca (la única que tenía) sobre la mesa de la cocina. Su mamá estaba sentada en la silla, trenzándose el poco cabello que le quedaba, tratando de verse bonita para la noche de su hijo.
—Te ves guapo, mijo —dijo ella, sonriendo débilmente.
—Tú también, ma.
El celular de Diana vibró sobre la mesa. No fue el zumbido constante de las notificaciones de redes sociales. Fue un zumbido seco. Un correo electrónico.
Enrique sintió una punzada en el estómago. Recordó las palabras de Julián: “Revisa tu correo”.
Dejó la plancha y tomó el teléfono.
La pantalla mostraba un ícono de sobre rojo.
Remitente: Dirección Legal – Concurso Nacional de Talento.
Asunto: URGENTE – NOTIFICACIÓN DE ELEGIBILIDAD E INFRACCIÓN.
Las manos de Enrique empezaron a temblar. Abrió el correo.
Estimado Sr. Beltrán:
Por medio de la presente se le notifica que, tras una revisión exhaustiva de antecedentes requerida para todos los finalistas, hemos detectado una violación grave al reglamento del concurso (Sección 12, inciso 4: Derechos de Propiedad Intelectual).
Se ha localizado un canal de la plataforma YouTube bajo el nombre “KikeCanta88”, propiedad del participante, el cual contiene 42 videos de interpretaciones de obras musicales protegidas por derechos de autor (covers), sin la debida licencia de sincronización ni pago de regalías.
El uso no autorizado de material protegido constituye una violación a la Ley Federal del Derecho de Autor y contraviene los estatutos de honorabilidad del certamen.
Por lo tanto, se solicita que presente la documentación notariada que acredite la posesión de dichas licencias antes de la 1:00 PM del día de hoy. En caso de no presentar dicha documentación, su participación en la Gran Final será cancelada automáticamente y se procederá a su descalificación permanente.
Atentamente,
Lic. Roberto Orozco.
Departamento Jurídico.
Cc: Victoria Harper, Directora del Programa.
Enrique leyó el correo tres veces. Las letras bailaban frente a sus ojos.
1:00 PM.
Miró el reloj de la pared.
11:15 AM.
Tenía menos de dos horas.
—¿Qué pasa, Enrique? —preguntó Diana, notando su palidez.
Enrique sintió que le faltaba el aire.
—Es… es un correo. Dicen que me van a descalificar.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por mi canal de YouTube. El viejo. El que hice cuando tenía ocho años. —Enrique sentía ganas de vomitar—. Dicen que canté canciones famosas sin permiso. Que violé los derechos de autor.
—Pero… pero eras un niño —dijo Diana, levantándose con esfuerzo, apoyándose en la mesa—. Esos videos los grabamos aquí, en la cocina. Nadie los ve. No ganamos dinero con eso.
—Dicen que necesito licencias notariadas. Ma… eso cuesta miles de dólares. Y tardan semanas.
Enrique dejó caer el teléfono.
Era una trampa. Una trampa perfecta, fría y burocrática. Victoria Harper no necesitaba ensuciarse las manos tirando papeles al lodo esta vez. Usaba leyes, usaba abogados, usaba palabras que un niño de diez años no podía combatir.
Diana tomó el teléfono y leyó el correo. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae.
—Maldita sea… —susurró Diana, y luego, con una furia que Enrique no le conocía, gritó—: ¡Maldita sea! ¡No pueden hacerte esto!
—Se acabó —dijo Enrique, sentándose en el suelo, derrotado. Se agarró la cabeza—. Julián me lo advirtió. Ella buscó hasta encontrar algo. Me van a sacar, ma. No voy a ganar el dinero.
El silencio que siguió fue aterrador. El ploc… ploc… de la gotera sonaba como martillazos en un ataúd.
Diana se dejó caer en la silla, cubriéndose la cara con las manos, sollozando. Era el sonido de la esperanza rompiéndose.
Enrique miró sus muñecas.
PROTEGE.
A MAMÁ.
La tinta negra estaba un poco borrosa por el sudor y los días, pero seguía ahí.
Protege.
No podía rendirse. No así. No por un papel. No por una vieja rica que lo odiaba.
Enrique se puso de pie. Se secó las lágrimas con brusquedad. La tristeza se convirtió en algo más útil: rabia. Rabia pura, incandescente, mexicana. Esa rabia que te hace levantar piedras cuando ya no tienes fuerzas.
—No —dijo Enrique.
Diana levantó la vista.
—Enrique…
—No se acabó. —Enrique agarró su sudadera, aunque hacía calor. Se sentía desnudo sin ella—. No voy a dejar que me ganen con un correo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Diana asustada—. Hijo, no vayas a hacer una locura.
—Voy a buscar a Nico.
—¿A Nicolás? —Diana se tensó—. No, Enrique. No vayas con él.
—Es el único que puede ayudarme. Él es el jefe, ¿no? O algo así. Él me defendió la otra vez.
—Enrique, por favor…
—Ma, si no voy, te mueres. —Las palabras salieron duras, crueles, pero verdaderas—. Si me descalifican, no hay dinero. Si no hay dinero, no hay operación. Voy a ir.
—¡Enrique!
Pero Enrique ya estaba abriendo la puerta.
—Regreso antes de la una. Ten fe, ma.
Salió corriendo del departamento, bajando las escaleras de tres en tres, casi tropezando, casi cayendo, pero sin detenerse.
Salió a la calle. El sol de mediodía caía a plomo sobre la Ciudad de México, evaporando los charcos y creando una bruma húmeda y asfixiante.
Enrique no tenía dinero para un taxi. Apenas tenía para el metro.
Corrió hacia la estación Iztacalco. Saltó los torniquetes porque no tenía tarjeta recargada y el policía de la entrada estaba distraído con su celular. Corrió por los andenes.
El Centro Cultural estaba en el sur. Tenía que cruzar media ciudad.
Se subió al vagón naranja, empujando gente, ignorando los insultos.
“¡Fíjate, escuincle!”
“¡Ora, no empujen!”
Enrique miraba su reloj de pulsera barato.
11:45 AM.
El metro avanzaba lento. Se paró entre estaciones. El túnel oscuro, el calor, el olor a sudor.
—Avanza, avanza, por favor —suplicaba Enrique, golpeando su pierna con el puño.
Finalmente, el tren llegó a la estación Barranca del Muerto. Enrique salió disparado. Todavía tenía que correr dos kilómetros.
Sus pulmones ardían. Sus piernas, débiles por la mala alimentación de las últimas semanas, le gritaban que parara. Pero la imagen de su madre llorando en la cocina era gasolina pura.
Llegó al Centro Cultural a las 12:20 PM.
Estaba bañado en sudor, rojo, jadeando como un animal perseguido.
El guardia de seguridad de la entrada, un hombre gordo con uniforme azul, le bloqueó el paso.
—¡Hey, hey! ¿A dónde vas, niño? No puedes entrar así.
—Soy… soy concursante —jadeó Enrique, tratando de sacar aire—. Necesito ver… al señor Valdés.
—¿El señor Valdés? —El guardia se rió—. Uy, sí. Y yo necesito ver a Thalía. Vete a jugar a otro lado.
—¡Es en serio! —gritó Enrique—. ¡Soy Enrique Beltrán! ¡El del video!
El guardia lo miró mejor. Entrecerró los ojos.
—Ah, chirrión. Sí te pareces. El de las monedas.
—Por favor. Es de vida o muerte. Me quieren descalificar.
El guardia dudó. Vio la desesperación en los ojos del niño. Era padre también. Tenía un hijo de la edad de Enrique.
—Pásale, pues. Pero rápido. Están en las oficinas administrativas, segundo piso. Si te preguntan, te metiste por el estacionamiento.
—¡Gracias!
Enrique corrió hacia los elevadores. Estaban ocupados. Corrió a las escaleras. Subió los dos pisos volando.
Llegó al pasillo de administración. Era un lugar silencioso, con alfombras gruesas y cuadros abstractos en las paredes. Al final del pasillo, vio una puerta abierta. Se escuchaban voces.
Reconoció la voz de Victoria. Sonaba engreída.
—…ya está hecho, Roberto. El correo se envió. A la una en punto sacamos el comunicado oficial de su descalificación. Una lástima, pero las reglas son las reglas.
Y luego, otra voz. Una voz que Enrique conocía.
—¿No te parece un poco bajo, incluso para ti, Victoria?
Era Nico.
Enrique corrió hacia la puerta y entró sin tocar, frenando en seco sobre la alfombra.
La escena se congeló.
Victoria estaba sentada en su escritorio, con una copa de agua mineral en la mano. Nico estaba de pie, mirando por la ventana, dándole la espalda a la puerta.
Al escuchar el ruido, ambos voltearon.
Vieron a Enrique. Sudado, sucio, con la camisa blanca arrugada y los tenis desatados. Parecía un pequeño huracán que acababa de entrar en un quirófano estéril.
—Enrique… —dijo Nico. Su voz tenía una mezcla de sorpresa y algo más. Alivio, tal vez.
—Tú no puedes entrar aquí —dijo Victoria, poniéndose de pie indignada—. ¡Seguridad!
Enrique ignoró a Victoria. Caminó directamente hacia Nico.
Sacó su celular y le mostró el correo.
—Me mandaron esto —dijo Enrique, respirando con dificultad. Le temblaba la mano—. Dicen que por mi canal viejo… dicen que me van a sacar a la una.
Nico tomó el teléfono. Leyó el correo rápidamente. Su mandíbula se tensó tanto que pareció que se le iba a romper un diente. La vena de su cuello saltó.
Levantó la vista y miró a Victoria. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad y furia.
—¿Esto es lo que estabas haciendo? —preguntó Nico, con una voz peligrosamente baja—. ¿Desenterrar un canal de un niño de ocho años para aplicarle la Ley Federal de Derechos de Autor?
Victoria no retrocedió. Se cruzó de brazos.
—Está en el reglamento, Nicolás. “Cualquier uso no autorizado de material…”
—¡Es un niño cantando en su cocina! —gritó Nico, golpeando el escritorio con el puño. El sonido fue como un disparo—. ¡Eso es Fair Use! ¡Es uso educativo y no comercial! ¡Cualquier abogado de primer semestre te lo diría!
—El reglamento es estricto. No podemos arriesgarnos a una demanda de las disqueras…
—¡Yo soy la disquera! —rugió Nico—. ¡Yo represento a la mitad de los artistas que cantó este niño! ¿Crees que lo voy a demandar?
Nico se acercó a Victoria. Invadió su espacio personal. Era alto, intimidante.
—Escúchame bien, Victoria. Sabía que eras ambiciosa. Sabía que eras fría. Pero no sabía que eras un monstruo.
—Cuidado con tus palabras, Nicolás —advirtió ella, aunque su voz tembló ligeramente—. Tengo influencias en el consejo directivo.
—¿Influencias? —Nico soltó una risa seca y amarga—. Victoria, tú tienes influencias. Yo tengo poder. Y tengo prensa.
Nico sacó su propio teléfono.
—Mira la hora. Son las 12:30. Tienes treinta minutos.
—¿Para qué?
—Para retirar esa descalificación. Para enviarle un correo de disculpa. Y para asegurarte de que este niño suba al escenario esta noche.
—¿O qué? —retó Victoria.
—O voy a convocar a una rueda de prensa ahorita mismo en el lobby —dijo Nico, con una calma que daba más miedo que sus gritos—. Y les voy a contar a todos lo que hiciste. Les voy a mostrar este correo. Y no solo eso. Voy a hablar de Julián.
Victoria se puso pálida.
—No te atreverías. Es un niño.
—Exacto. Es un niño. Igual que Enrique. —Nico sacó una carpeta que tenía bajo el brazo y la tiró sobre el escritorio—. Tengo aquí el reporte de la audición de tu hijo. Julián usó una pista descargada ilegalmente de un sitio ruso para su presentación. Sin licencia. Sin pago de regalías.
Enrique abrió los ojos como platos. Julián tenía razón. Todos tenían cola que les pisaran.
—Si descalificas a Enrique por derechos de autor —continuó Nico—, tienes que descalificar a Julián también. Ahora mismo. Y créeme, lo haré público. “Directora del concurso descalificada por corrupción y nepotismo”. Bonito titular, ¿no?
Victoria miró la carpeta. Miró a Nico. Miró a Enrique.
Sabía que había perdido. Nico estaba dispuesto a quemar el concurso entero con tal de salvar al niño.
Se sentó lentamente en su silla. Odiaba perder. Pero odiaba más el escándalo.
—Está bien —dijo entre dientes—. Fue… un error administrativo. El sistema automático envió el correo.
—Arrêglalo. —Nico señaló la computadora—. Ahora. Quiero ver cómo lo borras.
Victoria tecleó con furia. Unos segundos después, la impresora zumbó.
—Listo. —Le entregó un papel a Enrique—. Estás reinstaurado.
Enrique tomó el papel. Sentía que las piernas se le doblaban.
—Gracias —le dijo a Nico.
Nico no sonrió. Lo tomó del hombro. Su mano era grande, cálida y pesada.
—Vámonos de aquí, Enrique. Tienes una prueba de sonido.
Salieron de la oficina, dejando a Victoria humillada y sola en su torre de marfil.
En el pasillo, lejos de oídos indiscretos, Nico se detuvo y se agachó para quedar a la altura de Enrique.
—¿Estás bien? —le preguntó, buscándole la mirada.
—Sí… solo… tenía miedo.
—Está bien tener miedo. —Nico le acomodó el cuello de la camisa arrugada—. Pero nunca dejes que te vean temblar.
—¿Por qué me ayuda tanto? —preguntó Enrique otra vez. La pregunta que lo atormentaba—. Usted no me conoce.
Nico lo miró. Por un segundo, pareció que iba a decirlo. Pareció que iba a soltar la verdad ahí mismo, en el pasillo del segundo piso. Porque eres mi hijo. Porque te abandoné. Porque cada vez que te veo, veo a la mujer que amé y destruí.
Pero no lo dijo. No era el momento. Enrique tenía que concentrarse en cantar. No podía cargar con el trauma de un padre ausente cinco horas antes de la final.
—Porque nadie debería pelear solo contra gigantes —dijo Nico simplemente—. Y porque quiero escucharte cantar esta noche. De verdad quiero escucharte.
El celular de Enrique vibró. Era un mensaje de su mamá.
Mamá: ¿Estás bien? Estoy rezando.
Enrique sonrió.
—Tengo que avisarle a mi mamá.
—Avísale —dijo Nico, poniéndose de pie—. Y dile… dile que todo va a estar bien.
Enrique asintió y corrió hacia el elevador.
Nico se quedó solo en el pasillo. Sacó su cartera. Dentro, escondida detrás de sus tarjetas de crédito, había una foto vieja, de esas de cabina, doblada y desgastada. Eran él y Diana, jóvenes, riendo, besándose.
—Perdóname, Diana —susurró al silencio—. Te juro que lo voy a arreglar.
Faltaban cinco horas para la final. El escenario estaba listo. La trampa había fallado. Pero la verdadera prueba, la prueba de la verdad bajo los reflectores, apenas iba a comenzar.
CAPÍTULO 4: SANGRE, LUCES Y VERDAD
El reloj digital en el camerino marcaba las 5:45 PM.
El aire olía a laca barata, a sudor nervioso y a esa electricidad estática que precede a las tormentas. Pero no era una tormenta de lluvia como las de los días anteriores; era una tormenta de gritos, aplausos y destinos a punto de cambiar.
Enrique estaba parado frente a un espejo de cuerpo entero con luces alrededor, de esas que te hacen ver cada defecto de la piel. Llevaba puesto un traje que no era suyo. Era prestado. Doña Chole, la vecina, se lo había conseguido con su sobrino que iba en la secundaria y ya había dado el estirón. Le quedaba un poco grande de los hombros y las mangas le cubrían la mitad de las manos, pero estaba limpio y planchado con un amor casi quirúrgico.
—Te ves… te ves como un príncipe, mijo —dijo Diana.
Estaba sentada en una silla plegable de metal, en una esquina del camerino compartido. Se veía pálida bajo la luz fluorescente, casi translúcida. Había hecho un esfuerzo sobrehumano para estar ahí. Se había puesto su mejor vestido (uno floreado que usaba para las bodas hace diez años) y se había maquillado para ocultar las ojeras moradas que el cáncer le pintaba cada mañana.
Enrique se miró las manos. Debajo de las mangas largas del saco prestado, las cintas adhesivas seguían ahí.
PROTEGE A MAMÁ.
Ya estaban sucias en los bordes, deshilachadas, pero se sentían como grilletes de acero. Le recordaban que esto no era un juego. No era por la fama. No era por los likes en Facebook. Era por la sangre.
—Tengo ganas de vomitar —confesó Enrique.
Diana se levantó despacio, cuidando cada movimiento como si su cuerpo fuera de cristal a punto de romperse. Se acercó y le acomodó el corbatín de clip.
—Es normal. Se llama miedo escénico. Hasta Vicente Fernández lo sentía.
—No es el escenario, ma. Es… ¿y si fallo? ¿Y si se me olvida la letra? ¿Y si Victoria tiene razón y solo soy un niño de la calle jugando a ser artista?
Diana lo tomó de la cara con ambas manos. Sus palmas estaban frías.
—Escúchame, Enrique Beltrán. Tú no eres un niño de la calle. Eres mi hijo. Y tienes algo que ninguno de esos niños ricos tiene. Tienes corazón. Ellos cantan con la garganta; tú cantas con las tripas. Eso no se compra. Eso se sufre. Y tú ya sufriste demasiado. Hoy te toca ganar.
Alguien tocó la puerta.
—¡Cinco minutos para empezar! —gritó un asistente de producción—. ¡Todos a sus lugares!
Enrique respiró hondo. El aire frío del aire acondicionado le llenó los pulmones.
—Vamos —dijo.
Salieron al pasillo. Era un caos controlado. Camarógrafos corriendo con cables, maquillistas retocando narices brillantes, padres histéricos dando últimas instrucciones.
Enrique vio a Julián Harper a lo lejos. Estaba rodeado por un séquito: una peinadora, un vocal coach que le hacía masajes en el cuello y, por supuesto, Victoria. Ella estaba vestida de gala, con un vestido rojo sangre que gritaba poder. Le estaba diciendo algo a Julián al oído, con gesto duro, señalándole el escenario con un dedo acusador. Julián se veía miserable.
Cuando Julián vio a Enrique, asintió levemente con la cabeza. Un saludo de prisionero a prisionero. Suerte, carnal.
Enrique siguió caminando hacia la zona de piernas del escenario (el área lateral oculta al público). Y entonces, los vio.
En la primera fila de la sección general, justo detrás de la valla de seguridad, había una mancha blanca.
No eran personas ricas. No llevaban trajes de diseñador.
Eran sus vecinos.
Estaba Doña Lupe, la de los tamales, con una pancarta hecha de cartulina fluorescente que decía: “KIKE, IZTAPALAPA ESTÁ CONTIGO”. Estaba el señor de la ferretería, Don Pepe. Estaba la maestra Lupita de la escuela. Estaba el Brayan y el Kevin, que habían dejado de ser sus bullies para ser sus fans.
Habían rentado un microbús. Se habían cooperado entre todos para la gasolina y los boletos de la zona barata.
—¡Ahí está! —gritó Doña Lupe, señalando hacia donde Enrique se asomaba.
El grupo estalló en gritos.
—¡Venga, Kike! ¡Rífate!
—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!
Enrique sintió un nudo en la garganta, pero este no era de miedo. Era de gratitud. No estaba solo. Nunca había estado solo.
—Bienvenidos a la Gran Final de Voces de México —la voz del presentador retumbó en las bocinas gigantes, haciendo vibrar el piso—. Esta noche, una vida cambiará para siempre. ¡Dos millones de pesos y un contrato discográfico están en juego!
Las luces se apagaron. El show comenzó.
Los primeros cuatro concursantes pasaron como en un sueño borroso. Una niña de Monterrey que cantó ópera (impresionante, pero fría). Un niño de Guadalajara con traje de charro (muy carismático, pero desafinó en el falsete).
Y luego, Julián.
—Con ustedes… ¡Julián Harper!
El hijo de la dueña salió al escenario. Caminaba con una seguridad ensayada. La pista musical arrancó: una balada pop moderna, compleja, llena de cambios de ritmo.
Julián cantó perfecto. No había otra palabra. Cada nota estaba en su lugar, cada respiración medida, cada movimiento de mano calculado milimétricamente. Era como ver a un robot de alta tecnología diseñado para cantar.
La gente aplaudió. Fue un aplauso fuerte, respetuoso. Pero no hubo lágrimas. No hubo piel de gallina.
Los jueces dieron sus calificaciones.
Juez 1: 9.5
Juez 2: 9.6
Nico Valdés: 9.0
Victoria Harper (que por reglamento no podía votar por su hijo, pero cuya presencia pesaba): Sonrió orgullosa.
Promedio de Julián: 9.36. Una calificación altísima. Difícil de vencer.
—Y ahora… —el presentador hizo una pausa dramática—. El concursante que ha conmocionado a las redes sociales. El niño que nos enseñó el valor de cada moneda. ¡Enrique Beltrán!
El aplauso fue distinto esta vez. No fue educado. Fue visceral. La “porra” de Iztapalapa gritó como si estuvieran en el Estadio Azteca. El resto del público se inclinó hacia adelante en sus butacas.
Enrique salió.
Las luces lo cegaron por un instante. Eran blancas, calientes, inquisidoras. Parpadeó, buscando su marca en el piso (una cruz de cinta azul). Se paró frente al micrófono. Le quedaba un poco alto. Tuvo que ajustarlo, y el tornillo rechinó, provocando una risa nerviosa en la audiencia.
Victoria, desde la mesa de jueces, rodó los ojos y anotó algo en su libreta. Probablemente: “Torpe. Sin presencia”.
Nico, sentado en el extremo opuesto de la mesa, se inclinó hacia adelante. Se quitó los lentes oscuros. Miró a Enrique a los ojos y asintió una sola vez. Tú puedes.
La música empezó.
No era una pista pop. No era reggaetón.
Era un piano solo. Lento. Melancólico.
Enrique cerró los ojos. Se olvidó de los dos millones. Se olvidó de las cámaras de TV Azteca. Se olvidó de Victoria.
Pensó en la noche que su mamá tosió sangre por primera vez. Pensó en el frío de la lluvia. Pensó en el hambre. Pensó en la soledad de no tener papá.
Abrió la boca y cantó.
La canción era una adaptación al español de “Stand Up”, pero Enrique la había hecho suya.
“He estado caminando… con la cara contra el viento…”
Su voz empezó suave, rasposa, como un susurro cargado de arena. Pero luego subió.
“Me dijeron que me rindiera… que mi lugar estaba en el suelo…”
En el coro, la voz de Enrique explotó. No era la voz de un niño. Era un cañón. Era un lamento ancestral.
“¡Pero hoy me levanto! ¡Hoy me pongo de pie! ¡Por los que amo, por los que perdí! ¡Nadie me va a callar otra vez!”
En las notas altas, Enrique hizo eso que hacía siempre. Frunció el ceño. Sus cejas se juntaron en una V profunda de esfuerzo y dolor. Inclinó la cabeza hacia la izquierda, cerrando los ojos con fuerza, como si estuviera sacando la nota desde la médula de sus huesos.
En la mesa de jueces, a Nico se le cayó la pluma de la mano.
Se quedó helado.
Ese gesto. Ese maldito gesto.
Nico se vio a sí mismo hace veinte años, en un bar de mala muerte, cantando por primera vez sus propias canciones, frunciendo el ceño de la misma manera, inclinando la cabeza de la misma manera.
Era su sangre. No había duda, ni prueba de ADN necesaria. La música no miente. La genética del alma no miente.
Enrique llegó al final de la canción. La música paró, pero él sostuvo la última nota a capela. Un grito de batalla sostenido, limpio, poderoso, que llenó cada rincón del auditorio y se metió bajo la piel de las tres mil personas presentes.
Cortó la nota.
Silencio.
Un segundo. Dos segundos.
Y luego, el auditorio se vino abajo.
La gente se puso de pie de un salto. No aplaudían; rugían. Doña Lupe estaba llorando abiertamente, abrazada a Don Pepe. En el camerino, viendo por el monitor, los maquillistas dejaron de trabajar para mirar.
Enrique abrió los ojos, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando. Estaba empapado en sudor.
Miró a su mamá, que estaba en una silla especial al costado del escenario. Diana lloraba, con las manos cubriéndose la boca, asintiendo. Sí, mijo. Sí.
El presentador tuvo que esperar dos minutos a que el ruido bajara.
—¡Increíble! ¡Simplemente increíble! Jueces, sus calificaciones.
Juez 1 (una cantante pop famosa): Se limpió una lágrima. —No tengo palabras. Tienes un don, niño. Un don de Dios. 10.
El público gritó.
Juez 2 (un productor de radio): —Técnicamente tuviste dos fallas de respiración. Pero emocionalmente… nos destruiste. 9.8.
El promedio iba altísimo.
Le tocaba a Victoria Harper.
El auditorio se quedó en silencio. Victoria miró a Enrique. Sus ojos eran fríos, calculadores. Sabía que si Enrique ganaba, ella perdía. Perdía el control. Perdía el orgullo. Y su hijo perdía.
Levantó su paleta lentamente.
7.5
El abucheo fue instantáneo y ensordecedor.
—¡Fuera! ¡Ratera! ¡Envidiosa!
—¡Sáquenla!
Victoria tomó el micrófono, inmutable.
—El concurso busca técnica, no lástima. El niño desafinó en el segundo verso. Carece de control. Mi calificación es objetiva.
El presentador se veía incómodo.
—Bien… es una opinión respetable… aunque polémica. Falta un juez. Nicolás Valdés.
Todas las miradas se volvieron hacia Nico.
Si Nico le daba menos de 9.5, Enrique perdía contra Julián por décimas. Si le daba más…
Nico no levantó su paleta de inmediato. Tomó el micrófono. Su mano temblaba ligeramente, algo que nadie había visto nunca en el “Rey Midas”.
—Llevo veinte años en esta industria —dijo Nico. Su voz sonaba ronca—. He visto a los mejores. He producido a leyendas. Y he aprendido una cosa: la técnica se aprende. Puedes contratar maestros. Puedes comprar afinadores.
Miró a Victoria de reojo, con desprecio. Luego miró a Enrique.
—Pero la verdad… la verdad no se compra. La verdad se vive. Y tú, Enrique… tú eres la verdad más pura que he escuchado en mi vida.
Nico levantó su paleta.
No tenía número.
Había escrito con plumón negro, sobre el plástico blanco, un símbolo de infinito ∞. Pero como el reglamento exigía un número, giró la paleta y mostró el reverso, donde había escrito a mano:
10
—¡DIEZ! —gritó el presentador—. ¡CALIFICACIÓN PERFECTA DE NICO VALDÉS!
La pantalla gigante detrás del escenario hizo los cálculos a la velocidad de la luz. El 7.5 de Victoria pesaba, pero los dieces de los otros lo compensaban.
PROMEDIO FINAL: 9.65
Julián tenía 9.36.
—¡DAMAS Y CABALLEROS! —bramó el presentador—. ¡TENEMOS UN GANADOR! ¡EL NUEVO ÍDOLO DE MÉXICO ES… ENRIQUE BELTRÁN!
Lluvia de confeti dorado. Pirotecnia fría. Música triunfal.
Enrique sintió que las piernas se le volvían de gelatina. Cayó de rodillas en el escenario. No podía creerlo.
La gente de Iztapalapa saltó la valla de seguridad (los guardias ni intentaron detenerlos) y corrieron a abrazarlo. Doña Lupe lo levantó en brazos como si fuera un bebé. Su mamá llegó cojeando y se unió al abrazo.
—¡Lo logramos, ma! —gritó Enrique, llorando sobre el hombro de Diana—. ¡Te vas a curar! ¡Te vas a curar!
Le entregaron el cheque gigante. Un cartón enorme impreso: PÁGUESE A LA ORDEN DE: ENRIQUE BELTRÁN. CANTIDAD: $2,000,000.00 M.N.
Era la foto perfecta. El niño pobre, la madre enferma, el triunfo del espíritu. México amaba esas historias.
Pero la verdadera historia apenas iba a comenzar tras bambalinas.
Una hora después, el auditorio estaba casi vacío. Los conserjes barrían el confeti.
Enrique, Diana y un pequeño grupo de “seguridad” improvisado (sus vecinos) caminaban hacia la salida trasera. Enrique llevaba el cheque gigante bajo el brazo, incómodo pero valioso.
—Enrique, espera.
La voz los detuvo en el pasillo de carga.
Era Nico.
Estaba solo. Se había quitado la chamarra de cuero y llevaba solo una camiseta negra. Se veía agotado, como si hubiera envejecido diez años en dos horas.
Diana se tensó. Apretó la mano de Enrique.
—Vámonos, Enrique. No te detengas —susurró ella.
—Solo quiero hablar —dijo Nico, acercándose. No con arrogancia, sino con humildad. Con las manos en alto—. Por favor. Cinco minutos.
—No tenemos nada que hablar contigo, Nicolás —dijo Diana, con una voz afilada como vidrio roto—. Ya hiciste tu buena obra del día. Ya nos diste el diez. Gracias. Adiós.
—Diana, por favor. Sé que no tengo derecho, pero… él tiene que saberlo.
Enrique miró a su mamá, luego a Nico. La tensión entre ellos era palpable. Era como un cable de alta tensión echando chispas.
—¿Saber qué? —preguntó Enrique.
—Vete al coche con Doña Lupe, mijo —ordenó Diana—. Yo hablo con el señor.
—No —dijo Enrique. Se soltó de la mano de su madre—. Ya no soy un bebé, ma. Acabo de ganar dos millones de pesos. Tengo derecho a saber. ¿Qué pasa?
Nico miró al niño. Miró las cintas en sus muñecas que asomaban bajo el saco prestado. Protege a mamá.
—Enrique —dijo Nico, y se le quebró la voz—. ¿Te acuerdas que me preguntaste por qué te ayudé?
—Sí.
—Te ayudé… porque hace once años cometí el error más grande de mi vida.
Nico dio un paso adelante. Diana sollozó, cubriéndose la cara.
—Conocí a tu mamá. Nos enamoramos. Éramos jóvenes, locos. Y cuando ella me dijo que estaba embarazada… —Nico tragó saliva, sus ojos llenos de lágrimas—. Me dio miedo. Fui un cobarde. Un maldito cobarde. Pensé que un hijo iba a arruinar mi carrera. Pensé que yo no servía para ser papá. Y me fui. Huí a Miami.
Enrique sintió que el mundo se detenía. El cheque gigante se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.
—No… —susurró Enrique.
—Nunca supe de ti —continuó Nico, llorando abiertamente ahora—. Tu mamá nunca me buscó. Cambió su teléfono. Desapareció. Yo… yo me convencí a mí mismo de que no existías. O de que ella lo había… solucionado.
Nico se arrodilló frente a Enrique, quedando a su altura.
—Pero te vi cantar hoy. Te vi fruncir el ceño. Te vi pelear por ella. Y supe… supe que eres mi hijo.
El pasillo se quedó en silencio. Solo se escuchaba el zumbido de las lámparas.
Enrique miraba al hombre arrodillado frente a él. Al juez famoso. Al millonario. Al héroe que lo había salvado de Victoria.
Y de repente, el héroe se desmoronó. Solo quedó el villano.
La rabia subió por el pecho de Enrique como lava hirviendo. Más caliente que cuando Victoria lo humilló. Más caliente que el miedo al cáncer.
—¿Tú eres mi papá? —preguntó Enrique, con voz temblorosa.
—Sí, hijo. Soy yo.
—No me digas hijo —dijo Enrique.
—Enrique, perdóname. Sé que llegué tarde, pero quiero arreglarlo. Quiero ser parte de tu vida. Tengo dinero, tengo contactos. Puedo hacerte una estrella. Puedo…
—¿Dónde estabas? —lo interrumpió Enrique. No gritó. Lo dijo bajito, letal—. ¿Dónde estabas cuando nos corrieron del cuarto en la colonia Doctores porque no teníamos para la renta? ¿Dónde estabas cuando mi mamá lloraba en la noche porque le dolía el estómago y solo teníamos paracetamol? ¿Dónde estabas cuando tuve que vender mis juguetes para comprar comida?
—No sabía… Enrique, te juro que no sabía…
—¡Pudiste saber! —gritó Enrique, y las lágrimas explotaron de sus ojos—. ¡Si te importáramos, nos hubieras buscado! ¡Pero no te importamos! ¡Solo te importaba tu carrera! ¡Tus discos! ¡Tu fama!
—Era joven y estúpido…
—¡Yo tengo diez años! —gritó Enrique, golpeándose el pecho—. ¡Tengo diez años y soy el hombre de la casa! ¡Yo cuidé a mi mamá! ¡Yo trabajé! ¡Yo junté las monedas! ¿Y tú? Tú estabas en la tele.
Diana se acercó y abrazó a Enrique por la espalda, tratando de contenerlo.
—Ya, mi amor, ya…
—¡No, ma! —Enrique se zafó—. ¡Es injusto! Ahora que gané, ahora que soy famoso, ¿ahora sí quieres ser mi papá? ¿Ahora sí soy digno de ti?
—No es por la fama —suplicó Nico—. Es porque te vi. Te conocí.
—¡Pues yo no te quiero conocer! —Enrique retrocedió—. ¡No te necesito! ¡Tengo el cheque! ¡Tengo los dos millones! ¡Puedo pagar la operación yo solo! ¡No necesito tu dinero sucio!
Nico bajó la cabeza, derrotado. Las palabras del niño eran cuchillos, y cada una era merecida.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un sobre blanco.
Lo puso en el suelo, encima del cheque gigante que Enrique había tirado.
—Lo sé —dijo Nico suavemente—. Sé que me odias. Y tienes razón. No merezco ser tu papá. No merezco ni que me mires.
Se puso de pie, limpiándose las lágrimas.
—Ese sobre… no es dinero para ti. Es un recibo.
Enrique miró el sobre con desconfianza.
—¿De qué?
—Ayer fui al hospital —dijo Nico—. Hablé con el director. Pagué la cirugía de tu mamá. Pagué el tratamiento completo. Pagué la recuperación, las quimios, todo. Está cubierto al cien por ciento.
Enrique y Diana se quedaron paralizados.
—¿Qué? —susurró Diana.
—Los dos millones del premio… guárdalos, Enrique. Úsalos para la universidad. Para comprar una casa. Para lo que quieras. La salud de tu mamá… eso va por mi cuenta.
—¿Por qué? —preguntó Enrique, confundido, con la rabia mezclándose con la confusión—. Si te dije que no te quiero.
—Porque es lo único que puedo hacer —dijo Nico con una tristeza infinita—. No puedo comprar tu amor. No puedo borrar once años de abandono. Pero puedo asegurarme de que ella viva. Puedo asegurarme de que no te quedes solo.
Nico miró a Diana.
—Perdóname, Diana. Por todo.
Luego miró a Enrique.
—No voy a molestarlos. No voy a forzarte a nada. Si nunca me quieres volver a ver, lo acepto. Me voy a ir ahora.
Nico dio media vuelta y empezó a caminar por el pasillo largo y solitario. Sus pasos resonaban con un eco vacío.
Enrique miró el sobre en el suelo. Miró a su mamá, que lloraba en silencio. Miró el cheque de dos millones. Y miró la espalda del hombre que se alejaba.
Su corazón estaba dividido en dos. Una parte quería correr y abrazarlo, porque era su papá, porque todos los niños quieren un papá. La otra parte quería lanzarle una piedra, porque dolía demasiado.
—¡Espera! —gritó Enrique.
Nico se detuvo. Se giró lentamente, con una chispa de esperanza en los ojos.
Enrique corrió hacia él. Se detuvo a dos metros.
—Tú pagaste la operación —dijo Enrique.
—Sí.
—Gracias. —La palabra salió dura, seca—. Gracias por salvar a mi mamá.
—De nada, hijo.
—Pero… —Enrique levantó la barbilla, con esa dignidad que había forjado en las calles—. Eso no te hace mi papá. Eso te hace… un señor bueno que nos ayudó. Pero mi papá… mi papá no existe.
La esperanza en los ojos de Nico se apagó, pero asintió con comprensión.
—Entiendo.
—Si quieres… —Enrique dudó—. Si quieres, puedes ser mi manager. Me gusta como produces. Pero solo eso. Negocios.
Nico sonrió entre lágrimas. Una sonrisa rota pero genuina.
—Trato hecho. Manager. Solo negocios.
—Y una cosa más —dijo Enrique.
—¿Qué?
—La próxima vez que me digas “hijo”… te cobro multa.
Nico soltó una pequeña risa, un sonido que liberó un poco de la tensión.
—Entendido, señor Beltrán.
Enrique se dio la vuelta y regresó con su mamá. Diana lo abrazó tan fuerte que casi lo rompe.
—Estoy orgullosa de ti —le susurró ella—. Eres un hombre, Enrique. Un verdadero hombre.
Enrique recogió el cheque gigante. Recogió el sobre del hospital.
Salieron del edificio, hacia la noche lluviosa de la Ciudad de México. Pero esta vez, la lluvia no se sentía fría. Se sentía limpia. Se sentía como un bautizo.
Había ganado. Tenía el dinero. Su mamá iba a vivir. Y tenía un “manager” que tal vez, solo tal vez, con mucho tiempo y mucho trabajo, algún día podría llegar a ser un amigo.
Enrique miró sus muñecas.
PROTEGE A MAMÁ.
Se arrancó las cintas adhesivas con un tirón rápido. Dolio, arrancó unos vellitos, pero se sintió liberador.
Tiró las cintas a un bote de basura.
Misión cumplida.
CAPÍTULO 5: LA SALA DE ESPERA DEL DESTINO
El silencio después de la victoria es más ruidoso que los aplausos.
Enrique despertó al día siguiente, no por la alarma de su celular ni por las notificaciones de Facebook, sino por un rayo de sol que entraba por la ventana sin cortinas y le daba directo en la cara.
Por un segundo, sintió ese pánico matutino habitual: la opresión en el pecho de saber que no hay dinero para la renta, el miedo a escuchar a su mamá toser sangre. Pero luego giró la cabeza.
Ahí estaba.
Recargado contra la pared despintada, ocupando casi todo el espacio entre el refrigerador y la puerta del baño, estaba el Cheque Gigante.
$2,000,000.00 M.N.
Parecía un objeto alienígena en ese cuarto humilde. El cartón brillante contrastaba con el piso de cemento pulido y las cajas de plástico donde guardaban su ropa. Enrique se sentó en su colchón. Le dolía todo el cuerpo, como si el día anterior hubiera corrido un maratón o recibido una paliza. Era la “cruda” emocional.
—Buenos días, millonario —dijo una voz suave.
Diana estaba en la cocineta, calentando tortillas en el comal. Se veía cansada, pálida como la cera, pero sus ojos… sus ojos tenían una luz que Enrique no había visto en años. Era paz.
—Buenos días, ma. ¿Cómo te sientes?
—Mejor que nunca. —Diana sirvió dos huevos revueltos (con jamón, un lujo que habían comprado la noche anterior en la tienda de la esquina con un billete que les prestó Doña Lupe).
Enrique se levantó y fue a abrazarla. Hundió la cara en su hombro. Olía a jabón Zote y a esperanza.
—Ganamos, ma.
—Sí, mijo. Ganamos.
Pero la paz duró poco.
Un ruido extraño comenzó a filtrarse desde la calle. Primero fueron murmullos, luego gritos, y finalmente, alguien empezó a golpear el portón metálico de la vecindad.
—¡ENRIQUE! ¡ENRIQUE, UNA FOTO!
—¡SOMOS DE TV AZTECA! ¡QUEREMOS UNA ENTREVISTA EXCLUSIVA!
—¡AQUÍ EL PERIÓDICO METRO! ¡SÁCALO, DOÑA!
Enrique corrió a la pequeña ventana que daba a la calle. Se asomó con cuidado.
La banqueta estaba llena. Había camionetas con antenas satelitales estacionadas en doble fila, bloqueando el tráfico. Había fotógrafos trepados en los coches de los vecinos. Había gente curiosa con celulares en alto, transmitiendo en vivo.
—No manches… —susurró Enrique, retrocediendo—. Nos tienen rodeados.
—¿Qué hacemos? —preguntó Diana, asustada—. Tengo que ir al hospital a las doce para los análisis preoperatorios. No podemos salir así. Nos van a aplastar.
El teléfono de Enrique sonó. Número desconocido.
Dudó, pero contestó.
—¿Bueno?
—No te asomes a la ventana —dijo la voz de Nicolás Valdés. Sonaba clara, profesional, sin el sentimentalismo de la noche anterior. Era el manager hablando—. Hay tres unidades móviles de televisión y unos veinte paparazzis buitres afuera de tu casa.
—Ya los vi. ¿Qué hago? Mi mamá tiene cita en el hospital.
—Lo sé. Ya me encargué. —Se escuchó el ruido de un motor al otro lado de la línea—. En cinco minutos va a llegar una camioneta negra, una Suburban blindada. Va a entrar al estacionamiento de la vecindad, le pedí a tu vecina, la señora del portón…
—¿Doña Chole?
—Esa mera. Ya le di su “propina” para que nos abra rápido. Cuando la camioneta entre, ustedes bajan corriendo y se suben. No lleven maletas grandes. Solo lo indispensable.
—¿A dónde vamos?
—Al Hospital Ángeles del Pedregal. Directo. No van a regresar a ese departamento en un buen rato, Enrique.
Enrique miró a su alrededor. A su cuarto viejo. A las manchas de humedad que conocía de memoria.
—Está bien.
Colgó.
—Ma, agarra tus medicinas y tus papeles. Nos vamos.
—¿Quién era?
—El… el manager.
La salida fue una operación militar.
La Suburban negra rompió el cerco de prensa tocando el claxon como si fuera un barco. Entró al patio de la vecindad rechinando llantas. Doña Chole cerró el portón de golpe, gritándole maldiciones a los periodistas que intentaban meter las cámaras por las rendijas.
Enrique y Diana bajaron las escaleras. El chofer, un tipo enorme con lentes oscuros que parecía refrigerador con traje, les abrió la puerta trasera.
—Súbanle, jóvenes. El patrón espera.
El interior de la camioneta olía a cuero nuevo y aire acondicionado. Los vidrios eran tan oscuros que el sol de Iztapalapa se veía como un eclipse.
Mientras la camioneta avanzaba, dejando atrás el barrio, los baches y los puestos de tacos, Enrique sintió una nostalgia extraña. Odiaba ser pobre, odiaba el miedo, pero ese era su hogar. Ahí había aprendido a cantar. Ahí había aprendido a sobrevivir.
—¿Estás bien? —le preguntó Diana, tomándole la mano.
—Sí. Solo… siento que estamos escapando.
—No estamos escapando, Enrique. Estamos avanzando.
Llegaron al sur de la ciudad, a la zona de hospitales caros. El Ángeles del Pedregal parecía un hotel de cinco estrellas, no un hospital. Había valet parking, fuentes de agua y gente vestida con ropa de marca en el lobby.
Nico los estaba esperando en la entrada privada.
Llevaba una gorra de béisbol y lentes oscuros para pasar desapercibido, pero su postura lo delataba. Se veía tenso.
Cuando la camioneta paró, Nico abrió la puerta él mismo.
—Diana —dijo, ofreciéndole la mano para bajar.
Diana lo miró. Hubo un segundo de duda, un segundo donde el rencor de once años chocó con la necesidad del momento. Finalmente, aceptó la mano. Su toque fue breve, frío.
—Gracias, Nicolás.
—Enrique. —Nico le asintió al niño.
—Hola. —Enrique se bajó con su mochila al hombro. Llevaba el cheque gigante enrollado (no había querido dejarlo).
—Vamos arriba. Ya está todo listo. Suite 405.
—¿Suite? —preguntó Diana—. Solo necesito una cama, Nicolás. No gastes de más.
—El seguro cubre todo. Y necesito que estén cómodos y seguros. La prensa no puede subir aquí.
Subieron por un elevador privado.
La habitación era más grande que todo el departamento donde vivían. Tenía piso de madera, un sofá cama de piel para las visitas, una televisión enorme y una vista panorámica de la ciudad. El baño tenía mármol.
Diana se sentó en la cama, abrumada.
—Parece mentira —susurró, pasando la mano por las sábanas de algodón egipcio—. Hace una semana estaba en el IMSS, sentada en el suelo porque no había sillas, esperando cinco horas para que me dieran una receta que no tenían en farmacia.
Enrique dejó su mochila en el sofá.
—Disfrútalo, ma. Te lo mereces.
Una enfermera entró, sonriendo.
—Señora Beltrán, bienvenida. Soy Sandra, su enfermera de cabecera. El doctor Arriaga vendrá en un momento. Vamos a prepararla.
Nico se aclaró la garganta. Se sentía como un intruso en esa escena familiar.
—Los dejo para que se instalen. Voy a estar en la cafetería si necesitan algo. O… bueno, aquí está mi número directo.
Nico se giró para irse.
—Espera —dijo Enrique.
Nico se detuvo, con la mano en la perilla de la puerta.
—¿Sí?
—¿Vas a venir mañana? —preguntó Enrique. No lo miraba a él, miraba sus tenis—. A la cirugía.
La cirugía era a las 7:00 AM del día siguiente. Sería una operación de ocho horas. Riesgosa. Complicada.
Nico miró a Diana, pidiendo permiso silencioso. Diana suspiró y asintió levemente.
—Ahí voy a estar, Enrique. A primera hora. No vas a estar solo en la sala de espera.
—Está bien. —Enrique se encogió de hombros, haciéndose el duro—. Digo, por si hay que firmar papeles o algo. Como eres el que paga.
Nico sonrió tristemente. Entendía el juego.
—Claro. Por los papeles. Nos vemos mañana.
La noche en el hospital fue larga.
Diana no podía dormir por los nervios. Enrique tampoco. Se quedaron viendo la televisión, cambiando canales sin ver nada realmente. En todos los noticieros salía la cara de Enrique. “El milagro de Iztapalapa”, lo llamaban.
—Ma —dijo Enrique, rompiendo el silencio a las 3:00 AM—. ¿Tienes miedo?
Diana apagó la tele. La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por las luces de la ciudad afuera.
—Sí, mijo. Tengo mucho miedo.
—¿De qué? ¿De que duela?
—No. De no despertar. —Diana se giró para mirarlo. Extendió la mano y le acarició la mejilla—. Me da miedo dejarte solo ahora que tu vida está cambiando tanto. Hay lobos allá afuera, Enrique. Y ahora tienes dinero y fama. Eso atrae a los peores lobos.
—Nico me va a cuidar —dijo Enrique. Se tapó la boca en cuanto lo dijo. No quería admitirlo.
Diana sonrió melancólicamente.
—¿Confías en él?
—No sé si confío en él como papá —admitió Enrique, pensando—. Pero confío en él como… músico. Sabe lo que hace. Y te pagó esto. Nadie paga dos millones de pesos si no le importa un poquito, ¿no?
—La culpa es un motor muy poderoso, Enrique. A veces más fuerte que el amor. Pero… —Diana suspiró—. Creo que él también ha cambiado. Solo… prométeme que nunca vas a dejar que él decida quién eres. Tú eres Enrique Beltrán. No “el hijo de Nico Valdés”.
—Te lo prometo, ma.
—Duérmete, mi amor. Mañana es el gran día.
7:00 AM. Día de la Cirugía.
Se llevaron a Diana en una camilla.
Fue el momento más difícil de la vida de Enrique. Ver cómo las puertas dobles del quirófano se cerraban, tragándose a su madre, fue peor que cualquier humillación de Victoria Harper.
Se quedó parado en el pasillo frío, con los brazos colgando a los costados, sintiéndose diminuto. Tenía diez años y dos millones de pesos, pero se sentía más pobre que nunca.
—Hey.
Enrique volteó.
Nico estaba ahí. Llevaba dos cafés de Starbucks y una bolsa de pan dulce. Se veía ojeroso, como si no hubiera dormido.
—Traje chocolate caliente para ti —dijo Nico, extendiéndole un vaso—. Y una concha de vainilla.
Enrique tomó el vaso. Estaba hirviendo. El calor le reconfortó las manos frías.
—Gracias.
—Vamos a sentarnos. Va a ser largo.
La sala de espera de terapia intensiva era un lugar extraño. Silencioso, elegante, pero impregnado de angustia. Había otras familias esperando, murmurando oraciones.
Nico y Enrique se sentaron en un sofá de piel en la esquina, alejados de los demás.
Durante la primera hora, no dijeron nada. Enrique comía su pan a pedacitos. Nico revisaba correos en su celular, pero Enrique notó que leía el mismo correo una y otra vez sin contestar.
—¿Te gusta el fútbol? —preguntó Nico de repente.
Enrique levantó la vista.
—Le voy al Cruz Azul.
Nico hizo una mueca de dolor fingido.
—Uy, chavo. Naciste para sufrir, ¿verdad? Yo soy del América.
—Con razón —murmuró Enrique.
—¿Con razón qué?
—Con razón eres así. Presumido.
Nico soltó una carcajada. Una risa real, que hizo que un par de señoras en la sala voltearan a verlos feo.
—Touché. Tienes agallas, niño. Eso me gusta.
El silencio volvió, pero era menos denso.
—Oye… —Enrique jugó con la tapa de su vaso—. En el video… en el de mi canal viejo, el que Victoria quería usar para descalificarme… había una canción tuya.
Nico se sorprendió.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—”Viento Negro”. La balada que escribiste en el 2015.
Nico se quedó callado. “Viento Negro” era una canción oscura, difícil. Una canción sobre el arrepentimiento y la soledad. La había escrito un año después de dejar a Diana, en una noche de borrachera y depresión en Miami.
—Esa canción es difícil de cantar —dijo Nico suavemente—. Tiene unos cambios de tono muy cabrones en el puente.
—Me salía bien —dijo Enrique con orgullo—. Bueno, más o menos. No alcanzaba la nota final, así que la bajaba una octava.
—¿La bajabas? —Nico lo miró con interés profesional—. ¿Cómo? A ver, tararéala.
Enrique miró a los lados. Le daba pena. Pero estábamos hablando de música. Y en la música, Enrique no tenía miedo.
Empezó a tararear el puente de la canción, marcando el ritmo con el pie. Cuando llegó a la parte difícil, hizo el cambio de octava que había inventado para adaptar su voz infantil.
Nico escuchó con atención absoluta. Sus ojos de productor se encendieron.
—No manches… —susurró Nico—. Eso… eso suena mejor que la original.
—¿Neta?
—Sí. La bajada le da más… melancolía. Yo la escribí gritada, como reclamando. Tú la cantas como resignado. Es… más triste. Es brillante.
Enrique sintió un calorcito en el pecho. No era el calor del chocolate. Era el calor de ser reconocido. No como “el niño pobre”, sino como músico.
—Podríamos grabarla así —dijo Nico, sacando su celular para grabar una nota de voz—. En serio. Para tu primer disco. Un cover de tu… de tu manager. Con ese arreglo.
—¿Mi primer disco? —Enrique abrió los ojos—. ¿Voy a tener un disco?
—Ganaste el concurso, Enrique. Parte del premio es un contrato con Sony Music. Y yo soy el productor asignado. Vamos a hacer el mejor disco que México ha escuchado en diez años.
—Quiero cantar canciones mías —dijo Enrique—. No solo covers. Tengo una libreta. Escribo cosas.
—¿Escribes?
—Sí. Sobre mi mamá. Sobre el barrio. Sobre… cosas.
—Trae esa libreta mañana —dijo Nico, muy serio—. Quiero verla. Un artista que no escribe su verdad es solo un karaoke glorificado. Si tú escribes, entonces eres peligroso. En el buen sentido.
Pasaron las horas hablando de música. De acordes, de micrófonos, de por qué Luis Miguel es el rey aunque sea un pesado, de por qué el reggaetón tiene su mérito rítmico aunque a Nico no le encante.
Por un rato, se les olvidó que estaban en un hospital. Por un rato, no eran padre e hijo distanciados. Eran dos músicos obsesionados hablando el único idioma que ambos dominaban a la perfección.
2:00 PM.
La puerta del quirófano se abrió.
El doctor Arriaga salió, vestido con bata verde quirúrgica, quitándose el cubrebocas. Se veía cansado.
Enrique y Nico saltaron del sofá al mismo tiempo.
—¿Familiares de Diana Beltrán?
—Aquí —dijo Enrique, corriendo hacia él. Nico se quedó un paso atrás, respetando la jerarquía.
El doctor sonrió.
—Todo salió perfecto.
Enrique sintió que las piernas le fallaban. Nico lo agarró del hombro para que no se cayera.
—¿Está bien? —preguntó Nico.
—Sí. Logramos extirpar el tumor completo. No hubo complicaciones. Está en recuperación. Va a estar dormida unas horas por la anestesia, pero… señores, Diana va a vivir. El pronóstico es excelente.
Enrique se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Un llanto fuerte, liberador, de esos que sacan todo el veneno acumulado durante un año de terror.
Sintió unos brazos rodeándolo.
Nico lo estaba abrazando.
No fue un abrazo largo. No fue un abrazo de película. Fue un abrazo torpe, de un hombre que no sabe abrazar niños, pero que lo intenta con todas sus fuerzas.
—Ya está, campeón —le susurró Nico al oído—. Ya pasó. Lo lograste. La salvaste.
Enrique no lo empujó. Por cinco segundos, se dejó sostener. Por cinco segundos, se permitió ser un niño que necesita a su papá.
Luego se separó, limpiándose los mocos con la manga.
—Gracias —dijo Enrique, mirando al suelo.
—Ve a verla en cuanto te dejen —dijo Nico, con la voz un poco ronca—. Yo… yo tengo que ir a la disquera. A arreglar lo del contrato.
—¿No te vas a quedar a verla?
Nico negó con la cabeza.
—Ella necesita verte a ti. A mí… todavía no. Es mucha emoción para un día. No quiero alterarla.
Nico sacó su cartera y le dio una tarjeta negra.
—Toma. Es para gastos. Comida, lo que necesiten aquí. La clave es tu cumpleaños.
—¿Te sabes mi cumpleaños? —preguntó Enrique, sorprendido.
—Lo investigué —admitió Nico con una sonrisa culpable—. 12 de octubre.
—Sí.
—Nos vemos mañana, Enrique. Descansa.
Nico se dio la vuelta y caminó hacia el elevador. Enrique lo vio irse. Caminaba más ligero, como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras de la espalda.
Dos Semanas Después.
La vida en la Ciudad de México es rápida. La noticia de ayer es el papel periódico de hoy. El video de Enrique seguía siendo viral, pero la intensidad de los paparazzis había bajado. Ya había un nuevo escándalo político o un nuevo romance de telenovela ocupando las portadas.
Eso era bueno. Les daba espacio para respirar.
Diana fue dada de alta un martes por la tarde.
No regresaron a la vecindad de Iztapalapa.
Nico, cumpliendo su rol de “manager eficiente”, había conseguido un departamento en renta en la colonia Del Valle. No era una mansión en Las Lomas (Enrique había insistido en eso: “No queremos ser fresas, solo queremos estar seguros”). Era un departamento amplio, iluminado, en un primer piso, con seguridad en la entrada y un parque enfrente.
—Aquí están las llaves —dijo Nico, entregándoselas a Diana en la puerta del edificio.
—Nicolás, yo no puedo pagar esto todavía —dijo Diana, mirando el edificio bonito.
—Es un adelanto de las regalías de Enrique —mintió Nico. Todos sabían que lo estaba pagando él, pero era una mentira piadosa que permitía a Diana mantener su dignidad—. El contrato es muy generoso. Considéralo una inversión. Un artista necesita descansar bien para grabar bien.
Diana tomó las llaves.
—Gracias. Por respetar nuestro espacio.
—Siempre. —Nico miró a Enrique, que estaba bajando las maletas del Uber (ya no usaban la camioneta blindada, querían normalidad)—. ¿Listo para mañana?
Mañana era el primer día en el estudio de grabación. El estudio de verdad. Sony Music Studios en Polanco.
—Nací listo —dijo Enrique, guiñándole un ojo.
Nico se rió.
—Esa es la actitud. Ah, y Enrique…
—¿Qué?
—Estuve revisando tu libreta. La que me diste en el hospital.
Enrique se puso rojo. Había olvidado que le había dado su cuaderno de composiciones.
—Son puras tonterías.
—Hay una canción… “Caja de Zapatos”. La letra es… brutal. “Cuento monedas para comprar tiempo, cuento los pasos para no sentir el viento”. —Nico negó con la cabeza, admirado—. Eso es oro puro, niño. Quiero que esa sea el sencillo principal.
—¿En serio?
—En serio. Vamos a hacer que todo México cante tu historia. Pero esta vez, bajo tus términos.
Nico se subió a su coche deportivo y se fue.
Enrique y Diana subieron a su nuevo departamento.
Estaba semiamueblado. Había camas limpias. Había agua caliente que salía a la primera, sin tener que prender un boiler con cerillos. Había un refrigerador lleno.
Diana se sentó en el sofá de la sala. Se veía más saludable. Sus mejillas tenían color.
—Ven acá, mi amor —le dijo a Enrique.
Enrique se sentó junto a ella.
—¿Te gusta la casa nueva?
—Me gusta que no gotea la llave —dijo Enrique, riendo.
—Enrique… sobre Nicolás.
Enrique se puso serio.
—¿Qué pasa con él?
—Veo que se llevan bien. Que hablan mucho de música.
—Es buen productor, ma. Sabe mucho.
—Lo sé. Solo… ten cuidado con tu corazón, ¿sí? Él está intentando compensar. Y se ve que te quiere. De verdad te quiere. Pero las cicatrices tardan en cerrar. No te sientas obligado a perdonarlo solo porque nos compró un refri lleno.
—No lo he perdonado, ma —dijo Enrique, mirando por la ventana hacia el parque donde unos niños jugaban fútbol—. O sea… ya no lo odio. Ya no quiero gritarle. Pero… todavía no es mi papá. Es mi cuate. Es mi socio.
—Eso está bien. Paso a pasito.
Enrique sacó su celular. Tenía un mensaje de Julián Harper.
Julián: Oye, supe que vas a grabar mañana en Sony. ¡Qué chido! Mi mamá sigue furiosa, la corrieron del comité del concurso, jajaja. Oye, ¿quieres ir al cine el fin? Hay una de superhéroes.
Enrique sonrió.
Enrique: Va. Pero tú invitas las palomitas, niño rico.
Guardó el teléfono.
Se levantó y fue a su nueva habitación. Era grande. Tenía un escritorio para hacer la tarea.
Se miró las muñecas. La piel estaba limpia. Ya no había marcas de cinta adhesiva.
Pero sacó un plumón de su mochila.
Se acercó a la pared, detrás de la puerta, donde nadie lo viera. Y escribió en letras chiquitas, casi invisibles:
PROTEGE TU SUEÑO.
Porque ya había salvado a mamá. Ahora le tocaba salvarse a sí mismo. Ahora le tocaba convertirse en leyenda.
Y mañana, en el estudio de grabación, Enrique Beltrán iba a empezar a rugir.
CAPÍTULO 6: EL ECO DE LA FAMA
El estudio A de Sony Music México en Polanco es un búnker de silencio. Las paredes están forradas de tela acústica color gris, el piso es de madera flotante para no rebotar el sonido, y el aire acondicionado se mantiene a unos gélidos 18 grados centígrados para que los equipos no se sobrecalienten y los cantantes no suden.
Para Enrique, era como entrar en una nave espacial.
Estaba parado dentro de la cabina de grabación, un cuarto de cristal aislado del resto del mundo. Frente a él, un micrófono Neumann U87 que costaba más que todos los muebles de su antigua casa juntos. Llevaba unos audífonos profesionales que le aplastaban un poco las orejas, pero que le permitían escuchar cada respiración, cada chasquido de lengua, cada latido de su propia música.
Al otro lado del cristal, en la sala de control, estaba Nico.
Nico se veía en su elemento. Estaba sentado frente a la consola de mezclas, una mesa gigantesca llena de botones, perillas y luces parpadeantes que parecía la cabina de un avión. A su lado estaba “El Gato”, el ingeniero de sonido, un tipo con rastas y una camiseta de Pink Floyd que movía los dedos sobre la consola con la velocidad de un mago.
Nico apretó el botón de Talkback para hablarle a Enrique por los audífonos.
—Está bien, Enrique. Vamos a hacer la toma tres de “Caja de Zapatos”. —La voz de Nico sonaba clara y seca en el oído de Enrique—. En la toma pasada te adelantaste en el coro. No corras. Deja que el piano te lleve. Siente el beat, no lo persigas.
—Es que me emociono —dijo Enrique, ajustándose el filtro anti-pop del micrófono.
—Lo sé. Pero la emoción sin control es ruido. La emoción con control es arte. —Nico le guiñó un ojo a través del vidrio—. Respira. Piensa en esa tarde en el lobby. Piensa en la lluvia. ¿Listo?
—Listo.
—Grabando.
La luz roja se encendió: ON AIR.
La pista comenzó a sonar en los audífonos. Una melodía de piano simple, melancólica, que Nico había compuesto basándose en los tarareos de Enrique.
Enrique cerró los ojos. Se olvidó del micrófono caro y del estudio en Polanco. Volvió a tener frío. Volvió a sentir el peso de la caja de cartón en sus brazos.
“Cuento las monedas para comprar tiempo…
Cuento los pasos contra el viento…
Dicen que los sueños tienen precio,
Pero nadie me dijo que costaban tanto silencio…”
Cantó. Y esta vez, no corrió. Dejó que cada palabra pesara. Dejó que la rabia y el miedo de aquellos días fluyeran por su garganta, pero dosificados, pulidos.
Cuando terminó, hubo silencio en la cabina.
Enrique abrió los ojos, esperando el regaño o la corrección.
Al otro lado del cristal, Nico no estaba mirando la consola. Estaba mirando a Enrique. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, en los labios. El Gato, el ingeniero, levantó las dos manos en señal de alabanza.
Nico apretó el botón.
—Esa es. Tenemos el sencillo.
Enrique soltó el aire que estaba conteniendo y sonrió. Una sonrisa de niño, chimuela y feliz, que contrastaba con la profundidad de la letra que acababa de cantar.
Salio de la cabina. El cambio de presión en los oídos fue instantáneo.
—¿Te gustó? —preguntó Enrique, agarrando una botella de agua.
—No se trata de si me gusta a mí —dijo Nico, girando su silla—. Se trata de si es verdad. Y eso… eso fue verdad pura. —Nico se puso de pie y estiró la espalda. Llevaban seis horas encerrados ahí—. Bueno, suficiente por hoy. Tu mamá me va a matar si no te llevo a comer. Tienes escuela mañana.
La mención de la escuela borró un poco la sonrisa de Enrique.
—No quiero ir mañana.
Nico se detuvo.
—¿Por qué? ¿Examen de matemáticas?
—No. Es que… es raro. —Enrique se sentó en el sofá de cuero del estudio—. Desde que gané, todos me tratan diferente. Los maestros, los niños. Me piden autógrafos en la tarea. Me graban en el recreo con sus celulares. Me siento… observado.
Nico suspiró. Se sentó junto a él.
—Bienvenido a la fama, socio. Es el precio del boleto.
—No me gusta. Antes nadie me pelaba. Ahora todos quieren ser mis amigos, pero se siente falso.
—Lo es —dijo Nico con brutal honestidad—. La mayoría es falso. La gente quiere estar cerca del brillo porque piensan que se les va a pegar algo. Pero tienes que aprender a distinguir, Enrique. Tienes a tus amigos de verdad, ¿no? ¿El Brayan y el Kevin?
—Sí, pero hasta ellos están raros. Me piden dinero prestado. “Préstame para la torta, al cabo tú eres millonario”.
Nico frunció el ceño. Eso le molestó. El instinto protector se le encendió.
—Escucha, Enrique. El dinero cambia a la gente a tu alrededor, no a ti. Tienes que aprender a decir que no. “No” es la palabra más importante en esta industria. Y en la vida.
—Es difícil decir que no cuando sabes lo que es tener hambre.
Nico se quedó callado. Esa frase, soltada con la inocencia de los diez años, le dio una cachetada de realidad. Él, que había vivido en la opulencia los últimos veinte años, a veces olvidaba de dónde venía su hijo.
—Lo sé —dijo Nico suavemente—. Pero si les das todo, no los ayudas. Y te quedas vacío tú. Hablaremos de eso luego. Ahora, vámonos. Diana me encargó que pasáramos por pollo rostizado.
Dos días después: La Junta Ejecutiva.
La sala de juntas de Sony Music era impresionante. Una mesa de caoba de diez metros, sillas de diseñador, y una vista espectacular de la ciudad.
Enrique estaba sentado junto a Nico. Se sentía pequeño en esa silla enorme. Llevaba su uniforme de la escuela (habían ido directo al salir de clases), y sus tenis Converse, que ahora eran nuevos y limpios, pero seguían siendo Converse.
Frente a ellos, tres ejecutivos de la disquera. Hombres de traje gris, con relojes caros y sonrisas de dientes demasiado blancos.
—Estamos muy emocionados con el proyecto, Nico —dijo el Licenciado Monroy, el jefe de Marketing. Un tipo calvo que olía a loción cara—. Los números en redes sociales son una locura. El engagement está por las nubes. Pero…
Siempre había un “pero”.
—¿Pero qué? —preguntó Nico, con ese tono aburrido que usaba cuando sabía que iba a tener que pelear.
—La imagen —dijo Monroy, señalando a Enrique con un apuntador láser en una pantalla de proyección—. “El Niño de la Calle” fue una gran historia para el concurso. Vendió mucho. Lloramos todos. Pero para lanzar el disco… necesitamos evolucionar.
Monroy cambió la diapositiva. En la pantalla apareció un fotomontaje de Enrique. Pero no era el Enrique real.
Era un Enrique con ropa urbana de marca Supreme, cadenas de oro, lentes oscuros y un peinado moderno con tintes rubios. Parecía un reggaetonero en miniatura.
—Queremos posicionarlo como el “Justin Bieber Mexicano” —dijo Monroy entusiasmado—. Urbano, cool, aspiracional. Que los niños quieran ser él y las niñas quieran ser sus novias. Tenemos un patrocinio con una marca de ropa deportiva listo para firmar.
Enrique miró la foto. Se veía ridículo. Él nunca usaría esa ropa. Esas cadenas pesaban. Ese no era él.
Miró a Nico, asustado.
Nico miraba la pantalla con una expresión indescifrable. Se tocó la barbilla.
—Es una propuesta interesante, Monroy —dijo Nico con calma.
Enrique sintió un hueco en el estómago. ¿Nico iba a aceptar? ¿Iban a convertirlo en un payaso?
—Sabía que te gustaría —sonrió Monroy—. Ya tenemos al estilista agendado para…
—Es interesante —interrumpió Nico, levantando un dedo—, porque demuestra que no han entendido absolutamente nada de quién es este artista.
La sonrisa de Monroy se congeló.
—¿Perdón?
Nico se puso de pie. De repente, ya no era el manager tranquilo. Era Nicolás Valdés, el productor que había hecho millonaria a la compañía.
—Enrique no es Justin Bieber. Enrique no es un producto prefabricado que puedes disfrazar de “urbano” para vender tenis. —Nico golpeó la mesa suavemente, pero con autoridad—. Enrique es autenticidad. Su poder viene de que es real. De que usa sudadera porque tiene frío, no por moda. De que sus cicatrices son de verdad.
—Pero Nico, el mercado pide…
—¡Al diablo el mercado! —Nico alzó la voz—. El mercado no sabe lo que quiere hasta que se lo das. Si lo disfrazamos, la gente lo va a oler. Van a decir: “Ya se vendió, ya es falso”. Y vamos a matar su carrera antes de que empiece.
Nico caminó detrás de la silla de Enrique y puso las manos sobre los hombros del niño.
—Enrique se queda como está. Jeans, tenis, suéter. Ropa limpia, sí. Ropa de su talla, sí. Pero ropa normal. Quiero que un niño en Iztapalapa lo vea y diga: “Ese soy yo”. No quiero que lo vean y digan: “Ese es un disfraz inalcanzable”.
Monroy se veía molesto, pero sabía que no podía pelear con Nico.
—Es un riesgo comercial, Nicolás.
—Yo asumo el riesgo. Si el disco no vende, descuéntalo de mis regalías. Pero no vamos a tocar su imagen.
Nico miró a Enrique hacia abajo.
—¿Tú qué opinas, Enrique? ¿Te quieres poner las cadenas de oro?
Enrique negó con la cabeza frenéticamente.
—No. Parezco narco-junior.
Nico soltó una carcajada y miró a los ejecutivos.
—Ya oyeron al artista. “Parece narco-junior”. Se cancela el cambio de imagen. Vamos con el look natural. ¿Siguiente punto?
Cuando salieron de la junta, Enrique se sentía flotar.
—Gracias —le dijo a Nico en el elevador.
—¿Por qué?
—Por defenderme. Pensé que ibas a decir que sí. Porque tú… bueno, tú te vistes bien.
Nico se miró su chaqueta de cuero italiana.
—Yo me visto así porque soy un viejo vanidoso. Tú eres un niño. Y eres un artista de verdad. Mi trabajo es proteger eso. Protegerte a ti de los buitres que quieren convertirte en una muñeca Barbie.
—Eres buen manager —dijo Enrique.
Nico sonrió, pero había algo de tristeza en sus ojos.
—Intento serlo. Es lo menos que puedo hacer.
El Lanzamiento.
El día que salió “Caja de Zapatos” a plataformas digitales (Spotify, Apple Music, YouTube), el mundo se volvió loco.
Enrique estaba en su casa, en la sala, con su mamá y Nico. Habían pedido pizza para celebrar. Estaban refrescando la página de YouTube en la televisión.
Hora de estreno: 8:00 PM.
Vistas a las 8:05 PM: 100,000.
Vistas a las 8:30 PM: 500,000.
Vistas a las 9:00 PM: 1,000,000.
Era un fenómeno.
El video era sencillo. Blanco y negro. Enrique cantando en el estudio, intercalado con imágenes reales (grabadas con celular) de sus días vendiendo chicles, de las calles lluviosas, de su mamá en el hospital (imágenes respetuosas, solo sus manos o su silueta).
Era crudo. Era hermoso.
Diana lloraba en el sofá.
—Es hermoso, hijo. Es nuestra vida.
Nico estaba en su celular, monitoreando las redes.
—Es número uno en iTunes México. Número uno en tendencias de Twitter. Y… —Nico abrió los ojos—. Oigan, esto es grande. Bad Bunny acaba de compartirlo en sus historias de Instagram. Puso: “Esto es música. Respeto para el chamaquito”.
—¿Bad Bunny? —Enrique casi se atraganta con la pizza—. ¡No manches!
El teléfono de Nico empezó a sonar. Era prensa. Eran estaciones de radio.
—Prepárate, Enrique —dijo Nico, guardando el teléfono—. Mañana empieza el tour de medios. Vas a dar más entrevistas en una semana que palabras has dicho en toda tu vida.
La Pregunta Prohibida.
El tour de medios fue agotador.
Radio a las 6:00 AM. Televisión a las 9:00 AM. Entrevistas para revistas a las 12:00 PM.
Enrique aprendió rápido. Aprendió a sonreír aunque estuviera cansado. Aprendió a dar respuestas cortas y divertidas. Aprendió que a los conductores les encantaba que mencionara a su mamá.
Pero había una sombra. Una pregunta que siempre rondaba, pero que nadie se había atrevido a hacer directamente. Hasta que llegaron al programa de “La Jefa”, una periodista de espectáculos famosa por ser agresiva y no tener filtros.
Estaban en vivo. Televisión nacional.
—Enrique, mi amor, eres un encanto —dijo La Jefa, inclinándose hacia él con una sonrisa depredadora—. Tu historia con tu mami es conmovedora. Todos lloramos. Pero… hay una pieza que falta en este rompecabezas.
Enrique se tensó. Nico, que estaba detrás de cámaras, dio un paso adelante, alerta.
—¿Cuál pieza? —preguntó Enrique, inocentemente.
—Tu papá —soltó La Jefa—. Nunca hablas de él. Sabemos que se fue. Pero ahora que eres famoso, que hay dinero… ¿no ha aparecido? ¿No te ha buscado?
El estudio se quedó en silencio.
Enrique miró hacia donde estaba Nico. Nico estaba pálido, inmóvil. Sus ojos se encontraron. En los ojos de Nico había miedo. Miedo de ser expuesto. Miedo de que Enrique dijera la verdad y el mundo lo destrozara por haber abandonado a su hijo. Miedo de perder lo poco que había construido con él.
Enrique volvió a mirar a la periodista.
Tenía el poder en sus manos. Podía decir: “Sí, mi papá apareció. Es Nicolás Valdés, el que está ahí parado. Él me abandonó”. Podía destruir a Nico con una frase. Podía vengarse por los once años de ausencia.
La Jefa esperaba, con el micrófono listo.
Enrique respiró hondo. Pensó en el hospital. Pensó en la concha de vainilla y el chocolate caliente. Pensó en Nico defendiéndolo de los ejecutivos de traje gris.
—Mi papá… —empezó Enrique.
Nico cerró los ojos, esperando el golpe.
—Mi papá no está —dijo Enrique con voz firme—. Y no importa. Porque tengo a mi mamá. Y tengo a un equipo increíble que me cuida. Tengo a mi manager, Nico, que ha sido… —Enrique hizo una pausa—. Que ha sido como un mentor para mí. No necesito nada más.
La Jefa pareció decepcionada por la falta de escándalo, pero sonrió.
—Qué madurez, Enrique. Un aplauso.
Nico abrió los ojos. Soltó el aire. Se tuvo que recargar en la pared porque las rodillas le temblaban.
Cuando fueron a corte comercial, Enrique salió del set. Nico lo interceptó en el pasillo.
—Enrique…
—Vámonos —dijo Enrique rápido—. Tengo hambre.
—¿Por qué no lo dijiste? —susurró Nico, agarrándolo del brazo—. Podías haberme destruido. Te di el poder.
Enrique lo miró. Sus ojos negros eran profundos, viejos.
—Porque tú me defendiste de los de traje. Yo te defendí de la señora de la tele. Estamos a mano.
—No estamos a mano —dijo Nico, con la voz quebrada—. Yo te debo la vida. Tú no me debes nada.
—Pues entonces me debes una hamburguesa doble con tocino. Y papas grandes.
Nico se rió, una risa nerviosa y aliviada. Le revolvió el pelo a Enrique.
—Hamburguesa doble. Hecho.
El Concierto.
Un mes después.
El disco era Platino. Enrique era una estrella.
Pero ser una estrella en Spotify es una cosa. Ser una estrella en un escenario real es otra.
Su primer concierto oficial. No un concurso. Un show propio. El Teatro Metropólitan. Tres mil personas. Sold Out.
Enrique estaba en el camerino. Esta vez, era un camerino privado, lujoso, con frutas y videojuegos. Pero el miedo era el mismo que en el concurso. O peor. Porque ahora la gente había pagado boleto para verlo a él.
—Estoy nervioso —dijo Enrique.
Julián estaba ahí. Habían mantenido la amistad. Julián iba a abrir el concierto con dos canciones (Nico lo había arreglado, un gesto de buena voluntad que también servía para calmar a Victoria Harper, quien ahora trataba a Enrique como si fuera su sobrino favorito).
—No manches, güey —dijo Julián, comiendo uvas—. Tienes a tres mil personas gritando tu nombre allá afuera. Va a estar increíble.
—¿Y si desafino?
—Si desafinas, lloras. A la gente le encanta cuando lloras. Es tu marca registrada —bromeó Julián.
Enrique le aventó un cojín.
Nico entró.
—Cinco minutos, señores. Julián, vas al escenario. Enrique, calienta la voz.
Julián salió. Nico se quedó con Enrique.
—¿Cómo estás? —le preguntó Nico, ajustándole el monitor in-ear.
—Siento que voy a vomitar la hamburguesa.
—Bien. Eso es adrenalina. Úsala.
Nico lo tomó de los hombros.
—Escúchame, Enrique. Allá afuera hay tres mil personas que te aman. Pero no te aman por el disco de platino. Te aman porque eres tú. Porque eres el niño que no se rindió. Sal y cuéntales tu historia. Diviértete. Esto es lo que soñabas cuando cantabas en el baño, ¿no?
—Sí.
—Pues vívelo. Es tu noche.
Enrique asintió.
—Nico…
—¿Sí?
—Gracias. Por estar aquí.
Nico sonrió.
—No me iría a ningún lado. Ni aunque se cayera el teatro.
Enrique salió al escenario.
La oscuridad. El grito de la multitud. “¡KIKE! ¡KIKE! ¡KIKE!”.
Las luces se encendieron.
Enrique vio el mar de rostros. Vio carteles. Vio luces de celulares como luciérnagas.
Vio a su mamá en el palco lateral, sana, hermosa, aplaudiendo.
Y vio a Nico, parado en la consola de monitores, a un lado del escenario, con los brazos cruzados y esa mirada de orgullo que intentaba disimular pero que le salía por los poros.
Enrique sonrió. Agarró el micrófono.
—Buenas noches, México —dijo. Su voz retumbó—. Me llamo Enrique Beltrán. Y esta canción… esta canción es para todos los que alguna vez tuvieron que romper su alcancía para comprar un sueño.
La banda comenzó a tocar los acordes de “Caja de Zapatos”.
Y Enrique cantó.
No cantó como un niño pobre. No cantó como una víctima. Cantó como un rey.
En ese momento, bajo las luces, Enrique entendió algo. El dolor del pasado, el abandono de su padre, el cáncer de su madre, la crueldad de Victoria… todo eso había sido el fuego que forjó su voz.
No cambiaría nada. Porque todo eso lo había traído aquí.
Y mientras cantaba el coro, y tres mil personas cantaban con él, Enrique miró a Nico. Y por primera vez, no vio al hombre que lo abandonó. Vio al hombre que regresó.
Tal vez, solo tal vez, el perdón era posible. No hoy. No mañana. Pero la música tiene el poder de sanar cosas que las palabras no pueden.
Y la canción sonó más fuerte que nunca.
“…y aunque la caja esté vacía,
mi voz está llena de vida…”
CAPÍTULO 7: CAMBIO DE PIEL
Cinco años es mucho tiempo en la vida de un niño, pero es una eternidad en la industria musical.
Enrique Beltrán tenía ahora quince años. Ya no era el niño bajito y desnutrido que cargaba cajas de zapatos. Había dado el “estirón”. Ahora medía 1.75, tenía hombros anchos (gracias al gimnasio y a la buena alimentación) y una sombra de bigote incipiente que se rasuraba religiosamente cada mañana porque le parecía ridícula.
Pero el cambio más aterrador no estaba en su estatura. Estaba en su garganta.
Estaba en el escenario del Auditorio Telmex en Guadalajara. Prueba de sonido para los premios Latin Music Awards. Era un evento masivo. Iba a cantar su nuevo sencillo, una balada rock titulada “Cicatrices”.
—Uno, dos… probando. —Enrique habló al micrófono. Su voz sonó grave, profunda. Una voz de hombre, no de niño.
Nico estaba en la consola de monitores, al lado del escenario. Tenía más canas en la barba y líneas de expresión más marcadas alrededor de los ojos, pero seguía vistiendo su eterna chamarra de cuero negra.
—Dale, Enrique. Vamos con el coro —dijo Nico por el talkback.
La banda empezó a tocar. Enrique entró a tiempo. Se sentía bien. La estrofa grave resonaba potente en su pecho. Pero entonces llegó el pre-coro. La nota subía. Tenía que pasar de su registro de pecho a su registro de cabeza.
Enrique preparó el cuerpo. Apretó el abdomen. Abrió la boca.
Y sucedió.
“…y aunque duela la heri… ¡GALLOCLACK!”
No fue una nota. Fue un graznido. Un gallo monumental, vergonzoso, incontrolable. Su voz se rompió en mil pedazos, oscilando entre un barítono profundo y un chillido de puberto desafinado.
La banda dejó de tocar. Los técnicos de iluminación se detuvieron. Un silencio incómodo llenó el auditorio vacío.
Enrique se arrancó los monitores in-ear y los azotó contra el suelo.
—¡Mierda! —gritó, y su voz volvió a quebrarse en el grito—. ¡Maldita sea!
Pateó el pie del micrófono, tirándolo. El sonido metálico retumbó como un disparo.
Nico corrió al escenario.
—Enrique, tranquilo. Es normal. Estás cansado…
—¡No estoy cansado, Nicolás! —Enrique se giró hacia él. Sus ojos estaban llenos de lágrimas de frustración—. ¡Estoy roto! ¡Mi voz no sirve! ¡Sueno como un maldito ganso!
—Tu voz está cambiando. Es la pubertad, hombre. Nos pasa a todos. A Luis Miguel le pasó, a José José le pasó…
—¡A mí no me importa Luis Miguel! —Enrique se pasó las manos por el cabello, desesperado—. Mañana tengo que cantar en vivo para diez millones de personas. ¿Qué voy a hacer? ¿Salir y hacer el ridículo? ¿Que digan que “El Niño de la Calle” ya no canta, que ya se le acabó la magia?
Enrique bajó del escenario de un salto y salió corriendo hacia los camerinos.
Nico se quedó ahí, mirando el micrófono tirado. El ingeniero de sonido se acercó tímidamente.
—¿Bajamos el tono de la canción medio paso, jefe?
—Bájalo un paso completo —dijo Nico, suspirando—. Y ponle un poco más de reverb para esconder las grietas.
El Camerino: Jaula de Oro.
Enrique estaba tirado en el sofá de su camerino, con la cara tapada por una almohada.
La puerta se abrió.
—Lárgate, Nico —dijo Enrique sin destaparse.
—No soy Nico. Soy tu conciencia, güey. Y tu conciencia quiere papas.
Enrique se quitó la almohada.
Era Julián Harper.
Julián también había crecido. A los quince años, era el prototipo del mirrey mexicano. Rubio, guapo, vestido con ropa de diseñador que costaba lo que un coche compacto. Ya no cantaba profesionalmente (“demasiado trabajo”, decía él), ahora era influencer y “socialite”. Tenía dos millones de seguidores en TikTok solo por ser guapo y rico.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Enrique, sentándose.
—Vine a ver el ensayo. Escuché el gallo desde el lobby. —Julián se rió, abriendo una bolsa de Sabritas—. Estuvo potente, eh. Nivel Godzilla.
—Cállate.
—Ay, relájate. Es hormona pura. Estás convirtiéndote en hombrecito. Felicidades.
Julián se sentó frente a él, subiendo los pies a la mesa de centro.
—La neta, Kike, te ves estresado. Necesitas desconectar.
—Necesito una garganta nueva.
—No, necesitas vivir. Llevas cinco años encerrado en estudios, giras, entrevistas. Tu mamá te cuida como si fueras de cristal. Nico te trae marchando como soldado. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste una estupidez?
Enrique lo pensó. Nunca. Su vida había sido sobrevivir a la pobreza y luego sobrevivir a la fama. No había tenido tiempo para estupideces.
—Hoy hay una fiesta —dijo Julián, bajando la voz—. En una casa en Puerta de Hierro. Va a estar “El Zorro”, van a estar modelos… va a haber pomos.
Enrique dudó.
—Nico me mata. Mañana son los premios.
—Nico no es tu papá —soltó Julián.
La frase quedó flotando en el aire. Era la tecla exacta. La herida que nunca cerraba.
—Él se cree tu papá —continuó Julián, viendo que había dado en el blanco—. Te dice qué comer, a qué hora dormir, qué cantar. Pero no lo es. Tú eres el artista. Tú generas el dinero. Tú eres el jefe, Kike. Él trabaja para ti.
Enrique sintió una punzada de rebeldía. Una punzada oscura y seductora. Estaba harto de ser el “buen niño”. Estaba harto de proteger a mamá, de proteger su imagen, de proteger el negocio.
—¿A qué hora es la fiesta? —preguntó Enrique.
Julián sonrió. Una sonrisa de diablo.
—Paso por ti a las diez. Ponte algo que no sea esa sudadera de abuelito.
La Fuga.
A las 10:00 PM, Enrique le dijo a Nico que se iba a dormir temprano para descansar la voz. Nico, confiado, se fue a su propia habitación en el hotel Riu.
En cuanto Nico se fue, Enrique se cambió. Se puso unos jeans negros rotos y una chamarra de mezclilla. Se peinó hacia atrás. Se echó media botella de loción.
Bajó por el elevador de servicio. Julián lo esperaba en un Porsche convertible rojo.
—Vámonos, SoulBoy —gritó Julián, acelerando.
La fiesta fue un shock sensorial.
La casa era una mansión moderna con alberca infinita. La música (reggaetón pesado) hacía vibrar las ventanas. Había gente por todos lados. Gente guapa. Gente famosa.
En cuanto Enrique entró, las miradas se volvieron hacia él.
—¡No mames, es Enrique Beltrán!
—¡El niño de la voz de oro!
Al principio, Enrique se sintió incómodo. Pero Julián le puso un vaso rojo en la mano.
—Es “Jugo de Valiente” —dijo Julián. Era vodka con arándano. Mucho vodka.
Enrique tomó un trago. Le quemó la garganta, pero a la segunda tragada, el calor se sintió bien. Le aflojó los hombros.
—¡Fondo, fondo, fondo! —gritaron unos chicos alrededor.
Enrique se lo terminó.
Una hora después, Enrique Beltrán no se preocupaba por su garganta. Estaba bailando encima de una mesa, con la camisa desabotonada, cantando a todo pulmón una canción de Bad Bunny mientras cien personas lo grababan con sus celulares.
Se sentía libre. Se sentía poderoso.
—¡Que se joda el gallo! —gritó Enrique, levantando otro vaso—. ¡Yo soy la voz!
Se le acercó una chica. Alta, morena, preciosa. Era una actriz de novelas juveniles.
—Cantas increíble, guapo —le dijo ella al oído, tocándole el pecho.
Enrique sintió que el cielo se abría. Iba a besarla. Iba a besar a la chica más guapa de la fiesta.
Pero entonces, las luces se encendieron. La música se cortó de golpe.
En la entrada de la terraza, como una aparición de la muerte, estaba Nicolás Valdés.
Llevaba puesta la chamarra de cuero, pero debajo tenía la pijama. Se veía furioso. No, furioso no. Aterrador.
Caminó entre la gente. La multitud se abrió como el Mar Rojo. Nico irradiaba una autoridad que apagaba la fiesta.
Llegó hasta la mesa donde estaba Enrique.
—Bájate —dijo Nico. Su voz era baja, pero cortante.
Enrique, borracho y envalentonado por la audiencia, se rió.
—Miren quién llegó. El abuelo. El manager.
—Enrique, bájate ahora mismo. Estás borracho. Mañana tienes una presentación.
—¡Me vale madres la presentación! —gritó Enrique, tambaleándose—. ¡Estoy harto! ¡Harto de ti! ¡Harto de ser tu marioneta!
La gente sacó sus celulares. Esto era oro para las redes sociales. El Niño Bueno se rebela.
Nico no discutió. Agarró a Enrique del brazo y lo jaló hacia abajo. Enrique tropezó y casi cae, pero Nico lo sostuvo.
—¡Suéltame! —Enrique intentó empujarlo, pero Nico era más fuerte.
—Nos vamos. Julián, tú también —dijo Nico, fulminando al rubio con la mirada—. Y más te vale que borres los videos que subiste, o le voy a contar a tu mamá en qué te gastaste la tarjeta de crédito el mes pasado.
Julián palideció y bajó la cabeza.
Nico arrastró a Enrique fuera de la fiesta, entre murmullos y risas. Lo metió en la parte trasera de una camioneta Uber Black que tenía esperando.
La Confrontación.
El camino de regreso al hotel fue silencioso. Pero era un silencio explosivo.
Enrique iba mareado, con ganas de vomitar, pero la rabia seguía ahí, alimentada por el alcohol.
Llegaron a la habitación de Enrique. Nico cerró la puerta con seguro.
—¡Siéntate! —ordenó Nico.
Enrique se dejó caer en la cama. La habitación daba vueltas.
—¿En qué estabas pensando? —Nico empezó a caminar de un lado a otro—. Tienes quince años, Enrique. ¡Quince! ¿Bebiendo vodka? ¿Exhibiéndote así? ¿Sabes cuántos videos tuyos hay en Twitter ahora mismo? “Enrique Beltrán borracho”. “El ídolo caído”. ¡Acabas de tirar cinco años de trabajo a la basura en una noche!
—¡No me importa! —balbuceó Enrique—. ¡Que se vaya todo a la mierda!
—¿Ah, sí? ¿Y tu mamá? ¿Qué va a pensar Diana cuando vea esto?
—¡No metas a mi mamá en esto! —Enrique se levantó, tambaleándose—. ¡Tú no tienes derecho!
—¡Tengo todo el derecho! ¡Soy tu manager!
—¡ERES MI EMPLEADO! —gritó Enrique. La frase salió disparada como una bala.
Nico se detuvo en seco. Se quedó quieto, mirando a Enrique. La frase lo golpeó físicamente.
—¿Tu empleado? —repitió Nico suavemente.
—Sí. —Enrique sabía que estaba cruzando una línea, pero no podía parar—. Tú trabajas para mí. Yo gano el dinero. Julián me lo dijo. Tú solo te aprovechas. Te aprovechas para jugar a la casita, para jugar al papá que nunca fuiste.
Nico cerró los ojos un momento. Respiró hondo. Cuando los abrió, estaban fríos.
—Tienes razón —dijo Nico—. No soy tu papá. Un papá te hubiera dado una nalgada hace mucho tiempo. Yo soy tu manager. Y como tu manager, te digo esto: Tu voz está cambiando porque estás creciendo, pero tu actitud está cambiando porque te estás volviendo un idiota arrogante.
Nico se acercó, invadiendo su espacio.
—Crees que esto es fácil. Crees que el dinero y la fama son gratis. Pero no tienes idea, niño. No tienes idea de las veces que he tenido que limpiar tu desorden para que tú puedas brillar.
—¿Qué desorden? Yo soy perfecto.
—¿Ah, sí? —Nico soltó una risa amarga—. ¿Sabes por qué Sony no te canceló el contrato cuando tu disco de villancicos vendió menos de lo esperado el año pasado? Porque yo renuncié a mis regalías de productor para cubrir las pérdidas. ¿Sabes por qué no te demandaron cuando no quisiste grabar el comercial de refrescos? Porque yo pagué la multa de mi bolsillo.
Enrique se quedó callado. El alcohol empezaba a bajar, reemplazado por la vergüenza.
—Yo no sabía…
—Exacto. No sabías. Porque mi trabajo es protegerte. Protegerte de la industria, protegerte de Victoria Harper, protegerte de ti mismo.
Nico caminó hacia la puerta.
—Pero hoy me cansé, Enrique. Si quieres ser el jefe, sé el jefe. Mañana tienes los premios. Arréglatelas solo. Yo renuncio.
—¿Qué?
—Renuncio. Ya no soy tu manager. Búscate a otro. Búscate a Julián si quieres. Él te va a llevar lejos… directo al abismo.
Nico abrió la puerta y salió, azotándola.
Enrique se quedó solo en la habitación de hotel. El silencio zumbaba en sus oídos.
Corrió al baño y vomitó. Vomitó el vodka, las papas y el orgullo.
Se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo. Vio a un niño asustado disfrazado de hombre rebelde.
—¿Qué hiciste, pendejo? —se dijo a sí mismo.
El Día de los Premios.
Enrique despertó con el peor dolor de cabeza de su vida.
Eran las 12:00 PM. Los premios empezaban a las 7:00 PM.
Revisó su celular.
Tendencias: #EnriqueBeltranBorracho #LaCaidaDeSoulBoy
Había videos de él bailando sobre la mesa. Comentarios crueles. Memes.
Llamó a Nico.
“El número que usted marcó lo ha enviado a buzón…”
Llamó a recepción.
—¿Me comunica a la habitación del señor Valdés?
—El señor Valdés hizo check-out a las 8:00 de la mañana, joven. Dejó una nota para usted en recepción.
Enrique bajó corriendo, todavía con dolor de cabeza.
La recepcionista le entregó un sobre. Era el pase de acceso All Access para los premios y una nota escrita en una servilleta.
“Tienes prueba de sonido a las 4:00. Tu vestuario está en el armario. La pista está con el ingeniero. Suerte, jefe.”
Enrique sintió que se le doblaban las rodillas. Se había ido. De verdad se había ido.
Llamó a su mamá.
—¿Bueno? —La voz de Diana sonaba preocupada—. Enrique, vi los videos. ¿Estás bien? ¿Dónde está Nicolás?
—Ma… la regué. La regué horrible. Nico renunció. Se fue.
—Ay, hijo… —Diana suspiró—. Te dije que la fama tiene dientes.
—¿Qué hago, ma? No puedo cantar. Mi voz está rota. Estoy solo.
—No estás solo, Enrique. Nunca estás solo. —La voz de Diana se puso firme—. Escúchame. Cometiste un error. Un error grande. Pero los hombres no se definen por sus errores, sino por cómo los arreglan.
—No puedo arreglar esto. Nico me odia.
—Nicolás no te odia. Está herido. Y tú estás asustado. Pero tienes un compromiso. Tienes que subir a ese escenario.
—No puedo cantar “Cicatrices”. Tiene notas muy altas. Voy a soltar un gallo en vivo.
—Entonces no la cantes —dijo Diana—. Canta lo que sientas.
—¿Cómo?
—Eres el artista, ¿no? Cambia la canción. Haz lo que tengas que hacer. Pero súbete ahí y demuestra quién eres. No eres el borracho del video. Eres Enrique Beltrán. Y los Beltrán no se rajan.
Enrique colgó.
Respiró hondo. Le dolía la cabeza, le dolía el corazón, pero su mamá tenía razón.
Subió a su cuarto. Se bañó con agua helada. Se tomó dos aspirinas.
Se puso su traje para la gala. Un traje negro, sencillo, elegante. Sin cadenas, sin brillos.
Se fue al auditorio en taxi.
El Escenario.
El Auditorio Telmex estaba lleno. Diez mil personas. Millones viendo por televisión.
Enrique estaba tras bambalinas. No había nadie con él. No estaba Nico para darle agua, ni para acomodarle el monitor, ni para decirle “rómpela, campeón”.
Los otros artistas lo miraban y cuchicheaban. Habían visto los videos. Esperaban el desastre. Esperaban ver caer al ídolo.
—Y ahora… —anunció la presentadora—. Un joven que ha crecido con nosotros. Con su éxito “Cicatrices”… ¡Enrique Beltrán!
Enrique salió.
El aplauso fue tibio. Había morbo en el aire.
Enrique llegó al micrófono. La banda estaba lista para tocar “Cicatrices”.
Enrique levantó la mano.
—Esperen.
La banda se detuvo. El público murmuró.
Enrique se acercó al micrófono. Le temblaban las manos, pero agarró el stand con fuerza.
—Buenas noches —dijo. Su voz sonó grave, rasposa.
—Hoy… hoy iba a cantar mi nuevo sencillo. Pero la verdad… —Enrique hizo una pausa, mirando a la cámara—. La verdad es que ayer cometí un error. Me porté como un idiota. Decepcioné a la gente que más me quiere.
El auditorio se quedó en silencio absoluto. Nadie esperaba una disculpa en vivo.
—Perdí mi voz —continuó Enrique—. No solo la de cantar, sino la mía. La de verdad. Traté de ser alguien que no soy. Traté de ser grande cuando todavía soy… cuando todavía estoy aprendiendo.
Enrique buscó entre el público. No sabía si Nico estaba ahí. Esperaba que sí.
—Esta canción no estaba planeada. Pero es la única que puedo cantar hoy. Se la dedico a mi manager. A mi amigo. A mi… a mi papá. Aunque él diga que no lo es.
Enrique se sentó al piano de cola que estaba en el escenario (preparado para el siguiente artista).
Puso las manos sobre las teclas.
No tocó “Cicatrices”.
Tocó los acordes de “Viento Negro”. La canción de Nico. La canción del arrepentimiento.
Pero la tocó diferente. Más lenta. Más cruda.
Empezó a cantar.
Lo hizo en un tono bajo, adaptado a su nueva voz de hombre. Ya no intentó alcanzar las notas agudas de niño. Usó su nuevo registro, ese barítono oscuro y roto que había nacido esa mañana.
“Sopló el viento negro y me llevó…
Lejos de casa, lejos de tu voz…
Perdóname por no saber volver…
Perdóname por no saber querer…”
La voz se le rompió un par de veces. Hubo gallos. Hubo imperfecciones.
Pero fue hermoso.
Fue la actuación más honesta de la noche. La gente no vio a un borracho. Vio a un hijo pidiendo perdón. Vio a un joven luchando con sus demonios en tiempo real.
Cuando terminó, Enrique bajó la cabeza sobre las teclas. Estaba agotado.
El auditorio estalló.
Fue una ovación de pie. No de euforia pop, sino de respeto.
Enrique se levantó, hizo una reverencia rápida y salió del escenario.
Caminó por el pasillo hacia los camerinos, con la cabeza gacha, queriendo desaparecer.
—Estuviste desafinado en el segundo verso.
Enrique se detuvo.
Recargado en la pared, con los brazos cruzados y los ojos rojos (tal vez por falta de sueño, tal vez por otra cosa), estaba Nico.
—Nico… —Enrique corrió hacia él.
Nico no se movió.
—Te dije que renunciaba.
—Lo sé. Perdóname. Por favor. Fui un estúpido. Tenías razón en todo. No soy el jefe. Soy un niño pendejo que no sabe nada.
Nico suspiró. Se descruzó de brazos.
—Sí, fuiste un estúpido. Pero tuviste agallas allá afuera.
—No canté “Cicatrices”. La disquera se va a enojar.
—A la disquera le va a encantar. —Nico le mostró su celular. Twitter estaba explotando. #EnriqueBeltranHonesto #Perdon era tendencia—. Acabas de reinventarte, Enrique. Pasaste de niño prodigio a artista adulto atormentado en tres minutos. Es el mejor movimiento de marketing que he visto, y lo hiciste sin querer.
Enrique sonrió débilmente.
—¿Entonces… sigues siendo mi manager?
Nico lo miró. Se acercó y le acomodó el saco.
—Voy a poner condiciones. Nada de fiestas hasta que tengas dieciocho. Nada de Julián Harper sin supervisión. Y vas a tomar clases de canto para aprender a usar esa nueva voz de ogro que tienes.
—Acepto. Acepto todo.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
—Dijiste “papá” en el escenario.
Enrique se puso rojo.
—Se me salió. Fue el momento.
—Mmm. —Nico sonrió. Una sonrisa genuina, de padre—. Está bien. Te la paso por esta vez. Pero me debes esa hamburguesa.
—Te debo dos.
Nico le pasó el brazo por los hombros.
—Vámonos, hijo. Vámonos a casa. Tu mamá está viendo la tele y seguro está llorando. Hay que llamarle.
Salieron del auditorio juntos.
La voz de Enrique había cambiado. Su cuerpo había cambiado. Su inocencia se había roto. Pero su núcleo, esa verdad que había nacido contando monedas en una caja de zapatos, seguía intacta.
Había sobrevivido al cambio de piel. Y ahora, el gallo estaba listo para cantar de verdad
CAPÍTULO 8: EL LEGADO DE LA CAJA DE CARTÓN
Diez Años Después.
El Estadio Azteca no es solo un estadio; es un monstruo de concreto que respira. Le caben casi noventa mil almas. Ha visto a Pelé, a Maradona, a Michael Jackson. Y esta noche, bajo un cielo de octubre extrañamente despejado en la Ciudad de México, el Azteca estaba rugiendo por un solo nombre.
“¡KIKE! ¡KIKE! ¡KIKE!”
En el camerino principal —un búnker de lujo con alfombras persas y paredes insonorizadas—, Enrique Beltrán se ajustaba los gemelos de la camisa.
Tenía veinticinco años.
Su cara ya no tenía la redondez de la infancia ni el acné de la adolescencia. Tenía facciones afiladas, una barba bien recortada y esa seguridad tranquila que solo tienen los que han sobrevivido al infierno y han regresado con souvenirs. Llevaba un traje negro hecho a la medida, pero en sus pies, como un guiño eterno a su pasado, llevaba unos tenis Converse blancos. Limpios, sí, pero Converse al fin.
La puerta se abrió.
Entró una mujer elegante, con el cabello canoso peinado con estilo y una sonrisa que iluminaba el cuarto.
—Madre mía —dijo Enrique, sonriendo al verla en el espejo—. Estás más guapa que la novia de la boda.
Diana Beltrán se rió. A sus cincuenta y tantos años, se veía radiante. El cáncer era un recuerdo lejano, una cicatriz que le recordaba lo fuerte que era, no lo enferma que estuvo. Ahora dirigía la Fundación Beltrán, que otorgaba becas artísticas a niños de bajos recursos.
—No seas barbero, Enrique. —Diana se acercó y le acomodó la solapa del saco—. ¿Estás nervioso?
—Es el Azteca, ma. Si no estuviera nervioso, estaría muerto.
—Lo vas a hacer increíble. Como siempre.
Detrás de Diana, entró un hombre. Caminaba un poco más lento que antes, apoyándose ligeramente en un bastón elegante de madera negra. Su cabello era casi completamente blanco, pero sus ojos oscuros seguían teniendo esa chispa de inteligencia depredadora.
Nicolás Valdés.
—Cinco minutos, señores —dijo Nico, mirando su reloj—. La transmisión en vivo arranca en diez.
Enrique se giró hacia él.
—¿Cómo está el sonido?
—Impecable. El Gato hizo magia con el rebote. Vas a escucharte hasta en el baño de los palcos.
Nico se dejó caer en un sofá. Se veía cansado. Retirarse de la producción activa hacía dos años le había sentado bien, pero las viejas costumbres de manager obsesivo morían difícilmente.
—Siéntate, papá —dijo Enrique.
La palabra salió natural. Sin esfuerzo. Sin rencor.
Hacía años que Enrique había dejado de pelear con el título. No había habido un momento mágico de revelación, sino una erosión lenta y constante del odio. Mil cenas de domingo, cien consejos en el estudio, diez navidades juntos y un par de crisis amorosas donde Nico había estado ahí para recoger los pedazos, habían cimentado el puente.
Nico sonrió.
—Estoy bien. Solo disfruto la vista. —Señaló a Enrique—. Te ves bien, hijo. Te ves como el artista que soñé que serías hace quince años.
—Mejor —corrigió Diana—. Porque este es buena persona. Tú eras un desastre a los veinticinco.
Nico soltó una carcajada.
—Verdad absoluta.
Enrique tomó una botella de agua.
—Oigan… hoy en la mañana fui al Centro.
Diana y Nico se miraron.
—¿Al Centro Cultural? —preguntó Nico.
—Sí. Quería verlo una última vez antes del show.
Flashback: 10:00 AM de ese mismo día.
El Centro Cultural de las Artes había cambiado.
Ya no era ese edificio frío y elitista que Victoria Harper gobernaba con puño de hierro y uñas acrílicas. Ahora, en la entrada, había una placa de bronce:
PROGRAMA DE TALENTO JUVENIL “VOCES DE MÉXICO”.
DIRECTOR: JULIÁN HARPER.
Enrique entró con gorra y lentes oscuros, pero los guardias lo reconocieron y lo dejaron pasar con una reverencia respetuosa.
El lobby estaba lleno de ruido. No de música clásica aburrida, sino de vida. Había niños corriendo con violines, adolescentes ensayando coreografías en las esquinas, y un grupo de mamás platicando animadamente en los sillones (que ya no eran de piel blanca inmaculada, sino de tela resistente y colorida).
Enrique caminó hacia el mostrador de registro. El mismo mostrador de granito negro donde su vida había cambiado.
Detrás del mostrador no estaba Victoria. Estaba una chica joven, con tatuajes en los brazos y una sonrisa amable, atendiendo a una señora que contaba monedas para pagar una mensualidad.
—No se preocupe, seño —decía la chica—. Si le falta, aplicamos la beca parcial. Aquí nadie se queda fuera por lana.
Enrique sonrió.
Siguió caminando hacia el auditorio principal. Estaba oscuro y vacío.
Se paró en el escenario. Cerró los ojos. Podía oler la humedad de aquel día. Podía sentir el frío en sus tenis rotos. Podía escuchar la voz de Victoria: “Vas a ensuciar mi escenario”.
—Oye, no puedes estar aquí sin pase.
Enrique abrió los ojos.
En la primera fila de butacas, había un niño. Tendría unos once años. Llevaba una guitarra acústica que era casi más grande que él, rayada y vieja. Sus tenis estaban desgastados. Su ropa era humilde, limpia pero vieja.
Enrique se quitó los lentes oscuros.
El niño abrió la boca, dejando caer la púa de la guitarra.
—No manches… —susurró el niño—. Eres… eres Kike Beltrán.
—Shhh —Enrique se puso un dedo en los labios—. No le digas a nadie. Me estoy escondiendo.
El niño asintió frenéticamente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Enrique, bajando del escenario y sentándose en la orilla, quedando a la altura del niño.
—Vengo a la audición. Para la beca.
—¿Estás nervioso?
—Un chingo —admitió el niño—. Perdón. Mucho.
—¿Cómo te llamas?
—Mateo.
—¿Y qué vas a tocar, Mateo?
—Una mía. —El niño abrazó su guitarra—. Pero creo que no les va a gustar. Los otros niños traen pistas de reggaetón y bailan chido. Yo solo… yo solo toco esto.
Enrique miró las manos del niño. Tenía las yemas de los dedos endurecidas por las cuerdas de metal baratas. Tenía curitas en los nudillos.
—¿Por qué tocas, Mateo?
El niño lo pensó un momento.
—Porque mi abuelita está sorda de un oído, pero cuando toco fuerte, dice que siente la vibración en el pecho y sonríe. Y hace mucho que no sonríe.
Enrique sintió un golpe en el corazón. Ahí estaba. La semilla. La razón correcta.
Metió la mano en su bolsillo. Sacó una púa de guitarra profesional, negra con su firma dorada, la que usaba en los conciertos.
—Toma —dijo Enrique.
Mateo tomó la púa como si fuera una joya sagrada.
—Escúchame bien, Mateo. No toques para los jueces. No toques para ganar la beca. Toca para tu abuelita. Toca para que ella sienta la vibración hasta en los huesos. Si haces eso, nadie te va a poder decir que no.
—¿Neta?
—Neta. La verdad no desafina.
En ese momento, la puerta del fondo se abrió. Entró Julián Harper.
Julián, a sus veinticinco años, había encontrado su verdadera vocación. No era cantante, ni influencer fiestero. Era un administrador brillante. Había tomado el desastre que dejó su madre y lo había convertido en la fundación de artes más inclusiva del país. Llevaba un traje casual y una tableta en la mano.
—¡Enrique! —Julián sonrió—. Me dijeron que había un intruso VIP.
Enrique se levantó y le dio un abrazo.
—Vine a checar que no estuvieras convirtiendo esto en un spa para ricos, Julián.
—Jamás. Mi madre me desheredaría si viera la cantidad de becas que damos, pero como ya no manda, que se aguante. —Julián miró a Mateo—. ¿Este es tu protegido?
—Es Mateo. Y va a tocar una canción original. Escúchalo bien, Julián. Tiene hambre.
Julián miró al niño con seriedad y respeto.
—Claro que sí. Mateo, tu turno es en diez minutos. Prepárate.
Enrique se despidió de Mateo con un choque de puños.
Antes de salir, miró hacia la oficina de cristal del segundo piso. La antigua oficina de Victoria. Ahora estaba llena de plantas y posters de conciertos. Victoria Harper se había mudado a Cancún hacía años, retirada y olvidada por la industria, viviendo de sus rentas y, según Julián, aprendiendo a hacer yoga para controlar su amargura.
El ciclo se había roto. El lugar que una vez intentó aplastarlo, ahora era un trampolín para niños como él.
De vuelta al Estadio Azteca.
—¿Y qué pasó con el niño? —preguntó Diana en el camerino.
—Se quedó tocando. Julián me mandó un mensaje hace rato. Dice que le dieron la beca completa.
Nico asintió, satisfecho.
—El legado continúa.
Un asistente entró corriendo.
—¡Señor Beltrán! ¡Es hora! El elevador del escenario está listo.
Enrique se puso de pie. Se alisó el traje.
Diana le dio la bendición y le besó la frente.
—Ve y brilla, mi amor.
Nico se levantó con ayuda del bastón. Caminó hacia Enrique.
Durante años, sus despedidas antes de los shows habían sido profesionales. Un apretón de manos, una palmada en la espalda.
Pero hoy, Nico dejó caer el bastón (cayó en la alfombra con un golpe sordo) y abrazó a su hijo con los dos brazos. Fue un abrazo fuerte, desesperado, de un hombre que sabe que el tiempo es corto y que el amor es lo único que se puede llevar uno.
—Estoy tan orgulloso de ti, Enrique —susurró Nico al oído de su hijo—. No por el estadio lleno. No por los Grammys. Sino por el hombre que eres. Eres mil veces mejor hombre que yo.
Enrique le devolvió el abrazo, cerrando los ojos.
—Aprendí de mis errores, papá. Pero también aprendí de tus aciertos. Gracias por regresar. Gracias por no rendirte conmigo cuando fui un idiota a los quince.
—Los Beltrán-Valdés somos tercos —dijo Nico, separándose y limpiándose una lágrima disimuladamente—. Ahora vete. Tienes noventa mil personas esperando.
El Concierto.
El escenario del Estadio Azteca era una bestia de luces LED y pirotecnia.
Enrique subió por el elevador hidráulico. El ruido de la multitud fue como un golpe físico, una ola de sonido que te hacía vibrar los dientes.
“¡KIKE! ¡KIKE!”
Las luces se encendieron.
Enrique caminó hacia el centro del escenario. No dijo nada. Solo levantó una mano.
El estadio se calló. Noventa mil personas guardando silencio.
—Hace quince años —dijo Enrique al micrófono—, yo era un niño parado en la lluvia con una caja de zapatos. Tenía miedo. Tenía frío. Y tenía una mamá que se estaba muriendo.
En las pantallas gigantes aparecieron imágenes de aquel entonces. El video viral borroso.
—Mucha gente me dijo que no pertenecía. Que iba a ensuciar el escenario.
El público abucheó al recuerdo de Victoria.
—Pero hubo gente que creyó. —Enrique señaló hacia el palco donde estaban Diana y Nico—. Hubo una madre que luchó. Y hubo un padre que… que tardó en llegar, pero que cuando llegó, se quedó para siempre.
La cámara enfocó a Nico en el palco. El estadio ovacionó al legendario productor. Nico saludó, visiblemente emocionado.
—Esta noche no se trata de mí —continuó Enrique—. Se trata de ustedes. De los que están luchando. De los que están contando monedas para pagar la renta. De los que tienen un sueño que parece imposible.
Enrique se sentó al piano.
—Esta canción es la primera que escribí. Y es la última que voy a cantar hoy. Porque nunca hay que olvidar de dónde venimos.
Tocó los primeros acordes de “Caja de Zapatos”.
Pero no fue la versión de estudio. Fue una versión sinfónica. Cincuenta músicos de orquesta aparecieron detrás de él.
Y entonces, sucedió la magia.
Enrique no tuvo que cantar.
Noventa mil personas cantaron por él.
“Cuento las monedas para comprar tiempo…
Cuento los pasos contra el viento…”
Enrique dejó de tocar un momento, abrumado, con lágrimas en los ojos, escuchando a su pueblo, a su gente, cantando su dolor y su esperanza. Era un coro monumental que subía al cielo de la Ciudad de México.
Miró sus muñecas. Debajo de la camisa fina y el reloj caro, la piel estaba limpia. Pero él podía sentir el peso fantasma de la cinta adhesiva.
PROTEGE A MAMÁ.
Lo había hecho. Y en el camino, había protegido a miles más.
Epílogo: La Casa en el Pedregal.
Horas después, la fiesta había terminado.
Enrique llegó a su casa. No era un departamento rentado. Era una casa propia, hermosa, llena de luz.
Entró a su estudio privado. Era un santuario de la música. Discos de platino en las paredes, premios Grammy en la repisa, guitarras firmadas por leyendas.
Pero en el centro de la habitación, en una repisa de cristal iluminada con una luz especial, había un objeto que desentonaba con todo el lujo.
Era una caja de zapatos Nike.
Vieja. Abollada. Reforzada con cinta canela amarillenta por el paso de una década.
Enrique se acercó.
Levantó la tapa con cuidado.
Adentro no había zapatos.
Había una moneda de diez pesos. La primera que ganó barriendo la banqueta de Doña Lupe.
Había un rollo de cinta adhesiva blanca, casi terminado.
Había una copia arrugada de un formulario de inscripción con el sello “ACEPTADO”.
Y había una foto. Una foto Polaroid de él, Diana y Nico, tomada en el hospital el día que dieron de alta a su mamá. Los tres sonriendo, un poco incómodos, un poco rotos, pero juntos.
Enrique tomó la foto.
La puerta del estudio se abrió suavemente.
—¿Papá? —dijo una vocecita.
Enrique se giró.
En la puerta estaba su hijo. Leo. De cuatro años. Con el cabello despeinado y una pijama de dinosaurios.
—Leo, ¿qué haces despierto? Son las tres de la mañana.
—Escuché ruidos. ¿Ganaste?
Enrique sonrió. Cargó a su hijo en brazos.
—Sí, campeón. Ganamos.
—¿Me enseñas la caja? —pidió Leo, señalando el tesoro.
Enrique acercó al niño a la repisa.
—Mira. Esa es la caja mágica.
—¿Por qué es mágica? —preguntó Leo, tocando el cartón viejo con sus deditos.
—Porque esta caja salvó a tu abuela —dijo Enrique—. Y porque me enseñó que no importa qué tan vacíos estén tus bolsillos, si tu corazón está lleno, eres rico.
Leo bostezó, recargando la cabeza en el hombro de su papá.
—Cántame la canción de la caja, papá.
Enrique abrazó a su hijo, mirando la foto de su familia, mirando su legado. Y allí, en la quietud de su hogar, lejos de los estadios y los aplausos, cantó bajito, solo para su hijo.
“Y aunque la caja esté vacía…
mi voz está llena de vida…”
Leo se quedó dormido.
Enrique apagó la luz del estudio, dejando solo la pequeña luz sobre la caja de zapatos, que brillaba en la oscuridad como un faro, recordándole siempre el camino a casa.
FIN