
CAPÍTULO 1: EL FRÍO QUE MUERDE
El frío de enero en la ciudad no era solo una temperatura baja; era una entidad viva, maliciosa, que se arrastraba por las banquetas rotas y buscaba cualquier hueco en la ropa para clavar sus dientes de hielo. Eran las once de la noche y el termómetro marcaba dos grados bajo cero, algo inusual para la zona, producto de un frente frío que había bajado desde el norte y tenía a medio país tiritando. Pero para Arturo, un “niño de la calle” de apenas siete años, esos términos meteorológicos no significaban nada. Para él, el frío significaba dolor. Un dolor agudo en las puntas de los dedos, un ardor en las orejas y esa sensación horrible de que la sangre se estaba volviendo espesa, como atole frío, dentro de sus venas.
Arturo se apretó contra la cortina metálica de un negocio cerrado en el centro. La lámina estaba helada, pero al menos cortaba el viento que soplaba con furia por la avenida. Llevaba puesta una sudadera gris que alguna vez debió ser de un adolescente, pues las mangas le colgaban cubriéndole las manos por completo. La tela estaba tan gastada que en los codos ya se transparentaba la piel, y tenía más agujeros que tela. Abajo, unos pantalones de mezclilla que le había robado a un tendedero hacía dos semanas le quedaban enormes, sujetos a su cintura huesuda con un pedazo de lazo de plástico amarillo.
—No te duermas, güey. No te duermas —se susurró a sí mismo.
Su voz sonaba rasposa, como lija. Llevaba dos días sin hablar con nadie, excepto para pedir una moneda y recibir un “ahorita no, mijo” o un simple vidrio subido en su cara.
La calle estaba desierta. Era noche de reyes, o cerca de ella. A lo lejos, en las ventanas de los departamentos que se alzaban sobre los comercios, se veían luces cálidas parpadeando. Árboles de Navidad que aún no quitaban, series de foquitos de colores. Arturo se imaginaba lo que pasaba allá arriba. Se imaginaba el olor. Ese olor que te golpea cuando pasas cerca de una panadería: mantequilla, azúcar, naranja. Se imaginaba a una mamá partiendo una Rosca de Reyes, sirviendo chocolate caliente espumoso en tazas de barro.
Su estómago soltó un rugido que sonó como un animal enojado.
—Cállate —le ordenó a su panza, dándose un golpe suave—. No hay nada.
Su última comida había sido un hallazgo milagroso: medio tamal de dulce, ya duro y frío, que alguien había tirado cerca de la estación del Metro. Se lo había comido con todo y las partes secas, saboreando las pasas como si fueran tesoros. Pero eso había sido ayer en la mañana. Ahora, el hambre ya no era apetito; era un calambre constante, una náusea que lo mareaba.
Arturo cerró los ojos un momento y la imagen del Licenciado Guzmán apareció en su mente, tan clara como si lo tuviera enfrente. Guzmán, el nuevo director de la Casa Hogar “Luz y Esperanza”. Un tipo gordo, con el bigote siempre húmedo de sudor y un anillo de oro enorme en el dedo anular, con una piedra negra cuadrada.
Recordaba el día de su fuga como si fuera una película de terror en cámara lenta. Había sido hace tres meses, en octubre. Arturo no había tendido su cama con la perfección militar que Guzmán exigía. “Las esquinas, escuincle, ¡las esquinas!”, le había gritado. Arturo, con sus manitas torpes, intentó estirar la sábana gris y áspera del orfanato, pero no fue suficiente.
La mano de Guzmán bajó como un mazo. El anillo de oro le pegó justo en el pómulo, debajo del ojo derecho. El sonido fue seco, como una rama rompiéndose. Arturo cayó al suelo, aturdido, sintiendo el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.
—¡Para que aprendas a no ser un inútil! —había gritado el director, limpiándose el anillo en la camisa—. Mañana te quedas sin comer. Otra vez.
Esa noche, mientras los otros niños lloraban en silencio en sus literas o roncaban, Arturo tomó la decisión. No era una decisión madura, razonada. Era instinto puro. Como un perro que sabe que si se queda, lo matan a patadas. Se deslizó por la ventana del baño que tenía el seguro roto, bajó por la tubería exterior raspándose las rodillas, saltó la barda perimetral cayendo sobre un montón de bolsas de basura y corrió. Corrió hasta que los pulmones le ardieron. Corrió hasta que las luces de la casa hogar desaparecieron.
Y así llegó a la calle. Al principio pensó que sería mejor. “Libre”, pensó. Qué estúpido. La libertad en la calle costaba cara.
Un claxon lo sacó de sus recuerdos. Un taxi pasó rápido, salpicando agua sucia de un bache. El agua helada le empapó los tenis. Esos tenis Converse piratas que había sacado de un contenedor eran del número cinco, y él calzaba del tres. Sentía los pies como dos bloques de hielo ajenos a su cuerpo.
—Tengo que moverme —pensó—. Si me quedo quieto, me va a cargar el payaso.
Se despegó de la cortina metálica y empezó a caminar. Arrastraba los pies. La ciudad a esa hora era un monstruo de concreto y sombras. Pasó frente a un Oxxo. A través de los cristales veía al cajero aburrido mirando su celular. Las luces fluorescentes iluminaban los pasillos llenos de papitas, gansitos, refrescos. Arturo se detuvo, pegando la cara al vidrio, dejando una mancha de vaho.
El cajero levantó la vista. Vio al niño mugroso, con el pelo negro todo alborotado y la cara manchada de tizne. Su expresión cambió de aburrimiento a molestia. Hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca. “Sácate”, pareció decir.
Arturo se alejó antes de que el tipo saliera a echarle agua o a gritarle. Ya se sabía la rutina. “Pinches mugrosos”, “lárgate de aquí”, “no quiero que espantes a los clientes”. Eran las frases que conformaban su nueva educación.
Siguió caminando hacia la zona más rica de la ciudad, allá por donde están los hospitales privados y las plazas comerciales fresas. No porque quisiera, sino porque allá a veces los contenedores de basura tenían cosas mejores. Una vez encontró media hamburguesa de Carl’s Jr. casi intacta.
El viento arreció. Arturo sintió que las lágrimas se le congelaban en las pestañas. Empezó a toser, una tos seca y dolorosa que le sacudía el pecho flaco.
—Jefecita… —susurró, una palabra que nunca había usado porque nunca había tenido madre, pero que había escuchado decir a otros niños de la calle cuando tenían miedo—. Jefecita, ayúdame.
Y entonces, al doblar la esquina de la Avenida Universidad, la vio.
Parecía un palacio de cristal. El edificio del Centro Médico “San Rafael” se alzaba majestuoso, separado de la calle por una reja negra y elegante. No era como el Hospital General, que olía a cloro barato y siempre estaba lleno de gente triste sentada en el piso. No. Este lugar brillaba.
Las paredes eran de vidrio azulado. Las luces del interior eran cálidas, doradas. Se veía el vestíbulo a través de las puertas giratorias: sillones de piel color crema, una recepción que parecía de hotel cinco estrellas, plantas enormes que se veían verdes y vivas.
Pero lo que atrajo a Arturo no fue el lujo. Fue el vapor.
De una de las chimeneas en el techo del edificio anexo salía una columna constante de vapor blanco. Y las ventanas… las ventanas no estaban empañadas por el frío, sino que irradiaban una luz que prometía una sola cosa: calor. Calefacción central.
Arturo se detuvo en seco. Sus piernas temblaban tanto que las rodillas le chocaban una con la otra.
—Ahí dentro no hace frío —pensó. La idea era tan simple y tan poderosa que borró todo lo demás.
Se acercó a la reja. Había una caseta de vigilancia en la entrada principal. Un guardia, bien uniformado con su chamarra gruesa con el logotipo del hospital, estaba dentro, tomando café y viendo una pantallita. Si Arturo intentaba entrar por ahí, le iría mal. Los guardias privados eran peores que los policías; no tenían reglas y les gustaba demostrar su poder.
Rodeó el edificio, sus tenis grandes haciendo chap-chap en el pavimento mojado. Fue hacia la parte trasera, donde suponía que entraban las ambulancias o los proveedores.
La parte de atrás era menos elegante, pero igual de imponente. Había grandes contenedores de basura, pero estaban cerrados con candado. “Ni basura me van a regalar”, pensó con amargura.
Se escondió detrás de una planta de luz que zumbaba suavemente. El motor de la planta despedía un poquito de calor, apenas una miseria, pero Arturo se pegó a la máquina metálica como si fuera un abrazo. Cerró los ojos, intentando absorber ese calorcito.
—Diosito, por favor, no me dejes aquí —murmuró.
El destino, o la casualidad, o quizás ese “Diosito” al que le hablaba, decidió responder.
Una puerta metálica de servicio, a unos diez metros de donde él estaba, se abrió con un rechinido. El sonido hizo que Arturo abriera los ojos de golpe.
Salieron tres mujeres. Llevaban uniformes quirúrgicos de color azul pitufo, pero traían puestas chamarras gruesas encima. Eran enfermeras del turno de noche tomando su descanso.
—¡Ay, no mames, Lupita! ¡Hace un frío de la chingada! —exclamó una de ellas, una mujer bajita y robusta, mientras sacaba una cajetilla de cigarros.
—Te dije, güey. Está bajando la temperatura bien gacho. Dicen en las noticias que va a nevar en el Ajusco —respondió la otra, frotándose las manos.
La tercera, más joven, sostenía la puerta con el pie mientras encendía su cigarro.
—No la cierren bien, eh, que luego el de seguridad se tarda horas en venir a abrirnos y me congelo el trasero.
Pusieron una piedra pequeña, un simple trozo de tabique, para que la puerta no hiciera “clic” al cerrarse. Se quedaron ahí, a unos pasos de la entrada, fumando y riendo, soltando nubes de humo que se mezclaban con el vapor de su respiración.
Arturo las miraba desde su escondite. Veía la puerta. Veía la rendija. Veía la luz amarilla y cálida que se escapaba por ahí, invitándolo, llamándolo.
El calor que salía de esa rendija era como el canto de una sirena. Olía a limpio. Olía a vida.
Su cerebro le gritó: «Es peligroso. Si te agarran te van a madrear o te van a llevar a la correccional y de ahí te regresan con Guzmán».
Pero su cuerpo, su pobre cuerpo congelado de siete años, gritó más fuerte: «Si no entras, te mueres hoy».
Las enfermeras estaban distraídas, chismeando sobre un tal Doctor Ramírez que engañaba a su esposa.
—Es que ese doctor es bien ojoalegre, mana, ya ves cómo miraba a la nueva de recepción…
Era el momento. Arturo respiró hondo, llenando sus pulmones de aire helado una última vez. Se agachó, haciéndose lo más pequeño posible, casi una bola de trapos sucios.
Se impulsó con las piernas entumidas. Corrió.
No fue una carrera elegante. Fue una carrera desesperada, resbalando un poco en el aguanieve. Pasó por detrás de los contenedores, en el punto ciego de las enfermeras. Ellas estaban dándole la espalda a la puerta para protegerse del viento.
Arturo llegó a la puerta. Se tiró al suelo y se deslizó por el hueco que habían dejado, empujando la puerta apenas lo necesario para que cupiera su cuerpo flaco.
—¿Escuchaste eso? —preguntó la enfermera joven, volteando de repente.
Arturo se congeló justo del otro lado de la puerta, pegado a la pared interior.
—Ay, estás paranoica, ha de ser una rata. Aquí hay un buen por la basura —dijo la otra.
—Bueno, apúrenle que ya me dio frío.
Arturo no esperó a escuchar más. Se levantó y corrió hacia el interior del pasillo.
El cambio fue brutal. De repente, el silencio. El viento dejó de aullar. Y el calor… Dios mío, el calor. Era como entrar en un baño de agua tibia. Sentía cómo sus orejas empezaban a picar intensamente mientras la sangre regresaba a ellas.
Estaba dentro.
El pasillo era largo, con piso de linóleo tan brillante que parecía un espejo. Las paredes eran de un color crema suave, con cuadros de paisajes relajantes: playas, bosques, cascadas. No había nadie. Solo se escuchaba el zumbido lejano de las máquinas expendedoras y el bip-bip de algún aparato médico a la distancia.
Arturo miró sus tenis. Estaban dejando huellas de lodo negro sobre el piso inmaculado.
—Chin… —pensó. Tenía que quitarse de ahí. Las huellas lo delatarían.
Se quitó los tenis. Estaban empapados de todos modos. Los agarró con una mano y se quedó en calcetines. Bueno, si a eso se le podían llamar calcetines; eran unos trapos grises llenos de hoyos por donde asomaban sus dedos sucios y amoratados. Pero al menos ya no hacía ruido ni dejaba lodo.
Caminó de puntitas, sintiendo el suelo tibio.
—Tengo que esconderme. Un ratito nada más. Que se me quite el frío y me voy —se prometió.
Subió por unas escaleras de servicio que encontró a la derecha. “Solo personal autorizado”. Arturo no sabía leer bien todas las palabras, pero entendía el color rojo de las letras. Rojo significaba peligro, pero también significaba que por ahí no pasaba tanta gente.
Primer piso: Consultorios. Cerrados.
Segundo piso: Maternidad. Se escuchaban llantos de bebés a lo lejos y voces de enfermeras. Muy arriesgado.
Tercer piso.
Llegó al descanso de la escalera del tercer piso y se asomó con cuidado por la ventanita de la puerta batiente.
Estaba mucho más oscuro que los otros pisos. Las luces estaban atenuadas, creando una penumbra azulada y tranquila. No se escuchaban voces, ni llantos, ni risas. Solo un silencio pesado, respetuoso.
Empujó la puerta con el hombro y entró. El aire aquí olía diferente. No olía a flores. Olía a alcohol, a medicinas fuertes y a electricidad estática.
Caminó pegado a la pared, haciéndose sombra entre las sombras. Pasó frente a un mostrador de enfermería que estaba vacío en ese momento. Había una computadora encendida y una taza de café humeante que decía “La mejor enfermera del mundo”. Alguien acababa de estar ahí y volvería pronto.
Arturo aceleró el paso. Vio un letrero grande con letras iluminadas: UCI PEDIÁTRICA. Debajo, en letras más pequeñas: TERAPIA INTENSIVA.
No sabía qué significaba “Intensiva”, pero la zona parecía un laberinto de cristal. Las habitaciones no tenían paredes de ladrillo, sino frentes de vidrio corredizos. Podía ver hacia adentro de cada cuarto.
La mayoría estaban vacíos o con las cortinas cerradas. Pero al final del pasillo, la habitación 304 tenía la luz encendida, una luz tenue, como de acuario.
Arturo sintió una atracción magnética. No sabía por qué, pero sus pies lo llevaron hacia allá. Se olvidó del miedo a que lo atraparán. Se olvidó del hambre. Solo existía esa habitación al final del pasillo.
Se acercó sigilosamente. Se escondió detrás de un carrito de limpieza que alguien había dejado olvidado. Desde ahí, tenía una vista perfecta.
Dentro de la habitación había una cama que parecía una nave espacial. Tenía barandales, botones, palancas. Alrededor de la cama había torres de aparatos con pantallas que mostraban líneas que subían y bajaban como montañitas verdes y rojas. Bip… bip… bip… hacían las máquinas.
Y en medio de todos esos cables y tubos, había un niño.
Arturo se frotó los ojos con el puño sucio de su sudadera. A lo mejor el frío lo había vuelto loco. A lo mejor ya se había muerto allá afuera en la banqueta y esto era el cielo. O el infierno.
Salió de detrás del carrito y caminó como hipnotizado hasta quedar frente al cristal. Pegó las manos abiertas contra el vidrio. Sus palmas dejaron marcas de grasa, pero no le importó. Pegó la nariz también.
El niño de la cama estaba dormido. O tal vez desmayado. Tenía un tubo de plástico metido en la boca, asegurado con cinta adhesiva. Su pecho subía y bajaba, pero no lo hacía él; una máquina al lado de la cama siflaba y empujaba aire dentro de él. Fshhh… clac. Fshhh… clac.
El niño estaba pálido, del color de la cera de una vela. Tenía ojeras moradas profundas. Estaba flaco, pero no flaco de hambre como Arturo, sino flaco de enfermedad, consumido.
Pero nada de eso importaba. Lo que importaba era la cara.
Arturo conocía esa cara. La veía cada vez que pasaba frente a un escaparate en la calle. La veía en los charcos de agua cuando se agachaba a beber.
Ese pelo negro lacio y rebelde que caía sobre la frente.
Esa nariz pequeña y un poco chata.
Esas cejas pobladas que se juntaban un poco en el centro.
Esa boca…
Arturo se llevó las manos a su propia cara, tocándose los pómulos, la nariz, la barbilla. Sus dedos trazaron el mapa de su rostro mientras sus ojos recorrían el rostro del niño tras el cristal.
Eran idénticos.
No parecidos. No “se dan un aire”. Eran la misma persona. Era como si Arturo se hubiera desdoblado, y una parte de él estuviera allí, limpia, en pijama de seda azul, acostada en sábanas blancas, mientras la otra parte estaba aquí, sucia, llena de mugre y piojos, parada en calcetines rotos.
El terror lo invadió. Un terror frío, peor que el del clima.
—¿Soy yo? —susurró, y su aliento empañó el vidrio—. ¿Me morí? ¿Ese soy yo muerto?
El niño de la cama no se movió. Solo el bip… bip… de la máquina respondía.
Arturo no podía dejar de mirar. Vio que el niño tenía una vía intravenosa en el brazo. Su piel se veía suave, cuidada, a pesar de la palidez. En la mesita de noche, junto a la cama, había juguetes. Un robot Transformer, una tablet, un oso de peluche que se veía caro.
—Tiene juguetes… —pensó Arturo con una punzada de envidia que se mezcló con el miedo—. Yo tengo frío y él tiene juguetes. Pero él tiene tubos y yo puedo caminar.
La dualidad de la escena lo mareaba. ¿Qué era mejor? ¿Estar muriéndose en sábanas de seda o estar sobreviviendo en la basura?
De repente, el sonido de voces rompió el hechizo. Voces de adultos. Voces autoritarias. Venían del otro lado del pasillo, acercándose a la estación de enfermería.
—…los papás están devastados, Doctor. La señora Elena no ha dejado de llorar.
Arturo reaccionó. El instinto de rata callejera se encendió de nuevo. Miró a todos lados. No podía regresar a las escaleras, las voces venían de allá. No había salida.
Solo había una puerta entreabierta a su izquierda. Un cuarto de servicio, donde guardaban las escobas y los líquidos de limpieza.
Se lanzó hacia allá, metiéndose justo a tiempo, cerrando la puerta con cuidado para que no hiciera ruido, dejando una rendija mínima para ver. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro atrapado. Pum-pum, pum-pum.
Dos personas aparecieron en su campo de visión. Un hombre alto, canoso, con bata blanca impecable y estetoscopio al cuello. Y una mujer con uniforme azul, la jefa de enfermeras, con cara de preocupación. Se detuvieron justo frente a la habitación 304. Frente al niño que era Arturo.
—La saturación bajó a 85 en la última hora, Carmen —dijo el doctor, frotándose la frente con cansancio—. Sus pulmones se están rindiendo. La fibrosis quística está ganando.
—¿Y el trasplante, doctor? —preguntó la enfermera.
—No hay donador —el doctor suspiró, un sonido largo y triste—. Necesitamos un lóbulo pulmonar compatible. Y dado que Luis es adoptado y no tenemos historial familiar… es buscar una aguja en un pajar. Si no aparece un milagro, un pariente consanguíneo directo en las próximas 48 horas…
El doctor no terminó la frase. Miró a través del vidrio al niño entubado.
—Pobre Luis. Y pobres padres. Tienen todo el dinero del mundo y no pueden comprar lo único que su hijo necesita: un pedazo de pulmón compatible.
Arturo, escondido en la oscuridad, con olor a Pinol y trapos húmedos, escuchaba cada palabra. No entendía qué era “fibrosis quística” ni “lóbulo pulmonar”. Pero entendió “adoptado”. Entendió “pariente consanguíneo”. Y entendió “milagro”.
Volvió a mirar al niño. A Luis.
—Luis —susurró en la oscuridad—. Se llama Luis.
Y mientras el frío de la calle empezaba a abandonar sus huesos gracias a la calefacción del hospital, un nuevo escalofrío, este de puro destino, le recorrió la espalda. Arturo no sabía que su vida, esa vida miserable de hambre y golpes, estaba a punto de chocar de frente con la vida de ese niño tras el cristal. Y que el impacto lo cambiaría todo.
CAPÍTULO 2: EL ESPEJO DE CRISTAL
El armario de limpieza olía a cloro concentrado y a trapeadores húmedos, un olor agrio que le picaba la nariz a Arturo. Estaba hecho un ovillo entre una cubeta amarilla y un montón de rollos de papel higiénico industrial. Su corazón latía tan fuerte contra sus costillas que temía que el sonido retumbara en el pasillo como un tambor de guerra.
Afuera, el Doctor Serrano y la enfermera Carmen seguían hablando. Sus voces eran un murmullo grave, lleno de esa tristeza educada que tienen los adultos cuando hablan de cosas que no pueden arreglar.
—Voy a la cafetería por un café, Carmen. Avísame si hay algún cambio en la presión arterial —dijo el médico.
—Sí, doctor. Descanse un poco.
Se escucharon pasos alejándose. El silencio regresó al pasillo del tercer piso, solo roto por los zumbidos electrónicos de la Terapia Intensiva.
Arturo contó hasta cincuenta, como le había enseñado una vez una maestra suplente en la escuela pública antes de que lo mandaran a la casa hogar. Uno, dos, tres… Sus dedos entumidos empezaban a doler al descongelarse, una sensación de hormigueo punzante, como si mil agujas invisibles se le clavaran en las yemas.
—Tengo que irme —pensó. El calor del hospital ya había cumplido su función; había dejado de temblar incontrolablemente. Ahora, el miedo a ser descubierto pesaba más que el confort.
Empujó la puerta del cuarto de limpieza con la punta de los dedos. Se abrió sin hacer ruido. Arturo asomó la cabeza. El pasillo estaba desierto de nuevo. La luz de la estación de enfermería estaba encendida, pero la silla estaba vacía. Carmen debía estar dentro de algún cuarto revisando sueros.
Era su oportunidad.
Salió disparado, caminando rápido pero en silencio gracias a sus calcetines agujereados. Iba directo hacia las escaleras de emergencia. Solo tenía que bajar, esquivar la seguridad de la planta baja y volver a la calle. Volver al frío, sí, pero también a su libertad.
Sin embargo, al pasar frente a la habitación 304, sus pies se detuvieron solos. Fue un acto de rebeldía de su propio cuerpo.
Ahí estaba. Luis. Su copia. Su otro yo.
La curiosidad fue más fuerte que el instinto de supervivencia. Arturo se acercó al cristal una última vez. Quería grabar esa imagen en su memoria, para estar seguro de que no era una alucinación por el hambre.
El niño en la cama se movió ligeramente. Un espasmo. Abrió los ojos un milímetro. Eran oscuros, profundos… idénticos a los de Arturo. Por un segundo, a través del vidrio blindado y los metros de distancia, sus miradas se cruzaron.
Arturo sintió un vértigo. Fue como mirarse al espejo, pero un espejo roto.
Y entonces, sucedió el desastre.
Arturo dio un paso atrás, mareado, y su talón chocó contra un bote de basura metálico que estaba pegado a la pared.
¡CLANG!
El sonido fue estruendoso en el silencio sepulcral del hospital. Sonó como un disparo.
—¡¿Quién anda ahí?! —la voz vino de la esquina del pasillo.
Arturo giró sobre sus talones, listo para correr, pero fue demasiado tarde. Una figura corpulenta emergió de las sombras. Era el guardia de seguridad del piso, un hombre moreno, ancho como un ropero, con el uniforme azul marino tenso sobre la barriga.
—¡Te tengo, escuincle!
Arturo intentó esquivarlo, haciendo una finta hacia la izquierda, una maniobra que le había salvado muchas veces de los policías en el mercado. Pero el piso encerado era traicionero. Sus calcetines resbalaron. Arturo cayó de rodillas, y antes de que pudiera levantarse, una mano enorme lo agarró por el cuello de la sudadera, levantándolo como si fuera un gato callejero.
—¡Suélteme! ¡No hice nada! —gritó Arturo, pataleando en el aire.
—¡Cállate, chamaco! —gruñó el guardia, sacudiéndolo—. ¿Qué haces aquí arriba? ¿Vienes a robar medicinas? ¿Carteras? ¡Ya verás cuando llegue la patrulla!
El guardia, cuyo gafete decía “Ramírez”, lo arrastró sin miramientos hacia la luz, justo frente a la puerta de cristal de la habitación 304.
—¡Por favor! —suplicó Arturo, con lágrimas de rabia y miedo en los ojos—. Solo tenía frío. ¡Juro que solo tenía frío!
—Sí, sí, eso dicen todos los ratoncitos como tú. “Tenía frío”, “tenía hambre”. Y luego nos faltan celulares. Vas para afuera, pero primero te voy a revisar hasta los…
—¡Ramírez! ¡Suéltalo ahora mismo!
La orden sonó como un latigazo. Era Carmen, la jefa de enfermeras. Había salido de la habitación contigua, alertada por los gritos. Estaba parada con las manos en la cintura, el ceño fruncido.
—Jefa, agarré a este vagabundo espiando en los cuartos —dijo Ramírez, orgulloso de su captura, pero aflojando un poco el agarre—. Lo voy a bajar a seguridad para que le den su calentadita y llamar a la policía.
—¡Dije que lo sueltes! —Carmen avanzó rápido, sus zuecos blancos resonando en el piso.
Ramírez soltó a Arturo, quien cayó al suelo, golpeándose el trasero. El niño se arrastró hacia atrás hasta topar con la pared, cubriéndose la cabeza con los brazos, esperando el golpe. Así era con Guzmán en la casa hogar. Primero los gritos, luego el golpe.
Pero el golpe no llegó.
En su lugar, sintió una mano tibia tocando su muñeca.
—Baja las manos, mi vida. Nadie te va a pegar —dijo Carmen. Su voz temblaba un poco.
Arturo bajó los brazos lentamente, desconfiado, listo para morder si era necesario. Levantó la vista. La enfermera estaba arrodillada frente a él, ignorando que el piso pudiera ensuciar su uniforme impecable. Pero ella no le miraba la ropa sucia, ni el pelo enmarañado. Le miraba la cara.
Sus ojos recorrían los rasgos de Arturo con una mezcla de horror y fascinación. Miraba su frente, su nariz, su barbilla. Luego giraba la cabeza y miraba a través del cristal, hacia la cama donde yacía Luis. Y volvía a mirar a Arturo.
—Dios santísimo… —susurró Carmen, llevándose una mano a la boca, donde colgaba un cubrebocas—. Ramírez… ¿ya viste?
—¿Ver qué, jefa? Es un niño de la calle, huele a rayos.
—¡Míralo, Ramírez! —gritó ella, agarrando la barbilla de Arturo con suavidad y girando su rostro hacia la luz—. ¡Mira su cara y mira al paciente de la 304!
El guardia resopló, molesto, pero obedeció. Se inclinó, entrecerrando los ojos. Miró a Arturo. Miró a Luis.
El color desapareció de la cara del guardia. Se puso pálido bajo su piel morena. Dio un paso atrás, como si Arturo tuviera algo contagioso.
—Ay, en la madre… —se le escapó al guardia—. Son… son iguales.
—No son iguales —corrigió Carmen, con la respiración agitada—. Son idénticos.
Arturo sentía las miradas de los dos adultos clavadas en él. Se sentía como un bicho raro, como un animal de zoológico.
—¿Tú quién eres? —preguntó Carmen, sin soltarlo.
—Arturo —dijo él en un hilo de voz.
—¿Arturo qué? ¿Cuál es tu apellido?
—No sé… En el orfanato me decían Arturo “Nadie”, porque no tengo papeles.
—¿Orfanato? —los ojos de Carmen brillaron—. Ramírez, llama al Doctor Serrano. ¡Córrale! Que venga ya. Y busca el número de los señores Martí. Tienen que regresar.
—Pero jefa, son las doce de la noche…
—¡Me vale madres la hora! —Carmen se puso de pie, recuperando su autoridad—. Diles que es una emergencia médica. Diles que… diles que encontramos una esperanza.
Diez minutos después, Arturo estaba sentado en un sofá de piel en la sala de espera privada de la UCI. Ya no tenía frío. De hecho, tenía calor. Carmen le había traído una manta térmica de esas que parecen de aluminio y se la había puesto encima de la ropa sucia.
Frente a él, en una mesita baja de cristal, había un banquete digno de un rey: dos sándwiches de jamón y queso (de los de la máquina, pero calentados en el microondas), un jugo de manzana y un paquete de galletas Emperador de chocolate.
—Cómetelo todo, corazón —le había dicho Carmen antes de irse a hablar por teléfono—. Ahorita vengo.
Arturo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Atacó el primer sándwich con ferocidad. Casi no masticaba, solo tragaba. Sentía cómo el pan y el queso llenaban ese hueco doloroso en su estómago. Sus manos temblaban mientras sostenía la comida, dejando migajas sobre la costosa alfombra, pero a nadie parecía importarle.
Mientras comía, sus ojos no se apartaban de la puerta de cristal que daba al pasillo. Veía movimiento. Enfermeras que pasaban y lo señalaban, cuchicheando. El guardia Ramírez que no le quitaba la vista de encima, pero ahora ya no con enojo, sino con miedo, como si Arturo fuera un fantasma.
—¿Qué van a hacerme? —pensó Arturo, lamiéndose el chocolate de los dedos—. ¿Me van a sacar sangre? ¿Me van a vender?
En la calle se decían muchas cosas. Que a los niños los robaban para sacarles los órganos. Arturo sintió un escalofrío. Miró hacia la salida. Podría intentar correr de nuevo. Ya había comido. Tenía fuerzas.
Se levantó del sofá, dejando caer la manta.
Justo en ese momento, las puertas del elevador al fondo del pasillo se abrieron con un ding suave.
Salieron dos personas que parecían dueñas del mundo, aunque en ese momento parecían que el mundo se les había caído encima.
El hombre, alto, vestido con un abrigo de lana negro sobre un traje gris impecable, tenía el rostro demacrado. Se notaba que había llorado o que no había dormido en días.
La mujer era hermosa, rubia, con un abrigo color crema y un bolso que seguramente costaba más que toda la comida que Arturo había visto en su vida. Pero sus ojos… sus ojos estaban rojos, hinchados, muertos en vida.
Eran los padres. Arturo lo supo de inmediato. Olían a tristeza.
Venían caminando rápido, casi corriendo, seguidos por el Doctor Serrano.
—¿Qué pasó, Doctor? —preguntaba el hombre, con voz angustiada—. Nos dijeron que era urgente. ¿Luis empeoró? ¿Entró en crisis respiratoria?
—No, Andrés, no es eso. Luis está estable, dentro de lo que cabe —dijo el médico, tratando de calmarlos—. Es algo… diferente. Algo que no tiene explicación lógica, pero que tienen que ver con sus propios ojos.
Llegaron a la puerta de la sala de espera.
Arturo se quedó paralizado en medio de la habitación, con un pedazo de galleta en la mano y la boca manchada de chocolate.
La mujer, Elena, entró primero.
—¿Qué es esto? ¿Por qué nos trae a la sala de espera? Yo quiero ver a mi hijo…
Entonces, ella lo vio.
El tiempo se detuvo. Fue como si alguien hubiera puesto pausa a la película de la vida.
Elena se quedó petrificada. Su bolso cayó al suelo con un golpe sordo. Se llevó ambas manos al pecho, como si le hubieran disparado. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Solo un jadeo ahogado, doloroso.
Andrés, su esposo, chocó contra ella al detenerse.
—Elena, ¿qué…?
Él también miró. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se quitó los lentes de armazón delgado y se frotó los ojos, volviéndoselos a poner, incrédulo.
Arturo retrocedió hasta chocar con el sofá. Se sintió pequeño, sucio e intruso. Quería desaparecer. Esas personas lo miraban como si fuera un monstruo o un milagro, y él no quería ser ninguna de las dos cosas.
—Luis… —susurró Elena. Dio un paso vacilante hacia Arturo.
—No, señora Martí —intervino Carmen suavemente, poniéndose entre ella y el niño—. No es Luis. Luis está en su cama.
—Pero… pero es su cara —la voz de Elena se rompió en un sollozo histérico—. ¡Andrés, es su cara! ¡Es idéntico! ¡Es él!
Andrés abrazó a su esposa por los hombros para que no se desplomara, pero él tampoco podía dejar de mirar a Arturo.
—Doctor Serrano, ¿qué significa esto? —preguntó Andrés, su voz endureciéndose por el shock—. ¿Quién es este niño? ¿Es una broma de mal gusto?
—No es ninguna broma, Andrés —dijo el médico, cerrando la puerta para darles privacidad—. Este niño se metió al hospital hace una hora buscando refugio del frío. La enfermera Carmen lo encontró. Dice llamarse Arturo. Dice que no tiene padres.
—¿No tiene padres? —Elena se soltó del abrazo de su marido y se acercó a Arturo.
El niño se encogió, esperando un grito, un regaño.
—No me pegue —dijo Arturo instintivamente, cubriéndose la cara—. Ya me voy, ya me voy.
Esa frase rompió el corazón de todos en la sala.
Elena se detuvo en seco. Se arrodilló lentamente, sin importarle sus pantalones de diseñador, tal como lo había hecho Carmen. Quedó a la altura de los ojos de Arturo.
—Nadie te va a pegar, pequeño —dijo ella, con lágrimas corriendo por su maquillaje perfecto—. Nadie te va a hacer daño nunca más.
Ella estiró la mano, temblando, y le tocó la mejilla a Arturo. Sus dedos eran suaves, olían a crema cara. Arturo se estremeció, pero no se apartó. Hacía años que nadie lo tocaba con cariño. Desde antes de que mamá muriera, cuando él tenía tres años.
—Andrés… —dijo Elena, sin dejar de mirar los ojos oscuros de Arturo—. Tiene el lunar. Mira. Tiene el mismo lunar que Luisito cerca de la oreja.
Andrés se acercó, examinándolo como si fuera un documento legal complejo.
—Es imposible —murmuró—. La agencia de adopción nos juró que Luis era hijo único. Que la madre biológica murió en el parto y no había más familia. Nos dieron el certificado. “Sin hermanos”.
—Las agencias mienten, Andrés —dijo el Doctor Serrano, cruzándose de brazos—. Especialmente las que operaban en zonas rurales hace siete años. A veces separan a los hermanos porque es más fácil dar en adopción a un bebé solo que a gemelos. O quizás… quizás la madre se quedó con uno y entregó al otro porque estaba enfermo.
La habitación quedó en silencio, procesando la brutalidad de esa teoría.
—Luis tiene fibrosis quística —continuó el doctor—. Es una enfermedad genética y costosa. Si venían de una familia pobre… tal vez solo pudieron quedarse con el sano.
Arturo escuchaba sin entender todas las palabras, pero captando el sentido. Gemelos. Hermanos. Separados.
—¿Él es mi hermano? —preguntó Arturo, con voz ronca.
Elena soltó un sollozo fuerte y abrazó a Arturo. Lo abrazó con fuerza, con desesperación, enterrando su cara en el hombro sucio de la sudadera del niño. Arturo se quedó rígido un momento, con los brazos colgando, pero luego, lentamente, muy lentamente, cerró los ojos y recargó la cabeza en el hombro de esa mujer extraña que olía a mamá.
Andrés se limpió una lágrima furiosa y miró al doctor.
—¿Qué hacemos, Sergio?
El Doctor Serrano se quitó las gafas y miró a los dos niños: uno en brazos de Elena, el otro muriendo a metros de distancia.
—Científicamente, necesito confirmarlo. No podemos basarnos solo en el parecido, aunque sea asombroso. Necesito una prueba de ADN urgente.
—Hazla —ordenó Andrés—. Ahora mismo.
—Y Andrés… —el doctor bajó la voz—. Si son gemelos idénticos, monocigóticos… sabes lo que eso significa para Luis, ¿verdad?
Andrés asintió lentamente, comprendiendo la gravedad del milagro que acababa de entrar por la puerta de servicio.
—Significa que tenemos un donante. Significa que Luis puede vivir.
El doctor se acercó a Arturo, interrumpiendo el abrazo de Elena. Sacó de su bolsillo un kit de extracción rápida que había traído previsoramente.
—Arturo, campeón —le dijo el médico—. Necesito un piquetito. Va a doler un poquito, ¿eres valiente?
Arturo miró la aguja. Luego miró a Elena, que le sostenía la mano y le sonríe entre lágrimas. Luego pensó en el niño de la cama.
—Ya me han picado antes —dijo Arturo, extendiendo su brazo flaco y sucio, donde las venas azules se marcaban claramente—. No lloro.
El doctor pinchó. La sangre roja y oscura llenó el tubito de plástico.
Arturo no lloró. Solo miró su propia sangre y pensó que, por primera vez en su vida, esa sangre valía algo. No era sangre de niño de la calle. Era sangre de hermano. Sangre de vida.
—Llévenlo al laboratorio de guardia —ordenó el doctor a Carmen—. Quiero los marcadores preliminares en una hora. Y Carmen… búscales ropa limpia. Y más comida.
Cuando Carmen se llevó a Arturo de la mano hacia el baño para asearlo, el niño volteó hacia atrás. Vio a Elena y Andrés abrazados, llorando, mirándolo como si fuera la segunda venida de Cristo.
Por primera vez en tres meses, Arturo no sintió frío. Ni una gota.
CAPÍTULO 3: LA MUGRE Y EL MILAGRO
La ducha del cuarto de descanso de enfermería no era un baño de lujo, pero para Arturo era como entrar en una nave espacial. Todo era azulejo blanco, cromo brillante y olor a desinfectante con aroma a pino.
Carmen, la jefa de enfermeras, cerró la puerta con seguro, dejando el mundo y el caos afuera.
—A ver, mi cielo —dijo con voz suave, tratando de no asustarlo—. Necesitamos quitarte esa ropa. Ya no sirve. Está mojada y… bueno, ya dio lo que tenía que dar.
Arturo se abrazó a sí mismo. La vergüenza era un sentimiento nuevo. En la calle a nadie le importaba si tenías la ropa rota o si estabas sucio, porque todos estaban igual. Pero aquí, bajo la luz blanca e implacable de las lámparas fluorescentes, se sentía como una mancha de tinta en una hoja de papel bond.
—Me da pena —murmuró, bajando la vista a sus tenis rotos.
—No tienes nada de qué avergonzarte, Arturo. Yo tengo hijos, ¿sabes? Un grandulón de quince y una niña de doce. He visto de todo. —Carmen se agachó y empezó a desatarle las agujetas de los tenis. Estaban tan anudadas y tiesas por el lodo seco que tuvo que usar unas tijeras de punta redonda que sacó de su bolsillo.
Cuando le quitó los tenis y los calcetines, Carmen soltó un suspiro ahogado que intentó disimular. Los pies de Arturo estaban morados, hinchados por los sabañones. Tenía cortes en los talones y la piel estaba tan reseca que parecía escamarse.
—Ay, Dios mío… —susurró ella. No dijo nada más. No quería hacerlo sentir peor.
Poco a poco, la ropa cayó al suelo. La sudadera gris, la playera que alguna vez fue blanca y ahora era grisácea, los pantalones de mezclilla que se sostenían con el lazo amarillo. Cuando Arturo quedó desnudo, se vio lo delgado que estaba. Se le podían contar las costillas una por una, como las teclas de una marimba. Sus omóplatos sobresalían como alas cortadas.
Pero lo peor no era la delgadez. Eran las marcas.
Tenía un moretón amarillento en el costado, recuerdo de una patada que le dio un comerciante por robar una manzana hacía una semana. Tenía cicatrices en las rodillas. Y tenía una marca vieja, una quemadura de cigarro en el hombro que le había hecho un “amigo” mayor en la casa hogar para “hacerlo hombre”.
Carmen abrió la llave del agua.
—Tócala —le dijo—. Ajustala como te guste.
Arturo metió la mano bajo el chorro. El agua salía caliente. No tibia, caliente. Vaporosa.
Al principio le dolió. Sus manos estaban tan frías que el calor se sintió como fuego. Dio un respingo hacia atrás.
—Arde —dijo.
—Es porque estás congelado, mi amor. Entra despacito. Deja que el agua te abrace.
Arturo entró.
El momento en que el agua caliente golpeó su espalda fue casi religioso. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Sintió cómo el hielo que llevaba incrustado en los huesos desde hacía tres meses empezaba a derretirse. El agua se llevaba el frío, el miedo, la mugre.
Miró hacia abajo. El agua que corría hacia el desagüe era negra. Negra como el chapopote. Era la mugre de la ciudad, el hollín de los escapes de los camiones, la tierra de los parques donde dormía. Se estaba yendo.
Carmen le dio una esponja suave con mucho jabón líquido.
—Tállate, Arturo. Tállate fuerte. Sácate todo lo malo.
Y Arturo se talló. Se talló hasta que la piel se le puso roja. Se lavó el pelo tres veces hasta que el champú hizo una espuma blanca y densa que olía a coco.
Cuando cerró la llave, diez minutos después, se sentía ligero. Como si hubiera dejado diez kilos de peso en el desagüe.
Carmen lo envolvió en una toalla enorme y esponjosa, más grande que la cobija que tenía en la casa hogar. Lo frotó con energía para secarlo.
—Mira nada más —dijo ella, sonriendo con ternura—. Si eres güerito. Debajo de toda esa tierra eras güerito.
Le puso crema en los pies lastimados y en las manos. Le ardió un poco, pero era un ardor bueno, de curación.
Como no tenían ropa de su talla, Carmen había improvisado. Había conseguido una pijama quirúrgica talla chica, de esas azules, y le había remangado los pantalones y las mangas. Le quedaba grande, parecía un disfraz, pero estaba limpia, seca y calientita.
—Ven —le dijo, tomándolo de la mano—. Vamos a ver qué dicen los resultados.
Arturo se miró en el espejo del lavabo antes de salir.
El niño que le devolvía la mirada ya no era el indigente. Tenía el pelo mojado y peinado hacia atrás. Tenía las mejillas sonrosadas por el vapor. Sus ojos brillaban.
Ya no se parecía a Arturo el de la calle.
Ahora sí, sin duda alguna, era la viva imagen de Luis.
Mientras tanto, en la sala de espera privada, el tiempo se había convertido en una sustancia viscosa y lenta.
Elena estaba sentada en el sofá, con la cabeza entre las manos, rezando en voz baja. A su lado, Andrés caminaba de un lado a otro, hablando por celular en voz baja pero furiosa.
—Sí, licenciado, a esta hora. ¡No me importa que estés en Acapulco! Necesito que investigues la agencia “Angelitos del Sur”. Sí, la de Chiapas. La que nos tramitó la adopción hace siete años. Quiero saberlo todo. Quiero saber si hubo irregularidades, si hubo… si hubo otro niño.
Colgó el teléfono y lo aventó al sofá. Se pasó las manos por el cabello canoso, despeinándose por primera vez en años.
—Maldita sea, Elena —dijo, la voz quebrándosele—. ¿Cómo pudimos ser tan ciegos?
Elena levantó la vista. Tenía el rímel corrido, lo que le daba un aspecto de muñeca rota.
—No fuimos ciegos, Andrés. Fuimos estúpidos. O tal vez… tal vez solo estábamos desesperados.
—Nos dijeron que era huérfano único —Andrés golpeó el respaldo del sillón—. Nos mostraron el acta de defunción de la madre. Nos dijeron que no había padre conocido. Pagamos los honorarios, pagamos las “donaciones” extras para agilizar el trámite.
—Compramos a nuestro hijo, Andrés —dijo Elena con brutal honestidad—. Eso fue lo que hicimos. Y no hicimos preguntas porque teníamos miedo de que nos dijeran que no. Porque yo quería ser mamá y tú querías un heredero y… y Dios nos castigó.
—No digas eso.
—Sí, nos castigó. Luisito nació enfermo. Y el otro… el otro hermano se quedó tirado en la basura. —Elena soltó un sollozo desgarrador—. ¿Viste sus manos, Andrés? ¿Viste cómo comía? Como un animalito asustado. Ese niño ha vivido un infierno mientras nosotros le comprábamos iPads y ropa de marca a su hermano.
—Vamos a arreglarlo —dijo Andrés, con esa determinación de hombre de negocios que cree que todo se puede solucionar con gestión y recursos—. Vamos a arreglarlo, te lo juro.
En ese momento, la puerta se abrió.
El Doctor Serrano entró. Traía una carpeta azul en la mano. Su rostro era ilegible, esa máscara profesional que usan los médicos para dar noticias, buenas o malas.
Elena se puso de pie de un salto. Andrés se detuvo en seco.
—¿Y bien? —preguntó Andrés.
El doctor suspiró y se ajustó los lentes.
—El laboratorio de genética hizo un PCR rápido. Compararon los marcadores del niño… de Arturo, con la muestra que tenemos de Luis en el archivo.
Hizo una pausa dramática, no por efecto, sino por el peso de lo que iba a decir.
—Es un “match” perfecto. 99.9% de coincidencia en los alelos STR.
Elena se tapó la boca. Andrés cerró los ojos y exhaló el aire que tenía contenido.
—Son gemelos monocigóticos —confirmó el doctor—. Idénticos. Provienen del mismo óvulo fecundado que se dividió. Genéticamente, son clones naturales. Tienen el mismo ADN, el mismo tipo de sangre, los mismos antígenos de histocompatibilidad.
—¿Eso significa…? —Andrés no se atrevía a terminar la frase.
—Significa que Arturo es el donante perfecto —dijo Serrano, mirando a los padres directamente a los ojos—. No habrá rechazo. Sus tejidos son compatibles al cien por ciento. Si hacemos el trasplante, el cuerpo de Luis reconocerá el pulmón de Arturo como propio.
Elena se dejó caer en el sofá, llorando de alivio y de culpa al mismo tiempo.
—Gracias, Virgen de Guadalupe, gracias…
Pero Andrés, siempre pragmático, vio la sombra en la cara del doctor.
—Hay un “pero”, ¿verdad Sergio? Siempre hay un pero.
—Hay varios “peros”, Andrés —dijo el doctor, sentándose frente a ellos—. Primero, el dilema ético. Arturo es un menor de edad. No puede dar consentimiento legal. Normalmente, los padres dan el consentimiento, pero Arturo no tiene padres legales… o al menos, no que sepamos. Si es un niño institucionalizado, su tutor es el Estado. El DIF.
—Yo me encargo del DIF —interrumpió Andrés, sacando su lado de tiburón corporativo—. Tengo abogados, tengo contactos. Puedo conseguir la custodia, la tutela temporal, lo que sea.
—No es tan fácil. Estamos hablando de una cirugía mayor en un niño sano para salvar a otro. Es una lobectomía. Le vamos a quitar un lóbulo del pulmón izquierdo. Es una mutilación benéfica, pero mutilación al fin y al cabo. El comité de ética del hospital va a poner el grito en el cielo. Van a decir que estamos explotando a un niño de la calle para salvar a un niño rico.
La frase cayó como una losa de concreto en la sala.
Explotando a un niño de la calle para salvar a un niño rico.
Era la verdad cruda y fea.
—Él quiere hacerlo —dijo una voz desde la puerta.
Todos voltearon.
Carmen estaba ahí, sosteniendo la mano de Arturo.
El niño estaba limpio. Con su pijama azul demasiado grande y el pelo mojado, parecía un ángel caído que se había golpeado un poco al aterrizar.
Arturo había escuchado lo último. No entendía qué era “comité de ética” o “lobectomía”, pero entendía que había problemas para ayudar al niño del cristal.
—Arturo… —Elena extendió los brazos hacia él.
El niño soltó la mano de la enfermera y caminó hacia Elena. Se movía con cautela, como si esperara que el piso se abriera en cualquier momento.
Cuando llegó junto a ella, Elena lo abrazó. Esta vez, Arturo no se quedó rígido. Se dejó abrazar. Olía el perfume de ella, sentía la suavidad de su suéter de cachemira.
—Tú eres la mamá de él, ¿verdad? —preguntó Arturo, señalando hacia el pasillo.
—Sí, mi vida. Soy la mamá de Luis. Y… y me gustaría ser tu mamá también, si me dejas.
Arturo frunció el ceño, confundido.
—Yo no tengo mamá. Se murió.
—Lo sé. Pero podemos ser tu familia. Andrés y yo. Y Luis. Luis es tu hermano. Tu hermano gemelo. Nacieron juntos, estuvieron en la misma panza.
—¿Por eso tenemos la misma cara?
—Sí. Por eso.
Andrés se arrodilló junto a ellos. Puso su mano grande y pesada sobre el hombro pequeño de Arturo.
—Arturo, escucha bien lo que te voy a decir. Tu hermano, Luis, está muy enfermo. Sus pulmones no sirven. Se está ahogando poco a poco. Si no hacemos algo, se va a morir en unos días.
Arturo abrió los ojos grandes. La muerte era algo que él conocía. Había visto perros muertos, había visto al Abuelo José muerto en la banca del parque. La muerte era fría y quieta.
—¿Se va a morir como el Abuelo José? —preguntó.
—No sé quién es el Abuelo José, pero… sí. Dejará de respirar.
—No —dijo Arturo con firmeza—. No quiero. Se parece a mí. Si él se muere, es como si yo me muriera un poquito.
—Exacto —dijo el Doctor Serrano, interviniendo con suavidad—. Tú puedes ayudarlo, Arturo. Pero es algo difícil. Tendríamos que operarte. Dormirte, abrirte el pecho y quitarte un pedacito de tu pulmón para dárselo a él. Te va a doler. Vas a tener una cicatriz para siempre.
Arturo se tocó el pecho, justo encima del corazón.
Recordó el frío de la calle. Recordó el hambre. Recordó los golpes de Guzmán. El dolor no le asustaba. El dolor era su compañero de cuarto desde hacía años.
Lo que le asustaba era la soledad.
Y si ese niño moría, Arturo seguiría estando solo en el mundo. Si ese niño vivía… tal vez, solo tal vez, tendría un hermano.
—¿Si le doy mi pulmón… me puedo quedar? —preguntó Arturo, mirando a Andrés a los ojos con una inteligencia callejera que desarmó al empresario.
Andrés sintió un nudo en la garganta. Ese niño estaba negociando su propia salvación. Estaba ofreciendo su cuerpo a cambio de un hogar. Era la transacción más triste y pura que Andrés había presenciado jamás.
—Te vas a quedar pase lo que pase, Arturo —dijo Andrés con voz ronca—. Aunque no le des nada. Aunque no seas compatible. Ya te encontramos. Y no te vamos a soltar. Te lo juro por mi vida. Eres mi hijo ahora. Tanto como Luis.
Arturo asintió, satisfecho con el trato.
—Entonces sí. Sácame el pulmón. Dáselo a él.
El Doctor Serrano se limpió los lentes, visiblemente conmovido.
—Muy bien. Eso ayuda. Pero legalmente…
—Legalmente yo me encargo —cortó Andrés, poniéndose de pie—. Voy a llamar al juez de lo familiar. Es amigo mío. Voy a llamar al director del DIF Estatal. Voy a mover cielo, mar y tierra. Prepara el quirófano, Sergio. Haz los preoperatorios. Yo te consigo el papel.
Una hora después, el sol empezaba a salir sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un rosa pálido y gris. La luz del amanecer entraba por los ventanales del pasillo del tercer piso.
Arturo estaba vestido con un traje extraño. Parecía un astronauta. Era un traje de aislamiento amarillo, con mascarilla, guantes y gorro.
—Es para proteger a Luis —le explicó Carmen—. Él está muy débil. Cualquier bichito que traigas, cualquier microbio de la calle, podría matarlo.
—¿Soy venenoso? —preguntó Arturo, asustado.
—No, mi amor. Tú eres fuerte. Tienes defensas de acero. Pero él es como una flor de cristal. Hay que cuidarlo.
Carmen lo guió hacia la habitación 304.
Las puertas corredizas de cristal se abrieron con un siseo neumático. Fshhh.
El aire adentro estaba frío y olía diferente. A medicina pura.
El sonido de las máquinas era más fuerte aquí. Bip… bip… fshhh… clac.
Andrés y Elena se quedaron afuera, mirando a través del vidrio, abrazados, conteniendo el aliento. Este era un momento solo para ellos dos.
Arturo caminó despacio hacia la cama. Sus zuecos de hule (que le habían prestado) rechinaban un poquito.
Llegó al borde de la cama y miró hacia abajo.
Ahora que lo veía de cerca, sin el vidrio de por medio, el parecido era aún más aterrador. Pero también había diferencias.
Luis tenía la piel casi transparente, se le veían las venitas azules en las sienes. Tenía los labios secos y partidos.
Arturo tenía la piel curtida por el sol y el viento, pequeñas cicatrices en la barbilla, las manos callosas.
Eran el mismo niño, pero uno había sido pulido por la vida fácil y roto por la enfermedad, y el otro había sido endurecido por la vida difícil y salvado por la salud.
Luis abrió los ojos.
Parpadeó lentamente, luchando contra la sedación. Sus pupilas se enfocaron en la figura amarilla que estaba parada junto a su cama.
Vio los ojos de Arturo a través de la careta de plástico.
Luis frunció el ceño, confundido. Levantó una mano débil, llena de cables, y trató de quitarse la mascarilla de oxígeno.
—No, no te la quites —dijo Arturo rápido—. La necesitas.
Luis dejó caer la mano. Su voz salió distorsionada por el plástico, débil, como un susurro de papel.
—¿Quién… eres?
Arturo se bajó un poco la mascarilla del traje para que le viera la cara completa.
—Soy Arturo.
Luis abrió los ojos más grandes. Miró la cara de Arturo. Miró su propia mano.
—Te pareces… a mí —susurró Luis.
—Tú te pareces a mí —respondió Arturo.
—¿Eres… eres un ángel? —preguntó Luis—. ¿Ya me morí? Mamá dijo que los ángeles venían por los niños buenos.
Arturo negó con la cabeza y sonrió, una sonrisa tímida, enseñando un diente de leche que le faltaba.
—No soy un ángel. Soy un niño. Como tú. Soy tu hermano.
—¿Hermano? —la palabra pareció flotar en el aire estéril de la habitación—. Yo no tengo hermano. Mamá dijo…
—Mamá no sabía —dijo Arturo, sintiéndose importante por saber algo que el niño rico no sabía—. Yo estaba perdido. Pero ya llegué.
Luis intentó sonreír, pero estaba muy débil. Una lágrima solitaria rodó por su sien y se perdió en la almohada.
—Tengo miedo —confesó Luis. Su voz era tan frágil que a Arturo se le encogió el corazón—. Me duele el pecho. Siento que… siento que me apago.
Arturo sintió un impulso que nunca había sentido. Quería proteger a ese niño. Quería pelear contra quien fuera que le estuviera haciendo daño. Pero el enemigo no era una persona, era algo adentro.
Arturo metió su mano enguantada entre los barrotes de la cama y tomó la mano de Luis. La mano de su hermano estaba fría y sudorosa. Arturo apretó fuerte.
—No te apagues —le ordenó Arturo—. Aguanta vara.
—¿Qué es “aguanta vara”? —preguntó Luis.
—Que seas fuerte. Que no te rajes.
—No puedo… estoy cansado.
—Pues descansa tantito, pero no te vayas. Yo te voy a dar aire.
—¿Aire?
—Sí. El doctor dijo que te voy a dar un cacho de mi pulmón. El mío sirve bien. Yo corro rápido. Puedo correr desde el Zócalo hasta la Alameda sin cansarme. Te voy a dar eso para que tú también corras.
Luis lo miró con asombro.
—¿Me vas a regalar tu aire?
—Sí. Somos carnales. Los carnales se ayudan.
Luis apretó débilmente la mano de Arturo.
—Gracias… carnal.
Desde el otro lado del vidrio, Elena rompió a llorar, pero esta vez no tapó su boca. Dejó que el llanto saliera, un llanto de liberación. Andrés pegó la frente al cristal, cerrando los ojos, agradeciendo a la vida, al destino, o a la simple suerte callejera que había traído a ese niño perdido a su puerta.
En la habitación, Arturo no soltó la mano de su hermano.
—Voy a salir ahorita —le dijo Arturo—. Me van a preparar. Dicen que nos van a dormir a los dos. Pero cuando despertemos, ya vas a poder respirar chido.
—¿Promesa? —preguntó Luis.
—Promesa de barrio —dijo Arturo, muy serio.
—¿Te vas a quedar? —preguntó Luis, con el pánico asomando en sus ojos—. Cuando despierte… ¿vas a estar aquí?
—Sí. Ya me adoptaron tus papás. Bueno, nuestros papás. Me dieron galletas y me bañaron. Me voy a quedar en tu cuarto.
—Mi cuarto es grande —susurró Luis, cerrando los ojos, vencido por el sueño—. Tiene… tiene literas. Puedes dormir arriba.
—Órale. Yo pido arriba.
Luis sonrió, ya casi dormido.
—Buenas noches… Arturo.
—Buenos días, Luis. Ya salió el sol.
Arturo se quedó allí unos minutos más, vigilando el sueño de su hermano, escuchando el bip-bip del monitor que ahora le parecía menos una cuenta regresiva y más un ritmo de esperanza.
Cuando Carmen entró para sacarlo, Arturo salió con la cabeza en alto. Ya no era el niño rata, el niño basura.
Era Arturo Martí. El hermano. El salvador.
Y estaba listo para que lo abrieran en dos si era necesario.
CAPÍTULO 4: LA BALANZA DE LA VIDA
El sol ya estaba alto sobre la Ciudad de México, pero dentro de las oficinas del Hospital San Rafael, el ambiente estaba cargado de una tormenta eléctrica invisible. Eran las diez de la mañana. Arturo estaba siendo sometido a una batería de exámenes preoperatorios: tomografías, espirómetrías, análisis de coagulación. Mientras tanto, en la sala de juntas de la dirección del hospital, se libraba una guerra diferente. No médica, sino legal.
Andrés Martí caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Su corbata estaba deshecha y las mangas de su camisa remangadas. Frente a él, sentada con una calma burocrática exasperante, estaba la Licenciada Paredes, representante del DIF (Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia).
—Señor Martí, entienda nuestra posición —dijo la licenciada, ajustándose los lentes—. Usted no puede simplemente “tomar” a un niño de la calle, por muy buenas que sean sus intenciones, y meterlo a un quirófano para quitarle un órgano. Eso se llama tráfico de órganos y está penado con cárcel.
Andrés golpeó la mesa de caoba con la palma de la mano.
—¡No lo estoy tomando! ¡Es mi hijo! ¡Es el hermano gemelo de Luis! Ya vio la prueba de ADN. Es sangre de mi sangre, aunque sea por adopción.
—La prueba de ADN prueba la hermandad biológica con Luis, sí —concedió Paredes, revisando el expediente—. Pero legalmente, Arturo es un “niño expósito”. Está bajo la tutela del Estado. El Estado debe protegerlo. Y someterlo a una lobectomía mayor no parece, a primera vista, algo que beneficie al interés superior del menor.
—¿El interés superior del menor? —Andrés soltó una risa amarga—. ¿Dónde estaba el “interés superior” cuando Arturo dormía en la basura hace dos días? ¿Dónde estaba el Estado cuando lo golpeaban en la casa hogar de donde escapó? ¡Mírelo, licenciada! Tiene cicatrices de cigarro en los brazos. Tiene desnutrición grado dos. ¡El Estado le falló! Yo le estoy ofreciendo una vida. Una familia. Futuro.
La licenciada Paredes suspiró. Sabía que el hombre tenía razón, pero su trabajo era seguir las reglas.
—El procedimiento de adopción tarda meses, señor Martí. A veces años. Usted quiere la custodia hoy. Y quiere autorización para operar mañana.
—Luis no tiene meses —intervino el Doctor Serrano, que estaba sentado en una esquina, observando—. Luis tiene días. Si no operamos en 48 horas, los pulmones colapsarán. Será irreversible.
Andrés se inclinó sobre la mesa, bajando la voz a un tono peligroso.
—Escúcheme bien, licenciada. Tengo a mis abogados redactando una demanda contra la agencia de adopción “Angelitos del Sur” y contra los funcionarios que supervisaron esa adopción hace siete años. Separaron gemelos. Eso es ilegal. Si esto sale a la prensa… imagínese el escándalo. “El DIF permitió la separación ilegal de hermanos y ahora deja morir a uno por burocracia”.
La licenciada se tensó. El escándalo mediático era el terror de cualquier funcionario público.
—No es necesaria la hostilidad, señor Martí.
—Entonces firme —Andrés le deslizó un documento—. Es una custodia temporal de emergencia con fines médicos. Mi abogado y el juez de lo familiar del distrito ya lo pre-aprobaron. Solo falta el visto bueno del DIF para que el hospital no tenga responsabilidad legal.
Paredes miró el papel. Miró a Andrés, vio la desesperación y la furia de un padre acorralado. Luego pensó en el niño, Arturo, al que había visto brevemente en el pasillo, limpio y alimentado por primera vez en su vida.
Sacó su pluma.
—Esto es altamente irregular —murmuró—. Pero dadas las circunstancias excepcionales… y el parentesco biológico…
Firmó.
El rasgueo de la pluma sobre el papel sonó como música celestial para Andrés.
—Gracias —dijo él, arrebatando el papel casi antes de que la tinta se secara—. No se va a arrepentir. Arturo va a ser el niño más amado de México. Se lo juro.
Mientras su padre peleaba con la burocracia, Arturo peleaba con una máquina gigante que hacía ruidos de marciano.
—No te muevas, campeón —le decía el técnico radiólogo a través de un micrófono—. Aguanta la respiración… ¡Ya!
Arturo estaba acostado dentro del tubo del tomógrafo. Le habían dicho que era una “foto por dentro”. Él se imaginaba que saldría su esqueleto saludando. No tenía miedo de las máquinas. Tenía miedo de despertar y que todo fuera un sueño.
Que al abrir los ojos estuviera otra vez bajo el cartón en el callejón, con el frío mordiéndole los pies.
Cuando terminó el estudio, una enfermera joven llamada Sofía lo llevó de regreso a su habitación. No a la sala de espera, sino a una habitación privada, la 305, justo al lado de la de Luis.
—Mira nada más —dijo Sofía—. Tienes visitas.
En la habitación estaba Elena.
Había mandado traer cosas de su casa. La habitación de hospital, fría y blanca, se había transformado. Había una colcha de superhéroes sobre la cama. Había una torre de cajas de Lego en la mesa. Había ropa nueva, doblada perfectamente: pantalones de mezclilla suaves, playeras con estampados de dinosaurios, tenis Nike nuevos que olían a plástico y cartón.
Arturo se quedó parado en la puerta, con su pijama de hospital que le quedaba grande.
—¿Todo eso es mío? —preguntó.
—Todo —dijo Elena, sonriendo, aunque sus ojos seguían tristes—. Y hay más en casa. Pero pensé que te aburrirías aquí.
Arturo se acercó a la mesa. Tocó una caja de Lego. Nunca había tenido un Lego. En la casa hogar las piezas siempre estaban perdidas o se las robaban los niños grandes.
—No sé armarlos —confesó en voz baja.
Elena se arrodilló junto a él.
—No importa. Aprendemos juntos. O mejor… que te enseñe Luis. Él es un experto constructor. Hizo una Estrella de la Muerte el año pasado.
—¿Puedo ir con él? —preguntó Arturo.
—Claro. De hecho, el doctor dijo que pueden comer juntos hoy. Si tú quieres.
Arturo asintió frenéticamente.
Comieron en la habitación de Luis. Las enfermeras habían juntado las camas lo más posible, aunque la de Luis seguía rodeada de máquinas.
El menú era glorioso. Para Arturo, al menos. Había molletes con mucho queso y pico de gallo (sin chile, por si acaso), gelatina de mosaico con lechera y jugo de naranja natural.
Arturo comía con prisa, protegiendo su plato con el brazo, un hábito de la calle difícil de romper.
Luis, en cambio, apenas picaba su comida. Estaba muy débil. Cada bocado parecía un esfuerzo.
—Come despacio, Arturo —le dijo Luis, con una vocecita rasposa—. Nadie te lo va a quitar. Aquí siempre hay comida. Si se acaba, pides más y te traen. Es magia.
Arturo se detuvo, con la boca llena de pan y frijoles.
—¿Neta? ¿Todo lo que quieras?
—Todo. A veces pido helado de chocolate a las tres de la mañana y me lo traen.
Arturo tragó. Eso sonaba mejor que el cielo.
—Oye… —dijo Arturo, limpiándose la boca con la manga hasta que recordó que debía usar la servilleta—. ¿Te duele?
Señaló el pecho de Luis.
Luis asintió levemente.
—Se siente como si alguien estuviera sentado encima de mí todo el tiempo. Un elefante gordo. Y cuando toso… siento que me rompo por dentro.
Arturo miró su propio pecho. Él respiraba fácil. El aire entraba y salía sin problemas. Se sintió culpable por estar sano.
—Mañana se quita el elefante —dijo Arturo con seguridad—. Mañana te paso mi pulmón y mandamos al elefante a la goma.
Luis sonrió débilmente. Luego se puso serio.
—Arturo… ¿tienes miedo?
Arturo lo pensó. Quería hacerse el valiente. El “chico malo” de la calle. Pero miró a su hermano, a su espejo, y no pudo mentir.
—Un poquito. Dicen que me van a dormir con gas. ¿Y si no despierto?
—Vas a despertar —dijo Luis—. Yo me he dormido muchas veces para las cirugías. Se siente chistoso. Huele a chicle de fresa. Cuentas hacia atrás: diez, nueve, ocho… y luego ¡pum! Despiertas y ya pasó. Lo malo es después. Duele.
—Aguanto vara —repitió Arturo su mantra—. En la calle duele más el frío.
Luis se estiró hacia su buró. Con manos temblorosas, agarró algo. Era un oso de peluche. Viejo, gastado, con un ojo de botón que colgaba de un hilo y el pelaje apelmazado por años de abrazos.
—Toma —dijo Luis, extendiéndole el oso a Arturo.
Arturo lo tomó. El oso olía a Luis. A medicina y a niño limpio.
—¿Quién es?
—Es el Señor Pepe. Me lo dio papá cuando llegué a la casa. Tenía tres años. Ha estado conmigo en todas las operaciones. Me cuida de las pesadillas.
—Pero… tú lo necesitas —dijo Arturo, tratando de devolvérselo—. Mañana te operan también.
—Tú me estás dando un pulmón —dijo Luis, con una lógica aplastante—. Yo te doy al Señor Pepe. Es un trato justo. Además… tú vas a entrar primero al quirófano. Pepe tiene que ir contigo para que no tengas miedo. Luego, cuando yo entre, ya nos vemos ahí adentro.
Arturo abrazó al oso. Era suave.
—Gracias, carnal. Lo voy a cuidar un buen.
Desde el sofá de la esquina, Elena observaba la escena fingiendo leer una revista, pero las lágrimas silenciosas empapaban las páginas. Estaba viendo nacer un vínculo sagrado. Un vínculo que ni la biología, ni el tiempo, ni la distancia habían podido romper.
La noche cayó sobre el hospital. Una noche larga, tensa.
Andrés llegó a las ocho, triunfante pero agotado, con el papel de la custodia firmado.
—Ya es oficial —dijo, besando a Elena y despeinando a Arturo—. Eres nuestro, Arturo. Legalmente. Nadie te puede llevar.
Cenaron pizza en la habitación. Fue una “fiesta de pijamas” improvisada antes del ayuno obligatorio de medianoche.
Pero conforme el reloj avanzaba, la atmósfera cambiaba. La realidad de la cirugía se cernía sobre ellos.
A las once de la noche, el Doctor Serrano pasó para la última revisión.
—Arturo, a partir de ahora nada de agua ni comida. Mañana a las seis de la mañana vendrán por ti. Luis, tú igual. Necesitan descansar.
Separaron a los niños. Arturo tuvo que ir a su habitación, la 305.
Quedarse solo fue difícil. La cama era enorme y cómoda, pero el silencio lo asustaba. Estaba acostumbrado al ruido de la calle, a las sirenas, a los borrachos. El silencio del hospital era demasiado “blanco”.
Abrazó al Señor Pepe con fuerza.
—Diez, nueve, ocho… —practicó en susurros.
La puerta se abrió suavemente. Era Andrés.
El hombre grande se sentó en el borde de la cama. La luz del pasillo iluminaba su perfil cansado.
—¿No puedes dormir, hijo? —preguntó.
Hijo. La palabra resonó en la cabeza de Arturo.
—No. Estoy pensando.
—¿En qué?
—En que si me muero… —Arturo tragó saliva—. Si me muero en la operación, ¿me prometes que no me van a tirar a la basura? ¿Que me van a enterrar en un lugar bonito?
Andrés sintió como si le hubieran dado una puñalada en el corazón. Se inclinó y abrazó a Arturo, un abrazo fuerte, protector, de padre oso.
—Nadie se va a morir, Arturo. Nadie. Tienes a los mejores médicos del país. Yo pagué por lo mejor. Y yo voy a estar ahí, afuera de la puerta, todo el tiempo. Y cuando despiertes, voy a estar ahí. Y cuando te duela, voy a estar ahí.
—¿Y Elena?
—Mamá también. Ella está con Luis ahorita, pero te ama, Arturo. Nos has devuelto la vida.
—¿Yo? —Arturo no entendía. Él solo era un niño que pedía limosna.
—Sí, tú. Estábamos muy tristes. Y tú trajiste luz. Eres valiente, Arturo. Más valiente que yo.
Andrés se quedó allí hasta que Arturo se quedó dormido, respirando al ritmo del Señor Pepe.
La Mañana del Día D
Las 5:30 AM llegaron demasiado rápido.
El hospital a esa hora es un lugar extraño. Las luces son más brillantes, el frío es más intenso.
Las enfermeras entraron con eficiencia militar.
—Buenos días, Arturo. Hora de prepararse.
Le pidieron que se quitara la pijama y se pusiera una bata abierta por detrás. Le dieron un gorro quirúrgico. Le pidieron que hiciera pipí.
Todo era rápido, mecánico.
Luego llegó la camilla.
—Súbete al taxi, mi amor —le dijo Sofía, la enfermera, tratando de sonar alegre.
Arturo se subió. La camilla estaba fría. Se aferró al Señor Pepe.
—¿Puede venir el oso? —preguntó.
—Solo hasta la puerta del quirófano. Ahí te lo guardamos.
Salieron al pasillo.
Al mismo tiempo, de la habitación de al lado, salía la camilla de Luis.
Luis se veía terrible. Más pálido que nunca, con la mascarilla de oxígeno a todo lo que daba. Pero cuando vio a Arturo, levantó el pulgar.
—¡Suerte, carnal! —susurró Luis.
—¡Suerte! —respondió Arturo.
Las dos camillas avanzaron paralelas por el pasillo hacia los elevadores. Parecía una carrera de carritos, pero en cámara lenta y sin risas.
Elena y Andrés caminaban al lado. Elena iba llorando abiertamente, besando la mano de Luis, luego corriendo a besar la frente de Arturo, y regresando. Estaba dividida en dos. Su corazón se partía.
Llegaron a las puertas dobles que decían QUIRÓFANO. PROHIBIDO EL PASO.
Aquí era la despedida.
El Doctor Serrano salió, vestido completamente de verde, con cubrebocas y manos en alto.
—Es hora.
Andrés detuvo la camilla de Arturo un segundo.
—Te veo en un rato, campeón. Recuerda la promesa. Vas a despertar.
Elena se inclinó sobre Arturo.
—Te amo, mi niño precioso. Gracias. Gracias por salvar a tu hermano. Eres mi héroe.
Arturo asintió. No podía hablar. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una manzana. Le dio el Señor Pepe a Andrés.
—Cuídenlo. Que no vea sangre porque se marea.
Andrés tomó el oso con reverencia.
—Lo cuidaré.
Las puertas se abrieron. Las camillas entraron. Los padres se quedaron afuera, abrazados, derrumbándose mientras las puertas se cerraban, sellando el destino de sus hijos.
Dentro, el quirófano era impresionante. Luces enormes y redondas como soles en el techo. Máquinas que hacían bip-bip-bip muy rápido. Gente vestida de azul y verde moviéndose por todos lados. Hacía mucho frío.
Pasaron a Arturo a la mesa de operaciones. Estaba dura y fría.
—Hola Arturo, soy el Doctor Vargas, el anestesiólogo —dijo un hombre con ojos amables detrás de unas gafas—. Yo soy el encargado de los sueños.
Le pusieron parches fríos en el pecho (electrodos). Le pusieron un clip en el dedo.
Arturo temblaba. Sus dientes castañeteaban.
—¿Tienes frío? —preguntó Vargas.
—Sí. Y miedo.
—Es normal. A ver, vamos a ponerte esta mascarilla. Quiero que respires profundo. Huele a chicle, ¿verdad?
Arturo aspiró. Sí olía dulce. Un olor empalagoso, químico.
—A ver, Arturo… cuéntame qué vas a hacer cuando salgas de aquí —dijo el doctor, inyectando algo blanco en el suero que Arturo tenía en el brazo.
—Voy a… voy a jugar… —la lengua se le trabó. El techo empezó a dar vueltas. Las luces se convirtieron en estrellas borrosas.
—¿A jugar a qué?
—A los… Legos… con mi… carnal…
El cuerpo de Arturo se relajó. Sus manos se abrieron.
El monitor cardíaco estabilizó su ritmo.
—Paciente dormido —anunció Vargas—. Signos estables. Podemos proceder.
En la mesa de al lado, separada por una cortina estéril, Luis también dormía.
El Doctor Serrano tomó el bisturí.
—Muy bien, equipo. Tenemos dos vidas en nuestras manos. Vamos a hacer historia. Incisión en tres, dos, uno…
La piel se abrió.
Y en ese momento, bajo las luces brillantes, dos niños que habían vivido mundos opuestos se convirtieron en uno solo. Sangre, tejido y aliento compartidos.
Afuera, el sol brillaba sobre la ciudad indiferente, pero en esa sala, el milagro estaba ocurriendo.
Las horas pasaron como siglos para Andrés y Elena.
Cada vez que se abría la puerta del quirófano, sus corazones saltaban.
A las dos horas: “Ya extrajimos el lóbulo inferior izquierdo del donante. Arturo está estable. Procedemos al cierre”.
Un suspiro de alivio a medias. Arturo estaba bien. Faltaba lo más difícil. El trasplante.
A las cuatro horas: “Estamos implantando el órgano en el receptor. La anastomosis vascular es compleja, pero va bien”.
A las seis horas: Silencio.
Nadie salía.
Andrés caminaba. Elena rezaba el rosario por décima vez.
—¿Por qué tardan tanto? —preguntaba ella—. Dijeron cinco horas. Ya van seis y media.
—La cirugía es impredecible, amor. Calma.
A las siete horas, las puertas se abrieron.
Salió el Doctor Serrano. Se quitó el cubrebocas. Estaba sudando a mares, con el gorro empapado. Su bata tenía manchas de sangre.
Elena se puso de pie, temblando. No podía preguntar.
Serrano caminó hacia ellos. Su rostro era serio, muy serio.
Se detuvo frente a los padres.
Andrés sintió que el suelo se le movía.
—Doctor… —dijo Andrés—. Díganos.
Serrano exhaló un largo suspiro y luego, muy lentamente, sonrió. Una sonrisa cansada pero genuina.
—Ha sido un éxito.
Elena soltó un grito y se dejó caer de rodillas.
—El pulmón de Arturo… —continuó el doctor— encajó perfectamente. En cuanto conectamos los vasos sanguíneos, se puso rosado. Empezó a oxigenar de inmediato. Luis está respirando con el pulmón de su hermano.
—¿Y Arturo? —preguntó Andrés.
—Arturo es un roble. Despertó de la anestesia antes de salir del quirófano, preguntando por su oso. Está adolorido, muy adolorido, pero sus signos vitales son de un toro.
—¿Podemos verlos?
—En una hora. Están en recuperación. Los pondremos en la misma habitación de terapia intensiva, cama con cama. Creo que les hará bien estar cerca.
Cuando finalmente los dejaron entrar, la escena era desgarradora y hermosa.
La habitación estaba en penumbra.
En una cama, Luis dormía profundamente, todavía con el respirador (por precaución), pero su color había cambiado. Ya no era gris cera. Tenía un tinte rosado en las mejillas. Su pecho se movía con un ritmo nuevo, fuerte.
En la otra cama, Arturo estaba despierto.
Tenía tubos de drenaje saliendo de su costado. Tenía una vía central en el cuello. Su carita estaba pálida por el trauma de la cirugía.
Cuando vio entrar a Elena y Andrés, intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.
—¡Ay! —se quejó en un susurro—. Siento que me atropelló un camión.
Andrés corrió a su lado y le tomó la mano con delicadeza infinita.
—Lo sé, campeón. Lo sé. Te dije que dolería. Pero ya pasó. Lo lograste.
Elena besó su frente, mojándolo con sus lágrimas.
—Salvaste a tu hermano, Arturo. Lo salvaste.
Arturo giró la cabeza con esfuerzo hacia la cama de al lado. Vio a Luis. Vio el monitor que marcaba una saturación de oxígeno de 98%.
—¿Está vivo? —preguntó Arturo.
—Muy vivo —dijo Andrés—. Gracias a ti.
Arturo cerró los ojos, agotado pero en paz.
—Entonces… ya me puedo quedar con el oso, ¿verdad?
—El oso es tuyo para siempre —dijo Andrés, poniendo al Señor Pepe bajo su brazo bueno—. Y nosotros también.
Arturo se durmió con la mano de su padre (sí, su padre) sosteniendo la suya.
Afuera, la noche cubría la ciudad, una ciudad que tenía un niño de la calle menos y un héroe más.
CAPÍTULO 5: LA SANGRE Y LA TINTA
El dolor tenía color. Para Arturo, el dolor era de un rojo brillante y palpitante, localizado justo debajo de sus costillas izquierdas.
Despertar por segunda vez no fue como la primera. No hubo esa sensación dulce y algodonosa de la anestesia inicial. Esta vez, despertar fue como ser arrastrado desde el fondo de un pozo oscuro hacia una superficie llena de vidrios rotos.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo blanco con esos agujeritos simétricos que parecían burlarse de él. Intentó respirar hondo, un hábito viejo para probar si el aire de la mañana estaba muy frío, y se arrepintió al instante.
—¡Ahhh! —el gemido se le escapó entre los dientes apretados.
Fue como si alguien le hubiera clavado un cuchillo caliente en el costado. El pecho se le tensó, y su cuerpo reaccionó tratando de encogerse, lo cual solo hizo que doliera más.
—Shhh, tranquilo, mi amor. No te muevas brusco.
La mano de Elena estaba ahí al instante, fresca y suave sobre su frente sudorosa. Arturo giró la cabeza, mareado. Elena se veía terrible y hermosa a la vez: tenía ojeras oscuras bajo los ojos, el cabello rubio recogido en un chongo despeinado y llevaba la misma ropa de ayer, arrugada. Pero sonreía. Sonreía como si estuviera viendo el amanecer más bonito del mundo.
—Duele —susurró Arturo. Su garganta se sentía como si hubiera tragado arena.
—Lo sé, corazón. Tienes un drenaje en el pecho. Es un tubo para que salga el líquido. Es molesto, pero te estamos dando medicina para el dolor. Ahorita le digo a la enfermera que te suba la dosis.
Arturo parpadeó, tratando de enfocar la vista. Recordó. El hospital. El quirófano. El trato.
—¿Luis? —preguntó, con el pánico atravesando la bruma de los analgésicos—. ¿Dónde está Luis?
Elena se hizo a un lado suavemente para despejar su campo de visión.
—Mira.
Arturo giró la cabeza hacia la derecha, ignorando el tirón en su cuello.
Ahí estaba. A menos de dos metros de distancia.
La cama de Luis estaba rodeada de más máquinas que la suya. Tenía monitores que hacían gráficas de colores, bombas de infusión que goteaban líquidos transparentes y amarillos, y un ventilador mecánico que todavía zumbaba suavemente, aunque Luis ya no tenía el tubo en la garganta, sino una mascarilla de oxígeno grande.
Luis estaba dormido. Pero algo había cambiado.
Arturo, con su ojo entrenado para los detalles de supervivencia, lo notó enseguida.
El color.
Ese tono grisáceo, como de cera vieja o de pescado muerto, había desaparecido. La piel de Luis tenía un tono pálido, sí, pero con un subtono rosado, casi durazno. Sus labios, que antes eran morados, ahora eran de un rosa pálido normal.
—Está rosita —dijo Arturo, sorprendido.
—Sí —Elena soltó una risita que sonó a llanto contenido—. Está oxigenando al 99%. Arturo… hace años que no lo veía con ese color. Desde que era bebé.
—¿Es mi pulmón?
—Es tu pulmón. Está trabajando como un campeón ahí dentro.
Arturo se dejó caer en la almohada, agotado por el simple esfuerzo de hablar. Sintió una punzada de orgullo en medio del dolor. Él había hecho eso. Él, el niño que comía basura, había pintado de rosa a su hermano.
Los siguientes dos días fueron una mezcla borrosa de sueño, dolor y “las bolitas del infierno”.
Así bautizó Arturo al espirómetro incentivo.
Era un aparato de plástico con tres columnas y tres bolitas de colores adentro. La enfermera Sofía, que era muy amable pero muy estricta, llegaba cada dos horas con el aparato.
—A ver, mis valientes —decía con voz cantarina que a Arturo le empezaba a dar miedo—. Hora de soplar. Si no expanden esos pulmones, les da neumonía y eso sí duele. ¡Ándenle!
Arturo odiaba el aparato. Tenía que meterse la boquilla en la boca y aspirar fuerte para levantar las bolitas. Cada vez que lo hacía, sentía que las costuras de su herida iban a estallar.
—¡No puedo! —se quejaba, con lágrimas en los ojos, aventando el aparato sobre la sábana—. ¡Me duele un chingo!
—¡Esa boca, jovencito! —le regañaba Sofía sin perder la sonrisa—. Aquí no se dicen groserías. Y sí puedes. Mira a tu hermano.
Luis, en la cama de al lado, estaba peor que Arturo. Él no solo tenía la herida de la cirugía, sino que su cuerpo estaba acostumbrándose a tener una capacidad pulmonar que no conocía. Además, los músculos de su pecho eran débiles.
Pero Luis agarraba el aparato con sus manos temblorosas. Cerraba los ojos. Se ponía rojo del esfuerzo. Y aspiraba.
Fshhh…
Una bolita subía. Luego la segunda, a medias.
Luis soltaba el aire y tosía, una tos húmeda y dolorosa que lo hacía doblarse.
—¡Eso, Luisito! —aplaudía Sofía—. Muy bien. Ahora tú, Arturo. No dejes que tu hermano te gane.
Arturo miraba a Luis. Veía cómo su hermano se limpiaba la baba de la boca, pálido y sudoroso, pero le sonreía y le levantaba el pulgar.
—Dale, carnal… —susurraba Luis con voz ronca—. Tú eres el fuerte.
Y esa maldita frase, “tú eres el fuerte”, hacía que Arturo agarrara el aparato otra vez.
—Chale… —rezongaba Arturo—. Está bien. Pero si se me sale el pulmón, tú lo pagas.
Arturo aspiraba con furia. Las tres bolitas subían de golpe y chocaban contra el techo del aparato. ¡Clac!
—¡Presumido! —se reía Luis, y luego se quejaba porque reírse dolía.
Esos momentos, entre el dolor y las risas ahogadas, fueron tejiendo algo invisible entre ellos. Ya no eran dos extraños que se parecían. Eran compañeros de trinchera. Soldados en la misma guerra.
Arturo le enseñó a Luis a “aguantar vara”.
—Cuando te vayan a picar para sacarte sangre —le explicaba Arturo por la noche, cuando las luces bajaban—, no mires la aguja. Mira a otro lado y piensa en algo chido. Piensa en… no sé, en que estás mordiendo un taco de pastor bien caliente.
—Nunca he comido tacos de pastor de la calle —confesó Luis—. Mamá dice que tienen bacterias.
Arturo abrió los ojos como platos.
—¡No manches! ¿Nunca? Güey, no has vivido. En cuanto salgamos de aquí, te voy a llevar con “El Paisa”. Sus tacos matan cualquier bacteria. Si sobrevives a eso, eres inmortal.
Y Luis le enseñó a Arturo a soñar.
—Cuando me cure bien —decía Luis, mirando al techo—, quiero ir a la playa. A Cancún. Dice papá que el mar es azul turquesa. ¿Tú conoces el mar?
—Nel. Solo conozco el lago de Chapultepec y huele a caño.
—Pues vamos a ir. Papá nos lleva. Haremos castillos de arena y… y nos meteremos a las olas.
—Yo no sé nadar —dijo Arturo con miedo.
—Yo te enseño. O usamos flotadores. No importa. Lo importante es que el mar es gigante. No se acaba nunca. Como… como nosotros ahora.
Al cuarto día, ocurrió el evento más temido y más esperado: quitar los drenajes torácicos.
El Doctor Serrano llegó temprano, con esa actitud eficiente y alegre que a Arturo le ponía los pelos de punta.
—Bueno, muchachos. Esos pulmones suenan de maravilla. Ya no necesitamos los tubos. Vamos a quitarlos para que puedan levantarse y caminar.
Arturo se puso pálido. Miró el tubo que salía de su costado, lleno de un líquido sanguinolento, y que iba a una maleta de plástico en el suelo.
—¿Va a doler? —preguntó, aferrándose al Señor Pepe, el oso que ya era oficialmente suyo.
—Solo un segundo, Arturo. Es una sensación rara. Como si algo se deslizara dentro de ti. Necesito que tomes aire profundo y lo aguantes cuando yo te diga.
Elena le tomó la mano derecha. Andrés, que había llegado de la oficina, le tomó la izquierda.
—Estamos aquí, hijo —dijo Andrés.
—A la de tres —dijo Serrano, cortando el punto de sutura que sujetaba el tubo—. Uno… dos… ¡Toma aire!
Arturo aspiró.
—¡Tres!
Serrano jaló.
Arturo sintió que algo se movía dentro de su pecho, una culebra resbalosa y caliente que salía de sus entrañas. Fue una sensación asquerosa, invasiva, que le dio ganas de vomitar y gritar al mismo tiempo.
—¡Ahhh! —gritó, apretando la mano de Andrés tan fuerte que le dejó las marcas de las uñas.
Y ya. El tubo estaba fuera.
Serrano tapó el agujero rápidamente con una gasa y cinta adhesiva.
—¡Listo! ¡Eso es todo! Eres un valiente, Arturo.
Arturo respiró, jadeando. El dolor agudo había pasado, dejando solo un ardor en la piel. Pero lo mejor fue la sensación de libertad. Ya no estaba atado a la maleta del suelo.
—¿Ya? —preguntó, con lágrimas en los ojos.
—Ya. Ahora eres libre.
Media hora después, le tocó a Luis. Arturo no apartó la vista. Vio cómo su hermano se ponía blanco como el papel. Vio cómo Elena le susurraba cosas al oído. Y cuando el doctor jaló el tubo de Luis, Arturo sintió el dolor en su propio pecho, como un eco fantasma.
Luis gritó más fuerte que Arturo. Lloró después.
—Ya pasó, carnal —le dijo Arturo desde su cama—. Ya pasó. Ya somos libres los dos.
Esa tarde, los obligaron a levantarse.
Fue una odisea. Poner los pies en el suelo se sentía como si el piso se moviera. Las piernas de Arturo, que habían corrido kilómetros escapando de la policía, ahora temblaban como gelatina.
—Despacito —le decía el fisioterapeuta—. Apóyate en mí.
Arturo dio un paso. Se mareó.
Pero vio que Luis también estaba intentando levantarse, sostenido por dos enfermeras y por Andrés. Luis estaba mucho más débil. Sus piernas eran palillos.
—¡Vamos, Luis! —gritó Arturo, olvidando su propio mareo—. ¡Sí se puede!
Ver a su hermano luchar le dio fuerzas a Arturo. Enderezó la espalda, ignorando el tirón en la cicatriz. Dio otro paso. Y otro. Llegó hasta la puerta de la habitación y regresó.
Cuando volvió a la cama, se sintió como si hubiera corrido un maratón, pero se sentía vivo.
Esa noche, mientras los niños dormían (o fingían dormir), Andrés y Elena tuvieron la conversación que había quedado pendiente. Estaban sentados en el sofá cama de la habitación, hablando en susurros.
—Ya tengo el acta de nacimiento —dijo Andrés, sacando un sobre manila de su portafolio.
Elena lo tomó con reverencia. Lo abrió bajo la luz tenue de la lámpara de lectura.
Era un documento oficial, con el sello del águila mexicana y el papel seguridad verde.
NOMBRE: Arturo Martí Preciado.
PADRE: Andrés Martí López.
MADRE: Elena Preciado de Martí.
FECHA DE NACIMIENTO: 12 de enero de 2019 (la misma fecha que Luis).
Elena pasó sus dedos sobre el nombre impreso.
—Arturo Martí… —susurró—. Suena bien. Suena correcto.
—Costó una fortuna en mordidas y trámites acelerados —admitió Andrés, frotándose el cuello—. El juez nos hizo el favor de su vida. Tuvimos que registrarlo como una “adopción plena con reconocimiento de parentesco biológico extemporáneo”. Un trabalenguas legal. Pero ya está. Ante la ley, es nuestro hijo. Nadie puede venir a reclamarlo. Ni el DIF, ni la casa hogar, ni ningún pariente lejano que aparezca por el dinero.
Elena miró hacia la cama donde Arturo dormía abrazado al oso.
—Andrés… ¿tú crees que él nos quiera?
Andrés la miró sorprendido.
—Claro que nos quiere. Nos adora.
—No sé… A veces me mira con esa mirada de adulto. Como si estuviera calculando cuándo lo vamos a echar. Tiene miedo de que, ahora que ya le dio el pulmón a Luis, ya no nos sirva.
—Pues tendremos que demostrarle que se equivoca —dijo Andrés con firmeza—. Tendremos toda la vida para demostrárselo.
En la cama, Arturo no estaba dormido. Tenía los ojos cerrados, pero sus oídos de niño callejero lo captaban todo. Escuchó “acta de nacimiento”. Escuchó “hijo”. Escuchó “toda la vida”.
Una lágrima caliente se deslizó por su mejilla y cayó en la almohada.
Por primera vez, no era una lágrima de tristeza. Era una lágrima de alivio. La pesadilla había terminado. Ya no era “El Nadie”. Era Arturo Martí.
Al séptimo día, los trasladaron de Terapia Intensiva a una habitación de hospitalización normal.
Era una suite enorme, la mejor del hospital. Parecía más un cuarto de hotel que un hospital. Tenía dos camas eléctricas, una sala de estar, televisión de pantalla plana gigante, frigobar y vista a los volcanes.
—¡No manches! —exclamó Arturo cuando entró caminando (despacio, pero caminando) y vio el cuarto—. ¿Aquí vamos a vivir?
—Solo unos días más —dijo Elena, acomodando las almohadas—. Hasta que les quiten los puntos y el doctor diga que están listos para ir a casa.
—A casa… —repitió Arturo. La palabra “casa” todavía le sonaba extraña, exótica.
Esa tarde recibieron visitas.
Pero no cualquier visita.
La puerta se abrió y entró Carmen, la enfermera que lo había encontrado aquella noche fría. Ya no traía uniforme, sino ropa de calle. Venía a despedirse antes de su día libre. Traía una caja de donas de Krispy Kreme.
—¡Mis niños valientes! —exclamó Carmen, entrando con una sonrisa que iluminaba el cuarto.
Arturo, que estaba sentado en la cama viendo caricaturas, saltó (bueno, se deslizó rápido) y corrió hacia ella. La abrazó por la cintura, hundiendo la cara en su abrigo.
—¡Carmen!
—Ay, mi vida, cuidado con la herida —dijo ella, acariciándole el pelo recién cortado y limpio—. Mírate nada más. Qué guapo estás. Ya no pareces el gatito mojado que encontré en la basura.
—Ya soy un niño de verdad —dijo Arturo, mirándola con ojos brillantes.
—Siempre fuiste un niño de verdad, Arturo. Solo que estabas un poquito perdido.
Carmen saludó a Luis, a Elena y a Andrés.
—Señores Martí, me da tanto gusto verlos así. Juntos.
—Usted es parte de esto, Carmen —dijo Andrés, estrechándole la mano con calidez—. Si usted hubiera cerrado esa puerta… si usted hubiera llamado a la policía…
—Las cosas pasan por algo, señor —dijo Carmen—. Yo creo que Diosito me puso ahí para dejar la puerta abierta. O tal vez fue el hambre de mi compañera Lupita que quería salir a fumar. Quién sabe. Pero me alegra que haya pasado.
Antes de irse, Carmen se agachó frente a Arturo.
—Te traje algo. Aparte de las donas.
Sacó de su bolso una foto. Era una impresión casera, un poco borrosa.
Era una foto de la cámara de seguridad del hospital. La imagen en blanco y negro de Arturo pegado al vidrio, mirando a Luis. La primera vez que se vieron.
—El de seguridad me la consiguió —susurró Carmen—. Guárdala. Para que nunca se te olvide de dónde vienes y a dónde llegaste. Para que te acuerdes que tú solito te buscaste tu destino.
Arturo tomó la foto. Se veía a sí mismo, flaco, sucio, desesperado. Y veía a Luis al otro lado.
—Gracias —dijo con un nudo en la garganta.
La última noche en el hospital, antes del alta definitiva, hubo una revelación.
Las enfermeras habían apagado las luces. Elena y Andrés dormían en la habitación contigua para dejar descansar a los niños.
Pero ellos no tenían sueño. Estaban demasiado emocionados por la idea de irse “a la casa grande” mañana.
—Arturo… —susurró Luis desde su cama.
—¿Qué pex? —contestó Arturo. Ya le salía natural hablar así, aunque Elena lo corregía con cariño.
—¿Qué se siente vivir en la calle? —la pregunta flotó en la oscuridad. Luis nunca se había atrevido a preguntar antes.
Arturo se quedó callado un momento. Miró por la ventana las luces de la ciudad.
—Se siente frío —dijo finalmente—. Mucho frío. Y miedo. Miedo de que te peguen, de que te roben los tenis. Miedo de que no amanezca.
—¿Y comías de la basura?
—Simón. A veces. A veces la gente me daba cosas. Un señor de los tacos me regalaba las tortillas duras. Sabían rico con sal.
Luis guardó silencio, procesando esa información desde su burbuja de privilegios.
—Yo nunca he tenido hambre —confesó Luis con culpa—. A veces no quería comer porque me sentía mal, pero… nunca porque no hubiera comida.
—Pues qué chido, güey. No te perdiste de nada. El hambre duele gacho. Como si tuvieras ratas en la panza mordiéndote.
—Perdóname —dijo Luis de repente.
—¿Por qué?
—Por tener todo y tú nada. Por tener a mamá y papá mientras tú estabas solo. No es justo.
Arturo se incorporó en la cama, ignorando la molestia en su cicatriz.
—No digas tonterías. Tú no tienes la culpa. Además… tú estabas enfermo. Tú tampoco la pasaste chido. Tener agujas todo el tiempo y no poder respirar… eso también está de la fregada.
—¿Sabes qué? —dijo Arturo, con una sabiduría que superaba sus siete años—. Estamos a mano.
—¿A mano?
—Simón. Yo te di mi pulmón para que no te murieras. Y tú me diste a tus papás y tu casa para que yo no me muriera de hambre. Fue un trueque. Negocio redondo.
Luis soltó una risita.
—Negocio redondo. Me gusta. Oye, Arturo…
—Mande.
—¿Prometes que siempre vamos a estar juntos? ¿Aunque nos peleemos por los Legos?
—Promesa de barrio. Y promesa de sangre. Ya ves que tenemos la misma sangre.
—Y el mismo pulmón —agregó Luis.
—Y la misma cara de mensos —remató Arturo.
Ambos se rieron, una risa limpia y sanadora que llenó la habitación.
Al día siguiente saldrían de ahí. El mundo real los esperaba. La escuela, los amigos, las preguntas incómodas de la gente, la adaptación. No sería fácil. Arturo tendría que aprender a ser un niño de casa, a seguir reglas, a no robar comida para esconderla bajo el colchón. Luis tendría que aprender a compartir, a ser fuerte, a vivir sin ser el “niño enfermo”.
Pero esa noche, bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del Hospital San Rafael, ambos sabían que podrían con todo. Porque ya no eran uno solo contra el mundo. Eran dos. Y dos caras iguales, dos corazones latiendo a ritmo y dos pulmones respirando el mismo aire, eran una fuerza imparable.
Arturo cerró los ojos y abrazó al Señor Pepe.
—Buenas noches, hermano —dijo.
—Buenas noches, hermano —respondió Luis.
Y por fin, ambos durmieron sin dolor.
CAPÍTULO 6: EL CASTILLO Y EL ESCONDITE
El trayecto del hospital a la casa fue un viaje intergaláctico para Arturo. Iba sentado en la parte trasera de una camioneta SUV negra y blindada que olía a cuero nuevo y a ese aroma indefinible que tienen las cosas de la gente rica: una mezcla de aire acondicionado limpio y perfume caro.
Luis iba a su lado, todavía un poco pálido, pero con una sonrisa que no se le borraba. Llevaba su tablet en las piernas, pero no la miraba; estaba demasiado ocupado mirando a Arturo mirar el mundo.
—Esa es la Diana Cazadora —señaló Luis cuando pasaron por Reforma—. Y ese es el Ángel de la Independencia. ¿Sí los habías visto?
Arturo pegó la nariz a la ventanilla ahumada.
—Simón. Pero desde abajo se ven diferentes. Una vez me dormí en una banca cerca del Ángel y un policía me echó agua.
Andrés, que iba manejando (había decidido darle el día libre al chofer para que fuera un momento familiar), apretó el volante con fuerza. Sus nudillos se pusieron blancos. Cada anécdota que Arturo soltaba con tanta naturalidad era una puñalada en el corazón del padre. Elena, en el asiento del copiloto, estiró la mano hacia atrás y acarició la rodilla de Arturo.
—Ya nadie te va a echar agua, mi amor. Nunca más.
La camioneta subió hacia las Lomas de Chapultepec. El paisaje cambió. Los edificios altos y el ruido del tráfico dieron paso a calles empedradas, árboles enormes que formaban túneles verdes y muros altos cubiertos de enredaderas.
—Aquí vive pura gente de varo, ¿verdad? —preguntó Arturo, bajando la voz como si fuera un secreto.
Luis se rio.
—Pues… sí. Aquí vivimos nosotros.
La camioneta se detuvo frente a un portón negro inmenso. Andrés presionó un botón en el parasol y el portón se abrió lentamente, revelando una casa que a Arturo le pareció un castillo moderno. Era blanca, de líneas rectas, con ventanales enormes y un jardín que parecía campo de fútbol.
—No manches… —susurró Arturo, con los ojos como platos—. ¿Todo esto es suyo?
—Nuestro —corrigió Andrés, estacionando el coche frente a la entrada principal—. Todo esto es nuestro. Tuyo también.
Arturo bajó del coche con cautela, pisando la grava del camino como si fuera terreno minado. Llevaba su pequeña mochila del hospital con el Señor Pepe asomando la cabeza. Se sentía impostor. Sentía que en cualquier momento saldría un guardia de verdad, no como el señor Andrés, y le gritaría: “¡Sácate de aquí, mugroso!”.
La puerta principal se abrió y salió una mujer bajita, con un delantal blanco impecable y el pelo recogido en una trenza.
—¡Ya llegaron! —exclamó la mujer, corriendo hacia ellos.
—Ella es Mari —le susurró Luis a Arturo—. Ella nos hace de comer. Cocina súper rico. Tienes que probar sus enfrijoladas.
Mari se detuvo frente a los niños. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verlos juntos. Eran idénticos, vestidos con ropa deportiva similar (Elena había comprado conjuntos a juego), pero con diferencias sutiles: Luis caminaba con cuidado, protegiendo su pecho; Arturo caminaba un poco encorvado, en guardia, como listo para esquivar un golpe.
—Ay, Dios mío… —dijo Mari, llevándose las manos a las mejillas—. Si son dos gotas de agua. Bienvenido, niño Arturo. Bienvenido a su casa.
Arturo no sabía qué hacer. En la calle, cuando un adulto se te acercaba rápido, corrías. En la casa hogar, te ponías firme. Aquí… Mari lo abrazó. Olía a jabón Zote y a cebolla frita. Olía a hogar.
—Gracias —murmuró Arturo, rígido.
—Ándale, Mari, que traen hambre —dijo Elena, rescatándolo suavemente—. ¿Qué preparaste?
—Sopa de fideo y milanesas con puré de papa, señora. Lo que le gusta al niño Luis. Y gelatina de limón.
Los ojos de Arturo brillaron. Milanesas. Carne de verdad.
Entrar a la casa fue otro shock. Los techos eran altísimos. Había cuadros abstractos en las paredes, esculturas raras y una escalera de mármol que parecía flotar.
—Ven, te enseño tu cuarto —dijo Luis, tomándolo de la mano.
Subieron despacio. Arturo contaba los escalones. Veintidós.
En el pasillo de arriba, Luis señaló una puerta.
—Ese es mi cuarto. Y este… —abrió la puerta de al lado— es el tuyo.
Arturo entró.
La habitación era más grande que el dormitorio entero donde dormían veinte niños en la casa hogar. Tenía una ventana enorme que daba al jardín. Una cama matrimonial con edredón azul marino. Un escritorio blanco con una silla giratoria. Y estantes llenos de juguetes nuevos, libros y ropa.
Arturo se quedó parado en el centro, sobre la alfombra gris y suave.
—¿Y los otros niños? —preguntó.
Luis, que se había sentado en la cama para recuperar el aliento, frunció el ceño.
—¿Qué otros niños?
—Pues los que duermen aquí. Hay mucho espacio. ¿Cuántos cabemos? ¿Diez?
Elena, que había entrado detrás de ellos con las maletas, sintió que se le rompía el alma otra vez. Dejó la maleta en el suelo y se agachó frente a Arturo.
—No, mi vida. Este cuarto es solo para ti. Nadie más va a dormir aquí. Es tu espacio. Tu privacidad.
Arturo miró la cama gigante.
—¿Solo pa’ mí? —preguntó incrédulo—. Me voy a perder en esa cama.
—Si te sientes solo, mi cuarto está al lado —dijo Luis—. Tenemos un código. Si golpeas la pared tres veces, voy. O vienes. Además, hay walkie-talkies en los burós.
Arturo se acercó a la cama. Tocó el edredón. Era suave, fresco. Se sentó y rebotó un poco.
—Está bien blandita.
—Es ortopédica —dijo Andrés desde la puerta—. Para que descanses la espalda.
Arturo no dijo nada. En la casa hogar, los colchones eran de hule espuma viejo, delgados y olían a orina. En la calle, su cama era cartón y periódico. Esto… esto era demasiado. Era tan bueno que le daba desconfianza. ¿Qué tenía que hacer a cambio? ¿Limpiar toda la casa? ¿Trabajar?
Nadie le da nada gratis a un niño de la calle. Esa era la regla número uno.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Arturo, mirando a Andrés con seriedad de adulto.
—¿Hacer? —Andrés no entendió.
—Sí. Pa’ pagar esto. ¿Lavo los baños? ¿Barro el jardín? Soy bueno limpiando vidrios, en los semáforos aprendí a limpiar rápido antes de que se ponga el verde.
El silencio que siguió fue denso. Mari, que pasaba por el pasillo, se detuvo a escuchar y se secó una lágrima con el delantal.
Andrés entró a la habitación, caminó hacia Arturo y se arrodilló, arruinando la raya de su pantalón de vestir.
—Escúchame bien, Arturo. Tú no tienes que trabajar. Nunca más. Tu único trabajo aquí es ser niño. Jugar, ir a la escuela, comer, dormir y curarte. Eso es todo. Nosotros somos tus papás. Los papás cuidan a los hijos, no al revés. ¿Entendiste?
Arturo asintió lentamente, aunque por dentro no lo creía del todo.
—Va —dijo—. Pero si se ensucian los vidrios, me dicen.
La hora de la comida fue un campo minado.
La mesa del comedor era de cristal, larga, para doce personas. Les sirvieron la sopa de fideo.
Arturo tenía hambre. Mucha hambre. Agarró la cuchara como si fuera una pala, con el puño cerrado, y empezó a comer rápido, haciendo ruido al sorber, con la cara casi metida en el plato. Tenía miedo de que alguien llegara y se lo quitara. Era el instinto de “come ahora o no comes nunca”.
Elena y Andrés intercambiaron miradas preocupadas, pero no dijeron nada.
Luis, sin embargo, observaba a su hermano. Vio cómo Arturo protegía el plato con el antebrazo. Vio la tensión en sus hombros.
Luis miró su propia cuchara. Él sabía usar los cubiertos perfectamente; le habían dado clases de etiqueta desde los cuatro años. Pero lentamente, agarró la cuchara con el puño, igual que Arturo. Se agachó sobre el plato y empezó a comer haciendo ruido.
Elena abrió la boca para corregirlo (“Luis, los codos”), pero Andrés le puso una mano en el brazo y negó con la cabeza levemente. Déjalos, decían sus ojos.
Arturo levantó la vista, con fideos colgando de la boca, y vio a Luis imitándolo.
—¿Qué haces? —preguntó Arturo con la boca llena.
—Comiendo. Está re buena la sopa, ¿no?
—Simón. Le falta limoncito y salsa Valentina, pero aguanta.
—Mari —llamó Andrés—, tráete la Valentina, por favor.
Esa comida, con manchas de salsa en el mantel de lino italiano y ruido de sorbidos, fue la mejor comida que habían tenido en esa casa en años.
La noche trajo los fantasmas.
La casa grande, al oscurecer, se llenaba de sombras y crujidos. El viento movía las ramas de los árboles contra las ventanas.
Arturo se puso su pijama nueva de Iron Man. Se lavó los dientes en su propio baño (¡tenía baño propio!), maravillándose de que saliera agua caliente al instante.
Se metió en la cama gigante.
Era demasiado suave. Demasiado silenciosa.
Arturo daba vueltas. Se hundía en el colchón. Se sentía atrapado. Le faltaba el ruido de la calle, el claxon lejano, el ladrido de los perros callejeros que le avisaban si venía peligro. Aquí, el silencio era absoluto, solo roto por el zumbido lejano del refrigerador en la cocina.
Cerró los ojos y la pesadilla llegó de golpe.
Soñó que estaba de nuevo en el callejón. Hacía frío. El Licenciado Guzmán venía hacia él con un cinturón en la mano, y el cinturón se convertía en una serpiente. Arturo quería correr, pero sus pies estaban pegados al hielo. Guzmán se reía, y su risa sonaba como truenos. “Nadie te quiere”, decía Guzmán. “Eres basura. Regrésame mi pulmón”.
—¡No! —gritó Arturo, despertando de golpe.
Estaba sudando frío. Su corazón latía a mil por hora.
No sabía dónde estaba. Estaba oscuro.
—¿Dónde estoy? —jadeó.
Saltó de la cama. El colchón blando le parecía enemigo. Necesitaba algo firme.
Agarró su almohada y al Señor Pepe. Se tiró al suelo, sobre la alfombra. Se metió debajo de la cama. Ahí se sentía seguro. Era como una cueva. Estrecho, duro, protegido por arriba.
Se acurrucó en posición fetal, abrazando al oso, y trató de controlar su respiración como le había enseñado el Doctor Serrano.
Una hora después, la puerta se abrió.
Era Elena. Venía a ver si estaban tapados, una costumbre materna.
Vio la cama vacía. El pánico la asaltó.
—¿Arturo? —susurró, encendiendo la luz tenue del pasillo.
Vio el bulto en la cama revuelta, pero no había niño.
—¡Andrés! —llamó, con la voz estrangulada—. ¡Arturo no está!
Entró corriendo al cuarto, buscando en el baño, en el clóset.
—¿Se escapó? —pensó—. ¿Se fue por la ventana?
Entonces escuchó un sollozo ahogado. Venía de abajo de la cama.
Elena se tiró al suelo. Levantó el edredón que colgaba.
Ahí estaba. Dos ojos grandes y asustados brillaban en la oscuridad, abrazados a un oso de peluche.
—Arturo… mi amor… ¿qué haces ahí? —preguntó Elena, tratando de no llorar.
—La cama me traga —susurró Arturo—. Es muy blanda. Y hace mucho silencio. Aquí abajo estoy mejor. Aquí nadie me ve.
Andrés llegó en ese momento, con un bate de béisbol en la mano (pensando que había intrusos). Al ver a su esposa en el suelo hablándole a la parte baja de la cama, entendió. Bajó el bate.
—¿Está abajo? —preguntó en voz baja.
Elena asintió.
—Dice que se siente más seguro.
Andrés suspiró. Se guardó el instinto de padre protector y sacó el de padre comprensivo. Se acostó en el suelo, junto a Elena.
—Oye, Arturo —dijo Andrés, hablándole al espacio bajo la cama—. ¿Hay espacio para uno más? El piso se ve cómodo.
Arturo se asomó un poco.
—¿Qué?
—Que si me dejas entrar a tu fuerte. Yo también tengo insomnio.
Arturo dudó, pero se hizo a un lado.
—Pues… pásele, pero está chiquito.
Andrés, que medía uno ochenta y cinco, logró meter la mitad del cuerpo bajo la cama. Elena, sonriendo entre lágrimas, fue por una cobija extra y almohadas.
—Yo también —dijo ella—. Hacemos pijamada de suelo.
Y así pasaron la primera noche. Los dos padres millonarios durmiendo en la alfombra, con la cabeza medio metida bajo la cama, sosteniendo la mano de un niño que necesitaba sentir el suelo duro para saber que no se iba a caer.
A la mañana siguiente, el sol disipó los miedos nocturnos, pero trajo nuevos desafíos.
El desayuno. Hot cakes con miel de maple y tocino. Arturo comió cinco.
Mientras Mari recogía los platos, Elena notó algo extraño. Faltaban las sobras del pan tostado. Y había desaparecido una manzana del frutero.
—Qué raro… —pensó.
Subió al cuarto de Arturo para buscar ropa sucia. Al levantar la almohada de la cama (donde Arturo finalmente no había dormido), encontró el tesoro: dos rebanadas de pan bimbo, una manzana mordida envuelta en una servilleta y un paquete de galletas saladas del hospital.
El escondite.
Elena sintió un golpe en el estómago. El niño estaba guardando comida. “Por si acaso”. Por si mañana no le daban. Por si lo echaban a la calle de nuevo.
Bajó las escaleras con el corazón en un puño, pero decidió no confrontarlo directamente. No quería avergonzarlo.
Fue a la cocina.
—Mari —le dijo a la empleada—. Necesito que compres una canasta bonita. Y la llenes de snacks. Barras de granola, frutas que no se echen a perder rápido, galletas, juguitos.
—Sí, señora. ¿Para la escuela?
—No. Para el cuarto de Arturo. Quiero que tenga una canasta llena de comida en su buró. Siempre llena. Que nunca la vea vacía. Si se come una galleta, pones otra. Quiero que entienda que aquí la comida es infinita.
Cuando Arturo subió a su cuarto más tarde y vio la canasta desbordante de cosas ricas en su mesita de noche, se quedó paralizado.
Miró a Elena, que pasaba “casualmente” por ahí doblando toallas.
—¿Y esto? —preguntó Arturo, señalando la canasta.
—Ah, es tu snack bar personal —dijo Elena con naturalidad—. A veces da hambre en la noche, ¿no? O a media tarde. Es para que no tengas que bajar a la cocina si te da flojera. Es todo tuyo.
Arturo tocó un paquete de Gansito. Miró a Elena. Ella le guiñó un ojo.
—Nunca se va a acabar, Arturo —le dijo ella, mirándolo fijo—. Te lo prometo.
Arturo asintió. Esa noche, no escondió nada bajo el colchón. Se comió el Gansito viendo la tele, sabiendo que mañana habría otro.
Pero el desafío más grande no era la comida, ni la cama. Era la mente.
Esa tarde, llegó la tutora de Luis, la Maestra Ximena, para ponerlo al día con las clases que había perdido por la cirugía.
—Hola Luis, listo para retomar las matemáticas. Y… oh, tú debes ser Arturo.
Arturo estaba sentado en el suelo jugando con los Legos (que ya empezaba a entender). Se puso tenso.
—Hola.
—Tu papá me dijo que te hiciera una evaluación para ver en qué grado te inscribimos —dijo la maestra, sacando unas hojas con dibujos y letras—. ¿Te parece bien?
Arturo se encogió de hombros.
—Va.
La evaluación fue un desastre.
Arturo tenía siete años. Debería estar en segundo de primaria, leyendo oraciones completas y sumando dos dígitos.
Pero Arturo apenas sabía escribir su nombre (y a veces ponía la ‘R’ al revés). Leía sílaba por sílaba, con el dedo pegado al papel, sudando del esfuerzo. “Mmm… ma… mmm… me… ama”.
Las sumas las hacía con los dedos, pero se perdía si eran números mayores a diez.
Cuando la maestra le preguntó las capitales de los estados o las partes de la planta, Arturo se quedó mudo.
—No sé —dijo, bajando la cabeza.
—No te preocupes, Arturo. Es para saber dónde empezar.
—Soy un burro —murmuró Arturo, aventando el lápiz—. En la casa hogar decían que no me entra la letra.
Luis, que estaba en su escritorio resolviendo fracciones, se giró.
—No eres un burro, Arturo. Eres listo. Sabes cosas que yo no sé.
—¿Ah sí? ¿Cómo qué? —reclamó Arturo, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. No sé leer “El Principito”. No sé cuánto es 8 por 7.
—Pero sabes cómo saber si va a llover oliendo el aire —dijo Luis—. Sabes qué camiones te llevan al centro sin pagar. Sabes abrir una puerta con un pasador. Eso es ser listo también.
—Eso no sirve en la escuela —dijo Arturo, cruzándose de brazos—. Se van a burlar de mí. Me van a decir “el burro millonario”.
La Maestra Ximena intervino.
—Nadie se va a burlar. Arturo, tienes un rezago educativo porque no has ido a la escuela. Es normal. Pero tienes un cerebro nuevecito y listo para aprender. Vamos a trabajar juntos. En seis meses vas a estar leyendo Harry Potter, ¿te late?
Arturo miró a Luis.
—¿Tú me ayudas?
—Simón —dijo Luis, imitando el acento de Arturo—. Yo te ayudo con la tarea, y tú me enseñas a chiflar con los dedos. Llevo tres días intentando y nomás me escupo.
Arturo soltó una risita.
—Va. Trato hecho.
El clímax de la semana llegó el sábado.
Andrés tuvo que salir a una reunión de emergencia en la constructora. Elena salió al súper (le gustaba ir ella misma para elegir la fruta). Los niños se quedaron con Mari y con Don Rogelio, el jardinero.
Estaban jugando en el jardín. Fútbol.
Arturo corría como una gacela. Su pulmón (el que le quedaba, y el que había crecido para compensar) funcionaba de maravilla. Luis corría menos, se cansaba rápido, pero ya no se ponía azul. Estaba feliz.
—¡Pásala! ¡Pásala! —gritaba Arturo.
Luis le dio una patada al balón. Salió volando… directo hacia el ventanal de la sala.
¡CRASH!
El sonido de vidrios rotos fue terrible. El balón atravesó el cristal y tiró un jarrón chino azul que estaba en una mesita.
Los dos niños se quedaron paralizados.
El silencio en el jardín fue sepulcral.
—En la torre… —susurró Luis, pálido—. Ese jarrón era de la abuela. Vale una lana.
Arturo sintió que la sangre se le iba a los talones.
Rompió algo. Algo caro.
En la casa hogar, romper un plato significaba una semana de castigo en el cuarto oscuro y golpes. Romper algo así… significaba la expulsión.
—Me van a correr —pensó Arturo. El pánico se apoderó de él. El miedo irracional y antiguo.
—¡Vámonos! —le dijo a Luis—. ¡Corre!
—¿A dónde? —preguntó Luis, asustado.
—¡A escondernos! O mejor… ¡a la calle! Antes de que llegue tu papá. Si nos vamos ahorita, no nos pegan.
—Arturo, no nos van a pegar —dijo Luis, aunque también estaba asustado por el regaño—. Fue un accidente.
—¡Tú no sabes! —gritó Arturo, histérico—. ¡A los niños malos los tiran a la basura! ¡Yo lo vi! ¡Guzmán me lo dijo! ¡Yo rompí el vidrio, yo soy el culpable!
Arturo echó a correr hacia el portón. Estaba cerrado. Empezó a trepar por la reja de herrería. Iba a escapar. Prefería la calle al castigo que su mente imaginaba.
—¡Arturo, no! —gritó Luis, corriendo tras él. Pero Luis no tenía aire. Empezó a toser. Se dobló, agarrándose el pecho.
Arturo, desde lo alto de la reja, escuchó la tos.
Se detuvo. Miró hacia abajo.
Su hermano estaba en el pasto, tosiendo, rojo.
El instinto de protección chocó con el instinto de fuga.
“Carnal”, pensó.
Arturo saltó hacia abajo. Corrió hacia Luis.
—¡Respira, güey! ¡Respira despacito! —le dijo, dándole palmaditas en la espalda—. Levanta los brazos. Así. Que entre el aire.
Luis recuperó el aliento poco a poco.
—No te vayas… —jadeó Luis—. No te vayas, Arturo. Por favor.
—No me voy… —dijo Arturo, abrazando a su hermano en el pasto—. Perdón. Me paniqueé.
En ese momento llegó el coche de Andrés. El portón se abrió.
Andrés vio la escena: los dos niños en el pasto, el balón dentro de la sala, el ventanal roto.
Arturo se puso de pie frente a Luis, cubriéndolo con su cuerpo. Como un escudo humano.
—Fui yo —dijo Arturo, temblando pero con la barbilla en alto—. Yo lo rompí. Luis no hizo nada. Pégueme a mí, pero no lo corra a él. Y… y ya me voy. No necesito que me corran. Yo solito me voy.
Andrés bajó del coche. Miró los vidrios rotos. Miró el jarrón de la dinastía Ming hecho añicos. Luego miró a su hijo nuevo, que estaba listo para recibir una paliza con tal de defender a su hermano.
Andrés sintió ganas de llorar, pero se aguantó. Tenía que ser fuerte.
Caminó hacia ellos. Arturo cerró los ojos, esperando el golpe.
Andrés se agachó y lo abrazó.
—¿Están bien? —preguntó Andrés, revisando si tenían cortes—. ¿Se cortaron con los vidrios?
Arturo abrió un ojo.
—¿Eh?
—Que si están bien. Lo material va y viene. El jarrón era horrible, la verdad, lo odiaba, pero era regalo de mi suegra. Me hicieron un favor. Pero el vidrio es peligroso. ¿No se lastimaron?
—No… —dijo Arturo, confundido—. Pero… rompí la ventana. Cuesta mucho dinero.
—Sí, cuesta dinero. Y lo vamos a descontar de sus domingos de aquí a que tengan treinta años —bromeó Andrés, besando la frente sucia de Arturo—. Pero es un accidente. En esta casa, los accidentes se arreglan. No se pegan. Y nadie, escúchame bien Arturo Martí, nadie se va a la calle. Tu lugar está aquí, rompas lo que rompas.
Arturo sintió que las piernas se le doblaban. Se soltó a llorar. Un llanto fuerte, de niño chiquito. Andrés lo cargó. Cargó a Luis con el otro brazo.
—Vámonos para adentro. Hace frío. Y creo que Mari hizo chocolate caliente.
Esa tarde, mientras esperaban al vidriero, Arturo se sentó en el sofá (lejos de los vidrios) y miró a su alrededor.
Había roto una ventana. Y a cambio, le habían dado chocolate y un abrazo.
El mundo estaba loco. Pero era una locura que empezaba a gustarle.
Miró a Luis, que estaba dibujando en su cuaderno.
—Oye, carnal —susurró.
—¿Qué?
—Gracias por toser. Si no hubieras tosido, me hubiera ido.
Luis sonrió sin levantar la vista.
—De nada. Pero la próxima vez, tú pagas el jarrón.
Arturo se rio. Se recostó en el sofá, subiendo los pies (aunque sabía que no debía) y suspiró.
Estaba en casa. Por fin, estaba en casa.
CAPÍTULO 7: LA JUNGLA DE CORBATAS Y EL CÓDIGO DE BARRIO
El lunes por la mañana llegó con el peso de una sentencia judicial. Para Arturo, la escuela no era una oportunidad; era territorio enemigo.
Estaba parado frente al espejo de cuerpo entero en su habitación, mirando a un extraño. El niño del reflejo llevaba pantalones de vestir grises, una camisa blanca almidonada que le picaba en el cuello, un suéter azul marino con un escudo bordado en hilo dorado y zapatos negros tan brillantes que parecían de charol.
—Me veo ridículo —masculló Arturo, jalándose la corbata que sentía como una soga—. Parezco pingüino.
Elena entró en la habitación, trayendo consigo ese aroma a perfume fresco y café recién hecho.
—Te ves guapísimo, Arturo. Todo un caballero del Instituto San Patricio.
—Me pica. Todo me pica. Y los zapatos me aprietan. Quiero mis tenis.
—Los tenis son para Educación Física, mi amor. Hoy es ceremonia de honores a la bandera. Tienes que ir de gala.
Elena se arrodilló para arreglarle el nudo de la corbata, que Arturo había dejado chueco a propósito.
—Arturo, escúchame. Sé que estás nervioso. Es normal. Es tu primer día de escuela… de verdad.
—No es eso —dijo Arturo, desviando la mirada—. Es que… no sé nada. Los otros niños van a saber que soy burro. Van a saber que vengo de la calle.
—Nadie sabe de dónde vienes a menos que tú se lo digas. Y no eres burro. Eres un niño que está aprendiendo. Tienes un cerebro brillante, solo necesitamos llenarlo de información.
En ese momento entró Luis. Él también llevaba el uniforme, pero en él se veía natural, como una segunda piel. Sin embargo, Luis tenía sus propios miedos. Llevaba su mochila de oxígeno portátil colgada al hombro, un aparato pequeño y moderno, pero visible.
—¿Listo, carnal? —preguntó Luis, aunque su voz temblaba un poco.
—Simón —mintió Arturo—. ¿Tú?
—Más o menos. Tengo miedo de que se burlen de mi “mochila extra”. O de que tosa a medio himno nacional.
Arturo caminó hacia su hermano y le puso una mano en el hombro, imitando el gesto que Andrés hacía con él.
—Si alguien se burla, me dices. Yo me encargo.
—Nada de golpes, Arturo —advirtió Elena, levantándose y alisándose la falda—. En esta escuela los problemas se resuelven hablando.
Arturo asintió, pero cruzó los dedos detrás de la espalda. En su experiencia, hablar solo servía para que te pegaran más fuerte.
El Instituto San Patricio era una fortaleza en medio de las Lomas. Muros altos de piedra, cámaras de seguridad en cada esquina y una fila interminable de camionetas Suburban y BMW dejando a niños rubios y peinados con gel.
Cuando la camioneta de los Martí se detuvo, Andrés se giró hacia los asientos traseros.
—Recuerden. Son los hermanos Martí. Cabeza en alto. No son mejores que nadie, pero tampoco menos que nadie. Arturo, cuida a tu hermano. Luis, guía a Arturo. Son un equipo.
Bajaron del coche.
El murmullo comenzó casi de inmediato. Las mamás “fresas” que estaban en la entrada cuchicheaban detrás de sus lentes de sol enormes. Los niños señalaban.
—¿Ya viste? Son dos.
—¿A poco Luis tenía un gemelo?
—Dicen que lo adoptaron. Que era pobre.
—Dicen que le dio un pulmón.
—¡Qué miedo, parecen clones!
Arturo sentía las miradas como piquetes de hormiga. Su instinto le decía que se escondiera, que se hiciera bolita en un rincón. Pero vio a Luis. Luis caminaba con la cabeza baja, aferrado a las correas de su mochila, respirando agitado. El estrés le estaba cerrando el pecho.
Arturo sintió una oleada de furia protectora. Enderezó la espalda, sacó el pecho y puso su mejor “cara de malo”, esa que usaba en el semáforo cuando los limpiavidrios mayores querían quitarle sus monedas.
Agarró a Luis del brazo.
—Cámina derecho, güey —le susurró—. Que vean que no te da miedo. Si te ven débil, te comen. Es como con los perros callejeros. No les veas a los ojos, pero no bajes la cabeza.
Entraron al salón de Segundo “A”.
La maestra, Miss Gaby, era una mujer joven con sonrisa nerviosa.
—Clase, atención. Hoy tenemos un alumno nuevo. Él es Arturo… Martí. Es hermano de Luis. Quiero que le den una bienvenida cálida.
Veinte pares de ojos se clavaron en Arturo.
—Hola —dijo Arturo, seco.
—Siéntate junto a Luis, por favor.
La mañana fue una tortura.
Primero, Matemáticas. Arturo miraba el pizarrón lleno de números como si fueran jeroglíficos alienígenas. Sumas de tres dígitos con “llevadas”. Arturo contaba con los dedos debajo de la mesa, sudando.
Luis, dándose cuenta, le empujó discretamente su cuaderno. Tenía las respuestas escritas en grande. Arturo copió rápido.
Luego, Español. Lectura en voz alta.
—A ver, Santiago, empieza —dijo la maestra.
Santiago, un niño robusto con cara de pocos amigos y el uniforme impecable, leyó fluido, rápido, con entonación perfecta. Era el “cerebrito” y, al parecer, el líder del salón.
—Muy bien. Ahora tú… Arturo. Siguiente párrafo.
El silencio en el salón se hizo denso. Arturo se levantó. El libro pesaba una tonelada en sus manos. Las letras bailaban.
—El… el… ca… ca-ba…llo…
Alguien soltó una risita al fondo.
—El caballo… co… cor… ría… —Arturo sentía que la cara le ardía. Las orejas le zumbaban.
—Corrían —corrigió Santiago en voz alta, sin voltear a verlo—. Dice “corrían”. En plural. ¿No sabes leer?
Arturo cerró el libro de golpe.
—Me duele la cabeza —dijo, desafiante.
—Está bien, Arturo —dijo Miss Gaby, notando la tensión—. Siéntate. Luis, continúa tú.
Arturo se desplomó en su silla. Odiaba a Santiago. Odiaba la escuela. Odiaba no saber.
Luis le pasó una nota por debajo de la mesa. Estaba escrita con letra cursiva bonita:
“No le hagas caso. Santiago es un idiota. A la salida te enseño el truco de la ‘rr'”.
Arturo guardó el papelito en su bolsillo como si fuera un tesoro.
El recreo. El momento de la verdad.
El patio del San Patricio era enorme, con canchas de fútbol de pasto sintético y juegos modulares que parecían obras de arte.
Arturo y Luis se sentaron en una banca apartada. Arturo sacó su lunch: un sándwich de jamón serrano y queso brie que Mari le había preparado (a Arturo le gustaba más el de jamón de pavo normal, pero no se quejaba) y un jugo.
—¿Viste cómo me miró ese tal Santiago? —dijo Arturo, mordiendo su sándwich con rabia.
—Es el bully del salón —explicó Luis—. Su papá es político o algo así. Se cree el dueño de la escuela. Siempre me molestaba porque no puedo correr en el fútbol. Me dice “el tísico”.
—¿Qué es tísico?
—Alguien enfermo. Como con tuberculosis. Es un insulto.
En ese momento, una sombra cubrió su banca.
Era Santiago, flanqueado por dos niños más, sus “guaruras” personales, Mateo y Sebastián.
—Miren quiénes están aquí —dijo Santiago, con una sonrisa burlona—. Los gemelos fantásticos. El enfermo y el mudo.
Luis se encogió, abrazando su mochila de oxígeno.
—Déjanos en paz, Santiago.
—Uy, qué miedo. ¿Me vas a toser encima? —se burló Santiago. Sus amigos rieron.
Luego, Santiago miró a Arturo. Lo escaneó de arriba abajo.
—Y tú… ¿es cierto que vivías en la basura? Mi mamá dice que tus papás te recogieron de un basurero. Que eres un “niño de la calle”.
La palabra “calle” sonó en la boca de Santiago como si fuera un insulto sucio.
Arturo dejó su sándwich en la banca con mucha calma. Se limpió las manos en el pantalón. Su corazón latía lento, pesado. El “Modo Supervivencia” se activó. Ya no era Arturo Martí, el estudiante. Era Arturo “El Gato”, el que sobrevivió a Guzmán y al invierno.
—¿Y qué si vengo de la calle? —dijo Arturo, poniéndose de pie. Era un poco más bajo que Santiago, pero su postura era diferente. Santiago estaba parado como un niño rico acostumbrado a mandar. Arturo estaba parado como un resorte listo para saltar, con el centro de gravedad bajo y los puños cerrados.
—Pues que hueles mal —dijo Santiago, arrugando la nariz—. Hueles a pobre. No deberías estar en esta escuela. Esta escuela es para gente decente, no para recogidos.
Santiago cometió el error de su vida: estiró la mano y empujó a Luis.
—Quítate, tísico, estorbas.
Fue un empujón leve, pero Luis, que todavía estaba débil por la cirugía y el peso del tanque de oxígeno, perdió el equilibrio y cayó al suelo de cemento.
¡Cras!
La máquina de oxígeno golpeó el piso. Luis soltó un quejido de dolor.
El mundo se puso rojo para Arturo.
No pensó. No recordó la promesa a Elena. No recordó las reglas.
Se lanzó.
Fue un movimiento rápido, callejero, sucio. Arturo no tiró un golpe de boxeo elegante. Se le fue a las piernas a Santiago, tackleándolo y tirándolo al pasto sintético.
Santiago, sorprendido, cayó pesadamente.
Arturo se montó encima de él en un segundo. Le puso el antebrazo en el cuello, presionando justo lo necesario para cortar el aire, pero no para lastimar de gravedad.
—¡Suéltame! —chilló Santiago, pataleando. Sus amigos, Mateo y Sebastián, se quedaron paralizados. Una cosa era molestar de palabra; ver a un niño con la furia de Arturo en los ojos era otra cosa muy distinta.
Arturo acercó su cara a la de Santiago.
—Escúchame bien, fresita —le susurró Arturo con voz rasposa, usando el tono que usaban los ladrones en el metro—. Vuelves a tocar a mi carnal… vuelves a mirarlo feo… y te voy a romper la cara. ¿Entendiste? Yo sí sé pelear. Yo peleaba por comida mientras tú llorabas porque se te caía el helado.
Santiago estaba aterrorizado. Nunca nadie lo había tocado. Vivía en una burbuja.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Entendí! ¡Bájate!
—¡Arturo! ¡No!
Era la voz de Miss Gaby. Venía corriendo desde la guardia, tocando su silbato.
Arturo soltó a Santiago y se levantó de un salto. Ayudó a Luis a levantarse del suelo con delicadeza, limpiándole el polvo del uniforme.
—¿Estás bien, carnal? —preguntó, ignorando a la maestra que llegaba gritando.
—Sí… gracias —susurró Luis, mirando a su hermano con una mezcla de horror y admiración absoluta.
La Dirección del Instituto San Patricio olía a caoba y a miedo.
Arturo estaba sentado en una silla de piel, con los pies colgando. Luis estaba sentado a su lado, sosteniendo su mano.
Frente a ellos, el Director, el Señor Valenzuela, revisaba unos papeles con cara de pocos amigos.
Y en los sofás laterales, dos bandos.
Por un lado, la mamá de Santiago, una señora enjoyada y furiosa que gritaba sobre “salvajismo” y “seguridad”.
Por el otro, Andrés y Elena, que habían llegado volando en cuanto recibieron la llamada.
—¡Es inaceptable! —gritaba la señora—. ¡Ese… ese animal atacó a mi hijo! ¡Lo tiró al suelo y lo amenazó de muerte! ¡Quiero que lo expulsen inmediatamente! Mi Santiago está traumatizado.
Andrés se levantó. Su presencia llenó la habitación.
—Señora, le voy a pedir que mida sus palabras al referirse a mi hijo. “Animal” no es un término que voy a tolerar.
—¡Pues compórtese como gente decente! —replicó la mujer—. ¡Viene de la basura y se nota!
Andrés se puso rojo, pero Elena le puso una mano en el pecho y dio un paso adelante. Elena, que siempre era dulce y tranquila, tenía ahora la mirada fría de una leona.
—Señor Director —dijo Elena con voz calmada pero letal—. Según la versión de mi hijo Luis, y de varios testigos en el patio, Santiago inició la agresión física empujando a un niño que acaba de recibir un trasplante de pulmón hace menos de un mes. Un niño con discapacidad respiratoria.
El Director palideció.
—¿Empujó a Luis?
—Así es —confirmó Elena—. Y Arturo, su hermano, reaccionó en defensa. Tal vez de manera desproporcionada, lo admito, y lo corregiremos en casa. Pero fue defensa. Si Santiago hubiera lastimado la herida quirúrgica de Luis… estaríamos hablando de hospital y demandas penales, no de una junta escolar.
La mamá de Santiago se quedó callada de golpe. Sabía quiénes eran los Martí. Sabía que tenían los mejores abogados de la ciudad.
—Bueno… son cosas de niños —murmuró la señora, bajando el tono—. Pero que no se repita.
—No se repetirá si su hijo aprende a respetar —dijo Andrés, tajante—. Arturo se disculpará por la agresión física. Pero Santiago se disculpará por el bullying y la agresión a un compañero vulnerable. ¿Estamos de acuerdo?
El Director, queriendo evitar un escándalo, asintió vigorosamente.
—Me parece justo. Arturo, pídele perdón a Santiago.
Arturo se levantó. Miró a Santiago, que estaba escondido tras las faldas de su mamá.
—Perdón por tirarte —dijo Arturo, seco—. Pero no toques a mi hermano.
Santiago murmuró un “perdón” inaudible y salió corriendo de la oficina jalado por su madre.
Cuando quedaron solos con el Director, Andrés se giró hacia Arturo.
El niño bajó la cabeza, esperando el regaño. Esperando que le dijeran que había arruinado todo. Que ya no lo querían.
—Arturo —dijo Andrés, serio.
—Ya sé. Me porté mal. Soy un salvaje. Ya me voy a la casa hogar.
Andrés se agachó frente a él.
—Mírame.
Arturo levantó la vista.
—No eres un salvaje. Eres un protector. Defendiste a tu hermano. Eso es lo que hacen los hombres de bien. La lealtad es la virtud más importante de esta familia.
Arturo parpadeó, confundido. ¿No estaban enojados?
—Pero… le puse la pata en el pescuezo.
—Y eso estuvo mal —corrigió Andrés—. No podemos usar la violencia física, Arturo. Ya no estás en la calle. Aquí tenemos otras armas. Las palabras, la inteligencia, la ley. Si te pegan, te defiendes, claro. Pero no atacas primero. Y sobre todo… mides tu fuerza. Tú eres fuerte, Arturo. Más fuerte que Santiago. Tienes que aprender a controlar esa fuerza. ¿Entendido?
—Entendido.
—Pero quiero que sepas algo —intervino Elena, abrazándolo—. Estoy muy orgullosa de que cuides a Luis. Muy orgullosa. Solo… no lo mates del susto la próxima vez, ¿vale?
El regreso a casa fue diferente. Ya no había tensión. Había una especie de complicidad silenciosa en el coche.
Luis miraba a Arturo como si fuera el Capitán América.
—Neta te la rifaste —susurró Luis en el asiento trasero—. Nadie nunca se le había puesto al brinco a Santiago. Se hizo pipí del susto, te lo juro.
Arturo sonrió a medias.
—Es puro blofeo. Los perros que más ladran son los que menos muerden.
—Me tienes que enseñar esa llave —dijo Luis—. La del cuello.
—Luego. Primero tienes que aprender a correr sin ahogarte.
Esa tarde, en el estudio de la casa, Andrés sacó un tablero de ajedrez.
—Ven acá, Arturo.
—¿Qué es eso?
—Ajedrez. Es un juego de guerra. Pero guerra de la mente.
—Se ve aburrido.
—Parece aburrido, pero es como la calle —explicó Andrés, acomodando las piezas—. Tienes a tus soldados (los peones), tus torres, tus caballos. Y tienes que proteger al Rey. El Rey es lo más importante. Si matan al Rey, pierdes.
Arturo tocó la pieza del Rey.
—El Rey es Luis —dijo Arturo.
—Exacto. Y tú… tú puedes ser el Caballero. O la Torre. Fuerte y directo.
—¿Y tú quién eres?
—Yo soy el que te enseña a mover las piezas para que no tengas que usar los puños.
Jugaron durante una hora. Arturo no entendía bien las reglas todavía, movía los caballos como si volaran, pero tenía una intuición estratégica sorprendente. Sabía cuándo sacrificar un peón para salvar a otro. Sabía de sacrificios.
—Oye, papá… —dijo Arturo de repente. La palabra salió sola. Papá.
Andrés se congeló un segundo con el alfil en la mano. Su corazón dio un vuelco.
—Dime, hijo.
—¿Crees que pueda aprender a leer bien? Hoy me trabé gacho en la clase. Me dio pena.
—Claro que vas a aprender. Te voy a contratar a la mejor tutora. Y yo te voy a leer todas las noches hasta que te aprendas las palabras de memoria. No hay prisa. Tienes toda la vida.
La noche cayó sobre la casa de las Lomas.
En la habitación de los niños (porque Arturo, aunque tenía su cuarto, seguía pasando mucho tiempo en el de Luis antes de dormir), había una sesión de lectura improvisada.
Luis tenía el libro de “El Principito”.
—A ver, inténtalo aquí —dijo Luis, señalando una frase corta.
Arturo frunció el ceño, concentrado.
—Lo… es… esen… cial… es… in… invi… sible… a… los… ojos.
—¡Eso! —celebró Luis—. “Lo esencial es invisible a los ojos”. ¿Sabes qué significa?
Arturo pensó un momento.
—¿Que lo importante no se ve?
—Ajá. Como tú. Por fuera te veías sucio y pobre. Pero por dentro tenías mi pulmón y eras mi hermano. Eso era lo esencial. Y nadie lo vio, más que nosotros.
Arturo sonrió. Le gustaba eso.
—Oye, Luis.
—Mande.
—Gracias por no dejarme solo hoy. Cuando llegó la maestra, tú le dijiste que me defendiste.
—Somos equipo, ¿no? Promesa de sangre.
Se apagaron las luces.
Arturo se fue a su cuarto. Esta vez, no se metió debajo de la cama. Se subió al colchón suave. Se tapó con el edredón hasta la nariz.
Miró hacia la mesita de noche. La canasta de comida estaba llena de nuevo. Había una manzana roja y brillante.
Arturo no la agarró. Sabía que estaría ahí mañana.
Cerró los ojos y repasó su día.
Había usado un uniforme ridículo. Había sido humillado en lectura. Había peleado. Había estado a punto de ser expulsado.
Pero también había escuchado a su papá defenderlo. Había escuchado a su mamá decir que estaba orgullosa. Y su hermano lo veía como un héroe.
La jungla de cemento y pizarrones era difícil, sí. Pero Arturo ya no era un gato callejero solitario. Ahora era parte de una manada. Una manada de leones.
—Mañana —susurró a la oscuridad—, mañana voy a leer una página completa. Y si Santiago me molesta… le voy a ganar en el ajedrez.
Y con ese pensamiento de guerrero en evolución, Arturo Martí se quedó dormido, soñando no con frío y hambre, sino con caballos blancos y torres de marfil defendiendo a su rey.
CAPÍTULO 8: EL CUMPLEAÑOS DE LOS DOS MUNDOS
El calendario en la pared de la cocina marcaba el 12 de enero.
Había pasado exactamente un año.
Un año desde aquella noche helada en la que un niño fantasma se pegó al cristal de una UCI para mirar a su propio reflejo moribundo.
Un año desde que el destino, o Dios, o la simple casualidad, decidió barajar las cartas de nuevo y darle un “As” a quien solo tenía pares de doses.
La mañana en la casa de las Lomas comenzó con un estruendo.
—¡Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…!
Mari, la cocinera, entró a la habitación de los gemelos (porque sí, Arturo finalmente se había mudado oficialmente a la habitación de Luis hacía meses, alegando que “ahorraban luz”, aunque la verdad es que ninguno quería dormir solo) golpeando una cacerola con una cuchara de madera a modo de tambor.
Detrás de ella venían Elena y Andrés, cargando dos pasteles individuales con una vela de bengala cada uno, cantando desafinados pero con un amor que llenaba el cuarto.
—¡Despierten, flojos! —gritó Andrés, riendo—. ¡Hoy cumplen ocho años! ¡Ya son hombres hechos y derechos!
Arturo se despertó de un salto, con el corazón acelerado por el ruido repentino, un viejo reflejo de la calle que nunca se le quitó del todo. Pero en cuanto vio las bengalas y las sonrisas, sus hombros se relajaron.
Luis, en la cama de al lado, se frotó los ojos y sonrió. Ya no necesitaba oxígeno para dormir. Su respiración era silenciosa, rítmica, perfecta.
—¡Feliz cumple, carnal! —gritó Arturo, saltando de su cama a la de Luis y cayéndole encima con un abrazo de oso.
—¡Au! ¡Cuidado con la costilla! —se quejó Luis, riendo—. ¡Feliz cumple, Arturo!
Elena dejó los pasteles en la mesita de noche y se lanzó a abrazar a la bola de niños enredados en las sábanas.
—Mis niños. Mis milagros. No saben cuánto esperé este día.
Arturo miró la vela chisporrotear. Ocho años.
El año pasado, a esta hora, estaba escondido en una alcantarilla, tiritando, sin saber si llegaría al día siguiente. Hoy, estaba en una cama de mil hilos de algodón, con una familia que le cantaba y olor a hot cakes subiendo desde la cocina.
Sopló la vela con fuerza.
—¿Qué pediste? —preguntó Luis.
—No se dice, güey. Si se dice no se cumple.
Pero Arturo no había pedido nada. Por primera vez en su vida, no necesitaba pedir nada. Ya lo tenía todo.
El día estaba planeado al milímetro. Elena, en su afán de celebrar la vida (y compensar los siete cumpleaños perdidos de Arturo), había organizado “El Festival de los Gemelos”.
Pero antes de la fiesta, Arturo tenía una misión. Una misión secreta que solo había discutido con Andrés.
Después del desayuno, mientras Luis se bañaba y Elena coordinaba a los decoradores en el jardín, Arturo bajó al garaje donde Andrés lo esperaba junto a la camioneta.
—¿Estás seguro de que quieres ir, hijo? —preguntó Andrés, poniéndole una mano en el hombro.
Arturo llevaba puesta una chamarra nueva, muy abrigadora, pero en sus manos apretaba una bolsa de plástico negra.
—Simón, papá. Necesito ir. Para… para cerrar el changarro.
Andrés asintió, entendiendo el código.
—Súbete.
Manejaron en silencio. La camioneta blindada cruzó la ciudad, bajando desde las zonas arboladas y ricas hacia el centro, hacia las venas grises y sucias de la metrópoli.
El paisaje cambió. Las tiendas de diseñador dieron paso a puestos ambulantes, cortinas metálicas grafiteadas y basura en las esquinas.
Arturo miraba por la ventana. Reconocía cada esquina.
“Aquí me robé una manzana”. “Aquí me correteó un perro”. “Aquí dormí una noche que llovía mucho”.
Andrés estacionó el coche en una calle lateral, cerca del viejo mercado.
—Es aquí, ¿verdad?
—Sí. Aquí fue.
Arturo bajó del coche. El frío de enero lo golpeó en la cara. Era el mismo frío del año pasado, el mismo viento cruel. Pero esta vez, Arturo tenía una chamarra térmica North Face, guantes y el estómago lleno. El frío ya no le entraba. Rebotaba.
Caminó hacia el callejón trasero de la panadería.
Ahí estaba. Su “escondite”. Un hueco entre dos contenedores de basura y una pared de ladrillo. Todavía había cartones en el suelo, húmedos y podridos.
Arturo se quedó parado frente al lugar donde casi muere.
Sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de reconocimiento.
—Adiós, Arturo el de la Calle —susurró—. Ya no vives aquí.
Abrió la bolsa negra que traía.
Adentro había tres cobijas gruesas de lana, nuevas. Había cinco tortas de pierna envueltas en aluminio, calientes todavía. Había dos pares de calcetines térmicos y un gorro.
No había nadie en el callejón en ese momento. Pero Arturo sabía que alguien vendría. Siempre venía alguien. Un “Abuelo José”, un niño perdido, un perro flaco.
Dejó la bolsa sobre los cartones, en un lugar donde no se mojara.
Sacó un plumón permanente de su bolsillo y escribió en el ladrillo de la pared, justo encima de la bolsa:
“NO ES BASURA. ES PA’ TI. AGUANTA VARA. SÍ SE PUEDE SALIR”.
Se quedó mirando su mensaje un momento.
Sintió la mano de Andrés en su hombro. Su padre estaba llorando en silencio detrás de sus gafas de sol.
—¿Listo? —preguntó Andrés con la voz quebrada.
—Listo, papá. Vámonos a casa.
Arturo dio la media vuelta y caminó hacia la camioneta sin mirar atrás. Dejó al fantasma de su pasado ahí, cuidado por las cobijas nuevas, y se subió al coche que lo llevaría de vuelta a la vida que se había ganado.
La fiesta comenzó a las dos de la tarde.
El jardín de la casa Martí se había transformado en una kermés de lujo. Había puestos de feria: canicas, tiro al blanco, registro civil de broma. Había un carrito de esquites, otro de churros y uno de tacos al pastor (petición expresa de Arturo, que había cumplido su promesa de llevar a Luis a comer tacos, aunque esta vez el taquero vino a ellos).
Llegaron los invitados.
Los compañeros del Instituto San Patricio.
Incluso Santiago, el ex-bully, estaba ahí. Después del incidente de la pelea y la disculpa, Santiago había cambiado. O tal vez, simplemente aprendió a respetar la jerarquía de la fuerza. Ahora, él y Arturo jugaban juntos en el equipo de fútbol. Arturo era el delantero estrella; Santiago, el portero.
—¡Qué onda, Arturo! —saludó Santiago, entregándole un regalo envuelto en papel brillante—. Feliz cumple. Te traje el FIFA nuevo.
—Chido, Santiago. Pásale, hay tacos.
Pero no solo había niños ricos.
Elena había invitado a alguien más.
Una camioneta blanca con el logo del Hospital San Rafael llegó a la entrada. De ella bajaron el Doctor Serrano, la enfermera Carmen y Sofía.
Cuando Arturo vio a Carmen, corrió hacia ella ignorando el protocolo.
—¡Carmen!
La enfermera lo levantó en el aire (o lo intentó, porque Arturo había crecido y ganado peso).
—¡Mírate nada más! —exclamó ella, besándole los cachetes—. ¡Estás enorme! Y colorado. Ya no te pareces al niño pálido del hospital.
Luis se acercó también. Él caminaba, corría, saltaba. Ya no había tanque de oxígeno. Su cicatriz en el pecho era solo una línea fina, un recordatorio de batalla.
—Doctor Serrano —dijo Luis, extendiendo la mano como un caballero—. Gracias por venir.
—No me lo perdería por nada, Luis. Verlos respirar a los dos sin ayuda es el mejor regalo que me pueden dar a mí.
La fiesta fue un caos de alegría.
Rompieron dos piñatas. Una de Spider-Man (para Luis) y una de un balón de fútbol (para Arturo).
Cuando llegó el momento de pegarle a la piñata, Arturo le vendó los ojos a Luis.
—¡Dale, dale, dale! —cantaban todos.
Luis golpeaba el aire con fuerza, riendo a carcajadas. Arturo le gritaba instrucciones: “¡A la derecha, güey! ¡Abajo! ¡Ahí, mátala!”.
Cuando la piñata se rompió y cayeron los dulces, no hubo distinción de clases sociales. Niños de las Lomas y adultos se tiraron al suelo por los mazapanes y los pulparindos. Arturo se lanzó de panza, atrapando los mejores dulces y lanzándoselos a Luis.
Al caer la tarde, cuando el sol empezaba a teñirse de naranja sobre los árboles del jardín, Andrés pidió un momento de atención.
Tomó un micrófono. Los mariachis callaron.
Elena estaba a su lado, sosteniendo la mano de ambos niños.
—Amigos, familia —empezó Andrés. Su voz resonó en el jardín—. Gracias por estar aquí. Hoy no solo celebramos ocho años de vida. Hoy celebramos el primer aniversario de un milagro.
Todos sabían la historia. El rumor se había esparcido por la sociedad como pólvora, convirtiéndose en una leyenda urbana con final feliz.
—Hace un año —continuó Andrés, mirando a sus hijos—, yo pensaba que lo tenía todo. Dinero, casa, éxito. Pero mi casa estaba vacía y mi corazón estaba lleno de miedo porque mi hijo se moría.
Hizo una pausa, tragando el nudo en su garganta.
—Entonces, llegó Arturo. Llegó del frío, llegó de la nada. Y nos enseñó que la verdadera riqueza no está en el banco. Está en la capacidad de compartir el aire que respiras. Literalmente.
Arturo bajó la cabeza, avergonzado por la atención, pero Luis le apretó la mano fuerte.
—Arturo le dio a Luis la mitad de sus pulmones. Pero Luis le dio a Arturo la mitad de su vida. Y a nosotros… a nosotros nos dieron la lección más grande de amor.
Andrés levantó su copa.
—Por Arturo y Luis. Los hermanos invencibles.
—¡Salud! —gritaron todos.
Arturo sintió que el pecho se le inflaba. No de aire, sino de algo más caliente y ligero. Orgullo. Pertenencia.
Miró a Elena. Ella lo miraba con esos ojos de madre que todo lo perdonan y todo lo curan.
—Te quiero, mamá —susurró Arturo. Fue la primera vez que la llamó así en público, sin titubear.
Elena se agachó y lo besó.
—Y yo a ti, mi cielo. Más que a mi vida.
La noche terminó. Los invitados se fueron. El jardín quedó en silencio, lleno de confeti y papel de colores.
Arturo y Luis estaban en su habitación, agotados pero con esa hiperactividad residual del azúcar.
Estaban acostados en sus camas, con las luces apagadas, mirando las estrellas fluorescentes que habían pegado en el techo.
—Oye, Arturo —dijo Luis.
—¿Qué pex?
—¿Crees que si no hubieras entrado al hospital esa noche… yo me hubiera muerto?
El silencio duró unos segundos.
—Simón. Y yo también. Me hubiera muerto de frío o de hambre. O me hubiera agarrado la policía.
—Entonces… nos salvamos mutuamente.
—Ajá. Como en las películas de acción. Tú me cubres la espalda, yo te cubro la tuya.
Arturo se giró de lado para ver a su hermano en la penumbra.
—Oye, Luis.
—Mande.
—Fui al callejón hoy.
Luis se levantó sobre un codo.
—¿Neta? ¿A tu callejón?
—Simón. Fui a dejar cosas. Pa’ los que siguen ahí.
—¿Había alguien?
—No vi a nadie. Pero dejé un mensaje. Les puse que sí se puede salir. Que aguanten vara.
Luis sonrió en la oscuridad.
—Eso es chido. Oye… el próximo año quiero ir contigo.
—¿Al callejón? Estás loco. Huele a pipí.
—No me importa. Quiero ver dónde vivías. Quiero ver de dónde saliste. Porque si tú saliste de ahí… ese lugar debe ser importante. Es como… como el origen del superhéroe.
Arturo se rio.
—No soy superhéroe, güey. Solo soy un niño con suerte.
—No es suerte —dijo Luis, bostezando y recostándose de nuevo—. Es destino. Mamá dice que las almas gemelas siempre se encuentran. Nosotros nos tardamos siete años, pero nos encontramos.
Poco a poco, la respiración de Luis se hizo profunda y lenta. Se durmió.
Arturo se quedó despierto un rato más.
Pensó en el niño que era hace un año. Ese niño asustado, sucio, que odiaba al mundo.
Intentó recordar cómo se sentía el frío en los huesos, pero ya no pudo. El recuerdo se estaba borrando, reemplazado por el calor de la colcha, el sabor del pastel y el sonido de la respiración de su hermano.
Se levantó sigilosamente y fue hacia el escritorio.
Encendió la lamparita.
Abrió su cuaderno de tareas.
Agarró un lápiz.
Hace seis meses no sabía escribir su nombre. Ahora, escribía cuentos.
En la primera página en blanco, escribió con letra grande y redonda, todavía un poco chueca, pero firme:
“LA HISTORIA DE DOS HERMANOS”
Por Arturo Martí.
“Había una vez un niño que tenía mucho frío. Y había otro niño que no tenía aire. Uno tenía lo que al otro le faltaba. Un día se encontraron y se dieron cuenta de que no eran dos niños. Eran uno solo partido a la mitad. Y cuando se juntaron, nadie los pudo romper nunca más.”
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Se metió en la cama.
Miró hacia la mesita de noche. La canasta de comida seguía ahí, llena. Pero ya no le importaba. Sabía que mañana habría desayuno. Sabía que mañana habría escuela. Sabía que mañana habría vida.
—Buenas noches, carnal —susurró.
Y desde el sueño, o tal vez desde la conexión invisible que los unía, Luis murmuró:
—Buenas noches, carnal.
Arturo cerró los ojos y, por primera vez en toda su existencia, soñó con el futuro. Un futuro largo, brillante y compartido.
FIN