
CAPÍTULO 1: El Peso de la Cima
La lluvia en la Ciudad de México no cae, golpea. Es una cortina densa, gris y sucia que convierte los cristales de los rascacielos de Santa Fe en espejos líquidos. Maximiliano Vargas, de 49 años, estaba de pie frente al inmenso ventanal de su oficina en el piso cuarenta de la Torre Paradox. Desde ahí arriba, los autos en la autopista eran apenas luciérnagas rojas y blancas atrapadas en el eterno tráfico de las nueve de la noche, un río de metal y furia que no avanzaba.
Maximiliano apoyó la frente contra el vidrio frío. El vaho de su respiración empañó por un segundo la vista de su imperio. “Constructora Vargas”. Un nombre que pesaba toneladas. Un nombre que abría puertas en Palacio Nacional y cerraba tratos en los clubes de golf más exclusivos de Bosques de las Lomas. Pero esa noche, el nombre no se sentía como un trofeo, sino como una lápida.
Su reflejo lo miraba desde el cristal: un hombre impecable en un traje Brioni hecho a la medida, pero con los ojos muertos. Las ojeras bajo sus párpados eran profundas, oscuras, testigos de noches de insomnio y litros de café negro. Tenía todo lo que un mexicano promedio sueña tener: poder, respeto, y una cuenta bancaria con suficientes ceros para comprar la felicidad, o al menos, una imitación bastante convincente de ella. Y sin embargo, sentía un hueco en el estómago que ni el whisky de 18 años que tenía en su bar privado podía llenar.
El teléfono sobre su escritorio de caoba vibró, rompiendo el silencio sepulcral de la oficina. El zumbido resonó como un taladro en su cabeza. Miró la pantalla: Ingeniero Soto – Jefe de Obra.
Maximiliano cerró los ojos y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones. No quería contestar. Sabía exactamente lo que iba a escuchar. Problemas con el sindicato, retrasos con el concreto, algún inspector de la alcaldía pidiendo su “mordida” para no clausurar. Siempre era lo mismo. La maquinaria del éxito se alimentaba de estrés y dinero, y él era el único que paleaba el carbón.
—¿Qué pasó, Soto? —contestó finalmente, activando el altavoz mientras regresaba a su sillón de piel.
—Licenciado, buenas noches, disculpe la hora —la voz de Soto sonaba nerviosa, con ese tono de sumisión que Maximiliano detestaba y exigía a la vez—. Tenemos una bronca en la torre de Polanco. Los vecinos volvieron a cerrar la calle, dicen que el ruido no los deja dormir. Y el delegado dice que si no paramos hoy, nos clausuran mañana a primera hora.
Maximiliano se masajeó las sienes. Sentía cómo le latía una vena en la frente.
—Soto, te pago para que resuelvas, no para que me traigas lloriqueos —dijo con voz gélida—. ¿Cuánto quiere el delegado?
—No es lana, licenciado. Esta vez es presión política. Se acercan las elecciones y…
—A todos les gusta la lana, Soto. O el poder. Búscame al secretario particular del alcalde, dile que le invito a desayunar mañana al Four Seasons. Y a los vecinos… manda a la cuadrilla de seguridad a “platicar” con los líderes. Que entiendan que cerrar mi calle les va a salir más caro que comprar tapones para los oídos. ¿Me entendiste?
—Sí, licenciado. Pero…
—Pero nada. Resuélvelo. Mañana me voy a Madrid y no quiero que mi teléfono suene por estupideces locales. Buenas noches.
Colgó sin esperar respuesta. El silencio regresó, más pesado que antes.
Madrid. El contrato con el Grupo Inmobiliario Europeo. Ese era el pez gordo. Meses de negociaciones, cenas interminables, abogados revisando cláusulas microscópicas. Si firmaba ese contrato, “Constructora Vargas” dejaría de ser un gigante local para convertirse en un jugador internacional. Era la culminación de veinte años de trabajo. Veinte años de perderse cumpleaños, navidades, funerales y bodas. Veinte años de sacrificarlo todo en el altar del éxito.
Tomó su maletín de cuero y apagó las luces. La oficina quedó en penumbras, solo iluminada por el resplandor de la ciudad a sus pies. Caminó hacia el elevador privado. Al bajar al estacionamiento subterráneo, el eco de sus pasos sonaba solitario. Su chofer, Beto, saltó del asiento del conductor del Mercedes blindado en cuanto lo vio.
—Buenas noches, Don Maximiliano. ¿A la casa?
—Sí, Beto. Y pisa el acelerador, que ya es tardísimo.
El trayecto hacia Lomas de Chapultepec fue una tortura lenta. La lluvia había colapsado Constituyentes y Reforma. Maximiliano miraba por la ventana polarizada a la gente en los paraderos de autobús, mojándose, apretujándose en microbuses destartalados para llegar a casas lejanas en el Estado de México. “Pobre gente”, pensó fugazmente, pero sin verdadera empatía. Para él, la pobreza era una enfermedad de la que se había curado a base de trabajo duro y crueldad necesaria. Él ya no pertenecía a ese mundo. Él estaba a salvo dentro de su burbuja blindada y climatizada.
Pero, ¿realmente lo estaba?
Pensó en su madre. Doña Elena. La imagen de ella esperándolo sentada en el comedor le provocó una punzada de irritación mezclada con culpa. Ella no entendía. Nunca había entendido. Para ella, la vida era sencilla: familia, comida caliente, Dios y dormir tranquilo. No entendía que para mantener el techo de oro bajo el que vivía, Maximiliano tenía que convertirse en un monstruo todos los días.
—¿Falta mucho? —preguntó, impaciente.
—El tráfico está de la fregada, patrón. Hay un choque adelante. Pero ya casi llegamos, me voy a meter por las callecitas de atrás.
Cuando finalmente los portones de hierro forjado de su mansión se abrieron, el reloj del tablero marcaba las 9:45 PM.
La casa era impresionante. Un diseño minimalista de concreto y cristal, rodeada de jardines perfectos que costaban una fortuna mantener verdes. Parecía más un museo de arte moderno que un hogar. No había bicicletas tiradas en el jardín, no había un perro ladrando. Solo silencio y perfección.
Maximiliano bajó del auto antes de que Beto pudiera abrirle la puerta.
—Descansa, Beto. Mañana pasas por mí a las 6:00 AM para ir al aeropuerto.
—Sí, patrón. Que descanse.
Al entrar, el aire acondicionado lo golpeó. La casa olía a limpio, a lavanda y cera para pisos, pero por debajo de eso, percibió el aroma inconfundible del mole poblano. Ese olor denso, dulce y picante que lo transportaba instantáneamente a su infancia, a la pequeña cocina de la colonia Doctores donde creció. Un olor que debería haberle provocado hambre, pero que ahora solo le provocaba náuseas por la ansiedad.
Caminó hacia la sala. La televisión estaba apagada. En el comedor principal, una mesa de madera para doce personas, estaba sentada Doña Elena.
Se veía minúscula en esa inmensidad. A sus 78 años, Elena Vargas era una mujer que parecía hecha de ramas secas y acero. Su cabello blanco estaba recogido en un chongo perfecto, y llevaba puesto su rebozo de Santa María, ese que tenía desde hacía treinta años y que se negaba a tirar a pesar de que Maximiliano le había comprado docenas de pashminas de seda italiana.
Al escuchar los pasos, ella levantó la vista. Sus ojos, nublados por cataratas incipientes pero llenos de una ternura dolorosa, se iluminaron.
—¡Mijo! —exclamó, intentando levantarse rápido, pero sus rodillas crujieron—. Bendito sea Dios que llegaste. Estaba con el Jesús en la boca. Con esta lluvia y tanto loco que anda manejando…
—Estoy bien, mamá —cortó Maximiliano, aflojándose el nudo de la corbata como si fuera una soga—. Solo fue el tráfico. Ya sabes cómo se pone la ciudad.
—Siéntate, ándale. Te preparé el mole como te gusta, con pollito deshebrado y arroz rojo. Ya se enfrió un poco, pero ahorita te lo caliento en un dos por tres.
Ella ya iba camino a la cocina, arrastrando sus pantuflas, ansiosa por servirle, por ser útil.
—No, mamá. Espera —dijo él, deteniéndose al pie de la escalera—. No tengo hambre.
Doña Elena se detuvo en seco. Se giró lentamente, con las manos temblando ligeramente.
—¿Cómo que no tienes hambre, Maximiliano? No has comido nada decente en todo el día, te conozco. Seguro puro café y galletas en esa oficina. Necesitas nutrirte. Mañana te vas de viaje.
—Comí unos canapés en una reunión —mintió. Ni siquiera recordaba si había comido—. En serio, mamá. Estoy agotado. Me duele la cabeza y solo quiero darme un baño y dormir. Mañana el vuelo sale tempranísimo.
La decepción en el rostro de su madre fue tan evidente que le dolió físicamente verla. Sus hombros se hundieron.
—Pero… pero es nuestra última cena antes de que te vayas a Europa —dijo ella con un hilo de voz—. Dijiste que estarías fuera tres meses. Tres meses, hijo. Quería que platicáramos un ratito. Que me contaras cómo estás. Casi no te veo. Vives en esta casa, pero es como si vivieras en un hotel. Solo te veo entrar y salir.
Maximiliano cerró los ojos y apretó el barandal de la escalera. La fatiga le estaba jugando una mala pasada, erosionando su paciencia.
—Mamá, por favor. No empieces con tus dramas. No tengo energía para esto hoy.
—No es drama, Maximiliano —insistió ella, dando un paso hacia él. Su voz ganó un poco de fuerza, impulsada por la soledad de meses—. Es la verdad. Me tienes aquí abandonada. Sí, la casa es muy bonita, muy grande, pero está vacía. Me paso el día hablando con las muchachas del servicio porque mi propio hijo no tiene cinco minutos para preguntarme cómo amanecí.
—¡Porque trabajo, mamá! —estalló él. El grito rebotó en las paredes altas de mármol—. ¡Trabajo como burro de sol a sol para mantener todo esto! ¿Crees que este estilo de vida es gratis? ¿Crees que tus medicinas, tus doctores, este aire acondicionado, la camioneta que te lleva a misa, todo eso cae del cielo? ¡Lo pago yo! ¡Con mi tiempo, con mi vida!
Doña Elena retrocedió, asustada por el volumen de su voz, pero no se calló. Había aguantado demasiado silencio.
—¡No te estoy pidiendo dinero! —gritó ella también, con la voz quebrada—. ¡Nunca te pedí lujos! Tu padre y yo éramos felices en el departamento de la Doctores. Comíamos frijoles, pero comíamos juntos, riéndonos. Tú… tú te has vuelto un extraño. Mírate, Maximiliano. Tienes ojeras hasta el suelo, siempre estás enojado, siempre estás mirando ese maldito teléfono. ¿De qué te sirven tus millones si ya no tienes alma?
La palabra se clavó en el pecho de Maximiliano como un picahielo. Alma.
—¿Alma? —repitió él con una risa sarcástica y cruel—. El alma no paga las cuentas, mamá. El alma no construye rascacielos. El alma es para los poetas y los fracasados. Yo soy un hombre de negocios. Y gracias a que “perdí el alma”, tú no estás en un hospital público haciendo cola a las cuatro de la mañana para que te den una aspirina. Deberías estar agradecida en lugar de reclamarme.
—¿Agradecida? —Doña Elena empezó a llorar, lágrimas silenciosas que recorrían el mapa de arrugas de su rostro—. Estoy agradecida por el pan, sí. Pero me muero de soledad, hijo. Me siento como un mueble viejo que tienes guardado en la esquina para que no estorbe. A veces… a veces pienso que estarías mejor si yo ya no estuviera aquí.
Ese era el momento para detenerse. Ese era el momento para respirar, bajar las escaleras, abrazarla y pedirle perdón. Una parte de Maximiliano, el niño que alguna vez corría a sus faldas cuando tenía miedo, quería hacerlo. Pero el hombre de negocios, el tirano de la oficina, el ser arrogante que había construido capa por capa para sobrevivir en la jungla de la Ciudad de México, tomó el control.
La rabia lo cegó. Una rabia irracional, nacida del cansancio y de saber, en el fondo, que ella tenía razón.
—Pues si tanto sufres aquí —escupió las palabras con veneno—, a lo mejor deberías irte.
Doña Elena se quedó helada. El tiempo pareció detenerse.
—¿Qué… qué dijiste?
—Dije que si tan infeliz eres con lo que te doy, vete —continuó Maximiliano, incapaz de frenar—. Te compro un departamento chiquito en la colonia que quieras, te contrato una enfermera y ahí te quedas. Así ya no tienes que ver a este “monstruo sin alma”. Y yo… yo por fin podré llegar a mi casa sin tener que aguantar tus caras largas y tus reproches. Porque la verdad, mamá, ahorita, en este momento de mi vida… me estorbas.
La palabra estorbas quedó flotando en el aire, pesada, definitiva. Fue como si le hubiera dado una bofetada. Doña Elena se llevó la mano al pecho, físicamente herida por la palabra. Su rostro palideció hasta volverse grisáceo.
—Entiendo —susurró. Su voz era tan baja que Maximiliano apenas la escuchó—. Entiendo perfectamente, hijo.
Ella no gritó más. No le reclamó. Simplemente bajó la cabeza, derrotada. Esa sumisión repentina enfureció a Maximiliano aún más, porque lo hacía sentir como el villano de la historia, y él necesitaba creer que era el héroe incomprendido.
—Me voy a dormir —dijo él bruscamente.
Dio media vuelta y subió las escaleras, sus pasos retumbando con fuerza. No miró atrás. Si hubiera mirado, habría visto cómo su madre se dejaba caer en una silla del comedor, cubriéndose el rostro con el rebozo, temblando como una hoja en medio de una tormenta.
Entró a su habitación, un espacio enorme con una cama King Size, sábanas de hilo egipcio y una vista panorámica de la ciudad iluminada. Se quitó el saco y lo aventó al sillón. Se aflojó la corbata hasta quitársela y la tiró al suelo.
Se sirvió un vaso de agua con manos temblorosas. “Mañana se le pasa”, se dijo a sí mismo, tratando de convencerse. “Es el drama de siempre. Mañana estará bien. Le traeré un regalo caro de Madrid. Una bolsa de marca, o unos aretes. Con eso se contenta”.
Se metió a la ducha. El agua caliente golpeó su espalda, relajando los músculos tensos, pero no pudo lavar la sensación de suciedad que tenía por dentro. Las palabras de su madre resonaban en los azulejos del baño: “Te has convertido en una máquina fría”.
Salió del baño, se puso el pijama de seda y se metió en la cama. Apagó la luz. La oscuridad lo envolvió. Intentó pensar en el contrato, en los euros, en la expansión de la empresa. Pero la imagen de los ojos llorosos de Doña Elena no lo dejaba en paz.
“Solo estoy cansado”, pensó. “Ella también está vieja, se pone sentimental. Hago todo por ella. Todo”.
Con esa justificación mediocre, logró conciliar un sueño inquieto, lleno de pesadillas donde corría por pasillos interminables de concreto, persiguiendo algo que nunca alcanzaba, mientras el suelo se desmoronaba a sus espaldas.
No sabía que esa sería la última noche que dormiría en paz en mucho tiempo. No sabía que abajo, en la cocina, Doña Elena no estaba durmiendo. Estaba escribiendo. Con una pluma vieja sobre una servilleta, con lágrimas cayendo sobre el papel, tomando la decisión más difícil de su vida. Una decisión que rompería el mundo de Maximiliano Vargas en mil pedazos.
CAPÍTULO 2: El Eco del Silencio
El amanecer en Lomas de Chapultepec suele ser silencioso, protegido por muros altos y casetas de vigilancia, pero para Maximiliano esa mañana el silencio tenía una cualidad diferente. No era paz; era una ausencia.
Se despertó a las 6:30 AM con un dolor de cabeza punzante, la resaca emocional de la discusión de la noche anterior martillándole las sienes. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas automáticas, iluminando el polvo que flotaba en el aire acondicionado. Se quedó unos segundos mirando el techo, esperando escuchar los sonidos habituales de la casa: el tintineo lejano de los cubiertos en la cocina, el zumbido de la aspiradora de las muchachas de servicio, o quizás, si tenía suerte, el radio de su madre sintonizado en alguna estación de música ranchera vieja o el rosario de la mañana.
Pero no había nada. Solo el zumbido eléctrico del refrigerador inteligente de la cocina de abajo, que parecía resonar en toda la estructura de concreto.
—Maldita sea —gruñó, apartando las sábanas de hilo egipcio.
Se sentó al borde de la cama y se frotó la cara. La culpa estaba ahí, agazapada en su estómago como un animal frío. Se dijo a sí mismo que era una tontería. “Seguro está en su cuarto, haciéndose la víctima”, pensó, intentando recuperar su armadura de cinismo. “Va a estar con la cara larga todo el día hasta que le pida perdón o le compre algo”.
Se levantó, se puso una bata de seda y bajó las escaleras. Sus pies descalzos hacían tap-tap-tap sobre el mármol frío.
Al llegar a la planta baja, la sensación de vacío se intensificó. La cocina, una maravilla de diseño italiano con encimeras de granito negro y electrodomésticos de acero inoxidable, estaba inmaculada. Demasiado inmaculada.
Sobre la isla central, no había desayuno caliente. No había chilaquiles verdes con crema y queso, ni huevos a la mexicana, ni el café de olla que Doña Elena insistía en preparar ella misma en una ollita de barro vieja que desentonaba con el lujo de la casa.
Solo había silencio.
—¿Mamá? —llamó Maximiliano. Su voz sonó extraña, ronca.
Nadie respondió.
Caminó hacia el comedor. La mesa estaba tal cual la había dejado la noche anterior, pero limpia. El plato de mole que ella le había servido con tanto cariño ya no estaba. Todo había sido recogido y guardado.
—¿Mari? ¿Juana? —gritó llamando al servicio.
Mari, la empleada doméstica más joven, apareció por la puerta de la lavandería con cara de susto, secándose las manos en el delantal.
—Buenos días, Don Maximiliano. ¿Se le ofrece el desayuno?
—¿Dónde está mi madre? —preguntó él directo, ignorando la oferta.
Mari bajó la mirada, nerviosa.
—No sé, señor. Cuando llegué hace media hora, su cuarto estaba vacío. La cama está tendida. Pensé que… pensé que había salido temprano a misa o al mercado, aunque se me hizo raro porque no pidió el chofer.
Una punzada de alarma real atravesó el pecho de Maximiliano. Doña Elena no salía sola. A sus 78 años, le daban miedo las calles de la ciudad, el tráfico, la inseguridad. Siempre iba con Beto, el chofer.
—Gracias, retírate —dijo bruscamente.
Subió las escaleras de dos en dos, olvidando el cansancio. El corazón le empezaba a latir con un ritmo irregular. Llegó a la puerta de la habitación de su madre, al final del pasillo. La puerta estaba entreabierta.
Entró.
El cuarto olía a ella. Una mezcla de crema Nivea, alcanfor y rosas secas. Era un santuario de otro tiempo incrustado en su casa moderna. Había un altar pequeño sobre la cómoda con una imagen de la Virgen de Guadalupe, rodeada de veladoras apagadas y fotos de Maximiliano en todas las etapas de su vida: en el kínder, en la graduación de la universidad, recibiendo su primer premio de arquitectura.
La cama estaba hecha con una precisión militar, la colcha de crochet estirada sin una sola arruga. Y allí, sobre la almohada blanca, descansaba un sobre.
Un sobre blanco, sencillo, de esos que venden en la papelería de la esquina. Decía simplemente: “Para mi hijo Maximiliano”.
Maximiliano se quedó paralizado en el umbral. Sintió que el suelo se inclinaba. No quería abrirlo. Sabía que abrir ese sobre era cruzar una línea de la que no había retorno. Pero sus manos se movieron solas. Rompió el papel con dedos torpes.
Sacó una hoja de cuaderno arrancada. La letra de su madre era temblorosa, con esa caligrafía antigua y redonda que enseñaban en las escuelas de monjas hacía setenta años. Había manchas en el papel. Lágrimas secas.
Maximiliano comenzó a leer, y con cada palabra, el aire se volvía más escaso en la habitación.
“Hijo mío:
Perdóname. Perdóname por no haberme dado cuenta antes. Tienes toda la razón. Ya viví demasiado tiempo y me he convertido en un mueble viejo que estorba en tu casa bonita. Anoche, cuando me gritaste, entendí que mi amor ya no te sirve, que mi presencia te pesa.
No quiero ser la causa de tu amargura, Maximiliano. No quiero ser la razón por la que llegas enojado a tu casa. Tú necesitas volar alto, necesitas tu espacio, tu éxito, y yo soy un ancla oxidada que te detiene. Soy de otro tiempo, de un mundo donde comíamos frijoles pero nos reíamos. Tú ya no te ríes, hijo. Y me duele en el alma pensar que es por mi culpa.
Me voy. No te preocupes por mí. Dios es grande y no desampara a sus viejos. No me busques, por favor. No gastes tu dinero ni tu tiempo en mí. Estaré bien. Voy a buscar mi propio rincón para esperar a que el Señor me llame. Así tú podrás ser libre. Podrás traer a tus socios, a tus amigos importantes, y no tendrás que esconder a tu madre la anticuada.
Te dejo mi bendición, mijo. Siempre te amaré, aunque tú hayas olvidado cómo quererme. Que la Virgen te cuide en tu viaje a Europa.
Tu mamá, Elena.”
Maximiliano leyó la carta una vez. Dos veces.
La tercera vez, las letras se borraron porque sus propios ojos se llenaron de agua.
—No… —susurró. La voz se le quebró en la garganta—. ¡No, mamá, no!
El papel se arrugó en su puño. El pánico estalló en su cerebro como una granada. No era un drama. No era un chantaje. Se había ido. Su madre, una mujer de casi ochenta años, hipertensa, que se mareaba si caminaba mucho bajo el sol, se había ido sola a la ciudad más monstruosa del mundo.
Salió corriendo de la habitación.
—¡Beto! —bramó desde el barandal de la escalera—. ¡Beto!
El chofer entró corriendo desde la entrada principal, con la gorra en la mano.
—¡Mande, patrón!
—¿Dónde está mi madre? —Maximiliano bajó las escaleras casi cayéndose, con la bata ondeando—. ¿A qué hora salió?
—No la vi, jefe. Yo llegué a las seis para lavar la camioneta y no ha salido nadie. Los portones han estado cerrados.
—¡Revisa las cámaras! ¡Ahora!
Corrieron al cuarto de seguridad. El guardia de turno, un joven medio dormido, se sobresaltó al ver al dueño de la casa en bata y con los ojos desorbitados.
—Ponme la grabación de la puerta peatonal. Desde anoche. ¡Rápido, inútil!
El guardia tecleó con manos temblorosas. En la pantalla granulada apareció la imagen de la entrada principal.
05:15 AM.
La pequeña puerta de servicio del portón se abrió. Una figura diminuta salió. Llevaba un abrigo gris, un pañuelo en la cabeza y un bolso de mano viejo. No llevaba maletas. No llevaba nada. Se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral, se giró para mirar la casa una última vez, se persignó, y salió a la calle oscura y neblinosa.
Maximiliano golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar los monitores.
—¡Se fue hace cuatro horas! ¡Cuatro malditas horas y nadie se dio cuenta! ¿Para qué les pago?
—Señor, la señora tenía el código… ella salió por su pie, no saltó ninguna alarma… —balbuceó el guardia.
—¡Cállate! —Maximiliano se giró hacia Beto—. ¡Saca la camioneta! ¡Vamos a buscarla!
—¿A dónde, patrón?
—¡A donde sea! ¡A la parada del camión! ¡A la iglesia! ¡Muévete!
Maximiliano ni siquiera se vistió adecuadamente. Se puso unos pantalones de mezclilla sobre la pijama, una sudadera y unos tenis. Subió a la Suburban blindada y Beto arrancó quemando llanta.
Recorrieron las calles de Lomas de Chapultepec. Las avenidas arboladas, llenas de mansiones y embajadas, estaban desiertas. Maximiliano miraba por la ventana con desesperación, buscando esa figura pequeña con el abrigo gris. Vio a una mujer caminando y le gritó a Beto que frenara, pero era una empleada doméstica yendo a trabajar. Vio a otra sentada en una banca y resultó ser una joven esperando el Uber.
Llegaron a la parada de autobuses sobre Paseo de la Reforma. Nada.
Fueron a la parroquia donde ella iba a misa los domingos. El sacristán estaba abriendo las puertas.
—¿Ha visto a mi madre? ¿Doña Elena?
—No, Don Maximiliano. Hoy no hay misa hasta las doce. No ha venido nadie.
La realidad empezó a asentarse con el peso de una losa de concreto. La ciudad era inmensa. Cuatro horas de ventaja eran una eternidad. Podía estar en el norte, en el sur, en el centro. Podía haber tomado un taxi, un pesero, el metro.
—A la delegación —ordenó Maximiliano, con la voz fría del miedo—. Vamos al Ministerio Público.
El trayecto hacia la delegación Miguel Hidalgo fue un descenso a los infiernos. El tráfico ya estaba en su apogeo. Cláxones, smog, gente cruzando las avenidas sin mirar. Maximiliano, acostumbrado a ver la ciudad desde la altura de su oficina o la comodidad de su auto, ahora la sentía hostil, peligrosa. Cada coche que pasaba podía haber atropellado a una anciana distraída. Cada esquina oscura podía esconder un peligro.
Llegaron al Ministerio Público. El edificio era deprimente, con paredes despintadas, olor a humedad y a expedientes viejos. Había una fila de personas con caras largas: gente a la que le habían robado el celular, gente que venía a denunciar golpes, gente pobre.
Maximiliano entró rompiendo la fila, usando su presencia y su traje (aunque llevara sudadera, su porte era de autoridad) como un escudo.
—Quiero hablar con el fiscal. Ahora mismo. Soy Maximiliano Vargas.
El oficial de barandilla, un hombre gordo con el uniforme manchado de mostaza, ni se inmutó.
—Fórmese, jefe. Aquí todos tienen prisa.
—No me entiendes. Mi madre desapareció. Es una persona mayor. Necesito que inicien la búsqueda ya.
—¿Cuánto tiempo tiene que no la ve?
—Desde anoche. Salió de la casa a las cinco de la mañana.
El oficial soltó una risita burlona y siguió escribiendo en su máquina vieja.
—Uy, no, jefe. Tienen que pasar 72 horas para reportarla como desaparecida. Seguro se fue con una amiga, o se fue de pinta. Las viejitas luego se enojan y se van a casa de la comadre. Váyase a su casa y espere. Si no regresa en tres días, viene.
Maximiliano sintió que la sangre le hervía. Se inclinó sobre el mostrador, invadiendo el espacio personal del oficial.
—Escúchame bien, imbécil. Mi empresa construyó la mitad de los edificios nuevos de esta alcaldía. Conozco al alcalde, al fiscal general y al jefe de la policía. Si no levantas ese reporte y mandas una patrulla a buscarla en este maldito instante, te juro que mañana no vas a tener trabajo ni para barrer las calles. ¿Me escuchaste?
El oficial tragó saliva. Vio el reloj de oro en la muñeca de Maximiliano, vio la furia asesina en sus ojos. El poder en México tiene un olor particular, y Maximiliano apestaba a poder.
—Está bien, licenciado. Cálmese. Ahorita le tomo la declaración. Pase con el Licenciado Gómez.
Pasaron tres horas. Tres horas de burocracia, de preguntas estúpidas (“¿Se pelearon?”, “¿Ella toma?”, “¿Tiene novio?”). Maximiliano tuvo que contar la verdad a medias: “Tuvimos una discusión familiar”. No tuvo el valor de decir: “La corrí de mi casa porque soy un miserable”.
Cuando salió de la delegación, ya era mediodía. El sol estaba alto, pero él sentía un frío glacial. Su teléfono no paraba de sonar. Llamadas de la oficina, llamadas de los abogados, llamadas de España.
Lo apagó.
—Beto, llévame con Mendoza.
Mendoza era un investigador privado. Un ex policía federal que había sido despedido por ser demasiado honesto o demasiado corrupto, Maximiliano nunca supo cuál de las dos, pero era el mejor encontrando cosas que no querían ser encontradas.
Su oficina estaba en un edificio viejo en el centro, sobre la calle de Bolívar. Olía a tabaco rancio y a café quemado. Mendoza estaba detrás de un escritorio lleno de papeles, limpiándose las gafas con un pañuelo sucio.
—Don Maximiliano —dijo sin levantarse—. Raro verlo por estos rumbos. ¿Problemas con algún socio? ¿Una amante que se puso difícil?
—Mi madre —dijo Maximiliano, dejándose caer en la silla de visita. Sentía que las piernas no le sostenían—. Se fue, Mendoza. Se escapó de la casa. Tiene 78 años.
Mendoza dejó de limpiar sus gafas. Su expresión cambió de cínica a profesional en un segundo.
—Cuénteme todo. Sin paja.
Maximiliano le contó. Le entregó la foto más reciente que tenía, una foto de hacía tres años en una comida de Navidad. Se dio cuenta, con vergüenza, de que no tenía fotos recientes. Nunca se tomaban fotos juntos.
—Está cabrón, licenciado —dijo Mendoza, rascándose la barbilla sin afeitar—. La ciudad es un monstruo. Si ella no quiere que la encuentren, y no usa tarjetas de crédito ni celular… es como buscar una aguja en un pajar de veinte millones de agujas.
—No me importa cuánto cueste. Contrata gente. Soborna a quien tengas que sobornar. Revisa cámaras del C5. Quiero saber dónde está.
—Lo haré. Pero le advierto: el tiempo juega en contra. Una señora de su edad, sola, con dinero en efectivo… es presa fácil.
Maximiliano cerró los ojos, imaginando los peores escenarios. Asaltos, secuestros, accidentes.
—Solo encuéntrala, Mendoza.
Regresó a su casa por la tarde. La mansión estaba en silencio. Entró y se sentó en el sofá de la sala, con el abrigo puesto. No podía quitarse la sensación de frío. Miró el reloj. 4:00 PM.
Su vuelo a Madrid ya había despegado.
Encendió su teléfono. Tenía 45 llamadas perdidas. Mensajes de voz de sus socios, de su secretaria, de los inversionistas españoles.
“Maximiliano, ¿qué pasa? No llegaste al aeropuerto.”
“Señor Vargas, los españoles están furiosos. Dicen que si no se presenta mañana, se cae el trato.”
“Max, contesta. Estamos perdiendo millones por minuto.”
Lanzó el teléfono al otro lado del sofá. ¿Qué importaban los millones? Su madre estaba perdida.
Pasó la noche en vela, sentado en el sillón, saltando cada vez que sonaba el teléfono fijo, esperando que fuera la policía o un hospital diciendo que la habían encontrado. Pero nadie llamó.
El segundo día fue peor. La inacción lo estaba matando. Salió con Beto a recorrer hospitales. Entró a salas de urgencias abarrotadas, oliendo a desinfectante y desesperación, mostrando la foto de su madre a enfermeras cansadas que apenas lo miraban.
—No, no la he visto.
—No, señor, aquí no está.
—Pruebe en el Hospital General.
Fue a la morgue. Ese fue el momento más bajo de su vida. Entrar a ese edificio frío, ver cuerpos cubiertos con sábanas, temblando de terror ante la posibilidad de levantar una sábana y ver el rostro de Elena. Gracias a Dios, no estaba ahí. Pero el olor a muerte se le quedó pegado en la ropa.
Al tercer día, Mendoza lo llamó.
—Tengo algo.
Maximiliano corrió a su oficina.
—Conseguí acceso a las cámaras de seguridad de la ciudad, por un contacto —dijo Mendoza, señalando una pantalla de computadora—. Mire. Esto es Avenida Constituyentes, a las 6:15 AM del día que se fue.
En el video borroso, se veía a una mujer pequeña subiendo a un microbús verde con gris. El número de la ruta era apenas visible.
—Ruta 42 —dijo Mendoza—. Va hacia el paradero de Observatorio. De ahí salen autobuses foráneos a Toluca, a Michoacán, a medio país. Y también conecta con el Metro.
—¿Y luego?
—Ahí se pierde. En el paradero hay demasiada gente, las cámaras son viejas. Pudo tomar un autobús a otro estado, o meterse al metro y salir en cualquier punto de la ciudad. Pero al menos sabemos que estaba viva y moviéndose a las seis y media.
—¿Qué hago? —preguntó Maximiliano, desesperado.
—Seguimos buscando. Voy a mandar gente a las terminales de autobuses. Pero licenciado… —Mendoza lo miró fijamente—. Usted se ve fatal.
Maximiliano no se había afeitado en tres días. Llevaba la misma ropa. Olía a sudor y tabaco, aunque él no fumaba.
En ese momento, su celular sonó. Era el número directo de Carlos, su socio minoritario y director financiero.
Maximiliano contestó.
—¿Qué quieres?
—Max, tienes que venir a la oficina. Ahora. O mejor dicho, tienes que irte al aeropuerto.
—No voy a ir a ningún lado, Carlos. Mi madre sigue desaparecida.
—Lo entiendo, Max, te juro que lo entiendo y lo siento mucho —la voz de Carlos era tensa—. Pero los españoles mandaron un correo hace una hora. Nos dieron un ultimátum. Si no estás en Madrid mañana a las 9:00 AM hora de España para firmar las garantías personales, cancelan el contrato y ejecutan la cláusula de penalización.
Maximiliano sintió un zumbido en los oídos.
—¿Y? Que ejecuten lo que quieran.
—Max… la penalización es de veinte millones de dólares. Si cobran eso, “Constructora Vargas” quiebra. No solo perdemos el contrato. Perdemos todo. La torre, los activos, tu casa, las cuentas. Todo. Y lo peor: congelan las cuentas bancarias inmediatamente.
El silencio en la línea fue absoluto.
—¿Qué estás diciendo? —susurró Maximiliano.
—Digo que si no vas, no vas a tener dinero para buscar a tu madre —dijo Carlos brutalmente—. No podrás pagarle a Mendoza, ni a la policía, ni a nadie. Vas a estar en la calle, igual que ella. Tienes que ir, firmar, salvar la empresa y regresar. Es un vuelo de ida y vuelta, Max. 24 horas.
Maximiliano miró a Mendoza. El detective había escuchado la conversación, o al menos intuía lo que pasaba.
—Váyase, licenciado —dijo Mendoza suavemente—. Sin dinero no la vamos a encontrar. Yo me quedo aquí. Yo sigo buscando. Usted no sirve de nada aquí sentado en mi oficina o llorando en su casa. Vaya, firme esos papeles y regrese con los recursos para seguir la búsqueda.
Maximiliano sintió ganas de vomitar. Era la decisión más cobarde de su vida. Irse. Dejar a su madre perdida en la ciudad para ir a salvar su fortuna. Se sentía sucio. Se sentía un traidor.
Pero Carlos tenía razón. Sin dinero, era impotente. En México, sin dinero no eres nadie.
—Resérvame el vuelo —dijo al teléfono con voz muerta—. Salgo hoy en la noche.
—Gracias a Dios, Max. Te mando el boleto.
Colgó. Se levantó de la silla, sintiendo que pesaba cien kilos.
—Mendoza —dijo, sacando su chequera y firmando un cheque en blanco—. Pon la cantidad que quieras. Pero encuéntrala. Te lo suplico por lo más sagrado. Encuéntrala.
—Lo haré, jefe. Vaya tranquilo.
Pero no había tranquilidad. Maximiliano salió a la calle Bolívar. El sol de la tarde le lastimaba los ojos. Caminó hacia su auto donde Beto lo esperaba.
—Al aeropuerto, Beto —dijo.
—¿Y la señora?
—La señora sigue perdida. Y yo… yo me voy a hacer negocios.
Se subió al auto y cerró la puerta, aislándose del ruido de la calle. Se miró en el espejo retrovisor y vio a un monstruo. Un monstruo rico, poderoso y miserable.
El tráfico hacia el aeropuerto era denso. Maximiliano miraba por la ventana a la gente común: madres llevando a sus hijos de la mano, ancianas vendiendo chicles en los semáforos. En cada rostro veía a Elena. En cada mujer pobre veía el reflejo de lo que él había provocado.
Llegaron a la Terminal 1. El bullicio del aeropuerto era ensordecedor. Maximiliano caminó hacia el mostrador de Iberia como un autómata. Documentó su maleta. Pasó seguridad.
Todo era gris. Todo era ruido.
Faltaban dos horas para su vuelo. No podía estar en la sala VIP bebiendo champaña mientras su madre dormía quién sabe dónde. Necesitaba castigarse. Necesitaba estar entre la gente, sentir la incomodidad.
Caminó hacia las salas de espera generales, donde la gente duerme en el suelo esperando vuelos retrasados o conexiones baratas. Donde el aire acondicionado es demasiado frío y las sillas son de metal duro.
Caminaba sin rumbo, arrastrando su maletín de Louis Vuitton que ahora le parecía ridículo, obsceno.
Y entonces, al doblar una esquina cerca de la puerta 28, la vio.
No a su madre. Sino a una mujer joven, sentada en el suelo, recargada contra el ventanal que daba a la pista oscura. Tenía un moretón en la cara. Y tres niños dormidos a su alrededor, como cachorros buscando calor.
La imagen lo golpeó como un rayo. La vulnerabilidad. La pobreza digna pero desesperada.
Maximiliano se detuvo. Su corazón, que había estado congelado durante tres días, dio un vuelco doloroso. Esa mujer no era su madre, pero era todas las madres. Y esos niños… esos niños dormidos sobre mochilas rotas le recordaron, con una claridad brutal, las noches en que él y Elena dormían en autobuses cuando viajaban al pueblo a ver a la abuela, porque no tenían para un hotel.
Sin saberlo, el destino le estaba poniendo una prueba. Una última oportunidad para demostrar que, debajo de los trajes caros y la arrogancia, todavía quedaba algo del niño que su madre había amado.
Maximiliano dio un paso hacia ella.
CAPÍTULO 3: Las Llaves de la Redención
El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México es un purgatorio con aire acondicionado. Un lugar de tránsito eterno donde las emociones se amplifican bajo la luz fluorescente: despedidas desgarradoras, reencuentros eufóricos, prisas de negocios y, en los rincones oscuros donde las cámaras de seguridad no prestan atención, la desesperación silenciosa de los que no tienen a dónde ir.
Maximiliano Vargas estaba parado cerca de la puerta 28 de la Terminal 1, observando.
A su alrededor, el mundo seguía girando. Ejecutivos con trajes Hugo Boss hablaban a gritos por sus celulares, familias documentaban cajas de cartón repletas de regalos para sus parientes en provincia, y las pantallas anunciaban vuelos a París, Nueva York y Madrid. Pero Maximiliano, con su boleto de primera clase quemándole en el bolsillo interior del saco, se sentía desconectado de esa realidad. Se sentía un fantasma.
Sus ojos estaban clavados en la escena frente al ventanal que daba a la pista oscura, donde las luces de los aviones aterrizando parecían estrellas cayendo al abismo.
Allí estaba ella.
No era la única persona durmiendo en el suelo del aeropuerto; eso era común. Pero había algo en la composición de ese pequeño grupo que le retorcía las entrañas. La mujer estaba sentada sobre una cobija delgada, recargada contra el cristal frío. Llevaba una chamarra de mezclilla desgastada, de esas que se compran en las pacas de los tianguis, y unos jeans que habían visto mejores tiempos. Su cabello negro estaba recogido en una coleta desordenada, y su rostro, aunque joven, tenía esa pátina grisácea del agotamiento extremo y la mala alimentación.
Pero lo que detuvo a Maximiliano fue el moretón.
Bajo la luz cruda del pasillo, el golpe en su pómulo derecho era inconfundible. Un mapa de violencia en tonos morados y amarillentos. Ella trataba de ocultarlo bajando la cabeza, pero cada vez que se movía para acomodar a uno de los niños, la luz lo revelaba.
Tres niños. Tres vidas pequeñas orbitando alrededor de su madre como satélites en peligro de colisión.
El mayor, un niño de unos ocho años, estaba despierto. Tenía la mirada de los niños que han visto demasiadas cosas demasiado pronto: alerta, desconfiada, dura. Abrazaba una mochila escolar de Spider-Man con el cierre roto como si contuviera los secretos del universo. La niña de en medio dormía con la boca abierta sobre el regazo de su madre, y la más pequeña, apenas un bebé de dos o tres años, estaba acurrucada en el suelo, usando una sudadera hecha bola como almohada.
Maximiliano sintió una punzada física en el pecho. Hambre. No la suya, sino la de ellos. Podía verla en la delgadez de sus muñecas, en la forma en que el niño mayor miraba a un pasajero que pasaba comiendo una bolsa de papas fritas.
—Dios mío —susurró Maximiliano.
La imagen se superpuso con otra en su mente: él mismo, a los seis años, en la Central Camionera del Norte, agarrado de la mano de Doña Elena, esperando un autobús que tardaba horas en llegar porque no tenían para el boleto directo. Recordó el rugido de su propio estómago y cómo su madre le había dado la mitad de su torta, diciendo que ella no tenía hambre, aunque él sabía que mentía.
“Ella se fue por mi culpa”, pensó, y el dolor fue tan agudo que tuvo que cerrar los ojos. “Mi madre está allá afuera, tal vez con frío, tal vez con hambre, y yo aquí, a punto de subirme a un avión para ir a beber vino con unos españoles millonarios”.
La hipocresía de su vida le dio náuseas.
Dio un paso hacia ellos. Luego otro. Sus zapatos italianos de suela de cuero resonaban con un clac-clac autoritario sobre el piso de granito.
Cuando estuvo a tres metros, el niño mayor lo vio. Se tensó de inmediato, dándole un codazo suave a su madre. La mujer levantó la vista de golpe. Sus ojos, grandes y oscuros, se llenaron de pánico al ver al hombre de traje acercarse. Instintivamente, rodeó a la niña dormida con sus brazos, protegiéndola.
—No estamos haciendo nada malo —dijo ella rápido, con la voz ronca—. Ya nos íbamos a mover. No llame a seguridad, por favor, jefe. Solo estamos descansando un ratito.
Maximiliano se detuvo, levantando las manos con las palmas abiertas en un gesto de paz.
—No soy seguridad —dijo. Su voz sonó extraña en sus propios oídos, más suave de lo que la había usado en años—. Y no voy a llamar a nadie. Tranquila.
La mujer no relajó la postura. En su mundo, los hombres de traje no se acercaban para ofrecer ayuda, sino para dar órdenes o exigir algo.
—¿Entonces qué quiere? —preguntó ella, desafiante pero con miedo.
Maximiliano miró al niño, que seguía clavando sus ojos en él como si fuera un enemigo.
—Te vi desde allá —dijo Maximiliano, señalando vagamente hacia la sala de espera—. Y… perdón por la indiscreción, pero parecen cansados. Y con hambre.
El niño tragó saliva, delatándose.
—Estamos bien —mintió la madre, enderezando la espalda con una dignidad que conmovió a Maximiliano—. No necesitamos limosna.
—No es limosna —repuso él rápidamente—. Es… mira, mi vuelo se retrasó. Iba a ir a comprar algo de cenar y odio comer solo. Hay un 7-Eleven aquí a la vuelta. ¿Puedo traerles algo? Unos sándwiches, jugos, leche para la niña. Lo que sea. Por favor.
La mujer dudó. El orgullo luchaba contra la necesidad biológica. Miró a sus hijos. Miró al niño mayor, cuyo estómago eligió ese preciso momento para rugir audiblemente. La vergüenza tiñó las mejillas de la mujer de rojo.
—No tenemos con qué pagarle —susurró, bajando la guardia.
—Invita la casa —dijo Maximiliano, esbozando una media sonrisa triste—. Espérenme aquí. No se vayan.
Dio media vuelta y caminó rápido hacia la tienda de conveniencia. Compró como si fuera el fin del mundo. Sándwiches de jamón y queso, yogures bebibles, jugos de naranja, galletas de chocolate, botellas de agua, y hasta unos chocolates Kinder que vio en el mostrador. Llenó dos bolsas de plástico.
Regresó casi corriendo, sintiendo una urgencia absurda, como si temiera que al volver ellos hubieran desaparecido como su madre.
Pero ahí estaban.
Se sentó en la banca de metal frente a ellos, manteniendo una distancia respetuosa. Puso las bolsas en el suelo y las empujó suavemente hacia la mujer.
—Tengan. Es todo suyo.
La mujer asintió al niño mayor. Fue como abrir una compuerta. El niño tomó un sándwich y lo devoró en tres bocados. Despertaron a la niña de en medio, que comió una galleta con los ojos cerrados, medio dormida. La madre abrió un jugo para la más pequeña.
Durante cinco minutos, nadie habló. Solo se escuchaba el ruido de los envoltorios abriéndose y el masticar apresurado. Maximiliano sintió un nudo en la garganta. ¿Cuánto tiempo llevaban sin comer bien? ¿Un día? ¿Dos?
La mujer comió la mitad de un sándwich y guardó el resto en la bolsa. Hábito de madre: guardar para después, por si acaso.
—Gracias —dijo ella finalmente, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. De verdad, gracias. Soy Teresa.
—Maximiliano —respondió él.
—¿Es usted policía o algo así, Don Maximiliano?
—No. Soy arquitecto. Constructor.
Teresa lo miró con curiosidad, evaluando su ropa, su reloj, su postura.
—¿Y qué hace hablando con nosotros? La gente como usted no suele mirar al suelo.
La frase fue un golpe directo. “La gente como usted no suele mirar al suelo”. Tenía razón. Él llevaba años mirando hacia arriba, hacia la cima de sus torres, ignorando a las hormigas que construían sus cimientos.
—Tienes razón —admitió él—. Normalmente no lo hago. Pero hoy… hoy no es un día normal.
Hubo un silencio. El niño mayor, ya con el estómago lleno, se recargó en el hombro de su madre y cerró los ojos. La tensión en el grupo disminuyó visiblemente.
Maximiliano señaló suavemente su propio pómulo.
—Ese golpe… —dijo con cautela—. Se ve doloroso.
Teresa se llevó la mano a la cara, cubriendo el moretón instintivamente. Suspiró, un sonido largo y cansado.
—Duele menos que los de adentro —dijo ella, mirando hacia la nada—. Fue mi marido. O bueno, el que era mi marido.
—¿Por eso están aquí?
—Sí. Antier llegó borracho, como siempre. Pero esta vez venía loco. Empezó a gritar que los niños le estorbaban, que yo era una inútil… Agarró a Dieguito del brazo y lo aventó contra la pared. —Teresa apretó los labios para no llorar—. Ahí sí no. A mí que me haga lo que quiera, pero a mis hijos no. Me le fui encima, me dio este golpe, y aproveché que se tropezó para sacar a los niños. Agarramos lo que pudimos y corrimos.
—¿Y la policía?
Teresa soltó una risa amarga, seca.
—¿La policía? Don Maximiliano, vivimos en Iztapalapa. Si llamo a la patrulla, se lo llevan, le dan una vuelta a la manzana, le bajan quinientos pesos y lo sueltan. Y entonces regresa más enojado. Ya me dijo que si me voy, me mata. Así que mejor me vine para acá.
—¿Por qué al aeropuerto?
—Porque pensé que aquí hay mucha gente. Que aquí no se atrevería a venir a buscarnos. Y… no sé, tenía la idea tonta de que a lo mejor encontraba un boleto barato a casa de una tía en Veracruz. Pero cuando vi los precios… —negó con la cabeza—. Ni vendiendo un riñón me alcanza.
—¿Y qué van a hacer?
Teresa se encogió de hombros. El gesto más desolador que Maximiliano había visto en su vida.
—No sé. Esperar a que amanezca. A ver si consigo algo de limpiar baños por aquí cerca. Dormir donde nos dejen hasta que nos corran. Sobrevivir, supongo.
Maximiliano la miró. Vio la fuerza en sus ojos, pero también el abismo al borde del cual caminaba. Si salía de ese aeropuerto, la ciudad se la comería viva. O su marido la encontraría. O terminaría en la calle pidiendo monedas.
Y entonces, sucedió.
Fue como si un rayo de claridad atravesara la niebla de su depresión. Maximiliano pensó en su mansión en Lomas de Chapultepec. Veinte habitaciones. Jardines. Cocina equipada. Y una casa de huéspedes, al fondo del terreno, totalmente amueblada, que usaba quizás una vez al año cuando venía algún socio extranjero.
Estaba vacía. Completamente vacía.
Y su madre no estaba allí. Él se iba a Madrid. La casa se quedaría sola, acumulando polvo y silencio, custodiada por guardias y sirvientes que no tenían a quién servir.
Pensó en Doña Elena. ¿Qué haría ella? Si ella estuviera aquí, en este momento, ¿qué haría?
La respuesta resonó en su cabeza con la voz de su madre: “El que tiene y no da, se pudre por dentro, mijo”.
Maximiliano sintió que el corazón le latía desbocado. Era una locura. Era peligroso. No conocía a esta mujer. Podía ser una ladrona, podía meter a gente indeseable a su casa. Su jefe de seguridad le daría un infarto si supiera lo que estaba pensando.
Pero miró a la niña pequeña durmiendo en el suelo sucio del aeropuerto. Y supo que no tenía opción. Si se subía a ese avión dejando a esta familia aquí, su alma —esa que su madre decía que había perdido— se perdería para siempre.
—Teresa —dijo él. Su voz tembló ligeramente.
Ella lo miró, detectando el cambio en su tono.
—¿Mande?
Maximiliano metió la mano en su bolsillo y sacó su llavero. Tenía muchas llaves: la del Mercedes, la de la oficina, la de la caja fuerte. Pero buscó una en particular. Una llave plateada, de seguridad, con un control remoto pequeño para el portón. La separó del resto.
—¿Tienes dónde quedarte? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Ya le dije que no, oiga.
—Bueno, ahora sí tienes.
Maximiliano extendió la mano, ofreciéndole la llave. Teresa la miró como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Qué es eso?
—Son las llaves de mi casa de huéspedes. Está en Lomas de Chapultepec. Es una casita independiente, dentro de mi terreno, pero separada de la casa principal. Tiene dos recámaras, baño, cocina, televisión. Hay agua caliente y camas limpias.
Teresa retrocedió, pegando la espalda al vidrio. El miedo volvió a sus ojos, más intenso que antes.
—Oiga, no. Yo no soy de esas. Si cree que porque estoy jodida voy a… voy a hacer cosas con usted por un techo, está muy equivocado. Prefiero dormir en la calle con mis hijos.
Maximiliano negó con la cabeza vehementemente.
—¡No! No, Teresa, por Dios, no. No te estoy pidiendo nada. Me voy. —Sacó su boleto de avión y se lo mostró—. Mira. Mi vuelo sale en una hora. Me voy a Madrid. Voy a estar fuera tres meses, quizá seis. La casa va a estar vacía. Nadie la va a usar.
—Entonces… ¿por qué? —preguntó ella, confundida, desconfiada—. ¿Por qué le daría las llaves de su casa en Las Lomas a una desconocida que se encontró en el aeropuerto? Eso no pasa en la vida real, señor. Nadie es tan bueno.
Maximiliano bajó la mirada. Sus manos apretaron las llaves.
—No lo hago por ser bueno, Teresa. Lo hago porque soy… porque fui malo.
Levantó la vista y, por primera vez, dejó que una extraña viera su dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hace tres días, mi madre se fue de mi casa. Discutimos. Le dije cosas horribles. Le dije que me estorbaba. Ella se fue en la madrugada y no la encuentro. La he buscado por toda la ciudad y no aparece. Ahora tengo que irme a este viaje para salvar mi empresa, pero me estoy yendo con el alma rota, sabiendo que mi mamá está perdida ahí afuera, sola, tal vez como tú… sin techo, con frío.
Una lágrima rodó por la mejilla de Maximiliano. Teresa lo escuchaba, hipnotizada.
—No puedo ayudar a mi madre ahorita —continuó él, con la voz quebrada—. No sé dónde está. Pero te veo a ti… veo a tus hijos… y siento que si no te ayudo, Dios nunca me va a perdonar. Si te doy refugio a ti, tal vez… tal vez la vida le dé refugio a ella. Es un intercambio. Una penitencia. Llámalo como quieras.
Teresa miró al hombre frente a ella. Ya no veía el traje caro ni la arrogancia. Veía a un hijo desesperado. Y ella, que era madre, entendió ese lenguaje universal del dolor.
—¿Es en serio? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Muy en serio.
Maximiliano sacó una pluma y escribió rápidamente en una servilleta de Starbucks.
—Esta es la dirección. Sierra Gorda número 45. El código del portón peatonal es 4703. Entras, caminas por el jardín del lado derecho, hasta el fondo. Ahí está la casita. Esta llave abre esa puerta.
Le tomó la mano a Teresa. Ella no se resistió. Él depositó la llave fría en su palma callosa y cerró sus dedos sobre ella.
—Vete ahorita. Toma un taxi seguro, de los del sitio del aeropuerto. No agarres uno de la calle.
Sacó su cartera. Llevaba bastante efectivo para el viaje. Sacó todo lo que tenía en pesos. Eran como quince mil pesos en billetes de quinientos y doscientos. Se los puso en la mano junto con la llave.
—Para el taxi. Para comida. Para ropa. Compra lo que necesiten los niños.
Teresa miraba el dinero y la llave, temblando incontrolablemente. Empezó a llorar, pero esta vez no era un llanto de tristeza, sino de incredulidad, de shock.
—Señor… Don Maximiliano… esto es… no sé qué decir.
—No digas nada. Solo cuídate. Cuida a tus hijos. Y por favor… —Maximiliano la miró fijamente—. Si puedes, reza por mi madre. Se llama Elena. Solo te pido eso.
—Rezaré —prometió Teresa, apretando la llave contra su pecho como si fuera un amuleto sagrado—. Rezaré todos los días. Se lo juro por la Virgen.
—Pasajeros del vuelo IB6400 con destino a Madrid, favor de abordar por la puerta 28…
El anuncio resonó en los altavoces. Era su llamada.
Maximiliano se puso de pie. Se alisó el traje, aunque se sentía diferente. Más ligero.
—Me tengo que ir.
—Que Dios lo acompañe, señor —dijo Teresa, poniéndose de pie también, con la niña en brazos—. Que Dios le regrese el doble de lo que nos está dando.
Maximiliano asintió, incapaz de hablar más. Se dio la vuelta y caminó hacia la fila de abordaje.
No miró atrás. Tenía miedo de arrepentirse, o de que todo fuera un sueño. Entró al túnel de abordaje, entregó su boleto a la azafata y caminó hacia el avión.
Mientras se acomodaba en su asiento de primera clase y el avión despegaba, elevándose sobre la inmensidad de luces de la Ciudad de México, Maximiliano miró por la ventanilla. Abajo, en algún lugar de ese mar de concreto, su madre estaba perdida. Pero también, en algún taxi amarillo, una mujer y tres niños iban camino a un lugar seguro.
“Cuídala, Dios”, pensó, cerrando los ojos. “Yo cuidé a los tuyos. Cuida a la mía”.
A kilómetros de ahí, en un taxi que avanzaba por el Viaducto, Teresa miraba las llaves en su mano. No dejaba de llorar.
—Mamá, ¿a dónde vamos? —preguntó Dieguito, con la boca todavía manchada de chocolate.
Teresa secó sus lágrimas y abrazó a sus hijos. Miró por la ventana, viendo la ciudad pasar, pero esta vez ya no le parecía tan aterradora.
—A casa, mi amor —dijo ella—. Vamos a una casa.
No sabía que al llegar a esa dirección, al abrir esa puerta, no solo encontraría un techo. No sabía que el destino, con sus hilos extraños y caprichosos, ya había comenzado a tejer la segunda parte del milagro. Porque esa casa no estaba tan vacía como Maximiliano pensaba. O al menos, no lo estaría por mucho tiempo.
El taxi giró hacia Lomas de Chapultepec, subiendo hacia las colinas donde viven los ricos, llevando consigo a una familia rota que estaba a punto de convertirse en la pieza clave para salvar a un hombre que lo tenía todo y no tenía nada.
CAPÍTULO 4: El Exilio del Alma y el Refugio Inesperado
El taxi del aeropuerto, un Nissan Tsuru blanco y rosa que traqueteaba como una sonaja vieja, subía con esfuerzo por Paseo de la Reforma. Atrás habían quedado el smog del oriente y el bullicio de la terminal aérea. Ahora, el paisaje cambiaba drásticamente. Los árboles se volvían frondosos, las banquetas anchas y limpias, y las casas dejaban de ser viviendas para convertirse en fortalezas amuralladas.
Teresa iba en el asiento trasero, apretando las llaves que el extraño le había dado hasta que el metal se le marcó en la palma de la mano. Dieguito miraba por la ventana con la boca abierta, maravillado por los coches deportivos y las mansiones que parecían castillos de telenovela.
—Oiga, seño —dijo el taxista, mirándola por el retrovisor con desconfianza—. ¿Segura que es aquí? Esta es zona pesada. Aquí la seguridad privada no se anda con juegos.
Teresa tragó saliva. El miedo le mordía el estómago. ¿Y si era una broma cruel? ¿Y si llegaba y el código no funcionaba? ¿Y si salían los guardias y la acusaban de ladrona? Miró su ropa desgastada, las caritas sucias de sus hijos, las bolsas de plástico con comida. No pertenecían ahí. Eran manchas de pobreza en un lienzo de opulencia.
—Sí, es aquí —dijo, tratando de sonar más segura de lo que se sentía—. Sierra Gorda 45.
El taxi se detuvo frente a un portón negro, inmenso y ciego. No se veía nada hacia adentro. Solo cámaras de seguridad que giraron lentamente para apuntar al vehículo.
—Son doscientos pesos, seño.
Teresa pagó con uno de los billetes que le dio Maximiliano. El taxista lo revisó contra la luz, desconfiado, antes de darle el cambio.
—Bueno, aquí la dejo. Suerte.
El taxi arrancó, dejándolos solos en la banqueta silenciosa. El silencio en Las Lomas es diferente al del barrio; no es paz, es aislamiento. No se oían perros callejeros, ni música de vecinos, ni vendedores de gas. Solo el viento en los eucaliptos.
Teresa se paró frente al teclado numérico de la entrada peatonal. Le temblaban los dedos.
—Mamá, tengo miedo —susurró Dieguito, agarrándose de su pierna.
—No pasa nada, mi amor. Un ángel nos prestó su casa. Vas a ver.
Teresa respiró hondo, cerró los ojos un segundo pidiendo valor a la Virgen, y tecleó: 4-7-0-3.
Hubo un segundo de silencio agónico. Y luego, un clack metálico, pesado y satisfactorio. La cerradura se liberó.
Teresa empujó la puerta y entraron.
Si afuera era impresionante, adentro era otro mundo. Un camino de piedra volcánica serpenteaba a través de un jardín que parecía sacado de una revista. El pasto estaba cortado con precisión milimétrica. Había rosales, fuentes de cantera que susurraban agua cristalina y árboles enormes que daban una sombra fresca.
Al fondo, imponente y oscura, se alzaba la casa principal. Una estructura moderna de concreto y cristal, fría y cerrada. Teresa sintió un escalofrío al verla. Parecía un mausoleo.
—Por allá —dijo, recordando las instrucciones. “A la izquierda, al fondo del jardín”.
Caminaron rodeando la casa principal, sintiéndose intrusos en el paraíso. Y allí estaba. La casa de huéspedes.
Para Maximiliano, aquello era una “casita”. Para Teresa, era la mansión más hermosa que había visto. Era una construcción estilo colonial, con techo de tejas rojas, paredes blancas y un pequeño porche con una mecedora.
Teresa probó la llave plateada en la puerta de madera maciza. Giró suavemente.
Al abrir la puerta, el olor a encierro y a madera limpia los recibió. Teresa buscó el interruptor y la luz cálida inundó la sala. Había sillones cómodos, una televisión plana, una alfombra suave, una cocinita con barra de granito.
Los niños entraron tímidos, sin atreverse a tocar nada.
—¿Aquí vamos a vivir? —preguntó la niña de en medio, con los ojos como platos.
—Sí, hija. Por un tiempo.
Teresa cerró la puerta y pasó el cerrojo. Por primera vez en diez años, el sonido del cerrojo no significaba que estaba atrapada con un monstruo, sino que el monstruo se había quedado afuera.
Esa noche, Teresa no pudo dormir. Acostó a los niños en las camas suaves, con sábanas que olían a lavanda. Se bañaron con agua caliente que salía a chorros, algo que para ellos era un lujo impensable. Comieron los sándwiches que sobraron.
Teresa se sentó en la mecedora del porche, mirando hacia la casa principal oscura. Lloró. Lloró de alivio, de gratitud, y de miedo al futuro. Pero esa noche, por primera vez, nadie le gritó. Nadie la golpeó. Sus hijos dormían seguros.
—Gracias, Don Maximiliano —susurró a la oscuridad—. Donde quiera que esté, gracias.
A nueve mil kilómetros de distancia, en una suite del Hotel Four Seasons de Madrid, Maximiliano Vargas miraba la lluvia caer sobre la Plaza de la Independencia.
Era de madrugada en España, pero él no podía dormir. El jet lag era solo una excusa; la verdadera razón era el silencio que llevaba dentro.
Había llegado hacía dos semanas. En lo profesional, el viaje era un triunfo rotundo. Los inversionistas españoles, impresionados por su historial y su carisma (o lo que quedaba de él), habían firmado el contrato preliminar. Las acciones de “Constructora Vargas” habían subido un 15% en la bolsa apenas se rumoró la noticia.
Cenas en restaurantes con estrellas Michelin, vinos de mil euros la botella, reuniones en rascacielos de cristal. Todo el mundo le palmeaba la espalda. “¡Enhorabuena, Maximiliano!”, “¡Eres un genio, tío!”.
Pero Maximiliano se sentía como un impostor. Un cadáver exquisitamente vestido.
Su celular estaba sobre la mesa de noche. Lo miraba como si fuera una bomba de tiempo. Cada vez que sonaba, su corazón se detenía, esperando que fuera Mendoza, el detective.
Sonó.
Maximiliano se abalanzó sobre el aparato.
—¿Bueno? ¿Mendoza?
—Buenas noches, licenciado —la voz del detective sonaba lejana, distorsionada por el océano—. O buenos días para usted.
—Dime que tienes algo. Por favor.
Hubo una pausa. Esa pausa maldita que Maximiliano ya conocía de memoria.
—Lo siento, jefe. Seguimos rastreando la ruta del autobús. Un chofer cree haberla visto bajar en Toluca, otro dice que en Querétaro. Son pistas falsas. La verdad es que… el rastro se enfrió.
Maximiliano se sentó en la cama, pasándose la mano por el pelo. Sentía que se ahogaba.
—No me digas eso, Mendoza. Tienes presupuesto ilimitado. Contrata más gente. Pon su cara en todos los postes de luz de México si es necesario.
—Lo estamos haciendo, licenciado. Pero usted sabe cómo es esto. Una mujer mayor, confundida… si no aparece en los primeros días…
—¡Cállate! —gritó Maximiliano—. ¡No te atrevas a decirlo! ¡Ella está viva! ¡Búscala!
Colgó el teléfono y lo lanzó contra los cojines.
Se levantó y fue al minibar. Sacó una botella pequeña de whisky y se la bebió de un trago. El alcohol quemó, pero no alivió nada.
Se miró al espejo. El hombre exitoso de las revistas de negocios se estaba desmoronando. Había perdido peso. Su barba, siempre perfectamente rasurada, ahora era una sombra descuidada de tres días.
Salió al balcón. El aire frío de Madrid le golpeó la cara.
—Mamá… —susurró al viento—. ¿Dónde estás? ¿Tienes frío?
Recordó la última vez que la vio. La cena rechazada. Los gritos. “Me estorbas”. Esas dos palabras retumbaban en su cabeza como una sentencia de muerte. Había cambiado el amor incondicional de su madre por este cuarto de hotel de lujo y unos socios que solo querían su dinero.
Era el negocio más estúpido de su vida.
Pasó un mes.
En la casa de huéspedes de Sierra Gorda 45, la vida comenzaba a florecer de una manera extraña y hermosa.
Teresa no se quedó quieta. Su orgullo y su gratitud no se lo permitían. No iba a ser una parásita. Al día siguiente de llegar, limpió la casita de arriba a abajo, aunque ya estaba limpia. Lavó las cortinas, sacudió las alfombras.
Luego, se enfrentó al problema del dinero. Los quince mil pesos que le dejó Maximiliano eran una fortuna, pero Teresa sabía que el dinero se acaba. Y ella necesitaba un plan para cuando el “ángel” regresara y tuvieran que irse.
Salió a buscar trabajo. No fue fácil. Sin papeles, sin referencias, con tres hijos. Pero Teresa tenía algo que las señoras ricas de Las Lomas no tenían: unas manos que no le tenían miedo a nada y una necesidad feroz.
Encontró trabajo en una panadería artesanal en Tecamachalco, a unas cuadras de ahí. Empezó lavando charolas en la parte de atrás. Pero un día, el panadero faltó, y Teresa, que había aprendido a amasar viendo a su abuela en el pueblo, se puso a hacer conchas y bolillos.
Cuando la dueña probó el pan, le brillaron los ojos.
—Oye, esto sabe a gloria —dijo la señora—. Tienes mano santa.
Teresa empezó a ganar su propio dinero. Poco, pero suyo. Inscribió a los niños en una escuela pública cercana. Dieguito, que siempre había sido un niño asustado, empezó a sonreír. Ya no se despertaba gritando por las noches.
Pero Teresa tenía una misión secreta.
Todas las noches, antes de dormir, se arrodillaba frente a una imagen de la Virgen que había puesto en la mesita de noche y cumplía su promesa.
—Cuida a la señora Elena —rezaba—. Donde quiera que esté. Que alguien le dé un plato de sopa, como Don Maximiliano nos dio a nosotros. Que alguien le abra una puerta.
No sabía que la Virgen, a veces, tiene un sentido del humor muy práctico y que le gusta usar las manos de los que rezan para cumplir los milagros.
Una tarde de noviembre, lluviosa y fría, Teresa salió de la panadería. Ya había oscurecido. Caminaba rápido hacia la casa, cubriéndose con un plástico, preocupada porque los niños la esperaban solos.
Decidió cortar camino por el Parque de los Espejos, una zona arbolada y solitaria.
Fue ahí donde vio el bulto.
Al principio pensó que era basura. Un montón de trapos viejos dejados en una banca bajo la lluvia. Pero luego el bulto se movió.
Teresa se detuvo. El instinto de supervivencia le gritaba que siguiera caminando. Es peligroso. Es de noche. Pero algo… un tirón en el pecho, la detuvo.
Se acercó despacio.
Era una mujer. Una anciana. Estaba hecha un ovillo, temblando violentamente. Llevaba un abrigo gris que alguna vez fue fino, pero ahora estaba sucio y roto. Tenía el cabello blanco pegado a la cara por el agua.
—¿Señora? —llamó Teresa.
La mujer levantó la cara. Sus ojos estaban vacíos. No había reconocimiento, ni miedo, ni esperanza. Solo una confusión infinita.
—¿Señora, está bien?
La anciana la miró, pero parecía mirar a través de ella.
—El camión… —balbuceó con voz débil—. Perdí el camión…
—¿Cuál camión? ¿A dónde va?
—A casa —dijo la anciana, y una lágrima se mezcló con la lluvia en su mejilla—. Pero no me acuerdo dónde es casa. No me acuerdo de nada.
Teresa sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Esa mirada. Esa desprotección absoluta. Era la misma mirada que ella tenía en el aeropuerto.
—¿Cómo se llama?
La anciana frunció el ceño, esforzándose. Se llevó una mano temblorosa a la frente.
—No sé… —sollozó—. No sé quién soy. Se me borró. Todo está blanco.
Amnesia. Teresa había oído de eso en las novelas, pero nunca lo había visto. La mujer estaba perdida, olvidada de sí misma.
Teresa miró a su alrededor. No había nadie. Si la dejaba ahí, esa noche, con ese frío, la señora amanecería muerta. Hipotermia, neumonía, o algo peor.
Podía llamar a la policía. Pero Teresa desconfiaba de la policía. Se la llevarían a un albergue, la tratarían como a una loca, la tirarían en un rincón.
Miró a la anciana y vio a su propia madre, que había muerto hacía años. Vio la fragilidad de la vida.
—Mire, madre —dijo Teresa, agachándose y tomándole las manos heladas—. No la voy a dejar aquí. Yo vivo aquí cerquita. Tengo sopa caliente y una cama seca. Véngase conmigo. Mañana vemos quién es usted.
La anciana dudó, pero el calor de las manos de Teresa fue decisivo. Se dejó levantar. Estaba liviana, como un pajarito mojado.
Caminaron juntas bajo la lluvia. Teresa la sostenía con firmeza, guiándola hacia Sierra Gorda 45.
Llegaron al portón. Teresa marcó el código. 4-7-0-3.
Entraron al jardín.
—Qué bonito… —murmuró la anciana, mirando los árboles con una extraña familiaridad, aunque sus ojos seguían perdidos—. Huele a… huele a mi jardín.
—Es el jardín de un señor muy bueno —dijo Teresa—. Un señor que nos prestó su casa. Vamos, ya casi llegamos.
Entraron a la casa de huéspedes. Los niños corrieron a recibirlas.
—¡Mamá! —gritó Dieguito, pero se frenó en seco al ver a la anciana mojada—. ¿Quién es?
—Es una abuelita que se perdió —dijo Teresa, quitándole el abrigo mojado a la mujer—. Le vamos a dar posada. Dieguito, trae una toalla seca. Lupita, sirve un plato de caldo de pollo, rápido.
La anciana se dejó cuidar. Se sentó en el sillón mientras Teresa le secaba el cabello y le ponía unos calcetines secos. Cuando tomó el primer sorbo de caldo caliente, cerró los ojos y suspiró.
—Gracias… —susurró—. Eres un ángel.
—No, señora. Yo solo regreso el favor —sonrió Teresa—. A mí también me rescataron de la calle.
Esa noche, Teresa le dio su cama a la anciana y ella durmió en el sofá. Antes de apagar la luz, miró a la mujer dormir. Se veía tan tranquila, tan noble a pesar de la suciedad y el olvido.
Teresa no tenía idea de a quién había metido en su casa.
No sabía que esa mujer, esa “abuelita perdida” que no recordaba su nombre, era la dueña legal de todo el terreno que pisaban. No sabía que era Elena Vargas, la madre del hombre que le había dado las llaves.
El destino, con una ironía perfecta, había cerrado el círculo. Maximiliano había salvado a Teresa para que Teresa, sin saberlo, salvara a su madre.
Mientras tanto, en Madrid, Maximiliano estaba sentado en una junta con los abogados.
—Firmado —dijo el socio español, estrechándole la mano—. Felicidades, Maximiliano. El proyecto es tuyo. Eres oficialmente un socio global.
Hubo aplausos. Champán. Risas.
Maximiliano sonrió, una sonrisa ensayada y hueca.
—Tengo que regresar a México —dijo de pronto.
—¿Cómo? Pero si tenemos la cena de celebración, la prensa…
—No me importa. Me regreso mañana.
—Pero Max, el contrato estipula que debes quedarte a supervisar la fase inicial. Al menos tres meses más.
Maximiliano sintió que el aire le faltaba. Tres meses más. Tres meses más lejos de la búsqueda.
—No puedo irme —pensó con desesperación—. Si me voy ahora, pierdo el contrato y la penalización me destruye. Estoy atrapado en mi propia jaula de oro.
Se resignó. Tendría que quedarse. Tendría que seguir dirigiendo la búsqueda por teléfono, impotente, inútil.
Salió al balcón del hotel y miró hacia el oeste, hacia el océano, hacia México.
—Perdóname, mamá —lloró en silencio—. Te juro que voy a regresar. Espérame. Por favor, no te mueras. Espérame.
No sabía que en ese mismo instante, su madre estaba durmiendo arropada y calientita en la cama de su propia casa de huéspedes, soñando, no con el pasado que había olvidado, sino con el olor a pan caliente y la risa de unos niños que ahora la llamaban “abuelita”.
El milagro había ocurrido. Solo faltaba que Maximiliano regresara para descubrirlo.
CAPÍTULO 5: Los Fantasmas de la Memoria y el Calor del Hogar
El tiempo en la Ciudad de México tiene una forma extraña de comportarse. A veces corre vertiginoso como el tráfico del Periférico, y otras veces se estanca, espeso y dulce, como la cajeta. En la casa de huéspedes de Sierra Gorda 45, el tiempo había decidido detenerse en una especie de primavera eterna.
Habían pasado tres meses desde que Teresa encontró a la anciana en el parque. Tres meses desde que la bautizaron como “Abuelita Lita”, porque la mujer, en su confusión, decía que de niña la llamaban así, o quizás lo soñó. Nadie lo sabía.
La rutina se había asentado en la pequeña casa con la solidez de un muro de piedra.
A las seis de la mañana, Teresa se levantaba sigilosamente para irse a la panadería. Pero nunca lograba ganarle a Lita. Cuando Teresa llegaba a la cocina, Lita ya estaba ahí, con el cabello blanco perfectamente peinado, colando café de olla y calentando los bolillos del día anterior en el comal para que quedaran crujientes.
—Buenos días, hija —decía Lita con esa voz suave que parecía curar el cansancio—. Siéntate, cómete un pan antes de irte a la chamba. Estás muy flaca.
Teresa la miraba con una mezcla de adoración y miedo. Adoración porque Lita había llenado el hueco de madre que Teresa tenía en el alma. Y miedo porque cada día que pasaba, el secreto se volvía más pesado. Estaban viviendo en casa ajena, cuidando a una mujer que seguramente alguien estaba buscando, aunque los carteles que Teresa revisaba discretamente en los postes de su barrio antiguo nunca coincidían con la cara de Lita.
—Gracias, Lita. No sé qué haría sin usted.
—Ay, muchacha, no digas tonterías. Tú eres la que trae el dinero. Yo nomás estorbo aquí.
—Nunca diga eso —la atajó Teresa con vehemencia, recordando lo que Maximiliano le había confesado en el aeropuerto—. Usted es el pilar de esta casa.
Y lo era.
Lita tenía una amnesia selectiva y caprichosa. No recordaba su apellido, ni dónde nació, ni si tenía hijos. Si le preguntaban por su pasado, sus ojos se nublaban y se ponía ansiosa, frotándose las manos hasta lastimarse la piel.
—Está en blanco —decía angustiada—. Es como si hubiera una pared de niebla. Sé que hay alguien… alguien que me quería, o que yo quería… pero no puedo verle la cara.
Pero lo que la mente olvidaba, el cuerpo recordaba.
Sus manos recordaban. Sabían exactamente cómo palmear la masa para hacer tortillas a mano, infladitas y perfectas. Sabían cómo zurcir los calcetines rotos de Dieguito para que no le lastimaran los dedos. Sabían cómo podar los rosales del jardín para que florecieran con una violencia hermosa.
Lita se había adueñado del jardín trasero. A veces, Teresa la encontraba hablando con las plantas.
—Ándale, mi niña, crece bonita —le susurraba a una bugambilia—. No te hagas la difícil, que aquí hay sol para todas.
Lo que Teresa no sabía, lo que nadie sabía, era que esa bugambilia la había plantado la misma Elena Vargas hacía veinte años, cuando compraron el terreno. Lita estaba cuidando su propio jardín, sin saberlo. Era una ironía tan cruel y tan dulce que solo el destino podía haberla escrito.
Mientras tanto, en Madrid, el invierno había llegado con dientes afilados.
Maximiliano Vargas estaba sentado en la sala de juntas de Iberia Towers. La vista era espectacular: la ciudad se extendía bajo un cielo azul acero, limpio y frío. A su alrededor, hombres en trajes de tres mil euros discutían sobre márgenes de ganancia, retorno de inversión y proyecciones fiscales para el 2027.
—Maximiliano, ¿qué opinas de la cláusula de mitigación de riesgo en la zona sísmica? —preguntó Javier, el CEO del grupo español.
Maximiliano parpadeó, saliendo de un trance. Había estado mirando la textura de la madera de la mesa, pensando en que era del mismo color que la mesa del comedor de su madre.
—¿Perdón? —dijo, aclarándose la garganta.
Javier lo miró con preocupación.
—Tío, estás en la luna. Llevas meses así. El negocio va viento en popa, pero tú pareces que vas camino al matadero. ¿Estás enfermo?
—No. Estoy cansado. Es el cambio de horario —mintió Maximiliano por enésima vez.
La verdad era que Maximiliano se estaba pudriendo por dentro.
El éxito financiero había llegado, tal como lo planeó. Era más rico que nunca. Su nombre aparecía en Forbes y en Expansión. Pero cada euro que entraba a su cuenta se sentía sucio, manchado con la ausencia de su madre.
Las noches eran lo peor.
En su pent-house rentado en el barrio de Salamanca, Maximiliano caminaba como un león enjaulado. Había contratado a tres agencias de detectives más. Había gastado una fortuna en sobornos a la policía mexicana para que no cerraran el caso.
Cada semana, recibía un reporte por correo electrónico.
REPORTE DE BÚSQUEDA #24
Estatus: Sin novedad.
Se revisaron 14 albergues en el Estado de México. Negativo.
Se verificaron 3 cuerpos en el forense con características similares. Negativo (ADN no compatible).
Seguimos investigando.
La palabra “Negativo” se había convertido en la banda sonora de su vida.
Esa noche, Maximiliano se sirvió un whisky doble. Se sentó en el sofá de cuero italiano y sacó su celular. Abrió la galería. Tenía cientos de fotos de maquetas, de planos, de viajes. Pero tuvo que hacer scroll durante diez minutos para encontrar una foto de su madre.
Era una foto borrosa, tomada en un cumpleaños hacía cuatro años. Ella estaba soplando las velas de un pastel, con los ojos cerrados, pidiendo un deseo.
—¿Qué pediste, mamá? —le preguntó a la pantalla, con la voz pastosa por el alcohol—. ¿Pediste que tu hijo dejara de ser un imbécil? Porque si fue eso, se te cumplió demasiado tarde.
Lloró. Lloró con ese llanto feo, ronco y solitario de los hombres que no saben llorar.
De pronto, una idea cruzó su mente, una idea oscura que trataba de espantar todos los días. ¿Y si está muerta? ¿Y si murió esa misma noche, de frío, de miedo, y su cuerpo quedó en algún lote baldío donde nadie la busca?
—No —gritó, lanzando el vaso contra la pared. El cristal estalló—. ¡No! ¡Está viva! Lo siento aquí.
Se tocó el pecho. Sentía un dolor físico, una conexión invisible que todavía vibraba. Su madre estaba viva. Pero él estaba atrapado en una jaula de oro a nueve mil kilómetros de distancia.
De vuelta en México, la vida en la casa de huéspedes seguía su curso.
Los niños adoraban a Lita. Para ellos, que habían crecido con un padre alcohólico y violento, la presencia de esta abuela suave y cariñosa era un milagro.
Una tarde, Dieguito llegó de la escuela con la rodilla raspada y llorando. Unos niños le habían hecho burla por sus tenis viejos.
Lita lo sentó en el porche, le limpió la herida con árnica y le dio un beso en la frente.
—Sana, sana, colita de rana —cantó ella—. Si no sana hoy, sanará mañana.
Dieguito dejó de llorar, hipnotizado por la canción.
—Abuelita Lita, ¿por qué los niños son malos?
Lita suspiró, y su mirada se perdió en el horizonte, hacia la casa grande y vacía.
—No son malos, mi niño. A veces… a veces a la gente se le olvida cómo ser buena. Se les endurece el corazón, como el pan viejo. Pero si los mojas con un poquito de leche, con un poquito de cariño, se vuelven a ablandar.
Teresa, que escuchaba desde la puerta, sintió un nudo en la garganta. Esa sabiduría simple, profunda. ¿Quién era esta mujer? A veces, Teresa notaba cosas extrañas. La forma en que Lita doblaba las servilletas, haciendo figuras de cisnes. La manera en que corregía la postura de los niños en la mesa (“Los codos abajo, mijito”). Eran modales de gente bien, de gente educada.
—Lita —le preguntó esa noche, mientras doblaban ropa—. ¿Usted cree que su familia la está buscando?
Lita se detuvo. Una sombra de angustia cruzó su rostro.
—No sé… A veces sueño con un hombre. Un hombre alto, de traje. Está enojado. Me grita. Y yo… yo me siento muy chiquita, como una hormiga.
—¿Es su esposo?
—No… no creo. Se siente… se siente como sangre de mi sangre. Pero me da miedo recordar. Cuando trato de verle la cara, me duele el pecho. Prefiero estar aquí. Aquí nadie me grita. Aquí soy útil.
Teresa no insistió. Si el pasado dolía, ¿para qué escarbarlo?
Pero el pasado tiene la mala costumbre de no quedarse enterrado.
Un sábado por la mañana, sucedió algo que casi descubre todo el pastel.
El jardinero principal de la mansión, Don Rogelio, un hombre mayor que llevaba treinta años trabajando para los Vargas, decidió podar los setos que separaban la casa principal de la casa de huéspedes. Normalmente, los empleados tenían órdenes estrictas de no molestar a los “invitados” de la casa chica, pero Rogelio era meticuloso.
Lita estaba en el jardín, tarareando una canción de Pedro Infante mientras regaba sus rosales. Llevaba un sombrero de paja que Teresa le había comprado y un delantal de cuadros.
Rogelio asomó la cabeza por encima del seto.
—Buenos días —saludó el jardinero por costumbre.
Lita se giró y le sonrió.
—Buenos días, señor. Qué bonito día, ¿verdad?
Rogelio se quedó helado. Se quitó la gorra y se frotó los ojos. Esa voz. Esa sonrisa.
—¿Doña Elena? —preguntó, con la boca abierta.
Lita lo miró con curiosidad, pero sin reconocimiento.
—¿Mande? ¿Me habla a mí?
Rogelio parpadeó. La mujer se parecía muchísimo a la patrona, sí. Pero la patrona siempre vestía de seda y lana fina, y esta mujer traía un delantal de mercado y tenis de tela. Además, la patrona caminaba despacio, encorvada por la tristeza, y esta mujer se movía con energía, con luz. Y sobre todo: la patrona estaba desaparecida. Todo el personal lo sabía, aunque Maximiliano había prohibido hablar del tema. Decían que se había ido de viaje, pero los rumores vuelan.
—Perdón, señora —dijo Rogelio, confundido—. La confundí con… con la dueña de la casa. Se le da un aire.
Lita se rio, una risa cristalina.
—¡Uy, no! Ya quisiera yo ser la dueña de semejante palacio. Yo soy la abuela de los niños, nada más. Estamos aquí de prestado.
Rogelio asintió, todavía dudoso.
—Ah, bueno. Con permiso.
Se fue rascándose la cabeza. “La vejez me está jugando bromas”, pensó Rogelio. “Doña Elena jamás estaría regando las plantas con esa ropa. Además, Doña Elena nunca se reía así”.
El peligro pasó rozando, pero dejó una semilla de inquietud en el aire.
El sexto mes llegó. El plazo del contrato de Maximiliano estaba por terminar.
En Madrid, Maximiliano estaba firmando los últimos documentos legales. La fusión estaba completa. “Constructora Vargas” era ahora un gigante transatlántico.
—Max, tenemos que hablar de la fiesta de clausura —dijo Carlos, su socio, entrando a su oficina.
—No voy a ir —dijo Maximiliano sin levantar la vista de su laptop. Estaba reservando un vuelo.
—¿Qué? Max, eres el hombre del momento. El Rey de España podría asistir. No puedes faltar.
Maximiliano cerró la computadora de golpe. Se levantó y caminó hacia Carlos. Se veía terrible. Había perdido diez kilos. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras.
—Carlos, mírame. ¿Parezco alguien que quiere ir de fiesta?
—Pareces un fantasma, amigo.
—Exacto. Soy un fantasma. Y los fantasmas tienen asuntos pendientes. Me voy mañana.
—Pero faltan dos semanas para el cierre fiscal…
—¡Me importa un carajo el cierre fiscal! —gritó Maximiliano. Fue un grito que salió de las entrañas, rompiendo meses de contención—. ¡Me importa un carajo el dinero, la fusión, el Rey de España y tú! ¡Me voy a mi casa! ¡Me voy a buscar a mi madre!
Carlos retrocedió, asustado. Nunca había visto a Maximiliano así.
—Está bien, Max. Vete. Nosotros nos encargamos.
Maximiliano tomó su maletín. No empacó nada más. Dejó sus trajes caros en el armario del hotel. Dejó los relojes, los zapatos, los premios. Solo tomó su pasaporte y la foto arrugada de su madre.
Salió hacia el aeropuerto de Barajas como quien huye de un incendio.
En el avión, mientras cruzaban el Atlántico, Maximiliano tuvo un sueño. Soñó que llegaba a su casa y estaba en ruinas. Las paredes caídas, el techo derrumbado. Y en medio de los escombros, había una mesa puesta. Su madre estaba ahí, sirviendo sopa, pero cuando él se acercaba, ella se convertía en polvo y se la llevaba el viento.
Despertó sobresaltado, sudando frío.
—Ya voy, mamá —susurró, mirando la oscuridad por la ventanilla—. Aguanta un poco más. Ya voy.
En México, Teresa sentía una opresión en el pecho. Un presentimiento.
Esa tarde, mientras cocinaban, Lita se quedó mirando fijamente un plato de porcelana que habían encontrado en la alacena. Era un plato blanco con un borde dorado.
—Este plato… —murmuró Lita.
—¿Qué tiene, Lita?
—Me acuerdo… me acuerdo de un niño. Un niño que no quería comer verduras. Yo le decía que si se comía las zanahorias, iba a tener ojos de águila.
Teresa sonrió.
—Todos los niños son iguales, Lita.
—No… —Lita frunció el ceño, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Este niño era especial. Tenía los ojos grandes, color miel. Y me quería mucho. Me decía: “Mami, cuando sea grande te voy a comprar una casa de dulce”.
Teresa se congeló.
—¿Mami?
Lita soltó el plato. Se hizo añicos en el suelo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Lo rompí! —Lita se agachó, angustiada, recogiendo los pedazos con manos temblorosas—. ¡Qué torpe soy! ¡Me van a regañar!
—Nadie la va a regañar, Lita. Tranquila.
Pero Lita estaba temblando.
—Él se enoja si rompo cosas. Él quiere que todo esté perfecto.
—¿Quién, Lita? ¿Quién se enoja?
—El señor… el señor de la casa grande. No, no el de aquí… el de mi cabeza. El de los ojos tristes.
Teresa abrazó a la anciana, meciéndola hasta que se calmó.
—Ya pasó. Aquí estamos seguras. Nadie va a venir a gritarle.
Pero Teresa sabía que el tiempo se acababa. El dueño de la casa, el arquitecto Maximiliano, había dicho tres meses, tal vez seis. Ya habían pasado seis. Podía regresar en cualquier momento.
Y cuando regresara, tendrían que irse. ¿Qué haría con Lita? No podía llevarla al cuarto de azotea que planeaba rentar. Lita necesitaba cuidados, medicinas, jardín.
“Dios mío, ayúdame”, rezó Teresa. “No permitas que la tenga que devolver a la calle”.
A la mañana siguiente, el vuelo de Maximiliano aterrizó en la Ciudad de México.
El cielo estaba gris, contaminado, pero para él era el aire más dulce del mundo. Estaba en casa.
No avisó a nadie. No pidió que Beto fuera por él. Tomó un taxi de sitio, tal como lo había hecho Teresa seis meses atrás.
—A Lomas de Chapultepec —le dijo al conductor.
El trayecto fue silencioso. Maximiliano miraba la ciudad con ojos nuevos. Ya no veía oportunidades de negocio, ni terrenos para construir. Veía los lugares donde su madre podría estar escondida. Cada anciana en la calle era una puñalada de esperanza y decepción.
Llegó a su casa. Pagó al taxista y se paró frente al portón.
Estaba igual. Imponente, frío, perfecto. Su cárcel privada.
Marcó el código y entró.
La casa principal estaba cerrada a cal y canto. Oscura. Muestras de que el personal solo venía a limpiar y se iba.
Maximiliano suspiró. Dejó su maleta en el suelo del porche principal. No quería entrar ahí. No quería enfrentar el silencio y los fantasmas de esa última noche.
Entonces, recordó.
La casa de huéspedes. Teresa. La mujer del aeropuerto.
¿Seguirían ahí? Seguramente no. Les había dicho tres meses. Seguro se fueron, o el dinero se les acabó y buscaron otro lugar.
Pero sintió la necesidad de ir a ver. Quizás, solo quizás, había dejado un rastro de vida en ese rincón de su propiedad.
Caminó hacia el jardín trasero. Y entonces lo vio.
El jardín no estaba simplemente cuidado; estaba vivo. Había flores que él no recordaba haber ordenado plantar. Había un triciclo tirado en el pasto. Y había olor… olor a leña quemada, a tortillas, a hogar.
Se acercó a la casita. Las ventanas brillaban con una luz cálida, amarilla.
Se escucharon risas. Risas de niños. Y la risa de una mujer joven.
Y luego, otra voz. Una voz que hizo que el corazón de Maximiliano se detuviera en seco, como si le hubieran arrancado los cables de la vida.
—¡Ándenle, mis niños, a lavarse las manos que los frijolitos ya están!
Esa voz.
Ronca, cariñosa, inconfundible.
Maximiliano sintió que las piernas se le convertían en gelatina. Se tuvo que apoyar en un árbol para no caerse. El mundo le daba vueltas.
—No puede ser… —susurró, con la garganta cerrada—. Estoy alucinando. Me volví loco en España.
Dio un paso vacilante hacia la ventana. Se asomó con miedo, temiendo ver a un fantasma.
Lo que vio rompió su realidad en mil pedazos.
Dentro de la casita, en la mesa pequeña de madera, estaba Teresa sirviendo agua de limón. Los tres niños estaban sentados, golpeando la mesa con las cucharas, felices.
Y en la cabecera, sirviendo un plato de barro humeante, estaba ella.
Su madre.
Llevaba un delantal barato de cuadros azules. Tenía el pelo recogido con una peineta de plástico. Se veía más vieja, sí, pero también se veía… feliz. Reía mientras le limpiaba la boca al niño más pequeño.
Maximiliano sintió un golpe de adrenalina pura. No era un sueño. No era una alucinación.
Estaba ahí.
En su propia casa. A cien metros de donde él había llorado su ausencia durante seis meses.
El shock fue tan fuerte que su cuerpo no lo resistió. La tensión acumulada, el insomnio, el alcohol, el dolor, y ahora este golpe de alegría imposible, fueron demasiado.
Maximiliano sintió que la luz se apagaba. Sus rodillas cedieron.
Cayó al pasto con un ruido sordo, desmayado, justo frente a la puerta de la casa donde su madre, sin saber que era su madre, cantaba mientras servía la cena.
CAPÍTULO 6: Un Extraño en su Propia Sangre
El regreso a la conciencia no fue como en las películas, donde el protagonista despierta de golpe y lúcido. Para Maximiliano, fue un ascenso lento y doloroso desde un pozo de agua negra.
Primero regresaron los olores. No olía al antiséptico de un hospital, ni al cuero caro de su oficina en Madrid, ni al perfume francés de alguna amante pasajera. Olía a alcohol de caña barato, a vapor de hierbas y, curiosamente, a tortillas quemándose en un comal.
Luego, vinieron las voces. Sonaban como si hablaran bajo el agua, distorsionadas y lejanas.
—…se nos muere aquí, Teresita. Mira qué pálido está.
—No diga eso, Lita. Pásame el algodón con alcohol.
—Pobrecito hombre. Se ve que trae una pena muy grande cargando. Las penas pesan más que los costales de cemento.
Esa voz.
Maximiliano abrió los ojos de golpe, aspirando una bocanada de aire como si acabara de salir a la superficie. La luz amarilla de la lámpara de techo lo cegó por un instante. Parpadeó, tratando de enfocar.
Estaba acostado en el sofá de la casa de huéspedes. Tenía la corbata desabrochada y los zapatos quitados. Sobre él, inclinadas con preocupación, había dos mujeres.
Una era Teresa, con los ojos muy abiertos y el rostro pálido de susto.
La otra era su madre.
Maximiliano se quedó petrificado. Su corazón, que segundos antes latía lento, empezó a galopar contra sus costillas como un animal atrapado. No se atrevía a moverse, temiendo que cualquier gesto rompiera el espejismo.
Doña Elena estaba ahí. Viva. Respirando.
Tenía el cabello blanco un poco más largo y desordenado de lo que él recordaba, recogido con una pinza de plástico de esas que venden en el mercado por diez pesos. Llevaba un suéter tejido de lana gruesa que él nunca le había visto y un delantal manchado de salsa roja. Pero era ella. Sus ojos color miel, sus manos arrugadas, el lunar pequeño cerca de la comisura de los labios.
—Mamá… —graznó Maximiliano. Su voz salió rota, débil, infantil.
Elena le sonrió. Pero no era la sonrisa de una madre que ve a su hijo pródigo regresar. Era la sonrisa amable y distante que se le da a un desconocido que acaba de sufrir un accidente.
—Tranquilo, joven —dijo ella, poniéndole una mano fresca en la frente—. Ya volvió. Nos dio un susto de muerte. Cayó como bulto de papas ahí en el jardín.
Maximiliano intentó sentarse, pero el mareo lo empujó de nuevo hacia los cojines.
—Mamá, soy yo… —insistió, agarrándole la mano con desesperación—. Soy Max. Maximiliano.
Elena no retiró la mano, pero su expresión no cambió. Hubo un parpadeo de confusión, una inclinación de cabeza, como quien trata de resolver un acertijo complicado y se rinde.
—Mucho gusto, joven Maximiliano —dijo ella con una cortesía que dolió más que una bofetada—. Yo soy… bueno, me dicen Lita. ¿Cómo se siente? ¿Quiere un tecito de manzanilla para el susto?
El mundo de Maximiliano se detuvo.
El silencio en la pequeña sala se volvió espeso, asfixiante. Maximiliano miró a Teresa, buscando una explicación, una señal de que esto era una broma macabra.
Teresa tenía lágrimas en los ojos. Se mordía el labio inferior, nerviosa, retorciendo un trapo de cocina entre sus manos.
—Señor Maximiliano… —susurró Teresa—. Qué bueno que regresó.
—¿Qué está pasando? —preguntó él, su voz ganando fuerza, transformándose del miedo a la exigencia—. ¿Por qué me mira así? ¿Por qué me dice “joven”?
Elena se levantó despacio, alisándose el delantal.
—Voy a ver los frijoles, que se me queman —dijo con naturalidad, ignorando la tensión—. Ahorita les traigo el té. Con permiso.
Se dio la vuelta y caminó hacia la cocinita, tarareando bajito, dejando a su hijo destrozado en el sofá.
Maximiliano se sentó de golpe, ignorando el vértigo.
—¡Explícame! —le exigió a Teresa, agarrándola del brazo quizás con demasiada fuerza—. ¡¿Qué le hicieron?! ¡¿Por qué no sabe quién soy?!
Teresa no se asustó. Había sobrevivido a un marido golpeador; un arquitecto desesperado no la iba a intimidar. Se soltó suavemente de su agarre y se sentó en la mesita de centro, frente a él.
—Nadie le hizo nada, patrón. Al contrario. La vida le hizo.
—Habla claro, Teresa.
—La encontré hace tres meses —empezó Teresa, hablando rápido—. Estaba en el Parque de los Espejos, hecha bolita en una banca, bajo un aguacero que ni le cuento. No sabía su nombre. No sabía dónde vivía. Estaba perdida, señor. Su mente estaba en blanco.
Maximiliano sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Amnesia?
—Eso dijo el doctor de la farmacia Similares —asintió ella—. Dijo que fue un shock. Un trauma muy fuerte. Que a veces, cuando el corazón ya no aguanta el dolor, la cabeza decide apagar la luz para no sufrir. Se le borró el cassette, patrón. De tajo.
Cuando el corazón ya no aguanta el dolor.
La frase golpeó a Maximiliano como un mazo. Recordó la última noche. Sus gritos. “Me estorbas”. “Vete”.
Él lo había hecho.
Él no solo la había corrido de su casa; la había expulsado de su propia mente. Sus palabras habían sido tan crueles, tan venenosas, que la psique de su madre había preferido autodestruirse antes que seguir viviendo con el recuerdo de que su único hijo la despreciaba.
—Dios mío… —Maximiliano se cubrió la cara con las manos y sollozó. Un sonido seco, desgarrador.
—Yo no sabía que era su mamá —continuó Teresa, con voz suave—. Le juro que no sabía. Ella no traía papeles. Yo solo vi a una abuelita desamparada y me acordé de lo que usted hizo por mí en el aeropuerto. Usted me dio techo cuando no tenía nada. ¿Cómo iba yo a dejarla ahí tirada? La traje. La cuidamos. Y cuando la vi aquí, tan contenta con los niños, tan tranquila… pues se quedó.
Maximiliano levantó la cara, roja y húmeda.
—¿Contenta? ¿Dices que está contenta?
—Mírela usted mismo.
Maximiliano giró la cabeza hacia la cocina. A través de la barra, veía a Elena sirviendo tazas de barro. Se movía con una agilidad que no tenía antes. No estaba encorvada por la soledad de la mansión vacía. Estaba ocupada. Estaba viva.
Dieguito, el hijo mayor de Teresa, entró corriendo desde el cuarto.
—¡Abuelita Lita! ¡Ya acabé la tarea! ¿Me das una galleta?
Elena se giró y le pellizcó la mejilla con cariño.
—Claro que sí, mi rey. Pero solo una, que ya vamos a cenar y luego no te comes la sopa. Y lávate esas manos que traes mugre de tres días.
El niño se rio y corrió al baño.
Maximiliano observó la escena con una mezcla de celos y asombro. Su madre nunca había tenido nietos. Él nunca le había dado esa alegría. Y ahora, ella había adoptado a estos niños ajenos y les daba el amor que tenía guardado en bodegas inmensas dentro de su pecho.
Elena regresó a la sala con una charola. Traía tres tazas humeantes de té de canela.
—Tenga, joven —le ofreció una a Maximiliano—. Beba despacito, está caliente. Le va a asentar el estómago.
Maximiliano tomó la taza. Sus dedos rozaron los de ella. Sintió la misma piel suave, la misma calidez de siempre. Pero la mirada… esa maldita mirada amable de extraña.
—Mamá… —intentó de nuevo, con la voz temblorosa—. Por favor. Mírame bien. Soy yo. Tu hijo. El que te gritó. El que te hizo daño.
Elena frunció el ceño, incomoda. Dio un paso atrás, como si él fuera un loco inofensivo pero molesto.
—Oiga, joven, con todo respeto… yo no tengo hijos. O si tuve, no me acuerdo. Y nadie me ha gritado. Aquí vivo muy tranquila con Teresita y los nietos. No me venga a contar historias tristes, que ya tengo suficiente con no saber de dónde vengo.
—Pero…
—¡Ya! —lo cortó ella con una firmeza que lo sorprendió—. Beba su té. Y si se siente mejor, pues… ya es tarde, ¿no? Su familia lo ha de estar esperando.
Lo estaba corriendo.
Su propia madre lo estaba corriendo de su propia casa de huéspedes, para que se fuera a su mansión vacía. La ironía era tan perfecta que Maximiliano sintió ganas de reír histéricamente.
—Él es el dueño de la casa, Lita —intervino Teresa rápidamente, temerosa de que Maximiliano se ofendiera—. Es el señor Maximiliano Vargas. El que nos prestó la casita.
La expresión de Elena cambió. Se llevó la mano a la boca, avergonzada.
—¡Ay, Virgen Santísima! —exclamó—. ¿Usted es el patrón? ¡Qué vergüenza! Y yo aquí mandándolo. Perdone, señor. Es que… como lo vi así tirado… Pase, pase usted. Esta es su casa, faltaba más.
Ahora lo trataba con servilismo. “Patrón”. “Señor”. Era peor que el olvido. Era una barrera de clase social impuesta entre madre e hijo.
Maximiliano se puso de pie, tambaleándose un poco.
—No me digas patrón, por favor —suplicó—. Solo… dime Max.
—Está bien, Don Max —concedió ella, sin entender su dolor.
—Teresa —dijo Maximiliano, girándose hacia la joven—. Necesito hablar contigo. A solas.
Salieron al porche. La noche estaba fresca y el olor a jazmín inundaba el jardín. Las luces de la mansión principal seguían apagadas, una mole oscura y muerta frente a la calidez de la casita iluminada.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó él—. Sabías mi número. Estaba en la tarjeta que te di.
—Le marqué, señor —dijo Teresa, bajando la cabeza—. Le marqué muchas veces cuando la encontré. Pero su teléfono siempre me mandaba a buzón. “El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio”.
Maximiliano recordó. Había cambiado de número en España. Había apagado el celular mexicano para huir de los acreedores emocionales.
—Maldita sea —masculló, golpeando el pilar de madera.
—Y luego… pues me dio miedo —confesó ella—. Pensé: si le digo que tengo a una viejita perdida aquí, a lo mejor se enoja. A lo mejor piensa que estoy metiendo gente extraña y nos corre a todos. Yo tengo que cuidar a mis hijos, señor. No podía arriesgar el techo.
—Ella no es gente extraña, Teresa. Es mi madre. La dueña de todo esto.
—Ahora lo sé. Pero entonces no lo sabía. Y cuando ella empezó a sentirse mejor, a reírse, a cocinar… me dio miedo romper eso. Ella es feliz aquí, Don Max. Créame. Es más feliz que…
Teresa se calló, pero Maximiliano completó la frase en su mente: Es más feliz que cuando vivía conmigo en el palacio de mármol.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó él al aire—. No puedo dejarla así. Tengo que llevarla a un hospital. A Houston, a Suiza. Los mejores neurólogos tienen que verla. Tienen que devolverle la memoria.
Teresa lo miró fijamente, con una sabiduría callejera que Maximiliano, con todos sus títulos universitarios, no poseía.
—Perdone que me meta, patrón… ¿pero está seguro de que quiere que recuerde?
—¿Cómo? Claro que quiero. Es mi madre.
—Sí. Pero si recuerda… va a recordar por qué se fue. Va a recordar el dolor. Ahorita ella vive en una nube blanca. No tiene pasado, pero tampoco tiene penas. Si usted la arrastra a un hospital, la llena de tubos y la obliga a recordar… a lo mejor le rompe el corazón otra vez. Y esta vez a lo mejor no aguanta.
Maximiliano se quedó helado.
Teresa tenía razón. La amnesia era un mecanismo de defensa. Su mente había construido un muro para protegerse de él. Derribar ese muro a la fuerza podría matarla de tristeza.
—Entonces, ¿qué? —preguntó con desesperación—. ¿La dejo así? ¿Viviendo en la casa de servicio, creyendo que es la abuela de tus hijos, tratándome a mí de “usted”?
—No sé, señor. Yo solo digo que… vaya despacio. Gánesela otra vez. No como hijo, sino como persona. Deje que ella solita encuentre el camino de regreso. Si es que quiere regresar.
La puerta se abrió y asomó la cabecita de la niña pequeña, Lupita.
—Mami, dice Lita que si el señor se va a quedar a cenar. Ya calentó las tortillas.
Maximiliano miró a la niña. Miró a Teresa. Y miró hacia adentro, donde su madre estaba poniendo la mesa, tarareando.
Tenía hambre. Un hambre vieja, de meses. Hambre de hogar.
—Dile que sí —dijo Maximiliano, con la voz quebrada—. Dile que el señor se queda a cenar.
Entraron.
La cena fue surrealista.
Maximiliano Vargas, el magnate que cerraba tratos de millones de euros en restaurantes de cinco estrellas, estaba sentado en una silla de pino inestable, comiendo frijoles de la olla, queso panela y salsa de molcajete.
Y era la mejor comida que había probado en años.
Elena lo atendía con esmero.
—¿Quiere más tortillitas, Don Max? Están recién hechas a mano.
—Gracias… Lita —dijo él, forzándose a usar el nombre falso. Cada vez que lo decía, sentía que se traicionaba, pero verla sonreír valía la pena.
—Oiga, ¿y usted a qué se dedica? —preguntó ella, tratando de hacer plática—. Se ve que es hombre de mundo. Trae ropa muy fina.
—Construyo casas —respondió él, mirándola a los ojos—. Edificios. Ciudades.
—¡Ah, mire! Qué bonito oficio. Darle techo a la gente. Como usted nos dio techo a nosotras. Eso habla de un corazón bueno.
Maximiliano casi se atraganta con el bocado. Corazón bueno. Si ella supiera.
—A veces… —dijo él, bajando la mirada al plato—, a veces uno construye casas muy grandes, pero se le olvida construir un hogar. Y se quedan vacías. Frías.
Elena lo miró con compasión.
—Pues sí. Las casas son como las personas, joven. Si no tienen calor adentro, se mueren de frío aunque tengan paredes de oro. Pero nunca es tarde. Mire esta casita. Estaba triste cuando llegamos, y ahora mírela. Llena de ruido.
Señaló a los niños, que se peleaban por el último pedazo de queso.
—Sí —dijo Maximiliano—. Nunca es tarde.
De pronto, Elena se quedó quieta, con la cuchara a medio camino de la boca. Su mirada se perdió en el vacío, desenfocada.
—Lita, ¿qué pasa? —preguntó Teresa, alarmada.
Elena parpadeó varias veces, como si estuviera viendo una película que nadie más veía.
—Esa loción… —murmuró, oliendo el aire—. Su loción, joven.
Maximiliano usaba una mezcla personalizada de sándalo y cítricos que compraba en Italia. La usaba desde hacía diez años.
—¿Le molesta?
—No… —Elena cerró los ojos—. Huele a… Navidad. Huele a un abrazo. No sé. Me dio un… un vuelco aquí.
Se tocó el pecho, sobre el corazón.
Maximiliano contuvo la respiración. Ahí estaba. Una grieta en el muro. Una hebra suelta de la memoria.
—Es mi loción favorita —dijo él suavemente—. Mi madre siempre decía que olía a éxito.
Elena abrió los ojos y lo miró. Por un segundo, solo por un segundo, Maximiliano vio un destello de algo más profundo en sus pupilas. Una chispa de reconocimiento. Pero tan rápido como vino, se fue.
—Pues su madre tenía buen gusto —sonrió ella—. Bueno, ¿quién quiere postre? Hice arroz con leche.
La cena terminó. Los niños, cansados, se fueron a dormir. Teresa empezó a recoger los platos, pero Maximiliano la detuvo.
—Déjalo. Yo ayudo.
—¡Patrón, cómo cree! —protestó Teresa.
—Yo ayudo —insistió él.
Y ahí estaba Maximiliano Vargas, lavando platos en una tarja pequeña, con las mangas de su camisa de seda remangadas, mientras su madre secaba los vasos a su lado.
Era una danza doméstica silenciosa. El tintineo del agua, el roce de la tela.
—Lava usted muy bien —comentó Elena—. Raro ver a un hombre que no le saque la vuelta al jabón.
—Mi madre me enseñó —dijo él—. Cuando era niño. Antes de… antes de volverme importante.
—Pues le enseñó bien. No se le olvidó.
—Hay cosas que no se olvidan, Lita. Aunque uno crea que sí.
Cuando terminaron, Maximiliano se secó las manos. No quería irse. La idea de cruzar el jardín y entrar a su mansión solitaria le aterraba.
—Bueno… —dijo, demorando la despedida—. Gracias por la cena. Estuvo deliciosa.
—Cuando guste, Don Max —dijo Elena—. Aquí siempre hay un plato de más.
Maximiliano caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral y se giró.
—Lita.
—¿Mande?
—Usted… usted se va a quedar aquí. Todo el tiempo que quiera. Usted, Teresa y los niños. Esta es su casa. No están de prestado. Es suya.
Elena sonrió, una sonrisa radiante que iluminó la habitación.
—Dios se lo pague, hijo. Dios se lo pague con mucha salud.
Hijo.
Lo dijo como una expresión coloquial, como las señoras mayores llaman a cualquier joven. Pero a Maximiliano le supo a gloria.
Salió al jardín. El aire frío de la noche le golpeó la cara, pero ya no sentía frío por dentro.
Caminó hacia la mansión principal. Entró, encendió las luces. El vestíbulo de mármol brilló, imponente y vacío. Subió a su habitación, se quitó la ropa cara que apestaba a viaje y estrés.
Se acostó en su cama King Size, pero no podía dormir.
Tenía un plan.
No iba a forzarla. No iba a traer médicos de bata blanca para asustarla. Iba a hacer lo que Teresa dijo. Iba a ganársela.
Iba a cortejar a su propia madre. Iba a venir a cenar todos los días. Iba a arreglar la gotera del baño de la casita. Iba a jugar fútbol con el niño en el jardín para que ella lo viera reír. Iba a ser el hombre que ella siempre quiso que fuera, hasta que su corazón se sintiera tan seguro que la memoria decidiera abrir la puerta por sí sola.
Y si la memoria nunca volvía… bueno, entonces construiría recuerdos nuevos.
Maximiliano cerró los ojos. Por primera vez en seis meses, no tuvo pesadillas. Soñó con arroz con leche y con el olor a jabón de lavandería en las manos de su madre.
La reconquista había comenzado.
CAPÍTULO 7: El Arquitecto de Recuerdos
La doble vida de Maximiliano Vargas comenzó un martes de noviembre.
Para el mundo exterior, para la Bolsa de Valores y las revistas de negocios, él seguía siendo el tiburón inmobiliario que acababa de conquistar Europa. Pero en la intimidad de Sierra Gorda 45, Maximiliano se había convertido en un actor secundario en su propia propiedad, un hombre que se quitaba el traje de tres piezas para ponerse unos jeans viejos y cruzar el jardín con el nerviosismo de un adolescente en su primera cita.
Su rutina cambió radicalmente.
Se despertaba a las 5:00 AM en la mansión principal. Hacía ejercicio en su gimnasio privado, se bañaba y se vestía. Pero en lugar de salir directo a la oficina en su Mercedes blindado, cruzaba el jardín húmedo por el rocío hacia la casa de huéspedes.
La excusa era simple: “Vengo a ver si necesitan algo”. La realidad era que necesitaba su dosis diaria de ella.
Esa mañana, el olor a café de olla y canela flotaba en el aire frío. Maximiliano tocó la puerta con dos nudillos.
—¡Pase, Don Max! —gritó Dieguito desde adentro.
Al entrar, la escena lo golpeó con su calidez habitual. Los niños desayunaban cereal. Teresa trenzaba el cabello de la pequeña Lupita. Y Lita… su madre, estaba en la estufa, volteando tortillas.
—Buenos días, Don Max —saludó ella sin girarse, pero con un tono alegre—. Siéntese, que los chilaquiles ya están.
—Buenos días, Lita. No quiero molestar.
—Usted nunca molesta. Además, está muy flaco. Esos españoles no le daban de comer bien.
Maximiliano se sentó. Lita le puso enfrente un plato de chilaquiles verdes con crema, queso y cebolla. El vapor le empañó los ojos por un segundo.
—Oiga, Lita —dijo él, probando el primer bocado y sintiendo que el alma le regresaba al cuerpo—. Estaba pensando… el fin de semana quiero hacer una carne asada aquí en el jardín. Para inaugurar mi regreso. Me gustaría que estuvieran ustedes.
Lita se limpió las manos en el delantal y lo miró con picardía.
—¿Carne asada? ¿Y usted sabe prender el carbón, patrón? Porque con esas manos de pianista que tiene, se me hace que se nos va a ahumar la carne.
Teresa soltó una risita nerviosa. Maximiliano sonrió.
—Tengo mis trucos. ¿Qué dice?
—Pues si usted invita la carne, yo hago el arroz y la salsa borracha. Trato hecho.
Era un pequeño paso. Un evento. Una memoria nueva para sobreescribir las viejas.
A las 10:00 AM, Maximiliano llegó a su oficina en Santa Fe. El contraste fue brutal. Del calor de hogar al frío del aire acondicionado central y las caras largas de los ejecutivos.
Carlos, su socio y director financiero, lo interceptó en el pasillo.
—Max, gracias a Dios llegas. Tenemos un problema con los permisos de la Torre Mitikah. El gobierno quiere detener la obra por impacto ambiental. Tienes que hablar con el Secretario de Desarrollo Urbano.
Maximiliano siguió caminando hacia su despacho, con Carlos trotando detrás.
—Manda a los abogados, Carlos.
—¡Quieren hablar contigo! Eres la cara de la empresa.
Maximiliano se detuvo en seco, girándose.
—Carlos, escúchame bien. No voy a ir. Manda a Robles, es el mejor litigante que tenemos. Si el Secretario se pone difícil, recuérdale quién financió la remodelación del parque de su colonia. Pero no me molestes con eso hoy.
—Max… —Carlos bajó la voz—. ¿Qué te pasa? Desde que volviste de Madrid estás… ausente. Te vas temprano. Llegas tarde. Tienes esa mirada perdida. ¿Es una mujer?
Maximiliano sonrió tristemente.
—Sí, Carlos. Es una mujer.
—¿Quién es? ¿La conozco? ¿Es la modelo esa con la que salías?
—Es la mujer más importante de mi vida. Y la estoy reconquistando.
Carlos se quedó boquiabierto, pensando en un romance tórrido, mientras Maximiliano entraba a su oficina y cerraba la puerta. No se sentó a revisar contratos. Sacó su celular y marcó un número privado.
—¿Doctor Fuentes? Soy Maximiliano Vargas. Necesito un favor. Un favor médico, pero… poco ortodoxo.
El plan era arriesgado. Maximiliano necesitaba saber el estado de salud real de su madre. Teresa le había dicho que estaba bien, que la había visto un médico de farmacia, pero eso no era suficiente para él. Elena tenía hipertensión, antecedentes cardíacos. Necesitaba un chequeo completo.
Pero no podía llevarla a un hospital. El olor a clínica, las batas blancas, las máquinas… todo eso podría detonar el pánico o, peor, forzar un recuerdo traumático.
Así que el Doctor Fuentes, el mejor neurólogo del Hospital ABC, llegó a la casa de huéspedes el jueves por la tarde, vestido con jeans y una camisa polo, sin maletín médico, haciéndose pasar por un “viejo amigo de la universidad” de Maximiliano.
—Lita, Teresa —presentó Maximiliano, nervioso—. Les presento a Roberto. Es un amigo que pasaba por aquí y lo invité a tomar café.
—Mucho gusto, señor —dijo Lita, encantada con las visitas—. Pásale, siéntate. Ahorita saco el pan dulce.
Durante la siguiente hora, el Doctor Fuentes realizó el examen neurológico más sutil de la historia.
Mientras platicaban de anécdotas inventadas de la universidad, el doctor observaba. Le pidió a Lita que le pasara el azúcar (coordinación motriz fina). Le preguntó sobre la receta del arroz (memoria procedimental). Hizo chistes para ver su velocidad de reacción. Le observó las pupilas mientras ella miraba hacia la ventana.
En un momento, el doctor sacó su celular.
—Oiga, Doña Lita, qué buen pulso tiene. A ver, ayúdeme a ensartar este hilo en esta aguja que traigo aquí, se me cayó un botón de la camisa y soy malísimo.
Lita se rio, tomó la aguja y el hilo, y lo ensartó a la primera.
—Hombres… —bromeó ella—. Se ahogan en un vaso de agua.
Cuando salieron al jardín para “despedirse”, el Doctor Fuentes cambió su semblante amable por uno profesional y serio.
—¿Y bien? —preguntó Maximiliano, ansioso.
—Físicamente, está increíblemente bien para su edad y para lo que pasó —dijo Fuentes—. Sus reflejos son buenos, no hay asimetría facial, su habla es fluida. El microinfarto que tuvo debió ser muy pequeño, en una zona que no afectó funciones motoras.
—¿Y la memoria?
—Eso es lo fascinante, Max. Su memoria a corto plazo funciona perfecto. Recuerda que Teresa necesita comprar leche, recuerda los nombres de los niños. Su memoria procedimental (cocinar, tejer) está intacta. Lo que tiene es una amnesia psicógena retrógrada muy específica.
—¿En español, Roberto?
—Su cerebro construyó una presa. El agua (sus recuerdos) está ahí, detrás del muro. Pero el muro es de concreto reforzado por el trauma. Ella decidió inconscientemente olvidar para sobrevivir. No es que las neuronas estén muertas, es que las conexiones están bloqueadas por el miedo.
—¿Va a recordar?
—Probablemente. El cerebro tiende a sanar. Puede ser mañana o en diez años. Puede ser de golpe o por goteras. Pero te advierto algo, Max: si fuerzas la presa, si la rompes de golpe, la inundación puede ser devastadora. La angustia podría provocarle otro infarto, esta vez masivo.
Maximiliano sintió un frío en el estómago.
—¿Entonces?
—Entonces sigue haciendo lo que estás haciendo. Dale paz. Dale seguridad. Deja que su cerebro entienda que ya no hay peligro. Cuando se sienta segura, los recuerdos empezarán a filtrarse. Pero prepárate, porque cuando recuerde… recordará todo. Lo bueno y lo malo.
El sábado llegó con un sol radiante, de esos soles de invierno en la Ciudad de México que queman la piel pero dejan el aire fresco.
Maximiliano había mandado traer el mejor corte de carne: Rib Eye, arrachera, chistorra argentina. Compró carbón de mezquite. Sacó el asador Weber que no se usaba desde hacía cinco años.
Teresa estaba nerviosa. Se había puesto su mejor blusa, una blanca bordada, y había peinado a los niños con gel.
—¿Me veo bien, mamá? —preguntó Dieguito, con su camisita planchada.
—Te ves como un príncipe, mi amor. Pórtate bien con el patrón.
Cruzaron el jardín. Maximiliano estaba luchando con el carbón. Tenía una montaña de servilletas con aceite y estaba soplando, pero el fuego no prendía. Tenía la cara manchada de hollín.
Lita llegó con una olla de arroz y soltó una carcajada al verlo.
—¡Ay, Don Max! Ya sabía yo. Mucho arquitecto, mucho edificio, pero no puede hacer una lumbre. Quítese, anda.
Lita le quitó el soplador. Acomodó el carbón en forma de casita (“para que respire”, dijo), puso una sola servilleta con aceite en el centro y encendió un cerillo. En cinco minutos, las brasas estaban rojas y vivas.
—Magia —dijo Maximiliano, mirándola con admiración.
—Experiencia, mijo. Experiencia.
La tarde fue, contra todo pronóstico, perfecta.
Comieron en la terraza. Maximiliano sirvió vino para Teresa y para él, y agua de jamaica para los niños y Lita. Puso música en una bocina Bose. No puso música clásica ni jazz, como solía hacer. Puso una lista de reproducción que había armado con cuidado: Agustín Lara, Jorge Negrete, Los Panchos. La música de la juventud de su madre.
Cuando empezó a sonar Sabor a Mí, Lita dejó el taco en el plato.
Tanto tiempo disfrutamos de este amor…
Nuestras almas se acercaron tanto así…
Lita cerró los ojos y empezó a mover la cabeza suavemente al ritmo.
—Qué bonita canción —susurró.
—¿Le gusta, Lita? —preguntó Maximiliano, conteniendo la respiración.
—Me… me recuerda a un baile. Un salón grande, con luces de colores. Llevo un vestido azul. Y hay un hombre… un hombre muy guapo con bigote que me lleva del brazo.
Maximiliano sabía quién era ese hombre. Su padre.
—¿Y qué siente cuando se acuerda de eso?
Lita sonrió, y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza.
—Siento… cosquillas en la panza. Siento que soy joven. Siento amor.
Fue un triunfo. Un recuerdo positivo. Una grieta de luz en la pared oscura.
Después de comer, los niños corrieron por el jardín, jugando a las traes. Teresa y Maximiliano se quedaron en la mesa, en la sobremesa, mientras Lita recogía los platos (porque se negaba a quedarse quieta).
—Gracias, señor —dijo Teresa, mirando a sus hijos correr en el pasto impecable—. Nunca los había visto tan felices. Hace seis meses estábamos huyendo, pensando que nos iban a matar. Y hoy… hoy parecen niños normales.
Maximiliano la miró. Teresa había cambiado. Ya no era la mujer golpeada y asustada del aeropuerto. Había ganado peso, su piel brillaba, sus ojos tenían un brillo de inteligencia y determinación.
—Tú eres la que hizo esto posible, Teresa. Tú salvaste a mi madre. Y de paso, me salvaste a mí.
—Usted nos salvó primero.
—Teresa… he estado pensando. —Maximiliano se puso serio—. Trabajas en la panadería, ¿verdad? Te pagan el salario mínimo.
—Gano bien, señor. Con las propinas saco para mis gastos.
—Lo sé. Pero tienes talento para más. He visto cómo administras la casa de huéspedes. He visto tus cuadernos donde anotas los gastos, cómo organizas todo. Eres ordenada, eres lista y, lo más importante, eres honesta.
Teresa se sonrojó.
—Tengo un puesto en la empresa. En el área de Administración de Obra. Necesito a alguien que controle los insumos, que vigile que no se roben el material, que lleve las nóminas de los albañiles. Es un trabajo duro, de mucha responsabilidad. Pero paga cinco veces lo que ganas en la panadería. Y tiene seguro social, prestaciones, becas para los niños.
Teresa abrió los ojos como platos.
—Señor… yo no tengo estudios. Apenas acabé la secundaria.
—No me importan los títulos. Me importa la gente. Yo te enseño. Mi equipo te capacita. ¿Qué dices?
Teresa miró hacia la casa, donde Lita salía con una charola de gelatinas. Miró a sus hijos. Miró a este hombre que le ofrecía un futuro.
—Digo que sí. Digo que gracias.
—Empiezas el lunes. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que sigas viviendo aquí. Que no me dejes solo con… con la situación de Lita. Te necesito aquí, Teresa. Tú eres su ancla. Si te vas, ella se pierde.
—No me voy a ir, Don Max. Somos un equipo, ¿no?
—Un equipo.
Chocaron las copas. Fue un pacto silencioso.
El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Lita se sentó con ellos.
—Miren qué atardecer —dijo ella—. Parece que el cielo se está incendiando.
Maximiliano la miró. La luz del atardecer le daba en el rostro, marcando sus arrugas, pero también suavizándolas. Se veía hermosa. Se veía en paz.
—Lita —dijo él, impulsado por una valentía repentina—. Cuénteme algo. ¿Usted cree en el destino?
—Uy, mijo. Yo creo en Dios. El destino es para los que no rezan. Dios escribe derecho con renglones torcidos.
—A mí me ha escrito unos renglones muy torcidos últimamente.
Lita lo miró fijamente. Sus ojos color miel se clavaron en los de él con una intensidad que lo hizo temblar.
—A veces, Don Max… a veces siento que lo conozco.
El mundo se detuvo. Los niños dejaron de gritar. El viento dejó de soplar.
—¿De verdad? —preguntó él, con un hilo de voz.
—Sí. Tiene usted unos ojos… unos ojos tristes que yo he visto antes. En un sueño, tal vez. O en otra vida.
Lita estiró la mano y, con un gesto que Maximiliano reconocía de mil fiebres infantiles, le tocó la mejilla.
—Usted necesita que lo quieran, Don Max. Se le nota. Tiene mucha lana, pero tiene el corazón con frío.
Maximiliano cerró los ojos, recargando la cara en la mano de su madre. Una lágrima solitaria se escapó.
—Sí, Lita. Tengo mucho frío.
—Pues acérquese a la lumbre, mijo. Aquí hay calor para todos.
Ella no lo recordaba como su hijo Maximiliano Vargas. No sabía que él había salido de su vientre hacía 49 años. Pero su alma, esa cosa misteriosa que los neurólogos no pueden ver en las resonancias magnéticas, sabía que ese hombre le pertenecía.
El momento se rompió cuando Lupita llegó corriendo y se tropezó, raspándose la rodilla. El llanto rompió el hechizo. Lita se levantó de inmediato para consolarla.
Maximiliano se quedó sentado, mirando su copa de vino.
No había recuperado a su madre todavía. No del todo. Pero esa tarde, por primera vez, sintió que no estaba hablando con una extraña. Había tendido un puente. Un puente frágil, hecho de carne asada, boleros antiguos y honestidad brutal.
Esa noche, antes de dormir, Maximiliano sacó de su caja fuerte un álbum de fotos viejo. Buscó una foto en particular. Él tenía cinco años, estaba en una bicicleta, y su madre lo empujaba, riendo.
Tomó una pluma y escribió al reverso de la foto: Día 1 de la Reconquista. Vamos ganando.
Se durmió con la foto bajo la almohada, soñando con que algún día, pronto, ella vería esa foto y diría: “Ese eres tú, mi niño”.
Pero el destino, como bien decía Lita, escribe con renglones torcidos. Y aunque la paz reinaba en Sierra Gorda 45, afuera, en el mundo real, los problemas no habían desaparecido. El pasado de Teresa, ese pasado violento del que huyó, estaba a punto de llamar a la puerta. Y esta vez, Maximiliano tendría que ser algo más que un arquitecto amable; tendría que ser un protector feroz.
CAPÍTULO 8: El Golpe de la Verdad y la Puerta Abierta
La paz, dicen los viejos, es como el cristal: hermosa, transparente, pero se rompe con el golpe más leve.
En la casa de Sierra Gorda 45, la paz había durado seis meses. Seis meses de cenas familiares, de risas en el jardín, de un Maximiliano Vargas que aprendía a ser humano y una Elena “Lita” que vivía en un limbo dulce y sin memoria.
Pero el pasado tiene garras largas. Y el pasado de Teresa tenía nombre y apellido: Esteban “El Roto” Martínez.
Había sido un martes cualquiera. Teresa regresaba de su nuevo trabajo en la constructora. Se veía diferente: vestía un traje sastre sencillo, caminaba con la cabeza alta y llevaba una carpeta bajo el brazo. Ya no era la víctima del aeropuerto; era la Coordinadora de Logística de una empresa internacional.
Maximiliano la esperaba en el portón, revisando unos planos con el jefe de seguridad.
—Buenas tardes, Licenciado —saludó ella con una sonrisa cansada pero satisfecha.
—Hola, Teresa. ¿Cómo te fue con los proveedores de cemento?
—Duros, pero logré bajarles el precio un 5%.
Maximiliano sonrió con orgullo.
—Eres una fiera, Teresa. Te dije que tenías madera.
En ese momento, un auto viejo, un Chevy despintado con el escape ruidoso, se frenó de golpe frente a la entrada, bloqueando el paso. El motor rugió y se apagó con una explosión seca.
Teresa se congeló. Su color desapareció. La carpeta cayó de sus manos al suelo.
—No… —susurró—. No puede ser.
Del auto bajó un hombre. Llevaba una camiseta de tirantes sucia, jeans rotos y tatuajes en los brazos. Tenía los ojos inyectados en sangre, mezcla de alcohol y furia.
Era Esteban. El marido. El verdugo.
—¡Así que aquí te escondes, maldita! —gritó, su voz resonando en la calle elegante y silenciosa de Las Lomas—. ¡Viviendo como rica mientras yo me pudro buscándote!
Maximiliano dio un paso al frente, poniéndose instintivamente entre Teresa y el hombre.
—¿Quién es este tipo? —preguntó Max, aunque ya lo sabía.
—Es él… —tembló Teresa—. Es Esteban.
Esteban se acercó a la reja, escupiendo al suelo.
—Ábreme, Teresa. Vengo por mis hijos. Sé que los tienes ahí. ¡Saca a los escuincles!
—Tú no te vas a llevar a nadie —dijo Teresa, encontrando una fuerza que venía del terror—. Tienes una orden de restricción. Lárgate o llamo a la policía.
Esteban soltó una carcajada que heló la sangre.
—¿Policía? A mí me vale madre la policía. Esos son mis hijos y me los llevo. Y a ti te voy a enseñar a respetarme. —Miró a Maximiliano con desprecio—. ¿Y este quién es? ¿Tu nuevo “sugar”? ¿Por este me dejaste?
—Soy el dueño de esta casa —dijo Maximiliano con voz gélida—. Y le estoy pidiendo amablemente que se retire antes de que lo saque a patadas.
Esteban, envalentonado por el alcohol y la rabia de ver a su mujer próspera, sacó una navaja del bolsillo. La hoja brilló bajo el sol de la tarde.
—¡A mí nadie me corre, riquillo de mierda! ¡Ábranme o me salto!
El guardia de seguridad de Maximiliano llevó la mano a su arma, pero Max le hizo una seña para que esperara. No quería un tiroteo frente a su casa, frente a Teresa.
—Esteban, vete —dijo Max—. No arruines tu vida más de lo que ya está.
Pero el ruido había atraído atención. Desde la casita de huéspedes, atraída por los gritos, salió Lita. Y detrás de ella, curiosos y asustados, venían los niños.
—¡Papá! —gritó Dieguito con terror al ver al hombre en la reja.
Al ver a los niños, Esteban perdió el control. Se trepó a la reja con una agilidad sorprendente para su estado, saltó al jardín y cayó dentro de la propiedad.
El guardia se abalanzó sobre él, pero Esteban tiró un navajazo al aire, obligando al guardia a retroceder.
—¡Vengan acá, chamacos! —bramó, corriendo hacia ellos.
Teresa gritó y corrió para interceptarlo, pero Maximiliano fue más rápido. Se lanzó contra Esteban, tacleándolo en el pasto impecable.
Rodaron por el suelo. Maximiliano era más fuerte, iba al gimnasio, estaba sano. Pero Esteban peleaba sucio, con la desesperación de la calle. Hubo golpes, gruñidos, el sonido de la tela rompiéndose.
—¡Max! —gritó Teresa.
En el forcejeo, la navaja de Esteban encontró carne. Maximiliano soltó un grito ahogado y se llevó la mano al costado. La sangre comenzó a manchar su camisa blanca, floreciendo como una amapola roja y brillante.
Esteban se levantó, jadeando, con la navaja ensangrentada en la mano. Maximiliano quedó en el suelo, respirando con dificultad.
—¡Eso te pasa por meterte con lo que es mío! —gritó Esteban, girándose hacia los niños.
Y entonces, sucedió.
Lita estaba parada en el porche. Había visto todo. Había visto al hombre malo saltar. Había visto la pelea. Pero sobre todo, había visto a Maximiliano caer. Había visto la sangre de ese hombre que la cuidaba, que la miraba con ojos de cachorro, derramarse en el suelo.
Algo se rompió dentro de su cabeza.
El muro de concreto que su mente había construido para olvidar el dolor no pudo resistir el impacto de ver a su hijo herido. El trauma presente detonó el trauma pasado, y la explosión liberó la verdad.
Fue como si un rayo le atravesara el cerebro. Imágenes pasaron a la velocidad de la luz: Maximiliano de bebé en sus brazos; Maximiliano graduándose; Maximiliano gritándole “¡Me estorbas!”; Maximiliano lavando platos con ella la noche anterior.
Todo se conectó. El pasado y el presente chocaron.
Lita dejó de ser Lita. Elena Vargas regresó.
Y regresó como una leona.
—¡¡NO TOQUES A MI HIJO!! —gritó.
No fue el grito de una anciana débil. Fue un rugido gutural, primitivo, el grito de una madre que ve a su cría en peligro.
Elena corrió hacia Esteban. No tenía armas. No tenía fuerza física. Pero tenía una furia ciega. Agarró una maceta de barro pesado que estaba en el camino y, con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo de 78 años, se la estrelló a Esteban en la cabeza justo cuando él iba a agarrar a Dieguito.
¡CRACK!
La maceta se rompió. Esteban, aturdido por el golpe y la sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas.
El guardia de seguridad aprovechó el momento, se lanzó sobre él y lo inmovilizó contra el pasto, esposándolo en segundos.
Pero Elena ya no miraba al agresor.
Se dejó caer de rodillas junto a Maximiliano, ignorando los vidrios de la maceta, ignorando el caos.
Maximiliano estaba pálido, presionando su herida. Miró a la mujer que se inclinaba sobre él. Sus ojos ya no estaban vacíos. Ya no tenían esa neblina amable y distante de “Lita”. Estaban claros, enfocados, llenos de un dolor y un amor infinitos.
—Maximiliano… —sollozó ella, acariciándole la cara manchada de tierra y sangre—. Mijo… mi niño… ¿qué te hicieron?
Maximiliano sintió que el dolor de la puñalada desaparecía, reemplazado por una descarga eléctrica de pura emoción.
—¿Mamá? —preguntó, con voz débil—. ¿Me conoces?
Elena lloró, besándole la frente, las manos, el pelo.
—Claro que te conozco, tonto. Eres mi vida entera. Eres mi hijo. Perdóname por olvidarte. Perdóname por irme.
—No… —Maximiliano lloró también, mezclando sus lágrimas con las de ella—. Tú perdóname a mí. Yo te corrí. Yo fui el monstruo.
—Shhh… —Elena puso un dedo en sus labios—. Ya no. Ya pasó. Estás herido. ¡Ayuda! ¡Una ambulancia! ¡Se me muere mi hijo!
Teresa llegó corriendo con toallas limpias para presionar la herida.
—La ambulancia ya viene, señora —dijo Teresa, llorando—. Resista, Don Max.
Mientras esperaban, con las sirenas acercándose a lo lejos, Maximiliano miró el cielo azul de la Ciudad de México. Sentía el dolor punzante en el costado, sí, pero nunca se había sentido tan vivo, tan completo.
Su madre estaba de vuelta. Su verdadera madre.
—Mamá… —susurró, sintiendo que la conciencia se le escapaba un poco.
—Aquí estoy, mijo. No me voy a ir. Nunca más.
Maximiliano cerró los ojos, y por primera vez en su vida, sintió una paz absoluta.
SEIS MESES DESPUÉS
El jardín de Sierra Gorda 45 estaba irreconocible. Habían instalado una carpa blanca gigante, adornada con miles de flores: rosas, alcatraces, nardos. Había mesas redondas con manteles de lino, y en el centro, una pista de baile de madera.
El olor era una mezcla deliciosa de perfume caro y mole poblano, porque el novio había insistido en que el banquete fuera tradicional.
Maximiliano Vargas se ajustó el moño de su esmoquin frente al espejo. La cicatriz en su costado ya era solo una línea blanca, un recordatorio de guerra que llevaba con orgullo.
—Te ves guapo, mijo —dijo una voz a sus espaldas.
Elena entró a la habitación. Llevaba un vestido largo de seda color azul rey y el cabello peinado en un chongo elegante, pero moderno. Se veía regia. Se veía dueña de sí misma y de la casa.
La memoria había vuelto por completo, con sus luces y sus sombras. Hubo días difíciles, claro. Días en que Elena recordó los gritos y lloró. Días en que Maximiliano tuvo que pedir perdón mil veces. Pero como bien había dicho el Doctor Fuentes, el cerebro sana. Y el corazón sana más rápido cuando hay amor.
—Tú te ves espectacular, mamá —dijo Max, besándole la mano.
—Más te vale que digas eso. Oye, ya llegaron los invitados. Y la novia está que se come las uñas en el cuarto de arriba.
—¿Teresa está nerviosa?
—Teresa está preciosa. Y los niños… ay, Max, si vieras a Dieguito con su trajecito. Parece un mini diplomático.
Maximiliano sonrió. Dieguito, Lupita y el pequeño Ángel (que así llamaban ahora al más chiquito) ya no eran “los hijos de la señora que ayudé”. Eran sus hijos. Legalmente, estaba en proceso de adopción. Emocionalmente, ya lo eran.
Bajaron juntos las escaleras. El jardín estaba lleno. Había socios de la empresa, sí, pero también estaban las empleadas de la panadería donde trabajó Teresa, los vecinos, el Doctor Fuentes, y Mendoza el detective (que ahora era jefe de seguridad de la constructora).
La música del mariachi estalló cuando Teresa apareció en lo alto de la escalera del jardín.
Llevaba un vestido sencillo, sin pedrería excesiva, pero con un corte que la hacía ver como una reina. Sus ojos brillaban. Ya no había rastro de la mujer golpeada del aeropuerto. Había una mujer amada, segura y poderosa.
Maximiliano la esperó al pie de la escalera. Cuando ella llegó, le tomó las manos.
—Te amo —le susurró.
—Y yo a ti, arquitecto de mi vida —respondió ella.
La ceremonia fue breve pero emotiva. Lloraron todos. Hasta Mendoza se tuvo que limpiar los ojos con un pañuelo.
Pero el momento cumbre llegó a la hora del brindis.
Maximiliano tomó el micrófono. El silencio se hizo en el jardín.
—Amigos, familia —empezó, con voz firme—. Muchos de ustedes conocen la versión oficial de esta historia. Que me fui de viaje, que conocí a Teresa, que nos enamoramos. Pero hoy quiero contarles la verdad.
Miró a su madre, sentada en la mesa principal con los niños.
—Hace un año, yo era un hombre pobre. Tenía millones en el banco, sí, pero era un mendigo emocional. Era arrogante, ciego y estúpido. Tan estúpido que casi pierdo el tesoro más grande que tenía: a mi madre.
Un murmullo recorrió las mesas. Elena bajó la mirada, sonriendo con ternura.
—La vida, o Dios, o el destino, me dio una lección brutal. Me quitó todo lo que importaba para que aprendiera a valorarlo. Y luego, me dio una segunda oportunidad en la forma de unas llaves.
Maximiliano sacó de su bolsillo el llavero. La misma llave plateada que le había dado a Teresa en el aeropuerto.
—Le di estas llaves a una desconocida en un aeropuerto, pensando que yo la estaba salvando a ella. Qué equivocado estaba. Ella me salvó a mí. Ella recogió a mi madre cuando yo la abandoné. Ella construyó un hogar en mi casa vacía. Y hoy… hoy ella tiene la llave de mi corazón.
Se giró hacia Teresa.
—Teresa, gracias por enseñarme que el éxito no se mide en rascacielos, sino en las veces que nos sentamos a cenar juntos. Gracias por devolverme a mi madre. Gracias por darme una familia.
Levantó su copa.
—Por el amor, que perdona. Por la memoria, que regresa. Y por las segundas oportunidades. ¡Salud!
—¡Salud! —gritaron todos.
La fiesta continuó hasta la madrugada. Hubo baile, hubo risas, hubo niños corriendo dormidos en brazos de sus padres.
Cerca de las dos de la mañana, cuando solo quedaban los más íntimos, Elena se acercó a Maximiliano, que estaba sentado viendo a Teresa bailar con Dieguito.
—¿Eres feliz, hijo? —preguntó ella.
Maximiliano la miró.
—Soy inmensamente feliz, mamá.
—Me alegro. Porque te lo mereces. Aprendiste la lección.
—A la mala, pero aprendí.
Elena se rio y le dio un sorbo a su tequila.
—Oye, mijo… estaba pensando.
—¿Qué pasó?
—La casita de huéspedes…
—¿Qué tiene?
—Pues ahora que tú y Teresa se van a quedar en la casa grande con los niños… la casita se va a quedar vacía otra vez.
—¿Y?
—Y pues… el otro día, en el súper, vi a una muchachita embarazada, pidiendo limosna. Se le veía cara de buena gente, pero muy necesitada.
Maximiliano miró a su madre con incredulidad, y luego soltó una carcajada.
—Mamá… ¿no me digas que…?
—Pues las llaves ahí están, ¿no? —dijo ella, encogiéndose de hombros con picardía—. Y Dios sabe que nos sobra espacio. Y como tú dices… si uno tiene y no da, se pudre por dentro.
Maximiliano besó la frente de su madre.
—Haz lo que quieras, mamá. La casa es tuya. Siempre ha sido tuya.
Elena sonrió, mirando hacia el portón.
—Bueno, pues mañana voy a buscarla. A lo mejor necesita un ángel. O a lo mejor, nosotros necesitamos otro milagro.
Y así, bajo la luna llena de la Ciudad de México, en una casa que ya no era de concreto frío sino de calor humano, la historia se cerró para volver a empezar. Porque el amor, cuando es verdadero, no es un círculo cerrado; es una espiral que siempre crece, siempre abarca más, siempre da la bienvenida al extraño que toca a la puerta.
Maximiliano Vargas, el millonario que lo tenía todo, finalmente entendió que lo único que realmente poseemos es lo que damos a los demás.
Y esa fue su mayor fortuna.
FIN.