
Capítulo 1: El Derrumbe de una Vida Gris
El cielo de la Ciudad de México tenía ese color gris panza de burro que presagiaba una de esas tormentas que inundan el Viaducto en quince minutos. Eran las ocho de la noche y Andrés venía manejando su Nissan Sentra 2018, un coche que cuidaba más que a sus propios riñones, esquivando los baches eternos de la colonia Narvarte. El tráfico había estado infernal, como siempre. Dos horas atrapado en el Periférico escuchando noticias sobre la economía y pensando en una sola cosa: llegar a casa, quitarse los zapatos que le apretaban el dedo chiquito y echarse un taco de lo que fuera que Natalia hubiera preparado.
Andrés era un hombre simple. O al menos, eso le gustaba pensar. A sus 48 años, sentía que había cumplido con el “check-list” del mexicano responsable: tenía su chamba fija como supervisor de obra en una constructora mediana, pagaba puntualmente la hipoteca de la casa (aunque se le fuera medio sueldo en ello), sus hijos iban a escuelas privadas —o al menos de paga, que no es lo mismo pero suena mejor— y su esposa, Natalia, no tenía que trabajar. Él se sentía el pilar, el Atlas cargando el mundo familiar sobre sus hombros cansados.
Estacionó el coche en la cochera, cuidando de no raspar el espejo con la bicicleta de montaña de su hijo Beto, que siempre la dejaba tirada donde caiga.
—Maldito chamaco, mil veces le he dicho —masculló Andrés, pero sin verdadera rabia. Era parte de la rutina. La bendita rutina.
Bajó del auto, estiró la espalda escuchando como le tronaban las vértebras y suspiró. “Hogar, dulce hogar”. Abrió la puerta de la calle esperando ese olor a guisado, tal vez unas entomatadas o un caldito de pollo, porque el día estaba frío. Pero al entrar, lo recibió un olor a nada. A limpio, sí, a Fabuloso de lavanda, pero no a comida. No a calor de hogar.
—¿Nati? —gritó desde la entrada, dejando las llaves en el platito de talavera sobre la mesita del recibidor.
Nadie contestó. El silencio en la casa era denso, pesado, como si el aire se hubiera cuajado. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador y, a lo lejos, el ladrido de un perro en la calle.
Andrés caminó hacia la cocina. Ahí estaba ella. Natalia. Su esposa desde hacía veinte años. Estaba sentada a la mesa, con las manos entrelazadas sobre el mantel de hule con estampado de frutas. No estaba cocinando. No estaba viendo el celular. Simplemente estaba ahí, mirando un punto fijo en la pared, con una taza de té frente a ella que ya no humeaba.
—¿Qué onda, vieja? —saludó Andrés, tratando de sonar animado, aunque el silencio le había puesto los pelos de punta. Se acercó para darle un beso en la mejilla, pero ella se tensó. Fue un movimiento casi imperceptible, un endurecimiento de los hombros, pero Andrés lo notó. Se detuvo a medio camino—. ¿Todo bien? ¿Pasó algo con los chavos? ¿Tu mamá está bien?
Natalia giró la cabeza lentamente. Sus ojos, normalmente cálidos y expresivos, eran dos pozos oscuros, vacíos de cualquier emoción reconocible. No había enojo, no había tristeza. Había algo peor: indiferencia absoluta.
—Siéntate, Andrés —dijo ella. Su voz sonó seca, rasposa, como si no la hubiera usado en horas.
Andrés sintió un hueco en el estómago. Ese tono. Ese maldito tono. Era el tono que usaba la directora de la escuela cuando mandaba llamar a los papás. Era el tono del doctor cuando te dice que los análisis no salieron bien.
—No me asustes, Nati. ¿Qué pasa? —Andrés jaló la silla de pino y se sentó frente a ella, sin quitarse el saco, olvidando por completo el dolor de pies—. ¿Es dinero? Porque ya sabes que viene el aguinaldo y podemos…
—Quiero el divorcio.
La frase cayó sobre la mesa como un bloque de cemento. Plop. Así, sin preámbulos, sin anestesia. Andrés parpadeó, seguro de que había escuchado mal. Su cerebro, saturado de cansancio y estrés laboral, intentó reconfigurar las sílabas para que tuvieran sentido. “Quiero el divorcio” no podía ser. Quizás dijo “Quiero un consorcio” o “Quiero ir al Oxxo”.
—¿Qué? —soltó una risita nerviosa, de esas que salen solas cuando uno no sabe si reír o llorar—. ¿Cómo que el divorcio? Nati, no manches, si ayer estábamos viendo la serie esa de Luis Miguel y estabas bien. ¿Es broma, verdad? ¿Es por lo de la suegra el domingo? Te juro que yo no le dije nada del mole, ella se lo imaginó…
—Andrés, cállate —lo cortó ella, sin alzar la voz, pero con una autoridad que lo dejó mudo—. No es tu mamá. No es el mole. No es una broma. Mírame.
Andrés la miró. Y por primera vez en años, la vio de verdad. Vio las líneas de expresión alrededor de su boca que se habían profundizado. Vio que se había teñido el cabello de un castaño más claro, algo que él ni había comentado. Vio que llevaba una blusa que no le conocía. Y vio, con terror, que la mujer que tenía enfrente era una desconocida.
—Hablo en serio —continuó Natalia, y cada palabra era un clavo en el ataúd de su matrimonio—. Ya no puedo más. Fui hoy con el abogado. Ya tengo los papeles preliminares. Solo falta que tú… que tú aceptes que esto se acabó.
—¿Pero por qué? —Andrés sintió que la sangre se le subía a la cabeza, caliente y pulsante. Se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás con un estruendo—. ¡Dame una razón, chingao! ¿Te pego? No. ¿Soy borracho? No. ¿Te falta algo en esta casa? ¡Me parto el lomo doce horas diarias para que tú y los niños tengan todo! La camioneta, la ropa, las vacaciones a Vallarta… ¿Qué más quieres?
Natalia suspiró, un sonido largo y cansado que parecía venir desde el fondo de su alma.
—Ese es tu problema, Andrés. Crees que el matrimonio es una hoja de Excel. Entradas, salidas, activos, pasivos. Crees que con traer la quincena y no llegar borracho ya cumpliste. “Check, soy buen marido”. Pero te olvidaste de mí. Te olvidaste de Natalia, la mujer.
—¿De qué hablas? —Andrés caminaba de un lado a otro de la pequeña cocina, pasándose las manos por el cabello ralo—. ¡Te amo! Siempre te he sido fiel. En veinte años, Natalia, ni una sola vez he volteado a ver a otra. ¡Ni una! Y mira que en la obra…
—¡Me vale madres tu fidelidad si es una fidelidad de muerto! —gritó ella de repente, golpeando la mesa con la palma abierta. La taza de té tintineó peligrosamente—. Sí, eres fiel. Eres bueno. Eres… predecible. Eres aburrido, Andrés. Insoportablemente aburrido.
La palabra “aburrido” resonó en la cocina rebotando en los azulejos. Andrés se quedó quieto, sintiendo cómo esa palabra lo desarmaba más que un insulto.
—¿Aburrido? —susurró, con la voz quebrada—. ¿La estabilidad te parece aburrida? ¿Tener un techo seguro te parece aburrido? Natalia, la vida no es una telenovela. La vida es esto: pagar cuentas, criar hijos, envejecer juntos.
—No, Andrés. Esa es TU vida. Tú decidiste que a los 45 años ya éramos viejos. Tú decidiste que ya no valía la pena arreglarse para mí, o invitarme a cenar un martes sin razón, o… o hacerme sentir deseada. —Natalia se levantó también, encarándolo. Sus ojos brillaban ahora con lágrimas de frustración—. Llegas, te quitas los zapatos, te sientas a ver las noticias, te quejas del gobierno, cenas y te duermes. Fin. Todos los malditos días. Me siento como un mueble más en esta casa. Me siento como el refrigerador o la estufa. Útil, necesaria, pero invisible.
Andrés sintió una punzada de culpa, aguda y certera. Recordó las últimas semanas. ¿Meses? ¿Años? Sí, llegaba cansado. Sí, a veces prefería ver el fútbol que platicar. Pero, ¿acaso no era eso lo normal? ¿No era eso lo que hacían todos los matrimonios después de tanto tiempo?
—Podemos cambiar —dijo él, desesperado, aferrándose a la última rama antes del precipicio—. Nati, perdóname. No sabía que te sentías así. Vamos a terapia. Pediré vacaciones. Nos vamos a donde tú quieras. A Cancún, a Europa… endeudamos la tarjeta, no me importa. Pero no tires veinte años a la basura así.
Natalia negó con la cabeza, una y otra vez, con una tristeza infinita.
—Ya es tarde para eso, Andrés. No se trata de un viaje. Se trata de conexión. Y la nuestra… la nuestra se murió hace mucho. Se murió de inanición. La mataste de aburrimiento. Y yo… yo todavía tengo vida por delante. Tengo 44 años, Andrés. No estoy muerta. Quiero sentir mariposas en el estómago otra vez. Quiero que alguien me mire y se le iluminen los ojos, no que me mire y me pregunte si pagué la luz.
—¿Hay alguien más? —La pregunta salió de la boca de Andrés antes de que pudiera pensarla. Fue un instinto, una intuición visceral.
Natalia desvió la mirada por un microsegundo. Fue casi imperceptible, pero Andrés lo vio.
—No se trata de eso —respondió ella rápido, demasiado rápido—. Se trata de mí. De mi felicidad.
—¡Mientes! —Andrés sintió un frío glacial recorrerle la espalda—. ¡Hay alguien más! Por eso te arreglas tanto últimamente. Por eso estás pegada al celular como adolescente. ¿Quién es? ¿Es alguien del trabajo? ¿El entrenador del gimnasio?
—¡Basta! —Natalia alzó la mano para detenerlo—. No voy a discutir esto contigo ahora. No tienes derecho a interrogarme como si fueras mi papá. He sido una esposa ejemplar por veinte años. Te he lavado la ropa, te he criado a los hijos, te he aguantado tus deprimencias y tus silencios. Me merezco ser feliz, Andrés. Y aquí, contigo, en esta casa que huele a viejo y a rutina… me estoy marchitando.
Ella tomó su bolso de la silla, como si tuviera prisa por huir.
—Me voy a quedar en la recámara de huéspedes hoy. Mañana hablamos con los niños. Y por favor, Andrés, no hagas un drama. Seamos adultos civilizados.
Natalia salió de la cocina, dejando tras de sí una estela de su perfume. Ese perfume caro que Andrés le había regalado en Navidad y que ella nunca usaba… hasta ahora.
Andrés se quedó solo en la cocina. El zumbido del refrigerador parecía ahora un rugido ensordecedor. Se dejó caer en la silla de nuevo, sintiendo que las piernas no le respondían. Miró sus manos, esas manos ásperas de tocar materiales de construcción, manos que habían trabajado para construir ese hogar que ahora se desmoronaba como un castillo de naipes ante un soplido.
“Aburrido”. La palabra le taladraba el cerebro.
“Me estoy marchitando”.
“Quiero sentir mariposas”.
Andrés sintió una lágrima caliente y solitaria rodar por su mejilla. Se la limpió con rabia. No podía creerlo. No podía procesarlo. ¿Cómo es posible que la mujer con la que compartió la cama anoche, hoy le dijera que era un extraño?
Se levantó como un autómata y fue hacia la sala. Se asomó por la ventana. La lluvia había empezado a caer fuerte, una tormenta de esas que limpian el smog pero dejan el caos. Miró su reflejo en el vidrio oscuro: un hombre de mediana edad, con entradas en el cabello, camisa arrugada y cara de idiota.
—¿En qué momento te perdí, Natalia? —susurró al vidrio frío.
Pero en el fondo, una voz maligna y sospechosa empezaba a despertar en su interior. La forma en que ella se había arreglado. La seguridad con la que hablaba. La prisa por el divorcio. No, esto no era solo “aburrimiento”. Una mujer no deja la seguridad de veinte años solo por aburrimiento, no así, no tan de golpe. Había un motivo. O mejor dicho, un “quién”.
Andrés apretó los puños. Si había otro, lo iba a averiguar. No se iba a quedar como el marido cornudo y tonto que paga la cuenta mientras otro se come el postre.
Esa noche, acostado en el sofá incómodo de la sala, envuelto en una cobija que picaba, Andrés no durmió. Escuchaba los pasos de Natalia en el piso de arriba. La imaginaba en su celular, escribiéndole a alguien. Imaginaba una sonrisa en su rostro que no era para él. Y por primera vez en su vida, el buen hombre, el hombre tranquilo, el “Andrés el pacífico”, sintió nacer en su pecho un sentimiento negro y viscoso: el odio.
No sabía aún que el destino le tenía preparada una lección brutal, tanto a él como a ella. No sabía que el “aburrimiento” que Natalia despreciaba era, en realidad, la paz que pronto desearía recuperar a gritos. Pero esa noche, mientras la lluvia azotaba la Ciudad de México, el matrimonio de Andrés y Natalia había muerto oficialmente. Y los buitres ya estaban rondando.
Capítulo 2: El Fantasma de la Juventud
La casa se había convertido en un campo minado. Durante las tres semanas que siguieron a la confesión de Natalia, el aire en el número 42 de la calle Zempoala se volvió irrespirable. No había gritos, ni platos rotos, ni escenas de telenovela a las tres de la mañana. Ojalá los hubiera habido. El silencio era peor. Era un silencio denso, pegajoso, que se metía por los poros y te helaba los huesos.
Andrés dormía en el sofá de la sala, ese que ya tenía un resorte vencido que se le clavaba en las costillas cada noche, recordándole su nueva realidad: era un exiliado en su propio reino. Se despertaba antes de que saliera el sol, con el cuello torcido y la boca seca, y se iba a trabajar casi de puntitas para no cruzar palabra con ella. Pero las huellas de Natalia estaban por todos lados. Una taza de café a medio terminar en la barra, el olor de su shampoo frutal saliendo del baño, las llaves de su coche que ya no estaban en el lugar de siempre.
Lo que más le dolía a Andrés no era el rechazo, sino la transformación. Natalia no estaba deprimida. Al contrario, florecía. Era algo obsceno de ver para él. Mientras él arrastraba los pies por la obra, gritándole a los albañiles sin ganas y revisando planos con los ojos rojos de no dormir, ella parecía haber rejuvenecido diez años. Se cortó el cabello en un “bob” moderno, empezó a usar labiales rojos que antes decía que eran “de teibolera” y se compró unos jeans ajustados que resaltaban una figura que Andrés había olvidado admirar.
—¿Te vas a ir así a la calle? —le preguntó un sábado por la mañana, al verla salir con una blusa de tirantes y esos jeans nuevos.
Natalia se detuvo en la puerta, con la mano en el picaporte. Ni siquiera volteó a verlo.
—Voy a salir, Andrés. No me esperes para comer. Y por favor, no empieces.
—¿A dónde vas? —insistió él, sintiendo que la bilis le subía por la garganta—. ¿Con quién? Seguimos casados, Natalia. Tengo derecho a saber.
Ella giró la cabeza y le lanzó una mirada que mezclaba lástima y hastío.
—Voy a vivir, Andrés. Algo que tú olvidaste hacer hace mucho.
El portazo retumbó en la sala vacía. Andrés se quedó ahí, parado como un idiota en medio de su sala, con el control remoto en la mano y el corazón hecho pasita. “Voy a vivir”. La frase se le quedó grabada. ¿Qué significaba eso? ¿Ir al cine? ¿Ir a tomar café? ¿O significaba algo más?
La duda, ese gusano maldito, empezó a comerle el cerebro. Andrés nunca había sido celoso. Confiaba en Natalia ciegamente. Era la madre de sus hijos, su compañera de batallas. Pero el comportamiento de las últimas semanas no era normal. Esas salidas misteriosas, el celular siempre boca abajo o con contraseña nueva, las sonrisas tontas que se le escapaban cuando creía que nadie la veía.
Decidió desahogarse con la única persona que no lo juzgaría: Paco, su compadre y mejor amigo desde la vocacional, un hombre bonachón y malhablado que administraba un taller mecánico en la Doctores.
Quedaron de verse en “El rincón de Pepe”, una cantina de mala muerte cerca de la oficina donde servían botana gratis si consumías tres cubas.
—No mames, güey, te ves de la chingada —fue el saludo de Paco al verlo entrar. Andrés se dejó caer en la silla de plástico, aflojándose la corbata.
—Gracias por el ánimo, gordo. Me siento de la chingada.
Pidieron dos tequilas derechos y unas quesadillas de sesos. Andrés le soltó todo. El divorcio, el “aburrimiento”, el sofá, la ropa nueva de Natalia. Paco escuchaba masticando chicharrón, moviendo la cabeza con gesto de experto en desgracias.
—A ver, mi Andy —dijo Paco, limpiándose la salsa verde de la boca con una servilleta de papel—. No quiero ser el ave de mal agüero, pero aquí huele a gato encerrado. O más bien, a gato con botas nuevas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Andrés, aunque en el fondo sabía la respuesta.
—Que las viejas no dejan al marido proveedor, tranquilo y buen pedo nomás porque están “aburridas”, güey. O sea, sí pasa, pero no así de rápido. No se ponen a dieta y se compran ropa sexy para ir a misa. Ahí hay otro cabrón. Te lo firmo donde quieras.
Andrés bebió su tequila de un trago, sintiendo cómo el líquido le quemaba la garganta.
—Ella me juró que no. Me dijo que era por ella, por su “realización personal”.
—¡Mis huevos su realización personal! —se rió Paco, golpeando la mesa—. Eso se llama “calentura”, compadre. A esa edad les pega la crisis de los 40, ven que se les va el tren de la juventud y se quieren subir al primer vagón que pase, aunque sea el del Metro en hora pico. Abre los ojos.
La conversación con Paco lo dejó peor. La semilla de la sospecha ya era un árbol frondoso. Andrés regresó a casa esa noche decidido a no ser el último en enterarse. Si había otro, quería saber quién era el valiente que se estaba metiendo con su familia.
No tuvo que esperar mucho. La verdad, como siempre, llegó de la forma más cruel y estúpida posible.
Fue un jueves. Andrés había salido temprano de la obra porque se sentía agripado. Iba manejando por Insurgentes Sur, a la altura de Plaza Manacar, cuando el tráfico se detuvo por completo. Un bloqueo de manifestantes, lo típico en la ciudad. Mientras tamborileaba los dedos en el volante, frustrado, su celular vibró. Era un mensaje de WhatsApp de su cuñada, la hermana menor de Natalia, con la que siempre se había llevado bien.
“Andrés, no sé si decirte esto… pero creo que vi a Nati en Coyoacán. Y no está sola. Perdón, pero no me gusta que te vean la cara.”
Adjunta venía una foto borrosa, tomada desde lejos, seguramente con zoom al máximo. Pero era inconfundible. Era Natalia. Llevaba ese vestido azul que se había comprado la semana pasada. Y estaba sentada en una banca del jardín Hidalgo, frente a la fuente de los coyotes. A su lado había un hombre.
Andrés amplió la foto con los dedos temblorosos. El hombre estaba de espaldas, pero se le veía el perfil. Cabello entrecano, un poco largo, chamarra de piel café, lentes oscuros colgados en la camisa. Tenía una mano puesta sobre la rodilla de Natalia. Y Natalia… Natalia le estaba sonriendo como si él fuera la última Coca-Cola del desierto.
Andrés sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No reconoció al hombre de inmediato, pero había algo familiar en esa postura relajada, en esa forma arrogante de sentarse con las piernas abiertas, ocupando espacio.
Dio la vuelta en “U” en cuanto pudo, mentándole la madre a un taxista que le pitó, y aceleró hacia Coyoacán. No sabía qué iba a hacer. ¿Golpearlo? ¿Gritar? ¿Llorar? Solo sabía que necesitaba verlos. Necesitaba que sus ojos confirmaran lo que su corazón ya sabía.
Se estacionó a tres cuadras, porque encontrar lugar en Coyoacán es un milagro, y corrió hacia la plaza. El corazón le latía en los oídos como un tambor de guerra. “Pum, pum, pum”. Esquivó a los vendedores de globos, a las parejas comiendo esquites, a los mimos que imitaban a los turistas.
Y ahí estaban.
Ya no estaban en la banca. Iban caminando hacia la calle de Francisco Sosa, tomados del brazo. Andrés se detuvo detrás de un puesto de churros, jadeando. Los vio reírse. El hombre se detuvo para comprarle un algodón de azúcar a Natalia. Un maldito algodón de azúcar rosa. ¿Quién compra eso a los 45 años?
El hombre se quitó los lentes oscuros para pagar y Andrés lo vio. Se quedó helado.
—No mames… —susurró—. Es Hugo.
Hugo Montero. El famoso Hugo. El “amor de su vida” de la preparatoria. Ese novio que Natalia tuvo a los 18 años, el chico rebelde que tocaba la guitarra, que usaba botas vaqueras y que un día se fue de “mojado” o de turista a Estados Unidos y nunca volvió. Natalia había llorado por él meses antes de empezar a andar con Andrés. Hugo era el fantasma, el “hubiera”, la leyenda.
Y ahora estaba aquí. Más viejo, sí, con arrugas alrededor de los ojos y un poco más de panza, pero seguía teniendo ese aire de “mundo” que Andrés jamás tendría. Se veía… interesante. Se veía como alguien que no se preocupa por pagar la luz a tiempo.
Andrés los siguió a una distancia prudente. Los vio entrar a un restaurante italiano de esos caros, donde te cobran hasta el agua del florero. Se quedaron en la terraza. Andrés se escondió detrás de un arbusto ornamental de la acera de enfrente, sintiéndose el ser más patético del planeta.
Vio cómo Hugo pedía una botella de vino. Vio cómo le servía la copa a Natalia con una elegancia ensayada. Vio cómo le tomaba la mano y le besaba los nudillos. Y vio a su esposa, a la madre de sus hijos, derretirse como mantequilla en el comal.
—Así que eso era… —Andrés sintió que las lágrimas le nublaban la vista—. No era que yo fuera aburrido. Es que él regresó.
De repente, todo tuvo sentido. Las quejas sobre la rutina, el desprecio por la estabilidad. Hugo representaba la aventura, el pasado glorioso, la juventud recuperada. Andrés era la realidad: las facturas, las enfermedades, el cansancio. Hugo era la fantasía.
Andrés no entró al restaurante. No hizo un escándalo. Sintió que no tenía fuerzas ni para levantar la voz. Se dio la media vuelta y caminó hacia su coche, arrastrando los pies, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.
Llegó a casa y se sentó en la oscuridad de la sala a esperar. Se sirvió un whisky barato que tenía guardado para visitas y se lo bebió sin hielo.
Natalia llegó a las once de la noche. Entró tarareando, con esa ligereza de quien acaba de ser besada. Encendió la luz y dio un brinco al ver a Andrés sentado en el sillón, con la mirada fija en la nada.
—¡Ay! ¡Me asustaste! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces ahí a oscuras como un psicópata?
—¿Estaba rico el algodón de azúcar? —preguntó Andrés, sin mirarla.
El silencio que siguió fue absoluto. Natalia bajó la mano lentamente. Su expresión cambió de susto a cautela.
—¿De qué hablas?
—Te vi, Natalia. En Coyoacán. Con Hugo.
Ella no lo negó. No tartamudeó. Simplemente soltó un suspiro largo, dejó las llaves en la mesa y se sentó en el otro sillón, frente a él. Ya no había miedo en sus ojos, solo una especie de alivio cínico.
—Pues qué bueno —dijo ella, cruzando las piernas—. Qué bueno que lo viste. Así ya no tengo que ocultarlo.
—¿Desde cuándo? —Andrés apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Desde hace dos meses. Llegó de Los Ángeles. Nos encontramos por Facebook. Al principio solo platicábamos… pero luego nos vimos y… Andrés, fue como si el tiempo no hubiera pasado.
—¿Y yo qué? —Andrés alzó la voz, temblando—. ¿Veinte años no significan nada? ¿Nuestra familia no significa nada comparada con un noviecito de la prepa que te abandonó para irse al norte?
—¡Él no me abandonó! —saltó Natalia, defendiéndolo con una pasión que a Andrés le dolió más que un golpe—. Se fue a buscar oportunidades. A hacer negocios. Y ahora regresó, Andrés. Y es un hombre de mundo. Tiene proyectos, tiene visión. Me hace sentir viva. Me trata como a una reina.
—¡Te trata como a una amante! —gritó Andrés, poniéndose de pie—. Te está comprando con espejitos, Natalia. Cenas caras, paseos, palabrería barata. ¿Tú crees que ese tipo va a aguantar cuando te enfermes? ¿Cuando haya que pagar la predial? Ese tipo es un fantoche.
—¡No hables así de él! —Natalia se levantó también, con la cara roja de ira—. Estás celoso porque él es todo lo que tú no eres. Él es emocionante. Él es arriesgado. Tú… tú eres un mueble viejo, Andrés. Seguro, sí, pero aburrido hasta la muerte. Con Hugo siento que tengo veinte años otra vez. Me lleva a lugares que tú ni conoces, me habla de viajes, de planes…
—¿Planes? —Andrés soltó una carcajada amarga—. ¿Y con qué dinero? Porque hasta donde sé, el tipo acaba de llegar. ¿De qué vive?
—Tiene negocios —dijo ella, levantando la barbilla con orgullo—. Inversiones. Cosas que tú no entenderías con tu mentalidad de asalariado. Él me va a dar la vida que siempre soñé.
Andrés la miró y sintió una pena profunda. No por él, sino por ella. Estaba ciega. Estaba borracha de nostalgia y de promesas vacías.
—Está bien, Natalia —dijo él, bajando la voz. De repente se sintió muy cansado, infinitamente agotado—. Vete con él. Si eso es lo que quieres, vete. Pero te lo advierto: la vida real no se paga con “emociones” ni con “proyectos”. Cuando se acabe la luna de miel y tengas que vivir el día a día… ojalá que Hugo sea tan “hombre de mundo” como dices.
—No te preocupes por mí —respondió ella con frialdad—. Voy a ser muy feliz. Más feliz de lo que jamás fui contigo.
Al día siguiente, Natalia hizo las maletas. No se llevó todo, solo lo mejor. Su ropa nueva, sus joyas, sus cosas personales. Hugo pasó por ella. Andrés vio desde la ventana de la planta alta cómo llegaba un Uber Black (porque al parecer el “empresario” no traía coche propio ese día, seguro lo tenía “en el taller”) y se bajaba Hugo.
El tipo ni siquiera tuvo la decencia de mirar hacia la casa. Ayudó a Natalia con las maletas, riéndose de algo que ella dijo, y le abrió la puerta del auto como un caballero de película. Natalia se subió sin voltear atrás. Sin mirar la casa donde sus hijos dieron sus primeros pasos. Sin mirar la ventana donde su esposo de veinte años la veía partir con el alma rota.
El coche arrancó y se perdió en la calle.
Andrés bajó a la sala. La casa estaba en silencio, pero esta vez era un silencio diferente. Ya no era un silencio de tensión. Era un silencio de final. De muerte. Se sentó en el sofá, ese sofá viejo y vencido, y por primera vez en semanas, lloró. Lloró como un niño, con sollozos que le sacudían el pecho, llorando por la mujer que amaba, por el tiempo perdido y por la cruel certeza de que, a veces, ser un buen hombre no es suficiente.
Pero mientras lloraba, en algún lugar de su mente, una pequeña chispa de dignidad se encendió. Se limpió los mocos con la manga de la camisa y miró alrededor.
—Órale pues —dijo en voz alta a la casa vacía—. Se acabó. Ya valió madres.
Se levantó, fue a la cocina y tiró a la basura la taza de té que Natalia había dejado días atrás. Luego, sacó una cerveza del refrigerador, la abrió y dio un trago largo.
—Que te vaya bien con tu “inversionista”, Natalia —murmuró, sintiendo el amargo del lúpulo en la lengua—. Porque cuando te caigas… yo no voy a estar ahí para levantarte.
Lo que Andrés no sabía era que la caída de Natalia sería más rápida y dolorosa de lo que nadie imaginaba. Hugo “El Guapo” Montero no era más que un castillo de naipes esperando el primer viento fuerte. Y el viento ya estaba soplando.
Capítulo 3: El Espejismo de la Libertad
Los primeros días con Hugo fueron como vivir dentro de un filtro de Instagram. Todo tenía más color, más brillo, más sabor. Natalia sentía que se había quitado un abrigo pesado y polvoriento que había cargado durante veinte años: el abrigo de ser “la señora de”, la mamá responsable, el ama de casa abnegada.
Se mudó al departamento de Hugo, un “depa” en la colonia Roma Norte, una zona que ahora estaba de moda, llena de cafeterías hipster, galerías de arte y gente paseando perros que parecían costar más que el coche de Andrés. El edificio era viejo, estilo Art Decó, con techos altos y pisos de madera que crujían, pero para Natalia, ese crujido sonaba a libertad. No importaba que las tuberías hicieran ruidos extraños o que a veces faltara el agua; todo eso era parte del encanto bohemio, de esa vida “auténtica” que Hugo le prometía.
—Bienvenida a tu nueva vida, preciosa —le había dicho Hugo el primer día, cargándola en brazos al entrar (aunque casi se le cae porque ya no tenían veinte años y la espalda le tronó).
Natalia se sentía la protagonista de una película romántica. Despertaba tarde, a las diez u once de la mañana, algo impensable en su vida anterior donde la alarma sonaba a las 6:00 AM para preparar el desayuno de los chicos y planchar la camisa de Andrés. Aquí no había prisas. Hugo, que siempre tenía ese aire de “no me preocupo por nada”, solía estar en el balcón fumando un cigarro y viendo el celular.
—¿Desayunamos fuera? —proponía él, con esa sonrisa de lado que a ella le derretía las rodillas.
—¿Otra vez? Hugo, es caro… —intentaba decir ella, pero la voz le salía débil, sin convicción.
—¡Ay, Natalia! Ya vas a empezar con tu mentalidad de escasez. ¡Disfruta! El dinero va y viene, mi reina. La vida es hoy.
Y así, iban a desayunar chilaquiles a 200 pesos el plato y mimosas un martes por la mañana. Natalia miraba a su alrededor, a la gente joven con sus laptops y sus tuestes franceses, y se sentía parte de ese mundo vibrante. Se miraba en el espejo del baño del restaurante y veía a una mujer renovada: el cabello más corto, el maquillaje impecable, la ropa moderna. Ya no era la esposa de un ingeniero aburrido. Era la pareja de Hugo, el empresario, el hombre de mundo.
Hugo era un encantador de serpientes, eso nadie se lo podía negar. Tenía historias para todo. Le contaba sobre sus negocios en Los Ángeles, sobre cómo casi cierra un trato millonario con unos productores de Hollywood, sobre las fiestas en yates en Miami.
—Estuve a punto de comprar un Ferrari, te lo juro, pero preferí invertir en criptomonedas —decía él, mientras le servía más vino—. Y ahora que regresé a México, traigo unos proyectos, uff… Nati, nos vamos a forrar. Voy a poner una consultora, pero de alto nivel. Nada de “chambitas”.
Natalia lo escuchaba embelesada. Andrés nunca hablaba así. Andrés hablaba de cemento, de varillas, de que subió la gasolina, de que había que impermeabilizar el techo antes de las lluvias. Andrés era concreto, gris y sólido. Hugo era aire, fuego y promesas doradas.
Durante el primer mes, Natalia no tocó una escoba ni un sartén. “Deja eso, para eso pagamos”, decía Hugo, aunque nunca veía a nadie limpiar. Comían fuera, cenaban fuera, pedían Uber Eats. La vida era una fiesta continua. Hugo la llevaba a bares con música en vivo, a exposiciones de arte que ninguno de los dos entendía pero donde daban canapés gratis, y a pasear por Reforma en domingo.
Natalia se sentía flotar. Pensaba en Andrés y sentía una mezcla de lástima y desprecio. “Pobre”, pensaba. “Seguro está en la casa viendo el fútbol, solo y amargado”. Se sentía superior, valiente por haber dado el paso.
Pero como dice el dicho: “El amor es ciego, pero la convivencia le devuelve la vista”.
La primera señal de alerta, la primera grieta en el cristal perfecto de su fantasía, apareció un viernes por la noche. Habían ido a cenar a un restaurante argentino en Polanco, uno de esos lugares donde los meseros te tratan con una cortesía fría y los cortes de carne cuestan lo que Andrés ganaba en tres días.
La cena fue maravillosa. Hugo pidió el vino más caro de la carta, contando anécdotas graciosas sobre un viaje a Italia que supuestamente hizo hace años. Natalia reía, un poco mareada por el alcohol y la felicidad.
Entonces llegó la cuenta.
El mesero dejó la carpeta de piel negra sobre la mesa con discreción. Hugo la abrió, miró el total y ni siquiera parpadeó. Sacó su cartera de piel (que se veía un poco gastada, notó Natalia por primera vez) y extrajo una tarjeta dorada.
—Cárgalo aquí, campeón —le dijo al mesero con un guiño.
Natalia se retocaba el labial, sintiéndose una reina. Pero cinco minutos después, el mesero regresó. Ya no sonreía tanto. Se inclinó hacia Hugo y susurró algo.
—¿Cómo que declinada? —Hugo alzó la voz, indignado—. ¡Imposible! Es una tarjeta internacional. Pásala otra vez. Seguramente su terminal es una porquería.
El mesero, manteniendo la calma profesional, lo intentó de nuevo frente a ellos. La maquinita escupió el veredicto con un pitido agudo: “Fondos Insuficientes” o “Transacción Rechazada”, Natalia no alcanzó a ver, pero vio la pantalla roja.
Hugo soltó una risa nerviosa y golpeó la mesa suavemente.
—¡Ah, claro! ¡Qué estúpido soy! —exclamó, llevándose la mano a la frente—. Olvidé que ayer hice una transferencia grande a mis socios en Nueva York. El banco debió bloquearla por seguridad. Son unos paranoicos estos banqueros.
Miró a Natalia con ojos de cachorro atropellado.
—Mi amor, qué pena… ¿traes tu tarjeta? Te lo transfiero ahorita mismo en cuanto desbloquee la cuenta. Es que si llamo ahorita al banco me van a tener media hora en espera y qué flojera arruinar la noche.
Natalia sintió un pequeño nudo en el estómago. No era por pagar. Ella tenía sus ahorros, el dinero que había sacado de la cuenta mancomunada antes de irse (una “indemnización” justa, según ella). Pero era la situación. Con Andrés, en veinte años, jamás les habían rechazado una tarjeta. Andrés tenía un control obsesivo de las finanzas. Si no había dinero, no se salía. Punto.
—Claro, no te preocupes —dijo ella, sacando su tarjeta de débito. Vio la cuenta: cuatro mil quinientos pesos. Tragó saliva. Eso era lo que gastaba en el supermercado para dos semanas en su vida anterior.
Hugo recuperó la sonrisa al instante.
—Eres la mejor, nena. Mañana sin falta te lo deposito. Es más, te voy a dar un extra para que te compres esos zapatos que viste.
Natalia pagó. Salieron del restaurante y Hugo la abrazó, besándole el cuello. La incomodidad se disipó un poco, pero quedó una pequeña mancha en su mente. “Mañana me lo deposita”, pensó.
El “mañana” llegó, pero el depósito no.
El fin de semana pasó entre paseos y películas. El lunes, Hugo salió temprano “a una reunión importantísima con unos inversionistas”. Natalia se quedó sola en el departamento por primera vez.
Al ver la luz del día entrar por las ventanas sin cortinas (porque Hugo decía que le gustaba la luz natural, aunque Natalia sospechaba que era porque no tenía dinero para persianas), la realidad del lugar la golpeó.
El departamento estaba sucio. No sucio de “ayer no barri”, sino sucio de acumulación. Había polvo en los rincones, cajas de pizza de hace días apiladas junto al bote de basura, ropa de Hugo tirada en el sofá. El piso de madera, que le había parecido romántico, en realidad estaba rayado y opaco.
“Bueno, es hombre soltero”, se justificó Natalia. “Ahora que estoy aquí, vamos a poner orden”.
Empezó a limpiar. Y mientras recogía los calzones de Hugo del suelo y lavaba los platos con restos de comida pegada, una voz en su cabeza —una voz que sonaba sospechosamente parecida a la de su madre— le susurró: ¿Para esto dejaste tu casa? ¿Para venir a ser la sirvienta de otro, pero sin anillo?
Calló la voz poniendo música a todo volumen. Limpió durante cuatro horas. Cuando Hugo regresó por la tarde, no traía traje ni portafolio. Traía ropa deportiva y olía a cigarro.
—¿Cómo te fue en la reunión? —preguntó Natalia, secándose las manos. El departamento brillaba.
Hugo se tiró en el sofá, ignorando que los cojines estaban recién acomodados.
—Uff, pesadísimo. Estos tipos son duros. Pero los tengo comiendo de mi mano, nena. Es cuestión de días para que suelten la lana. Oye… —miró alrededor—. Quedó limpio, ¿eh? Qué bien. Oye, ¿qué hay de comer? Muero de hambre.
Natalia parpadeó.
—Pues… no he ido al súper. No me dejaste dinero y yo… bueno, pagué la cena del viernes y casi me acabo lo que traía en la tarjeta de débito.
Hugo chasqueó la lengua, un gesto de fastidio que le borró el encanto de golpe.
—Ay, Natalia. ¿En serio? ¿Vas a empezar a cobrarme la cena? Te dije que te lo iba a pagar. Pero ahorita tengo todo el capital atorado en la inversión. Necesito que me hagas el paro unos días más. ¿Qué no somos equipo? ¿O solo estás conmigo por interés?
La acusación la tomó por sorpresa. ¿Interés? ¡Ella había dejado todo por él!
—No, Hugo, claro que no. Es solo que… necesito hacer el súper. No podemos vivir de Uber Eats.
—Pues ve al súper, mi amor —dijo él, acercándose y dándole un beso rápido, casi condescendiente—. Usa tu tarjeta de crédito. En cuanto caiga el primer pago de los inversionistas, yo me encargo de todo. Te voy a dar una tarjeta platino para ti sola. Confía en mí.
Y Natalia, tonta de amor, o quizás tonta de orgullo para no admitir que había cometido un error, fue al súper. Llenó el carrito con las cosas que a Hugo le gustaban: cortes de carne, cervezas importadas, quesos caros. Pagó con su tarjeta de crédito, esa que Andrés siempre le decía que usara solo para emergencias.
“Esto es una inversión”, se dijo a sí misma mientras firmaba el voucher. “Estamos construyendo algo nuevo”.
Pero las semanas pasaron y la “inversión” de Natalia parecía ser a fondo perdido.
El segundo mes fue el mes del despertar brutal a la realidad doméstica. Hugo no era solo desordenado; era un inútil funcional. No levantaba un plato. No sabía usar la lavadora (“es muy complicada esa cosa digital, nena, mejor hazlo tú que le sabes”). Dejaba la toalla mojada sobre la cama. Se rasuraba y dejaba el lavabo lleno de pelos.
Con Andrés, las cosas eran distintas. Sí, Andrés no era el hombre más detallista, pero si se fundía un foco, lo cambiaba. Si se descomponía la lavadora, la arreglaba o llamaba al técnico ese mismo día. Andrés pagaba la luz, el agua, el internet, el gas, sin que Natalia tuviera que recordárselo. Era un reloj suizo.
Hugo, en cambio, era un caos. Un día, Natalia se estaba bañando y el agua salió helada.
—¡Hugo! —gritó—. ¡No hay agua caliente!
—¡Ah, sí! —gritó él desde la sala, donde estaba jugando FIFA en el PlayStation—. Creo que se acabó el gas. Se me olvidó pedir la pipa.
—¿Y qué hago?
—Pues báñate así, sirve para la circulación. O calienta agua en la estufa, como en los viejos tiempos. ¡Aventura, nena!
Natalia salió de la regadera temblando de frío y de rabia. Se envolvió en la toalla y fue a la sala. Hugo estaba concentradísimo en su videojuego, con una cerveza en la mano. Eran las 11 de la mañana de un miércoles.
—Hugo —dijo ella, tratando de mantener la calma—. ¿No vas a ir a trabajar?
—Hoy no —respondió sin quitar la vista de la pantalla—. Estoy haciendo networking en línea. Además, soy mi propio jefe, Natalia. Esa es la belleza de ser emprendedor. No tengo que checar tarjeta como un Godínez cualquiera.
“Como Andrés”, pensó Natalia. La palabra “Godínez” la usaba con desprecio, pero en ese momento, Natalia hubiera dado lo que fuera por un “Godínez” que se asegurara de que hubiera gas en la casa.
—Necesito dinero para el gas —dijo ella, firme.
Hugo pausó el juego y soltó un suspiro dramático. Se puso de pie y se revisó los bolsillos del pantalón de pijama. Sacó un billete de 200 pesos arrugado y unas monedas.
—Ten. Es lo que traigo en efectivo. Lo demás está en la cuenta de inversión, ya sabes.
—¡Doscientos pesos no alcanzan para el gas, Hugo! —explotó ella—. ¡Llevo dos meses pagando todo! La comida, las salidas, la luz que llegó vencida… ¡Todo! ¿Dónde está el dinero de tus negocios? ¿Dónde están los inversionistas?
La cara de Hugo cambió. La sonrisa encantadora desapareció y fue reemplazada por una mirada oscura y defensiva.
—¿Me estás reclamando? —preguntó en voz baja, acercándose a ella—. Después de todo lo que hago por ti. Te saqué de esa vida miserable y aburrida. Te estoy dando libertad, Natalia. Te estoy dando pasión. ¿Y tú me vienes a joder por el gas? Eres igual a todas. Materialista.
—No soy materialista, ¡soy realista! —gritó ella—. ¡Hay que comer! ¡Hay que pagar la renta! Por cierto, el dueño vino ayer a preguntar por la renta. Dijo que debes dos meses.
Hugo se pasó la mano por el pelo, nervioso.
—El dueño es un imbécil. Ya hablé con él. Le dije que le voy a pagar todo junto con intereses. ¡Relájate, mujer! ¿Por qué te estresas tanto? Te pareces a tu exmarido. Todo el día pensando en dinero, dinero, dinero. Qué hueva.
Natalia se quedó paralizada. La comparación dolió, pero no por lo que Hugo creía. Dolió porque se dio cuenta de que Andrés tenía razón. La “libertad” de Hugo era, en realidad, irresponsabilidad disfrazada.
Esa tarde, Natalia salió a caminar. Necesitaba aire. Se sentó en una banca del Parque México, viendo a los perros correr. Sacó su celular y abrió la aplicación del banco. Su cuenta de ahorros estaba en números rojos. Había gastado en dos meses lo que le había costado cinco años ahorrar.
Sintió un pánico frío subirle por la espalda. Estaba viviendo con un hombre que no trabajaba, que jugaba videojuegos todo el día, que mentía sobre sus finanzas y que la manipulaba emocionalmente cada vez que ella pedía cuentas.
Y lo peor de todo: extrañaba su casa.
Extrañaba su cocina amplia y limpia. Extrañaba su cama king size con sábanas de algodón egipcio. Extrañaba la seguridad de saber que el refrigerador siempre estaba lleno. Extrañaba… a Andrés.
Recordó una vez, hacía un par de años, que ella se enfermó de una gripe terrible. Andrés no fue a trabajar. Se quedó cuidándola, le hizo sopa (le quedó horrible, pero la hizo), le trajo las medicinas y le ponía paños fríos en la frente. No le dijo poemas de amor, ni la llevó a París, pero estuvo ahí. Sólido. Presente.
Hugo, la semana pasada que a Natalia le dolió la cabeza, le dijo: “Tómate una aspirina y bájale al drama, que quiero ver la película”.
Natalia se cubrió la cara con las manos. ¿Qué había hecho?
Regresó al departamento al atardecer, con el ánimo por los suelos. Al entrar, escuchó risas. Hugo no estaba solo.
En la sala había dos amigos de Hugo, tipos de su edad pero vestidos como adolescentes, bebiendo las cervezas importadas que Natalia había comprado. El humo de cigarro llenaba la habitación.
—¡Ah, miren, ya llegó la patrona! —gritó Hugo, alzando su cerveza—. Nati, ven, te presento al Chuy y al Beto. Estamos planeando un negocio de importación de tenis que va a ser una bomba.
Los amigos la escanearon de arriba a abajo con miradas lascivas que la hicieron sentir sucia.
—Con razón te la traes tan guardadita, Hugo. Está de muy buen ver la señora —dijo uno de ellos, soltando una risotada.
Natalia sintió asco.
—Buenas noches —dijo secamente y se fue directo a la recámara, cerrando con seguro.
Se tiró en la cama, con la música y las risas de los borrachos retumbando en la pared. Miró el techo descascarado del departamento “bohemio”.
—Soy una idiota —susurró en la oscuridad.
Pero el orgullo es un animal terco. Natalia se secó una lágrima rebelde y se dijo a sí misma que esto era solo una mala racha. Que Hugo iba a cambiar. Que el negocio de los tenis sí iba a funcionar. Que no podía haber tirado su matrimonio a la basura por nada. Tenía que funcionar. Tenía que hacerlo funcionar, porque la alternativa —admitir que se había equivocado y regresar con la cola entre las patas— era impensable.
Lo que Natalia no sabía, mientras intentaba dormir con el ruido de la fiesta en su propia sala, era que su “inversionista” no solo no tenía dinero, sino que tenía deudas de juego. Y que la tarjeta de crédito de Natalia, que ella había dejado descuidadamente sobre la mesa de la cocina esa mañana, acababa de desaparecer en el bolsillo de Hugo.
La verdadera pesadilla apenas estaba comenzando. Y el abismo entre su vida anterior y su realidad actual se estaba haciendo cada vez más grande, más profundo y más imposible de cruzar.
Capítulo 4: La Caída Libre
Si el infierno existe, Natalia estaba segura de que se parecía mucho al estado de cuenta de su tarjeta de crédito que llegó por correo electrónico una mañana de martes.
Estaba sentada en la pequeña mesa del comedor del departamento de Hugo, tomando un café soluble que sabía a tierra porque se había acabado el café bueno y no había dinero para más. Hugo seguía dormido, roncando como un oso en hibernación, a pesar de que eran las once de la mañana.
Natalia abrió el archivo adjunto en su celular con manos temblorosas. Sabía que la cifra sería alta, pero no estaba preparada para lo que sus ojos vieron.
SALDO A PAGAR: $87,450.00 MXN
Natalia sintió que el piso se abría y se la tragaba. Se le bajó la presión de golpe. ¿Ochenta y siete mil pesos? ¿Cómo? Si ella había hecho el súper, sí, y había pagado un par de cenas, pero… ¿ochenta y siete mil?
Empezó a revisar el detalle de los movimientos, deslizando el dedo por la pantalla con una desesperación creciente.
- OXXO DEPÓSITO: $5,000.00
- CASINO ONLINE CALIENTE: $2,000.00
- APPLE STORE: $24,999.00 (Un iPhone nuevo)
- LIQUOR STORE ROMA: $3,500.00
- RESTAURANTE EL CAMBALACHE: $4,800.00 (Una fecha en la que ella estaba visitando a su mamá)
- CASINO ONLINE CALIENTE: $5,000.00
La lista seguía y seguía. Retiros de efectivo, compras en línea, apuestas. Fechas y horas en las que Natalia estaba dormida, o bañándose, o simplemente confiando ciegamente.
—¡Hugo! —El grito le salió de las entrañas, un aullido de loba herida.
Corrió a la recámara y abrió las cortinas de golpe, dejando que la luz cruel del mediodía inundara el cuarto que olía a encierro y a alcohol rancio.
—¡Hugo, despierta! —Le aventó una almohada a la cara.
Hugo gruñó, se tapó los ojos con el brazo y se dio la vuelta.
—Mmm… ¿qué pasa? Baja la voz, me duele la cabeza… anoche nos la seguimos con el Chuy…
—¡Me vale madre tu cruda! —Natalia lo jaló de la camiseta, obligándolo a sentarse. Le puso el celular en la cara—. ¡Explícame esto! ¡Explícame por qué debo casi noventa mil pesos en mi tarjeta!
Hugo parpadeó, tratando de enfocar la pantalla brillante. Cuando vio los números, una sombra de reconocimiento cruzó su rostro, seguida inmediatamente por esa máscara de inocencia que tan bien sabía usar.
—Ah… eso. Nati, mi amor, tranquila. Te lo puedo explicar.
—¡Pues explícamelo! —gritó ella, histérica—. ¡Hay cargos de casinos! ¡De un teléfono! ¡Tú traes un iPhone nuevo, verdad? ¡Dijiste que te lo habían dado en el plan!
Hugo se pasó la mano por el pelo revuelto, suspirando como si estuviera tratando con una niña berrinchuda.
—A ver, nena, relájate. Sí, usé tu tarjeta. Pero fue una emergencia. Se me rompió mi cel y necesito uno bueno para los negocios, tú sabes que la imagen es todo. Y lo del casino… bueno, es una inversión. Tengo un sistema, Nati. Casi le pego al gordo anoche. Si hubiera ganado, te habría pagado la tarjeta y hasta te compraba un coche.
Natalia lo miró con la boca abierta. No podía creer el nivel de cinismo.
—¿Inversión? ¡Hugo, eso es apostar! ¡Es mi dinero! ¡Es el dinero de mi divorcio, de mis ahorros! ¡Me estás robando!
La palabra “robando” detonó algo en Hugo. Se levantó de la cama de un salto, con los ojos inyectados en sangre. Ya no era el galán encantador. Ahora era un hombre acorralado y agresivo.
—¡Cuidado con tus palabras, Natalia! —le apuntó con el dedo—. Yo no te estoy robando nada. Somos pareja, ¿no? Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. ¿O qué? ¿Acaso yo te cobro la renta de vivir aquí? ¿Te cobro el placer de estar con un hombre de verdad y no con el aburrido de tu exmarido?
—¡Tú no pagas renta! —le gritó ella, llorando de rabia—. ¡Debes tres meses! Y la comida la pago yo, y el gas lo pago yo. ¡Soy tu cajero automático, Hugo! Eso es lo que soy para ti.
—¡Pues si no te gusta, lárgate! —bramó él—. ¡Nadie te tiene aquí a la fuerza! Vete a buscar a tu ingeniero mediocre, a ver si te recibe después de que le pusiste el cuerno conmigo. ¡Ándale, vete!
Natalia se quedó helada. Las palabras de Hugo fueron como un balde de agua helada. “Vete a buscar a tu ingeniero”. Hugo sabía. Sabía que ella no tenía a dónde ir. Sabía que había quemado los puentes con Andrés, con sus hijos, con su familia. Estaba atrapada.
—No tengo a dónde ir… —susurró ella, derrotada.
Hugo vio su victoria y bajó el tono. Se acercó a ella y la abrazó, aunque Natalia se quedó rígida como una tabla.
—Ya, ya, nena. Perdóname. Me alteré. Es que me presionas mucho con el dinero y me estreso. Mira, te prometo, te lo juro por mi madre santa, que la próxima semana me cae el pago de los tenis y liquido esa tarjeta. Es más, la rompo si quieres. Pero no peleemos, mi amor. Tú y yo contra el mundo, ¿recuerdas?
Natalia asintió levemente, pero algo se había roto definitivamente dentro de ella. Ya no le creía. Ni una palabra. Pero el miedo a la soledad, el miedo a admitir el fracaso, era más fuerte que su dignidad en ese momento.
Los días siguientes fueron una pesadilla de supervivencia. Natalia escondió su tarjeta, cambió sus contraseñas y empezó a buscar trabajo. A sus 45 años, sin experiencia laboral reciente (había dejado de trabajar cuando nació su primer hijo), el mercado era cruel.
“Se solicita recepcionista, máximo 25 años, excelente presentación”.
“Se solicita asistente, inglés avanzado, disponibilidad 24/7”.
Terminó aceptando un trabajo vendiendo productos de belleza por catálogo y haciendo limpiezas faciales a domicilio. Ella, Natalia, que solía tener quien le hiciera el aseo, ahora iba a casas ajenas a sobarle la cara a señoras que la miraban con superioridad.
Ganaba poco, apenas para comer y abonar el mínimo a la tarjeta, que con los intereses crecía como una bola de nieve maldita.
Mientras tanto, Hugo seguía en su mundo de fantasía. Se levantaba tarde, “operaba” en sus negocios imaginarios y desaparecía por las tardes con el pretexto de ver clientes. Regresaba a veces oliendo a perfume de mujer barato, a veces oliendo a alcohol.
Natalia dejó de preguntarle. Dejó de celarlo. Ya no le importaba si había otra. De hecho, a veces deseaba que hubiera otra, para que esa pobre ilusa se lo llevara y la dejara en paz.
Pero Hugo no la dejaba. La necesitaba. Necesitaba a alguien que le lavara la ropa, que mantuviera el refrigerador con algo comestible y, sobre todo, alguien a quien culpar de sus fracasos.
—Si no me estuvieras jodiendo todo el día con el dinero, me podría concentrar mejor —le decía cuando perdía en las apuestas—. Eres mi mala suerte, Natalia.
El fondo del pozo llegó un mes después.
Natalia regresó a casa después de un día agotador. Le habían cancelado dos citas y una clienta no le quiso pagar completo porque “no le gustó la crema”. Venía cargando su maletín de muestras, con los pies hinchados y el alma en los tobillos.
Al entrar al departamento, notó algo raro. Estaba demasiado silencioso. Y demasiado vacío.
La televisión de 50 pulgadas que estaba en la sala (y que Natalia sospechaba que Hugo tampoco había pagado) no estaba. El estéreo tampoco. Fue a la recámara. Faltaba su laptop. Faltaban sus joyas, las pocas que se había traído de casa de Andrés: unos aretes de oro que le regaló su abuela, su anillo de compromiso (que guardaba por si acaso), una cadena de plata.
—¡No, no, no! —Natalia empezó a revolver los cajones, histérica. Todo lo de valor había desaparecido.
En la mesa del comedor había una nota escrita en una servilleta, con la letra garabateada de Hugo:
“Nena, tuve una emergencia de negocios. Necesitaba liquidez rápida para una oportunidad de oro. No te preocupes, en cuanto duplique la lana, te compro todo nuevo y mejor. Te amo. H.”
Natalia se dejó caer al suelo y gritó. Gritó hasta que le ardió la garganta. No era dolor. Era odio. Odio puro, destilado, concentrado. Odio hacia Hugo, sí, pero sobre todo odio hacia ella misma.
¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Cómo había cambiado a un hombre que le daba todo, que la protegía, que la respetaba, por este parásito, este ladrón, este payaso?
Se acordó de Andrés. De cómo cuidaba sus cosas. De cómo le preguntaba si le faltaba dinero antes de salir. De cómo, si se perdía un arete de bisutería, él le ayudaba a buscarlo con una linterna debajo de la cama.
Andrés era aburrido, sí. Pero era un hombre. Hugo era un niño caprichoso y cruel.
Esa noche, Natalia no durmió. Se quedó sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, en ese departamento vacío y saqueado. Tenía hambre, pero no había comida. Tenía frío, pero le habían cortado el gas otra vez.
Y entonces, en medio de la miseria absoluta, una idea empezó a formarse en su mente. Una idea peligrosa, humillante, pero que brillaba como una luz al final del túnel.
¿Y si Andrés todavía la amaba?
Veinte años no se borran así como así, pensó. Él era un hombre bueno. Un hombre de familia. Un hombre que creía en el perdón. Seguramente estaba sufriendo tanto como ella. Seguramente estaba en esa casa grande y vacía, esperándola, deseando que ella regresara.
“Si le pido perdón…”, pensó, sintiendo un aleteo de esperanza en el pecho. “Si le digo que me equivoqué, que estaba confundida, que tuve una crisis nerviosa… él me va a entender. Él siempre me ha perdonado todo”.
Empezó a ensayar el discurso en su cabeza. Lloraría un poco (no le costaría trabajo). Le diría que Hugo la había manipulado, que la había drogado quizás (una mentira piadosa no haría daño). Le diría que se dio cuenta de que él, Andrés, era el amor de su vida.
Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Estaba ojerosa, delgada, con la piel grisácea. Parecía diez años más vieja que cuando salió de su casa. Pero si se arreglaba, si se ponía ese vestido que a Andrés le gustaba…
Tomó su celular. Lo primero que hizo fue bloquear a Hugo de todos lados. WhatsApp, llamadas, Facebook. Se acabó. Ese capítulo de terror había terminado.
Luego, buscó el número de Andrés. Su dedo se detuvo sobre el botón de llamar. Le temblaba la mano. Le dio miedo. ¿Y si no contestaba? ¿Y si le colgaba?
“Mejor no le hablo directo”, pensó. “Es muy pronto. Necesito un aliado. Alguien que ablande el terreno”.
Buscó en sus contactos: “Hija – Sofía”.
Sofía, su hija mayor, siempre había sido “la niña de papá”. Adoraba a Andrés. Cuando Natalia se fue, Sofía le mandó un mensaje terrible: “No te quiero volver a ver. Le rompiste el corazón a mi papá. Para mí, estás muerta”.
Natalia había llorado mucho con ese mensaje, pero Hugo le había dicho: “Es berrinche de chamaca, ya se le pasará”.
Bueno, era hora de ver si se le había pasado.
Marcó el número. Uno, dos, tres timbres. Natalia contuvo la respiración.
—¿Bueno? —La voz de Sofía sonaba dura, seca.
—Hija… soy yo, mamá.
Hubo un silencio largo. Natalia podía escuchar la respiración de su hija al otro lado.
—¿Qué quieres? —preguntó Sofía, sin una pizca de cariño.
—Sofí, por favor, no me cuelgues. Necesito hablar contigo. Estoy… estoy muy mal, hija. Cometí un error. Un error terrible.
—Ah, ¿sí? —Sofía soltó una risa sarcástica—. ¿Ya se te acabó la “magia” con tu novio el gringo? ¿O se te acabó el dinero?
—No hables así, por favor. Me equivoqué, Sofía. Lo reconozco. Estoy arrepentida. Extraño mi casa, los extraño a ustedes… extraño a tu papá.
Al mencionar a Andrés, la voz de Sofía se tensó aún más.
—¿A mi papá? ¿Tienes el descaro de decir que extrañas a mi papá después de cómo lo dejaste? Lo dejaste tirado como basura, mamá. Se deprimió, no comía, bajó diez kilos. Yo tuve que ir a cuidarlo porque tú andabas de “luna de miel”.
El corazón de Natalia se estrujó. Saber que Andrés había sufrido tanto le dio dolor, pero también, de una forma retorcida, le dio esperanza. Si sufrió tanto, es porque la amaba mucho. Y donde hubo fuego…
—Lo sé, hija, y me odio por eso. Por eso quiero arreglarlo. Quiero pedirle perdón. Quiero volver a casa. Por favor, ayúdame. Dile que me deje verlo. Solo cinco minutos. Si me ve, yo sé que… yo sé que podemos recuperarlo.
Sofía guardó silencio otra vez. Natalia esperaba un “vete al diablo”, pero escuchó un suspiro dubitativo.
—Mamá… no creo que sea buena idea. Las cosas han cambiado mucho.
—¿Cambiado? ¿Cómo cambiado? —Natalia sintió un piquete de ansiedad—. Sigue viviendo en la casa, ¿no? Sigue en su trabajo…
—Sí, pero él… él ya no es el mismo.
—Yo tampoco, hija. Aprendí la lección. Por favor. Solo dile. Dile que estoy dispuesta a hacer lo que sea. A ir a terapia, a firmar lo que quiera. Solo quiero volver a ser una familia.
Sofía tardó en responder. Parecía estar debatiéndose. Finalmente, dijo:
—Está bien. Le voy a decir. Pero no te prometo nada. Y sinceramente, mamá… creo que te vas a llevar una sorpresa. Y no te va a gustar.
—No importa. Lo que sea, lo enfrentaré. Gracias, hija. Gracias.
Natalia colgó el teléfono llorando de alivio. Tenía una oportunidad. Una pequeña ventana.
Esa tarde, Natalia hizo su maleta con lo poco que le quedaba. Dejó el departamento de la Roma sin mirar atrás, dejando la llave en el buzón. Se fue a un hotel barato cerca de su antigua casa, usando los últimos pesos que le quedaban en la tarjeta de crédito antes de que la bloquearan.
Se bañó, se puso el vestido azul marino que Andrés le regaló en su aniversario número 18 (el único vestido decente que Hugo no había logrado que tirara por “anticuado”) y se maquilló para ocultar las ojeras y la tristeza.
Se miró al espejo. “Vas a recuperar tu vida, Natalia”, se dijo. “Vas a volver a ser la señora de la casa. Vas a cocinarle a Andrés su mole favorito. Vas a ser la mejor esposa del mundo. Solo necesitas que te abra la puerta”.
Pasaron dos días. Dos días eternos en ese cuarto de hotel que olía a humedad, mirando el teléfono cada cinco minutos.
Finalmente, el jueves por la tarde, el teléfono sonó. Era Sofía.
—Mamá…
—¿Sí, hija? ¿Qué dijo? ¿Me va a ver? —Natalia sentía que el corazón se le salía del pecho.
—Sí. Dijo que sí.
—¡Ay, gracias a Dios! —Natalia cerró los ojos, exhalando todo el aire—. ¿Cuándo? ¿Dónde? Voy ahorita mismo a la casa.
—No, a la casa no —la interrumpió Sofía rápidamente—. Dijo que te ve en el Café La Parroquia, el que está por el centro, mañana a las 5.
—Perfecto. Ahí estaré. Gracias, mi amor. Vas a ver que todo va a estar bien.
Sofía no respondió a eso. Solo dijo “Adiós” y colgó.
Esa noche, Natalia durmió mejor que en meses. Soñó que Andrés la abrazaba, que le decía “tonta, ya pasó”, que volvían a estar en su sala viendo la tele mientras llovía afuera. Soñó con la seguridad. Soñó con el aburrimiento bendito.
Al día siguiente, llegó al café media hora antes. Se sentó en una mesa del rincón, pidió un café lechero y se puso a esperar. Cada vez que se abría la puerta, daba un respingo.
A las 5:05, la puerta se abrió. Y entró Andrés.
Natalia sintió un golpe en el pecho al verlo. Se veía diferente. Había bajado de peso, sí, pero le sentaba bien. Llevaba una camisa nueva, bien planchada, y un saco sport que no le conocía. Se había cortado el pelo y se había rasurado el bigote que llevaba años usando. Se veía… bien. Se veía tranquilo.
Pero lo que hizo que a Natalia se le helara la sangre no fue su apariencia. Fue lo que venía con él.
Andrés no venía solo.
Entró tomado de la mano de una mujer. Una mujer más joven que Natalia, tal vez de unos 38 años. No era una modelo despampanante, pero tenía una sonrisa dulce y una mirada serena. Llevaba un vestido sencillo de flores y el cabello suelto. Se veía… luminosa.
Andrés le dijo algo al oído y ella se rió, apretándole el brazo con cariño. Esa risa. Esa complicidad. Natalia reconoció esa mirada en los ojos de Andrés. Era la mirada que él tenía con ella hace veinte años. La mirada de un hombre enamorado.
Andrés buscó con la vista hasta que encontró a Natalia en el rincón. Su expresión se puso seria, pero no enojada. Solo seria. Le susurró algo a la mujer, quien asintió y se fue a sentar a otra mesa, lejos, sacando un libro de su bolsa para esperar discretamente.
Andrés caminó hacia Natalia. Solo.
Natalia se levantó, temblando, queriendo correr a abrazarlo, pero algo en la postura de él la detuvo. Era como chocar contra un muro invisible.
—Hola, Natalia —dijo él. Su voz era tranquila, firme. Ya no era la voz del hombre roto que lloraba en la cocina. Era la voz de un hombre que ha cruzado el infierno y ha salido del otro lado.
—Andrés… —Natalia sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos—. Andrés, perdóname.
Y ahí, en medio del ruido de las cucharillas golpeando los vasos de vidrio y el olor a café tostado, Natalia supo, con una certeza aterradora, que su plan de rescate estaba a punto de estrellarse contra la realidad más dura de su vida.
Capítulo 5: El Muro de la Indiferencia
El ruido de la cafetería “La Parroquia” parecía haberse desvanecido. El tintineo de las cucharillas contra el vidrio, las risas de los comensales, el aroma intenso a café tostado y pan dulce; todo se volvió un zumbido lejano para Natalia. Su universo se había reducido a un solo punto: los ojos de Andrés.
Esos ojos, que durante dos décadas la habían mirado con adoración incondicional, con paciencia infinita, ahora la observaban como quien mira a un viejo conocido con el que ya no tiene nada en común. No había odio. No había rencor visible. Y eso era lo que más aterrorizaba a Natalia. Si hubiera odio, habría pasión. Si hubiera rencor, habría herida. Pero lo que había en la mirada de Andrés era algo mucho peor: distancia. Una distancia kilométrica, insalvable.
—Siéntate, Natalia —dijo él, señalando la silla frente a ella. No fue una orden, fue una invitación cortés, casi impersonal.
Natalia se dejó caer en la silla, sintiendo que las piernas le fallaban. Andrés se sentó enfrente, con una postura relajada que ella no recordaba. Antes, Andrés solía encorvarse, cargando el peso del mundo en los hombros. Ahora, su espalda estaba recta, sus manos descansaban tranquilas sobre la mesa.
—Te ves… bien —balbuceó ella, tratando de romper el hielo con un cumplido, aunque sonó más a una pregunta desesperada.
—Gracias —respondió él, sin devolver el cumplido. Miró su reloj, un gesto sutil que le indicaba a Natalia que su tiempo no era ilimitado—. Sofía me dijo que querías hablar. Que era urgente. Te escucho.
Natalia tragó saliva. Había ensayado este momento cien veces frente al espejo del hotel barato. Tenía un guion: empezar con el arrepentimiento, seguir con la victimización (culpar a Hugo sutilmente) y terminar con la súplica de amor eterno. Pero ahora, frente a este “nuevo” Andrés, el guion se le deshizo en la mente.
—Andrés… —empezó, y la voz se le quebró de verdad. Las lágrimas empezaron a brotar, calientes y rápidas—. Me equivoqué. Dios mío, cómo me equivoqué. Fue una locura. No sé qué me pasó. Fue como si… como si me hubieran lavado el cerebro. Hugo… él me prometió cosas, me envolvió…
Andrés levantó una mano suavemente para detenerla.
—Natalia, no necesito escuchar los detalles de tu aventura. No vine aquí para eso.
—¡No es una aventura! —sollozó ella, inclinándose hacia adelante, tratando de tomarle la mano, pero él la retiró discretamente—. ¡Fue un error! Me di cuenta de lo que perdí. Te perdí a ti. Perdí mi hogar. Perdí mi vida. Andrés, te extraño. Extraño nuestras cenas, extraño ver la tele contigo, extraño que me cuides. Me di cuenta de que te amo. Que siempre te he amado, solo que… estaba confundida. La crisis de la edad, no sé… por favor, dime que me perdonas. Dime que podemos intentarlo de nuevo.
Natalia se quedó sin aire, esperando la reacción. Esperaba ver una grieta en su fachada. Esperaba que él se emocionara, que le dijera “Yo también te extraño, vieja”, que la abrazara.
Pero Andrés solo suspiró. Un suspiro breve, casi de lástima.
—Natalia —dijo, pronunciando su nombre con una calma que dolía—. Te perdono.
El corazón de Natalia dio un vuelco. ¡Sí! ¡Lo había logrado!
—¿De verdad? —sonrió entre lágrimas, iluminándose—. ¡Oh, Andrés! ¡Gracias! Te prometo que voy a compensarte, voy a ser la mejor esposa, voy a…
—Espera —la interrumpió él, con voz firme—. Dije que te perdono. No dije que voy a volver contigo.
La sonrisa de Natalia se congeló.
—¿Qué? Pero… si me perdonas, entonces…
—El perdón es para mí, Natalia. No para ti —explicó Andrés, mirándola fijamente—. Te perdono porque no quiero cargar con el odio el resto de mi vida. Te perdono por haber destrozado nuestra familia. Te perdono por haberme hecho sentir que veinte años de esfuerzo no valían nada. Pero perdonar no significa olvidar. Y definitivamente no significa regresar.
—Pero Andrés… —Natalia sintió pánico—. Podemos ir a terapia. Podemos empezar de cero. Tú me amabas. Yo lo sé. No puedes haber dejado de amarme en unos meses.
Andrés se reclinó en la silla y miró hacia la ventana, hacia la calle llena de gente.
—¿Sabes qué pasó cuando te fuiste? —preguntó, sin mirarla—. Me morí. Literalmente sentí que me moría. Pasé dos semanas sin comer, Natalia. Bajé diez kilos. No dormía. Me sentaba en la sala a esperar a que entraras por la puerta y me dijeras que era una broma. Lloré hasta que me quedé seco. Mis hijos… Sofía tuvo que venir a cuidarme como si fuera un inválido. Beto dejó de hablarme porque no soportaba verme así de patético.
Natalia bajó la cabeza, avergonzada.
—Lo siento… lo siento mucho…
—Y mientras yo estaba en el infierno —continuó Andrés, girando la cabeza para clavarle la mirada—, tú estabas subiendo fotos a Facebook. Fotos brindando con champaña. Fotos en la playa. Fotos con él. “Viviendo la vida”, ¿no? “Siendo libre”. Cada foto era una puñalada, Natalia. Y tú lo sabías. Sabías que yo las vería. O tal vez ni siquiera te importaba.
—¡Estaba fingiendo! —se defendió ella—. ¡Trataba de convencerme de que era feliz, pero no lo era!
—Eso ya no importa —dijo Andrés con frialdad—. Lo que importa es lo que pasó después. Un día, toqué fondo. Me miré al espejo y vi a un viejo derrotado. Y decidí que no iba a terminar así. Empecé a ir a terapia. Empecé a correr. Empecé a leer. Y me di cuenta de algo increíble, Natalia.
—¿De qué? —susurró ella.
—Me di cuenta de que yo no era aburrido —Andrés sonrió, una sonrisa genuina pero triste—. Yo era paz. Yo era estabilidad. Yo era el suelo firme donde tú podías caminar segura. Y tú… tú despreciaste esa paz. Querías caos. Querías fuego. Bueno, te quemaste.
—Ya aprendí la lección, Andrés. Por favor…
—No, Natalia. No has aprendido nada. Vuelves ahora porque Hugo te falló. No vuelves por amor a mí. Vuelves porque tienes miedo. Vuelves porque se te acabó el dinero, porque te sientes sola, porque tu “fantasía” resultó ser una pesadilla. Si Hugo tuviera dinero y te tratara bien, ¿estarías aquí pidiéndome perdón?
La pregunta cayó como una guillotina. Natalia abrió la boca para negar, pero las palabras no salieron. Andrés tenía razón. Si Hugo hubiera sido el príncipe azul que prometía, ella seguiría en la Roma Norte, bebiendo vino y olvidándose de Andrés.
El silencio de Natalia fue la respuesta.
—Exacto —dijo Andrés, asintiendo—. Soy tu plan B. Soy tu red de seguridad. Y yo, Natalia, ya no soy el plan B de nadie. Me respeto demasiado ahora.
En ese momento, la mujer que había llegado con Andrés, la que estaba sentada lejos leyendo un libro, levantó la vista y miró hacia su mesa. Andrés cruzó miradas con ella y su expresión se suavizó al instante. Fue un cambio de luz radical.
Natalia siguió la mirada de Andrés y sintió una punzada de celos agudos, venenosos.
—Es ella, ¿verdad? —preguntó con amargura—. La que vino contigo. ¿Quién es? ¿Una de tus compañeritas de la oficina?
Andrés volvió a mirar a Natalia, serio.
—Se llama Elena. Y no, no es de la oficina. La conocí en el grupo de corredores al que me metí para no volverme loco. Ella… ella me recogió cuando estaba hecho pedazos, Natalia. No me juzgó. No me pidió que fuera “emocionante”. Le gustó mi paz. Le gustó mi estabilidad.
—¡Seguro es una mustia! —escupió Natalia, el veneno saliendo a flote—. ¡Seguro solo quiere tu dinero!
Andrés soltó una carcajada seca.
—¿Dinero? Elena es doctora, Natalia. Gana más que yo. Tiene su propia casa, su propia vida. No me necesita para que la mantenga. Me quiere a mí. A Andrés, el hombre. No al proveedor. Con ella… con ella puedo hablar. Me escucha. Nos reímos.
—¿Y ya viven juntos? —preguntó Natalia, sintiendo que se ahogaba—. ¿En mi casa?
—En NUESTRA casa —corrigió Andrés—. Y sí. Hace un mes que se mudó. Y la casa… la casa cambió, Natalia. Ya no se siente vacía. Ya no huele a tristeza. Elena puso plantas. Pintamos la sala. Mis hijos la adoran. Sofía dice que por fin me ve sonreír otra vez.
“Pintaron la sala”. Ese detalle trivial fue el que rompió a Natalia. Habían borrado su rastro. Habían cambiado el color de las paredes que ella eligió. Otra mujer estaba regando sus plantas, cocinando en su estufa, durmiendo en su lado de la cama.
—No puedes hacerme esto… —lloró Natalia, tapándose la cara con las manos—. Soy tu esposa. Tenemos una historia.
—Teníamos —corrigió Andrés—. El divorcio sale en dos semanas, Natalia. Ya firmé todo. Mi abogado se pondrá en contacto contigo para los detalles finales. Te voy a dar lo justo. La mitad de lo que construimos antes de que te fueras. No te voy a dejar en la calle, no soy un monstruo. Pero emocionalmente… emocionalmente ya no tienes nada aquí.
Andrés se puso de pie. Se alisó el saco. Parecía un gigante, y Natalia se sentía diminuta, encogida en su silla.
—Espero que encuentres lo que buscas, Natalia —dijo él, mirándola desde arriba—. De verdad. Espero que encuentres esa “vida” que tanto querías. Pero no la busques en mí. Yo ya cerré ese libro.
Hizo un gesto a Elena. La mujer se levantó, guardó su libro y caminó hacia él con una sonrisa tranquila. Andrés le ofreció el brazo y ella lo tomó con naturalidad. No miró a Natalia con triunfo, ni con burla. La miró con una especie de compasión distante, como quien mira a un animal herido en la carretera pero no puede detenerse.
—Vámonos, amor —dijo Andrés suavemente.
—Sí, vamos —respondió Elena con voz dulce.
Salieron de la cafetería sin mirar atrás. Natalia los vio a través del vidrio. Vio cómo Andrés le abría la puerta del coche a Elena (un coche nuevo, notó con dolor, una camioneta SUV que seguramente compraron juntos). Vio cómo se reían de algo antes de subir. Se veían… felices. Sólidos. Reales.
Natalia se quedó sola en la mesa. El café lechero se había enfriado y se había formado una nata desagradable en la superficie.
Alrededor, la vida seguía. Un mesero pasó recogiendo platos. Una pareja de jóvenes se besaba en la mesa de al lado. Un niño lloraba por un pan. El mundo no se había detenido por su tragedia.
—¿Desea algo más, señora? —preguntó el mesero, acercándose con la cuenta.
Natalia levantó la vista, con los ojos hinchados y el maquillaje corrido.
—No. Nada.
Pagó con las monedas que le quedaban en el monedero. Salió a la calle. Ya había oscurecido. El aire fresco de la noche le golpeó la cara, pero no la despertó de la pesadilla.
Caminó sin rumbo. No quería volver al hotel sucio. No tenía a dónde ir.
De repente, su celular vibró. Lo sacó con un rayo de esperanza absurda. ¿Tal vez Andrés se arrepintió? ¿Tal vez Sofía?
Era un mensaje de un número desconocido.
“Hola, guapa. Soy el Chuy, el amigo de Hugo. Me dijo que te fuiste. Oye, siempre me gustaste. Si necesitas donde quedarte, tengo un cuartito en mi depa. No te cobro renta, ya sabes, nos arreglamos de otra forma. Avísame.”
Natalia sintió ganas de vomitar. Tiró el celular dentro de su bolsa como si quemara.
Se sentó en la banca de un parque, el mismo parque donde alguna vez llevó a sus hijos a jugar cuando eran pequeños. Miró los columpios vacíos moviéndose con el viento.
Se dio cuenta de la magnitud de su error. No había sido un tropiezo. Había sido un salto al vacío sin paracaídas. Había cambiado un diamante real, un poco opaco por el tiempo pero valioso y eterno, por un pedazo de vidrio brillante que se rompió al primer contacto.
Y lo peor no era la soledad. Lo peor era saber que el diamante ahora brillaba en las manos de otra mujer que sí supo ver su valor.
Andrés tenía razón. Ella buscaba fuego. Y el fuego la había consumido hasta dejarla convertida en cenizas.
Natalia se abrazó a sí misma para protegerse del frío de la noche. Empezó a llover. Una lluvia fina y molesta, típica de la ciudad. No se movió. Dejó que el agua la empapara, mezclándose con sus lágrimas, mientras la realidad se asentaba sobre sus hombros con el peso de una lápida:
Estaba sola.
Estaba quebrada.
Y era completamente, absolutamente, culpa suya.
Capítulo 6: El Sabor de la Ceniza
La lluvia en la Ciudad de México no limpia; a veces solo ensucia más. Esa noche, mientras Natalia caminaba de regreso al hotel de paso donde había dejado sus maletas, el agua se mezclaba con el hollín de los escapes de los camiones y el aceite del asfalto, creando un lodo negro que le salpicaba las pantorrillas. Sus zapatos, unos tacones beige que alguna vez usó para cenas de gala en el Club de Leones con Andrés, ahora resbalaban peligrosamente en las banquetas rotas.
Llegó al hotel empapada, tiritando no solo de frío, sino de una vergüenza que le calaba hasta los huesos. El recepcionista, un tipo con cara de pocos amigos que siempre estaba viendo videos en su celular a todo volumen, ni siquiera levantó la vista cuando ella pasó.
—Se le vence la habitación mañana a las doce, jefa —le gritó cuando ya iba subiendo la escalera—. Si no paga, va para afuera.
Natalia no contestó. Subió al cuarto, cerró la puerta con sus tres cerrojos oxidados y se dejó caer en la cama. El colchón olía a humedad y a cigarro viejo. Miró el techo, donde una mancha de moho parecía un mapa de su propia desgracia.
Sacó su cartera y vació el contenido sobre la colcha quemada por colillas de huéspedes anteriores.
Dos billetes de cincuenta pesos. Tres monedas de diez. Un puñado de morralla.
Ciento cuarenta y tres pesos.
Eso era todo lo que le quedaba en el mundo. Ciento cuarenta y tres pesos y una tarjeta de crédito bloqueada por falta de pago.
El hambre le rugió en el estómago, un recordatorio cruel de que el cuerpo no entiende de tragedias románticas. Bajó a la tienda de la esquina y compró un Maruchan y un jugo. Cenó sentada en la orilla de la cama, sorbiendo los fideos salados mientras las lágrimas caían dentro del vaso de unicel.
“¿Cómo llegué aquí?”, pensó. Hace tres meses, cenaba salmón y vino blanco. Hace tres meses, su mayor preocupación era si combinaban los cojines de la sala. Ahora, su preocupación era si mañana dormiría en la calle.
La imagen de Andrés y Elena saliendo de la cafetería se repetía en su mente como un GIF maldito. Se veían tan limpios. Tan dignos. Y ella… ella se sentía sucia, usada y desechada.
Al día siguiente, la realidad la golpeó con la fuerza de un tren. Tuvo que dejar el hotel. Arrastrando su maleta (que ya tenía una rueda rota), caminó buscando algo más barato. Terminó en una vecindad en la colonia Doctores, en una zona donde se vendían autopartes robadas y la gente caminaba rápido y mirando al suelo.
Consiguió un cuarto. “Cuarto” era un decir. Era un cubo de cemento en la azotea, con techo de lámina que crujía con el viento y un baño compartido que olía a amoniaco puro.
—Son mil quinientos al mes, por adelantado —le dijo la dueña, una señora gorda con delantal que la miró de arriba abajo, juzgando su ropa de marca ya desgastada—. Y aquí no quiero hombres, ni fiestas, ni escándalos. A la primera queja, vas pa’ la calle.
Natalia tuvo que vender sus aretes de oro, los de la abuela, en un Monte de Piedad para pagar el mes y tener algo de efectivo. Le dieron una miseria, pero no tenía opción. Cuando salió de la casa de empeño sin sus aretes, sintió que se había vendido un pedazo de su alma.
Entonces empezó la verdadera pesadilla: buscar trabajo.
Natalia tenía 45 años. Su currículum decía: “Licenciada en Administración de Empresas (trunca)”. Su última experiencia laboral real había sido hace 22 años, antes de casarse. Después de eso, su “experiencia” era: ama de casa, madre, organizadora de eventos escolares y, recientemente, vendedora de cremas fracasada.
Imprimió diez hojas de vida en un café internet y salió a la calle.
La primera entrevista fue en una oficina de telemarketing.
El gerente, un chico de no más de 25 años con acné y traje brillante, leyó su hoja con una mueca.
—Híjole, señora… es que buscamos gente más… dinámica. Chavos que aguanten la presión, ¿me entiende? El horario es rotativo, a veces se sale a las 11 de la noche. Y pues… con su edad, no sé si aguante el ritmo. Además, el sueldo base es de 4 mil pesos más comisiones.
—Lo tomo —dijo Natalia rápido—. Aprendo rápido. Soy muy trabajadora.
El chico se rascó la cabeza.
—Déjeme checarlo con RH. Nosotros le llamamos.
Nunca llamaron.
Fue a una tienda departamental. A una zapatería. A una panadería. En todos lados la misma historia: “Está sobrecalificada para limpiar, pero muy vieja para atender”. O simplemente: “No contratamos mayores de 40”.
La invisibilidad de la que tanto se había quejado con Andrés ahora era real, pero de una forma monstruosa. Ya no era invisible porque la ignoraran en casa; era invisible porque para el mercado laboral, ella era un residuo.
Al final de la segunda semana, con el dinero de los aretes agotándose, Natalia tuvo que tragarse el último gramo de orgullo que le quedaba. Vio un letrero pegado con diurex en la ventana de una fonda económica, de esas que sirven comida corrida a 60 pesos para los oficinistas.
“SE SOLICITA AYUDANTE GENERAL. PRESENTARSE CON DOÑA CHUY.”
Entró. El lugar olía a grasa quemada, a frijoles y a cloro. El calor era sofocante.
Doña Chuy era una mujer bajita y enérgica que no paraba de mover ollas enormes.
—¿Qué sabes hacer? —le preguntó sin mirarla.
—De todo —mintió Natalia—. Cocinar, limpiar, servir.
—La paga son 200 pesos el día más propinas. De 8 de la mañana a 6 de la tarde. Incluye desayuno y comida. ¿Le entras o le sacas?
Natalia miró sus manos. Sus manos que solían tener manicura francesa impecable.
—Le entro.
Y así, Natalia, la señora de la calle Zempoala, la que organizaba los desayunos del Día de las Madres, se convirtió en la “señora de la limpieza” de la Fonda “El Sazón de Mamá”.
El trabajo era brutal. Sus piernas, desacostumbradas a estar paradas diez horas seguidas, se hinchaban como globos. Sus manos se llenaron de cortes y quemaduras. Su espalda gritaba de dolor cada noche. Tenía que lavar montañas de platos grasientos, trapear el piso tres veces al día, picar kilos de cebolla llorando sin parar (y no solo por la cebolla), y aguantar los gritos de Doña Chuy cuando se le caía algo.
—¡Muévete, Natalia! ¡Pareces tortuga! —le gritaba la dueña—. ¡Aquí no vienes a modelar!
Pero lo peor no era el cansancio físico. Lo peor era el miedo a ser reconocida.
La fonda estaba cerca de una zona de oficinas gubernamentales. Todos los días, a la hora de la comida, entraban hombres de traje y mujeres con gafetes colgando del cuello. Natalia vivía con el terror constante de que entrara alguien conocido. Andrés no, porque él no comía en lugares así, pero quizás algún amigo, algún vecino, algún papá de la escuela de sus hijos.
Usaba una gorra calada hasta los ojos y un mandil sucio que le quedaba grande. Se escondía en la cocina lo más que podía, saliendo solo a recoger mesas cuando era indispensable.
Un martes, el destino, que parecía tener un sentido del humor macabro, decidió jugar su carta.
Eran las tres de la tarde, la hora pico. La fonda estaba a reventar. Natalia llevaba una charola con cuatro sopas de fideo hirviendo.
—¡Paso, paso! —decía con voz ronca.
Llegó a la mesa 4. Al bajar los platos, escuchó una voz que le heló la sangre.
—Ay no, comadre, te juro que la vi. Se veía fatal. Dicen que el novio la dejó y se robó todo.
Natalia se congeló. Conocía esa voz. Era Maricela. Maricela, la vecina de enfrente de su antigua casa. La chismosa del barrio. La que siempre le envidiaba el coche o los viajes.
Natalia no se atrevió a levantar la cara. Dejó la sopa temblando, derramando un poco de caldo en la mesa.
—¡Cuidado, oiga! —reclamó Maricela con tono prepotente—. ¡Fíjese! Me va a manchar el saco.
Natalia murmuró un “perdón” inaudible y se dio la vuelta para huir. Pero Maricela, con su instinto de depredadora social, la miró fijamente.
—¿Natalia?
El mundo se detuvo. El ruido de los cubiertos, la radio con cumbias, los gritos de la cocina… todo desapareció.
Natalia se quedó de espaldas, paralizada.
—¿Natalia? —insistió Maricela, tocándole el hombro—. ¿Eres tú? ¡No lo puedo creer!
Natalia tuvo que voltear. No había escapatoria. Levantó la vista, roja de vergüenza, con el sudor pegándole los mechones de pelo a la frente, el mandil manchado de salsa roja.
Vio la cara de Maricela transformarse. De la molestia a la sorpresa, y de la sorpresa a una satisfacción maliciosa que intentó disfrazar de lástima.
—¡Ay, mujer! —exclamó Maricela, lo suficientemente alto para que las dos amigas que iban con ella (y media fonda) escucharan—. ¡Pero qué te pasó! ¡Mírate! ¿Trabajas aquí?
—Hola, Maricela —dijo Natalia, con un hilo de voz. Quería desaparecer. Quería convertirse en vapor.
—Pero si tú… ay no, qué barbaridad. ¿Y Andrés? ¿Y tus hijos? Me contaron que te divorciaste, pero no pensé que… —Maricela barrió con la mirada el lugar humilde—. No pensé que estuvieras tan… necesitada.
—Es temporal —mintió Natalia, sintiendo las lágrimas picar—. Estoy… estoy ayudando a una amiga. Es mi negocio, en realidad. Soy socia.
Maricela soltó una risita incrédula.
—Ah, claro. Socia. Qué bueno, comadre. Pues échale ganas. Oye, ¿nos traes unas cocas light? Pero bien frías, eh.
La humillación fue total. Natalia fue por los refrescos, sintiendo las miradas de las tres mujeres clavadas en su espalda. Las escuchó cuchichear y reírse bajito.
—Te dije que era ella… qué fuerte… eso le pasa por loca… pobre Andrés, de la que se salvó…
Natalia dejó los refrescos en la mesa, aguantándose las ganas de llorar, y se metió al baño de empleados. Se encerró y vomitó. Vomitó bilis y rabia.
Se lavó la boca, se miró al espejo manchado y vio a una mujer acabada. Las arrugas se le notaban más. Tenía canas en las raíces. Sus ojos estaban apagados.
“Esto es el infierno”, pensó. “No es el fuego. Es esto. Es servirle refrescos a la gente que antes te envidiaba”.
Esa noche, en su cuarto de azotea, Natalia no pudo más. El aislamiento era insoportable. Necesitaba saber de ellos. Necesitaba ver qué había perdido.
Compró una tarjeta de recarga de 50 pesos para su celular y activó los datos. Creó una cuenta falsa de Facebook con el nombre de “Ana García” y buscó el perfil de Andrés. Lo tenía público.
Lo que vio terminó de romperla.
La foto de perfil había cambiado. Ya no era ese logo de los Pumas que tuvo por años. Era una foto de él y Elena. Estaban en Valle de Bravo, en un velero. Andrés llevaba lentes de sol y sonreía con la boca abierta, una carcajada capturada en el tiempo. Se veía bronceado, fuerte, feliz. Elena lo abrazaba por la cintura, recargando la cabeza en su hombro con confianza.
Natalia hizo scroll hacia abajo, torturándose voluntariamente.
- Foto del domingo: Una parrillada en el jardín de SU casa. Ahí estaba Sofía, su hija, abrazando a Elena. El pie de foto decía: “Gracias Elena por los mejores tacos árabes del mundo. ¡Te queremos!”.
- Comentario de Beto (su hijo): “La neta sí quedaron chidos. Pa, te ves feliz. Qué bueno.”
- Foto de hace dos semanas: Andrés recibiendo un reconocimiento en la constructora. “Nuevo Gerente Regional”.
Andrés había ascendido. Andrés estaba viajando. Andrés tenía una mujer que cocinaba para sus hijos y a la que ellos querían.
Natalia leyó los comentarios de sus antiguos amigos, de sus cuñadas, de su suegra.
“Te lo mereces, hijo.”
“Qué bonita pareja hacen.”
“Por fin te vemos contento, Andrés.”
“Dios quita, pero cuando devuelve, multiplica.”
Nadie preguntaba por Natalia. Nadie decía “qué lástima que no está ella”. Era como si la hubieran borrado con Photoshop de la historia familiar. Su existencia de veinte años se había evaporado, reemplazada por esta nueva versión mejorada de la vida de Andrés.
Ella no solo había perdido a su esposo; había perdido su lugar en el mundo. Elena no solo ocupaba su cama; ocupaba su rol de madre, de nuera, de anfitriona. Elena era la “Señora de la Casa” ahora. Y Natalia era… nadie.
La desesperación la llevó a hacer algo estúpido. Entró al perfil de Sofía. Vio una foto reciente de su hija en su graduación de la universidad. Natalia se había perdido la graduación. En la foto, Sofía estaba en medio de Andrés y Elena. Los tres sonreían.
Natalia escribió un mensaje privado desde su cuenta real, con las manos temblorosas.
“Hija, felicidades. Te ves hermosa. Perdón por no estar ahí. Te extraño mucho. Mamá.”
Se quedó mirando la pantalla, esperando que aparecieran las palomitas azules. Un minuto. Diez minutos. Una hora.
Finalmente, apareció el “Visto”.
Natalia contuvo la respiración. Vio los tres puntitos escribiendo…
Y luego, el mensaje:
“Gracias. Por favor, no me vuelvas a escribir. Me lastimas. Y lastimas a mi papá. Déjanos ser felices. Tienes la vida que elegiste, ¿no? Disfrútala.”
Y luego: “Este usuario te ha bloqueado.”
Natalia soltó el teléfono sobre la cama. El dolor físico de ese rechazo fue peor que cualquier golpe. Su propia hija. Su sangre.
Se acurrucó en posición fetal en el colchón duro, escuchando la cumbia que los vecinos de abajo tenían a todo volumen. Sintió frío. Un frío interior que ninguna cobija podía quitar.
Empezó a toser. Llevaba días sintiéndose mal, con el cuerpo cortado, pero no le había hecho caso. Ahora, la tos se volvió seca y dolorosa. Le ardía el pecho. Le dolía la cabeza como si se la estuvieran taladrando.
“Me voy a enfermar”, pensó con pánico. “Si me enfermo, no puedo trabajar. Si no trabajo, no como. Si no como…”
Se tocó la frente. Estaba ardiendo en fiebre.
En su vida anterior, Andrés le hubiera traído un té, una pastilla, la hubiera llevado al médico particular. Ahora, estaba sola en un cuarto de azotea, sin medicina, sin agua potable, y sin nadie a quien llamar.
La fiebre le trajo delirios esa noche. Soñó con Hugo. Soñó que él regresaba y le decía que todo era una broma, que tenía el dinero. En el sueño, ella lo besaba. Pero luego la cara de Hugo se transformaba en la de Andrés, y Andrés se reía de ella. “Aburrida”, le decía. “Eres aburrida y pobre”.
Despertó al amanecer, empapada en sudor frío. No tenía fuerzas para levantarse.
El celular sonó. Era Doña Chuy.
—¿Dónde estás, Natalia? Ya son las 8:15. Aquí hay gente esperando.
—Doña Chuy… —su voz era un graznido—. No puedo ir. Estoy muy enferma. Tengo fiebre.
—Uy, no me digas —dijo la mujer con fastidio—. Pues mira, aquí no es beneficencia. Si no vienes hoy, no te molestes en venir mañana. Hay mucha gente buscando chamba. Bye.
Colgó.
Despedida. Por teléfono. Enferma. Sola.
Natalia miró la mancha de humedad en el techo. Pensó en la propuesta indecente de “El Chuy”, el amigo de Hugo, que le ofreció techo a cambio de “favores”. En ese momento, con el estómago vacío y la fiebre consumiéndola, la propuesta ya no le pareció tan asquerosa. Le pareció… una posibilidad de supervivencia.
“¿Qué tan bajo puedo caer?”, se preguntó.
Pero entonces, recordó la cara de Elena. La dignidad de Elena. La limpieza de Elena.
“No”, se dijo. “Prefiero morir de hambre que ser la puta de un narcomenudista”.
Se levantó como pudo. Tomó agua del grifo, sabiendo que le haría daño, pero tenía sed. Se mojó la cara.
Tenía que haber otra salida. Tenía que haber algo más.
Pero al mirar por la ventana hacia la ciudad gris y monstruosa, Natalia supo que el fondo todavía estaba lejos. Aún podía caer más. Y lo peor de todo era la certeza absoluta, la voz clara en su cabeza que le repetía una y otra vez:
Tú tenías un palacio y lo cambiaste por un basurero. Y no tienes derecho a quejarte.
Ese día, Natalia no comió. Ese día, Natalia aprendió que la soledad no es estar sin gente; la soledad es estar sin esperanza. Y ella, por primera vez en su vida, no veía luz por ningún lado.
Capítulo 7: El Abismo Sin Fondo
La fiebre no era una simple gripe. Era el cuerpo de Natalia rindiéndose, cobrando la factura de meses de estrés, mala alimentación y angustia. Durante tres días, el cuarto de azotea en la colonia Doctores se convirtió en su tumba en vida.
Natalia perdió la noción del tiempo. Los días y las noches se mezclaron en una neblina de sudor, escalofríos y alucinaciones. A veces creía escuchar la voz de su madre, ya fallecida, regañándola por no ponerse suéter. Otras veces veía a Hugo sentado en la única silla del cuarto, riéndose mientras contaba billetes que se convertían en ceniza. Pero la visión más dolorosa era la de Andrés: lo veía parado en la puerta, con un vaso de agua fresca, pero cada vez que ella intentaba alcanzarlo, él retrocedía un paso, con esa mirada de lástima indiferente que se le había tatuado en el alma.
—Agua… —gemía Natalia, con los labios partidos y la garganta como lija.
Nadie la escuchaba. Sus vecinos de la vecindad eran sombras ruidosas que pasaban por el pasillo, ajenos a que detrás de esa puerta de metal oxidado, una mujer se estaba consumiendo.
Al cuarto día, la fiebre bajó, dejándola débil como un trapo viejo. Se intentó levantar para ir al baño y casi se desmaya. Se miró en el espejo roto sobre el lavabo. Lo que vio la asustó más que cualquier película de terror.
Era un cadáver. Los pómulos salidos, la piel cetrina y pegada al hueso, los ojos hundidos en cuencas oscuras. Su cabello, antes su orgullo, era una maraña grasienta y sin brillo. Había perdido fácilmente cinco o seis kilos en esa semana.
“Me estoy muriendo”, pensó con una claridad aterradora. “Si me quedo aquí, me van a encontrar cuando empiece a oler mal”.
El instinto de supervivencia, ese animal primario que vive en el cerebro reptiliano, tomó el control. Tenía que salir. Tenía que pedir ayuda. Pero, ¿a quién? Su familia la había bloqueado. Sus “amigas” del club social seguramente ya sabían el chisme y se reirían de ella. Hugo era el causante de todo.
Recordó a una persona. Una sola persona que quizás, solo quizás, no le cerraría la puerta en la cara.
Su tía Rosa.
La tía Rosa era la hermana mayor de su madre. Una mujer de 70 años, viuda, religiosa hasta el fanatismo, que vivía en una casa vieja en Azcapotzalco. Natalia no la visitaba hace años porque la tía Rosa era “intensa” con sus sermones y siempre criticaba que Natalia no fuera a misa.
“Es mi única opción”, se dijo.
Juntó las pocas fuerzas que tenía. Se puso su ropa menos sucia. Metió lo indispensable en una bolsa de plástico porque la maleta ya no podía arrastrarla. Dejó el cuarto sin avisar a la dueña (total, ya había pagado el mes y no tenía nada de valor que llevarse).
Bajó las escaleras de la vecindad agarrándose de las paredes para no caerse. Salió a la calle. El sol la lastimó. Caminó hasta el metro Niños Héroes. No tenía dinero ni para el boleto, pero se saltó el torniquete cuando el policía estaba distraído, algo que la Natalia de hace seis meses hubiera considerado un acto de delincuencia imperdonable. Ahora, era necesidad pura.
El viaje en metro fue un suplicio. La gente la miraba mal. Olía a sudor rancio y a enfermedad. Un señor se levantó de su asiento cuando ella se sentó al lado, tapándose la nariz. Natalia cerró los ojos y aguantó la humillación.
“Soy una indigente”, pensó. “Soy una de esas personas que yo veía con desprecio desde la ventana de mi camioneta”.
Llegó a Azcapotzalco después de una hora. Caminó las cinco cuadras hasta la casa de su tía, rezando para que no se hubiera mudado o muerto.
Ahí estaba la casa. Vieja, con la pintura descascarada, pero con macetas de geranios bien cuidadas en la entrada. Natalia tocó el timbre.
Tardaron en abrir. Finalmente, la puerta se entreabrió con la cadena de seguridad puesta. Un ojo desconfiado la miró desde la oscuridad.
—¿Qué quiere? No compro nada.
—Tía… soy yo. Natalia.
Hubo un silencio. El ojo se abrió más.
—¿Natalia? —La voz de la tía Rosa tembló—. ¿Hija de mi hermana Lupita?
—Sí, tía. Soy yo. Por favor, ábreme. Me siento muy mal.
La puerta se cerró un segundo para quitar la cadena y luego se abrió de par en par. Doña Rosa, pequeña y encorvada, con su vestido de flores y su rebozo, se quedó pasmada al ver al espectro que tenía enfrente.
—¡Virgen Santísima! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. ¡Pero qué te pasó, muchacha! ¡Pareces la Llorona!
Natalia no aguantó más. Las piernas le fallaron y se desplomó en el umbral. Lo último que sintió fueron los brazos huesudos pero fuertes de su tía sosteniéndola y el olor a incienso y cera vieja de la casa.
Despertó en un sofá cama, tapada con tres cobijas de lana que picaban. Había un caldo de pollo humeante en una mesita al lado.
—Cómetelo —ordenó la tía Rosa, sentada en una mecedora frente a ella, con el rosario en la mano—. Está caliente. Te va a levantar.
Natalia comió. Lloró mientras comía. El sabor del caldo casero le recordó todo lo que había perdido. Le recordó su cocina. Le recordó los domingos en familia.
Cuando terminó, la tía Rosa la miró severamente por encima de sus lentes.
—Ahora sí. Cuéntame. ¿En qué líos te metiste? Me habló tu prima Martha hace un mes, me dijo que habías dejado a Andrés y que andabas de loca con un hombre más joven. ¿Es cierto?
Natalia asintió, bajando la cabeza. No tenía fuerzas para mentir.
—Sí, tía. Es cierto.
—¿Y el hombre? ¿Dónde está el galán?
—Me robó. Me dejó sin nada.
La tía Rosa chasqueó la lengua y empezó a rezar un Ave María en voz baja, negando con la cabeza.
—Ay, Natalia, Natalia. Siempre fuiste caprichosa, pero nunca pensé que fueras tonta. Dejaste a un hombre bueno, trabajador, temeroso de Dios, por una calentura. Eso es pecado, hija. Y el pecado se paga. Mira nomás cómo estás.
—Ya lo pagué, tía —sollozó Natalia—. Lo estoy pagando. Perdí a mis hijos. Perdí mi casa. Nadie me quiere ver.
—Pues claro que no te quieren ver —dijo la tía, dura como una piedra—. La traición huele feo, mijita. Y la gente se aleja de lo que apesta. Pero Dios… Dios perdona si hay arrepentimiento verdadero.
—Estoy arrepentida, tía. Te lo juro. Daría mi vida por volver el tiempo atrás.
—El tiempo no vuelve, Natalia. Lo hecho, hecho está. Ahora te toca levantar los pedazos.
La tía Rosa le permitió quedarse. Pero no fue gratis.
—Aquí no vas a estar de mantenida —le advirtió—. Yo vivo de mi pensión y apenas me alcanza. Si te quedas, vas a trabajar. Me vas a ayudar a limpiar la casa, vas a ir al mercado, vas a cocinar. Y vas a ir a misa conmigo todos los domingos a pedir perdón.
Natalia aceptó. Era eso o la calle.
Los siguientes meses fueron una penitencia silenciosa. Natalia se convirtió en la sombra de su tía. Limpiaba, cocinaba, lavaba ropa a mano (porque la tía no creía en las lavadoras modernas). Recuperó algo de peso, pero su brillo no volvió. Se movía lento, hablaba poco.
La tía Rosa, a pesar de sus regaños constantes y sus rosarios interminables, le dio algo que Natalia necesitaba desesperadamente: rutina. La rutina que tanto había despreciado con Andrés ahora era su salvavidas. Levantarse a las 7, barrer la banqueta, hacer el desayuno, rezar el Ángelus a las 12. Esa estructura le impedía volverse loca.
Pero el dolor seguía ahí.
Un domingo, al salir de misa, Natalia vio algo que la sacudió. En un puesto de periódicos, en la portada de una revista de sociales local (de esas que regalan en los semáforos), vio una foto conocida.
Era la boda de la hija de uno de los socios de la constructora de Andrés. Y en la foto de los invitados, en primera fila, estaba él.
Andrés. De esmoquin. Elegante, distinguido. Y a su brazo, Elena. Ella llevaba un vestido largo color esmeralda que la hacía ver regia. Se miraban el uno al otro con una sonrisa cómplice. El pie de foto decía: “El Ing. Andrés Villalobos y su prometida, la Dra. Elena Suárez, disfrutando de la velada”.
Prometida.
La palabra golpeó a Natalia como un mazo. Se le cayó la bolsa del mandado. Las naranjas rodaron por la banqueta.
—¿Qué te pasa, niña? —le reclamó la tía Rosa—. ¡Levanta eso!
Natalia se agachó a recoger las naranjas, con las lágrimas nublándole la vista. Se iban a casar. Andrés se iba a casar. Ya no había vuelta atrás. Ya no había “quizás en el futuro”. Era el fin definitivo.
Esa noche, Natalia no pudo dormir. La imagen de “Prometida” le daba vueltas. Elena iba a ser la esposa. Elena iba a tener el título, el anillo, el apellido. Elena iba a heredar la vida que Natalia construyó y desechó.
Sintió una envidia negra, espesa. Pero también sintió una resignación aplastante. Ya no podía culpar a Hugo. Ya no podía culpar a la “crisis”. Sabía que la única culpable era ella. Ella había tenido el boleto premiado de la lotería en la mano y lo había usado para prender un cigarro.
A la mañana siguiente, Natalia tomó una decisión. No podía seguir escondida en Azcapotzalco, viviendo de la caridad de su tía y rezando rosarios. Tenía que hacer algo. Tenía que recuperar, si no su vida, al menos su dignidad.
—Tía, voy a buscar trabajo —le dijo en el desayuno.
—¿De qué? Si no tienes papeles, ni referencias.
—De lo que sea. Pero necesito mi propio dinero. Necesito… necesito pagar mis deudas.
—Bueno —dijo la tía Rosa, dándole un sorbo a su atole—. Ya era hora de que dejaras de lamerte las heridas. Dios ayuda al que madruga.
Natalia consiguió trabajo en una lavandería industrial. Planchando sábanas de hospital y manteles de restaurantes. Era un trabajo duro, de calor infernal, de estar parada ocho horas entre vapores químicos. Le pagaban el salario mínimo.
Pero Natalia lo hacía con una dedicación fanática. Planchaba cada sábana como si en ello le fuera la vida. Llegaba temprano. No se quejaba. Ahorraba cada peso.
Con su primer sueldo, hizo algo que sorprendió a su tía. Fue a un cibercafé y buscó el correo electrónico de Andrés. Sabía que él no la leería si le escribía por WhatsApp, pero quizás un correo…
Se sentó frente a la computadora vieja y escribió. No fue un correo de súplica. No fue un correo de víctima. Fue un correo de cierre.
Asunto: Solo para que sepas.
“Andrés:
Sé que no quieres saber de mí. Lo entiendo. Vi que te vas a casar. Solo quería escribirte para decirte… que me alegro. De verdad. Elena se ve que es una buena mujer. Se ve que te da la paz que yo no supe darte.
No te escribo para pedirte nada. Ni dinero, ni perdón, ni una segunda oportunidad. Ya entendí que ese tren pasó.
Solo quería decirte que tenías razón. La rutina no era mala. La estabilidad no era aburrida. Era un regalo. Y fui demasiado estúpida para verlo. Ahora, planchando sábanas ajenas por el salario mínimo, daría lo que fuera por un domingo ‘aburrido’ viendo la tele contigo.
Cuida a los niños. Diles que los amo, aunque no me quieran ver. Diles que mamá se equivocó, pero que nunca dejó de quererlos.
Sé feliz, Andrés. Te lo mereces más que nadie.
Natalia.”
Le dio enviar. Sintió un peso menos en el pecho. No esperaba respuesta. Y no la hubo.
Pero tres días después, recibió una notificación del banco.
Su tarjeta de crédito, esa que debía casi noventa mil pesos y que la tenía en el Buró de Crédito como morosa, había sido liquidada. Saldo en ceros.
Natalia se quedó mirando el celular en la hora del descanso de la lavandería.
No había mensaje. No había nota. Solo el saldo en ceros.
Andrés.
Tenía que ser él. Él sabía de la deuda (seguramente los cobradores lo habían molestado a él también). Él había pagado. No porque quisiera volver con ella. Sino porque era un hombre decente. Porque no quería que la madre de sus hijos estuviera en la ruina total. O quizás, para cerrar el último lazo que los unía. Pagó la deuda para que ella fuera libre… y para que él fuera libre de ella.
Natalia lloró en el baño de la lavandería. Lloró de gratitud, pero también de una tristeza infinita. Ese pago era el último acto de generosidad de su esposo. El último gesto de cuidado. Y significaba un “Adiós” definitivo.
“Ya no me debe nada. Y yo no le debo nada. Somos extraños con recuerdos en común”, pensó.
Ese día, al salir del trabajo, Natalia caminó hacia el metro. Pasó frente a una tienda de electrodomésticos. En las televisiones de exhibición estaban pasando las noticias.
“Fuerte accidente en la carretera México-Cuernavaca. Un auto deportivo se estrelló contra el muro de contención a exceso de velocidad.”
Natalia se detuvo. Algo en el auto destrozado le llamó la atención. Era un Mustang rojo. Viejo, pero deportivo.
El reportero hablaba: “El conductor, identificado como Hugo Montero, de 48 años, se encuentra en estado grave. Se sospecha que conducía bajo los efectos del alcohol y huía de unos prestamistas…”
Hugo.
Natalia sintió un escalofrío. Ahí estaba. El hombre por el que había destruido su vida. Moribundo, perseguido, solo.
Si ella se hubiera quedado con él… tal vez estaría en ese asiento del copiloto, muerta o desfigurada.
“Me salvé”, pensó con un shock repentino. “Perdí todo, pero me salvé de morir con él”.
Siguió caminando. La noticia ya no le importaba. Hugo era un fantasma. Andrés era un sueño inalcanzable. Ella… ella era Natalia, la planchadora.
Llegó a casa de la tía Rosa.
—Llegas tarde —rezongó la tía—. Ya se enfrió el café.
—Perdón, tía. Había tráfico.
Se sentó a la mesa. Tomó el pan dulce duro y lo chopeó en el café.
Miró a su alrededor. Las paredes viejas, los santos, la tía regañona.
No era la vida que soñó. No era París. No era la casa de la Roma. Ni siquiera era su casa de la calle Zempoala.
Pero tenía techo. Tenía café. Tenía trabajo. Y tenía una lección grabada a fuego en la piel.
—Tía —dijo de repente.
—¿Qué?
—Mañana es domingo. ¿Puedo invitarte a desayunar? Ahorré un poco. Hay unos tamales buenos en la esquina.
La tía Rosa la miró, sorprendida. Sonrió levemente, mostrando sus dientes postizos.
—Pues… no me caería mal un tamal de verde. Pero tú pagas.
—Yo pago, tía.
Natalia sonrió. Fue una sonrisa pequeña, triste, pero real.
Había tocado fondo. Se había roto en mil pedazos. Pero ahí, en esa cocina vieja, tomando café con una anciana amargada, Natalia empezó a pegar los primeros fragmentos de su nueva realidad.
No habría final de cuento de hadas. Andrés no volvería. Ella no sería rica ni joven otra vez. Pero estaba viva. Y por primera vez en mucho tiempo, esa “vida aburrida” y simple, le pareció suficiente.
Capítulo 8: El Precio de la Paz (Final)
Pasaron dos años.
El tiempo en la Ciudad de México tiene una forma extraña de comportarse. A veces vuela entre el tráfico y el caos, y a veces se estanca en los domingos por la tarde. Para Natalia, estos dos años habían sido una mezcla de ambas cosas: una eternidad de soledad y un suspiro de supervivencia.
Natalia ya no vivía con la tía Rosa. Con una disciplina espartana, había logrado juntar lo suficiente para rentar un “huevito” —un departamento de una recámara— en una colonia popular cerca de la lavandería donde ahora era encargada. No era la Roma, ni la Del Valle. Era una calle ruidosa donde pasaba el camión del gas a las siete de la mañana gritando y los vecinos ponían reguetón hasta la madrugada. Pero era suyo.
Su vida se había reducido a lo esencial. Despertar, trabajar, comer, dormir. Los fines de semana iba al cine sola o visitaba a su tía. No había lujos. No había cenas en Polanco. No había viajes a Vallarta. Su ropa era de catálogo o de rebajas. Sus manos, antes suaves y cuidadas, ahora tenían la piel un poco más áspera por los químicos del planchado, pero eran manos fuertes. Manos que se ganaban el pan.
A veces, mientras doblaba las camisas de algún cliente, cerraba los ojos y se imaginaba que era una de las camisas de Andrés. Recordaba el olor de su loción, esa loción amaderada que él usaba para la oficina. Pero abría los ojos y la realidad la golpeaba: esa camisa pertenecía a un extraño, y Andrés ya no era parte de su vida.
Sabía de él, claro. En la era de las redes sociales, es imposible no saber. Sabía que se había casado con Elena hacía seis meses. No vio las fotos; se prohibió a sí misma buscarlas. No quería ver el vestido, ni la fiesta, ni la felicidad que le correspondía a otra. Pero sabía que había sucedido.
Lo que no sabía era cómo reaccionaría al verlos de frente.
El día llegó de la manera más inesperada. Era junio, época de graduaciones. Beto, su hijo menor, se graduaba de Arquitecto en la UNAM.
Natalia no había recibido invitación. La relación con sus hijos era… distante, por decirlo amablemente. Sofía seguía sin hablarle, manteniendo un bloqueo férreo. Beto era más suave; le contestaba los mensajes en Navidad y en su cumpleaños con un “Gracias, ma, todo bien”, pero nunca proponía verla.
Sin embargo, Natalia sabía la fecha. Una madre siempre sabe. Y aunque sabía que no era bienvenida en la fiesta, no podía perderse ver a su hijo recibir el título. Aunque fuera de lejos. Aunque fuera escondida detrás de una columna como una criminal.
Ese viernes pidió permiso para salir temprano de la lavandería. Se puso su mejor vestido, uno color perla que había comprado con mucho esfuerzo, y se maquilló con cuidado para ocultar las líneas de amargura que se le habían marcado alrededor de la boca. Tomó el Metrobús hacia Ciudad Universitaria.
El campus estaba lleno de gente. Familias con globos, mariachis, chicas con tacones imposibles caminando por el pasto, togas y birretes volando. El ambiente era de fiesta, de logro, de futuro.
Natalia caminó hacia la sala Nezahualcóyotl, sintiéndose una intrusa. El corazón le latía desbocado. “¿Qué hago aquí?”, se preguntaba. “Si me ven, les voy a arruinar el día”.
Pero el amor de madre, incluso de una madre que falló, es una fuerza terca. Se quedó en la parte de atrás del auditorio, en la última fila, pegada a la pared.
La ceremonia comenzó. Nombres y nombres. Aplausos. Y entonces, escuchó:
—¡Roberto Villalobos!
Natalia se puso de puntitas. Allá abajo, en el escenario, vio a su hijo. Se veía tan hombre, tan alto. Ya no era el niño que dejaba la bicicleta tirada. Era un arquitecto. Natalia se tapó la boca para ahogar un sollozo. “Ese es mi hijo”, pensó con orgullo doloroso. “Y yo no estoy ahí para abrazarlo”.
Cuando Beto bajó del escenario, Natalia buscó con la mirada hacia donde él saludaba.
Y ahí estaban. En primera fila.
Andrés. Se veía más canoso, pero impecable en un traje azul marino. Aplaudía con una sonrisa que le iluminaba la cara, esa sonrisa de padre orgulloso que Natalia conocía tan bien.
A su lado estaba Elena. Llevaba un vestido discreto y elegante. No estaba aplaudiendo cortésmente; estaba gritando y tomando fotos con el celular, emocionada de verdad.
Y junto a ellos, Sofía. Abrazaba a su padre y le gritaba cosas a su hermano.
Parecían una unidad perfecta. Un bloque sólido de amor y apoyo.
Y en esa foto familiar, faltaba una pieza. La pieza que se había roto y caído al suelo por voluntad propia: Natalia.
Al terminar la ceremonia, la gente empezó a salir al vestíbulo. Natalia sabía que debía irse. Ya lo había visto. Misión cumplida. Pero sus pies no respondieron. Se quedó paralizada, observando cómo la multitud fluía.
Y entonces, sucedió lo inevitable. La marea de gente la empujó y, de repente, quedó a escasos cinco metros de ellos.
Estaban tomándose fotos. Beto abrazaba a Andrés. Luego abrazó a Elena y le dio un beso en la mejilla.
—¡Gracias por ayudarme con la maqueta final, Elena! —le dijo Beto riendo—. Sin ti no la armaba.
—Para eso estamos, arquitecto —respondió ella, arreglándole la borla del birrete con cariño maternal.
Ese gesto, ese simple arreglo del birrete, fue como un cuchillo caliente en el estómago de Natalia. Elena no solo era la esposa de Andrés. Elena se había ganado a sus hijos. Elena estaba haciendo las cosas que Natalia debió hacer.
Natalia dio un paso atrás, intentando girarse para huir, pero chocó con alguien.
—Perdón… —murmuró.
Al levantar la vista, se encontró con los ojos de Andrés.
El tiempo se detuvo. El ruido de las porras y los “Goyas” universitarios se apagó.
Andrés la miró. No hubo sorpresa exagerada. Quizás él también, en el fondo, sabía que ella iría.
Le dijo algo a Elena y a los chicos, y caminó hacia Natalia. Solo.
Natalia sintió ganas de correr, pero la dignidad la clavó al piso. Se enderezó. Se alisó el vestido barato. Levantó la barbilla. No iba a dejar que la viera derrotada, aunque por dentro se estuviera desmoronando.
—Hola, Natalia —dijo él al llegar frente a ella.
—Hola, Andrés. Felicidades. Por Beto.
—Gracias. Es un buen muchacho.
Se hizo un silencio incómodo. Natalia lo escaneó. Se veía feliz. Se veía en paz. No había rastro del hombre ojeroso y deprimido que ella había dejado.
—Te ves bien —dijo ella, y esta vez lo dijo sinceramente.
—Tú también —mintió él, piadosamente. Porque Natalia se veía cansada. Se veía mayor. Pero se veía digna.
—Solo vine a verlo de lejos —se apresuró a explicar ella, con miedo a que él pensara que iba a hacer una escena—. No quería molestar. Ya me voy.
—No molestas, Natalia —dijo Andrés con voz suave—. Es tu hijo también. Tienes derecho a estar orgullosa.
Esa pequeña frase, “es tu hijo también”, fue un regalo inmerecido. Andrés no le estaba negando su maternidad, a pesar de todo.
—Vi que te casaste —soltó Natalia. No pudo evitarlo.
Andrés asintió, tocando inconscientemente el anillo de oro en su dedo anular.
—Sí. Hace seis meses.
—Se ve… se ve que es buena mujer.
—Lo es. Me salvó, Natalia. Me enseñó a confiar otra vez.
Natalia tragó el nudo en la garganta.
—Me alegro, Andrés. De verdad. Aunque no me creas. Me alegro de que seas feliz. Yo… yo solo quería pedirte perdón, una vez más. No por querer volver, eso ya sé que no. Sino por… por haber sido tan ciega. Por no haber valorado lo que tenía.
Andrés la miró con una profundidad que la estremeció. Sus ojos ya no tenían el brillo del amor romántico por ella, pero tenían una compasión humana profunda.
—¿Sabes, Natalia? —dijo él—. A veces pienso que tenía que pasar. Si no te hubieras ido, seguiríamos en esa rutina gris que tanto odiabas. Tú estarías amargada y yo estaría ciego, creyendo que todo estaba bien. Tu traición… nos liberó a los dos. A mí me obligó a buscar una felicidad real, no una costumbre. Y a ti…
—A mí me obligó a tocar tierra —completó ella con una sonrisa triste—. A entender que la felicidad no son fuegos artificiales. Que la felicidad es tener quien te pregunte si ya comiste. Que la felicidad es la calma. Pero lo aprendí tarde.
—Nunca es tarde para aprender, Natalia. Pero sí es tarde para recuperar lo perdido. Lo que rompiste, roto se queda. Pero puedes construir algo nuevo. Diferente. Solo tuyo.
En ese momento, Beto volteó y vio a su madre. Su expresión fue de sorpresa, luego de duda. Miró a su padre. Andrés le hizo un leve gesto con la cabeza, como dándole permiso.
Beto caminó hacia ellos. Detrás venía Sofía, con cara de pocos amigos, y Elena, que se quedó prudentemente unos pasos atrás, respetando el momento.
—Mamá —dijo Beto.
—Mi amor. Felicidades, arquitecto —Natalia estiró los brazos, temerosa de que él la rechazara.
Pero Beto la abrazó. Fue un abrazo rápido, un poco tenso, pero fue un abrazo. Olía a tabaco y a loción cara. Olía a adulto.
—Gracias por venir —dijo él al oído.
—No me lo perdería.
Se separaron. Sofía se acercó. No la abrazó. Solo se paró frente a ella, cruzada de brazos.
—Hola, mamá.
—Hola, Sofi. Te ves hermosa.
—Gracias.
Hubo un silencio frío. Sofía aún no perdonaba. Y Natalia entendió que tal vez nunca lo haría del todo. Esa era su penitencia.
—Bueno, nos tenemos que ir a la comida —dijo Sofía cortante, rompiendo el momento—. Papá reservó en el San Ángel Inn.
La mención del restaurante de lujo marcó la línea divisoria. Ellos iban a celebrar con champaña y cortes finos. Natalia iba a regresar en Metrobús a su departamento a comerse una quesadilla. Dos mundos.
—Claro, claro. Vayan —dijo Natalia, retrocediendo—. Disfruten mucho.
Andrés la miró una última vez.
—Cuídate, Natalia. Que Dios te bendiga.
—Y a ti, Andrés. Y a ti.
Elena, desde atrás, le dedicó una sonrisa leve y un asentimiento de cabeza. No era burla. Era reconocimiento. De mujer a mujer.
La familia Villalobos-Suárez se dio la media vuelta y caminó hacia la salida, riendo, brillando bajo el sol de la tarde. Natalia se quedó parada viendo cómo se alejaban. Vio cómo Andrés le pasaba el brazo por la cintura a Elena. Vio cómo Beto le hacía una broma a Sofía.
Se fueron. Y ella se quedó.
Pero extrañamente, mientras caminaba hacia la estación del Metrobús, Natalia no sintió ganas de morir. Sintió… ligereza.
Había enfrentado a sus fantasmas. Había visto de frente lo que perdió y había sobrevivido. Ya no había “hubieras”. La realidad era esa. Andrés era feliz. Ella estaba sola. Y el mundo seguía girando.
Se detuvo en un puesto de la calle y se compró un elote. Se sentó en una banca de piedra del campus, viendo a los estudiantes pasar, llenos de sueños y futuro.
Recordó a Hugo. Unos meses atrás se había enterado de que Hugo había salido del hospital en silla de ruedas, con deudas impagables y viviendo de la lástima de una hermana en Iztapalapa.
“Pobre diablo”, pensó. “Al final, él también pagó su factura”.
Natalia le dio una mordida a su elote. El sabor picante y dulce le llenó la boca. Miró el cielo, que empezaba a pintarse de naranja y rosa. Un atardecer hermoso sobre la Ciudad de México.
—Bueno —se dijo a sí misma en voz alta—. Tienes salud. Tienes trabajo. Tienes un techo. Y tienes un elote.
Se rió. Una risa corta, ronca, pero suya.
Había perdido el paraíso por buscar una manzana podrida. Era cierto. Había sido la villana de su propia historia. Pero la historia no había terminado. Aún le quedaban páginas en blanco. Páginas que ya no llenaría con romances de telenovela ni con lujos prestados. Las llenaría con trabajo, con la tía Rosa, con la esperanza de que algún día Sofía la perdonara, y con la paz… la bendita y aburrida paz de saber quién eres cuando no tienes a nadie a quien impresionar.
Natalia se levantó, se sacudió las migajas del vestido y caminó hacia el transporte público. Se mezcló entre la gente, una mujer más en la inmensa ciudad, anónima, invisible, pero viva.
Y mientras el sol se ocultaba, dejando atrás la sombra de la mujer que alguna vez fue, Natalia finalmente entendió la lección más cara de su vida: Que la rutina no es una jaula, sino el suelo firme donde se construye el amor verdadero. Y que a veces, hay que perderlo todo para aprender a valorar lo poco que es suficiente.
FIN.