
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL PESO DE LA PLUMA
El aire acondicionado de la sala de juntas zumbaba con un tono bajo y constante, un sonido artificial diseñado para mantener la temperatura a unos perfectos 21 grados centígrados, aislando a los ocupantes del calor sofocante y el esmog que asfixiaba a la Ciudad de México esa tarde de mayo. Sin embargo, para Daniel Alcázar, sentado en la cabecera de la inmensa mesa de caoba importada, el aire se sentía denso, pesado, como si estuviera respirando vapor de plomo.
Estaban en el piso 42 de la Torre Virreyes, ese gigante de cristal en las Lomas de Chapultepec que miraba hacia el Bosque como un depredador acechando a su presa. Desde los ventanales de piso a techo, la ciudad se veía hermosa y cruel: el tráfico de Periférico era una vena de luz roja y blanca, el Castillo de Chapultepec se alzaba imperial, y a lo lejos, la bruma gris borraba los volcanes. Era la vista que Daniel había soñado tener cuando era niño y corría entre los autos desmantelados en el taller mecánico de su padre en la colonia Doctores. Ahora la tenía. Era dueño de la vista, del piso, del edificio… y estaba a punto de perderlo todo en los próximos cinco minutos.
Daniel bajó la vista hacia el documento frente a él. “Acuerdo de Reestructuración y Cesión de Activos – Quiebra Voluntaria”. Las letras negras sobre el papel blanco hueso parecían burlarse de él. No eran solo palabras; eran lápidas. Cada cláusula era un clavo en el ataúd de Alcázar Global Logistics, la empresa que había construido con sangre, sudor y demasiadas deudas morales.
—Señor Alcázar —la voz de Roberto Montiel, el abogado principal del bufete Montiel & Asociados, rompió el silencio. Era una voz suave, educada, de esas que aprenden a mentir en las mejores universidades privadas del país—. El tiempo apremia. Los representantes del banco están esperando la confirmación antes de las seis. Si no enviamos el documento firmado, mañana a primera hora congelan las cuentas operativas. Y usted sabe lo que eso significa.
Daniel lo sabía. Significaba que los camiones se quedarían parados en las carreteras de Veracruz y Nuevo Laredo sin diésel. Significaba que los estibadores en Manzanillo no descargarían los contenedores. Significaba que las tres mil familias que dependían de su nómina se irían a dormir sin saber si tendrían trabajo al día siguiente.
—Un momento, Roberto —dijo Daniel. Su propia voz le sonó extraña, rasposa, como si no la hubiera usado en días.
Levantó la mano para tomar la pluma Montblanc que descansaba sobre el cuero del portafolios. Su mano, esa mano que había cargado cajas, que había saludado a presidentes, que había firmado cheques de millones de dólares, empezó a temblar. Era un temblor fino, involuntario, que subía desde su muñeca hasta su codo.
—Maldita sea —murmuró entre dientes, tratando de disimularlo apretando el puño.
Frente a él, los tres abogados del bufete intercambiaron miradas rápidas. Eran como buitres con trajes de Ermenegildo Zegna. No mostraban lástima, solo impaciencia. Para ellos, la caída de un titán como Daniel Alcázar no era una tragedia; era una facturación de horas extra y una excelente comisión por liquidación.
—¿Se siente bien, Don Daniel? —preguntó el abogado más joven, un tipo llamado Santiago, con el pelo engominado y un reloj que costaba más que la casa donde Daniel creció. El “Don” sonó a burla, a un respeto falso que se le da al moribundo.
—Estoy bien —mintió Daniel.
El sudor frío le bajaba por la sien, empapando el cuello almidonado de su camisa. Sentía el corazón golpeándole las costillas, un tamborileo errático que le recordaba las arritmias de su padre antes del infarto. “No te mueras aquí”, se dijo a sí mismo. “No les des el gusto de verte colapsar antes de firmar”.
A su alrededor, la sala de juntas era un monumento al éxito que estaba a punto de extinguirse. Las sillas de cuero italiano, las obras de arte moderno en las paredes, la pantalla gigante apagada. Todo olía a dinero, a poder, a una seguridad que resultó ser tan frágil como el cristal de las ventanas.
En la esquina más alejada de la sala, casi invisible contra el papel tapiz texturizado, estaba Amara.
Amara Ortega llevaba tres horas de pie, tratando de fundirse con la pared. Su uniforme de mesera del servicio de catering le quedaba un poco grande en los hombros. La falda negra estaba desgastada por las lavadas y sus zapatos, unos flats negros baratos que compró en el mercado de la Bola, le estaban matando los pies.
Nadie la miraba. Para los hombres en la mesa, ella era parte del mobiliario, un objeto que traía café y retiraba botellas de agua vacías. Era la “servidumbre”, la “muchacha”, el ruido de fondo. Pero Amara no era sorda, y ciertamente no era ciega.
Durante las últimas dos horas, mientras servía café americano y galletas que nadie tocaba, había escuchado. Había escuchado cómo los abogados acorralaban al hombre de la cabecera. Había escuchado los términos: “insolvencia inminente”, “liquidación de activos”, “responsabilidad civil”. Palabras que conocía no por chismes de pasillo, sino por las noches interminables que pasó estudiando bajo la luz de un foco pelón en su cuarto en Iztapalapa, antes de que la vida se le viniera encima.
Amara apretó la charola plateada contra su pecho. Sus manos estaban húmedas, no solo por haber lavado las tazas en el pequeño cuarto de servicio contiguo, sino por los nervios. Sentía una opresión en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
Desde su posición, tenía una vista perfecta del documento sobre la mesa. La letra era pequeña, pero su vista era aguda. Había estado observando ese papel cada vez que se acercaba a rellenar las tazas. Había leído los encabezados al revés, una habilidad que desarrolló estudiando en el metro atiborrado en hora pico.
—Es una locura —pensó Amara. Su mente, entrenada para detectar patrones, gritaba en silencio.
Vio a Daniel tomar la pluma. Vio el temblor en su mano. Vio la derrota absoluta en los hombros de un hombre que salía en las portadas de Expansión y Forbes. Sintió pena por él, sí, pero más que pena, sintió una urgencia eléctrica, una alarma de incendio sonando en su cerebro.
—Firme aquí, por favor —indicó Montiel, señalando la línea punteada con un dedo manicurado—. Y aquí las iniciales. Con esto, señor Alcázar, se libera de las deudas personales. Salvamos su casa de Las Lomas, salvamos su reputación… lo que queda de ella.
Daniel acercó la punta de la pluma al papel. La tinta negra estaba a milímetros de sellar su destino. Cerró los ojos por un segundo, visualizando la cara de su padre. “Nunca te rindas, Dany. Si te caes, te levantas y les rompes la madre”.
“Perdóname, papá”, pensó Daniel. “Ya no tengo fuerzas”.
El silencio en la sala era sepulcral. Solo se escuchaba el zumbido del aire y la respiración pesada de Daniel. Los abogados se inclinaron hacia adelante, hambrientos.
—Señor… —el susurro salió de la boca de Amara antes de que su cerebro pudiera detenerlo.
Fue un sonido leve, como el roce de una hoja seca, pero en esa tensión absoluta, sonó como un disparo.
Daniel detuvo la pluma. No la levantó, solo la congeló en el aire. Abrió los ojos y miró a su alrededor, confundido, como si hubiera escuchado un fantasma.
Los abogados giraron las cabezas al unísono, buscando la fuente de la interrupción. Sus miradas cayeron sobre la mesera en la esquina.
Amara sintió que la sangre se le iba a los pies. “Cállate, cállate, cállate”, se gritó a sí misma. “¿Qué estás haciendo? Te van a correr. Necesitas este trabajo. Tu mamá necesita las medicinas. Tu hermano necesita la colegiatura”.
Pero ya era tarde. Había roto la regla sagrada del servicio invisible: nunca existas.
—¿Qué dijiste? —ladró Montiel, su máscara de amabilidad cayendo instantáneamente para revelar al clasista irritado que vivía debajo.
Amara tragó saliva. Su garganta estaba seca como el desierto. Dio un paso adelante, sus zapatos baratos rechinando levemente sobre la alfombra de lana virgen.
—Señor… —repitió, esta vez dirigiendo su mirada oscura y temblorosa directamente a los ojos de Daniel—. Por favor… no firme eso.
El abogado joven, Santiago, soltó una risita incrédula.
—¿Es en serio? —miró a Daniel y luego a Amara—. Oye, niña, ¿quién te crees? Estamos en una reunión confidencial de alto nivel. ¡Salte ahorita mismo o llamo a seguridad para que te saquen a patadas!
—¡Lárguese! —secundó Montiel, poniéndose de pie y señalando la puerta con un gesto violento—. Y olvídese de su liquidación. Está despedida. ¡Fuera!
Amara sintió las lágrimas picarle en los ojos. La humillación le quemaba las mejillas. Dio medio paso hacia atrás, lista para huir, para correr por el pasillo de servicio, bajar los 42 pisos y perderse en el anonimato del metro.
Pero entonces, Daniel habló.
—Espera.
La palabra fue dicha en voz baja, pero tuvo el peso de una orden. Daniel no estaba mirando a sus abogados. Estaba mirando a la chica. Había algo en su cara, en el pánico de sus ojos, que le resultaba familiar. Era el mismo pánico que él sentía. Pero debajo del pánico, vio algo más. Certeza.
—Daniel, por favor —dijo Montiel, exasperado—. No tenemos tiempo para el drama de la servidumbre. La chica está buscando una propina o atención. Firma y terminemos con esto.
—Dije que esperes —Daniel giró la cabeza hacia Montiel. Su mirada, antes apagada, ahora tenía un destello de la furia que lo había hecho famoso en los negocios—. Es mi empresa la que estoy matando, Roberto. Yo decido cuándo se muere.
Daniel volvió a mirar a Amara.
—Acércate —le dijo. No fue un grito, fue casi una súplica.
Amara apretó la charola con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Caminó. Cada paso se sentía como caminar hacia la guillotina. Pasó junto a Santiago, quien la miró con asco y murmuró “pinche gata” en voz baja, lo suficiente para que ella lo oyera, pero no Daniel.
Amara llegó al borde de la mesa. Dejó la charola sobre una silla vacía, porque sus manos temblaban demasiado para sostenerla.
—¿Por qué? —preguntó Daniel, mirándola fijamente. Sus ojos estaban rojos por el insomnio y la desesperación—. ¿Por qué me pides que no firme? ¿Sabes siquiera qué es esto?
Amara respiró hondo. El olor de la sala la golpeó: una mezcla de café quemado, colonia cara y miedo.
—Sé lo que es, señor —dijo ella. Su voz era apenas un hilo, pero iba ganando fuerza—. Es una declaración de quiebra bajo el Artículo 10 de la Ley de Concursos Mercantiles.
El silencio que siguió fue absoluto. Montiel se quedó con la boca abierta. Daniel parpadeó.
—¿Eres abogada? —preguntó Daniel.
—No, señor. Soy… era estudiante. De contaduría pública en el Politécnico. —Amara se frotó las manos en el delantal—. Pero sé leer un estado de resultados. Y sé leer eso.
Levantó un dedo, un dedo con la uña corta y sin pintar, y señaló el documento sobre la mesa. No señaló al azar. Señaló una línea específica en la página 14, un párrafo denso y aburrido que todos habían pasado por alto.
—Ahí —dijo Amara—. Hay un error. Un error muy grande.
—Eso es imposible —interrumpió Montiel, recuperando la compostura—. Ese documento fue redactado por tres socios senior y revisado por auditores externos. Es impecable.
—No lo es —insistió Amara, y por primera vez, levantó la voz. La indignación superó al miedo—. En la Cláusula 14B. Ustedes están consolidando la deuda de la adquisición del Puerto de Veracruz como un pasivo exigible inmediato al 100%.
—Porque lo es —dijo Santiago con desdén—. Alcázar Global absorbió esa deuda cuando compró la operadora portuaria.
—No —dijo Amara, negando con la cabeza—. La adquisición fue una coinversión con participación estatal bajo el esquema de Asociación Público-Privada. —Miró a Daniel—. Señor, cuando hay participación federal en infraestructura crítica, la Ley de Deuda Pública establece que el 40% del pasivo se mantiene como contingencia en la tenedora original durante un periodo de “vicio oculto” de cinco años.
Amara tomó aire, hablando rápido, como si temiera que la interrumpieran antes de soltar la verdad.
—Esa deuda no es suya todavía, señor. Al menos no toda. El documento dice que usted debe pagar el total hoy. Pero legalmente, usted solo es responsable del 60% hasta que se cumplan los cinco años.
Daniel sintió un zumbido en los oídos. El mundo pareció detenerse.
—¿Cinco años? —preguntó Daniel, con la voz ronca.
—Sí, señor.
Daniel giró lentamente la cabeza hacia Montiel. El abogado principal estaba pálido. Una gota de sudor bajó por su frente perfectamente bronceada.
—Roberto —dijo Daniel, su voz bajando a un tono peligroso—. ¿Cuándo compramos la operadora de Veracruz?
Montiel empezó a hojear sus papeles frenéticamente, sus manos torpes.
—Eh… fue… tenemos que revisar la fecha exacta de la protocolización, Daniel, esto es muy técnico, la chica no sabe de lo que habla, las leyes han cambiado…
—¡La fecha! —gritó Daniel, golpeando la mesa. El golpe hizo saltar la pluma Montblanc, que rodó por la madera pulida hasta caer al suelo.
—Hace cuatro años y ocho meses —respondió Amara. No necesitó revisar papeles. Lo tenía en la cabeza.
—Cuatro años… y ocho meses —repitió Daniel.
Empezó a hacer el cálculo mental. Si Amara tenía razón, faltaban cuatro meses para que esa deuda gigantesca se hiciera oficial. Si esa deuda no era exigible hoy, entonces sus pasivos totales eran menores. Mucho menores.
Daniel miró el documento de quiebra como si fuera una serpiente venenosa que acababa de esquivar. Luego miró a sus abogados. Ya no veía a sus asesores de confianza. Veía a incompetentes. O peor… veía traidores.
Se levantó de la silla. Sus piernas, que minutos antes parecían de gelatina, ahora se sentían firmes. El miedo se estaba evaporando, reemplazado por una inyección de adrenalina pura.
—Si quitamos ese 40% de la deuda —dijo Daniel, mirando al analista financiero que estaba en la esquina opuesta, pálido como un fantasma—, ¿cuál es mi ratio de solvencia?
El analista tecleó furiosamente en su laptop, sus dedos volando.
—Señor… —tartamudeó el analista—. Si… si ajustamos ese pasivo y lo pasamos a contingencia diferida… sus activos cubren sus obligaciones inmediatas. Técnicamente… técnicamente no está en quiebra. Tiene problemas de liquidez, sí, pero es solvente.
Solvente.
La palabra resonó en la habitación como una campana de iglesia.
Daniel soltó una carcajada. Fue una risa seca, histérica, al borde del llanto. Se pasó las manos por el cabello, despeinándose su peinado perfecto.
—No estoy en quiebra —susurró.
Se giró hacia Montiel. El abogado retrocedió un paso, chocando con su silla.
—Daniel, escucha, es una interpretación legal muy oscura, nosotros optamos por la postura conservadora para protegerte de…
—¿Protegerme? —Daniel avanzó hacia él—. ¿Me ibas a hacer firmar mi muerte para protegerme? ¿O para cobrar tus honorarios de liquidación y largarte a esquiar a Vail?
—Señor Alcázar —intervino Santiago, tratando de poner orden—. Le recuerdo que la mesera no tiene autoridad legal. Esto es ridículo. Vamos a firmar y…
—¡Cállate! —rugió Daniel. Señaló la puerta—. ¡Lárguense! ¡Todos! ¡Lárguense de mi oficina, de mi edificio y de mi vista antes de que los tire por la maldita ventana!
—Daniel, no puedes hacer esto, el banco está esperando…
—¡Que espere el banco! ¡Diles que hubo un error de cálculo! ¡Diles que su abogado es un imbécil! ¡FUERA!
Los abogados recogieron sus maletines con torpeza, murmurando amenazas veladas y excusas, y salieron de la sala casi corriendo, perseguidos por la furia del multimillonario.
La puerta pesada se cerró con un golpe seco.
El silencio regresó a la sala. Pero ya no era un silencio de muerte. Era el silencio eléctrico que queda después de una tormenta.
Daniel se quedó de pie, respirando agitadamente, con las manos apoyadas en la mesa. Sentía que le volvía la sangre al cuerpo. Estaba vivo. Su empresa estaba viva.
Lentamente, se giró hacia la esquina.
Amara seguía allí, abrazando su charola vacía como si fuera un escudo. Estaba temblando visiblemente. Ahora que la adrenalina bajaba, el miedo a las consecuencias la golpeaba de lleno. Acababa de humillar a un bufete de abogados poderoso. Seguramente ya no tenía trabajo. Seguramente la boletinarían.
Daniel la miró. Realmente la miró, por primera vez. Vio el uniforme desgastado, el cansancio en sus ojos, las manos rojas de trabajo duro. Pero también vio la inteligencia, la chispa desafiante que brillaba en su mirada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Daniel. Su voz ya no era de grito, era suave, casi reverente.
—Amara, señor. Amara Ortega.
—Amara —repitió él, probando el nombre—. Amara Ortega.
Daniel caminó hacia ella. Amara se tensó, esperando el regaño, esperando que le dijera que había sido una impertinente.
—¿Sabes cuánto dinero me acabas de ahorrar, Amara? —preguntó él.
—No se trata del dinero, señor —respondió ella en voz baja—. Se trata de que estaba mal. Los números deben cuadrar. Si no cuadran, es mentira. Y odio las mentiras.
Daniel asintió lentamente. Una sonrisa, la primera sonrisa real en seis meses, se dibujó en su rostro cansado.
—Yo también, Amara. Yo también.
Se agachó, recogió su pluma Montblanc del suelo y la guardó en el bolsillo de su saco. Luego miró el documento de quiebra sobre la mesa, lo tomó con ambas manos y lo rompió por la mitad. El sonido del papel rasgándose fue la música más dulce que había escuchado en años.
—Se acabó el café por hoy —dijo Daniel—. Siéntate, Amara. Tenemos mucho trabajo que hacer. Y algo me dice que la Cláusula 14B es solo la punta del iceberg.
Amara dudó.
—Señor… mi turno no ha terminado. El supervisor de catering me va a matar.
Daniel soltó una risa breve.
—Créeme, Amara. A partir de hoy, tu turno acaba de cambiar por completo. Y nadie te va a volver a decir qué hacer, mucho menos un supervisor de catering.
Él jaló una de las sillas de cuero, la que había ocupado el abogado principal, y le hizo un gesto para que se sentara.
—Siéntate —insistió—. Por favor.
Amara miró la silla. Miró la vista de la ciudad. Miró al hombre que acababa de rescatar del abismo. Y, con el corazón latiéndole en la garganta, se sentó a la mesa donde se decidía el destino de miles, dejando su charola de mesera en el suelo, lista para reescribir su historia.
CAPÍTULO 2: EL INSTINTO DE LOS NÚMEROS
El silencio que siguió a la salida de los abogados fue pesado, pero ya no era opresivo. Era un silencio cargado de polvo asentándose después de un derrumbe. Amara Ortega estaba sentada en la silla de piel ergonómica Herman Miller, un mueble que costaba más que todos los muebles de la casa de sus padres juntos. Se sentía pequeña, una intrusa en un templo consagrado al dinero y al poder. Sus manos, todavía rojas y húmedas por el agua jabonosa del cuarto de servicio, descansaban sobre sus rodillas, apretando la tela sintética de su falda negra como si fuera un salvavidas.
Frente a ella, Daniel Alcázar se había aflojado la corbata de seda. El nudo perfecto ahora colgaba torcido, y el primer botón de su camisa estaba desabrochado, revelando el pecho de un hombre que sentía que acababa de escapar de una ejecución pública. Él no la miraba; miraba la ciudad a través del cristal, con la mirada perdida en la bruma de contaminación que teñía el atardecer de la Ciudad de México de un color naranja sucio y violeta.
—¿Sabes? —dijo Daniel de repente, sin girarse—. Cuando construí esta torre, pedí específicamente que los vidrios fueran a prueba de balas. Mis asesores dijeron que era paranoico. Que en esta zona de las Lomas no pasaba nada.
Se giró lentamente, apoyando la cadera en el borde de la inmensa mesa.
—Me equivoqué de enemigo —continuó, con una sonrisa amarga que no le llegaba a los ojos—. Me preocupaban los secuestradores de afuera, los narcos, la competencia desleal. Nunca pensé que las balas vendrían de adentro. De la gente a la que invito a cenar en Navidad.
Amara no supo qué responder. En su mundo, en las calles de Iztapalapa donde vivía, la traición era algo más crudo, más directo. Te robaban el celular en la micro, no te robaban la vida con una cláusula en un contrato de cien páginas.
—Señor… —empezó ella, su voz ganando un poco de firmeza ahora que el pánico inicial remitía—. Usted no firmó. Eso es lo que importa. Todavía tiene el control.
Daniel la miró, evaluándola de nuevo. Ya no veía a la mesera. Veía a una anomalía. Una falla en la Matrix de su realidad corporativa.
—¿Por qué sigues aquí, Amara? —preguntó él, no con hostilidad, sino con genuina curiosidad—. No me refiero a esta sala. Me refiero a… esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba su uniforme, la charola en el suelo, su vida—. Dijiste que estudiaste en el Politécnico. Tienes una mente analítica. Detectaste un error de estructuración de deuda en cinco segundos, algo que a tres abogados de Montiel & Asociados se les “pasó”. Gente con tu cerebro no suele servir café en juntas corporativas.
Amara sintió un nudo en la garganta. Era la pregunta que ella misma se hacía cada mañana al mirarse al espejo del baño con azulejos rotos de su casa. La pregunta que le quitaba el sueño.
—La vida no siempre es una línea recta, señor —respondió ella, bajando la mirada hacia sus zapatos desgastados—. A veces… a veces los números en la cuenta bancaria pesan más que los números en la boleta de calificaciones.
—Cuéntame —pidió Daniel. Se sentó en la silla frente a ella, ignorando la jerarquía, ignorando la distancia social. En ese momento, eran solo dos náufragos en una isla desierta de caoba y cristal.
Amara suspiró.
—Mi papá era chofer de autobús. De la Ruta 1, la que va por Tlalpan. Él siempre me decía: “Mija, aprende a contar para que nadie te haga tonta”. Y yo aprendí. Me encantaba la contabilidad. No por el dinero, sino por el orden. En un balance general, todo tiene que cuadrar. El debe y el haber. Si no cuadra, algo está mal. Es… es justo.
Sus ojos brillaron al hablar de ello, una pasión que había estado dormida bajo capas de resignación.
—Iba en cuarto semestre en la ESCA del Poli —continuó—. Tenía promedio de 9.8. El profesor Hinojosa, el que me enseñó sobre las leyes de deuda pública, decía que yo tenía “ojo de auditora”. Que podía oler un fraude a kilómetros. —Hizo una pausa, y la luz en sus ojos se apagó—. Entonces a mi papá le dio diabetes. Se complicó. Pie diabético, insuficiencia renal. El Seguro Social… bueno, usted sabe cómo es el Seguro. No había medicinas, no había citas para diálisis. Tuvimos que ir a privados.
Daniel asintió. Conocía la historia. Era la historia de millones de mexicanos. Una enfermedad repentina que devoraba los ahorros de una vida en cuestión de semanas.
—Se acabaron los ahorros. Vendimos el coche. Nos endeudamos con agiotistas. —Amara se encogió de hombros, un gesto pequeño para cargar tanto peso—. La colegiatura, los libros, el transporte… se volvieron un lujo. Necesitaba dinero ya. Dejé la carrera “temporalmente”. Eso fue hace tres años.
—Y terminaste aquí —dijo Daniel.
—Paga mejor que en una tienda —dijo ella, con un toque de orgullo defensivo—. Y me dan las sobras del catering para llevar a casa.
El silencio volvió, pero esta vez era un silencio de respeto. Daniel Alcázar había nacido pobre, pero había pasado tanto tiempo siendo rico que había olvidado lo que se sentía tener que elegir entre estudiar o comer. La historia de Amara fue un cubetazo de agua fría.
—”Ojo de auditora” —murmuró Daniel—. Tu profesor tenía razón.
Se puso de pie bruscamente, como si una descarga eléctrica lo hubiera recorrido. Caminó hacia su escritorio personal, un mueble imponente al fondo de la sala, y tomó el teléfono fijo. Marcó una extensión.
—Seguridad. Soy Alcázar. Quiero que bloqueen el acceso al edificio a todo el equipo legal de Montiel. Sí, a todos. Y quiero que traigan a sistemas para cambiar mis claves de acceso. Ahora.
Colgó y se volvió hacia Amara.
—No te voy a dar las gracias, Amara —dijo él.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Señor?
—No te voy a dar las gracias porque eso sería barato. —Daniel se acercó a ella, sus ojos brillando con una intensidad febril—. Te voy a dar trabajo.
—Ya tengo trabajo, señor. Sirvo el café.
—No —Daniel negó con la cabeza—. Ya no. Acabas de renunciar. A partir de este segundo, trabajas para mí. Directamente para mí.
Amara sintió que el piso se movía.
—Señor, no puedo… no tengo título, no tengo experiencia corporativa…
—¡Al diablo la experiencia! —explotó Daniel, y por un segundo, Amara vio el miedo puro detrás de su máscara de poder—. Tenía una sala llena de gente con “experiencia” y casi me llevan al matadero. No necesito títulos, Amara. Necesito ojos. Necesito a alguien que mire los papeles y no vea lo que quiere ver, sino lo que está ahí. Tú viste el error del puerto. ¿Qué más podrías ver si te doy acceso a todo?
Amara miró las cajas de archivos apiladas en los estantes, los servidores parpadeando en la esquina. Sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos. Era el instinto. El mismo instinto que sentía cuando veía un rompecabezas desarmado.
—Si hubo un error así de grande en la declaración de quiebra —dijo ella lentamente, pensando en voz alta—, es probable que no sea el único. Los pasivos no se inflan solos, señor. Alguien tuvo que reclasificarlos. Alguien tuvo que autorizarlo.
—Exacto —dijo Daniel—. Y quiero saber quién. Quiero que revises todo. Auditoría forense. Tienes carta blanca.
—Pero… —Amara miró su uniforme—. ¿Ahora?
—Ahora.
—Tengo que… tengo que avisar a mi jefe. Al de catering. O me va a poner falta y me descuentan el día.
Daniel soltó una carcajada incrédula.
—Amara, te voy a pagar en una semana lo que ganas en un año sirviendo café. Olvida al estúpido gerente de catering.
—No es por el dinero, señor —dijo ella con firmeza—. Es por decencia. No me voy a ir corriendo sin avisar.
Daniel la miró, sorprendido por la dignidad de esa mujer pequeña con zapatos baratos. Asintió.
—Está bien. Ve. Cámbiate. Pero regresa aquí. No te vayas a casa. Esto apenas empieza.
El pasillo de servicio era otro mundo. Si la sala de juntas era el cielo, esto eran las tuberías del infierno. Las paredes estaban pintadas de un color crema institucional, descascarado en las esquinas por los golpes de los carritos de comida. Olía a cloro, a comida recalentada y a sudor rancio.
Amara caminaba rápido, con el corazón latiéndole en la garganta. La adrenalina de la reunión se estaba disipando, dejando paso a una realidad fría y dura. ¿En qué se había metido? ¿Auditora privada de un multimillonario? Ella, que compraba la ropa en paca y contaba los pesos para el gas.
Llegó a la pequeña oficina del gerente de catering, un cuartucho sin ventanas al lado de la cocina industrial. El gerente, un hombre bajo y calvo llamado Rogelio, que disfrutaba ejercer su minúsculo poder como si fuera un tirano, estaba contando inventario de servilletas.
—Ortega —dijo Rogelio sin levantar la vista—. Llevas cuarenta minutos arriba. Solo era servir café y bajar. ¿Te quedaste platicando con los patrones o qué? Te voy a descontar la hora.
Amara se paró frente al escritorio. Sintió el impulso de agachar la cabeza, de pedir perdón, ese reflejo condicionado de años de servicio. Pero entonces recordó la mirada de Daniel Alcázar. Recordó que ella, y solo ella, había entendido lo que nadie más entendió.
—No, Rogelio —dijo Amara.
Rogelio levantó la vista, sorprendido por el tono.
—¿Cómo dijiste?
—Dije que no me vas a descontar nada. Vengo a renunciar.
Rogelio soltó una risotada desagradable, mostrando dientes amarillentos.
—¿Renunciar? —Se burló—. Uy, miren a la licenciada. ¿Y a dónde vas a ir? ¿A McDonald’s? No vas a encontrar otro lugar que te pague el salario mínimo más propinas, Ortega. Tienes suerte de estar aquí.
—Tengo otro trabajo —dijo Amara, abriendo su casillero metálico y sacando su ropa de calle: unos jeans gastados y una blusa blanca sencilla.
—¿Ah sí? —Rogelio se cruzó de brazos, divertido—. ¿De qué? ¿Limpiando baños en otro piso?
—De asesora financiera del Director General —dijo Amara, quitándose el delantal con un movimiento fluido y dejándolo caer sobre el banco.
Rogelio se puso rojo de la risa. Se ahogaba con su propia burla.
—¡Ay, por favor! Asesora financiera. Estás loca, niña. Se te subieron los humos por subir al penthouse. Mira, deja de decir estupideces, ponte el delantal y regresa a lavar las tazas, o te juro que te boletino en todas las agencias de la ciudad. No vuelves a trabajar ni de cerillito en el súper.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió.
No entró Daniel, por supuesto. Entró su secretaria ejecutiva, la Señora Elena. Una mujer de sesenta años, impecable, que inspiraba terror en todo el edificio. Rogelio se puso pálido y se levantó de un salto, casi tirando la silla.
—Señora Elena… qué honor… ¿qué se le ofrece?
Elena ignoró a Rogelio como si fuera una cucaracha. Sus ojos se posaron en Amara.
—Señorita Ortega —dijo Elena con un tono respetuoso que hizo que a Rogelio se le cayera la mandíbula al suelo—. El señor Alcázar la está esperando. Me pidió que le entregara esto.
Elena le extendió una tarjeta magnética. No era la tarjeta blanca de “Visitante” ni la azul de “Staff”. Era una tarjeta negra. Acceso total. Nivel Ejecutivo.
—También me pidió que le informara que su contrato con la agencia de catering queda anulado —continuó Elena, girándose ahora hacia Rogelio con una mirada gélida—. Y le sugiere al gerente que procese la liquidación completa de la señorita Ortega hoy mismo, si quiere que Alcázar Global renueve el contrato de servicios el próximo mes.
Rogelio estaba catatónico. Miraba de Amara a Elena y de vuelta a Amara.
Amara tomó su bolsa de mano, una mochila vieja donde guardaba sus libros de contabilidad que todavía leía en sus ratos libres. Miró a Rogelio. No sintió satisfacción, ni ganas de burlarse. Solo sintió que ese hombre y su mezquindad ya no la podían tocar. Se le habían quedado chicos.
—Adiós, Rogelio —dijo Amara.
Salió al pasillo, siguiendo a la Señora Elena. Mientras caminaban hacia los elevadores principales (ya no el montacargas de servicio), Amara sintió que dejaba una piel vieja atrás. Pero el miedo seguía ahí, enroscado en su estómago. Subir era fácil. Mantenerse arriba, rodeada de lobos, sería lo difícil.
De vuelta en la oficina de Daniel, la atmósfera había cambiado. Ya no era una sala de juntas; era un cuarto de guerra.
Daniel había movido la mesa, empujando sillas, y había desplegado planos y estados financieros sobre la superficie. Se había quitado el saco y arremangado la camisa.
—Bienvenida a bordo —dijo Daniel cuando ella entró—. Siéntate. Tenemos que hablar de Víctor.
Amara se tensó.
—¿El Director Financiero?
—El mismo. Víctor Méndez. Mi compadre. Mi amigo desde la universidad. —Daniel escupió las palabras con amargura—. Él preparó los documentos de la quiebra. Él contrató a Montiel. Él me convenció de que no había otra salida.
Daniel le pasó una carpeta azul.
—Este es el reporte de flujo de efectivo de los últimos seis meses. Víctor dice que estamos sangrando dinero por “costos operativos crecientes” y “pérdidas cambiarias”. Quiero que lo veas.
Amara abrió la carpeta. Sus ojos recorrieron las columnas de números. Para la mayoría de la gente, eran solo cifras aburridas. Para ella, era una narrativa. Los números contaban historias. Y esta historia tenía agujeros.
—Aquí —dijo Amara después de unos minutos, señalando una columna—. “Gastos de Mantenimiento Extraordinario – Flotilla Norte”. 15 millones de pesos en febrero.
—Las carreteras en el norte son un desastre —justificó Daniel—. Los camiones se rompen.
—Sí, pero mire el cruce con la bitácora de operaciones —Amara pasó la página—. En febrero, la Flotilla Norte estuvo parada el 40% del tiempo por huelgas en la frontera. Los camiones no rodaron. ¿Cómo gastaron 15 millones en mantenimiento de camiones que estaban estacionados?
Daniel se quedó helado. Se acercó para ver el número.
—Son facturas —dijo él—. Deben estar las facturas.
—Seguro que las hay —dijo Amara—. Pero apuesto a que si buscamos la dirección fiscal del taller mecánico que emitió esas facturas… vamos a encontrar un terreno baldío o una casa particular.
Daniel golpeó la mesa con el puño.
—Me está robando.
—No solo robando, señor —dijo Amara, su mente conectando puntos a una velocidad vertiginosa—. Si infla los gastos, bajan las utilidades. Si bajan las utilidades, baja el valor de la acción. Si baja la acción y la empresa declara quiebra, los activos se venden baratos.
—¿A quién? —preguntó Daniel.
Amara lo miró a los ojos.
—A quien tenga el dinero listo y conozca el valor real de la empresa. Alguien que sepa que la quiebra es falsa.
Daniel se dejó caer en su silla. La traición era peor que el robo. Era un golpe de estado. Víctor quería quedarse con la empresa. Quería comprarla por centavos al dólar usando prestanombres, una vez que Daniel estuviera fuera del juego, arruinado y humillado.
—Necesito pruebas —dijo Daniel, su voz dura como el acero—. Pruebas irrefutables. Si acuso a Víctor sin pruebas, el Consejo de Administración me va a comer vivo. Él tiene a la mitad del Consejo en su bolsillo. Dirán que estoy desesperado, que estoy paranoico.
—Las encontraremos —dijo Amara. No “las encontraré”. “Las encontraremos”. El plural salió natural.
Daniel la miró.
—¿Puedes quedarte esta noche?
Amara miró por la ventana. La ciudad ya era un mar de luces. Pensó en su mamá esperándola con la cena recalentada. Pensó en la microbús insegura a las 11 de la noche.
—No puedo —dijo ella—. Mi mamá… si no llego, se preocupa. Y mi papá necesita sus medicinas a las 9.
Daniel pareció recordar de golpe que ella tenía una vida fuera de esa torre.
—Claro. Lo siento. —Sacó su cartera y extrajo varios billetes de 500 pesos. Se los extendió—. Toma. Para el taxi. Y para las medicinas.
Amara miró el dinero. Era más de lo que ganaba en un mes. Su orgullo le gritó que no lo aceptara, que no era una limosna. Pero la realidad de la diabetes de su padre gritó más fuerte.
—Tómalo como un adelanto de tu primera quincena —dijo Daniel, viendo su duda—. No es un regalo. Te lo vas a ganar. Créeme, te lo vas a ganar con creces.
Amara tomó el dinero con manos temblorosas.
—Gracias, señor.
—Mañana a las 8:00 AM. Entra por la puerta principal. Y Amara… —Daniel la detuvo antes de que saliera—. Ven vestida para la guerra. No traigas uniforme. Trae tu cerebro.
El viaje en taxi a Iztapalapa fue surrealista. Amara solía hacer dos horas en metro y pesero. Ahora, en el Uber que Daniel le había pedido desde su cuenta (un coche negro con asientos de piel), veía la ciudad pasar como una película.
Pasó de las avenidas arboladas y los rascacielos de Reforma, a las calles bacheada y los cables de luz enmarañados del oriente de la ciudad. El paisaje cambiaba, el olor cambiaba, la seguridad cambiaba.
Llegó a su calle, un callejón estrecho donde los perros ladraban desde las azoteas. Bajó del auto sintiendo las miradas de los vecinos. “¿En qué anda la Amara?”, pensarían. “¿Con quién se metió?”.
Entró a su casa. El olor a frijoles y a humedad la recibió como un abrazo viejo y conocido. Su mamá, Doña Tere, estaba en la cocina, calentando tortillas.
—Mija, qué horas son estas —dijo su mamá, limpiándose las manos en el delantal—. Estaba con el Jesús en la boca. ¿Por qué no contestabas el celular?
Amara se dejó caer en la silla de plástico de la mesa. Estaba agotada. No físicamente, sino mentalmente. Su cerebro seguía procesando millones de pesos, deudas ocultas y traiciones corporativas.
—Perdón, amá. Tuve… tuve mucho trabajo.
Su papá, Don Chucho, tosió desde el cuarto contiguo. Una tos seca, dolorosa.
—¿Trajiste la insulina? —preguntó su mamá en voz baja—. Se acabó la del refri y hoy le subió el azúcar a 300.
Amara metió la mano en su bolsillo y sintió el fajo de billetes. Los sacó. Doña Tere abrió los ojos como platos.
—Hija… —susurró, asustada—. ¿De dónde sacaste eso? Amara, dime que no hiciste nada malo. Dime que no te metiste en problemas.
Amara miró los billetes. Luego miró a su madre, esa mujer que había envejecido diez años en los últimos tres.
—No, mamá —dijo Amara, y una sonrisa cansada pero genuina se dibujó en su rostro—. No hice nada malo. Hice algo bueno. Por primera vez en mucho tiempo, hice algo que importa.
Se levantó y puso el dinero en la mano callosa de su madre.
—Cómprale la insulina buena, amá. La de patente. Y compra carne. Mañana vamos a comer bien.
—Pero Amara, explícame…
—Me ascendieron —dijo Amara, y la palabra sonó extraña en su boca—. Ya no soy mesera. Ahora soy… soy la que revisa las cuentas.
Se fue a su cuarto, un espacio pequeño que compartía con cajas de ropa vieja. Se acostó en su cama individual, mirando las manchas de humedad en el techo.
Cerró los ojos y vio números. Veía las columnas del estado financiero de Alcázar Global. Veía los 15 millones de pesos desaparecidos. Veía la firma de Víctor Méndez.
El miedo seguía ahí. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo. Víctor Méndez no era el gerente de catering Rogelio. Víctor era un hombre poderoso, rico y probablemente peligroso. Si descubría que una ex-mesera lo estaba investigando, la aplastaría como a un insecto.
Pero luego recordó la cara de Daniel. La esperanza que había visto en sus ojos cuando rompió el papel.
“Ojo de auditora”, había dicho su profesor.
Amara abrió los ojos en la oscuridad.
—Mañana —susurró a la soledad de su cuarto—. Mañana vamos a ver quién le tiene miedo a quién.
Se giró hacia la pared, donde tenía pegado un recorte de periódico viejo, de cuando ganó el concurso de matemáticas en la prepa. “Estudiante promesa”, decía el titular.
La promesa había estado en pausa. Pero mañana, Amara Ortega iba a cobrarla. Con intereses.
El sonido de una sirena de policía a lo lejos la arrulló. Estaba lejos de Las Lomas, lejos de la Torre Virreyes, pero por primera vez en años, no se sentía atrapada. Se sentía lista.
CAPÍTULO 3: LA GUERRA DE LOS PAPELES
El despertador del celular de Amara sonó a las 5:00 AM con una melodía genérica y estridente. En Iztapalapa, a esa hora, el silencio es relativo. Ya se escuchaban los primeros motores de los peseros calentándose en la base de la esquina, el ladrido lejano de los perros azoteos que se comunicaban en clave morse canina, y el silbido del carrito de los camotes que, inexplicablemente, seguía dando vueltas o madrugaba demasiado.
Amara abrió los ojos en la penumbra de su cuarto. Por un segundo, sintió la desorientación típica del despertar: ¿dónde estoy? ¿qué día es? Luego, la realidad le cayó encima como un balde de agua fría. Ya no era mesera. Hoy no tenía que ponerse el uniforme negro de poliéster que le picaba en el cuello. Hoy tenía que ir a la Torre Virreyes, no a servir café, sino a cazar ladrones.
Se levantó y sus pies descalzos tocaron el piso de cemento frío. Abrió su ropero, un mueble de aglomerado que se inclinaba peligrosamente hacia la izquierda. Su “guardarropa corporativo” era patético. Tenía dos pantalones de vestir que compró en rebaja en Suburbia, tres blusas blancas que cuidaba como oro molido y un saco negro que le había regalado una prima que trabajaba de recepcionista.
Eligió la blusa menos gastada y el pantalón negro. Se miró al espejo de cuerpo entero que tenía recargado en la pared.
—Te ves bien, flaca —se mintió a sí misma en voz alta.
La verdad es que se veía como lo que era: una chica de barrio intentando disfrazarse de ejecutiva de Polanco. Pero no tenía tiempo para inseguridades. Se maquilló con lo básico: rímel, un poco de rubor para ocultar la palidez del insomnio y un labial discreto. Se recogió el cabello en una cola de caballo tensa, estirando cada fibra para que no se escapara ningún pelo rebelde. Tenía que verse limpia, eficiente, invisible.
Salió a la cocina. Su mamá ya estaba despierta, moviendo una cuchara en una olla de avena.
—Siéntate a desayunar, mija —dijo Doña Tere.
—No tengo tiempo, má. Se me hace tarde para el Cablebús.
—No te vas a ir con la panza vacía a pelear con los ricos —insistió su madre, sirviéndole un tazón humeante—. Come. Necesitas fuerza.
Amara comió rápido, quemándose la lengua. Su papá salió del cuarto, caminando despacio, apoyándose en las paredes. Se veía mejor que ayer. La insulina “de la buena” ya estaba haciendo efecto, o tal vez era el alivio de saber que había dinero en la casa.
—Que Dios te bendiga, hija —le dijo Don Chucho, poniéndole la mano en la cabeza—. No te dejes. Acuérdate de quién eres.
—Sí, papá.
Salió a la calle. El aire de la mañana estaba fresco y olía a escape de camión y a masa de maíz de las tortillerías que empezaban a trabajar. Caminó rápido hacia la estación del Cablebús. Subirse a esa canastilla voladora siempre le daba una sensación extraña: ver su barrio desde arriba, un mar gris de concreto y tinacos negros, interminable. Desde las alturas, la pobreza se veía geométrica, casi ordenada.
El viaje fue una odisea habitual: Cablebús, transbordo al Metro Constitución de 1917, línea 8 hasta Bellas Artes, transbordo a la línea 2, luego a la 7… El Metro iba atascado. Cuerpos apretados contra cuerpos, mochilas en el pecho, vendedores gritando “¡Lleve los audífonos, la batería, el cable!”. Amara protegió su bolsa con la vida. Ahí llevaba su cuaderno de notas y una pluma nueva.
Llegó a la estación Auditorio a las 7:40 AM. Salió del subsuelo a la luz brillante de Reforma. El cambio de escenario siempre era un shock. De los puestos de tacos de canasta y el caos del metro, emergía a la zona de los hoteles de lujo y los edificios de cristal. Caminó hacia la Torre Virreyes, ese edificio con forma de “Dorito” invertido que desafiaba la gravedad.
Se detuvo un momento frente a la entrada giratoria. Vio a los ejecutivos entrando: hombres con trajes a la medida, mujeres con bolsos de diseñador, todos caminando con esa prisa importante de quien cree que el mundo se detiene si ellos no llegan.
Amara respiró hondo, llenando sus pulmones de aire (un poco más limpio aquí que en Iztapalapa) y cruzó la puerta.
El lobby era imponente, un atrio de mármol y luz. Se dirigió a los torniquetes de seguridad. Los guardias, tipos corpulentos con trajes tácticos, la miraron venir. Uno de ellos, el que siempre le revisaba la bolsa cuando era mesera, dio un paso al frente para bloquearle el paso.
—Proveedores y servicio es por el sótano 2, güera —le dijo con ese tono de autoridad prestada que usan los guardias privados—. Ya te la sabes.
Amara se detuvo. Sintió la mirada de varias personas en la fila. La vergüenza le subió por el cuello, caliente y roja. Pero luego recordó la tarjeta en su bolsa. La tarjeta negra.
Metió la mano en su bolsa, sus dedos rozaron el plástico frío. Lo sacó como si fuera una espada.
—No vengo a servicio, oficial —dijo Amara, sosteniendo la mirada del guardia—. Vengo a Presidencia.
Acercó la tarjeta al lector del torniquete.
BIP. Una luz verde brillante se encendió. Acceso Autorizado: Nivel Ejecutivo.
El torniquete se abrió con un suave zumbido mecánico.
La cara del guardia cambió de la prepotencia a la confusión absoluta en un segundo. Miró la tarjeta, miró a Amara, y luego retrocedió.
—Pásale… señorita —murmuró, confundido.
Amara cruzó. No sonrió. No se burló. Solo caminó hacia los elevadores inteligentes, los que te llevan directo a tu piso sin botones. Marcó el piso 42.
Mientras el elevador subía a una velocidad que le tapaba los oídos, Amara se miró en el reflejo de las puertas metálicas. “Ahí está”, pensó. “La impostora”. Pero la impostora tenía una tarjeta negra. Y eso, en este mundo, era lo único que importaba.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso 42, el silencio era sepulcral. A diferencia de los pisos operativos abajo, donde los teléfonos sonaban y la gente corría, el piso de Presidencia era un santuario. Alfombras gruesas que absorbían los pasos, arte abstracto en las paredes, y un olor sutil a madera y cítricos.
La Señora Elena estaba en su escritorio, una fortaleza de caoba que custodiaba la puerta de la oficina de Daniel.
—Buenos días, señorita Ortega —dijo Elena sin levantar la vista de su computadora—. El señor Alcázar la espera en la Sala C. Ya le mandé pedir café y fruta. ¿Necesita algo más?
—Eh… no, gracias, Señora Elena —respondió Amara, sintiéndose extraña de que la mujer que antes ni siquiera la saludaba ahora le ofreciera fruta.
Caminó hacia la Sala C. Al entrar, vio que Daniel ya estaba ahí. No parecía haber dormido. Tenía la misma ropa de ayer, aunque sin corbata y con las mangas arremangadas hasta los codos. La mesa estaba cubierta de carpetas, estados de cuenta impresos y dos laptops abiertas.
—Llegaste —dijo Daniel, levantando la vista. Tenía ojeras profundas, pero sus ojos estaban alertas, inyectados de cafeína y adrenalina.
—A las 8:00 en punto, señor.
—Bien. Cierra la puerta. —Daniel señaló una silla vacía junto a él, donde había una laptop cerrada—. Esa es tuya. Es nueva. Ya tiene acceso a los servidores de contabilidad, tesorería y operaciones. Tus claves están en el post-it.
Amara se sentó y abrió la computadora. Era una máquina potente, ligera, nada que ver con la PC vieja y lenta que usaba en el café internet de su colonia.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó, sintiendo un cosquilleo en los dedos.
—Por donde duele —respondió Daniel—. Ayer encontraste lo de los camiones fantasma en el norte. Eso son 15 millones. Pero la deuda total que me quieren cobrar es de 800 millones de pesos. Necesitamos encontrar el resto. Necesito que rastrees cada peso que salió de esta empresa en los últimos 24 meses.
Amara asintió. Ingresó la clave. La pantalla se iluminó con el logotipo de Alcázar Global. Abrió el sistema de gestión financiera (ERP). La interfaz era compleja, llena de menús y submenús, pero la lógica contable era universal. Cargo y abono. Entrada y salida.
—Señor —dijo Amara después de unos minutos de navegar en silencio—, para hacer esto rápido, necesito descargar la base de datos completa de proveedores y cruzarla con la nómina y los registros del SAT. ¿Tengo permiso para descargas masivas?
—Tienes permiso para hackear al Papa si es necesario —gruñó Daniel—. Solo encuéntrame la trampa.
Amara se puso los audífonos (unos sencillos de cable que sacó de su bolsa) para aislarse del mundo. Puso una lista de reproducción de música clásica que usaba para estudiar. Y entonces, desapareció.
Entró en “La Zona”.
Para Amara, los números no eran fríos. Eran colores, eran texturas. Cuando una contabilidad estaba sana, fluía como un río limpio. Cuando estaba manipulada, se sentía… rasposa. Tropezada.
Empezó a filtrar las cuentas por pagar. Miles de transacciones. Pagos de luz, de internet, de nómina, de diésel, de refacciones, de seguros, de impuestos.
Pasó una hora. Dos. Daniel trabajaba en silencio a su lado, revisando contratos legales.
A las 11:30 AM, Amara frunció el ceño.
—Aquí hay algo raro —murmuró.
Daniel levantó la cabeza de inmediato.
—¿Qué?
—Estoy viendo los gastos de “Consultoría Externa”. —Amara giró la pantalla hacia él—. Mire esto. Tenemos pagos mensuales de 450,000 pesos a una empresa llamada Estrategias Corporativas Lambda S.A. de C.V. por concepto de “Asesoría en Optimización de Procesos”.
—Sí, contratamos a varios consultores el año pasado para tratar de salvar el barco —dijo Daniel, frotándose los ojos—. Fue idea de Víctor. Dijo que necesitábamos expertos.
—Ok —dijo Amara—. Pero mire las fechas de las facturas. Todas son emitidas el último día de cada mes, a las 11:59 PM. Siempre la misma hora. Y el folio fiscal… —Amara tecleó rápido, entrando al portal de verificación del SAT—. El folio es consecutivo.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que Alcázar Global es el único cliente de esa empresa —explicó Amara, sintiendo la emoción del descubrimiento—. Si una empresa real opera, emite facturas a muchos clientes. Los folios saltan. Si yo le facturo a usted la 001, y mañana a otro cliente la 005, hay un salto. Pero aquí… enero es la 50, febrero es la 51, marzo es la 52.
Daniel miró la pantalla, hipnotizado por la lógica simple y brutal.
—Esa empresa solo existe para cobrarnos a nosotros —dijo Daniel.
—Exacto. Es una empresa cascarón. —Amara buscó la dirección fiscal de Lambda S.A. de C.V. en Google Maps—. Calle Colima 45, Interior 3, Colonia Roma Norte.
Puso la vista de Street View.
No era un edificio de oficinas. Era una casona vieja, grafiteada, con un letrero de “Se Renta” y un puesto de jugos en la entrada.
—Ahí no hay consultores, señor —dijo Amara—. Ahí no hay nada.
Daniel apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes.
—¿Cuánto suman los pagos a Lambda?
—En dos años… —Amara sumó rápidamente en Excel—. Diez millones ochocientos mil pesos.
—Diez millones —Daniel soltó el aire—. Con eso pagaba la nómina de dos meses de la planta de Querétaro que tuve que cerrar.
—Hay más —dijo Amara, sin detenerse. Su cerebro estaba en llamas—. Si Lambda es falsa, ¿quién cobra los cheques?
Rastreó la cuenta bancaria receptora. Un banco pequeño, de esos que hacen pocas preguntas.
—No puedo ver el titular de la cuenta receptora desde aquí, necesito una orden judicial para eso —dijo Amara—. Pero puedo ver quién autorizó el alta del proveedor en nuestro sistema.
Hizo clic en el historial de modificaciones del ERP. El usuario que dio de alta a Lambda S.A. de C.V. apareció en la pantalla: VMENDEZ.
—Víctor —dijo Daniel. No fue una pregunta. Fue una sentencia.
—Él creó el proveedor, él autorizó los contratos y él firmó los pagos —concluyó Amara—. Es un circuito cerrado. Se estaba pagando a sí mismo por “asesorarnos” sobre cómo quebrar.
En ese momento, la puerta de la Sala C se abrió sin llamar.
Amara y Daniel se sobresaltaron.
En el umbral estaba Víctor Méndez.
Se veía impecable, como siempre. Traje azul marino a la medida, pañuelo de seda en el bolsillo, el cabello peinado hacia atrás con precisión geométrica. Pero había algo en sus ojos, una tensión que no solía estar ahí. Sostenía un café de Starbucks en la mano y sonreía, pero era una sonrisa de tiburón.
—Buenos días, Daniel —dijo Víctor, entrando con paso firme, ignorando por completo a Amara—. Elena me dijo que estabas aquí encerrado. No has bajado a tu oficina. Los del banco me están llamando, preguntan por qué no se envió el documento ayer. Les dije que seguramente te sentiste mal y te fuiste a descansar.
Víctor llegó a la mesa y, finalmente, posó sus ojos sobre Amara. Su sonrisa no vaciló, pero sus ojos se enfriaron un par de grados.
—Ah… veo que tenemos visitas —dijo Víctor, con un tono condescendiente—. ¿Se descompuso la máquina de café del piso de abajo? No sabía que ahora el personal de servicio usaba las laptops de la empresa.
El insulto fue sutil, elegante, diseñado para ponerla en su lugar sin alzar la voz. La “clase” de Víctor era un arma.
Amara sintió el impulso de bajar la cabeza, de disculparse, de salir corriendo. Era el reflejo condicionado de años de ser invisible. Sintió el calor en sus mejillas. “No eres nadie”, le susurró una voz en su cabeza. “Él es el CFO. Tú eres la mesera”.
Pero entonces miró la pantalla de su computadora. Vio el VMENDEZ al lado de los 10 millones robados. Y la vergüenza se transformó en algo más útil: enojo.
—Ella no es personal de servicio, Víctor —dijo Daniel. Su voz era tranquila, pero tenía un filo peligroso—. Amara es mi nueva auditora interna.
Víctor parpadeó. Por una fracción de segundo, su máscara cayó.
—¿Auditora? —Víctor soltó una risa corta, incrédula—. Daniel, por favor. ¿Esta niña? ¿La que servía las galletas ayer? ¿Te volviste loco? Esto es una empresa global, no una tiendita de la esquina. Necesitas gente seria.
—La gente seria me estaba robando, Víctor —dijo Daniel.
El silencio que cayó en la sala fue absoluto. El zumbido del aire acondicionado pareció detenerse.
Víctor dejó su café sobre la mesa con cuidado.
—¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando de Lambda S.A. de C.V. —dijo Daniel.
La cara de Víctor no cambió, pero sus manos se tensaron. Fue un movimiento minúsculo, pero Amara lo vio. “Ojo de auditora”.
—No sé qué es eso —dijo Víctor con suavidad.
—Claro que sabes —intervino Amara. Su voz le tembló un poco al principio, pero se obligó a hablar fuerte—. Usted dio de alta al proveedor el 14 de enero de hace dos años, a las 6:45 PM. Desde su terminal.
Víctor giró la cabeza lentamente hacia ella. Ya no había condescendencia. Había odio puro.
—Tú no sabes leer esos sistemas, niña —dijo Víctor, bajando la voz—. Estás interpretando cosas que no entiendes. Esos son gastos estratégicos confidenciales.
—La estrategia de pagarle 10 millones a una casa abandonada en la Roma —dijo Amara, girando la laptop para que él viera la foto de Street View del puesto de jugos—. ¿Ahí dan las asesorías, licenciado? ¿Entre los jugos de naranja y las tortas de tamal?
Víctor miró la pantalla. Su piel, normalmente bronceada por fines de semana en Valle de Bravo, se puso grisácea.
—Daniel —dijo Víctor, ignorando a Amara de nuevo y dirigiéndose a su socio—. Esto es ridículo. Estás dejando que una… una ignorante con acceso a Google Maps cuestione mi gestión. Si tienes dudas, pregúntame. Pero no me insultes trayendo a esta gente a revisar mi trabajo.
—Tu trabajo se revisa solo, Víctor —dijo Daniel—. Y apesta.
Víctor se enderezó. Se ajustó los gemelos de la camisa.
—Ten cuidado, Daniel. Estás bajo mucha presión. El estrés te hace ver enemigos donde hay aliados. Si sigues por este camino… si sigues escuchando a esta sirvienta… vas a destruir lo poco que queda de la empresa. Y te vas a quedar solo.
—Prefiero estar solo que mal acompañado —respondió Daniel—. Quiero tu renuncia, Víctor. Hoy.
Víctor sonrió. Una sonrisa fría, terrible.
—No puedes despedirme. Soy socio. Tengo acciones. Y tengo al Consejo. Si intentas sacarme, voy a alegar incapacidad mental por tu parte. Diré que perdiste la razón por la quiebra. Y créeme, me van a creer a mí antes que a ti y a tu… mascota.
Víctor tomó su café, dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Amara una última vez.
—Disfruta la laptop mientras puedas, linda. Vas a volver a lavar platos antes de que termine la semana. Y asegúrate de no cometer errores. En este nivel, los errores cuestan muy caros. A veces cuestan la salud… o la libertad.
Salió y azotó la puerta.
Amara soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos temblaban sobre el teclado.
—Me acaba de amenazar —dijo ella en un susurro.
—Nos acaba de amenazar —corrigió Daniel. Se pasó la mano por el pelo, visiblemente alterado—. Acaba de declarar la guerra. Y tiene razón en una cosa: tiene poder. Si va al Consejo ahora mismo y les dice que estoy paranoico, podrían destituirme.
—Entonces necesitamos más que facturas falsas —dijo Amara, recuperando la compostura. El miedo a Víctor era real, pero el odio a la injusticia era mayor—. Necesitamos demostrar que no es solo robo. Necesitamos demostrar el plan completo.
—¿A qué te refieres?
—Víctor no solo quería dinero —explicó Amara, su mente trabajando a mil por hora—. Si solo quisiera robar, hubiera seguido sacando dinero poco a poco. Pero él forzó la quiebra. Aceleró el proceso. Reclasificó la deuda del puerto para que pareciera impagable ahora. ¿Por qué matar a la gallina de los huevos de oro?
Daniel la miró, comprendiendo a dónde iba.
—Para quedarse con la granja.
—Exacto. Quiere comprar Alcázar Global en la subasta de quiebra. Pero no puede hacerlo con su nombre. Necesita un prestanombres. Una empresa compradora.
Amara volvió a teclear, cerrando las ventanas de contabilidad y abriendo los correos electrónicos archivados.
—¿Qué haces? —preguntó Daniel.
—Busco comunicaciones con bufetes externos. Si Víctor planeaba comprar la empresa, tuvo que preparar una oferta. Tuvo que compartir información confidencial con alguien de afuera para valuar los activos.
—Eso es ilegal. Uso de información privilegiada.
—Pues Víctor no parece muy preocupado por la ley —dijo Amara.
Pasaron las siguientes cuatro horas revisando miles de correos. Pidieron comida a la oficina (sándwiches del deli de la esquina que Amara comió con avidez, sorprendida de que un sándwich pudiera costar 180 pesos).
A las 5:00 PM, Amara encontró un hilo de correos borrados en la papelera de recuperación del servidor. Víctor era listo, pero arrogante. No había borrado definitivamente los correos; solo los había enviado a la papelera, pensando que nadie revisaría.
—Aquí está —dijo Amara.
Daniel se acercó.
El correo era de Víctor a una dirección externa: [email protected]. El asunto era: “Valuación Activos Distressed – Proyecto Fénix”.
—”Proyecto Fénix” —leyó Daniel—. Qué poético. El renacimiento de las cenizas.
En el correo adjunto había un documento PDF. Amara lo abrió. Era una estrategia detallada para adquirir Alcázar Global por el 10% de su valor real una vez declarada la quiebra. La empresa compradora, Panama Capital, aparecía representada por un tal “Lic. Roberto Montiel”.
—Montiel —Daniel golpeó la mesa—. ¡Mi propio abogado!
—Son socios —dijo Amara—. Víctor quiebra la empresa desde adentro, Montiel legaliza la quiebra desde afuera, y luego ambos compran los restos con el dinero que le robaron a usted durante años. Es perfecto.
Daniel se quedó mirando la pantalla, pálido. La magnitud de la conspiración era abrumadora. No era solo un empleado desleal; era un asalto coordinado.
—Tengo que llamar a la policía —dijo Daniel, sacando su celular.
—No —lo detuvo Amara—. Todavía no.
—¿Por qué no? Aquí está la prueba.
—Es un PDF en un correo borrado. Dirán que es un borrador, que es una simulación de escenarios, que alguien lo plantó. Tienen abogados muy caros, señor. Montiel se desayuna a los ministerios públicos. Si vamos a la policía ahora, se va a filtrar a la prensa, las acciones se van a desplomar por el escándalo, y ellos ganan porque la empresa pierde valor, que es justo lo que quieren.
—¿Entonces qué hacemos?
Amara miró por la ventana. La ciudad empezaba a encenderse de nuevo. Las luces de los rascacielos brillaban como estrellas frías. Se sentía cansada, pero su mente estaba clara como el cristal.
—Tenemos que atraparlos con las manos en la masa —dijo Amara—. Mañana es la junta de Consejo trimestral, ¿verdad?
—Sí. Víctor estará ahí. Todo el Consejo estará ahí.
—Víctor cree que usted está acorralado. Cree que yo soy una “mascota” inofensiva. Cree que no tenemos el cuadro completo. —Amara sonrió, una sonrisa pequeña y peligrosa—. Vamos a dejar que lo crea. Vamos a dejar que presente sus números mañana. Y luego…
—Luego tú presentas los tuyos —completó Daniel.
—No solo los números, señor. La historia. A los Consejeros no les gustan los números complicados, les gustan las historias de dinero. Les vamos a contar cómo Víctor les está robando a ellos también. Porque si la empresa se vende barata, sus acciones no valen nada.
Daniel la miró con admiración. En menos de 24 horas, la chica que servía café se había convertido en su general de guerra.
—Es arriesgado, Amara. Si fallamos mañana…
—Si fallamos, señor, yo regreso a Iztapalapa a vender ropa en el tianguis. Pero usted… usted pierde su legado.
Daniel asintió.
—Entonces no fallemos.
Se quedaron trabajando hasta la medianoche. Amara aprendió a hacer tablas dinámicas complejas, a graficar desvíos de fondos y a estructurar una presentación ejecutiva. Daniel le enseñó cómo hablarle a los consejeros, qué tono usar, cuándo hacer pausas.
A la 1:00 AM, Daniel pidió otro Uber para ella.
Mientras bajaba en el elevador, sola, Amara se sintió diferente. El miedo seguía ahí, sí. Víctor Méndez era un enemigo formidable. Pero ya no se sentía como una impostora.
Miró su reflejo en el metal pulido. Tenía ojeras, el maquillaje estaba corrido y su blusa estaba arrugada. Parecía un desastre.
—Pareces auditora —se dijo a sí misma, y sonrió.
Salió a la noche fresca de Reforma. Mañana sería el día más importante de su vida. Mañana, la mesera iba a hablar, y el mundo corporativo tendría que escuchar, quisiera o no.
CAPÍTULO 4: LA TRAICIÓN
El nudo en el estómago de Amara Ortega no se debía al hambre, aunque no había comido nada desde el sándwich de la noche anterior. Era un nudo frío, duro, hecho de puro miedo. Eran las 8:45 de la mañana y estaba parada frente al espejo del baño de visitas de la Presidencia de Alcázar Global. Se mojó la cara con agua helada, tratando de borrar las huellas de una noche en vela.
Se miró. Sus ojos oscuros tenían sombras violáceas debajo, ojeras que el maquillaje barato no lograba cubrir del todo. Su blusa blanca, planchada con obsesiva meticulosidad esa misma madrugada, le parecía ridículamente sencilla comparada con las camisas de seda italiana que usaban las secretarias de este piso.
—No eres una impostora —le susurró a su reflejo, repitiendo las palabras que Daniel le había dicho horas antes—. Eres la única persona en este edificio que sabe sumar.
Se secó la cara con una toalla de papel de textura suave, de esas que parecen tela. Respiró hondo. Inhala en cuatro tiempos, exhala en cuatro. Era la técnica que usaba para no desmayarse en el metro cuando iba atascado y sin aire. Funcionaba igual para los nervios corporativos.
Salió del baño. Daniel la esperaba en el pasillo.
Daniel Alcázar se veía transformado. Ya no era el hombre derrotado de hacía dos días. Llevaba un traje gris carbón impecable, una corbata azul profundo y, lo más importante, una postura erguida. Pero Amara, que había aprendido a leer los detalles microscópicos, notó que sus manos, ocultas en los bolsillos del pantalón, estaban cerradas en puños apretados.
—¿Lista? —preguntó él.
—No —admitió Amara—. Pero vamos.
—Recuerda —dijo Daniel, acercándose un poco y bajando la voz para que Elena, la secretaria, no escuchara—. Ellos van a ver tu ropa. Van a ver tu edad. Van a ver de dónde vienes. No les des el gusto de sentirse superiores. Dales números. Los números son el único idioma que respetan estos viejos.
Caminaron juntos hacia la Sala de Juntas Principal. No la Sala C donde habían trabajado, sino la “Sala del Olimpo”, como la llamaban los empleados de base. Una habitación en la esquina más privilegiada de la torre, con vista de 270 grados a la Ciudad de México.
Elena les abrió las puertas dobles de madera maciza.
El aire adentro estaba viciado, cargado de tensión y olor a café caro. Alrededor de la mesa ovalada, que parecía una pista de aterrizaje de madera pulida, estaban sentados los doce miembros del Consejo de Administración.
Eran hombres (y una sola mujer) de cierta edad, con el tipo de bronceado que solo se consigue jugando golf los martes por la mañana. Eran banqueros, industriales, herederos de fortunas viejas. Gente que decidía el destino de miles de empleados mientras comían galletas importadas.
Y a la derecha de la cabecera vacía, estaba Víctor Méndez.
Víctor se veía regio. Estaba platicando animadamente con Don Fausto, el presidente honorario del Consejo, un anciano con fama de tiburón. Al ver entrar a Daniel, Víctor calló. Su mirada barrió la habitación y se detuvo, por una fracción de segundo, en Amara.
Una sonrisa burlona, casi imperceptible, curvó sus labios. “Trajiste a la mascota”, parecía decir su expresión.
Daniel caminó hacia la cabecera y permaneció de pie. Amara se quedó unos pasos atrás, cerca de la pared, donde Daniel le había indicado. Se sentía expuesta, como un bicho raro bajo un microscopio.
—Buenos días, caballeros, señora —dijo Daniel. Su voz sonó firme.
—Buenos días, Daniel —respondió Don Fausto, tamborileando sus dedos llenos de anillos de oro sobre la mesa—. Esperamos que tengas una buena razón para esta reunión de emergencia. Víctor nos ha estado contando cosas muy preocupantes sobre la liquidez.
—La tengo, Fausto —dijo Daniel—. Pero antes, me gustaría que escucharan el informe financiero del trimestre.
Víctor se aclaró la garganta y se puso de pie. No necesitaba notas. Era un orador nato, encantador y venenoso.
—Gracias, Daniel. Gracias, consejeros. —Víctor caminó alrededor de la mesa, dominando el espacio—. No les voy a dorar la píldora. Estamos en crisis. Los mercados globales se han contraído, el precio del diésel nos ha golpeado y, lamentablemente, la gestión operativa ha tenido… desaciertos.
Víctor proyectó una gráfica en la pantalla gigante. Una línea roja descendente que parecía un precipicio.
—Nuestros pasivos superan a nuestros activos circulantes en un proporción de 2 a 1 —continuó Víctor, con tono grave, de médico dando un diagnóstico terminal—. La deuda del Puerto de Veracruz, combinada con las pérdidas en la zona norte, nos ha dejado sin flujo de caja.
Hizo una pausa dramática, mirando a cada consejero a los ojos.
—Sé que duele. Sé que Alcázar Global es un ícono. Pero como su Director Financiero, mi deber es proteger su patrimonio. La única salida viable, la única forma de salvar algo de su inversión, es acogernos al Concurso Mercantil con liquidación ordenada de activos.
Un murmullo recorrió la sala. “Quiebra”. La palabra no se dijo, pero flotaba en el aire como humo tóxico.
—Ya tengo una oferta sobre la mesa —añadió Víctor, sacando un as de la manga—. Un fondo de inversión internacional, Panama Capital, está interesado en adquirir la deuda y los activos operativos por un 15% de su valor nominal. Es poco, lo sé. Pero es eso o cero.
Don Fausto se quitó los lentes.
—¿15%? Víctor, eso es una miseria. Estamos hablando de perder el 85% de nuestro capital.
—Es un mercado difícil, Fausto —dijo Víctor con falsa tristeza—. Nadie quiere comprar una empresa de logística con deudas ocultas y mala administración. Es un milagro que hayamos conseguido esta oferta. Recomiendo votar a favor hoy mismo.
Daniel escuchó todo en silencio, con el rostro inexpresivo. Cuando Víctor terminó y se sentó, esperando los aplausos fúnebres, Daniel dio un paso al frente.
—Gracias, Víctor, por tu… creativa presentación —dijo Daniel.
Víctor frunció el ceño.
—¿Creativa? Son los números, Daniel. Los números no mienten.
—Tienes razón —dijo Daniel—. Los números no mienten. Pero las personas sí. —Daniel miró a los consejeros—. Señores, la razón por la que estamos en crisis no es el mercado. No es el diésel. No es la mala gestión operativa.
—Daniel, por favor, no empieces con teorías de conspiración… —interrumpió Víctor.
—La razón —continuó Daniel, alzando la voz— es que nos están robando. Desde adentro.
El silencio fue total. Don Fausto miró a Daniel con severidad.
—Esas son acusaciones muy graves, Daniel. ¿Tienes pruebas?
—Las tengo —dijo Daniel. Se giró y extendió la mano hacia la esquina—. Amara, por favor.
Todos los ojos de la sala se giraron hacia Amara. Ella sintió que las piernas le flaqueaban. El sudor frío le bajaba por la espalda. “Hazlo por tu papá. Hazlo por la verdad”, se dijo.
Caminó hacia la mesa. Conectó su laptop al cable HDMI que Daniel le ofrecía. Sus manos temblaban tanto que le costó atinarle al puerto de entrada.
—¿Quién es ella? —preguntó la única mujer del consejo, una señora elegante llamada Beatriz, con tono de desaprobación—. ¿Es tu nueva secretaria?
—Soy Amara Ortega —dijo Amara. Su voz salió chillona al principio. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo, más grave, más fuerte—. Soy la Auditora Interna Especial.
Víctor soltó una carcajada. Fue un sonido fuerte, genuinamente divertido.
—¡Por Dios, Daniel! —exclamó Víctor—. Señores, lamento este espectáculo. Esta chica es la mesera del servicio de catering. La que servía el café antier. Daniel la recogió de la cocina y le dio una laptop. Esto es… esto es vergonzoso. Claramente, el estrés ha afectado el juicio de nuestro Director General.
Los consejeros empezaron a murmurar, indignados.
—¿Es cierto esto? —preguntó Fausto—. ¿Es una mesera?
—Lo era —dijo Amara. No negó su pasado. No se avergonzó. Levantó la barbilla—. Y serví café en esta sala muchas veces. Y mientras servía café, escuchaba. Y mientras lavaba las tazas, pensaba. Y lo que pensé es que algo no cuadraba.
Sin esperar permiso, Amara presionó Enter.
La pantalla gigante cambió. La gráfica roja de Víctor desapareció. En su lugar, apareció una foto de Google Street View: un puesto de jugos de naranja y una fachada grafiteada en la Colonia Roma.
—¿Qué es esto? —preguntó Beatriz.
—Esa, señora —dijo Amara, señalando la pantalla con un puntero láser que Daniel le había dado—, es la sede corporativa de Estrategias Corporativas Lambda S.A. de C.V..
Nadie entendió.
—Lambda es nuestro tercer proveedor más grande de servicios de consultoría —explicó Amara, pasando a la siguiente diapositiva. Una tabla de Excel llena de cifras—. En los últimos 24 meses, Alcázar Global le ha pagado 10.8 millones de pesos a esta empresa por “asesoría en optimización”.
Amara miró a Víctor. Él ya no se reía. Estaba inmóvil, como una estatua de cera.
—Facturas con folios consecutivos —continuó Amara, ganando confianza con cada dato—. Fechas de emisión idénticas cada mes. Sin sitio web. Sin empleados registrados en el IMSS. Sin historial fiscal previo a su contrato con nosotros. Es una empresa fantasma.
—Eso… eso puede ser un error administrativo —dijo Víctor, su voz un poco más aguda de lo normal—. Muchas consultoras pequeñas operan desde oficinas virtuales.
—¿Y también operan con cuentas bancarias vinculadas a tu cuñado? —soltó Amara.
El golpe fue brutal.
Amara proyectó el siguiente documento: un acta constitutiva del Registro Público de la Propiedad, obtenida esa misma mañana gracias a un contacto de Daniel. En los socios de Lambda, aparecía el nombre: Roberto Méndez Garza.
—Roberto Méndez —dijo Daniel—. Tu hermano, Víctor.
La sala estalló en murmullos. Don Fausto se puso rojo de ira.
—¡Víctor! —bramó el anciano—. ¿Qué demonios significa esto?
—¡Es una manipulación! —gritó Víctor, poniéndose de pie y golpeando la mesa—. ¡Esa niña fabricó esos documentos! ¡Es Photoshop! ¿Le van a creer a una gata igualada que no terminó la primaria antes que a mí?
El insulto flotó en el aire, crudo y clasista. Amara sintió el golpe como una bofetada física. “Gata”. La palabra que usaban para humillarla desde que tenía memoria.
Pero esta vez, no bajó la cabeza.
—Terminé la preparatoria con honores —dijo Amara con frialdad—. Y tengo cuatro semestres de Contaduría en el Politécnico con promedio de 9.8. Y sé lo suficiente para saber que robar 10 millones es un delito. Pero lo que usted hizo, señor Méndez, es peor que robar.
Amara cambió la diapositiva.
Apareció el correo electrónico recuperado. El “Proyecto Fénix”.
—Usted no solo robó dinero —dijo Amara, mirando a los consejeros—. Usted diseñó la quiebra. Reclasificó la deuda del Puerto de Veracruz —mostró la cláusula legal que había descubierto el primer día— para inflar los pasivos y asustar al Consejo.
—El objetivo —intervino Daniel— era bajar el valor de la empresa a cero. Para que Panama Capital pudiera comprarla por centavos.
Amara hizo zoom en el documento proyectado.
—Y adivinen quién es el beneficiario final de Panama Capital según este borrador de contrato…
Ahí estaba. En letra pequeña, pero legible. Víctor Méndez.
—Ustedes no iban a perder su dinero por el mercado —dijo Amara, dirigiéndose a los consejeros, mirándolos uno por uno—. Iban a perder su dinero porque él —señaló a Víctor— se los iba a robar legalmente. Iba a comprar la empresa con el mismo dinero que sacó de ella, y ustedes se iban a quedar con el 15% de nada.
El silencio que siguió fue aterrador.
Víctor Méndez estaba pálido, sudando profusamente. Miró a su alrededor, buscando un aliado, una salida. Pero los rostros que lo miraban ya no eran amigos. Eran enemigos mortales. Había tocado lo sagrado: el dinero de los ricos.
—Fausto… —empezó Víctor, con voz temblorosa—. Déjame explicarte. Es un plan de reestructuración agresiva, íbamos a recomprar las acciones después, todo era para salvar la compañía…
—¡Cállate! —gritó Fausto. Se puso de pie con dificultad, temblando de rabia—. ¡Has estado cenando en mi casa! ¡Mis nietos te llaman tío! ¡Y me estabas robando!
—No es robo, es ingeniería financiera…
—¡Es fraude! —interrumpió Daniel—. Y traición.
Daniel presionó un botón en el interfón de la mesa.
—Seguridad. A la Sala de Juntas. Ahora.
Víctor miró la puerta. Su arrogancia se desmoronó, revelando al cobarde que vivía debajo del traje caro. Miró a Amara con un odio puro, destilado.
—Tú… —siseó Víctor—. Maldita muerta de hambre. No sabes lo que has hecho. No tienes idea de con quién te metiste. Te voy a destruir. Voy a asegurarme de que no tengas dónde caerte muerta.
Amara sostuvo su mirada. Sus manos ya no temblaban.
—Puede intentarlo —dijo ella—. Pero ya no soy invisible. Y ya no le tengo miedo.
Las puertas se abrieron y entraron cuatro guardias de seguridad. Los mismos que le habían impedido el paso a Amara muchas veces. Ahora, venían por el Director Financiero.
—Saquen al señor Méndez del edificio —ordenó Daniel—. Y asegúrense de que no toque ni un papel, ni una computadora, ni su teléfono.
—¡Esto es ilegal! —gritó Víctor mientras los guardias lo tomaban de los brazos—. ¡Soy dueño de esta empresa! ¡Voy a demandarlos! ¡Daniel, te vas a arrepentir!
Lo arrastraron fuera de la sala. Sus gritos se fueron apagando por el pasillo, mezclándose con la música ambiental del elevador.
Cuando se cerraron las puertas, la sala quedó en un silencio aturdido. Los consejeros estaban en shock, procesando que habían estado a minutos de regalar su fortuna a un estafador.
Don Fausto se dejó caer en su silla, respirando con dificultad. Miró a Daniel.
—Daniel… —dijo el anciano—. Nos salvaste.
Daniel negó con la cabeza. Caminó hacia Amara y le puso una mano en el hombro.
—Yo no —dijo Daniel—. Ella.
Amara sintió el peso de doce miradas sobre ella. Ya no eran miradas de desprecio. Eran miradas de asombro, de curiosidad y, en el caso de Beatriz, de un extraño respeto.
—Señorita Ortega —dijo Fausto—. Acepte mis disculpas por… la confusión inicial.
Amara asintió levemente.
—No hay problema, señor.
—Esa presentación… —Fausto señaló la pantalla, donde todavía brillaba la evidencia del fraude—. Fue brillante. Brutal, pero brillante.
—Solo hice mi trabajo —dijo Amara.
—No —intervino Daniel—. Hiciste el trabajo de un Director Financiero, de un Auditor Externo y de un Abogado Penalista, todo en 24 horas y ganando el salario mínimo.
Daniel miró al Consejo.
—Señores, la crisis de liquidez es real, pero manejable. Sin el desfalco de Víctor y reestructurando la deuda del Puerto correctamente, somos solventes. Pero necesitamos limpiar la casa. Necesitamos auditar cada departamento, cada contrato, cada factura de los últimos cinco años.
—Hazlo —dijo Fausto—. Tienes carta blanca, Daniel.
—La haré —dijo Daniel—. Pero necesito ayuda. Quiero nombrar a Amara Ortega como Jefa de la Unidad de Auditoría Especial. Con reporte directo a Presidencia.
Beatriz levantó una ceja.
—Daniel, la chica tiene talento, es obvio. Pero… ¿Jefa? No tiene título. El estatuto corporativo exige…
—El estatuto corporativo casi nos lleva a la quiebra —cortó Daniel—. El estatuto fue escrito por gente como Víctor. Amara tiene algo más valioso que un título: tiene integridad. Y tiene hambre de verdad. ¿Prefieren un título colgado en la pared o prefieren que su dinero esté seguro?
Beatriz miró a Amara, evaluándola de nuevo. Vio la ropa sencilla, sí. Pero también vio la firmeza en su mandíbula y la inteligencia en sus ojos.
—Buen punto —dijo Beatriz—. Voto a favor.
—A favor —dijo Fausto.
—A favor —dijeron los demás, uno por uno.
Amara sintió que el aire le faltaba. Jefa. Auditoría Especial. No sabía cuánto pagaban por eso, pero sabía que era suficiente para comprar toda la insulina del mundo. Suficiente para que su mamá dejara de tronarse los dedos a fin de mes.
—Gracias —dijo Amara, con la voz quebrada por la emoción—. No les voy a fallar.
Una hora después, la junta terminó. Los consejeros salieron, dándole la mano a Amara uno por uno. Algunos con torpeza, otros con genuina gratitud.
Cuando quedaron solos, Daniel se aflojó la corbata y se sentó en el borde de la mesa, soltando una risa nerviosa.
—Lo hicimos —dijo él—. Dios mío, lo hicimos.
Amara estaba desconectando su laptop. Sus manos habían vuelto a temblar, ahora por la descarga de adrenalina.
—¿Vio la cara de Víctor cuando mostré la foto del puesto de jugos? —preguntó ella, y una risita histérica se le escapó.
Daniel se rio con ella. Una risa que limpiaba el alma.
—Fue el mejor momento de mi carrera —admitió Daniel—. Gracias, Amara. De verdad.
—Señor… —Amara se puso seria—. Víctor dijo algo antes de irse. Dijo que me iba a destruir.
Daniel dejó de reír. Su expresión se endureció.
—Lo sé. Y no lo voy a permitir.
—Él tiene dinero, señor. Tiene conexiones. Yo vivo en Iztapalapa. Si él quiere hacerme daño… es fácil.
Daniel se acercó a ella.
—Escúchame bien, Amara. Ya no eres una empleada desechable. Eres parte de Alcázar Global. Y yo cuido a mi gente. A partir de hoy, vas a tener seguridad. Chofer. No vas a volver a viajar en microbús a las 10 de la noche con una laptop del trabajo.
—No necesito chofer, señor, eso es…
—No es un lujo, es seguridad —insistió Daniel—. Acabas de derribar a un hombre muy peligroso. Le quitaste su fortuna y su reputación. Va a venir por nosotros. Por los dos. Pero estaremos listos.
Amara asintió. Sabía que tenía razón. Había pateado el avispero.
—Ahora —dijo Daniel, mirando su reloj—. Son las 2 de la tarde. No has comido nada. Y yo tampoco. ¿Te gustan los tacos?
Amara sonrió.
—Me encantan.
—Conozco un lugar aquí cerca. No es lujoso, pero son los mejores de pastor de la ciudad. Vamos. Yo invito.
Salieron de la sala de juntas. Al pasar por el área de oficinas abiertas, los empleados se quedaron callados. El rumor ya había corrido como pólvora: Víctor Méndez había sido sacado por seguridad, y la chica que servía el café había dado el golpe.
Las miradas eran diferentes ahora. Había curiosidad, envidia, miedo. Amara caminó con la cabeza en alto, sintiendo el peso de esas miradas. Ya no era invisible. Y nunca volvería a serlo.
Mientras bajaban en el elevador, Amara pensó en su papá. “Acuérdate de quién eres”, le había dicho.
Ella miró los botones del elevador. Sabía quién era. Era Amara Ortega. La que sabía sumar. La que no tenía miedo. Y ahora, la que tenía el poder de limpiar toda la basura que los hombres de traje habían escondido bajo la alfombra.
La guerra apenas empezaba. Víctor estaba fuera del edificio, pero no fuera del juego. Y Amara sabía, con ese instinto que le avisaba de los peligros, que la bestia herida es la más peligrosa de todas.
Pero por ahora, había ganado. Y por ahora, iba a comer tacos con el dueño de la empresa.
Al salir del edificio, el sol de la tarde golpeó su rostro. Brillaba. La ciudad, ruidosa y caótica, le pareció llena de posibilidades.
CAPÍTULO 5: ENEMIGOS EN LA SOMBRA
La victoria tiene una resaca extraña. No es como la del tequila, que te taladra la cabeza al día siguiente; es una resaca de silencio y paranoia.
Habían pasado tres días desde la expulsión de Víctor Méndez. Tres días en los que Alcázar Global Logistics operaba en un estado de calma tensa, como la ciudad antes de un temblor. Oficialmente, la versión era una “reestructuración ejecutiva por motivos de salud”. Extraoficialmente, Radio Pasillo —esa red de chismes más eficiente que cualquier fibra óptica— ardía. Todos sabían que Víctor había salido escoltado. Todos sabían que la mesera del piso 42 ahora tenía una oficina. Y todos tenían miedo.
Amara Ortega llegó a la torre a las 7:30 de la mañana. Esta vez no llegó en Uber, ni en metro. Llegó en una camioneta Suburban blindada, color negro, conducida por un hombre llamado Beto, un exmilitar de cuello ancho y pocas palabras que Daniel había asignado para su protección.
—La recojo a la salida, señorita —dijo Beto al abrirle la puerta pesada.
—Gracias, Beto —respondió Amara, sintiéndose ridícula al bajar de un vehículo que costaba más que toda su cuadra en Iztapalapa.
Al entrar al lobby, los guardias de seguridad se cuadraron. Ya no hubo preguntas, ni revisiones de bolsa, ni gestos despectivos. Solo un “Buenos días, licenciada” dicho con una mezcla de respeto y temor. Amara asintió, apretando la correa de su bolsa. Todavía no se acostumbraba al título de “licenciada”, sobre todo porque sabía que era mentira. No tenía el título colgado en la pared, pero tenía el peso del mundo sobre sus hombros.
Subió al piso 42. Su nueva oficina no era grande, pero era suya. Daniel había ordenado vaciar una sala de juntas pequeña contigua a la suya y convertirla en el centro de operaciones de la “Unidad de Auditoría Especial”. Tenía un escritorio de vidrio, dos monitores de alta resolución, una cafetera propia (una ironía que la hacía sonreír) y, lo más importante, una trituradora de papel industrial.
Amara se sentó y encendió los monitores. La luz azul iluminó su rostro. Tenía ojeras nuevas sobre las viejas. No había dormido bien. La amenaza de Víctor (“Te voy a destruir”) se repetía en su cabeza cada vez que cerraba los ojos.
Su primera tarea del día: formar un equipo.
Daniel le había dado presupuesto para contratar a tres analistas junior. Amara no buscó en LinkedIn ni en bolsas de trabajo de universidades privadas. Buscó adentro.
Recordó a un chico de Cuentas por Pagar, Luis, que siempre se quedaba tarde y al que su jefe regañaba por “hacer demasiadas preguntas”. Recordó a Sofía, una chica de Inventarios en el almacén de Tlalnepantla que le había comentado una vez, mientras Amara servía café en una capacitación, que el sistema de stock tenía un bug que nadie quería arreglar.
Les mandó un correo a ambos: “Presentarse en Presidencia, Piso 42. Urgente. Asunto: Confidencial”.
Mientras esperaba, abrió el correo institucional. Tenía 400 mensajes no leídos. La mayoría eran spam corporativo o notificaciones del sistema, pero uno le llamó la atención. El asunto era: “CUIDADO”.
El remitente era anónimo. Un correo de ProtonMail encriptado.
Amara sintió un frío en el estómago. Abrió el mensaje.
No había texto. Solo una imagen adjunta. Era una foto granulada, tomada desde lejos con un celular. En la foto se veía a Amara saliendo de su casa en Iztapalapa, abrazando a su mamá.
El mensaje era claro: Sabemos dónde vives. Sabemos a quién amas.
Amara cerró la laptop de golpe, como si la pantalla pudiera morderla. Su respiración se aceleró. “Beto está afuera”, se dijo a sí misma. “Daniel puso seguridad en la casa de mis papás también. Estamos seguros”.
Pero el miedo es un animal que no entiende de lógica.
En ese momento, alguien tocó a la puerta. Amara dio un respingo.
—Pase —dijo, tratando de que su voz no temblara.
Entró Daniel. Traía dos cafés de Starbucks y una cara de funeral.
—Buenos días —dijo él, dejando un vaso en su escritorio—. ¿Cómo va todo?
—Bien —mintió Amara. No le iba a enseñar la foto. No todavía. Daniel ya tenía suficiente con los bancos—. Estoy revisando los perfiles para el equipo.
Daniel se sentó frente a ella.
—Amara, tenemos un problema.
—¿Otro?
—Víctor no se quedó quieto. —Daniel sacó su celular y le mostró una noticia en Twitter.
Era una columna de chismes financieros muy leída en el círculo rojo de México, El Francotirador Corporativo. El titular era brutal:
“EL CAPRICHO DEL MILLONARIO: ALCÁZAR GLOBAL EN MANOS DE UNA MESERA SIN ESTUDIOS”
Amara tomó el teléfono. Leyó el texto con un nudo en la garganta.
“Fuentes internas confirman que tras la salida (¿ilegal?) del respetado financiero Víctor Méndez, la dirección de auditoría de una de las logísticas más grandes del país ha recaído en Amara Ortega, una mujer sin cédula profesional, sin experiencia previa y cuyo último cargo fue servir canapés en la sala de juntas. Accionistas preocupados se preguntan: ¿Es esto una crisis nerviosa de Daniel Alcázar o hay una relación personal inconfesable detrás de este nombramiento absurdo?”
Amara sintió que la cara le ardía. “Relación personal inconfesable”. Estaban insinuando que se acostaba con Daniel. Era el ataque más viejo, más sucio y más predecible contra una mujer que sube rápido.
—Es mentira —susurró Amara.
—Claro que es mentira —dijo Daniel con rabia—. Es Víctor. Está filtrando veneno para desacreditarte. Si te desacredita a ti, desacredita la auditoría. Si la auditoría no vale, sus crímenes se vuelven “errores administrativos”.
Amara bajó la vista a los comentarios de la publicación.
@Usuario123: “Jajaja, seguro le sirve muy bien el café al patrón.”
@FinancieroX: “Increíble. Alcázar perdió la cabeza. Vendan sus acciones.”
@LadyPolanco: “Qué naco. Así se devalúan las empresas.”
Cada comentario era una pedrada. El clasismo mexicano en su máxima expresión. No les importaba si ella era un genio matemático; les importaba que venía de abajo.
—No leas eso —dijo Daniel, quitándole el teléfono—. Es basura.
—Es lo que todos piensan, señor —dijo Amara, mirándolo a los ojos. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloró—. Cuando entro al elevador, cuando camino por el pasillo… eso es lo que piensan. Que soy su amante o su capricho.
—¿Y a ti qué te importa lo que piensen? —Daniel se inclinó hacia adelante—. Amara, tú sabes la verdad. Yo sé la verdad. Y los números saben la verdad. ¿Vas a dejar que un chisme de lavadero te detenga? ¿Vas a dejar que Víctor gane porque te dio vergüenza?
Amara pensó en la foto de su mamá. Pensó en los 10 millones robados. Pensó en la insulina.
—No —dijo ella. Endureció la mandíbula—. No me voy a esconder.
—Bien —Daniel se puso de pie—. Porque hay más. El sindicato de transportistas está amenazando con parar labores. Dicen que “la nueva administración” no les da garantías de pago. Es obra de Víctor también. Tiene a los líderes sindicales comprados.
—Necesitamos encontrar de dónde les paga —dijo Amara, su cerebro volviendo al modo de trabajo—. Si Víctor tiene sus cuentas congeladas, ¿cómo está moviendo dinero para pagarle a la prensa y al sindicato?
—Esa es la pregunta del millón.
—Tiene cuentas espejo —dedujo Amara—. Cuentas que no están a su nombre, ni al de su hermano. Necesito ver los pagos a proveedores de logística tercerizada. Los “hombres-camión”. Ahí es donde se esconde el efectivo.
—Hazlo. —Daniel se dirigió a la puerta—. Yo voy a lidiar con la prensa. Voy a dar una conferencia. No voy a negar que eres mesera. Voy a decir que eres la mejor maldita auditora que ha pisado este país.
Daniel salió. Amara se quedó sola con el zumbido de los monitores y el eco de los insultos en su cabeza.
“Gata”. “Amante”. “Ignorante”.
Amara abrió una hoja de cálculo nueva. Escribió en el encabezado: OPERACIÓN LIMPIEZA.
—Vamos a ver quién ríe al último, Víctor —murmuró.
A las 11:00 AM llegaron Luis y Sofía.
Luis era un chico delgado, con lentes de fondo de botella y una camisa que le quedaba grande. Sofía era bajita, con el pelo teñido de rojo y una mirada de desconfianza permanente.
Entraron a la oficina de Amara como si entraran a la dirección del colegio para ser regañados.
—¿Nos mandó llamar, licenciada? —preguntó Luis, temblando.
—Siéntense —dijo Amara. No se sentó detrás de su escritorio para intimidarlos. Jaló una silla y se sentó con ellos en círculo—. Y no me digan licenciada. No tengo título. Díganme Amara.
Luis y Sofía intercambiaron una mirada de confusión.
—Los llamé porque ustedes son los únicos que reportaron anomalías en el último año y fueron ignorados —dijo Amara—. Luis, tú enviaste tres correos sobre facturas duplicadas en el Bajío. Sofía, tú reportaste que faltaban refacciones en el inventario físico que sí aparecían en el sistema.
—Sí… —dijo Sofía, a la defensiva—. Y mi gerente me dijo que estaba loca, que conté mal. Me levantaron un acta administrativa por “conflictiva”.
—No contaste mal —dijo Amara—. Tenías razón. Se estaban robando las refacciones. Y tú, Luis, tenías razón sobre las facturas.
Amara les empujó dos carpetas gruesas.
—Quiero que trabajen conmigo. Vamos a auditar todo. Sin filtros. Sin miedo a los gerentes. Ustedes me reportan a mí, y yo le reporto a Daniel Alcázar. Nadie los puede tocar.
Luis abrió la boca, incrédulo.
—¿Es en serio? ¿Vamos a cazar a los jefes?
—Vamos a cazar a los ladrones —corrigió Amara—. Sean jefes o no. ¿Están dentro?
Sofía sonrió. Era una sonrisa afilada.
—Llevo dos años queriendo demostrar que mi gerente es un ratero. Estoy dentro.
—Yo también —dijo Luis, ajustándose los lentes.
—Bien. —Amara les dio sus accesos—. Luis, tú vas sobre Cuentas por Pagar. Busca patrones de “hormiga”: gastos menores a 50,000 pesos que no requieren doble firma. Ahí es donde se fuga el dinero chico. Sofía, tú cruza los inventarios con las ventas. Si vendimos algo que no teníamos, es lavado de dinero. Si compramos algo que nunca llegó, es desfalco.
El pequeño ejército de inadaptados se puso a trabajar. Por primera vez en la historia de Alcázar Global, el departamento de auditoría no estaba compuesto por hombres de traje gris, sino por una ex-mesera, un nerd ignorado y una almacenista “conflictiva”. Eran los invisibles. Y eran peligrosos.
A la hora de la comida, Amara bajó al comedor de empleados. Daniel le había dicho que podía pedir comida a la oficina, pero ella necesitaba medir el terreno. Necesitaba ver a la gente a la cara.
Al entrar con su charola (ahora como comensal, no como servidora), el ruido de los cubiertos y las pláticas cesó. Fue un silencio de película del oeste cuando entra el forastero a la cantina.
Cientos de ojos se clavaron en ella. Algunos con burla, leyendo los chismes en sus celulares. Otros con miedo.
Amara caminó con la espalda recta hacia una mesa vacía. Se sentó y empezó a comer sus enchiladas suizas.
—¡Provecho, licenciada! —gritó alguien desde el fondo con tono burlón.
Unas risitas nerviosas recorrieron el salón.
Amara siguió comiendo. No les iba a dar el gusto de verla huir.
De repente, una sombra se proyectó sobre su mesa. Amara levantó la vista, esperando una confrontación.
Era Don Manuel, el jefe de mantenimiento del edificio. Un hombre mayor, con las manos curtidas y el uniforme azul manchado de grasa.
—Con permiso, señorita Amara —dijo Don Manuel.
—Pásale, Don Manuel.
El hombre se sentó frente a ella, poniendo su tupper de comida casera en la mesa. El comedor entero contuvo el aliento. Don Manuel era una institución ahí; llevaba 30 años en la empresa.
—Leí lo que dicen los periódicos —dijo Don Manuel en voz baja—. Pura basura.
Amara sintió un alivio inmenso.
—Gracias, Don Manuel.
—Mire, señorita… yo no sé de finanzas. Pero sé de gente. —Don Manuel se inclinó—. El señor Víctor… él nunca nos saludaba. Ni los buenos días nos daba. Nos trataba como muebles. Usted… usted siempre nos preguntaba por la familia cuando servía el café.
Amara sonrió, recordando.
—Y sé otra cosa —continuó Don Manuel—. Hace seis meses, Víctor despidió a tres de mis muchachos para “ahorrar costos”. Pero luego vi que trajeron a una empresa externa para limpiar los vidrios. Una empresa que cobraba el triple y dejaba los vidrios sucios.
Amara dejó el tenedor.
—¿Cómo se llamaba la empresa, Don Manuel?
—Servicios Brillantes S.A. —dijo él—. Los camiones no tenían logotipo. Y los chavos que venían a limpiar… no parecían limpiadores. Parecían halcones. Se la pasaban vigilando quién entraba y quién salía.
Amara sintió una descarga eléctrica.
—¿Vigilando?
—Sí. Anotaban placas. Tomaban fotos. A mí me dio mala espina. Se lo dije al gerente de Recursos Humanos, pero me dijo que no fuera chismoso.
Amara sacó su libreta.
—Don Manuel, ¿usted cree que pueda conseguirme las placas de esos camiones? ¿Tienen cámaras en el estacionamiento de servicio?
—Las cámaras del sótano 3 no funcionan desde hace un año. —Don Manuel guiñó un ojo—. O eso dicen. Pero yo tengo una camarita dashcam en mi coche que siempre dejo grabando porque me roban la gasolina. Déjeme checar.
—Se lo agradecería en el alma.
Don Manuel se levantó.
—No se deje, señorita. Aquí los de abajo somos más que los de arriba. Y estamos con usted.
Cuando Don Manuel se fue, Amara sintió que el ambiente en el comedor había cambiado sutilmente. Ya no era hostilidad pura. Había una grieta en el muro.
La tarde fue una guerra de trincheras.
Amara intentó acceder a los archivos físicos del Departamento de Compras. El gerente, un tipo llamado Ricardo que era amigo de golf de Víctor, le negó el acceso.
—Esos archivos son confidenciales, señorita —dijo Ricardo, bloqueando la puerta del archivo con su cuerpo—. Necesitas una orden escrita del Consejo.
—Tengo autoridad directa de Presidencia —dijo Amara, mostrando su gafete nuevo.
—El Presidente no tiene jurisdicción sobre protocolos de seguridad de datos sensibles —mintió Ricardo con descaro—. Y francamente, no voy a dejar que alguien sin capacitación revuelva mis expedientes. Vuelve cuando tengas un oficio notariado.
Amara sabía que estaba ganando tiempo. Probablemente estaba triturando documentos ahí dentro mientras hablaban.
—Bien —dijo Amara. Dio media vuelta.
Ricardo sonrió, triunfante.
Amara caminó diez pasos, sacó su celular y marcó un número.
—¿Beto? —dijo al teléfono—. Sube al piso 15. Trae a dos compañeros de seguridad. Y trae la cizalla.
Ricardo palideció.
—¿Qué haces?
—Si no me abres la puerta, la voy a tirar —dijo Amara con calma—. Y luego voy a levantar un acta por obstrucción de justicia y complicidad en fraude. ¿Quieres ser el compañero de celda de Víctor o quieres conservar tu liquidación?
Cinco minutos después, Amara y su equipo (Luis y Sofía cargando cajas) estaban dentro del archivo. Ricardo se había encerrado en su oficina a llamar a su abogado.
Encontraron lo que buscaban en la sección de “Proveedores Varios”. Contratos firmados por Víctor con Servicios Brillantes S.A..
Pero no solo eso. Encontraron una carpeta negra escondida detrás de un archivero. No tenía etiqueta.
Amara la abrió.
Adentro había fotos. Fotos de Daniel Alcázar. Fotos de su familia. Fotos de los consejeros en situaciones comprometedoras.
—Dios mío —susurró Sofía—. Esto es extorsión.
—Víctor no solo los compraba —dijo Amara, pasando las fotos con asco—. Los tenía amenazados. Por eso nadie decía nada. Tenía trapos sucios de todos.
—Mira esto —dijo Luis, señalando un documento al final de la carpeta.
Era una lista de pagos mensuales a una cuenta en las Islas Caimán. El concepto decía: “Protección y Logística – Ruta Pacífico”.
El monto era de 2 millones de dólares al mes.
—¿Ruta Pacífico? —preguntó Amara—. Nosotros no operamos la ruta del Pacífico. Esa ruta es…
Se detuvo. Se le heló la sangre.
La ruta del Pacífico era territorio caliente. Territorio de los cárteles. Territorio donde los camiones comerciales no pasaban a menos que pagaran “piso” o… a menos que llevaran algo más que mercancía legal.
Amara miró a sus compañeros.
—Esto no es fraude fiscal —dijo Amara, su voz temblando por primera vez en horas—. Esto es lavado de dinero. Víctor estaba usando los camiones de Alcázar Global para mover droga o dinero del narco.
El silencio en el archivo fue sepulcral. Sofía dio un paso atrás.
—Amara… esto ya no es de contadores —dijo Luis, pálido—. Si esto es verdad, nos van a matar.
El celular de Amara sonó.
Número desconocido.
Ella contestó, poniendo el altavoz.
—¿Bueno?
—Te dije que fueras cuidadosa, gata —la voz de Víctor sonaba distorsionada, pero inconfundible—. Acabas de abrir una puerta que no vas a poder cerrar.
—Sé lo de la Ruta Pacífico —dijo Amara. Sabía que era imprudente decirlo, pero quería ver su reacción.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Una respiración pesada.
—Entonces ya estás muerta —dijo Víctor—. No te metas con los socios, Amara. Yo solo era el contador. Ellos son los dueños. Y no perdonan.
La llamada se cortó.
Amara se quedó mirando el teléfono. La carpeta negra parecía irradiar calor.
—Vámonos —dijo Amara, cerrando la carpeta—. Agarren todo. Llévenlo a mi oficina. Y que nadie, nadie, se entere de lo que vimos aquí.
—¿Le vas a decir a Daniel? —preguntó Sofía.
—Tengo que decirle. Pero no por teléfono.
Salieron del archivo corriendo. El edificio de cristal, que antes parecía un símbolo de éxito, ahora parecía una jaula transparente. Amara entendió entonces que el enemigo no era solo Víctor Méndez. Víctor era un peón. El verdadero enemigo era algo mucho más grande, más oscuro y más violento.
Y ella, la mesera de Iztapalapa, acababa de declararles la guerra.
Esa noche, el viaje de regreso a casa fue diferente. La Suburban blindada se sentía como un tanque. Beto conducía mirando obsesivamente los espejos retrovisores.
—Nos siguen —dijo Beto cuando entraron a la Calzada Ignacio Zaragoza.
Amara giró la cabeza. Un sedán gris, sin placas delanteras, estaba dos autos atrás.
—¿Estás seguro?
—Llevan pegados desde Viaducto. No te asustes, señorita. Agárrese.
Beto dio un volantazo brusco, metiéndose en una calle lateral, rompiendo el tráfico. El sedán gris intentó seguirlos, pero se quedó atorado detrás de un camión de basura.
—Los perdimos —dijo Beto, retomando la calma—. Pero saben su ruta. Mañana cambiamos de coche y de horario.
Amara llegó a su casa con el corazón en la garganta. Vio las luces prendidas. Su mamá la esperaba.
Entró corriendo y cerró la puerta con doble llave.
—¡Amara! —Doña Tere la abrazó—. Hija, vi las noticias… dicen cosas horribles de ti.
—No importa, mamá. Todo va a estar bien.
Amara miró por la ventana, a través de las cortinas. Allá afuera, en la oscuridad de la calle, había un coche estacionado que no reconocía.
Fue a su cuarto y sacó la carpeta negra que había contrabandeado bajo su ropa. La escondió debajo de su colchón, junto a sus viejos libros de contabilidad.
Esa noche, Amara no durmió. Escuchaba cada ruido de la calle, cada moto que pasaba.
Se dio cuenta de que su vida anterior, la vida de pobreza y preocupaciones simples, se había acabado para siempre. Ahora tenía dinero, tenía poder, y tenía una diana pintada en la espalda.
Sacó su celular y escribió un mensaje a Daniel:
“Tenemos que vernos fuera de la oficina. Mañana a las 6 AM. En el mercado de Jamaica. Trae ropa discreta. Es urgente.”
Guardó el teléfono y se sentó en la cama, abrazando sus rodillas.
La auditoría ya no era por salvar la empresa. Era por salvar sus vidas.
CAPÍTULO 6: FLORES Y PÓLVORA
El Mercado de Jamaica a las seis de la mañana es un universo sensorial que no se parece a ningún otro lugar del mundo. Es un laberinto húmedo y vibrante donde el olor dulce y empalagoso de toneladas de rosas, nardos y alcatraces se mezcla con el aroma terroso del cilantro, el picante del chile seco y el vapor reconfortante de los tamales de mole verde. Es un lugar donde la vida y la muerte conviven en pasillos estrechos: arreglos florales para bodas fastuosas se apilan junto a coronas fúnebres que dicen “Te extrañaremos, Abuelita”.
Amara estaba sentada en un banco de plástico rojo en un puesto de atoles, escondida detrás de una montaña de girasoles. Tenía las manos envueltas alrededor de un jarrito de barro con café de olla caliente, tratando de calmar el temblor que le recorría el cuerpo desde la noche anterior. Llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas y una sudadera gris tres tallas más grande. En Iztapalapa, pasar desapercibida era un arte de supervivencia; aquí, esperaba que fuera suficiente para que los “halcones” de Víctor no la ubicaran.
Vio llegar a Daniel Alcázar diez minutos después.
Fue casi cómico. Daniel intentaba verse “normal”, pero fracasaba estrepitosamente. Llevaba unos jeans de mezclilla oscura (que seguramente costaban cinco mil pesos), tenis blancos inmaculados y una chamarra deportiva que gritaba “diseñador”. Caminaba con esa seguridad inconsciente de quien nunca ha tenido miedo de que lo asalten. Miraba los puestos de flores con una mezcla de fascinación y repulsión, esquivando los charcos de agua sucia como si fueran lava.
Amara le hizo una seña discreta. Daniel la vio y se acercó, sentándose en el banco de plástico que crujió peligrosamente bajo su peso.
—Este lugar es… intenso —dijo Daniel, mirando a un diablero que pasaba corriendo con una torre de cajas de flor de cempasúchil—. Nunca había venido. Mi madre compraba las flores en las boutiques de Polanco.
—Aquí es donde nace la ciudad, señor —dijo Amara en voz baja—. Y aquí es donde nadie nos escucha.
La señora del puesto, una mujer bajita con un delantal bordado, se acercó.
—¿Qué le damos al güero? ¿Un atolito de guayaba? ¿Un tamalito de rajas?
—Un café, por favor. Negro —pidió Daniel.
—Aquí es de olla, joven. Con piloncillo y canela. Si no le gusta dulce, mejor vaya al Oxxo.
Daniel sonrió levemente.
—De olla está bien. Gracias.
Cuando la señora se alejó, la sonrisa de Daniel desapareció. Se inclinó sobre la mesa de lámina.
—Recibí tu mensaje. ¿Qué pasó anoche? Beto me dijo que los siguieron.
Amara metió la mano en su mochila y sacó la carpeta negra que había robado del archivo. La puso sobre la mesa, entre el salero y las servilletas.
—Víctor no solo nos robaba, Daniel —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez sin el “señor”. La situación era demasiado grave para formalidades—. Nos usaba.
Daniel abrió la carpeta. Vio las fotos. Vio la lista de pagos a las Islas Caimán. Vio el concepto: “Protección y Logística – Ruta Pacífico”.
A medida que leía, el color desaparecía de su rostro. Daniel Alcázar había enfrentado huelgas, devaluaciones y crisis bursátiles. Pero esto… esto era diferente.
—Ruta Pacífico… —susurró Daniel—. Son narcos.
—Cártel —corrigió Amara—. No sé cuál, y prefiero no saberlo. Pero usan nuestros camiones. Los camiones que van vacíos de regreso del norte. Probablemente mueven efectivo hacia el sur, o armas. O tal vez mueven precursores químicos desde el puerto de Manzanillo hacia los laboratorios en la sierra.
Daniel cerró la carpeta de golpe, como si las hojas estuvieran contaminadas. Se pasó las manos por la cara, respirando con dificultad.
—Soy un idiota —dijo, con la voz quebrada—. Un maldito idiota ciego. Yo me jactaba de tener la flota más segura del país. GPS satelital, monitoreo 24/7… y resulta que soy la mula más cara de México.
—Víctor controlaba el monitoreo —explicó Amara—. Él y su gente de Servicios Brillantes. Desactivaban los GPS en tramos específicos. “Zonas ciegas por falta de señal”, decían los reportes. Mentira. Eran las zonas de carga y descarga ilícita.
—Tengo que ir a la FGR (Fiscalía General de la República) —dijo Daniel, poniéndose de pie a medias—. Tengo que denunciar esto ya.
Amara lo agarró del brazo y lo obligó a sentarse.
—¡Siéntate! —siseó ella—. ¿Estás loco? Si vas a la Fiscalía ahora, estás muerto antes de llenar el formulario de entrada.
—¿Entonces qué hacemos, Amara? —Daniel la miró con desesperación—. ¡Esto no es contabilidad creativa! ¡Esto es crimen organizado! Si los gringos se enteran, me congelan todas las cuentas por la Ley Kingpin. Me meten a la cárcel en Estados Unidos por lavado de dinero. Pierdo la empresa, pierdo mi libertad, pierdo a mis hijos.
La señora del puesto trajo el café. Daniel se quedó callado, mirando el vapor.
—No podemos ir a la policía porque Víctor los tiene comprados —dijo Amara, hablando rápido y bajo—. Y no podemos ir a la prensa porque nos matan. Pero tenemos una ventaja.
—¿Cuál?
—Ellos creen que solo somos contadores molestos. Creen que yo soy una “gata” que solo sabe sumar facturas. No saben que tenemos esta carpeta.
Amara tomó un sorbo de su atole. El azúcar le dio un poco de energía.
—Víctor necesita los camiones, Daniel. El cártel no le paga por su linda cara, le paga por la logística. Si Alcázar Global deja de operar la Ruta Pacífico, Víctor se vuelve inútil para ellos. Y si se vuelve inútil…
—Ellos se encargan de él —completó Daniel.
—Exacto.
—¿Y cómo detenemos la ruta sin que se den cuenta de que fuimos nosotros? Si doy la orden de cancelar los viajes, van a saber que lo sé.
Amara sonrió. Era una sonrisa fría, calculadora, que no pertenecía a una mesera, sino a una estratega de guerra.
—No vamos a cancelar los viajes. Vamos a hacer que el sistema los rechace. Vamos a usar la burocracia en su contra.
—Explícate.
—El sistema ERP de la empresa tiene un módulo de Compliance bancario que nunca usamos. Está desactivado. Si lo activo y actualizo la lista negra de proveedores con los nombres de las empresas fachada de Víctor… el sistema bloqueará automáticamente cualquier pago de diésel, peaje o viáticos asignado a esas rutas.
—Víctor intentará desbloquearlo.
—No podrá. Porque anoche cambié las llaves de encriptación del servidor raíz —dijo Amara—. Solo yo tengo la contraseña. Y para cuando logren hackearlo, los camiones se habrán quedado sin gasolina a mitad de la carretera. La operación se detiene. El dinero se detiene. Y los socios de Víctor se van a poner muy nerviosos.
Daniel la miró con asombro y terror.
—Amara… si haces eso, estás provocando a una bestia.
—La bestia ya está despierta, Daniel. Ya nos están cazando. La única forma de sobrevivir es hacer que la bestia se coma a su dueño.
Daniel asintió lentamente. Tomó su café y se lo bebió de un trago, quemándose la garganta, como si fuera tequila.
—Hazlo.
El regreso a la oficina fue una operación militar. Cambiaron de coche tres veces. Daniel usó sus contactos para conseguir un vehículo “limpio”, un sedán Toyota gris sin blindaje pero anónimo. Amara iba en el asiento trasero, agachada.
Al llegar a la Torre Virreyes, el ambiente estaba enrarecido. Había una tensión eléctrica en el aire.
Cuando Amara llegó al piso 42, encontró a Luis y a Sofía en el pasillo, pálidos.
—¿Qué pasa? —preguntó Amara.
—No podemos entrar —dijo Luis—. Las tarjetas no funcionan.
Amara se acercó al lector de su oficina. Puso su tarjeta negra. La luz roja parpadeó y soltó un pitido de “Acceso Denegado”.
—Bloquearon mis credenciales —dijo Amara.
—No solo las tuyas —dijo Sofía—. Las de todos. Sistemas dice que hay una “actualización de seguridad crítica” y que nadie puede acceder a la red hasta nuevo aviso.
—Es Víctor —dijo Amara—. Está intentando borrarnos.
En ese momento, las alarmas de incendio del edificio empezaron a aullar. Una luz estroboscópica blanca llenó el pasillo.
¡ATENCIÓN! ¡ESTO NO ES UN SIMULACRO! ¡EVACUACIÓN INMEDIATA! —tronó una voz grabada por los altavoces.
—Mierda —dijo Daniel, saliendo de su oficina—. No hay incendio. Quieren vaciar el edificio.
—¿Para qué? —preguntó Luis, asustado por el ruido ensordecedor.
—Para entrar a los servidores físicamente —dijo Amara—. Si no pueden hackear mi contraseña, van a ir al SITE en el sótano y van a robarse los discos duros. O van a plantar algo.
La gente empezaba a salir de las oficinas, confundida y asustada, bajando por las escaleras de emergencia.
—Tenemos que irnos —dijo Daniel—. Si nos quedamos, somos blanco fácil.
—No puedo irme —dijo Amara—. Si se llevan los discos duros, perdemos la evidencia del lavado de dinero. Perdemos la carpeta digital. Perdemos todo.
—Amara, es peligroso…
—Daniel, escucha. —Amara lo agarró de las solapas de su saco—. Tú saca a Luis y a Sofía. Llévatelos a un lugar seguro. Yo voy al sótano.
—¡Estás loca! ¡No te voy a dejar sola!
—Nadie conoce los pasillos de servicio como yo —dijo Amara—. Yo limpiaba esos pasillos. Sé cómo llegar al SITE sin pasar por las cámaras. Confía en mí.
Daniel dudó un segundo. Miró a Luis y a Sofía, que estaban aterrorizados. Sabía que su responsabilidad era protegerlos.
—Tienes diez minutos —dijo Daniel, sacando algo de su bolsillo. Era una llave maestra física, de metal antiguo—. Esta abre la puerta de mantenimiento del SITE. No la pierdas.
—Vete. ¡Corre!
Daniel empujó a Luis y a Sofía hacia las escaleras de emergencia. Amara esperó a que desaparecieran entre la multitud de empleados que bajaban. Luego, en lugar de bajar, corrió hacia el elevador de carga.
El elevador de carga estaba desactivado por la alarma, pero las escaleras de servicio estaban vacías. Amara bajó corriendo, saltando los escalones de dos en dos. Piso 40… 30… 20… Sus pulmones ardían. Sus piernas le rogaban que parara.
Llegó al Sótano 2. El aire aquí abajo era frío y olía a humedad. Escuchó voces al final del pasillo. Voces de hombres.
—…rápido, rompe la cerradura. Tenemos cinco minutos antes de que lleguen los bomberos.
Amara se pegó a la pared. Se asomó con cuidado.
Eran tres hombres. No llevaban uniforme de seguridad. Llevaban overoles de mantenimiento grises, pero sus botas eran tácticas militares. Uno de ellos tenía una barreta y estaba golpeando la puerta de acero del cuarto de servidores (SITE).
Eran los hombres de Víctor. O del cártel.
Amara miró la llave que Daniel le había dado. Esa puerta era la entrada principal. Pero había otra entrada. Una rejilla de ventilación que conectaba con el cuarto de limpieza donde ella solía guardar los trapeadores.
Amara retrocedió en silencio, caminando de puntitas. Llegó al cuarto de limpieza. Estaba cerrado con llave, pero ella sabía el truco: un golpe seco en la parte baja de la puerta y se abría. Lo hizo. La puerta cedió.
Entró. Ahí estaba la rejilla, a dos metros de altura.
Arrastró un bote de basura, se subió y quitó los tornillos con la uña del pulgar (siempre los dejaban flojos para limpiar el filtro). Se metió en el ducto. Era estrecho, oscuro y lleno de polvo. Amara se arrastró, sintiendo la claustrofobia apretarle el pecho.
Llegó a la rejilla que daba al SITE. Miró hacia abajo.
El cuarto de servidores era un congelador lleno de luces parpadeantes verdes y azules. El zumbido de los ventiladores era ensordecedor.
Abajo, la puerta principal cedió con un estruendo metálico. Los tres hombres entraron.
—¡Busquen los racks 4 y 5! —gritó uno, el líder—. ¡Ahí está la base de datos financiera! ¡Arránquenlos!
Amara sabía que no podía detenerlos físicamente. Eran sicarios. Pero podía detenerlos digitalmente.
Se dejó caer desde el ducto, aterrizando sobre un gabinete metálico al fondo del cuarto, escondida en las sombras. Los hombres estaban al otro lado, ocupados destrozando la cerradura del rack 4.
Amara sacó su celular. Tenía una sola barra de señal.
Abrió la aplicación de administración remota que había instalado en secreto en su teléfono la noche anterior (un truco que Luis le enseñó).
“Acceso a Consola Raíz”.
“Usuario: AORTEGA”.
“Password: ***************”.
Sus dedos volaban sobre la pantalla táctil.
—¡Ya lo tengo! —gritó uno de los hombres, sacando un módulo de disco duro—. ¡Vámonos!
—Espera —dijo el líder—. El jefe dijo que quemáramos el respaldo. Tira la bomba incendiaria.
Amara sintió que el corazón se le paraba. Iban a incendiar el cuarto. Con ella adentro.
En su pantalla apareció el comando: EJECUTAR PROTOCOLO DE BORRADO SEGURO – NIVEL 7.
No. Si borraba todo, Víctor ganaba.
Necesitaba otra cosa.
ACTIVAR SISTEMA DE SUPRESIÓN DE INCENDIOS – HALÓN.
El sistema de Halón es un gas que elimina el oxígeno del cuarto en segundos para apagar el fuego sin dañar los equipos electrónicos. Es extremadamente peligroso para los humanos si no salen de inmediato.
Amara tomó aire, llenando sus pulmones al máximo.
Presionó ENTER.
Una sirena diferente, más aguda y penetrante, sonó dentro del cuarto.
ADVERTENCIA. DESCARGA DE GAS INMINENTE. SALGA DE INMEDIATO.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de los hombres.
—¡Es el gas! —gritó el líder—. ¡Vámonos!
Pero antes de que pudieran correr hacia la puerta, las válvulas del techo se abrieron con un siseo violento. Una niebla blanca y densa llenó la habitación instantáneamente.
Amara, escondida detrás del gabinete, se tapó la boca y la nariz con su sudadera y cerró los ojos. Sabía que tenía unos 30 segundos de conciencia antes de desmayarse por falta de oxígeno.
Escuchó a los hombres toser, chocar contra los muebles, gritar en pánico. El gas Halón no mata instantáneamente, pero desorienta y asfixia.
—¡La puerta! ¡No abre! —gritó uno. El sistema de seguridad sellaba magnéticamente la puerta durante la descarga para contener el gas.
Amara contuvo la respiración. Su cabeza empezaba a dar vueltas. Puntos negros bailaban en su visión.
“No te mueras aquí, Amara. No te mueras aquí”.
Escuchó golpes sordos. Cuerpos cayendo al suelo.
Luego, silencio. Solo el siseo del gas.
Amara sabía que la puerta se desbloquearía automáticamente después de 60 segundos. Tenía que aguantar.
10… 20… 30…
Sus pulmones ardían. Su cuerpo convulsionaba pidiendo aire.
El zumbido de los servidores parecía un canto lejano.
Click.
La puerta magnética se liberó.
Amara se arrastró. No podía ponerse de pie. Se arrastró por el suelo frío, pasando junto a las botas inmóviles de los intrusos. No miró si estaban muertos o desmayados. Solo se arrastró hacia la luz del pasillo.
Salió. El aire del pasillo, aunque viciado, tenía oxígeno.
Aspiró una bocanada enorme, tosiendo violentamente. Su garganta dolía como si hubiera tragado vidrio.
Se quedó tirada en el piso de concreto del pasillo de servicio, temblando.
Había salvado los servidores. Los discos duros seguían ahí. Y los hombres de Víctor habían fallado.
Pero sabía que esto era solo el primer round.
Se levantó con dificultad, apoyándose en la pared. Tenía que salir de ahí antes de que llegaran los bomberos o, peor, los refuerzos de Víctor.
Caminó hacia la salida de emergencia trasera, la que daba al callejón de la basura. Al salir, la luz del sol la cegó momentáneamente.
Un coche se detuvo frente a ella con un rechinar de llantas. Era el Toyota gris.
La puerta trasera se abrió.
—¡Amara!
Era Daniel. Se veía pálido, aterrorizado.
Amara se dejó caer en el asiento trasero.
—Lo tengo —susurró ella, con la voz ronca—. Los servidores están seguros. Y… creo que gaseé a tres sicarios.
Daniel la miró como si fuera un fantasma.
—Vámonos —dijo él al chofer—. ¡Vámonos ya!
El coche arrancó a toda velocidad, perdiéndose en el tráfico de Reforma.
El refugio no era un hotel, ni una casa de seguridad. Era el departamento de soltero de Luis, en la colonia Narvarte. Un lugar pequeño, lleno de figuras de anime y cajas de pizza, pero anónimo. Nadie buscaría al dueño de una multinacional y a su auditora estrella en un departamento de interés social en la Narvarte.
Luis y Sofía estaban ahí, conectados a sus laptops usando el internet del vecino (para no dejar rastro).
Amara estaba sentada en el sofá, envuelta en una cobija, bebiendo Gatorade.
—Estás loca —le dijo Sofía, mirándola con admiración y miedo—. Completamente loca.
—Era necesario —dijo Amara. Su voz sonaba rasposa—. ¿Lograron entrar al sistema?
—Sí —dijo Luis, tecleando—. Desde que cambiaste las llaves de encriptación, recuperamos el control remoto. Los servidores físicos siguen vivos. Y adivina qué…
—¿Qué?
—El sistema de Compliance detectó el intento de intrusión física y activó el “Protocolo de Pánico” que programaste.
Amara sonrió débilmente.
—¿Bloqueó las cuentas?
—Bloqueó todo —dijo Luis, girando la pantalla—. Mira.
En la pantalla se veía un mapa de México lleno de puntos rojos. Eran los camiones de la Ruta Pacífico.
ESTADO: DETENIDO. SIN FONDOS PARA COMBUSTIBLE. TARJETA DE PEAJE RECHAZADA.
—En este momento —dijo Amara—, hay 40 camiones cargados con “mercancía” parados en gasolineras a mitad de la nada en Sinaloa y Nayarit. Los choferes no pueden pagar el diésel. No pueden pagar las “mordidas” a la Guardia Nacional. Están varados.
—Y son patos sentados —dijo Daniel, que caminaba de un lado a otro de la pequeña sala—. El cártel va a perder esa carga. O la decomisa el ejército, o se la roban los rivales.
—Exacto —dijo Amara—. Le acabamos de costar al cártel unos 50 millones de dólares en producto. Y Víctor es el responsable.
El celular de Daniel sonó.
Lo miró. Era un número desconocido.
—Contesta —dijo Amara—. Pon el altavoz.
Daniel contestó.
—¿Sí?
—¡Hijo de tu puta madre! —la voz de Víctor era un grito histérico, irreconocible—. ¡¿Qué hiciste?! ¡¿Qué carajos hiciste, Daniel?!
—Hola, Víctor —dijo Daniel con una calma helada—. Parece que tienes problemas logísticos.
—¡Desbloquea las tarjetas! —chilló Víctor. Se escuchaba ruido de fondo, gente gritando, algo rompiéndose—. ¡Tienes que desbloquearlas AHORA! ¡Me van a matar, Daniel! ¡Están aquí y me van a matar si no muevo esos camiones!
—Eso suena a un problema de Recursos Humanos, Víctor —dijo Amara desde el sofá.
Víctor se quedó callado un segundo.
—¿Amara? —su voz bajó a un susurro tembloroso—. Amara, por favor. Te lo suplico. No sabes lo que son esta gente. Me van a cortar en pedazos. Desbloquéalo y te doy todo. Te doy el dinero de las Islas Caimán. Te firmo la confesión. Lo que quieras.
Amara miró a Daniel. Había piedad en los ojos de Daniel. Era su amigo, después de todo. A pesar de la traición, no quería escucharlo morir.
Pero Amara pensó en su papá sin medicina. Pensó en los sicarios en el sótano. Pensó en el país desangrándose por culpa de gente como Víctor que abría las puertas al narco por ambición.
—Lo siento, Víctor —dijo Amara—. El sistema es automático. No se puede desbloquear hasta que haya una auditoría presencial de la CNBV. Son las reglas.
—¡No! ¡Espera! ¡No cuelgues! ¡NO CUEL…!
La llamada se cortó.
El silencio en el departamento de la Narvarte fue denso.
—¿Crees que…? —empezó a preguntar Sofía.
—Creo que Víctor ya no es nuestro problema —dijo Amara.
Pero sabía que no era el final. Habían quitado al intermediario. Ahora, el dueño de la carga, el verdadero monstruo, voltearía a ver quién había detenido sus camiones.
Daniel se sentó en una silla de plástico, con la cabeza entre las manos.
—¿Qué hemos hecho?
—Lo correcto —dijo Amara, aunque por dentro sentía que acababa de firmar una sentencia de muerte—. Ahora tenemos que terminarlo. Luis, descarga toda la base de datos de la Ruta Pacífico. Nombres, placas, ubicaciones GPS, cuentas bancarias. Todo.
—¿Para qué? —preguntó Luis.
—Porque mañana a primera hora —dijo Amara, poniéndose de pie, ignorando el dolor en sus pulmones—, vamos a filtrar todo. A la prensa internacional, a la DEA, a la UIF. Vamos a hacer tanto ruido que no podrán tocarnos sin que el mundo entero se entere.
—Es una bomba suicida —dijo Daniel.
—No —dijo Amara, mirando por la ventana hacia la calle, donde la vida seguía normal, ajena a la guerra que ocurría en las sombras—. Es un seguro de vida. Si somos famosos, somos intocables. O al menos, eso espero.
Esa noche, mientras redactaban el dossier de filtración, Amara recibió un mensaje de texto de su mamá.
“Hija, hay unos hombres afuera de la casa. Dicen que son policías, pero no traen patrulla.”
El corazón de Amara se detuvo.
La bestia había llegado a Iztapalapa.
—Daniel —dijo Amara, con voz muerta—. Fueron por mi mamá.
Daniel levantó la vista. Vio la expresión de terror absoluto en la cara de la mujer que acababa de enfrentar a un cártel.
—Beto —gritó Daniel—. ¡Prepara el coche! ¡Y llama a todos tus contactos del ejército! ¡Vamos para Iztapalapa!
Amara corrió hacia la puerta. Ya no le importaban los números, ni la empresa, ni la justicia. Solo le importaba Doña Tere. Y si tenía que quemar la ciudad entera para salvarla, lo haría.
CAPÍTULO 7: EL PRECIO DE LA VERDAD
El Toyota gris volaba por el Viaducto Miguel Alemán a 140 kilómetros por hora, esquivando el tráfico nocturno como un misil. Beto conducía con una mano en el volante y la otra en el radio de frecuencia corta, hablando en clave militar.
—Alfa Sierra a Base. Código Rojo en Sector Oriente. Necesito apoyo inmediato en coordenadas enviadas. Repito: civiles en riesgo, posible situación de rehenes. Son “malandros” pesados. Cambio.
Amara iba en el asiento trasero, con el celular pegado a la oreja, marcando una y otra vez el número de su casa.
—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio…
—¡Contesta, mamá! ¡Contesta! —gritó Amara, golpeando el asiento delantero. Las lágrimas le nublaban la vista, calientes y furiosas.
Daniel, sentado a su lado, estaba pálido pero enfocado. Tenía su propio teléfono en la mano.
—General, soy Daniel Alcázar. No, no es una visita social. Necesito un favor. El favor que me debe por financiar la fundación de huérfanos del ejército. Sí, ahora. Iztapalapa. Calle Encinos 42. Envía a la Guardia Nacional, a la Marina, a quien tengas cerca. Es cuestión de vida o muerte.
Colgó y miró a Amara. Le tomó la mano. La mano de ella estaba helada y temblaba violentamente.
—Van en camino —dijo Daniel—. Beto dice que estamos a diez minutos.
—Diez minutos es una eternidad —sollozó Amara—. Si le tocan un pelo… Daniel, si le hacen algo… yo los mato. Te juro que los mato.
Daniel no dudó de ella. La mujer que había gaseado sicarios en un sótano y bloqueado cuentas millonarias era capaz de cualquier cosa.
—No va a pasar nada —dijo él, tratando de convencerse a sí mismo—. Solo la quieren para asustarte. Para que desbloquees los camiones. No les sirve muerta.
Amara sabía que eso era lógica de negocios, pero los narcos no siempre seguían la lógica. A veces seguían el sadismo.
Llegaron a la entrada de Iztapalapa. Las calles se estrechaban, los baches se multiplicaban. Beto no bajó la velocidad. Pasaron un tope volando, el chasis del coche sacando chispas contra el asfalto.
—Ahí es —señaló Amara. Su calle.
Al final de la cuadra, frente a su casa de fachada color menta despintada, había dos camionetas Lobo negras atravesadas, bloqueando el paso. Hombres armados con rifles de asalto estaban parados en la banqueta, fumando, como si fueran dueños del barrio. Los vecinos se habían encerrado a piedra y lodo. La calle estaba desierta, fantasmal.
—¡Frena! —gritó Daniel.
Beto derrapó el Toyota a cincuenta metros de las camionetas, usando un auto estacionado como cobertura.
—¡Abajo! —ordenó Beto, sacando una pistola Glock de debajo de su asiento.
Amara no esperó. Abrió la puerta y salió, agachándose detrás del coche.
—¡Mamá! —gritó, su voz desgarrándose en la noche.
Uno de los hombres armados se giró. Llevaba pasamontañas y chaleco táctico. Levantó su rifle.
—¡Quieta ahí! —gritó el hombre con acento norteño—. ¡Si das un paso más, quemamos la casa con la vieja adentro!
Amara se congeló. Vio que la puerta de su casa estaba abierta, rota. Desde adentro, escuchó un grito ahogado.
—¡Suéltenla! —gritó Amara—. ¡Soy yo a la que quieren! ¡Déjenla ir!
Un hombre salió de la casa arrastrando a Doña Tere. Le apuntaba con una pistola a la cabeza. Doña Tere lloraba, pero cuando vio a su hija, intentó erguirse.
—¡Vete, Amara! —gritó su madre—. ¡Corre, hija! ¡No les des nada!
El hombre le dio un culatazo en la espalda para callarla. Amara sintió que el mundo se ponía rojo.
—¡Basta! —Amara dio un paso al frente, saliendo de la cobertura.
—¡Amara, no! —Daniel intentó agarrarla, pero ella se soltó.
Caminó hacia el centro de la calle, con las manos en alto, pero con la mirada fija en el líder de los sicarios.
—Soy Amara Ortega —dijo ella, su voz resonando en el silencio de la calle—. Yo tengo las claves. Yo bloqueé sus camiones. Si le disparan a ella, las claves se borran y sus 50 millones de dólares en mercancía se pudren en la carretera.
El líder, un tipo alto con una cicatriz en la ceja, se acercó a ella. Sonrió debajo del pasillo de luz de una farola parpadeante.
—Vaya, vaya. La famosa contadora. Víctor dijo que eras una gata, pero tienes más huevos que él.
—Suelta a mi madre —dijo Amara—. Y te desbloqueo la ruta.
—Primero desbloquea —dijo el líder, apuntándole al pecho—. Y luego vemos si soltamos a la vieja.
—No soy estúpida —dijo Amara—. La sueltas ahora. Ella camina hacia ese coche gris. Cuando esté a salvo, yo entro a su camioneta con ustedes y desbloqueo el sistema.
El líder se rio.
—Estás en posición de exigir mucho para ser alguien que va a morir hoy.
—Si muero, el sistema tiene un “switch de hombre muerto” —mintió Amara, improvisando con la frialdad de una jugadora de póker—. Si no ingreso un código cada hora, se borra la base de datos y se envía una copia automática a la DEA. La última confirmación fue hace 40 minutos. Tienen 20 minutos antes de que la DEA tenga las coordenadas exactas de cada uno de sus camiones.
El líder dudó. Miró su reloj. Miró a Amara. La mentira era plausible. Era algo que una auditora haría.
—Bien —dijo el líder—. Suelten a la vieja.
El hombre que sostenía a Doña Tere la empujó hacia adelante. Doña Tere tropezó y cayó al suelo.
—¡Mamá! —Amara quiso correr hacia ella, pero el líder le puso el cañón del rifle en la frente.
—Tú te quedas aquí.
Doña Tere se levantó, cojeando. Miró a Amara con desesperación.
—¡No, hija! ¡No te vayas con ellos!
—Vete con Daniel, mamá —dijo Amara, sin apartar la vista del sicario—. Todo va a estar bien. Te quiero.
Daniel corrió, agachado, y tomó a Doña Tere del brazo, arrastrándola hacia la seguridad del Toyota. Beto los cubría con su pistola, listo para disparar al primer movimiento en falso.
Una vez que su madre estuvo a salvo dentro del coche, Amara bajó las manos lentamente.
—Listo —dijo ella—. Ahora, vámonos.
El líder la agarró del brazo con fuerza y la empujó hacia la camioneta Lobo.
—Súbela —ordenó.
La subieron al asiento trasero, entre dos hombres armados que olían a tabaco y sudor rancio. La camioneta arrancó, rechinando llantas, alejándose de su casa, de su madre y de la única vida segura que había conocido.
Amara miró por la ventana trasera. Vio a Daniel parado en la calle, mirando cómo se la llevaban. Sabía que él no la dejaría sola. Sabía que Beto ya estaba pidiendo refuerzos. Pero también sabía que, en ese momento, estaba sola en la boca del lobo.
La casa de seguridad no estaba en un barrio marginal. Estaba en una zona residencial exclusiva de la zona Esmeralda, en el Estado de México. Una mansión moderna, con muros altos y cámaras de seguridad, escondida entre pinos.
La metieron a empujones en una sala amplia, decorada con un mal gusto costoso: muebles dorados, pieles de animales en el suelo, y una pantalla gigante donde veían un partido de fútbol.
En un sillón de piel blanca estaba sentado un hombre mayor, canoso, vestido con ropa deportiva. No parecía un monstruo. Parecía un abuelo rico.
Era “El Licenciado”. El verdadero dueño de la carga.
—Así que tú eres el problema —dijo El Licenciado, apagando la tele con un control remoto—. Siéntate, niña. ¿Quieres agua? ¿Un refresco?
Amara se quedó de pie.
—Quiero mi laptop —dijo ella—. Dijeron que si venía, desbloqueaba los camiones.
—Qué prisa —dijo El Licenciado—. Primero quiero entender algo. ¿Por qué? Víctor me dijo que eras una empleada resentida. Pero una empleada resentida roba la caja chica, no bloquea una operación internacional. ¿Qué ganas tú con esto?
—Justicia —dijo Amara.
El Licenciado soltó una carcajada suave.
—Justicia. Qué concepto tan caro. ¿Sabes cuánto me has costado hoy?
—50 millones de dólares —respondió Amara sin pestañear.
—Más —dijo él—. Me has costado la confianza de mis compradores en Chicago. Y eso, niña, no tiene precio.
Se levantó y caminó hacia ella.
—Desbloquea el sistema. Y luego, vamos a discutir cómo vas a pagarme la deuda.
—No tengo deuda con usted —dijo Amara—. Usted usó mi empresa para lavar dinero. Usted nos debe a nosotros.
El Licenciado la miró con curiosidad.
—”Mi empresa”. Hablas como si fueras la dueña. Eres la contadora, ¿no?
—Soy la auditora. Y soy la que tiene el dedo en el botón.
Le entregaron una laptop (una de las suyas, robada probablemente de la oficina de Víctor).
—Hazlo.
Amara abrió la laptop. Se conectó a la red WiFi de la casa (que irónicamente se llamaba “FamiliaFeliz”).
Ingresó al sistema.
Pero no para desbloquear.
Para rastrear.
Al conectarse desde la IP de la casa de seguridad, estaba enviando una señal directa al servidor de Alcázar Global. Y Luis, desde el departamento en la Narvarte, estaba esperando esa señal.
PING. UBICACIÓN DETECTADA: ZONA ESMERALDA. COORDENADAS: 19.54…
Amara tecleó despacio, fingiendo que el sistema estaba lento.
—¿Qué pasa? —preguntó el líder de los sicarios, impaciente.
—El sistema de seguridad es complejo —dijo Amara—. Necesito validar dos factores.
Estaba ganando tiempo. Cada segundo que pasaba era un segundo más para que Daniel y el ejército llegaran.
—Date prisa —dijo El Licenciado, perdiendo la paciencia—. Si en cinco minutos no veo que los camiones se mueven, te voy a cortar un dedo. Y luego otro. Hasta que teclees con la nariz.
Amara sintió el frío del terror. Esto era real. No era una película. Iban a torturarla.
Tecleó el comando de desbloqueo, pero lo dejó en la pantalla de confirmación: ¿ESTÁ SEGURO? SÍ / NO.
—Listo —dijo ella—. Solo tengo que presionar Enter.
—Presiónalo.
—No —dijo Amara. Cerró la tapa de la laptop de golpe.
El Licenciado se quedó atónito.
—¿Qué hiciste?
—No lo voy a hacer —dijo Amara, poniéndose de pie, enfrentando su muerte—. Porque si lo hago, me van a matar de todos modos. Usted no deja cabos sueltos. Víctor está muerto, ¿verdad?
El silencio confirmó su sospecha.
—Así que mi única garantía de seguir viva es que esos camiones sigan parados. Mientras estén parados, me necesitan. Si los muevo, soy basura.
El Licenciado se puso rojo de ira. Sacó una pistola plateada de su cintura y le apuntó a la cabeza.
—Te voy a volar los sesos ahora mismo, maldita perra.
—Hágalo —desafió Amara, temblando pero firme—. Y pierda 50 millones y su negocio. Porque nadie más tiene la clave.
Se miraron a los ojos. El criminal y la auditora. El poder de la violencia contra el poder de la información.
En ese momento, un estruendo sacudió la casa.
La puerta principal voló en pedazos.
—¡MARINA! ¡AL SUELO! ¡AL SUELO!
El sonido de botas pesadas, cristales rotos y gritos llenó el aire. Granadas de destello estallaron en el pasillo, llenando la sala de una luz blanca cegadora y un zumbido ensordecedor.
El Licenciado disparó. Pero disparó a ciegas por el efecto de la granada. La bala pasó zumbando junto al oído de Amara y se incrustó en la pared.
Amara se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza.
Hombres vestidos de camuflaje táctico entraron por las ventanas y puertas. Los sicarios intentaron responder al fuego, pero fueron abatidos en segundos. La superioridad de fuego de la Marina era abrumadora.
—¡Despejado! ¡Sector 1 despejado!
Alguien levantó a Amara del suelo.
—¿Está herida? —preguntó un marino con pasamontañas.
Amara negó con la cabeza, aturdida, con los oídos zumbando.
Detrás de los marinos, entró Daniel. Llevaba un chaleco antibalas que le quedaba grande sobre su ropa deportiva.
—¡Amara!
Daniel corrió hacia ella y la abrazó. Un abrazo fuerte, desesperado.
—Pensé que no llegaban —lloró ella, soltando por fin toda la tensión acumulada.
—Te rastreamos —dijo Daniel—. Luis vio tu conexión. Y el General cumplió su palabra.
Miraron hacia el rincón de la sala. El Licenciado estaba esposado, con la cara contra el suelo, sangrando de la nariz. El hombre intocable, reducido a un criminal común.
Amara se acercó a él. El Licenciado levantó la vista, llena de odio.
—Esto no se acaba aquí —escupió él—. Tengo gente afuera.
Amara se agachó y recogió la laptop del suelo.
—Se acabó —dijo ella—. Acabo de enviar el archivo completo a la DEA, a la UIF y a la prensa internacional. En este momento, su cara y sus cuentas bancarias están en todos los noticieros del mundo. Ya no tiene gente, licenciado. Ya no tiene nada.
El hombre bajó la cabeza, derrotado.
Amara salió de la casa, apoyada en Daniel. El aire de la noche olía a pólvora y a pino. Las sirenas de las patrullas iluminaban el bosque con luces rojas y azules.
—¿Dónde está mi mamá? —preguntó Amara.
—Está en un hospital militar, bajo protección —dijo Daniel—. Está bien. Solo tiene unos golpes. Está preocupada por ti.
—Llévame con ella.
El reencuentro en el hospital fue emotivo. Doña Tere tenía un vendaje en la cabeza y moretones en los brazos, pero estaba viva. Abrazó a Amara y no la soltó por una hora.
—Pensé que te perdía, hija.
—Nunca, mamá. Nunca.
Daniel observaba desde la puerta de la habitación, respetando el momento. Amara salió al pasillo después de un rato.
—Gracias —le dijo a Daniel—. Por salvarla. Por venir por mí.
—Tú nos salvaste a todos, Amara —dijo Daniel—. Lo que hiciste hoy… nadie lo hubiera hecho.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó ella—. La empresa… el escándalo…
—La empresa va a sufrir —admitió Daniel—. Las acciones se van a caer mañana cuando se sepa que fuimos usados por el narco. Los clientes van a tener miedo.
—Podemos arreglarlo —dijo Amara, el brillo de “auditora” volviendo a sus ojos—. Si salimos a dar la cara. Si decimos que nosotros fuimos los que los denunciamos. Que Alcázar Global no fue cómplice, sino víctima y héroe.
—Es arriesgado.
—Es la verdad. Y la verdad es lo único que nos queda.
TRES MESES DESPUÉS
La conferencia de prensa fue en el auditorio principal de la Torre Virreyes. Estaba abarrotado. Periodistas de CNN, BBC, El Universal, Reforma. Todos querían ver a la “Auditora de Hierro”.
Amara estaba en el podio. Ya no llevaba ropa barata. Llevaba un traje sastre azul marino, hecho a la medida, que le daba una autoridad natural. Pero en su solapa llevaba un pequeño pin: una taza de café dorada. Un recordatorio de dónde venía.
—Señores —dijo Amara al micrófono—. Alcázar Global ha pasado por una purga. Fue dolorosa. Fue peligrosa. Pero fue necesaria. Hoy, somos la primera empresa de logística en Latinoamérica con certificación “Antilavado Grado Militar”. Nuestros camiones son los más seguros porque nadie se atreve a tocarlos. Saben que si tocan uno, nosotros respondemos.
Un periodista levantó la mano.
—Licenciada Ortega… ¿es cierto que usted era mesera antes de esto?
Amara sonrió. Ya no le dolía la pregunta.
—Sí. Es cierto. Y aprendí más sirviendo café y escuchando, que muchos directivos en sus maestrías en el extranjero. Aprendí que la suciedad siempre se esconde donde nadie quiere limpiar. Yo decidí limpiar.
—¿Y qué le dice a los que dudan de su capacidad por no tener título universitario?
Amara miró a Daniel, que estaba sentado en la primera fila, sonriendo con orgullo.
—Les digo que el título se consigue estudiando. Pero la integridad se consigue viviendo. Estoy terminando mi carrera, por cierto. En las noches. Pero mi verdadero examen final fue hace tres meses, en una casa de seguridad. Y creo que lo aprobé con honores.
Los flashes de las cámaras estallaron.
EPÍLOGO: EL NUEVO ORDEN
La oficina de Amara en el piso 42 ahora tenía su nombre en la puerta: Amara Ortega, Vicepresidenta de Auditoría y Cumplimiento.
Estaba revisando el reporte trimestral. Las utilidades habían vuelto a números negros. La limpieza había ahorrado millones. Los clientes habían regresado, atraídos por la transparencia radical de la empresa.
Tocaron a la puerta.
—Pase.
Entró una chica joven, con uniforme de catering, trayendo un café. Le temblaban las manos.
—Buenos días, licenciada —dijo la chica, dejando la taza con cuidado—. Disculpe la demora.
Amara miró a la chica. Vio sus zapatos desgastados. Vio los libros de texto asomando de su bolsa de mandado. Vio el miedo y la esperanza en sus ojos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Amara.
—Valeria, señorita.
—¿Estudias, Valeria?
—Sí… Derecho. En la UNAM. En las tardes.
Amara sonrió.
—Siéntate un momento, Valeria.
—No puedo, señorita, el supervisor me regaña si…
—Que se aguante el supervisor —dijo Amara—. Siéntate. Cuéntame… ¿has notado algo raro en las facturas de la cafetería últimamente?
Valeria dudó, luego asintió tímidamente.
—Pues… el proveedor de las galletas trae menos cajas de las que dice el remisión.
Amara se inclinó hacia adelante, interesada.
—¿Ah, sí? Cuéntame más.
Porque la historia se repetía. Y Amara Ortega, la mesera que salvó a un imperio, sabía que su misión no era solo auditar números. Era encontrar a las siguientes Amaras. A las invisibles que, con una oportunidad, podían cambiar el mundo.
Daniel entró en ese momento. Vio a Amara platicando con la nueva mesera. Se recargó en el marco de la puerta y sonrió.
La empresa estaba en buenas manos. Y por primera vez en años, la vista desde la cima no se veía solitaria. Se veía justa.
FIN