HUMILLARON A LA BECADA “DE BARRIO” SIN SABER QUE ERA CINTA NEGRA: SU VENGANZA SILENCIÓ A TODO EL COLEGIO

PARTE 1: LA MURALLA INVISIBLE (VERSIÓN EXTENDIDA)

Capítulo 1.1: La travesía de dos mundos

El despertador sonó a las 4:15 de la madrugada, un chirrido digital que cortó el silencio del pequeño departamento en Iztapalapa como un cuchillo. No me moví de inmediato. Me quedé mirando el techo despellejado por la humedad, contando las grietas que formaban mapas de países imaginarios donde la gente no tenía que levantarse antes de que saliera el sol para cruzar la ciudad.

Mi nombre es Jazmín Taylor, y mi vida es una historia de dos ciudades que coexisten pero nunca se tocan.

Me levanté con cuidado para que el resorte del sofá-cama no chillara. Mi abuela Ruth, que dormía en la única habitación real del departamento, acababa de llegar de su turno en el hospital hacía apenas tres horas. Podía escuchar su respiración pesada, ese silbido leve en sus pulmones que últimamente me preocupaba más de lo que quería admitir.

El agua de la regadera salió helada. El boiler llevaba semanas fallando y llamar al plomero era un lujo que no figuraba en la lista de prioridades, debajo de la renta, la luz y la comida. Apreté los dientes mientras el chorro frío golpeaba mi espalda, despertando cada músculo, recordándome que la incomodidad era mi estado natural.

El dolor es información, Jazmín —la voz de mi papá resonó en mi memoria mientras me enjabonaba rápido con el Zote rosa—. Te dice que estás viva.

Me puse el uniforme del Colegio San Gabriel. La falda de cuadros escoceses, la camisa blanca almidonada (que planché la noche anterior con una plancha vieja que goteaba agua) y el suéter azul marino con el escudo bordado en hilo dorado: un león rampante sobre un libro abierto. Ese escudo costaba más que toda mi ropa de civil junta.

Antes de salir, pasé a la cocina. Preparé café de olla y dejé una nota para la abuela junto a sus pastillas: “Te dejé chilaquiles en el refri. No te esfuerces. Te quiero. J.”.

Salí a la calle todavía a oscuras. El aire de la madrugada olía a smog, a pan dulce recién horneado de la panadería de la esquina y al escape de los camiones. Caminé rápido hasta la avenida principal, con la mochila pegada al pecho, mis ojos escaneando las sombras. En mi barrio, la alerta constante no es paranoia, es supervivencia.

Tomé el primer pesero hacia el Metro Constitución. Iba lleno, como siempre. Cuerpos apretados, olor a gel para el cabello y garnachas. Me puse los audífonos, no para escuchar música, sino para crear una barrera. Durante la siguiente hora y media, mi cuerpo viajó a través de las venas de concreto de la Ciudad de México, transbordando en Tacubaya, subiendo a los camiones “fifís” que suben hacia Santa Fe.

La transformación del paisaje siempre me revolvía el estómago. Dejaba atrás el gris interminable de las casas de autoconstrucción, los cables de luz enmarañados como telarañas gigantes y los perros callejeros, para entrar en un mundo de cristal y acero. Santa Fe. La tierra prometida. Edificios que tocaban las nubes, calles sin baches, y autos blindados que valían más que mi vida entera.

Cuando el camión me dejó frente al imponente portón del Colegio San Gabriel, sentí ese cambio físico, esa tensión en los hombros que aparece cuando entras a territorio enemigo. Los guardias de seguridad, hombres morenos como yo, me revisaron la credencial con más detenimiento que a los alumnos que llegaban en camionetas Suburban con chofer.

—Buenos días, señorita Taylor —dijo uno, sin mirarme a los ojos. —Buenos días —respondí, cruzando el umbral.

Adentro, el aire olía diferente. Olía a lavanda, a pasto recién cortado y a dinero. Mucho dinero. Caminé por los pasillos de mármol, sintiendo cómo mi presencia era una anomalía, un error en la Matrix de la élite mexicana. Yo era la becada. La intrusa. Y ellos nunca me dejaban olvidarlo.

Capítulo 1.2: La Corte de los Milagros (y las Pesadillas)

La mañana transcurrió con la habitual tortura silenciosa. En clase de Historia, cuando el profesor preguntó sobre las castas en la Nueva España, sentí la mirada de tres chicas en mi nuca. En Matemáticas, fui la única que resolvió la ecuación en el pizarrón, y el susurro de “cerebrito de barrio” recorrió la fila de atrás.

Pero el verdadero campo de batalla era la cafetería.

La cafetería del San Gabriel no tenía señoras con redecilla sirviendo puré de papa aguado. Tenía una barra de sushi, una estación de ensaladas orgánicas y máquinas de café espresso italianas. Las columnas de mármol sostenían un techo alto con tragaluces que bañaban el espacio en una luz casi celestial.

Me formé en la fila de la “comida del día”, la opción subsidiada para los becados. Fideo seco con crema y un vaso de leche. Con mi charola en mano, busqué una mesa vacía en la periferia, lejos del centro neurálgico donde “La Realeza” sostenía su corte.

Paulina Montemayor estaba ahí, por supuesto. Brillaba como un sol tóxico. Rubia, perfecta, con una piel que nunca había conocido el sol sin protector dermatológico de mil pesos. Estaba rodeada de su séquito: Allison, la teniente fiel; Trevor, el novio trofeo capitán de lacrosse; y un círculo de admiradores que reían de sus chistes antes de que terminara de contarlos.

Intenté pasar desapercibida, pegándome a las columnas, pero el destino —o la crueldad aburrida de Paulina— tenía otros planes.

—¡Hey! ¡Cuidado con mis Prada! —gritó alguien.

Me detuve. No había tocado a nadie, pero el silencio que se hizo fue inmediato. Paulina se levantó de su mesa, caminando hacia mí con la gracia de un depredador que ha olido sangre.

—¿Desde cuándo dejan entrar a gatas de barrio al comedor principal? —anunció Paulina. Su voz no era un grito, era una proyección teatral perfecta. Quería audiencia.

Sentí el calor subir por mi cuello. No reacciones, me dije. Cuenta hasta diez. Uno, dos…

—O sea, supongo que aceptan a cualquiera con tal de subir sus números de diversidad e inclusión, ¿no? Qué oso que tengamos que compartir el aire con… esto —continuó, haciendo un gesto vago hacia mi uniforme, que era idéntico al suyo pero lucía diferente simplemente porque lo llevaba yo.

—Con permiso —murmuré, intentando rodearla.

Paulina dio un paso lateral, bloqueándome el camino. Sus ojos azules me escanearon con desprecio clínico. —¿Te vas tan rápido? Pero si apenas estamos empezando a socializar. ¿Qué traes ahí? —señaló mi charola—. ¿Comida de caridad? Ugh, huele a grasa barata.

De un manotazo rápido, preciso y cruel, golpeó el borde de mi charola.

El tiempo se detuvo. Vi el plato de fideo seco volar en cámara lenta. Vi el vaso de leche inclinarse. Y luego, el estruendo. El metal golpeó el mármol con un sonido que pareció un disparo.

Clang.

La leche fría empapó mi camisa. La salsa roja del fideo manchó mi falda y salpicó mis zapatos, esos zapatos negros escolares que había tenido que bolear tres veces para que disimularan el desgaste.

El silencio en la cafetería fue absoluto. Cientos de ojos se clavaron en mí. Podía sentir el peso de sus miradas, una mezcla de lástima, asco y diversión morbosa.

Paulina soltó una risita, llevándose la mano a la boca en un gesto de falsa inocencia. —Ay, perdón. Es que eres tan torpe. Supongo que no estás acostumbrada a caminar en pisos que no sean de tierra, ¿verdad?

Fue entonces cuando los celulares salieron. Fue un movimiento sincronizado, como si lo hubieran ensayado. Docenas de iPhones apuntándome, capturando mi humillación en 4K para subirla a TikTok e Instagram en tiempo real.

Me agaché. Mis manos temblaban. No de miedo. De ira. Una ira volcánica, antigua, que nacía en la boca del estómago. Sentí la textura viscosa de los fideos en mis dedos mientras intentaba recoger el desastre.

—¿Qué pasa? ¿No hablas español o qué? —Paulina se agachó también, invadiendo mi espacio, su cabello rubio rozando mi oreja—. ¿O será que te dejaron entrar solo porque tu gente es buena para limpiar la mierda de los demás? Porque por cerebro, darlin’, seguro que no fue.

Apreté los dientes tan fuerte que sentí un pinchazo de dolor en la mandíbula. Mis manos, ocultas bajo la mesa, adoptaron instintivamente la forma de garra de tigre, listas para atacar la tráquea, para romper, para silenciar.

El verdadero poder reside en saber cuándo no golpear. La voz del Maestro Park fue un susurro en medio del ruido blanco de mi furia.

312 días, pensé. Solo faltan 312 días para la graduación. Si le tocas un pelo, te expulsan. Pierdes la beca. Tu abuela se queda con las deudas. Todo el sacrificio de papá se va a la basura.

Respiré. Inhalé el olor a perfume caro de Paulina mezclado con el olor agrio de la leche en mi ropa.

Paulina se acercó más, susurrando solo para mí: —Gente como tú no pertenece aquí, prietita. Regrésate a la vecindad de donde saliste antes de que te saquemos a patadas.

Las risas estallaron alrededor. Un coro de hienas vestidas de marca.

Me levanté. La comida escurría por mi falda. Me obligué a alzar la vista. No bajé los ojos. Busqué los suyos. Y por un segundo, dejé que mi “yo” real se asomara. No la estudiante becada y sumisa. Sino la peleadora. La chica que había aprendido a recibir golpes sin llorar desde los siete años.

Mis ojos se clavaron en los de ella con una intensidad gélida. Paulina parpadeó. Su sonrisa vaciló. Dio un paso atrás, casi imperceptible, pero yo lo vi. Su instinto de supervivencia, sepultado bajo capas de privilegio, acababa de detectar una amenaza.

No dije nada. No hacía falta. Me di la vuelta, con la barbilla en alto, y caminé hacia la salida. Mis zapatos hacían un sonido húmedo contra el piso pulido, dejando un rastro de leche y dignidad rota.

Sentía el peso de mi mochila en la espalda. Adentro, mi cinta negra parecía quemar a través de la tela. Esto no se queda así, pensé. Esto apenas empieza.

Capítulo 1.3: El Largo Camino a Casa y las Huellas Digitales

Pasé el resto del día escondida en los baños del tercer piso, tratando de lavar mi uniforme en el lavabo con jabón de manos barato. El olor a leche agria no se iba. Cada vez que alguien entraba, me encerraba en el cubículo, subiendo los pies para que no vieran mis zapatos manchados.

Cuando por fin sonó la campana de salida, fui la primera en cruzar el portón. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.

El viaje de regreso fue peor. El tráfico de la tarde en la Ciudad de México es una bestia que te devora la energía. Atrapada en el pesero, revisé mi celular. Error.

Mi feed de Instagram estaba inundado. Paulina había subido la foto. Yo, arrodillada, cubierta de fideos, con la mirada baja. El caption decía: “La caridad teniendo un mal día. Ojalá se regrese a su cerro. #BecaPorLástima #GataIgualada”.

Los comentarios se acumulaban por cientos. “Jajaja, qué asco, ¿quién la dejó entrar?” “Se ve que ahí pertenece, en el suelo.” “Oye Pau, ¿le diste propina por limpiar?”

Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el teléfono. Sentí las lágrimas picar mis ojos, pero me negué a soltarlas. No aquí. No frente a extraños.

Llegar a mi colonia fue, irónicamente, un alivio. Aquí, la suciedad estaba en las calles, no en el alma de la gente. —¡Jazmín! —me saludó Don Beto, el señor de los tacos de canasta—. ¿Cómo te fue en la escuela de riquillos? —Bien, Don Beto. Todo bien —mentí, forzando una sonrisa mientras me ajustaba el suéter para cubrir la mancha en mi camisa.

Subí las escaleras del edificio despintado. Abrí la puerta del 3B y el contraste me golpeó de nuevo. Mi “casa” era un microcosmos de carencias, pero estaba limpia. Mi abuela se aseguraba de eso.

—¿Eres tú, mija? La voz de la abuela Ruth sonaba más débil hoy. Entré a la cocina. Ella estaba sentada en la mesa, con el uniforme de enfermera todavía puesto, contando monedas y billetes arrugados. Tenía ojeras profundas, como moretones bajo los ojos.

—Hola, abue. —Escondí la mochila rápido—. ¿Qué haces? —Haciendo cuentas, mi amor. Llegó el recibo de la luz. Subió otra vez. Y con lo de tus libros… —No te preocupes por los libros, abue. Ya los conseguí en la biblioteca —mentí de nuevo. En realidad, estaba copiando los capítulos a mano porque no podía comprarlos.

Ella levantó la vista y sus ojos cansados se entrecerraron. —¿Qué te pasó en la ropa, Jazmín? Hueles a… —Me tropecé en la cafetería. Tiré mi leche. Soy una tonta —dije rápido, yendo hacia ella y dándole un beso en la frente para que no viera mi cara—. Voy a cambiarme y a lavar esto.

Mientras tallaba la mancha en el lavadero de piedra del patio trasero, las lágrimas finalmente salieron. Lloré en silencio, como había aprendido a hacer. Lloré por la humillación, por la injusticia, pero sobre todo, lloré de impotencia al ver a mi abuela contar monedas para ver si nos alcanzaba para comer carne esa semana, mientras Paulina tiraba comida al suelo por diversión.

Capítulo 1.4: El Santuario del Dolor

Esa noche, la tos de la abuela empeoró. Un sonido seco, metálico, que retumbaba en su pecho. —Es solo el frío, mija. No pasa nada —me aseguró cuando le llevé un té de canela—. Vete a dormir, mañana tienes examen.

Esperé a que se durmiera. Cuando su respiración se volvió rítmica, aunque forzada, moví la mesa de centro de la sala. El espacio era minúsculo, apenas dos metros cuadrados libres entre el sofá y la televisión vieja.

Saqué el tatami enrollado de debajo de la cama. Estaba desgastado, con las orillas deshilachadas, pero era mío. Me quité la ropa de civil y me puse mi dobok (uniforme de taekwondo). Estaba remendado en los codos, pero limpio y blanco. Al atarme la cinta negra a la cintura, sentí esa transformación familiar. El nudo apretado era como un interruptor.

Jazmín la becada desapareció. Quedó Jazmín la guerrera.

Empecé a calentar. Saltos, estiramientos. Mi sombra se proyectaba gigante en la pared. Cerré los ojos y visualicé la cafetería. Visualicé la cara de Paulina. —Canalízalo —escuché la voz de mi papá.

Lancé el primer golpe al aire. JAB. Visualicé la risa de Trevor. CROSS. Visualicé los celulares grabándome. GANCHO.

Mi cuerpo se movía solo. Miles de repeticiones habían grabado estos movimientos en mi ADN. Sudaba, mis músculos ardían, pero no me detenía. Hice una forma (Poomsae). Koryo. Movimientos lentos, tensión dinámica, luego explosión. Mis pies golpeaban el tatami con un sonido sordo, controlado para no despertar a los vecinos de abajo.

En mi mente, no estaba en una sala pequeña en Iztapalapa. Estaba en el estadio olímpico. Y Paulina no era una chica rica intocable; era un oponente más. Y a los oponentes se les estudia, se les encuentra el punto débil y se les derriba.

Terminé la sesión con una patada de giro recto (Mondolyo Chagi). La ejecución fue perfecta. El chasquido de mi uniforme rompiendo el aire fue satisfactorio. Me quedé ahí, respirando agitadamente, con el sudor cayendo por mi nariz, sintiéndome poderosa por primera vez en el día.

Me senté en posición de meditación para bajar el ritmo cardiaco. Fue entonces cuando mi celular vibró sobre el sofá. Lo tomé con miedo.

No era Paulina. Era un correo electrónico.

Asunto: Campeonato Nacional de Taekwondo – Recordatorio de Inscripción. “Estimada Jazmín Taylor: Le recordamos que el cierre de inscripciones es en dos semanas. Para asegurar su lugar en la categoría Juvenil Élite, debe cubrir la cuota de inscripción y gastos federativos. Total: $2,500 MXN. Gastos de viaje y hospedaje a Monterrey corren por cuenta del atleta (Est. $35,000 – $40,000 MXN).”

Miré la pantalla. Los números bailaban burlonamente frente a mis ojos. Cuarenta mil pesos. Podrían pedirme que viajara a la luna y sería igual de imposible.

Mi abuela ganaba seis mil pesos al mes doblando turnos. Yo tenía cero pesos. Y sin ese campeonato, no había visibilidad. Sin visibilidad, no había beca universitaria deportiva. Sin beca universitaria, mi única opción era seguir endeudándonos en el San Gabriel o salirme y trabajar en una fábrica.

El sueño de mi papá… el sueño de sacarnos de aquí… se estaba muriendo por falta de dinero.

Me dejé caer de espaldas en el tatami, mirando el techo agrietado otra vez. La desesperación se sentía física, como una mano fría apretando mi garganta.

De repente, una notificación de Instagram apareció en la parte superior de la pantalla. Era de una cuenta de chismes del colegio. “¿Ya vieron que los papás de Paulina M. van a patrocinar el Showcase de Talentos de este año? ¡El premio es de $50,000 pesos en efectivo para el ganador! Obvio Pau va a ganar con su bailecito, pero ¿quién más se apunta?”

Me senté de golpe. Leí la cifra tres veces. $50,000 pesos.

Era más que suficiente. Era la inscripción, el viaje, y sobraba dinero para que la abuela dejara los turnos dobles por un mes.

Mi corazón empezó a latir con una fuerza nueva. No era miedo. No era ira. Era ambición. Miré mi cinta negra tirada en el suelo. Miré la foto de Paulina burlándose de mí.

—¿Crees que no tengo talento, Paulina? —susurré a la habitación vacía—. ¿Crees que solo sirvo para limpiar?

Me levanté. Mis piernas ya no temblaban. Fui a la computadora vieja que compartíamos, abrí el navegador y busqué el formulario de inscripción para el Showcase.

El cursor parpadeaba en el campo de “Nombre”. Mis dedos dudaron un momento. Si me inscribía, me ponía un blanco en la espalda. Si me inscribía y perdía, la humillación sería eterna. Paulina me destrozaría.

Pero luego escuché a mi abuela toser en la otra habitación. Una tos profunda, dolorosa. Eso decidió todo.

Escribí: J. Taylor. Categoría: Artes Marciales. Descripción del acto: Demostración de Rompimiento y Formas.

Hice clic en “Enviar”.

La pantalla mostró: “Registro Exitoso. Tu número de participante es el 14”.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Acababa de declararle la guerra a la reina del colegio en su propio territorio. Y no tenía idea de la tormenta que se me venía encima.

PARTE 2: EL ASCENSO DEL DRAGÓN

Capítulo 3: La Guerra Fría y el Sabotaje Químico

La semana siguiente en el Colegio San Gabriel se desplegó como una campaña militar diseñada para romperme el espíritu. No eran golpes físicos; los chicos ricos saben que los moretones dejan evidencia. Su violencia era psicológica, quirúrgica y devastadora .

El lunes intenté unirme a un grupo de estudio de Química en la biblioteca. Necesitaba repasar para el parcial, y el profesor Phillips había dicho explícitamente que trabajáramos en equipos. Me acerqué a la mesa donde estaba Trevor, el novio de Paulina, rodeado de libros abiertos y risas ahogadas.

—Hola, ¿puedo unirme? Tengo los apuntes completos de la semana pasada —ofrecí, sosteniendo mi cuaderno como una ofrenda de paz .

Trevor me miró, luego miró las tres sillas vacías a su alrededor y volvió a mirarme con una sonrisa de lástima fingida. —Híjole, Jazmín. Estamos llenos —dijo, estirando las piernas sobre una de las sillas vacías—. Además, no creo que entiendas el material. Estamos viendo cosas avanzadas, no sumas y restas .

Paulina, que estaba limándose las uñas al otro lado de la mesa, ni siquiera levantó la vista de su celular. —Déjala, Trevor. Seguro viene a pedir dinero o algo. Oye, por cierto —Paulina se giró hacia mí, sus ojos brillando con malicia—, estamos discutiendo el Showcase de beneficencia. Mis papás son los patrocinadores principales, como siempre. El premio es de $50,000 pesos. No es que tú tengas algún talento que valga la pena, obvio, pero te aviso para que no te hagas ilusiones .

Mi mente hizo clic instantáneamente. $50,000 pesos. Era la cifra mágica. Era la inscripción al nacional, el viaje, y el alivio para los pulmones de mi abuela. Me quedé parada un segundo más de lo necesario, calculando.

—¿Qué? —ladró Paulina al notar mi inmovilidad—. ¿Se te perdió algo o estás esperando a que te demos las sobras del almuerzo? El Showcase es para habilidades reales, nena. Piano, ballet clásico. No para… lo que sea que hace tu gente. ¿Bailar cumbias en el metro?

Me di la vuelta con la cara ardiendo, pero mi cerebro trabajaba a mil por hora. Cincuenta mil pesos. Esa tarde fui a ver a la consejera escolar, la Licenciada Benítez, para reportar el acoso constante. Tenía que haber un registro.

La mujer me escuchó con una sonrisa plácida que nunca llegó a sus ojos. Cuando terminé de relatar cómo habían tirado mi comida y saboteado mis estudios, ella suspiró, acomodando los papeles en su escritorio de caoba.

—Jazmín —dijo con un tono condescendiente—, la familia Montemayor donó el ala este de nuestra biblioteca digital. Tienen un peso… considerable en esta institución . Quizás deberías esforzarte más en encajar. El San Gabriel tiene una cultura muy específica. Tomamos un riesgo dándote esta beca. No nos hagas arrepentirnos .

Salí de la oficina temblando de rabia. La amenaza estaba clara: Cállate y aguanta, o lárgate. No iba a recibir ayuda de la administración .

El punto de quiebre llegó al día siguiente en el laboratorio de química. Estaba midiendo cuidadosamente una solución de ácido clorhídrico para mi reporte final. Había pasado horas perfeccionando la mezcla.

Cuando me giré para tomar una pipeta, sentí un golpe seco en mi codo. No fue un accidente. Vi el codo de Paulina retraerse rápidamente. Mi mano se sacudió y el matraz volcó. El líquido corrosivo se derramó sobre mi reporte, disolviendo la tinta y el papel en una masa burbujeante y maloliente .

—¡Señorita Taylor! —bramó el profesor Phillips desde el frente—. ¡Controle sus materiales! Eso es un cero en la práctica de hoy .

—¡Pero ella me empujó! —protesté, señalando a Paulina. —Yo vi lo que pasó —intervino Paulina con voz dulce—. Ella estaba distraída, profe. Creo que estaba mensajeando en clase.

—¡Mentira! —grité, perdiendo la compostura. —¡Basta! —El profesor golpeó la mesa—. Una palabra más y es detención, Taylor. Algunos estudiantes deberían estar agradecidos por las oportunidades que se les dan en lugar de desperdiciarlas .

Paulina ni siquiera se molestó en ocultar su sonrisa triunfal. El mensaje era claro: aquí, la verdad la dicta la cuenta bancaria .

Esa tarde en el Dojang comunitario, golpeé el costal con una furia que asustó a los cintas blancas. El Maestro Park me observó desde la puerta, su rostro curtido impasible.

—Tu técnica es perfecta, pero tu espíritu es un caos —me dijo cuando terminé, empapada en sudor—. El Taekwondo no es sobre venganza, Jazmín. Es sobre armonía .

—Nunca me van a aceptar —le dije, mi voz quebrándose—. No importa mis calificaciones, no importa si soy perfecta. Ya decidieron que soy basura .

El Maestro Park me puso una mano en el hombro. —Entonces es momento de mostrarles quién eres en realidad. El campeonato se acerca. Necesitas esa inscripción. Confía en tu camino .

Capítulo 4: La Alianza en la Sombra

Dos días después, me quedé tarde en la escuela para usar el internet de la biblioteca, ya que en mi casa se había ido la señal por falta de pago. Al pasar por el gimnasio vacío, escuché un sonido rítmico. Pum, pum, swish.

La curiosidad me ganó. La puerta estaba entreabierta. Adentro, la Maestra Paula, la profesora de Educación Física a la que todos los “fresas” ignoraban o trataban como empleada doméstica, estaba ejecutando una serie de tiros de tres puntos con una precisión de máquina .

Me quedé mirando, hipnotizada por su enfoque. —¿Vas a quedarte ahí parada todo el día o vas a entrar? —dijo sin romper su ritmo .

Entré, sintiéndome una intrusa. —Lo siento, Miss. No quería molestar.

Ella atrapó el balón y se giró. Era una mujer alta, imponente, que había jugado profesionalmente antes de una lesión. Me miró con ojos críticos. —Tú eres la becada. Taylor, ¿verdad? —Asentí, esperando el juicio habitual—. Te he visto en clase de gimnasia. Te mueves diferente a las demás princesas. Tienes base, tienes centro de gravedad. ¿Qué entrenas?

Dudé un segundo. Era mi secreto. —Taekwondo. Soy cinta negra tercer dan.

Ella alzó una ceja, impresionada. —Vaya. Eso explica mucho. Entonces, ¿por qué dejas que la Barbie Montemayor te pisotee todos los días?

La franqueza de la pregunta me golpeó. —Mi beca es académica, Miss. No me la dieron por golpear gente. Si me defiendo, me expulsan.

La Maestra Paula botó el balón pensativa. —Sabes… cuando yo jugaba en la liga profesional, me decían que no pertenecía ahí. Demasiado agresiva, demasiado “masculina”, demasiado prieta. —Me clavó la mirada—. ¿Has considerado entrar al Showcase? Ese rollo de las artes marciales destacaría entre tanto violín aburrido y ballet comprado .

La idea que había estado rondando mi cabeza de repente se sintió real y aterradora al ser dicha en voz alta. —Nunca me dejarían ganar. Los papás de Paulina pagaron el evento.

—Quizás no —admitió Paula—. Pero a veces no se trata de ganar el trofeo de plástico, Jazmín. Se trata de que te vean. De dejar de ser invisible. De cambiar la narrativa .

Esa conversación se quedó conmigo todo el camino a casa. Si entraba y lo hacía perfecto, aunque no ganara, tal vez alguien grabaría. Tal vez el video llegaría a algún patrocinador. Era una apuesta arriesgada, pero era lo único que tenía .

Cuando llegué a casa, mi determinación se solidificó por la razón más cruel posible. Mi celular vibró con notificaciones masivas. Paulina y sus amigas habían creado un perfil falso en Instagram usando mi nombre y mi foto.

El perfil estaba lleno de memes racistas, burlas sobre mi ropa y comentarios exagerados usando jerga de barrio para hacerme ver ignorante y vulgar . “Vendo chicles en el semáforo para pagar mi uniforme, compren, porfa”, decía un post. Los comentarios eran cientos de emojis de risa.

Mis manos temblaron al reportar la cuenta, sabiendo que no serviría de nada. El daño estaba hecho. Por primera vez en meses, me permití llorar. No de tristeza, sino de una rabia incandescente, pura y volcánica .

En ese momento, la decisión estaba tomada. Entraría al Showcase. Les enseñaría exactamente quién era Jazmín Taylor, y me aseguraría de que nunca lo olvidaran .

Capítulo 5: Secretos de Vestidor

El vestidor de chicas estaba supuestamente vacío. Había esperado hasta que el entrenamiento de las porristas terminara para entrar a cambiarme y evitar cruzarme con nadie. Eran las 6:00 PM y el silencio reinaba en los pasillos de mármol .

Mientras daba la vuelta hacia mi casillero del fondo (el asignado a las “no prioritarias”), escuché voces susurradas y urgentes. Me congelé.

—¡No puedo hacerlo, Allison! ¡Llevo semanas practicando y me sigo cayendo en el giro! —La voz de Paulina sonaba irreconocible, despojada de su arrogancia habitual, quebrada por el pánico puro .

—El Showcase es en tres semanas, Pau. Tus papás esperan que ganes. Ya le dijeron a todos sus socios. Especialmente porque están poniendo el dinero del premio —respondió Allison, sonando exasperada .

—¿Crees que no lo sé? —siseó Paulina—. Si no gano, mi papá me va a quitar el coche y me va a mandar a ese internado en Suiza. Y si alguien se entera de que copié la rutina entera de ese video viral de TikTok… soy un fraude, Allison. ¡Un fraude!

Me pegué contra la pared, casi dejando de respirar.

—Nadie lo va a saber —la tranquilizó Allison—. Solo sigue practicando. Tus papás prácticamente son dueños de la escuela. Los jueces no se atreverán a darle el primer lugar a nadie más, a menos que te caigas de cara en el escenario.

Sus pasos se alejaron hacia la salida. Me quedé inmóvil, procesando la información como si fuera oro puro. Paulina, la intocable, estaba aterrorizada. Paulina era una farsa. Su “talento” era plagiado y su victoria estaba comprada… o al menos, eso creían .

Esa noche, sentada en la mesa de formica de mi cocina, con el formulario de inscripción brillando en la pantalla de mi laptop prestada, mi dedo osciló sobre el botón de “Enviar”.

Si entraba, arriesgaba todo. Mi beca, mi invisibilidad, mi futuro. Pero el premio de $50,000 pesos podía salvar a mi abuela y pagar mi campeonato. Y ahora sabía que mi oponente sangraba. Tenía miedo.

Escribí en el campo de nombre: “J. Taylor”. Lo suficientemente anónimo para que Paulina no lo reconociera hasta el momento de la verdad. Clic en enviar. “Gracias por su registro. Turno de actuación número 14”.

Ya no había vuelta atrás .

Capítulo 6: Al Borde del Colapso

A la mañana siguiente, el sonido que me despertó no fue la alarma, sino una tos horrible proveniente del cuarto de mi abuela. Corrí hacia allá. La encontré sentada al borde de la cama, pálida, agarrándose el pecho, luchando por cada bocanada de aire .

—Es solo un resfriado, mija —insistió ella, tratando de alejarme—. Tengo que ir al turno…

Pero estaba ardiendo en fiebre. —Ni de chiste vas a ir así. Nos vamos al doctor.

La llevé a urgencias del IMSS. Pasamos seis horas en la sala de espera, rodeadas de gente tosiendo y niños llorando. El diagnóstico: neumonía. El doctor recetó antibióticos fuertes y reposo absoluto por al menos una semana.

—¿Quién va a cubrir tus turnos? —le pregunté en el taxi de regreso, sintiendo cómo el pánico financiero me apretaba el estómago. Sin su sueldo de esa semana, no comíamos .

—No te preocupes por eso —dijo ella con voz débil pero firme—. Tú concéntrate en la escuela. No sacrifiqué mi vida entera para que te distraigas con problemas de adultos .

Pero eran mis problemas también. Esa noche revisé nuestra cuenta bancaria. Saldo: $840 pesos. El recibo de la luz vencía el lunes. Las medicinas costaban $600. Estábamos en números rojos.

Como si el universo conspirara en mi contra, llegó un correo electrónico del Colegio San Gabriel a mi bandeja de entrada.

Asunto: Revisión de Beca de Medio Año. “Estimada Srta. Taylor: Se le cita a una reunión de revisión con el Director Williams el 15 de abril. Su estatus de beca será reevaluado basándose en su desempeño y encaje cultural.”

Miré el calendario. El 15 de abril era el día después del Showcase . Entendí el subtexto perfectamente. Alguien había visto mi nombre en la lista de inscritos. Esta reunión no era rutina; era una advertencia. Si fallaba en el escenario, si hacía el ridículo, me echarían al día siguiente .

Las siguientes dos semanas fueron un infierno de agotamiento. Me levantaba a las 4:30 AM para practicar mis formas en la sala, moviendo los muebles con cuidado para no despertar a mi abuela. Iba a la escuela, soportaba las burlas de Paulina —quien parecía sospechar algo—, y en los recreos me escondía en aulas vacías para estirar y visualizar .

Después de la escuela, corría a casa para cuidar a la abuela, cocinar y limpiar. Luego, cuando ella dormía, entrenaba otra vez hasta la medianoche, y finalmente hacía mi tarea para mantener mi promedio perfecto. Dormía tres horas por noche. Tenía ojeras oscuras como hematomas, pero mis movimientos se volvieron afilados, peligrosos .

El Maestro Park me dejó usar el Dojang los fines de semana. —Has creado algo único —me dijo después de verme ejecutar la rutina final—. No es solo Taekwondo tradicional. Es tu historia contada con el cuerpo .

Faltaban dos días para el Showcase. Me quedé tarde en el gimnasio de la escuela para un último ensayo general. Estaba ejecutando una patada de tornado cuando la Maestra Paula entró. —Así que tú eres la misteriosa J. Taylor —dijo sonriendo—. Me preguntaba quién era el número 14 .

Me congelé. —¿Le va a decir a alguien?

Ella resopló. —¿Y perderme la cara de Paulina cuando salgas al escenario? Ni loca. Pero te ves fatal, niña. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste? —Estoy bien —mentí.

—No, no estás. Toma —me lanzó las llaves de su oficina—. Hay un sofá ahí. Duerme 20 minutos. Luego te llevo a tu casa. No le sirves a nadie si te desmayas antes de empezar .

Por primera vez en semanas, acepté ayuda. Me dormí con el sonido de los balones botando, soñando con mi papá diciéndome: “Enséñales quién eres, Jazmín”.

Capítulo 7: La Noche de los Cuchillos Largos

La noche del Showcase, el Centro de Artes Escénicas del Colegio San Gabriel brillaba como una joya bajo los reflectores. Una fila de BMWs, Mercedes y camionetas blindadas dejaba a las familias más poderosas de la ciudad. Mujeres en vestidos de diseñador y hombres en trajes a la medida llenaban el auditorio .

Yo llegué en metro y caminé las últimas cuadras. Me colé por la entrada trasera, con mi mochila abrazada como un escudo.

En el vestidor compartido, el ambiente era eléctrico. Chicas retocándose el maquillaje, violines afinándose. Cuando entré y saqué mi dobok blanco inmaculado, el murmullo cesó.

Paulina estaba en el centro, luciendo un traje de danza contemporánea lleno de lentejuelas que costaba más que mi educación entera. Al verme, su cara pasó de la confusión al desprecio absoluto.

—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a limpiar los baños del evento? —preguntó, su voz temblorosa por los nervios .

Antes de que pudiera responder, el director de escena gritó: —¡Atención! Paulina Montemayor, eres la sexta. Jay Taylor, eres la catorce .

Paulina se giró bruscamente. —¿Tú eres J. Taylor? ¿Te inscribiste? —Soltó una risa incrédula—. ¿Con qué? ¿Con karate? Esto no es un show de talentos de la vecindad, Jazmín .

La miré a los ojos, calmada, centrada. —Es Taekwondo. Y supongo que veremos qué piensan los jueces.

Paulina se acercó, bajando la voz. —Mis papás son los patrocinadores. Los jueces saben quién debe ganar. No hagas el ridículo .

El show comenzó. Vi la actuación de Paulina desde las bambalinas. Era técnicamente correcta, pero fría. Mecánica. Se notaba que había memorizado los pasos sin sentirlos. Aun así, cuando terminó, sus padres se pusieron de pie y aplaudieron con una intensidad que obligó al resto del auditorio a seguirlos. El mensaje era claro: Aplaudan a la princesa .

Pasaron los actos. Violines, cantantes de ópera, ballet. Todo perfecto, todo caro, todo aburrido.

—Y ahora —anunció el presentador—, una demostración de Taekwondo. ¡Demos la bienvenida a J. Taylor!

Salí al escenario. Mis pies descalzos tocaron la madera pulida. Los reflectores me cegaron por un momento. Escuché el murmullo de confusión en la audiencia. “¿Quién es ella?”, “¿La becada?”.

Vi a Paulina y a sus amigas en las alas, sonriendo, esperando mi fracaso . Cerré los ojos. Por papá. Por la abuela. Por mí.

La música empezó. No era música clásica. Era una percusión tribal profunda, mezclada con bajos modernos que hicieron vibrar el piso.

Abrí los ojos y estallé en movimiento. Comencé con formas tradicionales, mis movimientos cortando el aire con precisión quirúrgica. Zaz, zaz. El sonido de mi uniforme era el único ruido en la sala. La audiencia dejó de murmurar .

Luego, la transición. Asistentes del Maestro Park entraron corriendo con tablas de madera. ¡KIAP! Rompí la primera tabla con un golpe de puño que sonó como un disparo. La gente saltó en sus asientos. Patada de giro. CRACK. Otra tabla destrozada. Patada de hacha. CRACK.

El ritmo subió. Ya no era solo técnica; era furia convertida en arte. Estaba contando mi historia: la humillación en la cafetería, el hambre, el miedo, la soledad. Cada golpe era una palabra que no me dejaban decir.

Para el final, tres voluntarios del equipo de basquetbol (los amigos de Trevor, que habían aceptado ayudarme a regañadientes por orden de la Maestra Paula) sostuvieron una tabla a dos metros de altura.

Me alejé quince pasos. El silencio en el auditorio era absoluto. Podía escuchar mi propio corazón. Corrí. Grité. Salté.

Mi cuerpo voló horizontalmente sobre las cabezas de los tres chicos. El tiempo se detuvo. En el aire, giré mi cadera y extendí la pierna. Mi pie conectó con la madera en el punto más alto. ¡CRASH! Aterricé en el otro lado, en posición de combate, perfecta, inmóvil .

Por un segundo, nadie respiró. Y entonces, el auditorio explotó. No fue un aplauso educado. Fue un rugido. Los estudiantes se pusieron de pie, gritando. Gente que nunca me había hablado estaba vitoreando. Los padres de Paulina estaban sentados, pálidos, mientras el resto de la sala me ovacionaba de pie .

Me desenrollé la cadena de oro de mi papá de la muñeca, la besé y la alcé al cielo. Lo hicimos, papá.

Capítulo 8: La Verdadera Victoria

La ceremonia de premiación fue tensa. El juez principal sudaba bajo las luces. —Tercer lugar… Miguel Chen, violín. Aplausos educados.

—Segundo lugar… —El juez miró nerviosamente a los padres de Paulina en la primera fila—… Paulina Montemayor, danza contemporánea .

La cara de Paulina era un poema de humillación. Aceptó el trofeo con rigidez, sabiendo que ese segundo lugar era una derrota aplastante.

—Y el primer lugar, y ganadora del gran premio de $50,000 pesos… —el juez sonrió, genuinamente emocionado por primera vez—… ¡Jazmín Taylor!

El grito de la audiencia fue ensordecedor. Subí, tomé el cheque gigante y el trofeo. No miré a Paulina. Miré a la Maestra Paula, que me guiñaba un ojo desde el fondo.

Al bajar del escenario, con el trofeo en mano y la adrenalina bajando, me dirigí al vestidor para cambiarme e irme rápido con mi abuela. La puerta del vestidor se abrió de golpe. Paulina entró, cerrando de un portazo. Estaba roja de ira, con el maquillaje corrido.

—¡Tú planeaste esto! —gritó, su voz aguda rompiéndose—. ¡Me humillaste deliberadamente frente a todos! Mis papás están furiosos .

Doblado mi uniforme con calma. —Entré a una competencia y gané, Paulina. Igual que tú intentaste ganar.

—¡No te hagas la inocente! —Siseó, acercándose—. Tú sabías que mis papás pagaron esto. ¡Ese dinero era mío! ¡Eres una ladrona, una gata igualada! —Tal vez debiste inventar una rutina propia en lugar de copiarla de TikTok —dije en voz baja .

Sus ojos se abrieron como platos. —¿Cómo…? —Te escuché en el vestidor. Tu secreto no era tan secreto.

La cara de Paulina se contorsionó de odio. Miró alrededor para asegurarse de que estábamos solas (o eso creía ella). —No tienes idea de con quién te metiste. Mi papá puede hacer una llamada y tu preciosa beca desaparece mañana. Te voy a destruir.

Se lanzó hacia mí, levantando la mano para abofeterme.

El viejo miedo apareció por un microsegundo, pero desapareció ante el entrenamiento. No la golpeé. Simplemente me moví. Un paso lateral, un desvío suave de su brazo con mi antebrazo. Usé su propio impulso contra ella. Paulina tropezó con sus propios pies y se estampó contra los casilleros metálicos. No hubo golpe, solo humillación física .

—No me vuelvas a tocar —dije. Mi voz no temblaba. Era hielo puro—. Y no te preocupes, no necesito que tu papá me quite la beca. Yo me gané mi lugar aquí. Tú lo compraste .

Salí del vestidor. Lo que ninguna de las dos vio fue que la puerta había quedado entreabierta. Tres estudiantes de primer año estaban ahí, con sus celulares en alto, grabando todo. El video de Paulina atacándome y siendo neutralizada sin esfuerzo ya estaba subiendo a las redes .

A la mañana siguiente, el colegio era un territorio diferente. Al caminar hacia la oficina del director, los estudiantes se apartaban, pero no con asco, sino con respeto. Algunos me saludaban. “¡Estuviste increíble, Jazmín!”, gritó alguien.

En la oficina del Director Williams, la Maestra Paula estaba sentada junto a la Licenciada Benítez. Benítez se veía pálida. —Señorita Taylor —dijo el Director, ajustándose los lentes—. Su revisión de beca… ha tomado un giro inesperado debido a los eventos de anoche y a ciertos videos que han llegado a mi atención esta mañana .

Pensé que me expulsarían. Apreté los puños. —Mire, señor director…

—Déjeme terminar —interrumpió él, pero su tono no era hostil—. El video muestra claramente un intento de agresión física por parte de la señorita Montemayor, y una respuesta defensiva admirablemente controlada por su parte. Además, su desempeño en el Showcase demuestra una excelencia que este colegio valora .

La Licenciada Benítez miraba al suelo. —Su beca se mantiene, Jazmín. De hecho, la junta directiva ha decidido revisar nuestras políticas de acoso. La familia Montemayor… tendrá que adaptarse a las nuevas reglas si quieren que su hija permanezca aquí .

Salí de la oficina sintiendo que flotaba. Con los $50,000 pesos, pagué el tratamiento de mi abuela y mi inscripción al nacional. Meses después, gané el tercer lugar nacional, asegurando una beca universitaria real en Monterrey.

Paulina regresó a la escuela semanas después, mucho más callada. Su poder se había roto. No porque yo la hubiera golpeado, sino porque le demostré que no le tenía miedo.

Hoy, cuando entro al dojang y veo a los niños nuevos, les digo lo mismo que mi papá me dijo a mí: —El mundo va a intentar decirles quiénes son. Va a intentar aplastarlos. Pero ustedes tienen el poder de reescribir la historia. Solo tienen que aguantar, respirar y, cuando llegue el momento… atacar con todo el corazón .

FIN

Aquí tienes el Epílogo Extendido y las Historias Ocultas (Ngoại truyện). He desarrollado esta sección para profundizar en lo que sucedió después de la victoria, explorando la redención, el viaje al campeonato nacional y el legado que Jazmín construyó, manteniendo el estilo narrativo mexicano y la alta carga emocional.


EPÍLOGO EXTENDIDO: EL LEGADO DEL DRAGÓN

Capítulo 9: La Resaca de la Fama

El lunes siguiente al Showcase no fue un día normal. Fue un cambio de paradigma.

Cuando bajé del pesero frente al portón del Colegio San Gabriel, la atmósfera se sentía distinta. Usualmente, caminaba con la cabeza gacha, intentando hacerme pequeña, invisible, una sombra gris entre los uniformes brillantes. Pero hoy, el aire vibraba.

El guardia de seguridad, Don Rogelio, quien normalmente apenas me miraba, me detuvo en la entrada. —Buenos días, señorita Taylor —dijo, y por primera vez, se quitó la gorra—. Mi nieta me enseñó el video en el “Feis”. Se rifó usted, eh. Se rifó bonito. —Gracias, Don Rogelio —respondí, sintiendo un nudo en la garganta. Ese simple reconocimiento valía más que cualquier aplauso de los ricos.

Al entrar al patio principal, el efecto fue inmediato. Las conversaciones se detuvieron. Cabezas se giraron. Pero ya no había risas burlonas ni miradas de asco. Había curiosidad, y en algunos ojos, un respeto cauteloso. El video de mi enfrentamiento con Paulina en los vestidores tenía ya 50,000 reproducciones. Todos habían visto cómo la “becada” neutralizaba a la reina del colegio sin siquiera despeinarse .

Caminé hacia mi casillero. De pronto, una sombra bloqueó mi camino. Me tensé, lista para defender mi territorio, pero cuando alcé la vista, no era Paulina. Era Trevor, el capitán del equipo de lacrosse y novio de Paulina.

Detrás de él, dos de sus amigos, esos que solían formar el muro de burlas, miraban al suelo, incómodos. —Jazmín —dijo Trevor. Su voz no tenía el tono sarcástico habitual. Sonaba… ¿nervioso?

—¿Qué quieres, Trevor? —pregunté, cerrando mi casillero con fuerza—. Si vienes a defender a tu novia, te aviso que la oficina del director tiene cámaras ahora.

Trevor se pasó una mano por el cabello perfectamente peinado. —No, no es eso. De hecho, Pau y yo… nos estamos dando un tiempo. Sus papás están furiosos y ella está insoportable. —Hizo una pausa, mirando a sus amigos como buscando apoyo—. Mira, lo que hiciste en el escenario… y luego en el vestidor… Estuvo cañón. Increíble .

Lo miré con escepticismo. —Gracias. ¿Y?

—Y pues… algunos de nosotros estábamos hablando. El equipo de lacrosse es bueno corriendo y empujando, pero no tenemos… eso que tú tienes. Esa disciplina. Ese control. —Trevor tragó saliva—. Queríamos saber si considerarías darnos clases. Un taller. Algo básico. Como un club .

Solté una risa seca, incrédula. —¿Tú quieres que yo te enseñe Taekwondo? ¿A ti? ¿Al chico que no me dejó sentarme en su mesa la semana pasada?

Trevor se puso rojo hasta las orejas. —Fui un idiota, Jazmín. Lo sé. Todos lo fuimos. Seguíamos la corriente porque… bueno, porque es más fácil ser un cretino cuando todos los demás lo son. Pero lo que vimos el viernes… eso fue real. Y queremos aprender.

Miré a mi alrededor. Otros estudiantes se habían detenido a escuchar. Una chica de mi clase de química, la misma que se había reído cuando se me cayó el ácido, dio un paso adelante. —Es cierto, Jazmín. Eres buenísima. Yo también me inscribiría .

Esa misma tarde, recibí un correo de la administración. La Maestra Paula había movido hilos. Se aprobaba la formación del “Club de Artes Marciales Mixtas y Defensa Personal”. Presidenta estudiantil: Jazmín Taylor. Asesora: Paula Jiménez .

El mundo estaba cambiando. Y yo tenía el timón.

Capítulo 10: La Caída de la Casa Montemayor

Paulina regresó a la escuela tres días después. La transformación era visible. Ya no caminaba por el centro del pasillo como si fuera dueña del mármol. Caminaba rápido, pegada a las paredes, con unos lentes oscuros enormes que ocultaban sus ojos hinchados.

Su séquito se había disuelto. Allison, su fiel escudera, ahora se sentaba con el grupo de teatro. Trevor la evitaba. El poder de Paulina no residía en su carisma, sino en el miedo y el dinero de sus padres. Y el video viral había expuesto algo imperdonable en el círculo de la élite: la vulnerabilidad y el fraude.

Una tarde, me quedé tarde en la biblioteca aprovechando el aire acondicionado para estudiar. Me escondí en la sección de historia, entre los estantes polvorientos del fondo. Escuché pasos. Alguien se sentó en la mesa del otro lado del estante. Escuché un sollozo ahogado.

Me asomé con cuidado. Era Paulina. Estaba hablando por teléfono, susurrando furiosamente. —¡Ya sé, papá! ¡Ya te dije que lo siento! —Su voz se quebró—. No, no voy a ir a esa cena. Todos me miran mal… Por favor, no me quites el coche… Sí, ya sé que soy una decepción. Ya lo sé.

Colgó y dejó caer la cabeza sobre sus brazos, llorando con una desesperación que me heló la sangre. Esa no era la bully cruel. Era una niña aterrorizada, aplastada bajo el peso de expectativas imposibles.

Dudé. Mi instinto era irme. Dejarla sufrir. Se lo merecía. Pero luego recordé las palabras del Maestro Park: “La verdadera victoria no es destruir al enemigo, es transformar el conflicto”.

Salí de mi escondite y me acerqué a su mesa. Paulina levantó la cabeza de golpe, limpiándose las lágrimas frenéticamente. Al verme, su rostro se endureció, intentando recuperar su máscara de arrogancia. —¿Qué quieres? ¿Vienes a burlarte? Sácale foto si quieres, súbela a tu Instagram de heroína del pueblo .

Me senté frente a ella. No dije nada por un momento. —Mis papás me están obligando a disculparme públicamente contigo —dijo ella, con voz amarga—. Están preocupados por la “imagen de la marca”. Dicen que el escándalo les puede costar contratos con el gobierno .

—¿Es eso lo único que te preocupa? ¿La imagen? —pregunté suavemente .

Paulina bajó la guardia. Sus hombros se hundieron. —Nunca me habían visto fallar, Jazmín. Desde que nací, tengo que ser la mejor. La más bonita, la más talentosa, la que se casa con el mejor partido. Si no soy perfecta, no existo para ellos. Ahora… ahora es lo único que ven cuando me miran. Una fracasada. Un fraude .

Sentí una punzada de empatía. Mi presión venía de la supervivencia económica; la de ella venía de una jaula de oro emocional. Las dos estábamos atrapadas, solo que en prisiones diferentes.

—Tal vez no se trata de fallar o tener éxito, Paulina —dije, recordando mi propia lección en el escenario—. Tal vez se trata de ser real. Dejar de actuar el papel que escribieron para ti.

Ella me miró, confundida. —¿Cómo le haces? —preguntó en un susurro—. ¿Cómo aguantas que todos te juzguen y sigues caminando así… como si fueras de acero?

—Porque sé quién soy sin mi uniforme y sin mi beca —respondí, levantándome—. Y tú también deberías averiguarlo. Sin el dinero de tus papás y sin tus seguidores. ¿Quién es Paulina cuando nadie está mirando?

Me fui. No nos hicimos amigas. No hubo un abrazo de película. Pero al día siguiente, Paulina llegó sin maquillaje excesivo. Y cuando nos cruzamos en el pasillo, asintió levemente con la cabeza. Fue un tratado de paz silencioso.

Capítulo 11: La Batalla de Monterrey

Llegó junio. El calor en la Ciudad de México era insoportable, pero mi mente estaba en el norte. El Campeonato Nacional en Monterrey. Gracias al premio del Showcase, pagué la inscripción, los vuelos y el hotel. Pero el dinero se estaba acabando rápido. Las medicinas de la abuela, la terapia respiratoria post-neumonía y las deudas acumuladas se habían comido casi el 70% del premio .

Viajamos en autobús a Monterrey porque los vuelos subieron de precio al último minuto. 14 horas de carretera. Mi abuela Ruth iba a mi lado, mirando el paisaje desértico con ojos maravillados. Era sus primeras vacaciones en diez años.

—Mira esos cerros, mija —decía, señalando el Cerro de la Silla—. Tu papá siempre quiso traerme al norte.

El estadio en Monterrey era inmenso. Aire acondicionado a todo lo que daba, banderas de todos los estados. Había competidores de Sinaloa, de Jalisco, de Baja California. Eran altos, fuertes, con equipos patrocinados por marcas deportivas. Yo traía mi dobok remendado y mi cinta gastada.

La categoría era brutal: Combate Juvenil Élite. Gané mi primera pelea contra una chica de Veracruz por nocaut técnico. Gané la segunda contra Chihuahua por puntos, en un combate agónico que me dejó con un esguince en el tobillo.

Llegué a la semifinal. Mi oponente era la campeona defensora, una chica de Nuevo León llamada Valeria. Era rápida como un rayo y tenía a todo el estadio gritando su nombre.

El Maestro Park me vendó el tobillo en el vestidor. —Te duele —afirmó. No era pregunta. —Puedo pelear —dije, apretando los dientes. —No tienes que probar nada, Jazmín. Ya llegaste aquí. —No vine a participar, Maestro. Vine a ganar la beca universitaria. Si no quedo en el podio, no hay universidad.

Salí al tatami cojeando levemente. La pelea fue una guerra. Valeria era técnica, fría. Yo era pura pasión y desesperación. En el segundo round, recibí una patada en el casco que me nubló la vista. No te caigas. Si te caes, se acabó. Pensé en la abuela en las gradas. Pensé en Paulina. Pensé en los niños del club que me mandaron videos de “buena suerte”.

Contraataqué. Un giro recto que conectó en su peto. El marcador se empató. Al final, perdí por un punto. Una penalización dudosa en el último segundo.

Me derrumbé en el vestidor, llorando de frustración. Tercer lugar. Bronce. No era el Oro que garantizaba la beca completa automática en la universidad nacional.

Pero entonces, al salir a recibir mi medalla, vi algo. En las gradas, mi abuela no estaba sola. Junto a ella estaba la Maestra Paula, que había viajado por su cuenta para verme. Y junto a Paula… había tres estudiantes del San Gabriel. Trevor y dos chicas del club. Habían hecho el viaje para apoyarme .

Y había alguien más. Un hombre de traje se acercó a mí cuando bajé del podio. —Jazmín Taylor, ¿cierto? —Sí, señor. —Soy el reclutador deportivo del Tecnológico de Monterrey. Vi tu pelea. Vi tu corazón. Ese tobillo estaba mal y aun así le diste batalla a nuestra campeona. —Me extendió una tarjeta—. El oro se gana con puntos. El carácter no. Queremos ofrecerte una beca del 90% para nuestra prepa y pase directo a la universidad.

Miré la tarjeta. Mis manos temblaban. No había ganado el torneo, pero había ganado la guerra .

Capítulo 12: El Círculo se Cierra

Dos años después. El sol de octubre bañaba el pequeño patio del centro comunitario de Iztapalapa. Las hojas secas crujían bajo los pies de veinte niños que formaban filas ordenadas.

Ya no era solo un patio. Era el “Dojang Taylor”, un proyecto que inicié con los restos de mi premio y con donaciones que el club del San Gabriel recolectaba cada semestre.

Me paré frente a ellos. Ya no llevaba el uniforme escolar. Llevaba mi dobok, ahora con el escudo de la universidad bordado en el pecho.

—¡Charyot! —grité. Veinte pares de pies se juntaron al unísono. —¡Kyong-ye! —Saludaron con respeto.

En la primera fila estaba Lupita, una niña de siete años que me recordaba dolorosamente a mí misma. Tenis rotos, mirada desafiante, y un talento natural que solo necesitaba una oportunidad . Su madre no podía pagar las clases, así que Lupita era la primera beneficiaria de la “Beca Ruth”, un fondo que creé en honor a mi abuela, quien ahora, gracias a los cuidados y a mi beca universitaria, ya no trabajaba dobles turnos y administraba la recepción del Dojang .

Me agaché frente a Lupita para corregir su postura. —Baja más el centro de gravedad, Lupe. Como si fueras una raíz de árbol. Si estás firme abajo, nadie te tira arriba.

Ella me miró con sus ojos grandes y oscuros. —Maestra Jazmín, ¿es cierto que usted le ganó a todos los ricos de su escuela?

Sonreí, recordando aquel día en el auditorio, el sonido de la madera rompiéndose y el silencio de Paulina. —No les gané a ellos, Lupita. Me gané a mí misma. Les enseñé quién era yo, y obligué a que me vieran.

Me levanté y miré a mi grupo. Había niños de barrio, y también, increíblemente, un par de chicos del San Gabriel que bajaban hasta Iztapalapa los sábados porque, según ellos, “aquí se entrena de verdad”. Las barreras sociales no habían desaparecido —México seguía siendo México—, pero en este tatami, bajo este sol, todos sudaban igual. Todos sangraban igual.

—Recuerden —les dije, alzando la voz para que me escucharan hasta la calle—, el Taekwondo no es para golpear al que te cae mal. Es para saber que tienes una fuerza adentro que nadie te puede quitar. Ni con dinero, ni con insultos, ni con miedo .

Miré hacia la ventana de la oficina improvisada. Mi abuela me saludó con la mano, sonriendo. Sentí el peso de la cadena de oro de mi papá en mi muñeca.

Algunos muros no se rompen con gritos. Se rompen con la persistencia silenciosa del agua que horada la piedra. O, a veces, con una patada voladora perfecta en el momento exacto.

Di la orden final. —¡Rompan filas!

El grito de los niños, lleno de vida y futuro, se elevó hacia el cielo de la Ciudad de México, perdiéndose entre el smog y las nubes, una promesa de que esta historia apenas comenzaba para ellos.

FIN DEL EPÍLOGO

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