
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA BODA DE LAS MENTIRAS
El calor en Cuernavaca siempre tiene una textura pegajosa, pero esa tarde, en los jardines de la Hacienda San Gabriel, el aire se sentía pesado por algo más que la humedad: olía a dinero viejo, a hipocresía rancia y a traición.
Estábamos en el corazón de la “Eterna Primavera”, en una de esas haciendas coloniales restauradas que alquilan por medio millón de pesos el fin de semana. Los muros de piedra volcánica estaban cubiertos de buganvilias fucsias y orquídeas blancas importadas de Holanda, un capricho de mi suegra, Catalina Montemayor, quien insistió en que las flores nacionales eran “demasiado silvestres” para una boda de su estatus.
Quinientos invitados llenaban las mesas dispuestas bajo una carpa de seda blanca. Ahí estaba la crema y nata de la sociedad mexicana: políticos que salían en las noticias por desfalcos, empresarios que dueños de medio país, y socialités cuyas caras ya no podían expresar emociones debido al exceso de botox. Todos ellos, con sus guayaberas de lino fino y sus vestidos de diseñador, me miraban.
Yo estaba de pie en el centro de la pista de baile, sola. Mi esposo, Emilio Montemayor, se había alejado unos pasos, copa de champán en mano, riendo nerviosamente con sus amigos del club de golf, esos “mirreyes” que nunca han trabajado un día en su vida y que le dicen “papá” a sus tarjetas de crédito ilimitadas.
El silencio cayó sobre el jardín cuando Catalina tomó el micrófono. El sonido del feedbak agudo hizo que varios se taparan los oídos, pero ella ni se inmutó. Se alisó su vestido plateado de Carolina Herrera, me miró de arriba abajo con esa expresión que suelen usar las señoras de Las Lomas cuando ven a alguien que consideran “servicio doméstico”, y sonrió. No era una sonrisa de felicidad; era la sonrisa de un depredador que sabe que su presa está acorralada.
—Atención, por favor, querida familia, amigos… —su voz, educada en los mejores colegios privados, resonó en los altavoces Bose—. Antes de continuar con el banquete, y antes de que sirvan el mole de pato —que, por cierto, el chef preparó especialmente para los paladares refinados—, quiero hacer un brindis muy especial.
Hizo una pausa teatral. Yo apreté el ramo de flores que sostenía entre mis manos. Mis nudillos estaban blancos. Dentro del arreglo floral, oculto entre los tallos de las rosas y la nube, estaba mi teléfono celular. La pantalla estaba encendida, con el brillo al mínimo. Un temporizador corría en silencio. 07:00 minutos. Siete minutos. Eso era todo lo que le quedaba de vida al imperio Montemayor.
—Miren a la novia —dijo Catalina, y su tono cambió de dulce a ácido en un milisegundo—. Miren su vestido. Quinientos pares de ojos se clavaron en mí. Sentí el peso de sus miradas como si fueran piedras. —¿No es… curioso? —continuó ella, paseándose con el micrófono—. Intentamos, de verdad que intentamos llevarla a Nueva York, a París, incluso a Masaryk para comprarle algo decente. Pero ya saben lo que dicen: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.
Unas risitas nerviosas brotaron de las mesas cercanas. —Al final —suspiró Catalina, fingiendo resignación—, ella insistió en elegir su propio atuendo. Díganme, ¿ese trapo lo sacaste del remate de Soriana? ¿O te lo robaste del closet de alguna empleada doméstica antes de venir?
El salón estalló. No fueron risitas discretas esta vez; fueron carcajadas abiertas, crueles y sonoras. La tía abuela de Emilio, una mujer que llevaba tantas joyas que apenas podía levantar el cuello, se tapaba la boca con un pañuelo de encaje mientras su cuerpo se sacudía de risa. —¡Seguro lo compró con los puntos de su tarjeta de vales! —gritó alguien desde el fondo, probablemente Rodrigo, el primo borracho de Emilio que siempre terminaba las bodas vomitando en las fuentes. —¡Apuesto a que no tiene ni quinientos pesos en su cuenta de banco! —añadió otro.
Yo permanecí inmóvil. El vestido del que se burlaban era un modelo sencillo, de tela sintética, corte imperio. Me había costado $479 pesos mexicanos en una liquidación de temporada. Tenía un pequeño hilo suelto en el dobladillo. Para ellos, ese hilo era la prueba de mi inferioridad genética y social. Para mí, ese vestido era una armadura. Cada risa era combustible. Cada insulto era una confirmación de que estaba haciendo lo correcto.
Miré a Emilio. Mi esposo. El hombre que, hace apenas una hora, frente al altar, había prometido amarme y respetarme. Ahora, bajo la presión de su madre y el escrutinio de su círculo social, se había convertido en un niño asustado. —Ay mamá, ya, no seas así —dijo Emilio, pero su voz fue tan débil que apenas se escuchó. Se echó el pelo hacia atrás, ese peinado engominado perfecto, y evitó mi mirada. Dio un trago largo a su copa. Prefería emborracharse a defenderme. Prefería ser un cobarde rico que un esposo digno.
David Montemayor, el patriarca, el hombre que aparecía en las portadas de Forbes México como el “Visionario del Año”, se levantó de su silla presidencial. Tenía la cara enrojecida por el whisky Blue Label que llevaba bebiendo desde las once de la mañana. Golpeó su copa con un tenedor de plata. Cling, cling, cling. —A ver, silencio, por favor —ordenó, y todos callaron al instante. El poder de David era absoluto en este círculo. Si David hablaba, tú escuchabas—. Mi esposa tiene un punto, aunque sea un poco… directa. Se acercó a mí. Olía a tabaco caro y a loción de madera. Se inclinó cerca de mi oído, lo suficiente para que solo yo lo escuchara primero, antes de proyectar su voz. —Disfrútalo, niña —susurró con veneno—. Porque mañana, cuando firmes ese papel y te demos tu liquidación, vas a volver al agujero de donde saliste.
Luego, se volvió hacia la multitud, abriendo los brazos como un salvador. —Seamos honestos, familia. No estamos aquí celebrando el amor. Eso déjenlo para las telenovelas de las cinco de la tarde. Todos sabemos por qué esta niña, Yazmín… ¿cómo te apellidas? Ah, sí, Bautista. Un apellido tan común, tan… de pueblo. Todos sabemos por qué Yazmín está aquí. David hizo una pausa, saboreando el momento. —Algunas mujeres abren las piernas por amor. Otras, las abren por placer. Pero esta… esta lo hizo por una cena caliente. Lo hizo para salvarse del hambre. Es una inversión para ella. Un “braguetazo”, como decimos aquí.
La multitud enloqueció. Los flashes de las cámaras me cegaban. Estaban transmitiendo en vivo por Instagram Stories, subiendo videos a TikTok. Podía imaginar los hashtags: #BodaMontemayor #LaGata #Pobretona #QueOso. Me sentí desnuda, expuesta. Recordé las palabras de mi madre, enferma en su cama de hospital público, con las sábanas raídas y el olor a desinfectante barato: “Mija, nunca dejes que te vean llorar. El llanto de los pobres es el entretenimiento de los ricos. Si vas a llorar, que sea cuando ya hayas ganado”.
No iba a llorar. Bajé la vista hacia mi ramo. 04:32 minutos. El tiempo pasaba demasiado lento y, a la vez, demasiado rápido. Dentro de mi mente, repasé el plan una vez más. Cada detalle, cada línea de código, cada transferencia bancaria oculta. Ellos veían a Yazmín, la cajera de supermercado que vivía en un departamento de interés social en Iztapalapa, que tomaba el metro y dos peseros para llegar a trabajar, que contaba las monedas para comprar tortillas. No veían a la mujer que había pasado las noches de los últimos tres años aprendiendo Python, C++, y Blockchain en una computadora reconstruida. No veían a la hija de Guillermo Bautista.
—¿Y saben qué es lo peor? —siguió Catalina, recuperando el micrófono, incapaz de ceder el protagonismo ni a su propio marido—. Que ni siquiera es agradecida. Miren su cara. Ahí parada, como estatua, sin una pizca de humildad. Debería estar besándonos los pies por sacarla de la miseria. —¡Que dé las gracias! —gritó una señora rubia oxigenada desde la mesa 3. —¡Que se arrodille! —sugirió otro invitado, entre risas.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se escucharía a través del micrófono. Pum, pum, pum. Era una mezcla de furia y dolor. Dolor por mi padre. Guillermo Bautista no era un hombre de negocios. Era un soñador. Un genio matemático que creía que la tecnología podía igualar el terreno de juego, que podía sacar a México del subdesarrollo. Recuerdo la noche que murió. Yo tenía 12 años. Estábamos cenando tacos en la cocina. Él recibió una llamada. Su cara se transformó. —Tengo que ir a la oficina, Yaz. Es David. Dice que los servidores se cayeron. —No vayas, pa. Ya es tarde. —Es rápido, mi amor. Regreso para ver la película. Me dio un beso en la frente. Olía a jabón Zote y a café. Nunca regresó. La versión oficial: Un asalto. Un drogadicto entró a robar computadoras y le disparó. Caso cerrado. La realidad: David Montemayor necesitaba el algoritmo. Mi padre se negó a venderlo para uso militar. David lo citó. Las cámaras se apagaron. Dos disparos. Y al día siguiente, David tenía la patente.
Y ahora, quince años después, el asesino de mi padre estaba brindando con champán Moët & Chandon a costa de la invención de mi padre, burlándose de mi pobreza, una pobreza que él había provocado al robarnos nuestro futuro.
Emilio se acercó a mí, tambaleándose un poco. Sus ojos estaban vidriosos. —Yaz, por favor… —susurró, con aliento a alcohol—. Di algo. Diles que lo sientes. Diles que estás agradecida. Si no lo haces, mi mamá te va a destruir. Y yo… yo no voy a poder detenerla. Lo miré a los ojos. Esos ojos verdes que alguna vez pensé que me miraban con amor, ahora solo reflejaban miedo y conveniencia. —¿Quieres que hable, Emilio? —pregunté en voz baja. —Sí, amor. Discúlpate. Di que el vestido fue un error. Que te lo vas a cambiar. Hazlos felices y todo esto pasará.
Sonreí. Una sonrisa pequeña, fría. —Está bien. Hablaré.
Miré el teléfono entre las flores. 01:58 minutos. Faltaba poco. El sistema de Industrias Jang estaba programado para ejecutarse automáticamente si yo no enviaba un código de cancelación. El trato de adquisición de 950 millones de dólares estaba en el limbo, esperando una firma digital. Mi firma. Grupo Montemayor estaba en quiebra técnica. Habían maquillado los libros contables, habían pedido préstamos sobre préstamos. Si ese dinero no entraba hoy, antes del cierre de los mercados asiáticos, las deudas se harían exigibles inmediatamente. Embargarían todo. La hacienda, las casas en Miami, los coches, las joyas de Catalina, incluso la comida que estaban a punto de servirnos.
David alzó su copa de nuevo. —¡Un brindis! —bramó—. Por la caridad. Porque somos tan generosos que aceptamos a esta… mascotita en nuestra familia. ¡Salud! —¡Salud! —respondió el coro de sicofantes.
El sonido del cristal chocando me dio náuseas. Me llevé la mano al pecho, fingiendo estar conmovida. La gente se calló, esperando mi humillación final. Esperaban que llorara, que agradeciera, que confirmara su superioridad. Catalina me acercó el micrófono, empujándolo contra mis labios con agresividad. —Habla, niña. Y hazlo bien.
Respiré hondo. El aire olía a perfume caro y podredumbre moral. Miré mi reloj de pulsera, un Casio viejo de plástico que contrastaba con los Rolex de oro de todos los demás. 00:30 segundos.
—Tienen razón —dije. Mi voz salió firme, amplificada por las bocinas, rebotando en los muros de piedra de la hacienda—. Tienen razón sobre el vestido. Hubo un murmullo de satisfacción en la sala. Catalina sonrió triunfante. —Lo compré en liquidación —continué—. Me costó lo que ustedes se gastan en una propina. Las risas volvieron, pero esta vez, yo no paré. —Pero hay algo que no saben. Este vestido barato… me lo compré yo. Con dinero limpio. Con dinero que gané trabajando honradamente. La sonrisa de Catalina titubeó un poco. —No como tú, Catalina —la señalé directamente—. Que no has trabajado un día en tu vida y todo lo que tienes puesto se pagó con el dinero que tu marido robó.
El silencio fue instantáneo. Un silencio absoluto, denso, terrorífico. David dejó caer su tenedor. —¿Cómo te atreves…? —empezó a decir Catalina, poniéndose roja de furia. —Cállate —le ordené. Y la autoridad en mi voz fue tal que se calló—. Todavía no termino.
Saqué el teléfono del ramo de flores. Lo sostuve en alto para que todos lo vieran. La pantalla cambió de color. De un contador gris, pasó a una pantalla verde brillante con letras grandes. TRANSACCIÓN RECHAZADA. ACUERDO CANCELADO.
—Dijeron que no tenía ni quinientos pesos en mi cuenta —dije, y mi voz se volvió hielo—. Y tienen razón. En mi cuenta personal de nómina de Soriana, tengo trescientos pesos. Hice una pausa. —Pero en mi cuenta corporativa… Conecté el teléfono al sistema de proyección Bluetooth de la boda con un solo toque. La pantalla gigante detrás de nosotros, que mostraba una foto de Emilio y yo, parpadeó. Y apareció mi estado de cuenta de Jang Industries. El número era obsceno. Tantos ceros que la gente tuvo que entrecerrar los ojos para contarlos.
$347,000,000.00 USD
Se escuchó el sonido de una copa rompiéndose en el suelo. —Disculpen si no me presenté correctamente hace seis meses —dije, caminando hacia David, que ahora parecía haber envejecido diez años en diez segundos—. Soy Yazmín Bautista. Pero en el mundo de los negocios, me conocen como la Vicepresidenta Senior de Adquisiciones de Industrias Jang. David empezó a temblar. —Jang… —susurró—. Ellos… ellos son los que iban a comprar la empresa hoy. El trato de los 950 millones. —Exacto, David. El trato que salvaría tu imperio. El trato que necesitabas desesperadamente para no ir a la cárcel por fraude fiscal mañana lunes. Miré mi teléfono. —Ups. Parece que acabo de rechazar la adquisición.
El caos estaba a punto de estallar. Pero yo apenas estaba empezando.
CAPÍTULO 2: LA SANGRE EN EL CÓDIGO
El sonido de la copa de cristal rompiéndose contra el suelo de cantera de la hacienda resonó como un disparo. Pero el verdadero impacto no fue el vidrio roto, sino el silencio que le siguió. Un silencio absoluto, denso, casi irrespirable.
David Montemayor, el hombre que un minuto antes se sentía el dueño del universo, ahora miraba la pantalla gigante con la boca abierta, incapaz de articular palabra. Sus ojos iban de mi cara a la cifra proyectada en la pantalla: $347,000,000.00 USD. Y luego bajaban al mensaje en rojo que parpadeaba en mi celular: ADQUISICIÓN CANCELADA.
—Es un error… —balbuceó finalmente, su voz temblorosa, perdiendo esa potencia barítona que usaba para intimidar a sus empleados—. Debe ser un error del sistema. ¡Llamen a informática! ¡Llamen a alguien!
—No hay ningún error, David —respondí, mi voz tranquila contrastando con su pánico. Di un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, algo que nadie se atrevía a hacer—. El sistema funciona perfectamente. De hecho, funciona mejor que nunca, porque yo escribí el código de seguridad.
La multitud empezó a murmurar. El shock inicial estaba dando paso a la confusión y al morbo. Los celulares ya no grababan con disimulo; ahora me apuntaban directamente, transmitiendo en vivo la caída de un titán.
—¿Tú? —intervino Catalina, recuperando el habla, aunque su tono chillón denotaba histeria—. ¿Tú escribiste código? Por favor, niña. Si apenas sabes cobrar una despensa en la caja 4. Seguramente te acostaste con alguien de sistemas para hackear esto. ¡Seguridad! ¡Saquen a esta delincuente de mi fiesta!
Dos guardias de seguridad, hombres corpulentos en trajes negros baratos, dieron un paso adelante, dudando. Miraban a David, esperando la orden. Pero David no los miraba a ellos. Me miraba a mí. Y en sus ojos ya no había desprecio. Había reconocimiento. Y miedo. Un terror profundo y helado.
—Déjalos, Catalina —susurró David, levantando una mano temblorosa para detener a los guardias—. Ella… ella sabe.
—¿Sabe qué? —gritó Catalina, zarandeándolo del brazo—. ¡Nos está arruinando, David! ¡Haz algo!
Me reí. Fue una risa seca, sin alegría. —Para entender por qué acabo de quemar un trato de mil millones de dólares y por qué estoy disfrutando ver cómo se les va el color de la cara, necesitan contexto. Necesitan saber de dónde vengo. Y no, Catalina, no me refiero a mi código postal en Iztapalapa.
Me giré hacia los invitados. —Siéntense —ordené. Y para mi sorpresa, y la de ellos, muchos obedecieron—. Les voy a contar una historia. La historia de un robo. La historia de un asesinato.
El escenario cambió en mi mente. El olor a orquídeas y perfume caro se desvaneció, reemplazado por el aroma a café de olla, libros viejos y lluvia sobre el pavimento caliente.
Me transporté quince años atrás. A la colonia Doctores.
No era el barrio más bonito de la Ciudad de México, pero era mi hogar. Vivíamos en un departamento en un tercer piso, un lugar pequeño donde las paredes siempre estaban llenas de pizarrones blancos repletos de ecuaciones matemáticas que yo no entendía, pero que me fascinaban.
Mi padre, Guillermo Bautista, no se parecía en nada a los hombres que llenaban esta boda. No usaba trajes italianos ni relojes suizos. Usaba suéteres de lana que le tejía mi abuela y lentes de armazón grueso que siempre se le resbalaban por la nariz. Era un genio. Y no lo digo porque fuera mi padre. Lo digo porque él veía el mundo en código. Donde otros veían caos en el tráfico de la ciudad, él veía patrones de flujo de datos. Donde otros veían ruido, él veía algoritmos.
—Mira esto, mi niña —me decía, sentándome en sus piernas frente a su vieja computadora de escritorio, un monstruo beige que zumbaba como turbina de avión—. La computadora solo hace lo que tú le dices. Es obediente. No miente. No traiciona. Las personas… las personas son variables impredecibles. Pero el código es puro.
Guillermo trabajaba noches enteras. Tecleaba a una velocidad vertiginosa, sus dedos bailando sobre el teclado mientras yo hacía mi tarea de la primaria a su lado. Su sueño no era ser rico. Su sueño era crear algo útil. Estaba desarrollando un algoritmo de compresión y gestión de datos que revolucionaría la forma en que las empresas manejaban su información. Él lo llamaba “Proyecto Colibrí”, porque decía que sería rápido, ligero y preciso.
Pero mi padre tenía un defecto fatal: confiaba en la gente. Y su mayor error fue confiar en su socio universitario, el padrino de mi bautizo, el hombre que venía a cenar a casa todos los viernes y me traía dulces: el “Tío” David.
David Montemayor en ese entonces no era el magnate que ven hoy. Era un hombre ambicioso con mucho carisma pero poco talento técnico. Tenía el dinero de la herencia de sus padres y la desesperación de demostrar que podía ser alguien grande. Él ponía el capital para los servidores y la oficina; mi padre ponía el cerebro.
Recuerdo las discusiones en la cocina mientras mi mamá servía tamales. —Memo, tienes que entender —decía David, golpeando la mesa con frustración—. No podemos hacer esto “open source”. No podemos regalarlo. Tenemos que patentarlo, cerrarlo y venderlo al mejor postor. El ejército, los bancos… pagarían fortunas por esto. —No, David —respondía mi padre, con esa calma inquebrantable—. El conocimiento debe ser libre. Si lo cerramos, solo servirá para que los ricos sean más ricos y controlen más. Quiero que esto ayude a las escuelas, a los hospitales. —¡Eres un idealista estúpido! —gritaba David, antes de disculparse falsamente con una sonrisa—. Perdón, compadre. Es que me preocupo por tu futuro. Por el futuro de Yazmín. ¿No quieres darle una mejor vida?
Mi padre me miraba y sonreía. —Yazmín tiene todo lo que necesita. Tiene amor y tiene honestidad. El dinero va y viene.
Pobre papá. No sabía que el dinero no solo va y viene; el dinero mata.
La fecha se quedó grabada en mi memoria como una cicatriz de quemadura: 15 de noviembre de 2009.
Era martes. Llovía a cántaros en la ciudad, de esa lluvia fría que cala hasta los huesos. Eran las 10:30 de la noche. Estábamos viendo una película en la televisión. Mi mamá ya se había ido a dormir porque tenía turno temprano en el hospital al día siguiente. El teléfono de la casa sonó. Ese timbre estridente que siempre anuncia malas noticias.
Mi padre contestó. Vi cómo su rostro se transformaba. La sonrisa relajada desapareció, reemplazada por una línea dura de preocupación. —¿Qué? ¿Cómo que los servidores principales? —decía—. No, no puede ser. El respaldo debería haber entrado… Sí, sí. Voy para allá.
Colgó y se puso su chamarra de mezclilla. —¿Qué pasa, pa? —pregunté desde el sofá. —Es el Tío David, mi amor. Dice que hay una emergencia en la oficina. Los servidores se están sobrecalentando y el sistema de seguridad falló. Tengo que ir a arreglar el código manualmente o perderemos tres años de trabajo.
—No vayas —le dije. No sé por qué lo dije. Fue un instinto, una corazonada de niña de doce años que siente que algo anda mal en el aire—. Está lloviendo muy fuerte. Se agachó y me dio un beso en la frente. Olía a su jabón de siempre, jabón Zote, y al café que se acababa de tomar. —Regreso rápido, chaparra. No te duermas tarde. Mañana hay escuela.
Esa fue la última vez que lo vi con vida.
Me quedé despierta esperando. Las 11:00. Las 12:00. La 1:00 de la mañana. A las 2:30 a.m., el teléfono volvió a sonar. Pero esta vez no contestó mi papá. Contestó mi mamá desde su cuarto. Escuché un grito. Un grito desgarrador, animal, que rompió la noche y mi infancia en mil pedazos.
El Ministerio Público en México es el lugar donde muere la esperanza. Es un edificio gris, sucio, lleno de gente llorando, burócratas comiendo tortas sobre expedientes de homicidios y un olor permanente a cloro y desesperación.
Nos tuvieron ahí ocho horas. Mi mamá lloraba en una silla de plástico rota. Yo estaba en shock, abrazada a mi mochila escolar. La versión oficial nos la dio un detective con cara de aburrido que ni siquiera nos miraba a los ojos. —Fue un robo, señora. Un asalto común. Su marido estaba trabajando tarde. Unos drogadictos se metieron por la parte de atrás, forzaron la puerta. Él se resistió. Le dieron dos tiros en el pecho. Se llevaron el equipo de cómputo. Lo sentimos mucho. Firme aquí para que le entreguen el cuerpo.
—¿Y las cámaras? —preguntó mi mamá, con la voz rota—. La oficina tenía cámaras de seguridad en todos lados. Guillermo las instaló él mismo. El detective suspiró, como si le molestara tener que explicar lo obvio. —Fallaron, señora. Hubo un corto circuito por la tormenta. Justo entre las 11:15 y las 11:45 p.m. Mala suerte.
¿Mala suerte? ¿Que las cámaras fallaran exactamente en la ventana de tiempo del asesinato? ¿Que la alarma no sonara? ¿Que el guardia de seguridad, un hombre que llevaba diez años trabajando ahí, decidiera tomar su descanso media hora antes por orden de “la gerencia”?
En el funeral, David Montemayor apareció vestido de luto riguroso, acompañado de guardaespaldas. Llevaba unas gafas oscuras para ocultar unos ojos que no estaban rojos. Abrazó a mi mamá. —Lo siento tanto, comadre. Guillermo era como un hermano para mí. No descansaré hasta encontrar a los culpables.
Mentira. Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Sentí un escalofrío. —Pobre huerfanita —dijo—. No te preocupes. Yo me encargaré de que no les falte nada. Les daré una pequeña pensión… por el tiempo que tu papá trabajó para mí.
¿Trabajó para él? Mi papá era su socio. Eran dueños al 50-50. Pero cuando mi mamá buscó los papeles de la sociedad semanas después, no encontró nada. La caja fuerte de mi papá en la oficina, la que solo se abría con su huella y un código numérico, estaba vacía. No había contratos. No había patentes a nombre de Guillermo Bautista. Todo había desaparecido esa noche. Los “ladrones” no se llevaron las televisiones ni el dinero de la caja chica. Se llevaron los discos duros, las libretas de notas y los contratos.
Seis meses después, Grupo Montemayor convocó a una rueda de prensa masiva. Estábamos viviendo en un cuarto de azotea en Iztapalapa porque sin el sueldo de mi papá no podíamos pagar la renta de la Doctores. Mi mamá trabajaba dobles turnos limpiando pisos porque la “pensión” que David prometió resultó ser una miseria que apenas cubría la luz.
Vimos las noticias en una televisión vieja. Ahí estaba David, sonriendo ante los flashes, presentando “NEXUS”. —Esta tecnología revolucionaria es fruto de mi esfuerzo y visión durante los últimos tres años —decía David a las cámaras—. Es un algoritmo único en el mundo que cambiará la seguridad bancaria para siempre.
Mi mamá tiró el plato de frijoles que tenía en la mano. —Es el trabajo de tu padre —lloró—. ¡Es el código de Memo! ¡Ese maldito se lo robó! —Vamos a denunciarlo, mamá —le dije, con la rabia de mis trece años. —¿Con qué dinero, hija? ¿Con qué pruebas? Él es millonario. Tiene a los jueces, a la policía, a los políticos. Nosotros somos nadie. Si hablamos, nos matan a nosotras también.
Así que callamos. Y el silencio nos consumió. Mi mamá enfermó dos años después. El estrés y el dolor le causaron un cáncer agresivo. Mientras David Montemayor salía en las portadas de revistas sociales presumiendo sus viajes a Dubái y su nueva mansión en Las Lomas, yo limpiaba baños y estudiaba con libros prestados para pagar las medicinas de mi madre.
Pero hubo algo que David no sabía. Algo que su mente codiciosa nunca pudo comprender porque él no era un genio, solo era un ladrón. Él robó el código, sí. Lo patentó a su nombre, sí. Pero no entendía cómo funcionaba realmente. Mi padre, en su paranoia genial o quizás en una premonición, había dejado “firmas” dentro de la estructura misma del algoritmo. No eran comentarios de texto que se pudieran borrar. Eran la arquitectura misma del código. Si analizabas la frecuencia de los nodos de datos, formaban una secuencia numérica. 15-08-1998. Mi fecha de nacimiento.
Descubrí esto cuando cumplí 18 años. Mi mamá, sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, sacó una caja de zapatos vieja de debajo de su cama. —Aquí está todo, mija. Los reportes policiales, las copias de los correos que tu papá imprimía, las notas que logré salvar. Tenía miedo de dártelos antes. Tenía miedo de que hicieras una locura. —¿Y por qué me los das ahora? —Porque ya eres una mujer. Y porque veo en tus ojos la misma inteligencia de tu padre… pero con un fuego que él nunca tuvo. Él era bueno, Yazmín. Demasiado bueno. Tú… tú eres fuerte.
Pasé las siguientes noches leyendo cada papel. Ahí estaba la declaración del guardia de seguridad, que luego se retractó. Ahí estaba la factura del restaurante donde David cenó esa noche, que mostraba que pagó la cuenta a las 10:33 p.m., dándole tiempo perfecto para cruzar la ciudad y encontrarse con alguien antes del asesinato a las 11:15 p.m. Y ahí estaban los cuadernos de mi padre. Llenos de su letra apretada. Aprendí a programar sola. Aprendí a leer el lenguaje que mi padre hablaba. Hackeé —ilegalmente, sí, y no me arrepiento— los servidores públicos de la patente de “Nexus”. Descargué el código fuente. Y ahí estaba. Brillando en la oscuridad digital. 15-08-1998. Mi padre me había dejado la llave para destruirlos.
Esa noche, frente a la computadora, hice un juramento. No un juramento cristiano de perdón. Un juramento del Viejo Testamento. Ojo por ojo. Diente por diente. Sangre por sangre. David Montemayor no solo me robó a mi padre. Me robó mi futuro, la salud de mi madre, mi dignidad. Me juré que recuperaría cada centavo. Que destruiría su reputación. Que le quitaría lo que más amaba en el mundo: su dinero y su imagen pública.
Me infiltré en su vida. Trabajé en el Target (Soriana, para fines de esta historia localizada) donde compraban sus empleados. Me hice la novia tonta y pobre de su hijo inútil. Soporté sus insultos racistas, sus miradas de asco, sus burlas sobre mi ropa y mi cabello. Cada vez que Catalina me decía “naca”, yo sonreía y guardaba el insulto en mi banco de odio. Cada vez que David me miraba como si fuera basura, yo trabajaba una hora más en mi propio algoritmo, el que dejaría a “Nexus” obsoleto.
El “Proyecto Colibrí” de mi padre era bueno. Pero yo creé el “Proyecto Fénix”. Una versión tan avanzada que hacía que la tecnología de Montemayor pareciera un ábaco de la edad de piedra. Creé una empresa fantasma. Vendí mi tecnología a sus competidores, Industrias Jang. Me convertí en millonaria en secreto. Y orquesté la trampa perfecta.
Volví al presente, a la boda, al salón lujoso donde el aire acondicionado estaba demasiado frío. David me miraba con terror. Sabía que yo sabía. Pero aún creía que podía salvarse. Creía que yo era solo una niña con rencor y suerte. No sabía que yo tenía las pruebas del asesinato.
—¿Te acuerdas de la fecha, David? —le pregunté, acercando el micrófono a mis labios—. 15 de noviembre de 2009. David se puso pálido, casi gris. —No sé de qué hablas. —Claro que sabes. Son las 11:03 p.m. Llamas a tu socio. Le dices que hay una emergencia. Haces que el guardia se vaya a cenar tacos.
Emilio se interpuso entre nosotros, tratando de jugar al pacificador, aunque le temblaban las piernas. —Yazmín, basta. Estás delirando. Mi papá nunca haría algo así. Es un hombre respetable. —Tu padre es un asesino, Emilio —le escupí las palabras—. Y tú… tú eres el hijo de un monstruo, viviendo de la sangre de mi padre.
Catalina intentó reírse, una risa nerviosa y aguda que sonó maníaca. —Esto es absurdo. ¿Quién te va a creer? Eres una advenediza. Una cazafortunas resentida. Nosotros somos los Montemayor. Tenemos abogados que pueden aplastarte como a una cucaracha. —Tienen abogados, sí —concedí—. Pero yo tengo algo mejor.
Levanté mi mano y chasqueé los dedos. La pantalla gigante cambió de nuevo. El saldo bancario desapareció. En su lugar, apareció un video. La calidad era granulosa, grabada con una cámara oculta en una habitación de hospital. En el video se veía a un hombre demacrado, conectado a tubos de oxígeno, con la piel amarilla por la falla hepática. Se escucharon jadeos en la audiencia. Algunos reconocieron al hombre. Era Marcus Thompson, el jefe de seguridad “externa” que David usaba para sus trabajos sucios hace años.
En el video, Marcus hablaba con voz rasposa pero clara.
“Yo… yo quiero confesar. No quiero irme al infierno con esto. Me llamo Marcus Thompson. El 15 de noviembre de 2009, David Montemayor me pagó cincuenta mil dólares en efectivo…”
El silencio en la boda era tan profundo que se podía escuchar el zumbido de las moscas. “…Me pagó para entrar a las oficinas de Bautista & Montemayor. Me dio las llaves. Me dio el código de la alarma. Me dijo que esperara a que llegara Guillermo Bautista. Me dijo que tenía que parecer un robo. Me dijo… que no dejara testigos.”
En el video, el hombre empezó a llorar. “Le disparé dos veces. El señor Bautista… él ni siquiera se defendió. Solo me pidió que no le hiciera nada a su familia. David se llevó los discos. Yo me llevé el dinero. David me dijo que me fuera del país.”
El video se detuvo congelando la imagen en el rostro agonizante del sicario.
Me giré hacia David. Ya no parecía un magnate. Parecía un anciano asustado, encogido en su traje de mil dólares. —Marcus Thompson murió de cáncer hace dieciocho meses —dije suavemente—. Pero antes de morir, encontró a Dios. Y me encontró a mí. Saqué una carpeta azul de debajo de la mesa de los novios, donde la había escondido antes de la ceremonia. —Aquí está su confesión notariada. Aquí están los registros bancarios de tu retiro de $50,000 dólares tres días antes del asesinato. Aquí está la prueba de balística del arma que Marcus guardó como seguro de vida, que tiene tus huellas digitales en la caja de municiones.
David retrocedió, tropezando con una silla. —¡Es mentira! ¡Es un montaje! —gritó, pero nadie le creyó. Ni siquiera su esposa. Catalina lo miró con horror genuino por primera vez. —David… —susurró ella—. Tú me dijiste que fue un accidente. Me dijiste que solo ibas a asustarlo para que firmara. ¡No me dijiste que lo mataste!
—¡Cállate, estúpida! —le gritó David, perdiendo totalmente la compostura.
Ahí estaba. La confesión implícita. El “accidente”. Catalina lo sabía. Tal vez no sabía los detalles sangrientos, pero sabía que su fortuna estaba construida sobre un crimen. Sabía que “Nexus” era robado. Y aun así, tuvo el descaro de llamarme “muerta de hambre” y burlarse de mi vestido.
—Lo sabías —dije, mirando a Catalina—. Por eso te pusiste pálida esta mañana cuando te dije mi segundo nombre. Por eso odiabas tanto que yo estuviera aquí. No porque fuera pobre. Sino porque en mi cara veías al fantasma del hombre que asesinaron.
Miré mi reloj. —Ah, casi lo olvido. Esas sirenas que escuchan a lo lejos… —Hice una pausa dramática mientras el sonido de las patrullas se hacía cada vez más fuerte, subiendo por la colina hacia la hacienda—. No vienen a escoltarlos a su luna de miel. Vienen por ustedes.
La “Boda del Año” estaba a punto de convertirse en la “Nota Roja del Siglo”. Y yo, la cajera del vestido de liquidación, estaba en primera fila para verlos caer.
Pero la venganza tiene muchas capas. Y destruir su libertad era solo el principio. Todavía tenía que destruir su legado, su dinero y su orgullo. Y para eso, necesitaba que el mundo entero viera lo que iba a pasar a continuación.
—Sonrían —les dije, levantando mi celular para una selfie con ellos al fondo, pálidos y derrotados—. Esto va para Instagram.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA RUINA EN TIEMPO REAL
El sonido de las sirenas ya no era un eco lejano en las colinas de Cuernavaca; era un aullido ensordecedor que rebotaba en las paredes de piedra volcánica de la Hacienda San Gabriel. Las luces rojas y azules de las patrullas comenzaron a reflejarse contra la carpa blanca, creando un efecto estroboscópico de discoteca del infierno sobre las caras aterrorizadas de la alta sociedad mexicana.
Lo que sucedió a continuación fue un estudio antropológico sobre el pánico de los ricos. En un barrio popular, cuando llega la policía, la gente se mantiene unida o se mete a sus casas. Aquí, en la cúpula del 1%, se desató el “sálvese quien pueda”. Vi a señoras de sesenta años correr con una agilidad sorprendente para su edad y sus tacones Louboutin, tratando de alcanzar la salida antes de que llegaran las cámaras de la prensa. Vi a empresarios tirar sus copas y buscar salidas de emergencia que no existían en un jardín al aire libre.
—¡Cierren las puertas! —ordenó una voz amplificada por un megáfono desde la entrada principal—. ¡Nadie sale! ¡Esto es una escena de crimen federal!
El caos se detuvo en seco. La palabra “federal” tiene un peso específico en México. Significa que no puedes sobornar al oficial con un billete de quinientos pesos. Significa que las llamadas al “Compadre Senador” tal vez no funcionen esta vez.
Yo seguía de pie en la pista de baile, mi santuario personal en medio del huracán. Mi vestido de $479 pesos, ese que Catalina había despreciado tanto, se sentía ahora como una túnica real. David Montemayor estaba colapsado en su silla, hiperventilando. Su piel, usualmente bronceada por fines de semana en Valle de Bravo, tenía el color de la ceniza. Catalina, a su lado, parecía una estatua de cera derritiéndose; el maquillaje se le corría por las lágrimas de rabia y miedo, creando surcos negros en sus mejillas.
—Esto no puede estar pasando… —repetía ella, como un mantra—. Somos los Montemayor. Somos intocables.
Me acerqué a ellos, micrófono en mano. No había terminado. La cárcel era el destino de David, sí. Pero la cárcel a veces es cómoda para los ricos en México. Tienen celdas privadas, televisiones, comida especial. No. Yo necesitaba algo más definitivo. Necesitaba dejarlos sin los recursos para comprar esa comodidad. Necesitaba dejarlos tan pobres como ellos pensaban que yo era.
—Atención a todos —dije, y mi voz cortó el murmullo de pánico—. Sé que están asustados por la policía. Pero deberían estar más asustados por sus carteras.
Muchos invitados se detuvieron y me miraron. La mitad de los presentes eran accionistas de Grupo Montemayor. Primos, tíos, socios comerciales que habían invertido sus fortunas en la promesa de “Nexus” y en la inminente adquisición por parte de Industrias Jang.
—David —dije, mirándolo a los ojos—. ¿Recuerdas que te dije que rechacé el trato de adquisición? Él asintió débilmente, con la mirada perdida. —Bueno, esa fue solo la primera parte de mi regalo de bodas. La segunda parte es un poco más técnica, pero estoy segura de que la entenderás. Se llama “Venta en Corto” o Short Selling.
Escuché jadeos de comprensión entre los banqueros presentes. Ellos sabían lo que venía. —Verán —expliqué para los que no sabían de finanzas, paseándome frente a la mesa principal—, durante los últimos seis meses, mientras preparaba la adquisición falsa, también preparé otra cosa. Usé mi capital en Industrias Jang para abrir posiciones masivas apostando en contra de las acciones de Grupo Montemayor.
Saqué mi celular y volví a proyectar la pantalla en el monitor gigante. Esta vez, mostraba una gráfica de la Bolsa de Valores. La línea de Grupo Montemayor (G-MONT) estaba en caída libre. Era una línea roja vertical, apuntando directamente al infierno.
—En el momento en que mi sistema rechazó la compra públicamente hace diez minutos —continué, señalando la gráfica—, los algoritmos de trading de alta frecuencia reaccionaron. El mercado detectó que la empresa está en quiebra, que su tecnología es robada y que su CEO está a punto de ser arrestado por asesinato. Me volví hacia Catalina. —¿Sabes qué significa eso, suegra querida? Ella me miró con odio puro, pero sus labios temblaban. —Significa que cada segundo que pasa, pierden millones. Significa que sus acciones, que esta mañana valían 150 pesos cada una, ahora valen… —miré la pantalla— tres pesos con cincuenta centavos. Y bajando.
—¡Mi dinero! —gritó el tío Ricardo, el hermano de David, levantándose de una mesa cercana. Tenía la cara roja de ira—. ¡Tengo todo mi fondo de retiro en acciones de la empresa! ¡David, me dijiste que era seguro! —¡Nos arruinaste! —chilló Patricia, la mejor amiga de Catalina, esa mujer que me había recomendado usar Spanx para mi “cuerpo problemático”. —¡Convenciste a mi esposo de invertir cinco millones la semana pasada!
El salón se volvió una jauría. La lealtad de la clase alta dura exactamente lo que duran las ganancias. En el momento en que tocas su dinero, se comen entre ellos. David se encogió en su silla, atacado por su propia familia. —Yo… yo no sabía… —balbuceaba—. Iba a arreglarlo…
—No, David, no ibas a arreglar nada —intervine, disfrutando cada palabra—. Porque no tienes talento. Solo robaste el talento de mi padre. Y sin él, llevas quince años dando vueltas en círculos, maquillando números. Miré la pantalla de nuevo. Valor de la acción: $0.80 centavos. Estatus: SUSPENDIDA POR LA BOLSA DE VALORES.
—Se acabó —anuncié—. Grupo Montemayor ya no vale nada. Sus propiedades están hipotecadas para cubrir las deudas operativas. Sus cuentas personales serán congeladas por la investigación de homicidio y lavado de dinero. Me acerqué a Catalina, quien se aferraba a su bolso Chanel como si fuera un salvavidas. —Ese bolso, Catalina… probablemente sea lo único de valor que te quede. Cuídalo bien. Tal vez puedas cambiarlo por cigarros en la cárcel.
Catalina soltó un grito histérico y se lanzó hacia mí, con las uñas por delante, como una gata acorralada. —¡Maldita gata! ¡Te voy a matar! Pero no llegó ni a medio metro. Dos agentes federales, que acababan de ingresar al perímetro de la pista de baile, la interceptaron. Uno la tomó del brazo con fuerza profesional. —¡Suélteme! ¡No saben quién soy! —chillaba ella, pataleando—. ¡Soy Catalina de Montemayor! ¡Mi esposo es amigo del gobernador!
El agente, un hombre con rostro pétreo que claramente disfrutaba ver caer a los intocables, le respondió con calma: —Señora, el gobernador acaba de emitir un comunicado deslindándose de su familia. Tiene orden de aprehensión por complicidad en homicidio, fraude fiscal y encubrimiento. Tiene derecho a guardar silencio, aunque dudo que pueda hacerlo.
Mientras esposaban a Catalina, otro grupo de agentes levantó a David. Él no opuso resistencia. Estaba roto. El “León de los Negocios” era ahora un trapo viejo. Lloraba en silencio, mocos y lágrimas manchando su camisa de seda. —Lo siento… —repetía David, mirando al suelo—. Lo siento, Guillermo… Al fin confesaba. Al fin, el nombre de mi padre salía de sus labios con el respeto del miedo.
—¡Esperen! —grité antes de que se los llevaran—. Todavía falta la mejor parte.
Los agentes se detuvieron un momento, confundidos, pero la autoridad que yo proyectaba era tal que me obedecieron. Me volví hacia la multitud, hacia los invitados que seguían en shock, y hacia Emilio, que estaba parado junto a la mesa del pastel, pálido como la crema batida.
—Emilio —dije suavemente. Él levantó la vista. Había esperanza en sus ojos. Una esperanza estúpida y patética. Creía que, porque él no había disparado el arma, estaba a salvo. Creía que nuestro “amor” lo salvaría. —Yazmín… bebé… —empezó a decir, dando un paso hacia mí—. Yo no soy como ellos. Yo te amo. Podemos irnos lejos. Podemos empezar de cero. Tú tienes dinero ahora, ¿verdad? Con tu dinero y mi… mi apellido, podemos…
Solté una carcajada que resonó en todo el jardín. —¿Tu apellido? —pregunté, incrédula—. Emilio, tu apellido es hoy sinónimo de robo y asesinato. Tu apellido es veneno. Y sobre “empezar de cero”… Saqué un papel doblado de mi escote. Era el contrato prenupcial. Ese documento infame que me habían obligado a firmar bajo amenaza una semana antes.
—¿Recuerdan este papelito? —lo mostré a la cámara que transmitía a las pantallas gigantes—. David me dijo: “Fírmalo o no hay boda”. Decía que si nos divorciábamos, yo me iba sin nada. Que si yo ganaba dinero, el 75% era tuyo, Emilio.
Emilio asintió, confundido. —Sí, pero… podemos romperlo. No me importa el dinero, Yaz. —A mí sí me importa —le corté—. Verás, hay una cláusula estándar en estos contratos leoninos. La cláusula de “Vicios del Consentimiento”. Si una de las partes oculta información crítica que hubiera cambiado la decisión de la otra parte de casarse… el contrato es nulo. O mejor aún, se invierte la carga de la penalización.
Caminé hacia él, mis tacones resonando en la madera de la pista. —Ocultar que tu padre asesinó al mío es, legalmente, un “vicio del consentimiento” bastante grande, ¿no crees? Rompí el papel en dos pedazos frente a su cara. —El contrato es nulo. Pero la deuda que tu familia tiene con la mía no lo es. Me acerqué a su oído y susurré para que el micrófono captara cada sílaba: —Y como estamos casados por bienes mancomunados bajo la ley mexicana (porque el prenupcial ya no existe), y tu familia acaba de perder todo y contraer deudas millonarias… adivina quién comparte esa deuda ahora.
Los ojos de Emilio se abrieron desmesuradamente. —No… —Sí, mi amor. Tú no tienes mi dinero. Tú tienes las deudas de tu padre. Eres pobre, Emilio. Más pobre que cualquier persona que hayas despreciado en tu vida. De hecho, tienes un patrimonio negativo. Debes millones.
Emilio cayó de rodillas. No fue un gesto teatral; sus piernas simplemente dejaron de funcionar. —Pero… ¿qué voy a hacer? —gimió—. Yo no sé hacer nada. Nunca he trabajado. —Bueno —dije, fingiendo reflexionar—, escuché que en Target están contratando. Pagan el salario mínimo y tienes descuento en la ropa de liquidación. Tal vez ahí puedas comprarte algo de dignidad.
La humillación de Emilio fue el golpe final para la familia. Pero yo tenía un as más bajo la manga. El golpe mediático.
—Y para todos ustedes —me dirigí a los invitados, esos rostros conocidos de la sociedad que me habían mirado con asco durante meses—, que están pensando “pobre niña, qué escándalo tan privado”, tengo noticias.
Saqué mi celular de nuevo y abrí una aplicación diferente. Facebook Live. YouTube Live. TikTok Live. Todas las plataformas estaban abiertas. El contador de espectadores en vivo marcaba números que mareaban.
2.4 millones de espectadores.
—Saluden a la cámara —dije alegremente, saludando con la mano al teléfono que estaba estratégicamente colocado entre el centro de mesa de la mesa principal desde que empezó el discurso—. Llevamos transmitiendo en vivo desde que Catalina tomó el micrófono.
El horror colectivo fue palpable. Margarita, la amiga de Catalina que había dicho que yo era “entretenimiento” para la familia, se tapó la cara con las manos, sabiendo que su comentario racista estaba ahora grabado para siempre en internet. —Todo lo que dijeron —continué, implacable—. Los comentarios sobre mi color de piel, sobre mi origen, sobre mi “vestido de gata”… todo está en la nube. Y el internet nunca olvida.
Empecé a leer los comentarios que subían a velocidad luz en la pantalla del celular. —Veamos qué dice la gente… Usuario JusticiaDivina dice: “¡Qué asco de gente! Ojalá se pudran en la cárcel”. Usuario MexicanoOrgulloso dice: “Esa chica es una heroína, arriba Iztapalapa”. Usuario LaVengadora pregunta: “¿Quién es la vieja racista del vestido plateado? Vamos a funarla”.
Miré a Catalina, que estaba siendo arrastrada hacia la patrulla. —Parece que ya eres famosa, Catalina. Pero no por tus fiestas de caridad. Eres el meme del año. “La Suegra del Terror”.
El impacto de esto fue peor que la pérdida del dinero para muchos de ellos. El dinero se puede recuperar (a veces). Pero la reputación social, en ese círculo vicioso y superficial, es la vida misma. Vi a Patricia tratando de borrar frenéticamente algo en su celular, probablemente las historias que ella misma había subido burlándose de mí. —Es muy tarde, Patricia —le grité—. Ya lo descargaron. Ya lo compartieron. Mañana, cuando vayas al club, los meseros te van a escupir la sopa. Cuando vayas al salón de belleza, te van a cobrar doble. Porque ahora todo México sabe quiénes son en realidad.
Los agentes finalmente sacaron a David y Catalina del jardín. Las cámaras de la prensa, que habían logrado burlar la seguridad en la entrada, los bombardearon con flashes. —¡Señor Montemayor! ¿Es cierto que mató a su socio? —¡Señora Montemayor! ¿Qué tiene que decir sobre las acusaciones de racismo?
Yo me quedé parada en el centro del caos, sintiendo una extraña calma. Mi venganza estaba completa. Les había quitado su libertad. Les había quitado su dinero. Les había quitado su nombre.
Emilio seguía en el suelo, llorando como un niño perdido en el supermercado. Me agaché a su altura. Acaricié su mejilla, suavemente, como él solía hacerlo cuando me mentía diciendo que me amaba. —No llores, Emilio. Arruinas las fotos de la boda. Él me miró con una mezcla de odio y deseo. Aún no podía creer que la chica dulce y sumisa se hubiera convertido en este monstruo vengador. —¿Por qué? —preguntó, con la voz rota—. ¿Por qué no solo te fuiste? ¿Por qué tuviste que destruirnos así?
Me acerqué a su oído y le di la respuesta final, la verdad más cruda. —Porque ustedes nunca me vieron como una persona, Emilio. Para ustedes, yo era un objeto. Un chiste. Una “naca” que se coló en su fiesta. Creían que podían pisotearme porque no tenía su dinero ni su piel blanca. Olvidaron una lección básica de la historia de México: La gente que construyó este país, la gente que trabaja, que suda, que aguanta… esa gente tiene memoria. Y cuando nos cansamos de agachar la cabeza, ardemos. Y quemamos todo a nuestro paso.
Me levanté y me quité el anillo de compromiso. Un diamante solitario de tres quilates que David había elegido, no Emilio. Lo tiré al suelo, junto a los vidrios rotos de la copa de David. —Quédatelo. Tal vez te alcance para pagarle a un abogado de oficio. Aunque lo dudo. Es falso, igual que el amor de tu familia. Lo mandé valuar hace meses. Es circonia cúbica. Tu padre te robó hasta en eso.
Emilio miró el anillo en el suelo, la última prueba de que su vida había sido una mentira completa. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Los invitados se apartaban a mi paso como si fuera Moisés abriendo el Mar Rojo. Nadie se atrevía a mirarme a los ojos. Tenían miedo. Miedo de que yo supiera sus secretos también. Miedo de ser los siguientes.
Caminé hacia la salida de la hacienda, pasando junto a las patrullas donde subían a mis suegros. Catalina me vio a través de la ventanilla enrejada. Golpeó el cristal, gritando algo que no pude escuchar, pero pude leer sus labios: “Te odio”. Le lancé un beso volado. —Yo no te odio, Catalina —dije para mis adentros—. Yo ya no siento nada por ti. Eres irrelevante.
Salí a la calle empedrada de Cuernavaca. El aire fresco de la noche me golpeó la cara. Olía a lluvia y a tierra mojada. El mismo olor de la noche en que murió mi padre. Miré al cielo. No había estrellas, estaba nublado. —Ya está, papá —susurré—. Ya está pagado.
Saqué mi celular. Tenía cientos de llamadas perdidas de periodistas, de socios de Jang, de amigos del pasado. Ignoré todo y abrí la aplicación de Uber. Destino: Terminal de Autobuses. Iba a regresar a la Ciudad de México. No en limusina, no en helicóptero. En autobús, como la gente normal. Porque aunque tenía 347 millones de dólares en el banco, yo seguía siendo Yazmín. Y mañana tenía turno en Target. No porque necesitara el dinero. Sino porque me gustaba recordar quién soy. Y porque quería ver la cara de mi gerente cuando le pidiera mis vacaciones permanentes.
Pero la historia no termina aquí. Porque cuando destruyes un imperio, las ratas que salen huyendo a veces intentan morderte. Y yo sabía que esto apenas era el comienzo de mi nueva vida. Una vida donde ya no sería la víctima, sino la dueña del juego.
Mientras el Uber llegaba (un Nissan Versa modesto), vi a una figura correr hacia mí desde la hacienda. Era Margarita, la “amiga” chismosa. —¡Yazmín! ¡Espera! —gritaba, jadeando. Me detuve, con la mano en la manija del coche. —¿Qué quieres, Margarita? —Solo… solo quería decirte… —Estaba agitada, mirando a todos lados—. Yo nunca estuve de acuerdo con ellos. Yo siempre te defendí cuando no estabas. De verdad. ¿Podemos hablar? Tal vez… tal vez mi esposo pueda ayudarte a manejar tu nuevo capital. Él es muy bueno en inversiones.
Me reí. Una risa genuina, fuerte, que me limpió el alma. —Margarita —le dije, entrando al coche—. Dile a tu esposo que si se me acerca, le voy a hacer una auditoría fiscal que lo va a dejar pidiendo limosna en el Zócalo. Y tú… borra mi número.
Cerré la puerta. —Vámonos, joven —le dije al conductor. —¿Tuvo una mala noche, señorita? —preguntó el chofer, viéndome el vestido de novia barato y el maquillaje un poco corrido. Miré por la ventana trasera, viendo las luces azules de las patrullas iluminando la fachada de la hacienda donde el viejo mundo acababa de morir. —No, joven —respondí, recargando la cabeza en el asiento—. Tuve la mejor noche de mi vida.
El coche arrancó, alejándome de la pesadilla y llevándome hacia mi futuro. Pero mientras bajábamos por la carretera hacia la ciudad, mi teléfono vibró con un mensaje de texto. Un número desconocido. Lo abrí. “Bien jugado, Yazmín. Pero David no trabajaba solo. Cuídate la espalda.”
Sentí un escalofrío. Miré hacia atrás, a la oscuridad de la carretera. La venganza había terminado, sí. Pero la guerra… la guerra tal vez apenas estaba empezando.
PARTE 2
CAPÍTULO 4: EL DÍA DESPUÉS Y EL JUICIO DE LAS REDES
El Uber, un Nissan Versa que olía a aromatizante de vainilla barato, se detuvo frente a mi edificio en Iztapalapa a las tres de la mañana. El conductor, un señor amable de bigote canoso que había respetado mi silencio durante todo el trayecto desde Cuernavaca, se giró para mirarme.
—Señorita, disculpe que me meta —dijo, señalando mi vestido de novia manchado de lodo en el dobladillo y mi cara lavada de lágrimas secas—. Pero aquí en la colonia, a estas horas… ¿está segura de que está bien? No quiero dejarla sola si le pasó algo malo.
Sonreí. Era una ironía perfecta. En la hacienda de lujo, rodeada de seguridad privada y millonarios, había estado en la boca del lobo. Aquí, en mi barrio, donde las paredes tienen grafitis y se escuchan cumbias a lo lejos, me sentía protegida. —Estoy bien, Don Pedro. Mejor que nunca. Gracias por preocuparse.
Le dejé una propina de mil pesos en la aplicación. Él no lo sabría hasta que cerrara el viaje, pero esa noche yo me sentía generosa. Subí las escaleras de mi edificio. Tres pisos sin elevador. El foco del segundo piso parpadeaba como siempre. Al abrir la puerta de mi departamento de 50 metros cuadrados, el olor a encierro y a mi propia vida me golpeó. Ahí estaba todo: mi sofá cama hundido, la mesa de formica que usaba como escritorio, y en la pared, el altar que le había puesto a mi papá. Una foto de Guillermo Bautista, sonriendo con sus lentes chuecos, iluminada por una veladora electrónica.
Me quité los tacones y caminé descalza hacia la foto. —Lo hicimos, pa —susurré, tocando el cristal del marco—. Ya no se ríen. Ya no celebran. Ahora tienen miedo. Me dejé caer en el sofá sin quitarme el vestido. El cansancio físico y emocional me aplastó como una losa de concreto. Miré mi celular. El mensaje de texto del número desconocido seguía ahí: “Bien jugado, Yazmín. Pero David no trabajaba solo. Cuídate la espalda.” Lo leí una y otra vez. ¿Quién era? ¿Un socio de David? ¿Un político corrupto que perdió dinero en la caída de las acciones? ¿O simplemente alguien tratando de asustarme? Decidí ignorarlo por unas horas. El miedo es útil cuando te mantiene alerta, pero es tóxico cuando no te deja dormir. Cerré los ojos y, por primera vez en quince años, dormí sin pesadillas.
El sol de la Ciudad de México entra sin pedir permiso, filtrándose por las cortinas delgadas. Me despertó el sonido incesante de notificaciones. No era el bip ocasional de un mensaje; era un zumbido continuo, como un enjambre de abejas furiosas. Mi celular estaba ardiendo. Literalmente caliente al tacto. Lo desbloqueé y la pantalla se congeló por un momento, incapaz de procesar la cantidad de datos entrantes. Cuando finalmente reaccionó, vi la magnitud de lo que había hecho.
Tendencias en México (Twitter/X):
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#LadyVenganza
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#LaBodaRoja
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#CaeMontemayor
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#JusticiaParaGuillermo
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Target (Sorprendentemente)
Abrí YouTube. El video de la boda, alguien lo había subido completo bajo el título: “NOVIA HUMILLA A SUEGROS MILLONARIOS Y REVELA ASESINATO EN VIVO”.
247 millones de visitas en menos de 10 horas. Era viral a nivel mundial. Había subtítulos en inglés, portugués, árabe y chino. Los comentarios eran una mezcla de shock, apoyo y morbo. “La mejor película del año y fue real.” “Cuando sacó el estado de cuenta de 300 millones… sentí el poder.” “Alguien dele un Oscar a esta mujer.” “Justicia divina. Los ricos siempre creen que pueden salirse con la suya.”
Pero no solo era chisme de internet. Abrí las noticias financieras.
BLOOMBERG: “Imperio Montemayor colapsa. Acciones pierden 99% de su valor en la apertura del mercado asiático y europeo.” EL UNIVERSAL: “David Montemayor y su esposa Catalina detenidos por la FGR tras confesión en boda. Se les acusa de homicidio calificado y fraude.” REFORMA: “El fin de una era: Industrias Jang anuncia adquisición hostil de los activos restantes de Grupo Montemayor por precio de liquidación.”
Me levanté y me hice un café instantáneo. Mientras revolvía el azúcar, encendí la televisión. En el noticiero matutino, los conductores analizaban cada segundo del video. —Es impresionante, Carlos —decía la conductora—. Miren la cara de la señora Catalina cuando Yazmín menciona el vestido. Es el rostro de la discriminación en México. —Así es, Ana. Y lo más fuerte es la frialdad con la que Yazmín ejecutó esto. Tres años de planeación. Es una historia de venganza al estilo del Conde de Montecristo, pero en la era digital.
Sonreí. Montecristo tuvo que encontrar un tesoro en una isla. Yo tuve que escribir código en las madrugadas. Los tiempos cambian, pero la justicia sabe igual de dulce.
Mientras yo tomaba café en mi taza despostillada, al otro lado de la ciudad, la realidad era muy diferente para los Montemayor.
Reclusorio Norte – Área de Ingreso
David Montemayor estaba sentado en una banca de cemento frío. Le habían quitado su traje Armani, su cinturón Hermès y sus agujetas. Llevaba un uniforme beige desgastado que le quedaba grande y olía a sudor ajeno. No había dormido. Lo habían interrogado durante seis horas seguidas. Sin abogados de lujo, porque sus cuentas estaban congeladas y el bufete que lo representaba renunció a las 4:00 a.m. alegando “conflicto de intereses” (que en idioma legal significa: “no tienes con qué pagarnos”).
A su lado, en una celda separada por una reja, se escuchaban los sollozos de alguien. No era Catalina; a las mujeres las llevan al penal de Santa Martha Acatitla. Era su hermano Ricardo, detenido también por complicidad financiera. —David… diles que yo no sabía lo del asesinato —lloraba Ricardo—. Diles que solo firmaba los papeles. ¡Me van a matar aquí adentro!
David miraba a la nada. En su mente, se repetía en bucle el momento en que su copa cayó al suelo. Un guardia pasó golpeando los barrotes con una macana. —¡A ver, las princesas! ¡Cállense o los paso a población general ahorita mismo! David se encogió. El “León” era ahora un ratón. —Oiga, oficial… —intentó decir David, usando su tono de “soy importante”—. Necesito hacer una llamada. Conozco al director del penal. El guardia se detuvo y se rió. Una risa fea, llena de dientes picados. —Uy, don David. El director está muy ocupado dando entrevistas sobre cómo no va a haber privilegios para nadie. Y su llamada… ya se la gastó anoche llamando a su hijo que ni le contestó. Así que siéntese y cállese. Aquí no manda usted. Aquí manda el que tiene los cigarros.
David cerró los ojos. La imagen de Yazmín, con su vestido barato y su dignidad intacta, lo atormentaba. —Ella ganó… —susurró—. La maldita cajera nos ganó.
Penal de Santa Martha Acatitla
Para Catalina, el infierno tenía un nombre diferente. La habían puesto en una celda de transición con otras cinco mujeres. Mujeres que no olían a Chanel No. 5. Mujeres que la miraban con una mezcla de curiosidad y hambre. Catalina estaba en un rincón, abrazando sus rodillas. Le habían quitado las extensiones de cabello porque tenían broches de metal, y su pelo real, fino y escaso, colgaba triste alrededor de su cara sin maquillaje. Sin sus cremas, sin sus fajas, sin su postura altiva, Catalina parecía una anciana frágil.
—Oye, tú eres la del video, ¿no? —preguntó una mujer con tatuajes en el cuello, masticando un chicle con la boca abierta. Catalina no respondió. —¡Te estoy hablando, ruca! —La mujer le dio una patada suave en la espinilla. Catalina chilló. —¡No me toques! ¡Soy Catalina Montemayor! —Aquí eres la interna 4589, pendeja —dijo la mujer—. Y vi el video en el celular de la custodia. Te burlaste de la chava por ser pobre. ¿Y ahora? Mírate. Estás en el mismo hoyo que nosotras.
Catalina empezó a llorar, pero sus lágrimas no conmovieron a nadie. —Espero que estés feliz, Yazmín —pensó con amargura—. Espero que te atragantes con tu dinero.
De vuelta en mi departamento, decidí que no me iba a esconder. Tenía turno en el supermercado a las 2:00 p.m. Podría haber renunciado por teléfono. Podría haber comprado la cadena entera si quisiera. Pero tenía un punto que probar. Yazmín Bautista no huye. Y Yazmín Bautista cumple con sus responsabilidades.
Me bañé, me puse mi uniforme rojo —esa casaca de poliéster que tantas veces me hizo sentir invisible— y me recogí el pelo en una coleta. Me miré al espejo. Sin el maquillaje de boda, sin el vestido, volvía a ser la cajera. Pero mis ojos eran diferentes. Ya no bajaban la mirada.
Salí a la calle. Me puse unos lentes oscuros y una gorra, esperando pasar desapercibida. Ilusa de mí. En el momento en que llegué a la entrada de empleados del supermercado, vi que había una camioneta de Ventaneando estacionada afuera. Me metí rápido por la puerta de servicio antes de que me vieran.
Entré a la sala de descanso y el silencio fue instantáneo. Mis compañeros —Doña Mari de la panadería, Luis el de los carritos, y Sofía de cajas— estaban ahí, comiendo sus tortas. Todos tenían sus celulares en la mano. Todos estaban viendo mi video. Cuando me vieron entrar, Doña Mari dejó caer su torta. —Mija… —dijo, con los ojos como platos—. ¿Es cierto? ¿Todo eso es cierto?
Me quité los lentes oscuros. —Sí, Doña Mari. Todo es cierto. Luis soltó un silbido. —No mames, Yaz. Tienes 300 millones de dólares y vienes a checar tarjeta. Estás loca. —Vengo a trabajar, Luis. Hoy es día de inventario.
En ese momento, la puerta de la oficina del gerente se abrió de golpe. Salió el Señor González. El típico gerente medio déspota que se siente dueño de la empresa pero gana apenas un poco más que nosotros. El hombre que me había negado permisos para llevar a mi mamá al doctor mil veces. Se detuvo frente a mí. Estaba rojo, sudando. —Bautista —dijo, pero su voz temblaba—. Bautista… eh… Yazmín. —Buenas tardes, Señor González —dije, caminando hacia el reloj checador. —¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, incrédulo—. Hay periodistas afuera. La central me está llamando. Dicen que… dicen que eres la nueva dueña de… bueno, no de la tienda, pero que eres socia de Jang, y Jang está comprando…
Lo interrumpí poniendo mi huella digital en el checador. BIP. Entrada registrada: 14:01. —Llegué un minuto tarde, Señor González. Descuéntemelo de mi nómina, por favor. Me giré hacia él con una sonrisa dulce. —Y sobre los periodistas… dígales que estoy ocupada. La caja 4 no se atiende sola.
Caminé hacia el piso de ventas. El turno fue surrealista. Los clientes me reconocían. Algunos se acercaban tímidamente a pedirme una foto. Otros me miraban con miedo. Una señora, la misma que siempre se quejaba de que no le aceptaba los cupones vencidos, pasó por mi caja. —Señorita… eh… señora Bautista —dijo, poniendo sus cosas con cuidado—. Felicidades por su boda. —Gracias, señora. Son 500 pesos. ¿Va a querer redondear sus centavos para la fundación de niños con cáncer? —Sí, sí. Redondee todo. Cobre lo que quiera.
A mitad del turno, mi celular vibró en mi bolsillo. Otro mensaje del número desconocido. “Valiente al volver al trabajo. Pero descuidada. David ya cantó en el interrogatorio. Mencionó a ‘El Ingeniero’. ¿Sabes quién es? Deberías. Él fue quien realmente apagó las cámaras esa noche. David solo dio la orden. El Ingeniero ejecutó.”
Me congelé con una lata de elotes en la mano. “El Ingeniero”. Ese apodo… Mi papá lo mencionaba a veces. “El Ingeniero dice que el código puede optimizarse”. Yo siempre pensé que se refería a algún colega anónimo. Pero si David no sabía de tecnología… si David era solo el dinero… alguien tuvo que ayudarlo a entender qué robar. Alguien tuvo que saber cómo entrar al sistema de seguridad que mi propio padre diseñó.
Pedí mi descanso y salí al callejón trasero, lejos de las cámaras y los compañeros. Marqué al número desconocido. Sonó tres veces. —¿Quién eres? —pregunté cuando descolgaron. Una voz distorsionada, digitalizada, respondió. —Alguien que también odiaba a David. Pero que odia más los cabos sueltos. Busca en los archivos de nómina de 2009. Busca a quien cobraba como “Consultor Externo”. Ahí encontrarás a tu siguiente fantasma. Colgaron.
Mi venganza contra los Montemayor estaba completa. Estaban destruidos. Pero ahora entendía que los Montemayor eran solo la cara visible del monstruo. Había alguien más. Alguien en las sombras. Regresé a mi caja. Terminé mi turno. Y cuando salí, a las 10:00 p.m., las cámaras de televisión me rodearon. —¡Yazmín! ¡Yazmín! ¿Qué se siente ser multimillonaria? ¿Qué vas a hacer ahora? Miré a la cámara, con la misma frialdad con la que había destruido la boda. —Se siente bien —dije—. Pero no he terminado. —¿No ha terminado? —preguntó una reportera—. ¿Qué falta? —Limpiar la casa completa —respondí—. Solo saqué la basura grande. Faltan las ratas que se esconden en las paredes.
Días después: La Sentencia Social y Legal
La caída fue rápida y brutal. La Fiscalía General de la República, presionada por la atención mediática internacional, no pudo hacerse de la vista gorda. El juicio fue el evento televisivo de la década. David intentó alegar demencia. No funcionó. Catalina intentó alegar ignorancia. Los videos de la boda, donde admitía conocer el apellido “Bautista” y reaccionaba con miedo, la hundieron. Emilio… pobre Emilio. Intentó vender una entrevista exclusiva a una revista de chismes para pagar su defensa. La titularon: “Fui una víctima de mi propia familia”. Nadie la compró. El público lo odiaba más por cobarde que por cómplice.
La sentencia llegó tres meses después.
David Montemayor: Cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por homicidio calificado con premeditación, alevosía y ventaja. En el momento de la sentencia, David se rompió. Lloró frente al juez. —Yo maté a Guillermo Bautista —confesó, finalmente, ante el mundo—. Robé su trabajo. Construí todo sobre una mentira. Perdóname, Dios.
Catalina Montemayor: 20 años de prisión por complicidad, encubrimiento y lavado de dinero. Cuando la sacaban de la sala del tribunal, me vio sentada en la primera fila. Se detuvo un segundo. Ya no tenía su brillo. Era una mujer acabada. —Espero que estés feliz —me escupió—. Nos quitaste todo. La miré a los ojos, sintiendo una extraña paz. —No estoy feliz, Catalina —le respondí, y era la verdad—. La felicidad no viene de la venganza. Pero estoy en paz.
Emilio Montemayor: Fue absuelto de los cargos criminales graves por falta de pruebas directas en el asesinato (él era un niño cuando ocurrió), pero quedó en la ruina total. Con las deudas heredadas y el estigma social, se convirtió en un paria. La última vez que supe de él, estaba trabajando de valet parking en un restaurante de mariscos en la colonia Roma.
Seis meses después.
Mi oficina en Reforma tiene vista a toda la ciudad. Es un edificio de cristal y acero, la nueva sede de la Fundación Guillermo Bautista. Ya no soy la Vicepresidenta de Adquisiciones de Jang. Renuncié después de asegurarme de que la tecnología de mi padre fuera liberada como Open Source, tal como él quería. Ahora, cualquiera puede usar el algoritmo para mejorar sistemas hospitalarios y educativos sin pagar un centavo.
Me dedico a invertir en startups de tecnología fundadas por jóvenes de barrios marginados. Chicos que, como yo, tienen el talento pero no las oportunidades. En mi pared, enmarcado en una caja de cristal con iluminación de museo, cuelga el vestido. El vestido de $479 pesos. Debajo, la placa dice: “Este vestido de $47.99 destruyó un imperio de mil millones. Nunca subestimes el poder de la paciencia.”
Sigo trabajando en Target una vez al mes. La gente cree que es excentricidad de millonaria. —¿Por qué lo haces? —me preguntan—. Podrías estar en Mónaco. —Porque no hay vergüenza en el trabajo honesto —les respondo—. La única vergüenza es robar, mentir y destruir a otros para subir tú.
Pero hay otra razón por la que sigo ahí. El mensaje del “Ingeniero”. Descubrí quién era el consultor externo en 2009. El nombre en la nómina era “J. González”. Mi gerente. El hombre gris que me había hecho la vida imposible. El hombre que parecía no tener ambición, pero que había estado ahí, en la periferia, todo el tiempo.
Hoy es mi día de turno en el supermercado. Estoy en la caja 4. El Señor González pasa supervisando. Me mira con ese desprecio mezclado con miedo que ahora me tiene. No sabe que ya lo sé. No sabe que la Fundación Bautista acaba de comprar la cadena de supermercados esta mañana. No sabe que soy su jefa suprema. Y no sabe que tengo a un equipo forense digital revisando su computadora personal mientras él camina por los pasillos.
—Bautista, hay fila en la caja 3. Muévase —me ladra. Sonrío. —Enseguida, Señor González. Paso un código de barras. BIP. La venganza es un plato que se sirve frío. Y a veces, se sirve en abonos chiquitos. David y Catalina cayeron en un día. Pero para las ratas que se esconden mejor… necesito más tiempo. Y tengo todo el tiempo y el dinero del mundo.
Soy Yazmín Bautista. Destruí un imperio con un vestido barato. Honré a mi padre con una boda roja. Y si esta historia te golpeó, si alguna vez te has sentido pequeño ante los gigantes… recuerda: Documenta todo. Construye en silencio. Y golpea con precisión.
Tu día llegará. Y cuando llegue… asegúrate de llevar el vestido correcto.
FIN