
CAPÍTULO 1: DONDE CRISTO PERDIÓ EL HUARACHE
El autobús de segunda clase, un armatoste viejo que olía a diésel quemado y a sudor rancio, dio un último frenazo brusco que casi hace que Valeria se estampe contra el asiento de enfrente. El chirrido metálico de los frenos resonó como un lamento en medio de la nada. El conductor, un hombre panzón con una camisa desabotonada que dejaba ver una cadena de oro falsa entre el pelo del pecho, gritó con voz ronca:
—¡San Isidro de las Manzanas! ¡El que baja, baja, que no tengo todo el día!
Valeria despertó de su aturdimiento, se acomodó la mochila deshilachada sobre el hombro y agarró su maleta de tela, esa que había sido su única compañera fiel durante los últimos tres años de rodar de casa en casa. Al bajar los escalones, el polvo del camino de terracería se le metió en la nariz, haciéndola estornudar.
—Salud —murmuró para sí misma, porque nadie más lo iba a hacer.
Se quedó parada a la orilla del camino mientras el autobús arrancaba, escupiéndole una nube de humo negro en la cara antes de perderse tras la curva del monte. El silencio cayó de golpe. Un silencio pesado, profundo, solo roto por el zumbido de las cigarras y el viento moviendo las copas de los pinos gigantescos que parecían tocar el cielo.
—Así que esto es… —susurró Valeria, girando sobre sus talones para ver el paisaje.
Estaba, literalmente, donde Cristo perdió el huarache. O tal vez, donde se le olvidó regresar por él.
San Isidro no era ni siquiera un pueblo propiamente dicho; era un puñado de casas dispersas aferradas a la falda de la sierra michoacana, con calles de tierra y perros flacos que ladraban por obligación más que por ganas. El aire, eso sí, era distinto. Olía a ocote, a tierra mojada y a leña quemada. Un olor que le picaba en los ojos pero que, extrañamente, le llenaba los pulmones de algo que se sentía como libertad.
Valeria sacó de su bolsillo el papel arrugado que le había dado la licenciada del DIF (Desarrollo Integral de la Familia) hacía dos días. Recordó la conversación con amargura.
—Mira, Valeria, ya cumpliste los dieciocho. Ya no eres problema del Estado —le había dicho la mujer sin siquiera mirarla a los ojos, tecleando furiosamente en su celular—. No hay presupuesto para prórrogas. Pero, mira tú qué suerte, revisando los archivos de propiedades incautadas o abandonadas que nadie quiere… digo, que están disponibles, salió esto. Una casita en la sierra. Es tuya. Tómala, fírmame aquí y que Dios te bendiga.
“Suerte”, había dicho. Valeria soltó una risa seca, sin humor. La suerte y ella no se hablaban desde que sus padres murieron en aquel accidente cuando ella tenía seis años. Desde entonces, su vida había sido una serie de catástrofes, rechazos y la fría burocracia de un sistema que la trataba como un número de expediente más.
Caminó arrastrando la maleta, cuyas rueditas ya no giraban bien y se atoraban con cada piedra del camino. Según las indicaciones garabateadas en el papel, su “herencia” estaba al final del camino principal, “pasando la tienda de Don Goyo, a mano derecha, donde termina el empedrado”.
El sol del mediodía caía a plomo. Valeria sentía el sudor bajándole por la espalda. Pasó frente a la miscelánea que debía ser la de Don Goyo. Unos viejitos sentados en cajas de refresco la miraron con curiosidad descarada, de esa que no se molesta en disimular.
—¡Buenas tardes! —dijo ella, intentando sonar educada.
—’Nas tardes… —respondieron en coro, sin mover un músculo más que los labios.
Siguió caminando. Sus zapatos, unos tenis Converse que ya habían vivido mejores épocas y tenían la suela pegada con Kola Loka, empezaban a lastimarle. Pero no se detuvo. No podía. No tenía a dónde más ir y en su bolsa solo le quedaban doscientos pesos. Doscientos pesos para empezar una vida nueva. “Chale”, pensó, “ni para la despensa de una semana me va a alcanzar”.
Finalmente, el camino se acabó. El empedrado dio paso a la hierba crecida y a la maleza. Y allí, al final de un sendero que parecía que nadie había pisado en una década, estaba.
Valeria soltó la maleta. Se le cayó el alma a los pies.
—No puede ser… —gimió, llevándose las manos a la cabeza.
La “casa” no era una casa. Era un desastre arquitectónico que se mantenía en pie por pura terquedad. Las paredes de adobe estaban carcomidas por la humedad, mostrando las entrañas de paja y lodo. El techo de teja tenía agujeros por donde seguramente cabía un cristiano entero. Las ventanas no tenían vidrios, solo unos postigos de madera podridos que colgaban de una sola bisagra, golpeando rítmicamente contra el marco con el viento: clac, clac, clac.
Parecía la escenografía de una película de terror de bajo presupuesto.
Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero se mordió el labio hasta que le dolió. “No vas a llorar, Valeria. No les vas a dar el gusto”, se regañó a sí misma. “Ya estás aquí. Es esto o dormir abajo del puente”.
Se acercó a la puerta principal. Sacó la llave grandota y oxidada que le habían dado. Le temblaba la mano. Intentó meterla en la cerradura, pero estaba atascada.
—¡Ábrete, por favor, ábrete! —suplicó, forcejeando.
Le dio una patada a la parte baja de la puerta, fruto de la desesperación, y con un crujido lastimero, la madera cedió. La puerta se abrió, no por la llave, sino porque el marco estaba tan podrido que el cerrojo ya no agarraba nada.
Valeria entró.
Si por fuera se veía mal, por dentro era para ponerse a rezar el rosario completo. El olor a encierro era tan fuerte que era casi sólido; olía a ratón muerto, a polvo de siglos y a soledad. Mucha soledad.
Dejó la maleta en la entrada y caminó despacio, como si tuviera miedo de que el piso se le abriera bajo los pies. La sala tenía unos muebles cubiertos con sábanas que ahora eran grises de tanto polvo acumulado. Levantó una esquina de la sábana de lo que parecía un sillón y salió disparada una familia de cucarachas que corrieron a esconderse en las grietas del suelo.
—¡Ay, guácala! —gritó Valeria, dando un saltito hacia atrás.
Siguió explorando. Había una cocina con una estufa de leña que se veía tiznada y vieja, pero entera. Una mesa de madera maciza que, sorprendentemente, no cojeaba. Y al fondo, un cuarto con un catre de metal sin colchón.
Se sentó en el borde de la mesa de la cocina, la única superficie que no parecía tener vida propia, y miró a su alrededor. El silencio de la casa era abrumador. Se sentía observada por las sombras de las esquinas.
—¿Y ahora qué hago? —dijo en voz alta. Su voz rebotó en las paredes vacías.
La realidad le cayó de golpe como cubetada de agua helada. Estaba sola. Completamente sola en un pueblo donde no conocía a nadie, en una casa que se estaba cayendo a pedazos, sin dinero, sin comida y sin familia. El miedo, ese viejo conocido que siempre la acechaba en las noches, empezó a treparle por la garganta.
Recordó las palabras de la directora del orfanato el día que se fue: “Valeria, tienes carácter, pero el carácter no se come. Vas a tener que aprender a agachar la cabeza si quieres sobrevivir allá afuera”.
Valeria apretó los puños. Miró sus manos, manos jóvenes pero ya rasposas de tanto lavar ropa ajena y tallar pisos en el orfanato para ganarse unos pesos extra.
—¡Ni madres! —exclamó con rabia, poniéndose de pie de un salto—. ¡Ni madres que voy a agachar la cabeza!
Agarró su mochila y sacó lo poco que traía: una botella de agua medio vacía y un paquete de galletas Marías. Se las comió con avidez, sintiendo cómo el azúcar le daba un poco de energía. Luego, buscó en un rincón y encontró lo que parecía ser una escoba de varas, vieja y despeluchada, olvidada por los dueños anteriores o por quien fuera que vivió ahí hace mil años.
—Muy bien, casita de los espantos —dijo Valeria, arremangándose la blusa y atándose el cabello en una coleta alta—. Tú y yo vamos a tener una conversación muy seria. O cooperas, o te tiro yo misma a patadas.
Empezó a barrer. El polvo se levantó en nubes espesas que la hicieron toser hasta casi vomitar, pero no paró. Barría con furia, como si con cada escobazo estuviera sacando no solo la tierra, sino también los malos recuerdos, los desprecios de las trabajadoras sociales, las miradas de lástima, el hambre, el frío.
Barría llorando, sí, pero sin dejar de mover los brazos. Las lágrimas se le mezclaban con el sudor y el polvo, creándole surcos de lodo en las mejillas.
—¡No me vas a ganar! —le gritaba a la mugre—. ¡Esta es MI casa! ¡Mía! ¡Nadie me va a correr de aquí!
Estaba tan enfrascada en su guerra contra la suciedad, peleándose con una telaraña gigante en una esquina del techo, que no escuchó que alguien se acercaba por el camino. No escuchó los pasos pesados sobre la grava, ni el murmullo de voces.
De repente, tres golpes secos en el marco de la puerta abierta la hicieron girar en seco, con la escoba en alto como si fuera un bate de béisbol, lista para atacar.
—¡¿Quién vive?! —gritó, con el corazón saliéndosele del pecho.
En el umbral, recortada contra la luz dorada de la tarde que empezaba a caer, había una silueta. Era una mujer. Grande, imponente, con las manos en la cintura y una postura que decía “aquí mando yo”.
—¡Válgame la virgen santa! —exclamó la mujer con una voz potente y cantarina—. Baja esa escoba, muchacha, que no soy el diablo, aunque a veces mi marido diga lo contrario cuando no le hago de comer.
La mujer dio un paso adentro. La luz le iluminó la cara. Era una señora de unos cincuenta años, de piel morena curtida por el sol, con unas trenzas grises recogidas sobre la cabeza y un delantal de cuadros rojos y blancos impecablemente limpio. Sus ojos eran negros, vivaces y brillantes, y la miraban con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—Soy Chuy —dijo la mujer, extendiendo una mano que parecía tan fuerte como la de un albañil—. Doña Chuy pa’ los escuincles. Vivo en la casa de allá abajo, la que tiene las macetas de geranios. Te oímos gritar desde allá y le dije a mi viejo: “Pancho, o se metió un nahual a la casa vieja, o llegó alguien que está muy enojado con la vida”.
Valeria bajó la escoba lentamente, sintiendo cómo la adrenalina se le bajaba y le dejaba un temblor en las piernas.
—Soy Valeria… —dijo con un hilo de voz—. Perdón, me asusté.
Doña Chuy ignoró la disculpa y miró a su alrededor, arrugando la nariz. Pasó un dedo por la mesa que Valeria acababa de medio limpiar y miró el polvo en su yema.
—Híjole, m’ija… —silbó Doña Chuy—. Pues sí que te aventaron al ruedo sin capote. Esto no es una casa, es un chiquero con techo. ¿A poco piensas quedarte aquí?
—Es lo único que tengo —respondió Valeria, levantando la barbilla, defensiva. No quería lástima. No de nuevo.
Doña Chuy la miró fijamente. Miró su ropa gastada, su cara sucia de lodo y lágrimas, y esa chispita de orgullo en sus ojos que se negaba a apagarse. La señora sonrió, y fue una sonrisa que transformó su cara dura en la de una abuela bondadosa.
—Pues si es lo único que tienes, habrá que hacer que valga la pena, ¿no? —Doña Chuy se giró hacia la puerta y gritó con una potencia pulmonar envidiable—: ¡Panchooo! ¡Tráete la caja de herramientas y dile a la Lupita que mueva las nalgas y se traiga las cubetas y el cloro! ¡Aquí hay chamba!
Valeria parpadeó, confundida.
—Oiga, no… no tengo dinero para pagarle… —empezó a decir, angustiada.
Doña Chuy se soltó una carcajada que retumbó en las paredes vacías.
—¿Dinero? ¡Bah! Aquí en la sierra el dinero sirve pa’ dos cosas: pa’ nada y pa’ lo mismo. Hoy por ti, mañana por mí. Además, ya me hacía falta chisme nuevo, que Doña Cleta ya me tiene harta con sus cuentos de que si la virgen le habla en las tortillas.
Doña Chuy se acercó a Valeria y, sin pedir permiso, le dio un abrazo rápido y fuerte, de esos que te acomodan los huesos.
—Bienvenida al barrio, Valeria. Ahorita arreglamos este desmadre, vas a ver.
Y en ese momento, por primera vez en años, Valeria sintió que las piernas le fallaban no de miedo, sino de alivio. Se dejó caer sentada en la silla coja, se tapó la cara con las manos y lloró. Pero esta vez, no estaba sola.
CAPÍTULO 2: EL CALOR DE UN HOGAR AJENO
No pasaron ni diez minutos cuando el silencio del bosque se rompió de nuevo, pero esta vez no por el viento, sino por el ruido de un motor asmático. Una camioneta pick-up Ford del año del caldo, de esas que ya no tienen color sino una mezcla de óxido y parches de pintura, se estacionó frente a la casa de Valeria.
Del lado del conductor bajó un hombre que parecía tallado en la misma madera de los pinos que los rodeaban. Don Pancho. Era un señor robusto, de bigote espeso y canoso que le cubría el labio superior, sombrero de paja ya muy vivido y una camisa de cuadros desabotonada en el cuello. Caminaba despacio, con esa calma de quien sabe que el trabajo no se va a ir a ninguna parte.
Del otro lado saltó una muchacha. Lupita. Era la viva imagen de la juventud: morena, con el cabello negro y lacio suelto hasta la cintura, y unos ojos que chispeaban con picardía. Traía puesta una camiseta de un grupo musical y unos jeans desgastados. Cargaba dos cubetas llenas de trapos, cepillos y botellas de cloro como si no pesaran nada.
—¡Jefe, apúrele con la caja! —gritó Lupita, entrando a la casa como si fuera la dueña—. ¡Mi amá dice que esto urge!
Don Pancho bajó una caja de herramientas metálica, pesada, que al chocar contra el suelo sonó como una promesa de reconstrucción. Se quitó el sombrero al entrar, en un gesto de respeto automático.
—Buenas tardes —dijo con voz grave, profunda—. Dice la patrona que aquí hace falta mano de obra.
Valeria, que seguía sentada con los ojos rojos, se puso de pie de un salto, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sentía una vergüenza enorme. No estaba acostumbrada a que la gente entrara a su espacio, mucho menos para ayudar.
—Buenas tardes… señor, de verdad, no es necesario… —balbuceó Valeria.
Doña Chuy, que ya estaba inspeccionando la cocina, salió con una escoba en la mano y la interrumpió tajante:
—¡Shhh! Calla, boca. Pancho, mira ese techo. Si llueve, la muchacha se nos ahoga. Y tú, Lupita, ponte con los vidrios… bueno, con lo que queda de los vidrios.
—¡Órale, pues! —contestó Lupita, guiñándole un ojo a Valeria—. Tú tranqui, nueva. En dos patadas dejamos esto como palacio de telenovela. ¿Cómo te llamas?
—Valeria.
—Bonito nombre. Yo soy Lupita. Y te advierto una cosa: mi mamá no para hasta que ve su reflejo en el piso, así que prepárate para sudar la gota gorda.
Y así, sin más preámbulos, comenzó la “faena”. En los pueblos de México, la faena es sagrada; es el trabajo comunitario, el echarse la mano. Valeria nunca había vivido algo así. En el orfanato, la limpieza era un castigo o una obligación rotativa que se hacía de mala gana. Aquí, se sentía como una fiesta extraña.
Don Pancho se subió a una silla y empezó a martillar las vigas del techo que estaban sueltas. No hablaba mucho, solo gruñía de vez en cuando o pedía clavos, pero su presencia era tranquilizadora. Era la figura paterna que protegía, que aseguraba que el techo no se cayera encima.
Lupita puso música en su celular a todo volumen. Cumbias y banda empezaron a retumbar en las paredes vacías.
—¡Pa’ que agarres ritmo, Val! —gritó, mientras tallaba las ventanas con periódico y vinagre.
Valeria, contagiada por la energía, agarró un cepillo de raíces y se puso de rodillas a tallar el piso de cemento pulido. Doña Chuy le echaba agua y jabón en polvo con generosidad.
—¡Tállale fuerte, m’ija! —le instruía Doña Chuy—. ¡Sácale la mugre y las malas vibras! Que este piso brille para que tu suerte cambie.
Pasaron las horas. El sol comenzó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y morado a través de los huecos de las ventanas. El olor a podrido y a encierro fue desapareciendo, reemplazado por el olor picante y limpio del cloro y el fabuloso de lavanda.
Valeria estaba exhausta. Le dolían los brazos, las rodillas y la espalda. Tenía las manos arrugadas por el agua y una mancha de tizne en la frente. Pero cuando se detuvo y miró a su alrededor, no pudo evitar sonreír.
La casa seguía siendo vieja y humilde, sí. Pero ya no parecía un cadáver abandonado. El piso estaba limpio, las telarañas habían desaparecido, los muebles sacudidos ya no parecían fantasmas bajo las sábanas (que Doña Chuy había mandado a Lupita a lavar al lavadero de afuera). Don Pancho había logrado enderezar la puerta principal y ponerle un cerrojo nuevo que traía en su camioneta “por si las dudas”.
—Bueno —dijo Don Pancho, secándose el sudor de la frente con un pañuelo rojo—, ya quedó lo más pior. Mañana le echo un ojo a la instalación eléctrica, porque ahorita no tienes luz, chamaca.
—Tengo unas velas —dijo Valeria, agradecida.
—Con eso te apañas hoy —asintió el hombre—. Pero no te quedes a oscuras mucho rato, que el monte de noche engaña a la vista.
En ese momento, el estómago de Valeria rugió. Fue un sonido fuerte, gutural, que resonó en la sala ahora silenciosa. Se puso roja hasta las orejas.
Doña Chuy soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—¡Ese es el mejor timbre para la cena! Pancho, bájame la olla que dejé en la camioneta.
Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa de madera, ahora limpia. Doña Chuy sirvió en platos de plástico que traía: un guisado de chicharrón en salsa verde, frijoles de la olla y tortillas recién hechas envueltas en una servilleta bordada que las mantenía hirviendo.
Valeria tomó una tortilla. Estaba suave, calientita, y olía a maíz de verdad, no a las tortillas de paquete frías y tiesas que comía en la ciudad. Le dio una mordida y cerró los ojos. El sabor del chicharrón, picosito y sabroso, le explotó en la boca.
—Está… está riquísimo —dijo con la boca llena, sin poder contenerse.
—Come, flaca, que te hace falta carne en esos huesos —le dijo Doña Chuy, sirviéndole más frijoles—. Aquí en la sierra se trabaja duro y se come bien.
Mientras comían, Lupita la interrogó con la curiosidad inocente de quien no conoce la maldad.
—¿Y por qué te viniste sola? ¿No tienes novio? ¿Hermanos?
Valeria bajó el taco. El ambiente se tensó un poco. Don Pancho le lanzó una mirada de advertencia a su hija, pero Valeria negó con la cabeza y sonrió tristemente.
—No. No tengo a nadie. Mis papás murieron cuando yo era chiquita. Crecí en casas hogar del gobierno. Y pues… cumplí dieciocho y me dijeron “adiós”. Esta casa fue lo único que me dieron.
Un silencio respetuoso cayó sobre la mesa. Lupita abrió los ojos como platos, arrepentida de su pregunta. Doña Chuy dejó de comer y miró a Valeria con una intensidad que le llegó al alma. No era lástima. Era reconocimiento.
—Pues ya no —dijo Doña Chuy firmemente, rompiendo el silencio—. Ya no estás sola. Aquí somos metiches, ruidosos y a veces Pancho huele a chivo, pero somos familia. Y en San Isidro, los vecinos son parientes que la vida te regala.
Valeria sintió que la garganta se le cerraba, pero esta vez de emoción. Asintió, incapaz de hablar, y siguió comiendo para ocultar las lágrimas que querían salir otra vez.
Cuando terminaron y la familia recogió sus cosas para irse, la noche ya había caído completamente sobre la sierra. El bosque se había transformado en una muralla negra de sombras y ruidos desconocidos.
—Ahí te dejamos el quinqué de petróleo por si se te acaban las velas —dijo Don Pancho desde la puerta—. Tranca bien la puerta. Y cualquier cosa, gritas. Tenemos el sueño ligero.
—Descansa, Val —se despidió Lupita—. Mañana paso por ti pa’ que conozcas el pueblo de día.
—Gracias… gracias por todo —les dijo Valeria.
La camioneta arrancó y se alejó, llevándose la luz de sus faros y el ruido reconfortante. Valeria se quedó sola de nuevo.
Cerró la puerta y pasó el cerrojo nuevo. El clic del metal le dio una pizca de seguridad. Encendió las velas y el quinqué, y las sombras bailaron en las paredes de adobe. La casa, aunque limpia, seguía siendo antigua y crujía. El viento silbaba por las rendijas del techo. Afuera, los grillos cantaban una sinfonía ensordecedora y, a lo lejos, se oía el aullido de un coyote.
Valeria armó una “cama” en el catre con las cobijas gruesas de lana que Doña Chuy le había prestado. Olían a suavizante y a hogar. Se acostó vestida, mirando las vigas del techo iluminadas por la luz temblorosa de la vela.
Tenía miedo. Claro que tenía miedo. Estaba en medio de la nada, vulnerable. Pero por primera vez en su vida, debajo de ese miedo, había una brasa encendida de esperanza. Tenía un techo. Tenía el estómago lleno. Y tenía vecinos que sabían su nombre.
—Buenas noches, mamá. Buenas noches, papá —susurró a la oscuridad, como hacía todas las noches desde los seis años.
Esta vez, sintió que tal vez, solo tal vez, ellos la habían guiado hasta ahí.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en un mes. Valeria aprendió que la vida en el campo no era para los débiles.
Despertarse a las cinco de la mañana con el canto de los gallos (especialmente el gallo Claudio de Doña Chuy, que parecía tener un amplificador en la garganta) se volvió su nueva alarma. Aprendió a sacar agua del pozo sin lastimarse la espalda, aunque le salieron callos en las manos que le ardían por las noches. Aprendió a calentar el agua en la estufa de leña para bañarse a jicarazos, temblando de frío en las mañanas heladas de la sierra.
Pero también aprendió cosas hermosas. Aprendió a distinguir el canto del cenzontle del de la calandria. Aprendió que si saludabas a la gente en la calle con un “Buenos días, ¿cómo amaneció?”, te regalaban una sonrisa y a veces una naranja o un pan dulce.
Su mayor triunfo fue conseguir trabajo. No fue fácil. En un pueblo tan chico, los empleos escasean. Pero Lupita, que conocía a todo el mundo, la llevó al Jardín de Niños “Rayito de Sol”.
La directora, una maestra jubilada llamada Maestra Toñita, la miró por encima de sus lentes bifocales.
—No tengo presupuesto para plaza de maestra, niña. Y no tienes título.
—No importa, maestra —suplicó Valeria—. Puedo limpiar, puedo ayudar a cuidar a los niños en el recreo, puedo preparar el material. Aprendo rápido y no cobro mucho.
La Maestra Toñita, viendo la desesperación y la honestidad en los ojos de Valeria, suspiró.
—Está bien. Te puedo dar una “compensación” de la caja chica. Son mil quinientos pesos a la quincena. Es poco, lo sé, pero es lo que hay.
—¡Lo tomo! —dijo Valeria casi gritando.
Mil quinientos pesos. Era una miseria para los estándares de la ciudad, pero aquí, donde casi todo se resolvía con trueque o regalos, era su tesoro.
Con su primer sueldo, Valeria compró lo básico: arroz, frijol, aceite, jabón y, su mayor lujo, una cortina de tela floreada para la ventana de la cocina. Quería que su casa se viera bonita.
Sin embargo, la realidad económica siempre estaba acechando. La casa necesitaba reparaciones mayores. Una lluvia fuerte reveló que el techo tenía más goteras de las que Pancho había tapado. Necesitaba láminas, impermeabilizante, cemento. Y el dinero apenas le daba para comer.
A finales de octubre, la situación se puso crítica. Valeria llevaba tres días comiendo puros frijoles con tortillas duras. Se le había acabado el gas para la estufa pequeña que había comprado de segunda mano y tenía que cocinar todo con leña, lo cual era tardado y cansado.
Fue un sábado por la tarde cuando Lupita llegó corriendo a su casa, con la cara roja de emoción.
—¡Val! ¡Val, salte! —gritó desde la cerca.
Valeria salió, sacudiéndose las manos llenas de tierra del pequeño huerto que intentaba cultivar (con poco éxito, todo hay que decirlo; sus tomates parecían canicas tristes).
—¿Qué pasó? ¿Se quema el monte? —preguntó alarmada.
—¡No, mensa! —se rió Lupita—. ¡Llegaron los hongos!
—¿Los qué?
—¡Los hongos! Los de san juan, las patitas de pájaro, los azules. Mi tío Chema bajó hoy del cerro y dice que con las lluvias de la semana pasada, el monte alto está retacado de hongos.
Valeria la miró sin entender.
—Ajá… ¿y eso qué?
Lupita rodó los ojos, exasperada por la ignorancia urbana de su amiga.
—¡Pues que se comen y se venden, mujer! Si subimos mañana temprano y llenamos unas buenas canastas, los podemos vender en el mercado de la cabecera municipal el domingo. Los de la ciudad pagan lo que sea por hongos silvestres. ¡Podemos sacar hasta quinientos o mil pesos en un día si nos va bien!
Los ojos de Valeria se iluminaron. Mil pesos. Eso era casi una quincena de su trabajo. Con eso podía comprar las láminas para el techo y tal vez hasta un pollo rostizado para celebrar.
—¿Es difícil? —preguntó.
—Nah, es nomás caminar y tener buen ojo. Mi mamá no puede ir porque le duelen las rodillas, y mi papá anda en la siembra. Así que iríamos tú y yo. ¿Jalas o te rajas?
Valeria miró hacia la montaña que se alzaba detrás de su casa, imponente, verde oscura, cubierta de neblina en la cima. Se veía misteriosa y enorme. Había escuchado historias. Los viejos decían que el monte tenía dueño, que había duendes, que la gente se perdía si no pedía permiso.
—¿No es peligroso? —preguntó, sintiendo un escalofrío.
—¡Ay, qué miedosa me saliste! —se burló Lupita—. Llevamos toda la vida subiendo. Nomás no hay que salirse de las veredas conocidas. Además, yo me sé el camino como la palma de mi mano. Vamos, Val, piensa en la lana.
La palabra “lana” (dinero) fue la que decidió todo. El hambre y la necesidad son valientes, dicen.
—Está bien —dijo Valeria, respirando hondo—. Vamos.
—¡Eso! —festejó Lupita—. Paso por ti a las cinco de la mañana. Ponte botas y trae un suéter, que arriba cala el frío hasta los huesos. Y trae un cuchillo pa’ cortar los tallos.
Esa noche, Valeria preparó su mochila. Metió una botella de agua, su cuchillo de cocina (que afiló con una piedra como le enseñó Don Pancho) y un costal de ixtle.
Se acostó temprano, pero no podía dormir. El viento soplaba fuerte esa noche, golpeando la rama de un pino contra su ventana: toc, toc, toc. Parecía que el bosque la estaba llamando. O advirtiendo.
“Es solo un paseo”, se dijo a sí misma, dando vueltas en el catre. “Vamos, juntamos hongos, vendemos, y arreglo mi techo. Todo va a estar bien”.
No sabía que esa decisión, nacida de la necesidad y la inocencia, la llevaría a caminar directo hacia un misterio que llevaba años esperando ser descubierto. No sabía que en la inmensidad de esa sierra, los hongos eran lo menos valioso que iba a encontrar. Y definitivamente, no sabía que su vida estaba a punto de romperse para volverse a armar de una forma que ni en sus sueños más locos hubiera imaginado.
El gallo Claudio cantó a lo lejos, desafinado y ronco, anunciando que el destino ya estaba en marcha.
CAPÍTULO 3: LA VIDA EN LA SIERRA Y EL LLAMADO DEL MONTE
Las cinco de la mañana en la sierra no son solo una hora; son un estado físico. El frío a esa altura no te toca la piel, te muerde los huesos. Es un frío húmedo, pesado, que se cuela por debajo de las cobijas y te susurra que mejor no te levantes, que te quedes ahí hecho bolita hasta que salga el sol.
Valeria abrió un ojo cuando sonó la alarma de su celular viejo, con la pantalla estrellada. La oscuridad en la casa era absoluta, densa como tinta china. Se veía el vaho de su propia respiración flotando frente a su cara iluminada por la luz azul del teléfono.
—Ay, no… —gimió, escondiendo la nariz bajo la cobija de lana—. ¿En qué momento dije que sí?
Pero la necesidad tiene la memoria muy fresca. Recordó las goteras. Recordó los frijoles aguados de ayer. Recordó los mil pesos prometidos.
—¡A darle, Valeria, que el hambre es canija! —se animó a sí misma en voz baja.
Saltó del catre y el suelo de cemento le heló las plantas de los pies. Bailando de frío, se puso tres capas de ropa: una camiseta térmica que le había regalado una monja en el orfanato hacía años, una franela que compró en la paca por diez pesos, y su sudadera gris favorita, la única que no tenía agujeros. Encima, una chamarra de mezclilla que no calentaba nada pero cortaba el viento. Se puso dos pares de calcetines y sus botas de trabajo, esas que Don Pancho le había conseguido de segunda mano, un poco grandes, pero rellenadas con papel periódico ajustaban bien.
Apenas estaba terminando de amarrarse las agujetas cuando escuchó un chiflido afuera. Un chiflido peculiar, rítmico: fiu-fiuuu-fiu. La señal de Lupita.
Valeria agarró su mochila, el cuchillo, y salió.
El mundo afuera era mágico y aterrador a la vez. No había luna. El cielo estaba tapizado de estrellas, tantas y tan brillantes que parecía que alguien había tirado diamantina sobre terciopelo negro. La Vía Láctea se veía clarita, cruzando el firmamento como un río de leche.
—¡Quihubo, dormilona! —susurró Lupita desde la oscuridad. Solo se le veían los dientes blancos en la sonrisa y el brillo de una linterna de mano—. ¿Lista pa’ conquistar el monte?
—Tengo frío hasta en las pestañas, Lupita —contestó Valeria, tiritando mientras cerraba la puerta.
—Toma, pa’ que agarres calor.
Lupita le tendió un termo abollado. Valeria le dio un trago y sintió cómo el líquido hirviendo le bajaba por la garganta, reviviéndola. Era café de olla, dulce, con piloncillo y mucha canela, y un toquecito de “piquete” (un chorrito de alcohol de caña) que usaban los locales para aguantar las mañanas heladas.
—¡Ay, Dios! Esto revive a un muerto —dijo Valeria, tosiendo un poco pero agradecida.
—Vámonos, que el que madruga Dios lo ayuda, y los hongos no esperan.
Empezaron a caminar. Dejaron atrás las últimas casas del pueblo, donde los perros ladraban perezosamente a su paso. El camino de terracería pronto se convirtió en una vereda estrecha rodeada de zarzamoras silvestres y helechos gigantes.
Comenzaron el ascenso. Al principio, Valeria iba jadeando. Sus pulmones de ciudad, acostumbrados al smog y a la altura moderada, protestaban con el aire fino de la montaña. Pero Lupita marcaba un ritmo constante, ni muy rápido ni muy lento, el paso del montañés que puede caminar todo el día sin cansarse.
—Respira por la nariz, Val. No abras la boca que te entra el aire frío y te da dolor de caballo —le aconsejó Lupita, alumbrando el camino con la linterna.
A medida que subían, el cielo empezó a cambiar. El negro profundo dio paso a un azul marino, luego a un violeta intenso. Los perfiles de los cerros se recortaban contra el amanecer como gigantes dormidos. El olor era embriagador: pino, resina, tierra mojada y musgo.
—Oye, Lu… —preguntó Valeria cuando pararon un segundo a tomar aire—. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que el monte tiene dueño?
Lupita se puso seria un momento. Se persignó rápidamente.
—Pues mira… mi abuelo decía que sí. Que hay que pedir permiso antes de entrar. Que no hay que gritar ni tirar basura, porque los “Chanques” se enojan.
—¿Los Chanques?
—Son como duendes, cuidadores del bosque. Si les caes bien, te llenan el camino de flores y hongos. Si les caes mal, o si eres grosero con la naturaleza… te pierden. Te dan vuelta los caminos y nomás das vueltas en círculo hasta que te agarra la noche.
Valeria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Miró hacia la espesura de los árboles que los rodeaban, troncos inmensos de encinos y oyameles que parecían observarlas.
—No me asustes, mensa.
—No es pa’ asustar, es pa’ que tengas respeto —dijo Lupita, reanudando la marcha—. Pero tú eres buena gente, Val. El monte lo sabe. Nomás no te separes de mí.
Cuando el sol finalmente rompió el horizonte, pintando todo de dorado, llegaron a “La Mesa”, una planicie alta rodeada de bosque virgen. El espectáculo era impresionante. El suelo estaba cubierto de una alfombra de agujas de pino y musgo verde fosforescente. Y ahí, entre la humedad y la sombra, estaban ellos.
—¡Mira nomás qué chulada! —gritó Lupita en voz baja, señalando un tronco caído.
Estaba cubierto de hongos. Pero no cualquier hongo. Eran enormes, carnosos.
—Estos son hongos de san juan —explicó Lupita, sacando su navaja y cortándolos con una destreza quirúrgica, dejando la raíz para que volvieran a crecer—. Valen oro en el mercado. ¡Y mira allá! ¡Azules!
Valeria vio unas manchas de color índigo intenso entre la hojarasca. Eran hongos azules, Lactarius indigo, que al cortarlos soltaban una leche azulada.
—¡Son hermosos! —exclamó Valeria, agachándose.
La emoción de la recolección la invadió. Era una sensación primitiva, satisfactoria. Buscar, encontrar, cosechar. Cada hongo que metía en su costal era una moneda mental que caía en su alcancía. Uno para el arroz, otro para el aceite, cinco para la lámina del techo.
—¡Mira este, Lupita! ¡Es del tamaño de mi cabeza! —reía Valeria, mostrando un ejemplar perfecto.
—¡Ese es un pambazo! Buenísimo en quesadillas con epazote. ¡Vamos a hacernos ricas hoy, Val!
Pasaron un par de horas en un trance feliz. Las canastas y los costales se iban llenando. Valeria ya no sentía frío, ni cansancio. Estaba eufórica. Se sentía parte de algo más grande. Ya no era la huérfana de la ciudad; era una mujer de la sierra, proveyendo para sí misma con lo que la tierra le daba.
—Oye, Val —dijo Lupita, cuya voz sonaba un poco más lejana—. Voy a bajar a la cañada esa de allá, vi unos muy buenos desde aquí. Tú quédate por aquí cerca, no te muevas mucho que aquí la vereda se borra.
—Sí, sí, tú ve. Yo aquí sigo buscando —respondió Valeria distraída, limpiando la tierra de un hongo blanco precioso.
Valeria siguió con la mirada en el suelo, escaneando cada centímetro de tierra como un radar. Hongo, piedra, rama, hongo. Se movía despacio, en cuclillas.
Encontró un sendero de hongos rojos, pequeños y brillantes. No sabía si eran comestibles, así que no los tocó, pero eran tan bonitos que los siguió con la mirada. Más adelante, vio un arbusto denso y, detrás de él, lo que parecía ser una colonia entera de hongos blancos, grandes y perfectos.
“¡Madre mía!”, pensó. “Con esos completo la cubeta”.
Se levantó y caminó hacia el arbusto. Estaba un poco más lejos de lo que pensaba. Tuvo que rodear unos matorrales espinosos. Cuando llegó, efectivamente, era un tesoro. Se arrodilló y empezó a cortar frenéticamente.
Uno, dos, tres, diez hongos. Su costal ya pesaba considerablemente. Se sentía orgullosa.
—¡Lupita! —gritó sin voltear—. ¡Tienes que ver esto! ¡Encontré la mina de oro!
Nadie respondió.
—¿Lu? —Valeria se giró.
A sus espaldas, el paisaje había cambiado sutilmente.
En la sierra, el clima es traicionero. Mientras Valeria estaba agachada concentrada en su cosecha, la “borrega” había bajado. Así le dicen los locales a la niebla espesa que desciende de golpe, tragándose todo a su paso.
Ya no veía el claro donde habían estado antes. Ya no veía el sendero. Solo veía árboles grises difuminados por una pared blanca y húmeda que avanzaba rápido, devorando la luz del sol.
—¡Lupita! —gritó más fuerte, poniéndose de pie. Su voz sonó ahogada, como si gritara dentro de una caja de algodón. La niebla se comía el sonido.
El silencio regresó, pero ya no era el silencio paz de la mañana. Era un silencio pesado, opresivo.
Valeria sintió el primer piquete de pánico en el estómago.
—Ok, tranquila. No te paniquees. Lupita dijo que bajó a la cañada. La cañada debe estar… —giró sobre sus talones—… ¿hacia allá?
Dio unos pasos en la dirección que creía correcta. Caminó unos cinco minutos. La niebla se hacía más densa. Ya no veía más allá de tres metros frente a su nariz.
—¡LUPITA! —gritó con todas sus fuerzas.
Crak.
El sonido de una rama rompiéndose a su derecha la hizo saltar.
—¿Lupita? ¿Eres tú?
Nada. Tal vez fue un animal. Un conejo. O algo más grande. Recordó las historias de los pumas que bajaban cuando había sequía. O peor, las historias de gente mala que subía al cerro a hacer cosas que no debían.
El corazón le empezó a latir tan fuerte que lo sentía en la garganta. Empezó a caminar más rápido, casi corriendo.
—Tengo que encontrar el camino hacia abajo. Si bajo, llego al pueblo. Todo lo que baja llega al río, y el río lleva al pueblo —se repitió la lógica de supervivencia que había visto en la televisión.
Pero en la sierra, “abajo” es relativo. Bajó una pendiente resbalosa, agarrándose de las ramas para no caer. La tierra estaba suelta. Se resbaló y cayó de sentón, raspándose las manos.
—¡Maldita sea! —lloró de frustración y dolor. Se levantó, sucia y temblando.
Miró su celular. “Sin Servicio”. La batería estaba al 15%. El frío había drenado la energía del aparato.
—Por favor, Diosito. Por favor, mamá —susurró, con el miedo convertiéndose en terror puro—. Sácame de aquí.
Siguió caminando, ya sin rumbo fijo, guiada solo por la desesperación de alejarse del silencio. Los árboles parecían cambiar de forma con la niebla, convirtiéndose en monstruos de brazos largos que intentaban agarrarla. Cada sombra parecía una persona acechando.
Pasó una hora. O tal vez dos. Valeria había perdido la noción del tiempo. Tenía sed, pero ya se había acabado el agua. Le dolían las piernas.
De repente, el terreno se aplanó. Los árboles se abrieron un poco. Valeria se detuvo, jadeando, apoyando las manos en las rodillas.
Frente a ella, la niebla se disipó ligeramente, como si una mano invisible abriera una cortina para mostrarle algo.
Estaba en una especie de hondonada, un lugar donde la vegetación había crecido de forma salvaje y caótica, cubriendo todo con enredaderas y musgo. Pero había algo que no encajaba. Las formas bajo las enredaderas eran… geométricas. Rectas.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Una cabaña? —murmuró, esperanzada. Tal vez había gente.
Dio un paso adelante, apartando unos helechos gigantes con su cuchillo.
No era madera. Era metal.
Metal blanco, sucio, con rayas azules descarapeladas.
Y no era una cabaña. Era un ala. Un ala rota que salía de la tierra como la aleta de un tiburón varado en un mar de hojas verdes.
Valeria se quedó petrificada. El aire se le atoró en los pulmones. Frente a ella, semi devorada por la jungla de la sierra, yacía una avioneta pequeña. Parecía llevar ahí años, tal vez décadas. El fuselaje estaba inclinado, medio enterrado en el lodo de lo que parecía ser un antiguo pantano ahora seco.
Era una imagen fantasmal. Un objeto de la modernidad muerto en medio de la naturaleza primitiva.
—¿Qué rayos…? —susurró Valeria.
Miró alrededor. No había rastro de sendero, ni de presencia humana reciente. El avión parecía haber caído del cielo y haber sido olvidado por el mundo. ¿Habría… cuerpos adentro? La idea le revolvió el estómago.
Pero la curiosidad humana es un instinto poderoso, a veces más fuerte que el miedo. Valeria se acercó despacio, como si el avión fuera una bestia dormida que pudiera despertar y morderla.
Tocó el metal. Estaba helado y resbaloso por el musgo. Pasó la mano por el costado. Se veían letras despintadas: XB-… el resto era ilegible por el óxido.
Rodeó la cola del avión y llegó a la parte de la cabina. El cristal delantero estaba estrellado, opaco por la mugre de años. La puerta del piloto estaba entreabierta, colgando de una sola bisagra, oscilando milimétricamente con el viento, produciendo un ñiiiic-ñiiiic apenas audible que ponía los pelos de punta.
Valeria tragó saliva. Su mente le gritaba: ¡Corre! ¡Vete de aquí!. Pero sus pies no se movían. Había algo en ese naufragio aéreo que la llamaba. Una tristeza profunda emanaba de ese lugar.
Se subió a una roca grande cubierta de liquen para poder ver mejor hacia el interior de la cabina a través de la ventanilla lateral.
—¿Hola? —dijo. Su voz salió temblorosa, ridícula en medio de aquel cementerio de metal—. ¿Hay alguien?
Obviamente no iba a haber nadie. Era chatarra.
Estaba a punto de bajar y correr en dirección opuesta cuando escuchó el sonido.
No fue el viento. No fue un animal.
Fue un sonido humano. Inconfundible.
Un estornudo. Pequeño. Ahogado. Como de alguien que intenta no hacer ruido pero no puede evitarlo.
Achú.
Valeria se congeló. Se agarró del marco de la ventana con los nudillos blancos.
—¿Quién anda ahí? —gritó, esta vez con más fuerza, empuñando su cuchillo de hongos como si fuera una espada.
Silencio otra vez.
Pero luego, un sollozo. Un hipo quedito. El sonido de la respiración agitada de alguien que está aterrorizado.
Valeria acercó la cara al vidrio sucio y limpió un círculo con la manga de su sudadera. Entornó los ojos hacia la oscuridad del interior de la cabina.
Al principio solo vio sombras, cables colgando y asientos rotos. Pero luego, en el rincón más alejado, en el espacio de carga detrás de los asientos, vio algo que brillaba.
Eran dos ojos.
Dos ojos grandes, muy abiertos, enmarcados en una carita sucia de tierra y mocos.
No era un fantasma. No era un duende.
Era una niña.
Una niña de verdad, viva, temblando como una hoja, abrazada a sus propias rodillas, mirándola con el terror absoluto de quien ha visto al diablo.
Valeria sintió que el mundo se detenía. El bosque, el frío, los hongos, todo desapareció. Solo existían esos ojos aterrorizados dentro de la tumba de metal.
—¡Santo Dios! —exhaló Valeria, soltando el cuchillo que cayó al suelo con un golpe seco.
En ese momento, la niebla pareció cerrarse aún más sobre ellas, sellando el pacto de ese encuentro imposible. Valeria no sabía dónde estaba, ni cómo iba a salir de ahí, pero supo, con una certeza que le vibró en el alma, que ya no se trataba de salvarse a sí misma.
Ahora tenía que salvar a alguien más.
CAPÍTULO 4: LOS OJOS DEL MIEDO Y EL PESO DE UNA VIDA
Valeria se quedó inmóvil sobre la roca, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. La niebla se arremolinaba alrededor del fuselaje de la avioneta, creando formas fantasmales que parecían querer ocultar de nuevo el secreto que acababa de descubrir.
—¿Mami? —la voz desde el interior de la cabina era apenas un susurro, un hilo de sonido tan frágil que Valeria temió habérselo imaginado.
Esa sola palabra, “mami”, dicha con tanta desesperanza y anhelo, rompió algo dentro de Valeria. Fue como si una mano invisible le apretara las entrañas. Ella sabía lo que era llamar a una madre que nunca iba a responder. Conocía el sabor salado de esas lágrimas nocturnas.
Bajó de la roca de un salto, ignorando el dolor agudo en su tobillo al aterrizar sobre una raíz torcida. Tiró el costal de hongos, esos hongos que hace cinco minutos eran su tesoro y ahora no valían nada comparados con lo que había encontrado.
—No, mi amor, no soy tu mami —dijo Valeria, acercándose a la puerta del copiloto que colgaba precariamente—. Pero soy amiga. Soy Valeria.
Intentó abrir la puerta, pero las bisagras oxidadas estaban soldadas por el tiempo y la humedad. El metal gimió, un sonido agudo y desagradable que hizo eco en la cañada silenciosa: ¡Gññññññññ!.
La niña adentro soltó un grito ahogado y se encogió aún más, haciéndose una bolita temblorosa en el rincón más oscuro, detrás de los asientos destrozados.
—¡Vete! ¡Vete! —lloró la pequeña, cubriéndose la cabeza con sus bracitos sucios—. ¡Quiero a mi papá!
—¡Ey, ey! Tranquila, muñeca. No te voy a hacer nada —Valeria levantó las manos, mostrándole las palmas vacías a través de la ventanilla rota—. Mira, no traigo nada. Solo quiero sacarte de ahí. Hace mucho frío, ¿verdad?
La niña no contestó, pero el castañeteo de sus dientes era audible incluso desde afuera. Estaba entrando en hipotermia. Valeria lo sabía; había visto a niños en el orfanato ponerse así cuando la calefacción fallaba en invierno. Si no la sacaba de ahí y le daba calor pronto, la niña no iba a aguantar otra noche. Y la noche ya venía en camino.
Valeria miró la puerta de nuevo.
—A ver, chatarra vieja, o te abres o te abro —gruñó.
Buscó una piedra grande en el suelo. Encontró una con filo irregular. Con una fuerza que no sabía que tenía, alimentada por la adrenalina pura, empezó a golpear el mecanismo de la cerradura.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
El ruido era ensordecedor en el silencio del bosque. Las aves salieron volando de los árboles cercanos. Valeria se lastimó los nudillos, la sangre le brotó de un raspón, pero no paró.
—¡Ábrete, maldita sea! —gritó, dándole una patada final con su bota de trabajo.
La bisagra inferior cedió. La puerta cayó hacia afuera con un estruendo metálico, levantando una nube de polvo, óxido y hojas secas.
El camino estaba libre.
Valeria no esperó. Trepó al interior de la cabina. El olor adentro era una mezcla nauseabunda de humedad, moho antiguo y algo más reciente: el olor agrio del miedo y la orina. La niña se había hecho pipí del susto.
—Hola… —dijo Valeria suavemente, arrodillándose en el suelo inclinado de la cabina, tratando de no parecer una amenaza.
La niña la miró. Tenía el cabello castaño claro, enredado y lleno de ramitas. Su ropa, que alguna vez debió ser un conjunto caro de marca, un vestidito rosa con mallas blancas, estaba destrozada, llena de lodo y rasgaduras. Tenía rasguños en las piernas y los brazos. Pero lo que más impactó a Valeria fueron sus ojos. Eran color miel, enormes, y tenían esa mirada vacía de quien ha estado asustado demasiado tiempo.
—No me comas… —susurró la niña.
Valeria sintió ganas de llorar. ¿Qué clase de cuentos le habrían contado para que pensara que alguien la iba a comer? O peor, ¿qué había visto su mente infantil en la oscuridad del bosque durante las noches?
—No, mi vida, yo no como niñas. Yo como tacos y pozole, como tú —Valeria forzó una sonrisa, tratando de sonar casual—. Mira, traigo agua. ¿Tienes sed?
Sacó la botella de agua de su mochila. Al ver el líquido, los ojos de la niña brillaron con un instinto animal. La sed pudo más que el miedo. Asintió levemente.
Valeria se acercó despacio, arrastrándose sobre las rodillas. Le desenroscó la tapa y le tendió la botella. La niña la agarró con sus dos manitas temblorosas y bebió con desesperación, derramando agua por la barbilla y el cuello.
—Despacio, despacio, que te va a doler la panza —le aconsejó Valeria, acariciándole suavemente el cabello sucio.
La niña se terminó la mitad de la botella en segundos. Soltó el envase y respiró hondo, tosiendo un poco.
—¿Mejor? —preguntó Valeria.
—Tengo hambre… —dijo la niña, con voz ronca.
Valeria buscó en su mochila. Le quedaban unas galletas de animalitos que había guardado “por si acaso”.
—Mira, tengo un león y un elefante. ¿Cuál quieres?
La niña estiró la mano y tomó el elefante. Se lo metió a la boca entero.
—Me llamo Camila —dijo mientras masticaba, como si la comida le hubiera devuelto la capacidad de hablar.
—Mucho gusto, Camila. Yo soy Valeria. Oye, Cami… ¿qué haces aquí solita? ¿Dónde están tus papás?
La pregunta pareció activar un recuerdo doloroso. Los labios de Camila empezaron a temblar de nuevo.
—Mi papá… estábamos en la casa de madera. La bonita. Y yo vi un conejo. Era blanco, con la colita así… —hizo un gesto con las manos—. Y fui a verlo. Y él corrió. Y yo corrí. Y luego… luego ya no vi la casa.
Valeria asintió, entendiendo la tragedia en segundos. La clásica historia. Un descuido de un minuto, una curiosidad inocente, y la inmensidad de la sierra se traga a una persona.
—Grité mucho —continuó Camila, con lágrimas rodando por sus mejillas sucias—. Grité “¡Papá!”, pero él no vino. Y luego se hizo de noche y los árboles hacían ruidos feos. Y encontré el avión y me metí.
—¿Cuántas noches pasaste aquí, Cami?
La niña levantó dos dedos, luego tres, luego dudó.
—Salió el sol… y se fue… y salió otra vez… y tenía mucho frío.
Valeria hizo cálculos rápidos. Si llevaba dos o tres días perdida, era un milagro que estuviera viva. Sin comida, con el frío de la noche que bajaba a casi cero grados, y los animales salvajes… Ese avión, aunque tétrico, le había salvado la vida al servirle de refugio contra el viento y los depredadores.
—Eres muy valiente, Camila. Eres una guerrera —le dijo Valeria con firmeza, quitándose su chamarra de mezclilla y luego su sudadera gris—. Pero ya se acabó. Ya te encontré.
Valeria se quedó solo con su camiseta térmica y la camisa de franela. El frío la golpeó de inmediato, pero no le importó. Envolvió a Camila en la sudadera, que le quedaba enorme, como una túnica. Le subió el cierre hasta la barbilla y le puso la capucha.
—Huele a ti —dijo Camila, hundiendo la nariz en la tela.
—Sí, huele a mí y a jabón zote —rio Valeria—. Ahora escúchame bien. Vamos a salir de aquí. Vamos a buscar a tu papá. Pero necesito que me ayudes. ¿Puedes caminar?
Camila negó con la cabeza y señaló su pie derecho.
—Me duele. Me caí en un hoyo.
Valeria le revisó el tobillo. Estaba hinchado y morado. Un esguince, seguramente. No podía caminar.
—Ok, no hay problema. ¿Te gusta jugar a los caballitos?
Camila asintió levemente.
—Pues hoy te toca el mejor caballo de la sierra. Súbete.
Valeria se dio la vuelta. Camila, con dificultad, se trepó a su espalda y rodeó el cuello de Valeria con sus brazos delgados. Valeria la sujetó por las piernas y se levantó.
La niña pesaba más de lo que parecía, o tal vez era el cansancio de Valeria el que hablaba. Sus piernas protestaron al enderezarse.
—¡Upa! Agárrate fuerte, como garrapata, ¿eh? No te me vayas a caer.
—Sí, Val —susurró la niña en su oído.
Valeria salió de la avioneta, respirando el aire frío de la tarde. La niebla se había levantado un poco, pero el cielo estaba gris plomo. Iba a llover. Tenía que encontrar el camino de regreso antes de que cayera el agua.
—Adiós, avión —dijo Camila desde su espalda.
Valeria miró el fuselaje por última vez.
—Gracias por cuidarla —murmuró, sintiendo un extraño respeto por esa máquina muerta que había servido de cuna.
Comenzaron el ascenso fuera de la cañada. Fue un infierno. El terreno era resbaloso, cubierto de hojas mojadas que escondían piedras y agujeros. Valeria tenía que agarrarse de las ramas con una mano para impulsarse, mientras con la otra sostenía a Camila.
Cada paso era una lucha. Sus pulmones ardían. Su estómago, vacío desde el amanecer, le reclamaba. Pero cada vez que sentía que no podía más, sentía la respiración tibia de Camila en su nuca y sacaba fuerzas de donde no las había.
“No te puedes rendir, Valeria. No ahora. Si te rindes, se mueren las dos”, se repetía como un mantra.
Caminaron durante lo que pareció una eternidad. Valeria intentaba seguir sus propias huellas, pero la niebla y el terreno confuso se lo ponían difícil.
Para mantener a Camila despierta y tranquila, Valeria empezó a hablar.
—¿Sabes, Cami? Yo vivo en una casita que parece de cuento. Tiene un techo que suena toc-toc cuando llueve. Y tengo una vecina que se llama Doña Chuy que hace unas gorditas de nata que, ¡híjole!, te chupas los dedos.
—¿Sí? —la voz de Camila sonaba débil.
—Sí. Y su esposo, Don Pancho, tiene un bigote grandote como de morsa. Y hay un gallo loco que se llama Claudio.
—¿Un gallo Claudio? —Camila soltó una risita floja.
—Sí, canta bien feo. Canta como si tuviera gripa. Kikirikiii-jújú.
Valeria hacía ruidos tontos, jadeando por el esfuerzo, solo para escuchar esa risita. Esa risa era su combustible.
De repente, el cielo se abrió y empezó a llover. No fue una lluvia suave, sino un aguacero serrano, frío y tupido. Las gotas golpeaban las hojas como balazos.
—¡Cúbrete la cabeza con la gorra de la sudadera! —gritó Valeria sobre el ruido de la lluvia.
El suelo se convirtió en jabón. Valeria resbaló dos veces, cayendo de rodillas, pero protegiendo a Camila con su cuerpo para que no se golpeara. Tenía los pantalones empapados, llenos de lodo. Las manos le sangraban por las espinas de las zarzamoras que tuvo que atravesar.
El frío se volvió insoportable. Valeria sentía que los dedos de las manos se le entumían.
—Val… tengo sueño —murmuró Camila.
Esa frase activó todas las alarmas en la cabeza de Valeria.
—¡No! ¡No te duermas, Camila! ¡Prohibido dormir! —gritó, sacudiéndola un poco—. Cuéntame de tu conejo. ¿Cómo se llamaba el conejo?
—No sé… era blanco…
—Pues ponle nombre. ¿Cómo le ponemos? ¿Bigotes? ¿Panfilo?
—Panfilo… —Camila arrastró la lengua.
Valeria estaba desesperada. Estaba perdida, mojada, congelándose y cargando a una niña que se estaba apagando.
Se detuvo bajo un pino grande que ofrecía un poco de protección contra la lluvia. Se recargó en el tronco, deslizando a Camila hacia su regazo para abrazarla y darle calor de frente.
—Escúchame, Cami. No nos vamos a dormir. Vamos a esperar aquí un ratito a que pase el agua, ¿va?
Frotó los brazos de la niña frenéticamente.
Valeria miró al cielo gris y lloró. Lloró de impotencia, de miedo, de rabia.
—¡Ayuda! —gritó, aunque sabía que el ruido de la lluvia se tragaba su voz—. ¡Por favor, alguien!
Cerró los ojos, rezando la única oración que se sabía completa.
“Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desamparas ni de noche ni de día…”
Y entonces, entre el repiqueteo de la lluvia, escuchó algo.
Un ladrido.
Lejano, pero claro.
Valeria abrió los ojos.
—¿Oíste eso?
—¿Qué? —susurró Camila.
—Un perro.
Valeria se levantó, ignorando el dolor punzante en sus piernas.
—¡AQUÍ! —gritó con toda la fuerza que le quedaba en los pulmones, desgarrándose la garganta—. ¡ESTAMOS AQUÍ! ¡AYUDA!
El ladrido se escuchó más cerca. Y luego, una voz. Una voz humana, bendita y potente.
—¡VALERIAAAA!
Era la voz de Don Pancho. Nunca una voz ronca de señor había sonado tan dulce como música de ángeles.
—¡DON PANCHO! ¡ACÁ! ¡ABAJO EN LA BARRANCA! —gritó Valeria, agitando los brazos aunque nadie la veía.
Pasaron unos minutos angustiantes donde solo se oía el crujir de ramas rompiéndose. Y de repente, de entre la maleza, apareció un perro mestizo, el “Solovino” de Don Goyo, el de la tienda. El perro corrió hacia ellas moviendo la cola y ladrando.
Detrás de él, aparecieron Don Pancho y otros dos hombres del pueblo, envueltos en impermeables amarillos y portando machetes. Y Lupita. Lupita venía atrás, empapada y llorando.
Cuando Don Pancho vio a Valeria, pálida, temblando, llena de lodo, y con una niña en brazos, se detuvo en seco.
—¡Santo Niño de Atocha! —exclamó.
Lupita corrió hacia ella y la abrazó casi tirándola.
—¡Valeria! ¡Pendeja! ¡Pensé que te habías matado! —lloraba Lupita, mezclando insultos con besos en la mejilla de su amiga.
—La encontré… —balbuceó Valeria, señalando a Camila—. Encontré a la niña.
Los hombres se acercaron rápidamente. Uno de ellos, el hijo del carnicero, tomó a Camila en sus brazos con una delicadeza sorprendente.
—Está helada, pero viva —dijo, envolviéndola en su propio impermeable seco.
Don Pancho se quitó su chamarra gruesa y se la puso a Valeria sobre los hombros mojados.
—Lo hiciste bien, muchacha. Lo hiciste re bien. Vámonos, que esta criatura necesita médico ya.
El regreso fue borroso para Valeria. Ya no tuvo que caminar; Don Pancho prácticamente la llevó cargando parte del camino hasta donde habían podido meter las camionetas.
Cuando llegaron al camino de terracería, ya había patrullas de la policía estatal y una ambulancia esperando. Las luces rojas y azules giraban, iluminando los árboles mojados como una discoteca macabra.
Valeria vio cómo los paramédicos subían a Camila a la ambulancia. Le pusieron una manta térmica plateada y una mascarilla de oxígeno. Antes de que cerraran la puerta, Camila buscó con la mirada entre la gente.
—¡Val! —gritó débilmente.
Valeria se acercó a la puerta de la ambulancia, cojeando.
—Aquí estoy, Cami. Ya estás a salvo. Te van a llevar a ver a tu papá.
—No te vayas… —pidió la niña, estirando una manita.
El paramédico miró a Valeria.
—¿Usted es familiar?
—No… soy quien la encontró.
—Súbale, pues. Usted también necesita revisión, trae los labios morados y se ve que se va a desmayar en cualquier segundo.
Valeria se subió. Se sentó en el banco lateral, frente a la camilla. Le tomó la mano a Camila.
—No me voy. Aquí estoy.
La ambulancia arrancó, dando tumbos por el camino de tierra hacia la carretera principal.
Valeria recargó la cabeza en la pared de metal del vehículo. El calor de la calefacción empezó a descongelarle los huesos, provocándole un dolor punzante en todo el cuerpo, pero era un dolor bueno. Era el dolor de estar viva.
Miró a la niña, que empezaba a dormitar por el efecto del calor y la seguridad.
Valeria cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, soltó el aire que había estado conteniendo.
Había entrado al bosque buscando hongos para arreglar un techo podrido.
Había salido salvando una vida.
Y sin saberlo, en ese momento, mientras la sirena aullaba abriéndose paso hacia la civilización, Valeria acababa de sellar su propio destino. La vida le había quitado todo, sí. Pero la vida, caprichosa y extraña como la sierra misma, estaba a punto de empezar a devolvérselo con creces.
CAPÍTULO 5: CUANDO LOS MUNDOS CHOCAN
La ambulancia se detuvo con un frenazo seco frente a la pequeña clínica regional de Mazamitla. No era un hospital de alta especialidad de la ciudad, sino uno de esos centros de salud de pueblo mágico: paredes blancas pintadas con cal, olor a desinfectante barato mezclado con el aroma a tierra mojada que entraba por las puertas automáticas, y un personal médico que suplía la falta de equipos sofisticados con un corazón enorme y mucha vocación.
Las puertas traseras se abrieron de golpe, dejando entrar el aire frío y la luz cruda de las lámparas de emergencia.
—¡Femenina, cinco años, hipotermia moderada, posible esguince de tobillo derecho y deshidratación! —gritó el paramédico, bajando la camilla de Camila con un movimiento fluido.
Detrás de él, Valeria bajó a trompicones. Sus piernas, que hasta ese momento habían funcionado con el combustible del pánico, de repente recordaron que llevaban horas caminando por terrenos imposibles, cargando peso y sin comer. Se le doblaron las rodillas al pisar el asfalto mojado.
—¡Cuidado, mija! —un enfermero robusto la sostuvo del brazo antes de que besara el suelo—. ¿Tú también vienes herida?
—Estoy bien… solo mareada —mintió Valeria, aunque sentía que el mundo le daba vueltas como una matraca de feria—. ¿Dónde la llevan?
—A urgencias pediátricas, por aquí. Ven, vamos a revisarte a ti también.
Valeria intentó seguir la camilla de Camila, pero el bullicio de la sala de espera la detuvo un segundo. Había gente esperando: señoras con rebozos cargando bebés con fiebre, un señor con una venda sangrando en la mano, y policías. Muchos policías.
El rumor ya había llegado. “Apareció la niña”, susurraban. “La encontró una muchacha del pueblo”.
Valeria fue guiada a una silla de plástico en un cubículo separado por una cortina azul pálido. Una enfermera joven, con cara de cansancio pero mirada dulce, le trajo una manta térmica y un jugo de naranja de cajita.
—Tómatelo despacio, corazón. Tienes los labios morados. ¿Te duele algo en específico?
—Todo —admitió Valeria, soltando una risa floja que sonó más a llanto—. Me duele todo. Pero, oiga… ¿la niña está bien? ¿Camila está bien?
—La doctora Vargas la está revisando ahorita. Es fuerte la chiquilla. Llegó consciente, eso es lo más importante. Si no la hubieras sacado de ahí hoy… con esta lluvia… —la enfermera no terminó la frase, pero Valeria entendió. Si hubiera pasado una noche más, la historia sería un obituario.
La enfermera le limpió los rasguños de las manos con isodine, que ardía como fuego, y le puso unas gasas en las rodillas raspadas. Valeria se dejó hacer, sintiéndose como una muñeca de trapo vieja y remendada. Se miró en el reflejo de una vitrina de medicamentos: tenía lodo hasta en las orejas, el cabello era un nido de pájaros, y traía puesta la chamarra enorme de Don Pancho que le quedaba como carpa de circo. Parecía una vagabunda.
De pronto, el murmullo en la sala de espera se convirtió en un alboroto. Se escucharon gritos, voces de mando y pasos apresurados, botas pesadas corriendo por el pasillo de linóleo.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! ¡DÍGANME DÓNDE ESTÁ!
La voz era un rugido. Un grito desgarrador, lleno de angustia, de ese dolor que solo un padre que ha estado en el infierno puede emitir.
Valeria se tensó. La enfermera dejó las gasas y se asomó por la cortina.
—Llegó el papá —susurró.
Valeria se levantó, ignorando el mareo, y se asomó discretamente. Lo que vio se le quedaría grabado en la memoria para siempre.
Por las puertas de urgencias entraba un hombre. Iba flanqueado por dos policías estatales que intentaban calmarlo sin éxito. Era alto, de espaldas anchas. Llevaba ropa de marca —una camisa que seguramente costaba más de lo que Valeria ganaría en un año—, pero estaba hecha un desastre: sucia, arrugada, con manchas de sudor y tierra. Tenía el rostro desencajado, sin rasurar de varios días, y unas ojeras profundas y oscuras bajo los ojos enrojecidos.
No parecía un arquitecto rico. Parecía un hombre roto.
—¡Señor Altamirano, por favor, cálmese! —le decía un médico—. La niña está en el cubículo dos, está estable…
Alejandro Altamirano no escuchó. O no le importó. Empujó las puertas batientes del área de pediatría con desesperación.
Valeria, impulsada por una curiosidad que no podía controlar, caminó cojeando hacia el pasillo, manteniéndose pegada a la pared para no estorbar. Desde ahí, tenía vista directa al cubículo donde estaba Camila.
Vio el momento exacto del reencuentro.
Alejandro se detuvo en seco al pie de la camilla. Camila estaba sentada, envuelta en sábanas blancas, con una vía intravenosa en su manita izquierda y sosteniendo todavía el elefante de galleta que Valeria le había dado, ahora convertido en una masa pegajosa.
La niña levantó la vista. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—¿Papi?
Alejandro soltó un sollozo que se escuchó en todo el pasillo. Se desplomó de rodillas junto a la cama, abrazando a su hija con una fuerza desesperada, hundiendo su cara en el pequeño pecho de la niña, como si quisiera comprobar que su corazón seguía latiendo.
—¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡Perdóname, perdóname, perdóname! —repetía él, ahogado en llanto—. Pensé que te había perdido. Te juro que pensé que te había perdido.
—Tenía miedo, papi… el bosque estaba oscuro —lloraba Camila, aferrándose al cuello de su padre.
—Ya no, mi cielo. Ya nunca más. Papá está aquí. Papá te va a cuidar siempre. Nunca te voy a volver a soltar, te lo juro por Dios.
Valeria observaba la escena desde las sombras del pasillo, recargada en el marco de la puerta. Sentía las lágrimas rodándole por las mejillas sucias, abriendo surcos limpios en la mugre de su cara.
Era una escena hermosa. La más hermosa que había visto.
Y al mismo tiempo, le dolía. Le dolía físicamente en el centro del pecho.
Porque ese abrazo, ese llanto desesperado, esa promesa de “nunca te voy a soltar”, era algo que ella nunca tuvo. Nadie lloró así cuando sus padres murieron; ella era muy chica para recordarlo, y después de eso, nadie lloró cuando la cambiaban de orfanato, ni cuando se enfermaba, ni cuando tenía pesadillas.
Ella siempre había sido “el caso número 452”. La niña que sobraba. La boca extra que alimentar.
Ver el amor incondicional de ese padre por su hija le recordó, con una crueldad involuntaria, la magnitud de su propia soledad. Se sintió una intrusa. Una espectadora pobre mirando a través de la vitrina de una dulcería que nunca podría pagar.
—Bueno… ya está a salvo —susurró Valeria para sí misma, secándose los ojos con la manga de la chamarra—. Misión cumplida, Valeria. Vete a tu casa.
Dio media vuelta para irse. Quería salir de ahí, buscar a Don Pancho y pedirle que la llevara de regreso a su cabaña vieja. Quería esconderse bajo sus cobijas y dormir tres días seguidos.
Pero antes de que pudiera dar dos pasos, una voz infantil la detuvo.
—¡Papi, espera! —dijo Camila, separándose un poco de su padre—. ¿Dónde está Val?
Alejandro se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, confundido.
—¿Quién, mi amor?
—Val. Valeria. La muchacha. Ella me sacó del avión. Me dio agua y me cargó de caballito porque me dolía el pie. Dijo que tenía un gato imaginario. ¡Quiero ver a Val!
Alejandro se puso de pie lentamente. Parecía que acababa de despertar de un trance. La realidad de cómo había llegado su hija ahí le golpeó de repente. Alguien la había encontrado. Alguien la había cuidado.
Valeria se congeló. Quería seguir caminando, desaparecer, pero sus pies no le respondieron.
Alejandro salió al pasillo, mirando a todos lados con urgencia. Sus ojos, todavía brillantes por las lágrimas, escanearon el lugar. Pasaron por las enfermeras, por los policías, y finalmente se detuvieron en la figura pequeña y encorvada que intentaba escabullirse hacia la salida.
—¡Señorita! —llamó él.
Valeria se detuvo y se giró lentamente.
Ahí estaba ella. La heroína del día. Sucia, con el cabello revuelto, ojeras marcadas y ropa tres tallas más grande. No parecía un ángel guardián. Parecía una niña asustada.
Alejandro caminó hacia ella a zancadas largas. Valeria instintivamente dio un paso atrás, intimidada por la presencia y la intensidad de aquel hombre. Pero él no se detuvo hasta estar frente a ella.
La miró. Realmente la miró. Vio las manos raspadas, la sangre seca en los nudillos, el cansancio infinito en sus ojos oscuros. Vio que era apenas una jovencita, casi una niña ella misma.
Sin decir una palabra, Alejandro hizo algo que Valeria no esperaba.
Tomó las manos sucias y maltratadas de Valeria entre las suyas, que eran grandes y cálidas, y se las llevó a la frente, inclinándose en una reverencia de humildad absoluta.
—Gracias… —su voz se quebró de nuevo—. Gracias. No tengo vida, no tengo dinero, no tengo nada en este mundo que alcance para pagarte lo que hiciste hoy.
Valeria sintió que la cara le ardía. Estaba temblando.
—No… no fue nada —balbuceó, intentando retirar sus manos, pero él las sujetó con firmeza, sin lastimarla.
Alejandro levantó la cara. Sus ojos miel se clavaron en los de ella. Había una intensidad en su mirada que hizo que a Valeria se le olvidara respirar por un segundo.
—No digas que no fue nada —dijo él con firmeza—. Me devolviste la vida. Si esa niña no hubiera regresado… yo me moría hoy mismo. Tú eres el ángel que Dios me mandó. ¿Cómo te llamas?
—Valeria… Valeria Martínez.
—Valeria —repitió él, como si quisiera grabar el nombre en piedra—. Soy Alejandro. Alejandro Altamirano. Y desde hoy, todo lo que es mío, es tuyo también. Tienes mi palabra de honor.
En ese momento, la doctora salió del cubículo.
—Señor Altamirano, Camila está preguntando por su amiga. Y necesitamos hacerle unas radiografías.
Alejandro asintió, pero no soltó a Valeria.
—Ven. Por favor. Ella quiere verte.
Valeria se dejó llevar. Entraron al cubículo. Cuando Camila la vio, su carita pálida se iluminó con una sonrisa chimuela.
—¡Val! —estiró los brazos.
Valeria se acercó y le dio un abrazo suave, con miedo de lastimarla.
—Hola, Cami. ¿Viste? Te dije que tu papá iba a venir.
—Sí… oye, ¿tu gato imaginario come galletas? Porque guardé un pedacito del elefante.
Todos en la habitación soltaron una risa, una risa de alivio, de tensión liberada. Incluso Alejandro sonrió, una sonrisa cansada pero genuina que le cambió el rostro por completo, haciéndolo ver más joven, más humano.
—Creo que sí come galletas —dijo Valeria, siguiéndole el juego—. Pero ahorita tú tienes que comer sopa y dormir mucho.
—Quédate conmigo —pidió la niña, bostezando. Los sedantes suaves que le habían dado empezaban a hacer efecto.
Valeria miró a Alejandro, incómoda.
—Yo… tengo que irme. Vivo lejos, en San Isidro, y mis vecinos me están esperando.
Alejandro negó inmediatamente.
—De ninguna manera te vas a ir así. Estás agotada. Y mira tus manos.
Se giró hacia la doctora.
—Doctora, quiero que revisen a Valeria a fondo. Radiografías, análisis, lo que necesite. Yo pago todo. Y quiero una habitación privada para ella también, aquí mismo, para que descanse.
—Señor, no es necesario, de verdad… —protestó Valeria. No estaba acostumbrada a recibir nada. Su orgullo de sobreviviente se rebelaba ante la caridad.
Alejandro la miró con seriedad.
—Valeria, por favor. Déjame hacer esto. Es lo mínimo. No me hagas sentir peor de lo que ya me siento por no haber cuidado bien a mi hija. Si te vas ahora, no voy a poder estar tranquilo. Hazlo por Camila.
Valeria miró a la niña, que ya se estaba quedando dormida pero la miraba con un ojo abierto.
—Por Cami… —susurró Valeria.
—Está bien —aceptó, rendida—. Pero solo una noche. Mañana tengo que trabajar.
Alejandro casi se ríe de la incredulidad.
—¿Trabajar? Valeria, acabas de rescatar a una niña de la sierra. Mañana es día feriado nacional en mi calendario. Descansa.
Esa noche, Valeria durmió en una cama de hospital limpia, con sábanas que olían a cloro y no a humedad. Comió una cena caliente que le trajeron en una bandeja: gelatina, caldo de pollo y pan.
No era un hotel de cinco estrellas, pero para ella, después de meses durmiendo en un catre y comiendo salteado, fue el cielo.
Sin embargo, no pudo dormir de inmediato. Se quedó mirando el techo blanco, escuchando el zumbido de la lámpara fluorescente del pasillo.
Su mente repasaba los eventos del día como una película en cámara rápida. Los hongos. La niebla. El avión. Los ojos de Camila. El grito de Alejandro.
Se miró las manos vendadas.
“¿Qué va a pasar ahora?”, se preguntó.
Sabía que la vida no solía ser generosa con ella. Generalmente, cuando algo bueno pasaba, venía seguido de un golpe fuerte. Era la ley de Murphy de su existencia.
Alejandro parecía un buen hombre. Rico, sí, pero bueno. Su dolor había sido real. Su gratitud parecía sincera. Pero Valeria sabía que la gente rica y la gente pobre vivían en planetas diferentes. Mañana, él se llevaría a su hija a su mansión en Guadalajara, con sus médicos privados y sus juguetes caros. Y ella regresaría a su casa de adobe con goteras y a barrer el patio del kinder por mil quinientos pesos.
Era lo natural. El orden de las cosas.
Pero mientras cerraba los ojos, sintió una punzada de tristeza. Le había gustado sentirse necesaria. Le había gustado cómo Camila la miraba, como si ella fuera una superheroína y no una huérfana muerta de hambre.
Y, si era honesta consigo misma, le había gustado cómo la miró Alejandro. No con lástima, como la miraban todos. Sino con admiración. Con respeto.
Se quedó dormida con esa imagen en la cabeza: los ojos miel de Alejandro, llenos de lágrimas, mirándola como si fuera lo más valioso del mundo.
A la mañana siguiente, el sol brillaba con una fuerza insultante, como si la tormenta del día anterior nunca hubiera existido. La sierra se veía verde esmeralda, limpia y brillante a través de la ventana de la clínica.
Valeria se despertó sobresaltada cuando alguien tocó la puerta.
—Adelante.
Entró Lupita, cargando una bolsa de plástico. Detrás de ella venía Doña Chuy.
—¡Mírala nomás! —exclamó Doña Chuy, entrando con los brazos abiertos—. ¡Nuestra celebridad! ¡Sales en el periódico, muchacha!
Le aventó un periódico local sobre la cama. En la portada, una foto borrosa tomada con celular mostraba el momento en que Valeria bajaba de la ambulancia. El titular decía: “MILAGRO EN LA SIERRA: JOVEN HEROÍNA RESCATA A NIÑA PERDIDA”.
Valeria se tapó la cara con las manos, avergonzada.
—Ay, no… qué vergüenza. Salgo toda despeinada.
—¡Qué vergüenza ni qué ocho cuartos! —dijo Lupita, sentándose en la orilla de la cama—. Eres la jefa, Val. Todo el pueblo está hablando de ti. Don Goyo dice que te va a regalar los refrescos por un mes.
—Les traje ropa limpia —dijo Doña Chuy, sacando unos jeans y una blusa de la bolsa—. Esa ropa de hospital te deja el trasero al aire, y no queremos escándalos. Cámbiate, que el papá de la niña está afuera hablando con la policía y dijo que quería verte antes de irse.
Valeria sintió un nudo en el estómago. El momento de la despedida.
Se vistió rápido. Los jeans de Lupita le quedaban un poco apretados, pero se sentía mejor que con la bata. Se trenzó el cabello mojado.
Salió al pasillo. Alejandro estaba ahí, hablando con un oficial. Ya se veía diferente. Se había rasurado, se había cambiado de ropa (alguien le había traído ropa limpia) y, aunque seguía teniendo ojeras, ya no parecía un hombre al borde del suicidio. Se veía… imponente. Alto, guapo, con una presencia que llenaba el espacio.
Cuando vio salir a Valeria, cortó la conversación con el policía y se acercó.
—Buenos días, Valeria. ¿Cómo dormiste?
—Bien, gracias. ¿Y Camila?
—Mucho mejor. Ya quiere irse. De hecho… de eso quería hablarte.
Alejandro se metió la mano al bolsillo y sacó una tarjeta de presentación y un papel doblado.
—Me tengo que llevar a Camila a Guadalajara hoy mismo. Quiero que la vea su pediatra de cabecera y un psicólogo infantil, para asegurarnos de que el trauma no le afecte.
—Claro, es lo mejor —asintió Valeria, sintiendo un vacío repentino. “Adiós”, pensó.
—Pero —continuó Alejandro, dando un paso más cerca—, esto no se queda así. Valeria, hablo en serio cuando digo que estoy en deuda contigo. Aquí está mi número personal. Contesto yo, no mi secretaria. Para lo que necesites. Lo que sea. Si necesitas dinero, trabajo, ayuda legal… lo que sea.
Le puso la tarjeta en la mano. Luego, le extendió el papel doblado.
—Y esto… esto es algo inmediato.
Valeria desdobló el papel. Era un cheque.
Cuando vio la cifra, casi se le caen los ojos. Cien mil pesos.
Cien mil pesos.
Nunca había visto tanto dinero junto en su vida. Podía arreglar el techo de su casa. Podía poner piso nuevo. Podía comprar ropa, comida para un año. Podía…
Valeria sintió que le temblaban las manos. Miró el cheque, luego a Alejandro.
Su primer instinto fue llorar de gratitud. Pero luego, algo en su interior se rebeló. Un orgullo extraño, heredado quizás de la tierra donde vivía ahora.
Si aceptaba ese dinero, se convertía en una transacción. Ella rescató a la niña, él pagó. Fin de la historia. Eran extraños de nuevo. Ella era la empleada que hizo un trabajo, él el patrón que pagó.
Y por alguna razón que no entendía, no quería que fuera así.
Levantó la vista.
—No puedo aceptar esto —dijo con voz firme, aunque por dentro estaba gritando “¿Estás loca?”.
Alejandro se quedó perplejo.
—¿Qué? Valeria, es lo mínimo. Es una recompensa. Te la ganaste. Arriesgaste tu vida.
—Lo hice porque era una niña sola en el bosque —dijo Valeria, devolviéndole el papel—. No lo hice por dinero. Si lo acepto… sentiría que vendí mi ayuda. Y la ayuda no se vende.
Alejandro la miró con asombro genuino. Había conocido a mucha gente en su vida. Gente que le sonreía por su apellido, que le hacía favores esperando algo a cambio, contratistas que inflaban precios.
Y ahí estaba esa chica, que no tenía dónde caerse muerta (él había visto su dirección en el reporte policial), rechazando una pequeña fortuna por pura dignidad.
—Eres… increíble —murmuró él. Guardó el cheque lentamente—. Está bien. Respeto eso. Pero no creas que te vas a librar de mí tan fácil. No acepto un no por respuesta cuando se trata de gratitud.
—Ya veremos —sonrió Valeria, nerviosa.
—Papá… —la voz de Camila sonó desde una silla de ruedas que empujaba una enfermera.
Valeria se agachó para despedirse.
—Adiós, Cami. Cómete toda la sopa.
Camila la abrazó fuerte.
—Voy a volver, Val. Le dije a mi papá que tenemos que ir a ver tu casa y a comer gorditas con Doña Chuy. Él prometió que sí.
Valeria miró a Alejandro por encima de la cabeza de la niña. Él asintió, muy serio.
—Lo prometí. Y yo cumplo mis promesas. Nos vemos pronto, Valeria.
Valeria los vio irse. Vio cómo subían a una camioneta negra blindada, rodeada de seguridad. Vio cómo ese mundo de lujo se tragaba a sus amigos de un día.
Cuando la camioneta desapareció en la carretera, Doña Chuy le puso una mano en el hombro.
—Mija… eres muy mensa o muy santa. ¡Eran cien mil pesos! Con eso le poníamos teja nueva a todo el barrio.
Valeria soltó una carcajada, sintiéndose extrañamente ligera.
—Ya sé, Doña Chuy. Ya sé. Pero no se preocupe. Algo me dice que van a volver.
—Pues ojalá —refunfuñó la señora—. Porque ese hombre te miraba como si fueras la última Coca-Cola del desierto, y no creo que fuera solo por la niña.
Valeria se sonrojó violentamente.
—¡Ay, Doña Chuy! ¡No diga cosas!
—Lo que se ve no se juzga, mija. Vámonos a la casa, que Don Pancho ya mató dos gallinas para hacerte un caldo. Hoy se festeja.
Valeria subió a la camioneta vieja de Don Pancho. Mientras regresaban a San Isidro, mirando los pinos pasar, Valeria se tocó el bolsillo donde había guardado la tarjeta de presentación de Alejandro.
El papel se sentía caliente contra su pierna.
No sabía qué le deparaba el futuro. Seguía siendo pobre. Su casa seguía teniendo goteras. Pero por primera vez, el horizonte no se veía gris. Se veía… interesante.
La vida en la sierra estaba a punto de ponerse mucho más complicada, y mucho más emocionante.
CAPÍTULO 6: EL RETORNO DEL CATRÍN Y LA GOTERA DEL DESTINO
La fama en un pueblo chico dura lo que tarda en cocerse un kilo de frijoles: es intensa, hace mucho ruido al principio, pero luego se asienta.
Durante la primera semana después del rescate, Valeria no podía caminar a la tienda de Don Goyo sin que alguien la detuviera. Las señoras la bendecían, los niños la señalaban susurrando “ahí va la que encontró a la niña del avión”, y hasta el cura del pueblo la mencionó en la homilía del domingo como ejemplo de “caridad cristiana”.
Valeria, que siempre había tratado de ser invisible, se sentía como cucaracha en baile de gallinas. Agradecía los gestos, sí —sobre todo cuando la panadera le regalaba una concha extra “para el susto”—, pero en el fondo, su realidad no había cambiado.
El lunes regresó a su trabajo en el kinder.
—¡Miren, es la tía Val! —gritaron los niños, abrazándole las piernas.
La Maestra Toñita la recibió con un abrazo apretado.
—Estamos muy orgullosos de ti, mija. Pero… —la maestra bajó la voz y le dio una escoba—, el patio no se barre solo y la inspección escolar viene el viernes.
Así, la “heroína de la sierra” volvió a su rutina: barrer, limpiar mocos, recortar foami y llegar a su casa al atardecer con la espalda molida y los bolsillos vacios.
La realidad económica le dio una cachetada el martes por la noche. Se soltó un tormentón de aquellos que parece que el cielo se está cayendo a pedazos. Valeria estaba cenando un taco de sal con aguacate cuando sintió una gota fría en la nuca.
—No puede ser… —susurró.
Miró hacia arriba. Justo encima de la mesa, una mancha de humedad oscura se expandía rápidamente. Ploc. Otra gota. Y luego otra más rápido: ploc, ploc, ploc.
Corrió por la cubeta que usaba para trapear. Apenas la puso bajo la gotera, escuchó otro sonido en la sala. Ploc. Y otro en su cuarto.
Esa noche, Valeria no durmió. Se la pasó moviendo muebles y vaciando ollas y cubetas cada hora. Su casa parecía una orquesta de percusiones desafinadas. Sentada en una silla seca en un rincón, envuelta en una cobija, miró el cheque imaginario de cien mil pesos que había rechazado.
—Eres bien mensa, Valeria —se dijo a sí misma, tiritando—. Bien digna, pero bien mojada.
Pero luego recordaba la mirada de Alejandro. Recordaba que no lo había hecho por dinero. Y aunque el frío le calaba, el orgullo la mantenía caliente por dentro. “Yo puedo sola”, pensó. “Siempre he podido sola”.
El viernes por la tarde, el pueblo de San Isidro entró en estado de alerta.
—¡Ahí viene! ¡Ahí viene la troca del catrín! —gritó un chamaco corriendo por la calle principal levantando polvo.
Valeria estaba en el patio de su casa, tratando de remendar una sábana vieja, cuando escuchó el motor. No era el motor asmático de las camionetas del pueblo. Era un ronroneo potente, grave, de un motor de ocho cilindros que costaba más que todas las casas de la cuadra juntas.
El corazón le dio un vuelco. Se alisó la blusa instintivamente y se pasó la mano por el cabello para aplacar los pelos rebeldes. “Tranquila”, se ordenó. “Seguro nomás viene de paso”.
La camioneta negra, inmensa y brillante como zapato de charol, se detuvo frente a su cerca de madera podrida. La ventana del copiloto bajó.
—¡Vaaaaaal!
El grito agudo de Camila hizo sonreír a Valeria antes de que pudiera evitarlo.
La puerta se abrió y la niña, que traía una bota ortopédica en el pie derecho y caminaba con ayuda de un bastón pequeño de colores, intentó correr.
—¡Ey, tranquila, correcaminos! —Alejandro bajó del lado del conductor y la alcanzó en dos zancadas, cargándola en brazos.
Valeria salió al encuentro. Al ver a Alejandro, sintió que el aire se le atoraba un poquito.
Ya no vestía como en el hospital. Traía unos jeans oscuros, botas de trabajo (que se veían sospechosamente nuevas y limpias) y una camisa blanca arremangada hasta los codos. Se veía… guapo. Ridículamente guapo para un viernes por la tarde en la sierra.
—Hola, Valeria —dijo él. Su voz era profunda y tenía un tono de familiaridad que la puso nerviosa.
—Hola… Señor Alejandro. Camila. Qué milagro.
—¡Nada de “Señor”! —protestó él, sonriendo—. Soy Alejandro. Y prometimos volver, ¿no? Camila no me ha dejado en paz en toda la semana. “Papá, ¿cuándo vamos con Val?”, “Papá, quiero gorditas”, “Papá, ¿el gato imaginario me extraña?”. Me estaba volviendo loco.
Valeria rio, acariciando la mejilla de la niña.
—El gato imaginario te extrañó mucho. Y yo también.
—¿Nos invitas a pasar? —preguntó Alejandro, mirando la casita con ojo crítico.
—Claro, pasen… aunque está un poco desordenado —se disculpó Valeria, sintiendo la vergüenza de su pobreza al abrir la puerta.
Entraron. La casa estaba limpia, como siempre, pero las evidencias del desastre de la lluvia estaban ahí: las manchas de humedad en el techo, las cubetas todavía puestas estratégicamente “por si acaso”, y el olor a humedad que no se iba con nada.
Alejandro bajó a Camila en el sofá (que Doña Chuy le había regalado hacía meses). La niña se puso a jugar con unas muñecas de trapo que Valeria tenía.
Mientras tanto, Alejandro se quedó de pie en medio de la sala, mirando hacia arriba. Su sonrisa se borró. Su ceño de arquitecto se frunció.
—Valeria… —dijo, señalando el techo—. ¿Qué es esto?
—Ah, pues… llovió el martes —dijo ella, restándole importancia, sirviendo agua en vasos de vidrio que no combinaban—. Ya sabe, cosas de casas viejas.
Alejandro caminó por la sala, tocando las paredes húmedas. Su expresión pasó de preocupación a enojo contenido.
—¿Dormiste aquí? ¿Con esta humedad? Valeria, esto es peligroso. Te puedes enfermar de los pulmones. El techo se puede vencer.
—No es para tanto —dijo ella a la defensiva—. He vivido en peores lugares. Además, ya estoy juntando para comprar lámina y…
—No —la cortó él en seco.
Alejandro sacó su celular.
—No vas a juntar nada. Y no vas a dormir aquí otra noche con este techo así.
—Oiga, no empiece —Valeria se plantó frente a él, cruzada de brazos. A pesar de que él le sacaba una cabeza de altura, no se amedrentó—. Esta es mi casa. Yo resuelvo mis problemas. No acepté su dinero y no voy a aceptar que venga a darme órdenes.
Alejandro la miró. Vio la fiereza en sus ojos negros. Suspiró y guardó el celular. Se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—Valeria, por favor, entiende. No es caridad. No puedo… —hizo una pausa, buscando las palabras, bajando la voz para que Camila no oyera—. No puedo dormir tranquilo en mi cama king size con calefacción sabiendo que tú, la persona que salvó lo que más amo, estás aquí mojándote y pasando frío. Me hace sentir una basura.
Valeria bajó la guardia un poco. La honestidad de él la desarmó.
—Pues tendrá que aprender a lidiar con eso, Alejandro. Porque yo no soy una obra de caridad.
Alejandro sonrió de medio lado. Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Ok. Entendido. No eres caridad. Eres… socia.
—¿Socia?
—Sí. Mira, yo soy arquitecto. Construir y arreglar cosas es lo mío. Me pican las manos si no lo hago. Hagamos un trato. Yo arreglo este techo. Yo pongo los materiales y la mano de obra experta —se señaló el pecho con burla—. Y tú… tú me pagas.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Con qué? Tengo trescientos pesos y un vale de despensa.
—Con comida —dijo él rápidamente—. Me muero por probar esa comida casera de la que Camila no para de hablar. Y necesito que alguien me enseñe a diferenciar los hongos buenos de los venenosos, porque quedé traumado. Tú pones la comida y la guía turística. Yo pongo el techo. Es un trueque. Comercio justo. ¿Trato?
Valeria lo miró con sospecha. Sabía que él salía perdiendo en el trato económico, pero ganaba en dignidad. Era una oferta que le permitía salvar su orgullo. Y, maldita sea, necesitaba ese techo.
—Mmmm… —fingió pensarlo—. Incluye tortillas hechas a mano, pero no me pidas milagros con el mole, que ese lo hace Doña Chuy.
Alejandro extendió la mano.
—Trato hecho.
Valeria estrechó su mano. Estaba caliente y firme.
—Trato hecho. Pero se aguanta si lo pongo a trabajar de verdad, eh. Aquí no hay chalanes.
Lo que siguió ese fin de semana fue algo que San Isidro no olvidaría pronto.
Alejandro no estaba jugando. A la hora de haber cerrado el trato, llegó un camión de materiales. No uno exagerado, para no asustar a Valeria, pero sí con lo necesario: vigas de madera tratada, tejas nuevas, impermeabilizante de primera calidad y cemento.
Valeria pensó que Alejandro iba a contratar a gente del pueblo y él se sentaría a supervisar. Se equivocó.
El sábado a las siete de la mañana, Alejandro estaba en su puerta, vestido con una camiseta vieja y guantes de carnaza.
—¡Buenos días, socia! ¿Dónde está el café?
Durante dos días, el “arquitecto fresa” de la ciudad se subió al techo. Trabajó hombro con hombro con Don Pancho, que se unió a la faena encantado de la vida (y un poco por chismear).
Valeria los miraba desde abajo, pasándoles agua y herramientas. Le sorprendió ver que Alejandro sabía lo que hacía. No era un oficinista de manos suaves. Sabía clavar, sabía mezclar cemento, sabía calcular ángulos.
—¡Oiga, Don Alejandro! —le gritaba Don Pancho desde la otra esquina del techo—. ¡Páseme el martillo! ¡Y no me trate de usted, que aquí arriba todos somos iguales ante el porrazo!
—¡Va el martillo, Pancho! —respondía Alejandro, riendo con la cara manchada de tizne.
El momento que casi le causa un infarto a Valeria (y a Lupita, que estaba “ayudando” a lavar verduras pero en realidad estaba echando taco de ojo) fue cuando el sol del mediodía se puso insoportable.
Alejandro, sudando a chorros, se quitó la camiseta para secarse la cara y decidió seguir trabajando en camiseta interior de tirantes.
Lupita le dio un codazo a Valeria en las costillas que casi le saca el aire.
—¡Virgen del perpetuo socorro! —susurró Lupita—. Val, si no te casas con ese hombre, me caso yo. Mira nomás esos brazos. Se ve que carga planos muy pesados.
—¡Cállate, mensa, que te va a oír! —chistó Valeria, sintiendo que se ponía roja como un tomate.
Pero no pudo evitar mirar. Alejandro era fuerte. No “fuerte de gimnasio”, sino fuerte de verdad. Y verlo ahí, en su techo, arreglando su hogar, sudando por ella… despertó algo en su vientre que no tenía nada que ver con la gratitud.
Mientras los hombres trabajaban arriba, Valeria y Camila estaban abajo. Camila, sentada en una silla, pintaba piedras con acuarelas.
—Esta piedra es para ti, Val —dijo, entregándole una piedra gris pintada con manchas rosas—. Es un corazón mágico.
—Está preciosa, mi amor. La voy a poner en mi ventana.
Valeria cocinó como nunca. Hizo arroz rojo, frijoles refritos con manteca (como Dios manda), salsa de molcajete y, con la ayuda de Doña Chuy que bajó a supervisar, un asado de puerco que olía a gloria.
A la hora de la comida, improvisaron una mesa larga en el patio bajo la sombra de un fresno.
Alejandro bajó del techo, se lavó las manos y la cara con la manguera, sacudiéndose el pelo mojado como perro de agua. Se sentó a la mesa con un hambre voraz.
—Esto huele… increíble —dijo, tomando una tortilla caliente.
Comieron entre risas. Don Pancho contaba historias de espantos del pueblo, Lupita coqueteaba inofensivamente con Alejandro (quien la trataba con una caballerosidad que la tenía derretida), y Camila comía feliz, manchándose la cara de salsa.
Valeria observaba la escena. Parecían… una familia. Una familia extraña, remendada, formada por gente de mundos distintos, pero una familia al fin.
Por un momento, se permitió imaginar que esto no era un fin de semana extraordinario. Que era su vida. Que Alejandro se quedaría. Que Camila era suya también.
La idea le asustó tanto que se levantó bruscamente a traer más tortillas.
El domingo por la tarde, el techo estaba terminado. Era una obra de arte. Sólido, bien sellado, con tejas nuevas que brillaban al sol.
—Garantizado por cincuenta años —dijo Alejandro, bajando la escalera por última vez, agotado pero satisfecho—. Si cae una gota, demando al arquitecto.
Valeria le entregó una toalla limpia y una limonada helada.
—Gracias —dijo ella. Y esta vez, la palabra se quedó corta.
Camila ya se había quedado dormida en el coche, rendida de tanto jugar. Don Pancho y Lupita se habían ido discretamente para dejarlos despedirse.
Se quedaron solos en el porche, con el sol poniente tiñendo el cielo de naranja. El aire de la sierra empezaba a enfriar, pero era un frío rico.
—Te quedó muy bien —dijo Valeria, rompiendo el silencio.
—Me gusta trabajar con las manos —dijo él, mirando sus propias manos llenas de rasguños y restos de cemento—. Me ayuda a no pensar.
—¿A no pensar en qué? —se atrevió a preguntar ella.
Alejandro suspiró y se sentó en el escalón de la entrada. Valeria se sentó a su lado, guardando una distancia prudente.
—En mi esposa —dijo él suavemente. No había dolor agudo en su voz, solo una nostalgia inmensa—. Murió hace dos años. Cáncer. Fue… rápido y brutal. Se llamaba Elena.
Valeria no dijo nada. Solo escuchó.
—Cuando ella murió, sentí que el mundo se apagaba. Me volqué en el trabajo. Diseñaba edificios enormes, rascacielos, centros comerciales. Ganaba millones. Pero llegaba a mi casa y estaba vacía. Y Camila… pobre Camila. Me convertí en un padre paranoico. No la dejaba ni respirar por miedo a perderla también.
Alejandro giró la cabeza para mirar a Valeria. Sus ojos miel estaban oscuros por la sombra del atardecer.
—Ese día en el bosque… cuando la perdí… sentí que Elena se moría otra vez. Sentí que yo me moría. Y cuando apareciste tú… —Alejandro negó con la cabeza, sonriendo levemente—. No sé cómo explicarlo, Valeria. Pero cuando te vi con ella en brazos, tan valiente, tan decidida a pesar de que estabas temblando… vi luz. Por primera vez en dos años, vi luz.
Valeria sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Yo no soy luz, Alejandro. Soy solo… Valeria. Una huérfana que vive en el monte.
—Eres mucho más que eso. No tienes idea de lo que eres.
Alejandro estiró la mano y, con un dedo, le levantó la barbilla suavemente para que lo mirara a los ojos. El contacto fue eléctrico.
—Valeria… gracias por dejarme arreglar tu techo. Pero creo que… creo que me arreglaste a mí un poco también este fin de semana.
Valeria no supo qué contestar. Quería decirle que él también la estaba arreglando. Que su presencia llenaba huecos en su alma que ella ni sabía que tenía. Pero el miedo la paralizó. Él era rico, viudo, complicado. Ella era… ella.
—Ya es tarde —susurró ella, apartando la mirada—. Tienes que manejar de regreso a la ciudad. Es peligroso de noche.
Alejandro retiró la mano lentamente, respetando su espacio.
—Tienes razón.
Se puso de pie y se sacudió el pantalón.
—Pero voy a volver, Valeria. El próximo fin de semana. Y el siguiente. Tenemos un trato de comida por mantenimiento, ¿recuerdas? Y todavía veo que esa ventana necesita un marco nuevo.
Valeria sonrió, relajándose.
—Aquí te espero. Pero trae más hambre, porque Doña Chuy amenazó con hacer tamales.
—Desafío aceptado.
Alejandro caminó hacia la camioneta. Antes de subir, se giró y le lanzó un beso con la mano.
—Adiós, socia.
—Adiós, catrín —respondió ella en voz baja.
La camioneta arrancó y se alejó por el camino de tierra, levantando polvo dorado por el sol.
Valeria se quedó ahí parada hasta que el ruido del motor desapareció. Luego, entró a su casa.
Miró su techo nuevo. Perfecto. Seco.
Se dejó caer en el sofá y abrazó un cojín. La casa olía a él. Olía a loción cara, a sudor de trabajo y a cemento.
Por primera vez en su vida, la soledad de la casa no se sentía como un vacío eterno. Se sentía como una pausa. Una pausa antes de que la vida, la verdadera vida, comenzara de nuevo el próximo viernes.
Sonrió a la nada.
—Creo que voy a necesitar comprar más aguacates —dijo al silencio. Y el silencio, por primera vez, pareció responderle con esperanza.
CAPÍTULO 7: LA FIESTA DE SAN ISIDRO Y EL BAILE DE LAS MÁSCARAS CAÍDAS
Dicen en el pueblo que a todo se acostumbra uno, menos a no comer. Pero San Isidro se acostumbró rapidito a la presencia de la camioneta negra blindada estacionada cada fin de semana frente a la casita de Valeria.
Lo que empezó como una visita de agradecimiento se convirtió en una rutina sagrada. Viernes por la tarde: llegada de Alejandro y Camila. Sábado: día de talacha, paseos al río o ayudar en el pueblo. Domingo: comida familiar y despedida triste.
Ya habían pasado seis meses desde el rescate. Seis meses en los que la vida de Valeria había dado un giro de 180 grados, aunque ella se empeñaba en seguir viviendo igual.
Alejandro, fiel a su palabra, no le dio dinero directo. Pero se convirtió en un huracán de mejoras disfrazadas de “hobbies”.
—Oye, Val, fíjate que me sobró un calentador solar de una obra en la ciudad y me estorba en la bodega. ¿Te molesta si lo instalo aquí?
O:
—Camila quiere aprender a hornear pastel de elote, pero tu estufa vieja es peligrosa para ella. Voy a traer una nueva, nomás por seguridad de la niña, eh.
Valeria rodaba los ojos, sabiendo que era mentira que le “sobraran” cosas, pero aceptaba a regañadientes porque veía la felicidad en los ojos de Camila. Y, si era honesta, porque le gustaba verlo a él con las mangas arremangadas, instalando tubos y peleándose con las instrucciones en chino.
Pero la prueba de fuego llegó en mayo.
Mayo en San Isidro significa una sola cosa: La Fiesta Patronal. El día de San Isidro Labrador. Es la fecha en que el pueblo, usualmente dormido y polvoriento, se despierta con ganas de parranda. Se cuelgan papeles picados de colores en las calles, llegan los juegos mecánicos oxidados que rechinan como almas en pena pero divierten igual, y el olor a pólvora y a garnachas inunda el aire.
—¿Entonces qué, Val? —le preguntó Lupita una tarde mientras desgranaban maíz en el porche—. ¿Vas a ir al baile del sábado o te vas a quedar encerrada como monja?
—No sé, Lu. Ya sabes que no me gustan los tumultos. Además, no tengo qué ponerme.
—¡Ay, no me salgas con esas! —Lupita le aventó un olote—. El Alejandro va a venir, ¿no?
—Sí, dijo que llegaba el viernes.
—Pues ahí está. Tienes que ir. Todo el pueblo está apostando, mujer.
—¿Apostando qué? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño.
Lupita se tapó la boca, dándose cuenta de que había hablado de más.
—Eh… nada. Cosas de la gente chismosa. Que si Don Goyo se va a emborrachar antes de las diez, que si el cura va a regañar a los de la banda… y que si tú y el arquitecto por fin se van a dar un beso o van a seguir haciéndose los occisos.
Valeria sintió que la cara le ardía como si se hubiera untado chile habanero.
—¡Lupita! Él es mi amigo. Es mi… socio. Nada más. Él es de la alta, yo soy de aquí. No te hagas películas.
—La película te la haces tú, amiga. Él te mira como si fueras taco de carnitas con guacamole. Pero bueno, si te quieres hacer la difícil, allá tú. Pero yo que tú, me conseguía un vestido bonito. Nomás por si acaso.
El viernes llegó con el alboroto de la fiesta. La banda de viento ya estaba probando sonido en el kiosco de la plaza: Pum-pum-tarara-ta-ta. Los cohetes estallaban en el cielo azul cada media hora, asustando a los perros y haciendo vibrar las ventanas.
Cuando Alejandro llegó, traía una energía diferente. Se bajó de la camioneta con una sonrisa de oreja a oreja y, para sorpresa de Valeria, traía puesta una guayabera blanca impecable y un sombrero fino.
—¡Quihubo, socia! —saludó, cargando a Camila que venía vestida con un traje típico de Adelita, con trenzas y listones tricolores—. ¿Listas para el mitote?
Valeria se secó las manos en el delantal, sintiéndose repentinamente pequeña con sus jeans viejos y su camiseta de propaganda política.
—Hola. Se ven muy… muy festivos.
—¡Es la fiesta del pueblo! —exclamó Alejandro—. Me dijo Don Pancho que se pone buenísimo. Que hay castillo de pólvora, torito y baile. Y que si no venía, me quitaba la ciudadanía honoraria de San Isidro. Así que aquí estamos. Puestísimos.
Camila corrió a abrazar a Valeria.
—¡Val! ¡Mira mis trenzas! ¡Papá aprendió a hacerlas viendo videos en YouTube! Le quedaron chuecas, pero no le digas.
Valeria rio y le acomodó un listón.
—Te ves hermosa, Cami. Eres la reina de la fiesta.
Alejandro se recargó en el marco de la puerta, mirándola intensamente.
—¿Y tú? ¿A qué hora pasamos por ti para ir a la plaza?
Valeria bajó la mirada, jugando con el borde de su delantal.
—No sé si vaya, Alejandro. Hay mucha gente, mucho ruido… y tengo que… eh… lavar ropa.
Alejandro soltó una carcajada incrédula.
—¿Lavar ropa? ¿En viernes de fiesta patronal? Valeria, por favor. No me digas que me vas a dejar solo con los lobos. Don Pancho me amenazó con obligarme a tomar mezcal de pechuga si no llevaba “refuerzos”. Necesito que me protejas.
—Usted se sabe defender solo —murmuró ella.
Alejandro dio un paso hacia ella, invadiendo suavemente su espacio personal. Olía a jabón caro y a esa loción amaderada que a Valeria ya se le había grabado en la memoria olfativa.
—Valeria… —su voz bajó un tono, volviéndose suave, casi una súplica—. No vine a la fiesta. Vine a la fiesta contigo. Si tú no vas, yo me quedo aquí sentado viendo la tele. Y Camila se va a perder los juegos mecánicos y va a llorar, y será tu culpa. Chantaje emocional puro y duro.
Valeria levantó la vista. Ahí estaba esa mirada otra vez. Esos ojos miel que le decían mil cosas que su boca callaba.
Suspiró, derrotada.
—Está bien. Pero no tengo ropa elegante ni nada de eso.
—Tú no necesitas nada para brillar, Valeria. Paso por ti a las siete. Y más te vale estar lista, porque si no, vengo y te saco cargando.
A las seis de la tarde, la casa de Valeria era una zona de guerra. Lupita había llegado con un arsenal de cosméticos y un vestido colgado en un gancho.
—¡Ni creas que te vas a ir de fachosa! —sentenció Lupita, empujando a Valeria hacia la silla—. Mi prima la de Morelia me prestó este vestido. Dice que le queda chico de la pechuga, así que a ti te debe quedar pintado.
—Lupita, no me gusta maquillarme…
—¡Cállate y coopera!
Después de una hora de tortura que incluyó depilación de ceja (“¡Ay, duele!”), tenazas para el cabello y una lucha con un cierre, Lupita giró a Valeria hacia el espejo de cuerpo entero (que Alejandro le había regalado “porque combinaba con el armario nuevo”).
Valeria se quedó sin aliento.
La chica del espejo no parecía la huérfana que barría patios.
El vestido era sencillo, de color azul marino profundo, con un corte campesino que dejaba los hombros al descubierto y una falda amplia que caía hasta la rodilla. Lupita le había dejado el cabello suelto en ondas suaves y le había puesto un poco de rímel y labial rojo quemado.
—No ma… —se le escapó a Valeria—. ¿Esa soy yo?
—Esa eres tú, mamacita. Das el gatazo de ser de la realeza. Ahora ponte los huaraches bonitos y vámonos, que el príncipe azul ya debe estar tocando el claxon.
Efectivamente, a las siete en punto, Alejandro tocó a la puerta. No usó el claxon. Bajó y tocó la madera con los nudillos.
Valeria respiró hondo, agarró su rebozo negro por si refrescaba, y abrió.
Alejandro estaba de espaldas, mirando hacia el cerro. Al escuchar la puerta, se giró.
Y se quedó mudo.
Literalmente mudo. Abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Sus ojos recorrieron a Valeria de pies a cabeza y luego volvieron a subir, quedándose fijos en su rostro.
Valeria se sintió cohibida. Se cruzó de brazos, cubriéndose un poco.
—¿Qué? ¿Me veo muy ridícula? Lupita me obligó…
Alejandro reaccionó. Negó con la cabeza lentamente y dio un paso hacia ella.
—Te ves… te ves espectacular, Valeria. No tengo palabras.
Le ofreció el brazo, como un caballero de película antigua.
—¿Nos vamos? La carroza espera. O sea, la troca, pero tú entiendes.
La plaza de San Isidro era un caos hermoso. Había gente por todos lados. Puestos de elotes, de tacos, de churros rellenos, de juguetes luminosos. La música de la banda retumbaba en el pecho: ¡Bum-bum-bum!.
Alejandro, Valeria y Camila caminaban entre la multitud. Para sorpresa de Valeria, la gente no los miraba con envidia ni malicia. Los saludaban.
—¡Adiós, Valeria! ¡Qué guapa te ves! —le gritaba la señora de las tortillas.
—¡Don Alejandro! ¡Échese un taco, invita la casa! —gritaba el carnicero.
Alejandro saludaba a todos, estrechando manos, aceptando un elote aquí, comprando una rifa allá. Se movía entre la gente del pueblo con una naturalidad que a Valeria le fascinaba. No era el “rico” mirando hacia abajo. Era uno más, solo que mejor vestido.
Camila estaba en el paraíso. Se subió al carrusel, a los caballitos y hasta convenció a Alejandro de subirse a las “Sillas Voladoras”, donde el pobre hombre terminó verde del mareo mientras Valeria se moría de la risa abajo.
—Nunca… nunca más me dejes hacer eso —dijo él, tambaleándose al bajar, agarrándose del hombro de Valeria para no caerse.
—Te aguantas. Es parte de la experiencia mexicana. Ahora te falta el “Torito” de fuegos artificiales.
—¿El qué?
—Ya verás.
Cuando cayó la noche cerrada, la fiesta cambió de tono. La música se volvió más romántica. La gente empezó a bailar en la explanada frente al kiosco.
Camila, agotada y llena de azúcar, se quedó dormida en los brazos de Alejandro, quien la fue a dejar con Doña Chuy, que estaba sentada en una banca con otras señoras cuidando a los nietos.
—Déjamela aquí, mijo. Ustedes vayan a bailar. Aprovechen que la noche es joven —le guiñó un ojo Doña Chuy.
Alejandro regresó con Valeria, que estaba parada mirando los fuegos artificiales lejanos.
—Valeria.
Ella volteó. La luz de las farolas doradas le iluminaba el perfil.
—¿Mande?
—¿Me concedes esta pieza?
La banda estaba tocando un vals, una de esas canciones viejitas y llegadoras, “El Sauce y la Palma”.
Valeria sintió pánico.
—Alejandro, yo no sé bailar de cartoncito. Soy muy tronca. Te voy a pisar las botas nuevas.
—Correré el riesgo. Mis botas son de uso rudo. Ven.
Le tomó la mano y la jaló suavemente hacia el centro de la pista improvisada de cemento.
Al principio, Valeria estaba tiesa como una tabla, manteniendo una distancia de seguridad de treinta centímetros. Pero Alejandro, con firmeza, le puso una mano en la cintura y con la otra entrelazó sus dedos, acercándola.
—Relájate —le susurró al oído. Su aliento le hizo cosquillas en el cuello—. Déjate llevar. Solo sigue mis pies.
Poco a poco, la magia de la música y la noche hizo su trabajo. Valeria apoyó la cabeza tímidamente en el hombro de Alejandro. Olía tan bien. Se sentía tan sólido, tan seguro.
Cerró los ojos. Por un momento, olvidó que ella era la chica pobre del techo con goteras. Olvidó que él era el arquitecto millonario de la ciudad. Eran solo un hombre y una mujer, girando despacio bajo las estrellas de la sierra.
—Valeria… —dijo él, sin dejar de bailar.
—¿Sí?
—Llevo meses queriendo decirte algo. Pero me da miedo.
Valeria levantó la cabeza para mirarlo.
—¿Tú? ¿Miedo? Si te enfrentaste a un jabalí la semana pasada.
—El jabalí es menos peligroso que tú. El jabalí solo me puede romper una pierna. Tú… tú me puedes romper el corazón.
El mundo se detuvo. La banda, la gente, los cohetes, todo se fue a segundo plano.
—Alejandro, no digas eso…
—Tengo que decirlo. Valeria, estos meses han sido los más felices que he tenido en años. Y no es solo por Camila. Es por ti. Me he enamorado de este pueblo, sí. Pero me he enamorado más de la mujer que me trajo a él.
Valeria sintió que le faltaba el aire. Quería correr. Quería besarlo. Quería gritar.
—Alejandro, somos muy diferentes… —empezó a decir, con la voz temblorosa, repitiendo el discurso que se había dado a sí misma mil veces—. Tú tienes tu vida en Guadalajara. Tus empresas, tus viajes. Yo… yo soy esto. Una casa de adobe. Un sueldo mínimo. No encajamos. La gente va a hablar. Tu familia va a hablar.
Alejandro dejó de bailar, pero no la soltó. La sujetó con más fuerza por la cintura.
—Que hablen. Me importa un carajo lo que digan. Mi vida en Guadalajara era gris hasta que te conocí. ¿De qué me sirve el dinero si llego a una casa vacía? Contigo… contigo todo tiene color.
Acercó su rostro al de ella. Estaban tan cerca que sus narices casi se tocaban.
—No te estoy pidiendo que cambies, Valeria. Me gustas así. Con tus manos trabajadoras, con tu orgullo terco, con tu risa cuando te burlas de mí porque no sé prender el carbón. Te quiero a ti.
Valeria tenía lágrimas en los ojos. El miedo era terrible. Miedo a creer. Miedo a que fuera un sueño y despertar mañana sola otra vez.
—¿Y si te aburres? —susurró ella, con su inseguridad más profunda saliendo a flote—. ¿Y si un día te das cuenta de que soy poca cosa para ti?
Alejandro la miró con una seriedad absoluta.
—Valeria, tú me salvaste la vida al salvar a mi hija. Eres la persona más valiosa que conozco. Nunca, escúchame bien, nunca pienses que eres poca cosa. Eres una reina. Mi reina de la sierra.
Y entonces, sin darle tiempo a más dudas, la besó.
No fue un beso de película de Hollywood. Fue un beso real. Un beso con sabor a mezcal (que Alejandro había probado antes), a azúcar de churros y a anhelo contenido por seis meses. Fue un beso tierno al principio, pidiendo permiso, y luego profundo, desesperado, hambriento.
Valeria se quedó rígida un segundo, y luego, como una presa que se rompe, se rindió. Rodeó el cuello de Alejandro con sus brazos y le devolvió el beso con toda el alma que tenía guardada.
La gente a su alrededor aplaudió y chifló.
—¡Eaaaaa! ¡Ya era hora, chingao! —gritó Don Pancho desde alguna parte.
—¡Vivan los novios! —gritó un borracho.
Alejandro y Valeria se separaron, riendo, con las frentes pegadas, respirando agitadamente.
—Te quiero, Valeria —dijo él.
—Te quiero, Alejandro —admitió ella por fin, sintiendo que al decirlo se quitaba una armadura de encima.
Pero como en toda buena historia de drama, la felicidad perfecta dura poco.
De repente, un estruendo seco interrumpió la música. No fue un cohete. Fue diferente. Más seco. Más cercano.
¡Pum!
La música de la banda paró en seco.
Un grito desgarrador rompió la noche desde la orilla de la plaza.
—¡Fuego! ¡Se quema el monte!
Valeria y Alejandro se giraron hacia el cerro, hacia la zona boscosa que rodeaba el pueblo.
Efectivamente, una columna de humo negro y llamas naranjas empezaba a lamer el cielo nocturno, justo en la dirección donde estaba la casa de Valeria.
—¡Mi casa! —gritó Valeria, palideciendo.
Pero Alejandro miró con ojo experto la distancia.
—No, no es tu casa. Es más arriba. Es…
Los dos se miraron, compartiendo el mismo pensamiento aterrador.
El incendio venía de la zona de “La Mesa”. Donde habían encontrado la avioneta.
Y el viento soplaba fuerte hacia el pueblo.
—¡El castillo de pólvora! —gritó alguien—. ¡Una chispa cayó en el pastizal seco!
El pánico se desató. La gente corría, empujaba. La fiesta se convirtió en pesadilla en segundos.
—¡Camila! —Alejandro buscó desesperadamente con la mirada hacia la banca donde estaba Doña Chuy.
Doña Chuy venía corriendo hacia ellos, jalando a una Camila asustada pero a salvo.
—¡Vámonos! ¡El aire está bajando la lumbre muy rápido!
—¡Hay que hacer una brecha cortafuegos! —gritó Don Pancho, apareciendo con una pala en la mano—. ¡Todos los hombres que puedan, síganme! ¡Si no paramos el fuego en la cañada, se nos quema el pueblo entero!
Alejandro miró a Valeria. Miró a Camila.
—Llévatela a la camioneta. Súbanse y váyanse a la carretera, lejos del humo.
—¿Qué? ¿Y tú? —preguntó Valeria, agarrándolo del brazo.
Alejandro se estaba quitando la guayabera fina, quedándose en camiseta. Su cara había cambiado. Ya no era el enamorado tierno. Era el hombre de acción.
—Yo voy con Pancho. Tengo experiencia en obras, sé usar maquinaria. Vi un tractor Caterpillar estacionado en la entrada del pueblo. Si lo movemos, podemos hacer una zanja rápido.
—¡Estás loco! ¡No eres bombero! —gritó Valeria, con el terror de perderlo inundándola de golpe. Apenas lo tenía y ya se le iba.
—Valeria, es tu pueblo. Es tu gente. No voy a dejar que se queme.
Alejandro le tomó la cara con las dos manos y la besó rápido, fuerte.
—Cuida a Camila. Te prometo que regreso. ¡Te lo prometo!
—¡Alejandro!
Pero él ya estaba corriendo detrás de Don Pancho y los otros hombres, perdiéndose en el humo y la confusión, corriendo directo hacia el infierno naranja que bajaba del cerro.
Valeria se quedó parada un segundo, con el corazón destrozado entre el deber y el amor. Camila lloraba agarrada a su falda.
—¡Vámonos, Valeria! —la jaló Doña Chuy—. ¡No seas necia, hay que sacar a los niños!
Valeria cargó a Camila. Miró una última vez hacia la montaña en llamas.
—Más te vale cumplir tu promesa, catrín —susurró con rabia y miedo—. Porque si te mueres, te juro que te mato.
Y corrió hacia la camioneta negra, mientras las campanas de la iglesia empezaban a repicar a rebato, anunciando peligro, muerte y fuego en la noche de San Isidro.
CAPÍTULO 8: CENIZAS, PROMESAS Y UN NUEVO AMANECER
La noche del incendio no se midió en horas, sino en latidos de corazón y rezos desesperados.
Valeria manejó la inmensa camioneta negra de Alejandro con las manos temblando sobre el volante, siguiendo la caravana de autos viejos y camiones de redilas que evacuaban el pueblo. En el asiento de atrás, Camila lloraba en silencio abrazada a Doña Chuy, quien desgranaba las cuentas de su rosario a una velocidad vertiginosa, murmurando avesmarías que se perdían en el ruido del motor.
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… y por los tercos que se quedaron allá arriba —decía la señora, con la voz quebrada.
Llegaron al “Crucero”, un parador turístico a diez kilómetros de San Isidro, donde el aire todavía se podía respirar sin toser ceniza. Ahí se había montado el campamento de refugiados improvisado. Mujeres, niños y ancianos se amontonaban bajo las luces amarillentas de la gasolinera, mirando hacia la montaña.
Desde ahí, la vista era apocalíptica.
El cielo sobre San Isidro no era negro, sino de un naranja enfermo, pulsante. Las llamas se veían a la distancia como serpientes de luz devorando la oscuridad, bajando por las laderas con una voracidad que daba miedo.
—¿Mi papá va a regresar, verdad Val? —preguntó Camila, jalándole la manga a Valeria. Tenía los ojos hinchados y la cara manchada de hollín.
Valeria se agachó y la abrazó, apretándola contra su pecho para que la niña no sintiera cómo le temblaba el cuerpo.
—Claro que sí, mi amor. Tu papá es muy listo. Y está con Don Pancho. Don Pancho conoce el monte mejor que nadie. Ellos le van a ganar a la lumbre.
Lo dijo con una seguridad que no sentía. Por dentro, Valeria se estaba muriendo.
Pensaba en Alejandro, con su camisa fina y sus manos de arquitecto, metiéndose en la boca del lobo. Pensaba en su valentía estúpida y hermosa. “No voy a dejar que se queme tu pueblo”, había dicho.
“Si te pasa algo, te juro que voy al cielo y te traigo de las orejas”, pensó Valeria, con una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
La madrugada fue eterna. Llegaron camiones de bomberos de los municipios vecinos, sirenas aullando, subiendo hacia el infierno. Llegaron voluntarios con palas. Nadie bajaba.
Valeria no durmió. Se quedó sentada en la defensa de la camioneta, vigilando el horizonte, esperando ver los faros de alguna camioneta bajando con noticias.
A eso de las cinco de la mañana, el viento cambió.
Empezó a llover.
No fue un tormentón como el del martes, sino una llovizna constante, bendita, mansa. El “chipi-chipi” que le dicen en la sierra.
Valeria levantó la cara al cielo y dejó que las gotas frías le mojaran la piel.
—Gracias… —susurró.
Poco a poco, el resplandor naranja en el cielo comenzó a morir, ahogado por el agua y el esfuerzo de los hombres. El amanecer llegó gris, triste, revelando una columna de humo blanco que se alzaba como un fantasma sobre el valle.
—¡Ya bajaron! —gritó alguien a las siete de la mañana.
Una fila de camionetas llenas de lodo y tizne venía bajando por la carretera.
Valeria sintió que el corazón se le salía del pecho. Dejó a Camila con Doña Chuy y corrió hacia la entrada del parador.
La primera camioneta era la de la policía. Luego la de los bomberos. Luego la pick-up destartalada de Don Pancho.
La camioneta se detuvo. De la caja trasera empezaron a bajar hombres. Parecían sombras. Estaban cubiertos de hollín de pies a cabeza, con los ojos rojos y la ropa chamuscada. Tosían, escupían negro, pero… sonreían.
Valeria buscó desesperadamente entre las caras sucias. Vio a Don Pancho, que bajó cojeando pero entero. Vio al carnicero. Vio al hijo de Don Goyo.
Pero no veía a Alejandro.
El pánico le heló la sangre.
—¡Don Pancho! —gritó, corriendo hacia él—. ¿Dónde está? ¿Dónde está Alejandro?
Don Pancho se quitó el sombrero y se limpió la frente negra con un trapo igual de sucio. Su expresión era seria. Demasiado seria.
—Mija… el arquitecto… él se metió en la barranca con el tractor cuando el fuego nos iba a ganar… y…
Valeria sintió que las piernas se le doblaban. El mundo se puso borroso.
—No… no me diga eso…
Don Pancho la sostuvo del brazo y, de repente, una sonrisa traviesa se abrió paso entre su bigote quemado.
—… y el muy condenado maneja esa máquina mejor que yo. ¡Míralo, ahí viene el héroe!
Don Pancho señaló hacia la cabina de la camioneta.
La puerta del copiloto se abrió con un chirrido.
Y bajó Alejandro.
Estaba irreconocible. Su camiseta blanca era un trapo gris y roto. Tenía una quemadura fea en el antebrazo izquierdo, envuelta en una pañoleta sucia. Tenía el pelo revuelto y la cara tan negra como la de un minero.
Pero estaba vivo. Y estaba de pie.
Al ver a Valeria, Alejandro intentó sonreír, aunque hizo una mueca de dolor.
—Te dije que regresaba… —dijo con voz ronca, raspada por el humo.
Valeria no dijo nada. No pensó. Solo actuó.
Corrió los diez metros que los separaban y se lanzó contra él, abrazándolo con una fuerza que casi lo tira al suelo. No le importó manchar su vestido azul de hollín. No le importó el olor a humo rancio.
Lo besó en la boca, en las mejillas sucias, en la frente.
—¡Estúpido! ¡Estúpido catrín valiente! —lloraba ella, golpeándole suavemente el pecho—. ¡Pensé que te habías muerto!
Alejandro soltó una carcajada débil y la envolvió con su brazo bueno, hundiendo la nariz en su cabello.
—Hierba mala nunca muere, socia. Además, tenía que cobrar mi recompensa. Me debes unos tamales, ¿te acuerdas?
—Te voy a dar todos los tamales del mundo, idiota —sollozó ella.
En ese momento, se escuchó un grito agudo.
—¡PAPÁ!
Camila venía corriendo a toda velocidad, con su bota ortopédica golpeando el asfalto. Alejandro se soltó de Valeria y se arrodilló (haciendo una mueca de dolor) para recibir el impacto de su hija.
Los tres se quedaron ahí, abrazados en medio del estacionamiento, una escultura de amor hecha de vestidos de fiesta arruinados y ceniza de bosque.
Alrededor de ellos, la gente del pueblo aplaudía. Ya no aplaudían al “rico de la ciudad”. Aplaudían a uno de los suyos. Porque esa noche, Alejandro se había ganado el respeto que el dinero no puede comprar: el respeto de quien suda y sangra por la tierra ajena.
SEIS MESES DESPUÉS
El pueblo de San Isidro olía a azahar y a mole poblano.
Las campanas de la pequeña iglesia repicaban con una alegría histérica que asustaba a las palomas: ¡Tan-tan-tan-tan!.
Nunca en la historia del pueblo se había visto una boda así. No por el lujo, que lo había, sino por la mezcla.
En las bancas de la iglesia estaban sentados, hombro con hombro, los empresarios socios de Alejandro venidos de Guadalajara en sus trajes de lino, y los campesinos de San Isidro con sus mejores sombreros y botas boleadas.
En el altar, Alejandro esperaba. Ya no tenía ojeras. Se veía radiante, más joven, con un traje gris impecable y una flor blanca en la solapa. A su lado, Camila, vestida de damita de honor color lavanda, brincaba de emoción sosteniendo los anillos.
—¡Ya viene la novia! —susurró Don Pancho, que ese día fungía nada menos que como el “padre” que entregaba a la novia, enfundado en un traje negro que le apretaba un poco la barriga pero que portaba con un orgullo inmenso.
La marcha nupcial comenzó a sonar, tocada por la banda de viento del pueblo (porque Valeria había insistido en que no quería violines aburridos, quería trompetas).
Las puertas se abrieron.
Y entró Valeria.
No llevaba un vestido de diseñador parisino. Llevaba un vestido hecho por una costurera local, bordado a mano con flores de colores típicos de la región sobre una tela blanca vaporosa. En el cabello, llevaba una corona de flores naturales silvestres.
Se veía hermosa. No como una modelo de revista, sino como lo que era: una fuerza de la naturaleza.
Caminaba despacio del brazo de Don Pancho, sonriendo a todos. Vio a Doña Chuy llorando a moco tendido en la primera fila. Vio a Lupita, que era su dama de honor principal, guiñándole un ojo. Vio a la Maestra Toñita.
Y al final del pasillo, vio a Alejandro.
Él la miraba con esa misma intensidad del primer día en el hospital, pero ahora había algo más. Había paz. Había certeza.
Cuando llegaron al altar, Don Pancho le dio un apretón de manos a Alejandro que casi le tritura los dedos.
—Cuídemela mucho, arquitecto. Porque si le hace una, todo el pueblo sabe dónde vive.
—Con mi vida, Pancho —respondió Alejandro, sin dejar de mirar a Valeria.
La ceremonia fue corta y emotiva. Cuando el padre dijo: “Puede besar a la novia”, el beso fue tan aplaudido que casi se cae el techo de la iglesia.
—Te amo, Valeria Altamirano —susurró él.
—Te amo, Alejandro… pero sigo siendo Martínez. Martínez de Altamirano, si quieres —le corrigió ella, riendo.
La fiesta fue legendaria. Se cerró la calle principal. Hubo carnitas, barbacoa, mole y tequila para bañar a un regimiento.
Valeria bailó hasta que le dolieron los pies. Alejandro intentó bailar banda y, aunque seguía siendo un poco torpe, le ponía tantas ganas que nadie se atrevió a burlarse.
A media tarde, mientras la gente seguía celebrando, Valeria y Alejandro se escaparon un momento.
Se subieron a la camioneta (ahora decorada con latas y flores) y manejaron hacia la salida del pueblo. Pero no tomaron la carretera hacia la luna de miel.
Tomaron el camino de terracería hacia “La Mesa”.
El bosque todavía mostraba las cicatrices del incendio. Había troncos negros y zonas pelonas. Pero, gracias a la lluvia y al tiempo, el verde ya estaba brotando de nuevo. Pequeños helechos y pinos bebés asomaban entre la ceniza, demostrando que la vida siempre se abre paso.
Dejaron la camioneta y caminaron un poco hasta llegar a la cañada.
Ahí estaba.
La avioneta.
El fuego la había respetado milagrosamente, o tal vez la zanja que Alejandro había ayudado a cavar la protegió. Seguía ahí, blanca y oxidada, cubierta de enredaderas nuevas.
Se quedaron parados frente a ella en silencio, tomados de la mano.
—Es increíble —dijo Alejandro—. Aquí empezó todo. En este pedazo de chatarra.
—No es chatarra —dijo Valeria, acariciando el metal—. Es un arca. Nos salvó a todos. Salvó a Camila del frío. Me salvó a mí de la soledad. Y te salvó a ti de la tristeza.
Alejandro la abrazó por la espalda, recargando la barbilla en su hombro.
—Tengo una idea —dijo—. Iba a mandar a que la sacaran y la vendieran por kilo, pero… ¿qué te parece si la dejamos?
—¿Aquí?
—Sí. Puedo traer una cuadrilla, limpiarla, asegurarla para que no sea peligrosa, y hacer un pequeño sendero. Que se quede aquí como un monumento. Como un recordatorio de que a veces hay que perderse para encontrarse.
Valeria sonrió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Me gusta. “El Santuario de la Avioneta”. Suena bien.
—Y además —añadió Alejandro con picardía—, cuando Camila crezca y traiga novio, la puedo traer aquí para asustar al muchacho y decirle: “Mira, aquí sobrevivió mi hija a los osos, así que más te vale portarte bien”.
Valeria soltó una carcajada que resonó en el bosque, espantando a unos pájaros azules.
—Estás loco. Pero así te quiero.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta, los mismos colores de aquel día en que Valeria subió buscando hongos y encontró un destino.
—¿Nos vamos? —preguntó Alejandro—. Tenemos un avión de verdad que tomar mañana para ir a la playa. Camila está emocionada por ver el mar.
—Vámonos.
Caminaron de regreso a la camioneta, pero antes de subir, Valeria se detuvo y miró hacia el cielo.
Cerró los ojos un momento y habló en silencio con las sombras de su pasado.
“Mamá, papá… ya no tengo miedo. Ya no estoy sola. Gracias por guiarme hasta aquí. Gracias por darme esta casa, este pueblo y esta familia. Descansen. Yo estoy bien. Estoy muy bien.”
Sintió una brisa suave en la cara, como una caricia.
Sonrió.
Subió a la camioneta donde su esposo la esperaba con el motor encendido.
—¿Lista, señora Altamirano?
—Lista, mi amor. Dale.
La camioneta arrancó, levantando una nube de polvo dorado mientras bajaba hacia el pueblo iluminado por las luces de la fiesta, hacia la música, hacia la vida, hacia el futuro que Valeria, la huérfana que se convirtió en reina, se había ganado a pulso, con valentía y un corazón enorme.
Y en el bosque, silenciosa y eterna, la vieja avioneta se quedó guardando el secreto, esperando pacientemente a que las enredaderas la abrazaran de nuevo, sabiendo que su misión en esta tierra ya estaba cumplida.
FIN