
CAPÍTULO 1: Ecos en el Pasillo
Todo comenzó con un sonido. Un maldito sonido que nunca debió haber escapado de mi garganta.
No fue un grito, ni siquiera fue un gemido de esos que ves en las películas, dramáticos y prolongados. Fue algo más crudo, más involuntario. Un sonido ahogado, ronco, que vibró en el aire estancado de mi habitación como una sentencia de muerte. En ese instante, con la luz de la tarde filtrándose apenas por las persianas cerradas, el tiempo pareció detenerse.
Kyle tenía su mano sobre mi boca. Su palma estaba caliente, húmeda de sudor, presionando mis labios con una urgencia que hasta hace unos segundos me había parecido excitante. Él estaba encima de mí, su peso familiar hundiéndome en el colchón, moviéndose con esa cadencia lenta y tortuosa que sabía que me volvía loco. Llevábamos meses así, robando momentos, escondiéndonos como criminales en mi propia casa, aprovechando cada segundo que mi papá no estaba.
Pero ese día… ese día fuimos descuidados.
—Shhh… —me había susurrado Kyle al oído segundos antes, su aliento caliente chocando contra mi cuello, erizándome la piel—. Cállate, Ryan. Si te escuchan, estamos muertos.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero el deseo es un traidor. Cuando has estado reprimiendo quién eres durante diecinueve años, cuando cada toque se siente como un acto de rebelión, a veces el cuerpo simplemente deja de obedecer al cerebro. Estaba hambriento de él. Llevábamos dos semanas sin vernos a solas debido a los exámenes finales y al trabajo de Kyle en el taller mecánico. Así que cuando finalmente pudimos encerrarnos en mi cuarto, la precaución fue lo primero que se quitó la ropa.
Y entonces sucedió. Su mano resbaló, solo un centímetro, justo cuando la intensidad se volvió insoportable. Mi cabeza se echó hacia atrás, mis dedos se clavaron en sus hombros, y el gemido se escapó.
Fue breve. Pero en el silencio sepulcral de la casa, sonó como un disparo.
Kyle se congeló instantáneamente. Sentí cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba contra el mío. Dejamos de respirar. Literalmente. Mis pulmones ardían por aire, pero no me atrevía a exhalar. Mis ojos se abrieron de par en par, clavándose en los de él, que reflejaban el mismo pánico puro que yo sentía.
—¿Escuchaste eso? —susurró Kyle, su voz apenas un hilo de aire, tan bajo que tuve que leerle los labios más que escucharlo.
Negué con la cabeza frenéticamente, tratando de convencerme a mí mismo.
—No hay nadie —susurré de vuelta, aunque la duda ya estaba echando raíces en mi estómago—. Mi papá dijo que iba a tardar en el súper.
Pero entonces, el sonido de la realidad nos golpeó.
Creeeec.
El piso de madera de la planta baja. Ese tablón suelto cerca de la escalera que siempre crujía cuando alguien lo pisaba con peso.
El color desapareció del rostro de Kyle. Se apartó de mí como si mi piel quemara, rodando hacia el lado de la cama con movimientos torpes y frenéticos.
—¡Mierda, Ryan! —siseó, buscando sus bóxers en el suelo con manos temblorosas—. ¡Dijiste que estábamos solos!
—¡Lo estábamos! —respondí, mi voz estrangulada por el pánico. Me senté en la cama, con el corazón martilleando contra mis costillas tan fuerte que dolía. Me sentía mareado, la sangre zumbando en mis oídos—. ¡Juro que vi su coche irse!
Pasos.
Ya no era solo un crujido. Eran pasos. Lentos. Pesados. Inconfundibles. Alguien estaba subiendo las escaleras. Y no era el paso ligero de mi mamá, que había fallecido hacía años, ni el trote rápido de algún primo de visita. Eran pasos de botas, pasos de hombre.
Miré hacia la puerta de mi habitación.
Madera de pino barata, pintada de blanco hace diez años. Cerrada.
—¿Le pusiste seguro? —preguntó Kyle. Ya tenía los pantalones puestos, aunque mal abrochados, y estaba luchando por meterse la camiseta con la desesperación de un animal atrapado.
Mi mente se quedó en blanco. Traté de recordar el momento en que entramos. Los besos en el pasillo, las manos impacientes, el empujón para entrar al cuarto, la ropa volando…
—No… —la palabra salió de mi boca como un vómito frío—. No me acuerdo. Creo que… creo que no.
Kyle me miró con una mezcla de terror y furia que nunca le había visto.
—¡Eres un imbécil! —susurró agresivamente, lanzándome mis shorts a la cara—. ¡Vístete! ¡Ya!
Me moví por puro instinto de supervivencia. Mis manos temblaban tanto que apenas podía subirme la ropa interior. Mi respiración era un desastre, jadeos cortos y superficiales que no lograban llenar mis pulmones. La habitación, que momentos antes era un santuario de calor y placer, ahora se sentía como una celda frigorífica. El aire estaba cargado de nuestro olor: sudor, sexo, colonia barata y miedo. Mucho miedo.
Los pasos se detuvieron en el pasillo. Justo afuera.
Kyle ya no estaba a mi lado. En un movimiento fluido, casi inhumano, se había deslizado hacia el clóset. Se metió entre mis sudaderas y las cajas de zapatos viejos, cerrando la puerta corrediza hasta dejar solo una rendija microscópica.
Yo me quedé solo en medio del desastre.
La cama estaba desecha. Las sábanas revueltas eran una evidencia gritando culpabilidad. Me lancé hacia ellas, jalando el edredón para cubrir el caos, y me senté en el borde, tratando de componer una imagen que no gritara “acabo de tener sexo gay en secreto”.
Agarré mi celular de la mesa de noche. La pantalla estaba negra, pero fingí mirar algo. Mis dedos estaban helados.
Toc-toc.
Dos golpes secos en la puerta.
El sonido reverberó en mis huesos. Sentí ganas de vomitar.
—¿Ryan?
La voz me atravesó, pero no era la que esperaba. No era el tono severo y cansado de mi papá. Era una voz más profunda, más rasposa, con un timbre que reconocería en cualquier parte, aunque usualmente lo escuchaba entre risas y cervezas en la sala de estar.
Era Jason.
El mejor amigo de mi papá. El “Tío Jason”, aunque no teníamos ni una gota de sangre en común.
Mi estómago, que ya estaba en el suelo, cavó un hoyo y se enterró más profundo. ¿Qué hacía Jason aquí? ¿Por qué estaba arriba?
—Sí… —respondí. Mi voz salió aguda, patética. Carraspee, tratando de sonar como un hombre y no como un niño aterrorizado—. Sí, aquí estoy.
—¿Todo bien, campeón? —preguntó desde el otro lado. La madera amortiguaba su voz, pero podía escuchar la duda en ella—. Escuché un ruido.
Mi mente corría a mil por hora. Piensa, Ryan, piensa. Se te cayó algo. Estabas viendo una película. Te pegaste en el dedo chiquito del pie.
—Ah, sí… —dije, tratando de controlar mi respiración—. Solo… estaba dormido. Tuve una pesadilla. Me caí de la cama.
Una mentira estúpida. Una mentira de niño de cinco años.
Hubo un silencio al otro lado. Un silencio que duró una eternidad. Podía imaginar a Jason parado ahí, con su metro noventa de altura, evaluando mi respuesta, decidiendo si creerme o no.
—¿Puedo pasar?
La pregunta no fue realmente una pregunta. Antes de que pudiera decir “no, estoy desnudo” o “espera un momento”, la perilla giró.
El tiempo se dilató. Vi el metal dorado girar lentamente. Vi la puerta separarse del marco.
—¡Mierda, Kyle, no hagas ruido! —grité en mi mente, rezando a todos los santos en los que no creía.
La puerta se abrió.
La luz del pasillo irrumpió en mi cueva, cegándome momentáneamente. Y allí estaba él.
Jason.
Llenaba el marco de la puerta. A sus cuarenta y tantos años, Jason era una montaña de hombre. Hombros anchos que estiraban la tela de su camiseta negra, brazos trabajados por años de gimnasio y construcción, y esa presencia intimidante que siempre hacía que la habitación se sintiera más pequeña cuando él entraba. Tenía el cabello oscuro, salpicado de canas en las sienes, y una barba de un par de días que le daba un aspecto rudo, peligroso.
Sus ojos, oscuros y penetrantes, barrieron la habitación en un segundo. Era como ver a un depredador evaluar un terreno.
Miró las persianas cerradas.
Miró la ropa tirada en una silla (afortunadamente solo mi camiseta y la de Kyle estaba oculta bajo la cama, o eso esperaba).
Miró la cama desecha, donde yo estaba sentado, encorvado, protegiendo mi cuerpo con una almohada como escudo.
Finalmente, sus ojos se posaron en mí.
Me sentí desnudo. Aunque tenía ropa puesta, sentía que él podía ver a través de ella. Podía ver el sudor en mi frente, el rubor en mi cuello, el temblor en mis manos. Podía oler lo que habíamos hecho.
—Estaba dormido —repetí, mi voz más débil esta vez.
Jason no dijo nada. Dio un paso dentro de la habitación.
El suelo crujió bajo sus botas de trabajo.
—Dormido —repitió él, sin entonación. No era una pregunta. Era una observación escéptica.
Cerró la puerta detrás de él.
El sonido del pestillo encajando en su lugar sonó como el cerrojo de una celda.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que él podía escucharlo. Tum-tum. Tum-tum.
Jason caminó lentamente hacia mí. No con prisa, sino con una calma deliberada que era mil veces más aterradora que si hubiera entrado gritando. Se detuvo a los pies de la cama, cruzando los brazos sobre su pecho masivo. Sus bíceps se marcaron contra la tela negra.
—Tu papá me pidió que viniera a buscar unas herramientas a su cuarto —dijo Jason, sin dejar de mirarme a los ojos—. Dijo que no había nadie en casa.
Tragué saliva. Mi garganta estaba seca como el desierto de Sonora.
—Regresé temprano de la escuela —mentí—. Me sentía mal.
Jason arqueó una ceja.
—Te sientes mal —repitió.
Sus ojos bajaron. Recorrieron mi pecho, que subía y bajaba rápidamente, bajaron a mis piernas desnudas (solo llevaba los shorts de basquetbol), y luego volvieron a subir a mi cara. Había algo en su mirada que no podía descifrar. No era enojo. No era la furia de un padre descubriendo a su hijo en una travesura.
Era curiosidad. Una curiosidad fría, analítica.
—Hace calor aquí —dijo, dando otro paso. Ahora estaba al lado de la cama. Podía olerlo. Olía a aserrín, a menta y a ese olor almizclado natural de hombre que siempre me había puesto nervioso sin saber por qué.
—No prendí el aire —murmuré, desviando la mirada hacia la alfombra.
El silencio se estiró de nuevo. Sabía que Kyle estaba a menos de dos metros, aguantando la respiración en el clóset. Si Jason decidía abrir esa puerta, mi vida se acababa. Mi papá se enteraría. Me correrían de la casa. Todo se iría al diablo.
Jason giró la cabeza ligeramente, como si escuchara algo que yo no podía oír. Sus ojos se clavaron en la puerta del clóset.
Mi sangre se heló.
Él lo sabía. Tenía que saberlo. No había forma de que no se diera cuenta. La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Jason miró el clóset durante cinco segundos completos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Fueron los cinco segundos más largos de mi existencia.
Luego, volvió a mirarme a mí. Y por primera vez, su expresión cambió. Una esquina de su boca se levantó, casi imperceptiblemente. No era una sonrisa. Era algo más… cómplice. O tal vez, depredador.
Se inclinó hacia mí.
Mi instinto fue retroceder, pegarme a la cabecera, pero me quedé congelado. Jason invadió mi espacio personal, su rostro quedando a centímetros del mío. Podía ver los poros de su piel, las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, el gris en su barba.
—Ryan —dijo, su voz bajando a un susurro grave que vibró en mi pecho—. No estás enfermo.
No pude responder. Solo lo miré, aterrorizado y fascinado al mismo tiempo.
—Y no estabas teniendo una pesadilla —continuó, sus ojos oscuros taladrando los míos—. Ese sonido… no sonó como miedo.
Sentí que la cara me ardía. El calor subió desde mi cuello hasta mis orejas. Él había escuchado. Había escuchado el gemido. Sabía exactamente qué era.
Jason se enderezó lentamente, alejándose un poco, pero sin devolverme mi espacio.
—Tu papá está en el garaje ahora —dijo, volviendo a su tono normal, como si estuviéramos hablando del clima—. Acaba de llegar. Está bajando las bolsas del súper.
El alivio y el pánico chocaron en mi interior. Mi papá estaba abajo. Si subía…
Jason pareció leer mi mente.
—No subirá —dijo—. Le dije que yo buscaría las herramientas.
Me quedé mirándolo, confundido. ¿Me estaba cubriendo? ¿Por qué? Jason era leal a mi papá como un perro guardián. Eran amigos desde la prepa. Si había alguien que le contaría todo a mi papá, sería él.
Pero no lo estaba haciendo.
Jason echó un último vistazo a la habitación. Sus ojos se detuvieron en la ventana, luego en el clóset una vez más.
—Dile a tu amigo… —comenzó a decir, y mi corazón se detuvo de nuevo. Hizo una pausa, disfrutando de mi terror, antes de continuar—… que la próxima vez, asegúrense de que el coche de tu papá no esté en la entrada antes de empezar a hacer ruido.
Lo sabía. Confirmado. Lo sabía todo.
Quería morir. Quería desaparecer. Pero al mismo tiempo, una extraña electricidad recorrió mi espina dorsal. Jason no estaba enojado. No estaba gritando. Estaba… ¿divertido? ¿Excitado?
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Puso la mano en el pomo, pero se detuvo. Sin voltear, dijo:
—Y Ryan…
—¿Sí? —mi voz fue un susurro tembloroso.
Jason giró la cabeza, mirándome por encima del hombro. Esa mirada. Esa maldita mirada. Hubo un destello en sus ojos, algo oscuro, algo prohibido.
—Tienes un gemido muy bonito. Sería una lástima que alguien más aparte de mí lo escuchara.
Y con eso, salió.
La puerta se cerró con un click suave.
Me quedé petrificado en la cama. Mi cerebro no podía procesar lo que acababa de pasar. Tienes un gemido muy bonito. Las palabras rebotaban en mi cráneo. Jason, el mejor amigo de mi papá, el hombre que me había visto crecer, acababa de decir eso.
Pasó un minuto entero antes de que pudiera moverme. Mis piernas se sentían como gelatina. Me arrastré hacia el clóset y jalé la puerta.
Kyle salió disparado, pálido como un fantasma, cubierto de sudor frío.
—¡Vámonos! ¡Me voy! —casi gritó en un susurro.
—¿Escuchaste? —le pregunté, agarrándolo del brazo. Necesitaba saber si yo había alucinado.
Kyle me miró con los ojos desorbitados.
—Escuché que sabe que estoy aquí. Escuché que no le va a decir a tu papá. ¡No me importa lo demás, Ryan! ¡Casi nos atrapan!
Se puso los zapatos saltando en un pie, agarró su mochila y corrió hacia la ventana. La abrió con manos temblorosas.
—Te llamo luego. No… no creo que debamos vernos aquí por un tiempo.
—Kyle, espera… —intenté detenerlo, necesitaba hablar de lo que Jason había dicho. Necesitaba que alguien me dijera que eso no era normal.
Pero Kyle ya estaba con una pierna afuera, bajando por el árbol que daba al patio trasero, como lo había hecho cien veces antes. Lo vi desaparecer entre las ramas.
Cerré la ventana y puse el seguro. Me recargué contra el cristal frío, tratando de calmar mi respiración.
La casa estaba en silencio de nuevo. Pero ahora el silencio se sentía diferente. Se sentía cargado. Peligroso.
Me acerqué a la puerta de mi cuarto para ponerle seguro, por si acaso mi papá decidía subir. Giré la perilla pequeña en el centro del pomo.
Estaba trabada.
Fruncí el ceño y probé la puerta.
Estaba cerrada con llave.
Me quedé helado. Yo no la había cerrado. Kyle no la había cerrado.
Jason.
Jason la había cerrado con llave desde afuera cuando salió.
Me di cuenta de golpe. Él no solo me había cubierto. Él había asegurado el perímetro. Había cerrado la puerta para que nadie más entrara… o para dejarme encerrado con mi secreto.
Me dejé caer al suelo, con la espalda contra la madera. Tienes un gemido muy bonito.
La vergüenza debería haberme consumido. El miedo a que le dijera a mi papá debería haber sido mi único pensamiento. Pero allí, sentado en la oscuridad de mi cuarto, con el olor de su colonia todavía flotando en el aire mezclado con el nuestro, me di cuenta de algo que me asustó más que cualquier otra cosa.
Mi cuerpo no estaba temblando de miedo.
Estaba temblando de anticipación.
Recordé la forma en que me miró. Cómo sus ojos recorrieron mis piernas. Cómo invadió mi espacio sin pedir permiso. Y por primera vez en mi vida, la imagen de Kyle, el chico que supuestamente amaba, se borró de mi mente. Y en su lugar, solo podía ver a Jason.
Grande. Oscuro. Prohibido.
Y supe, con una certeza aterradora en el fondo de mis entrañas, que esto no había terminado. Apenas estaba comenzando.
CAPÍTULO 2: Café Negro y Secretos
Esa noche no dormí. Ni un solo minuto.
Me quedé acostado boca arriba, con los ojos clavados en el techo, mientras las sombras de las ramas del árbol se movían por la pared como dedos largos intentando entrar. Mi cuerpo estaba agotado, drenado por la adrenalina y el orgasmo interrumpido, pero mi cerebro no se apagaba. Era como si alguien hubiera dejado un interruptor encendido en mi cabeza, repitiendo una y otra vez la escena en bucle.
La puerta abriéndose.
La silueta inmensa de Jason.
“Tienes un gemido muy bonito”.
El click de la cerradura.
Me levanté tres veces para revisar la puerta. Las tres veces seguía cerrada con llave. Jason me había encerrado.
¿Por qué? Esa era la pregunta que me taladraba el cráneo. ¿Fue para protegerme de que mi papá subiera por error? ¿Fue un acto de misericordia? ¿O fue algo más? La forma en que me miró no fue de misericordia. No había lástima en sus ojos oscuros. Había posesión. Había un reconocimiento sucio, como si al escucharme gemir, hubiera descubierto un secreto que ahora le pertenecía solo a él.
Me sentía sucio. Me sentía culpable. Pensaba en Kyle, corriendo por las calles oscuras, asustado, pensando que casi nos cachan. Debería estar preocupado por él. Debería estar mandándole mensajes para asegurarme de que llegó bien a su casa. Pero no lo hice. Mi celular estaba en la mesa de noche, ignorado.
Toda mi atención, toda mi energía mental, estaba enfocada en el hombre que estaba un piso abajo, probablemente sentado en la sala con mi papá, viendo el fútbol y tomando una cerveza como si nada hubiera pasado.
Me pregunté si le diría.
—Oye, Beto, por cierto, tu hijo estaba cogiendo con su amiguito el mecánico arriba. Los escuché.
Pero algo me decía que no. Jason guardaba secretos. Lo supe en el momento en que cerró la puerta. Él jugaba sus propias cartas.
Cuando finalmente la luz gris del amanecer empezó a colarse por la ventana, mis sábanas estaban hechas un nudo alrededor de mis piernas sudorosas. Me sentía crudo, pero no de alcohol. Tenía una cruda moral que me pesaba en el estómago como plomo.
Escuché ruidos abajo alrededor de las 9:00 AM. El sonido inconfundible de la cafetera gorgoteando. El olor a pan tostado y café quemado que siempre inundaba la casa los sábados por la mañana. Y las voces.
La risa de mi papá. Fuerte, despreocupada.
Y la respuesta de Jason. Un murmullo bajo, grave, que parecía hacer vibrar las tablas del piso.
Se había quedado a dormir. A veces lo hacía cuando veían partidos hasta tarde o tomaban demasiado tequila. Se quedaba en el sofá de la sala o en el cuarto de huéspedes. Saber que había estado durmiendo bajo el mismo techo, a solo unos metros de distancia, hizo que se me erizara la piel de los brazos.
Me tardé una eternidad en la ducha. Dejé que el agua caliente me golpeara la espalda, tratando de quitarme la sensación de sus ojos recorriéndome anoche. Me vestí con lo más normal que encontré: unos jeans viejos y una playera gris holgada. No quería llamar la atención. Quería ser invisible.
Bajé las escaleras contando los escalones, rezando para que la tierra me tragara antes de llegar a la cocina.
—¡Buenos días, bella durmiente! —gritó mi papá en cuanto me vio entrar.
Estaba sentado en la cabecera de la mesa, con el periódico desplegado frente a él y una taza de café en la mano. Se veía feliz, relajado. No tenía ni idea. No tenía ni la menor idea de que su hijo era, a sus ojos, un desconocido.
—Buenos días, pa —murmuré, forzando una sonrisa que sentí como una mueca dolorosa.
Y entonces lo vi.
Jason estaba sentado al otro lado de la mesa, dándole la espalda a la ventana. La luz de la mañana le daba un halo brillante detrás, dejando su cara un poco en sombra, pero podía ver sus ojos. Estaba usando la misma ropa de ayer, la camiseta negra ahora un poco arrugada, lo que le daba un aire aún más rudo, más vivido.
Estaba sosteniendo una taza de café con una mano grande, sus dedos gruesos envolviendo la cerámica blanca.
Cuando entré, él no dijo nada. Solo levantó la vista del plato de huevos con chorizo que se estaba comiendo. Me miró. Directo a los ojos. Fue una mirada de medio segundo, pero sentí el impacto en el pecho como un golpe físico.
—¿Qué onda, Ryan? —dijo. Su voz era tranquila, casual. Demasiado casual.
—Hola, Jason —respondí. Mi voz no tembló. Gracias a Dios.
Caminé hacia la cafetera, dándoles la espalda. Mis manos empezaron a sudar. Sentía su mirada clavada en mi nuca. Podía sentirla como si me estuviera tocando. Sabe. Él sabe. Él sabe.
—¿Dormiste bien, hijo? —preguntó mi papá, pasando una página del periódico—. Te escuché dar vueltas anoche. Pensé que te sentías mal.
Me congelé con la taza en la mano. El café negro se agitó en el interior, a punto de derramarse.
—Sí… —dije, tratando de sonar despreocupado—. Solo… tenía calor. Sueños raros, ya sabes.
—Debe ser la cena —dijo mi papá riendo—. Esos tacos nos cayeron pesados a todos. Jason también se levantó en la madrugada, ¿verdad, Jase?
Mi corazón se detuvo. Me giré lentamente hacia la mesa.
Jason estaba sonriendo. Una sonrisa pequeña, de lado, que no llegaba a sus ojos. Estaba untando mermelada en un pan tostado con una calma exasperante.
—Sí —dijo Jason, mirándome fijamente mientras mordía el pan—. Escuché ruidos y pensé que se había metido un gato o algo así. Fui a checar.
Me quedé sin aire. Estaba jugando conmigo. Estaba bailando en la línea del peligro, retándome, burlándose de mi terror en mi propia cara y frente a mi papá.
—¿Un gato? —preguntó mi papá, confundido—. No tenemos gatos.
—Exacto —dijo Jason, masticando despacio—. Falsa alarma. Todo estaba… bajo control.
Tragué saliva tan fuerte que dolió. “Bajo control”. Él tenía el control. Él había tenido el control desde el momento en que abrió esa puerta.
Me senté en la silla más alejada de él, tratando de hacerme pequeño. Empecé a picar mi desayuno sin hambre. El silencio en la mesa era cómodo para ellos, pero para mí era una tortura china. Cada vez que Jason se movía, cada vez que su bota raspaba contra el suelo, yo daba un respingo interno.
Jason comía con apetito. Lo observé de reojo. La forma en que sus mandíbulas se movían, la fuerza de sus manos al cortar la carne, la nuez de Adán subiendo y bajando cuando tragaba café. Era un hombre en todo el sentido de la palabra. Brusco, físico, dominante. Todo lo contrario a Kyle, que era delgado, suave y nervioso.
De repente, el celular de mi papá empezó a sonar con ese tono de llamada estridente que nunca cambiaba.
—¡Ah, qué chingados! —exclamó mi papá, mirando la pantalla—. Es el de la oficina. Es sábado, por el amor de Dios.
—Contesta, Beto —dijo Jason con voz tranquila—. Si no contestas, van a estar jodiendo todo el día.
Mi papá rodó los ojos y se levantó.
—Ya vuelvo. No se acaben el pan.
Y salió de la cocina hacia la sala, contestando el teléfono con su voz de “jefe enojado”.
—¿Bueno? ¿Qué pasó ahora, Ramírez?
Su voz se fue alejando.
Y entonces, el aire de la cocina cambió.
Fue instantáneo. En el segundo en que mi papá cruzó el umbral y desapareció de la vista, la atmósfera se volvió pesada, eléctrica. El sonido de los pájaros afuera pareció apagarse. El refrigerador dejó de zumbar.
Estábamos solos.
Me quedé mirando mi plato, incapaz de levantar la vista. Sentía la presencia de Jason al otro lado de la mesa como una fuerza gravitacional. Sabía que me estaba mirando. Podía sentir el peso de sus ojos recorriendo mi cara, mi cuello, mis manos que apretaban el tenedor hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Esperé a que hablara. Esperé a que me dijera que le iba a contar a mi papá. Esperé el chantaje, el regaño, el discurso de moralidad.
Pero Jason no dijo nada.
Siguió tomando su café. Sorbo. Pausa. Sorbo.
El sonido era enloquecedor. Quería gritar. Quería salir corriendo. Pero mis piernas no respondían.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, Jason dejó la taza sobre la mesa con un golpe suave pero firme.
Levanté la vista. No pude evitarlo.
Él estaba recargado en su silla, con una postura abierta, relajada, como si fuera el dueño de la casa. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, sin parpadear. Había una intensidad en ellos que me hizo sentir mareado.
—¿Y tu amigo? —preguntó.
Su voz fue suave, casi un susurro, pero resonó como un trueno en la cocina vacía.
—Se fue —susurré. Mi voz sonó patética.
—Ya sé que se fue —dijo Jason, y una pequeña sonrisa cínica curvó sus labios—. Lo vi salir.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Lo… lo viste?
Jason asintió lentamente.
—Desde la ventana de mi cuarto de huéspedes. Se mueve rápido el cabrón. Como una lagartija.
Sentí que la sangre se me iba a los pies. Si lo había visto salir… significaba que Jason había estado vigilando. No solo me había escuchado. Había estado pendiente de cada movimiento.
—No le digas a mi papá —solté de golpe. Las palabras salieron atropelladas, desesperadas—. Por favor, Jason. Te lo suplico. Me va a matar. Él no sabe… él no sabe que soy…
Me callé. No podía decir la palabra. No en esta cocina donde había desayunado toda mi vida.
Jason me observó en silencio. Su expresión se suavizó un poco, pero no perdió esa intensidad depredadora. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo el espacio entre nosotros.
—No le voy a decir nada a tu papá, Ryan —dijo, bajando la voz aún más.
Solté un suspiro tembloroso, un alivio momentáneo que casi me hizo llorar.
—Gracias. Gracias, en serio. No volverá a pasar. Te lo juro.
Jason ladeó la cabeza, como un perro escuchando un sonido extraño.
—¿No volverá a pasar qué? —preguntó—. ¿Qué no vas a coger? ¿O qué no te van a cachar?
Me quedé mudo. La crudeza de sus palabras me golpeó. Jason nunca hablaba así. Siempre era respetuoso, el amigo divertido. Pero este Jason… este Jason era diferente.
—Que no… que no voy a ser descuidado —murmuré, bajando la vista.
Hubo un silencio largo. Jason tamborileó sus dedos sobre la mesa. Tap, tap, tap.
—Cerraste la ventana —dijo de repente.
Levanté la cabeza, confundido.
—¿Qué?
—Anoche —dijo, y sus ojos brillaron con algo oscuro—. Cuando tu amigo saltó por el árbol. Cerraste la ventana inmediatamente. Y le pusiste el seguro.
Asentí lentamente, sin entender a dónde quería llegar.
—Sí… siempre lo hago. Por seguridad.
Jason no sonrió. No se movió. Solo me miró con una profundidad que me hizo sentir que me estaba leyendo el alma.
—Inteligente —dijo.
La palabra quedó flotando en el aire. Inteligente.
No dijo “bien hecho”. No dijo “buen chico”. Dijo Inteligente.
Hubo algo en el tono. No era un elogio normal. Sonaba a… reconocimiento. Como si estuviera evaluando mi capacidad para guardar secretos. Como si estuviera midiendo qué tan bueno era yo para ocultar cosas.
Entonces, hizo algo que me dejó helado.
Había una pequeña migaja de pan tostado cerca de mi mano, sobre el mantel. Jason estiró el brazo lentamente a través de la mesa. Su mano grande, con venas marcadas y callos en las palmas, se acercó a la mía.
Me quedé inmóvil, sin respirar. Pensé que me iba a tocar. Pensé que iba a agarrar mi mano. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Una parte de mí quería quitar la mano, huir. Pero otra parte, una parte estúpida y traicionera, quería que me tocara. Quería sentir esa mano áspera sobre mi piel.
Pero no me tocó.
Su dedo índice, grueso y firme, aterrizó sobre la migaja, a milímetros de mi dedo meñique. Presionó la migaja, aplastándola contra la mesa, y luego la arrastró lentamente hacia él, retirando la mano.
Todo el movimiento fue lento, deliberado. Fue un acto de dominación total. Me estaba diciendo, sin palabras: Puedo alcanzarte cuando yo quiera. Puedo tocarte cuando yo quiera. Estás a mi alcance.
—Eres más listo de lo que pareces, Ryan —murmuró, limpiándose la migaja en la servilleta—. Eso me gusta.
El aire en la cocina se había vuelto irrespirable. Era una mezcla de terror y una excitación densa, pegajosa. Jason no me veía como al hijo de su amigo. Me veía como a un igual. O mejor dicho, como a una presa que valía la pena cazar.
En ese momento, escuchamos los pasos de mi papá regresando por el pasillo.
—¡Pinche Ramírez, siempre con sus bomberazos! —gritó mi papá desde la sala, rompiendo el hechizo.
Jason se recargó en su silla instantáneamente, volviendo a su postura relajada. Su rostro cambió en una fracción de segundo, pasando de depredador a “Tío Jason” en un parpadeo.
Cuando mi papá entró en la cocina, el ambiente volvió a la normalidad. O al menos, a la normalidad aparente.
—Perdón, muchachos —dijo mi papá, sentándose y suspirando—. Ya saben cómo es esto. ¿De qué hablaban?
Jason tomó un sorbo de su café y le sonrió a mi papá. Una sonrisa perfecta, amistosa.
—De nada importante, Beto. Solo le decía a Ryan que ha crecido mucho. Ya es todo un hombre.
Mi papá soltó una carcajada y me dio una palmada en la espalda que casi me tira el café.
—¡Ya sé! Está enorme el cabrón. Se parece a su madre, gracias a Dios, porque si se pareciera a mí estaría jodido.
Me obligué a reír. Fue un sonido hueco, falso.
—Bueno, me tengo que ir —dije, poniéndome de pie de golpe. Necesitaba salir de ahí. Necesitaba aire. Sentía que me asfixiaba—. Tengo tarea.
—¿En sábado? —preguntó mi papá.
—Sí, proyectos finales —mentí de nuevo. Ya era un experto en mentir. Jason tenía razón. Era inteligente.
—Está bien, mijo. Échale ganas.
Me di la vuelta para irme, pero la voz de Jason me detuvo una última vez.
—Ryan.
Me giré, con la mano en el marco de la puerta.
Jason me estaba mirando por encima de su taza. Sus ojos brillaban con burla y promesa.
—No trabajes demasiado. Y cierra la puerta… para que no te molesten.
Mi papá asintió, ajeno a todo.
—Sí, sí, que nadie te moleste.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Jason estaba usando las palabras de mi papá, torciéndolas, dándoles un doble significado que solo nosotros dos entendíamos. Era nuestro código ahora. Nuestro secreto sucio.
—Sí… —susurró—. Gracias.
Subí las escaleras corriendo, casi tropezando. Entré a mi cuarto y cerré la puerta. Me recargué contra ella, respirando como si acabara de correr un maratón.
Mi corazón no dejaba de acelerarse.
Inteligente.
Eso me gusta.
Me llevé las manos a la cara. Mis dedos olían a jabón, pero mi mente olía a cedro y café negro.
Lo que pasó en el desayuno no fue una charla. Fue una advertencia. Y peor aún, fue una invitación. Jason no me iba a delatar. Pero tampoco me iba a dejar en paz. Me había marcado. Como un lobo marca su territorio.
Caminé hacia la ventana y miré hacia el patio. El auto de Jason, una camioneta negra inmensa, estaba estacionada en la entrada. Se veía poderosa, invasiva.
Recordé su dedo cerca de mi mano. La tensión. El calor.
Y lo más aterrador de todo no era que el mejor amigo de mi papá me estuviera acosando sutilmente. Lo más aterrador era que, mientras subía las escaleras huyendo de él, una parte de mí… una parte muy oscura y muy profunda… deseaba no haber subido. Deseaba haberme quedado en esa cocina para ver qué más hacía esa mano grande.
Me tiré en la cama, enterrando la cara en la almohada donde anoche había gemido. La almohada todavía olía un poco a Kyle. Pero ese olor ya no me reconfortaba. Ahora me parecía el olor de un niño.
Y abajo, en la cocina, estaba el hombre.
Escuché la risa de Jason resonando en la casa. Una risa grave, segura.
El juego había empezado. Y yo no tenía ni idea de las reglas. Solo sabía que él iba a ganar. Y que yo, estúpidamente, peligrosamente, quería perder.
CAPÍTULO 3: El Silencio de la Casa Vacía
Esa tarde, el aire en la casa se sentía denso, como si una tormenta eléctrica estuviera atrapada entre las cuatro paredes de la sala. No había nubes afuera; el cielo de la ciudad estaba despejado y el sol pegaba con esa intensidad seca típica de la temporada, pero adentro, la presión atmosférica era insoportable.
Mi papá estaba buscando las llaves de la camioneta, haciendo ese ruido de chocar metales que siempre me ponía de nervios.
—¡Chin, siempre las pierdo! —se quejó, levantando cojines del sofá—. Jason, ¿no las viste?
Jason estaba parado en el marco de la puerta que daba al patio, con una cerveza en la mano. Se veía tan tranquilo que contrastaba violentamente con mi estado interno, que era básicamente un ataque de pánico sostenido.
—Las dejaste en la barra de la cocina, Beto —dijo Jason, sin siquiera voltear. Dio un trago largo a su botella, su nuez de Adán moviéndose lentamente.
Mi papá corrió a la cocina.
—¡Ah, cierto! ¡Gracias, güey! Oye, ¿seguro que no quieres venir? Voy rápido a comprar los birlos para la repisa y paso por unas carnes para al rato.
Mi corazón se detuvo. Por favor, ve. Por favor, ve con él.
Miré a Jason, suplicándole mentalmente que se fuera. Si se quedaba solo conmigo, no sabía si iba a poder mantener la compostura. No después de lo del desayuno. No después de la forma en que aplastó esa migaja de pan como si fuera mi voluntad.iento
Jason giró lentamente la cabeza y me miró. Sus ojos oscuros captaron mi pánico, lo saborearon por un segundo, y luego se dirigieron a mi papá.
—Nah —dijo, con esa voz rasposa que parecía vibrar en el suelo—. Mejor me quedo aquí avanzando con lo del garaje. Si te espero a que regreses del tráfico, no vamos a acabar nunca. Aparte quiero checar la herramienta nueva que compraste.
Mi papá soltó una risa.
—Está bueno. No tardo. Ryan, si Jason necesita algo, ahí estás, ¿eh? No te hagas wey en tu cuarto todo el día.
—Sí, pa —respondí. Mi voz sonó estrangulada.
—Órale pues. Ahorita vengo.
La puerta principal se cerró.
Click.
Luego el sonido de la alarma de la camioneta desactivándose.
El motor arrancando.
Y finalmente, el sonido de las llantas alejándose por la calle hasta desaparecer.
El silencio que siguió fue absoluto. Brutal.
Me quedé parado en medio de la sala, sintiéndome como un venado que acaba de darse cuenta de que el cazador no se fue; solo cerró la puerta para que la presa no escapara.
Jason seguía en el marco de la puerta del patio, dándome la espalda ahora. Bebió el último trago de su cerveza con calma. Yo no me moví. No podía. Estaba esperando. ¿Esperando qué? No lo sabía. ¿Que me atacara? ¿Que me besara? ¿Que se riera de mí?
Sin decir una palabra, Jason aplastó la lata de aluminio con una sola mano. El sonido del metal crujiendo rompió el silencio como un disparo. La tiró al bote de basura con una puntería perfecta desde tres metros de distancia.
—Voy a estar en el garaje —dijo, sin voltear a verme.
Y salió al patio.
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis rodillas temblaron y tuve que agarrarme del respaldo del sofá para no caerme. Se fue al garaje. Está bien. Todo está bien. Solo está trabajando.
Subí corriendo las escaleras, huyendo de la planta baja como si el piso fuera lava. Entré a mi cuarto y, por instinto, puse el seguro. Luego recordé que la última vez, el seguro no sirvió de nada porque yo no lo había puesto. Y la vez que sí estuvo puesto, fue él quien lo hizo.
Me tiré en la cama, poniéndome los audífonos. Puse música a todo volumen, algo ruidoso, rock pesado, algo que callara mis pensamientos. Traté de concentrarme en un libro, en el celular, en TikTok, en lo que fuera. Pero era inútil.
Mi mente estaba abajo. En el garaje.
Podía “sentir” su presencia en la casa como una radiación. Sabía exactamente dónde estaba. Imaginaba sus manos grandes agarrando el taladro, sus brazos flexionándose al levantar la madera, el sudor brillando en su frente.
Pasaron veinte minutos. Treinta.
La ansiedad se transformó en algo más. Empecé a sentirme… inquieto. No de miedo, sino de una electricidad estática que me picaba la piel. Me quité los audífonos.
Silencio.
Luego, un golpe sordo. Metal contra madera. Venía del garaje.
Me levanté y caminé de un lado a otro de mi cuarto. No bajes. No bajes. Ryan, no seas pendejo, no bajes.
De repente, escuché pasos en la escalera.
Me congelé en medio de la alfombra.
No eran los pasos rápidos de mi papá. Eran los mismos pasos de ayer. Lentos. Pesados. Cada pisada sonaba como una cuenta regresiva. Uno… dos… tres…
Se detuvieron afuera de mi puerta.
Mi respiración se aceleró tanto que me mareé. Miré la perilla. ¿La iba a girar? ¿Iba a entrar como ayer? ¿Iba a encontrarme “durmiendo” otra vez?
Toc-toc.
Suave. Rítmico. Casi cortés.
No contesté. No podía. Mi garganta se había cerrado por completo.
—Soy yo, Jason —dijo su voz desde el otro lado. Sonaba tranquila, pero con esa autoridad implícita que hacía que mis piernas quisieran doblarse—. Solo quiero hablar.
Me quedé mirando la puerta como si fuera un portal a otra dimensión. Solo quiere hablar. Eso era lo que decían los villanos en las películas antes de destruir al héroe. Pero yo no era el héroe aquí. Yo era el cómplice.
Caminé hacia la puerta. Mis pies se movían solos, traicionando a mi cerebro que gritaba “¡Aléjate!”.
Quité el seguro. Mis dedos temblaban tanto que me costó trabajo girar la pequeña perilla. Abrí la puerta, pero solo una rendija. Unos diez centímetros. Lo suficiente para ver, pero no para dejar entrar.
Él estaba allí.
Se había cambiado. Ya no traía la ropa de trabajo. Llevaba una sudadera gris oscuro con el cierre abajo hasta la mitad del pecho y unos pants deportivos negros. Se veía… doméstico. Como si viviera aquí. Como si acabara de salir de la ducha y viniera a ver qué había en la tele. Su cabello estaba un poco húmedo, peinado hacia atrás con los dedos.
Olía a jabón limpio y a ese aroma amaderado que ya estaba grabado en mi memoria olfativa.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
No estaba sonriendo. No estaba burlándose. Me estaba escaneando. Sus ojos recorrieron mi cara, notando el rubor en mis mejillas, el desorden en mi cabello (porque me había estado jalando el pelo de la ansiedad), y la forma en que mi camiseta se pegaba a mi pecho por el sudor nervioso.
Asentí, incapaz de emitir sonido.
Hubo una pausa. Un silencio espeso que se acumuló en el pasillo. Jason miró hacia el techo un momento, exhalando un suspiro largo, como si estuviera debatiéndose internamente sobre lo que iba a decir. O como si estuviera perdiendo la paciencia.
Luego bajó la vista y me clavó esos ojos oscuros de nuevo.
—No debí haber entrado anoche —dijo. Su voz era baja, grave.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Se estaba disculpando?
—No… —logré susurrar—. No pasa nada.
Jason negó con la cabeza, un movimiento lento y preciso.
—Sí pasa. Porque sé lo que vi, Ryan.
La frase me golpeó en el estómago. Sé lo que vi.
Me aferré al borde de la puerta con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Sentí la necesidad imperiosa de cerrarle la puerta en la cara, de poner el seguro y esconderme bajo las sábanas hasta que tuviera treinta años. Pero no lo hice. No pude.
—No fue mi intención… —empecé a balbucear, tratando de justificar el ruido, el gemido—. Se me salió… no quería ser ruidoso…
Jason me miró con una intensidad que me quemaba. Dio un paso hacia adelante. Solo uno. Pero fue suficiente para que su presencia invadiera mi espacio de seguridad. Ahora estaba a menos de medio metro de la puerta entreabierta.
—Eso no es a lo que me refiero —dijo, cortando mis excusas.
El tono de su voz cambió. Ya no era de disculpa. Era de confrontación.
—¿A qué te refieres? —pregunté, mi voz apenas audible.
Jason se acercó un poco más. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. El aire entre nosotros se cargó de electricidad estática.
—No le dije a tu papá —dijo, bajando la voz a un susurro confidencial—. Y no creas que fue por hacerte el paro. O porque soy “buena onda”.
Me quedé paralizado.
—¿Entonces por qué?
Jason sostuvo mi mirada. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras como pozos sin fondo.
—Porque no quería dejar de pensar en ello.
El mundo se detuvo. Mi respiración se cortó en seco. ¿Qué?
Jason vio mi confusión, mi shock, y decidió que era hora de dejar de jugar con indirectas. Decidió destrozarme con la verdad.
Se inclinó hacia la rendija de la puerta. Su cara quedó tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus iris oscuros. Su voz se volvió un susurro áspero, íntimo, peligroso.
—Gemiste su nombre, Ryan —dijo—. Escuché cómo decías “Kyle”.
Cerré los ojos, avergonzado hasta la médula.
—Lo siento…
—Cállate y escúchame —interrumpió suavemente. No fue agresivo, fue dominante—. Gemiste su nombre… pero estabas mirando a la puerta.
Abrí los ojos de golpe.
Jason no parpadeó.
—Cuando entré… antes de que me vieras… vi tus ojos. No estaban cerrados, perdidos en el placer. Estaban abiertos. Estabas mirando la manija. Estabas mirando la madera.
Sentí que mis rodillas se volvían de agua. Me recargué en el marco de la puerta porque sentí que me iba a caer. Él estaba desnudando mi mente, quitando capas de excusas y mentiras que ni siquiera yo sabía que tenía.
—¿Y sabes qué pienso? —continuó, inclinándose aún más, sus labios rozando peligrosamente mi espacio personal—. Pienso que no estabas pensando en él. Pienso que no estabas gimiendo porque él fuera muy bueno.
Tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía la garganta.
—¿Qué… qué piensas? —el susurro salió de mis labios sin mi permiso.
Jason sonrió. Una sonrisa pequeña, depredadora y conocedora.
—Pienso que estabas pensando en que te atraparan.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Pienso que querías que alguien entrara —susurró, su aliento cálido golpeando mi cara—. Pienso que te excitaba el miedo. El riesgo. Querías que tu papá te oyera… o tal vez querías que yo te oyera.
—No es cierto —negué, pero fue una mentira débil. Mis labios temblaban.
—¿No? —Jason arqueó una ceja—. Entonces, ¿por qué no pusiste el seguro, Ryan? Un chico listo como tú, que cierra la ventana y asegura todo… ¿se le olvida el seguro de la puerta principal justo cuando va a coger?
No pude responder. No tenía respuesta. Porque él tenía razón.
En el fondo, en ese lugar oscuro y retorcido de mi cerebro que no quería admitir, él tenía razón. Cuando Kyle me estaba tocando, una parte de mí estaba hiperconsciente de la puerta. Una parte de mí estaba esperando el sonido de los pasos. La adrenalina del riesgo era la mitad del placer.
Jason vio la aceptación en mis ojos. Vio cómo mis defensas se derrumbaban.
Se enderezó lentamente, recuperando su altura imponente. Dio un paso atrás, dándome un respiro que no sabía si quería.
—Estaré en el garaje —dijo, su voz volviendo a ser tranquila, casi indiferente, como si no acabara de abrirme el pecho y manosear mi corazón—. Si quieres hablar. O si quieres… explicarme por qué me equivoco.
Me quedé mudo, mirándolo.
Jason sostuvo mi mirada un segundo más. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose un momento en mis manos temblorosas y luego en mis labios entreabiertos.
—Piénsalo —dijo.
Y se dio la media vuelta.
Caminó por el pasillo con esa calma exasperante, bajó las escaleras y desapareció.
Me quedé parado en el umbral de mi puerta, mareado, temblando, y con una erección dolorosa y confusa que palpitaba contra mis pantalones.
Debería haber cerrado la puerta de un portazo. Debería haberle gritado que estaba loco, que era un pervertido, que se fuera al diablo. Debería haber llamado a Kyle.
Pero no hice nada de eso.
Me quedé allí, escuchando el silencio de la casa, y dándome cuenta de que Jason acababa de cambiar las reglas del juego. Ya no era “el amigo de mi papá que me cachó”. Ahora era el único ser humano en la tierra que realmente me veía. Había visto mi secreto más sucio: no el hecho de que fuera gay, sino el hecho de que quería ser descubierto.
Y lo peor de todo… lo más aterrador… era que tenía razón.
El recuerdo de anoche me golpeó. El momento exacto en que la puerta se abrió. El terror. Pero debajo del terror, esa chispa eléctrica, caliente y líquida en mi estómago. La emoción de ser visto.
Cerré la puerta de mi cuarto, pero esta vez no le puse seguro.
Me senté en la cama, con la mente hecha un torbellino. Estaré en el garaje.
Era una invitación. No, era un reto.
Esperé.
Esperé a que mi papá regresara. Regresó una hora después, haciendo ruido, riéndose por teléfono, rompiendo la tensión con su normalidad aburrida. Subió a cambiarse, bajó a ver a Jason al garaje un rato, y luego subió a dormir temprano porque estaba cansado del trabajo.
A las 11:00 PM, la casa estaba a oscuras. Mi papá roncaba suavemente en su habitación al final del pasillo.
Pero yo sabía que Jason seguía despierto.
Podía escucharlo. O tal vez solo me lo imaginaba. Pero sabía que estaba abajo. En el garaje. Había dicho que se quedaría a terminar de organizar unos estantes que mi papá quería listos para el lunes.
Mi cuerpo no se podía estar quieto. Mi piel estaba caliente, sensible al roce de las sábanas. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Jason en la puerta. Querías que te atraparan.
A las 11:47 PM, no pude más.
Me levanté. Me dije a mí mismo que iba por agua. Que tenía sed. Que era una estupidez pensar en bajar al garaje.
Bajé las escaleras descalzo, pisando con cuidado para evitar los escalones que crujían. La casa estaba en penumbra, solo iluminada por la luz de la calle que entraba por las ventanas.
Pasé la cocina. Tomé un vaso de agua. Mis manos temblaban. Bebí un trago. El agua estaba fría, pero no apagó el calor que sentía por dentro.
Mis ojos se desviaron hacia la puerta que conectaba la cocina con el garaje. Estaba cerrada, pero podía ver una línea de luz amarilla en el suelo.
Él estaba ahí.
Dejé el vaso en la barra. Sin hacer ruido.
Caminé hacia la puerta. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a despertar a mi papá arriba. Puse la mano en la perilla fría.
Si abres esta puerta, no hay vuelta atrás, pensé. Si entras ahí, estás confirmando todo lo que él dijo.
Giré la perilla.
La puerta se abrió con un leve rechinido.
El garaje estaba fresco y olía a gasolina, madera cortada y… a él. Había una lámpara de trabajo encendida sobre la mesa de herramientas, creando sombras largas y dramáticas en las paredes llenas de llaves inglesas y sierras.
Jason estaba de espaldas a mí.
Estaba organizando unos tornillos en una caja de plástico. Llevaba la misma sudadera gris, pero se había subido las mangas hasta los codos, revelando sus antebrazos fuertes, cubiertos de vello oscuro y un reloj viejo de correa de cuero.
No se volteó cuando entré. Ni siquiera se inmutó.
—¿No puedes dormir? —preguntó. Su voz resonó en el espacio cerrado, grave y tranquila, como si hubiera sabido exactamente en qué segundo iba a entrar.
Me quedé junto a la puerta, abrazándome a mí mismo por el frío repentino del concreto bajo mis pies descalzos.
—No lo intenté —respondí. Mi voz sonó pequeña en el garaje.
Jason siguió acomodando tornillos. Clink, clink, clink.
—Sigues organizando —dije, tratando de llenar el silencio.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo él—. Tu papá tiene este lugar hecho un desmadre.
Se detuvo. Dejó un tornillo en la caja y se apoyó con las dos manos en la mesa de trabajo, bajando la cabeza, estirando los hombros. Sus músculos de la espalda se marcaron bajo la tela de la sudadera.
—Eres valiente —dijo, todavía dándome la espalda—. O muy estúpido. Bajando aquí solo, a mitad de la noche.
—No te tengo miedo —dije. Fue una bravuconada. Estaba aterrorizado. Pero no de que me hiciera daño físico. Estaba aterrorizado de lo que iba a pasar si me tocaba.
Jason soltó una risa seca. Giró la cabeza ligeramente hacia un lado.
—Tal vez deberías.
Se dio la vuelta lentamente. Se recargó contra la mesa de trabajo, cruzando los brazos y los tobillos. Me miró desde el otro lado del garaje. La luz de la lámpara iluminaba la mitad de su cara, dejando la otra en sombra. Parecía un villano de cine, pero uno por el que la audiencia secretamente suspira.
—¿A qué bajaste, Ryan? —preguntó. Directo. Sin rodeos.
Di un paso hacia él.
—Tú eres el que entró a mi cuarto —dije, sintiendo una oleada de valor repentino—. Tú eres el que me dijo todas esas cosas en la puerta. Tú empezaste esto.
Jason sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue tensa.
—Entré para detener algo que tu papá no hubiera tolerado —murmuró, su voz bajando de tono—. Entré para protegerte de tu propia estupidez.
—¡Mentira! —susurré, dando otro paso. Ahora estaba a mitad del garaje—. Si quisieras protegerme, habrías cerrado la puerta y te habrías ido. Pero no lo hiciste.
Jason se tensó. Su sonrisa desapareció.
—Te quedaste —lo acusé, mi voz temblando por la adrenalina—. Te escondiste detrás de esa actitud de “tío preocupado”, pero te quedaste. Miraste. Analizaste.
Llegué hasta estar a un metro de él. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Ya no estaba tan calmado.
—Gemí porque se me salió —dije, mirándolo a los ojos, retándolo—. Pero tú… tú escuchaste y te gustó.
Jason se despegó de la mesa. En un movimiento rápido, acortó la distancia entre nosotros. Me quedé inmóvil, aunque mi instinto gritaba que corriera.
Quedamos a centímetros. Él era mucho más alto que yo. Tenía que alzar la vista para mirarlo. Su presencia era abrumadora.
—No debí haber mirado —dijo, su voz ronca, casi un gruñido—. Lo sé. Soy el mejor amigo de tu padre. Te conozco desde que usabas pañales. Esto está mal en tantos niveles que ni siquiera sé por dónde empezar.
—Pero miraste —insistí, susurrando.
—Sí —admitió, y la palabra salió cargada de culpa y deseo—. Miré.
Sus ojos bajaron a mi boca. Se quedaron allí.
—¿Sabes cuántas veces te he visto crecer en esta casa? —susurró, y su voz se rompió un poco—. ¿Tratando de convencerme de que solo eras el hijo de Beto? ¿Tratando de no notar cómo te ponías esos shorts cortos en verano? ¿Tratando de fingir que no te estabas convirtiendo en alguien que no debería notar?
Me quedé sin aliento. Él también había estado luchando. No era solo yo.
—Entonces deja de fingir —le dije. Fue un susurro, pero en el silencio del garaje, sonó como un grito.
Jason me miró con una intensidad feroz. Parecía estar peleando consigo mismo. Sus manos se cerraron en puños a sus costados.
El silencio entre nosotros se volvió tan espeso que podía sentirlo presionando contra mi piel. Era insoportable. Alguien tenía que romperlo.
Y Jason lo hizo.
Estiró el brazo, pasando por encima de mi hombro. Me encogí, pensando que iba a hacer algo, pero su mano fue hacia el interruptor de la puerta automática del garaje que estaba en la pared detrás de mí.
Presionó el botón de bloqueo.
Click.
Luego giró la perilla de la puerta que daba a la cocina y le puso el seguro.
Click.
Estábamos encerrados.
Mi respiración se detuvo.
Jason se volvió hacia mí. Ya no había duda en sus ojos. Ya no había conflicto. Solo había hambre.
Dio un paso adelante, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la fría mesa de trabajo. Quedé atrapado entre la madera dura y su cuerpo masivo.
Puso una mano sobre la mesa, justo al lado de mi cadera, bloqueando mi salida. No me tocó. Todavía no. Pero su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de él a través de su ropa.
—Di que pare —susurró. Su voz era una orden y una súplica al mismo tiempo—. Dilo ahora, Ryan. Si no lo dices ahora, no voy a poder detenerme.
Lo miré. Miré sus labios, sus ojos oscuros, la vena latiendo en su cuello. Pensé en mi papá durmiendo arriba. Pensé en Kyle. Pensé en lo incorrecto que era todo esto.
Y luego pensé en cómo me había sentido cuando él entró en mi cuarto. La emoción. El miedo. El deseo.
Negué con la cabeza levemente.
—No —susurró mi boca.
Jason cerró los ojos un momento, como si le doliera. O como si estuviera rezando por perdón antes de pecar.
—Tu papá me mataría —murmuró.
—Que no se entere —respondí.
Eso rompió el último hilo de control que le quedaba.
Jason abrió los ojos, me agarró la cara con una mano, sus dedos ásperos y grandes envolviendo mi mandíbula con una posesividad que me hizo temblar, y estrelló su boca contra la mía.
No fue un beso de película romántica. Fue un choque. Fue brutal. Fue sucio. Sus labios eran duros, exigentes, hambrientos. Sabía a café y a desesperación. Me besó como si quisiera devorarme, como si quisiera borrar cualquier rastro de Kyle de mi boca y reclamarla como suya.
Solté un gemido, esta vez real, esta vez completamente para él, y abrí la boca para dejarlo entrar. Su lengua invadió mi boca con fuerza, dominante, y mis manos se aferraron a su sudadera, jalándolo más cerca, si es que eso era posible.
Me levantó y me sentó sobre la mesa de trabajo sin ningún esfuerzo, metiéndose entre mis piernas. Sentí su erección dura contra mi muslo a través de la tela de nuestros pantalones.
—Mierda… —gruñó contra mi boca, separándose apenas un milímetro para respirar—. Sabes increíble.
—Tú también —jadeé, mi cabeza dando vueltas.
Sus manos bajaron de mi cara a mi cuello, y luego a mi pecho, apretando fuerte sobre la camiseta.
—No debería hacer esto —susurró, besando mi mandíbula, bajando hacia mi cuello, mordiendo suavemente la piel sensible allí—. Eres un niño.
—No soy un niño —respondí, echando la cabeza hacia atrás—. Tengo diecinueve.
—Eres el hijo de mi mejor amigo —dijo, pero sus manos no se detuvieron. Se deslizaron bajo mi camiseta, tocando mi piel desnuda. Sus palmas eran calientes y rasposas. El contraste me hizo arquear la espalda—. Esto es traición.
—Nadie lo sabe —susurré—. Solo tú y yo.
Jason soltó un gruñido gutural y volvió a besarme, esta vez con más lengua, más humedad. Me estaba marcando. Me estaba consumiendo.
Su mano bajó peligrosamente hacia el borde de mis shorts. Se detuvo allí, sus dedos presionando sobre el elástico.
Se separó de mí, respirando agitadamente, con la frente pegada a la mía. Nuestros alientos se mezclaban.
—Esto no pasa de aquí —dijo, su voz ronca y entrecortada—. No hoy.
Lo miré, confundido y desesperado por más.
—¿Por qué?
Jason me miró a los ojos. Sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos parecían negros por completo.
—Porque si paso de aquí… —su mano apretó mi cintura—… no voy a poder parar hasta que seas mío por completo. Y no sé si estás listo para eso.
Se alejó de mí bruscamente, como si le quemara el contacto. Se pasó una mano por el pelo, dándome la espalda.
—Vete a tu cuarto, Ryan —dijo, con voz dura—. Ahora. Antes de que cambie de opinión.
Me bajé de la mesa, con las piernas temblando tanto que casi me caigo. Mi boca estaba hinchada, mi cuerpo estaba encendido. Lo miré una última vez. Él estaba mirando hacia la pared, con los puños apretados sobre la mesa, respirando como un animal herido.
—Buenas noches, Jason —susurré.
Él no respondió.
Salí del garaje, cerrando la puerta detrás de mí con cuidado. Subí las escaleras en la oscuridad, tocándome los labios donde todavía podía sentir la presión de los suyos.
Me metí en la cama, pero sabía que ya no había vuelta atrás. Jason tenía razón. Yo quería que me atraparan. Y ahora que me había atrapado… quería que me devorara.
CAPÍTULO 4: El Sabor del Peligro
No hablé con Jason por tres días.
Tres días enteros. Setenta y dos horas que se sintieron como setenta y dos años.
Después de lo que pasó en el garaje —ese beso sucio, desesperado y brutal que todavía me hacía arder los labios cuando me los tocaba—, me convertí en un fantasma en mi propia casa. Me encerré en mi cuarto bajo el pretexto de exámenes finales, proyectos inexistentes y dolores de cabeza fingidos.
Cada vez que escuchaba el motor de su camioneta negra acercarse a la casa, mi estómago daba un vuelco violento, una mezcla de náuseas y mariposas que me dejaba mareado. Me asomaba por la ventana, escondido detrás de la cortina como un criminal, solo para verlo bajarse. A veces venía con mi papá del gimnasio, riendo, golpeándose la espalda, siendo los “compadres” de toda la vida.
Verlos juntos era lo que más me jodía la cabeza.
Mi papá, Beto, el hombre que me enseñó a andar en bici, que trabajaba horas extras para pagarme la universidad. Y Jason, su mejor amigo, el hombre en el que mi papá confiaría su vida… y que la noche anterior me había empotrado contra una mesa de trabajo y me había metido la lengua hasta la garganta.
La culpa era un ácido que me corría por las venas. Pero, y esto era lo peor, el deseo era más fuerte.
Durante esos tres días, cada vez que cerraba los ojos, no veía la cara de decepción de mi papá. Veía los ojos oscuros de Jason. Sentía sus manos grandes y ásperas en mi cintura. Recordaba su voz ronca diciéndome: “No voy a poder detenerme”.
Y Dios, cómo quería que no se hubiera detenido.
El miércoles por la noche, Kyle me mandó un mensaje.
—¿Estás bien, bebé? Te noto raro. No has contestado mucho.
Miré la pantalla iluminada en la oscuridad de mi cuarto. Sentí una punzada de remordimiento, pero fue lejana, amortiguada. Kyle era dulce. Kyle era seguro. Kyle era de mi edad. Pero Kyle no me hacía sentir como si estuviera caminando por la orilla de un precipicio. Kyle no me hacía sentir depredado.
Le contesté con una mentira rápida:
—Sí, todo bien. Mucha tarea. Te veo el finde.
Bloqueé el celular. No quería pensar en Kyle. No cuando mi cuerpo entero estaba vibrando en una frecuencia que solo Jason parecía sintonizar.
Llegó el jueves.
Pensé que podría seguir evitándolo hasta el fin de semana, tal vez irme a casa de un amigo o fingir que me moría de gripe. Pero el destino —o mi papá— tenía otros planes.
A eso de las 5:00 PM, bajé a la cocina por agua. Mi papá estaba ahí, sacando carne del refri.
—¡Qué onda, hijo! —dijo, de buen humor—. Oye, qué bueno que bajas. Invité a Jason a cenar al rato.
Me congelé con el vaso en la mano. El agua se derramó un poco sobre mis dedos.
—¿A cenar? —pregunté, mi voz saliendo más aguda de lo normal—. ¿Hoy? Es jueves, pa.
—Sí, pues ya ves. Hace mucho que no platicamos bien, y como ya terminamos lo del garaje, quería celebrar. Aparte compré unos cortes de Rib Eye que están buenísimos. Vamos a prender el asador un rato.
Mi mente empezó a correr buscando excusas.
—Es que… tengo que estudiar.
Mi papá frunció el ceño, dejando el paquete de carne en la barra.
—Ryan, llevas tres días encerrado ahí arriba. Te va a hacer daño. Bajas a cenar, convives un rato y luego te subes si quieres. Pero no seas grosero, Jason siempre pregunta por ti.
Jason siempre pregunta por ti.
La frase tuvo un doble sentido en mi cabeza que mi papá jamás imaginaría.
—Está bien —murmuré, derrotado—. A qué hora viene.
—Llega a las 7:30.
Subí a mi cuarto sintiendo que caminaba hacia el patíbulo. Me metí a bañar, tratando de calmar mis nervios. Me tallé la piel hasta que quedó roja, como si pudiera limpiarme la tensión. Me vestí tres veces. Primero una playera vieja (demasiado fodongo). Luego una camisa (demasiado formal, parecería que me arreglé para él). Al final, opté por unos jeans y una playera blanca simple.
A las 7:30 en punto, el timbre sonó.
Mi corazón empezó a latir en mi garganta. Escuché a mi papá abrir la puerta.
—¡Jase! ¡Pásale, cabrón! ¡Qué milagro!
—¿Qué onda, Beto? Traje las cervezas.
Esa voz. Grave, profunda, segura. Escucharla hizo que mis rodillas se sintieran líquidas.
Me quedé en mi cuarto diez minutos más, respirando hondo, dándome pláticas motivacionales frente al espejo. Actúa normal. Eres Ryan. Eres el hijo de su amigo. No pasó nada. Fue un error. Él no va a hacer nada con tu papá ahí.
Bajé las escaleras.
Estaban en la sala. La televisión estaba prendida con algún partido de repetición. Mi papá estaba sirviendo guacamole en un tazón. Jason estaba de pie, cerca del sofá.
Cuando mis pies tocaron el último escalón, Jason volteó.
Llevaba unos jeans oscuros y una playera tipo “Henley” de color negro, de esas que tienen botones en el cuello. La traía desabotonada en la parte superior, mostrando un poco de pecho y vello. La tela se ajustaba a sus brazos y hombros de una manera que debería ser ilegal.
Me miró.
No me saludó de inmediato. Solo me miró. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo en una fracción de segundo, tan rápido que mi papá no lo notó, pero yo sí. Fue como si me hubiera tocado.
—¡Ryan! —exclamó mi papá—. Mira quién vino. Saluda a tu tío Jason, no seas maleducado.
Me acerqué, forzando mis piernas a moverse.
—Hola, Jason —dije. Traté de sonar casual, aburrido incluso.
Jason sonrió. Esa maldita media sonrisa que me desarmaba.
—Qué tal, Ryan. Tiempo sin verte.
“Tiempo sin verte”. Tres días. Tres días desde que me besó como si quisiera consumirme.
Estiró la mano para saludarme. El típico saludo de hombres. Choque de manos, medio abrazo con palmada en la espalda.
Tuve que hacerlo. No podía dejarlo con la mano estirada.
Nuestras palmas chocaron. Su piel estaba caliente, callosa. Su agarre fue firme. Cuando se inclinó para darme la palmada en la espalda, su cuerpo rozó el mío. Olía a esa colonia de madera, mezclada con algo fresco, tal vez menta.
—Te ves… cansado —me susurró al oído, tan bajo que solo yo lo escuché, justo antes de separarse.
Me aparté rápido, sintiendo que me ardía la cara.
—Mucha escuela —dije, mirando al suelo.
—Bueno, bueno, menos plática y más acción —interrumpió mi papá—. Jase, ¿te sirvo una chela? Ryan, ayúdame a llevar las cosas al patio, porfa.
La cena empezó “bien”. O sea, normal para ellos, infernal para mí.
Estuvimos en el patio trasero. Mi papá asando la carne, el humo oliendo delicioso, pero mi estómago estaba cerrado. Yo estaba sentado en una de las sillas de jardín, con una Coca-Cola en la mano, tratando de hacerme invisible.
Jason estaba parado junto al asador con mi papá, cerveza en mano, platicando de negocios.
—Te digo, Beto, estoy pensando en abrir la segunda sucursal del gimnasio por el centro. El local está a buen precio.
—No mames, ¿en serio? Eso sería un negociazo, güey. Te ayudo con los contratos si quieres.
Se veían tan normales. Tan amigos. Tan… inofensivos. Verlos así me hacía dudar de mi propia memoria. ¿Realmente pasó lo del garaje? ¿O me lo imaginé? Tal vez Jason solo estaba siendo amable y yo, en mi calentura reprimida, malinterpreté todo.
Entonces Jason volteó.
Me atrapó mirándolo.
Y en sus ojos no había “amigos”. Había fuego. Me sostuvo la mirada mientras le daba un trago largo a su cerveza, inclinando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Cuando bajó la botella, se pasó la lengua por el labio inferior. Lento. Deliberado.
No, no me lo había imaginado.
—Ryan, ¿me haces un paro? —gritó mi papá desde el humo del asador—. Se me olvidó sacar el vino tinto para los cortes. Está en la alacena, en la repisa de hasta arriba.
—Sí, voy —dije, agradecido por la excusa para entrar a la casa y alejarme de la tensión.
Me levanté y entré a la cocina. El aire acondicionado estaba prendido, un alivio contra el calor del asador. Fui hacia la alacena. Era de esas cocinas modernas con gabinetes altos que llegaban hasta el techo.
Abrí la puerta del gabinete. Efectivamente, la botella de vino estaba en el estante más alto, hasta el fondo.
Me puse de puntitas. No alcanzaba. Maldije mi estatura promedio. Di un pequeño salto, mis dedos rozando el vidrio.
—Necesitas ayuda.
La voz sonó justo detrás de mi oreja.
Di un brinco del susto y me giré de golpe.
Jason estaba ahí.
No lo escuché entrar. Se movía como un gato grande y sigiloso. Estaba parado justo detrás de mí, bloqueándome contra la encimera de la cocina.
—¡Me asustaste! —susurré agresivamente, mi corazón disparándose a mil por hora—. Mi papá está allá afuera.
—Tu papá está peleándose con el carbón —dijo Jason con calma. No se movió. No retrocedió.
Estaba demasiado cerca. Podía ver el sudor brillando en su frente por el calor de afuera. Podía ver la textura de su camiseta negra.
Jason levantó un brazo. Pasó por encima de mi cabeza, su pecho rozando mi cara, su axila oliendo a hombre y desodorante caro. Alcanzó la botella de vino sin ningún esfuerzo, ni siquiera tuvo que ponerse de puntitas.
Bajó la botella, pero no se alejó.
Quedamos atrapados. Yo con la espalda contra la alacena abierta, él frente a mí, con un brazo apoyado en el estante arriba de mi cabeza y la otra mano sosteniendo la botella a la altura de mi cadera.
Me estaba acorralando.
—Me has estado evitando —dijo. No era una pregunta.
—He estado ocupado —mentí, mirando su pecho porque no me atrevía a mirarlo a los ojos.
—Mírame, Ryan.
No lo hice.
Jason dio un paso más, presionando su cuerpo contra el mío. Fue leve, solo un roce de caderas, pero fue suficiente para enviarme una descarga eléctrica directa a la ingle.
—Te dije que me miraras.
Levanté la vista, temblando. Sus ojos eran intensos, enojados y hambrientos.
—¿Por qué te escondes? —susurró—. Después de cómo me besaste en el garaje… pensé que serías más valiente.
—Eso fue un error —dije, mi voz rompiéndose—. Estaba… confundido.
Jason soltó una risa baja, gutural.
—¿Confundido? —se inclinó, su boca rozando mi oreja—. No parecías confundido cuando abriste las piernas para mí en esa mesa. Parecías hambriento.
Cerré los ojos, jadeando.
—Cállate… mi papá…
—Tu papá no sabe quién eres en realidad —dijo Jason, cruelmente honesto—. Pero yo sí. Yo sé cómo suenas cuando pierdes el control. Yo sé cómo sabes.
Levantó la mano libre, la que estaba apoyada en el estante, y bajó lentamente. Sus dedos rozaron mi mejilla, bajaron por mi cuello, trazando la línea de mi garganta.
—Estás temblando —murmuró—. ¿De miedo o de ganas?
—De las dos —admití, sin poder contenerme.
La respuesta pareció satisfacerlo. Sus ojos brillaron. Se inclinó para besarme. Yo quería que me besara. Me estiré un poco hacia él, olvidando dónde estábamos, olvidando todo.
—¡¿Encontraron el vino?! —la voz de mi papá retumbó desde la puerta del patio.
Nos separamos como si nos hubiera golpeado un rayo.
Jason retrocedió dos pasos en un movimiento fluido, girándose hacia la puerta con la botella en la mano y una sonrisa perfecta y casual en el rostro, justo cuando mi papá entró a la cocina secándose el sudor con un trapo.
—Aquí está, Beto —dijo Jason, alzando la botella—. Ryan no alcanzaba. Le tuve que echar la mano. Ya sabes, cosas de chaparritos.
Mi papá se rió.
—¡Pinche Ryan, tienes que comer más frijoles para crecer! Gracias, Jase. Vamos a cenar que la carne ya está.
Yo me quedé pegado a la alacena, tratando de controlar mi respiración, tratando de que mis piernas dejaran de temblar. Jason me guiñó un ojo —un gesto rápido, sucio y cómplice— y salió de la cocina siguiendo a mi papá.
La cena fue una tortura psicológica diseñada por el diablo.
Nos sentamos en la mesa del comedor porque afuera ya hacía demasiado calor y había mosquitos. Mi papá se sentó en la cabecera. Jason a su derecha. Yo frente a Jason.
Mala idea. Pésima idea.
Mientras comíamos, mi papá no paraba de hablar.
—Y entonces le dije al contador que no mames, cómo que no deducible, si es equipo de trabajo… —decía, cortando su carne con entusiasmo.
Yo apenas podía tragar. Cada bocado de carne se sentía como arena en mi garganta.
Jason comía con una calma exasperante. Cortaba su carne con precisión quirúrgica, masticaba despacio, tomaba vino de su copa sosteniéndola por el tallo con esos dedos grandes. Y todo el tiempo, me miraba.
No era una mirada fija y psicópata. Era sutil. Me miraba cuando se llevaba el tenedor a la boca. Me miraba cuando mi papá se reía y volteaba hacia otro lado. Me miraba y sus ojos decían cosas que me hacían apretar los muslos debajo de la mesa.
De repente, sentí algo en mi pie.
Un roce.
Me tensé. Pensé que había pateado la pata de la mesa.
Pero luego sucedió de nuevo. Una presión firme sobre mi tenis.
Miré a Jason. Él estaba asintiendo a lo que decía mi papá, con una expresión de total interés en la plática sobre impuestos.
—Sí, claro, Beto, tienes que checar eso del SAT —decía.
Pero bajo la mesa, su pie se deslizó. Subió por mi empeine. Enganchó mi tobillo entre sus pies, atrapándome.
Casi escupo el vino.
Traté de mover mi pie, de quitarlo. Pero Jason presionó más fuerte. No me dejaba ir. Su zapato subió un poco más, rozando mi espinilla por debajo del pantalón de mezclilla.
El contraste era alucinante. Arriba de la mesa, era el mejor amigo, el empresario serio. Abajo de la mesa, me estaba acosando.
—¿Te pasa algo, Ryan? —preguntó mi papá de repente—. Estás muy rojo. ¿Te enchilaste con la salsa?
Jason me miró, alzando una ceja. Había diversión pura en su cara.
—Sí, Ryan, te ves acalorado. ¿Está muy picante?
Quería matarlo. Quería besarlo. Quería morir.
—Sí… —tosí, tomando agua desesperadamente—. La salsa… pica mucho.
—A mí se me hace que le falta —dijo Jason, tomando un poco de salsa con el dedo y chupándoselo mientras me miraba fijamente a los ojos.
Fue el gesto más obsceno que había visto en mi vida. Mi entrepierna palpitó dolorosamente.
—Oigan, voy al baño rápido y a checar mi celular, creo que me mandó mensaje la de recursos humanos —dijo mi papá, levantándose de la mesa—. No tardo. Sírvanse más vino.
Salió del comedor y subió las escaleras hacia su cuarto.
Nos quedamos solos. Otra vez.
El silencio cayó sobre la mesa como una guillotina.
Jason soltó mi pierna bajo la mesa. Se recargó en su silla, cruzando los brazos, observándome como si fuera el postre.
—Ya no puedo —susurré, dejando el tenedor en el plato con un ruido metálico—. Deja de hacer eso.
—¿Dejar de hacer qué? —preguntó inocentemente.
—De tocarme. De mirarme así. De provocarme.
Jason se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Tú eres el que se pone rojo. Tú eres el que tiembla. Yo solo estoy cenando.
—Eres un imbécil —dije, sintiendo las lágrimas de frustración picándome los ojos.
La expresión de Jason se endureció. Se puso serio de golpe.
—¿Sabes a qué sabías en la cocina? —preguntó en voz baja.
No contesté.
—Sabías a miedo —dijo—. Y me encanta. Pero sabes a qué más sabías… a que querías que bajara la mano.
—No es cierto.
—Cuando te toqué el cuello… te inclinaste hacia mí, Ryan. Si tu papá hubiera tardado diez segundos más en entrar, te habría puesto de rodillas ahí mismo en la cocina. Y tú lo habrías hecho.
Me levanté de la mesa de un salto. La silla chilló contra el piso.
—Ya no tengo hambre.
—Siéntate —ordenó Jason. No gritó. Pero su voz tuvo ese tono de mando que usaba en el garaje.
Me quedé parado, dudando.
—Si te vas ahorita, tu papá va a preguntar qué pasa. Va a preguntar por qué estás tan raro. ¿Qué le vas a decir?
Me tenía atrapado. Si me iba, era sospechoso. Si me quedaba, era tortura.
Me volví a sentar lentamente.
Jason sonrió, victorioso. Tomó su copa de vino y la levantó hacia mí en un brindis silencioso.
—Buen chico.
—Te odio —murmuré.
—No me odias —dijo él, bebiendo—. Me deseas. Y te odias a ti mismo por desearme. Es diferente.
—Tengo novio —dije, usando mi última defensa. La mención de Kyle.
Jason dejó la copa en la mesa. Su mirada se oscureció. El juego divertido se acabó.
—Ese niño no sabe qué hacer contigo. Lo vi. Lo vi salir de tu ventana como un ladrón asustado. No tiene los huevos para entrar por la puerta principal. No tiene los huevos para tomar lo que quiere.
—Él me respeta —defendí débilmente.
—Yo no te respeto —dijo Jason.
La frase me golpeó.
—Yo te quiero —corrigió, su voz volviéndose ronca—. Te quiero de una forma que no tiene nada que ver con el respeto y todo que ver con la obsesión. Y creo que tú quieres que te falten al respeto un poco, ¿no? Estás cansado de ser el niño bueno.
Antes de que pudiera responder, escuchamos la cadena del baño jalarse arriba. Mi papá estaba por bajar.
Jason cambió de postura instantáneamente. Volvió a ser el amigo relajado.
—Termínate tu carne, Ryan. Tienes que crecer.
Mi papá bajó, quejándose del trabajo.
—Ah, qué lata con esta gente. Perdón, ¿en qué estábamos?
—En que Ryan me estaba contando de sus proyectos —dijo Jason, mirándome con una inocencia diabólica—. Dice que está aprendiendo cosas nuevas. Experimentando.
—¡Qué bueno, hijo! —dijo mi papá, sentándose—. Hay que tener la mente abierta.
Cené el resto en silencio, sintiendo la mirada de Jason quemándome la piel. Cuando terminamos, mi papá insistió en que Jason se llevara las sobras.
—No, gracias, Beto. Ya comí demasiado. Me voy a ir rodando.
Se despidieron en la puerta. Yo me quedé atrás, cerca de la escalera, queriendo huir pero incapaz de dejar de mirar.
—Gracias por la cena —dijo Jason, dándole la mano a mi papá—. Estuvo… interesante.
Luego me miró a mí. Estaba a unos cinco metros de distancia.
—Nos vemos, Ryan. Estudia mucho.
Y me guiñó el ojo. Otra vez.
Salió de la casa. Escuché su camioneta arrancar.
Subí a mi cuarto, cerré la puerta y me recargué en ella, deslizándome hasta el piso. Mi corazón iba a estallar. Mi cuerpo estaba en llamas. Me sentía enfermo, excitado, aterrorizado y completamente perdido.
Pasó una hora. La casa se quedó en silencio. Mi papá se fue a dormir.
Yo estaba en mi cama, mirando el techo, tratando de no tocarme, tratando de no pensar en la presión de su pie contra mi pierna, en su voz en la cocina.
Entonces, escuché un ruido.
No fue un golpe en la puerta. Fue algo deslizándose por el suelo. Un sonido suave, como papel contra madera.
Me senté de golpe en la cama, mirando hacia la puerta. La luz del pasillo estaba apagada, pero por la rendija de abajo, vi algo blanco.
Me levanté descalzo, caminando despacio. Mi corazón latía en mis oídos.
Me agaché y recogí el papel. Era una hoja arrancada de una libreta pequeña, doblada a la mitad.
La desdoblé con manos temblorosas.
Reconocí la letra inmediatamente. Era angulosa, fuerte, masculina. Tinta negra.
Solo había cuatro palabras escritas en el centro de la hoja. Cuatro palabras que hicieron que se me cortara la respiración y que mis piernas fallaran.
“La próxima vez, di que sí.”
No había firma. No la necesitaba.
Me quedé mirando la nota. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Jason había vuelto a entrar? ¿Se la dio a mi papá para que me la diera y él la deslizó sin saber? No… Jason debió haberla deslizado antes de irse, o… no sabía.
Pero el mensaje era claro.
No era una pregunta. Era una orden. Y una promesa.
La próxima vez.
Habría una próxima vez. Él lo sabía. Y yo, parado ahí en la oscuridad, apretando el papel contra mi pecho como si fuera lo más preciado que tenía, también lo sabía.
Fui a mi buró, abrí el cajón de hasta abajo, donde guardaba mis cosas secretas (cartas viejas de Kyle, un vape que escondía de mi papá), y metí la nota allí.
Me acosté de nuevo.
“Di que sí”.
Cerré los ojos y, por primera vez en toda la semana, dejé de pelear. Me imaginé diciendo que sí. Me imaginé abriendo la puerta. Me imaginé a Jason entrando.
Y con esa imagen prohibida en la mente, finalmente me quedé dormido, sabiendo que el desastre era inminente, y que yo estaba corriendo directo hacia él con los brazos abiertos.
CAPÍTULO 5: La Puerta Abierta
El viernes llegó con una calma engañosa, como el ojo de un huracán.
Durante todo el día, la nota en mi cajón pareció vibrar, emitiendo una frecuencia que solo yo podía sentir. “La próxima vez, di que sí.” Esas cinco palabras se habían convertido en mi mantra y mi condena. No podía concentrarme en la escuela. Los maestros hablaban y sus voces sonaban lejanas, como si estuviera bajo el agua. Todo lo que podía pensar era en Jason. En sus manos. En su olor. En la promesa implícita en ese pedazo de papel.
Mi papá llegó temprano del trabajo, cargando bolsas de hielo y botanas.
—¡Hoy es noche de póker, campeón! —anunció, dejando las bolsas en la barra de la cocina—. Van a venir los de siempre: el Chato, Luis, el gordo Ramírez… y Jason, claro.
El nombre detonó en mi pecho como una pequeña bomba.
—¿Jason viene? —pregunté, tratando de sonar indiferente mientras me servía un vaso de agua. Mis manos temblaban ligeramente, así que apreté el vaso con fuerza.
—Pues claro, es el que siempre gana —rió mi papá—. Oye, ¿me ayudas a acomodar las sillas en la mesa del comedor? Y saca las fichas que están en el despacho.
Pasé la tarde ayudando a preparar la “arena”. Acomodé las sillas, puse los portavasos, saqué las botanas. Todo parecía normal. Una noche de señores, de cervezas, cigarros y risas escandalosas. Pero yo sabía que esta noche no iba a ser normal. Algo en el aire me lo decía. La estática en mi piel no había desaparecido; al contrario, se había intensificado.
A las 8:00 PM empezaron a llegar.
El Chato con su risa de hiena. Luis con sus chistes malos. Ramírez quejándose de su esposa. La casa se llenó de ruido, de voces graves, de olor a loción barata y tabaco.
Y luego, a las 8:45 PM, llegó él.
Escuché el motor de su camioneta antes de que tocara el timbre. Ese rugido bajo y potente que ya conocía de memoria.
—¡Ya llegó el que les va a quitar su dinero! —gritó mi papá abriendo la puerta.
Jason entró.
Llevaba unos jeans oscuros, botas de trabajo limpias y una playera negra lisa que se ajustaba a su torso como una segunda piel. Traía una chaqueta de cuero ligera en la mano. Se veía… peligroso. Magnético. Cuando entró a la sala, la energía cambió. Todos lo saludaron con palmadas y bromas, pero él tenía ese aire de autoridad natural que hacía que todos, inconscientemente, buscaran su aprobación.
Yo estaba en la cocina, fingiendo buscar algo en el refri para no tener que salir a saludar. Pero mi papá, por supuesto, tenía que arruinar mi plan de escape.
—¡Ryan! ¡Ven a saludar a tu tío Jason!
Cerré los ojos, tomé una respiración profunda y salí.
Jason estaba de espaldas a mí, saludando a Ramírez. Cuando escuchó mis pasos, se giró lentamente.
Nuestras miradas chocaron.
No hubo sonrisa esta vez. No hubo guiño burlón. Su cara estaba seria, casi solemne. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin aire. Me miró como si no hubiera nadie más en la habitación. Como si los otros cuatro hombres fueran fantasmas y solo existiéramos él y yo.
—Hola, Ryan —dijo. Su voz era grave, controlada.
—Hola, Jason.
No me acerqué a darle la mano. Me quedé parado en el umbral de la cocina, protegido por la distancia. Él notó mi reticencia y una pequeña, casi imperceptible sonrisa curvó la comisura de sus labios. Miedo, decían sus ojos. Te gusta tener miedo.
La noche avanzó lenta y tortuosa.
Yo subí a mi cuarto, pero no podía desconectarme. Escuchaba las risas abajo, el sonido de las fichas de póker chocando contra la mesa, los gritos de victoria o derrota.
—¡Puta madre, Jason, siempre tienes el as! —gritaba el Chato.
—Es suerte, nada más —respondía Jason, con esa voz tranquila que se filtraba a través de las paredes y llegaba hasta mi cama.
Bajé un par de veces por agua o al baño, solo para torturarme un poco. Cada vez que pasaba por el comedor, sentía su mirada. Jason no volteaba la cabeza de manera obvia, pero yo sabía que me estaba viendo. Sentía el peso de sus ojos en mi espalda cuando subía las escaleras. Sabía que estaba observando mis jeans, mi forma de caminar.
Era un juego silencioso. Un estira y afloja que me estaba volviendo loco.
A la 1:00 AM, la fiesta empezó a morir.
Escuché las despedidas en la puerta.
—Bueno, ya me voy, que mañana trabajo temprano.
—Nos vemos, Beto. Gracias por la cena.
Uno a uno, se fueron yendo.
Me quedé quieto en mi cama, con la luz apagada, agudizando el oído.
Escuché el coche del Chato irse.
Luego el de Luis.
Ramírez fue el último.
Silencio.
Esperé escuchar el motor de la camioneta de Jason. Esperé escuchar el “nos vemos, Beto” y el portazo final.
Pero no sucedió.
En su lugar, escuché pasos en la cocina. El refrigerador abriéndose. Murmullos bajos.
—¿Te quedas, güey? —preguntó mi papá. Su voz sonaba pastosa, borracha.
—Sí, mejor me quedo en el sofá un rato —contestó Jason. Su voz era clara, sobria—. Tomé demasiado whisky, no quiero manejar así. Aparte está lloviznando.
—Ah, va. Ahí hay cobijas en el clóset de abajo. Yo ya me voy a dormir, estoy muerto. Descansa, Jase.
—Descansa, Beto.
Escuché a mi papá subir las escaleras pesadamente. Pasó por mi puerta, se detuvo un segundo (aguanté la respiración), y luego siguió hacia su cuarto al final del pasillo.
Su puerta se cerró.
Click.
Y entonces, la casa quedó en un silencio sepulcral.
Sabía que Jason estaba abajo. Sabía que él sabía que yo estaba despierto.
Pasaron diez minutos. Veinte.
Mi papá empezó a roncar.
Yo estaba acostado boca arriba, vestido solo con unos bóxers y una playera vieja. El calor en mi cuerpo era insoportable. Mi corazón latía tan fuerte que podía sentir el pulso en la garganta, en las muñecas, en la ingle.
La próxima vez, di que sí.
Miré la puerta de mi habitación.
Estaba cerrada. Pero no tenía seguro.
No le puse seguro.
Lo dejé a propósito. Fue mi respuesta silenciosa a su nota. Fue mi “sí”.
A la 1:45 AM, escuché el primer crujido.
Un paso en la escalera.
Suave. Casi imperceptible. Si no hubiera estado prestando atención con cada fibra de mi ser, no lo habría escuchado.
Pero lo escuché.
Otro paso.
Y otro.
Lentos. Deliberados. No eran pasos de alguien que va al baño. Eran pasos de alguien que está cazando.
El sonido se acercó por el pasillo. Se detuvo justo afuera de mi puerta.
Vi la sombra de sus pies tapar la luz que entraba por debajo de la puerta.
Se quedó ahí parado.
Podía sentir su presencia al otro lado de la madera delgada. Podía imaginarlo con la mano levantada, dudando, o tal vez saboreando el momento.
Mi respiración se detuvo. Entra. Por favor, entra. O vete. Pero haz algo.
La perilla giró.
Lentamente. Muy lentamente. El metal rechinó apenas un poco.
La puerta se abrió hacia adentro.
La oscuridad del pasillo se mezcló con la penumbra de mi cuarto. Y allí estaba él.
Jason.
Ya no traía la chaqueta. Solo la playera negra. Su cabello estaba un poco desordenado. Se veía enorme en el marco de la puerta, una silueta oscura recortada contra la poca luz de la noche.
Entró.
Cerró la puerta detrás de él con un cuidado extremo, asegurándose de que el pestillo no hiciera ruido al encajar.
Click.
Y luego, giró el seguro.
El sonido del seguro cerrándose fue el sonido más erótico que había escuchado en mi vida. Significaba que estábamos encerrados. Significaba que no había salida.
Jason se recargó contra la puerta un momento, mirándome. Yo me senté en la cama, jalando las sábanas para cubrirme las piernas, aunque sabía que era inútil.
—No dormiste —susurró. Su voz era ronca, áspera.
—No pude —respondí. Mi voz apenas salió.
Jason se separó de la puerta y caminó hacia la cama. Se movía con esa gracia depredadora que me fascinaba y me aterraba. Se detuvo a un lado del colchón, mirándome desde arriba.
Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Brillaban.
—Dejaste la puerta sin seguro —dijo. No era una pregunta. Era una confirmación.
—Leí tu nota —confesé.
Jason se sentó en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso, inclinándome hacia él. Estábamos tan cerca que podía oler el whisky en su aliento, mezclado con tabaco y menta.
—¿Y bien? —preguntó, inclinándose hacia mí, apoyando una mano en el colchón cerca de mi pierna—. ¿Cuál es tu respuesta, Ryan?
Lo miré. Miré su boca, sus hombros anchos, la forma en que su playera se tensaba sobre su pecho. Pensé en todas las razones por las que debía decir que no. Mi papá durmiendo a diez metros. Kyle. Mi futuro. La moral.
Pero nada de eso importaba cuando él estaba tan cerca.
—Sí —susurré.
La palabra quedó flotando en el aire.
Jason exhaló, un sonido tembloroso, como si hubiera estado conteniendo la respiración todo el día.
—Dilo otra vez —pidió, su voz bajando a un gruñido—. Quiero escucharlo.
—Sí —dije, más fuerte esta vez, mirándolo a los ojos—. Sí, Jason.
Eso rompió la presa.
Jason se lanzó sobre mí.
Sus manos me agarraron la cara y su boca chocó contra la mía con una ferocidad que me hizo caer de espaldas contra la almohada. Me besó con hambre, con desesperación, como si quisiera devorarme entero.
Yo le respondí con la misma urgencia. Mis manos se enredaron en su cabello, jalándolo hacia mí. Abrí la boca y dejé que su lengua tomara control, gimiendo en su garganta.
—Dios… Ryan… —jadeó contra mi boca, mordiendo mi labio inferior—. Llevo semanas volviéndome loco por esto.
—Yo también —admití, arqueando la espalda cuando su mano bajó por mi pecho, apretando mis pezones a través de la playera.
Jason se separó un poco para mirarme. Sus ojos eran negros, salvajes.
—Quítate esto —ordenó, jalando mi playera.
Obedecí. Me senté y me quité la playera, tirándola al suelo. Me quedé solo en bóxers frente a él. Me sentí expuesto, vulnerable, pero la mirada de Jason… la forma en que recorrió mi torso desnudo, como si fuera una obra de arte que quería destruir… hizo que me sintiera poderoso.
—Eres precioso —murmuró, pasando sus manos grandes y callosas por mis costillas, por mi abdomen plano, dejando un rastro de fuego en mi piel.
Me empujó de nuevo contra el colchón y se colocó entre mis piernas. Su peso sobre mí era reconfortante, aplastante. Sentí su erección dura contra mi cadera a través de sus jeans.
Empezó a besarme el cuello, bajando lentamente. Su barba raspaba mi piel, una sensación deliciosa que me hizo estremecer. Chupó la piel sensible debajo de mi oreja, marcándome.
—Jason… se va a ver… —gemí, pero no lo detuve.
—Que se vea —gruñó contra mi piel—. Que todo el mundo vea que eres mío.
Sus manos bajaron a la pretina de mis bóxers. Se detuvo ahí, mirándome a los ojos.
—¿Seguro? —preguntó, dándome una última oportunidad para huir.
Asentí, sin aliento.
—Seguro.
Bajó mis bóxers lentamente, sus ojos siguiendo cada centímetro de piel que revelaba. Cuando estuve desnudo frente a él, Jason soltó un suspiro de admiración que me llenó de orgullo.
—Perfecto —susurró.
Se levantó de la cama solo un momento para quitarse la ropa. Lo vi desabrocharse el cinturón con manos rápidas pero precisas. Se quitó la playera, revelando un pecho ancho, cubierto de vello oscuro y músculos definidos por años de trabajo físico. Se quitó los jeans y los bóxers.
Cuando volvió a la cama, desnudo y magnífico, sentí que me faltaba el aire. Era un hombre. Un hombre de verdad. Grande, fuerte, imponente.
Se cubrió con mi cuerpo, piel contra piel. El contacto fue eléctrico. El vello de su pecho contra mi pecho liso, el calor de sus muslos, el peso de su cuerpo… todo era abrumador.
—Shhh… —me susurró cuando se me escapó un gemido fuerte—. Tu papá está al lado. Tienes que ser callado, Ryan. ¿Te acuerdas? Te gusta que te escuchen, pero no queremos que entre… todavía.
La mención de mi papá, el peligro real de que despertara, le añadió una capa de perversión al momento que me hizo explotar de deseo.
Hicimos el amor… no, no fue hacer el amor. Fue follar. Fue crudo, instintivo y sucio.
Jason me tomó con una posesividad que nunca había sentido. Sus manos me sujetaban con fuerza, dejando marcas en mis caderas. Sus besos eran profundos, silenciando mis gemidos cuando se volvían demasiado fuertes.
Cada embestida me hacía ver estrellas.
—Mírame —me ordenaba cada vez que cerraba los ojos—. Mírame, Ryan. Quiero ver cómo te deshaces.
Y lo miraba. Veía su cara contorsionada por el placer, el sudor brillando en su frente, los tendones de su cuello marcados.
En un momento, escuchamos un ruido en el pasillo.
Nos congelamos.
Jason se detuvo en seco, dentro de mí. Su mano tapó mi boca instintivamente.
Escuchamos.
Creeeec.
Alguien se movió en el cuarto de al lado. La cama de mi papá rechinó. Tal vez se dio la vuelta.
El terror me golpeó como un balde de agua fría. Si se despertaba… si venía al baño… si escuchaba…
Jason me miró a los ojos. Vio mi pánico.
Pero en lugar de alejarse, sonrió. Esa sonrisa perversa.
Se inclinó a mi oído.
—No te muevas —susurró—. Ni un centímetro.
Y entonces, empezó a moverse de nuevo. Muy despacio. Insoportablemente despacio.
Fue una tortura. El placer mezclado con el miedo absoluto de ser descubiertos en ese preciso instante me llevó al borde de la locura.
Lloré. Se me salieron las lágrimas. No de dolor, sino de la intensidad emocional. Jason besó mis lágrimas, lamiéndolas de mis mejillas.
—Ya casi… —susurró—. Ya casi, bebé.
Cuando terminamos, fue silencioso y explosivo. Me ahogué un grito contra su hombro, mordiendo su piel para no hacer ruido. Él gruñó bajo contra mi cuello, su cuerpo tensándose completamente antes de colapsar sobre mí.
Nos quedamos así por un largo tiempo. Enredados, sudados, respirando agitadamente en la oscuridad. El silencio de la casa volvió a asentarse, pero ahora se sentía diferente. Ya no era un silencio de espera. Era un silencio de complicidad.
Jason se giró y me abrazó, atrayéndome hacia su pecho. Apoyé la cabeza en su hombro, escuchando los latidos de su corazón, que poco a poco volvían a la normalidad.
—¿Estás bien? —preguntó, pasándome la mano por el pelo, un gesto sorprendentemente tierno para el hombre que acababa de destrozarme.
—Sí —susurré. Y era verdad. Me sentía increíble. Me sentía vivo.
—Debería irme abajo —dijo, pero no se movió.
—No —le pedí, aferrándome a su brazo—. Quédate un rato más. Por favor.
Jason suspiró y me besó la frente.
—Un rato. Antes de que salga el sol.
Me quedé dormido en sus brazos. Fue el sueño más profundo que había tenido en semanas. Me sentía seguro, protegido por el mismo hombre que representaba el mayor peligro para mi vida.
Pero la paz no duró.
Desperté de golpe.
La luz del sol entraba por la ventana. Era de día.
Me senté en la cama, desorientado.
El lado de la cama donde estaba Jason estaba vacío. Frío.
Se había ido.
Miré el reloj. 9:30 AM.
Mierda. Me había quedado dormido. Jason se había ido. ¿A qué hora? ¿Mi papá lo vio salir de mi cuarto? ¿Lo vio bajar las escaleras?
El pánico empezó a subir por mi garganta.
Agarré mi celular de la mesa de noche para ver si tenía mensajes.
Tenía uno.
Pero no era de Jason.
Era de Kyle.
Lo abrí con manos temblorosas. El mensaje había llegado hace una hora.
“Tenemos que hablar, Ryan. Creo que tu papá sabe.”
Se me cayó el teléfono de las manos.
El mundo se detuvo. El sonido de los pájaros afuera desapareció. Todo se volvió gris.
Creo que tu papá sabe.
Me levanté de la cama desnudo y corrí a la puerta. La abrí.
La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
—¿Papá? —llamé. Mi voz salió rota.
Nadie contestó.
Bajé las escaleras corriendo, casi matándome.
La sala estaba vacía. La cocina estaba vacía. No había café hecho. No había periódico en la mesa.
Fui a la ventana.
La camioneta de mi papá no estaba.
La camioneta de Jason no estaba.
Estaba solo.
Me recargué contra la pared, deslizándome hasta el suelo, con el mensaje de Kyle repitiéndose en mi cabeza como una sirena de alarma nuclear.
¿Qué había pasado? ¿Mi papá nos oyó anoche? ¿Entró en la mañana y nos vio dormidos? ¿Jason le dijo algo?
La incertidumbre era peor que la verdad.
Me abracé las rodillas, temblando, todavía oliendo a Jason, a sexo y a desastre.
El muro había caído. Y los escombros estaban a punto de aplastarme.
CAPÍTULO 6: Lo Que Queda Después del Desastre
El mensaje de Kyle brillaba en la pantalla de mi celular como una sentencia de muerte.
“Tenemos que hablar. Creo que tu papá sabe.”
Me quedé sentado en el suelo de la cocina, abrazando mis rodillas, mientras el silencio de la casa me aplastaba. No era un silencio pacífico. Era el tipo de silencio que queda después de una explosión, cuando el polvo todavía está flotando en el aire y no sabes quién sobrevivió y quién no.
Mi papá no estaba. Jason no estaba.
Mi mente empezó a crear escenarios, cada uno peor que el anterior.
Escenario 1: Mi papá entró al cuarto mientras dormíamos. Nos vio. Sacó a Jason a golpes de la casa.
Escenario 2: Jason se despertó con la culpa, bajó a la cocina, se encontró a mi papá y le confesó todo antes de irse para siempre.
Escenario 3: Mi papá escuchó algo anoche, ató cabos esta mañana al ver las miradas, el ambiente, y los corrió a los dos.
Sentí ganas de vomitar. La bilis me subió a la garganta.
Marqué el número de Jason.
Tuut… tuut… tuut…
“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio”.
Maldije y aventé el celular al sofá. Me pasé las manos por el cabello, jalándolo con desesperación. ¿Por qué se fue así? ¿Por qué me dejó solo en medio del naufragio? Después de lo de anoche, después de cómo me abrazó, pensé que… pensé que estábamos juntos en esto.
Pero claro, él era el adulto. Él era el mejor amigo de mi papá. Él tenía más que perder. Tal vez, con la luz del día, la realidad lo golpeó y decidió huir.
Me vestí mecánicamente. Unos pants, una sudadera. No me bañé. Quería conservar su olor en mi piel un poco más, como una prueba de que no me lo había imaginado todo.
A las 11:00 AM, sonó el timbre.
Salté como si me hubieran dado un toque eléctrico. Corrí a la puerta, con el corazón en la boca, esperando ver a Jason. O a mi papá furioso.
Pero era Kyle.
Kyle, con sus ojos rojos e hinchados, su cabello despeinado y las manos metidas en las bolsas de su chamarra de mezclilla. Se veía pequeño. Frágil. Y en ese momento, me sentí el ser humano más despreciable del planeta.
—Pásale —dije, haciéndome a un lado.
Kyle entró sin mirarme. Caminó hasta la sala y se quedó de pie, negándose a sentarse.
—¿Qué pasó? —pregunté, mi voz temblando—. ¿Por qué dijiste que mi papá sabe?
Kyle se giró hacia mí. Su cara era una máscara de dolor y rabia contenida.
—Porque vine anoche, Ryan.
Me helé.
—¿Qué?
—Vine a las 6:00 de la mañana —dijo, su voz rompiéndose—. Se me olvidó mi cargador el otro día y pasé antes de ir al trabajo. Iba a dejarte un mensaje, pero… vi la camioneta.
Tragué saliva.
—¿Qué camioneta?
—La camioneta negra. La de ese señor. Jason.
Kyle soltó una risa amarga, sin humor.
—Estaba estacionada afuera. Y lo vi salir, Ryan. Lo vi salir de la casa a las 6:15 de la mañana. Tu papá nunca se levanta a esa hora en sábado. Y Jason… Jason no se veía como alguien que se quedó a dormir en el sofá.
—Kyle, te estás imaginando cosas… —intenté, pero la mentira murió en mis labios antes de salir completa.
—¡No me mientas! —gritó, y fue la primera vez que lo escuché alzar la voz—. ¡Lo vi! Salió abrochándose la camisa. Se subió a su camioneta y se quedó ahí cinco minutos, golpeando el volante. Se veía… culpable. Y luego, cuando se fue, vi a tu papá.
Mi corazón se detuvo.
—¿Viste a mi papá?
Kyle asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Salió cinco minutos después. En pijama. Se paró en la entrada, viendo hacia donde se fue Jason. No se veía enojado, Ryan. Se veía… destruido. Se quedó ahí parado como una estatua y luego se metió.
Cerré los ojos. Mierda. Mierda.
—Me engañaste con él —dijo Kyle. No fue una pregunta. Fue una afirmación.
Abrí los ojos. No tenía caso negarlo. No a él.
—No quería lastimarte —susurré. La excusa más vieja y patética del mundo.
—¿No querías lastimarme? —Kyle negó con la cabeza, incredulidad escrita en su rostro—. Te acostaste con el mejor amigo de tu papá. Con un señor que te dobla la edad. ¿Desde cuándo, Ryan?
—Solo pasó anoche —dije rápido—. Bueno, no… empezó antes, pero…
—Eres un asco —me cortó.
Esas palabras dolieron más que una bofetada.
—Kyle…
—No. Cállate. —Kyle se limpió las lágrimas con brusquedad—. Yo te quería, Ryan. De verdad te quería. Pensé que éramos tú y yo contra el mundo. Pero tú… tú querías algo más sucio, ¿verdad? Siempre fuiste así. Solo que yo no quería verlo.
Caminó hacia la puerta.
—No me busques. Y espero que haya valido la pena. Porque acabas de perder a la única persona que te quería de verdad sin condiciones.
—Kyle, espera…
—¡No! —se giró en el marco de la puerta—. Y suerte con tu papá. Porque si yo me siento así… no me quiero imaginar cómo se siente él.
Kyle salió y azotó la puerta.
Me quedé solo de nuevo. Pero ahora el silencio pesaba el doble. Había perdido a Kyle. Y probablemente había perdido a mi papá.
Y Jason seguía sin contestar.
Las horas pasaron arrastrándose. Me senté en el sofá, mirando el reloj. 1:00 PM. 3:00 PM. 5:00 PM.
Empezó a oscurecer. La casa se llenó de sombras. No prendí ninguna luz. Me sentía merecedor de esa oscuridad.
A las 7:30 PM, escuché la camioneta de mi papá.
El sonido del motor, que usualmente me daba tranquilidad, ahora me provocó un ataque de pánico. Me levanté del sofá, alisándome la ropa, tratando de parecer normal, aunque por dentro me estaba desmoronando.
La puerta se abrió.
Mi papá entró. Traía la misma ropa de ayer. Se veía cansado, ojeroso. Como si hubiera envejecido diez años en doce horas.
Me miró.
Esperé los gritos. Esperé que me corriera. Esperé las preguntas. ¿Qué hiciste? ¿Eres gay? ¿Te acostaste con él?
Pero mi papá no dijo nada.
Dejó las llaves en la mesa de la entrada. El sonido metálico resonó en la casa vacía.
Caminó hacia la cocina, pasó por mi lado sin mirarme a los ojos, y abrió el refrigerador. Sacó una botella de agua y se la tomó casi completa de un trago.
Yo estaba parado en medio de la sala, temblando.
—Pa… —susurré.
Mi papá bajó la botella. Se recargó en la barra de la cocina, dándome la espalda. Sus hombros estaban caídos.
—Hablé con Jason —dijo.
Su voz era plana. Sin emoción. Eso era peor que los gritos.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
—¿Qué… qué te dijo?
Mi papá se giró lentamente. Me miró. Y en sus ojos vi exactamente lo que Kyle había descrito: decepción. Una tristeza profunda y dolorosa.
—Me dijo que se equivocó —dijo mi papá—. Me dijo que anoche… cruzó una línea. Que tomó de más y que se le hizo fácil faltarme al respeto en mi propia casa.
Fruncí el ceño. ¿Eso le dijo? ¿Se echó la culpa él solo?
—No me dio detalles —continuó mi papá, y vi cómo se le tensaba la mandíbula—. Y no quiero los detalles, Ryan. No quiero saber qué pasó exactamente. Porque si lo supiera… si tuviera la imagen en mi cabeza… creo que no podría estar aquí parado frente a ti.
—Papá, yo… no fue solo él… —intenté decir, sintiendo la necesidad de defender a Jason, de compartir la culpa.
—¡Cállate! —me cortó, alzando la mano—. No hables. No quiero escucharlo de tu boca.
Hubo un silencio terrible.
—Jason es mi hermano —dijo mi papá, con la voz quebrada—. Lo conozco desde los quince años. Hemos pasado por todo. Divorcios, muertes, deudas. Y nunca… nunca pensé que me haría esto. Con mi hijo.
—Perdóname —susurré, y las lágrimas empezaron a caer.
Mi papá negó con la cabeza, mirando al suelo.
—Le dije que no volviera a pararse en esta casa. Le dije que nuestra amistad se acabó.
Sentí un dolor agudo en el pecho. Yo había hecho eso. Yo había destruido una hermandad de décadas por una noche de placer.
—Y tú… —mi papá me miró finalmente—. Tú eres mi hijo. Y te quiero. Pero ahorita… ahorita no puedo verte a la cara sin pensar en que me traicionaron los dos.
—¿Me vas a correr? —pregunté, aterrorizado.
—No —suspiró—. Esta es tu casa. Pero necesito espacio, Ryan. Necesito que me des tiempo para procesar que no eres quien yo pensaba que eras.
Se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras.
—Me voy a dormir. Cierra todo.
Subió a su cuarto y cerró la puerta.
Me dejé caer en el sofá y lloré. Lloré hasta que me dolió la cabeza. Lloré por Kyle, por mi papá, y por mí.
Pero, en el fondo, entre todo el dolor y la culpa, había una verdad egoísta y terrible que brillaba como una brasa en la oscuridad:
Jason había perdido a su mejor amigo por mí.
Jason había aceptado la culpa por mí.
Y yo lo extrañaba. Lo extrañaba con una intensidad que me asustaba.
Pasaron dos días.
La casa se convirtió en un mausoleo. Mi papá y yo vivíamos como extraños. Él se iba temprano y regresaba tarde. Si nos cruzábamos, solo murmurábamos saludos corteses.
“Buenos días”.
“Ya llegué”.
“Hasta mañana”.
La ley del hielo. El castigo mexicano por excelencia.
Yo no salía de mi cuarto. No tenía a dónde ir. Kyle me tenía bloqueado de todo. Mis otros amigos preguntaban qué pasaba, pero no podía decirles: “Me acosté con el mejor amigo de mi papá y arruiné mi vida”.
Y Jason… silencio total.
Ni un mensaje. Ni una llamada. Nada.
Empecé a pensar que tal vez se había arrepentido de verdad. Que tal vez había decidido que yo no valía la pena el precio que había pagado. Esa duda me carcomía. ¿Fui solo un desliz? ¿Una calentura de una noche?
Llegó la noche del martes.
No podía dormir. Eran las 3:00 AM. La hora del diablo. O la hora de los amantes.
Estaba acostado en mi cama, mirando el techo, reviviendo cada segundo de esa noche. Sus manos, su boca, su peso sobre mí.
De repente, mi celular vibró en la mesa de noche.
El sonido fue fuerte en el silencio.
Lo agarré rápido, con el corazón disparado.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
“Sal.”
Solo tres letras. Pero supe quién era.
Me levanté de un salto. No lo pensé. No dudé. No pensé en mi papá durmiendo en el cuarto de al lado. No pensé en la promesa de “espacio”. No pensé en nada más que en la necesidad visceral de verlo.
Me puse unos tenis sin calcetines. Agarré una sudadera y me la puse encima de la pijama.
Bajé las escaleras de puntitas, esquivando los escalones ruidosos de memoria. Abrí la puerta principal con cuidado quirúrgico.
El aire de la noche me golpeó la cara. Estaba fresco. Olía a lluvia reciente y asfalto mojado.
Caminé hacia la calle.
La camioneta negra estaba estacionada a media cuadra, bajo la luz amarillenta y parpadeante de un farol público. El motor estaba apagado, pero las luces de estacionamiento estaban encendidas, brillando como ojos de animal en la oscuridad.
Caminé rápido. Casi corrí.
Jason estaba recargado en la puerta del conductor.
Llevaba una sudadera con capucha puesta, jeans y tenis. Tenía los brazos cruzados y la cabeza baja. Se veía… roto.
Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza.
Me detuve a dos metros de él.
Nos miramos.
Se veía cansado. Tenía ojeras marcadas y barba de tres días. Ya no se veía tan imponente, tan invencible como el día del póker. Se veía humano.
—Viniste —dijo. Su voz sonaba ronca, como si no hubiera hablado en días.
—Me dijiste que saliera —respondí, mi aliento formando nubes en el aire frío.
Jason asintió lentamente. Se separó de la camioneta y dio un paso hacia mí.
—Tu papá me odia —dijo.
—Lo sé —bajé la mirada—. A mí apenas me habla.
—Perdí a mi hermano, Ryan. Perdí mi segunda casa.
Sentí las lágrimas picarme los ojos.
—Entonces, ¿por qué viniste? —pregunté, con la voz rota—. Si perdiste todo… ¿por qué estás aquí? ¿Viniste a decirme que fue un error? ¿Que me olvide de ti?
Jason me miró con intensidad. Dio otro paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca para tocarlo.
—Lo intenté —confesó—. Juro por Dios que lo intenté. Estuve dos días sentado en mi departamento, tomando whisky, tratando de convencerme de que esto fue una estupidez. Tratando de convencerme de que debía alejarme de ti para siempre y pedirle perdón a Beto de rodillas.
—¿Y? —susurré.
Jason negó con la cabeza. Una sonrisa triste y torcida apareció en sus labios.
—Y no funcionó.
Mi corazón dio un vuelco.
—Cada vez que cerraba los ojos, te veía a ti —dijo, su voz bajando a ese tono íntimo que me deshacía—. Te veía en mi cama. Escuchaba tu voz. Sentía cómo temblabas.
Levantó la mano y, con un movimiento vacilante, me tocó la mejilla. Su mano estaba fría, pero su tacto me quemó.
—Arruiné todo, Ryan. Soy un mal amigo. Soy un mal hombre.
Se inclinó hacia mí, pegando su frente con la mía.
—Pero no me arrepiento.
Solté un sollozo ahogado.
—Yo tampoco —admití—. Kyle me dejó. Mi papá está decepcionado. Todo es un desastre. Pero… no me arrepiento de lo que pasó.
Jason me agarró de la nuca, sus dedos enredándose en mi cabello.
—Esto va a ser difícil —advirtió, mirándome a los ojos—. Tu papá no lo va a aceptar pronto. Tal vez nunca. La gente va a hablar.
—Me vale madre —dije, usando la frase que había estado guardando—. Me vale madre la gente. Me vale madre lo que sea “correcto”. Solo… no me dejes solo en esto.
Jason me miró con una mezcla de devoción y hambre.
—Nunca. Ya crucé la línea, Ryan. Ya quemé el puente. Ahora estoy de este lado contigo.
—Bésame —le pedí.
Y lo hizo.
Ahí, en medio de la calle solitaria, bajo la luz intermitente de un farol, el mejor amigo de mi papá me besó.
No fue un beso sucio como el del garaje. No fue un beso apresurado como el de mi cuarto. Fue un beso de confirmación. Fue un beso que sellaba un pacto.
Sentí sus labios fríos contra los míos, su barba raspándome, sus brazos rodeándome y levantándome un poco del suelo. Me aferré a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se estaba derrumbando.
Sabía que mañana sería un infierno. Sabía que tendría que enfrentar la mirada de mi papá en el desayuno. Sabía que las cosas nunca volverían a ser como antes. La inocencia se había ido. La familia perfecta se había roto.
Pero mientras Jason me besaba, profundizando el contacto, mordiendo mi labio inferior y haciéndome gemir en la noche silenciosa, supe que había tomado mi decisión.
Había elegido el fuego en lugar de la calma.
Había elegido el peligro en lugar de la seguridad.
Jason se separó un poco, respirando agitadamente contra mis labios.
—Súbete a la camioneta —susurró—. Vamos a dar una vuelta.
Miré hacia mi casa. Oscura. Silenciosa. La casa del niño que yo solía ser.
Luego miré a Jason. La camioneta. El hombre que me había convertido en quien soy ahora.
—Sí —dije. Por tercera y última vez.
Caminé hacia la puerta del copiloto y me subí. Jason subió al lado del conductor.
El motor rugió, rompiendo el silencio de la calle.
Mientras nos alejábamos, vi mi casa por el espejo retrovisor haciéndose más pequeña hasta desaparecer en la oscuridad. No sabía a dónde íbamos. No sabía qué iba a pasar mañana. Pero sentí la mano de Jason buscar la mía en la oscuridad de la cabina.
Entrelacé mis dedos con los suyos. Apreté fuerte.
Y por primera vez en días, sonreí.
El desastre ya había ocurrido. Ahora solo nos quedaba arder entre las cenizas.
FIN