
Capítulo 1
El sol de la tarde en la Ciudad de México no acariciaba; pesaba. Caía sobre el patio de concreto del Colegio Preparatorio del Valle como una losa de plomo caliente, haciendo que el aire vibrara con esa distorsión visual que presagia el agotamiento. Eran las dos de la tarde, esa hora muerta en la que el bullicio escolar alcanza su punto máximo antes de la estampida de la salida, pero para Elaine y Maris Gadiva, el ruido era solo un zumbido distante, como el de una televisión mal sintonizada en otra habitación.
Las gemelas estaban sentadas en su lugar habitual: una banca de madera vieja, con el barniz despellejado por años de sol y lluvia, ubicada estratégicamente bajo la escasa sombra de un jacaranda que ya había tirado casi todas sus flores violetas. A su alrededor, el mundo era un caos de uniformes azul marino, mochilas rebotando y gritos.
—¡Pásamela, pásamela! —gritaba un niño con la camisa desfajada, pateando una botella de plástico como si fuera el balón de la final del mundial.
—¡No manches, mañana hay que traer la cartulina! —se quejaba una niña cerca de los bebederos.
Elaine miraba todo aquello con una mezcla de aburrimiento y una ira sorda, esa clase de enojo que se te queda atorado en la garganta y sabe a moneda de cobre. Pateó una piedra con la punta de su tenis escolar. El zapato, un modelo genérico comprado en el mercado de la colonia, ya tenía la suela despegada en la punta, y cada vez que caminaba hacía un pequeño sonido de chancleteo que la avergonzaba profundamente.
—Mira a Regina —murmuró Elaine, sin levantar mucho la voz, aunque el escándalo del recreo las protegía de ser escuchadas—. Mira cómo presume.
Maris levantó la vista de sus manos, que descansaban sobre su falda tableada. Siguió la mirada de su hermana hacia un grupo de niñas cerca de la cooperativa escolar. Regina, una niña de cabello rubio y diadema de tela cara, estaba dando vueltas, mostrando una foto en su celular.
—Mi papá dice que va a traer la cámara profesional, esa que usa para sus viajes a Europa —decía Regina, con esa voz chillona que a Elaine le daba dolor de cabeza—. Y mi mamá ya mandó pedir un arreglo de flores gigante, de esos que traen globos metálicos. Dice que me lo van a dar en cuanto termine de cantar.
Elaine resopló, un sonido áspero.
—Flores y globos —repitió, imitando el tono de Regina con una mueca cruel—. Como si cantar “Cielito Lindo” fuera un concierto en el Auditorio Nacional.
—Déjala, Elaine —dijo Maris suavemente. Maris era el agua para el fuego de Elaine. Donde Elaine era impulso y reacción, Maris era observación y silencio. Pero incluso Maris, con toda su paciencia, tenía los hombros caídos ese día—. No tiene la culpa de que sus papás tengan dinero.
—No es el dinero, Maris. Es que… es que todos van a estar ahí. —Elaine golpeó la banca con el puño cerrado—. ¿Escuchaste a Grayson? Su papá pidió el día libre en el despacho. ¡El día libre! Y la mamá de Sofía ni siquiera trabaja, se la pasa en el gimnasio, así que obvio va a estar ahí desde primera fila grabando con su iPad nuevo.
Elaine se detuvo, sintiendo cómo se le calentaban los ojos. Odiaba llorar en la escuela. Llorar era para los débiles, y su mamá, Elise, les había enseñado que las mujeres Gadiva no eran débiles. Pero la injusticia se sentía física, como una piedra en el estómago.
—Vamos a ser las únicas solas. Otra vez —susurró Elaine, la rabia disolviéndose en una tristeza pura y dura.
Maris suspiró, un sonido largo y tembloroso. Se acomodó las calcetas, que siempre se le bajaban.
—Al menos tenemos a mamá —dijo, recitando la frase como un mantra—. Aunque no pueda venir. Ella nos quiere. Nos quiere más que los papás de Regina a ella, porque mamá trabaja por nosotras.
—Ya lo sé —contestó Elaine rápidamente, sintiéndose culpable por estar enojada con su madre—. Yo sé que nos quiere. Pero…
El “pero” quedó colgando en el aire caliente. Ambas sabían lo que seguía. No necesitaban decirlo porque lo habían vivido esa misma mañana. El recuerdo estaba tan fresco que todavía dolía.
Había sido a las seis de la mañana. El pequeño departamento en la colonia Doctores olía a café soluble y al pan tostado que a veces se quemaba un poco en el comal viejo. Era un espacio reducido: dos habitaciones diminutas, una cocina que también era sala, y un baño donde la regadera goteaba eternamente, marcando el ritmo de sus vidas. Pero estaba limpio. Elise se aseguraba de eso. “Pobres, pero no sucias”, decía siempre mientras tallaba el piso de linóleo hasta que brillaba.
Esa mañana, Elise estaba corriendo, como siempre. Tenía el uniforme de su primer trabajo puesto: una camisa blanca y un pantalón negro de vestir que ya brillaba por el uso excesivo de la plancha. Estaba metiendo los tuppers con el lunch de las niñas en sus mochilas cuando encontró el papel.
Era una hoja de color amarillo neón, arrugada en el fondo de la mochila de Elaine.
“GRAN FESTIVAL DEL DÍA DE LA FAMILIA – VIERNES 10:00 AM” decía en letras Comic Sans y negritas.
Elise se detuvo en seco. Elaine, que estaba terminando de abotonarse el suéter, vio cómo la espalda de su madre se tensaba. Fue un cambio sutil, imperceptible para cualquiera que no conociera cada gesto de Elise, pero para sus hijas, fue como ver un edificio derrumbarse.
—Mamá… —empezó a decir Maris, saliendo del baño con el cepillo de dientes en la mano.
Elise se giró lentamente. Tenía ojeras profundas, esas sombras moradas que no se quitan con dormir un domingo, sino que se acumulan tras años de doblar turnos. Sostuvo el volante amarillo con una mano temblorosa.
—¿Por qué no me dieron esto antes? —preguntó, su voz un hilo roto.
—Se nos olvidó —admitió Elaine, bajando la cabeza—. La maestra nos lo dio el lunes, pero… lo metí en el cuaderno y se me olvidó sacarlo.
Elise leyó el papel. Sus ojos, de un verde avellana que solían brillar cuando reía, se llenaron de lágrimas. No lloró, porque Elise casi nunca lloraba frente a ellas, pero sus ojos se vidriaron.
—Es este viernes —susurró—. A las diez.
—Sí —dijo Maris, acercándose con cautela—. Vamos a cantar y a presentar los dibujos de la familia. La maestra dijo que es importante que vayan los papás. Dijo que… dijo que si no va nadie, nos tenemos que quedar en el salón de atrás.
Elise cerró los ojos y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones. Se pasó una mano por el cabello, que llevaba recogido en un chongo estricto para el trabajo.
—Mis amores… —empezó, y el tono de disculpa fue como un cuchillo para las niñas. Ya sabían lo que venía. Lo habían escuchado en Navidad, en el Día del Niño, en las juntas de boletas—. No puedo ir.
—Pero mamá, es solo una hora —suplicó Elaine, dando un paso adelante—. ¡Es a las diez! Puedes pedir permiso.
—Elaine, sabes que no puedo —dijo Elise, agachándose para quedar a la altura de sus hijas. Les tomó las manos; sus palmas estaban ásperas por el cloro y el jabón—. El viernes es el día más pesado en “La Estrella”. El gerente ya me advirtió. Si falto una vez más, o si llego tarde… me corren. Y si me corren, no completamos la renta de este mes. Ya le debemos a la señora Carmen lo del gas.
—Pero el mes pasado faltaste cuando Maris tuvo tos —reprochó Elaine, sabiendo que era injusto, pero incapaz de detenerse.
—¡Exacto! —La voz de Elise se quebró—. Falté tres días porque Maris tenía bronquitis y no tenía con quién dejarlas. Gastamos lo de la luz en los antibióticos. El gerente me lo descontó de la nómina y me puso en advertencia final. —Elise apretó las manos de sus hijas, buscando comprensión en sus rostros infantiles—. Si pierdo este trabajo, no comemos. Así de simple. No es que no quiera ir, mis niñas. Me muero por verlas cantar. Me duele en el alma no estar ahí. Pero no tenemos opción.
El silencio que siguió en la cocina fue terrible. Solo se escuchaba el goteo de la regadera y el ruido lejano de los cláxones en la avenida. Elise las abrazó a las dos, un abrazo fuerte, desesperado, oliendo a su perfume barato y a jabón zote.
—Lo siento tanto —susurró contra el cabello de Maris—. Les prometo que cuando termine la carrera… cuando por fin me den el título… todo va a ser diferente. Pero ahorita, tenemos que aguantar. Somos un equipo, ¿recuerdan? Las tres mosqueteras.
Elaine había asentido, pero por dentro, algo se había roto un poquito más.
De vuelta en el patio de la escuela, el recuerdo se desvanecía, dejando solo el sabor amargo de la realidad. El sol seguía golpeando. Un vendedor ambulante pasaba por la calle, al otro lado de la reja, gritando con su megáfono: “¡Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan!”. El sonido era tan típico, tan de la ciudad, que se mezclaba con la tristeza de Elaine.
—Somos un equipo —repitió Elaine en voz baja, imitando a su madre con sarcasmo—. Un equipo que nunca gana.
—No digas eso —dijo Maris, sacando su lonchera. Abrió el tupper: sándwich de jamón y queso, cortado en triángulos, con una nota adhesiva pegada en la tapa que decía “Las amo” con la letra apresurada de Elise—. Mamá hace lo que puede.
—Lo sé. Pero estoy cansada de entender, Maris. —Elaine se levantó de la banca, inquieta. Tenía demasiada energía, demasiada frustración en su cuerpo pequeño—. Estoy cansada de ser la niña pobre que se va sola a su casa. Estoy cansada de que la maestra me mire con esa cara de “pobrecita” cuando le digo que mi mamá no va a venir.
Maris mordió su sándwich sin mucho apetito.
—¿Qué quieres que hagamos? No podemos inventar un papá.
—Pues deberíamos —dijo Elaine, mirando hacia la calle a través de los barrotes negros de la reja escolar—. Deberíamos rentar uno. O contratar a un actor, como en las telenovelas que ve la señora Carmen.
—Estás loca.
De repente, el ruido de la calle cambió. Entre el traqueteo de los peseros (los microbuses verdes y grises que pasaban echando humo) y el claxon de los taxis, surgió un sonido diferente. Un ronroneo profundo, suave, poderoso.
Elaine miró hacia la acera. Un coche negro se estaba estacionando. No era un coche normal. No era el Tsuru abollado del director de la escuela, ni la camioneta familiar sucia de la mamá de Regina. Era una bestia de metal pulido, un sedán de lujo, tan negro y brillante que reflejaba el mundo deformado en su carrocería. Los rines brillaban como plata líquida.
—Híjole… —se le escapó a Elaine.
—¿Viste eso? —preguntó Maris, dejando el sándwich en la banca.
La puerta del conductor se abrió con un clic sólido y preciso. De adentro salió un hombre. Y si el coche desentonaba con la fachada despintada de la escuela pública, el hombre parecía haber caído de otro planeta.
Llevaba un traje oscuro, cortado a la perfección, que se ajustaba a sus hombros anchos y su espalda recta. La tela se veía fina, nada que ver con los trajes brillosos de poliéster que usaban los maestros en las ceremonias de los lunes. Llevaba una camisa blanca, inmaculada, sin una sola arruga a pesar del calor sofocante de la tarde. En su muñeca, un reloj plateado destelló bajo el sol, lanzando un rayo de luz que casi cegó a Elaine por un segundo.
El hombre se ajustó el saco y miró su celular con el ceño fruncido.
—Mira a ese señor —susurró Elaine, dándole un codazo a su hermana, olvidando por un momento su enojo—. Parece de película. O un narco. O un político.
—No parece narco —dijo Maris, analítica—. Los narcos usan cadenas de oro y camisas abiertas. Este señor se ve… elegante. Se ve como el dueño de todo.
—¿Crees que sea papá de alguien? —preguntó Maris, estirando el cuello para ver mejor.
Elaine negó con la cabeza, sus ojos oscuros fijos en el extraño.
—Imposible. Aquí nadie tiene un papá así. Si fuera papá de alguien, ya lo sabríamos. Regina no se callaría la boca si su papá tuviera ese coche.
El hombre comenzó a caminar de un lado a otro de la banqueta. Se notaba tenso. Se pasaba la mano por el cabello corto y bien peinado, y hablaba por teléfono con gestos secos, cortantes. Miraba hacia los edificios viejos de la calle, hacia los puestos de tacos de canasta y la papelería de la esquina, con una expresión de total desconcierto. Parecía un rey perdido en un barrio que no aparecía en sus mapas.
—Está perdido —concluyó Elaine. Una idea empezó a formarse en su cabeza. Una idea peligrosa, absurda, pero brillante. Era como si una chispa se hubiera encendido en su pecho, quemando la tristeza de hace un momento.
—Se ve súper estresado —observó Maris—. Seguro el GPS lo mandó mal. A mi mamá siempre le falla el Waze.
Elaine se puso de pie. Se sacudió las migajas de pan de la falda.
—Vamos.
Maris parpadeó, confundida.
—¿Vamos a dónde?
—A hablar con él.
—¡¿Qué?! —Maris casi se atraganta—. Elaine, ¡estás loca! Mamá nos tiene prohibido hablar con extraños. Y menos con señores que llegan en cochazos. ¿Y si es un robachicos?
—No es un robachicos, Maris. Míralo. —Elaine señaló discretamente—. Los robachicos no usan trajes de cincuenta mil pesos para venir a robarse niñas con uniformes rotos. Además, está perdido. Solo vamos a ayudarle.
—¡Elaine! —Maris intentó agarrarla del brazo, pero Elaine era rápida.
—Tú quédate aquí si quieres ser la única niña sin papá el viernes —lanzó Elaine sobre su hombro. Fue un golpe bajo, y ella lo sabía, pero necesitaba a su hermana. No podía hacerlo sola.
Maris se quedó paralizada un segundo, mirando hacia los maestros que estaban distraídos platicando en la sombra, lejos de la puerta. Luego miró a su hermana, que ya caminaba con decisión hacia la reja abierta de la salida. La lealtad de gemela pesaba más que el miedo. Maris suspiró, agarró su mochila y corrió tras ella.
—¡Espérame! Pero si nos regañan es tu culpa.
Las dos niñas cruzaron el umbral de la escuela. El ruido de la calle las golpeó de lleno: el olor a gasolina, a aceite quemado y a tacos de suadero del puesto de la esquina. Elaine caminaba con la barbilla en alto, fingiendo una confianza que no sentía del todo, mientras su corazón latía como un tambor contra sus costillas. Maris iba medio paso atrás, escaneando el entorno como un pequeño radar de peligro.
Se acercaron a la banqueta donde el hombre del traje seguía discutiendo con su teléfono, totalmente ajeno a que dos pares de ojos idénticos lo observaban, y a que su destino estaba a punto de cambiar por culpa de un GPS defectuoso y la desesperación de una niña de siete años.
—Es ahora o nunca —susurró Elaine.
—Tengo miedo —susurró Maris.
—Yo también —admitió Elaine, apretando la mano de su hermana—. Pero tengo más miedo de estar sola en el escenario.
Y con ese pensamiento, dieron el paso final hacia la calle.
Capítulo 2
La calle “Héroes de la Revolución”, donde se ubicaba la entrada principal de la escuela, era un ecosistema en sí misma. Olía a una mezcla agresiva de gases de escape, aceite hirviendo de las garnachas y ese olor particular del asfalto cuando el sol de la tarde lo cocina a fuego lento.
Landon Shanley se sentía como un alienígena recién aterrizado en un planeta hostil.
Con su traje italiano de lana virgen color carbón, cortado a la medida en una sastrería de Polanco, y sus zapatos Oxford de piel que costaban más que la colegiatura anual de cualquier niño en esa cuadra, Landon desentonaba violentamente con el entorno. Un perro callejero, flaco y de color indefinido, lo miró desde la sombra de un puesto de periódicos y pareció juzgarlo con la mirada.
Landon se pasó la mano por el cabello, cuidando de no despeinarse, aunque el sudor ya empezaba a perlar su frente.
—Maldita sea —masculló, mirando la pantalla de su iPhone de última generación. El punto azul del mapa giraba sin sentido, burlándose de él—. Siri, ubicación actual.
“Usted está en… Colonia Doctores. Destino no encontrado”, respondió la voz robótica con una calma exasperante.
Landon colgó la llamada que tenía en espera con un gesto brusco. Estaba furioso. Se suponía que debía estar en una junta con los inversionistas de Grupo Carso en un edificio de oficinas inteligentes en Reforma, no perdido en una callejuela llena de baches donde los microbuses pasaban rozando los espejos de su Audi. Su asistente, Jenna, le había mandado el “pin” de la ubicación, pero evidentemente, la tecnología había decidido conspirar en su contra esa tarde.
Caminó tres pasos a la derecha, tres a la izquierda. Su lenguaje corporal era una mezcla de arrogancia y desesperación. Miraba su reloj Patek Philippe cada treinta segundos. Las 2:15 PM. Llegaba tarde. Él nunca llegaba tarde. Para Landon Shanley, el tiempo no era oro; era diamante, platino, vida. Perder quince minutos era una hemorragia financiera.
Alzó la vista, buscando algún nombre de calle, algún letrero, algo que le indicara cómo salir de ese laberinto de concreto y cables de luz enmarañados. Fue entonces cuando las vio.
Al otro lado de la calle, paradas en el borde de la banqueta como dos estatuas idénticas, había dos niñas.
Llevaban el uniforme de la escuela pública que tenía a sus espaldas: faldas tableadas azul marino que habían visto días mejores, calcetas blancas que se escurrían hacia los tobillos y suéteres rojos amarrados a la cintura. Pero lo que llamó la atención de Landon no fue su ropa, sino sus ojos. Cuatro ojos grandes, oscuros y profundos, fijos en él con una intensidad que lo hizo sentir incómodo.
Una de ellas, la que tenía una curita de Hello Kitty en la rodilla, le sostuvo la mirada con una audacia impropia de su edad. La otra, idéntica pero con los hombros más encogidos, parecía querer esconderse detrás de su hermana.
Landon, por instinto social —ese reflejo automático de los hombres de negocios—, les ofreció una media sonrisa, un gesto rápido y desechable, y levantó la mano en un saludo vago antes de volver a mirar su teléfono. “Ignora y sigue”, pensó. “No te metas con los locales. Sube al coche y busca una avenida principal”.
Pero el destino, o la curiosidad infantil, tenía otros planes.
Escuchó el tap-tap-tap de zapatos escolares corriendo sobre el asfalto. Landon levantó la vista, sorprendido. Las niñas habían cruzado la calle. No esperaron el semáforo (que de todas formas no servía), simplemente esquivaron con destreza urbana a un repartidor de Uber Eats en bicicleta y se plantaron frente a él.
Landon dio un paso atrás, instintivamente protegiendo su espacio personal y su teléfono. ¿Qué querían? ¿Dinero? ¿Venderle chicles? En los semáforos de la ciudad siempre se le acercaban niños a limpiar el parabrisas o vender mazapanes. Su mano fue automáticamente hacia el bolsillo interior del saco, buscando su cartera para darles una moneda de diez pesos y que se fueran.
—Buenas tardes —dijo la niña de la curita. Su voz era clara, fuerte, con ese tono cantadito típico de la capital, pero con una dicción sorprendentemente buena—. ¿Está perdido, señor?
Landon se detuvo. Su mano se quedó a medio camino de la cartera. No le estaban pidiendo dinero. Le estaban haciendo una pregunta logística.
Parpadeó, desconcertado por la franqueza de la criatura.
—Eh… un poco —admitió Landon, bajando el teléfono—. Estoy buscando la Torre Arcos Bosques. Mi GPS dice que es aquí, pero… —Miró a su alrededor, señalando una tortillería y una tienda de abarrotes llamada “La Esperanza”—… claramente no es aquí.
La niña asintió con la cabeza, muy seria, como si fuera una colega revisando un informe trimestral.
—No, señor. Bosques está muy lejos. Como a una hora si hay tráfico. Y siempre hay tráfico.
Landon soltó un bufido, una risa seca y sin humor.
—Genial. Simplemente genial.
—Pensé que se veía importante —continuó la niña, sin inmutarse por su mal humor—. Por el traje. Y el coche. —Señaló el Audi con la barbilla—. Parece coche de Batman.
Landon no pudo evitarlo. Una sonrisa genuina, pequeña pero real, rompió su máscara de estrés.
—Eres muy observadora. —Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón, decidiendo que la junta ya estaba perdida de todos modos—. ¿Cómo te llamas?
—Soy Elaine —dijo ella, irguiendo la espalda—. Y ella es mi hermana Maris. Somos gemelas.
—Ya veo —dijo Landon, mirando a la otra niña. Maris se asomó tímidamente detrás del hombro de Elaine y murmuró un “hola” apenas audible—. Mucho gusto. Yo soy Landon. Landon Shanley.
—Landon —repitió Maris, probando el nombre en su lengua—. Suena a nombre de rico.
Elaine le dio un codazo disimulado a su hermana, pero Landon soltó una carcajada.
—Gracias, supongo. —Miró su reloj de nuevo, la ansiedad volviendo a picarle la nuca—. Bueno, Elaine y Maris, fue un gusto, pero tengo que ver cómo salir de aquí antes de que…
—Sabe, señor Landon —lo interrumpió Elaine, dando un paso adelante, invadiendo su espacio personal con una valentía que rozaba la imprudencia—, usted sabe que no debería hablar con extraños, ¿verdad? Mi mamá dice que los señores de traje a veces son los peores.
Landon alzó una ceja, divertido e intrigado.
—Tu mamá es una mujer sabia. Y tienen razón. Yo soy un extraño. Así que deberían regresar a su escuela.
—Estamos enfrente —dijo Elaine, encogiéndose de hombros—. Y hay mucha gente. Además… usted no tiene cara de robachicos. Tiene cara de estar triste.
El comentario lo golpeó como una bofetada suave. ¿Triste? Él no estaba triste. Estaba estresado, ocupado, era exitoso. Tenía cuentas bancarias en Suiza y propiedades en Tulum. No tenía tiempo para estar triste.
—Estoy apurado, que es diferente —corrigió él, poniéndose a la defensiva.
—Tenemos una presentación el viernes —soltó Elaine de golpe, cambiando de tema con esa velocidad vertiginosa de los niños—. Es el Día de la Familia. Vamos a cantar una canción de Cri-Cri y enseñar dibujos.
Landon parpadeó, tratando de seguir el hilo de la conversación.
—Ah… eso suena… muy bien. Felicidades.
—Nuestra mamá no puede venir —dijo Maris. Fue la primera frase completa que dijo con volumen normal. Su voz tenía un timbre melancólico que hizo que Landon dejara de pensar en su coche por un segundo—. Trabaja doble turno. En la mañana limpia oficinas y en la tarde es mesera. Si falta, la corren.
—Entiendo —dijo Landon. Y sorprendentemente, lo hacía. Una imagen fugaz cruzó su mente: una cocina pequeña, olor a frijoles quemados, su propia madre contando monedas sobre la mesa de formica. Sacudió la cabeza para alejar el recuerdo—. Eso es duro. Lo siento mucho.
—Todos van a llevar a sus papás —insistió Elaine. Sus ojos, antes desafiantes, ahora brillaban con una humedad sospechosa—. Vamos a ser las únicas ahí paradas como tontas. La maestra dijo que alguien de la familia tiene que subir al escenario con nosotras cuando termine la canción. Para la foto.
—Es solo una foto —dijo Maris, mirando sus zapatos gastados—. Pero se siente feo cuando todos aplauden y a ti nadie te mira.
Landon sintió una opresión en el pecho. Era una sensación física, un peso incómodo justo debajo del nudo de la corbata. Era empatía, una emoción que él solía reprimir o canalizar a través de donaciones deducibles de impuestos a fundaciones anónimas. Pero esto era diferente. Tenía dos rostros frente a él.
—Estoy seguro de que su mamá las quiere mucho —dijo él, con voz suave, agachándose un poco para quedar a su altura—. A veces los adultos tenemos que hacer cosas que no queremos, como trabajar, para cuidar a quienes amamos.
—Ya sabemos —dijo Elaine con impaciencia—. Pero eso no quita que estemos solas.
Hubo un silencio. Un camión de “Gas Bienestar” pasó tocando su melodía estridente, llenando el aire de ruido. Elaine miró a Maris. Maris miró a Elaine. Hubo una comunicación silenciosa entre ellas, un lenguaje de gemelas que Landon no pudo descifrar, pero que lo puso en alerta.
Elaine respiró hondo, inflando el pecho como si fuera a sumergirse bajo el agua.
—¿Usted tiene hijos, señor Landon?
La pregunta fue directa, un dardo.
Landon se enderezó, recuperando su altura y su distancia.
—No. No tengo.
—¿Es casado?
—No.
—¿Tiene novia?
—Elaine, eso no se pregunta —susurró Maris, roja como un tomate.
Landon sonrió de lado.
—No, no tengo novia. Soy… un hombre muy ocupado. Mi trabajo es mi “bebé”, por así decirlo.
—O sea que está solo —concluyó Elaine. Brutalmente honesta.
—Digamos que soy… independiente —corrigió Landon, sintiéndose extrañamente juzgado por una niña de siete años con coletas.
—Nuestra mamá también está sola —dijo Maris—. Dice que somos nosotras tres contra el mundo.
—Pues parece que son un equipo muy fuerte —dijo Landon, revisando su reloj otra vez. Tenía que irse. Esto se estaba volviendo demasiado personal, demasiado extraño—. Bueno, niñas, fue un placer, pero de verdad tengo que…
—Usted podría ser nuestro papá.
El mundo se detuvo.
Los cláxones se apagaron. Los gritos de los vendedores se silenciaron. Landon se quedó congelado, con la mano en la manija de la puerta de su Audi. Se giró lentamente, pensando que había escuchado mal.
—¿Perdón? —preguntó, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—Podría ser nuestro papá —repitió Elaine. Ahora que lo había dicho, las palabras salían a borbotones, rápidas y desesperadas—. Solo por el viernes. Solo por una hora. Es a las diez de la mañana.
—Es una locura —dijo Landon, soltando una risa nerviosa—. Niñas, no pueden pedirle eso a un extraño. Es peligroso. Es… absurdo.
—No tiene que hacer nada —intervino Maris, dando un paso adelante, su timidez olvidada ante la magnitud de la súplica—. No tiene que hablar. No tiene que firmar nada. No tiene que pagarnos nada.
—Solo tiene que sentarse en la silla —explicó Elaine, sus ojos grandes clavados en los de él, suplicando—. Póngase ese mismo traje. Se ve muy elegante. Se sienta en la tercera fila, donde se sientan los papás. Cuando terminemos de cantar, todos los papás suben y le dan un abrazo a sus hijos. Usted sube, nos da un abrazo, se toma la foto y se va.
—Nadie va a saber que no es nuestro papá de verdad —dijo Maris en un susurro—. Diremos que viajó desde muy lejos. Que es un empresario importante. Y como tiene el coche y el traje, todos nos van a creer.
Landon las miró. Realmente las miró. Vio la desesperación detrás de la fantasía. Vio la vergüenza de la pobreza, el deseo ardiente de pertenecer, de ser normales por un día. Vio la soledad de dos niñas que se cuidaban la una a la otra en una ciudad que se las comía vivas.
Su corazón, ese órgano que él creía calcificado por los negocios y el cinismo, dio un vuelco doloroso.
Una parte de él, la parte impulsiva, quería decir que sí. Quería ser el héroe. Quería ver esas caras iluminarse.
Pero la parte lógica, la parte adulta y responsable, le gritó que era imposible.
“¿Qué pasa si la madre se entera? ¿Qué pasa si la escuela pide identificación? ¿Qué pasa si alguien piensa que soy un depredador? No, no, no. Esto es territorio minado.”
—Niñas… —empezó Landon, su voz llena de un pesar genuino—. No saben cuánto me gustaría ayudarlas. De verdad. Suenan como unas niñas increíbles. Pero no puedo.
Las caras de las gemelas cayeron al unísono. Fue como ver dos flores marchitarse en cámara rápida. El brillo en los ojos de Elaine se apagó, reemplazado por esa dura resignación que él había visto al principio.
—No sería correcto —continuó él, tratando de justificarse, sintiéndose como el villano de la historia—. Mentir no es bueno. Y… y yo tengo mucho trabajo. Tengo juntas. Tengo gente esperándome.
—Entendemos —dijo Elaine. Su voz era dura ahora, fría. Levantó la barbilla, recuperando su dignidad con un esfuerzo visible—. Era una idea tonta. Maris dijo que era una idea tonta.
—No es tonta —dijo Landon rápidamente, odiándose a sí mismo—. Es… complicada. Los adultos somos complicados.
—Sí —dijo Maris suavemente—. Los adultos siempre están ocupados.
Elaine tomó la mano de Maris.
—Vámonos, Maris. La maestra nos va a regañar si no regresamos al salón.
Dieron media vuelta. Sus espaldas pequeñas y rectas se veían frágiles bajo el sol implacable.
Landon se quedó ahí, sintiéndose el hombre más miserable del mundo a pesar de su traje de tres mil dólares. Abrió la puerta del coche. El aire acondicionado interior lo golpeó, frío y estéril, un contraste brutal con el calor humano de la calle.
Justo antes de cruzar la reja, Elaine se detuvo. Giró sobre sus talones una última vez.
—Es en el auditorio de la escuela —gritó, su voz luchando contra el ruido del tráfico—. Colegio Preparatorio del Valle. Viernes a las 10:00. Por si se le antoja dejar de estar tan ocupado un ratito.
Y con eso, desaparecieron en la multitud de uniformes.
Landon se metió a su coche. Cerró la puerta y el silencio fue absoluto. El aislamiento acústico del Audi era perfecto; el mundo exterior se convirtió en una película muda. Se dejó caer en el asiento de cuero, oliendo a “auto nuevo” y a su propia colonia cara.
Arrancó el motor. El tablero digital cobró vida con luces y mapas.
—Siri —dijo, con la voz ronca—. Llévame a la oficina.
“Calculando ruta a Torre Reforma”, respondió el teléfono.
Landon condujo. Salió de la colonia Doctores, esquivando baches mecánicamente. Subió al Viaducto, entró al segundo piso del Periférico, volando por encima de la ciudad caótica, de vuelta a su mundo de cristal y acero.
Pero no podía dejar de verlas.
Veía los ojos de Elaine en el espejo retrovisor. Escuchaba la voz suave de Maris en el zumbido del motor.
“Usted podría ser nuestro papá”.
La frase rebotaba en su cráneo.
Llegó a su oficina cuarenta minutos después. Pasó junto a la recepcionista sin saludar, ignoró a Jenna que intentaba darle una lista de llamadas perdidas, y se encerró en su despacho panorámico.
Se paró frente al ventanal de piso a techo, mirando la inmensidad de la Ciudad de México extendiéndose a sus pies. Millones de personas. Millones de historias. Y él, allí arriba, solo.
Tan solo como Elaine había dicho.
—Maldita sea —susurró Landon, apoyando la frente contra el vidrio frío—. Maldita sea.
Sacó su agenda electrónica. Viernes. 10:00 AM.
“Junta de revisión trimestral con Inversionistas Asiáticos”.
Era una junta crucial. Millones de dólares en juego. Su carrera, su reputación.
No podía faltar. Era imposible. Era suicida.
Pero luego pensó en la banca despintada. Pensó en las niñas solas mientras los demás niños eran abrazados. Pensó en la mamá trabajando doble turno para comprarles esos zapatos que ya estaban rotos.
Landon Shanley, el tiburón de los negocios, el hombre de hielo, sintió que algo se agrietaba dentro de él. Sacó su teléfono, pero no para llamar a los inversionistas. Abrió Google.
Tecleó lentamente:
“Colegio Preparatorio del Valle, ubicación”.
El mapa le mostró el punto rojo. Estaba a treinta minutos de su oficina.
Miró el punto rojo como si fuera el centro del universo.
—Viernes a las diez —repitió en voz alta, probando cómo sonaba la promesa en su boca.
Su mente racional le decía: “No vayas. Olvídalo. Es una locura”.
Pero su corazón, ese traidor que había despertado de un coma de años, latía con un ritmo diferente, un ritmo que sonaba sospechosamente a esperanza
Capítulo 3
El viernes amaneció con una bruma grisácea sobre la Ciudad de México, esa capa de contaminación y rocío que suele cubrir los edificios antes de que el sol logre romperla. En el pequeño departamento de la colonia Doctores, el despertador no sonó; no hizo falta. Elaine y Maris Gadiva llevaban despiertas desde las cinco de la mañana, mirando el techo despintado de su habitación, escuchando cómo su madre, Elise, se movía en la cocina con el sigilo de un ladrón para no despertarlas antes de tiempo.
El olor a plancha caliente y suavizante de telas barato se filtraba por debajo de la puerta. Elise estaba planchando los uniformes de gala por tercera vez, asegurándose de que cada pliegue de las faldas tableadas estuviera tan afilado como una hoja de papel, como si la perfección de la ropa pudiera compensar su ausencia.
Cuando finalmente salieron de la cama, el ambiente en la casa era denso, cargado de palabras no dichas. Elise las recibió con dos vasos de leche con chocolate y un pan dulce, pero sus ojos estaban rojos e hinchados.
—Mírense nada más —dijo Elise, forzando una sonrisa que temblaba en las esquinas—. Parecen dos princesas.
Les acomodó los moños blancos en el cabello, estirando las coletas hasta que la piel de las sienes quedó tirante. Les abotonó los suéteres rojos, alisando cualquier arruga imaginaria con sus manos ásperas por el trabajo. Era un ritual de amor y despedida.
—Mamá… —empezó Maris, con la voz chiquita.
—No, mi amor, no empecemos o voy a llorar y se me va a correr el rímel —la interrumpió Elise, dándoles un beso sonoro en la frente a cada una—. Recuerden lo que practicamos. Espalda recta, voz fuerte. Canten como si yo estuviera ahí, porque en mi corazón, ahí voy a estar. Justo en primera fila.
Elise miró el reloj de la pared. Las 6:45 AM. Si no salía ya, el metro Hidalgo estaría colapsado y llegaría tarde al restaurante.
—Tengo que irme —susurró. Se arrodilló una última vez y las abrazó a las dos al mismo tiempo, un abrazo que dolía por la fuerza con la que las apretaba—. Las amo más que a nada en el mundo. Que Dios me las bendiga.
Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio que dejó fue ensordecedor. Elaine miró la puerta cerrada y luego a su hermana.
—No va a venir —dijo, refiriéndose al extraño del traje. Su voz sonaba hueca—. Fue una estupidez pensar que vendría.
Maris, acomodándose la mochila, no la contradijo.
—Vámonos, Elaine. Se nos va a hacer tarde.
El auditorio del Colegio Preparatorio del Valle no era gran cosa —un gimnasio con piso de duela barnizada y un escenario al fondo con cortinas de terciopelo que olían a polvo antiguo—, pero esa mañana parecía el Teatro de Bellas Artes.
El aire estaba saturado de perfumes caros. Las mamás de la sociedad de padres de familia habían llegado temprano, envolviendo el lugar en una nube de Chanel y Carolina Herrera que mareaba. Había flores por todas partes: arreglos exagerados de girasoles, globos metálicos que decían “Felicidades”, y cámaras de video montadas en tripiés que estorbaban en los pasillos.
Elaine y Maris caminaban tomadas de la mano, sintiéndose como dos intrusas en su propia escuela.
—¡Mira, ahí está el papá de Regina! —señaló una niña de su salón—. Trajo un dron. ¡Un dron!
Efectivamente, el padre de Regina, un hombre con camisa polo de marca y lentes de sol colgados al cuello (aunque estaban en interiores), estaba presumiendo un pequeño aparato volador a otros padres. Grayson, el niño que cantaba mal, estaba siendo asfixiado por los abrazos de su madre y su abuela, quienes le acomodaban la corbata cada tres segundos.
Nadie miró a las gemelas Gadiva. Eran invisibles. Fantasmas con uniforme.
Se dirigieron a la zona de “Backstage”, que en realidad era un salón de clases vaciado detrás del escenario, donde la Maestra Laura intentaba organizar el caos de treinta niños excitados por el azúcar y la atención.
—¡Niños, por favor! ¡En fila por estaturas! —gritaba la Maestra Laura, aplaudiendo—. ¡Regina, deja de tomarte selfies! ¡Grayson, sácate el dedo de la nariz!
Cuando la maestra vio a Elaine y Maris, su expresión cambió. De la exasperación pasó a esa lástima suave y pegajosa que las gemelas detestaban.
—Hola, mis niñas —dijo, bajando la voz—. ¿Vinieron solitas?
—Sí, maestra —contestó Maris.
—¿Su mamá…?
—Trabajando —cortó Elaine, seca.
La Maestra Laura suspiró y les puso una mano en el hombro a cada una.
—Bueno, no se preocupen. Ustedes van a cantar precioso. Y si… si al final, cuando suban los papás, se sienten incómodas, se pueden quedar un pasito atrás, ¿sale? Para que no salgan solitas en la foto panorámica.
Elaine sintió que la sangre le subía a la cabeza. ¿Quedarse atrás? ¿Esconderse? Apretó los puños.
—No nos vamos a esconder —dijo entre dientes.
La maestra parpadeó, sorprendida por la agresividad.
—Claro, claro. Solo decía. Bueno, pónganse en su lugar. Son el número cuatro.
Las gemelas se replegaron a una esquina del salón, lejos del bullicio de los otros niños que presumían los regalos que sus papás les darían después del show. Elaine sacó de su mochila los dibujos que habían hecho. Estaban un poco arrugados en las esquinas.
El dibujo de Elaine mostraba a tres figuras: ella, Maris y su mamá, con un sol gigante en la esquina. El de Maris era similar, pero había dibujado una casa grande detrás, una casa que no existía.
—Son las 9:55 —susurró Maris, mirando el reloj de pared del salón—. Faltan cinco minutos.
—Ya cállate con la hora —espetó Elaine, aunque ella también estaba mirando la puerta trasera del auditorio cada vez que se abría.
—Elaine… él no va a venir.
—Ya lo sé, Maris. Ya entendí. Es un señor rico y ocupado. Seguro se le olvidó en cuanto arrancó su coche de Batman. Los ricos no cumplen promesas a los pobres.
Elaine lo decía con rabia, pero por dentro, una pequeña llama de esperanza se negaba a morir. Había prometido. Había dicho “buena suerte”. Me miró a los ojos.
—¡Tercera llamada! ¡Comenzamos! —anunció el director por el micrófono, y un aplauso atronador resonó desde el auditorio.
El festival comenzó. Fue una tortura lenta.
Primero salió el grupo de Kinder B bailando “El Ratón Vaquero”. Los padres aullaban de ternura. Luego pasó 1ro A recitando poemas a la madre. Más aplausos, algunos llantos de emoción.
—Siguiente número: 2do B, con la canción “El Mundo es una Familia” y presentación de arte —anunció la voz del director.
El estómago de Elaine dio un vuelco. Era su turno.
La Maestra Laura las empujó suavemente hacia la fila.
—¡Sonrían, chicos! ¡Que se vean esos dientes!
El telón de terciopelo rojo se abrió con un chirrido de poleas viejas.
La luz de los reflectores las golpeó de frente, cegándolas momentáneamente. El calor de las luces era intenso, contrastando con el aire frío del ventilador.
Cuando sus ojos se ajustaron, Elaine vio el mar de rostros.
Había cientos de personas. Padres, madres, abuelos, tíos. Cámaras, celulares, iPads levantados como escudos brillantes. Todos sonreían, todos buscaban a su hijo, a su sangre.
Elaine escaneó las filas con desesperación.
Primera fila: La mamá de Regina, saludando frenéticamente.
Segunda fila: El papá de Grayson, bostezando.
Tercera fila…
Cuarta fila…
Quinta fila…
Nada.
Solo rostros desconocidos. Nadie las miraba a ellas. Nadie las buscaba. Eran dos puntos negros en una hoja blanca.
Sintió la mano de Maris temblar en la suya. Maris tenía la cabeza baja, mirando sus zapatos, resignada a la humillación pública.
“Tonta, tonta, tonta”, se dijo Elaine a sí misma. “¿Por qué creíste? ¿Por qué le dijiste a Maris que tal vez vendría?”
La música de la pista comenzó a sonar. Un piano meloso y pregrabado.
Los niños empezaron a cantar.
“Que canten los niños, que alcensen la voz…”
Elaine abrió la boca, pero no salió sonido. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una manzana. Maris cantaba, pero su voz era un hilo casi inaudible, perdido entre los gritos desafinados de Grayson y Regina.
Levantaron sus dibujos cuando la coreografía lo indicaba.
“Esta es mi familia”, gritó el grupo al unísono.
Elaine levantó su papel. Se sintió ridícula. Su dibujo de tres personas solas contra el mundo parecía patético frente a las cartulinas llenas de glitter y fotos pegadas de los otros niños.
Miró hacia la puerta de salida, al fondo del auditorio, deseando poder correr, salir a la calle y no volver nunca.
Y entonces, la puerta se abrió.
No se abrió tímidamente. Se abrió de par en par, empujada por una mano firme.
La luz del sol de la calle entró por un segundo, creando una silueta a contraluz. Una silueta alta. Ancha de hombros. Imponente.
Elaine entrecerró los ojos.
La figura entró y la puerta se cerró detrás de él, pero la presencia permaneció.
El hombre caminó por el pasillo central. No caminaba como los otros padres, arrastrando los pies o buscando lugar con timidez. Caminaba como si fuera el dueño del edificio.
Llevaba el mismo traje oscuro. Impecable. La corbata perfectamente anudada.
Landon Shanley.
El corazón de Elaine se detuvo y luego arrancó a mil por hora, golpeándole las costillas. Apretó la mano de Maris tan fuerte que le hizo daño.
—Maris —susurró, rompiendo la formación—. Mira.
Maris levantó la vista. Sus ojos se abrieron como platos.
Landon no se sentó en las sillas vacías del fondo. Siguió caminando. Avanzaba por el pasillo central mientras la canción terminaba y el silencio empezaba a caer sobre la sala, porque la gente empezaba a notar al extraño.
Su presencia era magnética. Irradiaba un poder y una elegancia que silenciaba los murmullos. Las mamás dejaban de grabar a sus hijos para mirar al hombre que parecía haber salido de una portada de revista de negocios.
Landon llegó hasta la tercera fila, donde había un asiento vacío reservado para “Invitados Especiales”. Pero no se sentó. Se quedó de pie, cruzado de brazos, mirando fijamente al escenario.
Sus ojos no buscaban a Regina. No buscaban a Grayson.
Sus ojos estaban clavados en Elaine y Maris.
Cuando sus miradas se cruzaron, Landon no sonrió con esa sonrisa falsa de político. Hizo algo mejor.
Les guiñó un ojo. Un guiño cómplice, secreto. Y luego levantó la mano y saludó, un gesto firme y claro.
“Aquí estoy”, decía ese gesto.
—Vino —dijo Maris, y una lágrima se le escapó, rodando por su mejilla. Pero no era una lágrima de tristeza. Era de alivio puro.
—Te dije —mintió Elaine, con una sonrisa que amenazaba con partirle la cara en dos—. Te dije que vendría.
La canción terminó. El aplauso fue cortés, el estándar para un grupo de segundo grado.
Pero Landon Shanley aplaudió. Y no aplaudió por compromiso. Aplaudió con las manos en alto, fuerte, con un sonido seco y potente que resonó por encima de los demás.
El director tomó el micrófono.
—¡Un aplauso para nuestros niños! Y ahora, invitamos a los padres de familia a subir al escenario para la foto del recuerdo y para abrazar a sus pequeños artistas.
Este era el momento que las gemelas temían. El momento del caos, donde todos corren hacia sus papás y los que no tienen a nadie se quedan parados como estatuas olvidadas.
Los padres se levantaron en masa. Regina corrió hacia su mamá. Grayson se colgó del cuello de su papá.
Elaine y Maris se quedaron quietas en el centro del escenario, sosteniendo sus dibujos contra el pecho como escudos.
“¿Subirá?”, pensó Elaine. “Ya vino, pero ¿se atreverá a subir?”
Landon no dudó.
Vio a la marea de padres subiendo por las escaleras laterales. Él no esperó su turno. Con sus piernas largas, subió los escalones de dos en dos, con una agilidad sorprendente.
Se abrió paso entre la multitud de padres.
—Con permiso, con permiso —decía, su voz grave cortando el aire. La gente se apartaba instintivamente, intimidados por el traje caro y la autoridad que emanaba.
Llegó hasta el centro del escenario.
Se detuvo frente a ellas. De cerca, Elaine pudo ver que tenía pequeñas gotas de sudor en la frente, como si hubiera corrido. Olía a colonia cara, a madera y cítricos, un olor limpio y fuerte que tapaba el olor a humedad del teatro.
Landon las miró, una por una.
—Lo hicieron increíble —dijo. Su voz no era condescendiente. Era seria, respetuosa—. Se escucharon hasta el fondo. Tienen mucho talento.
Maris soltó su dibujo. El papel cayó al suelo.
Sin previo aviso, se lanzó contra las piernas de Landon y lo abrazó por la cintura, enterrando la cara en la tela fina de su saco.
Landon se tensó por un microsegundo, sorprendido por el contacto, pero luego, ante la mirada de trescientas personas, se agachó.
Puso una rodilla en el suelo, sin importarle ensuciar su pantalón de lana italiana de veinte mil pesos.
Quedó a la altura de ellas.
—Hola, Maris —dijo suavemente, devolviéndole el abrazo.
Luego miró a Elaine, que seguía parada rígidamente, temblando.
—¿Y para mí no hay abrazo, Elaine? —preguntó con una media sonrisa—. Manejé como loco para llegar. Casi atropello a un vendedor de tamales.
Elaine soltó un sollozo, una risa estrangulada, y se lanzó también.
Landon las envolvió a las dos en sus brazos. Eran tan pequeñas. Tan frágiles. Sintió sus corazoncitos latiendo contra su pecho como pájaros asustados.
El auditorio se había quedado en un silencio extraño. Los murmullos empezaron a correr como pólvora.
—¿Quién es ese?
—¿Es el papá de las gemelas Gadiva?
—Pensé que no tenían papá.
—¡Mira qué coche trae! Se vio por la ventana.
—¿Será un actor? ¿Será millonario?
—Con razón la mamá nunca viene, seguro él viaja mucho.
La Maestra Laura se acercó, con los ojos desorbitados y la boca abierta.
—Eh… disculpe, señor… ¿es usted el padre?
Landon se puso de pie, con una niña bajo cada brazo, cargándolas como si no pesaran nada. Las gemelas se aferraban a su cuello, mirando al mundo desde arriba, desde la altura de un gigante.
Landon miró a la maestra. Endureció la mandíbula.
—Sí —mintió. Y la mentira salió de su boca con una naturalidad que lo asustó—. Soy Landon Shanley. Su padre. ¿Algún problema?
La Maestra Laura se puso pálida y retrocedió.
—No, no, claro que no, Sr. Shanley. Es un… un honor conocerlo. Las niñas hablan mucho de usted.
Elaine miró a Landon, sorprendida por la mentira. Él le guiñó el ojo otra vez.
—¿Nos tomamos esa foto? —les preguntó a las niñas.
—Sí —dijo Maris, secándose las lágrimas con el puño.
—Sí, papá —dijo Elaine, probando la palabra. Sonaba extraña, pero dulce.
El fotógrafo oficial de la escuela gritó: “¡Todos digan whisky!”.
El flash estalló.
Y en esa foto, que quedaría guardada en el anuario escolar, salían todos los niños con sus familias. Pero en el centro, destacando sobre todos, estaba el hombre de negocios más rico de la sala, con el traje arrugado por los abrazos de dos niñas que sonreían como si hubieran ganado la lotería.
Cuando bajaron del escenario, el efecto fue inmediato.
La mamá de Regina se acercó, con una sonrisa falsa pintada en los labios.
—¡Ay, qué niñas tan lindas! —dijo, como si nunca las hubiera ignorado antes—. Y qué elegante su papá. ¿A qué se dedica, señor…?
—Finanzas internacionales —dijo Landon secamente, sin detenerse—. Con permiso, tenemos una comida de celebración.
Tomó las manos de las gemelas y las sacó del auditorio, abriéndose paso entre la multitud como Moisés abriendo el Mar Rojo.
Salieron al patio, al aire libre, donde el sol ya no pesaba tanto.
Landon soltó el aire que había estado conteniendo. Miró a las niñas. Seguían aferradas a sus manos como si fueran salvavidas en medio del océano.
—¿Están bien? —preguntó, sintiéndose repentinamente inseguro ahora que la adrenalina bajaba.
—Eso fue… —Elaine buscó la palabra—. ¡Increíble! ¿Viste la cara de Regina? ¡Casi se le cae el celular!
—Gracias —dijo Maris, muy bajito, mirando a Landon con adoración absoluta—. Gracias por venir. Pensamos que no vendrías.
Landon se agachó de nuevo frente a ellas, ya sin importarle el polvo en sus rodillas.
—Les di mi palabra —dijo—. Un Shanley siempre cumple su palabra. Además… —Se pasó la mano por el cuello, nervioso—. No me iba a perder su debut artístico. Aunque, siendo honestos, desafinaron un poquito en el coro.
Las niñas se rieron. Fue una risa genuina, libre.
—Bueno —dijo Landon, poniéndose de pie y revisando su reloj. Eran las 11:30. Su agenda del día estaba destruida. Su carrera tal vez sufriría. Pero mirando esas dos caras felices, le importó un bledo—. Ya cumplí con la parte del escenario. Pero creo que escuché a alguien mencionar algo sobre… ¿hamburguesas y malteadas?
Los ojos de Elaine se iluminaron como dos faros.
—¿De verdad?
—¿Nos va a llevar a comer? —preguntó Maris—. Pero mamá dice que…
—Su mamá no está aquí —dijo Landon, tomando una decisión ejecutiva—. Y yo tengo hambre. Conozco un lugar en la Condesa que hace unas malteadas de chocolate que te cambian la vida. ¿Qué dicen? ¿Se arriesgan a ir a comer con un extraño?
Elaine sonrió, una sonrisa que mostraba un diente de leche flojo.
—Usted ya no es un extraño, Landon. Usted es nuestro papá de mentiritas.
—Papá de mentiritas —repitió él, sintiendo un pellizco extraño en el corazón—. Me gusta cómo suena. Vamos. Mi coche está afuera. Y sí, Elaine, es el coche de Batman.
Caminaron hacia la salida.
Mientras salían, los otros niños los miraban desde la reja. Pero esta vez, no había lástima en sus miradas. Había envidia. Pura y simple envidia.
Las gemelas Gadiva, las niñas olvidadas, se subían al coche más lujoso que la colonia Doctores había visto jamás, de la mano del hombre que acababa de salvarles el mundo.
Pero lo que Landon no sabía, mientras abría la puerta trasera para que subieran, era que el verdadero drama apenas comenzaba. Porque una cosa es jugar a ser papá por una hora, y otra muy distinta es lo que sucedería cuando Elise, la madre real, descubriera quién era él en realidad.
Y ese encuentro estaba a solo unas horas de distancia.
Capítulo 4
El Audi R8 de Landon Shanley se deslizaba por la Avenida Álvaro Obregón como un tiburón negro nadando entre peces de colores. Dentro de la cabina insonorizada, el caos de la Ciudad de México —los cláxones de los taxis, los silbidos de los agentes de tránsito, el rugido de los camiones— quedaba reducido a una película muda.
Elaine y Maris iban en el asiento trasero, hundidas en el cuero color crema que olía a éxito y aire acondicionado. Sus ojos, grandes y oscuros, recorrían el interior del vehículo con una mezcla de reverencia y terror a tocar algo indebido.
—No toquen los botones de las ventanas —susurró Maris a su hermana, dándole un pellizco suave en el brazo.
—Solo quiero ver si bajan rápido —se defendió Elaine en un susurro, retirando el dedo del control cromado.
Landon las miró por el espejo retrovisor. Sus pequeñas cabezas apenas sobresalían del respaldo. Se veían fuera de lugar, como dos flores silvestres arrancadas de la banqueta y puestas en un jarrón de cristal de Bohemia. Pero también se veían… felices. Una felicidad cautelosa, frágil, pero innegable.
—¿Tienen hambre? —preguntó Landon, rompiendo el silencio.
—¡Sí! —gritó Elaine.
—Un poquito —corrigió Maris, siempre educada, aunque su estómago rugió en ese preciso instante, traicionándola.
Landon sonrió. Giró el volante con una sola mano, entrando en las calles arboladas de la Colonia Roma. El cambio de escenario fue brutal. Dejaron atrás el asfalto gris y roto de la Doctores para entrar en un mundo de camellones verdes, fuentes de piedra y restaurantes con mesas en la banqueta donde gente guapa bebía café de especialidad.
Se estacionó frente a “El Merendero”, una cafetería estilo años cincuenta, con luces de neón rosa y azul, pisos de ajedrez y gabinetes de vinil rojo. Era un lugar “fresa”, como dirían en la ciudad, pero tenía el tipo de encanto nostálgico que Landon pensó que les gustaría.
—Bajen con cuidado —indicó, abriéndoles la puerta. El valet parking lo miró con extrañeza: un hombre de negocios impecable bajando de un superdeportivo con dos niñas de uniforme escolar público. Landon le lanzó las llaves al valet junto con una propina generosa que cortó cualquier pregunta de raíz.
Al entrar, el aire olía a azúcar quemada, hamburguesas a la parrilla y papas fritas. Las gemelas se quedaron paradas en la entrada, con la boca abierta.
—Parece de película gringa —dijo Elaine, girando sobre sus talones para verlo todo.
—Huele riquísimo —susurró Maris, cerrando los ojos.
Landon pidió una mesa en un gabinete junto a la ventana. El mesero, un joven con tatuajes y actitud hipster, les entregó los menús gigantes plastificados.
—Pidan lo que quieran —dijo Landon, aflojándose el nudo de la corbata por primera vez en el día—. Hoy es día de celebración. Yo invito.
Las niñas abrieron los menús. Sus ojos se abrieron aún más al ver los precios.
—Híjole… —murmuró Maris, bajando la voz—. Una hamburguesa cuesta doscientos pesos. Con eso comemos toda la semana en la casa.
—Pide la más barata —aconsejó Elaine, dándole una patada por debajo de la mesa—. No hay que abusar. Mamá dice que no hay que ser encajosas.
Landon, que tenía el oído entrenado para escuchar susurros en salas de juntas hostiles, las escuchó perfectamente. Sintió un pinchazo en el estómago, una mezcla de ternura y rabia por la injusticia del mundo. Cerró su menú con un golpe suave.
—Niñas, escúchenme —dijo, usando su voz de “negociación final”, firme pero amable—. Hoy no hay precios. Hoy no existe la palabra “caro”. Hoy son mis invitadas, y me ofendería mucho si no piden lo más grande y rico de la carta. ¿Entendido?
Las gemelas se miraron. La autoridad de Landon era irresistible.
—¿Podemos pedir malteadas? —preguntó Elaine.
—Obvio. Con crema batida extra.
Diez minutos después, la mesa estaba llena. Hamburguesas dobles con queso derretido goteando por los lados, torres de aros de cebolla, papas fritas con queso y tocino, y tres malteadas gigantes: fresa para Elaine, vainilla para Maris, y chocolate para Landon.
Elaine atacó su hamburguesa como si fuera su último alimento en la tierra. Maris comía más despacio, saboreando cada bocado, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de papel cada dos segundos.
Landon las observaba, olvidando su propia comida. Hacía años que no compartía la mesa con alguien que disfrutara tanto de algo tan simple. Sus cenas solían ser eventos de negocios en restaurantes con estrellas Michelin, donde la comida era minúscula y la conversación aburrida.
—Entonces… —empezó Landon, revolviendo su malteada con el popote—. Cuéntenme más. ¿Siempre se van solas de la escuela?
Maris asintió, tragando un bocado.
—Casi siempre. Mamá entra al turno de la tarde a las tres, así que nosotras salimos a las dos y media, caminamos a la casa, y nos encerramos.
—¿Caminan solas? —Landon frunció el ceño. La Doctores no era exactamente Suiza—. ¿No les da miedo?
—Un poquito —admitió Maris—. Pero Elaine es valiente. Una vez un perro nos ladró y ella le gritó tan fuerte que el perro salió corriendo.
—Le dije que si se acercaba lo iba a convertir en taco —dijo Elaine con orgullo, con la boca llena de cátsup.
Landon soltó una carcajada.
—No lo dudo.
—Además, nos cuidamos —continuó Maris—. Llegamos a la casa, ponemos el seguro doble y no le abrimos a nadie. Hacemos la tarea, y si tenemos hambre, calentamos frijoles o nos hacemos sándwiches. Mamá llega como a las once de la noche.
—A veces llega tan cansada que se duerme con los zapatos puestos —añadió Elaine, su voz perdiendo un poco de brillo—. Y le duelen los pies. Yo se los sobo con pomada de árnica.
Landon dejó de sonreír. La imagen de esa madre invisible, trabajando hasta el agotamiento para mantener a estas dos criaturas, se formó claramente en su mente.
—Su mamá suena como una mujer increíble —dijo él, sinceramente.
—Es la mejor —dijo Elaine—. Pero… le hace falta ayuda.
—Elaine… —advirtió Maris.
—Es la verdad. Ella llora en las noches. Cree que estamos dormidas, pero yo la escucho. Llora porque no alcanza el dinero. O porque se siente sola.
Hubo un silencio en la mesa, solo roto por el sonido de la música rockabilly de fondo.
—¿Y su papá? —preguntó Landon, con cuidado, sintiendo que pisaba terreno minado—. Sé que dijeron que no estaba, pero… ¿saben algo de él?
Las gemelas negaron con la cabeza al mismo tiempo, un movimiento sincronizado que resultaba hipnótico.
—Mamá dice que se fue antes de que naciéramos —dijo Maris, bajando la vista a su plato—. Dice que él no sabía nada. Que fue… un error.
—Yo no creo que hayamos sido un error —dijo Elaine, frunciendo el ceño.
—No nosotras, tonta. La situación.
—¿Tienen fotos? —preguntó Landon.
—No —dijo Maris—. Bueno… Elaine dice que vio algo una vez.
Elaine se inclinó hacia adelante, conspiradora.
—Hay una caja. Debajo de la cama de mamá. Una caja de zapatos vieja. Una vez la vi sacándola cuando estaba limpiando. Tenía fotos adentro. Pero cuando entré al cuarto, la escondió rápido y se puso a llorar. Nunca me ha dejado verla. Dice que son “cosas del pasado que no sirven para nada”.
Landon sintió un escalofrío. Secretos. Todo el mundo tenía secretos.
—A lo mejor le duele recordar —sugirió él suavemente.
Elaine tomó un sorbo ruidoso de su malteada, haciendo sonar el fondo del vaso. Luego, con esa franqueza brutal que la caracterizaba, miró a Landon a los ojos.
—¿Y usted, señor Landon? ¿Siempre fue rico?
Landon parpadeó, sorprendido por el cambio de dirección. Maris le dio otro golpe a su hermana.
—¡Qué grosera eres! Perdónela, señor Landon.
—No, está bien —dijo Landon, levantando una mano—. Es una buena pregunta.
Se recargó en el respaldo del asiento. Miró su reloj caro, su traje impecable, las llaves del Audi sobre la mesa. Luego miró a las niñas.
—No —dijo—. No siempre fui rico. De hecho… cuando tenía su edad, era más pobre que ustedes.
Las gemelas dejaron de comer.
—¿En serio? —preguntó Elaine, escéptica—. Pero si tiene coche de Batman.
—Eso vino después —sonrió Landon, una sonrisa triste—. Yo crecí en una vecindad en Iztapalapa. Mi mamá también trabajaba doble turno. Lavaba ropa ajena y vendía quesadillas en la noche.
—¿Y su papá? —preguntó Maris.
La sonrisa de Landon se desvaneció por completo.
—Mi papá estaba ahí, pero… era como si no estuviera. Bebía mucho. Se gastaba el dinero de la comida en alcohol. A veces… a veces se ponía violento.
Las niñas lo miraban con los ojos muy abiertos, procesando la información. Era difícil conectar a este hombre que olía a loción cara con esa historia de miseria.
—¿Y qué pasó? —preguntó Elaine.
—Pasó que me prometí que nunca volvería a pasar hambre —dijo Landon, y su voz se endureció un poco—. Estudié. Estudié como loco. Me gané una beca para la prepa, luego para la universidad. Trabajaba de mesero, de mensajero, de lo que fuera. Ahorré cada peso. Empecé un negocio pequeño, fracasé, empecé otro… y aquí estoy.
—O sea que… ¿si estudiamos mucho podemos tener un Audi? —preguntó Elaine.
Landon rió, rompiendo la tensión.
—Tal vez. O algo mejor. Pero el punto es que… entiendo. Entiendo lo que es tener los zapatos rotos. Entiendo lo que es que te dé vergüenza invitar amigos a tu casa. Entiendo lo que es desear tener un papá que vaya a los festivales.
Maris estiró la mano a través de la mesa y, con una timidez infinita, tocó la mano de Landon. Su manita se veía minúscula y oscura contra la mano grande y cuidada de él.
—Gracias por ser nuestro papá hoy —dijo ella—. Aunque fuera de mentiritas. Fue el mejor día de mi vida.
Landon sintió que se le cerraba la garganta. Giró la mano y apretó suavemente los dedos de la niña.
—El placer fue mío, Maris. De verdad.
Miró su reloj. Eran casi las dos de la tarde. El hechizo tenía que romperse.
—Tengo que llevarlas a casa —dijo con pesar—. Su mamá se va a preocupar si llega y no las encuentra, aunque llegue tarde.
Pagó la cuenta sin que ellas vieran el monto (que equivalía a la mitad de la renta de su departamento) y salieron al sol de la tarde.
El viaje de regreso fue diferente. Ya no había nerviosismo, sino una calma satisfecha, esa modorra dulce que viene después de comer demasiado azúcar.
Landon siguió las instrucciones de Elaine.
—Derecho por el Eje Central, luego vuelta en Doctor Vértiz… ahí, donde está la farmacia, a la izquierda.
A medida que el Audi se adentraba en la colonia, el paisaje cambiaba. Los árboles desaparecían, reemplazados por cables de luz colgando peligrosamente bajos. Las banquetas estaban rotas por las raíces de árboles viejos o simplemente por el abandono. Había basura en las esquinas y grafitis en las paredes: “Te amo Britany”, “Barrio 18”.
El coche de lujo atraía miradas. Hombres sentados afuera de una vulcanizadora se quedaron mirando fijamente mientras pasaban. Landon puso los seguros automáticamente. No por él, sino por ellas.
—Es aquí —dijo Maris, señalando un edificio de cuatro pisos pintado de un color durazno que ya se estaba despellejando, revelando el gris del concreto abajo.
Era una construcción vieja, de los años setenta, que probablemente había sobrevivido al temblor del 85 de puro milagro. No tenía estacionamiento, solo una entrada peatonal con una reja negra despintada.
Landon se estacionó en doble fila, prendiendo las intermitentes.
—¿Quieren que las acompañe hasta arriba? —preguntó.
—Sí, por favor —dijo Elaine—. Para que vea nuestros dibujos de verdad. Los que tenemos pegados en el refri.
Landon dudó un segundo. Subir al departamento era cruzar una línea. Era invadir la intimidad de esa madre desconocida. Pero no podía dejarlas en la banqueta y arrancar. No en este barrio. No después de las malteadas.
—Vamos.
Bajaron del auto. Landon activó la alarma y caminó con ellas. El edificio no tenía elevador. Las escaleras eran estrechas, de granito gastado, y olían a Fabuloso de lavanda y a comida de gato.
Subieron hasta el tercer piso. Maris sacó una llave que llevaba colgada al cuello con un cordón de estambre.
—Bienvenido a la mansión Gadiva —bromeó Elaine, abriendo la puerta.
Landon entró.
Se preparó para ver miseria, desorden, suciedad. Lo que vio lo dejó mudo.
El departamento era minúsculo, sí. Apenas cabían los muebles. Pero estaba inmaculado. El piso brillaba. Había macetas con helechos y “teléfonos” colgando de las ventanas, atrapando la poca luz que entraba. Las paredes estaban decoradas no con cuadros caros, sino con decenas de dibujos de las niñas, pegados con cinta adhesiva de colores, formando un mural de creatividad infantil.
Había libros. Muchos libros. Viejos, comprados en librerías de segunda mano, apilados en estantes hechos con cajas de huacales pintados de blanco.
Se respiraba dignidad. Se respiraba amor.
—Mamá hizo ese mueble —dijo Maris, señalando los estantes—. Lo lijó y lo pintó ella sola.
—Y nosotras regamos las plantas —dijo Elaine—. Se llaman Roberto, Juana y Pepe. —Señaló a tres macetas.
Landon sonrió, sintiéndose un intruso gigante en una casa de muñecas.
—Es… es muy acogedor. Tienen un hogar muy bonito.
—Siéntese en el sofá —invitó Elaine—. ¿Quiere agua? Tenemos agua de limón en el refri.
—No, gracias. Solo… solo quería asegurarme de que entraran bien.
Estaba a punto de despedirse. Estaba a punto de girar hacia la puerta y salir de sus vidas para siempre, dejando este día como una anécdota curiosa para contar en alguna cena aburrida (o tal vez, para guardarla en secreto como un tesoro).
Pero el destino es caprichoso y tiene un sentido del humor dramático.
Se escuchó el ruido de llaves en la cerradura.
Las niñas se congelaron.
—¡Es mamá! —susurró Maris, con los ojos abiertos de pánico—. Llegó temprano. ¡Dijo que salía tarde!
—¡Rayos! —exclamó Elaine—. ¡No escondimos las mochilas con los regalos del festival!
La puerta se abrió antes de que Landon pudiera reaccionar o esconderse (no que hubiera dónde esconderse en treinta metros cuadrados).
Entró una mujer.
Cargaba dos bolsas de plástico del mercado que parecían pesadas. Tenía el cabello un poco despeinado por el viento, escapándose de su chongo. Llevaba el uniforme de mesera: pantalón negro y una camisa blanca que se veía cansada.
Pero era hermosa.
Tenía los mismos ojos que las gemelas. Verdes, profundos, inteligentes. Su piel era un poco más clara que la de las niñas, color canela, y tenía facciones finas que el cansancio no lograba borrar.
—Mis amores, salí temprano porque el gerente… —empezó a decir Elise, cerrando la puerta con la cadera.
Entonces levantó la vista.
Y vio al hombre de un metro noventa, con traje italiano, parado en medio de su sala-comedor.
El tiempo se detuvo. Fue un silencio absoluto, como si alguien hubiera puesto “mute” al mundo.
Elise palideció. El color abandonó su rostro tan rápido que Landon temió que se desmayara.
Las bolsas de mandado se resbalaron de sus dedos entumecidos.
Cayeron al suelo con un ruido sordo.
Pum.
Una bolsa se rompió. Manzanas rojas rodaron por el piso limpio, rebotando alegremente, ajenas a la tensión que electrificaba el aire. Una rodó hasta topar con el zapato lustrado de Landon.
—¿Niñas? —la voz de Elise salió estrangulada, un susurro de terror—. ¿Qué… quién es…?
Pero entonces sus ojos enfocaron mejor. Dejó de mirar el traje y miró la cara. Miró la mandíbula cuadrada, la nariz recta, esos ojos grises que alguna vez, hace mucho tiempo, la habían mirado con deseo en una noche que ella había intentado olvidar durante siete años.
La confusión en su rostro se transformó en algo mucho más potente: Reconocimiento. Y luego, Horror.
Landon también la miraba.
Al principio, solo vio a una madre asustada. Pero mientras la miraba a los ojos, una sensación de déjà vu lo golpeó como un tren.
Esa mirada.
Esos ojos verdes.
Un hotel. Una fiesta de inauguración. Hace años. Una camarera que había tirado una charola de copas. Una noche de alcohol, euforia y una conexión eléctrica que él había descartado como una aventura de una noche, pero que ella evidentemente no había podido olvidar.
—Hola, Elise —dijo Landon. No supo por qué dijo su nombre. Simplemente salió de sus labios, rescatado del fondo de un archivo mental polvoriento.
Elaine rompió el trance, corriendo hacia su madre, saltando sobre las manzanas rodantes.
—¡Mamá, mamá! ¡Es Landon! —gritó, ajena al terremoto emocional que estaba ocurriendo—. ¡Es el papá de mentiritas! ¡Vino al festival! ¡Y nos llevó a comer hamburguesas gigantes y tiene un coche de Batman!
Maris también se acercó, pero con más cautela, mirando a su madre con preocupación.
—Mamá, ¿estás bien? Te pusiste blanca.
Elise no miró a sus hijas. No podía apartar la vista de Landon. Su respiración era agitada, superficial. Llevó una mano a su pecho, como si quisiera contener el corazón que amenazaba con salirse.
—Tú —susurró ella. No fue una pregunta. Fue una acusación.
Landon dio un paso adelante, levantando las manos en un gesto de paz, instintivamente.
—Elise, yo… las niñas me encontraron. Fue una coincidencia. Yo no sabía que…
—¡Vete! —gritó Elise. El grito fue tan repentino y fuerte que las gemelas saltaron. Elaine retrocedió, asustada. Elise nunca gritaba—. ¡Vete de mi casa! ¡Ahora mismo!
—Mamá… —lloriqueó Maris.
—¡Niñas, métanse a su cuarto! —ordenó Elise, sin dejar de mirar a Landon, sus ojos lanzando fuego verde—. ¡Ahora!
—Pero mamá, él es bueno, él nos…
—¡He dicho que al cuarto!
La autoridad en su voz no admitía réplica. Elaine y Maris, asustadas y confundidas, corrieron hacia la pequeña habitación y cerraron la puerta, pero Landon sabía que estaban pegadas al otro lado escuchando.
Quedaron solos en la sala. Las manzanas seguían en el suelo, como testigos mudos de la catástrofe.
Landon sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Miró la puerta cerrada de las niñas. Miró a Elise. Miró los dibujos en la pared.
Hizo las matemáticas mentales más rápidas de su vida.
Siete años. Gemelas. Una noche en el Hotel Wellington. Ojos verdes.
El aire salió de sus pulmones en un silbido doloroso.
—Elise —dijo, y su voz tembló por primera vez en años—. Esas niñas…
Elise estaba temblando de pies a cabeza, abrazándose a sí misma como si tuviera frío, aunque el departamento estaba caliente.
—Vete, Landon —suplicó ahora, su furia convirtiéndose en pánico puro—. Por favor. Vete y no regreses nunca. Haz de cuenta que esto no pasó.
—No —dijo él. Dio otro paso hacia ella. La realidad estaba cayendo sobre él como una cascada de agua helada—. No me voy a ir. No hasta que me contestes una pregunta.
Se miraron. El silencio se estiró, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse.
Landon señaló con la cabeza hacia la puerta de la habitación de las niñas.
—¿Son mías?
Elise cerró los ojos. Dos lágrimas gruesas resbalaron por sus mejillas, limpiando un camino a través del maquillaje barato y el cansancio.
No necesitaba responder.
Su silencio lo gritó todo.
Landon Shanley, el hombre que creía no tener nada más que dinero, acababa de descubrir que era el hombre más rico del mundo, y al mismo tiempo, el más estúpido por haberlo perdido todo sin siquiera saberlo.
Capítulo 5
El silencio en el departamento no era vacío; estaba lleno de esquirlas de vidrio invisible. Landon sentía que si se movía, se cortaría. Elise seguía parada junto a la puerta, con los ojos cerrados, como si al no verlo pudiera hacer que desapareciera. Pero él seguía ahí. Grande. Real. Ocupando todo el espacio de su pequeña sala, de su pequeña vida construida a base de sacrificios y secretos.
—¿Son mías? —había preguntado él. La pregunta seguía flotando en el aire, pesada como el humo.
Elise abrió los ojos. Ya no había furia en ellos, solo una derrota infinita. Sus hombros se hundieron. Dejó de abrazarse a sí misma y dejó caer los brazos a los costados, rindiéndose.
—¿De verdad necesitas que te lo diga? —murmuró, con la voz rota—. Míralas, Landon. Por Dios, solo… míralas. Tienen tu barbilla. Tienen tu forma de caminar. Maris tiene tu mismo gesto de fruncir el ceño cuando piensa.
Landon sintió que las rodillas le fallaban. Buscó el respaldo del sofá con la mano y se dejó caer, no porque quisiera sentarse, sino porque el mundo le daba vueltas.
—Siete años —susurró, pasándose las manos por la cara—. Siete años, Elise. ¿Por qué?
—¿Por qué? —Elise soltó una risa amarga, un sonido que lastimaba—. ¿Me estás preguntando por qué? —Se agachó para recoger las manzanas del suelo, moviéndose mecánicamente, buscando algo que hacer con las manos para no romperse—. Piensa en esa noche, Landon. Si es que te acuerdas.
Landon cerró los ojos y la memoria vino a él, no como una película borrosa, sino con una claridad hd que dolía.
Flashback – Siete años atrás
El Hotel Wellington, Polanco. Inauguración de la Torre Virreyes.
Landon tenía veintiséis años. Acababa de cerrar su primer trato millonario con una firma de tecnología. Se sentía invencible. El champán fluía como agua. Llevaba un esmoquin rentado porque todavía no tenía el suyo propio, pero se sentía como James Bond.
Ella estaba ahí.
Llevaba el uniforme negro de las meseras del evento, con el pelo recogido en un chongo estricto que dejaba ver un cuello largo y elegante. Servía canapés de salmón con una destreza tímida.
Él había bebido demasiado. Se tropezó cerca de la cocina. Ella soltó la charola. Copas rotas. Risas.
—Déjame ayudarte —había dicho él, arrodillándose en su traje rentado para recoger los vidrios.
—No, señor, por favor, me van a regañar —había dicho ella, con esos ojos verdes llenos de pánico.
Él había quedado hipnotizado. Había algo en ella… una pureza, una tristeza dulce que contrastaba con la superficialidad de las modelos y socialités que lo rodeaban.
La invitó a subir a la suite que la empresa le había pagado.
—Solo a platicar —prometió. Y al principio fue verdad.
Hablaron. Ella le contó que estudiaba Enfermería en la UNAM, que trabajaba para pagar los libros. Él le contó de su infancia en Iztapalapa, de sus sueños de grandeza.
Y luego… la química. La soledad de dos almas perdidas que se encuentran.
Fue una noche. Solo una. Pero fue intensa, real, desbordante.
A la mañana siguiente, él despertó con una resaca brutal y una junta urgente a las ocho. Ella ya no estaba en la cama. Solo quedaba el hueco en la almohada y un olor a vainilla.
Él dejó dinero en la mesita de noche. No como pago —Dios, no—, sino como ayuda. Había pensado: “Para sus libros”. Escribió una nota rápida: “Llámame”, y dejó su número en una servilleta.
Se fue.
Nunca la llamó. Perdió la servilleta. La vorágine de su nueva vida de rico se lo tragó.
Fin del Flashback
Landon abrió los ojos en el presente. El departamento en la Doctores olía a limpiador de pisos, no a vainilla, pero la mujer era la misma.
—Dejé mi número —dijo él, con voz débil—. Te dejé una nota.
—La tiré —dijo Elise, poniendo las manzanas en un frutero de plástico sobre la mesa—. Y el dinero… el dinero lo dejé ahí. No soy una prostituta, Landon.
—Nunca pensé que lo fueras. Yo solo quería ayudar.
—Pues no ayudaste. —Se sentó en la silla frente a él, al otro lado de la mesa pequeña. Parecía exhausta—. Un mes después me di cuenta de que estaba embarazada. Tenía veintiún años. Estaba a mitad de la carrera. Vivía en un cuarto de azotea con mi tía.
—Podrías haberme buscado —insistió él. La idea de que había tenido hijas todo este tiempo y no lo sabía le quemaba la sangre—. Soy un hombre público, Elise. Mi empresa sale en las revistas. Mi oficina está en Reforma. No era difícil encontrarme.
—¡Lo intenté! —gritó ella, y luego bajó la voz, mirando la puerta cerrada de las niñas—. Lo intenté, maldita sea. Cuando tenía cuatro meses de embarazo y ya no me cerraba el pantalón. Fui a tu edificio.
Landon se quedó helado.
—¿Fuiste?
—Sí. Con mi vestido de maternidad barato y mis zapatos gastados. Llegué a la recepción de tu torre de cristal. ¿Y sabes qué pasó? Los guardias de seguridad ni siquiera me dejaron pasar del lobby. Me dijeron que el Sr. Shanley no recibía a “personas sin cita”. Me vieron la panza, me vieron la ropa, y pensaron que iba a pedir limosna.
Landon sintió una náusea profunda.
—Me senté en la banqueta de enfrente a esperarte —continuó Elise, las lágrimas corriendo libremente ahora—. Esperé tres horas bajo el sol. Y entonces te vi salir. Saliste rodeado de gente. Ibas con una mujer rubia, altísima, vestida de diseñador. Te subiste a una limusina y te fuiste riendo.
Se limpió la cara con rabia.
—Te vi y me vi a mí misma. Una mesera embarazada. ¿Qué iba a pasar, Landon? ¿Me ibas a recibir con los brazos abiertos? ¿O ibas a pensar que era una oportunista queriendo sacarte dinero? ¿Ibas a pedir una prueba de ADN y luego, con tus abogados caros, me ibas a quitar a mis bebés porque yo no tenía dónde caer muerta?
La pregunta colgó en el aire, brutal y honesta.
Landon quiso protestar. Quiso decir “Yo nunca haría eso”. Pero se detuvo.
Pensó en el Landon de hace siete años. Arrogante. Ambicioso. Obsesionado con su imagen.
¿Qué habría hecho ese Landon si una chica humilde aparecía diciendo que esperaba hijos suyos? Probablemente habría llamado a sus abogados. Probablemente habría ofrecido dinero a cambio de silencio. Probablemente habría dudado.
—Tuve miedo —confesó Elise, su voz rompiéndose—. Tuve pánico de perderlas. Así que tomé una decisión. Decidí que era mejor que tuvieran una mamá pobre pero que las amara, a que fueran un problema legal para un millonario que no las pidió.
Landon se levantó del sofá. No podía estar sentado. La culpa era demasiado grande para contenerla en un cuerpo estático. Caminó hacia la ventana y miró hacia la calle oscura. Vio su Audi brillando abajo, un símbolo de todo lo que había ganado y, paradójicamenteien, de todo lo que le había impedido tener una familia.
—¿Cómo le hiciste? —preguntó, sin voltear—. Gemelas. Sola. Sin dinero.
—Trabajando —dijo ella simplemente—. Dejé la carrera. Empecé a meserear doble turno. Mi tía me ayudó los primeros años hasta que falleció. Aprendí a estirar el dinero. Aprendí que se puede vivir con arroz y frijoles si le pones suficiente amor a la comida.
—Tienen uniformes remendados —dijo Landon, recordando los detalles que había notado—. Zapatos rotos.
—Hago lo que puedo, Landon. Nunca les ha faltado comida. Nunca les ha faltado un techo. Y nunca, nunca les ha faltado cariño.
—Lo sé —Landon se giró—. Lo vi hoy. Vi su cuarto. Vi sus dibujos. Vi cómo son. Son… son niñas increíbles. Educadas, inteligentes, valientes. Eso es obra tuya, Elise. Todo el crédito es tuyo.
Elise lo miró, sorprendida por el reconocimiento. Esperaba juicios, esperaba críticas sobre su pobreza. No esperaba validación.
—Ellas siempre preguntan por ti —dijo ella en voz baja—. Desde que aprendieron a hablar. “¿Dónde está papá?”. Yo les inventé que te habías ido lejos, que no sabías. Nunca quise que te odiaran. Nunca les hablé mal de ti.
—La caja de zapatos —dijo Landon de repente.
Elise se tensó.
—¿Qué?
—Elaine me dijo que tienes una caja bajo la cama. Con fotos.
Elise suspiró. Se levantó lentamente, como si le pesaran los años, y caminó hacia su habitación. Regresó un minuto después con una caja de cartón vieja de zapatos Andrea.
La puso sobre la mesa.
Landon se acercó. Con manos temblorosas, levantó la tapa.
Adentro no había fotos de él.
Había recortes.
Recortes de periódico. Hojas impresas de internet. Recortes de revistas de negocios.
“Landon Shanley inaugura nuevo complejo hotelero”.
“El joven magnate Shanley dona computadoras a escuelas”.
“Los 30 empresarios más exitosos menores de 30”.
Había docenas. Cientos de recortes. Una crónica silenciosa de su vida, guardada en secreto por la mujer que había rechazado.
Landon tomó uno de los recortes. Era una foto de él cortando un listón rojo.
—¿Por qué guardaste esto?
—Para ellas —dijo Elise—. Pensé… pensé que algún día, cuando fueran grandes, tal vez a los dieciocho años, se los daría. Para que supieran que su padre no era un villano. Que era un hombre que construía cosas. Que era alguien importante. Quería que estuvieran orgullosas de ti, aunque tú no supieras que existían.
Landon sintió que algo se rompía definitivamente dentro de su pecho. Esa coraza dura que había construido durante años se hizo polvo.
Una lágrima cayó sobre el recorte de periódico, mojando el papel barato. Luego otra. Y otra.
Landon Shanley, el hombre de hielo, estaba llorando en la cocina de un departamento de interés social.
—Perdóname —sollozó—. Perdóname por no haber estado. Perdóname por esa noche. Perdóname por ser el tipo de hombre al que le tuviste miedo.
Elise lo miró. Vio al hombre vulnerable, desarmado, destruido por la verdad. Y en ese momento, el miedo de siete años comenzó a disolverse.
Se acercó a él. Dudó un momento, con la mano en el aire. Finalmente, la posó sobre su hombro. Un toque ligero, pero eléctrico.
—No eres ese hombre, Landon —dijo ella—. El hombre al que le tuve miedo no habría venido hoy al festival. El hombre al que le tuve miedo no habría llevado a mis hijas a tomar malteadas. El hombre que está aquí llorando… ese hombre tal vez sea diferente.
Landon levantó la vista. Sus ojos grises, enrojecidos, se encontraron con los verdes de ella.
—Quiero ser su papá, Elise. De verdad. No de mentiritas. No por un día. Quiero… quiero estar ahí. Quiero pagar la renta. Quiero comprarles zapatos nuevos. Quiero que vayan a una escuela donde no se burlen de ellas. Pero más que eso… quiero conocerlas. Quiero saber cuál es su color favorito. Quiero saber por qué a Maris le da miedo la oscuridad.
Elise retiró la mano, cruzando los brazos de nuevo, protegiéndose.
—No puedes simplemente entrar y cambiar todo con tu dinero, Landon. Ellas no son un proyecto de negocios. Tienen sentimientos. Si entras en sus vidas y luego te aburres… las vas a destruir. Y a mí también.
—No me voy a aburrir —juró él, con una intensidad aterradora—. Te lo juro por mi vida. No me voy a ir. Nunca más.
En ese momento, la puerta de la habitación de las niñas se abrió un poquito.
Dos cabezas asomaron, una encima de la otra.
—¿Ya no están peleando? —preguntó Elaine.
—¿Por qué está llorando el Sr. Landon? —preguntó Maris, preocupada.
Landon se secó la cara rápidamente con la manga del saco, arruinando la tela fina sin importarle. Se agachó y abrió los brazos.
—Vengan acá.
Las niñas corrieron. No hacia su mamá, sino hacia él. Se estrellaron contra su pecho.
Landon las abrazó, y luego miró a Elise por encima de las cabezas de las gemelas. Extendió un brazo hacia ella, invitándola.
Somos cuatro, decía su mirada. Podemos ser cuatro.
Elise dudó. Toda su vida había sido “ellas tres contra el mundo”. Dejar entrar a alguien más era aterrador. Pero vio la cara de felicidad de sus hijas. Vio la sinceridad en los ojos de Landon.
Dio un paso. Luego otro.
Y se unió al abrazo.
Fue un abrazo torpe, lleno de codos y lágrimas, en una cocina diminuta iluminada por un foco ahorrador de luz blanca. Pero para Landon Shanley, fue el momento más perfecto de su vida.
—Mamá… —dijo Elaine, con la voz ahogada entre el saco de Landon—. ¿Landon se va a quedar?
Elise miró a Landon. Él asintió, una promesa silenciosa.
—Sí, mi amor —dijo Elise, y por primera vez en siete años, sintió que podía soltar el aire que había estado conteniendo—. Creo que se va a quedar un rato.
—¿Para siempre? —insistió Maris.
Landon besó la cabeza de Maris, oliendo a champú de manzanilla.
—Vamos a ver, Maris. Vamos paso a paso. Pero por lo pronto… mañana es sábado. Y creo que escuché que necesitan tenis nuevos. Y tal vez… tal vez podríamos ir al zoológico.
—¡Al zoológico! —gritaron las gemelas.
Esa noche, Landon no se fue a su penthouse en Reforma. Se quedó sentado en el sofá viejo hasta que las niñas se durmieron. Luego, él y Elise se sentaron en la cocina, con dos tazas de café soluble, y empezaron la conversación más difícil y hermosa de sus vidas. Hablaron de todo lo que se habían perdido. Él le contó de su soledad. Ella le contó de sus luchas.
Y mientras la luna subía sobre la ciudad de México, iluminando los tinacos de agua en las azoteas vecinas, una familia rota comenzaba, muy lentamente, a pegarse de nuevo con el pegamento de las segundas oportunidades.
Pero la vida real no es un cuento de hadas. Landon tenía una empresa que dirigir, una imagen pública que cuidar, y una madre (Elise) que no iba a ceder el control tan fácilmente. Los retos apenas comenzaban. ¿Cómo reaccionaría el mundo de Landon ante su familia secreta? ¿Cómo se adaptarían las niñas a tener un padre millonario?
Eso… eso lo descubrirían al amanecer.
Capítulo 6
El amanecer en la colonia Doctores no es poético; es ruidoso. Landon Shanley despertó no con el canto de los pájaros, sino con el grito grabado y distorsionado de “¡Se compran colchones, tambores, refrigeradores…!” pasando justo debajo de la ventana, seguido por el silbido agudo del carrito de los camotes que, inexplicablemente, seguía rondando a las siete de la mañana.
Landon abrió un ojo. Su espalda protestó con un crujido audible. El sofá de dos plazas de Elise era, sin duda, el mueble más incómodo en el que había intentado dormir en toda su vida. Tenía un resorte que se le había clavado en las costillas durante toda la noche, recordándole que ya no estaba en su cama King Size con sábanas de algodón egipcio de mil hilos.
Se incorporó, frotándose la cara. Su traje de lana italiana, que ayer lucía impecable, ahora estaba arrugado como un acordeón. Se quitó la corbata, que sentía como una soga, y miró a su alrededor.
El pequeño departamento estaba bañado por la luz grisácea de la mañana. Todo estaba en silencio adentro, un contraste con el caos de afuera. Vio sus zapatos Oxford tirados junto a la puerta, y junto a ellos, los zapatitos escolares de las gemelas, desgastados y deformes. Esa imagen —sus zapatos de veinte mil pesos junto a los de ellas de doscientos— le dio un golpe de realidad más fuerte que el café.
Se escuchó un ruido en la cocina. El aroma inconfundible de cebolla frita y chile serrano invadió sus fosas nasales.
Landon se levantó, estirándose, y caminó hacia la cocina.
Elise estaba ahí, de espaldas, moviendo una cuchara de madera sobre una cacerola humeante. Llevaba una bata de algodón vieja y el pelo suelto, cayendo en ondas sobre su espalda. Se veía más joven así, sin el uniforme de mesera y sin el maquillaje de defensa.
—Buenos días —dijo Landon, con la voz ronca del sueño.
Elise dio un pequeño salto y se giró, llevándose una mano al pecho.
—¡Ay, Dios! —exhaló, y luego soltó una risa nerviosa—. Se me olvidó por un segundo que había un millonario en mi sala.
—Un millonario con dolor de espalda —corrigió él, sonriendo—. Ese sofá es un instrumento de tortura medieval, Elise.
—Es lo que hay —dijo ella, volviendo a la estufa—. Y si te quejas, no te tocan chilaquiles.
—¿Chilaquiles?
—Verdes. Con pollo y crema. Es sábado. Los sábados se desayuna bien en esta casa, haya dinero o no.
Landon se acercó. El olor era glorioso. Le recordó a los domingos en Iztapalapa, antes de que su vida se volviera complicada y estéril.
—Huele delicioso.
—Siéntate. El café ya está. Es soluble, no esperes tu Nespresso.
Se sentaron a la pequeña mesa redonda. El ambiente era extraño: una mezcla de familiaridad doméstica y la tensión de dos extraños que comparten un secreto biológico.
Justo cuando Landon iba a tomar el primer sorbo de café, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Dos huracanes en pijamas de franela (una de ositos, la otra de lunas) salieron corriendo. Se detuvieron en seco al ver a Landon.
Hubo un segundo de duda. ¿Había sido un sueño? ¿El papá de mentiritas seguía ahí?
Landon les sonrió.
—Buenos días, princesas.
—¡Sigues aquí! —gritó Elaine, y corrió a abrazarlo, casi tirándole el café encima.
—Pensé que te habías ido —dijo Maris, acercándose más despacio, frotándose los ojos—. Como en el sueño.
—No fue un sueño, Maris —dijo Landon, levantándola para sentarla en su rodilla—. Y no me voy a ir. Promesa de Shanley.
El desayuno fue el caos más hermoso que Landon había vivido. Hubo risas, hubo manchas de salsa verde en su camisa blanca (que ya daba por perdida), y hubo preguntas. Miles de preguntas.
—¿De qué color es tu casa?
—¿Tienes perro?
—¿Sabes nadar?
—¿Por qué tu teléfono tiene tres cámaras?
Landon contestaba todo con paciencia infinita, mientras Elise los observaba desde el otro lado de la mesa con una expresión indescifrable, una mezcla de ternura y miedo a que la burbuja estallara.
Cuando terminaron, Landon se puso serio.
—Bueno, equipo. Tenemos una misión hoy.
—¿Cuál? —preguntó Elaine con la boca llena de bolillo.
—Ayer noté algo —dijo Landon, mirando los pies de Maris, que colgaban de la silla. Tenía un agujero en el calcetín, justo en el dedo gordo—. Noté que a alguien le aprietan los zapatos. Y noté que las mochilas ya no cierran bien.
—Es que el cierre se rompió —explicó Maris—. Mamá le puso un seguro, pero se abre.
Landon miró a Elise.
—Elise, quiero llevarlas de compras.
Elise se tensó de inmediato. El orgullo, su viejo escudo, se levantó.
—Landon, no es necesario. Ya cobré la quincena. Puedo comprarles tenis en el mercado la próxima semana.
—No —dijo él, firme pero suave—. No es caridad, Elise. Soy su padre. Es mi responsabilidad. Y quiero hacerlo. Por favor. Déjame hacer esto.
Las gemelas miraban el partido de tenis verbal entre sus padres, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Elise miró los ojos suplicantes de sus hijas. Suspiró, derrotada por la lógica y el amor.
—Está bien. Pero nada exagerado, Landon. No quiero que las malcríes.
—Solo lo necesario —mintió él, guiñándole un ojo a Elaine.
El viaje hacia el Centro Comercial Santa Fe fue una expedición a otro planeta.
Para llegar, tuvieron que cruzar la ciudad. Las niñas iban pegadas a las ventanas del Audi, viendo cómo el paisaje urbano se transformaba. De los edificios grises y los cables colgantes de la Doctores, pasaron a las avenidas amplias, los rascacielos de cristal de la zona corporativa y los puentes modernos.
—¡Mira ese edificio, parece un pantalón! —gritó Elaine, señalando la famosa Torre Arcos Bosques.
—Ahí tengo una oficina —dijo Landon casualmente.
—¿Tu oficina está en el pantalón? —se rió Maris—. ¡Qué chistoso!
Cuando entraron al estacionamiento subterráneo del centro comercial, las niñas estaban intimidadas. Había coches que costaban más que todo su edificio de departamentos.
Subieron por las escaleras eléctricas hacia el mundo del consumo.
Santa Fe era un templo al capitalismo: mármol brillante, aire acondicionado con aroma a flores, escaparates inmensos.
Elise caminaba un poco atrás, sintiéndose cohibida con sus jeans deslavados y su suéter tejido, mientras Landon avanzaba con seguridad, llevando a las niñas de la mano.
—Primero, lo importante —dijo Landon—. Los pies.
Los llevó a una tienda deportiva de marca. De esas donde los tenis están exhibidos como obras de arte en repisas iluminadas.
Un vendedor joven se acercó, escaneando al grupo. Vio el traje arrugado de Landon (pero reconoció la marca), vio a la mujer humilde y a las niñas con ropa sencilla. Su ceño se frunció ligeramente, esa micro-agresión clasista tan típica de ciertos lugares de México.
—¿Buscaban algo en especial? —preguntó el vendedor, con un tono que sugería que tal vez estaban en la tienda equivocada.
Landon se irguió. Su “modo tiburón” se activó. Miró al vendedor con una frialdad que bajó la temperatura del local tres grados.
—Sí. Quiero los mejores tenis para correr que tenga para niñas. Y quiero medirles el pie con el dispositivo digital. Ahora.
El vendedor tragó saliva.
—Sí, señor. Enseguida.
Sentaron a las niñas. Les quitaron los tenis viejos. Landon vio los calcetines remendados y sintió una punzada en el corazón. Vio también las marcas rojas en los talones de Maris y en los dedos de Elaine. Sus zapatos les quedaban al menos un número chicos. Habían estado caminando con dolor durante meses.
—Perdónenme —susurró Landon, acariciando el pie de Maris.
—No duele tanto —mintió ella—. Ya me acostumbré.
Landon sintió ganas de llorar, pero se las tragó.
—Nadie tiene que acostumbrarse a que le duela caminar, Maris. Nunca más.
Empezó el desfile de cajas.
—Pruébense todos —ordenó Landon—. Corran por la tienda. Brinquen. Quiero que sientan que caminan sobre nubes.
Elaine eligió unos tenis de bota, color neón, morado con verde lima, escandalosos y brillantes.
—¡Con estos voy a correr más rápido que Grayson! —anunció, dando vueltas.
Maris, más tímida, eligió unos tenis de color rosa pastel, suaves y discretos.
—Se sienten… suavecitos —dijo, pisando con cuidado la alfombra—. Como si me abrazaran el pie.
Cuando Maris levantó la vista, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ya no me aprieta el dedo gordo, Landon.
Landon se agachó y le ató las agujetas.
—Y nunca te va a volver a apretar, mi amor. Llevamos estos. Y los de la escuela. Y unos para salir.
Elise intentó intervenir.
—Landon, con un par basta…
—Tres pares —dijo Landon al vendedor—. Y calcetines. Dos docenas. De los que tienen acolchado.
Salieron de la tienda con las niñas prácticamente flotando. El cambio en su postura era evidente. Caminaban más erguidas, sin arrastrar los pies. El dolor físico había desaparecido, y con él, una capa de inseguridad.
—Siguiente parada: Ropa —anunció Landon.
Fueron a una boutique infantil de lujo. Aquí fue donde la personalidad de cada una brilló.
Landon les dijo: “Escojan”.
Elaine fue directo a las chamarras de mezclilla con parches, las playeras con lentejuelas reversibles y los pantalones de colores fuertes. Quería ser vista. Quería brillar.
Maris se fue hacia los vestidos de algodón, los suéteres de punto, los colores crema y azul cielo. Quería sentirse bonita y tranquila.
Hubo un momento, en los probadores, que rompió a Elise.
Maris salió con un vestido azul marino con un lazo blanco. Se miró al espejo de cuerpo entero. Se giró. Se tocó la tela.
—Mamá… parezco una niña de las de la tele —susurró.
Elise se tapó la boca con la mano.
—Eres una princesa, Maris. Siempre lo has sido. Solo que ahora tienes el vestido que te corresponde.
Landon pagaba todo con su tarjeta negra Centurion, sin mirar los precios. Para él, eran centavos. Para ellas, era un cambio de vida. Pero Landon, observador como era, notó algo. Elise se quedaba siempre cerca de la entrada de las tiendas, tocando la ropa con timidez, mirando las etiquetas y soltando el aire al ver los precios.
Se acercó a ella mientras las niñas elegían diademas.
—Elise —dijo en voz baja.
—Es demasiado, Landon. En serio. ¿Dónde vamos a guardar todo esto? El clóset no cierra.
—Tengo una solución para eso —dijo él misteriosamente—. Pero primero… quiero que elijas algo para ti.
—No. Definitivamente no.
—Por favor. Tienes la entrevista de trabajo la próxima semana, ¿no? Dijiste que querías buscar algo mejor que el restaurante. Necesitas un traje sastre. Unos zapatos buenos.
—No puedo aceptar tu dinero para mí.
—No es para ti. Es para ellas. Si tú estás bien, ellas están bien. Además… —Landon bajó la voz—. Me encantaría verte con algo que no sea ese uniforme de mesera. Me encantaría ver a la mujer que hay debajo.
Elise se sonrojó. Luchó consigo misma, pero al final, asintió.
Fueron a una tienda de damas. Landon esperó sentado en un sillón de piel mientras Elise se probaba ropa.
Cuando salió con un pantalón de vestir negro, una blusa de seda color marfil y un blazer estructurado, Landon se puso de pie.
Se veía poderosa. Se veía competente. Se veía hermosa.
—Contratada —dijo él, sonriendo.
Elise se miró al espejo y, por primera vez en años, no vio a una madre soltera agotada. Vio a Elise Gadiva, la mujer inteligente que quería comerse al mundo antes de que el mundo se la comiera a ella.
La última parada fue la más peligrosa: La Juguetería.
No cualquier juguetería, sino la más grande del centro comercial, con dos pisos de estanterías rebosantes.
—Aquí sí hay reglas —dijo Elise, tratando de recuperar el control—. Solo un juguete cada una.
Landon abrió la boca para protestar, pero Elise le lanzó una mirada fulminante.
—Uno. Tienen que aprender a valorar, Landon.
—Está bien. Uno. Pero el que quieran.
Las niñas corrieron.
Elaine regresó cinco minutos después con una caja gigante. Un set de química y robótica.
—¡Quiero hacer explosiones! —dijo con una sonrisa maníaca.
Landon rió.
—Esa es mi hija.
Maris tardó más. Recorrió los pasillos de muñecas, de peluches, de arte. Finalmente, regresó con algo inesperado. Un estuche de arte profesional. Acuarelas, óleos, pasteles, lienzos.
—Me gusta dibujar —dijo tímidamente—. Hice un dibujo para el festival, pero mis colores eran viejos y no pintaban bien.
—Con esto vas a pintar obras maestras —le aseguró Landon.
Landon, aprovechando que Elise estaba distraída viendo libros, agarró “discretamente” una casa de muñecas gigante de madera y un telescopio, y le hizo señas al vendedor para que los mandara a la caja sin que Elise viera. “Perdón, Elise”, pensó. “Pero soy nuevo en esto”.
Terminaron el día comiendo helados de tres bolas en la terraza del centro comercial, mirando el atardecer sobre la ciudad. El cielo de México, contaminado y todo, regalaba unos colores naranjas y violetas espectaculares.
Estaban rodeados de bolsas. Las niñas estaban agotadas pero radiantes, con sus tenis nuevos puestos.
Landon miró a su pequeña tropa. Se sentía lleno. Se sentía… completo. Pero también sentía una preocupación creciente.
Pensó en el departamento de la Doctores. Pensó en las escaleras oscuras. Pensó en el espacio donde no cabrían ni la mitad de las cosas que acababan de comprar. Pensó en la seguridad.
—Elise —dijo, rompiendo el momento de paz—. Tenemos que hablar de logística.
Elise dejó de limpiar la cara de Maris, que tenía bigote de helado de vainilla.
—¿Logística?
—Sí. De las bolsas. Del espacio. De… de dónde viven.
Elise se puso rígida.
—Estamos bien donde estamos, Landon. Es nuestro hogar.
—Es muy pequeño, Elise. Y no es seguro. Vi a los tipos en la esquina cuando llegamos.
—Llevamos viviendo ahí cinco años. Nos cuidamos. Los vecinos nos conocen.
—Pero ahora las cosas son diferentes. Ellas son mis hijas. Y tú… tú eres la madre de mis hijas. No quiero que vivan con miedo. No quiero que suban cuatro pisos cargando el mandado. No quiero que pasen frío en invierno porque las ventanas no cierran bien.
—¿Y qué propones? —preguntó ella, a la defensiva—. ¿Que nos mudemos a tu penthouse de soltero en Reforma? No creo que sea un lugar para niñas.
—No —dijo Landon. Sacó su teléfono. Había estado enviando mensajes a su agente de bienes raíces toda la tarde, mientras ellas se probaban ropa—. Quiero mostrarles algo. Mañana.
—¿Qué cosa?
—Una casa.
—¿Una casa?
—No la he comprado —mintió, aunque ya había dado el anticipo—. Solo… quiero que la vean. Está en Coyoacán. Tiene jardín. Tiene tres recámaras. Tiene un estudio para que pintes o estudies. Está en una calle cerrada con vigilancia.
Elise negó con la cabeza.
—Landon, eso es demasiado rápido. No puedes simplemente comprarnos una vida nueva.
—No les estoy comprando una vida. Estoy tratando de darles la vida que se merecen. La vida que les robé por no estar ahí.
Elise miró a las niñas. Elaine y Maris estaban distraídas viendo a un perro pasar, ajenas a que su destino se estaba negociando sobre una mesa de heladería.
—Un jardín… —murmuró Elise.
—Podrían tener un perro —dijo Landon, jugando sucio—. Y el telescopio que Elaine quiere… se vería increíble desde el jardín.
Elise lo miró a los ojos. Vio la desesperación de él por arreglar las cosas, por compensar el tiempo perdido con ladrillos y seguridad.
—Solo verla —concedió ella—. No prometo nada.
—Solo verla —aceptó Landon, sabiendo que ya había ganado.
Regresaron al coche. El Audi estaba lleno de bolsas hasta el techo.
Mientras conducía de regreso hacia la oscuridad de la Doctores, Landon sabía que ese sería uno de los últimos viajes a ese barrio. Estaba decidido. Iba a mover cielo, mar y tierra para sacar a sus “tres mujeres” de ahí.
Porque ahora eran sus mujeres. Y un Shanley cuida lo que es suyo.
Pero mientras entraban en la calle Maple, vieron algo que heló la sangre de Landon.
Una patrulla de policía estaba parada frente al edificio de Elise, con las luces giratorias encendidas, iluminando la fachada despintada con destellos rojos y azules.
Había gente afuera. Vecinos.
La reja de entrada estaba abierta, forzada.
—¡Es el edificio! —gritó Elise.
Landon aceleró.
El día perfecto estaba a punto de terminar con un golpe de realidad brutal: en la Ciudad de México, la seguridad es una ilusión, y a veces, el destino te empuja a mudarte antes de lo que planeabas.
Capítulo 7
Las luces rojas y azules de la patrulla rebotaban contra las fachadas despintadas de la calle Maple como un latido frenético. El Audi de Landon se detuvo con un chillido de llantas justo detrás del vehículo policial. Antes de que el motor se apagara por completo, Elise ya tenía la mano en la manija de la puerta.
—¡Espera! —ordenó Landon, activando los seguros centrales con un golpe en el tablero—. No bajes todavía. No sabemos qué está pasando.
—¡Es mi casa, Landon! —gritó ella, con los ojos desorbitados de pánico—. ¡Mis cosas!
—Tus hijas están aquí —dijo él, girándose hacia el asiento trasero. Elaine y Maris estaban abrazadas, con los ojos muy abiertos, reflejando el estrobo de la sirena—. Quédate con ellas un segundo. Yo voy a ver.
Landon bajó del auto. Se ajustó el saco, no por vanidad, sino como una armadura. Su presencia —alto, trajeado, bajando de un coche de lujo— cambió inmediatamente la dinámica de la calle. Los vecinos curiosos que estaban en pijama y pantuflas se apartaron para dejarlo pasar. Dos policías municipales, con los uniformes mal fajados y aspecto de aburrimiento, estaban recargados en el cofre de la patrulla, anotando algo en una libreta sucia.
—Buenas noches, oficiales —dijo Landon con su voz de mando, esa que usaba para despedir ejecutivos incompetentes—. ¿Qué sucede aquí?
Uno de los policías levantó la vista, masticando chicle. Al ver el porte de Landon, se enderezó un poco. El clasismo mexicano operaba en ambos sentidos: el respeto a la autoridad, pero también el respeto automático al dinero.
—Hubo un reporte de robo a casa habitación, jefe. En el 302.
El 302. El departamento de Elise.
Landon sintió un golpe frío en el estómago.
—Ese es el departamento de mi… de mi familia. ¿Están adentro los ladrones?
—No, ya se pelaron. Parece que entraron por la ventana del patio de servicio. Se llevaron una tele, una licuadora y revolvieron todo buscando dinero. Los vecinos oyeron ruido y llamaron, pero ya sabe cómo es esto. Cuando llegamos, ya no había nadie.
Landon asintió, apretando la mandíbula hasta que le dolió.
—Gracias, oficial. Yo me encargo desde aquí.
Regresó al coche. Abrió la puerta del copiloto. Elise lo miró, temblando.
—Entraron —dijo él, sin endulzarlo. Sabía que Elise necesitaba la verdad—. Se llevaron la tele. No hay nadie adentro, pero…
Elise soltó un sollozo seco.
—La tele no importa. Es vieja. Pero… entraron. Tocaron nuestras cosas. Caminaron por donde duermen mis hijas.
Landon tomó su mano. Estaba helada.
—Escúchame bien, Elise. No van a volver a entrar ahí. Hoy no van a dormir en ese departamento.
—Pero… ¿a dónde vamos? No tengo dinero para un hotel ahorita, y mis cosas…
—Olvida el dinero —cortó él—. Nos vamos a un hotel. A uno seguro. Mañana vendré con una mudanza y sacaremos todo lo que quieras rescatar. Pero esta noche, las niñas no van a ver su casa violada. No van a ver los cajones tirados ni las huellas de extraños en su piso. ¿Me entiendes?
Elise asintió, con lágrimas corriendo por su cara. Miró hacia atrás. Las niñas estaban escuchando, aterradas.
—Niñas —dijo Elise, forzando una voz tranquila que no sentía—. Hubo un problema con la luz en el edificio. No podemos subir. Tu papá… Landon nos va a llevar a una pijamada especial.
—¿Una pijamada? —preguntó Maris, con la voz temblorosa.
—Sí —dijo Landon, subiéndose al coche y arrancando el motor con furia—. Una pijamada en un hotel con alberca. Y servicio al cuarto.
Arrancó el Audi, dejando atrás la calle Maple, la patrulla y la sensación de vulnerabilidad que había marcado la vida de Elise durante siete años.
El Hotel Camino Real en Polanco es una fortaleza de color rosa y amarillo diseñada por Legorreta, un oasis de lujo y silencio. Cuando el Audi entró en el lobby, los botones corrieron a abrir las puertas.
Las niñas bajaron, cargando sus bolsas de compras de Santa Fe como si fueran salvavidas. Estaban cansadas, confundidas, pero la majestuosidad del hotel las distrajo del miedo.
Landon pidió la Suite Presidencial. No porque quisiera presumir, sino porque necesitaba espacio. Necesitaba que Elise y las niñas se sintieran seguras, protegidas por muros gruesos y lujos innecesarios.
Cuando entraron a la habitación, las gemelas soltaron un “¡Wow!” al unísono. La sala era más grande que todo su departamento. Había fruta fresca en la mesa, chocolates sobre las almohadas y una vista espectacular de la ciudad iluminada.
—Pidan lo que quieran de cenar —dijo Landon, dándoles el menú del Room Service—. Club sándwich, hamburguesas, postres. Lo que sea.
Mientras las niñas se distraían viendo la televisión gigante (mucho más grande que la que les acababan de robar), Landon llevó a Elise al balcón.
El aire de la noche era fresco. Elise se abrazó a sí misma, mirando las luces de la ciudad.
—Se llevaron la caja —dijo de repente.
—¿Qué?
—La caja de zapatos. Con tus recortes. Estaba debajo de mi cama. Seguro pensaron que había dinero o joyas ahí. Se la llevaron, Landon.
Landon sintió una punzada de dolor. Esos recortes eran la única conexión que sus hijas habían tenido con él. Eran la historia de su ausencia.
—Mejor —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo—. Que se la lleven. Ya no necesitamos recortes de periódico, Elise. Me tienen a mí. En vivo y a todo color. Vamos a escribir una historia nueva, no a guardar la vieja en una caja de cartón.
Elise lo miró. Sus ojos verdes brillaban a la luz de la luna.
—Tienes razón. Pero… me da miedo, Landon. Todo está cambiando muy rápido. Ayer éramos pobres pero “normales”. Hoy… hoy estamos en una suite de lujo, nos robaron la casa y mis hijas tienen tenis de tres mil pesos. Tengo miedo de que se olviden de quiénes son. De que pierdan el piso.
Landon se acercó y le tomó los hombros.
—No van a perder el piso porque te tienen a ti. Tú eres su ancla, Elise. Tú les enseñaste a dar las gracias. Tú les enseñaste a compartir. El dinero no borra la educación, si la base es sólida. Y créeme, la base que tú construiste es de concreto armado.
Elise recargó la frente en el pecho de Landon. Él la rodeó con sus brazos. Se quedaron así un largo rato, respirando juntos, sintiendo cómo el miedo de la noche se disolvía en la calidez del contacto humano.
El domingo por la mañana, Landon cumplió su amenaza. Contrató a una empresa de mudanzas “Guante Blanco”. Llegaron al departamento de la calle Maple con cajas especiales, plástico burbuja y una eficiencia militar.
Landon y Elise supervisaron todo. Las niñas se quedaron en el hotel con una niñera certificada que Landon contrató (y que Elise entrevistó durante media hora antes de dejarla sola con ellas).
El departamento estaba revuelto. Los ladrones habían vaciado los cajones de ropa de Elise sobre la cama. Habían roto una de las macetas (Roberto, el helecho, yacía en el suelo, derramando tierra). Pero lo importante estaba a salvo. Los dibujos en la pared. Los libros.
—Empaquen todo —ordenó Landon a los cargadores—. Con cuidado. Los dibujos se despegan con espátula, no quiero que se rompan.
Cuando el departamento quedó vacío, se veía triste. Pequeño. Las manchas de humedad en el techo eran más visibles sin los muebles.
Elise caminó por las habitaciones vacías. Acarició la pared de la cocina donde había marcado la altura de las niñas cada cumpleaños con un lápiz.
—Voy a extrañar este lugar —admitió—. Aquí aprendieron a caminar. Aquí dijeron su primera palabra. Aquí… aquí sobrevivimos.
Landon la esperó en la puerta.
—Sobrevivieron aquí, sí. Pero ahora toca vivir. Vivir de verdad.
Cerraron la puerta por última vez. Dejaron las llaves al casero, un señor gruñón que se suavizó cuando Landon le pagó tres meses de renta extra por “daños y perjuicios” al romper el contrato.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Elaine cuando Landon pasó por ellas al hotel. El coche estaba cargado con las maletas del fin de semana; la mudanza iba en un camión aparte hacia una bodega temporal.
—A Coyoacán —dijo Landon—. A ver “La Casa”.
El trayecto hacia el sur de la ciudad fue más tranquilo. Coyoacán es diferente. Es un pueblo dentro del monstruo. Calles empedradas, árboles centenarios, plazas con fuentes y olor a churros y café.
Landon se detuvo frente a una privada con una caseta de vigilancia. El guardia saludó a Landon por su nombre y levantó la pluma.
Entraron. La calle era un túnel verde de árboles. Las casas eran grandes, de estilo colonial, con muros de piedra y bugambilias cayendo por las bardas.
Se detuvieron frente al número 42.
Era una casa hermosa. No una mansión ostentosa y fría como las de las Lomas, sino una casa con alma. Muros de color ocre, tejas rojas, una puerta de madera maciza y un jardín delantero lleno de lavanda.
—Es… es enorme —susurró Maris, pegando la nariz a la ventana.
—Bajen —invitó Landon.
Abrió la puerta principal. La casa estaba vacía de muebles, pero llena de luz. Los pisos de madera crujían suavemente, dando la bienvenida. Tenía techos altos con vigas de madera. Una chimenea en la sala. Y al fondo, ventanales que daban a un jardín trasero inmenso, con un árbol viejo en el centro que tenía… sí, tenía un columpio.
Las niñas gritaron y corrieron hacia el jardín.
—¡Un columpio! ¡Mamá, mira, un columpio de verdad!
Elise se quedó en el umbral de la sala, abrumada.
—Landon… esto es… no podemos pagar esto. Ni en cien vidas.
—Ya está pagada —dijo él, parándose a su lado—. Es de ustedes. Está a nombre de las niñas, con usufructo vitalicio para ti. Nadie puede sacarlas de aquí. Nunca. Ni yo, si me vuelvo loco. Es su patrimonio.
Elise lo miró, y las lágrimas volvieron a salir. Pero esta vez no eran de tristeza, ni de miedo. Eran de alivio. Un alivio tan profundo que le dobló las rodillas.
—Gracias —susurró—. No por la casa. Sino por la paz. Me estás regalando paz, Landon.
—Vengan a ver arriba —gritó Landon a las niñas.
Subieron la escalera de madera con barandal de hierro forjado.
Había cuatro habitaciones.
—Esta es la principal, para mamá —dijo Landon, abriendo una puerta doble que daba a una recámara con baño propio y tina.
—¿Y la nuestra? —preguntó Elaine.
Landon las llevó al final del pasillo. Había dos puertas.
—Pueden tener cuartos separados si quieren…
Abrió una puerta. Era un cuarto luminoso, con vista al jardín.
—…o pueden usar este cuarto enorme como dormitorio compartido, y el de al lado como cuarto de juegos y estudio.
—¡Compartido! —gritaron las dos. Nunca habían dormido separadas. La idea de estar solas en una habitación se les hacía extraña.
—Bien. Entonces, aquí pondremos las camas nuevas. Y allá… —señaló la otra habitación—… pondremos los escritorios, la casa de muñecas, el set de química de Elaine y el caballete de pintura de Maris.
—¿Y tú? —preguntó de repente Maris, mirando a Landon con seriedad—. ¿Dónde vas a dormir tú?
La pregunta congeló el ambiente.
Landon y Elise se miraron. No habían hablado de eso. Eran padres, sí. Se estaban conociendo de nuevo, sí. Pero no eran pareja. No dormían juntos.
—Yo… —Landon titubeó—. Yo tengo mi departamento en Reforma. Vendré a visitarlas todos los días. Las llevaré a la escuela. Cenaremos juntos. Pero… yo vivo allá.
La cara de Maris se entristeció.
—Pero hay muchos cuartos —dijo Elaine, práctica—. Hay uno allá abajo, junto a la cocina. Y otro aquí. ¿Por qué no te quedas en ese?
Landon se agachó frente a ellas.
—Porque mamá y yo necesitamos nuestro espacio también. Somos amigos, estamos construyendo una familia, pero… dormir en la misma casa es un paso grande.
Elise intervino, salvándolo.
—Su papá tiene razón, niñas. Además, su departamento está cerca de su oficina. Él trabaja mucho. Pero va a estar aquí todo el tiempo que pueda. ¿Verdad?
—Todo el tiempo —prometió Landon—. De hecho, ya instalé una oficina en el estudio de abajo. Para poder trabajar desde aquí por las tardes.
Las niñas parecieron aceptar el trato, aunque no del todo convencidas. Salieron corriendo a explorar el jardín de nuevo.
Landon y Elise se quedaron solos en el pasillo vacío.
—Gracias por eso —dijo él.
—No quiero presionarte —dijo ella—. Y tampoco quiero confundirlas. Esto ya es suficientemente confuso y maravilloso. Vamos despacio.
—Despacio —concordó él. Aunque, al verla ahí parada, con la luz de la tarde iluminando su perfil, sintió unas ganas inmensas de que “despacio” no fuera tan lento. Sintió, por primera vez en siete años, que estaba en casa. No en una propiedad inmobiliaria, sino en un hogar.
La mudanza y la decoración tomaron dos semanas. Fue un frenesí de actividad. Landon contrató decoradores, pero dejó que las niñas y Elise tomaran todas las decisiones finales.
El cuarto de las gemelas quedó espectacular. Una pared pintada de un mural de galaxias (idea de Elaine) y la otra con un bosque de hadas (idea de Maris). Camas con dosel. Alfombras suaves.
El estudio se llenó de los libros de Elise y de materiales de arte para Maris.
Finalmente, llegó la primera noche oficial en la Casa de Coyoacán.
Landon pidió pizza (de horno de leña, de un lugar gourmet de la zona) y se sentaron en el suelo de la sala, sobre cojines, porque el sofá nuevo todavía no llegaba.
Encendieron la chimenea.
Comieron, rieron y contaron historias de miedo que no daban miedo.
Cuando llegó la hora de dormir, Landon las arropó en sus camas nuevas.
—Buenas noches, papá —dijo Elaine, abrazando a su nuevo oso de peluche gigante.
—Buenas noches, Elaine.
—Buenas noches, papá —susurró Maris, ya medio dormida—. Gracias por la casa. Y por el columpio.
—Buenas noches, Maris. Sueña bonito.
Landon bajó las escaleras. Elise lo esperaba en la puerta.
—Ya se durmieron —dijo él.
—Cayeron rendidas. Fue un día largo.
Se quedaron parados en el umbral, bajo la luz ámbar del farol de la entrada. El aire olía a jazmín y a tierra mojada (Elaine había regado el jardín con demasiado entusiasmo).
—Bueno… —dijo Landon, sacando las llaves de su coche—. Me voy. Nos vemos mañana para el desayuno. Traeré bagels.
—Landon —dijo Elise.
—¿Sí?
—Gracias. De verdad. No sé cómo pagarte todo esto.
—Ya me pagaste —dijo él, mirándola a los ojos—. Me devolviste mi vida, Elise. Me diste una razón para despertarme que no sea el índice de la bolsa de valores. Yo soy el que está en deuda contigo.
Se acercó y le dio un beso suave en la mejilla. Fue un beso casto, respetuoso, pero duró un segundo más de lo necesario. Elise no se apartó.
—Descansa —susurró ella.
Landon caminó hacia su coche, sintiendo que flotaba. Arrancó el motor y salió de la privada.
Mientras manejaba de regreso a su penthouse frío y silencioso en Reforma, supo una cosa con certeza absoluta: esa casa en Coyoacán era su verdadero destino. Y haría lo que fuera necesario —conquistar a Elise, ser el mejor padre, aprender a cambiar focos o matar arañas— para ganarse el derecho de quedarse ahí para siempre.
Pero antes, tenía que enfrentar una última prueba. La presentación oficial en sociedad. El mundo de sus negocios, de las revistas de sociales, de los chismes. ¿Cómo explicaría Landon Shanley, el soltero de oro, que tenía dos hijas de siete años y una “amiga” que había sido mesera?
El evento de caridad de la Fundación Telmex era la próxima semana. Y Landon había decidido que no iría solo. Iba a llevar a su familia. Y que el mundo dijera lo que quisiera.
Capítulo 8 (Versión Extendida y Final)
La casa de Coyoacán olía a pegamento blanco, pintura acrílica y café recién hecho. Eran las once de la noche de un jueves, y la “Residencia Shanley-Gadiva” (como Elaine había bautizado pomposamente a la casa, pintando un letrero chueco para la entrada) estaba en plena crisis creativa.
Landon Shanley, el hombre que decidía el destino de empresas transnacionales con una sola firma, estaba arrodillado en el suelo de la sala, con las mangas de su camisa Brooks Brothers arremangadas hasta los codos y una mancha de pintura azul en la mejilla.
—No, no, no —decía Elaine, con las manos en la cintura, actuando como una capataz de obra—. Papá, esas nubes parecen borregos atropellados. Tienen que ser nubes cumulonimbus. Gorditas y esponjosas.
Landon suspiró, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Elaine, cariño, estoy haciendo mi mejor esfuerzo con el algodón. La ingeniería de nubes no es mi fuerte.
—Pues inténtalo más fuerte —sentenció ella, implacable.
A su lado, Maris estaba concentrada pintando con delicadeza un río azul sobre la base de unicel, con la lengua asomando por la comisura de los labios. Elise, sentada en el sofá con sus libros de la universidad (había retomado la carrera de Enfermería dos semanas atrás), los miraba por encima de sus lentes de lectura con una sonrisa que no le cabía en la cara.
—Te ves muy sexy lleno de pegamento, Shanley —bromeó ella.
Landon la miró con una falsa indignación que escondía adoración pura.
—Búrlate si quieres, mujer. Pero cuando ganemos el primer lugar en la Feria de Ciencias, quiero ver quién se ríe. Este modelo del “Ciclo del Agua” va a ser legendario. Tiene lluvia real. Instalé una mini bomba de pecera.
—¿Lluvia real? —Elise arqueó una ceja—. ¿No es eso… trampa? Se supone que lo tienen que hacer ellas.
—Ellas hicieron la investigación, el diseño y la pintura —se defendió Landon—. Yo solo soy el contratista de la plomería hidráulica. Es un trabajo en equipo.
Maris levantó la vista de su río.
—Gracias, papá. Va a quedar precioso.
Esa palabra. Papá.
Todavía, después de un mes de convivencia diaria, cada vez que la escuchaba, Landon sentía un corrientazo eléctrico en la columna vertebral. No se acostumbraba. Y esperaba no acostumbrarse nunca, para poder disfrutar siempre de ese pequeño milagro sonoro.
Habían pasado cuatro semanas desde la mudanza. Cuatro semanas de ajustes sísmicos.
Landon había aprendido que las niñas no siempre son dulces; a veces hacen berrinche porque no quieren bañarse. Había aprendido que Elise tenía un carácter fuerte y que no le gustaba que él intentara resolver todo con la tarjeta de crédito. Había aprendido que ser padre es agotador, caótico y aterradoramente maravilloso.
Pero también habían tenido que enfrentar al mundo exterior.
La prensa de sociales se había vuelto loca cuando Landon apareció en la Gala de la Cruz Roja con Elise y las gemelas. Los titulares habían sido crueles al principio: “El Magnate y la Mesera”, “Las Hijas Secretas de Shanley”.
Landon había reaccionado con una ferocidad de león. Había dado una sola conferencia de prensa, corta y brutal, donde reconoció su paternidad, anunció su compromiso con Elise (aunque todavía no le había dado el anillo oficialmente, era un hecho tácito) y amenazó con demandar a cualquier medio que se acercara a menos de cien metros de sus hijas.
El mundo entendió el mensaje: Las gemelas eran intocables.
Pero ahora, el reto era más terrenal.
La Feria de Ciencias del nuevo colegio.
Landon había insistido en inscribirlas en una escuela privada humanista en el sur de la ciudad, una donde no importaba tanto el apellido, sino la creatividad. Pero aun así, las niñas estaban nerviosas. Era su primera presentación grande como “Las gemelas Shanley”.
—Bueno, equipo —dijo Landon, pegando la última nube de algodón—. Creo que terminamos. A la cama. Mañana es el gran día.
Elaine bostezó, mostrando sus dientes de leche.
—¿Crees que ganemos?
Landon las abrazó a las dos, manchándoles las pijamas de pegamento.
—No me importa si ganamos el premio de la escuela. Para mí, ustedes ya ganaron. Construyeron algo hermoso con sus propias manos. Eso es lo que cuenta.
El gimnasio del colegio estaba a reventar.
El calor humano era intenso. Había filas y filas de mesas con volcanes de bicarbonato que hacían erupción, sistemas solares hechos de bolas de unicel y plantas de frijol en frascos de vidrio.
Y ahí, en la mesa 42, estaba el proyecto: “El Viaje de la Gota de Agua”.
Era, sin duda, el proyecto más elaborado de segundo grado. No solo por la bomba de agua que hacía llover sobre las montañas de papel maché, sino por el arte. Maris había pintado un paisaje de fondo que parecía un cuadro impresionista, y Elaine había escrito las explicaciones con una caligrafía perfecta y llena de datos curiosos (“¿Sabías que la misma agua que bebes hoy la bebió un dinosaurio hace millones de años?”).
Landon y Elise estaban parados detrás de la línea de padres, tomados de la mano.
Landon llevaba un traje gris claro, sin corbata, tratando de verse relajado, aunque estaba más nervioso que cuando salió a la bolsa en Wall Street. Elise llevaba un vestido sencillo de lino color crema que Landon le había regalado, y se veía radiante, segura, dueña de sí misma.
—Están nerviosas —susurró Elise, apretando la mano de Landon.
—Lo van a hacer bien. Ensayamos el discurso tres veces en el coche.
Los jueces se acercaron. Eran tres maestros con tablas de sujetar papeles y caras serias.
—Buenos días, equipo —dijo el juez principal—. ¿Qué tenemos aquí?
Elaine dio un paso al frente. Se aclaró la garganta. Por un segundo, Landon vio a la niña asustada de la banca del parque, la que tenía miedo de estar sola. Pero esa niña ya no existía. Ahora había una niña con tenis nuevos, bien comida, amada y respaldada.
—Buenos días —dijo Elaine con voz potente—. Nuestro proyecto es sobre el ciclo del agua. El agua nunca se va, solo cambia de forma. Como la energía. O como el amor.
Landon sintió un nudo en la garganta. “Esa frase no estaba en el ensayo”, pensó, sonriendo.
Maris continuó, señalando la maqueta.
—Aquí pueden ver la evaporación. El sol calienta el agua del mar y sube al cielo. Luego se condensa en las nubes… —Maris apretó un botón oculto y la pequeña bomba funcionó. Gotitas de agua cayeron sobre las montañas—. …y precipita como lluvia o nieve.
—Y luego —retomó Elaine—, el agua baja por los ríos, riega los campos, nos da de beber, y regresa al mar para empezar otra vez. Es un ciclo infinito.
Los jueces estaban impresionados. No solo por la maqueta, sino por la seguridad de las niñas.
—Excelente trabajo —dijo el juez—. Y veo que tuvieron un poco de ayuda con la ingeniería hidráulica.
Elaine sonrió, pícara.
—Un poquito. Nuestro papá nos ayudó con los cables. Él es bueno arreglando cosas.
—Y nuestra mamá nos ayudó con la investigación —añadió Maris—. Ella estudia mucho, va a ser enfermera.
“Nuestro papá”. “Nuestra mamá”.
Lo dijeron con tanta naturalidad, con tanto orgullo, que a Landon se le olvidó respirar. No dijeron “el millonario” ni “la mesera”. Dijeron papá y mamá.
Los jueces asintieron, tomaron notas y siguieron a la siguiente mesa.
Cuando se alejaron, las niñas rompieron la formación militar y corrieron hacia sus padres.
Landon las recibió con los brazos abiertos, arrodillándose en el piso del gimnasio.
—¡Lo hicieron! —exclamó, besando sus cabezas—. ¡Estuvieron perfectas!
—¿Viste la lluvia? —preguntó Maris, emocionada—. ¡No se atascó!
—Funcionó como reloj suizo —aseguró Landon.
Elise se unió al abrazo grupal. Estaban ahí, en medio de un gimnasio ruidoso, siendo observados por otros padres (algunos de los cuales reconocían a Landon y murmuraban), pero a ellos no les importaba. Eran una isla. Un ecosistema cerrado, como su ciclo del agua.
De repente, Maris se separó un poco del abrazo. Se colgó del cuello de Landon y le susurró al oído, con esa voz suavecita que tenía el poder de desarmar ejércitos.
—Qué bueno que te encontramos, papá.
Landon la miró a los ojos.
—¿Qué?
—Qué bueno que te encontramos ese día afuera de la escuela vieja. Qué bueno que Elaine fue valiente. Porque si no… —Maris se encogió de hombros—. Si no, tú seguirías perdido.
Landon se quedó helado. La sabiduría de una niña de siete años acababa de resumir su vida entera. Él pensaba que él las había rescatado a ellas de la pobreza. Pero la realidad era que ellas lo habían rescatado a él de la soledad. Ellas lo habían rescatado de una vida gris, llena de dinero pero vacía de propósito.
—Tienes razón, Maris —dijo él, con la voz quebrada, sin importarle que los otros papás lo vieran llorar—. Yo era el que estaba perdido. Y ustedes fueron mi GPS.
Salieron del colegio con una cinta azul de “Primer Lugar” colgando del cuello de Elaine (que se negaba a quitársela) y una mención honorífica por “Excelencia Artística” para Maris.
El sol de la tarde caía sobre la ciudad, pero esta vez no pesaba como una promesa rota, como en aquel primer capítulo. Esta vez, el sol acariciaba.
—¿A dónde vamos a celebrar? —preguntó Elaine mientras subían a la camioneta familiar (Landon había cambiado el deportivo por una SUV blindada y espaciosa, más práctica para mochilas y maquetas).
—¿Hamburguesas? —sugirió Landon.
—No —dijo Elise—. Hoy cocino yo. En la casa. Vamos a hacer una carne asada en el jardín. Tenemos que estrenar ese asador que compraste y que no sabes usar.
Landon rió.
—Oye, vi un tutorial en YouTube. Soy un experto parrillero teórico.
Llegaron a la casa de Coyoacán.
Mientras Elise preparaba la salsa en la cocina y Landon peleaba con el carbón en el jardín, las niñas corrían alrededor del árbol viejo, empujándose en el columpio.
Landon se detuvo un momento. Se limpió el hollín de las manos.
Miró la escena.
Su esposa (bueno, futura esposa, el anillo ya estaba escondido en su cajón de calcetines) riendo en la cocina con una copa de vino. Sus hijas jugando libres, seguras, felices.
El cielo se estaba poniendo rosa y naranja.
Sintió una paz tan profunda que le asustó.
“Esto es”, pensó. “Esto es el éxito. No la Torre Virreyes. No las acciones. Esto”.
Elise salió al jardín con una charola de carne. Se paró junto a él y le pasó un brazo por la cintura.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que soy el hombre más suertudo del mundo —respondió él, besando su sien.
—Lo eres —dijo ella, bromeando—. Me tienes a mí.
—Y a ellas —dijo él, mirando a las gemelas.
Elaine estaba gritando algo sobre conquistar el mundo desde la cima del columpio. Maris estaba agachada en el pasto, observando una catarina.
—El ciclo se cerró, Elise. Todo regresó a su lugar.
Elise recargó la cabeza en su hombro.
—No, Landon. El ciclo apenas empieza.
EPÍLOGO: TRES MESES DESPUÉS
La oficina del juez de lo familiar olía a cera para muebles y a papeles viejos. Era un lugar burocrático y aburrido, pero para los Shanley-Gadiva, era el lugar más emocionante del mundo.
—Muy bien —dijo el juez, un hombre mayor con bigote de morsa, revisando el expediente—. Tengo aquí la solicitud de reconocimiento de paternidad, las pruebas de ADN (que fueron mero trámite), y el consentimiento de la madre. Todo está en orden.
Landon apretó la mano de Elise por debajo de la mesa.
—Entonces, ¿ya es oficial? —preguntó, con la impaciencia de quien quiere cerrar el trato más importante de su vida.
El juez sonrió y estampó un sello ruidoso sobre el papel. CLACK.
—Es oficial, Señor Shanley. A partir de este momento, legalmente y para todos los efectos, Elaine y Maris son sus hijas. Sus actas de nacimiento nuevas estarán listas en una semana. Felicidades.
Elaine y Maris, que estaban sentadas en las sillas de atrás balanceando los pies, saltaron.
—¿Ya somos Shanley? —preguntó Elaine.
—Son Shanley Gadiva —corrigió Landon, girándose para abrazarlas—. Los dos apellidos. Porque los dos son importantes.
Salieron del juzgado caminando sobre el aire.
Afuera, en la escalinata, Landon se detuvo.
—Tengo una última sorpresa —dijo.
Sacó una cajita de terciopelo de su bolsillo.
Elise se llevó las manos a la boca.
—Landon… aquí no, en medio de la calle…
—¿Por qué no? —dijo él, arrodillándose en la banqueta, frente a los puestos de periódicos y la gente que pasaba—. Aquí empezó todo. En la calle. En una banqueta donde dos niñas valientes me hablaron.
Abrió la caja. Un diamante sencillo, elegante y brillante destelló al sol.
—Elise Gadiva, me diste una familia cuando yo no sabía que la necesitaba. Me enseñaste a amar. ¿Te casarías conmigo y me dejarías intentar hacerlas felices el resto de mi vida?
Elise lloraba. Las gemelas gritaban: “¡Di que sí, mamá! ¡Di que sí!”.
—Sí —dijo Elise, riendo entre lágrimas—. Sí, tonto. Claro que sí.
Landon le puso el anillo. Se levantó y la besó. Un beso de película, de esos que hacen que la gente en la calle aplauda (y algunos de hecho aplaudieron).
Elaine y Maris se unieron al abrazo, convirtiéndolo en un nudo de cuatro personas, risas y promesas cumplidas.
Mientras se alejaban caminando, los cuatro tomados de la mano, hacia el futuro, Elaine se volteó una última vez hacia atrás, como si mirara a la cámara invisible de su vida.
Guiñó un ojo, igual que lo hizo Landon en el teatro.
Habían ganado.
No la lotería.
Habían ganado algo mejor: se habían ganado los unos a los otros.
FIN