FUI A ARREGLAR SU CAMA POR UN RUIDO, PERO TERMINÉ REPARANDO EL SILENCIO QUE LLEVABA CARGANDO EN EL ALMA DESDE LA GUERRA: MI HISTORIA CON MAYRA

CAPÍTULO 1: EL PESO DE LAS COSAS NO DICHAS

El calor de julio no es solo temperatura; es una entidad viva que se te pega a la piel, que te pesa en los hombros como si llevaras cargando costales de cemento . Adentro de la cabina de la camioneta de reparto, el aire acondicionado había dejado de funcionar hacía tres semanas, y mi jefe, con su típica tacañería, decía que “el aire natural es mejor pa’ los pulmones”. Así que ahí estaba yo, Tomás Alvarado, sudando la gota gorda, con la camisa del uniforme pegada a la espalda y el sabor a polvo y gasolina en la boca.

Llevaba siete años fuera del ejército , pero hay mañas que uno nunca se quita. Revisar los espejos cada cinco segundos. Escanear las azoteas. Calcular las salidas de emergencia en cuanto entras a un cuarto. Y, sobre todo, esa necesidad maldita de mantener las cosas en orden. Si algo está roto, lo arreglo. Si hay una misión, la cumplo. Mi vida ahora era simple: cargar muebles, manejar, entregar, y volver a casa a un silencio que a veces se sentía como una bendición y otras veces como una condena.

La orden de entrega decía: “Juego de recámara completo. Calle King. Cliente: Mayra Williams” .

Estacioné la camioneta frente a una casa de madera, de esas viejas con porche amplio que crujen cuando caminas, como si la casa misma tuviera artritis. Apagué el motor. El silencio cayó de golpe, solo interrumpido por el zumbido de las cigarras, ese ruido eléctrico que te taladra el cerebro en las tardes de verano .

Bajé de la camioneta. Mis botas golpearon el pavimento. Saqué la caja de la cabecera. Pesaba, pero el peso físico nunca me ha molestado. Es el otro peso, el que traes en la cabeza, el que te jode. Me eché la caja al hombro, ajustándola hasta encontrar el equilibrio perfecto, y caminé hacia la entrada. El sudor me brillaba en la mandíbula, bajando por el cuello .

La puerta principal estaba abierta, solo protegida por una malla mosquitera. Y entonces, escuché su voz.

—¿Podrías ayudarme a meter eso? .

No fue un grito. Fue una voz que flotó a través de la entrada, mitad orden, mitad invitación, con un tono rasposito que me hizo detenerme en seco. Me quedé ahí parado, ajustando la caja, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco estúpido.

Ahí estaba ella.

Mayra estaba parada descalza sobre la madera gastada del porche. Con una mano sostenía la puerta mosquitera abierta y con la otra abrazaba una taza de cerámica como si fuera lo único que la mantenía anclada a la tierra .

Madre mía.

No era la típica clienta estirada que te mira por encima del hombro mientras te dice que no rayes el piso. Era joven. Impactante de una manera que te hace olvidar tu propio nombre por un segundo . Llevaba un vestido azul, corto, que apenas le rozaba la mitad de los muslos y se aferraba suavemente a sus curvas bajo la luz de la mañana . Los tirantes eran finos, descansando sobre unos hombros que parecían haber sido besados por el sol .

Tenía el cabello recogido en un chongo perezoso, un nudo hecho al aventón, con mechones rebeldes cayéndole sobre los pómulos y el cuello . No se veía arreglada, no parecía que hubiera pasado horas frente al espejo, pero maldita sea, no lo necesitaba . Tenía esa belleza natural, casi agresiva, que te golpea sin avisar.

Me quedé mirándola un segundo más de lo que el protocolo profesional permite. Ella me sostuvo la mirada. Tenía los ojos despiertos, inteligentes, y una sonrisita burlona en la comisura de los labios.

—¿Eres Mayra Williams? —pregunté. Mi voz salió baja, estable, ese tono de “todo está bajo control” que perfeccioné durante años de servicio .

Ella asintió, y esa sonrisita se hizo más grande.

—A menos que estés entregando a otra chica con cabello de loca y elecciones de moda cuestionables antes de las nueve de la mañana —respondió, dándole un sorbo a su taza .

Sentí una punzada de risa en el pecho. Me permití una sonrisa leve, apenas visible. Me gustaba. Me gustaba que no se tomara en serio.

—Entrega de juego de recámara, primer piso —dije, volviendo al guion, leyendo la hoja de entrega para no tener que mirarla a los ojos y delatarme .

—Primera puerta a la izquierda —dijo ella, haciéndose a un lado en el pasillo estrecho—. Cuidado con la lámpara. Sigo fingiendo que tiene un lugar ahí .

Di un paso hacia adentro. El pasillo era angosto. Ella se movió para dejarme pasar, pero no se quitó del todo. Al cruzar junto a ella, sentí el roce. La tela suave de su vestido azul cepilló ligeramente mi brazo . Fue un contacto mínimo, casi inexistente, pero mi piel reaccionó como si me hubieran puesto un cable de alta tensión.

¿Fue accidental? Tal vez. Tal vez no .

No miré hacia atrás, pero sentí el cambio de temperatura en la habitación . Era como si el aire se hubiera vuelto más denso, cargado de electricidad estática.

El interior de la casa olía a canela y a algo floral, tal vez lila o lavanda; un aroma tenue pero invitante, de esos que te hacen sentir que has llegado a un lugar seguro . Pero la casa estaba en caos. Cajas nuevas alineadas contra las paredes, sin abrir. Muebles a medio armar. Era un lugar a medio habitar, como si la persona que vivía ahí estuviera indecisa emocionalmente sobre si quedarse o salir corriendo .

Entendía eso. Entendía perfectamente la sensación de tener un pie en la puerta y otro afuera.

Me moví con precisión silenciosa. Mi postura estaba recta, cada paso calculado . En el ejército te enseñan que el movimiento innecesario es energía desperdiciada, o peor, ruido que te delata. Entré a la recámara, dejé el marco y el colchón en la esquina designada sin decir una palabra. Me agaché, verifiqué la estabilidad del piso, chequé que las cajas no estuvieran golpeadas y me levanté .

Trabajo hecho. Hora de irse.

Salí de la habitación hacia el pasillo. Ella seguía ahí.

Mayra estaba recargada en el marco de la puerta, bloqueando parcialmente mi salida. Seguía tomando su café, con una pierna cruzada ligeramente sobre la otra, haciendo que el dobladillo azul de su vestido subiera lo suficiente para… bueno, para dejar claro un punto .

Me detuve a un metro de ella. Me miraba con curiosidad, como si yo fuera un acertijo que intentaba resolver antes de que se acabara el café.

—¿Haces esto seguido? —preguntó, rompiendo el silencio .

—¿Entregar muebles? —respondí, haciéndome el tonto. Sabía que no se refería a eso.

—No —dijo ella, y su voz bajó un tono, volviéndose juguetona, casi ronca—. Entrar a la casa de una mujer y hacer que cargar una cama parezca un juego previo .

Parpadeé una vez. Me quedé helado.

La miré fijamente. Ella sonrió más ampliamente, disfrutando mi sorpresa.

—Bueno, gracias —continuó, suavizando su tono—. Honestamente… —Hizo una pausa, dejando que sus ojos recorrieran mi cara, desde la cicatriz en mi ceja hasta la barba de tres días—. Eres mi tipo, ¿lo sabías? .

El aire se detuvo por completo. El reloj en la pared parecía haber dejado de hacer tic-tac.

Incliné la cabeza ligeramente, estudiándola . No se estaba burlando. No había malicia en sus ojos, ni esa coquetería barata que ves en los bares un viernes por la noche. Era directa. Brutalmente honesta. Era la mirada de una mujer que sabía exactamente lo que quería y no tenía miedo de decirlo en voz alta .

Sentí una presión en el pecho. No era incomodidad. Era… reconocimiento. Hacía años que nadie me hablaba así. Sin rodeos. Sin máscaras.

Exhalé lentamente, pasándome una mano por la nuca, un gesto nervioso que creí haber eliminado.

—No creo que deba responder a eso —dije, con la voz más grave de lo que pretendía .

Ella se encogió de hombros, despreocupada.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Solo pensé que deberías saberlo .

Me quedé quieto. Podría haberme ido en ese momento. Debería haberme ido. Tenía otra entrega. Tenía una vida solitaria y segura que mantener. Pero mis pies parecían clavados al piso de madera.

—¿Siempre eres así de directa? —pregunté .

—No tengo tiempo para ser indirecta —dijo ella, terminándose el café de un trago—. La vida es muy corta.

Dejó la taza sobre una caja cercana y me miró de nuevo.

—¿Quieres café? —ofreció—. Es del bueno. De un lugar a dos cuadras. Tostado local, fuerte, sin azúcar .

Dudé. Mi reloj mental me gritaba que tenía quince minutos para llegar a la siguiente parada. Pero mi instinto, ese que llevaba dormido mucho tiempo, me decía que me quedara cinco minutos más.

—Tengo otra parada en quince —dije, que era mi forma de poner una barrera .

Ella me dio una media sonrisa, de esas que dicen “te gané”.

—Tú sabrás. Pero hago una segunda taza buenísima .

Asentí una vez. No fue un compromiso total, pero tampoco fue una negativa . Ella lo tomó como un sí. Fue a la cocina y regresó con un vaso desechable, sirviendo lo que quedaba de la prensa francesa. Me lo dio. Nuestros dedos se rozaron al intercambiar el vaso. Su piel estaba caliente. La mía, callosa y áspera.

Bebí un sorbo. Negro. Amargo. Justo como me gusta.

—Gracias —dije.

Me giré para irme. Sabía que si me quedaba un minuto más, iba a decir algo estúpido o a hacer algo imprudente. Caminé hacia la puerta, sintiendo su mirada en mi espalda como un rayo láser.

Cuando llegué al primer escalón del porche, su voz me detuvo de nuevo.

—Oye, ¿cómo te llamas? .

Me detuve. Me giré despacio. Ella estaba en el marco de la puerta, la luz del sol delineando su silueta a través del vestido.

—Tomás. Tomás Alvarado .

Ella probó el nombre en sus labios, asintiendo.

—Bueno, Tomás Alvarado —dijo, entrecerrando los ojos con picardía—. Si esa cama rechina esta noche… te voy a llamar de nuevo .

Solté una carcajada por lo bajo, un sonido que me sorprendió a mí mismo. Negué con la cabeza mientras bajaba los escalones hacia la camioneta, sintiendo una mezcla de incredulidad y algo más… algo que se sentía peligrosamente como esperanza .

—Definitivamente mi tipo —escuché que susurraba mientras me alejaba .

Subí a la camioneta. Encendí el motor. Mis manos apretaron el volante con fuerza. Miré por el retrovisor. Ella seguía ahí. Mayra. Brazos cruzados, una cadera recargada en el marco, viéndome irse .

Mientras giraba en la esquina para perderla de vista, sonreí para mis adentros. Solo un parpadeo de sonrisa. No porque fuera hermosa, que vaya que lo era. Sino porque lo decía en serio .

Manejé por las calles de la ciudad, pero mi mente ya no estaba en la ruta. Estaba en ese pasillo con olor a lavanda. Estaba pensando en cómo una mujer con cabello despeinado y una taza de café acababa de desarmar mis defensas con tres frases.

Yo era un hombre que sabía cómo protegerse. Había sobrevivido a zonas de guerra, a la pérdida de mi madre, a la soledad de una vida construida a base de trabajo duro y silencio. Pero mientras el camión avanzaba, no podía quitarme de la cabeza la promesa implícita en su despedida.

“Si esa cama rechina…”

Y por primera vez en mi vida, me encontré deseando haber hecho un mal trabajo. Me encontré rezando para que esa maldita cama rechinara. Porque sabía, con la certeza de un soldado que ve venir la tormenta, que necesitaba volver a verla.

No sabía entonces que ese momento, ese simple intercambio en un porche soleado, iba a ser el detonante que volaría en pedazos la vida tranquila que tanto me había costado construir. No sabía que ella no solo iba a desordenar mi cama, sino mi alma entera.

Pero esa es la cosa con los tipos como yo y las mujeres como ella: cuando chocamos, no hay sobrevivientes ilesos.

CAPÍTULO 2: EL RUIDO FANTASMA

Pasaron cuatro días. Cuatro malditos días .

En el calendario de cualquier persona normal, noventa y seis horas no son nada. Un suspiro. Pero para mí, fueron una eternidad de mirar el techo de mi cuarto en la madrugada, escuchando el zumbido del ventilador y pensando en un par de ojos burlones y un olor a lavanda que se me había quedado tatuado en la nariz.

Me dije a mí mismo que no iba a ir. Me lo repetí mientras desayunaba huevos con machaca, me lo repetí mientras cargaba cajas en el almacén, y me lo repetí cuando salí del trabajo el sábado. “No seas pendejo, Tomás. Es una cliente. Tú eres el repartidor. No cruces esa línea”.

Pero luego estaba el mensaje de voz.

Ese mensaje había llegado a la tienda y, por alguna razón que el destino o el diablo orquestaron, cayó en mis manos. Su voz sonaba diferente a través de la grabación, un poco más metálica, pero con ese mismo tono juguetón que me había desarmado en el porche.

“Hola, Tomás. El marco rechina un poquito cuando me doy la vuelta. Tal vez lo armé mal… o tal vez tú dejaste algo flojo. Solo pensé en checar antes de que colapse sobre mí” .

Era una excusa. Una mentira piadosa y transparente. Yo sabía cómo había armado esa cama. Mis manos no cometen errores con tornillos y tuercas; he armado puentes bajo fuego enemigo, por el amor de Dios. Una cama de madera no me iba a ganar.

Pero la cama no era el punto. Y el ruido tampoco.

Así que ahí estaba yo, cuatro días después, parado de nuevo en el porche de Mayra Williams .

Esta vez no había camión de la empresa estacionado afuera. No había uniforme con el logo bordado en el pecho. No había hoja de entrega ni nadie esperándome oficialmente . Había llegado en mi propia camioneta, una Ford vieja que había visto mejores días, y la había dejado a tres cuadras, no quería parecer un acosador estacionándome justo enfrente .

Me paré al pie de los escalones. En una mano tenía mi caja de herramientas roja, el metal frío contra mi palma sudada. Con la otra mano, me limpié el sudor de los jeans, un gesto nervioso que odiaba .

“¿Qué estás haciendo aquí, cabrón?”, pensé. “Date la vuelta. Vete a ver el fútbol. Vete a cualquier lado menos aquí”.

Pero mi mano ya estaba tocando la puerta. Dos golpes secos. Toc, toc .

El silencio que siguió fue agonizante. Escuché pasos ligeros adentro. Luego, el sonido del cerrojo.

La puerta se abrió y el aire se me escapó de los pulmones.

Si pensé que se veía bien el martes con su vestido azul, el sábado por la tarde era un ataque directo a mi cordura. Mayra apareció en el umbral usando unos shorts de mezclilla desgastados y una playera gris holgada, de esas viejas y suaves, amarrada casualmente a la cintura con un nudo .

Pero fue el resto lo que me golpeó. Tenía el cabello mojado, envuelto en una toalla blanca en forma de turbante . Sus mejillas estaban sonrojadas, con ese brillo rosado inconfundible que tiene la piel después de una ducha caliente . No traía maquillaje. Ni una gota. Solo piel limpia, pestañas húmedas y una belleza cruda que te dejaba sin defensa.

Ella se recargó en el marco de la puerta, echando el peso en una cadera, y me miró de arriba abajo.

—Vaya, vaya —dijo, con esa voz rasposa que ya empezaba a ser mi sonido favorito—. No pensé que realmente vendrías .

Tragué saliva, intentando mantener mi cara de póker.

—Llamaste —dije simplemente, levantando un poco la caja de herramientas—. Dijiste que rechinaba .

Ella sonrió, mordiéndose un poco el labio inferior.

—También dije “tal vez” —bromeó—. Pero no me estoy quejando .

Se hizo a un lado y me hizo un gesto para que entrara.

—Mismo cuarto. Sigue siendo el del rechinido misterioso .

Pasé junto a ella. Esta vez el pasillo no olía a lavanda. Olía a ella. A jabón fresco, a vapor de baño y a eucalipto. Un olor limpio y penetrante que se me metió hasta el fondo del cerebro y se quedó ahí, flotando, mucho más tiempo del que esperaba .

La casa estaba distinta. Menos caótica que la primera vez. Ya había colgado algunos cuadros en las paredes, paisajes abstractos con colores vivos. Había libros apilados en estantes improvisados, ordenados por color. Se notaba que estaba haciendo un nido, convirtiendo esas cuatro paredes en un hogar .

Desde la cocina, una bocina Bluetooth tocaba música suave. Reconocí la voz rasposa de Stevie Nicks. Fleetwood Mac. “Dreams”. Una elección perfecta para una tarde nublada y una situación confusa .

Entré a la recámara. La cama estaba ahí, inmaculada, con las sábanas estiradas. Me sentí como un intruso en un santuario. Dejé la caja de herramientas en el suelo con cuidado y me hinqué junto a la esquina del marco, donde supuestamente estaba el problema .

Mis manos se movieron en automático. Saqué la llave inglesa, busqué los pernos. En segundos ya tenía el panel lateral flojo y estaba apretando los tornillos con una facilidad practicada .

Pero la verdad era que no había nada flojo. La cama estaba sólida como una roca. Lo sabía yo, y lo sabía ella.

Mayra se quedó en la puerta, con los brazos cruzados, observándome trabajar. Podía sentir su mirada en mi espalda, quemándome a través de la camiseta.

—¿Siempre arreglas cosas que no son tu problema? —preguntó de repente, su voz cortando el sonido de la música .

Me detuve un segundo, con la llave apretada en la mano. No levanté la vista. Me concentré en el grano de la madera del marco.

—No me gusta el trabajo sin terminar —respondí, dándole otra vuelta a un tornillo que ya estaba apretado .

Escuché que ella daba un paso hacia adentro.

—Mmm —zumbó pensativa—. Eres un alma vieja, Tomás .

Eso me hizo pausar. Me giré ligeramente para verla de reojo.

—Tal vez —murmuré.

—Apuesto a que creciste con alguien diciéndote que no dejaras un trabajo a medias —dijo ella. No era una pregunta, era una afirmación. Me estaba leyendo, desarmando mis capas sin siquiera tocarme .

Me senté sobre mis talones, limpiándome las manos en los muslos de mis jeans. Asentí lentamente.

—Mi madre… y mi sargento .

Sus ojos cambiaron. La burla desapareció, reemplazada por una curiosidad genuina.

—¿Militar? —preguntó, su tono volviéndose más suave .

—Ingenieros del Ejército. Siete años —dije. Rara vez hablaba de eso. La gente suele ponerse rara, o te dan las gracias de una forma incómoda, o te preguntan si mataste a alguien. Pero con ella, se sentía natural decirlo .

Ella se quedó callada un momento, procesando la información.

—Entonces eso explica la forma en la que te mueves —dijo finalmente .

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Cómo me muevo?

—Como si ya hubieras calculado el peso del mundo antes de levantar cualquier cosa —dijo ella. Sus palabras me golpearon en el pecho. Nadie, nunca, me había descrito así. Y dolía un poco lo preciso que era .

Terminé de apretar el último tornillo, guardé la llave en la caja y me puse de pie. Me sentía gigante en ese cuarto pequeño, torpe, demasiado rudo para tanta delicadeza femenina.

—Te gusta leer a la gente, ¿verdad? —le dije, tratando de desviar la atención de mí .

Ella se encogió de hombros, recargándose de nuevo en el marco de la puerta, pero esta vez con una vulnerabilidad nueva.

—Me gusta aprender lo que la gente no dice —respondió .

Nos quedamos mirando. El aire entre nosotros cambió de nuevo. Ya no era solo atracción física; era algo más pesado. Reconocimiento. Dos personas dañadas olfateándose las cicatrices.

Me giré completamente hacia ella, dejando los brazos relajados a los costados. Decidí dejar de fingir.

—Esto no era realmente por la cama, ¿verdad? —pregunté, mirándola directo a los ojos .

Ella no parpadeó. No se sonrojó. No miró al piso. Me sostuvo la mirada con una valentía que me dio miedo.

—Tal vez no —admitió .

El silencio se estiró, cargado, eléctrico, pero diferente ahora. Más suave .

Ella dio un paso dentro del cuarto, rompiendo la barrera invisible del umbral. Caminó hacia la cama y se sentó ligeramente en la orilla del colchón, cruzando las piernas. La toalla en su cabeza se inclinó un poco.

—¿Quieres café esta vez? —preguntó, con una sonrisa pequeña .

Negué con la cabeza.

—No estoy aquí por el café, Mayra —dije. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba .

Ella levantó la barbilla, desafiante.

—No dije que eso fuera todo lo que estaba ofreciendo .

Levanté una ceja. Por un segundo, ninguno de los dos habló. La tensión era tan densa que podías cortarla con mi navaja. Entonces, ella rompió el momento con una risa nerviosa, genuina.

—Relájate, Tomás —dijo, negando con la cabeza—. No estoy tratando de seducirte con un espresso… todavía .

Solté una carcajada inesperada. Esta mujer era un peligro.

Ella palmeó el espacio vacío en el colchón a su lado.

—Siéntate. Solo por un segundo. No muerdo… a menos que lo pidas .

Dudé. Mi entrenamiento me gritaba: “Retírate. Zona de peligro. Evacúa”. Pero mi cuerpo, traicionero, dio dos pasos y se sentó a su lado.

La cama apenas crujió .

—Ves —dijo ella suavemente—. Ya no rechina. Eres bueno.

—Hago lo que puedo.

Se hizo un silencio. No incómodo, sino expectante. Ella miraba sus manos un momento y luego habló, con la voz más baja, más íntima.

—Me mudé aquí para olvidar a alguien —dijo de repente. No me miraba a mí, miraba a la pared, como si pudiera ver su pasado proyectado ahí—. Alguien que me hacía sentir que tenía que encogerme para ser amada. Que tenía que ocupar menos espacio, hacer menos ruido, ser… menos yo .

Me quedé callado, quieto como una estatua, pero mis ojos no dejaban su perfil. Podía ver la tristeza vieja en la curva de su cuello.

—Por eso —continuó, girándose para mirarme—, cuando veo a alguien como tú… alguien que camina como si no le debiera una disculpa al mundo, como si ocupara su espacio porque se lo ganó… lo noto .

Sentí un nudo en la garganta. Ella veía la armadura, pero no veía las heridas debajo.

—La gente solo camina así después de aprender a perder, Mayra —dije. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas .

Ella me miró entonces. Realmente me miró. Sin coqueteo, sin bromas. Solo presencia pura.

—¿A quién has perdido? —preguntó .

El cuarto estaba en silencio, solo el zumbido de Stevie Nicks a lo lejos.

—A mi mamá. Cáncer —dije. Era la versión corta. La versión limpia—. Y dejé un pedazo de mí mismo en Afganistán que nunca recuperé .

La habitación se detuvo.

Mayra extendió su mano. Lenta, deliberadamente. Puso su palma sobre el dorso de mi mano, que descansaba en mi rodilla. Su piel estaba tibia. Su toque era apenas un roce, casi imperceptible, pero se asentó entre nosotros como un ancla de toneladas .

No quité la mano. Quería hacerlo. Quería huir de esa gentileza porque la gentileza duele más que los golpes cuando no estás acostumbrado a ella. Pero me quedé.

—Gracias por venir —dijo ella, en un susurro .

Asentí. Me levanté despacio, sintiendo que dejaba algo importante en ese colchón. Fui hacia la puerta. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.

—Llamaré si la cama rechina de nuevo —dijo ella a mis espaldas. Su tono era cálido, una invitación abierta .

Me detuve en el umbral. Me giré una última vez. Ella seguía ahí sentada, con su toalla en la cabeza y sus ojos brillantes, viéndome como si yo fuera la única cosa sólida en su mundo.

—No tienes que esperar a que rechine —le dije .

Y salí.

Caminé por el pasillo, salí al porche y bajé los escalones. El sol de la tarde me golpeó la cara, pero yo seguía sintiendo el fantasma de sus dedos en mi mano.

Mayra se quedó sentada un rato, escuchando el sonido de mis botas alejándose . Ella no sabía qué acababa de pasar entre nosotros, pero sabía que no era algo pequeño .

Y yo, mientras caminaba de regreso a mi camioneta estacionada a tres cuadras, sentí esa extraña agitación en el pecho que no sentía desde mis días de despliegue . Esa mezcla de adrenalina y miedo.

Esperanza. Y el maldito peligro que siempre viene con ella

CAPÍTULO 3: LIMONADA, CICATRICES Y UN CANALÓN SUELTO

El sol de finales de julio no acaricia; muerde.

Eran pasadas las seis de la tarde, pero el calor seguía pegado al asfalto como chicle viejo. Las sombras ámbar empezaban a estirarse sobre el vecindario, largas y perezosas, anunciando que el día estaba muriendo, pero el bochorno no daba tregua .

Estacioné mi camioneta en una calle lateral, a tres cuadras de su casa. Nunca enfrente. Nunca directo. Viejas costumbres de quien no quiere ser detectado, o tal vez, viejas cobardías de un hombre que no quiere admitir por qué está ahí .

Apagué el motor. El silencio en la cabina fue instantáneo y pesado.

Me quedé ahí sentado, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Me sentía ridículo. Un hombre de treinta y tantos años, exmilitar, con cicatrices de guerra y callos en las manos, temblando por dentro como un escuincle de secundaria antes de tocar el timbre de la chica que le gusta.

“¿Qué chingados haces aquí, Tomás?”, me pregunté. “Esto no es una visita de servicio. No traes herramientas. No te llamaron. Ni siquiera sabes si está en casa” .

Debatí dar la vuelta. Encender la camioneta, irme a mi departamento vacío, abrir una cerveza y ver la televisión hasta quedarme dormido en el sofá. Era lo seguro. Era lo que había hecho los últimos tres años. Pero mi mano, traicionera, abrió la portezuela antes de que mi cerebro pudiera detenerla.

Bajé. El calor me golpeó en la cara. Caminé las tres cuadras con paso lento, como si estuviera patrullando terreno hostil, aunque en realidad solo eran banquetas con pasto recién cortado y niños jugando a lo lejos.

Cuando llegué a la altura de su casa, me detuve detrás de un roble viejo.

Ahí estaba ella.

Mayra Williams estaba en el jardín delantero, peleándose con unos setos que claramente le estaban ganando la batalla. Tenía unas tijeras de podar enormes, oxidadas, que se veían ridículamente grandes para sus manos pequeñas . Cada vez que intentaba cortar una rama gruesa, hacía una mueca de esfuerzo y soltaba un gruñido de frustración que me hizo sonreír sin querer.

Se veía… real. No había poses. Llevaba una camiseta blanca de tirantes, vieja y deslavada, unos shorts color caqui y un paliacate rojo amarrado en la cabeza para mantener el cabello lejos de su nuca sudada . Tenía tierra en las rodillas y una mancha de pasto en la mejilla.

Me quedé mirándola un momento. Había algo hipnótico en verla luchar contra ese arbusto rebelde. No me vio al principio. Estaba demasiado concentrada en su guerra personal contra la jardinería .

Empujé la reja de entrada. El metal chilló, un rechinido agudo que rompió el encanto.

Ella levantó la vista de golpe, entrecerrando los ojos contra la luz dorada del atardecer . Se limpió un mechón de pelo de la frente con el dorso de la mano, sosteniendo las tijeras con la otra como si fueran un arma.

—Tomás —dijo. Su voz sonó sorprendida, pero no disgustada.

—Buenas tardes —asentí una vez, manteniendo mi distancia de seguridad .

Ella bajó las tijeras, apoyándolas en el pasto, y se puso las manos en la cintura.

—No me digas que viniste a checar la cama otra vez —bromeó, con esa chispa en los ojos que me hacía sentir que me estaba perdiendo de un chiste .

Negué con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos de mis jeans para que no vieran que me temblaban un poco.

—No. Nada de camas hoy .

Ella se pasó el brazo por la frente para secarse el sudor.

—¿Entonces? ¿A qué debo el honor? .

Me encogí de hombros, tratando de parecer casual, como si no hubiera estado debatiendo conmigo mismo durante veinte minutos en el coche.

—Andaba por la zona —mentí. Una mentira piadosa y estúpida .

Mayra levantó una ceja. Una sonrisa lenta se extendió por su cara.

—Estabas “por la zona”… —repitió, alargando las vocales—. O sea, a tres cuadras de distancia, ¿y decidiste caminar hasta acá con este calor de los mil demonios? .

Sentí que las orejas se me ponían rojas. Me había visto. O me conocía demasiado bien.

—Algo así —mascullé, mirando mis botas.

Ella soltó una risita. No era burla cruel. Era… complicidad.

—Vente —dijo, haciéndome un gesto hacia la casa con la cabeza—. Vamos al porche. Hice limonada. Y no es de esa porquería comprada en la tienda, lo prometo. Es de verdad .

La seguí. Subimos los escalones de madera. Noté que el porche había cambiado un poco desde mi primera visita, hacía apenas una semana. Había añadido un par de plantas en macetas de barro, un carillón de viento nuevo que tintineaba suavemente con la brisa, y lo más importante: había una segunda silla. Justo al lado de la suya .

Esa segunda silla me golpeó más fuerte que cualquier palabra. Era un espacio. Un lugar esperando ser ocupado.

Ella entró a la casa un momento y regresó con dos vasos altos, llenos de hielo y un líquido amarillo pálido que sudaba frío por el calor. Me pasó uno. Nuestros dedos se rozaron al hacer el intercambio. Esa corriente eléctrica volvió a saltar, familiar y peligrosa.

—Sin azúcar —dijo ella, mirándome a los ojos—. Te acordaste .

Tomé un trago. Ácida, fría, perfecta. Me limpió el polvo de la garganta.

—Me acuerdo de todo lo que no dices, Mayra —respondí. Fue una frase arriesgada, lo sé. De esas que cruzan la línea entre “conocido” y “algo más” .

Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, luego se sentó en su silla y suspiró, estirando las piernas. Yo me senté en la silla vacía. La madera crujió bajo mi peso.

Nos quedamos en silencio un buen rato.

En mi experiencia, el silencio suele ser incómodo. Es ese espacio vacío donde la gente se siente obligada a hablar del clima, de las noticias, de cualquier estupidez para no tener que enfrentar la realidad de estar con otro ser humano. Pero con ella no.

Miramos cómo la brisa movía las hojas de los árboles. Escuchamos el zumbido de las cigarras que pulsaba desde algún lugar profundo del jardín. Un perro ladró dos calles más allá .

El silencio no era incómodo. Era fácil. Natural. Como si lleváramos años sentados en ese porche .

—Solía imaginar esto —dijo Mayra eventualmente, con la voz más suave, casi hablando para sí misma—. Sentarme así con alguien. Sin presión, sin tener que explicarme, sin tener que entretener. Solo… estando .

Giré el vaso entre mis manos, viendo cómo el hielo se derretía.

—¿Por qué no pasó antes? —pregunté. Quería saber. Necesitaba saber.

Ella miró hacia la calle, donde las sombras ya cubrías casi todo. Su perfil se veía melancólico bajo esa luz.

—Porque seguía eligiendo a gente a la que le gustaba la idea de mí, no la realidad —dijo. Su voz tenía un filo de tristeza vieja—. Les gustaba la Mayra divertida, la que se ve bien en un vestido azul, la que hace bromas. Pero no querían lo demás .

La miré de reojo.

—¿Y cuál es la realidad? —pregunté .

Ella se giró hacia mí. Sus ojos eran intensos, sin parpadear.

—No soy simple, Tomás. Pienso demasiado las cosas. Siento demasiado. Digo cosas que no debería decir. Tengo días malos donde no quiero salir de la cama. Y no me disculpo por querer más que una charla vacía sobre el clima .

Asentí lentamente.

—Suena honesto para mí —dije .

Ella me estudió un momento, como si quisiera decir algo más profundo, pero se detuvo. Tal vez pensó que era demasiado pronto. Tal vez tuvo miedo de asustarme.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó en cambio—. ¿Cuál es la parte que la gente no ve? .

Me tensé. Era mi turno. El juego de la verdad.

Pensé en mentir. Pensé en decirle algo genérico como “trabajo demasiado” o “soy muy serio”. Pero ella me había dado su verdad, y sentí que le debía lo mismo.

Me tomé mi tiempo. Dejé el vaso en el barandal del porche.

—Que no creo merecer segundas oportunidades —dije finalmente. Las palabras salieron pesadas, como piedras .

Esperé a que preguntara por qué. Esperé el interrogatorio sobre qué había hecho, a quién había fallado, por qué me sentía así. Pero Mayra no preguntó.

Simplemente dejó su vaso en el suelo y se inclinó un poco hacia adelante, acercándose a mi espacio.

—¿Alguna vez piensas que tal vez la segunda oportunidad aparece justo cuando no la estás buscando? —dijo suavemente .

Me quedé callado. No tenía respuesta para eso. No una que no implicara admitir que tenía miedo de que ella fuera esa oportunidad.

La tensión emocional se volvió demasiado fuerte. Necesitaba hacer algo con las manos. Necesitaba arreglar algo físico porque no sabía cómo arreglar lo que estaba pasando dentro de mí.

Me levanté de golpe y caminé hacia el borde del porche, mirando hacia arriba.

—¿Te importa si arreglo ese canalón suelto? —pregunté de la nada .

Ella parpadeó, confundida por el cambio brusco de tema.

—¿Qué?

—El canalón. El que está arriba de la ventana de tu recámara —señalé con el dedo—. Se está zafando de la esquina. Si llueve fuerte, te va a mojar la pared y se va a meter la humedad .

Ella soltó una carcajada. Fue un sonido suave, de sorpresa pura.

—No paras, ¿verdad? —dijo, negando con la cabeza con una sonrisa incrédula—. Vienes a una visita social y terminas queriendo reparar mi casa .

—Me gusta cuando las cosas se quedan en su lugar —dije, casi a la defensiva. Era verdad. El caos me ponía nervioso. El orden me daba paz .

Ella se levantó y caminó hasta quedar a mi lado.

—Bueno… —dijo, mirando hacia arriba, siguiendo mi línea de visión—. Tal vez no todo tiene que arreglarse de inmediato, Tomás .

Me giré hacia ella.

Estábamos cerca. Peligrosamente cerca. Sus caras estaban a centímetros de distancia. Podía ver las motitas doradas en sus ojos cafés. Podía oler el limón en su aliento y el sudor limpio de su piel.

El aire entre nosotros se sentía más pesado que el calor de la tarde. Seguía siendo eléctrico, pero ahora tenía una gravedad propia. Como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración .

—Tal vez —dije, mi voz bajando a un susurro ronco .

Ninguno de los dos se movió. No la besé. Quería hacerlo. Dios sabe que quería hacerlo. Quería probar si sabía a limonada y a promesas. Pero no lo hice. Y ella tampoco se alejó.

En ese momento quieto, con el cielo ardiendo en naranja sobre nosotros y las primeras estrellas atreviéndose a salir, algo se asentó entre los dos. Algo no dicho, pero innegable. Profundamente real .

No era una promesa de amor eterno. No todavía. Éramos dos desconocidos con demasiado equipaje. Pero era el comienzo de algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar, pero que tampoco podíamos ignorar .

Ella dio un paso atrás, rompiendo el trance, pero la sonrisa en sus labios era suave.

—Si quieres arreglar el canalón, vas a necesitar una escalera —dijo—. Tengo una en el cobertizo de atrás.

Asentí, agradecido por la tarea.

—Voy por ella.

Y mientras caminaba hacia la parte trasera de la casa, sentí que por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo arreglando una casa ajena. Estaba, tal vez, empezando a construir cimientos para algo propio.

Aunque el miedo seguía ahí, agazapado en mi estómago, diciéndome que todo lo bueno se acaba. Que todo lo que sube, tiene que caer. Como ese maldito canalón.

CAPÍTULO 4: PASTA, CICATRICES Y LA VERDAD SOBRE LAS MÁSCARAS

El restaurante no era elegante. De hecho, era el tipo de lugar que pasas de largo si no estás buscando específicamente carbohidratos baratos y un rincón oscuro donde esconderte del mundo .

Estaba encajonado entre una lavandería de autoservicio y una librería de viejo, justo al salir de la calle King . Tenía esa iluminación tenue que perdona las ojeras, manteles de cuadros rojos y blancos que han visto demasiadas primeras citas y demasiadas rupturas, y un olor permanente a ajo quemado y queso derretido que se aferraba a las vigas de madera como un recuerdo persistente .

Lo escogí yo. No porque fuera un conocedor de la gastronomía italiana, sino porque era tranquilo, familiar y, sobre todo, seguro . En mi vida, “seguro” siempre le ganaba a “impresionante”.

Llegué veinte minutos antes. Típico.

Me senté en una mesa de la esquina, cerca de la ventana, desde donde podía vigilar la entrada . Era un hábito militar que no se me quitaba: siempre tener control visual del perímetro. Pero esa noche, mi enemigo no era un insurgente ni una amenaza externa; era mi propio sistema nervioso, que estaba a punto de colapsar.

No me había puesto nada extravagante. Una camisa de botones limpia, jeans que me quedaban bien (ni muy flojos ni muy apretados) y mis botas, pulidas lo suficiente para demostrar que me importaba, pero no tanto como para parecer desesperado .

Aun así, mis palmas estaban sudando. Mi pulso latía en mi cuello más fuerte de lo normal, marcando un ritmo acelerado que me molestaba . Miré mi reloj por décima vez. 7:10. Faltaban cinco minutos.

Me pregunté si vendría. Una parte de mí, la parte cobarde que vive en el fondo de mi estómago, esperaba que me dejara plantado. Sería más fácil. Podría irme a casa, sentirme miserable un rato y luego volver a mi rutina de hombre solitario que no necesita a nadie. Pero la otra parte, la que se había despertado cuando ella me ofreció café esa primera mañana, estaba aterrorizada de que no apareciera.

A las 7:14, la puerta se abrió y la campana sonó .

Mi corazón se detuvo un segundo.

Ahí estaba.

Mayra Williams no llevaba vestido esta vez. Si la primera vez parecía una fantasía de verano, hoy parecía una realidad peligrosa. Traía unos jeans negros de cintura alta que le abrazaban la figura y una blusa de seda verde, metida holgadamente, con las mangas arremangadas hasta los codos .

Tenía el cabello suelto, peinado hacia un lado en ondas suaves, y los labios pintados con un tono lo suficientemente oscuro para decir: “Vine a propósito. Me arreglé para ti” .

Me puse de pie de un salto, casi tirando la silla. Ella me vio, sonrió —esa sonrisa que empezaba en los ojos antes de llegar a la boca— y caminó hacia mí.

—Te ves bien arreglado, Tomás —dijo, deslizándose en el asiento frente a mí .

Me senté despacio, tratando de recuperar la compostura.

—Tú también. Te ves… increíble .

Ella soltó una risita nerviosa y tomó el menú.

Pedimos rápido para quitarnos eso de encima. Pasta con champiñones para ella, salchicha italiana para mí, y una canasta de nudos de ajo que llegó caliente y desapareció demasiado rápido para ser educados .

La conversación empezó donde empiezan todas las conversaciones incómodas: en la superficie. Hablamos del trabajo, de la música que sonaba en el local, de recuerdos vergonzosos de la adolescencia . Yo le conté sobre el sargento que me hacía limpiar letrinas con un cepillo de dientes; ella me contó sobre su fase gótica en la preparatoria. Nos reímos. Fue fácil.

Pero a medida que los platos se vaciaban y el vino barato empezaba a hacer efecto, quitándole el filo a mis defensas, las palabras empezaron a escarbar más profundo .

Mayra giró su copa de vino, mirando el líquido rojo como si fuera una bola de cristal.

—Casi me caso con un tipo como tú una vez —dijo de repente. Su voz no tenía amargura, solo una especie de resignación reflexiva .

Levanté una ceja, dejando mi tenedor sobre el plato.

—¿Como yo? —pregunté—. ¿Cómo es “como yo”?

Ella me miró a los ojos, analizando.

—Callado. Estable. Siempre arreglando cosas que no son suyas para arreglar —dijo. Hizo una pausa—. Sólido. De esos hombres en los que te puedes recargar sin miedo a que se rompan .

Sentí un orgullo extraño, pero duró poco.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

Ella suspiró y negó con la cabeza.

—No era honesto. No conmigo, y peor aún, no con él mismo . Fingía que todo estaba bien todo el tiempo. Nunca me dejaba ver sus grietas. Y no puedes amar a alguien que no te deja ver dónde le duele.

Dejé de masticar. Me limpié la boca con la servilleta de papel, ganando tiempo.

—¿Y tú crees que yo soy diferente? —pregunté. La pregunta flotó entre nosotros, pesada .

Mayra se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en sus nudillos.

—No lo sé todavía —admitió con brutal franqueza—. Pero tú no finges, Tomás. Eso es raro. Tienes esa mirada… la de alguien que ya vio lo peor y decidió seguir caminando. No pretendes ser un héroe .

Asentí, pensativo.

—He tenido suficientes mentiras en mi vida como para querer cargar más —dije. Y era verdad. En la guerra, la mentira mata. En la vida, la mentira te pudre por dentro .

—¿Qué cargas ahora? —preguntó ella. Su voz bajó de volumen, volviéndose íntima, casi un secreto entre el ruido de los cubiertos de las otras mesas .

Miré hacia la ventana. Vi mi reflejo en el vidrio oscuro: un hombre serio, con hombros tensos. Medí cuánto darle. Si le daba muy poco, se iría. Si le daba demasiado, saldría corriendo.

Decidí darle la verdad.

—La voz de mi madre —dije suavemente .

Mayra no interrumpió. Solo esperó.

—Murió cuando yo estaba desplegado. No pude volver a tiempo para el funeral. Ella siempre me decía que tenía que ser fuerte, que tenía que ser el hombre de la casa porque mi papá se fue cuando yo era niño. Así que cargo su voz. Cada vez que pienso en renunciar, cada vez que me alejo de algo bueno porque tengo miedo de que no dure… la escucho a ella .

Se me cerró la garganta. Nunca había dicho eso en voz alta. Ni a los terapeutas del ejército, ni a mis amigos de parranda.

La expresión de Mayra cambió. No hubo lástima en sus ojos, gracias a Dios. Odio la lástima. Lo que vi fue algo más cercano al reconocimiento. Como si ella también conociera el peso de los fantasmas.

—Yo también cargo cosas —dijo ella en un susurro .

—¿Qué cosas?

—Arrepentimiento. Vergüenza. Culpa que no debería tener, pero que ahí está. Me culpo por haberme quedado tanto tiempo con gente que me hacía sentir pequeña. Me culpo por no haber sido más valiente antes .

—¿Alguna vez sueltas algo de eso? —pregunté.

Ella sonrió tristemente.

—No hasta hace poco —susurró, y supe, sin que lo dijera, que se refería al momento en que empezó a reconstruir su casa. Y tal vez, al momento en que me dejó entrar .

Nos quedamos en silencio. No de ese silencio incómodo que pide a gritos ser llenado con ruido. Era un silencio compartido, de esos que no necesitan traducción .

Pagamos la cuenta. Salimos a la noche.

El aire afuera estaba fresco y seco, un alivio después del calor de la cocina del restaurante . La ciudad zumbaba a lo lejos, pero nuestra calle estaba en calma. Caminamos lado a lado, sin prisa. Nuestros brazos se rozaban ocasionalmente, y cada toque enviaba una señal de advertencia y bienvenida a mi cerebro .

Llegamos a la esquina donde tendríamos que separarnos. Ella vivía a dos cuadras a la derecha; mi camioneta estaba a una cuadra a la izquierda.

Mayra se detuvo bajo la luz amarillenta de una farola.

—Esta noche fue mejor de lo que esperaba —dijo, mirándome desde abajo .

—Me alegra que vinieras —dije, y lo sentía en cada hueso—. Tenía miedo de que no lo hicieras .

Ella sonrió, traviesa.

—Aunque casi no lo hago.

—Yo no dije eso —me defendí, aunque sabía que ella me había leído la mente.

—No tuviste que decirlo. Estabas mirando la puerta como si esperaras a un pelotón de fusilamiento.

Me reí. Me atrapó.

—Entonces… ¿qué pasa ahora? —pregunté gentilmente. Era la pregunta del millón. ¿Un beso? ¿Un “nos vemos luego”? ¿Un adiós? .

Mayra dudó un segundo. Luego extendió la mano y tocó mi antebrazo. Su tacto fue ligero, pero me ancló al suelo.

—Tú me acompañas a casa —dijo con firmeza—. Eso es lo que pasa ahora .

Y así lo hice.

Cambié el rumbo. Caminé con ella esas dos cuadras restantes. No con mis pasos usuales de soldado que escanea amenazas, sino con una certeza tranquila . Caminé como un hombre que tiene un propósito.

Ninguno de los dos dijo otra palabra. No hacía falta. El sonido de nuestras pisadas en la banqueta era suficiente conversación.

Cuando llegamos a su casa, la luz del porche estaba encendida.

Siempre estaba encendida ahora .

Ese foco amarillo brillaba contra la oscuridad de la fachada, constante, cálido. Era como un faro. Y por primera vez, me permití pensar que tal vez, solo tal vez, esa luz no era solo para espantar ladrones.

Era una invitación silenciosa .

Nos detuvimos en el portón. Ella se giró hacia mí.

—Gracias, Tomás.

—De nada, Mayra.

Se quedó un momento, esperando. Yo me quedé un momento, dudando. Quería besarla. Quería tomar su cara entre mis manos y borrar el resto del mundo. Pero el miedo a romper algo tan frágil me detuvo.

—Buenas noches —dijo ella suavemente.

—Descansa.

Ella caminó hacia su puerta. Yo esperé hasta que entró y escuché el cerrojo. Solo entonces, me di la vuelta y caminé de regreso a mi camioneta, sintiendo que algo fundamental en mi arquitectura interna había cambiado para siempre.

Ya no era solo el reparador de muebles. Ya no era solo el soldado. Era el hombre que caminaba bajo la luz de su porche. Y eso me aterrorizaba más que cualquier guerra.

CAPÍTULO 5: PAN DE ELOTE, NINA SIMONE Y LA VECINA CHISMOSA

Eran poco más de las nueve de la noche cuando me encontré parado, otra vez, frente a la puerta de Mayra . Pero esta vez se sentía diferente.

No traía herramientas. No traía excusas de muebles rotos. Lo que traía en la mano derecha, apretado contra mi costado como si fuera contrabando, era una bolsa de papel estraza con grasa manchando el fondo. Adentro había pan de elote .

Sí, pan de elote.

Yo, Tomás Alvarado, exingeniero militar, hombre de pocas palabras y manos callosas, me había pasado la tarde en mi cocina pequeña batiendo masa, desgranando elotes y vigilando el horno como si estuviera desactivando una bomba. Era un hábito que nadie conocía. Cocinar me calmaba. La precisión de las medidas, la química de los ingredientes, el hecho de que si seguías las instrucciones, el resultado estaba garantizado. La vida real rara vez te da esas garantías.

Me quedé mirando la luz del porche. Ese brillo ámbar, suave y constante, que parecía la única cosa cálida en un mundo que últimamente se sentía demasiado frío .

Levanté la mano para tocar, pero antes de que mis nudillos rozaran la madera, la puerta se abrió .

—¿Siempre eres así de silencioso antes de una visita? —preguntó Mayra .

Me quedé con la mano en el aire, sintiéndome atrapado.

Ella estaba recargada en el marco, descalza. No llevaba ropa “de salir”. Traía una sudadera azul marino enorme, de esas que parecen robadas del clóset de un gigante, que le cubría las manos y apenas dejaba ver el inicio de sus muslos . Se veía pequeña, cómoda y peligrosamente hogareña.

Bajé la mano y esbocé una media sonrisa.

—No estaba seguro si debía tocar —admití .

—Siempre debes tocar, Tomás —dijo ella, con esa voz suave que me erizaba la piel—. Pero no tienes que esperar a que yo conteste para saber que eres bienvenido .

Dio un paso atrás, invitándome a entrar.

—Pásale.

Entré. El aire de la casa me envolvió de inmediato. Ya no olía a mudanza. Olía a vainilla, a madera vieja y a esa esencia particular que era solo suya. Cerró la puerta detrás de mí con un clic suave que sonó definitivo .

La sala estaba transformada. Las luces estaban bajas, creando sombras largas y suaves en las paredes. Una vela parpadeaba en la mesa de centro, luchando contra la corriente del aire acondicionado. En el sofá había una manta doblada y dos tazas de cerámica esperando .

Desde una bocina en la esquina, la voz profunda y dolorosa de Nina Simone llenaba el espacio. “I want a little sugar in my bowl…” .

Me detuve en medio de la sala, sintiéndome demasiado grande, demasiado tosco para un ambiente tan cuidado.

—Estás poniendo ambiente —comenté, señalando la vela y la música .

Ella se rio, caminando hacia el sofá y sentándose con las piernas cruzadas.

—Estoy poniendo una zona de confort, Alvarado. El “ambiente” viene después, si te portas bien .

Me senté en el otro extremo del sofá, manteniendo una distancia respetuosa. No quería invadir. No quería romper nada.

Ella miró la bolsa de papel en mi mano y olfateó el aire exageradamente.

—¿Qué es eso? Huele a gloria .

Le tendí la bolsa.

—Pan de elote. Estaba… experimentando en la cocina.

Ella abrió la bolsa, miró el pan dorado y luego me miró a mí con los ojos muy abiertos.

—¿Tú hiciste esto? .

—Intento cosas. A veces salen bien.

—Me sorprendes —dijo, sacando un pedazo y dándole una mordida pequeña. Cerró los ojos y gimió de gusto. Un sonido que fue directo a mi ingle, aunque traté de ignorarlo—. Dios mío. Esto sabe a la cocina de mi abuela en domingo.

La miré, sintiendo que las orejas se me ponían rojas.

—Dices eso como si fuera algo bueno —dije .

—Lo es —respondió ella, limpiándose una migaja de la comisura de los labios—. La mayoría de los hombres de mi edad no saben ni calentar una tortilla, mucho menos hornear algo que te acaricia el alma .

Solté una carcajada, una de verdad, de esas que retumban en el pecho .

Ella se recargó en el respaldo del sofá, mirándome con una intensidad que me hizo dejar de reír.

—¿Sabes qué me gusta de ti, Tomás? .

Me tensé. Los halagos me ponen nervioso. Siempre siento que vienen con una condición oculta.

—¿Qué? —pregunté, tomando mi taza de té para tener algo que hacer con las manos.

—Que no persigues nada. No buscas halagos, no buscas atención, no tratas de impresionarme con historias falsas. Solo apareces. Y te quedas .

Me quedé callado un momento, procesando sus palabras. Bebí un sorbo de té. Estaba caliente, dulce.

—Haces que sea fácil quedarse, Mayra —dije suavemente .

No nos besamos. El momento no pedía eso. Pedía algo más raro: conexión.

Hablamos durante horas. Le conté sobre mi miedo a los espacios cerrados después de un incidente en el desierto. Ella me contó sobre sus miedos infantiles, sobre cómo siempre sintió que era “demasiado” para la gente. “Demasiado intensa, demasiado ruidosa, demasiado emocional” .

En algún punto, ella se movió. Subió las piernas al sofá y se tapó con la manta, acercándose a mí hasta que sus rodillas tocaron mi muslo. Fue un contacto inocente, pero cargado de intención. Una pregunta silenciosa .

Cerca de la medianoche, las luces de la sala parpadearon brevemente y volvieron a encenderse .

Mayra suspiró, mirando al techo.

—Cables viejos —murmuró—. Esta casa es como yo, Tomás. Un poco desgastada, un poco rota, pero sigue aguantando .

Me giré hacia ella. No podía dejar que pensara eso.

—No —dije, y mi voz salió firme, casi como una orden—. No estás desgastada.

Ella me miró, sorprendida por mi tono.

—Tienes capas —continué, buscando las palabras correctas—. Como esta casa. La pintura puede estar vieja, pero los cimientos son sólidos. Eres… profunda. No rota .

Sus ojos se suavizaron, brillando a la luz de la vela. Se estiró y puso su mano sobre mi pecho, justo encima de mi corazón. Podía sentir mi propio latido golpeando contra su palma .

—Quédate esta noche —susurró .

El aire se salió de la habitación.

—Mayra… —empecé, la advertencia lista en la punta de la lengua.

—No por eso —me interrumpió rápidamente—. No por sexo. No quiero… no quiero estar sola esta noche. Y creo que tú tampoco deberías estarlo .

La miré. Realmente la miré. Vi la vulnerabilidad desnuda en su cara. Y vi mi propio reflejo en sus ojos: un hombre cansado de pelear guerras solo.

—No quiero arruinar esto —dije, con la voz quebrada .

—Entonces no lo hagas. Solo quédate.

Y me quedé.

Nos acomodamos en el sofá. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, yo pasé un brazo alrededor de ella, con cuidado, como si estuviera sosteniendo algo de cristal. Me tapé con la manta. Su respiración se volvió lenta y rítmica contra mi cuello.

Por primera vez en años, cerré los ojos sin miedo a lo que vendría cuando se apagaran las luces .


La mañana llegó demasiado rápido.

La luz del sol se filtraba a través de las cortinas de lino, pintando rayas doradas en el suelo de madera. El único sonido era el zumbido distante de unos aspersores y el crujido suave de la casa despertando con el calor .

Mayra se movió primero. Murmuró algo ininteligible y parpadeó. Su cabeza seguía metida debajo de mi barbilla, su mano descansando sobre mi camisa arrugada .

Yo estaba despierto desde hacía media hora, pero no me había movido ni un milímetro. Estaba disfrutando el peso de ella sobre mí. La calidez. La realidad imposible de estar ahí .

Ella levantó la vista, con los ojos hinchados de sueño y el cabello hecho un desastre hermoso.

—Buenos días —susurró.

—Buenos días.

Me miró, buscando algo en mi cara.

—¿Dormiste?

Exhalé un suspiro largo, que sonó casi como alivio.

—No soñé —dije, y la sorpresa en mi propia voz era real .

—¿Eso es bueno?

—Es un milagro —admití—. La mayoría de las noches es arena, gritos y disparos. Anoche… anoche solo fue música .

Ella sonrió, trazando círculos pequeños en mi pecho con el dedo índice.

—Bueno, tomaré eso como una victoria .

Nos quedamos así un rato más. Sin prisa. Sin necesidad de hablar. Dejando que esa cosa nueva y frágil que estaba creciendo entre nosotros echara raíces en el silencio de la mañana .

Pero el mundo exterior odia la paz.

A las 9:07 a.m., el timbre sonó. Un sonido estridente que rompió la burbuja .

Mayra se sentó de golpe, asustada.

—No estoy esperando a nadie —dijo, frotándose la cara .

Yo me senté también, mis instintos activándose al instante. Ya estaba buscando mis botas con la mirada.

—¿Quieres que vaya yo? —pregunté .

—No —dijo ella, poniéndose de pie y agarrando una bata de seda que estaba en el respaldo de una silla—. Yo voy.

La seguí hasta el pasillo, quedándome un paso atrás, en las sombras.

A través del vidrio esmerilado de la puerta, vi una silueta familiar. Pequeña, encorvada, pero con una postura rígida.

—Mierda —susurró Mayra—. Es la señora Kendall. Doña Cata.

La vecina de dos casas abajo. Ochenta años de edad, viuda, y con una lengua que podía cortar concreto. La guardiana moral autoproclamada de la cuadra .

Mayra abrió la puerta, pero solo a la mitad, bloqueando la entrada con su cuerpo.

—Buenos días, Doña Cata —dijo, intentando sonar amable .

La anciana no sonrió. Tenía ojos de halcón. Miró a Mayra, notó la bata, el cabello despeinado. Luego, se asomó descaradamente hacia el interior de la casa, por encima del hombro de Mayra.

Sus ojos se clavaron en la sala: la manta revuelta en el sofá, las dos tazas de café en la mesa y, lo peor de todo, mis botas de trabajo, que se habían quedado junto a la entrada .

—Vi a un hombre salir de aquí tarde la semana pasada —dijo Doña Cata, con voz plana y acusatoria—. Y ahora veo esto. Se está volviendo un patrón, ¿no crees, querida? .

Sentí cómo se me tensaban los hombros. Di un paso adelante, saliendo de la sombra. Quería que me viera. Quería que supiera que Mayra no estaba sola.

Mayra mantuvo la cara calmada, neutral, pero vi cómo se le tensaban los nudillos en la puerta.

—¿Necesitaba algo, Doña Cata? —preguntó fríamente .

—Solo estoy cuidando el vecindario —dijo la vieja, con ese tono venenoso de “no juzgo, pero juzgo”—. No queremos… cierto tipo de problemas por aquí .

Me vio entonces. Yo estaba parado en el pasillo, con los brazos cruzados, mi camisa arrugada y mi cara de pocos amigos. Ella apretó los labios en una línea fina .

Mayra se enderezó. Pareció crecer cinco centímetros.

—Aprecio su preocupación —dijo Mayra, y su voz fue hielo puro—. Pero creo que soy lo suficientemente adulta para manejar mi propia vida y decidir quién entra en mi casa .

La anciana resopló.

—Bueno, espero que sepas lo que estás haciendo —lanzó como última advertencia .

Mayra no respondió. Simplemente cerró la puerta. Lento. Deliberado. Dejando a la vieja hablando sola.

Se quedó recargada contra la puerta cerrada un segundo, respirando hondo. Cuando se giró, yo ya estaba recogiendo mi chamarra.

El momento mágico se había roto. La realidad había entrado a patadas.

—No tienes que irte —dijo ella, viéndome agarrar mis cosas .

—Lo sé —dije, sintiendo el peso de la vergüenza ajena—. Pero no quiero causarte problemas. Tal vez hoy necesitas silencio. Necesitas que las lenguas dejen de moverse .

Mayra caminó hacia mí y me puso una mano en el brazo, deteniéndome.

—Ella no habla por mí, Tomás —dijo con firmeza .

La miré.

—Lo sé. Pero… ¿te molesta? —pregunté, dejando salir mi inseguridad—. ¿Las miradas? ¿Que la gente hable? No soy exactamente el tipo de yerno que las vecinas quieren ver .

Ella negó con la cabeza.

—Solo me molesta cuando siento que te estoy haciendo la vida más difícil a ti. Cuando siento que te estoy exponiendo.

—No lo haces —dije—. Me estás dando paz.

—Y tú estás haciendo mi vida real —respondió ella—. No me importa lo que diga Doña Cata. Me importa lo que pasa aquí adentro .

Bajé la mirada a su mano en mi brazo. Luego la miré a los ojos.

—Me voy a ir ahora, para que descanses —dije—. Pero vendré mañana. Si la luz del porche está prendida .

Mayra sonrió, una sonrisa pequeña y triste.

—Estará prendida —susurró .

Salí de la casa. Sentí la mirada de la vecina en mi espalda mientras caminaba hacia mi camioneta, pero no me importó. Mantuve la cabeza alta. Caminé con la certeza de un hombre que sabe a dónde pertenece .

Mayra se quedó viendo a través del vidrio hasta que doblé la esquina .

Y esa noche, antes de que cayera el sol, ella salió al porche. Se subió a una silla, desenroscó el foco viejo que parpadeaba y lo cambió por uno nuevo.

Uno más brillante. Uno que gritaba: “Aquí estoy. Y no me voy a esconder” .

CAPÍTULO 7: EL ECO DE UN ADIÓS SIN PALABRAS

La mañana siguiente al beso amaneció con un cielo azul insultante, de esos que prometen que todo va a salir bien. Yo me desperté antes de que sonara la alarma. Me sentía ligera, como si la gravedad hubiera decidido darme el día libre.

Hice café. Puse dos tazas. Compré ingredientes para el postre que le había prometido, ese famoso pay de limón que mi mamá me enseñó a hacer y que supuestamente “cura cualquier mal”. Me senté en el porche a las 8:30 a.m., con el cabello peinado y una sonrisa estúpida que no podía borrarme de la cara.

Esperé.

A las 9:00, pensé: “Se le hizo tarde. El tráfico en el centro es un asco”. A las 9:30, pensé: “Seguro le salió una entrega de emergencia”. A las 10:00, el café en su taza ya estaba frío. A las 11:00, la sonrisa se me había borrado.

Tomás no llegó .

No mandó mensaje. No llamó. Y yo, por orgullo o por miedo a parecer desesperada, tampoco lo hice. Me dije que él tenía mi número. Me dije que si quería estar ahí, estaría ahí.

El día pasó arrastrándose. Cada vez que escuchaba el motor de una camioneta en la calle, mi corazón daba un salto, mis hombros se tensaban esperando ver su Ford vieja dar la vuelta en la esquina… solo para caer de nuevo en una decepción silenciosa cuando veía pasar al camión de la basura o al repartidor de paquetería .

La noche cayó. Encendí la luz del porche. Me senté ahí hasta que los mosquitos me comieron viva. Nada.

El segundo día fue peor. El silencio ya no se sentía como un retraso; se sentía como un mensaje. “Fuiste una tonta, Mayra. Te dejaste llevar. Un beso no es un contrato”.

Para el tercer día, el viernes por la tarde, la angustia se había convertido en un hueco frío en el estómago. La luz del porche seguía encendida, leal y terca, pero el sol había salido y se había puesto sin dejar rastro de él .

No podía seguir así. No soy de las que se quedan sentadas viendo el teléfono.

Ese viernes por la tarde, me tragué mi orgullo y caminé hacia el centro. Fui a la pequeña ferretería cerca de la calle principal, un lugar lleno de polvo y herramientas oxidadas donde él me había comentado una vez, de pasada, que trabajaba los fines de semana haciendo inventario o reparaciones .

Entré. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, oliendo a metal y aceite.

Me acerqué al mostrador. Había un hombre mayor, con lentes bifocales colgando de una cadena, revisando una lista con un lápiz detrás de la oreja.

—Buenas tardes —dije. Mi voz sonó pequeña entre los estantes de madera—. Busco a Tomás. Tomás Alvarado.

El hombre levantó la vista, ajustándose los lentes. Me miró con curiosidad, tal vez notando la tensión en mis hombros.

—¿Tomás? —repitió, frunciendo el ceño—. Tomás no está.

—¿Sabe a qué hora llega? —pregunté, aferrándome a la esperanza.

El hombre negó con la cabeza, cerrando su carpeta con un golpe seco.

—No va a llegar, señorita. Tomás pidió un tiempo personal. Dejó las llaves el miércoles en la mañana. Dijo que se iba de la ciudad.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Se fue? —repetí, como si la palabra estuviera en otro idioma—. ¿Por cuánto tiempo?

El hombre se encogió de hombros, volviendo a sus papeles.

—Dijo que estaría fuera “un rato”. No dio fecha. Agarró su pago y se fue .

“Fuera un rato”. Esa frase rebotó en mi cabeza como una moneda en una lata vacía .

Asentí, porque no confiaba en mi voz para decir nada más. Me di la media vuelta y salí de la tienda. El calor de la calle me golpeó, pero yo sentía un frío glacial por dentro. Caminé de regreso a casa en automático, con el pecho hueco, como si alguien me hubiera arrancado algo vital sin usar anestesia .

Se fue. Sin explicación. Sin despedida. Simplemente… desapareció.

Esa noche, el viernes se sentía más solitario que nunca. Me senté en el columpio del porche, con una manta sobre las rodillas aunque no hacía frío. A mi lado, en la mesita, estaba el plato con el pay de limón que había hecho. Intacto. El “postre” que él había prometido venir a ayudarme a terminar .

Nadie lo probó. El azúcar se estaba derritiendo lentamente.

Las luces navideñas que había colgado parpadeaban suavemente. A lo lejos, el carillón de viento sonaba con la brisa, ting-ting-ting, como recuerdos que se niegan a quedarse callados .

Estaba a punto de entrar y apagar todo, de rendirme, cuando mi teléfono vibró en mi regazo.

No me moví al principio. Pensé que sería una notificación de correo o algún spam. Pero vibró otra vez.

Lo levanté. La pantalla iluminó mi cara en la oscuridad.

El nombre en la pantalla me detuvo el corazón: Tomás Alvarado .

No era una llamada. No era un texto. Era una nota de voz.

Mi dedo se quedó flotando sobre el botón de reproducción. Tenía miedo. Miedo de escuchar una excusa barata. Miedo de escuchar que todo había sido un error. Miedo de escuchar que volvía con su ex, o que simplemente yo no era suficiente.

Temblando, le di play.

El silencio del audio duró dos segundos, solo se escuchaba respiración y estática de fondo. Luego, su voz. Grave, cansada, dolorosamente familiar.

“No me fui por ti, Mayra” —empezó. Su voz se quebró un poco—. “Me fui por mí” .

Cerré los ojos, recargando la cabeza en el respaldo del columpio.

“Me dije a mí mismo que no iba a arruinar esto” —continuó el audio—. “Pero podía sentir que empezaba a hacerlo. Podía sentir el pánico” .

Hubo una pausa larga en la grabación. Escuché el sonido de un motor a lo lejos en su lado de la línea.

“Me hiciste sentir que podía ser más de lo que siempre he sido. Me hiciste sentir que podía ser visto sin la armadura, sin el uniforme, sin el escudo” —dijo, y podía escuchar la honestidad brutal en cada sílaba—. “Y eso me dio un miedo del infierno. Me aterrorizó” .

Una lágrima se escapó de mi ojo, rodando caliente por mi mejilla.

“Necesitaba alejarme para no romperte. Para asegurarme de que, si vuelvo, pueda ofrecerte algo entero, no pedazos” —su voz bajó, volviéndose un susurro íntimo—. “Volveré, Mayra. Si todavía me quieres recibir. Si todavía hay espacio para mí”.

Otra pausa.

“Si la luz sigue prendida” .

El mensaje terminó. La pantalla se fue a negro.

Me quedé sentada en la oscuridad, escuchando el zumbido de las cigarras y procesando lo que acababa de escuchar. Un hombre que huye no porque no le importas, sino porque le importas demasiado y no sabe qué hacer con eso. Un hombre que reconoce sus propios demonios y se va a pelear con ellos al desierto para no salpicarte de sangre.

Podría haberme enojado. Podría haberlo bloqueado. Podría haber dicho: “Al diablo con tus traumas, yo también tengo los míos y aquí estoy”.

Pero no lo hice. Porque entendía el miedo. Entendía la necesidad de huir cuando la felicidad se siente como una trampa que te van a quitar en cualquier momento.

Me levanté despacio. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.

Caminé hacia la puerta principal. Miré la luz del porche. Era un foco viejo, de esos amarillentos que a veces parpadeaban cuando había viento.

Fui al cuarto de herramientas. Saqué una caja nueva.

Regresé al porche, me subí a la silla y, con cuidado, desenrosqué el foco viejo. Estaba caliente, me quemó un poco las yemas de los dedos, pero no me importó. Lo quité.

Puse el nuevo. Un foco LED, potente, brillante, limpio .

Lo encendí. La luz inundó el porche, borrando las sombras, iluminando el plato de pay intacto y el columpio vacío.

No sabía cuándo iba a volver. No sabía si tardaría una semana o un mes . Pero sabía una cosa: algunas historias no terminan con un adiós. Algunas historias simplemente hacen una pausa para tomar aire. Algunas historias esperan pacientemente, justo en el borde del perdón .

—Aquí va a estar, Tomás —susurré a la noche vacía.

Entré a la casa y dejé la luz encendida. No parpadeaba. No dudaba. Brillaba.

CAPÍTULO 8: LA LUZ QUE NUNCA SE APAGÓ

El tiempo tiene una forma curiosa de moverse cuando estás esperando algo que tal vez nunca llegue. A veces corre, a veces se arrastra, y a veces simplemente se detiene para burlarse de ti.

Pasaron dos semanas .

Catorce días. Trescientos treinta y seis horas.

Era un martes por la mañana. El aire había cambiado; ya no era ese calor sofocante y húmedo de julio. Había una frescura nueva, crujiente, el primer suspiro del otoño colándose por debajo de las puertas . Era el tipo de mañana que hace que el café sepa más fuerte y que el silencio dentro de una casa grande se sienta más pesado .

Yo estaba parada en mi cocina, descalza, con una taza de té humeante en las manos. No estaba haciendo nada, realmente. Solo estaba ahí, mirando mi propio reflejo distorsionado en la puerta del microondas, contando los segundos .

Uno, dos, tres…

No los contaba para medir el tiempo, sino para anclarme. Para no gritar.

No había sabido nada de él desde esa nota de voz. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni un golpe en la puerta. El silencio de Tomás era absoluto, como si la tierra se lo hubiera tragado.

Pero yo soy terca. Mi madre siempre dijo que mi defecto más grande era no saber cuándo rendirme.

Cada noche, sin falta, había encendido la luz del porche . Esa luz LED nueva y brillante que había instalado desafiando a mi propia dignidad. Se había convertido en un ritual sagrado. El sol bajaba, yo encendía el interruptor. Doña Cata, la vecina, seguramente pensaba que estaba loca o que estaba gastando electricidad a lo tonto.

Pero esa luz era mi respuesta a su nota de voz. Él dijo: “Si la luz sigue prendida”. Bueno, pues ahí estaba. Brillando como un faro en medio de la tormenta emocional en la que él me había dejado .

Veinte, veintiuno, veintidós…

Me acerqué a la ventana de la cocina y descorrí la cortina de lino un centímetro. Era un hábito nervioso que había desarrollado. Mirar hacia afuera. Escanear la calle. Decepcionarme.

Pero esta vez, mi respiración se detuvo. Se atoró en mi garganta con un sonido seco.

Algo interrumpió el ritmo habitual de la calle vacía .

Había una sombra en el portón. Una sombra que no era imaginada, que no era producto de mi desesperación. Era real .

Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de la cortina, arrugándola .

Era él.

Estaba parado ahí, al otro lado de la reja baja de madera. Llevaba la misma ropa de siempre, como si fuera un uniforme para protegerse del mundo: esas botas de trabajo gastadas por el uso, los jeans que conocían la forma de sus piernas de memoria, y esa chaqueta de mezclilla vieja que se ponía cuando no sabía si hacía frío o calor .

Se veía… sólido. Y al mismo tiempo, parecía que una ráfaga de viento fuerte podría derribarlo.

Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas, un tambor frenético. Bum, bum, bum.

Solté la cortina. Cayó en su lugar, ocultándome de nuevo.

El pánico me invadió. ¿Qué hacía? ¿Salía corriendo? ¿Me hacía la difícil? ¿Le gritaba por haberse ido dos semanas sin decir nada?

No.

Respiré hondo. Me alisé la bata. No iba a correr. Iba a caminar.

Caminé por el pasillo. Cada paso resonaba en la madera, marcando el peso de esas dos semanas de ausencia . Sentía que caminaba hacia un precipicio o hacia la salvación, sin saber cuál de los dos me esperaba al abrir esa puerta.

Llegué a la entrada. Mi mano tembló un poco al tocar el pomo frío de metal. Giré. Abrí.

La luz de la mañana inundó el recibidor. Y ahí estaba él, a solo unos metros de distancia, subiendo el último escalón del porche.

Tomás Alvarado. El hombre que reparaba todo menos a sí mismo.

Se detuvo cuando me vio. No habló. No dijo “hola”. No dijo “perdón”. Simplemente me miró. Me miró con una intensidad que me quemó la piel, como alguien que ha memorizado cada centímetro de un lugar y todavía no puede creer que siga ahí, que no haya cambiado en su ausencia .

Sus ojos estaban cansados. Había sombras nuevas bajo ellos. Pero había algo más… una claridad que no estaba antes.

—No quería tocar el timbre —dijo. Su voz era baja, grave, raspando el aire entre nosotros .

Me recargué con el hombro en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho. No como barrera, sino para sostenerme a mí misma .

—Te fuiste —dije. No fue una acusación. Fue un hecho.

Él asintió, apretando la mandíbula.

—Me fui.

—Dos semanas, Tomás.

Él bajó la mirada un segundo, hacia sus botas, y luego la volvió a subir, clavándola en la mía.

—Necesitaba quitarme de mi propio camino —dijo. Las palabras salieron con esfuerzo, como si le doliera físicamente admitirlo—. Necesitaba irme para entender que no podía seguir huyendo .

Dio un paso hacia adelante. Solo uno.

—Tenía miedo —continuó—. Tenía miedo de dejarte ver demasiado. De que vieras todo el desastre que traigo adentro y decidieras que no valía la pena el esfuerzo .

Sentí que se me ablandaba el pecho. La rabia que pensé que sentiría se disolvió, dejando solo una tristeza dulce.

—Ya lo habías hecho, tonto —le dije suavemente—. Ya habías dejado que viera todo eso. Por eso te extrañé. No a pesar de eso. Por eso .

La cara de Tomás cambió. Hubo un flash de dolor, o tal vez de alivio, en sus facciones. Su mandíbula se tensó. Por un segundo, tuve el terror de que se diera la vuelta. De que fuera demasiado para él.

Pero no lo hizo.

Dio otro paso. Ya estaba en el porche, cerca de mí. No había bravuconería en su postura. No había esa actitud de “macho alfa” que usan tantos hombres para tapar sus inseguridades. Solo había verdad.

—No soy perfecto, Mayra —dijo, y su voz tembló ligeramente—. Puede que nunca deje de tener ese instinto de alejarme cuando las cosas se ponen demasiado cerca. Puede que tenga días malos donde no pueda hablar. Puede que siga cargando fantasmas .

Lo estudié. Vi las cicatrices, las visibles y las invisibles.

—Yo no necesito que seas perfecto —le dije, mirándolo directo al alma—. Necesito que estés presente. Eso es todo. No quiero un héroe de película. Quiero al hombre que se sienta en mi porche y toma café sin azúcar .

Él tragó saliva, su nuez de Adán moviéndose con dificultad.

—Quiero estarlo —susurró—. Quiero estar presente.

El mundo pareció detenerse. Los pájaros dejaron de cantar. El tráfico a lo lejos se silenció. Solo éramos él y yo, y la luz del porche encendida inútilmente a plena luz del día sobre nuestras cabezas.

Me hice a un lado, abriendo la puerta completamente.

—Entonces entra —dije suavemente—. Entra antes de que se funda el foco .

Tomás soltó el aire que había estado conteniendo. Cruzó el umbral.

El calor de la casa lo envolvió. El olor a canela, a madera, a mí .

Al entrar, sus ojos se fueron directo a la barra de la cocina. Se detuvo.

Ahí, en el centro de la encimera, había un frasco. Un frasco de mermelada de fresa, nuevo, con el sello intacto. Lo había comprado hacía tres días, dejándolo ahí como un amuleto, como una promesa silenciosa de que él volvería a abrirlo .

Él miró el frasco. Luego me miró a mí. Una sonrisa pequeña, rota pero genuina, apareció en sus labios.

Cerré la puerta detrás de él. No la azoté. La cerré con un clic suave, pero firme. Con una certeza absoluta.

No nos besamos de inmediato. No corrimos a la cama como en las películas.

Nos quedamos parados en el recibidor, a medio metro de distancia, respirando el mismo aire. Él extendió la mano y yo la tomé. Su palma estaba áspera, caliente. Mi mano encajaba en la suya como si hubieran sido hechas con el mismo molde.

—Gracias —dijo él.

—Cállate y abre la mermelada —bromeé, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.

Esa tarde, no hicimos gran cosa.

Salimos al porche trasero. Nos sentamos en el columpio, tal como lo habíamos hecho esa primera noche real. Yo traje dos tazas de café. Saqué una manta, porque aunque era temprano, me gustaba la excusa para estar cerca .

Me senté a su lado. Recargué mi cabeza en su hombro. Él pasó su brazo alrededor de mí, atrayéndome hacia su cuerpo sólido y estable.

La calle estaba tranquila. El sol empezaba su descenso lento, pintando el cielo de colores que no sabría nombrar.

Arriba de nosotros, en el techo del porche delantero, la luz seguía encendida .

Podría haberla apagado. Ya era de día. Ya estaba él aquí. Ya no necesitaba ser un faro.

Pero la dejé.

La dejé porque me recordaba algo importante. Me recordaba que el amor no es solo la chispa inicial, ni el beso bajo la lluvia. El amor es la terquedad de mantener la luz encendida cuando todo está oscuro. Es la decisión de esperar, de perdonar el miedo, y de abrir la puerta una y otra vez.

Tomás me dio un beso en la frente, un beso que prometía más que palabras.

—Ya estoy aquí —susurró contra mi pelo.

Cerré los ojos, escuchando su corazón latir contra mi oreja. Un ritmo constante. Un ritmo que ya no sonaba a huida, sino a llegada.

La luz del porche brillaba, estable, sin parpadear .

Y supe, con esa certeza que te da el alma, que algunas cosas, una vez que se encienden de verdad… nunca están destinadas a apagarse.

FIN

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