FUI A ARREGLAR LA LUZ DE SU MANSIÓN EN LAS LOMAS Y ELLA ME DIJO: “ERES GUAPO”. LO QUE PASÓ DESPUÉS DESTRUYÓ MI VIDA Y LUEGO LA SALVÓ

CAPÍTULO 1: El Ruido del Silencio

El calor de las dos de la tarde en la Ciudad de México no perdona. Es ese tipo de calor seco, mezclado con el esmog, que se te pega en la nuca y hace que la camisa se sienta como una segunda piel de lija. Mi camioneta, una Ford noventa y tantos que ha visto mejores décadas, tosía y vibraba mientras subía por Paseo de la Reforma, dejando atrás el caos del centro para adentrarse en el silencio sepulcral de Las Lomas de Chapultepec.

Aquí, el aire cambia. Dejas de oler a tacos de canasta y escape de microbús, y empiezas a oler a jardines recién regados y a seguridad privada. Los muros suben, las banquetas se vacían de gente y se llenan de cámaras. Yo, Mateo, un tipo de Iztapalapa que aprendió a pelar cables antes de aprender a dividir, siempre sentía lo mismo al cruzar esa frontera invisible: me volvía más pequeño. Me volvía invisible.

Mi jefa, que en paz descanse, siempre me decía: “Mijo, cuando entres a esas casas, tú eres ciego, sordo y mudo. Haces tu chamba, cobras y te vas. No mires lo que tienen, no escuches lo que dicen y, por lo que más quieras, no te creas parte de su mundo”.

Ese mantra resonaba en mi cabeza mientras estacionaba la camioneta frente a la residencia número 402 de la calle Monte Líbano. Una fortaleza blanca, moderna, minimalista, con una puerta de madera cumarú que costaba más que todo lo que yo tenía en el banco.

Me sequé el sudor de la frente con el antebrazo, agarré mi caja de herramientas —pesada, metálica, mi ancla a la realidad— y toqué el timbre.

La puerta se abrió con un zumbido eléctrico. No salió nadie a recibirme al principio. Solo una voz por el interfón que dijo “Pase, está abierto”. Al entrar, el golpe de aire acondicionado fue tan brusco que sentí que entraba a un refrigerador. El silencio adentro era absoluto. En mi barrio, el silencio no existe; siempre hay un perro ladrando, una cumbia sonando a lo lejos o el grito del del gas. Aquí, el silencio pesaba. Era el sonido del dinero.

Caminé hacia el garaje, siguiendo las instrucciones que me habían mandado por WhatsApp. El problema era simple: una lámpara de diseño italiano que parpadeaba. “Un falso contacto”, pensé. Rutina. Dinero fácil para pagar la renta del local.

Me subí a la escalera de aluminio, con el desarmador plano en la mano, y empecé a trabajar. Mis manos se movían solas. Quitar tornillos, verificar voltaje, pelar el cable sulfatado. Me perdí en el trabajo, en la seguridad de saber exactamente cómo funciona la electricidad. Los cables no juzgan. La corriente no discrimina. Si conectas mal, te da toques, seas rico o pobre.

La luz parpadeó una última vez y luego se estabilizó. Un brillo ámbar, cálido y perfecto, iluminó el garaje que, honestamente, estaba más limpio que mi cocina.

—Listo —murmuré para mí mismo.

Me estaba girando sobre la escalera, listo para bajar, cuando una voz rompió ese silencio perfecto.

—Eres guapo, ¿lo sabías?

Las palabras no sonaron como un coqueteo barato. Sonaron como un hecho. Como si alguien dijera “está lloviendo” o “son las tres”.

El impacto fue físico. Se me resbaló el desarmador de los dedos. El sonido del metal golpeando el piso de concreto pulido resonó como un disparo en una iglesia: CLANG-clack-clack. El eco tardó una eternidad en morir.

Me quedé congelado a la mitad del giro, con el corazón saltándome en la garganta. No por emoción, sino por pánico. En mi línea de trabajo, que la señora de la casa te diga algo así suele ser el preludio de un problema. O se están burlando de ti, o te están poniendo una trampa, o simplemente están aburridas y tú eres el juguete del día.

Bajé la vista lentamente, parpadeando para ajustar mis ojos a la penumbra fuera del halo de luz que acababa de arreglar.

Ahí estaba ella.

Apoyada en el marco de la puerta que conectaba con la cocina. Maya. Tenía unos 32 años, más o menos mi edad, pero su piel contaba una historia diferente a la mía. Mi piel tiene las marcas del sol de las obras y cicatrices de alambre; la suya parecía no haber conocido nunca el estrés. Estaba descalza. Eso fue lo primero que noté. Sus pies desnudos sobre el piso frío. Llevaba un vestido azul vaporoso, de esos que parecen sencillos pero que sabes que son de seda importada.

Tenía los brazos cruzados, pero no a la defensiva. Estaba relajada. Su cabello caía sobre sus hombros con esa imperfección estudiada que solo se consigue en salones de belleza de Polanco. Pero sus ojos… sus ojos no tenían el brillo arrogante que yo esperaba. Eran oscuros, profundos y estaban clavados en mí con una intensidad que me hizo querer revisar si tenía la bragueta abierta o una mancha de grasa en la cara.

Me bajé de la escalera, sintiendo mis botas de trabajo demasiado grandes, demasiado toscas para ese lugar. Me agaché para recoger el desarmador, ganando tiempo, tratando de calibrar mi voz para que saliera firme y no temblorosa.

Me enderecé y la miré. —Eh… gracias, señorita —dije. Mi voz salió rasposa. Carraspeé—. Digo, gracias.

La miré buscando la burla en su cara. Buscando esa sonrisita que dice “mira cómo se pone nervioso el chalán”. Pero no estaba. Su rostro era ilegible.

—No me digas señorita —dijo ella, descruzando los brazos y dando un paso hacia adelante. No caminaba, flotaba—. Me llamo Maya. Y no fue un cumplido por amabilidad. Fue una observación. Tienes una estructura ósea interesante.

¿Estructura ósea? ¿Quién habla así? Me limpié las manos sudorosas en el trapo que colgaba de mi cinturón, dejando una mancha gris en la tela sucia. Di un paso atrás, instintivamente poniendo la escalera entre ella y yo. Una barrera física.

—El… el problema era una conexión a tierra suelta —solté de golpe, refugiándome en lo técnico. Necesitaba hablar de cables, de cosas que pudiera controlar—. La casa es vieja, aunque la hayan remodelado, el cableado interno tiene sus mañas. Reemplacé la terminal y puse un estabilizador de voltaje. Ya no debería parpadear, ni siquiera cuando llueva.

Hablé rápido, atropellando las palabras. Quería que entendiera que yo era un profesional. Que no estaba ahí para ser “guapo”. Estaba ahí porque soy el mejor maldito eléctrico de la zona centro.

Maya asintió lentamente, pero no miró la lámpara. Me seguía mirando a mí. —Eso es bueno —dijo, arrastrando las vocales—. Sabes… siempre explicas las cosas así. Tranquilo. Profesional. Sin usar palabras rimbombantes para cobrarme más. Como si llevaras toda la vida haciéndolo.

—Supongo —respondí, agachándome para empezar a guardar mis herramientas. Mis manos temblaban ligeramente y odié eso. Odié que ella tuviera ese efecto en mí—. La claridad importa, señor… Maya. Especialmente cuando estás en la casa de alguien más. Uno tiene que generar confianza.

Ella sonrió entonces. No fue una sonrisa de comercial de dentista, de esas falsas que te dan las señoras cuando te ofrecen un vaso de agua del grifo mientras ellas toman Evian. Fue una sonrisa pequeña, casi triste, que le llegó a los ojos.

—Claridad —repitió ella, como si saboreara la palabra—. Hace mucho que nadie es claro conmigo en esta casa.

El silencio volvió a caer sobre nosotros. Pero esta vez no era el silencio del dinero. Era un silencio denso, cargado, eléctrico. Podía escuchar el zumbido del refrigerador en la cocina y mi propia respiración. Ella estaba parada a dos metros de mí, pero la distancia social entre nosotros era de kilómetros. Ella era Las Lomas. Yo era el metro Pantitlán a las 7 de la mañana.

Terminé de cerrar mi caja de herramientas. El sonido de los broches metálicos cerrándose rompió el hechizo momentáneamente. —Ya quedó listo. Le dejo la nota de remisión en la mesa de la entrada, o se la mando por WhatsApp a su asistente, como prefiera.

Hice ademán de caminar hacia la salida, rodeándola con cuidado para no rozar ni por error la tela de su vestido. Mi mente ya estaba en la salida, en subirme a mi camioneta, prender el radio con una salsa a todo volumen y olvidar esta conversación tan rara.

Pero entonces, ella habló de nuevo. —¿Tienes tiempo para comer?

Me detuve en seco. Mis botas rechinaron en el piso. Giré la cabeza lentamente, seguro de que había escuchado mal. —¿Perdón? —Comer —repitió ella, con una naturalidad pasmosa—. ¿Almorzar? ¿Lunch? Como le digas. Hay un lugar a dos cuadras de aquí, bajando por Palmas. Hacen unas tortas de pavo ahumado increíbles. Y tienen unos tacos de rib-eye que dicen que son los mejores. Yo invito.

Me quedé mirándola, parpadeando como un idiota. ¿Yo? ¿Comer con ella? Mi cerebro hizo un cortocircuito. Imaginé la escena: Ella, con su vestido de seda y su piel perfecta, sentada en una mesa. Y yo, con mis botas llenas de yeso, mis jeans deslavados con una mancha de aceite en el muslo, y mis manos que, por más que las lavara, siempre tenían ese tinte grisáceo del grafito y el metal.

—Señora… Maya —empecé, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Aprecio la oferta, de verdad. Pero no creo que sea buena idea.

—¿Por qué? —preguntó. No había reto en su voz, solo curiosidad genuina. —Porque… —Busqué una excusa. Cualquier cosa—. Porque tengo otra chamba en una hora. Unos fusibles en la colonia Del Valle. Ya voy tarde.

Era una mentira a medias. Mi siguiente trabajo no era hasta las cinco, y no era urgente. Pero mi necesidad de salir de ahí sí lo era. Todo mi instinto de supervivencia, heredado de generaciones de gente que ha servido a los ricos pero nunca se ha sentado a su mesa, me gritaba: ¡CORRE!.

—Nunca cruces límites personales con los clientes —la voz de mi madre resonó en mi cabeza—. Nunca borres las líneas. Si te invitan un refresco, te lo tomas en el patio. Si te invitan a comer, dices que ya comiste.

Maya ladeó la cabeza. Sus ojos recorrieron mi postura rígida, mis puños cerrados, mi incomodidad palpable. Y en lugar de ofenderse, pareció entenderlo. —Entiendo —dijo suavemente. Hubo un deje de decepción en su voz que me golpeó el pecho—. Eres un hombre ocupado.

—Sí —dije, sintiéndome un cobarde—. El trabajo no espera.

Ella extendió la mano para despedirse. Eso me sorprendió de nuevo. La gente de aquí no suele darle la mano al eléctrico, a menos que sea para ponerle dinero en la palma y que se vaya rápido. Dudé un segundo, me limpié la mano en el pantalón otra vez y se la estreché.

Su palma estaba cálida. Su agarre fue firme, sorprendentemente fuerte. No era la mano de muñeca de porcelana que imaginaba. Había fuerza ahí. Y por un segundo, solo un segundo, sentí una corriente que no tenía nada que ver con los 110 voltios que manejo a diario. Fue una conexión humana. Ella me sostuvo la mirada mientras nuestras manos estaban unidas. —Gracias por el arreglo, Mateo. Y gracias por no tratarme como si fuera de cristal.

Solté su mano, tal vez demasiado rápido. —Es mi trabajo. Con permiso.

Salí del garaje casi corriendo. Atravesé el patio delantero, esquivando las macetas perfectas, y salí a la calle. El sol de la tarde me golpeó de lleno, y por primera vez, agradecí el calor. Agradecí el ruido de un camión de basura que pasaba a lo lejos. Agradecí la realidad.

Me subí a mi camioneta. El asiento de vinil estaba hirviendo y me quemó las piernas a través de los jeans, pero no me importó. Arranqué el motor, que tosió y soltó una nube de humo negro —mi propia señal de humo para marcar territorio— y me alejé de la mansión.

Mientras conducía por Palmas, bajando hacia el Periférico para volver a mi mundo, no pude evitar mirar por el retrovisor. La casa blanca se hacía pequeña a la distancia. “¿Qué te pasa, Mateo?”, me dije en voz alta, golpeando el volante. “Es una clienta. Una niña rica aburrida. Seguro se peleó con el novio o con el papá y quería sentirse rebelde invitando al obrero a comer. No caigas en eso. Tú tienes metas. Tú tienes que juntar para tu propio taller”.

Pero el nombre “Maya” resonaba en mi cabeza como una canción pegajosa.

Llegué a mi siguiente destino, una vecindad en la Doctores donde tenía que recablear un cuarto. El contraste fue brutal. De las Lomas a la Doctores en treinta minutos. De mármol a cemento agrietado. De olor a lavanda a olor a garnacha frita. Me sentía más cómodo aquí. Aquí la gente me saludaba: “¿Qué pasó, mi Mateo? ¿Cómo va la vida?”. Aquí yo era alguien. Allá arriba, yo era una curiosidad.

Saqué mi celular para cerrar la orden de trabajo de la casa de Las Lomas en la aplicación. Y ahí estaba. Una notificación de WhatsApp. Un número que no tenía guardado, pero que reconocí de inmediato porque era el que aparecía en la orden de servicio.

El mensaje decía: “Soy Maya. La de la luz. Por si cambias de opinión sobre la torta. O sobre los tacos. Prometo no hablar de finanzas ni de clima”.

Me quedé mirando la pantalla iluminada en la penumbra de mi camioneta. Mi pulgar flotó sobre el teclado. No contesté. No soy un hombre de fantasías. Soy Mateo Carter. Crecí viendo a mi jefa partirse el lomo en dos trabajos para que yo pudiera ir a la escuela técnica. Creo en la realidad. Creo en lo tangible. Creo en lo que puedo arreglar con mis manos.

Bloqueé el teléfono y lo aventé al asiento del copiloto. —A trabajar, Mateo —me ordené.

Pero esa noche, acostado en mi pequeño departamento arriba de una barbería, con el ruido de la ciudad de fondo y las luces de neón entrando por la ventana, no podía dejar de pensar en sus ojos. En cómo me miró. No como a un técnico, sino como a un hombre. Y su voz seguía repitiendo esas cinco palabras que, sin saberlo, estaban a punto de desmantelar mi vida entera: “Eres guapo, ¿lo sabías?”.

CAPÍTULO 2: Tacos, Verdades y una Invitación Inesperada

La pantalla del celular se apagó, devolviéndome a la oscuridad de la cabina de mi camioneta, pero las letras del mensaje de Maya seguían grabadas en mis retinas como si hubiera mirado directo al sol durante un eclipse.

“Soy Maya. La de la luz. Por si cambias de opinión…”

Guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón, empujándolo al fondo como si fuera un objeto radiactivo. No podía permitirme pensar en eso ahora. No aquí. No en la colonia Doctores, donde si te distraes dos segundos te bajan los espejos, la llanta de refacción o la cartera.

Mi siguiente chamba era en una vecindad vieja sobre la calle Dr. Vértiz. Un edificio color ocre descarapelado que había sobrevivido al terremoto del 85 y al del 2017 de puro milagro. La clienta, Doña Lucha, una señora de setenta años que vendía tamales en la esquina, me recibió con esa calidez que solo tiene la gente que no tiene nada que perder.

—Pásale, mijo, pásale —me dijo, abriendo la reja de metal oxidado—. Es el contacto de la cocina, cada que conecto la licuadora para la salsa verde, me da toques el refrigerador. Ya me tiene con el Jesús en la boca.

Entré. El contraste con la mansión de Las Lomas fue tan violento que me mareó. Aquí no había mármol, había linóleo gastado. No olía a lavanda importada, olía a masa de maíz, a chile serrano tatemado y a humedad encerrada. Pero, curiosamente, aquí mis pulmones se expandieron. Aquí yo sabía quién era.

Me puse de rodillas bajo el fregadero, revisando la instalación eléctrica. Era un desastre. Cables pelados unidos con cinta de aislar barata, “diablitos” improvisados de hace veinte años. Un peligro de incendio esperando suceder.

—Esto está peligroso, Doña Lucha —le dije, pelando un cable con mis pinzas—. Tiene la fase tocando la tierra. Un día de estos va a prender la licuadora y va a iluminar toda la colonia.

—Ay, no me digas eso, Mateo. ¿Sale muy caro? —preguntó ella, retorciéndose las manos en el delantal.

La miré. Vi la preocupación genuina en sus ojos, el cálculo mental de cuántos tamales tendría que vender para pagarme. —No se preocupe, jefa. Tengo un rollo de cable que me sobró de otra obra y unos contactos que traía ahí rodando. Solo le cobro la mano de obra, y me invita un atole mañana.

Ella sonrió, y esa sonrisa valía más que los billetes crujientes que seguramente Maya traía en su bolsa de marca. Mientras trabajaba, mi mente, traicionera, volvió a Las Lomas.

“Eres guapo, ¿lo sabías?”.

Sacudí la cabeza, golpeándome levemente contra la tubería del desagüe. “¡Concéntrate, cabrón!”, me regañé. Mateo Carter no es un hombre propenso a las fantasías. Mi madre, una mujer que limpió oficinas ajenas durante treinta años hasta que sus rodillas dijeron basta, me enseñó una sola verdad: El mundo se divide en dos: los que pagan y los que cobran. Nunca confundas de qué lado estás.

Terminé el trabajo con Doña Lucha, me tomé la Coca-Cola bien fría que me ofreció y salí de nuevo al caos de la tarde. El tráfico en el Eje Central estaba paralizado. El sonido de los cláxones, los gritos de los vagoneros y el reguetón saliendo de las ventanas abiertas de los taxis creaban la sinfonía de la CDMX.

Manejé en automático hasta mi departamento. Vivo en la planta alta de una barbería en la colonia Obrera. Es un lugar modesto: un solo cuarto, una cocineta donde apenas cabe el refri y un baño donde la regadera apunta a la pared en lugar de a ti. Abajo, en la “Barbería El Azteca”, siempre hay ruido. Risas, máquinas rasurando, el sonido de la televisión sintonizada en el fútbol.

Esa noche, me tiré en el sofá cama que rechinaba con cada movimiento. La luz de la calle entraba por la ventana sin cortinas, pintando rayas naranjas en el techo. Saqué el celular de nuevo.

Ahí estaba el mensaje. Soy Maya.

Mi dedo pulgar flotó sobre el botón de “Borrar”. Era lo sensato. Lo lógico. ¿Qué tenía que hacer yo con una mujer así? Ella vive en un mundo donde si se rompe algo, lo tiran y compran otro. Yo vivo en un mundo donde si se rompe algo, lo atamos con alambre hasta que aguante. Yo soy el que repara. No el que se sienta a la mesa.

Pero no lo borré. Apagué el teléfono, lo dejé sobre la mesa de noche y me giré hacia la pared. “Olvídalo, Mateo”, susurré en la oscuridad. “Mañana tienes que ir a comprar material a la ferretería”.


Pasaron tres días. Tres días donde el calor de la ciudad pareció aumentar. Tres días de rutina absoluta: despertar a las 6 a.m., café soluble, tráfico, revisar fusibles, cambiar pastillas térmicas, pelear con proveedores, volver a casa, dormir.

Pero algo había cambiado. Era como si tuviera una piedra en el zapato. Una molestia constante. Cada vez que mi teléfono vibraba con una notificación del banco o de un cliente, mi corazón daba un vuelco estúpido. “¿Será ella?”.

Y luego me odiaba por pensarlo. No había contestado su mensaje. No por grosero, sino por cobarde. O tal vez por prudente. ¿Qué se le responde a una mujer que te invita a comer después de decirte guapo en su garaje de tres plazas? ¿”Gracias, patrona”? ¿”A qué hora paso por usted”? Cualquier respuesta me parecía ridícula. Me sentía como un niño de secundaria tratando de hablarle a la capitana de las porristas, solo que aquí la capitana tenía acciones en la bolsa de valores y yo tenía deudas en Coppel.

Llegó el viernes por la tarde. Estaba en “La Casa del Tornillo”, una ferretería gigante cerca del metro Chabacano. El lugar olía a aceite industrial, a metal frío y a madera aserrada. Es un olor que me calma. Me gusta estar rodeado de cosas que tienen un propósito claro: un tornillo sirve para unir, una lija para suavizar.

Estaba en el pasillo cuatro, buscando unas pijas de tablaroca, cuando el teléfono vibró en mi bolsillo trasero. Fue una vibración larga. Un mensaje de texto, no de WhatsApp.

Me limpié las manos en el pantalón, dejando otro rastro de polvo gris, y lo saqué. Era ella. Otra vez. Un número desconocido, pero ya familiar.

“La oferta de la torta de pavo sigue en pie. Mañana a mediodía. Yo manejo.”

Me quedé mirando la pantalla, parado en medio del pasillo, bloqueando el paso a un señor que cargaba un bulto de cemento. —Con permiso, joven —gruñó el señor. —Perdón, perdón —me hice a un lado, pero no despegué la vista del celular.

Esta vez no preguntó. Esta vez no hubo un “¿tienes tiempo?”. Fue una invitación directa. Audaz. Casi una orden, pero sin la prepotencia. “Yo manejo”. Maya Williams no estaba acostumbrada a que la ignoraran. O tal vez, y este pensamiento me hizo sonreír un poco, tal vez ella tampoco había dejado de pensar en el “eléctrico guapo”.

Miré a mi alrededor. Las luces fluorescentes zumbaban sobre mi cabeza. Estaba rodeado de botes de pintura y herramientas. Mi realidad. ¿Qué podía perder? Si iba, lo peor que podía pasar es que fuera una comida incómoda, que me diera cuenta de que no teníamos nada en común, y que volviera a mi vida de siempre con una anécdota rara para contarle a mis nietos (si algún día los tenía).

Si no iba… siempre me quedaría con la duda. Y la duda es peor que el óxido; se come todo por dentro.

Mis dedos se movieron antes de que mi cerebro pudiera meter el freno de mano. Escribí:

“Está bien. Manda la ubicación”.

Le di enviar. El mensaje salió disparado al ciberespacio, cruzando la ciudad, subiendo hasta las antenas de Las Lomas y llegando a su teléfono de alta gama. Guardé el celular, sentí una mezcla de adrenalina y pánico en el estómago, y agarré la caja de pijas. —Dios me agarre confesado —murmuré.


El sábado llegó demasiado rápido. Me desperté antes de que sonara la alarma. Me pasé media hora frente a mi pequeño armario, debatiendo qué ponerme. Mi ropa se divide en dos categorías: “Ropa de trabajo” (manchada, resistente, cómoda) y “Ropa de domingo” (menos manchada, jeans, playeras de fútbol).

No tenía ropa para “Cita con heredera en Audi”. Opté por lo más neutro que encontré. Unos jeans oscuros, limpios y planchados (sí, planché los jeans, no me juzguen). Una camisa gris de botones que usualmente guardo para bodas o bautizos. Y mis botas. Mis botas de trabajo. Las limpié con un trapo húmedo y betún hasta que casi desaparecieron los raspones del cuero. No tenía otros zapatos decentes, y honestamente, esas botas eran parte de mí. Si ella quería comer conmigo, tenía que aceptar las botas.

Me miré al espejo del baño. Recorté mi barba con la máquina, me puse un poco de loción barata pero fresca, y me peiné hacia atrás. —No te ves mal, Mateo —me dije—. Pareces un tipo que va a pedir un préstamo al banco, pero no te ves mal.

El punto de encuentro no fue su casa. No me atreví a sugerir que pasara por mí a la barbería (no quería que viera dónde vivía, no todavía), y ella, tal vez intuyendo mi incomodidad, sugirió un punto medio. “Te veo afuera de la ferretería de la calle 4ta. A las 12:00”.

Llegué a las 11:50. El sol de mediodía caía a plomo. Me paré en la esquina, ajustándome el cuello de la camisa, sintiendo cómo el sudor empezaba a perlarse en mi espalda baja. Me sentía ridículo. La gente pasaba: señoras con bolsas del mandado, chavos en motoneta, un perro callejero buscando sombra. Y yo ahí, parado como un poste, esperando una carroza.

A las 12:02 exactas, el ruido de la calle cambió. Entre el rugido de los camiones y los motores viejos, apareció un susurro plateado. Un Audi A7. Brillaba tanto que dolía mirarlo. Vidrios polarizados, rines impecables. Se deslizó junto a la banqueta como un tiburón en una alberca de niños.

El vidrio del copiloto bajó suavemente. Y ahí estaba ella. Maya.

Llevaba el cabello recogido esta vez, con unos mechones sueltos cayendo sobre sus pómulos. Traía lentes de sol oscuros que se quitó al verme. Sus ojos brillaron con diversión. —Puntual. Me gusta.

Me acerqué al auto, sintiendo las miradas de los transeúntes. “¿A quién va a levantar esa nave?”, seguramente pensaban. “¿A ese güey? ¿Será su chofer? ¿Su dealer?”. Abrí la puerta y me subí. El interior olía a cuero nuevo y a algo cítrico, sutil y caro. El aire acondicionado estaba en ese punto perfecto donde no tienes frío pero dejas de sudar al instante.

—Hola —dije, cerrando la puerta con cuidado de no azotarla. —Hola, Mateo —respondió ella.

Miré hacia abajo mientras me ponía el cinturón de seguridad y noté algo. Estaba descalza. Sus pies, con las uñas pintadas de un color nude discreto, descansaban sobre los pedales. Un par de sandalias finas estaban tiradas en el tapete del copiloto, cerca de mis botas.

Me enderecé y la miré, arqueando una ceja. —Siempre apareces medio descalza —solté, sin poder contenerme.

Ella soltó una carcajada. Fue un sonido genuino, grave, que llenó el auto y rompió un poco de mi tensión. —Solo cuando manejo —dijo, metiendo primera con una suavidad envidiable—. O cuando estoy en casa. O cuando trato de mantener las cosas reales. Me gusta sentir lo que piso.

—Pues ten cuidado —dije, señalando el piso—. Si pisas un clavo en mi barrio, te da tétanos antes de que puedas decir “Hospital Ángeles”.

Ella sonrió de lado y aceleró. El coche no rugió; simplemente se propulsó hacia adelante con una fuerza silenciosa que te pegaba al asiento. —Correré el riesgo.

Manejamos fuera del caos. Dejamos atrás los edificios grises, los espectaculares de políticos sonrientes y el tráfico de la ciudad. Ella tomó la carretera hacia el poniente, subiendo hacia las montañas, rumbo a La Marquesa o quizás más allá.

No puso música. Simplemente bajó un poco su ventana y dejó que el viento entrara, despeinando los mechones sueltos de su cabello. Yo me quedé callado, mirando por la ventana cómo el paisaje urbano se transformaba en pinos y carreteras de curvas. Pasamos iglesias viejas, puestos de comida a pie de carretera con humo de leña, y zonas donde la señal del celular se perdía.

El silencio entre nosotros no era incómodo, para mi sorpresa. Era… expectante.

—Conozco un lugar —dijo Maya de repente, rompiendo el silencio después de veinte minutos—. No es elegante. No hay meseros con guantes blancos. Pero es tranquilo.

—Mientras haya comida, no me importa si tengo que comer parado —dije, tratando de sonar relajado. —Créeme, la comida vale la pena.

Diez minutos después, giró el volante bruscamente hacia un camino de terracería. Las llantas del Audi crujieron sobre la grava. Nos adentramos en un claro rodeado de árboles altos, pinos ocotes que olían a resina y a monte. Había una mesa de madera vieja bajo la sombra de un encino enorme. A lo lejos, se escuchaba el correr de un riachuelo. No había nadie más. Solo nosotros, el bosque y el coche plateado que parecía una nave espacial aterrizada en medio de la naturaleza.

Mateo bajó primero. Escaneé el lugar por instinto. Hábito de barrio: siempre revisa las salidas, siempre revisa quién está cerca. Pero estaba solo. Tranquilo.

Maya bajó del auto. Agarró una bolsa de papel café del asiento trasero y caminó hacia la mesa. Iba descalza sobre el pasto, sin importarle las ramitas o las piedras. Caminaba con una confianza que me daba envidia. Como si el mundo entero fuera su sala de estar.

Se sentó en la banca de madera y palmeó el lugar frente a ella. —Siéntate, Mateo. Vamos a ver si estas tortas sobreviven a tu crítica experta.

Me senté frente a ella. La madera estaba fría bajo mis jeans. Ella abrió la bolsa y sacó dos envoltorios de papel encerado. El olor a pan tostado, pavo y especias me golpeó y me di cuenta de que tenía un hambre feroz.

—¿Pavo ahumado, queso gouda, aguacate y un toque de chipotle? —preguntó, pasándome una. —Suena a que sabes lo que haces —dije, tomando la torta. Pesaba. Eso era buena señal.

Dimos el primer bocado en silencio. Y maldita sea. Estaba buenísima. El pan crujía, el pavo estaba jugoso, el picante era justo el necesario. Comimos en silencio durante unos minutos, escuchando el viento en las ramas y el lejano sonido del agua.

Finalmente, Maya se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y me miró fijamente. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, buscando algo. —¿Crees que soy rara? —soltó de golpe.

Dejé mi torta a medio comer sobre el papel. —¿Qué? —Digo… —hizo un gesto vago con la mano, señalando el coche, el bosque, sus pies descalzos—. Acabo de invitar a un extraño a comer, lo subí a mi coche, lo traje al bosque sin decirle a dónde íbamos… Mis amigas dirían que estoy loca. O desesperada.

La miré. Realmente la miré. Vi la duda en sus ojos. Por primera vez, la fachada de “mujer rica y segura” se agrietó un poco. Vi a una persona solitaria. Sonreí, y esta vez fue una sonrisa real, sin nervios.

—No eres rara, Maya —le dije. —¿Ah no? ¿Entonces qué soy? —Eres… inesperada. Como encontrar un billete de quinientos en un pantalón viejo.

Ella parpadeó, sorprendida por la comparación. Luego ladeó la cabeza, con esa curiosidad de gato que empezaba a gustarme. —¿Eso es un cumplido? —Lo es —respondí, recargándome en la mesa—. Lo es si has pasado la mayor parte de tu vida esperando que todo sea difícil, y de repente, algo no lo es. Lo es si has pasado tu vida siendo ignorado por gente como tú.

Ella se quedó callada un momento, procesando mis palabras. El viento movió las hojas sobre nosotros, creando sombras danzantes en su rostro. —Yo no ignoro a la gente, Mateo —dijo suavemente, casi en un susurro—. Yo observo. A veces demasiado.

Se levantó de la banca, dio unos pasos y giró sobre el pasto, mirando las copas de los árboles. —Solía venir aquí de niña —dijo, dándome la espalda—. Con mi abuela. Ella odiaba las fiestas de té y los clubes sociales. Decía que la gente allá abajo —señaló hacia donde debía estar la ciudad— se preocupa tanto por el ruido que se olvidan de escuchar. Ella me traía aquí y me decía que el sonido del agua y el viento podía lavar cualquier cosa que la gente te obligara a cargar.

Me quedé mirándola. Ahí, descalza en el pasto, con un vestido caro que probablemente costaba más que mi camioneta, no parecía una mujer de sociedad. Parecía… libre. O al menos, intentando serlo.

—Tu abuela era una mujer sabia —dije. —Lo era —se giró hacia mí, con una sonrisa triste—. Ella me crio más que mis padres. Ellos estaban ocupados construyendo imperios. Ella estaba ocupada enseñándome a respirar.

El ambiente cambió. La tensión de “rico vs. pobre” se suavizó, reemplazada por algo más humano. Dolor compartido. Soledad compartida.

Después de un rato, Maya volvió a la mesa, se sentó de lado, subiendo una rodilla a la banca y abrazándola. Se veía cómoda. Vulnerable. —¿Sabes qué me gusta de ti, Mateo? —preguntó, mirándome de reojo.

Sentí que mis defensas volvían a subir un poco. El instinto de protección. —¿Que cobro barato? —bromeé, tratando de desviar la intensidad.

Ella soltó una risita, negando con la cabeza. —No, tonto. Me gusta que no preguntas. —¿Que no pregunto qué? —No preguntas por mi casa. No preguntas cuánto costó el coche. No preguntas a qué me dedico o quién es mi papá. —Me miró directo a los ojos—. No pareces impresionado. La mayoría de los hombres que conozco… se pasan la mitad del tiempo tratando de impresionarme con lo que tienen, y la otra mitad tratando de calcular cuánto tengo yo. Tú… tú solo estás aquí. Comiendo una torta.

Me encogí de hombros, limpiando las migajas de la mesa con el dedo. —Me enseñaron a no quedarme mirando lo que no me pertenece —respondí honestamente. Es una regla de oro en mi mundo: no codicies, porque la envidia te envenena la sangre.

Maya abrió los ojos un poco más. Hubo un brillo intenso en su mirada, un desafío silencioso. Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal, trayendo con ella ese olor a cítricos y misterio. —¿Y qué pasa si sí te pertenece? —susurró.

El mundo se detuvo un segundo. Sostuve su mirada. No respondí. No porque no tuviera un pensamiento —mi mente estaba gritando mil cosas—, sino porque su pregunta no era sobre propiedad. No estaba hablando de cosas materiales. Estaba hablando de merecimiento. Estaba preguntando si yo, Mateo Carter, el eléctrico de Iztapalapa, tenía el valor suficiente para creer que podía sentarme a la mesa con ella y no solo recoger las migajas.

Mi corazón latía fuerte contra mis costillas. Miré sus labios, luego sus ojos. —Debería irme —dije, mi voz ronca. Era la respuesta segura. La respuesta cobarde.

Ella no se movió. No retiró la oferta. —¿Lo harás? —preguntó. —No si me pides que me quede.

Fue un reto. Le estaba dando el control. Le estaba diciendo: “Si esto es un juego para ti, termínalo ahora. Si es real, dímelo”.

Maya sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero absolutamente segura. Una sonrisa que prometía problemas, pero de los buenos. —Entonces quédate.

Y me quedé. Nos quedamos bajo ese árbol mientras el sol cruzaba el cielo. Hablamos. No de dinero, no de trabajo. Hablamos de tonterías: de qué salsa pica más, de clientes insoportables (ella tenía los suyos en su mundo de arte y diseño, yo los míos en las obras), de cicatrices de la infancia.

No fue como en las películas románticas donde suena música de violines. Fue mejor. Fue honesto. Y para un hombre que había pasado su vida adulta escondiéndose detrás de horarios, herramientas y la armadura de “el chalán que resuelve problemas”, sentirse visto por quien era y no por lo que arreglaba… se sintió como el comienzo de algo peligroso. Algo que no sabía que necesitaba, pero que ahora, mirándola reír bajo la sombra del encino, sabía que no quería perder.

CAPÍTULO 3: El Proyecto

La semana siguiente al almuerzo en el bosque se movió con la lentitud espesa de la melaza. Fue una de esas semanas en la Ciudad de México donde el tiempo parece estancarse entre el tráfico y el calor, donde los días se desdibujan en una repetición monótona de “despertar, chambear, dormir”.

Intenté llenar cada hora vacía con trabajo. Acepté todo lo que caía: reemplazos de contactos en la colonia Narvarte, reinicio de pastillas térmicas en oficinas godínez de Santa Fe, y hasta pasé un día entero recableando una casa vieja en la colonia Roma que olía a humedad y a glorias pasadas. Me enterré en la rutina. Me refugié en lo que entiendo: la lógica binaria de la electricidad. Encendido o apagado. Positivo o negativo. Sin grises. Sin ambigüedades.

Pero ni la agenda más apretada, ni el ruido del taladro, ni el reguetón a todo volumen de mis vecinos podían silenciar el eco de la voz de Maya en mi cabeza.

“¿Y qué pasa si sí te pertenece?”. “No pareces impresionado”.

Esas frases se repetían en mi mente como una canción que no puedes dejar de tararear. No era solo por las palabras en sí, sino por cómo las había dicho: tranquila, desafiante, como alguien que está acostumbrada a que la gente la mire, pero no a que la vean.

El miércoles por la tarde, estaba colgado de una escalera en un dúplex del centro, peleando con una caja de conexiones defectuosa que parecía un nido de ratas. El sudor me corría por la espalda y tenía las manos llenas de polvo de ladrillo. Fue entonces cuando mi teléfono vibró en el bolsillo trasero de mi pantalón de mezclilla.

Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo y saqué el celular con cuidado. La pantalla se iluminó con su nombre. Mi corazón dio ese salto estúpido que ya empezaba a odiar por lo predecible que era.

“Maya: ¿Estás libre el viernes en la noche?”.

Me quedé mirando la pantalla, balanceándome en la escalera. A mi alrededor, el ruido de la ciudad seguía su curso indiferente: los cláxones, los gritos de los vendedores ambulantes, el zumbido de la vida. Pero en ese pequeño rectángulo de luz, había una invitación a otro universo.

Mis dedos teclearon la respuesta más rápido de lo que mi prudencia hubiera querido.

“¿Cuál es el plan, Maya? ¿Cena?”.

Su respuesta llegó casi al instante, como si ella también hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.

“Mi casa. Nada lujoso, Mateo. ¿Debo llevar herramientas o vino?”.

Sonreí. Una sonrisa boba que le mostré a la caja de fusibles.

“Maya, solo ven tú. Y tal vez no uses las botas de trabajo”.

Ella contestó con un emoji de risa.

“Demasiado tarde. Ya las traigo puestas”.

Guardé el teléfono y volví al trabajo, pero la electricidad que sentía ahora no venía de los cables. Era algo interno, un zumbido de anticipación y terror.


El viernes llegó cargado de nervios. Pasé más tiempo del necesario frente al espejo de mi pequeño baño, asegurándome de que mi camisa estuviera impecable y de que no quedara ni rastro de grasa bajo mis uñas. Me puse un poco de loción, me acomodé el cuello de la camisa gris y salí.

Llegué a su casa en Las Lomas justo cuando el sol terminaba de ocultarse, tiñendo el cielo de un morado contaminado que, a veces, se ve bonito. Me paré frente a su puerta. Esa puerta de madera masiva, con su panel elegante y su manija de níquel cepillado. Ya había estado ahí antes, pero como “el técnico”. Esta vez, no traía mi caja de herramientas. No estaba ahí para arreglar nada. Estaba ahí como hombre. Y eso me aterraba más que cualquier cortocircuito de alto voltaje.

Toqué el timbre. La puerta se abrió lentamente y ahí estaba ella. Maya Williams.

Llevaba un cárdigan suave de color crema y unos leggings negros. Estaba descalza, otra vez. Su cabello estaba recogido de manera suelta, con algunos mechones cayendo sobre su cara. No llevaba maquillaje, ni joyas brillantes, ni ese brillo de diseñador que intimida. Era solo ella.

—Hola —dijo, con una sonrisa que no intentaba impresionar. —Buenas noches —respondí. Sentí el peso de la bolsa de papel que traía en la mano y la levanté un poco torpemente—. Traje algo. Pan de elote. Es de la panadería de mi barrio, no es gourmet, pero lo calenté antes de venir.

Ella soltó una risa suave y tomó la bolsa. —Eso es lo más dulce y mexicano que he oído en toda la semana. Pasa.

La casa olía diferente esta vez. No olía a vacío ni a limpieza estéril. Olía a romero asado, a ajo y a calor de hogar. Olía a calidez, no a riqueza.

Entré, sintiéndome un intruso en un museo, pero ella me guio directamente a la cocina. —Espero que te guste el salmón —dijo, señalando la isla de granito donde ya estaban puestos dos platos. Había velas encendidas, no muchas, solo las suficientes para crear ambiente. Una lista de reproducción de R&B suave sonaba bajito de fondo.

—Me gusta cualquier comida que no tenga que cocinar yo —bromeé, tratando de relajar los hombros.

Nos sentamos. Ella sirvió los filetes glaseados y las verduras asadas. Comimos despacio. Al principio, el tintineo de los cubiertos contra la porcelana fina me ponía nervioso, pero la conversación fluyó más fácil de lo que esperaba. Hablamos de todo y de nada. Trabajo, infancias, vecinos raros, peores citas.

Le conté sobre la vez que me quedé atorado en el sótano de una vecindad por tres horas en pleno julio, sudando como un pollo rostizado, porque la puerta se había trabado desde afuera. Ella se rio tanto que casi se ahoga con un espárrago. Verla reír así, sin compostura, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, hizo que algo en mi pecho se aflojara.

En un momento, ella dejó de comer. Apoyó el codo en la barra y descansó la barbilla en la palma de su mano, mirándome fijamente. —Tienes una forma silenciosa de ser ruidoso —dijo de la nada.

Levanté una ceja, dejando el tenedor en el plato. —¿Eso es un cumplido? —Lo es —aseguró—. No fuerzas tu presencia, Mateo. Simplemente la tienes. Llegas y el espacio se llena, pero no abrumas.

No supe qué decir a eso, así que no dije nada. Solo tomé un trago de agua para pasar el nudo que se me formó en la garganta. Nadie me había dicho algo así nunca. En mi mundo, ser “ruidoso” es malo; significa problemas. Pero ella lo hacía sonar como una virtud.

Después de cenar, nos movimos a la sala. Esos sillones eran peligrosamente cómodos. Maya se acurrucó en una esquina de su sofá enorme, subiendo los pies. Yo me senté en el otro extremo, rígido, inseguro de las reglas. ¿Se vale subir los pies en un sofá que cuesta más que mi coche?.

Ella me miró, notando mi postura. —No necesitas ser tan educado, Mateo. —No me criaron para desparramarme en la casa de una mujer —respondí automáticamente. Ella rodó los ojos, divertida. —Tienes permiso para estar cómodo. Especialmente aquí.

Fue en ese momento cuando el aire cambió. La distancia física entre nosotros en ese sofá enorme dejó de sentirse como espacio vacío y empezó a sentirse como gravedad. Una fuerza invisible tiraba de mí hacia ella.

—¿Alguna vez te preguntas qué dice la gente de nosotros? —preguntó ella, rompiendo el momento suavemente. —¿Nosotros? —repetí—. ¿Tú, yo? ¿Esto? —Sí. Esto.

Hizo un gesto vago con la mano que abarcaba la sala, la cena, la noche. Exhalé despacio, mirando mis botas limpias sobre su alfombra persa. —Probablemente mucho. Probablemente nada bueno.

Maya asintió, mirando hacia el ventanal oscuro que daba al jardín. —Mi mundo es ruidoso —dijo, y su voz perdió un poco de esa seguridad que siempre cargaba—. No solo en volumen. Es ruidoso en apariencias, en impresiones, en expectativas. Todo el mundo tiene una opinión sobre quién debes ser, con quién debes estar, cómo debes gastar tu tiempo. Se giró para mirarme. —Tú no pasas desapercibido en él, Mateo. No caminas por mi mundo sin que te noten.

—No pretendo pasar desapercibido —dije, encontrando su mirada—. Pero tampoco pido permiso para estar donde quiero estar.

Ella sonrió, pero había tristeza en sus ojos. —Eso es lo que les asusta. Que no pides permiso. Me sostuvo la mirada. —¿Y a ti? ¿Qué te asusta a ti? —le pregunté. —Yo no me asusto fácil —respondió.

Más tarde esa noche, me acompañó a la puerta. Estábamos parados bajo la luz ámbar del pórtico. El aire de la noche estaba fresco. Hubo un momento, un silencio cargado, donde pensé en besarla. Podría haberlo hecho. Ella estaba cerca, mirándome los labios. Pero no lo hice. Y ella tampoco. No hubo beso, ni toque prolongado. Solo un momento tranquilo compartido.

—Gracias por venir —dijo ella suavemente. —Gracias por la comida —respondí.

Bajé los escalones de la entrada, sintiendo mis botas pesadas sobre la piedra. —Todavía me debes unos sándwiches —dijo ella a mi espalda. Me giré sobre el hombro, sonriendo. —La próxima vez, hasta los voy a tostar.

Ella sonrió y cerró la puerta despacio. Me quedé un segundo ahí, mirando la madera cerrada, sintiendo que acababa de salir de un sueño y volvía a la vigilia.


La realidad tiene una forma cruel de despertarte. A la mañana siguiente, sábado, fui a desayunar a una fonda cerca de mi departamento. Un lugar de esos con manteles de plástico de cuadros y olor a café de olla. Me senté junto a la ventana, pedí unos chilaquiles verdes y saqué mi teléfono.

La pantalla se iluminó con una foto que Maya me había mandado. Era un dibujo borroso hecho con crayones, infantil y ridículo, de un sándwich. El mensaje decía: “Inspiración visual. Hazlo bien”.

Solté una carcajada hacia mi café. Me sentía bien. Me sentía ligero. Pero entonces, la burbuja estalló.

La mesera me estaba sirviendo más café cuando escuché un susurro detrás de mí. No fue discreto. Fue intencionalmente alto. —¿No es ese el tipo que sale con la güera rica en Instagram? —dijo una voz masculina.

Me tensé. Mi mano se congeló sobre la taza. Otra voz respondió, seguida de una risita burlona: —Sí, es él. Pero no te emociones, güey. Es solo su proyecto. Su obra de caridad del mes.

No me di la vuelta. No dije una palabra. Me quedé mirando por la ventana, viendo pasar un camión de basura, pero sentí el golpe como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Es solo su proyecto.

No era el insulto lo que dolía. Era el tono. La suposición. La facilidad con la que dos extraños habían decidido que yo no pertenecía a su órbita, que yo no podía ser un igual, que solo podía ser un pasatiempo, una mascota, un “proyecto” de remodelación humana.

Sentí el cambio. Esa línea invisible que separa mi mundo del suyo se hizo presente, gruesa y fría como un muro de concreto. Guardé mi teléfono en el bolsillo. De repente, la calidez que había sentido la noche anterior en su sala, esa sensación de gravedad y conexión, parecía frágil. Dudosa. ¿Podría sobrevivir esa calidez al frío que me esperaba afuera?.

Pagué mi cuenta sin terminar los chilaquiles y salí. El lunes llegó como siempre: temprano, ruidoso e inflexible. Me enterré en el trabajo, saltando de una chamba a otra como si el trabajo fuera oxígeno. Un corto en una cocina en la Del Valle, un interruptor roto en la Condesa, un zumbido extraño en una iglesia vieja por la Villa. Cada tarea era una razón para no pensar. Cada cable pelado era una distracción de la voz que resonaba en mi cabeza: “Es solo su proyecto”.

El martes por la mañana, mi jefe en “Electricidad y Mantenimiento Carter y Hijos” (sí, es el negocio de mi tío, aunque yo soy solo un empleado más) me llamó aparte antes de que saliera la ruta del día.

—Mateo —dijo, cruzándose de brazos y recargándose en la camioneta—. ¿Tienes idea de por qué la cuenta de los Simons acaba de cancelar?.

Parpadeé, confundido. Los Simons eran una familia importante, dueños de una cadena de farmacias. —No, jefe. Ni siquiera he ido a esa propiedad en semanas.

Mi jefe asintió, mirando al suelo y luego a mí. Su mirada no era de enojo, sino de precaución. —Sí, bueno… dijeron algo sobre “imagen pública”. Dijeron que vieron algo en línea. Un video, o una foto, no sé. Me preguntaron si sabía qué tipo de gente tenía trabajando para mí. Me miró a los ojos. —¿Hiciste algo que deba saber, Mateo?.

La pregunta no fue cruel, pero cortó profundo. Fue la confirmación de que mi vida personal, esa pequeña ventana de felicidad que había abierto con Maya, ahora estaba amenazando mi sustento. Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. —No, señor —dije con voz firme—. No he hecho nada más que mi trabajo.

El jefe asintió, dándome una palmada en el hombro que se sintió pesada. —Está bien, entonces. Mantengámoslo así. Pero ten cuidado, mijo. Los clientes de dinero son asustadizos. No les gusta el ruido.

Esa noche no dormí. Me senté en el borde de mi cama, con el teléfono en la mano, mi pulgar flotando sobre el contacto de Maya. Podía contarle. Podía decirle sobre la cuenta perdida, sobre los comentarios en la fonda, sobre el peso que sentía aplastándome el pecho. Podía decirle que me sentía pequeño, que me sentía como el “proyecto” del que todos hablaban.

Pero no lo hice. No todavía. Porque, en el fondo, una parte de mí tenía miedo de que tuvieran razón. Miedo de que yo fuera solo una fase, una aventura exótica para la niña rica de Las Lomas. Y si le decía, y veía lástima en sus ojos… eso me destruiría más que cualquier chisme.

Apagué la luz, pero la oscuridad de mi cuarto nunca se sintió tan vacía. La guerra había empezado, y yo ni siquiera sabía que estaba en el campo de batalla.

CAPÍTULO 4: La Tormenta

El miércoles llegó envuelto en una bruma gris que prometía lluvia, de esa lluvia sucia de la Ciudad de México que deja manchas en los parabrisas y huele a tierra mojada y gasolina.

Habían pasado dos días desde que mi jefe me advirtió sobre la cuenta perdida. Dos días de silencio radiofónico con Maya. Yo no le escribía porque no sabía qué decir, y ella… supongo que ella sentía mi retirada, como cuando los pájaros dejan de cantar antes de un temblor.

Esa noche, estaba sentado en la orilla de mi cama, con las botas todavía puestas, mirando la pared despintada de mi cuarto. El cansancio físico era brutal —había pasado el día recableando un edificio de oficinas en Polanco sin aire acondicionado—, pero el cansancio mental era peor. Me sentía atrapado entre dos realidades: la del hombre que quería ser con ella y la del hombre que el mundo decía que yo era.

“Es solo su proyecto”. Esa frase se había convertido en mi sombra.

Mi teléfono vibró sobre el buró, rompiendo el silencio. El nombre de Maya iluminó la habitación oscura. No contesté al primer timbre. Ni al segundo. Dejé que sonara hasta casi el final, debatiéndome entre el deseo de escuchar su voz y el miedo de confirmar mis sospechas.

—¿Bueno? —contesté finalmente, mi voz sonó rasposa. —¿Estás libre? —preguntó ella. Su voz era baja, pero cálida, sin el tono de reproche que esperaba.

Suspiré, pasándome una mano por la cara. —Define “libre”, Maya. Estoy cansado, estoy sucio y mi humor está peor que el tráfico de Viaducto a las seis de la tarde. —Estoy parada en mi cochera —dijo ella, ignorando mi queja—. Tengo dos malteadas de “El Moro” derritiéndose y nadie con quien compartirlas.

Sonreí a pesar de mí mismo. —Compraste dos a propósito, ¿verdad? —Sin comentarios —respondió—. Ven. Por favor.

Dudé. Mi orgullo me decía que me quedara, que protegiera mi dignidad y mi negocio alejándome de la fuente del problema. Pero mi corazón… ese traidor ya estaba buscando las llaves de la camioneta. —Llego en quince —dije.


El trayecto hacia Las Lomas fue lento. Empezaba a lloviznar. Cuando llegué, la reja de su casa estaba abierta. No metí la camioneta; la dejé afuera, en la calle, como una declaración silenciosa de que no planeaba quedarme mucho tiempo.

Maya estaba sentada en los escalones de la entrada principal, con las rodillas pegadas al pecho. Llevaba unos jeans rotos (de diseño, claro) y una sudadera gris que le quedaba grande. Se veía pequeña contra la inmensidad de su propia casa.

Al verme bajar, levantó un vaso de cartón. —Chocolate con crema batida —dijo cuando me acerqué—. Supuse que eres un clásico. —Adivinaste —dije, aceptando el vaso frío.

Me senté a su lado en el escalón de piedra. El frío del mármol traspasó mis jeans. Bebimos en silencio durante unos minutos, escuchando el viento silbar entre los árboles manicurados de su jardín. El sabor dulce del chocolate contrastaba con lo amargo que sentía en la boca del estómago.

Finalmente, Maya dejó su vaso en el suelo y se giró un poco hacia mí. —Necesito preguntarte algo —dijo, sin mirarme a los ojos. Miraba sus manos, que jugaban nerviosamente con las agujetas de sus tenis. —Dime. —¿Alguien te dijo algo?

Me tensé. Apreté el vaso de cartón hasta que se deformó un poco. —¿Por qué preguntas? —Porque algo cambió, Mateo. Estás aquí, sentado a mi lado, pero una parte de ti se fue hace días. Te siento… lejos. A la defensiva.

Miré hacia la calle oscura, donde mi camioneta vieja parecía una mancha de óxido frente a las residencias perfectas. —Escuché algo en la fonda el otro día —admití, mi voz dura—. Un tipo me reconoció. Dijo: “¿No es ese el güey que sale con la rica?”. Y su amigo se rio y dijo que yo era solo tu “proyecto”.

Maya soltó el aire de golpe, como si le hubieran dado un golpe. Cerró los ojos con fuerza. —Lo siento —susurró. —No tienes que disculparte por lo que dicen los idiotas. —Sí tengo, cuando lo dicen por mi culpa. Cuando te lastiman por estar cerca de mí.

Me giré hacia ella, la frustración burbujeando. —No se trata solo de mis sentimientos, Maya. Se trata de mi vida. Perdí un cliente esta semana. Ella abrió los ojos de golpe, sorprendida. —¿Qué? —La cuenta de los Simons. Cancelaron el contrato de mantenimiento. Mi jefe me dijo que vieron algo en línea. Que les preocupaba su “imagen pública”.

Maya se puso de pie de un salto. Empezó a caminar de un lado a otro en el pequeño espacio del pórtico, como un animal enjaulado. —¡Maldita sea! —exclamó, pasándose las manos por el pelo—. Estoy tan harta de esto. —¿Harta de qué? —pregunté, quedándome sentado, mirándola desde abajo. —De que la gente asuma que tiene derecho a decidir qué es aceptable. De que decidan con quién puedo estar, quién puedes ser tú. ¡Es agotador!

—¿Qué fue lo que vieron, Maya? —pregunté, temiendo la respuesta—. Mi jefe mencionó un video.

Ella se detuvo y me miró. Había dolor en sus ojos, pero también furia. —Alguien nos tomó una foto en el parque. Cuando estábamos comiendo las tortas. Y luego… alguien más nos grabó saliendo de mi casa la otra noche. Sacó su celular del bolsillo y tecleó algo con furia. Me lo extendió.

Lo tomé. Era una publicación en una cuenta de chismes de “socialités” de la CDMX. La foto era granulada, tomada desde lejos, pero éramos inconfundibles: yo con mi ropa de trabajo, ella descalza y elegante. El título decía: “La nueva adquisición de Maya Williams: ¿Amor real o caridad urbana?”. Los comentarios eran una cloaca. “Seguro le está arreglando algo más que la luz”. “La Bella y la Bestia versión Iztapalapa”. “¿Cuánto le durará el capricho antes de que vuelva con alguien de su nivel?”. “Pobre tipo, es solo su proyecto de verano”.

Sentí cómo la sangre me subía a la cara. Vergüenza. Ira. Impotencia. Le devolví el teléfono sin terminar de leer. No necesitaba ver más. —Ya veo —dije, poniéndome de pie lentamente.

—Mateo, escúchame —dijo ella, acercándose—. Son gente vacía. No me importa lo que digan. —A ti no te importa porque a ti no te quitan la comida de la mesa, Maya —le espeté. Las palabras salieron más duras de lo que pretendía, pero eran verdad—. Si ellos hablan de ti, es un escándalo de fin de semana. Si hablan de mí, pierdo chamba. Pierdo credibilidad. En mi mundo, la reputación es lo único que tienes.

Ella se quedó quieta, dolida por mi tono. —No es mi culpa que tu mundo sea tan frágil —dijo, defensiva. —No, no es tu culpa. Pero tampoco es mi culpa que yo no encaje en el tuyo. —Tú encajas en el mío porque yo quiero que estés ahí —dijo ella con voz firme, dando un paso hacia mí—. Y ese es el único mundo que me importa.

Un trueno retumbó a lo lejos, el cielo finalmente rompiéndose. Las primeras gotas gordas de lluvia empezaron a caer, golpeando el techo del pórtico. —Tal vez deberíamos darnos un tiempo —dije.

Las palabras cayeron entre nosotros más pesadas que la lluvia. Maya palideció. —¿Qué? —No digo que terminemos… lo que sea que esto sea —dije, haciendo un gesto vago entre nosotros—. Solo digo que… necesito aire. Necesito que el ruido baje. Si no tomo un respiro, me voy a asfixiar, Maya. Y si pierdo mi trabajo, pierdo quién soy.

Ella me miró fijamente. Sus ojos brillaban, quizás por las lágrimas contenidas, quizás por el reflejo de las luces de seguridad. No suplicó. No rogó. Maya Williams no ruega. —Está bien —dijo suavemente. Su voz tembló apenas un poco—. Si eso es lo que necesitas.

—Es lo mejor —mentí. No se sentía como lo mejor. Se sentía como arrancarse una costra antes de que sane. —No es para siempre —dijo ella, más para sí misma que para mí. —Lo sé.

Nos quedamos en silencio, dos personas atrapadas entre el cariño y la precaución. Maya dio un paso adelante y colocó su palma suavemente sobre mi pecho, justo sobre mi corazón, que latía desbocado bajo la tela barata de mi camisa. —No eres un proyecto, Mateo Carter —susurró, mirándome a los ojos con una intensidad feroz—. No eres pequeño. No eres temporal. No eres un símbolo de rebelión contra mi papá, ni un error.

La miré, sintiendo que los ojos se me ponían vidriosos. Quería creerle. Dios sabe que quería creerle. —Entonces, ¿por qué siento que siempre tengo que estar peleando para demostrarlo? —pregunté, mi voz rompiéndose al final.

Ella no respondió con palabras. Se inclinó y apoyó su frente contra la mía. Respiramos el mismo aire cargado de ozono y tristeza por un momento. —Vete antes de que la lluvia empeore —dijo finalmente, separándose.

Me di la vuelta y caminé hacia mi camioneta bajo el aguacero que ya caía con fuerza. No miré atrás. Sabía que si volteaba y la veía ahí parada, sola en su pórtico gigante, no podría irme. Arranqué el motor y me alejé, dejando atrás Las Lomas, dejando atrás la luz ámbar, y llevándome conmigo una oscuridad que no tenía nada que ver con la noche.


La semana siguiente fue un infierno. Llovió en la Ciudad de México durante cinco días seguidos. No una lluvia ligera, sino tormentas bíblicas que inundaron pasos a desnivel, tiraron árboles y convirtieron el tráfico en un estacionamiento gigante. El clima coincidía perfectamente con mi estado de ánimo.

Intenté llenar el vacío con trabajo, como siempre. Acepté urgencias a todas horas. Un martes a las 3 de la mañana estaba sacando agua de un sótano inundado en la colonia Portales. El jueves me pasé el día entero recableando una casa en Iztacalco donde un corto había quemado la mitad de la instalación.

Trabajaba hasta que me dolía la espalda, hasta que mis manos estaban entumecidas y llenas de cortes pequeños. Pero el silencio era ensordecedor. Extrañaba la notificación de sus mensajes. Extrañaba su risa. Extrañaba la forma en que decía mi nombre, como si fuera algo valioso y no solo una etiqueta en un uniforme.

Cinco días desde que pedí espacio. Cuatro noches de dormir a medias, despertándome y buscando el celular por instinto. Tres llamadas perdidas de ella que no tuve el valor de contestar. Y una sensación constante, que me roía las entrañas, de arrepentimiento.

El viernes por la tarde, estaba sentado en mi camioneta afuera de mi departamento. Llovía a cántaros. Los limpiaparabrisas estaban apagados, el motor en silencio. Llevaba quince minutos ahí sentado, mirando las gotas correr por el cristal, deformando la realidad de la calle.

La soledad no me había traído paz. Solo claridad. El “espacio” que pedí no me protegió. Solo me hizo ver que la distancia no servía de nada si mi cabeza seguía en el código postal 11000.

—Eres un imbécil, Mateo —me dije a mí mismo.

Me di cuenta de algo fundamental: Tenía miedo. No miedo de perder mi trabajo —el trabajo va y viene, mis manos siempre sabrán arreglar cosas—, tenía miedo de ser vulnerable. Tenía miedo de que ella fuera real y yo no fuera suficiente para esa realidad. Pero huir no me estaba haciendo sentir más fuerte. Me hacía sentir cobarde.

Encendí el motor. La camioneta rugió. No llamé. No mandé mensaje. Manejé.

Crucé la ciudad bajo la lluvia, esquivando baches invisibles bajo el agua, cortando camino por calles secundarias. Tardé una hora en llegar a su casa. Estaba igual. El pórtico amplio, las luces cálidas, las campanillas de viento agitándose violentamente por la tormenta. Pero se sentía diferente. Más silenciosa. No se veía movimiento en las ventanas.

Me bajé, empapándome en segundos, y corrí hacia la puerta. Casi no toco. Mi mano dudó en el aire. ¿Y si ya se había cansado? ¿Y si el “tiempo” le había servido para darse cuenta de que sus amigos tenían razón y yo era un error? Toqué. Tres golpes secos.

Pasaron unos segundos eternos. La puerta se abrió. Maya estaba ahí. Llevaba una sudadera enorme manchada de pintura azul y carbón. Tenía el pelo hecho un desastre, recogido con un lápiz. Había una mancha de pintura en su pómulo. No había sorpresa en su cara. Solo algo más suave… resignación, tal vez. O alivio.

—Hola —dije, chorreando agua en su tapete de bienvenida. —Hola —respondió ella, apoyándose en el marco de la puerta. —Andaba por la zona —mentí descaradamente. Ella levantó una ceja, incrédula. —Vienes de la Obrera. Eso está a cuarenta y cinco minutos con tráfico y lluvia.

Sonreí, sintiéndome como un niño atrapado en una travesura. —Está bien, mentí. No andaba por la zona. Vine específicamente aquí.

Ella se hizo a un lado. —¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí midiendo la humedad relativa del ambiente?

Entré. El calor de la casa me envolvió. El olor era distinto esta vez. Olía a pintura acrílica, a trementina y a café fuerte. Seguí a Maya hacia el fondo de la casa, a una habitación que no había visto antes. Era un estudio con ventanales enormes que daban al jardín bajo la lluvia. Había lienzos por todos lados. Algunos en blanco, otros a medio terminar. Pero uno dominaba la habitación, montado en el caballete central.

Me acerqué. Era una pintura oscura, violenta. Azules profundos, grises tormentosos y carbón. Parecía un mar tragándose una ciudad, o una tormenta eléctrica vista desde adentro. Era caos, pero era hermoso. —¿Tuyo? —pregunté, asintiendo hacia el cuadro. —¿Terapia? —respondió ella con una media sonrisa. —¿Alguna vez planeas mostrar estos? —pregunté, estudiando las pinceladas agresivas. —No. No son para nadie más que para mí.

Me giré para mirarla. Se había sentado en el suelo, junto al ventanal, abrazando sus rodillas. Se veía vulnerable, lejos de la imagen de la “reina de hielo” que pintaban las revistas. —Parecen… honestos —dije—. Como si hubieran estado esperando mucho tiempo para salir.

Maya apoyó la barbilla en sus rodillas. —Cuando tenía 14 años, un maestro de arte me dijo que tenía talento, pero luego me dijo que no lo desperdiciara en “angustia urbana”. Que pintara flores o paisajes, cosas bonitas que combinaran con los sofás de mis padres. “Angustia urbana”… esa fue su frase.

Me senté en el suelo frente a ella, cruzando las piernas. —Yo tuve un consejero vocacional en la secundaria técnica —dije—. Me dijo que apuntara a ser eléctrico o plomero porque la universidad “podría frustrarme”. Que gente como yo es mejor con las manos que con la cabeza.

Ambos soltamos una risa corta, hueca. —No vine aquí para desenterrar traumas del pasado —dije suavemente. —¿Entonces por qué viniste, Mateo? —Su mirada se clavó en la mía, buscando la verdad.

Dudé un segundo. Podía inventar una excusa. Pero ya estaba cansado de máscaras. —Vine porque no quiero ser el tipo de hombre que huye cuando las cosas se ponen difíciles. Vine porque me di cuenta de que estar lejos de ti es más difícil que soportar los chismes. Hice una pausa, tragando saliva. —Y porque me di cuenta de que esto… lo que sea que tenemos… no es ruido. Es real. Y es raro. Y me aterra.

Ella me sostuvo la mirada. Sus ojos brillaron. —A mí también —susurró—. Me aterra.

Nos quedamos sentados un rato en la penumbra, escuchando la lluvia golpear contra el cristal como mil dedos impacientes. Finalmente, Maya se levantó. —Hay algo que deberías ver.

Caminó hacia un estante lleno de libros de arte y sacó una carpeta delgada de color negro. Volvió y me la entregó. —¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo el peso del objeto. —La realidad —dijo ella.

Abrí la carpeta. Adentro había un montón de hojas impresas. Capturas de pantalla. Eran comentarios de redes sociales, hilos de Twitter, publicaciones de blogs. Algunos tenían fotos nuestras. Otros eran solo texto. Pero no eran los chismes tontos de “La Bella y la Bestia”. Eran cosas peores.

“Investiguen al tipo. Seguro tiene antecedentes”. “¿Quién le dio el contrato de esa casa? Alguien debería revisar si tiene licencia vigente”. “Cuidado, vecinos de Las Lomas. Ahora dejan entrar a cualquiera”. “Ese tipo, Mateo Carter, seguro está robando material de las obras. Así hacen todos ellos”.

Sentí un frío helado en el estómago. —Están buscando destruir mi negocio —dije, pasando las hojas. Mis manos temblaban de rabia. —Están buscando asustarte —corrigió Maya—. Están buscando una razón para que te vayas. Para que vuelvas a “tu lugar”.

Cerré la carpeta de golpe. —¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? —Desde el parque. Alguien en esa fiesta a la que fuimos me reconoció, y alguien más te ubicó. El resto fue internet haciendo lo suyo. —Saben dónde vives —dije, viendo una foto borrosa de mi camioneta saliendo de su calle. —Mejoré la seguridad —dijo ella rápidamente—. Cámaras nuevas, patrulla privada. No me preocupo por mí.

—Debiste decirme —dije, apretando la carpeta—. Debiste mostrarme esto antes. —No quería asustarte. Ya estabas cargando con suficiente. —¿Crees que me asusto fácil? —Me puse de pie, la ira reemplazando al miedo. —Tú pediste espacio, Mateo —dijo ella, levantándose también—. Pensé que ya te habías ido. Pensé que habías visto esto y habías decidido que no valía la pena.

Exhalé, tirando la carpeta al sofá. —Pensé que el espacio nos protegería. Que si me alejaba, dejarían de hablar. —No —dijo Maya, negando con la cabeza—. No hay distancia segura de esto. Si te vas, ganan ellos. Confirman que no perteneces. Si te quedas… te van a seguir golpeando.

Me acerqué a ella. Estábamos a centímetros de distancia. Podía oler la pintura y su perfume. —Pensé que el espacio me daría claridad —dije—. Pero todo lo que hizo fue hacerme ver que no quiero estar a salvo si eso significa estar sin ti.

Ella me miró, con los ojos muy abiertos. —¿Entonces? —Entonces que se jodan —dije—. Que hablen. Que investiguen. Mis licencias están en orden. Mi trabajo es impecable. No tengo nada que esconder. Le tomé la mano. Sus dedos estaban manchados de azul. —Estoy aquí, Maya. Y no me voy a esconder.

Ella entrelazó sus dedos con los míos. Su agarre fue fuerte, desesperado. —No puedo prometerte que será fácil —dijo—. De hecho, te prometo que se va a poner peor antes de mejorar. Van a intentar rompernos. —No quiero fácil —respondí, acercándola más—. Quiero verdad. Quiero construir algo que aguante la tormenta.

—¿Y qué quieres que sea eso? —preguntó ella, casi en un susurro, sus labios cerca de los míos. Pensé por un momento. No en una respuesta romántica, sino en una estructural. Como ingeniero de mi propia vida. —Quiero construir algo contigo. No para ti. No alrededor de ti. Contigo. Quiero ser tu socio, no tu proyecto.

Ella sonrió, y por primera vez en días, la sonrisa le llegó a los ojos. —Entonces empecemos ahora.

Esa noche, nos sentamos lado a lado en el sofá, viendo la tormenta afuera. No hubo música, ni vino. Solo silencio compartido, pero esta vez no era un silencio incómodo. Era el silencio de los cimientos asentándose. Maya recargó su cabeza en mi hombro. Yo pasé mi brazo alrededor de ella, sintiendo su calor a través de la sudadera manchada.

—Sabes —dijo ella después de un rato—, me han llamado muchas cosas en mi vida. Difícil, intensa, rebelde, “demasiado”. Le di un beso en la sien. —Se perdieron la mejor. —¿Cuál? —Tuya.

Ella sonrió contra mi camisa. Y en esa habitación pequeña, iluminada solo por el resplandor de los relámpagos y el eco de nuestra honestidad, la línea entre el miedo y el coraje se borró por completo. La batalla había empezado, sí. Pero por primera vez, yo sabía exactamente por qué estaba peleando..

CAPÍTULO 5: Cimientos y Grietas

Dos meses pasaron. No en un borrón, ni en una prisa vertiginosa como suele suceder en esta ciudad que nunca para, sino en un despliegue lento y deliberado. Fue como ver secar el concreto: sabes que se está endureciendo, que se está volviendo permanente, aunque a simple vista parezca que nada cambia.

Nuestros domingos se convirtieron en un ritual sagrado. Yo llegaba a su casa a las nueve de la mañana, esquivando a los corredores matutinos de Reforma y a los paseadores de perros de raza. Siempre traía el desayuno: un litro de jugo de naranja recién exprimido del puesto de Don Beto y medio kilo de barbacoa de borrego de un mercado en la Narvarte, con su consomé bien caliente y tortillas azules hechas a mano.

Maya, por su parte, ponía la parte “fresa” del asunto: preparaba café en una prensa francesa que juraba que hacía que el grano “respirara” (yo sigo prefiriendo el de olla, pero no se lo digo), y ponía música de jazz suave que contrastaba con el ruido de los cláxones lejanos.

Nos sentábamos junto al ventanal de su estudio, donde la luz de la mañana entraba filtrada por los árboles, derramándose sobre el piso de madera como un río lento de oro. Sus rodillas tocaban las mías bajo la mesa baja. A veces hablábamos, a veces solo leíamos las noticias en el celular o mirábamos el jardín.

El ruido exterior no había parado. La gente seguía hablando. Los susurros en línea todavía siseaban como una fuga de gas lenta. “¿Viste con quién anda?”, “¿Cuánto crees que le dure el capricho?”. Pero yo había dejado de escuchar. Habíamos construido una burbuja, un muro de contención contra la marea de opiniones ajenas. Y dentro de esos muros, estábamos construyendo algo nuestro.

Fue en una de esas mañanas, con el olor a cilantro y cebolla mezclándose extrañamente con el aroma a café tostado, que Maya dejó su taza sobre la mesa con un tintineo decidido.

—Tengo una idea —dijo.

Me limpié la salsa borracha de la comisura de los labios con una servilleta y sonreí. —Esa frase, viniendo de ti, usualmente termina con pintura en mi ropa o con nosotros huyendo de algún evento social aburrido. —Esta vez termina con ambas cosas, más o menos —respondió ella, con un brillo travieso en los ojos.

Sacó una tablet de debajo de unos cojines y me la tendió. —Míralo.

Me limpié las manos y tomé el aparato. La pantalla se iluminó. Lo que vi me dejó helado. Era un diseño web. Moderno, limpio, profesional. Colores gris pizarra y naranja industrial. En la parte superior, un logotipo fuerte: un rayo estilizado que formaba una “M” y una “C”. Y debajo, en letras negritas y sans-serif:

MATEO CARTER: SOLUCIONES ELÉCTRICAS E INTEGRALES Construido con manos, impulsado por el corazón.

Parpadeé. Deslicé el dedo por la pantalla. Había secciones: “Servicios”, “Residencial”, “Comercial”, “Urgencias 24/7”. Había fotos de stock de herramientas, pero también había una foto real de mis manos trabajando en un panel (esa foto me la había tomado ella una tarde mientras le arreglaba un enchufe en la cocina).

—¿Qué es esto? —pregunté, y mi voz salió estrangulada. —Un plano —dijo ella, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Dijiste que estabas cansado de trabajar para tu tío. Dijiste que querías independencia, que querías hacer las cosas a tu manera, sin atajos, sin materiales baratos. Así que… hice un borrador.

Me quedé mirando la pantalla. Ver mi nombre ahí, tratado como una marca, como algo valioso, me provocó un vértigo extraño. —¿Hiciste todo esto tú? —pregunté, todavía aturdido—. ¿El diseño, el logo…? —Y los textos —añadió ella—. Hice el branding, seleccioné la paleta de colores, elegí las tipografías. Eres un hombre de estructura, Mateo, así que usé fuentes sólidas, nada de cursivas floridas.

Dejé la tablet sobre la mesa con cuidado, como si fuera de cristal explosivo. —¿Por qué? —pregunté. No con gratitud inmediata, sino con esa sospecha innata del barrio. ¿Por qué alguien haría esto por mí?

Maya me sostuvo la mirada. No parpadeó. —Porque cuando veo algo bueno, Mateo, no espero a que alguien más le ponga una etiqueta de precio. Invierto. —¿Inviertes? —repetí, sintiendo un pinchazo en el orgullo. —Sí. Invierto. Eres el mejor en lo que haces. Tienes una ética de trabajo que avergüenza a la mitad de los CEOs que conozco. Pero te vendes barato. Te escondes detrás del nombre de la empresa de tu tío.

—No tengo capital para esto, Maya —dije, señalando la tablet—. Una página así, el marketing, los permisos… yo vivo al día. Lo que ahorro es para emergencias. —Yo pongo el capital inicial —dijo ella rápido, como si ya hubiera previsto mi objeción—. Tú pones el trabajo. Eres el socio operativo, yo soy la socia capitalista. Cincuenta-cincuenta. Me pagas cuando el negocio dé frutos.

Me reí, una risa seca y nerviosa. Me levanté y caminé hacia el ventanal. —¿Tú crees que es así de fácil? ¿Crees que porque pones un logo bonito la gente me va a contratar? Soy un técnico de Iztapalapa, Maya. En tu mundo, la gente contrata empresas con apellidos compuestos o franquicias gringas. —¿Y qué vas a hacer? —me retó ella desde el sofá—. ¿Seguir agachando la cabeza? ¿Seguir dejando que te llamen “el chalán”?

Me giré hacia ella. Sentí el pecho apretado. No era enojo. Era miedo. Miedo de querer esto demasiado. —¿Qué quieres de mí? —pregunté, mi voz bajando a un susurro—. Ya tienes mi tiempo. Tienes… mi cariño. ¿Qué más quieres?

Ella se levantó y caminó hacia mí. Sus pies descalzos no hacían ruido. Se detuvo a centímetros de mi pecho. —Quiero construir algo contigo —dijo, clavando sus ojos oscuros en los míos—. No para ti. No te estoy regalando nada. Quiero construir contigo. Porque creo que juntos somos una fuerza que este mundo estirado no ve venir.

Suspiré, derrotado por su lógica y por la esperanza que, traicionera, empezaba a florecer en mi estómago. —Es una locura. —Las mejores cosas lo son.

Para el final de la semana, había presentado mi renuncia con mi tío. Hubo gritos, hubo reclamos de “ingrato” y “se te subió la mierda a la cabeza por andar con la rica”, pero me mantuve firme. Registré mi alta en Hacienda. Maya me ayudó a diseñar volantes. No digitales, sino de papel. —La gente confía en lo que puede tocar —dijo ella.

El sábado siguiente, imprimimos mil volantes en una imprenta del Centro Histórico. Caminamos juntos. No por Las Lomas, sino por colonias de clase media: la Del Valle, Narvarte, Álamos. Caminamos bajo el sol, pegando volantes en postes de luz permitidos y dejándolos en buzones. Maya iba con tenis y jeans, con una gorra calada, trabajando hombro a hombro conmigo. Sudando igual que yo.

Un señor mayor, apoyado en un bastón afuera de una casa en la calle Xola, nos vio meter un volante en su reja. Entrecerró los ojos y leyó el papel. —¿Tú eres Carter? —me preguntó con voz rasposa. Me detuve. —Sí, señor. Mateo Carter. A sus órdenes.

El viejo me miró de arriba abajo. Miró mis botas, mis manos curtidas. —Dice aquí “Soluciones Integrales”. Mi hijo contrató a un técnico de una app el otro día. Un chamaco que no sabía distinguir un cable de un espagueti. Casi me quema el boiler. —Yo no soy de app, jefe —le dije, acercándome a la reja—. Yo soy de oficio. Aprendí a la antigua. Si no queda bien, no me paga.

El viejo asintió lentamente, una señal de respeto entre hombres de otra época. —Manos buenas importan —dijo—. Guardo tu papel. Se ve que no eres un improvisado. —Gracias, jefe.

Caminé el resto de la cuadra con una sonrisa que no me cabía en la cara. Maya me dio un empujón con el hombro. —Te lo dije.

Pero nada en la vida se mueve sin resistencia. La fricción es una ley física y social. La resistencia llegó el viernes siguiente, en forma de una llamada para una residencia en Jardines del Pedregal. Territorio hostil. Roca volcánica, arquitectura modernista y dinero viejo.

La dirección era una casa impresionante, con muros de piedra negra y vegetación selvática. El trabajo parecía sencillo en papel: revisar un circuito defectuoso en el baño principal que hacía saltar la pastilla cada vez que encendían el jacuzzi.

Llegué en mi camioneta (todavía la vieja Ford, pero ahora con un imán en la puerta con el nuevo logo). Me bajé, me ajusté el cinturón de herramientas y toqué el timbre. Me abrió una mujer de unos cincuenta años. Llevaba un traje sastre impecable, color hueso, y el cabello rubio perfectamente peinado. Me escaneó de pies a cabeza con una mirada que podría haber congelado el infierno.

—Buenos días, señora —dije, quitándome la gorra—. Soy Mateo Carter. Vengo por lo del circuito. Ella no respondió el saludo. Se hizo a un lado. —Pasa. Ponte los cubrezapatos, no quiero que ensucies la alfombra.

Obedecí. Entré. La casa era un mausoleo de buen gusto. Muebles de diseño, esculturas abstractas. Me llevó al baño principal. Era más grande que mi departamento entero. Mármol de Carrara, grifos dorados. —Es ahí —señaló el panel—. El técnico anterior dijo que era un problema de carga. Espero que tú sí sepas arreglarlo.

—Lo revisaré de inmediato —dije.

Empecé a trabajar. Desarmé el contacto, revisé la línea de carga. El problema era obvio para un ojo entrenado: habían puesto un cable de calibre 12 para una resistencia que requería calibre 10. Se estaba sobrecalentando. Un error de principiante, o de alguien que quiso ahorrar cobre.

Estaba concentrado, midiendo el amperaje, cuando escuché su voz detrás de mí. —Tú eres el de la nueva compañía. “Carter Soluciones” o algo así.

No me giré. —Sí, señora. —Me sonaba tu cara —dijo ella, con un tono que goteaba veneno—. Te vi en el blog de “Chismes Polanco”. Eres el… amigo de Maya Williams.

Me tensé. Dejé el multímetro en el suelo y me giré despacio. Ella estaba cruzada de brazos, recargada en el marco de la puerta, mirándome como si fuera una mancha de grasa en su sofá. —Maya es socia del despacho de mi esposo —dijo ella—. Conozco a su familia. Sé que le gusta jugar a la rebelde. ¿De verdad crees que este pequeño truco tuyo va a durar?

Sentí el calor subirme por el cuello. Mis manos, que un segundo antes eran firmes y precisas, se cerraron en puños. Quería decirle que se fuera al diablo. Quería recoger mis cosas e irme. Pero recordé las palabras de Maya: “No eres pequeño. No eres temporal”. Y recordé al viejo de la colonia Narvarte.

Respiré hondo. Solté los puños. —Señora —dije, con una calma que no sentía—, el problema aquí es que usaron un cable inadecuado para la potencia de su jacuzzi. Es un riesgo de incendio grave. Puedo arreglarlo ahora mismo y dejarlo seguro para su familia, o puedo irme y dejar que siga leyendo blogs de chismes mientras su casa corre peligro.

Ella entrecerró los ojos. Hubo un duelo de miradas. Ella, con todo su dinero y su arrogancia. Yo, con mis botas y mi verdad. —Arréglalo —dijo finalmente, con frialdad—. Pero hazlo rápido.

Se dio la vuelta y salió del baño. Pero no se alejó lo suficiente. La escuché sacar su celular y marcar un número. —Sí, está aquí —dijo, sin bajar la voz, sabiendo que yo podía oírla—. Es él. Te lo dije, es patético. Maya está jugando algún tipo de juego retorcido para molestar a su padre. Le doy dos meses antes de que se aburra del “obrero emprendedor”.

Cada palabra fue un latigazo. Trabajé con la mandíbula tan apretada que me dolió la cabeza. Cambié el cableado. Aseguré las conexiones. Probé el sistema tres veces. Todo perfecto. Hice la nota, la dejé en la entrada y salí sin despedirme.

Me subí a mi camioneta y arranqué, quemando llanta al salir de su calle privada. Manejé con las ventanas abajo, dejando que el aire me golpeara la cara, tratando de enfriar la humillación que me ardía en la piel. “Honest work lasts longer than gossip”, pensé. “El trabajo honesto dura más que el chisme”. Pero maldita sea, cómo duele mientras dura el chisme.

Mi teléfono vibró. “Maya: Almuerzo en el taller. Trae tus manos de pintura”.

El “taller” era un espacio nuevo. Maya había rentado un local comercial antiguo en la colonia Roma Sur. Era un espacio crudo: ladrillo expuesto, techos altos, piso de cemento. La idea era dividirlo: un lado para mi equipo y materiales, el otro para su estudio de diseño y arte.

Llegué. Estacioné la camioneta. Entré al local. Todavía olía a polvo y a posibilidades. Maya estaba al fondo, colgando unos cuadros pequeños en la pared de ladrillo. Había puesto dos bancos altos y una mesa de trabajo improvisada con una pizarra que decía “CERRADO” en letra cursiva suave.

Me vio entrar. Vio mi cara. —¿Qué pasó? —preguntó de inmediato, dejando el martillo. Le conté. Le conté sobre la señora del Pedregal, sobre sus comentarios, sobre la llamada telefónica que me obligó a escuchar.

La mandíbula de Maya se tensó. Vi la furia cruzar sus ojos, esa misma furia protectora que había visto antes. Pero no explotó. En cambio, caminó hacia uno de sus lienzos que estaba recargado en el suelo, volteado contra la pared. —Ven a ver esto —dijo.

Me acerqué. Ella volteó el cuadro. Era abstracto, un remolino de líneas blancas y negras, formas rotas, caos. Pero cruzando el centro del cuadro, uniendo las partes fracturadas, había una línea gruesa y brillante de oro. Pintura dorada metálica que atrapaba la luz.

—Pinté esto hace dos años —dijo, pasando los dedos sobre la textura—. Justo después de que mi ex-prometido, el abogado, me dijera que yo no era lo suficientemente “relatable” para sus clientes políticos. Que era demasiado intensa. Demasiado rota.

Me miró. —Casi destruyo este cuadro. Lo rajé con la espátula. Pero luego… recordé una técnica japonesa. Kintsugi. Reparar con oro. Hacer que las cicatrices sean la parte más valiosa de la pieza. Se giró hacia mí completamente, poniéndose frente a mí, bloqueando el resto del mundo. —Tú no eres una fase, Mateo. No eres un escándalo. No eres algo de lo que la gente pueda susurrar hasta que salga la siguiente noticia.

—Se siente como si lo fuera —admití, mi voz ronca—. Se siente como si estuviera esperando a que te des cuenta de que soy una mala inversión.

Ella agarró mis manos. Mis manos rasposas, con callos y cicatrices, entre sus manos suaves pero firmes. —Escúchame bien. No eres mi proyecto de caridad. No eres mi rebelión. Y no eres mi pasatiempo. Eres mi socio. Se acercó más, invadiendo mi espacio, obligándome a respirar su aire. —Y tú tampoco eres mi salvador, Mateo. No te necesito para que me arregles. Pero maldita sea, quiero que estés a mi lado mientras construimos esto. —¿Construimos qué? —pregunté, perdiéndome en sus ojos. —Un imperio —susurró ella—. Nuestro imperio. De cables y pintura. De manos y corazón.

Sonreí. Una sonrisa torcida, cansada, pero real. —Suena caro. —Lo es —dijo ella, sonriendo también—. Cuesta todo lo que tenemos. ¿Le entras?

La abracé, enterrando mi cara en su cuello, oliendo su perfume y el olor a polvo de ladrillo. —Le entro.

Las semanas se convirtieron en meses. “Mateo Carter Soluciones” creció. No fue un boom explosivo. Fue lento, constante y sólido, como una pared de ladrillo bien hecha. El boca a boca empezó a funcionar. La gente de las colonias aledañas empezó a llamar. “Oiga, me dijeron que usted no tranza”, “Me dijeron que usted llega a tiempo”. Esas cosas, en esta ciudad, valen oro.

Contraté a dos aprendices. Kevin y Brayan, dos chavos de mi barrio en Iztapalapa que andaban en malos pasos. Los traje al taller. —Aquí se llega temprano, se viene limpio y se respeta al cliente —les dije el primer día—. Si roban un tornillo, se van. Si aprenden, tendrán un oficio para toda la vida. Kevin me miró con ojos grandes. —¿Neta, jefe? —Neta.

Maya, por su parte, lanzó su estudio de diseño desde el mismo espacio. “Estudio W&C”. Empezó a tener clientes que buscaban algo más “auténtico”. El taller se convirtió en un híbrido extraño y maravilloso. De un lado, rollos de cable calibre 12, tubos conduit y herramientas Dewalt. Del otro, lienzos, MacBooks y paletas de colores Pantone. Y en medio, una cafetera que siempre estaba prendida.

Implementamos los “Días de Reparación Comunitaria”. Un sábado al mes, abríamos las puertas y arreglábamos electrodomésticos pequeños para la gente del barrio, gratis. Licuadoras, planchas, lámparas. Venían abuelas con sus nietos, señores jubilados. El taller se llenaba de vida.

Los susurros no pararon del todo. Todavía había gente que nos miraba raro cuando salíamos a cenar, ella con sus vestidos y yo con mis jeans limpios pero gastados. Todavía había miradas en Las Lomas cuando iba a dejarla. Pero ya no importaba.

Habíamos construido algo. No solo un negocio. Un puente. Un plano. Una rebelión silenciosa contra todo lo que decía que no podíamos.

Cada vez que pasaba frente a ese cuadro reparado con oro que Maya colgó en la entrada del taller, recordaba lo que me dijo esa primera noche en el bosque. “No pareces impresionado”.

Ahora, mirando lo que habíamos hecho, mirando a los chavos aprendiendo a soldar, mirando a Maya diseñando en su escritorio… estaba impresionado. No por el dinero. No por el éxito. Sino por la capacidad de aguantar. Porque al final del día, en esta ciudad de terremotos y tormentas, lo único que importa es lo que queda en pie cuando deja de temblar. Y nosotros seguíamos de pie.

CAPÍTULO 6: Guerra de Mundos

Todo empezó con una llamada telefónica un lunes por la mañana, cuando el sol apenas intentaba atravesar la capa de esmog sobre la ciudad.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de trabajo del taller. Era un número con lada de la ciudad, pero desconocido. Casi no contesto —tengo la política de no atender números raros porque suelen ser del banco ofreciendo tarjetas o extorsiones desde algún reclusorio—, pero algo en mi instinto me dijo: Contesta.

—¿Hablo con el señor Mateo Carter? —preguntó una voz de mujer, seca y eficiente. —Él habla. —Soy Ángela Montes, administradora de la familia Heredia. Nos comunicamos por una reparación urgente en una de sus propiedades en Bosques de las Lomas. ¿Tiene disponibilidad para una consulta hoy mismo?

Me enderecé en la silla. Los Heredia. Ese apellido pesa en México. Son dueños de aseguradoras, edificios y quién sabe qué más. Dinero viejo. Del que no sale en las revistas de chismes, sino en las páginas de finanzas. —Puedo estar ahí a las once —dije, tratando de sonar profesional y no como si acabara de ganar la lotería de los contratos. —Gracias. La dirección se le enviará por mensaje.

Cuando colgué, miré a Maya, que estaba dibujando en su lado del estudio. —Me acaban de llamar los Heredia. Ella levantó la vista, sorprendida. —¿Los Heredia? Eso es grandes ligas, Mateo. Ten cuidado. Esa gente no respira aire, respira juicio.

Llegué a la dirección a las 10:55. La casa no era una mansión; era un palacio moderno. Muros altos de concreto aparente, vigas de acero, ventanales blindados. Me recibió la tal Ángela, una mujer de unos sesenta años con traje sastre gris y perlas. —Gracias por venir tan rápido —dijo sin sonreír—. El problema es en el solárium del segundo piso. El candelabro principal hace corto cada vez que llueve. Hemos traído a tres técnicos. Ninguno lo ha resuelto.

—Haré mi mejor esfuerzo, señora.

Subí las escaleras flotantes de madera, con mi caja de herramientas en la mano, cuidando que mis botas no hicieran ruido. El solárium era impresionante. Techo de cristal, plantas exóticas y, colgando del centro, un candelabro antiguo de cristal cortado que debía pesar media tonelada.

Empecé a trabajar. Silencio absoluto. Revisé el cableado superior. Era un desastre de “parches”: alguien había intentado adaptar un sistema europeo antiguo a voltaje mexicano usando cinta de aislar y rezos. Estaba concentrado, trazando la línea de fuga con mi multímetro, cuando escuché pasos detrás de mí. Pasos de zapatos de suela de cuero, de esos que suenan con autoridad.

—Vaya, esto sí que es inesperado.

Esa voz. La reconocí al instante, aunque solo la había escuchado una vez en una fiesta a la que Maya me llevó meses atrás. Me giré despacio. Parado en la entrada del solárium estaba Santiago Grayson. Socio del despacho Grayson & Asociados, miembro del consejo del Club de Golf, y el ex-prometido de Maya. Llevaba un traje azul marino hecho a la medida, el pelo engominado hacia atrás y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—No sabía que hacías “chambitas” de electricidad —dijo, arrastrando la palabra “chambitas” como si fuera algo sucio. —Soy dueño de la empresa, Santiago —respondí, manteniendo el tono neutro. Me puse de pie, limpiándome las manos.

Santiago entró a la habitación, con las manos en los bolsillos. Caminó alrededor de mí como si estuviera inspeccionando un mueble defectuoso. —Maya siempre ha tenido gustos… poco convencionales —dijo—. Primero quiso ser pintora, luego activista, y ahora… juega a la casita con el técnico. —No estoy jugando —dije, sintiendo cómo se me tensaban los hombros—. Y ella tampoco.

Santiago se detuvo frente a mí. Éramos de la misma altura, pero él parecía mirarme desde arriba. —¿De verdad crees que eres algo más que un capricho, Mateo? —Su voz bajó, volviéndose confidencial, venenosa—. Conozco a Maya desde el kínder. Sé cómo funciona. Se aburre. Le gusta molestar a su papá. Le gusta la idea de la “vida real”. Pero al final del día, ella necesita su comodidad.

Me quedé quieto. Sus palabras eran mis propios miedos dichos en voz alta. —Tú eres temporal, Carter. Eres el sabor del mes. ¿Lo sabes, verdad?

Apreté la mandíbula tan fuerte que sentí un crujido en mi oído. Miré mis manos. Manos que construyen. Manos que arreglan. Luego miré las suyas. Manos suaves que solo firman papeles. Regresé mi atención al candelabro. Corté un cable corroído con un SNIP seco y preciso. —Yo construyo cosas que duran, Santiago —dije sin mirarlo—. Incluyéndome a mí mismo. Si Maya está conmigo, es porque se cansó de lo artificial.

Él soltó una risa corta, burlona. —Ya veremos cuánto dura esa “durabilidad” cuando se le pase la novedad y quiera ir a esquiar a Aspen en lugar de comer tacos en la banqueta.

Se dio la vuelta y salió. Terminé el trabajo temblando de rabia. Dejé la instalación perfecta, segura y eterna. Cuando bajé, la señora Ángela ya me esperaba con un cheque. —Eficiente —dijo—. Mucho mejor que los anteriores. Lo llamaremos de nuevo.

Salí de esa casa sintiendo que me faltaba el aire. Las palabras de Santiago resonaban en mi cabeza: “Eres temporal”. Esa noche, Maya me encontró en el taller, mirando fijamente la pared de ladrillo. —¿Estás bien? —preguntó. Me giré hacia ella. —Santiago estaba en la casa de los Heredia. Los ojos de Maya se entrecerraron, oscuros y peligrosos. —¿Qué te dijo? —Lo suficiente.

Se cruzó de brazos. —¿Quieres que lo maneje? Puedo hacer una llamada y… —No —la interrumpí—. No quiero que pelees mis batallas. Pero quiero preguntarte algo. Ella esperó, tensa. —Si alguna vez se trata de elegir… si tu mundo y el mío chocan de verdad, ¿qué vas a hacer? Maya no respondió de inmediato. Caminó hacia mí, tomó mi cara entre sus manos y me miró con una ferocidad que me asustó. —No creo que deba elegir. Pero si dibujan una línea, Mateo… si me obligan a escoger entre su hipocresía y tu verdad, voy a quemar esa línea hasta los cimientos.

CAPÍTULO 7: La Verdad en el Micrófono

Dos días después, Maya cumplió su promesa. No con fuego, sino con palabras. Publicó una carta abierta en un blog cultural muy leído en la ciudad, que luego fue retomado por El Universal. El título era: “Cuando amamos fuera de las líneas”.

No mencionó nombres, pero no hacía falta. Habló del clasismo sutil de la Ciudad de México, de cómo se nos enseña que el éxito se ve de una sola manera, de cómo el amor se ha convertido en una transacción de estatus. Y defendió lo nuestro. “Lo que construyo con Mateo Carter no es rebelión. Es construcción. Es equidad. Y si eso les incomoda, deberían preguntarse por qué les asusta tanto ver a dos personas felices fuera de su guion”.

El artículo se hizo viral antes del mediodía. Pero la reacción no se hizo esperar. El jueves, un portal de noticias amarillistas sacó la contraportada. “¿Héroe de barrio o trepador social? La verdad detrás del novio de Maya Williams”.

Era un ataque directo. Usaron fotos viejas mías saliendo de una obra, sucio y cansado, y las pusieron junto a fotos de Maya en galas benéficas. Sacaron de contexto frases mías. Insinuaron que yo tenía deudas de juego (mentira) y que mi negocio era una fachada para lavar dinero de quién sabe quién (otra mentira ridícula). Incluso pusieron una foto mía ayudando a una anciana a cruzar la calle con el pie de foto: “¿Marketing o manipulación?”.

Esa tarde, el cielo se rompió sobre la ciudad. Llovía con furia. Yo estaba en mi camioneta, leyendo el artículo en el celular. Sentí náuseas. No por mí, sino por lo que estaban haciendo con mi nombre. Mi apellido. Lo único que mi padre me dejó. Apagué el teléfono. Arranqué y manejé sin rumbo.

Terminé en el taller. Maya estaba ahí, con pintura en la mejilla y los ojos rojos. Ya lo había visto. —Lo siento —susurró cuando entré—. Yo provoqué esto al escribir la carta. —No —dije, mi voz ronca—. Ellos vinieron por mí porque soy el eslabón débil. Querían probar que soy basura.

Me senté en un banco, derrotado. —Tal vez tienen razón, Maya. Tal vez soy solo un problema para ti. Mira esto. Están arrastrando tu nombre por el lodo junto al mío. —Me importa un carajo mi nombre —dijo ella—. Me importas tú.

—¿Y si paramos? —pregunté. Fue la pregunta más difícil de mi vida. Ella me miró, helada. —¿Quieres parar? —No quiero. Pero no sé si puedo sobrevivir siendo el chiste nacional. “El trepador”. “El chacal”.

Maya se sentó a mi lado. —Mateo, te definen como disrupción. Como algo que rompe el orden. ¿Sabes lo poderoso que es eso? —Se siente como una carga. —Lo es. Pero no la llevas solo.

En ese momento, su teléfono sonó. Era un correo electrónico. Ella lo leyó y me miró con una sonrisa extraña. —Es de W Radio. Quieren entrevistarnos. Mañana. En vivo. —¿Estás loca? Nos van a comer vivos. —No si contamos nuestra historia nosotros mismos. Sin editores. Sin fotos trucadas. Solo tú, yo y la verdad.

Fuimos. El estudio de radio estaba frío. La locutora, una mujer famosa por sus entrevistas duras, nos miró con curiosidad. —Estamos al aire en 3, 2…

La entrevista duró veinte minutos. Empezó tensa. Preguntaron sobre la diferencia de edad, de ingresos, de mundos. Pero entonces, me preguntaron sobre mi trabajo. —Sr. Carter, dicen que usted busca la fortuna de la Srta. Williams. Miré el micrófono, respiré hondo y olvidé las cámaras. —Señora, yo me levanto a las 5 de la mañana. Tengo callos en las manos desde los diez años. Sé cuánto cuesta un metro de cable y sé cuánto cuesta ganarse el respeto. No me interesa ser la portada de nadie. Solo quiero construir cosas que no se caigan cuando tiembla. Y encontré a una mujer que tiene el mismo plano que yo. Ella pone el color, yo pongo la estructura.

Hubo un silencio en la cabina. Maya tomó mi mano sobre la mesa. —Construimos con lo que tenemos —dijo ella al micrófono—. Él trajo sus manos. Yo traje el espacio. Y juntos hicimos un hogar.

Cuando salimos de la estación, revisé mi teléfono. No había odio. Había cientos de mensajes. De gente real. “Qué huevs de ese compa”*. “Así se habla”. “¿Dónde contrato sus servicios?”.

El blog intentó sacar otra nota, pero nadie la compartió. La narrativa había cambiado. No porque fuéramos perfectos, sino porque fuimos reales.

CAPÍTULO 8: Cimientos Propios

El otoño llegó a la Ciudad de México, trayendo ese viento fresco que limpia el cielo y deja ver los volcanes. Habían pasado seis meses desde la entrevista. “Carter Soluciones” no daba abasto. Teníamos agenda llena hasta el próximo año. Kevin y Brayan, mis aprendices, ya dirigían sus propias cuadrillas pequeñas.

Pero el cambio más grande no fue el negocio. Una tarde de jueves, llevé a Maya a la colonia Santa María la Ribera. Una colonia vieja, popular, pero llena de historia y belleza decadente. Me estacioné frente a una casa de dos pisos. Fachada despintada, una ventana rota, pero con una arquitectura porfiriana sólida.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Maya, bajando del coche. Saqué un juego de llaves de mi bolsillo. —Es nuestra. Si tú quieres.

Ella me miró, incrédula. —¿Compraste una casa? —Di el enganche. Con mi dinero. Con lo que ganó la empresa estos meses. El banco me aprobó el crédito ayer. Abrí la puerta. El interior olía a encierro y a polvo, pero la luz entraba a raudales por los ventanales altos. —No es Las Lomas, Maya. No hay cochera para tres autos. El piso necesita pulirse y la instalación eléctrica… bueno, ya te imaginas. Me giré hacia ella, nervioso. —Pero es mía. Y quiero que sea nuestra. Sin apellidos pesados, sin herencias. Solo lo que nosotros hagamos.

Maya recorrió el espacio vacío. Pasó la mano por una pared descascarada. Se veía más feliz que en su mansión de mármol. —Tiene buena luz —dijo, con voz temblorosa—. Y los muros son gruesos. Se volvió hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas. —Es perfecta, Mateo.

Semanas después, hicimos la inauguración oficial del “Estudio y Taller Williams & Carter” en nuestra nueva ubicación (la planta baja de la casa). Vino todo el mundo. Doña Lucha trajo dos ollas de tamales. El viejo de la Narvarte vino con su bastón. Mis aprendices trajeron refrescos. Y también vinieron algunos amigos de Maya, los verdaderos, los que entendieron que ella era feliz.

Hacia el final de la fiesta, con música de cumbia sonando suavemente de fondo y el olor a tamales y pintura fresca en el aire, Maya pidió silencio. —Hay una diferencia entre que te den algo y que confíen en ti para construirlo —dijo, levantando su vaso de plástico—. Este espacio no nos cayó del cielo. Lo lijamos, lo pintamos y lo cableamos nosotros.

Me miró. Yo estaba recargado en el marco de la puerta, con una cerveza en la mano, sintiéndome el hombre más rico del mundo, aunque mi cuenta bancaria estuviera casi en ceros por el enganche. —En una ciudad que nos dijo que teníamos que elegir entre el amor y la paz, nosotros elegimos construir —dijo ella.

Todos aplaudieron. Yo me acerqué y la abracé. —Solía pensar que lo único que poseería sería una caja de herramientas —le susurré al oído. Ella se rio. —Ahora tienes una hipoteca a treinta años. Felicidades. —Y esperanza —dije, besando su frente—. Mucha esperanza.

Esa noche, cuando todos se fueron, nos sentamos en el balcón de nuestra recámara a medio terminar. Veíamos la calle tranquila, los faroles amarillos, la vida normal de un barrio normal. —¿Todavía tienes miedo? —me preguntó Maya, recargando su cabeza en mi hombro. Miré mis manos. Seguían siendo las mismas manos rasposas de siempre. Pero ahora sostenían algo que nadie podía quitarme. —Sí —admití—. Pero ya no de ellos.

Maya sonrió y entrelazó sus dedos con los míos. —¿Entonces? —Miedo de lo mucho que me gusta esto. Esta vida. Tú. —Eso no es miedo, Mateo —dijo ella, cerrando los ojos—. Eso es peso. Del tipo que vale la pena cargar.

Y ahí, bajo el cielo de la Ciudad de México, dos personas que no debían estar juntas según las estadísticas, se quedaron mirando el futuro. No habíamos reescrito las reglas de la ciudad. La ciudad seguía siendo cruel, clasista y caótica. Pero en esa pequeña casa de la Santa María, habíamos creado nuestra propia excepción. Y eso, como un buen trabajo de electricidad, era algo que iba a durar para siempre.

FIN

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