
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA REINA SIN CORONA DEL MERCADO DE JAMAICA
El reloj de la cocina marcaba las 3:45 de la madrugada, pero Doña Beatriz, o “Doña Bety” como la conocía medio mundo, ya tenía los ojos abiertos antes de que sonara la alarma. A esa hora, la Ciudad de México no duerme, solo ronca bajito. En la colonia Doctores, el silencio se rompía apenas por el ladrido lejano de un perro callejero o el motor asmático de algún camión de basura.
Bety se sentó en la orilla de su cama, sintiendo ese crujido familiar en las rodillas. “Ay, huesitos, aguanten otro día”, murmuró para sí misma, sobandose con aceite de árnica. A sus sesenta y tantos años, el cuerpo le pasaba factura, pero el espíritu lo tenía blindado. Se levantó, se persignó frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe que tenía en el buró, y comenzó su ritual.
No era un ritual de belleza, sino de guerra. Se puso sus medias de compresión para las várices, su falda de mezclilla resistente, una blusa de algodón fresca y, por supuesto, su delantal. Ese delantal que era como su armadura: tenía bolsas profundas para las monedas, manchas de clorofila de años de batalla y un olor impregnado a tierra mojada y cilantro que ningún detergente podía sacar.
Salió de casa cuando el cielo todavía era una boca de lobo. Tomó el microbús verde que la dejaba cerca del Mercado de Jamaica. A esa hora, el mercado es un monstruo que despierta. Es un caos organizado de diableros gritando “¡Golpe avisa, golpe avisa!”, camiones descargando toneladas de flores que perfuman la podredumbre de la coladera, y marchantes regateando el precio del jitomate bola.
Para Doña Bety, ese caos era música clásica.
Llegó a su puesto, el número 408, ubicado estratégicamente en el pasillo de las verduras, justo donde da la corriente de aire que mantiene todo fresco. No era el puesto más grande, pero sí el más querido.
—¡Quihubo, mi Bety! ¿Tan temprano o no te dejaron dormir los novios? —le gritó el “Jícamas”, un cargador chimuelo que llevaba tres cajas de aguacate Hass en la espalda como si fueran plumas.
—¡Cállate, viejo rabo verde! Yo madrugo porque al que madruga Dios lo ayuda, no como a ti que te ayuda pero a empinar el codo —respondió ella riendo, mientras empezaba a acomodar su mercancía.
Y ahí estaba el secreto de su éxito: el acomodo. Doña Bety no aventaba la verdura. Ella la “chuleaba”. Las calabacitas iban en pirámide, brillantes. Los manojos de espinaca, acelga y verdolaga los rociaba con agua constantemente para que se vieran “vivitos”. Los rábanos, lavaditos, parecían joyas rojas.
Pero mientras sus manos expertas quitaban las hojas marchitas de los elotes, su mente viajaba al pasado. A veces, el mercado le traía fantasmas.
Recordó el día, hace casi treinta años, que su vida se rompió. Recordó el sonido del teléfono, la voz seca del médico del IMSS avisándole que su esposo, Rogelio, había caído fulminado en la fábrica. Infarto masivo. Se quedó viuda a los veintiocho años, con dos niños pequeños, Carlos de seis y Alejandro de cuatro, agarrados a sus piernas llorando porque tenían hambre.
La familia de Rogelio, en lugar de abrazarla, la devoró.
—¡Tú lo mataste de corajes, mujer salada! —le había gritado su suegra el día del velorio, frente al ataúd gris de metal barato—. ¡Lárgate de mi casa! ¡Esa casa era de mi hijo y ahora es mía!
La echaron a la calle como si fuera un perro sarnoso. Bety recordó esa primera noche, durmiendo bajo un puente peatonal cerca del metro Chabacano, abrazando a sus hijos para darles calor, tapándolos con cartones. Carlos lloraba en silencio, tratando de ser fuerte, mientras Alejandro gemía de frío.
—No lloren, mis niños —les susurró esa noche, con el estómago rugiéndole de hambre—. Mami va a arreglar esto. Se los juro por la virgencita que nunca más van a tener frío.
Y cumplió. Vaya que cumplió.
Al día siguiente se secó las lágrimas y se amarró los ovarios. Empezó vendiendo chicles en los semáforos de Tlalpan. Luego, vendió tamales afuera de una escuela. Ahorraba cada centavo. No comía ella para que sus hijos comieran. Si salía un bolillo duro, era para ella; la migajón suave era para sus “reyes”.
Juntó para la “mordida” de un líder sindical y consiguió un metro cuadrado de piso en el mercado. Empezó con una cubeta de nopales. Ella misma los pelaba hasta que sus dedos se llenaban de espinas invisibles que le dolían por semanas. Pero sus nopales eran los más limpios, los más frescos.
Poco a poco, el metro cuadrado se convirtió en un puesto de madera. Luego en uno de metal.
—¡Bety! ¡Bety, reacciona mujer, que se te queman los frijoles! —la voz de Doña Chole la sacó de sus recuerdos.
Doña Chole, la carnicera del puesto de enfrente, era su hermana del alma. Una mujer inmensa, con brazos como jamones y un corazón del tamaño del Estadio Azteca.
—Ay, Chole, nomás estaba pensando en mis muchachos —suspiró Bety, regresando al presente.
—¿Y qué? ¿Ya te confirmaron si vienen a tragar el domingo? —preguntó Chole, afilando su cuchillo con un shh-shh rítmico.
—Sí, pero ya sabes cómo son. Ahora que son “gente bien”, les da asco el mercado. Quieren que vaya yo a sus departamentos esos de lujo donde no se puede ni pisar fuerte.
—Déjalos, mujer. Son buenos muchachos, nomás se les subieron los humos a la cabeza con tanto dinero. Pero la sangre llama. Tú hiciste un milagro con esos escuincles.
Y era verdad. El “milagro” de Bety se llamaba Carlos y Alejandro.
Con el dinero de las verduras, pagó inscripciones, uniformes, libros y pasajes. Mientras ella comía tacos de sal, ellos iban a la escuela con el uniforme planchado con almidón.
—Ustedes estudien —les decía cada noche, alumbrándose con una vela cuando les cortaban la luz por falta de pago—. Su única chamba es sacar dieces. La mía es partirme la madre aquí. No quiero verlos cargando cajas. Quiero verlos mandando.
Carlos resultó ser un cerebro para la construcción. Estudió Arquitectura en la UNAM y se ganó becas para irse al extranjero. Ahora tenía su propia constructora, hacía edificios inteligentes en Santa Fe. Alejandro, el menor, era un tiburón de las finanzas. Trabajaba en la Bolsa y movía el dinero de gente muy rica.
Ya no eran Carlitos y Alex, los niños mocosos que jugaban con cajas de jitomate en los pasillos del mercado mientras ella trabajaba. Ahora eran el “Arquitecto Carlos” y el “Licenciado Alejandro”. Usaban trajes de Hugo Boss, relojes que costaban lo que Bety ganaba en un año, y hablaban con palabras raras como “networking”, “assets” y “lifestyle”.
A media mañana, el mercado ya estaba en su apogeo. El ruido era ensordecedor: cumbias sonideras a todo volumen, el gritero de “¡Pásele marchanta, qué le damos!”, el olor a carnitas y a flor de cempasúchil.
De repente, el celular de Bety vibró en su delantal. Era Carlos.
—¿Bueno? ¿Mijo?
—Hola, mamá. ¿Cómo estás? ¿Sigues en el mercado? —la voz de Carlos sonaba clara, sin el ruido de fondo que ella tenía. Seguramente llamaba desde su oficina con aire acondicionado en el piso 40 de alguna torre de cristal.
—Pues claro, mijo, ¿dónde más voy a estar? Aquí chambeando. ¿Tú ya comiste?
—Mamá, por favor… —Carlos soltó ese suspiro que siempre hacía, una mezcla de frustración y cariño—. Te hemos dicho mil veces que ya no necesitas estar ahí. Álex y yo te depositamos suficiente. No tienes necesidad de estar cargando cajas y peleándote con los proveedores.
—Ay, mijo, ya vas a empezar con tu cantaleta. No cargo cajas, para eso le pago al “Jícamas”. Y no me peleo, negocio. Es diferente.
—Mamá, en serio. Me preocupa. Ya tienes sesenta y dos años. ¿Qué tal si te resbalas? ¿Qué tal si te asaltan? Álex y yo estábamos platicando… queremos comprarte una casa en Las Lomas, o un depa bonito en la Del Valle. Con seguridad, con elevador. Te contratamos una enfermera, un chofer. ¡Vive la vida, mamá! ¡Disfruta tu dinero!
Bety miró a su alrededor. Vio a Doña Martita, la de los jugos, que le estaba haciendo señas para que le invitara una gordita. Vio a la Señora Luz, su comadre de las semillas, regañando a su nieto. Vio los colores vibrantes de la fruta, olió el epazote fresco.
—Mijo, tú no entiendes —dijo Bety con voz suave pero firme—. Ustedes piensan que “vivir la vida” es estar encerrada en una jaula de oro viendo la tele todo el día. Yo aquí tengo mi vida. Aquí está mi gente. Aquí me siento útil. ¿Qué voy a hacer en Las Lomas? ¿Platicar con las paredes? ¿Jugar canasta con viejitas copetonas que me van a ver feo por mis manos rasposas?
—Es por tu salud, mamá. Es ejercicio lo que necesitas, pero controlado. Te pagamos el mejor gimnasio de la ciudad. Con alberca, sauna, instructor personal…
Bety soltó una carcajada que hizo voltear a dos clientes.
—¿Gimnasio? ¡Ay, Carlitos, no me hagas reír que se me sale la pipí! ¿Tú crees que cargar costales de papa no es ejercicio? Mira mis brazos, están más duros que los tuyos. Además, en el gimnasio no hay chisme. En el gimnasio la gente no se habla, todos andan con sus audífonos y sus caras de fuchi. Aquí en el mercado nos reímos, lloramos, nos pendejeamos… somos familia.
—Mamá… —Carlos sonaba derrotado.
—Ya, ya. No te enojes. Mejor dime, ¿vas a venir el sábado? Hice mole verde, del que te gusta.
—Sí, mamá. Voy a ir. Pero… —Carlos hizo una pausa larga—. No voy solo.
El corazón de Bety dio un brinco.
—¿Ah no? ¿Vas a llevar a Álex?
—No. Voy a llevar a alguien especial. Tengo novia, mamá. Llevamos seis meses. Se llama Sofía.
—¡Ave María Purísima! —gritó Bety, persignándose con el celular en la mano—. ¡Aleluya! Pensé que te ibas a quedar para vestir santos o que de plano no te gustaban las muchachas. ¡Por fin!
—¡Mamá! —reclamó Carlos, avergonzado—. Claro que me gustan. Es solo que soy exigente. Pero Sofía… Sofía es diferente. Es… es muy especial. Es de buena familia, educada, bonita. Quiero que la conozcas.
—Pues tráela, mijo. Aquí la recibimos como reina. Voy a preparar un banquete. Mole, arroz rojo, frijolitos con epazote, tortillas hechas a mano…
—Mamá, por favor —la interrumpió Carlos, nervioso—. Sofía es un poco… delicada. No le gusta la comida muy grasosa ni picante. Y por favor, ¿podríamos comer en la casa y no mencionar mucho lo del mercado? O sea, no es que me avergüence, tú sabes que estoy orgulloso de ti, pero ella es de otro ambiente y no quiero que se sienta incómoda de entrada. Ya sabes cómo es la gente de Polanco.
Bety sintió un piquete en el orgullo, como una espina de nopal que se clava profundo. Su hijo, su orgullo, le estaba pidiendo que escondiera quién era. Que escondiera las manos callosas, el olor a cilantro, la esencia de su sacrificio.
Pero era madre. Y las madres perdonan todo antes de que suceda.
—Está bien, mijo —dijo tragándose el nudo en la garganta—. No te preocupes. Voy a limpiar la casa que va a brillar como espejo. Me voy a poner mi vestido bueno. Y voy a cocinar algo “fino”, como dices tú. Pollo a la plancha con ensalada, ¿te parece?
—Gracias, ma. Eres la mejor. Te prometo que te va a caer bien. Es una buena chica, solo es… diferente a nosotros.
—Si tú la quieres, yo la quiero, mijo. Nos vemos el sábado.
Colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla negra un momento. Doña Chole, que había estado escuchando todo (porque en el mercado la privacidad no existe), se acercó limpiándose las manos en el mandil.
—¿Qué pasó, comadre? ¿Te dieron malas noticias? Tienes cara de que te vendieron gato por liebre.
Bety suspiró y empezó a acomodar unos rábanos con demasiada fuerza.
—No, Chole. Es Carlos. Trae novia nueva. Una tal Sofía. Dice que es “de buena familia” y que es “delicada”. Ya te imaginarás. Una de esas niñas fresas que piensan que la leche viene del cartón y no de la vaca.
—Uy, agárrate, Bety. Esas son las peores. Son las que te miran por encima del hombro aunque traigan los calzones rotos. ¿Y qué te dijo? ¿Que escondieras el cobre?
Bety asintió, dolida.
—Quiere que no hable del mercado. Que me comporte. Como si yo fuera una salvaje.
Doña Chole soltó un bufido y clavó el cuchillo en la tabla de picar con violencia.
—¡Mendigos chamacos! Uno se quita el pan de la boca para que crezcan fuertes, y cuando crecen, les da vergüenza que uno huela a cebolla. Pero mira, Bety, tú eres una dama. Tienes más clase en una uña del pie que todas esas viejas de Polanco juntas. Porque tu clase viene del trabajo, no de la tarjeta de crédito de papá.
—Gracias, comadre. Tienes razón. Voy a recibir a esa muchacha con los brazos abiertos. A lo mejor es buena gente. A lo mejor Carlos tiene razón y solo son mis prejuicios.
—Ojalá, comadre. Ojalá. Pero por si las dudas, ten listo el tequila, porque me late que vas a necesitar un trago fuerte después de conocer a la “princesa”.
El resto de la semana pasó volando entre ventas y preparativos. Bety estaba nerviosa. Quería que todo fuera perfecto. Quería demostrarle a esa tal Sofía que, aunque ella vendiera verduras, su casa era un hogar digno.
Lavó cortinas, talló el piso hasta sacarle brillo, compró flores frescas (de las caras, no de las que sobraban). Llamó a su “escuadrón” para pedir consejos de cocina “fifi”.
—Hazle una crema de elote, pero sírvela en plato hondo bonito, no en los de peltre —le aconsejó Doña Martita.
—Y nada de poner la salsa en el molcajete directo en la mesa, pásala a una salsera de vidrio —agregó la Señora Luz.
El viernes por la noche, Bety estaba agotada pero satisfecha. Todo estaba listo para la comida del sábado. Solo le faltaba un detalle: los ingredientes frescos para la ensalada y el postre.
—Mañana sábado voy temprano al mercado, compro lo que falta, cierro el puesto a mediodía y me vengo corriendo a cocinar —se dijo a sí misma mientras se acostaba.
No sabía que el destino tenía otros planes. No sabía que el sábado no llegaría a cocinar tranquila. No sabía que el simple acto de ir al mercado al día siguiente desencadenaría una tormenta que cambiaría la vida de todos.
Se durmió rezando por su hijo, pidiéndole a Dios que Sofía fuera una buena mujer.
—Virgencita, cuídalo. Que esa muchacha lo quiera por quien es, no por lo que tiene. Y dame paciencia, madre mía, dame mucha paciencia para no soltarle una grosería si me sale con sus moditos.
La noche cayó sobre la ciudad, densa y calurosa. En los penthouses de Polanco, Carlos soñaba con un futuro perfecto. En su departamento de lujo, Sofía soñaba con las tarjetas de crédito de Carlos. Y en su casita de la Doctores, Doña Bety soñaba con que sus hijos volvieran a ser niños, cuando un abrazo y un plato de frijoles eran suficiente para ser felices.
Mañana sería un día largo. Muy largo.
CAPÍTULO 2: TACONES DE SUELA ROJA Y AGUA DE DRENAJE
El jueves amaneció con una de esas ondas de calor que convierten a la Ciudad de México en un comal gigante. No era solo calor; era un bochorno denso, pesado, contaminado, de esos que te pegan la ropa al cuerpo apenas sales del metro. El aire estaba estancado, y bajo el techo de lámina del Mercado de Jamaica, la temperatura subía cinco grados más que en la calle.
Para Doña Bety, ese calor era el enemigo silencioso. A las doce del día, sus hermosas espinacas, que en la madrugada parecían abanicos de esmeralda, empezaban a verse tristes, lacias, como si se hubieran rendido ante la vida. El cilantro, su orgullo, amenazaba con marchitarse antes de que llegara la hora de la comida.
—¡Ay, Diosito, échame una nubecita, aunque sea chiquita! —suplicó Bety, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
A su lado, Doña Chole, la carnicera, espantaba moscas con un periódico doblado, sentada en un banco de plástico que crujía peligrosamente bajo su peso.
—Ni le rueges, comadre. San Pedro anda de vacaciones en Acapulco. Aquí nos vamos a rostizar como pollos en rosticería —dijo Chole, pasándole una botella de agua tibia—. Ten, hidrátate, que te me vas a desmayar y luego quién atiende el changarro.
Bety bebió un trago y miró sus verduras con preocupación maternal. No podía dejar que se echaran a perder. Esa mercancía era dinero, y el dinero era lo que había sacado a sus hijos adelante. Con un suspiro de resignación, agarró su cubeta grande, esa cubeta naranja despintada que había sido testigo de mil batallas, y la llenó de agua en la llave comunitaria.
Regresó a su puesto y empezó el proceso de “resucitación”. Tomaba los manojos de verdolagas, los sumergía en el agua, los sacudía con delicadeza y los volvía a acomodar. Hizo lo mismo con los rábanos, las acelgas y la hierbabuena. El agua de la cubeta, al principio cristalina, se fue tornando oscura, espesa, llena de tierra negra de cultivo, pedacitos de raíces y hojas muertas. Era un caldo de cultivo de suciedad agrícola.
Mientras tanto, a unos cincuenta metros de allí, un mundo completamente diferente estaba invadiendo el ecosistema del mercado.
Sofía del Valle bajó de su Uber Black con una mueca de asco que no intentó disimular. Se ajustó sus gafas de sol Gucci, aunque estaba bajo techo, y revisó la ubicación en su iPhone 15 Pro Max.
—O sea, ¿neta aquí es donde venden las flores exóticas? —le dijo a su amiga Fernanda a través de los AirPods—. Güey, huele a perro muerto y a cebolla. Qué asco. Te lo juro que si no fuera porque quiero que los centros de mesa de la cena del sábado sean “authentic mexican aesthetic”, ni de broma me paro aquí.
Sofía caminaba por los pasillos estrechos como si estuviera en una pasarela de París, pero esquivando charcos de dudosa procedencia. Llevaba un vestido de lino italiano color crema, un bolso Louis Vuitton que costaba más que la camioneta de reparto del mercado, y en sus pies… ah, en sus pies llevaba su tesoro más preciado: unos Christian Louboutin de tacón aguja, color nude, con la inconfundible suela roja. Veintidós mil pesos de cuero importado tocando el suelo de cemento agrietado de la Jamaica.
La gente se le quedaba viendo. No por admiración, sino por rareza. Era como ver un pavo real caminando en un basurero. Los cargadores le chiflaban, las señoras la miraban con recelo, y ella, altiva, ignoraba a todos como si fueran invisibles.
—Sí, Fer, ya sé. Carlos está súper emocionado de que conozca a su mamá. Dice que es una señora “sencilla”. Ya me imagino, seguro vive en una casa de interés social con tapetes de plástico en los sillones. Pero bueno, ya sabes lo que dicen: si quieres el príncipe, tienes que aguantar a la bruja del cuento un ratito.
Sofía dobló en un pasillo, distraída por su propia conversación y por el reflejo de su imagen en la pantalla del celular. No vio el diablo de carga que venía en sentido contrario. Se hizo a un lado bruscamente para esquivarlo, perdiendo el equilibrio por un microsegundo, y sus pasos la llevaron directamente hacia el puesto 408.
En ese preciso instante, Doña Bety, que estaba de espaldas al pasillo platicando con Doña Chole sobre el precio del limón, levantó la cubeta pesada.
—Ya está muy sucia esta agua, déjala tiro en la coladera —dijo Bety.
Fue una cuestión de física, mala suerte y destino cruel. Bety giró el cuerpo con el impulso de la cubeta. Sofía dio el paso fatal.
El tiempo pareció detenerse.
El arco de agua lodosa, negra, espesa y maloliente salió de la cubeta como un proyectil. No tocó el suelo. No tocó la coladera.
Aterrizó, con una precisión de francotirador, directamente sobre las piernas de Sofía y, lo peor de todo, bañó por completo sus zapatos Louboutin.
¡SPLAASH!
El sonido fue húmedo y definitivo.
Durante dos segundos, hubo silencio. Sofía se quedó paralizada, mirando hacia abajo. El lino crema de su vestido tenía salpicaduras negras. Sus piernas bronceadas escurrían agua sucia. Pero sus zapatos… sus hermosos zapatos de suela roja estaban cubiertos de lodo, pedazos de cilantro podrido y tierra mojada.
Luego, el grito.
—¡¡¡AHHHHHHH!!!
Fue un alarido tan agudo, tan lleno de furia y horror, que Doña Bety soltó la cubeta, que cayó al suelo con un estrépito hueco, rebotando y salpicando lo poco que quedaba.
—¡¡NO, NO, NO!! —Sofía empezó a dar saltitos, como si el agua fuera ácido, sacudiendo las manos—. ¡¿QUÉ TE PASA?! ¡¿QUÉ TE PASA, ESTÚPIDA?!
Doña Bety se llevó las manos a la boca, horrorizada. Sus ojos, cansados pero nobles, se llenaron de pánico.
—Ay, señorita… ¡Señorita, perdóneme! —balbuceó Bety, dando un paso adelante con el instinto de ayudar—. ¡No la vi! Le juro por Diosito santo que no la vi.
—¡NO ME TOQUES! —gritó Sofía cuando Bety intentó acercarse, retrocediendo como si la anciana tuviera lepra—. ¡Aléjate de mí, vieja asquerosa!
El mercado, que segundos antes era un hervidero de ruido, se quedó en un silencio tenso. Los puesteros de al lado dejaron de pesar tomates. Los clientes se detuvieron a mirar. El “Jícamas” bajó su carga. Todos los ojos estaban puestos en la escena: la princesa de Polanco manchada de lodo y la reina del mercado temblando de vergüenza.
—¡Mírate! —bramó Sofía, su cara roja de ira contrastando con su maquillaje perfecto—. ¿Estás ciega o eres retrasada mental? ¡Mira lo que hiciste!
—Fue un accidente, hija… Estaba tirando el agua y usted se cruzó muy rápido… —intentó explicar Bety, con la voz quebrada.
—¿Que yo me crucé? —Sofía soltó una risa histérica, incrédula—. ¡Tú eres la que está aventando basura en el pasillo como si fuera tu chiquero personal! ¿Sabes cuánto cuestan estos zapatos? ¡¿TIENES IDEA?!
Sofía señaló sus pies con un dedo tembloroso por la rabia.
—¡Son Louboutin! ¡Valen veintidós mil pesos! ¡Es más dinero del que tú ganas en todo un año vendiendo tus mugrosas hierbas! ¡Me los arruinaste, animal!
Doña Bety sintió que el mundo se le venía encima. Veintidós mil pesos. Eso era verdad, era una fortuna. Ella ganaba trescientos pesos en un día bueno. La vergüenza le quemaba la cara más que el sol de mediodía.
—Señorita, por favor… no me grite así. Soy una persona mayor… —dijo Bety, tratando de mantener un poco de dignidad, aunque sus manos temblaban violentamente al intentar limpiarse en su delantal para buscar algo con qué secar a la chica—. Déjeme ver si se pueden limpiar, tengo un trapo limpio aquí…
Doña Bety se agachó. Fue un gesto de humildad suprema. Una mujer de sesenta años, madre de millonarios (aunque nadie ahí lo sabía), doblando las rodillas doloridas para limpiar los zapatos de una desconocida que la estaba insultando.
—¡Quita tus manos sucias de mis zapatos! —chilló Sofía.
Y entonces, sucedió lo impensable.
Mientras Doña Bety estaba agachada, vulnerable, intentando limpiar el desastre con un trapo de cocina, Sofía, cegada por la furia clasista y la arrogancia, levantó la mano.
No lo pensó. Fue un reflejo de alguien que nunca ha recibido un “no” por respuesta, de alguien que ve a las personas de servicio como mobiliario.
¡PLAAAFF!
La cachetada resonó seca, dura, cruel.
La mano de Sofía impactó de lleno en la mejilla izquierda de Doña Bety. La fuerza del golpe, sumada a la posición inestable de la anciana que estaba en cuclillas, la hizo perder el equilibrio.
Doña Bety cayó de lado. Su cadera golpeó contra los huacales de madera. Su cabeza rebotó levemente contra el costal de papas. Se quedó ahí, en el suelo sucio del mercado, aturdida, con la mejilla ardiendo como si le hubieran puesto una plancha caliente.
El silencio del mercado se rompió.
—¡Hija de tu pinche madre! —el grito vino de Doña Chole.
La carnicera salió de su puesto como un toro de lidia, con el cuchillo cebollero todavía en la mano (aunque sin intención de usarlo, solo lo olvidó por la rabia).
—¡A ver, güerita de mierda, vuélvele a poner una mano encima y te juro que te saco a patadas! —rugió Chole, poniéndose entre Bety y Sofía.
El “Jícamas” y otros dos cargadores se acercaron, formando un muro humano.
—¿Qué le pasa, seño? —dijo el Jícamas, con su voz rasposa—. Aquí se respeta a los mayores. Bájale de huevos o le bajamos los humos.
Sofía, lejos de asustarse, los miró con un desprecio tan profundo que helaba la sangre. Sacó su celular y empezó a grabar.
—¡Ay, por favor! ¡Mírense! —gritó Sofía, girando sobre sus talones para abarcarlos a todos—. ¡Una bola de nacos defendiendo a otra naca! ¡Son unos salvajes! ¡Por eso este país está como está! Me atacan, me arruinan mi propiedad privada, ¿y todavía se ponen dignos?
Luego, bajó la mirada hacia Doña Bety, que estaba siendo ayudada a levantarse por Doña Martita y la Señora Luz. Bety tenía los ojos llenos de lágrimas, no de dolor, sino de una humillación que le calaba hasta los huesos. Se llevó la mano a la mejilla, que ya empezaba a hincharse y ponerse roja.
—Escúchame bien, vieja inútil —escupió Sofía, guardando el celular pero manteniendo la postura agresiva—. No me importa si eres una anciana. Eres una resentida social que lo hizo a propósito porque me viste bien vestida. ¡Envidiosa!
—Nadie le tiene envidia, señorita —dijo Bety con voz suave, poniéndose de pie con dificultad. Le dolía la cadera, pero le dolía más el alma—. Fue un accidente. Le pido perdón. Pero no tenía derecho a pegarme. Yo soy madre, soy abuela… merezco respeto.
—¿Respeto? —Sofía soltó una carcajada sarcástica—. El respeto se gana, y tú no tienes nada que respetar. Mírate. Eres patética. Si fueras una mujer decente, si hubieras tenido cerebro en tu juventud, no estarías aquí terminando tus días vendiendo cilantro por cinco pesos.
Sofía dio un paso más cerca, invadiendo el espacio personal de Bety.
—Seguro tus hijos son unos delincuentes igual de mediocres que tú. O unos borrachos que te tienen aquí trabajando para mantenerlos. Qué asco de vida. Qué asco de familia.
Algo se rompió dentro de Doña Bety. Podían insultarla a ella. Podían decirle vieja, pobre, sucia. Pero a sus hijos no. A sus muchachos, que eran hombres de bien, que eran su orgullo, nadie los tocaba.
Doña Bety se irguió. A pesar de su estatura baja y su delantal manchado, en ese momento parecía medir dos metros. Miró a Sofía directamente a los ojos, con una dignidad que ninguna marca de ropa podía comprar.
—Lávese la boca antes de hablar de mis hijos —dijo Bety, con una voz firme que sorprendió a todos—. Mis hijos son hombres de bien. Son hombres que saben lo que es trabajar y respetar. Cosa que a usted, con todo y su dinero y sus zapatos caros, nadie le enseñó.
—¡Cállate! —chilló Sofía, perdiendo los estribos ante la falta de sumisión de la vendedora—. ¡Me vas a pagar mis zapatos! ¡Ahorita mismo! Son veintidós mil pesos. Y quiero otros cinco mil por el vestido y por el mal rato. ¡Dame treinta mil pesos o llamo a la policía y digo que me agrediste y me robaste! Tengo contactos, vieja. Te puedo meter a la cárcel y clausurar este cuchitril en una hora.
El miedo volvió a los ojos de Bety. No por ella, sino por el escándalo. Si llegaba la policía, si esto se hacía grande… Carlos se enteraría. Sus hijos vendrían. Y si veían que alguien la había golpeado, serían capaces de cualquier cosa. Carlos tenía influencias, sí, pero también tenía un temperamento fuerte cuando se trataba de defender a su madre. Bety no quería problemas. No quería arruinarles la vida ni que se pelearan por ella.
—No llame a la policía, señorita —dijo Bety rápidamente—. No es necesario. Yo… yo le pago.
El murmullo en el mercado fue general.
—¡Bety, no! —le dijo Doña Chole al oído—. ¡No le des ni un centavo a esta loca! ¡Que se largue!
—Déjalo así, comadre. Por favor. Quiero que se vaya. Quiero que esto se acabe ya —susurró Bety, con las manos temblorosas buscando su celular en la bolsa del delantal.
Marcó el número de Carlos. Sonó dos veces.
—¿Bueno? —contestó Carlos.
—Mijo… —Bety tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que la voz no se le quebrara en llanto—. Mijo, necesito un favor. Un favor grande.
—¿Qué pasó, ma? Te oyes rara. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien. Es solo que… fíjate que llegó un proveedor de… de una mercancía muy buena, y me la deja barata pero quiere el pago ahorita en efectivo y me faltó dinero. ¿Me puedes transferir?
—Claro, ma. ¿Cuánto necesitas?
Bety cerró los ojos, tragándose la bilis.
—Treinta mil pesos, mijo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Treinta mil pesos era mucho dinero para “mercancía” de un puesto de verduras.
—¿Treinta mil? Mamá, ¿segura que todo está bien? ¿No te están extorsionando? Dime la verdad. Voy para allá.
—¡No! —gritó Bety, casi demasiado rápido—. No, mijo, por favor. Es… es una oportunidad de negocio. Ya ves que quiero surtir cosas gourmet para… para Navidad. Por favor, confía en mí. Te lo pago luego.
—Ay, mamá, no me tienes que pagar nada, mi dinero es tuyo. Pero me preocupas. Está bien, ahí te va. Dame un minuto.
Doña Bety colgó el teléfono, sintiéndose la mujer más pequeña del mundo. Le había mentido a su hijo para pagarle a su verdugo.
—Ya me van a depositar —le dijo a Sofía, sin mirarla a la cara.
—Más te vale —dijo Sofía, cruzándose de brazos y golpeando el piso impacientemente con la punta de su zapato enlodado—. Y apúrate, que no tengo todo el día para estar respirando este aire contaminado.
Cinco minutos después, Bety regresó del cajero automático que estaba a la entrada del mercado, escoltada por el “Jícamas” que no le quitaba la vista de encima por seguridad. Traía un fajo de billetes en la mano.
Se acercó a Sofía y le extendió el dinero.
—Aquí está. Treinta mil pesos. Cuéntelos si quiere.
Sofía le arrebató los billetes de la mano con un movimiento brusco, casi arañándola con sus uñas de acrílico.
—Obvio que los voy a contar. No confío en gente como tú.
Y ahí, frente a todo el mercado, Sofía del Valle se puso a contar el dinero, billete por billete, mojándose el dedo con saliva, con una lentitud exasperante y humillante.
—Uno, dos, tres… quince… veintiocho, veintinueve, treinta. —Sofía sonrió, una sonrisa fría y victoriosa—. Está completo. Vaya, al menos sirves para algo.
Guardó el dinero en su bolsa Louis Vuitton, se acomodó el cabello y miró a Bety una última vez con desdén.
—Que te sirva de lección, anciana. La próxima vez, fíjate por dónde caminas. Y hazme un favor: retírate. Ya das pena ajena. Vete a tu casa a tejer chambritas y deja de estorbar a la gente bonita.
Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, taconeando fuerte, dejando un rastro de agua sucia y dignidad rota.
—¡Que Dios la perdone, señorita! —le gritó Bety, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Porque la vida cobra todo!
Sofía ni siquiera volteó. Levantó la mano haciendo un gesto obsceno con el dedo medio y desapareció entre los puestos de flores.
Cuando Sofía se fue, Bety se derrumbó.
Las piernas le fallaron y se dejó caer en el banco de plástico. Doña Chole la abrazó inmediatamente, envolviéndola en sus brazos fuertes y oliendo a carne fresca y jabón zote.
—Ya, comadre, ya pasó. Vieja loca, desgraciada. Ojalá se le pudra el dinero en la bolsa.
Bety lloró. Lloró como no había llorado en años. No lloraba por los treinta mil pesos. No lloraba por el golpe en la cara. Lloraba porque esa muchacha le había hecho sentir, por primera vez en mucho tiempo, que no valía nada. Que todo su esfuerzo, todos sus sacrificios, no servían para nada frente al poder de unos zapatos caros.
—Me pegó, Chole… —sollozó Bety—. Me pegó como si fuera yo un animal.
—Shhh, ya mi Bety. Tú eres una reina. Ella es basura con perfume. Ya verás. Dios es grande y el karma es cabrón. Esa vieja va a pagar cada lágrima.
Lo que Bety no sabía, mientras Doña Chole le ponía un bistec frío en el ojo para bajar la hinchazón, era qué tan pronto llegaría ese pago.
Bety se limpió las lágrimas con rabia.
—Tengo que irme a la casa, Chole. Tengo que cocinar. Mañana viene Carlos con su novia. No puedo dejar que me vean así.
—¿Estás loca? ¡Mírate el ojo! Lo vas a traer morado mañana. ¿Qué les vas a decir?
—Les voy a decir que me pegué con la puerta de la alacena. Que fui una tonta. Pero no les voy a decir la verdad. No quiero que Carlos se preocupe ni que ande buscando pleito. Mañana es un día especial para él.
Bety se levantó, recogió su cubeta vacía y empezó a guardar sus cosas con movimientos lentos y dolorosos. Se sentía vieja. Se sentía cansada.
Mientras tanto, en la parte trasera de un Uber Black con aire acondicionado, Sofía se tomaba una selfie haciendo “duck face”, cuidando que no se vieran las manchas en su vestido. Subió la foto a sus historias de Instagram con el texto: “Día de locos 🙄 Pero resolviendo como siempre. #BossBabe #Stress #MexicoMagico”.
Luego llamó a Fernanda.
—Güey, no me lo vas a creer. Una pinche vieja en el mercado me arruinó los zapatos. Pero le saqué treinta mil pesos. O sea, gané dinero, porque esos zapatos ya ni me gustaban tanto. ¡Soy una chingona!
Sofía se reía, feliz, triunfante. Ya tenía treinta mil pesos extra para gastar en el salón de belleza antes de la comida de mañana con la mamá de Carlos. Quería verse perfecta para impresionar a la “señora sencilla”.
—Voy a ir súper guapa, Fer. Vestido largo, maquillaje natural. Quiero parecer una santa. Esa suegra me va a amar. Ya la tengo en la bolsa.
El coche avanzaba por el Viaducto, alejándose del mercado, alejándose de la mujer que lloraba en el puesto 408. Sofía no tenía idea de que el dinero que llevaba en la bolsa era el dinero de su propio novio. Y mucho menos imaginaba que la mano que había golpeado era la misma mano que había alimentado, cuidado y formado al hombre con el que soñaba casarse.
El escenario estaba listo. Los actores estaban en posición. El sábado estaba a la vuelta de la esquina y la bomba estaba a punto de estallar.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA MÁSCARA DE MAQUILLAJE Y EL MOLE DE LA DISCORDIA
La noche del viernes cayó sobre la colonia Doctores como un manto pesado. En su recámara, Doña Bety estaba sentada frente al espejo de su tocador, ese mueble viejo de madera barnizada que había comprado hace veinte años con sus primeros ahorros grandes. La luz amarilla de la lámpara iluminaba la verdad que ella intentaba negar: el lado izquierdo de su cara estaba hinchado, palpitando con un color que oscilaba entre el morado berenjena y el verde enfermo.
—Ay, Dios mío… parezco mapache atropellado —susurró, tocándose con cuidado la piel sensible.
Le dolía. Le dolía físicamente, sí, pero le dolía más el recuerdo. Cerraba los ojos y volvía a ver la cara de esa muchacha, tan bonita por fuera pero tan podrida por dentro, torcida en una mueca de asco. Volvía a escuchar el sonido seco de la cachetada. Plaff. Y la risa. Esa risa burlona mientras contaba los billetes que Bety había sudado para ganar.
—Treinta mil pesos… —se lamentó Bety, sintiendo un nudo en el estómago.
Ese dinero era para la operación de cataratas de su comadre Martita, una “tanda” que le tocaba recibir la próxima semana. Ahora tendría que pedir prestado, o empeñar sus cadenitas de oro, para reponerlo. No podía decirle a Carlos. Si Carlos sabía que una desconocida la había golpeado y robado, quemaría la ciudad para encontrarla. Y Bety solo quería paz. Quería que su hijo fuera feliz.
Se levantó con dificultad y fue a la cocina. Abrió el congelador y sacó un bistec congelado. Se lo puso en el ojo, siseando por el frío repentino.
—Mañana… mañana todo tiene que salir bien —se dijo a sí misma como un mantra—. Mañana viene mi Carlitos. Y viene esa muchacha, la tal Sofía.
Bety suspiró.
—Virgencita, por favor, hazme el milagro. Que Sofía sea una buena mujer. Que lo de hoy haya sido solo una pesadilla, una mala suerte de toparme con la única loca de la ciudad. Que mi nuera sea diferente. Que sea dulce, que me quiera, o por lo menos que me respete.
Se tomó dos pastillas para el dolor y se acostó, pero el sueño tardó horas en llegar. Y cuando llegó, fue inquieto, lleno de zapatos de suela roja que la pisaban una y otra vez.
El sábado amaneció con un sol traicionero, brillante pero mentiroso, escondiendo el smog de la capital. Doña Bety se levantó a las 6:00 a.m. a pesar del dolor de cuerpo. Hoy no había mercado, hoy había misión sagrada: El Mole.
En la cultura mexicana, hacer mole no es cocinar; es un acto de alquimia y amor. Bety sacó su cazuela de barro, esa enorme que solo usaba en Navidad y cumpleaños.
—A ver, mis chulos —le habló a los ingredientes alineados en la mesa—. Vamos a hacer magia.
Empezó a tostar los chiles. El olor picante y ahumado llenó la cocina, un aroma que picaba en la nariz pero alegraba el corazón. Molió las especias en el molcajete de piedra volcánica: clavo, pimienta, canela. Doró el ajonjolí. Deshizo el chocolate de metate.
Mientras movía la cuchara de madera en círculos hipnóticos —porque el mole se mueve siempre para el mismo lado o se corta, según la abuela—, Bety trataba de olvidar su cara hinchada.
El timbre del teléfono la sobresaltó. Era Doña Chole.
—¿Quihubo, comadre? ¿Cómo amaneció el ojo? ¿Ya pareces boxeador o todavía aguantas?
—Ay, Chole, está re feo. Parece que me peleé con el Canelo Álvarez y perdí por nocaut.
—¡Mendiga vieja la que te hizo eso! —rezongó Chole—. Oye, ¿y si cancelas? Dile a Carlos que te sientes mal, que te dio la “vaguido”. No puedes dejar que te vean así.
—¡Ni lo mande Dios! —exclamó Bety, probando el mole y agregando una pizca más de sal—. Carlos lleva meses queriendo que conozca a la novia. Si le cancelo hoy, va a pensar que no la quiero recibir. No, comadre. Me voy a echar medio kilo de maquillaje. Me voy a poner mis lentes oscuros y voy a decir que tengo una infección en el ojo, una conjuntivitis o algo así.
—Eres muy terca, Bety. Demasiado buena. Si fuera yo, estaría cazando a la fresa esa para hacerla picadillo.
—Ya, Chole. El odio envenena. Mejor mándame buenas vibras para que el mole quede de rechupete y la novia se chupe los dedos.
—El mole te va a quedar de gloria, como siempre. Bueno, te dejo. Cualquier cosa, gritas. Acuérdate que aquí estamos pendientes.
Bety colgó y siguió cocinando. Arroz rojo con chícharos y zanahoria, esponjosito, cada grano separado. Frijoles refritos con manteca y hoja de aguacate. Tortillas de mano que encargó a la tortillería de la esquina.
A la 1:00 p.m., la casa olía a hogar, a tradición, a amor de madre. Pero Bety tenía un reto mayor que el mole: su cara.
Se fue a su cuarto y se paró frente al espejo. El moretón estaba en su apogeo. Suspiró y abrió su cosmetiquera. Sacó una base de maquillaje espesa que usaba para las bodas. Se aplicó una capa. Luego otra. Luego polvo compacto.
El golpe se veía menos, pero la hinchazón seguía ahí. Se soltó el cabello, que usualmente llevaba en un chongo apretado, para que los mechones grises cayeran sobre los lados de su cara, ocultando un poco la mejilla izquierda.
Se puso su mejor vestido: uno de color azul rey con flores bordadas en el cuello, sencillo pero elegante, que había comprado en Liverpool en una venta nocturna. Se puso sus aretes de perla (falsas, pero bonitas) y se roció un poco de perfume “Siete Machos” que le gustaba por fresco.
Se miró al espejo una última vez.
—Ahí estás, Beatriz. Eres una señora respetable. Eres la madre de un arquitecto exitoso. Nadie te puede hacer menos. Levanta la cara.
Pero por si las dudas, dejó unos lentes oscuros en la mesita de la entrada. “Si me preguntan, digo que me lastimó la luz del sol”.
Mientras tanto, en un exclusivo salón de belleza en Santa Fe, Sofía del Valle estaba viviendo una realidad paralela.
—Ay, no, Pau, te lo juro, fue horrible —le contaba a su estilista mientras le aplicaban un tratamiento de keratina en el cabello—. Fui a ese mercado asqueroso solo por las veladoras que me dijiste, y una vieja loca me atacó.
—¡No me digas! ¿Te hizo algo? —preguntó la estilista, horrorizada.
—Me echó agua sucia encima. ¡En mis Louboutin, güey! Casi me muero. Pero bueno, la puse en su lugar. Hice que me pagara cada centavo. Con eso estoy pagando esto, fíjate. —Sofía soltó una risita maliciosa—. O sea, literal, la vieja me está pagando el peinado para ir a conocer a mi suegra. Justicia poética, ¿no?
—¡Eres tremenda, Sofí! —rió la estilista—. Oye, ¿y cómo crees que sea la suegra? ¿Pesada?
Sofía rodó los ojos y tomó un sorbo de su agua mineral Perrier.
—Pues mira, Carlos dice que es “sencilla”. Ya sabes lo que eso significa en código de hombres: pobre y sin clase. Seguro es una de esas señoras que te quieren embutir comida grasosa y te preguntan cuándo vas a tener hijos a los cinco minutos. Pero equis, yo ya tengo mi estrategia.
—¿Ah sí? ¿Cuál?
—La de la “niña buena”. Me compré un vestido súper modesto, cero escote, largo hasta la rodilla. Me voy a portar súper dulce, le voy a decir “señora” todo el tiempo, voy a probar su comida aunque me de asco y le voy a decir que está deliciosa. Y ya. Me la meto en la bolsa y luego, cuando me case con Carlos, poco a poco la vamos alejando. O sea, no quiero que mis futuros hijos crezcan yendo a una casa en la Doctores, ¿sabes? Qué oso.
—Ay, amiga, eres una genio.
—Lo sé. —Sofía se miró al espejo, admirando su reflejo. El cabello brillaba perfecto. El maquillaje era “no-makeup look”, diseñado para parecer natural y angelical—. Además, Carlos está súper enamorado. Hago lo que quiero con él. La suegra es solo un trámite. Un trámite molesto, pero necesario.
Pagó con los billetes arrugados que Doña Bety le había dado, sintiendo una satisfacción perversa al deshacerse de ese dinero “sucio” a cambio de belleza.
A las 2:00 p.m., Carlos pasó por ella. Él se veía guapísimo, con una camisa de lino blanca y pantalones azul marino. Se le notaba nervioso.
—Te ves hermosa, mi amor —dijo Carlos al verla salir del edificio, dándole un beso suave.
—Gracias, bebé. Tú también te ves guapo. ¿Estás listo?
—Sí… oye, solo te pido un favor —dijo Carlos mientras abría la puerta de su BMW para que ella subiera—. Mi mamá… bueno, su casa es sencilla. No es como las casas de tus amigas. Y ella es muy… directa. Pero tiene un corazón de oro. Por favor, tenle paciencia.
—Ay, Carlos, no te preocupes —dijo Sofía con su mejor sonrisa de actriz de telenovela—. Te juro que la voy a adorar. Si es tu mamá, debe ser una reina.
Carlos sonrió, aliviado, y arrancó el coche. No notó la mirada de aburrimiento que Sofía puso en cuanto él volteó la vista al frente.
El trayecto fue un viaje entre dos mundos. Salieron de las avenidas arboladas y limpias de Santa Fe, tomaron el Viaducto, y poco a poco el paisaje cambió. Los edificios de cristal dieron paso a construcciones de concreto gris, cables de luz enmarañados como telarañas gigantes, paredes con grafitis y puestos de tacos en las banquetas.
Sofía miraba por la ventana con una mezcla de fascinación antropológica y repulsión.
—¿Es por aquí? —preguntó, tratando de que no se le notara el disgusto.
—Sí, ya casi llegamos. Es la Doctores. Sé que no tiene la mejor fama, pero en la calle de mi mamá todos se conocen, es tranquilo.
—Ah, súper. —Sofía apretó su bolsa Louis Vuitton contra su pecho, como si temiera que alguien fuera a meter la mano por la ventana del coche en movimiento para robársela.
Finalmente, Carlos se estacionó frente a una casa de dos pisos. Era una casa vieja, pero impecable. La fachada estaba pintada de un color melón alegre, la banqueta estaba barrida y había macetas con geranios rojos floreciendo en la entrada. Se notaba la mano de alguien que cuidaba cada detalle.
—Llegamos —anunció Carlos, apagando el motor.
Sofía suspiró internamente. Okay, Sofía, showtime. Dos horas. Solo tienes que aguantar dos horas.
Dentro de la casa, Doña Bety escuchó el motor del coche. Su corazón empezó a latir desbocado, como tambor de feria.
—Ya llegaron. Ay, Diosito, ya llegaron.
Corrió a la cocina para bajarle la flama al arroz. Se revisó en el espejo del pasillo. El maquillaje aguantaba, pero el hinchazón del ojo izquierdo la hacía ver como si estuviera guiñando permanentemente. Se puso los lentes oscuros. No, se veía ridícula dentro de la casa. Se los quitó.
—Mejor digo que me picó una araña. Sí, eso. Una araña.
Se alisó el vestido, se persignó una última vez y caminó hacia la puerta. Escuchó las voces afuera.
—¿Estás bien, amor? —era la voz de Carlos.
—Sí, bebé, todo perfecto. Qué… pintoresca es la colonia —era una voz de mujer. Una voz que a Bety le sonó extrañamente familiar. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo ignoró. “Estoy paranoica”, pensó.
El timbre sonó. Ding-dong.
Ese sonido, tan común, marcó el final de la paz de Doña Bety y el principio del fin para Sofía.
Bety respiró hondo, agarró la perilla de la puerta y la giró.
La puerta se abrió lentamente, revelando la luz brillante de la tarde.
Primero vio a Carlos. Su hijo. Su orgullo. Tan guapo, tan alto, sonriendo con esa sonrisa que heredó de su padre.
—¡Mamá! —exclamó Carlos, abriendo los brazos.
—¡Mijo! —Bety sonrió, olvidando por un segundo el dolor de su cara.
—Mamá, qué bueno verte. Mira, quiero presentarte a alguien muy especial…
Carlos se hizo a un lado, revelando a la mujer que estaba detrás de él.
Y entonces, el tiempo se detuvo. Literalmente. El mundo dejó de girar. Los pájaros dejaron de cantar. El ruido de la calle desapareció.
Doña Bety se quedó congelada, con la mano aún en la perilla de la puerta. Sus ojos, bajo los párpados hinchados y el maquillaje, se abrieron desmesuradamente.
Ahí estaba.
No podía ser. No era posible. Dios no podía tener un sentido del humor tan macabro.
Era ella.
La misma melena castaña perfecta (ahora más lacia). La misma postura altiva. El mismo perfume caro que olía a flores y dinero. Y aunque llevaba un vestido diferente, “modesto” y recatado, Bety reconoció esos ojos. Esos ojos color miel que ayer la miraron con tanto odio, con tanto asco, mientras le gritaban “vieja inútil”.
Sofía, por su parte, tenía preparada su mejor sonrisa de “nuera perfecta”.
—Buenas tardes, seño… —empezó a decir, extendiendo la mano con delicadeza.
Pero la palabra se le murió en la garganta.
Sofía miró a la mujer que tenía enfrente. Miró el vestido azul. Miró el cabello gris. Y luego miró el moretón. Ese moretón morado y verde que sobresalía bajo la capa de maquillaje barato en la mejilla izquierda. El mismo lugar donde su mano había impactado ayer.
La sonrisa de Sofía se deshizo como hielo en el asfalto caliente. Su sangre se drenó de su cara, dejándola pálida como un fantasma. Sus rodillas chocaron una con la otra.
Reconoció a la mujer.
No era la vendedora sucia del mercado. Bueno, sí lo era. Pero ahora estaba limpia, vestida de domingo, parada en la puerta de la casa de su novio.
Era la madre de Carlos.
La vendedora de verduras a la que había humillado, golpeado, insultado y extorsionado hace menos de 24 horas, era la madre del hombre con el que se quería casar.
El silencio se alargó, denso, pesado, asfixiante. Carlos miraba de una a la otra, con la sonrisa empezando a vacilar, notando la tensión repentina.
—¿Mamá? ¿Sofía? —preguntó Carlos, confundido—. ¿Pasa algo?
Nadie le contestó.
Doña Bety sintió que el fuego le subía por el pecho. Todo el dolor, toda la humillación, toda la vergüenza de ayer regresaron de golpe, pero ahora mezclados con una furia protectora. Esa mujer… esa “fresa” arrogante… ¿era la que quería entrar a su familia? ¿La que quería estar con su hijo?
Sofía quería correr. Quería darse la vuelta, subirse al coche y acelerar hasta llegar a Alaska. Pero estaba paralizada por el terror puro.
Doña Bety dio un paso adelante. Su voz salió no como un grito, sino como un susurro cargado de dinamita.
—Tú… —dijo Bety.
Sofía tragó saliva, sintiendo que se ahogaba.
—Usted… —susurró Sofía, con voz de hilo.
Carlos se rió nerviosamente, sin entender nada.
—¡Jaja! ¿Qué pasa? Parecen que vieron un fantasma. ¿Ya se conocían o qué?
Doña Bety no quitó la vista de los ojos aterrorizados de Sofía. Vio el miedo en ella. Vio cómo la arrogancia se desmoronaba. Y en ese momento, Bety tuvo el poder absoluto. Podía destruirla ahí mismo. Podía gritar. Podía decirle a Carlos todo.
Pero la ira de Bety era volcánica. Y los volcanes avisan antes de explotar.
—¿Que si nos conocemos, mijo? —La voz de Bety subió de volumen, resonando en la entrada de la casa—. ¿Que si conozco a esta… a esta señorita?
Sofía negó con la cabeza levemente, sus ojos suplicando piedad. Por favor, no. Por favor, cállese.
Bety sonrió. Pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de una madre leona que acaba de encontrar a la hiena que mordió a su cachorro.
—Claro que nos conocemos, Carlos —dijo Bety, y cada palabra caía como una piedra—. Nos conocimos ayer. En mi oficina. En el mercado.
Carlos frunció el ceño, confundido.
—¿En el mercado? Pero Sofía me dijo que…
—¡Ah! —interrumpió Bety, sin dejar de mirar a Sofía—. ¿No te contó? ¿No te contó cómo nos conocimos? Es una historia… inolvidable.
Sofía sintió que las piernas le fallaban. Estaba atrapada. No había salida. El karma no solo había llegado; había llegado, se había sentado en la sala y estaba a punto de servirse un plato de mole.
—Mamá, ¿de qué hablas? —insistió Carlos, notando por fin el moretón en la cara de su madre—. Espera… ¿qué te pasó en la cara? ¡Tienes un golpe!
Bety se tocó la mejilla suavemente, sin dejar de clavarle los ojos a Sofía.
—Ah, esto… —dijo Bety con una calma terrorífica—. Esto fue un “regalito”. Un recuerdo de nuestro encuentro. ¿Verdad, Sofía?
Carlos se giró lentamente hacia su novia. La cara de Sofía era la viva imagen de la culpabilidad.
—Sofía… —dijo Carlos, y su tono de voz cambió. Ya no era amoroso. Era de duda. De sospecha.
Bety abrió la puerta completamente.
—Pero no nos quedemos afuera —dijo Bety, haciéndose a un lado—. Pasen. Bienvenidos a mi humilde casa. Pasen a comer el mole que preparé con tanto cariño… con el mismo cariño con el que tú me trataste ayer, ¿verdad, mija?
Sofía entró a la casa como quien entra al matadero. Sabía que las próximas horas serían el infierno en la tierra. Y Doña Bety cerró la puerta detrás de ellos con un golpe seco.
Clack.
La trampa estaba cerrada.
CAPÍTULO 4: LA ÚLTIMA CENA DE SOFÍA DEL VALLE
La casa de Doña Bety era un santuario de olores reconfortantes. El aroma denso y especiado del mole poblano, el dulzor del arroz rojo y el calor de las tortillas recién hechas llenaban cada rincón. Era el olor de un hogar feliz. Pero en ese momento, para Sofía del Valle, ese olor era náusea pura. Olía a su propia condena.
Caminaron hacia el comedor. Sofía sentía que sus piernas eran de gelatina. Cada paso que daba sobre el piso de mosaico impecablemente limpio resonaba en sus oídos como los pasos hacia la horca.
—Siéntense, por favor —dijo Doña Bety con una amabilidad que helaba la sangre. Señaló la cabecera para Carlos y una silla lateral para Sofía.
Carlos, aún confundido por la extraña interacción en la puerta, ayudó a Sofía a sentarse. Al tocarle el brazo, sintió que ella estaba temblando.
—Amor, estás helada —susurró Carlos, preocupado—. ¿Te sientes mal?
—No… estoy bien… solo… me bajó la presión —mintió Sofía, con la voz estrangulada. No se atrevía a levantar la vista.
Doña Bety se movía por la cocina abierta con la agilidad de quien conoce su territorio. Trajo una jarra de agua de jamaica helada.
—Agüita de jamaica —anunció Bety, sirviendo los vasos. Se detuvo justo detrás de Sofía y se inclinó ligeramente hacia su oído—. Fresca, mija. No como la que tiraste ayer, ¿verdad?
Sofía dio un respingo tan violento que tiró un poco de agua sobre el mantel bordado.
—¡Cuidado, amor! —exclamó Carlos, tomando una servilleta para limpiar—. Estás muy nerviosa. Mamá, ¿qué fue eso que dijiste? ¿Qué tiró ayer?
Bety sonrió inocentemente mientras se sentaba frente a ellos.
—Nada, mijo. Cosas de mujeres. Le preguntaba si le gusta el agua de jamaica, porque ayer… bueno, ayer vi a una muchacha tirar mucha agua. Pero olvidemos eso. Vamos a comer.
Carlos miró a su madre, luego a su novia. Algo no cuadraba. Su madre tenía el ojo morado, mal disimulado bajo capas de maquillaje. Su novia estaba al borde del pánico. El aire en la habitación estaba cargado de electricidad estática.
—Mamá —dijo Carlos, dejando el tenedor sobre la mesa—. Antes de comer, quiero saber qué te pasó en la cara. No me creo eso de que te pegaste con la alacena. Ese golpe… ese golpe parece una cachetada.
El silencio que siguió fue absoluto. Se escuchaba el zumbido del refrigerador y la respiración entrecortada de Sofía.
Bety miró a su hijo con ternura, y luego desvió la mirada hacia Sofía, clavándole los ojos como dos dagas.
—Ay, Carlitos. Es que hay gente muy… apasionada en este mundo. Gente que cree que con dinero puede arreglar todo. Gente que cree que los zapatos valen más que las personas.
Sofía cerró los ojos, rezando para desaparecer. Trágame tierra, trágame tierra y escúpeme en París.
—¿De qué hablas, mamá? —insistió Carlos, su voz endureciéndose.
—Pues verás, mijo… —Bety empezó a servir el mole, una pierna de pollo bañada en la salsa oscura y brillante para Carlos, y otra para Sofía—. Ayer en el mercado tuve un incidente. Una señorita muy elegante, muy “fina”, se enojó porque le salpiqué un poquito de agua en sus zapatos.
Carlos frunció el ceño.
—¿Te pegaron por salpicar agua?
—No solo eso, mijo. Me gritaron. Me dijeron “vieja inútil”, “muerta de hambre”. Me dijeron que si mis hijos fueran gente decente, yo no estaría trabajando ahí.
Carlos apretó el puño sobre la mesa. Los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Quién fue? —preguntó con voz grave, peligrosa—. Dime quién fue, mamá. Te juro que la encuentro y la demando. Nadie te trata así.
—Espera, mijo, deja que termine la historia —dijo Bety, disfrutando cada segundo de la tortura psicológica—. Lo peor no fueron los insultos. Lo peor fue que me cobró los zapatos. Treinta mil pesos, Carlos. Tuve que pedir prestado, tuve que vaciar mis ahorros de la tanda… tuve que pedirte a ti.
—¿Los treinta mil de ayer? —Carlos abrió los ojos, conectando los puntos—. ¿No eran para mercancía?
—No, mijo. Eran para pagarle a la “princesa” sus zapatos de suela roja. Porque si no le pagaba, amenazó con llamar a la policía y clausurarme el puesto.
Carlos estaba rojo de ira.
—¡Eso es extorsión! Mamá, eso es un delito. ¿Cómo se veía? ¿Tienes cámaras en el puesto?
—No necesito cámaras, mijo —dijo Bety suavemente—. Tengo muy buena memoria. Era una muchacha bonita. Pelo castaño, así como el de Sofía. Alta, así como Sofía. Y tenía una voz… una voz muy parecida a la de Sofía.
Carlos se quedó inmóvil. Su cerebro se negaba a procesar la información. Era demasiado absurdo, demasiado horrible. Giró la cabeza lentamente hacia su novia.
Sofía estaba llorando en silencio. Lágrimas negras de rímel corrían por sus mejillas pálidas.
—Sofía… —dijo Carlos, y su voz sonó rota—. Tú… tú me dijiste ayer que fuiste al Mercado de Jamaica. Me dijiste que una “vieja loca” te había arruinado los zapatos.
Sofía intentó hablar, pero solo salió un gemido patético.
—Sofía, mírame —ordenó Carlos. No gritó, pero la autoridad en su voz hizo temblar las ventanas—. ¿Tú le pegaste a mi mamá?
—¡No sabía que era tu mamá! —gritó Sofía de repente, rompiendo en llanto histérico. Fue la peor defensa posible, la confesión de una culpa imperdonable—. ¡Te lo juro, Carlos, no sabía! ¡Si hubiera sabido jamás lo habría hecho!
El sonido de esa frase retumbó en la habitación. Si hubiera sabido…
Carlos se levantó de la mesa tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás con un estruendo.
—¿O sea que si no fuera mi mamá, estaba bien? —preguntó Carlos, incrédulo, horrorizado—. ¿Si fuera cualquier otra señora humilde, estaba bien golpearla? ¿Estaba bien humillarla? ¿Estaba bien robarle?
—¡No le robé! —chilló Sofía, desesperada, poniéndose de pie y tratando de agarrar la mano de Carlos, quien la apartó como si quemara—. ¡Ella me arruinó mis Louboutin! ¡Son carísimos, Carlos! ¡Tú sabes lo que cuestan! ¡Solo pedí lo justo!
—¡Lo justo! —rugió Carlos. Ahora sí gritaba. La vena de su cuello palpitaba—. ¡Golpeaste a una mujer de sesenta años! ¡La insultaste! ¡Le dijiste muerta de hambre a la mujer que me dio todo lo que tengo!
Doña Bety permaneció sentada, majestuosa en su dolor, observando cómo el castillo de naipes de Sofía se derrumbaba.
—Mijo… —intervino Bety con voz tranquila—. También dijo que mis hijos debían ser unos delincuentes o unos mediocres por dejarme trabajar ahí.
Carlos miró a Sofía con una expresión que ella nunca había visto. No era enojo. Era asco. Profundo y puro asco.
—¿Eso piensas de mi familia? —preguntó Carlos en un susurro—. ¿Que somos unos mediocres porque mi madre trabaja? ¿Sabes quién pagó mi carrera, Sofía? ¿Sabes de dónde salió el dinero para mi primer coche, para mi oficina, para los viajes que tanto te gustan? ¡Salió de ese puesto! ¡De esas verduras! ¡De esas manos que te atreviste a golpear!
Sofía estaba arrinconada contra el buffet.
—Perdóname, bebé, por favor… estaba estresada, el calor, el lugar… no soy así, tú me conoces…
—No —la cortó Carlos—. No te conozco. Creí que te conocía. Creí que eras una mujer con clase. Pero mi madre tiene más clase en su dedo meñique lleno de tierra que tú en todo tu cuerpo cubierto de marcas. La clase no es la ropa, Sofía. La clase es la educación. Es el respeto. Y tú… tú eres una basura.
—¡Señora, dígale algo! —suplicó Sofía, dirigiéndose a Doña Bety, cayendo de rodillas en el piso—. ¡Dígale que le pedí perdón! ¡Le devuelvo el dinero! ¡Le doy el doble! ¡Tengo los treinta mil aquí en mi bolsa!
Sofía empezó a abrir su bolso Louis Vuitton frenéticamente, sacando los billetes arrugados y poniéndolos sobre la mesa, junto al plato de mole intacto.
—¡Mire! ¡Aquí están! ¡Tómelos! ¡Y le doy más! ¡Le compro un puesto nuevo! ¡Lo que quiera!
Doña Bety miró el dinero con tristeza.
—Levántate, muchacha —dijo Bety con severidad—. No te humilles más. El dinero no me importa. Me importa mi dignidad. Y me importa que mi hijo vea con quién se iba a casar.
—Carlos, por favor… —Sofía se volvió hacia él, con el maquillaje corrido, pareciendo una caricatura grotesca de la mujer perfecta que había entrado hacía media hora—. Nos vamos a casar. Me amas. No dejes que esto arruine nuestro futuro. Fue un error. Un solo error.
Carlos la miró durante un largo minuto. Recordó las veces que ella se había burlado de los meseros. Recordó cómo trataba a la gente de servicio. Recordó todas las señales que él había ignorado porque estaba cegado por su belleza.
—No fue un error, Sofía —dijo Carlos finalmente, con una frialdad absoluta—. Fue una revelación. Gracias a Dios pasó esto hoy. Gracias a Dios mi madre derramó esa agua. Porque si no, me habría casado con un monstruo.
Carlos caminó hacia la puerta y la abrió de par en par. La luz de la tarde entró, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
—Lárgate —dijo Carlos.
—¿Qué? —sollozó Sofía.
—Que te largues de mi casa. De la casa de mi madre. Y de mi vida.
—Pero… ¿cómo me voy a ir? No traigo coche… estamos en la Doctores…
—Pide un Uber —dijo Carlos sin piedad—. O vete caminando. A ver si así aprendes lo que se siente caminar por estas calles sin tu burbuja de privilegio.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Sofía, pasando de la súplica a la furia en un segundo—. ¡Soy Sofía del Valle! ¡No me puedes tratar así! ¡Te vas a arrepentir!
—La única que se va a arrepentir eres tú —respondió Carlos—. Y llévate tu dinero sucio. Mi madre no lo necesita. Yo le daré mil veces más.
Sofía, temblando de rabia y humillación, agarró su bolsa. Miró el dinero sobre la mesa, dudó un segundo, y con un último gesto de mezquindad, lo guardó.
Miró a Doña Bety una última vez. Bety la sostuvo la mirada, serena, victoriosa.
—Que Dios la bendiga, señorita —dijo Bety—. Y ojalá algún día aprenda que la vida da muchas vueltas. Hoy está arriba, mañana quién sabe.
Sofía salió de la casa tropezando, cegada por las lágrimas. Sus tacones Louboutin resonaron en la banqueta, un sonido hueco y solitario.
Carlos cerró la puerta. Se recargó en ella y cerró los ojos, respirando agitadamente. Luego, se giró hacia su madre. Vio a la mujer pequeña, con el ojo morado, sentada frente a un plato de mole frío. La mujer que había sacrificado todo por él. La mujer que había aguantado golpes e insultos para no preocuparlo.
Carlos se rompió.
Corrió hacia ella, cayó de rodillas y la abrazó, escondiendo su cara en el regazo de su madre como cuando era niño.
—Perdóname, mamá… perdóname… —lloraba Carlos, un llanto profundo y doloroso—. Soy un imbécil. La traje a tu casa… dejé que te hiciera esto… perdóname.
Doña Bety le acarició el cabello, sus propias lágrimas cayendo sobre la camisa de lino de su hijo.
—Ya, mi niño, ya —lo consoló—. No fue tu culpa. Tú no sabías. Lo importante es que ya abriste los ojos.
—Te juro, mamá… te juro que nunca más nadie te va a faltar al respeto. Te lo juro por mi vida.
—Lo sé, mijo. Lo sé. Ahora levántate. Sécate esos mocos. Y vamos a comer, que el mole se enfría y ese sí es un pecado que Dios no perdona.
Comieron entre lágrimas y risas nerviosas. Fue la comida más triste y a la vez más feliz de sus vidas. Se habían salvado. El cáncer que era Sofía había sido extirpado antes de hacer metástasis en su familia.
Mientras tanto, en la calle, Sofía del Valle caminaba buscando señal para pedir su Uber. La gente la miraba: una mujer vestida de gala, con el maquillaje corrido, llorando y gritando al teléfono.
—¡Me corrió, Pau! ¡Me corrió por la pinche vieja! —le gritaba a su amiga—. ¡Todo se acabó! ¡El anillo, la boda, el viaje a Europa! ¡Todo!
Un grupo de niños jugaba fútbol en la calle. La pelota, sucia y gastada, salió volando y golpeó a Sofía en la pierna, manchando su vestido de lino.
—¡Fíjate, estúpido! —le gritó al niño.
El niño le sacó la lengua y siguió corriendo.
Sofía se quedó ahí, sola, en medio de la colonia Doctores. Sus zapatos Louboutin de veintidós mil pesos le lastimaban los pies. Su bolsa Louis Vuitton pesaba una tonelada. Y por primera vez en su vida, se dio cuenta de que todo ese lujo no le servía de nada. No tenía a nadie. No tenía amor. Y acababa de perder al único hombre que la había querido de verdad.
El karma no solo le había dado jaque mate. Había tirado el tablero, apagado la luz y cerrado la puerta.
Pero la historia no termina aquí. Porque cuando una puerta se cierra con tanta violencia, el eco resuena por mucho tiempo. Y Sofía no era de las que se rinden fácilmente. Si no podía ser la esposa, sería la víctima. O al menos, eso pensaba ella.
Lo que no sabía es que Doña Bety tenía un ejército. Y el “Escuadrón del Mercado” estaba a punto de enterarse de lo que había pasado. Y si creían que Carlos había sido duro… esperen a ver de qué son capaces las comadres de Jamaica cuando tocan a una de las suyas.
CAPÍTULO 5: #LADYZAPATOS Y LA VENGANZA DE LAS REDES
El trayecto en el Uber desde la colonia Doctores hasta su departamento en la Condesa fue el viaje más largo de la vida de Sofía del Valle. El conductor, un señor mayor con un rosario colgando del espejo retrovisor, la miraba de reojo por el espejo. No era común recoger a una mujer vestida de coctel, con el rímel corrido hasta el cuello y cara de querer asesinar a alguien, en esa zona de la ciudad.
Sofía iba temblando. No de frío, ni de tristeza. Temblaba de una rabia pura, destilada, venenosa. Su mente, una máquina experta en autoengaño, ya estaba reescribiendo la historia. En su versión de los hechos, ella no había hecho nada malo. Ella era la víctima.
“¿Cómo se atreve?”, pensaba mientras clavaba las uñas en el asiento de vinipiel. “Ese naco… ese malagradecido. Yo, Sofía del Valle, rebajándome a entrar a esa casa que huele a grasa, intentando convivir con esa vieja verdulera, ¿y así me pagan? Me corren como si fuera una delincuente. A mí.”
Sacó su celular. Tenía cinco llamadas perdidas de Carlos. No, espera. Revisó bien. No eran llamadas perdidas. Eran notificaciones de que su número había sido bloqueado. Intentó enviarle un WhatsApp: “Carlos, tenemos que hablar, estás cometiendo un error…”.
La palomita se quedó en gris. Una sola. Bloqueada.
—¡Maldito! —gritó, golpeando el asiento delantero.
—Señorita, por favor, no golpee el vehículo —dijo el conductor, harto.
—¡Cállese y maneje, que para eso le pago! —ladró Sofía.
Al llegar a su departamento, un loft “minimalista” (léase: pequeño y caro) en la Condesa, Sofía azotó la puerta, aventó su bolsa Louis Vuitton al sofá y se sirvió una copa de vino tinto hasta el borde. Se miró al espejo de cuerpo entero. Se veía fatal. El maquillaje corrido la hacía parecer un mapache psicótico. El vestido de lino tenía una mancha de lodo del balón de fútbol de los niños de la calle.
—Me las vas a pagar, Carlos —le dijo a su reflejo, con los ojos inyectados en sangre—. Tú y tu madre de quinta se van a arrepentir de haberme humillado. Nadie humilla a Sofía del Valle y sale ileso. Nadie.
Sonó su teléfono. Era Pau, su mejor amiga y cómplice en todo tipo de frivolidades.
—¡Güey! ¿Qué pasó? ¿Por qué no contestas? ¿Cómo te fue con la suegra? ¿Ya tienes el anillo?
Sofía rompió en llanto. Pero no era un llanto sincero; era el llanto de la niña mimada a la que le quitaron el juguete.
—¡Pau! ¡Fue horrible! ¡Me atacaron!
—¿Qué? —Pau soltó un grito—. ¿Quién te atacó?
—¡La suegra y Carlos! ¡Me hicieron una emboscada! Me llevaron a una zona horrible, y la vieja esa… ¡es la misma loca del mercado! ¡La que me echó el agua!
—¡No mames! ¿Es neta?
—¡Te lo juro! Y en lugar de defenderme, Carlos se puso de su lado. Dijo que yo era una basura, que no tenía clase… ¡Me corrió de la casa, Pau! ¡Me dejó tirada en la calle en una colonia llena de delincuentes!
—¡Qué poca madre! —exclamó Pau, indignada—. O sea, ¿te cortó?
—Sí… pero esto no se queda así. Voy a quemarlos. Voy a hacer que les dé vergüenza salir a la calle. Carlos tiene su empresita esa de construcción, ¿no? Pues a ver quién lo contrata cuando sepan que es un misógino que maltrata mujeres. Y a la vieja esa… le voy a cerrar el changarro.
—Eso, perra. Tú no te dejes. Haz un live. Cuéntalo todo. La gente ama el chisme y ama defender a las víctimas. Tienes que llorar, eh. Que se vea real.
Sofía sonrió entre lágrimas. Pau tenía razón. Tenía diez mil seguidores en Instagram y cinco mil en TikTok. No era Kim Kardashian, pero en su círculo social de “niñas bien”, tenía voz.
—Lo voy a hacer ahorita. Mientras tengo la cara hinchada de llorar. Para que vean lo que me hicieron sufrir.
Sofía montó su escenario. Se sentó en el suelo, con la pared blanca de fondo (para dar sensación de vulnerabilidad). No se arregló el maquillaje; al contrario, se corrió un poco más el rímel para el efecto dramático. Prendió el aro de luz, pero lo puso en tono bajo, triste.
Abrió Instagram. “Historia”. “Grabar”.
—Hola, amigos… —empezó con la voz quebrada, sorbiendo la nariz—. Nunca hago esto… saben que mis redes son pura buena vibra y viajes… pero hoy… hoy viví algo que ninguna mujer debería vivir.
Hizo una pausa dramática, mirando a la cámara con ojos de venado lampareado.
—Fui víctima de violencia. Violencia psicológica y… casi física. Fui a conocer a la familia de mi novio… bueno, ex novio… con toda la ilusión del mundo. Y me encontré con un infierno. Su madre… una señora muy agresiva, muy resentida… me atacó. Me insultó por mi forma de vestir, por mi clase social. Me dijo que yo no era suficiente para su hijo porque… porque no vengo de abajo como ellos.
Soltó una lágrima perfecta.
—Y él… el hombre que decía amarme… permitió todo. Me gritó. Me humilló. Y me echó a la calle en una zona súper peligrosa, sin importarle si me pasaba algo. Tengo miedo, amigos. Tengo mucho miedo y mucha tristeza. Solo quiero decirles que se fijen bien con quién se meten. A veces, las personas con dinero… o los que fingen tener dinero pero en el fondo siguen siendo unos salvajes… son los peores.
Terminó el video con un suspiro tembloroso y puso un texto sobre la imagen: “El dinero no compra la educación 💔 #Violencia #Toxic #Sad”.
Le dio a “Publicar”.
La dopamina fue instantánea. En cinco minutos tenía cien mensajes.
“¡No mames, Sofi! ¿Estás bien?”
“¡Qué coraje! Quémalo, di el nombre.”
“Amiga, estamos contigo.”
“Pinches nacos, por eso no hay que mezclarse.”
Sofía leía los comentarios y sentía que el poder regresaba a su cuerpo. Carlos la había despreciado, pero el mundo… el mundo estaba de su lado.
Se sirvió otra copa de vino. “Vas a ver, Carlos. Mañana no vas a tener dónde esconderte.”
Mientras Sofía tejía su red de mentiras en la Condesa, en la colonia Doctores, la realidad era muy diferente, mucho más cálida y humana.
Doña Bety estaba sentada en el sofá de su sala, con una bolsa de hielos nueva en el ojo. Carlos estaba sentado en el suelo, a sus pies, con la cabeza recargada en las rodillas de su madre. Llevaban horas platicando. Hablando de todo lo que no habían hablado en años.
—Perdóname por haberte pedido que no dijeras lo del mercado —dijo Carlos, con la voz ronca de tanto llorar—. Me siento la peor basura del mundo. Yo fui el que te pidió que te escondieras, y eso le dio permiso a ella para tratarte así.
—Ya, mijo, ya —Bety le acariciaba el pelo—. Uno comete errores por amor. Querías impresionarla. Se te olvidó de dónde vienes un ratito, pero ya regresaste. Eso es lo que cuenta.
—Nunca se me va a volver a olvidar, mamá. Mañana mismo voy a ir contigo al puesto. Y no me importa quién me vea. Quiero que todo el mundo sepa que mi mamá es Doña Bety, la mejor vendedora de Jamaica.
—No exageres, mijo. El “Jícamas” vende más que yo cuando no anda crudo.
Se rieron. Una risa sanadora.
—Oye, ma… —Carlos se puso serio—. ¿Qué vamos a hacer con el dinero? Los treinta mil pesos. Sofía los dejó ahí.
Bety miró el fajo de billetes que seguía en la mesa del comedor, como un objeto maldito.
—Ese dinero no es mío, mijo. Es tuyo. Tú me lo diste.
—No, mamá. Yo te lo di a ti. Y ella te lo dio a ti como “reparación del daño”, aunque fuera de mala gana. Quédatelo.
—No, mijo. Ese dinero tiene mala vibra. Quema las manos.
—Entonces dónalo. O mejor… úsalo para algo bueno. ¿No decías que Doña Martita necesitaba operarse los ojos?
Los ojos de Bety se iluminaron (bueno, el que no estaba hinchado).
—¡La operación de Martita! Sí, es cierto. Le faltaban como diez mil pesos y andaba bien angustiada.
—Pues ahí está. Que el dinero de la “fresa” sirva para que Doña Martita recupere la vista. Es justicia poética, ¿no?
—Tienes razón, mijo. Dios escribe derecho con renglones torcidos. Mañana mismo se lo llevo.
El domingo por la mañana, la noticia voló más rápido que una motocicleta en Periférico. En el mercado, el chisme no corre; se teletransporta.
Doña Bety llegó a su puesto acompañada de Carlos. El simple hecho de ver al “Arquitecto Carlos” cargando huacales y poniéndose un delantal para ayudar a su madre ya era noticia. Pero cuando Doña Chole vio el ojo de Bety, que había pasado de morado a un espectacular tono amarillo-verdoso, soltó el cuchillo.
—¡Santa Madre de Dios! —gritó Chole—. ¡Bety! ¿Qué te pasó? ¿Te atropelló un camión?
—Peor, comadre. Me atropelló la vida —dijo Bety, pero con una sonrisa tranquila.
En cinco minutos, el “Escuadrón” estaba reunido. Doña Chole (carnes), Doña Martita (jugos), La Señora Luz (materias primas) y hasta Doña Pelos (quesadillas) estaban rodeando a Bety. Carlos se mantuvo al margen, dejando que su madre tuviera su momento con sus amigas.
Bety les contó todo. Con lujo de detalles. Les contó de la llegada de Carlos con la novia. Del momento en que abrió la puerta. De la cara de terror de Sofía. De la cena. De cómo Carlos la defendió y corrió a la muchacha.
Cuando terminó, hubo un silencio de esos que preceden a las tormentas.
—O sea… —empezó Doña Chole, con la voz temblando de rabia contenida—. ¿O sea que la piruja que te pegó el jueves… era la novia de tu hijo?
—Era, comadre. Era.
—¡Y se atrevió a ir a tu casa a tragar de tu mole! —exclamó Doña Martita, indignada—. ¡Qué sangre fría! ¡Qué poca vergüenza!
—Pero ya la corrimos, muchachas. Ya se fue. Y miren… —Bety sacó el sobre con el dinero—. Dejó esto. Martita, esto es para tus ojos.
Doña Martita se puso a llorar. Doña Chole, sin embargo, no estaba satisfecha con el final feliz.
—No, no, no. A ver, Bety. Qué bueno que Carlos la mandó a volar. Qué bueno que tenemos el dinero. Pero esa vieja te pegó. Te humilló aquí, en nuestro territorio. Y se fue caminando como si nada. Eso no se perdona.
—Ya, Chole. Dios la va a castigar.
—Dios está muy ocupado, comadre. A veces necesita ayudantes —dijo Chole, tronándose los dedos—. Oye, ¿y cómo se llama la susodicha?
—Sofía. Sofía del Valle.
En ese momento, el nieto de la Señora Luz, un adolescente de quince años llamado Kevin que se pasaba la vida pegado al celular (y que era el community manager no oficial del mercado), levantó la vista de su pantalla.
—¿Sofía del Valle? —preguntó Kevin—. ¿Una güerita así como medio operada, que habla como si tuviera una papa en la boca?
—Esa mera —dijo Carlos, acercándose.
—Uy, jefe… creo que tienen un problema —dijo el Kevin, girando el celular para que todos vieran.
En la pantalla estaba el video de Sofía. El “Storytime”. Ya tenía cincuenta mil reproducciones. Había sido reposteado en una página de chismes de señoras de Polanco.
—Miren lo que dice —dijo Kevin, dándole play.
La voz chillona y fingida de Sofía llenó el pasillo del mercado.
“…me atacó. Me insultó por mi clase social… su hijo me humilló…”
La cara de Carlos se transformó. De la tranquilidad pasó a la furia en un segundo.
—¡Mentirosa! —gritó Carlos—. ¡Está invirtiendo todo!
—¡Hija de su…! —Doña Chole soltó una retahíla de maldiciones que harían sonrojar a un marinero—. ¡Se está haciendo la víctima! ¡Y te está dejando a ti como la villana, Bety!
Bety miraba el video, incrédula.
—¿Por qué miente así? Si ella sabe la verdad.
—Porque es mala, Bety. Es mala de alma —dijo Doña Luz—. Y porque sabe que en redes sociales gana el que llora primero.
Carlos sacó su propio celular.
—Voy a desmentirla. Voy a subir un video ahorita mismo contando la verdad.
—¡No, jefe! —lo detuvo el Kevin—. Si usted sale ahorita, van a decir que se está justificando. Es su palabra contra la de ella, y ella es mujer y está llorando. Los “simps” y las feministas radicales se le van a echar encima sin preguntar. Necesitamos pruebas.
—¿Pruebas? —dijo Doña Chole—. Pues todos nosotros vimos lo que pasó el jueves. Somos testigos.
—Sí, abuela, pero el testimonio de “la señora de las carnes” no vale mucho en Instagram contra una influencer güerita —dijo el Kevin con la crudeza de la juventud—. Necesitamos video.
Hubo un silencio.
—¿Nadie grabó? —preguntó Carlos, desesperado—. El jueves. Cuando le pegó a mi mamá. Había mucha gente.
Todos se miraron. Nadie recordaba haber visto a alguien grabando. La gente del mercado es de acción, no de andar con el celular.
—Creo que ya valimos —dijo el Kevin—. Miren los comentarios. Ya están diciendo que van a funar a la “suegra tóxica”. Alguien puso: “¿Alguien sabe quién es la señora para ir a rayarle el puesto?”.
Doña Bety sintió que se le bajaba la presión.
—¿Me van a venir a atacar aquí?
—Sobre mi cadáver —dijo Doña Chole, agarrando su cuchillo—. Aquí los espero.
La situación se estaba poniendo fea. Sofía, desde su sofá en la Condesa, estaba ganando la batalla de la narrativa. Estaba convirtiendo a sus víctimas en verdugos.
Pero entonces, una voz tímida se escuchó detrás de un puesto de chiles secos.
—Disculpen…
Todos voltearon. Era Don Chema, el señor que vendía cámaras de seguridad “baratas” y dvds piratas en la entrada del pasillo 4. Un viejito que siempre andaba con chaleco y gorra.
—Don Chema, ¿qué pasó? —dijo Chole.
—Es que… bueno, yo estaba probando una de las camaritas nuevas el jueves. Ya ven que me llegaron unas de alta definición, 4K y no sé qué tanto. Y pues… la tenía apuntando pa’l pasillo pa’ ver si servía el zoom.
Carlos se acercó a él como quien ve a un ángel.
—Don Chema… ¿estaba grabando?
—Pos sí. La dejé prendida como una hora. Y creo… creo que grabó todo el zafarrancho de la señorita esa. Se ve clarito cuando tira el agua, cuando grita, y cuando le suelta el trancazo a Doña Bety. Hasta el audio se oye bueno.
El “Escuadrón” contuvo el aliento.
—¿Tiene el video? —preguntó el Kevin, con los ojos brillando.
—Pos lo tengo en la memoria SD. Ahorita se los paso.
Carlos quería besar a Don Chema. Bety quería ponerle un altar.
—Kevin —dijo Carlos, con una sonrisa malévola que nunca antes había tenido—. ¿Tú sabes cómo hacer que un video se haga viral?
El Kevin se tronó los dedos y sonrió. Era su momento de brillar.
—Jefe, deme diez minutos y una coca cola. Voy a editar esto como si fuera película de Netflix. Esa vieja no va a saber ni qué le pegó. Vamos a crear a #LadyZapatos.
Media hora después, mientras Sofía disfrutaba de su fama de víctima y borraba los pocos comentarios negativos que le llegaban, algo empezó a cambiar en su feed.
Le llegó una notificación.
“@ChismeNoLikeMx te ha mencionado en un video.”
“@JusticierosDelPueblo te ha etiquetado.”
“@DenunciaCiudadanaCDMX: Identifican a la agresora del Mercado de Jamaica.”
Sofía frunció el ceño. “¿Qué es esto?”
Abrió la primera notificación.
El video empezaba con un texto en letras rojas gigantes y música de suspenso (obra maestra del Kevin):
“LA VERDAD DETRÁS DE LAS LÁGRIMAS DE COCODRILO DE SOFÍA DEL VALLE”.
Luego, aparecía la imagen nítida, en 4K. Se veía el mercado. Se veía a Doña Bety trabajando tranquilamente. Se veía a Sofía caminando como modelo, hablando por teléfono, ignorando el mundo.
Se veía el accidente. Claramente accidental.
Y luego, el horror en alta definición.
Se escuchaba la voz de Sofía: “¡Eres una estúpida! ¡India patarajada!”.
Se veía la cachetada. Plaff.
Se veía a Bety en el suelo.
Se veía a Sofía contando el dinero con arrogancia.
Y al final, el Kevin había puesto un corte del video de “Storytime” de Sofía donde decía “Fui víctima de violencia”, seguido inmediatamente por la toma de ella golpeando a la anciana.
El video terminaba con un hashtag: #LadyZapatos #ConDoñaBetyNo.
Sofía sintió que el estómago se le iba a los pies. El vino se le subió a la cabeza de golpe.
Entró a los comentarios. Ya no eran de apoyo.
“¡Qué asco de persona!”
“Ojalá te metan a la cárcel.”
“Ahí está tu ‘víctima’, pinche mentirosa.”
“Conozco a esa señora, es un amor, vende las mejores verduras. #JusticiaParaBety”
“@SAT @PoliciaCibernetica investiguen a esta loca.”
“Devuelve el dinero, ratera.”
En cuestión de una hora, el video tenía medio millón de reproducciones. Las páginas de memes ya estaban haciendo de las suyas. Había stickers de Sofía con cara de loca gritando. Había parodias.
El teléfono de Sofía empezó a sonar. Pero no eran sus amigas. Eran marcas.
“Hola Sofía, te escribimos de la agencia de trajes de baño. Debido a los recientes acontecimientos que no se alinean con los valores de nuestra marca, cancelamos tu contrato de embajadora. Por favor no nos vuelvas a etiquetar.”
Sofía lanzó el celular contra la pared. La pantalla se estrelló, pero las notificaciones seguían llegando, iluminando la grieta en el cristal como relámpagos en una tormenta.
En el mercado, el “Escuadrón” celebraba con tacos de carnitas.
—¡Brindo por el Kevin! —gritó Doña Chole, levantando un taco.
—¡Y por Don Chema y su tecnología de punta! —agregó Carlos, abrazando a su madre.
Doña Bety sonreía, pero en el fondo sentía un poco de pena.
—Pobre muchacha… se acabó su vida.
—Ella se la buscó, mamá —dijo Carlos—. Tú dijiste que la vida cobra todo. Pues hoy la vida cobró al contado y con intereses.
Pero Sofía no estaba acabada. No todavía. En su mente retorcida, esto era solo un tropiezo. “Son unos estúpidos. No saben con quién se metieron. Voy a demandarlos por grabarme sin permiso. Voy a decir que el video está editado. Voy a…”
Tocaron a su puerta. Golpes fuertes, autoritarios.
Sofía se quedó helada. ¿Sería Carlos? ¿Sería la prensa?
Se asomó por la mirilla.
No era Carlos. Eran dos hombres de traje, con cara de pocos amigos, y una mujer con un folder en la mano. Y detrás de ellos… una patrulla.
El karma había traído refuerzos.
CAPÍTULO 6: LA CAÍDA DE LA INFLUENCER Y EL ÁNGEL DE BATA BLANCA
El sonido de la puerta siendo golpeada resonaba en el departamento de la Condesa como los tambores de una ejecución. Sofía del Valle, con el corazón latiéndole en la garganta y los pies descalzos sobre el piso frío, abrió la puerta apenas unos centímetros, dejando puesta la cadena de seguridad.
Afuera no estaba Carlos. No estaba la prensa.
Había dos hombres de traje gris barato, con carpetas bajo el brazo, y una mujer con chaleco de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Y detrás, una patrulla con las luces apagadas pero la presencia intimidante.
—¿Señorita Sofía del Valle? —preguntó la mujer, con una voz burocrática y cansada.
—Sí… soy yo. ¿Qué quieren? —Sofía intentó sonar altiva, pero le salió un chillido de ratón asustado.
—Buenas noches. Venimos a entregarle un citatorio oficial. Tiene usted una denuncia en su contra por los delitos de lesiones dolosas, discriminación, amenazas y extorsión.
Sofía sintió que el piso se abría.
—¿Extorsión? —gritó—. ¡Eso es mentira! ¡Yo no extorsioné a nadie!
—Eso lo tendrá que aclarar ante el Ministerio Público, señorita —dijo uno de los hombres, extendiendo un documento a través de la rendija—. Se le requiere mañana a las 9:00 a.m. en la alcaldía Venustiano Carranza. Si no se presenta, se girará una orden de presentación forzosa.
—¿Venustiano Carranza? ¡Yo no voy a ir a esa zona! ¡Es peligrosísimo!
La mujer de la fiscalía soltó una risita seca.
—Pues ahí sucedieron los hechos, señorita. Y le sugiero que se busque un buen abogado, porque la parte acusadora presentó evidencia en video de alta definición. El video ya está integrado en la carpeta de investigación. Firme aquí de recibido, por favor.
Sofía firmó con mano temblorosa, garabateando algo ilegible. Cerró la puerta de un portazo y se recargó en ella, deslizándose hasta el suelo.
Leyó el papel. “Querella interpuesta por Beatriz Hernández…”.
Doña Bety. La “vieja inútil” la estaba demandando. Y no era una demanda civil por dinero. Era penal. Cárcel. Antecedentes penales.
Su teléfono, que yacía en el suelo con la pantalla estrellada, vibró de nuevo. Era su madre, desde Querétaro.
—¡Mamá! —contestó Sofía, buscando consuelo—. ¡Mamá, tienes que ayudarme! ¡Esa gente horrible me está demandando y…!
—¡Cállate, Sofía! —el grito de su madre la dejó helada. Nunca le había hablado así—. ¿Tienes idea de la vergüenza que nos estás haciendo pasar? ¡Todo el club campestre está hablando de ti! ¡Mi teléfono no para de sonar! ¡Eres “Lady Zapatos”!
—Pero mamá, yo soy la víc…
—¡Deja de mentir! Vi el video, Sofía. Tu padre y yo vimos el video. Vimos cómo le pegaste a esa señora. Vimos cómo le quitaste el dinero. ¡Dios mío! ¿Así te educamos? ¿Para que fueras una vulgar delincuente?
—Mamá, por favor… necesito dinero para un abogado.
—No cuentes con nosotros —sentenció su madre—. Tu padre está furioso. Dice que ya eres mayor de edad y que asumas tus consecuencias. Nos has humillado. No nos llames hasta que arregles este cochinero. Y olvídate de la mensualidad. Se acabó, Sofía.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Tu tu tu…
Sofía se quedó mirando el teléfono mudo. Sus padres la habían cortado. Sus patrocinadores la habían cortado. Su novio la había cortado. Su mejor amiga la había bloqueado.
Se levantó y caminó hacia la ventana. La Ciudad de México brillaba afuera, inmensa, indiferente. Hace 48 horas, Sofía sentía que esa ciudad le pertenecía. Que podía pisar a quien quisiera con sus suelas rojas.
Ahora, la ciudad se la estaba comiendo viva.
Entró a Twitter (ahora X). Su nombre era Trending Topic número 1 en México.
#LadyZapatos
#JusticiaParaDoñaBety
#CarcelParaSofia
Había memes de ella siendo llevada por alienígenas. Había hilos de abogados analizando cuántos años de cárcel le podían tocar. Había gente organizando una manifestación afuera de su edificio (afortunadamente no tenían la dirección exacta… todavía).
Sofía del Valle, la reina de las apariencias, estaba desnuda frente al mundo. Y lo que el mundo veía era feo, muy feo. Se sirvió la última copa de vino de la botella, se sentó en el sofá de diseñador que ya no sabía si podría pagar el próximo mes, y lloró. Pero esta vez, no fue un llanto de manipulación. Fue el llanto del terror absoluto.
A la mañana siguiente, el Mercado de Jamaica era una fiesta patronal, pero sin santo. La santa era Doña Bety.
Desde las 7:00 a.m., una fila inusual se había formado frente al pasillo de las verduras. No eran solo las amas de casa habituales. Había jóvenes, oficinistas, gente que venía desde la Narvarte y la Del Valle, celular en mano.
—¡Es aquí! ¡Es el puesto del video! —gritó una chica con el pelo rosa.
Doña Bety, que había llegado temprano con sus lentes oscuros para tapar el ojo morado (que ya iba de salida, gracias a los remedios de Doña Chole), no daba crédito.
—¿Qué pasa, mija? ¿Van a regalar despensas o qué? —le preguntó al Jícamas.
—¡No, jefa! ¡Vienen a verla a usted! —dijo el Jícamas, que se había puesto su mejor gorra de los Yankees para la ocasión—. ¡Usted es famosa!
La gente empezó a aplaudir cuando la vieron acomodar sus rábanos.
—¡Doña Bety, estamos contigo!
—¡Ánimo, Bety!
—¡Véndame dos kilos de calabaza, pero fírmeme el huacal!
Le trajeron regalos. Un ramo de rosas (irónico, en un mercado de flores), una caja de chocolates, una estampa de San Judas Tadeo para “las causas difíciles”. El puesto 408 se quedó sin mercancía a las 10:00 a.m. Doña Bety vendió hasta el cilantro marchito que pensaba tirar.
—Muchas gracias, muchas gracias a todos —decía Bety, abrumada, secándose las lágrimas—. Son muy amables. Dios los bendiga.
El “Escuadrón” estaba en su apogeo. Doña Chole fungía como guardaespaldas, ahuyentando a los reporteros de programas de chismes que querían sacar “la nota amarilla”.
—¡Atrás, buitres! —les gritaba Chole con el afilador en la mano—. ¡La señora no da entrevistas! ¡Si quieren saber, compren un kilo de bistec y luego hablamos!
Carlos llegó a las 11:00 a.m., abriéndose paso entre la multitud. Se veía cansado, pero tranquilo. La tormenta emocional había pasado y ahora quedaba la reconstrucción.
—¡Mamá! —Carlos la abrazó por encima del mostrador—. ¿Qué es esto? Parece concierto de Luis Miguel.
—Ay, mijo, la gente está loca. Pero es gente buena. Mira todo lo que vendí. Y mira todos los recados que te mandan a ti. Dicen que qué guapo, que qué buen hijo. Ya te salieron como veinte novias aquí en la fila.
Carlos se rió, pero negó con la cabeza.
—No, gracias, mamá. De novias estoy curado por un buen rato. Ahorita mi única prioridad eres tú… y Doña Martita.
Carlos señaló hacia el puesto de jugos. Doña Martita estaba ahí, sentada en un banquito, con sus lentes de fondo de botella, exprimiendo naranjas casi al tanteo porque las cataratas ya no la dejaban ver bien.
—¿Estás listo? —preguntó Bety.
—Listo. Ya hice la cita. El doctor es amigo mío, es el mejor oftalmólogo de la ciudad. La va a operar hoy mismo de emergencia porque le expliqué la situación y vio el video. Dijo que “honorarios de cortesía”, así que el dinero de la Sofía va a servir para los medicamentos y la recuperación.
—¡Bendito sea Dios! —Bety aplaudió—. ¡Martita! ¡Vente, deja eso! ¡Carlos te va a llevar a que te arreglen los ojos!
Doña Martita se acercó, limpiándose las manos.
—Ay, Carlitos, ¿de verdad? ¿No es mucha molestia? Yo puedo ir en metro…
—¿Cuál metro ni qué nada? Vámonos en mi camioneta. Usted es VIP hoy, Martita.
Carlos ayudó a la anciana a subir a su camioneta, mientras el mercado aplaudía. Doña Bety vio a su hijo alejarse y sintió que el pecho se le inflaba de orgullo. Ese era su Carlos. No el que se avergonzaba del mercado, sino el que usaba su éxito para ayudar a su gente.
La clínica estaba en la colonia Roma. Un edificio antiguo pero remodelado, con paredes blancas y olor a limpio, no a ese olor a cloro barato de los hospitales públicos, sino a lavanda y antiséptico caro.
Carlos ayudó a Doña Martita a entrar. La pobre mujer iba nerviosa, agarrada del brazo de Carlos como si fuera una tabla de salvación.
—¿Y si me duele, mijo? ¿Y si quedo ciega de a tiro? —preguntaba Martita.
—Nada de eso, Martita. El doctor Arriaga es un mago. Va a ver que en dos horas va a estar leyendo las letras chiquitas de los contratos.
Se sentaron en la sala de espera. Carlos tomó una revista de arquitectura, intentando relajarse, pero su mente seguía dándole vueltas al asunto de Sofía. Sus abogados ya estaban manejando la demanda. Él no quería verla nunca más, pero sabía que tendría que ratificar la denuncia. Le dolía. Le dolía haber sido tan ciego. ¿Cómo pudo enamorarse de alguien tan vacío?
—Señora Marta González —llamó una voz suave.
Carlos levantó la vista.
En la puerta del consultorio 3 estaba una mujer. Joven, quizás de unos veintiocho años. Llevaba un uniforme quirúrgico (pijama médica) de color azul marino, impecable pero funcional. Tenía el cabello recogido en una coleta práctica, sin mechones sueltos ni spray. No llevaba maquillaje, salvo quizás un poco de bálsamo en los labios. Sus zapatos eran tenis blancos, cómodos, para trabajar, no tacones de suela roja.
Pero lo que a Carlos le llamó la atención no fue lo que llevaba puesto, sino cómo miraba. Tenía unos ojos oscuros, profundos, llenos de una calma y una bondad que se sentían desde el otro lado de la sala.
—Aquí está —dijo Carlos, levantándose y ayudando a Martita.
La enfermera se acercó rápidamente. No esperó a que llegaran a la puerta. Caminó hacia ellos y le ofreció el brazo a Martita con una naturalidad asombrosa.
—Hola, Doña Marta. Yo soy Stephanie, voy a ser su enfermera hoy. No se preocupe, vamos a caminar despacito.
Su voz era dulce, pero firme. Profesional, pero humana.
—Gracias, señorita. Estoy muy nerviosa —confesó Martita.
Stephanie le sonrió, y su sonrisa iluminó el pasillo aséptico.
—Es normal. Pero le prometo que la vamos a cuidar como si fuera mi propia abuelita. Además, el doctor ya me contó que usted hace los mejores jugos de Jamaica. Tengo que asegurarme de que esos ojos queden bien para que siga con el negocio, ¿no?
Martita soltó una risita nerviosa, relajándose visiblemente.
Carlos se quedó parado, observando la escena. Estaba acostumbrado a Sofía, que trataba a los meseros, enfermeras y empleados como si fueran invisibles o molestos. Ver a esta chica, Stephanie, tratar a Doña Martita con tanto respeto, con tanta dignidad… le provocó un cortocircuito en el cerebro.
—Usted debe ser el familiar —dijo Stephanie, girándose hacia Carlos.
Carlos parpadeó, saliendo de su trance.
—Eh, sí. Bueno, no soy familia de sangre, soy… soy como su sobrino postizo. Soy Carlos.
—Mucho gusto, Carlos. —Stephanie no le extendió la mano porque traía guantes de látex que acababa de sacar de la caja, pero le hizo un gesto amable con la cabeza—. Qué bueno que la acompaña. Eso ayuda mucho a los pacientes, sentirse respaldados. Espéreme aquí, por favor. La voy a preparar para la cirugía, le voy a poner unas gotas y una bata. En unos veinte minutos sale el doctor a hablar con usted.
—Gracias… Stephanie —dijo Carlos, saboreando el nombre.
Ella desapareció tras las puertas dobles con Martita.
Carlos se sentó de nuevo. Pero ya no pudo leer la revista. Su mente ya no estaba en Sofía. Estaba en la chica de azul. En sus manos. Notó que tenía las manos cortas, uñas limpias y cortadas al ras. Manos que trabajaban. Manos que curaban.
—Vaya… —susurró Carlos para sí mismo—. Así que así se ve la gente real.
La cirugía duró una hora. Para Carlos fue una eternidad y un suspiro al mismo tiempo. Salió el doctor Arriaga, su amigo.
—Todo perfecto, Charly. Le quitamos la catarata, le pusimos el lente intraocular. Quedó de diez. Ahorita está en recuperación, se le está pasando la sedación leve.
—Gracias, hermano. Te debo una.
—No me debes nada. Oye, por cierto… ¿viste el video de Lady Zapatos? Qué locura, ¿no? Pobre señora la que golpearon.
Carlos sonrió con amargura.
—Sí… pobre señora. Es mi mamá, güey.
El doctor Arriaga se quedó mudo.
—¿Es neta? ¡No mames! ¿Doña Bety? ¿La que nos hacía sopes cuando íbamos a estudiar a tu casa?
—La misma. Y la loca del video… era mi novia.
—¡A la…! —El doctor soltó un silbido—. Con razón traes esa cara. Perdón, hermano. Qué bueno que ya es “ex”. Oye, pasa a ver a Martita. Está con Steph.
Carlos entró al área de recuperación. Era una sala con luz tenue, cortinas beige y monitores pitando suavemente.
Martita estaba sentada en un reposet, con un parche en el ojo y una sonrisa de oreja a oreja, a pesar de estar medio dormida. Stephanie le estaba dando sorbitos de jugo de manzana con un popote.
—…y entonces le dije a mi nieto que si no estudiaba, lo iba a poner a cargar bultos —le contaba Martita.
Stephanie se reía bajito.
—Hizo bien, Doña Marta. El estudio es lo primero.
Carlos se aclaró la garganta. Stephanie levantó la vista y, por primera vez, lo miró directamente a los ojos, no como “el familiar del paciente”, sino como a un hombre. Hubo un segundo de reconocimiento mutuo, de esa chispa que no es fuego, sino luz.
—Ya está lista para irse a casa —dijo Stephanie, poniéndose de pie y alisándose el uniforme—. Solo necesita reposo, ponerse estas gotas cada cuatro horas y nada de cargar cosas pesadas. Y por favor, nada de cocinar con humo por una semana.
—Entendido —dijo Carlos. Se acercó a la cama—. ¿Cómo te sientes, tía Martita?
—Como nueva, mijo. Hasta veo colores que no veía antes con el ojo bueno. Esta niña es un ángel. Tiene una mano de santa.
Stephanie se sonrojó levemente. Un rubor natural que a Carlos le pareció mil veces más atractivo que cualquier “contouring” de Sofía.
—Solo hago mi trabajo —dijo ella humildemente.
Carlos ayudó a Martita a levantarse. Mientras la acomodaba en la silla de ruedas para sacarla, se giró hacia Stephanie.
—Oye… sé que esto puede sonar raro, y sé que estás trabajando… pero… —Carlos titubeó. Se sentía como un adolescente de quince años—. Me gustaría agradecerte. No solo por el trabajo médico, sino por… por cómo la trataste. Mi mamá y sus amigas… bueno, a veces la gente las trata mal por ser del mercado. Y ver que tú la trataste con tanto cariño… significa mucho.
Stephanie lo miró con curiosidad.
—Mi mamá vendía tamales para pagarme la carrera de enfermería —dijo ella, con una sonrisa orgullosa—. Sé lo que es tener las manos quemadas y los pies hinchados de trabajar. La gente trabajadora es la que sostiene a este país. Doña Marta merece el mismo trato que el presidente. O mejor.
Carlos sintió un golpe en el pecho. Directo al corazón. Ahí estaba. La pieza que faltaba. Lo que había buscado en Sofía y nunca encontró porque nunca existió. Valores. Empatía. Raíces.
—Tienes toda la razón —dijo Carlos, sonriendo como un bobo—. Oye… ¿a qué hora sales?
Stephanie arqueó una ceja, divertida.
—¿Me está invitando a salir el sobrino del paciente? Eso es contra el reglamento… técnicamente.
—Técnicamente, ya la diste de alta. Ya no eres su enfermera. Y yo no soy su sobrino de sangre, así que… no hay conflicto de interés.
Stephanie se rió. Una risa franca, musical.
—Salgo a las 8. Pero advierto que vengo muerta, huelo a hospital y tengo hambre de verdad, no de ensalada.
—Perfecto —dijo Carlos—. Conozco unos tacos buenísimos cerca de aquí. O si prefieres, un café. Pero un café de verdad, de olla, no de esos gringos caros.
—Tacos suenan bien. Con mucha salsa.
—Hecho. Paso por ti a las 8. Soy Carlos, por cierto. Otra vez.
—Stephanie. Te veo a las 8, Carlos.
Cuando Carlos salió de la clínica empujando la silla de ruedas de Doña Martita, sentía que caminaba sobre nubes.
—¡Míralo, míralo! —se burló Doña Martita—. ¡Ya te brillaron los ojitos! Esa sí, mijo. Esa sí me gusta. No como la otra lagartija.
—Calla, Martita —dijo Carlos, riendo—. Vamos a llevarte a casa. Mi mamá va a estar feliz.
Esa noche, a las 8:05 p.m., Carlos estaba puntual afuera de la clínica. Ya no traía el saco, se había aflojado la corbata y se había arremangado la camisa.
Stephanie salió. Se había soltado el pelo, que le caía en ondas negras sobre los hombros, y se había cambiado los tenis por unos zapatos bajos, pero seguía con sus jeans y una blusa sencilla. Se veía hermosa. Real.
Fueron a una taquería famosa de la Roma. Comieron tacos al pastor. Se mancharon los dedos de salsa. Hablaron.
Hablaron durante tres horas.
Carlos le contó de su madre, del mercado, de cómo creció entre cajas de verdura. No omitió nada. No le dio vergüenza. Al contrario, se lo contó con orgullo.
Stephanie le contó de sus guardias eternas, de los pacientes que la hacían llorar, de su sueño de hacer una especialidad en geriatría porque amaba a los viejitos.
—¿Y qué pasó con la chica del video? —preguntó Stephanie en un momento, con cautela—. Todo el hospital estaba hablando de eso hoy.
—Esa chica… fue un error de cálculo —dijo Carlos, poniéndose serio—. Me dejé llevar por el empaque y no revisé el contenido. Pero aprendí la lección. A la mala, pero la aprendí.
—Todos cometemos errores —dijo Stephanie, tocándole la mano suavemente sobre la mesa de plástico—. Lo importante es no repetirlos.
—No pienso repetirlos —dijo Carlos, mirándola a los ojos—. Créeme. Ya sé lo que busco.
Stephanie sonrió, y Carlos supo que Doña Bety iba a adorar a esta mujer.
Mientras Carlos y Stephanie reían y comían tacos, al otro lado de la ciudad, en la alcaldía Venustiano Carranza, Sofía del Valle estaba viviendo su propia versión de la realidad, una mucho más oscura.
Había intentado contactar a tres abogados. Dos le colgaron al saber quién era (el caso era tóxico para la imagen pública). El tercero le pidió un anticipo de cien mil pesos, dinero que ella no tenía.
Estaba sola en su departamento, comiendo cereal seco porque no había ido al súper.
La televisión estaba prendida en las noticias locales.
“…y en otras noticias, la Fiscalía anuncia que buscará la pena máxima para la agresora del mercado, conocida en redes como Lady Zapatos, debido a las agravantes de discriminación y violencia contra un adulto mayor. Expertos dicen que podría enfrentar de 1 a 3 años de prisión, o una multa millonaria…”
Sofía apagó la tele. El silencio del departamento era aplastante.
Miró sus zapatos Louboutin, que seguían tirados en la esquina, con las manchas de lodo ya secas. Esos zapatos habían sido su orgullo. Ahora eran su tumba.
—Maldita vieja —susurró, pero ya sin fuerza—. Maldito mercado. Maldito México.
Pero no era México. No era el mercado. Era ella. Y en el fondo, en ese lugar oscuro donde guardamos las verdades que no queremos admitir, Sofía empezaba a sospechar que ella era la única culpable de su desgracia.
Pero el orgullo es un hueso duro de roer. Y Sofía no estaba lista para rendirse. Si iba a caer, intentaría llevarse a alguien con ella.
Sacó una hoja de papel y una pluma. Empezó a escribir una lista. No de propósitos, sino de mentiras. Estrategias desesperadas. “Decir que la señora me provocó. Decir que Carlos me pegaba. Decir que…”
La pluma se rompió en su mano, manchando sus dedos de tinta negra.
Sofía miró sus manos manchadas. Parecían sucias. Como las de la vendedora.
—Nadie me va a creer —dijo en voz alta, tirando el papel.
Estaba derrotada. Jaque mate.
Y mientras ella se hundía en la oscuridad, en una taquería de la Roma, Carlos pedía la cuenta y pensaba: “Mañana le tengo que contar a mi mamá. Esta vez, sí le atiné”.
El destino había puesto cada cosa en su lugar. La basura en el basurero, y el oro… el oro verdadero, donde pudiera brillar.
CAPÍTULO 7: EL JUICIO FINAL Y LA HIJA QUE EL CIELO MANDÓ
La mañana de la audiencia de conciliación en el Ministerio Público de la alcaldía Venustiano Carranza olía a café quemado, expedientes viejos y desesperación. Para Sofía del Valle, acostumbrada a los aromas de lavanda y té blanco de los spas de Santa Fe, aquel lugar era el purgatorio.
Llegó sola. Nadie la acompañó. Ni sus padres, que seguían en Querétaro avergonzados hasta la médula; ni sus amigas del club, que la habían borrado de sus fotos de Instagram; ni mucho menos Carlos. Entró por la puerta lateral tratando de evitar a la prensa, con unos lentes oscuros enormes y una pañoleta en la cabeza, como si fuera una estrella de cine en desgracia.
Pero la desgracia no tiene glamour en la vida real.
—Señorita del Valle, pase por aquí —le indicó un secretario con cara de pocos amigos.
Entraron a una sala pequeña, pintada de un color crema deprimente, con una mesa de metal en el centro. Del otro lado, ya estaba sentada Doña Bety.
Sofía se detuvo en seco.
Doña Bety no estaba sola. A su derecha estaba Carlos, impecable en su traje, con una expresión de piedra. A su izquierda, un abogado penalista que parecía tiburón con corbata (pagado por Carlos, por supuesto). Y detrás de ella, como guardia pretoriana, estaba Doña Chole, con los brazos cruzados y una mirada que prometía violencia si las leyes fallaban.
Bety se veía tranquila. El moretón en su cara ya era solo una sombra amarilla, pero la dignidad en su postura brillaba más que cualquier joya.
—Siéntese —ordenó el juez cívico.
Sofía se sentó en la silla de plástico, sintiéndose minúscula.
—Estamos aquí para buscar un acuerdo reparatorio por los hechos ocurridos el pasado jueves —comenzó el juez, leyendo el expediente con monotonía—. La acusada, Sofía del Valle, enfrenta cargos por lesiones, amenazas y discriminación. La parte afectada, Beatriz Hernández, ha presentado pruebas contundentes.
El abogado de Bety tomó la palabra.
—Su Señoría, mi clienta no busca venganza, busca justicia. La señorita del Valle no solo agredió físicamente a una persona de la tercera edad, sino que utilizó su posición económica para humillarla, extorsionarla y denigrarla públicamente. El daño moral es incalculable.
Sofía se mordió el labio. Quería gritar, quería decir que ella era la víctima, que sus zapatos valían más que la dignidad de esa vieja, pero sabía que si abría la boca, se hundiría más.
—¿Qué tiene que decir la acusada? —preguntó el juez.
Sofía se quitó los lentes oscuros. Tenía ojeras reales, no de maquillaje.
—Yo… —su voz tembló—. Yo quiero pedir perdón.
Doña Chole soltó un bufido sonoro.
—¡Más fuerte, que no se oye! —dijo la carnicera.
—Silencio en la sala —dijo el juez, aunque sin mucha convicción—. Continúe.
—Quiero pedirle perdón a la señora Beatriz —dijo Sofía, mirando sus manos entrelazadas—. No debí golpearla. No debí insultarla. Estaba… estaba fuera de mí.
—¿Y el dinero? —preguntó el juez.
—Aquí está. —Sofía sacó un sobre de su bolsa. Eran los treinta mil pesos. Bueno, no los mismos billetes, porque esos ya se los había gastado en el salón de belleza, pero era la misma cantidad, conseguida empeñando un reloj que le regaló su papá—. Devuelvo la cantidad íntegra.
Doña Bety miró el sobre y luego miró a Sofía.
—Señorita —dijo Bety con voz calmada—. Ese dinero ya no lo necesito. Mi hijo ya se encargó de eso. Pero tómelo. Úselo para pagar un curso de modales, o de terapia. Porque lo que usted tiene en el corazón no se cura con dinero.
Sofía se puso roja hasta la raíz del pelo.
—El acuerdo es el siguiente —dictaminó el juez—. La acusada devolverá el monto extorsionado (que será donado a la beneficencia pública a petición de la víctima). Ofrecerá una disculpa pública en sus redes sociales, la cual deberá permanecer fijada por seis meses. Y, debido a la naturaleza discriminatoria de su delito, cumplirá 120 horas de servicio comunitario.
—¿Servicio comunitario? —Sofía levantó la vista, horrorizada—. ¿Cómo qué?
—Limpieza de espacios públicos —dijo el juez, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Específicamente, en la zona de mercados de la alcaldía. Para que aprenda a respetar el trabajo que tanto despreció.
El mundo de Sofía se derrumbó. Ella, barriendo mercados. Ella, recogiendo basura donde la gente “naca” trabaja. Era la muerte social definitiva.
—¿Acepta el acuerdo o nos vamos a juicio penal? —preguntó el abogado de Bety, sonriendo.
—Acepto —susurró Sofía, derrotada.
Cuando salieron de la sala, Carlos pasó junto a Sofía. Ella intentó agarrarlo del brazo.
—Carlos… por favor. Soy yo. Sofía. ¿No sientes nada?
Carlos se detuvo. La miró, pero no con odio. La miró como quien mira a un extraño que le pide la hora en la calle.
—Siento lástima, Sofía —dijo Carlos—. Siento lástima de que seas tan pobre, que lo único que tienes es dinero… y ahora, ni eso.
Carlos siguió caminando, tomando del brazo a su madre. Doña Bety ni siquiera volteó a verla. Sofía se quedó sola en el pasillo frío, mientras afuera los reporteros esperaban para fotografiar a la “Lady Zapatos” que ahora sería la “Lady Barrendera”.
Tres meses después, la vida en la casa de la colonia Doctores tenía otro color. El aire se sentía más ligero, más dulce.
Doña Bety estaba en la cocina, pero esta vez no estaba nerviosa. Estaba picando fruta tranquilamente. Su ojo había sanado perfectamente, aunque Doña Martita (ya operada y viendo en 4K) decía que le había quedado una “mirada más interesante”.
—Mamá, ¿seguro que no quieres que te ayude? —preguntó Carlos, entrando a la cocina. Se le veía diferente. Más relajado, sonriendo más. Ya no usaba tantos trajes rígidos los fines de semana; ahora traía unos jeans y una polo.
—No, mijo. Todo está listo. Hice pozole. Rojo, como le gusta a la gente de buen diente.
—Te va a encantar Stephanie, mamá. Te lo juro. No es como… ya sabes.
—Ay, Carlos, deja de estar traumado. Ya me contaste maravillas de ella. Que es enfermera, que trató bien a Martita, que le gustan los tacos. Ya con eso tiene mi voto de confianza.
—Sí, pero… tengo miedo, ma. Tengo miedo de que no te guste. O de que ella se asuste. Ya sabes que somos… intensos.
Bety soltó una carcajada y le dio un zape cariñoso en la nuca.
—Intensos tus calzones. Somos familia, Carlos. Y la familia es ruidosa, amorosa y a veces un poco chismosa. Si ella es la indicada, va a encajar. Si no, pues ni modo. Pero relájate, que me pones nerviosa a mí.
Sonó el timbre.
Carlos respiró hondo. “Aquí vamos”.
Fue a abrir.
En la puerta estaba Stephanie. No traía un vestido de diseñador, ni zapatos de suela roja. Traía un vestido sencillo de flores, unas sandalias cómodas y el pelo suelto. En las manos, cargaba una caja de cartón blanca amarrada con un hilo rojo.
—Hola —dijo ella, con una sonrisa tímida pero brillante.
—Hola —Carlos la besó en la mejilla—. Te ves hermosa.
—Gracias. Tú tampoco estás mal —bromeó ella—. Oye, traje pan. Pasé a la panadería esa famosa de la Roma que te gusta. Espero que a tu mamá le guste el pan dulce.
—A mi mamá le gusta cualquiera que traiga comida —dijo Carlos, riendo—. Pásale.
Entraron a la casa. Doña Bety salió de la cocina secándose las manos en el delantal.
El momento de la verdad.
Stephanie se detuvo. Vio a la señora bajita, de cabello gris y ojos vivaces. No la escaneó de arriba a abajo buscando marcas de ropa. La miró a los ojos.
—Buenas tardes, señora Beatriz —dijo Stephanie, inclinando la cabeza ligeramente en señal de respeto—. Mucho gusto. Soy Stephanie.
—Mucho gusto, hija —dijo Bety, observándola.
Bety tenía un radar. Un sexto sentido desarrollado en el mercado para detectar si la fruta estaba buena o podrida por dentro. Escaneó a Stephanie. Vio sus manos: uñas cortas, limpias, sin manicura cara. Vio sus zapatos: gastados de tanto caminar. Vio sus ojos: transparentes, sin malicia.
Y sintió algo. Una calidez en el pecho.
—Pásale, mija, estás en tu casa. —Bety sonrió, y fue una sonrisa real, de esas que llegan a los ojos—. No te quedes ahí parada que se escapa el gato.
—Gracias, señora. Le traje un detallito. —Stephanie le entregó la caja—. Son conchas y orejas. Carlos me dijo que le gusta el pan con el café.
—¡Ay, qué detallazo! —Bety recibió la caja como si fuera un tesoro—. A mí me encantan las conchas. Y más si son regaladas. Ven, vamos a la mesa, que el pozole se enfría y el pozole frío sabe a tristeza.
Se sentaron a comer. No hubo silencios incómodos. No hubo preguntas sobre “cuánto ganas” o “quiénes son tus padres”.
—¿Y tú trabajas mucho, mija? —preguntó Bety, sirviéndole un plato de pozole que parecía un volcán de carne y maíz.
—Sí, señora. Soy enfermera en la clínica del doctor Arriaga. A veces los turnos son pesados, de 12 o 24 horas, pero me gusta mucho. Me gusta cuidar a la gente.
—Eso es bueno. Es un trabajo bendito —asintió Bety—. Yo siempre quise ser enfermera, fíjate. Pero pues la vida me llevó a vender lechugas. Que también es cuidar a la gente, porque si no comen verduras, se enferman.
Stephanie se rió con ganas.
—Tiene toda la razón. La nutrición es la primera medicina. Usted hace medicina preventiva en el mercado.
Bety se quedó callada un segundo, sorprendida. Nadie le había dicho eso nunca. Sofía le había dicho que era una “verdulera sucia”. Esta chica le acababa de decir que su trabajo era importante.
—Oye, mija… ¿y no te da asco venir acá? —soltó Bety de repente, sin filtro.
Carlos se atragantó con el rábano.
—¡Mamá!
—Déjala, Carlos —dijo Stephanie, tranquila—. ¿Asco por qué, señora? ¿Por la colonia?
—Pues sí. No es Santa Fe. Aquí huele a garnacha, hay perros en la calle y la gente habla fuerte.
Stephanie sonrió y tomó una tostada con crema.
—Señora Bety, yo crecí en Iztapalapa. Mi papá era maestro de escuela y mi mamá tenía una tiendita de abarrotes. Yo aprendí a sumar contando latas de atún. Para mí, esta casa huele a hogar. Huele a limpio. Huele a pozole rico. El asco me lo da la gente que tiene el alma sucia, no la que tiene las manos trabajadoras.
Doña Bety sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Miró a Carlos, que miraba a Stephanie como si fuera la octava maravilla del mundo.
—Come, mija, come —dijo Bety, con la voz un poco ronca—. Que estás muy flaca y necesitas fuerzas para aguantar a este muchacho, que es medio necio.
La comida transcurrió entre risas. Stephanie repitió plato. “El mejor pozole que he probado en mi vida, y no es barba”, dijo.
Al terminar, Bety se levantó para recoger los platos.
—Deje ahí, señora —dijo Stephanie, levantándose de un salto—. Yo lavo los trastes.
—¡No, cómo crees! Eres la invitada.
—Por eso mismo. Usted cocinó delicioso, lo mínimo que puedo hacer es lavar. Además, me sirve para bajar el pozole. Carlos, tú seca.
Y así, sin más, Stephanie se metió a la cocina de Bety. Se puso el delantal (el mismo delantal que Sofía había mirado con asco) y se puso a tallar la olla del pozole con el estropajo, cantando bajito una canción de Juan Gabriel que sonaba en el radio.
Bety se quedó en el marco de la puerta, viendo la escena. Su hijo secando platos junto a esta muchacha sencilla, riéndose, dándose empujoncitos de cadera mientras trabajaban.
Carlos volteó a ver a su madre y le hizo una seña con las cejas. ¿Qué opinas?
Bety le levantó el pulgar y se tocó el corazón.
Luego, aprovechando que Stephanie estaba concentrada con una mancha de grasa difícil, Bety se acercó a Carlos y le susurró:
—Mijo… esta sí.
—¿Sí, ma?
—Sí. Esta tiene luz. Y tiene manos de mujer que sabe resolver. No la dejes ir, zonzo. Cásate con ella antes de que se dé cuenta de que estás medio feo.
Carlos soltó una carcajada que hizo brincar a Stephanie.
—¿De qué se ríen? —preguntó ella, con espuma de jabón en la nariz.
—De nada, mi amor —dijo Carlos, abrazándola por la espalda—. De que mi mamá dice que ya te contrató de lavaplatos oficial.
—¡Ah, no! Cobro caro, eh. Cobro en tuppers de pozole para llevar.
—Hecho —dijo Bety—. Te llevas el itacate completo.
Esa tarde, cuando se fueron, la casa se sintió vacía, pero no triste. Se sintió llena de promesas. Bety se sentó en su sillón, prendió la tele y suspiró.
—Gracias, Diosito. Gracias por quitarme la plaga y mandarme la cosecha. Valió la pena el cachetadón. Valió la pena todo.
Mientras tanto, en un parque público cerca del Mercado de Sonora, bajo el sol inclemente de las 2:00 p.m., una figura solitaria barría hojas secas y basura.
Sofía del Valle llevaba un chaleco naranja fluorescente que le quedaba tres tallas más grande. Llevaba unos tenis viejos (los únicos que le quedaron después de vender todo) y una gorra para taparse del sol.
—¡Hey, tú! ¡La de la gorra! —le gritó el supervisor del servicio comunitario—. ¡Te falta esa esquina! ¡Ahí hay una botella de orines, recógela!
Sofía sintió las ganas de vomitar, pero se las tragó.
Agarró la escoba y caminó hacia la esquina. Le dolía la espalda. Le dolían las manos, que ya tenían ampollas porque nunca había agarrado una escoba en su vida.
Un grupo de señoras pasó caminando, regresando del mandado.
—Mira, comadre —dijo una, señalándola—. ¿Esa no es la Lady Zapatos?
—¡Ah, sí! La que le pegó a Doña Bety. ¡Mírala! Ahora sí anda trabajando de verdad.
—¡Qué bueno! ¡El karma es canijo! —gritaron las señoras, riéndose.
Sofía bajó la cabeza, escondiéndose bajo la visera de la gorra. Las lágrimas le rodaron por la cara, mezclándose con el sudor y el polvo.
—Odio mi vida… —susurró—. Odio mi vida.
Pero nadie la escuchó. Y a nadie le importó. Porque Sofía del Valle había aprendido, de la manera más dura posible, que cuando escupes hacia arriba, la gravedad (y el karma) siempre hacen que te caiga en la cara.
Barríó la botella. La echó a la bolsa negra. Y siguió barriendo. Le faltaban 118 horas. Y después de eso… ¿qué? No tenía carrera terminada. No tenía reputación. No tenía dinero. Tendría que empezar de cero. Tendría que trabajar.
Quizás, solo quizás, algún día entendería el valor de lo que Doña Bety hacía todos los días. O quizás no. Pero por ahora, su realidad era una escoba, un chaleco naranja y el desprecio de la ciudad que alguna vez creyó gobernar.
Seis meses después.
Carlos llevó a Stephanie al puesto del mercado un sábado por la mañana. Pero no fue una visita normal.
Llevaba un mariachi.
Sí, en medio del pasillo de las verduras, entre los gritos de “¡Pásele, güerita!” y el olor a cilantro, el mariachi empezó a tocar “Hermoso Cariño”.
Doña Bety dejó de despachar. Doña Chole soltó el hacha. Todo el mercado se detuvo.
Carlos se arrodilló frente a Stephanie, ahí, en el piso de cemento, frente al puesto 408 donde todo había empezado (y donde Sofía había terminado).
—Stephanie —dijo Carlos, sacando una cajita de terciopelo. No era un anillo gigante y ostentoso. Era un anillo hermoso, clásico, elegante—. Tú me enseñaste lo que es el amor real. Me enseñaste que el valor no está en la etiqueta, sino en el corazón. ¿Te quieres casar conmigo?
Stephanie lloró. Doña Bety lloró. Doña Chole lloró (y se sonó la nariz con el papel de envolver carne).
—¡Sí! —gritó Stephanie—. ¡Sí, sí, sí!
El mercado estalló en aplausos y chiflidos.
—¡Vivan los novios! —gritó el Jícamas.
Bety corrió y abrazó a los dos.
—¡Voy a tener una hija! —gritaba Bety—. ¡Ahora sí voy a tener una hija de verdad!
Esa noche, hubo fiesta en la Doctores. No una fiesta “fifi”. Una fiesta con tamales, atole y baile en la calle. Y Doña Bety, con su ojo sano y su corazón lleno, bailó hasta que le dolieron los pies, sabiendo que su hijo estaba a salvo, que su familia crecía, y que al final, los buenos siempre ganan.
CAPÍTULO 8: LA BODA DEL PUEBLO Y EL OLVIDO DE UNA REINA CAÍDA
Llegó el día. No fue una boda en un salón exclusivo de Santa Fe con lista de espera de dos años. No. Carlos y Stephanie decidieron casarse donde estaba su corazón: en un jardín hermoso en Xochimilco, rodeado de canales, flores y ahuejotes ancestrales.
Doña Bety estaba radiante. Se había mandado a hacer un vestido color bugambilia con una costurera del centro, de encaje fino, que resaltaba su piel morena y su cabello plateado. Pero lo más brillante que llevaba no eran sus aretes, sino su sonrisa.
—¡Miren nomás a la madrina! —gritó Doña Chole cuando la vio llegar—. ¡Si parece que la que se casa eres tú, comadre!
El “Escuadrón” estaba completo. Doña Chole, Doña Martita (ya sin lentes de fondo de botella y viendo todo en alta definición), la Señora Luz y Doña Pelos. Todas vestidas de gala, con sus mejores joyas y peinados de salón de barrio, listas para darlo todo en la pista.
La ceremonia fue sencilla pero emotiva. Cuando Stephanie caminó hacia el altar, del brazo de su padre (el maestro jubilado que lloraba como magdalena), Carlos sintió que el corazón se le salía del pecho. Se veía etérea, no disfrazada. Era ella.
—Yo, Carlos, te acepto a ti, Stephanie…
—Yo, Stephanie, te acepto a ti, Carlos…
Cuando el juez los declaró marido y mujer, un grito de júbilo estalló entre los invitados. No hubo aplausos educados y contenidos. Hubo chiflidos, gritos de “¡Vivan los novios!” y hasta una diana tocada por el mariachi que esperaba agazapado.
Pero el momento cumbre llegó en la fiesta.
Después de la cena (mole poblano hecho con la receta secreta de Doña Bety, por supuesto, porque ella insistió en supervisar a los chefs del banquete), empezó el baile.
—¡Música, maestro! —ordenó Doña Bety.
Sonó “El listón de tu pelo” de Los Ángeles Azules.
Doña Bety agarró a su hijo y lo sacó a bailar.
—Mamá, tranquilo, que traes tacones —le dijo Carlos, riendo.
—¡Qué tacones ni qué nada! —Bety se quitó los zapatos ahí mismo y los aventó debajo de una mesa—. ¡Hoy se baila hasta que el cuerpo aguante! ¡Hoy celebramos que la vida nos sonrió!
Bailaron cumbia, bailaron salsa, bailaron “Payaso de Rodeo”. Doña Bety era un trompo en la pista. Sus amigas le hacían rueda, aplaudiendo.
—¡Eso, Bety! ¡Dales cátedra!
En un momento de descanso, Bety se sentó, abanicándose con una servilleta, sudorosa pero feliz. Stephanie se acercó y se sentó a su lado, tomándole la mano.
—Gracias, suegra —le dijo Stephanie—. Gracias por criar al hombre más maravilloso del mundo.
—Gracias a ti, mi hija —respondió Bety, apretándole la mano—. Por quererlo bien. Por querernos a todos. Tú eres la hija que siempre le pedí a la Virgen.
—Y usted es la mamá que la vida me regaló. Oiga… le tengo una noticia. Un regalo de bodas adelantado.
Bety la miró, con los ojos brillando de curiosidad.
—¿Qué pasó?
Stephanie se inclinó y le susurró al oído.
—Va a ser abuela otra vez. Tengo dos meses.
Doña Bety se quedó paralizada un segundo. Luego, soltó un grito que se oyó hasta el Zócalo.
—¡VOY A SER ABUELA! ¡OTRA VEZ!
Se levantó de un salto, olvidando el cansancio, y abrazó a Stephanie, luego corrió a abrazar a Carlos.
—¡Lo logramos, Rogelio! —gritó mirando al cielo, hablándole a su difunto esposo—. ¡Lo logramos, viejo! ¡Nuestros hijos son felices!
La fiesta siguió hasta el amanecer. Fue, sin duda, la mejor boda que Xochimilco había visto en años. Una boda donde lo que sobraba no era el lujo, sino el amor.
Cinco años después.
La Ciudad de México seguía siendo ese monstruo hermoso y caótico.
En el Mercado de Jamaica, el puesto 408 seguía siendo el rey de las verduras. Pero ahora, tenía un letrero nuevo, pintado a mano con letras doradas: “Verduras Doña Bety – Fundado con Amor y Trabajo”.
Bety ya no iba diario. Iba tres veces a la semana, más por gusto que por necesidad. El resto del tiempo se la pasaba en su casa de la Doctores (que Carlos había remodelado para dejarla preciosa) o en la casa de Carlos y Stephanie, malcriando a sus nietos: un niño travieso llamado Rogelio (en honor al abuelo) y una niña de ojos vivaces llamada Beatriz.
—¡Abuela, abuela! —gritaba la pequeña Bety—. ¡Cuéntanos el cuento de la bruja de los zapatos!
Doña Bety se reía, sentada en la mecedora.
—Ay, mija, ese cuento ya pasó. Pero te voy a contar uno mejor. El cuento de cómo el trabajo duro siempre le gana a la vanidad.
Carlos y Stephanie tenían su propia clínica ahora. Una clínica comunitaria en Iztapalapa, donde cobraban cuotas simbólicas a la gente que no tenía recursos. Eran exitosos, sí, pero no medían su éxito en coches o viajes, sino en las sonrisas de sus pacientes.
Eran felices. Plenamente, ruidosamente felices.
Mientras tanto, en otro rincón de la ciudad…
Afuera de una estación de metro en la zona centro, una mujer de unos treinta y tantos años, que aparentaba diez más, vendía fundas de celular baratas sobre una manta en el suelo.
Su cabello, antes castaño y brillante, estaba opaco, mal teñido de un rubio cenizo que ya mostraba raíces negras de meses. Su piel estaba curtida por el sol, sin rastro de cremas caras. Llevaba unos jeans desgastados y unos tenis genéricos, sucios.
Era Sofía.
La vida no había sido amable con ella después del escándalo. Sus antecedentes penales (aunque menores) y la fama de #LadyZapatos la persiguieron como una sombra. Nadie la contrataba en trabajos “de oficina”. Sus amigos la abandonaron. Sus padres, avergonzados, le retiraron el apoyo financiero y apenas le hablaban en Navidad.
Tuvo que aprender a sobrevivir. Primero mesereando (donde la corrieron por tratar mal a los clientes, viejos hábitos tardan en morir), luego en un call center, y finalmente, en el comercio informal. La ironía era brutal: Sofía del Valle, la que despreciaba a los vendedores ambulantes, ahora era una de ellos.
—¡Barato, barato! ¡Micas, fundas, cargadores! —gritaba con voz ronca.
Pasó una pareja joven, bien vestida. El hombre llevaba un traje sastre y la mujer un vestido elegante. Sofía los miró con envidia.
—Señorita, ¿tiene mica para iPhone 15? —preguntó la mujer.
Sofía levantó la vista. Se quedó helada.
La mujer no la reconoció. Pero Sofía sí la reconoció a ella. Era Fernanda. Su “mejor amiga” de la prepa. La que iba con ella en el Uber aquel día fatídico, burlándose de Doña Bety por teléfono.
—Fer… —susurró Sofía.
Fernanda frunció el ceño, mirándola con extrañeza.
—¿Perdón? ¿Nos conocemos?
Sofía abrió la boca para decir “Soy yo, Sofía”. Pero la vergüenza le cerró la garganta. ¿Qué le iba a decir? ¿”Mírame, soy la reina caída”? ¿”Préstame dinero”?
—No… disculpe. Me confundí —dijo Sofía, bajando la mirada—. No tengo micas para ese modelo.
—Ay, bueno. Vámonos, amor, huele feo aquí —dijo Fernanda, arrugando la nariz con ese gesto tan familiar, tan odioso.
Sofía vio cómo su antigua amiga se alejaba, taconeando sobre la banqueta.
Se sentó en su banquito de plástico. Miró sus manos. Estaban sucias de polvo de la calle. Sus uñas estaban rotas.
Recordó el día en el mercado. Recordó a Doña Bety diciéndole: “La vida da muchas vueltas. Hoy estás arriba, mañana quién sabe”.
—Tenía razón la vieja —murmuró Sofía, con una lágrima solitaria rodando por su mejilla sucia—. Tenía razón.
Empezó a llover. Una lluvia fría, típica de la tarde defeña. Sofía tuvo que correr a recoger su mercancía antes de que se mojara. Nadie la ayudó. Era solo una vendedora más en la inmensidad de la ciudad, invisible, olvidada, irrelevante.
El karma había terminado su partida de ajedrez.
Jaque mate.
Lejos de ahí, en la casa de la Doctores, Doña Bety servía café de olla y partía una rosca de reyes rodeada de su familia. Las risas llenaban la habitación, calientes, vibrantes, eternas.
Porque al final del día, lo que importa no son los zapatos que llevas puestos, sino los pasos que has dado y las manos que has sostenido en el camino. Y Doña Bety, la vendedora de verduras, había caminado como una reina.
FIN.