
CAPÍTULO 1: LA LLEGADA DEL GAFE
El sol de mediodía en la Sierra Madre caía a plomo, de ese calor seco que te tuesta la piel y te hace entrecerrar los ojos aunque traigas gafas oscuras. No se movía ni una hoja en los robles viejos que bordeaban el camino de terracería. El único sonido era el crujir de la grava bajo los neumáticos todoterreno de una Chevrolet Cheyenne negra, modelo reciente, sin placas delanteras, que avanzaba con una lentitud casi insultante para quien tuviera prisa.
Pero Mateo Mondragón no tenía prisa. Ya no.
Mateo detuvo la camioneta frente a la cancela oxidada del viejo Rancho “Las Ánimas”. Bajó el cristal eléctrico y el aire caliente, con olor a pino y tierra seca, invadió la cabina, mezclándose con el leve aroma a cuero nuevo de los asientos. Se quitó las gafas de aviador y sus ojos oscuros, acostumbrados a escanear perímetros en la selva lacandona y en los desiertos de Sonora, barrieron el terreno.
Cincuenta hectáreas. Cincuenta pinches hectáreas de libertad.
Bajó del vehículo. Sus botas tácticas, unas Lowa desgastadas pero impecables, levantaron una nube de polvo fino. Mateo no era un hombre alto, pero tenía esa densidad muscular de quien ha cargado equipo pesado por montañas durante años. Su piel era morena, curtida por veinte años de servicio bajo el sol, y tenía una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, un recuerdo de una emboscada en Tamaulipas que salió mal —o bien, dependiendo de cómo se mire, ya que él seguía vivo—.
Abrió la cadena del portón con una llave maestra que sacó de su bolsillo. El metal chirrió, rompiendo el silencio del monte. Al entrar de nuevo en la camioneta y conducir hacia la casona principal, no sabía que ya lo estaban observando.
A un kilómetro de distancia, en una loma con vista perfecta al valle, Tomás Barroso bajó los binoculares y soltó una risa burlona, dándole un trago a su cerveza Tecate Light.
—Ya llegó el indio, plebes —dijo Tomás, recargándose en el cofre de su Ford Raptor blanca, modificada con luces LED y rines cromados que costaban más que la casa promedio del pueblo—. Míralo. Se cree patrón.
Tomás era el clásico “Junior” de pueblo grande. Hijo de Don Fausto Barroso, el cacique local que controlaba desde la venta de ganado hasta quién ganaba las elecciones municipales. Tomás, con su camisa Polo desabotonada hasta el pecho, su cadena de oro con un centenario colgando y esa actitud de quien nunca ha recibido un “no” por respuesta, sentía un odio visceral hacia el nuevo dueño de “Las Ánimas”.
—¿Ese es el vato? —preguntó “El Chato”, uno de sus guardaespaldas, un tipo gordo con una pistola fajada al cinto que apenas le cerraba.
—Ese mero —escupió Tomás al suelo—. El que le compró el terreno a la viuda de Flores. Mi apá ya tenía el trato cerrado, güey. Ya le íbamos a dar cien mil pesos por todo el pedazo. Y llega este cabrón de la nada, paga en efectivo y nos gana el mandado. Dicen que soltó tres millones de madrazo.
—¿Tres melones en efectivo? —silbó El Chato—. Ha de ser maña, jefe. Nadie trae esa lana limpia.
—Me vale madre si es maña, si es político o si se sacó la lotería —Tomás se ajustó el sombrero—. Este es territorio Barroso. Aquí no entra nadie sin besarle la mano a mi jefe. Y este prieto va a aprender que en San Miguel de los Altos, el dinero no compra respeto. Compra problemas.
Mientras Tomás y su séquito de aduladores planeaban su “bienvenida”, Mateo estacionaba frente a la casa principal. Era una construcción antigua, de adobe y teja, con un porche amplio que pedía a gritos una hamaca y una tarde tranquila.
Mateo bajó su vieja bolsa de lona verde olivo, la misma que lo había acompañado desde sus días de recluta en el Heroico Colegio Militar hasta sus últimas misiones clasificadas con el Cuerpo de Fuerzas Especiales (GAFE).
—Bueno, Mondragón —se dijo a sí mismo, su voz ronca por la falta de uso—. Aquí te vas a morir de viejo. Nada de radios, nada de claves, nada de sangre.
Pero el instinto es un animal difícil de domesticar. Antes de meter sus cosas, Mateo caminó el perímetro de la casa. Revisó las líneas de visión. Ventana norte: punto ciego por el roble. Necesito podarlo. Puerta trasera: madera podrida, fácil de patear. Necesito reforzarla. Camino de acceso: visible desde la loma este.
Suspiró. “Ya bájale, güey”, pensó. “Ya no eres el Comandante ‘Fantasma’. Eres Mateo, el que siembra maíz”.
Entró a la casa. El aire estaba viciado, oliendo a encierro y polvo. Pasó la tarde limpiando, moviendo muebles viejos y estableciendo su espacio. Su “espacio” consistía en una cama militar plegable, una cafetera y una caja fuerte de acero donde guardó lo único que realmente importaba: su Glock 19 modificada, dos cargadores extra y una carpeta con documentos que nadie en el gobierno quería que vieran la luz.
Al caer la tarde, el hambre apretó. Mateo decidió bajar al pueblo. San Miguel de los Altos estaba a veinte minutos por un camino de terracería que serpenteaba entre cañadas.
Al llegar a la calle principal, Mateo sintió la atmósfera cambiar. San Miguel era uno de esos pueblos mágicos que de mágicos solo tienen el nombre en el folleto turístico. En realidad, era un pueblo atrapado en el tiempo, controlado por viejas familias y nuevas violencias. La plaza central estaba limpia, sí, pero las miradas de la gente eran pesadas.
Estacionó la Cheyenne frente a la “Ferretería El Martillo”. Al bajar, notó que dos halcones —chavitos de no más de quince años con radios en el cinturón— que estaban en la esquina, se enderezaron y empezaron a susurrar en sus aparatos. Mateo los ignoró. Sabía cómo funcionaba el ecosistema; él había cazado a los depredadores de ese ecosistema durante dos décadas.
Entró a la ferretería. El aire estaba fresco adentro, oliendo a metal y aserrín.
—Buenas tardes —dijo Mateo con voz firme.
El mostrador estaba atendido por Don Chema, un hombre de unos sesenta años, flaco como un sarmiento y con cara de susto permanente. Al ver a Mateo, Don Chema se tensó visiblemente.
—Buenas… tardes —respondió el viejo, limpiándose las manos en un trapo sucio—. ¿En qué le puedo servir?
—Necesito tres cerrojos de doble cilindro, marca Phillips o Yale si tiene. Unas bisagras de uso rudo y dos cajas de clavos para concreto.
Don Chema asintió nerviosamente y se fue a la estantería de atrás. Mientras Mateo esperaba, la campanita de la puerta sonó con violencia.
Entraron tres hombres. El aire en la ferretería se volvió denso, eléctrico.
Eran Tomás Barroso y dos de sus primos. Vestían camisas de seda con estampados versace (probablemente piratas), botas de piel de avestruz y sombreros Stetson de mil dólares. Apestaban a loción cara y alcohol.
Mateo no se giró. Siguió mirando hacia el mostrador, pero su visión periférica ya los tenía marcados. Sujeto 1 (Centro): Líder, agresivo, probablemente armado en la espalda baja. Sujetos 2 y 3: Flanqueadores, postura relajada, peligrosos por estupidez, no por entrenamiento.
—Mira nomás quién bajó del cerro —dijo Tomás, su voz arrastrando las palabras con esa arrogancia típica del norteño adinerado—. El nuevo patrón de Las Ánimas.
Mateo no respondió. Don Chema regresó con los cerrojos, sus manos temblando tanto que casi tira las cajas.
—Son… son mil quinientos pesos, joven —dijo Don Chema, sin mirar a Tomás.
Mateo sacó su cartera y extrajo dos billetes de mil.
—Oye, te estoy hablando, cabrón —Tomás dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Mateo. Puso una mano pesada sobre el hombro del ex-militar.
Fue un error.
En una fracción de segundo, la mente de Mateo calculó tres formas de romperle el brazo a Tomás, dos formas de usar el mostrador como cobertura y una forma de matarlos a los tres con el martillo que estaba en exhibición a su derecha. Pero se contuvo. Respiró.
Mateo giró la cabeza lentamente y miró la mano de Tomás en su hombro, luego subió la mirada hasta encontrar los ojos inyectados en sangre del junior. La mirada de Mateo no tenía miedo, ni ira. Tenía un vacío absoluto. Era la mirada de un hombre que ha visto cosas que harían llorar a estos niños ricos. Era la mirada del “Fantasma”.
—Quita tu mano —dijo Mateo. Su voz fue baja, casi un susurro, pero resonó en la ferretería como el seguro de una pistola al quitarse.
Tomás parpadeó, confundido. Estaba acostumbrado a que la gente bajara la cabeza, a que temblaran. Este tipo lo estaba mirando como si fuera una molestia menor, como una mosca en la sopa.
—¿Y si no quiero, qué? —desafió Tomás, aunque retiró la mano instintivamente, disfrazando el movimiento como si se acomodara el cinturón—. ¿Sabes quién soy yo, güey? Soy Tomás Barroso. Mi papá es dueño de este pueblo. Y tú estás parado en mi suelo.
—Yo compré mi tierra legalmente —dijo Mateo, volviéndose hacia Don Chema para recibir su cambio. El viejo se lo dio rápido, queriendo que se fueran—. No busco pleitos.
—Pues los pleitos te buscan a ti —Tomás se interpuso entre Mateo y la salida—. Esa tierra era para nosotros. Tú llegaste de fuera, con tu dinero sucio, a querer jugar al hacendado. Pero te voy a dar un consejo de compas: Vende. Vende barato y lárgate antes de que te pase algo. Aquí en la sierra los accidentes son muy comunes. La gente se cae a los barrancos, se le queman los ranchos… ya sabes.
Mateo guardó su cambio con calma. Se ajustó la gorra y dio un paso hacia Tomás. El junior, a pesar de ser más alto, sintió un impulso primario de retroceder.
—Mira, muchacho —dijo Mateo, usando la palabra “muchacho” como un insulto sutil—. Yo vine aquí buscando paz. No me interesa quién es tu papá, ni cuánto dinero tienen. Pero si creen que me van a asustar con cuentos de espantos, se equivocaron de puerta. Yo soy el que toca la puerta en la noche.
Mateo pasó entre ellos, golpeando deliberadamente el hombro de Tomás con el suyo, duro como una roca. Salió a la calle cegadora.
Dentro de la tienda, Tomás se quedó rojo de la ira. Sus primos lo miraban esperando una orden.
—¿Qué pedo, primo? ¿Nos lo quebramos? —preguntó uno.
—No —dijo Tomás, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Aquí no. Hay muchos testigos. Pero ese indio me las va a pagar. Vamos a ver si es muy bravo cuando se le queme el jacal con él adentro.
Mateo caminó hacia la “Fonda Doña Lucha” para comer algo antes de subir. Necesitaba calmar la adrenalina. No quería volver a ser esa persona violenta, pero el pueblo parecía empeñado en despertarla.
La fonda era sencilla, con manteles de plástico de cuadros rojos y olor a chicharrón en salsa verde. Se sentó en la esquina más alejada, con la espalda contra la pared, siempre con vista a la entrada. Vieja costumbre: nunca des la espalda a la puerta.
Doña Lucha, una señora robusta con canas y una sonrisa que le iluminaba la cara, se acercó limpiándose las manos en el delantal.
—¡Buenas tardes, hijo! Siéntate, siéntate. ¿Qué te traigo? Hoy tengo un asado de puerco que está para chuparse los dedos.
—Eso suena bien, jefa. Y un café de olla, por favor.
—Enseguida.
Mientras esperaba, Mateo notó que un par de comensales lo miraban de reojo y susurraban. Ya sabían quién era. Las noticias vuelan en pueblo chico.
Doña Lucha regresó con el café humeante en un jarrito de barro.
—Oye… —dijo ella, bajando la voz y perdiendo la sonrisa—. Ya me contaron lo de la ferretería. Los chismes corren más rápido que el agua aquí.
Mateo sopló el café.
—No fue nada. Solo unos niños malcriados.
—Esos “niños” son peligrosos, mijo —Doña Lucha se sentó un momento en la silla de enfrente, mirando preocupada hacia la calle—. Los Barroso… ellos no perdonan. Se sienten dueños de todo. Hace dos años, un ingeniero vino de la capital a querer poner una huerta de aguacates. No quiso venderles su cosecha al precio que ellos decían.
—¿Y qué pasó? —preguntó Mateo, aunque ya se imaginaba la respuesta.
—Amaneció en un zanja rumbo a la carretera. Dijeron que fue un asalto, pero no le robaron nada. Solo le dieron una paliza que lo dejó en silla de ruedas. Se fue y nunca volvió.
Mateo tomó un sorbo de café. El sabor a canela y piloncillo lo reconfortó.
—No se preocupe por mí, Doña Lucha. Yo sé cuidarme.
—Se te ve en los ojos, mijo —dijo ella con tristeza—. Tienes ojos de alguien que ha visto al diablo y le ha escupido en la cara. Pero hasta el diablo tiene familia aquí. Ten cuidado. Esa gente no juega limpio. Si necesitas algo… lo que sea, aquí tienes una amiga.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
Después de comer, Mateo pasó a la oficina de correos y telégrafos. Necesitaba asegurarse de que su pensión militar llegara a la dirección correcta. El encargado, un muchacho con acné y lentes gruesos, revisó su identificación militar con los ojos abiertos como platos.
—¿Teniente Coronel? —susurró el chico, leyendo la credencial de retiro—. Y dice aquí… ¿Cuerpo de Fuerzas Especiales?
—Era —corrigió Mateo secamente—. Ahora solo soy Mateo.
—No manches… —el chico lo miró con admiración y miedo—. Oiga, gracias por su servicio. Mi primo quiso entrar al Ejército pero no pasó el examen físico. Dicen que los GAFES son… bueno, que son cabrones.
—Solo somos soldados, chavo.
Al salir, Mateo sintió esa picazón en la nuca otra vez. Miró por el retrovisor de su Cheyenne mientras salía del pueblo. Una Ford Lobo blanca, con vidrios polarizados, lo seguía a unos doscientos metros.
—Aquí vamos —murmuró Mateo.
Condujo despacio, dejándoles ver que no tenía miedo. Al llegar al desvío de su rancho, puso la direccional. La Lobo pasó de largo, pero bajaron la velocidad lo suficiente para que el copiloto bajara el vidrio y le hiciera una señal obscena con el dedo, gritando algo que se perdió en el viento.
Mateo subió el camino de grava hasta su casa. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de un rojo sangre que parecía un presagio.
Esa noche, Mateo no durmió en la cama. Sacó su sleeping bag y se acostó en el techo de la casona, con la Glock en el pecho y los binoculares a la mano. Escuchaba a los grillos, el viento en los árboles y, a lo lejos, el aullido de los coyotes.
Pero a las 2:00 AM, el sonido cambió.
No eran coyotes. Era el motor de un vehículo acercándose con las luces apagadas por el camino vecinal que colindaba con la parte trasera de su terreno.
Mateo se incorporó en silencio, moviéndose como una sombra. Se deslizó por la teja hasta bajar al patio trasero. Corrió agachado hacia la línea de árboles.
Desde ahí, vio cómo dos figuras saltaban su cerca. Traían botes de pintura y algo que parecía una cabeza de animal muerta.
Mateo podría haberles disparado. Tenía el ángulo y la justificación legal de invasión de propiedad en la noche. Pero no quería matar. Todavía no. Quería ver hasta dónde llegaban.
Los observó clavar la cabeza de una cabra en un poste de su cerca y pintar con aerosol rojo en las piedras blancas de la entrada: “LÁRGATE O MUERES”.
Se rieron, se tomaron una foto con el celular frente a su “obra de arte” y corrieron de regreso a su camioneta.
Mateo salió de las sombras cuando el vehículo se alejó. Caminó hacia el poste. La cabeza de la cabra goteaba sangre fresca. La pintura roja brillaba bajo la luz de la luna.
—Lárgate o mueres —leyó Mateo en voz alta.
Sacó su celular y tomó una foto de la escena. Luego, abrió una aplicación encriptada y comenzó a escribir un nuevo archivo: “OBJETIVO: GRUPO BARROSO. INCIDENTE 1. ESCALADA INICIADA.”
Mateo arrancó la cabeza de la cabra y la lanzó lejos, al barranco. Limpió la pintura con tierra.
—Si quieren guerra —dijo al aire frío de la sierra—, van a tener guerra. Pero no va a ser la que ustedes creen.
Entró a su casa, cerró los cerrojos nuevos que había instalado y se preparó un café. La noche iba a ser larga, y la educación de los Barroso apenas estaba por comenzar. No sabían que acababan de despertar a una bestia que llevaba años intentando dormir.
CAPÍTULO 2: LA ADVERTENCIA DEL DIABLO
La calma en la Sierra es engañosa. Parece que no pasa nada, que el tiempo se detiene entre los cerros y las nubes, pero Mateo Mondragón sabía leer los silencios. El silencio de las cigarras cuando alguien pisa la hierba seca. El silencio de los perros del vecino que dejan de ladrar repentinamente. En los días que siguieron al incidente de la cabeza de cabra, el silencio en el Rancho “Las Ánimas” se volvió pesado, espeso, como el aire antes de una tormenta eléctrica.
Mateo estableció una rutina espartana, un mecanismo de defensa contra el caos que sabía que se avecinaba. A las 4:30 de la mañana, antes de que el sol despuntara sobre la cordillera, ya estaba de pie. Hacía doscientas lagartijas en el suelo frío de su habitación, seguidas de una carrera de cinco kilómetros por el perímetro de su propiedad, siempre variando la ruta, siempre observando.
Durante el día, trabajaba como un condenado. No porque la casa lo necesitara urgentemente —que sí lo hacía—, sino porque necesitaba cansar el cuerpo para apagar la mente. Reparó la cerca que los intrusos habían cortado, reforzándola con alambre de púas de alta tensión y ocultando trampas sonoras caseras (latas con piedras y sedal de pesca) en los puntos ciegos. Si volvían a entrar, no lo harían en silencio.
El jueves por la mañana, Mateo estaba en el techo, sellando goteras con chapopote bajo el sol inclemente, cuando vio una estela de polvo levantarse en el camino principal. No era la camioneta lujosa de Tomás Barroso. Era una patrulla, una Dodge Charger blanca y azul con los logotipos de la Policía Municipal de San Miguel medio despintados por el sol.
Mateo se limpió las manos en un trapo, bajó por la escalera de mano con agilidad felina y esperó en el porche. No se metió a la casa. Quería que el encuentro fuera afuera, en su terreno.
La patrulla se detuvo frente a la entrada. Del lado del conductor bajó el Comandante Ruelas. Era un hombre de unos cincuenta años, con una barriga prominente que tensaba los botones de su camisa y un bigote teñido de negro que no lograba ocultar su edad. Caminaba con ese balanceo característico de los policías de pueblo que se sienten virreyes en su pequeña parcela de poder.
—Buenos días, oiga —gritó Ruelas desde la cerca, ajustándose el cinturón donde colgaba una Beretta vieja y un juego de esposas—. ¿Se puede pasar?
Mateo caminó hasta la reja pero no la abrió. Se quedó a dos metros, cruzado de brazos.
—Depende, Comandante. ¿Trae orden de cateo o viene de visita social?
Ruelas soltó una risa seca, de esas que no llegan a los ojos.
—Ay, qué caray. Qué desconfiado nos salió el vecino. Vengo en son de paz, hombre. Nomás a presentarme. Soy el Comandante Gilberto Ruelas, Director de Seguridad Pública de aquí de San Miguel.
Mateo lo estudió. Ruelas tenía los ojos inyectados de sangre y las manos le temblaban ligeramente. Cruda o nervios. O ambas.
—Mateo Mondragón —dijo, abriendo el candado solo lo suficiente para salir él, cerrando de nuevo tras de sí. No iba a dejar entrar a ese hombre a su santuario—. ¿En qué le puedo ayudar?
Ruelas se quitó la gorra y se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
—Mire, Don Mateo… ¿Le puedo decir Don Mateo? Mire, la cosa está así. Me llegaron reportes de que tuvo… incidentes. Unos chistosos que le rayaron la barda, ¿no?
—No reporté nada —dijo Mateo, su voz neutral.
—No hace falta que reporte —Ruelas sonrió, mostrando un diente de oro—. Aquí todo se sabe. Los chismes vuelan más rápido que las balas. Y pues vine a ver si estaba usted bien, si no se le ofrecía nada.
—Estoy bien. Fue vandalismo de niños. Ya pinté la barda.
—Eso veo, eso veo… —Ruelas se recargó en la patrulla, adoptando un tono más confidencial, casi de compadre—. Mire, le voy a ser franco, porque se ve que usted es hombre de ley, hombre derecho. San Miguel es un pueblo… especial. La gente aquí es muy celosa de lo suyo. Tienen sus costumbres, sus modos.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Yo no me meto con nadie.
—Pues sí, pero a veces, nomás con estar uno ya estorba, ¿me entiende? —Ruelas bajó la voz, mirando hacia los lados como si los árboles tuvieran orejas—. La familia Barroso… son gente de abolengo aquí. Don Fausto Barroso ha sido benefactor del pueblo por cuarenta años. Y su hijo, Tomás… bueno, es un muchacho impetuoso.
—Es un delincuente con dinero —corrigió Mateo.
La cara de Ruelas se endureció por un segundo, perdiendo la máscara de amabilidad.
—Cuide sus palabras, pariente. Aquí las paredes oyen. Lo que le quiero decir, de buena fe, es que a veces uno llega a un lugar donde no encaja. Y no es por malo, es porque así son las cosas. Ese terreno… ese rancho… mucha gente le tenía puesto el ojo.
—Lo compré legalmente. Tengo las escrituras.
—Papelitos… —Ruelas hizo un gesto despectivo con la mano—. Aquí en la Sierra el papel vale lo que vale la palabra del hombre que lo sostiene. Y usted, con todo respeto, aquí no tiene palabra. Es un fuereño.
Mateo dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del policía. Ruelas se tensó, llevando la mano instintivamente cerca de su arma, pero se detuvo al ver la mirada de Mateo.
—Comandante, le voy a ahorrar el discurso. Usted no vino a ver si estoy bien. Vino a decirme que me vaya. Vino a decirme que si me pasa algo, la policía va a mirar para otro lado porque los Barroso le pagan la nómina. ¿Me equivoco?
Ruelas se puso rojo, una mezcla de ira y vergüenza.
—Mire, cabrón… —el tono amable desapareció—. Yo vine a darle un consejo de amigos. Si usted se quiere poner pendejo, es su pedo. Pero cuando se le queme la casa o amanezca en una zanja, no diga que no se le avisó. Aquí la ley somos nosotros, y nosotros cuidamos a los nuestros. Usted no es de los nuestros.
—Tiene razón —dijo Mateo con una calma helada—. No soy de los suyos. Yo sí tengo honor.
Ruelas escupió al suelo, cerca de las botas de Mateo.
—Váyase a la chingada. Le doy una semana. Si en una semana sigue aquí, ya no respondo.
El Comandante subió a su patrulla, azotó la puerta y arrancó levantando una nube de polvo y grava, haciendo rechinar las llantas en una demostración infantil de poder. Mateo se quedó viendo cómo se alejaba el vehículo hasta que desapareció en la curva.
—Una semana —murmuró Mateo—. Vamos a ver quién aguanta más.
Esa misma noche, a doce kilómetros de ahí, en el “Rancho El Herradero”, propiedad de la familia Barroso, el ambiente era muy distinto.
La casa principal de los Barroso era una obscenidad arquitectónica: columnas de estilo griego, fuentes de cantera y camionetas del año estacionadas en batería como si fuera una concesionaria. En la palapa del jardín trasero, bajo la luz de reflectores halógenos, Tomás Barroso presidía una reunión.
Había botellas de Buchanan’s 18, música de banda a todo volumen y humo de cigarros puros. Alrededor de la mesa de madera rústica estaban sus lugartenientes habituales: “El Chato”, su primo Rogelio (el notario corrupto del pueblo) y un par de sicarios locales que hacían el trabajo sucio.
Pero esta vez, también estaba Don Fausto Barroso.
El patriarca estaba sentado en una silla de ruedas al fondo, conectado a un tanque de oxígeno. Tenía setenta años, pero la diabetes y una vida de excesos le habían cobrado factura. Sin embargo, sus ojos seguían siendo los de una víbora.
—Me dijeron que fuiste a verlo a la ferretería y te dejó callado, Tomás —dijo Don Fausto con voz rasposa. La música se detuvo de golpe. Nadie se atrevió a hablar.
Tomás, que estaba sirviéndose un trago, golpeó el vaso contra la mesa.
—No me dejó callado, apá. Nomás que no quise hacer un desmadre ahí en el pueblo. Hay mucha gente, celulares… ya sabe cómo se ponen los de Derechos Humanos si hacemos cochinero a plena luz del día.
—Excusas —Don Fausto tosió, un sonido húmedo y desagradable—. En mis tiempos, si un fuereño me miraba feo, esa misma noche cenaba tierra. Y tú dejas que un… un gato cualquiera te falte al respeto enfrente de Chema.
—No es un gato cualquiera, tío —intervino Rogelio, el notario, limpiándose los lentes—. Investigué un poco. El tipo pagó en efectivo, billetes viejos, de diferentes denominaciones. No es narco. Los narcos pagan en dólares o transferencias fantasmas. Este tipo… sus papeles dicen que viene del ejército. Retirado.
—¿Sardo? —Tomás soltó una carcajada—. Con más razón. Un guacho muerto de hambre que juntó su liquidación y se cree patrón.
—Cuidado —advirtió Don Fausto—. Los soldados son tercos. Y si es de rango, puede saber defenderse.
—Es uno solo, apá —Tomás se levantó, inflando el pecho, envalentonado por el alcohol—. Uno solo contra todo San Miguel. Ya mandé a Ruelas a darle el susto. Y si no entiende con palabras… pues va a entender con lumbre.
—¿Qué planeas? —preguntó Rogelio, nervioso. A él le gustaban los fraudes de tierras, no la sangre.
—Le vamos a quitar las ganas de vivir aquí —dijo Tomás, sonriendo con malicia—. Primero le pegamos donde le duela. En su orgullo. Que el pueblo vea que es un apestado. Y luego… luego hacemos una carne asada en su propiedad. Literalmente.
—No quiero federales aquí —advirtió Don Fausto—. Hazlo limpio. Que parezca accidente o pleito de borrachos.
—No se preocupe, jefe —dijo El Chato, acariciando la cacha de su pistola—. Lo vamos a hacer que parezca que se suicidó de la tristeza.
La escalada comenzó al día siguiente, viernes. Y fue brutal.
Mateo bajó al pueblo por gasolina para su generador. Al salir del minisúper con un café, encontró las cuatro llantas de su Cheyenne tajeadas. No ponchadas; destrozadas a navajazos laterales. Inservibles.
Alrededor de la camioneta se había juntado un grupo de curiosos. Nadie vio nada. Nadie sabía quién fue. Pero todos miraban a Mateo, algunos con burla, otros con lástima.
—Híjole, pariente —dijo un taxista que pasaba, con una sonrisa burlona—. Parece que agarró unos clavos muy grandes. Aquí el camino es traicionero.
Mateo no dijo nada. No gritó. No maldijo. Con una calma que asustó a los presentes, sacó su teléfono, llamó a una grúa de la ciudad vecina (sabía que la local no le respondería) y esperó tres horas bajo el sol, recargado en su camioneta, leyendo un libro que traía en la guantera. Esa indiferencia fue una bofetada para Tomás, que observaba desde la ventana de la cantina de enfrente.
—Míralo —gruñó Tomás—. Se hace el muy hombre. Vamos a ver si aguanta la siguiente.
Esa noche, cortaron la luz en el sector donde estaba el rancho de Mateo.
La noche siguiente, sábado, lanzaron animales muertos a su pozo de agua para contaminarlo.
El domingo, las llamadas empezaron.
El teléfono celular de Mateo sonaba a todas horas. Números desconocidos o privados.
—Te vas a morir, perro.
—Sabemos que estás solo.
—Bonita casa… arde bien fácil la madera vieja.
Mateo documentaba todo. Grababa las llamadas. Tomaba fotos de los daños. Escribía en su bitácora.
Domingo, 23:00 hrs. Vehículo sospechoso en perímetro sur. Ford Lobo Blanca. Placas parciales JX-45…
Lunes, 03:00 hrs. Corte de suministro eléctrico. Sabotaje en transformador poste 34.
No estaba asustado. Estaba analizando patrones. Sabía que estaban probando sus defensas, midiendo sus tiempos de reacción. Era la fase de ablandamiento antes del asalto final.
El miércoles, la tensión llegó a su punto de quiebre.
Mateo tuvo que ir a la ferretería de nuevo a comprar tubería para reparar el daño en su pozo. Al entrar, notó que Don Chema no estaba. En su lugar estaba un joven desconocido que lo atendió con hostilidad.
Al salir, tres camionetas bloquearon su Cheyenne en la calle. Eran Tomás, El Chato y cuatro pistoleros más. Estaban armados, aunque no ostensiblemente; se notaban los bultos bajo las camisas.
La gente en la calle desapareció. Las persianas de los negocios se bajaron. El pueblo contuvo el aliento.
Tomás bajó de su camioneta. Ya no sonreía.
—Se te acabó el tiempo, Mondragón —dijo Tomás, caminando hasta quedar a un metro de Mateo.
Mateo dejó la tubería en la caja de su camioneta y se giró lentamente.
—No sabía que tenías reloj, Barroso. Pensé que solo sabías leer etiquetas de botellas.
—¡Cállate el hocico! —gritó Tomás, perdiendo la compostura—. Te dije que te largaras. Te dimos oportunidades. Te cortamos el agua, te ponchamos las llantas… ¿Eres pendejo o qué? ¿No entiendes que no te queremos aquí?
—Entiendo perfectamente —dijo Mateo, su voz resonando clara en la calle vacía—. Entiendo que eres un niño asustado que necesita a seis matones para venir a hablar con un hombre solo. Entiendo que te da miedo que alguien no te tenga miedo.
Tomás sacó una navaja automática de su bolsillo. La hoja brilló al sol.
—¿Miedo yo? —Tomás se rió, una risa maníaca—. Mira a tu alrededor, pendejo. Estás solo. Nadie te va a ayudar. Ni la policía, ni los vecinos, nadie. Eres un fantasma aquí. Y los fantasmas… se desaparecen.
—Guarda eso antes de que te lastimes —advirtió Mateo, calculando la distancia. Si Tomás daba un paso más, le rompería la tráquea. Sería defensa propia.
Pero El Chato intervino, poniendo una mano en el pecho de Tomás.
—Jefe, aquí no. Ya sabe lo que dijo su papá. En la noche. En el rancho.
Tomás respiró agitadamente, mirando a Mateo con odio puro. Guardó la navaja lentamente.
—Tienes razón —dijo Tomás, recuperando la sonrisa cruel—. ¿Para qué ensuciar la calle? Oye, Mondragón… disfruta tu atardecer. Dicen que hoy va a ser una noche muy caliente.
Los matones subieron a sus camionetas y se fueron, dejando a Mateo solo en medio de la calle polvorienta.
Mateo sabía que esa era la señal. No era una amenaza vacía. Esta noche iban a venir por él. No para asustarlo. Para matarlo.
Condujo de regreso al rancho. Al llegar, hizo algo que no había hecho en veinte años fuera de servicio: preparó una posición de último recurso.
Sacó su vieja mochila táctica. Revisó la Glock: 15 balas en el cargador, más dos de repuesto. 45 balas. Contra tal vez diez o quince hombres con armas largas. Las matemáticas no estaban a su favor.
No llamó a la policía; Ruelas probablemente estaría dirigiendo el tráfico para facilitar el ataque.
No llamó a sus antiguos compañeros; tardarían horas en llegar desde la Ciudad de México o el cuartel más cercano.
Estaba solo. Como le gustaba.
A las 10:00 PM, la luna se ocultó tras unas nubes negras de tormenta. El viento soplaba fuerte, agitando las ramas de los robles como brazos desesperados.
Mateo apagó todas las luces de la casa. Se sentó en la sala, en la oscuridad, escuchando.
A las 11:15 PM, escuchó el primer crujido. No fue un auto. Fueron pasos. Muchos pasos. Se habían bajado de los vehículos lejos para acercarse a pie. Táctica de emboscada básica. Pero eran ruidosos. Pisaban ramas, susurraban, tintineaban botellas.
Eran una turba, no un escuadrón. Eso los hacía peligrosos por impredecibles, no por eficientes.
Mateo se movió hacia la ventana trasera. Vio las antorchas. Sí, antorchas. Y botellas con trapos. Clásico, primitivo y devastador.
—¡Mondragón! —la voz de Tomás rompió la noche, amplificada quizás por el alcohol y la adrenalina—. ¡Sal, rata! ¡Sal o te sacamos ahumado!
Nadie respondió.
—¡Quénmelo! —ordenó Tomás.
La primera ventana estalló. Una botella de tequila llena de gasolina y aceite de motor, con un trapo encendido en la boca, aterrizó en el sofá de la sala. El fuego rugió instantáneamente, alimentándose de la tela vieja y la madera seca.
Otra botella entró por la cocina. Otra por el dormitorio de arriba.
En segundos, el humo negro y tóxico comenzó a llenar la casona. El calor se volvió insoportable. Las alarmas de humo (que Mateo había instalado) chillaban como banshees enloquecidas.
Mateo, agazapado en el pasillo con un pañuelo húmedo en la boca, sabía que tenía que salir. La casa era una trampa mortal. Afuera estaban las armas, pero adentro estaba la asfixia segura.
Plan: Salir por la puerta lateral del lavadero. Rodear por el jardín. Llegar a la camioneta (si no la habían inhabilitado otra vez) o correr hacia el bosque.
Pateó la puerta del lavadero. El aire fresco entró de golpe, avivando las llamas a su espalda. Salió rodando, pistola en mano.
¡BAM! ¡BAM!
Disparó dos veces hacia las sombras donde vio movimiento. Un grito de dolor. Alguien cayó agarrándose la pierna.
—¡Ahí está! ¡Está armado! —gritó El Chato.
—¡Tírenle! —bramó Tomás.
El aire se llenó de plomo. Escopetazos, disparos de pistola .38 y .22. Astillas de madera volaron de los marcos de la puerta. Mateo se lanzó detrás de la pila de leña.
Estaba inmovilizado. Fuego de supresión desde tres ángulos. Eran demasiados. Contó al menos doce fogonazos diferentes.
—¡Rodeenlo! ¡Que no se escape al monte!
Mateo se asomó y disparó con precisión quirúrgica. Un disparo, un hombre al suelo (hombro). Otro disparo, otro hombre gritando (muslo). No tiraba a matar, tiraba a neutralizar. Aún creía que podía acabar esto sin cadáveres.
Error.
Mientras Mateo mantenía a raya a los del frente, no vio a los dos hombres que habían trepado por el techo del granero adyacente.
Sintió el golpe antes de escucharlo. Un ladrillo lanzado desde arriba le impactó en el hombro derecho, entumiendo su brazo. La Glock cayó de su mano, resbalando por la grava.
—¡Ahí está! ¡Agárrenlo!
Mateo intentó recuperar el arma con la mano izquierda, pero una bota pesada le pisó la muñeca, triturándola contra el suelo.
Levantó la vista. Era El Chato, sonriendo con sus dientes picados.
—Quieto, Rambo.
Mateo giró sobre su espalda y le lanzó una patada a la rodilla de El Chato, rompiendo ligamentos. El gordo cayó aullando. Mateo se puso de pie, listo para pelear a mano limpia, ignorando el dolor en su hombro.
Dos hombres se le echaron encima. Mateo le rompió la nariz al primero con un cabezazo y lanzó al segundo contra la pared ardiendo de la casa con una llave de judo.
Pero eran demasiados.
Un golpe seco en la nuca. Un bat de béisbol.
El mundo de Mateo se llenó de luces blancas y zumbidos. Cayó de rodillas.
—¡Sujétenlo! —gritó Tomás.
Otro golpe en las costillas. Mateo sintió el hueso ceder. El aire se le escapó de los pulmones.
Cuatro hombres lo inmovilizaron contra el suelo, presionando su cara contra la tierra y la ceniza. Mateo luchó, gruñendo como un animal acorralado, pero la fuerza bruta de los números lo venció.
Tomás Barroso se acercó, caminando tranquilamente entre el caos, iluminado por las llamas de la casa de Mateo que ahora ardía como una antorcha gigante hacia el cielo nocturno. Tomás traía un tubo galvanizado en la mano.
—Te dije… —Tomás jadeaba, eufórico, con los ojos desorbitados—. Te dije que te ibas a quemar.
Mateo intentó levantar la cabeza, la sangre cubriéndole un ojo.
—Esto… no se va a quedar así… —balbuceó Mateo.
—Claro que no —Tomás levantó el tubo—. Esto apenas empieza. Vamos a darte un paseo, soldado. Vamos a enseñarte dónde terminan los que no respetan a los Barroso.
Tomás bajó el tubo con fuerza, golpeando a Mateo en la cabeza.
Todo se fue a negro. Lo último que Mateo percibió fue el olor a pino quemado, gasolina y su propia sangre, mientras las risas de los “juniors” se mezclaban con el crepitar del fuego que consumía su sueño de paz.
La educación había terminado. El examen final estaba por comenzar en la oscuridad de un granero lejano.
CAPÍTULO 3: LA JAULA Y LA BESTIA
El dolor es un viejo amigo. Si te duele, estás vivo. Si no te duele, estás muerto o a punto de estarlo.
Ese fue el primer pensamiento coherente de Mateo Mondragón mientras su cerebro intentaba reiniciarse. La oscuridad era casi total, apenas rota por hilos de luz de luna que se colaban entre las tablas podridas de lo que parecía ser un granero o una bodega de forraje. El aire apestaba a guano de murciélago, diesel viejo y orina seca de ganado.
Intentó moverse y el dolor estalló en su costado izquierdo como una granada de fragmentación. Costillas rotas, seguro. Tres o cuatro. Sintió la humedad pegajosa de la sangre seca en su nuca y el latido sordo de una conmoción cerebral detrás de sus ojos. Pero el dolor más agudo venía de sus muñecas.
Estaba colgado, o casi.
Mateo estaba sentado en el suelo de tierra apisonada, con la espalda recargada contra una viga maestra de roble macizo. Sus manos estaban jaladas hacia atrás y aseguradas alrededor del poste con unos grilletes de acero, conectados a una cadena gruesa, de esas que se usan para remolcar tractores.
Abrió los ojos. Tardaron unos segundos en ajustarse a la penumbra.
A unos diez metros, sentados sobre pacas de alfalfa, estaban dos hombres. Uno era “El Chato”, con la pierna vendada y estirada (recuerdo de la patada de Mateo), bebiendo de una botella de tequila corriente. El otro era un tipo flaco, con cara de tlacuache y dientes amarillos, a quien Mateo no reconocía, pero que sostenía una escopeta recortada sobre el regazo.
—Te dije que le dieras agua, güey —decía el flaco, con voz gangosa—. Si se nos muere antes de que llegue el patrón, nos va a cargar el payaso.
—Que se chingue —gruñó El Chato, haciendo una mueca de dolor al acomodar su pierna—. Este cabrón me jodió la rodilla. Ojalá se muera de sed. Además, Tomás dijo que quería que sufriera.
Mateo cerró los ojos de nuevo. Situación: Capturado. Ubicación: Desconocida, probablemente una propiedad remota de los Barroso. Hostiles visibles: Dos. Armamento: Una escopeta 12 y posiblemente pistolas en la cintura. Condición propia: Combate reducido al 40%.
No era la primera vez que estaba así. En 2012, los Zetas lo habían tenido en una casa de seguridad en Tamaulipas durante tres días. Aquella vez no tenía grilletes industriales, solo cinta canela. Pero esta vez, el enemigo no eran sicarios profesionales; eran juniors jugando a ser narcos y matones de pueblo. Eso los hacía descuidados, pero también volátiles.
Mateo probó la tensión de la cadena. Los eslabones eran sólidos. Los grilletes, marca Smith & Wesson, modelo policial estándar. Imposible abrirlos sin llave o una ganzúa, y no tenía ninguna. Pero la viga…
Sintió la madera contra su espalda. Era vieja. Muy vieja. Podía sentir la textura astillada a través de su camiseta rota.
—Mira, ya despertó la Bella Durmiente —dijo el flaco, apuntando la lámpara de su celular a la cara de Mateo.
La luz le lastimó los ojos, pero Mateo no parpadeó. Mantuvo la mirada fija, inexpresiva.
—¿Dónde estoy? —preguntó, su voz sonando como grava triturada.
—En tu tumba, pariente —se burló El Chato—. O en tu escuela. Depende de qué tan rápido aprendas.
El sonido de un motor potente acercándose cortó la conversación. Luces de xenón barrieron las paredes del granero, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se escucharon portazos y voces.
La puerta corrediza del granero se abrió con un chirrido metálico.
Entró Tomás Barroso, caminando con esa arrogancia de quien se siente intocable. Llevaba una camisa blanca impecable, contrastando con la mugre del lugar, y unas botas de avestruz que brillaban incluso en la penumbra. Detrás de él venía Rogelio, el notario, abrazando un maletín de cuero como si fuera un salvavidas en medio del océano.
Rogelio se veía pálido, sudoroso. Miraba a Mateo con una mezcla de horror y culpa.
—Tomás, por el amor de Dios… —susurró Rogelio, mirando las cadenas y la sangre en la cara de Mateo—. Esto ya es demasiado. Una cosa es asustarlo, y otra es… esto es privación ilegal de la libertad. Secuestro agravado. Si los federales se enteran…
—¡Cállate, Rogelio! —Tomás le soltó una bofetada con el dorso de la mano, un sonido seco que resonó en el granero. Rogelio se tambaleó, ajustándose los lentes—. Deja de llorar como niña. Tú firmaste las escrituras falsas del terreno de los López el año pasado. Tú lavaste el dinero de mi papá en la constructora. Ya estás hundido en la mierda hasta el cuello, primo. Así que deja de rezar y ponte a trabajar.
Tomás se acercó a Mateo. Se agachó para quedar a su altura, pero mantuvo una distancia prudente, recordando lo que había pasado en la ferretería.
—¿Cómo estás, soldado? —preguntó Tomás con una sonrisa torcida—. Te ves un poco… desmejorado.
Mateo escupió sangre a un lado.
—He tenido peores noches. Tu gente pega como niña.
La sonrisa de Tomás desapareció. Le hizo una señal al flaco de la escopeta. El tipo se acercó y le dio un culatazo a Mateo en el estómago. Mateo se dobló, tosiendo, buscando aire, pero no gritó. Nunca les daría el gusto.
—Sigues siendo muy bravo —dijo Tomás, poniéndose de pie y caminando en círculos alrededor de él—. Me gusta eso. Hace que romperte sea más divertido.
—¿Qué quieres, Barroso? —jadeó Mateo, recuperando el aliento.
—Quiero lo que es mío. Quiero mi tierra.
Tomás chasqueó los dedos y Rogelio, con manos temblorosas, sacó unos documentos del maletín y una pluma Montblanc.
—La lección de hoy es de Derecho Mercantil —dijo Tomás, burlón—. Aquí tienes un contrato de compra-venta. Cedes los derechos del Rancho Las Ánimas a la “Inmobiliaria Barroso S.A. de C.V.” por la generosa cantidad de diez mil pesos.
—¿Diez mil pesos? —Mateo soltó una risa seca—. Me costó tres millones.
—Llámalo un impuesto por estupidez. Por haber venido a donde no te llamaban. —Tomás se inclinó—. Firmas, te subimos a un camión rumbo a la frontera, y te olvidas de que San Miguel existe. Si no firmas… bueno, aquí atrás hay una trituradora de forraje industrial. Dicen que hace mucho ruido, así que nadie va a escuchar tus gritos cuando metamos tus pies primero.
Rogelio hizo un sonido de náusea.
—Tomás, no puedes… eso es asesinato.
—¡Es supervivencia! —gritó Tomás, girándose hacia el notario con los ojos desorbitados—. ¿Crees que este tipo se va a ir tranquilo? ¿Crees que si lo soltamos no va a ir con la policía? ¡O lo quebramos o lo compramos! No hay de otra.
Mientras Tomás discutía con Rogelio, Mateo puso en marcha su plan.
Había estado probando sutilmente la viga detrás de él. No era la madera la que estaba cediendo, era el perno. La cadena estaba sujeta a una vieja armella de hierro forjado, incrustada en la madera hace quizás cincuenta años. La madera alrededor del metal estaba podrida por la humedad y las termitas.
Mateo empezó a aplicar torsión. No jalaba hacia adelante, eso era inútil. Giraba sus muñecas, haciendo que la cadena actuara como una palanca sobre la armella, triturando la madera podrida milímetro a milímetro.
—Vamos, Mondragón —Tomás volvió su atención a él—. No tengo toda la noche. Tengo una reservación en el club mañana. Firma.
—Necesito… —Mateo fingió debilidad, dejando caer la cabeza—. Necesito que me sueltes una mano. No puedo firmar así.
Tomás lo miró con sospecha. Luego miró al Chato y al flaco, ambos armados.
—Suéltale la derecha —ordenó Tomás—. Pero apúntenle a la cabeza. Al primer movimiento raro, le vuelan los sesos.
El flaco se acercó con las llaves de los grilletes. El Chato levantó su pistola, apuntando al rostro de Mateo.
El flaco se agachó, el olor a tabaco rancio llenando la nariz de Mateo. Metió la llave en el grillete derecho. Click. El mecanismo se abrió.
En ese instante, el tiempo se ralentizó para Mateo. Veinte años de entrenamiento GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales) tomaron el control. Ya no era una víctima; era un arma cinética.
EL ESCAPE
En el momento en que el grillete se abrió, Mateo no retiró la mano. Esperó una fracción de segundo a que el flaco se relajara, pensando que la tarea estaba hecha.
—Listo, patrón —dijo el flaco, empezando a erguirse.
¡AHORA!
Mateo atrapó la muñeca del flaco con su mano libre (la derecha), jalándolo violentamente hacia abajo. Al mismo tiempo, giró su cuerpo, usando la mano izquierda (aún encadenada a la viga) como punto de anclaje para lanzar una patada ascendente con ambas piernas.
Sus botas impactaron en la mandíbula del flaco con un crujido repugnante. El hombre salió volando hacia atrás, inconsciente antes de tocar el suelo. La escopeta salió disparada y cayó lejos.
—¡Mátenlo! —gritó Tomás, retrocediendo y tropezando con Rogelio.
El Chato disparó. BANG. La bala impactó en el suelo, a centímetros de la cadera de Mateo, levantando una nube de polvo.
Mateo sabía que no podía quedarse ahí. Con la mano derecha libre, agarró la cadena que todavía sujetaba su mano izquierda a la viga. En lugar de tratar de abrir el otro grillete, usó la adrenalina y la física. Se puso de pie de un salto, plantó la bota contra la viga podrida justo al lado de la armella y jaló con todo el peso de su cuerpo y la fuerza de su espalda.
La madera podrida cedió. Con un CRAACK que sonó como un disparo, la armella se arrancó de la viga, soltando una lluvia de astillas y polvo de madera.
Mateo estaba libre de la pared, pero todavía tenía el grillete izquierdo puesto, con dos metros de cadena pesada y la armella oxidada colgando como un látigo medieval.
El Chato disparó de nuevo, pero el pánico lo hizo fallar. Mateo ya se movía. No corrió en línea recta. Se movió en zigzag, acortando la distancia.
—¡Dale, pendejo, dale! —gritaba Tomás, escondiéndose detrás de Rogelio, quien estaba en posición fetal en el suelo, abrazando el maletín.
Mateo hizo girar la cadena sobre su cabeza. El zumbido del metal cortando el aire fue terrorífico. Cuando estuvo a rango, lanzó el golpe.
La cadena, con la pesada armella de hierro en la punta, impactó la mano armada de El Chato. La pistola voló lejos, junto con varios dedos rotos. El Chato aulló, cayendo de rodillas.
Mateo no se detuvo. Giró sobre su eje y conectó una patada circular en la sien del gordo. El Chato cayó como un costal de papas, silenciado.
El granero quedó en un silencio sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Tomás y los sollozos de Rogelio.
Mateo se quedó de pie en el centro, el pecho subiendo y bajando rítmicamente. La sangre le goteaba por la cara, mezclándose con el sudor y la mugre. Con la cadena enrollada en su brazo izquierdo, parecía un demonio surgido del infierno.
Caminó lentamente hacia Tomás.
El “Junior” estaba arrinconado contra la puerta cerrada del granero. Había sacado su navaja automática, pero la mano le temblaba tanto que apenas podía sostenerla.
—No… no te acerques —tartamudeó Tomás—. Te juro que te mato. Mi papá… mi papá te va a buscar por debajo de las piedras.
Mateo se detuvo a dos pasos.
—Tu papá no está aquí, Tomás. Estás tú. Y estoy yo.
—¡Soy un Barroso! ¡Tengo dinero! ¡Te puedo dar lo que quieras! —Tomás estaba llorando ahora, la bravuconería disuelta en un charco de miedo—. ¿Cuánto quieres? ¿Un millón? ¿Cinco?
Mateo miró la navaja, luego miró a los ojos aterrorizados de Tomás.
—No quiero tu dinero. Quiero que entiendas algo.
Mateo dio un paso rápido. Tomás lanzó una estocada torpe, desesperada. Mateo la bloqueó con el antebrazo encadenado (el metal protegió su piel) y le dio un golpe seco, de palma abierta, en la nariz.
Tomás cayó sentado, soltando la navaja, agarrándose la cara ensangrentada.
—¡No me mates! ¡Por favor! —chilló Tomás.
Mateo se agachó, agarró a Tomás por el cuello de la camisa de seda (ahora manchada de mocos y sangre) y lo levantó hasta que sus pies casi no tocaban el suelo.
—Escúchame bien, basura —susurró Mateo, su cara a centímetros de la de Tomás—. Soy Teniente Coronel del Cuerpo de Fuerzas Especiales. He cazado a hombres que harían que tú y tus amiguitos se orinaran en los pantalones solo de verlos. He sobrevivido a emboscadas, a torturas y a guerras que ni siquiera salen en las noticias.
Tomás tenía los ojos desorbitados, boqueando como pez fuera del agua.
—Tú creíste que estabas cazando a un campesino —continuó Mateo—. Pero te metiste a la jaula con el tigre. Ahora sé quién eres. Sé dónde vives. Sé quién es tu familia.
Mateo lo soltó. Tomás cayó al suelo, tosiendo.
—Esto no se acaba aquí —dijo Mateo, mirando también a Rogelio, que seguía en el suelo—. Si vuelvo a ver una sola patrulla cerca de mi tierra, si recibo una sola amenaza más… voy a regresar. Y la próxima vez, no voy a ser tan amable.
Mateo caminó hacia Rogelio. El notario se encogió, esperando un golpe.
—El maletín —dijo Mateo, extendiendo la mano.
—¿Q-qué?
—Dame el maletín. Ahora.
Rogelio se lo entregó temblando.
—Y las llaves de la camioneta en la que llegaron.
—Es… es la Raptor negra. Están puestas.
Mateo tomó la escopeta del flaco del suelo. Revisó la recámara. Cargada. Se colgó el maletín al hombro.
—Cuéntale a tu papá lo que pasó hoy, Tomás —dijo Mateo desde la puerta, recortado contra la luz de la luna—. Dile que la “educación” ya empezó. Y que él es el siguiente en la lista de alumnos.
Mateo salió del granero. El aire frío de la noche nunca se había sentido tan dulce.
Subió a la Ford Raptor de Tomás. El interior olía a cuero y a la misma loción barata del dueño. Arrancó el motor V8.
Mientras se alejaba por el camino de tierra, vio por el retrovisor cómo Tomás salía del granero, cayendo de rodillas en el polvo, gritando de rabia y miedo.
Mateo no sonrió. No había victoria todavía. Solo había ganado tiempo.
Condujo hacia el monte, lejos de las carreteras principales. Necesitaba un lugar seguro para curarse, para quitarse el resto de la cadena y, lo más importante, para abrir ese maletín.
Porque Mateo sabía que en ese maletín no solo había escrituras. Había poder. El tipo de poder que destruye imperios. Y la familia Barroso acababa de entregarle las llaves de su propia destrucción.
LA MADRIGUERA
Mateo condujo durante media hora hasta llegar a una zona conocida como “La Quebrada”, un área de difícil acceso donde los pinos crecían tan juntos que bloqueaban el sol. Ahí, oculto entre la maleza, había una vieja cabaña de leñadores que había localizado semanas atrás durante sus recorridos de reconocimiento. “Siempre ten un plan B, un plan C y un plan de escape”, rezaba el credo del GAFE.
Estacionó la camioneta bajo una espesura de ramas para ocultarla de cualquier dron o vista aérea. El dolor en sus costillas era punzante, cada respiración era una aguja caliente en el pecho.
Entró a la cabaña. Estaba vacía, salvo por una mesa rústica y una chimenea de piedra. Mateo encendió una pequeña lámpara táctica.
Primero, la cadena.
Buscó en la caja de herramientas de la camioneta de Tomás. Encontró una cizalla y un martillo. Le tomó veinte minutos agonizantes romper el mecanismo del grillete izquierdo. Cuando el metal cayó al suelo, sus muñecas estaban en carne viva, moradas y sangrantes. Se lavó con agua de una botella que traía la camioneta y se vendó con tiras de su propia camisa.
Luego, se sentó frente a la mesa y puso el maletín de cuero.
—Vamos a ver qué tan sucios están, Barroso —murmuró.
Abrió los broches.
Lo que encontró lo hizo olvidar el dolor por un momento.
No eran solo escrituras de tierras robadas. Había una libreta negra. Al abrirla, Mateo vio columnas de números, fechas y nombres.
- “Pago Cte. Ruelas – Protección mensual: $50,000”
- “Aporte Campaña Alcalde – $2,000,000”
- “Ruta Sierra – Entregas Semanales – Cártel del Noreste”
Mateo sintió un escalofrío. Esto no era solo caciquismo local. Los Barroso no solo eran dueños del pueblo; eran la puerta de entrada para un grupo del crimen organizado en la región. Lavaban dinero, facilitaban rutas y compraban autoridades.
Y había más. Un folder azul marcado como “HERMANDAD”.
Adentro había fichas de personas. Fotos, direcciones, rutinas. Eran los enemigos de los Barroso. Activistas, periodistas locales, campesinos que se negaban a vender. Muchos tenían una cruz roja marcada sobre su foto.
“Desaparecido”. “Accidente”. “Suicidio”.
Mateo se dio cuenta de la magnitud de lo que tenía en las manos. Tomás y su abuelo Fausto habían estado operando un escuadrón de la muerte personal durante décadas, disfrazado de accidentes y delincuencia común.
Sacó el teléfono satelital de su kit de emergencia (que había recuperado de su escondite antes de subir a la sierra). Marcó un número que no había usado en tres años.
—¿Sí? —contestó una voz seca al otro lado.
—Soy Fantasma —dijo Mateo—. Código Rojo. Necesito hablar con el General.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Mateo… te creíamos muerto o en una playa en Cancún.
—Estoy en Durango. Y acabo de encontrar un nido de ratas que les va a interesar. Tengo nombres, tengo cuentas bancarias y tengo la conexión política que han estado buscando para clavar al Cártel en esta zona.
—¿Tienes pruebas físicas?
—Tengo el libro mayor del contador. Y tengo a los dueños del circo muy enojados buscándome.
—Escúchame bien, Mateo. No hagas nada estúpido. Si esa gente es quien creo que es, tienen ojos en todos lados. Incluso aquí en la Secretaría. Si te mueves, te matan.
—Ya intentaron matarme hoy —dijo Mateo, mirando su reflejo en la ventana oscura. La cara hinchada, la sangre seca—. No pudieron.
—Mandaré un equipo. Pero tardarán al menos 24 horas en llegar discretamente a la zona. Tienes que aguantar.
—No se preocupen por mí —dijo Mateo, cargando la escopeta—. Preocúpense por lo que va a quedar de ellos cuando ustedes lleguen.
Colgó.
Mateo miró el maletín, luego miró hacia el bosque oscuro. Ya no era una víctima defendiendo su casa. Ahora era un operador con una misión. Y la misión era simple: Desmantelar la red, pieza por pieza.
Empezaría por los ojos y oídos de los Barroso. Ruelas. El notario. Los halcones.
—Clase número uno —dijo Mateo al silencio de la cabaña—. Inteligencia y contrainteligencia.
Salió a la noche, desapareciendo entre los árboles como el fantasma que solía ser. La cacería había cambiado de dirección.
CAPÍTULO 4: LA GUERRA DE UN SOLO HOMBRE
La primera regla de la guerra asimétrica es simple: cuando eres superado en número y potencia de fuego, te conviertes en el entorno. Dejas de ser un objetivo y te vuelves una atmósfera. Te vuelves el miedo que respira en la nuca del enemigo.
Mateo Mondragón ya no era el granjero retirado que buscaba paz. En las cuatro paredes de la cabaña de “La Quebrada”, mientras se vendaba las costillas con tiras de sábana vieja apretadas hasta cortar la circulación, Mateo murió. En su lugar, resurgió la entidad que el Ejército Mexicano había forjado a fuego y sangre durante dos décadas: “El Fantasma”.
Eran las 3:00 AM. Faltaban tres horas para el amanecer. Tiempo suficiente para destruir un imperio, o al menos, para dejarlo ciego.
Mateo revisó el inventario de lo que tenía. No era mucho, pero para un operador GAFE, era un arsenal:
- La camioneta Ford Raptor de Tomás: Un vehículo potente pero demasiado vistoso. Era una baliza de localización. Tenía que deshacerse de ella.
- La escopeta Mossberg 500: Calibre 12. Cinco cartuchos en el tubo, uno en la recámara. Munición de posta 00. Devastadora a corto alcance, inútil a más de 50 metros.
- El maletín de Rogelio: La bomba nuclear.
- Su propio cuerpo: Herido, magullado, con una conmoción leve y deshidratación, pero impulsado por una furia fría y calculadora.
—Paso uno: Negación de área y desinformación —susurró Mateo al silencio del bosque.
Salió de la cabaña. El aire estaba helado. Condujo la Raptor dos kilómetros hacia el este, en dirección opuesta al pueblo, hacia un barranco conocido como “El Espinazo del Diablo”.
Al llegar al borde, puso la camioneta en neutral. Sacó un trapo del maletín de herramientas, lo empapó en el poco aceite que pudo drenar de la bayoneta del motor y lo metió en el tanque de gasolina. Lo encendió.
Empujó la camioneta.
El vehículo cayó cuarenta metros, rebotando contra las rocas antes de estallar en una bola de fuego naranja que iluminó el cañón.
Mateo observó la explosión sin pestañear. Cualquiera que viera eso pensaría que el fugitivo había perdido el control en la huida y se había matado. Eso compraría tiempo. Los halcones y la policía se concentrarían en el barranco, mientras él se movía en la dirección opuesta, de regreso a la boca del lobo. De regreso a San Miguel.
EL NIDO DE VÍBORAS
Mientras la camioneta ardía en el fondo del barranco, la “Hacienda Los Laureles”, el bastión de la familia Barroso, era un hervidero de caos controlado.
Don Fausto Barroso estaba sentado en su silla de ruedas en la sala principal, una estancia enorme decorada con cabezas de venado disecadas y muebles de piel. Frente a él, Tomás estaba sentado en un sofá, con la nariz entablillada y los ojos morados e hinchados, pareciendo un mapache atropellado.
Un médico privado terminaba de coserle la ceja a Tomás.
—¡Me humilló, apá! —lloriqueaba Tomás, arrastrando las palabras por la hinchazón—. ¡Me puso de rodillas enfrente del notario! ¡Me quitó la fusca como si fuera un juguete!
—¡Cállate el hocico! —bramó Don Fausto, golpeando el brazo de su silla. Su voz, aunque rasposa por el enfisema, todavía tenía el peso del acero—. No me duele que te haya pegado. Te lo mereces por pendejo. Me duele que lo dejaste ir vivo. ¡Y con los papeles!
Don Fausto se giró hacia “El Ruso”, su jefe de seguridad actual, un ex-policía judicial de Sinaloa que medía dos metros y tenía fama de disolver gente en ácido.
—Ruso, ¿qué me tienes?
—Ya activamos a todos, Don Fausto —dijo El Ruso con voz grave—. La municipal tiene retenes en las tres salidas del pueblo. Ruelas tiene a sus patrullas peinando las brechas. Y mis plebes están revisando casa por casa cerca del rancho quemado. Si sigue en el municipio, lo encontramos.
—Ese hombre no es un ranchero cualquiera —dijo Fausto, encendiendo un cigarro a pesar del tanque de oxígeno a su lado—. Tomás dice que es GAFE. Fuerzas Especiales.
El Ruso soltó una risa corta.
—Son muy bravos cuando traen el uniforme y el apoyo aéreo, jefe. Pero solo, herido y sin armas… es carne de cañón. Lo vamos a cazar como a un venado.
En ese momento, el radio de El Ruso sonó.
—¡Jefe! ¡Jefe! ¡Acá el Halcón 4! ¡Se ve fuego en el Espinazo! ¡Hubo un accidente machín! Parece la troca del patrón Tomás.
La sala quedó en silencio. Tomás se levantó de un salto.
—¡Se mató! ¡Ese pendejo se mató en mi camioneta!
Don Fausto sonrió lentamente, mostrando dientes amarillentos.
—Vayan a checar. Quiero ver el cuerpo. Si está carbonizado, me traen los dientes. Y busquen el maletín. El fuego no quema el metal ni el miedo. ¡Muévanse!
El Ruso salió ladrando órdenes. Tomás se sirvió un whisky, celebrando prematuramente.
Pero Don Fausto se quedó mirando la ventana oscura. Algo no le cuadraba. Un operador de élite no se cae a un barranco así nada más. El viejo cacique sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
LA SOMBRA EN EL PUEBLO
Mateo tardó una hora en bajar del monte a las afueras de San Miguel. Se movía a trote ligero, ignorando el dolor punzante en sus costillas. Usaba las sombras de los árboles, deteniéndose cada cincuenta metros para escuchar.
El pueblo estaba en “Código Rojo” no oficial. Había patrullas con las torretas encendidas circulando despacio. Hombres armados en camionetas civiles (la gente de los Barroso) estaban parados en las esquinas estratégicas.
Mateo necesitaba inteligencia fresca. Y sabía exactamente dónde conseguirla.
Se dirigió a la zona residencial, a una casa de dos pisos con fachada colonial y un BMW estacionado afuera. La casa de Rogelio, el notario.
Rogelio era el eslabón débil. Mateo lo había olido en el granero. El miedo de Rogelio olía a amoniaco y culpa.
Mateo saltó la barda trasera de la casa de Rogelio con un esfuerzo supremo, ahogando un gemido cuando sus costillas protestaron. Aterrizó en el jardín, esquivando los sensores de movimiento de las luces.
Se acercó a la puerta trasera. Cerrada. Pero era una cerradura comercial barata. Mateo sacó un alambre rígido que había tomado de la caja de herramientas. Diez segundos. Click.
Entró a la cocina. La casa estaba en silencio, pero había luz en el estudio.
Se movió por el pasillo, sus botas tácticas no hacían ruido sobre la loseta.
En el estudio, Rogelio estaba sentado frente a su escritorio, con una botella de coñac medio vacía y un teléfono en la mano, temblando.
—Sí, mi amor… no, no pasa nada… es solo trabajo… vete a dormir con los niños… —decía Rogelio al teléfono. Colgó.
Rogelio se llevó las manos a la cara y sollozó.
—En qué me metí, Dios mío… en qué me metí.
—Te metiste en una fosa séptica, Rogelio —dijo una voz desde las sombras de la estantería.
Rogelio dio un salto en la silla, tirando la botella de coñac. Se giró, pálido como un papel.
Mateo salió de la oscuridad. Estaba cubierto de polvo, sangre seca y hollín. Parecía una aparición vengativa. Apuntaba la escopeta Mossberg al pecho del notario.
—¡No! ¡No me mates! ¡Te di el maletín! ¡Hice lo que querías! —chilló Rogelio, levantando las manos.
—Shhh… —Mateo se llevó un dedo a los labios—. Si gritas, si tocas ese botón de pánico que tienes debajo del escritorio, te vuelo el estómago antes de que llegue la seguridad privada. Y créeme, morir de un escopetazo en la tripa es muy lento y muy feo.
Rogelio asintió frenéticamente, llorando en silencio.
—¿Qué quieres? Ya te llevaste todo.
—Quiero acceso —Mateo se acercó al escritorio—. El maletín tiene papeles. Pero el dinero real, el dinero sucio de los Barroso, no está en papel. Está en las cuentas digitales que tú administras.
—No puedo… Tomás me mata. Fausto me mata.
—Ellos te van a matar de todos modos, Rogelio. Eres un cabo suelto. Sabes demasiado. ¿Crees que después de lo de hoy te van a dejar vivir? Eres el único testigo de que me secuestraron.
La realidad de esas palabras golpeó a Rogelio. Se desplomó en la silla.
—Me van a matar…
—Yo soy tu única salida —dijo Mateo, bajando el cañón del arma ligeramente—. Si me ayudas a destruirlos esta noche, te conviertes en testigo protegido. Si no me ayudas… bueno, te dejo aquí para que Fausto decida qué hacer contigo cuando se dé cuenta de que perdiste su libro negro.
Rogelio tragó saliva. Miró su computadora.
—¿Qué necesitas?
—Claves. Accesos a las cuentas del fideicomiso “Inmobiliaria del Norte”. Y necesito saber dónde están los servidores físicos de las cámaras de seguridad del pueblo. Sé que Ruelas las controla, pero sé que tú pagaste la instalación.
—Están… están en la comandancia. En el sótano. Pero hay un respaldo.
—¿Dónde?
—En la oficina de Tomás. En la Hacienda.
—Perfecto. —Mateo sacó un USB del bolsillo (parte de su kit de supervivencia digital, siempre listo). —Copia los archivos de contabilidad. Ahora.
Mientras Rogelio tecleaba con manos temblorosas, Mateo vigilaba la ventana. Vio pasar una patrulla.
—Rogelio —dijo Mateo mientras la barra de progreso avanzaba en la pantalla—. ¿Quién es el contacto de los Barroso con el Cártel?
Rogelio se detuvo un segundo.
—No es una persona. Es una ruta. Usan los camiones de ganado de Fausto para mover “mercancía” hacia la frontera. Tienen un envío programado para mañana al amanecer.
—¿Mañana?
—Sí. Es grande. Por eso querían tu rancho. Tu terreno colinda con la brecha vieja que saca al norte sin pasar por los retenes federales.
Todo cobró sentido. No era solo odio racial o caciquismo. Era logística de narcotráfico. Querían su rancho para abrir una autopista de droga.
—Listo —dijo Rogelio, entregándole el USB—. Ahí está todo. Lavado de dinero, sobornos a jueces, pagos a Ruelas.
Mateo tomó el dispositivo.
—Bien. Ahora, vas a hacer una llamada.
—¿A quién?
—A Ruelas. Le vas a decir que viste a alguien sospechoso cerca de la antena de telecomunicaciones en el cerro opuesto. Le vas a decir que crees que es el fugitivo.
—Es una trampa…
—Es una distracción. Hazlo.
Rogelio marcó. Su voz temblaba, pero logró sonar convincente. El miedo es un gran actor.
—Comandante… sí, soy Rogelio… estoy aquí en mi casa, pero vi luces en el Cerro de la Cruz… sí, parece una fogata… corra, comandante, creo que está intentando pedir ayuda.
Colgó.
Mateo sonrió por primera vez en la noche. Una sonrisa fría, sin alegría.
—Gracias, notario. Ahora, métete al baño, cierra con seguro y no salgas hasta que salga el sol. Si sales antes, asumo que eres hostil.
Mateo desapareció por la puerta trasera antes de que Rogelio pudiera parpadear.
EL OJO POR OJO
El Comandante Ruelas mordió el anzuelo. Mateo vio desde un tejado cómo tres patrullas salían a toda velocidad hacia el Cerro de la Cruz, dejando la comandancia y el centro del pueblo con una guardia mínima.
Mateo se movió hacia su siguiente objetivo: La infraestructura de comunicaciones de los Barroso.
No iba a ir a la comandancia todavía. Iba a dejarlos sordos primero.
En la parte trasera de la ferretería de los Barroso (donde había empezado todo el problema), había una torre repetidora de radio. Era privada, usada por los halcones y los sicarios para comunicarse sin usar la red celular.
Mateo llegó a la base de la torre. Había un guardia, un muchacho joven con una AR-15 colgada al hombro, fumando un cigarro y mirando su celular, aburrido.
Mateo dejó la escopeta en el suelo. Sacó un cuchillo de combate K-Bar que había tomado de la colección de Tomás en el granero (un detalle irónico).
Se acercó por detrás. Silencio absoluto.
En un movimiento fluido, Mateo cubrió la boca del muchacho con una mano y aplicó una presión precisa en la carótida con la otra. No usó el cuchillo. No quería matar al niño si no era necesario. El “halcón” pataleó tres segundos y se desvaneció, dormido por la falta de oxígeno al cerebro.
Mateo lo arrastró a las sombras y lo esposó a una tubería con sus propios cinchos de plástico. Le quitó el radio y el fusil.
Miró la caja de control de la torre. Abrió el panel con el cuchillo.
Podría haber cortado los cables. Pero eso era de aficionados. Mateo quería causar confusión.
Reconfiguró los puentes del repetidor para crear un bucle de retroalimentación. Luego, sacó el radio del muchacho y presionó el botón de transmisión, bloqueándolo con cinta adhesiva. Luego, lanzó el radio dentro de la caja de fusibles.
El resultado fue inmediato.
En todos los radios de los sicarios, patrullas y halcones de los Barroso, estalló un chillido agudo, estático y ensordecedor. La frecuencia estaba quemada. Nadie podía hablar. Nadie podía coordinar.
Mateo se alejó mientras escuchaba los gritos de frustración de los hombres armados en las calles cercanas.
—¡No se oye nada! ¡Cambien de canal!
—¡Están todos bloqueados! ¡Es interferencia!
El caos es el mejor amigo del operador.
LA VISITA A DOMICILIO
Ahora que estaban ciegos y sordos, y con la mitad de la fuerza policial buscando fantasmas en el cerro equivocado, Mateo se dirigió al verdadero objetivo: La Hacienda Los Laureles.
No para atacar de frente. Eso sería suicidio. Iba a enviar un mensaje.
La hacienda estaba amurallada, pero Mateo encontró un punto ciego cerca de las caballerizas. Entró arrastrándose, el olor a estiércol cubriendo su propio rastro olfativo (por si tenían perros).
Se movió entre las sombras de los establos. Escuchaba a los caballos relinchar nerviosos. Ellos sabían que había un depredador cerca.
Mateo llegó a la caja de interruptores principal de la hacienda. Era un panel industrial.
Bajó la palanca maestra.
La mansión de los Barroso se sumió en la oscuridad total. Las luces de seguridad, la música, el aire acondicionado… todo murió.
Gritos adentro de la casa.
—¡La luz! ¡Se fue la luz! ¡Prendan la planta!
Mientras los guardias corrían hacia el generador de emergencia en el lado opuesto de la propiedad, Mateo se deslizó hacia la terraza donde horas antes habían estado bebiendo.
Vio a Tomás a través del ventanal de la sala, iluminado solo por la luz de su celular, gritándole a alguien. Don Fausto estaba tratando de usar el teléfono fijo, golpeándolo contra la mesa porque no tenía línea.
Mateo sacó algo de su bolsillo. Era una de las fotos que había encontrado en el maletín. Una foto de Fausto Barroso dándole la mano a un capo conocido del narcotráfico. Una foto que probaría la colusión federal.
Mateo pegó la foto en el cristal del ventanal con cinta adhesiva. Luego, tomó una piedra y golpeó el vidrio con fuerza, no para romperlo, sino para que sonara como un disparo.
¡TOC!
Tomás y Fausto se giraron, aterrorizados.
El haz de luz de la linterna de Tomás iluminó el ventanal.
Ahí estaba la foto. Y debajo de la foto, escrito con un marcador rojo sobre el cristal:
“MAÑANA A LAS 6:00 AM. EN LA BRECHA NORTE. VENGAN SOLOS O SUBO ESTO A INTERNET.”
Cuando los guardaespaldas de El Ruso llegaron corriendo a la terraza, con las linternas cortando la oscuridad, no había nadie. Solo la foto, el mensaje y el eco de unos pasos que se alejaban hacia el bosque.
LA TREGUA TÁCTICA
Mateo regresó a su posición de observación en una loma a 500 metros de la hacienda.
Había logrado tres cosas:
- Les había quitado la seguridad de sus comunicaciones.
- Les había demostrado que podía entrar a su casa cuando quisiera.
- Los había citado en el lugar y hora de su elección.
Sabía que no irían solos. Sabía que llevarían a todo su ejército a la Brecha Norte a las 6:00 AM para emboscarlo.
“Perfecto”, pensó Mateo, masticando una barra de proteína seca que tenía en el bolsillo.
La Brecha Norte era un paso estrecho, rodeado de taludes altos y bosque denso. Era el terreno ideal para una emboscada en “L”. Pero ellos creerían que ellos eran los que emboscarían.
Mateo miró su reloj. 4:30 AM.
Faltaba hora y media para el amanecer. Y hora y media para que llegara el apoyo federal que el General había prometido (si es que llegaban).
Pero Mateo no iba a esperar a la caballería. Él iba a preparar el terreno.
Se dirigió hacia la Brecha Norte. Tenía trabajo que hacer. Tenía que convertir ese camino en una zona de muerte (Kill Box).
Mientras caminaba, sintió que el dolor de sus heridas se desvanecía, reemplazado por una claridad cristalina. Fausto y Tomás Barroso habían cometido el error clásico de los tiranos: creyeron que el poder se basaba en el miedo. Pero el miedo es combustible. Y Mateo Mondragón era el motor que iba a usar ese combustible para pasarles por encima.
La guerra había terminado de calentarse. Ahora empezaba la masacre.
CAPÍTULO 5: LA ZONA DE LA MUERTE (THE KILL BOX)
La hora del lobo. Así le llaman los viejos soldados a ese momento justo antes del amanecer, cuando la oscuridad es más densa, el frío cala hasta los huesos y el miedo empieza a jugar trucos en la mente. Son las 5:15 AM en la Brecha Norte.
Mateo Mondragón está tendido boca abajo sobre una saliente de roca caliza, cubierto con una manta térmica vieja que manchó con lodo y hojas para romper su silueta. Su respiración es una nube blanca y tenue que se disipa antes de subir un metro.
Desde su posición elevada, tiene una vista perfecta de la “U” que forma el camino abajo. Es una curva cerrada, flanqueada por taludes de tierra de tres metros de altura y un bosque denso de pinos. En términos tácticos, es una pesadilla para un convoy. En términos militares, es una “Kill Box” o Zona de Aniquilamiento.
Mateo no tiene un rifle de francotirador Barret calibre .50. No tiene minas Claymore. No tiene apoyo aéreo de un AC-130.
Tiene una escopeta Mossberg con cinco cartuchos, una pistola .38 súper que le quitó al guardia de la torre de radio, un cuchillo y, lo más importante, tiene el terreno.
Durante la última hora, Mateo ha convertido esos cien metros de terracería en una trampa mortal usando principios de física básica y mala leche.
- Bloqueo: Ha debilitado la base de un pino seco en la salida de la curva. Un empujón fuerte o una vibración lo hará caer.
- Canalización: Ha amontonado rocas y troncos en los acotamientos para obligar a los vehículos a mantenerse en el centro, donde el lodo es más profundo.
- Psicología: Ha colgado la camisa ensangrentada que traía puesta (ahora trae una camiseta térmica negra que encontró en la camioneta de Tomás) en una rama visible. Un señuelo. Un trapo rojo para el toro.
El dolor de sus costillas es un ruido de fondo constante, pero su mente está clara. Revisa su reloj. 5:45 AM.
A lo lejos, el rugido de motores diésel rompe el silencio del bosque. No vienen discretos. Vienen rugiendo, anunciando su poder, como suelen hacer los narcos y los caciques que creen que el ruido es sinónimo de fuerza.
—Aquí vienen —susurra Mateo. Quita el seguro de la escopeta.
EL CONVOY DE LA MUERTE
La caravana de los Barroso era una exhibición obscena de fuerza.
Iban cuatro camionetas.
La puntera: Una Ford Lobo blindada, llena de sicarios (“plebes”) con Cuernos de Chivo (AK-47).
La principal: Una Suburban negra, nivel 5 de blindaje, donde iban Don Fausto, Tomás y El Ruso.
Las de apoyo: Dos Silverados con gente en la caja, armados hasta los dientes.
En total, unos veinte hombres. Veinte contra uno.
Dentro de la Suburban, el ambiente estaba tenso como cuerda de violín.
—¡Bájale a la velocidad, chofer! —ordenó El Ruso, escaneando los árboles con ojos expertos—. Este lugar no me gusta. Es un embudo.
—No seas miedoso, Ruso —se burló Tomás, que iba jugando con una pistola bañada en oro, nervioso pero tratando de aparentar control—. Somos veinte cabrones. Ese indio está solo y herido. Lo vamos a hacer picadillo.
—El indio te quitó la fusca y te puso de rodillas, patrón —murmuró El Ruso sin mirarlo.
—¡¿Qué dijiste?! —Tomás se giró, rojo de ira.
—¡Silencio los dos! —ladró Don Fausto desde el asiento de atrás. El viejo tenía una máscara de oxígeno puesta, respirando con dificultad, pero sus ojos de reptil estaban alertas—. Ruso tiene razón. Esto huele a trampa. Pero no tenemos opción. Si no recuperamos ese USB y matamos a ese cabrón, se acabó el negocio con “La Empresa”. Y si fallamos con ellos, nos matan a todos.
La caravana entró en la Brecha Norte. Las luces LED de las barras de techo iluminaban el bosque como si fuera de día, creando sombras largas y fantasmales que bailaban entre los troncos.
—Alto —dijo El Ruso—. ¡Alto total!
El convoy se detuvo justo en el centro de la curva.
—¿Qué ves? —preguntó Tomás.
—Ahí —El Ruso señaló hacia adelante.
La camisa ensangrentada de Mateo colgaba de una rama, oscilando suavemente con el viento de la mañana. Debajo de la camisa, había un cartón escrito con spray: “BIENVENIDOS A CLASE”.
—Es él —gruñó Tomás—. ¡Bájense! ¡Bájense y mátenlo!
—¡No! —gritó El Ruso—. ¡Nadie se baja! ¡Es un señuelo!
Pero la disciplina no era el fuerte de los hombres de los Barroso. Eran matones, no soldados. En la camioneta puntera, dos sicarios jóvenes, ansiosos por quedar bien con el patrón, abrieron las puertas y saltaron al camino, apuntando sus rifles hacia la camisa.
—¡Sal, pinche cobarde! —gritó uno, soltando una ráfaga al aire—. ¡Aquí está tu papá!
CRACK.
No fue un disparo. Fue el sonido de madera rompiéndose.
Mateo, desde su posición, había cortado la cuerda que sostenía el pino seco en la salida de la curva. El árbol gigante se desplomó con un estruendo que hizo temblar el suelo, cayendo justo frente a la primera camioneta, bloqueando el camino por completo.
—¡Reversa! —gritó El Ruso por el radio—. ¡Reversa, todos para atrás!
Pero Mateo ya había pensado en eso.
Apuntó la Mossberg hacia la última camioneta de la fila. No apuntó al conductor. Apuntó al neumático delantero izquierdo.
¡BAM!
El disparo de posta 00 destrozó la llanta. La camioneta se ladeó bruscamente. El conductor, en pánico, pisó el acelerador a fondo en lugar del freno. El vehículo derrapó en el lodo y se encajó en la zanja lateral, bloqueando la retirada.
Estaban atrapados. Adelante un árbol, atrás una camioneta atascada. Y a los lados, paredes de tierra y bosque.
La “Kill Box” estaba cerrada.
EL FANTASMA ATACA
El caos estalló. Los sicarios empezaron a disparar a ciegas hacia el bosque. Ráfagas de 7.62x39mm (cuerno de chivo) cortaban las ramas, haciendo llover astillas y hojas.
—¡Alto al fuego! ¡No le pegan a nada, pendejos! —gritaba El Ruso saliendo de la Suburban con un rifle AR-15 táctico—. ¡Identifiquen blanco!
Mateo se movió. La regla de oro del francotirador (aunque él usara escopeta): dispara y muévete. Nunca dispares dos veces desde el mismo lugar.
Corrió agachado hacia su segunda posición, diez metros a la derecha.
Vio a un sicario que intentaba flanquear subiendo el talud.
Mateo se alzó, apuntó y disparó.
¡BAM!
El sicario recibió la carga en el pecho (llevaba chaleco, pero la fuerza del impacto le rompió las costillas y le sacó el aire). Cayó rodando hacia abajo, gritando.
—¡Está a la derecha! —gritaron abajo—. ¡A las tres!
Todos los cañones giraron a la derecha y abrieron fuego, convirtiendo la posición que Mateo acababa de abandonar en un colador.
Pero Mateo ya estaba a la izquierda.
Sacó la pistola .38 súper. Apuntó con calma. Bang, bang. Dos disparos controlados.
Uno impactó en el espejo retrovisor de la Suburban, rociando de vidrio a Tomás que intentaba asomarse. El otro le dio en la pierna a un tirador que estaba expuesto detrás de la primera camioneta.
Gritos de dolor. Gritos de pánico.
—¡Es un fantasma! —gritaba uno de los plebes, aterrorizado—. ¡Está en todos lados!
—¡Cállate! —El Ruso estaba tratando de organizar una defensa—. ¡Formen perímetro! ¡Usen las camionetas de cobertura!
Mateo recargó la escopeta. Le quedaban tres cartuchos. Tenía que ser creativo.
Sacó una botella de vidrio que había llenado con gasolina de la camioneta de Tomás antes de tirarla al barranco. Un trapo en la boca. Un encendedor.
No la lanzó a las camionetas. La lanzó al pastizal seco que estaba justo encima del talud, del lado donde soplaba el viento hacia ellos.
El fuego prendió rápido en la hierba seca de la sierra. El humo, denso y gris, empezó a bajar hacia el camino, cubriendo el convoy en una niebla asfixiante.
Ahora estaban atrapados, ciegos y ahogándose.
—¡Salgan de ahí! —gritaba Don Fausto dentro de la camioneta blindada, tosiendo incluso con su oxígeno—. ¡Nos van a quemar vivos!
Tomás estaba en el piso de la camioneta, llorando, con las manos sobre la cabeza.
—¡Me quiero ir! ¡Me quiero ir!
El Ruso, dándose cuenta de que la posición era indefendible, tomó una decisión.
—¡A la chingada! —gritó—. ¡A pie! ¡Todos a pie! ¡Rompan el cerco hacia el río!
Las puertas se abrieron. Los hombres de los Barroso, que minutos antes se sentían invencibles en sus monstruos de acero, ahora salían corriendo como ratas huyendo de un barco que se hunde, tosiendo, disparando al humo, tropezándose unos con otros.
Mateo los vio correr. Podría haberlos cazado uno por uno. Pero no era un carnicero. Su objetivo principal seguía en la Suburban.
Esperó.
La puerta trasera de la Suburban se abrió. El Ruso bajó primero, cubriendo la salida. Luego bajó Tomás, arrastrando a su abuelo Fausto, quien apenas podía caminar con el tanque de oxígeno portátil.
—Ahí están —dijo Mateo.
Se deslizó por el talud como una serpiente, cuchillo en mano. La escopeta ya no servía en el humo denso; necesitaba combate cercano.
Llegó al nivel del suelo. El humo le ardía en los ojos, pero se orientaba por el sonido.
Escuchó a El Ruso dando órdenes.
—¡Cúbrannos la retaguardia! ¡Llevamos al Jefe al punto de extracción!
Mateo apareció de la nada, surgiendo del humo a dos metros de El Ruso.
El Ruso era bueno. Reaccionó rápido, girando el cañón de su AR-15. Pero Mateo fue más rápido.
Con un movimiento de brazo izquierdo, desvió el cañón del rifle hacia arriba justo cuando El Ruso disparaba. Tat-tat-tat. Las balas se perdieron en el cielo.
Con la mano derecha, Mateo clavó el cuchillo en el hombro del Ruso, justo en la unión del chaleco táctico. El gigante rugió y soltó el rifle, tratando de agarrar a Mateo.
Se fueron al suelo, rodando en el lodo. El Ruso era más fuerte y pesado, pero Mateo peleaba sucio. Un pulgar al ojo, un rodillazo a la ingle. Mateo recuperó el control, montándose sobre El Ruso y poniéndole el cuchillo en la garganta.
—¡Quieto! —gruñó Mateo.
El Ruso se quedó inmóvil, jadeando, con la sangre manando de su hombro.
—Se acabó, Ruso. Tus jefes te abandonaron.
Mateo miró hacia adelante. Tomás y Fausto habían aprovechado la pelea para correr hacia el bosque, abandonando a su mejor hombre.
—Típico —escupió El Ruso—. Pinches cobardes.
—Quédate aquí si quieres vivir —le dijo Mateo al Ruso. Le quitó una granada de fragmentación que el sicario traía en el chaleco y le dio un golpe seco en la sien con el mango del cuchillo para noquearlo.
Mateo se levantó. Tenía que terminar esto.
EL JUICIO FINAL
Siguió el rastro de Tomás y Fausto. No era difícil. El viejo Fausto arrastraba los pies y el tanque de oxígeno hacía ruido metálico contra las piedras. Tomás iba lloriqueando y maldiciendo.
Los alcanzó en un claro del bosque, a unos trescientos metros del camino. Estaban tratando de subir una colina empinada. Fausto se había desplomado, incapaz de dar un paso más.
—¡Levántate, viejo inútil! —le gritaba Tomás a su propio padre, jalándolo del brazo—. ¡Si nos agarran nos matan!
—Déjame… déjame aquí… —jadeaba Fausto, su cara gris por la falta de aire.
—¡No voy a cargar contigo! —Tomás soltó a su padre, quien cayó de cara en la tierra.
Tomás se giró para seguir corriendo y se topó de frente con Mateo Mondragón.
Mateo estaba ahí, parado a cinco metros. Sin armas en las manos. Solo él. Cubierto de lodo y sangre, con la mirada fija.
—¿A dónde vas, Tomás? —preguntó Mateo con voz tranquila—. La clase no ha terminado.
Tomás retrocedió, buscando frenéticamente en su cintura. Sacó una segunda pistola, una pequeña .25 que traía en el tobillo.
—¡Atrás! —chilló Tomás, apuntando con manos temblorosas—. ¡Te mato! ¡Te juro que te mato!
—Ya intentaste quemarme. Ya intentaste golpearme. Ya intentaste emboscarme. —Mateo dio un paso adelante—. ¿Crees que esa pistolita va a hacer la diferencia?
—¡Soy un Barroso! ¡Este es mi pueblo!
—Este pueblo no es de nadie, niño. La tierra es de quien la trabaja. Y tú nunca has trabajado un día en tu vida.
Tomás disparó.
Bang.
La bala rozó el brazo de Mateo, un corte superficial. Mateo ni siquiera parpadeó. Siguió caminando.
El miedo absoluto se apoderó de Tomás. El terror primario de ver que la muerte venía caminando hacia él y no le importaban las balas. Disparó de nuevo, pero falló por dos metros. El arma se encasquilló.
Tomás lanzó la pistola y corrió hacia Mateo, gritando como un animal acorralado, lanzando golpes al aire.
Mateo no lo golpeó. Simplemente esquivó el primer puñetazo, lo tomó por la solapa de su camisa rota y le barrió los pies. Tomás cayó de espaldas con un golpe seco que le sacó el aire.
Antes de que pudiera levantarse, Mateo le puso la bota en el pecho, presionando lo suficiente para mantenerlo clavado al suelo.
—Te dije que iba a volver —dijo Mateo.
Don Fausto, desde el suelo, miraba la escena con una mezcla de odio y resignación.
—Mátanos pues… —rasposó el viejo—. Mátanos y acaba con esto. Pero mis socios… mis socios te van a encontrar.
Mateo miró al viejo y luego al hijo.
—Podría matarlos —dijo Mateo—. Aquí mismo. Nadie sabría. Dirían que fue un ajuste de cuentas entre cárteles. Sería fácil.
Sacó el cuchillo K-Bar. Tomás cerró los ojos y empezó a rezar un Ave María atropellado.
Mateo levantó el cuchillo… y lo clavó con fuerza en la tierra, a centímetros de la oreja de Tomás.
—Pero eso sería demasiado fácil para ustedes. La muerte es un escape. Y yo quiero que paguen.
En ese momento, el sonido distintivo de rotores cortando el aire llenó el valle. No era un helicóptero de noticias. Era el sonido pesado, rítmico y grave de un Black Hawk.
Dos helicópteros UH-60 de la Marina Armada de México aparecieron sobre la copa de los árboles, levantando un remolino de polvo y hojas.
Por las cuerdas de rapel, empezaron a bajar figuras vestidas de camuflaje pixelado gris, con cascos balísticos y rifles Sig Sauer. Movimientos precisos. Profesionales.
—¡Armada de México! —se escuchó por un altavoz desde el aire—. ¡Tiren las armas! ¡Al suelo!
En el camino abajo, los sicarios que quedaban se rendían o corrían inútilmente. El Ruso, que acababa de despertar, levantó las manos al ver a los Marinos rodeándolo.
Mateo levantó las manos lentamente, pero no se tiró al suelo. Se quedó de pie, con la bota aún sobre el pecho de Tomás.
Un Capitán de Marina se acercó a Mateo, apuntando su arma pero con el dedo fuera del gatillo. Reconoció la postura de Mateo. Reconoció a uno de los suyos.
—¿Identifíquese! —gritó el Capitán.
—Teniente Coronel Mateo Mondragón, GAFE, matrícula 89-45-B —dijo Mateo con voz firme—. Retirado.
El Capitán bajó ligeramente el arma, mirando el caos alrededor, las camionetas destruidas, los hombres sometidos.
—¿Usted hizo todo esto solo, Coronel?
Mateo miró a Tomás, que lloraba de alivio al ver a los marinos (ironía pura, prefería la cárcel a Mateo).
—Tuve un poco de motivación —respondió Mateo.
El Capitán asintió con respeto.
—Aseguren a los prisioneros. El General manda saludos, Coronel. Llegamos en cuanto pudimos.
—Llegaron justo a tiempo para la basura —dijo Mateo, quitando el pie del pecho de Tomás.
Tomás fue levantado bruscamente por dos marinos, esposado con cinchos de plástico.
—¡Soy Tomás Barroso! ¡Tengo derechos! ¡Quiero a mi abogado! —gritaba mientras lo arrastraban.
Mateo se acercó a él una última vez. Tomás se calló.
—Dile a tus abogados que lleven muchas cajas —susurró Mateo—. Porque les entregué un USB con la contabilidad de los últimos veinte años. No vas a salir nunca, Tomás. Te vas a pudrir en una celda de dos por dos, sin dinero, sin apellido y sin papi que te defienda. Esa… esa es tu verdadera educación.
Tomás palideció. Por primera vez, entendió que la muerte hubiera sido mejor.
Los Marinos cargaron a Fausto en una camilla. El viejo miró a Mateo con odio puro, pero no dijo nada. Sabía que el juego había terminado. La era de los Barroso en San Miguel había muerto esa mañana en la Brecha Norte.
LA CALMA DESPUÉS DE LA TORMENTA
Una hora después, la zona estaba asegurada. La Marina había establecido un perímetro. Agentes de la Fiscalía General de la República (FGR) llegaban en camionetas para procesar la escena y asegurar la evidencia.
Mateo estaba sentado en la defensa trasera de una ambulancia militar, mientras un paramédico le limpiaba las heridas. Ardía el alcohol en los cortes, pero era un dolor limpio.
El Capitán de Marina se acercó con dos botellas de agua. Le dio una a Mateo.
—Buen trabajo, Coronel. Aseguramos a 18 detenidos. Tres muertos en el enfrentamiento. Y tenemos el cargamento. La camioneta Silverado traía media tonelada de cocaína oculta en un doble fondo. Iban a moverla hoy.
—Usaban mi rancho como corredor —dijo Mateo, bebiendo el agua de un trago.
—Así es. Pero con la evidencia digital que nos dio su contacto, vamos a desmantelar toda la estructura. Jueces, policías, políticos. Va a rodar muchas cabezas en la capital del estado.
—Bien. —Mateo se intentó poner de pie, pero se mareó un poco.
—Debería ir al hospital, Coronel. Esas costillas necesitan rayos X.
—Estoy bien. Solo necesito… necesito ir a mi casa.
—Su casa se quemó, señor.
Mateo miró hacia la dirección de su rancho. Podía ver la columna de humo negro todavía subiendo al cielo a lo lejos.
—La casa se quemó —dijo Mateo—. La tierra sigue ahí. Y la tierra es lo que importa.
El Capitán sonrió.
—Lo podemos llevar al pueblo. Hay mucha gente preguntando por usted. Parece que se volvió una celebridad local en las últimas 24 horas.
—No quiero ser celebridad. Solo quiero dormir.
—Vamos. Lo llevamos.
Mateo subió al Humvee de la Marina. Mientras el convoy militar regresaba al pueblo, pasando por las calles donde antes lo miraban con desprecio o miedo, Mateo vio algo diferente.
La gente estaba afuera.
No estaban escondidos. Estaban en las banquetas, en las ventanas. Al ver pasar los camiones con los Barroso esposados, la gente empezó a aplaudir. Tímidamente al principio, luego más fuerte.
Doña Lucha estaba afuera de su fonda, agitando un trapo de cocina, llorando. Don Chema, el ferretero, estaba de pie, derecho por primera vez en años, viendo cómo se llevaban a sus opresores.
Mateo recargó la cabeza en el asiento. No había ganado la guerra contra el mal en el mundo, eso era imposible. Pero había ganado esta batalla. Había limpiado su pequeño rincón del mundo.
Cerró los ojos. Por primera vez en tres días, el instinto de “El Fantasma” se apagó, y Mateo Mondragón, el hombre, finalmente pudo descansar.
Pero la historia no termina aquí. Porque cuando derribas a un rey, siempre hay alguien en las sombras esperando ocupar el trono. Y Mateo sabía que la paz es solo el intervalo entre dos guerras.
CAPÍTULO 6: CENIZAS Y BUITRES
El silencio después de la batalla es más ruidoso que los disparos. Es un silencio que zumba en los oídos, cargado de adrenalina que ya no tiene a dónde ir y del olor metálico de la sangre secándose al sol.
Mateo Mondragón estaba sentado en una camilla en el pasillo de urgencias del Hospital Regional de la capital del estado, a dos horas de San Miguel. El lugar era un caos controlado: médicos corriendo, policías estatales custodiando las entradas y periodistas intentando colar cámaras por las ventanas. La noticia de la “Batalla de la Brecha Norte” había explotado en los noticieros nacionales.
“Ex-militar desmantela cacicazgo en la Sierra”, decían los cintillos. “El Rambo mexicano”, lo llamaban otros más sensacionalistas.
Mateo odiaba eso. Él no era Rambo. Rambo es ficción. En la vida real, cuando peleas contra veinte hombres, terminas roto.
Un médico joven, con ojeras profundas, terminó de vendarle las costillas.
—Tienes tres fracturas costales, dos fisuras, policontusiones severas, quemaduras de primer grado en brazos y cara, y un esguince cervical —dijo el doctor, escribiendo en su tabla—. Y deshidratación. Deberías estar internado una semana.
—Dame el alta hoy —dijo Mateo, poniéndose la camisa limpia que alguien de la fiscalía le había conseguido.
—No seas necio. Si te vas, puedes sufrir un colapso pulmonar.
—Si me quedo, me vuelvo un blanco fijo. ¿Viste a la gente afuera? ¿Crees que el Cártel no tiene gente aquí adentro?
El médico se quedó callado. Sabía que Mateo tenía razón. En esos hospitales, a veces los pacientes “se morían” por complicaciones misteriosas cuando alguien poderoso quería que dejaran de respirar.
—Firma el alta voluntaria —suspiró el médico—. Pero si escupes sangre, regresas.
Mateo firmó. Salió por la puerta de proveedores, esquivando a la prensa, y subió a una camioneta blindada de la FGR (Fiscalía General de la República). El Agente Especial Sandoval, un tipo de traje barato y mirada cansada que había llegado desde la Ciudad de México para hacerse cargo del caso federal, iba manejando.
—¿A dónde, Mondragón? —preguntó Sandoval—. Te ofrecemos una casa de seguridad en la capital. Hasta que declaremos a los Barroso.
—A mi rancho.
—Tu rancho es carbón, Mateo. No queda nada.
—Queda la tierra. Llévame a San Miguel.
EL VACÍO DE PODER
El regreso a San Miguel fue surrealista. No había retenes de halcones en la entrada. No había patrullas municipales extorsionando turistas. El pueblo parecía haber despertado de una pesadilla larga, pero todavía estaba mareado.
Al pasar por la plaza principal, Mateo vio algo que le revolvió el estómago.
Una turba.
Cientos de personas, habitantes del pueblo, estaban saqueando las propiedades de los Barroso. Habían roto las puertas de la ferretería y salían cargando botes de pintura, herramientas, hasta los estantes. Otros corrían hacia la casa del notario Rogelio.
—¡Frenen! —ordenó Mateo.
—No es mi jurisdicción, Mateo —dijo Sandoval—. Eso es rapiña local. La policía estatal debería encargarse, pero están ocupados asegurando la droga.
—¡Frena la chingada camioneta!
Sandoval frenó en seco. Mateo bajó, ignorando el dolor en sus costillas. Caminó hacia la multitud frente a la ferretería. Un hombre llevaba una podadora al hombro; era el panadero del pueblo.
—¡¿Qué están haciendo?! —gritó Mateo. Su voz, acostumbrada a dar órdenes sobre el ruido de combate, cortó el aire como un látigo.
La gente se detuvo. Al ver a Mateo, vendado, golpeado, pero de pie, el silencio cayó sobre la plaza. Lo reconocían. Era el hombre que había derribado al dragón.
—Son cosas de los Barroso, Don Mateo —gritó alguien—. ¡Son ladrones! ¡Nos robaron por años! ¡Estamos recuperando lo nuestro!
—¡Esto no es recuperar! ¡Esto es robar! —Mateo señaló al panadero—. Don Toño, usted es un hombre decente. ¿Qué hace con eso?
El panadero bajó la mirada, avergonzado.
—Si hacen esto, no son mejores que ellos —continuó Mateo, barriendo con la mirada a la multitud—. Los Barroso cayeron porque eran criminales. Si ustedes saquean, si queman, si destruyen… entonces solo cambiamos a unos bandidos por otros. ¿Eso quieren? ¿Quieren que San Miguel sea un pueblo de rapiñeros?
Nadie respondió. La vergüenza colectiva es poderosa.
—Vayan a sus casas —dijo Mateo, bajando el tono—. Dejen que la ley haga su trabajo. Lo que hay ahí adentro está incautado. Si se lo llevan, se vuelven cómplices.
Poco a poco, la gente empezó a dejar las cosas en el suelo. Algunos se fueron rápido, otros se quedaron murmurando, pero la turba se disolvió.
Mateo regresó a la camioneta. Sandoval lo miraba con respeto.
—Tienes madera de político, Mondragón.
—Ni lo mande Dios. Solo no quiero vivir en un nido de ratas.
LAS CENIZAS
Llegar a “Las Ánimas” fue el golpe más duro. Más duro que los golpes de El Chato.
La casona blanca, con su porche envolvente y sus vigas de madera antigua, ya no existía. Solo quedaba el esqueleto de piedra ennegrecida y chimeneas que apuntaban al cielo como dedos acusadores. El olor a madera quemada y plástico derretido impregnaba todo.
Mateo bajó de la camioneta y caminó entre los escombros. El calor todavía radiaba del suelo.
En lo que había sido la sala, encontró los restos de su caja fuerte. Estaba chamuscada, pero cerrada. El acero aguanta más que los sueños.
—Lo siento mucho, Mateo —dijo Sandoval, parado a una distancia respetuosa.
Mateo se agachó y tomó un puñado de ceniza. Estaba tibia.
—Limpia —dijo.
—¿Qué?
—El fuego limpia. Quita lo viejo, lo podrido. —Mateo se sacudió la mano y miró al horizonte, donde los robles seguían en pie, chamuscados pero vivos—. Esto era una casa vieja de todos modos. Tenía termitas. Ahora puedo construirla a mi gusto.
Esa noche, Mateo se negó a irse. Armó una tienda de campaña militar en el patio trasero, encendió una fogata y se sentó con su escopeta (que la fiscalía le había devuelto “bajo custodia temporal” por ser víctima de alto riesgo) a vigilar las ruinas.
No estaba solo mucho tiempo.
A las 8:00 PM, llegaron luces. No eran patrullas ni sicarios. Eran camionetas viejas, Datsuns y Fords de los años 80.
Doña Lucha bajó primero, cargando una olla enorme de tamales. Detrás de ella venía Don Chema con una planta de luz portátil. Y detrás, una docena de vecinos. Hombres, mujeres, niños.
—Nadie cena solo en mi pueblo —dijo Doña Lucha, plantando la olla en una mesa plegable que alguien bajó.
—No tienen que hacer esto —dijo Mateo, sintiendo un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el humo.
—Cállese y coma —le ordenó la mujer—. Usted nos quitó la bota del cuello. Lo menos que podemos hacer es ayudarle a quitar el escombro.
Al día siguiente, empezó “La Fajina”. Es una tradición vieja en los pueblos: trabajo comunitario. Sin que Mateo lo pidiera, llegaron veinte hombres con palas, carretillas y picos.
—Don Mateo, yo soy albañil —dijo uno—. Si usted pone el material, yo pongo la mano de obra.
—Yo tengo un camión de volteo para sacar la basura —dijo otro.
Mateo, con sus costillas rotas, intentó cargar una viga. Tres hombres se la quitaron.
—Usted dirija, jefe. Nosotros cargamos. Usted ya cargó suficiente.
En una semana, el sitio estaba limpio. En un mes, los cimientos nuevos estaban colados. Mateo no solo estaba reconstruyendo una casa; estaba cimentando su lugar en la comunidad. Ya no era el forastero. Era el Compa Mateo.
LA SOMBRA DE LA LEY
Pero mientras San Miguel renacía, en la capital se libraba otra guerra. La guerra de los escritorios.
Tres meses después de la detención, Mateo fue citado a declarar al Juzgado de Distrito. Los Barroso habían contratado al despacho “Delgado & Asociados”, conocidos como “Los Abogados del Diablo”. Defendían a narcos, políticos corruptos y asesinos seriales. Cobraban en dólares y no perdían casos.
En la sala de audiencias, Tomás Barroso lucía diferente. Ya no tenía la ropa de marca ni la arrogancia. Vestía el uniforme beige del penal, estaba más delgado, rapado, y tenía la mirada de un perro apaleado. Don Fausto no estaba; le habían dictado prisión domiciliaria en un hospital por su salud (el viejo truco de los ricos), pero estaba bajo custodia federal.
El abogado defensor, el Licenciado Gamboa, un tipo con traje italiano y sonrisa de tiburón, interrogó a Mateo.
—Señor Mondragón —dijo Gamboa, caminando frente al estrado—. Usted afirma que actuó en defensa propia. Pero el reporte pericial indica que usted preparó trampas, bloqueó caminos y emboscó a mis clientes. Eso suena a premeditación, a alevosía. Suena a que usted, con su entrenamiento militar, cazó a estos civiles inocentes.
—¿Civiles inocentes? —Mateo mantuvo la calma. Había enfrentado interrogatorios militares; este abogado era un chiste—. Llegaron a mi propiedad con armas de uso exclusivo del ejército, media tonelada de cocaína y la intención declarada de matarme.
—Eso dice usted. Mis clientes afirman que iban a dialogar y usted los atacó. Las armas… bueno, tal vez usted las plantó. Es un experto en operaciones encubiertas, ¿no?
—Hay videos —dijo Mateo—. El notario Rogelio entregó grabaciones. Y el USB.
—Pruebas inadmisibles, obtenidas bajo coacción y tortura —Gamboa sonrió—. Usted secuestró al notario, lo golpeó y lo obligó a descargar archivos. Eso es fruto del árbol envenenado. Señor Juez, solicitamos la anulación de toda la evidencia digital.
El juez, un hombre con cara de pocos amigos que sabía que la FGR lo vigilaba con lupa, dudó. El sistema judicial mexicano es un laberinto donde el dinero suele encontrar la salida.
—Señor Mondragón —dijo el juez—. ¿Usted torturó al testigo Rogelio Pérez?
—No, su Señoría. Le ofrecí una salida. Él la tomó porque tenía más miedo de sus clientes que de mí.
—Tengo un certificado médico —interrumpió Gamboa— que dice que el Señor Pérez sufría de estrés postraumático severo causado por el acusado.
Mateo sintió la frustración subir. Podían ganar. Podían salir libres por tecnicismos. Así funcionaba el país.
Pero entonces, la puerta de la sala se abrió.
Entró el Agente Sandoval, acompañado de un hombre bajo, calvo y con lentes gruesos. Rogelio.
El notario caminaba escoltado por federales. Se veía aterrorizado, pero vivo.
—Su Señoría —dijo el fiscal—. Tenemos al testigo presencial. Ha aceptado entrar al programa de protección y ratificar su declaración en persona.
Gamboa palideció. Miró a Tomás. Tomás bajó la cabeza.
Rogelio se sentó en el estrado. No miró a Tomás. Miró a Mateo y asintió levemente.
—Diga la verdad, testigo —dijo el juez.
—La verdad… —Rogelio tomó aire—. La verdad es que los Barroso ordenaron la muerte de Mateo Mondragón. Y ordenaron la muerte de tres personas más el año pasado. Y lavaban dinero para el Cártel del Noreste. Todo lo que está en el USB es real. Yo lo escribí.
El silencio en la sala fue absoluto. El caso de la defensa se desmoronó como un castillo de naipes.
Tomás Barroso empezó a llorar en silencio. Sabía que se había acabado.
EL MENSAJERO
Seis meses después de la Batalla de la Brecha Norte.
La casa de Mateo estaba terminada. No era la casona blanca de antes. Era más funcional, más moderna, con toques de fortaleza discreta: muros de piedra reforzada, vidrios inastillables, un sistema de cámaras perimetral.
Mateo estaba en el porche, bebiendo café y viendo el atardecer. La vida era tranquila. Doña Lucha le traía el chisme del día. El pueblo prosperaba sin el yugo de los caciques.
Pero Mateo sabía que faltaba una pieza.
Los Barroso eran los payasos. Pero el dueño del circo no había aparecido. Hasta hoy.
Una camioneta Chevrolet Suburban negra, impecable, sin placas, subió despacio por el camino de grava. No era la entrada agresiva de Tomás. Era una entrada suave, profesional.
Mateo dejó la taza de café. Su mano fue instintivamente a la parte baja de la mesa, donde tenía pegada una Sig Sauer P229 (regalo “no oficial” de Sandoval).
La camioneta se detuvo. Bajó un solo hombre.
No era un sicario tatuado. Era un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje gris a la medida, sin corbata. Zapatos lustrados. Parecía un banquero o un arquitecto.
El hombre caminó hasta el porche. Se detuvo a tres metros, mostrando las manos vacías.
—Buenas tardes, Coronel Mondragón —dijo el hombre. Acento neutro, educado.
—No soy Coronel. Soy civil.
—Para nosotros, el rango se mantiene. El respeto también. —El hombre sonrió levemente—. Mi nombre es irrelevante. Puede decirme “El Licenciado”. Vengo de parte de la Gerencia Regional. Creo que sabe a quién me refiero.
—La Empresa —dijo Mateo.
—Así es. —El Licenciado sacó una cajetilla de cigarros—. ¿Le molesta si fumo?
—Sí me molesta.
El Licenciado guardó la cajetilla con una sonrisa de disculpa.
—Entendido. Iré al grano, Coronel. Usted nos causó un problema logístico importante.
—Les quité media tonelada de polvo.
—Eso es dinero. El dinero va y viene. Eso no nos preocupa. Lo que nos preocupa es la ruta. La Brecha Norte era un corredor estratégico. Al atraer a la Marina y a la FGR, usted “calentó la plaza”. Ahora hay retenes, hay drones, hay inteligencia financiera revisando cuentas. Eso nos cuesta mucho más que la cocaína.
—Si vienen a cobrarme, tomen un número. La fila es larga.
—No, no, no. —El Licenciado negó con la cabeza—. Usted no me entiende. No venimos a matarlo. Matar a un héroe local, a un ex-GAFE con conexiones federales… eso atrae más calor. Es mal negocio.
—¿Entonces?
—Venimos a ofrecerle un trabajo.
Mateo soltó una risa seca.
—¿Es broma?
—Hablo muy en serio. Los Barroso eran… incompetentes. Vulgares. Hacían demasiado ruido. Usted, en cambio… usted es un profesional. Limpió el pueblo, organizó a la gente, mantiene el orden. Nos gusta el orden. El orden es bueno para el negocio.
El Licenciado dio un paso adelante, bajando la voz.
—Queremos que usted mantenga San Miguel tranquilo. Que sea el “Guardián”. Nosotros no meteremos venta de droga al pueblo. Nada de cristal, nada de fentanilo para los locales. Respetaremos a su gente. A cambio, usted nos deja usar la Brecha Norte dos noches al mes. Sin preguntas. Sin testigos.
Era la oferta clásica: Plata o Plomo. Pero refinada. Plata disfrazada de paz.
—Le ofrezco paz para su pueblo, Coronel —continuó el Licenciado—. Y una “cuota de recuperación” de cincuenta mil dólares mensuales por el peaje. Piénselo. Podría construir una escuela. Un hospital. Podría ser el benefactor que Fausto Barroso fingía ser.
Mateo miró al hombre. Miró la camioneta blindada. Pensó en Doña Lucha, en Don Chema, en la gente que había recuperado la dignidad.
Si aceptaba, el pueblo estaría seguro. Nadie tocaría a San Miguel bajo la protección del Cártel. Pero él sería un empleado más. Un Barroso con mejor puntería.
Si rechazaba… la guerra volvería. Y esta vez no serían matones de pueblo. Serían comandos de “La Empresa”.
—¿Terminó? —preguntó Mateo.
—Es una oferta generosa.
—Mire, Licenciado. Dígale a su Gerencia que agradezco el cumplido profesional. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Que yo no limpio la mierda para que otros vengan a cagar encima.
La sonrisa del Licenciado desapareció. Sus ojos se volvieron fríos, inexpresivos. Ojos de tiburón.
—Esa es una respuesta decepcionante, Coronel. Y peligrosa.
—San Miguel no se vende. La Brecha Norte está cerrada. Puse minas.
—No puso minas —dijo el Licenciado, escéptico.
—Pruébenlo —desafió Mateo—. Mande su primer camión. A ver si pasa.
El Licenciado lo estudió por un largo minuto. Evaluando la amenaza. Evaluando al hombre. Se dio cuenta de que Mateo no estaba blofeando. O tal vez sí, pero el riesgo era alto.
—Usted es un hombre de principios —dijo el Licenciado, abrochándose el saco—. Es una especie en extinción. Lástima. Hubiéramos hecho grandes cosas.
—Lárguese de mi propiedad.
El Licenciado asintió cortésmente. Dio media vuelta y caminó hacia la camioneta. Antes de subir, se giró.
—Coronel… los Barroso eran ruido. Nosotros somos el silencio. Y el silencio, tarde o temprano, lo cubre todo. Disfrute su paz mientras dure.
La Suburban arrancó y se alejó suavemente, desapareciendo en la curva.
Mateo se quedó en el porche. El sol ya se había ocultado. El aire se sentía frío.
Sabía que acababa de declarar una guerra que no podía ganar solo. Necesitaba escalar esto.
Sacó su teléfono satelital. Marcó el número del General.
—¿Bueno?
—General. Soy Mateo.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Ya estás instalado?
—Sí. Pero vamos a necesitar más que una patrulla.
—¿Por qué?
—Porque acabo de rechazar una oferta de La Empresa. Y no se lo tomaron bien. Necesito que autorice el proyecto “Fortaleza”.
—Eso requiere aprobación presidencial, Mateo. Es convertir un pueblo en una base de operaciones irregular.
—O lo autoriza, o en un mes San Miguel es un pueblo fantasma. Ustedes deciden si quieren ceder territorio o recuperarlo. Yo ya puse mi parte.
Hubo un silencio en la línea.
—Voy a mover hilos. Mantente alerta.
Mateo colgó.
Miró hacia el pueblo, donde las luces de las casas empezaban a encenderse una por una. Luces de familias cenando, viendo la tele, viviendo sin miedo.
—Vale la pena —se dijo a sí mismo.
Entró a su casa, abrió el armero oculto detrás de la falsa pared de la chimenea. Ahí, brillando bajo la luz LED, estaba su viejo equipo completo, recuperado por Sandoval de la bodega de evidencias. Su chaleco, su casco, su fusil FX-05 Xiuhcoatl.
Mateo acarició el metal frío del rifle.
La paz había terminado. La resistencia había comenzado.
CAPÍTULO 7: LA SOMBRA DE LOS KAIBILES
El hambre no entra a los pueblos de golpe; entra despacio, como la humedad en las paredes. Primero se acaba el gas en la distribuidora. Luego, los camiones de la Coca-Cola dejan de pasar los jueves. Después, la tortillería cierra “hasta nuevo aviso” porque no llegó la harina de maíz.
Habían pasado tres semanas desde la visita del “Licenciado” y su oferta rechazada. Tres semanas de un silencio absoluto por parte de “La Empresa”. No hubo balaceras, no hubo camionetas blindadas rugiendo por la calle principal, no hubo amenazas pintadas en las paredes.
Hubo vacío.
San Miguel de los Altos, que apenas empezaba a respirar libertad tras la caída de los Barroso, ahora se asfixiaba.
Mateo Mondragón bajó al pueblo un martes por la mañana. Su Ford Raptor (la que le “confiscó” a Tomás y que nadie reclamó) estaba cargada con garrafones de agua vacíos. Al llegar a la purificadora local, la encontró cerrada con candado.
Don Beto, el dueño, estaba sentado en la banqueta, con la mirada perdida en el suelo polvoriento.
—¿No hay servicio, Don Beto? —preguntó Mateo, bajando de la camioneta. Sus costillas ya casi no dolían, pero su instinto le picaba la nuca constantemente.
—No hay agua, Don Mateo —dijo el viejo sin levantar la cabeza—. La pipa que viene del manantial de la sierra no bajó hoy. Ni ayer.
—¿Se descompuso?
—La pararon —Beto escupió al suelo—. El chofer me mandó un mensaje. Dice que en el entronque de la carretera federal hay gente armada. No son policías. Pararon la pipa, bajaron al chofer, le pusieron una pistola en la boca y le dijeron que San Miguel está “en cuarentena”. Que si vuelve a intentar subir, le queman el camión con él adentro.
Mateo sintió el frío en el estómago. Bloqueo logístico. Estrangulamiento económico. Era una táctica de sitio medieval aplicada al siglo XXI.
—Lo mismo le dijeron al del gas —continuó Don Beto—. Y al que trae la verdura. San Miguel está aislado, Don Mateo. Nos están matando de sed y hambre sin disparar una sola bala.
Mateo miró alrededor. La calle principal estaba desolada. La euforia de hace meses se había evaporado. Ahora, cuando la gente lo veía pasar, ya no había aplausos ni saludos efusivos. Había miradas de soslayo. Miradas de duda.
¿Valió la pena?, preguntaban esos ojos. Sacamos a los Barroso, pero trajimos al Diablo.
EL CONSEJO DE GUERRA
Esa noche, Mateo convocó a una reunión en la parte trasera de la fonda de Doña Lucha. No fue una fiesta como las de antes. Fue un consejo de guerra improvisado.
Estaban los líderes naturales del pueblo: Doña Lucha, Don Chema el ferretero, el Comisariado Ejidal (un hombre recio llamado Don Pancho) y el Agente Sandoval de la FGR, que seguía en el pueblo coordinando la seguridad (o lo que quedaba de ella).
La luz de una sola bombilla iluminaba sus rostros preocupados.
—Tenemos comida para dos semanas si racionamos —dijo Doña Lucha, secándose las manos nerviosas en el delantal—. Pero sin gas, tenemos que cocinar con leña. Y la gente tiene miedo de ir al monte por leña. Dicen que se ven sombras.
—¿Qué sombras? —preguntó Mateo, alerta.
—Gente que no es de aquí —dijo Don Pancho, el ejidal—. Mis vaqueros encontraron huellas en la zona norte, cerca de donde usted… bueno, ya sabe. Huellas de botas raras. No son botas de trabajo, ni vaqueras. Son botas de esas que usan ustedes los soldados. De suela gruesa.
—Botas tácticas —corrigió Mateo.
—Y encontraron algo más —Don Pancho sacó un pañuelo de su bolsillo y lo desdobló sobre la mesa.
Era un casquillo percutido. Pero no era el habitual 7.62mm de los “Cuernos de Chivo” que usan los sicarios comunes. Era un casquillo de latón brillante, más pequeño pero letal.
Mateo lo tomó. Lo examinó bajo la luz.
—5.56 OTAN —murmuró—. Munición de grado militar. Perforante.
—¿Qué significa? —preguntó Don Chema.
—Significa que no estamos lidiando con plebes reclutados en los barrios bajos —dijo Mateo, devolviendo el casquillo—. “La Empresa” mandó a sus especialistas.
—¿Especialistas? —Sandoval intervino, ajustándose los lentes—. ¿Estás hablando de un Brazo Armado?
—Estoy hablando de mercenarios —dijo Mateo—. Probablemente ex-militares. O peor… Kaibiles.
La palabra cayó sobre la mesa como una piedra pesada. Incluso los civiles habían escuchado historias de los Kaibiles. Soldados de élite guatemaltecos, entrenados en la selva para sobrevivir en condiciones infrahumanas y matar con una eficiencia aterradora. Muchos desertaban para unirse a los cárteles mexicanos como instructores o ejecutores de alto nivel.
—Si son Kaibiles, estamos jodidos —dijo Sandoval, perdiendo la compostura oficial—. Mi equipo son agentes de investigación, Mateo. Tienen pistolas y chalecos ligeros. No están entrenados para contrainsurgencia en la sierra.
—Ellos no vinieron a tomar el pueblo —dijo Mateo, mirando el mapa de la región colgado en la pared—. Vinieron a cazarme a mí. El bloqueo es para presionarlos a ustedes. Quieren que el pueblo me entregue. O que yo me entregue para salvar al pueblo.
—Pues no lo vamos a entregar —dijo Doña Lucha con firmeza, aunque le temblaba la voz—. Usted es uno de nosotros ahora.
—Gracias, Lucha. Pero no voy a dejar que paguen mis cuentas. —Mateo se puso de pie—. Don Pancho, dígale a sus vaqueros que no suban al monte. Nadie sale del perímetro urbano. Sandoval, pon a tus agentes en las entradas del pueblo, pero que no salgan a patrullar las brechas. Si salen, los van a emboscar.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Sandoval.
—Yo voy a salir a saludar a las visitas.
LA CACERÍA EN SILENCIO
El monte de noche es un mundo diferente. Los sonidos cambian. La profundidad se pierde. Pero para Mateo Mondragón, el monte era su oficina.
Salió de su casa a las 2:00 AM. No llevó la Raptor. Salió a pie, camuflado con pintura facial negra y verde, llevando su equipo completo: el fusil FX-05 con mira nocturna (prestado “indefinidamente” por la FGR), su pistola Sig Sauer, un cuchillo tanto y, crucialmente, una radio encriptada.
Su objetivo no era pelear. Era confirmar. Necesitaba saber cuántos eran, dónde estaban y qué equipo traían. Inteligencia.
Se movió hacia la Zona Norte, donde los vaqueros habían visto las huellas. Avanzó lento, dando un paso cada cinco segundos, sintiendo el suelo antes de poner peso para no romper ramas secas. “Caminar sin dejar huella, mirar sin ser visto”.
A las 3:30 AM, llegó a una cresta que dominaba el valle donde había ocurrido la emboscada a los Barroso meses atrás.
Se detuvo. Algo no estaba bien.
El olor.
Entre el aroma a pino y tierra húmeda, había algo ajeno. Un olor dulce, casi imperceptible. Tabaco. Pero no cigarrillos comerciales. Tabaco de pipa o puro barato.
Mateo se agachó y activó su visión nocturna monocular. El mundo se volvió verde fosforescente.
Escaneó la línea de árboles. Nada.
Escaneó las rocas. Nada.
Entonces, vio el “brillo”.
A unos doscientos metros, en la copa de un árbol grande, hubo un destello minúsculo. Un reflejo. Alguien había movido una mira telescópica o unos binoculares y la luna había traicionado su posición por una fracción de segundo.
—Francotirador —pensó Mateo.
Si había un tirador, había un observador. Y si había un equipo de tiradores, había un perímetro de seguridad.
Estaban estableciendo una base de operaciones avanzada (FOB) para asediar el pueblo.
Mateo decidió acercarse más. Era arriesgado, estúpido incluso, pero necesitaba saber el número de hostiles.
Se arrastró pecho tierra durante cuarenta minutos. Llegó a unos cincuenta metros de su campamento improvisado.
Lo que vio le heló la sangre.
No eran sicarios con ropa de marca y corridos a todo volumen. Eran seis hombres. Vestían uniformes negros tácticos, sin insignias. Tenían equipo de visión nocturna de doble tubo (más avanzado que el de Mateo). Se comunicaban por señas.
Estaban limpiando sus armas en silencio absoluto. Un rifle de francotirador Barret .50 descansaba sobre un bípode. Fusiles de asalto SCAR-H calibre 7.62 (munición pesada).
Uno de ellos, un hombre bajo y compacto con una cicatriz en el cuello, estaba afilando un machete. No un cuchillo de combate, un machete curvo. Corvo. El arma distintiva de los Kaibiles.
—”Máquinas de matar” —recordó Mateo la frase de su instructor en el GAFE—. “Un Kaibil no come si no mata su comida. Un Kaibil no duerme si no asegura su perímetro”.
Estaba viendo a una unidad de élite. Seis operadores. Suficientes para tomar una ciudad pequeña si se lo proponían. Y estaban ahí por él.
Mateo empezó a retroceder, milímetro a milímetro. Ya tenía la información. Tenía que volver y pedir apoyo aéreo real, o evacuar el pueblo. Esto estaba fuera de su liga en solitario.
CRACK.
El sonido fue minúsculo. Una ramita seca bajo su codo.
En el campamento, las seis cabezas giraron instantáneamente hacia su dirección. No hubo gritos. No hubo preguntas de “¿quién anda ahí?”.
Simplemente, desaparecieron.
Se dispersaron en la oscuridad con una velocidad sobrenatural.
—Mierda —susurró Mateo.
Se levantó y corrió. Ya no importaba el sigilo. Importaba la velocidad.
Corrió en zigzag entre los árboles, esperando el impacto de una bala en su espalda en cualquier segundo.
¡ZIUM!
Una bala pasó zumbando a centímetros de su oreja y se incrustó en un tronco frente a él. Silenciador. Estaban usando supresores.
Mateo se lanzó detrás de una roca grande. Respiró hondo. Estaba siendo cazado.
—Contacto —susurró a su radio—. Seis tangos. Élite. Estoy comprometido en el Sector Norte.
—¡Mateo! —la voz de Sandoval sonó en el auricular—. ¡Voy con el equipo!
—¡No! —gritó Mateo—. ¡No vengan! ¡Si entran al bosque los van a masacrar! ¡Preparen la defensa en el pueblo! ¡Yo los voy a distraer!
Mateo sabía que si llevaba a los Kaibiles hacia el pueblo, matarían a civiles. Tenía que mantenerlos en el monte.
Salió de su cobertura y disparó tres tiros rápidos hacia donde creía que venían los perseguidores, solo para hacer ruido, para atraerlos.
—¡Aquí estoy, cabrones! —gritó.
Corrió hacia el “Cañón del Eco”, una zona de barrancos estrechos y cuevas que conocía bien. Si iba a pelear contra seis demonios, lo haría en el infierno de su elección.
EL DUELO EN LA OSCURIDAD
La persecución duró una hora. Fue un juego de ajedrez a alta velocidad. Mateo ponía trampas falsas; ellos las detectaban. Mateo cambiaba de dirección; ellos flanqueaban.
Eran buenos. Demasiado buenos.
Mateo llegó a una zona de rocas volcánicas. Se deslizó por una grieta y se ocultó en una pequeña cueva, cubriéndose con helechos.
Esperó.
Pasaron diez minutos. El silencio volvió.
Entonces, vio una sombra deslizarse por la pared de roca, cinco metros arriba de él. Uno de ellos. El rastreador.
El Kaibil bajó haciendo rapel silencioso sin cuerda, solo usando las manos y las botas. Aterrizó suavemente. Se detuvo. Olfateó el aire.
Sabía que Mateo estaba cerca.
El Kaibil sacó su machete curvo. Avanzó hacia la grieta donde Mateo estaba escondido.
Mateo sabía que si disparaba, el fogonazo revelaría su posición exacta a los otros cinco, y lo llenarían de plomo o granadas. Tenía que ser en silencio.
Dejó el fusil en el suelo. Sacó su cuchillo tanto.
Cuando el Kaibil pasó frente a los helechos, Mateo atacó.
Se lanzó como un resorte, buscando la yugular.
Pero el Kaibil reaccionó. Bloqueó el brazo de Mateo con el antebrazo y lanzó un tajo con el machete hacia el estómago de Mateo.
Mateo giró la cadera, esquivando la hoja por milímetros. La tela de su uniforme se rasgó.
Cayeron al suelo, rodando. Era una pelea salvaje, primitiva. Golpes de codo, rodillazos, intentos de morder. El Kaibil era pura fibra y odio. Tenía una fuerza descomunal.
El mercenario logró poner sus manos alrededor del cuello de Mateo. Empezó a apretar. Sus ojos, negros y vacíos, miraban a Mateo sin emoción. Era solo trabajo.
Mateo sentía que su visión se nublaba. Buscó a tientas una roca, algo. Su mano encontró una piedra afilada.
Golpeó al Kaibil en la sien. Una, dos, tres veces.
El agarre se aflojó.
Mateo aprovechó el segundo. Invirtió la posición, montó al hombre y clavó su cuchillo en el hueco entre el cuello y la clavícula. Subclavia.
El Kaibil abrió los ojos con sorpresa, gorgoteó sangre y se desplomó.
Mateo se quedó encima de él, jadeando, el corazón latiéndole en la garganta.
Uno menos. Faltaban cinco.
Revisó el cuerpo. No traía identificación. Solo un tatuaje en el antebrazo: una calavera con una boina verde.
Mateo tomó el radio del muerto. Se puso el auricular.
Escuchó una voz en clave. Acento centroamericano.
—Tango 1, reporte.
Silencio.
—Tango 1, reporte situación.
Mateo presionó el botón de transmisión.
—Tango 1 está fuera de servicio —dijo Mateo con voz ronca—. Y ustedes están en mi terreno.
Hubo una pausa larga al otro lado. Luego, una risa suave, escalofriante.
—Bien, soldado. Queríamos un reto. Ahora esto es personal. No te vamos a matar rápido. Te vamos a desollar.
La transmisión se cortó.
Mateo tomó el machete curvo del muerto, recuperó su fusil y salió de la cueva. La noche apenas empezaba.
EL MENSAJE EN LA PLAZA
Al amanecer, Mateo bajó al pueblo. Estaba cubierto de tierra, sangre (sulla y ajena) y exhausto.
Entró a la comandancia improvisada en la fonda. Sandoval estaba ahí, ojeroso, con el teléfono satelital en la mano.
Al ver entrar a Mateo, Sandoval soltó el aire.
—Pensamos que estabas muerto. Perdimos contacto hace cuatro horas.
Mateo arrojó el machete curvo sobre la mesa. El metal resonó, clavándose en la madera.
—Uno menos —dijo Mateo, sirviéndose agua de una jarra—. Quedan cinco. Son Kaibiles, confirmado.
Sandoval miró el arma con horror.
—Hablé con México. Con el General.
—¿Y?
—Dice que no pueden mandar al Ejército regular sin una orden presidencial y estado de excepción, porque técnicamente no hay un “conflicto declarado”. Burocracia de mierda. Pero…
—¿Pero qué?
—Autorizaron una operación encubierta de extracción. Un helicóptero puede venir por ti en dos horas. Te sacamos, Mateo. Te llevamos a una base segura. Dejas que esto se enfríe.
Mateo miró a Sandoval. Luego miró a Doña Lucha, que estaba en la cocina fingiendo no escuchar, pero con lágrimas en los ojos. Miró a través de la ventana a la plaza vacía, donde el hambre empezaba a notarse.
—Si me voy, ¿qué pasa con el pueblo? —preguntó Mateo.
Sandoval bajó la mirada.
—El Cártel entrará. Tomarán el control. Probablemente habrá… represalias. “Limpieza”. Matarán a los que te apoyaron para dar un ejemplo. Y luego usarán el pueblo como base de operaciones, tal como querían.
—Entonces no me voy.
—Mateo, sé razonable. Son cinco operadores de nivel Tier 1. Tú estás solo, herido y cansado. Te van a matar esta noche.
—No estoy solo —dijo Mateo.
Salió a la plaza. Caminó hasta el kiosco central. Sacó su pistola y disparó tres veces al aire. Bang, bang, bang.
El sonido retumbó en las calles vacías.
Poco a poco, la gente empezó a asomarse. Hombres, mujeres. Don Pancho el ejidal. Don Chema. Los jóvenes que antes no tenían futuro y ahora trabajaban en la reconstrucción.
Mateo se subió a una banca.
—¡Escuchen! —gritó. Su voz estaba rota, pero firme—. Me ofrecen irme. Me ofrecen un helicóptero para salvar mi pellejo y dejarlos a ustedes con los lobos.
Murmullos en la multitud.
—¡Esos hombres en el monte! —señaló hacia la sierra—. ¡Vinieron a matarme, sí! Pero también vinieron a someterlos a ustedes. A quitarles sus negocios, sus hijas, su dignidad. Quieren que volvamos a agachar la cabeza como con los Barroso.
Mateo miró a los ojos de los hombres del pueblo.
—Yo no me voy a ir. Yo voy a subir a ese monte esta noche y voy a terminar lo que empezaron. Pero necesito saber una cosa. ¿San Miguel es un pueblo de libres o un pueblo de esclavos?
Un silencio tenso.
Entonces, Don Pancho, el viejo ejidatario, dio un paso adelante. Llevaba un viejo rifle de caza .22 al hombro.
—Yo cacé venados en ese monte cuarenta años, Mateo. Conozco veredas que esos guatemaltecos no van a encontrar ni con GPS.
Don Chema salió de su ferretería con una escopeta recortada.
—Yo no sé pelear, Mateo. Pero sé hacer bombas de tubo con fertilizante.
Uno a uno, los hombres y mujeres del pueblo dieron un paso al frente. No eran soldados. Eran granjeros, comerciantes, mecánicos. Tenían armas viejas, machetes, palos. Pero tenían algo que los Kaibiles no tenían: estaban defendiendo su hogar.
Mateo sintió una oleada de orgullo y miedo. Estaba a punto de liderar a ovejas contra lobos. Pero si las ovejas son muchas y están enojadas, hasta los lobos corren.
—Bien —dijo Mateo—. Sandoval, consigue todas las radios que puedas. Pancho, reúne a los cazadores. Chema, abre tu bodega, necesitamos clavos, pólvora y gasolina.
Mateo miró hacia la sierra, donde el sol apenas iluminaba las cumbres.
—Esta noche no vamos a escondernos —dijo—. Esta noche vamos a cazar.
EL PLAN DEL MARTILLO Y EL YUNQUE
En las siguientes horas, San Miguel se transformó.
Mateo sabía que no podía enfrentar a los Kaibiles en un choque directo. Perderían. La estrategia tenía que ser asimétrica.
Dividió a la gente en tres grupos:
- Los Ojos: Halcones del pueblo. Niños y jóvenes con radios y celulares, posicionados en los techos más altos, vigilando cada acceso.
- El Yunque: Un grupo de defensa perimetral, atrincherado en las entradas del pueblo con barricadas de autos viejos y costales de arena. Su trabajo era aguantar si intentaban entrar.
- El Martillo: Un pequeño grupo de élite improvisado. Mateo, Don Pancho y tres cazadores locales que conocían el terreno a ciegas.
El plan era arriesgado: Mateo sería el cebo. Iría al monte, se dejaría ver, y atraería a los Kaibiles hacia una zona preparada: “La Barranca del Diablo”, un cañón estrecho donde la ventaja tecnológica de los mercenarios (visión nocturna, miras de largo alcance) se anularía por el terreno cerrado.
Al caer la noche, el pueblo apagó todas las luces. San Miguel se volvió una boca de lobo.
Mateo se despidió de Sandoval.
—Si no regreso al amanecer, vuelas el puente de acceso y pides el bombardeo. No dejes que tomen el pueblo.
—Suerte, Fantasma —dijo Sandoval, cargando su propia arma.
Mateo y el grupo de cazadores se internaron en la oscuridad.
Arriba, en la sierra, el líder de los Kaibiles, un hombre llamado “El Carnicero”, observaba a través de su mira térmica. Veía las firmas de calor moviéndose.
—El objetivo salió de la madriguera —dijo por radio—. Y trae compañía. Civiles armados.
—¿Reglas de enfrentamiento? —preguntó uno de sus hombres.
El Carnicero sonrió en la oscuridad.
—Sin testigos. Mátenlos a todos.
La batalla final por San Miguel había comenzado. Y esta vez, no habría prisioneros.
CAPÍTULO 8: LA TIERRA DE NADIE
La “Barranca del Diablo” no es solo un nombre geográfico en San Miguel de los Altos; es una advertencia. Es una grieta geológica de dos kilómetros de largo, estrecha, llena de rocas afiladas como cuchillos y vegetación espinosa que parece odiar todo lo que respira. Es un lugar donde el GPS no agarra señal y los ecos te mienten sobre de dónde vienen los sonidos.
Ahí es donde Mateo Mondragón decidió morir si era necesario.
Eran las 11:45 PM. El grupo “Martillo” —Mateo, Don Pancho y tres cazadores locales (Luis, Beto y Javi)— estaba posicionado en las alturas de la barranca, oculto entre las grietas.
Abajo, en el lecho seco del río, avanzaban los cinco Kaibiles restantes. Se movían con una disciplina aterradora, separados cinco metros uno del otro, revisando cada sombra con sus visores nocturnos.
—Ya entraron —susurró Don Pancho. El viejo ejidatario no usaba radio; usaba el instinto de quien ha caminado esos cerros sesenta años.
Mateo ajustó la mira de su fusil FX-05. Su corazón latía lento, pesado. Estaba exhausto, pero la adrenalina lo mantenía enfocado.
—No disparen hasta que yo lo ordene —dijo Mateo por el radio de onda corta—. Tienen que estar en la Zona Cero.
La “Zona Cero” era un tramo de cincuenta metros donde las paredes del cañón eran verticales, imposibles de escalar sin equipo. Una ratonera perfecta.
Los Kaibiles avanzaron. Su líder, “El Carnicero”, iba en el centro. Se detuvo de repente. Levantó el puño cerrado. La columna se congeló.
El Carnicero se quitó el visor nocturno un segundo. Olfateó el aire. Miró hacia arriba, hacia las paredes oscuras.
—Emboscada —dijo El Carnicero con voz tranquila, amplificada por el eco del cañón—. Arriba.
Eran demasiado buenos. Habían detectado algo. Quizás el roce de una tela, quizás el olor del miedo de los cazadores.
—¡Contacto arriba! —gritó El Carnicero—. ¡Fuego de supresión!
El cañón estalló en luz y ruido. Los cinco mercenarios abrieron fuego simultáneo hacia las crestas. Las balas trazadoras verdes (munición especial) rasgaban la oscuridad, impactando contra las rocas donde estaban ocultos Mateo y sus hombres.
—¡Abajo! —gritó Mateo mientras las astillas de piedra le llovían en el casco.
Luis, uno de los cazadores jóvenes, gritó. Una bala le había rozado el brazo.
—¡Ahora, Chema! —gritó Mateo por el radio.
No hubo respuesta verbal. Hubo una explosión.
Don Chema, el ferretero, no estaba ahí, pero su obra sí. Había fabricado “minas” direccionales con tubos de PVC, pólvora negra (de cohetes de fiesta) y clavos de concreto. Estaban enterradas en el lecho del río y conectadas por cables.
¡BOOM! ¡BOOM!
Dos explosiones sacudieron el suelo del cañón. No eran lo suficientemente potentes para matar a un hombre con chaleco de placas cerámicas nivel IV, pero sí para aturdir y herir las piernas.
Uno de los Kaibiles cayó gritando, con las piernas llenas de metralla improvisada. El humo de la pólvora negra llenó el barranco, cegando los visores nocturnos de los mercenarios.
—¡Fuego a discreción! —ordenó Mateo.
Los cazadores se asomaron y empezaron a disparar con sus rifles de venado (.270 y 30-06). No tenían la cadencia de fuego de los fusiles de asalto, pero conocían sus armas.
Un Kaibil recibió un impacto en el cuello (la única parte no blindada) y cayó silenciado.
Quedaban tres y el herido.
—¡Rompan contacto! —ordenó El Carnicero—. ¡Humo!
Los mercenarios lanzaron granadas de humo militar de alta densidad. Una nube gris y espesa cubrió el fondo del barranco en segundos.
—Se mueven —dijo Mateo, activando su mira térmica (la única que tenían, prestada por la FGR).
Vio las siluetas de calor corriendo… no hacia atrás, sino hacia adelante. Hacia la salida del cañón.
—Van a rodearnos —dijo Mateo—. Quieren subir por la pendiente norte para agarrarnos por la espalda. Pancho, llévate a los muchachos al Punto B. Cubran la subida.
—¿Y tú? —preguntó el viejo.
—Yo voy a bajar.
—Estás loco, Mateo. Te van a matar.
—Tengo que asegurarme de que no salgan. Váyanse. ¡Ahora!
Don Pancho dudó un segundo, pero obedeció. Se llevó a los heridos hacia la retaguardia.
Mateo se quedó solo en la cresta. Respiró hondo. Se quitó el casco balístico que le pesaba demasiado. Se ajustó el cuchillo en el pecho.
Saltó.
No fue un salto suicida. Fue un descenso controlado por una ladera de derrubios, deslizándose entre las piedras hasta caer en la nube de humo en el fondo del cañón.
Entró al mundo de los fantasmas.
Visibilidad cero. Solo su mira térmica le mostraba el mundo en escalas de grises y blancos.
Escuchó un gemido. El Kaibil herido por la bomba.
Mateo se acercó. El hombre estaba en el suelo, tratando de aplicarse un torniquete en la pierna destrozada, con el fusil apuntando hacia la nada.
Mateo no dudó. Dos disparos al pecho. Neutralizado.
Quedaban tres. El Carnicero y dos escoltas.
Avanzó por el humo. Escuchó pasos a su derecha.
Un Kaibil surgió de la niebla, cuchillo en mano (habían dejado de disparar para no delatarse). Se abalanzó sobre Mateo.
Mateo bloqueó el ataque con su propio fusil, usándolo como barrera. El cuchillo del mercenario se clavó en el guardamanos de plástico del arma.
Mateo soltó el fusil, atrapó el brazo del mercenario y le dio un cabezazo en la nariz. El visor nocturno del Kaibil se rompió, cortándole la cara. El hombre gritó. Mateo sacó su pistola Sig Sauer y disparó a quemarropa bajo la barbilla del enemigo.
El cuerpo cayó pesado.
Dos menos. Quedaba uno y el jefe.
De repente, el humo empezó a disiparse por el viento nocturno. La luna llena iluminó el lecho del río.
Al final del cañón, a treinta metros, estaba El Carnicero.
Era un hombre enorme, rapado, con tatuajes tribales en el cráneo. Había tirado su chaleco y su casco para moverse más rápido. Sostenía un machete en cada mano. A sus pies, yacía su último escolta, muerto (probablemente por fuego amigo o sacrificado para distracción).
—Mondragón —dijo El Carnicero. Su voz era tranquila, casi amigable—. Te quedaste sin balas, ¿verdad?
Mateo revisó su pistola. La corredera estaba abierta. Vacía. Tiró el arma al suelo.
—Tú también —dijo Mateo.
—Las balas son para los cobardes —El Carnicero chocó los dos machetes, sacando chispas—. El acero es para los hombres.
El mercenario empezó a caminar hacia Mateo. No corría. Caminaba disfrutando el momento.
Mateo sacó su cuchillo tanto. Era ridículamente pequeño comparado con los dos machetes del guatemalteco.
—Te voy a abrir en canal y me voy a comer tu corazón —dijo El Carnicero, sonriendo—. Es una tradición.
—Hablas mucho —dijo Mateo. Adoptó una postura defensiva de Krav Maga.
El Carnicero atacó. Fue un torbellino de acero. Tajo cruzado, estocada, tajo descendente. Mateo esquivaba por milímetros, retrocediendo, saltando sobre las rocas.
Un tajo le alcanzó el brazo izquierdo. Un corte profundo. La sangre caliente empapó su manga.
Otro tajo le rozó el muslo.
Mateo estaba perdiendo. El alcance y la fuerza del Carnicero eran superiores. Estaba cansado, herido y viejo para esto.
Tropezó con una raíz. Cayó de espaldas.
El Carnicero soltó una carcajada y levantó ambos machetes para el golpe final, el golpe que lo decapitaría.
—¡Muere!
Pero el Carnicero cometió el error clásico: se confió. Levantó los brazos demasiado, exponiendo su torso.
Mateo no intentó levantarse. Desde el suelo, con un movimiento explosivo de abdominales, lanzó sus piernas hacia arriba. Sus botas, con suela de acero, impactaron en el pecho del Carnicero como una coz de mula.
El gigante salió despedido hacia atrás, perdiendo el aire.
Mateo rodó, se puso de pie, tomó una piedra del tamaño de un melón y se lanzó sobre él antes de que recuperara el aliento.
No usó el cuchillo. Usó la piedra.
Golpeó la mano derecha del Carnicero, rompiéndole los dedos. El machete cayó.
Golpeó la cara. Una, dos veces.
El Carnicero, aturdido, intentó acuchillarlo con la mano izquierda. Mateo atrapó la muñeca, giró el brazo hasta que el hombro se dislocó con un crujido húmedo.
El mercenario gritó.
Mateo le puso la rodilla en el cuello. Tomó el propio machete del Carnicero y lo puso sobre la garganta del hombre.
—¿Tradición? —jadeó Mateo, con sangre goteando de su frente a la cara del mercenario—. Mi tradición es dejar vivir a la basura para que le cuente a los demás que aquí no se entra.
El Carnicero lo miró con odio, pero también con miedo. Por primera vez en su vida, sintió el frío de la muerte.
—Mátame —susurró—. Si me dejas vivo, volveré.
—No —dijo Mateo—. No volverás. Porque vas a llevar un mensaje.
Mateo se levantó.
—Dile a tus patrones que San Miguel no es una plaza. Es un cementerio para gente como ustedes.
El sonido de sirenas a lo lejos rompió el momento. Luces azules y rojas se veían en la carretera que bordeaba el cañón superior. La caballería había llegado. Tarde para pelear, pero a tiempo para limpiar.
El Carnicero se levantó trabajosamente, sujetándose el brazo roto. Miró a Mateo una última vez y cojeó hacia la oscuridad del bosque, derrotado y humillado. Un guerrero de élite vencido por un “granjero”.
Mateo se dejó caer sentado en una roca. El dolor de sus heridas lo golpeó de repente como un tren de carga. Todo se volvió borroso.
Vio luces de linternas bajando por la ladera.
—¡Mateo! ¡Mateo!
Era la voz de Don Pancho. Y la de Sandoval.
—Aquí… estoy… —susurró Mateo, y cerró los ojos.
EL DÍA DESPUÉS
Despertó en su propia cama.
No en el hospital. En su casa. O lo que era su casa: una habitación provisional en la construcción nueva.
La luz del sol entraba por la ventana, limpia y clara. Olía a café y a tortillas recién hechas.
Mateo intentó sentarse. Todo le dolía, pero estaba vendado profesionalmente.
Doña Lucha entró a la habitación. Al verlo despierto, dejó la charola con el desayuno y corrió a abrazarlo, con cuidado.
—¡Despertaste, condenado! ¡Nos tenías con el alma en un hilo!
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Mateo, con la garganta seca.
—Dos días. Tuviste fiebre alta. Infección en los cortes. Pero el doctor del pueblo te cosió y te dimos antibióticos de caballo.
—¿Qué pasó?
—Ganamos, mijo. Ganamos.
Mateo salió al porche, apoyándose en Doña Lucha.
Lo que vio lo dejó sin palabras.
El camino de entrada a su rancho estaba lleno de gente. No era una turba. Era una fiesta.
Había mesas largas con comida. Música de banda (bajita, por respeto a su descanso). Niños corriendo.
Al verlo salir, la música paró. Todos se pusieron de pie.
Don Pancho, con el brazo en cabestrillo, se acercó.
—Los federales encontraron a los otros mercenarios —dijo Pancho—. Muertos o huidos. El que dejaste ir… lo agarraron en la carretera, desangrándose. Cantó todo antes de desmayarse.
—¿Y el Cártel?
Sandoval apareció entre la gente, vistiendo ropa civil. Se veía relajado por primera vez desde que llegó.
—Hubo una reunión ayer en la capital —dijo Sandoval, dándole una taza de café a Mateo—. Entre mandos de la SEDENA y “ciertos representantes”. Parece que llegaron a un acuerdo tácito. San Miguel se declaró “Zona Neutral”.
—¿Zona Neutral?
—Significa que es demasiado costoso para ellos. Perdieron a los Barroso, perdieron a su equipo de élite y perdieron el anonimato. La prensa nacional tiene los ojos puestos aquí. Decidieron que no vale la pena pelear por una brecha cuando tienen todo el resto del estado. Se retiraron, Mateo.
Mateo miró hacia la brecha, hacia el norte.
—¿Se fueron para siempre?
—En este negocio, “para siempre” no existe. Pero por ahora… por los próximos años… San Miguel es libre.
Mateo asintió. Se sentó en la silla mecedora que alguien había puesto en el porche.
Una niña pequeña, la nieta de Doña Lucha, se acercó tímidamente y le entregó un dibujo. Era un monigote con un rifle, parado frente a una casa grande, con un sol sonriente.
Debajo decía: “Gracias Tío Mateo”.
Mateo sintió que se le quebraba algo por dentro. No costillas, ni huesos. Se le rompió la coraza que había llevado puesta durante veinte años de servicio y soledad.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla curtida.
—Gracias —le dijo a la niña.
EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS
El sol de la tarde bañaba los campos de maíz, que ahora estaban altos y verdes, listos para la cosecha. El sistema de riego por goteo funcionaba perfectamente, un proyecto comunitario que Mateo había diseñado y que el pueblo había construido.
Mateo Mondragón caminaba entre los surcos, revisando las mazorcas. Ya no cojeaba. Las cicatrices seguían ahí, plateadas sobre su piel morena, mapas de una vida violenta que ya parecía lejana.
Llegó al final del campo, donde colindaba con la escuela primaria recién remodelada (con fondos recuperados de las cuentas de los Barroso).
Escuchó el timbre de salida. Los niños salieron corriendo en tropel.
—¡Don Mateo! ¡Don Mateo!
Un grupo de niños corrió hacia la cerca. Mateo sacó de su bolsa unos dulces de tamarindo y los repartió.
—¿Cómo les fue en el examen? —preguntó.
—¡Saqué diez en matemáticas! —gritó uno.
—¡Yo aprendí a decir “frijol” en inglés! —dijo otro.
Mateo sonrió. Esta era la verdadera victoria. No los muertos en la barranca, ni los criminales en la cárcel. La victoria era que estos niños pudieran ir a la escuela sin miedo a ser reclutados como halcones, sin ver camionetas con hombres armados en las esquinas.
Siguió su camino hacia el pueblo.
Pasó por la ferretería. Don Chema estaba afuera, pintando la fachada de un azul brillante.
—¡Buenas tardes, Compa Mateo! ¿Va por su café?
—Como siempre, Chema.
Llegó a la plaza. En el centro, donde antes solo había tierra seca, ahora había un jardín cuidado, con rosales y una placa pequeña de bronce en una piedra.
No tenía el nombre de Mateo. Decía:
“En honor a los hombres y mujeres de San Miguel que defendieron su tierra. La libertad no se pide, se siembra.”
Entró a la Fonda de Doña Lucha. El lugar estaba lleno. Turistas, gente de paso, locales. El negocio prosperaba.
—¡Mesa cinco para el General! —gritó Doña Lucha desde la cocina, bromeando.
Mateo se sentó en su mesa habitual, la de la esquina, con la espalda a la pared. Viejos hábitos. Pero ahora, su pistola no estaba en la cintura; estaba guardada en la caja fuerte de su casa.
Mientras tomaba su café, su teléfono sonó. Número desconocido.
Mateo contestó.
—¿Bueno?
—Hola, hermano —era la voz de Rosa, su hermana—. Ya vamos llegando. Estamos en el entronque. Traigo a los niños y a mamá. Dice que quiere conocer tu “paraíso”.
Mateo sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, que le llegó a los ojos.
—Aquí los espero. Manejen con cuidado. La carretera es segura.
Colgó el teléfono.
Miró a través de la ventana. El sol se estaba poniendo sobre la Sierra Madre, pintando el cielo de colores naranjas y violetas. Era el mismo paisaje que había visto el día que llegó, buscando un lugar para morir en paz.
Se equivocó. No encontró un lugar para morir.
Encontró un lugar para vivir. Y algo por lo que valía la pena matar, sí… pero más importante, algo por lo que valía la pena vivir.
Mateo Mondragón, el ex-comandante de Fuerzas Especiales, el “Fantasma”, el héroe reacio, tomó un sorbo de su café, cerró los ojos y, por primera vez en su vida, no escuchó ningún ruido. Solo paz.
FIN