
PARTE 1: EL SACRIFICIO DE LA ESPOSA PERFECTA
CAPÍTULO 1: El Príncipe Azul que Salió Desteñido
—¡Quietos! ¡Por el amor de Dios, no se muevan que los vamos a lastimar! Estamos intentando separarlos.
—Déjame decirte una cosa, comadre. Me llamo Paulina. Y lo que estoy a punto de contarte va a sacudirte hasta los huesos, más fuerte que un temblor del 85. Esta historia no es el típico chisme de lavadero sobre una traición cualquiera. No, mana. Esto es sobre supervivencia, sobre dignidad y sobre el tipo de venganza que deja a toda la colonia, desde la señora de los tamales hasta el cura de la parroquia, hablando por años.
Así que ármate de paciencia, sírvete un cafecito con pan dulce o mejor un tequila doble, acomódate bien en el sofá y déjame contarte cómo pasé de ser la esposa abnegada, la “mujer perfecta” que todo hombre mexicano dice querer, a convertirme en la leyenda que acaparó los titulares locales cuando los paramédicos de la Cruz Roja tuvieron que sacar a mi esposo infiel y a su “otra”… literalmente pegados como dos perros en la calle, gracias a un poco de pegamento blanco, mucha frustración y un empujoncito de justicia divina.
Pero antes de llegar a la parte jugosa, donde cambié su preciado aceite corporal por pegamento y vi al karma hacer su magia en vivo y a todo color, necesito que entiendas algo. Esta historia tiene capas, como el pastel de mil hojas, y cada capa importa para que entiendas por qué hice lo que hice. Porque una mujer no se vuelve “loca” de la noche a la mañana; a una la vuelven loca poco a poco.
Déjame empezar desde el principio, porque para entender el final, tienes que saber cómo empezó el cuento de hadas que se convirtió en pesadilla.
Conocí a Rogelio en una kermés de la parroquia del Sagrado Corazón, allá por el 2003. ¡Virgen Santísima, ese hombre era un monumento! Medía como 1.90, tenía esa piel morena color canela que brilla con el sol, hombros anchos de cargar cemento y una sonrisa que, te lo juro, podía iluminar el Estadio Azteca en pleno apagón.
Él trabajaba en la construcción en ese entonces. Era albañil, sí, pero con aspiraciones de contratista. Siempre andaba hablando de sus grandes sueños, de cómo iba a levantar casas, empezar su propia constructora y ser alguien “pesado” en la vida. Tenía una labia… hijo de su madre, tenía un verbo que mareaba. Me hablaba de cimientos, de estructuras, pero lo hacía sonar como poesía.
¿Y yo? Bueno, yo tenía 22 años, era una pollita recién salida de la facultad con mi título en Administración de Empresas bajo el brazo, trabajando en un corporativo de facturación médica en una zona godín de la ciudad. Yo era la niña buena, la que nunca rompía un plato.
Mis papás, Don Ernesto y Doña Rubí, se habían asegurado de eso. Mi papá era un hombre de esos de antes, de bigote espeso y palabra de honor. Mi mamá, una mujer que con una mirada te sentaba. Ellos se habían asegurado de que yo fuera una mujer educada e independiente antes de que siquiera me pasara por la cabeza la idea del matrimonio.
—Paulina —me decía mi mamá mientras estábamos en la cocina, batiendo la masa para los tamales de los sábados—, escúchame bien lo que te voy a decir. Asegúrate de que puedas mantenerte sola, de que sepas pagar tu luz, tu agua y tu techo, antes de dejar que cualquier pelado te mantenga. La independencia es el cimiento del respeto, mija. Si tú dependes de un hombre para comer, vas a tener que tragarte sus groserías para no morirte de hambre. Y en esta casa no criamos mártires.
Mi papá era aún más directo, con ese tono norteño golpeado que no aceptaba réplicas:
—Mija, no te estoy criando y pagando universidad privada para que seas la carga de nadie, ni la sirvienta de ningún inútil. Consigue tu título, consigue tu chamba, consigue tu propia lana. Luego, si llega un hombre que te merezca, bueno. Pero que no lo necesites. Que lo quieras. Hay una diferencia abismal entre querer a un hombre y necesitarlo. La necesidad te hace aguantar pendejadas; el querer te da la libertad de mandarlo al diablo si no te trata bien.
Y no estaban jugando. Antes de que pudiera ponerme seria con nadie, mi papá se aseguró de que tuviera mi cuenta de ahorros en el banco, mi carrito (un Chevy usado pero pagado de contado) y contactos en tres empresas diferentes por si necesitaba cambiar de jale. Mamá incluso me ayudó a empezar un pequeño negocio de banquetes los fines de semana, enseñándome sus recetas secretas de mole y cochinita pibil. Querían asegurarse de que su hija nunca, jamás, tuviera que quedarse en una situación de abuso por no tener a dónde ir. Padres sabios, de verdad. Muy sabios. Ojalá hubiera escuchado más a mi cabeza y menos a mis hormonas en ese entonces.
Pero el amor… ay, comadre, el amor te apendeja. El amor te pone unos lentes color de rosa que hacen que las banderas rojas parezcan banderitas de fiesta.
Rogelio me cortejó a la antigua, y eso me desarmó. Misa todos los domingos, agarraditos de la mano durante el Padre Nuestro, cargándome la bolsa, abriéndome la puerta del coche. Se ganó a mis papás con un respeto absoluto, diciéndole “Don Ernesto” y “Doña Rubí” con una humildad que parecía genuina.
Hablaba de nuestro futuro como si ya estuviera escrito en oro.
—Paulina, mi amor, tú y yo somos dinamita —me decía mientras comíamos esquites en el parque—. Vamos a construir un imperio. Yo pongo la fuerza y tú pones el cerebro. Te voy a cuidar como a la reina que eres. Nunca te va a faltar nada, te lo juro por mi madrecita santa.
Y, tonta de mí, le creí cada palabra. Le creí porque quería creerle. Porque era guapo, porque me hacía sentir deseada, y porque a los 23 años una piensa que el amor lo puede todo.
Nos comprometimos después de un año y medio de novios. Tuvimos el bodorrio del año en el 2005. Vestido blanco corte princesa, cinco damas de honor vestidas de color durazno (que ahora veo las fotos y digo “¡qué horror!”), recepción en el salón del sindicato con grupo versátil y mariachi a la medianoche. Mamá se aseguró de que todo fuera perfecto, que no faltara el pastel de tres pisos, y papá me llevó al altar con los ojos llorosos, entregándome a un hombre que prometió ante Dios y ante los hombres cuidarme hasta que la muerte nos separara.
Me sentía flotando en las nubes, lista para empezar esa vida hermosa de “casita, coche y perro” con mi marido. Pensé: “Ya la hice. Tengo mi carrera, tengo a mi hombre, tengo mi futuro”.
Pero ya sabes lo que dicen las abuelas: “La luna de miel dura lo que tarda en llegar el primer recibo de la luz”.
Tres meses. Eso fue lo que duró la fantasía. Tres meses después de que nos casamos, Rogelio llegó a la casa un martes a las 11 de la mañana, con la cara larga y oliendo a cerveza.
—Me corrieron, flaca —me dijo, tirándose en el sofá sin quitarse las botas llenas de mezcla.
—¿Cómo que te corrieron, Rogelio? —le pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Pues es que el arquitecto es un imbécil, me traía de encargo. Hubo recorte de personal y pues, ya sabes, siempre sacan al más chingón porque les da envidia.
—Bueno, amor, no te preocupes —le dije, sobándole la espalda, siendo la esposa comprensiva que leí en las revistas—. Eres muy bueno en lo que haces. Seguro encuentras algo rápido.
—Sí, nena. Es temporal. La compañía está haciendo cambios. Encontraré algo rápido, vas a ver.
“Rápido”. Esa palabra se convirtió en mi maldición.
“Rápido” se convirtieron en 6 meses.
Seis meses de yo levantándome a las 5:00 a.m. en punto, bañándome con agua fría para despertar, maquillándome en el transporte o en el coche mientras cruzaba la ciudad en el tráfico infernal para llegar a checar tarjeta. Mientras tanto, él roncaba a pierna suelta hasta el mediodía.
Seis meses de llegar a casa muerta de cansancio a las 7 u 8 de la noche, y encontrarlo en el mismo sillón, con la misma ropa, jugando videojuegos o viendo la repetición del partido de fútbol. Los platos del desayuno seguían en la mesa. La cama estaba deshecha. El cesto de la ropa sucia desbordándose.
—¿Qué hubo, amor? —me decía sin despegar la vista de la tele—. ¿Qué hay de cenar?
Seis meses de preguntar con miedo:
—Oye, Ro… ¿llevaste alguna solicitud hoy? ¿Fuiste a ver al compadre que te dijo de la obra en el centro?
Y recibir puro veneno y actitud a cambio.
—¡Ya, Paulina! ¡No empieces a fregar! Deja de presionarme, pareces disco rayado. Estoy viendo mis asuntos, estoy moviendo mis contactos. Un hombre de mi experiencia necesita encontrar la oportunidad correcta, no voy a agarrar cualquier chambita de chalán. Yo soy oficial, Paulina, tenme respeto.
¿La oportunidad correcta? ¡Por favor! Mientras él esperaba su “oportunidad de oro” para ser el jefe, los recibos no esperaban. La renta vencía puntualmente el día 5. A la Comisión Federal de Electricidad le valía madre si Rogelio tenía el orgullo herido, si no pagabas, te cortaban la luz. El supermercado no tenía una caja especial para “esposos desempleados con sueños de grandeza”.
Así que hice lo que tenía que hacer. Me fleté. Me amarré las faldas y di el paso al frente.
¿Qué más iba a hacer? ¿Dejar que nos echaran a la calle? Empecé a meter horas extra en la oficina de facturación. Salía de ahí y me iba a ayudar a mi mamá con los banquetes los fines de semana. Cargaba ollas de tamales, decoraba salones, servía mesas hasta que los pies me palpitaban y sentía que se me iban a caer los dedos.
Y ¿saben qué? Lo peor de todo es que no me quejé. Ni una sola vez le grité. Ni una sola vez le dije “¡levántate huevón y ponte a trabajar!”. Porque eso es lo que hacen las buenas esposas mexicanas, ¿no? Nos enseñaron a ser el pilar, la fortaleza. “Aguanta vara, mija, el matrimonio es una cruz”, decían las tías. Apoyamos al marido cuando anda mal, porque “hoy por ti, mañana por mí”.
Eso era lo que creía en mi corazón. Que era una racha. Que él estaba deprimido. Que mi amor y mi esfuerzo lo iban a sacar adelante.
Pero aquí está la cosa que me empezó a carcomer por dentro, como una termita en la madera. No era solo el dinero. No era solo el cansancio físico de trabajar por dos. Era la actitud. Era la ingratitud.
Empezó a tratar mis esfuerzos como si fueran nada. Como si fuera mi OBLIGACIÓN mantenerlo. Como si el hecho de que yo nos mantuviera a flote, pagara su celular, su comida, sus cervezas y hasta la gasolina del coche que él usaba para “ir a buscar trabajo”, no mereciera ni un maldito “gracias”.
Un día, recuerdo claramente, llegué a casa después de un turno de 12 horas. Teníamos cierre de mes en la empresa y yo me había ofrecido para quedarme tarde y ganar el bono de productividad. Caminé las tres cuadras desde la parada del camión porque el coche lo traía él. Me dolían hasta las pestañas.
Entré al departamento soñando con quitarme los tacones, ponerme la pijama y tal vez, solo tal vez, que mi esposo me hubiera preparado un sándwich.
Abrí la puerta y el olor a cigarro y grasa me golpeó la cara. Ahí estaba Rogelio en la sala. Pero no estaba solo. Estaban sus amigotes, el “Beto” y el “Chuy”, esos parásitos que siempre andaban con él. Estaban desparramados en mis sillones, con las patas arriba de la mesa de centro que yo había comprado con mi aguinaldo.
Había botellas de caguama vacías por todos lados. Cajas de pizza grasientas. Y en la mesa… los tuppers con el guisado que yo había cocinado la noche anterior para que tuviéramos comida toda la semana. Se lo habían tragado todo.
—¡Quihubo, flaca! —gritó Rogelio, con los ojos rojos y esa risa tonta de los borrachos—. Llegaste justo a tiempo. Oye, se nos acabó la cheve y al Beto ya le dio sed. ¿Te lanzas al OXXO por un six y unos cigarros? Ah, y de paso tráete unas papas, que ya hace hambre.
Me quedé parada en la entrada, con el bolso pesado cortándome el hombro, con mi traje sastre arrugado, viendo a estos tres zánganos. Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza.
—Rogelio… —dije con la voz temblando, tratando de no llorar ahí mismo de pura rabia—. Estoy muerta. Vengo de trabajar 12 horas. No hay comida. Se acabaron el guisado de la semana.
El Beto y el Chuy se miraron incómodos, pero no se movieron. Rogelio se puso serio, esa seriedad de macho ofendido frente a sus amigos.
—Ay, no seas exagerada, mujer. Es aquí a la vuelta. No te cuesta nada. Mis compas vinieron a visitarme, ¿qué quieres que haga? ¿Que los corra? No me hagas quedar mal, Paulina. Ándale, no seas gacha. Toma… —metió la mano a su bolsa, sacó pelusa y se dio cuenta de que no traía dinero—. Bueno, tú pagas y luego te doy. Ándale, mi reina.
Sus “muchachos” tragando mi comida y bebiendo mi cerveza mientras yo trabajaba para pagarla. Me miraban esperando que les sirviera.
¿Y saben qué hice? ¿Saben qué hizo la idiota de Paulina del 2005?
Fui a la tienda.
Sí, fui al OXXO. Compré sus cervezas. Compré sus cigarros. Compré sus papas. Regresé, se las puse en la mesa y me fui a encerrar al cuarto a llorar en silencio para que no me escucharan.
¿Por qué? Porque lo amaba. O eso me decía. Porque creía que si era lo suficientemente “buena”, él eventualmente se daría cuenta y cambiaría. Porque mi mamá siempre decía: “Una buena mujer edifica su casa, la necia la destruye con sus manos”. Y yo tenía pánico de ser la necia. Tenía pánico de que si le reclamaba, él se enojara y se fuera, o peor, que dejara de quererme.
Lo que no entendía entonces, y lo que me costó lágrimas de sangre aprender, es la diferencia abismal entre apoyar a un hombre que está pasando por un mal momento y habilitar a un vividor que está cómodo en su fracaso. Rogelio no estaba en una mala racha; Rogelio estaba de vacaciones pagadas por mí.
Y ese fue solo el primer año. Las cosas apenas estaban empezando a pudrirse, pero yo estaba demasiado ocupada tratando de ser la esposa perfecta como para darme cuenta de que estaba regando una planta muerta.
CAPÍTULO 2: La Supermujer y el Hombre de Adorno
Las cosas se pusieron color de hormiga cuando decidimos que ya era hora de encargar a la cigüeña. Después de un año de casados, con la situación económica “más o menos” estable (léase: yo matándome trabajando y él aportando para los chicles de vez en cuando), pensamos que era el momento de dar el siguiente paso.
En México, comadre, tú sabes que una no se casa solo con el marido; se casa con la expectativa de la familia entera. Y la presión por los nietos no es una sugerencia, es una orden ejecutiva.
Rogelio estaba emocionado con la idea de ser papá. “Voy a tener un varoncito, un ‘Rogelito’ que juegue fútbol conmigo y al que le voy a enseñar a ser un hombre de verdad”, decía, inflando el pecho como palomo de plaza. Yo, por mi parte, moría por ser mamá. Ya me veía con mi panza, decorando el cuarto, sintiendo las pataditas. Era el sueño que nos faltaba para que nuestra “familia perfecta” de las fotos se sintiera real.
Pero pasaban los meses y nada.
Pasó un año. Pasó año y medio. Cada mes, la llegada de “Andrés” (tú me entiendes) era una lloradera en el baño. Yo me sentía defectuosa, incompleta. Empecé a tomar tés de hierbas que me recomendaba la vecina, a poner las piernas hacia arriba después de tener intimidad, a prenderle veladoras a San Ramón Nonato. Hice de todo.
—A lo mejor deberíamos ir al doctor, Rogelio —sugerí una noche, con el miedo atorado en la garganta, después de ver otra prueba de embarazo negativa—. Ya llevamos casi dos años intentando y nomás no pega el chicle.
Rogelio estaba viendo el fútbol, con una caguama en la mano (comprada por mí, obvio). Se volteó y me miró como si le hubiera mentado la madre.
—¿Qué estás diciendo? —su voz se puso rasposa—. ¿Insinúas que hay algo mal conmigo? A mí no me pasa nada, Paulina. Yo soy puro toro. Mi abuelo tuvo quince hijos, mi papá siete. Los Ramírez somos fértiles hasta con la mirada. El problema seguro eres tú, que te estresas mucho con el trabajo ese. Estas cosas toman tiempo, relájate.
Pero yo no podía relajarme. Así que hice cita con mi ginecóloga, la Dra. Pati Villarreal, una eminencia en Monterrey, cara como la lumbre, pero buenísima. Pagué la consulta con mis bonos de productividad. Me hizo estudios de todo: hormonas, útero, trompas, ovulación. Me revisaron hasta el apellido.
Dos semanas después, estaba sentada en su consultorio, sola, porque Rogelio “tenía una chambita” y no pudo acompañarme.
—Señora de Ramírez —me dijo la Dra. Pati, quitándose los lentes—, usted está perfecta. Tiene un sistema reproductivo de libro de texto. Óvulos sanos, todo en orden. No hay ninguna razón fisiológica por la cual usted no pueda embarazarse.
—¿Entonces? —pregunté, sintiendo un alivio mezclado con pánico.
—A veces es cosa de dos, Paulina. De hecho, el 40% de los problemas de infertilidad son masculinos. ¿Su marido se ha checado?
¡Ay, Dios mío! Llegar a casa y decirle eso a Rogelio fue como intentar desactivar una bomba con un martillo.
—¡Estás loca! —gritó, aventando el control remoto—. ¡Esos doctores son unos sacadineros! ¡Me quieren ver la cara de imbécil! ¿Me estás diciendo que no soy lo suficientemente hombre para preñarte? ¿Eso me estás diciendo en mi propia casa?
—No, mi amor, no es eso —traté de calmarlo, usando ese tono suave que una usa con los niños berrinchudos o con los borrachos—. La doctora solo dijo que es un trámite. Un examen de rutina. Un vasito y ya. Por favor, hazlo por nosotros. Hazlo por el bebé que queremos.
Me costó tres meses convencerlo. Tres meses de súplicas, de llorar en la cama, de sobornarlo emocionalmente. Finalmente, después de una pelea donde me rompí y le grité que si no se hacía el examen yo asumía que él no quería tener hijos conmigo, accedió. Fue al laboratorio arrastrando los pies, con lentes oscuros y gorra para que nadie lo reconociera, como si fuera a comprar droga en lugar de hacerse un análisis médico.
Los resultados llegaron una semana después.
Azoospermia leve y baja motilidad. En español: sus “soldaditos” eran pocos y, además, eran flojos. No nadaban. Se quedaban ahí tirados, igualitos a su dueño en el sofá los domingos.
La condición era tratable, pero definitivamente era la razón por la que no quedábamos embarazados.
Cuando la doctora nos explicó los resultados, vi cómo el color se le iba de la cara a Rogelio. Se hizo chiquito en la silla. Su orgullo de “macho norteño”, de “toro semental”, se desinfló como un globo picado. Sentí pena por él, de verdad. Le agarré la mano para apoyarlo.
Pero entonces, su reacción no fue de tristeza, ni de buscar soluciones juntos. Fue de pánico y vergüenza tóxica.
—Esto no sale de este cuarto —dijo, señalándonos con el dedo a la doctora y a mí—. Nadie se entera. ¿Me oíste, Paulina? Nadie. Ni mi mamá, ni mis hermanos, ni tus papás. Nadie.
—Pero amor, no tiene nada de malo, es una condición médica…
—¡Dije que nadie! —me cortó, con los ojos inyectados de furia—. Si se corre la voz de que… de que tengo “problemas”, soy el hazmerreír. Así que tú te callas la boca.
Y me callé.
El problema de callarse, comadre, es que alguien tiene que cargar con la culpa. Y en nuestra cultura, si una pareja no tiene hijos, la culpa siempre es de la mujer.
Empezó el calvario de las reuniones familiares. Cada domingo, en casa de mi suegra, Doña Dorotea (que Dios la tenga en su gloria, pero qué señora tan difícil), el tema era mi útero.
—Ay, mija —decía Doña Dorotea mientras servía el asado de puerco, asegurándose de que toda la mesa escuchara—, ¿y para cuándo el nieto? Ya se te está pasando el arroz. Mira que a los 30 ya es embarazo de riesgo.
—En eso estamos, suegra. En los tiempos de Dios —respondía yo, bajando la cabeza, sintiendo las miradas de mis cuñadas clavadas en mi nuca.
—Pues habrá que rezarle más fuerte, porque Rogelio siempre ha sido muy niñero. Pobrecito de mi hijo, él que tiene tanta ilusión. Ojalá no haya salido… “seca” la tierra, si me entiendes.
Yo miraba a Rogelio, esperando que dijera algo. Esperando que me defendiera. Que dijera: “Mamá, déjala en paz, es un tema de los dos”. O al menos: “Ya vendrán, no la molestes”.
¿Pero qué hacía mi valiente esposo? Se llenaba la boca de tortilla, le daba un trago a su Coca-Cola y decía:
—Ya sabes cómo son las mujeres de ahora, amá. Primero quieren hacer carrera, el dinero, y luego la familia. Yo por mí ya tendría tres, pero pues… aquí Paulina tiene sus tiempos.
¡El muy maldito me echaba la culpa a mí! Usaba mi carrera y mi éxito profesional (que, por cierto, pagaba la comida que se estaba tragando) como la excusa de su infertilidad. Y yo, ahí sentada, tragándome el coraje y las lágrimas, aguantando que me dijeran “egoísta”, “ambiciosa” y “seca”, todo para proteger su precioso y frágil ego de macho.
Porque eso hacen las buenas esposas, ¿verdad? Protegemos al hombre incluso cuando el hombre nos usa de escudo.
Finalmente, gracias a Dios y a mi tarjeta de crédito, quedamos embarazados en 2008.
Fueron tratamientos de fertilidad carísimos. Inseminaciones, hormonas que me ponían loca, inyecciones en la panza que me dejaban moretones. ¿Quién pagó todo eso? Yo. ¿Quién iba a las farmacias especializadas? Yo. ¿Quién se aguantaba los cambios de humor y los dolores? Yo.
Rogelio nunca puso un peso. “No tengo lana ahorita, flaca, pero en cuanto me caiga lo de la obra te lo repongo”, decía. Nunca cayó nada. Es más, se quejaba de que las hormonas me ponían “insoportable”.
Pero cuando nació el pequeño Marquitos (bueno, le pusimos Malik porque Rogelio quería algo “moderno e internacional”, hazme el favor), todo cambió… para la galería.
En la sala de espera del Hospital Muguerza, Rogelio parecía el alcalde en campaña.
—¡Ese es mi muchacho! —le gritaba a sus hermanos, enseñando al bebé a través del cristal—. ¡Miren nomás qué porte! ¡Igualito a su padre! ¡Pura sangre Ramírez, cabrones! ¡Les dije que les iba a dar un nieto varón!
Yo estaba en la cama de recuperación, con una cesárea que me ardía como si me hubieran partido a la mitad, agotada después de 18 horas de labor de parto fallida, escuchando cómo él se llevaba todo el crédito de un milagro que me había costado sangre, sudor y casi medio millón de pesos.
Pero sonreí. Estaba tan feliz de ser mamá que no me importaba. Pensé: “Ahora sí. Ahora que es papá, va a sentar cabeza. Un hijo cambia a un hombre”.
Ilusa. Pobre ilusa de mí.
Rogelio estuvo emocionado con la idea de ser papá exactamente dos semanas. Mientras el bebé era la novedad y venían las visitas a traer regalos, él era el padre del año. Lo cargaba para la foto, lo presumía.
Pero en cuanto las visitas se fueron y empezó la realidad… Rogelio desapareció.
Cuando Marquitos lloraba a las 3 de la mañana con cólicos, Rogelio se tapaba la cabeza con la almohada.
—Paulina, calla al niño, por favor. Mañana tengo que ir a ver a un arquitecto temprano.
—Rogelio, yo también trabajo. Estoy de incapacidad, pero sigo atendiendo correos. Estoy muerta. Ayúdame.
—Ay, pero tú eres la mamá. Tú tienes el instinto. A mí no se me calma, contigo sí. Además, a mí me da asco cambiar pañales con caca aguada, yo no sirvo para eso. Esas son cosas de mujeres.
“Cosas de mujeres”. La frase mágica para librarse de cualquier responsabilidad que implicara oler mal, desvelarse o esforzarse.
Así pasaron los años. Tuvimos dos hijos más: Jazmín en 2010 y el pequeño Rogelio Jr. en 2012. Con cada embarazo, yo tenía la estúpida esperanza de que las cosas fueran diferentes. Pensaba: “Bueno, ahora con la niña se va a ablandar”. O “Ahora con el tercero ya va a sentir la responsabilidad económica y se va a poner las pilas”.
Pero no. Al contrario. Se hizo más cómodo. Se acostumbró a que yo resolvía todo.
—¿Quién va a llevar a los niños al pediatra? —preguntaba yo.
—Pues tú, pide permiso en la chamba. Tú sabes qué decirles a los doctores, yo no entiendo de medicinas.
—¿Quién va a ir a la junta de la escuela?
—Tú, flaca. A ti te caen bien las maestras. Yo me aburro.
—¿Quién va a pagar las inscripciones?
—Pues pásale la tarjeta, ahí luego vemos cómo nos acomodamos.
“Ahí luego vemos”. Ese era su lema de vida. Mientras tanto, yo me estaba partiendo el lomo.
Para el 2011, me habían ascendido a Gerente de Operaciones en la empresa. Ganaba bastante bien, tenía prestaciones, seguro de gastos médicos mayores (que cubría a toda la familia, incluido al zángano de mi marido) y coche de la compañía. Además, mi negocio de banquetes, “Sazón de Paulina”, estaba creciendo. Ya no solo hacía taquizas; hacía bodas, quinceaños, eventos corporativos. Mis fines de semana eran una locura, cocinando para 200 personas, coordinando meseros, cargando hieleras.
¿Y Rogelio? Él seguía en lo mismo. “Trabajos temporales”. Agarraba una obra tres meses, se peleaba con el capataz o con el arquitecto porque “no valoraban su talento”, y lo corrían o renunciaba. Luego se pasaba dos meses en el sofá, “buscando la oportunidad correcta”.
Pero aquí viene lo que realmente me hacía hervir la sangre, lo que me daba agruras del puro coraje.
Cuando íbamos a las fiestas, a las carnes asadas con los compadres o a las piñatas de los sobrinos, Rogelio actuaba como el gran proveedor. Se ponía su camisa Polo (que yo le compré), sus botas bien boleadas, agarraba una cerveza y se ponía a pontificar sobre economía y negocios.
—No, compadre —le decía a su primo—, la situación está dura, pero gracias a Dios en la casa no falta nada. Estamos pensando en cambiar la camioneta el próximo año, a lo mejor nos vamos por una de esas Cheyenne nuevas, ya ves que necesito espacio para la familia.
—Órale, Rogelio, qué bien te va —decían los otros.
—Sí, pues uno que le chinga duro. A mi Paulina la tengo como reina, no dejo que le falte nada. Ella trabaja ahí en sus cositas para distraerse, ya sabes, para que no se aburra en la casa, pero el peso fuerte lo llevo yo.
Yo estaba a dos metros, sirviendo los platos de los niños, limpiando mocos y escuchando cómo este hombre, que esa misma mañana me había pedido 200 pesos para ponerle saldo a su celular, se vendía como el gran magnate de la construcción.
¿Y por qué no lo desmentía? ¿Por qué no gritaba “¡Mentira! ¡Yo pago hasta los calzones que traes puestos!”?
Por orgullo. Pero no el mío, el de él. Y por el “qué dirán”. Me daba vergüenza ajena. Me daba vergüenza que mi familia y mis amigos supieran que me había casado con un inútil. Así que me convertí en su cómplice. Asentía, sonreía y dejaba que el mundo creyera su mentira. Pensaba que proteger su imagen era proteger mi matrimonio.
Qué equivocada estaba. Lo único que estaba protegiendo era su comodidad y alimentando al monstruo que eventualmente me iba a morder la mano.
El punto de quiebre, o al menos el primero de muchos, llegó en 2013 con el tema de la casa.
Llevábamos años viviendo en un departamento de renta en una zona que, siendo honesta, se estaba poniendo fea. Yo quería algo mejor para mis hijos. Quería un patio donde pudieran correr, quería que cada uno tuviera su cuarto, quería seguridad.
Durante tres años, hice algo que mi mamá me enseñó: el “guardadito”.
Cada bono que me daban en el trabajo, iba al guardadito. Cada evento grande de banquetes, la mitad de la ganancia iba al guardadito. Dejé de comprarme ropa, dejé de ir al salón de belleza (me pintaba el pelo yo sola en el baño), dejé de salir a comer. Ahorré como una hormiga enloquecida.
Junté 300,000 pesos. En ese entonces, era un dineral, suficiente para un muy buen enganche de una casa en una colonia privada en Apodaca, zona de crecimiento, bonita, familiar.
Cuando encontré la casa perfecta —tres recámaras, dos baños y medio, cochera techada, frente a parque— sentí que el corazón se me salía del pecho. Hice los números. Con mi sueldo podía pagar la mensualidad cómodamente.
Llegué a casa esa noche con los folletos, temblando de emoción.
—¡Gordo! —le grité—. ¡Ven a ver esto!
Rogelio estaba, como siempre, en el sofá. Se acercó a ver la pantalla de mi laptop donde tenía las fotos de la casa muestra.
—Está bonita —dijo sin mucho entusiasmo—. ¿Pero para qué me enseñas esto? Esas casas son para gente de dinero, Paulina. No nos alcanza.
—Sí nos alcanza, Rogelio. Hice cuentas. La mensualidad queda en tanto, y mira… —saqué mi estado de cuenta secreto—. Tengo 300,000 pesos para el enganche y los gastos de escrituración.
Se quedó mudo. Se le abrieron los ojos como platos. Miró el papel, miró la computadora y luego me miró a mí. Yo esperaba una sonrisa, un abrazo, un “¡wow, mi amor, qué chingona eres!”.
En lugar de eso, vi cómo se le torcía la boca. Vi cómo se le oscurecía la mirada.
—¿Tienes 300,000 pesos? —preguntó bajito.
—Sí. Ahorré durante tres años. De los banquetes, de los bonos…
—¿Tuviste 300,000 pesos escondidos todo este tiempo mientras yo andaba batallando para pagar la tarjeta? ¿Mientras yo andaba estresado por dinero?
—Rogelio, tú nunca has pagado la tarjeta, la pago yo. Y si te los hubiera dicho, te los hubieras gastado en tonterías, en “inversiones” con tus amigos que nunca funcionan. Esto es para nuestro patrimonio. Para tus hijos.
—¡Ah, ahora resulta que soy un gastalón! —gritó, golpeando la mesa—. ¡Me ocultaste dinero, Paulina! Eso es traición. En un matrimonio no hay secretos. Y ahora vienes y me dices que “vamos” a comprar una casa. No, tú decidiste comprar una casa. Tú tienes el control. Tú me estás humillando.
—¿Humillándote? ¡Te estoy dando un techo propio! ¡Estoy asegurando el futuro de tu familia! ¿Por qué no puedes simplemente alegrarte?
—¡Porque no es el momento! —bramó, con la cara roja—. El mercado está inestable. Yo estoy a punto de cerrar un trato grande con un ingeniero. Cuando me caiga esa lana, YO voy a comprar la casa. YO voy a dar el enganche. Como debe ser. El hombre pone la casa. Así que olvídate de esa casita de muñecas. Vamos a esperar a que yo tenga el dinero.
—¿Esperar? —sentí que algo se me rompía por dentro—. ¿Esperar cuánto? ¿Otros ocho años? ¿Esperar a que tus “tratos” imaginarios se concreten? Mis hijos necesitan espacio hoy. Yo necesito seguridad hoy.
—¡Dije que no! ¡Soy la cabeza de esta familia y digo que no compramos nada todavía!
Se salió del departamento azotando la puerta, se subió al coche (mi coche) y se fue a emborrachar con sus amigos para lamerse las heridas de su orgullo lastimado.
Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cocina, viendo el folleto de la casa. Pensé en las palabras de mi papá: “Si un hombre no te suma, que no te reste”. Pensé en mis hijos amontonados en una recámara. Pensé en todo lo que yo había trabajado.
Y tomé una decisión. Una decisión que cambió la dinámica de nuestro matrimonio para siempre.
A la mañana siguiente, fui a la constructora.
—Quiero la casa —le dije al vendedor—. A mi nombre. Solo a mi nombre. Estamos casados por bienes separados (gracias a Dios y a la insistencia de mi papá antes de la boda), así que mi firma es la única que cuenta.
Firmé los papeles. Di el cheque. La casa era mía.
Cuando se lo dije a Rogelio una semana después, su reacción fue fría, venenosa.
—Ah, hiciste lo que se te dio la gana, como siempre. Muy bien, Doña Chingona. Compraste tu casita. Felicidades. Espero que seas muy feliz en tu castillo, reina. Pero no esperes que yo le meta un clavo a esa pared. Esa es TU casa, no la mía.
—Es la casa de tus hijos, Rogelio.
—Es el monumento a tu soberbia, Paulina. Eso es lo que es.
Nos mudamos un mes después. Debería haber sido el momento más feliz de mi vida. Ver a los niños corriendo en el jardín, tener mi propia cocina enorme… pero había una sombra negra sobre todo.
Rogelio cumplió su promesa. No movió un dedo para la mudanza. Se sentó a ver la tele mientras yo cargaba cajas con mis hermanos. No ayudó a pintar. No ayudó a armar muebles. Vivía ahí como un fantasma resentido, comiendo mi comida, durmiendo en mi cama, pero odiándome en silencio por haber logrado lo que él prometió y nunca cumplió.
Su familia tampoco ayudó.
—Ay, Paulina es tan… ambiciosa —decía mi suegra—. Le gusta llevar los pantalones. Pobre de mi hijo, se siente desplazado. Una mujer inteligente sabe hacer sentir a su hombre como el rey, no lo aplasta con la cartera.
Pero yo aguanté. Aguanté porque tenía mi casa. Aguanté porque mis hijos estaban felices. Y aguanté porque, en el fondo, todavía tenía la estúpida esperanza de que él viera mi esfuerzo y dijera: “Gracias, mi amor, perdón por ser un idiota”.
No sabía que su resentimiento estaba buscando una salida. No sabía que, al sentirse “menos hombre” en su propia casa, iba a salir a buscar a alguien que lo hiciera sentir como el “gran macho” en otro lado.
Alguien que no le pidiera cuentas. Alguien que no ganara más que él. Alguien que se creyera sus mentiras de grandeza.
Y así, mientras yo decoraba la sala de nuestra nueva casa y trabajaba doble para pagar la hipoteca, él empezó a preparar el terreno para su traición.
Todo empezó con un cambio de actitud sutil. Empezó a arreglarse más. Empezó a ponerse perfume para ir a la obra. Y empezó a llegar más tarde.
Yo estaba tan cansada, tan ocupada siendo mamá, papá, proveedora y chofer, que no vi las señales. O tal vez las vi y no quise creerlas. Porque, ¿quién iba a querer a un hombre que no tenía ni dónde caerse muerto?
Ay, comadre… si yo te contara. Siempre hay una rota para un descosido. Y siempre hay una mujer dispuesta a creerse el cuento del “esposo incomprendido” si el hombre tiene la labia suficiente.
Pero eso… eso te lo cuento en la siguiente parte, porque fue ahí donde encontré la famosa botellita de aceite. La botellita que desató el infierno.
CAPÍTULO 3: El Aceite de la Traición
Nos mudamos a la casa nueva a finales del 2013, justo antes de las fiestas decembrinas. Debería haber sido la mejor Navidad de nuestras vidas. Yo me imaginaba poniendo el arbolito en la sala grande, con los niños corriendo por las escaleras, horneando pavo en mi horno nuevo. Pero la realidad en esa casa, la casa que yo compré y que él despreciaba, se sentía más fría que un abrazo de suegra.
El 2014 fue un año extraño. Fue el año de la niebla. Yo vivía en piloto automático: levantarme, arreglar niños, llevarlos a la escuela, ir a la oficina, pelearme con proveedores, salir, recoger niños, ir al súper, llegar a casa, cocinar, limpiar, revisar tareas, dormir. Repetir. Era una máquina. Una máquina eficiente y cansada.
Y Rogelio… Rogelio se convirtió en un fantasma.
Pero no un fantasma de esos que arrastran cadenas. No. Se convirtió en un fantasma perfumado y misterioso.
Las señales estaban ahí, comadre. Siempre están ahí. Lo que pasa es que una es experta en hacerse la ciega. Una se cuenta cuentos para poder dormir en la noche. “Es que está estresado por la falta de trabajo fijo”, me decía. “Es que le pegó la crisis de los 30 y tantos”. “Es que se siente menos porque yo gano más”. Justificaba su lejanía, su mal humor, su falta de interés en mí como mujer.
Pero hubo cambios que ya no pude justificar con psicología barata.
Primero fue la higiene. Rogelio era un hombre de campo, de obra. Un hombre que consideraba que usar crema era “de nenas”. Se bañaba en las mañanas, se iba a trabajar, y regresaba oliendo a mezcla, a sudor y a tabaco. Así era él.
De repente, empezó a bañarse dos veces al día. Y lo más sospechoso: se bañaba inmediatamente al llegar a casa.
Antes, llegaba, se tiraba en el sofá, se quitaba las botas (dejando un rastro de polvo por toda mi sala) y me pedía de cenar. Ahora no. Ahora llegaba, y antes de saludarme a mí o a los niños, corría al baño.
—Voy a darme un regaderazo, vengo muy sucio —decía, esquivando mi beso de bienvenida.
Al principio pensé: “Mira qué bueno, ya le dio por la limpieza”. Pero luego me di cuenta de que no se estaba quitando la suciedad del trabajo. Se estaba quitando el olor de otra cosa. O de otra persona.
Luego fue el teléfono. El maldito celular.
Antes, su teléfono vivía tirado en la mesa de centro o conectado en la cocina, con la pantalla hacia arriba. Yo a veces contestaba si sonaba y él estaba en el baño. “Es mi mamá”, le gritaba yo. “Es el Beto”. No había secretos.
De pronto, el teléfono se convirtió en una extensión de su mano. Se lo llevaba al baño. Se lo llevaba a la terraza. Si lo dejaba en la mesa, siempre, siempre estaba boca abajo. Y le puso contraseña.
—¿Por qué le pusiste clave al celular, Rogelio? —le pregunté un día que quise agarrarlo para ver la hora.
—Por seguridad, mujer. Ya ves cómo está la inseguridad en Monterrey. Si me lo roban, no quiero que vean mis contactos de la chamba.
—¿Cuáles contactos, Rogelio? Si llevas dos meses sin obra.
—¡Ay, qué desconfiada eres! Uno nunca sabe cuándo van a llamar los ingenieros.
Y claro, los “ingenieros” llamaban mucho. A deshoras. Mensajitos a las 10 de la noche que lo hacían sonreírle a la pantalla como idiota, pero en cuanto yo entraba al cuarto, se ponía serio y bloqueaba el teléfono.
—¿Quién era?
—Nada, un meme que mandó el Chuy.
Sí, seguro el Chuy mandaba memes tan buenos que te hacían brillar los ojos, cabrón.
Pero la venda se me cayó definitivamente una tarde de octubre del 2014. El día de la lavandería.
Yo siempre revisaba los bolsillos de sus pantalones antes de meterlos a la lavadora. Ya me había pasado que se iban monedas, tornillos o tickets de la ferretería y me descomponían la máquina. Así que tenía la rutina: sacudir, meter mano, sacar basura, aventar al cesto.
Agarré sus jeans de mezclilla, esos Levi’s que le gustaban porque le hacían “buena nalga”. Metí la mano en el bolsillo derecho. Sentí algo cilíndrico, de plástico.
Lo saqué.
No era un tornillo. No era un encendedor.
Era una botellita pequeña, de unos 60 mililitros. Transparente. Con un líquido dorado y espeso adentro. Leí la etiqueta, y se me heló la sangre.
“ACEITE CORPORAL SENSORIAL – VAINILLA Y SÁNDALO. Ideal para masajes relajantes y piel suave”.
Me quedé parada en el cuarto de lavado, con el ruido de la secadora de fondo, mirando esa botellita como si fuera una granada de mano a punto de explotar.
Rogelio no usaba crema. Rogelio se lavaba la cara con jabón Zote. Rogelio tenía las manos como lija y los talones agrietados. ¿Para qué demonios quería mi marido, el albañil macho alfa lomo plateado, un aceite “sensorial” de vainilla y sándalo?
Y lo peor: la botella estaba a la mitad. Estaba usada.
Caminé hacia la sala, sintiendo que el piso se movía bajo mis pies. Él estaba ahí, viendo el fútbol.
—Rogelio —dije. Mi voz sonó extraña, como si saliera de un túnel.
—¿Mande? —ni volteó.
Le puse la botellita frente a la cara, bloqueando la televisión.
—¿Qué es esto?
Él parpadeó. Por una fracción de segundo, vi el pánico en sus ojos. Esa microexpresión de “me cacharon”. Pero Rogelio era un mentiroso profesional, y se recuperó en menos de un segundo.
—Ah… eso —soltó una risita nerviosa—. Es un aceite que me dio el Beto.
—¿El Beto? —pregunté, incrédula—. ¿Tu compadre el Beto te regaló un aceite de masaje de vainilla? ¿Ahora tienen noches de spa en la obra o qué?
—No seas payasa, Paulina. Es que… ya ves que con el cemento y la cal se me reseca mucho la piel de las manos y los codos. Me da mucha comezón. Y el Beto traía ese bote que le sobró a su vieja y me dijo: “Ten, compadre, échate tantito pa’ que no se te partan las manos”. Eso es todo.
Me miró a los ojos con esa cara de inocencia que solía derretirme.
—¿Es para las manos resecas? —repetí.
—Sí, ándale. Huele medio afeminado, ya sé, por eso me daba pena decírtelo. Pero funciona chido. Ya no me arden los nudillos.
Quería creerle. Dios mío, cómo quería creerle. Quería pensar que mi marido era un hombre rudo que se cuidaba las manos con aceite prestado, y no un hombre que se estaba untando aceite para resbalar mejor sobre la piel de otra mujer.
—Ah —dije—. Pues usa crema Lubriderm, hay un bote grande en el baño.
—Sí, sí, luego la uso. Ya, déjame ver el partido que van a tirar penal.
Me arrebató la botellita de la mano y se la metió al bolsillo de su camisa, como si nada.
Regresé al cuarto de lavado y me tuve que agarrar de la lavadora porque sentí que me desmayaba. Sabía que mentía. Mi instinto de mujer gritaba, aullaba como loba herida. Pero mi corazón de esposa tonta decía: “No, él no te haría esto. No a ti, que le has dado todo. No ahora que tienen casa. Seguro estás exagerando”.
Pero decidí no volver a ser ciega. Decidí volverme observadora.
Esa botellita se convirtió en mi obsesión. Se convirtió en el barómetro de sus mentiras.
Todos los días, cuando él se metía a bañar (sus famosos baños de llegada), yo corría a buscar su ropa. Buscaba la botella. A veces estaba en el pantalón. A veces en su mochila “de herramientas”.
La sacaba y la miraba a contraluz.
Lunes: Llena hasta la mitad.
Martes (día de “junta con el arquitecto”): Bajó un centímetro.
Miércoles: Igual.
Jueves (día que “llegó tarde por el tráfico”): Bajó otro centímetro.
Viernes: La rellenó. Estaba llena otra vez. Seguramente compró otro repuesto o la otra mujer se lo rellenó.
Era matemático. Cada vez que la botella bajaba de nivel, él llegaba a casa de mejor humor, más relajado, silbando, pero totalmente indiferente a mí. Cuando la botella no bajaba, andaba irritable, me gritaba, le molestaba el ruido de los niños.
Su “paz” dependía de vaciar esa botella en otro lado.
Y yo me empecé a morir por dentro.
Me miraba al espejo y ya no veía a la Paulina exitosa, a la Paulina gerente, a la Paulina dueña de casa. Veía a una mujer ojerosa, con unos kilos de más por los embarazos, cansada. Me preguntaba: “¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Es más joven? ¿Más bonita? ¿No le pide dinero? ¿No le pide que saque la basura?”.
La duda te corroe el alma, comadre. Te hace sentir chiquita.
Pero lo que más me dolía no era yo. Eran mis hijos.
Marquitos, mi hijo mayor, que ya tenía 7 años, era muy listo. Demasiado listo para su propio bien.
—Mamá —me preguntó una tarde mientras hacíamos la tarea—, ¿por qué mi papá ya no juega conmigo?
Sentí un piquete en el corazón.
—Papá está cansado, mi amor. Trabaja mucho.
—Pero antes también trabajaba y jugábamos a la pelota. Ahora siempre está en el teléfono o se va. El otro día le pedí que me ayudara con el lego y me dijo: “Ahorita no, Marquitos, tengo que salir”. Y se fue con su mochila, pero no llevaba el casco.
Los niños no son tontos. Ellos sienten cuando el amor se va de la casa. Sienten el frío.
—Papá te quiere mucho, mi vida. Solo… está pasando por una racha difícil.
Mentí. Mentí para proteger la imagen de su padre, mientras ese padre estaba usando su tiempo “libre” para revolcarse con alguien más.
La confirmación final, el golpe de gracia que mató a la Paulina sumisa y despertó a la Paulina vengadora, llegó en la primavera del 2015.
Un sábado cualquiera. Rogelio me dijo en la mañana:
—Oye, flaca, voy a tener que ir a checar una obra en San Pedro. Es una remodelación de un depa de lujo, me hablaron de emergencia porque se les rompió una tubería. Voy a llegar tarde.
—¿En sábado, Rogelio? —pregunté, sintiendo la bilis en la garganta.
—Pues sí, las emergencias no tienen horario. Ni modo de decirles que no, pagan doble. Me llevo el coche.
Se fue, muy arregladito para ir a arreglar una tubería rota. Camisa planchada, loción, y por supuesto, la botellita en el bolsillo.
Yo me quedé con los tres niños. Estaban inquietos, así que decidí llevarlos al súper para distraerlos y luego por un helado. Fuimos al HEB, ese que está por la zona bonita, porque quería comprar unos ingredientes especiales para un banquete que tenía la próxima semana.
Estábamos en el pasillo de papelería. Jazmín necesitaba una cartulina y plumones para un proyecto escolar. Yo estaba comparando precios de marcadores, con el carrito lleno y el pequeño Rogelio Jr. sentado en el asiento del carrito cantando una canción de la tele.
De repente, Jazmín me jaló la blusa.
—Mami… mira. ¿Ese no es mi papá?
Levanté la vista. Mi corazón se detuvo. Literalmente, sentí que dejaba de latir por unos segundos.
Ahí estaba. Al final del pasillo, cerca de la sección de farmacia y cosméticos.
Era Rogelio. Mi esposo. El padre de mis hijos. El hombre que supuestamente estaba arreglando una tubería llena de lodo.
Pero no estaba sucio. Estaba radiante. Se reía. Tenía la cabeza echada hacia atrás, riéndose de algo gracioso.
Y no estaba solo.
A su lado había una mujer. Y comadre, te juro que me dolió verla. No porque fuera una supermodelo, sino porque era todo lo contrario a lo que yo era en ese momento.
Era menudita, con piel clara, cabello largo y negro, planchado perfecto, cayéndole por la espalda como cascada. Traía unos jeans ajustados que le marcaban todo y una blusa coqueta de tirantes. Se veía… descansada. Se veía como alguien que tiene tiempo para ir al salón de belleza, para hacerse las uñas (traía unas uñas acrílicas rojas larguísimas), para cuidarse.
No traía ojeras. No traía manchas de comida de bebé en la ropa. No traía el peso del mundo en los hombros.
Estaban parados muy cerca. Demasiado cerca para ser “la dueña del depa de la tubería”. Ella tenía la mano puesta sobre el brazo de él, acariciándole el bíceps con esas uñas rojas. Él la miraba con una intensidad, con un deseo, con una adoración que yo no había visto dirigida a mí en años.
Parecían novios. Parecían una pareja feliz haciendo el súper un sábado por la tarde. Comprando cosas para su nidito de amor.
Vi que en la canastita que ella llevaba había una botella de vino, unos chocolates… y un paquete de preservativos.
El mundo se me vino encima. El ruido del supermercado, los pitidos de las cajas, la música de fondo, todo se volvió un zumbido sordo. Solo podía verlos a ellos.
La traición tiene un sabor, ¿sabes? Sabe a metal oxidado en la boca. Sabe a bilis.
—Mami, ¿le gritamos a papá? —preguntó Marquitos, a punto de levantar la mano para saludar.
Reaccioné por puro instinto de protección. No quería que mis hijos vieran el rechazo en la cara de su padre. No quería que vieran a “la otra”. No quería armar un escándalo ahí mismo y que mis hijos quedaran traumatizados viendo a su mamá agarrarse a golpes con una desconocida en el pasillo 4.
Agarré la mano de Marquitos con fuerza.
—¡No! —dije, tal vez demasiado fuerte—. No, mi amor. Ese no es papá.
—Sí es, mamá. Trae la camisa azul que tú le regalaste.
—Se parece mucho, hijo. Pero papá está trabajando en una tubería, está sucio y lejos. Ese señor solo se parece. Vámonos, rápido. Se nos hace tarde para el helado.
Di la vuelta al carrito con tanta brusquedad que casi tiro una torre de latas de atún. Arrastré a mis hijos fuera de ese pasillo, fuera de la tienda, hacia el estacionamiento.
Me subí a la camioneta (la vieja, porque él traía la buena), cerré la puerta y me quedé ahí, agarrada al volante, temblando.
—Mami, ¿estás bien? —preguntó Jazmín desde atrás.
—Sí, mi amor. Solo me dolió la cabeza de repente.
Me miré en el espejo retrovisor. Vi a una mujer con el rímel corrido, no por llorar, sino por el sudor frío. Vi a una mujer traicionada. Pero también vi algo más.
En ese momento, mientras veía mis ojos en el espejo, algo cambió. El dolor, que había sido una daga aguda, se enfrió. Se convirtió en hielo.
Ya no quería llorar. Ya no quería preguntarle “¿por qué?”. Ya no quería ir a terapia de pareja.
Quería sangre. Metafóricamente hablando, claro. Quería justicia.
Manejé a casa en silencio. Les di de cenar a los niños, los bañé y los acosté. Fui la mamá perfecta. Les leí cuentos, les di besos.
Rogelio llegó a las 10:30 de la noche.
Entró a la casa tratando de hacer poco ruido. Yo estaba sentada en la sala, a oscuras, solo con la luz de la cocina al fondo.
—¡Ay, cabrón! —saltó cuando me vio—. Me asustaste, mujer. ¿Qué haces ahí sentada como la llorona?
Se veía feliz. Olía a jabón barato (se había bañado antes de venir, seguro en casa de ella o en un motel) y a esa mezcla de satisfacción y culpa.
—¿Cómo te fue en la tubería? —pregunté. Mi voz era tranquila. Demasiado tranquila.
—Uff, pesadísimo. Un desmadre. Tuve que romper piso, cambiar codos… terminé molido. Mira mis manos —me las enseñó. Estaban limpias. Perfectamente limpias. Ni un rastro de tierra o pegamento de PVC.
—Qué bueno que pudiste arreglarlo —dije, levantándome—. Oye, fíjate que hoy fui al HEB con los niños.
Vi cómo se tensaba. Su manzana de Adán subió y bajó.
—¿Ah, sí? ¿Y eso?
—Fuimos por cosas de la escuela. Y fíjate qué curioso, vi a un hombre igualito a ti. Pero idéntico, Rogelio. Mismo peinado, misma altura… hasta traía tu camisa azul, esa que te compré en Navidad.
—Ah… mira qué loco. Dicen que todos tenemos un gemelo perdido, ¿no? —se rió, pero sonó a ladrido nervioso. Empezó a caminar hacia el cuarto—. Bueno, voy a descansar, estoy muerto.
—Estaba con una mujer —continué, sin moverme—. Una mujer de pelo largo, muy arreglada. Se veían muy… enamorados. Comprando vino y condones.
Rogelio se detuvo en seco. Se dio la vuelta lentamente. Su cara ya no tenía la sonrisa nerviosa. Ahora tenía la máscara de la agresión, la defensa del culpable.
—¿Qué me estás tratando de decir, Paulina?
—Te estoy preguntando si eras tú.
—¡Estás loca! —explotó. El clásico. El viejo confiable—. ¡Llevo todo el día partiendo la madre trabajando para traer dinero a esta casa, llego cansado, y me recibes con tus celos de enferma! ¡Por eso uno no quiere llegar a esta casa! ¡Siempre inventando historias! ¡Seguro viste a cualquier pelado y ya te hiciste la telenovela en la cabeza!
Se acercó a mí, invasivo, intimidante.
—¡Mírame las manos! —me las puso en la cara—. ¿Crees que estuve de fiesta? ¡Estuve trabajando! ¡Debería darte vergüenza dudar de tu marido!
Me sostuvo la mirada. Me gritó. Me insultó. Me hizo sentir pequeña, loca, tóxica.
Hace un año, me hubiera echado a llorar. Le hubiera pedido perdón. Hubiera pensado: “Sí, estoy loca, pobre de mi marido que trabaja tanto”.
Pero esa noche, mientras él gritaba y manoteaba, yo solo pensaba en una cosa: La botella.
Pensaba en la botella de aceite. Pensaba en cómo se vaciaba. Pensaba en las uñas rojas de ella sobre su brazo.
Y supe que no había vuelta atrás.
—Está bien, Rogelio —dije cuando él paró para tomar aire—. Tienes razón. Perdóname. Debió ser el cansancio. Ve a descansar.
Él resopló, triunfante. Creyó que había ganado. Creyó que me había sometido otra vez con sus gritos.
—Que sea la última vez, Paulina. Me ofendes.
Se fue al cuarto. Escuché que se metía al baño. Escuché la regadera. Otra vez.
Me quedé en la sala. No lloré. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua y miré por la ventana hacia el jardín oscuro.
“Me ofendes”, había dicho.
Ah, no, mi chulo. No tienes idea de lo que es una ofensa. Pero vas a aprender. Te lo juro por mis hijos que vas a aprender.
Fui al cuarto de lavado. Saqué mi caja de herramientas de manualidades. Busqué entre mis cosas hasta que encontré lo que buscaba. Un bote de pegamento extra fuerte para madera. “Resistol 5000” no, ese huele mucho. Necesitaba algo blanco, algo que se viera inocente.
Encontré el pegamento blanco industrial que usaba para las maquetas de los niños, y un poco de pegamento de contacto transparente de secado lento.
Caminé hacia el cuarto. Rogelio ya estaba dormido, roncando boca arriba, con el celular apretado en la mano debajo de la almohada.
Fui al clóset. Saqué sus pantalones del cesto de la ropa sucia. Busqué en el bolsillo.
Ahí estaba. La botella de “Aceite Sensorial de Vainilla”. Le quedaba un cuarto. Suficiente para una “emergencia” más. O una cita más.
La tomé en mi mano. La destapé y olí la vainilla barata.
—Disfrútalo, cabrón —susurré—. Porque la próxima vez que uses esto, vas a desear no haber nacido.
Me guardé la botella en la bata y me fui al taller. Tenía trabajo que hacer. Tenía que preparar una mezcla perfecta. Lo suficientemente líquida para parecer aceite, lo suficientemente pegajosa para no soltarse nunca.
La venganza es un plato que se sirve frío, dicen. Pero en mi caso, se iba a servir pegajoso.
CAPÍTULO 4: Ingeniería Química Casera y el Sábado del Juicio
Esa noche, mientras Rogelio roncaba como un oso en hibernación, soñando seguramente con su doble vida, yo estaba en mi cocina convertida en laboratorio de química clandestino.
Me sentía como Walter White en Breaking Bad, pero en versión ama de casa de San Nicolás de los Garza, con bata de dormir de franela y pantuflas de conejito.
Puse la botella de “Aceite Sensorial” sobre la barra de granito. La miré con desprecio. Ese frasco representaba todo lo que estaba mal en mi vida: la mentira, el cinismo, el descaro de gastar dinero en placeres ajenos mientras yo contaba los pesos para el supermercado.
Fui a mi cuarto de manualidades —el pequeño espacio bajo la escalera que Rogelio llamaba “el cuarto de tus chucherías” y que yo llamaba “mi santuario”—. Saqué mi arsenal.
Necesitaba una mezcla precisa. No podía ser cualquier cosa.
Si usaba solo pegamento blanco escolar (ese de la vaquita), se iba a lavar con agua y la broma duraría dos minutos.
Si usaba Kola Loka (cianoacrilato), se iba a secar demasiado rápido, probablemente dentro de la botella o en sus manos antes de llegar a la “acción”. Además, el olor a químico fuerte lo delataría de inmediato.
Si usaba pegamento de contacto amarillo (el famoso Resistol 5000), el olor a solvente drogaría a medio edificio y Rogelio se daría cuenta antes de destaparlo.
Necesitaba algo… intermedio. Algo perverso. Algo que pareciera aceite, fluyera como aceite, oliera a aceite, pero que reaccionara con el calor y la fricción para convertirse en cemento.
Saqué un bote de pegamento transparente para madera de secado lento. Era viscoso, espeso. Saqué también un tubo de adhesivo de montaje transparente, de esos que usan para pegar zoclos y molduras, que es chicloso y fuerte como el demonio.
Tomé un tazón de vidrio (uno que estaba dispuesta a sacrificar) y empecé la alquimia del despecho.
Vacié el contenido original del aceite de Rogelio en el fregadero. Ver ese líquido dorado irse por el desagüe me dio una satisfacción extraña. Dejé solo un “concolón”, un residuo en el fondo, para conservar el aroma original a vainilla y sándalo.
Luego, vertí el pegamento para madera. Mezclé. Estaba muy blanco. Le eché unas gotas de colorante vegetal amarillo que usaba para la repostería, solo una pizca, para darle ese tono dorado. Mezclé.
Se veía bien, pero le faltaba “cuerpo”. Le agregué el adhesivo de montaje. La mezcla se puso espesa, difícil de mover.
—Mierda —susurré. Si estaba muy espeso, no iba a salir de la botella y él sospecharía.
Le agregué un chorrito de aceite de bebé real para aligerar la mezcla. Química básica de secundaria, Paulina, no me falles ahora. El aceite y el pegamento no se llevan bien, se separan. Tuve que batir con un tenedor como si estuviera haciendo claras a punto de turrón durante veinte minutos hasta que logré una emulsión inestable pero convincente.
El resultado final era una sustancia ámbar, ligeramente más espesa que el aceite original, pero que fluía. Acerqué la nariz. Olía a vainilla (del residuo original), a bebé (del aceite extra) y, muy al fondo, tenía ese ligero tufo acre del pegamento, pero quedaba enmascarado por el perfume barato.
Con ayuda de un embudo pequeño, rellené la botella de Rogelio.
Limpié el borde con alcohol para que no quedara pegajoso. Cerré la tapa. Agité. Las burbujas subían lentamente, perezosas, hipnóticas.
Se veía perfecto.
Fui al cuarto, conteniendo la respiración, y deslicé la botella de regreso en el bolsillo de sus jeans sucios, exactamente donde la había encontrado.
Me acosté a su lado, escuchando su respiración, y por primera vez en meses, sonreí en la oscuridad.
—Que descanses, mi amor —susurré a su espalda—. Vas a necesitar mucha energía.
La semana siguiente fue una tortura psicológica… para mí.
Rogelio, en su inmensa arrogancia, ni se enteró. Él seguía en su nube. Se creía el rey del mambo porque había “ganado” la discusión del sábado. Pensaba que me tenía controlada, sumisa, creyendo sus mentiras.
La botella se quedó en el pantalón dos días. Yo sufría cada vez que él pasaba cerca del cesto de la ropa sucia, pensando: “¿Y si decide lavar sus jeans hoy? ¿Y si saca la botella y se la echa en las manos aquí?”.
Si la usaba para las manos resecas, se le iban a pegar los dedos. Sería molesto, sí, y tal vez gracioso, pero no sería la venganza épica que yo necesitaba. Yo necesitaba que la usara con ella. Necesitaba que la usara en ese contexto de intimidad robada.
El martes, la botella desapareció del pantalón.
Rogelio llegó a casa esa noche silbando, de buen humor.
—Hola, flaca. ¿Qué hay de cenar? —me dio una nalgada al pasar.
Me quedé helada. ¿Ya la había usado? ¿Por qué no había noticias? ¿Por qué no venía pegado a nada?
Revisé su mochila cuando se metió a bañar. La botella estaba ahí. Casi llena.
Suspiré. No la había usado. O tal vez solo usó una gota. O tal vez —y esto me aterraba— mi mezcla había fallado y el aceite de bebé había neutralizado el pegamento.
Mi ansiedad estaba al tope. No comía. No dormía bien. En el trabajo me preguntaban si estaba enferma.
—No, ando con un pendiente personal —les decía. Un pendiente llamado “pegarle el pito a mi marido con la amante”.
Llegó el sábado 19 de marzo de 2016. Una fecha que debería estar marcada en el calendario cívico de Monterrey como “El Día de la Justicia Marital”.
Ese día, el aire estaba pesado. Hacía calor, ese calor seco y polvoriento del norte que te pone de malas.
Rogelio se levantó tarde. Desayunó machacado con huevo que yo le preparé (porque el show debía continuar). Estuvo todo el día tirado viendo series, mandando mensajitos a escondidas.
A las 5:00 p.m., empezó el ritual.
—Oye, Pau —me dijo, estirándose—. Fíjate que el inge me marcó. Necesitan que vaya a supervisar un colado nocturno en una plaza comercial allá por Cumbres. Va a estar pesado, a lo mejor me tardo.
—¿En sábado por la tarde, Rogelio? —pregunté, siguiendo el guion.
—Pues sí, ya sabes que el concreto no espera. Hay que aprovechar que bajó el sol.
—Bueno. ¿Vas a venir a cenar?
—No me esperes. A lo mejor cenamos unos tacos allá con la raza.
Se metió a bañar. Se tardó media hora. Salió oliendo a su loción “bautizo” (la que usaba para ocasiones especiales). Se puso su camisa azul (la de la suerte), jeans limpios y sus botas de trabajo (para disimular).
Lo vi, desde el espejo del pasillo, meter la botella manipulada en el bolsillo derecho de su pantalón.
—Bueno, ya me voy —dijo, agarrando las llaves de la camioneta.
—Que te vaya bien, Rogelio —le dije. Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Fue el beso de Judas, lo reconozco. Pero él era el que se estaba crucificando solo—. Con cuidado. No te vayas a lastimar en la obra.
—Sí, sí. No pasa nada. Cuida a los huercos.
Se fue. Escuché el motor de la camioneta alejarse.
Esperé cinco minutos. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir por la garganta.
Agarré el teléfono.
—¿Mónica? —dije en cuanto contestó.
—¿Qué pasó, comadre? ¿Estás bien? Te oyes agitada.
—Es hoy. Se llevó la botella. Se fue al “colado”.
—¡No manches! —Mónica gritó del otro lado—. ¿Qué vas a hacer?
—Voy a ir. Necesito ver esto. Necesito pruebas para el divorcio, Mónica. Si esto funciona, va a ser la prueba definitiva. Pero necesito que me acompañes. No puedo ir sola y… tengo a los niños.
—Paso por ti en 15 minutos. Deja le encargo mis bendiciones a mi suegra. Prepara a los tuyos.
Me moví rápido.
—¡Niños! —grité—. ¡Pónganse los tenis! ¡Vamos a salir a pasear!
—¿A dónde, mamá? —preguntó Jazmín, que estaba viendo la tele.
—A… a una aventura. Vamos a ir a buscar a papá para darle una sorpresa.
Mentira piadosa. La sorpresa se la iba a llevar él.
Mónica llegó en su Tsuru guerrero. Subimos a los tres niños atrás: Marquitos (8 años), Jazmín (6) y Rogelio Jr. (4). Iban emocionados, pensando que íbamos por helado o al parque.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Mónica, manejando con esa destreza agresiva de las regias.
—Departamentos Los Sauces. Edificio C. Ya lo tengo ubicado.
—¿Los Sauces? Eso está por la zona del Tec, ¿no? Es zona de estudiantes y de… ya sabes.
—Exacto.
El camino se me hizo eterno. Cada semáforo en rojo era una tortura. Yo iba checando el reloj. 7:30 p.m. 7:45 p.m. Rogelio ya debía haber llegado. Ya debía estar subiendo. Ya debía estar… “saludando”.
Llegamos al complejo de departamentos. Era un lugar de clase media, edificios de cuatro pisos, color beige deslavado, con balcones pequeños llenos de plantas o ropa secándose.
Entramos al estacionamiento de visitas. El guardia ni nos preguntó nada, estaba dormido en la caseta.
—Ahí está —señalé.
La camioneta de mi esposo estaba estacionada descaradamente cerca de la entrada del Edificio C. Ni siquiera intentó esconderla.
—Okay, aquí estamos —dijo Mónica, apagando el coche—. ¿Ahora qué? ¿Nos bajamos y le ponchamos las llantas?
—No. Esperamos.
—¿Esperamos qué, Paulina? ¿A que bajen agarraditos de la mano?
—Esperamos a que la física y la química hagan su trabajo.
Los niños empezaron a inquietarse atrás.
—Mamá, tengo hambre —dijo Rogelio Jr.
—Ten, mijo —saqué unas galletas Príncipe de mi bolsa—. Coman calladitos. Estamos jugando a los espías. Tenemos que ver si papá está trabajando duro.
—¡Mira, ahí está la troca de papá! —gritó Marquitos—. ¡Sí vino a trabajar aquí!
—Sí, mi amor. Ahí está.
Pasaron diez minutos. El silencio en el coche era denso. Mónica me miraba con preocupación.
—Pau, ¿qué le pusiste a esa botella? —susurró—. No vaya a ser que lo mates.
—No lo maté. Solo… aseguré la unión. Lo que Dios ha unido, o en este caso, lo que el Resistol ha unido, que no lo separe el hombre.
Y entonces, sucedió.
Primero fue un golpe sordo. Como si algo pesado cayera al suelo en uno de los departamentos del segundo piso.
Luego, el grito.
No fue un grito de placer. No, señor. Fue un grito agudo, desgarrador, de mujer.
—¡AAAAAAAAAAAAAHHHHHH! ¡QUITA ESO! ¡QUITAMELOOOO!
Mónica y yo nos miramos con los ojos como platos.
—¡Santa Madre de Dios! —se persignó Mónica.
Luego, la voz de Rogelio. Pero no era su voz de macho. Era un aullido de terror.
—¡NO TE MUEVAS! ¡NO TE MUEVAS QUE ME ARRANCAS LA PIEL! ¡ESTOY PEGADO! ¡AYUDAAAAA!
Se encendieron las luces de varios departamentos. Un perro empezó a ladrar frenéticamente.
—¡AYUDA! ¡ALGUIEN LLAME AL 911! —gritaba la mujer—. ¡NOS ESTAMOS QUEMANDO!
—¿Quemando? —Mónica me miró horrorizada—. ¡Paulina, dijiste pegamento, no ácido!
—Es la reacción exotérmica —dije, recordando mis clases de química—. El pegamento industrial se calienta cuando cura rápido. No se están quemando con fuego, sienten que les quema porque se está endureciendo. Se les está haciendo piedra en la piel.
El escándalo escaló en segundos. Vecinos salieron a los balcones en pijama, con cervezas en la mano, con celulares grabando. En México, el chisme viaja más rápido que la luz.
—¡Están matando a alguien en el 204! —gritó una señora desde el edificio de enfrente.
—¡No, dicen que se quedaron pegados! —corrigió otro.
Vimos gente correr hacia el edificio C. El velador, que había despertado de su siesta, corría subiéndose los pantalones, con su tolete en la mano, sin saber qué hacer.
—¡Mamá! —Marquitos estaba asustado—. ¡Ese es mi papá! ¡Papá está gritando!
—Papá tuvo un accidente en el trabajo, mi amor. Se pegó con… con material de construcción.
A los cinco minutos, escuchamos las sirenas. Primero una patrulla de la Fuerza Civil. Entraron derrapando, con las luces azules y rojas iluminando las fachadas de los edificios como si fuera discoteca. Dos policías bajaron con las armas desenfundadas, pensando que era violencia doméstica o un asalto.
Subieron corriendo.
El griterío arriba se calmó un poco, reemplazado por voces de mando y gemidos de dolor.
—¡Quietos! ¡No se muevan! —se escuchaba a un policía—. ¡Madre santa! Pareja, pide a la Cruz Roja. Y a los Bomberos. Esto no lo despegamos nosotros ni a chingadazos.
—¿Bomberos? —preguntó Mónica—. Te la bañaste, Paulina. De verdad te la bañaste.
—Se lo buscaron —dije, aunque por dentro estaba temblando. Una parte de mí sentía una satisfacción oscura, perversa. La otra parte estaba aterrorizada de las consecuencias legales. Pero ya era tarde. El show había comenzado.
Llegó la ambulancia. Luego otra. Luego un camión de bomberos pequeño. El estacionamiento era un caos de luces, radios sonando y vecinos grabando tiktoks.
—¡A ver, gente, atrás! —gritaban los paramédicos—. ¡Den espacio!
Estuvimos ahí sentadas casi una hora. Una hora viendo cómo entraban y salían paramédicos con maletines, con botellas de solvente, con herramientas.
Finalmente, la gran revelación.
—¡Ahí vienen! —dijo Mónica.
La puerta del edificio se abrió.
Salieron cuatro paramédicos, sudando la gota gorda, empujando… ¿qué era eso?
No era una camilla normal. Eran dos camillas, amarradas juntas con cinchos, avanzando en paralelo, torpemente.
Y sobre ellas, bajo una sábana blanca que apenas cubría lo indispensable, iban dos bultos humanos.
Ahí estaba Rogelio. Pude ver su cara. Estaba roja, hinchada de llorar y de vergüenza. Tenía los ojos cerrados, como queriendo desaparecer de la faz de la tierra.
Y pegada a él, literalmente cara a cara, torso con torso, en una especie de abrazo forzado y grotesco, estaba la mujer del supermercado. Berenice.
Ella no tenía los ojos cerrados. Ella los tenía abiertos de par en par, mirando al techo, en estado de shock, con el rímel corrido hasta el cuello.
Iban de lado. Tuvieron que sacarlos de lado porque no podían separarlos. Sus vientres, sus pechos, sus zonas… todo estaba fusionado por mi mezcla maestra.
La multitud de vecinos guardó un silencio respetuoso por dos segundos, y luego estalló el murmullo.
—¡No mames! —gritó un chavo—. ¡Van pegados como perros!
—¡Eso es brujería! —se persignó una vieja.
—¡No, es Kola Loka! —se rió otro.
Los subieron a la ambulancia con mucha dificultad. Tuvieron que abrir las dos puertas traseras y maniobrar para que cupieran las dos camillas unidas. Rogelio soltó un alarido de dolor cuando intentaron acomodarlos.
—¡Aaaay! ¡Cuidado, imbéciles!
—¡Cállese, señor! —le respondió el paramédico, harto—. ¡Agradezca que no le tuvimos que cortar nada ahí arriba para separarlos! Eso lo van a ver en el hospital.
La ambulancia arrancó. La patrulla la siguió. El circo se empezaba a dispersar.
—¿Viste eso? —Mónica estaba pálida—. Paulina, están… fusionados.
—Sí. Lo vi.
—Mamá —dijo Marquitos desde el asiento de atrás, con voz temblorosa—. ¿Por qué papá estaba abrazando a esa señora en la camilla? ¿Y por qué no traían ropa?
Respiré hondo. Este era el momento. No podía mentir más. No podía protegerlo más. Él solito se había expuesto.
—Porque papá estaba haciendo cosas que no debía, con personas que no debía, y se quedó pegado a sus mentiras, mi amor. Literalmente.
Arranqué el coche.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mónica.
—Al Hospital Universitario. El show no ha terminado. Apenas va a empezar la segunda función: La reunión familiar.
Mientras conducía detrás de la ambulancia, sentí una extraña ligereza. El miedo se había ido. La sumisión se había ido.
Mi esposo iba en una ambulancia, con los genitales pegados a su amante con pegamento industrial modificado. Yo iba manejando mi propio destino.
Saqué mi celular y marqué el número de mi suegra.
—¿Bueno? —contestó Doña Dorotea, adormilada.
—Suegra, despierte. Tenemos una emergencia. Rogelio tuvo un accidente.
—¡Ay, Dios mío! ¿En la obra? ¿Se cayó?
—No, suegra. No fue en la obra. Pero digamos que se le cayó el teatro. Véngase al Universitario. Y tráigase al suegro. Van a querer ver esto.
Colgué.
La noche apenas empezaba. Y yo estaba lista para ver el mundo arder.
CAPÍTULO 5: Sala de Urgencias y Juicios Finales
El camino al Hospital Universitario fue un borrón de luces neón y pensamientos acelerados. Mis hijos iban callados atrás, procesando lo que acababan de ver. Mónica iba rezando el rosario en el asiento del copiloto, alternando avemarías con “¡te pasaste de lanza, Paulina!”.
Pero yo iba tranquila. Fríamente tranquila. Era la calma del ojo del huracán.
Llegamos a la sala de urgencias. El “Uni” siempre es un caos, especialmente en sábado por la noche. Había gente herida de riñas, borrachos chocados, familias llorando. El olor a antiséptico y angustia llenaba el aire.
Me acerqué al mostrador de informes. La recepcionista, una señora con cara de haber visto todo en esta vida, estaba tecleando furiosamente.
—Buenas noches —dije, usando mi mejor voz de “señora preocupada”—. Busco a mi esposo, Rogelio Ramírez. Lo acaban de traer en ambulancia.
La mujer dejó de teclear. Me miró por encima de sus lentes. Su expresión cambió de aburrimiento a una mezcla de lástima y morbo intenso.
—¿Ramírez? —revisó su lista—. Ah… sí. El del… “incidente adhesivo”.
—Ese mero.
—Están en el área de Trauma, cubículo 4. Pero señora… —dudó un momento—. La situación es delicada. Y… complicada. El doctor Martínez está a cargo.
—Gracias. Sé exactamente qué tan complicada es.
Caminé hacia el área de espera, seguida por Mónica y mis tres pollitos.
—Mónica, quédate aquí con los niños. Compra refrescos, ponles videos en el celular. No quiero que entren todavía.
—¿Tú vas a entrar sola a la boca del lobo?
—No es la boca del lobo, amiga. Es el circo de las pulgas. Y yo soy la dueña de la carpa.
Avancé por el pasillo. Podía escuchar el alboroto antes de llegar. Había voces discutiendo, gritos ahogados y el sonido inconfundible de instrumentos metálicos chocando contra bandejas.
Llegué a la cortina del cubículo 4. Estaba entreabierta.
Me asomé.
El cuadro era dantesco.
Rogelio y Berenice seguían en la misma posición: de lado, frente a frente, en una camilla reforzada. Estaban cubiertos con una sábana azul quirúrgica hasta el cuello, pero se notaba la tensión en sus cuerpos. Estaban sudando a chorros.
Alrededor de ellos, un equipo de médicos y enfermeras discutía estrategias como si estuvieran desactivando una bomba nuclear.
—Si usamos acetona pura, podemos quemar la mucosa —decía un residente joven—. Es tejido sensible, doctor.
—Ya sé, hombre. Pero el solvente quirúrgico no le está haciendo ni cosquillas a este pegamento —respondió el doctor Martínez, un hombre mayor con canas y cara de fastidio—. ¿Qué demonios usaron? ¿Cemento para puentes?
—¡Hagan algo, carajo! —gritó Rogelio, con la voz quebrada—. ¡Me arde! ¡Siento que se me va a caer!
—¡Cállate, Rogelio! —gimió Berenice, llorando—. ¡Tú y tu maldito aceite! ¡Me dijiste que era para masajes tántricos!
—¡Yo no sabía! ¡Alguien lo cambió!
En ese momento, entré.
—Buenas noches —dije. Mi voz resonó en el cubículo como un martillazo.
Todos voltearon. Los médicos, las enfermeras, y por supuesto, la parejita feliz.
Rogelio se puso pálido, más pálido que la sábana. Sus ojos casi se salen de las órbitas.
—Paulina… —susurró.
—Hola, mi amor —caminé hasta el pie de la camilla, mirándolos con una sonrisa gélida—. Me dijeron que tuviste un accidente laboral. Pero no sabía que tu trabajo incluía… —hice un gesto vago hacia la bultosa unión bajo la sábana— …colados de este tipo.
El silencio fue absoluto. Solo se escuchaba el pitido del monitor cardiaco de Rogelio, que empezó a acelerarse: bip-bip-bip-bip-bip.
—Paulina, te lo puedo explicar —empezó a balbucear. El clásico.
—¿Qué me vas a explicar, Rogelio? ¿Que te tropezaste y caíste desnudo sobre esta señorita, y casualmente había un charco de pegamento en el suelo?
Berenice, la amante, dejó de llorar y me miró con horror.
—¿Tú eres Paulina? —preguntó.
—Sí, mucho gusto. Soy la esposa. La que paga la casa donde él vive, la que le compra la ropa que tú le quitaste, y la madre de sus tres hijos. ¿Y tú eres?
—Soy… Berenice.
—Ah, Berenice. La de las uñas rojas del HEB. Bonito manicure, por cierto. Lástima que ahora esté arruinado por el estrés.
—Señora —intervino el doctor Martínez, poniéndose en medio—, entiendo que esto es una situación… doméstica difícil, pero necesito que mantenga la calma. Sus pacientes están en una situación médica precaria.
—No se preocupe, doctor. Estoy muy calmada. Solo vine a ver si mi marido necesitaba algo. Ya ve que soy muy atenta. ¿Necesita que le sostenga la mano mientras lo despegan de su… asistente ejecutiva?
En ese momento, se escuchó un alboroto en el pasillo. Gritos. Llantos. Tacones golpeando el piso.
La caballería había llegado.
La cortina se abrió de golpe y entró Doña Dorotea, mi suegra, seguida de mi suegro Don Genaro, y detrás de ellos, una pareja que no conocía, pero que se veían furiosos: un señor con sombrero y una señora con bolso de marca. Los papás de Berenice.
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?! —gritó Doña Dorotea—. ¡Me dijeron que tuvo un accidente!
Entonces vio la camilla. Vio a Rogelio. Vio a la mujer pegada a él.
Doña Dorotea se quedó petrificada. Se llevó las manos a la boca.
—¡Rogelio! —exclamó Don Genaro—. ¿Pero qué chingados estás haciendo?
—¡Papá, ayúdame! —lloró Rogelio—. ¡Sácame de aquí!
—¡Mi hija! —gritó la señora del bolso, abalanzándose sobre Berenice—. ¡Berenice! ¿Qué te pasó? ¿Quién es este pelado?
—Mamá… —sollozó Berenice—. No me veas así.
—¡Usted! —el señor del sombrero señaló a Rogelio—. ¡Usted es el desgraciado que me dijo que era arquitecto soltero! ¡Me dijo que se llamaba Roberto!
—¿Roberto? —solté una carcajada seca—. Vaya, Rogelio. Hasta el nombre te cambiaste. Qué creativo.
La habitación explotó.
Era una cacofonía de gritos. Doña Dorotea le gritaba a la mamá de Berenice. El papá de Berenice quería golpear a Rogelio (pero no podía porque estaba pegado). Los doctores trataban de separar a las familias.
—¡Sáquenlos a todos! —gritó el doctor Martínez—. ¡Seguridad!
—¡Espere! —alcé la voz, imponiéndome sobre el caos—. Creo que todos merecemos una explicación antes de irnos. ¿Verdad, Rogelio?
Rogelio miraba al techo, deseando estar muerto.
—Diles, Rogelio —insistí—. Dile a tu mamá, a la que le juraste que eras un santo, qué estás haciendo aquí. Dile a los señores, a los que les mentiste diciendo que eras soltero, quién soy yo.
—Ella es… mi esposa —susurró Rogelio.
—¡¿QUÉ?! —gritó la mamá de Berenice—. ¡¿Eres casado?! ¡Le dijiste a mi hija que eras divorciado! ¡Que tu ex mujer estaba loca y no te dejaba ver a los niños!
—Pues loca no estoy —intervine—. Y a los niños los ve diario, porque vive en mi casa, come de mi mesa y duerme en mi cama. Bueno, dormía.
Berenice empezó a golpear el pecho de Rogelio con su mano libre.
—¡Maldito! ¡Mentiroso! ¡Me dijiste que ya no la querías! ¡Me dijiste que solo vivían juntos por los niños!
—¡Auuch! ¡No te muevas, Berenice, me duele! —chillaba Rogelio.
—¡Ojalá te duela más! —gritó ella.
Doña Dorotea se acercó a mí, con lágrimas en los ojos. Yo esperé el ataque. Esperé que me defendiera a su hijo, como siempre. Que dijera “pobrecito, fue un error”.
Pero Doña Dorotea miró a su hijo, desnudo, pegado a una extraña, humillado ante todos. Luego me miró a mí, parada ahí, digna, vestida, entera.
—Paulina… —dijo con voz temblorosa—. ¿Tú sabías?
—Lo sospechaba, suegra. Pero hoy lo confirmé.
—¿Tú… tú hiciste esto? —preguntó, señalando el pegamento.
La miré a los ojos. No iba a mentir.
—Digamos que le di una ayudadita al destino para que la verdad saliera a la luz. Él compró el aceite, suegra. Él decidió usarlo. Yo solo… mejoré la fórmula para que el vínculo fuera más duradero.
Doña Dorotea cerró los ojos y suspiró.
—Genaro —le dijo a mi suegro—, vámonos.
—¿Cómo que vámonos, mujer? —dijo Don Genaro—. ¿Y el muchacho?
—El muchacho es un hombre hecho y derecho que tomó sus decisiones. Y ahora está pagando las consecuencias. Me da vergüenza, Genaro. Me da asco. Vámonos.
Mi suegra, la mujer que siempre lo solapó, le dio la espalda.
—¡Mamá! ¡No me dejes! —gritó Rogelio.
—Dios te bendiga, hijo. Porque yo ahorita no puedo ni verte —dijo ella, y salió del cubículo arrastrando a mi suegro.
Los papás de Berenice se quedaron, fulminando a Rogelio con la mirada.
—En cuanto lo despeguen —dijo el señor del sombrero—, voy a hablar muy seriamente con usted, jovencito. Y más le vale que tenga un buen abogado.
El doctor Martínez me miró.
—Señora, creo que ya fue suficiente espectáculo. Por favor, retírese. Tenemos trabajo que hacer.
Asentí.
—Claro, doctor. Solo una última cosa.
Me acerqué al oído de Rogelio. Él se encogió, esperando un golpe, una mordida, algo físico.
—Rogelio —le susurré—. Mañana voy a cambiar la chapa de la casa. Tus cosas van a estar en bolsas de basura en la cochera. No te molestes en tocar. Y por cierto… el divorcio te va a salir más caro que el pegamento.
Me enderecé, me alisé la blusa y salí de ahí caminando como si fuera pasarela.
En la sala de espera, Mónica me miraba con la boca abierta.
—¿Y bien? —preguntó.
—Vámonos a cenar tacos, comadre. Me dio un hambre voraz.
—¿Y Rogelio?
—Rogelio está… ocupado. Va a tener una noche muy larga y muy pegajosa.
Mónica soltó una carcajada nerviosa y abrazó a los niños.
—¿Papá va a estar bien? —preguntó Marquitos.
—Papá va a sobrevivir, mi amor. Pero va a tener una cicatriz muy fea. En el orgullo y en otro lado.
Salimos del hospital. El aire de la noche se sentía fresco, limpio. Por primera vez en años, sentí que podía respirar hondo sin que me doliera el pecho.
La pesadilla de la duda había terminado. La realidad era horrible, sí, grotesca, sí. Pero era real. Y con la realidad yo podía lidiar. Con las mentiras no.
A la mañana siguiente, domingo, mi celular amaneció con 45 llamadas perdidas. De Rogelio (desde un número desconocido, seguro del hospital), de mis cuñadas, de chismosos de la colonia.
No contesté a nadie.
Me levanté temprano, hice hotcakes para los niños, puse música alegre.
A las 11 a.m., sonó el timbre.
Era un mensajero.
—¿Señora Paulina Ramírez? —preguntó.
—Paulina Flores. Ya no soy Ramírez —corregí.
—Ah, perdón. Le mandan esto del Hospital Universitario. Son… las pertenencias de su esposo. Su ropa.
Me entregó una bolsa de plástico transparente con el logo de “Residuos Biológicos” (broma, era una bolsa normal, pero hubiera sido poético). Adentro venían los jeans Levi’s cortados con tijeras (porque no se los pudieron quitar normales), la camisa azul hecha girones, y sus botas.
Y en el fondo de la bolsa… la botella.
La saqué con cuidado. Estaba vacía. Completamente exprimida.
La miré y sonreí.
—Misión cumplida, soldado —dije.
La tiré a la basura.
Ese día, cambié las chapas. Saqué toda su ropa. No la quemé (eso es de ardidas y contamina). La empaqué en bolsas negras de basura, bien doblada (porque soy una dama, ante todo), y la puse en la banqueta.
Le mandé un mensaje de texto a mi cuñada Vanessa:
“Las cosas de tu hermano están afuera. Si no pasan por ellas antes de que pase el camión de la basura mañana, se van al relleno sanitario. Saludos y bendiciones.”
A la media hora, llegó la camioneta de mi suegro. Mis cuñados cargaron las bolsas en silencio, sin atreverse a mirarme a la cara. Sabían. Todo el mundo sabía.
El lunes a primera hora, estaba sentada en el despacho de la Licenciada Patricia Villarreal (abogada “Washington” en mi mente), la tiburona más temida de los juzgados familiares de Nuevo León.
—Licenciada —le dije, poniendo sobre su escritorio un USB con las fotos que Mónica tomó discretamente en el hospital (sí, tomó fotos, es una amiga leal y previsora), y mis estados de cuenta bancarios de los últimos 5 años—. Quiero el divorcio. Quiero la custodia completa. Quiero la casa. Y quiero que él pague hasta el aire que respira si se acerca a mí.
La licenciada revisó las fotos. Abrió los ojos como platos. Soltó una carcajada que hizo temblar los diplomas en la pared.
—Señora Paulina —dijo, limpiándose una lágrima de risa—. En mis 25 años de carrera, he visto de todo. Infidelidades con la secretaria, con la prima, con el compadre. He visto golpes, fraudes y mentiras. Pero esto… —señaló la foto donde se veía claramente la “unión” bajo la sábana y la cara de Rogelio—. Esto es arte.
—¿Tengo un caso, licenciada?
—¿Que si tiene un caso? —golpeó la mesa—. Mija, usted tiene un Home Run con casa llena. En Nuevo León el adulterio ya no es delito penal, pero sigue siendo causal de divorcio necesario y afecta la división de bienes y la custodia si se prueba conducta inmoral que afecte a los menores. Y déjeme decirle, que tus hijos te vean pegado a tu amante en una camilla es bastante “inmoral”.
—Excelente. ¿Cuánto tardamos?
—Si él coopera, tres meses. Si se pone flamenco… bueno, le enseñamos estas fotos al juez y se le quita lo flamenco en cinco minutos. Nadie quiere que estas fotos se filtren en el grupo de WhatsApp de la obra, ¿verdad?
Salí de ahí sintiéndome poderosa.
Pero Rogelio no se iba a rendir tan fácil. Su ego estaba herido de muerte, y un animal herido muerde.
Dos días después, me llamó desde un número prestado.
—Paulina —su voz sonaba débil, rasposa.
—¿Quién habla?
—No te hagas pendeja. Soy yo.
—Ah, el hombre pegamento. ¿Cómo estás? ¿Ya te despegaron o ahora somos un matrimonio de tres?
—Ya me despegaron. Fue… horrible. Me tuvieron que hacer un injerto de piel en… bueno, ya sabes dónde. Me duele hasta el alma.
—Qué bueno. El dolor ayuda a reflexionar.
—Paulina, tenemos que hablar. Ya vi que sacaste mis cosas. Eso es ilegal. Es mi casa también.
—No, chulo. Revisa las escrituras. La casa está a nombre de Paulina Flores. Bienes separados. Tú eras un arrimado. Y a los arrimados se les corre cuando se portan mal.
—¡Voy a demandarte! —gritó—. ¡Tú me hiciste esto! ¡Tú le pusiste algo a esa botella! ¡Es asalto agravado!
—Pruébalo —dije tranquila—. Esa botella era tuya. Tú la tenías. Tú la usaste. ¿Quién dice que no la rellenaste tú con algo raro por error? ¿O que tu amante no te quiso hacer una broma? Yo ni estaba ahí, Rogelio. Yo estaba en mi casa cuidando a tus hijos.
Se quedó callado. Sabía que no tenía pruebas. Sabía que si iba a la policía y decía “mi esposa cambió mi aceite de masajes sexual por pegamento”, se iban a reír de él hasta el año 3000.
—Eres una bruja, Paulina.
—Y tú eres un pendejo, Rogelio. Y entre una bruja y un pendejo, adivina quién gana siempre.
Le colgué.
La guerra había empezado. Pero él no sabía que yo tenía armas nucleares y él solo tenía una resortera rota.
CAPÍTULO 6: Demandas, Mentiras y el Intento de Sabotaje
Los días siguientes a la “Gran Separación” (como bautizó Mónica al incidente del hospital) fueron una mezcla extraña de paz absoluta y tensión burocrática.
La paz venía de llegar a mi casa y no encontrar botas sucias en la sala. De que el refrigerador estuviera lleno de comida que nadie se robaba. De no tener que caminar de puntitas para no despertar al “señor” que estaba crudo o cansado. La casa, mi casa, respiraba. Se sentía más grande, más luminosa. Hasta las plantas que tenía en la sala, que siempre se me secaban, empezaron a reverdecer. Dicen que las plantas sienten la mala vibra, y Rogelio era un generador industrial de mala vibra.
Pero la tensión… ah, la tensión venía de los abogados.
Rogelio, una vez que le dieron el alta del hospital (caminando como vaquero recién bajado del caballo por las quemaduras químicas en la entrepierna), intentó jugar rudo. Se consiguió un abogado de oficio, un tal Licenciado Treviño, que tenía más colmillos que ética, y trató de asustarme.
Nos citaron a una mediación en el Centro de Justicia Familiar.
Llegué con mi abogada, la Lic. Pati Villarreal, vestida impecable, con mis carpetas de evidencias bajo el brazo. Rogelio llegó cojeando, con lentes oscuros (para la vergüenza) y acompañado de su abogado que olía a tabaco barato.
—Señora Flores —dijo el abogado de Rogelio, intentando intimidar—, mi cliente está dispuesto a negociar una separación amistosa, siempre y cuando se respeten sus derechos sobre el patrimonio conyugal. Estamos solicitando el 50% del valor de la propiedad en Apodaca, el vehículo sedán, y una compensación económica por el daño moral y físico sufrido por el… atentado que usted perpetró.
La Lic. Pati ni parpadeó. Abrió mi carpeta.
—Licenciado Treviño —dijo con voz suave, como quien le explica a un niño que Santa Claus no existe—, primero que nada, el régimen es separación de bienes. Aquí están las capitulaciones matrimoniales firmadas en 2005. Segundo, la casa está escriturada únicamente a nombre de Paulina Flores. Aquí está la escritura y los recibos de cada pago de hipoteca, todos saliendo de la cuenta de nómina de mi clienta. Tercero, el vehículo sedán también está a su nombre y pagado por ella.
—Sí, pero mi cliente contribuyó al mantenimiento del hogar… —balbuceó Treviño.
—¿Contribuyó? —Pati sacó otra hoja—. Aquí tengo los estados de cuenta bancarios de su cliente de los últimos cinco años. Muestran ingresos esporádicos y nulos depósitos a la cuenta conyugal. De hecho, muestran retiros constantes. Y aquí… —sacó las fotos del hospital— …aquí está la prueba de en qué se gastaba su “energía” el señor Ramírez.
Rogelio se encogió en la silla cuando vio las fotos sobre la mesa.
—En cuanto al “atentado” —continuó Pati, implacable—, si ustedes insisten en esa narrativa, nosotros presentaremos una contrademanda por violencia psicológica, abandono de hogar y adulterio flagrante exhibido en vía pública. Y pediremos pruebas periciales psicológicas para los niños, que vieron a su padre en esa situación. ¿Quiere que un juez familiar vea estas fotos, Licenciado?
El abogado de Rogelio miró las fotos. Miró a su cliente. Miró sus papeles vacíos.
—Rogelio —le susurró—, no tienes nada. Firma el acuerdo.
Y firmó.
Firmó el divorcio voluntario. Renunció a la casa (que nunca fue suya). Aceptó el régimen de visitas que yo propuse (fines de semana alternados, sin pernocta al principio hasta que tuviera un lugar decente donde vivir). Y se le fijó una pensión alimenticia basada en el salario mínimo, porque “oficialmente” no tenía trabajo fijo. Una miseria, pero no me importaba el dinero. Me importaba la libertad.
Salí de ahí divorciada y dueña de mi vida.
Pero como dicen en el rancho: “Perro que ladra no muerde, pero perro herido te arranca la mano”.
Rogelio no podía soportar que yo hubiera ganado. No podía soportar que la “tonta” de su esposa, la que él creía tener dominada, lo hubiera dejado en la calle y exhibido ante todo Monterrey.
Su venganza no fue legal. Fue social.
Empezó la campaña de desprestigio.
Un mes después del divorcio, me encontré a mi comadre Leti (Shayla en la versión gringa, pero aquí es Leticia) en el HEB. Me jaló hacia el pasillo de los detergentes con cara de urgencia.
—¡Comadre! —susurró—. ¿Ya supiste lo que anda diciendo el Rogelio?
—Trato de no saber nada de ese hombre, Leti.
—Pues deberías, porque te está acabando. Anda diciendo en la colonia, y con los compadres de la obra, que tú le robaste todo. Que falsificaste firmas con la abogada para quitarle la casa.
—¡Hazme el favor! Si el hombre no puso ni un foco.
—Espérate, eso no es lo peor. Anda diciendo que tú eras la que lo engañaba. Que tú andabas con un doctor de tu trabajo y que por eso inventaste lo del pegamento, para que él se viera mal y tú pudieras quedarte con el amante y la casa. Dice que eres una manipuladora y que… bueno, que estás loca.
Me hervía la sangre. La audacia de este infeliz. Él, que me fue infiel dos años, ahora se hacía la víctima.
—Que diga lo que quiera, Leti. Los papeles hablan. Y la gente que me conoce sabe quién soy.
—Sí, comadre, pero tú sabes cómo es la gente de argüendera. A la gente le encanta ver caer a una mujer exitosa. Ten cuidado.
Leti tenía razón. El chisme es deporte nacional. Y Rogelio estaba jugando en las ligas mayores de la difamación.
Dos semanas después, los ataques pasaron del chisme de barrio al sabotaje real.
Estaba en mi oficina, cerrando el mes, cuando me llamó la Directora de Recursos Humanos, la Lic. Sonia.
—Paulina, ¿puedes venir a mi oficina, por favor? Cierra la puerta.
Entré con el estómago hecho nudo. Sonia siempre había sido amable conmigo, pero esta vez tenía cara de pocos amigos.
—Siéntate. Paulina, tengo que preguntarte algo muy serio. Recibimos una denuncia anónima a la línea de ética de la empresa.
—¿Una denuncia? ¿Sobre qué?
—Sobre robo hormiga y conflicto de interés. La denuncia dice que estás utilizando recursos de la empresa —impresoras, camionetas, tiempo laboral— para operar tu negocio personal de banquetes. Y que has estado desviando insumos de la cafetería para tus eventos.
Me quedé helada.
—Sonia, eso es mentira. Absolutamente mentira. Mi negocio es aparte. Yo compro mis insumos en el Mercado de Abastos, tengo facturas de todo. Jamás he tocado un lápiz de esta empresa para mi negocio.
—La denuncia fue muy específica, Paulina. Dieron fechas. Dieron detalles de tus eventos. Incluso mencionaron que sales temprano los viernes “con cajas sospechosas”.
—Salgo temprano los viernes porque es mi horario, y las cajas son mis cosas personales. Sonia… tú sabes quién está haciendo esto. Sabes que acabo de pasar por un divorcio muy feo.
—Lo sé, Paulina. Y te creo. Eres una de nuestras mejores gerentes. Pero por protocolo, tengo que abrir una investigación. Van a auditar tu computadora y tus correos.
Salí de ahí temblando de rabia. Rogelio sabía que mi trabajo era mi sustento y el de mis hijos. Intentar que me corrieran era intentar quitarle el pan de la boca a sus propios hijos. Eso ya no era despecho; era maldad pura.
Esa noche le hablé a mi abogada.
—Licenciada, esto es acoso. Quiere que me corran.
—Necesitamos pruebas, Paulina. ¿Sabemos que fue él?
—Obvio que fue él. ¿Quién más sabe los detalles de mis horarios? ¿Quién más me odia tanto?
—Lo sé, pero “saber” y “probar” son cosas distintas. Documenta todo. Si vuelve a llamar, pide a RH que graben la llamada o guarden el número. Si logramos vincularlo, le metemos una orden de restricción que no se la acaba.
Pero Rogelio no paró ahí. Su siguiente golpe fue el más bajo de todos. El golpe que despertó a la leona.
Un martes por la noche, estaba haciendo la tarea con los niños. Tocaron a la puerta. Fuerte. Golpes secos, de autoridad.
Abrí. Eran dos oficiales de policía y una trabajadora social del DIF (Desarrollo Integral de la Familia).
—¿Señora Paulina Flores?
—Sí, soy yo.
—Tenemos un reporte de abandono de hogar y negligencia infantil. Nos informan que en este domicilio hay tres menores que se quedan solos todo el día y la noche mientras la madre “sale de fiesta”, y que viven en condiciones insalubres. Tenemos que inspeccionar la vivienda.
Sentí que se me doblaban las rodillas. Mis hijos, curiosos, se asomaron detrás de mí.
—Pásenle —dije, abriendo la puerta de par en par—. Revisen lo que quieran.
Los oficiales entraron. La trabajadora social, una mujer con cara estricta, sacó una libreta.
Lo que encontraron fue una casa impecable. Olía a Fabuloso de lavanda. En la estufa había una olla de caldo de res hirviendo. Los niños estaban bañados, en pijama, haciendo sumas y restas en la mesa del comedor. No había botellas de alcohol, no había suciedad, no había “fiesta”.
La trabajadora social revisó el refrigerador (lleno de comida y verduras). Revisó las camas de los niños (limpias y tendidas). Revisó hasta el baño.
—Señora Flores —dijo la mujer, cerrando su libreta, ya con tono más amable—, evidentemente el reporte es falso. Sus hijos se ven muy bien cuidados. La casa está en orden.
—Oficial —dije, tratando de que no se me quebrara la voz—, ¿quién hizo el reporte?
—Fue una llamada anónima, señora. Pero… —bajó la voz— …era un hombre. Dijo ser un “vecino preocupado”, pero dio detalles muy específicos sobre sus horarios. Dijo que usted metía hombres a la casa.
—Es mi ex marido —dije, y esta vez no pude contener una lágrima de impotencia—. Me está acosando. Quiere quitarme a mis hijos o hacerme la vida imposible.
—Mire, nosotros vamos a cerrar este reporte como “infundado”. Pero si esto sigue así, usted necesita protegerse legalmente. Vaya al CODE (Centro de Orientación y Denuncia) y levante un acta por acoso. Esto ya no es un juego.
Cuando se fueron, abracé a mis hijos. Marquitos estaba llorando.
—Mamá, ¿por qué vino la policía? ¿Te van a llevar a la cárcel?
—No, mi amor. Nadie me va a llevar. Vinieron a ver qué bonita tenemos la casa. Todo está bien.
Pero no estaba bien. Rogelio había cruzado la línea. Meterse con mi trabajo era una cosa; echarme al DIF para intentar quitarme a mis hijos era una declaración de guerra total.
Y entonces, cometió el error. El error estúpido, borracho y arrogante que me dio el arma para destruirlo legalmente.
Dos semanas después de la visita del DIF, le tocaba su fin de semana con los niños. Según el acuerdo, él pasaba por ellos el sábado a las 10 a.m. y me los regresaba el domingo a las 6 p.m.
Ese sábado, dieron las 10:00. Nada.
Las 10:30. Nada.
Las 11:00. Nada.
Los niños estaban en la sala con sus mochilitas, esperando.
—A lo mejor se le pochó una llanta —decía Jazmín, siempre defendiéndolo.
A las 11:45, escuché un claxonazo afuera. Insistente. Piiiii-piiiii-piiiii.
Me asomé. Era la camioneta vieja de Rogelio (la que le dejó su papá prestada). Estaba subida a la banqueta, chueca.
Salí.
Rogelio bajó del vehículo. Casi se cae al pisar el suelo.
Traía la misma ropa de ayer. La camisa desfajada, manchada de salsa. Los ojos rojos como tomates. Y apestaba. Apestaba a alcohol rancio, a cigarro y a cruda de tres días.
—¡Ya llegué por mis hijos! —gritó, arrastrando las palabras—. ¡Manden a los huercos!
Caminó hacia mí tambaleándose.
—Rogelio, estás borracho —le dije, poniéndome en medio del camino a la puerta.
—No ‘stoy borracho… hip… estoy crudo, que es diferente. ¡Hazte a un lado, Paulina! Es mi fin de semana. Tengo derecho.
—No te vas a llevar a mis hijos en ese estado. Ni siquiera puedes caminar derecho, mucho menos manejar. ¿Estás loco?
—¡Tú no eres quién para decirme qué hacer! —se puso agresivo, manoteando—. ¡Ya no eres mi vieja! ¡Dame a mis hijos o rompo la puerta!
En ese momento, hice lo que cualquier mujer inteligente del siglo XXI haría: saqué mi celular y empecé a grabar.
—Repite eso, Rogelio —dije, apuntándole con la cámara—. Repite que vas a romper la puerta. Di a la cámara que vienes manejando borracho a recoger a tus hijos menores de edad.
Él se dio cuenta de que lo estaba grabando y se puso furioso. Se abalanzó sobre mí para quitarme el teléfono.
—¡Deja de grabar, pinche vieja loca!
Me empujó. No fue un golpe fuerte, pero me hizo tropezar y caer al pasto.
—¡Mamá! —gritó Marquitos desde la puerta.
Rogelio se detuvo. Vio a su hijo llorando en el marco de la puerta. Vio que yo seguía grabando desde el suelo. Vio a dos vecinas que ya habían salido a ver el escándalo y estaban llamando a la policía.
Su cerebro de borracho procesó que estaba en problemas.
—Estás loca… —masculló—. Me largo. Quédate con los niños. Al cabo ni los quería ver.
Se subió a la camioneta, se echó de reversa (casi le pega al poste de luz) y salió quemando llanta.
Yo me levanté, me sacudí el pasto y guardé el video.
—¿Estás bien, mamá? —mis hijos corrieron a abrazarme.
—Sí, mis amores. Estoy bien. Y ¿saben qué? Papá no va a volver a molestarnos por un buen rato.
Ese mismo lunes, con el video, el reporte del DIF y la denuncia de RH en mano, mi abogada presentó una solicitud de emergencia ante el Juez de lo Familiar.
“Solicitud de Modificación de Medidas Cautelares y Orden de Restricción por Violencia Familiar y Riesgo a Menores”.
La audiencia fue rápida. El juez vio el video. Vio a Rogelio borracho, violento, intentando manejar con los niños. Escuchó mi testimonio sobre el acoso laboral y las llamadas falsas al DIF.
Rogelio, sentado con su abogaducho, no tenía dónde esconderse. Estaba sobrio ahora, y se veía aterrorizado.
El juez, un hombre severo que odiaba a los padres irresponsables, dictó sentencia ahí mismo.
—Señor Rogelio Ramírez —dijo el juez, golpeando el mazo—, su conducta es reprobable. No solo ha puesto en peligro la integridad física de sus hijos al intentar conducir intoxicado, sino que ha utilizado las instituciones del estado (el DIF y la policía) para acosar a su ex esposa. Eso es un abuso del sistema.
Rogelio tragó saliva.
—Por lo tanto —continuó el juez—, dicto las siguientes medidas:
- Suspensión inmediata de las visitas libres. Usted solo podrá ver a sus hijos en el Centro de Convivencia Familiar (CECOFAM) bajo supervisión de un psicólogo, dos horas cada quince días. Y usted pagará el costo de las sesiones.
- Orden de restricción total. Usted no puede acercarse a menos de 500 metros de la señora Paulina Flores, de su domicilio, de su lugar de trabajo, ni de la escuela de los niños.
- Prohibición de comunicación. Cualquier llamada, mensaje o contacto indirecto para acosar a la señora será motivo de arresto administrativo inmediato por 36 horas.
—¡Pero juez! —protestó Rogelio—. ¡Eso es injusto! ¡Ella me provocó!
—Una palabra más, señor Ramírez, y lo mando arrestar ahorita mismo por desacato. ¿Entendido?
—Entendido —susurró Rogelio, derrotado.
Salimos del juzgado. Rogelio me miró con odio puro, pero desde lejos. No se podía acercar.
Yo caminé hacia mi coche con la cabeza en alto.
Había ganado. Pero más importante aún: me había liberado.
Esa tarde, llegué a mi casa. Me serví una copa de vino. Miré mi sala, mi comedor, mis hijos jugando tranquilos.
Rogelio había intentado destruirme. Había intentado quitarme mi trabajo, mi reputación y mi familia. Y lo único que logró fue cavar su propia tumba social y legal.
Pero la vida da muchas vueltas, comadre. Y mientras Rogelio se hundía en el lodo de su propia creación, yo estaba a punto de recibir la llamada que cambiaría mi destino profesional para siempre. Porque cuando te quitas un peso muerto de encima (o un marido inútil), es increíble lo rápido que puedes volar.
CAPÍTULO 7: El Contrato de Oro y la Caída del Rey
Dicen que cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. Pero en mi caso, cuando cerré la puerta de mi matrimonio tóxico, se abrió un portón gigante de oportunidades doradas.
Habían pasado tres meses desde la orden de restricción. Mi vida había entrado en una rutina hermosa y pacífica. Rogelio era solo un mal recuerdo que veía de lejos cada quince días cuando llevaba a los niños al Centro de Convivencia (yo ni me bajaba del coche; mandaba a mi hermano a entregarlos en la puerta para no verle la cara).
Mi trabajo en la empresa de facturación iba bien, pero algo en mí había cambiado. Ya no me conformaba con ser la empleada eficiente que resolvía problemas ajenos. Había descubierto que era una guerrera capaz de tumbar gigantes, y esa energía necesitaba un nuevo cauce.
Mi negocio de banquetes, “Sazón de Paulina”, era mi escape. Cocinar siempre había sido mi terapia. Picar cebolla me ayudaba a llorar sin culpa, y amasar pan me ayudaba a sacar la frustración. Pero ahora, cocinaba con alegría.
Un martes por la mañana, recibí una llamada desconocida.
—¿Bueno?
—¿Hablo con la señora Paulina Flores, propietaria de Banquetes Sazón?
—A sus órdenes —respondí, secándome las manos en el delantal (estaba preparando 50 chiles en nogada para una boda civil).
—Señora Flores, mi nombre es Roberto Martínez. Soy el Director de Desarrollo de Proveedores de Grupo Alfa.
Casi se me cae el teléfono. Grupo Alfa. Uno de los conglomerados industriales más grandes de Monterrey y de todo México. Esos tipos no contrataban banquetes; construían ciudades.
—Sí, dígame, licenciado Martínez. ¿En qué puedo servirle? —traté de sonar profesional, aunque el corazón me latía a mil.
—Mire, señora Flores, he probado su comida en dos eventos recientes. La boda de la hija del Licenciado Garza y la posada de la constructora Treviño. Y déjeme decirle… su asado de puerco es lo mejor que he probado en 20 años. Me recordó al de mi abuela en Linares.
—Muchas gracias, licenciado. Es receta de familia.
—Vamos al grano. Estamos buscando renovar el servicio de comedor ejecutivo para nuestro edificio corporativo en San Pedro. Estamos hartos de la comida insípida de las grandes cadenas. Queremos sabor casero, calidad, pero con capacidad de respuesta corporativa. ¿Le interesaría licitar por el contrato?
—¿Licitar? Licenciado, mi negocio es pequeño. Cocino en mi casa con ayuda de dos señoras.
—Señora Flores, si usted tiene el sazón y las ganas, nosotros le ayudamos con la infraestructura. Nos urge alguien confiable. Y me han dicho que usted es una mujer de palabra y muy trabajadora. ¿Le interesa?
—¿De qué volumen estamos hablando?
—Desayunos y comidas para 200 ejecutivos diarios, más eventos especiales de la presidencia. El contrato anual ronda los 4 millones de pesos.
Cuatro. Millones. De. Pesos.
Me tuve que sentar en el banco de la cocina porque se me nubló la vista. Eso era más dinero del que Rogelio y yo juntos hubiéramos ganado en diez vidas.
—Sí —dije, con la voz temblorosa pero firme—. Sí me interesa. ¿Cuándo presento la propuesta?
—La veo el lunes a las 9 a.m. en mi oficina. Traiga muestras.
Ese fin de semana no dormí. Recluté a mi mamá, a mis tías y a mi comadre Mónica. Cocinamos como poseídas. Hice mi famoso mole poblano, cortadillo norteño, arroz a la jardinera, y de postre, mostachón de fresa.
Llegué a la reunión vestida con mi mejor traje sastre (el de la suerte), cargando hieleras llenas de tuppers de vidrio.
Los ejecutivos probaron la comida. Vi cómo cerraban los ojos al probar el mole. Vi cómo sonreían al comer el postre.
—Señora Flores —dijo el Director General, limpiándose la boca con una servilleta de tela—, ¿cuándo puede empezar?
—Cuando ustedes me digan, señor.
—Empieza el primero del mes. Bienvenida a bordo.
Salí del edificio corporativo caminando sobre nubes. Me subí a mi coche, cerré la puerta y grité. Grité de euforia, de miedo, de felicidad.
Renuncié a mi empleo godín esa misma tarde.
—¿Estás segura, Paulina? —me preguntó mi jefa—. Tienes hijos que mantener. Un negocio propio es riesgoso.
—Sonia —le dije, sonriendo—, el riesgo era quedarme estancada manteniendo a un hombre que no servía. Ahora que solo mantengo a mis hijos y a mí misma, no tengo miedo. Voy a volar.
Y vaya que volé.
En seis meses, “Sazón de Paulina” pasó de ser un negocio de cochera a una empresa formal. Renté un local con cocina industrial. Contraté a 10 empleados (incluyendo a mi mamá como jefa de calidad, obvio). Compré una camioneta de reparto rotulada con mi logo.
Mis hijos estaban orgullosos.
—¡Mi mamá es la jefa! —decía Marquitos en la escuela.
Y yo… yo me sentía poderosa. Me compré ropa nueva. Me cambié el look. Empecé a ir al gimnasio. No para gustarle a nadie, sino para gustarme a mí.
Mientras tanto, en el universo paralelo de la mediocridad, Rogelio se estaba hundiendo.
Resulta que Berenice, la amante pegajosa, no fue tan tonta como yo pensé. O bueno, fue tonta un rato, pero aprendió rápido.
Después del escándalo del hospital, Berenice —quizás por culpa, quizás por esa estupidez que nos da a las mujeres de querer “salvar” al hombre roto— intentó seguir con Rogelio.
Sí, comadre. Le dio asilo. Rogelio se fue a vivir al departamento de ella (el famoso de la tubería rota) después de que yo le tiré la ropa a la basura.
Pero la convivencia con Rogelio sin mi dinero de por medio fue… reveladora.
Rogelio no tenía trabajo. Tenía antecedentes penales por violencia familiar (gracias a mi denuncia). Tenía quemaduras en sus partes nobles que requerían curaciones diarias (que Berenice tenía que hacer, ¡guácala!). Y, lo más importante, seguía siendo un parásito.
—Berenice, préstame para la gasolina —le decía.
—Berenice, cómprame cigarros.
—Berenice, esta comida está desabrida, mi ex cocinaba mejor.
¡El muy cínico se atrevió a compararla conmigo!
La gota que derramó el vaso de Berenice llegó tres meses después.
Yo me enteré por mi comadre Leti, que tiene oídos hasta en el infierno.
—¡Pau! —me llamó un sábado—. ¡No vas a creer el chisme! ¡Tronaron!
—¿Quiénes? ¿Rogelio y la Pegajosa?
—Sí. Resulta que Berenice descubrió que Rogelio le estaba robando dinero de su tarjeta de nómina.
—¿Robando?
—Sí. Él se sabía el NIP porque un día la vio pagar. Le sacaba de a 500 pesos en el cajero “para gastos”. Pero lo peor no es eso. ¿Sabes en qué se gastaba el dinero?
—¿En qué?
—En pagarle al abogado para intentar demandarte a ti otra vez. Quería pelear la custodia de los niños para sacarte pensión.
Solté una carcajada. Rogelio estaba usando el dinero de su amante para intentar demandar a su ex esposa. Era un ciclo de parasitismo perfecto.
—¿Y qué hizo Berenice?
—Lo corrió. Pero no así nomás. Le llamó a la policía porque le encontró mensajes en el celular con otra vieja.
—¡No! —me tapé la boca—. ¿Otra? ¿Con el “instrumento” quemado y todo?
—¡Sí! Al parecer Rogelio le tiraba la onda a una cajera del OXXO. Berenice se puso loca, le aventó la ropa por el balcón (literal, como en las películas) y le gritó que se largara.
Así que ahí estaba Rogelio. Sin esposa. Sin amante. Sin dinero. Sin casa. Y con una orden de restricción que le impedía acercarse a la única persona que alguna vez lo había ayudado de verdad: yo.
Se tuvo que ir a vivir con su mamá, Doña Dorotea.
Y mi suegra, que Dios la bendiga, ya no era la misma solapadora de antes. Después de ver a su hijo en cueros pegado en la camilla, algo cambió en ella.
Me llamó un día, llorando.
—Paulina, mija. Perdón que te moleste.
—Dígame, Doña Dorotea.
—Solo quiero pedirte perdón.
—Ya me pidió perdón en el hospital, suegra.
—No, pero es que ahora que lo tengo aquí en la casa… ahora veo lo que tú viviste. Es un huevón, Paulina. No levanta su plato. Se la pasa quejándose. Le grita a su padre. Me exige que le lave la ropa. Ahora entiendo el infierno que pasaste. No sé en qué fallé como madre, pero te juro que lo estoy tratando de enderezar.
—No es su culpa, suegra. Él es un adulto. Él elige ser así.
—Pues aquí se le acabó la fiesta. Le dije que si no consigue trabajo de lo que sea —de barrendero si es necesario— y empieza a pagar renta, lo corro a la calle. Ya no voy a criar parásitos a mis 60 años.
Me dio gusto escuchar eso. Doña Dorotea finalmente había cortado el cordón umbilical.
La caída final de Rogelio ocurrió en diciembre del 2016.
Yo estaba en la cúspide. Mi empresa había ganado el premio a “Mejor PYME de Servicios” de la cámara de comercio local. Me invitaron a una cena de gala para recibir el reconocimiento.
Llegué al salón de eventos, un lugar lujosísimo en San Pedro. Llevaba un vestido rojo espectacular que me compré con mi propio dinero, tacones altos, y el cabello suelto. Me sentía una diosa.
Estaba dando mi discurso de aceptación en el estrado:
—…y quiero agradecer a mis hijos, que son mi motor. Y también quiero agradecer a las adversidades —dije, mirando al público—, porque me enseñaron que soy más fuerte de lo que creía. A veces, tienes que perder lo que creías que era tu “todo” para encontrar lo que realmente vales.
La gente aplaudió.
Bajé del estrado y un mesero se me acercó con una copa de champaña.
Miré al mesero.
Se me heló la sangre por un segundo.
Llevaba el uniforme de chaleco negro y moño. Tenía el pelo un poco más canoso, la cara más chupada, ojeras profundas. Se veía viejo. Derrotado.
Era Rogelio.
Estaba trabajando de mesero en el evento donde yo estaba siendo premiada.
Nuestras miradas se cruzaron.
Vi cómo sus ojos recorrían mi vestido rojo, mi joyería, mi sonrisa. Vi cómo miraba el premio de cristal en mi mano. Y luego vi cómo miraba su propia charola con copas vacías y servilletas sucias.
Se puso rojo. Rojo como un tomate. Le temblaron las manos y las copas tintinearon.
—Paulina… —susurró.
Yo podría haberlo humillado. Podría haberle dicho: “Tráeme otra copa, muchacho, y rápido”. Podría haber llamado al gerente y decir que ese hombre tenía una orden de restricción y que lo sacaran.
Pero no lo hice.
Porque en ese momento, me di cuenta de que ya no sentía odio. Ni rencor. Ni siquiera lástima.
Sentía indiferencia.
Él era solo un hombre triste con una charola. Un extraño.
Lo miré a los ojos, sonreí levemente —una sonrisa de cortesía, como la que le das al viene-viene— y dije:
—Gracias. No quiero nada.
Y me di la vuelta.
Me fui a mi mesa, a brindar con mis socios, con mi abogada Pati, con mi familia.
Rogelio desapareció. Supongo que se escondió en la cocina o renunció ahí mismo. No me importó.
Esa noche, cuando llegué a casa, me quité los tacones, me serví un té y me senté en mi terraza. Miré las estrellas.
Pensé en la botella de pegamento. Pensé en los gritos. Pensé en el dolor de la traición.
Todo eso parecía de otra vida. Una vida lejana y borrosa.
Ahora, mi vida era mía.
Pero la historia no termina aquí, comadre. Porque el destino tenía una última sorpresa guardada para mí. Una sorpresa que no tenía nada que ver con venganza, sino con recompensa.
Porque cuando limpias tu casa de basura, dejas espacio para que entren cosas nuevas y maravillosas. Y alguien estaba a punto de tocar a mi puerta. Alguien que sí sabía lo que valía una mujer como yo.
CAPÍTULO 8: Un Nuevo Amanecer y el Sabor de la Victoria Definitiva
Después de ver a Rogelio con la charola de mesero aquella noche de diciembre de 2016, cerré el capítulo del rencor para siempre. Verlo así, reducido a servir a la mujer que despreció, fue el punto final que necesitaba. No hubo gritos, no hubo drama. Solo hubo silencio y la certeza absoluta de que yo había ganado. No solo el divorcio, sino la vida.
El 2017 llegó con fuerza. Mi empresa, “Sazón de Paulina”, crecía como la espuma. Ya no solo teníamos el comedor corporativo de Grupo Alfa; nos contrataron para dar servicio a dos torres de oficinas más y empezamos a surtir postres gourmet a cafeterías de la zona Tec.
Yo estaba ocupadísima. Entre el trabajo, los hijos (que ya estaban entrando en la adolescencia, ¡ay, Dios!), las juntas escolares y el gimnasio, no tenía tiempo para pensar en hombres.
Mis amigas, la Mónica y la Leti, siempre me decían:
—Ándale, Pau. Búscate un novio. Eres joven, guapa y millonaria (bueno, casi). ¡Aprovecha!
—No, gracias —decía yo—. Ya tuve mi dosis de testosterona tóxica para dos vidas. Estoy feliz sola. Mi cama es toda mía, el control remoto es mío y nadie me deja la tapa del baño levantada. Eso es la felicidad.
Pero el destino es terco, comadre. Y cuando te toca, aunque te quites.
Un sábado de abril, fui al Mercado de Abastos muy temprano, como siempre, a escoger la fruta y verdura para la semana. Iba en mis fachas de trabajo: jeans, tenis cómodos, playera de la empresa y una gorra, cargando cajas de tomate como si fuera estibadora.
Estaba discutiendo con Don Pepe, mi proveedor de aguacates.
—¡No, Don Pepe! Estos aguacates están duros como piedras. Necesito que estén en su punto para el lunes. No me quiera ver la cara.
—Ay, Doña Pau, es que así viene la cosecha. Lléveselos y los envuelve en periódico.
—No tengo tiempo de envolver quinientos aguacates en periódico. Consígame buenos o me voy con el de enfrente.
—Disculpe —escuché una voz grave detrás de mí.
Me volteé, lista para pelear con quien fuera que me interrumpiera.
Y me topé con un pecho. Un pecho amplio, cubierto por una camisa de cuadros bien planchada. Levanté la vista.
Era un hombre. Alto. No tan alto como Rogelio, pero más… sólido. Tenía barba bien recortada, ojos amables y una sonrisa tranquila. Se veía como de mi edad, unos 38 o 40 años.
—Señora —dijo él—, si me permite la intromisión, el puesto del pasillo 4 tiene unos aguacates Hass de Michoacán que están mantequilla pura. Acabo de comprar tres cajas para mi restaurante.
Lo miré de arriba abajo. No se veía como los cargadores del mercado. Se veía limpio, olía a madera y especias.
—¿Tiene restaurante? —pregunté, bajando la guardia.
—Sí. “El Fogón de San Pedro”. Soy Miguel Ángel. Mucho gusto.
Me extendió la mano. Tenía manos grandes, rasposas de trabajo, pero limpias. Manos de alguien que cocina, no de alguien que solo manda.
—Paulina. “Sazón de Paulina”.
—¡Ah! —se le iluminaron los ojos—. ¿Usted es la famosa Paulina de los banquetes? He oído maravillas de su mole. Dicen que es legendario.
Me sonrojé. Y comadre, yo no me sonrojo fácil.
—Pues… dicen por ahí.
—Me encantaría probarlo algún día. Y que usted pruebe mis cortes de carne. ¿Le puedo invitar un café aquí en la fonda de Doña Chonita? Sirven un café de olla buenísimo.
Dudé. Mi instinto de “alerta hombre peligroso” se activó. Pero luego vi sus ojos. No había malicia. No había esa mirada depredadora que tenía Rogelio. Había… respeto. Interés genuino.
—Tengo prisa —dije, haciéndome la difícil—. Tengo que llevar esto a la cocina.
—Le ayudo a cargar —dijo él, levantando dos cajas de tomate como si fueran plumas—. Mi camioneta está aquí afuera. La sigo a su cocina, le bajo la mercancía y luego, si usted quiere, le invito ese café. Sin compromiso. De colega a colega.
Acepté. Y fue la mejor decisión que tomé después del pegamento.
Miguel no era como Rogelio. Para empezar, Miguel era un hombre resuelto. Tenía su propio negocio, exitoso. No necesitaba mi dinero. No necesitaba que lo mantuviera. No necesitaba que le inflara el ego.
Empezamos a salir. Primero como “colegas”, hablando de proveedores, de costos, de empleados. Luego, como amigos. Y finalmente, seis meses después, como algo más.
Lo que más me sorprendió fue cómo trató a mis hijos.
Rogelio siempre veía a los niños como una extensión de él mismo, adornos para su ego. Miguel los veía como personas.
Un domingo, lo invité a comer a la casa. Estaba nerviosa. Mis hijos eran mi filtro más duro. Si ellos no lo aprobaban, adiós Miguel.
Marquitos (que ya tenía 10 años) lo miraba con desconfianza.
—¿Tú eres el novio de mi mamá? —le preguntó directo, con los brazos cruzados.
Miguel se puso a su altura, hincándose en una rodilla.
—Soy amigo de tu mamá, campeón. Y espero, con el tiempo, ser amigo de ustedes también. Me gusta mucho tu mamá. Es una mujer muy trabajadora y muy valiente. Ustedes tienen mucha suerte de tenerla.
Marquitos lo miró a los ojos, buscando la mentira. No la encontró.
—¿Le vas a pedir dinero prestado? —preguntó Marquitos. Esa pregunta me rompió el corazón. Mi hijo había normalizado que los hombres se acercaban a mí por dinero.
Miguel no se ofendió. Sonrió tristemente y sacó su cartera.
—No, hijo. Gracias a Dios yo trabajo mucho y me va bien. Mira —sacó un billete de 500 pesos y se lo dio a Marquitos—. Este es para que invites a tus hermanos al cine. Yo invito la comida hoy. A tu mamá la invito yo, no ella a mí.
Marquitos tomó el billete, sorprendido.
—Órale. Gracias.
Ese día, Miguel se puso el delantal y nos cocinó una parrillada en el jardín. Jugó fútbol con los niños (y los dejó ganar, pero no tan fácil). Ayudó a lavar los platos. Y cuando se fue, no me pidió nada. Solo me dio un beso en la frente y me dijo:
—Gracias por dejarme entrar a tu hogar, Paulina. Tienes una familia hermosa.
Cerré la puerta y me recargué en ella, suspirando.
—Me cae bien —dijo Jazmín desde el sillón—. No huele a cigarro y no grita.
—Y tiene una camioneta chida —agregó Rogelio Jr.
Prueba superada.
Dos años después, en el 2019, Miguel me propuso matrimonio.
No fue en París, ni en un globo aerostático. Fue en mi cocina industrial, un martes a las 11 de la noche, después de terminar un evento masivo para 500 personas. Estábamos agotados, sucios de salsa y harina.
—Paulina —me dijo, limpiándome una mancha de chocolate de la mejilla—. Eres la mujer más chingona que conozco. Te admiro. Te respeto. Y te amo como un loco. Quiero ser tu socio en la vida, no solo en la cocina. ¿Te quieres casar conmigo?
Sacó un anillo. No era un anillo ostentoso de diamante gigante. Era una banda de oro blanco, elegante, sólida. Como él.
Lloré. Lloré como no había llorado en años.
—Sí —dije—. Sí, chef.
Nos casamos seis meses después. Una boda íntima en un viñedo de Parras, Coahuila. Solo la familia y amigos cercanos.
Mis hijos me entregaron en el altar. Marquitos iba del brazo conmigo, alto y guapo en su traje.
—Te ves hermosa, mamá —me dijo—. Y Miguel es buena onda. Se lo ganó.
En la fiesta, mientras bailaba el vals con mi nuevo esposo, vi a alguien conocido entre las mesas de atrás.
Era Doña Dorotea. Mi ex suegra. La invité porque, a pesar de todo, seguía siendo la abuela de mis hijos y se había portado a la altura estos últimos años.
Me acerqué a saludarla.
—Doña Dorotea, gracias por venir.
La señora me tomó las manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te ves radiante, mija. Te mereces esto y más. Ese hombre… Miguel… se ve que te adora. Se le nota en cómo te mira.
—Sí, suegra. Es un buen hombre.
—Paulina… solo quería decirte… —bajó la voz—. Rogelio se enteró.
Se me tensó el estómago.
—¿Ah, sí?
—Sí. Se puso muy mal. Lloró. Creo que hasta hoy, él tenía la fantasía de que algún día tú lo ibas a perdonar y lo ibas a rescatar de su miseria. Ver que te casas con otro, con un hombre exitoso… eso lo terminó de matar en vida.
—Lo siento por él, Doña Dorotea. De verdad. Espero que encuentre paz.
—No la va a encontrar, mija. Él construyó su propio infierno. Pero tú… tú construiste tu cielo. Sé muy feliz.
Me abrazó. Sentí que en ese abrazo se cerraba definitivamente el ciclo del dolor.
Y ahora, comadre, llegamos al presente. 2024.
Han pasado 8 años desde el incidente del pegamento.
Mi vida es… perfecta. Y no me da miedo decirlo. No es perfecta porque no tenga problemas (siempre hay broncas en el negocio, o con los adolescentes), sino porque es una vida construida sobre la verdad y el esfuerzo propio.
“Sazón de Paulina” y “El Fogón de San Pedro” se fusionaron. Ahora somos “Grupo Gastronómico MP”. Tenemos tres restaurantes, el servicio de catering corporativo y acabamos de lanzar una línea de salsas gourmet que se vende en supermercados. Facturamos millones. Tenemos casa propia (la mía, que ampliamos, y una casa de campo en Santiago).
Mis hijos están enormes.
Marquitos (ya Marco) está estudiando Arquitectura en el Tec de Monterrey. Irónicamente, va a ser el arquitecto que su padre soñó ser y nunca fue. Pero Marco es humilde, trabajador y respeta a las mujeres. Miguel ha sido un gran ejemplo para él.
Jazmín quiere ser chef como su mamá.
Y Rogelio Jr. (le decimos Roy ahora) es un genio de las computadoras.
¿Y Rogelio, el original?
Bueno, el karma es un artista detallista.
Rogelio vive en un cuartito de renta en una zona popular de Santa Catarina. Trabaja de chofer de aplicación (Uber) en un coche rentado. Lo sé porque mis hijos me cuentan.
Lo ven poco. Una vez al mes, si bien le va. Él siempre tiene excusas: “no tengo gasolina”, “se me ponchó la llanta”, “me salió un viaje largo”. La verdad es que le da vergüenza verlos. Le da vergüenza que sus hijos lleguen en camionetas del año, con ropa de marca y hablando inglés, mientras él sigue usando la misma ropa de hace 5 años.
El otro día, Marco me contó algo que me dejó pensando.
—Mamá —me dijo—, fíjate que mi papá me pidió prestado dinero el fin de semana.
—¿Qué? —sentí la furia subir—. ¿Cuánto te pidió?
—Quinientos pesos. Dijo que era para la medicina de la presión. Se ve muy acabado, ma. Tiene 45 años pero parece de 60. Está gordo, calvo y cojea de una pierna (secuela de la quemadura química, dicen las malas lenguas).
—¿Y se los diste?
—Sí. Me dio lástima. Me dijo: “Mijo, estudia mucho, no seas pendejo como tu padre. Tu madre es una santa, yo fui el diablo”.
Se me hizo un nudo en la garganta. Al final, Rogelio entendió. Tarde, mal y a la fuerza, pero entendió. Reconoció mi valor cuando ya me había perdido para siempre.
Esa es la victoria final, comadre.
No es verlo sufrir. No es verlo pobre. Eso ya no me da placer.
La victoria es que él mismo reconozca la verdad. Que él mismo sepa, cada mañana cuando se levanta en su cama vacía, que tuvo a la mujer perfecta, a la familia perfecta, y lo tiró todo a la basura por un frasco de aceite y una aventura barata.
Hace poco me encontré a Berenice. Sí, a la amante.
Fue en el HEB, curiosamente. En el mismo pasillo donde los vi aquella vez.
Ella iba empujando un carrito con un bebé. Se veía bien, tranquila.
Nos cruzamos. Me reconoció. Se detuvo.
Yo me detuve.
—Paulina —dijo.
—Berenice.
—Te ves… increíble.
—Gracias. Tú también. Bonito bebé.
—Gracias. Es… de mi esposo. Me casé hace dos años. Un buen hombre.
—Me da gusto. De verdad.
Ella dudó un momento, mordiéndose el labio.
—Oye… nunca te di las gracias.
—¿Gracias? ¿Por qué? ¿Por pegarte a un hombre desnudo?
Sonrió con pena.
—Por salvarme. Si no hubieras hecho eso… si no hubieras expuesto todo ese día… yo hubiera seguido con él. Me hubiera embarazado de él. Hubiera arruinado mi vida creyéndome sus mentiras. Ese pegamento… dolió como el infierno, pero me despegó de un error fatal.
La miré sorprendida. Nunca lo había visto así.
—Pues… de nada, supongo. A veces hay que tocar fondo para rebotar.
—Sí. Cuídate, Paulina. Y felicidades por tu éxito.
—Igual, Berenice.
Se fue.
Me quedé parada en el pasillo de papelería, viendo los pegamentos escolares. Agarré un bote de Resistol blanco. Lo pesé en mi mano.
Un simple bote de pegamento. Veinte pesos.
Veinte pesos que cambiaron mi vida. Veinte pesos que me devolvieron mi dignidad. Veinte pesos que me enseñaron que soy capaz de todo.
Sonreí, dejé el bote en el estante y me fui a la caja, donde mi esposo Miguel me estaba esperando para pagar la cuenta, darme un beso y llevarme a casa. A mi verdadera casa.
MORALEJA:
Mujeres, escúchenme bien:
No eres centro de rehabilitación para hombres rotos.
No eres banco para hombres quebrados.
No eres tapete para hombres sucios.
Si tu instinto te dice que algo anda mal, investiga.
Si confirmas la traición, no llores. Factura.
Y si decides vengarte… sé creativa. Usa la química, usa la ley, usa tu inteligencia.
Pero recuerda: la mejor venganza no es el pegamento. El pegamento es solo el trámite.
La verdadera venganza es ser feliz. Es ser exitosa. Es brillar tanto que la sombra de tu ex se desvanezca.
Soy Paulina Flores de Martínez. Soy empresaria, soy madre, soy esposa amada. Y soy la mujer que cambió aceite por pegamento y terminó pegando los pedazos de su propia vida para hacer una obra de arte.
Y colorín colorado, este cuento de infieles se ha acabado.
¡Salud!
FIN