
Capítulo 1: El Ruego
El silencio de las dos de la madrugada en el piso 40 de la Torre Elizondo era una bestia extraña. No era un silencio puro, como el del desierto o el de un campo nevado, lugares que la memoria de Mariana Villanueva insistía en visitar en sus peores noches. No. Este era un silencio artificial, prefabricado, zumbante. Un vacío sostenido por el murmullo casi imperceptible de los sistemas de climatización, el ronroneo lejano de los servidores un piso más abajo y el eco fantasmal de una ciudad de veintidós millones de almas que, incluso a esa hora, nunca dormía del todo.
Mariana conocía íntimamente cada matiz de ese silencio. Durante los últimos siete meses, había sido la banda sonora de su vida, el metrónomo que marcaba el ritmo de su penitencia autoimpuesta. El movimiento de su trapeador sobre el reluciente mármol italiano era el único sonido real, una percusión constante y monótona: shhh-shhh-clac, shhh-shhh-clac. El shhh del fieltro húmedo, el clac del mango de metal al girar en sus manos. Era un ritmo que la anclaba al presente, que mantenía a raya a los fantasmas que arañaban las paredes de su mente, siempre listos para emboscarla en cualquier momento de quietud.
Su reflejo en el suelo pulido era una mancha borrosa, una figura sin rostro vestida con el uniforme gris anónimo de la empresa de limpieza subcontratada. Era perfecta. La invisibilidad era un arte que había dominado, primero por necesidad en las selvas de Chiapas y los desiertos de Coahuila, y ahora, por elección, en la jungla de cristal y acero de Santa Fe. Aquí, en el corazón palpitante del poder financiero de México, nadie miraba a la mujer de la limpieza. Era parte del mobiliario, una herramienta que aparecía cuando la opulencia se iba a dormir y desaparecía antes de que regresara a alardear de su brillo.
El olor a químico, una mezcla de amoníaco y un aroma a “pino fresco” tan artificial que mareaba, se le pegaba a la ropa y al cabello. Al principio le molestaba; ahora, lo agradecía. Era un olor que ahogaba los recuerdos, que enmascaraba el aroma a pólvora, a tierra reseca y a miedo que a veces creía que todavía emanaba de sus poros.
Mientras trabajaba, su mente, un músculo que no podía simplemente apagar, catalogaba. La mancha de vino tinto junto al escritorio de un vicepresidente, probablemente un Malbec de más de cinco mil pesos la botella, derramado con descuido. Las migajas de un croissant francés en la alfombra de la oficina de la directora de finanzas, un desayuno de pánico a medianoche. Las huellas de unos tacones de aguja que no pertenecían a la esposa del director en el pasillo privado que llevaba a su oficina. Observaba los pequeños pecados y descuidos de los dioses de aquel Olimpo corporativo. No los juzgaba. Simplemente, registraba. Era un hábito de su vida anterior: analizar el entorno, buscar anomalías, entender el terreno.
Esa noche, sin embargo, el aire se sentía diferente. Más pesado. Una corriente de tensión parecía vibrar bajo la superficie del silencio prefabricado. Lo había sentido desde que subió en el elevador de servicio, un nudo apretado en la boca del estómago que su instinto, aletargado pero no muerto, se negaba a ignorar. Quizás era solo el cansancio. La doble jornada para pagar la renta del minúsculo departamento en la Doctores y enviar algo de dinero a su madre en Oaxaca. O quizás era algo más.
Shhh-shhh-clac. Se concentró en el ritmo. En el arco perfecto de sus brazos. En la forma en que sus músculos, aún densos y poderosos bajo el uniforme holgado, se movían con una eficiencia que habría parecido extraña si alguien se hubiera detenido a observarla. Pero nadie lo hacía.
Y entonces, lo oyó.
Por favor, ayude a mi papi. Lo están matando.
La voz fue un susurro, un hilo de sonido tan fino como una telaraña, casi perdido en la inmensidad del corredor. Pero para Mariana, entrenada para detectar el chasquido de una rama bajo una bota a cien metros de distancia en la oscuridad, fue como el estallido de un disparo de Barret .50 junto a su oído.
Se congeló. El trapeador se detuvo a mitad de un arco. El aire se atoró en su garganta, y por un instante, el único sonido en el universo fue el latido de su propio corazón, un tambor de guerra sordo y pesado en su pecho. Pum-pum. Pum-pum. Hacía años que no lo sentía así, no desde la emboscada en Reynosa. No desde Nía.
Ah, Nía. El nombre era una herida, una que supuraba en la oscuridad de sus pensamientos. La imagen de su sobrina, su sonrisa, sus ojos brillantes… la voz de esta niña tenía el mismo timbre asustado que Mariana había escuchado en su última llamada. El recuerdo la golpeó con la fuerza de un ariete.
Lentamente, como si sus vértebras se hubieran soldado, giró la cabeza. Sus ojos recorrieron el pasillo, un túnel de mármol blanco y paneles de madera oscura que se extendía por casi cincuenta metros. Las luces empotradas en el techo creaban charcos de luz fría, haciendo que el lugar pareciera aún más desolado y vacío.
Y allí, en el extremo más alejado, justo fuera del cono de luz de la última lámpara, estaba la anomalía. Una pequeña figura. Una niña. Descalza sobre el mármol helado.
Mariana parpadeó, una, dos veces. ¿Una alucinación? ¿El agotamiento finalmente rompiendo las compuertas de su cordura? Había visto cosas peores en el desierto, espejismos nacidos del calor y la deshidratación. Pero esto era diferente. La niña era real.
Su vestido rosa, de una marca cara que Mariana reconocía de reojo en los catálogos que tiraban a la basura, estaba rasgado en el hombro. Su cabello, de un rubio brillante y cuidado, ahora era un nido enredado. Y su rostro, pequeño y pálido, estaba surcado por caminos de mugre y lágrimas.
Entonces, la niña tropezó hacia adelante, saliendo de las sombras y entrando en la luz. Se agarraba un brazo, como si le doliera. “Lo están lastimando”, repitió, su voz un murmullo quebrado que apenas viajó por el pasillo. Su mirada se encontró con la de Mariana, y en sus ojos, del color del cielo antes de una tormenta, había un terror puro, sin adulterar. “Papi está en la sala de juntas. Los hombres… le están gritando y pegando. Por favor, por favor, ayúdelo”.
En ese preciso instante, la Mariana Villanueva que trapeaba pisos, la que mantenía la cabeza gacha y respondía con monosílabos, la que se había construido un caparazón de indiferencia y anonimato, murió. O, más bien, fue suprimida. La que tomó el control fue otra persona. Una sombra. Un fantasma del pasado que llevaba el nombre de Teniente Villanueva, alias “La Sombra”, del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales. La mujer que había sobrevivido a tres emboscadas, que había extraído a dos políticos de un secuestro en la selva y que había visto morir a su unidad por una traición.
No hubo un segundo de duda. La decisión no fue consciente; fue una reacción celular, un instinto grabado a fuego en su ADN.
Dejó caer el trapeador. El golpe sordo del mango de metal contra el mármol resonó como una sentencia. El agua sucia se esparció, manchando el brillo inmaculado del suelo y salpicando sus botas de trabajo gastadas. Se arrodilló, un movimiento fluido y rápido, sin importarle la humedad ni el frío que se filtraba a través de la tela de su pantalón. Quedó a la altura de los ojos de la niña. La pequeña olía a miedo, a jabón caro y a las galletas que seguramente había comido horas antes. Un olor infantil y terriblemente vulnerable.
“¿Cómo te llamas, valiente?”, preguntó Mariana. Su voz, que normalmente era plana y sin emoción, emergió con una suavidad que la sorprendió a ella misma. Era el tono que usaba con Nía cuando se caía y se raspaba las rodillas.
“Sofi”, respondió la niña, el labio inferior temblando sin control.
“Muy bien, Sofi. Escúchame con atención”, dijo Mariana, su mirada fija y tranquilizadora, tomando el control de la situación, estableciendo un ancla para el pánico de la niña. “Quiero que te quedes aquí mismo, ¿ves esta línea en el mármol?”. Señaló una junta en el suelo. “Esta es tu base. No te muevas de aquí por nada del mundo. Pase lo que pase, no importa lo que oigas o lo que pase, no te vayas de este lugar. ¿Me entendiste? Es muy importante”.
La niña asintió, una lágrima nueva y gorda rodando por su mejilla sucia. El movimiento fue pequeño, pero firme. Entendía. Los niños, en su experiencia, entendían las órdenes directas mucho mejor que los adultos en situaciones de crisis.
“Buena chica”, murmuró Mariana, y le dio un apretón suave en el hombro antes de levantarse.
Se irguió y su postura cambió. La espalda encorvada por horas de limpieza se enderezó. Sus hombros se cuadraron. Su mirada, antes perdida en la monotonía, ahora era afilada, cortante. Se movió por el pasillo, y ya no era una mujer caminando. Era un depredador avanzando por su territorio.
Sus pasos eran rápidos pero silenciosos, sus botas de suela de goma apenas susurraban sobre la piedra. Cada paso traía de vuelta una memoria muscular que había intentado enterrar bajo capas de normalidad. Sus ojos no miraban al frente; escaneaban. Esquinas ciegas. Sombras profundas junto a las macetas de diseño. Las rejillas de los conductos de ventilación, posibles puntos de vigilancia o acceso. La ubicación de los extintores, potenciales armas improvisadas. Su cerebro era una computadora táctica que se había reiniciado, procesando datos a una velocidad vertiginosa.
Por puro reflejo, su mano derecha subió a su oreja, buscando el auricular de comunicación que había sido una extensión de su cuerpo durante una década. No había nada. Solo el lóbulo de su oreja. Muerto, pensó. Por supuesto. Quienesquiera que fueran estos hombres, sabían cómo aislar un piso. Habían cortado la red de seguridad, las cámaras, las comunicaciones. Eso gritaba una sola palabra: profesionales. Y esa palabra venía siempre acompañada de otra: peligro. Un peligro organizado, financiado y letal. Esto no era un robo común. Era una operación.
Llegó a las imponentes puertas dobles de caoba de la sala de juntas principal, el sanctasanctórum del imperio Elizondo. El aire a su alrededor parecía más frío, más denso. Se detuvo a un metro de distancia, convirtiéndose en parte de la sombra proyectada por una escultura abstracta y carísima. Cerró los ojos por un segundo, agudizando su oído. El zumbido bajo y constante de los sistemas del edificio. Nada más. Sin gritos, sin alarmas. Solo ese silencio antinatural, que ahora se sentía como la calma tensa antes de una detonación.
Se acercó más, pegando la oreja a la madera fría y pulida. Contuvo la respiración, ralentizando su propio ritmo cardíaco, una técnica de meditación de combate que le había salvado la vida en más de una ocasión.
Y entonces lo oyó.
Primero, un golpe seco y húmedo. El sonido inconfundible de un puño contra la carne.
Luego, un gruñido ahogado, un sonido de dolor y falta de aire.
Y finalmente, una voz. Un hombre. Hablaba en un tono bajo, conversacional, lo que lo hacía aún más aterrador. La voz rezumaba una arrogancia helada, la de alguien que tiene el control absoluto y lo disfruta.
“Firma el traspaso de los activos, Elizondo. El fideicomiso completo. Firma ahora o te juro por Dios que haremos que tu hija se pierda de camino a la escuela. Que se evapore. La subiremos a una camioneta y no la volverás a ver jamás. Quizás encontremos uno de sus zapatitos en un lote baldío en Ecatepec en un par de semanas, solo para que sepas que cumplimos. ¿Es eso lo que quieres para tu princesita?”.
Fue suficiente.
La rabia que sintió Mariana no fue caliente y explosiva. Fue fría. Glacial. Una pieza de hielo expandiéndose en su pecho. La mención de la niña, la amenaza específica y cruel, la imagen del zapato… todo se conectó con el archivo clasificado de la muerte de Nía. “Daño colateral”, lo habían llamado. Una frase que le revolvía el estómago.
No más.
Se apartó de la puerta. Sus movimientos eran económicos, precisos. De su bolsillo, sacó la tarjeta de acceso maestra que tenía por su trabajo, una llave que abría casi todas las puertas de la torre, excepto las de las bóvedas. La deslizó por el lector electrónico junto a la puerta. Un pequeño diodo parpadeó del rojo al verde. Un clic metálico, casi inaudible pero ensordecedor para ella, confirmó que la cerradura estaba liberada.
Respiró hondo una vez. Luego exhaló, vaciando sus pulmones. En ese vacío, encontró el centro de su fuerza. Dando un solo paso hacia atrás para tomar impulso, levantó la pierna derecha. Su cuerpo se torció, canalizando la fuerza desde sus caderas, a través de su torso y hasta la punta de su bota de trabajo.
La patada no fue a la cerradura. Fue justo al lado, en el punto más débil del marco de la puerta. Fue una patada enseñada no en una clase de karate, sino en un curso de demolición de élite. Una patada diseñada para romper, para destrozar, para anunciar la llegada del infierno con la máxima violencia y sorpresa.
La madera de caoba, que costaba más que su salario de un año, se astilló. La puerta se abrió de golpe hacia adentro, estrellándose contra el tope de la pared con un estruendo brutal que hizo temblar el aire.
La luz de la sala de juntas se derramó en el pasillo, silueteando a Mariana en el umbral. Por una fracción de segundo, fue una aparición, una sombra negra recortada contra el infierno que acababa de desatar. El capítulo de la mujer de la limpieza había terminado. El de la Sombra acababa de empezar.
Capítulo 2: Furia Silenciosa
La puerta de caoba, una pieza de artesanía que valía más que el auto de Mariana, reventó hacia adentro con la furia de una explosión controlada. No fue solo el sonido, un estruendo brutal que desgarró el silencio del piso 40; fue la onda de choque. El aire de la habitación se comprimió y luego se expandió, haciendo que los papeles sobre la mesa de conferencias se levantaran en un remolino caótico y que el carísimo café en las tazas de porcelana vibrara violentamente.
Por una fracción de segundo, el tiempo se detuvo. La escena quedó congelada, un diorama del infierno corporativo iluminado por la vista panorámica de una Ciudad de México nocturna que brillaba a través del ventanal de piso a techo.
Desde la perspectiva de Juan Pablo Elizondo, fue un milagro violento. Un momento antes, estaba ahogándose en su propio sudor y miedo, el sabor metálico de la sangre en su boca, la cara del hombre que lo amenazaba a centímetros de la suya. Al siguiente, una detonación. Y en el umbral, recortada contra la luz más tenue del pasillo, una silueta que no debería estar allí. La reconoció, no por su rostro, sino por el uniforme gris. Era la mujer de la limpieza. La que a veces veía de reojo en las madrugadas cuando se quedaba a trabajar hasta tarde, una sombra moviéndose en la periferia de su mundo dorado, tan insignificante como una mota de polvo. Y esa mota de polvo acababa de derribar la puerta de su universo.
Para los tres hombres de traje, fue una falla catastrófica en el plan. Eran profesionales. Habían asegurado el piso, inhibido las comunicaciones, sobornado al jefe de seguridad del turno nocturno. Todo estaba bajo control. La aparición de la mujer fue una variable tan improbable que ni siquiera existía en sus cálculos. Su primer pensamiento colectivo fue de irritación, no de alarma. ¿Una empleada despistada?
El que sostenía la pistola, un hombre al que llamaban “El Plomo” por su eficiencia para repartirlo, fue el primero en reaccionar. Su cerebro, entrenado para la violencia, procesó la interrupción y la clasificó como una amenaza menor pero inmediata. “¡¿Pero qué chingados?!”, gritó, la sorpresa mezclada con una furia despectiva. Comenzó a girar el arma, un movimiento que había practicado miles de veces, el cañón buscando el torso de la intrusa.
Pero Mariana no operaba en el tiempo humano. Operaba en el tiempo del combate, donde los segundos se estiran y se dividen en micro-gestos. Mientras la puerta aún temblaba en sus goznes, su mente ya había procesado la escena.
Tres hostiles. Posiciones: uno a la izquierda, arma de fuego, amenaza principal. Uno al centro, bastón de electrochoque, amenaza secundaria. Uno a la derecha, cerca de la laptop, amenaza terciaria, posible técnico. Un objetivo a proteger: Elizondo, atado, herido pero consciente. Entorno: mesa larga, sillas pesadas, ventanal de cristal a la espalda de los hostiles, potencial riesgo/ventaja. Ruta de escape: la puerta por la que entré.
Era un análisis que duró menos de un parpadeo. La voz de su sargento instructor, un hombre curtido por la guerra sucia en Guerrero, resonó en su mente como un eco: “Neutraliza la amenaza más letal primero, Sombra. Siempre. El que puede matarte desde lejos, mátalo de cerca”.
Antes de que la última sílaba del grito de “El Plomo” se extinguiera, Mariana ya se había lanzado. No corrió. Explotó. Cruzó los tres metros que la separaban de él en una ráfaga de movimiento contenido. No era la carrera de un atleta, sino el avance de un depredador, bajo, rápido, cada músculo trabajando en perfecta sincronía.
Él la vio venir, pero su mente aún estaba procesando la imagen de la “mujer de la limpieza”. Esa milésima de segundo de disonancia cognitiva fue su condena. Cuando su dedo comenzó a apretar el gatillo, Mariana ya estaba dentro de su guardia.
Su codo izquierdo, duro como una roca, se estrelló contra los huesos de su muñeca. El sonido fue un chasquido húmedo y repugnante. El arma de fuego, una escuadra austriaca modificada, salió volando de sus dedos inertes, describiendo un arco en el aire antes de aterrizar sobre la mesa de conferencias y deslizarse silenciosamente sobre la madera pulida hasta detenerse a centímetros de un teléfono de multilínea.
“El Plomo” ahogó un grito de dolor, su rostro contorsionado por la agonía. Pero Mariana no le dio tiempo a procesarlo. Su rodilla derecha subió con una fuerza brutal, impactando directamente en su esternón. No fue un simple golpe; fue un ariete diseñado para robar el aire, colapsar los pulmones y, si se aplicaba correctamente, detener el corazón. El hombre se dobló como un muñeco de trapo, sus ojos desorbitados por la falta de oxígeno, y se desplomó hacia atrás, cayendo sin hacer ruido sobre la lujosa alfombra persa. Neutralizado.
El segundo hombre, “El Chispas”, el del bastón eléctrico, finalmente salió de su estupor. Era más corpulento, un toro con el cuello ancho y los hombros de un levantador de pesas. La incredulidad en su rostro fue reemplazada por una rabia pura. “¡¿Quién diablos es esta pinche vieja?!”, rugió, su voz un trueno en la habitación. No podía concebir lo que acababa de ver.
Desde el otro lado de la habitación, el tercer hombre, el técnico, al que llamaban “El Chalán” por ser el más joven y encargado de la parte digital, gruñó sin apartar la vista de la pantalla. “¡Es solo la maldita afanadora, pendejo! ¡Quítamela de encima! ¡Estoy a segundos de romper la encriptación!”. Su arrogancia era palpable. Para él, Mariana era un mosquito, una molestia en medio de una tarea importante.
Alentado por la orden, “El Chispas” se abalanzó, activando el bastón. El aire crepitó con el zumbido de miles de voltios, y un arco de luz azul bailó entre las puntas metálicas. Blandió el arma en un arco descendente y salvaje, apuntando a la cabeza de Mariana. Era un golpe de matón, lleno de fuerza pero carente de técnica.
Mariana no retrocedió. Se agachó, dejando que el bastón pasara zumbando por encima de su cabeza, tan cerca que sintió la estática erizarle el vello de la nuca. Mientras se agachaba, su mano izquierda se aferró a la pata de una de las pesadas sillas de cuero y acero que rodeaban la mesa. Pesaba al menos treinta kilos. Usando el impulso de su propio movimiento, giró sobre sus talones y barrió las piernas del hombre con la base de la silla.
Fue un movimiento de una elegancia brutal. “El Chispas”, que había puesto todo su peso en el ataque, no tuvo ninguna oportunidad. Sus pies se enredaron y fue lanzado hacia atrás como si una fuerza invisible lo hubiera empujado. Perdió el equilibrio por completo. Su cuerpo enorme voló sin control y la parte posterior de su cabeza se estrelló contra el afilado borde de la mesa de conferencias. El sonido fue un crujido sordo y húmedo, un ruido que Mariana conocía demasiado bien. El sonido de un cráneo fracturándose.
El hombre se deslizó al suelo, sus ojos en blanco, el bastón eléctrico cayendo de su mano y rodando bajo la mesa, su zumbido azul extinguiéndose lentamente. Neutralizado.
Ahora solo quedaba uno.
“El Chalán” finalmente levantó la vista de su laptop. Su rostro ya no era arrogante. Había una chispa de miedo en sus ojos, pero estaba cubierta por una capa de ira y adrenalina. Vio a sus dos compañeros, dos profesionales curtidos, caídos en el suelo. Y vio a la mujer, la afanadora, de pie, jadeando ligeramente, pero intacta.
“¿Crees que puedes con todos nosotros, pendeja?”, gritó, su voz un poco más aguda de lo que le hubiera gustado. En una fracción de segundo, tomó una decisión. No iba a pelear con las manos. Se agachó y, con un tirón violento, arrancó una barra estabilizadora de metal de la estructura inferior de la mesa. Era una pieza sólida de acero, de casi un metro de largo.
Un arma improvisada. Inteligente. Desesperado.
Un destello metálico cruzó la habitación. La había lanzado con la fuerza de un jugador de béisbol.
Mariana la vio venir. Su cerebro registró la trayectoria, la velocidad, el ángulo. Pero su cuerpo, el cuerpo de una mujer de treinta y tantos que pasaba diez horas al día trapeando pisos y no ocho entrenando, reaccionó una décima de segundo más lento de lo que solía hacerlo. El recuerdo de una mala noche de sueño, de una comida saltada, del estrés constante de su doble vida, todo conspiró en ese instante.
Intentó girar, pero no fue suficiente.
La barra de metal le golpeó el hombro derecho con un impacto vicioso y sordo. El dolor fue una explosión blanca. Un sol de agonía que estalló en su articulación y envió ondas de fuego líquido por todo su brazo y hasta la base de su cráneo. Un grito ahogado murió en su garganta, y tuvo que morderse la lengua con fuerza para no gritar, el sabor a sangre llenando su boca.
El impacto la hizo tambalearse de costado, y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer. El mundo se tiñó de gris por un segundo. Su visión nadó. Sintió un calor húmedo y pegajoso extenderse rápidamente bajo la manga de su uniforme. Sangre. Mucha sangre. Su hombro estaba dislocado, o peor, fracturado. El brazo derecho colgaba a su lado, inútil, un peso muerto y doloroso.
“Estúpida”, siseó el hombre caído cerca de ella, “El Plomo”, mientras intentaba incorporarse, con el rostro pálido por el dolor de su propia herida. “Debiste quedarte en tu maldito cuarto de escobas”.
La burla, mezclada con el dolor insoportable, fue como gasolina en el fuego helado de su interior. Apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula, Mariana se obligó a enderezarse. Ignoró la forma en que la habitación se inclinaba. Ignoró el grito de cada nervio de su brazo. Levantó la vista. “El Chalán” la miraba, una sonrisa triunfante comenzando a formarse en su rostro mientras veía su herida. Cargó hacia ella, listo para terminar el trabajo.
Pero ella estaba lista. El dolor era un viejo conocido. Había aprendido a compartmentalizarlo, a usarlo, a convertirlo en un catalizador. Mientras él se abalanzaba, ella hizo algo inesperado. En lugar de proteger su hombro herido, lo movió ligeramente hacia adelante, una finta que lo hizo dudar por una fracción de segundo, su cerebro procesando un movimiento que no tenía sentido.
Esa duda fue su apertura.
Mariana se agachó de nuevo, su cuerpo moviéndose con una gracia rota. Dejó que él pasara sobre ella y, usando solo su lado izquierdo, le estrelló el codo en la parte exterior de la rodilla. La articulación se dobló en un ángulo antinatural. El hombre aulló, su avance convertido en una caída descontrolada. Y mientras caía hacia ella, Mariana se impulsó hacia arriba y lo recibió con un cabezazo.
No fue un movimiento técnico. Fue visceral. Primitivo. La parte más dura de su frente contra el punto más blando de su esternón. El impacto resonó en su propio cráneo, pero para él fue devastador. El aire salió de sus pulmones en una ráfaga. Cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el suelo con un golpe seco. Quedó inmóvil, con los ojos abiertos pero sin ver nada. Neutralizado.
Silencio.
La habitación, que momentos antes era un torbellino de violencia, ahora estaba mortalmente silenciosa. El único sonido era la respiración agitada y entrecortada de Mariana. Se quedó de pie, en medio del caos, con la sangre goteando rítmicamente de su manga sobre la madera de caoba, cada gota un punto rojo sobre el barniz brillante. Su hombro era una tormenta de dolor, un grito silencioso que amenazaba con consumirla. Pero lo mantuvo a raya. Apenas.
Fue entonces cuando la realidad de la escena la golpeó. Los tres hombres, profesionales, sicarios corporativos, yacían rotos a su alrededor. Muebles de diseño volcados. Una laptop de última generación con la pantalla rota. Y en el centro de todo, el hombre que era el dueño de este cielo de cristal.
Juan Pablo Elizondo la miraba fijamente desde su silla. El terror en su rostro había sido reemplazado por una incredulidad absoluta, casi reverencial. Su labio partido temblaba, no de miedo, sino de shock. Sus ojos, aunque nublados por el dolor, ya no veían a la mujer de la limpieza. Veían algo más. Algo imposible. Algo aterrador.
“Tú… tú eres la de la limpieza”, logró decir, su voz un susurro ronco, como si las palabras se negaran a formarse.
Mariana se sujetó el brazo herido con su mano buena, un pequeño gesto de vulnerabilidad que no pudo evitar. “Trapeo pisos”, murmuró, las palabras ásperas en su garganta seca. Miró los charcos de sangre que comenzaban a formarse. “Normalmente no limpio sangre, pero esta noche… no me dieron opción”.
Caminó hacia él, sus pasos firmes a pesar del dolor. De un pequeño bolsillo oculto en su cinturón, sacó una navaja de corte, la misma que usaba para abrir cajas de suministros de limpieza. Con un movimiento rápido y preciso, cortó los gruesos cinchos de plástico que aprisionaban las muñecas de Elizondo. La piel debajo estaba roja y amoratada.
Lo miró a los ojos, su propia mirada oscura e insondable. La adrenalina estaba empezando a desvanecerse, y sabía que el shock del dolor vendría pronto. Tenían muy poco tiempo.
“¿Puedes caminar?”, preguntó, su voz directa, sin rastro de simpatía. Era la voz de un oficial al mando, no la de una salvadora.
“Creo que sí…”, balbuceó él, frotándose las muñecas.
“No hay tiempo para creer”, lo cortó ella, su tono afilado como el borde de su navaja. “Tu hija está esperando”.
Capítulo 3: El Laberinto de Concreto
El silencio que siguió a la violencia fue más pesado y denso que el combate mismo. El aire en la sala de juntas del piso 40, el nido del águila del imperio Elizondo, estaba ahora viciado, una mezcla nauseabunda del olor a ozono del bastón eléctrico, el aroma cobrizo de la sangre y el hedor agrio del miedo. La panorámica nocturna de la Ciudad de México, un tapiz de millones de luces parpadeantes, parecía una burla cruel, un universo indiferente al drama de vida o muerte que se había desarrollado en esa caja de cristal.
Mariana se obligó a respirar. Hondo. Una vez. Dos veces. Era un ejercicio de control, una técnica para empujar el dolor a un rincón de su mente. Su hombro derecho era una brasa ardiente, un sol de agonía que amenazaba con consumirla. Cada latido de su corazón era un martillazo contra el hueso astillado. Sentía el brazo como un peso muerto, una pieza de carne inútil colgando de su torso. La adrenalina, esa bendita y traicionera droga que la había sostenido, comenzaba a desvanecerse, y en su lugar se filtraba un frío entumecedor, el precursor del shock. Sabía, con la certeza clínica de un médico de combate, que tenía una ventana de tiempo muy limitada antes de que su cuerpo se apagara. Quizás quince minutos. Veinte, si tenía suerte.
Ayudó a Juan Pablo Elizondo a ponerse de pie. El hombre, cuya imagen en las revistas de negocios irradiaba un poder y una confianza inquebrantables, ahora era un manojo de temblores y confusión. Sus piernas, entumecidas por la mala postura y el miedo, flaquearon. Tropezó, y todo su peso cayó sobre Mariana. El impacto en su hombro herido fue como si le clavaran un cuchillo al rojo vivo. Un gruñido animal escapó de sus labios, un sonido que no pudo reprimir. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que pensó que sus dientes se harían polvo, pero no lo soltó. Lo sostuvo, absorbiendo su peso, su propio cuerpo un ancla de dolor y determinación. Por un segundo, sus rostros quedaron a centímetros de distancia. Él la miró, y en sus ojos ella no vio gratitud, no todavía. Vio una profunda y abyecta confusión. Estaba luchando por reconciliar a la mujer del trapeador con la máquina de combate que acababa de presenciar. La disonancia cognitiva lo tenía paralizado.
“Tenemos que movernos”, dijo ella, su voz un graznido áspero. “Ahora”.
Lo empujó suavemente para que se enderezara y lo guio hacia la puerta destrozada. Salir de la sala de juntas fue como cruzar un umbral hacia otro mundo. El pasillo de mármol, antes un símbolo de poder y pulcritud, ahora se sentía como un campo de tiro, una extensión peligrosamente expuesta. Cada sombra parecía un escondite para otro enemigo. Cada rincón, una posible emboscada. La mente de Juan Pablo era un torbellino. ¿Quiénes eran esos hombres? Había reconocido a uno, vagamente. Un ex judicial que su jefe de seguridad había contratado para “trabajos especiales”. ¿Su propio jefe de seguridad estaba involucrado? ¿Y Lorena? ¿Lorena Larios, su protegida, su mano derecha, la mujer a la que le había confiado casi todo después de la muerte de su esposa? Era una traición tan profunda que su mente se negaba a aceptarla. Era como intentar creer que el sol saldría por el oeste.
Y luego estaba ella. La mujer que caminaba a su lado, sosteniéndolo, guiándolo. La mujer invisible. Mariana, recordó. Se llamaba Mariana. El nombre no le decía nada. Había firmado docenas de contratos de subcontratación. Cientos de empleados anónimos pululaban por sus edificios. Pero esta mujer no era anónima. La forma en que se movía, la forma en que sus ojos oscuros barrían el entorno, la forma en que ignoraba una herida que habría hecho que un hombre como él se desmayara… ella era todo menos anónima. Era un fantasma que había decidido materializarse en el peor día de su vida.
Llegaron al final del pasillo, donde la oscuridad era más profunda. Y allí, una pequeña figura acurrucada, Sofi seguía esperando. Estaba hecha un ovillo, abrazándose las rodillas, exactamente donde Mariana le había dicho que se quedara. Su obediencia era un pequeño milagro de confianza en un mundo que acababa de desmoronarse.
Cuando vio a su padre, un sonido se rompió en su garganta, una mezcla de sollozo y alivio. Se levantó de un salto y corrió, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre la piedra fría. Se estrelló contra las piernas de Juan Pablo, sus bracitos aferrándose a él con una fuerza desesperada, como si temiera que si lo soltaba, se desvanecería.
“¡Papi!”, sollozó, su pequeño rostro hundiéndose en la tela arrugada y manchada de sangre de su pantalón. “Papi, pensé que… pensé que…”.
Juan Pablo se arrodilló, el movimiento torpe y doloroso. Envolvió a su hija en sus brazos, enterrando su propio rostro en su cabello enredado. El olor de su champú de fresa lo golpeó, un ancla de normalidad en un mar de locura. “Estoy bien, mi amor. Estoy bien”, susurró, su propia voz quebrada. “Me salvaste, Sofi. Mi niña valiente. Tú me salvaste”. La abrazó con una fuerza que era a la vez protectora y desesperada, como si quisiera absorberla, protegerla del mundo con su propio cuerpo.
Apoyada contra la pared, Mariana observaba la escena, una espectadora en el borde de un momento sagrado. La imagen de padre e hija le provocó una punzada aguda en el pecho, un dolor diferente y más profundo que el de su hombro. El rostro de Nía, su sobrina, apareció en su mente, vívido y sonriente. El recuerdo de su risa, de cómo la llamaba “Tía Sombra” porque siempre aparecía sin hacer ruido. El recuerdo de la llamada final, la estática, los gritos, el silencio…
Sacudió la cabeza, un movimiento brusco y casi imperceptible. No ahora, Villanueva. Compartimentaliza. La misión primero. El dolor era un recordatorio. La debilidad era un lujo que no podía permitirse. No con la vida de esa niña dependiendo de ella.
“Tenemos que salir de este edificio. Ya”, repitió, su voz esta vez más dura, cortando la burbuja íntima de padre e hija. Era necesario. El tiempo coría en su contra.
Juan Pablo levantó la vista, sus ojos enrojecidos. La confusión volvía a luchar con el alivio. “Espera un momento”, dijo, su tono el de un hombre acostumbrado a hacer las preguntas, no a recibirlas. “¿Qué demonios está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres?”.
“Gente en la que confiabas”, respondió Mariana, su voz plana, sin inflexiones. Se acercó a ellos, su presencia imponente a pesar de su herida. “La seguridad de este edificio está comprometida. Tu mesa directiva. Probablemente más gente de la que imaginas. En este momento, ya no sabes quién trabaja para quién. Cualquiera podría ser un enemigo”.
“¿Y tú? ¿Quién carajos eres tú?”, espetó él, la frustración y el miedo convirtiéndose en una agresión impotente.
Mariana lo miró fijamente por un largo segundo, su rostro una máscara impasible. Podía ver el pánico detrás de sus ojos, la lucha de un hombre poderoso que se da cuenta de que ha perdido todo el control. Su mundo se había regido por la lealtad comprada con dinero y poder, y acababa de descubrir que esas monedas ya no tenían valor.
“Soy la que te está sacando de aquí con vida”, dijo finalmente. Su voz era tranquila, pero tenía el peso del acero. Se agachó un poco, no para consolar a Sofi, sino para mirar a Juan Pablo directamente. “¿Puedes manejar un coche?”.
La pregunta lo descolocó. Era tan práctica, tan mundana en medio de la locura. “¿Manejar? Sí, claro que puedo, pero…”.
“Bien”, lo interrumpió ella. Se puso de pie. “Carga a Sofi. No la sueltes por nada del mundo. Saldremos por el acceso de emergencia del subnivel C. Conozco una ruta que ellos no conocen”.
“¿Subnivel C? Ese nivel fue clausurado hace años…”, empezó a discutir él, aferrándose a su conocimiento del edificio como si fuera un salvavidas.
“¿Quieres discutir sobre bienes raíces o quieres sobrevivir?”, lo cortó Mariana, su paciencia, adelgazada por el dolor, llegando a su límite. “Toma una decisión. Ahora”.
La orden, directa y sin adornos, lo silenció. La autoridad en su voz era absoluta. No era una sugerencia; era un mandato de campo de batalla. Juan Pablo la miró, luego miró a su hija acurrucada en sus brazos, y asintió. La elección era obvia. Se levantó, sosteniendo a Sofi con cuidado, y esperó sus instrucciones. El CEO multimillonario acababa de ceder el mando.
“Sígueme. Mantente cerca. No hagas ruido”, ordenó Mariana.
Se dio la vuelta y los guio, no hacia los elevadores principales con sus acabados de latón y música ambiental, sino hacia una puerta discreta al final del pasillo, una que llevaba la simple inscripción: “Personal de Servicio”.
Al abrirla, entraron en otro mundo. El mármol brillante fue reemplazado por concreto desnudo y baldosas de linóleo gastadas. El aire perfumado se convirtió en un olor a humedad, a desinfectante barato y al sudor de un trabajo honesto y mal pagado. Las luces eran tubos fluorescentes que parpadeaban y zumbaban, arrojando una luz pálida y enfermiza. Estaban en las entrañas de la bestia, el sistema digestivo de la torre que procesaba la basura y mantenía en funcionamiento la brillante fachada. Era el mundo de Mariana. Aquí, ella era la reina.
Se movieron a través de un laberinto de pasillos estrechos, pasando por cuartos de almacenamiento llenos de productos de limpieza, armarios eléctricos que zumbaban con poder y los gigantescos ductos del aire acondicionado que eran como las arterias de un monstruo de metal. Cada paso era una agonía para Mariana. El movimiento hacía que los huesos de su hombro rozaran entre sí, enviando oleadas de náusea y dolor a través de su cuerpo. Pero su rostro no mostraba nada. Su paso nunca flaqueó. Su mente estaba enfocada en el mapa mental que había construido durante meses, las rutas de escape que siempre trazaba en cualquier lugar nuevo. Era un protocolo. Una segunda naturaleza. Nunca confíes en la salida principal.
Juan Pablo la seguía, su asombro creciendo a cada paso. Este era un lado de su propio edificio que nunca había sabido que existía. Se sentía como un extraño, un intruso en su propio reino. Veía a Mariana moverse por este laberinto con una familiaridad que lo inquietaba. No dudaba en ninguna esquina. No vacilaba ante ninguna puerta. Conocía este lugar mejor que él.
Sofi, todavía en los brazos de su padre, estaba extrañamente tranquila. Su llanto se había calmado. Observaba a Mariana con sus grandes ojos, no con miedo, sino con una especie de fascinación. Esta mujer era diferente a todos los adultos que conocía. No le hablaba con voz melosa. No le sonreía falsamente. Se movía con un propósito, con una fuerza que la niña, en su inocencia, reconocía como seguridad.
En un pasillo particularmente largo y oscuro, tuvieron que caminar en fila india. Mariana iba al frente, su brazo bueno rozando la pared de concreto para mantener el equilibrio. Juan Pablo la seguía, con Sofi mirando por encima de su hombro. En un momento, la pequeña mano de Sofi se extendió y sus dedos rozaron la espalda de Mariana. No fue un accidente. La niña buscó su mano, la encontró, y sus pequeños dedos se entrelazaron con los de Mariana por un instante.
El contacto fue como una descarga eléctrica, más potente que la del bastón. Mariana se detuvo en seco por un segundo. El toque era tan inesperado, tan simple, tan lleno de una confianza pura e inmerecida, que rompió una de las barreras de su compartimentalización. Sintió un nudo en la garganta. Era la misma forma en que Nía solía tomar su mano, buscando seguridad en la oscuridad. Cerró los ojos por una fracción de segundo, luchando contra la oleada de emoción.
“Sabía que nos ayudarías”, susurró la niña desde atrás, su voz apenas audible.
Mariana no respondió. No podía. Simplemente apretó suavemente la mano de la niña y luego la soltó, continuando su camino. Pero algo había cambiado. Esto ya no era solo una misión de extracción de un objetivo. Se había vuelto personal.
Finalmente, llegaron a una escalera de metal que descendía en espiral hacia la oscuridad. “Subnivel C”, anunció Mariana. “Desde aquí, es territorio fantasma”.
Mientras descendían, el aire se volvía más frío, más pesado. Juan Pablo sentía el peso de Sofi en sus brazos, un peso precioso y terriblemente frágil. La miró a ella, a su salvadora anónima, a esta mujer de contrastes imposibles. “Espera”, dijo, su voz resonando en el hueco de la escalera. Ella se detuvo un par de escalones más abajo, mirándolo por encima del hombro, su rostro en la penumbra.
“No me has dicho tu nombre”.
Mariana lo miró por un largo momento. Las sombras jugaban en sus facciones, haciendo imposible leer su expresión. ¿Por qué quería saberlo? ¿Importaba? Para él, tal vez sí. Era su forma de intentar ponerle una etiqueta a lo incomprensible.
“Mariana”, dijo finalmente, la palabra sonando extraña en sus propios oídos. “Mariana Villanueva”.
Él repitió el nombre en voz baja, como si lo estuviera memorizando, grabándolo en su mente. “Mariana Villanueva”.
“Trapeo pisos”, añadió ella, casi por reflejo, como una forma de anclarse a la identidad que la había mantenido a salvo. Pero la frase sonaba hueca ahora. Absurda. “Y esta noche, te salvé la vida”, concluyó, la afirmación dicha no con arrogancia, sino con la simpleza de un hecho innegable.
Llegaron al fondo de la escalera, a un pasillo ancho y polvoriento que apestaba a abandono. Al final, había una puerta de acero maciza, con una rueda de cierre como la de un submarino. Era el acceso a un túnel de servicio que conectaba con la red de drenaje profundo de la ciudad. Una reliquia de los temores de la Guerra Fría y de la paranoia de su padre.
Mariana comenzó a girar la rueda, usando todo el peso de su cuerpo y la fuerza de su brazo izquierdo. El metal oxidado protestó con un gemido agudo y prolongado. Con un último esfuerzo, la cerradura cedió con un golpe metálico. Empujó la pesada puerta.
La oscuridad al otro lado era total. Un viento subterráneo y fétido sopló hacia ellos. Mariana encendió una pequeña linterna que sacó de su bolsillo. El haz de luz cortó la negrura, revelando un túnel de concreto que se perdía en la distancia.
“Entren”, ordenó.
Juan Pablo entró, abrazando a Sofi con más fuerza. Mariana entró detrás de él y, con un esfuerzo que le costó un mar de dolor, empujó la pesada puerta. Se cerró con un CLANG metálico y final, un sonido de finalidad absoluta que resonó en el túnel y en sus almas. El eco se desvaneció, y fueron engullidos por el silencio, la oscuridad y el futuro incierto. El mundo que conocían había quedado sellado al otro lado de esa puerta.
Capítulo 4: Protocolo Fénix
El Tsuru gris, un vehículo tan común y anónimo en el paisaje de la Ciudad de México que se convertía en el camuflaje perfecto, se deslizó por las arterias secundarias de Santa Fe como un fantasma. Mariana no conducía rápido; conducía de forma inteligente. Con las luces apagadas, se movía a través de la penumbra de las calles de servicio, utilizando la luz residual de los gigantescos edificios corporativos que se alzaban como monolitos de una civilización alienígena. Su rostro, iluminado intermitentemente por el brillo del tablero, era una máscara de concentración absoluta. Sus ojos no solo miraban la calle, la escaneaban. Constantemente, sus pupilas se movían hacia los espejos retrovisores, buscando el patrón de un par de faros que se repitiera, la silueta de un sedán negro o una SUV sin distintivos que pudiera estar siguiéndolos.
Juan Pablo, en el asiento trasero, sentía cada giro y cada bache con una intensidad abrumadora. Estaba acostumbrado al deslizamiento suave y aislado de su Maybach con chófer, un vehículo que lo protegía del caos de la ciudad. Este Tsuru era lo opuesto. Sentía la textura del asfalto, oía el zumbido del motor, olía los vapores de la noche urbana. Y sentía el miedo, un miedo crudo y primordial que su vida de lujo y poder le había hecho olvidar que existía. Abrazaba a Sofi, quien, extrañamente, ya no lloraba. Estaba en silencio, sus grandes ojos abiertos en la oscuridad, fijos en la nuca de la mujer que conducía. Observaba, procesaba. El trauma se estaba asentando en ella, no como pánico, sino como una quietud vigilante.
Mariana ejecutó una serie de maniobras de contra-vigilancia que eran puro instinto. Tomó una salida a una lateral para inmediatamente volver a incorporarse a los carriles centrales. Pasó por una gasolinera sin detenerse, usando sus cámaras de seguridad para observar el tráfico detrás de ella. Dio una vuelta completa a una glorieta en Las Lomas, una maniobra que parecería la de un conductor perdido para cualquier observador casual, pero que le confirmaría si algún vehículo estaba imitando sus movimientos. No había nada. O eran muy buenos, o aún no los habían localizado. Mariana apostaba por lo segundo. La sorpresa de su intervención les había dado una ventaja, una ventana de tiempo preciosa.
Finalmente, tras casi cuarenta minutos de un recorrido errático que los llevó por el laberinto de concreto del Poniente, se desvió hacia una rampa descendente y se internó en la boca oscura de un paso a desnivel abandonado. Era un proyecto de infraestructura olvidado de alguna administración pasada, un túnel que no llevaba a ninguna parte y que ahora servía como refugio para indigentes y como lienzo para artistas de graffiti. El olor a orina, humedad y pintura en aerosol era denso y penetrante. Apagó el motor. El repentino silencio fue casi tan ensordecedor como el caos de antes. Solo se oía el goteo constante de agua filtrándose por una grieta en el techo.
“No eres solo una afanadora”, dijo Juan Pablo, su voz ronca en la quietud. No era una pregunta. Era la conclusión a la que su mente lógica, aunque aterrorizada, había llegado inevitablemente.
“No, no lo soy”, respondió Mariana sin girarse. Su mirada seguía fija en la rampa de entrada, una silueta gris contra la noche.
“Eres militar. O lo fuiste”, insistió él, necesitando ponerle una etiqueta, un marco de referencia a lo que había presenciado. “La forma en que te mueves, la forma en que peleaste… eso no se aprende en ninguna parte. ¿Fuerzas Especiales? ¿Los GAFES?”.
El nombre la hizo tensarse. Fue un movimiento casi imperceptible, un endurecimiento de los músculos de su cuello. “Dije que lo fui”, contestó, su tono cortante y afilado, una advertencia clara de que ese tema estaba cerrado. El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Juan Pablo sintió la necesidad de llenarlo, de entender. “Agradezco lo que hiciste, Mariana”, dijo, usando su nombre, intentando crear un puente. “Pero tienes que decirme qué está pasando. ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Por qué?”. Su mente de empresario buscaba una lógica, una causa y efecto. “¿Es por la licitación de la red 5G? ¿La OPA hostil de los brasileños?”.
Mariana casi se rió. Era una risa amarga, silenciosa, que no llegó a sus labios. Él seguía pensando en términos de dinero y negocios. No entendía la naturaleza del juego en el que acababa de ser introducido a la fuerza.
“No eran matones a sueldo comunes, Elizondo. El inhibidor de señal que usaron es de grado militar. La pistola que le quité al primero tenía modificaciones para perforar blindaje ligero. No querían tu portafolio de acciones. Querían control total o querían eliminarte”. Se giró ligeramente en su asiento, su silueta apenas visible. “Esto no es por dinero. Es por poder. Y por secretos. ¿Qué secretos guardas que valgan tanto?”.
Juan Pablo guardó silencio. Su mente repasó reuniones, contratos, acuerdos. Y entonces, un nombre emergió de la niebla de su pánico. “Lorena”, murmuró, casi para sí mismo. “Lorena Larios… mi directora de operaciones. Ha estado insistiendo mucho para obtener acceso a los archivos históricos encriptados. Los archivos de mi padre. La rechacé dos veces”.
“Ahí tienes tu respuesta”, dijo Mariana, su voz desprovista de emoción.
“No… Lorena no”, protestó él, la idea era demasiado monstruosa para contemplarla. “La conozco desde que era una interna. La vi crecer. La convertí en mi mano derecha. Le di todo…”.
“Y ella quería más”, lo interrumpió Mariana con una frialdad brutal. “La gente como ella siempre quiere más. La lealtad es un lujo, Elizondo. Y tú te rodeaste de gente que no puede permitírselo”. Apagó la luz interior del coche que se había encendido al abrir la puerta y se giró por completo. “Necesito ver esa herida. Tu cabeza”.
“Estoy bien, pero tú…”, empezó él, viendo la mancha oscura que se expandía en la manga de su uniforme.
“Yo me encargo de mí misma. Quédate quieto”. Abrió la guantera y sacó un pequeño y gastado botiquín de primeros auxilios, el tipo de kit que un soldado lleva en su equipo personal. Era compacto y estaba lleno de elementos esenciales, no de curitas y aspirinas. Se inclinó hacia el asiento trasero, y Juan Pablo sintió una extraña mezcla de miedo e intimidad mientras ella limpiaba el corte en su sien con una gasa empapada en antiséptico. Él hizo una mueca de dolor.
“Te golpearon fuerte”, dijo ella, su tono clínico. “Vas a tener un buen moretón, pero no parece haber fractura. Tienes suerte”.
“¿Suerte?”, repitió él con amargura.
“Estás vivo. Tu hija está viva. Eso es más que suerte, es un milagro”, dijo ella, y luego se apartó, volviendo a su asiento. Fue entonces cuando, bajo la escasa luz, él vio la verdadera magnitud de su herida. Ella se quitó la filipina de limpieza con un movimiento rápido y contenido, revelando una camiseta de tirantes negra y empapada de sangre. Su hombro derecho era una masa hinchada y deforme. La piel estaba desgarrada en un corte feo y profundo que seguía sangrando profusamente, la sangre goteando sobre el asiento del coche. Era una herida espantosa.
“Dios mío…”, susurró él. “¿De verdad te vas a curar aquí mismo?”.
“He hecho cosas peores en lugares peores”, repitió ella, su voz tensa por el dolor. Abrió el botiquín sobre el tablero. Sacó una botella de alcohol, gasas estériles y un rollo de cinta médica. Desenroscó la botella de alcohol y, sin dudarlo un segundo, se vertió un chorro directamente sobre la herida.
Juan Pablo oyó el siseo ahogado que ella emitió, un sonido animal de dolor puro y contenido. Vio cómo sus nudillos se ponían blancos al apretar el volante, cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba para soportar la agonía. Pero no gritó. No se quejó. Simplemente respiró a través del dolor, con los dientes apretados. Él la observaba, fascinado y horrorizado. Había visto a hombres duros, a tiburones de los negocios, desmoronarse por mucho menos. Esta mujer estaba hecha de algo diferente.
Ella limpió la herida con una eficiencia brutal, su mano izquierda moviéndose con la precisión de un cirujano de campo. Luego se aplicó un polvo coagulante, apretó una gruesa almohadilla de gasa sobre el corte y comenzó a enrollar la cinta médica alrededor de su hombro y torso para mantenerla en su lugar, un vendaje improvisado pero funcional. Todo el proceso no duró más de cinco minutos.
“No eres lo que esperaba”, dijo él finalmente, su voz llena de un asombro que rayaba en la veneración.
Mariana dejó escapar una risa corta, sin alegría, que sonó más como un carraspeo. “Nadie nunca me ve venir”, dijo, su voz aún tensa. “Ese es el punto”. Terminó de asegurar el vendaje y se recostó contra el asiento, su rostro pálido y cubierto por una fina capa de sudor frío.
“¿Cuánto tiempo trabajaste para nosotros? ¿En mi edificio?”, preguntó él.
“Siete meses. Turno de la noche. De diez de la noche a seis de la mañana. Lunes a sábado”.
“Elegiste ser invisible”, afirmó él.
Ella negó con la cabeza, girándola lentamente sobre el reposacabezas. “No. No lo elegí. Tuve que serlo. Hay una diferencia”. Se giró para mirar a Sofi, que dormitaba inquieta contra el pecho de su padre. La mirada de Mariana se suavizó por una fracción de segundo. Abrió un compartimento lateral de la puerta del conductor y sacó un pequeño oso de peluche. Estaba desgastado, con el pelaje raído en algunos puntos y un ojo de botón colgando de un hilo. Pero estaba limpio, como si alguien lo cuidara con esmero.
Se lo tendió a Juan Pablo. “Dáselo. A veces ayuda”.
Él lo tomó y se lo acercó a Sofi. La niña, aún medio dormida, lo agarró instintivamente, como si reconociera la forma y la textura. Se acurrucó contra él, abrazándolo con fuerza, y su respiración se volvió más profunda y tranquila.
Juan Pablo miró a Mariana, perplejo. “Ese oso… ¿es tuyo?”.
La pregunta pareció golpearla. La máscara de dureza se agrietó por un instante, y él vio un abismo de dolor en sus ojos. “Era de mi sobrina”, dijo en voz baja, casi inaudible. Se hizo un silencio largo y pesado. Él sintió que había tocado un nervio expuesto, un santuario de pena.
“Ella no logró salir”, añadió Mariana, su voz plana, cada palabra una lápida.
Juan Pablo no preguntó más. No tuvo que hacerlo. La finalidad en su voz lo decía todo. Comprendió que la razón por la que ella había luchado con esa ferocidad no era solo por Sofi, sino también por el fantasma de la niña que no pudo salvar.
“Tengo un lugar seguro”, dijo Mariana de repente, rompiendo el hechizo de tristeza. Su voz era de nuevo la del soldado. “Una vieja cabaña que era de mi abuelo, cerca de La Marquesa. Está fuera de la red. No hay servicio de celular, no hay vecinos, no hay ojos. Podemos escondernos allí y pensar nuestro siguiente movimiento”.
Él la miró, el interior del Tsuru iluminado solo por el resplandor lejano de la ciudad. La mujer herida, la fantasma de las fuerzas especiales, la guardiana de un oso de peluche roto. Una contradicción viviente. Y ahora, su única esperanza.
“¿Por qué debería confiar en ti?”, preguntó él, no como un desafío, sino como una súplica honesta por una razón, por algo a lo que aferrarse.
Mariana no le ofreció un juramento ni una promesa. Su respuesta fue más simple y mucho más poderosa. “Porque tu hija sigue viva”, dijo, su voz tranquila pero firme, cada palabra un ancla. “Y porque, te guste o no, Elizondo, ya no tienes a nadie más”.
Él sostuvo su mirada en la oscuridad. Vio la verdad inquebrantable en sus palabras. Estaba solo. Traicionado. Cazado. Y esta mujer imposible era su única aliada. Bajó la vista hacia Sofi, que dormía pacíficamente abrazada al oso de peluche, y supo que no había elección.
Asintió lentamente. Una sola vez. Un gesto de rendición y de fe ciega. “De acuerdo. Guíanos”.
Mariana asintió a su vez, también una sola vez. Volvió a encender el motor del Tsuru. El ronroneo del motor llenó el silencio. Condujo el coche fuera del túnel y se incorporó a la carretera que salía de la ciudad, en dirección a las montañas oscuras y boscosas. Las luces de la Ciudad de México, el símbolo de todo lo que él había construido y todo lo que ahora había perdido, se encogieron en el espejo retrovisor hasta convertirse en un simple brillo distante.
Estaban huyendo de las luces, hacia la oscuridad. Y por primera vez en tres largos y dolorosos años, Mariana no estaba huyendo de su pasado. Estaba corriendo hacia un nuevo tipo de guerra, una que, tal vez, le daría la oportunidad de encontrar, si no la redención, al menos un propósito.
Llegaron a la cabaña bien entrada la madrugada. Era exactamente como ella la había descrito: un refugio rústico y aislado, enclavado en un claro del bosque, el aire frío y puro, con un intenso olor a pino y tierra húmeda. Mientras Juan Pablo acostaba con sumo cuidado a Sofi en un viejo pero limpio sofá cubierto con una manta de lana, Mariana se movió por la cabaña con una familiaridad que indicaba que había pasado tiempo allí. Encendió un par de lámparas de petróleo, llenando el espacio con una luz cálida y danzante.
Fue entonces cuando Juan Pablo, mientras le quitaba la mochila a su hija, sintió algo duro y rectangular cosido en el forro. “Mariana”, la llamó, su voz un susurro. “Hay algo aquí… en su mochila”.
Mariana se acercó. Con su navaja, cortó con cuidado las costuras del forro interior de la mochila rosa. De adentro, sacó una diminuta memoria USB, no más grande que una uña. Estaba fría al tacto. No tenía marca, ni logo. Solo un pequeño símbolo grabado a láser en el plástico negro. Un ave resurgiendo de las llamas. Un fénix.
Mariana sostuvo la memoria en la palma de su mano. Un escalofrío helado, completamente ajeno al frío de la montaña, le recorrió la espalda. “Esto no es propiedad de la empresa”, murmuró, su voz apenas un soplo de aire. “Elizondo… esto es del gobierno”.
“¿Qué? ¿Qué demonios está pasando?”, preguntó Juan Pablo, el miedo, que había sido suplantado por el cansancio, regresando con una fuerza renovada.
“No lo sé todavía”, dijo ella, caminando hacia una pequeña mesa de madera donde había una laptop reforzada, un viejo modelo militar que aún funcionaba a la perfección. “Pero estamos a punto de averiguarlo”.
Conectó la memoria USB. El sistema operativo, una versión segura de Linux, la reconoció al instante. Apareció un único icono de archivo. Hizo doble clic.
La pantalla parpadeó y se quedó en negro. Por un segundo, pensó que estaba encriptada con un sistema que borraría los datos. Pero entonces, apareció un texto. Letras verdes sobre fondo negro, un eco de una era informática pasada.
ACCESO DENEGADO.
SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE NIVEL SIERRA.
...
PROTOCOLO FÉNIX
Mariana se quedó absolutamente inmóil. El color desapareció de su rostro. Sus dedos, que habían estado moviéndose con seguridad sobre el teclado, se quedaron congelados en el aire. El aire se volvió espeso en sus pulmones.
“Protocolo Fénix”, susurró, y la forma en que dijo esas dos palabras, no con miedo, sino con un horror helado y reverencial, como si hubiera invocado el nombre de un demonio antiguo y personal, le dijo a Juan Pablo que el infierno que habían dejado en la torre de Santa Fe era solo el vestíbulo. Acababan de llegar a la puerta principal.
Capítulo 5: Cenizas en el Bosque
La cabaña de madera, que había pertenecido a su abuelo, un hombre de campo que le enseñó a leer las estrellas y a predecir la lluvia, era el último santuario de Mariana en el mundo. No era un hogar, no realmente. Un hogar implicaba una sensación de permanencia, de futuro. La cabaña era un ancla a su pasado, un escondite impregnado del olor a ocote, a café de olla y a la lana de las viejas mantas. Era el único lugar donde los fantasmas de su otra vida parecían mantenerse a una distancia respetuosa.
Mientras Juan Pablo acostaba a una exhausta Sofi en el sofá, cubriéndola con una manta que olía a cedro, Mariana se movió con un propósito febril. La herida en su hombro era un recordatorio constante, un metrónomo de dolor que marcaba cada segundo que pasaba. Sabía que no tenían tiempo. La lógica de su entrenamiento era implacable: si los habían rastreado hasta el edificio, si sabían de la extracción, pronto estarían buscando en un radio cada vez más amplio. La ciudad era una trampa. Necesitaban desaparecer.
Fue entonces cuando Juan Pablo encontró la anomalía. Al quitarle la mochila a Sofi, sus dedos, ahora hipersensibles a cualquier cosa fuera de lo común, notaron una dureza, un bulto rectangular cosido con torpeza en el forro interior. No era parte del diseño original. “Mariana”, la llamó, su voz un susurro cargado de urgencia. “Hay algo aquí… en su mochila. No estaba antes”.
Mariana se detuvo. Dejó la lámpara de petróleo sobre una mesa y se acercó. Tomó la pequeña mochila rosa, decorada con un personaje de caricatura que sonreía con una alegría obscena en ese momento, y la palpó. Confirmó el objeto. Sin decir una palabra, sacó su navaja de corte y, con la precisión de un cirujano, cortó las puntadas del forro. De la abertura, extrajo una pequeña pieza de plástico negro. Una memoria USB.
Era un objeto anodino, del tipo que se regala en conferencias de negocios. Pero esta era diferente. No tenía logotipos de ninguna marca. Era lisa, negra y mate, diseñada para no reflejar la luz. Y en una de sus caras, grabado a láser, había un símbolo diminuto pero inconfundible: un ave estilizada, con las alas extendidas, surgiendo de un círculo de llamas. Un fénix.
Mariana la sostuvo en la palma de su mano izquierda, la única que le funcionaba plenamente. La sintió fría, inerte. Pero para ella, el objeto parecía vibrar con una energía oscura y maligna. Un escalofrío, tan frío como el recuerdo de la muerte, le recorrió la espalda y se instaló en la base de su cráneo. Su respiración se detuvo.
“Esto no es propiedad de la empresa”, murmuró, las palabras apenas un soplo de aire helado en la cálida cabaña. Miró a Juan Pablo, y sus ojos, normalmente impenetrables, ahora eran dos abismos de un horror que él no podía comprender. “Elizondo… esto es del gobierno. O algo peor”.
“¿Peor que el gobierno?”, preguntó Juan Pablo, su voz temblando. El miedo, que había comenzado a ceder ante el agotamiento, regresó con la fuerza de un maremoto. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo había terminado su vida, una vida de juntas directivas, yates y colegiaturas en el extranjero, en una cabaña aislada, huyendo de un pendrive?
“Hay agencias que no aparecen en los organigramas oficiales. Grupos que operan en las sombras, con presupuestos negros y sin supervisión. Grupos que hacen el trabajo sucio que el gobierno necesita pero que nunca admitiría”, explicó Mariana, su voz monótona, como si estuviera recitando un informe. Se dirigió a la mesa de madera donde descansaba su laptop, un viejo modelo Panasonic Toughbook, una reliquia de sus días en el ejército. Era pesada, fea y casi indestructible. Su compañera silenciosa. “No lo sé todavía, pero estamos a punto de averiguarlo”.
Abrió la laptop. El sistema operativo, una versión endurecida de Linux que ella misma había configurado, arrancó en segundos, sin fanfarrias. Conectó la memoria USB. Un único icono apareció en el escritorio: un archivo sin nombre. Su mano tembló ligeramente al mover el cursor sobre él. Hizo doble clic.
La pantalla se volvió negra.
Por un instante, un pánico helado se apoderó de Mariana. ¿Un virus de borrado? ¿Un señuelo diseñado para destruir cualquier dispositivo en el que se conectara?
Pero entonces, un texto verde parpadeó en la oscuridad, como un fantasma digital de una era pasada.
> ACCESO DENEGADO.
> SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE NIVEL SIERRA.
> INGRESE CLAVE DE AUTENTICACIÓN...
Y debajo de eso, dos palabras que hicieron que el mundo de Mariana se detuviera. Dos palabras que eran la clave de todas sus pesadillas.
> PROTOCOLO FÉNIX
Mariana se quedó petrificada. El color huyó de su rostro, dejándolo con la palidez cerosa de un cadáver. Sus dedos, que momentos antes se movían con una eficiencia letal, ahora flotaban congelados sobre el teclado. El aire en la cabaña pareció volverse espeso, pesado, imposible de respirar. Era el nombre del demonio personal que la había perseguido durante tres años. El nombre grabado en la lápida invisible de su unidad. El nombre que susurraba en sus peores noches.
“Protocolo Fénix”, repitió en un susurro, y el sonido de su propia voz diciendo esas palabras en voz alta fue una profanación. Sonaba como el nombre de un dios antiguo y sediento de sangre.
Juan Pablo, de pie detrás de ella, no entendía el término, pero entendía perfectamente el terror en su voz. Vio a la mujer que había desmantelado a tres asesinos profesionales sin pestañear, ahora temblando ante dos palabras en una pantalla. Y eso lo asustó más que cualquier arma. “¿Qué es eso? ¿Qué es el Protocolo Fénix?”.
Mariana tragó saliva, tratando de humedecer una garganta que se sentía llena de arena. “No es un ‘qué’. Es un ‘quién'”, dijo, su voz apenas un hilo. “Era un programa… un escuadrón de la muerte extraoficial. Una unidad fantasma. Una colaboración secreta entre ciertos elementos del ejército, el CISEN y, al parecer, financiamiento privado. Nosotros éramos la solución final. Cuando la diplomacia fallaba, cuando la ley no alcanzaba, cuando un problema —un líder de cartel, un político corrupto, un periodista demasiado curioso— necesitaba… desaparecer. Nos llamaban a nosotros”.
Se giró para mirarlo, y sus ojos ardían con la luz de un recuerdo infernal. “Éramos intocables. Inexistentes. Pero algo salió mal en la frontera. Una trampa. Una traición. De mi unidad de ocho, solo yo salí con vida. El programa fue clausurado. Borrado de los registros. Nos declararon a todos muertos en acción. O eso dijeron”.
La revelación lo dejó sin aliento. Esto era el argumento de una película de espías, no su vida. “Entonces… ¿por qué aparece en una memoria que le dieron a mi hija?”.
“Esa es la pregunta del millón, ¿no?”, dijo Mariana, volviéndose hacia la pantalla. Su terror se estaba transformando en una rabia fría y concentrada. Alguien había reabierto la tumba que ella creía sellada. Alguien estaba usando el nombre de su unidad caída. “Quienquiera que sea, no sabe con quién se está metiendo. Voy a entrar”.
Sus dedos cobraron vida. Volaron sobre el teclado, no al azar, sino con una precisión febril. Estaba desenterrando fantasmas de su memoria muscular, viejos códigos de anulación, puertas traseras que su antiguo oficial de comunicaciones, un genio informático apodado “Coyote”, le había enseñado. “Hay cerraduras que no se abren con llaves, mi teniente”, le había dicho, “sino con susurros”. Y Mariana empezó a susurrar.
> bypass_auth_sierra.exe
> run force_decrypt --key [viejo código de encriptación]
Líneas de código indescifrable comenzaron a caer por la pantalla, una lluvia verde y digital. Juan Pablo observaba, hipnotizado y aterrorizado. Estaba presenciando a una mujer tratando de abrir a la fuerza la caja de Pandora.
La laptop emitió un pitido agudo, un sonido que cortó la tensión como un cuchillo. La cascada de código se detuvo. Un nuevo mensaje apareció, parpadeando en un rojo urgente y siniestro.
> ¡ALERTA! ACCESO NO AUTORIZADO DETECTADO.
> INTRUSIÓN EN PROTOCOLO CONFIRMADA.
> INICIANDO TRAZADO DE ORIGEN...
> UBICACIÓN ESTIMADA EN 90 SEGUNDOS.
“¡Maldita sea!”, gritó Mariana, una explosión de frustración y furia. Arrancó la memoria USB del puerto como si quemara. “¡Nos están rastreando! El archivo era una trampa. Una carnada con un anzuelo digital”.
“¿Rastreando? ¿Qué tan rápido pueden encontrarnos?”, preguntó Juan Pablo, el pánico volviendo a atenazarlo. Miró instintivamente hacia la ventana, hacia la oscuridad del bosque.
“Si usan triangulación satelital con los datos de la red celular que la laptop intentó usar, lo cual es seguro… minutos. ¡Tenemos minutos, si no es que menos!”, dijo ella, cerrando la laptop de un golpe. La soldado había vuelto, fría, eficiente, letal. “¡Agarra a Sofi! ¡Nos vamos ya!”.
No hubo tiempo para recoger nada. Juan Pablo corrió hacia el sofá y levantó a su hija, que se despertó confundida y asustada por el repentino movimiento. Mariana ya estaba al otro lado de la pequeña sala, pateando una alfombra de piel de oso para revelar una trampilla de madera que él no había notado. La abrió de un tirón, revelando una escalera de mano que descendía a una oscuridad negra y absoluta que olía a tierra húmeda.
“¡Por aquí, rápido! ¡Baja!”, ordenó.
Juan Pablo no dudó. Con Sofi aferrada a su cuello, comenzó a descender por la escalera de madera, sus zapatos de vestir resbalando en los peldaños polvorientos. Mariana lo siguió, pero antes de bajar, agarró una mochila de lona que estaba escondida junto a la trampilla. Un equipo de emergencia. Siempre tenía uno.
Cerró la trampilla sobre sus cabezas justo cuando los primeros sonidos rompieron la paz del bosque. Era un ruido sordo y rítmico, un thump-thump-thump que parecía hacer vibrar el suelo. Un sonido que Mariana conocía íntimamente. El sonido de las palas de un helicóptero cortando el aire.
“¡Helicóptero!”, susurró Juan Pablo desde la oscuridad del sótano, su voz temblando.
“Black Hawk, por el sonido. O un equivalente. Equipo de asalto”, confirmó Mariana con una gravedad escalofriante. Su tono clínico lo asustó más que el propio helicóptero. “No es la policía local. Aterrizarán a un kilómetro, más o menos, y barrerán la zona a pie. Son profesionales”.
Sofi comenzó a gimotear, asustada por la oscuridad y los ruidos. Mariana se arrodilló a su lado, su voz sorprendentemente suave en la negrura. “Shhh, pequeña valiente. Estamos jugando a los escondites. Es un juego muy importante. Ganas si te quedas muy, muy callada. ¿Puedes hacer eso por mí?”.
La niña, sintiendo la calma en la voz de Mariana, asintió contra el hombro de su padre.
Esperaron en la oscuridad sofocante. Los segundos se arrastraban como horas. Y entonces, oyeron los sonidos de arriba. El crujido de botas sobre la madera del porche. El estallido de la puerta de la cabaña siendo pateada. Pasos pesados moviéndose por la habitación que acababan de abandonar. Haces de luz de potentes linternas cortaban la oscuridad a través de las rendijas del suelo de madera sobre sus cabezas, creando patrones danzantes y fantasmales en el sótano.
“Dos firmas de calor en el interior detectadas por el FLIR”, dijo una voz metálica y distorsionada por una radio. “Pero una es fría. Podría ser calor residual. El objetivo principal no está”.
“Negativo”, respondió otra voz. Era profunda, tranquila y llena de una autoridad gélida. La voz de un comandante. “Está entrenada. Sabe cómo ocultar su firma. No asuman que se fue. Revisen cada centímetro. Quiero esa cabaña desmantelada tabla por tabla si es necesario”.
Juan Pablo sintió que su corazón se detenía. Está entrenada. La estaban buscando a ella. El enemigo sabía exactamente quién era Mariana. Esto no era un ataque al azar; era una cacería.
Miró a Mariana en la penumbra. Su rostro era una escultura de tensión, sus ojos fijos en las tablas del techo. Uno de los haces de luz pasó directamente sobre la delgada línea que delataba la existencia de la trampilla. Se detuvo. Por un segundo que duró una eternidad, la luz se quedó fija, explorando. El corazón de Juan Pablo martilleaba contra sus costillas. Estaban acabados.
Pero entonces, la luz se movió. Los pasos se alejaron. “¡Sótano despejado, señor! ¡No hay entrada visible!”.
“Recibido”, dijo la voz del comandante. Un momento de silencio. Luego, la orden que selló su destino. “Movámonos al perímetro de búsqueda. Protocolo de tierra quemada. Que no quede nada. Borren el lugar del mapa”.
“¿Quemar…?”, susurró Juan Pablo, sus ojos abiertos de par en par por el horror.
“Lo sé”, lo cortó Mariana bruscamente. Ya estaba en movimiento. “Hora de irse”. Los empujó suavemente hacia una pared del sótano, donde, oculta por una lona, había una abertura estrecha. Un túnel de escape. Su abuelo lo había cavado durante la paranoia de los años 70. “Era por si los comunistas venían”, solía decir. Resultó que los monstruos eran otros.
“Vamos. Arrástrense. Rápido y en silencio”.
Se metieron en el túnel. Era claustrofóbico. La tierra húmeda y fría se pegaba a su ropa, el olor a moho llenaba sus pulmones. Detrás de ellos, oyeron el sonido de un líquido siendo rociado, seguido de un whoosh ensordecedor cuando las llamas cobraron vida. El túnel se iluminó con un resplandor anaranjado y siniestro.
Cuando emergieron al otro lado, a unos cincuenta metros de distancia, en la espesura del bosque, la cabaña de su abuelo era una pira funeraria. Una columna de fuego naranja se elevaba hacia el cielo nocturno, devorando recuerdos y madera por igual, enviando una lluvia de brasas que morían en la nieve incipiente.
Juan Pablo miró la escena, devastado. “Todo lo que tenías…”, dijo, su voz quebrada. “Tu último lugar…”.
Mariana no miró hacia atrás. Sus ojos estaban fijos en la oscuridad del bosque que se extendía ante ellos. En su rostro, el resplandor de las llamas dibujaba una máscara de determinación trágica.
“Todo lo que tenía”, dijo, su voz tan vacía y desolada como el paisaje quemado que dejaban atrás, “se quemó hace mucho tiempo”
Capítulo 6: El Fantasma de la Red
El fuego era un depredador. Devoraba la madera seca de la cabaña con una furia hambrienta, sus llamas naranjas lamiendo el cielo nocturno como si quisieran borrar las estrellas. El sonido era un rugido constante, una sinfonía de destrucción que ahogaba el murmullo del viento entre los pinos. Para Juan Pablo, que observaba desde la seguridad precaria del bosque, era una visión hipnótica y aterradora. La cabaña, su único refugio en un mundo que se había vuelto contra él, se convertía en un esqueleto de brasas ante sus ojos. Vio cómo el techo se derrumbaba hacia adentro, enviando una lluvia de chispas y ascuas al aire, un torbellino de luz infernal en la oscuridad helada de La Marquesa.
Mariana no miraba. Su espalda estaba vuelta hacia las llamas, su rostro una máscara de granito. El resplandor del fuego danzaba en la periferia de su visión, pero sus ojos estaban fijos en la negrura del bosque. Para ella, el fuego no era una tragedia; era una confirmación. Confirmaba la naturaleza del enemigo: no dejaban cabos sueltos, no asumían riesgos. Eran metódicos, despiadados y tenían recursos ilimitados. La frase de su instructor volvió a ella: “Tierra quemada no es una táctica, es una declaración. Significa que tu enemigo no te quiere muerto, te quiere borrado de la existencia”.
“Todo lo que tenía se quemó hace mucho tiempo”, había dicho. No era una frase dramática; era la pura verdad. El fuego que consumía la cabaña de su abuelo era solo un eco, una pálida imitación del incendio que había arrasado su vida tres años atrás. Lo que ardía ahora era madera y recuerdos. Lo que había ardido entonces era su alma, su propósito y toda su unidad.
“Tenemos que movernos”, dijo, su voz cortando el trance de Juan Pablo. “El helicóptero se habrá ido, pero dejarán un equipo de búsqueda en tierra. Se moverán en un patrón de barrido. Tenemos que salir de su radio de acción antes del amanecer”.
Juan Pablo asintió, aunque se sentía entumecido. Levantó a Sofi, que se había vuelto a quedar dormida en sus brazos, un peso cálido y precioso de agotamiento e inocencia. Mariana tomó la delantera, moviéndose a través de la maleza con una certeza que desafiaba la oscuridad casi total. No usaba linterna. Se movía por instinto, por la forma en que la luz de la luna se filtraba a través de las copas de los oyameles, por la sensación del terreno bajo sus pies. Su herida era una agonía constante, pero la había relegado a un ruido de fondo, una estática molesta en la radio de su concentración. Cada paso era un cálculo: evitar las ramas secas que pudieran crujir, pisar sobre las gruesas alfombras de agujas de pino que amortiguaban el sonido, mantenerse en las sombras más profundas.
Para Juan Pablo, la caminata fue una tortura. Sus zapatos de vestir italianos, de suela fina y cuero delicado, eran inútiles en el terreno irregular. Resbalaban en el lodo helado, se enganchaban en las raíces. Sus tobillos protestaban, y pronto, cada paso era un calambre. El traje de miles de dólares estaba rasgado y cubierto de tierra. El frío de la montaña le calaba hasta los huesos, un frío húmedo que su ropa de ciudad no estaba diseñada para soportar. Pero el sufrimiento físico era secundario al torbellino de su mente.
Hace apenas unas horas, su mayor preocupación era una fluctuación en la Bolsa de Tokio. Ahora, huía por un bosque oscuro, perseguido por asesinos, con su hija en brazos y su vida en manos de una mujer de la limpieza que resultaba ser un fantasma de las fuerzas especiales. La absurdidad era tan abrumadora que bordeaba la locura. Miraba la espalda de Mariana, la forma en que se deslizaba entre los árboles como un espectro, y se preguntaba qué clase de vida había llevado. ¿Qué horrores había visto para moverse con esa mezcla de gracia letal y resignación absoluta?
Después de lo que parecieron horas, Mariana levantó una mano, la señal universal para detenerse. Se agacharon detrás de un afloramiento rocoso cubierto de musgo. En el silencio, aguzó el oído. Nada. Solo el ulular lejano de un búho y el susurro del viento.
“Descansaremos cinco minutos”, susurró. “Bebe agua”.
De la mochila de lona que había logrado salvar, sacó dos botellas de agua y una barra de proteína. Le pasó una botella y la mitad de la barra a Juan Pablo. Él bebió con avidez, el agua fría un alivio para su garganta seca. Miró la barra de proteína, una masa seca y sin sabor, y pensó en los festines que solía disfrutar en el Club de Industriales. La ironía casi le hizo reír.
“¿Siempre quisiste esto?”, preguntó de repente, la pregunta escapando de sus labios antes de que pudiera detenerla. “¿La vida militar?”.
Mariana, que estaba revisando su improvisado vendaje a la luz de la luna, se detuvo. No respondió de inmediato. Sus ojos se perdieron en la oscuridad del bosque por un momento. Cuando finalmente habló, su voz era baja, desprovista de autocompasión. “Ninguna niña sueña con aprender a desarmar una mina Claymore o a cómo sobrevivir tres días con un litro de agua y grillos asados. Yo quería ser maestra. De artes plásticas. Me encantaba dibujar”.
Juan Pablo parpadeó, completamente sorprendido. “¿Dibujas?”.
“Solía hacerlo”, dijo ella, su voz aún más baja. “Lo dejé cuando mis manos empezaron a temblar demasiado después de la segunda gira en la frontera. Hay cosas que una vez que ves, manchan los colores”.
El silencio que siguió fue más profundo, cargado con el peso de la vida que ella había perdido. Juan Pablo sintió una punzada de empatía, la primera emoción real más allá del miedo que había sentido en horas. Vio, por un instante, no a la soldado, sino a la mujer que había sido sacrificada en el altar de una guerra sucia que él ni siquiera sabía que se estaba librando.
Siguieron caminando. Mariana lo guio a un pequeño arroyo que serpenteaba a través del bosque. “Tenemos que rellenar las botellas”, dijo. Le mostró cómo recoger el agua de la corriente más rápida para evitar el sedimento y sacó unas pequeñas pastillas de yodo de su botiquín. Mientras esperaban que el yodo hiciera efecto, Sofi, que se había despertado, observaba a Mariana con curiosidad.
Mariana se arrodilló junto a la niña. “Mira”, dijo suavemente, señalando unas huellas en el barro de la orilla. “Esto es de un conejo. ¿Ves las dos marcas pequeñas adelante y las dos grandes atrás? Así es como corren. Y esto de aquí”, señaló otra marca más grande, “es un coyote. Probablemente siguiendo al conejo”.
Sofi escuchaba, sus ojos muy abiertos, completamente absorta. Mariana le estaba enseñando a leer el bosque, a ver las historias ocultas en la tierra. Juan Pablo observó la interacción con un nudo en la garganta. La paciencia de Mariana, la forma en que su voz se suavizaba al hablar con la niña, revelaba una faceta de ella que parecía imposible. Era la maestra que había querido ser.
“Se te da bien con ella”, dijo él en voz baja cuando Sofi se alejó para tocar una flor silvestre.
El rostro de Mariana se ensombreció por un instante. “Me recuerda a Nía”, murmuró. “No solo su edad. Sus ojos. Como si lo viera todo, incluso cuando finge no hacerlo”.
Juan Pablo dudó, pero sintió la necesidad de entenderla. “¿Alguna vez… quisiste tener hijos?”.
Mariana lo miró, y por un segundo, su máscara se resquebrajó, revelando una vulnerabilidad tan profunda que era casi doloroso mirarla. “En la vida que yo vivía, no puedes permitirte querer cosas así. El amor es un lastre. La familia es un objetivo para el enemigo”. Se puso de pie bruscamente. “El agua está lista. Sigamos”.
Caminaron dos horas más, hasta que el primer indicio del amanecer comenzó a teñir el cielo de un gris pálido. Los árboles finalmente se abrieron para revelar una estructura decrépita y cubierta de hiedra: la estación de guardabosques abandonada. La pintura verde se estaba pelando, y un emblema oxidado del Servicio Forestal colgaba torcido de la puerta.
Mariana no entró de inmediato. Rodeó el perímetro en silencio, su mirada escudriñando cada ventana rota, cada sombra. Solo cuando estuvo satisfecha de que el lugar estaba vacío y no había sido manipulado, forzó la vieja cerradura con un par de alambres de su kit de supervivencia.
El interior olía a madera podrida y a tiempo estancado. Había un catre viejo, una mesa coja y polvo, mucho polvo. Mientras Juan Pablo acostaba a Sofi en el catre, Mariana fue a una esquina, levantó una tabla suelta del suelo y sacó un pequeño maletín metálico y hermético. Era otro de sus escondites, preparado hacía años.
Dentro había un transmisor de radioaficionado alimentado por energía solar, una antena plegable y una libreta de cuero gastada llena de frecuencias y códigos escritos a mano. Juan Pablo la observó mientras ensamblaba el equipo con una rapidez y eficiencia asombrosas. Conectó la antena, la orientó hacia una posición específica en el cielo y comenzó a golpear un pequeño manipulador de telégrafo, enviando una serie de pulsos rítmicos y silenciosos en código Morse.
...- . -. .- -.. --- / .-.. .-.. .- -- .- -. -.. --- / .- / ..-. .- -. - .- ... -- .- .-.-. (VENADO LLAMANDO A FANTASMA.)
Repitió el mensaje tres veces. Luego, se quedó en silencio, esperando.
“¿A quién estás llamando?”, preguntó Juan Pablo en un susurro.
“A mi fantasma”, respondió ella, sus ojos fijos en el pequeño receptor de la radio. “La única persona en este maldito país en la que todavía confío”.
“¿Confías en alguien?”.
“Salvé su vida una vez, en una situación no muy diferente a esta. Me debe una. Y lo más importante, sabe cómo mantenerse invisible y mantiene la boca cerrada”. Hizo una pausa. “¿Su nombre? Casandra ‘Cass’ Ochoa. Fue una de las mejores analistas de contrainteligencia del CISEN. Una genio de las redes y las comunicaciones. Pero vio demasiado, cavó demasiado profundo en la conexión entre ciertos políticos y los carteles. Le tendieron una trampa. Su equipo fue masacrado en una operación que ella había planeado. La culparon a ella, la marcaron como traidora. Tuvo que desaparecer. Ahora vive en una casa rodante en algún lugar del norte, moviéndose constantemente. Pero sé que siempre está escuchando en las frecuencias muertas, las que el gobierno abandonó hace años”.
Pasaron las horas. El sol de la mañana se filtraba a través de las ventanas sucias, dibujando cuadrados de luz en el suelo polvoriento. Sofi dormía. Juan Pablo sentía el peso del agotamiento, pero la tensión no lo dejaba descansar. Observaba a Mariana, que permanecía sentada frente a la radio, inmóvil como una estatua, escuchando.
“Sigo pensando…”, dijo Juan Pablo, rompiendo el silencio. “Todos estos años, pensé que las amenazas a las que me enfrentaba estaban en la sala de juntas. Tiburones con trajes a medida armados con contratos y cláusulas venenosas. Pero esto… esto es una guerra”.
Mariana lo miró, sus ojos oscuros reflejando la luz polvorienta. “Siempre lo fue”, dijo ella con una voz cansada y sabia. “Tú simplemente no podías ver el campo de batalla desde tu oficina en el piso 40”.
En ese momento, el transmisor emitió un débil chasquido. Luego otro. Tres pulsos agudos, cortos y perfectamente espaciados. El corazón de Mariana dio un vuelco. Era la respuesta. La señal de reconocimiento de Cass.
Se inclinó sobre el manipulador y tecleó un nuevo código, una pregunta sobre su ubicación segura. Segundos después, la pequeña pantalla LCD del dispositivo cobró vida, mostrando una línea de texto encriptado.
> CASA SEGURIDAD CONFIRMADA. UBICACIÓN ECO. ETA 0400 HORAS. VIAJEN OSCURIDAD. NO CONFÍEN NADIE.
Mariana exhaló, una nube de alivio visible en el aire frío. “Nos movemos esta noche. Nos encontraremos con ella”.
“¿Crees que puede ayudarnos?”, preguntó Juan Pablo.
“Cass tiene acceso a redes y bases de datos que oficialmente no existen. Archivos fantasma. Si alguien puede descifrar lo que hay en esa memoria USB y decirnos quién está detrás de esto, es ella”. Mariana guardó el equipo, su expresión endureciéndose de nuevo. “A partir de aquí”, dijo, mirándolo directamente, “cada paso que damos es un paso más cerca de la gente que intentó borrarnos del mapa”.
Esa noche, se encontraron con Cass en un acantilado rocoso que dominaba un tramo silencioso de un río, el “Punto Eco”. Era una mujer alta, de unos cuarenta y tantos, con el pelo corto y veteado de canas, botas de combate y una cicatriz afilada que le recorría la mandíbula. No llevaba armas visibles, pero la forma en que se movía dejaba claro que no las necesitaba.
“Maldita sea, Villanueva”, murmuró Cass a modo de saludo, su voz grave y un poco ronca. “Escuché la transmisión y casi me ahogo con mi café instantáneo. ¿Protocolo Fénix? Nunca te gustaron las cosas fáciles, ¿verdad?”. Miró a Juan Pablo y a Sofi. “¿Y trajiste compañía?”.
“Una larga historia”, dijo Mariana, pasándole la memoria USB.
Cass sacó una laptop de su mochila, tan reforzada como la de Mariana, y conectó el dispositivo. Sus dedos volaron sobre el teclado, sus ojos escaneando líneas de código. “Mierda, Mariana. Esto es real”, dijo después de unos minutos, su tono perdiendo todo rastro de ligereza. “No son solo informes de misiones. Son órdenes de ejecución. Nacionales. Civiles”.
“¿Qué quieres decir?”, preguntó Juan Pablo, acercándose.
“Quiero decir que algún hijo de puta muy poderoso en tu junta directiva está usando una estructura de operaciones negras para eliminar obstáculos. Rivales de negocios, periodistas, activistas, soplones… Y tú, amigo mío, eras el siguiente en la lista”.
“¿Hay nombres?”, preguntó Mariana, su voz tensa.
Cass tecleó un poco más. “Aparece uno constantemente. Comunicaciones encriptadas de tu amiga Lorena Larios a un alias: ‘El Cernícalo’. No hay apellido, pero cada orden de ejecución lleva su código de autorización”.
Juan Pablo se puso pálido como el papel. “‘El Cernícalo'”, susurró, el nombre un veneno en sus labios. “Era el apodo de Elías Montes. Nuestro antiguo jefe de supervisión legal. Un hombre de la total confianza de mi padre. Se retiró hace dos años… supuestamente por motivos de salud”.
“Entonces no se retiró”, dijo Mariana, su voz glacial. “Se sumergió. Pasó a la clandestinidad para dirigir la operación desde las sombras”.
“Hay más”, dijo Cass, su rostro sombrío. “La memoria contiene un mapa. Coordenadas de puntos de entrega, casas de seguridad… y posibles ubicaciones de objetivos. Todo apunta a una operación más grande, algo con el nombre en clave: ‘Operación Marioneta'”. Cerró la laptop de golpe. “No tengo idea de qué es. Pero si Fénix está involucrado, es algo muy malo. Y si tu hija”, miró a Sofi, que dormía en los brazos de su padre, “lleva la única copia conocida de estos archivos, acaba de convertirse en el activo más valioso… y en el rehén más buscado del país”.
La mandíbula de Mariana se tensó hasta doler. “Entonces la protegemos. Y los exponemos a todos y cada uno de ellos”.
Cass asintió, una sonrisa sombría y sin alegría en su rostro. “Me gusta cómo suena. Pero para hacer eso, el siguiente movimiento es tuyo, Elizondo. Y no te va a gustar”.
Juan Pablo la miró, el miedo y la determinación luchando en su interior. “¿Qué es?”.
“Necesitas volver”, dijo Cass en voz baja. “Volver a tu oficina, a tu edificio. Finge que nada pasó. Juega al CEO confundido pero ileso. Juega su juego mientras nosotras cavamos por debajo de sus pies”.
La idea era tan audaz, tan suicida, que Juan Pablo se quedó sin aliento. “¿Quieren que vuelva a un edificio lleno de gente que intenta matarme?”.
La voz de Mariana cortó el aire frío de la noche, firme, inquebrantable, una promesa y una sentencia. “No irá solo”.
Capítulo 7: La Guarida del Lobo
El regreso a la Ciudad de México fue un viaje a través del espejo, una inmersión en una realidad que se veía idéntica pero que se sentía fundamentalmente alterada. El SUV negro que Cass les proporcionó, un vehículo anónimo con placas alteradas, se deslizaba por la autopista México-Toluca, dejando atrás la niebla de las montañas y adentrándose en el tazón de aire contaminado del Valle de México. A través de la ventanilla, Juan Pablo observaba el paisaje familiar con ojos nuevos. Las casas precarias que trepaban por las laderas de los cerros, los espectaculares que anunciaban perfumes y relojes de lujo, el tráfico que comenzaba a formarse a pesar de la hora temprana… todo parecía una elaborada puesta en escena, una fachada de normalidad que ocultaba un mundo de sombras y violencia que ahora sabía que existía.
Estaba sentado en el asiento trasero, pero no como un pasajero. Se sentía como un prisionero siendo transportado al lugar de su ejecución. Cass, al volante, conducía con una calma imperturbable, sus ojos ocultos tras unas gafas de sol oscuras a pesar de la escasa luz del amanecer. En el asiento del copiloto, Mariana era una estatua de tensión contenida. Llevaba un blazer negro, unos pantalones de vestir a la medida y una blusa de seda color marfil. Su cabello, normalmente recogido en una cola de caballo funcional, ahora estaba peinado en un moño bajo, severo y elegante. El vendaje de su hombro estaba oculto bajo la ropa. Con un poco de maquillaje para cubrir el cansancio de su rostro, podría pasar por una ejecutiva de alto nivel, una abogada o, precisamente, lo que pretendía ser: jefa de seguridad personal. La transformación era tan completa que resultaba inquietante. La mujer que trapeaba pisos había desaparecido sin dejar rastro.
Juan Pablo también se había transformado. Bajo la dirección de Cass, se había afeitado meticulosamente en el baño de una gasolinera. Se había puesto uno de los trajes de emergencia que siempre guardaba en su oficina, un Armani azul marino que se sentía como un disfraz. Cass había usado un kit de maquillaje profesional para ocultar el moretón en su sien y el corte en su labio. Al mirarse en el pequeño espejo del coche, no reconoció al hombre que le devolvía la mirada. Sus ojos, inyectados en sangre por el cansancio y el miedo, eran los de un impostor.
“¿Seguro de esto, Elizondo?”, preguntó Mariana, su voz baja, sin girarse para mirarlo. No era una pregunta sobre su valor, sino una última evaluación táctica de su activo más importante y volátil: él.
“No”, respondió él con una honestidad brutal, su mirada perdida en los rascacielos de Santa Fe que comenzaban a recortarse en el horizonte. “Pero Cass tiene razón. Es la única jugada que no esperan. Si desaparezco, confirmo sus sospechas. Sabrán que tengo la memoria USB y que sé la verdad. Me cazarán hasta encontrarme. Pero si regreso… si entro por esa puerta como si nada hubiera pasado, los descoloco. Los obligo a dudar. ¿Qué sé? ¿Qué no sé? La incertidumbre es la única arma que tengo ahora mismo”.
Mariana asintió levemente. “La incertidumbre es un arma de doble filo. También los volverá más peligrosos, más impredecibles”.
“Y mientras tanto”, añadió Juan Pablo, un destello de su antigua personalidad, la del estratega corporativo, asomando a través del miedo, “me mantengo lo suficientemente cerca como para devolver el golpe”.
Una sonrisa casi imperceptible tiró de la comisura de los labios de Mariana. Quizás había más de un soldado en ese coche.
Cass habló por primera vez en casi una hora, su voz grave y directa como un disparo. “El plan es simple. Y por eso mismo, complicado. Cualquier desviación, y todo se va al carajo. Entraremos por el estacionamiento subterráneo. Tus credenciales aún deberían funcionar; dudo que se arriesgaran a desactivarlas y levantar una alerta. Subirás a tu oficina en el piso 40. Mariana irá contigo como tu nueva ‘asesora de seguridad’. Yo me quedaré en el coche, coordinando desde aquí. Tengo acceso a la red interna del edificio a través de un exploit que planté hace años. Seré sus ojos y oídos”.
Hizo una pausa, su mirada encontrando la de Juan Pablo en el espejo retrovisor. “Tu trabajo, Elizondo, es ser el mejor actor de tu vida. Tendrás reuniones. Contestarás correos. Sonreirás. No menciones el incendio de la casa del lago, no preguntes por los hombres que te atacaron, y sobre todo, actúa con normalidad con Lorena Larios. Ella te estará observando como un halcón. Buscará cualquier tic, cualquier duda en tu voz. Eres el cebo, ¿entiendes? Tu trabajo es hacer que el pez gordo muerda”.
“¿Y qué hay de Sofi?”, preguntó Juan Pablo, la preocupación por su hija un dolor físico en su pecho.
“Sofi está más segura que nosotros”, respondió Cass. “Está con un viejo contacto mío, una ex-enfermera militar que vive en una comunidad aislada en la sierra de Puebla. Nadie la encontrará allí. Está fuera del tablero de juego. Ahora concéntrate en tu papel”.
El SUV se deslizó por la rampa del estacionamiento subterráneo de la Torre Elizondo. El corazón de Juan Pablo comenzó a latir con la fuerza de un martillo neumático. Cada fibra de su ser le gritaba que huyera, que diera la vuelta. Se sentía como un cordero entrando voluntariamente al matadero. Los guardias de seguridad de la entrada, hombres a los que saludaba por su nombre cada mañana, apenas levantaron la vista. Reconocieron la marca del coche, vieron una figura vagamente familiar en el asiento del conductor y agitaron la mano para que pasara. La normalidad de la escena era nauseabunda.
Aparcaron en su lugar de siempre, reservado con una placa dorada que ahora parecía una lápida. Al bajar del coche, el aire fresco y filtrado del estacionamiento se sintió sofocante. La tarjeta de acceso de Juan Pablo funcionó. El lector parpadeó en verde. Acceso concedido. Las puertas de su propia trampa se abrían para recibirlo.
Subieron por un elevador privado que los llevó directamente al ala ejecutiva del piso 40. El viaje de treinta segundos en el cubículo de acero y cristal fue una eternidad. Mariana estaba a su lado, inmóvil, su rostro inexpresivo, pero él podía sentir la tensión irradiando de ella, como el calor de una estufa. Podía ver el sutil movimiento de sus ojos, escaneando el interior del elevador, notando la cámara de seguridad en la esquina, evaluando los paneles de acceso.
Cuando las puertas se abrieron con un silbido suave, el mundo familiar de Juan Pablo lo golpeó con la fuerza de una bofetada. El silencio opulento. La alfombra de lana tan gruesa que amortiguaba cualquier sonido. Las paredes de cristal esmerilado, el acero cepillado, las obras de arte moderno de artistas cotizadísimos colgando en las paredes. Y el leve aroma a lirios frescos, una fragancia que se bombeaba a través del sistema de ventilación. Su reino. Su jaula dorada.
Caminó hacia adelante, obligando a sus piernas a moverse con una confianza que no sentía. Su paso era medido, su cabeza alta. Mariana lo seguía cuatro pasos detrás, a su derecha, la posición clásica de un guardaespaldas, lo suficientemente cerca para intervenir, lo suficientemente lejos para no ser intrusiva.
Y entonces la vio.
Lorena Larios. Estaba de pie dentro de la sala de conferencias principal, la misma donde él había sido torturado horas antes. La sala ahora estaba impecable. No había rastro de la lucha. El equipo de limpieza —los colegas de Mariana— había hecho su trabajo a la perfección, borrando toda evidencia. Lorena estaba en medio de una conversación con dos miembros de la junta directiva, dos hombres que Juan Pablo conocía desde hacía veinte años, hombres con los que había compartido cenas, vacaciones, bautizos. ¿Ellos también estaban involucrados? El pensamiento fue como un veneno helado inyectado en sus venas.
Al oír el sonido del elevador, Lorena se giró. Su rostro, siempre una máscara de profesionalismo y ambición controlada, mostró una microexpresión. Duró menos de una décima de segundo, pero en su estado de hiper-vigilancia, Juan Pablo la vio claramente. Fue una mezcla de shock, confusión y una pizca de… ¿decepción? Rápidamente, la enmascaró detrás de una sonrisa brillante y perfectamente calibrada.
“Juan Pablo”, dijo, saliendo al pasillo, su voz suave como la seda. “Qué sorpresa. Estás aquí temprano”.
Él la obligó a sonreír. El movimiento se sintió antinatural, como si los músculos de su cara pertenecieran a otra persona. “Bueno, Lorena, figured I’d try something new. Dicen que al que madruga, Dios lo ayuda”, respondió, usando un poco de inglés, un hábito que tenían entre ellos. Era importante mantener los rituales de la normalidad.
Los ojos de Lorena, de un azul acerado y calculador, se desviaron por un instante hacia Mariana. La evaluó de pies a cabeza, no como se mira a una persona, sino como se analiza un objeto inesperado en un entorno familiar. “¿Y tu nueva… asistente?”, preguntó, su tono casual, pero la pregunta cargada de significado.
“Asesora de seguridad”, corrigió Juan Pablo con suavidad. Se dio una palmadita en el pecho. “Con las recientes amenazas a ejecutivos de alto perfil, sabes, los secuestros en San Pedro, los ataques en Polanco… decidí ser proactivo. La señorita Villanueva viene muy recomendada”. La presentación fue fluida, ensayada.
Lorena rio, un sonido ligero y musical que ahora le helaba la sangre a Juan Pablo. “Por supuesto. Una decisión prudente. Apoyo totalmente la medida. Lo más importante es tu seguridad”. Su mirada volvió a él, y por un segundo, se detuvo en su sien, en el lugar donde el maquillaje apenas ocultaba el moretón. “De hecho, estoy muy aliviada de verte. Me enteré de que hubo un… incidente en tu casa del lago anoche. ¿Un intento de robo?”.
El juego había comenzado. La estaba probando.
La sonrisa de Juan Pablo no vaciló. “Pura exageración de la prensa. Un pequeño cortocircuito, un conato de incendio. Los bomberos lo contuvieron rápidamente. Falsa alarma, afortunadamente. Más papeleo para el seguro que otra cosa”.
“¿De verdad?”, dijo Lorena, sus ojos azules fijos en los suyos, buscando, sondeando, intentando leer más allá de sus palabras. El segundo que duró esa mirada fue la partida de póker más intensa de la vida de Juan Pablo. Él sostuvo la mirada, proyectando nada más que un cansancio mundano. Finalmente, ella pareció satisfecha. O al menos, decidió no presionar más.
Asintió y se hizo a un lado, su gesto tan elegante como siempre. “Bueno, bienvenido de nuevo, Juan Pablo. Nos vemos en la junta de las diez”.
Él pasó a su lado, el aroma de su perfume, un Chanel que él le había regalado en su último cumpleaños, ahora le olía a veneno y traición. No dijo nada más. Caminó el resto del trayecto hasta su oficina, cada paso una victoria sobre el impulso de correr.
Una vez dentro del santuario de su oficina, con sus vistas panorámicas y su escritorio de ébano, Mariana cerró la puerta con llave detrás de ellos. El clic del cerrojo fue el sonido más tranquilizador que Juan Pablo había oído en veinticuatro horas. Se dejó caer en su silla de cuero, el aire escapando de sus pulmones en un silbido tembloroso. Se sentía como si hubiera corrido un maratón.
Mariana, en cambio, no perdió ni un segundo. Ignoró la opulencia de la oficina y fue directamente a una consola de pared discreta que albergaba el servidor privado de Juan Pablo. Abrió un compartimento y sacó un delgado cable. Conectó una tablet reforzada, su propio dispositivo, y la pantalla se iluminó con líneas de código verde.
“Cass nos ha abierto un túnel silencioso”, susurró, sus dedos moviéndose con una velocidad asombrosa sobre la pantalla táctil. “Estamos dentro de la red interna, pero de forma invisible. Soy un fantasma en su sistema. Puedo interceptar cualquier comunicación interna, correos, mensajes de chat… siempre que contengan las palabras clave: Fénix, Marioneta, Cernícalo o Elizondo”.
Juan Pablo se acercó a su escritorio, encendió su propia computadora y comenzó a fingir que revisaba sus correos electrónicos. Su corazón aún latía con fuerza. “No sé cómo voy a hacer esto, Mariana”, admitió en un susurro, su voz apenas audible. “No sé cómo mantener la calma”.
Los ojos de Mariana no se apartaron de la pantalla. “Sí, sabes cómo”, respondió ella, su tono sorprendentemente tranquilizador, aunque completamente pragmático. “Llevas años mintiéndoles a los accionistas, a los reguladores y a la prensa. Sabes cómo vender una historia. Solo que esta vez, la historia es tu propia supervivencia”. La miró por encima del hombro. “Y que no se te olvide: lo digo como un cumplido”.
El primer ping llegó casi de inmediato. Un pequeño punto rojo parpadeó en la esquina de la pantalla de Mariana. Sus ojos se entrecerraron. “Lo tengo. Es Lorena. Está enviando un mensaje a un destinatario codificado como ‘C1’. La encriptación es de grado militar, pero…”. Hizo una pausa, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. “Pero está usando un protocolo de hace cinco años. Uno que el CISEN desarrolló y que Coyote, mi viejo compañero, ayudó a romper. Es un protocolo con una vulnerabilidad conocida. Descuidada. O demasiado confiada”.
Sus dedos bailaron sobre la pantalla. Durante unos segundos, solo se oyó el tecleo rápido y el zumbido de los ordenadores. Luego, el texto descifrado apareció en la pantalla.
DE: L. LARIOS
PARA: C1
ASUNTO: EL ACTIVO
Sujeto regresó. Acompañado. Nueva seguridad, mujer, no identificada. Actúa con normalidad. Mi evaluación: no sospecha el alcance de la operación. Posiblemente cree que fue un intento de secuestro fallido. Sin embargo, su regreso complica la Fase 2.
Solicito autorización para proceder con la contingencia B. Extracción silenciosa.
Juan Pablo leyó el mensaje por encima de su hombro, y sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. “Extracción silenciosa… ¿Qué significa eso?”.
Mariana levantó la vista, sus ojos oscuros y serios. “Significa que la opción de control ha sido descartada. Significa que acaba de dar la orden de que te maten. Silenciosamente. Un ‘accidente’. Un ‘infarto’. Un ‘suicidio’. Sin escenas, sin cabos sueltos, sin ruido. Y está esperando la luz verde de su jefe”.
En ese momento, Juan Pablo sintió el verdadero terror. No el terror físico de ser golpeado, sino el terror existencial de saber que su muerte había sido solicitada por correo electrónico, como si fuera un pedido de papelería. Se levantó de su silla. “Tenemos que irnos. Ahora”.
“No”, dijo Mariana, su voz firme como el acero. “Si huyes ahora, lo pierdes todo. Nunca volverás a ver a tu hija. Nunca sabrás quién es El Cernícalo. Necesitamos que él responda. Necesitamos la confirmación. Necesitamos los nombres, las pruebas”.
Justo entonces, otro ping. Esta vez, una invitación de calendario apareció en la pantalla de Juan Pablo. Pero era una invitación fantasma, interceptada por Mariana.
EVENTO: Almuerzo Privado de la Junta
HORA: 12:30 PM
UBICACIÓN: Subnivel 3. Sala Negra.
ASISTENTES: L. Larios, M. Worth, E. Roa, K. Straw.
AGENDA: Confidencial.
Juan Pablo frunció el ceño. “Esto no está en mi agenda oficial. El Subnivel 3… apenas recuerdo que existe. La Sala Negra…”.
“Porque no estás invitado”, susurró Mariana. “O mejor dicho, eres el plato principal. El invitado de honor”. Se apartó de la consola, su mente táctica trabajando a toda velocidad. “Este es el momento. Aquí es donde van a dar la orden final. Aquí es donde vamos a atraparlos. Necesitamos interceptar esa reunión”.
“Pero… ¿cómo? Ese nivel es una fortaleza”, dijo Juan Pablo.
Mariana lo miró. “Ellos tienen una fortaleza. Pero nosotros”, dijo, y una luz peligrosa brilló en sus ojos, “tenemos un fantasma”. Se dirigió a la ventana, sacó de su blazer un pequeño dispositivo redondo y negro y lo presionó. Una vibración casi imperceptible recorrió la habitación. “PEM de pulso corto. Desactiva cualquier rastreador o micrófono local durante cinco minutos. Tiempo suficiente para desaparecer de este piso sin dejar rastro digital”.
“¿A dónde vamos?”, preguntó él.
Ella se volvió hacia él, su rostro una mezcla de determinación y una promesa de violencia inminente. “Vamos al vientre de la bestia, Elizondo. Y no saldremos de allí hasta que tengamos todo lo que necesitamos para quemar su maldito mundo hasta los cimientos”.
Capítulo 8: Quemar el Panal
El penthouse era una jaula de cristal suspendida sobre el monstruo durmiente de la Ciudad de México. Afuera, una tormenta eléctrica de finales de otoño azotaba la ciudad, la lluvia cayendo en cortinas plateadas que eran iluminadas por el destello intermitente de los relámparos. Cada trueno era un estruendo sordo que hacía vibrar ligeramente los gruesos ventanales, un eco lejano de la violencia que habían dejado atrás. El lugar, uno de los tantos “pisos seguros” que Cass mantenía bajo alias y a través de empresas fantasma, era la antítesis de la cabaña de La Marquesa. Era frío, impersonal y obscenamente lujoso. Muebles de diseño minimalista, arte abstracto que no decía nada, y una vista de millones de dólares que se sentía vacía. Era el tipo de lugar donde se cerraban tratos de miles de millones, no donde se planeaba una guerra.
Juan Pablo estaba de pie junto al ventanal, con una copa de whisky que no había tocado en la mano. Observaba las luces de la ciudad, un tapiz infinito de vidas, de historias, de gente que se acostaba esa noche sin saber que su mundo estaba construido sobre una base de secretos y muerte. Su propio reflejo en el cristal era el de un fantasma. Un hombre con un traje caro que ya no le pertenecía, con un rostro que ya no reconocía. Se sentía como un impostor en su propia vida. El dossier completo de Fénix, descargado por Cass, estaba abierto en una tablet sobre la mesa de centro. Había pasado la última hora leyéndolo. Nombres, fechas, “objetivos neutralizados”. Un contador de Guanajuato que había descubierto una ruta de lavado de dinero. Una activista medioambiental en Oaxaca que se oponía a un proyecto minero financiado por un holding que, indirectamente, pertenecía a Elizondo Corp. Un periodista de Veracruz que investigaba la colusión política. Vidas reducidas a una línea en un archivo encriptado. Y los fondos para estas operaciones… las transferencias salían de cuentas de “consultoría estratégica” y “desarrollo de proyectos especiales” que él mismo había aprobado sin hacer preguntas. El veneno no solo estaba en la junta directiva; corría por las venas de la empresa que su padre había fundado. Y él había sido el corazón que lo bombeaba.
“Lo sabían”, dijo en voz baja, su voz apenas un murmullo que compitió con el sonido de la lluvia. “Lorena. Elías Montes. Mason Worth… todos ellos. Se sentaban en la mesa conmigo, me sonreían, me daban la mano… mientras firmaban sentencias de muerte”. Se giró, sus ojos ardiendo con una mezcla de furia y una profunda y amarga autoinculpación. “Yo les di el poder. Yo les di los recursos. Fui tan ciego, tan arrogante en mi torre de marfil, que nunca miré hacia abajo para ver la sangre en los cimientos”.
Cass, sentada en el suelo con las piernas cruzadas en medio de un nido de cables, laptops y discos duros, levantó la vista. Su rostro, iluminado por el brillo azul de tres monitores diferentes, era impasible. “La ceguera es el privilegio de los reyes, Elizondo. El problema es que nunca te diste cuenta de que en su juego, tú no eras el rey. Eras solo el banco”.
“Tenemos que llevar esto a las autoridades”, dijo Juan Pablo, su instinto de hombre de ley y orden aún luchando por salir a la superficie. “Al ejército, a la Fiscalía General…”.
Cass soltó una risa. No fue una risa alegre, sino un sonido seco y amargo, como el de una hoja seca rompiéndose. “Ah, las ‘autoridades'”, dijo, haciendo comillas en el aire. “Déjame explicarte cómo funcionan las ‘autoridades’ en este país cuando te enfrentas a gente de este calibre, Elizondo. Si llevas esto a la FGR, el archivo se ‘perderá’ en un laberinto burocrático. Si vas al ejército, te toparás con un general que está en la nómina de esta gente, o que teme el poder que tienen. Presentarás una denuncia y ellos responderán con una lluvia de amparos. Contratarán al despacho de abogados más caro de Las Lomas, el mismo que defiende a exgobernadores y a líderes sindicales corruptos. Alargarán el proceso durante años. Te ahogarán en papeleo, en audiencias pospuestas, en jueces que se declaran ‘incompetentes’. Y mientras tú estás atascado en ese pantano legal, ellos seguirán moviendo sus hilos. Para cuando un juez finalmente decida darle ‘carpetazo’ al asunto por ‘falta de pruebas’, tú estarás en la ruina, desacreditado, o muerto. Así es como el sistema protege al sistema. No, Juan Pablo. No los llevas a juicio. Llevas el juicio hasta ellos”.
Mariana, que había estado en silencio en un rincón de la habitación, limpiando metódicamente su pistola —una Beretta 92FS que había recuperado de uno de sus escondites—, finalmente habló. No levantó la vista de su tarea, cada movimiento de sus manos preciso y económico. “Ella tiene razón. No se pelea contra monstruos usando las reglas de los hombres. Las reglas están diseñadas para que los monstruos siempre ganen”.
“Entonces, ¿qué hacemos?”, preguntó Juan Pablo, la desesperación tiñendo su voz. “¿Nos escondemos? ¿Vivimos el resto de nuestras vidas mirando por encima del hombro?”.
“No”, dijo Cass, girando una de las laptops hacia él. “Cambiamos el tablero de juego. Los sacamos de las sombras y los ponemos bajo el reflector más grande y caliente que existe: la opinión pública”. Abrió un archivo, un diagrama de flujo que parecía un plan de marketing. “Elaboramos una narrativa. Tú no eres un cómplice que se asustó. Eres una víctima. Un hombre traicionado por la gente en la que más confiaba, la gente que él mismo encumbró. Fuiste atacado, casi asesinado. Y en tu búsqueda de respuestas, descubriste una verdad tan terrible que no puedes permanecer en silencio. Eres el denunciante. El soplón. Es un arco de redención. Y no hay nada que a la prensa y al público les guste más que un millonario caído que se levanta para luchar por la justicia. Te convertirás en un héroe popular”.
Juan Pablo miró el diagrama, asqueado. “Quieren que me convierta en una telenovela”.
“Exacto”, afirmó Cass. “Porque las telenovelas capturan la atención de millones. Los procesos legales, no. Filtraremos los documentos, sí, pero los filtraremos después de que tu historia haya preparado el terreno. Tu rostro, tu voz, tu testimonio… eso será la punta de la lanza. Humanizará los datos. Le dará a la gente un rostro al que apoyar”.
Juan Pablo caminó de regreso a la ventana. La idea era brillante, cínica y aterradora. Le pedían que se desnudara ante el mundo, que convirtiera su tragedia en un espectáculo. Y una parte de él se rebelaba. La parte orgullosa, la que valoraba la privacidad y el control. Pero, ¿qué control le quedaba? Le habían quitado su empresa, su seguridad, su vida. Lo único que no le habían quitado era su nombre. Y tal vez, Cass tenía razón. Tal vez su nombre era la última arma que le quedaba.
Pero había algo más. El miedo. Si hacía esto, si se convertía en la cara de esta denuncia, ya no sería un objetivo anónimo. Sería el objetivo número uno. “Si hago esto…”, dijo en voz baja, “si me pongo frente a una cámara, no solo intentarán matarme. Intentarán destruir todo lo que he sido. Desacreditarme, llamarme loco, traidor…”.
“Sí”, confirmó Mariana desde su rincón, sin levantar la vista. “Lo harán. Pero ya están tratando de matarte de todos modos. La única diferencia es que de esta manera, peleas de pie, no de rodillas”.
El argumento era irrefutable. Sin embargo, la duda persistía. ¿Tendría la fuerza para hacerlo? ¿Para enfrentar a Lorena, a Elías, a todo el sistema que él había ayudado a construir?
Fue entonces cuando Cass, quizás sintiendo su vacilación, dijo suavemente: “Hay algo que tienes que ver”. Manipuló su teléfono y se lo pasó. “Tengo una transmisión en vivo. Segura”.
Juan Pablo tomó el teléfono. En la pantalla, la imagen era un poco granulada, pero clara. Era una habitación pequeña y acogedora, con una chimenea crepitante. Y en una mesa, estaba Sofi. Estaba dibujando con crayones de colores, completamente absorta en su tarea. A su lado, una mujer mayor de cabello blanco y rostro amable leía un libro. Sofi tarareaba una canción infantil, una melodía desafinada y feliz. Estaba a salvo. Estaba en paz. Estaba siendo una niña.
El corazón de Juan Pablo se contrajo con una fuerza tan dolorosa que le robó el aliento. Vio a su hija, tan ajena al infierno que él estaba viviendo, y comprendió con una claridad absoluta y cegadora por qué estaba haciendo todo esto. No era por su empresa. No era por su legado. Ni siquiera era por venganza. Era por ella. Era para que ella pudiera seguir dibujando en paz, para que pudiera crecer en un mundo donde su padre no fuera un cobarde que huyó, sino un hombre que luchó por ella, incluso cuando estaba aterrorizado. Para que los hombres como Elías Montes y las mujeres como Lorena Larios no ganaran.
“Quiero que crezca en un mundo donde esta gente no gane”, dijo, su voz ahogada por la emoción, devolviéndole el teléfono a Cass. “Quiero que sepa que su padre no se escondió”.
Levantó la vista, y la duda en sus ojos había sido reemplazada por una resolución de acero. Miró a Cass, luego a Mariana. “De acuerdo. Hagámoslo. Quememos su maldito mundo”.
Dos horas después, el escenario no era un estudio de televisión, ni siquiera el lujoso penthouse. Era el tercer nivel del estacionamiento subterráneo de una torre de oficinas anónima en la colonia Anzures. Un lugar frío, impersonal y transitorio. El contraste era deliberado. Querían que se sintiera crudo, real, clandestino. El aire olía a concreto húmedo y a gases de escape. La única iluminación provenía de unas pocas lámparas fluorescentes que parpadeaban, arrojando una luz pálida y fantasmal.
Cass había montado el equipo con una eficiencia militar. Una sola cámara de alta definición sobre un trípode. Un micrófono de solapa que prendió del traje de Juan Pablo. Mariana no participaba en los preparativos técnicos. Su trabajo era otro. Se mantenía en la penumbra, a unos diez metros de distancia, un espectro silencioso moviéndose entre las columnas de concreto. Escaneaba las rampas de entrada y salida, escuchaba el eco de cada coche que pasaba en la calle de arriba. Su mano derecha descansaba casualmente cerca de su cintura, a centímetros de la empuñadura de la Beretta oculta bajo su blazer. Era la guardiana del momento.
“Recuerda, Elizondo”, le dijo Cass mientras ajustaba el foco de la cámara. “No eres un CEO dando un informe anual. Eres un hombre hablando desde el corazón. Olvídate de las palabras corporativas. Habla con la gente. Míralos a los ojos a través de esta lente. Haz que sientan tu miedo, tu ira, tu resolución. ¿Listo?”.
Juan Pablo respiró hondo. El aire frío llenó sus pulmones. Asintió. Cass le hizo una seña a Mariana. Mariana asintió de vuelta desde las sombras. El perímetro estaba seguro.
Cass presionó el botón de grabar. Una pequeña luz roja se encendió en la cámara. Era la única mancha de color cálido en la escena fría y gris.
Juan Pablo miró directamente a la lente. Por un segundo, su mente se quedó en blanco. El miedo lo atenazó. Pero entonces, pensó en Sofi, tarareando mientras dibujaba. Y las palabras vinieron.
“Mi nombre es Juan Pablo Elizondo”, comenzó, su voz un poco temblorosa al principio, pero ganando fuerza con cada palabra. “Hace veinticuatro horas, yo era el director general de Elizondo Corp, una de las empresas más grandes de este país. Una empresa que heredé de mi padre. Creía en su misión. Creía en su gente. Creía en el poder de la innovación para construir un México mejor”.
Hizo una pausa, su mirada endureciéndose. “Creía. En tiempo pasado. Porque también me negué a ver lo que crecía en las sombras de ese poder. Proyectos que se convirtieron en armas. Contratos que se convirtieron en encubrimientos. Y un protocolo, una palabra que nunca olvidaré: Fénix. Un programa diseñado no para proteger a los mexicanos, sino para silenciarlos. Para siempre”.
Su voz se quebró ligeramente, pero no de debilidad, sino de una rabia contenida. “Anteayer, en mi propia oficina, fui atacado y casi asesinado por gente de mi más absoluta confianza. Mi propia junta directiva. Usaron a mi hija de cinco años como una mula para pasar información que no querían que yo viera. Pero la vi”.
Levantó la tablet, la misma que contenía el dossier, y mostró su pantalla a la cámara. Documentos clasificados, sellos de agencias, nombres tachados, directivas de “neutralización”. “Y ahora, ustedes también la verán. Sé que al hacer esto, me convierto en un traidor para ellos. Sé que vendrán por mí con todo lo que tienen. Pero ya no me importa. Porque hay verdades que son más importantes que la seguridad de un hombre. Y esta es una de ellas”.
Miró por última vez a la cámara, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y súplica. “Soy Juan Pablo Elizondo. Y esta es la verdad que intentaron matar para ocultar. Ya no podrán hacerlo”.
“Corten”, dijo Cass.
La pequeña luz roja se apagó. Juan Pablo se quedó allí, temblando, el sudor perlando su frente a pesar del frío. Se sentía vacío, como si hubiera vertido todo lo que le quedaba en esa pequeña lente de cristal.
Mariana se acercó desde las sombras. Le tendió una botella de agua. Sus ojos se encontraron, y por primera vez, él no vio a una soldado ni a una afanadora. Vio a una aliada. Ella asintió levemente, un gesto mínimo que valía más que mil palabras de aliento. Era un gesto de respeto.
Cass ya estaba trabajando en su laptop, conectada a un dispositivo de internet satelital. “Comenzando la carga. Creando doce mirrors en servidores de Suecia, Islandia y Nueva Zelanda. Generando enlaces acortados. Preparando la siembra en foros de Reddit, grupos de Telegram y cuentas de periodistas de investigación en Twitter”. Sus dedos eran un borrón. “La tormenta está a punto de empezar”.
Durante treinta minutos, esperaron en un silencio tenso. Y entonces, sucedió. La laptop de Cass comenzó a emitir una serie de pitidos, notificaciones que llegaban en una avalancha.
“Y… ahí está”, murmuró Cass, una sonrisa depredadora en su rostro. “Primeros retuits. El video está en el subforo de /r/mexico. Un periodista de Aristegui Noticias acaba de tuitearlo. Los grupos de WhatsApp de la Ibero y el Tec están incendiándose. Mierda, ya es trending topic. #ElizondoLeaks. #ProtocoloFénix”.
Juan Pablo observaba la pantalla por encima del hombro de Cass, viendo cómo el número de visualizaciones subía exponencialmente: diez mil, cincuenta mil, doscientos mil. Veía los comentarios, las reacciones, la mezcla de shock, ira y apoyo. Se sentía irreal. Acababa de prender fuego a su propio mundo, y ahora observaba las llamas propagarse en tiempo real.
Presentadores de noticias en sus programas nocturnos interrumpían la programación, sus rostros una mezcla de confusión y emoción mientras intentaban verificar la información. Ex-funcionarios del gobierno tuiteaban mensajes crípticos confirmando la existencia de “programas irregulares”. La red social era un enjambre de furia y especulación.
“Lo logramos”, dijo Juan Pablo, su voz un susurro de incredulidad.
Pero Mariana, de pie junto a la rampa de salida, observando la noche, no compartía su alivio. Se giró hacia ellos, y su rostro estaba más serio que nunca.
“No”, dijo, su voz tranquila pero cargada de una advertencia mortal. “No hemos logrado nada. Solo acabamos de patear el panal. Ahora, prepárense. Porque las avispas van a salir a matar”.