
CAPÍTULO 1: EL REY DEL TALLER Y SU CASTILLO DE NAIPES
El calor en las naves industriales de Santa Catarina, Nuevo León, no es cualquier cosa. Es un calor que se te mete en los huesos, que huele a aceite quemado, a metal fundido y al sudor agrio de cientos de hombres que se parten el lomo día tras día. Pero para Miguel, ese calor era vida. A sus cuarenta y ocho años, Miguel era parte del inventario de la planta “Metales del Norte”. No era un ingeniero de los que andan con casco blanco inmaculado y camisita planchada revisando planos en una tablet; no, Miguel era el Jefe de Taller, el “Maestro Mike” para la raza, el que sabía escuchar el quejido de una prensa hidráulica y decirte qué empaque estaba fallando sin siquiera abrir la máquina.
Miguel era un hombre de la vieja escuela. De esos norteños recios, de bigote espeso y manos que parecían lijas del número cuarenta. Creció con la idea de que el hombre es el pilar de la casa, y que ese pilar se sostiene con dos cosas: trabajo duro y lealtad absoluta. No entendía de “home office”, ni de “tiempos modernos”, ni de esas cosas de “relaciones abiertas” que veía en los reportajes de la tele. Para él, la vida era una línea recta: te levantas a las cinco, te persignas, vas a la chamba, cumples, regresas, cenas con tu mujer y tus hijos, y das gracias a Dios. Punto.
Ese martes de octubre, la planta era un caos. Una de las inyectoras principales se había amarrado y el gerente de producción estaba que echaba espuma por la boca.
—¡Miguel! ¡Me tienes que sacar esta bronca ya! ¡Estamos perdiendo miles de pesos por minuto! —le gritaba el ingeniero Salas, un chavo de treinta años que apenas sabía limpiarse los mocos pero que tenía un título colgado en la pared.
Miguel, con la calma de quien ha visto mil crisis peores, se limpió la grasa de la frente con un trapo rojo que siempre traía en la bolsa trasera del pantalón de mezclilla.
—Tranquilo, Inge. No se me esponje. Ahorita queda. Es el solenoide de la válvula tres, ya le había dicho yo la semana pasada que estaba cascabeleando, pero como no quisieron autorizar la refacción…
—Bueno, bueno, ya, arréglalo como puedas, hazle un mexicano, pero que jale —ordenó Salas, y se fue taconeando nervioso.
Miguel negó con la cabeza, sonriendo levemente. “Hazle un mexicano”. Así funcionaba todo. Con alambre y chicle, pero funcionando. Y así sentía que era su vida últimamente. Todo parecía estar bien por fuera, la maquinaria de su matrimonio seguía andando, pero él, con ese oído fino que tenía para los fierros, empezaba a escuchar un ruidito. Un cascabeleo en el motor de su casa que no le gustaba nada.
Llevaba veinte años casado con Gloria. Veinte años. Se dice fácil, pero es una vida. La conoció cuando ella entró de secretaria auxiliar en Recursos Humanos. Miguel todavía recordaba el día exacto: un 14 de febrero de hace dos décadas. Ella traía una falda de flores y una blusa blanca, y el pelo agarrado en una trenza larga y negra que le llegaba a la cintura. Era tímida, de rancho, con esa mirada dulce que te hacía querer protegerla de todo. Miguel, que en ese entonces era un simple mecánico, se enamoró hasta los tuétanos. Le costó seis meses que le aceptara una salida al cine, y otros dos años juntar para la boda y el enganche de la casa.
Su casa. Su orgullo. Un departamento en planta baja en la Unidad Habitacional “Los Encinos”. No era una mansión en San Pedro, claro que no, pero era suya. La había pagado peso a peso, privándose de caguamas, de cigarros, de ropa nueva, doblando turnos los domingos y días festivos. Cada ladrillo de esa casa tenía una gota de su sudor. Ahí habían nacido sus sueños y ahí había nacido Katia, su única hija, su princesa, que ahora ya era una señorita de catorce años.
A las seis de la tarde sonó el silbato de salida. Miguel se lavó las manos con jabón en polvo, tallándose fuerte para quitarse la grasa negra que se le metía hasta debajo de las uñas, aunque nunca se quitaba del todo. Se cambió las botas de seguridad por unos tenis viejos pero cómodos, y caminó hacia su Tsuru 2010. El coche estaba impecable; la pintura brillaba y el motor ronroneaba como gato. Miguel cuidaba sus cosas. Cuidaba su coche, cuidaba su herramienta, cuidaba a su familia.
Mientras manejaba de regreso a casa, con el tráfico de la Avenida Constitución a vuelta de rueda, la mente de Miguel divagaba. Ese ruidito… ese cascabeleo.
Todo había empezado hacía unos seis meses. Al principio fueron detalles tontos. Gloria dejó de prepararle el “lonche” para el trabajo.
—Ay, Miguel, ya estás grande, cómprate unas gorditas en la esquina, no tengo tiempo en la mañana, me tengo que arreglar —le había dicho una mañana, mientras se delineaba los ojos con un cuidado que antes no tenía.
Luego fue el celular. Antes, el teléfono de Gloria vivía aventado en la mesa de centro o cargándose en la cocina. Cualquiera podía agarrarlo. Ahora no. Ahora vivía pegado a su mano, o boca abajo si lo soltaba un segundo. Y le había puesto contraseña.
—Es por seguridad, Miguel, en la oficina dicen que andan hackeando mucho —fue su excusa. Miguel no dijo nada. Él confiaba. “El que nada debe, nada teme”, pensaba él, y como él no temía, asumía que ella tampoco.
Pero lo que más le dolía no era el lonche ni el celular. Era la frialdad. Esa distancia que se siente en la cama, cuando uno busca un abrazo, un piecito para calentarse, y encuentra una espalda rígida y un “Ay, hazte para allá que hace calor” o un “Me duele la cabeza, tuve un día pesadísimo”.
Llegó a la unidad habitacional. Saludó a Don Chuy, el vigilante de la caseta.
—¿Qué dice, Don Miguel? ¿Saliendo de la friega?
—Ya sabe, Chuy, persiguiendo la chuleta. ¿Todo tranquilo por acá?
—Todo tranquilo, jefe. Oiga… —Chuy titubeó un segundo—, hoy llegó temprano la señora Gloria, pero volvió a salir hace rato. Iba muy arreglada.
Miguel sintió un piquete en el estómago.
—Ah, sí, sí… tenía una junta de esas de… de capacitación, creo me dijo. Gracias, Chuy.
Miguel estacionó el coche y subió las escaleras con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. “No seas malpensado, cabrón”, se regañó a sí mismo. “La mujer trabaja, quiere superarse. Deberías estar orgulloso”.
Abrió la puerta del departamento. El olor a encerrado lo recibió. No olía a guisado, como antes, cuando Gloria lo esperaba con un asado de puerco o unos chiles rellenos. La cocina estaba limpia, demasiado limpia, señal de que nadie había cocinado.
—¿Katia? —gritó.
—¡Acá estoy, pa! —respondió la voz de su hija desde su recámara.
Miguel fue al cuarto de su hija. Katia estaba sentada en su escritorio, rodeada de libros de álgebra, mordiendo la punta de un lápiz con frustración. Al ver a su papá, se le iluminó la cara. Katia era el vivo retrato de Miguel en carácter, aunque tenía los ojos bonitos de su madre.
—¿Qué pasó, mi reina? ¿Esa cara?
—Es que no le entiendo a esto de las ecuaciones, pa. El profe explica bien rápido y me da pena preguntar.
Miguel sonrió y se sentó en la orilla de la cama. A pesar de que apenas terminó la prepa técnica, Miguel era un hacha para los números. La mecánica te enseña matemáticas a la fuerza.
—A ver, préstame acá. Mira, no te compliques. La ‘X’ es como una pieza que no sabes dónde va, tienes que despejar todo el mugrero que le estorba para verla solita. Si este número está multiplicando, ¿cómo lo pasas al otro lado?
—¿Dividiendo?
—¡Exacto! Es como quitarle los tornillos a una tapa.
Estuvieron media hora resolviendo problemas. Esos momentos eran el tanque de oxígeno de Miguel. Ver a su hija echarle ganas, ver que era una niña sana, estudiosa, le hacía sentir que todo el sacrificio valía la pena.
—Oye, pa… —dijo Katia de repente, cerrando el cuaderno—. ¿Tú sabes dónde fue mi mamá?
Miguel sintió otra vez el piquete.
—Eh… creo que a una junta. ¿Por qué? ¿No te dijo?
—No. Solo se bañó, se puso el vestido rojo, ese cortito que compró la otra vez, y se fue. Olía a mucho perfume.
Katia bajó la mirada, jugando con sus dedos.
—Pa… ¿verdad que mi mamá y tú están bien?
La pregunta cayó como un balde de agua helada. Los hijos huelen el miedo, huelen los problemas antes que los adultos.
—Claro que sí, mija. ¿Por qué preguntas eso? Tu mamá y yo llevamos una vida juntos. A veces la gente cambia un poco, o se estresa por el trabajo, pero todo está bien. Tú no te apures por cosas de grandes.
Katia asintió, pero no se veía convencida.
—Es que… la otra vez la escuché hablando por teléfono en el baño. Hablaba así como… como chiqueada. Y cuando entré, colgó rápido.
Miguel sintió que le faltaba el aire. Se levantó y le dio un beso en la frente para que ella no le viera la cara de angustia.
—Te digo que son cosas de la chamba, mi amor. A veces hay que hablar bonito para convencer a los clientes o a los jefes. ¿Tienes hambre? Voy a ver qué hay en el refri.
Fue a la cocina y abrió el refrigerador. Jamón, queso, leche, unas tortillas frías. Suspiró. Se hizo unas quesadillas y le llevó unas a Katia. Se sentó en la sala, prendió la tele sin volumen y se quedó mirando la pantalla negra mientras comía mecánicamente.
Eran las nueve de la noche. Gloria no llegaba.
Eran las diez. Nada.
A las diez y media, Miguel marcó su número.
—El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio…
La rabia empezó a ganarle al miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿Desde cuándo su esposa, su compañera, apagaba el celular cuando no estaba en casa?
Se levantó y empezó a caminar por la sala, como león enjaulado. Se detuvo frente a las fotos colgadas en la pared. Ahí estaba la foto de la boda. Miguel con un traje que le quedaba grande, Gloria con su vestido blanco y esa sonrisa tímida. Se veían tan jóvenes, tan llenos de esperanza. “¿Dónde quedó esa mujer?”, se preguntó. “¿En qué momento la perdí?”.
Recordó las palabras de su compadre Sergio el fin de semana pasado, mientras se echaban unas cervezas en el taller improvisado de Sergio.
—Migue, no es por meter cizaña, pero… ojo de loca no se equivoca. Mi vieja dice que vio a la tuya en Plaza Sendero el otro día, en horario de trabajo. Y no iba sola.
—¿Ah sí? —había respondido Miguel, haciéndose el desentendido—. Pues sí, seguro iba con los de contabilidad, a veces salen a comer.
—Pues sí, compadre, pero… dice mi vieja que iban muy risueños. Y que el vato no tenía cara de contador, traía un trajecito de esos pegaditos, de mirrey.
Miguel había cambiado el tema esa vez, hablando del fútbol. Pero la semilla de la duda ya estaba sembrada y ahora estaba echando raíces venenosas.
A las once y cuarto, escuchó un coche detenerse afuera. No era el sonido del motor de un taxi, ni de un Uber. Era un motor fino, suave. Se asomó discretamente por la cortina.
Vio un Audi blanco, deportivo. Las luces de freno iluminaban la calle oscura. Vio cómo se abría la puerta del copiloto y bajaba Gloria. Pero no se bajó de inmediato. Se quedó inclinada hacia adentro unos segundos. Miguel aguzó la vista. ¿Se estaban besando? No podía verlo con claridad por el reflejo del vidrio, pero vio cómo ella se despedía con la mano y cerraba la puerta con una sonrisita boba en la cara.
El Audi arrancó, quemando llanta levemente, como presumiendo potencia.
Miguel se alejó de la ventana y se sentó en el sillón, con el control remoto en la mano, fingiendo ver las noticias. El corazón le martillaba en las costillas como un pistón a punto de reventar.
Escuchó la llave en la cerradura. La puerta se abrió.
Gloria entró. Traía el vestido rojo que decía Katia. Le quedaba increíblemente bien, eso no se podía negar. Se había soltado el pelo y traía los labios pintados de un rojo intenso, aunque un poco corrido en una comisura.
Al ver a Miguel despierto, dio un pequeño respingo.
—¡Ay, Miguel! ¡Qué susto me diste! Pensé que ya estabas dormido.
—Pues pensaste mal —dijo Miguel, sin voltear a verla. Su voz sonaba ronca—. ¿Qué horas son estas de llegar, Gloria?
Ella dejó su bolsa en el sillón y se quitó los tacones, soltando un suspiro de alivio.
—Ay, ni empieces, por favor. Tuve un día horrible. El cierre de mes se complicó, tuvimos que quedarnos a revisar unas nóminas que no cuadraban. Estoy muerta.
—¿Y el celular? Te estuve marcando.
—Se me acabó la pila —contestó ella rápido. Demasiado rápido.
—¿Y quién te trajo? Escuché un carro.
Gloria se tensó un segundo, pero lo disimuló caminando hacia la cocina.
—Ah, pidió un Uber la empresa. Ya sabes que no les gusta que andemos en camión a estas horas.
“Mentira”, pensó Miguel. “Mentira tras mentira”. Un Uber no se despide así. A un Uber no te inclinas para agradecerle.
Miguel se levantó y la siguió a la cocina. Ella estaba tomando agua directo de la jarra, con ansiedad.
—Gloria —le dijo, parándose en el marco de la puerta. Su gran cuerpo llenaba el espacio.
Ella volteó, con el vaso en la mano.
—¿Qué?
—¿Tú me quieres?
La pregunta la tomó por sorpresa. Parpadeó nerviosa.
—¿Qué preguntas son esas, Miguel? Llevamos veinte años casados. Claro que te quiero. Ya, vete a dormir, andas muy sensible. Seguro es el estrés de la planta.
Pasó por su lado, rozándolo, y dejó una estela de perfume. No era su perfume de siempre, ese de vainilla barata pero rica que él le regalaba en Navidad. Este era un perfume dulce, empalagoso, caro. Y debajo de ese olor, Miguel captó algo más. Olor a tabaco rubio (Gloria no fumaba) y olor a loción de hombre. Una loción cítrica, penetrante.
Esa noche, Miguel se acostó en la cama matrimonial, dándole la espalda a su esposa. Ella se durmió casi al instante, o fingió hacerlo. Él se quedó mirando la oscuridad, escuchando la respiración de la mujer con la que había compartido la mitad de su vida. Sentía un hueco en el pecho, un vacío frío. Sabía, con la certeza de quien conoce cómo funcionan las cosas, que la pieza estaba rota. Que el engrane se había barrido. Y sabía, con un dolor infinito, que no había refacción que arreglara esto.
Mañana. Mañana sería otro día. Mañana era día de pago de bonos en la planta. Mañana iba a descubrir la verdad, aunque se le fuera la vida en ello. Porque Miguel podía aguantar el trabajo duro, podía aguantar la pobreza, podía aguantar el cansancio. Pero la mentira… la mentira era óxido. Y el óxido hay que cortarlo antes de que se coma todo el metal.
Cerró los ojos, pero no durmió. En su mente, repasaba una y otra vez la imagen del Audi blanco y la sonrisa de Gloria que ya no era para él. El “Hombre de Hierro” sintió, por primera vez en años, que se estaba doblando.
CAPÍTULO 2: ROSAS ROJAS EN EL PISO DE LINOLEO
El miércoles amaneció con ese cielo gris y pesado que a veces cubre a Monterrey, esa “bruma” de contaminación y humedad que se queda atrapada entre las montañas. Miguel se levantó antes de que sonara la alarma, como siempre. Su reloj biológico estaba ajustado a las 5:00 AM desde hacía dos décadas. Se quedó un momento mirando el techo, escuchando la respiración rítmica de Gloria a su lado. Dormía profundamente, dándole la espalda, envuelta en la sábana como si quisiera protegerse de él.
Miguel sintió una punzada de tristeza mezclada con esa sospecha ácida que no lo dejaba en paz. “¿Seré yo?”, se preguntó mientras se levantaba con cuidado para no despertarla. “¿Será que me he vuelto un viejo aburrido? ¿Será que ya no le doy lo que ella necesita?”. Se miró en el espejo del baño mientras se rasuraba. Vio las arrugas alrededor de los ojos, las canas en las sienes, la piel curtida por el sol y el aceite. No era un galán de telenovela, eso lo tenía claro, pero era un hombre derecho. “¿Qué más quiere una mujer?”, pensó, pasándose el rastrillo con fuerza.
Salió de la casa sin desayunar. Gloria ni se movió.
En la planta, el ambiente estaba eléctrico. Era día de pago de bonos trimestrales. La “feria” siempre alegra a la raza. En el comedor, a la hora del almuerzo, el ruido de las cucharas contra las bandejas de metal y las risas de los obreros llenaban el aire.
—¡Eh, Maestro Mike! —le gritó el “Gordo” Beto desde la otra mesa, agitando un sobre amarillo—. ¡Ya cayó la marmaja! ¡Hoy toca invitar las cheves!
Miguel sonrió a medias y se sentó con su tupper de comida fría que se había tenido que preparar él mismo la noche anterior. Beto se acercó, cargando su charola rebosante de chicharrón en salsa verde.
—¿Qué traes, Miguel? Te veo agüitado. ¿Es por la doña?
Miguel suspiró, picando un pedazo de papa con el tenedor.
—No sé, Beto. Ando con la cabeza en otro lado. Siento que… siento que la estoy perdiendo.
Beto, que llevaba tres divorcios y se las sabía de todas todas, se puso serio.
—Mira, carnal. Las viejas son como los carros. Si no les das mantenimiento, empiezan a fallar. Pero también hay veces que, aunque le metas aceite sintético del caro y la traigas al centavo, te dejan tirado por otro modelo.
—No digas eso, cabrón. Gloria no es así.
—Todos decimos eso, Mike. “Mi vieja no”. “Mi vieja es santa”. Y ¡mocos! Te salen con su domingo siete. Pero mira… —Beto bajó la voz—. Hoy te cayó una buena lana del bono, ¿no? ¿Por qué no te dejas de cosas y le das un detalle? A las mujeres les encantan esas cursilerías. Llévale flores, invítala a cenar a un lugar fresa, de esos donde te sirven poquito y te cobran mucho. A lo mejor nomás le falta atención.
Miguel se quedó pensando. Tal vez Beto tenía razón. Tal vez él se había vuelto demasiado “mecanicista” en su relación. Trabajo, casa, dormir. Trabajo, casa, dormir. Se había olvidado de los detalles, de la conquista. Se acordó de cuando eran novios, de cómo le brillaban los ojos a Gloria cuando él le llevaba una rosa robada del jardín de su mamá.
—Tienes razón, Gordo —dijo Miguel, sintiendo una chispa de esperanza renacer en su pecho—. Hoy voy a arreglar esto. Voy a demostrarle que todavía la quiero.
La tarde se le hizo eterna. Miguel trabajó con un ímpetu renovado, revisando las líneas de producción, firmando reportes, bromeando con los chavos de mantenimiento. Quería que el tiempo volara. A las cinco en punto, cuando sonó el silbato, fue el primero en checar tarjeta.
—¡Nos vemos mañana, raza! —se despidió, con una sonrisa que no tenía desde hacía semanas.
Salió de la planta y se subió al Tsuru. El tráfico en la avenida Gonzalitos estaba del nabo, como siempre a esa hora. Camiones, tráileres, coches pitando, el calor del asfalto subiendo en ondas visibles. Pero a Miguel no le importó. Puso la radio, sintonizó una estación de música norteña viejita y se puso a cantar bajito. Tenía un plan.
Se desvió hacia el Mercado de las Flores, allá por el centro. El lugar olía a tierra mojada, a tallos cortados y a dulzura concentrada. Había puestos por todos lados, cubetas llenas de girasoles, nubes, rosas de todos colores.
—¿Qué va a llevar, jefe? —le preguntó una señora mayor, con un delantal lleno de hojas—. ¿Para la novia, para la esposa o para el perdón?
Miguel se rió nerviosamente.
—Para la esposa, madre. Y pues… un poco para el perdón también, supongo. O para el recuerdo. Deme dos docenas de rosas rojas. De las más bonitas que tenga. Que se vean rojas, rojas, como sangre.
La señora armó el ramo con destreza, envolviéndolo en papel celofán brillante y poniéndole un moño dorado enorme.
—Con esto cae porque cae, mijo. Están preciosas.
Miguel pagó sin regatear. Se gastó una buena parte del bono, pero no le dolió. “Si esto arregla mi matrimonio, vale cada centavo”, pensó.
Con el ramo enorme ocupando el asiento del copiloto, Miguel se dirigió hacia las oficinas corporativas de la empresa, que estaban en otro edificio, más cerca de San Pedro, en una zona más “fifí”. Gloria le había dicho en la mañana, antes de salir, que hoy también le tocaba quedarse tarde por el cierre contable.
“Le voy a caer de sorpresa”, se dijo Miguel. “La recojo, la llevo a cenar a ese restaurante italiano que le gusta en la Plaza, y platicamos. Platicamos bien”.
Llegó al edificio corporativo pasadas las seis y media de la tarde. El sol ya se estaba ocultando, tiñendo el cielo de naranja y morado, esos atardeceres espectaculares de Monterrey que presagian la noche. El estacionamiento estaba casi vacío. Solo quedaban unos cuantos coches de los directivos y, claro, el coche de Gloria no se veía por ahí.
Miguel frunció el ceño. “¿Dónde dejó el coche?”.
Entonces recordó que a veces, cuando salían tarde, los empleados estacionaban en la parte de atrás, donde había más luz. Dio la vuelta. Y ahí estaba. El sedán gris de Gloria. Y justo al lado, estacionado de manera prepotente ocupando dos cajones, el Audi blanco. El mismo Audi que la había dejado en la casa la noche anterior.
El corazón de Miguel dio un vuelco violento. Sintió que la sangre se le helaba en las venas.
“No seas malpensado”, se repitió, aferrándose a la última hebra de su fe. “Es el coche del jefe. Están trabajando. Es normal”.
Apagó el motor del Tsuru. Se quedó un momento en silencio, agarrando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Respiró hondo. Agarró el ramo de rosas, que de repente le pareció ridículamente pesado, y bajó del coche.
El guardia de la entrada, Don Chema, estaba cabeceando en su caseta. Al ver a Miguel, se sobresaltó.
—¡Quihubo, Don Miguel! ¿Qué anda haciendo por estos rumbos tan tarde?
—Vengo por mi señora, Chema. Por Gloria. A darle una sorpresa.
Miguel levantó el ramo un poco, como justificándose.
La cara de Chema cambió. Fue una microexpresión, un parpadeo rápido, una mirada esquiva.
—Ah… la señora Gloria… —Chema carraspeó, incómodo—. Sí, sí, ahí está arriba. Creo que… creo que están en junta. En la oficina del Licenciado Omar.
—¿Están en junta ellos dos solos? —preguntó Miguel, tratando de que la voz no le temblara.
Chema se rascó la cabeza, mirando sus bitácoras.
—Pues… creo que sí, jefe. Ya bajaron los de contabilidad hace como media hora. Nomás quedaron ellos. Oiga, Don Miguel… —Chema parecía querer decirle algo, advertirle, detenerlo—… a lo mejor debería marcarle primero, ¿no? Digo, para que baje ella.
—No, Chema. Es sorpresa.
Miguel cruzó el torniquete y caminó hacia el elevador. Sus botas de trabajo hacían un sonido seco, clac, clac, clac, en el piso de mármol pulido del lobby. Se veía su reflejo en los vidrios: un hombre robusto, con su camisa de mezclilla fajada, el pelo un poco desordenado por el viento, cargando un ramo de flores que parecía gritar “te quiero” en medio de un edificio frío y corporativo.
El elevador subió en silencio. Piso 4. Recursos Humanos y Administración.
Las puertas se abrieron. El piso estaba en penumbra. Solo estaban encendidas las luces de emergencia y algunas lámparas en los cubículos del fondo. El zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba. Era un silencio denso, de esos que esconden secretos.
Miguel caminó despacio por el pasillo alfombrado. El olor a flores del ramo se mezclaba con el olor a limpiador de pisos y café rancio de oficina.
Pasó por los cubículos vacíos. Escritorios con fotos de familias, tazas sucias, monitores apagados. Vidas suspendidas hasta las nueve de la mañana del día siguiente.
Al fondo del pasillo, la oficina de la Subdirección. La oficina de Omar.
Había luz saliendo por debajo de la puerta. Y no solo luz.
Voces.
Miguel se detuvo a unos cinco metros de la puerta. Agudizó el oído. Su corazón latía tan fuerte que retumbaba en sus oídos, pum-pum, pum-pum, tapando casi los sonidos externos. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para calmarse y escuchar.
—…ay, estás loco, en serio… —era la risa de Gloria.
Esa risa. Miguel la conocía, pero hacía años que no era para él. No era la risa cansada de la mujer que llega a lavar trastes. Era una risa coqueta, aguda, casi adolescente.
—Loco me traes tú, mami… —respondió una voz masculina, pastosa, arrogante—. Ya, déjate de cosas. Ven acá.
Miguel sintió que el piso se movía bajo sus pies. Una náusea violenta le subió por la garganta. Quería vomitar, quería correr, quería que fuera una pesadilla y despertar en su cama con Gloria roncando a su lado.
Pero era real.
Se acercó más, pegándose a la pared.
—Omar, espérate… —decía Gloria, pero no sonaba como si quisiera que se detuviera, sonaba a juego—. ¿Qué tal si viene el de limpieza?
—El de limpieza ya se fue. Aquí mandamos nosotros. Además, ¿qué te preocupa? ¿Tu marido?
Hubo una pausa. Miguel contuvo la respiración.
—Ay, no hables de él ahorita, me cortas la nota —dijo Gloria con un tono de fastidio que le dolió a Miguel más que una cachetada—. El pobre es tan… tan básico. Llega, se sienta, ve la tele. Ya me tiene harta. Huele a grasa todo el día.
—Pues por eso te consigues a alguien de nivel, chiquita. Alguien que te trate como reina y no como sirvienta. ¿Cuándo le vas a decir que lo vas a dejar?
—Pronto… nomás estoy viendo lo de la casa. No quiero salirme con las manos vacías. Mi abogado dice que si le metemos una demanda por violencia psicológica, le podemos quitar hasta la risa. Es bien fácil asustarlo, es un ignorante en estas cosas.
“Ignorante”. “Básico”. “Huele a grasa”.
Cada palabra era un cuchillazo. Miguel apretó el ramo de flores con tanta fuerza que las espinas atravesaron el papel y se le clavaron en la palma de la mano. Sintió el dolor agudo, la sangre caliente brotando, pero ese dolor físico no era nada comparado con la devastación interna.
Veinte años de vida. Veinte años de entregarle el sueldo íntegro. Veinte años de cuidarla cuando se enfermaba, de sobarle los pies cuando llegaba cansada, de construirle un cuarto extra para que tuviera su espacio. Todo eso, tirado a la basura por un tipo con traje barato y una mujer que había olvidado de dónde venía.
La furia empezó a reemplazar al dolor. Una furia fría, controlada, la misma que usaba para domar las máquinas más peligrosas del taller.
No iba a tocar la puerta. No iba a pedir permiso.
Miguel dio dos pasos largos y empujó la puerta de caoba con el hombro. La puerta no estaba cerrada con seguro; se abrió de golpe, golpeando contra el tope de la pared con un estruendo seco.
—¡¡BUENAS NOCHES!! —tronó la voz de Miguel, llenando la oficina.
La escena que se encontró parecía sacada de una película corriente.
El escritorio de caoba estaba lleno de papeles desordenados. Gloria estaba sentada en la orilla del escritorio, con la falda subida hasta medio muslo y la blusa desabotonada, mostrando el encaje negro del sostén. Sus piernas rodeaban la cintura de Omar, que estaba de pie frente a ella, con el saco quitado y la corbata floja.
El tiempo se detuvo.
Fue como si alguien hubiera pausado la realidad.
Omar dio un salto hacia atrás tan brusco que tropezó con su propia silla y casi se cae. Su cara pasó de la lujuria al pánico en un microsegundo. Se veía ridículo, con la camisa salida del pantalón y el pelo relamido desacomodado.
Gloria soltó un grito ahogado, llevándose las manos al pecho para cubrirse, cerrando las piernas de golpe y bajando del escritorio torpemente. Su cara estaba pálida, blanca como la cera, y sus ojos se desorbitaron al ver a la figura imponente de su marido en el marco de la puerta.
—¡Miguel! —chilló ella, con la voz quebrada.
Miguel no entró del todo. Se quedó en el umbral, como un juez dictando sentencia. Miró a Omar, que intentaba abotonarse la camisa con manos temblorosas. Miró a Gloria, que trataba de arreglarse la falda, temblando de pies a cabeza.
Luego, miró el ramo de rosas rojas que traía en la mano. Las rosas que había escogido con tanta ilusión hacía apenas una hora. Las rosas del “perdón”, las rosas de la “reconquista”.
Lentamente, abrió la mano.
El ramo cayó al suelo. Plaff.
Cayó boca abajo. Los pétalos rojos se esparcieron por la alfombra gris de la oficina, como manchas de sangre fresca.
—Así que… “juntas de capacitación” —dijo Miguel. Su voz era baja, grave, terriblemente tranquila. No gritó. No necesitaba gritar. Su presencia llenaba el cuarto con una violencia contenida que era mucho más aterradora que cualquier grito.
Omar, tratando de recuperar un poco de dignidad (y fallando miserablemente), carraspeó y se puso detrás del escritorio, usándolo como escudo.
—Mire, señor… eh… Miguel, ¿verdad? Esto… esto no es lo que parece. Estábamos…
—¡Cállate el hocico! —lo cortó Miguel. No levantó la voz, solo proyectó el sonido con esa autoridad de capataz que hace que hasta el más bravo se siente—. No me insultes más. Ya te escuché. Ya los vi. “Lo que parece” es exactamente lo que es. Eres un asco de persona. Y tú…
Miguel giró la cabeza hacia Gloria. Ella estaba llorando, pero no eran lágrimas de arrepentimiento, eran lágrimas de miedo, de haber sido descubierta.
—Miguel, por favor, déjame explicarte… —sollozó ella, dando un paso hacia él—. Estaba confundida, él me…
—¡No te me acerques! —Miguel levantó la mano, mostrándole la palma ensangrentada por las espinas. La sangre goteó al suelo, mezclándose con los pétalos—. No me toques. Me das asco, Gloria.
La palabra “asco” golpeó a Gloria más fuerte que un puñetazo. Se detuvo en seco.
—¿Asco? —repitió ella, y de repente, su miedo se transformó en esa defensiva agresiva de quien sabe que no tiene excusa—. ¡Pues si te doy asco es porque tú me orillaste a esto! ¡Mírate, Miguel! ¡Mírate! Siempre sucio, siempre cansado, siempre hablando de tu taller mugroso. ¡Yo quería más! ¡Yo merezco más! Omar me ofrece una vida de verdad, no… no esta miseria.
Miguel asintió lentamente, absorbiendo el veneno.
—Ya veo. La miseria de pagarte la casa, la miseria de darte una vida honrada. Está bueno. Tienes razón. Yo soy un simple obrero. Un mecánico. No encajo en tu mundo de “gente de nivel”.
Miró a Omar con desprecio.
—Ahí te la dejo, licenciado. Es toda tuya. Pero te advierto una cosa: lo que mal empieza, mal acaba. Y esta mujer… —señaló a Gloria—, si me traicionó a mí después de veinte años, ¿qué crees que te va a hacer a ti cuando se aburra o encuentre a otro con un coche más caro?
Omar no contestó. Estaba pálido, sudando.
Miguel dio media vuelta.
—Miguel, ¿a dónde vas? —gritó Gloria, con un tono histérico—. ¡Tenemos que hablar! ¡No puedes dejarme así! ¡La casa es mía!
Miguel se detuvo un segundo sin voltear.
—Habla con tu abogado, Gloria. Porque la próxima vez que escuches de mí, va a ser en un juzgado. Y olvídate de la casa. Preocúpate por ver si tu “licenciado” te va a mantener cuando te quedes sin nada.
Salió del pasillo. Caminó hacia el elevador. Las piernas le temblaban, sentía que se iba a desmayar, que el aire no le entraba en los pulmones. Pero no se detuvo. Mantuvo la espalda recta hasta que las puertas del elevador se cerraron y lo ocultaron de esa escena infernal.
Solo cuando llegó al estacionamiento y se subió a su viejo Tsuru, Miguel se rompió.
Golpeó el volante con ambos puños.
—¡¡AAAAAAAHHH!! —gritó, un grito desgarrador, animal, que salió desde lo más profundo de sus entrañas.
Las lágrimas brotaron calientes, quemándole las mejillas. Lloró por la mujer que amaba y que ya no existía. Lloró por los veinte años perdidos. Lloró por su hija, que tendría que ver su familia destruida.
Se miró la mano. La sangre de las espinas seguía brotando, manchando el volante.
Se limpió con el trapo rojo de grasa que siempre traía. Grasa y sangre. Eso era lo que le quedaba.
Encendió el coche. El motor rugió fiel, lo único en su vida que no le fallaba.
—Se acabó, Miguel —se dijo a sí mismo, mirándose en el retrovisor con los ojos rojos—. Se acabó el pendejo. Ahora… ahora empieza el cabrón.
Metió primera y salió del estacionamiento quemando llanta, dejando atrás el edificio de cristal, las rosas tiradas y la vida que conocía. La noche de Monterrey se lo tragó, pero el Miguel que manejaba ya no era el mismo que había llegado con flores. Algo se había muerto en él esa noche, pero algo más duro, más frío y más implacable acababa de nacer.
CAPÍTULO 3: LA MALETA VIEJA Y EL ADIÓS AL HOGAR
Miguel no supo cuánto tiempo estuvo manejando sin rumbo. El Tsuru avanzaba por inercia, devorando kilómetros de asfalto bajo las luces anaranjadas de las avenidas de Monterrey. Su mente estaba en blanco, o tal vez estaba demasiado llena, como un motor revolucionado al máximo que no encuentra la marcha para desahogarse. Pasó por Constitución, dio la vuelta por el Obispado, subió y bajó puentes sin fijarse realmente a dónde iba.
El dolor físico en su mano izquierda le empezó a latir. Miró el volante: la sangre ya se había secado, dejando costras oscuras en el plástico gris. Las espinas de las rosas. Qué ironía. Las flores que iban a salvar su matrimonio habían sido las primeras en herirlo esa noche.
Se detuvo en un Oxxo de una gasolinera en una colonia que ni reconoció. Necesitaba parar. Sentía que el pecho le iba a estallar. Bajó del coche, tambaleándose un poco, como si estuviera borracho, aunque no había probado ni una gota de alcohol. El aire de la noche estaba fresco, pero él sudaba frío.
Entró a la tienda. El cajero, un chavo con audífonos, ni lo volteó a ver. Miguel pidió una cajetilla de cigarros rojos y un encendedor.
—¿Algo más? —masculló el chavo.
—Nada. Bueno, sí. Dame una botella de agua. Tengo la boca seca.
Salió y se recargó en el cofre caliente de su coche. Prendió un cigarro. El humo le raspó la garganta; tenía más de cinco años que no fumaba, desde que Katia le pidió que lo dejara porque “no quería que su papá se enfermara”. Al pensar en Katia, se le doblaron las rodillas. Se deslizó hasta quedar sentado en la banqueta, con la cabeza entre las manos.
—¿Qué voy a hacer, Dios mío? —susurró, y su voz sonó ronca, rota—. ¿Cómo le digo a mi niña que su madre es una…?
No pudo terminar la frase. La palabra era demasiado fea, demasiado sucia para ponerla junto a la imagen de la mujer que había amado dos décadas. Pero las imágenes de la oficina lo asaltaban una y otra vez: las piernas de Gloria, la risa de Omar, el descaro, la frialdad. “Básico”. “Huele a grasa”. Esas palabras le dolían más que la infidelidad misma. Le dolía el desprecio. Se dio cuenta de que Gloria no solo se había acostado con otro; Gloria se avergonzaba de él. Se avergonzaba de sus manos manchadas de aceite, de su ropa de trabajo, de su vida sencilla. Y eso, para un hombre orgulloso de su esfuerzo como Miguel, era imperdonable.
Se terminó el cigarro y prendió otro con la colilla del anterior. Tenía que ir a la casa. Tenía que enfrentar al monstruo. No podía dejarle el campo libre. Sabía que Gloria regresaría ahí; tenía la desfachatez suficiente para hacerlo.
Subió al coche y tomó rumbo a la Unidad “Los Encinos”. El camino de regreso se le hizo eterno, cada semáforo en rojo era una tortura. Cuando por fin llegó a su edificio, vio que el departamento estaba a oscuras. “Todavía no llega”, pensó. “Mejor”.
Subió las escaleras de dos en dos. Abrió la puerta. El silencio de la casa lo recibió como un golpe. Ese lugar, que antes era su refugio, su santuario de paz después de la friega del taller, ahora se sentía ajeno. Se sentía contaminado.
Entró sin prender la luz. Caminó de memoria por la sala, esquivando la mesita de centro. Fue directo a la recámara de Katia. Abrió la puerta con un cuidado infinito, conteniendo la respiración. La luz de la calle entraba por la ventana, iluminando la cama. Katia dormía, o eso parecía, abrazada a un oso de peluche viejo que Miguel le había regalado en una feria cuando tenía seis años.
Miguel se quedó ahí, parado en el umbral, mirándola. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdóname, mi amor —pensó—. Perdóname por no haberte dado una familia de verdad. Perdóname por lo que se viene.
Cerró la puerta despacito y fue a la recámara principal. Esa habitación que compartía con Gloria. La cama tendida, impecable, con los cojines decorativos que ella compraba compulsivamente. “Todo fachada”, pensó Miguel con amargura. “Todo bonito por fuera, y podrido por dentro”.
Sacó del clóset una maleta vieja, una de lona verde que usaba cuando iba a pescar con la raza o cuando le tocaba alguna capacitación fuera de la ciudad. La aventó sobre la cama. Empezó a sacar su ropa de los cajones. No la dobló. La aventaba hecha bola dentro de la maleta. Pantalones de mezclilla, camisas de franela, sus uniformes del trabajo, ropa interior, calcetines.
Fue al baño y agarró su cepillo de dientes, su rastrillo, su desodorante. Vio las cremas de Gloria alineadas en el lavabo, sus perfumes caros, sus maquillajes. Sintió el impulso de tirar todo al suelo, de romper los espejos, de destrozar ese altar a la vanidad que ella había construido. Levantó la mano para barrer los frascos de un golpe… pero se detuvo.
“No”, se dijo, bajando el brazo y respirando agitado. “No le voy a dar el gusto. Si rompo cosas, va a decir que soy un loco, que soy violento. Va a usar eso en mi contra para quitarme a la niña. Tengo que ser frío. Tengo que ser de piedra”.
Regresó a la recámara y cerró la maleta. Se sentó en la orilla de la cama, en la oscuridad, a esperar.
Pasó una hora.
Luego escuchó el motor. El mismo Audi blanco.
Miguel se tensó. Escuchó el portazo del coche. Escuchó los tacones de Gloria subiendo las escaleras. Tac, tac, tac. Sonaban como martillazos en su cabeza.
La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió.
Gloria entró. Prendió la luz de la sala y se sobresaltó al ver a Miguel sentado en el sillón individual, en penumbra, mirándola fijamente. Ya no traía el saco puesto, venía con la blusa desabotonada en el cuello por el calor, y el maquillaje un poco corrido por el llanto o los nervios.
—¡Ay, Dios! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces ahí sentado a oscuras? Pareces un fantasma.
Miguel no contestó de inmediato. La escaneó de arriba abajo.
—Esperándote —dijo por fin. Su voz era seca, sin emoción.
Gloria cerró la puerta y suspiró, tratando de recuperar esa postura altanera que usaba como escudo.
—Mira, Miguel… lo de la oficina…
—Ni te atrevas —la cortó él—. Ni te atrevas a inventar excusas. “Estaba confundida”, “fue un error”. Ahórratelo. Ya estamos grandes para cuentos chinos.
Ella soltó la bolsa en el sofá y se cruzó de brazos.
—Bueno, ¿y entonces qué? ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a gritar para que despiertes a la niña y le arruines la vida con tus escándalos?
Miguel sintió una llamarada de furia, pero la controló.
—No, Gloria. Yo no soy como tú. Yo sí pienso en la niña. Por eso ya tengo mis cosas listas.
Señaló la maleta verde junto a la puerta.
Gloria la miró y soltó una risa nerviosa, incrédula.
—¿Te vas? ¿Así nada más? ¿Huyes como un cobarde?
—No huyo —se levantó Miguel, y su estatura llenó la sala pequeña—. Me voy porque me das asco. Me voy porque no puedo respirar el mismo aire que tú sin sentir ganas de vomitar.
Gloria se puso roja de coraje. Odiaba que la ignoraran, odiaba que la despreciaran. Ella quería ser la protagonista, la víctima o la villana, pero protagonista.
—¡Ah, claro! ¡El santo Miguel! ¡El mártir! —empezó a gritar, bajando la voz solo un poco para no despertar a Katia, pero lanzando veneno en cada sílaba—. ¿Crees que esto es mi culpa nada más? ¡Mírate! ¡Eres un aburrido! ¡Llevamos años en la misma rutina! ¡Llegas, tragas, te duermes! Yo soy joven todavía, Miguel, yo quiero vivir, quiero viajar, quiero alguien que me lleve a lugares bonitos, no a comer tacos a la esquina.
Miguel la miró con una tristeza profunda.
—Yo te daba todo lo que tenía, Gloria. Todo. Mi sueldo, mi tiempo, mi vida. Si eso te pareció poco… pues perdón. Perdón por no ser un licenciado ratero como tu amante. Pero ese “aburrido” te compró esta casa. Ese “aburrido” pagó la escuela de tu hija. Ese “aburrido” nunca te faltó al respeto.
—¡Pues con respeto no se come caviar, Miguel! —escupió ella—. Omar tiene futuro. Omar va a ser Director Regional. Tú… tú te vas a morir siendo jefe de taller, con las uñas negras y oliendo a grasa. Esa es tu realidad. Y yo ya no quiero esa realidad.
Miguel asintió lentamente.
—Está bien. Quédate con tu realidad. Pero escúchame bien, Gloria. Esta es la última vez que hablamos como marido y mujer. A partir de mañana, vas a hablar con mi abogado.
Gloria se burló.
—¿Abogado? ¿Tú? ¡Por favor, Miguel! Si apenas te alcanza para la gasolina del Tsuru. Yo tengo a los abogados de la empresa. Omar me va a ayudar. Y te aviso de una vez… —dio un paso adelante, amenazante—. La casa se queda conmigo. Y la niña también.
Al mencionar a la niña, Miguel dio un paso al frente tan rápido que Gloria retrocedió asustada, chocando contra la mesa.
Miguel le puso un dedo en la cara, temblando de rabia contenida.
—La casa… quédatela si quieres. Que te aproveche. Véndela, quémala, haz lo que quieras. Pero a Katia… —bajó la voz a un susurro gutural—. A Katia no la vas a usar. Ella no es un mueble. Y si intentas envenenarla en mi contra, si intentas alejarla de mí… te juro por Dios santo que voy a mover cielo, mar y tierra para destruirte. Y no va a ser con abogados caros. Va a ser con la verdad.
Gloria tragó saliva. Nunca había visto a Miguel así. Siempre fue el hombre tranquilo, el bonachón. Pero ahora tenía la mirada de un perro de pelea acorralado.
—Tú saliste de la casa —dijo ella, recuperando un poco el valor—. Eso es abandono de hogar. La ley está de mi lado. Soy la madre. En este país, la madre siempre gana. Vete. Vete a llorar a donde quieras. Pero aquí, tú ya no mandas.
Miguel agarró su maleta. Se colgó la correa al hombro. Sentía que pesaba una tonelada, no por la ropa, sino por lo que dejaba atrás. Veinte años. Una vida entera empacada en lona verde.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y la miró por última vez.
—Te deseo suerte, Gloria. De verdad. Porque cuando ese tipo se canse de ti, cuando te cambie por una de veinte años, te vas a dar cuenta de que cambiaste un diamante por un vidrio. Y ese día… ese día vas a estar más sola que nadie.
Abrió la puerta y salió al pasillo frío del edificio.
—¡Vete! —le gritó ella antes de azotar la puerta a sus espaldas—. ¡Lárgate, fracasado!
Miguel bajó las escaleras. Se sentía ligero y pesado a la vez. Vacío.
Se subió al Tsuru, aventó la maleta en el asiento del copiloto (donde hace unas horas iban las rosas) y arrancó.
Mientras se alejaba, miró por el retrovisor la ventana de su departamento. La luz seguía prendida. Imaginó a Gloria ahí, tal vez sirviéndose un trago, tal vez llamando a Omar para contarle su “victoria”. Pero Miguel sabía que no había ganadores esa noche. Todos habían perdido.
Manejó mecánicamente hacia la colonia Obrera, donde vivía su compadre Sergio. Sergio, “El Checo”, su amigo desde la primaria. El único que le había advertido, aunque Miguel no quiso escuchar.
Llegó a la casa de Sergio pasadas la una de la mañana. Era una casita modesta, con la fachada sin pintar, pero con un patio grande donde siempre tenían algún proyecto de herrería a medias.
Se estacionó frente al portón y apagó el motor. Se quedó ahí sentado unos minutos, sin fuerzas para bajar. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo pasas de ser un hombre de familia a ser un arrimado con una maleta en la madrugada?
Vio que se prendía la luz del patio de Sergio. Los perros empezaron a ladrar.
Miguel bajó del coche, arrastrando la maleta.
Sergio salió en short y camiseta de tirantes, con los ojos entrecerrados y un bat de béisbol en la mano. Al reconocer el Tsuru y ver a Miguel parado ahí bajo la luz de la lámpara de la calle, bajó el bat inmediatamente.
—¿Migue? —preguntó Sergio, acercándose a la reja—. ¿Qué pedo, compadre? ¿Qué haces aquí a estas horas?
Sergio abrió el candado del portón rápido.
Miguel entró, y al ver la cara de preocupación de su amigo, se le rompió la máscara de dureza que había mantenido frente a Gloria.
Dejó caer la maleta al suelo.
—Se acabó, Checo —dijo, y la voz se le quebró en un sollozo seco—. Tenías razón. Tenías razón en todo.
Sergio no preguntó nada. No dijo “te lo dije”. No pidió detalles. Simplemente abrió los brazos y le dio un abrazo fuerte, de esos abrazos de oso que solo los hombres del norte saben dar cuando la cosa está fea de verdad.
—Vente pa’ dentro, carnal —dijo Sergio, dándole palmadas en la espalda—. Deja esa chingadera de maleta ahí. Ahorita nos echamos un tequila. Mi casa es tu casa, ya sabes.
Entraron a la cocina de Sergio. Era un desorden de soltero (Sergio era viudo desde hacía cinco años), con trastes en el fregadero y herramientas en la mesa, pero se sentía cálida. Se sentía honesta.
Sergio sacó una botella de tequila “Cabrito” y dos vasos de veladora. Sirvió dos tragos dobles.
—Fondo, compadre. Pa’l susto y pa’l coraje.
Miguel se tomó el tequila de un trago. El líquido le quemó la garganta y le calentó el estómago. Se sentó en una silla de plástico, con los codos en las rodillas y la cabeza baja.
—La encontré con él, Checo. En la oficina. En el escritorio.
Sergio soltó un silbido bajo y negó con la cabeza, apretando los labios.
—Hija de la chingada… Con el licenciadito ese, ¿verdad?
—Sí. El tal Omar. Me dijo de todo. Que soy un aburrido, que huelo a grasa, que soy un mediocre.
Miguel levantó la vista. Tenía los ojos inyectados de sangre y lágrimas.
—Me corrió, Checo. Me dijo que me iba a quitar la casa y a la niña. Que me iba a demandar por abandono.
Sergio golpeó la mesa con la mano abierta.
—¡Ni madres! Eso sí que no. Mira Migue, tú eres muy buena gente, eres un pan de Dios. Pero con estas viejas cabronas no se puede ser bueno. Se tiene que ser cabrón.
—No tengo dinero para pelear, Checo. Ella tiene a los abogados de la empresa.
—¡Qué abogados ni qué la tiznada! —Sergio se levantó y fue a buscar una libreta vieja—. Mira, mañana mismo le hablamos a mi primo Valente. ¿Te acuerdas de él? El que es coyote… digo, abogado, allá en los juzgados familiares. Ese güey es una víbora, pero es nuestra víbora. Le sabe a todas las tranzas. No te va a cobrar caro, conmigo tiene deuda.
Miguel negó con la cabeza, dubitativo.
—No quiero pleitos, Checo. No quiero que Katia sufra.
—Katia va a sufrir más si la dejas con esa mujer, Migue. ¿Tú crees que a la Gloria le importa la niña? La está usando pa’ sacarte lana. Si la dejas, le vas a arruinar la vida a tu hija. Tienes que pelear. No por la casa, esa que se la meta por donde le quepa. Por tu hija.
Las palabras de Sergio resonaron en la mente de Miguel. “Por tu hija”.
Sí. Katia. Ella era lo único que importaba. Recordó cómo ella le había preguntado por su mamá, cómo intuía las cosas. No podía dejarla en ese nido de víboras con Omar y una madre que prefería el estatus que a su familia.
—¿Y dónde me voy a quedar, Checo? No quiero ser una carga.
—Nombre, cállate el hocico. Aquí te quedas. Tengo el cuarto de los tiliches, mañana sacamos las cajas y metemos un catre. Aquí nadie te va a molestar. Y de comida no te apures, ya sabes que yo hago unos huevos con machaca que reviven muertos.
Miguel sintió una oleada de gratitud. En medio de la tormenta, ahí estaba su compadre, su hermano.
—Gracias, carnal. No sé cómo pagarte.
—Págamelas no dejándote. Págamelas levantando la cara. Eres el Maestro Mike, chingao. Eres el mejor mecánico de la planta. No dejes que una vieja y un pendejo de traje te doblen.
Estuvieron platicando hasta las tres de la mañana. Sergio escuchó cada detalle, cada insulto que Gloria le lanzó, cada dolor que Miguel traía atorado. Y entre tequilas y cigarros, Miguel empezó a sentir algo diferente. El dolor seguía ahí, agudo y punzante, pero el miedo se estaba transformando en estrategia.
La imagen de Gloria riéndose en el escritorio se fue borrando, reemplazada por la imagen de Katia durmiendo con su oso de peluche.
—Voy a pelear, Checo —dijo Miguel, ya con la voz arrastrada por el alcohol y el cansancio, pero firme—. Voy a pelear por mi hija. Y me van a conocer.
—Eso es todo, chingao —dijo Sergio, levantando su vaso—. Salud por eso. Y salud porque te libraste de una mala mujer. A lo mejor ahorita no lo ves, pero te hicieron un favor, compadre. La basura se sacó sola.
Miguel se acostó en el sofá de la sala de Sergio, tapado con una cobija que olía a naftalina. No era su cama. No eran sus almohadas. Pero por primera vez en meses, no sentía que estaba durmiendo con el enemigo.
Cerró los ojos y, aunque la cabeza le daba vueltas, pudo formular un pensamiento claro antes de caer en la inconsciencia:
“Mañana empieza la guerra. Y yo soy de hierro”.
CAPÍTULO 4: LA ESTRATEGIA DEL COYOTE Y LAS MENTIRAS DE SEDA
La luz del sol se filtró por las cortinas delgadas de la sala de Sergio, golpeando a Miguel directo en los ojos. Despertó con un sobresalto, desorientado, con el corazón latiendo a mil por hora, pensando que se le había hecho tarde para llevar a Katia a la escuela. Se incorporó de golpe en el sofá, tirando la cobija al suelo.
—¡Katia! —gritó, instintivamente.
Luego, la realidad le cayó encima como una losa de concreto. El techo no era el suyo. El olor no era el de su casa (ese olor a Suavitel y café que Gloria solía poner). Olía a cigarro frío, a polvo de taller y a huevo con chorizo friéndose. Miró a su alrededor: las paredes despintadas, el calendario de una refaccionaria con una modelo en bikini del 2018, la maleta verde tirada en el rincón.
No estaba en su casa. No tenía casa. Y Katia… Katia estaba con ellos.
Miguel se dejó caer de nuevo en el sofá, cubriéndose la cara con las manos. La “cruda moral” era peor que cualquier resaca de alcohol. Sentía una opresión en el pecho, una angustia física que le dificultaba respirar. Quería llorar, pero se sentía seco.
—¡Ándele, cabrón! ¡Arriba que se hace tarde pal jale! —la voz de Sergio retumbó desde la cocina.
Sergio apareció en el marco de la puerta, ya vestido con su uniforme de soldador (overol azul lleno de quemaduras), sosteniendo dos platos de peltre humeantes.
—Buenos días, bella durmiente. Échate esto. Machaca con huevo y frijoles refritos con manteca de puerco. Esto levanta a un muerto, y tú pareces uno, compadre.
Miguel se sentó, aceptando el plato. No tenía hambre, tenía un nudo en el estómago, pero sabía que necesitaba fuerzas.
—Gracias, Checo. Perdón por la molestia. Hoy mismo busco un cuarto de renta por aquí cerca.
Sergio le dio un zape en la nuca, cariñoso pero firme.
—¡Cállese el hocico! Usted no se mueve de aquí. ¿Para qué vas a gastar en renta si aquí sobran metros? Mejor guarda esa lana para el abogado. Cómele, que las penas con pan son menos.
Mientras desayunaban, Miguel prendió su celular. Tenía quince llamadas perdidas de Gloria. Y un mensaje de WhatsApp que le heló la sangre:
“No te atrevas a acercarte a la escuela de la niña. Ya avisé a los directores que eres un hombre violento y que te fuiste de la casa. Si te acercas, llamo a la patrulla. Hablamos a través de mi abogado.”
Miguel leyó el mensaje en voz alta, con la voz temblorosa de rabia.
—Mira lo que dice la desgraciada, Checo. Me quiere prohibir ver a mi hija. Dice que soy violento.
Sergio escupió un pedazo de tortilla.
—¡Violento mis tanates! Esa vieja está loca. Es pura táctica, Migue. Te quiere asustar. Quiere que reacciones, que vayas a hacerle un pedo a la escuela para que entonces sí, con testigos, te puedan atorar. No caigas.
—Pero Katia… va a pensar que la abandoné.
—Katia es lista. Pero necesitamos movernos rápido. Hoy en la tarde viene Valente. Tú vete a la chamba, cumple tu turno, no le digas nada a nadie, y en la tarde armamos la estrategia. Cabeza fría, compadre. Cabeza fría.
El turno en la planta fue un infierno.
Miguel llegó a checar tarjeta a las 6:55 AM. Intentó entrar con su cara de siempre, saludando a los guardias, pero sentía que traía un letrero de neón en la frente que decía “CORNUDO”.
El “radio pasillo” en las fábricas es más rápido que el internet de fibra óptica. Alguien había visto el Tsuru de Miguel salir quemando llanta del corporativo. Alguien conocía a la secretaria de Omar. Los chismes ya circulaban.
—Oye, Mike… ¿todo bien en casa? —le preguntó el Ingeniero Salas a media mañana, mientras revisaban una prensa—. Te veo distraído. Esa máquina lleva diez minutos parada y no le encuentras la falla.
Miguel apretó la llave inglesa con fuerza.
—Todo bien, Inge. Es un sensor sucio. Ahorita queda.
—Es que… —Salas bajó la voz, mirando a los lados—. Me hablaron de Recursos Humanos. Dicen que hay un tema administrativo contigo. Que te van a retener una parte del sueldo si llega una notificación judicial.
Miguel sintió que el piso se le movía.
—¿Ya les llegó notificación?
—No, no… solo me preguntaron si habías venido. Al parecer tu esposa habló hoy temprano diciendo que te habías puesto mal y que a lo mejor no venías. Quería saber si estabas aquí.
“Me está monitoreando”, pensó Miguel. “Quiere saber si sigo funcionando o si ya me quebré”.
—Estoy aquí, Inge. Y aquí voy a seguir. Dígales que si quieren algo, que me busquen en mi puesto. Yo no tengo nada que esconder.
El resto del día, Miguel trabajó como una máquina. Se refugió en el ruido, en la grasa, en el metal. Arregló tres prensas, calibró dos brazos robóticos y limpió el almacén de refacciones. Necesitaba cansar el cuerpo para apagar la mente. Pero cada vez que miraba el reloj, pensaba: “Ahorita Katia está saliendo al recreo. Ahorita está comiendo. ¿Qué le estará diciendo Gloria? ¿Le estará diciendo que soy un monstruo?”.
A la hora de la comida, se escondió en el almacén trasero para no tener que ver a nadie. Se comió unas galletas rancias que tenía en su casillero. No quería las miradas de lástima de sus compañeros. No quería ser la comidilla del día.
Mientras tanto, en el departamento de “Los Encinos”, Gloria estaba ejecutando su plan maestro. O mejor dicho, el plan de Omar.
Omar, a pesar de ser un cobarde, sabía de leyes corporativas y tenía amigos en despachos sucios.
—Mira, nena, lo importante es el relato —le había dicho Omar por teléfono esa mañana, mientras ella se arreglaba para ir a trabajar (en Uber, porque Omar no le había prestado el Audi)—. Tú eres la víctima. Él se fue. Eso es abandono de hogar. Y si se pone loco, es violencia intrafamiliar. Con eso le quitamos la custodia y lo obligamos a pagarte pensión completa mientras dura el juicio, que pueden ser años.
Gloria se miró al espejo. Se veía ojerosa, pero se sentía poderosa. Por fin tenía el control. Durante años sintió que vivía a la sombra de la “bondad” de Miguel. Todo el mundo lo amaba a él. “Ay, qué bueno es Miguel”, “Qué trabajador”. Ella era solo la esposa. Ahora, ella tenía el sartén por el mango.
Fue al cuarto de Katia. La niña estaba acostada en su cama, con los ojos rojos de tanto llorar, fingiendo leer un libro. No había querido ir a la escuela.
—Hija… —dijo Gloria con su voz más dulce, sentándose a su lado—. Tenemos que hablar.
Katia se encogió, alejándose de ella.
—No quiero hablar. Quiero a mi papá.
Gloria suspiró, poniendo cara de mártir.
—Yo también quisiera que las cosas fueran diferentes, mi amor. Pero tu papá… él no está bien de la cabeza.
—¡Eso no es cierto! —gritó Katia—. ¡Mi papá es bueno! ¡Tú fuiste la que lo engañó! ¡Yo te escuché hablando con ese señor!
Gloria sintió una punzada de miedo. La niña sabía demasiado. Tenía que cambiar la narrativa rápido.
—Katia, tú no entiendes. Las cosas entre adultos son complicadas. Tu papá nos abandonó anoche. Agarró su maleta y se fue. Nos dejó solas, sin dinero, sin protección. Si nos quisiera tanto, no se habría ido así, ¿verdad? Se habría quedado a luchar por su familia. Pero prefirió irse a emborrachar con sus amigos esos mugrosos.
Katia dudó un segundo. Era cierto que su papá se había ido. Era cierto que la había dejado ahí. La semilla de la duda, plantada con veneno maternal, empezó a germinar.
—Pero él dijo que iba a volver… —susurró la niña.
—Todos dicen eso, mi amor. Pero mira… —Gloria sacó una caja de regalo que tenía escondida. Era un iPhone nuevo, el último modelo—. Omar sabe que estás triste. Y quiere que sepas que él nos va a apoyar. Mira lo que te mandó. Para que te distraigas, para que veas tus videos.
Katia miró el teléfono brillante. Nunca había tenido uno así. Su papá le había comprado un celular modesto para emergencias. Este era un lujo.
—No lo quiero —dijo Katia, pero su voz titubeó.
—Tómalo, ándale. Es tuyo. Y vamos a ir a comprar ropa nueva el fin de semana. Tu papá nunca nos compraba nada bonito porque es un codo, pero ahora vamos a vivir bien, mi reina. Solo tienes que confiar en tu mami.
Katia tomó el teléfono con manos temblorosas. Se sentía sucia al aceptarlo, pero también sentía una soledad inmensa. Su papá no estaba. Su mamá le ofrecía regalos. A los catorce años, la lealtad es fuerte, pero el miedo a quedarse solo es más fuerte.
A las siete de la tarde, Miguel y Sergio estaban sentados en la mesa de la cocina de Sergio. Frente a ellos estaba Valente.
Valente no parecía abogado de película gringa. Era un tipo chaparrito, moreno, con un traje gris brilloso que le quedaba un poco grande y una corbata con manchas de salsa. Traía un portafolios de piel desgastada y olía a loción “Siete Machos” y a tabaco. Pero tenía unos ojos vivaces, de esos que no se les escapa nada, ojos de coyote viejo.
—A ver, Miguelito, cuéntamelo todo. Y no me ocultes nada. Si le pegaste, dime. Si tienes otra vieja, dime. Porque si me mientes, perdemos.
Miguel le contó todo. Desde las sospechas, los mensajes, la escena en la oficina, las rosas en el suelo, hasta la salida de su casa con la maleta.
Valente escuchaba, asintiendo, haciendo anotaciones en una libreta amarilla con una pluma Bic mordida.
Cuando Miguel terminó, Valente soltó un silbido largo.
—Está cabrón el asunto, pero no está perdido.
—Ella dice que me va a demandar por abandono de hogar —dijo Miguel con angustia.
Valente se rió, una risa rasposa como lija.
—Claro, eso dicen todas. Es la de cajón. Mira, el abandono de hogar solo procede si te vas sin causa justificada y dejas de dar dinero. Pero tú te fuiste por una causa muy justificada: Adulterio flagrante y violencia psicológica. Además, ¿le dejaste dinero?
—Pues… la tarjeta de nómina se quedó allá. Ella tiene el NIP.
—¡Error! —Valente golpeó la mesa—. Mañana mismo vas al banco, cancelas esa tarjeta y abres una nueva donde solo tú tengas acceso. Le vamos a depositar una pensión, sí, pero controlada. Vía juzgado o ante notario. Ni un peso más en efectivo a esa mujer.
—Pero la casa…
—La casa es bien mancomunado. No te la puede quitar así nomás. Ella tiene posesión ahorita, sí, pero tú tienes propiedad. Lo que vamos a hacer es meter una demanda de divorcio necesario por causal de adulterio. Y vamos a pedir la custodia de la niña.
—¿Cree que me la den, Lic? —preguntó Miguel con los ojos aguados—. Dicen que a los padres nunca se las dan.
—Es difícil, no te voy a mentir. Los jueces son muy tradicionalistas. Pero… —Valente sonrió, mostrando un diente de oro—… Katia ya tiene catorce años. A esa edad, su opinión pesa. Si la niña dice que se quiere ir contigo, y probamos que la madre es un entorno nocivo (y créeme, meter al amante a la casa a los dos días es entorno nocivo), tenemos chance.
Sergio intervino, sirviendo más tequila.
—Oiga, Lic, yo vi cosas. Yo vi al tal Omar y a la Gloria entrando al motel “El Secreto” hace como un mes. Les tomé fotos a la troca del vato estacionada ahí.
Los ojos de Valente brillaron como faros.
—¡Eso es oro molido, Checo! ¿Tienes las fotos?
—Simón. Están en mi cel.
—Pásamelas ya. Y necesito que me firmes una testimonial. Con eso probamos el adulterio y le tumbamos la pensión a ella. Solo pagarías alimentos para la niña.
Miguel se sentía abrumado por tanto término legal, pero ver la seguridad de Valente le daba un poco de paz.
—¿Y qué hago con la escuela? Me amenazó con llamar a la patrulla si voy.
Valente se puso serio.
—Mañana no vas. Deja que se calmen las aguas un día. Pero pasado mañana, vamos a ir tú y yo. Con un acta circunstanciada. Tú tienes patria potestad, Miguel. Nadie te puede prohibir ver a tu hija a menos que un juez lo dicte. Y ahorita no hay juez. Es puro blofeo de ella. Vamos a ir, vamos a hablar con el director, y vamos a dejar claro que tú eres un padre responsable. Pero necesito que estés tranquilo. Si te alteras, si gritas, perdemos. Tienes que ser hielo, Miguel. Hielo.
Esa noche, Miguel intentó llamar a Katia otra vez.
Buzón de voz.
Le mandó un mensaje de texto simple:
“Hija, te amo. No te abandoné. Estoy peleando por ti. No creas todo lo que te dicen. Papá.”
El mensaje apareció como “Entregado”, pero no hubo respuesta.
Miguel se acostó en el catre que Sergio le había armado en el cuarto de los tiliches. Rodeado de cajas de herramientas, decoraciones de Navidad viejas y olor a humedad, Miguel cerró los ojos y visualizó su objetivo. Ya no era recuperar a Gloria. Gloria estaba muerta para él. Su objetivo era rescatar a Katia.
Dos días después. Viernes.
El plan de Valente se puso en marcha.
Miguel pidió permiso en la planta para salir temprano. Se puso su mejor camisa (una blanca, planchada por él mismo en la mesa de la cocina de Sergio) y un pantalón de vestir que tenía guardado para bodas. Se rasuró impecable. Se echó loción.
Valente pasó por él en un Tsuru todavía más viejo que el de Miguel, lleno de papeles en el asiento trasero.
Llegaron a la secundaria de Katia a la hora de la salida. Había decenas de padres esperando, puestos de elotes y raspados, el ruido normal de la salida de clases.
Miguel sentía que el corazón se le salía. Se paró junto a la reja, con Valente a su lado como un perro guardián.
—Recuerda, Miguel. Tranquilo. Sonrisa. Eres el papá amoroso, no el marido despechado.
Sonó el timbre. La marea de uniformes grises y blancos empezó a salir. Miguel estiraba el cuello, buscando esa cabecita con el pelo castaño agarrado en una cola de caballo.
La vio.
Iba caminando sola, arrastrando la mochila, mirando al suelo. Se veía triste, apagada. No iba platicando con sus amigas como siempre.
—¡Katia! —gritó Miguel, levantando la mano.
Katia levantó la vista. Al ver a su papá, sus ojos se abrieron como platos. Hubo un segundo de duda, de miedo. Miró hacia los lados, como buscando a su mamá.
Pero el amor pudo más.
Corrió hacia la reja.
—¡Papá!
Miguel se agachó y la recibió a través de los barrotes abiertos de la puerta peatonal. El abrazo fue desesperado. Katia lloraba contra su hombro, mojándole la camisa.
—Pensé que no ibas a venir… mi mamá dijo que te habías ido al norte…
—Jamás, mi amor. Jamás. Estoy aquí. Estoy viviendo con tu tío Sergio. Nunca te voy a dejar.
En ese momento, una sombra cayó sobre ellos.
Era la Directora, una mujer gorda y amargada que siempre había tenido predilección por Gloria porque Gloria le regalaba perfumes en Navidad. Y detrás de ella, dos guardias de seguridad privada de la escuela.
—Señor Miguel —dijo la Directora con voz chillona—. Le voy a pedir que se retire. La madre de la menor nos informó de la situación y no queremos problemas aquí.
Miguel se levantó, soltando a Katia pero manteniéndola agarrada de la mano. Sintió la furia subir, pero sintió la mano de Valente en su hombro.
—Buenas tardes, Directora —intervino Valente, sacando una tarjeta y un documento de su portafolios con un movimiento rápido de prestidigitador—. Licenciado Valente Rosas, representante legal del señor Miguel. Aquí le presento una copia certificada del acta de nacimiento donde consta la patria potestad de mi cliente. No existe, repito, no existe ninguna orden judicial que restrinja la convivencia. Si usted le impide a mi cliente ver a su hija, estará incurriendo en el delito de sustracción de menores y discriminación. Y créame, maestra, le armo un escándalo en la SEP que le cierran el changarro.
La Directora se quedó muda. Miró el documento, miró al abogado con cara de pocos amigos, y luego miró a Miguel.
—Yo solo sigo instrucciones de la madre tutora… —balbuceó.
—La madre no es la ley —dijo Miguel, con voz firme—. Yo soy su padre. Y tengo derecho a verla.
Valente sonrió, esa sonrisa de coyote.
—Así es. Mi cliente va a platicar cinco minutos con su hija y luego se retirará pacíficamente. ¿Algún problema?
La Directora bufó y se dio la vuelta.
—Cinco minutos. Y que no se repita el espectáculo.
Miguel se volvió hacia Katia. Tenía poco tiempo.
—Escúchame bien, hija. Tu mamá te va a decir muchas cosas. Te va a dar regalos. Te va a decir que soy malo. Yo no te voy a comprar con teléfonos, ni con ropa. Yo te voy a hablar con la verdad. Estoy peleando para que vivas conmigo. ¿Tú quieres eso?
Katia lo miró. Vio el cansancio en sus ojos, pero también vio el amor incondicional. Vio al hombre que le enseñaba matemáticas, que le arreglaba la bicicleta, que la cargaba cuando se dormía en el sillón.
Tocó el bolsillo de su falda donde pesaba el iPhone nuevo que le había dado Omar. Se sintió avergonzada.
—Sí, pa. Quiero ir contigo. No me gusta estar con ellos. Ese señor… Omar… me mira raro. Y mi mamá se la pasa gritando por teléfono o llorando de mentiras.
Miguel sintió un escalofrío al escuchar “me mira raro”.
—Aguanta, mi amor. Aguanta un poquito más. Valente está haciendo los papeles. Pronto vamos a estar juntos. Te lo juro por mi vida.
—¡Katia! —un grito agudo interrumpió el momento.
El Audi blanco se había estacionado en doble fila frente a la escuela. Gloria bajó corriendo, en tacones, furiosa.
—¡Te dije que no te acercaras! —le gritó a Miguel, tratando de jalar a Katia del brazo.
Katia se soltó de su madre y se pegó a Miguel.
—¡Déjame, mamá!
Gloria estaba fuera de sí. Se veía descompuesta, el maquillaje perfecto arruinado por la rabia.
—¡Eres un maldito acosador, Miguel! ¡Llamen a la policía! —le gritó a los guardias, pero los guardias no se movieron al ver a Valente grabando todo con su celular.
—Siga gritando, señora —dijo Valente tranquilo—. Todo esto va para el juez. Inestabilidad emocional pública. Excelente prueba.
Gloria se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Todos los padres la miraban. Agarró a Katia con fuerza, lastimándola.
—Vámonos, Katia. Ahora mismo.
Miguel dio un paso adelante, pero Valente lo detuvo.
—No, Miguel. No forcejees. Deja que se la lleve. Ya ganamos hoy. Katia ya sabe que estás aquí. Si te peleas a golpes, pierdes.
Miguel tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no arrancarle a su hija de las manos. Vio cómo Gloria empujaba a Katia dentro del Audi, donde Omar esperaba al volante con lentes oscuros, ni siquiera volteando a ver.
El coche arrancó. Katia pegó la cara al vidrio trasero, llorando, viendo a su papá hacerse pequeño a la distancia.
Miguel se quedó parado en la banqueta, con los puños apretados.
—La lastimó, Valente. La jaloneó.
—Lo vi —dijo Valente, guardando el celular—. Y el juez también lo va a ver. Tranquilo, compadre. Hoy le picaste la cresta al diablo, pero le demostraste a tu hija que no estás muerto. Eso vale más que cualquier cosa. Ahora sí… vámonos a preparar la demanda. La guerra apenas empieza.
Miguel se subió al coche del abogado. Ya no sentía la angustia de la mañana. Ahora sentía otra cosa. Sentía la adrenalina de la batalla.
“Me quitaste mi casa, Gloria”, pensó mientras veía el Audi desaparecer en el tráfico. “Me quitaste mi dinero. Pero mi sangre… mi sangre no me la quitas”.
Esa tarde, en el taller de Sergio, Miguel empezó a buscar sus recibos viejos, sus papeles guardados en la guantera del Tsuru, cualquier cosa que demostrara que él había pagado cada ladrillo de esa vida. Y entre los papeles, encontró una foto vieja de Katia recién nacida en sus brazos.
La puso frente a él en la mesa.
Ese iba a ser su estandarte.
El Hombre de Hierro se estaba forjando una armadura nueva. Y esta vez, no tenía puntos débiles.
CAPÍTULO 5: NÚMEROS ROJOS Y LA MÁSCARA ROTA
El lunes por la mañana, Miguel conoció la otra cara de la traición: la administrativa.
Siguiendo el consejo de Valente, pidió permiso de llegar tarde a la planta y se dirigió a la sucursal del banco en Avenida Universidad. Llevaba su INE, su tarjeta de débito (la única que tenía en su cartera) y una sensación de náusea en la boca del estómago que ni el café negro de la mañana había podido quitar.
La sucursal estaba llena, como siempre. Gente haciendo fila para pagar servicios, señoras cobrando pensiones, ejecutivos con prisa. Miguel tomó su turno de papelito y se sentó a esperar. El aire acondicionado estaba demasiado frío, contrastando con el calor húmedo de afuera. Mientras esperaba, miraba los carteles de “Crédito Familiar” y “Tu futuro seguro”. Qué ironía. Su futuro, en ese momento, cabía en una maleta vieja arrumbada en casa de un amigo.
—¿Turno A-45? —llamó una cajera con cara de aburrimiento.
Miguel se acercó a la ventanilla.
—Buenos días, señorita. Vengo a revisar mi saldo y a cancelar la tarjeta adicional de mi esposa. Quiero cambiar los NIPs de todo.
La cajera tecleó con desgana, masticando chicle.
—A ver, permítame su plástico… Ajá… Huella aquí, por favor.
Miguel puso el dedo en el lector biométrico. La luz roja parpadeó. La cajera frunció el ceño, tecleó algo más rápido y luego miró a Miguel con una expresión extraña, mezcla de lástima y sospecha.
—Señor… la cuenta de ahorros, la terminación 098, está en ceros.
Miguel sintió un zumbido en los oídos.
—¿Cómo que en ceros? Ahí debían estar los ahorros de diez años. Cincuenta mil pesos para los quince años de la niña, más lo del aguinaldo del año pasado…
—No, señor. El saldo es de doce pesos con cincuenta centavos. Hubo tres transferencias SPEI el viernes por la noche y un retiro en cajero automático el sábado por la mañana que topó el límite diario.
Miguel se agarró del mostrador porque sintió que las piernas se le hacían de trapo. El viernes por la noche. La noche que él se fue. Mientras él lloraba en la banqueta del Oxxo, Gloria estaba vaciando la cuenta. Mientras él pensaba en cómo proteger a Katia, Gloria pensaba en cómo dejarlo en la calle.
—¿Y la tarjeta de crédito? —preguntó Miguel, con la voz ahogada—. Tenemos una compartida.
La cajera revisó.
—La tarjeta está topada, señor. Sobregirada por cinco mil pesos. El límite es de cuarenta mil. Los últimos cargos son… —la chica giró la pantalla un poco, dudando—… son del fin de semana. Tienda departamental “Palacio de Hierro”, un cargo en “Joyerías Bizzarro” y una cena en “La Estancia Argentina”.
Miguel cerró los ojos.
Joyas. Ropa cara. Carne asada de lujo. Todo pagado con su crédito, con el dinero que él se ganaba sudando grasa y aceite. Y seguramente, todo disfrutado con Omar.
—Cancélelo todo —dijo Miguel. Su voz ya no era de tristeza. Era de hielo—. Reporte las tarjetas como robadas. Bloquee todo. Que no salga ni un centavo más.
—Para reportar los cargos necesita ir al Ministerio Público si no los reconoce, pero al ser tarjeta adicional de su esposa…
—Solo bloquéelas, señorita. Por favor.
Salió del banco con los estados de cuenta impresos en la mano. El papel le quemaba. Caminó hacia su coche bajo el sol de plomo de Monterrey. Se subió, aventó los papeles al asiento del copiloto y golpeó el volante una, dos, tres veces.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
No era por el dinero. Él sabía hacer dinero; tenía manos para trabajar. Era la maldad. Era la premeditación. Gloria no solo quería irse con otro; quería destruirlo. Quería humillarlo. Quería dejarlo sin armas para pelear.
Marcó el número de Valente.
—Licenciado. Tenía razón. Me limpió. Me dejó en ceros.
Del otro lado de la línea, la voz de Valente sonó tranquila, casi satisfecha.
—Perfecto, Miguelito. Perfecto.
—¿Cómo que perfecto, chingao? ¡No tengo ni para la gasolina de la semana!
—Tranquilo. Es perfecto para el juicio. Eso se llama “dilapidación de la sociedad conyugal” y “violencia económica”. Si ella vació la cuenta justo cuando te saliste, demuestra mala fe. Y si gastó en joyas y cenas con el amante usando tu crédito… uff, compadre, le acabas de regalar la soga para que se ahorque sola. Tráeme esos papeles ya. Hoy empieza la carnicería.
Mientras tanto, en la oficina de “Metales y Logística”, el ambiente en la oficina de Omar estaba tenso.
Gloria estaba sentada frente a él, cruzada de piernas, luciendo un vestido nuevo que había comprado el sábado en Palacio de Hierro (con la tarjeta de Miguel, claro). Se veía nerviosa.
—Omar, amor… necesito que me prestes el coche hoy en la tarde. Tengo que ir a recoger a Katia y llevarla al psicólogo, quiero que empiece terapia para que entienda que su papá está loco.
Omar, que estaba revisando unos correos en su laptop sin prestarle mucha atención, bufó.
—Nena, el Audi no es taxi. Ya van tres veces esta semana. Además, ¿qué onda con tu marido? Me llegó un rumor de que el tipo vino a la planta ayer.
—Vino a trabajar, supongo —dijo Gloria restándole importancia—. Es un muerto de hambre, no puede dejar el trabajo.
—No, me refiero a que dicen que anda diciendo que me va a demandar. Que te va a demandar a ti. Gloria, yo no quiero pedos legales. Mi puesto depende de mi reputación. Si los directores se enteran de que ando en líos de faldas con subordinadas casadas… me cortan el cuello.
Gloria se levantó y le rodeó el cuello con los brazos, usando sus encantos.
—No va a pasar nada, tonto. Miguel es un ignorante. No tiene dinero para abogados. Le vacié la cuenta para asegurarme de que no pueda moverse. Lo tengo atado de manos. Se va a cansar, se va a deprimir y nos va a dejar en paz.
Omar se tensó al escuchar eso.
—¿Le vaciaste la cuenta?
—Sí. Todo. Para nosotros, bebé. Para nuestras vacaciones.
Omar se quitó los brazos de Gloria de encima y la miró con frialdad.
—Eso es robo, Gloria. Y si usaste eso para comprar las cosas que traes puestas… eso deja rastro. No seas estúpida.
—¡No me hables así! —se ofendió ella—. Lo hice por nosotros.
—Lo hiciste por ti. Mira, mejor vete a trabajar. Y consigue tu propio transporte. No quiero que vean mi coche afuera de la escuela de tu hija otra vez. La directora de esa escuela es prima de la esposa del Director General. No quiero chismes.
Gloria salió de la oficina de Omar sintiendo un frío en el estómago. “No seas estúpida”, le había dicho. Omar nunca le había hablado así antes. Siempre era “mi reina”, “mi diosa”.
“Es el estrés”, se dijo a sí misma mientras caminaba a su cubículo. “En cuanto nos deshagamos de Miguel, todo volverá a ser miel sobre hojuelas”.
Intentó usar la tarjeta de crédito para pedir un Uber Eats de sushi para el almuerzo.
Transacción declinada.
Intentó otra vez.
Contacte a su banco.
Gloria sintió que la sangre se le iba a los pies. Miguel había bloqueado las tarjetas.
—Maldito infeliz —susurró, apretando el celular—. ¿Crees que me vas a ganar? No sabes con quién te metiste.
Esa tarde, la casa de Sergio se convirtió en un búnker de guerra.
Valente extendió los estados de cuenta en la mesa de la cocina, junto a las fotos impresas que Sergio había tomado del motel y las capturas de pantalla de los mensajes de amenaza de Gloria.
—Tenemos el póker de ases, señores —dijo Valente, encendiendo un cigarro Delicados (sin filtro, porque así era él)—. Adulterio, robo, alienación parental y amenazas.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Miguel. Se veía más delgado, con ojeras profundas, pero sus ojos tenían un brillo duro que antes no estaba.
—Sigue la “Audiencia de Conciliación”. Mañana metemos la demanda. En unos días nos van a citar. Es un trámite obligatorio antes del juicio. Ahí van a tratar de que lleguen a un acuerdo “por las buenas”.
—No va a haber acuerdo —dijo Miguel—. Yo quiero a mi hija. Ella quiere la casa. No son compatibles.
—Exacto. Pero la ley nos obliga a ir. Y ahí es donde la vamos a quebrar. Ella va a llegar muy salsa, pensando que tú vas a pedir perdón. Va a llegar con su abogado corporativo que no sabe ni dónde está el baño de los juzgados familiares. Y ahí… ¡Zas! Le dejamos caer todo el peso de la realidad.
Sergio levantó su cerveza.
—¡Salud por eso! Oye, Migue… ¿y cómo está la Katia?
La mención de su hija suavizó el rostro de Miguel.
—No sé, Checo. Le mandé mensaje, pero no contesta. Seguro le quitaron el cel o la tienen vigilada. Eso es lo que me parte el alma. Cada día que pasa ahí con esos buitres, es veneno que le meten en la cabeza.
Pasaron dos semanas. Dos semanas eternas de trámites burocráticos, de sacar copias, de “vuelva mañana”, de “falta un sello”. El sistema legal mexicano está diseñado para desesperar al más paciente, pero Miguel tenía la paciencia del que arregla motores: pieza por pieza, tornillo por tornillo.
Finalmente, llegó la citación.
Audiencia Preliminar y de Conciliación. Juzgados de lo Familiar en el centro de Monterrey. Martes, 10:00 AM.
Miguel llegó media hora antes. Llevaba su mejor traje (el único), pero esta vez se sentía diferente. Ya no se sentía disfrazado. Se sentía como si llevara una armadura. Valente llegó cinco minutos después, comiéndose una gordita de nata que compró en la entrada.
—¿Listo, gallo? —preguntó Valente, limpiándose las migajas de la corbata.
—Listo, Lic.
—Acuérdate: tú no hablas a menos que el juez te pregunte. Tú me dejas a mí ser el perro de ataque. Tú eres la víctima digna. Cara de “yo no rompí ni un plato”, pero firme.
A las 10:05 apareció Gloria.
Llegó caminando como si fuera dueña del juzgado. Traía un traje sastre blanco impecable, lentes oscuros de marca y el pelo recién peinado de salón. A su lado caminaba un abogado joven, de esos que parecen modelos de revista, con un portafolios de piel italiana y aire de suficiencia. Era el Licenciado Moncada, un junior de un despacho caro que seguramente Omar había conseguido (o que Gloria estaba pagando con quién sabe qué dinero, porque las tarjetas ya no servían).
Gloria vio a Miguel sentado en la banca de metal y le torció la boca con desprecio. No saludó. Se sentó en la banca de enfrente, sacó su celular y se puso a teclear furiosamente, ignorándolo.
—Señor Miguel Ángel Torres y Señora Gloria Estefanía Ruiz. Pasen, por favor.
Entraron a una oficina pequeña, con paredes color crema despintadas, archiveros metálicos atiborrados de expedientes y un escritorio donde una Secretaria de Acuerdos (ni siquiera el juez titular) los esperaba tecleando en una computadora vieja. El aire acondicionado hacía un ruido infernal, como matraca vieja.
—Buenos días —dijo la Secretaria sin levantar la vista—. Esta es una audiencia de avenencia. El objetivo es ver si las partes pueden llegar a un acuerdo sobre la disolución del vínculo matrimonial, custodia y reparto de bienes, para evitar un juicio largo y costoso. ¿Quién empieza?
El abogado de Gloria, el Licenciado Moncada, se aclaró la garganta y se puso de pie, como si estuviera en una serie de abogados de Netflix.
—Licenciada, mi clienta, la señora Gloria, es la víctima en este caso. El señor aquí presente abandonó el hogar conyugal de manera intempestiva, dejando a su esposa e hija menor de edad en el desamparo total. Además, ha ejercido violencia económica bloqueando el acceso a los medios de subsistencia. Por lo tanto, exigimos: Uno, la guarda y custodia total de la menor Katia. Dos, el uso y disfrute exclusivo de la vivienda familiar. Tres, una pensión alimenticia del 60% de los ingresos brutos del señor, más bonos y prestaciones. Y cuatro, una indemnización por daño moral. Si el señor acepta esto hoy, podemos firmar el divorcio voluntario.
Gloria asintió, con la barbilla en alto, mirando a Miguel como si fuera un insecto.
La Secretaria tecleó rápido.
—Bien. ¿Y la contraparte?
Valente ni se levantó. Se reclinó en su silla, cruzó los dedos sobre la panza y sonrió.
—Licenciada, con todo respeto para el colega… —hizo una pausa dramática—… lo que acaban de decir es una fantasía de Disney.
Moncada se ofendió.
—¡Objeción! Exijo respeto.
—Respeto es no venir a mentirle a la autoridad, colega —reviró Valente, cambiando el tono a uno afilado como navaja—. Mi cliente no abandonó el hogar. Se retiró para salvaguardar su integridad física y emocional tras descubrir a su esposa cometiendo adulterio flagrante en las oficinas de su centro de trabajo.
Gloria soltó una risita nerviosa.
—Eso no lo puedes probar.
—Ah, ¿no? —Valente sacó una carpeta gruesa de su portafolios—. Aquí tengo tres testimoniales, incluyendo la del guardia de seguridad del edificio. Tengo fotografías del vehículo del amante, el señor Omar Fuentes, entrando y saliendo de moteles en horario laboral con la señora. Y tengo algo mejor…
Valente sacó los estados de cuenta bancarios. Los puso sobre la mesa con un golpe seco.
—El colega habla de “violencia económica”. Aquí están los estados de cuenta de la tarjeta de crédito del señor Miguel. Vea las fechas, Licenciada. “Joyerías Bizzarro”, cinco mil pesos. “Hotel Real de Cumbres”, dos mil pesos. “Liverpool”, ropa de caballero… talla chica. Mi cliente es talla extra grande. La señora no solo engañó a mi cliente; financió su aventura con el patrimonio de mi cliente. Eso, aquí y en China, es fraude a la sociedad conyugal.
La Secretaria de Acuerdos dejó de teclear. Agarró los papeles y los revisó, ajustándose los lentes.
Gloria palideció. Miró a su abogado. Moncada parecía confundido; Gloria no le había dicho nada de los gastos.
—Eso… eso eran regalos para él —tartamudeó Gloria.
—¿Regalos para mí? —intervino Miguel por primera vez. Su voz retumbó en la oficina pequeña—. Gloria, yo no uso camisas “Slim Fit” de dos mil pesos. Y nunca en la vida me has comprado una joya. Esas cosas eran para Omar. Tuviste el cinismo de comprarle regalos a tu amante con mi dinero, el día antes de que te descubriera.
Moncada intentó salvar el barco.
—Esos son detalles circunstanciales. La prioridad es la menor. La niña debe estar con la madre. Es la costumbre.
—La costumbre no está por encima del Interés Superior del Menor —atacó Valente—. Y hablando de la menor… aquí tengo impresiones de pantalla de mensajes donde la señora amenaza con usar a la niña como moneda de cambio. “Si no me das la casa, no ves a Katia”. Eso es alienación parental, Licenciada. Y es un delito grave. Nosotros no vamos a ceder ni un milímetro. Vamos por la custodia completa para el padre, pérdida de la patria potestad para la madre por conducta inmoral y nociva, y desalojo inmediato de la vivienda.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
Gloria ya no se veía tan alta. Se veía pequeña, acorralada.
—Pero… soy su madre… —susurró, y esta vez no había actuación. Había miedo.
La Secretaria suspiró y miró a Moncada.
—Licenciado, veo que su clienta omitió ciertos “detalles” al instruir su defensa. Con estas pruebas, si vamos a juicio, lo más probable es que el juez no solo le niegue la pensión a la señora, sino que la obligue a pagar costas y compensación. Y la custodia… bueno, con un padre dispuesto y una madre con conducta cuestionable probada, la moneda está en el aire.
Moncada cerró su carpeta. Sabía cuando una batalla estaba perdida antes de empezar.
—Necesito un receso para hablar con mi clienta —dijo secamente.
—Tómese su tiempo —dijo Valente, encendiendo la pantalla de su celular para ver la hora—. Nosotros no tenemos prisa. La verdad no caduca.
Salieron al pasillo.
Gloria se llevó a Moncada a un rincón. Miguel vio cómo discutían. Vio cómo Moncada le manoteaba, enojado. Gloria lloraba, gesticulaba, señalaba a Miguel.
Miguel se recargó en la pared, junto a Valente.
—¿Viste eso, Migue? —dijo el abogado—. Se les cayó el teatro. Su abogado ya se dio cuenta de que le mintió. Un abogado perdona que no le pagues, pero no perdona que lo hagas quedar como pendejo frente a la autoridad.
Diez minutos después, regresaron. Gloria tenía los ojos rojos y el maquillaje corrido. Ya no había arrogancia. Había odio puro.
—No aceptamos su propuesta —dijo Moncada, pero sin convicción—. Iremos a juicio. La señora insiste en pelear la custodia.
—Que así sea —dijo Valente—. Nos vemos en los tribunales. Y prepárese, colega, porque vamos a pedir que la niña testifique.
Gloria se detuvo al escuchar eso.
—¡No! —gritó—. ¡A Katia no la meten en esto!
—Tú la metiste, Gloria —dijo Miguel, mirándola a los ojos—. Tú la metiste el día que llevaste a ese tipo a nuestra casa. El día que le mentiste sobre mí. Ahora aguántate. Katia va a decir la verdad. Y tú le tienes pánico a la verdad.
Gloria lo miró con una mezcla de furia y terror. Por primera vez en veinte años, se dio cuenta de que el hombre que tenía enfrente no era el Miguel dócil y enamorado que ella manejaba a su antojo.
—Te vas a arrepentir, Miguel —siseó ella—. Te voy a quitar todo.
—Ya me quitaste lo que me importaba menos: el dinero y tu “amor” falso. Lo que vale de verdad, mi hija y mi dignidad, eso me lo quedo yo.
Miguel y Valente salieron del juzgado. El sol de mediodía pegaba fuerte.
—Estuvo intenso, compadre —dijo Valente—. Pero ganamos el primer round. La desestabilizaste. Ahora va a cometer errores. Va a estar desesperada por dinero y por control. Y cuando alguien está desesperado, mete la pata.
—¿Qué sigue? —preguntó Miguel.
—Sigue la investigación social. Una trabajadora social va a ir a tu casa (bueno, a la de Sergio) y a la casa donde está Gloria. Van a entrevistar a Katia. Ahí es donde se define todo. Tenemos que preparar el terreno. Tienes que tener un cuarto para Katia listo, limpio, decente.
—Lo tendré —prometió Miguel—. Aunque tenga que trabajar doble turno.
Esa noche, Gloria llegó al departamento furiosa.
Katia estaba en la sala, con el celular nuevo en la mano, pero sin verlo realmente.
—¿Cómo te fue, ma? —preguntó la niña con timidez.
Gloria aventó la bolsa al sillón.
—¡Tu padre es un maldito! ¡Un miserable! —gritó, desquitándose con quien no debía—. ¡Me quiere dejar en la calle! ¡Dice que tú no me quieres!
Katia se encogió en el sofá.
—Yo no dije eso…
—¡Pues vas a tener que decir que me quieres! —Gloria la agarró de los hombros y la sacudió—. Van a venir unas señoras del juzgado a preguntarte. Y tú les vas a decir que tu papá es malo, que nos pegaba, que tomaba mucho. ¿Me oíste? ¡Si no dices eso, nos van a separar y te van a llevar a un orfanato!
Katia empezó a llorar, aterrorizada.
—¡No, mamá, no quiero ir a un orfanato!
—¡Entonces haz lo que te digo! —le gritó Gloria—. ¡Todo esto es culpa de tu padre! ¡Ódiolo! ¡Tienes que odiarlo!
Gloria se fue a su cuarto y azotó la puerta.
Katia se quedó sola en la sala, temblando. Miró el celular. Dudó. Tenía miedo. Su mamá le había dicho que su papá era el enemigo. Pero su corazón le decía otra cosa.
Recordó el abrazo en la reja de la escuela. Recordó la voz de su papá: “Estoy peleando por ti”.
Con dedos temblorosos, Katia abrió el WhatsApp. Buscó el contacto de “Papá” que tenía bloqueado (porque Gloria lo había bloqueado).
Lo desbloqueó.
Escribió un mensaje rápido, con faltas de ortografía por los nervios:
“Pa, tengo miedo. Mi mamá dice cosas feas. Ven por mí.”
Lo envió. Y luego, por miedo a que Gloria le revisara el cel, lo borró.
Pero el mensaje ya había salido.
En casa de Sergio, el celular de Miguel sonó ping.
Miguel estaba lijando una cuna vieja de madera que Sergio tenía, pensando en transformarla en un escritorio para Katia.
Vio el mensaje.
Su corazón dio un vuelco.
—Aguanta, mi niña —susurró, besando la pantalla—. Ya falta poco. El Coyote ya enseñó los dientes. Ahora le toca al León dar el zarpazo.
CAPÍTULO 6: EL CUARTO DE LOS MILAGROS Y EL ORO DE LOS TONTOS
Las semanas siguientes a la audiencia preliminar fueron una carrera de resistencia. Mientras el juicio avanzaba con la lentitud burocrática de los tribunales mexicanos, en la vida real, los mundos de Miguel y Gloria giraban en direcciones opuestas.
En la casa de Sergio, la actividad era frenética.
—A ver, compadre, si vamos a traer a la niña, no puede dormir entre cajas de herramientas y olor a thinner —dijo Sergio un sábado por la mañana, mientras se tomaban un café de olla.
Miguel asintió, mirando el “cuarto de los tiliches”. Era una habitación de tres por tres metros, al fondo del patio, que Sergio usaba para guardar todo lo que no servía pero que “algún día podría servir”: pedazos de fierro, llantas viejas, decoraciones de Navidad rotas.
—Tienes razón, Checo. Pero no tengo lana para construir.
—No necesitas lana, necesitas ingenio. Y de eso nos sobra. Tú eres mecánico y yo soldador. Vamos a dejarle este cuarto como de princesa, vas a ver.
Ese fin de semana, los dos amigos se transformaron. Miguel vendió una caja de herramientas alemana que tenía guardada como un tesoro (le dolió en el alma, pero era por Katia) y con eso compró pintura, yeso y tabla-roca.
Sacaron toda la basura al patio. Resanaron las paredes.
—¿De qué color le gustará? —preguntó Miguel, brocha en mano.
—Las morras de ahora andan con eso del color lila o menta, ¿no? —sugirió Sergio—. Mi sobrina tiene su cuarto así. Se ve bonito y no tan ñoño como el rosa.
Compraron pintura color lila suave. Miguel pintó con un cuidado obsesivo, asegurándose de que no quedara ni una sola marca de brocha. Sergio, por su parte, soldó una base de cama de metal con figuras de flores en la cabecera.
—Mira nomás, Migue. Indestructible. Para que brinque lo que quiera y no rechine.
Valente, el abogado, pasaba de vez en cuando a supervisar, como si fuera el capataz de la obra.
—Muy bien, señores. Esto es importante. Cuando venga la trabajadora social, tiene que ver un espacio digno. No lujoso, digno. Que se vea amor. Un escritorio para la tarea es clave. Eso demuestra interés en su educación.
Miguel restauró un escritorio viejo de madera que encontraron en un bazar. Lo lijó hasta quitarle años de barniz viejo y lo dejó al natural, suave como la piel. Le puso una lámpara que arregló él mismo.
En dos semanas, el cuarto de los tiliches se convirtió en “El Cuarto de Katia”. No tenía aire acondicionado, solo un ventilador de techo que Miguel instaló, pero tenía una ventana que daba a un árbol de aguacate en el patio de Sergio. Era fresco, limpio y, sobre todo, estaba hecho con amor puro.
Mientras Miguel construía un hogar de la nada, el “castillo” de Gloria se estaba desmoronando.
La vida con Omar no era el cuento de hadas que ella había imaginado. Sin el dinero de Miguel para subsidiar sus lujos, y con las tarjetas bloqueadas, Gloria empezó a sentir la presión económica real. Su sueldo de asistente no daba para mantener el estilo de vida que quería aparentar, y mucho menos para pagar la renta y los gastos del departamento si Miguel dejaba de aportar.
Y Omar… Omar resultó ser “oro de los tontos”. Brillaba mucho, pero no valía nada.
Un viernes por la noche, Gloria estaba en el departamento, esperando a que Omar pasara por ella para ir a cenar, como le había prometido.
Eran las 9:00 PM.
Eran las 10:00 PM.
Katia estaba en su cuarto, con la puerta cerrada, hablando por teléfono en voz baja (Gloria sospechaba que con su papá, pero no quería hacer un escándalo porque estaba cansada).
A las 10:30, Gloria llamó a Omar.
—¿Bueno? —contestó él. Se oía ruido de fondo, música fuerte, risas.
—Omar, ¿dónde estás? Quedamos de ir a cenar. Ya estoy lista desde hace dos horas.
—¡Uy, nena! Se me complicó —dijo Omar, arrastrando las palabras. Estaba borracho—. Salieron unos clientes de México y me tuve que quedar a atenderlos. Ya sabes, “networking”.
—Pero me prometiste…
—Ay, Gloria, no seas intensa. Es chamba. Luego te compenso. Bye.
Colgó.
Gloria se quedó con el teléfono en la mano, sintiendo una punzada de humillación. “Intensa”. Esa palabra. Miguel nunca le había dicho intensa. Miguel, si prometía llegar a las ocho, llegaba a las ocho, aunque se estuviera cayendo de cansancio.
Se miró al espejo. El vestido nuevo ya no se veía tan bonito. Se veía… desesperado.
Fue a la cocina y se sirvió una copa de vino barato. Abrió el refrigerador. Estaba casi vacío. Antes, Miguel hacía el súper los domingos. Traía carne, frutas, yogurt para la niña. Ahora, solo había unos limones secos y un cartón de leche.
—Maldito Miguel —murmuró, como si fuera culpa de él que ella no hubiera ido al súper—. Me quieres ver sufrir. Pero no te voy a dar el gusto.
En ese momento, Katia salió de su cuarto.
—Ma… tengo hambre. ¿No vamos a cenar?
Gloria la miró con fastidio.
—Hazte un sándwich, Katia. Ya estás grande. Tu “tío” Omar no va a venir.
—Mejor… —Katia bajó la voz—. ¿Puedo hacerme unas quesadillas? Todavía queda queso del que trajo mi papá la otra vez.
La mención de Miguel encendió la mecha corta de Gloria.
—¡Deja de hablar de tu padre! ¡Comes lo que hay y te callas! ¡Si tienes hambre, dile a tu padre que mande dinero, que para eso sirve nada más!
Katia se asustó por el grito. Corrió de regreso a su cuarto y cerró con seguro.
Gloria se quedó sola en la cocina, bebiendo vino y llorando de rabia. Se daba cuenta, muy en el fondo, de que había cambiado seguridad por ilusión. Pero su orgullo era tan grande que no le permitía admitir el error. Al contrario, convertía su culpa en odio hacia Miguel. “Me las vas a pagar”, pensaba. “Si yo no soy feliz, tú tampoco”.
Llegó el día de la inspección de Trabajo Social.
Valente había preparado a Miguel y a Sergio.
—Nada de cervezas en el refri. Casa limpia. Ropa guardada. Y lo más importante: actitud. No hablen mal de la madre. Si les preguntan, digan: “Es una buena madre, pero ahorita está pasando por una crisis y creemos que el entorno no es el mejor para la niña”. Elegancia, señores.
La trabajadora social, la Licenciada Brizuela, era una mujer de unos cincuenta años, con cara de haber visto demasiadas familias rotas y poca paciencia para el drama. Llegó a la casa de Sergio con una libreta y una mirada escrutadora.
Recorrió la casa. Vio la cocina limpia (Sergio había tallado hasta las juntas de los azulejos). Vio el baño. Y luego, Miguel la llevó al fondo del patio.
—Aquí… aquí es donde dormiría mi hija —dijo Miguel, abriendo la puerta con nerviosismo.
La Licenciada entró.
El cuarto olía a pintura fresca y a madera lijada. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando el edredón lila, el escritorio con sus cajoncitos ordenados, los libros de la escuela que Miguel había recuperado (comprando nuevos, porque Gloria no se los quiso dar) y una foto enmarcada en la mesita de noche: Miguel y Katia en el parque Fundidora, comiendo un helado, riéndose.
No había lujos. No había televisión de pantalla plana. Pero había una paz inmensa.
La Licenciada Brizuela pasó la mano por el escritorio de madera suave.
—¿Usted hizo esto, señor Miguel?
—Sí, Licenciada. Con mis propias manos. Y con ayuda de mi compadre. Queremos que Katia tenga su espacio, su privacidad. Que sepa que aquí tiene un lugar seguro.
La mujer miró a Miguel a los ojos. Vio las manos callosas, la ropa modesta, pero también vio la dignidad inquebrantable de un padre que ama.
—Se nota el esfuerzo —dijo ella, anotando algo en su libreta. Por primera vez, sonrió levemente—. Un hogar no se hace con dinero, señor. Se hace con esto.
Luego fue el turno de la visita a la casa de Gloria.
Gloria había limpiado frenéticamente la noche anterior. Había escondido las botellas de vino. Había obligado a Katia a ponerse un vestido bonito y a peinarse.
—Recuerda lo que te dije, Katia —le susurró antes de abrir la puerta, pellizcándole el brazo—. Si dices algo malo, te vas al orfanato. Y yo me muero de tristeza. ¿Quieres matar a tu mamá de tristeza?
Katia negó con la cabeza, aterrorizada.
La Licenciada Brizuela entró al departamento. Todo se veía “bien” a primera vista. Muebles bonitos, decoración moderna. Pero se sentía frío.
Entrevistó a Gloria en la sala. Gloria dio su mejor actuación de “madre abnegada y abandonada”. Lloró un poquito (sin arruinar el rímel), habló de cómo Miguel las había dejado sin nada, de cómo ella luchaba sola.
Luego, la Licenciada pidió hablar con Katia a solas, en su cuarto.
Gloria se puso tensa.
—¿Es necesario? Es muy tímida. Se pone nerviosa.
—Es procedimiento estándar, señora. Por favor, déjenos solas. Y cierre la puerta.
Brizuela entró al cuarto de Katia. Se sentó en la silla del escritorio y miró a la niña, que estaba sentada en la orilla de la cama, rígida como una muñeca, estrujando el vestido con las manos.
—Hola, Katia. No tengas miedo. No soy policía. Soy como una amiga que quiere saber cómo estás.
Katia no contestó. Miraba a la puerta, como si temiera que su mamá entrara de golpe.
—Oye… vi a tu papá hace rato —dijo Brizuela suavemente—. Me enseñó un cuarto que te hizo. Color lila. Dijo que tú escogiste el color en tu mente.
Los ojos de Katia se iluminaron un instante.
—¿Lila? ¿En serio?
—Sí. Y te hizo un escritorio de madera. Muy bonito. Se ve que te quiere mucho.
Katia bajó la mirada y una lágrima cayó en su falda.
—Katia… —Brizuela se inclinó hacia adelante—. Tu mamá dice que tu papá es malo. ¿Tú crees que es malo?
Katia negó con la cabeza frenéticamente, pero no habló.
—¿Te ha pegado alguna vez?
Katia negó.
—¿Te sientes segura aquí, Katia?
La niña dudó. Miró la puerta otra vez. Luego, miró el celular nuevo que estaba en la mesita de noche. El regalo de Omar. El soborno.
—Mi mamá dice que si me voy… me voy a un orfanato —susurró, tan bajito que Brizuela tuvo que acercarse para oír.
La trabajadora social frunció el ceño. Ahí estaba. La amenaza. La manipulación clásica.
—Eso es mentira, Katia. Nadie te va a llevar a un orfanato. Tienes un papá que te adora y que tiene una casa lista para ti. Y tienes una mamá. Tú puedes decidir con quién quieres estar. Y nadie te puede castigar por decir la verdad. Aquí entre nosotras… ¿con quién te gustaría vivir?
Katia levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de una súplica desesperada.
—Con mi papá —dijo, y su voz se rompió—. Quiero ir con mi papá. Aquí… aquí viene el señor Omar. Y no me gusta cómo me mira. Y mi mamá siempre está enojada.
—¿El señor Omar vive aquí?
—A veces se queda a dormir. Mi mamá dice que es su amigo. Pero gritan en la noche. Y luego se ríen feo.
Brizuela cerró su libreta. Ya tenía todo lo que necesitaba.
—Gracias por ser valiente, Katia. Te prometo que voy a ayudar a tu papá para que puedan estar juntos. No tengas miedo.
Salió del cuarto con cara de póker. Gloria la esperaba en el pasillo, ansiosa.
—¿Todo bien, licenciada? ¿Qué le dijo? Ya sabe que los niños inventan cosas…
—Todo en orden, señora. Gracias por su tiempo. El reporte se entregará al juez en tres días.
Cuando la Licenciada se fue, Gloria corrió al cuarto de Katia.
—¿Qué le dijiste? —le gritó—. ¡Dime qué le dijiste!
Katia se hizo bolita en la cama.
—Nada, mamá. Solo me preguntó de la escuela.
Gloria la miró con desconfianza, pero la dejó en paz. Tenía otros problemas. Omar no contestaba sus mensajes y el aviso de cobro de la luz acababa de llegar por debajo de la puerta.
Tres días después, en el despacho de Valente.
El abogado tenía el reporte en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Bingo, señores! ¡Bingo!
Miguel y Sergio se acercaron.
—¿Qué dice, Lic?
—El reporte es devastador para la señora. Cito textual: “Se observa en la menor signos de ansiedad y coacción psicológica por parte de la figura materna. La menor expresa temor infundado sobre ser institucionalizada (orfanato), lo cual indica manipulación. Asimismo, la menor manifiesta preferencia explícita y emotiva por convivir con el padre. Se constata que el padre, a pesar de sus limitaciones económicas actuales, ha provisto un espacio adecuado, digno y afectivo para el desarrollo de la menor. Se recomienda la custodia provisional a favor del padre de manera inmediata para salvaguardar la estabilidad emocional de la adolescente”.
Miguel sintió que le quitaban una tonelada de encima. Se dejó caer en la silla y lloró. Lloró de alivio, lloró de felicidad.
—¿Entonces ya me la puedo llevar?
—Casi —dijo Valente—. Con esto, vamos a pedir una “Medida Cautelar Urgente”. Mañana mismo el juez debe dictar la orden. Vamos a ir con la policía y con el actuario a sacar a la niña de ahí.
—¿Con policía? —se asustó Miguel—. No quiero asustarla.
—Es necesario, Migue. Gloria no te la va a dar por las buenas. Se va a poner loca. Necesitamos fuerza pública para proteger a Katia y para que quede constancia de que todo es legal. Prepárate. Mañana es el Día D.
Esa noche, Miguel no durmió. Se pasó las horas en el cuarto lila, alisando el edredón, revisando que la lámpara funcionara, acomodando los libros.
“Ya vienes, mi amor. Ya vienes a casa”.
Mientras tanto, Gloria estaba en una fiesta con Omar. Omar finalmente había aparecido y la había llevado a una reunión con unos amigos suyos en un bar de moda. Gloria estaba bebiendo más de la cuenta, tratando de encajar, riéndose demasiado fuerte de chistes que no entendía.
—Oye, tu novia está bien buena, pero es medio… intensa, ¿no? —le dijo un amigo a Omar en voz baja.
Omar se rió, con un vaso de whisky en la mano.
—Es para pasar el rato, güey. Ya sabes. Me divierto un rato y luego… siguiente. Además, trae un broncón de divorcio que qué flojera. Ya me tiene harto con sus quejas de dinero.
Gloria, que había ido al baño y regresaba, escuchó eso. Se quedó paralizada detrás de una columna.
“Es para pasar el rato”. “Siguiente”. “Me tiene harto”.
El mundo se le vino abajo. La copa se le resbaló de la mano y se rompió en el piso. Crash.
Omar volteó y la vio. No se veía preocupado, ni arrepentido. Se veía molesto.
—Ay, Gloria… qué torpe eres. Ya vámonos, estás haciendo el ridículo.
Gloria salió del bar tambaleándose, no por el alcohol, sino por el dolor de la verdad. Miguel tenía razón. Ella había cambiado un diamante por un vidrio. Y el vidrio acababa de cortarla profundamente.
Omar la dejó en la puerta de su edificio (ni siquiera se bajó del coche).
—Mañana hablamos, nena. Descansa.
Gloria subió a su departamento vacío de amor. Entró al cuarto de Katia y la vio durmiendo. Sintió un impulso de abrazarla, de pedirle perdón. Pero su orgullo, ese maldito orgullo que era su armadura y su cárcel, se lo impidió.
“No”, pensó. “No voy a perder. Si pierdo a Omar, al menos me quedo con la niña y la casa. Miguel no me va a ganar”.
No sabía que el juez ya había firmado la orden. No sabía que su tiempo se había acabado.
CAPÍTULO 7: LA ORDEN DEL JUEZ Y EL COLAPSO DEL REINO DE PAPEL
El miércoles amaneció nublado, con esa “chipipi” (llovizna ligera) que en Monterrey suele anunciar que el clima va a cambiar de golpe. Pero el cambio que Miguel esperaba no tenía nada que ver con la temperatura, sino con la vida misma.
Eran las 8:00 de la mañana y Miguel ya estaba parado frente a la delegación de policía, junto al Tsuru de Valente. Llevaba una chamarra de mezclilla, botas de trabajo bien boleadas y una expresión en el rostro que asustaría a cualquiera que no lo conociera: mandíbula apretada, mirada fija, ceño fruncido. No era enojo; era determinación pura.
Valente salió del edificio acompañado de un hombre de traje gris, con lentes gruesos y una carpeta bajo el brazo (el Actuario del Juzgado) y dos oficiales de la Fuerza Civil, un hombre y una mujer, con sus uniformes tácticos y armas de cargo.
—Listo, Miguel —dijo Valente, acercándose—. Ya tenemos el oficio sellado y la escolta. El Actuario tiene la orden de cateo y recuperación de menor. No hay vuelta atrás.
Miguel asintió, saludando al Actuario con un apretón de manos firme.
—Gracias por el apoyo, Licenciado. Solo le pido una cosa… no quiero que mi niña se asuste.
El Actuario, un hombre llamado Don Rogelio que llevaba treinta años viendo pleitos familiares, asintió con seriedad.
—No se preocupe, señor. Vamos a hacerlo lo más rápido y tranquilo posible. Pero si la señora se pone difícil, los oficiales intervienen. Usted manténgase atrás hasta que yo le diga. No caiga en provocaciones. Si ella lo insulta, usted es de palo. ¿Entendido?
—Entendido. Soy de palo —repitió Miguel, aunque por dentro sentía que era de fuego.
La caravana arrancó. La patrulla adelante, con las torretas apagadas para no alertar al vecindario antes de tiempo, luego el coche del Actuario y al final el Tsuru de Miguel con Valente de copiloto.
El trayecto hacia la Unidad “Los Encinos” fue silencioso. Miguel iba repasando mentalmente lo que le diría a Katia. No pensaba en Gloria. Gloria ya no era su esposa; era el obstáculo. Era la carcelera.
Al llegar a la unidad habitacional, el ambiente cambió. En esos barrios, la presencia de una patrulla siempre alborota el avispero. Las señoras salieron a barrer la banqueta (pretexto eterno para el chisme), los niños dejaron de jugar a la pelota.
El convoy se detuvo frente al edificio C.
Miguel bajó del coche y sintió las miradas de todos. Doña Toña, la vecina del 4, estaba en su balcón con el teléfono en la mano, seguramente reportando el mitote al grupo de WhatsApp de vecinos.
—¡Ahí viene el Miguel! —se oyó un susurro generalizado—. ¡Y trae a la ley!
Subieron las escaleras. El ruido de las botas de los policías resonaba en el cubo de la escalera como tambores de guerra.
Llegaron al segundo piso. La puerta del departamento 202 estaba cerrada. Se escuchaba música adentro, algo de pop a volumen medio, señal de que había vida.
El Actuario se acomodó la corbata, tomó aire y golpeó la puerta con los nudillos. Tres golpes secos, autoritarios.
Toc, toc, toc.
Nadie respondió.
El Actuario volvió a tocar, más fuerte.
—¡Abran la puerta! ¡Juzgado de lo Familiar!
Se escucharon pasos apresurados adentro. La música se apagó de golpe. Luego, silencio.
—Sabemos que está ahí, señora Gloria Estefanía Ruiz —gritó el Actuario—. Traemos una orden judicial. Abra o tendremos que usar la fuerza pública para forzar la cerradura.
Del otro lado de la puerta, se escuchó la voz de Gloria. Sonaba aguda, histérica.
—¡Váyanse! ¡Aquí no entra nadie! ¡Esta es mi casa! ¡Voy a llamar a mi abogado!
Valente se acercó a la puerta y habló con su tono de coyote burlón.
—Señora Gloria, su abogado ya fue notificado y ni siquiera se presentó. Le recomiendo que abra por las buenas. Traemos cerrajero.
—¡Lárguense! ¡Miguel, sé que estás ahí, maldito! ¡Eres un cobarde! ¡No te vas a llevar a mi hija!
El Actuario miró a los policías y asintió.
—Oficial, proceda con el cerrajero.
Un hombre bajito con una caja de herramientas, que venía con ellos, se acercó a la chapa con un taladro. El ruido del metal siendo perforado llenó el pasillo. Zzzzzzzzzzt.
Adentro, Gloria gritaba cosas ininteligibles. Insultos, maldiciones, nombres de santos.
En menos de dos minutos, la chapa cedió.
El policía empujó la puerta.
El olor que salió del departamento golpeó a Miguel en la cara. No era el olor a limpio de antes. Olía a encierro, a comida vieja y, predominantemente, a vino rancio.
Entraron.
La sala era un desastre. Había ropa tirada en los sillones, cajas de pizza vacías en la mesa de centro y una botella de vino tinto a medio terminar sobre el mueble de la tele.
Gloria estaba parada en medio de la sala, con una bata de seda (sucia de una mancha de café) y el pelo enmarañado. Se veía demacrada, con ojeras profundas que ni el maquillaje mal puesto podía ocultar. En una mano tenía el celular y en la otra un zapato de tacón, usándolo como arma.
—¡Fuera! ¡Allanamiento de morada! —chilló, lanzando el zapato, que rebotó inofensivamente en el chaleco antibalas del oficial.
La mujer policía se adelantó con calma profesional.
—Señora, cálmese. No complique las cosas.
El Actuario entró, esquivando el zapato, y desplegó el documento.
—Señora Gloria, vengo a ejecutar la Medida Cautelar número 458/2025 dictada por el Juez Tercero de lo Familiar. Se ordena la recuperación inmediata de la menor Katia Torres Ruiz y su entrega al padre, quien ostenta la custodia provisional. Asimismo, se le notifica a usted la orden de desalojo de este inmueble en un plazo no mayor a diez días hábiles.
Gloria se quedó paralizada. Su cerebro, nublado por la resaca y el estrés, trataba de procesar las palabras.
—¿Recuperación? ¿Desalojo? —balbuceó—. ¡Están locos! ¡Omar! ¡Voy a llamar a Omar! ¡Él es amigo del Gobernador!
Empezó a marcar frenéticamente en su celular.
—¡Contesta, maldito, contesta!
En ese momento, la puerta de la recámara de Katia se abrió lentamente.
La niña asomó la cabeza. Traía puesto su uniforme de la escuela (aunque no había ido) y su mochila rosa en la espalda, como si hubiera estado lista esperando este momento desde hacía días.
Al ver a Miguel parado detrás de los policías, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Papá!
Katia salió corriendo, ignorando a su madre, ignorando a los policías. Corrió hacia Miguel como si su vida dependiera de ello.
Miguel se arrodilló y la recibió en sus brazos. El impacto del abrazo casi lo tira. Sintió los bracitos delgados de su hija apretándole el cuello, sintió sus sollozos contra su chamarra.
—Ya llegué, mi amor. Ya llegué. Ya nos vamos.
La escena rompió algo dentro de Gloria. Ver a su hija correr hacia el “enemigo”, ver que Katia ni siquiera la volteó a ver a ella… fue demasiado.
—¡No! —gritó Gloria, con un rugido animal—. ¡Es mía! ¡No te la lleves!
Se abalanzó sobre ellos, tratando de jalar a Katia del pelo, de los brazos, de donde pudiera.
—¡Suéltala, Miguel! ¡Te voy a matar!
La mujer policía reaccionó al instante. Interceptó a Gloria, sujetándola de los brazos y inmovilizándola contra la pared con una llave suave pero firme.
—¡Señora, quieta! ¡Si agrede al menor o a los oficiales me la llevo detenida por resistencia de particulares!
—¡Suélteme, perra! —escupió Gloria, pataleando—. ¡Me están robando a mi hija!
Katia escondió la cara en el pecho de Miguel, temblando.
—Sácame de aquí, pa. Vámonos.
Miguel se levantó, cargando a Katia (aunque ya estaba grande, para él seguía siendo su bebé) y miró a Gloria.
La vio sometida por la policía, despeinada, borracha de odio y de alcohol, gritando incoherencias. No sintió satisfacción. No sintió alegría de verla derrotada. Sintió una pena profunda. Una lástima inmensa por la mujer que alguna vez fue su compañera.
—Nadie te está robando nada, Gloria —dijo Miguel, con voz tranquila—. Tú la perdiste. Tú solita la empujaste lejos.
—¡Te odio! —gritó ella, llorando ahora sí, lágrimas negras de rímel—. ¡Ojalá te mueras! ¡Tú y esa mocosa malagradecida!
El Actuario hizo una señal.
—Vámonos, señor Miguel. Ya tenemos lo que veníamos a buscar. Señora, tiene diez días para desalojar. Si no lo hace, regresaremos con cargadores para sacar sus cosas a la calle. Queda notificada.
Miguel dio media vuelta y salió del departamento, llevando a Katia de la mano.
Bajaron las escaleras.
El “paseíllo” fue brutal. Todos los vecinos estaban afuera. Doña Toña, el señor de la tienda, los niños. Todos vieron salir a Miguel con su hija, digno, con la cabeza en alto. Y todos escucharon los gritos de Gloria que seguían saliendo del departamento abierto.
—¡Miren al cornudo! —gritaba Gloria desde el balcón, completamente fuera de sí—. ¡Se lleva a mi hija! ¡Ayúdenme!
Pero nadie se movió. Nadie dijo nada. En el barrio se sabe quién es quién. Y todos sabían que Miguel era un hombre de bien y que Gloria había perdido el juicio hace mucho tiempo.
Subieron a Katia al asiento trasero del Tsuru.
—¿Estás bien, mija? —preguntó Miguel, abrochándole el cinturón.
—Sí, pa —dijo ella, limpiándose las lágrimas—. ¿Ya no voy a regresar ahí?
—No, mi amor. Nunca más.
Katia sacó de su bolsa del suéter el iPhone nuevo que le había regalado Omar. Lo miró un segundo con asco.
—Pa, espera.
Bajó la ventanilla y, antes de que arrancaran, aventó el celular hacia la banqueta. El aparato de veinte mil pesos cayó al suelo y la pantalla se estrelló.
—No quiero nada de ellos —dijo Katia.
Miguel sonrió, una sonrisa triste pero orgullosa.
—Vámonos, Valente.
En el departamento 202, el silencio cayó como una mortaja cuando la patrulla se fue.
Los vecinos se metieron a sus casas. La función había terminado.
Gloria se quedó sola en la sala destrozada. La puerta estaba abierta, con la chapa rota colgando. El Actuario había pegado la notificación en el marco.
Se sentó en el suelo, rodeada de cajas de pizza y ropa sucia.
El silencio era ensordecedor. Ya no estaba Katia. Ya no estaba Miguel. Ya no había ruido de televisión, ni de risas, ni de regaños. Solo el zumbido del refrigerador vacío.
Agarró su celular. Marcó el número de Omar por décima vez.
Tuuu… tuuu…
—¿Bueno? —contestó Omar finalmente, con voz de fastidio—. Gloria, te dije que estoy en junta. Deja de molestar.
—Omar… —sollozó ella—. Se la llevaron. Se llevaron a Katia. Vino la policía. Y me van a echar del departamento. Tienes que ayudarme. Dijiste que tenías abogados. Dijiste que eras amigo del Gobernador.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio frío.
—Mira, Gloria… —la voz de Omar cambió. Ya no era el amante seductor. Era el ejecutivo cruel—. La verdad es que esto se está volviendo muy tóxico. Yo no quiero problemas. Si te van a desalojar, pues… busca a dónde irte. Pero a mi depa no puedes venir. Mi esposa regresa de viaje mañana.
Gloria sintió que el mundo se detenía.
—¿Tu… tu esposa? —susurró—. Me dijiste que eras divorciado.
—Dije que estábamos separados. Es diferente. Mira, ya no me llames. Bloquéame, por favor. Suerte con tu vida.
Clic.
La llamada se cortó.
Gloria se quedó mirando el teléfono. “Su esposa”. “Tóxico”. “Suerte”.
Todo había sido mentira. Todo. El amor, el futuro, el estatus. Omar nunca la quiso. Solo la usó porque era la “señora fácil” de la oficina, la que se deslumbraba con un paseo en Audi.
Y por esa mentira, había destruido su verdad. Había echado a la basura veinte años de lealtad de un hombre que la adoraba. Había perdido a su hija.
La rabia le subió por la garganta, pero esta vez no era contra Miguel. Era contra ella misma.
Agarró la botella de vino que estaba en la mesa y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared donde antes colgaban las fotos de la boda (que ella misma había quitado y tirado a la basura hacía semanas).
La botella estalló, manchando la pared de rojo, como una herida que nunca va a sanar.
Gloria se hizo un ovillo en el suelo y gritó. Un grito largo, desgarrador, el grito de quien se sabe completamente solo en el universo por culpa propia.
Mientras tanto, en la casa de Sergio, el ambiente era otro.
Llegaron cerca del mediodía. Sergio los estaba esperando con la puerta abierta y un olor delicioso saliendo de la cocina.
—¡Bienvenida, sobrina! —gritó Sergio, abriendo los brazos.
Katia bajó del coche, todavía un poco asustada, pero al ver a su “tío Checo”, sonrió.
—¡Tío!
—Pásale, pásale. Aquí no hay policías, ni gritos, ni mala vibra. Aquí puro amor y tacos de barbacoa.
Entraron. La casa de Sergio seguía siendo un taller mecánico disfrazado de hogar, pero se sentía cálida.
—Ven, mija —le dijo Miguel—. Quiero que veas tu cuarto.
La llevó al patio, hacia el antiguo cuarto de los tiliches.
Miguel abrió la puerta con nerviosismo. “¿Le gustará? ¿Pensará que es muy humilde?”, se preguntaba.
Katia entró despacio.
Sus ojos se abrieron al ver las paredes color lila suave, iluminadas por el sol que entraba por la ventana. Vio la cama de hierro forjado con flores (que Sergio había pintado de blanco), el edredón nuevo, y sobre todo, el escritorio.
Se acercó al escritorio de madera restaurada. Pasó la mano por la superficie lisa. Vio la lamparita, los cuadernos nuevos, los lápices de colores ordenados en un bote.
Y vio la foto. La foto de ella y su papá en el parque, enmarcada con cuidado.
Katia se giró hacia Miguel.
—Pa… ¿tú hiciste todo esto?
—Con ayuda del tío Checo. No es mucho, mi amor, no es como tu cuarto de allá, pero…
Katia no lo dejó terminar. Se lanzó a sus brazos otra vez, llorando, pero ahora eran lágrimas diferentes. Eran lágrimas de sanación.
—Es hermoso, pa. Es el cuarto más bonito del mundo. Gracias. Gracias por no dejarme.
Miguel la abrazó fuerte, cerrando los ojos, respirando el olor a champú de fresa de su hija. En ese momento, en ese cuartito humilde en el patio de un soldador, Miguel se sintió más rico que cualquier millonario en San Pedro. Se sintió el rey del mundo.
—Aquí nadie te va a hacer daño, mi reina. Aquí mandamos nosotros. Y aquí… —le dio un beso en la frente—… aquí se dice la verdad.
—¡A comer, raza! —gritó Sergio desde la cocina—. ¡Que se enfrían las tortillas!
Se sentaron a la mesa: Miguel, Katia, Sergio y Valente (que se quedó a celebrar). Comieron barbacoa, tomaron refresco y se rieron. Por primera vez en meses, Katia se rió a carcajadas con las ocurrencias del tío Sergio.
Miguel los miraba, comiendo en silencio, con una paz que le llenaba el alma.
Miró sus manos. Ya no tenían sangre de espinas. Tenían grasa de trabajo y pintura lila. Manos de hombre que construye, no que destruye.
Valente levantó su vaso de Coca-Cola.
—Un brindis. Por la justicia. Que tarda, pero llega. Y por la familia Torres. Que se dobló, pero no se quebró.
—¡Salud! —dijeron todos.
Esa noche, Miguel arropó a Katia en su cama nueva.
—Descansa, mija. Mañana te llevo a la escuela. Yo. Nadie más.
—Pa… —Katia lo detuvo antes de que apagara la luz—. ¿Qué va a pasar con mi mamá?
La pregunta flotó en el aire. Miguel suspiró. Ya no sentía odio. El odio es un sentimiento muy caro y él no quería gastar más energía en Gloria.
—Tu mamá tiene que aprender sus lecciones, hija. Nosotros vamos a rezar por ella, para que encuentre su camino. Pero su camino… ya no es el nuestro.
Apagó la luz.
Se fue a su catre en la sala (porque le había dado el cuarto bueno a Katia). Se acostó mirando el techo despintado.
El Hombre de Hierro había ganado la batalla más importante de su vida. Había rescatado a la princesa. El dragón había sido derrotado, no con espada, sino con la verdad.
Y aunque sabía que todavía faltaba el divorcio, la venta de la casa y muchos trámites, esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Miguel durmió sin soñar con nada. Durmió el sueño de los justos.
CAPÍTULO 8: EL JUICIO FINAL Y EL RENACER DEL ACERO
Los diez días que el juez le dio a Gloria para desalojar el departamento fueron, paradójicamente, los más largos y los más cortos de su vida. Largos, porque cada minuto en esa casa vacía era un recordatorio de su fracaso; cortos, porque el reloj corría implacable hacia su expulsión.
Gloria pasó esos días en un estado de negación zombi. No fue a trabajar; reportó que estaba enferma (otra mentira más a la lista). Se la pasaba en pijama, comiendo sopas instantáneas porque no tenía dinero para el súper, y bebiendo el poco licor que quedaba en la alacena.
Intentó contactar a sus “amigas” de la oficina. Esas con las que salía a tomar café y a criticar a sus maridos.
—Hola, Clau… oye, fíjate que tengo un problemita en mi depa, ¿crees que me pueda quedar unos días en tu casa?
La respuesta siempre era evasiva.
—Híjole, Gloria… es que llegan mis suegros.
—Ay, amiga, es que andamos pintando.
Nadie le tendió la mano. En el fondo, todas sabían lo que había pasado. El chisme del “affaire” con Omar y la escena con la policía había corrido como pólvora en la empresa. Gloria ya no era la “asistente ejecutiva envidiable”; ahora era la “mujer escándalo”, y nadie quería salpicarse.
Omar, por su parte, había desaparecido de la faz de la tierra. La bloqueó de WhatsApp, de Facebook, de Instagram y de llamadas. Se enteró, por un correo interno que le llegó al celular de la empresa (que todavía tenía), que Omar había pedido su traslado a la sucursal de Querétaro “por motivos familiares”. Huyó. La dejó sola con el incendio que ambos provocaron.
El día diez llegó.
Era un sábado por la mañana. Gloria no había empacado casi nada. Seguía sentada en el sofá, mirando la pared manchada de vino tinto, esperando un milagro que no iba a ocurrir.
A las 9:00 AM en punto, sonó el timbre.
No era el timbre suave de una visita. Era el timbre insistente de la realidad.
Abrió.
Ahí estaba Miguel. Pero no venía solo. Venía con el Actuario (Don Rogelio, otra vez), con Valente y con tres cargadores contratados.
Miguel se veía diferente. Ya no tenía esa aura de tristeza y derrota de las semanas anteriores. Se había cortado el pelo, se había rasurado el bigote (quitándose diez años de encima) y traía una camisa polo azul que le quedaba bien. Se veía tranquilo. Se veía libre.
—Se venció el plazo, Gloria —dijo Miguel, sin cruzar el umbral. No quería entrar a ese lugar que olía a derrota.
Gloria se ajustó la bata, tratando de mantener una dignidad que ya no existía.
—No he terminado de empacar. Necesito más tiempo.
El Actuario negó con la cabeza.
—La orden es clara, señora. Desalojo inmediato. Si no tiene mudanza, sus cosas serán puestas en la vía pública. Mis cargadores pueden ayudarla a bajar todo a la banqueta.
—¿A la banqueta? —Gloria sintió que se le doblaban las rodillas—. Miguel… no me puedes hacer esto. Soy la madre de tu hija. ¿A dónde voy a ir?
Miguel la miró. Buscó dentro de sí mismo algún rastro de odio, de rencor. No encontró nada. Solo encontró una lástima infinita, como la que se siente al ver un perro atropellado en la carretera.
—Eso debiste pensarlo antes de correr a tu familia de su propia casa, Gloria. Antes de gastarte los ahorros en hoteles. Antes de decirme que te daba asco.
Sacó un sobre de su bolsillo.
—Pero como yo no soy un perro… aquí tienes.
Le extendió el sobre. Gloria lo abrió con manos temblorosas. Había cinco mil pesos en efectivo y una dirección escrita en un papel.
—Es un mes de renta en un cuarto amueblado cerca del centro. Y un poco para que comas. Es lo último que vas a recibir de mí fuera de lo que dicte el juez. Tómalo y vete.
Gloria miró el dinero. Quiso tirárselo a la cara. Quiso gritarle que no necesitaba su caridad. Pero el hambre y el miedo pudieron más. Guardó el dinero en su bolsillo, apretando los dientes.
—Eres un desgraciado, Miguel. Disfruta tu victoria.
—No es victoria, Gloria —dijo él suavemente—. Es limpieza.
Los cargadores entraron. En dos horas, la vida de Gloria quedó reducida a cajas de cartón y bolsas de basura negra en la banqueta.
Miguel entró al departamento vacío cuando ella se fue.
Caminó por las habitaciones. Se sentía extraño. Las paredes estaban sucias, el piso opaco. Pero era suyo.
—¿Qué vas a hacer con el cantón, Migue? —preguntó Valente, que estaba revisando que no quedara nada de ella—. ¿Lo vendemos?
Miguel se paró en medio de la sala. Cerró los ojos. Recordó cuando llegó ahí con Gloria recién casados. Recordó cuando trajo a Katia del hospital. Los recuerdos malos estaban frescos, sí, pero los cimientos… los cimientos eran buenos.
—No, Valente. No voy a vender. Esta es la casa de mi hija. Lo que voy a hacer es sacarle el diablo.
—¿Cómo?
—Vamos a remodelar. Todo. Pisos, pintura, muebles. Vamos a arrancar hasta los contactos de luz. Voy a borrar cada rastro de ella. Y va a quedar nuevo.
Pasaron seis meses.
El juicio de divorcio llegó a su etapa final.
La sala de audiencias estaba fría. El Juez Cuarto de lo Familiar, un hombre canoso y severo, revisaba los expedientes.
A un lado, Miguel con Valente. Al otro, Gloria, sola. Su abogado “fifí”, el Licenciado Moncada, había renunciado al caso cuando se dio cuenta de que no había dinero para pagarle sus honorarios. Gloria tuvo que aceptar un abogado de oficio, un joven recién egresado que hacía lo que podía pero que no tenía ni la experiencia ni las ganas de pelear contra un tiburón como Valente.
—Se dicta sentencia definitiva —anunció el Juez.
Gloria contuvo la respiración.
—Primero: Se decreta la disolución del vínculo matrimonial por la causal de adulterio probado y conducta deshonrosa imputable a la cónyuge, la señora Gloria Estefanía Ruiz.
—Segundo: Se otorga la guarda y custodia definitiva de la menor Katia Torres Ruiz al padre, el señor Miguel Ángel Torres, en virtud de la estabilidad emocional y económica demostrada, y del deseo expreso de la menor.
—Tercero: Respecto a la sociedad conyugal…
Aquí venía el golpe maestro de Valente.
El Juez se ajustó los lentes.
—Se reconoce que el inmueble ubicado en la Unidad Los Encinos es propiedad mancomunada al 50%. SIN EMBARGO… —hizo una pausa que heló la sangre de Gloria—… se ha acreditado mediante peritaje contable que la señora Gloria realizó una dilapidación dolosa de los activos financieros de la sociedad (cuentas de ahorro y crédito) por un monto de sesenta y cinco mil pesos, utilizados para fines ajenos al matrimonio (gastos recreativos con terceros).
—Por lo tanto, dicho monto se deduce de su porcentaje de la propiedad. El señor Miguel Ángel Torres deberá pagar a la señora Gloria la cantidad remanente de su 50%, menos los gastos del juicio y la compensación por daño moral.
El Juez miró a Miguel.
—Señor Torres, ¿está usted en disposición de comprar la parte restante de la señora?
Valente se puso de pie.
—Sí, Su Señoría. Mi cliente ofrece liquidar el remanente en una sola exhibición hoy mismo.
El Juez hizo unos cálculos rápidos en su calculadora.
—Bien. Descontando la deuda, los gastos legales y la compensación… el saldo a favor de la señora Gloria es de… veintidós mil pesos.
Gloria soltó un grito ahogado.
—¡¿Qué?! ¡Ese departamento vale ochocientos mil pesos! ¡Me tocan cuatrocientos mil!
El Juez golpeó el mazo.
—Silencio. Le tocaban, señora. Pero usted se los gastó por adelantado en hoteles y joyas. Y le causó un daño moral a su familia que tiene precio. Tómelo o déjelo. Si no acepta, rematamos la casa en subasta pública, se pagan las deudas y usted se queda con mucho menos.
Gloria miró a Miguel. Él la miraba impasible.
Estaba acorralada. Veintidós mil pesos. Eso era lo que valían sus veinte años de matrimonio al final del día. El precio de su traición.
—Acepto —susurró, con la voz rota.
Miguel sacó un cheque de caja que ya tenía preparado (Valente había calculado la cifra casi exacta). Se acercó al estrado y lo firmó.
Se lo entregó al abogado de oficio, ni siquiera a ella.
—Que le rinda —dijo Miguel.
Salieron del juzgado. El sol de Monterrey brillaba alto.
—¡Eres libre, compadre! —gritó Valente, dándole un abrazo que casi le saca el aire—. ¡Lo logramos! ¡La dejamos en la lona y tú te quedaste con todo!
Miguel sonrió, respirando hondo el aire caliente y seco.
—Me quedé con lo que importa, Valente. Con la paz.
Dos años después.
La Unidad Habitacional “Los Encinos” ya no se veía igual. Al menos, no el departamento 202 del edificio C.
Miguel había cumplido su palabra. Durante meses, trabajó doble turno, hizo “chambitas” extras los fines de semana con Sergio, y ahorró cada centavo.
El departamento estaba irreconocible. Había cambiado el piso viejo de linóleo por una loseta cerámica color madera, moderna y cálida. Tiró la pared de la cocina para hacer una barra desayunadora (“tipo americano”, como le gustaba a Katia). Pintó todo de blanco y gris perla. Compró muebles nuevos, sencillos pero bonitos.
Era un hogar nuevo.
Ese domingo era especial. Era el cumpleaños número dieciséis de Katia.
La casa estaba llena.
Estaba Sergio, por supuesto, asando carne en un asador que habían puesto en el área común del edificio (porque en el norte, la banqueta es extensión de la casa).
Estaba Valente, contando anécdotas exageradas de sus juicios.
Estaban los compañeros de la planta: el “Gordo” Beto, el Inge Salas (que ahora respetaba a Miguel más que a su propio padre).
Y estaba Katia.
Ya no era la niña asustada de catorce años. Era una señorita preciosa, alta, con el pelo largo y brillante. Había florecido. Sus calificaciones eran de excelencia y ya hablaba de querer estudiar Ingeniería Industrial, “para ser la jefa de todos estos”, decía bromeando y señalando a los amigos de su papá.
—¡Pa! —gritó Katia desde la cocina—. ¡Faltan las tortillas!
—¡Voy! —contestó Miguel.
Miguel estaba en la sala, terminando de poner la mesa. Pero no estaba solo.
Una mujer estaba a su lado, ayudándole a doblar las servilletas.
Era Ludmila.
Ludmila había llegado a la planta hacía un año, como encargada de Logística. Era una mujer de cuarenta y dos años, viuda, con una risa franca y unos ojos inteligentes. No era una modelo de revista, era una mujer real. De esas que saben lo que cuesta la vida.
Empezaron platicando de trabajo. Luego de la vida. Luego compartieron un café. Y poco a poco, sin prisas, sin dramas, sin “intensidades”, el amor había echado raíz en el corazón de hierro de Miguel. Un amor maduro, sereno.
—Oye, Mike —le dijo Ludmila, tocándole el brazo con cariño—. Te quedó muy rica la salsa, pero pica como el demonio.
Miguel se rió, envolviendo su mano grande sobre la de ella.
—Es para que agarren calor, mujer. ¿Estás contenta?
—Muy contenta. Katia es un amor. Y tú… tú eres un buen hombre, Miguel.
Miguel la miró a los ojos y sintió algo que pensó que nunca volvería a sentir: plenitud.
—Gracias, Ludmila. Gracias por estar aquí.
Salieron al patio donde estaba la fiesta.
Katia corrió a abrazar a su papá y a Ludmila. No había celos. Katia adoraba a Ludmila porque veía cómo trataba a su papá: con respeto, con admiración, con cariño. Todo lo que su mamá nunca hizo.
—¡Foto, foto! —gritó Sergio, sacando su celular.
Se juntaron todos alrededor del asador. Miguel abrazó a su hija con un brazo y a Ludmila con el otro. Sonrió.
Clic.
La foto capturó el momento perfecto: un hombre que había sido arrastrado por el infierno y había salido del otro lado, no quemado, sino forjado. Más fuerte. Más brillante.
A unos kilómetros de ahí, en una parada de camión cerca del centro.
Una mujer esperaba el Ruta 214.
Llevaba un uniforme genérico de limpieza de una empresa de outsourcing. Se veía mucho mayor de lo que era. El tinte rubio barato se le notaba en las raíces canosas. Tenía la cara amargada, con arrugas profundas alrededor de la boca.
Era Gloria.
Los veintidós mil pesos se le habían ido en dos meses. Sin referencias laborales (porque la despidieron de la empresa anterior por el escándalo), y con la reputación por los suelos, nadie la quería contratar de secretaria. Terminó limpiando oficinas.
Ironías de la vida: ahora ella era la que “olía a trapo sucio”, como alguna vez acusó a Miguel de “oler a grasa”.
Sacó su celular (un modelo viejo, con la pantalla estrellada) y entró a Facebook con un perfil falso que había creado, porque Miguel y Katia la tenían bloqueada en los reales.
Entró al perfil de Sergio, que era público.
Ahí estaba la foto.
“Cumpleaños 16 de mi sobrina Katia. ¡Puro festejo con la familia!”.
Gloria hizo zoom en la imagen.
Vio a Katia, hermosa, feliz, sana.
Vio a Miguel, guapo, fuerte, sonriendo como nunca.
Y vio a la mujer a su lado. Ludmila. Vio cómo Miguel la abrazaba. Vio la mirada de paz que tenían.
Y vio el fondo: su antiguo departamento. Pero ya no era suyo. Se veía bonito, renovado, lleno de luz.
Gloria sintió un dolor agudo en el pecho. No era infarto. Era el peso de la conciencia.
Tenía todo. Tenía un hombre que la adoraba, una hija maravillosa, una casa propia. Y lo tiró todo por la borda por una fantasía de vanidad. Por sentirse “superior”. Por un hombre barato en un traje caro.
Ahora, ella era la que estaba afuera. Ella era la extraña.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y cayó sobre la pantalla del celular.
El camión llegó, echando humo negro y haciendo ruido.
—¡Súbale, súbale! —gritó el chofer.
Gloria guardó el celular, se subió al camión y pagó su pasaje con monedas que sacó de su monedero desgastado. Se sentó en la parte de atrás, sola, mientras el camión se alejaba hacia la noche.
Nadie la esperaba en casa. Nadie le preguntaría cómo le fue en su día.
Había cosechado exactamente lo que sembró.
Mientras tanto, en Los Encinos, Miguel levantó su cerveza.
—¡Por la familia! —brindó.
—¡Por la familia! —respondieron todos.
Y el sonido de los vasos chocando sonó como campanas de victoria.
Miguel Torres, el mecánico, el obrero, el hombre simple, había demostrado una verdad universal: El hierro se dobla con el fuego, sí, pero si se trabaja bien, se convierte en acero. Y el acero no se rompe.
FIN