¡ENCONTRÉ MI PROPIO ROSTRO EN SU MESITA DE NOCHE! La Enfermera Tomó el Trabajo por Necesidad, Pero el Secreto del Viejo Cascarrabias Cambió su Destino Para Siempre.

PARTE 1: EL INVIERNO DE OLGA

CAPÍTULO 1: VIENTO, HAMBRE Y DOSCIENTOS PESOS

Octubre en la Ciudad de México no siempre avisa cuando llega. A veces entra de golpe, con un viento traicionero que baja desde el Ajusco y se cuela por las costuras de la ropa, recordándole a los pobres que el frío es un lujo que no pueden combatir.

Para Olga, ese viento era un enemigo personal. Vivía en un “cuarto de azotea” en un edificio viejo y descascarado de la colonia Doctores, una zona de la ciudad que nunca dormía del todo y que siempre olía a tacos de suadero y a escape de camión. Su habitación era poco más que una caja de zapatos de concreto: cuatro por cuatro metros que albergaban una cama individual con el colchón vencido, una mesa de formica que cojeaba de una pata, una parrilla eléctrica de un solo quemador y un baño minúsculo donde la regadera goteaba una melodía monótona y oxidada las veinticuatro horas del día.

Esa noche, el viento aullaba como un perro callejero herido, lanzando puñados de lluvia helada contra la única ventana. El vidrio vibraba en su marco de metal, amenazando con romperse. Olga se ajustó el rebozo gris que había comprado en un tianguis de segunda mano por veinte pesos. Trataba de conservar el poco calor que su cuerpo generaba, pero era inútil. La humedad de la ciudad se colaba hasta los huesos, un frío que no era solo de temperatura, sino de soledad.

Suspiró, y el vaho de su aliento se dibujó en el aire gélido del cuarto. Miró con desánimo su cartera abierta sobre la mesa, iluminada por la luz blanquecina y parpadeante de un foco ahorrador barato.
—A ver, Olga. Vamos a ver la realidad —se murmuró a sí misma.

Vació el contenido. Dos billetes de cincuenta pesos, con la cara de Morelos mirándola con lo que parecía lástima. Tres monedas de diez pesos, una de cinco y un puñado de monedas de cincuenta centavos que ya ni las máquinas aceptaban. Ciento treinta y ocho pesos con cincuenta centavos.

Eso era todo. Su patrimonio neto.

La beca de la universidad, esa “ayuda” que el gobierno depositaba cuando se le daba la gana, se había esfumado hacía una semana. Se había ido en el libro de Farmacología Clínica —una copia pirata, por supuesto, porque el original costaba lo que ella comía en dos meses—, en el pago de la renta del cuarto y en una recarga de saldo para el celular que era vital para recibir los avisos de la guardia en el hospital.

Faltaban diez días eternos, diez desiertos, para que le pagaran su medio turno en la clínica del IMSS donde hacía sus prácticas. Diez días.
Su estómago rugió, un sonido cavernoso que resonó en el silencio del cuarto. Hacía dos días que Olga aplicaba la dieta del estudiante pobre: una maruchan en la mañana, un café del Oxxo a mediodía (rellenando el vaso dos veces si el cajero no veía) y un pan dulce en la noche. Hoy, ni siquiera había habido pan.

—Dios aprieta, pero a veces siento que a mí me está ahorcando —dijo en voz alta, frotándose las manos entumecidas para poder pasar la página de sus apuntes de Anatomía.

Intentó concentrarse en el plexo braquial, en los nervios y las arterias, pero su mente divagaba hacia el piso de abajo.
Desde el departamento 302, justo debajo de sus pies, subían las risas estridentes y el ritmo inconfundible de Los Ángeles Azules.
“Cómo te voy a olvidaaar, cómo te voy a olvidaaar…”

Eran sus vecinas, Karla y Vane, dos chicas de contaduría que parecían vivir en una realidad paralela donde el dinero y el tiempo sobraban. Eran buenas chicas, en el fondo, pero su despreocupación a veces se sentía como un insulto.

Unos golpes en la puerta de metal la sobresaltaron.
—¡Olguita! ¡Vecina! —era la voz de Vane, medio arrastrada por el alcohol.
Olga se levantó, envolviéndose más en el rebozo, y abrió la puerta apenas unos centímetros. El aire helado del pasillo exterior la golpeó en la cara, trayendo consigo el olor a cigarro y a perfume barato.

Ahí estaba Vane, con un vaso rojo en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Qué onda, doc! Oye, bájate un rato. Llegó el Brayan con unos tacos de canasta que están uff… de rechupete. Y hay chelas. Ándale, no te hagas del rogar.

El olor a chicharrón en salsa verde y adobo subió por las escaleras y golpeó a Olga como un puñetazo en la nariz. Su boca se llenó de saliva instantáneamente. Tacos de canasta. Calientes, grasosos, llenadores. Podría bajar. Podría comerse tres, cuatro tacos. Podría tomarse una cerveza y olvidar por un rato que mañana tenía examen y que sus zapatos tenían un agujero en la suela.

Pero luego vio la mirada de Vane. No era lástima, era… inclusión forzada. Y Olga sabía lo que pasaría. Le preguntarían por su familia. “¿Y tus papás qué onda, no te mandan lana?”“¿A poco no vas a ir a tu pueblo en Navidad?”. Y Olga tendría que inventar, como siempre. Tendría que decir que sus papás estaban de viaje, o que estaban peleados, o cualquier mentira para no decir la verdad desnuda y vergonzosa: que no había nadie. Que Olga Covarrubias era una línea recta que empezaba y terminaba en sí misma.

—No puedo, Vane. Neta, gracias. —La voz de Olga salió rasposa—. Tengo examen de Farma mañana a las siete y si repruebo me quitan la beca.
—¡Ay, qué aburrida eres! —Vane hizo un puchero—. Bueno, tú te lo pierdes. Si cambias de opinión, ahí dejamos la puerta abierta.

Olga cerró la puerta y le echó el pasador. Se recargó en el metal frío, cerrando los ojos. El hambre dolía, pero el orgullo sostenía.
—Mejor sola que dando lástima —se repitió el mantra que había aprendido en el orfanato “Hogar Dulce Refugio”, cuando las familias venían a adoptar niños y ella se escondía en la biblioteca para no tener que sonreír y ser rechazada por ser “demasiado morena” o “demasiado callada”.

Volvió a la mesa. El celular vibró sobre la formica, iluminando la penumbra con su pantalla estrellada. Era un mensaje de WhatsApp.
Mariana. Su única amiga verdadera en la Facultad de Medicina. Mariana, la que llegaba en el coche de su papá, la que siempre traía el uniforme impecable de tintorería, la que nunca entendía por qué Olga no podía ir a comer a la cafetería “fresa” cerca de CU.

“¡Amiga! 🆘 Oye, me sobraron dos boletos para el cine mañana en la noche. Iba a ir con mi primo pero me canceló el muy tarado. Invita mi novio. Vamos a ver la de terror esa nueva. Ándale, te hace falta distraerte, hoy en la clase del Dr. Hinojosa parecías zombie. 🧟‍♀️”

Olga miró la pantalla con una mezcla de gratitud y una tristeza profunda y pegajosa. Cine. Sentarse en una butaca suave. Comer palomitas con mucha salsa Valentina y limón. Olvidarse de los nervios craneales y de la renta vencida por dos horas. Sonaba a gloria. Sonaba a ser una joven normal de veintidós años.

Sus dedos flotaron sobre el teclado. Escribió: “Sí, jal…”
Pero borró.
Miró los ciento treinta y ocho pesos.
Si iba al cine, tendría que pagar el pasaje hasta la plaza. Y luego, aunque Mariana invitara las entradas, le daría sed. O hambre. Y no podía permitir que Mariana pagara todo, siempre, como si fuera su obra de caridad personal. Olga tenía dignidad, y a veces sentía que era lo único que tenía. Además, si salía mañana en la noche, no podría cubrir la guardia extra que tal vez, solo tal vez, le darían en la clínica si la enfermera Lupita faltaba otra vez por su embarazo.

“No puedo, Mari 🙁 Tengo muchísima chamba y el examen me tiene loca. Además creo que me va a tocar guardia. Gracias, hermosa. A la próxima te invito yo unos esquites.”

La mentira de los esquites dolió. Ni para unos esquites le alcanzaba.
La respuesta de Mariana llegó con un sticker de un gatito llorando.
“Te pasas de trabajadora, flaca. Te vas a enfermar. Neta, cuídate. Si cambias de opinión, me avisas. Tqm.”

Olga dejó el teléfono y se talló la cara con fuerza, sintiendo la piel reseca por el frío.
—Yo también me quiero, pero el amor propio no paga la renta —dijo al aire.
Se levantó y fue a la cocineta. Calentó agua en un pocillo abollado y se preparó un té de manzanilla, reutilizando la bolsita de la mañana. El agua caliente engañó al estómago por unos minutos. Se puso dos pares de calcetines, se metió en la cama bajo tres cobijas viejas que pesaban toneladas pero calentaban poco, y trató de dormir con el sonido de la cumbia retumbando en el piso y el viento golpeando la ventana.
Soñó con un banquete. Soñó con mole, con arroz rojo, con tortillas hechas a mano. Y soñó con una mujer que le servía el plato, una mujer sin rostro que le decía “Come, mija, que se enfría”, con una voz que sonaba a música.


El despertador sonó a las 5:00 AM, un chirrido agudo que la arrancó del sueño.
Olga se levantó temblando. El cuarto estaba helado, como una nevera. Se bañó a jicarazos porque la regadera no tenía presión y el agua caliente duraba tres minutos exactos. Se puso su uniforme blanco, revisando minuciosamente que no tuviera manchas. Estaba desgastado en los codos y el blanco ya tiraba a grisáceo, pero estaba limpio y planchado. La apariencia lo era todo en el hospital. Si te veían sucio, te trataban como basura.

Salió del edificio cuando la ciudad apenas empezaba a desperezarse. El cielo era de un gris plomizo, sucio. Caminó rápido hacia el metro, esquivando charcos y puestos ambulantes que apenas se estaban montando. El olor a tamales de dulce y a atole de champurrado la asaltó en la entrada de la estación Chabacano. Vio cómo un oficinista pedía una “guajolota” (torta de tamal) y le daba una mordida grande, humeante. Olga tragó saliva y aceleró el paso.
—No mires, no huelas, no sientas —se ordenó.

El viaje en metro fue la guerra habitual. Empujones, codazos, vendedores gritando “¡Lleve la pomada de mariguana, para el reuma, para el golpe!”“¡Audífonos, diez pesos, diez pesos!”. Olga se hizo pequeña en un rincón del vagón, protegiendo su mochila como si llevara lingotes de oro. Ahí llevaba su estetoscopio y sus libros; su futuro.

Llegó a Ciudad Universitaria con el tiempo justo. Las clases pasaron en una neblina de cansancio. En Farmacología, su estómago hizo un ruido tan fuerte que el compañero de al lado, un chico fresa llamado Santiago, se volteó a mirarla. Olga se puso roja hasta las orejas y fingió toser.
—¿Estás bien? —susurró Santiago.
—Sí, es que… me cayó mal el desayuno —mintió. ¿Qué desayuno?

A la una de la tarde, el hambre ya no era una molestia, era un mareo constante. Olga caminaba por los pasillos de la Facultad, arrastrando los pies. No quería ir a la cafetería y ver a todos comiendo chilaquiles. Decidió ir a la biblioteca a dormir un rato o a leer algo que no fuera medicina.
Fue entonces, pasando frente al tablero de anuncios cerca de Servicios Escolares, que lo vio.

El tablero era un caos de papeles de colores, tachuelas y cinta adhesiva.
“VENDO MICROSCOPIO SEMINUEVO”, gritaba un cartel verde neón.
“BUSCO ROOMIE, DEPTO CERCA DE COPILCO, SOLO MUJERES”, decía otro con letras rosas y corazoncitos.
“CLASES DE INGLÉS BARATAS”, “SE HACEN TESIS”.

Olga escaneaba sin esperanza. A veces había ofertas de trabajo para estudiantes: transcribir audios, cuidar niños, pasear perros. Pero casi siempre pedían horarios imposibles o pagaban miserias.
Y ahí, casi tapado por un anuncio de un concierto de rock urbano, había una hoja blanca, sencilla, impresa en Times New Roman, sin dibujos ni colores.

“RESIDENCIA PARA ADULTOS MAYORES ‘LA CASONA DE COYOACÁN'”
SOLICITA: ENFERMERA O ESTUDIANTE DE ENFERMERÍA/MEDICINA (ÚLTIMOS SEMESTRES).
PARA: CUBRIR GUARDIAS DE FIN DE SEMANA.
REQUISITOS: SERIEDAD ABSOLUTA, REFERENCIAS, PACIENCIA.
OFRECEMOS: PAGO COMPETITIVO, COMIDAS INCLUIDAS, AMBIENTE TRANQUILO.
INTERESADAS COMUNICARSE AL: 55-12…

Olga se detuvo en seco.
“Fines de semana”. Eso era oro molido. No interfería con las clases.
“Comidas incluidas”. Su estómago dio un vuelco de esperanza.
“Coyoacán”. Eso estaba cerca, a un camión de distancia de la universidad.
Y lo más importante: “Pago competitivo”. En el lenguaje de las ofertas de trabajo, eso podía significar cualquier cosa, desde el salario mínimo hasta algo decente. Pero tratándose de una residencia en Coyoacán… seguramente era privada. Seguramente era cara.

Olga miró a los lados, como si alguien fuera a robarle el papel. Arrancó la pestaña con el número de teléfono, sintiendo el papelito entre sus dedos como un billete de lotería.

Salió al patio, buscando un lugar con señal y menos ruido. Sus manos temblaban mientras marcaba el número en su viejo celular.
—Contesta, contesta, por favor —susurró, mordiéndose una uña.

Residencia ‘La Casona’, buenas tardes, le atiende la Licenciada Serrano —respondió una voz femenina, educada y firme.
Olga se aclaró la garganta, irguiendo la espalda como si la mujer pudiera verla.
—Buenas tardes. Disculpe, llamo por el anuncio de la vacante de enfermería. Lo vi en la Facultad de Medicina.

Hubo una pausa al otro lado. Se escuchaba música clásica de fondo y el sonido de un teclado.
—Ah, sí. Qué rapidez. Apenas puse el anuncio ayer. Dígame, ¿es usted estudiante o ya titulada?
—Soy estudiante de tercer año de la carrera de Médico Cirujano en la UNAM —dijo Olga, tratando de sonar mayor de lo que era—. Tengo experiencia práctica en el Hospital General y he tomado cursos de geriatría.

—Mmm. Estudiante de medicina. Eso es bueno, suelen ser más responsables que las auxiliares que luego me mandan de la agencia —La voz de la Licenciada Serrano se suavizó un poco—. ¿Qué tal anda de paciencia, señorita…?
—Covarrubias. Olga Covarrubias. Y tengo mucha paciencia, licenciada. En el hospital público uno aprende a tener paciencia de santo, créame.

La mujer al otro lado soltó una risita breve.
—Tiene razón. Mire, Olga, me urge cubrir el puesto. La chica que teníamos se fue sin avisar y tengo el fin de semana descubierto. ¿Puede venir hoy mismo a una entrevista? Estamos en la calle Francisco Sosa, en el centro de Coyoacán.
—¿Hoy? —Olga miró su reloj. Tenía que ir a la clínica a las cuatro. Eran las dos. Si corría, llegaba—. Sí, claro que sí. Puedo estar ahí en media hora.

—Perfecto. La espero. Traiga su credencial de estudiante y si tiene alguna carta de recomendación, mejor. Pregunte por mí, Mónica Serrano.

Olga colgó y soltó el aire que había estado reteniendo.
—¡Sí! —exclamó en voz baja, apretando el puño.
Corrió hacia la parada del pesero.
—¡Coyoacán Centro! ¡Súbale, súbale, hay lugares! —gritaba el “cacharpo” colgado de la puerta de un microbús verde destartalado.
Olga subió de un salto, pagó sus seis pesos y se apretujó entre una señora con bolsas de mandado y un estudiante de arquitectura que cargaba una maqueta gigante.

El trayecto fue lento, con el tráfico infernal de Insurgentes, pero Olga no sentía el tiempo. Miraba por la ventana, viendo pasar los edificios, y por primera vez en semanas, sentía algo parecido a la esperanza.

Se bajó en los Viveros y caminó hacia Francisco Sosa. El ambiente cambió de golpe. El ruido de los cláxones y el smog se quedaron atrás, reemplazados por calles empedradas, árboles centenarios que formaban túneles verdes y casonas coloniales con muros de piedra volcánica.
El aire olía a tierra mojada y a café de olla. Era otro México. El México de los que tenían dinero y abolengo.

Olga revisó la dirección en el papelito arrugado. Número 104.
Se detuvo frente a un portón inmenso de madera oscura, enmarcado en cantera gris. Una placa de bronce pulido brillaba junto al timbre: “RESIDENCIA GERIÁTRICA LA CASONA”.
No parecía un asilo. Parecía la entrada a una telenovela.

Olga se alisó el uniforme, se acomodó el cabello rebelde que se le escapaba de la coleta y respiró hondo.
—Por favor, diosito —susurró, tocando el timbre—. Que la paga sea buena. Que me den de comer. Que no sean groseros.

El timbre sonó con un eco profundo en el interior. Unos segundos después, una voz masculina y distorsionada habló por el interfón.
—¿Sí?
—Buenas tardes, soy Olga Covarrubias. Vengo a entrevista con la Licenciada Serrano.
—Pase usted. Empuje la puerta pequeña.

Olga obedeció. Al cruzar el umbral, el ruido de la calle desapareció por completo. Se encontró en un patio interior espectacular. Una fuente de piedra cantaba en el centro, rodeada de macetas con geranios rojos y helechos gigantes. Había pasillos con arcos alrededor del patio, y al fondo, un jardín inmenso que parecía un bosque privado.

Una mujer salió a recibirla. Era alta, delgada, vestida con un traje sastre azul marino impecable. Tenía el cabello teñido de un rubio cenizo muy cuidado y usaba lentes de armazón grueso.
—¿Olga? Soy Mónica Serrano. Bienvenida a La Casona.

Olga estrechó la mano que le ofrecían. Estaba fría y seca.
—Mucho gusto, licenciada. Qué lugar tan hermoso tiene.
—Gracias. Tratamos de que nuestros residentes se sientan en casa, no en un hospital —dijo Mónica, escaneando a Olga con una mirada profesional. Miró los zapatos gastados de Olga, su mochila remendada, pero también su uniforme limpio y sus uñas cortas y aseadas. Pareció aprobar—. Vamos a mi oficina.

La oficina olía a madera antigua y a limpiador de pino caro. Mónica se sentó detrás de un escritorio enorme y le indicó a Olga una silla de terciopelo.
—Seré directa, Olga. No busco solo a alguien que sepa tomar la presión y dar pastillas. Eso lo hace cualquiera. Busco a alguien que sepa tratar con gente… complicada.
—¿Complicada en qué sentido? —preguntó Olga, nerviosa.
—Nuestros residentes son personas de alto nivel cultural y económico. Acostumbrados a mandar, a que se les obedezca. Algunos tienen demencia, otros solo tienen mal carácter porque la vejez les duele. —Mónica se inclinó hacia adelante—. Necesitamos discreción, educación y mucha, mucha tolerancia a la frustración.

Olga asintió.
—En el Hospital General he tratado con pacientes psiquiátricos, con personas en crisis, con todo tipo de dolor. Sé escuchar y sé callar cuando es necesario.
Mónica la miró a los ojos unos segundos, evaluándola.
—Me gusta tu actitud. Te ves… hambrienta. Y no me refiero a comida, aunque estás muy flaquita. Me refiero a hambre de salir adelante. Esa gente es la que mejor trabaja.

Olga sintió que se sonrojaba. ¿Tan evidente era su necesidad?
—El puesto es para fines de semana. Entrada el sábado a las 8:00 AM, salida el domingo a las 8:00 PM. Se pernocta aquí, hay un cuarto para el personal de guardia. Incluye desayuno, comida y cena.
—¿Y… y el sueldo? —se atrevió a preguntar Olga, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.

Mónica revisó unos papeles.
—Ofrecemos tres mil pesos libres por fin de semana. Pagamos en efectivo los domingos al salir.

El mundo se detuvo un instante para Olga.
Tres mil pesos.
Tres. Mil. Pesos.
Eso era… doce mil pesos al mes si trabajaba los cuatro fines de semana. Era más de lo que ganaba un residente médico en el hospital. Era la renta, la comida, los libros, ropa nueva… era la salvación.
Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerse a llorar ahí mismo o saltar de la silla.
—Me parece… me parece muy bien —dijo, con la voz temblando un poco.

—Excelente. Pero hay una condición —dijo Mónica, levantando un dedo—. Te voy a asignar el “Piso Especial”. Solo hay tres residentes ahí. Tu prioridad será la habitación 305. El Profesor Víctor Villalobos.

El nombre no le decía nada a Olga.
—¿Tiene alguna condición médica específica?
Mónica sonrió, pero fue una sonrisa tensa.
—Su condición es que es insoportable, querida. Ha hecho renunciar a tres enfermeros en dos meses. Es un músico retirado, un genio, dicen. Pero tiene un carácter que espanta al diablo. Si logras que sobreviva el fin de semana sin que me llame para quejarse o sin que tú salgas corriendo… el trabajo es fijo.

Olga pensó en su cuarto frío. Pensó en los tacos de canasta que no pudo comprar. Pensó en los zapatos rotos.
—No voy a salir corriendo, licenciada. Se lo prometo.
—Bien. Empiezas este sábado. Bienvenida a bordo.

Olga salió de La Casona flotando. El cielo seguía gris, pero a ella le parecía brillante. Caminó hacia el centro de Coyoacán y, con sus últimos cincuenta pesos, se compró un elote con todo (mayonesa, queso y mucho chile) y un refresco.
Se sentó en una banca frente a la iglesia de San Juan Bautista, viendo a la gente pasar, y comió con la desesperación de quien lleva días ayunando.

No sabía que acababa de venderle sus fines de semana a un viejo cascarrabias. No sabía que en esa casa encontraría fantasmas. Pero por ahora, con el estómago lleno y la promesa de tres mil pesos en el horizonte, Olga Covarrubias se sintió, por primera vez en años, afortunada.

CAPÍTULO 2: EL OGRO DE LA HABITACIÓN 305

El sábado amaneció con esa luz lechosa y tímida típica de la Ciudad de México después de una lluvia nocturna. Las calles olían a tierra mojada y a asfalto húmedo, una mezcla que a Olga siempre le recordaba la nostalgia de los domingos en el orfanato, pero hoy, el aire traía una carga eléctrica diferente: miedo y esperanza a partes iguales.

Olga se había despertado media hora antes de que sonara la alarma, con el estómago cerrado en un puño. Se vistió con una meticulosidad casi religiosa. Su uniforme blanco, aunque desgastado por las muchas lavadas, estaba impecable. Había pasado la noche anterior quitándole una mancha rebelde de tinta en el bolsillo y planchando cada pliegue hasta que la tela parecía almidonada. Se recogió el cabello negro y lacio en un chongo tirante, sin dejar ni un solo pelo suelto, y se miró en el espejo roto del baño.

—Te ves bien, Olga. Te ves profesional —se dijo a su reflejo, aunque sus ojos oscuros delataban el cansancio crónico de la estudiante de medicina que duerme cuatro horas al día—. No eres una niña asustada. Eres la enfermera Covarrubias. Y vas a ganarte esos tres mil pesos aunque tengas que cuidar al mismo demonio.

Salió de su cuarto de azotea cerrando con doble llave. El edificio estaba en silencio; sus vecinas fiesteras seguramente dormían la mona. Bajó las escaleras de metal con cuidado de no hacer ruido y salió a la calle Doctor Vértiz.

El trayecto hacia Coyoacán fue un ejercicio de control mental. En el microbús, apretada contra la ventana mientras el chofer peleaba el paso con un taxista a ritmo de salsa, Olga repasaba mentalmente los protocolos de atención geriátrica: Signos vitales, hidratación, prevención de escaras, manejo conductual. Repetía las palabras como un rosario para espantar los nervios. La Licenciada Serrano había sido clara: el paciente era difícil. Y “difícil” en el lenguaje médico solía significar grosero, agresivo o dolorosamente triste.

Llegó a “La Casona” a las siete cuarenta y cinco. El portón de madera oscura se veía aún más imponente que el día anterior. Parecía la entrada a una fortaleza que guardaba secretos antiguos, no a un asilo. Tocó el timbre y, al cruzar el umbral, el ruido de la ciudad se cortó de tajo, reemplazado por el sonido relajante de la fuente de cantera y el canto de unos gorriones que saltaban entre las macetas de helechos.

—¡Buenos días! Tú debes ser Olga, ¿verdad?

Una mujer robusta, de piel morena y sonrisa amplia, salió a su encuentro secándose las manos en un delantal azul sobre su uniforme blanco. Tenía ese aire inconfundible de las mujeres que han criado a medio mundo y que saben mandar con la mirada.

—Sí, buenos días. Soy Olga Covarrubias.
—Pásale, mija, pásale. Soy Jesús, pero todos me dicen Doña Chuy. Soy la jefa de enfermeras y ama de llaves, así que cualquier bronca, es conmigo. —La mujer le dio una palmada en la espalda que casi le saca el aire, un gesto de bienvenida rudo pero cálido—. Llegas puntual, eso me gusta. Las últimas dos chamacas que mandaron llegaron tarde y con unas uñas de este tamaño —hizo un gesto exagerado con los dedos—, imagínate, ¿cómo van a limpiar a un abuelito con esas garras? ¡Lo desuellan!

Olga sonrió tímidamente, escondiendo sus manos cortas y limpias en los bolsillos.
—No se preocupe, Doña Chuy. Vengo a trabajar.
—Eso veo, traes cara de hambre, mija. Y no de comida, sino de chamba. Vente, te enseño dónde dejar tus cosas y vamos por el desayuno antes de subir al ruedo.

La cocina de La Casona era un sueño. Olía a café de grano, a pan recién horneado y a chilaquiles verdes. Doña Chuy le sirvió un plato generoso y una taza de café con leche humeante. Olga comió con educación, pero con una rapidez que delataba su ayuno. Doña Chuy la observaba con ojos de águila, notando cada detalle: los zapatos viejos pero boleados, la postura rígida, la mirada alerta.

—Come bien, flaca, que vas a necesitar energía —dijo Doña Chuy, bajando la voz—. Te tocó la rifa del tigre.
Olga tragó un pedazo de bolillo.
—¿El Profesor Villalobos?
—El mero mero. Don Víctor. —Doña Chuy se persignó teatralmente—. Mira, el señor no es malo. Pero es… ¿cómo te explico? Es como un nopal espinoso. Por dentro tiene agüita, pero para llegar ahí te tienes que espinar las manos. Está muy solo, mija. Su hijo vive en Europa, es un arquitecto muy picudo, pero casi no viene. Y el Don se siente abandonado. Su esposa murió hace años y desde entonces se ha ido amargando como limón viejo.

—La Licenciada Serrano dijo que era músico.
—¡Uff! Un musicazo. Director de orquesta, pianista, compositor. Dicen que era famoso. Aquí tiene su piano en el cuarto. A veces toca, y se oye bonito, pero la mayoría del tiempo se la pasa callado o gritando que lo dejen en paz. No quiere tomarse las medicinas, dice que lo queremos envenenar. No quiere comer. Es una lucha diaria.
Doña Chuy se inclinó sobre la mesa, confidencial.
—Te voy a dar un consejo, Olga. No le tengas miedo. Los perros huelen el miedo y los viejitos cascarrabias también. Si te ve dudar, te come viva. Háblale fuerte, míralo a los ojos. Y sobre todo, no te tomes nada personal. Si te dice tonta, inútil o te mienta la madre, tú como si lloviera. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Olga, terminándose el café. Sintió el calor de la cafeína y los chilaquiles dándole valor—. No me voy a rajar, Doña Chuy. Necesito este trabajo.
—Esa es la actitud. Órale, lávate los dientes y vamos pa’ arriba. Que Dios te agarre confesada.


El tercer piso de La Casona era diferente al resto. Si la planta baja era luminosa y llena de plantas, el tercer piso tenía una atmósfera de solemnidad, casi de museo. El piso era de duela de madera que crujía suavemente bajo los zapatos de goma de Olga. Las paredes estaban decoradas con cuadros de paisajes al óleo y fotografías antiguas en color sepia. Había un silencio denso, pesado, que se pegaba a la piel.

—Aquí solo tenemos tres habitaciones —susurró Doña Chuy—. Son las suites. La 301 es de la señora Carmela, un amor de Dios, pero ya no conoce a nadie. La 303 está vacía por ahora. Y la 305… es la cueva del oso.

Se detuvieron frente a una puerta de madera maciza, barnizada en oscuro, con el número 305 en una placa dorada.
Doña Chuy le entregó a Olga una charola con un vaso de jugo de naranja, un plato de fruta picada, unos huevos revueltos que olían delicioso y un pastillero con tres cápsulas.
—Ahí va su Losartán, su vitamina y el diurético. Suerte, mija. Yo voy a ver a Doña Carmela. Si grita muy fuerte o te avienta algo, tocas el timbre de pánico que está junto a la cama.

Olga se quedó sola frente a la puerta. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, pum-pum, pum-pum, como un tambor de guerra. Respiró hondo, alisó su uniforme una vez más y tocó con los nudillos.
—¿Don Víctor? Buenos días. Permiso.

No esperó respuesta. Abrió la puerta con decisión y entró.
Lo primero que la golpeó fue el olor. No olía a suciedad ni a enfermedad, como solían oler las habitaciones de hospital. Olía a tiempo. Una mezcla de papel viejo, cera para muebles, polvo de terciopelo y un toque sutil, casi imperceptible, de agua de colonia antigua y lavanda seca.

La habitación era inmensa. Las cortinas de terciopelo verde oscuro estaban cerradas, dejando el lugar en una penumbra apenas rota por una lámpara de pie encendida en una esquina. Parecía más una biblioteca victoriana que un cuarto de enfermo. Las paredes estaban forradas de estanterías de caoba repletas de libros encuadernados en piel, partituras amarillentas y discos de vinilo apilados como torres precarias.
En una esquina, majestuoso y cubierto de polvo, descansaba un piano vertical de madera oscura, con la tapa cerrada como una boca que guarda silencio.

Y allí, en un sillón de cuero orejero, de espaldas a la puerta y mirando hacia la rendija de luz que se colaba por las cortinas, estaba él.
—Otra vez entraron sin permiso —la voz provino del sillón. Era una voz profunda, cascada por los años y el tabaco, pero con una dicción perfecta, autoritaria—. ¿Es que en este lugar no conocen el concepto de privacidad? Parecen cucarachas, se meten por todos lados.

Olga cerró la puerta tras de sí, dejando el mundo seguro afuera.
—Buenos días, Don Víctor —dijo con voz clara, proyectándola como le habían enseñado para hablar con pacientes con hipoacusia, aunque sospechaba que el viejo oía perfectamente—. Soy Olga. Soy su enfermera de fin de semana. Le traigo el desayuno y sus medicamentos.

El sillón giró lentamente.
Olga contuvo la respiración. Víctor Villalobos era un hombre imponente, a pesar de la edad. Debía tener más de ochenta años, pero conservaba una estructura ósea fuerte. Era delgado, casi esquelético, vestido con un pantalón de pijama de seda y una bata de lana gris de excelente calidad. Su cabello, blanco como la nieve y algo largo, estaba peinado hacia atrás, revelando una frente amplia y surcada de arrugas profundas.
Pero lo que más impresionaba eran sus ojos. Azules, gélidos, inteligentes y llenos de una furia contenida. La miraron de arriba abajo, escaneándola como si fuera un insecto molesto.

—¿Olga? —repitió él con desdén, saboreando el nombre como si fuera algo de mal gusto—. Qué nombre tan… ruso. Y tan poco imaginativo. ¿Cuántos años tienes, niña? ¿Doce? ¿Te escapaste de la secundaria?
—Tengo veintidós años, Don Víctor. Y soy estudiante de tercer año de medicina —respondió Olga, manteniendo la barbilla en alto y caminando hacia la mesita auxiliar para dejar la charola—. No soy ninguna niña.

—Estudiante de medicina —bufó él, soltando una risa seca—. O sea que eres una practicante. Una aficionada. Me mandan a los aprendices para que practiquen con el viejo inútil, ¿verdad? Seguro no sabes ni encontrar una vena.
—Sé encontrar venas en pacientes deshidratados de urgencias a las tres de la mañana, señor. Darle una pastilla no será problema.

Olga se acercó a la ventana.
—Con su permiso, voy a abrir las cortinas. Está muy oscuro aquí y necesita luz para desayunar.
—¡No toques esas cortinas! —gritó él, golpeando el brazo del sillón con su mano huesuda—. ¡Me gusta la oscuridad! ¡Odio el sol! ¡Lárgate!

Olga se detuvo con la mano en la tela pesada. El grito la había asustado, sí, pero también había activado algo en ella. Un resorte de supervivencia. Recordó las palabras de Doña Chuy: Los perros huelen el miedo. Y recordó su cuenta bancaria en ceros. Recordó el frío de su cuarto. No podía perder este trabajo. No por un berrinche.

Se giró lentamente y lo miró a los ojos. No con desafío insolente, sino con una calma pétrea.
—No me voy a largar, Don Víctor. Me pagan por cuidarlo, no por caerle bien. Y si no como, no trabajo. Y si no trabajo, no pago mi escuela. Así que usted y yo vamos a tener que entendernos.

El viejo pareció sorprendido por un segundo. Abrió la boca para replicar, pero Olga siguió hablando, tomando el control.
—Voy a dejar las cortinas cerradas si eso quiere. Pero a cambio, usted se va a comer al menos la mitad de la fruta y se va a tomar sus pastillas. Es un trato.
Caminó hacia él con el vaso de agua y el pastillero.
—Tómese esto. Es Losartán. Si no se lo toma, le sube la presión, le duele la cabeza y se pone más de malas. Y créame, no creo que eso sea posible.

Don Víctor la miró fijamente. Sus ojos azules se entrecerraron, evaluando a la intrusa. Vio el uniforme desgastado pero limpio. Vio las ojeras bajo sus ojos. Y vio que la mano que sostenía el vaso no temblaba, aunque por dentro Olga sentía que se desmoronaba.
—Tienes agallas, escuincla —murmuró él, con un tono que estaba a medio camino entre el insulto y el reconocimiento—. O eres muy valiente o muy estúpida.
—Un poco de las dos, probablemente —admitió Olga—. ¿La pastilla, por favor?

El anciano resopló, un sonido de indignación teatral, y le arrebató el vaso de la mano con un movimiento brusco, derramando un poco de agua.
—Dame esa porquería. Son veneno. Pura química para mantener a los viejos como vegetales y seguir cobrando la mensualidad.
Se metió las pastillas a la boca y tragó con fuerza, haciendo una mueca de asco exagerada.
—Contenta, sargento?
—Mucho —dijo Olga, ignorando el apodo—. Ahora la fruta. La papaya es buena para la digestión.

—Odio la papaya. Huele a vómito. Llévatela. Tráeme café. Café negro, cargado, sin azúcar.
—El doctor prohibió la cafeína y los irritantes, Don Víctor. Le traje té de manzanilla.
—¡Manzanilla! —exclamó él, levantando las manos al cielo—. ¡Dios mío! Ahora soy un bebé con cólicos. ¡Quiero café! ¡Quiero un cigarro! ¡Quiero un whisky!

Olga se cruzó de brazos.
—Y yo quiero un coche nuevo y dormir ocho horas, pero aquí estamos los dos, aguantándonos. Cómase el huevo entonces.
Hubo un silencio tenso. Don Víctor miró el plato de huevos revueltos con desprecio, luego miró a Olga, luego al plato. Finalmente, tomó el tenedor como si fuera una daga y pinchó un trozo de huevo.
—Está frío —se quejó, aunque se lo metió a la boca.
—Si no se hubiera pasado diez minutos gritando, estaría caliente.

Mientras el viejo comía a regañadientes, refunfuñando entre bocado y bocado, Olga aprovechó para observar la habitación con más detalle. Era un caos ordenado. Había pilas de libros por todos lados: biografías de compositores, tratados de armonía, novelas rusas, filosofía alemana. Pero lo que más llamaba la atención era la zona del piano.
Sobre el instrumento había un portarretratos volteado boca abajo, ocultando la imagen. Y al lado, un tocadiscos antiguo, de esos de madera fina con aguja de diamante, y una caja de terciopelo abierta con discos de vinilo.

Olga se acercó un poco, atraída por la curiosidad. Le encantaban los objetos antiguos; tenían historia, tenían alma.
—¿Le gusta la música clásica? —preguntó, tratando de romper el hielo gélido que llenaba el cuarto.
Don Víctor dejó el tenedor con estrépito.
—¿Que si me gusta? —su voz goteaba sarcasmo—. Niña, la música no es algo que “te gusta” como te gustan los tacos al pastor. La música es la vida. Es aire. Es matemáticas hechas emoción. Yo dirigí a la Filarmónica de Londres antes de que tus padres siquiera nacieran. ¿Tú qué vas a saber? A tu generación solo le gusta ese ruido repetitivo, ese… reguetón vulgar que suena como animales en celo.

Olga no se ofendió. Sonrió levemente.
—No a todos, Don Víctor. A mí me gusta el silencio. Y a veces, cuando hay silencio, me gusta lo que llena el espacio sin romperlo.
Se acercó al tocadiscos. Había un disco puesto en el plato, cubierto de una fina capa de polvo, como si llevara mucho tiempo esperando ser tocado. Leyó la etiqueta central, desgastada y amarilla.
Frédéric Chopin. Nocturnos.

La lectura del nombre le provocó un escalofrío en la nuca. Una memoria sensorial la golpeó de repente: el olor a cera de piso, a lluvia golpeando láminas de asbesto y el sonido crepitante de un disco girando en la sala común del orfanato.
—El Nocturno número 2 en Mi bemol mayor… —murmuró Olga, casi para sí misma, perdiendo por un momento la compostura profesional—. Op. 9, No. 2.

El sonido del tenedor golpeando el plato cesó abruptamente.
El silencio en la habitación cambió de textura. Ya no era hostil; era de una sorpresa densa, suspendida en el aire.
Don Víctor giró la cabeza lentamente, como una lechuza, clavando sus ojos en la espalda de Olga.
—¿Qué dijiste? —su voz salió baja, peligrosa.

Olga se giró, dándose cuenta de que había hablado en voz alta.
—El disco… es el de los Nocturnos de Chopin. Dije que el número dos es… es muy bonito.
—No dijiste que es “bonito” —corrigió él, entrecerrando los ojos—. Dijiste el número de Opus y la tonalidad. Mi bemol mayor. ¿Cómo demonios sabe una enfermera de barrio, una mocosa que escucha banda, la tonalidad de un Nocturno de Chopin? ¿Lo leíste en Wikipedia antes de venir para impresionarme? ¿Te lo dijo la Serrano?

Olga sintió un calor subirle por el cuello. La había llamado “enfermera de barrio”. La arrogancia del hombre era infinita. Pero también vio algo más en sus ojos: una curiosidad desesperada. Una soledad que buscaba un eco.

—No, señor. No lo leí en Wikipedia. Y no trato de impresionarlo —dijo Olga suavemente—. Crecí en un orfanato, Don Víctor. En la colonia Obrera. El “Hogar Dulce Refugio”.
El viejo la miraba sin parpadear.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Teníamos una maestra de música voluntaria. La señorita Beatriz. Iba los jueves. Llevaba un tocadiscos viejo, de maleta, y unos cuantos discos rayados. Cuando llovía y no podíamos salir al patio, o cuando alguna de las niñas lloraba porque extrañaba a su mamá… ella ponía ese disco. Decía que Chopin entendía la tristeza mejor que nadie. —Olga miró hacia la ventana cerrada, perdiéndose en el recuerdo—. Ese Nocturno… el número dos… tiene una parte donde el piano parece que suspira. Como si se resignara. Yo me aprendí esa melodía de memoria para tararearla cuando tenía miedo en la noche. Era mi… mi canción de cuna.

Olga se detuvo, sintiéndose expuesta. Había hablado demasiado. Se suponía que debía mantener distancia profesional, no contarle su triste infancia al paciente millonario.
Bajó la vista, esperando la burla. Esperando que él dijera algo cruel sobre las huerfanitas y el sentimentalismo barato.

Pero el insulto no llegó.
Se escuchó el crujido del cuero cuando Don Víctor se inclinó hacia adelante. Su rostro, antes contraído en una mueca de disgusto permanente, se había relajado ligeramente. Las líneas profundas alrededor de su boca se suavizaron.
—La señorita Beatriz… —murmuró él, pensativo—. Al menos alguien en ese maldito sistema tenía buen gusto.
Miró a Olga de nuevo, pero esta vez realmente la miró. Ya no veía solo el uniforme o la pobreza; veía a alguien que conocía el código secreto.
—¿Quieres escucharlo? —preguntó de repente. Fue una pregunta brusca, lanzada como un reto.

Olga parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo?
—El disco, niña. ¿Estás sorda? Pregunté si quieres escucharlo.
—Pero… tengo que limpiar la habitación, y tomarle la presión, y…
—¡Al diablo la presión! —interrumpió él, agitando la mano—. Si me alteras, me sube la presión. Si pones música, me relajo y me baja. Es medicina. ¿No te enseñan eso en tu facultad de pacotilla? Musicoterapia.

Olga sonrió. No pudo evitarlo.
—Sí, algo leí sobre eso.
—Entonces, ponlo. Sabes cómo funciona un tocadiscos, ¿o eres demasiado digital para eso?
—Sé cómo funciona.

Olga se acercó al aparato con reverencia. Levantó la tapa de acrílico con cuidado. Limpió el polvo del disco con el borde de su manga, un gesto instintivo. Movió la palanca, el plato comenzó a girar. Tomó el brazo del tocadiscos, sintiendo el peso ligero en sus dedos, y colocó la aguja con precisión quirúrgica sobre el surco inicial.
Crac, pop, ssshhh…

El sonido de la estática llenó el cuarto por un segundo, cálido y familiar. Y luego, las primeras notas del piano.
Tan, ta-ra-ra…
La melodía fluyó, líquida y melancólica, llenando cada rincón oscuro de la habitación, trepando por las cortinas de terciopelo, suavizando la rigidez de los muebles antiguos. Era un sonido dulce, romántico, pero con ese fondo de dolor exquisito que solo Chopin podía lograr.

Don Víctor cerró los ojos y recargó la cabeza en el respaldo del sillón. Sus manos, nudosas y deformadas por la artritis, se movían levemente sobre sus muslos, tocando un piano invisible, siguiendo la digitación perfecta que su mente recordaba pero que sus dedos ya no podían ejecutar.

Olga se quedó quieta junto al tocadiscos, con las manos entrelazadas al frente. Observó al viejo. Ya no parecía un ogro. Parecía un hombre cansado, un artista atrapado en un cuerpo que se desmoronaba, un alma que vibraba con la única cosa que le quedaba.
Y en ese momento, con la lluvia golpeando suavemente el cristal y la música envolviéndolos, Olga sintió algo extraño. Una conexión. No era lástima, no era solo deber. Era la sensación de que, por alguna razón que el destino o el azar habían tejido, ella tenía que estar ahí. En esa habitación. Con ese hombre.

La música terminó después de cuatro minutos sublimes. La aguja se quedó girando en el silencio final.
Don Víctor abrió los ojos. Estaban húmedos, aunque su expresión seguía siendo severa.
—No eres tan inútil como pareces, Covarrubias —dijo, con voz ronca—. Tienes oído. Y sabes callar cuando suena la música. Eso es raro. La mayoría de la gente no soporta el silencio, tienen que llenarlo con estupideces.

—Gracias, Don Víctor —dijo ella, retirando la aguja.
—Si te portas bien… —dijo él, girando la silla para mirar de nuevo hacia la ventana, dándole la espalda—, si no me molestas con tus preguntas tontas y haces tu trabajo rápido y sin ruido… puedes poner un disco cada mañana. Pero solo uno. Y solo si te comes el desayuno que sobre, porque estás muy flaca y me pones nervioso. Pareces un espantapájaros con ese uniforme.

Olga miró la charola. Había dejado medio plato de fruta y una rebanada de pan. Su estómago, traicionero, dio un vuelco de alegría.
—Trato hecho, señor.
—Ahora, lárgate a hacer tus cosas. Quiero escuchar el Scherzo. Y no hagas ruido.

Olga tomó la charola, sintiendo que pesaba menos que cuando entró. Salió de la habitación 305 cerrando la puerta con suavidad extrema.
En el pasillo, se recargó contra la pared y soltó un suspiro largo y tembloroso. Le sudaban las manos. Le temblaban las piernas.
Había sobrevivido. Había domado al ogro, al menos por hoy.
Y, sin saberlo, había girado la llave de una caja de Pandora que llevaba cerrada veinte años. La música había comenzado, y la sinfonía de su vida estaba a punto de llegar al movimiento más dramático.

Doña Chuy apareció por el pasillo, cargando un cesto de ropa sucia. Al ver a Olga viva, abrió los ojos como platos.
—¡Milagro! —susurró—. Sigues viva y no hay gritos. ¿Qué le hiciste? ¿Le diste un calmante de caballo?
Olga sonrió, mordiendo una fresa que había rescatado del plato de Don Víctor.
—No, Doña Chuy. Le di Chopin.
—¿Cho-qué?
—Música. Solo música.

Olga bajó las escaleras hacia la cocina, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, que la suerte —esa dama caprichosa que siempre le daba la espalda— quizás, solo quizás, le estaba empezando a sonreír. Pero la suerte de Olga Covarrubias siempre venía con un precio, y el precio de esa sonrisa estaba oculto en una fotografía boca abajo sobre un piano lleno de polvo.

CAPÍTULO 3: LECCIONES DE PIANO Y CICATRICES

Para mediados de noviembre, la vida de Olga se había convertido en un péndulo oscilante entre dos mundos irreconciliables.

De lunes a viernes, era la guerrera de la supervivencia en la colonia Doctores. Sus días eran una carrera de obstáculos contra el reloj, el hambre y la burocracia de la UNAM. Despertaba antes del sol, peleaba por un lugar en el metro atiborrado, tomaba apuntes con letra de médico en cuadernos reciclados y comía tortas de tamal de dudosa procedencia en los pasillos del hospital. Era el mundo del ruido, del smog, de las batas manchadas de yodo y de contar las monedas para ver si alcanzaba para un café soluble.

Pero cuando llegaba el sábado, al cruzar el portón de madera de “La Casona” en Coyoacán, Olga entraba en una burbuja de tiempo suspendido. Allí, el aire olía a jacarandas y cera para muebles. El silencio era un lujo que se podía tocar. Y en el centro de ese universo paralelo, en la habitación 305, la esperaba su “ogro” personal.

La relación con Don Víctor Villalobos había evolucionado de una hostilidad abierta a una especie de tregua armada, y finalmente, a una rutina sagrada.

—Llegas tres minutos tarde, Covarrubias —le soltó Don Víctor una mañana de sábado, sin apartar la vista de su libro. Estaba sentado en su sillón habitual, bañado por la luz tenue del otoño que entraba por la ventana.
—Había tráfico en Tlalpan, Don Víctor. Un choque. Buenos días a usted también —respondió Olga, dejando su mochila en el rincón y poniéndose el gel antibacterial con un squirt sonoro.
—Excusas. La puntualidad es la cortesía de los reyes y el deber de los músicos. Si llegas tarde a la entrada de la orquesta, te quedas fuera. Así de simple.
—Menos mal que soy enfermera y no músico, entonces. ¿Cómo amaneció? ¿Se tomó el diurético o lo escondió bajo la lengua otra vez?
—Me lo tomé. Y deja de interrogarme como si fueras la Gestapo. Quiero mi té. Y tráeme esas galletas de mantequilla que hace la cocinera gorda, las que tienen azúcar encima.

Olga sonrió para sus adentros. “La cocinera gorda” (Doña Chuy) adoraba al viejo aunque él la insultara, y siempre le mandaba galletas extra.
Esa era su dinámica. Él ladraba, ella no se asustaba, y ambos encontraban consuelo en la presencia del otro. Olga se dio cuenta de que, bajo esa capa de vinagre y amargura, Víctor Villalobos estaba aburrido. Mortalmente aburrido y solo. Su mente, todavía afilada como un bisturí, se oxidaba entre las cuatro paredes de la habitación. Olga se convirtió en su ventana al mundo, su saco de boxeo intelectual y, poco a poco, su público.

El cambio verdadero ocurrió un domingo lluvioso.
Olga había terminado sus rondas temprano. La señora Carmela dormía, y el resto de los residentes veía una película de la Época de Oro en la sala común. Olga regresó a la habitación 305 para checar la presión de Don Víctor.
Lo encontró dormitando en el sillón, con la boca ligeramente abierta y un libro de poemas de Borges cayendo de su regazo. Se veía frágil, mucho más viejo cuando dormía y no tenía la guardia arriba.

Olga caminó de puntitas hacia el piano.
Durante semanas, el instrumento había ejercido sobre ella una atracción magnética. Era un Steinway vertical, una joya de madera oscura que brillaba bajo la penumbra. Don Víctor casi no lo tocaba ya; decía que sus manos eran “garras inútiles”.
Olga pasó un dedo por la tapa del teclado, recogiendo una mota de polvo imaginaria. Levantó la tapa con suavidad infinita. Las teclas, blancas y negras, le sonrieron como una dentadura perfecta.

“Tócalo”, susurró una voz en su cabeza.
En el orfanato, el viejo piano de la sala de usos múltiples tenía tres teclas rotas y sonaba como una lata de sardinas. Nunca la habían dejado tocarlo de verdad; era “solo para el coro”. Pero Olga siempre había soñado con poner sus manos ahí y hacer que sonara como en los discos.

Extendió la mano derecha. Sus dedos, acostumbrados a sostener jeringas y termómetros, temblaron un poco. Presionó la tecla central. Do.
Tiiiing…
El sonido fue puro, cristalino, resonando en la caja armónica con una riqueza que le puso la piel de gallina. Presionó otra. Mi. Sol.
Un acorde de Do Mayor. Simple. Perfecto.

—Estás poniendo la mano como si fueras a agarrar una pelota de béisbol.
La voz de Don Víctor tronó a sus espaldas. Olga dio un salto, casi cerrando la tapa sobre sus propios dedos.
—¡Perdón! ¡Lo desperté! Yo solo… estaba limpiando y…
—¡Mentira! —El viejo se enderezó en el sillón, ajustándose los lentes—. Nadie limpia un acorde de Do Mayor. Estabas intentando tocar.

Olga bajó la cabeza, ruborizada.
—Lo siento. No debí tocarlo sin permiso. Es un instrumento muy fino y yo…
—Y tú tienes las manos rígidas —interrumpió él, ignorando su disculpa—. Tienes los dedos planos. Así no se toca. Se toca con la yema, curvando los dedos, como si tuvieras una manzana en la palma de la mano. A ver, hazlo otra vez.

Olga parpadeó, confundida.
—¿Cómo?
—¡Que lo hagas otra vez! —gritó él, impaciente, haciendo un gesto con la mano—. Pon la mano en el teclado. ¡Vamos!

Olga, movida por el instinto de obediencia que él provocaba, volvió a poner la mano sobre las teclas. Trató de curvar los dedos.
—No tanto, parece garra de bruja. Relaja la muñeca. La muñeca debe respirar. A ver, toca.
Olga presionó las teclas. El sonido salió un poco más suave.
Don Víctor se puso de pie con dificultad, apoyándose en su bastón, y caminó arrastrando los pies hasta el piano. Se paró junto a ella. Olía a lavanda y a tabaco viejo.

—Quítate —dijo, dándole un leve empujón con la cadera para que le hiciera espacio en la banqueta—. Siéntate ahí. No, más a la orilla. Necesitas apoyo en los pies. La fuerza del piano no viene de los dedos, niña, viene de la espalda, del suelo. Es física pura.
Tomó la mano derecha de Olga entre las suyas. Las manos de él eran frías, huesudas, deformadas por la artritis, con los nudillos inflamados como nueces. Las de ella eran cálidas, jóvenes, con la piel curtida por el jabón quirúrgico.

—Tienes dedos largos —murmuró él, examinando su mano como si fuera un espécimen médico—. Buenos dedos. Fuertes. ¿Por qué nunca aprendiste?
—En el orfanato no había clases particulares, Don Víctor —dijo Olga suavemente—. La música era un lujo. Nos enseñaban oficios. Costura, cocina, primeros auxilios. Para que fuéramos “útiles”.

Víctor soltó un bufido de desprecio.
—Útiles. Como si el arte no fuera útil. El arte es lo único que nos separa de los animales. —Soltó su mano y golpeó una tecla con fuerza—. Muy bien, Covarrubias. Vamos a ver si tienes cerebro además de pulso. Esto es un Do central. Búscame todos los Do del piano.

Y así, sin contrato ni ceremonia, comenzaron las lecciones.

Los fines de semana adquirieron un nuevo ritmo. Después del desayuno y las medicinas, venía la tortura. Porque Don Víctor no era un maestro amable. Era un tirano perfeccionista formado en la vieja escuela europea, donde el elogio se racionaba como el agua en el desierto.

—¡Mal! —gritaba, golpeando el costado del piano con su bastón—. ¡El tempo es un desastre! ¡Pareces una gallina picando maíz! ¡Lleva el ritmo! Un, dos, tres, cuatro. ¡Un, dos, tres, cuatro!
—¡Estoy intentando! —respondía Olga, sudando, con los dedos enredados en un ejercicio de Hanon—. ¡Mis dedos no obedecen!
—¡Porque no estás pensando! —replicaba él—. Los dedos son soldados estúpidos, Olga. El general es tu cerebro. Si tú no les das la orden clara, ellos hacen lo que quieren. Concéntrate.

A pesar de los gritos y la frustración, Olga descubrió algo fascinante: le encantaba.
Le encantaba la lógica matemática de la música. Le encantaba ver cómo esos puntos negros en el papel se transformaban en sonidos. Y, sobre todo, le encantaba ver a Don Víctor cobrar vida.
Cuando enseñaba, el viejo olvidaba sus dolores. Se olvidaba de que estaba en un asilo esperando la muerte. Sus ojos azules brillaban con una intensidad febril. Se ponía de pie, gesticulaba, tarareaba las melodías con una voz ronca y desafinada pero llena de pasión.

—La música es arquitectura, Olga —le decía una tarde, mientras analizaban una partitura sencilla de Bach—. Mira esto. Es como construir una catedral. La mano izquierda pone los cimientos, la derecha levanta las torres. Si los cimientos son débiles, todo se cae. Por eso te insisto tanto con la mano izquierda. Tu izquierda es floja.

—Como mi suerte —bromeó Olga, masajeándose la muñeca dolorida.
Víctor la miró de reojo, sentado de nuevo en su sillón.
—La suerte se construye, niña. Con disciplina. Yo estudié ocho horas diarias durante veinte años. Sangré sobre las teclas. Literalmente.
—¿Usted? —preguntó Olga, incrédula—. Pensé que los genios nacían sabiéndolo todo.
—¿Genio? —Se rio con amargura—. El talento es barato. La disciplina es cara. Yo tuve que luchar contra todo. Mi padre quería que fuera abogado. Decía que la música era para los vagos. Me fui de casa a los diecisiete años. Viví en una buhardilla en París, comiendo pan duro y queso rancio, solo para poder estudiar con Nadia Boulanger.

Olga dejó de tocar y giró en el banco para mirarlo. Era la primera vez que él le contaba algo personal de su pasado.
—¿Vivió en París?
—Años. Los mejores y los peores de mi vida. —Su mirada se perdió en el jardín lluvioso—. Conocí a Stravinsky. Bebí vino con Cortázar cuando era un chiquillo. Vi el mundo cambiar desde la banqueta de un piano. Y ahora… —hizo un gesto vago hacia la habitación, hacia las pastillas en la mesa, hacia sus piernas flacas—… ahora mi mundo es este cuarto y una enfermera que no sabe distinguir una negra de una corchea.

Olga sintió una punzada de compasión, pero no dejó que se notara. Sabía que él odiaba la lástima.
—Bueno, al menos la enfermera le trae sus galletas favoritas —dijo ella, levantándose para acercarle el plato—. Y está aprendiendo. Ya no confundo el Fa con el Sol.
—Algo es algo —gruñó él, tomando una galleta—. Pero no te confíes. Mañana quiero la escala de Sol Mayor, dos octavas, manos juntas. Y sin llorar.

Conforme avanzaba diciembre, el frío se instaló en la ciudad, pero en la habitación 305 se generó un calor humano inesperado. Olga empezó a quedarse más tiempo del necesario. Terminaba su turno a las ocho, pero a menudo se quedaba hasta las nueve o diez, platicando.
Le contó sobre la facultad, sobre el Dr. Hinojosa que era un déspota en anatomía, sobre sus vecinas fiesteras. Y él le contaba sobre los grandes teatros: La Scala de Milán, el Carnegie Hall de Nueva York, el Palacio de Bellas Artes.

—Bellas Artes… —suspiró Olga una noche—. Paso por ahí siempre que voy al centro, pero nunca he entrado a un concierto. Los boletos son carísimos.
—El arte no debería ser un privilegio —sentenció Víctor—. Es un derecho del alma. Cuando salgas de aquí… bueno, cuando yo ya no esté dándote lata… te dejaré dinero para que vayas. Prométeme que irás al palco principal.
—No diga eso, Don Víctor. Usted va a durar mucho. Tiene mala hierba en las venas.
—Tengo ochenta y tres años y un corazón que funciona con baterías prestadas, Olga. Seamos realistas.

Esa noche, la lluvia caía con fuerza torrencial. Era una de esas tormentas de invierno atípicas que colapsan la Ciudad de México. Los truenos retumbaban haciendo vibrar los cristales.
Olga estaba sentada en la alfombra, ordenando los discos de vinilo que Don Víctor había sacado en un ataque de nostalgia. Él estaba en su sillón, con una manta de lana sobre las piernas, mirando una fotografía que tenía en la mano.

Olga notó que su humor había cambiado. Estaba melancólico, silencioso.
—¿Está bien, Don Víctor?
Él no respondió de inmediato. Acarició el borde de la foto con el pulgar.
—Hoy sería el cumpleaños de mi hijo —dijo en voz baja.
Olga se detuvo con un disco de Rachmaninoff en la mano.
—¿De su hijo el arquitecto? ¿El que vive en Europa?
—Miguel. Sí. Cumple cincuenta y cinco años. Y ni siquiera llamó. Mandó un correo electrónico a la administración. “Feliz Navidad adelantada para papá, depositen para un regalo”.

La amargura en su voz era tan densa que se podía masticar.
—Lo siento mucho —dijo Olga.
—No lo sientas. Es mi culpa. —Víctor dejó la foto sobre la mesa, boca abajo—. Yo fui un mal padre. Estaba demasiado ocupado siendo un “gran artista”. Las giras, los ensayos, las grabaciones… Miguel creció viéndome en portadas de revistas, no en la cena. Cuando su madre murió… él se fue. Dijo que no tenía nada que lo atara aquí. Y tenía razón.

Olga se acercó y se sentó en una silla frente a él.
—A veces los padres hacen lo que pueden con lo que tienen, Don Víctor.
—¿Tú crees? —Él la miró con ojos interrogantes—. Tú no tuviste padres. ¿Cómo puedes saberlo?
Era una pregunta cruel, pero Olga sabía que no la hacía con maldad, sino desde su propio dolor.

—No, no tuve —admitió Olga—. Crecí inventándolos. Cuando era niña, me imaginaba que mi papá era un espía secreto que no podía venir por mí porque estaba salvando el mundo. O que mi mamá era una princesa en el exilio. —Sonrió con tristeza—. Luego crecí y entendí que probablemente solo eran dos personas pobres, o jóvenes, o asustadas, que no pudieron conmigo.
—¿Nunca supiste nada? ¿Ni un nombre?
—Solo mis apellidos. Covarrubias. Y que mi mamá murió al nacer. Eso dice mi expediente. “Madre fallecida en parto, padre desconocido/finado”. Fin de la historia.

Olga miró sus manos, esas manos que ahora estaban aprendiendo a tocar el piano.
—A veces siento que soy un error del sistema, Don Víctor. Como una página en blanco que alguien olvidó arrancar. No tengo a quién parecerme. No sé si mis ojos son de mi papá o de mi mamá. No sé si mi mal genio viene de herencia. Soy… nada. Una hoja al viento, como dicen.

Hubo un silencio largo, solo roto por el repiqueteo de la lluvia.
Don Víctor se inclinó hacia adelante. El dolor en su rostro había desaparecido, reemplazado por una intensidad extraña, casi dolorosa. Extendió su mano temblorosa y tomó la barbilla de Olga, obligándola a levantar la cara.
La miró profundamente, escaneando cada rasgo: los pómulos altos, la forma de las cejas, la profundidad oscura de sus ojos. Sus dedos, fríos y ásperos, acariciaron su mejilla con una ternura que Olga nunca había sentido.

—Escúchame bien, Olga Covarrubias —dijo con voz firme, gutural—. Nadie es una hoja al viento. Todos venimos de un árbol. A veces las ramas se rompen, a veces el tronco se quema, pero la raíz… la raíz siempre está ahí. Tú tienes raíces.
—¿Dónde? —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo no las veo.
—Están en tus manos —dijo él, soltándola y señalando sus dedos—. Están en tu terquedad. Están en la forma en que sientes la música. La música no miente, Olga. Si tienes música adentro, es porque alguien te la puso ahí. La sangre llama. La sangre canta.

Olga se limpió una lágrima traicionera que rodó por su mejilla.
—Usted habla muy bonito, Don Víctor. Pero la realidad es que estoy sola.
—No. —Él golpeó el brazo del sillón—. No estás sola. Me tienes a mí. Soy un viejo cascarrabias y medio inútil, pero mientras yo respire, tú tienes a alguien. Tienes un maestro. Y tienes un amigo, si es que aceptas amigos de la tercera edad.

Olga soltó una risita entre sollozos.
—El peor amigo del mundo. Me regaña, me grita y me roba mi comida.
—Exacto. Eso es lo que hace la familia. —Víctor sonrió, una sonrisa rara, torcida, que iluminó su cara—. Ahora, sécate esos mocos. No soporto a la gente llorona. Y pon ese disco de Rachmaninoff. El Concierto número 2. Necesito escuchar algo fuerte.

Olga obedeció. Mientras la música dramática y poderosa del piano llenaba la habitación, Olga se sentó en la alfombra, a los pies del viejo profesor. Se sentía agotada, pero extrañamente en paz.
No sabía que Don Víctor la miraba desde su sillón con el corazón encogido. Él sabía la verdad. Él sabía de dónde venía esa música que vivía en Olga. Sabía de quién eran esos ojos.

Víctor metió la mano en el bolsillo de su bata y tocó el borde de una fotografía pequeña que siempre llevaba consigo. Una foto de hace veinticinco años. Una foto de una joven violinista llamada Margarita, que tenía la misma sonrisa terca que la chica sentada en la alfombra.
“Cobarde”, se dijo a sí mismo. “Eres un viejo cobarde. Deberías decírselo”.

Pero el miedo lo paralizaba. Miedo a perderla. Miedo a que ella lo odiara por haber sabido la verdad y no haberla buscado antes. Miedo a romper esa frágil burbuja de felicidad que habían construido entre lecciones de piano y galletas de mantequilla.
“Pronto”, prometió en silencio. “Se lo diré pronto. Quizás en Navidad”.

Pero el destino, como siempre, tenía sus propios planes y no solía esperar a las Navidades para revelar sus secretos.

—Olga —dijo de repente.
—¿Mande?
—Ese pasaje que estábamos practicando. El del Minueto de Bach.
—¿Sí?
—Mañana lo quiero perfecto. Sin errores.
—Sí, maestro —dijo Olga, cerrando los ojos y dejándose llevar por la música.

Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre la Ciudad de México, lavando las calles, borrando las huellas, pero incapaz de borrar el pasado que estaba, inevitablemente, a punto de alcanzarlos.

CAPÍTULO 4: UN PADRE POSTIZO Y UNA NOCHEBUENA SIN LUNA

Diciembre cayó sobre la Ciudad de México como una manta pesada, tejida con hilos de smog, frío y luces de colores parpadeantes. Era esa época del año en que la ciudad sufría una esquizofrenia colectiva: por un lado, la alegría frenética de las posadas, el olor a ponche de frutas en los mercados y los aguinaldos quemándose en las tiendas; por otro, la melancolía brutal de los que no tenían con quién compartir la cena.

Para Olga, diciembre siempre había sido el mes más difícil. En el orfanato, la Navidad era un recordatorio anual de lo que no tenía. Mientras otros niños recibían visitas de tíos lejanos o juguetes nuevos, ella recibía una bolsa de dulces genérica donada por alguna empresa y una palmada en la espalda. Ahora, en su vida adulta y precaria, diciembre significaba frío en su cuarto de azotea y la angustia de los exámenes finales.

El primer sábado del mes, Olga llegó a “La Casona” tiritando. Su vieja chamarra de mezclilla, que en octubre había sido suficiente, ahora era tan útil como una hoja de papel contra el viento helado que bajaba del Ajusco. Tenía los labios morados y las manos tan entumecidas que le costó trabajo poner su huella digital en el reloj checador.

Subió al tercer piso frotándose los brazos, tratando de generar fricción. Al entrar a la habitación 305, el calor de la calefacción la golpeó como un abrazo, y por un momento, sintió ganas de llorar solo por el alivio térmico.

Don Víctor estaba en su sillón, envuelto en una bata de lana escocesa, leyendo el periódico con una lupa. Levantó la vista cuando ella entró y sus ojos de águila se clavaron inmediatamente en su ropa ligera.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalándola con el dedo índice, sin decir “buenos días”.
—Es mi uniforme, Don Víctor. Buenos días.
—No me refiero al trapo blanco. Me refiero a esa… cosa de tela delgada que traes puesta. ¿Crees que eres un oso polar? ¿O es que en la facultad de medicina no les enseñan sobre la hipotermia?

Olga dejó su mochila y se acercó al lavabo para lavarse las manos con agua caliente, gimiendo bajito por el dolor del cambio de temperatura en sus dedos.
—Es lo que tengo, Don Víctor. Mi otra chamarra se rompió del cierre y no he tenido tiempo de arreglarla.
—Tiempo. Bah. No tienes dinero, que es diferente. —El viejo cerró el periódico con un golpe seco—. Mírate. Estás temblando como un chihuahua. ¿Cómo piensas cuidarme si te mueres de neumonía? Me vas a contagiar tus virus de pobreza y frío.

Olga se secó las manos y se giró, un poco molesta.
—No tengo virus, solo tengo frío. Y ya se me está quitando. Tómese su pastilla, por favor.

Víctor la miró con ese gesto que Olga ya empezaba a conocer: una mezcla de irritación superficial y preocupación profunda. Se tomó la pastilla sin protestar (un milagro navideño), pero no dejó de observarla mientras ella hacía la cama.
—Abre el segundo cajón del ropero —ordenó de repente.
—¿Para qué?
—¡Ábrelo y no preguntes!

Olga obedeció. El ropero olía a cedro y naftalina. En el segundo cajón había bufandas de seda, guantes de piel y suéteres de cachemira perfectamente doblados.
—Saca el suéter azul marino. El de cuello alto.
Olga lo sacó. Era una prenda masculina, fina, suave al tacto como una nube.
—Póntelo —dijo él.
—Don Víctor, no puedo. Es ropa de hombre, es suya y…
—¡Que te lo pongas! —gritó, golpeando el suelo con el bastón—. Me queda chico. Me aprieta el cuello. Iba a tirarlo o dárselo al jardinero, pero tú lo necesitas más. Póntelo debajo de la filipina o encima, no me importa, pero deja de temblar que me pones nervioso.

Olga dudó un segundo, pero el frío en sus huesos votó por ella. Se puso el suéter. Le quedaba grande, las mangas le cubrían hasta los nudillos, pero el calor fue instantáneo, delicioso. Olía a él: a lavanda antigua y tabaco.
—Gracias —murmuró, alisándose la prenda.
—No me des las gracias, me hacías ruido con los dientes —rezongó él, volviendo a su periódico para ocultar una media sonrisa—. Y ahora, al piano. La lección de hoy es sobre las pausas. La música no son solo las notas, Olga, es el silencio entre ellas.


La semana siguiente fue el infierno académico. Era la semana de finales en la Facultad de Medicina. Olga tenía tres exámenes: Patología, Genética y Medicina Interna. Había estudiado hasta que los ojos le ardieron, durmiendo tres horas diarias, comiendo atún directo de la lata para no perder tiempo cocinando.

El jueves fue el examen de Patología con el Dr. Hinojosa, un hombre conocido por disfrutar el sufrimiento de los estudiantes. El examen fue una masacre. Preguntas capciosas, casos clínicos imposibles, detalles microscópicos que no venían en los libros.
Al salir del aula, Olga sabía que le había ido mal. No solo mal; desastrosamente mal. Revisó sus notas en el pasillo y se dio cuenta de que había confundido dos diagnósticos clave.
Se sentó en una banca de piedra en “Las Islas” de CU y sintió cómo el mundo se le venía encima. Si reprobaba, perdía la beca. Si perdía la beca, no podía pagar la renta. Si no pagaba la renta, se iba a la calle.
La cadena de desastres era tan clara y tan frágil que le dio vértigo.

El sábado llegó a La Casona arrastrando el alma. Tenía ojeras oscuras que ni el maquillaje barato podía ocultar, y sus hombros estaban caídos, derrotados.
Entró a la habitación 305 y ni siquiera saludó. Dejó la mochila, preparó las medicinas en silencio mecánico y se acercó a Don Víctor.

—Tenga —dijo, extendiendo el vaso. Su voz sonó plana, sin vida.
Víctor, que estaba escuchando una sonata de Beethoven en el tocadiscos, la miró. Bajó el volumen con el control remoto (una de las pocas concesiones a la modernidad que permitía).
—¿Quién se murió? —preguntó.
—Nadie. Tómese la pastilla.
—No me la tomo hasta que me digas qué tienes. Traes cara de funeral.
—Estoy cansada, Don Víctor. Por favor, no empiece.

Olga se dio la vuelta para ir al baño, pero él fue más rápido. Extendió el bastón y le enganchó el brazo suavemente, deteniéndola.
—Siéntate —ordenó. No gritó. Fue una orden suave, pero inamovible. Señaló el taburete del piano.
Olga se dejó caer en el banco. Apoyó los codos en las teclas (produciendo un sonido discordante y grave) y escondió la cara entre las manos.
—Reprobé —sollozó, y la palabra rompió el dique. Las lágrimas que había contenido desde el jueves brotaron a borbotones—. Reprobé Patología. Voy a perder la beca. No sirvo para esto. Soy una estúpida. Debí haberme quedado de costurera o de cajera. No tengo cerebro para ser doctora.

Lloró con la desesperación de quien lleva años nadando contra la corriente y siente que, por fin, los brazos se le han cansado. Lloró por el examen, por el hambre, por el frío, por no tener a quién llamar mamá.

Don Víctor se quedó en silencio. No le dijo “ya, ya”, ni le ofreció pañuelos. Dejó que llorara. Esperó a que la tormenta pasara, a que los sollozos se convirtieran en hipidos.
Luego, se levantó de su sillón con mucho esfuerzo, sus rodillas crujiendo, y caminó hasta el piano. Se sentó a su lado en el banco, apretujándose un poco.
Puso sus manos nudosas sobre el teclado, acariciando las teclas blancas.

—Toca un Do mayor —dijo.
Olga levantó la cara, roja e hinchada.
—¿Qué?
—Que toques un Do mayor. Ahora.
—No quiero tocar. No puedo. Estoy triste.
—Por eso mismo. Toca.

Olga, sorbiendo la nariz, puso la mano temblorosa y tocó el acorde. Sonó débil.
—Ahora tócalo fuerte. Fortissimo. ¡Golpea! —ordenó él.
Olga golpeó las teclas. El sonido retumbó.
—Más fuerte. Saca la rabia. Toca un Fa menor. ¡Vamos! ¡Ese que te enseñé que suena a tragedia!

Olga cambió de posición y tocó el acorde menor.
—Eso es —dijo Víctor—. La música aguanta todo, Olga. El piano no te juzga. Puedes gritarle con los dedos y él te responde cantando.

Se giró para mirarla de frente. Sus ojos azules estaban llenos de una seriedad compasiva.
—Escúchame bien. Un examen reprobado es una nota falsa en un concierto de tres horas. ¿Crees que yo nunca me equivoqué? —Soltó una risa seca—. En 1978, en París, olvidé por completo el tercer movimiento del concierto de Ravel. Me quedé en blanco frente a dos mil personas y la orquesta esperando.
Olga lo miró, incrédula.
—¿Qué hizo?
—Improvisé. Toqué tres compases de algo que se me ocurrió en el momento hasta que mi memoria regresó y pude retomar el hilo. Nadie se dio cuenta, excepto el director, que casi me mata después. Pero el público aplaudió.

Le tomó la mano a Olga. Su agarre era débil físicamente, pero espiritualmente férreo.
—El fracaso es parte del concierto, hija. Te caíste. Bien. Eso significa que estás avanzando. Los que no caminan no se caen. Tú estás corriendo un maratón con zapatos rotos y una mochila llena de piedras. Es normal que te tropieces.
—Pero si pierdo la beca…
—Si pierdes la beca, buscamos una solución —la interrumpió con firmeza—. Yo tengo dinero que se está pudriendo en el banco.
—No, Don Víctor. Yo no acepto limosnas.
—¡No es limosna, maldita sea! —Esta vez sí gritó, pero sin ira—. ¡Es una beca al mérito artístico! O llámalo préstamo. Me lo pagas cuando seas una doctora famosa y me cambies los pañales gratis.

Olga soltó una risita nerviosa entre lágrimas.
—Usted nunca va a usar pañales. Es demasiado orgulloso para eso.
—Exacto. Antes muerto que cagado. —Víctor sonrió, mostrándole los dientes—. Así que deja de llorar. Tienes la fuerza de los que sobreviven, Olga. Yo lo veo. Tienes fuego adentro. Un examen estúpido no va a apagar eso. No estás sola contra el mundo.
—A veces se siente así.
—Lo sé. Pero ya no. Me tienes a mí. Mientras yo respire, tú tienes una esquina en este ring.

Olga recargó su cabeza en el hombro huesudo del viejo. Olía a naftalina y a seguridad. Por primera vez en su vida, sintió lo que debía sentir una hija cuando su papá le dice que todo va a estar bien. Y le creyó.


La semana de Navidad llegó. La Ciudad de México se vació un poco; los universitarios foráneos regresaron a sus pueblos, las oficinas cerraron. “La Casona” se decoró con un gusto exquisito pero impersonal. Un árbol de Navidad gigante en el vestíbulo, adornado con esferas de cristal y luces doradas. Nochebuenas rojas en cada esquina. Villancicos instrumentales sonando por los altavoces las veinticuatro horas.

Para los residentes, sin embargo, la Navidad solía ser una época de tristeza disimulada. Las visitas prometidas no llegaban. Los hijos llamaban desde Cancún o Vail para decir “Feliz Navidad, abuelo, te vemos en enero”.

El 24 de diciembre, Nochebuena, caía en domingo. Olga tenía guardia. Había pedido el turno voluntariamente; prefería estar trabajando y ganando el triple (pago festivo) que estar sola en su cuarto escuchando los cohetes de los vecinos.

Llegó a las ocho de la mañana con una bolsa de plástico. Dentro traía dos regalos envueltos en papel periódico (no le alcanzó para papel fantasía).
La atmósfera en La Casona era extraña. El personal estaba reducido al mínimo. Doña Chuy andaba corriendo con un gorro de Santa Claus, tratando de animar a los abuelitos.
—¡Ánimo, don Pedro! ¡Hoy hay pavo y romeritos! —gritaba.

Olga subió a la 305. Don Víctor estaba vestido de gala. Se había puesto un traje de terciopelo negro, camisa blanca y un moño de seda. Estaba recién afeitado y olía a loción cara.
Pero estaba sentado frente a la ventana, mirando el jardín vacío con una copa de whisky en la mano (estrictamente prohibido, pero Olga decidió hacerse la ciega).

—Se ve muy guapo, Don Víctor —dijo ella, entrando.
Él giró la silla. Sus ojos brillaban, quizás por el alcohol, quizás por lágrimas no derramadas.
—Es Nochebuena, Covarrubias. Hay que vestirse para la ocasión, aunque la ocasión sea cenar solo frente a la televisión.
—No va a cenar solo. Me toca guardia hasta las diez de la noche. Y Doña Chuy me dijo que puedo cenar con usted aquí arriba si quiere.

La cara del viejo se iluminó, aunque trató de ocultarlo con un gesto displicente.
—Bueno… supongo que es mejor que cenar con mi reflejo. Pero espero que sepas usar los cubiertos de pescado.
—No hay pescado, hay bacalao. Y sé usar el tenedor, gracias.

La noche cayó. Afuera, el cielo de Coyoacán se iluminaba con fuegos artificiales lejanos. Se oían risas y música en las casas vecinas.
En la habitación 305, Olga y Víctor improvisaron su propia fiesta.
Olga movió una mesita redonda cerca del piano. Doña Chuy subió la cena: bacalao a la vizcaína, romeritos con mole, pavo relleno y ensalada de manzana. Y una botella de vino tinto que Víctor había ordenado sacar de su reserva privada.

—Un brindis —dijo él, alzando su copa. Su mano temblaba mucho, así que la sostenía con las dos—. Por la música. Y por los encuentros improbables.
—Por los encuentros improbables —repitió Olga, chocando su vaso de agua (estaba en turno) con la copa de cristal.

Cenaron platicando de todo y de nada. Víctor le contó sobre una Navidad que pasó en Viena, nevada y mágica. Olga le contó sobre las Navidades en el orfanato, cuando hacían pastorelas y ella siempre le tocaba ser borrego porque no se sabía los diálogos de los ángeles.
—Tú no eres borrego, eres leona —dijo Víctor, limpiando el plato con un pedazo de bolillo—. Y el próximo año, vas a ser ángel. O doctora. Lo que llegue primero.

Cuando terminaron de cenar, Olga sacó su bolsa de plástico.
—Le traje algo. No es mucho, pero… bueno.
Sacó el paquete envuelto en periódico. Víctor lo tomó con curiosidad infantil. Rompió el papel con cuidado.
Era un libro. Una edición usada, vieja, de “La Montaña Mágica” de Thomas Mann.
—Lo vi en una librería de viejo en el centro —explicó Olga, nerviosa—. Me acordé que me dijo que perdió su copia hace años y que quería releerlo.
Víctor acarició la portada gastada. Sus ojos se llenaron de agua.
—Es… es perfecto. Gracias, hija.

Se levantó con dificultad y fue hacia su escritorio. Abrió un cajón y sacó una caja rectangular, envuelta en papel dorado brillante con un moño rojo perfecto.
—Esto es para ti.
Olga lo tomó. Pesaba. Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro, sobre una cama de satén, había un estetoscopio Littmann color burdeos. El Rolls-Royce de los estetoscopios. Brillaba bajo la luz de la lámpara. Olga sabía lo que costaba eso: meses de su sueldo.
Y junto al estetoscopio, había un sobre.

—Don Víctor… no puedo… esto es carísimo…
—Shhh. Cállate. Lee la tarjeta.
Olga abrió el sobre. Había una nota escrita con la letra temblorosa y angulosa de Víctor:
“Para la Dra. Covarrubias. Para que escuches los corazones de tus pacientes con la misma atención con la que escuchas a Chopin. Con afecto y orgullo, V.V.”

Olga rompió a llorar. No pudo evitarlo. Se levantó y abrazó al viejo, hundiendo la cara en su hombro. Él la abrazó de vuelta, con más fuerza de la que parecía tener, acariciándole la espalda torpemente.
—Ya, ya… no mojes mi saco de terciopelo, que es delicado —bromeó él, con la voz quebrada.

Se separaron un poco. Víctor la miró a los ojos, sosteniéndola por los hombros. La luz dorada del árbol de Navidad se reflejaba en sus pupilas.
Había tanto cariño en su mirada, tanta familiaridad, que Olga sintió un escalofrío.
—Te pareces tanto a ella cuando sonríes… —se le escapó a Víctor en un susurro.

El tiempo se congeló.
Olga parpadeó.
—¿A quién? ¿A quién me parezco, Don Víctor?
Víctor se tensó. Se dio cuenta de su error. Soltó los hombros de Olga y retrocedió un paso, apoyándose en el piano. Su rostro se cerró, volviendo a la máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían asustados.
—A… a nadie. A una alumna que tuve hace mucho. También era terca y llorona.

Olga no le creyó. Había algo en su tono, algo en la forma en que había dicho “ella”. Pero decidió no presionar. No esa noche. No quería romper la magia.
—Debe haber sido una gran alumna si todavía se acuerda de ella —dijo suavemente.
—Lo era —dijo Víctor, mirando hacia la oscuridad del jardín—. La mejor. Pero se fue demasiado pronto.

Se sentó al piano.
—¿Quieres tocar un villancico? —preguntó, cambiando de tema radicalmente.
—Solo si es Noche de Paz. Es el único que me sale sin equivocarme.
—Noche de Paz será. Ven, siéntate. Manos juntas. Pedal suave.

Y así, mientras la medianoche llegaba a Coyoacán, una enfermera huérfana y un viejo pianista tocaron a cuatro manos una melodía sencilla. Afuera hacía frío, pero dentro de la habitación 305, había un hogar.
Olga tocó las notas finales, sintiendo la vibración del piano en su pecho. Miró a Víctor de reojo. Se veía pálido, cansado, con la mano izquierda masajeándose el pecho discretamente.

—¿Está bien? —preguntó ella, alarmada.
—Solo cansancio, niña. Demasiada emoción y demasiado bacalao.
—Debería descansar. Mañana le tomo un electro, solo por si acaso.
—Mañana, mañana… —murmuró él, cerrando la tapa del piano—. Mañana será otro día. Ahora vete a dormir a tu cuarto de guardia. Yo me quedaré aquí un rato más.

Olga se despidió con un beso en la mejilla (algo que nunca había hecho).
—Feliz Navidad, padrino —susurró al oído.
Víctor se quedó helado.
—Feliz Navidad, hija.

Cuando la puerta se cerró, Víctor Villalobos se desplomó en su sillón. Se llevó la mano al pecho, donde el corazón le aleteaba como un pájaro enjaulado. Le dolía. No era un dolor agudo, sino un peso sordo, constante. Sabía lo que significaba. Su tiempo se estaba acabando.
Sacó la foto de Margarita de su bolsillo.
—Ya casi se lo digo, Rita —habló con el fantasma—. Ya casi. Es una buena chica. Va a ser una gran doctora. Pero necesito tiempo. Dame un poco más de tiempo. Solo hasta la primavera.

Pero mientras miraba las luces del árbol parpadear, Víctor tuvo el presentimiento oscuro de que la primavera estaba muy lejos, y de que los secretos, como las plantas que crecen en la oscuridad, estaban a punto de romper el suelo para salir a la luz, quisiera él o no.

CAPÍTULO 5: EL ESPEJO ROTO EN LA MESITA DE NOCHE

Enero llegó a la Ciudad de México con su habitual resaca emocional y financiera, la temida “cuesta de enero”. Las luces navideñas de las calles se apagaron, dejando ver los esqueletos grises de los árboles y el asfalto agrietado. El aire se volvió seco, cargado de polvo y de esa electricidad estática que hace que todo dé toques.

En “La Casona”, el ambiente también había cambiado. Después de la calidez frágil de la Nochebuena, una sombra pareció instalarse en la habitación 305.

La salud de Don Víctor comenzó a deteriorarse visiblemente. Ya no eran solo los achaques de la edad; era una fatiga profunda, sistémica. Sus lecciones de piano se volvieron más cortas. A veces, a mitad de una escala, dejaba caer las manos sobre sus rodillas, respirando con dificultad, como si el simple acto de existir le pesara toneladas.

—Estoy bien, Covarrubias, deja de mirarme con esa cara de velorio —gruñía cuando Olga intentaba tomarle el pulso por tercera vez en una hora.
—Tiene taquicardia, Don Víctor. Y tiene los tobillos hinchados. Necesito llamar al cardiólogo.
—¡Ni se te ocurra traer a esos matasanos! —protestaba él, aunque con menos fuerza que antes—. Solo necesito descansar. Es el frío. El frío me congela las válvulas.

Olga no le creía, pero respetaba su voluntad hasta cierto punto. Sin embargo, su preocupación crecía como una enredadera en su pecho. Aquel viejo cascarrabias se había convertido en su única familia, su ancla en el mundo, y la idea de perderlo le aterraba más que reprobar la carrera.

Un sábado a finales de enero, Olga llegó a su turno y encontró la habitación en penumbras a las diez de la mañana. Las cortinas de terciopelo estaban cerradas herméticamente. Olía a encierro, a sudor frío y a enfermedad.

Víctor estaba en la cama, no en su sillón. Estaba tapado hasta la nariz con el edredón de plumas. Temblaba.
—¿Don Víctor? —susurró Olga, dejando su mochila en el suelo y corriendo a su lado.
Al tocarle la frente, sintió que quemaba. Fiebre. Alta.
—Margarita… —murmuró el viejo, con los ojos cerrados y agitados por el movimiento ocular rápido del delirio—. La partitura… no la encuentro… el violín se rompió…

Olga sintió un escalofrío. No era la primera vez que escuchaba ese nombre en sus sueños febriles, pero hoy sonaba con una urgencia desesperada.
—Tranquilo, Don Víctor. Soy Olga. Estoy aquí.
—Olga… —Abrió los ojos un momento. Estaban vidriosos, perdidos en algún lugar del pasado—. No te vayas… está lloviendo en la carretera… está muy resbaloso…

Olga actuó rápido. Activó su modo “enfermera de urgencias”. Llamó a Doña Chuy por el interfón para pedir hielos y antipiréticos. Le puso compresas frías en la frente y en el cuello. Le habló con voz suave pero firme, trayéndolo de vuelta a la realidad, anclándolo al presente.
Pasaron horas tensas. Hacia la tarde, la fiebre cedió. Víctor se quedó dormido, respirando con un ritmo más pausado pero con un silbido preocupante en el pecho.

Olga se dejó caer en el sillón orejero, exhausta. Miró el reloj: las cinco de la tarde. No había comido nada, pero el estómago se le había cerrado.
Se levantó para estirar las piernas y observó la habitación. Estaba hecha un desastre. Había pañuelos tirados, vasos de agua a medio tomar, ropa en una silla.
—Tengo que limpiar esto —se dijo—. Si despierta y ve este chiquero, le va a dar el infarto que tanto temo.

Comenzó a ordenar. Recogió la ropa, abrió un poco la ventana para ventilar el aire viciado. Luego, se acercó a la cama para cambiar las sábanas. Víctor dormía profundamente, así que decidió hacerlo con la técnica de “paciente encamado” que había practicado mil veces en el hospital: rotar al paciente de lado, enrollar la sábana sucia, poner la limpia, rotar al otro lado.

Lo hizo con cuidado infinito, moviendo el cuerpo frágil del anciano como si fuera de cristal. Ya casi terminaba. Solo faltaba estirar la esquina de la sábana bajera del lado derecho, junto a la mesita de noche.
Era una mesita antigua, de caoba pesada, estilo Luis XV, con patas curvas y cajones con jaladeras de bronce. Estaba atiborrada de cosas: la lámpara, el teléfono, pilas de libros, el vaso de agua, el pastillero.

Olga jaló la sábana con fuerza para quitar una arruga.
Su codo, en un movimiento torpe provocado por el cansancio, golpeó la pata de la mesita.
El mueble, que ya estaba inestable por el peso desigual de los libros, se tambaleó.
—¡No! —exclamó Olga, intentando atraparla.

Fue inútil. La ley de la gravedad ganó.
La mesita se volcó hacia adelante con un estruendo que pareció una bomba en el silencio de la habitación.
¡CRAAASH!
La lámpara se rompió contra el piso. El vaso de agua se hizo añicos. Los libros volaron. Y el cajón superior, que no tenía tope, salió disparado, vomitando su contenido por toda la alfombra persa.

Víctor se despertó de golpe, gritando.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Quién dispara?!
—¡Perdón! ¡Perdóneme! —Olga estaba mortificada, arrodillada en el suelo entre los vidrios rotos—. Soy una torpe, se me resbaló, tiré la mesa. ¡No se mueva, hay vidrios! ¡Por favor no se baje!

Víctor, con el corazón a mil por hora, se sentó en la cama, agarrándose el pecho. Al ver a Olga ilesa y solo el desastre material, soltó el aire.
—¡Maldita sea, mujer! —jadeó—. ¡Casi me matas del susto! ¡Pensé que se caía la casa!
—Lo siento, lo siento muchísimo. Ahorita recojo todo. Qué vergüenza.

Olga empezó a recoger los objetos con manos temblorosas.
Frascos de pastillas rodando. Plumas fuentes. Monedas antiguas. Un reloj de bolsillo. Sobres de cartas viejas amarrados con listón.
Estaba metiendo todo de vuelta en el cajón de madera cuando vio algo que se había deslizado debajo del sillón.

Era una fotografía.
No era una foto cualquiera. Era una impresión en blanco y negro, tamaño postal, montada en un cartón rígido, típico de los estudios fotográficos de los años 90. Estaba boca abajo.
Olga la tomó para guardarla. Al girarla, la luz de la tarde que entraba por la ventana iluminó la imagen.

El tiempo se detuvo.
Literalmente. El sonido de los coches en la avenida lejana desapareció. El latido de su propio corazón se detuvo un segundo para luego arrancar al galope, golpeando sus oídos como tambores de guerra.

En la foto aparecía una mujer joven.
Tendría unos veintitrés o veinticuatro años. Estaba de pie en un escenario, sosteniendo un violín contra su pecho, en posición de descanso. Llevaba un vestido de gala negro, sencillo. El cabello oscuro lo tenía recogido en un chongo elegante, pero un mechón rebelde se le escapaba sobre la frente.
Estaba sonriendo. Una sonrisa tímida, apenas insinuada, pero llena de luz.

Olga conocía esa sonrisa.
La veía todas las mañanas en el espejo del baño de su cuarto de azotea mientras se lavaba los dientes.
Conocía esos ojos, grandes, almendrados y oscuros, con una ligera inclinación hacia arriba en las esquinas.
Conocía esos pómulos altos, herencia mestiza innegable.
Incluso tenía el mismo lunar pequeño cerca de la comisura izquierda de los labios.

La mujer de la foto no se parecía a Olga.
La mujer de la foto era Olga.
Pero era una Olga vestida con ropa de otra época, con un peinado que ella nunca usaría.

Olga sintió que el piso se abría bajo sus rodillas. Un vértigo nauseabundo la invadió.
—¿Qué… qué es esto? —susurró. Su voz sonó ajena, lejana.

Víctor, que se había recostado de nuevo esperando que ella terminara, notó el silencio repentino y la inmovilidad de Olga.
—¿Qué pasa ahora? ¿Te cortaste? —preguntó con impaciencia—. Deja eso, llama a Chuy para que barra los vidrios.
Olga no respondió. No podía moverse. Sus ojos estaban pegados al cartón.
Giró la foto. En el reverso, con una tinta azul desvanecida por el tiempo, había una inscripción:
“Margarita. Concierto de Primavera, 1998. Mi orgullo.”

Margarita.
El nombre que Víctor gritaba en sus pesadillas.
Margarita. El nombre que aparecía en su acta de nacimiento bajo el rubro “Madre”, seguido de la palabra “Finada”.

Olga se levantó lentamente. Sus piernas parecían de trapo. Se giró hacia la cama, sosteniendo la foto con una mano que temblaba tanto que la imagen se veía borrosa.
Víctor la vio. Y vio lo que tenía en la mano.
El color abandonó el rostro del anciano. Se puso blanco como la cera, más pálido que durante la fiebre. Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror absoluto.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó él en un susurro ronco.
—Estaba en el cajón. El cajón que se cayó. —Olga dio un paso hacia la cama, mostrando la foto como si fuera un arma—. ¿Quién es ella, Don Víctor?
Víctor desvió la mirada. Se puso a toser, una tos seca, nerviosa.
—Dámela. Son cosas privadas. No tienes derecho a husmear…
—¡No estoy husmeando! —gritó Olga, y su grito rompió el protocolo de enfermera-paciente para siempre—. ¡Se cayó! ¡La vi! ¡Mírela! —Le puso la foto casi en la cara—. ¡Mírela y míreme a mí!

Víctor cerró los ojos, negándose a ver.
—Por favor, Olga… no ahora… estoy enfermo…
—¡Me vale madres que esté enfermo! —Olga estaba llorando, lágrimas calientes de confusión y miedo—. ¡Es idéntica a mí! ¡Es mi cara! ¿Por qué tiene una foto con mi cara de hace veinte años? ¿Quién es Margarita? ¿Es mi madre? ¿Usted es mi abuelo? ¿Quién soy?

La desesperación en la voz de la chica rompió la última defensa del viejo.
Víctor soltó un sollozo seco. Se cubrió la cara con las manos huesudas.
—No soy tu abuelo —dijo, con la voz ahogada—. Ojalá lo fuera. Ojalá tuviera ese derecho.
—Entonces, ¿quién? —Olga se sentó en el borde de la cama, sintiendo que si no se sentaba se desmayaba—. Dígame la verdad. Por favor. Llevo toda mi vida sin saber quién soy. Si usted sabe algo… aunque sea poquito… dímelo.

Víctor bajó las manos. Su rostro estaba bañado en lágrimas. Se veía derrotado, viejo, infinitamente triste.
—Margarita Covarrubias —dijo lentamente, pronunciando el nombre como si fuera sagrado—. Era ella. Tu madre.
El aire salió de los pulmones de Olga.
—Lo sabía… —susurró—. Covarrubias. Es mi apellido.

—Ella fue mi alumna —continuó Víctor, mirando hacia la ventana, hacia el cielo gris de enero—. La mejor alumna que he tenido en cincuenta años de enseñar música. Llegó al conservatorio con un violín prestado y unos zapatos rotos, igual que tú llegaste aquí. Tenía diecisiete años y un talento que daba miedo. Tocaba como los ángeles, Olga. Tenía fuego en las manos.

Olga escuchaba, hipnotizada. Era la primera vez que alguien le hablaba de su madre no como un dato estadístico en un papel, sino como una persona real.
—Yo la becé. La ayudé. Ella no tenía familia, era huérfana de padre y madre, venía de un pueblo perdido en Veracruz. Mi esposa y yo… nosotros no podíamos tener más hijos, Miguel ya estaba grande… así que la adoptamos de corazón. Ella vivía en nuestra casa, comía en nuestra mesa. Se convirtió en la hija que nunca tuvimos.

—¿Y mi padre? —preguntó Olga.
—Tu padre era un buen hombre. —Víctor sonrió levemente—. Javier. Era periodista cultural. Iba a cubrir todos los conciertos de Margarita. Se enamoraron perdidamente. Yo fui tu padrino de boda… y luego tu padrino de bautizo.
—¿Usted? —Olga lo miró con los ojos muy abiertos—. ¿Usted es mi padrino?
—Sí. Te cargué en la pila bautismal de la iglesia de San Juan Bautista, aquí mismo en Coyoacán. Eras una bebé gorda y risueña. Margarita decía que tenías dedos de pianista desde entonces.

—¿Qué pasó? —La pregunta colgó en el aire, pesada y fría como una guillotina.
La cara de Víctor se contrajo de dolor.
—Fue en octubre. Tú tenías un año y medio. Iban a un concierto en Toluca. Margarita iba a ser la solista. Javier manejaba. Llovía mucho. Un tráiler… un maldito tráiler se quedó sin frenos en la curva de La Pera.
Olga se tapó la boca con la mano, ahogando un gemido.
—Margarita y Javier murieron al instante. El coche quedó… deshecho. Pero tú… —Víctor la miró con asombro, como si todavía no pudiera creerlo—. Tú ibas en tu silla de seguridad en el asiento trasero. Los bomberos te sacaron sin un rasguño. Llorando, asustada, pero viva. Un milagro, dijeron.

—¿Y por qué terminé en un orfanato? —La voz de Olga se endureció. La tristeza daba paso a la rabia—. Si usted era mi padrino… si me querían tanto… ¿por qué nadie fue por mí? ¿Por qué crecí sola, lavando baños y usando ropa donada, si tenía un padrino rico y famoso?

Víctor bajó la cabeza, avergonzado.
—Esa es mi cruz, Olga. Y la cargaré hasta el infierno.
Tomó aire, temblando.
—Cuando el accidente ocurrió, yo estaba en una gira por Japón. No me enteré hasta tres días después. Cuando regresé, ya los habían enterrado. Fui a buscarte. Fui al DIF, a los hospitales. Pero en el caos del accidente… alguien cometió un error. En el reporte pusieron que te había reclamado una tía paterna. Una tal “Señora Martínez”.
—Yo no tengo tía Martínez.
—Lo sé. Ahora lo sé. Pero en ese momento… Javier tenía familia lejana con la que no se hablaba. Pensé que ellos te tenían. Los busqué. Contraté detectives privados. Gasté una fortuna, Olga. Durante dos años seguí cada pista. Pero te esfumaste. El sistema burocrático de este país es un agujero negro. Te perdiste en el papeleo. Cambiaron tu expediente, o te movieron de estado… no lo sé. Al final, los detectives me dijeron que probablemente te habían dado en adopción ilegal o que habías muerto.

El silencio que siguió fue denso.
Olga procesaba la información. Sentía una mezcla de alivio y furia. Alivio porque no había sido abandonada por falta de amor; sus padres la querían, tenían planes para ella. Furia porque un error burocrático le había robado su vida. Y confusión respecto a Víctor.

—¿Y cuándo supo que era yo? —preguntó ella, mirándolo fijamente—. ¿Cuándo supo que la enfermera pobre que le limpia el cuarto era su ahijada perdida?
—El primer día —confesó Víctor, con voz apenas audible—. Cuando me dijiste tu nombre. Olga Covarrubias. Mi corazón casi se detiene. Pero pensé: “No puede ser, es una coincidencia”. Covarrubias es un apellido común.
—¿Y luego?
—Luego te vi. Tienes sus gestos. Tienes su forma de fruncir el ceño cuando te concentras. Y cuando pusiste el disco de Chopin… Margarita amaba ese nocturno. Ahí supe que eras tú. La sangre no miente.

—¿Por qué no me dijo? —Olga se levantó de la cama, retrocediendo—. Llevo tres meses viniendo aquí. Tres meses contándole que estoy sola. Tres meses sufriendo por dinero. ¡Usted sabía que era mi padrino! ¡Usted tiene dinero, tiene poder! ¡Podía haberme dicho la verdad!
—¡Tenía miedo! —gritó Víctor, y las lágrimas corrieron libremente por sus mejillas arrugadas—. ¡Mírame, Olga! Soy un viejo inútil que se está muriendo. Tenía miedo de que me odiaras. Miedo de decirte: “Soy el responsable de que hayas tenido una vida miserable”. Miedo de que, si te decía la verdad, te fueras y me dejaras solo otra vez.

Víctor extendió las manos hacia ella, suplicante.
—Fui un cobarde. Lo admito. Quería disfrutar un poco de ti. Quería conocerte, enseñarte música, ver en qué mujer te habías convertido, antes de que el pasado lo arruinara todo. Quería ser tu amigo antes de ser tu padrino fallido.

Olga lo miró. Vio a un hombre destrozado por la culpa. Vio a un anciano que, a su manera retorcida y egoísta, la había estado cuidando estos meses. Le había dado el abrigo, le había dado dinero (disfrazado de pago extra), le había dado música.
Recordó la Navidad. El estetoscopio. “Con orgullo, V.V.”.

La rabia se desinfló, dejando un hueco enorme lleno de dolor, pero también de algo nuevo: pertenencia.
Ya no era una hoja al viento. Era hija de Margarita y Javier. Era ahijada de Víctor. Tenía una historia. Trágica, sí, pero suya.

Olga se acercó lentamente a la cama. Se sentó de nuevo.
Víctor escondió la cara entre las manos, esperando el rechazo. Esperando que ella se fuera y azotara la puerta para siempre.
Pero sintió unos brazos rodeándolo.
Olga lo abrazó. Lo abrazó fuerte, pegando su mejilla contra el pecho huesudo del viejo, escuchando ese corazón cansado que latía con dificultad.

—No lo odio, padrino —susurró ella, con la voz quebrada—. Me duele. Me duele mucho todo el tiempo que perdimos. Pero no lo odio. Usted me buscó. Usted me quiso. Eso es más de lo que he tenido en veinte años.

Víctor rompió a llorar, un llanto profundo, liberador, que sacudía todo su cuerpo.
—Perdóname, hija. Perdóname, Margarita.
—Ya la encontró —dijo Olga, acariciándole el cabello blanco—. Estamos aquí. No se murió todo. Yo soy lo que queda de ella. Y usted me está enseñando a tocar su música.

Se quedaron así mucho tiempo, abrazados en la penumbra de la habitación, rodeados de vidrios rotos y pastillas derramadas, mientras la tarde caía sobre la Ciudad de México.
La foto de Margarita yacía en la colcha, entre los dos, mirando al techo con esa sonrisa eterna. Parecía aprobar la escena. Parecía decir: “Por fin”.

Cuando se separaron, Víctor se veía agotado, pero sus ojos tenían una luz diferente. La sombra de la culpa se había disipado un poco.
—Olga… —dijo, tomándole la mano—. Hay mucho que tengo que contarte. Hay cosas… hay una herencia. Tu madre te dejó cosas. Yo las guardé.
—Ahora no, Don Víctor. Ahora tiene que descansar. Tiene fiebre otra vez.
—No me llames Don Víctor. Dime padrino. O tío. O viejo loco. Pero no Don Víctor.
Olga sonrió entre lágrimas.
—Está bien, padrino. Pero ahora, a dormir. Mañana me cuenta todo. Mañana me enseña más fotos. Quiero ver a mi papá.

Olga se levantó para terminar de limpiar el desastre. Mientras barría los vidrios de la lámpara rota, sentía que estaba barriendo también los pedazos de su identidad rota para empezar a pegarlos de nuevo.
Era Olga Covarrubias. Hija de músicos y periodistas. Sobreviviente. Pianista en entrenamiento.
Y por primera vez en su vida, al mirar por la ventana hacia la noche de enero, no sintió frío.


Esa noche, Olga no regresó a su casa. Se quedó en la habitación, durmiendo en el sillón orejero, velando el sueño de su padrino.
A mitad de la noche, Víctor se despertó. La vio durmiendo, incómoda pero tranquila, con el suéter azul que él le había regalado puesto como cobija.
Víctor sonrió en la oscuridad.
Sabía que le quedaba poco tiempo. Su corazón estaba fallando; lo sentía en cada latido irregular. Pero ya no tenía miedo a la muerte. Había cerrado el círculo. Había encontrado a la hija de Margarita. Había entregado la estafeta.

“Gracias”, pensó, mirando hacia arriba, hacia donde quiera que estuviera su vieja amiga. “Gracias por enviarla de vuelta. Te prometo que, lo que me quede de vida, voy a darle el mundo que se merece”.

Cerró los ojos y soñó con música. Soñó con un concierto a dos pianos. Él en uno, Olga en el otro, y Margarita dirigiendo la orquesta con una batuta de luz.
La sonata estaba completa.

CAPÍTULO 6: EL ÁLBUM DE PIEL Y UN VIOLÍN SILENCIOSO

Febrero entró en La Casona con una luz dorada y cruel, de esas que iluminan cada partícula de polvo flotando en el aire. Para Olga y Víctor, sin embargo, el tiempo había dejado de medirse en meses o días; ahora se medía en historias.

Desde la noche de la revelación, la dinámica en la habitación 305 había sufrido una metamorfosis total. Ya no eran la enfermera estricta y el paciente rebelde. Eran dos náufragos que se habían encontrado en la misma isla desierta y trataban de construir un refugio antes de que subiera la marea.

Olga prácticamente vivía allí. Iba a la facultad por las mañanas, con los ojos rojos de sueño pero con una energía extraña, eléctrica, y corría de regreso a Coyoacán por las tardes. Sus vecinas de la Doctores pensaban que se había echado novio. “¿Quién es el afortunado, Olguita?”, le preguntaban en la escalera. “Un músico”, respondía ella con una sonrisa enigmática. Y no mentía.

El “ogro” también había cambiado. Víctor estaba más débil físicamente; su corazón fallaba con una regularidad alarmante y sus piernas ya casi no lo sostenían. Pero su mente estaba en ebullición. Tenía prisa. Una prisa voraz por vaciar su memoria en la mente de Olga, por entregarle todo lo que sabía, todo lo que recordaba, antes de que el silencio final lo alcanzara.

—Abre el armario bajo, el que tiene llave —le pidió una tarde de domingo, mientras Olga le acomodaba las almohadas para que pudiera respirar mejor. Le entregó una llave pequeña de bronce que sacó de debajo de su colchón—. Ahí está la historia. Tráemela.

Olga abrió las puertas de madera tallada. El olor a naftalina y cedro la golpeó. En el fondo, escondidos detrás de cajas de zapatos viejas, había varios álbumes de fotos de piel gastada y una caja de madera negra, larga y elegante.
—Los álbumes primero —ordenó Víctor con voz rasposa.

Olga llevó los pesados volúmenes a la cama y se sentó junto a él. Al abrir la primera página, sintió que abría una puerta hacia un mundo que le había sido robado.

—Esa es ella —señaló Víctor con su dedo índice, deformado y tembloroso.
La foto, en sepia, mostraba a una niña de unos diez años, muy flaca, con trenzas apretadas y un vestido sencillo, abrazada a un estuche de violín casi tan grande como ella.
—Margarita el día que llegó al conservatorio —contó Víctor, y sus ojos se empañaron—. Venía de un pueblo cerca de Xalapa. No tenía dinero ni para el camión, se vino de aventón. Pero cuando tocó… Dios mío. Los maestros lloraron. Tenía un sonido… puro. Doloroso y puro.

Pasaron las páginas. Olga vio crecer a su madre ante sus ojos. La vio convertirse en adolescente, en una joven hermosa que reía con la boca abierta, sin miedo. La vio tocando en teatros, recibiendo flores, viajando.
—Era divertida —dijo Víctor, soltando una risita que terminó en tos—. Le encantaba bailar salsa. Decía que Bach era divino, pero que Celia Cruz era la reina. Me hacía bailar a mí, imagínate, a este viejo tieso.

Luego, apareció él.
—¿Quién es? —preguntó Olga, tocando la imagen de un hombre joven, de cabello alborotado, lentes de pasta y una sonrisa chueca, sentado frente a una máquina de escribir rodeado de tazas de café y papeles arrugados.
—Ese… ese es Javier. Tu padre.
El corazón de Olga dio un vuelco. Era la primera vez que veía la cara de su padre. No era el “espía secreto” que ella imaginaba de niña. Era un hombre real. Tenía cara de buena persona. Cara de alguien que cuenta chistes malos y abraza fuerte.

—Era un desastre —dijo Víctor con cariño—. Periodista cultural del Excélsior. Escribía como los dioses, pero siempre perdía las llaves y llegaba tarde a todo. Excepto a los conciertos de Margarita. Ahí siempre estaba en primera fila. Se conocieron en una entrevista. Él le tiró el café encima a su vestido antes de empezar. Ella casi lo mata. Dos años después se casaron.

Olga acarició la foto.
—Tengo su nariz —murmuró—. Y su barbilla.
—Y su terquedad —añadió Víctor—. Javier era necio como una mula cuando creía en algo. Tú eres igual. No te rindes.

Llegaron a la foto de la boda. Víctor aparecía ahí, más joven, erguido y orgulloso, firmando como testigo. Margarita vestida de blanco, radiante. Javier mirándola como si fuera el sol.
Y finalmente, las fotos de bebé.
Olga vio a una Margarita cansada pero feliz, sosteniendo un bulto envuelto en una cobija amarilla.
—Esa eres tú —dijo Víctor suavemente—. Tenías dos días de nacida. Margarita dijo que eras su mejor composición. Decía: “Víctor, esta niña va a cambiar el mundo. Tiene manos de artista”.

Olga no pudo contener las lágrimas. Lloró silenciosamente, dejando que las gotas cayeran sobre el plástico que protegía las fotos. No lloraba de tristeza, sino de alivio. Durante veintidós años había pensado que era un desperdicio, un accidente. Ahora sabía que había sido deseada, amada, celebrada. Esas fotos eran la prueba irrefutable de su valor.
—Gracias, padrino —susurró—. Gracias por guardar esto. Gracias por devolvérmelos.

Víctor le apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba.
—No podía tirarlas. Tu padre… Javier, después del accidente, quiso quemar todo. El dolor lo volvió loco. Decía que no podía verla en fotos si no la tenía en vida. Yo rescaté estos álbumes de la basura cuando él no veía. Pensé… pensé que algún día tú vendrías a pedírmelos. Me tardé veinte años, pero aquí están. Son tuyos. Tu herencia.


Días después, cuando la tarde caía violeta sobre el jardín de La Casona, Víctor le pidió a Olga que sacara la caja de madera negra que había quedado en el armario.
—Ponla sobre la mesa. Con cuidado. Como si fuera una bomba.

Olga obedeció. La caja era pesada, de madera noble, con herrajes de plata oscurecida por el tiempo.
—Ábrela.
Olga levantó la tapa. El interior estaba forrado de terciopelo azul rey, suave y profundo. Y allí, descansando como una reina en su sarcófago, estaba el violín.
Era un instrumento hermoso. La madera tenía un barniz rojizo, profundo, que parecía brillar con luz propia. Olía a resina, a madera vieja y a historia.

—Es un Guarneri —dijo Víctor con reverencia—. No es un Stradivarius, pero casi. Tiene un sonido más oscuro, más humano. Se lo regalé a Margarita cuando se graduó del conservatorio. Me costó todos mis ahorros de aquella época, pero valió la pena. Ella lo hizo cantar.

—Es… es precioso —dijo Olga, sin atreverse a tocarlo.
—Sácalo. Tómalo.
—No sé tocar, padrino. Me va a regañar si lo agarro mal. Solo sé tocar “Estrellita” en el piano y mal.
—No importa. Es madera, Olga. La madera tiene memoria. Necesita el calor de una mano para no morir. Tómalo.

Olga extendió las manos temblorosas y levantó el violín por el mástil. Pesaba menos de lo que imaginaba. Se lo acomodó bajo la barbilla, instintivamente, como había visto en las fotos de su madre.
Tomó el arco.
—No lo toques —advirtió Víctor—. Está desafinado y las cuerdas deben estar viejas. Solo… siéntelo.

Olga cerró los ojos. Sintió la madera vibrando contra su clavícula. Imaginó a su madre, veinte años atrás, sosteniendo ese mismo instrumento, poniendo sus dedos en el mismo diapasón, sudando sobre la misma mentonera.
Fue como un corrientazo eléctrico. Una conexión física, tangible, a través del tiempo.
—Hola, mamá —pensó—. Soy yo. Soy la niña de la cobija amarilla.

Víctor la miraba desde la cama con una expresión de dolorosa satisfacción.
—Te ves igual a ella —murmuró—. Da miedo.
—¿Cree que pueda aprender? —preguntó Olga, abriendo los ojos—. Ya estoy vieja para empezar.
—Nunca se es viejo para la música. Quizás no seas una virtuosa de concierto, tus manos ya están formadas para la medicina, no para las escalas rápidas. Pero puedes hacer que suene. Puedes hacer que ella hable a través de ti.

Olga volvió a guardar el violín en su estuche, con la promesa silenciosa de que aprendería. No por fama, no por dinero, sino por ella.


Pero no todo era poesía y nostalgia. La realidad, fría y burocrática, tenía que ser atendida. Víctor sabía que le quedaba poco tiempo y, como buen director de orquesta, quería dejar la partitura final perfectamente organizada.

Una mañana de martes, Olga llegó y encontró a un hombre de traje gris sentado junto a la cama de Víctor. Tenía un maletín de cuero y cara de notario aburrido.
—Olga, pasa —dijo Víctor, que ese día parecía tener un repunte de energía, aunque su color de piel era grisáceo—. Él es el Licenciado Morales. Mi abogado.
—Mucho gusto —dijo Olga, intimidada.
—Siéntate. Tenemos que hablar de negocios.

Olga se sentó en la orilla del sillón, nerviosa.
—El Licenciado está redactando mi testamento final —dijo Víctor sin rodeos—. He hecho algunos cambios.
—Don Víctor, no empiece con eso…
—¡Cállate y escucha! —La regañó con su antigua ferocidad—. No tengo tiempo para tus sensiblerías. Me voy a morir, Olga. Pronto. Y no voy a dejarte en la calle otra vez. No voy a permitir que el sistema te trague de nuevo.

Víctor tomó un sorbo de agua y continuó, con tono de negocios.
—He hablado con Miguel, mi hijo. Él está en París. Sabe todo. Le conté sobre ti, sobre quién eres. Miguel es un buen hombre, Olga. No es rencoroso. Él tiene su vida hecha allá, le va muy bien. Está de acuerdo con mi decisión.
—¿Qué decisión?
—La casa de la colonia Roma, donde vivía antes de venir a este asilo, es tuya.
Olga abrió la boca para protestar, pero Víctor levantó la mano.
—Es tuya. Está escriturada a tu nombre desde ayer. Es un departamento grande, viejo, necesita reparaciones, pero es tuyo. También he dejado un fideicomiso para que termines tu carrera sin tener que comer sopas instantáneas y para que puedas hacer tu especialidad donde se te dé la gana. Y, por supuesto, el violín y los derechos de autor de algunas de mis composiciones menores.

Olga se levantó, temblando.
—Padrino… es demasiado. Yo no quiero su casa. Yo lo quiero a usted. No puedo aceptar eso. Van a decir que me aproveché, que soy una enfermera cazafortunas.
—¡Que digan lo que quieran! —bramó Víctor, tosiendo violentamente después—. A mí me importa un bledo lo que diga la gente. Y a ti también debería. Esto no es caridad, Olga. Es… es restitución.

El viejo se calmó, respirando con dificultad. Miró a Olga con ojos suplicantes.
—Le fallé a tu madre. Le fallé a tu padre. Y te fallé a ti durante veinte años. No estuve ahí para protegerte. Dejé que crecieras sola, pasando frío, pasando hambre. No puedo cambiar el pasado, Olga. Pero puedo asegurar tu futuro. Es lo único que me deja morir en paz. ¿Me vas a negar eso? ¿Vas a ser tan orgullosa que no vas a dejar que este viejo se muera tranquilo?

Olga sintió las lágrimas correr por su cara. Entendió que no se trataba del dinero. Se trataba de la redención de Víctor. Aceptar la herencia era darle el perdón final.
—Está bien —dijo, con voz estrangulada—. Acepto. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Víctor, desconfiado.
—Que el departamento no sea solo para mí. Quiero… quiero usarlo para algo más. Algo que mi mamá quería.

Víctor sonrió. Una sonrisa astuta y orgullosa.
—¿La escuela?
—Usted me dijo que ella soñaba con una escuela de música para niños pobres. Para niños como yo. Si voy a tener esa casa enorme, no quiero vivir sola ahí. Quiero que suene.
—Trato hecho —dijo Víctor, recostándose en las almohadas, agotado pero feliz—. La Escuela de Música Margarita Covarrubias. Suena bien. Suena muy bien.

El abogado, que había permanecido en silencio presenciando la escena con profesionalismo estoico, le pasó los papeles a Olga para firmar.
Al estampar su firma, Olga sintió que dejaba de ser la “huerfanita” para convertirse en la guardiana de un legado.


Marzo trajo vientos fuertes y cielos despejados, pero en la habitación 305, la luz se iba apagando. Víctor ya no se levantaba de la cama. Las lecciones de piano se habían transformado. Ahora Olga se sentaba al piano y tocaba para él, mientras él corregía desde la cama con los ojos cerrados.
—Más suave el legato, Olga… no golpees… siente el peso del brazo…

Olga tocaba mejor. No era una virtuosa, pero tocaba con un sentimiento desgarrador. Tocaba para mantenerlo despierto. Tocaba para decirle todo lo que no podía decir con palabras.
A veces, Víctor le pedía que pusiera los discos de vinilo. Escuchaban a Mahler, a Brahms, a Rajmáninov.
—La música es el único lenguaje que entiende la muerte —le dijo una noche, cuando el dolor en el pecho no lo dejaba dormir—. La muerte es silencio, Olga. La música es la negación del silencio. Mientras suene la música, la muerte tiene que esperar en la puerta.

—Entonces no voy a dejar de tocar nunca —prometió Olga, tocando un acorde de Do mayor, simple y firme.
—Tocarás. Pero también curarás. Eres doctora, hija. Tienes el don de sanar. No lo desperdicies. La música cura el alma, pero la medicina cura el cuerpo. Necesitas las dos. Tu madre era pura alma. Tu padre era pura mente. Tú eres la mezcla perfecta.

Una tarde, Miguel, el hijo de Víctor, llamó por videollamada desde París. Olga sostuvo el teléfono frente a la cara de Víctor.
Fue una despedida extraña, digital y pixelada, pero llena de amor. Miguel lloró. Víctor le dijo que estaba orgulloso de él. Y luego, Miguel pidió hablar con Olga.
—Gracias —le dijo el hombre desde la pantalla, con los mismos ojos azules de su padre—. Gracias por devolverle la vida a mi papá. Gracias por ser la hija que yo no pude ser por la distancia. Cuídalo, prima.
—Lo cuidaré, primo —respondió Olga. Y sintió que la familia crecía, cruzando océanos.

La última semana de marzo, Víctor dejó de comer. Solo aceptaba pequeños sorbos de agua que Olga le daba con una jeringa, como a un pajarito caído.
Doña Chuy y el personal de La Casona entraban en silencio, persignándose. Sabían que el final estaba cerca. El médico de la residencia sugirió trasladarlo al hospital para ponerle suero y oxígeno.
—No —dijo Olga con firmeza—. Él me hizo prometer que no moriría entre tubos y máquinas. Se queda aquí. Con sus libros y su música. Yo me encargo.

Olga instaló un catéter subcutáneo para administrarle morfina y que no sintiera dolor. Se mudó permanentemente a la habitación. Dormía a ratos en el sillón, con un ojo abierto, atenta a cada cambio en la respiración del viejo.
Le leía en voz alta. Le leía La Montaña Mágica, el libro que le había regalado en Navidad. Le leía poemas de Jaime Sabines. Le contaba sobre su día, aunque él ya casi no respondía.

—Hoy hace sol, padrino. Los jacarandas están floreciendo. Todo Coyoacán está morado. Deberías verlo.
Víctor apretó levemente su mano. Aún estaba ahí.

La noche del 31 de marzo, la respiración de Víctor cambió. Se volvió irregular, superficial. La famosa “respiración de Cheyne-Stokes”, el presagio del fin.
Olga sintió que el pánico le subía por la garganta, pero lo tragó. No podía desmoronarse ahora. Él la necesitaba fuerte.
Se sentó a su lado en la cama. Le tomó la mano fría y huesuda entre las suyas cálidas.
—Estoy aquí, padrino. No estás solo. Estoy aquí.

Víctor abrió los ojos. Ya no veían la habitación. Veían algo más allá, algo que Olga no podía ver.
—El concierto… —susurró, con un hilo de voz—. Ya va a empezar… la orquesta está afinando…
—Sí —dijo Olga, siguiéndole la corriente, conteniendo el llanto—. Es un gran concierto. Están todos ahí. Mamá está ahí. Papá está ahí.
—Margarita… tiene el violín… está afinando un La…
—Ve con ellos, padrino —le dijo Olga, acercándose a su oído—. Ve a dirigir. Ellos te están esperando. Yo estoy bien. Me dejaste fuerte. Me dejaste llena de música. No tengas miedo.

Víctor giró la cabeza levemente y la miró. Por un segundo, la niebla se disipó y sus ojos azules brillaron con una claridad absoluta, una despedida final.
—Te quiero, hija —susurró.
—Y yo a ti, papá —respondió Olga. Fue la primera y única vez que lo llamó así.

Víctor sonrió. Una sonrisa de paz absoluta. Cerró los ojos.
Olga se levantó y caminó hacia el tocadiscos. Sus manos temblaban, pero sus movimientos fueron precisos.
Puso el disco.
Frédéric Chopin. Nocturno número 2 en Mi bemol mayor.

Las notas del piano llenaron la habitación, dulces, melancólicas, perfectas. La música subió por las paredes, envolvió la cama, acarició el rostro cansado del anciano.
Víctor Villalobos exhaló un último suspiro largo, suave, y se dejó llevar por la melodía. Su pecho dejó de moverse. Su mano se relajó entre las de Olga.

Olga no gritó. No hubo drama. Solo se quedó ahí, sosteniendo su mano, mientras la música seguía sonando. Sintió cómo el espíritu de aquel hombre difícil y maravilloso abandonaba el cuarto, dejando atrás un silencio que ya no era vacío, sino lleno de gratitud.
Miró por la ventana. La luna llena iluminaba el jardín de jacarandas.
—Buen viaje, maestro —dijo al aire—. Salúdame a mamá.

Se quedó escuchando el disco hasta que la aguja llegó al final y se quedó girando en el silencio estático.
Click, click, click.
Olga detuvo el tocadiscos.
Luego, con la calma de quien ha cumplido una misión sagrada, sacó su celular y marcó el número de Miguel en París.
—Ya terminó el concierto, primo —dijo suavemente—. Fue una ejecución perfecta.

Esa noche, Olga Covarrubias durmió por última vez en el sillón orejero, velando el cuerpo de su padrino, sabiendo que al día siguiente empezaba el resto de su vida. Una vida que ya no sería de silencio y soledad, sino una sinfonía que apenas comenzaba a escribirse.

CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DE LA COLONIA ROMA Y UNA CAJA DE ZAPATOS

El funeral de Víctor Villalobos fue discreto, casi minimalista, tal como él lo había estipulado en sus últimas voluntades. No hubo grandes discursos, ni orquestas completas tocando réquiems dramáticos, ni multitudes de admiradores hipócritas que no lo habían visitado en vida.

Fue en el Panteón Francés de la Piedad, bajo un cielo de abril que amenazaba lluvia pero que se contenía, dejando caer solo una bruma gris y pegajosa sobre la Ciudad de México. Solo había cinco personas frente a la fosa abierta: el Licenciado Morales (el abogado), Doña Chuy (llorando a mares con un pañuelo de tela), la Licenciada Serrano de la residencia, Olga y Miguel.

Miguel Villalobos, el hijo pródigo, había llegado desde París con los ojos rojos y un traje negro impecable que gritaba “corte europeo”. Era un hombre alto, distinguido, con las sienes plateadas y los mismos ojos azules penetrantes de su padre, aunque sin la dureza que caracterizaba al viejo director.

Cuando la ceremonia terminó y los sepultureros comenzaron su trabajo con esa eficiencia indiferente que da la costumbre, Miguel se acercó a Olga.
Ella se sentía fuera de lugar. Llevaba su mejor ropa —un pantalón negro de vestir y una blusa blanca—, pero se sentía pequeña, impostora, como si en cualquier momento alguien fuera a pedirle que se retirara porque la familia “real” necesitaba privacidad.

—Tú debes ser Olga —dijo Miguel. Su español tenía un ligero acento francés, suave y gutural en las erres.
—Sí. Mucho gusto, Miguel. Y lo siento mucho.
—No lo sientas. —Miguel la miró con una intensidad que la hizo estremecer; era como ver a Víctor joven—. Él se fue en paz. Me lo dijiste por teléfono y te creo. Hacía años que no lo escuchaba tan… sereno. Y eso es gracias a ti.

Miguel extendió los brazos y, para sorpresa de Olga, la abrazó. No fue un abrazo protocolario. Fue un abrazo fuerte, de oso, un abrazo de quien encuentra a un náufrago de su misma especie.
—Gracias, prima —susurró—. Gracias por estar cuando yo no pude.
Olga se permitió llorar un poco en el hombro de ese desconocido que compartía su sangre espiritual.
—Él te quería mucho, Miguel. Siempre hablaba de ti.
—Y de ti —respondió él, separándose y sacando un sobre grueso de su saco—. Me dio esto para ti hace años, cuando lo visité la última vez, “por si acaso”. Creo que es el momento.

Olga tomó el sobre. Pesaba.
—¿Qué es?
—Las llaves —dijo Miguel, mirando hacia la salida del cementerio—. Yo regreso a París mañana. Mi vida está allá. Pero la vida de él… y la memoria de Margarita… se quedan aquí. En la Roma. Ahora es tu turno, Olga. No dejes que la música se apague en esa casa.


Dos días después, Olga estaba parada frente a un edificio antiguo en la calle de Orizaba, en el corazón de la Colonia Roma Norte.
Era una construcción del Porfiriato, de esas que sobreviven a los terremotos por pura terquedad y elegancia. Tenía fachada de piedra gris, balcones de hierro forjado con detalles Art Nouveau y una puerta de madera maciza que parecía la entrada a una catedral.

Olga miró las llaves que tenía en la mano. Eran tres: una grande y antigua para el portón principal, y dos más modernas para la puerta del departamento y la de servicio.
Le temblaban las manos.
—Es solo una casa, Olga —se dijo a sí misma—. No muerde.

Pero no era solo una casa. Era el pasado. Era el lugar donde su madre había reído, donde había tocado, donde había sido hija. Y ahora, increíblemente, era suya.
Metió la llave en la cerradura. Giró con un chasquido suave, bien engrasado. Empujó la puerta.

El vestíbulo del edificio era fresco y olía a cera vieja. Subió las escaleras de mármol desgastado por cien años de pasos hasta el segundo piso. Departamento 2B.
Abrió la puerta.

Lo primero que la golpeó fue el “olor a encierro”. Ese olor particular de los lugares donde el tiempo se ha detenido: polvo acumulado, madera seca, cortinas cerradas y la ausencia de respiración humana.
Olga buscó el interruptor de la luz. Un candelabro de cristal en el techo parpadeó y se encendió, bañando el recibidor con una luz amarillenta.

El lugar era inmenso. Techos de tres metros de altura con molduras de yeso. Pisos de duela de madera que crujían bajo sus tenis. Muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas esperando ser despertados.
Olga caminó despacio, sintiéndose una intrusa en su propia propiedad.
Levantó una sábana en la sala. Debajo apareció un sofá de terciopelo rojo, estilo Luis XV, impecable. Levantó otra: una mesa de centro de mármol.

Caminó por un pasillo largo, lleno de cuadros cubiertos con papel estraza. Abrió una puerta a la derecha: una biblioteca. Paredes forradas de libros desde el suelo hasta el techo. Había una escalera corrediza de madera para alcanzar los estantes altos. Un escritorio ejecutivo enorme dominaba el centro, y sobre él, una lámpara verde de banquero y una foto enmarcada.
Olga se acercó. La foto era de Víctor y Margarita, riendo frente a la Torre Eiffel.
—Hola, padrino —susurró al aire viciado—. Ya llegué.

Siguió explorando. Había tres recámaras. La principal, austera y masculina, evidentemente de Víctor. Una de huéspedes, vacía.
Y al fondo del pasillo, una puerta cerrada con llave.
Olga probó la llave más pequeña del llavero. Abrió.

El cuarto estaba en penumbra. Olga abrió las pesadas cortinas y la luz de la tarde inundó el espacio. El polvo danzó en los rayos de sol.
Se quedó sin aliento.
No era una recámara. Era un estudio de música.
Las paredes estaban insonorizadas con paneles de corcho y tela. En el centro, dominando el espacio como un altar, había un piano de cola Steinway & Sons, negro, brillante a pesar del polvo.
Había atriles. Había estuches de instrumentos. Y en las paredes, pósters de conciertos enmarcados.
“Margarita Covarrubias – Solista. Orquesta Sinfónica Nacional. Palacio de Bellas Artes, 1997.”
“Víctor Villalobos dirige a Mozart. París, 1985.”

Olga entró despacio. El aire aquí se sentía diferente. Cargado. Vibrante.
Se acercó al piano. Levantó la tapa del teclado. Las teclas estaban impolutas.
Se sentó en la banqueta de cuero.
Puso las manos sobre las teclas, pero no tocó. Solo cerró los ojos y respiró.
—Esta es mi casa —dijo en voz alta, probando cómo sonaban las palabras—. Esta es mi herencia.

De repente, el peso de la realidad cayó sobre ella como una losa.
¿Qué iba a hacer ella, una estudiante de medicina de veintidós años que comía atún de lata, con un departamento de lujo en la Roma y un piano de cola?
¿Cómo se pagaba el mantenimiento de un lugar así? ¿El predial? ¿La luz?
El Licenciado Morales le había hablado de un fideicomiso, sí. Había dinero. Suficiente para vivir bien, para terminar la carrera. Pero la responsabilidad… la responsabilidad era aterradora.

Olga se sintió pequeña. Se sintió sola.
Se levantó del piano y salió al balcón que daba a la calle Orizaba.
Abajo, la vida de la Roma seguía su curso. Hipsters paseando perros, gente tomando café en las terrazas, vendedores de flores empujando sus carritos.
—¿Y ahora qué? —le preguntó a la ciudad—. ¿Me vuelvo una señora rica y me siento a tomar té?

La respuesta no llegó del exterior, sino de su teléfono que vibró en su bolsillo.
Era una notificación del hospital.
“Confirmación de guardia: Internado de Pregrado. Hospital General de México. Inicio: 1 de Junio. Servicio: Urgencias.”

Olga sonrió con ironía.
La señora rica tendría que esperar. La doctora Covarrubias tenía guardia.


Los meses siguientes fueron una locura esquizofrénica.
Olga se mudó al departamento de la Roma, pero solo ocupaba una fracción del espacio. Dormía en la habitación de huéspedes (no se atrevía a usar la de Víctor) y usaba la cocina enorme para hacerse sándwiches rápidos antes de correr al hospital.

Su vida se partió en dos.
De día (y muchas veces de noche), era la interna de pregrado más explotada del Hospital General. Corría por los pasillos con su bata blanca, sacaba sangre, ponía sondas, recibía regaños de los residentes superiores, comía tacos parados en la esquina y dormía siestas de quince minutos en los sofás de la sala de espera. Era el mundo de la sangre, el dolor, el olor a cloro y la adrenalina.

Pero cuando terminaba su turno, tomaba el metrobús o un Uber y regresaba a Orizaba.
Entrar al departamento era como entrar a una cámara de descompresión. El silencio la abrazaba. Se quitaba los zapatos de hospital, se daba una ducha larga en un baño con agua caliente ilimitada (un lujo que todavía la maravillaba) y se sentaba en la biblioteca.

Empezó a leer los libros de Víctor. Empezó a escuchar sus discos en un equipo de sonido de alta fidelidad que hacía que Chopin sonara como si estuviera vivo en la sala.
Y empezó a tocar.

Al principio, solo tocaba el piano vertical que se había traído de la residencia (el de cola le daba demasiado respeto). Practicaba las escalas que Víctor le había enseñado. Do mayor. Sol mayor. Arpegios.
Sus dedos, endurecidos por el trabajo manual en el hospital, recuperaban la suavidad sobre las teclas.
Pero sentía que le faltaba algo. La casa era demasiado grande para una sola persona. El silencio, que al principio era un bálsamo, empezó a volverse pesado.

Un sábado de mayo, Olga decidió enfrentar al “monstruo” final: el cuarto de servicio y las cajas que Víctor había traído de su antigua casa y que nunca había desempacado.
Estaban en un cuarto trasero, apiladas y llenas de polvo.
Olga se puso ropa vieja, se amarró un pañuelo en la cabeza y empezó a abrir cajas.

Había de todo. Vajillas antiguas. Ropa pasada de moda. Papeles de bancos de los años 80.
Y entonces, encontró una caja de zapatos. Una simple caja de cartón, marcada con plumón negro: “PROYECTO M”.
Olga se sentó en el suelo y la abrió.

Dentro no había zapatos. Había cuadernos.
Cuadernos de pauta, de esos con pentagramas vacíos. Pero estos estaban llenos.
Llenos de notas escritas a mano, con tinta negra, rápida, nerviosa.
Olga tomó el primero. En la portada decía: “Margarita Covarrubias. Ejercicios y Composiciones. 1996”.

El corazón le latió fuerte. Eran las composiciones de su madre.
Empezó a hojear. Había sonatas, nocturnos, piezas para violín solo. Y había anotaciones al margen: “Para los niños del orfanato – muy difícil, simplificar”“Melodía para la mano izquierda – pensar en manos pequeñas”.

Al fondo de la caja, encontró una carpeta azul. En la portada, mecanografiado, decía:
“PROYECTO: ESCUELA DE INICIACIÓN MUSICAL ‘EL RECREO’. Borrador de propuesta para la Secretaría de Cultura.”

Olga abrió la carpeta. Leyó.
Era un plan completo. Su madre no solo quería tocar; quería enseñar. El documento detallaba un sueño: una escuela gratuita para niños en situación de riesgo, niños de orfanatos, niños de la calle.
“La música no es un privilegio de clase”, había escrito Margarita en la introducción. “Es una herramienta de salvación. Un niño que sostiene un violín no sostiene un arma. Un niño que entiende la armonía, entiende la convivencia.”

Margarita había diseñado el plan de estudios, los horarios, incluso había hecho un presupuesto (que ahora resultaba irrisorio por la inflación). Había soñado con usar una casa vieja en el centro.
El proyecto tenía fecha de septiembre de 1998.
Un mes antes de que muriera.

Olga cerró la carpeta. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Su madre había muerto con ese sueño en la maleta. Víctor había guardado la caja, quizás incapaz de leerla por el dolor, o quizás esperando que alguien más la encontrara.

Olga miró a su alrededor. Miró los techos altos, la luz que entraba por los balcones, el espacio inmenso y vacío de la sala.
—No es una casa vieja en el centro, mamá —murmuró—. Pero es una casa vieja en la Roma. Y es nuestra.

La idea la golpeó con la fuerza de una revelación.
No podía vivir ahí sola. Era egoísta. Era un desperdicio.
Esa casa no era para ella. Esa casa era para ellos.
Para los niños como ella, los que miraban los conservatorios desde afuera, los que pensaban que la música clásica era cosa de ricos y aburridos.

Olga se levantó de un salto, llena de polvo pero con la mente clara por primera vez en meses.
Corrió a la biblioteca, tomó el teléfono y marcó un número que tenía guardado desde el funeral.
—¿Bueno? ¿Licenciado Morales?
—Sí, dígame, Olga. ¿Pasó algo con el departamento? ¿Alguna fuga?
—No, licenciado. El departamento está perfecto. Demasiado perfecto. Necesito verlo el lunes.
—¿Para qué? ¿Quiere venderlo?
—No —dijo Olga, sonriendo mientras acariciaba la carpeta azul—. Quiero cambiar el uso de suelo. Y necesito saber cuánto dinero hay en el fideicomiso. Vamos a abrir una escuela.


El lunes, Olga llegó al despacho del Licenciado Morales con la carpeta azul bajo el brazo y una determinación que asustaba.
El abogado, un hombre pragmático que había visto a muchos herederos despilfarrar fortunas en coches deportivos, se ajustó los lentes.
—Una escuela, Olga. ¿Sabes lo que implica eso? Permisos, Protección Civil, SEP, nóminas… Es un dolor de cabeza. Además, estás haciendo tu internado médico. ¿A qué hora piensas dirigir una escuela?

—No voy a dirigirla sola —respondió Olga—. Voy a contratar gente. Pero la casa ya la tenemos. El piano ya lo tenemos. Y el plan… —puso la carpeta sobre el escritorio—… el plan lo hizo mi madre hace veinte años. Solo tengo que actualizar los precios.
—Olga, el dinero del fideicomiso es generoso, pero no es infinito. Si haces esto, vas a quemar gran parte de tu colchón de seguridad. Víctor quería que vivieras tranquila.
—Víctor quería que yo fuera feliz. Y Víctor amaba la música tanto como mi madre. Él me hizo prometer que cumpliría su sueño. Esta es la forma.

El abogado suspiró, pero vio en los ojos de la chica la misma mirada terca de Víctor Villalobos.
—Está bien. Vamos a ver los números. Pero prométeme que no vas a dejar la medicina. Víctor me mataría si te dejo abandonar tu carrera.
—No la voy a dejar. Seré doctora de día y directora de escuela de noche. Dormiré cuando me muera.


Esa misma semana, Olga puso un anuncio en Facebook y en los tableros de la Escuela Nacional de Música y el Conservatorio.
“SE BUSCAN MAESTROS DE MÚSICA. Jóvenes, entusiastas, con ganas de enseñar a niños principiantes. Proyecto social. Pago por hora.”

Las entrevistas las hizo en la sala vacía del departamento, sentada en el sofá Luis XV sin la sábana.
Llegaron muchos. Violinistas hipsters, pianistas arrogantes, guitarristas que solo querían chamba.
Pero hubo uno que le llamó la atención.
Un chico flaco, con el cabello largo recogido en una coleta, que llegó con una mochila llena de partituras y una sonrisa tímida. Se llamaba Sebastián.
—¿Por qué quieres enseñar aquí? —le preguntó Olga.
—Porque leí el anuncio —dijo él, mirando el piano de cola con adoración—. Decía “Proyecto social”. Yo… yo aprendí a tocar en una banda comunitaria en Oaxaca. Me prestaron un clarinete cuando tenía seis años. Si no fuera por eso, ahorita estaría sembrando maíz o en el otro lado de mojado. La música me cambió la vida. Quiero devolver el favor.

Olga sonrió.
—Contratado. Pero no tocas clarinete aquí, ¿verdad?
—Toco piano y solfeo. Y le hago a la guitarra.
—Perfecto. Eres el primer maestro de la Escuela Margarita.


El siguiente paso fue lo más difícil: los alumnos.
Olga no quería poner un letrero afuera y que llegaran los hijos de los vecinos ricos de la Roma. Quería a los niños que su madre había imaginado.
Así que un domingo, su único día libre, tomó el coche viejo que venía con la casa (un vochito clásico que Víctor guardaba en el garaje) y manejó hacia el sur. Hacia la Colonia Obrera. Hacia el orfanato “Hogar Dulce Refugio”.

Hacía tres años que no iba. Desde que salió al cumplir la mayoría de edad.
El edificio se veía igual de triste. Gris, con la pintura descascarada.
Tocó el timbre. Salió la Madre Superiora, Sor Lucía.
Al ver a Olga, la monja abrió los ojos como platos.
—¿Olguita? ¡Virgen Santísima! ¡Mírate nomás! ¡Qué elegante! ¿Ya eres doctora?
—Casi, Madre. Soy interna.
—Pásale, hija, pásale. ¿A qué debemos el milagro?

Se sentaron en la oficina austera. Olga le contó todo. Omitió los detalles dramáticos de la herencia millonaria, solo dijo que su padrino le había dejado una casa y los medios para iniciar un proyecto.
—Quiero becar a diez niños, Madre. Los que usted vea que tienen inquietud. Los que tamborilean en la mesa, los que cantan todo el día. Yo pago el transporte. Yo les doy los instrumentos. Yo les doy la merienda. Solo necesito que usted me deje llevarlos a la Roma dos veces por semana.

Sor Lucía lloró.
—Ay, hija. Dios te bendiga. Tenemos tantos niños rotos… la música les haría tanto bien. Hay un niño, Carlitos, que no habla desde que llegó, pero se pasa el día escuchando la radio. Y Lupita, que siempre está cantando…

Salieron al patio. Era la hora del recreo.
Olga vio a los niños corriendo, con sus uniformes desgastados. Sintió el olor familiar a jabón barato y frijoles hirviendo.
Se vio a sí misma en cada carita sucia. Vio su soledad, su miedo, su esperanza.
—Hola —dijo Olga, alzando la voz—. Me llamo Olga. Yo crecí aquí, como ustedes.
Los niños se detuvieron y la miraron.
—Tengo una casa grande con un piano gigante. Y busco a quien quiera aprender a tocarlo. ¿Quién se apunta?

Veinte manos se levantaron al instante.
Olga sintió que el corazón le explotaba.
Miró al cielo, hacia las nubes grises de la Ciudad de México.
—¿Ves, padrino? —pensó—. Ya empezó el concierto.

Regresó a la casa de la Roma esa tarde con una lista de diez nombres y una energía que no sabía que tenía.
Entró al estudio. Se sentó al piano.
Puso la carpeta azul de su madre sobre el atril.
Tocó un acorde de Do mayor. Fuerte. Resonante. Triunfal.
El sonido llenó la casa, rebotó en los techos altos, salió por el balcón y se mezcló con el ruido de la ciudad.
Ya no había silencio en la Colonia Roma.

Olga Covarrubias, enfermera, doctora y ahora directora, estaba lista para dirigir su propia orquesta.

CAPÍTULO 8: EL CONCIERTO DE LOS INVISIBLES

Septiembre llegó a la Ciudad de México lavando las calles con sus lluvias puntuales de las seis de la tarde. Pero en el número 28 de la calle Orizaba, en la colonia Roma, la lluvia ya no traía tristeza. Traía ritmo.

La “Escuela de Iniciación Musical Margarita Covarrubias” —o “La Casa de la Música”, como ya la llamaban los vecinos— había dejado de ser un proyecto en una carpeta azul para convertirse en un organismo vivo, ruidoso y caótico.

Olga vivía en un estado de agotamiento crónico, pero feliz. Su vida se había convertido en una partitura compleja a dos tiempos.
De siete de la mañana a tres de la tarde, era la Dra. Covarrubias, la interna de pregrado en Urgencias del Hospital General. Allí, cosía heridas de peleas de bar, ponía sondas a abuelitos deshidratados y corría detrás de las camillas con la adrenalina a tope. Olía a alcohol y a cloro.

Pero a las cuatro de la tarde, se quitaba la bata manchada, se subía a su viejo Vochito blanco (herencia de Víctor) y manejaba hacia la Roma.
Al abrir el portón de madera, el olor a hospital desaparecía, reemplazado por el olor a madera, resina y cera para pisos.

La casa vibraba. Literalmente.
Diez niños del orfanato “Hogar Dulce Refugio” llegaban tres veces por semana en una camioneta prestada por la parroquia. Eran niños que nunca habían tocado nada más valioso que un balón de fútbol ponchado.
Ahora, tocaban violonchelos, violines y, por supuesto, el gran piano de cola Steinway que presidía la sala principal como un dios benévolo de ébano.

—¡Carlitos, no muerdas el arco! —gritaba Olga desde la puerta, dejando su mochila de médico en el suelo—. ¡Es de crin de caballo, no es espagueti!
Carlitos, el niño que no hablaba desde que llegó al orfanato, la miró y soltó el arco del violonchelo. Sonrió. No hablaba, pero desde que abrazó el chelo por primera vez y sintió la vibración de las cuerdas graves en su pecho, había empezado a tararear.

Sebastián, el maestro oaxaqueño, dirigía el caos con una paciencia infinita.
—A ver, chavos, otra vez. Escala de Do Mayor. Un, dos, tres, cuatro. ¡Juntos! ¡Que no suene a gatos peleando!

El sonido era imperfecto, chirriante a veces, desafinado otras. Pero para Olga, que se sentaba en el suelo a escucharlos con su uniforme quirúrgico todavía puesto, era la sinfonía más hermosa del mundo. Era el sonido de la oportunidad.


El primer año fue duro. El dinero del fideicomiso fluía, pero los gastos también: afinaciones, reparaciones de la casa vieja, la gasolina, las meriendas para los niños (porque no se puede tocar con el estómago vacío). Hubo vecinos que se quejaron del ruido.
—Señorita, son las seis de la tarde y parece que están matando violines ahí adentro —le reclamó una señora copetuda del edificio de junto.

Olga la invitó a pasar.
—Venga, señora. Solo diez minutos. Si después de escuchar a Lupita cantar sigue molestándole, insonorizo la pared.
La señora entró, refunfuñando. Vio a Lupita, una niña de ocho años con trenzas y la ropa remendada, cantando una canción de Cri-Cri con una voz tan cristalina que rompía el aire.
La vecina salió llorando. Al día siguiente, mandó una caja de pan dulce y no volvió a quejarse.

Pero el verdadero reto llegó en noviembre. Se acercaba el aniversario del nacimiento de Víctor y el de la muerte de Margarita. Las fechas coincidían dolorosamente en la misma semana.
Olga decidió que era el momento.
—Vamos a hacer un concierto —anunció durante la merienda de los niños—. Aquí, en la sala. Vamos a invitar a gente.
—¿Gente de verdad? —preguntó Lupita con los ojos abiertos—. ¿Con ropa elegante?
—Gente de verdad.

Miguel voló desde París para la ocasión. “No me lo perdería por nada”, le dijo a Olga.
La preparación fue frenética. Los niños ensayaban hasta que les dolían los dedos. Olga apenas dormía, dividiéndose entre sus guardias nocturnas y la organización del evento. Limpió las lámparas de cristal, pulió los pisos, mandó a imprimir programas de mano con la foto de Víctor y Margarita en la portada.


La noche del concierto, la casona de la Roma resplandecía.
Habían abierto los balcones de par en par. La sala estaba llena de sillas plegables rentadas.
Los invitados eran una mezcla ecléctica: Sor Lucía y las monjas del orfanato en primera fila; el Licenciado Morales con su esposa; algunos médicos y enfermeras del hospital que habían ido a apoyar a su compañera; la vecina copetuda; y Miguel, sentado en el sillón Luis XV como el patriarca de la familia.

Los niños estaban nerviosos. Llevaban “uniformes de gala” improvisados: camisas blancas y pantalones oscuros que Olga había conseguido donados.
Olga salió al frente. Llevaba el vestido negro que había comprado para el funeral de Víctor, pero le había puesto un broche de plata que perteneció a su madre.
Le temblaban las rodillas, pero cuando vio las caras expectantes de los niños, el miedo se transformó en fuerza.

—Buenas noches —dijo, y su voz resonó clara en la sala—. Bienvenidos a la casa de Víctor Villalobos y Margarita Covarrubias.
Hubo un aplauso respetuoso.
—Ellos creían que la música no es un lujo, sino un derecho. Creían que el talento nace en cualquier cuna, y que solo necesita un poco de luz para florecer. Hoy, ustedes van a escuchar esa luz.

El concierto comenzó.
No fue perfecto. Hubo notas falsas. Hubo un momento en que a uno de los niños se le cayó la partitura. Pero fue mágico.
Tocaron canciones sencillas: “Cielito Lindo”, “La Sandunga”, un arreglo simplificado del “Himno a la Alegría”.
Pero tocaban con el alma. Tocaban como si la vida les fuera en ello.
Cuando Carlitos tocó su solo de chelo —una melodía básica de cuatro notas—, lo hizo con una concentración tan profunda, cerrando los ojos y sintiendo la madera vibrar, que la sala entera contuvo la respiración.

Al terminar la última pieza, el aplauso fue estruendoso. Las monjas lloraban. Miguel gritaba “¡Bravo!” con su acento francés. Los niños se miraban entre ellos, incrédulos, sonriendo con bocas a las que les faltaban dientes de leche, sintiéndose, por primera vez en sus vidas, importantes.

Entonces, el silencio cayó de nuevo.
Miguel se puso de pie.
—Falta algo —dijo, mirando a Olga—. El programa dice “Cierre sorpresa”.
Olga se sonrojó. No había planeado tocar. Su plan era que los niños fueran las estrellas.
—No, yo no… yo solo soy la directora…
—¡Que toque la maestra! —gritó Lupita.
—¡Sí, que toque la doctora! —corearon sus compañeros del hospital.

Olga miró el piano de cola. Miró el estuche negro que descansaba sobre él. El estuche del Guarneri.
Sintió la presencia de Víctor en el sillón vacío de la esquina. Lo imaginó guiñándole un ojo, golpeando el bastón contra el suelo. “¿Tienes miedo, Covarrubias? El miedo es para los que no tienen sangre en las venas”.
Y sintió a su madre. La sentía en sus propias manos, en su propia sangre.

Caminó hacia el piano. Abrió el estuche.
Sacó el violín. La madera rojiza brilló bajo la luz de los candelabros.
Se lo colocó bajo la barbilla. Cerró los ojos.
No era una virtuosa. Sus dedos estaban un poco rígidos por el trabajo en el hospital. Pero conocía la pieza. La había practicado en secreto, de madrugada, cuando la soledad apretaba.

Bajó el arco.
Empezó a tocar la “Berceuse” (Canción de Cuna) de Fauré.
Era una melodía dulce, ondulante, materna.
Al principio, el sonido fue tímido. Pero luego, Olga se olvidó de la gente. Se olvidó de que era doctora, de que era huérfana, de que tenía deudas de sueño.
Se convirtió en música.

Tocó para la niña que había sido, la que se tapaba los oídos en el orfanato para no oír llorar a los demás.
Tocó para Víctor, el viejo cascarrabias que le había salvado la vida tirándole un cajón encima.
Y tocó para Margarita y Javier, los padres que nunca conoció pero que vivían en cada compás de esa melodía.

El violín cantó. Cantó con una voz humana, dolorosa y esperanzadora. Llenó la casa, salió a la calle Orizaba, subió al cielo de la Ciudad de México.
Cuando terminó, Olga dejó el arco suspendido en el aire, con lágrimas corriendo por su cara.
No hubo aplausos inmediatos. Hubo ese silencio denso, sagrado, que solo se produce cuando algo verdadero acaba de suceder.
Y luego, la ovación.

Los niños corrieron a abrazarla. Se le colgaron de las piernas, de la cintura.
Olga, enterrada bajo una montaña de abrazos infantiles, miró hacia el fondo de la sala.
Ahí, junto a la puerta del balcón, le pareció ver una sombra. Un hombre alto de cabello blanco, apoyado en un bastón, sonriendo con orgullo. Y junto a él, una mujer joven con un violín, asintiendo.
Olga parpadeó y las sombras desaparecieron, pero el calor en su pecho se quedó.


Horas más tarde, cuando el último invitado se fue y los niños regresaron al orfanato (cargados de sobras del banquete y con la promesa de volver el lunes), la casa quedó en silencio.
Pero ya no era el silencio polvoriento y triste de cuando llegó. Era un silencio que descansaba. El silencio después de la fiesta.

Olga, descalza, con el violín guardado y una copa de vino que Miguel le había servido antes de irse al hotel, caminó hacia la biblioteca.
Se sentó en el sillón giratorio de Víctor.
Miró las fotos en el escritorio. Ahora había una nueva, que alguien había tomado esa noche con una Polaroid y la había dejado ahí: Olga rodeada de los niños, todos riendo, con el piano de fondo.

Tomó la foto vieja, la de Margarita en el escenario. La puso junto a la nueva.
Pasado y futuro.
—Lo logramos, mamá —susurró—. La escuela está abierta.

Se giró hacia la ventana. La luna llena iluminaba los techos de la Roma. A lo lejos, se oía una sirena de ambulancia, recordándole que en unas horas tendría que volver a ser la Dra. Covarrubias, a luchar contra la muerte en la sala de urgencias.
Pero ya no le pesaba.
Porque sabía que, al final del día, siempre podría regresar a esta casa. Podía regresar a la música.

Olga Covarrubias ya no era una hoja al viento.
Era un árbol. Un árbol joven, fuerte, que había echado raíces profundas en la tierra de la memoria y cuyas ramas ahora daban sombra y música a otros pájaros perdidos.

Se terminó el vino. Apagó la luz.
—Buenas noches, padrino. Buenas noches, mamá.
Cerró la puerta de la biblioteca, dejando que los fantasmas descansaran en paz.
Mañana era lunes. Había guardia. Había ensayo.
La vida, esa partitura complicada y maravillosa, continuaba.

FIN

Related Posts

Our Privacy policy

https://topnewsaz.com - © 2026 News