
PARTE 1: EL ESTRUENDO DEL SILENCIO
CAPÍTULO 1: Un Mensaje desde el Más Allá
El cielo sobre San Alvarado no estaba lloviendo; se estaba cayendo a pedazos. Era una de esas tormentas veracruzanas que no piden permiso, que llegan con furia, doblando las palmeras y convirtiendo las calles de tierra en ríos de lodo chocolate. Pero ese día, ni el agua ni el viento importaban. Lo único que importaba era la caja de madera caoba, brillante y obscenamente cara, que descansaba sobre las correas negras al borde del agujero rectangular cavado en la tierra saturada.
Había cientos de paraguas negros abiertos, amontonados como una parvada de zopilotes esperando su turno. El olor era una mezcla penetrante de petricor, flores de cempasúchil marchitas por el agua y ese aroma dulzón y nauseabundo de la muerte maquillada. La gente del pueblo estaba ahí, por supuesto. En un lugar como este, la tragedia de uno es el entretenimiento de todos. Murmuraban entre ellos, se persignaban con falsa devoción y se limpiaban las lágrimas inexistentes con pañuelos bordados.
—Pobrecita —escuché que susurraba Doña Licha, la dueña de la tortillería, a espaldas mías—. Tan joven, tan bonita… y con tanto dinero que tenía ahora. Dios da y Dios quita, ¿verdad?
Apreté los dientes hasta que la mandíbula me dolió. Quería girarme y gritarle que se callara, que esto no era una telenovela de las nueve, que la mujer en esa caja era mi mitad, mi sangre, mi todo. Leila. Mi Leila.
Yo estaba parada justo al borde de la fosa, mis botas llenas de barro, con las manos hundidas en los bolsillos de mi abrigo negro que ya pesaba toneladas por el agua absorbida. Mi nombre es Maya Castillo. Tengo 35 años, las manos ásperas de trabajar en un taller mecánico y el corazón hecho piedra. O al menos, eso creía hasta hoy. La gente dice que cuando pierdes a un gemelo, pierdes tu sombra. Yo sentía que había perdido la capacidad de respirar.
Al otro lado de la tumba, como dos estatuas de cera derritiéndose bajo la lluvia, estaban mis padres. Vicente y Patricia.
Mamá llevaba un vestido negro de diseñador que seguramente había comprado con el dinero que Leila le enviaba. Un velo de encaje cubría su rostro, pero yo sabía que no estaba llorando. Mamá no lloraba por tristeza; lloraba por lástima de sí misma o por coraje. Se aferraba a su bolsa de marca como si fuera un salvavidas. Papá, a su lado, lucía un traje gris que le quedaba un poco grande, probablemente sacado de alguna tienda de segunda mano o prestado. Tenía la cabeza gacha, pero sus ojos se movían de un lado a otro, escaneando a la gente, calculando, siempre calculando.
El padre Tomás alzó la voz para competir con el trueno que acababa de sacudir el cementerio.
—”Polvo eres y en polvo te convertirás…” —recitó, lanzando un puño de tierra mojada sobre el ataúd. El sonido sordo del lodo golpeando la madera resonó en mi pecho como un disparo. Poc. Poc. Poc.
Fue en ese preciso instante, justo cuando el sepulturero se preparaba para bajar el ataúd, que sentí la vibración.
No fue una vibración normal. Fue larga, insistente, quemándome la pierna a través de la tela mojada del pantalón. Mi corazón dio un vuelco extraño, una arritmia provocada por el instinto. Nadie me escribía. Yo no tenía amigos, solo clientes que querían saber si su carburador ya estaba listo. Y nadie, absolutamente nadie con decencia, me escribiría en el momento exacto en que estaba enterrando a mi hermana.
Con manos temblorosas, saqué el celular. La pantalla brilló, iluminando las gotas de lluvia que caían sobre el cristal.
El número era desconocido. Sin nombre. Sin foto. Solo dígitos fríos.
Abrí el mensaje.
El tiempo se detuvo. Juro por la Virgen que el sonido de la lluvia desapareció. Los cánticos fúnebres se silenciaron. Solo existían esas letras blancas sobre el fondo negro.
“Estoy viva. Esa no soy yo. No confíes en nuestros padres.”
El celular se me resbaló de los dedos, pero logré atraparlo contra mi pecho antes de que cayera al fango. Un vértigo brutal me golpeó. Sentí que el suelo bajo mis botas se abría, no para tragar el ataúd, sino para tragarme a mí.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. Mis ojos saltaron del teléfono al ataúd, y del ataúd a mis padres.
Si Leila estaba viva… ¿quién estaba ahí dentro? ¿A quién habíamos velado con el ataúd cerrado por “recomendación sanitaria debido al estado del cuerpo”? ¿A quién le había llorado durante tres noches seguidas hasta quedarme seca?
Miré a mi madre. Ella estaba recibiendo el pésame del alcalde, asintiendo con esa mueca trágica que había perfeccionado durante años para pedir fiado en las tiendas. Luego miré a mi padre. Él no estaba mirando la tumba. Estaba mirando el reloj de su muñeca. Un reloj dorado, nuevo, que brillaba obscenamente bajo la lluvia gris.
“No confíes en nuestros padres.”
La frase retumbaba en mi cráneo, más fuerte que los truenos. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la tormenta me recorrió la espina dorsal. Me sentí observada, acechada. Giré la cabeza buscando entre la multitud, buscando una señal, un rostro familiar, algo. Pero solo vi paraguas negros y caras indiferentes.
—Maya, hija, ya van a bajarla —la voz de mi tía Rosa sonó lejana, como si me hablara desde el fondo de un pozo. Me tomó del brazo con suavidad—. Tienes que despedirte.
Me solté de su agarre con brusquedad, quizás demasiada.
—No —susurré, mi voz sonando ronca, ajena.
—¿Qué? —preguntó ella, confundida.
—Tengo… tengo que irme. —No esperé respuesta. Di media vuelta y comencé a caminar, primero lento, luego rápido, casi corriendo entre las lápidas musgosas y las cruces chuecas.
—¡Maya! ¡Maya, espera! —gritó mi padre. Su voz no sonaba preocupada, sonaba autoritaria, molesta.
No me detuve. Corrí hacia mi vieja camioneta Ford aparcada en la entrada del cementerio. Mis manos temblaban tanto que tardé tres intentos en meter la llave. Cuando el motor rugió, tosiendo humo negro, arranqué sin mirar atrás.
Mientras las llantas patinaban en el lodo, miré el mensaje una vez más.
“Estoy viva.”
Dos palabras. Cinco sílabas. Suficiente para destruir la muerte. Suficiente para iniciar una guerra.
Para entender por qué ese mensaje no era solo un shock, sino la confirmación de un terror que llevaba años gestándose en mis entrañas, tengo que contarles la verdad. No la versión bonita que la gente cuenta en los velorios, sino la verdad cruda, la que huele a pobreza, a alcohol barato y a traición. Tengo que llevarlos al principio.
CAPÍTULO 2: La Casa de los Gritos y las Promesas de Cartón
Nuestra historia comenzó un 12 de noviembre de 1990, en el Hospital Regional, un edificio despintado donde las cucarachas corrían más rápido que las enfermeras. Yo salí primero, abriéndome paso a patadas hacia este mundo, nueve minutos antes que Leila. Nueve minutos que definirían toda nuestra dinámica: yo, la que abría camino; ella, la que venía a iluminarlo.
Crecimos en la colonia “La Esperanza”, un laberinto de casas de autoconstrucción a medio terminar, calles sin pavimentar y perros callejeros que ladraban toda la noche. Nuestra casa era un cajón de bloque gris con techo de lámina que sonaba como una ametralladora cuando llovía.
Mi padre, Vicente, trabajaba —cuando quería— como albañil o haciendo “chambitas” por ahí. Pero su verdadera vocación era el desastre. Era un hombre alto, con manos grandes que podían construir una pared en un día o destruir la autoestima de su familia en una frase. El dinero que ganaba solía evaporarse en las cantinas del centro o en las máquinas tragamonedas de la farmacia. Llegaba a casa oliendo a mezcal corriente y a fracaso, buscando pelea con su propia sombra.
Mi madre, Patricia, no era una víctima santa. Era una mujer endurecida por la vida, con una lengua afilada y un corazón que se había encogido hasta convertirse en una piedra de río. Trabajaba de cajera en un supermercado, de pie diez horas al día, y regresaba a casa con las venas de las piernas palpitando y un humor de los mil demonios. Nosotras no éramos sus hijas; éramos sus “cargas”, sus “bocas que alimentar”.
—Si no fuera por ustedes, yo ya me habría largado al norte —nos repetía mientras cocinaba frijoles aguados—. Ustedes son mi cruz.
Leila y yo aprendimos a ser invisibles. Desarrollamos un lenguaje propio, hecho de miradas y gestos sutiles. Si papá llegaba cantando, sabíamos que podíamos salir a la sala. Si llegaba en silencio, azotando la puerta, corríamos a nuestro cuarto y empujábamos el viejo ropero de madera contra la puerta.
Ese cuarto era nuestro santuario y nuestra prisión. Teníamos un colchón matrimonial hundido en el centro que compartíamos. En las noches de verano, el calor era insoportable, un bochorno húmedo que te pegaba la ropa a la piel. En invierno, el frío se colaba por las rendijas de la ventana mal sellada.
Pero ahí, en la oscuridad, Leila brillaba.
—Maya, ¿estás despierta? —susurraba.
—Sí, mensa. Papá está roncando como tractor, imposible dormir.
—Cuéntame del futuro otra vez.
Yo suspiraba, cerraba los ojos y empezaba a construir nuestro castillo en el aire, ladrillo por ladrillo verbal.
—Nos vamos a ir de aquí, Lei. A una ciudad grande, tal vez a Xalapa o a la Ciudad de México. Vamos a tener un departamento con piso de madera, no de cemento. Y vas a tener un cuarto para pintar, con mucha luz. Y yo voy a tener un taller mecánico, el mejor de la ciudad. Y nadie, nunca jamás, nos va a gritar.
—¿Y comeremos pizza? —preguntaba ella con inocencia.
—Sí. Pizza y helado. Todos los días si queremos.
Recuerdo la Navidad de 1998 con una claridad dolorosa. Teníamos ocho años. La tensión en la casa había estado creciendo durante semanas. Papá había perdido su trabajo en la obra y mamá le había encontrado una botella escondida en el tanque del baño.
La Nochebuena llegó sin árbol, sin luces y sin cena. El ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. A las diez de la noche, estalló la bomba. Gritos. Insultos que ninguna niña debería escuchar. Luego, el sonido inconfundible de vidrio rompiéndose y un golpe seco.
Leila y yo estábamos abrazadas bajo la cama, temblando. Ella lloraba en silencio, con grandes lagrimones rodando por sus mejillas morenas.
—No van a venir, ¿verdad? —sollozó—. Los Reyes Magos no entran a casas donde hay gritos.
Me dolió más verla así que cualquier golpe que me hubieran dado. Leila era pura inocencia, pura fe. No podía dejar que esa noche le matara la magia.
—Claro que van a venir —le dije, limpiándole los mocos con mi manga—. Pero están ocupados. Espérame aquí. No salgas.
Esperé a que los gritos cesaran y se convirtieran en el silencio pesado de la borrachera. Salí de puntitas, esquivando los vidrios rotos en la cocina. Salí al patio trasero. La luna iluminaba el lavadero de cemento y el montón de escombros que papá nunca recogió.
Busqué desesperadamente. No tenía dinero. No tenía juguetes. Pero tenía imaginación y tenía amor. Encontré tres piedras de río, lisas y grises. Busqué en mi mochila escolar y saqué mis crayones, que ya eran puros pedacitos rotos.
Me senté en el suelo frío y empecé a trabajar. En una piedra dibujé un sol amarillo con una carita feliz. En otra, una flor roja, aunque el crayón apenas pintaba. En la tercera, escribí con letras chuecas: “VALE POR UN ABRAZO ETERNO”.
Mis manos estaban entumidas por el frío, pero no paré hasta que quedaron “bonitas”. Las envolví en una hoja de periódico viejo que encontré tirado.
Regresé al cuarto y las puse junto a su almohada.
A la mañana siguiente, el 25 de diciembre, Leila despertó. Vio el paquete de periódico y sus ojos se iluminaron como si hubiera visto una montaña de oro.
—¡Maya! ¡Vinieron! —gritó en susurro.
Abrió el papel y tomó las piedras como si fueran diamantes. Acarició los dibujos torpes con sus dedos delgados.
—Son mágicas —dijo, mirándome con una devoción que me hizo querer llorar—. Tú las pediste para mí, ¿verdad?
—Sí —mentí—. Les dije que te portaste muy bien.
Ella se lanzó a mis brazos.
—Te quiero, Maya. Eres mi hermana, mi mamá y mi papá. Eres todo.
Ese día hice un juramento silencioso, uno de esos pactos de sangre que uno hace con el universo: Yo mataría por ella. Yo moriría por ella. Y nadie volvería a lastimarla.
A medida que crecimos, los roles se definieron más. Yo me volví la “machorra”, la que se peleaba con los niños que nos molestaban, la que aprendió a cambiar una llanta a los trece años para ganarse unos pesos. Leila se volvió la “princesa” del barrio, pero no por arrogancia, sino por su dulzura. Era hermosa de una manera que dolía, con una fragilidad que hacía que todos quisieran protegerla. Leía todo lo que caía en sus manos, sacaba dieces en la escuela y soñaba con mundos que no existían en San Alvarado.
A los dieciocho años, la vida nos puso en una encrucijada. Leila ganó una beca completa para estudiar Arte y Diseño en una universidad privada en Puebla. Era su boleto de salida. Yo… yo no gané nada. Mis calificaciones eran mediocres porque pasaba las tardes trabajando en el taller mecánico de Don Rigo para traer comida a la casa.
La noche antes de que ella se fuera, estábamos sentadas en el techo de la casa, mirando las estrellas y fumando un cigarro que nos habíamos robado.
—No me quiero ir sin ti, Maya —dijo ella, exhalando el humo hacia la noche—. No es justo. Tú trabajaste más que yo.
—No digas pendejadas —le contesté, dándole un empujón cariñoso—. Tú tienes el cerebro. Yo tengo las manos. Alguien tiene que quedarse a cuidar que estos dos locos (nuestros padres) no se maten o quemen la casa. Además, yo estoy bien aquí. El taller me va a dar planta.
Era mentira. Me moría de miedo de quedarme sola en ese infierno. Pero verla a ella salir, verla escapar de la gravedad de nuestra miseria, era mi mayor victoria.
—Te prometo que volveré por ti —dijo ella, muy seria—. En cuanto tenga dinero, te saco de aquí. Nos vamos las dos.
—Ya pues, no te pongas cursi —le dije, aguantándome las lágrimas—. Vete y cómete el mundo, flaca.
Y se fue. Y lo hizo.
Durante cuatro años, viví a través de sus llamadas. Me contaba de sus clases, de las fiestas, de la gente “fresa” que conocía, de cómo el mundo era más grande y brillante de lo que imaginábamos. Yo la escuchaba con grasa en las manos y el teléfono pegado a la oreja en el taller, sonriendo como idiota. Cada logro suyo era mío.
Pero entonces, apareció Adrián.
Adrián Colmenares. El apellido pesaba en México. Familia de abolengo, dueños de constructoras y hoteles. Él era el príncipe azul de los cuentos, pero versión real: guapo, educado, y asquerosamente rico. Se conocieron en una galería de arte. Él compró su cuadro. Luego compró su corazón.
Cuando Leila me dijo que se iba a casar con él, sentí una mezcla de alegría y pánico.
—¿Estás segura, Lei? Esa gente… esa gente no es como nosotras. Te van a comer viva.
—Él me ama, Maya. De verdad me ama. Y me va a cuidar.
La boda fue un evento que salió en las revistas de sociales. Yo fui la dama de honor, enfundada en un vestido que costaba más de lo que yo ganaba en tres años. Me sentía una impostora, una mancha de grasa en un mantel de seda. Pero ver a Leila feliz, segura, protegida… eso valía todo.
Nuestros padres, por supuesto, estaban en éxtasis. No por la felicidad de su hija, sino por la cuenta bancaria de su yerno. De repente, Vicente y Patricia, que nunca nos habían dado un abrazo gratis, se convirtieron en los “padres amorosos”. Empezaron a pedirle dinero a Leila. Primero para “arreglos de la casa”, luego para “medicinas”, luego para “inversiones”. Y Leila, con su corazón de pollo, siempre les daba.
—Son nuestros papás, Maya. Han sufrido mucho —me decía cuando yo le reclamaba.
—Son unos parásitos, Leila. Te están sangrando.
—Ya no importa, tengo de sobra. Déjalos que vivan un poco.
Pero la felicidad es frágil, especialmente cuando se construye sobre cimientos de envidia ajena.
Tres años después de la boda, Adrián murió. Un aneurisma cerebral. Fulminante. Rápido. Cruel.
Leila quedó devastada. Y también quedó como la única heredera de una fortuna de 46 millones de dólares.
Fue ahí, en el funeral de Adrián, donde vi por primera vez esa mirada en los ojos de mis padres. No era dolor por su yerno. Era hambre. Era la mirada del lobo viendo al cordero herido.
Se mudaron con ella “para cuidarla en su duelo”. Yo intenté impedirlo, pero Leila estaba demasiado débil para pelear.
—Necesito a mi familia, Maya —me dijo—. Me siento muy sola.
—Yo soy tu familia —le grité por teléfono—. ¡Ellos son buitres!
—No seas celosa, hermana. Ellos han cambiado. Adrián les enseñó a ser mejores.
Me equivoqué al no ir a sacarla de ahí a la fuerza. Me equivoqué al confiar en que, al menos, el instinto maternal de Patricia sería más fuerte que su avaricia. Qué estúpida fui.
Un mes después, organizaron el viaje en yate. “Para despejar la mente”, dijeron. Un viaje familiar. Yo no pude ir porque tenía la temporada alta en el taller y no podía dejar el trabajo.
—Vayan ustedes —le dije a Leila—. Te va a servir el aire del mar.
Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de que el mar se la tragara. O eso nos hicieron creer.
Ahora, parada en mi camioneta, con el mensaje brillando en mi mano, entendí todo. El yate no se hundió por accidente. El cuerpo no era de ella. Y mis padres… mis propios padres, habían intentado sacrificar a su hija de oro para quedarse con el cofre del tesoro.
Pero cometieron un error. Un error fatal.
Dejaron viva a la otra hermana. A la que no perdona. A la que creció peleando en el lodo.
Arranqué la camioneta y las llantas chillaron sobre el asfalto mojado. No iba a ir a casa a llorar. Iba a buscar a mi hermana. Y Dios se apiade de quien se pusiera en mi camino, porque yo no lo haría.
PARTE 2: LA RESURRECCIÓN Y LA TRAICIÓN
CAPÍTULO 3: Sombras en la Carretera Costera
Manejé como una lunática, o como alguien que huye del diablo, que para el caso es lo mismo. Mi vieja Ford F-150 del 98 rugía protestando contra el asfalto mojado de la carretera federal que conecta San Alvarado con la zona costera más olvidada. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, rivalizando con la palidez de mi cara en el espejo retrovisor.
La lluvia no daba tregua. Los limpiaparabrisas iban a máxima velocidad, luchando inútilmente contra cortinas de agua que convertían el mundo exterior en una mancha gris y peligrosa. Pero mi tormenta interna era peor.
—Estoy viva. —Repetí esas palabras en voz alta, solo para escuchar cómo sonaban en el aire viciado de la cabina, que olía a tabaco viejo y aceite de motor.
Mi celular estaba tirado en el asiento del copiloto, vibrando con cada bache. No me había atrevido a contestar de inmediato. El miedo me paralizaba. ¿Y si era una broma cruel? Hay gente enferma en este mundo, gente capaz de hackear un número o aprovecharse del dolor ajeno para sacar unos pesos. Pero el instinto… ese maldito instinto de gemela que me había avisado cuando a Leila le rompieron el brazo a los diez años estando yo en otro salón, ese instinto me gritaba que era real.
Me orillé en una gasolinera abandonada a unos veinte kilómetros del cementerio, cerca de la desviación a “Boca del Río”. El techo de lámina de la estación apenas me cubría del aguacero. Apagué el motor. El silencio repentino, solo roto por el golpeteo de la lluvia, fue ensordecedor.
Tomé el teléfono. Mis dedos, manchados de grasa permanente y ahora temblorosos, desbloquearon la pantalla.
Escribí: “Si eres tú, dime algo que solo nosotras sepamos. Algo que ni mamá ni papá sepan.”
La respuesta tardó tres minutos. Fueron los tres minutos más largos de mi vida. Sentí cada segundo como un latigazo. Imaginé a alguien riéndose de mí al otro lado. Imaginé a mis padres en el cementerio, recibiendo el pésame, quizás preguntándose por qué la “oveja negra” había huido.
El teléfono vibró.
“Las piedras pintadas. Navidad del 98. Tú eres mi Rey Mago, Maya. Y el escondite del dinero no era una caja fuerte, era la lata de café ‘Legal’ detrás de la tabla suelta.”
El aire se me escapó de los pulmones en un sollozo ahogado. Nadie sabía lo de la lata de café. Nadie sabía lo que le dije esa noche de Navidad.
Era ella. Dios mío, era ella.
Las lágrimas brotaron calientes y rápidas, nublándome la vista. Golpeé el volante con frustración y alivio. ¡Estaba viva! Pero entonces, la segunda parte del mensaje original me golpeó como un mazo: “No confíes en nuestros padres”.
Limpié mis lágrimas con la manga del abrigo y tecleé con furia:
“¿Dónde estás? Voy por ti. ¿Estás herida?”
La respuesta llegó rápido:
“No vayas a casa. No le digas a nadie. Si saben que estoy viva, terminarán el trabajo. Te veo en la Cabaña del Faro Viejo, por la zona de los manglares, pasando el pueblo de pescadores. A las 9:00 PM. Maya, ten cuidado. Nos están vigilando.”
Miré el reloj. Eran las 6:30 PM. Tenía tiempo, pero la paranoia se instaló en mi nuca como un parásito. Miré por los espejos. ¿Me había seguido alguien? ¿Ese coche negro que pasó hace rato era de algún conocido de mis padres?
Arranqué la camioneta. La Cabaña del Faro Viejo era un lugar en ruinas, una zona donde los narquillos locales a veces iban a tirar basura o a esconderse. Era peligroso, aislado y perfecto para alguien que no quiere ser encontrado.
El trayecto fue una tortura psicológica. Pasé por pueblos costeros donde la pobreza se mezclaba con la belleza salvaje del trópico. Vi casas inundadas, perros flacos buscando comida y letreros de “Se Vende” despintados. Pensé en Leila. Mi hermana, la princesa, la que vivía en una mansión en Monterrey con aire acondicionado central y sábanas de hilo egipcio, ahora escondiéndose en un agujero en Veracruz.
¿Qué demonios habían hecho Vicente y Patricia?
Sabía que les gustaba el dinero. Sabía que eran egoístas. ¿Pero asesinos? ¿Matar a su propia hija? La idea era tan monstruosa que mi cerebro se negaba a procesarla, pero luego recordaba sus caras en el funeral. La falta de lágrimas reales. La prisa de papá. La mirada calculadora de mamá.
Llegué a la zona de los manglares cerca de las 8:45 PM. El camino de asfalto se había convertido en una brecha de tierra y arena compactada. La lluvia había amainado un poco, convirtiéndose en una llovizna fría y constante. A lo lejos, el Faro Viejo, una estructura oxidada que no funcionaba desde los años 80, cortaba la oscuridad como un dedo acusador.
A unos metros, oculta entre la maleza y las palmeras, estaba la cabaña. Era una estructura de madera podrida por el salitre, con el techo medio caído. No había luz. Parecía la boca de un lobo.
Apagué las luces de la camioneta y me acerqué a pie, con una llave de cruz en la mano derecha, por si las dudas. El sonido del mar rompiendo contra las rocas cercanas era violento.
—¿Leila? —susurré, sintiéndome estúpida.
La puerta de la cabaña, que colgaba de una bisagra, se abrió lentamente con un chirrido agónico.
Una figura emergió de las sombras. Llevaba una sudadera gris tres tallas más grande y unos pantalones sucios. Su cabello, normalmente brillante y peinado de salón, estaba enmarañado y opaco. Estaba flaca, demacrada, con ojeras que parecían moretones.
Pero eran sus ojos. Esos ojos color miel que eran idénticos a los míos.
—¿Maya? —su voz era un hilo roto.
Solté la llave de cruz, que cayó al suelo con un clanc metálico, y corrí hacia ella.
El impacto de nuestros cuerpos fue brutal. La abracé como si quisiera meterla dentro de mí, como si quisiera fusionarnos de nuevo como en el vientre materno. Ella se aferró a mi abrigo mojado y soltó un aullido de dolor y alivio que me heló la sangre.
—Pensé que te había perdido —lloré, besando su cabeza sucia—. Pensé que te había perdido para siempre.
—Casi lo haces —sollozó ella contra mi cuello—. Casi lo logran, Maya. Casi me matan.
La metí a empujones dentro de la cabaña. Olía a humedad, a pescado seco y a miedo. Había un colchón viejo en el suelo, una lámpara de baterías parpadeante y unas botellas de agua. Ese era el palacio actual de la heredera Colmenares.
Nos sentamos en el colchón. La tomé de la cara, revisándola. Tenía cortes en los brazos, cicatrices recientes que aún se veían rojas, y una quemadura fea en el hombro.
—Mírame —le exigí, obligándola a fijar la vista en mí—. Mírame bien, Leila. ¿Quién fue? Dímelo con todas las letras.
Ella temblaba tanto que sus dientes castañeaban.
—Fueron ellos, Maya. Papá y mamá. Ellos planearon todo. Ellos querían que el mar me tragara.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. El último hilo de inocencia, la última esperanza infantil de que mis padres, en el fondo, nos quisieran aunque fuera un poquito, se rompió. Y en su lugar, nació una furia fría, negra y asesina.
—Cuéntamelo todo —le dije, sacando mi celular para grabar, pero ella me detuvo la mano—. No, primero escucha. Tienes que saber por qué estoy viva y por qué hay un cuerpo en mi tumba.
Y ahí, en esa cabaña miserable, con el sonido del mar como banda sonora, mi hermana me contó una historia de terror.
CAPÍTULO 4: La Sangre es Veneno
Leila tomó un trago de agua, sus manos temblaban tanto que derramó un poco sobre su barbilla. Respiró hondo, tratando de ordenar el caos en su mente.
—Todo empezó dos semanas después de que me mudé con ellos —comenzó, su voz ganando un poco de fuerza—. Al principio, todo era “mi hijita esto”, “mi hijita lo otro”. Mamá me cocinaba, papá me contaba chistes. Parecía que la muerte de Adrián nos había unido. Yo… yo fui tan estúpida, Maya. Les firmé poderes para manejar algunas cuentas menores, “para los gastos de la casa”, dijeron. Pero nunca era suficiente.
Yo asentí, sabiendo exactamente cómo operaban. Son vampiros emocionales y financieros.
—Luego vino la idea del viaje. —Leila cerró los ojos, recordando—. Papá insistió. Dijo que un amigo suyo le prestaba un yate a buen precio en Cancún, que necesitábamos desconectarnos. Yo no quería ir, Maya. Extrañaba a Adrián, solo quería estar en mi cama. Pero mamá empezó con su chantaje: “Nos desprecias porque ahora eres rica”, “Ya no nos quieres”. Para que se callaran, acepté. Y pagué todo, por supuesto. El alquiler del yate, los vuelos, todo.
—El yate “La Perla Negra” —murmuré, recordando el nombre en el reporte policial.
—Ese mismo. —Leila abrió los ojos, y vi terror puro en ellos—. Cuando llegamos al muelle, algo andaba mal. La tripulación no era la habitual de un servicio de lujo. Eran tres tipos… sucios, mal encarados. El capitán, un tal “El Tuerto”, ni siquiera me miró a los ojos. Pero papá estaba eufórico. Bebía whisky desde las diez de la mañana, pero estaba sudando frío. Y mamá… mamá no dejaba de abrazarme, pero sus abrazos se sentían rígidos, como si estuviera despidiéndose.
Se frotó los brazos, como si el frío del recuerdo le calara los huesos.
—Zarpamos un martes. El mar estaba picado. Al segundo día, nos alejamos mucho de la costa, más de lo normal. Esa noche, la cena fue tensa. Papá no comió, solo bebía. Mamá se fue a su camarote temprano alegando mareo. Yo me quedé en la cubierta un rato, mirando las estrellas y pensando en ti, en por qué no habías venido. Gracias a Dios no viniste, Maya. Si hubieras venido, estarías muerta también.
Me tomó la mano, apretándola fuerte.
—Cerca de la medianoche, escuché ruidos en la sala de máquinas. Bajé a ver qué pasaba. Pensé que era el capitán. Pero vi a uno de los tripulantes, el mecánico, manipulando las válvulas de combustible y cortando cables de la radio. Me vio. Me sonrió, Maya. Una sonrisa sin dientes, horrible. Me dijo: “Vete a dormir, princesita. Pronto no vas a sentir nada”.
—Hijo de perra —gruñí.
—Corrí al camarote de mis padres. Entré sin tocar, gritando que el barco estaba siendo saboteado. Y ahí… ahí fue cuando entendí. —La voz de Leila se quebró—. Estaban sentados en la cama, completamente vestidos, con chalecos salvavidas puestos. Tenían maletas impermeables a sus pies. Cuando me vieron, no se sorprendieron. Papá solo dijo: “Lo siento, mija. Pero tú ya viviste bien. Ahora nos toca a nosotros”.
Sentí ganas de vomitar. La imagen de mis padres, esperando a que el barco estallara con su hija dentro, era demasiado.
—Mamá ni siquiera me miró —continuó Leila, llorando silenciosamente—. Solo dijo: “No va a doler, Leila. Es rápido. El seguro nos va a dar una buena vida. Adrián te dejó demasiado dinero para una sola persona”. Intenté correr, pero el barco dio una sacudida violenta. Hubo una explosión sorda abajo. El humo empezó a llenarlo todo. El barco comenzó a inclinarse de inmediato.
—¿Cómo saliste? —pregunté, desesperada por saber.
—El caos. En el caos, ellos salieron corriendo hacia el bote salvavidas que la tripulación ya tenía preparado. Yo me quedé atrapada en el pasillo con el humo asfixiándome. El agua empezó a entrar. Pensé que era el fin. Pensé en Adrián esperándome. Pero luego pensé en ti. Pensé: “Si me muero, Maya se queda sola con estos monstruos”. Y la rabia me dio fuerza.
Leila se irguió un poco, y por un momento vi a la guerrera que llevaba dentro, la misma sangre que yo.
—Encontré una salida de emergencia en la cocina. El barco se estaba hundiendo rápido. Me lancé al agua sin chaleco, sin nada. Estaba helada, Maya. Negra como la tinta. Vi a lo lejos las luces del bote salvavidas alejándose. Ellos se fueron. Me dejaron ahí para ahogarme. Nadé hasta que mis brazos no dieron más. Me aferré a un trozo de madera, parte de una mesa que salió flotando.
—Dios mío…
—Estuve a la deriva dos días. —Su voz se volvió monótona, distante—. Alucinaba. Vi tiburones, vi luces. Pero al amanecer del tercer día, un panguero me encontró. Un viejito llamado Don Chucho. Estaba pescando huachinango fuera de su zona. Me sacó del agua medio muerta. Me llevó a su casa, una choza aquí cerca, en los manglares.
—¿Por qué no me llamaste antes? —le reclamé suavemente.
—Estaba inconsciente dos días con fiebre. Cuando desperté, Don Chucho me dijo que las noticias hablaban de la “trágica muerte de la heredera”. Dijo que encontraron un cuerpo. Un cuerpo hinchado, irreconocible, que el mar arrojó días después. Mis padres… ellos lo identificaron como yo. Sin pruebas de ADN, solo visualmente. Querían cerrar el caso rápido para cobrar el seguro y la herencia.
—Hijos de puta —susurré—. Identificaron a una desconocida, a una pobre mujer que se ahogó, solo para enterrarte legalmente y cobrar.
—Don Chucho me prestó su viejo celular hoy. Vi las noticias del funeral. Supe que estarías ahí. —Leila me miró fijamente—. Maya, ellos creen que ganaron. Creen que soy comida de peces. Están a punto de recibir 46 millones de dólares y el seguro de vida que sacaron a mi nombre dos semanas antes del viaje.
—No van a ver ni un centavo —dije, sintiendo cómo la sangre me hervía—. Los voy a matar. Voy a ir a esa casa y los voy a quemar vivos.
—¡No! —Leila me agarró de los hombros—. Eso es lo que ellos harían. No somos como ellos. Además, si vas ahora, te meterán a la cárcel y ellos se quedarán con todo. Tenemos que ser más inteligentes.
—¿Inteligentes? Leila, intentaron asesinarte. Esto no se arregla hablando.
—Lo sé. Pero tengo un as bajo la manga. —Una sonrisa triste y astuta cruzó su rostro—. Ellos no saben algo. Adrián, antes de morir, me hizo paranoica. Me dijo que cuando hay mucho dinero, hay que protegerse de todo. Antes del viaje, tuve un mal presentimiento. Fui a ver al Licenciado Morales, el notario viejo del pueblo, el que nadie pela.
—¿Para qué?
—Hice un testamento privado, Maya. Uno que anula cualquier anterior. En ese documento, estipulo que si muero en circunstancias sospechosas o accidentes, se debe realizar una autopsia obligatoria y una investigación privada. Y lo más importante: desheredé a mis padres. Si yo muero, todo, absolutamente todo, pasa a ti. Y si tú no estás, pasa a una fundación benéfica. Ellos no reciben nada. Cero.
Me quedé boquiabierta. Mi hermana, la soñadora, la dulce, había jugado una carta maestra.
—Pero hay un problema —dijo ella, su semblante oscureciéndose—. El Licenciado Morales está de viaje, regresa en dos días. Y el documento físico está en su caja fuerte. Si mis padres logran cobrar el seguro o acceder a las cuentas antes de que Morales aparezca, pueden vaciar todo y huir del país. Tienen prisa. Lo vi en el funeral.
—Entonces tenemos que detenerlos. Tenemos que probar que estás viva y que ellos provocaron el accidente.
—Necesitamos la confesión —dijo Leila—. Necesitamos que uno de ellos, o el capitán del barco, admita lo que hicieron. Sin eso, es su palabra contra la de una “hija ingrata que fingió su muerte”, o peor, dirán que yo estoy loca. Tienen dinero ahora, Maya. Pueden comprar jueces.
Me puse de pie. La cabaña de repente me parecía pequeña para la magnitud de mi rabia.
—Tengo un plan —dije, mi mente de mecánica empezando a encajar piezas como si fuera un motor desbielado—. Ellos creen que estás muerta. Vamos a usar eso. Vamos a hacerles creer que no solo estás muerta… sino que estás enojada.
—¿De qué hablas?
—Vamos a asustarlos, Leila. Vamos a hacer que se caguen de miedo hasta que cometan un error. Y mientras tanto, yo voy a buscar a ese capitán, “El Tuerto”. Conozco gente en el puerto. Gente que debe favores en el taller. Si ese barco salió de aquí o de Cancún, alguien sabe quiénes eran los tripulantes.
Leila me miró con duda, pero luego asintió.
—Tengo miedo, Maya.
Me agaché frente a ella y le tomé las manos sucias y lastimadas.
—El miedo se acabó, flaca. Ahora les toca a ellos tener miedo. Porque se metieron con la hermana equivocada. Tú eres la luz, pero yo… yo soy la que no tiene nada que perder.
Afuera, la lluvia paró. El silencio regresó, pero ya no era un silencio de luto. Era el silencio antes de la cacería.
—Vámonos de aquí —le dije—. Conozco un lugar seguro. El taller tiene un sótano que nadie usa. Ahí estarás bien.
Leila se levantó, apoyándose en mí. Estaba débil, pero estaba viva. Mientras caminábamos hacia la camioneta bajo la luz de la luna que empezaba a asomarse entre las nubes, juré por mi vida que Vicente y Patricia pagarían. No con cárcel. La cárcel era demasiado buena para ellos. Pagarían con lo único que les importaba: su dinero y su reputación. Y luego, cuando no tuvieran nada, entonces sí, los dejaría pudrirse.
Subimos a la camioneta. El motor rugió.
—¿Lista para volver de la tumba? —le pregunté.
Ella miró hacia el camino oscuro.
—Lista.
Pisé el acelerador. La guerra había comenzado.
PARTE 3: CAZANDO A LOS MONSTRUOS
CAPÍTULO 5: El Santuario de Grasa y la Semilla del Miedo
La camioneta entró al taller mecánico “Don Rigo” con las luces apagadas, deslizándose como un animal herido buscando su guarida. Eran casi las once de la noche y el barrio estaba desierto, salvo por un par de perros callejeros que ladraban al viento y el zumbido constante de los transformadores de luz que parecían a punto de explotar por la humedad.
Abrí el portón de lámina con cuidado, rogando que el óxido no chillara demasiado. Metí la Ford hasta el fondo, junto a los esqueletos de dos Tsurus desvalijados que llevaban años esperando piezas que nunca llegarían. Cerré el portón y puse el cerrojo. Solo entonces exhalé.
—Bienvenida a mi mansión, princesa —dije, intentando sonar sarcástica para ocultar el temblor en mi voz.
Leila bajó del asiento del copiloto. Se veía fantasmal bajo la luz de neón parpadeante del taller. Su ropa sucia contrastaba brutalmente con el entorno de herramientas grasientas, calendarios de refaccionarias con mujeres en bikini y el olor penetrante a gasolina y aceite quemado. Este era mi mundo, un lugar donde las cosas rotas venían a arreglarse o a morir. Ahora, mi hermana era una de esas cosas.
—Es perfecto, Maya —susurró ella, abrazándose a sí misma por el frío de la ropa mojada.
La llevé a la parte trasera, donde había una puerta discreta en el suelo cubierta por una alfombra vieja y una pila de llantas. Era un sótano de mantenimiento, un foso que Don Rigo usaba antes para almacenar piezas de “dudosa procedencia” y que ahora era mi almacén personal.
Bajamos las escaleras de concreto. El lugar era pequeño, con paredes de ladrillo desnudo, pero estaba seco. Tenía un catre, una mesa de plástico, una parrilla eléctrica y un pequeño baño funcional.
—Aquí nadie te va a buscar. Ni la policía, ni nuestros padres, ni el diablo —le aseguré, encendiendo la bombilla amarilla que colgaba del techo.
Leila se sentó en el catre, con la mirada perdida en un punto fijo de la pared. Me dolía verla así. La mujer que había viajado por Europa, que bebía vinos cuyo nombre yo no podía pronunciar, ahora estaba escondida en un agujero bajo tierra en una colonia popular de Veracruz.
—Toma —le lancé una toalla limpia y una de mis camisetas viejas de Iron Maiden—. El baño está ahí. Hay agua caliente si tienes suerte y el boiler no se pone caprichoso. Báñate. Quítate el olor a mar y a muerte.
Mientras ella se duchaba, yo subí al taller. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan. Me senté en el banco de trabajo, limpiando una llave inglesa con un trapo, un movimiento mecánico que me ayudaba a ordenar las ideas.
Mis padres querían dinero. Querían los 46 millones. Para cobrar, necesitaban el acta de defunción (que ya tenían gracias al cuerpo falso) y esperar a que el seguro y el banco liberaran los fondos. Eso tomaba tiempo, burocracia. Ese tiempo era nuestra única arma.
Pero no bastaba con detener el dinero. Necesitaba destruirlos. Necesitaba que sintieran el mismo terror que Leila sintió cuando el agua le llegaba al cuello.
Saqué mi celular. Tenía un número de prepago que usaba para vender piezas por Facebook Marketplace. Un número que nadie vinculaba conmigo.
Busqué la foto que tenía guardada en la nube. Una foto vieja, escaneada, de nosotras dos a los ocho años, sonriendo con las piedras pintadas en la mano. La edité con una aplicación básica. Le bajé el brillo, le subí el contraste y escribí sobre ella con letras rojas digitales:
“El agua no borra los pecados, Papá. Ni el dinero tapa los gritos.”
Sabía que Vicente, mi padre, era supersticioso. De esos que creen en el mal de ojo y se hacen limpias con huevo, pero luego van y le roban a su madre. El miedo a lo sobrenatural era su talón de Aquiles.
Envié la foto a su WhatsApp.
Luego, hice lo mismo con mamá. Pero para ella, el mensaje fue diferente. Mamá era más pragmática, más fría. A ella no la asustaban los fantasmas, la asustaba perder el control.
A ella le mandé un mensaje de texto simple:
“Sé lo que hicieron en el yate. Y tengo el audio. ¿Cuánto vale tu silencio, Patricia?”
No tenía el audio todavía. Pero ella no lo sabía. La duda es un veneno más potente que la verdad. Si creía que alguien los había visto, que alguien los estaba chantajeando, empezaría a cometer errores. Empezaría a desconfiar de sus cómplices.
Leila subió las escaleras veinte minutos después. Tenía el cabello mojado y olía a mi jabón barato de lavanda. Se veía mejor, más humana, aunque sus ojos seguían cargados de sombras.
—¿Qué haces? —preguntó, viendo el celular en mi mano.
—Sembrando caos —respondí, guardando el teléfono—. Ya les mandé un regalito de buenas noches. Ahora, necesito que me des nombres, Leila. Nombres, descripciones, tatuajes, cicatrices. Todo lo que recuerdes de la tripulación de “La Perla Negra”.
Leila cerró los ojos, concentrándose.
—El capitán… le decían “El Capi”, pero escuché a papá llamarlo Rogelio. Rogelio Barreto, creo. Un tipo gordo, calvo, con un tatuaje de un ancla en el cuello. Y el mecánico… el que cortó los cables… era joven. Flaco, nervioso. Tenía una cicatriz en la ceja izquierda, como si le hubieran dado un botellazo. Le decían “El Chato” o “Chato”.
—Rogelio Barreto y El Chato —repetí, grabando los nombres en mi memoria—. Conozco a gente en el puerto. Si son de aquí, alguien sabe dónde están bebiendo.
—Maya, ten cuidado —Leila me tomó del brazo—. Esos tipos son capaces de todo. Si mataron por dinero una vez, lo harán de nuevo.
—No te preocupes, flaca —le di una sonrisa torcida, de esas que aprendí en las calles cuando tenía que defenderme de los borrachos—. Yo no soy una niña rica de Monterrey. Yo soy de aquí. Y conozco las alcantarillas mejor que las ratas.
La dejé instalada con comida (unas latas de atún y galletas saladas) y cerré la puerta del sótano, cubriéndola de nuevo con las llantas.
Salí a la noche lluviosa. Mi destino no era mi casa, sino el “Bar El Tiburón”, un antro de mala muerte cerca de los muelles donde los pescadores, los estibadores y los delincuentes de poca monta iban a gastarse la quincena.
Al entrar, el olor a tabaco rancio y orines me golpeó la cara. La música de cumbia sonaba a todo volumen, haciendo vibrar las botellas en la barra. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza. El cantinero, un tipo llamado Beto que me debía un favor por arreglarle su moto gratis, me miró con sorpresa.
—¿Maya? ¿Qué haces aquí? Deberías estar de luto, mujer. Lo siento mucho por tu hermana.
—Gracias, Beto —dije, tomando un trago largo—. El luto se lleva por dentro. Ahorita lo que necesito es información.
—¿Qué tipo de información?
—Busco a un tal Rogelio Barreto. Capitán de barco. Y a un mecánico, un tal “Chato”.
Beto se tensó. Limpió un vaso con un trapo sucio, mirando a los lados.
—Maya… no te metas en líos. Barreto es pesado. Dicen que anda metido con gente del cártel local, moviendo “mercancía” en los barcos turísticos.
—No me importa con quién se acueste. Me importa dónde está.
Beto suspiró, acercándose a mi oído.
—Barreto anda festejando. Dicen que le cayó una lana grande hace unos días. Está en el privado del “Club Rojo”, allá por la zona norte. Pero “El Chato”… a ese lo vi hace rato aquí. Estaba nervioso. Se tomó tres tequilas de un jalón y se fue a los billares de la calle 16. Dijo que tenía que “desaparecer un rato”.
Sonreí. La rata estaba asustada.
—Gracias, Beto. Te debo otra afinación.
Dejé el dinero en la barra y salí. La cacería había comenzado.
CAPÍTULO 6: La Boca del Lobo y la Confesión de Sangre
La calle 16 era conocida por dos cosas: venta de droga barata y billares donde la gente entraba caminando y salía en camilla. La lluvia había parado, dejando un vapor pegajoso que se adhería a la piel como una segunda capa de sudor.
Estacioné la camioneta a dos cuadras, en una zona oscura. Saqué de la guantera mi “herramienta de persuasión”: una llave Stilson de 18 pulgadas, pesada, fría y contundente. Me la metí en la cintura, oculta bajo la chamarra de mezclilla.
Caminé hacia los “Billares El Gato Negro”. Desde afuera se escuchaba el choque de las bolas y las risas borrachas. Entré con la cabeza baja, la gorra calada hasta los ojos. El lugar estaba lleno de humo. Mis ojos escanearon el lugar rápidamente.
Y ahí estaba. En la mesa del fondo, solo.
Coincidía con la descripción de Leila. Flaco, nervioso, con una cicatriz blanca partiendo su ceja izquierda. Estaba jugando solo, golpeando las bolas con demasiada fuerza, mirando constantemente hacia la puerta. Tenía una botella de whisky Buchanan’s en la mesa, algo demasiado caro para un simple mecánico de barrio.
Me acerqué lentamente. Él estaba agachado, apuntando para tirar a la bola 8.
—Bonito reloj —dije, parándome justo a su lado.
El tipo se sobresaltó tanto que el taco resbaló y rasgó el paño verde de la mesa. Se giró de golpe, con los ojos desorbitados. Llevaba un reloj dorado, nuevo, idéntico al que mi padre traía en el funeral.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —escupió, tratando de hacerse el valiente, pero le temblaba el labio.
—Soy alguien que sabe que ese reloj no te lo compraste cambiando aceite —respondí con voz tranquila, letal—. Y sé que el dinero vino de un yate que no debió hundirse.
El color desapareció de su cara. Se puso pálido como un papel.
—No sé de qué hablas, loca. Lárgate o llamo a seguridad.
—¿Seguridad? —Me reí, una risa seca—. Aquí no hay seguridad, Chato. Aquí solo estamos tú, yo y los fantasmas. ¿No te visitó ella anoche? ¿La chica del vestido blanco?
Él retrocedió, chocando contra la mesa de billar.
—Estás loca…
—Ella me dijo que tú cortaste los cables. Que tú cerraste las válvulas. Me dijo que mis padres te pagaron 50 mil pesos. ¿Me equivoco?
El Chato miró hacia la salida. Estaba calculando si podía correr.
—¡Yo no maté a nadie! —siseó—. ¡Fue un accidente! ¡Ellos dijeron que solo era un susto, para cobrar el seguro del barco! ¡No sabía que la dejarían ahí!
Bingo.
Saqué el celular discretamente, que ya estaba grabando en el bolsillo de mi pecho, y lo puse sobre la mesa, boca abajo.
—No te creo. Mis padres dicen que fuiste tú. Que tú se lo propusiste a ellos. Que tú eres el asesino intelectual.
Era mentira, por supuesto. Vicente y Patricia jamás admitirían nada. Pero la paranoia de un criminal es su peor enemigo. El miedo a ser el chivo expiatorio hace cantar a cualquiera.
—¡Mienten! —gritó El Chato, olvidando bajar la voz. Algunos borrachos de las mesas cercanas voltearon, pero al ver mi cara de pocos amigos, volvieron a lo suyo—. ¡Ese viejo borracho, Vicente, me buscó a mí! Me dijo: “Necesito que el barco se hunda rápido. Mi hija no debe salir”. ¡Él lo dijo! ¡Yo solo hice el agujero en el casco y desconecté la radio! ¡Ellos la encerraron!
Sentí un escalofrío. “Mi hija no debe salir”. Papá había dicho eso. Mi propio padre. Sentí ganas de sacar la llave Stilson y romperle la cabeza a este miserable ahí mismo, pero me contuve. Necesitaba más.
—Pruébalo —lo reté—. Si no tienes pruebas, te vas a pudrir en la cárcel tú solo. Ellos tienen dinero ahora, pagarán abogados caros y te echarán la culpa de todo.
El Chato, sudando a chorros y con los ojos inyectados en sangre por el alcohol y el pánico, sacó su propio teléfono.
—Tengo mensajes —balbuceó, desbloqueando la pantalla con dedos torpes—. No soy pendejo. Grabé las llamadas. Grabé cuando me dieron el anticipo. Mira… escucha esto.
Le dio play a un archivo de audio.
La voz de mi madre, inconfundible, chillona y autoritaria, salió del pequeño altavoz.
“Escúchame bien, imbécil. Tiene que parecer un fallo del motor. Si ella sobrevive, no cobramos el seguro de vida completo. Asegúrate de que las puertas de los camarotes estén trabadas. No quiero errores.”
Luego la voz de mi padre:
“Y del cuerpo no te preocupes. El mar se encarga de todo. Tú solo hunde esa maldita lancha.”
Cerré los ojos un segundo. El dolor era físico, como una puñalada en el estómago. Ahí estaba. La confirmación absoluta de que fui engendrada por monstruos.
—Pásame esos audios —le ordené, volviendo a abrir los ojos—. Ahora.
—¿Y tú qué me das? —preguntó, intentando negociar—. ¿Eres policía?
—Soy la hermana de la muerta —dije, acercándome a centímetros de su cara—. Y lo que te doy es la oportunidad de que no te mate aquí mismo. Si me das eso, tal vez… tal vez le diga a la policía que cooperaste. Si no, te juro por mi madre santa que te rompo las rodillas y te dejo tirado en el puerto para que te coman los cangrejos.
El Chato vio mi mirada. Vio que no estaba bromeando. Vio la muerte en mis ojos.
Me envió los archivos por Bluetooth.
—Ahora, piérdete —le dije una vez que confirmé la transferencia—. Vete de Veracruz. Si te vuelvo a ver, te mato.
El tipo no esperó ni un segundo. Salió corriendo del billar dejando su whisky y su dignidad tirados.
Regresé a la camioneta, temblando. Tenía la prueba. Tenía la bala de plata para matar al hombre lobo. Pero la noche aún no terminaba. Necesitaba verlos. Necesitaba ver a mis padres a los ojos sabiendo lo que sabía.
Manejé hacia la casa de mi infancia en la colonia La Esperanza.
Al llegar, la transformación era evidente. La casa, que siempre había tenido la pintura descarapelada y la reja oxidada, ahora lucía diferente. Había una camioneta SUV del año, blanca y brillante, estacionada en la entrada de tierra. Habían instalado aire acondicionado nuevo en todas las ventanas. Se escuchaba música de banda saliendo de adentro.
Estaban celebrando. Habían enterrado a su hija hace unas horas y estaban celebrando.
Me estacioné a una cuadra y caminé hacia la ventana de la sala, ocultándome entre las sombras de los árboles de mango.
Me asomé por una rendija de la cortina nueva.
Ahí estaban.
Papá estaba sentado en el sillón nuevo de piel (probablemente comprado a crédito esperando la herencia), con una botella de tequila Don Julio en la mano y el celular en la otra. Se veía pálido, sudoroso. Miraba la pantalla del teléfono con terror. Seguramente acababa de ver mi mensaje, la foto de las piedras.
Mamá estaba caminando de un lado a otro, fumando un cigarro largo.
—¡Es un truco, Vicente! —le gritaba—. ¡Es alguien que nos quiere sacar dinero! ¡Leila está muerta! ¡La vimos hundirse!
—¡Pero la foto, Patricia! —gritó papá, con la voz quebrada por el miedo—. ¡Esas piedras! ¡Nadie sabía de esas piedras! ¿Y si… y si no se murió? ¿Y si regresó? Dicen que las gemelas tienen conexión…
—¡Cállate, viejo estúpido! —Mamá le arrebató la botella y le dio un trago largo—. Mañana vamos al banco. Sacamos lo que podamos del seguro de vida que ya aprobaron y nos vamos a Cancún unos días. Hay que alejarnos de aquí hasta que se calmen las aguas.
—¿Y Maya? —preguntó papá—. ¿Qué le decimos a Maya?
Mamá soltó una risa fría que me heló la sangre.
—Maya no importa. Maya es una tonta. Se cree muy lista con su tallercito, pero nunca se dará cuenta. Le daremos unos miles de pesos para que se calle y siga con su vida miserable. Y si se pone difícil… bueno, ya sabemos cómo solucionar problemas familiares, ¿no?
Retrocedí, sintiendo que me faltaba el aire.
“Ya sabemos cómo solucionar problemas familiares”.
Pensaban matarme también. Si sospechaba demasiado, yo era la siguiente en la lista.
Mi mano se fue a mi bolsillo, apretando el celular con las grabaciones. Podía llamar a la policía ahora mismo. Podía entrar y golpearlos hasta que no se levantaran.
Pero no. Eso era demasiado fácil. Demasiado rápido.
Recordé a Leila en el sótano, temblando. Recordé sus años de bondad, de darles todo. Recordé cómo ellos la despreciaron y luego intentaron asesinarla.
La cárcel era un destino seguro, pero yo quería justicia divina. Quería exponerlos. Quería que todo el pueblo, que toda la gente que los vio llorar en el funeral, supiera la clase de demonios que eran. Quería destruir su reputación, su libertad y su alma.
Me alejé de la ventana en silencio.
Regresé a la camioneta y le mandé un mensaje a Leila:
“Tengo la confesión del mecánico. Y acabo de escucharlos planear mi muerte también. Prepárate, hermana. Mañana no solo resucitas. Mañana empieza el juicio final.”
Arranqué el motor. La lluvia empezó a caer de nuevo, suavemente, lavando las calles, pero yo sabía que nada lavaría la sangre que estaba a punto de correr. El escenario estaba listo. La lectura del testamento era en dos días. Ese sería nuestro teatro. Y nosotras seríamos las directoras de su destrucción.
PARTE 4: LA CAÍDA DE LOS FALSOS ÍDOLOS
CAPÍTULO 7: La Calma Antes del Huracán
La mañana siguiente amaneció con ese calor húmedo y pegajoso típico de Veracruz, el que te hace sudar apenas abres los ojos. Yo había dormido tres horas, sentada en una silla plegable en el sótano, vigilando la puerta como un perro guardián. Leila dormía en el catre, hecha un ovillo, murmurando cosas en sueños. A veces gritaba “¡Agua!” o “¡Papá, no!”, y yo tenía que acercarme a acariciarle el pelo para calmarla.
A las 7:00 AM, la desperté con un café de olla y unos tacos de canasta que compré en la esquina.
—Despierta, Bella Durmiente —le dije, abriendo las cortinas imaginarias de nuestro búnker subterráneo—. Hoy es el día.
Leila se sentó, frotándose los ojos. Ya no tenía la mirada perdida de la náufraga. Ahora había fuego en sus pupilas. Se comió los tacos con una voracidad que me rompió el corazón; mi hermana, la que comía salmón y ensaladas orgánicas, devorando tacos de chicharrón como si fueran manjar de dioses porque llevaba días sin comer bien.
—¿Cuál es el plan? —preguntó, limpiándose la salsa verde de la comisura de los labios.
—El plan es simple: darles la soga para que se ahorquen solos —respondí—. Fui a ver al Licenciado Morales a las seis de la mañana. Casi le da un infarto cuando le mostré el video que grabé anoche y le dije que estabas viva.
—¿Morales está con nosotras?
—Morales es un viejo zorro, pero es honesto. Cuando escuchó a mamá decir “asegúrate de que las puertas estén trabadas”, se puso pálido. Ya coordinó todo con la Fiscalía. Hay un agente del Ministerio Público esperando mi señal. Pero antes… antes tenemos que hacer la función de teatro.
Le expliqué los detalles. La lectura del testamento (la falsa, la que ellos esperaban) sería a la 1:00 PM en el despacho de Morales. Mis padres creían que iban a recibir los cheques y las escrituras.
—Necesito que te prepares, Leila. No vas a entrar ahí como una víctima. Vas a entrar como la dueña de todo.
Subí al taller y busqué en mi camioneta una bolsa que había preparado. Ropa limpia mía (unos jeans negros y una camisa blanca planchada), maquillaje básico y un cepillo. No era ropa de diseñador, pero era ropa de guerra.
Mientras ella se arreglaba, yo tenía que cumplir la parte más difícil del plan: ver a mis padres y no vomitarles encima.
Manejé hasta la casa. Eran las 10:00 AM.
La escena en la casa de mis padres era grotesca. Habían contratado a una señora para que limpiara el patio y estaban desayunando barbacoa en la mesa del jardín, bajo una sombrilla nueva.
Papá llevaba una guayabera blanca, muy “señor respetable”, y mamá estaba hojeando un catálogo de viajes.
—Maya —dijo mamá al verme entrar, sin siquiera levantarse—. Qué milagro. Pensé que seguías llorando en tu cueva. Si vienes a pedir dinero prestado, espérate a mañana que se liberen los fondos.
Apreté los puños dentro de los bolsillos.
—No vengo a pedir nada, mamá. Vengo a ver cómo están. Ayer me fui muy rápido del funeral.
Papá me miró con recelo, masticando un pedazo de carne.
—Estamos bien, hija. Tristes, claro. Muy tristes. Pero la vida sigue. Leila hubiera querido que disfrutáramos lo que ella nos dejó.
—Claro —dije, forzando una voz mansa—. Ella siempre fue muy generosa.
—Oye, Maya —papá se limpió la grasa de la boca con una servilleta de tela—. Estuvimos hablando tu madre y yo. Sabemos que tu tallercito ese apenas te da para comer. Cuando nos den la herencia… pensamos darte algo. Unos 50 mil pesos. Para que arregles tu camioneta y te compres ropa decente.
Cincuenta mil pesos. Mi hermana valía 46 millones de dólares, y ellos me ofrecían cincuenta mil pesos para comprar mi silencio y mi lealtad. El precio de la sangre estaba en oferta.
—Gracias, papá —dije, bajando la cabeza para ocultar el asco en mis ojos—. Son muy buenos.
—Solo una cosa —intervino mamá, su voz afilándose—. Deja de hacer preguntas estúpidas. Me dijo la tía Rosa que anduviste rara en el cementerio. Y esos mensajes de broma que nos llegaron… seguro fuiste tú, ¿verdad? Tratando de asustarnos.
Levanté la vista y la miré directo a los ojos.
—Yo no mandé nada, mamá. Pero dicen que los muertos no descansan cuando hay deudas pendientes.
Mamá soltó una carcajada nerviosa y apagó su cigarro en el plato de barbacoa.
—Deja de decir estupideces de pueblo. Nos vemos a la una en el despacho del abogado. Llega puntual y báñate, por favor. No quiero que huelas a grasa en la lectura.
Salí de ahí sintiendo que necesitaba un baño de cloro. Ya habían confesado su indiferencia. Ya habían intentado sobornarme. Ya no había vuelta atrás.
Regresé al taller. Leila estaba lista. Se había puesto mis jeans y mi camisa. Le quedaban un poco grandes, pero con el cinturón apretado y el cabello recogido en una coleta alta, se veía imponente. No se parecía a la Leila frágil de antes. Se parecía a mí.
—¿Lista para volver de entre los muertos? —le pregunté.
Ella se miró en el espejo retrovisor de un coche desarmado. Sus ojos, antes dulces, ahora tenían el frío del acero.
—Lista para enterrarlos a ellos.
Subimos a la camioneta. El cielo de Veracruz, cómplice de nuestra venganza, empezaba a nublarse de nuevo.
CAPÍTULO 8: El Juicio Final
El despacho del Licenciado Morales estaba en el centro histórico, en un edificio colonial con techos altos y olor a madera vieja y leyes antiguas. A la 1:00 PM en punto, la sala de juntas estaba helada por el aire acondicionado.
Mis padres estaban sentados a un lado de la mesa de caoba, luciendo impacientes. Mamá tamborileaba sus uñas acrílicas recién puestas sobre la mesa. Papá revisaba su reloj dorado cada treinta segundos.
Yo me senté frente a ellos, sola.
El Licenciado Morales, un hombre de setenta años con bigote blanco y mirada de juez implacable, entró con una carpeta gruesa bajo el brazo. Se sentó en la cabecera, se ajustó los lentes y nos miró a todos en silencio durante un minuto eterno.
—Buenas tardes —dijo con voz grave—. Estamos aquí para dar lectura a la voluntad y testamento de la señora Leila Castillo de Colmenares.
—Vaya al grano, Licenciado —interrumpió papá—. Ya sabemos lo que dice. Ella nos dejó todo. Somos sus únicos parientes vivos además de Maya, y Maya no sabe administrar dinero.
Morales alzó una ceja.
—La prisa es mala consejera, Don Vicente. Antes de proceder con la distribución de activos, debo cumplir con una formalidad legal. Debido a las circunstancias… inusuales… del deceso, y a la falta de pruebas de ADN concluyentes en el cuerpo recuperado, el protocolo exige una última verificación.
Mamá se puso tensa.
—¿Qué verificación? ¡Yo identifiqué el cuerpo! ¡Era mi hija! ¡Tenía su… su lunar!
—Mentira —dije yo, rompiendo mi silencio. Mi voz sonó clara y fuerte en la sala—. Leila no tenía lunares visibles, mamá. Tú ni siquiera sabías eso.
—¡Tú cállate, malagradecida! —gritó mamá, poniéndose roja—. ¡Licenciado, firme los papeles ya! ¡Tenemos un vuelo a Cancún a las cinco!
Morales cerró la carpeta con un golpe seco.
—Me temo que no habrá viaje a Cancún, señora Patricia. Porque ha surgido nueva evidencia. Evidencia que impugna no solo el testamento, sino la causa de muerte.
Papá se puso de pie, golpeando la mesa.
—¿De qué chingados habla? ¡Esto es un atropello! ¡Voy a demandar a este despacho!
—Siéntese, Vicente —ordené. Saqué mi celular y lo conecté al sistema de audio Bluetooth de la sala de juntas que Morales había dejado “casualmente” activado.
—¿Qué haces? —siseó mamá.
—Les pongo música de fondo —dije. Y le di play.
La voz de El Chato llenó la habitación, amplificada y nítida.
“Ese viejo borracho, Vicente, me buscó a mí… ‘Necesito que el barco se hunda rápido. Mi hija no debe salir’…”
El color desapareció de la cara de mi padre. Se desplomó en la silla como si le hubieran cortado las cuerdas.
Luego, la voz de mamá.
“Si ella sobrevive, no cobramos el seguro de vida completo… Asegúrate de que las puertas de los camarotes estén trabadas.”
Mamá se llevó las manos a la boca. Sus ojos iban del teléfono a mí, llenos de terror puro.
—Eso… eso es falso. Es inteligencia artificial. ¡Es un montaje de esta envidiosa! —chilló, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Quiere el dinero para ella!
—No, mamá —dije, levantándome—. No quiero el dinero. Quiero justicia.
—¡No tienes pruebas reales! —bramó papá, recuperando un poco de su bravuconería de borracho—. ¡Un audio grabado por un drogadicto no vale nada en la corte! ¡Leila está muerta! ¡Y tú no eres nadie!
En ese momento, el Licenciado Morales presionó un botón en su escritorio. Las puertas dobles de caoba a mis espaldas se abrieron lentamente.
El sonido de los tacones golpeando el piso de madera resonó como campanadas. Clac. Clac. Clac.
Mis padres miraron hacia la puerta. Y vi cómo sus almas abandonaban sus cuerpos.
Leila entró. Caminaba erguida, con la cabeza alta. No llevaba joyas, ni vestidos caros. Llevaba mis jeans y mi camisa, pero en ese momento parecía una reina guerrera.
—Hola, papi. Hola, mami —dijo Leila. Su voz era suave, pero cortaba como hielo.
Papá empezó a hiperventilar. Se agarró el pecho.
—¡No… no! ¡Está muerta! ¡La vi hundirse! —gritó, confesando su crimen sin darse cuenta.
Mamá retrocedió hasta chocar contra la pared, pálida como un cadáver.
—¡Es un fantasma! ¡Es un demonio! ¡Aléjate!
Leila caminó hasta la mesa y se paró junto a mí. Me tomó la mano. Sentí su fuerza.
—No soy un fantasma, madre. Soy la hija que vendieron por 46 millones. Soy la hija que dejaron encerrada en un camarote mientras el agua subía. ¿Te acuerdas de mis gritos? Porque yo me acuerdo de tu silencio.
—Leila, mi amor… —mamá intentó cambiar la estrategia, poniendo esa cara de víctima llorosa—. Fue un error… nos obligaron… el capitán…
—Ahorrate las lágrimas de cocodrilo —la cortó Leila—. Escuché los audios. Vi el seguro de vida. Sé todo.
El Licenciado Morales se aclaró la garganta.
—Señores Castillo, en este momento el testamento anterior queda anulado por la supervivencia de la testadora. Y basándonos en la evidencia presentada y en la presencia de la víctima…
Las puertas se abrieron de nuevo. Esta vez no fue una entrada dramática. Cuatro agentes de la Policía Ministerial entraron, con las armas en las fundas pero las esposas en la mano.
—Vicente Castillo y Patricia Domínguez —dijo el comandante—. Quedan detenidos por los delitos de intento de homicidio calificado, fraude al seguro y conspiración.
—¡No! ¡No pueden hacerme esto! —gritó mamá mientras una oficial la esposaba. Empezó a patalear y a insultar—. ¡Todo fue idea de él! ¡Vicente me obligó!
—¡Maldita vieja mentirosa! —rugió papá mientras lo sometían contra la mesa—. ¡Tú fuiste la que quería el dinero para tus cirugías y tus viajes!
Se devoraban entre ellos. Las hienas, cuando están acorraladas, se comen a su propia manada.
Leila y yo nos quedamos paradas, viendo cómo se llevaban a los dos seres que nos dieron la vida y que intentaron quitárnosla. Cuando pasaron junto a nosotras, papá me miró con odio puro.
—Maldita seas, Maya. Tú siempre fuiste la mala hierba.
Lo miré a los ojos, sin parpadear.
—La mala hierba nunca muere, papá. Y la mala sangre… esa se pudre en la cárcel.
Se los llevaron. Los gritos de mamá se escucharon hasta el pasillo, exigiendo hablar con el gobernador, con el presidente, con quien fuera. Luego, silencio.
El Licenciado Morales se quitó los lentes y suspiró.
—Bueno… eso fue intenso. Leila, Maya… necesitan firmar sus declaraciones.
Leila se giró hacia mí y me abrazó. No fue un abrazo desesperado como en la cabaña. Fue un abrazo de paz.
—Se acabó, Maya. Se acabó.
EPÍLOGO: Seis Meses Después
La casa en la colonia La Esperanza ya no existe. Bueno, la estructura sí, pero ya no es nuestra. Leila la vendió apenas se liberaron las escrituras y donó el dinero al orfanato local. No queríamos ni un ladrillo de ese lugar maldito.
Estamos sentadas en el porche de mi nueva casa. No es una mansión. Es una casa bonita, amplia, cerca de la playa pero lejos del bullicio, con un taller mecánico enorme en la parte trasera donde ahora tengo tres empleados y soy la jefa de verdad. Leila tiene su estudio de pintura en el segundo piso, con vista al mar.
Es un atardecer naranja, de esos que solo Veracruz sabe pintar.
—¿Te llegó la carta? —pregunta Leila, dándole un trago a su limonada.
—Sí —respondo, sacando el sobre arrugado de mi bolsillo. Viene del Reclusorio Norte. Es de mamá—. No la he abierto.
—Yo tampoco abrí la de papá.
Leila toma el sobre de mi mano, lo junta con el suyo y saca un encendedor.
—No vale la pena, Maya. Son palabras de gente que ya no existe para nosotras.
Prende fuego a la esquina de los sobres. Vemos cómo el papel se consume, cómo las letras escritas con desesperación y manipulación se convierten en ceniza negra que el viento del mar se lleva.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —dice Leila, viendo las chispas volar.
—¿Qué?
—Que tenían razón en una cosa. El dinero sí cambia la vida. Pero no como ellos creían.
Leila usó la herencia de Adrián para crear la “Fundación Fénix”. Ayuda a jóvenes de escasos recursos a estudiar y ofrece apoyo legal a víctimas de violencia familiar. Se quedó con lo suficiente para vivir tranquila, pero regaló el poder que corrompió a nuestros padres.
—La sangre no es agua, Leila —le digo, recargando mi cabeza en su hombro.
—No —responde ella, apretando mi mano—. La sangre es solo biología. La familia… la familia es quien te saca del agua cuando te estás ahogando.
El sol termina de ponerse, dejando el cielo teñido de violeta. Estamos solas, sin padres, marcadas por la traición, pero estamos juntas. Y por primera vez en treinta y cinco años, no tengo miedo del mañana.
Porque sé que si viene otra tormenta, no la enfrentaré sola. Tengo a mi hermana. Y ella me tiene a mí. Y contra eso, no hay huracán que pueda.
FIN