
CAPÍTULO 1: EL FANTASMA DE LA PARADA DE AUTOBÚS
El sol de la Ciudad de México no acaricia, golpea. Es un sol pesado, mezclado con el esmog, que cae a plomo sobre las cabezas de los que vivimos “al día”. Eran las dos de la tarde de un miércoles cualquiera, y el calor hacía que el pavimento de la Avenida Central pareciera vibrar, creando espejismos de agua donde solo había aceite de motor y chapopote derretido.
En medio de ese caos de cláxones, gritos de “¡Súbale, súbale, hay lugares!” y el olor penetrante a tacos de suadero y escape de camión, estaba ella.
Margaret. O al menos, así me dijo después que se llamaba. Pero en ese momento, para el mundo, ella no tenía nombre. Llevaba sentada en esa banca de concreto de la parada del camión tres días seguidos . Tres días enteros. No era una vagabunda común; había algo en su quietud que perturbaba, algo que gritaba silencio en medio del ruido infernal de la ciudad.
Nadie sabía de dónde había salido. Simplemente apareció una mañana, como si el cielo la hubiera escupido o la tierra la hubiera brotado. Estaba ahí, vieja, callada, envuelta en un rebozo que alguna vez fue colorido pero que ahora estaba empapado de la lluvia ácida de la tarde anterior y cubierto de una capa gris de polvo callejero .
Yo soy Ramón. Tengo 16 años, aunque mi espalda siente que tengo 40 . Mi “oficina” es el crucero. Soy de los que torean la muerte entre carriles vendiendo mazapanes, chicles y bolsitas de agua helada. Conozco el ritmo del semáforo mejor que el latido de mi propio corazón: rojo significa correr y vender; verde significa saltar a la banqueta para que no te atropelle un microbús .
Desde mi esquina, la observé el primer día. Era lunes. Pensé: “Seguro está esperando a su hijo o a algún pariente que fue al mercado”. Se veía fuera de lugar, sentada en la mera orilla de la losa de concreto, con la espalda recta, no encorvada como los que piden limosna . No extendía la mano. No lloraba. No pedía un taco. Simplemente existía, con la mirada fija en un punto invisible al otro lado de la avenida, como si estuviera viendo una película que solo ella podía proyectar .
Sus ojos… madre mía, sus ojos. Eran dos pozos vacíos, pero inquietos. Estaban en blanco, pero se movían rápido, persiguiendo recuerdos que se le escapaban . Tenía los labios partidos, secos como la tierra de un cerro pelón . Y lo que más me rompió el corazón ese primer día fueron sus pies: traía unas chanclas de plástico que no hacían juego. Una era azul, de hombre, y la otra rosa, de mujer. Sus dedos, sin embargo, estaban cruzados sobre su regazo con una elegancia extraña, como alguien que, aunque el mundo la ignore, se niega a perder la dignidad .
Pasó el lunes y llegó la noche. Yo me fui a mi casa pensando que alguien iría por ella. Pero llegó el martes. A las 7:00 AM, cuando llegué con mi caja de mercancía, ella seguía ahí. En la misma posición. El rebozo un poco más sucio. La cabeza un poco más inclinada. La gente pasaba a su lado y la reacción era siempre la misma: indiferencia o asco. Vi a una señora copetuda jalar a su hija cuando pasaron cerca. —¿Quién es ella, mamá? —preguntó la niña con uniforme escolar . —No sé, hija, no voltees. Sigue caminando —respondió la mujer sin bajar el paso, como si la pobreza fuera contagiosa .
El miércoles, la situación ya era indignante. La señora de los elotes, Doña Chuy, que tiene su puesto cruzando la calle, tenía su propia teoría. Mientras despachaba un esquite, la escuché chismear con una clienta. —Te digo que la vinieron a tirar. Escuché que sus hijos la abandonaron porque ya no la aguantaban. Dicen que se negaba a morirse y pues, ya ves cómo es la gente ingrata. Ahora la dejaron ahí, a la buena de Dios . La clienta miró a Margaret y torció la boca. —Ay, no. Pobre, pero mira nomás ese trapo que trae puesto. Lleva con el mismo rebozo desde antier. Eso ya no es ropa, es bandera nacional de la mugre .
Otros decían cosas peores. Un mototaxista se paró a comprar cigarros y soltó su veneno: —Para mí que se le escapó a una familia rica. Ya ven que luego esconden a sus viejitos locos en los cuartos de atrás. A lo mejor se hartó y se echó a correr. Pero mírala, no pide ayuda. Está loca .
Nadie sabía nada con certeza. Solo inventaban historias para justificar su falta de empatía. Durante tres días, esa mujer aguantó lluvia, sol, hambre, sed y, lo peor de todo, los susurros crueles de la gente . Nadie se acercó a preguntarle: “¿Jefa, está usted bien? ¿Necesita algo?”. Nadie. Excepto yo. No porque yo sea un santo, sino porque yo sé lo que es ser invisible. Yo soy ese niño al que le suben el vidrio del coche cuando me acerco. Soy el que estorba en la banqueta. Yo entendía su silencio.
Ese miércoles por la tarde, el coraje me ganó. Ya no estaba irritado con ella, estaba encabronado con el mundo . ¿Cómo podíamos aceptar su presencia ahí como si fuera una señal de tráfico más? ¿Cómo podíamos dormir tranquilos sabiendo que una abuela estaba durmiendo en el cemento?
Vendí mi último mazapán y agarré mis cosas. Caminé hacia mi casa, un cuartito de lámina y bloque gris en una vecindad donde el agua cae a chorritos y la luz se va cuando llueve. Entré y aventé las bolsitas de cacahuates que me sobraron sobre la mesa, al lado de una cubeta que usábamos para las goteras .
Mi mamá estaba ahí, hincada en el suelo con una rodilla sobre un cartón, picando verdura para la comida. Se veía cansada, siempre se veía cansada. —Amá… hay una viejita en la parada del camión. Lleva ahí desde el lunes —solté de golpe .
Mi mamá ni siquiera alzó la vista del chayote que estaba pelando. —¿Cuál viejita? —Una que está ahí, sentada. En el mismo lugar, con la misma ropa. Me acerqué hoy a darle agua. Me dijo que olvidó su camino a casa —le dije, intentando que mi voz sonara tranquila, aunque por dentro estaba temblando .
Mi jefa soltó un siseo, ese sonido que hacen las mamás mexicanas cuando algo no les gusta. —Ah, qué historia tan conmovedora —dijo con sarcasmo—. ¿Y qué? ¿Ahora eres de la beneficencia pública? —Le di agua, Amá. Me dijo que se llama Margaret .
Eso captó su atención. Mi mamá soltó el cuchillo sobre la tabla de picar. El ruido seco resonó en el cuarto. Se limpió las manos en el delantal y me miró con los ojos muy abiertos, llenos de un miedo supersticioso. —¡¿Hablaste con ella?! —me gritó—. Ramón, ¿te volviste loco o qué? ¿Fuiste y te le pegaste? . —Sí, fui. Muy cerca. —¡Dios mío, muchacho! —se persignó rápido—. ¿Tú quieres volverte loco? Viste a alguien perdida, sucia, con cara de espectro, ¿y tu espíritu te dijo “ve y hazle plática”? .
—No se ve loca, Amá —insistí, sintiendo un nudo en la garganta—. Se ve… se ve como alguien que antes importaba. Como alguien que tuvo una vida .
Mi mamá bajó la voz, transformando el grito en un susurro aterrador, como si las paredes oyeran. —Ramón, escúchame bien. La gente “que solía importar” también pueden ser brujas. Esa gente carga cosas pesadas. Te estoy advirtiendo, no dejes que la lástima te arrastre a una maldición ajena. A veces el diablo se disfraza de oveja herida . —¡Pero es inofensiva! —le repliqué—. Solo está ahí sentada. —¡Así es como empiezan! Se ven inofensivos y un día vas caminando y ¡pum!, se te olvida tu nombre. Te pegan sus males.
Me reí, una risa nerviosa. —Voy a regresar —dije, agarrando mi caja vacía. Mi mamá se puso de pie de un salto, tirando las verduras. —¿Regresar a dónde? ¡Ramón! —Quiero empujarla. Llevarla a su casa. —¿Empujar a quién? ¡Ramón! Si tocas a esa mujer y desapareces, o si te echan la culpa de algo, no me estés gritando desde el ministerio público, ¿me oíste? ¡No me llames con el pensamiento! .
Pero yo ya estaba con un pie afuera. —Ahorita vengo, jefa. No me tardo.
Salí corriendo de la vecindad. El corazón me latía a mil por hora. No era solo la adrenalina de desobedecer a mi mamá (que ya de por sí es un deporte extremo en México), sino la sensación de que estaba a punto de hacer algo que no tenía vuelta atrás.
Regresé a la parada del autobús. El sol ya estaba bajando, pintando el cielo de un naranja sucio y morado. Y ahí estaba Margaret. En la misma banca. En la misma posición. Con la misma mirada perdida que parecía estar esperando el fin del mundo o un milagro . Crucé la avenida esquivando un taxi que me mentó la madre con el claxon. Dejé mi charola de productos detrás del puesto de frutas de Doña Lupe y me paré frente a ella. Mi sombra cayó sobre sus piernas.
—Buenas tardes, Madre —le dije, tratando de sonar respetuoso. Ella levantó la cabeza muy despacio, como si el cuello le pesara toneladas. Sus ojos se enfocaron en mí por primera vez. —Buenas tardes, mi hijo —su voz sonaba rasposa, como hojas secas pisadas .
Me agaché un poco para estar a su altura. —¿Todavía se acuerda de algo? ¿Cualquier cosa? Ella esbozó una sonrisa muy débil, casi invisible. —Solo mi nombre… Margarita. —¿Y su casa? ¿Su portón? —le pregunté con esperanza. —Es negro… —susurró, cerrando los ojos—. Es grande. La calle está pavimentada .
Asentí, sintiendo la frustración. —Híjole, Madre. Eso no ayuda mucho. Casi todas las casas de los ricos tienen portones negros, y en esta zona dizque todas las calles están pavimentadas desde tiempos del gobierno anterior —le dije, rascándome la cabeza. Ella soltó una risita suave. —Una calle pavimentada de verdad, no de esas que se rompen con la lluvia . Luego bajó la mirada otra vez, avergonzada. —Pensé que salir a caminar me ayudaría. Pensé que recordaría… pero ahora ni siquiera sé qué día es .
Me quedé ahí parado un segundo, viendo cómo la vulnerabilidad se la comía viva. No podía dejarla ahí otra noche. Sería inhumano. Miré al otro lado de la calle. Ahí estaba el Tío Chuy (no es mi tío de verdad, pero así le decimos todos), un vendedor de cebollas que ya estaba recogiendo su puesto. A su lado, estaba su herramienta más preciada: una carretilla vieja, oxidada, manchada de cal y tierra.
Se me prendió el foco. —Tío Chuy —le grité cruzando la calle—. ¡Tío! Tírame un paro. Préstame tu nave. —¿Mi qué? —Tu carretilla. Veinte minutos. —¿A quién quieres cargar, chamaco? ¿Te vas a robar cemento? Señalé a la señora en la banca. —A la patrona —le dije. Chuy parpadeó, miró a la mujer, luego a mí. Suspiró. —Llévatela. Pero me la traes entera, es mi herramienta de trabajo .
Agarré la carretilla. Las llantas rechinaron como si estuvieran llorando, pero rodaban. La empujé con cuidado, cruzando la avenida como si llevara lingotes de oro. Me detuve frente a Margarita, frené con estilo y me aclaré la garganta como si fuera un chofer de limusina anunciando su llegada.
—Su transporte ha llegado, Madrecita —dije con orgullo. Margaret giró la cabeza lentamente, confundida. —¿Mi qué? —Su transporte —repetí, enderezando la espalda—. Es mi Ferrari modelo “Premium Rústico”. No tiene cinturón de seguridad, y la suspensión falla un poco, pero le prometo que no voy a caer en ningún bache .
Ella miró la carretilla sucia, luego me miró a mí. Sus ojos, que habían estado muertos por tres días, de repente brillaron. Una chispa de vida. —¿Quieres empujarme por ahí? —preguntó, incrédula . —Quiero empujarla a casa, jefa. Vamos a buscar ese portón negro.
Se me quedó viendo un momento largo, estudiándome, buscando si yo tenía maldad o burla en la cara. Y entonces, sucedió. Inesperadamente, se rio. No fue una risita tímida. Fue una carcajada que la hizo palmearse el muslo suavemente . Fue el tipo de risa que había estado escondida por años bajo capas de tristeza y soledad . —Está bien, jovencito —dijo, secándose una lágrima de risa—. Vámonos. Busquemos el portón negro.
Me acerqué para ayudarla. Olía a polvo y a cansancio, pero cuando la toqué para ayudarla a subir, sentí una calidez humana que me recordó a mi abuela. Acomodé su rebozo con cuidado para que no se atorara con el metal oxidado de la carretilla . Ella se acomodó en el interior, con las piernas colgando un poco, pareciendo una niña pequeña en un juego mecánico extraño.
Levanté los mangos de la carretilla. Pesaba menos de lo que imaginaba. Era frágil, como un pajarito. —Avíseme si el aire acondicionado está muy fuerte, Madre. Le puedo bajar un poquito a la velocidad —bromeé mientras empezábamos a rodar por la banqueta . Ella soltó otra risita. —Temperatura perfecta, chofer. —Tenemos música también —agregué con cara seria—. Cualquier tipo que guste. Banda, reguetón, cumbias, o hasta tambores tradicionales. Yo hago los efectos de sonido con la boca. Margaret estalló en otra ronda de risas, sacudiendo la cabeza. —Estás loco —dijo suavemente, pero seguía sonriendo—. Estás rematadamente loco. —No, Doña —le contesté mientras esquivábamos un bache—. Soy empleado del Destino. Y hoy tengo ruta extra.
Y así, un chico pobre con zapatos rotos y una anciana millonaria perdida en una carretilla oxidada, comenzamos nuestro viaje por las calles de México, sin saber que ese paseo iba a cambiar la historia de nuestras vidas para siempre.
CAPÍTULO 2: EL PALACIO DETRÁS DEL PORTÓN NEGRO
Empujar una carretilla de albañil no es ciencia nuclear, pero hacerlo durante kilómetros, cuesta arriba y con una pasajera VIP a bordo, es otro boleto. La ciudad empezó a cambiar a nuestro alrededor mientras avanzábamos. Dejamos atrás el ruido de los cláxones de los microbuseros, el olor a fritanga y las banquetas rotas donde la hierba crece entre las grietas.
Poco a poco, el paisaje urbano se transformó. Las casas de bloque gris sin pintar dieron paso a residencias con bardas altas y bugambilias colgando hacia la calle. El aire, que allá abajo olía a smog y desesperanza, aquí arriba empezaba a oler a “rico”: a jazmín, a pasto recién cortado y a esa tranquilidad que solo el dinero puede comprar.
Margarita iba callada en su “Ferrari” oxidado. Yo iba sudando la gota gorda, resoplando como caballo de subida, pero no me detuve. —¿Vamos bien, jefa? —pregunté, tratando de disimular que se me estaban acalambrando los brazos. —El aire acondicionado está perfecto, hijo —respondió ella con esa chispa de humor que había recuperado—. Pero creo que nos falta música.
Sonreí, con el sudor escurriéndome por la frente. —A la orden. Empecé a tararear una canción vieja, de esas que le gustan a mi abuela, un bolero desafinado que rebotaba en las paredes de las residencias amuralladas. —Sabor a mí… —canté bajito. Margarita cerró los ojos y empezó a mover la cabeza al ritmo. Por un momento, no éramos un vendedor ambulante y una anciana perdida; éramos dos cómplices escapando de la realidad .
Pasamos una calle, luego otra. Yo ya estaba dudando. —Madre, no me vaya a decir que su casa está en otro código postal, porque las llantas de esta nave ya están pidiendo esquina —bromeé, aunque mis piernas temblaban . Ella abrió los ojos y miró alrededor. Su expresión cambió. La confusión se disipó por un segundo y vi un destello de reconocimiento. —Espera… —susurró—. Esta calle. Huele a pinos. Aspiró profundo. —Sí. Es aquí. Una calle más, Ramón. Solo una más .
Hice un esfuerzo sobrehumano. Giramos en la cuarta calle. Me quedé mudo. Si las calles anteriores eran de ricos, esta era de multimillonarios. Las banquetas eran impecables, sin un solo chicle pegado. Los árboles formaban un túnel verde perfecto. Y al fondo, dominando la vista como si fuera la entrada al cielo (o al banco central), estaba el portón.
Era negro, inmenso, de hierro forjado tan grueso que podría detener un tanque. Y en el centro, dos cabezas de león doradas brillaban con el sol de la tarde, mirándonos con arrogancia . Parecía la entrada de una fortaleza, o la casa de algún político pesado de esos que salen en las noticias por desfalco.
Nos detuvimos frente a la inmensidad de metal. —Es este —dijo Margarita, señalando con un dedo tembloroso—. Esta es mi casa .
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mi boca se abrió un poco. Miré mi ropa sucia, mis tenis rotos, luego miré la mansión, y luego a la viejita en la carretilla llena de polvo. —¿Neta, jefa? —pregunté, incrédulo—. ¿A poco usted es tía de Carlos Slim o qué? . Ella me ignoró, con la vista fija en los leones dorados. —Toca —ordenó. Su voz ya no era la de la viejita perdida en la banca; tenía un filo de autoridad que me puso la piel chinita .
Me acerqué al portón. Me sentía como una hormiga a punto de tocar la puerta de un gigante. Agarré la aldaba, que pesaba más que mi caja de mercancía, y golpeé una vez. El sonido metálico retumbó en el silencio de la calle. CLANG.
Nadie respondió. Esperé. Volví a tocar. CLANG. Se escucharon pasos pesados del otro lado. Se abrió una mirilla pequeña y aparecieron unos ojos desconfiados. —¿Quién? —ladró una voz desde adentro. —Traigo a la patrona —respondí, tratando de sonar seguro, aunque me sentía ridículo parado ahí con una carretilla . —¿Cuál patrona? Aquí no compramos nada, lárgate —el guardia estaba a punto de cerrar la ventanilla. —¡Abra la puerta, Anselmo! —dijo Margarita desde la carretilla. Su voz fue débil, pero lo suficientemente clara.
El guardia se congeló. Abrió la ventanilla completa y miró hacia abajo. Sus ojos se clavaron en la mujer sentada entre el polvo y el óxido. El color se le fue de la cara en un segundo. Se puso pálido como un muerto. —¡¿SEÑORA?! —gritó, con la voz quebrándosele—. ¡MADRE SANTÍSIMA! .
Me hice a un lado porque sentí que el portón iba a explotar. Y casi lo hizo. El mecanismo automático zumbó y las enormes hojas de metal negro se abrieron de par en par. El guardia, un hombre grandote con uniforme táctico, salió corriendo con los ojos desorbitados. —¡LA SEÑORA! ¡LA SEÑORA MARGARITA ESTÁ AQUÍ! ¡APARECIÓ! —gritaba hacia adentro de la propiedad, como si estuviera anunciando el fin de una guerra .
Lo que pasó después fue como ver una escena de telenovela, pero en cámara rápida y con mucho drama. La casa “explotó” en actividad. De la puerta principal, que estaba como a cincuenta metros de distancia cruzando un jardín que parecía campo de golf, empezó a salir gente corriendo. Salieron sirvientas con delantales blancos, choferes abrochándose el saco, jardineros soltando las mangueras. Parecían hormigas a las que les patearon el hormiguero .
Y luego, salieron ellos. Los familiares. Se notaba quiénes eran por la ropa y por la actitud. Una mujer joven salió corriendo en bata de seda, con el maquillaje corrido (o tal vez mal puesto por las prisas), gritando: —¡MAMÁ! ¡MAMÁ, ESTÁS VIVA! . Detrás de ella venían otros: hombres de traje, mujeres con joyas que brillaban al sol. Todos corrían hacia nosotros con expresiones que mezclaban el shock, el alivio fingido y, si me apuran, un poco de decepción oculta.
—¡Ay, Dios mío, tía! —gritaba uno—. ¡Pensamos lo peor! —¡¿Dónde estabas?! ¡Te buscamos por todos lados! —lloraba la de la bata de seda, tirándose al suelo de rodillas frente a la carretilla, pero cuidando que sus rodillas no tocaran la tierra .
Margarita no dijo nada. Se quedó ahí sentada, inmóvil, con la cara en blanco. Veía a toda esa gente alborotada a su alrededor como quien ve a un grupo de pericos chillones en una jaula . No había emoción en sus ojos, solo un cansancio infinito y una lucidez repentina que daba miedo. Sabía que esas lágrimas eran de cocodrilo. Sabía que, en el fondo, muchos de ellos ya estaban contando la herencia.
Yo me quedé parado agarrando los mangos de la carretilla, sintiéndome el ser más invisible del planeta. Estaba en medio de un torbellino de gente rica y perfumes caros, sudado, sucio y con mi camiseta de fútbol despintada. Nadie me miró. Para ellos, yo era parte de la carretilla. Un accesorio.
—¡Llévenla adentro! ¡Rápido, llamen al doctor! —ordenó un hombre calvo que parecía ser el que mandaba ahí. Dos choferes intentaron levantar a Margarita. Ella los rechazó con un gesto seco de la mano. —No —dijo. Giró la cabeza y me buscó con la mirada—. Ramón.
Todos se callaron y voltearon a verme. Sentí cuarenta ojos clavados en mí. —Mande, jefa —dije con la voz un hilo. —Tú —dijo ella firmemente—. Tú eres mi chofer. Tú me llevas hasta adentro .
El hombre calvo me miró con asco. —Pero tía, este muchacho está… sucio. Va a manchar el piso. Tenemos sillas de ruedas adentro. —Dije que Ramón —repitió Margarita. Y nadie se atrevió a chistar.
Volví a levantar la carretilla. Las llantas rechinaron ñeeeeek rompiendo el momento solemne. —Con permiso, con permiso, abran paso que aquí va el Ferrari —murmuré, abriéndome paso entre la multitud de parientes indignados.
Empujé la carretilla por el camino de adoquín perfecto. Pasamos junto a una fuente de tres niveles con ángeles orinando agua cristalina. Pasamos junto a coches estacionados que costaban más de lo que ganaría yo en diez vidas: Mercedes, BMW, camionetas blindadas . Llegamos a la entrada principal. Dos estatuas de leones de mármol flanqueaban la puerta de madera tallada .
Entrar ahí fue como cruzar un portal dimensional. El aire acondicionado me golpeó la cara de golpe, secándome el sudor al instante. El vestíbulo era… obsceno. El piso era de mármol blanco, tan pulido que podía ver mis tenis rotos reflejados en él. Había un candelabro de cristal colgando del techo que parecía una lluvia de diamantes. Las paredes estaban llenas de cuadros de gente seria y muebles que se veían antiguos y carísimos .
Mis llantas llenas de lodo y cal dejaron un rastro sucio sobre el mármol inmaculado. Escuché a una de las sirvientas soltar un gritito ahogado al ver la mancha. —Madre… perdón por el desorden —susurré, sintiéndome chiquito—. ¿Seguimos en México o ya cruzamos a Europa? .
Margarita sonrió. Fue la primera sonrisa verdadera que vi desde que llegamos a la casa. —Estamos en casa, Ramón. Sigue.
La llevé hasta el centro de la sala, que parecía más bien el lobby de un hotel de cinco estrellas. Había sofás de terciopelo y alfombras persas. Me detuve junto a un sillón beige que se veía más cómodo que mi cama. —Aquí es la parada, jefa —anuncié.
Me acerqué para ayudarla a bajar. Los familiares se acercaron como buitres, pero yo fui más rápido. La tomé de los brazos con delicadeza, sacudiéndole un poco el polvo del rebozo antes de que se sentara en el sofá de lujo . Ella se hundió en el cojín, suspirando. Parecía que los años se le venían encima de golpe ahora que estaba segura. Se quedó mirándome. Sus ojos, cansados pero cálidos, se clavaron en los míos. El contraste era brutal: ella en su trono de terciopelo, yo de pie con las manos mugrosas y la carretilla oxidada al lado.
—¿Cuál es tu nombre completo? —preguntó suavemente . —Ramón… Ramón López, para servirle a Dios y a usted. Ella asintió despacio, como grabando el nombre en su memoria frágil. —Ramón. Me empujaste como un rey empujaría a su reina. Gracias .
Me rasqué la cabeza, avergonzado. Sentí que la cara me ardía. —No es nada, Madre. Nomás hice lo que cualquiera hubiera hecho —mentí, porque sabía que nadie más lo había hecho en tres días . Ella bajó la vista a su regazo, a sus manos vacías y sucias. —No tengo nada para darte ahorita —dijo con tristeza—. Salí de casa sin nada. Ni un peso, ni joyas… .
Los familiares alrededor contenían el aliento, vigilando que no le fuera a prometer las perlas de la virgen al “niño de la calle”. Pero entonces, Margarita alzó la vista y sus ojos brillaron con una determinación de acero. —Vuelve mañana por la mañana —me dijo .
Parpadeé, confundido. —¿Mande? ¿Para qué? —Quiero darte algo mejor que unos cacahuates o una propina —dijo firmemente—. Quiero darte un trabajo .
Me quedé helado. ¿Trabajo? ¿Yo? ¿Aquí? —¿Un trabajo de a de veras? —pregunté, tartamudeando—. ¿Como jardinero o algo así? —Un trabajo real —afirmó ella—. Uno que no sabías que te estaba esperando. ¿Aceptas? .
No supe qué decir. Solo asentí como muñeco de resorte. —Simón… digo, sí. Sí, acepto. Vendré. —Ven temprano —ordenó—. Tenemos mucho que hacer .
Di media vuelta, aturdido. Agarré mi carretilla y empecé a caminar hacia la salida. El sonido ñeeeeek, ñeeeeek de la rueda era lo único que se escuchaba en esa sala llena de gente rica y silenciosa. Sentía las miradas en mi nuca. Miradas de envidia, de desprecio, de curiosidad.
Mientras salía por el portón de los leones hacia la calle, escuché a una de las cocineras susurrarle a otra empleada cerca de la entrada de servicio: —Mmh. Ya viste. Algunos empujan carretillas y se encuentran con su destino. Y una aquí, barriendo y trapeando desde el 2005, y la suerte nomás no me localiza .
Salí a la calle. El sol ya se había puesto. El aire fresco de la noche me golpeó la cara. Miré la carretilla vacía. Hace una hora, llevaba a una viejita perdida. Ahora, sentía que llevaba el peso de una promesa gigante. No tenía idea de en qué me había metido. No sabía quién era esa mujer en realidad, ni por qué su familia la miraba con tanta hambre. Solo sabía una cosa: mañana tenía que planchar mi camisa.
Caminé de regreso a mi barrio, bajando de las lomas a la realidad, pero mi mente se quedó allá arriba, detrás del portón negro, donde una viejita en chanclas acababa de cambiar mi vida con una sola frase.
CAPÍTULO 3: EL TRAJE DE LOS DOMINGOS Y LA CUCHARA CALIENTE
Esa noche, el sueño me esquivó como si yo tuviera lepra. Me la pasé dando vueltas en mi colchón de hule espuma, mirando las láminas del techo donde se filtraba la luz naranja de la lámpara de la calle . Mi cabeza era una licuadora de imágenes: la risa de Doña Margarita, el portón de los leones, el guardia que casi se infarta y, sobre todo, esa promesa loca de un “trabajo real” .
¿Qué clase de trabajo podía ofrecerme una millonaria a mí, un vendedor de semáforo? ¿Limpiar la alberca con un cepillo de dientes? ¿Ser el que le espanta las moscas? ¿O, peor aún, sería todo una alucinación de ella? ¿Y si llegaba mañana y ni se acordaba de mi nombre? .
A las 5:30 de la mañana ya estaba de pie. El gallo del vecino ni siquiera había cantado, pero mis nervios ya estaban despiertos . Me bañé a jicarazos con agua fría porque el gas se había acabado antier. Temblando de frío, busqué mi “ajuar de gala”: una camisa blanca que guardaba para Navidad o para cuando me tocaba ir a hacer trámites, y mi único pantalón negro de vestir, que ya brillaba un poco de lo gastado que estaba la tela .
El problema era que la camisa estaba hecha bola, parecía chicharrón de harina. Y, por supuesto, no había luz en la colonia desde la tormenta de anoche. Fui a la cocina, prendí la estufa de gas con un cerillo y puse a calentar una cuchara de metal grande, de esas para servir sopa. —A falta de plancha, buenas son las mañas —murmuré. Con la espalda de la cuchara caliente, fui alisando las arrugas de la camisa sobre la mesa, con cuidado de no quemar la tela ni mis dedos. Era un truco viejo que me enseñó mi abuela: “Si te ves pobre, que al menos no se note lo fodongo”, decía ella .
Cuando terminé, me miré en el pedazo de espejo roto que teníamos pegado en la pared. No me veía como un empresario, pero al menos parecía un muchacho decente que iba a misa. Me eché agua en el pelo para bajarme los remolinos y respiré hondo. —Ánimo, Ramón. Es hoy o nunca.
Salí de la casa antes de que saliera el sol. Mi mamá me interceptó en la puerta. Tenía los ojos hinchados de no dormir, preocupada. —¿A dónde vas tan peinado, muchacho? —me preguntó, jalándome de la oreja suavemente . —Voy a la chamba, Amá. A la casa de la señora. Ella suspiró, persignándome la frente. —Ay, hijo. Nomás cuídate. Si ves cosas raras, si te piden que firmes papeles o que cargues cosas chuecas, te sales corriendo. Esa gente de dinero tiene mañas muy oscuras . —Sí, jefa. No se preocupe. Ahorita vengo con buenas noticias.
Tomé el pesero y luego el camión que subía hacia “Las Lomas”. Me bajé dos calles antes porque me daba vergüenza que me vieran bajar del transporte público frente a la mansión. Caminé la subida, sintiendo cómo el sudor amenazaba con arruinar mi planchado de cuchara.
Llegué al portón negro a las 6:45 AM en punto. El silencio de la calle rica era abrumador; solo se oían los pájaros, que aquí cantaban más bonito, seguro porque comían alpiste importado . Me acomodé la camisa por quinta vez, me aclaré la garganta y toqué dos veces. Toc-toc.
El portón tardó en abrirse. Finalmente, la ventanilla se deslizó y aparecieron los mismos ojos de ayer. Anselmo, el guardia. Me miró con una mezcla de sospecha y fastidio. —¿Sí? —Buenos días, jefe. Vengo a ver a la Patrona. A la Señora Margarita. Me dijo que viniera .
Anselmo alzó una ceja, escaneándome de arriba abajo. Vio mis zapatos boleados pero viejos, mi camisa de poliéster y mi cara de nervios. —¿La señora te dijo que vinieras? —preguntó con incredulidad . —Sí, señor. Ayer, cuando la traje. Dijo que tenía trabajo para mí. —¿Eres pariente? —No. —¿Eres empleado doméstico de la agencia? —Todavía no. Pero ella dijo… —Mira, chavo —me interrumpió—. La señora dice muchas cosas. Ayer le dijo al jardinero que vio a su esposo muerto tocando el piano. La señora no está bien de la cabeza. Así que mejor llégale antes de que llame a la patrulla .
—¡Pero me citó! —insistí, poniendo el pie antes de que cerrara la ventanilla—. Oiga, tire paro. Pregunte. Nomás dígale que Ramón está aquí.
El guardia resopló, molesto. —Espérate afuera. Ni se te ocurra recargarte en el portón porque se mancha. Cerró la ventanilla de golpe. ¡Pum! .
Me quedé ahí parado como perro en carnicería. Pasaron diez minutos. Quince. Veinte. El sol empezaba a picar. Sentí que me había tomado el pelo. “Seguro ya se le olvidó”, pensé con un nudo en el estómago. “Seguro mi mamá tenía razón y estoy aquí haciendo el ridículo”.
A las 7:10 AM, escuché el zumbido eléctrico. El portón peatonal se abrió. No salió Margarita. Salió una mujer joven, bajita, pero con una actitud que la hacía ver de dos metros. Llevaba un vestido azul marino ajustado, tacones de aguja con los que hacía malabares en el empedrado y una peluca impecable que no se movía ni con el viento . Traía una bolsa de marca bajo el brazo y me miraba como si yo fuera una bolsa de basura que alguien olvidó sacar.
—Buenos días —dijo, con un tono que no tenía nada de “buenos” . —Buenos días, seño… digo, señorita. —Soy la Licenciada Lidia. Secretaria personal de la Señora Margarita y encargada de la administración de la casa —se presentó, ajustándose los lentes—. ¿Tú eres el muchacho de la carretilla? . —Sí, soy Ramón.
Me barrió con la mirada, deteniéndose en mis tenis y en mi cuello de la camisa. Hizo una mueca casi imperceptible. —Mmh. Veo que te “arreglaste”. —Pues… se hace lo que se puede. La señora me dijo que viniera. Lidia suspiró, como si mi presencia le causara migraña. —Sí, ya me informaron. Mira, niño, te voy a ser clara. La señora Margarita… tiene sus momentos. A veces recoge gatos de la calle, a veces recoge gente. Ella dice muchas cosas que no son reales . —Pero ayer estaba bien lúcida cuando me ofreció el trabajo.
Lidia soltó una risita fría. —Ayer también dijo que vio a Pancho Villa en la cocina. Pero bueno, ella insiste en verte. Puedes pasar . Se hizo a un lado, pero antes de que yo diera un paso, me puso una mano en el pecho, deteniéndome. Sus uñas eran largas, pintadas de rojo sangre. —Una cosa, Ramón. Esta casa está llena de objetos que valen más que toda tu colonia junta. Jarrones, cuadros, platería. Si tocas algo, si rompes algo, o si algo “desaparece”, no solo te vas a ir a la cárcel, te voy a arruinar la vida. ¿Entendido? .
Tragué saliva. Sentí el miedo helado en la espalda. —Sí, licenciada. Yo no soy ratero. Soy pobre, pero honrado. —Eso dicen todos hasta que ven la platería —murmuró ella, dándose la vuelta—. Sígueme. Y límpiate los pies tres veces antes de pisar el mármol.
Entramos. La casa se veía aún más impresionante de día. Las ventanas brillaban tanto que parecían no tener vidrio . El jardín estaba tan verde que parecía pintado. Había un auto plateado bajo un techo, con rines que brillaban tanto que lastimaban la vista . Todo gritaba dinero, poder y exclusividad. Yo caminaba encogido, tratando de ocupar el menor espacio posible.
Lidia me llevó a través de la sala, pasamos un pasillo largo con fotos de gente importante dándose la mano, y salimos a una terraza trasera que daba a un jardín inmenso. Y ahí estaba ella.
Margarita. Casi no la reconocí. Ya no era la viejita polvorienta de la banca. Estaba sentada en una mecedora blanca, bebiendo té de una taza de porcelana fina, con el meñique levantado como duquesa inglesa . Llevaba un vestido de encaje color crema, limpio y elegante. Su cabello estaba peinado en un chongo perfecto y usaba unas pantuflas blancas acolchadas . Se veía como alguien. Como esas señoras que salen en las revistas de sociales o en los periódicos cortando listones .
Me quedé parado en la puerta del patio, intimidado. —Aquí está el muchacho, señora —anunció Lidia con tono aburrido, y luego se retiró, no sin antes lanzarme una última mirada de advertencia.
Margarita alzó la vista y me vio. Su rostro se iluminó. —¡Ramón! —exclamó, dejando la taza en la mesita—. Justo a tiempo. Me acerqué tímidamente. —Buenos días, Madre… digo, Señora Margarita. Llegué temprano. No quería perder la oportunidad .
Ella se rio, esa misma risa franca que soltó en la carretilla. —No tenías que preocuparte. Ya estás contratado. Siéntate, por favor. Me señaló una silla de hierro forjado frente a ella. Me senté en la orillita, con miedo de romperla. —Gracias. ¿Y… de qué se trata la chamba, patrona? ¿Quiere que le ayude con el jardín? ¿O que lave el carrazo que está allá afuera? Porque yo le hago a todo, sé pintar, sé cargar, sé…
Ella negó con la mano, divertida. —No, Ramón. No te traje aquí para que cargues cosas. Ya me cargaste a mí lo suficiente ayer. Se inclinó hacia adelante, mirándome a los ojos. —Te quiero aquí para que trabajes conmigo. Vas a ser mi Asistente Personal .
Parpadeé varias veces, confundido. —¿Su… Asistente Personal? ¿P.A.? . —Exacto. —¿Y eso con qué se come, oiga? —Significa que serás mi mano derecha —explicó ella con paciencia—. Me ayudarás a recordar cosas. Me acompañarás a mis citas. Me recordarás tomar mis pastillas. Caminarás conmigo. Y me ayudarás a mantener el caos de mi cabeza en orden .
Me rasqué la nuca, nervioso. —Híjole, Doña. La neta, yo nunca he sido asistente de nadie. Apenas acabé la secundaria. Yo vendo cacahuates, no sé usar computadoras ni nada de eso . Ella tomó otro sorbo de té y me sonrió con ternura. —Yo tampoco he tenido un asistente que maneje un Ferrari de una rueda. Aprenderemos juntos, Ramón. Lo que necesito no es un título universitario, necesito a alguien que no me mienta y que no me trate como si ya estuviera muerta. Y tú… tú me viste cuando nadie más lo hizo .
Se hizo un silencio cómodo entre los dos. El viento movía las hojas de los árboles. —Está bien, jefa. Le entro. ¿Y… de a cómo va a ser el golpe? Digo, el sueldo. Margarita se puso seria, como si estuviéramos cerrando un trato en Wall Street. —Tu salario será de 15,000 pesos mensuales, con prestaciones y comida incluida .
Casi me caigo de la silla. Sentí que se me bajaba la presión. —¿Quince… quince mil? —tartamudeé—. ¿Al mes? ¿Por caminar y recordarle las pastillas? —Es poco comparado con lo que manejarás en el futuro —dijo ella enigmáticamente, riendo al ver mi cara de espanto—. Pero por ahora, gánatelos. ¿Trato hecho? . —¡Trato hechisímo, patrona! ¡Hasta le bailo si quiere!
A las 9:00 AM, la “inducción” comenzó. Me llevó a su oficina en casa. Era una habitación que olía a madera vieja y a libros. Había diplomas en las paredes, trofeos de cristal, fotos con presidentes. Un escritorio enorme con manijas doradas dominaba el lugar . Detrás del escritorio había un pizarrón blanco gigante, completamente vacío. —¿Quiere que le ayude a llenar eso? —pregunté en un susurro, sintiendo que estaba en un lugar sagrado . —Sí. Toma el marcador. Escribe lo primero del día. Tomé el marcador negro, me temblaba la mano. —¿Qué pongo? —Escribe: “Contratado Ramón. P.A. Ex-chofer de carretilla” .
Escribí con mi letra chueca. Cuando terminé, Margarita soltó una carcajada tan fuerte que una de las sirvientas que pasaba por el pasillo se asomó asustada . —Eres un buen muchacho, Ramón. Por eso te contraté.
Para la hora de la comida, ya me había presentado a medio mundo como “su persona de confianza” . La reacción del personal fue… variada. Las cocineras me sonreían tímidamente, tal vez porque me veían como uno de los suyos. Pero los de “arriba”, el mayordomo, las enfermeras y sobre todo Lidia, me miraban como si yo fuera un virus. Escuché susurros cuando pasé por la cocina por un vaso de agua. —Ya viste al nuevo “juguete” de la señora —decía una voz de mujer—. Estos niños de la calle son bien vivos. Se meten como la humedad hasta que se quedan con todo . —Dale una semana —contestó otro—. En cuanto se robe la primera cuchara de plata, Lidia lo va a echar a patadas.
Escuché todo. Apreté los puños. Me dolió. Me dolió que pensaran que yo era un ratero solo por ser pobre. Pero entonces recordé la cara de mi mamá cuando le dijera que iba a ganar 15,000 pesos. Recordé las goteras de mi casa. Y recordé cómo Margarita me defendió. Me enderecé, tomé mi agua y salí de la cocina con la cabeza en alto .
Esa tarde, Margarita me asignó un cuarto pequeño en el área de servicio para que pudiera cambiarme y descansar si se hacía tarde. Era un cuarto sencillo, pero tenía una cama limpia y un baño con agua caliente. Para mí, era una suite presidencial .
Cuando regresé a mi casa esa noche, mi barrio me pareció más ruidoso y más oscuro que nunca. Entré corriendo. Mi mamá estaba sentada en la mesa, con el rosario en la mano, esperándome como si yo hubiera ido a la guerra. Mis hermanitos estaban jugando en el suelo. —¡Ya llegó! —gritó mi hermano menor. —¡Ramón! —mi mamá se levantó de un salto—. ¿Dónde estabas? Pensé que te habían secuestrado o que te habías perdido. Ya le iba a hablar al pastor .
Solté mi mochila y sonreí de oreja a oreja. —Te dije que la señora me dio trabajo, Amá . —¿Qué trabajo? —me jaló para revisarme que no tuviera golpes—. ¿De qué? ¿Lavando baños? ¿Cargando bultos? —No, jefa. Soy su P.A. —¿P qué? —me miró confundida—. ¿Eso qué es? ¿Perro Acompañante? . —Asistente Personal —dije con orgullo—. Y siéntese, porque se va a ir de espaldas. Ella se sentó, ajustándose el rebozo. —¿Cuánto? —Quince mil pesos al mes.
El silencio en el cuarto fue total. Se escuchaba el goteo de la llave del fregadero. Mi mamá abrió los ojos tanto que pensé que se le iban a salir. —¿Quin… quince mil? —susurró—. Ramón, ¿seguro que no es narco? . —No, Amá. Es empresaria. Es legal. Mi mamá se quedó callada un largo rato. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en su cara cansada. Se levantó y me abrazó fuerte, oliendo a jabón de lavandería y a cariño. —Bendito sea Dios… —murmuró en mi hombro—. Cuéntame todo. ¿Te dieron de comer? ¿Qué comiste? ¿Quién te planchó la camisa allá porque se ve muy lisa? .
Me reí, acordándome de mi mañana. —La planché con la cuchara, Amá . Ella soltó una carcajada y me besó la mejilla. —Ay, hijo. El Espíritu Santo te ilumine.
Así pasó el primer mes. Un mes donde aprendí a distinguir entre cubiertos de pescado y de ensalada. Un mes donde aprendí a leer la letra temblorosa de Margarita. Un mes donde me convertí en su sombra, en su memoria y, sin saberlo, en su único escudo contra los lobos que ya estaban afilando los dientes dentro de su propia casa .
Porque la paz en la mansión del portón negro era falsa. Y la guerra estaba a punto de empezar. Y el primer disparo no vendría de afuera, sino de la oficina de Lidia, con olor a vainilla y traición.
CAPÍTULO 4: LA VÍBORA CON PERFUME DE VAINILLA Y LAS TRAMPAS DE ORO
Había pasado casi un mes desde que mi vida cambió por culpa de una carretilla oxidada. Un mes exacto desde que dejé de ser “el niño de los cacahuates” para convertirme en la sombra de Margarita .
Ya le había agarrado la onda a la rutina de la mansión. Al principio, me sentía como perro en periférico: asustado y sin saber para dónde correr. Pero el hambre de salir adelante es buen maestro. Aprendí a distinguir las pastillas de la presión de las vitaminas sin tartamudear. Aprendí a sostener su bolso de marca —que costaba más que la casa de mi mamá— sin miedo a que se me cayera . Incluso aprendí a firmar su nombre en los recibos de paquetería con la confianza de alguien que conocía cada temblor de su mano .
Nuestras mañanas se convirtieron en un ritual sagrado. A las 8:00 AM en punto, ella salía al balcón de su habitación, respiraba el aire fresco (o lo más fresco que se puede en la CDMX) y gritaba hacia el jardín: —¡Ramón! ¿Qué me depara el destino hoy? . Yo, que ya estaba abajo regando las camelias o limpiando mis zapatos, alzaba la vista y le respondía como si fuera su general: —Hoy tiene una llamada con el banco, dos pastillas azules, una blanca, y una vuelta olímpica al jardín para que le pegue la vitamina D, jefa .
Ella asentía con esa elegancia que no se compra ni en Palacio de Hierro. —Hermoso. Puedes proceder a servirme el té. Y así empezaba el día .
Poco a poco, el personal de la casa empezó a bajar la guardia. Las cocineras ya me guardaban un taco extra del desayuno. El jardinero, Don Anselmo (el mismo que casi me cierra el portón el primer día), ya me saludaba con un movimiento de cabeza. Pero no todos estaban contentos. Había miradas que cortaban como cuchillos. Algunos me veían como el “perro callejero” que la señora decidió adoptar por capricho senil . Y la líder de ese club de odio no era otra que Lidia.
Lidia, la secretaria personal “oficial”. La mujer que olía a vainilla importada y a traición . Lidia era una mujer joven, guapa a la manera de las telenovelas: ropa ajustada, tacones que sonaban como martillazos en el mármol y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos . Ella trabajaba desde la oficina corporativa en Santa Fe, pero venía a la mansión dos veces por semana para “supervisar”. Y cada vez que venía, el aire se ponía denso.
Un jueves por la tarde, la tranquilidad se rompió. Margarita estaba tomando su siesta. Yo estaba en el estudio, organizando unos papeles y notas de citas, cuando escuché el taconeo inconfundible. Clac, clac, clac. La puerta se abrió y entró Lidia. Traía una falda lápiz y una blusa de seda que gritaba “soy peligrosa”. —Hola, Ramón —dijo, cerrando la puerta detrás de ella. Su voz era dulce, empalagosa, como un dulce echado a perder .
Me puse de pie de un salto. —Buenas tardes, Licenciada. ¿Busca a la señora? Está descansando. —No, no —dijo ella, caminando despacio hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. De hecho, quería hablar contigo. A solas .
Se me heló la sangre. Mi instinto de barrio, ese que te avisa cuando te van a asaltar en la micro, se activó al máximo. —¿Conmigo? —pregunté, haciéndome el tonto—. ¿Hice algo mal? —Al contrario —sonrió ella, recargándose en el escritorio de caoba—. Te has vuelto muy… indispensable para la señora. Ella confía mucho en ti. —Hago mi chamba, nada más.
Lidia soltó una risita y empezó a jugar con un pisapapeles de cristal. —Mira, Ramón, seré directa. Tú sabes que la señora Margarita ya no está… al cien. Olvida cosas. Pierde el hilo . —Yo la veo muy bien —defendí. —Por favor, no nos hagamos tontos. A veces deja archivos tirados. Documentos bancarios, detalles de cuentas, acciones al portador… cosas que valen mucho dinero .
Se acercó más. Podía oler su perfume caro, pero debajo de eso, olía a ambición pura. —Si alguna vez te encuentras con “papelitos” así… o con dinero en efectivo que ella olvide por ahí… tráemelos a mí . Me quedé callado, procesando lo que me estaba diciendo. —Digamos que hay gente —continuó ella, bajando la voz— que se preocupa por su “futuro”. Y tú podrías ser recompensado. Muy bien recompensado .
Me miró a los ojos, escaneando mi ropa barata, mis manos callosas. Ella veía pobreza y pensaba que veía debilidad. —No seas ingenuo, Ramón. Eres un chico listo. Un archivo por aquí, una firmita por allá… y tu futuro está resuelto. Podrías sacar a tu mamá de ese agujero donde viven .
La mención de mi mamá me hizo apretar la mandíbula. Quería gritarle que mi casa no era un agujero, que era un hogar honrado. Pero me contuve. Sabía que Lidia era poderosa y yo solo era el chalán. La miré fijamente y sonreí con la inocencia más falsa que pude actuar. —Órale, Licenciada. Lo voy a pensar. Gracias por el consejo .
Ella me guiñó un ojo, satisfecha. Creyó que ya me tenía en la bolsa. —Buen chico. Sabía que nos entenderíamos. Salió de la oficina, dejando su estela de perfume y veneno en el aire .
No le dije nada a Margarita. ¿Quién me iba a creer? ¿La palabra del niño de la calle contra la de la Licenciada de Santa Fe? Decidí callar y observar.
Pero la prueba de fuego apenas comenzaba. Esa misma semana, empecé a encontrar cosas raras. “Descuidos”. Un martes, iba caminando por el pasillo principal y vi algo sobre la mesita del recibidor. Era un fajo de billetes. Me acerqué. Eran billetes de 500 y de 1000 pesos. Había, a ojo de buen cubero, unos 50,000 pesos ahí tirados, sin liga, sin sobre, como si fueran servilletas usadas .
El pasillo estaba vacío. No había cámaras a la vista. Mi corazón empezó a latir fuerte. Cincuenta mil pesos. Con eso podía arreglar el techo de lámina de mi casa que goteaba cada vez que llovía. Podía comprarle lentes nuevos a mi mamá. Podía comprarme ropa que no fuera de paca. Podía… Era dinero “olvidado”. Si me lo llevaba, nadie sabría. Lidia había dicho que Margarita olvidaba todo.
Extendí la mano. Mis dedos rozaron el papel moneda. Y entonces, la vi. No en persona, sino en mi mente. Vi a Margarita en la carretilla, riéndose conmigo. Vi cómo me defendió del guardia. Vi cómo me dio dignidad cuando el mundo me escupía. Retiré la mano como si el dinero quemara. —Ni madres —murmuré—. Yo soy pobre, pero no soy rata.
Agarré el dinero, fui directo a la habitación de Margarita y toqué la puerta. —Pase. Entré. Ella estaba leyendo un libro junto a la ventana. —Jefa, se le quedó esto en la mesa de la entrada —le dije, extendiéndole el fajo de billetes—. Tenga cuidado, no vaya a ser que alguien piense que es propina . Ella bajó el libro. Miró el dinero, luego me miró a mí. Su rostro era una máscara perfecta. No hubo sorpresa, ni susto. —Ah, gracias, Ramón. Qué cabeza la mía. Déjalo en el buró. Solo eso. Ni un “qué honesto eres”, ni un premio. Solo “déjalo ahí” .
Dos días después, pasó otra vez. Encontré una carpeta azul en el estudio. Estaba abierta de par en par. Adentro había títulos de propiedad de unos terrenos en Querétaro y unos cheques firmados en blanco . Estaban ahí, gritando “róbame”. Lidia me pagaría una fortuna por esos papeles. Cerré la carpeta de un golpe, la metí en el cajón del escritorio y le eché llave. —Doña —le dije más tarde—, cerré con llave el cajón del escritorio. Había papeles importantes afuera. Aquí le traigo la llave . Ella asintió, tomando la llave. —Gracias, hijo.
Durante dos semanas, encontré relojes en el baño, sobres con efectivo en la cocina, documentos confidenciales en la terraza. Cada vez, devolví todo. Cada vez, Margarita solo decía “gracias” y seguía con lo suyo. Yo pensaba que su demencia estaba empeorando. No sabía que me estaban auditando el alma .
Tres días después del último incidente, Margarita me llamó al estudio. El ambiente se sentía diferente. Ella estaba sentada en su sillón de piel, con una bata color púrpura y sus lentes puestos. Tenía una libreta abierta y una pluma en la mano. Se veía lúcida, afilada, poderosa .
—Siéntate, Ramón. Me senté, nervioso. ¿Había hecho algo mal? ¿Me iban a correr? —Dígame, patrona. Ella me miró por encima de sus lentes. —Ramón, quiero saber algo. ¿Qué querías ser tú en la vida antes de que la carretilla y la necesidad se cruzaran en tu camino? .
La pregunta me tomó por sorpresa. Nadie me preguntaba eso nunca. A la gente no le importan los sueños de los pobres. Me quedé callado un momento, mirando mis manos. —Pues… la neta, neta, Doña… yo quería ser abogado .
Margarita alzó las cejas. —¿Abogado? ¿De verdad? . —Sí. Desde morrillo. Siempre me ha gustado eso de la justicia, la verdad, los argumentos. En mi colonia pasan muchas injusticias, oiga. Gente que la meten al bote nomás por tener cara de sospechoso. Yo quería defender a esa gente. Además… —sonreí con tristeza— dicen que soy bueno alegando. Cualidades perfectas para sobrevivir a mi familia .
Margarita no se rio. Me escuchaba con una atención absoluta. —¿Y por qué no lo hiciste? Me encogí de hombros. —El dinero, jefa. Mis papás lo intentaron, pero cuando mi papá se fue, pues… comer es primero que estudiar. Los libros de leyes son caros y las inscripciones más .
Ella no dijo nada más. Solo hizo unas anotaciones en su libreta y cerró el tema. —Ya veo. Puedes retirarte, Ramón. Salí del estudio pensando que solo era una plática para matar el tiempo.
Pero Margarita no mataba el tiempo. Ella lo aprovechaba.
A la semana siguiente, un martes por la mañana, sonó el timbre del portón. Yo estaba barriendo las hojas secas del patio trasero. Fui a abrir. Afuera había un señor de traje gris, con lentes gruesos y cara de intelectual, cargando una pila de libros que le llegaba a la barbilla. —Buenos días —dijo el señor—. Busco al joven Ramón .
Me quedé con la escoba en la mano. —Soy yo, jefe. ¿Qué pasó? ¿Debo algo? El señor sonrió. —No, al contrario. Soy el Licenciado Sandoval. Fui contratado para ser tu tutor privado. Vamos a empezar tu preparación para el examen de la universidad hoy mismo .
Solté la escoba. Se cayó al suelo con un ruido seco. —¿Tutor? ¿Mío? ¿Universidad? —Sí. La Señora Margarita me contrató. Tengo instrucciones de venir tres veces por semana para ponerte al corriente con Historia, Literatura y Derecho Introductorio. Aquí está tu horario y tus libros .
Me quedé congelado. Sentí que el piso se movía. Agarré los libros como si fueran de cristal. —Espéreme tantito —le dije al profe.
Entré corriendo a la casa, olvidando limpiarme los pies. Encontré a Margarita en la sala, leyendo el periódico tranquilamente, como si no acabara de cambiarme la vida. —¡Ma… Doña! —grité, entrando sin aire. Ella bajó el periódico despacio. —¿Sí, Ramón? —Hay un señor afuera… dice que es mi maestro. Dice que voy a estudiar leyes. —Sí, es el Licenciado Sandoval. Dicen que es muy bueno. Espero que estudies mucho .
Sentí que las lágrimas se me agolpaban en los ojos. La garganta se me cerró. —¿Por qué? —pregunté con la voz rota—. ¿Por qué hace esto por mí, Ma? Yo solo soy su empleado. No soy nadie .
Margarita dobló su periódico con calma, lo puso en la mesa y se quitó los lentes. Se levantó con dificultad y caminó hacia mí. Me puso una mano en el hombro. Su mano era ligera, pero su agarre era firme. —Ramón, escúchame bien. Tú nunca me pediste dinero. Nunca me robaste. He estado dejándote trampas por toda la casa durante un mes. Billetes, cheques, joyas. Lo vi todo .
Me quedé helado. —¿Usted… sabía? —Lo sabía todo. Vi cómo encontraste el dinero y me lo trajiste. Vi cómo cerraste el cajón con los documentos. Lidia trató de corromperte, lo sé, y tú no cediste. Pasaste todas las pruebas sin saber que te estaba calificando .
Ella sonrió, y sus ojos se llenaron de una dulzura que me recordó a mi propia madre. —Me cargaste en tu “Ferrari” con amor, Ramón. Me hiciste sentir como una reina cuando estaba cubierta de mugre. Me diste dignidad. Me trataste mejor que mi propia sangre, mejor que esa gente que dice amarme pero solo ama mi cuenta de banco . Se le quebró la voz un poquito. —Me ayudaste sin saber quién era yo. No te importó mi riqueza. Solo viste a una vieja perdida y decidiste ser humano .
Yo ya estaba llorando abiertamente. Las lágrimas me escurrían por la cara y no me importaba. —Usted ha sido un hijo para mí este mes, Ramón —continuó ella, limpiándome una lágrima con su dedo pulgar—. Así que ahora yo quiero ayudarte a ti. Quiero que seas el hombre que sé que puedes ser. Quiero que seas ese abogado que defiende la verdad .
Caí de rodillas frente a ella. No pude evitarlo. Abracé sus piernas y lloré. Lloré por todas las veces que me humillaron en la calle, por todas las veces que tuve hambre, por todas las veces que pensé que mi destino era vender chicles hasta morir. —Gracias, Mamá Margarita… gracias —sollozaba. Ella me acarició el pelo. —Levántate, mi futuro abogado. No tenemos tiempo para llorar. Tienes clase. Y yo tengo que prepararme, porque presiento que pronto vamos a necesitar tus habilidades para argumentar .
No sabía cuánta razón tenía. Mientras yo empezaba mis clases de Derecho en la mesa del comedor, afuera de los muros de la mansión, la tormenta se estaba formando. Ernesto, el hermano del difunto esposo de Margarita, y Lidia, la víbora perfumada, estaban uniendo fuerzas. No les había gustado nada que el “niño de la calle” siguiera en la casa. Y venían con todo para sacarme… o para destruir a Margarita en el proceso.
Pero ellos no sabían dos cosas: Una, que Margarita había recuperado su fuego. Y dos, que yo ya no era solo un vendedor de cacahuates. Ahora tenía libros, tenía un propósito y tenía a la mujer más poderosa de México de mi lado. Que se vengan los buitres. Aquí los esperamos.
CAPÍTULO 5: LA FURIA DEL BUITRE Y EL SALMO 91
Dicen que la calma antes de la tormenta es real, pero en la casa de Margarita, la calma se sentía más bien como el silencio que hay antes de que explote un tanque de gas.
Habían pasado solo tres días desde que el Licenciado Sandoval empezó a darme clases . Tres días en los que me sentí, por primera vez en mi vida, como un estudiante de verdad y no como un estorbo. Mi cabeza estaba llena de leyes romanas, de historia de México y de conceptos que me hacían sentir que mi cerebro se estaba estirando. Yo estaba feliz. Margarita estaba radiante. Pero la felicidad en casa del pobre —o en este caso, en la mansión de la rica rodeada de envidiosos— dura poco.
Era martes por la mañana. Yo estaba en la cocina, ayudando a Doña Tere, la cocinera, a rebanar pan para el desayuno. Me gustaba estar ahí; el olor a café de olla y pan tostado me calmaba los nervios . Estábamos riéndonos de un chisme de la colonia cuando, de repente, el ambiente cambió. Fue un sonido metálico, violento. El portón principal, ese que siempre se deslizaba con un zumbido suave y elegante, se abrió de golpe, como si lo hubieran pateado. Los motores chirriaron .
Doña Tere soltó el cuchillo. Su cara se puso gris. —¡Ay, Dios mío! —susurró, persignándose rápido. —¿Qué pasó? —pregunté, con el cuchillo de pan todavía en la mano. En ese momento, entró Lupita, una de las recamareras más jóvenes. Venía pálida, con los ojos desorbitados, asomándose detrás del refrigerador como si la persiguiera el diablo. —¡Ya llegó! —dijo con un hilo de voz—. ¡El tío está aquí! .
Sentí un frío en el estómago. —¿Cuál tío? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta. —¡EL tío! —recalcó ella con énfasis, como si estuviera hablando de Voldemort—. El Señor Ernesto. El hermano de Don Arnoldo .
No necesité que me dijeran más. Ernesto. El cuñado. El hombre que, según los rumores de la cocina, llevaba años esperando que Margarita estirara la pata para quedarse con el imperio. —Escóndete, Ramón —me urgió Doña Tere—. Ese hombre odia todo lo que no huela a dinero viejo. Si te ve aquí, va a armar un escándalo.
Solté el pan y me deslicé silenciosamente hacia la salida trasera que daba al jardín y al estudio . No me escondí por cobarde, sino por prudencia. Margarita me había dicho que fuera inteligente, no impulsivo. Pero tampoco me fui lejos. Me quedé pegado a la pared exterior del estudio, escondido detrás de unos arbustos de lavanda, desde donde podía escuchar todo a través de la ventana entreabierta.
Adentro de la casa, la invasión había comenzado. No tocaron el timbre. No pidieron permiso. Ernesto entró como si fuera el dueño, con pasos pesados que retumbaban en el mármol. No venía solo; podía escuchar el taconeo rápido de alguien más —seguro Lidia, la traidora— y los pasos de algún abogado lambiscón.
Ernesto fue directo al estudio. Ese estudio que solía ser un lugar sagrado, donde nadie entraba sin tocar, donde se respetaba el silencio . Pero hoy, Ernesto traía el trueno en la voz y el derecho de sangre (según él) en el pecho .
La puerta del estudio se abrió de golpe. ¡PUM! —¡Margarita! —bramó una voz de hombre, grave y rasposa por el cigarro.
Me asomé con cuidado por la orilla de la ventana. La escena era brutal. Ernesto era un hombre grande, vestido con un traje que costaba más que mi vida entera, pero que no lograba disimular su gordura ni su agresividad. Tenía la cara roja de coraje y las venas del cuello saltadas. Frente a él, estaba Margarita. Ella ni se inmutó. Estaba sentada detrás de su escritorio gigante, tranquila, con sus lentes balanceados en la punta de la nariz. Estaba tomando un poco de atole tibio y leyendo una Biblia abierta en el Salmo 91, como si estuviera blindada por los ángeles .
La calma de ella hizo que Ernesto se enojara más. Entró marchando como un general que viene a entregar una orden de desalojo. —¿Así que en esto has convertido tu vida? —ladró él, señalando alrededor con desprecio .
Margarita alzó la vista despacio, con una elegancia que helaba la sangre. No dijo nada. Solo lo miró. Ernesto resopló, abriendo las fosas nasales como toro de lidia. —¿Ahora te dedicas a recoger basura de la calle? —gritó—. Me dicen que andas para arriba y para abajo con un mocoso, un “asistente”. ¿Es eso a lo que te has reducido, Margarita? ¿A tener un boy toy que te carga la bolsa? .
Apreté los puños en mi escondite. Quería entrar y romperle la cara. Me llamó “basura”. Me llamó “juguete”. Pero me aguanté. Tenía que confiar en ella.
Margarita seguía en silencio, tomando un sorbo de su atole. Eso lo desquició. —¡Contéstame! —gritó Ernesto—. Escuché que hasta lo contrataste oficialmente. ¡Lo metiste a la nómina! Trajiste a un naco de la calle, a un vendedor de cacahuates, y lo pusiste de Asistente Personal en la casa de mi hermano. ¿No te da vergüenza? .
Margarita dejó su taza en el plato con un tintineo suave. Cling. Fue el único sonido en la habitación por un segundo. Ernesto siguió atacando, sintiéndose ganador. —Quiero a ese muchacho fuera de esta casa hoy mismo —ordenó—. Todavía eres la viuda de mi hermano. Compórtate con dignidad. Todo el mundo sabe que no estás bien, Margarita. Estás enferma. Se te olvidan las cosas. Hablas sola. Y ahora metes a un extraño a vivir aquí, rodeada de personal capacitado y familia decente. ¿Qué mensaje estás enviando a la sociedad? .
Margarita se reclinó en su silla. Su calma era mortal. Parecía una leona viendo a una hiena ladrar. —¿Terminaste? —preguntó ella con voz suave. —No, no he… —Cállate —dijo ella. No gritó, pero la orden cortó el aire. Se levantó despacio. Se veía pequeña frente a él, pero su sombra parecía gigante. —Esta es mi casa, Ernesto —dijo—. No es de tu hermano. No es de tu abuelo. Es mía. Yo la construí. Yo puse cada ladrillo con mi trabajo .
Ernesto soltó una carcajada burlona, como alguien que acaba de ver un fantasma vestido de Gucci. —¡Por favor! —se rio—. ¿Crees que no sabemos tu plan? ¿Crees que somos estúpidos? Sabemos que estás a punto de empezar a regalar propiedades. ¿Crees que nos vamos a quedar de brazos cruzados viendo cómo le das la fortuna de la familia a un cualquiera? ¡No somos tontos! .
—No —respondió Margarita, mirándolo fijamente a los ojos—. Yo sé exactamente lo que son. Dio un paso hacia adelante, saliendo de detrás del escritorio. —Ustedes no son familia. Son buitres. Ernesto dio un paso al frente, tratando de intimidarla con su tamaño. —Cuidado con lo que dices. Estás vieja, estás enferma y estás perdiendo la razón. Es hora de que la “familia real” tome el control de las cosas. Necesitas tutela legal .
Margarita no retrocedió ni un milímetro. —He estado viviendo con serpientes —dijo ella, y su voz subió de tono, vibrando con años de coraje guardado—. Tengo empleados que me espían, sirvientas que me reportan, y una “familia” que cuenta mis respiraciones esperando a que me muera para cobrar . Señaló a Ernesto en el pecho con un dedo huesudo pero firme. —Y tú… tú eres el presidente del comité de buitres.
Ernesto se puso rojo morado. —¡Necesitas ayuda profesional! —escupió él con amargura .
Y entonces, Margarita se rio. No fue la risa dulce que me regaló en la carretilla. Fue una risa seca, fuerte, una risa que salía desde el fondo de su pecho, llena de ironía y poder . —¿Ayuda? —preguntó entre risas—. ¡Ay, querido! Si yo estuviera esperando a que gente como tú me “ayudara”, ya me habría muerto hace años y habría donado mi cuerpo a la ciencia para que estudiaran cómo se muere uno de decepción .
Ernesto golpeó el escritorio con el puño. —¡Esta tontería se acaba hoy! ¡Voy a llamar a los abogados! Margarita dejó de reír. Su rostro se volvió de piedra. —Tú odiabas a Arnold —dijo de repente. El silencio cayó de golpe. Ernesto parpadeó, sorprendido por el cambio de tema. —¿Qué? —Tú odiabas a tu hermano —repitió Margarita, con voz baja y afilada—. Lo envidiabas. Envidiabas su éxito, envidiabas su talento, y me envidiabas a mí. Y ahora que él está muerto, quieres heredar lo que nunca tuviste el valor ni la inteligencia para construir .
Ernesto temblaba de rabia. Sentí que en cualquier momento le iba a pegar. Me preparé para saltar por la ventana. —¡Te vas a arrepentir de esto, Margarita! —amenazó él, con saliva saliendo de su boca .
Margarita volvió a sentarse, tomó su taza de té con una calma insultante y lo miró por encima del borde. —Tú llevas arrepintiéndote de tu propia vida desde 1984, Ernesto —dijo con frialdad—. No me vengas a echar tus frustraciones a mí. Lárgate de mi casa .
El golpe fue certero. No sé qué pasó en 1984, pero vi cómo la cara de Ernesto se desmoronaba. Pasó de la furia a la humillación en un segundo. —¡No me sumes a tus dolores de cabeza! —gritó, tratando de recuperar algo de dignidad, pero ya estaba derrotado. Dio media vuelta y salió hecho una furia, caminando tan rápido y torpemente que casi tira un jarrón de flores importadas en la entrada. Lo salvó de milagro, pero pateó la puerta al salir .
Escuché sus pasos alejándose, gritándole a Lidia y a su séquito. —¡Vámonos! ¡Esto no se queda así! El portón volvió a sonar, los motores rugieron y se fueron.
Me quedé en los arbustos, con el corazón latiéndome en la garganta. Adentro del estudio, todo quedó en silencio. Me asomé despacio. Margarita seguía sentada. Le temblaba un poco la mano que sostenía la taza, pero su espalda estaba recta. La escuché murmurar para sí misma, con un tono de desprecio absoluto: —Lagartija malagradecida .
Esperé unos minutos y luego entré por la puerta principal, fingiendo que acababa de llegar del otro lado de la casa. Margarita me vio. Sabía que yo había escuchado. No nos dijimos nada sobre eso. —¿Estás bien, muchacho? —me preguntó. —Sí, jefa. ¿Y usted? —Mejor que nunca. Acabo de sacar la basura —respondió, dándole otro trago a su atole.
Pero la guerra no había terminado. Ernesto no era de los que se rinden. Era de los que regresan con refuerzos.
Dos días después, el ambiente en la casa era tenso. Los empleados caminaban de puntitas. Lidia no había vuelto a aparecer, lo cual era mala señal. Entonces, Margarita hizo su jugada maestra. —Ramón —me dijo en el desayuno—, prepara la sala grande. Quiero que saquen la vajilla buena y pongan sillas extra. —¿Vamos a tener fiesta, patrona? —Algo así. Convoqué a una reunión familiar .
Me quedé helado. —¿Con ellos? ¿Con los que vinieron a gritarle? —Con todos. Ernesto, las tías, los primos, los sobrinos lejanos. Todos. —¿Para qué, Ma? Nos van a comer vivos. Margarita sonrió, una sonrisa de tiburón. —Piensan que los llamé para rendirme. Piensan que voy a repartir la herencia o que voy a anunciar que me retiro por “salud mental”. Déjalos que piensen .
El día de la reunión llegó. La mansión parecía un estacionamiento de lujo. Llegaron camionetas blindadas, choferes y guardaespaldas. La familia entró. Estaba la Tía Bridget, vestida con un encaje nigeriano azul eléctrico y un tocado en la cabeza (el gele) tan grande que parecía antena parabólica, como si fuera a una boda tradicional . Llegó el Tío Kola, con un traje que le quedaba dos tallas más grande, parecía que se lo había robado a un maniquí . Llegó la prima Tanya, cargando una canasta de frutas exóticas, “por si acaso” empezaban a volar los cheques, para verse muy atenta .
Y por supuesto, llegó Ernesto. Entró con aire triunfal, seguro de que Margarita se había doblado ante sus amenazas. Se sentó en el sillón principal, abriendo las piernas como si ya fuera el dueño.
Todos se reunieron en la sala grande. El piso de mármol brillaba. El candelabro colgaba sobre ellos como una espada de Damocles, o como el juicio final . En la mesa de centro, había un tazón de cristal con chinchines (botana frita), pero nadie se atrevía a tocar ni uno. La tensión era tan densa que se podía cortar con cuchillo.
Yo estaba parado en una esquina, vestido con mi mejor ropa (que seguía siendo sencilla), tratando de pasar desapercibido. Entonces se abrieron las puertas dobles. Entró Margarita. Caminaba despacio, apoyada en su bastón, pero con la cabeza alta. Y detrás de ella, iba yo. Cargando su bolsa, su agenda y su botella de agua. Su leal P.A. . Al verme entrar con ella, Ernesto hizo una mueca de asco, pero se calló. Estaba esperando el premio mayor.
Detrás de nosotros, entró un hombre que nadie de la familia esperaba. No era el abogado de la familia. Era un notario público externo, un hombre con cara de pocos amigos y un portafolios de piel grueso .
Margarita se sentó en su sillón. El notario se paró a su lado, abrió su carpeta y se aclaró la garganta. El sonido resonó como un trueno en la sala silenciosa. Parecía que estaba a punto de soltar una bomba nuclear .
—Buenas tardes —dijo el notario—. La Señora Margarita ha convocado esta reunión para hacer una declaración formal y legal sobre su sucesión .
Los ojos de los familiares brillaron. La Tía Bridget se acomodó el vestido. El Tío Kola tosió dramáticamente. Ernesto se inclinó hacia adelante, saboreando la victoria .
—La Señora ha designado a la persona que tomará control inmediato de su patrimonio personal, sus intereses comerciales y todas sus participaciones legales en caso de incapacidad o fallecimiento —continuó el abogado .
La sala contuvo la respiración. Ernesto ya estaba sonriendo. —Y esa persona… —dijo el notario, haciendo una pausa que duró una eternidad— es el Señor Ramón López .
Silencio. Un segundo. Dos segundos. Y luego… la explosión.
—¿QUIÉN? —gritó alguien. —¡Ese niño! —chilló otro.
La sala se convirtió en un manicomio. El Tío Dio se levantó tan rápido que tiró el tazón de chinchines, y las bolitas fritas rodaron por todo el mármol como canicas . La prima Tanya gritó: —¡¿Le diste todo a un vendedor de cacahuates?! . La Tía Gladys, la más supersticiosa, empezó a manotear al aire: —¡Eres una bruja! ¡Esto es brujería! ¡Le diste toloache! ¡No es normal! . El Tío Festus, el más dramático, se tiró al suelo llorando lágrimas falsas: —¡Nuestro hermano debe estar revolcándose en su tumba! ¡Qué deshonra! .
Yo estaba petrificado. Sentí que el alma se me salía del cuerpo. Mis ojos estaban abiertos como platos, mi corazón latía a mil. ¿Yo? ¿Heredero? ¿De todo esto? . Miré a Margarita. Ella estaba tranquila. Simplemente levantó la mano, como una maestra de primaria pidiendo silencio a un grupo de niños malcriados .
—¡Lárguense! —gritaban ellos, señalándome. Margarita se puso de pie. —¡Dije que se larguen! —su voz cortó el caos. Hizo una señal a la seguridad. Cuatro guardias entraron. —¡Fuera de mi casa! —ordenó Margarita .
El desalojo fue un espectáculo. Hubo zapatos perdidos, chanclas volando, insultos y amenazas. —¡Vas a saber de nuestros abogados! —gritaba la Tía Gladys mientras la empujaban hacia la salida . —¡Le diste todo a un extraño! —siseó el Tío Kola con veneno—. ¡Te vas a morir sola como un perro! . —¡Como una cabra loca! —gritó Ernesto desde la puerta.
Margarita se giró hacia el notario, ignorando los gritos. —Asegúrese de que ninguno de ellos se vuelva a acercar a mi portón. Nunca .
Cuando el último pariente fue expulsado y el portón se cerró, el silencio volvió a la sala. Pero ahora era un silencio diferente. Yo me dejé caer en el sofá, al lado de Margarita. Mis piernas ya no me sostenían. Empecé a llorar. No de felicidad, sino de miedo, de shock. —¿Por qué yo, Ma? —pregunté entre sollozos—. Ni siquiera soy de su familia. Soy nadie .
Margarita me miró. Sus ojos reflejaban el cansancio de mil batallas, pero también una paz inmensa . Me tomó la mano. Sus dedos estaban fríos pero firmes. —Tú me has tratado mejor que cualquier familia que he tenido, Ramón —dijo suavemente—. Me llevaste con amor en tu Ferrari de carretilla. Me hiciste reír cuando quería morir. Me diste dignidad cuando todos me veían como un mueble viejo .
Me apretó la mano. —Te puse a prueba, hijo. Planté a la secretaria falsa. Dejé dinero tirado. Dejé cheques en blanco. Puse trampas por todos lados . Me miró a los ojos, con una intensidad que me llegó al alma. —Pasaste todas y cada una de ellas, sin saber que te estaba mirando. Me recordaste que el amor no es sangre, Ramón. El amor es comportamiento. Es lealtad . Se inclinó hacia mí y me besó la frente. —Y tú, Ramón, te has comportado como un hijo, cuando todo lo que yo tenía a mi alrededor eran hienas vestidas de seda .
Bajé la cabeza y la recosté en su regazo, llorando como un niño chiquito. —No sé qué decir… —susurré . —Entonces di gracias —susurró ella, acariciándome el pelo—. Y nunca vuelvas a dudar de lo que te mereces .
Ahí, en esa sala enorme y vacía, con el piso lleno de chinchines tirados y el eco de los gritos todavía flotando, supe que mi vida ya no me pertenecía solo a mí. Ahora tenía una misión. Y esa misión tenía nombre y apellido: Margarita.
CAPÍTULO 6: EL CONTRATO ESPIRITUAL Y LA NIEBLA QUE LLEGÓ SIN AVISAR
Después de la “Gran Purga” de la familia buitre, la vida en la mansión del portón negro entró en una etapa dorada. Fue como si, al sacar la basura emocional, la casa hubiera recuperado su brillo. Las cortinas parecían dejar entrar más luz y hasta los leones de piedra de la entrada parecían menos enojados.
Pasaron unos meses desde la saga de la sucesión. Yo seguía clavado en mis tutorías con el Licenciado Sandoval. Estudiaba como si mi vida dependiera de ello —y de cierta forma, así era—. Me devoraba los libros de Derecho Romano y Constitución Mexicana hasta que se me borraban las letras de la vista.
Un martes por la tarde, llegué de mi lección privada con el cerebro frito. Encontré a Margarita sentada en la terraza, bajo la sombra de una jacaranda que empezaba a soltar flores moradas. Estaba tomando un vaso de agua de Jamaica bien fría, con esa tranquilidad de quien ya no tiene deudas con el destino . Sobre su regazo, tenía un sobre amarillo grande.
—Buenas tardes, Ma —la saludé, dejando mi mochila en el suelo—. ¿Llegó correo? Ella ni me miró. Seguía viendo cómo un colibrí bebía de las flores. —Llegó tu futuro, Ramón. Ábrelo.
Me acerqué con miedo. Agarré el sobre. Tenía el escudo dorado de una de las universidades más prestigiosas y caras de México. Una de esas donde los hijos de los políticos van a hacer contactos. Rompí el sello. Saqué la carta. “Estimado Ramón López… Nos complace informarle que ha sido aceptado en la Facultad de Derecho…” .
Se me cayó la carta de las manos. —¿Esto… esto es real? —pregunté, con los ojos como platos—. ¿Cuándo… cómo? Yo no llené la solicitud. Margarita finalmente volteó a verme, con una sonrisa traviesa bailando en sus labios. —¿Por qué gritas como si lo hubiera falsificado? —me regañó con cariño—. Yo llené las formas. Tengo mis contactos. Además, el Licenciado Sandoval dice que eres brillante. Vas a ser abogado, ¿no? Espero que sepas discutir muy bien, porque vas a necesitar mucha saliva .
Sentí que las rodillas me fallaban. Caí al suelo, no por debilidad, sino por gratitud. Me hinqué en el pasto, abracé sus piernas y escondí la cara en su falda. —Gracias, Mamá… Gracias. Dios la bendiga siempre —balbuceé, con el nudo en la garganta impidiéndome hablar bien .
Ella soltó un suspiro dramático y me dio un golpecito en la cabeza, como espantando una mosca. —Ay, ya, levántate. No nos hincamos ante el destino, lo miramos a los ojos. Además, me estás arrugando el vestido. Anda, párate y ve a la cocina a traerme mi caldo tlalpeño, que ya hace hambre .
Me levanté, secándome las lágrimas y riendo como loco. Iba a ser universitario. El niño de los cacahuates iba a ser licenciado.
La Coronación del Estudiante
El día de la ceremonia de ingreso fue un espectáculo que la colonia “Las Lomas” no olvidará jamás. Margarita se vistió con un traje sastre de encaje blanco impecable. Parecía una nube, una reina, tan brillante que el sol tenía que entrecerrar los ojos para verla . Pero mi familia biológica no se quedó atrás. Mi mamá, Doña Chayo, llegó con su mejor vestido de fiesta, un rebozo de seda que sacó del empeño y una actitud de “aquí mando yo”. Mis hermanitos iban peinados con tanto gel que sus cabezas parecían cascos, y se comportaban como si estuviéramos en la boda de la realeza .
La ceremonia fue en el auditorio magno de la universidad. Había mucha gente “bien”, apellidos compuestos y narices respingadas. Y en medio de ellos, estábamos nosotros. Durante todo el evento, Margarita no me soltó la mano. Me agarraba con fuerza, como diciéndole al mundo: “Este es mío y pobre del que lo mire feo” .
Cuando terminó el discurso del Rector, empezamos a salir. Margarita iba saludando gente, presentándome a diestra y siniestra. —Este es mi hijo —decía con orgullo a gente que ni preguntaba—. El que les conté. Futuro Fiscal de la Nación. Es el primero de la familia. Un muchacho brillante .
Un vicerrector, un señor canoso y estirado, se acercó a saludarnos. Nos miró con curiosidad: a Margarita, la dama de sociedad, y a mí, el muchacho moreno con rasgos indígenas. La diferencia era evidente. —Qué gusto verla, Doña Margarita. Y felicidades al joven. Disculpe la indiscreción… ¿es usted su madre biológica? —preguntó, tratando de ser sutil pero fallando olímpicamente .
Se hizo un silencio incómodo. Mi mamá Chayo, que estaba al lado, se puso tensa, lista para defender su maternidad. Pero Margarita sonrió con una paz absoluta. —Doctor, nosotros ya pasamos ese nivel —dijo con voz suave pero firme—. Estamos en un contrato espiritual y una asociación divina ahora. La biología es para los principiantes .
El vicerrector soltó una carcajada nerviosa, fingiendo entender. Todos a nuestro alrededor se rieron. Todos menos yo. Yo estaba ahí parado, con mi camisa blanca almidonada, luchando contra las lágrimas, tratando de no llorar para no salir con los ojos rojos en las fotos. En ese momento entendí que madre no es solo la que engendra, sino la que te construye las alas .
Lecciones de Tiburones
En los meses que siguieron, mi educación no fue solo en las aulas. Margarita se aseguró de darme la maestría en la vida real. Me llevaba a las oficinas corporativas. Me sentaba a su lado en las juntas del consejo directivo, donde hombres con trajes caros discutían sobre millones de dólares como si fueran corcholatas.
En una de esas juntas, el ambiente estaba pesado. Unos socios querían vender una parte de la empresa. Margarita, que ya caminaba más lento pero pensaba igual de rápido, pidió la palabra. Se levantó, apoyándose en mi brazo. —Señores —dijo, recorriendo la mesa con la mirada—. Quiero presentarles formalmente a Ramón. Todos me miraron. Algunos con desdén, otros con miedo. —Él es mi hijo —continuó ella—. Y quiero dejar algo muy claro. Si yo me muero mañana, o si mi memoria decide irse de vacaciones permanentes, él es mi voz. Si no lo tratan con el mismo respeto con el que me tratan a mí, les juro que mi fantasma y su conciencia los van a perseguir hasta que sean viejos y estén solos .
Nadie dijo ni pío. Nadie se atrevió a replicar. La voz de Margarita todavía tenía el peso del oro. Incluso los que murmuraban a sus espaldas, bajaron la cabeza y asintieron. Ese día aprendí que el poder no se pide, se ejerce .
La Unión de Dos Mundos
Lo más bonito de esa época fue ver cómo mis dos familias se fusionaban. Margarita empezó a encariñarse con mi mamá y mis hermanos. Los domingos, mi mamá Chayo llegaba a la mansión con ollas de pozole, tuppers con mole verde y bolsas de buñuelos . Al principio, los empleados de la mansión torcían la boca por el olor a comida “de barrio”, pero cuando veían a Margarita devorarse un plato de pozole con rábano y lechuga, se callaban.
Mis hermanitos empezaron a llamarle “Abuela Mago”. Ella se sentaba en el jardín con ellos y les contaba historias. A veces, para mi vergüenza, les contaba historias mías. —¿Saben que una vez Ramón intentó venderme un mazapán que ya estaba roto? —decía ella, riéndose—. Y luego trató de arreglarlo con saliva para que no se notara . Todos se reían a carcajadas. Éramos una sola familia. No había lazos de sangre, solo lazos de amor y de comida compartida .
El Inicio de la Oscuridad
Pero como dicen las abuelas: “Lo bueno dura poco y lo malo se hace eterno”. Mientras mi vida despegaba hacia el éxito, la mente de Margarita empezó a caminar en reversa. Al principio fueron detalles pequeños. Olvidaba dónde dejaba los lentes. Me llamaba “Arnoldo” (el nombre de su esposo) por accidente y luego se corregía riendo. —Ay, qué tonta soy, te confundí con el difunto. Es que tienes su misma mirada terca.
Pero luego, los descuidos se volvieron peligrosos. Una mañana de noviembre, entré al comedor. Margarita ya estaba desayunando. —Buenos días, Ma. —Buenos días, hijo. Siéntate, el té está delicioso hoy.
Me serví una taza. Le di un sorbo y casi lo escupo. Sabía horrible. Salado, amargo. Margarita me miraba expectante. —¿Verdad que está rico? Le puse tres cucharadas de esa azúcar blanca nueva. Miré el azucarero. Estaba cerrado. Al lado, estaba el salero destapado. Había endulzado su té con sal y no se había dado cuenta .
Tragué el té salado sin hacer gestos, porque no quería avergonzarla. —Está… interesante, Ma. Muy exótico. Ella sonrió, satisfecha. Pero luego, me lanzó la bomba. Me miró fijamente, con esa mirada vacía que yo había visto el primer día en la parada del autobús. Esa mirada que me dio escalofríos. —Oye… ¿y por qué no fuiste a trabajar al taller hoy? Me quedé helado. —¿Cuál taller, Ma? —Pues al taller mecánico. ¿No dijiste que ibas a arreglar la camioneta del vecino? ¿Es por eso que dejaste la escuela? .
Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos. —Ma… yo no trabajo en un taller. Estoy en la universidad. ¿Se acuerda? Estoy estudiando Derecho. Usted me pagó la inscripción. Ella parpadeó, confundida. La taza tembló en su mano. —¿Ah, sí? —dijo con voz pequeñita—. Pensé… pensé que tenía un hijo abogado. Tal vez lo soñé . Volvió a tomar su té salado, mirando hacia la ventana como si yo ya no estuviera ahí.
Ese día no pude ir a la escuela. Me encerré en el baño de servicio y lloré hasta que no me quedaron lágrimas. El miedo me invadió. No miedo a perder la herencia o la casa, eso me valía madre. Miedo a perderla a ella. Miedo a que la mujer que me rescató se desvaneciera frente a mis ojos mientras yo no podía hacer nada.
Pero me sequé la cara. Salí del baño. Fui a la sala, tomé un libro y me senté a su lado. Ella me miró como si fuera un extraño amable. —Hola, joven. —Hola, Ma —le dije, tomándole la mano—. Soy Ramón. Soy su hijo. Y estoy aquí .
Ajusté mis horarios. Falté a fiestas. Estudiaba en las madrugadas para poder estar con ella en las tardes. Le leía cuentos aunque ella perdiera el hilo de la historia a la mitad. Le recordaba comer. Le recordaba vivir. Y cada noche, antes de que se durmiera, le repetía lo mismo, como un mantra contra el olvido: —Descansa, Ma. Aquí estoy. No me voy a ir. Soy tu hijo.
Ella a veces entendía, a veces no. Pero algunas verdades no necesitan memoria, se sienten en el corazón . Y yo sabía que, aunque su mente se estuviera convirtiendo en niebla, su corazón seguía reconociendo el amor que nos teníamos.
La carrera contra el tiempo había comenzado. Yo corría hacia mi título de abogado, y ella corría hacia el silencio. Solo le pedía a Dios una cosa: que me dejara llegar a la meta antes de que ella olvidara quién era yo.
CAPÍTULO 7: LA TOGA NEGRA Y EL HIMNO DE 1963
El tiempo en la mansión del portón negro dejó de medirse en horas o minutos; empezó a medirse en momentos de lucidez y momentos de niebla.
Los meses finales de mi carrera universitaria fueron una carrera de obstáculos contra el olvido. Mientras yo aprendía sobre amparos, litigios y justicia penal, Margarita iba desaprendiendo cómo usar una cuchara o para qué servían las llaves. La casa se llenó de enfermeras. Mujeres vestidas de blanco que caminaban con zapatos de goma silenciosos y olían a alcohol y Vick VapoRub. Ellas hacían su trabajo, sí, pero no la amaban. Para ellas, Margarita era un “paciente geriátrico”; para mí, era mi mundo entero desmoronándose.
Había días buenos, claro. Días en los que yo llegaba de la facultad y ella me recibía con esa sonrisa pícara de siempre. —¡Ramón! —decía—. Te ves muy flaco. ¿Esos libros te están chupando la sangre o qué? Dile a la cocinera que te sirva doble ración. Esos días eran oro molido. Nos sentábamos a ver películas viejas de Pedro Infante y ella recitaba los diálogos de memoria. Yo me reía y fingía que todo estaba bien, que la enfermedad era solo un mal sueño.
Pero luego venían los días malos. Los días oscuros. Días en los que ella se quedaba mirando un punto fijo en la pared durante horas, murmurando nombres de gente que llevaba muerta treinta años. Días en los que me miraba con miedo y preguntaba: “¿Quién dejó entrar a este muchacho? ¿Dónde está mi marido?”. En esos días, yo me tragaba el dolor, me sentaba a sus pies y le leía en voz alta, esperando que mi voz fuera el faro que la trajera de vuelta a la orilla.
El Día de la Victoria Solitaria
Finalmente, llegó el día. La graduación. El día que habíamos soñado juntos desde aquella tarde en el estudio cuando me regaló los libros. El día que ella me prometió que estaría en primera fila aplaudiendo más fuerte que nadie.
Pero la silla de Margarita en el auditorio estuvo vacía.
Su salud había decaído mucho esa semana. El doctor prohibió terminantemente que saliera. “Cualquier emoción fuerte podría ser demasiado”, dijo. Así que ahí estaba yo, parado en el escenario, recibiendo mi título de Licenciado en Derecho con Mención Honorífica. Mi mamá Chayo y mis hermanos gritaban como locos desde las gradas, agitando globos y matracas. Mis compañeros celebraban, aventaban los birretes, planeaban la borrachera en la fiesta de graduación.
Yo sonreía para las fotos, pero por dentro tenía un hueco del tamaño de la mansión. En cuanto terminó la ceremonia oficial, me salté el brindis. Me salté la cena de gala. Me salté los abrazos de despedida. —¿A dónde vas, hijo? —me preguntó mi mamá Chayo, preocupada—. ¿No te vas a quedar al mariachi? —Tengo una cita, Amá. Una promesa que cumplir. Ella entendió. Me dio la bendición y me dejó ir.
Manejé de regreso a la casa (sí, ya manejaba un coche modesto que Margarita me había obligado a comprar “para que el abogado no ande en camión”). El tráfico de la ciudad estaba imposible, como siempre, pero yo sentía que volaba. Tenía que llegar. Tenía que verla. Tenía que mostrarle que lo habíamos logrado.
El Último Examen
Llegué a la mansión al atardecer. La casa estaba en silencio, ese silencio respetuoso y triste que precede a las despedidas. Subí las escaleras de mármol corriendo, con la toga negra ondeando detrás de mí como una capa de superhéroe cansado. El birrete lo llevaba apretado en la mano, como si fuera un tesoro.
Llegué a la puerta de su habitación. Me detuve un segundo para recuperar el aliento y componer la cara. No quería que me viera agitado o triste. Toqué suavemente. —Adelante —dijo la enfermera de turno en voz baja.
Entré. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de buró que daba una luz dorada y tenue. Olía a lavanda y a medicinas. Margarita estaba acostada en su cama gigante, tan pequeña y frágil que apenas hacía bulto bajo las sábanas de seda. Estaba despierta, mirando al techo, tarareando una melodía bajita, casi inaudible. Agucé el oído. Era un himno antiguo, algo que sonaba a iglesia vieja, tal vez de 1963. “Castillo fuerte es nuestro Dios…” tarareaba con voz quebrada.
La enfermera me miró con lástima. —Hoy no ha sido un buen día, joven Ramón. Ha estado muy perdida. No ha reconocido a nadie. Sentí un piquete en el corazón, pero asentí. —Gracias, Lupita. ¿Nos puedes dejar solos un ratito? La enfermera salió cerrando la puerta con cuidado.
Me quedé ahí, parado en medio del cuarto, con mi título bajo el brazo y mi traje de graduado. Me acerqué a la cama. —Mamá… —susurré. Ella dejó de tararear. Giró la cabeza muy despacio sobre la almohada. Sus ojos, que antes tenían el brillo del acero, ahora estaban velados, cubiertos por esa catarata blanca del olvido. Me miró sin verme. —Sí… —su voz era un susurro seco—. ¿Es usted el doctor? ¿Ya me toca la medicina?.
El dolor fue físico. Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Me había olvidado. En el día más importante de nuestras vidas, yo era un extraño con bata. Respiré hondo, aguantando las ganas de llorar. No. No iba a dejar que el olvido ganara hoy.
—No, Ma —le dije suavemente, hincándome al lado de su cama para quedar a la altura de sus ojos—. No soy el doctor. Míreme bien. Ella parpadeó, confundida, tratando de enfocar. Saqué mi birrete. Lo sacudí un poco para quitarle una pelusa imaginaria. Con un movimiento solemne, casi sagrado, me puse de pie. Me coloqué el birrete en la cabeza, ajustando la borla dorada para que cayera del lado correcto. Me acomodé la toga, alisé los pliegues con una reverencia que se sentía santa.
—Soy yo, Ma —repetí, con la voz temblorosa pero firme—. Soy Ramón. Me volví a arrodillar. Tomé su mano, esa mano huesuda que me había sacado de la calle, y me la llevé a la mejilla. —Su hijo ya es abogado, Mamá. Lo logramos.
El Milagro de la Memoria Rota
Margarita se quedó quieta. Sus dedos rozaron la tela sintética de mi toga. Tocó el borde de mi birrete. Sus ojos recorrieron mi cara, buscando en el archivo desordenado de su mente. Y entonces, sucedió. No fue el reconocimiento que yo esperaba. Fue algo más profundo. Algo que rompió las barreras del tiempo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No de tristeza, sino de una emoción abrumadora, brillante. —¡Arnold! —susurró, con una voz llena de amor joven. Me quedé helado. Me había confundido con su esposo muerto. Con el amor de su vida.
Intenté corregirla. —No, Ma, soy Ram… Pero ella me apretó la mano con una fuerza sorprendente. —Arnold… mira —dijo, llorando y sonriendo al mismo tiempo—. Nuestro hijo es abogado.
Me callé. Entendí en ese segundo que no debía corregirla. Ella no estaba viendo a Ramón, el chico de la carretilla. Estaba viendo el cumplimiento de su deseo más profundo, el sueño que la vida le había negado durante décadas.
—Te lo dije… —continuó ella, con la voz entrecortada por el llanto feliz—. Te dije que algún día seríamos padres. Te dije que no era estéril… que no era un fracaso. Las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas hacia la almohada. —No soy una olvidada, Arnold. Mira a nuestro niño. Qué guapo se ve de negro.
Mi corazón estalló. Durante años, ella había cargado con el dolor de no poder tener hijos. Había cargado con los susurros de la sociedad, con la presión de la familia de su esposo que la llamaba “seca” o “inútil”. Y ahora, en el final de su vida, su mente rota le estaba regalando la paz que la realidad le negó.
Me tragué mi propio ego. No importaba que no supiera mi nombre. Importaba que se sintiera madre. Le apreté la mano y le seguí la corriente, con la voz quebrada por el llanto. —Sí, mi amor… tenías razón —le dije, asumiendo el papel de su esposo por un instante sagrado—. Es un gran abogado. Hiciste un gran trabajo con él. Es el mejor hijo del mundo.
Ella soltó un suspiro largo, un suspiro que pareció sacar décadas de angustia de su pecho. —Lo sabía… —murmuró, cerrando los ojos con una sonrisa de paz absoluta—. Sabía que Dios no se había olvidado de mí.
Se quedó dormida así, agarrada de mi mano, con una sonrisa genuina y pacífica en el rostro. La sonrisa de una madre que ha visto a su hijo triunfar. Yo me quedé ahí, hincado en el suelo, con mi toga de graduación, llorando en silencio mientras la veía dormir. No me reconoció como Ramón, pero me reconoció como su hijo. Y eso… eso valía más que cualquier título universitario.
Epílogo del Capítulo: La Despedida Lenta
Esa noche no me quité la toga. Me quedé sentado en el sillón de su cuarto, velando su sueño, sintiéndome el hombre más afortunado y más triste del planeta. Sabía que el final estaba cerca. La lucidez de esa noche había sido su regalo de despedida, su último acto de amor.
A partir de ese día, Margarita se fue apagando como una vela. Ya casi no hablaba. Pasaba los días durmiendo. Pero yo cumplí mi promesa. Todos los días, antes de irme a mi despacho (porque sí, abrí mi despacho y le puse “Bufete Arnoldo & Margarita”), pasaba a verla. A veces abría los ojos y me miraba con curiosidad. —¿Eres mi terapeuta? —preguntaba. Yo me reía, besaba su frente y le decía: —No, Mama. Soy tu hijo amado. —Oh… —decía ella, asombrada—. ¿Tengo un hijo? —Sí. Uno muy bueno. Y muy guapo. —Eso es bueno… —decía ella, volviendo a cerrar los ojos—. Es bueno tener hijos que sepan hervir el ñame y empujar carretillas.
Nunca supe si lo decía en serio o si eran destellos de memoria, pero me bastaba. Le daba reportes diarios como si ella siguiera siendo la CEO del conglomerado. —Mamá, tu hijo ganó un caso difícil hoy. Mamá, tu hijo donó libros a una escuela primaria en Neza. Mamá, saliste en el periódico porque tu fundación dio cien becas. Ella sonreía. A veces no entendía las palabras, pero entendía el tono. Entendía que el legado continuaba. Entendía que no había vivido en vano.
Porque algunas verdades no necesitan memoria para existir. Viven en el corazón, y ahí, en ese lugar sagrado, Margarita nunca olvidó que fue amada, y yo nunca olvidaré que fui rescatado.
CAPÍTULO 8: EL ÚLTIMO VIAJE DEL FERRARI Y LA JUSTICIA DE LOS OLVIDADOS
Dicen que la muerte no es el final, sino el momento en que la historia se convierte en leyenda. Pero antes de convertirse en leyenda, Margarita se convirtió en mi bebé.
Ella vivió hasta los 95 años. Fueron años largos, lentos, dulces y difíciles. La mujer de hierro, la empresaria que hacía temblar salas de juntas con una mirada, se fue desvaneciendo hasta quedar reducida a una ancianita que olvidaba dónde se guardaban las cucharas o para qué servía un control remoto.
Pero yo no me fui. La mansión del portón negro se transformó. Ya no era un palacio frío de mármol; se volvió un hogar cálido, adaptado para ella. Puse rampas donde había escalones. Quité las alfombras caras para que no se tropezara. Convertí la sala de juntas en una sala de juegos de memoria.
Mi vida se partió en dos. De 9 a 5, yo era el Licenciado Ramón López, el abogado “tiburoso” que ganaba casos imposibles y cerraba tratos millonarios. Pero a las 5:01 PM, me quitaba el saco, me aflojaba la corbata y volvía a ser simplemente Ramón, el hijo.
La Rutina del Amor
Todas las tardes llegaba a su cuarto. Ella solía estar sentada frente al ventanal, viendo caer la tarde sobre la ciudad. —Buenas tardes, Ma —le decía, besándole la cabeza que ya tenía el pelo ralo y blanco como la nieve. Ella volteaba, con los ojos llenos de una inocencia infantil. —Buenas tardes, joven. ¿Viene a arreglar la televisión? —me preguntaba a veces. O en otras ocasiones: —¿Es usted mi terapeuta?.
Yo me reía, tragándome el nudo en la garganta, y me sentaba a su lado. —No, Mama. Soy su hijo amado. El que cocina rico. Su cara se iluminaba. —¡Oh! Tengo un hijo… —decía asombrada, como si fuera la primera vez que escuchaba la noticia—. Eso es bueno. Es bueno tener hijos que sepan hervir el agua y que no sean unos inútiles.
Entonces empezaba mi reporte. Aunque ella no entendiera la mitad, yo sentía que debía rendirle cuentas al imperio que ella construyó. —Mama, hoy tu hijo ganó un contrato grande con una constructora. Vamos a defender a unos ejidatarios a los que les querían quitar sus tierras. —Qué bueno, mijo. Que no se dejen. —Mama, hoy tu fundación donó cinco mil libros a escuelas rurales. Saliste en el periódico. —¿Salí guapa? —preguntaba coqueta. —Guapísima, como estrella de cine.
Ella sonreía, satisfecha, y a veces me acariciaba la mano. —Eres un buen muchacho. Me recuerdas a alguien… a un chico que tenía un coche rojo muy rápido. Un Ferrari, creo. Yo sonreía, con lágrimas en los ojos. —Sí, Ma. Un Ferrari de una sola rueda.
El Adiós sin Equipaje
El final no fue dramático. No hubo gritos, ni aparatos pitando como locos. Fue una tarde de domingo, tranquila, con el cielo pintado de rosa mexicano. Estábamos todos ahí. Mi mamá Chayo le estaba sobandolos pies. Mis hermanos, que ya eran unos muchachones, estaban leyendo en el sofá. Y yo estaba a su lado, leyéndole la Biblia.
Margarita suspiró. Fue un suspiro largo, como de alguien que suelta una maleta muy pesada después de un viaje eterno. Abrió los ojos una última vez. La niebla se fue por un segundo. Me vio. Me vio de verdad. —Ramón… —susurró. —Aquí estoy, Ma. —No olvides… el portón. —¿Cuál portón, Ma? —El del cielo… diles que vas de mi parte. Y diles… que llevas el Ferrari.
Cerró los ojos. Y así, sin más, la mujer que me enseñó que la dignidad no tiene precio, se fue a buscar a su Arnoldo. Se fue en paz. Se fue amada. Se fue siendo madre, abuela y amiga. Se fue habiendo derrotado a la soledad que la familia buitre le había deseado.
Un Funeral de Flores y Verdades
El funeral fue un evento nacional. Llegaron políticos, empresarios, artistas. La iglesia estaba llena de coronas de flores que costaban más de lo que yo ganaba en un año cuando vendía cacahuates. Pero lo más impresionante no fueron los ricos. Lo más impresionante fue la gente de afuera. Afuera de la iglesia, había cientos de personas. Gente humilde. Gente a la que la Fundación Margarita había ayudado. Becarios, familias que recibieron despensas, gente a la que defendí gratis en mi despacho.
Cuando sacamos el ataúd, un mariachi empezó a tocar “Amor Eterno”. Mi mamá Chayo lloraba abrazada al féretro como si fuera su propia hermana. Y yo… yo no lloré de tristeza. Lloré de orgullo. Porque entre la multitud, vi a un chico. Un chavo de unos 15 años, flaco, moreno, con una caja de chicles bajo el brazo, mirando el cortejo fúnebre con respeto. Me vi a mí mismo hace años. Y supe que mi trabajo apenas empezaba.
La Herencia Verdadera
Después del entierro, los abogados leyeron el testamento final. La familia buitre intentó impugnar, claro. Ernesto (que ya estaba viejo y amargado) mandó a sus abogados a decir que Margarita estaba loca cuando firmó. Pero yo estaba preparado. Margarita, en su genialidad, había grabado videos. Había hecho pruebas psicológicas cada seis meses. Había dejado todo blindado. —”A mi sobrino Ernesto” —leyó el notario— “le dejo mi colección de Biblias, para que aprenda que la codicia es pecado. Y le perdono sus deudas, para que no diga que fui mala”.
La sala contuvo la risa. Fue su última cachetada con guante blanco. Todo lo demás: las empresas, las propiedades, las acciones, pasó a un fideicomiso controlado por mí, con una sola instrucción: “Úsalo para encontrar a los otros Ramones”.
Y eso hice. No me compré un yate. No me fui a vivir a Europa. Me quedé en México. Abrí más ONGs a nombre de Margarita. Fundamos escuelas en los barrios más bravos. Construimos bibliotecas donde antes había basureros. Creamos un programa de becas llamado “Beca El Ferrari”, específicamente para chavos de la calle que quisieran estudiar pero tuvieran que trabajar para comer.
El Cierre del Círculo
Hoy, soy un hombre de 40 años. Tengo canas en la barba. Tengo una esposa maravillosa y dos hijos que saben que su “Abuela Mago” nos cuida desde el cielo. Pero hay un ritual que nunca rompo. Una vez al mes, me pongo mis tenis viejos, unos jeans gastados y una camiseta sencilla. Manejo hasta mi antigua colonia. Me estaciono lejos. Camino hasta la parada del camión en la Avenida Central. Esa misma banca de concreto sigue ahí, aunque ahora la pintaron de verde.
Me siento un rato. Veo pasar a la gente. Veo la indiferencia, la prisa, el egoísmo. Pero también veo la esperanza. Veo a los chicos que venden en el semáforo. Me acerco a ellos. Les compro todo lo que traen. Y luego, les doy una tarjeta. —Si algún día te cansas de empujar, búscame —les digo—. Tengo un trabajo real para ti.
Muchos me tiran de a loco. Pero algunos… algunos llaman. Y sus vidas cambian, como cambió la mía.
Cuando la gente me entrevista —porque ahora salgo en las revistas de negocios— siempre me hacen la misma pregunta: —Licenciado López, usted ha donado millones. Ha construido imperios de caridad. ¿Por qué da tanto? ¿Cuál es su motivación?.
Yo sonrío, toco el pequeño pin de oro en forma de carretilla que llevo en la solapa de mi traje, y les doy siempre la misma respuesta, la única verdad que conozco:
—Doy todo esto porque alguien, una vez, me lo dio todo a mí. Y no empezó con un cheque, ni con un contrato. Empezó con una viejita perdida que confió en mí para darle un aventón en un Ferrari de albañil.
La vida da muchas vueltas, raza. A veces estás arriba, a veces estás en la banca de una parada de camión. Pero si ves a alguien tirado, no te sigas de largo. Detente. Ofrécele tu carretilla. Porque nunca sabes si estás empujando a un ángel, o si te estás empujando a ti mismo hacia tu propio destino.
FIN