ELLOS CREÍAN QUE YO ERA SU “BANCO FAMILIAR”: CÓMO MIS PADRES Y MI HERMANA INTENTARON ARREBATARME LA CASA QUE CONSTRUÍ CON MIS PROPIAS MANOS Y TERMINARON PERDIÉNDOLO TODO EN UN JUICIO PÚBLICO QUE SACUDIÓ A TODO MÉXICO

CAPÍTULO 1: El Sobre que Pesaba más que una Losa de Concreto

La luz de la mañana en Monterrey tiene una cualidad particular; es cruda, directa y, en los días buenos, promete que el calor del desierto te dará una tregua hasta el mediodía. Ese martes, la luz se filtraba a través de las persianas de madera de imitación que había conseguido en oferta en Home Depot, dibujando franjas atigradas sobre el suelo de duela laminada color roble. Mi cocina, aún oliendo a pintura fresca y a ese aroma indescriptible de “nuevo” que tienen las casas recién terminadas, era un caos organizado.

Cajas de cartón con el logotipo de la mudanza se apilaban como torres de Jenga en las esquinas. Algunas ya estaban abiertas, vomitando su contenido: vajillas envueltas en periódico, libros de contabilidad viejos y recuerdos que no sabía si tirar o conservar. Me paré en el centro de ese desorden, con los pies descalzos sintiendo la frescura del piso, sosteniendo con ambas manos una taza de barro despostillada llena de café de olla. El vapor subía, cargado de canela, piloncillo y un toque de clavo, justo como me había enseñado a prepararlo mi Abuela Tita. Era mi primer amanecer real aquí. Mi primer café en mi cocina. No rentada. No prestada. Mía.

Suspiré, dejando que el aire llenara mis pulmones. Había algo embriagador en el silencio. No se escuchaban los gritos de los vecinos a través de paredes de papel, ni el reggaetón a todo volumen del departamento de abajo a las tres de la mañana. Solo el zumbido lejano de un cortacésped y el canto de una paloma huilota en el alféizar.

Dejé la taza sobre la isla de granito —un lujo que me había costado tres meses de horas extra— y comencé a clasificar el correo que había sacado del buzón al entrar la noche anterior. Facturas de luz (que ahora venían a mi nombre, qué orgullo), publicidad de pizzerías locales, cupones de descuento para persianas… y entonces, ahí estaba.

Un sobre manila. Grande. Grueso.

No era el típico sobre de publicidad. Tenía un peso específico, una densidad que gritaba “problemas”. En la esquina superior izquierda, un sello de tinta roja y azul que hizo que se me helara la sangre: Tribunal Superior de Justicia del Estado de Nuevo León. Y debajo, en letras mecanografiadas que parecían morder el papel: Juzgado de lo Civil.

Sentí un piquete en el estómago, como si me hubiera tragado un hielo entero. Mis manos empezaron a temblar antes de que mi cerebro pudiera procesar lo que estaba viendo.
Destinatario: Simone Garza.
Remitente: Rogelio Garza y Maricela Treviño de Garza.

Mis padres.

El mundo se detuvo. Literalmente. El zumbido del refrigerador desapareció. El canto de la paloma se cortó. Solo escuchaba el latido ensordecedor de mi propio corazón golpeando contra mis costillas, pum, pum, pum.

¿Por qué mis padres me enviarían algo a través de un juzgado? ¿Había pasado algo grave? ¿Un accidente? ¿Una herencia perdida de algún tío lejano? La mente humana es curiosa; siempre busca la explicación menos dolorosa primero.

Con dedos torpes, rasgué el borde del sobre. El papel se rompió con un sonido seco, como el crujido de un hueso pequeño. Saqué el legajo de hojas tamaño oficio, unidas por una grapa industrial en la parte superior.

DEMANDA ORDINARIA CIVIL.
ACTORES: ROGELIO GARZA Y MARICELA TREVIÑO DE GARZA.
DEMANDADA: SIMONE GARZA TREVIÑO.
PRESTACIONES RECLAMADAS:
1. LA NULIDAD ABSOLUTA DE LAS ESCRITURAS PÚBLICAS NÚMERO…
2. LA DEVOLUCIÓN Y ENTREGA INMEDIATA DEL INMUEBLE UBICADO EN…
3. PAGO DE INDEMNIZACIÓN POR CONCEPTO DE MANUTENCIÓN RETROACTIVA Y DAÑOS MORALES AL PATRIMONIO FAMILIAR POR LA CANTIDAD DE $5,300,000.00 M.N.

La taza de café, que había vuelto a tomar instintivamente para buscar calor, se me resbaló de los dedos. El estruendo de la cerámica estallando contra el piso sonó como un disparo. El café hirviendo salpicó mis piernas desnudas y manchó las cajas de mudanza, extendiéndose por el suelo blanco como una mancha de sangre oscura y dulce. Pero no sentí el ardor. No sentí nada. Estaba entumecida.

Me agaché, sin importarme los vidrios, y leí de nuevo. Y otra vez. Las palabras bailaban ante mis ojos, burlándose de mí.
“…se reclama la propiedad debido a que fue financiada con recursos morales y espirituales de la familia…”
“…la demandada actuó con dolo y mala fe, privando a su hermana, Vanesa Garza, de su derecho legítimo al patrimonio…”

Me dejé caer sentada en el suelo, ignorando la humedad pegajosa del café. $5,300,000 pesos. Cinco millones. Y mi casa. Querían mi casa.

Mi mente voló hacia atrás, dos semanas, a ese día que debía haber sido el más feliz de mi vida.
Recordé la notaría. El aire acondicionado estaba demasiado frío. Yo llevaba un vestido sencillo que había comprado en rebaja, pero me sentía como una reina. Frente a mí, el notario, un señor calvo con bigote de morsa, pasaba las hojas de la escritura para que yo firmara.
—Felicidades, señorita Garza —me había dicho, sellando el último documento con un golpe firme—. Es usted propietaria. Y déjeme decirle, es raro ver a alguien de su edad comprando sola hoy en día. Sin co-acreditados, sin papás firmando.
—Fue mucha chamba, licenciado —le respondí, con la voz quebrada por la emoción—. Mucha chamba y muchos tacos de frijoles para ahorrar.

Mi agente inmobiliaria, Claudia, me abrazó al salir.
—Lo lograste, Simona. Te juro que cuando vi tus recibos de nómina y cómo tenías cada centavo organizado en ese Excel, supe que lo lograrías. Nadie te regaló nada.
Esa noche celebré sola. No porque no tuviera amigos, sino porque necesitaba sentirlo yo sola primero. Necesitaba caminar por cada habitación vacía y escuchar el eco de mis pasos. “Mío”, decía el eco. “Tuyo”, respondían las paredes.

Llamé a mis padres al día siguiente por FaceTime para darles la noticia oficial. Error.
Debí haberlo sabido. Debí haber visto las señales que siempre estuvieron ahí, parpadeando como luces de neón en un bar de mala muerte.

La pantalla de mi celular mostró primero el techo de su sala —papá nunca sabía cómo sostener el teléfono— y luego sus caras. Estaban sentados en el sofá de piel sintética que compraron hace diez años.
—¡Sorpresa! —grité, girando la cámara para mostrarles la sala de estar de doble altura—. ¡Ya es oficial! ¡Ya tengo las llaves!

Esperaba gritos. Esperaba un “¡Hija, qué orgullo!”. Esperaba, tontamente, que por una vez me miraran como miraban a Vanesa cuando hacía un garabato en una servilleta y lo llamaba “arte”.
Hubo un silencio. Un silencio denso, pesado.
Mamá se acomodó el collar de perlas falsas, ese gesto nervioso que hacía cuando algo no le gustaba pero no quería decirlo directamente.
—Ay, mija… —dijo, con un tono que no era de alegría, sino de preocupación fingida—. ¿Es esa la casa de la que hablabas? Se ve… muy grande.
—Son 180 metros cuadrados de construcción, ma —dije, tratando de mantener la sonrisa—. Tres recámaras, dos baños y medio, y el patio para las carnes asadas.
Papá se inclinó hacia la cámara, entrecerrando los ojos detrás de sus lentes bifocales.
—¿Y cuánto te endrogaste con el banco, Simona? Porque tú sabes que la situación no está para andar jugando al rico.
—Di un enganche del 40%, papá. Ahorré por quince años. La hipoteca es manejable. Tengo mi presupuesto.

Entonces apareció Vanesa.
Mi hermana menor. La “artista”. La “sensitiva”. La que nació con el cordón umbilical en una mano y la tarjeta de crédito de papá en la otra. Apareció detrás de ellos, envuelta en una bata de seda color champán, con una mascarilla facial verde embarrada en la cara y una copa de mimosa en la mano. Eran las once de la mañana de un martes.
—¿Esa es la casa? —preguntó, con voz pastosa—. Mmm. La luz se ve… agresiva. ¿Tiene buena orientación para el Feng Shui?
—Tiene orientación norte-sur, Vanesa. Es muy fresca —respondí, sintiendo cómo mi paciencia empezaba a deshilacharse.
Vanesa suspiró, un sonido largo y dramático.
—Pues qué bueno por ti, hermana. Qué bueno que tú sí puedas enfocarte en lo material. Yo, la verdad, estoy pasando por una crisis energética muy fuerte. Mi chakra raíz está bloqueado porque no tengo un espacio sagrado donde pintar. Pero bueno, el universo proveerá.
Mamá le acarició la mano a Vanesa con una ternura que a mí no me había tocado en años.
—Ya, mi vida, ya. Tu hermana tiene suerte, eso es todo. Algunos nacen con estrella y otros… otros tienen almas más sensibles que sufren con la crueldad del capitalismo.

—No es suerte, mamá —interrumpí, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. Es trabajo. Son tres turnos. Son fines de semana sin salir.
Papá carraspeó, esa tos seca que usaba para callarnos.
—Bueno, bueno, no empecemos con la soberbia, Simona. La humildad ante todo. Oye… —hizo una pausa, y vi cómo intercambiaba una mirada rápida con mamá—. Ya que tienes tanto espacio… estábamos pensando. Vanesa necesita un lugar para establecer su estudio. Su “Centro de Sanación Holística”. Tu casa se ve perfecta. Podría usar la planta baja.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Sí —se animó mamá—. Sería perfecto. Tú trabajas todo el día en esa oficina gris, ni estás ahí. Vanesa podría cuidar la casa, darle vida, llenarla de buena vibra con sus inciensos y sus clases. Además, se ahorraría la renta de su departamento, que, por cierto, ya nos dijo que la van a desalojar porque “el casero no entiende su flujo de efectivo”.

Sentí que la sangre me subía a la cara.
—Papá, mamá… esta es mi casa. Mi hogar. No es un centro comunitario ni un refugio para Vanesa. Yo quiero mi privacidad. Vanesa tiene 28 años, puede trabajar.
Vanesa soltó un sollozo seco, sin lágrimas.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que me odiaba! —gritó, tirándose al sofá—. ¡Ella siempre ha querido verme fracasar! ¡Tiene una casa gigante y me quiere ver en la calle!
—¡Nadie te quiere ver en la calle, Vanesa! —grité yo también—. ¡Solo quiero que te hagas responsable!
Papá golpeó la mesa.
—¡Basta, Simona! ¡No le hables así a tu hermana! Ella está en un momento vulnerable. ¡Eres una egoísta! ¡Dios te bendice y tú cierras el puño! ¡Familia es familia!
—No —dije, y por primera vez en mi vida, les sostuve la mirada a través de la pantalla—. No va a pasar. Vanesa no se va a mudar conmigo.
Y colgué.

Me quedé temblando después de esa llamada. Lloré de rabia esa noche, abrazada a mis rodillas en mi sala vacía. Pero pensé que ahí acabaría todo. Pensé que sería otro berrinche más, otro periodo de “ley del hielo” de un mes hasta que necesitaran dinero y me llamaran como si nada.

Qué ingenua fui.

Volví al presente, al suelo de la cocina manchado de café.
Leí la página tres de la demanda.
“…se presenta como prueba testimonial la declaración de la C. Leonor Garza, quien atestigua que la demandada, Simone Garza, prometió verbalmente que dicha propiedad sería un bien mancomunado para el usufructo de su hermana…”

La Tía Leonor. La hermana de mi papá. La mujer que se persignaba cada vez que pasaba frente a una iglesia pero que vendía productos caducados en su tiendita de abarrotes. Por supuesto que estaba metida en esto. Ella siempre había odiado que yo “me creyera mucho” por haber ido a la universidad. “La licenciada”, me decía con burla. “Miren a la licenciada, ya no quiere comer tacos de canasta”.

Me levanté del suelo. Mis piernas temblaban, pero algo dentro de mí había cambiado. El miedo inicial, ese frío paralizante, estaba empezando a calentarse. Se estaba convirtiendo en algo más denso, más oscuro y mucho más útil: Furia.

Limpié el café con toallas de papel, moviéndome mecánicamente.
—¿Quieren mi casa? —susurré a la habitación vacía—. ¿Quieren mi esfuerzo?
Miré mis manos. Manos que habían tecleado hasta el calambre. Manos que habían cargado cajas. Manos que habían limpiado inodoros ajenos cuando era estudiante.
Fui a la sala y busqué mi bolso. Saqué mi celular y marqué el único número que sabía que no me traicionaría.

—¿Bueno? —la voz de la Abuela Tita sonó rasposa, como papel de lija, pero fuerte.
—Mamá Grande… —mi voz se quebró apenas dije su nombre.
—¿Qué pasó, mi niña? ¿Por qué suenas como si hubieras visto al diablo?
—Peor, abuela. Vi una demanda. Mis papás… me demandaron. Quieren la casa.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, escuché el sonido inconfundible de ella dejando su taza de té sobre la mesa con fuerza.
—Hijos de la chingada —dijo, con esa claridad que solo tienen las matriarcas mexicanas de ochenta años—. Escúchame bien, Simona. Sécate los mocos. Ahorita mismo voy para allá. Y voy a llevar la caja.
—¿La caja? —pregunté, confundida.
—La caja de los pecados, mija. Tu abuelo, que en paz descanse, sabía que este día llegaría. Él sabía que tu papá y tu tía Leonor son como los zopilotes: nomás ven carne fresca y se dejan caer. Pero no saben que tú no eres carroña. Tú eres águila.

Colgó.
Me quedé mirando el teléfono. La pantalla se iluminó con una notificación de Instagram. Era Vanesa.
Había subido una story. Una selfie de ella llorando, con un filtro que le hacía ver la piel perfecta, y un texto sobre fondo negro:
“A veces, la traición viene de tu propia sangre. Me duele el alma ver cómo el dinero corrompe los corazones. Me han dejado sin hogar, pero mi espíritu sigue libre. Se vienen cosas fuertes. #JusticiaDivina #Karma #FamiliaTóxica #PobreDeMí”

Sentí una risa burbujear en mi garganta. Una risa fea, áspera.
—¿Justicia Divina? —le dije a la foto—. Vas a conocer la justicia, Vanesa. Pero no va a ser divina. Va a ser penal.

Caminé hacia la ventana. El sol ya estaba alto y quemaba el pavimento de la calle. Un camión de gas pasaba con su musiquita estridente. Gas, gas, gas…
Todo parecía normal afuera. El mundo seguía girando. Pero dentro de esas cuatro paredes, la guerra había sido declarada.
Mis padres no querían una hija. Querían un cajero automático. Querían una sirvienta que pagara sus cuentas y las de su hija favorita. Durante años lo fui. Fui la que pagaba las cenas, la que prestaba dinero que nunca volvía, la que resolvía los problemas.
Pero se toparon con pared. O mejor dicho, se toparon con una casa de ladrillo, varilla y concreto que yo construí, y que defendería aunque tuviera que derrumbar el mundo entero para hacerlo.

Fui al baño, me lavé la cara y me miré al espejo. Tenía ojeras. Tenía miedo. Pero en mis ojos, esos ojos oscuros que heredé de la Abuela Tita, vi una chispa.
—Órale —dije a mi reflejo—. Si quieren guerra, guerra van a tener. Pero no saben con quién se metieron. Yo no soy la niña que lloraba cuando no la llevaban de vacaciones. Soy la dueña de esta maldita casa.

El timbre sonó.
Era la Abuela Tita. Y la guerra acababa de comenzar.

CAPÍTULO 2: La Caja de Zapatos y los Pecados de los Santos

El timbre sonó una segunda vez, insistente, urgente, como si quien estuviera del otro lado supiera que el tiempo se nos estaba acabando. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, respiré hondo tratando de recomponer mi postura —hombros atrás, barbilla arriba, como me enseñaron en las entrevistas de trabajo— y abrí la puerta.

Ahí estaba. Doña Tita. Mi abuela.

A sus ochenta y dos años, Tita era una fuerza de la naturaleza compactada en un metro cincuenta de estatura. Llevaba su eterno vestido de flores bajo un rebozo color bugambilia, y su cabello blanco estaba recogido en un chongo impecable que desafiaba la gravedad y el viento del norte que empezaba a soplar en la ciudad. Pero lo que más ocupaba espacio en el umbral no era ella, sino la caja de zapatos vieja, de esas de cartón rígido de la marca “Canadá” de los años noventa, que sostenía contra su pecho como si llevara las joyas de la corona o una bomba de tiempo.

—¿Te vas a quedar ahí parada como estatua de sal, mijita, o me vas a dejar pasar antes de que se me enfríen los tamales? —dijo, señalando con la barbilla una bolsa de plástico que colgaba de su muñeca.

Me hice a un lado, y ella entró como un torbellino, llenando mi casa vacía y fría con su olor a jabón “Roma” y hierbas de olor.
—Siéntate —ordenó, poniendo la caja sobre la mesa del comedor con un golpe seco que resonó como un veredicto. Luego, sacó los tamales de la bolsa—. De rajas con queso y de dulce para el susto. Come. Las penas con pan son menos, y con tamales se aguantan mejor.

Me senté, obediente. Mis manos todavía temblaban, pero la presencia de Tita tenía un efecto estabilizador, como un ancla en medio de un huracán.
—Abuela, la demanda… —empecé a decir, mi voz un hilo delgado.
—Ya sé, ya sé —me cortó, sirviendo dos vasos de agua del garrafón—. Tu tía Leonor no se aguanta nada. Me llamó hace rato, muy digna ella, para decirme que “por fin se iba a hacer justicia para Vanesa”. Le dije que se fuera mucho a la tiznada y le colgué.

Tita se sentó frente a mí y puso una mano sobre la caja de zapatos. Su piel, manchada por el sol y la edad, parecía pergamino sobre hueso, pero sus dedos tenían una fuerza sorprendente.
—Tu abuelo y yo cometimos muchos errores, Simona. Criamos a tu papá dándole todo, pensando que así sería un buen hombre. —Suspiró, un sonido que venía desde el fondo de sus pulmones—. Pero creamos un inútil con delirios de grandeza. Y él se casó con tu madre, que Dios me perdone, pero es más interesada que un político en campaña. Y juntos… juntos hicieron a Vanesa.

Me quedé mirando la caja. Estaba sellada con cinta adhesiva amarillenta por el tiempo.
—¿Qué hay ahí? —pregunté.
Tita me miró fijamente, con esos ojos negros que parecían ver el futuro y el pasado al mismo tiempo.
—La verdad, mi niña. La verdad que ellos creen que nadie recuerda. Tu abuelo, que en paz descanse, tenía la manía de guardar todo. Decía: “Papelito habla”. Cuando tu papá empezó a pedirnos dinero “prestado” hace veinte años, tu abuelo empezó a anotar. Cuando Vanesa nació y empezaron los caprichos, siguió anotando. Aquí está la historia de por qué tú no les debes ni un peso, y por qué ellos te deben hasta el aire que respiras.


Mientras Tita abría la caja con cuidado ceremonial, mi mente no pudo evitar viajar hacia atrás, hacia la “conversación” que había detonado todo esto. Necesitaba entender en qué momento exacto mis padres habían decidido cruzar la línea de la decencia para entrar en el territorio de la villanía.

Fue una semana después de que les mostré la casa por videollamada. Me citaron en su casa un domingo. “Comida familiar”, dijo mamá. “Llega temprano”.

La casa de mis padres siempre olía igual: a popurrí de vainilla barato tratando de ocultar el olor a humedad, y a cera para muebles. Era una casa de dos pisos en una colonia que alguna vez fue de clase media alta, pero que ahora, como ellos, vivía de glorias pasadas. La fachada necesitaba pintura y el jardín era una selva descuidada porque papá se negaba a pagarle a un jardinero y él “no estaba para esos trotes”.

Entré y los encontré en el comedor. No había comida servida. Mala señal.
Papá estaba sentado en la cabecera, con los brazos cruzados, usando una camisa polo que le apretaba en la barriga. Mamá estaba a su derecha, con las manos entrelazadas sobre la mesa, luciendo esa expresión de mártir sufrida que perfeccionó viendo telenovelas. Y Vanesa… Vanesa estaba acostada en el sofá de la sala contigua, desplazándose por su celular, fingiendo que no escuchaba, pero con la oreja parada como un radar.

—Siéntate, Simona —dijo papá. No “hola”, no “¿cómo estás?”.
Me senté. El aire estaba tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo de mantequilla.
—Queremos hablar de la situación —empecé mamá, con voz suave, casi susurrando—. De la inequidad.
—¿Qué inequidad? —pregunté, sintiendo que mis defensas se activaban.
—La vida ha sido muy generosa contigo, hija —dijo papá, soltando las palabras con lentitud—. Tienes un buen trabajo en esa corporación transnacional. Tienes salud. Y ahora… tienes esa propiedad.
—Trabajo doce horas diarias, papá. A veces fines de semana. No es generosidad, es friega.
—El punto es —interrumpió mamá, lanzándome una mirada de advertencia— que en esta familia somos comunistas de corazón, Simona. Lo que es de uno, es de todos. Cuando uno sube, jala a los demás.
—¿Y a quién tengo que jalar ahora? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Vanesa se levantó del sofá y caminó hacia nosotros. Llevaba unos leggings de marca carísimos y un top que dejaba ver un tatuaje de un ojo místico en su costilla.
—No es “jalar”, Simona —dijo Vanesa, rodando los ojos—. Es compartir la abundancia energética. He estado meditando y mis guías espirituales me mostraron que tu casa es un vórtice. Un vórtice de sanación. Yo necesito ese espacio para mi proyecto.
—¿Tu proyecto de velas? —pregunté, sarcástica—. ¿O el de los cristales lunares? Porque el último dejó manchas de cera en la alfombra de mi departamento rentado que nunca me pagaste.
—¡Eres tan baja vibración! —gritó Vanesa, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Por eso estás sola! ¡Por eso nadie te quiere, porque todo lo mides en dinero! ¡Mi proyecto es un Retiro Urbano de Reconexión Álmica! ¡Voy a cobrar $5,000 pesos por sesión! ¡Es un negocio millonario, pero necesito el local!

Papá se aclaró la garganta, retomando el control.
—La propuesta es la siguiente, Simona. Y quiero que escuches con madurez. Tú vas a poner la casa a nombre de un fideicomiso familiar. Nosotros, tus padres, seremos los administradores. Vanesa usará la planta baja y el jardín para su negocio. Tú puedes vivir en la planta alta, tendrás tu recámara principal, nadie te la quita.
—¿Fideicomiso? —repetí, atónita—. ¿Quieren que les ceda mi casa?
—Es para proteger el patrimonio —dijo mamá rápidamente—. Tú no estás casada, no tienes hijos. Si te pasa algo, Dios no lo quiera, ¿qué pasa con la casa? Se pierde. Así, queda en la familia. Además, Vanesa necesita seguridad. Ella es… más sensible al mundo laboral tradicional. No puede estar en una oficina como tú, se marchita.
—¿Y quién va a pagar la hipoteca? —pregunté, sintiendo un sabor metálico en la boca.
Hubo un silencio. Vanesa miró sus uñas impecablemente pintadas de acrílico. Papá miró hacia la ventana.
—Pues… la casa sigue siendo tuya en teoría, así que la hipoteca sigue a tu nombre —dijo papá, como si fuera lo más lógico del mundo—. Pero con las ganancias del negocio de Vanesa, ella te podrá ayudar… eventualmente.
—O sea —me puse de pie, las piernas temblándome de pura rabia—, quieren que yo pague la casa, los servicios, el mantenimiento, pero que les entregue las escrituras a ustedes y deje que Vanesa use el 80% del espacio para un negocio imaginario.
—¡No es imaginario! —chilló Vanesa.
—¡No! —Grité yo—. ¡No va a pasar! ¡Están locos!
—Simona —la voz de papá se volvió grave, amenazante—. No nos obligues a tomar medidas. Recuerda todo lo que te hemos dado. La educación, la comida, el techo. Nos debes. Es hora de pagar.
—Yo me pagué la universidad, papá. Tú te gastaste mi fondo de ahorro en el viaje a Europa de Vanesa cuando cumplió dieciocho.
—¡Eso es mentira! —gritó mamá—. ¡Eres una malagradecida! ¡Lárgate de mi casa si vas a insultarnos!

Salí de ahí corriendo, con el corazón roto. Pero nunca, nunca imaginé que “tomar medidas” significaba una demanda civil por cinco millones de pesos.


—¡Tierra llamando a Simona! —la voz de Tita me trajo de vuelta al presente.
Estaba sacando papeles de la caja y organizándolos en pilas sobre la mesa.
—Mira esto —me dijo, extendiéndome una hoja de papel amarillento. Era una hoja de libreta, arrancada de un espiral, con la letra apretada y angulosa de mi abuelo.

Fecha: 14 de agosto de 2008.
Concepto: Préstamo a Rogelio para “inscripción de Vanesa en la Prepa Tec”.
Monto: $25,000 pesos.
Nota: Rogelio dice que Simona irá a la prepa pública porque “a ella no le afecta el ambiente, es de piel dura”, pero que Vanesa necesita “relaciones sociales”. Prometió pagar en diciembre. No pagó.

Sentí una punzada en el pecho. Recordaba ese año. Yo tenía 15 años. Recordaba haber rogado ir a una prepa mejor porque quería estudiar idiomas. Papá me dijo que no había dinero, que la crisis estaba dura. Terminé en una técnica pública, donde aprendí a defenderme a golpes y a cuidar mi mochila. Mientras tanto, Vanesa llegaba a casa con el uniforme del Tec y se quejaba de que sus compañeras traían carros del año y ella tenía que ir en transporte escolar.

Tita me pasó otro papel. Un estado de cuenta bancario viejo de mi abuela, con una transferencia resaltada en marcador rosa.
Fecha: Mayo 2012.
Monto: $45,000 pesos.
Destinatario: Clínica Dental San José.
Nota al margen (letra de Tita): “Rogelio me pidió dinero para los brackets de Vanesa. Dijo que estaba deprimida por sus dientes. Mientras tanto, a Simona le sacaron las muelas del juicio en el Seguro Social y se le infectó porque no quisieron comprarle el antibiótico bueno”.

Me toqué instintivamente la mandíbula. Recordaba el dolor. La fiebre. Recordaba estar tirada en mi cama, sudando, mientras mamá le decía a papá: “Ay, es una exagerada, solo quiere llamar la atención porque a Vanesa le pusimos los brackets hoy”.

Las lágrimas empezaron a caer, pero esta vez no eran de tristeza. Eran de reconocimiento. De validación. Durante años, pensé que yo estaba loca. Pensé que tal vez yo  era egoísta. Que tal vez yo  exigía demasiado. Ellos eran maestros del “gaslighting”, de hacerme sentir culpable por respirar. Pero aquí, en blanco y negro, con la letra de mis abuelos como testigos mudos, estaba la realidad.

—Hay más —dijo Tita, sacando un legajo de correos impresos.
—¿Cómo tienes correos? —pregunté.
—Tu prima Lupita me ayudó a imprimirlos hace años. Ella le hackeó… ¿así se dice?… la cuenta a tu papá cuando él le pidió que le “arreglara la computadora”. Lupita vio cosas y me las trajo.
Tomé las hojas. Eran correos entre mi papá y mi tía Leonor.

De: Rogelio Garza
Para: Leonor Garza
Asunto: La niña genio
Fecha: 2015
“Leonor, necesito que me prestes lana. Vanesa quiere irse de intercambio a Francia. Dice que es vital para su carrera de diseño de modas (aunque sabemos que nomás va a pasear). No tengo liquidez. Simona ya empezó a trabajar en esa empresa gringa. Le voy a decir que tiene que empezar a pagar ‘renta’ en la casa para enseñarle responsabilidad. Con lo que le quite a ella, te voy pagando los intereses. Esa niña es una maquinita de dinero, nomás hay que saber apretarle los botones de la culpa”.

Solté el papel como si quemara.
—”Maquinita de dinero” —susurré.
—Eso es lo que eres para ellos, mijita —dijo Tita, tomando mi mano—. No eres hija. Eres un activo. Un plan de retiro. Y ahora que te escapaste del corral y construiste tu propio castillo, están aterrorizados. Porque sin ti, se mueren de hambre. Vanesa no sabe hacer ni un huevo estrellado, y tus papás se gastaron su jubilación en apariencias.

Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro de la cocina. La furia me calentaba la sangre, disipando el miedo.
—Tengo que contratar un abogado —dije—. Pero los penalistas buenos cobran un ojo de la cara. El que vi ayer pedía $150,000 pesos de anticipo. No tengo eso, Tita. Me quedé en ceros con la casa.
—¿Y quién dijo que necesitas un abogado de esos de traje italiano? —Tita sonrió, una sonrisa traviesa que le arrugó toda la cara—. Tú necesitas a alguien que tenga hambre. Alguien que odie a los abusivos tanto como nosotras. ¿Te acuerdas de Beto?
—¿Beto? ¿El hijo de la señora de la limpieza que trabajaba con ustedes?
—Ese mero. Roberto. Tú le ayudabas con sus tareas de matemáticas cuando eran niños, ¿te acuerdas?
Asentí. Recordaba a Beto. Un niño flaco, tímido, que siempre traía los zapatos rotos. Yo le regalaba mis sándwiches en el recreo cuando iban a la casa.
—Pues Beto ya no es niño. Estudió Derecho en la Universidad Autónoma. Se graduó con honores. Y tiene un despacho pequeño en el centro. No es lujoso, pero dicen que es un perro de presa en los juzgados. Y lo más importante: él sabe quién es tu familia. Él vio cómo tu mamá trataba a su madre. Él no te va a cobrar por adelantado si sabe que puede ganar.

Tomé mi celular. Busqué en Facebook. “Roberto Méndez Abogado”. Ahí estaba. Una foto de perfil sencilla, con camisa y corbata, pero con una mirada inteligente.
—Llámalo —ordenó Tita—. Pero antes, vamos a terminar de revisar esta caja. Porque cuando vayas a verlo, quiero que lleves municiones de alto calibre.

Pasamos las siguientes cuatro horas inmersas en la arqueología del abuso.
Encontré recibos de cuando yo pagué la reparación del coche de papá ($12,000 pesos) bajo la promesa de que me lo prestaría para ir a la universidad. Nunca me lo prestó. “El seguro no te cubre”, decía. Pero Vanesa lo chocó dos semanas después estando borracha.
Encontré las facturas de mis becas. Yo pagaba el 50% de mi colegiatura trabajando en la biblioteca, y el otro 50% era beca por promedio. Mis padres le decían a la familia extendida que ellos pagaban todo. “Nos cuesta un ojo de la cara la educación de Simona”, decían en las fiestas de Navidad mientras yo servía el ponche.

Pero lo más doloroso fue el “Fondo de Emergencia”.
Un estado de cuenta de una cuenta de ahorros a nombre de mi abuelo.
—Tu abuelo dejó esto para ti —dijo Tita, con voz suave—. Eran $100,000 pesos. Dijo: “Para cuando Simona se quiera casar o comprar casa”. Murió en 2018.
—Yo nunca vi ese dinero —dije.
—Porque tu papá era el albacea. Falsificó mi firma para sacar el dinero. Me dijo que era para pagar los gastos funerarios del abuelo. Yo le creí, estaba destrozada por la pena. Pero aquí están los recibos del funeral… los pagó el seguro social. ¿Y sabes qué pasó en esas fechas?
Hice memoria. 2018.
—Vanesa se fue a “encontrarse a sí misma” a Bali —dije, sintiendo náuseas.
—Exacto. Tu herencia, el último regalo de tu abuelo, se convirtió en fotos de Instagram de tu hermana haciendo yoga en la playa.

Golpeé la mesa con el puño, tan fuerte que los platos vibraron.
—Se acabó, Tita. Se acabó.
—Eso quería escuchar —dijo ella, cerrando la caja—. Ahora, escúchame bien. Ellos van a jugar sucio. Van a usar a la iglesia. Van a usar a los vecinos. Van a decir que eres una puta, una drogadicta, una ladrona. Tu tía Leonor tiene una lengua que debería ser ilegal. ¿Estás lista para eso? ¿Estás lista para que te señalen en la calle?
Miré por la ventana. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de Monterrey de un naranja violento, contaminado y hermoso.
Pensé en mi casa. En mis ladrillos. En mi libertad.
—Que digan lo que quieran —respondí, sintiendo una calma fría instalarse en mi pecho—. Yo tengo la verdad en una caja de zapatos. Y tengo algo que ellos no tienen.
—¿Qué? —preguntó Tita.
—Dignidad. Y recibos. Muchos recibos.

En ese momento, mi celular vibró de nuevo. No era un mensaje. Era una notificación de la aplicación de mi banco.
Alerta de seguridad: Intento de acceso a su cuenta banca móvil. Ubicación: IP desconocida. Contraseña incorrecta.
Me reí.
—Están intentando entrar a mis cuentas —le mostré el celular a Tita—. Seguramente papá guardó mi contraseña vieja de cuando vivía con ellos.
—Están desesperados —dijo Tita—. Necesitan dinero para pagar al abogado que contrataron. Ese Licenciado Salinas es un corrupto de primera, cobra caro y por adelantado. Si te están demandando es porque ya no tienen de dónde sacar.
—Pues se van a topar con pared. Cambié todas mis claves hace meses.

Me levanté y abracé a mi abuela. Olía a hogar. Olía a la única familia verdadera que me quedaba.
—Gracias, mamá Grande.
—No me des las gracias todavía, mijita. La batalla apenas empieza. Mañana vas a buscar a Beto. Y pasado mañana, vamos a contestar esa demanda. Y no solo nos vamos a defender. Vamos a contraatacar. ¿Cómo dicen los abogados?
—Reconvenir —dije, recordando mis clases de derecho básico en la carrera.
—Eso. Vamos a reconvenir. Vamos a pedir que te devuelvan hasta el último centavo que te robaron. Y si Vanesa quiere un centro de sanación, que empiece por sanar su flojera trabajando en un Oxxo.

Esa noche, dormí con la caja de zapatos debajo de mi cama. Por primera vez en semanas, no tuve pesadillas. Soñé que era una arquitecta construyendo una fortaleza inexpugnable. Y en la entrada, había un letrero grande, neón, brillante que decía: PROPIEDAD PRIVADA. SE PROHÍBE EL PASO A BUITRES.

A la mañana siguiente, me puse mi mejor traje sastre, me maquillé para ocultar las ojeras, me tomé un café cargado y salí a la calle. El mundo se veía diferente. Los colores eran más nítidos. La gente parecía moverse más lento. Yo tenía una misión.
Caminé hacia mi coche, un sedán modesto de hace cinco años que cuidaba como a un hijo. Y ahí, en el parabrisas, vi el primer aviso de lo que venía.
No era una multa. Era una nota escrita a mano, en papel de cuaderno, pegada con chicle.
Letra de Vanesa. Con corazoncitos sobre las íes.
“Disfruta mientras dure, hermanita. El universo siempre equilibra la balanza. Namasté, perra.”

Arranqué la nota, la hice bolita y la tiré a la basura.
—Namasté tú también —murmuré, arrancando el motor—. Nos vemos en el infierno, o en el juzgado. Lo que llegue primero.

CAPÍTULO 3: Guerra Sucia en el Vecindario y un Abogado con Hambre

El centro de Monterrey a las once de la mañana es una bestia que ruge. El calor rebota en el asfalto, haciendo que el aire vibre sobre los cofres de los coches estancados en el tráfico de la Avenida Constitución. Mi aire acondicionado luchaba valientemente contra los 38 grados centígrados, pero yo sudaba frío.

Manejaba con una mano en el volante y la otra acariciando inconscientemente el copiloto, donde descansaba la caja de zapatos de la Abuela Tita y una carpeta nueva, color azul marino, donde había organizado todo lo que encontramos la noche anterior.

Llegué al despacho de Roberto Méndez. No estaba en una torre de cristal en San Pedro, donde los abogados cobran en dólares y te sirven café espresso en tazas de porcelana. Estaba en un edificio antiguo cerca de la Macroplaza, de esos con elevadores de reja que huelen a aceite y a historia.

El letrero en la puerta de madera y vidrio esmerilado decía: Lic. Roberto Méndez y Asoc. – Litigio Civil y Familiar.
Toqué.
—¡Pásale, está abierto! —gritó una voz desde adentro.

Entré. El lugar era pequeño, atiborrado de expedientes apilados desde el suelo hasta el techo, como estalagmitas de papel. Había un ventilador de techo girando perezosamente y un escritorio de madera sólida que había visto mejores días. Detrás de él, tecleando furiosamente en una laptop, estaba Beto.
Ya no era el niño flaco con las rodillas raspadas al que yo le explicaba las fracciones. Ahora era un hombre de hombros anchos, con la camisa arremangada y una mirada de inteligencia afilada detrás de unos lentes de armazón grueso.

Levantó la vista. Sonrió, y por un segundo, volvimos a tener diez años.
—¡Simona! —Se puso de pie y rodeó el escritorio para darme un abrazo fuerte, sincero—. No manches, cuánto tiempo. Tu abuela me llamó anoche. Me dijo que se armó la bronca grande.
—Está cañón, Beto —dije, sintiendo que el nudo en mi garganta se aflojaba un poco al ver una cara amiga—. Mis papás… se volaron la barda.

Me senté y le conté todo. Le puse la demanda sobre el escritorio. Él la leyó en silencio. Su ceño se fruncía cada vez más a medida que pasaba las páginas. A veces soltaba una risa incrédula, otras veces negaba con la cabeza murmurando “hijos de su madre”.
Cuando terminó, cerró el folder con fuerza.
—Esto es una porquería, Simona. Jurídicamente es una basura, pero moralmente… moralmente es un crimen. Están alegando “donación verbal” y “usufructo familiar tácito”. Esos términos ni existen en este contexto. Están tirando lodo a la pared a ver qué se pega.
—Piden cinco millones, Beto. Y la casa.
—Piden eso para asustarte —dijo él, inclinándose hacia adelante—. Es una táctica de intimidación clásica. Quieren que te paniquees y digas: “Tengan la casa, pero no me cobren los millones”. Es extorsión disfrazada de litigio.

Se quitó los lentes y se frotó los ojos.
—¿Quién es su abogado?
—Un tal Licenciado Salinas.
Beto soltó una carcajada seca.
—El “Tiburón” Salinas. Lo conozco. Es un viejo mañoso. Le gusta cobrar caro a gente desesperada prometiéndoles el cielo y las estrellas. Seguro le bajó una buena lana a tu papá por adelantado.
—Seguro —dije con amargura—. El dinero que no tienen.

Beto me miró a los ojos.
—Escúchame, Simona. Vamos a ganar esto. No solo porque la ley está de tu lado —golpeó la caja de zapatos—, sino porque tienes pruebas. Esa caja es oro molido. En materia civil, “el que afirma está obligado a probar”. Ellos afirman que te dieron dinero. Tú tienes pruebas de que tú los mantuviste a ellos. Vamos a voltearles la tortilla.
—¿Cuánto me vas a cobrar? —pregunté, nerviosa—. Ahorita estoy…
—No me vas a pagar nada ahorita —me cortó—. Vamos a trabajar por cuota litis. Me pagas un porcentaje de lo que recuperemos cuando ganemos la reconvención.
—¿Reconvención?
—Contra-demanda, amiga. No nos vamos a quedar defendiendo. Vamos a atacar. Vamos a demandar el reembolso de cada peso que les diste bajo engaños, vamos a demandar por daño moral y gastos y costas judiciales. Vamos a hacer que se arrepientan de haber firmado ese papel.

Sentí un alivio tan grande que casi me mareo.
—Gracias, Beto. De verdad.
—No me des las gracias. Tu mamá… —se detuvo, dudando—. Recuerdo una vez que fui a tu casa a hacer tarea. Yo llevaba mis tenis rotos. Tu mamá me dijo que me los quitara antes de entrar “para no ensuciar su alfombra”, pero lo dijo con un asco… Nunca se me olvidó. Esto es personal para mí también. A la gente trabajadora se le respeta.


Salí del despacho sintiéndome armada. Tenía un general para mi guerra. Pero cuando llegué a mi colonia, la realidad me golpeó de nuevo.
Mi calle, esa calle tranquila de clase media que tanto me gustaba, se sentía diferente. Había una tensión en el aire.
Al estacionar mi coche, vi a la señora chismosa del 304, Doña Cuca, barriendo su banqueta. Cuando me vio bajar, dejó de barrer, me miró fijamente, hizo una mueca de desaprobación y se metió a su casa azotando la puerta.

—Genial —murmuré—. Ya empezó el chisme.

Entré a mi casa. Se sentía como un búnker. Cerré las persianas. Me senté en el sofá y cometí el error de abrir Facebook.
Mi tía Leonor había estado ocupada.
En el grupo “Vecinos Unidos de la Colonia”, había una publicación reciente. No decía mi nombre explícitamente, pero no hacía falta.

Leonor Garza:
“Es una tristeza ver cómo la ambición destruye a los jóvenes de hoy. Hay personas que se mudan a vecindarios decentes fingiendo ser gente de bien, pero que han dejado a sus propios padres ancianos y enfermos en la ruina, robándoles los ahorros de toda una vida para construir sus lujos. Cuidado, vecinos. No todo lo que brilla es oro. Oremos por esas almas perdidas que prefieren el ladrillo al amor de familia.”

Comentarios:
Doña Cuca: “¡Qué horror! Con razón se le ve esa cara de amargada. Dios nos libre.”
Usuario Desconocido: “Deberían decir quién es para no hablarle.”
Vanesa Garza: “Gracias tía por tu apoyo. La verdad siempre sale a la luz. Aunque me duela el corazón, solo deseo que ella encuentre la luz. 💔🙏✨”

Lancé el celular al cojín. La rabia me quemaba las orejas. “Ancianos y enfermos”. Papá tenía 60 años y jugaba dominó todos los viernes bebiendo cerveza. Mamá tenía 58 y se gastaba la pensión en cremas antiarrugas. ¿Enfermos? Enfermos de codicia.

En ese momento, el timbre sonó.
Salté del susto. ¿Quién era ahora? ¿La policía? ¿Mi papá borracho?
Me acerqué a la mirilla con el corazón en la garganta.
Era una mujer joven, de mi edad más o menos, con el cabello rizado y una sonrisa nerviosa. Sostenía una maceta con un helecho enorme.

Abrí la puerta unos centímetros, con la cadena puesta.
—¿Sí?
—Hola —dijo ella—. Soy Kenia. Vivo enfrente, en la casa azul.
—Hola… —dije, desconfiada.
—Mira, sé que a lo mejor no es buen momento —dijo, señalando la maceta con la cabeza—, pero te traje esto. Es un helecho “cuerno de alce”. Dicen que espantan las malas vibras. Y… bueno, se ve que te están echando muchas.

Abrí la puerta y quité la cadena. Su sonrisa era genuina.
—Pásale —dije, sorprendida.
Kenia entró y dejó la planta en la entrada.
—Perdón por la intromisión —dijo rápido—. Pero es que vi el post de la señora esa en el grupo de Facebook. Y luego vi a esa señora… creo que es tu tía… dando vueltas en su camioneta gris, tomándole fotos a tu fachada. Y pues… la neta, me dio coraje.
—¿Te dio coraje conmigo?
—¡No! Con ellos. —Kenia se rio—. Mira, Simona, aquí en la colonia somos chismosos, pero no somos pendejos. Yo te he visto. Te vi cuando venías a supervisar la obra los domingos a las siete de la mañana. Te vi cargando cajas tú sola la semana pasada. Una persona que roba millones no anda cargando sus propios muebles, contrata mudanza VIP. Además… tu hermana.
—¿Qué pasa con mi hermana?
—Vanesa, ¿no? La ubicamos. Trató de venderle sus “velas de intención cuántica” a mi mamá la semana pasada en el parque. Le quería cobrar $800 pesos por una vela que olía a Fabuloso. Cuando mi mamá le dijo que no, tu hermana le dijo que tenía el “aura sucia”. —Kenia rodó los ojos—. Nadie en el barrio les cree el cuento de las víctimas santas. Bueno, nomás Doña Cuca, pero esa señora odia a todo el mundo.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. No sabía cuánto necesitaba escuchar eso hasta que lo escuché.
—Gracias, Kenia. De verdad. Pensé que todos me odiaban.
—Nombre, para nada. De hecho, Don Gus, el de la tiendita de la esquina, dice que si tu papá vuelve a ir a querer fiar cerveza diciendo que “su hija la rica va a pasar a pagar”, lo va a sacar a escobazos.
Me reí. Una risa real, liberadora.
—¿Hizo eso?
—Ayer. Don Gus lo mandó a volar. Así que no estás sola, vecina. Aquí nos cuidamos.

Cuando Kenia se fue, me sentí un poco más ligera. Puse el helecho en la entrada, como un guardián verde. “Espanta las malas vibras”, le susurré a las hojas. “Tienes mucha chamba, plantita”.

Pero la paz duró poco.
A las cuatro de la tarde, mi teléfono del trabajo sonó. Era una llamada de Teams.
Recursos Humanos – Lic. Fragoso.
Se me heló la sangre. Fragoso era el director de RRHH. Nunca te llamaba para saludarte.

—Simona, buenas tardes —su voz era neutra, profesional, fría.
—Buenas tardes, licenciado. ¿En qué puedo ayudarle?
—Simona, seré directo. Recibimos una… comunicación. Una queja anónima a través de la línea de ética de la empresa.
Tragué saliva.
—¿Sobre mi desempeño?
—No. Sobre tu conducta personal. La queja alega que estás involucrada en un litigio por “fraude familiar” y que utilizaste recursos de la empresa para beneficios personales en la construcción de tu vivienda. También enviaron capturas de pantalla de redes sociales donde se te acusa de… abandono de personas vulnerables.

El mundo se me vino encima. Se habían atrevido a meterse con mi trabajo. Con mi sustento.
—Licenciado, eso es completamente falso —dije, tratando de que no me temblara la voz—. Estoy en medio de una disputa legal familiar, sí, es una demanda civil por una propiedad que yo pagué. Tengo todos los comprobantes. Y jamás, jamás he usado un peso de la empresa.
—Te creo, Simona. Tu historial es impecable. Pero sabes que la política de la empresa es “Cero Riesgo Reputacional”. Si esto escala, si se hace público o viral vinculando el nombre de la empresa… tendremos que suspenderte mientras se investiga.
—Entiendo.
—Te sugiero que arregles esto rápido. Tómate unos días si es necesario. Pero mantén el nombre de la corporación fuera de ese circo.
—Lo haré. Gracias por avisarme.

Colgué y me quedé mirando la pantalla negra de la computadora.
Habían cruzado la línea roja.
Atacar mi casa era una cosa. Atacar mi trabajo, mi única fuente de ingresos, mi carrera de quince años… eso era guerra nuclear.
Vanesa sabía dónde trabajaba. Papá sabía el nombre de mi jefe. Lo habían hecho a propósito para quebrarme. Querían que me quedara sin dinero para que no pudiera pagar abogados y tuviera que ceder.

—Malditos —grité, lanzando una grapadora contra la pared. El plástico se rompió. —¡Malditos sean!

Mi celular vibró de nuevo.
Era una notificación de Instagram. Vanesa estaba transmitiendo en vivo.
Entré, masoquista, a ver.
Estaba sentada en el suelo de su departamento (que se veía sospechosamente vacío), con una luz de anillo iluminando su rostro perfectamente maquillado para parecer “deslavado por el llanto”.

“Amigos de luz…” decía con voz entrecortada. “No saben lo difícil que es esto. Mi propia sangre. Me sacó de mi proyecto de vida. Mis papás están devastados. Mi papá tuvo una subida de presión hoy por la tristeza… necesitamos abogados, necesitamos justicia. Si alguien quiere donar para nuestra defensa legal, les dejo el link en mi bio. Todo se regresa multiplicado por siete. Namasté.”

Los comentarios subían rápido:
“Pobrecita Vane, ánimo.”
“Qué perra tu hermana, ojalá se le caiga la casa.”
“Te depositamos luz y unos pesitos, hermosa.”

Estaba monetizando su victimización. Estaba vendiendo mi reputación por likes y donaciones de PayPal.

Salí de la casa. Necesitaba aire. Me senté en el columpio del porche. El sol ya bajaba.
De pronto, vi un coche familiar. Un Nissan Sentra plateado que pasaba muy despacio.
Era la Tía Leonor.
Iba con la ventana abajo. Cuando me vio, frenó en seco frente a mi casa. Sin vergüenza alguna, sacó su celular y me tomó una foto.
Me levanté del columpio y caminé hacia la reja.
—¡Sácame bien, tía! —le grité—. ¡Que se vea que la casa es mía!
Ella bajó el celular y me miró con una mueca de asco.
—Disfrútala mientras puedas, mocosa —gritó—. ¡Te vamos a dejar en la calle! ¡Como te mereces por malagradecida!
—¡Inténtelo! —le respondí, sintiendo una furia volcánica—. ¡Pero dígale a mi papá que la próxima vez que quiera llamar a mi jefe, tenga los pantalones de dar su nombre y no hacerlo anónimo!

Leonor palideció un poco. No esperaba que yo lo supiera. Aceleró y se fue rechinando llantas.

Regresé adentro, temblando de adrenalina.
Llamé a Beto.
—Beto, cambio de planes.
—¿Qué pasó?
—Llamaron a mi trabajo. Trataron de que me despidieran. Y Vanesa está pidiendo dinero en redes usando mi nombre y difamándome.
Escuché a Beto teclear rápido.
—Ok, eso ya no es civil. Eso ya roza lo penal. Difamación, daño moral, y posible fraude si está pidiendo dinero con mentiras.
—¿Qué hacemos?
—Vamos a acelerar la reconvención. Y Simona… necesito que hagas algo difícil.
—Dime.
—Necesito que documentes todo. Cada historia de Instagram, cada comentario de tu tía, cada vez que pasen por tu casa. Necesitamos demostrar acoso sistemático. ¿Tienes cámaras?
—No.
—Compra. Hoy mismo. Pon una en la entrada, una en el patio y una apuntando a la calle. Si vuelven a pasar, quiero sus placas en 4K.

Esa noche no dormí. Pasé las horas instalando un sistema de seguridad que compré de emergencia en Amazon y que llegó con entrega el mismo día. Taladré paredes a las dos de la mañana. Configuré sensores.
Cada tornillo que apretaba era una declaración de guerra.
¿Quieren show? Les voy a dar un reality show. Pero el final no les va a gustar.

Cuando terminé, a las cuatro de la mañana, me senté en la cocina con una cerveza.
Miré la pantalla de mi celular, conectada a las nuevas cámaras. Veía mi calle, gris y silenciosa bajo la luz de las farolas.
Me acordé de cuando era niña. De cuando soñaba con tener una casa de muñecas. Mi papá me dijo que eran muy caras, pero luego le compró a Vanesa una Barbie de colección que ella decapitó a los dos días.
Yo construí mi propia casa de muñecas con cajas de cartón. La pinté con marcadores. Le puse muebles hechos de corcholatas. Era fea, pero era mía.
Un día, Vanesa se enojó porque no la dejé jugar con ella y se sentó encima. La aplastó por completo.
Recuerdo a mi mamá diciendo: “Ay, Simona, no llores, es solo cartón. Tu hermana no lo hizo a propósito, es chiquita. Haz otra y ya.”

Nunca hice otra. Hasta ahora.
Y esta casa no era de cartón. Esta casa era de concreto armado. Y si Vanesa intentaba sentarse encima de esta, se iba a romper el culo.

Tomé un sorbo de cerveza y abrí mi laptop.
Empecé a escribir un correo para Beto.
Asunto: Evidencia adicional y lista de testigos.
Cuerpo del correo:
“Beto, aquí te va la lista de ex-compañeros de trabajo que saben que yo mantenía a mis papás. También adjunto los recibos de la terapia psicológica que pagué hace tres años por la ansiedad que ellos me provocaban. Y una cosa más… voy a pedir una orden de restricción.”

Le di enviar.
El sol empezaba a salir, pintando el cielo de tonos morados y rojos.
“Rojo al amanecer, sangre va a correr”, decía la Abuela Tita.
Pues que corra. Pero no va a ser la mía.

Me metí a bañar. El agua caliente lavó el sudor y el polvo del taladro.
Me vestí, no con mi pijama, sino con ropa de ejercicio.
Salí al porche y me puse a saltar la cuerda, justo frente a la cámara de seguridad, justo a la vista de la calle.
Si Tía Leonor pasaba, me vería entrenando. Me vería fuerte. Me vería de pie.
No me iba a esconder en mi propia casa.

A las siete en punto, vi el coche de mi papá pasar. Iba lento.
Me detuve, con la cuerda en la mano.
Lo miré fijamente a los ojos a través del parabrisas.
Él frenó un poco, sorprendido de verme ahí, desafiante.
Levanté la mano y le dije adiós, con una sonrisa fría, de esas que no llegan a los ojos.
Él aceleró y se fue.

Sabía que él sabía que yo sabía.
El juego había cambiado. La hija sumisa había muerto.
Había nacido la dueña.

Entré a la casa y le marqué a la Abuela Tita.
—Buenos días, generala —le dije.
—Buenos días, mija. ¿Cómo amaneciste?
—Lista. Ya puse cámaras. Ya hablé con Beto. Y ya me tomé mi café.
—Esa es mi nieta. Oye, te tengo una noticia. Tu tío Tomás, el que perdió el taller… me llamó.
—¿Y qué dice?
—Dice que quiere hablar contigo. Dice que él todavía tiene los papeles de cómo tu papá lo estafó hace diez años. Y dice que está dispuesto a testificar.
Sentí un escalofrío. Tío Tomás. La oveja negra de la familia, o eso decían ellos. El que “se volvió loco”. Resulta que no estaba loco, estaba quebrado por la misma gente.
—Dile que venga. Hoy mismo.
—Ya va en camino. Y lleva pan dulce.

Colgué.
Miré mi mesa de comedor. Se estaba llenando de aliados. Tita. Beto. Kenia. Y ahora Tomás.
Ellos tenían dinero (prestado), tenían abogados caros y tenían mentiras.
Yo tenía la verdad, tenía recibos, y tenía un ejército de gente harta de sus abusos.

Vanesa quería una historia viral. Vanesa quería ser la protagonista de una tragedia griega.
Perfecto. Yo le iba a escribir el final.

CAPÍTULO 4: La Oveja Negra y los Santos de Cartón

El sonido de un motor viejo y tosiendo rompió el silencio de mi calle. Me asomé por la ventana de la cocina, apartando el helecho que Kenia me había regalado. Una camioneta Ford Lobo del año del caldo, despintada por el sol inclemente de Nuevo León y con la defensa trasera amarrada con alambre, se estacionó frente a mi casa.

Del lado del conductor bajó un hombre que parecía cargar el peso del mundo en los hombros. Tío Tomás. Llevaba una gorra de los Tigres desteñida, una camisa de cuadros fajada en unos jeans gastados y botas de trabajo llenas de grasa. En sus manos, sin embargo, traía algo sagrado: una bolsa de papel estraza manchada de aceite en la base. Pan dulce.

Abrí la puerta antes de que tocara.
—Tío —dije.
Él se detuvo en el umbral. Me miró con ojos cansados, ojos que tenían la misma forma que los míos y los de mi padre, pero sin la malicia de Rogelio.
—Hola, Simona. —Su voz era rasposa, como si hubiera tragado grava—. Tu abuela me dijo que aquí es donde se está armando la revolución.
—Pásale, tío. Aquí es.

Entró con timidez, limpiándose las botas en el tapete tres veces, como si tuviera miedo de ensuciar mi piso nuevo. Dejó la bolsa sobre la mesa.
—Traje conchas y orejas. De la panadería “La Superior”, las que le gustaban a tu abuelo.
—Gracias, tío. Siéntate. ¿Quieres café?
—Sí, mija. Cargado, por favor.

Mientras servía el café, Tomás sacó un folder de plástico amarillo de debajo de su camisa. Lo puso sobre la mesa junto a la caja de zapatos de la Abuela Tita.
—¿Tita te contó lo de mi taller? —preguntó, mirando sus manos callosas.
—Me dijo que lo perdiste. Que mis papás tuvieron que ver.
Tomás soltó una risa amarga, corta.
—No tuvieron que ver, Simona. Ellos se lo tragaron.
Dio un sorbo al café y empezó a hablar. Su historia fue como ver una película de terror que yo ya había vivido, pero con otros actores.

—Hace doce años, mi taller, “Mecánica Tomás”, empezó a pegar. Tenía contratos con dos flotillas de taxis. Me estaba yendo bien. Compré herramienta alemana, contraté a dos chalanes. —Hizo una pausa, apretando la mandíbula—. Entonces llegó tu papá. Rogelio. Mi hermano mayor. El “exitoso”.
—¿Qué te dijo?
—Llegó llorando. Dijo que tenía una deuda de juego. Que unos tipos peligrosos lo estaban amenazando. Que si no pagaba medio millón de pesos, le iban a hacer algo a Vanesa o a ti.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿Deuda de juego? Papá no juega.
—Exacto. Eso lo supe después. Pero en ese momento… era mi hermano mayor. El que me defendía en la primaria. Me dijo: “Tomás, pon el taller como garantía para un préstamo rápido. Yo lo pago en tres meses, te lo juro por la memoria de mamá”. Y yo, de pendejo, firmé.

Tomás abrió el folder amarillo. Sacó documentos legales viejos, arrugados.
—No era una deuda de juego, Simona. Era para comprar un tiempo compartido de lujo en Cancún y para pagar la fiesta de quince años de Vanesa. Esa fiesta de la que todos hablaron.
Recordé esa fiesta. Vanesa bajando por una escalera de cristal, con un vestido de diseñador, mientras yo servía refrescos a los invitados porque “no había presupuesto para meseros extra”.
—¿Y el préstamo? —pregunté.
—Nunca lo pagó. Los intereses se comieron el capital. El banco me embargó seis meses después. Perdí la herramienta. Perdí el local. Perdí mi casa, porque también estaba avalada. Me quedé en la calle con tu tía Rachel y los niños. Tuvimos que vivir en un cuarto de azotea de mi suegra por dos años.
—¿Y qué dijo papá?
—Dijo que yo era un mal administrador. —A Tomás se le quebró la voz—. Le dijo a toda la familia que yo había perdido el taller por borracho. Que él trató de ayudarme pero que yo era un caso perdido. Me difamó para cubrir su rastro. Nadie me creyó. Hasta tu abuela dudó de mí un tiempo.

Tomé la mano de mi tío. Estaba áspera, dura como la piedra.
—Tengo las pruebas, Simona. —Golpeó el folder—. Tengo la carta donde él falsificó mi firma para una segunda hipoteca. Tengo los estados de cuenta donde se ve a dónde se fue el dinero: “Hotel Gran Velas Cancún”, “Banquetes De La Garza”. Nunca tuve el dinero para demandarlo. Ni el corazón. Pero cuando Tita me dijo que te lo estaban haciendo a ti…
Se levantó, y por primera vez, vi fuego en sus ojos.
—No, señor. A mi sobrina no. Ya me jodieron a mí, pero contigo se van a topar con pared.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Era Tita, que entraba con su propia llave (que yo le había dado el día anterior) cargando más papeles.
—¡Ese es mi hijo! —gritó Tita, abrazando a Tomás—. ¡Así se habla, cabrón!

Pasamos la tarde uniendo los puntos. Era un patrón criminal. Mi padre, Rogelio Garza, no era un mal administrador; era un depredador financiero. Usaba la culpa, la sangre y el concepto sagrado de “familia” para desfalcar a cualquiera que tuviera un peso, todo para mantener el estilo de vida de “clase alta” que no podía costear y para alimentar los caprichos de Vanesa.

—Esto es oro para Beto —dije, organizando los documentos de Tomás—. Demuestra el modus operandi. Demuestra mala fe histórica.
—Y demuestra que Vanesa siempre fue la beneficiaria —añadió Tita—. Mira esto.
Me pasó una hoja de mi propio expediente que no había revisado bien. Era una impresión de mi buró de crédito de hacía cinco años.
Había una consulta de crédito automotriz que yo no reconocía.
—Intentaron sacar un coche a tu nombre hace cinco años —dijo Tita—. Fue rechazado porque tú apenas empezabas a trabajar y no tenías historial suficiente. La dirección de entrega era el departamento de Vanesa.
—Fraude —susurré—. Intentaron cometer fraude a mi nombre.


El día siguiente fue el inicio del infierno mediático.
Hasta ese momento, todo había sido en redes sociales y chismes de barrio. Pero mis padres decidieron subir la apuesta.
Recibí un mensaje de WhatsApp de una ex compañera de la prepa, una chica con la que no hablaba en diez años.
“Oye, Simona, ¿estás bien? Me llegó esto en el grupo de oración de mi mamá.”

Adjunto venía un PDF.
Era el boletín semanal de la Parroquia “Sagrado Corazón”, la iglesia donde mis padres habían sido “pilares” durante treinta años (aunque solo iban para que los vieran y para criticar la ropa de los demás).
En la sección de “Peticiones de Oración”, entre los enfermos de cáncer y las ánimas del purgatorio, estaba esto:

“Oremos por la Familia Garza Treviño. Nuestros queridos hermanos Rogelio y Maricela están atravesando una tribulación inmensa. Su hija mayor ha sido seducida por la avaricia del mundo y ha despojado a su propia hermana de su patrimonio y estabilidad. Roguemos para que el corazón de piedra de Simona se ablande y recuerde el Cuarto Mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre. Dios proveerá justicia para Vanesa, sierva fiel.”

Sentí que me faltaba el aire. No era solo un chisme. Era una excomunión social. Estaban usando a Dios para atacarme.
—Malditos hipócritas —siseé.

Pero eso no fue todo.
Esa tarde, salí a la cochera para recibir un paquete de Amazon (más cámaras de seguridad).
Una camioneta blanca se detuvo frente a mi casa. No la reconocí.
Bajó una mujer con un micrófono y un camarógrafo detrás de ella.
—¡Simona Garza! —gritó la reportera—. ¡Somos del canal local “Monterrey Al Día”! ¡Queremos saber tu versión sobre las acusaciones de desalojo a tu hermana enferma!

Me quedé paralizada. ¿Televisión? ¿En mi casa?
—¡Lárguense de mi propiedad! —grité, retrocediendo.
—¡Solo queremos saber por qué te niegas a devolver el dinero de tus padres! —insistió la reportera, acercándose a la reja—. Tu hermana Vanesa dice que ella diseñó la casa y tú le robaste los planos. ¿Es cierto que sufres de narcisismo?

Entré corriendo a la casa y cerré la puerta con doble llave. El corazón me latía en la garganta.
Me asomé a la cámara de seguridad. Estaban grabando la fachada de mi casa. La reportera hacía gestos dramáticos señalando mi puerta.
Mi celular empezó a vibrar sin parar. Notificaciones de Twitter. Alguien había subido el clip de Vanesa llorando y se estaba haciendo viral en Monterrey.
#LadyEgoísta#PobreVanesa#SimonaLaEstafadora.

Me senté en el suelo del recibidor, abrazando mis rodillas. El pánico amenazaba con ahogarme. ¿Cómo se pelea contra esto? ¿Cómo peleas cuando miles de extraños te odian sin conocerte?
Entonces, sonó el teléfono fijo. El número de casa que casi nadie tenía.
Lo dejé sonar tres veces. A la cuarta, contesté.
—¿Bueno? —mi voz temblaba.
—Simona, soy el Licenciado Salinas —dijo una voz melosa, arrogante, al otro lado—. Abogado de tus padres.

Respiré hondo. El Tiburón.
—No tengo nada que hablar con usted. Hable con mi abogado, el Licenciado Méndez.
—Ay, Simona, por favor. Ese muchacho Méndez es un novato. Mira, te llamo de buena fe. Tus padres están muy dolidos. Todo este circo de la prensa… se puede detener.
—Ustedes llamaron a la prensa —dije, recobrando un poco de fuerza—. Ustedes enviaron el boletín a la iglesia.
—Son reacciones naturales de una comunidad ofendida, Simona. Pero mira, tengo una propuesta. Podemos evitar el juicio. Podemos evitar que tu nombre quede manchado para siempre en las bases de datos corporativas. Sé que trabajas en una transnacional… sería una pena que te “congelaran”.
Era una amenaza velada.
—¿Qué quiere?
—Transfiere la propiedad a un fideicomiso a nombre de Vanesa. Tus padres retiran la demanda monetaria de los 5 millones. Tú te quedas viviendo ahí pagando una “renta simbólica” al fideicomiso. Todos ganan. Tú recuperas tu “paz”, y Vanesa recupera su sueño. Ah, y una disculpa pública en video. Es importante para la imagen de tu hermana.

Apreté el auricular tan fuerte que mis nudillos se pusieron blancos.
—¿Quiere que le regale mi casa y además le pague renta a mi hermana?
—Es mejor que perderlo todo en la corte y quedar como la villana de México, ¿no crees? Tienes 24 horas para decidir. Si no, soltamos la entrevista exclusiva que Vanesa grabó ayer. Y créeme, esa entrevista es… explosiva. Habla de cosas muy privadas tuyas. Cosas médicas. Cosas personales.
Colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano, escuchando el tono de “tu-tu-tu”.
Cosas médicas.
Hace tres años fui a terapia por depresión severa y ansiedad. Tomé antidepresivos por seis meses. Mis padres lo sabían. Vanesa lo sabía.
Iban a usar mi salud mental en mi contra. Iban a decir que estaba loca, que era inestable, que no podía administrar mis bienes.

Me levanté. Fui a la cocina.
Tío Tomás estaba ahí, comiéndose una concha, mirándome con preocupación. Tita estaba revisando facturas con una lupa.
—¿Quién era? —preguntó Tita.
—El abogado. Me amenazó. Dijo que van a sacar mis expedientes médicos. Que van a decir que estoy loca.

Tita dejó la lupa. Se levantó despacio, con esa dignidad de reina azteca que tenía.
—Pues si estás loca, mija, es de familia. Porque todos aquí estamos locos de rabia.
—Me dieron 24 horas para rendirme.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Tomás.

Miré la caja de zapatos. Miré el folder amarillo de Tomás. Miré mi casa, mis paredes, mi suelo manchado de café.
Recordé mis manos sangrando de tanto cargar cajas. Recordé las noches comiendo Maruchan para ahorrar para la pintura. Recordé a Vanesa burlándose de mis zapatos viejos.

—Voy a quemar el barco —dije.
—¿Cómo? —preguntó Tomás.
—No voy a negociar. No voy a ceder. Si quieren un show, les voy a dar el final de temporada que se merecen. Beto dijo que necesitábamos pruebas de extorsión. Acabo de grabar la llamada.
Levanté mi celular. Había puesto la grabadora de voz justo cuando contesté el fijo. Era un viejo hábito de mi trabajo corporativo: “documenta todo”.
—Tengo al abogado admitiendo que ellos controlan a la prensa y que me están chantajeando con mi información médica para quitarme la casa. Eso es delito federal. Revelación de secretos, extorsión y chantaje.

Tita sonrió. Fue una sonrisa depredadora.
—Llámale a Beto. Dile que prepare la bomba nuclear.


Esa noche, convertí mi comedor en un cuarto de guerra.
Beto llegó a las 8 PM con pizzas y cervezas baratas.
—Escuché la grabación —dijo, con la boca llena de pepperoni—. Simona, esto es hermoso. El Licenciado Salinas se confió. Cree que eres una niña asustada. Admitió coacción. Con esto, no solo ganamos la civil. Con esto podemos pedir que le quiten la licencia de abogado a ese cabrón.

—Hay más —dijo Tomás, poniendo su folder sobre la mesa—. Aquí está la prueba de que Rogelio Garza tiene un historial de despojo familiar. Establece un patrón de conducta.
Beto revisó los papeles de Tomás. Silbó.
—Fraude genérico. Abuso de confianza. Falsificación de documentos. Tu papá debería estar en la cárcel, no en la iglesia.

—Y falta lo mío —dije, abriendo mi laptop.
Les mostré mi “Hoja Maestra”.
Era un Excel que había estado perfeccionando las últimas 48 horas.
Columna A: Ingresos de Simona (15 años).
Columna B: Gastos de Simona.
Columna C: Dinero entregado a la familia (transferencias, pagos directos, efectivo retirado).
Columna D: Gastos de Vanesa (según sus propias redes sociales, cruzados con las fechas de mis “préstamos” a papá).

El resultado final de la Columna C era escalofriante: $1,850,000 pesos.
En quince años, yo les había dado casi dos millones de pesos. Y ellos me demandaban por cinco.

—Esto es devastador —dijo Beto—. Vamos a presentar esto como peritaje contable. Vamos a demostrar que tú eres el pilar económico de esa casa, no ellos. Y vamos a demostrar el enriquecimiento ilícito de Vanesa a costa tuya.

—¿Y qué hacemos con la prensa? —pregunté—. Están afuera. Hay un reportero dormido en su coche en mi banqueta.
Beto sonrió.
—Déjalos que hablen. Déjalos que suban el rating. Porque cuando lleguemos al tribunal y presentemos esto… la caída va a ser más dura. El silencio es tu mejor arma ahorita, Simona. No les des la entrevista. No te defiendas en Instagram. Deja que ellos se confíen. Deja que crean que ganaron. Deja que Vanesa siga pidiendo dinero. Mientras más pida, más grande es el fraude.


A la mañana siguiente, faltaban tres días para la primera audiencia.
Me desperté con una sensación extraña. Paz.
Era la paz del que ya no tiene nada que perder porque ya decidió apostarlo todo.
Salí al porche con mi café. El reportero seguía ahí, medio dormido. Cuando me vio, levantó su cámara.
—¡Simona! ¿Algo que decir a tus padres?
Levanté mi taza, sonreí y le di un sorbo largo. No dije nada. Me di la vuelta y entré.

Dentro, Kenia, mi vecina, me mandó un mensaje.
“Oye, vecina. Anoche vi algo. Tu hermana vino en la madrugada. Dejó algo en tu buzón.”
Salí otra vez, ignorando al reportero, y abrí el buzón.
Había un sobre rosa perfumado.
Dentro, una foto polaroid.
Era una foto de nosotras dos, de niñas. Yo la abrazaba. Ella sonreía.
Al reverso, con su letra redonda:
“Pudimos haber sido reinas juntas. Pero elegiste ser plebeya sola. Espero que tu casa te abrace cuando llores, porque nadie más lo hará.”

Rompí la foto en dos.
Luego en cuatro.
Luego en ocho.
La tiré al bote de basura de la cocina.

—No necesito ser reina, Vanesa —dije en voz alta—. Yo soy la arquitecta.

Sonó mi celular. Era mi jefe.
—Simona, vi el reportaje en la tele anoche. “La hija ingrata”.
Cerré los ojos. Aquí venía el despido.
—Sí, licenciado. Lo siento mucho. Entiendo si tiene que dejarme ir.
—¿Estás bromeando? —Su tono me sorprendió—. Simona, ese reportaje es una basura sensacionalista. Y conozco a tu abogado, Beto Méndez. Hizo sus prácticas aquí hace años. Es un tipo derecho. Me llamó anoche. Me explicó la situación legal real, con pruebas.
—¿Habló con Beto?
—Sí. Y déjame decirte algo… esta empresa no despide a víctimas de extorsión. Tienes el respaldo jurídico de la corporación si lo necesitas. Y le dije a Seguridad que si ven a algún reportero cerca de la oficina, lo saquen a patadas. Tómate la semana. Arregla esto. Y dales con todo.

Colgué y me puse a llorar. Lloré como no había llorado en años.
No estaba sola.
Tenía a Tita. A Tomás. A Beto. A Kenia. A mi jefe.
Ellos tenían la sangre. Pero yo tenía la lealtad.

Me limpié las lágrimas. Fui a mi clóset. Saqué mi mejor traje. El azul marino. El de “cerrar tratos”. Lo colgué en la puerta para que se desarrugara.
Faltaban 72 horas para el juicio.
Iba a ser una masacre.
Y por primera vez en mi vida, yo no iba a ser la víctima.

CAPÍTULO 5: El Espía en el Supermercado y la Caja de Pandora

Faltaban cuarenta y ocho horas para la audiencia. El tiempo se estiraba y se encogía de formas extrañas; los minutos parecían horas cuando miraba el reloj de la cocina, pero las horas volaban cuando estaba revisando documentos con Beto. Mi casa se había convertido en un cuartel general, con papeles pegados en las paredes, tazas de café vacías acumulándose en el fregadero y el zumbido constante de la impresora escupiendo evidencia.

—Necesitamos más comida —anunció Tita a las dos de la tarde, mirando con desdén el refrigerador que solo contenía dos limones secos, un six de cervezas y un bote de yogurt caducado—. No se puede ganar una guerra con el estómago vacío.

—Yo voy —dije, agarrando las llaves del coche. Necesitaba salir. Necesitaba sentir el aire acondicionado del supermercado y ver gente normal haciendo cosas normales, como escoger aguacates o discutir por el precio del jamón.

Me puse una gorra de béisbol y unos lentes oscuros, sintiéndome ridícula, como una celebridad de tercera categoría escondiéndose de los paparazzi. Afortunadamente, el reportero de Monterrey Al Día se había ido a comer tacos, así que logré salir sin ser acosada.

Manejé hasta el HEB más cercano. El estacionamiento estaba lleno, lo cual era bueno; el anonimato de la multitud era mi escudo. Tomé un carrito y empecé a recorrer los pasillos mecánicamente. Leche. Pan. Huevos. Café (mucho café).

Estaba en la sección de frutas y verduras, apretando melones para ver si estaban maduros, cuando sentí esa punzada en la nuca. Esa sensación eléctrica de que alguien te está mirando con intención.

Giré lentamente.
Ahí, junto a la pirámide de manzanas rojas, estaba ella.
Vanesa.

No llevaba su disfraz de “víctima espiritual” que usaba en Instagram. Llevaba unos jeans ajustados, tacones de aguja (para ir al súper, por Dios) y una blusa de seda que costaba más que mi despensa de un mes. Estaba hablando por teléfono, pero sus ojos estaban clavados en mí. Eran fríos, calculadores, vacíos de cualquier hermandad.

Intenté ignorarla y giré mi carrito hacia el pasillo de los cereales.
Pero ella me siguió. Escuché el clac-clac-clac de sus tacones persiguiéndome.
—Vaya, vaya —su voz resonó, aguda y teatral, haciendo que una señora que escogía Zucaritas volteara a ver—. Si no es la hermana millonaria. ¿Vienes a comprar caviar, Simona?

Me detuve. Respiré hondo. “No caigas”, me dijo la voz de Beto en mi cabeza. “No le des material”.
Seguí caminando.
Ella aceleró y bloqueó mi paso con su propio cuerpo.
—¡No me ignores cuando te hablo! —siseó, bajando el celular pero manteniendo la llamada activa. Seguro estaba grabando—. ¿Te sientes muy valiente con tu abogaducho de quinta? El Licenciado Salinas se lo va a comer vivo.

La miré a los ojos. Vi el miedo detrás del maquillaje. Vi la desesperación de alguien que sabe que su castillo de naipes está temblando.
—Quítate de mi camino, Vanesa.
—O qué, ¿me vas a pegar? —Se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Olía a perfume caro y a mentira—. ¡Pégame, Simona! ¡Ándale! ¡Hazlo para que todos vean la clase de monstruo que eres! ¡Para que vean cómo maltratas a tu hermanita enferma!

La gente empezaba a mirar. Unos susurraban. Otros sacaban sus celulares.
—No estás enferma, Vanesa. Estás quebrada. Y estás asustada porque se te acabó la minita de oro.
Su cara se contrajo. Toqué un nervio.
—Tú nos debes todo —escupió—. Tú naciste para servirnos. Es tu karma. Mamá lo dijo siempre: “Simona es el burro de carga, Vanesa es el caballo de exhibición”. Acéptalo y paga.

—El burro se cansó de cargar, Vanesa. Y el caballo… el caballo va a tener que aprender a jalar su propia carreta.
Empujé mi carrito suavemente hacia un lado, rodeándola.
Ella me agarró del brazo. Sus uñas de acrílico se clavaron en mi piel.
—¡Si no firmas ese fideicomiso, te juro que te vas a arrepentir! —susurró cerca de mi oído—. Sé cosas, Simona. Sé lo de tu aborto.

Me congelé. El mundo se detuvo. El ruido del supermercado se convirtió en un zumbido sordo.
Mi secreto más doloroso.
Hace seis años. Un embarazo ectópico que casi me mata. Una cirugía de emergencia. La pérdida de un bebé que, aunque no planeado, había empezado a amar en esas pocas semanas.
Solo se lo había contado a mamá en un momento de vulnerabilidad extrema, llorando en sus brazos en el hospital. Ella me había prometido que sería nuestro secreto.
Y ahora, Vanesa lo tenía. Y lo estaba usando como un arma.

Me solté de su agarre con un tirón violento.
—Eres un demonio —dije, y mi voz sonó extraña, gutural.
—Soy una sobreviviente —sonrió ella, triunfante—. Y voy a sobrevivir a tu costa. Tienes 24 horas. O le cuento a “Monterrey Al Día” que la “santa Simona” mató a su propio hijo porque interfería con su carrera. ¿Qué dirá tu jefe de eso? ¿Qué dirán tus vecinos católicos?

Me di la vuelta y salí corriendo. Dejé el carrito lleno en medio del pasillo. Salí al estacionamiento, me metí a mi coche y cerré los seguros.
Grité. Grité hasta que me dolió la garganta. Golpeé el volante hasta que me dolieron las manos.
Traición sobre traición. Mi madre le había contado. Habían guardado mi dolor más profundo para usarlo como munición el día que yo intentara ser libre.

Manejé a casa con la vista nublada por las lágrimas.
Cuando llegué, Tita me vio la cara y supo que algo terrible había pasado.
—¿Qué te hicieron? —preguntó, soltando el trapo de cocina.
—Saben lo del bebé, Tita. —Me derrumbé en sus brazos—. Saben lo del embarazo ectópico. Vanesa me amenazó con contarlo a la prensa y decir que fue un aborto voluntario por ambición.

Tita se puso rígida. Me abrazó tan fuerte que sentí sus huesos frágiles contra los míos.
—Maldita sea su estampa —susurró Tita, y nunca la había escuchado maldecir con tanto odio—. Maldita sea Maricela por romper el sigilo de una madre.
Tomás, que estaba en la mesa revisando papeles, se levantó despacio. Su rostro estaba rojo de ira.
—Eso es bajo. Eso es inhumano.
—Van a destruirme —sollozé—. Van a decir que soy una asesina de bebés.
—No —dijo una voz desde la puerta.
Era Beto. Había entrado sin que lo oyera. Tenía el rostro pálido, pero sus ojos brillaban con una determinación fría.
—No van a decir nada. Porque si abren la boca sobre eso, los metemos a la cárcel por violencia de género y daño moral agravado. Y Simona… —se acercó y se puso de cuclillas frente a mí—. Si sacan eso, se van a disparar en el pie. La opinión pública puede ser cruel, pero meterse con la pérdida de un hijo… eso cruza una línea que incluso en el chisme de Monterrey se respeta. Si lo hacen, se van a ver como lo que son: monstruos.

—Tengo miedo, Beto.
—Es normal tener miedo. Pero el miedo no nos va a paralizar. Tita, ¿trajiste la otra caja?
Levanté la cabeza.
—¿Cuál otra caja?
Tita se separó de mí y fue hacia su bolsa de mandado. Sacó una caja de metal pequeña, oxidada, cerrada con un candado pequeño.
—Esta no es del abuelo —dijo Tita—. Esta es mía.
Sacó una llavecita de su sostén y abrió el candado.
Dentro había fotos. Fotos viejas, en blanco y negro y sepia. Y cartas. Cartas en papel cebolla.

—Tu madre, Maricela —dijo Tita, con voz dura—, no es la santa que dice ser. Antes de casarse con tu papá, tuvo una vida… complicada. Yo nunca dije nada porque el pasado es pasado. Pero si ella va a usar tu dolor médico contra ti, yo voy a usar su pasado legal contra ella.
—¿De qué hablas?
Tita sacó un recorte de periódico amarillento de 1985.
El titular decía: “Desmantelan red de tandas fraudulentas en San Nicolás. Detenida joven por estafa”.
En la foto granulada, una mujer joven cubriéndose la cara con un suéter.
Reconocí el lunar en el cuello.
Era mamá.

—Tu madre tiene antecedentes penales, Simona —dijo Tita—. Estuvo detenida 72 horas por fraude. Tu abuelo pagó la fianza y sobornó al juez para borrar el expediente oficial, porque “qué dirá la gente si la novia de Rogelio es una delincuente”. Pero yo guardé el recorte. Y guardé la carta donde ella confiesa que lo hizo.
Me quedé boquiabierta.
—¿Mi mamá… es una estafadora profesional?
—Lo trae en la sangre, o lo aprendió, no sé. Pero esto demuestra que la “honorabilidad” de la familia Garza-Treviño es una farsa. Si ellos sacan lo de tu bebé, nosotros sacamos esto. Y créeme, a la sociedad de Monterrey le importa más una estafadora de dinero que una tragedia médica.

Beto tomó el recorte con reverencia.
—Esto es jaque, Simona. Si presentamos esto, destruimos su credibilidad como “padres honorables”.
—¿Debemos usarlo? —pregunté. Me sentía sucia. Me sentía igual que ellos.
Tita me tomó la cara con ambas manos.
—Mírame. Ellos te declararon la guerra. Ellos están dispuestos a usar la memoria de tu hijo no nacido como arma. Tú no estás atacando; te estás defendiendo. A veces, para matar al dragón, tienes que usar su propio fuego.
Asentí, secándome las lágrimas.
—Úsalo, Beto. Si Vanesa abre la boca sobre mi bebé, sueltas esto.

Esa noche, la atmósfera en la casa cambió. Ya no éramos víctimas asustadas. Éramos cazadores afilando cuchillos.
Instalamos un pizarrón blanco en la sala.
Beto dibujó una línea de tiempo.
1985: Maricela detenida por fraude.
2008: Robo del dinero de la prepa de Simona.
2012: Robo del dinero de los brackets/emergencia médica.
2015: Intento de fraude automotriz a nombre de Simona.
2018: Robo de la herencia del abuelo.
2020: Quiebra fraudulenta del taller de Tío Tomás (revisada).
2023: Intento de despojo de la casa de Simona.

Era un mapa del crimen organizado. Una empresa familiar dedicada a parasitar a sus propios miembros.
—Somos como los Corleone, pero región 4 y sin clase —dijo Tomás, intentando aligerar el ambiente.
Nadie se rio.

A las once de la noche, mi celular sonó. Número desconocido.
Contesté y puse el altavoz.
—¿Hola?
—Simona… —Era la voz de papá. Sonaba borracho, pastoso.
—¿Qué quieres, Rogelio? —Ya no le dije papá.
—No seas así, hija. Tu madre está llorando. Vanesa está histérica. ¿Por qué nos haces esto? Solo queremos lo justo.
—¿Lo justo? —Mi voz temblaba de rabia—. ¿Lo justo es extorsionarme con mi embarazo ectópico? ¿Lo justo es robarle a mi abuela? ¿Lo justo es dejar a mi tío Tomás en la calle?
Hubo un silencio al otro lado. Solo se escuchaba su respiración pesada.
—Tú no entiendes, Simona. El dinero se acaba. La vejez llega. Teníamos miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que nos dejaras. De que te fueras a tu casa bonita y te olvidaras de nosotros. Eres nuestra jubilación, Simona. Eres nuestra única inversión que salió bien. Vanesa… Vanesa es un barril sin fondo, yo lo sé. Pero es frágil. Tú eres fuerte. Tú puedes aguantar.
—No soy una inversión, Rogelio. Soy una persona. Y sí, soy fuerte. Lo suficientemente fuerte para decirte que se acabó.
—Si vas a la corte… nos vas a destruir —gimió él—. Si el juez ve los papeles de Tomás… si ven lo de tu abuela… voy a ir a la cárcel, Simona. ¿Quieres ver a tu padre en la cárcel?
Sentí una punzada de dolor. Era mi padre, después de todo. El hombre que me enseñó a andar en bicicleta. El hombre que me cargaba en sus hombros en los desfiles.
Pero también era el hombre que permitió que su esposa me humillara. El hombre que me robó.
Miré a Tita. Miré a Tomás. Miré a Beto.
—Tú elegiste tu camino, Rogelio. Tú construiste tu cárcel, ladrillo por ladrillo, mentira por mentira. Yo solo voy a prender la luz para que todos la vean.
—¡Maldita perra malagradecida! —gritó, su máscara cayéndose de golpe—. ¡Ojalá te hubieras muerto tú en lugar del feto ese!

Colgué.
El silencio en la sala era absoluto.
Esa última frase flotaba en el aire como un gas tóxico.
“Ojalá te hubieras muerto tú”.
Tita se levantó y me abrazó. Lloré en su hombro, pero fue un llanto corto, seco.
Ese comentario mató lo último que quedaba de amor filial en mí.
Ya no había duda. Ya no había culpa.
Solo quedaba el juicio.


El día antes de la audiencia, me dediqué a prepararme mental y físicamente.
Fui a la estética de la colonia (entrando por la puerta de atrás para evitar a los chismosos). Me corté el pelo. Un corte bob, afilado, profesional. Quería verme diferente. Quería que cuando entrara a esa sala, no vieran a la “hija”, sino a la “demandada”.
Me compré un cuaderno nuevo. Moleskine, tapa dura, negro.
En la primera página escribí: “YO SOY MI PROPIA JUSTICIA”.

Beto llegó por la tarde con noticias.
—El Licenciado Salinas intentó presentar una moción de última hora para que la audiencia fuera privada. “Para proteger la sensibilidad de la familia”.
—¿Y qué pasó?
—El juez la rechazó. Dijo que el interés público había sido invocado por ellos mismos al acudir a la prensa. El juicio será público. Y adivina qué…
—¿Qué?
—Va a haber reporteros. Muchos. Tu caso se ha vuelto viral en todo el norte del país. Es el culebrón del momento. “La Cenicienta Regia contra los Padres Terribles”.
—Que vengan —dije, cerrando mi cuaderno con un golpe—. Que traigan cámaras 4K. Quiero que se les vean los poros cuando mientan.

Esa noche, cenamos tamales recalentados.
Brindamos con agua de jamaica.
—Por la verdad —dijo Tomás.
—Por la familia que se elige —dijo Kenia, que había venido a darnos ánimos.
—Por los que ya no se dejan —dijo Tita.
—Por Simona —dijo Beto.

Me fui a dormir temprano, pero no pude pegar el ojo.
Me imaginé el tribunal. Me imaginé la cara de Vanesa.
A las 3 de la mañana, escuché un ruido afuera.
Me asomé a la cámara.
Había alguien pintando mi barda.
Era Vanesa.
Estaba escribiendo con aerosol rojo: LADRONA DE SUEÑOS.
No llamé a la policía.
Solo grabé.
Grabé cómo se le corría el rímel. Grabé cómo se le rompía un tacón y caía al suelo, llorando de frustración y pateando mi muro.
Era patética. Era triste.
Y era la prueba final de su inestabilidad.
Guardé el video en tres nubes diferentes y se lo mandé a Beto.
Asunto: La cereza del pastel.

Mañana sería el día.
Mañana, el mundo sabría quién era quién en la familia Garza.
Me acosté de nuevo, y por primera vez en mi vida, sentí que la casa me abrazaba. Las vigas crujieron suavemente, como diciendo: “Aquí estamos. No nos vamos a ir”.
Y yo tampoco.

CAPÍTULO 6: El Circo, Los Payasos y La Dama de Hierro

La mañana del juicio, Monterrey amaneció bajo una capa de smog gris y caluroso, como si la ciudad misma estuviera conteniendo la respiración. Me desperté antes de que sonara la alarma, con el estómago hecho nudo, pero la mente extrañamente clara. Era esa claridad fría que te da la adrenalina justo antes de un accidente o una pelea.

Me vestí con lentitud ritual. El traje azul marino que había mandado a la tintorería. Una blusa de seda blanca, cerrada hasta el cuello, impecable. Unos aretes de perla discretos (los únicos que me había regalado papá hace diez años, una ironía que decidí llevar puesta). Me miré al espejo. No veía a la hija obediente. Veía a una pared de concreto.
—No vas a llorar —me ordené a mí misma—. No importa qué digan, no importa qué mentira escupan. No. Vas. A. Llorar.

En la cocina, el “Estado Mayor” ya estaba reunido. Tita llevaba su mejor vestido negro y un rebozo de seda, parecía una matriarca siciliana lista para ordenar un golpe. Tío Tomás se había puesto un traje que le quedaba un poco grande y olía a naftalina, pero sus botas estaban boleadas hasta parecer espejos. Beto revisaba sus notas con una taza de café en una mano y un taco de barbacoa en la otra.

—La estrategia es simple —dijo Beto, limpiándose la salsa de la comisura—. Dejamos que ellos hablen. Dejamos que se ahorquen con su propia cuerda. El Licenciado Salinas es teatrero; le gusta el show. Nosotros vamos a ser quirúrgicos. Dato mata relato.

Salimos de la casa en caravana. Kenia, mi vecina, se ofreció a llevar a Tita y a Tomás para que yo me fuera con Beto y repasáramos los últimos detalles.
Al llegar al Palacio de Justicia, la escena era dantesca.
El Licenciado Salinas había cumplido su amenaza (o quizás fue Vanesa): había prensa. Mucha.
Cámaras de Multimedios, reporteros de El Norte, y un enjambre de influencers locales con sus aros de luz portátiles.

Cuando bajé del coche, los flashes estallaron.
—¡Simona! ¡Simona, voltea!
—¡¿Es cierto que dejaste a tus padres en la calle?!
—¡¿Qué opinas de las acusaciones de brujería de tu hermana?!
Beto me tomó del brazo con fuerza.
—Vista al frente. No te detengas. No sonrías, pero tampoco hagas cara de fuchi. Cara de póker, Simona.

Nos abrimos paso entre la multitud como rompehielos. Alguien me jaló el saco. Alguien me gritó “¡Mala hija!”. Sentí el impulso de girarme y gritarles mis verdades, pero la mano de Beto en mi codo fue mi ancla.

Entramos al lobby del tribunal, donde el aire acondicionado estaba tan fuerte que el sudor de mi espalda se heló al instante. El mármol del piso retumbaba con el eco de los pasos.
Y ahí estaban.
Mi familia.

Si yo iba vestida para un consejo de administración, ellos iban vestidos para una tragedia griega de bajo presupuesto.
Mis padres llevaban ropa en tonos beige y crema, colores que gritaban “inocencia y humildad”. Mamá se había puesto un suéter de punto (¡con 38 grados afuera!) que le daba un aire de abuelita desvalida. Papá se apoyaba en un bastón que jamás había usado en su vida.
Pero lo peor, lo verdaderamente grotesco, era la “porra”.
Tía Leonor y un grupo de primos lejanos (a los que seguramente les prometieron una parte del botín) llevaban camisetas blancas idénticas. En el pecho, en letras negras tipo imprenta, se leía: “FAMILIA SOBRE FORTUNA”. Y en la espalda: #JusticiaParaVanesa.

Vanesa estaba en el centro, como la virgen de una procesión. Llevaba un vestido blanco vaporoso, el cabello suelto y ondulado, y sostenía un rosario grande de madera que apretaba contra su pecho. Parecía una mártir, si las mártires usaran pestañas postizas de mink y botox preventivo.

Cuando pasamos junto a ellos, el silencio se hizo pesado.
Tía Leonor rompió filas y se acercó a mí.
—Aún estás a tiempo de arrepentirte, Simona —siseó, con un aliento que olía a mentas y veneno—. Dios te está mirando.
Me detuve. Tita se adelantó, poniéndose entre Leonor y yo. A pesar de medir medio metro menos, Tita parecía gigante.
—Dios la está mirando, Leonor —dijo Tita con voz tranquila—. Y también está mirando tu cuenta bancaria y tus deudas de Coppel. Quítate o te quito.

Leonor retrocedió, ofendida.
Seguimos caminando hacia la Sala 4.
Entramos. La sala era más pequeña de lo que imaginaba, con paneles de madera oscura y el escudo nacional colgado detrás del estrado del juez.
Nos sentamos en la mesa de la defensa. Ellos se sentaron en la del actor. Vanesa sacó un pañuelo de encaje y empezó a sollozar suavemente antes de que siquiera empezara la sesión.

—Todos de pie —anunció el secretario.
La Jueza Mónica Hinojosa entró. Era una mujer de unos cincuenta y tantos años, con el cabello corto, gris acero, y unos lentes que colgaban de una cadena dorada. Tenía fama de ser dura. “La Dama de Hierro de lo Civil”, le decían.
Se sentó, revisó el expediente frente a ella con un gesto de fastidio, y luego levantó la vista. Sus ojos barrieron la sala, deteniéndose unos segundos en las camisetas de la Tía Leonor. Hizo una mueca de desagrado.

—Estamos aquí para la audiencia de juicio oral en el expediente 1405/2025, Garza y Treviño vs. Garza Treviño. Acción reivindicatoria y pago de pesos.
La Jueza miró a la audiencia.
—Antes de empezar, quiero dejar algo claro. Esto es un tribunal de derecho, no un set de televisión ni una kermés. A la primera interrupción, al primer grito o manifestación de la galería —miró fijamente a Leonor—, los mando desalojar y arrestar por desacato. ¿Entendido?
Un silencio sepulcral.
—Bien. Parte actora, su alegato de apertura.

El Licenciado Salinas se levantó. Se acomodó el saco brillante y caminó hacia el centro, proyectando la voz como si estuviera en el teatro.
—Su Señoría. Este caso no se trata solo de ladrillos y cemento. Se trata de la fibra moral de nuestra sociedad mexicana. Se trata de unos padres amorosos, Rogelio y Maricela, que sacrificaron su propia estabilidad financiera, invirtiendo más de cinco millones de pesos a lo largo de la vida de su hija, la demandada, para darle educación, salud y oportunidades.
Caminó hacia el estrado del jurado (que no había, pero él actuaba como si lo hubiera).
—Existía un acuerdo verbal, Su Señoría. Un pacto sagrado de familia. La casa que la señorita Simona construyó fue financiada, en espíritu y en base económica, por los sacrificios de sus padres. Se acordó que esa propiedad sería el legado para su hermana menor, Vanesa, quien padece de una sensibilidad emocional que le impide competir en el voraz mercado laboral. La demandada rompió ese pacto. Se quedó con la casa. Se quedó con el dinero. Y dejó a su familia, a su propia sangre, en la ruina emocional. Pedimos justicia. Pedimos que se honre la palabra dada.

Salinas regresó a su asiento, dándole una palmadita en la espalda a papá, quien bajó la cabeza dramáticamente.
La Jueza Hinojosa no se inmutó.
—Defensa.

Beto se puso de pie. No caminó al centro. Se quedó en su lugar, firme, serio.
—Su Señoría. La gratitud no es una hipoteca. No se firma, no genera intereses y no es ejecutable en un tribunal civil.
Beto hizo una pausa.
—La parte actora habla de “pactos sagrados”. Nosotros hablaremos de hechos. Hablaremos de estados de cuenta. Hablaremos de recibos de nómina desde los quince años de edad. Demostraremos que mi clienta, Simona Garza, no solo pagó cada centavo de esa casa con su propio trabajo, sino que ha sido el sostén económico de sus demandantes durante la última década. Este juicio no es una búsqueda de justicia, Su Señoría. Es un intento de extorsión familiar disfrazado de demanda. Es el último acto de unos padres que ven a su hija no como una persona, sino como un cajero automático que decidió cerrar la sucursal.

Hubo un murmullo en la sala. Vanesa soltó un jadeo audible. La Jueza golpeó el mazo una vez.
—Silencio. Llamen al primer testigo.

El primero fue papá. Rogelio.
Caminó hacia el estrado apoyándose pesadamente en el bastón. Juró decir la verdad poniendo la mano sobre la Constitución con una solemnidad ridícula.
Salinas empezó el interrogatorio suave.
—Don Rogelio, cuéntenos, ¿cómo fue la infancia de Simona?
—Le dimos todo —dijo papá, con la voz quebrada—. Clases de inglés, computación, viajes. Nunca le faltó nada. Yo me quitaba el pan de la boca.
—¿Y sobre la casa en disputa?
—Hablamos muchas veces. En las cenas de domingo. Quedamos en que ella pondría el nombre en el papel por temas de crédito, pero que la casa era para la familia. Específicamente para el centro de sanación de Vanesita. Ella lo prometió. Me miró a los ojos y me dijo: “Papá, todo lo mío es tuyo”.

Sentí ganas de vomitar. Era una mentira tan descarada que me dolía el estómago.
—Gracias —dijo Salinas—. Su testigo.

Beto se acercó al estrado. Llevaba el folder amarillo de Tío Tomás y mi “Hoja Maestra” de Excel.
—Señor Garza, usted dice que pagó la educación de Simona.
—Así es. Hasta la universidad.
—Bien. —Beto sacó un papel—. Tengo aquí un recibo de la Tesorería de la Universidad Autónoma de Nuevo León, fechado en 2012. Es el pago de inscripción y primer semestre. ¿Reconoce este documento?
Papá entrecerró los ojos.
—Pues… supongo.
—¿Puede leer quién firma el cheque o de dónde proviene la transferencia?
Papá dudó.
—No traigo mis lentes de cerca.
—Se lo leo yo. “Pago realizado en efectivo en ventanilla”. Y aquí tengo el estado de cuenta de Simona Garza de esa misma fecha, mostrando un retiro por la cantidad exacta el día anterior. Ella trabajaba en un call center, ¿correcto?
—Ella ayudaba, sí. Pero yo le daba el dinero para que lo depositara.
—¿Ah sí? —Beto sonrió, depredador—. Curioso. Porque aquí tengo su estado de cuenta personal de usted, señor Rogelio, de ese mismo mes. Muestra que usted tenía un saldo negativo de $15,000 pesos y tres cargos por sobregiro. ¿De dónde sacó el dinero para dárselo a Simona si usted no tenía ni para cubrir sus propios cheques?

Papá se puso rojo.
—Yo… yo manejaba mucho efectivo. Negocios informales.
—¿Negocios informales? ¿Como el préstamo que le pidió a su hermano Tomás y nunca pagó?
—¡Objeción! —gritó Salinas—. ¡Relevancia!
—Va a la credibilidad del testigo, Su Señoría —dijo Beto tranquilo.
—Lugar —dijo la Jueza—. Conteste.
—Eso fue un malentendido entre hermanos —balbuceó papá.

Beto no lo soltó. Durante veinte minutos, lo bombardeó con fechas, cifras y contradicciones. Desmanteló la imagen del “padre proveedor” y dejó ver al administrador incompetente y parásito que realmente era.
Cuando papá bajó del estrado, ya no usaba el bastón. Se le olvidó cojear de puro coraje.

Luego subió mamá. Maricela.
Su estrategia fue el llanto. Desde la primera pregunta, las lágrimas brotaron como manantial.
—Yo solo quiero que mis hijas se amen —lloraba—. Simona ha cambiado tanto. El dinero la endureció. Antes era una niña dulce.
—Señora Garza —dijo Beto, cuando fue su turno—, usted mencionó en su declaración escrita que proporcionó “bienes y servicios” a Simona para hacerla, y cito, “comercializable”. ¿A qué se refiere con eso?
Mamá se sonó la nariz.
—Pues… a que tuviera buena presencia. Que se viera bien para conseguir un buen marido o un buen trabajo. Invertimos en su imagen.
—¿Y esa inversión le da a usted derecho de propiedad sobre sus bienes actuales?
—¡Es lo justo! ¡Nosotros la criamos! ¡Es como… como cuando plantas un árbol, esperas fruto!
—Un hijo no es un árbol frutal, señora. Y la crianza no es un contrato de futuros. —Beto hizo una pausa y se acercó a la mesa—. Señora, ¿usted ha sido acusada alguna vez de fraude?
Salinas saltó como resorte.
—¡Objeción! ¡Eso es inadmisible! ¡Ataque al carácter!

Beto miró a la Jueza.
—Su Señoría, la contraparte basa su demanda en la “confianza moral” y la “palabra de honor”. Es vital saber si la palabra de la testigo tiene valor legal. Tenemos evidencia de antecedentes previos relacionados con estafas financieras.
La Jueza Hinojosa se quitó los lentes. Miró a mamá, quien se había puesto pálida como un fantasma.
—Me voy a reservar la admisión de esa prueba por el momento, Abogado Méndez. Pero tenga cuidado.
Beto asintió.
—No más preguntas.
No hizo falta mostrar el recorte de periódico todavía. El miedo en la cara de mamá fue suficiente para que todos en la sala supieran que escondía algo.

Finalmente, el acto principal. Vanesa.
Subió al estrado flotando, con el rosario en la mano.
Salinas la trató con guantes de seda.
—Vanesita, cuéntanos de tu sueño.
—Mi sueño es sanar al mundo —dijo ella, con voz etérea—. Desde niña he sentido las energías. La casa… esa casa tiene un vórtice. Yo lo sentí cuando vi el terreno antes de que se construyera. Yo le dije a Simona dónde poner la puerta para que entrara la abundancia. Ella usó mis ideas. Usó mi visión espiritual. Por eso la casa es mía, energéticamente.
—¿Y cómo te sientes ahora que te niegan el acceso?
—Violada —susurró—. Espiritualmente violada. Mi chakra del corazón está cerrado. No puedo pintar. No puedo canalizar. Me han cortado las alas.

Era una actuación digna de un Oscar. La Tía Leonor sollozaba en la galería.
Entonces Beto se levantó.
—Señorita Vanesa. Usted habla de “visiones” y “energía”. Hablemos de números. ¿Cuánto aportó usted económicamente para la compra del terreno?
—El dinero es solo papel —dijo ella con desdén—. Yo aporté la intención.
—La intención no compra concreto, señorita. Cero pesos. Bien. ¿Cuánto aportó para los materiales?
—Cero pesos, pero…
—¿Cuánto aportó para los permisos de construcción?
—¡No entiendes! —estalló Vanesa, rompiendo el personaje zen—. ¡Yo soy la artista! ¡Simona es la que sabe de esas cosas aburridas! ¡Ella tenía que poner el dinero porque ella tiene el trabajo de oficina aburrido! ¡Es su deber apoyarme porque yo tengo un don superior!

La sala quedó en silencio. La arrogancia había salido a la luz.
—Ah, su deber. —Beto caminó hacia el proyector que había solicitado—. Señorita Vanesa, usted alega que está tan deprimida y bloqueada que no puede trabajar, y por eso necesita la casa y la manutención, ¿correcto?
—Sí. Estoy incapacitada por el dolor.
—Bien. Permítame mostrar el “Exhibit F”.

Beto conectó su laptop. En la pantalla gigante de la sala apareció un video.
Era de hacía dos noches. La cámara de seguridad de mi casa. Visión nocturna.
Se veía claramente a Vanesa, con una sudadera y tacones, agitando una lata de aerosol. Se le veía pintando mi barda con furia, pateando el portón y gritando insultos que, gracias al micrófono de alta fidelidad, resonaron en toda la corte.
“¡Pinche Simona! ¡Te odio! ¡Ojalá te mueras sola, perra avara! ¡Me las vas a pagar!”

El video terminó.
Vanesa en el estrado tenía la boca abierta.
—Esa persona llena de energía, capaz de saltar una reja y correr en tacones cuando sonó la alarma… ¿es usted, la mujer “incapacitada por el dolor”?
—Eso… eso fue un momento de catarsis —tartamudeó Vanesa.
—Parece más bien vandalismo y amenazas de muerte, señorita. —Beto se volvió hacia la Jueza—. Su Señoría, la demandante no busca sanación. Busca venganza porque se le cerró la llave del dinero. Y tengo una prueba más.

Beto sacó una última hoja.
—El abogado Salinas mencionó que Simona “robó” el sueño de Vanesa. Aquí tengo un correo electrónico de Vanesa a su ex-novio, fechado hace seis meses, justo cuando Simona empezó a construir. ¿Me permite leerlo?
La Jueza asintió.
Beto leyó:
“Güey, mi hermana la tetas-tristes está construyendo una casota. Ya le dije a mis papás que me la tienen que conseguir. Si la presionamos, suelta la planta baja. Ya tengo planeado poner ahí el negocio, y como ella viaja mucho, poco a poco la voy sacando hasta quedarme con todo. Es el plan perfecto. Ella paga, yo disfruto. LOL.”

El “LOL” resonó en la sala como un disparo.
Vanesa se puso de pie, furiosa.
—¡Eso es privado! ¡Hackearon mi correo!
—Usted lo envió desde la computadora de la casa de sus padres, que está admitida como prueba compartida —dijo Beto—. No hay hackeo. Hay cinismo.

La Jueza Hinojosa miró a Vanesa con una expresión que hubiera congelado el infierno.
—Siéntese, señorita Garza. O la siento yo.

Vanesa se desplomó en la silla. El rosario se le cayó al suelo.
El Licenciado Salinas se frotaba la frente, sabiendo que el barco se hundía.
Beto me miró y me guiñó un ojo discretamente.
Yo sentí que podía respirar por primera vez en meses.
Pero aún faltaba mi testimonio. Y yo no iba a ser suave.

—Llamamos a la demandada, Simona Garza —dijo la Jueza.

Caminé hacia el estrado. Mis tacones sonaban firmes. Clac. Clac. Clac.
Me senté. Miré a mis padres. Papá no me sostenía la mirada. Mamá lloraba en silencio. Vanesa me miraba con odio puro.
—Señorita Garza —dijo Beto—, ¿por qué no cedió a las demandas de su familia?
Me acerqué al micrófono. Mi voz no tembló.
—Porque el amor no es un rescate, licenciado. Porque pasé quince años comprando el afecto de mis padres con cheques y transferencias, pensando que si pagaba lo suficiente, algún día me verían a mí, y no a mi cartera.
Miré a la Jueza.
—Construí esa casa no solo para vivir, Su Señoría. La construí para tener una puerta con cerradura. Una cerradura que yo pudiera controlar. Ellos no quieren la casa para Vanesa. Quieren la casa para seguir controlándome. Para tenerme ahí, bajo su techo (aunque yo lo pague), sirviéndoles. Me demandan por 5 millones de pesos alegando que eso costó mi crianza.
Hice una pausa y saqué mi cuaderno Moleskine negro.
—Hice las cuentas, Su Señoría. Desde que empecé a trabajar a los 15 años, les he entregado $1,850,000 pesos en efectivo, pagos de deudas y lujos. Si restamos eso a lo que ellos dicen que gastaron en mí… creo que la cuenta ya está saldada. Y con intereses.

Hubo un silencio denso.
La Jueza Hinojosa asintió lentamente.
—Abogado Salinas, ¿preguntas para la demandada?
Salinas se levantó, pero se veía desinflado. El Tiburón se había convertido en charal.
—No preguntas, Su Señoría.

La Jueza cerró su carpeta con un golpe seco.
—He escuchado suficiente. Voy a dictar sentencia ahora mismo. No necesito deliberar más. Lo que he visto hoy aquí… —se quitó los lentes y miró a mis padres con desprecio— es una vergüenza para la institución de la familia.

El corazón me latía en la garganta.
Tita, desde la primera fila, apretó su bastón. Tío Tomás se inclinó hacia adelante.
Era el momento.

—Se ponen de pie —ordenó la Jueza.
Todos nos levantamos.
—En el expediente 1405/2025, resuelvo:
Primero: Se declara IMPROCEDENTE la acción reivindicatoria. La propiedad es legítima y exclusiva de Simona Garza Treviño. No existe evidencia de donación ni pacto verbal que tenga validez sobre una escritura pública.
Segundo: Se ABSUELVE a la demandada de pagar la cantidad de 5.3 millones de pesos. La crianza de los hijos es una obligación legal y moral de los padres, no un préstamo recuperable.
Tercero: —La Jueza miró fijamente a Vanesa—. Se condena a la parte actora, Rogelio, Maricela y Vanesa Garza, al pago de GASTOS Y COSTAS del juicio. Pagarán los honorarios del abogado de la defensa.
Cuarto: —Y aquí vino el golpe final—. En vista de la evidencia presentada en el “Exhibit F” (el video) y los correos electrónicos, doy vista al Ministerio Público para que inicie una investigación por INTENTO DE EXTORSIÓN, FRAUDE PROCESAL Y AMENAZAS en contra de los ciudadanos Rogelio, Maricela y Vanesa Garza. Y emito una orden de restricción permanente. Si se acercan a menos de 500 metros de la señorita Simona, irán a la cárcel.

El mazo cayó. ¡PUM!
—Se cierra la sesión.

El silencio duró un segundo. Y luego, el caos.
Vanesa soltó un alarido de telenovela.
—¡Noooo! ¡Mi casa! ¡Mi vórtice!
Mamá se desmayó (o fingió desmayarse) en brazos de papá.
Tía Leonor gritaba: “¡Justicia corrupta! ¡Jueza vendida!”.
Los alguaciles tuvieron que intervenir para sacar a Leonor.

Yo me quedé parada en el estrado. Inmóvil.
Beto se acercó y me abrazó.
—Ganamos, Simona. Ganamos todo.
Miré hacia la galería. Tita estaba llorando, pero sonreía. Tío Tomás levantó el puño en señal de victoria.

Salí de la sala como en un sueño.
En el pasillo, los reporteros se abalanzaron sobre mí, pero esta vez era diferente. Ya no gritaban “¿por qué eres tan mala?”. Gritaban: “¿Vas a demandar a tus padres?”, “¿Qué opinas de la orden de arresto?”.
Ignoré las cámaras.
Caminé hacia mis padres, que estaban siendo escoltados hacia la salida por su abogado derrotado.
Papá me vio. Sus ojos estaban rojos, llenos de odio y miedo.
—¿Estás feliz? —me escupió—. Destruiste a tu familia.
Me detuve. Me quité los lentes oscuros que me había puesto.
—No, Rogelio —dije, usando su nombre por última vez—. Yo no destruí a la familia. Yo salvé a la única integrante que valía la pena salvar: a mí misma.

Me di la media vuelta y salí del tribunal.
El sol seguía cayendo a plomo, pero por primera vez en mi vida, no sentí que me quemaba. Sentí que me iluminaba.
Afuera, Kenia tenía el coche encendido y el aire acondicionado a todo lo que daba.
—¿A dónde, jefa? —preguntó Beto, subiéndose al copiloto.
Miré el edificio de justicia detrás de mí.
—A mi casa —dije—. A mi casa, a cambiar la cerradura y a comernos esos tamales.

CAPÍTULO 7: El Contragolpe Digital y La Noche de los Cuchillos Largos

El silencio que sigue a una victoria legal es extraño. No hay fuegos artificiales, ni música de fondo, ni créditos finales rodando en el cielo. Solo hay un zumbido en los oídos, producto de la adrenalina que empieza a bajar, y un cansancio profundo, nuclear, que se te mete hasta en los huesos.

Regresamos a mi casa después del juicio. Kenia, Tita, Tomás y Beto venían conmigo. Comimos los tamales recalentados y destapamos unas cervezas “Carta Blanca”, pero la celebración fue moderada. Había una pesadez en el aire. Sí, habíamos ganado. La Jueza Hinojosa había sido implacable. Pero la imagen de mi madre “desmayada” y la mirada de odio puro de mi padre seguían grabadas en mis retinas.

—No pongas esa cara, mija —me dijo Tita, sirviéndose más salsa verde—. Hiciste lo que tenías que hacer. Cuando se gangrena una pierna, se corta. Duele, sangra, y te quedas coja un rato, pero sobrevives. Si la dejabas, la infección te mataba.

—Lo sé, abuela. Es solo que… —Suspiré, mirando mi sala, mi refugio—. Nunca pensé que “ganar” se sentiría tan parecido a perder. Me quedé huérfana hoy, Tita.
—Huérfana estabas desde hace años, Simona —intervino el tío Tomás, con su voz rasposa pero amable—. Solo que hoy firmaron los papeles. Y mira a tu alrededor. —Señaló la mesa—. Tienes abuela, tienes tío, tienes abogado y tienes vecina. Y tienes casa. Esa es tu familia ahora. La familia que se escoge es la que no te traiciona.

Beto dejó su celular sobre la mesa. Su cara de abogado se había encendido de nuevo.
—Hablando de traiciones… no quiero arruinar la digestión, pero tienen que ver esto. El Licenciado Salinas perdió en la corte, pero Vanesa acaba de abrir otro frente de batalla.

Tomé el teléfono. Era Instagram.
Apenas dos horas después de salir del tribunal, Vanesa ya había subido un video. No era un video de disculpa. No era un video de aceptación.
Era una producción.

En el video, Vanesa aparecía sentada en el suelo de una habitación vacía (seguramente el cuarto de visitas de la Tía Leonor), vestida con una camiseta vieja y sin una gota de maquillaje, con el cabello deliberadamente despeinado. La iluminación era tenue, azulada, triste. Música de piano melancólico sonaba de fondo.

“Hola, tribu de luz” —decía con voz quebrada, mirando a la cámara con ojos de venado lampareado—. “Hoy… hoy el sistema me falló. La justicia humana es ciega y fría. Hoy, un juez decidió que el dinero vale más que la sangre. Mi hermana… esa persona con la que compartí útero… usó sus recursos corporativos y sus abogados caros para aplastarnos. Mis padres, dos ancianos que dieron su vida por ella, están destrozados. Yo… yo me he quedado sin mi espacio de creación, sin mi hogar prometido. Pero no me van a romper.”

Hizo una pausa dramática, secándose una lágrima invisible.
“He tenido que empezar de cero. Literalmente. Estoy durmiendo en el suelo. Pero sé que ustedes, mi comunidad, creen en la energía de la verdad. Por eso, he lanzado una campaña en GoFundMe. No es caridad. Es una inversión en arte, en sanación. Ayúdenme a levantar el ‘Centro Holístico Fénix’. Ayúdenme a demostrarle al mundo que el amor vence al dinero. Link en mi bio. #JusticiaParaVanesa #Sobreviviente #NarcisismoFamiliar”

Le di clic al enlace.
CAMPAÑA: “Reconstruyendo Sueños: Ayuda a Vanesa a Sanar tras la Traición”.
Meta: $250,000 pesos.
Descripción: “Fui desalojada injustamente de la propiedad que ayudé a diseñar espiritualmente. Mi hermana, cegada por la avaricia, nos dejó en la calle. Necesito fondos para: Abogados de apelación, renta de un estudio temporal, materiales de pintura y terapia para el trauma emocional.”

Ya llevaba recaudados $15,000 pesos.
Leí los nombres de los donantes.
Leonor Garza: $5,000. (Claro, reciclando el dinero de la familia).
Anónimo: $500.
Usuario “LuzYVerdad”: $200.
Y los comentarios… Dios, los comentarios.
“Qué horror de hermana tienes, nena.”
“El karma se encargará de ella.”
“Te deposito lo de mi café de hoy, ánimo hermosa.”

Sentí que la sangre me hervía.
—Es un fraude —dije, lanzando el celular sobre el sofá—. Está pidiendo dinero para una apelación que no va a ganar y para una renta que no paga porque vive con sus papás o con la tía. Y está diciendo que la desalojé. ¡Nunca vivió aquí!
—Es difamación digital y fraude cibernético —dijo Beto, sacando su laptop—. Simona, ¿me das luz verde?
—¿Para qué?
—Para reportar la campaña. Tengo la sentencia del juez. Tengo el video donde ella admite que quiere la casa para vivir gratis. Si mando esto a la plataforma de GoFundMe, le bajan la campaña por violar los términos de servicio: “No se puede usar la plataforma para promover odio, acoso o mentiras demostrables”.
—Házlo —dije—. Quémala. Si quiere jugar a la influencer víctima, vamos a jugar al “Fact-Check”.

Beto se puso a teclear como un pianista virtuoso.
—Y no solo eso —añadió—. Voy a redactar un comunicado de prensa. Corto, seco, legal. “La C. Simona Garza informa que la sentencia 1405/2025 absolvió de todos los cargos a su persona y condenó a la contraparte por intento de extorsión. Cualquier recaudación de fondos basada en la premisa falsa de un desalojo ilegal constituye fraude”. Lo publicamos en tus redes y etiquetamos a la plataforma.

Esa tarde, la guerra se trasladó al ciberespacio.
Mientras Beto gestionaba el cierre de la campaña, mi celular empezó a vibrar con otra clase de ataque.
Esta vez no era público. Era privado. Y era masivo.

—¿Te llegó el correo? —preguntó Tío Tomás, revisando su viejo iPhone 6.
—¿Cuál correo?
—El de tu papá. Lo mandó a toda la lista de contactos de la familia. Primos, tíos segundos, hasta a los parientes de Estados Unidos que ni conocemos bien.
Abrí mi bandeja de entrada. Ahí estaba.
Asunto: La Triste Verdad sobre Simona – Una Oración por la Familia.
De: Rogelio Garza.
Para: (Lista oculta de 50 destinatarios).

Abrí el correo. Era un texto largo, escrito en Comic Sans (porque claro que papá usaría esa fuente), lleno de palabras en mayúsculas y color rojo.

“Querida Familia Garza y Treviño:
Les escribimos con el corazón en la mano y lágrimas en los ojos. Hoy fuimos testigos de cómo el Diablo puede entrar en el corazón de una hija. Nuestra amada Simona, a quien criamos con tanto esfuerzo, nos ha dado la espalda legalmente. Un juez terrenal, seguramente confundido por las mentiras de abogados costosos, falló en nuestra contra.
Pero el juicio de Dios es diferente.
Simona nos ha humillado. Nos ha llamado ladrones. Ha inventado calumnias sobre su madre y su hermana. Nos preocupa su salud mental. Creemos que está bajo la influencia de malas compañías (y posiblemente sustancias).
Les pedimos que no la juzguen, sino que oren por ella. Pero también les pedimos que mantengan su distancia. Es una persona tóxica que destruye todo lo que toca. No queremos que nadie más de la familia salga herido por su avaricia.
Si Simona los contacta, por favor avísennos. Ella ya no es la niña que conocimos.
Con dolor,
Rogelio y Maricela.”

Leí el correo en voz alta. Al terminar, hubo un silencio en la cocina.
Entonces, Kenia soltó una carcajada.
—”Posiblemente sustancias” —se rio Kenia—. Sí, güey, eres adicta al trabajo y al café del Oxxo. Qué ridículos.
Tita no se rio. Tita estaba roja de coraje.
—Está tratando de aislarte —dijo la abuela—. Es la táctica del abusador. “Si no eres mía, no eres de nadie”. Quiere poner a la familia en tu contra para que te sientas sola y regreses arrastrándote.

—Pues les va a salir el tiro por la culata —dijo Tío Tomás—. Porque yo también tengo lista de correos. Y yo tengo los escaneos de cómo me robó el taller.
—No, tío —dije, sintiendo una calma repentina—. No les contestes.
Todos me miraron.
—¿Cómo que no? —preguntó Beto—. Simona, te están pintando como una drogadicta loca.
—Que pinten lo que quieran. —Me levanté y fui por otra cerveza—. Si mis primos de McAllen quieren creerle a un hombre que no ha trabajado en 20 años en lugar de a mí, que tengo una carrera y una casa propia, entonces no me sirven como familia. El que crea ese correo es porque quiere creerlo. Es un filtro, Beto. Me están haciendo el favor de filtrar a los idiotas de mi vida.

Tita sonrió, orgullosa.
—Esa es mi nieta. No te metas al lodo con los cerdos, porque te ensucias y al cerdo le gusta.

Sin embargo, la paz no duraría toda la noche.
La bestia estaba herida, y una bestia herida tira mordidas.

Eran las 2:00 AM.
Beto y Tomás ya se habían ido. Tita dormía en la recámara de huéspedes (ahora suya oficialmente). Yo estaba en mi cuarto, viendo el techo, escuchando el viento golpear las ventanas.
De repente, mi celular emitió la alerta estridente del sistema de seguridad.
ALARMA: DETECCIÓN DE MOVIMIENTO – CÁMARA FRONTAL.
ALARMA: DETECCIÓN DE MOVIMIENTO – CÁMARA PATIO.

Salté de la cama. Agarré el bat de béisbol que Tío Tomás me había dejado “por si las dudas” y abrí la aplicación en mi teléfono.
La pantalla mostraba una imagen en blanco y negro, nítida gracias a los infrarrojos.
Había una figura en mi entrada.
No era Vanesa. La figura era más robusta. Llevaba una sudadera con capucha, pero reconocería ese caminar torpe y agresivo en cualquier parte.
Tía Leonor.

Estaba frente a mi portón recién pintado (que tuve que repintar después del ataque de Vanesa). En su mano derecha tenía algo que brillaba. Un objeto metálico. Una llave o un desarmador.
La vi acercarse a mi coche, que estaba estacionado afuera porque aún no había despejado la cochera de materiales.
Raaaaasc.
Incluso sin audio, pude imaginar el sonido del metal rayando la pintura de mi puerta.
Luego, sacó un bote de pintura en aerosol.
Empezó a escribir en mi fachada.
P-U-T…

No esperé más.
Presioné el botón de “PÁNICO” en la aplicación, que activaba la sirena externa de 110 decibeles y llamaba a la policía automáticamente.
Luego, abrí la ventana de mi cuarto que daba a la calle.
—¡SONRÍE PARA LA CÁMARA, LEONOR! —grité con todas mis fuerzas.

La mujer dio un salto del susto. Se le cayó el bote de pintura.
En ese momento, la sirena empezó a aullar. WUUUUU-WUUUUU-WUUUUU.
Las luces de seguridad se encendieron, bañando la entrada con una luz LED blanca cegadora.
Leonor quedó expuesta como una cucaracha cuando prendes la luz de la cocina. Se tapó la cara con el brazo, deslumbrada.
Intentó correr hacia su camioneta, que había dejado mal estacionada media cuadra atrás, pero sus tacones (porque claro, fue a vandalizar en tacones) la traicionaron. Se tropezó en la banqueta y cayó de rodillas.

—¡Me lastimé! ¡Me lastimé! —empezó a gritar, cambiando instantáneamente de vándala a víctima—. ¡Me atacaron!
En segundos, las luces de las casas vecinas se encendieron.
Salió Kenia en pijama, con su perro pitbull (que era un amor pero se veía feroz).
Salió Don Gus, el de la tiendita, con una escoba.
Salió la señora Clara.
—¿Qué está pasando? —gritó Don Gus.
—¡Es la tía loca! —les grité desde la ventana—. ¡Está rayando mi casa y mi coche!

Leonor intentaba levantarse, pero Kenia y su perro le cortaron el paso.
—Yo que usted no me movía, señora —dijo Kenia, cruzada de brazos—. “Rambo” no ha cenado y no le gustan los grafitis.
—¡Déjenme ir! —chilló Leonor—. ¡Solo vine a dejar un mensaje de Dios!
—Dios no usa aerosol rojo, señora —dijo Doña Clara, negando con la cabeza.

Tres minutos después, llegaron las luces azules y rojas. La patrulla de la policía municipal de Monterrey.
Bajaron dos oficiales. Uno joven y uno más veterano.
Salí de la casa, con el bat en la mano (que bajé en cuanto vi a los policías) y Tita detrás de mí en bata.

—Buenas noches, oficiales —dije—. Esa mujer invadió mi propiedad, vandalizó mi vehículo y dañó mi fachada. Todo está grabado en 4K. Y tengo una orden de restricción vigente contra su familia, que se extiende a sus asociados.
El policía veterano iluminó a Leonor con su linterna.
—A ver, señora. Levántese. ¿Qué anda haciendo pintarrajeando casas ajenas a las dos de la mañana?
—¡Es la casa de mi sobrina! —gritó Leonor—. ¡Es un asunto familiar! ¡Ella le robó a mi hermano! ¡Tengo derecho a protestar!
—No tiene derecho a dañar propiedad ajena, señora. —El oficial le vio las manos. Tenía los dedos manchados de pintura roja fresca—. Híjole, la agarraron con las manos en la masa. Literal.

Leonor vio que estaba acorralada. Entonces, hizo lo que mejor saben hacer los Garza: mentir.
—¡Ella me invitó! —me señaló—. ¡Me dijo que viniera a hablar y luego me tendió una trampa! ¡Me empujó! ¡Miren mis rodillas, estoy sangrando!
—Oficial —interrumpí, sacando mi celular—. Aquí está el video de los últimos 10 minutos. Nadie la tocó. Se cayó sola por correr. Y nadie la invitó.
Le mostré el video al policía. Él vio los 30 segundos donde ella rayaba mi coche y escribía insultos.
Asintió.
—Proceda, pareja.
El oficial joven sacó las esposas.
—Señora Leonor Garza, queda detenida por daños en propiedad ajena y alteración del orden público. Tiene derecho a guardar silencio…

—¡No me pueden tocar! —gritó Leonor mientras la esposaban—. ¡Soy una dama! ¡Rogelio! ¡Rogelio, contesta el teléfono!
La subieron a la patrulla. Verla en el asiento trasero, pataleando e insultando a los vecinos que habían salido a ver el espectáculo, fue una imagen que guardaría para siempre.

Cuando la patrulla se fue, se hizo un silencio en la calle.
Los vecinos me miraban. Yo esperaba juicio. Esperaba que Doña Cuca (que estaba asomada por su ventana) dijera algo hiriente.
Pero entonces, Don Gus se acercó.
—Mire, vecina… —dijo, rascándose la cabeza—. Al principio pensábamos que usted era la conflictiva. Pero viendo a esta gente… mis respetos. No sé cómo aguantó tanto sin volverse loca.
—Gracias, Don Gus.
—Si necesita pintura para tapar eso mañana, pase a la ferretería. Yo se la regalo. “Cuentas claras, amistades largas”, dice el dicho. Y usted nos cayó bien.
Kenia me abrazó.
—Vete a dormir, Simona. Nosotros hacemos guardia el resto de la noche. Rambo no se duerme hasta que salga el sol.

Entré a la casa con Tita.
Mi abuela se sentó en la cocina y soltó una risita que se convirtió en carcajada.
—¿De qué te ríes, abuela?
—De la cara de Leonor. Tantos años presumiendo sus bolsas de marca y sus viajes, y acabó en la “perrera” municipal por andar de vándala. Dios sí castiga sin palo ni piedra, mijita. Castiga con cámaras de seguridad y vecinos chismosos.

A la mañana siguiente, el mundo se veía diferente.
La mancha roja en mi fachada y el rayón en mi coche estaban ahí, feos y violentos. Pero ya no me dolían. Eran cicatrices de guerra.
Beto llegó temprano con noticias.
—Leonor sigue detenida. Tu papá no contestó el teléfono en toda la noche. Resulta que cuando las cosas se ponen feas de verdad, Rogelio Garza se esconde. Leonor está furiosa. Ya declaró que ella actuó “bajo manipulación emocional” de tu hermano. Se están canibalizando entre ellos, Simona. Se están echando la culpa unos a otros.
—¿Y el GoFundMe?
—Cancelado. La plataforma lo bajó a las 6 AM. Y congelaron los fondos. Vanesa ya subió una historia llorando diciendo que la “censuraron” las grandes corporaciones, pero nadie le cree. Los comentarios se le voltearon. La gente vio el video de la detención de Leonor (alguien lo subió a TikTok, creo que fue el hijo de Don Gus) y ahora el hashtag es #LaTíaVándala.

Me serví un café y salí al porche.
Vi el sol salir sobre el Cerro de la Silla.
Mi celular vibró.
Era un mensaje de un número que no tenía guardado.
Lo abrí con precaución.
Era una foto. Una foto vieja, escaneada.
En la foto estábamos yo y una prima lejana, Sofía, jugando en una alberca de plástico hace 20 años.
El texto decía:
“Hola, prima. Me llegó el correo de tu papá. Qué sarta de estupideces. Solo quería decirte que no todos somos borregos. Vi las noticias. Qué bueno que les ganaste. Si algún día vas a Saltillo, aquí tienes tu casa. Te creemos. Sofi.”

Sonreí.
Rogelio quería aislarme. Quería cortarme las ramas.
Pero no se dio cuenta de que al podar las ramas podridas, le das fuerza al árbol para que crezcan ramas nuevas y más sanas.

Esa tarde, me dediqué a pintar mi fachada.
No contraté a nadie. Lo hice yo.
Puse música a todo volumen. Cumbias, rock, pop.
Kenia salió y me ayudó. Tita salió con una silla y nos daba instrucciones (y limonada).
Mientras pasaba el rodillo con pintura blanca sobre el insulto rojo, sentí que estaba borrando no solo el grafiti, sino años de insultos verbales que se me habían quedado grabados en la piel.
Cada pasada del rodillo era una afirmación.
No soy lo que ellos dicen.
Soy lo que construyo.
Soy lo que protejo.
Soy libre.

Cuando terminé, me senté en la banqueta, manchada de pintura, sudada y feliz.
Miré mi casa. Brillaba.
—Quedó mejor que nueva —dijo Tita.
—Quedó como debe ser —dije.
En ese momento, vi pasar el coche de mi papá a lo lejos. Iba despacio.
Pero esta vez no se detuvo. Ni siquiera volteó. Siguió de largo, perdiéndose en la avenida.
Sabían que aquí ya no había entrada. Sabían que el fuerte estaba sellado.

Esa noche, por primera vez en mi vida adulta, no soñé con deudas, ni con gritos, ni con juicios.
Soñé que estaba flotando en un mar tranquilo. Y no necesitaba salvavidas, porque había aprendido a nadar.

CAPÍTULO 8: El Derrumbe de un Castillo de Naipes y los Cimientos de la Paz

Dicen que en Monterrey, cuando cambia el viento y entra el “Norte”, la temperatura puede bajar veinte grados en cuestión de horas. El cielo pasa de un azul insultante a un gris plomizo, y el aire huele a tierra mojada y a cambio.
Así se sintió el cambio en mi vida en los tres meses posteriores al juicio y al arresto de la Tía Leonor: drástico, frío para algunos, pero limpiador para mí.

La Tía Leonor no pasó mucho tiempo en la cárcel, solo lo suficiente para que se le bajara la soberbia y se le subiera la presión arterial. Salió bajo fianza a la mañana siguiente, pero el daño ya estaba hecho. Su ficha policial circuló por los grupos de WhatsApp de la alta sociedad (y de la no tan alta) de San Pedro y Cumbres. La “Dama de la Caridad” había sido expuesta como una vándala de madrugada. La vergüenza social fue su verdadera prisión. Dejó de ir al club de jardinería, dejó de ir al café con sus amigas, y se recluyó en su casa, culpando a mi padre de su desgracia.

Pero el verdadero derrumbe ocurrió en la casa de mis padres.

Un martes por la tarde, Beto llegó a mi casa con una carpeta nueva. Ya no traía cara de perro de presa; traía cara de alguien que ve un accidente de tráfico en cámara lenta.
—Tengo noticias, Simona. Y son fuertes.
Nos sentamos en el porche. Tita estaba regando sus rosales (que habían florecido milagrosamente después de ser trasplantados).
—¿Qué pasó? —pregunté.
—El Licenciado Salinas demandó a tus papás.
Solté una risa incrédula.
—¿Su propio abogado?
—Sí. Resulta que Rogelio le firmó unos pagarés por los honorarios, garantizados con la propiedad de su casa. Como perdieron el juicio y se les condenó a pagar mis costas y gastos legales, se quedaron sin liquidez. Salinas no esperó. Ejecutó los pagarés.
—¿Les van a quitar la casa? —La pregunta salió de mi boca con un sabor extraño. No era alegría, no era tristeza. Era incredulidad.
—Ya está en proceso de embargo. Tienen 30 días para desalojar o pagarle a Salinas y pagarme a mí. Y créeme, no tienen con qué.

Esa tarde, manejé, contra mi mejor juicio, hacia mi antigua casa. La casa de mi infancia.
Me estacioné dos casas abajo.
Ahí estaba. Se veía más pequeña de lo que recordaba. La pintura estaba descascarada. El jardín era una selva seca.
Y en la reja, un letrero de “SE VENDE / REMATE BANCARIO”.

Vi salir a mi padre. Caminaba encorvado, arrastrando los pies. No llevaba su bastón de utilería; ahora la vejez le había caído de golpe, real y pesada. Se detuvo frente al letrero, lo miró unos segundos y luego escupió en el suelo antes de volver a entrar.
Querían mi casa. Codiciaban mis ladrillos. Y en su afán de quitármelos, perdieron los suyos.
La justicia poética no siempre es dulce; a veces es amarga y seca, como el polvo del desierto.


La Caída de la “Influencer”

¿Y Vanesa?
La realidad tiene una forma muy cruel de alcanzar a quienes viven en las nubes.
Sin el apoyo financiero de mis padres (que estaban ocupados tratando de salvar sus muebles del embargo) y con su reputación digital hecha trizas tras el escándalo del GoFundMe fraudulento, Vanesa tuvo que hacer lo impensable: trabajar.

Me enteré por Kenia.
—No me lo vas a creer, vecina —me dijo un día, llegando con una bolsa de pan—. Fui al centro comercial “Plaza Fiesta” a cambiar unos tenis. Adivina a quién vi en el módulo de venta de fundas para celulares.
—No.
—Sí. A la Vane.
—¿Estaba comprando?
—No, güey. Estaba atendiendo. Traía el uniforme y todo. Y se veía… normal. Sin filtros.

Días después, la curiosidad pudo más que yo. Fui a la plaza. Me puse mis lentes oscuros y pasé de lejos.
Ahí estaba. Vanesa Garza, la “visionaria espiritual”, la “artista incomprendida”, estaba pegándole un protector de pantalla de vidrio templado al celular de un señor que le gritaba porque le había quedado una burbuja.
—¡Ay, señorita, hágalo bien! —le reclamaba el cliente.
—Disculpe, señor, ahorita se lo cambio —dijo Vanesa, con voz cansada, sumisa.

La observé unos minutos. Vi cómo le dolían los pies (ya no usaba tacones de marca, sino unos zapatos planos genéricos). Vi cómo miraba con envidia a las chicas que pasaban con bolsas de compras.
En otro momento de mi vida, hubiera sentido lástima. Hubiera corrido a “rescatarla”, a darle dinero, a decirle “renuncia, yo te ayudo”.
Pero esa Simona había muerto en el tribunal.
La Simona de hoy entendía que esa lección era necesaria. Vanesa estaba aprendiendo, por primera vez en sus 28 años, lo que costaba ganar un peso. Estaba aprendiendo que el dinero no es energía mágica; es tiempo de vida intercambiado por servicio.
Me di la vuelta y me fui. No compré ninguna funda. Pero me llevé la satisfacción de saber que el universo, efectivamente, había equilibrado la balanza.


La Nueva Tradición

El tiempo siguió su curso. El otoño dio paso al invierno, y mi casa, mi fortaleza, se convirtió en un hogar.
Ya no era solo mía. Era de nosotros.
Tita se mudó oficialmente a la recámara de planta baja (la que Vanesa quería para su “negocio”). “Aquí me da mejor el sol en las reumas”, decía.
Tío Tomás venía los fines de semana a usar el garaje. Habíamos montado un pequeño taller ahí. Él arreglaba cosas de los vecinos: licuadoras, ventiladores, tostadoras. No cobraba mucho, pero se sentía útil. Se sentía respetado.

Un domingo de diciembre, organizamos la primera “Carne Asada de la Libertad”.
El patio estaba lleno. El olor a carbón de mezquite y arrachera marinada llenaba el aire.
Estaba Beto, que había dejado de ser solo mi abogado para convertirse en… algo más. Aún no le poníamos etiqueta, pero cuando me miraba, yo sentía que no necesitaba defenderme de nada.
Estaba Kenia con “Rambo”, el pitbull, que jugaba con “Canelo”, mi perro rescatado.
Estaba mi jefe y su esposa. Estaban mis compañeros de trabajo. Estaba Sofía, la prima que me mandó el mensaje de apoyo, que viajó desde Saltillo con su novio.

Miré a mi alrededor.
Había risas. Había música de Luis Miguel sonando en la bocina. Había cervezas heladas.
Pero no había tensión.
Nadie me estaba juzgando por cómo vestía. Nadie estaba calculando cuánto costaba la carne para ver si me podían pedir prestado. Nadie me estaba haciendo sentir culpable por ser feliz.

Tío Tomás golpeó su vaso con un tenedor para pedir silencio.
—A ver, raza, un momento —dijo, con su gorra de los Tigres bien puesta—. Quiero proponer un brindis.
Todos levantaron sus botes y vasos.
—Hace unos meses, pensé que esta familia estaba podrida —dijo Tomás, y se le quebró la voz—. Pensé que el apellido Garza solo servía para firmar deudas y demandas. Pero luego vi a esta mujer… —me señaló con el tenedor—… vi a mi sobrina levantarse como un gigante. Simona, tú no solo construiste una casa. Construiste un refugio para los que estábamos rotos. Nos enseñaste que la sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia.

—¡Salud! —gritó Tita.
—¡Salud! —respondimos todos.
Bebí mi cerveza, y sabía a gloria. Sabía a victoria.
Beto se acercó y me rodeó la cintura con su brazo.
—¿Estás bien? —me susurró al oído.
—Mejor que nunca —le respondí—. Estoy en casa.


La Antorcha se Pasa

Una semana después, estaba en la oficina. Era temporada de cierre fiscal, el estrés estaba al máximo.
Pasé por el baño y escuché sollozos en uno de los cubículos.
Era un llanto ahogado, de esos que intentas esconder para que nadie sepa que te estás rompiendo.
Esperé lavándome las manos.
Salió Andrea, la nueva pasante. Tenía 21 años, ojos brillantes y mucho talento. Pero ahora tenía los ojos rojos e hinchados.
Cuando me vio, intentó recomponerse.
—Perdón, licenciada. Es que… alergias.
Me sequé las manos con calma y me recargué en el lavabo.
—Andrea, las alergias no te hacen temblar las manos. ¿Qué pasa?
Ella dudó. Luego, como una presa que se rompe, soltó todo.
—Es mi mamá. Me llamó para decirme que si no le doy mi bono de Navidad completo, no van a poder pagar la tarjeta de crédito de mi hermano. Él chocó el coche y… dicen que es mi culpa por no haber estado ahí para llevarlo, aunque yo estaba trabajando aquí hasta las 9 PM. Dicen que soy egoísta porque gano dinero y no ayudo lo suficiente.

Sentí un escalofrío. Era como verme en un espejo del tiempo. Las mismas palabras. La misma culpa. La misma manipulación.
—Andrea —dije, suave pero firme—. Mírame.
Ella levantó la vista.
—Tú no eres un banco. Y tú no eres el seguro de auto de tu hermano.
—Pero… es mi familia. Dicen que me sacrificaron todo por mí.
—Y por eso creen que eres su propiedad. —Me acerqué y puse una mano en su hombro—. Escúchame bien, porque esto me tomó 15 años y una demanda aprenderlo: El amor de familia no debe tener precio de etiqueta. Si te cobran por amarte, no es amor, es renta. Y tú ya eres dueña de tu vida.

Andrea me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Usted cree que deba decirles que no?
—Creo que debes decirles que no, y luego debes usar ese bono para algo que tú necesites. O para ahorrarlo. Porque el día que tú necesites ayuda, esas personas que te exigen hoy, son las mismas que te darán la espalda mañana. Rompe el ciclo, Andrea. Ahora que puedes.
Ella asintió, secándose las lágrimas. Había miedo en sus ojos, sí, pero también vi esa chispa. La misma chispa que Tita vio en mí.
—Gracias, licenciada.
—Dime Simona. Y cuando salgas de aquí, vete con la cabeza en alto. Nadie tiene derecho a hacerte sentir pequeña en el lugar que te ganaste.

Esa noche, Andrea me mandó un mensaje:
“Les dije que no. Se enojaron. Me gritaron. Pero no les di el dinero. Gracias.”
Sonreí. Otra más que despertaba. La cadena se estaba rompiendo, eslabón por eslabón.


Epílogo: Bajo las Estrellas de Monterrey

Era tarde, casi medianoche.
Salí al jardín trasero. Había instalado una hamaca entre dos árboles que planté hace meses.
Me acosté, mirando el cielo. La contaminación de la ciudad a veces tapaba las estrellas, pero esa noche, el viento del norte había limpiado todo. Se veían brillantes, lejanas, eternas.

Saqué mi cuaderno Moleskine negro. El mismo que llevé al juicio.
Fui a la última página.
Escribí:

“Fecha: 21 de enero de 2026.
Estado: Libre.
Saldo Deudor: $0.00.
Saldo A favor: Una vida entera.

Hoy entendí que ‘casa’ no son cuatro paredes. Casa es donde tu alma puede andar descalza sin miedo a pisar vidrios rotos. Casa es donde no tienes que pedir perdón por brillar.
Mis padres perdieron su casa porque la construyeron sobre mentiras y apariencias. Yo conservé la mía porque la construí sobre verdad y límites.

Me llamaron traidora. Me llamaron mala hija. Me llamaron egoísta.
Que me llamen como quieran.
Yo me llamo a mí misma: Simona, la Arquitecta de su Propio Destino.
Y a todos los que están leyendo esto, a ti, que sientes que te debes a los demás hasta quedarte vacío: No te prendas fuego para mantener calientes a otros. Tienes derecho a tu calor. Tienes derecho a tu luz.
Protege lo tuyo. Defiende tu paz. Y nunca, nunca entregues las llaves de tu alma.”

Cerré el cuaderno.
El viento sopló suave, moviendo las hojas de los árboles.
A lo lejos, escuché a Tita roncar suavemente desde su cuarto. Canelo suspiró a mis pies.
Todo estaba en silencio.
Y en ese silencio, por fin, escuché la música más hermosa del mundo:
El sonido de mi propia vida, perteneciéndome solo a mí.

FIN.

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