
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO ANTES DEL TRUENO
Son las 5:45 de la mañana y la Ciudad de México todavía no despierta del todo, o al menos no en esta parte de la ciudad. Aquí en Las Lomas, el silencio cuesta dinero. Mucho dinero. No se escuchan los cláxenes de los microbuseros peleándose el pasaje en Periférico, ni los gritos de los vendedores de tamales. Aquí el silencio es pesado, limpio, casi clínico. Es el sonido del éxito. O eso me gustaba decirme a mí mismo cada mañana mientras me ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo de mi vestidor, que es más grande que el departamento donde crecí en la colonia Doctores.
Me llamo Jonathan Reyes. “El Rey del Software”, me dicen en las revistas de negocios. “Ese cabrón con suerte”, dicen mis competidores a mis espaldas. Me da igual. Me he partido el lomo durante veinte años para estar aquí, para que mi mayor preocupación sea si el café de mi máquina italiana salió con la espuma perfecta y no si voy a tener para pagar la renta.
Salí de la casa arrastrando esa sensación de invencibilidad que te da un traje de tres piezas hecho a la medida. El aire de la mañana estaba fresco, con ese olor particular a rocío y jacarandas que solo se huele en las zonas ricas antes de que el smog baje a asfixiar a todos. Caminé por el sendero de piedra volcánica hacia la calle. Y ahí estaba. Mi bebé. Un Porsche 911 color gris pizarra, brillando bajo la luz de las farolas como una joya.
No era solo un coche. Era mi trofeo. La prueba física de que ya no era el niño becado que tenía que reciclar los libros de texto. Abrí la puerta del conductor, sintiendo el peso sólido de la ingeniería alemana en mi mano. Iba a Querétaro, a cerrar el trato de mi vida con unos inversionistas japoneses. Sin chofer, sin escoltas. Solo yo, la carretera y mis pensamientos. Me gustaba manejar solo; era mi meditación, mi momento zen antes de entrar al campo de batalla corporativo.
Estaba a punto de meter la pierna en el auto cuando algo, una mancha de color fuera de lugar en mi mundo monocromático, me hizo detenerme.
Al otro lado de la calle, en la banqueta de la casa de los Ellis —una propiedad vieja que desentonaba con las mansiones modernas de la cuadra— había alguien. Entrecerré los ojos. Era una niña. No tendría más de ocho o nueve años. Estaba parada sobre el pasto húmedo, descalza. Sus pies se veían morados por el frío. Llevaba unos pantalones de pijama de esos de franela barata y una sudadera gris que le quedaba tres tallas más grande, con las mangas cubriéndole las manos.
Me quedé mirándola un segundo, con la mano todavía en la manija del Porsche. Mi cerebro, entrenado para detectar amenazas financieras y no sociales, catalogó la imagen como “extraña” pero “inofensiva”. Probablemente la hija de la señora de la limpieza de los vecinos, pensé. O una niña perdida. Sentí esa punzada de molestia típica de quien no quiere que nada altere su rutina perfecta. «¿Qué hace una escuincla parada ahí a estas horas?», pensé.
Ella me miraba fijamente. Tenía el cabello hecho un nido de pájaros, rizos negros alborotados que caían sobre su cara. Pero lo que me clavó en el piso fueron sus ojos. Estaban abiertos como platos, blancos, enormes en su carita morena. No me estaba mirando con curiosidad, ni con admiración por el coche. Me estaba mirando con terror. Puro y absoluto pánico.
Me encogí de hombros, restándole importancia, y tiré de la manija para abrir la puerta. El “clic” mecánico resonó en la calle vacía.
—¡No! —El grito rompió el silencio como un cristalazo. Fue agudo, desesperado—. ¡No abra la puerta, señor! ¡No se suba!
Me congelé. Mi mano se quedó suspendida en el aire. Volteé a verla, frunciendo el ceño. La niña estaba temblando visiblemente, y no creo que fuera solo por el frío. Había dado un paso hacia la calle, fuera del pasto, sus pies descalzos tocando el asfalto helado.
—¿Qué dijiste? —pregunté. Mi voz salió más rasposa y autoritaria de lo que pretendía. Estaba acostumbrado a mandar, a que la gente se cuadrara cuando yo hablaba.
La niña tragó saliva. Abrazaba una libreta de dibujo contra su pecho como si fuera un escudo antibalas. —Dije que no abra la puerta —repitió, pero esta vez su voz era un susurro que apenas cruzó la calle—. Vi a un hombre.
—¿Un hombre? —Me solté del coche y di un paso hacia ella, molesto. Mi reloj marcaba las 6:05. Iba a llegar tarde si seguía con esta tontería—. ¿De qué hablas, niña? ¿Un ladrón?
Ella negó con la cabeza frenéticamente, los rizos bailando alrededor de su cara. —No. No un ladrón. Un señor con sudadera y guantes negros. —Se le quebró la voz—. Estaba ahí… debajo de su carro.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Fue una sensación eléctrica que me recorrió la espina dorsal, un instinto primitivo que gritaba «peligro». —¿Debajo de mi carro? —repetí, incrédulo. Miré mi Porsche. Se veía impecable, intocable—. ¿Cuándo?
—Hace rato. Cuando todavía estaba oscuro —dijo ella, señalando con un dedo tembloroso—. Yo estaba dibujando en la ventana. Lo vi meterse abajo. Se tardó mucho. Y luego… luego vi la luz.
—¿Qué luz? —Mi paciencia se estaba agotando, pero el miedo empezaba a filtrarse en mi sistema.
—Una lucecita roja —susurró ella, cerrando los ojos un momento como si quisiera borrar la imagen—. Parpadeaba. Bip… bip… bip… Creo que puso algo ahí abajo, señor. Creo que es algo malo.
El mundo se detuvo. Literalmente. Dejé de escuchar el viento en los árboles. Dejé de sentir el frío. Mi mente, que segundos antes repasaba las cifras de la fusión con los japoneses, se puso en blanco. Bip. Bip. Bip.
Cualquier persona lógica me habría dicho que era una locura. Que era la fantasía de una niña aburrida. Pero había algo en su postura, en la forma en que sus nudillos estaban blancos de tanto apretar esa libreta. Los niños mienten para conseguir dulces o atención, no se paran descalzos en el frío a las seis de la mañana temblando de miedo para inventarle un cuento a un vecino que ni siquiera los saluda.
Me alejé del coche. Despacio. Paso a paso, caminando hacia atrás, sin quitarle la vista al chasis. —Quédate ahí —le ordené, sin voltear a verla.
Me agaché. Mis rodillas crujieron, el traje italiano rozando el asfalto sucio. No me importó. Puse las manos en el suelo y bajé la cabeza hasta que mi mejilla casi tocó el pavimento. La oscuridad debajo del auto era densa. Al principio no vi nada, solo el escape, la transmisión, fierros y grasa.
Pero entonces, mis ojos se ajustaron a la sombra. Justo detrás del neumático delantero izquierdo, pegado al chasis con lo que parecían imanes industriales, había un bloque. Era rectangular, negro mate, del tamaño de un ladrillo. Y ahí estaba. Un pequeño LED rojo, del tamaño de una cabeza de alfiler. Se encendió. Un segundo. Se apagó. Se encendió otra vez.
El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran dado un golpe en el estómago. Me caí hacia atrás, arrastrándome con los codos y los talones, raspando mis zapatos de diez mil pesos contra el cemento, alejándome del coche como si fuera una bestia a punto de morderme. El corazón me golpeaba las costillas tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.
No era una broma. No era un cuento. Había una bomba debajo de mi asiento.
Saqué mi celular con manos torpes, temblando tanto que casi se me cae dos veces. Marqué el número directo de Graves, mi jefe de seguridad. —¡Graves! —grité en cuanto contestó, mi voz sonando extraña, aguda, irreconocible—. ¡Trae a todos! ¡Ahora! ¡En mi casa! ¡Es una bomba, cabrón, hay una puta bomba en mi coche!
Colgué y me quedé ahí, tirado en medio de la calle más exclusiva de México, jadeando, viendo cómo ese auto perfecto se convertía en mi ataúd potencial. Si hubiera girado la llave… si hubiera acelerado… ahora mismo sería una mancha en el pavimento. Carne quemada y metal retorcido.
Levanté la vista. La niña seguía ahí. No se había movido ni un centímetro. Sus ojos grandes seguían fijos en mí. Me puse de pie, tambaleándome, y crucé la calle. Mis piernas parecían de gelatina. Me detuve frente a ella. De cerca se veía aún más pequeña, más frágil. Olía a jabón barato y a mañana fría.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté. Mi voz ya no era autoritaria. Era la voz de un hombre que acaba de ver a la muerte a los ojos y ha sobrevivido de milagro. —Sarita —dijo ella, bajando la mirada—. Sarita Ellis. —Sarita —repetí, saboreando el nombre como si fuera una oración—. Sarita, escúchame bien. Acabas de… no tienes idea de lo que acabas de hacer.
A lo lejos, escuché el rugido de las camionetas blindadas de mi seguridad acercándose a toda velocidad, rompiendo la paz de Las Lomas. Las sirenas, los frenazos, el caos estaba por llegar. Pero en ese segundo, en esa burbuja de tiempo entre la vida y la muerte, solo existíamos ella y yo.
Ella me miró con timidez y me extendió la libreta que tenía en las manos. —Dibujé al señor —dijo en voz baja—. Por si la policía lo necesita. Miré el papel. Eran trazos de lápiz, un poco chuecos, infantiles. Pero ahí estaba: el Porsche, el hombre agachado, la sudadera con capucha. Y un detalle. Un detalle que la niña había capturado con la inocencia de quien solo dibuja lo que ve, sin entender el veneno que hay detrás. En la muñeca del hombre dibujado, colgando de una cadena, había un dije. Una letra “K”.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. El miedo a la bomba desapareció y fue reemplazado por algo mucho peor. Un frío que me congeló las entrañas. Ese dije. Yo lo conocía. Yo lo había comprado en Tiffany’s hace diez años. Se lo había puesto en el cuello a mi esposa, Karina, la noche que celebramos nuestro primer millón de dólares. “Es para que nunca olvides quién eres, K”, le había dicho.
Miré hacia mi casa. Hacia la ventana del segundo piso donde Karina supuestamente dormía plácidamente. La bomba no la puso un extraño. El enemigo no estaba afuera. El enemigo estaba durmiendo en mi cama.
CAPÍTULO 2: LA FIRMA DE LA TRAICIÓN
El sonido de la seguridad llegando no fue el de las sirenas estridentes de la policía. Mi gente no trabaja así. Mi gente llega como la tormenta: rápida, pesada y eficiente.
Veintidós minutos exactos después de mi llamada, dos camionetas Suburban negras, blindadas hasta los dientes y con los vidrios tan oscuros que parecían agujeros negros, derraparon en la esquina de mi calle. El rechinar de las llantas sobre el asfalto rompió la quietud de Las Lomas. Se detuvieron en seco formando una barrera visual entre mi Porsche y el resto del mundo.
Las puertas se abrieron al unísono. Bajaron cuatro hombres y una mujer, todos vestidos con ropa táctica azul marino, sin logotipos, pero con ese aire inconfundible de quien sabe matar con las manos desnudas si hace falta. Eran mi equipo de seguridad privada, “Grupo Aegis”. Exmilitares, exmarines, gente a la que le pago una fortuna para que mi burbuja de cristal no se rompa.
Graves, el jefe del equipo, corrió hacia mí. Es un tipo enorme, un ropero de dos metros con corte militar y una cicatriz que le cruza la ceja izquierda. Normalmente es la persona más tranquila que conozco, pero hoy tenía la cara descompuesta.
—¡Señor Reyes! —bramó, escaneando el perímetro con una pistola Glock 9mm ya desenfundada pero pegada al pecho—. ¿Está herido? ¿Dónde está la amenaza?
Yo estaba recargado en el tronco de un árbol, a unos diez metros del coche, tratando de controlar el temblor de mis manos metiéndolas en los bolsillos del pantalón. Sentía la boca seca, con ese sabor metálico que te deja la adrenalina cuando se empieza a bajar.
—El coche, Graves —dije, y me sorprendió lo ronca que sonaba mi voz—. Abajo del chasis. Lado del conductor.
Graves no hizo preguntas estúpidas. Hizo una señal con la mano y su equipo se desplegó. Dos aseguraron el perímetro, bloqueando la calle. McCrae, la mujer del equipo, la única experta en explosivos que conozco que puede desactivar una bomba mientras masca chicle, sacó un espejo telescópico y se deslizó pecho tierra hacia el Porsche.
El silencio volvió a caer sobre la calle, pero ahora era un silencio denso, cargado de electricidad estática. Yo miraba fijamente a McCrae. Veía cómo sus botas tácticas se quedaban inmóviles mientras revisaba el infierno que estaba pegado a mi auto.
Segundos que parecieron horas. Finalmente, McCrae se arrastró hacia atrás y se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Su rostro estaba pálido, y eso me asustó más que cualquier grito. Se acercó a nosotros, se quitó los lentes oscuros y me miró directo a los ojos.
—Señor… —empezó, y tuvo que carraspear—. Es un dispositivo de movimiento. Carga de C4 plástico con un detonador de mercurio.
Sentí que las rodillas se me doblaban. C4. Eso no es para asustar. Eso es para borrarte del mapa.
—¿Qué tan sensible? —preguntó Graves, con la mandíbula apretada.
—Sensible a la presión y a la aceleración —respondió McCrae, sin dejar de mirarme—. Si el señor Reyes se hubiera sentado, el peso habría armado el circuito. Si hubiera encendido el motor y acelerado… —hizo una pausa y miró el coche brillante—. Bueno, digamos que la explosión habría arrancado las ventanas de las casas a cincuenta metros a la redonda. No habríamos encontrado ni los dientes del señor Reyes.
El mundo me dio vueltas. Ni los dientes. Me pasé la mano por el cabello, jalándolo un poco para sentir dolor, para asegurarme de que seguía vivo. —Gracias, McCrae —murmuré.
—No me agradezca a mí, jefe —dijo ella, guardando su espejo—. Alguien le avisó. Si usted hubiera tocado ese acelerador, yo estaría recogiendo sus pedazos con una cuchara.
Miré al otro lado de la calle. Sarita seguía ahí. La pequeña figura en pijama morada no se había movido. Estaba medio escondida detrás de un arbusto de hortensias azules, abrazando su libreta de dibujo como si su vida dependiera de ello. Sus ojos grandes seguían fijos en todo el despliegue de seguridad, pero no parecía asustada de las armas, sino de la situación.
Graves siguió mi mirada. —¿Esa niña? —preguntó, incrédulo. —Esa niña —asentí.
Me ajusté los puños de la camisa, intentando recuperar un poco de la dignidad que había perdido arrastrándome por el suelo, y crucé la calle de nuevo. Mi corazón todavía latía como un tambor de guerra, pero necesitaba verla. Necesitaba entender.
Me detuve a dos pasos de ella. Ahora que la adrenalina bajaba, me di cuenta de lo absurda que era la imagen: yo, Jonathan Reyes, el tiburón de los negocios en un traje de tres mil dólares, parado frente a una niña con una sudadera desgastada y mocos secos en la nariz. Me agaché para quedar a su altura. Mis rodillas protestaron, pero no me importó.
—Oye… —empecé, tratando de suavizar mi voz. No soy bueno con los niños. Nunca quise tenerlos. Siempre pensé que eran una distracción, un pasivo en el balance general de la vida. Qué ironía—. Sarita, ¿verdad?.
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior. —Sarita Ellis.
—Sarita… —Suspiré, buscando las palabras—. Lo que hiciste… McCrae, la señora de allá, dice que me salvaste la vida. Literalmente.
Ella parpadeó, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia. —Yo no estaba segura —susurró, su voz temblando—. Casi no digo nada. Me dio miedo que usted me regañara. Los adultos siempre nos regañan cuando nos metemos donde no debemos.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces había ignorado a gente como ella? ¿Cuántas veces había pasado por esta calle sin siquiera notar que existía una niña que dibujaba en la ventana? —Pero lo hiciste —dije con firmeza—. Gritaste. Y eso es lo que cuenta.
Detrás de nosotros, el escuadrón antibombas de la policía empezaba a llegar, seguramente alertados por mis contactos o por algún vecino chismoso. El cerco se cerraba. Los vecinos empezaban a asomarse por las ventanas, confundidos y asustados. El espectáculo estaba por comenzar.
—Tu mamá… ¿dónde está? —le pregunté. —Trabaja de noche —dijo bajito—. En el hospital. Es intendente. Llega en un rato. —¿Y estabas sola? —Sí. Me gusta dibujar cuando sale el sol. Es cuando hay más silencio.
Mis ojos bajaron a la libreta que tenía apretada contra el pecho. Recordé lo que me había dicho antes de que llegara Graves. «Dibujé al señor». —Sarita… —Estiré la mano despacio, como si quisiera tocar a un animal asustado—. Ese dibujo… ¿puedo verlo otra vez? Por favor.
Ella dudó un segundo. Sus deditos apretaron el papel barato. Luego, con un suspiro tembloroso, me tendió la libreta abierta. Tomé el cuaderno. El papel estaba arrugado por la fuerza con la que lo había sostenido. Ahí estaba. Un boceto hecho con lápiz de carbón. Trazos rápidos, nerviosos, pero increíblemente precisos para una niña de su edad. Se veía la forma inconfundible del Porsche. Se veía la figura encapuchada agachada bajo el chasis.
—Era un hombre —dijo ella, señalando el dibujo—. Tenía la cara tapada con la gorra de la sudadera. Y miraba para todos lados, como si tuviera miedo de que lo vieran.
Acerqué el dibujo a mi cara. Mis ojos de analista, esos que uso para encontrar errores en contratos de millones de dólares, escanearon el papel buscando detalles. Y entonces lo vi. El detalle que había pasado por alto la primera vez por el pánico.
Sarita había dibujado la mano del hombre apoyada en el suelo para impulsarse. Y en la muñeca, saliendo de la manga de la sudadera, había algo colgando. Una cadena fina. Y un dije.
La niña había dibujado la forma con cuidado. No era un garabato. Era una letra clara, angular. Una “K”.
Sentí que el aire se volvía sólido a mi alrededor. El ruido de la calle, las voces de Graves dando órdenes, el viento… todo desapareció. Solo existía esa letra en el papel. Mi pulso se disparó, pero esta vez no fue por miedo a morir. Fue por algo mucho más doloroso. Fue como si me hubieran arrancado el corazón y me lo hubieran enseñado latiendo.
—¿Viste esto? —pregunté, mi voz sonando extraña, hueca. Señalé el dije en el dibujo.
Sarita asintió inocentemente. —Sí. Brillaba. Cuando le pegó la luz del poste, brilló doradito. Parecía una letra.
Cerré los ojos un momento. La imagen vino a mi mente como un flashazo de una película de terror. Hace diez años. Nueva York. La Quinta Avenida. Yo, mucho más joven, mucho más ingenuo, entrando a Tiffany’s con el primer cheque grande que cobré de Reese Tech. Quería algo especial para Karina. Algo que simbolizara que lo habíamos logrado. Compré una cadena de oro italiano con un dije de diamantes incrustados. Una “K”. “K de Karina”, le dije mientras se lo abrochaba al cuello frente al espejo del hotel. “Para que siempre sepas que eres la reina de todo esto”. Ella lloró ese día. Me dijo que nunca se lo quitaría.
Y nunca lo hizo. Lo traía puesto ayer en la cena. Lo traía puesto hace una semana en la gala benéfica. Era su amuleto. Su firma.
Un nudo nauseabundo se formó en mi estómago. ¿Cómo carajos terminó ese dije en la muñeca del hombre que intentó volarme en pedazos? ¿Se lo prestó? ¿Se lo dio como pago? ¿O acaso…?
La idea era tan monstruosa que mi mente quiso rechazarla. No, Jonathan, no mames. Es tu esposa. Llevan doce años juntos. Ella te cuida cuando tienes gripe. Ella organiza tus cumpleaños. Pero luego pensé en los últimos meses. Las llamadas a deshoras que colgaba cuando yo entraba al cuarto. Los “viajes de caridad” que se habían vuelto más frecuentes. La frialdad en la cama. Esa distancia que yo achaqué al estrés del trabajo.
Abrí los ojos y miré hacia mi casa. Esa fortaleza de concreto y cristal que construí para nosotros. Karina estaba ahí adentro. Probablemente “durmiendo”. O tal vez estaba parada detrás de las cortinas blackout del dormitorio principal, esperando escuchar el BUM que la convertiría en la viuda más rica de México.
La ira empezó a subir por mi pecho. No era una ira caliente y explosiva. Era una ira fría, glaciar, calculadora. La misma ira que usaba para destruir a mis competidores, pero multiplicada por mil.
Me levanté despacio, devolviéndole la libreta a Sarita con una suavidad que no sentía por dentro. —Gracias, Sarita —le dije. Mi voz sonaba muerta—. No tienes idea de lo que acabas de hacer.
Me di la media vuelta y caminé hacia Graves, que estaba coordinando con la policía local para que no hicieran un circo mediático. —¡Graves! —Lo llamé.
Él se acercó trotando. —Señor, ya aseguramos el perímetro. La policía se hará cargo del artefacto, pero nosotros… —Cállate y escúchame —lo interrumpí. Lo agarré del brazo y lo jalé lejos de los policías, hacia la sombra de uno de los árboles—. Quiero que hagas tres cosas. Y las quiero para ayer.
Graves se cuadró, notando el cambio en mi tono. Ya no hablaba la víctima. Hablaba el jefe. —Dígame, señor.
—Primero: quiero todas las grabaciones de seguridad de todas las casas de esta pinche cuadra. De las últimas 24 horas. No me importa cuánto tengas que sobornar a los vecinos o hackear sus sistemas. Consíguelas.
—Entendido.
—Segundo: corre reconocimiento facial a cualquier cabrón que aparezca en esos videos cerca de mi casa entre las 3 y las 6 de la mañana. Quiero nombre, apellido, dirección y qué comió ayer.
—Hecho. ¿Y lo tercero?
Me quedé callado un segundo, mirando hacia la ventana de mi dormitorio. Sentí un dolor agudo en el pecho, como si el corazón se me estuviera rompiendo físicamente. —Quiero que investigues a mi esposa —solté.
Graves parpadeó. Su máscara de profesionalismo resbaló por un segundo. —¿A la señora Karina, señor? —Me escuchaste. Quiero ver sus estados de cuenta, sus llamadas, sus mensajes, sus ubicaciones de GPS de los últimos seis meses. Todo. Si se compró un chicle, quiero saber de qué sabor fue.
—Señor… —Graves bajó la voz, mirando a los lados—. Si hacemos eso, es ilegal. Y si ella se entera… —¡Me vale madres si es ilegal! —siseé, acercándome a su cara—. Esa bomba no llegó ahí sola, Graves. Y ese dibujo… —Saqué mi celular y le tomé una foto rápida a la página de la libreta de Sarita antes de guardarlo—. Ese dibujo tiene una pista que me dice que el enemigo no saltó la barda. El enemigo le abrió la puerta.
Graves vio la furia en mis ojos. Asintió una vez, seco. —Entendido, señor. Lo tendré en su escritorio en una hora.
—Y Graves —añadí, bajando la voz aún más—, pon seguridad en la casa de esa niña. Discreta. Que nadie los vea. Si alguien respira cerca de ella, quiero saberlo. Ella es el único testigo que tenemos. Y si mi sospecha es cierta… ella también está en peligro.
Me di la vuelta y miré mi casa de nuevo. Se veía igual que siempre: imponente, lujosa, perfecta. Pero ahora sabía que era una mentira. Una fachada brillante que escondía podredumbre en los cimientos. Apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
«Querías jugar, Karina», pensé, sintiendo cómo la tristeza se convertía en veneno. «Querías quedarte con todo. Pues felicidades. Acabas de despertar al diablo. Y no tienes idea de lo que se te viene encima».
Me ajusté el saco, ignorando el polvo en mis pantalones, y caminé hacia la camioneta blindada de Graves. No iba a entrar a mi casa. No todavía. No podía ver a Karina a la cara sin vomitar o sin ahorcarla ahí mismo. Necesitaba pruebas. Necesitaba estar seguro. Y luego… luego la destruiría.
CAPÍTULO 3: LA OSCURIDAD EN CASA
Esa noche, mi casa en Las Lomas, que normalmente me parecía un santuario de mármol y tecnología, se sentía como una tumba. O peor, como una jaula donde la presa y el depredador dormían bajo el mismo techo.
Me encerré en mi despacho a las 8:00 p.m. y le dije a la empleada doméstica que no me molestara, que tenía conferencias con Tokio. Mentira. Lo único que tenía era una botella de Blue Label a la mitad, tres monitores de alta resolución y un nudo en el estómago que ni el whisky más caro podía desatar.
Afuera, el cielo de la Ciudad de México se había puesto de ese color azul marino sucio, típico de cuando la contaminación atrapa las nubes. Adentro, mi mundo se había reducido a píxeles y sombras.
Graves y su equipo habían trabajado rápido. Demasiado rápido para mi gusto, porque cada archivo que me enviaban era un clavo más en el ataúd de mi matrimonio. Tenía frente a mí las grabaciones de seguridad de tres casas vecinas y la cámara Ring de la casa de los Ellis.
Le di un trago largo al vaso, sintiendo cómo el alcohol me quemaba la garganta pero no lograba calentar el frío que tenía en los huesos. —A ver, hijo de tu puta madre… vamos a ver quién eres —murmuré, dándole play al video.
Era la grabación de la cámara del vecino de enfrente. 4:56 a.m. La imagen era granulada, en blanco y negro, con esa calidad fantasmal de las cámaras nocturnas. Ahí estaba. Una figura encapuchada caminando por la banqueta. Sudadera oscura, pantalones holgados. Se movía pegado a las sombras, evitando las farolas. Lo vi acercarse a mi entrada. Lo vi agacharse junto al Porsche. 4:57 a.m. El tipo se deslizó bajo el chasis.
Acerqué la cara al monitor, forzando la vista. —Vamos… dame algo —susurré. Y entonces, sucedió. Justo cuando el tipo sacaba la mano para acomodar el imán de la bomba, un rayo de luz de un coche que pasaba a dos cuadras iluminó el ángulo perfecto. Fue solo un segundo. Un destello. Pausé el video. Hice zoom. La imagen se pixeló, pero ahí estaba, inconfundible. Colgando de su muñeca derecha, brillaba un dije. Una pequeña “K” dorada.
Me dejé caer en el respaldo de mi silla de piel, sintiendo que me faltaba el aire. No era una alucinación. No era un error de Sarita. Ese era el collar de Karina. El collar que yo le regalé cuando nuestra empresa, Reese Tech, facturó su primer millón. Recuerdo perfectamente ese día. Estábamos cenando en el Pujol, celebrando. Le puse el collar y ella me besó con esa pasión que yo creía eterna. Me dijo que era su amuleto, que le recordaba dónde empezamos.
¿Dónde estaba ese collar ahora? Me levanté, caminando como un león enjaulado por la alfombra persa. Pensé en subir a la recámara principal. Pensé en buscar en su joyero. Pero si el collar no estaba ahí, ¿qué iba a hacer? ¿Despertarla? ¿Gritarle? No. Si la confrontaba ahora, ella lo negaría. Diría que lo perdió, que se lo robaron. Necesitaba más. Necesitaba estar blindado antes de disparar.
Regresé al monitor. Graves había subido otro archivo: el video de la cámara de seguridad de la casa de Sarita. Este tenía un ángulo diferente, más frontal. Le di play. El hombre salía de debajo del coche. Se sacudía las rodillas. Y luego, empezó a caminar para alejarse. Me quedé helado. —No mames… —susurré.
El tipo no caminaba normal. Tenía un ritmo extraño, asimétrico. Arrastraba ligeramente el pie izquierdo, como si le doliera, o como si tuviera una lesión vieja. Un paso firme, un paso arrastrado. Toc… shhh… Toc… shhh… Conocía ese paso. Mi cerebro, esa máquina de datos que me había hecho rico, empezó a buscar en mis archivos mentales. Fragmentos de recuerdos de hace diez años. Fiestas, reuniones, juzgados.
—Esa cojera… yo conozco esa pinche cojera —dije en voz alta. Me froté las sienes, sintiendo una migraña nacer detrás de mis ojos. Un nombre surgió de la oscuridad de mi memoria. Un nombre que no había pronunciado en una década. Kyle. Kyle Merrick.
El exnovio de Karina. El “genio” informático que intentó demandarme cuando Reese Tech despegó, alegando que yo le había robado el código fuente. Una mentira. Kyle era un mediocre con delirios de grandeza. La demanda se cayó por falta de pruebas, y él quedó en la ruina, desacreditado y humillado. Siempre sospeché que Kyle no actuaba solo, que era un títere movido por el rencor. Pero Karina… Karina juró que lo odiaba. Juró que él estaba loco.
¿Y si nunca dejaron de hablarse? ¿Y si durante todos estos años, mientras yo construía mi imperio, ella mantenía a su “mascota” en la reserva, esperando el momento justo?
La puerta del despacho se abrió sin tocar. Solo una persona tenía permiso para hacer eso. Graves entró. Traía una carpeta color manila bajo el brazo y una memoria USB en la mano. Se veía cansado, pero sus ojos estaban alertas, fríos. —Señor —dijo, cerrando la puerta con suavidad—. Ya tenemos el análisis preliminar.
Me serví otro trago. No le ofrecí uno. —Dímelo, Graves. Sin anestesia. —El reconocimiento facial no es concluyente por la capucha. Pero el análisis de la marcha coincide al 98% con los registros médicos de un sujeto conocido.
Graves conectó el USB a mi pantalla gigante. Apareció un video antiguo, de un noticiero de hace diez años. Era Kyle Merrick saliendo de los juzgados, furioso, gritando a las cámaras. Caminaba cojeando. —Kyle Merrick —dije, sintiendo el sabor amargo de la bilis.
—Aquí es donde se pone interesante, señor —Graves abrió la carpeta—. Kyle Merrick vive en Toronto desde hace dos años. No tiene registro de entrada a México. —¿Entonces? —Fruncí el ceño. —Pero su hermano, Devon Merrick… —Graves sacó una foto reciente. Era idéntico a Kyle, misma complexión, misma cara de resentimiento—. Devon cruzó la frontera por Tijuana hace seis semanas usando una identificación falsa. Y adivine qué… Devon tiene la misma cojera. Fue un accidente de moto que tuvieron juntos de adolescentes.
—Devon… —Repetí el nombre. El hermano. El suplente. —Rastreamos sus movimientos —continuó Graves, implacable—. Ha estado quedándose en moteles de paso en la salida a Cuernavaca. Y hemos detectado transferencias de dinero a una empresa fantasma que paga sus facturas.
—¿Quién paga? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Graves dudó un segundo. Era un profesional, pero decirle a tu jefe que su esposa está financiando a su asesino no es fácil. —La cuenta de origen está a nombre de una sociedad anónima en Panamá. Pero la dirección IP desde donde se autorizan las transferencias… es esta casa, señor. Específicamente, el iPad personal de la señora Karina.
Cerré los ojos. Sentí que el piso se movía. No solo le dio el collar. Le estaba pagando. Estaba financiando mi ejecución con mi propio dinero. Con el dinero que yo ganaba mientras ella jugaba a ser la dama de sociedad.
—Hay más —dijo Graves. Su voz bajó una octava, volviéndose sombría—. Hackeamos la nube de respaldo de la asistente personal de la señora. Encontramos un borrador de correo. Autosguardado, nunca enviado. Me pasó una hoja impresa. La tomé con dedos entumidos.
Asunto: Estrategia Post-Transición. Cuerpo del mensaje: «Tras la trágica y repentina pérdida de Jonathan, nuestra prioridad inmediata será estabilizar la confianza de los accionistas. Es vital comunicar que el legado de Reese Tech está seguro. Yo, Karina Reese, asumiré el rol de CEO interina con el respaldo total del consejo consultivo…».
Leí las líneas una y otra vez. “Trágica y repentina pérdida”. No era un divorcio. No era una pelea. Estaban redactando mi obituario. Estaban planeando qué ropa usarían en mi funeral mientras yo seguía respirando.
—Pensaron que parecería un accidente en la carretera —murmuré, mi voz sonando muerta—. Iba a morir en una bola de fuego en la autopista a Querétaro. Y ella… ella iba a salir llorando en las noticias, vestida de negro, haciéndose la víctima. “Pobre viuda valiente”.
Tiré la hoja al escritorio con asco. —Casi lo logran, Graves. Casi me chingan.
—Señor… —Graves dio un paso adelante—. Tenemos suficiente para ir a la policía. Intento de homicidio, conspiración. El Ministerio Público la detendría esta misma noche.
Me levanté y caminé hacia la ventana que daba al jardín. Veía las luces de la ciudad a lo lejos, indiferentes a mi desgracia. —No —dije tajante. —Señor, es peligroso tenerla aquí. —Si vamos a la policía ahora, sus abogados alegarán demencia, o estrés, o dirán que las pruebas fueron obtenidas ilegalmente. Pagarán fianzas. Saldrán libres en dos años por “buena conducta”.
Me giré para ver a Graves. Mi reflejo en el vidrio mostraba a un hombre más viejo, más gris, con una mirada que ya no tenía brillo, solo fuego frío. —No quiero que la arresten, Graves. Quiero destruirla. Quiero que cuando caiga, no quede ni polvo. —¿Qué tiene en mente? —Quiero saber quién más está en esto. Quiero cada nombre, cada contacto que haya tenido en los últimos 60 días. ¿Quién en la empresa sabe? ¿Quién en la junta directiva la apoya? Porque ese correo habla de “respaldo del consejo”. Eso significa que hay traidores dentro de mi edificio.
—Entendido. ¿Y qué hacemos con ella mientras tanto? —Nada. Dejamos que crea que ganó. Dejamos que crea que el plan falló por un error técnico, no porque yo sé la verdad.
—Señor, hay una cosa más —Graves sacó un último papel—. Llegó una notificación de la aseguradora hace una hora. —¿Qué? —Hace tres semanas, se hizo un ajuste a su póliza de seguro de vida. Un aumento repentino. El beneficiario sigue siendo Karina Reese. Pero el monto… Graves señaló la cifra. —Veinte millones de dólares.
Me reí. Fue una risa seca, sin humor, que sonó como un ladrido en el silencio del despacho. —Veinte millones. Ese es mi precio. Valgo más muerto que vivo para ella. Cerré la laptop de golpe.
—Graves. —¿Sí, señor? —¿Qué sabemos de la niña? ¿De Sarita? —Madre soltera, Marsha Ellis. Trabaja doble turno. No tienen antecedentes. Son gente buena, señor. Gente que vive al día. —Ella es el cabo suelto —dije, pensando en sus ojos asustados—. Si Karina o Devon se enteran de que fue una niña la que vio la bomba… van a ir por ella.
Graves asintió gravemente. —¿Ponemos vigilancia? —Sí. Pero invisible. Nada de uniformes. Renta la casa de al lado si es necesario. Pon cámaras, micrófonos, guardias vestidos de jardineros. Lo que sea. No quiero que nadie se le acerque. —Lo haré ahora mismo.
—Graves —lo detuve antes de que saliera—. Esa niña… ella me vio. No vio al millonario. No vio al CEO. Vio a un hombre en peligro y gritó. Le debo la vida. Si le pasa algo a un solo pelo de su cabeza, te juro que quemo esta ciudad.
—Estará segura, señor.
Graves salió. Me quedé solo en la penumbra. Subí las escaleras hacia mi habitación. El pasillo estaba en silencio. Abrí la puerta del dormitorio principal con cuidado. Ahí estaba Karina. Dormida en la cama king size, con sábanas de seda egipcia. Se veía tan tranquila, tan hermosa. Su respiración era suave. Me acerqué a la cama. La miré. Hace 24 horas, la habría mirado con amor. Ahora, solo veía a un monstruo con piel de ángel. Vi su muñeca sobre la sábana. Desnuda. No tenía el brazalete. No tenía el dije. Claro que no. Se lo había dado a su amante asesino como promesa de pago.
Me dieron ganas de despertarla. De ponerle el video en la cara. De gritarle hasta romperme la garganta. Pero me contuve.
«Los sobrevivientes no olvidan», pensé, apretando los dientes. «Se preparan».
Me di la media vuelta y salí del cuarto. No iba a dormir ahí. No volvería a dormir ahí nunca más. Me fui a la habitación de huéspedes, cerré con llave y me senté en la orilla de la cama, mirando hacia la pared. La guerra había empezado. Y ella no tenía idea de que su “víctima” acababa de convertirse en el cazador.
CAPÍTULO 4: EL PLAN MAESTRO
Dormir en la misma casa que tu asesina es una experiencia que te cambia la química del cerebro. Pasé la noche en la habitación de huéspedes con una silla trabada bajo la manija de la puerta, escuchando cada crujido de la madera, cada susurro del viento, imaginando que eran pasos acercándose para terminar lo que la bomba no pudo.
A las 7:00 a.m., salí de la casa antes de que Karina despertara. No podía verla. No podía oler su perfume de nardos y fingir que no me daban ganas de vomitar. Dejé una nota escueta en la cocina: “Reuniones de emergencia. No me esperes”.
Pero no fui a la oficina. No de inmediato. Sentía una necesidad física, casi dolorosa, de ver algo puro. Algo real. Mi vida se había convertido en un pantano de mentiras, contratos falsos y sonrisas venenosas. Necesitaba recordar por qué diablos había sobrevivido.
Manejé la camioneta blindada —ya no usaría el Porsche nunca más— hacia la casa de los Ellis. No avisé que iba. Simplemente llegué. Me estacioné frente a su pequeña casa de fachada despintada. En la luz del día, la pobreza del lugar era más evidente: la reja oxidada, el jardín que era más tierra que pasto, las ventanas con protecciones de herrería barata. Pero ahí, en esa casa humilde, vivía más dignidad que en toda mi mansión de Las Lomas.
Toqué la puerta. Marsha abrió. Todavía traía su uniforme de enfermera, con los ojos rojos de no haber dormido. Se tensó al verme, llevándose una mano al cuello de su suéter. —Señor Reyes… —dijo, con ese tono de disculpa automática que tiene la gente trabajadora frente a los ricos—. Lo siento, si mi hija causó problemas…
—Su hija me salvó la vida, señora Ellis —la interrumpí, quitándome las gafas oscuras—. No vengo a reclamar. Vengo a… necesito verla. Por favor.
Marsha dudó. Me escaneó con la mirada, buscando arrogancia, pero creo que solo vio cansancio y desesperación. Se hizo a un lado. —Está desayunando. Pásele.
La casa olía a pan tostado y café de olla. Sarita estaba sentada en una mesa pequeña con mantel de plástico, cuchareando un plato de cereal. Cuando me vio, se le abrieron los ojos. Llevaba el uniforme de la escuela: una falda gris y un suéter verde que ya le quedaba un poco corto de las mangas. Me acerqué y me hinqué en el piso de linóleo para quedar a su altura.
—Hola, Sarita —dije. —Hola —respondió ella, tímida, bajando la cuchara.
Metí la mano en el bolsillo de mi saco y saqué una caja rectangular envuelta en papel azul marino con un listón plateado. No era dinero. El dinero ensucia las cosas a veces. Era algo más personal. —Te traje algo —le dije, extendiéndole la caja—. No son juguetes. Escuché que te gusta dibujar.
Ella tomó el regalo con sus manitas, tocando el listón con reverencia. Lo abrió con cuidado, sin romper el papel. Dentro había un estuche profesional de lápices de grafito, carboncillo y pasteles. De los caros. De los que usan los artistas de verdad. Sus ojos brillaron. Fue la primera vez que la vi sonreír de verdad. Una sonrisa chimuela y genuina que iluminó la cocina oscura. —¡Son un montón! —exclamó. —Son para que sigas dibujando lo que ves —le dije suavemente—. Porque tú ves cosas que los demás ignoramos.
Se quedó callada un momento, acariciando los lápices. Luego me miró, poniéndose seria de golpe. —¿Todavía tiene miedo? —me preguntó. La pregunta me tomó por sorpresa. Marsha, parada junto a la estufa, contuvo el aliento. —Sí —admití. No tenía sentido mentirle a ella—. A veces. Pero ya no estoy paralizado. —Mi mamá dice que ser valiente no es no tener miedo —dijo Sarita, repitiendo una lección que seguramente había escuchado mil veces—. Es hacer lo correcto aunque te tiemblen las piernas.
Sentí un nudo en la garganta. Esa niña de ocho años, comiendo cereal genérico en una mesa coja, tenía más sabiduría que todo mi consejo directivo. —Tu mamá tiene razón —dije, poniéndome de pie—. Gracias, Sarita. Por despertarme.
Antes de irme, me giré hacia Marsha. —Señora Ellis, hay hombres afuera. En un coche negro al final de la calle. Son míos. No se asuste. Están aquí para cuidarlas. Marsha frunció el ceño, preocupada. —¿Estamos en peligro? —Solo por precaución. No voy a dejar que nada les pase. Tienen mi palabra.
Salí de esa casa sintiéndome diferente. Ya no era la víctima. Ya no era el esposo engañado. Ahora tenía una deuda. Y Jonathan Reyes siempre paga sus deudas.
Llegué a mi oficina en el piso 40 de la Torre Reforma a las 9:30 a.m. El ambiente en Reese Tech era el de siempre: teléfonos sonando, ejecutivos corriendo con cafés de Starbucks, el zumbido del aire acondicionado. Nadie sabía que su CEO había estado a un segundo de convertirse en carne molida el día anterior.
Entré a mi oficina privada. Graves ya estaba ahí, esperándome. El escritorio estaba cubierto de papeles. Archivos financieros, registros de llamadas, y una carpeta roja etiquetada: “Proyecto Contingencia KM”.
—Señor —dijo Graves, sin preámbulos—. Encontramos el motivo. No era solo odio. Era prisa. Señaló un correo impreso que habían recuperado de los servidores privados de Karina. Asunto: Opción de Contingencia KM. Fecha: Hace cuatro meses.
Contenido: “Si el seguro se aprueba, usaremos los votos por poder para activar la transferencia de acciones. El público simpatizará con la viuda. Una vez que Reyes esté fuera del camino, la junta directiva se doblará” .
—”Fuera del camino” —leí en voz alta. Las palabras sabían a ceniza—. No solo querían que me muriera. Querían borrarme. Querían mi silla, mi nombre y mi dinero. —El seguro de vida de 20 millones era solo la cereza del pastel —explicó Graves—. El verdadero premio es el control de la compañía. Karina ha estado comprando lealtades en la junta directiva silenciosamente. Con usted muerto, ella tendría el control total.
Me fui hacia el ventanal de piso a techo. La ciudad se extendía abajo, gris y caótica. —Ella cree que soy estúpido, Graves. Cree que soy un nerd de las computadoras que no ve más allá de su pantalla. —Es una sociópata, señor. Subestimó su capacidad de respuesta.
Me giré, sintiendo una calma fría invadirme. —Vamos a darle lo que quiere. Graves arqueó una ceja. —¿Señor? —Ella quiere a un Jonathan Reyes débil. Quiere a un Jonathan Reyes vulnerable. Vamos a dárselo. Vamos a poner la carnada.
Empecé a caminar por la oficina, la mente trabajando a mil por hora, diseñando la trampa. —Graves, quiero que filtres un rumor. Hoy mismo. Que llegue a los oídos de los asistentes, de los choferes, de las secretarias. Que se corra como la pólvora. —¿Qué rumor? —Que estoy destrozado. Que el “incidente” de la bomba —aunque no se hizo público, diremos que fue una amenaza de secuestro— me rompió los nervios. Que voy a retirarme anticipadamente .
Graves asintió, entendiendo a dónde iba. —¿Y qué más? —Que voy a pasar el fin de semana solo. Completamente solo. En mi casa de campo en Valle de Bravo. Sin seguridad. Sin personal. Solo yo, “reflexionando sobre mi futuro” y firmando los papeles para ceder el control de la empresa.
—Eso atraerá a Devon —dijo Graves—. Está desesperado. Se le acabó el dinero que Karina le mandó. Si cree que usted está solo y vulnerable… —Vendrá a terminar el trabajo —completé la frase—. Es su última oportunidad. Si yo “renuncio” y desaparezco, él no cobra. Él necesita que yo muera para que Karina cobre el seguro y le pague.
—Es arriesgado, señor. Si Devon viene armado… —Quiero que venga armado. Quiero que venga con todo lo que tenga. Porque nosotros vamos a estar esperándolo.
—¿Y la señora Karina? —A ella… —Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos—. A ella la voy a invitar a una reunión privada antes de irme a Valle. Le diré que voy a firmar los papeles del traspaso. Que ella ganó. Que quiero que sea la nueva CEO.
Graves anotó todo en su tableta. —¿Lugar de la reunión con ella? —La bodega industrial vieja en Azcapotzalco. La que compramos para los servidores y nunca usamos. Le diré que es por discreción, para que la prensa no nos vea. —Ella sospechará. —No si le digo lo que quiere escuchar. Su ego es su punto débil. Ella cree que es más lista que yo. Cree que ya me venció.
Me senté en mi silla de cuero, sintiéndome como un general moviendo tropas antes de la batalla final. —Prepara la bodega, Graves. Quiero cámaras ocultas. Micrófonos de alta fidelidad. Quiero que cada palabra que salga de su boca quede grabada en 4K. Y quiero una transmisión en vivo. —¿Transmisión para quién? —Para la junta directiva. Cita a una reunión extraordinaria del consejo a la misma hora. Diles que tengo un anuncio importante. Ponles la transmisión en la pantalla gigante de la sala de juntas. Que vean en tiempo real quién es su “nueva CEO”.
Graves cerró la carpeta con un golpe seco. —Esto va a ser una masacre, señor. —No, Graves. Esto va a ser justicia. Limpieza de la casa. Piso por piso.
Pasé el resto del día actuando mi papel. Caminé por los pasillos arrastrando los pies, con la mirada perdida. Le grité a un asistente por un café frío. Me encerré en mi oficina. Dejé que los rumores crecieran. A las 4:00 p.m., los chismes ya volaban por WhatsApp. “El jefe se volvió loco”, “Reyes se va a retirar”, “Está paranoico”. Perfecto.
A las 6:00 p.m., mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido. Era Devon. O bueno, una señal de que Devon estaba mordiendo el anzuelo. Graves entró. —Detectamos actividad en las cuentas del hermano. Compró un boleto de autobús a Toluca, cerca de Valle de Bravo. Y rentó un coche barato. Está en movimiento.
Miré por la ventana. El sol se estaba poniendo, tiñendo la ciudad de naranja y sangre. —Está viniendo —murmuré. —La trampa está lista en la casa de Valle. Tenemos equipo táctico escondido en el bosque. Y la bodega en Azcapotzalco está cableada para la reunión con Karina mañana en la noche.
Me levanté y tomé mi saco. —Bien. Mañana se acaba todo. Antes de salir, saqué de mi cajón el dibujo de Sarita. El dibujo del hombre y la niña. Lo miré por un largo momento. Esa niña había detenido a un monstruo con un lápiz y un grito. Yo tenía millones de dólares, un equipo de seguridad y toda la tecnología del mundo. Si fallaba, no merecía salvarme.
Guardé el dibujo en el bolsillo interior de mi saco, cerca del corazón. Era mi amuleto ahora. Mi recordatorio. —Vámonos, Graves. Tenemos una viuda negra que cazar.
CAPÍTULO 5: LA TRAMPA EN LA BODEGA
Azcapotzalco de noche tiene una vibra pesada. Es una zona industrial vieja de la Ciudad de México, llena de fábricas abandonadas, concreto agrietado y ese olor permanente a metal oxidado y humo de diésel. No es lugar para un Porsche, y definitivamente no es lugar para una mujer como Karina, acostumbrada a los pisos de mármol de Santa Fe y a las cenas en Polanco.
Eran las 11:45 p.m. La lluvia había empezado a caer, una llovizna fría y constante que hacía brillar el asfalto sucio. Yo estaba parado en el centro de la bodega número 4. Era un galerón inmenso, vacío, con techos de lámina de diez metros de altura. El único mueble era una mesa plegable de plástico barato en el centro, con una sola silla y una lámpara de escritorio que proyectaba un cono de luz amarilla, creando un escenario teatral en medio de la oscuridad.
Me aflojé la corbata. Me sentía cansado, pero no ese cansancio de querer dormir, sino el cansancio antiguo de quien ha cargado un peso muerto durante demasiado tiempo. —¿Estamos listos, Graves? —pregunté al aire, sin voltear. —Listos, señor —respondió la voz de Graves por mi auricular invisible—. Audio nítido. Video en 4K. La transmisión está en espera. Los miembros del consejo ya están conectados desde sus casas. El Fiscal también está en línea.
Me toqué el pecho, sobre el bolsillo interior del saco donde guardaba el dibujo de Sarita. «Valor», me recordé. «Hazlo por la niña que gritó».
A las 12:00 en punto, el portón lateral de la bodega rechinó. Escuché el motor de un coche acercarse. Un motor suave, caro. El Mercedes-Benz Clase S de Karina. Se apagó el motor. Se abrió la puerta del coche. Y luego, el sonido inconfundible de tacones de aguja golpeando el cemento. Clac. Clac. Clac.
Karina entró en el círculo de luz. Se veía espectacular, tengo que admitirlo. Llevaba una gabardina Burberry color beige, perfectamente ceñida, y el cabello recogido en un chongo impecable. No parecía una mujer que venía a una bodega abandonada a media noche; parecía que iba a una pasarela. Se detuvo al borde de la mesa. Sus ojos recorrieron el lugar con una mezcla de asco y curiosidad.
—¿Jonathan? —Su voz resonó en el eco metálico de la bodega—. ¿Qué es este lugar? Huele a humedad.
Me giré lentamente para encararla. Puse mi mejor cara de derrota. Hombros caídos, mirada baja. —Es el único lugar seguro, Karina —dije, arrastrando las palabras—. No quiero prensa. No quiero escándalos. Si voy a firmar mi renuncia, quiero que sea en las sombras. Como todo lo que ha pasado últimamente.
Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, maternal, casi dulce. La misma sonrisa que me daba cuando le regalaba diamantes. Se acercó y puso una mano sobre mi brazo. Su tacto me quemó, pero no me moví. —Pobre de ti, mi amor —dijo suavemente—. Has estado bajo tanta presión. El estrés te está matando. Hiciste lo correcto al llamarme. Yo me encargaré de todo. La empresa estará segura conmigo.
—¿Segura? —La miré a los ojos—. ¿Como yo estaba seguro en mi coche?
Ella no parpadeó. Ni un músculo de su cara se movió. —¿De qué hablas? —De la bomba, Karina. Del intento de hacerme volar en mil pedazos en la calle de nuestra casa.
Ella soltó una risita nerviosa, retirando la mano. —Amor, estás delirando. La policía dijo que fue una amenaza de secuestro, un error… —No —la interrumpí, enderezándome un poco. Dejé caer la máscara de víctima un centímetro—. No fue un error. Fue un trabajo profesional. C4. Detonador de movimiento. Y sabes lo curioso… el hombre que la puso llevaba algo muy particular.
Caminé alrededor de la mesa, acercándome a ella. —Llevaba un dije de oro. Una letra “K”. El rostro de Karina cambió. Fue sutil, pero lo vi. Sus pupilas se contrajeron. La comisura de su labio se tensó. —No sé de qué estás hablando —dijo, su voz volviéndose más fría—. Perdí ese collar hace meses. Te lo dije.
—No, no me lo dijiste. Y no lo perdiste. Se lo diste a él. Saqué una foto de mi bolsillo y la tiré sobre la mesa. Era la captura de pantalla del video de seguridad, ampliada y mejorada, donde se veía el dije en la muñeca de Devon Merrick. —Se lo diste a Devon. El hermano de tu exnovio Kyle. El mismo Devon al que le has estado transfiriendo dinero desde tu iPad para que pague sus moteles baratos en Cuernavaca.
Karina miró la foto. El silencio en la bodega se volvió absoluto. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la lámina del techo. Cuando levantó la vista, la máscara de la esposa preocupada había desaparecido por completo. Lo que quedaba era algo duro, afilado y peligroso. —Has estado investigándome —dijo. No era una pregunta. —Desde el momento en que una niña de ocho años me salvó la vida porque tú no tuviste el valor de hacerlo.
Ella soltó un suspiro largo y se cruzó de brazos. Su postura cambió. Ya no era sumisa. Era desafiante. —Esa niña… —murmuró con desprecio—. Siempre hay algo que sale mal. Un detalle estúpido. —¿Entonces admites que lo hiciste? —pregunté, acercándome al micrófono oculto en la lámpara.
—¿Qué importa si lo admito, Jonathan? —Karina se rió, y el sonido fue gélido—. Estamos tú y yo solos en una bodega podrida. Nadie nos escucha. Y sí. Lo hice. Dio un paso hacia mí, con los ojos brillando de ambición. —Tú creaste esto. Tú dejaste un vacío de poder. Durante años, te has casado con Reese Tech. Yo solo era un adorno para las fotos. Un accesorio caro. “La esposa de Jonathan Reyes”. Me harté de ser tu sombra. —¿Y por eso tenías que matarme? ¿No bastaba con el divorcio? —El divorcio me hubiera dado la mitad —escupió ella—. Yo no quería la mitad. Yo lo quería todo. Quería la empresa. Quería el control. Y quería la simpatía del público. ¿Te imaginas? La viuda joven, trágica, tomando el mando del imperio de su marido muerto. Las acciones se habrían disparado.
—¿Y Devon? —pregunté—. ¿Qué papel jugaba el inútil de Devon? —Devon es un peón. Necesitaba dinero, y odiaba tu apellido tanto como yo. Fue fácil convencerlo. Solo tenía que prometerle que terminaría lo que su hermano Kyle no pudo. Se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Olía a nardos y a traición. —Ibas a morir rápido, Jonathan. No ibas a sufrir. Era un acto de piedad, en cierto modo. Iba a liberarte de tu obsesión por el trabajo.
Me quedé mirándola. Doce años de matrimonio. Doce años de compartir cama, viajes, secretos. Y todo se reducía a esto: un cálculo financiero. —Eres un monstruo, Karina —le dije, sintiendo una tristeza profunda, no por mí, sino por el tiempo perdido. —Soy una mujer de negocios —corrigió ella, alisándose la gabardina—. Y ahora, vas a firmar esos papeles. Porque si no lo haces, Devon no es el único contacto que tengo. Puedo hacer que esto termine de otra manera. Aquí mismo.
Sonreí. Esta vez, fue una sonrisa real. Una sonrisa de lobo. —Tienes razón en una cosa, Karina. Eres una mujer de negocios. Pero cometiste un error de novata. —¿Ah sí? ¿Cuál? —Nunca cierras un trato sin saber quién está sentado en la otra mesa.
Levanté la mano y chasqueé los dedos. CLAC. Detrás de mí, en la oscuridad de la pared del fondo, un proyector gigante se encendió. La imagen iluminó la bodega con una luz azulada. No era una película. Era una transmisión de Zoom. En la pantalla, dividida en doce recuadros, estaban las caras de los doce miembros del Consejo de Administración de Reese Tech. Estaban en sus casas, en sus oficinas, algunos en pijama, otros en traje. Todos tenían la misma expresión: horror absoluto. Y en el recuadro central, estaba el Fiscal General de Justicia de la Ciudad de México.
Karina se giró hacia la pantalla. Se quedó petrificada. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. —Saluda a tu audiencia, Karina —dije, mi voz amplificada por la acústica del lugar—. Todo el consejo acaba de escuchar tu confesión. “Yo lo quería todo”. “Yo contraté a Devon”. “El divorcio solo me daba la mitad”.
Ella retrocedió, tambaleándose sobre sus tacones. —No… —susurró—. Esto es un truco. Es… es inteligencia artificial. ¡Es falso! Gritó hacia la pantalla: —¡Es un montaje! ¡Él me obligó a decir eso!
La voz del Presidente del Consejo, Don Arturo, resonó en la bodega a través de los altavoces. Era una voz grave, decepcionada y furiosa. —Karina… te vimos. Te escuchamos. No hay montaje. Estás fuera. —¡No pueden hacerme esto! —chilló ella, perdiendo toda su compostura elegante. Parecía un animal acorralado—. ¡Yo soy la dueña del 50% de las acciones por sociedad conyugal!
—Ya no —dije yo, caminando hacia ella—. El intento de homicidio anula las cláusulas de herencia y transferencia en nuestro acuerdo prenupcial. Y la conspiración criminal… bueno, eso es asunto del Fiscal.
En ese momento, el celular de Karina, que tenía en la mano, empezó a vibrar. Zzzzz. Zzzzz. Una notificación. Ella miró la pantalla con ojos desorbitados. Alerta Bancaria: Cuentas congeladas por orden judicial. Zzzzz. Acceso Corporativo: REVOCADO. Usuario Karina_Reese eliminado del sistema. Zzzzz. Correo Electrónico: Su cuenta ha sido desactivada remotamente.
—Me estás borrando… —dijo ella, levantando la vista. Tenía lágrimas en los ojos, pero no eran de arrepentimiento, eran de rabia—. Me estás borrando de la vida. —Tú te borraste sola cuando decidiste poner una bomba debajo de mi asiento —le respondí—. Yo solo estoy tirando la basura.
Karina miró hacia la puerta. Por un segundo, vi la intención en sus ojos. Correr. Huir. —Ni lo pienses —le advertí—. Graves está afuera. Y la policía viene en camino. Tienes unos cinco minutos de libertad. Disfrútalos.
Ella se dejó caer en la silla de plástico, derrotada. Su gabardina perfecta se arrugó. Su chongo se deshizo un poco. Se veía pequeña, patética. —Jonathan… —intentó, cambiando de táctica, buscando lástima—. Por favor. Fueron años juntos. ¿No significaron nada?
Me agaché frente a ella, mirándola a los ojos por última vez. —Significaron todo para mí, Karina. Por eso duele tanto. Pero aprendí algo ayer. La lealtad no se negocia. Y la traición se paga de contado.
Me enderecé y me di la media vuelta. —Adiós, Karina. —¡No me dejes aquí! —gritó ella—. ¡Jonathan! ¡Jonathan!
Caminé hacia la salida, hacia la oscuridad y la lluvia. Sus gritos rebotaban en las paredes de metal, mezclándose con el sonido lejano de las sirenas de patrullas que se acercaban. Salí de la bodega. Graves estaba ahí, sosteniendo un paraguas negro sobre mi cabeza. —¿Señor? —preguntó. —Ya está hecho —dije, respirando el aire frío y húmedo. Sabía a limpio. —¿Y el hermano? ¿Devon? —Esa es la segunda parte de la noche.
Miré mi reloj. 12:30 a.m. Devon estaría llegando a mi casa de campo en Valle de Bravo en unas horas, pensando que iba a matar a un hombre dormido. —Vámonos a Valle, Graves. Tenemos una cita con el verdugo.
Me subí a la camioneta. Mientras nos alejábamos, vi por el retrovisor las luces azules y rojas de la policía iluminando la fachada de la bodega. Vi cómo sacaban a Karina, esposada, con la cabeza baja. La Viuda Negra había caído. Pero la guerra no terminaba hasta que capturara al peón que puso la bomba.
Saqué el dibujo de Sarita y lo puse en el tablero de la camioneta. —Aguanta un poco más, pequeña —susurré—. Ya casi acabamos.
CAPÍTULO 6: LA CAÍDA DEL GIGANTE
Manejar hacia Valle de Bravo a las dos de la mañana es entrar en la boca del lobo. La carretera es una serpiente de asfalto rodeada de pinos inmensos y neblina espesa. No se veía ni un alma. Solo los faros de la camioneta blindada cortando la oscuridad y el silencio tenso dentro del vehículo.
Graves manejaba. Yo iba de copiloto, revisando por enésima vez el plan en mi cabeza. —¿Confirmación del objetivo? —pregunté, rompiendo el silencio. Graves se tocó el auricular. —El equipo de vigilancia lo perdió unos minutos en la desviación a Avándaro, pero ya lo recuperaron. Maneja un Nissan Versa rentado. Está a veinte minutos de nuestra posición. Va directo a la casa.
Asentí. Mi casa de campo en Valle no es una cabaña rústica; es una fortaleza de madera y cristal escondida en el bosque, diseñada para desconectarse del mundo. Pero esta noche, no era un refugio. Era una ratonera. Y el ratón venía con hambre.
Llegamos antes que él. Graves estacionó la camioneta a un kilómetro de distancia, oculta en un camino forestal. Caminamos el resto del trayecto bajo la lluvia ligera, el olor a tierra mojada y pino llenando mis pulmones. El equipo táctico ya estaba posicionado. Hombres vestidos de negro camuflados entre los árboles, invisibles, letales. —La casa está despejada, señor —susurró uno de los agentes al vernos llegar—. Sensores de movimiento activos. Cámaras térmicas grabando.
Entré a la casa. Estaba helada. No encendimos la calefacción para no delatar nuestra presencia. —¿Todo listo en la mesa? —pregunté. Graves señaló el comedor. Ahí, bajo la única lámpara que íbamos a dejar encendida —una luz tenue y amarilla—, estaba el cebo. Una carpeta abierta.
Me acerqué para verificar el contenido por última vez. Tenía que ser perfecto. Tenía que romperlo psicológicamente antes de que intentara sacar un arma. En la carpeta había fotos de vigilancia: Karina entregándole el teléfono desechable en un estacionamiento. Capturas de pantalla de las transferencias bancarias a nombre de su empresa fantasma. La copia de la póliza de seguro de vida recién modificada. Y encima de todo, una nota escrita con mi puño y letra: «Esto termina con la verdad. Tú eliges cómo».
—Apaguen todo —ordené. La casa se sumió en la oscuridad, salvo por ese círculo de luz sobre la mesa. —Señor, por protocolo de seguridad, debería usar un chaleco —insistió Graves, extendiéndome un kevlar ligero. Negué con la cabeza. —No. Él tiene que verme vulnerable. Tiene que creer que ganó hasta el último segundo. Si me ve con chaleco, sabrá que lo esperábamos. Voy a estar desarmado. —Es una locura. —Es una estrategia, Graves. Escondete en la cocina. No salgas a menos que yo te dé la señal o que él dispare.
Graves dudó, pero obedeció. Se desvaneció en las sombras. Yo me quedé parado en la esquina más oscura de la sala, mimetizándome con la negrura, esperando. Mi corazón latía lento, pesado. Bum… bum… bum… Pensé en Sarita. En su dibujo de la linterna y la oscuridad. «Hoy yo soy la linterna», pensé. «Y voy a iluminar a esta cucaracha».
Pasaron treinta minutos. El bosque afuera crujía. Luego, un sonido diferente. El motor de un coche pequeño apagándose a lo lejos. Una puerta cerrándose con cuidado. Pasos sobre la grava. Luego, silencio.
El tipo era profesional, se lo reconozco. No intentó forzar la puerta principal. Rodeó la casa. Escuché el leve clic de una ganzúa en la puerta de servicio de la terraza trasera. El sistema de alarma, que habíamos desactivado intencionalmente para dejarlo pasar, no sonó.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Una ráfaga de viento frío entró a la sala. Devon Merrick entró. Vestía de negro, con una sudadera con capucha y guantes de piel. Caminaba agazapado, con una pistola con silenciador en la mano derecha. Pero lo reconocí al instante por el sonido de sus pasos sobre la madera. Paso firme… arrastre… paso firme… arrastre… La cojera. La maldita cojera.
Devon avanzó por la sala, escaneando el lugar con la pistola en alto. Buscaba a un hombre dormido, borracho o deprimido. Pero lo que encontró fue la luz sobre la mesa del comedor. Se detuvo. La curiosidad pudo más que su entrenamiento. Se acercó a la mesa, bajando ligeramente el arma. Vio la carpeta. Frunció el ceño. Con la mano izquierda, tocó los papeles. Vio la foto de Karina. Vio los estados de cuenta. Y luego leyó la nota. Se congeló. Su espalda se tensó como un arco a punto de romperse.
—Seguiste sus órdenes una vez —dije desde la oscuridad, mi voz resonando grave y tranquila—. ¿Qué pasa ahora que ella ya no está?.
Devon dio un salto, girándose bruscamente y apuntando el arma hacia donde estaba mi voz. Sus manos temblaban. —¿Quién está ahí? —gruñó.
Salí de las sombras despacio. Con las manos en alto, pero abiertas, vacías. Caminé hasta quedar al borde de la luz, para que me viera bien. Para que viera que no tenía miedo. —Hola, Devon. O debería decir… ¿el fantasma de Kyle?
Él apretó los dientes. Su rostro, iluminado por la lámpara, era una máscara de odio y confusión. Se parecía a su hermano, pero con más cicatrices, más amargura. —Tú… —susurró—. Deberías estar muerto. —Y tú deberías estar en Canadá, viviendo tu vida mediocre, no jugando al sicario en mi casa.
—¡Cállate! —gritó, amartillando la pistola—. ¡No te muevas! —No me voy a mover. Y tú tampoco vas a disparar. —¿Ah no? —Se rió, nervioso—. Tengo una bala con tu nombre desde hace diez años, Reyes. Arruinaste la vida de mi hermano. Le robaste todo. Sus ideas, su futuro… —Kyle perdió porque era un fraude, Devon. Y tú lo sabes. Él no creó el código. Él quería dinero rápido. Y tú… tú eres igual.
Devon bajó un poco el arma, herido por la verdad. —No fue por dinero —dijo, y su voz se quebró—. Al principio sí… Karina ofreció pagarme. Pero luego… luego te vi. Me miró con un desprecio profundo. —Te vi caminar por la calle. Te vi en las revistas. Caminabas como si nada pudiera tocarte. Como si fueras un dios intocable. —Nadie es intocable, Devon. —Tú tenías que arder —escupió—. Querías demostrar que incluso los gigantes pueden caer. Querías vernos a todos desde arriba mientras ardías.
Di un paso hacia él. Era arriesgado, pero necesitaba cerrar la distancia. —Karina te vendió, Devon. Hace dos horas. La arrestaron en la Ciudad de México. Entregó todas las pruebas. Tus mensajes, tus ubicaciones, las transferencias. Ella no va a pagarte. Ella te usó como un pañuelo desechable.
Devon palideció. —Mientes. —Mira la carpeta —señalé la mesa—. Mira la fecha de los correos. Ella planeaba culparte a ti de todo si algo salía mal. Ibas a ser el chivo expiatorio. El acosador loco del pasado.
Devon miró los papeles de reojo. La duda cruzó su rostro. El arma bajó otro centímetro. —Fallaron —dije suavemente—. Los dos fallaron. Tú pusiste la bomba, pero yo sigo aquí. Ella planeó la traición, pero está en una celda. —Yo no fallé… —murmuró, levantando el arma de nuevo, sus ojos llenos de lágrimas de frustración—. Todavía puedo… todavía puedo terminarlo.
Lo miré fijamente. —Podrías. Podrías jalar el gatillo. Pero, ¿sabes qué es lo triste, Devon? Que si me matas ahora, no te conviertes en un héroe vengador. Te conviertes en el idiota que mató a un hombre por órdenes de una mujer que ya lo traicionó.
El silencio se estiró entre nosotros, tenso como una cuerda de violín. Y entonces, sucedió. Afuera, a través de los ventanales de piso a techo, el bosque se iluminó. No eran relámpagos. Eran luces rojas y azules. Estrobos potentes que parpadeaban en silencio, rodeando la casa. Decenas de ellos. No había sirenas. Graves había coordinado una captura silenciosa para no darle oportunidad de atrincherarse.
Devon miró las luces reflejadas en las paredes de madera. Vio las sombras de los equipos tácticos moviéndose en la terraza. Vio el punto láser rojo de un francotirador aparecer en su pecho, justo sobre su corazón. No se movió. —Supongo que se acabó —dijo, con la voz vacía, dejando caer los brazos a los costados.
Asentí, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a abandonar mi cuerpo, dejándome exhausto. —Sí, Devon. Para ti, se acabó. Me di la media vuelta, dándole la espalda al hombre que quería matarme, y caminé hacia la oscuridad de la sala. —Pero no para mí —dije. —Para mí, apenas empieza.
Graves salió de la cocina con su arma en alto. —¡Al suelo! ¡Manos en la cabeza! Devon soltó la pistola. Cayó al piso con un golpe seco. Se arrodilló, derrotado. Dos agentes entraron rompiendo los ventanales y lo esposaron en segundos.
Salí a la terraza. La lluvia había parado. El aire estaba frío y limpio. Me recargué en el barandal, mirando hacia el bosque. Había terminado. La bomba, Karina, Devon, la traición. Todo había terminado en una noche. Pero no sentí euforia. Sentí una soledad inmensa. Había ganado la guerra, sí. Pero al mirar alrededor, me di cuenta de que mi castillo estaba vacío. No tenía a nadie con quién celebrar. No tenía a nadie a quién llamar para decirle “estoy bien”. Bueno… tal vez sí tenía a alguien. Saqué mi celular. No marqué. Solo miré la foto que le había tomado al dibujo de Sarita.
—Graves —llamé cuando salió con Devon esposado. —¿Señor? —Prepara el coche. Vamos de regreso a la ciudad. —Señor, son las 4 de la mañana. Debería descansar. —No puedo descansar. Tengo una conferencia de prensa que dar mañana. Y tengo que preparar un discurso. —¿Un discurso sobre qué? —Sobre la ceguera —dije, guardando el celular—. Y sobre cómo una niña me enseñó a ver.
CAPÍTULO 7: LA REDENCIÓN PÚBLICA
La mañana siguiente al arresto de Devon y Karina, el aire en las oficinas centrales de Reese Tech en Reforma se sentía diferente. Ya no había ese zumbido eléctrico de arrogancia corporativa. Los pasillos estaban silenciosos. Los empleados caminaban con la cabeza baja, murmurando en las esquinas, intercambiando miradas nerviosas. Todos habían visto la transmisión de la bodega. Todos sabían que el trono había temblado.
A las 9:00 a.m., entré a la sala de prensa. Normalmente, este lugar se usa para lanzar nuevos softwares o anunciar ganancias trimestrales. Hoy, estaba lleno a reventar de periodistas, cámaras de televisión y todo mi personal ejecutivo. No me puse corbata. No llevé tarjetas con discursos preparados. No había teleprompter. Solo era yo, Jonathan Reyes, con un traje gris oscuro y ojeras que no intenté ocultar.
Me paré frente al micrófono. El silencio fue instantáneo. Busqué con la mirada en la primera fila. Ahí estaban. Graves, parado como una estatua de granito cerca de la salida. Y sentadas discretamente a un lado, Marsha y Sarita Ellis. Sarita llevaba un vestido azul marino y tenis blancos, balanceando los pies, ajena al impacto que su pequeña existencia había tenido en mi imperio.
—Buenos días —dije. Mi voz sonó firme, amplificada por las bocinas—. Sé que tienen preguntas. Sé que los rumores vuelan.
Me tomé un segundo. Respiré hondo. —Esta compañía casi fue destruida por el silencio. No solo por el silencio de los que conspiraron contra mí, sino por mi propio silencio. Por mi ceguera. Las cámaras hicieron zoom. Los flashes estallaron. —Una conspiración creció bajo mis narices. Una traición profundamente personal. Mi esposa, Karina Reyes, conspiró con un tercero para eliminarme de esta compañía y de este mundo. Ella falló.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Confirmarlo en voz alta era diferente a verlo en una pantalla filtrada. —Pero no estoy aquí para hablar de venganza —continué, mirando directamente a la cámara principal—. Estoy aquí para hablar de responsabilidad. Porque no solo sobreviví a una bomba. Sobreviví a mi propia soberbia. Y le debo la vida a alguien inesperado.
Me giré y señalé hacia donde estaba Sarita. —Esa niña de ahí —dije, suavizando la voz—. Sarita Ellis. Ella vio lo que nadie más vio. Ella actuó cuando nadie más lo haría. Ella gritó cuando yo estaba demasiado ocupado siendo importante para darme cuenta de que estaba en peligro.
Sarita se encogió en su silla, tímida, mientras algunas cabezas se giraban para verla. —Gracias a ella, hoy no estamos en un funeral. Estamos en un nuevo comienzo. Aplausos. Al principio tímidos, luego estruendosos. No eran aplausos de cortesía; eran reales.
Esperé a que se calmaran. —A partir de hoy, Reese Tech financiará una iniciativa nacional: “La Guardia Ellis” (The Ellis Watch). Será un programa de seguridad y concientización liderado por comunidades, para apoyar a niños en situaciones vulnerables que demuestren valentía excepcional. Becas completas. Apoyo familiar. Porque necesitamos más gente que se atreva a gritar cuando ve algo mal.
Bajé del escenario sin aceptar preguntas. Más tarde, me senté con Sarita en el jardín interior del edificio, lejos del caos. El sol brillaba sobre la fuente de piedra. —Odio las cámaras —me confesó ella, arrugando la nariz. Me reí. —Ellas también me odian a mí, Sarita. —¿Todavía te quieren hacer daño? —preguntó, mirándome con esa seriedad de adulto atrapado en cuerpo de niño. —Tal vez —fui honesto—. Pero ya estamos listos. —Bien —asintió ella—. Porque la próxima vez a lo mejor no estoy viendo por la ventana.
Sacó un papel de su bolsillo. —Hice otro dibujo. Lo desdobló. Era un trazo más seguro, más limpio. Me mostraba a mí, parado entre mucha gente, pero con una sombra negra detrás. Y una niña pequeña jalándome de la manga, señalando la sombra. —Esto es lo que pasó —dijo. Tomé el dibujo. Se me hizo un nudo en la garganta. —Tienes un don, Sarita. No solo para ver. Para mostrar.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en una sala de interrogatorios estéril y fría, Devon Merrick estaba esposado a la mesa. Los detectives intentaban sacarle información sobre la red de lavado de dinero. —¿Karina te dio el dinero en efectivo? —preguntaron. Devon levantó la cabeza. Sus ojos estaban vacíos. —No tuvo que hacerlo —murmuró—. Ella solo me miró. Con eso bastó. —¿Qué te prometió? —Que yo terminaría lo que mi hermano empezó. Que yo sería la razón por la que la gente finalmente le tuviera miedo a Jonathan Reyes. Soltó una risa seca y amarga. —Y ahora… ahora soy la razón por la que todos recuerdan a la niña.
CAPÍTULO 8: EL MURAL DE LA VERDAD
Dos días después, volví a la casa de los Ellis. Esta vez no llevé seguridad visible. Solo llevaba una carpeta legal bajo el brazo y una bolsa de pan dulce de la panadería “La Esperanza”. Marsha me abrió, sorprendida de verme otra vez tan pronto. —Señor Reyes… va a malacostumbrar a la niña con tanta visita —bromeó, aunque se le notaba nerviosa. —Se lo ha ganado, Marsha.
Nos sentamos en la salita. La luz de la tarde entraba por las ventanas sin cortinas. Puse la carpeta sobre la mesa de centro. —Esto es para usted —le dije a Marsha. Ella abrió el documento. Sus ojos se movieron rápido por las líneas legales. Se llevó una mano a la boca. —Esto es… es una escritura. —La casa está pagada. Completamente. Sin hipotecas, sin letras chiquitas. Es suya y de Sarita para siempre. —Señor Reyes… no puedo aceptar esto. Es demasiado. —Marsha —la detuve, tomando su mano por un segundo—. Usted crió a una niña que salvó a un hombre como yo. No quiero que Sarita vuelva a preocuparse nunca por dónde va a dormir. Es lo mínimo que puedo hacer.
Marsha empezó a llorar en silencio. Sarita, que estaba dibujando en el piso, se levantó y abrazó a su mamá. Luego me miró a mí. —Tengo algo más —dije, dirigiéndome a la niña—. Sarita, quiero contratarte. Ella parpadeó. —¿A mí? —Quiero un mural. En la pared principal de mi edificio. Quiero que pintes lo que pasó. Quiero que sea permanente. Sus ojos se iluminaron como dos estrellas. —¿De verdad? —De verdad. Tú diseñas, yo pago los materiales y a los pintores que te ayuden. Ella pensó un momento, mordiéndose el labio. —¿Puedo poner pájaros en el mural? —preguntó. Sonreí. —Todos los que quieras, Sarita.
El juicio de Karina fue tres semanas después. Fue rápido. Las pruebas eran abrumadoras: los videos, los correos, la confesión de Devon. Yo fui a declarar. Me paré en el estrado, vestido de negro. Karina estaba sentada con sus abogados. Se veía demacrada, sin maquillaje, con el cabello suelto. Ya no parecía la reina de hielo. Parecía una mujer rota. No me miró ni una sola vez.
Cuando el juez me preguntó si quería decir algo antes de la sentencia, me puse de pie. —No estoy aquí para pedir venganza, Su Señoría —dije, mi voz resonando en la sala de madera—. Estoy aquí porque creí en alguien durante años, y me perdí todas las señales de que esa lealtad se había podrido. Miré a Karina. Por fin levantó la vista. —Perdí a mi esposa, sí. Pero casi pierdo mi alma. Y lo que ella intentó quitarme, una niña extraña me lo devolvió. Hice una pausa. —Cargaré con lo que hiciste para siempre, Karina. Pero no porque me rompiste. Sino porque me recordaste en quién me rehúso a convertirme.
Sentencia: 15 años de prisión sin derecho a fianza por conspiración e intento de homicidio calificado. El martillazo del juez sonó como el final de un capítulo oscuro. Salí de ahí sin mirar atrás.
Un mes después, se inauguró el mural. La pared del lobby de Reese Tech ya no era blanca. Ahora era una explosión de grises, negros y un verde brillante. En el centro, un hombre alto (yo), caminando hacia una oscuridad llena de cables y sombras con caras ocultas. Y frente a él, pequeña pero firme, una niña con pijama verde y una mano extendida gritando “¡ALTO!” . Y arriba, en el cielo pintado, docenas de pájaros de colores volando libres.
Cientos de personas vinieron a verlo. Empleados, prensa, curiosos. Sarita estaba ahí, con su vestido de domingo y sus tenis manchados de pintura. Tomó el micrófono frente a todos. —Hice esto para que la gente recuerde —dijo con su vocecita—. No solo lo que pasó. Sino lo que casi pasó. Me miró. —A veces, hasta los adultos necesitan ayuda para ver.
Después de la ceremonia, caminé con ella hacia el coche de su mamá. —¿Te gustó? —me preguntó. —Me encantó, Sarita. Va a durar más que todos nosotros. —¿Me vas a olvidar? —preguntó de repente, con esa inseguridad infantil. Me hinqué y le arreglé las agujetas de sus tenis. —Nunca. Ni en el resto de mi vida.
Ese fin de semana, hice una última cosa. Fui a la calle de Las Lomas. A mi antigua casa. El Porsche ya no estaba. Lo vendí el día después de la sentencia. Me paré en el lugar exacto donde Sarita había gritado aquella mañana. El sol salía igual que ese día. El rociador del vecino sonaba igual. Pero yo era otro hombre.
Saqué de mi bolsillo el dibujo original, el primero que me dio, ahora protegido en una mica de plástico. Caminé hacia el árbol grande en la banqueta, me agaché y enterré el dibujo entre las raíces, bajo un poco de tierra. No para olvidarlo. Sino para dejar atrás el miedo. Para sembrar la verdad.
Regresé a mi camioneta. No había escoltas, no había asistentes. Solo yo. Recordé las palabras que le dije a Sarita: “Los héroes no siempre usan armadura. A veces usan pijama y cargan crayones”. Arranqué el motor. Esta vez, revisé debajo del chasis antes de subirme. Y sonreí. Ahora veo. Y nunca volveré a cerrar los ojos.
[FIN]