ELLA QUERÍA “VIVIR SU VIDA” Y DEJARME ATRÁS, PERO OLVIDÓ UN PEQUEÑO DETALLE: EL DEPARTAMENTO ES MÍO Y LE DI 24 HORAS PARA LARGARSE

PARTE 1: La Frialdad en la Cocina

CAPÍTULO 1: La Calma Antes de la Tormenta

Era un martes cualquiera en la Ciudad de México, de esos en los que el calor del asfalto se niega a disiparse incluso cuando el sol ya se ha ocultado tras los edificios grises de la colonia. El reloj de la cocina marcaba las ocho y media de la noche. Afuera, el sonido de la ciudad era la banda sonora habitual: el claxon lejano de un microbús peleando el pasaje, el silbido inconfundible del carrito de los camotes y el ladrido rítmico de los perros en las azoteas vecinas.

Dentro del departamento 302, sin embargo, reinaba un silencio espeso, casi pegajoso, que contrastaba con el caos urbano del exterior.

Arturo estaba sentado a la pequeña mesa redonda del comedor, esa que habían comprado a plazos en una venta nocturna hacía cinco años. Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y la corbata floja, colgando como una soga inútil alrededor de su cuello. Había sido un día brutal en la oficina; cierre de mes, reportes interminables y el tráfico habitual de Insurgentes que le había robado dos horas de vida solo para llegar a casa. Lo único que quería era cenar algo ligero, ver un rato las noticias y desconectar el cerebro.

Frente a él, Galia se movía por la cocina. Pero no era el movimiento fluido y familiar de siempre. Arturo, que conocía cada gesto de su esposa desde que eran unos chamacos en la preparatoria, notaba algo extraño. Había una rigidez en sus hombros, una tensión eléctrica que parecía emanar de ella.

—¿Te sirvo más café? —preguntó Arturo, intentando romper el hielo. Su voz sonó ronca, cansada.

Galia no respondió de inmediato. Estaba de espaldas, frente al fregadero, lavando una taza que ya estaba limpia. El agua corría con fuerza, desperdiciándose.

—No —dijo ella secamente, cerrando la llave de golpe.

Arturo suspiró y tomó un sorbo de su propia taza. El café de olla estaba tibio, dulce, con ese toque de canela que tanto le gustaba. Miró a su alrededor. El departamento estaba impecable, como siempre. Arturo sentía un orgullo inmenso por esas cuatro paredes. No era una mansión en las Lomas, claro que no, pero era suyo. Recordaba perfectamente el día que firmó las escrituras, las manos le sudaban de nervios y emoción. Había ahorrado cada centavo, sacrificando vacaciones, salidas al cine y hasta ropa nueva durante años para dar el enganche. Había peleado con el banco, había tramitado el crédito con el sudor de su frente, y cada vez que entraba por esa puerta y olía a “casa”, sentía que todo había valido la pena.

Pero esa noche, el aire en su santuario se sentía viciado.

Galia se secó las manos con un trapo de cocina, haciéndolo con movimientos lentos, deliberados. Se giró hacia él. Arturo la observó. Seguía siendo una mujer hermosa, de eso no había duda. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, perfectamente peinada, y aunque traía ropa de casa, se notaba que no se había desmaquillado del todo. Sus labios estaban apretados en una línea fina y sus ojos oscuros lo miraban con una expresión que él no lograba descifrar. ¿Era enojo? ¿Era tristeza? No, era algo peor. Era indiferencia.

—Arturo —dijo ella. Su tono fue tan frío que Arturo sintió un escalofrío recorrerle la espalda, a pesar del calor de la noche.

Él dejó la taza sobre la mesa con cuidado, como si temiera romper el frágil equilibrio del momento.

—Dime, flaca. ¿Qué traes? Te noto rara desde que llegué. ¿Pasó algo con tu mamá? ¿En el trabajo?

Galia soltó una risa breve, carente de humor. Caminó hasta la mesa, pero no se sentó. Se quedó de pie, recargada en el respaldo de la silla vacía frente a él, cruzando los brazos sobre el pecho como si levantara una barrera invisible.

—No es mi mamá, Arturo. Y en el trabajo todo está perfecto, mejor que nunca, de hecho. El problema… el problema es aquí.

Arturo frunció el ceño. Se quitó los lentes y los limpió con la orilla de su camisa, un tic nervioso que tenía desde la universidad.

—¿Aquí? ¿Te refieres al depa? —preguntó, genuinamente confundido—. Si es por la gotera del baño, ya le dije al plomero que venga el sábado. Sabes que entre semana no puedo estar…

—¡No es la maldita gotera, Arturo! —estalló ella, interrumpiéndolo con una violencia que lo hizo respingar—. ¡Deja de pensar en reparaciones, en cuentas, en lo práctico! ¡Ese es tu problema! Eres tan… tan básico.

Arturo se quedó mudo. La palabra “básico” le dolió más que un insulto directo. Él se consideraba un hombre responsable, un proveedor, alguien que cuidaba los detalles para que a ella no le faltara nada.

—Entonces explícame —dijo él, bajando la voz, tratando de mantener la calma—. Porque no te entiendo.

Galia tomó aire, una inhalación profunda y teatral, como una actriz preparándose para su gran monólogo. Sus ojos se clavaron en los de él con una dureza que Arturo desconocía.

—Quiero hablar seriamente contigo, Arturo. Pero en serio. Nada de “luego lo vemos” o “estoy cansado”. Esto se acaba hoy.

El corazón de Arturo dio un vuelco. Esa frase. Esto se acaba hoy. Dejó el periódico a un lado, olvidándose por completo de las noticias sobre la economía y el fútbol.

—¿De qué estás hablando, Galia? —preguntó, y sintió cómo el miedo empezaba a anidar en su estómago.

—Me voy —soltó ella. Las dos palabras quedaron flotando en el aire, pesadas como lápidas.

Arturo parpadeó, aturdido.

—¿Te vas? ¿A dónde? ¿De viaje?

Galia rodó los ojos con exasperación, como si estuviera lidiando con un niño lento de aprendizaje.

—Me voy de nosotros, Arturo. Me voy de esta vida. Me voy de ti. Quiero el divorcio.

El silencio regresó, pero ahora era ensordecedor. Arturo sentía un zumbido en los oídos. Miró las manos de su esposa, sus dedos largos y cuidados, el anillo de matrimonio que todavía brillaba en su dedo anular. Ese anillo que le había costado seis meses de sueldo.

—¿El divorcio? —repitió él, con la voz quebrada—. Galia, ¿qué estás diciendo? Si el fin de semana fuimos al cine. Si… si apenas ayer estábamos hablando de las vacaciones de Semana Santa. ¿De dónde sacas esto?

Galia comenzó a caminar por la pequeña cocina, sus tacones de casa chasqueando contra la loseta.

—Tú hablabas de las vacaciones, Arturo. Tú hablabas. Yo solo asentía. Eso es lo que he hecho los últimos años. Asentir. Estar ahí como un mueble más en tu vida perfecta y aburrida.

—¿Aburrida? —Arturo sintió una chispa de indignación mezclarse con su dolor—. Trabajo diez horas diarias para que no nos falte nada. Tenemos salud, tenemos este techo, no tenemos deudas graves… ¿Eso es aburrido para ti?

—¡Sí! —gritó ella, girándose con los ojos encendidos—. ¡Es mortalmente aburrido! Míranos, Arturo. Somos jóvenes todavía. Bueno, yo me siento joven. Tengo treinta y dos años y siento que mi vida se acabó el día que me casé contigo. Rutina, trabajo, casa, dormir. Rutina, trabajo, casa, dormir. Ya no puedo más. Me asfixio.

Se acercó a la mesa y apoyó las manos en la superficie, inclinándose hacia él.

—Ya no siento nada por ti, Arturo. Se acabó el amor. Se acabó la pasión. Te veo y… no siento nada. Eres como un hermano, o un roomie. Pero ya no eres mi hombre.

Arturo sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Las palabras de Galia eran crueles, innecesariamente hirientes. Recordó todas las veces que ella le había dicho “te amo” en los últimos meses. ¿Habían sido mentira? ¿Había estado fingiendo cada beso, cada abrazo, cada momento de intimidad?

—¿Hay alguien más? —preguntó Arturo. La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla. Era el cliché más viejo del mundo, pero necesitaba saberlo.

Galia se enderezó de golpe y desvió la mirada hacia la ventana oscura. Hubo una fracción de segundo, un parpadeo de duda, que a Arturo no le pasó desapercibido.

—No se trata de eso —dijo ella rápidamente, demasiado rápido—. Deja de buscar culpables externos. El problema eres tú. El problema somos nosotros. Simplemente… merezco más. Merezco vivir, sentir mariposas en el estómago, salir, conocer mundo. No quiero pasar el resto de mi vida sentada en este comedor viendo cómo envejeces frente a la televisión.

—Merezco más… —susurró Arturo, asimilando el golpe.

—Sí, merezco más. Y tú también, supongo —añadió ella con un tono condescendiente que le revolvió el estómago a Arturo—. Deberías buscar a alguien que se conforme con esta vida pequeña. Yo no. Yo quiero volar.

Arturo la miró fijamente. Empezaba a verla no como su esposa, sino como una extraña. Una extraña egoísta y vanidosa que había estado incubando este veneno durante quién sabe cuánto tiempo. Recordó las llegadas tarde del trabajo, las risitas mirando el celular, las contraseñas cambiadas, la ropa nueva que compraba con excusas vagas. Todo encajaba. La venda se caía de sus ojos, no suavemente, sino arrancada de golpe, llevándose las pestañas y la piel.

—Ok —dijo Arturo. Su voz cambió. Ya no era la voz del esposo herido, sino la de un hombre que empieza a despertar de un coma—. Dices que no sientes nada. Que te asfixias. Que quieres volar.

—Exacto —dijo Galia, relajando un poco los hombros, pensando que la parte difícil ya había pasado. Pensaba que él se pondría a llorar, a rogarle, a prometerle cambios imposibles. Verlo tan “tranquilo” la desconcertó un poco, pero lo atribuyó a que él siempre había sido un hombre pasivo, un “pan de Dios” como decía su madre.

—Muy bien —continuó Arturo, poniéndose de pie lentamente. Era un hombre alto, y en la pequeña cocina, su sombra se proyectó sobre la pared, cubriendo a Galia—. Si eso es lo que quieres, no voy a detenerte. No voy a rogarle a alguien que no quiere estar aquí.

Galia sonrió, una sonrisa torcida de triunfo.

—Me alegra que seas maduro, Arturo. Sabía que lo entenderías. Al final, es lo mejor para los dos. Podemos hacer esto civilizadamente. Como adultos modernos.

—Claro, adultos modernos —repitió él con ironía—. Y dime, en tu plan de “adultos modernos”, ¿cómo pensabas manejar lo del departamento?

Galia parpadeó. La pregunta la tomó por sorpresa.

—¿El departamento? —dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano—. Ay, Arturo, no empieces con tus cosas materiales ahorita. Estoy hablándote de mis sentimientos, de mi libertad.

—Te pregunto —insistió él, sin moverse un milímetro—, porque dices que te vas. Pero te veo muy cómoda parada ahí. ¿Cuál es tu plan, Galia? ¿Irte hoy? ¿Mañana?

Galia soltó una risita nerviosa y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Bueno, no seas dramático. No me voy a ir a la calle ahorita en la noche. Pensaba que… bueno, que podíamos seguir compartiendo el depa un tiempo. Ya sabes, en cuartos separados. Mientras yo busco algo, ahorro un poco de dinero, me organizo. No hay prisa. Somos gente decente, ¿no? Tú duermes en el sofá o en el estudio y yo me quedo en la recámara. O nos turnamos.

Arturo sintió cómo la sangre le subía a la cabeza. La audacia de esa mujer no tenía límites. No solo quería romperle el corazón, pisotear su matrimonio y decirle que era un aburrido y un mediocre, sino que también planeaba usar su casa, su casa, como hotel mientras se preparaba para su “nueva vida” de soltera codiciada. Quería tener la libertad de una soltera con las comodidades de una casada. Quería que él subsidiara su transición hacia los brazos de quien fuera que la estuviera esperando afuera.

Porque Arturo ya no tenía dudas. Había alguien más. Esa seguridad, esa prisa por “vivir”, esa indiferencia… olía a otro hombre. Olía a perfume barato de amante.

—Ah, ya veo —dijo Arturo, y una sonrisa fría, casi cruel, se dibujó en sus labios. Una sonrisa que Galia nunca le había visto—. Quieres que vivamos como “roomies”. Yo pago la hipoteca, el mantenimiento, la luz, el gas, el internet… ¿y tú qué? ¿Sales a “vivir la vida” y regresas a dormir aquí cuando te canses?

Galia frunció el ceño, molesta por el tono de él.

—No seas mezquino, Arturo. Sabes que mi sueldo no es tan alto como el tuyo. Además, yo también he invertido tiempo en esta casa. He… he decorado, he cuidado las cosas. Tengo derecho.

—¿Derecho? —Arturo soltó una carcajada seca que resonó en la cocina—. Galia, este departamento lo compré yo dos años antes de casarnos. Las escrituras están a mi nombre. El crédito Infonavit sale de mi nómina. Tú compraste las cortinas y un par de cojines. No te confundas.

La cara de Galia se transformó. La máscara de “mujer moderna y razonable” se resquebrajó, dejando ver una rabia infantil.

—¡Eres un maldito codo! ¡Siempre echándome en cara el dinero! —gritó ella—. ¡Por eso te dejo! ¡Porque eres un tacaño emocional y financiero! ¡Quédate con tu maldito departamento, no me importa! ¡Yo valgo mucho más que cuatro paredes de interés social!

—¿Ah, sí? —Arturo dio un paso adelante, acorralándola contra la barra de la cocina. No la tocó, pero su presencia era imponente—. ¿No te importa el departamento? ¿Segura?

—¡Segura! —chilló ella, desafiante—. ¡Si quieres córrereme, hazlo! ¡Me harías un favor! ¡Cualquier lugar es mejor que estar aquí contigo respirando tu aire de mediocridad!

Arturo la miró a los ojos. Vio el desafío, vio el desprecio. Y en ese momento, el último hilo de amor, esa pequeña esperanza de que fuera solo una crisis pasajera, se rompió definitivamente. Algo murió dentro de Arturo esa noche, pero algo más nació. Una determinación de acero.

Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.

—Muy bien, Galia. Tú lo pediste. Tú dijiste que ya no hay amor. Tú dijiste que te quieres ir. Y acabas de decir que el departamento te vale madre.

Hizo una pausa, dejando que el silencio pesara.

—Entonces, hagámoslo.

—¿Hacer qué? —preguntó ella, con un temblor imperceptible en la voz.

—Tu salida —dijo Arturo, y miró su reloj de muñeca—. Son las 8:45 de la noche del martes. Tienes exactamente 24 horas. Mañana, miércoles, a las 8:45 de la noche, quiero que tú, tus maletas, tu ropa y tus “ganas de vivir” estén fuera de mi propiedad.

Galia abrió la boca, estupefacta. El color huyó de su rostro.

—¿Qué? No puedes hablar en serio. ¿24 horas? ¿Estás loco? ¿A dónde voy a ir?

—Ese es problema tuyo, ¿no? —respondió Arturo con una frialdad que heló la habitación—. Eres una mujer joven, empoderada, que quiere comerse al mundo. Seguro el mundo te dará asilo. Tienes un día. Ni un minuto más.

Galia lo miró, buscando al Arturo blando y complaciente de siempre, al que perdonaba todo, al que bajaba la cabeza para evitar pleitos. Pero ese hombre ya no estaba. Frente a ella había un desconocido con la mandíbula tensa y la mirada de un juez dictando sentencia.

—Arturo… no puedes hacerme esto… —balbuceó, su arrogancia desmoronándose como un castillo de naipes.

—No te lo estoy haciendo yo, Galia. Te lo estás haciendo tú sola. Bienvenida a tu nueva vida de soltera. Empieza ahora.

Arturo dio media vuelta, tomó su saco del respaldo de la silla y salió de la cocina, dejándola sola, parada en medio de su propio desastre, con el zumbido del refrigerador como única compañía y el terror empezando a trepar por su garganta.

El reloj en la pared siguió avanzando. Tic, tac. La cuenta regresiva había comenzado.

CAPÍTULO 2: La Cuenta Regresiva de un Extraño

La puerta de la recámara principal se cerró con un clic suave, casi imperceptible, pero que para Galia resonó como un disparo de cañón en medio de la sala. No hubo portazo, no hubo gritos finales, y eso fue lo que más la desconcertó. Arturo, su Arturo, el hombre que solía pedir perdón incluso cuando ella tenía la culpa, acababa de encerrarse en su propio cuarto, dejándola a ella parada en la cocina como si fuera una visita indeseada a la que ya se le pasó la hora de irse.

Galia se quedó inmóvil un momento, con las manos todavía aferradas al borde de la mesa de formica. Sentía una mezcla turbulenta de incredulidad y una furia que le subía por el cuello, calentándole las orejas.

—Imbécil —susurró, escupiendo la palabra hacia el pasillo vacío—. Pobre diablo.

Intentó convencerse de que todo era una actuación. “Está herido”, pensó, alisándose la blusa con un gesto nervioso. “Es un berrinche de macho herido. Mañana se le pasa. Mañana va a amanecer con la cola entre las patas, pidiéndome perdón y rogándome que no me vaya”.

Caminó hacia la sala y se dejó caer en el sofá gris que habían comprado hacía tres años en una venta del Buen Fin. Recordó cómo habían discutido por el color; ella quería beige, él insistió en el gris porque “aguanta más la mugre”. Al final, como siempre, se hizo lo que él quiso, o al menos así lo recordaba ella ahora, reescribiendo la historia para justificar su desprecio.

Miró alrededor. El departamento, que minutos antes consideraba una cárcel aburrida, de repente se sentía hostil. Las fotos en las paredes, esas donde sonreían abrazados en Xochimilco o en la boda de su prima en Cuernavaca, parecían burlarse de ella.

—Veinticuatro horas… —murmuró, y soltó una risa corta y seca—. Estás loco, Arturo.

Sacó su celular del bolsillo. La pantalla iluminó su rostro en la penumbra. Tenía un mensaje de él. De Igor. “Buenas noches, preciosa. ¿Soñando conmigo?”. Una sonrisa automática se dibujó en sus labios, pero no le llegó a los ojos. Por primera vez en meses, el mensaje no le provocó esa chispa de emoción prohibida, sino una punzada de ansiedad. Igor era diversión, era el escape, era la fantasía de que ella seguía siendo una mujer fatal y deseada. Pero Igor vivía con su madre en la colonia Roma y “estaba ahorrando para su propio espacio”. No era una opción real para llegar con tres maletas y decirle: “Me salí de mi casa, hazme espacio”.

Galia bloqueó el teléfono sin contestar. No quería romper la magia de su aventura con la cruda realidad de su situación actual. Si le decía a Igor que la habían corrido, ¿seguiría viéndola como la diosa inalcanzable? ¿O la vería como una mujer con problemas de vivienda?

Se levantó y fue hacia la puerta de la recámara. Giró la perilla. Cerrada con seguro.

—¡Arturo! —llamó, golpeando la madera con los nudillos—. ¡Abre! Tengo mis cremas ahí dentro. ¡Necesito desmaquillarme!

Del otro lado, solo silencio. Ni el ruido de la televisión, ni pasos, nada.

—¡Arturo, no seas infantil! —gritó más fuerte, perdiendo la compostura—. ¡Es mi cuarto también!

La voz de Arturo llegó amortiguada por la madera, tranquila, pero firme como una pared de ladrillos.

—Ya no, Galia. Tienes el baño de visitas. Ahí hay jabón. Buenas noches.

Galia golpeó la puerta una vez más, con la palma abierta, un golpe de frustración pura.

—¡Te vas a arrepentir de esto! —chilló.

Nadie respondió.

Esa noche, Galia durmió—o intentó dormir—en el sofá. Se tapó con una manta delgada que usaban para ver películas, hecha bolita, con el cuello torcido contra el cojín. Cada vez que escuchaba un ruido, el motor del refrigerador o el paso de un camión pesado por la avenida, se sobresaltaba. La humillación le quemaba el pecho. Ella, Galia, durmiendo en la sala de su propia casa como si fuera una arrimada.

“Mañana”, se prometió mientras miraba las sombras en el techo. “Mañana se le pasa el coraje. Mañana hablamos bien y arreglamos esto. No puede echarme así”.


Pero el amanecer trajo consigo una realidad gris y fría, típica de las mañanas contaminadas de la capital.

Galia despertó con dolor de cuello y la boca seca. La luz del sol se filtraba por las persianas, hiriéndole los ojos. Se sentó en el sofá, desorientada por un segundo, hasta que los eventos de la noche anterior le cayeron encima como una losa de concreto.

Miró el reloj de la pared. Las 7:15 AM.

Escuchó ruido en la cocina. Se levantó rápidamente, se arregló el cabello con los dedos y alisó su ropa arrugada. Tenía que verse digna. Tenía que demostrarle que no le afectaba.

Entró a la cocina esperando encontrar a Arturo arrepentido, tal vez preparando el desayuno para los dos como ofrenda de paz.

Lo que encontró fue a Arturo vestido impecablemente con su traje azul marino, terminando su café de pie junto a la barra. Ya tenía el maletín listo junto a la puerta. No había platos extra, no había huevitos con jamón, ni siquiera un “buenos días”.

Arturo levantó la vista cuando ella entró. Su mirada fue un escáner rápido y desinteresado.

—El café está en la alacena, si quieres prepararte —dijo él, consultando su reloj de muñeca—. Me voy a la oficina.

Galia parpadeó, incrédula.

—¿Te vas? ¿Así nada más? —preguntó, con la voz ronca por el sueño.

—Tengo junta a las nueve —respondió él, tomando sus llaves—. Recuerda el plazo, Galia. Ocho cuarenta y cinco de la noche. Cuando yo regrese, quiero las llaves en la mesa.

Caminó hacia la puerta, pasando junto a ella sin siquiera rozarla. Galia sintió el aroma de su loción, esa loción que ella misma le había regalado en Navidad. Olía a hombre, a estabilidad, a todo lo que estaba perdiendo.

—Arturo, espera —lo detuvo ella, poniéndose en su camino—. ¿Es en serio? ¿De verdad vas a hacerme esto? No tengo a dónde ir. No he empacado nada.

Arturo se detuvo y la miró a los ojos. No había odio en su mirada, y eso fue lo peor. Había una decepción profunda, abismal, como quien mira un edificio derrumbado que sabe que no se puede reconstruir.

—Tuviste toda la noche para pensarlo, Galia. Y tuviste meses para planear tu “libertad”. Úsalos.

—Pero… —ella intentó buscar una excusa, algo que lo ablandara—. No puedo llevarme todo hoy. Los muebles, la ropa de invierno…

—Llévate lo que necesites para vivir. Lo demás lo puedes mandar a buscar el fin de semana con una mudanza. Pero tú… tú no duermes aquí hoy.

Arturo abrió la puerta. El ruido del pasillo del edificio entró al departamento.

—Que tengas buen día —dijo él, y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Galia se quedó sola. El silencio del departamento se le vino encima. Corrió a la ventana y espió a través de la persiana. Vio salir a Arturo del edificio, caminar hacia su auto —ese sedán gris que siempre mantenía limpio— y arrancar sin mirar atrás, perdiéndose en el tráfico de la mañana.

Fue entonces cuando el pánico real comenzó a filtrarse por las grietas de su orgullo.

—Maldita sea —masculló.

Corrió al baño de visitas, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Las ojeras eran visibles. “No voy a llorar”, se dijo. “No le voy a dar el gusto. Si él quiere guerra, tendrá guerra. Me voy a ir con la frente en alto”.

Entró a la recámara principal. La puerta ya no tenía seguro. La cama estaba tendida, perfecta, militarmente ordenada. Arturo había dormido ahí, en su lado, y el lado de ella estaba intacto, frío.

Sacó las maletas del clóset. Tenía dos maletas grandes, esas que usaron para su luna de miel en Cancún, y una bolsa de viaje. Las abrió sobre la cama y comenzó a sacar ropa.

Al principio, lo hizo con rabia. Arrancaba los ganchos del tubo, tiraba las blusas dentro de la maleta sin doblarlas.

—Quédate con tu maldito clóset —decía entre dientes—. Quédate con tu espacio. Me voy a comprar ropa mejor.

Pero a medida que pasaban las horas, la rabia empezó a dar paso a la nostalgia y al miedo. Encontró el vestido rojo que usó en su aniversario hace dos años. Arturo le había dicho que se veía espectacular. Encontró la bufanda que tejieron juntas su suegra y ella, cuando todavía se llevaban bien. Encontró una caja de zapatos vieja llena de cartas y boletos de cine.

Se sentó en el suelo, rodeada de su vida desparramada. De repente, la magnitud de lo que estaba pasando la golpeó. No se trataba solo de cambiarse de casa. Se trataba de desmantelar una vida.

¿A dónde iría?

Tomó su celular. Marcó el número de su madre.

—¿Bueno? —contestó la señora con su voz cantarina—. ¡Hija! Qué milagro que llamas tan temprano. ¿Todo bien?

Galia sintió un nudo en la garganta. Si le decía la verdad a su madre, la señora entraría en crisis. Su madre adoraba a Arturo. Siempre decía que era “un santo” por aguantar el carácter de Galia. Si le decía que se divorciaban, y peor aún, que Arturo la había corrido, las preguntas serían interminables. Y su madre tenía un sexto sentido; sabría de inmediato que Galia había hecho algo para provocarlo.

—Sí, ma, todo bien —mintió, mordiéndose el labio—. Oye… fíjate que van a fumigar el edificio hoy y mañana. Es… es algo urgente, una plaga de cucarachas horrible.

—¡Ay, guácala! —exclamó su madre—. Qué horror, hija.

—Sí, entonces… Arturo se va a quedar con unos amigos del trabajo porque le queda cerca, pero yo pensaba… ¿crees que pueda quedarme contigo un par de días?

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—Hija, tú sabes que esta es tu casa —dijo su madre, pero con un tono vacilante—. Pero ya sabes que tu tía Lucha está aquí, se operó de la cadera y está en el cuarto de huéspedes. Y tu papá está usando el estudio para sus maquetas. Solo tendríamos el sofá cama de la sala, y ya ves que tiene los resortes salidos.

Galia cerró los ojos. El sofá cama de sus padres era una tortura medieval. Y tener que aguantar a la tía Lucha y sus preguntas impertinentes…

—No, no te preocupes, ma —dijo rápidamente—. No quiero incomodar. Mejor… mejor busco otra opción. Quizá me vaya a un hotel cerca del trabajo.

—Bueno, hija. Cualquier cosa me avisas. Saludos a Arturito.

Galia colgó. “Saludos a Arturito”. Si supiera.

Miró el contacto de Igor. Dudó. Igor siempre decía: “Si necesitas algo, aquí estoy, muñeca”. Pero una cosa era necesitar que te invitaran un trago y otra muy distinta necesitar un techo.

Marcó. Buzón de voz directo.

Intentó de nuevo. Buzón.

—Maldito —susurró. Seguramente estaba en el trabajo, o dormido, o simplemente no quería contestar.

Llamó a Sandra, su mejor amiga, su cómplice de fiestas y confidente de sus quejas matrimoniales. Sandra contestó al segundo tono.

—¡Amiga! ¿Qué onda? ¿Vamos a ir al after hoy?

—Sandra, necesito un paro enorme —Galia fue al grano, su voz temblaba ligeramente—. Arturo se puso loco. Me corrió del departamento.

—¿Qué? —Sandra soltó una carcajada incrédula—. ¿Arturo? ¿Tu Arturo? ¿El que te trae el desayuno a la cama? No inventes. ¿Qué le hiciste?

—Nada, solo… le dije que quería separarme y se puso histérico. Me dio 24 horas. Tengo que salirme hoy.

—¡No manches! Qué intenso. O sea, ¿de verdad te corrió?

—Sí, wey. Necesito dónde quedarme. ¿Me das chance en tu depa unos días?

Hubo un silencio incómodo.

—Híjole, amiga… me encantaría, neta. Pero… ¿te acuerdas de Jorge? El chico del gimnasio. Pues… ya se mudó conmigo la semana pasada. Estamos en plena luna de miel, ya sabes, andamos en chones todo el día. Sería súper incómodo para ti y para él.

Galia sintió que el mundo se hacía pequeño.

—Ah… ya. Entiendo. No, no te preocupes.

—Pero vete a un hotel, amiga. Tienes tarjeta, ¿no? Pásatela rico, pide room service. Velo como unas vacaciones.

—Sí… vacaciones —murmuró Galia.

Colgó. Se quedó mirando el teléfono negro. Tenía tres mil pesos en su cuenta de débito hasta la quincena. Su tarjeta de crédito estaba topada porque se había comprado unas botas carísimas la semana pasada, pensando que Arturo pagaría el saldo como siempre hacía a fin de mes.

Estaba sola. Y estaba en quiebra.

La tarde cayó sobre la ciudad, pintando el cielo de un naranja sucio y luego de un violeta oscuro. Galia empacó lo esencial. Ropa de trabajo, zapatos, sus cosméticos, algo de joyería. Llenó las dos maletas y tres bolsas de basura con ropa que no cabía.

El departamento se veía extraño con los huecos que dejaban sus cosas. El tocador estaba vacío. El clóset, medio pelón. Ya no parecía un hogar, sino un escenario desmontado después de la última función.

A las 8:00 PM, Galia estaba sentada en la sala, con sus maletas apiladas junto a la puerta. Se había retocado el maquillaje. Llevaba puestos unos lentes oscuros, aunque fuera de noche, para ocultar los ojos hinchados. No iba a dejar que él viera que había llorado.

A las 8:35 PM, escuchó la llave girar en la cerradura.

Su corazón dio un vuelco doloroso. Por un segundo, tuvo la fantasía estúpida de correr, abrazarlo y decirle que todo era una broma, que lo amaba, que no quería irse. Pero su orgullo, ese maldito orgullo que la había metido en este lío, la mantuvo pegada al sofá.

La puerta se abrió. Arturo entró.

Se veía cansado. Traía el saco colgado del brazo y la corbata deshecha. Pero su expresión era ilegible. Cerró la puerta tras de sí y miró las maletas apiladas en la entrada. Luego miró a Galia.

No hubo sorpresa. No hubo dolor visible. Solo una aceptación fría y pragmática.

—Estás lista —dijo él. No fue una pregunta.

Galia se puso de pie, irguiéndose cuan alta era con sus tacones.

—Como ves —dijo ella, con voz gélida—. No necesito que me lo repitas. Yo cumplo mi palabra.

Arturo asintió y caminó hacia la cocina. Dejó su maletín sobre la mesa y sacó un sobre blanco de su saco. Regresó a la sala y se lo extendió.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, sin tomarlo.

—Dinero —dijo Arturo—. Son diez mil pesos. Es efectivo. Tómalo.

Galia sintió que la cara le ardía.

—No necesito tu caridad, Arturo. Tengo mi sueldo.

—Tómalo, Galia —insistió él, poniéndole el sobre en la mano a la fuerza—. Sé cómo están tus tarjetas. No quiero que andes dando lástima por ahí. Esto es para un hotel o para lo que necesites estos primeros días. Considéralo un finiquito por los años de servicio.

La frase fue un latigazo. “Finiquito”. “Años de servicio”. La había reducido a una empleada doméstica despedida.

Galia apretó el sobre con rabia. Quería tirárselo a la cara, quería gritarle que se metiera su dinero por donde le cupiera. Pero sabía que lo necesitaba. Sabía que sin ese dinero, esa noche dormiría en la terminal de autobuses.

Se guardó el sobre en el bolso con un movimiento brusco.

—Gracias —dijo, destilando veneno—. Aunque no creas que esto compra mi silencio. Eres un patán.

Arturo la ignoró. Miró el reloj.

—Ocho cuarenta y cinco. Es hora.

Galia tomó las asas de sus maletas. Pesaban. Pesaban como los diez años de matrimonio que estaba arrastrando hacia la puerta.

Arturo no se ofreció a ayudarla. Se quedó parado, con las manos en los bolsillos, observando.

Galia arrastró la primera maleta al pasillo. Luego regresó por la segunda. Y finalmente por las bolsas. Sudaba. Se sentía ridícula, jalando bultos mientras él solo miraba.

Cuando todo estuvo afuera, se detuvo en el umbral. Se giró para mirarlo una última vez. Esperaba algo. Una palabra. Un “cuídate”. Un “adiós”.

Arturo la miraba desde el centro de la sala. El departamento, detrás de él, se veía cálido, iluminado, acogedor. Era el reino que ella había despreciado y del que ahora estaba desterrada.

—Las llaves —dijo Arturo, extendiendo la mano.

Galia sacó el llavero de su bolso. Tenía un llaverito de la Torre Eiffel que compraron juntos. Lo desenganchó con dedos temblorosos y se lo puso en la palma de la mano. El metal estaba caliente por haber estado en su mano.

—Espero que seas muy feliz solo, Arturo —dijo ella, tratando de herirlo una última vez—. Te vas a podrir en este departamento aburrido. Nadie te va a aguantar como yo.

Arturo cerró el puño sobre las llaves.

—Adiós, Galia. Cierra la puerta al salir.

Galia se quedó boquiabierta. ¿Eso era todo? Dio media vuelta, furiosa, humillada, y salió al pasillo frío del edificio.

Escuchó cómo la puerta se cerraba a sus espaldas.

Clac.

Luego, el sonido inconfundible del cerrojo de seguridad girando. Y luego el segundo cerrojo.

Se quedó parada frente a la puerta cerrada de madera barnizada, con el número 302 brillando en dorado. Estaba sola en el pasillo. Sus maletas se veían tristes bajo la luz fluorescente parpadeante.

Del otro lado de la puerta, Arturo recargó la frente contra la madera. Cerró los ojos y soltó el aire que había estado conteniendo durante veinticuatro horas.

Sus manos empezaron a temblar. Se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda contra la puerta, como si quisiera bloquearla con su propio cuerpo para que el dolor no entrara, o para que el amor no saliera a buscarla.

El departamento estaba en silencio. Un silencio absoluto, profundo, aterrador. Pero era su silencio.

Arturo miró la sala vacía. Le dolía el pecho como si tuviera un infarto. Quería llorar, pero las lágrimas no salían. Se levantó con esfuerzo, caminó hacia el refrigerador y sacó una cerveza bien fría. La abrió con un tsst que resonó en la cocina.

Dio un trago largo, amargo y refrescante.

—Se acabó —dijo en voz alta, y su voz sonó extraña en la habitación vacía—. Se acabó.

Se dirigió al sofá, se sentó en el mismo lugar donde Galia había pasado la noche, estiró las piernas y encendió la televisión. No importaba qué programa fuera. Lo importante era que el control remoto era suyo. El aire era suyo. La vida, por fin, volvía a ser suya, aunque ahora tuviera que aprender a vivirla con un hueco en el pecho del tamaño de una mujer que ya no existía.

Mientras tanto, abajo, en la calle, Galia intentaba meter sus maletas en un taxi, peleando con el conductor para que le abriera la cajuela, mientras las primeras gotas de una lluvia nocturna empezaban a caer sobre la Ciudad de México, borrando sus lágrimas y su rastro de la banqueta.

PARTE 2: LA CAÍDA DE LA REINA Y EL RENACER DEL REY

CAPÍTULO 3: El Sabor del Asfalto Mojado

La lluvia en la Ciudad de México no avisa; ataca. Lo que empezó como un chispeo molesto mientras Galia bajaba sus maletas se había transformado en un aguacero torrencial, de esos que convierten las avenidas en ríos de aceite y desesperación.

Galia estaba sentada en el asiento trasero de un taxi Versa que olía a aromatizante de pino barato y a cigarro rancio. Miraba por la ventana empañada cómo las luces de la ciudad se distorsionaban en manchas rojas y amarillas, deslizándose por el vidrio como lágrimas de neón. El limpiaparabrisas trabajaba frenéticamente, con un chirrido rítmico que le taladraba las sienes.

—¿Y a dónde la llevo, señorita? —preguntó el taxista, un hombre mayor con bigote canoso que la miraba por el retrovisor con esa curiosidad morbosa típica de quien ha visto demasiadas tragedias nocturnas.

Galia se quedó en blanco. ¿A dónde? Esa era la pregunta del millón.

Había imaginado su salida de otra manera. En su fantasía, se iba en un Uber Black, directo al departamento de soltera de alguna amiga comprensiva, o quizás a un hotel boutique en la Condesa donde se pediría una copa de vino y celebraría su libertad. Pero la realidad era que estaba en un taxi de sitio, con tres maletas empapadas en la cajuela, diez mil pesos en efectivo en la bolsa y el orgullo hecho pedazos.

—A un hotel —murmuró ella, sin quitar la vista de la ventana.

—¿Cuál, jefa? Hay muchos. ¿Uno de paso o uno familiar? Digo, por la hora y el equipaje…

La insinuación le quemó la cara.

—Uno decente —espetó ella con veneno—. Lléveme al Fiesta Americana de Reforma.

El taxista soltó una risita ronca, pero asintió.

—Usted manda. Pero le aviso que el tráfico está de la fregada por la lluvia. Nos vamos a aventar una hora fácil.

Galia se recargó en el asiento de vinipiel, sintiendo el frío del material en la espalda. Cerró los ojos. La imagen de Arturo cerrando la puerta seguía grabada en sus retinas. No podía creer que lo hubiera hecho. No podía creer que el hombre que le preparaba licuados por la mañana y le calentaba los pies en invierno la hubiera echado como si fuera una inquilina morosa.

“Se va a arrepentir”, pensó, apretando los puños. “Mañana me va a llamar. Va a estar llorando, suplicando que vuelva. Y yo no le voy a contestar. Lo voy a dejar sufrir unos días”.

Sacó su celular. Tenía 12% de batería. Ninguna llamada perdida. Ningún mensaje de Arturo. Solo una notificación de Facebook recordándole el cumpleaños de una compañera de la prepa a la que no veía hace años.

El trayecto fue una tortura. El tráfico estaba detenido en el Viaducto. Galia veía los autos parados, el vapor saliendo de los escapes, la gente corriendo bajo la lluvia. Se sintió pequeña. Por primera vez en años, no tenía el escudo protector de su “vida perfecta”. Ya no era la señora de la casa bonita en la Del Valle. Ahora era solo una pasajera más en la noche hostil de la capital.

Cuando llegaron al hotel en Reforma, el taxímetro marcaba una cantidad obscena. Galia pagó con un billete de quinientos, dejando que el taxista se quedara con el cambio solo para no tener que esperar a que buscara monedas.

Bajó del taxi bajo la marquesina del hotel. El botones, un chico joven con uniforme impecable, corrió a ayudarla con las maletas.

—Buenas noches, bienvenida. ¿Tiene reservación?

—No —dijo Galia, irguiéndose y sacudiéndose las gotas de lluvia del saco—. Necesito una habitación por… un par de noches.

Entró al lobby. El aire acondicionado estaba helado, pero olía a lujo, a flores frescas y cera de pisos. Se sintió un poco mejor. Esto era lo que merecía. Clase. Estilo. Se acercó a la recepción, taconeando fuerte.

—Buenas noches —le dijo a la recepcionista, una chica que parecía modelo—. Quiero una habitación estándar.

—Claro que sí, permítame un momento… —la chica tecleó en su computadora—. Tenemos disponibilidad. La tarifa por noche es de cuatro mil quinientos pesos más impuestos. ¿Cuántas noches serían?

Galia sintió que el suelo se le movía. ¿Cuatro mil quinientos? Hizo un cálculo mental rápido. Los diez mil pesos que Arturo le había dado (su “finiquito”, maldito sea) le durarían dos noches si contaba las comidas. Y todavía faltaban diez días para la quincena.

Su tarjeta de crédito estaba topada. Su cuenta de débito, en los huesos.

La recepcionista la miraba con una sonrisa profesional, esperando la tarjeta. Galia sintió cómo el rubor le subía por el cuello. La vergüenza era un sabor metálico en su boca. No podía pagar eso. No podía gastarse todo su capital en dos noches de sueño.

—¿Sabe qué? —dijo Galia, fingiendo revisar su celular—. Me están avisando que… que hubo un cambio de planes. Mi vuelo sale más tarde. Disculpe.

Dio media vuelta antes de que la chica pudiera responder. Sintió las miradas del botones y del personal en su espalda mientras salía de nuevo a la calle, arrastrando sus maletas. La humillación le picaba en los ojos.

Tuvo que caminar dos cuadras bajo la llovizna, jalando el equipaje que cada vez pesaba más, hasta encontrar otro taxi.

—Lléveme a la colonia Roma, por favor —le dijo al nuevo chofer. Conocía un hotelito ahí, sobre la calle Querétaro, que no era de lujo pero tampoco era un nido de ratas. “El Hotel Monarca” o algo así.

Terminó pagando mil doscientos pesos por una habitación que olía a tabaco viejo y tenía una alfombra de color dudoso. Cuando cerró la puerta de la habitación 204 y echó el cerrojo, Galia se dejó caer en la cama. El colchón era duro. Las sábanas, ásperas.

Miró el techo, donde una mancha de humedad formaba un mapa abstracto.

—Esto es temporal —dijo en voz alta, para convencerse a sí misma—. Es solo una transición. Soy libre. Soy libre.

Pero la libertad, descubrió esa noche, se sentía terriblemente fría y solitaria.


Mientras tanto, en el departamento 302, Arturo estaba viviendo su propio proceso.

Después de beberse la cerveza, se había quedado un largo rato mirando la pantalla negra de la televisión apagada. El silencio del departamento no era pacífico todavía; era el silencio de una amputación. Faltaba algo. Faltaba el ruido de ella, sus tacones, su voz hablando por teléfono, el sonido de la secadora de pelo.

Pero curiosamente, junto con el dolor, había una sensación física de descompresión. Sus hombros, que habían estado tensos durante meses, bajaron. Ya no tenía que estar alerta. Ya no tenía que medir sus palabras, ni preocuparse por si había dejado un vaso fuera de lugar que pudiera desatar una crítica pasivo-agresiva.

Se levantó y caminó por el departamento. Fue al baño. En la repisa del lavabo, donde solían estar los frascos de cremas, perfumes y maquillajes de Galia, ahora solo quedaba su cepillo de dientes, su rasuradora y un desodorante. El espacio vacío era enorme.

Abrió el botiquín y encontró un pasador olvidado en una esquina. Un simple pasador negro de metal. Lo tomó entre sus dedos. Recordó cuántas veces se los había quitado del cabello antes de hacer el amor, en aquellos tiempos cuando todavía se tocaban con deseo. Sintió una punzada de nostalgia, un deseo estúpido de guardarlo como un tesoro.

—No —se dijo a sí mismo.

Tiró el pasador al bote de basura. Cling.

Ese pequeño sonido fue el detonante. Arturo sintió una oleada de energía, una mezcla de rabia y necesidad de purga.

Fue a la cocina. Abrió el refrigerador. Estaba lleno de los yogures griegos bajos en grasa que a ella le gustaban, de jugos detox carísimos que compraba y nunca se terminaba.

Sacó una bolsa de basura negra grande. Empezó a tirar todo. Los yogures. La leche de almendras que él detestaba. El queso panela light.

—A la chingada —murmuró, lanzando un frasco de mermelada dietética.

Luego fue a la sala. Los cojines decorativos que ella había insistido en comprar y que a él le parecían incomodísimos porque tenían lentejuelas. A la bolsa. El florero seco que llevaba semanas muerto y que ella no había tirado. A la bolsa.

Barrió el departamento, no solo para quitar el polvo, sino para sacar su energía. Limpió con cloro. Fregó. Sudó.

A la una de la mañana, Arturo estaba exhausto, sentado en el suelo de la sala impecable. El departamento olía a limpio, a hombre, a vacío.

Se preparó un sándwich de jamón con queso amarillo y mayonesa, con mucho chile jalapeño, como a él le gustaba y como ella siempre criticaba (“Eso es pura grasa, Arturo, te va a dar gastritis”). Se lo comió con un gusto casi religioso, saboreando cada mordida de su autonomía recuperada.

Se fue a la cama. Se detuvo un momento mirando el lado de ella. Esa noche, por primera vez en diez años, Arturo no se acostó en su orilla. Se acostó justo en el medio del colchón King Size. Estiró los brazos y las piernas, ocupando todo el espacio, haciendo la posición de estrella de mar.

No lloró. Pensó que lloraría, pero las lágrimas no llegaron. En su lugar, llegó el sueño, pesado y profundo, el sueño del justo, el sueño del sobreviviente.


La mañana siguiente fue brutal para Galia.

El sol entraba por una rendija de las cortinas del hotel, dándole directo en la cara. Despertó desorientada, con el cuello torcido por la almohada dura. Por un segundo, pensó que estaba en casa y estiró la mano para tocar a Arturo. Tocó aire viciado.

La realidad la golpeó como un balde de agua fría. Estaba en un hotel barato en la Roma Sur. Estaba sola. Y tenía que ir a trabajar.

Miró el reloj de su celular. 7:45 AM.

—¡Mierda! —gritó, saltando de la cama.

Entraba a las 9:00 al banco, y tenía que atravesar media ciudad en hora pico. Corrió a las maletas. Abrió la que tenía su ropa de oficina y se quiso morir.

Sus blusas, que había metido hechas bola en un ataque de furia la noche anterior, estaban hechas un acordeón. Arrugadas, impresentables. Sus faldas tenían marcas de dobleces imposibles.

—¡No, no, no! —gemía mientras sacaba prenda tras prenda.

En casa, tenía una plancha de vapor vertical. Tenía tiempo. Tenía a Arturo, que a veces le preparaba el café mientras ella se arreglaba.

Aquí no había plancha. Llamó a recepción.

—¿Me pueden prestar una plancha?

—Híjole, señorita, la única que tenemos la está usando la camarista del tercer piso. Se desocupa como en media hora.

Galia colgó con fuerza. Tuvo que improvisar. Colgó la blusa menos arrugada en el baño y abrió la regadera con agua hirviendo, esperando que el vapor alisara la tela. Mientras tanto, intentó maquillarse con la pésima iluminación del espejo del baño, que la hacía ver verde y enferma.

No pudo desayunar. No hubo jugo verde, ni fruta picada. Salió del hotel corriendo, con el estómago rugiendo y un café aguado del OXXO de la esquina quemándole la lengua.

Llegó al banco a las 9:15. Quince minutos tarde.

Su jefe, el señor Méndez, un hombre calvo y meticuloso que vivía para la puntualidad, estaba parado junto a su cubículo.

—Buenos días, Galia —dijo, mirando su reloj—. Qué raro en usted. Siempre es la primera.

—Disculpe, licenciado —jadeó ella, dejando su bolsa—. El tráfico… hubo un accidente horrible en el Periférico.

Méndez la miró de arriba abajo. Su mirada se detuvo en la blusa arrugada y en el cabello, que con la humedad de la lluvia y las prisas, tenía un frizz incontrolable.

—Ya veo —dijo Méndez, con una mueca de desaprobación—. Que no se repita. Y… Galia, cuide su presentación. Aquí vendemos imagen y confianza. Esa blusa no es apropiada.

Se dio la vuelta y se fue.

Galia se sentó en su silla giratoria, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia le picaban detrás de los ojos. Ella, la reina de la oficina, la que siempre criticaba a las becarias por venir desaliñadas, estaba siendo regañada por parecer una pordiosera.

Se escondió detrás del monitor de su computadora. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba validación.

Abrió el WhatsApp Web discretamente. Vio a Igor en línea.

Galia (9:30 AM): Hola guapo. ¿Cómo amaneciste? Ayer tuve un día de locos, por eso no te contesté.

Esperó. Vio las dos palomitas azules. Igor estaba escribiendo… dejó de escribir. Volvió a escribir.

Igor (9:45 AM): Qué onda Galia. Todo bien. Oye, ando súper ocupado en la chamba, luego hablamos va?

Y se desconectó.

Galia sintió un hueco en el estómago. “Luego hablamos”. Ni un “te extraño”, ni un “¿cuándo nos vemos?”. Nada. La frialdad del mensaje contrastaba dolorosamente con los mensajes llenos de fuego que le mandaba cuando ella estaba “segura” en su matrimonio.

Empezó a entender algo terrible: para Igor, el morbo era que ella fuera una mujer casada, inalcanzable. El juego era robarse a la mujer de otro. Si ella estaba libre y desesperada, el juego perdía la gracia. Ella perdía valor.

Pasó el resto de la mañana en piloto automático, cometiendo errores tontos en las capturas de datos, distraída, mirando su teléfono cada cinco minutos esperando una llamada de Arturo.

“Llámame, por favor”, pensaba. “Dime que me perdonas. Dime que puedo volver a casa”.

Pero el teléfono permaneció mudo.


A kilómetros de distancia, Arturo también estaba en su trabajo. Era ingeniero de sistemas en una empresa de logística cerca de Polanco.

Había llegado temprano, a las 8:30, afeitado, con la camisa impecable (él sí sabía planchar, había aprendido en el ejército, o bueno, en su servicio militar, y luego perfeccionado la técnica viviendo solo antes de casarse).

Se sentía extraño. Cansado, sí, pero con una claridad mental que no tenía hace años.

Estaba en la cocineta de la oficina, sirviéndose café, cuando entró Roberto, su compañero de cubículo y amigo de parranda ocasional.

—¿Qué hongo, Arturito? —saludó Roberto, dándole una palmada en la espalda—. Te ves… diferente, mano. ¿Te cortaste el pelo? ¿O qué?

Arturo sopló el vapor de su taza. Miró a Roberto. Podría mentir. Podría decir que todo estaba bien. Pero estaba harto de mentiras.

—Me separé, Beto —dijo Arturo, soltando la bomba con naturalidad.

Roberto se atragantó con su galleta.

—¿Neta? ¿Tú y la Galia? ¡No manches! Si se veían re bien. ¿Qué pasó?

Arturo se encogió de hombros.

—Cosas que pasan. Ella quería “vivir”, sentirse libre. Pues… ya es libre. Se fue ayer.

—¡Uff, qué madrazo! —Roberto hizo una mueca de dolor empático—. Lo siento un buen, carnal. ¿Cómo estás? ¿Necesitas echar trago hoy? ¿Vamos a las alitas?

Arturo lo pensó. La idea de ir a un bar ruidoso, lleno de hombres quejándose de sus mujeres, no le apetecía.

—Fíjate que no, Beto. Gracias. Estoy… extrañamente bien. Solo quiero llegar a mi casa, descansar y estar tranquilo.

—Bueno, pues si cambias de opinión, ahí estamos. Pero oye… —Roberto bajó la voz, poniéndose en modo conspirador—. Dicen que las viejas cuando se van, regresan. A los tres días ya no aguantan. Prepárate.

—No —dijo Arturo, y su tono fue tan definitivo que Roberto se calló—. Ella no va a regresar. Y si regresa, la chapa ya cambió.

Salió de la cocineta y se sentó frente a su computadora. Vio el reflejo de su cara en el monitor apagado. Se veía triste, sí, había ojeras profundas. Pero ya no tenía esa expresión de perro apaleado que había llevado los últimos meses tratando de complacer a una mujer que no lo quería.

Abrió su correo. Tenía trabajo que hacer. Tenía una vida que reconstruir. Y por primera vez, sentía que tenía las herramientas para hacerlo.


La tarde cayó y Galia salió del banco. No quería volver al hotel. La idea de encerrarse en esa habitación deprimente la aterraba.

Caminó sin rumbo por Reforma. La lluvia había cesado, dejando un aire frío y limpio. Vio a las parejas caminando de la mano, vio a la gente riendo en las terrazas de los cafés. Se sintió una paria.

Decidió ir a cenar algo “bien”. Se metió a un restaurante italiano. “Me lo merezco”, pensó. “Soy una mujer independiente”.

Pidió una pasta y una copa de vino. Cuando el mesero le trajo la cuenta, fueron ochocientos pesos. Galia sintió un calambre en la cartera. Si seguía así, en tres días no tendría ni para el metro.

Pero el orgullo pudo más. Pagó y dejó propina.

Salió del restaurante y, impulsada por una fuerza que no pudo controlar, paró un taxi.

—A la colonia Del Valle, por favor —le dio la dirección de su departamento.

“Solo voy a pasar a ver”, se dijo. “Solo quiero ver si está ahí”.

El taxi la dejó en la esquina, frente al parque. Galia se subió el cuello del abrigo y caminó hasta quedar frente a su edificio. Miró hacia arriba, al tercer piso.

Las luces estaban encendidas. La luz cálida de la sala se filtraba por las cortinas que ella había elegido.

Se imaginó a Arturo ahí dentro. ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría llorando viendo sus fotos? ¿Estaría bebiendo hasta perder el conocimiento por el dolor de su ausencia?

Vio una sombra moverse tras la cortina. Era Arturo. Se movía con calma. Luego, la sombra desapareció y las luces de la sala se apagaron. Se encendió la luz de la recámara. Unos minutos después, esa luz también se apagó.

El departamento quedó a oscuras.

Galia se quedó parada en la banqueta, bajo la luz de un farol, esperando… no sabía qué. ¿Que él saliera al balcón y gritara su nombre? ¿Que sintiera su presencia telepáticamente?

Pero nada pasó. El edificio dormía. Arturo dormía. El mundo seguía girando sin ella.

Una ráfaga de viento frío la hizo temblar. Se dio cuenta de lo patética que se veía, espiando su propia ex-vida desde la calle como una ladrona.

—Estás bien, Arturo —susurró con rabia y lágrimas—. Estás durmiendo. Mientras yo estoy aquí afuera.

Sonó su celular. Lo sacó rápido, con el corazón disparado. ¿Era él?

Era un mensaje del banco: “Estimado cliente, su pago mínimo de la tarjeta de crédito vence mañana. Evite recargos.”

Galia soltó una carcajada histérica que hizo que un señor que paseaba a su perro cruzara la calle para alejarse de ella.

—Perfecto —dijo—. Simplemente perfecto.

Dio media vuelta y caminó hacia la avenida para buscar un taxi de regreso a su hotel deprimente. La noche apenas empezaba y la lección de “libertad” apenas estaba en la primera página. Galia todavía tenía mucho que caer antes de tocar fondo. Y el fondo estaba mucho más abajo de lo que ella imaginaba.

CAPÍTULO 4: El Vértigo de la Soledad y Fantasmas en la Roma

El primer sábado después de la ruptura amaneció con un sol radiante sobre la Ciudad de México, de esos que hacen brillar la contaminación como si fuera una neblina dorada.

Para Arturo, despertar ese sábado fue una experiencia casi religiosa. Abrió los ojos a las 10:00 de la mañana. Sin alarma. Sin codazos en las costillas porque estaba roncando. Sin la presión pasivo-agresiva de tener que levantarse temprano para ir a desayunar con los suegros o acompañar a Galia a algún centro comercial a cargar bolsas mientras ella se probaba ropa que no necesitaba.

Se estiró en la cama King Size. El silencio del departamento era absoluto, roto solo por el lejano silbido del carrito del “fierro viejo” que pasaba por la calle.

—Diez de la mañana —dijo en voz alta, saboreando las palabras—. No mames. Qué rico.

Se levantó en calzones, rascándose la barriga con una libertad que no sentía hacía años. Fue a la cocina. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el espacio limpio y ordenado. No había trastes sucios en el fregadero (porque él los había lavado la noche anterior; a él sí le gustaba el orden).

Abrió el refrigerador. Estaba semivacío, pero era un vacío prometedor.

—Hoy toca mercado —decidió.

Se vistió con unos jeans viejos y cómodos, una playera de Star Wars que Galia odiaba (“Arturo, ya estás grande para esas ñoñerías”) y sus tenis más gastados. Salió a la calle caminando, rumbo al mercado de la colonia.

El mercado era un asalto a los sentidos: el olor a cilantro fresco, el sonido de los carniceros afilando cuchillos, el grito de “¡Pásele güero, qué le damos!”. Arturo caminó entre los puestos con una sonrisa boba en la cara.

Se detuvo en el puesto de carnitas “El Rey”.

—¡Quihubo, joven Arturo! —lo saludó el taquero, un hombre enorme con un mandil manchado de grasa gloriosa—. ¿Qué milagro? Hace mucho que no lo veía. Ya pensaba que la patrona lo tenía a dieta.

Arturo soltó una carcajada genuina.

—Algo así, Don Chuy. Pero ya se acabó la dieta. Deme tres de maciza con cuero, y una Coca bien fría. De vidrio.

Comió ahí mismo, de pie, con la salsa verde escurriéndole por los dedos. Cada mordida le sabía a gloria. Le sabía a rebelión. Durante años, Galia le había prohibido comer ahí porque “era muy naco” y “le iba a subir el colesterol”.

—Están buenísimos, Don Chuy —dijo Arturo, limpiándose con una servilleta de papel delgada y áspera.

Después de las carnitas, hizo su mandado. Compró lo que se le antojó: quesos fuertes, chorizo, pan dulce, cervezas artesanales y una bolsa enorme de pistaches. Nada de leche de almendras. Nada de pan sin gluten que sabía a aserrín.

Regresó a su departamento cargado de bolsas, sudando un poco bajo el sol del mediodía, pero sintiéndose más fuerte que nunca. Al entrar, dejó las cosas en la barra, puso música a todo volumen —rock en español de los 80s, Hombres G y Caifanes— y se puso a acomodar su botín.

Esa tarde, Arturo hizo algo que no hacía desde soltero: armó su vieja consola de videojuegos. Se sentó en el sofá, abrió una cerveza y pasó cuatro horas matando zombies en la pantalla, gritándole a la televisión, riéndose solo.

A las seis de la tarde, pausó el juego. El departamento estaba en penumbra. Se quedó quieto un momento. El silencio regresó.

Por un instante, la nostalgia intentó colarse. Miró hacia el pasillo, esperando ver a Galia salir del baño con su toalla en la cabeza, quejándose del ruido. Pero no había nadie.

Y entonces, Arturo se dio cuenta de algo fundamental: no extrañaba a Galia. Extrañaba la idea de tener compañía, sí. Extrañaba el calor humano. Pero no la extrañaba a ella. No extrañaba sus críticas, ni sus caras largas, ni esa sensación constante de que él no era suficiente.

—Salud por eso —brindó al aire con su cerveza, y reanudó el juego.


Mientras Arturo mataba zombies digitales, Galia estaba luchando contra sus propios monstruos en la habitación 204 del Hotel Monarca.

Llevaba tres días ahí y el lugar ya empezaba a oler a encierro y desesperación. La alfombra tenía manchas sospechosas que Galia trataba de no pisar descalza. El ruido de la calle Querétaro se filtraba por las ventanas delgadas día y noche.

Galia estaba sentada en la orilla de la cama, con su libreta de gastos abierta sobre las rodillas.

—Mierda, mierda, mierda —murmuraba, mordiendo la pluma.

Las cuentas no salían. El hotel le costaba seiscientos pesos la noche (había negociado una tarifa semanal con el gerente, un tipo baboso que le miraba el escote). Eso eran 4,200 a la semana. Comida, transporte, lavandería…

Le quedaban tres mil pesos del dinero que le dio Arturo. Su quincena llegaba hasta el día 15, y gran parte de ella ya estaba comprometida para pagar la tarjeta de crédito.

—Necesito un departamento —se dijo—. Urgente.

Abrió la aplicación de inmuebles en su celular. Puso los filtros: “Colonia Del Valle, Narvarte, Roma”.

Los precios la golpearon como una bofetada.
Renta: $18,000.
Renta: $22,000.
Estudio pequeño: $14,000.

Galia ganaba bien en el banco, sí, unos veinticinco mil pesos libres al mes. Pero estaba acostumbrada a que el sueldo de Arturo cubriera la vivienda, los servicios y el coche. Su sueldo era para “sus cosas”. Ahora, su sueldo tenía que cubrirlo todo. Y simplemente no alcanzaba para el estilo de vida que ella consideraba “mínimo indispensable”.

Bajó los estándares. Buscó “Colonia Doctores, Álamos, Portales”.
$9,000$10,000.

Todavía era demasiado si quería comer.

—Roomies —susurró con asco. La idea de compartir baño con extraños a sus treinta y dos años le parecía la derrota suprema.

Cerró la libreta con furia y la aventó contra la pared. Se levantó y caminó hacia el espejo. Se vio demacrada. Las raíces de su tinte empezaban a notarse un poco, o tal vez era su imaginación paranoica.

—Necesito salir —dijo—. Necesito ver a alguien.

Pensó en Igor. Llevaba tres días dándole largas por WhatsApp. “Mucha chamba”, “Mi mamá se enfermó”, “Ando fuera de la ciudad”. Excusas baratas. Galia no era estúpida; sabía cuándo un hombre estaba huyendo. Pero su ego no le permitía aceptarlo. Se decía a sí misma que él estaba asustado por la intensidad de la situación, que necesitaba un empujoncito.

“Si me ve”, pensó, arreglándose el cabello. “Si me ve arreglada, guapa, libre… se va a acordar de por qué le gusto tanto”.

Sabía dónde encontrarlo. Igor era entrenador personal en un gimnasio fresa en la Condesa, y los sábados por la tarde solía ir a un bar en la Alvaro Obregón con sus amigos a ver el fútbol.

Galia se puso su mejor vestido, ese negro ajustado que resaltaba su figura. Se maquilló con esmero, tapando las ojeras con capas de corrector. Se roció el perfume caro que le quedaba (regalo de Arturo del año pasado).

Se miró al espejo.

—Eres una diosa, Galia —se dijo, aunque sus ojos reflejaban el pánico de una niña perdida—. Arturo es un pendejo por dejarte ir. E Igor… Igor va a caer rendido.

Salió del hotel, ignorando la mirada lasciva del recepcionista, y pidió un Uber. Gastó ciento cincuenta pesos que no tenía para llegar a la Roma.

La Avenida Álvaro Obregón estaba llena de vida. Gente joven, guapa, paseando perros, bebiendo mezcal en las terrazas. Galia caminó por el camellón, sintiéndose parte de ese mundo de nuevo, aunque fuera una impostora con la cartera vacía.

Llegó al bar “La Terraza”. Sabía que Igor estaría ahí. Siempre estaba ahí cuando jugaba el América.

Entró. El lugar estaba lleno, ruidoso, olía a cerveza y a papas fritas. Buscó con la mirada entre las mesas.

Y lo vio.

Igor estaba en una mesa al fondo, cerca de la pantalla gigante. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus bíceps. Se estaba riendo a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás.

Pero no estaba solo con sus amigos hombres.

A su lado, muy pegada a él, había una chica. Una chica rubia, insultantemente joven, tal vez de veintitrés años. Llevaba un top corto y tenía la mano puesta posesivamente sobre la pierna de Igor.

Galia se congeló en medio del pasillo. Un mesero tuvo que esquivarla para no tirar una charola de bebidas.

—Permiso —masculló el mesero.

Galia no se movió. Vio cómo Igor se inclinaba hacia la chica y le susurraba algo al oído. Ella se rio y le dio un beso rápido en los labios. Un beso de novios. Un beso de propiedad.

El mundo de Galia se tambaleó. ¿Igor tenía novia? Él siempre le había dicho que estaba soltero, que “no creía en las etiquetas”, que solo disfrutaba el momento.

La furia, caliente y líquida, reemplazó al miedo. Galia caminó hacia la mesa con paso firme, sus tacones resonando (o al menos ella sentía que resonaban) sobre el piso de madera.

Llegó hasta ellos. Igor levantó la vista y su sonrisa se congeló instantáneamente. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y terror puro.

—¿Galia? —dijo, soltando la pierna de la rubia.

La chica volteó a verla, escaneándola de arriba abajo con esa arrogancia típica de la juventud.

—Hola, Igor —dijo Galia, esforzándose por mantener la voz estable—. ¿Mucha chamba? ¿Tu mamá sigue enferma?

La mesa de los amigos de Igor se quedó en silencio. Todos miraban la escena con anticipación morbosa.

Igor se puso de pie, nervioso.

—Galia… ¿qué haces aquí? —balbuceó, mirando de reojo a la rubia—. No sabía que venías por estos rumbos.

—Pues ya ves —Galia sonrió, una sonrisa tensa y peligrosa—. Ahora tengo mucho tiempo libre. Me separé, Igor. Dejé a Arturo. Soy libre.

Lo dijo esperando que él entendiera el mensaje, que viera el sacrificio que ella había hecho (aunque fuera mentira que ella lo había dejado voluntariamente).

Pero la reacción de Igor fue un balde de agua helada.

Su cara se transformó en una mueca de fastidio.

—Ah… órale. Qué bien por ti —dijo secamente—. Oye, pero ahorita estoy ocupado. Estoy con… con Karen.

Karen, la rubia, arqueó una ceja.

—¿Quién es esta señora, mi amor? —preguntó Karen, remarcando la palabra “señora” con un tono que hizo que Galia quisiera arrancarle las extensiones.

—Es… una clienta del gimnasio —dijo Igor rápidamente, evitando mirar a Galia a los ojos—. Una conocida.

—¿Clienta? —Galia sintió que le faltaba el aire. ¿Clienta? Después de los mensajes, de las noches en hoteles, de las promesas vacías… ¿era una clienta?—. Igor, no seas cobarde. Dile quién soy. Dile lo que me decías la semana pasada.

Igor se puso rojo de ira. Se acercó a ella y bajó la voz, siseando entre dientes.

—Bájale a tu pedo, Galia. No vengas a hacer escenas aquí. Lo nuestro fue un relajo, ¿ok? Pasamos el rato, estuvo chido, pero ya. Tú eres casada. Yo tengo mi vida. No te confundas.

—Ya no soy casada —susurró ella, con la voz quebrada—. Me separé por…

—Pues qué pendeja —la cortó él brutalmente—. Porque yo no busco nada serio. Y menos con alguien que tiene tantos problemas. Así que, por fa, llégale. Me estás espantando al ganado.

Galia sintió como si le hubieran dado una bofetada física. “Llégale”. “Me estás espantando al ganado”.

Miró a Karen, que la miraba con lástima burlona. Miró a los amigos de Igor, que se aguantaban la risa.

En ese momento, Galia entendió todo. Nunca fue amor. Nunca fue pasión prohibida de novela. Ella solo había sido el entretenimiento de un patán de gimnasio, una mujer aburrida que le pagaba las cenas y los hoteles para sentirse deseada.

Las lágrimas amenazaron con salir, pero su orgullo tuvo un último reflejo de supervivencia.

—Eres un poco hombre —dijo Galia, temblando—. Y tú, niña… suerte. La vas a necesitar con este perdedor.

Dio media vuelta y salió del bar. Pero no fue una salida triunfal. Sus tacones se resbalaron un poco en la entrada, casi haciéndola caer. Escuchó las risas a sus espaldas.

Salió a la calle Álvaro Obregón, donde el aire fresco de la noche le golpeó la cara ardiendo. Caminó rápido, huyendo de la humillación, huyendo de la verdad.

Caminó sin rumbo, las lágrimas finalmente corriendo libres, arruinando su maquillaje perfecto. Se sentó en una banca de la Plaza Río de Janeiro, bajo la estatua del David, rodeada de oscuridad.

Sacó su celular. Tenía ganas de llamar a Arturo. Ganas de decirle que se había equivocado, que el mundo allá afuera era horrible, que la gente era cruel, que solo quería estar en su sofá viendo la tele con él.

Marcó el número de casa.

Tuu… tuu… tuu…

Nadie contestó.

Marcó al celular de Arturo.

“El número que usted marcó está ocupado o fuera del área de servicio…”

La había bloqueado.

Galia bajó el teléfono y miró a su alrededor. Estaba en una de las zonas más bonitas de la ciudad, pero nunca se había sentido tan miserablemente pobre y sola.

—¿Qué hiciste, Galia? —se preguntó a sí misma—. ¿Qué chingados hiciste?


En el departamento 302, Arturo no había escuchado el teléfono fijo porque lo había desconectado. “Para que no llamen los de cobranza o los bancos a molestar”, se había dicho, pero en el fondo sabía que era para no estar esperando una llamada de ella.

Estaba terminando de ver una película de acción, de esas con muchas explosiones y trama simple. Se sentía relajado. Había comido pistaches hasta hartarse.

De repente, su celular vibró en la mesa. No era Galia (a ella ya la tenía bloqueada de todo, WhatsApp, llamadas, Facebook). Era Sandra, la mejor amiga de Galia.

Arturo dudó. Sabía que Sandra venía con chismes o con reclamos. Pero también sabía que Sandra era razonable.

Contestó.

—Bueno.

—Hola, Arturo —la voz de Sandra sonaba cautelosa—. Oye… perdón que te moleste sábado en la noche.

—No te preocupes, Sandra. ¿Qué pasa?

—Es que… bueno, estoy preocupada por Galia.

Arturo se tensó.

—¿Qué le pasó?

—No sé bien. Me llamó hace rato, estaba llorando, super mal. No se le entendía nada, decía que estaba en un parque, que Igor era un patán… en fin. Le dije que fuera a mi casa un rato a calmarse, aunque mi novio se enoje.

Arturo no dijo nada. Sintió una punzada de preocupación instintiva, pero la sofocó rápido.

—Qué bueno que la apoyes, Sandra. Eres buena amiga.

—Arturo… —Sandra dudó—. Ella está muy mal. Dice que se está quedando en un hotel horrible. ¿Neta la corriste así nomás? Digo, no es por meterme, pero… se oye muy gacho.

Arturo suspiró. Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad iluminada.

—Sandra, tú sabes que yo aguanté mucho. Años. Aguanté sus desprecios, sus frialdades, sus “confusiones”. Ella me pidió el divorcio. Ella dijo que se quería ir. Yo solo le puse fecha.

—Sí, pero… ¿no crees que fuiste muy duro? Digo, ella pensaba que iban a negociar.

—No se negocia con terroristas, Sandra —dijo Arturo con calma—. Y ella estaba terrorizando mi paz mental. Mira, me duele que esté mal. De verdad. No le deseo mal. Pero no puedo ser su salvavidas cuando ella fue la que decidió saltar del barco.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Tienes razón —admitió Sandra—. La neta, sí se pasó de lanza contigo. Y lo de ese tipo, el Igor… todos le decíamos que era un pendejo, pero ella estaba encaprichada. En fin. Solo quería saber tu versión.

—Gracias por llamar, Sandra. Si necesita algo grave, médico o algo así, avísame. Pero dinero o techo… eso ya no me toca a mí.

—Va. Cuídate, Arturo. Y… qué bueno que te des tu lugar. Ya te hacía falta.

Colgaron.

Arturo se quedó mirando el teléfono. Saber que Galia estaba sufriendo, que Igor la había rechazado, no le dio el placer que esperaba. No sintió Schadenfreude. Sintió pena. Pena por la mujer que alguna vez amó y que ahora estaba descubriendo, de la peor manera posible, que el pasto no siempre es más verde del otro lado de la cerca.

Pero también sintió alivio. Alivio de no ser él quien tuviera que secar esas lágrimas de cocodrilo. Alivio de no ser él quien tuviera que escuchar sus quejas sobre lo injusto que es el mundo.

Apagó las luces de la sala y se fue a su cuarto.

Esa noche, Arturo soñó que volaba.


El domingo por la mañana, Galia despertó con una “cruda moral” espantosa y un dolor de cabeza real por haber llorado hasta dormirse.

Tenía los ojos hinchados como pelotas de golf. Se miró al espejo y se asustó.

—Tienes que reaccionar, Galia —se dijo, lavándose la cara con agua fría—. Tienes que resolver.

Se sentó en la cama y sacó su celular. Entró a Facebook. Necesitaba controlar la narrativa. Si Sandra ya sabía, pronto lo sabrían todos. No podía quedar como la esposa abandonada y rechazada por el amante. Tenía que ser la heroína de su propia tragedia.

Escribió un estado:

“A veces la vida te pide cerrar ciclos para abrir alas. Dejé atrás lo que me pesaba para reencontrarme conmigo misma. Han sido días difíciles de transición, pero la libertad no tiene precio. Gracias a los que están. A los que no, que les vaya bien. #NuevoComienzo #MujerFuerte #SolteraYFeliz”

Subió una foto de sus piernas en la cama del hotel (cuidando que no se viera la alfombra manchada), con una taza de café, usando un filtro que hacía parecer todo más bohemio y menos miserable.

A los cinco minutos, empezaron a llegar los likes y los comentarios.

“¡Eso reina! Tú puedes con todo”.
“¡Qué valiente eres, amiga!”
“¿Qué pasó? Inbox”.

Galia sintió un pequeño chute de dopamina. Sí. Eso era. Ella era valiente. Ella había dejado a Arturo (técnicamente él la corrió, pero ella pidió el divorcio primero, ¿no?). Ella tenía el control.

Pero entonces, llegó un comentario de una tía de Arturo:

“Mija, qué raro. Arturo nos dijo que él te pidió que te fueras porque ya no aguantaba tus infidelidades. Qué bueno que los dos estén bien. Bendiciones”.

Galia se puso pálida. Borró el comentario inmediatamente y bloqueó a la tía.

—Vieja chismosa —siseó.

Pero el daño estaba hecho. La gente hablaba. La versión de Arturo, la versión real, silenciosa y digna, estaba ganando terreno frente a su versión ruidosa y filtrada.

Galia se dio cuenta de que estaba perdiendo la guerra de relaciones públicas. Y lo que era peor: se dio cuenta de que a la mayoría de la gente le importaba un comino. Solo querían el chisme.

Miró su cartera. Le quedaban mil quinientos pesos en efectivo. El hotel se tenía que pagar mañana.

Tenía que tomar una decisión drástica.

Llamó a su madre.

—¿Ma?

—¿Qué pasó, hija?

—Ma… siempre sí voy a necesitar quedarme unos días contigo. Lo de la fumigación se alargó.

—Ay, hija… —su madre sonó dudosa—. Bueno. Pero avísale a tu papá para que mueva sus maquetas. ¿Llegas hoy?

—Sí, ma. Llego hoy.

Galia colgó. Sintió la derrota en cada hueso de su cuerpo. Regresar a casa de sus padres a los treinta y dos años. Dormir en el sofá cama con los resortes salidos. Aguantar a la tía Lucha.

Era el infierno. Pero era un infierno gratis.

Empezó a empacar sus maletas de nuevo. Esta vez, dobló la ropa con cuidado, con humildad. Ya no había rabia. Solo una profunda tristeza y la certeza de que su vida, tal como la conocía, se había terminado por completo. Y lo peor de todo: ella misma había encendido el cerillo que quemó el puente.

Salió del hotel al mediodía. El sol brillaba, indiferente a su desgracia. Galia subió a un taxi, dio la dirección de sus padres en la colonia Portales, y no miró atrás.

La reina había caído. Y el golpe contra el suelo apenas comenzaba a doler.

CAPÍTULO 5: El Infierno de los Resortes y el Café de la Victoria

La colonia Portales es un barrio de tradición en la Ciudad de México. No tiene el glamour de la Roma ni la plusvalía aspiracional de la Del Valle, pero tiene vida. Tiene ese olor a garnacha frita en las esquinas, el sonido constante de los microbuseros peleando el pasaje en Tlalpan y casas antiguas que han visto pasar generaciones enteras.

Para Galia, sin embargo, regresar a la casa de sus padres en la calle de Bulgaria no fue un retorno al hogar; fue una admisión de derrota.

El taxi la dejó frente al zaguán negro despintado. Eran las tres de la tarde del domingo. El sol pegaba a plomo. Mientras bajaba sus maletas, Galia sintió que cada vecino que pasaba la juzgaba. “Miren a la hija de Doña Tere, regresó con la cola entre las patas”, imaginaba que decían, aunque probablemente nadie la notaba.

Tocó el timbre. Ese timbre chillón que siempre había odiado.

—¡Voy! —gritó su madre desde adentro.

La puerta se abrió y apareció Doña Tere, una mujer bajita, redonda y amorosa, con el delantal puesto y oliendo a suavizante de telas y frijoles refritos.

—¡Mijita! —exclamó, abriendo los brazos—. Qué bueno que llegaste. Pásale, pásale. Tu papá está viendo el fútbol, ni le hables ahorita que van perdiendo los Pumas.

Galia entró arrastrando su equipaje. El olor de la casa la golpeó de inmediato: era una mezcla de naftalina, comida casera y ese aroma particular de las casas de gente mayor, donde el aire parece no circular del todo.

La sala estaba igual que hace diez años. Los mismos sillones cubiertos con plásticos “para que no se ensucien”, la vitrina llena de recuerdos de bautizos y bodas (incluida la suya, en un lugar de honor que le dio náuseas ver), y en la esquina, el televisor encendido a todo volumen.

Y ahí, en su sillón reclinable, estaba la Tía Lucha.

Lucha era la hermana mayor de su madre. Una mujer solterona, amargada y con un radar para el chisme que haría temblar a la CIA. Tenía el cabello teñido de un caoba antinatural y la mirada de un halcón.

—Miren nomás quién se dignó a visitar a los pobres —dijo Tía Lucha sin quitar la vista de la tele—. ¿Qué pasó, Galia? ¿Te peleaste con el marido o por qué tanta maleta?

Galia sintió que se le tensaba la mandíbula.

—Hola, tía. No me peleé. Van a fumigar el edificio, ya le dije a mi mamá. Es una plaga horrible.

—Mmm —Lucha hizo un sonido gutural de incredulidad—. Pues qué plaga tan oportuna, que te hace venir en domingo y con cara de velorio.

—¡Lucha, déjala en paz! —intervino Doña Tere—. Ven, hija, deja tus cosas en la sala. Ya sabes que tu papá tiene el estudio ocupado con sus maquetas de trenes y no quiere que nadie entre. Te preparamos el sofá cama.

El sofá cama.

Galia miró el mueble. Era un sofá de los años noventa, con un tapiz de flores deslavadas. Recordaba perfectamente lo que se sentía dormir ahí: había una barra de metal justo a la mitad que se te clavaba en las costillas, y el colchón era tan delgado que sentías los resortes como piedras individuales.

—Gracias, ma —dijo Galia, tragándose su orgullo—. Está perfecto.

Esa tarde fue una tortura psicológica. Galia tuvo que sentarse a comer caldo de pollo (con este calor) mientras su padre, Don Rogelio, un hombre de pocas palabras y muchas manías, sorbía la sopa ruidosamente.

—¿Y Arturo? —preguntó Don Rogelio entre cucharadas—. ¿Por qué no vino a saludar?

—Está… ocupado, papá. Con lo de la fumigación. Supervisando.

—Ese muchacho es oro —sentenció su padre—. Siempre chambeando. No como otros yernos que me han contado. Cuídalo mucho, hija. Hombres así ya no hay.

Galia asintió, clavando la vista en su plato. “Si supieras que me corrió como a una perra”, pensó. Pero no podía decirlo. No todavía. Si confesaba la verdad, si decía que ella había pedido el divorcio para buscar “libertad” y que había terminado rechazada por un amante de gimnasio y expulsada de su casa, sus padres morirían de vergüenza. O peor, le darían la razón a Arturo.

—Oye, Galia —intervino la Tía Lucha, partiendo una tortilla con sus manos huesudas—. Fíjate que vi en el Facebook que Arturo puso una foto comiendo carnitas él solo. Se veía muy contento para estar “supervisando fumigaciones”.

Galia sintió que la sangre se le helaba.

—¿Ah, sí? Pues… qué bueno que comió.

—Y no se veía ningún fumigador —insistió la tía, con una sonrisa maliciosa—. Se veía muy… soltero.

—¡Ay, Lucha, ya vas a empezar con tus ideas! —la regañó Doña Tere—. Deja comer a la niña.

Pero la semilla estaba plantada. Galia se dio cuenta de que en esa casa no tendría privacidad. Sus mentiras tenían fecha de caducidad, y Tía Lucha estaba ansiosa por verlas caducar.


El lunes por la mañana, Arturo llegó a la oficina sintiéndose como un hombre nuevo.

Había dormido ocho horas seguidas, atravesado en su cama King Size. Se había levantado con tiempo de sobra para hacerse un café decente en su nueva cafetera italiana (un regalo que se hizo a sí mismo el domingo por Amazon y que llegó en la mañana). Se había duchado con agua hirviendo sin que nadie le tocara la puerta gritando “¡Se me hace tarde!”.

Llevaba una camisa azul cielo que resaltaba sus ojos, recién planchada por él mismo, y olía a limpio.

Al entrar al piso de Sistemas, notó algo diferente. La gente lo saludaba y él respondía con una energía genuina, no con el gruñido automático de siempre.

—Buenos días, Arturo —dijo la recepcionista.

—Buenos días, Clau. Qué bonito está el día, ¿no?

Llegó a su cubículo y se encontró con Roberto, que ya estaba peleando con una hoja de cálculo.

—Quihubo, carnal —saludó Arturo, dejando su mochila.

Roberto lo miró y soltó un silbido.

—Órale. Te ves… fresco. ¿Fuiste al spa o qué?

—Mejor que eso, Beto. Fui a la Chingada. O sea, mandé todo a la chingada y dormí como bebé.

Roberto se rio.

—Pues te sienta bien la soltería, mano. Oye, por cierto, me preguntó por ti Mariana.

—¿Mariana? —Arturo frunció el ceño—. ¿Mariana la de Contabilidad?

—Esa mera. La de los ojos bonitos. Vino a preguntar si ya habías llegado, que tiene una duda con su laptop. Pero me late que su laptop está perfecta y la duda es otra.

Arturo sintió un cosquilleo extraño. Mariana era una mujer atractiva, inteligente, siempre amable. En sus tiempos de casado, Arturo jamás la había mirado con otros ojos por respeto a Galia. Para él, las otras mujeres eran paisajes: bonitos, pero intocables.

—No digas tonterías —dijo Arturo, encendiendo su computadora—. Seguro se le trabó el Excel.

Pero a media mañana, Mariana apareció en su cubículo.

—Hola, Arturo —dijo ella con una sonrisa tímida. Llevaba un vestido ligero de flores y olía a vainilla.

Arturo se giró en su silla.

—Hola, Mariana. ¿Qué pasó? ¿Te está dando lata la máquina?

—Un poquito… —dijo ella, jugando con un mechón de cabello—. Pero también venía a ver si… bueno, si querías ir a comer hoy. Es cumpleaños de Paty y vamos a ir varios a las hamburguesas de la esquina. Roberto va a ir.

Arturo lo pensó un segundo. Su instinto automático, el de hombre casado y dominado, fue decir: “No puedo, le prometí a mi esposa que iría a comer a casa” o “Tengo que ahorrar”.

Pero luego recordó. No tenía esposa esperándolo. No tenía que rendir cuentas a nadie. Su dinero era suyo. Su tiempo era suyo.

Sonrió. Fue una sonrisa lenta, relajada.

—Me encantaría, Mariana. Cuenten conmigo.

Los ojos de ella brillaron.

—¡Súper! Pasamos por ti a las dos.

Cuando se fue, Roberto le dio un codazo.

—¿Ves? Te lo dije. El mercado huele que hay carne fresca.

Arturo negó con la cabeza, riendo, pero por dentro se sentía halagado. No buscaba nada, no estaba listo para nada, pero saber que podía… saber que seguía siendo visible para el mundo femenino, fue un bálsamo para su autoestima machacada.


Mientras Arturo coqueteaba involuntariamente con la idea de una hamburguesa y buena compañía, Galia estaba viviendo una pesadilla logística.

Había despertado a las 5:30 AM. No por su alarma, sino porque su padre tenía la costumbre de encender la radio a todo volumen para escuchar las noticias mientras se rasuraba. Las paredes de la casa eran de papel.

Su espalda era un nudo de dolor. La barra del sofá cama le había dejado una marca horizontal en las costillas. Había dormido mal, despertando cada vez que Tía Lucha se levantaba al baño chancleando por el pasillo.

Se tuvo que bañar en cinco minutos porque el boiler de sus padres era viejo y el agua caliente duraba un suspiro. Además, su madre le gritó desde afuera: “¡Apúrate, Galia, que tu papá tiene que entrar!”.

Cero privacidad. Cero dignidad.

Salió hacia el trabajo en metro, porque no quería gastar en Uber y el coche de sus padres no lo prestaban ni bajo amenaza de muerte. El metro en hora pico fue una experiencia que Galia había logrado evitar los últimos cinco años gracias a que Arturo la llevaba o ella usaba Uber.

Empujones. Olores rancios. Calor humano sofocante. Un tipo que se le pegó demasiado. Llegó al banco sudando, con el cabello alborotado y los zapatos pisados.

Se sentó en su escritorio sintiéndose miserable.

A las once de la mañana, intentó llamar a la compañía de teléfonos para cambiar el plan de su celular a uno más barato.

—Lo sentimos, señora —le dijo la operadora con voz robótica—. Su plan tiene un plazo forzoso de 12 meses más. Si cancela ahora, tiene que pagar una penalización de seis mil pesos.

Galia colgó con ganas de llorar. Todo costaba. Todo era dinero.

Entró a su banca en línea. Saldo: $840 pesos. Faltaban cuatro días para la quincena.

—Dios mío —susurró.

En ese momento de desesperación, se le ocurrió una idea estúpida. Una idea nacida de la necesidad y la falta de escrúpulos.

Entró al perfil de Facebook de Arturo. Ah, cierto, estaba bloqueada.

Creó un perfil falso. Le puso “Ana López”, sin foto. Buscó a Arturo.

Ahí estaba. Su perfil era público (error de novato, pensó ella, o señal de que no tenía nada que esconder).

La última foto era de hace dos horas. Una selfie grupal en un restaurante de hamburguesas. Arturo salía en medio, con una hamburguesa enorme en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. A su lado, una chica (Mariana) lo miraba sonriendo.

El pie de foto decía: “Lunes de hamburguesas con el equipo. Empezando la semana con todo. #GodinezLife #GoodVibes”.

Galia sintió un puñetazo en el estómago.

—¿Quién es esa perra? —siseó frente a la pantalla.

La chica era bonita. Tenía cara de niña buena. Y Arturo… Arturo se veía bien. Se veía feliz. No tenía ojeras. No tenía esa expresión de perro regañado que ella tanto despreciaba (y que ahora extrañaba porque significaba que ella tenía el control).

Le dio zoom a la cara de Arturo. Se veía más joven.

La rabia la invadió. ¿Cómo se atrevía a ser feliz tan rápido? ¿Cómo se atrevía a comer hamburguesas y sonreír cuando ella estaba contando monedas para un sándwich del OXXO y durmiendo en un sofá con resortes asesinos?

—Me las vas a pagar, Arturo —murmuró—. No te vas a deshacer de mí tan fácil.

Tomó su teléfono y marcó el número de su suegra. La mamá de Arturo. Doña Carmen.

Si Arturo no le contestaba, su madre sí lo haría. Doña Carmen siempre había sido una aliada, o al menos eso creía Galia.

—¿Bueno? —contestó la señora.

—¡Suegrita! Hola, habla Galia.

Hubo un silencio gélido al otro lado de la línea.

—Galia —dijo Doña Carmen, y su voz no tenía nada de la calidez habitual—. ¿Qué quieres?

Galia parpadeó. ¿También ella?

—Solo… quería saludarla. Saber cómo está. Y… bueno, decirle que estoy muy triste por el malentendido con Arturo. Él se puso muy agresivo y…

—Mira, hija —la cortó Doña Carmen con una firmeza que Galia no conocía—. Arturo ya habló conmigo. Me contó todo. Todo.

—Pero suegrita, él seguro exageró…

—Me contó que tú le pediste el divorcio. Que le dijiste que ya no lo amabas. Que te querías ir a “vivir la vida”. Y que lo dejaste solo con la hipoteca y los gastos.

—No, no, eso no es…

—Y también me contó —continuó la señora, implacable— que tú has estado “mensajeándote” con otros hombres. Arturo no es mentiroso, Galia. Nunca lo ha sido. Tú sí.

Galia se quedó muda.

—No vuelvas a llamar a esta casa —dijo Doña Carmen—. Mi hijo merece una mujer que lo valore, no una niña caprichosa que juega a ser soltera. Adiós.

Click.

Galia se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de desconexión.

La red de seguridad se había roto. La familia de Arturo, que siempre la había tratado como a una hija, le había cerrado la puerta en la cara.

Se fue al baño de la oficina, se encerró en un cubículo y lloró. Lloró de rabia, de humillación y de miedo. Pero sobre todo, lloró porque se dio cuenta de que Arturo no había estado “superando” la ruptura. Arturo había estado preparándose para ella. Había dicho su verdad primero. Había ganado la narrativa.

Galia estaba sola en un juego que ella misma había empezado, pero en el que Arturo había cambiado las reglas.


Esa noche, al regresar a casa de sus padres, la escena fue dantesca.

Tía Lucha estaba sentada en la mesa del comedor, con un mazo de cartas de tarot (porque además de chismosa, era esotérica).

—Ven acá, niña —le dijo a Galia cuando entró.

—Tía, estoy cansada…

—Siéntate. Las cartas dicen que traes una energía muy negra.

Galia rodó los ojos pero se sentó, demasiado agotada para pelear.

—Me salió “La Torre” —dijo Tía Lucha, golpeando la carta con su uña larga—. Eso significa destrucción, mija. Caída de estructuras. Todo lo que creías seguro se va al carajo.

—Gracias por el optimismo, tía.

—Pero fíjate que también me salió algo más —Lucha bajó la voz—. Me salió “El Diablo”. Eso son tentaciones, vicios… o mentiras.

Miró a Galia a los ojos.

—¿Segura que es una fumigación, Galia? Porque tu prima Sofía vive a dos cuadras de tu edificio en la Del Valle y dice que pasó hoy por ahí y no vio ninguna carpa, ni camiones de fumigación. Dice que vio a Arturo entrar con unas bolsas del súper y se veía muy tranquilo.

Galia sintió que el piso se abría.

—Quizá… quizá ya terminaron —balbuceó.

—Mmm —Lucha sonrió, enseñando los dientes manchados de café—. O quizá tú nos estás viendo la cara de tontos, mijita. Pero no te preocupes. La verdad siempre sale. Como la caca en el agua, siempre flota.

Galia se levantó de golpe.

—Me voy a dormir.

—Que descanses… si es que puedes con esa conciencia —le gritó la tía.

Galia se tiró en el sofá cama. No se quitó la ropa. Se tapó la cabeza con la almohada para no oír la televisión.

Esa noche, mientras los resortes se le clavaban en la espalda, Galia tomó una decisión. No podía seguir así. No podía vivir bajo la lupa de la Tía Lucha ni bajo la pobreza de su sueldo.

Tenía que recuperar a Arturo. No por amor. No por arrepentimiento. Sino por supervivencia.

Necesitaba su departamento. Necesitaba su sueldo. Necesitaba su comodidad.

—Mañana —susurró en la oscuridad—. Mañana voy a ir a verlo. Voy a llorar. Voy a arrodillarme si es necesario. Pero voy a volver a entrar a ese departamento.

No sabía que Arturo ya había previsto eso. Y que la cerradura no era lo único que había cambiado.


Arturo estaba en su estudio. Había convertido la habitación de visitas (que Galia usaba para acumular “triques”) en su Man Cave. Había movido su computadora gamer, había puesto sus posters de películas y había instalado una tira de luces LED.

Estaba revisando unos documentos que había impreso en la oficina.

Eran papeles legales. Un borrador de demanda de divorcio incausado.

Lo había consultado con un abogado amigo de la empresa esa misma tarde, después de las hamburguesas.

—Es sencillo, Arturo —le había dicho el Licenciado Méndez—. En la Ciudad de México el divorcio es exprés. Si uno no quiere estar casado, se divorcian. No necesitas probar infidelidad, aunque si tienes pruebas, guárdalas por si ella quiere pedir pensión.

—Tengo mensajes —dijo Arturo—. Fotos. Capturas de pantalla de sus “amigos”.

—Perfecto. Con eso la blindamos. Ella trabaja, ¿no?

—Sí, en un banco.

—Excelente. No hay hijos, separación de bienes (porque fuiste listo y compraste el depa antes), ella trabaja… Arturo, eres un hombre libre. Solo firma aquí y nosotros notificamos.

Arturo miró los papeles sobre su escritorio.

“Arturo Méndez vs Galia Ruiz. Divorcio Incausado”.

Tomó una pluma. Su mano no tembló.

Firmó.

Guardó los papeles en un folder. Mañana se los daría al abogado.

Se levantó y fue a la ventana. Miró la ciudad nocturna. Sabía que Galia intentaría volver. La conocía. Cuando se le acabara el dinero y el orgullo, vendría a rasguñar la puerta.

Pero Arturo ya no era el portero de su propia vida. Ahora era el dueño del edificio.

—Buenas noches, Galia —dijo al aire—. Espero que estés cómoda.

Apagó la luz y se fue a dormir, soñando con un futuro que, por primera vez, le pertenecía solo a él.

CAPÍTULO 6: La Estrategia del Lápiz Labial y la Puerta Cerrada

El martes amaneció nublado, con ese cielo color panza de burro que amenaza lluvia todo el día en la Ciudad de México. Para Galia, sin embargo, era el día D. El día de la reconquista.

Despertó en el sofá cama con un dolor punzante en la espalda baja. Un resorte traicionero se le había clavado entre las costillas toda la noche. Escuchó los ronquidos de Tía Lucha desde el cuarto de huéspedes y el sonido de su madre en la cocina, peleándose con la licuadora para hacer la salsa del desayuno.

Galia se sentó, frotándose los ojos.

—Hoy —se dijo a sí misma, como un mantra de guerra—. Hoy vuelves a tu casa, Galia.

Tenía un plan. Un plan nacido de la desesperación financiera y del ego herido. Sabía que Arturo era un hombre de hábitos, un hombre sentimental. “El Arturo de siempre”, pensaba ella, “el que me traía flores cuando me enojaba, el que no soporta verme llorar”. Estaba convencida de que su frialdad de los últimos días era una fachada, un berrinche prolongado que se desmoronaría en cuanto la viera vulnerable y hermosa.

Decidió no ir a trabajar. Llamó al banco y fingió una voz ronca y moribunda.

—Licenciado Méndez… cof, cof… me siento fatal. Creo que es una infección estomacal fuerte. No voy a poder ir.

—Galia, es la segunda vez en la semana —la voz de Méndez sonaba escéptica—. Necesito el justificante del IMSS, si no, te descuento el día. Y cuidado, que ya estás en la cuerda floja.

—Sí, sí, se lo llevo mañana. Gracias.

Colgó y aventó el teléfono al sofá. “Mañana no importará”, pensó. “Mañana estaré en mi casa, durmiendo en mi cama King Size, y Arturo me estará cuidando”.

Se pasó tres horas arreglándose. Fue un ritual casi quirúrgico. Se bañó con agua tibia (lo poco que salió del boiler), se exfolió la piel, se puso la crema corporal que guardaba para ocasiones especiales. Eligió su ropa con la precisión de un general armando una estrategia: unos jeans ajustados que sabían que a Arturo le encantaban, una blusa blanca sencilla pero con un escote discreto que sugería fragilidad, y un cárdigan de punto suave, de esos que invitan a un abrazo.

El maquillaje fue la pieza clave. No podía verse demasiado arreglada, como si fuera de fiesta. Tenía que verse bonita pero triste. Usó poco rímel, un rubor pálido y un labial color nude. Quería proyectar la imagen de la “esposa arrepentida y sufrida”, no la de la “mujer fatal” que había intentado ser con Igor.

Salió de casa de sus padres a las tres de la tarde, aprovechando que Tía Lucha estaba viendo su telenovela turca y su madre había ido al mercado.

—Voy a la farmacia, ma —le gritó a la nada, y salió disparada.

Tomó un Uber. Le costó ciento ochenta pesos que le dolieron en el alma, pero no podía llegar en metro, sudada y oliendo a humanidad. Tenía que llegar oliendo a su perfume, a ese perfume que Arturo asociaba con sus mejores momentos.

El tráfico estaba pesado, como siempre, pero Galia usó el tiempo para ensayar su discurso.

“Arturo, me equivoqué. Tuve miedo. Miedo de hacernos viejos, miedo de la rutina. Pero me di cuenta de que sin ti no soy nada. Perdóname. Vamos a terapia. Vamos a intentarlo”.

Sonaba convincente. Incluso a ella le provocó una lagrimita ensayada. “Soy buena”, pensó. “Se lo va a creer”.


Mientras Galia pulía su mentira, Arturo estaba viviendo una realidad muy distinta.

Ese martes, a la hora de la comida, no salió con Mariana ni con el equipo. Tenía una cita importante.

Se reunió con el Licenciado Torres, el abogado de la empresa que le estaba llevando el trámite, en un Starbucks cerca de la oficina.

—Aquí tienes, Arturo —dijo Torres, entregándole una carpeta color manila—. La demanda ya está ingresada en el juzgado familiar. Ya tenemos número de expediente.

Arturo tomó la carpeta. Pesaba poco, apenas unas hojas, pero sentía que contenía toneladas de historia.

—¿Y ahora qué sigue? —preguntó, abriendo el folder y viendo su nombre contra el de Galia en letras negras y oficiales.

—Ahora viene la notificación —explicó Torres, tomando un sorbo de su café—. Un actuario del juzgado irá a buscarla. ¿Tienes la dirección actual de ella?

Arturo asintió.

—Está viviendo con sus padres en la Portales. Tengo la dirección.

—Perfecto. Dámela y nosotros nos encargamos. En cuanto la notifiquen, empieza el plazo para que conteste. Como es incausado, el divorcio va sí o sí. Lo único que se podría pelear son bienes o pensión, pero como no tienen hijos y están por bienes separados, y ella trabaja… Arturo, esto va a ser un paseo por el parque.

—¿Y si ella no quiere firmar?

—No necesita firmar para que los divorcien. Esa es la belleza de la ley actual. Basta con que uno no quiera seguir casado. La firma de ella es irrelevante para disolver el vínculo.

Arturo sintió un alivio inmenso. La ley estaba de su lado. Ya no necesitaba el permiso de Galia para ser libre.

—Gracias, Lic. —dijo Arturo, estrechándole la mano.

Regresó a la oficina caminando. Se sentía ligero. Miraba a las parejas en la calle, algunas peleando, otras besándose, y se sentía como un observador externo, un antropólogo de las relaciones humanas que ya no participaba en el drama.

A las seis de la tarde, salió de trabajar. Empezaba a lloviznar.

—¿Te damos un aventón al metro, Arturo? —preguntó Mariana, que salía al mismo tiempo, con su paraguas rojo.

Arturo sonrió.

—No, gracias, Mariana. Traigo el coche hoy. Pero gracias.

—Bueno… nos vemos mañana. Descansa —dijo ella, con esa sonrisita que a Arturo empezaba a parecerle cada vez más encantadora.

Subió a su auto, puso su playlist de “Música para manejar de noche” (mucho synthwave y clásicos de los 80s) y se dirigió a casa. Tenía planeado llegar, hacerse una pasta sencilla, abrir una botella de vino tinto y ver una serie nueva que le habían recomendado.

Su santuario lo esperaba.

No sabía que el enemigo estaba acampando en la frontera.


Galia llevaba dos horas parada en la esquina de enfrente del edificio.

Se había refugiado bajo el toldo de una panadería para no mojarse, pero el frío empezaba a calarle en los huesos. Sus zapatos, unos flats bonitos pero inútiles para la lluvia, estaban húmedos.

Había visto entrar y salir a varios vecinos. La señora del 401, la del perro pug gordo, pasó y se le quedó viendo raro. Galia se volteó, fingiendo mirar el celular.

—Qué humillación —masculló—. Cuando vuelva a ser la señora de la casa, voy a hacer que corran al portero por dejarme aquí afuera.

Porque el portero, Don Anselmo, un viejito cascarrabias que siempre había adorado a Arturo, no la había dejado pasar.

—Lo siento, señora Galia —le había dicho por el interfón cuando ella intentó entrar a las cuatro de la tarde—. El señor Arturo dejó instrucciones estrictas. Nadie entra si él no autoriza. Y me cambió la chapa de la entrada principal, su llave ya no sirve.

—¡Don Anselmo, soy yo! ¡Su esposa! —había gritado ella—. ¡Déjeme entrar a esperarlo en el lobby, está lloviendo!

—No puedo, señora. Si la dejo pasar, me corren. Espérelo afuera si gusta.

Galia había querido patear la puerta de cristal, pero se contuvo. No podía perder los estribos. Tenía que ser la víctima, no la loca.

Así que esperó. Dos horas eternas.

A las 7:15 PM, vio los faros conocidos del sedán gris acercándose. El corazón le dio un vuelco.

—Ahí viene —susurró. Se alisó el cabello, se mordió los labios para darles color y ensayó su cara de tristeza angelical.

El auto de Arturo entró directo a la rampa del estacionamiento subterráneo. El portón eléctrico se abrió.

Galia corrió. Cruzó la calle sorteando los charcos, casi tropezando.

—¡Arturo! —gritó, agitando la mano.

Pero el portón se cerró antes de que ella llegara. El metal frío le bloqueó el paso.

—¡Maldita sea! —golpeó el metal con la palma abierta.

Sabía que Arturo tenía que subir por el elevador y cruzar el lobby para recoger su correspondencia, como siempre hacía. Corrió hacia la entrada peatonal del edificio. Se plantó frente a la puerta de cristal, empapándose bajo la llovizna que ahora caía con más fuerza.

Esperó dos minutos. Cinco minutos.

Y entonces, lo vio.

Arturo apareció en el lobby. Llevaba su saco al hombro, la camisa remangada. Se veía… tranquilo. Caminaba despacio, revisando unos sobres. Saludó a Don Anselmo con una palmada en el hombro y una sonrisa.

Galia pegó la cara al vidrio.

—¡Arturo! —gritó, golpeando el cristal—. ¡Arturo, aquí estoy!

Arturo se detuvo. Levantó la vista. Su mirada se encontró con la de ella a través del vidrio mojado.

Galia esperaba ver sorpresa, dolor, o al menos enojo.

Lo que vio fue resignación. Una cansada resignación.

Arturo dijo algo a Don Anselmo, quien negó con la cabeza y señaló la puerta. Arturo suspiró, dejó su correspondencia en la barra de recepción y caminó hacia la puerta.

Galia sintió una oleada de esperanza. “Va a abrir. Me va a dejar entrar”.

Arturo abrió la puerta, pero solo lo suficiente para salir él. Se quedó parado bajo el pequeño techo de la entrada, bloqueando el paso con su cuerpo. No la invitó a pasar.

—Hola, Galia —dijo. Su voz era neutra, sin emoción.

—Arturo… —Galia se lanzó hacia él, intentando abrazarlo.

Arturo dio un paso atrás, esquivándola con elegancia.

—No —dijo—. No me toques.

Galia se quedó con los brazos vacíos en el aire. Bajó las manos lentamente y adoptó su pose de mártir. Empezó a llorar. Las lágrimas le salían fácil ahora, mezcla de actuación y frustración real.

—Arturo, por favor. Mírame. Estoy empapada. Tengo frío. ¿No me vas a invitar a pasar a… a nuestra casa?

—Esta ya no es tu casa, Galia —dijo Arturo, mirándola fijamente—. Te di 24 horas. Las usaste. Te fuiste.

—Pero fue un error —sollozó ella, temblando (un poco de frío, un poco de teatro)—. Estaba confundida. Estaba estresada. Arturo, te extraño. Extraño nuestra vida. Me di cuenta de que te amo. No puedo vivir sin ti.

Arturo la observó. Veía el maquillaje corrido, la ropa elegida cuidadosamente, la desesperación en sus ojos. Hace un mes, esa escena le habría roto el corazón. Habría corrido a abrazarla, a pedirle perdón por haberla hecho sufrir.

Pero hoy, Arturo veía los hilos de la marioneta.

—No me extrañas a mí, Galia —dijo él con una claridad brutal—. Extrañas el departamento. Extrañas la comodidad. Extrañas que yo pague tus tarjetas.

—¡Eso no es cierto! —protestó ella, indignada—. ¡Cómo puedes pensar eso de mí! ¡Soy tu esposa!

—Eras mi esposa. Ahora eres la persona que me dijo que yo era aburrido, básico y que te asfixiaba. ¿Recuerdas? “Quiero vivir, quiero sentir”. ¿Ya viviste? ¿Ya sentiste?

Galia bajó la mirada, mordiéndose el labio.

—Me equivoqué, Arturo. Todos cometemos errores. ¿Acaso tú eres perfecto? ¿No vas a luchar por nuestro matrimonio? ¿Diez años a la basura así nada más?

Arturo soltó una risa triste.

—Tú los tiraste a la basura el martes pasado en la cocina. Yo solo saqué la bolsa.

—Arturo, por favor… —ella intentó otra táctica, la de la lástima—. Estoy viviendo con mis papás. En el sofá cama. Mi espalda no aguanta más. No tengo dinero. Me siento sola. ¿No te da pena verme así?

—Me da pena, sí —admitió Arturo—. Me da pena que te hayas hecho esto a ti misma. Pero no es mi culpa. Y no es mi responsabilidad arreglarlo.

—¡Soy tu responsabilidad! —gritó ella, perdiendo el papel de víctima dulce y dejando salir a la Galia exigente—. ¡Prometiste cuidarme en la salud y en la enfermedad!

—Y tú prometiste amarme y respetarme. Y fallaste en las dos.

Arturo metió la mano en el bolsillo interior de su saco.

—Mira, Galia. No quería hacer esto aquí, en la banqueta, pero tú lo buscaste.

Sacó una copia del acuse de recibo de la demanda de divorcio. Estaba doblada en cuatro. Se la extendió.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, tomándola con manos temblorosas. Desdobló el papel. La lluvia empezó a mojar la tinta, pero las palabras “JUZGADO DE LO FAMILIAR” y “DIVORCIO INCAUSADO” eran perfectamente legibles.

Galia sintió que el mundo se detenía.

—¿Me… me demandaste? —susurró, horrorizada.

—Solicité el divorcio. Ya está en trámite. Te van a notificar en casa de tus papás en estos días.

—¡Arturo! ¡No puedes hacerme esto! —Galia arrugó el papel en su puño—. ¡Podemos arreglarlo! ¡No necesitamos abogados!

—Sí los necesitamos. Porque yo no confío en ti. Y porque quiero que esto sea definitivo.

Galia lo miró con odio puro. La máscara se cayó por completo.

—Eres un maldito —escupió—. Un maldito resentido. Todo esto es porque te sientes menos, ¿verdad? Porque sabes que soy mucha mujer para ti.

Arturo sonrió. Una sonrisa tranquila, genuina.

—Quizá tengas razón. Eres “mucha mujer”. Demasiada para mí. Yo prefiero una vida tranquila. Una vida “básica”.

Dio un paso hacia la puerta.

—Vete a casa, Galia. Vete con tus papás. Arréglate con ellos. Busca un abogado. Y por favor, no vuelvas a venir aquí. Si vuelves a hacer un escándalo, voy a llamar a la patrulla. Y no te va a gustar que tus vecinos de la Del Valle te vean subirte a una patrulla.

—¡Te vas a arrepentir! —chilló ella mientras él abría la puerta—. ¡Vas a volver arrastrándote! ¡Y cuando lo hagas, no voy a estar!

—Ese es el plan, Galia —dijo Arturo—. Que no estés.

Entró al edificio y cerró la puerta. El mecanismo de seguridad hizo clac.

Galia se quedó sola bajo la lluvia. Vio cómo Arturo cruzaba el lobby, saludaba de nuevo a Don Anselmo y desaparecía en el elevador. Ni una sola vez volteó hacia atrás.

Galia golpeó el cristal una última vez, un golpe débil, sin fuerza.

Se dejó caer sentada en la jardinera de la entrada, sin importarle que el cemento estuviera mojado y frío. El papel de la demanda se deshacía en su mano.

Estaba acabada. Arturo no solo no la había perdonado; la había superado. Y lo había hecho con una velocidad y una frialdad que la aterraban.

Pasó diez minutos ahí, llorando, hasta que el frío se hizo insoportable. Se levantó, temblando, con el maquillaje hecho un desastre negro sobre sus mejillas.

Caminó hacia la avenida para buscar un taxi. No tenía paraguas. Un coche pasó rápido y la salpicó de agua sucia de un charco.

—¡Chinga tu madre! —le gritó al coche, liberando toda su frustración.

Nadie la escuchó. La ciudad seguía su ritmo, indiferente a la caída de una mujer que creyó que podía jugar con fuego sin quemarse.


El regreso a la Portales fue el viaje más largo de su vida.

Llegó a casa de sus padres a las nueve de la noche. Estaba empapada, sucia y derrotada.

Abrió la puerta con su llave (que su madre le había dado a regañadientes).

La casa estaba en silencio, salvo por la televisión en la sala.

Ahí estaba la Tía Lucha, como una gárgola guardiana, tejiendo algo horrible de color mostaza. Doña Tere estaba en la cocina, calentando leche.

Cuando Galia entró, hecha una sopa, Doña Tere salió corriendo.

—¡Hija! ¡Dios mío! ¿Qué te pasó? ¿Te asaltaron? ¡Estás empapada!

Galia negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Tía Lucha dejó su tejido y se ajustó los lentes. La miró de arriba abajo con esa visión de rayos X que detectaba mentiras.

—No la asaltaron, Tere —dijo Lucha con voz rasposa—. Fue a ver al marido. Y por la cara que trae, el marido la mandó al diablo.

—¡Lucha, cállate! —Doña Tere abrazó a Galia—. Ven, mijita, ven a secarte. Te vas a enfermar.

Galia se dejó abrazar, sollozando en el hombro de su madre. Olía a leche caliente y a bondad, y eso la hizo sentir aún más miserable.

—Ma… —sollozó Galia—. Arturo… Arturo pidió el divorcio.

Doña Tere se quedó helada.

—¿Qué? ¿Cómo que el divorcio? Pero si tú dijiste que era una plaga… que estaban fumigando…

Galia no pudo sostener la mentira más. Se derrumbó.

—Me corrió, ma. Me corrió hace una semana. Le dije que quería separarme y me corrió. Y hoy… hoy me dio los papeles.

Doña Tere se llevó las manos a la boca.

—¡Ay, Virgencita Santa! ¿Pero qué hiciste, hija? Arturo es un buen hombre.

—¡Es un monstruo! —gritó Galia, defendiéndose—. ¡Me dejó en la calle!

—Te dejó en la calle porque tú te quisiste salir del matrimonio, niña tonta —intervino Tía Lucha, implacable—. No te hagas la víctima. Tú fuiste a buscar bronca y encontraste bronca.

—¡Ya basta! —gritó Galia—. ¡Déjenme en paz!

Corrió al baño y se encerró. Se quitó la ropa mojada, temblando de frío y de rabia. Se miró al espejo. El rímel corrido la hacía parecer un mapache demacrado.

—Te odio, Arturo —susurró al espejo—. Te odio.

Pero en el fondo de sus ojos, vio la verdad. No lo odiaba a él. Se odiaba a sí misma por haber perdido todo por una fantasía de libertad que resultó ser una prisión de soledad y pobreza.

Esa noche, Galia no durmió. Escuchó la lluvia golpear el techo de lámina del patio de servicio. Pensó en Igor y su rubia. Pensó en Arturo y su departamento cálido. Pensó en Mariana, la chica de la oficina, ocupando su lugar en las hamburguesas y quizás, pronto, en su cama.

Y por primera vez, Galia sintió el peso real de sus decisiones. No había vuelta atrás. El puente estaba quemado y ella estaba del lado equivocado del río.


A la mañana siguiente, miércoles, la realidad legal llegó a tocar la puerta.

A las once de la mañana, un hombre de traje gris, con un portafolios de piel sintética, tocó el timbre de la casa de la familia Ruiz en la Portales.

Galia, que seguía en pijama (había decidido faltar otro día, ya qué más daba), abrió la puerta pensando que era el cartero.

—¿Busco a la señora Galia Ruiz? —preguntó el hombre.

—Soy yo.

—Soy actuario del Juzgado Décimo de lo Familiar. Vengo a notificarle de una demanda de divorcio incausado promovida por el señor Arturo Méndez. ¿Me firma de recibido, por favor?

Galia miró el papel. Era oficial. Tenía sellos. Tenía firmas.

Tía Lucha estaba asomada por la ventana, escuchando todo.

Galia firmó con mano temblorosa.

—Gracias. Tiene quince días para contestar la demanda —dijo el actuario y se fue.

Galia cerró la puerta y se recargó en ella, con el sobre en la mano.

—Bueno —dijo Tía Lucha desde la sala—, al menos ya no tienes que mentir sobre la fumigación. Ahora a ver de qué vas a vivir, mijita, porque aquí el muerto y el arrimado a los tres días apestan. Y tú ya llevas cuatro.

Galia apretó los dientes. La guerra había terminado. Y ella había perdido. Ahora empezaba la lucha por la supervivencia.

PARTE 3: EL PRECIO DE LA LIBERTAD Y EL PESO DEL ORO

CAPÍTULO 7: Empeños, Deudas y una Sonrisa en Coyoacán

La segunda semana de “libertad” de Galia comenzó con una llamada telefónica a las 7:00 AM que no era precisamente de un admirador secreto.

—¿Hablo con la señora Galia Ruiz? —preguntó una voz masculina, rápida y agresiva.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla? —respondió Galia, tapándose el otro oído para no escuchar la licuadora de su madre en la cocina.

—Le llamamos del despacho de cobranza Muñoz y Asociados, en representación del Banco del Bajío. Señora, tiene un pago vencido en su tarjeta Oro por la cantidad de cuatro mil quinientos pesos, más intereses moratorios. Su saldo total al día de hoy asciende a cincuenta y dos mil pesos. Requerimos el pago inmediato o pasaremos su cuenta a extrajudicial.

Galia sintió que el desayuno (un pan dulce duro de ayer) se le subía a la garganta.

—Oiga, no… espere. Yo voy a pagar. Solo denme unos días, es que… tuve un problema familiar.

—El sistema no entiende de problemas familiares, señora. Tiene hasta las 4:00 PM de hoy para depositar al menos el mínimo, o comenzaremos con las llamadas a sus referencias. Por cierto, tenemos como referencia al señor Arturo Méndez. ¿Podemos llamarle a él?

—¡No! —gritó Galia, aterrorizada—. ¡No le llamen a él! Él no tiene nada que ver.

—Entonces pague, señora. Buenos días.

Clack.

Galia se quedó mirando el teléfono con las manos temblorosas. Cincuenta y dos mil pesos. Entre las botas, el hotel de la semana pasada, las cenas en restaurantes caros para “darse ánimo” y los intereses que subían como espuma, se había cavado un pozo financiero del que no sabía cómo salir.

Antes, cuando llegaban estas llamadas (porque Galia siempre fue desordenada con el dinero), ella corría con Arturo, le hacía ojitos, lloraba un poco y él, con un suspiro de resignación, sacaba sus ahorros y liquidaba la deuda “para que no te manchen el Buró de Crédito, mi amor”.

Pero ahora no había Arturo. Había una Tía Lucha mirándola desde el sillón con una sonrisa de “te lo dije”.

—¿Quién era, mija? —preguntó la tía, mojando una galleta María en su café—. ¿Ya te buscan los acreedores?

—Era del trabajo, tía. Deja de meterte —mintió Galia, y salió corriendo de la casa.


En la oficina, la situación no era mejor. Galia había perdido su aura de “reina del departamento”. Su ropa, aunque limpia, se notaba repetida. Sus ojeras eran visibles a pesar del corrector. Y lo peor de todo: había perdido la concentración.

Cometía errores de novata. Capturaba mal los RFC de los clientes, olvidaba enviar correos importantes.

A las 11:00 AM, se le acercó Sandra, su amiga (o ex-amiga, ya no estaba segura).

—Galia, oye… —Sandra bajó la voz, mirando a los lados—. Te toca dar lo de la tanda.

La tanda. Esa institución financiera informal y sagrada de las oficinas mexicanas. Galia estaba en una tanda de dos mil pesos a la quincena.

—Híjole, San… —Galia tragó saliva—. ¿Crees que te lo pueda dar mañana? Es que no he ido al cajero.

Sandra frunció el ceño.

—Galia, hoy le toca el número a Lupita, la de intendencia. Su hijo está enfermo y cuenta con ese dinero hoy. No me salgas con que no tienes.

—Sí tengo, obvio que tengo —se defendió Galia, ofendida—. Es solo que… olvidé la tarjeta.

—Pues transfiéreme. Ahorita. Saco mi cel.

Galia se sintió acorralada. Si decía que no tenía dinero, sería la comidilla de toda la oficina. “La licenciada Ruiz ya no tiene ni para la tanda”. Su orgullo no lo soportaría.

—Ok, va —dijo, sacando su celular.

Entró a su app del banco. Le quedaban $2,100 pesos para sobrevivir la semana. Si transfería $2,000, le quedarían cien pesos. Cien pesos para pasajes y comida por cinco días.

Le tembló el dedo al presionar “Confirmar”.

—Listo —dijo, mostrando la pantalla con una sonrisa falsa que parecía una mueca de dolor.

—Gracias, amiga —dijo Sandra, más relajada—. Oye, por cierto… ¿ya viste lo de Arturo?

El estómago de Galia dio un vuelco.

—No. Lo tengo bloqueado. ¿Qué hizo ese idiota ahora?

—Pues no sé si sea idiota, pero… se compró coche nuevo. Bueno, seminuevo, pero está padrísimo. Un Mazda rojo. Lo subió al Instagram.

Galia sintió como si le hubieran vaciado un cubo de hielo en la espalda. Arturo tenía un sedán gris, confiable y aburrido, que ya tenía seis años. Siempre decía que no lo cambiaba porque “todavía aguanta” y porque “hay que ahorrar para las vacaciones”.

¿Y ahora, dos semanas después de que ella se fuera, se compraba un coche deportivo rojo?

—Seguro se endeudó hasta el cuello para apantallar —dijo Galia con desdén—. Pobre tipo. Cree que un coche le va a quitar lo aburrido.

—Pues no se ve nada aburrido en las fotos —dijo Sandra, encogiéndose de hombros—. Se ve… rejuvenecido. En fin, a chambear.

Cuando Sandra se fue, Galia corrió al baño para desbloquear a Arturo (solo por un minuto, se prometió) y ver las fotos.

Ahí estaba. Arturo, recargado en un Mazda 3 Hatchback rojo brillante, con lentes de sol y una chamarra de piel que ella nunca le había visto. Se veía guapo. Se veía seguro. Y el pie de foto decía: “Un gustito que me debía hace años. Gracias a la vida por las nuevas oportunidades. #ZoomZoom #NewLife”.

Y en los comentarios, vio uno que la hizo querer estrellar el teléfono contra el espejo:

Mariana_G“¡Te queda increíble! Ya quiero que me des una vuelta ;)”

Arturo_M“Cuando quieras. Paso por ti hoy.”

Galia sintió una mezcla de náuseas y furia volcánica. Él estaba gastando su dinero (el dinero que debía ser para su familia) en coches y en pasear a la “mosquita muerta” de Mariana.

—Maldito egoísta —susurró—. Todo ese dinero lo tenía escondido. Me engañó. Me hizo vivir austeramente mientras él tenía su guardadito.

La narrativa en su cabeza cambió. Ya no era ella la que se fue; era él quien la había estafado económicamente. Se convenció de que era una víctima de violencia económica.

Pero esa convicción no le daba de comer. Tenía cien pesos en la bolsa y el estómago vacío.


A la hora de la comida, Arturo cumplió su promesa. Pasó por Mariana en su coche nuevo. El olor a “nuevo” (o a aromatizante de coche nuevo) llenaba la cabina.

Mariana se subió, sonriendo.

—¡Wow, Arturo! Está divino. Y el color está súper atrevido. No te imaginaba con un coche rojo.

—Yo tampoco —admitió Arturo, metiendo primera—. Siempre pensé que eran muy llamativos. Pero el otro día pensé… ¿y por qué no? ¿A quién tengo que pedirle permiso?

—A nadie —dijo Mariana, mirándolo con admiración—. Eres libre.

Fueron a comer a Coyoacán. No a un restaurante de lujo, sino al mercado, a comer tostadas. Arturo se sentía como un adolescente en su primera cita. Estaba nervioso, pero un nerviosismo bonito, lleno de posibilidades.

Mariana era diferente a Galia. Galia siempre estaba preocupada por “el qué dirán”, por si el lugar era chic, por si la comida engordaba. Mariana pidió una tostada de pata y una de tinga, y comió con gusto, riéndose cuando se manchó un poco de crema la nariz.

Arturo, instintivamente, tomó una servilleta y le limpió la nariz con suavidad.

Se detuvieron un momento. Sus miradas se cruzaron. Hubo una chispa eléctrica.

—Gracias —dijo ella, sonrojándose.

—De nada —dijo Arturo, sintiendo que el corazón le latía fuerte.

Caminaron por la plaza después de comer, con un helado en la mano.

—Oye, Arturo… —dijo Mariana—. No quiero ser inoportuna, pero… ¿cómo vas con tu proceso? Digo, no quiero meterme en líos si todavía…

—Ya está la demanda —dijo Arturo con firmeza—. Ya la notificaron. Legalmente sigo casado en papel, pero emocional y físicamente, estoy divorciado desde el día que ella cruzó la puerta. No hay vuelta atrás, Mariana. Te lo prometo.

Ella asintió, satisfecha.

—Me gusta tu honestidad, Arturo. Y me gustas tú. Así, tranquilo, trabajador, detallista. No sé por qué ella no lo vio.

—Supongo que cada quien busca cosas diferentes —dijo Arturo—. Ella buscaba fuegos artificiales. Yo ofrecía una chimenea constante.

—Yo amo las chimeneas —dijo Mariana, y le tomó la mano.

Arturo miró sus manos entrelazadas. La mano de Mariana era cálida, suave. No sentía la ansiedad que sentía con Galia. Sentía paz.

Y en ese momento, Arturo supo que iba a estar bien. Que el dolor pasaría. Que la vida no se acababa a los treinta y dos años. Apenas empezaba.


Mientras Arturo disfrutaba de un helado en Coyoacán, Galia estaba viviendo una escena digna de una película de drama social en el Centro Histórico.

Había salido temprano del trabajo con la excusa de “ir al doctor”. En realidad, iba al Monte de Piedad, la casa de empeño más grande y antigua de México, justo en el Zócalo.

Llevaba en su bolsa una cajita de terciopelo. Adentro estaba un collar de oro con un pequeño diamante que Arturo le había regalado en su quinto aniversario. Recordaba que a él le había costado carísimo, casi veinte mil pesos de aquella época. Arturo había ahorrado meses para dárselo en una cena romántica.

Galia recordaba que esa noche ella se había quejado porque la cadena era “muy delgada” y le daba miedo romperla. Arturo se había puesto triste, pero no dijo nada.

Ahora, esa cadena era su salvavidas. Necesitaba pagar la tarjeta de crédito antes de que le llamaran a Arturo y él se enterara de su ruina.

Entró al edificio del Monte de Piedad. El lugar imponía. Techos altos, ventanillas blindadas, y una fila de gente con rostros preocupados, cargando desde licuadoras hasta instrumentos musicales.

El olor era particular: a metal, a polvo y a angustia.

Galia tomó su turno. Número 458.

Esperó cuarenta minutos, sudando frío, escondiéndose detrás de sus lentes oscuros por si veía a alguien conocido (improbable, pero su paranoia estaba al máximo).

—Número 458, ventanilla 4.

Galia se acercó. El valuador era un hombre mayor, con una lupa en el ojo, que ni siquiera la miró a la cara.

—Buenas tardes —dijo Galia, deslizando la cajita por la ranura del vidrio blindado—. Vengo a empeñar esto. Es oro de 14 quilates y diamante auténtico.

El hombre abrió la caja. Sacó la cadena con unas pinzas, como si fuera un insecto muerto. La pesó. La miró con la lupa. Le puso un ácido que burbujeó.

Galia contenía la respiración. “Que me den quince mil”, rogaba mentalmente. “Con quince mil pago el mínimo y sobrevivo la quincena”.

El valuador tecleó algo en su computadora.

—Le prestamos tres mil doscientos pesos —dijo con voz monótona.

Galia sintió que se desmayaba.

—¿Qué? —chilló—. ¡Oiga, es un error! ¡Esa cadena costó veinte mil pesos! ¡Tiene un diamante!

—El diamante es una esquirla, señora, casi polvo. No tiene valor comercial de reventa. Y el oro… es oro bajo y pesa muy poco. Pagamos por gramo de metal, no por valor sentimental ni por diseño. Tres mil doscientos. ¿Los toma o los deja?

Galia sintió las lágrimas picándole los ojos. Tres mil pesos. No le alcanzaba ni para los intereses de la tarjeta. Era una burla. Era ver el amor y el sacrificio de Arturo convertido en una cifra ridícula.

—Pero… necesito más. Por favor. Es todo lo que tengo.

—No puedo darle más. Es el tabulador. Si quiere venderla definitiva, le doy tres mil ochocientos. Pero pierde la prenda.

Galia miró la cadena a través del vidrio. Recordó la cara de Arturo esa noche, iluminada por las velas, sus ojos llenos de esperanza. “Es para que siempre brilles, mi amor”, le había dicho.

Ahora ella la estaba vendiendo para pagar las consecuencias de haberlo traicionado.

—Véndala —susurró Galia, derrotada—. Deme los tres mil ochocientos.

Salió del Monte de Piedad con unos billetes en la mano y el alma vacía. Caminó por la calle Madero, entre la multitud de turistas y compradores, sintiéndose un fantasma.

Entró a un OXXO y depositó todo el dinero a su tarjeta. Apenas cubrió una fracción del pago mínimo. Las llamadas de cobranza seguirían.

Se sentó en una banca de la Alameda Central. A su lado, una pareja de novios adolescentes se besaba apasionadamente, ajenos al mundo.

Galia los miró con envidia.

—Disfruten mientras puedan —pensó con amargura—. El amor es una estafa.

Pero en el fondo sabía que el amor no era la estafa. La estafa había sido ella misma.


Esa noche, al llegar a la Portales, hubo consejo de guerra.

Su padre, Don Rogelio, la estaba esperando en la mesa del comedor con el documento de la demanda de divorcio que había llegado el día anterior. Tía Lucha estaba a su lado, como fiscal general.

—Siéntate, Galia —dijo Don Rogelio. Su voz no era la voz amable de siempre. Era la voz de un padre decepcionado.

Galia se sentó, dejando su bolsa en el suelo.

—Leímos la demanda —dijo su padre—. Y Arturo me llamó.

Galia levantó la vista de golpe.

—¿Te llamó? ¿Para qué? ¿Para hablar mal de mí?

—Para pedirme disculpas —dijo Don Rogelio, y sus ojos se humedecieron—. Me llamó para decirme que sentía mucho que las cosas terminaran así, que siempre me respetó y que lamentaba causarnos molestias. Me explicó, con mucho respeto, que tú le fuiste infiel.

—¡Yo no fui infiel! —gritó Galia—. ¡Solo mensajeaba! ¡Nunca me acosté con nadie! (Técnicamente, con Igor sí, esa noche del antro, pero su padre no tenía por qué saber ese detalle técnico).

—Mensajear con otros buscando intimidad es infidelidad, Galia —dijo su padre golpeando la mesa—. Es deslealtad. Y Arturo me dijo que le dijiste que era aburrido y poca cosa.

Galia se quedó callada.

—Ese muchacho te dio todo. Te dio una casa. Te dio estabilidad. Y tú… tú lo trataste como basura. Me da vergüenza, Galia. Me da vergüenza que una hija mía sea tan ingrata.

—Papá… yo solo quería ser feliz…

—¿Y eres feliz ahora? —intervino Tía Lucha, señalando la habitación donde dormía en el sofá—. ¿Eres feliz durmiendo entre mis ronquidos y debiéndole a medio mundo? Porque Sandra, la hija de la vecina que trabaja contigo, le contó a su mamá que ya debes hasta la tanda.

Galia se cubrió la cara con las manos. No había secreto que sobreviviera en ese barrio.

—Mira, hija —dijo Don Rogelio, más suave—. Ya el daño está hecho. Arturo no va a volver. Ese hombre tiene dignidad. Lo que tienes que hacer ahora es firmar ese divorcio, dejarlo en paz y ponerte a trabajar en serio. Y vas a tener que buscarte un cuartito, porque aquí… aquí ya no cabemos todos con esta tensión.

—¿Me están corriendo? —preguntó Galia, incrédula.

—Te estamos pidiendo que madures —dijo su padre—. Te damos un mes. Junta tu dinero, paga tus deudas y busca tu camino. Pero no puedes seguir aquí escondiéndote de la vida y haciéndote la víctima.

Galia se levantó y se fue al patio. Se sentó en el lavadero de piedra, bajo la noche nublada.

Estaba sola. Completamente sola. Sus padres la rechazaban. Su marido la había reemplazado y demandado. Su amante se había burlado de ella. Sus amigos la evitaban. Y debía cincuenta mil pesos.

Sacó su celular. Entró al perfil de Arturo una vez más.

Vio una story reciente. Era un video corto. Se veía una fogata, unas copas de vino y dos pares de pies con calcetines cómodos descansando frente al fuego. Se escuchaba la risa de Arturo y la risa suave de una mujer.

No había texto. No hacía falta.

Galia sintió que algo se rompía definitivamente dentro de ella. No fue el corazón; fue la fantasía. La fantasía de que ella era el centro del universo, de que todos giraban a su alrededor, de que siempre habría alguien para rescatarla.

Se dio cuenta de que era un personaje secundario en la película de Arturo, y que en su propia película, se había convertido en la villana.

—Se acabó —susurró—. Perdí.

Lloró, pero esta vez fue un llanto diferente. No era el llanto histérico para manipular, ni el llanto de rabia. Era un llanto silencioso, profundo, doloroso. El llanto del duelo real.

Y en medio de ese dolor, surgió una pequeña, diminuta chispa de realidad.

Tenía que vender su coche. Su pequeño coche que sus papás le habían regalado al salir de la universidad y que ella amaba. Era lo único de valor que le quedaba.

Con eso pagaría la tarjeta. Y con lo que sobrara, daría el depósito para un cuarto de azotea o un departamento compartido en una zona barata.

Sería una vida pequeña. Una vida “básica”. La vida que tanto despreció, pero sin el amor de Arturo.

Galia miró al cielo oscuro de la Portales.

—Toca empezar de cero —dijo—. Y esta vez, sin red de seguridad.


Mientras tanto, en la casa de Mariana (donde era la fogata en el jardín), Arturo miraba el fuego.

—¿En qué piensas? —le preguntó Mariana, acariciándole el brazo.

—En que hace mucho no me sentía tan en paz —dijo él.

—¿Te duele todavía? —preguntó ella.

Arturo lo pensó. Buscó el dolor. Buscó la herida. Estaba ahí, como una cicatriz reciente, sensible al tacto, pero ya no sangraba.

—Ya no duele —dijo—. Solo… es como cuando terminas un libro largo y triste. Te queda la sensación, pero ya lo cerraste. Ya estoy listo para abrir otro.

Mariana sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.

—Pues empecemos el prólogo —dijo ella.

Arturo sonrió. El futuro brillaba, no con fuegos artificiales efímeros, sino con la luz constante y cálida de las brasas que duran toda la noche.

CAPÍTULO 8: La Firma, el Metro y el Espejo Roto

Vender un coche en la Ciudad de México cuando tienes prisa y se te nota la desesperación en la cara es como nadar en una alberca de tiburones con una herida abierta.

Galia estaba parada en el estacionamiento de una plaza comercial en la Avenida Universidad, bajo el sol inclemente de las doce del día. Frente a ella, un “coyote” —un revendedor de autos usados— revisaba su Chevrolet Spark rojo con la minucia de un forense buscando la causa de muerte.

El tipo, un hombre con camisa desabotonada que dejaba ver una cadena de oro gruesa y que masticaba chicle con la boca abierta, dio una patada suave a la llanta delantera.

—Pues mire, jefa… la neta el carrito está castigado —dijo el hombre, pasándose la mano por la nuca sudada—. Trae un golpe en la fascia, las llantas ya piden cambio y se oye un ruidito en la suspensión. Además, es factura de agencia pero ya tiene sus añitos.

—El coche está perfecto —se defendió Galia, aunque su voz carecía de fuerza—. Todos los servicios son de agencia. Arturo… mi exmarido, siempre lo cuidó mucho.

Mencionar a Arturo fue un acto reflejo, un fantasma de seguridad que ya no existía.

—Pues sí, pero el mercado anda bajo. Le doy sesenta mil pesos. En efectivo. Ahorita mismo.

Galia sintió un hueco en el estómago.

—¿Sesenta? Oiga, en el Libro Azul está en ochenta y cinco. Mínimo deme ochenta.

El coyote soltó una risa burlona y escupió el chicle en el asfalto.

—El Libro Azul es para los que tienen tiempo, señora. Usted se ve que trae prisa. Mire, le doy sesenta y cinco y me estoy arriesgando. Tómelo o déjelo, tengo que ir a ver una camioneta en Coapa.

Galia miró su pequeño coche. Recordó el día que sus padres se lo regalaron al graduarse. Recordó las veces que Arturo y ella cantaron a todo pulmón en ese coche yendo a Cuernavaca. Era su independencia. Era lo último que le quedaba de su vida anterior.

Pero luego pensó en la llamada del banco. Pensó en la mirada de decepción de su padre.

—Está bien —susurró, sintiendo que vendía un pedazo de su alma—. Sesenta y cinco.

El trámite fue rápido y sucio. Contaron los billetes en el asiento del copiloto. Galia firmó la responsiva con mano temblorosa. Entregó las llaves.

—Ahí nos vemos, jefa. Suerte —dijo el coyote, y arrancó el coche.

Galia se quedó parada en el estacionamiento vacío, con un fajo de billetes en la bolsa y sin medio de transporte. Tuvo que caminar hacia la parada del Metrobus, sintiéndose más ligera por las deudas que iba a pagar, pero infinitamente más vacía.

Fue directo al banco. Depositó cincuenta y dos mil pesos a la tarjeta de crédito. La cajera la miró raro cuando vio que Galia suspiraba como si acabara de correr un maratón al recibir el comprobante de “Saldo en ceros”.

Le sobraban trece mil pesos. Trece mil pesos para empezar una nueva vida.

Esa tarde, Galia rentó un cuarto. No un departamento. Un cuarto.

Estaba en la colonia Álamos. Era una azotea acondicionada en un edificio viejo sin elevador. Tenía un baño minúsculo donde la regadera estaba casi encima del excusado, una parrilla eléctrica de una hornilla y una ventana que daba a un muro de ladrillos.

La renta: cuatro mil quinientos pesos al mes.

—Es lo que hay —se dijo Galia, dejando sus maletas en el piso de linóleo desgastado—. Es temporal. Voy a salir de esta.

Pero mientras miraba las paredes despintadas, supo que “temporal” podía significar años.


Dos semanas después, llegó el día de la firma del divorcio.

El Juzgado de lo Familiar es un lugar que huele a trámites, a copias fotostáticas y a fracaso. Los pasillos están llenos de gente: madres peleando pensión, padres exigiendo visitas, y parejas que alguna vez se juraron amor eterno y ahora no se pueden ver ni a los ojos.

Galia llegó temprano. Llevaba un traje sastre negro que le quedaba un poco grande (había bajado de peso por la dieta forzosa de estrés y atún de lata). Se sentó en una banca de metal fría, apretando su bolsa contra el pecho.

A las 10:00 AM en punto, apareció Arturo.

Galia contuvo el aliento.

Arturo se veía… imponente. Llevaba un traje gris impecable, camisa blanca sin corbata y zapatos lustrados. Caminaba con la espalda recta. A su lado iba su abogado, el Licenciado Torres.

Arturo la vio. No hubo odio en su mirada. No hubo esa chispa de rencor que Galia secretamente esperaba (porque el rencor significa que todavía importas). Solo hubo cortesía.

Se acercó a ella.

—Buenos días, Galia —dijo, asintiendo levemente.

—Hola, Arturo —respondió ella. Su voz salió pequeña, quebrada. Esperaba que él le dijera algo más. “¿Cómo estás?”, “¿Te hace falta algo?”.

Pero Arturo ya se había girado para hablar con su abogado.

—Licenciado, ¿ya está el secretario de acuerdos? Tengo una junta a las doce y no quisiera retrasarme.

“Tiene prisa”, pensó Galia con amargura. “Tiene prisa por deshacerse de mí”.

Entraron a la oficina del juzgado. El escritorio estaba lleno de expedientes cosidos con hilo y aguja. El secretario, un hombre con cara de aburrimiento eterno, les señaló dónde sentarse.

—Bien. Divorcio incausado. Ambas partes están notificadas. No hay hijos, no hay sociedad conyugal, no hay compensación solicitada. Es trámite puro. Firman aquí, aquí y aquí.

El secretario empujó el libro hacia Arturo.

Arturo tomó la pluma. No dudó. No le tembló la mano. Firmó con trazos firmes y seguros. Arturo Méndez.

Luego empujaron el libro hacia Galia.

Galia tomó la pluma. Sintió el peso de la realidad. Esa firma era el final. Ya no habría vuelta atrás. Ya no habría “Señora de Méndez”. Solo Galia Ruiz, soltera, empleada bancaria de medio pelo, inquilina de un cuarto de azotea.

Miró a Arturo una última vez. Él estaba mirando su celular, revisando un correo, ajeno a su drama interno.

Galia firmó. La tinta azul selló su destino.

—Listo —dijo el secretario, cerrando el libro—. Quedan legalmente divorciados. Pueden tramitar sus actas con la anotación marginal en unos quince días. Con permiso.

Salieron al pasillo.

Galia sintió que tenía que decir algo. No podía dejar que terminara así, tan fríamente.

—Arturo —lo llamó cuando él ya caminaba hacia la salida.

Él se detuvo y se giró.

—Dime.

—¿Eres feliz? —preguntó ella. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se las tragó.

Arturo la miró unos segundos, reflexionando. No para herirla, sino para ser honesto.

—Sí, Galia. Lo soy. Tengo paz. Y la paz vale más que cualquier otra cosa.

—Yo… yo lo siento —balbuceó ella—. Siento todo lo que pasó. No sabía lo que tenía hasta que lo perdí.

Arturo asintió, con una tristeza suave en los ojos.

—Lo sé. Y espero que aprendas de esto. De verdad te deseo que encuentres lo que buscabas. Esa “vida emocionante” que querías. Ojalá la encuentres.

—No hay vida emocionante —admitió ella, derrotada—. Solo hay soledad.

—La soledad también enseña, Galia. Cuídate.

Arturo dio media vuelta y siguió caminando. Sus pasos resonaron en el pasillo, alejándose, marcando el ritmo de su futuro.

Galia se quedó parada ahí, viendo cómo la espalda del hombre que la amó desaparecía por la puerta giratoria, saliendo hacia la luz del día, hacia su coche nuevo, hacia Mariana, hacia una vida donde ella ya no era ni siquiera un recuerdo doloroso, sino una lección superada.


SEIS MESES DESPUÉS

La Ciudad de México seguía siendo el mismo monstruo caótico y fascinante de siempre. Para Arturo, sin embargo, la ciudad tenía colores nuevos.

Era viernes por la noche. El departamento de la Del Valle había cambiado. Las paredes, antes de un color crema genérico que Galia había elegido, ahora eran de un gris perla moderno. Había plantas reales (Mariana amaba las plantas) en lugar de las flores secas. Había cuadros de cine enmarcados.

En la cocina, Arturo y Mariana preparaban la cena. Estaban bebiendo vino tinto y riendo mientras cortaban vegetales.

—Pásame la sal, amor —dijo Mariana.

Arturo se la pasó, rozando su mano. Se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Oye —dijo ella—, llegaron los boletos de avión.

—¿Ya? —Arturo sonrió—. Perfecto. Italia nos espera.

—Nunca has ido a Europa, ¿verdad?

—No —dijo Arturo—. Con… antes, siempre había un pretexto. Que si era muy caro, que si mejor íbamos a la playa, que si el dinero no alcanzaba. Pero ahora… ahora sí alcanza.

—Va a ser increíble —dijo ella, abrazándolo.

Arturo miró a su alrededor. Su vida no era perfecta; tenía estrés en el trabajo, el tráfico seguía siendo horrible. Pero su hogar era un refugio. No había gritos, no había caras largas, no había la sensación constante de estar caminando sobre cáscaras de huevo.

Había construido una vida basada en el respeto y en la admiración mutua. Y eso, se dio cuenta, era el verdadero éxito.

Sonó su celular. Era una notificación de LinkedIn.

“Felicita a Roberto por su nuevo puesto”.

Arturo entró a la app para felicitar a su amigo. Mientras navegaba, el algoritmo le sugirió “Personas que quizá conozcas”.

Y ahí apareció. Una foto pequeña y pixelada.

Galia Ruiz. Asesor telefónico en Call Center “Conecta”.

Arturo se detuvo un segundo. “Asesor telefónico”. Galia había dejado el banco. Probablemente la despidieron por sus faltas y su bajo rendimiento. Ahora trabajaba en un call center, un trabajo digno pero mucho más pesado y peor pagado que el que tenía.

Miró la foto. Galia se veía… mayor. Tenía una sonrisa forzada, de esas de foto de gafete corporativo.

Arturo sintió… nada. Ni alegría, ni tristeza, ni lástima. Solo la indiferencia de ver a un extraño.

Deslizó el dedo y siguió bajando. Le dio like a la publicación de Roberto y bloqueó el teléfono.

—¿Listo el vino? —preguntó Mariana.

—Listo —dijo Arturo—. ¡Salud!

—¡Salud por nosotros!


A kilómetros de distancia, en la colonia Doctores (se había mudado de la Álamos porque le subieron la renta), Galia bajaba del Metrobus en la estación Dr. Vértiz.

Eran las 9:30 de la noche. Llovía. Galia no traía paraguas, solo una chamarra impermeable barata que había comprado en el tianguis.

Caminaba rápido, abrazando su bolsa para que no se la robaran. El barrio era peligroso a esa hora.

Llegó a la vecindad donde rentaba un cuarto interior. Abrió el zaguán pesado de metal y cruzó el patio lleno de ropa tendida de los vecinos.

Subió las escaleras de caracol hasta su cuarto. Abrió la puerta.

El cuarto olía a humedad y a sopa Maruchan. Encendió la luz. Un foco pelón iluminó la cama individual, una mesa de plástico y un clóset de tela desvencijado.

Galia dejó su bolsa y se quitó los zapatos mojados. Le dolían los pies. Estar sentada ocho horas con la diadema telefónica puesta, recibiendo gritos de clientes enojados porque les cortaron el internet, era agotador.

—”Gracias por llamar a Conecta, le atiende Galia, ¿en qué puedo servirle?” —repitió mecánicamente, con la voz ronca.

Se sentó en la cama y sacó su cena: un sándwich que había sobrado del break y una manzana.

Mientras comía en silencio, sacó su celular. Tenía un plan de prepago ahora, así que cuidaba sus datos. Se conectó al WiFi robado del vecino (adivinó la contraseña: 12345678).

Entró a Instagram. Tenía otra cuenta falsa, porque la curiosidad era su vicio y su castigo.

Buscó a Arturo. Su perfil era privado ahora. Pero el de Mariana no.

Ahí estaba la última foto.

Mariana y Arturo en el aeropuerto, con maletas y pasaportes en mano. Arturo se veía radiante, abrazándola por la cintura.

El texto decía: “¡Vámonos! Roma, Florencia y Venecia, allá vamos. Sueño cumplido contigo, mi amor. ❤️🇮🇹”

Galia sintió que el bocado de sándwich se convertía en ceniza en su boca.

Italia.

Ella le había rogado a Arturo ir a Italia durante años. Él siempre decía: “Hay que juntar, flaca, el próximo año”. Ella se enojaba, le decía tacaño, le decía que nunca la sacaba de paseo.

Ahora entendía. No era que Arturo no pudiera ir a Italia. Era que no quería ir con ella. O quizás, que ella gastaba tanto en sus caprichos diarios que nunca dejaba que el ahorro creciera.

Con Mariana, en seis meses, habían logrado lo que ella no logró en diez años.

Galia soltó el teléfono sobre la cobija. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, calientes y saladas.

Miró su cuarto. Miró la mancha de humedad en el techo que parecía una cara burlona. Escuchó a los vecinos peleando en el patio.

Recordó la cocina limpia de su antiguo departamento. El café de olla. El olor a loción de Arturo. La seguridad de saber que si se enfermaba, alguien le traería medicina.

—Tenías todo, estúpida —se dijo a sí misma en voz alta. Su voz rebotó en las paredes vacías—. Tenías un rey y lo trataste como a un mendigo. Ahora la mendiga eres tú.

Se acostó vestida, hecha un ovillo. El frío de la noche se colaba por la ventana mal sellada.

Cerró los ojos, intentando dormir para olvidar, aunque fuera por unas horas, que al día siguiente tenía que levantarse a las seis, tomar el metro, ponerse la diadema y decir mil veces: “Gracias por llamar, le atiende Galia…”.

Esa era su “libertad”. Esa era la vida que había elegido. Y en la oscuridad de su cuarto, Galia finalmente entendió la lección más dura de todas:

A veces, la puerta que cierras con soberbia es la misma que querrás tocar con desesperación, solo para descubrir que del otro lado, alguien cambió la chapa y aprendió a ser feliz sin ti.

(FIN)

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