ELLA PENSÓ QUE SUS ENGAÑOS CON EL “NUEVO” DE LA OFICINA ERAN SECRETOS, PERO MI VENGANZA FUE TAN FRÍA QUE LA DEJÓ SIN CASA Y SIN ALIENTO

CAPÍTULO 1: EL CASTILLO DE NAIPES Y LOS FANTASMAS DEL PERIFÉRICO

Alexei estaba sentado en la silla de mimbre de su balcón, una de esas que Olga se había empeñado en comprar en un bazar de Coyoacán porque decía que le daban un “toque chic” al departamento. Eran las once de la noche de un martes cualquiera en la Ciudad de México. Desde el tercer piso, el ruido de la ciudad llegaba amortiguado, como un zumbido constante que nunca duerme: el claxon lejano de un taxista desesperado, el ladrido de un perro en alguna azotea vecina y el sonido inconfundible del carrito de los camotes silbando su melancolía dos calles abajo.

Tenía una taza de café en las manos, pero ya estaba fría. Ni siquiera recordaba cuándo se la había servido. Su mirada estaba perdida en las luces de los edificios de enfrente, en esas ventanas iluminadas donde otras familias, suponía él, vivían vidas normales. Cenaban, veían la tele, discutían por quién lavaba los trastes o simplemente dormían abrazados. Él, en cambio, estaba ahí, vigilando la nada, con el estómago hecho un nudo ciego que llevaba meses apretándole las entrañas.

Amaba este lugar. O al menos, solía amarlo. Ese departamento en la colonia Narvarte no eran solo cuatro paredes y un techo; era el trofeo de una guerra que él creía haber ganado. Era la prueba física de que un ingeniero civil que venía de Iztapalapa y una mercadóloga de clase media podían construir algo sólido si le echaban ganas. Lo habían comprado hacía cinco años, en preventa, cuando el edificio era apenas un esqueleto de varillas y concreto.

Recordaba el día de la firma de las escrituras como si fuera ayer. Olga había llorado. No unas lagrimitas discretas, sino un llanto con hipo, de esos que te sacuden el cuerpo. Lo había abrazado en la notaría, manchándole el saco con rímel y mocos, repitiendo: “Lo logramos, Alex, pinche vida, por fin lo logramos”. Y él, que siempre fue el fuerte, el estoico, el que no se doblaba ni con los temblores del 85, sintió que el pecho se le inflaba tanto que casi le rompía la camisa.

—Es nuestro castillo, gordo —le había dicho ella esa noche, celebrando con una botella de vino barato y una pizza de orilla de queso sentados en el piso de la sala vacía—. Aquí vamos a ser viejitos.

Pero la promesa de “ser viejitos” se sentía ahora tan lejana como la luna.

Se conocieron en la UNAM, en Ciudad Universitaria. Ella era de la Facultad de Ciencias Políticas, siempre con prisa, siempre cargando carpetas, siempre con esa energía arrolladora que te obligaba a mirarla. Él era de Ingeniería, más cuadrado, más de números y menos de discursos. El choque fue inevitable. Se conocieron en la fila de las tortas de chilaquil, bajo el sol implacable del mediodía. Ella le había pedido prestados diez pesos porque se le había olvidado la cartera. Él se los dio sin esperar que se los devolviera. Al día siguiente, ella lo buscó para pagarle y, de paso, invitarle una coca.

Ahí empezó todo.

Eran tiempos de “vacas flacas”. Tiempos de contar las monedas para el Metrobús, de compartir una orden de tacos al pastor porque no alcanzaba para dos, de soñar despiertos viendo los aparadores de Plaza Satélite. Olga tenía una ambición que a veces asustaba a Alexei. Ella quería comerse al mundo de un bocado. Él era más cauteloso; él quería construir los cimientos antes de poner el techo.

—Tú eres mi ancla, Alex —le decía ella cuando le daban sus ataques de ansiedad por el futuro—. Yo vuelo y tú me detienes para que no me estrelle.

Se casaron por el civil en una ceremonia sencilla. Nada de fiestones de pueblo ni deudas impagables. Una comida con la familia, unos tequilas y listo. Lo importante era el proyecto de vida. Y el proyecto funcionó. Alexei consiguió chamba en una constructora grande, supervisando obras en Santa Fe. Era una joda: levantarse a las cinco de la mañana, atravesar la ciudad, tragar polvo todo el día y lidiar con albañiles y arquitectos prepotentes. Pero pagaban bien. Había prestaciones, seguro de gastos médicos, fondo de ahorro. Era la estabilidad con la que siempre había soñado.

Olga, por su parte, entró a una agencia de publicidad transnacional. Empezó como becaria, sirviendo cafés y sacando copias, pero su carisma la hizo subir rápido. Era buena vendiendo humo, como decía Alexei de broma. Era buena haciendo que la gente creyera en cosas que no necesitaba.

Cuando juntaron para el enganche del departamento, sintieron que habían tocado el cielo. Pero el departamento se entregó en obra gris. “No hay pedo”, dijo Alexei. “Yo me encargo”.

Durante seis meses, Alexei no tuvo fines de semana. Mientras sus amigos se iban a Cuernavaca o se ponían hasta las chanclas en las cantinas, él estaba en el departamento, lleno de yeso hasta las orejas. Él mismo colocó el piso laminado, cuidando que cada tabla embonara perfecta. Él mismo pintó las paredes de ese color “blanco ostión” que Olga quería. Él instaló la cocina integral, peleándose con las tuberías y los cables de gas. Cada tornillo en esa casa tenía su sudor. Lo hizo por ella. Quería que cuando Olga llegara de su oficina de cristal en Reforma, sintiera que llegaba a un palacio.

Y al principio, así fue.

Los primeros dos años en el departamento fueron la época dorada. Los domingos de flojera, pidiendo barbacoa y viendo series en Netflix hasta que se les cuadraban los ojos. Las cenas improvisadas. El sexo tranquilo, familiar, pero lleno de una conexión que Alexei pensaba que era inquebrantable. Olga presumía su casa con sus amigas “fresas” de la agencia. “Mi marido lo hizo todo”, decía, y Alexei se sentía el rey del barrio.

Pero dicen que la rutina es como la humedad: se mete por las grietas más pequeñas y, cuando te das cuenta, ya te pudrió la estructura.

El cambio no fue un golpe seco; fue una erosión lenta. Empezó hace unos seis meses. Primero fueron los detalles tontos. Olga dejó de mandarle esos mensajes de buenos días que le alegraban la mañana en la obra. Antes, a las 11 am, siempre llegaba un meme o un “te extraño”. De pronto, el celular de Alexei permanecía en silencio hasta la hora de la comida.

—Ando en friega, amor —le decía ella cuando él le reclamaba suavemente—. El nuevo cliente es un dolor de huevos, no me dejan ni respirar.

Alexei lo entendía. Él también tenía días pesados donde se le caía la colada o se peleaba con el sindicato. “Es chamba”, pensaba. “Hay que aguantar vara”.

Luego, llegaron las horas extra.

En México, la cultura laboral es tóxica. “Ponerse la camiseta” significa regalar tu vida a la empresa sin que te paguen un peso más. Olga empezó a llegar a las 8, luego a las 9, luego a las 10 de la noche.

—El tráfico en Constituyentes estaba imposible, había un choque y nos quedamos parados una hora —decía, entrando al departamento con los tacones en la mano y la cara lavada, sin rastro del maquillaje impecable con el que había salido.

Alexei, ingenuo, le calentaba la cena.
—Pobrecita, mi amor. Siéntate, te sirvo un tecito. ¿Quieres que te sobe los pies?

Ella aceptaba los mimos, pero su mente no estaba ahí. Estaba en otro lado. Alexei notaba que sus ojos, esos ojos color miel que antes lo miraban con adoración, ahora lo miraban como se mira a un mueble viejo: con cariño, sí, pero sin interés. Un mueble cómodo que está ahí porque siempre ha estado, pero que ya no emociona.

Lo que más le dolía a Alexei era el silencio. Antes, Olga llegaba y vomitaba palabras: le contaba del chisme de la de Recursos Humanos, del jefe imbécil, de la campaña que ganó. Ahora, sus respuestas eran monosílabos.

—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Qué hiciste?
—Lo de siempre.
—¿Tienes hambre?
—No mucha.

Y luego, el ritual del celular. Ese maldito aparato se convirtió en el tercer integrante del matrimonio. Olga no lo soltaba ni para ir al baño. Se lo llevaba a la ducha, lo ponía boca abajo en la mesa de noche. Si sonaba una notificación, saltaba como si le hubieran dado toques eléctricos.

Alexei empezó a sentir esa comezón en la nuca, esa intuición primitiva que te avisa que hay un depredador cerca. Pero se negaba a creerlo. ¿Olga? ¿Su Olga? Imposible. Ella no era así. Ellos eran un equipo. Habían comido atún de lata juntos cuando no tenían ni para el gas. Eso creaba lealtad, ¿no? La lealtad de la pobreza compartida es la más fuerte… o eso pensaba él.

Una noche, hace unas tres semanas, la situación pasó de “sospechosa” a “alarmante”.

Estaban cenando unas quesadillas que Alexei había preparado. El ambiente estaba tenso, como el aire antes de una tormenta eléctrica.
—Oye, Alex —dijo ella de repente, sin mirarlo, picando el queso con el tenedor—, el próximo mes voy a tener que viajar a Querétaro un par de fines de semana.

Alexei dejó su quesadilla en el plato.
—¿A Querétaro? ¿En fin de semana? Pero si tú nunca viajas. Tu puesto es administrativo.

—Pues sí, pero abrimos una cuenta allá y el jefe quiere que yo supervise la logística del evento. Es una oportunidad cabrona, Alex. Si sale bien, me pueden subir de puesto. Y ya sabes que nos hace falta la lana si queremos cambiar la camioneta.

La mención del dinero fue un golpe bajo. Alexei ganaba bien, pero Olga siempre quería más. Más viajes, mejor ropa, el coche del año. Él sentía que nunca era suficiente para ella.

—Está bien —dijo él, tragándose la duda—. Si es por chamba, ni modo. Pero te voy a extrañar.

Ella sonrió, pero fue una sonrisa de plástico. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Yo también, gordo. Pero es por nosotros.

“Por nosotros”. Esa frase le retumbó en la cabeza.

Alexei se levantó de la silla del balcón. El café frío le supo a amargura. Entró a la sala. El departamento estaba en silencio. Olga ya se había dormido, o fingía hacerlo. Caminó por el pasillo, rozando con los dedos las fotos colgadas en la pared: ellos en Cancún, ellos en la graduación, ellos el día de la boda. Parecían dos extraños felices.

Entró a la recámara principal con el sigilo de un ladrón. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando el perfil de su esposa. Se veía tan tranquila, tan inocente. Su respiración era suave, rítmica. En la mesita de noche, el iPhone de ella brillaba intermitentemente con una luz led tenue.

Alexei se quedó parado al pie de la cama, observándola. Sentía una mezcla de amor profundo y un odio naciente, caliente y viscoso. ¿Cómo podía dormir tan tranquila si estaba destruyendo todo lo que construyeron? ¿O será que él estaba loco? ¿Será que se estaba volviendo un viejo celoso y paranoico?

“Quizás solo está cansada”, se dijo a sí mismo por milésima vez. “Quizás es la crisis de los treinta. Quizás soy yo el que se ha vuelto aburrido”.

Se metió a la cama con cuidado de no despertarla. Se acostó de espaldas, mirando al techo. Olga se movió, dándole la espalda instintivamente, alejándose hacia el borde del colchón, creando un abismo de sábanas frías entre los dos.

Fue entonces cuando el teléfono de ella vibró. No fue un sonido, fue un zumbido contra la madera de la mesa. Una vez. Dos veces.

Alexei giró la cabeza. La pantalla se iluminó por un segundo antes de apagarse. No alcanzó a leer nada, pero vio la hora: 11:45 PM. ¿Quién carajos manda mensajes de trabajo a un cuarto para las doce de la noche?

El corazón le empezó a latir en la garganta. Extendió la mano, temblando, queriendo tomar el teléfono. Sus dedos estaban a centímetros del aparato cuando Olga se movió bruscamente, estirando el brazo y cubriendo el celular con su mano, incluso estando dormida. Un reflejo condicionado. Un acto de protección.

Alexei retiró la mano como si se hubiera quemado.

Ahí, en la oscuridad de su recámara, con el sonido de la respiración de su esposa y el tráfico lejano de la ciudad monstruo, Alexei supo que la guerra había comenzado. El castillo que había construido con sus propias manos, ladrillo por ladrillo, sudor por sudor, estaba cimentado sobre arena. Y la marea estaba subiendo.

No dijo nada. No la despertó para gritarle. Alexei no era de los que explotaban. Él era ingeniero. Él sabía que cuando una estructura tiene una falla, no la golpeas con un marro a lo loco; la analizas, buscas el punto de carga crítico y, si es necesario, planeas la demolición controlada.

Mañana, se prometió a sí mismo mientras cerraba los ojos sin poder dormir, mañana empezaría a revisar los cimientos. Y si encontraba podredumbre, él mismo se encargaría de tirar el edificio abajo, aunque se le cayera encima.

CAPÍTULO 2: EL FANTASMA DE ARTEMIO Y LAS GRIETAS EN EL MURO

A la mañana siguiente de la “noche del mensaje fantasma”, el departamento amaneció con esa luz grisácea y triste típica de la Ciudad de México cuando la contaminación no deja pasar el sol. Alexei se despertó con el sonido de la regadera. Eran las 6:15 AM. Olga, que solía ser de las que pedían “cinco minutos más” abrazada a su espalda, ya estaba en pie, fregándose el cuerpo con un vigor que no correspondía a alguien que supuestamente llegaba agotada de trabajar.

Alexei se quedó mirando el techo un momento, sintiendo el lado vacío de la cama. Estaba frío. Esa frialdad se le metió por los huesos, más allá de la piel. Se levantó arrastrando los pies, con la sensación de traer una cruda moral sin haber bebido ni una gota de alcohol. Fue a la cocina a preparar café. El aroma del grano molido, que antes era el perfume de sus mañanas felices, ahora le revolvía el estómago.

Cuando Olga salió del baño, envuelta en una toalla blanca y con el pelo goteando, traía una energía eléctrica, nerviosa.

—¿Hay café? —preguntó sin mirarlo, buscando sus cremas en el mueble de la entrada.
—Sí, en la jarra —respondió Alexei, sirviéndose una taza negra, sin azúcar, como su humor—. Oye, anoche… te llegó un mensaje tardísimo. Casi a las doce.

Olga se detuvo un milisegundo. Fue imperceptible para cualquiera, pero no para Alexei, que conocía su lenguaje corporal mejor que los planos de cualquier edificio. Se tensó la espalda, pero se recuperó rápido.

—Ah, sí… —dijo con un tono de fastidio ensayado—. Es el grupo de WhatsApp del proyecto. Estos güeyes no tienen vida. El cliente mandó cambios y el gerente se puso loco. Ya sabes cómo es la agencia, si no contestas, parece que no tienes la camiseta puesta.

—¿A las doce de la noche, Olga? —insistió él, recargándose en la barra de granito—. Eso ya es abuso laboral, o acoso.

Ella se giró, ya con la crema en la mano, y lo miró con esa expresión de condescendencia que empezaba a odiar.
—Ay, Alex, no empieces de intenso. Tú estás en obra, es diferente. En marketing los tiempos son otros. Es un bomberazo, nada más. No le busques tres pies al gato.

“No le busques tres pies al gato”. La frase resonó en la cocina. Alexei bebió un sorbo de café hirviendo para callarse la boca. No quería pelear antes de irse a trabajar. No quería ser el marido tóxico y celoso. Pero el gato no tenía tres pies; tenía cuatro, garras afiladas y estaba arañando la puerta de su matrimonio.


Los días siguientes, el nombre apareció. Al principio fue como un susurro, una mención casual entre la sopa y el plato fuerte.

—Hoy contrataron a un chavo nuevo en diseño —comentó Olga un jueves por la noche. Estaba de buen humor, algo raro últimamente—. Se llama Artemio.

—¿Artemio? —Alexei masticó su bistec—. Nombre de viejito.

Olga soltó una risita. Una risita ligera, coqueta, que hacía meses no le dedicaba a él.
—Pues de viejito no tiene nada. Es un chavito, recién egresado de la Ibero. Trae una pila, Alex… no te imaginas. Tiene unas ideas súper frescas. Hoy nos salvó el pellejo con una presentación que estaba pal’ perro. Es súper talentoso.

Alexei sintió un piquete en el orgullo. Él era el proveedor, el hombre estable, el “señor” de la casa. Escuchar a su esposa hablar con tanta admiración de un “becario” le causó una molestia irracional. Pero lo dejó pasar. “Es un niño”, pensó. “Olga tiene 32, no se va a fijar en un escuincle que seguro vive con sus papás”.

Pero Artemio dejó de ser una anécdota y se convirtió en un habitante más de la casa. Artemio dijo. Artemio hizo. Artemio recomendó esta serie. Artemio conoce un lugar de sushi buenísimo en la Roma.

La rutina de Olga cambió radicalmente, y con ella, la dinámica de pareja. Antes, los dos iban al gimnasio juntos tres veces por semana. Era su momento de calidad: hacían pesas, se burlaban de los “mamados” que gritaban al levantar mancuernas, y luego se iban a cenar tacos de pastor como premio. Pero de repente, Olga renunció al gimnasio.

—Me aburre, Alex. Estar encerrada oliendo sudor ajeno ya no me late —le dijo una tarde, mientras sacaba de una bolsa de Liverpool ropa deportiva nueva: leggings ajustados de marca cara, tops neón, tenis de correr de última generación—. Ahora voy a salir a correr.

—¿A correr? ¿A dónde?
—A los Viveros de Coyoacán. O aquí al parque de Pilares. Necesito aire fresco, despejar la mente.
—Va, pues voy contigo —se ofreció Alexei, tratando de recuperar ese tiempo perdido—. Sirve que bajo la panza.

Olga negó con la cabeza rápidamente, demasiado rápido.
—No, gordo. Es que… es mi momento. ¿Sabes? Necesito estar sola con mi música, pensar en mis cosas, en las campañas. Si vas tú, nos la vamos a pasar platicando y no me voy a concentrar. Tú sigue con tus fierros en el gym, te ves re bien así.

Y así, Alexei se quedó solo en el gimnasio, levantando pesas con rabia, mientras imaginaba a su esposa corriendo “sola” por los parques de la ciudad. Lo curioso era que, cuando ella regresaba de correr, dos horas después, a veces ni siquiera traía la cara roja ni estaba tan sudada. Y siempre, invariablemente, llegaba pegada al celular, texteando con una sonrisita boba que borraba en cuanto cruzaba el umbral de la puerta.

El fantasma de Artemio crecía. Se sentaba a la mesa con ellos. Se acostaba entre ellos en la cama.

Una noche, mientras veían la tele (o más bien, Alexei veía la tele y Olga veía su pantalla), él decidió tantear el terreno.
—Oye, ese tal Artemio… ¿qué edad tiene?

Olga no despegó la vista del chat.
—No sé, veinticuatro, veinticinco. ¿Por qué?

—Por nada. Es que hablas mucho de él. Parece que es el dueño de la agencia.

Ella bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre su pierna. Suspiró, como quien tiene que explicarle matemáticas a un niño lento.
—Alex, es mi compañero de equipo. Trabajamos juntos todo el día. Es normal que hable de él. Además, es muy maduro para su edad. No es el típico chavito desmadroso. Tiene visión. Conecta conmigo creativamente.

—¿Conecta contigo? —Alexei alzó una ceja.
—Creativamente, Alex. No seas malpensado. Me cae bien, es mi amigo. ¿Ya no puedo tener amigos hombres o qué? ¿Me vas a aplicar la de macho celoso?

La carta del “macho celoso”. La defensa perfecta. Si Alexei seguía preguntando, él era el malo, el inseguro, el tóxico. Si se callaba, era el idiota. Perder-perder.

—No es eso, Olga. Es que siento que le dedicas más tiempo y energía a tu “amigo” y a tu chamba que a tu esposo.

—Ay, por favor. Ya vas a empezar con tus dramas. Estoy cansada. Me voy a dormir.

Esa noche, Alexei soñó que el edificio que estaba construyendo en Santa Fe se derrumbaba. Las columnas de acero se doblaban como popotes y él estaba atrapado en el sótano, gritando el nombre de Olga, pero ella no lo escuchaba porque estaba arriba, en la superficie, riéndose con un hombre sin rostro.


La semana siguiente, la situación escaló otro peldaño. Era viernes. Alexei había planeado una cena romántica en casa para intentar arreglar las cosas. Había comprado vino, quesos, y había pedido comida italiana de ese lugar que a ella le encantaba. Quería hablar, quería decirle que la extrañaba, que sentía que se le escapaba de las manos como agua.

A las 6:00 PM, le mandó un mensaje:
“Amor, hoy cenamos rico en la casa. Te tengo una sorpresa. No llegues tarde.”

La respuesta llegó a las 7:30 PM.
“Híjole, Alex. Perdón. Se nos complicó cañón el cierre. Los directores nos pidieron quedarnos a terminar la propuesta para el lunes. No me esperes para cenar. Te amo.”

Ese “Te amo” al final se sintió como un insulto. Como una propina de diez pesos en una cuenta de mil.

Alexei cenó solo, bebiéndose la botella de vino entera. A eso de las 11:30 PM, escuchó la llave en la cerradura. Olga entró, pero no venía con cara de cansancio de oficina. Venía con esa energía residual de quien ha estado divirtiéndose. Traía el pelo ligeramente alborotado y, cuando se acercó a darle un beso rápido en la mejilla (un beso seco, de trámite), Alexei percibió algo.

No era olor a oficina. No era olor a papel ni a café rancio de máquina.
Era olor a humo de cigarro (ella no fumaba), a una loción masculina dulzona y barata (Artemio, seguro usaba de esas de catálogo), y un toque sutil de mezcal.

—¿Cierre de proyecto con mezcal? —preguntó Alexei, mirándola desde el sofá, con la copa de vino en la mano.

Olga se congeló un segundo, pero su capacidad de improvisación era digna de un Oscar.
—Ay, sí. El jefe se apiadó de nosotros a las diez y pidió unas pizzas y unos tragos para el equipo ahí en la sala de juntas. Para “desestresar”. Casi me muero del asco, pero no podía decirles que no.

—¿Estaba Artemio?

—Alexei, ¡ya basta! —estalló ella, tirando el bolso al suelo—. ¡Sí, estaba Artemio! ¡Estaba Sofía, estaba Beto, estaba el jefe! ¡Estábamos trabajando! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan obsesionado con él?

—Porque hueles a él, Olga.

El silencio que siguió fue denso, pesado. Olga lo miró con los ojos muy abiertos. Por un segundo, Alexei vio miedo en su mirada. Pánico puro. Pero rápidamente lo cubrió con indignación.

—Estás borracho —dijo ella con desprecio, señalando la botella vacía—. Estás borracho y estás diciendo estupideces. Me das pena.

Se dio la vuelta y se encerró en el cuarto de huéspedes. Esa noche, durmieron separados por primera vez en cinco años. Alexei se quedó en el sofá, con el corazón roto y la certeza absoluta de que su matrimonio era un cadáver que aún no sabía que estaba muerto.


El fin de semana fue un infierno de silencios incómodos. Olga actuaba como la víctima ofendida, y Alexei, en su confusión, casi llegó a pedirle perdón. “Quizás sí estoy exagerando”, pensaba. “Quizás sí fue una reunión en la oficina y se le pegó el olor de los demás”. El ser humano es experto en autoengañarse cuando la verdad duele demasiado.

Pero el martes siguiente, llegó el golpe final que prepararía el escenario para la debacle.

Estaban desayunando, manteniendo las formas, como dos actores en un comercial de margarina, fingiendo que todo estaba bien.
—Oye —dijo Olga, rompiendo el silencio mientras untaba mermelada en su pan tostado—, este fin de semana es la integración anual de la agencia.

—¿Integración? —Alexei levantó la vista del periódico.

—Sí, ya sabes. Team building. Esas cosas gringas que les encantan a los de Recursos Humanos. Quieren que “fortalezcamos lazos” y la madre. Va a ser en una hacienda por Tequisquiapan. Salimos el sábado temprano y regresamos el domingo en la tarde.

—¿Tequisquiapan? Eso es para quedarse a dormir.

—Pues sí, güey, es fin de semana. Es obligatorio. Si falto, quedo mal con los directores, y justo ahora que se viene lo de la promoción, no puedo darme el lujo de hacerme la difícil.

Alexei la miró fijamente. Veía cómo le temblaba ligeramente la mano con el cuchillo de la mantequilla. Veía cómo evitaba sus ojos, concentrándose demasiado en el pan.

—¿Va a ir todo el equipo? —preguntó, sintiendo que ya sabía la respuesta.

—Todo el equipo. Es institucional.

—¿Artemio va?

Olga soltó el cuchillo con fuerza sobre el plato. El ruido de la porcelana fue como un disparo.
—¡Otra vez! ¡Sí, va a ir! ¡Es parte del equipo! ¡Alex, neta, bájale a tus celos porque me estás asfixiando! ¡Es trabajo! ¿Quieres que renuncie? ¿Quieres que me quede aquí encerrada cocinando para que tú te sientas seguro?

Se levantó de la mesa, furiosa, agarró su bolso y salió del departamento azotando la puerta.

Alexei se quedó solo en la cocina. “Me estás asfixiando”. Esa frase le dolió más que cualquier insulto. Pero esta vez, el dolor venía acompañado de una claridad fría, casi científica.

Sacó su celular y abrió el calendario.
Sábado 15 de agosto. Integración Olga.

Sabía que mentía. No sabía cómo, ni tenía las pruebas en la mano, pero su instinto de ingeniero le decía que esa estructura no se sostenía. Las integraciones de empresas no se avisan un martes para un sábado. Se planean con meses. No había visto correos, no había visto itinerarios.

Esa tarde, Alexei no fue a trabajar. Se quedó en casa, dando vueltas como león enjaulado. Necesitaba saber. La duda lo estaba carcomiendo vivo.
Cuando Olga llegó en la noche, actuaron como si la pelea de la mañana no hubiera existido. Una tregua tensa. Ella se metió a bañar.

Fue entonces cuando ocurrió.

Olga había dejado su celular cargando en la sala. Un descuido. O quizás, el subconsciente que quiere ser descubierto. Alexei estaba en el sillón, con la tele encendida sin volumen.
El teléfono de ella vibró.
Una vez.
Dos veces.

La pantalla se iluminó. No estaba bloqueada del todo, o el mensaje emergente estaba configurado para mostrar el contenido (un error de novata, o de alguien que se ha confiado demasiado).

Desde donde estaba, Alexei no alcanzó a leer. El corazón le latía en los oídos como un tambor de guerra. Se levantó, sintiendo que las piernas le pesaban toneladas. Se acercó a la mesita de centro.

La pantalla se volvió a iluminar con un segundo mensaje.

Nombre: Artemio (Diseño)
Mensaje 1: “Ya reservé la suite con jacuzzi en el hotel de siempre. No puedo esperar al sábado.”
Mensaje 2: “Dile a tu marido que no te llame, invéntate que no hay señal en la hacienda. Te quiero comer toda.”

El mundo de Alexei se detuvo. El ruido de la regadera al fondo desapareció. El tráfico de la calle desapareció. Solo existían esas letras brillantes sobre el fondo de pantalla de un perrito que tenían.

“Tu marido”. “Invéntate”. “Te quiero comer”.

No era una sospecha. No era paranoia.
Era real.
Olga, su Olga, la mujer con la que había construido este hogar, la mujer por la que trabajaba de sol a sol, se estaba burlando de él. Se iba a ir a coger con un niño de veinticinco años a un hotel con jacuzzi, mientras él se quedaba en casa cuidando el “castillo”.

Alexei sintió una náusea violenta. Quiso agarrar el teléfono y estrellarlo contra el suelo. Quiso ir al baño, abrir la cortina y gritarle en la cara. Quiso matarlos a los dos.
Pero entonces, algo cambió dentro de él. La furia caliente, esa que te hace cometer errores, se enfrió de golpe. Se convirtió en hielo seco.
Recordó las palabras de su padre: “El que se enoja pierde, mijo. Y el que pega primero, pega dos veces, pero solo si sabe dónde pegar”.

No tocó el teléfono. No borró la notificación.
Regresó al sillón, se sentó y respiró hondo. Uno, dos, tres.

Cuando Olga salió del baño, secándose el pelo, encontró a Alexei viendo un partido de fútbol repetido.
—¿Ganaron los Pumas? —preguntó ella, casual, tomando su teléfono y revisándolo rápidamente. Vio los mensajes. Se puso pálida un segundo, miró a Alexei de reojo. Él no se movió. No parpadeó. Seguía mirando la tele con una expresión de aburrimiento total.

Olga suspiró, aliviada. Pensó que no había visto nada. Borró el chat, sonrió y se fue al cuarto.

—Descansa, amor —le gritó desde el pasillo.

—Descansa tú también —respondió Alexei en voz baja, tan baja que ella no lo oyó—. Porque lo que se te viene, Olga, no te va a dejar dormir nunca más.

Alexei apagó la tele. La oscuridad lo envolvió. Ya no era el esposo dolido. Ahora era un hombre con una misión. Iba a esperar al sábado. Iba a dejar que se fuera. Y mientras ella disfrutaba su “integración”, él iba a desmantelar su vida, pieza por pieza, hasta que no quedara nada más que escombros.

CAPÍTULO 3: LA SALIDA DE JUDAS Y LA AUTOPSIA DE UNA TRAICIÓN

El sábado amaneció con una claridad insultante. El cielo de la Ciudad de México, raramente azul, parecía burlarse de la tormenta negra que Alexei llevaba en el pecho. Eran las 7:00 AM y el departamento olía a mentiras. Un olor dulce, empalagoso, mezcla de la loción Coco Mademoiselle que Olga se estaba aplicando generosamente en el cuello y el aroma del café que Alexei había preparado por pura inercia, como un autómata programado para servir a quien lo estaba apuñalando.

Alexei estaba sentado en el desayunador, fingiendo leer noticias en su tablet. Sus ojos recorrían los titulares sin entender nada; su mente estaba cronometrando los movimientos de su esposa en la recámara. Escuchaba el cierre de la maleta carry-onZiiip. Ese sonido, seco y definitivo, era el sonido de la traición empacada.

—Bueno, ya me voy —dijo Olga, apareciendo en el pasillo.

Alexei levantó la vista y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no vomitar ahí mismo. Olga se veía espectacular. No llevaba “ropa cómoda para dinámicas de integración en el pasto”, como había dicho días antes. Llevaba unos jeans ajustados que le marcaban la figura, una blusa de seda blanca que dejaba ver sutilmente el encaje del brasier negro y unos botines de tacón que definitivamente no eran para correr en una hacienda. Llevaba lentes de sol puestos, aunque estaba dentro de casa, quizás para ocultar la culpa, o quizás porque ya se sentía una diva en su propia película.

—Te ves muy arreglada para ir a jugar a las carreritas con los de Contabilidad —soltó Alexei, con un tono plano, sin mirarla a los ojos para no delatarse.

Olga se acomodó el cabello, nerviosa.
—Ay, Alex, tú sabes que en la agencia son súper mamones con la imagen. Aunque sea fin de semana, hay que ir “presentables”. Además, en la noche es la cena con los directores. No puedo ir en pants.

—Claro. La imagen ante todo.

Ella se acercó al desayunador. Alexei sintió su presencia como una radiación tóxica. Olga se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Un beso rápido, frío, sin contacto de labios real, solo el roce de piel contra piel. El beso de Judas.

—Pórtate bien, eh —dijo ella con una risita falsa—. No hagas fiesta mientras no estoy. Te dejé comida en el refri. Nos vemos el domingo en la tarde.

—Que te diviertas en la… hacienda —dijo Alexei, remarcando la palabra con una ironía que ella, en su prisa por irse a revolcar con el otro, no captó.

—Sí, va a estar pesadísimo, pero ni modo. Es chamba. Bye, gordo.

Y se fue.
El sonido de la puerta cerrándose y el clac de la cerradura de seguridad retumbaron en el departamento como un disparo.

Alexei se quedó inmóvil cinco minutos. Contó los segundos. Escuchó el elevador bajar. Escuchó el portón eléctrico del edificio abrirse. Se levantó, caminó hacia el balcón y se asomó discretamente entre las cortinas. Vio salir el Uber que Olga había pedido. No era un Uber X normal; era un Uber Black. Un auto de lujo. Olga, que siempre se quejaba de que “el dinero no alcanza”, gastando en transporte premium para ir a ver a su amante.

El coche arrancó y se perdió en la calle de Gabriel Mancera.

En ese instante, Alexei dejó de ser el esposo. La máscara de tranquilidad se cayó y reveló al hombre destruido que había debajo, pero solo por un momento. Se dejó caer en el sofá y soltó un grito ahogado, un rugido de rabia que se tragó con las manos para que los vecinos no llamaran a la policía. Lloró. Lloró con coraje, golpeando el cojín, maldiciendo el día en que la conoció en la fila de las tortas de la UNAM.

Pero el llanto duró poco. Alexei se secó la cara con la manga de su camisa. Se levantó, fue al baño y se lavó la cara con agua helada. Al mirarse al espejo, vio a un hombre ojeroso, pálido, pero con una mirada nueva. Una mirada de tiburón.

—Se acabó el pendejo —le dijo a su reflejo—. A partir de hoy, eres el verdugo.


LA AUTOPSIA DIGITAL

Alexei sabía que tenía aproximadamente 30 horas antes de que Olga regresara. Tiempo suficiente para destripar su vida secreta.

Fue al estudio. Olga, en su arrogancia y descuido —típico de quien cree que su pareja es demasiado tonta para darse cuenta—, había dejado su laptop personal, una MacBook Air, sobre el escritorio. Ella se había llevado el iPad, pero la computadora estaba ahí.

Alexei se sentó frente a la máquina. La abrió. Pedía contraseña.
Alexei sonrió con tristeza. Olga usaba la misma contraseña para todo desde el 2015: OlgaAlex2015. La fecha de su boda. La ironía era brutal. Tecleó la contraseña.
Acceso concedido.

El escritorio de la pantalla se desplegó. Alexei no perdió tiempo buscando fotos; fue directo a donde duele: el dinero y la ubicación.

Primero, abrió el navegador. Gracias a Dios, Olga tenía sincronizado su WhatsApp Web, pero estaba desconectado porque su teléfono no estaba cerca. Sin embargo, su cuenta de Gmail estaba abierta. Y Google sabe todo.

Entró al historial de ubicaciones de Google Maps (el “Timeline”). Olga, tan tecnológica para unas cosas y tan ignorante para otras, nunca desactivó el rastreo.
Alexei seleccionó la fecha de hoy. El punto azul marcaba su trayecto en tiempo real.
El Uber no iba hacia la salida a Querétaro, donde supuestamente estaba la hacienda.
El Uber iba hacia el sur. Hacia la salida a Cuernavaca.

Alexei siguió el punto con el cursor como si fuera un radar militar. El auto se detuvo en Tres Marías un momento (probablemente a comprar comida) y luego siguió. Finalmente, el punto se detuvo en una ubicación específica en Tepoztlán.
No era una hacienda corporativa.
Hizo zoom en el mapa.
Hotel Boutique “El Susurro de los Dioses”. Solo adultos. Jacuzzi privado. Masajes en pareja. Precio por noche: $8,500 pesos.

Alexei sintió una punzada en el hígado. Ocho mil quinientos pesos por noche. Eso era más de lo que gastaban en comida para la casa en dos semanas.

Abrió otra pestaña. El portal del banco.
Ellos tenían cuentas separadas de nómina, pero una cuenta mancomunada para “gastos de la casa y ahorros”, y una tarjeta de crédito adicional que él le había dado a ella “para emergencias”.
Ingresó a la banca en línea. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de adrenalina.

Lo que vio lo dejó helado.
La cuenta de ahorros, esa donde juntaban para cambiar la camioneta y para un futuro bebé, estaba famélica. Debería haber unos $150,000 pesos. Había $12,000.

—Hija de tu puta madre… —susurró Alexei, sintiendo que le faltaba el aire.

Empezó a revisar los movimientos de los últimos cuatro meses. Era una sangría constante. Retiros en efectivo de cajero automático: $5,000 aquí, $3,000 allá. Transferencias a una cuenta a nombre de “Artemio González”.
Alexei anotó el nombre completo. Ya tenía apellido.
Conceptos de transferencia: “Apoyo material”, “Comida equipo”, “Préstamo”.
¿Préstamo? Olga le estaba financiando la vida al vividor ese con el dinero de Alexei.

Pero lo peor fue la tarjeta de crédito. La tarjeta “de emergencias”.
Estaba topada. Al límite. $80,000 pesos de deuda.
Alexei descargó el estado de cuenta detallado y lo empezó a leer como si fuera una autopsia.

  • Restaurante “Rosa Negra” (Polanco) – $4,500. (Un martes por la noche, cuando ella dijo que se quedó comiendo pizza en la oficina).
  • Tienda “Oysho” (Lencería) – $3,200. (Lencería que Alexei nunca le había visto puesta).
  • Farmacia San Pablo – $450. (Condones y lubricante. Alexei y ella no usaban condones desde hacía años porque ella tomaba pastillas).

Ese último cargo fue el que lo rompió. Ver el cargo de los preservativos pagados con SU dinero, para que otro se acostara con su esposa, fue la humillación final. Sintió una bilis amarga en la garganta.
Olga no solo le estaba poniendo los cuernos. Le estaba cobrando la entrada al espectáculo. Estaba desmantelando su patrimonio para construirle una vida de lujos a un niño que probablemente ni siquiera tenía para pagar su propia cena.

Alexei imprimió todo. Hizo capturas de pantalla. Guardó los PDFs en una memoria USB y luego se envió copias a un correo secreto que Olga no conocía.
No dejó rastro en la computadora. Borró el historial de navegación. Cerró las sesiones. Dejó la laptop exactamente en el mismo ángulo en que la encontró.


EL ALIADO

A las 2:00 PM, Alexei no aguantaba estar en el departamento. Las paredes se le venían encima. Necesitaba aire y necesitaba un plan de ataque.
Llamó a Nicolás.

—Nico, necesito verte. Ya. Es urgente.
—¿Qué pasó, güey? ¿Estás bien? Te oyes de la chingada.
—No estoy bien. Tengo las pruebas. Tengo todo. Nos vemos en “El Sella”, en la Doctores. Necesito alcohol y necesito un abogado tiburón.
—Llego en media hora.

La cantina “El Sella” era un lugar de vieja escuela. De esos con meseros de chaleco, olor a chamorro y donde se arreglan los asuntos serios entre hombres. Alexei llegó primero y pidió un tequila doble, derecho. Se lo tomó de un trago, sintiendo cómo el líquido le quemaba el esófago, sustituyendo el dolor del corazón por un ardor físico más manejable.

Nicolás llegó poco después. Traía su traje de abogado, maletín en mano y cara de preocupación.
—Suéltalo, Alex. ¿Qué encontraste?

Alexei sacó la carpeta donde había impreso los estados de cuenta y el mapa de ubicación del hotel. Se la empujó por la mesa.
Nicolás se puso los lentes y empezó a hojear los papeles en silencio. Su expresión cambió de preocupación a incredulidad y luego a una mueca de asco profesional.

—No mames… —murmuró Nicolás, señalando los retiros de efectivo—. Te está vaciando, cabrón. Esto no es solo infidelidad, esto es robo hormiga a nivel industrial.

—Se gastó los ahorros de la camioneta en ese pendejo —dijo Alexei, con la voz rota—. Le paga las cenas, le paga el hotel… Nico, vi un cargo de condones. Con mi tarjeta.

Nicolás cerró la carpeta y suspiró, quitándose los lentes. Miró a su amigo a los ojos.
—Escúchame bien lo que te voy a decir, Alexei. Ahorita tienes ganas de ir a Tepoztlán, sacar a ese güey del jacuzzi y romperle la madre. Tienes ganas de quemarle la ropa a Olga y cambiar la chapa de la puerta.

—Tengo ganas de matarlos.

—Lo sé. Pero si haces eso, pierdes. Si haces un escándalo pasional, ella se va a victimizar. Va a decir que eres un violento, que la controlas económicamente. Y en un juzgado de lo familiar en la CDMX, a los hombres nos va de la chingada si no somos listos. El juez le va a dar la mitad del departamento, te va a clavar una pensión compensatoria porque “ella gana menos” y te vas a quedar con la deuda de la tarjeta.

Alexei apretó el vaso vacío hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Entonces qué hago? ¿Me quedo cruzado de brazos mientras se ríen de mí?

—No. —Nicolás se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—. Vamos a jugar ajedrez, no boxeo. Primero: el dinero. Tienes que cortar el flujo YA, pero sin que se dé cuenta de golpe. Mañana mismo, lunes a primera hora, vas al banco. Reportas la tarjeta adicional como “extraviada” o con “cargos no reconocidos” para que la bloqueen temporalmente. Saca lo poco que quede en la cuenta mancomunada y pásalo a una cuenta donde solo tú tengas firma. Di que fue un error del sistema si te pregunta.

—¿Y el departamento?

—El departamento es el tema grande. Están casados por bienes mancomunados, ¿verdad?
Alexei asintió.
—Puta madre. Error de novato. Bueno, eso significa que la mitad es suya, aunque tú hayas puesto cada ladrillo. Pero… hay formas. Podemos empezar a generar deudas a tu nombre, reales o simuladas, que entren en la sociedad conyugal. O podemos hacer que el proceso de divorcio sea tan largo, tan costoso y tan desgastante para ella, que acepte cualquier acuerdo con tal de largarse.

—Quiero que se vaya sin nada, Nico. Quiero que sienta lo que es empezar de cero, como yo empecé.

—Entonces prepárate para la guerra fría. No le digas nada mañana cuando llegue. Ni una palabra. Tienes que actuar como si todo estuviera perfecto. Necesitamos más tiempo para blindar tus activos. Y necesito que sigas recopilando pruebas. Fotos, mensajes, audios. Si logramos probar el adulterio de manera contundente (aunque legalmente ya no es causal directa de divorcio en la CDMX, sí sirve para la cuestión moral y para negociar), podemos presionarla. Pero lo más importante es el dinero. Si le cortas la lana, el amor con el tal Artemio se va a acabar en chinga. Esos vividores no duran cuando se acaba la quincena.

Alexei pidió otro tequila.
—Va a ser difícil verla a la cara y no escupirle.

—Tienes que ser actor, Alex. Piensa que eres un agente encubierto en tu propia casa. Cada vez que te sonría, piensa en el estado de cuenta. Cada vez que te diga “mi amor”, acuérdate del hotel en Tepoztlán. El odio es buena gasolina, úsalo.

Se quedaron un par de horas más planeando. Nicolás le explicó cómo funcionaba la demanda de divorcio incausado, los tiempos de los juzgados, las notificaciones. Trazaron un mapa de ruta.
Cuando salieron de la cantina, ya era de noche. La ciudad estaba fresca. Alexei se sentía extraño. El dolor seguía ahí, pero ahora tenía una estructura. Ya no era un caos emocional; era un proyecto. Y como buen ingeniero, Alexei sabía ejecutar proyectos.


LA NOCHE LARGA

De regreso en el departamento vacío, la soledad golpeó diferente. Ya no era la soledad del abandonado; era la soledad del estratega en su búnker.
Alexei recorrió la casa. Entró al vestidor de Olga. Vio su ropa, sus zapatos caros (muchos comprados con la tarjeta que ahora sabía que estaba al tope).
Se detuvo frente a una caja de zapatos en la parte alta del clóset. La bajó.
Dentro había cartas viejas, de cuando eran novios. Fotos impresas en papel barato.
Leyó una al azar. Era del 2018.

“Gordo, gracias por todo lo que haces por mí. Eres mi vida entera. No sé qué haría sin ti. Te prometo que siempre voy a cuidar nuestro amor.”

Alexei rompió la carta en dos pedazos. Luego en cuatro. Luego en confeti. Tiró los pedazos al bote de basura del baño.
Esa Olga estaba muerta. La mujer que regresaría mañana domingo era una impostora. Un parásito que ocupaba el cuerpo de su esposa.

Se preparó una cena sencilla: un sándwich de jamón y una cerveza. Se sentó en la sala y encendió la televisión, pero no vio nada.
Su mente estaba en Tepoztlán.
Se imaginaba la escena. El hotel boutique. Las velas. El jacuzzi burbujeando. Olga riéndose con esa risa que antes era solo para él. Artemio, el “chavito con visión”, disfrutando de la mujer de otro y del dinero de otro.

¿Se estarían burlando de él?
Seguramente.
“Mi marido es un aburrido”, le diría ella. “No me entiende”.
“Pobre güey”, diría Artemio, bebiendo el champán que pagó Alexei.

La ira le calentó la sangre, pero Alexei respiró hondo.
—Disfruten —dijo en voz alta a la habitación vacía—. Disfruten esta noche, porque es la última noche tranquila que van a tener.

Sacó su celular y abrió la aplicación de sus cámaras de seguridad. Tenía una cámara en la entrada del departamento y otra oculta en la sala (una que había puesto hace años para vigilar a una señora de limpieza que sospechaban que robaba, y que nunca quitó, aunque Olga creía que estaba desconectada).
Revisó que funcionaran. Grababan audio y video en alta definición.
—A partir de ahora, Big Brother te vigila, mi vida —murmuró.

Antes de irse a dormir, hizo una última cosa.
Fue a la cocina. Abrió el refrigerador. Olga había dejado unos tuppers con comida preparada para él, en un gesto de “esposa considerada” para tapar su culpa. Había un guisado de pollo.
Alexei tomó el tupper, lo abrió y lo olió. Olía bien.
Sin dudarlo, vació el contenido en el triturador de basura del fregadero. Lo molió todo hasta que no quedó nada. Lavó el tupper y lo dejó en el escurridor.

No iba a comer ni una migaja de sus mentiras.

Se fue a la cama. Se acostó en el centro del colchón, ocupando todo el espacio. Estiró los brazos y las piernas.
Mañana empezaba la obra más difícil de su vida: la demolición controlada de su matrimonio y la ruina financiera de su esposa.
Y Alexei era el mejor ingeniero para el trabajo.

Cerró los ojos y, por primera vez en semanas, durmió profundamente. El sueño de los justos… o el sueño de los vengadores.

CAPÍTULO 4: LA MÁSCARA DE CERA Y EL GRIFO CERRADO

El domingo por la tarde, el departamento se sentía como un escenario de teatro antes de que se levante el telón. Alexei había pasado el día limpiando, no porque estuviera sucio, sino porque necesitaba quemar la adrenalina que le recorría el cuerpo. Había trapeado los pisos con una furia metódica, había sacudido el polvo de los libreros y había alineado los cojines del sofá con precisión geométrica. Todo tenía que estar perfecto. El orden físico era lo único que le daba cierta sensación de control sobre el caos emocional que lo devoraba.

A las 6:30 PM, el sonido del elevador anunció la llegada de la “actriz principal”.

Alexei estaba sentado en el sillón, con la televisión encendida en un canal de documentales sobre depredadores de la sabana africana. Una metáfora bastante adecuada, pensó. Escuchó la llave girar en la cerradura. Respiró hondo, compuso su rostro en una expresión de neutralidad amable —esa que había ensayado frente al espejo del baño durante media hora— y esperó.

La puerta se abrió y Olga entró arrastrando su maleta carry-on. Se veía “cansada”, pero era un cansancio cosmético. Debajo de las ojeras (que probablemente eran por la desvelada y el alcohol, no por el trabajo), su piel tenía ese brillo inconfundible de quien ha pasado el fin de semana recibiendo atención y placer.

—¡Hola, gordo! —exclamó ella, soltando la maleta y cerrando la puerta con el pie. Su voz sonaba un poco demasiado aguda, un poco demasiado entusiasta. La sobreactuación de la culpa.

—Hola —respondió Alexei, sin levantarse del sillón, pero girando la cabeza para mirarla—. ¿Qué tal la integración? ¿Sobreviviste?

Olga suspiró teatralmente y se dejó caer en el otro extremo del sofá, quitándose los botines.
—No tienes una idea, Alex. Una putiza. Nos trajeron en chinga todo el sábado con dinámicas de “confianza” y “liderazgo”. Que si tírate de espaldas y te cachan, que si arma un rompecabezas con los ojos vendados… puras payasadas de Recursos Humanos. Y en la noche, la cena con los directores se alargó hasta las tres de la mañana. Estoy muerta.

Alexei la escuchaba con una fascinación morbosa. Era increíble. Mentía con una fluidez líquida. Si él no hubiera visto la ubicación del GPS en Tepoztlán, si no hubiera leído los mensajes de Artemio sobre el jacuzzi, le habría creído cada palabra. Olga era una profesional de la mentira.

—¿Y el hotel qué tal? —preguntó él, clavando sus ojos en los de ella—. ¿Estaba cómoda la cama?

Por una fracción de segundo, Olga dudó.
—Mmm, sí, equis. La hacienda estaba bonita, tipo colonial, pero las habitaciones eran viejas. Ya sabes, mucho mosquito y las almohadas duras. Casi no dormí.

“Claro que no dormiste”, pensó Alexei con veneno. “Pero no fue por los mosquitos”.

—Pobrecita —dijo en voz alta, levantándose—. ¿Quieres algo de cenar? ¿O ya cenaste en el camino?

—No, me eché unos tacos en Tres Marías de bajada con el equipo, así que estoy llena. Solo quiero bañarme y dormir. Mañana tengo que llegar temprano a la agencia a “procesar los aprendizajes” del fin de semana.

Olga se levantó y se dirigió al baño. Cuando pasó junto a Alexei, el olor lo golpeó de nuevo. Ya no era solo la loción barata de hombre; ahora era una mezcla de cloro de alberca (jacuzzi), jabón genérico de hotel y ese aroma almizclado y corporal que queda después de horas de intimidad. Alexei tuvo que apretar los puños dentro de los bolsillos del pantalón para no agarrarla del brazo y gritarle que sabía todo.

Pero se contuvo. Recordó a Nicolás: “Ajedrez, no boxeo”.

Esa noche, en la cama, Olga intentó un acercamiento. Quizás por culpa, quizás para mantener la fachada de matrimonio feliz. Se acercó a él bajo las sábanas, pasando su mano por el pecho de Alexei.
—Te extrañé, gordo —susurró.

Alexei sintió una repulsión física tan fuerte que casi le da una arcada. Su piel se erizó, pero no de placer, sino de rechazo.
—Me duele la cabeza, Olya —dijo seco, usando el diminutivo ruso que a ella le gustaba, pero con un tono gélido—. Tuve un problema en la obra el sábado y ando estresado. Mejor dormimos.

Se giró dándole la espalda. Olga se quedó quieta un momento, sorprendida por el rechazo (usualmente él era el que buscaba contacto), pero no insistió. A los cinco minutos, ya roncaba suavemente.
Alexei se quedó despierto, mirando la oscuridad, visualizando el siguiente movimiento. Mañana lunes sería el Día D. El día del corte financiero.


LUNES: LA GUILLOTINA BANCARIA

El lunes por la mañana, Alexei salió de casa antes que Olga. Le dejó una nota en la cocina: “Me fui temprano a la obra en Santa Fe, hay broncas con el sindicato. Que tengas buen día”.
Era mentira. Alexei no fue a la obra. Fue directo a la sucursal bancaria en Plaza Universidad, llegando diez minutos antes de que abrieran para ser el primero en la fila.

Entró con la determinación de un general. Se sentó frente al ejecutivo de cuenta, un joven con corbata chueca que olía a café barato.
—Buenos días. Necesito hacer varios movimientos urgentes.

Primero, la cuenta mancomunada. Esa donde caían los bonos y donde tenían el “colchón” de seguridad.
—Quiero transferir el 90% de los fondos de esta cuenta a mi cuenta personal de inversión —ordenó Alexei.
—Señor, esa cuenta es mancomunada con la señora Olga… —empezó el ejecutivo.
—Y la firma principal es la mía. Revisa el contrato. Tengo facultad para mover fondos sin doble firma. Hazlo.

El ejecutivo tecleó. En cuestión de segundos, los $12,000 pesos que quedaban (de los $150,000 originales que Olga había drenado) desaparecieron de la vista compartida. Alexei dejó solo $500 pesos. Lo suficiente para que no cerraran la cuenta, pero insuficiente para pagar cualquier cosa significativa.

Segundo, la tarjeta de crédito adicional. La tarjeta que Olga traía en su cartera y con la que pagaba sus lujos y los de su amante.
—Esta tarjeta —dijo Alexei, mostrándole el número en su app—. Quiero reportarla por robo.
—¿Se la robaron, señor?
—Sí. Bueno, se me “perdió” el plástico adicional. Bloquéala permanentemente.
—¿Quiere que emitamos una reposición y la enviemos a su domicilio?
—No. No quiero reposición. Cancela el adicional. Solo quédate con mi titular.

Tercer movimiento. Alexei solicitó un token físico nuevo y cambió las contraseñas de su banca en línea personal, por si Olga intentaba entrar desde la computadora de la casa. Blindaje total.

Salió del banco a las 9:45 AM. El sol brillaba. Se sentía ligero. Acababa de quitarle el oxígeno financiero a su esposa. Ahora solo quedaba esperar a que intentara respirar.


MARTES: EL EFECTO DOMINÓ

El lunes pasó sin incidentes porque Olga, agotada de su “fin de semana de pasión”, se fue directo a casa después del trabajo. Pero el martes… el martes era día de “comida creativa”.

Alexei sabía, por los estados de cuenta anteriores, que los martes Olga solía ir a comer a restaurantes fresas en la Condesa o la Roma. Lugares como Ojo de AguaLardo o Rosetta. Lugares donde una ensalada cuesta lo que un albañil gana en dos días. Y casi siempre, la cuenta era para dos.

Alexei estaba en su oficina provisional en la obra, revisando planos estructurales, cuando su celular sonó a las 3:30 PM.
Era Olga.

Dejó que sonara tres veces. Disfrutó el zumbido. Contestó a la cuarta.
—¿Bueno?
—¡Alex! —La voz de Olga sonaba estridente, al borde del pánico y la furia—. ¡Alex, estoy en el restaurante y no pasa la tarjeta!

Alexei se reclinó en su silla, puso los pies sobre el escritorio y sonrió.
—¿Cómo que no pasa? ¿Cuál tarjeta?
—¡Pues la negra, Alex! ¡La que siempre uso! Estoy en Blanco Colima con unos clientes y la terminal dice “Declinada”. Ya la pasaron tres veces. ¡Qué oso, Alex! ¡Todo mundo me está viendo!

“Con unos clientes”. Mentira. Seguro estaba con Artemio. Y seguro Artemio estaba ahí sentado con su cara de niño bonito, sudando frío porque él no tenía ni para pagar el agua mineral.

—Qué raro —dijo Alexei con una calma exasperante—. A ver, déjame checar la app… Mmm… No, aquí me aparece todo normal. ¿No será la terminal del restaurante? Ya ves que luego fallan los sistemas de los bancos.

—¡No es la terminal, Alexei! —gritó ella, bajando la voz al final para que no la escucharan en la mesa—. Mi compañera pasó la suya y sí jaló. Es mi tarjeta. Arréglalo, por favor. Me van a traer la cuenta otra vez.

—Híjole, flaca. Pues mira, ahorita estoy subido en un andamio en el piso 14, no puedo bajar al banco. Y la señal aquí es malísima. Intenta con tu tarjeta de nómina.

Hubo un silencio del otro lado. Un silencio helado. Alexei sabía que Olga tenía su tarjeta de nómina casi en ceros porque se gastaba todo en ropa y tonterías antes de la quincena.
—No traigo saldo en la de nómina —susurró ella con rabia—. Alex, transfiéreme. Urgente. Son tres mil pesos.

—¿Tres mil pesos? —Alexei silbó—. Comieron bien los clientes, ¿eh? Mira, el problema es que moví el dinero de la cuenta mancomunada a una inversión a plazo fijo ayer. Me dio un rendimiento súper bueno y pensé “pues de que esté ahí parado a que genere, mejor que genere”. No puedo sacar la lana hasta dentro de 24 horas.

—¡¿Qué hiciste qué?! —Olga casi rompe el micrófono del celular—. ¡¿Moviste el dinero sin avisarme?! ¡Alexei, estoy aquí atorada! ¡¿Qué hago?!

—Pues… no sé, amor. Dile a tus “clientes” que inviten ellos esta vez. O que pague la empresa y luego pides reembolso. Digo, si es comida de trabajo, tienes viáticos, ¿no?

Jaque mate.
Si eran clientes reales, Olga podía pedir factura y reembolso. Si era Artemio, Olga estaba jodida.

—Eres un idiota —siseó ella y colgó el teléfono.

Alexei soltó una carcajada. Una carcajada sonora que hizo que el arquitecto residente lo mirara extrañado desde la otra mesa.
—¿Todo bien, Inge?
—Todo excelente, Arqui. Todo excelente.

Esa tarde, Alexei se imaginó la escena. Olga teniendo que pedirle a Artemio que pagara. Artemio sacando su tarjeta de débito Spin o Saldazo del Oxxo, rezando para que pasara, o teniendo que llamar a algún amigo para que le prestara. La humillación. La ruptura de la fantasía. Es muy fácil ser el amante romántico cuando la mujer paga todo. Cuando tienes que pagar tú, el romance se vuelve caro muy rápido.


MIÉRCOLES: GUERRA FRÍA EN CASA

Cuando Olga llegó esa noche, la tensión en el departamento era tan densa que se podía cortar con cuchillo. Alexei estaba cenando un sándwich en la cocina, tranquilo.

Olga entró hecha una furia.
—¡Me dejaste en ridículo! —gritó, tirando las llaves en la mesa—. ¡Tuve que pedirle prestado a… a una compañera! ¡Fue humillante, Alexei!

Alexei masticó su sándwich con calma. Trago. Limpió su boca con una servilleta.
—Bájale dos rayitas, Olga. Primero, no te dejé en ridículo yo. Fue el banco o el sistema. Segundo, te dije que moví el dinero por nuestro bien. Para el futuro. ¿No querías cambiar la camioneta? Pues necesito invertir para que el dinero crezca.

—¡Pero me tienes que avisar! —Ella caminaba de un lado a otro de la cocina, manoteando—. ¡Esa cuenta es de los dos! ¡Y la tarjeta también!

—La tarjeta es mía, Olga. Tú eres adicional. Y por cierto —Alexei sacó un papel de su bolsillo, una impresión falsa que había hecho en la oficina—, me llegó este correo del banco. Al parecer hubo un intento de clonación en tu plástico. Un cargo sospechoso en un hotel de Tepoztlán el fin de semana. Como tú estabas en Tequisquiapan en la hacienda, asumí que era un fraude y bloqueé el plástico por seguridad.

La cara de Olga se transformó. Del rojo de la ira pasó al blanco del terror en un segundo. Se quedó congelada, con la boca entreabierta.
—¿Un… un cargo en Tepoztlán?

—Sí. Raro, ¿no? —Alexei la miró con una inocencia letal—. Decía “Hotel El Susurro”. ¿Te suena? Como tú estabas trabajando con tu equipo en la hacienda, obvio no fuiste tú. Así que le dije al banco: “Bloqueen todo, mi esposa está trabajando, eso es un robo”. Hice bien, ¿no?

Olga tragó saliva. Se le veía el pulso latiendo en el cuello. Estaba atrapada. Si admitía que era ella, admitía la mentira de la hacienda. Si seguía con la mentira, tenía que aceptar el bloqueo de la tarjeta.

—Ah… sí… sí, claro —balbuceó, bajando la mirada—. Qué bueno que te diste cuenta. Malditos rateros. Sí, bloquéala. Mejor.

—Perfecto. Entonces ya no hay tarjeta adicional hasta nuevo aviso. El banco dice que van a tardar como un mes en investigar el fraude. Así que vas a tener que administrarte con tu sueldo, flaca.

Alexei se levantó, puso su plato en el fregadero y le dio una palmadita en el hombro al pasar.
—Es por tu seguridad, mi amor. No queremos que nadie te robe lo que es tuyo.

Olga se quedó parada en la cocina, temblando. Alexei se fue a la sala, sintiendo una satisfacción oscura. Le había quitado el dinero y, al mismo tiempo, le había mandado un mensaje subliminal: “Sé dónde estuviste”. La semilla del miedo estaba plantada. Ahora solo tenía que regarla.


JUEVES Y VIERNES: EL COMPAÑERO DE PISO

A partir de ese día, la dinámica en la casa cambió radicalmente. Alexei aplicó la “Ley del Roomie”.
Dejó de ser el esposo proveedor y servicial.
Si lavaba ropa, solo lavaba la suya. La ropa de Olga se quedaba acumulada en el cesto.
Si iba al súper, solo compraba lo que él comía: jamón, pan, sus cervezas, su fruta. No compraba el yogur griego caro que a ella le gustaba, ni los quesos importados, ni el vino.

—Oye, no hay leche de almendras —reclamó Olga el jueves en la mañana, buscando en el refri.
—Se acabó —dijo Alexei sin despegar la vista de su celular—. Y como ando corto de lana porque todo está en la inversión, no compré. Si quieres, cómprala tú de regreso del trabajo.

Olga lo miró con incredulidad.
—¿Qué te pasa, Alexei? Estás… estás diferente. Estás hostil.

—No estoy hostil. Estoy práctico. Tú querías igualdad, ¿no? Querías espacio para tu carrera. Pues órale. Cada quien sus cosas. Tú eres una mujer empoderada, ejecutiva exitosa. Seguro puedes comprar tu propia leche.

Olga no supo qué responder. Estaba acostumbrada al Alexei que le resolvía la vida, al que le ponía la alfombra roja. Este nuevo Alexei, cínico y tacaño, la descolocaba. Y lo peor era que no podía reclamarle abiertamente sin exponer la grieta gigante que había entre ellos.

El viernes, la situación financiera de Olga empezó a hacer agua. Alexei lo sabía porque le llegaban las notificaciones de los intentos fallidos de la tarjeta bloqueada a su celular.
Intento de cargo: UBER EATS – $450.00 – RECHAZADO.
Intento de cargo: ZARA – $1,200.00 – RECHAZADO.
Intento de cargo: STARBUCKS – $180.00 – RECHAZADO.

Olga estaba intentando mantener su estilo de vida y se estaba topando con pared.
Alexei se imaginaba la frustración de ella. Tener que contar los pesos. Tener que decirle a Artemio: “Hoy no podemos salir, no traigo lana”.
¿Cuánto duraría el amor del “chavito con visión” si no había cenas, ni hoteles, ni regalos?

Esa noche de viernes, Olga llegó temprano. No hubo “viernes social” con los de la oficina. Claro, sin dinero es difícil socializar.
Se sentó junto a Alexei en el sofá. Él estaba viendo una serie.
—Alex… —empezó ella con voz suave, esa voz que antes usaba para conseguir lo que quería—. Necesito que hablemos de dinero. En serio. No puedo estar así. Mi quincena llega hasta el día 30 y estoy en ceros. Necesito que me desbloquees algo o me prestes.

Alexei pausó la tele. La miró con una frialdad que la hizo encogerse.
—Olga, tenemos que hablar, sí. Pero no de dinero.
—¿Entonces de qué?
—De prioridades. He estado revisando nuestros gastos de los últimos meses para ver cuánto podemos invertir. Y me di cuenta de que gastamos una fortuna en pendejadas. Restaurantes, ropa, salidas… Eso se acabó. Entramos en austeridad republicana, mi reina.

—¡Pero yo trabajo! ¡Yo gano dinero! —protestó ella.
—Pues gástate el tuyo. Porque el mío, el que yo sudo en la obra llenándome de polvo, ya no se va a ir en tus “cenas con clientes” que acaban costando tres mil pesos.

Olga se levantó, ofendida.
—Eres un tacaño. Te estás volviendo un viejo amargado. No sé qué te pasó, pero ya no eres el hombre con el que me casé.

—Y tú ya no eres la mujer con la que me casé, Olga —respondió él, mirándola fijamente. Sus ojos decían más que sus palabras—. Tú eres alguien que gasta lo que no tiene en cosas que no debe.

Ella sostuvo la mirada un segundo, desafiante, pero luego sus ojos flaquearon. La culpa, o el miedo a ser descubierta, la venció. Se dio la media vuelta y se fue al cuarto azotando la puerta.

Alexei se quedó solo en la sala. Volvió a poner play a su serie.
La primera fase del plan estaba completa: el cerco financiero estaba cerrado. Olga estaba sin recursos, asustada y confundida.
Ahora venía la Fase 2: La Guerra Psicológica. Iba a hacer que la casa se sintiera tan incómoda, tan ajena, que ella prefiriera estar en la calle. Y en la calle, sin dinero, la realidad le iba a pegar duro.

Alexei sacó su celular y le escribió un mensaje a Nicolás:
“Fase 1 completada. La tarjeta está muerta y ella está desesperada. El lunes empezamos con los papeles del divorcio, pero que no le lleguen todavía. Quiero cocinarla a fuego lento unas semanas más.”

Nicolás respondió con un emoji de pulgar arriba y un mensaje:
“Cuidado, perro. No la acorrales tanto que te muerda. Deja que ella solita se ahorque con su propia cuerda.”

Alexei sonrió. Tenía razón. No necesitaba empujarla al precipicio. Solo tenía que quitarle los barandales y dejar que la gravedad hiciera su trabajo.

CAPÍTULO 5: EL DECLIVE DEL IMPERIO Y EL ROSTRO DEL ENEMIGO

Habían pasado dos semanas desde que Alexei cerró el grifo financiero. Dos semanas que, para Olga, se habían sentido como dos años en un campo de trabajos forzados. La “austeridad republicana” que Alexei había impuesto en casa no era solo un tema de dinero; era un asedio psicológico.

El departamento, antes un refugio de comodidades, se había vuelto un lugar hostil. La despensa estaba llena de marcas genéricas que Olga despreciaba (“¿Papel de baño de una hoja, Alexei? ¿Es en serio?”). El refrigerador ya no tenía vinos ni quesos franceses, solo lo básico para sobrevivir. Y lo peor: el ambiente. El silencio de Alexei pesaba más que los gritos. Era un silencio educado, de roomie que no quiere molestar, pero que tampoco le interesa tu existencia.

Pero el verdadero drama se vivía afuera, en la calle, donde Olga intentaba mantener su fachada de “mujer exitosa” con los bolsillos vacíos.


ESCENA 1: EL AMOR EN TIEMPOS DE POBREZA

Era martes de nuevo. La hora de la comida en la zona de oficinas de Reforma.
Olga estaba sentada en una banca de concreto cerca de la Torre Mayor, fumando un cigarro con ansiedad. A su lado estaba Artemio.
Alexei no estaba ahí, pero si hubiera estado, habría disfrutado la escena como quien disfruta una película de comedia negra.

Artemio no se veía tan brillante como Olga lo describía. Era un chico guapo, sí, con ese estilo “mirrey de Instagram”: camisa desabotonada un poco más de lo necesario, mocasines sin calcetines y un peinado que requería media lata de gel. Pero su lenguaje corporal denotaba impaciencia.

—O sea, ¿entonces no vamos a ir a La Docena? —preguntó Artemio, revisando su celular con fastidio—. Bebé, traigo un antojo de ostiones que no mames.

Olga dio una calada profunda al cigarro, quemándolo casi hasta el filtro.
—Ya te dije que no puedo, Arte. Mi tarjeta sigue bloqueada por lo del “fraude”. Y mi marido me tiene súper checada con la de nómina. Dice que hay que ahorrar para la inversión. Está insoportable.

Artemio hizo una mueca. La mueca de un niño al que le niegan un dulce.
—Chale. Qué codo tu esposo. O sea, gana re bien en la constructora, ¿no? No entiendo por qué te trae así. Pareces becaria contando los pesos.

Ese comentario fue un golpe al ego de Olga.
—No soy becaria, Artemio. Soy gerente. Es temporal. En cuanto se aclare lo del banco, volvemos a la normalidad.

—Pues ojalá sea pronto, porque la neta qué hueva estar comiendo tortas en la banqueta. Yo pensé que hoy celebrábamos nuestro “mesiversario” no oficial.

—Yo también quería, bebé. Pero entiende… —Olga intentó agarrarle la mano, pero él la retiró sutilmente para acomodarse el reloj (un reloj que parecía caro pero que seguramente era una réplica).

—Bueno, equis. Oye, por cierto… —Artemio cambió el tono, poniéndose meloso de nuevo—. Se viene mi cumple y vi unos tenis Jordan que están uff… brutales. Pensé que igual podrías, ya sabes, detallito de amor.

Olga sintió un nudo en el estómago. Antes, comprarle unos tenis de tres mil pesos no hubiera sido problema; tarjetazo y listo. Ahora, tres mil pesos era lo que le quedaba para sobrevivir la quincena.
—Déjame ver qué puedo hacer, ¿va? Pero no te prometo nada ahorita.

—Va. Pero no te tardes. Se acaban.

Artemio se levantó.
—Bueno, me voy a comer con los de Diseño, que van a ir a las alitas. ¿Vienes? Son como 200 varos por cabeza.

Olga negó con la cabeza, sintiendo la humillación arderle en las mejillas.
—No, tengo mucho trabajo. Me voy a quedar a adelantar pendientes. Provecho.

Artemio se fue sin darle un beso. Olga se quedó sola en la banca, con hambre y con la certeza incómoda de que el interés de Artemio era directamente proporcional a su capacidad de pago.
Alexei, desde su oficina en la obra, no necesitaba cámaras para saber esto. Conocía la naturaleza humana. Sabía que los parásitos abandonan al huésped cuando este deja de alimentarlos.


ESCENA 2: LA CAMIONETA Y EL METROBÚS

Ese mismo miércoles, Alexei decidió apretar otra tuerca.
La movilidad de Olga era su último reducto de independencia y estatus. Su camioneta, una SUV Mazda CX-5 que todavía debían (pero que Alexei pagaba), era su burbuja. Ahí escuchaba su música, se sentía segura y se movía libremente para ver a Artemio.

Alexei bajó al estacionamiento del edificio a las 5:00 AM, herramienta en mano. No necesitaba hacerle un daño real al coche; él era ingeniero, sabía qué tocar.
Abrió el cofre. Desconectó sutilmente un sensor del sistema de admisión de aire y aflojó ligeramente un borne de la batería para que hiciera falso contacto intermitente. Luego, manipuló la caja de fusibles para que el tablero se encendiera como árbol de Navidad: Check EngineBateríaAceite.

Cerró el cofre, se limpió las manos y subió a dormir una hora más.

A las 7:30 AM, el caos se desató.
—¡Alex! ¡Alex, ven rápido! —gritó Olga desde el sótano, llamándolo por el celular.

Alexei bajó en pijama, frotándose los ojos, actuando somnoliento.
—¿Qué pasa?
—¡La camioneta no arranca! O sea, sí arranca, pero se apaga y prendieron todos los focos rojos. ¡Tengo una junta a las 9 en Polanco!

Alexei se acercó, se asomó al tablero y puso cara de preocupación experta.
—Uy, flaca. Eso se ve feo. Mira todos los testigos. Puede ser la computadora o la transmisión.

—¿La puedes arreglar? Tú le sabes a esto.
—No, hombre. Esto es electrónico. Si le meto mano, pierdes la garantía. Necesita escáner.

—Pues llévala al taller hoy, porfa. Me urge.
—Híjole, no puedo. Hoy tengo auditoría en la obra, no puedo salir. Y además… —Alexei hizo una pausa dramática—, el seguro ya no cubre la grúa porque cambiamos la póliza a una más barata por lo de la austeridad, ¿te acuerdas? Así que no la muevas. Es peligroso. Se te puede amarrar en pleno Periférico.

Olga estaba al borde de las lágrimas.
—¿Y cómo me voy? ¡El Uber a esta hora está carísimo con la tarifa dinámica! ¡Y no tengo saldo en la tarjeta!

Alexei se encogió de hombros, con una calma zen.
—Pues… está el Metrobús en la esquina. Es rápido. O el Metro. Digo, millones de chilangos lo usan diario, no te va a pasar nada.

Olga lo miró con horror. Ella, la licenciada, la gerente, ¿en el Metro en hora pico?
—¿Estás loco? ¡Voy cargando la laptop, voy en tacones!

—Pues entonces vete en taxi de sitio, paga en efectivo. Te presto 200 pesos si quieres. Pero la camioneta no se mueve. Es por tu seguridad, mi amor.

Al final, Olga no tuvo opción. Aceptó los 200 pesos (que Alexei le dio sacándolos de su cartera lentamente, billete por billete de a 50) y salió corriendo hacia la avenida para cazar un taxi.
Alexei la vio irse. Se imaginó su viaje: el tráfico, el calor, el taxista platicador escuchando cumbias a todo volumen, el olor a humanidad.
Pequeñas dosis de realidad para curar la soberbia.

La camioneta se quedó ahí. Alexei sabía que solo era cuestión de conectar el sensor y apretar el borne, pero para Olga, ese vehículo estaba “muerto” hasta nuevo aviso.


ESCENA 3: EL LOBO EN LA PUERTA

El viernes de esa semana, Alexei decidió que era hora de subir el nivel. Había visto fotos de Artemio en el Facebook de Olga (antes de que ella bloqueara ciertas publicaciones, pero Alexei tenía sus métodos). Conocía su cara. Pero quería verlo en persona. Quería oler su miedo.

Sabía que los viernes la agencia de Olga tenía la costumbre de salir temprano, a las 3:00 PM, y que el equipo se iba a algún bar cercano a “convivir”.
Alexei salió de la obra temprano. Se bañó, se puso una camisa negra que le quedaba bien (el estrés le había hecho bajar unos kilos y se veía más atlético, más peligroso) y manejó hacia la zona de oficinas de Olga.
No llevaba la camioneta “descompuesta”, llevaba su coche de obra, un Jetta clásico, confiable y discreto.

Llegó a las 2:50 PM. Se estacionó en doble fila frente al edificio corporativo, con las intermitentes puestas, como un esposo abnegado que va por su mujer.
Le mandó un mensaje:
“Paso por ti. Estoy abajo. Vamos a comer unos tacos, yo invito. Ya arreglé un poco lo de la lana.”

Sabía que Olga no podría negarse. La promesa de comida gratis y transporte (para evitar el Metro de regreso) era demasiado tentadora. Además, si le decía que no, levantaría sospechas.

A las 3:05 PM, vio salir al grupo. Eran unos seis o siete “Godínez” jóvenes y ruidosos.
Y ahí venía ella. Olga. Se veía cansada, el maquillaje ya no estaba impecable, y traía unos zapatos planos (había aprendido la lección del transporte público).
A su lado, pegado como chicle, iba él. Artemio.

En persona, Artemio se veía más… insignificante. Era delgado, de esos flacos que se creen musculosos porque usan playeras apretadas. Se reía de algo que decía Olga, inclinándose hacia ella con una familiaridad que hizo que a Alexei le hirviera la sangre. Le tocó el brazo. Luego le pasó el brazo por los hombros brevemente.

Alexei bajó del coche.
Cerró la puerta con fuerza. El sonido metálico hizo que algunos voltearan.
Se recargó en el cofre, cruzado de brazos, con lentes oscuros tipo aviador. Parecía un guardaespaldas o un sicario, no un ingeniero.

Olga lo vio y se detuvo en seco. Su cara fue un poema: sorpresa, miedo, vergüenza. Rápidamente se separó de Artemio, dando un paso lateral casi cómico.
—¿Alex? —dijo ella, acercándose nerviosa—. ¿Qué haces aquí? Pensé que solo me ibas a mandar mensaje.

Alexei se quitó los lentes despacio, mirándola a ella y luego clavando la vista en el grupo detrás de ella.
—Te dije que pasaba por ti. ¿No te da gusto?

El grupo se acercó, curioso. El chisme de oficina es el deporte nacional, y conocer al esposo de la jefa siempre es material jugoso.
—Hola, mucho gusto —dijo una chica de pelo rosa—. Tú debes ser el famoso Alexei. Olga habla… bueno, ha mencionado que eres ingeniero.

—Mucho gusto —dijo Alexei, con una sonrisa encantadora pero que no llegaba a sus ojos—. Sí, soy yo. El que construye los castillos.

Artemio se había quedado un paso atrás, evaluando la situación. Alexei lo escaneó de arriba abajo. Zapatos sin calcetines (check), reloj falso (check), mirada huidiza (check).
Alexei dio dos pasos hacia él, invadiendo su espacio personal.
—Y tú debes ser Artemio —dijo con voz grave.

Artemio parpadeó, sorprendido.
—Ah, sí… ¿nos conocemos?
—Olga habla mucho de ti —mintió Alexei con suavidad—. Dice que eres el “chavito con visión”. El futuro de la agencia. El que le ayuda con… los proyectos difíciles hasta tarde.

La frase tuvo doble sentido y todos lo notaron, aunque nadie dijo nada. Artemio se puso rojo.
—Ah, órale. Gracias. Sí, pues aquí echándole ganas al equipo.

Alexei extendió la mano.
—Un placer conocerte, Artemio.
Artemio no tuvo más remedio que estrecharla.
La mano de Artemio era suave, de quien teclea en una Mac todo el día. La mano de Alexei era áspera, fuerte, mano de quien carga varilla y pelea con albañiles.
Alexei apretó.
Apretó fuerte.
No fue un apretón amistoso. Fue una prensa hidráulica.

Artemio hizo una mueca de dolor, intentando soltarse, pero Alexei lo retuvo un segundo más de lo socialmente aceptable. Lo miró a los ojos, y en esa mirada le transmitió todo el mensaje: “Sé quién eres. Sé lo que haces. Y te puedo romper en dos como a una ramita seca”.

—Cuídamela mucho en la chamba, eh —dijo Alexei, soltándolo finalmente—. Ya ves que luego hay mucha inseguridad y gente abusiva en la calle. Uno nunca sabe quién te quiere chingar.

Artemio se soba la mano disimuladamente, pálido.
—S-sí, claro. Con permiso.

—Bueno, vámonos, amor —dijo Alexei, girándose hacia Olga y poniéndole una mano en la cintura. Una mano posesiva, pesada.
Olga estaba temblando.
—Sí… vámonos. Adiós, chicos.

Subieron al Jetta. Alexei arrancó despacio.
El silencio en el coche era sepulcral. Olga miraba por la ventana, respirando agitadamente.
Alexei encendió el radio. Puso una estación de salsa a volumen bajo.
—Se ve buen muchacho el tal Artemio —dijo casualmente, mientras sorteaba el tráfico de Reforma—. Un poco… frágil, ¿no? Como que le falta calle. Pero bueno, si tú dices que es talentoso, será.

Olga no respondió. No podía. Sentía que si abría la boca iba a vomitar del nerviosismo. ¿Sabía Alexei? ¿No sabía? ¿Fue una amenaza? La incertidumbre era peor que la verdad.


ESCENA 4: LA CENA DE LA VERDAD (A MEDIAS)

En lugar de llevarla a casa, Alexei se desvió hacia una taquería en la Narvarte. Un lugar ruidoso, con olor a suadero y cilantro.
—Te prometí tacos —dijo, estacionándose.

Se sentaron en una mesa de plástico que cojeaba. Alexei pidió diez de pastor y dos refrescos. Nada light, nada gourmet.
Olga comía sin ganas, mirando su plato.
—Alex… —empezó ella, con voz temblorosa—. ¿Por qué fuiste hoy a la oficina? Nunca vas.

—Porque quería verte —respondió él, echándole salsa roja a su taco—. Y porque quería ver tu entorno. A veces uno se olvida de dónde trabaja su pareja, de con quién convive. Es importante saber quién rodea a tu familia, ¿no crees?

—Sí, pero… fuiste muy intenso con Artemio. Casi le rompes la mano.
—¿Ah, sí? —Alexei se hizo el sorprendido—. No me di cuenta. Es que en la obra uno se acostumbra a saludar fuerte. Los hombres saludan fuerte, Olga. Los niños dan la mano aguada.

Olga tragó saliva.
—Él es solo un compañero, Alex. No tenías por qué intimidarlo.
—¿Intimidarlo? Para nada. Solo estaba marcando territorio. Es un instinto natural. Cuando ves a un coyote rondando tu gallinero, le enseñas los dientes. Aunque el coyote sea flaco y sarnoso.

Olga soltó el taco.
—¿De qué estás hablando? ¿Me estás diciendo gallina?
—No, te estoy diciendo que hay mucho coyote suelto. Y tú eres muy confiada.

Alexei la miró fijamente. Sus ojos eran dos pozos negros.
—Por cierto, ¿te acuerdas del cargo ese en Tepoztlán? El del fraude.
Olga se tensó.
—Sí… ¿qué pasó?
—El banco me mandó el reporte preliminar. Dicen que tienen video de seguridad del establecimiento. Van a mandarme capturas la próxima semana para ver si reconozco al “ladrón”. Imagínate qué loco, ¿no? Poder verle la cara al tipo que usó tu tarjeta en un motel.

Olga sintió que el mundo se le venía abajo. ¿Video? ¿El banco mandaba videos? Ella no sabía cómo funcionaban esas cosas, pero sonaba plausible. Si Alexei veía una foto de ella y Artemio en el check-in del hotel…
—¡Qué miedo! —dijo ella, con la voz ahogada—. Pero igual y ni se ve bien. Ya ves que esas cámaras son chafas.

—Quién sabe. Hoy en día todo es HD, Olga. Todo se ve. Hasta los lunares se ven.

Alexei sonrió y le dio una mordida grande a su taco. Disfrutaba la comida. Disfrutaba el momento.
Olga, en cambio, sentía que cada bocado era cemento.


ESCENA 5: LA SEMILLA DE LA DISCORDIA

Esa noche, mientras Olga se bañaba (probablemente para llorar bajo la regadera), Alexei tomó el celular de ella, que se había quedado en la cocina cargando.
Aún no tenía la contraseña nueva (Olga la había cambiado después del incidente del mensaje), pero no necesitaba entrar.
Solo necesitaba sembrar el caos.

Alexei sabía que las notificaciones de WhatsApp se veían en la pantalla de bloqueo si no las desactivabas bien.
Esperó.
Llegó un mensaje de Artemio.
Artemio: “¿Qué pedo con tu esposo? Es un psicópata. Me dolió la mano un buen. ¿Le dijiste algo? ¿Sabe algo?”

Alexei no podía contestar, pero podía hacer algo mejor.
Tomó su propio celular y le marcó al número de casa (el teléfono fijo que nadie usaba pero que estaba en la sala).
El teléfono fijo sonó. RIIING. RIIING.
Olga no lo oyó por el agua.
Alexei dejó que sonara.

Luego, desde su celular, usando una App para enviar SMS anónimos que había descargado, le mandó un mensaje al celular de Olga.
Mensaje Anónimo: “Sé lo que hiciste en Tepoztlán. Y Artemio también le está contando a todos en la oficina. Cuídate de él.”

Era una mentira burda, pero en la mente paranoica de una persona culpable, es una bomba atómica. “Divide y vencerás”.
Si Olga creía que Artemio estaba abriendo la boca, desconfiaría de él. Si Artemio creía que Olga le había contado a su esposo, desconfiaría de ella.

Alexei borró la evidencia de su propio teléfono.
Cuando Olga salió del baño, vio el mensaje en su pantalla.
Alexei, sentado en el sillón leyendo un libro, la vio palidecer, leer el mensaje dos veces, mirar hacia los lados como animal atrapado y luego borrarlo frenéticamente.

—¿Todo bien? —preguntó él sin levantar la vista del libro.
—Sí… solo… spam. Un mensaje de esos de UnoNoticias.

Olga se fue a la cama temblando. Esa noche no durmió. Alexei la escuchaba dar vueltas.
La relación con Artemio ya no era un escape; ahora era una fuente de terror. Y la falta de dinero era el menor de sus problemas.
El enemigo ya no estaba solo en casa. El enemigo estaba en su cabeza.

Alexei apagó la luz de su buró.
—Descansa, mi amor. Mañana es sábado. Vamos a ir al súper a comprar arroz y frijoles. Hay oferta.

La humillación estaba completa. Pero aún faltaba el golpe final. La demanda de divorcio ya estaba redactada en el despacho de Nicolás, esperando solo la fecha de la firma. Y esa fecha estaba muy cerca.

CAPÍTULO 6: LA RATA ABANDONA EL BARCO Y EL SÚPER DE LA VERGÜENZA

El fin de semana de “austeridad” llegó como una sentencia carcelaria. Si la semana había sido difícil, el sábado prometía ser un calvario social.

Alexei despertó temprano, con esa energía inagotable de quien tiene el control absoluto. Olga, en cambio, se levantó con los ojos hinchados y el alma en los pies. No había dormido, torturada por el mensaje anónimo y el miedo a que Artemio estuviera hablando de más.

—Vístete, Olya —dijo Alexei desde la puerta de la recámara, ya bañado y rasurado—. Vamos al súper. La despensa está vacía y tengo hambre.

Olga se tapó con las sábanas hasta la nariz.
—Pídelo por Cornershop, Alex. No tengo ganas de salir. Me siento mal.
—Nada de Cornershop. cobran envío y sobreprecio. Estamos ahorrando, ¿recuerdas? Vamos a ir físicamente. Y no vamos a ir al Superama de la esquina, que es carísimo. Vamos a ir a la Bodega Aurrera que está por el Eje Central. Ahí rinde más el varo.

Olga se sentó en la cama de un salto, horrorizada.
—¿A la Bodega? ¡Alex, por Dios! ¡Ahí va pura gente… diferente! ¡Queda lejísimos!
—Pues es lo que hay. O vas, o no comes en la semana. Tú decides.

Olga se vistió con lo más discreto que encontró: unos pants negros, una gorra y lentes oscuros, como si fuera una celebridad intentando pasar incógnita para que los paparazzis no la vieran comprando arroz a granel.


ESCENA 1: EL PASILLO DE LA HUMILLACIÓN

El supermercado era un caos. Sábado de quincena. Había niños corriendo, música de cumbia a todo volumen en las bocinas del techo anunciando ofertas de “Morralla”, y carritos chocando en los pasillos estrechos. El olor era una mezcla de detergente suelto y rosticería.

Alexei empujaba el carrito con una tranquilidad zen, consultando una lista escrita en un papelito arrugado.
—A ver… arroz. Nada de Verde Valle, agarra el de la marca de la tienda. Es lo mismo, solo cambia la bolsa.

Olga obedecía, sintiendo que cada paquete genérico que metía al carrito era una palada de tierra sobre su autoestima. Ella, que estaba acostumbrada a comprar quesos importados y vinos de reserva, ahora estaba escogiendo frijoles en bolsa de kilo y jamón de pavo a granel (“del económico, joven”, pidió Alexei al carnicero sin pudor).

La tragedia ocurrió en el pasillo de higiene personal.
Olga estaba parada frente a los shampoos, buscando su marca habitual, una botella morada que costaba 180 pesos.
—Ese no —dijo Alexei, apareciendo detrás de ella—. Cuesta un ojo de la cara. Llévate el Caprice familiar de litro. Cuesta 40 pesos y huele a manzana.

—¡Alexei, no! —susurró ella, desesperada—. ¡Ese shampoo me deja el pelo como estropajo! ¡Tengo tinte, necesito cuidado especial!
—Pues córtate el pelo o déjatelo natural. No hay presupuesto para “cuidados especiales”. Échalo al carrito.

Estaban discutiendo en voz baja cuando escucharon una voz familiar.
—¿Olga? ¿Olga Ramírez?

Olga se congeló. Quiso desaparecer, fundirse con el piso de linóleo sucio. Se giró lentamente.
Era Mariana. La “amiga” fresa de la agencia. La que siempre presumía sus viajes a Tulum y su ropa de marca. Mariana la miraba con una mezcla de sorpresa y curiosidad morbosa, parada junto a un carrito lleno de botellas de licor y botanas finas (seguramente iba a una fiesta y paró ahí de emergencia).

—¡Mariana! —dijo Olga, fingiendo una sonrisa, aunque detrás de los lentes oscuros sus ojos estaban llenos de pánico—. ¡Qué milagro!

—Güey, ¿qué haces aquí? —preguntó Mariana, escaneando el carrito de Olga: papel higiénico barato, el shampoo de litro, latas de atún genérico—. Pensé que tú solo comprabas en City Market o en Costco.

—Ah, es que… —Olga tartamudeó. Su mente buscó una excusa rápida—. Es que… estamos comprando despensa para… para donar. Ya sabes, labor social. Para una casa hogar.

Alexei, que estaba a un lado, soltó una risa corta y seca.
—¿Cuál labor social, mi amor? —dijo con voz fuerte y clara—. Es nuestra despensa de la semana. Ya ves que andamos cortos de lana porque la tarjeta de Olga “se bloqueó” por un cargo raro en un motel. Hay que apretarse el cinturón, ¿verdad, Mariana? La situación del país está dura.

Mariana abrió los ojos como platos. El silencio fue brutal.
—Ah… sí… claro —dijo Mariana, incómoda, dando un paso atrás—. Bueno, me voy que llevo prisa. Gusto en verte, Olga. Bye.

Mariana se alejó casi corriendo, sacando su celular. Olga sabía exactamente lo que iba a pasar: en cinco minutos, el grupo de WhatsApp de la oficina (“Las Divinas del Marketing”) iba a estar ardiendo. “Güey, no mames, vi a Olga comprando jamón barato en la Aurrera y su esposo dijo que están quebrados. ¡Qué oso!”

Olga se giró hacia Alexei, temblando de furia.
—¡Eres un maldito! —siseó—. ¡¿Por qué dijiste eso?! ¡Me humillaste frente a Mariana!
—Solo dije la verdad. ¿Te avergüenza tu realidad, Olga? Pues trabaja más duro. O dile a tu “ladrón” de Tepoztlán que te devuelva lo que se gastó.

Terminaron de comprar en silencio. En la caja, Alexei pagó con efectivo, contando las monedas de diez pesos para completar el cambio, mientras la cajera mascaba chicle y la gente en la fila miraba con impaciencia. Olga sentía las miradas en la nuca como quemaduras de cigarro.


ESCENA 2: LUNES NEGRO – LA TRAICIÓN

El lunes llegó con una atmósfera de ejecución. Olga llegó a la oficina sintiéndose observada. Y lo estaba. Las miradas de sus compañeros eran diferentes; ya no eran de respeto o envidia, eran de lástima y burla. El chisme de Mariana se había esparcido como pólvora.

Pero lo peor no eran los chismes sobre el dinero. Lo peor era el mensaje anónimo sobre Artemio.
“Artemio le está contando a todos.”

Olga buscó a Artemio en su lugar. No estaba.
Lo buscó en la cafetería. No estaba.
Finalmente, lo encontró en las escaleras de emergencia del piso 8, fumando un vapeador a escondidas. Se veía nervioso, revisando su celular compulsivamente.

—¡Tenemos que hablar! —dijo Olga, cerrando la puerta pesada detrás de ella. El eco metálico resonó en el cubo de la escalera.

Artemio saltó del susto y casi tira el vapeador.
—¡No mames, Olga! ¡Me asustaste! —Se acomodó la camisa, evitando mirarla a los ojos—. ¿Qué quieres? Aquí no podemos estar, nos van a ver.

—¿Qué quiero? Quiero saber qué estás diciendo.
—¿De qué hablas?
—Me llegó un mensaje. Alguien me dijo que le estás contando a todo mundo lo de Tepoztlán. Que te estás burlando de mí. ¿Eres idiota? Si mi marido se entera, nos mata a los dos.

Artemio se puso rojo, pero no de vergüenza, sino de coraje defensivo.
—¡Yo no he dicho ni madres! ¡Estás loca! Más bien tú eres la que no sabe controlar a su marido. El otro día casi me rompe la mano. ¡El tipo es un psicópata, Olga! Me miró como si me quisiera destazar.

—Alexei no sabe nada. Solo es intenso.
—¡Sí sabe! —gritó Artemio, perdiendo la compostura—. ¡Nadie marca territorio así si no sospecha! Y ahora resulta que tú andas sin un peso, comprando en el súper barato (sí, ya me contaron lo de Mariana), y tu marido anda rondando la oficina. Esto está muy caliente, Olga.

—¿Y qué? ¿Ahora tienes miedo? —Olga dio un paso hacia él—. Se supone que estábamos juntos en esto. Me dijiste que yo era “tu musa”, que teníamos una conexión.

Artemio soltó una risa nerviosa y cruel.
—A ver, Olga, bájale a tu telenovela. Nos la pasamos chido, sí. El sexo estaba rico, sí. Pero hasta ahí. Yo tengo 25 años, voy empezando mi carrera. No me voy a meter en pedos legales ni físicos con un ingeniero loco por una aventura de oficina.

Olga sintió que el piso se abría.
—¿Una aventura? —susurró—. ¿Solo eso fui para ti? ¿Y los planes? ¿Y los viajes?
—Pues los viajes los pagabas tú, reina —soltó él con un cinismo que helaba la sangre—. Y ahora que ya no hay tarjeta Black, pues la neta se le quita lo divertido. Además, no quiero broncas. Tu marido me da mala espina.

—Eres un cobarde. Eres una rata. Me gasté mis ahorros en ti.
—Nadie te obligó. Tú querías sentirte joven otra vez. No me eches la culpa de tus crisis de la edad.

Artemio tiró el vapeador en su bolsillo y se dirigió a la puerta.
—Mira, mejor ahí la dejamos. “Lo que pasó en Tepoztlán, se queda en Tepoztlán”. No me busques, no me mandes mensajes. Somos compañeros de trabajo y punto. Y porfa, no me armes un pancho aquí porque llamo a Recursos Humanos y digo que me estás acosando.

—¿Me estás amenazando?
—Te estoy avisando. Bye, Olga.

Artemio abrió la puerta y salió, dejándola sola en la escalera fría, con el olor a humo de vapeador y el corazón hecho pedazos.
Olga se dejó caer en un escalón de concreto y lloró. No lloró por amor. Lloró por la brutal realización de que había destruido su matrimonio, su estabilidad y su reputación por un niño mimado que la veía como una tarjeta de crédito con piernas.
Alexei tenía razón. Era un coyote flaco. Y ella había sido la gallina estúpida.


ESCENA 3: EL EMPEÑO Y LA DERROTA FINAL

Olga salió de la oficina temprano. No podía verle la cara a nadie. Dijo que tenía migraña (lo cual no era del todo mentira).
Pero no se fue a casa. Necesitaba dinero.
Artemio la había humillado por pobre. Alexei la tenía controlada por pobre. Mariana se había burlado de ella por pobre.
Necesitaba recuperar un poco de poder, y en su mundo, el poder era dinero.

Fue al Monte de Piedad del centro. Llevaba en su bolso una cadena de oro con un dije de diamante pequeño que Alexei le había regalado en su segundo aniversario. Era una de las pocas joyas “buenas” que tenía. Recordaba que a Alexei le había costado cara, como quince mil pesos en aquella época.

Entró al local con la cabeza baja. Había una fila de gente con televisores viejos, herramientas y anillos de compromiso fallidos. El olor a desesperación era palpable.
Cuando llegó a la ventanilla, sacó la cadena y la empujó por debajo del cristal blindado.
—¿Cuánto me da por esto? —preguntó, intentando sonar digna.

El valuador, un hombre mayor con una lupa en el ojo, examinó la pieza con rapidez insultante. La pesó, le echó un ácido para probar el oro, miró el diamante con desdén.
—Dos mil quinientos pesos —dijo seco.

—¡¿Qué?! —Olga casi grita—. ¡Pero si es oro de 14 quilates! ¡Y el diamante es real! ¡Costó quince mil!
—El oro se paga por peso, señora. Y el diamante es una chispita, casi polvo, no vale nada comercialmente. Es lo que le ofrezco. ¿Lo toma o lo deja?

Olga sintió ganas de llorar otra vez. Dos mil quinientos pesos. Eso era lo que valía su recuerdo de aniversario. Eso era lo que valía su dignidad en ese momento.
—Démelos —dijo en un susurro.

Salió de ahí con los billetes en la mano. Se sentía sucia. Se sentía vacía.
Entró a un Oxxo y compró una cajetilla de cigarros y una botella de agua. Se sentó en una banqueta a fumar, viendo pasar la gente.
Tenía dos mil pesos en la bolsa, pero se sentía más pobre que nunca.


ESCENA 4: EL REGRESO AL INFIERNO

Llegó al departamento a las 8:00 PM. Estaba lloviendo. Entró empapada porque no quiso gastar en taxi (la mentalidad de escasez ya se le había instalado en el cerebro).
Alexei estaba en la sala, cenando unos molletes. Se veía tranquilo, limpio, entero.
Olga lo miró y sintió una oleada de nostalgia dolorosa. Ahí estaba su esposo. El hombre que la había cuidado, el que le había construido la casa, el que le compraba joyas que ahora ella malbarataba.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué lo había traicionado por un idiota como Artemio?

La desesperación la hizo actuar. Pensó que todavía podía arreglarlo. Si Artemio ya no estaba en la ecuación, tal vez podía volver a ganarse a Alexei. Tal vez podía volver a ser la “reina” de la casa.

Se acercó a él, goteando agua en la alfombra.
—Hola, Alex —dijo con voz suave.
—Hola. Estás mojada. Vas a ensuciar la alfombra.

Olga ignoró el comentario frío. Se sentó a su lado, invadiendo su espacio.
—Alex… hoy tuve un día horrible. Me siento muy sola. Te extraño. Extraño cómo éramos antes.

Alexei masticó su mollete despacio, sin mirarla.
—¿Ah, sí? ¿Y qué extrañas exactamente? ¿Que yo pague todo? ¿Que yo te resuelva la vida?

—No… te extraño a ti. A nosotros. Sé que he estado distante, que he cometido errores… pero podemos arreglarlo, ¿no? Todavía nos amamos.

Intentó ponerle una mano en la pierna.
Alexei dejó el plato en la mesa de centro con un movimiento brusco. Se giró hacia ella. Su mirada no tenía odio; tenía algo peor: indiferencia absoluta y una burla cruel.

—¿Sabes qué es lo curioso, Olga? —dijo él, con voz tranquila—. Que te pones cariñosa justo el día que tu novio te mandó al diablo.

Olga retiró la mano como si la hubiera mordido una serpiente.
—¿Q-qué?
—Artemio. El “chavito con visión”. Sé que hoy cortaron. Sé que te dijo que no quería broncas. Sé que te quedaste llorando en la escalera de emergencia del piso 8.

—¿Cómo… cómo sabes eso? —Olga estaba aterrada. ¿Tenía micrófonos? ¿Espías?

Alexei sonrió. Una sonrisa de lobo.
—Tengo ojos en todos lados, mi amor. O tal vez Artemio me avisó. Tal vez él es más listo de lo que crees y prefirió quedar bien con el “psicópata” antes que seguir cargando con una mujer casada y quebrada.

Era mentira, Artemio no le había dicho nada, pero Alexei sabía deducir. Sabía que la presión que había ejercido iba a reventar hoy. Y la cara de Olga se lo confirmó.

—Alexei, por favor… —Olga empezó a llorar, esta vez de verdad, sin teatro—. Perdóname. Fue un error. Fue una estupidez. Él no significa nada para mí. Tú eres mi esposo. Te juro que ya se acabó.

Se arrodilló frente a él, abrazándole las piernas. Una escena patética. La mujer altiva, reducida a un guiñapo suplicante.
—Por favor, Alex. No me dejes sola. No tengo dinero, no tengo a nadie. Te prometo que voy a ser la mejor esposa. Voy a cambiar.

Alexei la miró desde arriba. Sintió un momento de lástima, pero luego recordó el cargo de los condones. Recordó la risa de ella mintiéndole en la cara. Recordó cómo ella planeaba verse con el otro mientras él trabajaba.
La lástima se evaporó.

—Levántate —dijo seco.
—No, por favor, perdóname…
—¡Que te levantes! —gritó, poniéndose de pie y zafándose de su abrazo.

Olga se quedó en el suelo, sollozando.
Alexei caminó hacia la entrada, tomó un sobre amarillo que había dejado preparado sobre la credenza desde la mañana y regresó.
Le tiró el sobre en el regazo.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, con los ojos nublados por las lágrimas.
—Ábrelo.

Olga abrió el sobre con manos temblorosas. Sacó un legajo de hojas tamaño oficio.
En la parte superior, en letras negritas, se leía:
DEMANDA DE DIVORCIO INCAUSADO Y PROPUESTA DE CONVENIO.

—¿Divorcio? —susurró ella.
—Sí. Y no solo es el divorcio. Lee bien. Estoy solicitando la disolución de la sociedad conyugal. Y gracias a las deudas que “adquirimos” recientemente (tus gastos, la tarjeta topada, y unos préstamos que pedí para “arreglar” la casa que entran en la sociedad), el balance es negativo.

Alexei se acuclilló frente a ella, para estar a su altura.
—Básicamente, Olga, la casa se tiene que vender para pagar las deudas. Y como el mercado inmobiliario está bajo, no va a sobrar casi nada. Te vas a quedar sin marido, sin amante, sin casa y sin dinero.

Olga negó con la cabeza, en shock.
—No puedes hacerme esto. Yo ayudé a pagar esta casa… bueno, al principio. Es mi hogar.
—Era nuestro hogar. Tú lo convertiste en un hotel de paso para tus mentiras.

Alexei se levantó y se dirigió a su recámara.
—Firma los papeles. Si te pones difícil, tengo las fotos, los estados de cuenta y los chats de WhatsApp impresos. Si quieres ir a juicio y que todo el mundo, tu familia, tus papás, tus jefes, vean en qué te gastabas el dinero y con quién te acostabas, adelante. Peleamos. Pero te aseguro que vas a perder más de lo que ya perdiste.

Se detuvo en la puerta y la miró por última vez esa noche.
—Mañana me voy a mudar a un departamento cerca de la obra. Tú tienes un mes para desalojar este lugar antes de que entre la inmobiliaria. Ve buscando cajas. Las venden baratas en la Bodega Aurrera.

Cerró la puerta.
Olga se quedó sola en la sala, empapada, con los papeles del divorcio en la mano y el sonido de la lluvia golpeando la ventana. El castillo se había derrumbado. Y ella estaba atrapada bajo los escombros.

CAPÍTULO 7: LA MUDANZA DEL ALMA Y EL CIRCO ROMANO EN LA OFICINA

El domingo por la mañana, la colonia Narvarte despertó con su habitual sonido de campanas de iglesia y vendedores de tamales, pero dentro del departamento 302, el sonido predominante era el de la cinta canela rasgándose: Zzzzip. Clac.

Alexei no estaba perdiendo el tiempo. Desde las 8:00 AM, dos cargadores —tipos fuertes y silenciosos que él había contratado— estaban sacando cosas. Pero no estaban sacando todo. Alexei, con su precisión de ingeniero, solo se llevaba lo que legalmente o moralmente le pertenecía, o lo que era esencial para la funcionalidad de la casa.

Olga estaba sentada en un rincón del sofá (que todavía no se llevaban), abrazando sus rodillas, viendo cómo su vida era desmantelada caja por caja. Tenía los ojos hinchados y la cara lavada, sin rastro de la mujer altiva que había salido rumbo a la “hacienda” hacía apenas una semana.

—¿Te tienes que llevar la tele de la sala? —preguntó con voz ronca, viendo cómo descolgaban la pantalla de 65 pulgadas.

Alexei, que estaba supervisando el embalaje de sus herramientas, ni siquiera la miró.
—La compré yo con el bono de la obra de Santa Fe en 2019. Tengo la factura. Además, tú tienes tu iPad. Con eso te entretienes.

—Pero se va a ver horrible la pared con los agujeros del soporte.
—No te preocupes por la estética, Olga. En tres semanas entra la inmobiliaria a resanar y pintar para vender. Disfruta los agujeros mientras puedas.

Los cargadores se llevaron el sistema de sonido, la cafetera Nespresso (esa dolió, porque Olga era adicta al café bueno), la caja de herramientas, su ropa, sus libros y, cruelmente, el módem de internet.

—¡El internet no! —chilló Olga—. ¡Lo necesito para trabajar!
—El contrato está a mi nombre —dijo Alexei, desconectando el cable coaxial con calma—. Y como ya no vivo aquí, ya no lo pago. Si quieres internet, contrata el tuyo. Ah, cierto… necesitas tarjeta de crédito para eso. Bueno, usa tus datos móviles.

Cuando terminaron, el departamento se sentía como un cadáver al que le han sacado los órganos vitales. Quedaban los muebles grandes (sala, comedor, cama), pero faltaba el alma: los cuadros, los adornos que él había traído, la tecnología. El eco en la sala era diferente ahora; era un eco vacío, frío.

Alexei se paró en la puerta con una mochila al hombro.
—Te dejo las llaves de la camioneta en la barra. Ya conecté el sensor, así que ya arranca. Úsala para mover tus cosas cuando te vayas.

—Alex… —Olga se levantó, intentando una última súplica—. No te vayas así. ¿Ni siquiera me vas a dar un abrazo? ¿Cinco años no valen nada?

Alexei la miró. Sus ojos eran dos piedras.
—Cinco años valían todo, Olga. Hasta que decidiste que valían menos que un fin de semana en Tepoztlán con un niño idiota.

—¡Ya te pedí perdón!
—El perdón sirve para limpiar la conciencia, no para borrar los hechos. La demanda sigue su curso. Nicolás te va a buscar para la firma del acuerdo. Si eres lista, firma rápido y ahórrate la humillación del juicio.

Abrió la puerta y salió. No hubo portazo. Solo un cierre suave, definitivo.
Olga corrió al balcón. Vio a Alexei subir a su Jetta, donde iba siguiendo al camión de mudanza. Lo vio arrancar sin voltear hacia arriba.
Se quedó sola.
El silencio del departamento vacío fue ensordecedor. Intentó prender la tele para tener ruido de fondo, pero recordó que ya no estaba. Sacó su celular para poner música, pero vio el aviso de “Datos insuficientes”.
Se sentó en el piso y miró a su alrededor. El “castillo” era ahora una celda de lujo en decadencia.


ESCENA 2: LUNES DE PESADILLA

Si el fin de semana fue malo, el lunes fue la masacre.
Olga llegó a la agencia tarde. No porque quisiera, sino porque el tráfico la atrapó y su mente estaba tan dispersa que olvidó poner gasolina a la camioneta (que ahora sí funcionaba, gracias a la “generosidad” final de Alexei) y tuvo que detenerse de emergencia contando las monedas para echarle 200 pesos de Magna.

Al entrar al piso 8, el ambiente cambió. Ya no eran susurros. Eran miradas directas, risas mal disimuladas. El chisme de Mariana en el súper se había fusionado con el rumor de Artemio y la “locura” del esposo celoso para crear una bomba viral.
Olga caminó hacia su oficina con la cabeza alta, intentando mantener la dignidad, pero se sentía como una condenada caminando al patíbulo.

Al pasar por el área de los diseñadores, vio a Artemio.
Estaba rodeado de tres chicas de Cuentas, riéndose a carcajadas mientras les mostraba algo en su celular. Al ver a Olga, Artemio guardó el teléfono rápidamente y se puso serio, pero las chicas se taparon la boca para contener la risa.

Olga sintió que la sangre le hervía. La humillación, el dolor, la pérdida de su casa, el abandono de Alexei… todo se canalizó en un solo punto focal: Artemio. Ese niño mimado que la había usado y ahora se burlaba de ella.

En lugar de ir a su oficina, Olga giró y caminó directamente hacia él.
—Buenos días, Artemio —dijo con voz fuerte.
El piso entero se quedó en silencio. Hasta el ruido de los teclados cesó.

—Hola, Olga —respondió él, sin mirarla, fingiendo revisar unos bocetos—. ¿Necesitas algo? Estoy ocupado.

—¿Ocupado? ¿Ocupado burlándote de mí? —Olga se acercó más. Podía oler su loción barata, ese olor que antes la excitaba y ahora le daba náuseas—. ¿Les estabas contando cómo me pedías dinero para tus tenis? ¿O cómo llorabas porque mi marido te apretó la manita?

Artemio se puso rojo de furia y vergüenza.
—Olga, bájale. Estás haciendo un escándalo. Vete a tu oficina.

—¡No me voy a ir a ningún lado! —gritó ella. La presa se rompió—. ¡Eres un poco hombre! ¡Me destruiste la vida y ahora te haces el digno! ¡Te pagué el hotel, te pagué las cenas, te di todo! ¿Y así me pagas? ¿Riendo con estas estúpidas?

—¡Yo no te pedí nada! —gritó Artemio, levantándose—. ¡Tú eras la urgida! ¡Tú eras la señora casada que quería sentirse joven! ¡Déjame en paz, loca!

La palabra “loca” detonó la bomba.
Olga, cegada por la ira, agarró el vaso de café Starbucks (grande, helado, lleno de caramelo) que estaba en el escritorio de Artemio y se lo lanzó a la cara.
El líquido café y pegajoso explotó contra la camisa blanca de Artemio, salpicando los monitores y a las chicas que estaban cerca.

—¡ESTÚPIDA! —chilló Artemio, limpiándose los ojos.
El caos se desató. La gente grababa con sus celulares.
En ese momento, la puerta de la oficina del Director General se abrió.
—¡¿QUÉ DEMONIOS PASA AQUÍ?! —bramó el jefe, un hombre canoso que no toleraba el drama.

Vio a Artemio empapado de café, a Olga temblando de rabia y al resto de la oficina grabando.
—Olga, Artemio. A mi oficina. AHORA.


ESCENA 3: EL FINIQUITO DE LA VERGÜENZA

La reunión duró diez minutos. No hubo defensa posible.
—Esto es inaceptable —dijo el Director, mirando a Olga con una decepción profunda—. Olga, eres Gerente. Se supone que das el ejemplo. Agredir físicamente a un subordinado, hacer un escándalo personal en horario laboral… esto es causal de rescisión inmediata.

—Pero él me provocó… él… —Olga intentó hablar, pero se le quebró la voz.
—No me importan sus líos de faldas. Me importa mi empresa. Están despedidos los dos.

—¿Los dos? —Artemio saltó—. ¡Pero ella me tiró el café! ¡Yo soy la víctima!
—Tú creaste un ambiente laboral tóxico, Artemio. He escuchado los rumores. Andar con una superior, chismear, usar recursos de la empresa… Te vas también. Y agradece que no te veto de la industria.

Salieron de la oficina del Director con una caja de cartón cada uno, escoltados por el guardia de seguridad.
Artemio iba murmurando maldiciones, limpiándose el café de la camisa. Cuando llegaron al elevador, miró a Olga con odio puro.
—Ojalá te mueras —le escupió—. Me jodiste la carrera.
—Tú te la jodiste solo, parásito —respondió Olga, aunque por dentro estaba muerta.

El guardia los acompañó hasta la banqueta de Reforma.
Olga se quedó parada ahí, con su caja llena de plumas, una foto vieja de ella sonriendo y una taza que decía “Jefa #1”.
Eran las 11:00 AM de un lunes.
No tenía marido.
No tenía casa (pronto).
No tenía dinero.
Y ahora, no tenía trabajo.

El celular le vibró. Era un mensaje de Recursos Humanos: “Tu finiquito estará listo en 10 días hábiles. Se descontarán los días no laborados y adeudos pendientes”.
Olga sabía que su finiquito sería una miseria porque la habían despedido “con causa” (violencia). No habría liquidación jugosa. No habría tres meses de sueldo. Solo las partes proporcionales de aguinaldo y vacaciones. Una baba.

Se sentó en la orilla de una jardinera y, por primera vez, sintió el verdadero peso del abismo. No tenía a dónde ir. Sus padres vivían en Guadalajara y eran conservadores; si se enteraban de que se divorciaba por infiel, la repudiarían. Sus amigas “fresas” ya la habían bloqueado o se burlaban de ella.
Estaba sola en la ciudad monstruo.


ESCENA 4: LA VENTA DE GARAJE DE LA DIGNIDAD

Pasaron tres días. Olga no salía del departamento más que para lo indispensable. Comía arroz hervido y atún. La luz del sol le molestaba.
Pero el reloj corría. Nicolás, el abogado, le había mandado un correo: “La firma del divorcio es el viernes a las 10:00 AM. La inmobiliaria irá el sábado a hacer el inventario para la venta. Necesitas desalojar.”

Necesitaba dinero para la mudanza, para rentar un cuartucho, para comer.
Miró su clóset.
Ahí estaba su “capital”. Bolsas Michael KorsCoach, una Louis Vuitton (su orgullo), vestidos de noche, zapatos de diseñador.
Todo eso, que antes definía su estatus, ahora era su única tabla de salvación.

Tomó fotos de todo y las subió a Facebook Marketplace y a grupos de “Ventas Polanco/Condesa”.
La realidad del mercado de segunda mano es cruel.
Bolsa Louis Vuitton Neverfull. Original. Precio en tienda: $45,000. Precio venta: $20,000.

Los mensajes empezaron a llegar. Pero no eran compradoras serias. Eran las famosas “chinchas”.
“Oye nena, ¿es lo menos?”
“Te doy 5 mil en caliente y voy ahorita.”
“¿Aceptas cambios? Tengo una freidora de aire y ropa de bebé.”

Olga quería gritar. ¡Era una Louis Vuitton! ¡No una bolsa del tianguis!
Pero el hambre es canija.
Al final, aceptó ver a una chica en la estación del Metro Etiopía para vender la bolsa. La chica le ofreció $8,000 pesos.
—Es todo lo que traigo, amiga. Tómalo o déjalo.

Olga, parada en los torniquetes del metro, con gorra y lentes para que nadie la reconociera, entregó su bolsa amada. Recibió el fajo de billetes de 200 y 500 pesos. Los contó con manos temblorosas.
Ocho mil pesos.
Eso era lo que valía su dignidad. Ocho mil pesos para pagar un flete y la renta de un mes en algún lugar de mala muerte.

Vendió también su ropa. Zapatos que le costaron tres mil pesos se fueron por trescientos. Abrigos de lana se fueron por quinientos.
Su clóset se vació. Su vida se redujo a dos maletas y unas cajas de cartón de huevo que consiguió en la tiendita.


ESCENA 5: LA FIRMA FINAL

Viernes, 9:55 AM. Despacho de Nicolás en la colonia Del Valle.
Olga llegó puntual. Llevaba ropa sencilla, sin maquillaje, con el pelo recogido en una cola de caballo. Se veía diez años más vieja que hace un mes.
Entró a la sala de juntas.

Ahí estaba Alexei.
Se veía bien. Impecable. Camisa azul planchada, afeitado, oliendo a loción cara (esa que ella le había regalado en Navidad). Estaba platicando con Nicolás, riéndose de algo.
Cuando Olga entró, la risa cesó. Alexei la miró con una cortesía fría, como si fuera una clienta que viene a cancelar un servicio.

—Buenos días —dijo él.
—Buenos días —murmuró ella, sentándose en el extremo opuesto de la mesa de caoba.

Nicolás, profesional, puso los documentos sobre la mesa.
—Bien. Estamos aquí para la firma del divorcio voluntario y el convenio de disolución de sociedad conyugal. Como ya se habló, el departamento se vende. El 70% de la venta se usará para pagar las deudas de la sociedad (incluyendo los préstamos personales que Alexei acreditó haber inyectado a la sociedad y las deudas de las tarjetas). El remanente, si lo hay, se divide al 50%.

Olga sabía hacer cuentas. “Remanente si lo hay”. Con el mercado como estaba y las deudas que Alexei había estructurado (legalmente, pero astutamente), no iba a sobrar casi nada. Quizás unos 50 mil pesos para cada uno. Una miseria comparado con el valor del inmueble.

—¿Tengo que firmar ya? —preguntó Olga, con la pluma temblando en su mano.

Alexei la miró.
—Olga, es lo mejor. Si nos vamos a juicio, voy a meter las pruebas de adulterio para pelear daño moral. Y voy a pedir que pagues tú sola la deuda de la tarjeta donde cargaste tus “aventuras”. Si firmas ahorita, yo absorbo esa deuda dentro de la sociedad. Es mi último regalo.

Era una oferta que no podía rechazar. Alexei estaba siendo “generoso” al pagar con el dinero de la casa las deudas que ella había generado con el amante. Una generosidad envenenada, pero legalmente conveniente.

Olga firmó.
Una, dos, tres, cuatro copias.
Cada firma era un clavo en el ataúd de su matrimonio.

Cuando terminó, Nicolás recogió los papeles.
—Listo. El juez dictará sentencia en unas semanas. Ya son libres.

Alexei se levantó, le dio la mano a Nicolás y luego miró a Olga.
Ella se levantó también, esperando… algo. ¿Un grito? ¿Un insulto? ¿Un abrazo de despedida?

Alexei sacó su cartera. Extrajo un billete de 500 pesos y lo puso suavemente sobre la mesa, frente a ella.
—Para el taxi —dijo—. Vi que llegaste caminando desde el metro. Va a llover.

Olga miró el billete. Sintió una mezcla de odio y gratitud humillante.
—No necesito tu caridad, Alexei.
—No es caridad. Es logística. No quiero que te mojes y te enfermes antes de la mudanza. Necesito que saques tus cosas mañana sin falta.

Alexei dio media vuelta y salió del despacho. Olga lo vio irse por el pasillo de cristal. Caminaba erguido, ligero, libre.
Ella se quedó en la sala de juntas, con el billete de 500 pesos y el sonido de su propio corazón rompiéndose.

Salió a la calle. Efectivamente, empezaba a llover.
Olga caminó bajo la lluvia, ignorando el billete que había guardado en su bolsillo.
No pidió taxi. Caminó hasta el metro.
Se sentó en el vagón, rodeada de gente, mojada, sola.

Sacó su celular. Entró a su galería. Borró las fotos con Artemio. Borró las fotos de la oficina. Se detuvo en una foto de hace cinco años: ella y Alexei brindando con pizza en el piso del departamento nuevo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdóname, gordo —susurró a la pantalla.
Pero era tarde. Demasiado tarde.
Le dio “Borrar”.

El vagón se sacudió y arrancó, llevándola hacia su nueva realidad: un cuarto de azotea en una colonia popular, un trabajo que tendría que buscar desde cero y una vida donde ella era la única culpable de su desgracia.

CAPÍTULO 8: EL EPÍLOGO DE HORMIGÓN Y LA NUEVA VIDA

Han pasado seis meses desde la firma del divorcio. En la cronología de una ciudad tan monstruosa y acelerada como la Ciudad de México, seis meses pueden ser un suspiro o una eternidad. Para Alexei, fue un tiempo de reconstrucción, como cuando se limpia un terreno lleno de escombros para levantar un edificio nuevo, más fuerte y con mejores cimientos. Para Olga, fueron seis meses de caída libre sin paracaídas.

ESCENA 1: EL CUARTO DE AZOTEA

Son las 5:30 de la mañana. En la colonia Doctores, el frío cala hasta los huesos. No es el frío rico de un aire acondicionado en Polanco; es un frío húmedo, que huele a smog y a tuberías viejas.

Olga abre los ojos antes de que suene la alarma de su celular (un Android barato que tuvo que comprar porque vendió el iPhone para pagar la fianza de su renta). Se levanta de la cama individual, un colchón de segunda mano que rechina cada vez que respira.
Mira a su alrededor. Su “castillo” actual es un cuarto de azotea de 4×4 metros. Las paredes tienen manchas de humedad que parecen mapas de países tristes. Hay una parrilla eléctrica de una hornilla sobre una mesita de plástico, un pequeño refrigerador que hace un ruido de matraca y un tubo colgado de la pared que sirve de clóset.

No hay baño privado. El baño es compartido con otros tres inquilinos del piso: un estudiante foráneo que siempre deja todo mojado, una señora que vende tamales y un señor jubilado que tose toda la noche.
Olga toma su cubeta y su jabón Zote. Sale al pasillo. El viento de la mañana le golpea la cara sin piedad.
—Buenos días, vecina —gruñe la señora de los tamales, que ya va de salida con su olla humeante.
—Buenos días —murmura Olga, bajando la cabeza.

Entra al baño. El agua caliente es un lujo que aquí depende de la suerte y del boiler solar. Hoy no hay suerte. El agua sale helada.
Olga se baña temblando, aguantando las ganas de llorar. Ya no llora tanto como al principio. Las lágrimas también cansan. Se ha resignado a esta rutina gris.

Se viste con su uniforme: pantalón negro de vestir (uno de los pocos buenos que le quedan, aunque ya se ve brilloso por el uso) y una blusa blanca genérica. Se maquilla con productos de catálogo, intentando tapar las ojeras y las líneas de expresión que se le han marcado profundamente en este medio año. Se ve mayor. Mucho mayor de sus 32 años. La amargura envejece más rápido que el sol.

Sale del edificio y camina hacia el Metro Niños Héroes.
Antes, su mayor preocupación era si el valet parking le rayaba la camioneta. Ahora, su preocupación es si le alcanza el saldo de la tarjeta de Movilidad Integrada y si logrará entrar al vagón antes de que la aplasten.

ESCENA 2: LA VOZ EN EL AURICULAR

Olga trabaja ahora en un Call Center cerca de Xola.
No pudo conseguir trabajo en ninguna agencia de marketing. El despido “con causa” por violencia y acoso laboral es una mancha indeleble en su historial. En el mundo corporativo de la CDMX, los directores se conocen entre sí. Su nombre estaba boletinado extraoficialmente: “Olga Ramírez, la que le tiró café al subordinado y armó un escándalo pasional. Conflictiva. No contratar”.

Así que terminó aquí. Vendiendo seguros de vida por teléfono a gente que no los quiere y que la insulta.
—¡Buenos días! Hablo de parte de Seguros Confianza para ofrecerle…
—¡Váyase a la chingada, no quiero nada! —Click.

—Buenos días, busco al señor Pérez…
—¡Dejen de molestar, rateros! —Click.

Olga se quita la diadema un momento y se soba las sienes. El supervisor, un tipo de 22 años con acné y complejo de Napoleón, se acerca.
—Ramírez, llevas cero ventas hoy. Tu métrica de tiempo en llamada está baja. Échale ganitas o te voy a tener que levantar un acta administrativa.

—Sí, jefe. Perdón. La base de datos está difícil hoy.
—La base de datos está bien, la que no vende eres tú. Sonríe al hablar, que se oiga la sonrisa.

Olga se vuelve a poner la diadema.
“Que se oiga la sonrisa”. Qué ironía. Antes, ella era la que daba esas órdenes. Ella era la que exigía resultados. Ahora es un engranaje más en la máquina de picar carne.
Mira por la ventana sucia de la oficina. Ve el tráfico del Viaducto. Se pregunta qué estará haciendo Alexei. Se pregunta si él alguna vez piensa en ella.
Probablemente no.

ESCENA 3: LA PAZ DEL GUERRERO

Mientras Olga recibe insultos por teléfono, Alexei está en una obra en la colonia Del Valle.
Pero ya no es solo el ingeniero residente. Con el dinero de la venta del departamento (su parte, que invirtió sabiamente) y unos ahorros que tenía escondidos, se asoció con un arquitecto amigo suyo. Ahora tienen su propia firma pequeña: Ingeniería y Diseño A&M.

Alexei lleva casco blanco y chaleco, pero se ve relajado. Está supervisando el colado de una losa.
Su celular suena. Es Nicolás.
—¿Qué pasó, Nico?
—¿Qué onda, mi Alex? Oye, ya salió la sentencia definitiva. Ya tienes el papelito oficial. Divorciado legalmente. Eres libre como el viento.

Alexei sonríe. No es una sonrisa de triunfo eufórico, sino de alivio profundo.
—Gracias, hermano. Te invito una comida el viernes para celebrar.
—Va. Oye… ¿y has sabido algo de la “finada”?
—Nada. Y no quiero saber. Bloqueada de todos lados. Para mí, es como si se hubiera mudado a Marte.

—Mejor así. Dicen las malas lenguas (porque ya sabes que el mundo es un pañuelo) que la vieron chambeando por el sur, que se ve bastante amolada. Pero bueno, cada quien se busca su destino.
—Así es, Nico. Cada quien cosecha lo que siembra. Nos vemos el viernes.

Alexei cuelga. Mira hacia el cielo despejado. Se siente ligero.
Esa tarde, sale temprano. Se sube a su camioneta nueva, una Pickup doble cabina, robusta, de trabajo, nada de lujos pretenciosos.
Maneja hacia un parque cercano.
Ahí lo espera Elena.

Elena no es modelo, ni ejecutiva de marketing, ni se viste con marcas caras. Es maestra de primaria. Tiene una sonrisa dulce, ojos amables y unas manos que saben dar cariño sin pedir la tarjeta de crédito a cambio. Se conocieron en la fila del banco hace tres meses.
—Hola, guapo —le dice ella, dándole un beso en la mejilla cuando él llega.
—Hola, bonita. ¿Cómo te fue con los niños?
—Bien, agotador pero bien. ¿Y a ti?
—Excelente. Ya cerramos el ciclo legal. Ya soy libre al cien por ciento.

Elena le aprieta la mano.
—Me da gusto, Alex. Te mereces estar tranquilo.
Caminan por el parque tomados de la mano, comiendo un helado. No hablan de grandes viajes, ni de camionetas del año, ni de qué dirán los demás. Hablan de qué van a cenar, de una película que quieren ver, de planes sencillos.
Alexei se da cuenta de que esto es la felicidad. La paz. La ausencia de drama.
Había olvidado lo que se sentía no tener un nudo en el estómago todo el tiempo.

ESCENA 4: EL ENCUENTRO FANTASMA

Un mes después. Sábado por la tarde.
El destino, que tiene un sentido del humor retorcido, decidió cruzar sus caminos una última vez.

Alexei y Elena habían ido a comer a un restaurante en la colonia Roma. Estaban sentados en la terraza, disfrutando de un sobremesa tranquilo. El coche de Alexei estaba estacionado en la calle, frente al lugar.

Olga caminaba por esa misma calle.
Era su día libre, pero no tenía dinero para pasear. Iba camino a una entrevista de trabajo para ser recepcionista en un consultorio dental (pagaban un poco más que el Call Center y era menos estrés). Llevaba su mejor ropa, pero se notaba el desgaste. Los zapatos estaban raspados, el bolso era una imitación barata que había comprado en el metro.
Caminaba rápido porque empezaba a chispear.

De pronto, lo vio.
No vio a Alexei primero. Vio la camioneta.
Una Ford Ranger nueva, gris plomo, impecable. Alexei siempre había querido esa camioneta, y Olga siempre le decía que era “de naco”, que mejor una SUV de lujo.
Ahora él la tenía.

Olga se detuvo. Miró hacia la terraza del restaurante.
Y ahí estaba él.
Se veía más joven. Había perdido peso, estaba bronceado (seguramente por la obra), y se había dejado la barba un poco, lo que le daba un aire interesante. Se reía. Una risa franca, abierta, echando la cabeza hacia atrás.

Frente a él había una mujer. Una mujer “normal”. Pelo castaño, ropa sencilla, sin maquillaje excesivo. No era despampanante como Olga solía serlo, pero se veía… luminosa. Alexei la miraba con una devoción que Olga recordaba haber tenido y haber desperdiciado.
Alexei le limpió una mancha de helado de la comisura de los labios a la mujer con una servilleta, con una ternura infinita.

Olga sintió que le clavaban un picahielo en el pecho.
El aire se le fue.
Ahí estaba la vida que ella despreció. Ahí estaba el hombre que la adoraba, dándole su amor a otra. Ahí estaba la estabilidad, la risa, la paz.
Y ella estaba afuera, en la banqueta, con los pies mojados por la lluvia, sola y quebrada.

En ese momento, Alexei giró la cabeza hacia la calle, como si sintiera una mirada pesada sobre él.
Sus ojos se encontraron.
El tiempo se congeló por tres segundos.

Alexei la vio.
Vio a una mujer demacrada, con el pelo opaco, parada bajo la lluvia con una carpeta de plástico en la mano. Vio la tristeza infinita en sus ojos, el arrepentimiento, la súplica silenciosa.
Olga esperó… ¿qué? ¿Que él se levantara? ¿Que la saludara? ¿Que sintiera lástima?

Pero Alexei no hizo nada de eso.
Su expresión no cambió. No hubo odio, no hubo burla, no hubo enojo.
Hubo la más absoluta indiferencia.
Era la mirada que le das a un extraño en la calle, o a un mueble viejo que alguien dejó en la banqueta. Una mirada que dice: “Te veo, pero no me importas”.

Alexei parpadeó, rompió el contacto visual y volvió a mirar a Elena, sonriéndole de nuevo y continuando su plática como si nada hubiera pasado. Como si Olga fuera invisible. Como si fuera un fantasma.

Olga entendió el mensaje.
Para él, ella ya no existía. Estaba muerta.
Esa fue la verdadera venganza. No los gritos, no el dinero, no el divorcio.
Fue ser borrada de su memoria emocional. Ser irrelevante.

Las lágrimas se mezclaron con la lluvia en su cara. Olga bajó la cabeza, apretó su carpeta contra el pecho y siguió caminando, perdiéndose entre la gente y el tráfico de la Avenida Álvaro Obregón.
Siguió caminando hacia su entrevista, hacia su cuarto de azotea, hacia la vida pequeña que ella misma se había construido con sus mentiras.

ESCENA 5: LA SUERTE DEL PARÁSITO

¿Y Artemio?
La justicia poética también alcanzó al “chavito con visión”.
Olga se enteró meses después, por una ex compañera que se encontró de casualidad en el metro.
Artemio, boletinado en el gremio de publicidad, no consiguió trabajo en ninguna agencia decente. Terminó regresando a casa de sus papás en el Estado de México, en Ecatepec.
Trabajaba ahora en un Coppel, en el área de ventas de celulares, ganando comisiones mínimas y usando uniforme.
Su “visión” y su “talento” no le sirvieron de nada sin una mujer que le financiara los sueños. Se había vuelto gordo, había perdido el estilo y, según decían, su novia actual (una chica de barrio brava) lo traía cortito y le revisaba hasta los tickets del Oxxo.

El parásito, sin huésped, se había secado.

ESCENA FINAL: EL ATARDECER

Es viernes por la noche.
Alexei está en el balcón de su nuevo departamento. No es tan grande como el anterior, pero es suyo. 100% suyo.
Tiene una cerveza en la mano.
La ciudad brilla a lo lejos, un mar de luces infinitas.
Elena está adentro, preparando algo para cenar. Huele a pasta y a hogar.

Alexei toma un trago de cerveza y respira el aire fresco.
Recuerda vagamente el dolor de hace un año. Parece el recuerdo de una película que vio hace mucho tiempo. Ya no duele. La cicatriz está ahí, pero ya no arde.
Aprendió que la venganza no se sirve en un plato frío. La venganza no se sirve en absoluto.
La venganza es dejar que la gente se destruya con sus propios errores, mientras tú te haces a un lado y sigues caminando hacia la luz.

Olga quería una vida de emociones fuertes, de lujos prestados y de mentiras excitantes. Y la tuvo. Y el precio fue todo lo que tenía.
Él quería una vida de verdad, de lealtad y de paz. Y ahora la tiene.

—¡Alex, ya está la cena! —grita Elena desde adentro.
—¡Voy! —responde él.

Alexei deja la cerveza en la mesita, da la espalda a la ciudad y entra al departamento, cerrando la puerta corrediza tras de sí.
El ruido de la calle se queda afuera.
Adentro, solo hay calor, luz y silencio.
El silencio perfecto de una vida bien vivida.

FIN

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 News - WordPress Theme by WPEnjoy