
PARTE 1: EL SACRIFICIO Y EL OLVIDO
CAPÍTULO 1: LA JAULA DE CRISTAL Y HIERRO
Inés despertó antes de que el sol tocara las ventanas de su habitación, como lo había hecho durante los últimos seis años. No era el despertador lo que la sacaba del sueño, sino esa opresión en el pecho, ese peso invisible que se posaba sobre sus costillas apenas abría los ojos y recordaba dónde estaba. La mansión en Las Lomas de Chapultepec estaba sumida en ese silencio artificial de las casas demasiado grandes, donde el eco de los pasos se pierde antes de llegar a la siguiente habitación.
Se sentó en la orilla de la cama, hundiendo los pies en la alfombra persa que costaba más de lo que su padre había ganado en toda su vida como obrero. A su lado, el lado de la cama de Sergio estaba intacto, frío. Como casi siempre. Él prefería dormir en su despacho o en alguna de las habitaciones de huéspedes cuando llegaba tarde de sus “reuniones de negocios”, esas que apestaban a perfume barato y whisky caro. Inés ya no sentía celos. Hacía mucho que los celos se habían transformado en una náusea constante, en un asco visceral que le revolvía el estómago cada vez que él la miraba con esa sonrisa de suficiencia, como si ella fuera una adquisición más, un trofeo que había comprado en una subasta y que ya le estaba aburriendo.
Se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero. La mujer que le devolvía la mirada era hermosa, sí. Sergio se había encargado de eso. “Una esposa de Sergio Rubín no puede andar en fachas”, le decía. Tenía el cabello perfectamente teñido, la piel cuidada con cremas importadas, las uñas inmaculadas. Pero los ojos… los ojos eran los de un animal en cautiverio que ha olvidado cómo cazar. Estaban apagados, rodeados de unas sombras que ni el mejor corrector podía ocultar.
—Hoy —se susurró a sí misma, tocando su reflejo con la yema de los dedos—. Hoy se acaba.
La decisión no había sido repentina. Había germinado durante meses, regada por cada humillación sutil, por cada desprecio en las cenas de beneficencia donde él la callaba con una palmada en la mano que parecía cariñosa pero que dolía como un golpe, por cada vez que él le recordaba que ella no era nadie sin él. Pero lo que realmente la empujó al abismo fue Dieguito. Su hijo. Su adorado Diego, que con apenas cuatro años ya empezaba a imitar los gestos de su padre, esa pequeña mueca de desdén cuando algo no le gustaba. Inés no podía permitir que el alma de su hijo se pudriera también. Si se quedaba, sería cómplice. Si se iba… bueno, si se iba, al menos tendría la esperanza de salvarse ella y, quizás algún día, explicarle a él.
Bajó las escaleras de mármol con el corazón martilleándole en la garganta. Escuchó las risas de Diego en el jardín y se detuvo un momento a mirarlo a través del ventanal. Estaba corriendo detrás de un jardinero, pateando una pelota de fútbol. Se veía tan feliz, tan inocente. Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Inés. “Perdóname, mi amor. Perdóname por lo que voy a hacer, pero mamá se está muriendo por dentro”.
Entró al despacho de Sergio sin tocar. Él odiaba que entraran sin anunciar, pero a Inés ya no le importaba lo que él odiara. Estaba sentado detrás de su inmenso escritorio de caoba, revisando unos contratos, con esa postura de emperador romano que adoptaba incluso cuando estaba solo.
—¿No te enseñaron a tocar, Inés? —dijo sin levantar la vista, su voz era un látigo suave, de esos que cortan la piel sin hacer ruido.
—Tenemos que hablar, Sergio. Ahora. —Su propia voz le sonó extraña, firme, desprovista del miedo habitual.
Sergio soltó la pluma Montblanc sobre el escritorio y se quitó los lentes de lectura, frotándose el puente de la nariz.
—¿Más dinero para la caridad? ¿Otro vestido que viste en París? Inés, tengo una junta en cuarenta minutos, sé breve.
—No quiero dinero. No quiero vestidos. Me voy, Sergio. Me voy de esta casa y me voy de tu vida. Quiero el divorcio.
El silencio que siguió fue absoluto. Sergio la miró, parpadeando lentamente, como si estuviera procesando un idioma extranjero. Luego, una sonrisa torcida, burlona, se dibujó en sus labios.
—¿El divorcio? —soltó una carcajada corta, seca—. ¿Tú? ¿La gata que saqué de la colonia Doctores quiere el divorcio? ¿Y se puede saber qué mosca te picó ahora? ¿Es por lo de la secretaria? Inés, por favor, madura. Esos son juegos de hombres, tú tienes tu lugar, tienes tus tarjetas de crédito…
—No es por ninguna mujer, Sergio. Es por ti. Es por mí. —Inés dio un paso adelante, apoyando las manos sobre el escritorio, invadiendo su espacio—. Me das asco. Ya no soporto que me toques. No soporto tu voz, tu soberbia, tu manera de tratar a la gente como si fueran basura. Me estoy ahogando aquí. Te respeto como el padre de Diego, pero como esposo… no existes para mí. Y sé que yo tampoco para ti.
La sonrisa de Sergio desapareció. Su rostro se endureció, transformándose en una máscara de piedra fría. Se levantó lentamente. Era un hombre alto, imponente, acostumbrado a que el mundo temblara cuando él se ponía de pie.
—Cuida tu boca, Inés —dijo en un susurro peligroso—. Estás viviendo en un sueño si crees que tú tienes derecho a exigirme algo. Yo te hice. Yo te inventé. Antes de mí no eras nada, y después de mí serás menos que nada.
—Prefiero ser nada que ser tu mascota —replicó ella, sintiendo que las piernas le temblaban, pero manteniéndose firme—. Quiero hacerlo por las buenas. Un divorcio civilizado. Tú te quedas con tu dinero, con tus empresas. Yo solo quiero mi libertad y… y llegar a un acuerdo con Diego. Yo trabajaré, rentaré un departamento pequeño…
Sergio soltó una carcajada estruendosa, una que resonó contra las paredes forradas de libros que él nunca leía.
—¿Trabajar? —se burló, limpiándose una lágrima de risa—. ¿De qué vas a trabajar, Inés? ¿De sirvienta? ¿De cajera en el Oxxo? ¿En serio crees que voy a permitir que mi hijo, un Rubín, visite a su madre en una vecindad de mala muerte? ¿Que se mezcle con la chusma de la que te saqué?
—¡Es mi hijo también! —gritó Inés, perdiendo la compostura—. ¡Tengo derechos!
—Tú no tienes nada —la voz de Sergio bajó de tono, volviéndose gélida, mortal—. Escúchame bien, estúpida. En este país, la justicia tiene precio, y yo tengo la chequera más gorda. Si intentas divorciarte, si intentas siquiera salir de esta casa con una maleta, te voy a destruir.
—No te tengo miedo…
—Deberías. Porque si te vas, te vas sola. Diego se queda.
—No puedes hacerme eso… ningún juez te daría la custodia completa a un hombre que nunca está…
—¿Un juez? —Sergio rodeó el escritorio y se plantó frente a ella, tomándola de la barbilla con fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos—. Inés, pobrecita ingenua. Yo pongo y quito jueces. Yo desayuno con senadores. Si quiero, puedo hacer que te declaren mentalmente incompetente. Puedo hacer que te encierren en un manicomio. O mejor aún… puedo hacer que desaparezcas y que nadie haga preguntas.
Inés sintió el frío del terror recorrerle la espalda. Sabía que no mentía. Había escuchado sus llamadas telefónicas, sabía de lo que era capaz su “negocio”.
—Sergio… por favor… no me quites a mi hijo… —suplicó, la firmeza desmoronándose en llanto.
—Tú eliges —dijo él, soltándola con desprecio, como si tocara algo sucio—. Te quedas aquí, calladita, bonita, siendo la señora de la casa, aguantando lo que yo quiera hacer… o te largas ahora mismo por esa puerta y olvidas que alguna vez tuviste un hijo.
—¡Eres un monstruo!
—Soy un hombre de negocios. Y tú eres un mal negocio que quiero liquidar. Tienes dos opciones: la jaula de oro o la calle. Pero Diego es mío. Es mi heredero. No voy a dejar que una fracasada como tú lo eche a perder con sentimentalismos baratos.
Inés retrocedió, jadeando. Miró hacia el jardín. Diego seguía jugando, ajeno a que su destino se estaba sellando en ese despacho. Si se quedaba, moriría lentamente, día a día, y Diego vería a su madre convertirse en una sombra amargada y alcohólica, o quizás en una suicida. Si se iba… si se iba, al menos él tendría la imagen de una madre que lo amó, y ella podría luchar desde afuera. O eso quería creer.
—Me voy —dijo, con un hilo de voz—. Pero te juro, Sergio, que algún día él sabrá quién eres.
Sergio sonrió, victorioso.
—Vete. Tienes diez minutos. No saques nada más que lo que traes puesto. Ah, y Inés… si intentas acercarte a él, si intentas verlo a la salida del colegio o llamarlo… recuerda lo del manicomio. O lo del accidente. No me tientes.
Inés salió del despacho tambaleándose. No fue a su habitación. No quería nada de esa vida. Bajó directamente al vestíbulo. Abrió la puerta principal y el aire de la calle la golpeó. Antes de cruzar el umbral, miró hacia el jardín por última vez.
—¡Papi! ¡Mira cómo pateo! —gritó Diego.
Sergio había salido a la terraza, con un vaso de whisky en la mano, saludando al niño.
—¡Muy bien, campeón! —le gritó Sergio—. ¡Mami ya se va! ¡Dile adiós a mami, que no nos quiere!
Diego se detuvo, con el balón bajo el pie. Miró hacia la puerta donde estaba Inés.
—¿Mami? —preguntó, confundido.
Inés quiso gritar, quiso correr y abrazarlo, aferrarse a sus piernas y no soltarlo nunca. Pero vio a los dos guardaespaldas de Sergio acercarse discretamente, con las manos cerca de sus cinturas. Entendió el mensaje.
—Te amo, mi vida… te amo —susurró al viento, sabiendo que él no la escucharía.
Se dio la vuelta y echó a correr. Corrió calle abajo, con los tacones resonando en el asfalto, llorando como una loca, mientras el portón de hierro de la mansión se cerraba a sus espaldas con un estruendo definitivo. Había escapado de la jaula, sí, pero había dejado el corazón adentro.
CAPÍTULO 2: LA BRUJA DEL RÍO Y EL RETORNO DEL FANTASMA
Treinta años.
Decirlo era fácil, dos palabras que se esfumaban en un suspiro. Pero vivirlos… vivirlos había sido una eternidad de días grises y noches interminables.
Inés ya no era Inés. En la sierra alta de Veracruz, donde la selva se traga los caminos y el río Bobos ruge con la furia de mil demonios, la conocían simplemente como “La Vieja” o, los más supersticiosos, “La Bruja del Río”.
Su hogar era una cabaña que desafiaba la gravedad y el sentido común, construida con madera de deriva, láminas oxidadas y piedras de río, encaramada en una loma solitaria a tres kilómetros del pueblo más cercano, San Mateo. No tenía electricidad, no tenía agua corriente, y definitivamente no tenía espejos. Inés había roto el último hace veinte años; no necesitaba ver en qué se había convertido.
Sus manos, antes manicuradas y suaves, eran ahora garras de piel curtida, llenas de cicatrices de anzuelos, quemaduras de leña y cortes de machete. Su cabello era una maraña blanca y gris que rara vez conocía un peine. Vestía ropas que encontraba o que trocaba en el pueblo: faldas largas y deshilachadas, camisas de hombre tres tallas más grandes, y siempre, siempre, un rebozo negro que usaba como escudo contra el mundo.
La soledad era su única compañera fiel. Al principio, había intentado luchar. Los primeros años después de huir de la Ciudad de México fueron un torbellino de abogados de oficio que se reían en su cara, de puertas cerradas, de miedo constante. Sergio cumplió su amenaza. Cada vez que Inés conseguía un trabajo decente, la despedían misteriosamente a la semana. Cada vez que intentaba acercarse a la escuela de Diego, aparecía una patrulla. Un día, dos hombres la subieron a una camioneta, le dieron una paliza que la dejó en el hospital dos semanas y le dijeron: “La próxima vez no amaneces”.
Entonces, Inés murió. O al menos, la Inés que luchaba murió. Huyó a donde nadie pudiera encontrarla, a donde el dinero de Sergio no tuviera oídos. Se enterró en vida en la selva, castigándose con el aislamiento por haber abandonado a su hijo.
Esa tarde de agosto, el calor era sofocante. El aire estaba tan cargado de humedad que costaba respirar. Los chicharras cantaban con una intensidad ensordecedora, anunciando tormenta. Inés estaba en la orilla del río, revisando sus trampas para jaibas. El río estaba alto, revuelto, color chocolate. “Mala agua”, pensó. “El río tiene hambre hoy”.
De repente, el zumbido de la selva se rompió. No fue un trueno, sino un motor. Un motor potente, fuera de lugar. Inés levantó la vista, entrecerrando los ojos contra el sol.
—¿Quién demonios…? —masculló.
Vio pasar una lancha rápida, una de esas cosas modernas de fibra de vidrio, roja brillante, cortando el agua como una navaja. Iba demasiado rápido para esa zona. El río ahí estaba lleno de rocas escondidas y remolinos traicioneros.
—¡Imbécil! —gritó Inés, agitando los brazos, aunque sabía que no la verían—. ¡Bájale, animal! ¡Ahí están las piedras!
El conductor no la escuchó. La lancha hizo un giro brusco, quizás intentando una maniobra para impresionar a nadie, y entonces sucedió. Un sonido seco, horrible, como huesos rompiéndose, seguido del rugido del motor acelerándose en el vacío. La lancha saltó por los aires, volcó y cayó pesadamente sobre el agua, destrozándose.
El silencio regresó por un segundo, más aterrador que el ruido.
—¡Maldita sea! —Inés escupió al suelo y corrió hacia su vieja panga de madera. Su motor era viejo, un fuera de borda que ella misma reparaba con alambre y rezos, pero conocía el río mejor que nadie.
Arrancó al tercer tirón y enfiló hacia el desastre. Mientras se acercaba, vio restos de fibra de vidrio flotando, una hielera, cojines de cuero blanco. Y ahí, atrapado entre unas ramas de un árbol caído en medio de la corriente, un cuerpo.
—¡Aguanta! —gritó, aunque el cuerpo no se movía.
Maniobró con experta precisión, luchando contra la corriente que quería estamparla a ella también contra las rocas. Al llegar junto al hombre, apagó el motor y se dejó llevar por la inercia. Se inclinó peligrosamente sobre la borda, agarrándolo del chaleco salvavidas.
Pesaba mucho. Era un hombre grande, alto.
—¡Ayúdame, pues! —gruñó Inés, tirando con todas sus fuerzas, sintiendo que la espalda le crujía. Con un esfuerzo sobrehumano, logró subir la mitad del cuerpo a la panga y luego arrastró las piernas.
El hombre estaba inconsciente. Tenía un golpe brutal en la frente, una herida abierta que sangraba mezclándose con el agua del río. Inés le tomó el pulso. Débil, pero ahí estaba.
—Tienes suerte, gringo —murmuró, asumiendo que por la lancha debía ser algún turista adinerado—. El río te escupió.
Regresó a la orilla y, con la ayuda de unos niños del pueblo que habían llegado corriendo al escuchar el estruendo, cargaron al hombre hasta su cabaña. Lo acostaron en su catre, el único mueble decente que tenía.
Inés echó a los curiosos con gritos y amenazas de echarles mal de ojo. Se quedó sola con el extraño.
Calentó agua, buscó sus trapos limpios y su botella de alcohol de caña con hierbas. Se sentó junto al catre y empezó a limpiar la sangre del rostro del desconocido.
Era joven. Quizás unos treinta y tantos años. Tenía facciones finas, nariz recta, una barba cuidada de unos días. A pesar de la palidez y la sangre, era un hombre apuesto. Sus manos eran grandes, pero no tenían los callos del trabajo duro; eran manos de oficina, de firmar papeles.
Mientras le pasaba el trapo húmedo por el cuello, el hombre gimió y frunció el ceño. Sus párpados temblaron y finalmente se abrieron.
Eran ojos oscuros. Profundos. Ojos que Inés sintió que ya había visto en algún sueño.
—¿Dónde…? —su voz era carrasposa, confundida—. ¿Qué pasó?
—Pasó que eres un idiota que casi se mata en mi río —dijo Inés con su habitual brusquedad, ocultando la preocupación—. Te volteaste. Te saqué. Estás en mi casa.
El hombre intentó incorporarse, pero se llevó la mano a la cabeza con una mueca de dolor intenso.
—Ah… siento que me partieron el cráneo.
—Casi. Tienes una abertura buena. Quédate quieto o te vas a desmayar de nuevo.
El joven obedeció, dejándose caer en la almohada rancia.
—Gracias… señora. No sé cómo… mi lancha…
—Tu lancha es basura ahora. Preocúpate por tu cabeza.
El hombre soltó una risa amarga que terminó en un quejido.
—Mi padre me va a matar. Era su juguete nuevo. Lo trajo de Italia hace un mes. “Ni se te ocurra tocarla, Diego”, me dijo. Y aquí estoy.
Inés se detuvo. El trapo con alcohol quedó suspendido en el aire.
—¿Diego? —preguntó, con un hilo de voz apenas audible.
—Sí. Diego… —el hombre cerró los ojos, mareado—. Diego Rubín. ¿Me podría regalar un poco de agua?
El mundo se detuvo.
El tiempo, ese concepto que había perdido significado para Inés en la selva, colapsó sobre sí mismo.
La botella de alcohol se resbaló de sus dedos entumecidos. No cayó rápido. Inés la vio caer en cámara lenta, girando, derramando el líquido transparente, hasta que golpeó el suelo de tierra apisonada con un golpe sordo.
Diego Rubín.
Miró el rostro del hombre con una intensidad que rozaba la locura. Buscó desesperadamente. Esa frente amplia. La forma en que las cejas se arqueaban. Y entonces, lo vio.
En el lado izquierdo del cuello, justo debajo de la oreja, había un pequeño lunar en forma de estrella irregular.
Inés dejó de respirar. Recordó besar ese lunar mil veces cuando era un bebé, mientras lo amamantaba, mientras le cantaba canciones de cuna en aquella mansión fría.
—¿Señora? —Diego abrió los ojos al escuchar el golpe de la botella—. ¿Está bien? Se puso muy pálida.
Inés retrocedió un paso, llevándose las manos a la boca para ahogar un grito que venía desde las entrañas de la tierra.
Era él.
Era su hijo.
El niño que le habían arrancado, el niño por el que había llorado cada noche durante treinta años, estaba ahí, en su catre sucio, sangrando, pidiéndole agua.
El destino no solo era cruel; era sádico. Le devolvía a su hijo, pero le devolvía a un extraño. Un hombre que había crecido bajo la sombra de Sergio, un hombre que seguramente había aprendido a odiar el nombre de su madre.
—¿Señora? —insistió Diego, preocupado—. ¿Le pasa algo?
Inés sintió que las piernas le fallaban y se desplomó en una silla de madera vieja. Las lágrimas empezaron a correr por los surcos de su cara, incontrolables, silenciosas.
—No… no es nada —mintió, con la voz rota—. Es el calor… solo es el calor.
Pero en su mente, solo resonaba una verdad aterradora: Tengo que decirle. Pero si le digo, me odiará. Si le digo, se irá.
PARTE 2: LA SANGRE LLAMA
CAPÍTULO 3: LA MENTIRA PERFECTA
Inés salió de la cabaña como si la persiguiera el mismo diablo. Sus pies descalzos golpeaban la tierra húmeda con desesperación, ignorando las piedras afiladas y las ramas que le arañaban los tobillos. Necesitaba aire. Necesitaba que el ruido del río ahogara el grito que se le estaba desgarrando en la garganta.
Se detuvo junto al viejo árbol de amate, cuyas raíces se hundían en la orilla como dedos retorcidos, y vomitó. No vomitó comida, sino bilis, miedo y treinta años de dolor acumulado. Se aferró al tronco rugoso, jadeando, con la visión borrosa por las lágrimas.
—Es él… Dios mío, es él —sollozó, cayendo de rodillas al lodo—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así?
La imagen de Diego, pálido y vulnerable en su catre, se le clavaba en la mente. Ese lunar en el cuello. La forma de sus manos. Era su bebé. El mismo bebé al que le había prometido volver y al que nunca pudo rescatar. Y ahora, el destino se lo entregaba roto, dependiente de ella, pero separado por un abismo de mentiras que Sergio se había encargado de construir ladrillo a ladrillo.
Inés se golpeó el pecho con el puño cerrado, castigándose. Quería entrar corriendo, abrazarlo, gritarle “¡Soy yo! ¡Soy tu mamá, mi amor!”. Pero el terror la paralizaba. ¿Qué pensaría él? Para Diego Rubín, heredero de un imperio, ella no era más que una vieja loca del monte, una bruja sucia y pobre. Y peor aún… ¿qué le había dicho Sergio? Si le decía la verdad, probablemente pensaría que era una estafadora intentando sacarle dinero, o una demente.
Se obligó a respirar. Una, dos, tres veces. Se limpió la cara con el borde de su falda, se arregló el cabello revuelto y compuso la máscara que había usado durante tres décadas: la máscara de piedra, de indiferencia.
—Cálmate, Inés —se ordenó en voz baja—. Si te descubres, lo pierdes para siempre. Cúrate el corazón después, ahora tienes que curarle la cabeza a él.
Regresó a la cabaña con paso lento, cargando un cubo de agua fresca del pozo para justificar su ausencia. Al entrar, la penumbra del interior contrastaba con la luz cegadora de la tarde. Diego seguía ahí, intentando incorporarse en el catre, con una mano en la sien.
—Pensé que me había dejado solo —dijo él, con una sonrisa débil que intentaba ser encantadora pero solo lograba transmitir dolor.
—Fui por agua fresca. El agua del río no sirve para lavar heridas, trae mucha porquería —respondió Inés, dándole la espalda para que no viera sus ojos rojos—. Tómese esto. Es un té de corteza de sauce y hierba de golpe. Le va a quitar el dolor y la fiebre.
Diego miró la taza de barro despostillada con desconfianza. El líquido era oscuro y olía a tierra y amargura.
—¿Es seguro? Digo… no es que desconfíe, pero mi médico en la ciudad me tiene prohibido…
—Mire, joven —lo interrumpió Inés, girándose bruscamente y clavándole la mirada—. Si quisiera matarlo, lo hubiera dejado en el río para que se lo comieran los caimanes. Bébase eso o aguántese el dolor como los machos. Aquí no hay farmacias ni doctores de bata blanca.
Diego parpadeó, sorprendido por la ferocidad de la mujer, y luego soltó una risita nerviosa.
—Tiene carácter, doña… ¿cómo dijo que se llamaba?
Inés sintió un nudo en la garganta. Su nombre. Su verdadero nombre era un peligro.
—Me dicen Inés.
—Mucho gusto, Inés. Yo soy Diego. Pero creo que eso ya se lo dije antes de casi desmayarme. —Diego tomó el té de un trago, haciendo una mueca de asco—. ¡Diablos! Sabe a rayos.
—Lo que cura no tiene por qué saber a dulce.
Inés se sentó en un banco de madera frente a él y comenzó a revisar la herida nuevamente. Sus manos, aunque toscas por el trabajo, se movían con una delicadeza infinita sobre la piel de su hijo. Al tocar su frente, sintió la fiebre incipiente.
—Tiene calentura. Se va a tener que quedar aquí esta noche. No está en condiciones de caminar hasta el pueblo, y ya va a caer la tormenta.
—No puedo —Diego intentó levantarse, alarmado—. Mi padre… si no llego a cenar, va a armar un escándalo. Va a mandar a la policía, a la marina, a medio mundo. No le gusta que se pierda el control de nada.
—Pues que mande a quien quiera. Con la lluvia que viene, nadie sube al monte. Y usted, con ese golpe, si camina dos kilómetros se me muere en el camino por un derrame. ¿Quiere eso? ¿Quiere que su padre lo encuentre frío en una zanja?
Diego se dejó caer de nuevo, derrotado.
—Tiene razón. Maldita sea. —Cerró los ojos, suspirando con frustración—. Es que usted no lo conoce. Sergio Rubín no es un hombre al que se le hace esperar. Es… intenso.
Inés sintió que el momento había llegado. Tenía que saber. Tenía que escuchar la versión de la historia que le habían contado a su hijo, por mucho que le doliera.
—Se ve que le tiene mucho miedo a su papá —dijo ella, fingiendo desinterés mientras exprimía un trapo húmedo—. ¿Tan malo es?
—No es que sea malo —Diego dudó, buscando las palabras—. Es… exigente. Me dio todo. Las mejores escuelas, viajes, coches, dinero… Nunca me faltó nada material. Él se hizo cargo de mí solo.
—¿Solo? —Inés contuvo la respiración—. ¿Y su madre? ¿Se murió?
La pregunta quedó flotando en el aire pesado de la cabaña. Diego abrió los ojos y miró al techo de lámina, donde las primeras gotas de lluvia empezaban a repiquetear. Su expresión cambió. La molestia desapareció y dio paso a una tristeza profunda, antigua.
—No —dijo suavemente—. No se murió. Ojalá se hubiera muerto. Hubiera sido más fácil de perdonar.
Inés sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el estómago.
—¿Por qué dice eso, muchacho? Una madre es sagrada.
—No todas, Inés. No todas. —Diego giró la cabeza para mirarla, y en sus ojos había un resentimiento que heló la sangre de Inés—. Mi madre nos abandonó cuando yo tenía cuatro años. Se fue con un amante. Se largó con un tipo que tenía más dinero que mi papá en ese entonces, o eso creía ella. Vació las cuentas, se llevó las joyas y me dejó ahí, tirado en el jardín como un juguete viejo.
Inés tuvo que morderse el labio inferior tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre.
—¿Eso… eso le contó su padre? —preguntó con voz temblorosa.
—No solo me lo contó. Lo sé. Crecí viéndolo sufrir, viéndolo trabajar como un animal para darnos lo que ella nos robó. Mi padre me enseñó que ella era una mujer débil, ambiciosa, una… —Diego se detuvo, avergonzado de usar esa palabra frente a una señora mayor—. En fin. Nunca llamó. Nunca escribió. Treinta años, Inés. Treinta años y ni una sola tarjeta de cumpleaños. Si una madre ama a su hijo, no desaparece así, ¿verdad?
Inés se levantó de golpe. El banco de madera chirrió contra el suelo. No podía soportarlo. Escuchar su propia historia retorcida, convertida en un arma para que su propio hijo la odiara, era demasiado. Sergio había ganado. Había asesinado su memoria.
—Voy a ver si ya hirvió los frijoles —dijo atropelladamente, dándole la espalda.
—¿Dije algo malo? —preguntó Diego, extrañado por la reacción brusca.
—No… no. Es que… no me gustan esas historias. Hay gente muy mala en el mundo.
—Sí que la hay —murmuró Diego, acomodándose en la almohada—. Por eso mi papá dice que no hay que confiar en nadie. Especialmente en las mujeres que parecen mosquitas muertas.
Inés se refugió en el rincón donde tenía su pequeño fogón de leña. Las lágrimas le caían silenciosamente sobre la olla de barro. Quería gritarle que era mentira. Quería decirle que Sergio la había amenazado de muerte, que la había echado a la calle sin un centavo, que había intentado contactarlo mil veces pero que las cartas eran devueltas y las llamadas bloqueadas.
Pero, ¿quién le creería?
Él: el joven rico, educado, con el cerebro lavado por su padre héroe.
Ella: la vieja ermitaña, vestida con harapos, que vivía en una choza.
Su verdad sonaría a locura.
“Por ahora”, pensó Inés, secándose las lágrimas con furia. “Por ahora me tragaré el veneno. Pero te juro, hijo mío, que te voy a cuidar. Aunque me odies por un pecado que no cometí”.
Afuera, el cielo se rompió y la tormenta cayó con furia sobre la sierra, aislando a madre e hijo del resto del mundo, encerrándolos en una burbuja de verdades a medias y dolor compartido.
CAPÍTULO 4: LA SOMBRA DEL PADRE
La noche cayó sobre la sierra como un manto espeso y negro, solo roto por los relámpagos que iluminaban brevemente las rendijas de las paredes de madera. La lluvia golpeaba el techo de lámina con una violencia ensordecedora, convirtiendo la cabaña en una pequeña isla en medio del caos.
Adentro, la atmósfera era íntima, casi uterina. La única luz provenía de una lámpara de aceite colgada de una viga y del resplandor anaranjado de las brasas en el fogón. El olor a leña quemada, a tierra mojada y al caldo de pollo que Inés había preparado llenaba el pequeño espacio, creando una sensación de hogar que Diego no había sentido en años, ni siquiera en su ático de Polanco con calefacción central y chef privado.
Diego despertó de un sueño intermitente. La fiebre había bajado un poco gracias al té amargo, pero el dolor de cabeza persistía como un latido sordo. Se incorporó sobre los codos y vio a Inés sentada junto al fuego, desgranando maíz en una cesta. La luz de las llamas bailaba sobre su rostro, marcando aún más las arrugas profundas, pero también suavizando su expresión. Había algo en ella… una paz antigua, una solidez que lo hacía sentir extrañamente seguro.
—Huele rico —dijo Diego, su voz ronca rompiendo el silencio.
Inés levantó la vista y sonrió levemente. No era la sonrisa de una extraña.
—Es caldo de pollo de patio. Con hierbabuena y un poco de chile para que sude la fiebre. Ya está listo.
Se levantó y sirvió un plato de barro humeante. Se acercó al catre y se lo ofreció junto con una tortilla hecha a mano, gruesa y caliente.
—Coma. Necesita fuerzas.
Diego tomó la cuchara y probó el caldo. El sabor explotó en su boca. Era simple, rústico, pero increíblemente reconfortante. Le supo a infancia, a algo que no recordaba haber vivido pero que su alma añoraba.
—Está… increíble. Gracias. —Comió con avidez, dándose cuenta de que estaba hambriento—. No sabe cuánto se lo agradezco, Inés. De verdad. No sé qué hubiera hecho si usted no aparecía.
Inés se sentó de nuevo en su banco, observándolo comer con una atención que a Diego le pareció curiosa, pero no invasiva.
—El río da y el río quita —dijo ella enigmáticamente—. Hoy le tocó darte una segunda oportunidad. No la desperdicies.
Diego dejó la cuchara un momento y la miró.
—¿Sabe? Es raro. En mi mundo, en la ciudad… si alguien te ayuda, siempre espera algo a cambio. Siempre hay una factura, un favor pendiente. Usted me salvó la vida, me está dando de comer, me está cuidando… y ni siquiera sabe si tengo dinero para pagarle.
—El dinero no sirve de mucho aquí arriba cuando el río crece —respondió Inés secamente—. Y no quiero tu dinero, muchacho. Solo quiero que te cures y te vayas sano.
—¿Por qué vive aquí sola? —preguntó Diego, la curiosidad ganándole al dolor—. Se ve que es una mujer que sabe cosas, que ha vivido. ¿Por qué esconderse en el fin del mundo?
Inés se tensó. Tomó un leño y lo arrojó al fuego con fuerza, haciendo saltar chispas.
—No me escondo. Vivo. Aquí nadie me dice qué hacer. Nadie me juzga por lo que tengo o no tengo. En la ciudad… la ciudad es una jaula, muchacho. A veces de oro, a veces de hierro, pero una jaula al fin.
Diego bajó la mirada a su plato. Las palabras de la anciana resonaron en él con una fuerza inesperada.
—Una jaula de oro… —murmuró—. Así se siente mi vida a veces.
—¿A pesar de tenerlo todo? —Inés lo provocó suavemente, queriendo que hablara, que sacara el veneno—. ¿A pesar del papá poderoso y el dinero?
Diego soltó una risa amarga.
—Especialmente por eso. Mi padre… Sergio… él planea cada minuto de mi vida. Qué estudio, dónde trabajo, con quién me caso.
—¿Te vas a casar? —Inés sintió un vuelco en el corazón. Se estaba perdiendo toda la vida de su hijo.
—Él quiere que me case con la hija de un socio. Una chica linda, sí, pero… no la quiero. No tenemos nada en común. Pero a Sergio no le importa el amor. Dice que el amor es para los pobres y los tontos. Que el matrimonio es una alianza estratégica.
—¿Y tú qué dices? —preguntó Inés, inclinándose hacia adelante.
Diego miró el fuego, perdido en sus pensamientos.
—Yo digo que soy un cobarde. Porque nunca le digo que no. Porque tengo miedo de que si le llevo la contraria, me va a cortar. No el dinero… sino el afecto. O lo poco que queda de él. Es lo único que tengo, Inés. Mi única familia. Si pierdo a mi papá, estoy solo en el mundo.
Inés sintió una lágrima rodar por su mejilla y se la limpió rápidamente fingiendo que era humo en los ojos.
—No estás solo —dijo con voz firme, casi feroz—. Uno nunca está solo si se tiene a sí mismo. Y a veces… a veces la familia no es la sangre. A veces la familia es la que uno escoge, o la que la vida te pone en el camino.
Diego la miró, sorprendido por la intensidad de sus palabras. Hubo un momento de silencio, cargado de electricidad. Él sintió una conexión inexplicable con esa mujer desconocida. Sentía que podía contarle cualquier cosa, que ella lo entendía mejor que las personas que conocía de toda la vida.
—Me recuerda a alguien —dijo Diego de repente, entrecerrando los ojos, tratando de capturar un recuerdo borroso—. No sé a quién. Pero hay algo en su voz… en cómo me mira. Es como si…
El corazón de Inés se detuvo. ¿La estaba reconociendo? ¿A pesar de las arrugas, de las canas, de la pobreza?
—Me recordará a su abuela, seguro —dijo ella rápido, levantándose para recoger el plato vacío—. Las viejas todas nos parecemos.
—No —insistió Diego, siguiéndola con la mirada—. Es algo más. ¿Sabe? A veces sueño con mi madre. No recuerdo su cara, mi padre quemó todas las fotos. Pero recuerdo una canción. Una canción que me cantaba cuando tenía miedo.
Inés se congeló de espaldas a él. Sus manos temblaban sobre el plato de barro. Sabía qué canción era. “Duerme negrito”. Se la cantaba todas las noches porque era la única que lograba calmarlo cuando tenía cólicos.
—¿Ah, sí? —dijo ella con un hilo de voz—. ¿Y cómo iba?
Diego tarareó torpemente una melodía. Desafinada, rota por el tiempo, pero inconfundible.
—Duerme, duerme negrito… que tu mamá está en el campo… —cantó él en voz baja, con una tristeza infinita.
Inés cerró los ojos y mordió su puño para no sollozar. Sintió el impulso irresistible de terminar la estrofa, de cantar con él, de abrazarlo y mecerlo como cuando era un bebé. Pero sabía que eso rompería la realidad.
—Bonita canción —dijo ella, con la voz quebrada—. Muy popular. Seguro la escuchó en la radio.
—Supongo —dijo Diego, decepcionado, dejándose caer en la almohada—. Supongo que sí.
El cansancio lo venció de nuevo. Sus ojos se cerraron.
—Gracias, Inés. Por la cena. Por escucharme. Mañana… mañana me iré. Mi padre ya debe estar moviendo cielo y tierra.
—Duerme, muchacho. Mañana será otro día.
Inés esperó a que la respiración de Diego se volviera profunda y rítmica. Solo entonces se acercó al catre. Se arrodilló en el suelo de tierra junto a él. Con una mano temblorosa, acarició el aire sobre su rostro, sin atreverse a tocarlo, trazando el contorno de su mejilla, de su nariz, de ese lunar en el cuello.
—Mi niño —susurró tan bajito que ni el viento pudo oírla—. Mi Dieguito. No sabes cuánto te he extrañado. Perdóname por no ser valiente. Perdóname por dejarte con ese monstruo.
Se inclinó y besó suavemente su frente afiebrada.
—Pero ya estás aquí. Y esta vez, no voy a dejar que te lleve sin pelear. Aunque tenga que enfrentarme al mismo diablo. Aunque tenga que decirte quién soy y ver cómo me odias. Te voy a salvar, hijo mío. Te voy a salvar de él.
Afuera, un relámpago iluminó el cielo, y por un segundo, la sombra de Inés proyectada en la pared pareció gigantesca, como la de una guerrera antigua preparándose para la batalla final. Pero a lo lejos, el sonido de un helicóptero comenzaba a mezclarse con el trueno. La búsqueda había comenzado. La “Sombra del Padre” se acercaba, y traía consigo todo el peso del pasado para aplastarlos de nuevo.
CAPÍTULO 5: LA PAZ EN MEDIO DE LA NADA
La mañana llegó a la sierra con una calma engañosa. Después de la tormenta nocturna, el aire olía a tierra mojada, a pino y a leña quemada. La niebla se arrastraba baja sobre el río Bobos, ocultando las cicatrices que la crecida había dejado en las orillas.
Inés llevaba despierta desde antes del amanecer. No había pegado el ojo en toda la noche, vigilando la fiebre de Diego, cambiando los trapos húmedos de su frente y escuchando cada suspiro, cada murmullo que salía de sus labios en sueños. A veces, él llamaba a alguien. A veces decía “Papá, no”. Otras veces solo gemía como un niño pequeño asustado. Para Inés, cada sonido era una puñalada de realidad: ese hombre de treinta años, fuerte y barbado, seguía siendo su niño herido por dentro.
Salió al pequeño porche de madera para echarle maíz a las gallinas. El movimiento repetitivo de lanzar los granos la calmaba.
—Quietas, condenadas, hay para todas —murmuró, espantando a un gallo atrabancado.
—Buenos días… o lo que sean.
La voz la sobresaltó. Inés giró rápido, casi tirando la cubeta de peltre.
Diego estaba recargado en el marco de la puerta. Se veía pálido, y el vendaje casero en su cabeza tenía una pequeña mancha de sangre seca, pero estaba de pie. Llevaba puesta una camisa de franela vieja que perteneció al abuelo de Inés, que le quedaba un poco corta de mangas, dándole un aspecto vulnerable, lejos de la imagen del “junior” prepotente que había llegado en la lancha.
—¿Qué hace levantado? —le regañó Inés con esa brusquedad que usaba para ocultar su cariño—. Le dije que se quedara quieto. El golpe no fue cualquier cosa, muchacho. Se le va a venir el mundo encima si se marea.
—Ya se me vino encima ayer, ¿no? —Diego intentó sonreír, pero hizo una mueca al tocarse la sien—. Me siento mejor. El hambre me levantó. Ese caldo que me dio anoche… creo que me resucitó.
Caminó con paso inseguro hacia la barandilla del porche y miró el paisaje. La selva se extendía infinita, verde y vibrante, bajo el sol de la mañana. El río rugía abajo, poderoso.
—Es… impresionante —murmuró Diego—. Nunca había visto algo así. Digo, he estado en hoteles ecológicos en Tulum y en cabañas en Suiza, pero esto… esto es real. Se siente salvaje.
—Es salvaje —corrigió Inés, volviendo a tirar maíz—. Aquí si te descuidas, te come el monte o te lleva el agua. No es Disneylandia, joven.
—Diego. Por favor, dígame Diego. Después de que me salvó la vida y me limpió los mocos anoche, creo que el “joven” sobra.
Inés se detuvo. Escuchar su nombre en sus labios, dicho con esa familiaridad, le calentó el pecho.
—Está bien, Diego. Siéntese ahí en la banca. Voy a hacer café de olla y unas gorditas de nata. ¿Le gustan?
Los ojos de Diego se iluminaron.
—¿De nata? Uf, mataría por una. En mi casa… bueno, el chef me pone claras de huevo y jugo verde. Dice mi papá que los carbohidratos nos hacen lentos.
—Su papá dice muchas tonterías —soltó Inés sin pensar. Se mordió la lengua de inmediato.
Diego la miró, curioso, pero no ofendido.
—Sí… a veces creo que sí.
El desayuno fue un ritual silencioso al principio. Inés servía café humeante en jarritos de barro y colocaba las gorditas recién salidas del comal, infladitas y doradas. Diego comía con una avidez que no tenía nada que ver con el hambre física y todo que ver con un hambre espiritual.
—Esto es lo mejor que he comido en años —dijo con la boca llena, limpiándose una migaja de la barba—. Neta. Ni en el Pujol me ha sabido así la comida.
—Es porque aquí se cocina con tiempo, no con prisa —respondió Inés, sentándose frente a él con su propia taza—. En la ciudad todo es carrera. Aquí el tiempo es otro.
—¿No se siente sola? —preguntó él de repente, mirándola a los ojos—. Digo, vive aquí, sin luz, sin internet, sin nadie. Yo me volvería loco en dos días. Necesito el ruido, el teléfono, saber qué está pasando en la bolsa, en la empresa…
—¿Y eso lo hace feliz? —Inés lo interrumpió suavemente.
Diego se quedó callado. Bajó la taza.
—No sé. Se supone que debería. Tengo todo lo que cualquiera quisiera. Coches, lana, mujeres… pero… —suspiró, frustrado—. Siento que estoy actuando un papel. Como si mi vida fuera una película que dirige mi papá y yo solo digo mis líneas. “Sí, papá”. “Claro, papá”. “Firmo aquí, papá”.
—Entonces no es vida, es teatro —sentenció Inés.
—Exacto. Teatro. —Diego se pasó la mano por el cabello—. Ayer, cuando el bote volcó… hubo un segundo, justo antes de pegar contra el agua, en que pensé: “Ya está. Se acabó”. Y ¿sabe qué sentí, Inés?
Inés apretó sus manos bajo la mesa, temiendo la respuesta.
—¿Miedo?
—Alivio —confesó Diego, bajando la voz—. Sentí alivio. Pensé: “Por fin voy a dejar de intentar complacerlo. Por fin voy a descansar”. Qué jodido, ¿no? Tener treinta años y sentir alivio de morirse.
Inés sintió que se le rompía el corazón en mil pedazos. Quiso levantarse, abrazarlo, acunarlo contra su pecho y decirle que todo iba a estar bien. Pero no podía. Aún no.
—Nadie debería sentir eso, mijo —se le escapó el “mijo”, pero Diego no pareció notarlo—. La vida es un regalo, aunque a veces venga envuelta en papel de lija. Usted tiene salud, es joven… tiene opciones.
—¿Opciones? —Diego soltó una risa amarga—. Con Sergio Rubín no hay opciones. O estás con él, o estás contra él. Y si estás contra él… te aplasta. Como aplastó a mi madre.
El aire se tensó de nuevo.
—¿Cómo sabe que la aplastó? —preguntó Inés con cautela—. Anoche dijo que ella se había ido con otro, que era una ladrona.
—Eso dice él. Pero… —Diego dudó. Miró hacia el río—. A veces, cuando se emborracha… dice cosas. Murmura. Una vez lo escuché gritándole a un abogado por teléfono, hace años. Decía: “A esa perra no la dejen acercarse. Si la ven cerca del colegio, la encierran. Que se muera de hambre”.
Inés cerró los ojos, recordando el terror de esos días.
—Entonces… no se fue porque quiso —sugirió ella.
—No lo sé —Diego se frotó la cara con cansancio—. Una parte de mí quiere creer que no. Que me quería. Pero si me quería, ¿por qué nunca luchó? ¿Por qué no rompió las puertas? Yo hubiera roto puertas por mi hijo.
—A veces las puertas son de acero, Diego. Y una madre sola, sin dinero, contra un gigante… a veces romperse las manos golpeando la puerta no sirve de nada si te van a matar antes de que la abras.
Diego la miró fijamente. Hubo un brillo de entendimiento en sus ojos, una chispa de curiosidad.
—Habla como si supiera de lo que hablo. Como si la conociera.
Inés sostuvo su mirada, sintiendo que el momento se acercaba peligrosamente.
—Conozco el dolor, Diego. Y conozco a los hombres poderosos que creen que son dueños de las personas.
En ese momento, un sonido lejano rompió la intimidad de la mañana. Un zumbido rítmico, creciente, que venía del cielo. Tuc-tuc-tuc-tuc.
Diego se tensó como un resorte.
—Helicóptero —dijo, poniéndose de pie de un salto—. Debe ser seguridad privada. Mi papá me encontró.
El ruido se hizo ensordecedor. El viento de las aspas empezó a sacudir las copas de los árboles y levantó polvo en el patio de tierra. Las gallinas corrieron despavoridas.
—Se acabó la paz —dijo Diego con tristeza, mirando al cielo—. Ya vienen por mí.
Inés se puso de pie, alisándose el delantal con manos temblorosas.
—Que vengan —dijo con una dignidad que sorprendió a Diego—. Esta es mi casa. Aquí nadie entra sin permiso, tengan helicóptero o no.
CAPÍTULO 6: LA VERDAD EN LA MESA
El helicóptero no pudo aterrizar cerca; la zona era demasiado agreste. Se quedó suspendido un momento sobre el claro, como un depredador metálico, antes de alejarse hacia la planicie más cercana, a un kilómetro río abajo.
—Van a venir caminando —dijo Diego, resignado—. Tengo una hora, quizás menos, antes de que este lugar se llene de guaruras armados y mi papá llegue gritando órdenes.
—Entonces siéntese —ordenó Inés—. No se va a ir con el estómago a medio llenar. Si vienen, que esperen.
Regresaron a la mesa, pero la atmósfera había cambiado. La urgencia del tiempo flotaba entre ellos. Diego ya no comía; jugaba con un pedazo de tortilla, deshaciéndolo con los dedos.
—Inés… —empezó él, sin levantar la vista—. Gracias. De verdad. No solo por salvarme del río. Sino por… esto. Por escucharme. En la ciudad, nadie escucha. Todos esperan su turno para hablar. Usted me escuchó.
—Es lo menos que uno puede hacer por otro ser humano —respondió ella, sirviéndole más café para ganar tiempo—. Escuchar cura más que las medicinas.
—Sabe… he estado pensando —Diego levantó la vista, y sus ojos brillaban con una determinación nueva—. No quiero regresar así nada más. No quiero volver a la oficina el lunes y fingir que no pasó nada. Este lugar… tiene algo.
Miró alrededor de la cabaña humilde. Las paredes de madera ahumada, las hierbas secas colgadas del techo, el catre sencillo.
—Podría comprar este terreno —dijo de repente, con el entusiasmo de su clase social—. No, espere, no me malinterprete. No para echarla. Para construir algo juntos. Un refugio. Un lugar donde la gente venga a desconectarse de verdad. Sin señal, sin lujos estúpidos. Solo río, selva y su comida.
Inés soltó una risa seca, triste.
—¿Un hotel, Diego? ¿Aquí?
—No un hotel. Un santuario. Y usted sería la jefa. Yo pondría el capital, pero usted mandaría. Sería socia. Nunca más tendría que preocuparse por dinero, Inés. Podría tener una casa mejor, luz, agua…
—Yo no necesito nada de eso, muchacho.
—Pero se lo merece. Es una mujer buena. Y… —Diego bajó la voz—. Me cae bien. Me recuerda a… no sé. Siento que la conozco de siempre. Es una locura, ¿verdad?
Inés sintió que el aire se le escapaba.
—No es locura —susurró.
—¿Sabe qué es lo más triste? —continuó Diego, ignorando su susurro, atrapado en su propia catarsis—. Que usted, una desconocida en medio de la nada, me ha tratado con más cariño en 24 horas que mi propia madre en toda mi vida. Según mi papá, ella ni siquiera me amamantó. Decía que se le iban a caer los pechos. Que le daban asco los bebés.
Inés sintió un golpe físico en el pecho. La mentira era tan vil, tan grotesca. Recordó las noches en vela con él en brazos, el dolor de los pezones agrietados que soportaba con alegría solo para alimentarlo, las canciones, los besos en sus pies gorditos.
—¡Mentira! —el grito salió de su garganta antes de que pudiera detenerlo. Fue un grito visceral, animal.
Diego se sobresaltó, tirando la taza de café. El líquido oscuro se derramó sobre la mesa de madera.
—¿Inés? ¿Qué le pasa?
Inés se puso de pie, temblando de pies a cabeza. Las lágrimas que había contenido durante treinta años rompieron el dique. Ya no podía más. El plan de ocultarse, de protegerlo con el silencio, se desmoronó ante la infamia de las mentiras de Sergio.
—¡Es mentira! —repitió, con la voz rota por el llanto—. ¡Ella te amaba! ¡Te amaba más que a su propia vida! ¡Nunca le diste asco! ¡Eras su sol, su cielo, su todo!
Diego se levantó lentamente, retrocediendo un paso, asustado por la intensidad de la mujer.
—Inés… tranquilícese. ¿Cómo puede saber eso? Usted no la conoció.
Inés lo miró a través de las lágrimas. Se arrancó el rebozo negro que siempre llevaba, como si se quitara una mortaja. Se acercó a él, ignorando su miedo.
—¡Mírame, Diego! —sollozó—. ¡Mírame bien! ¡Olvídate de las arrugas, olvídate de los trapos viejos! ¡Mírame a los ojos!
Diego la miró. Realmente la miró. Y entonces, el velo empezó a caer. Esos ojos. Esa forma de fruncir el ceño. La voz… esa voz que le había cantado en sueños.
—No… —susurró él, pálido como el papel—. No puede ser.
—¡Sí puede ser! —Inés se golpeó el pecho—. ¡Sergio te mintió! ¡Te mintió en todo! No me fui con un amante, me fui porque me estaba matando en vida, ¡pero te quería llevar conmigo! ¡Él me lo impidió! ¡Me echó a la calle como a un perro y me amenazó con matarte si me acercaba!
—¿Tú…? —Diego se apoyó en la mesa, sintiendo que el mundo giraba—. ¿Tú eres…?
—Soy yo, mi amor. Soy Inés. Soy tu mamá.
El silencio que siguió fue absoluto, más pesado que la tormenta, más ruidoso que el helicóptero. Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos.
Diego negaba con la cabeza, una y otra vez.
—No… mi madre está en Europa. O muerta. Mi padre dijo…
—Tu padre es un demonio, Diego. Un demonio con traje de seda. Mírame el lunar —Inés se señaló su propio cuello, donde no había nada, pero luego señaló el de él—. Tienes el lunar de mi padre, tu abuelo Ramón. Tienes mis manos. Y esa cicatriz en la barbilla… te la hiciste con la bicicleta roja que te regalamos en Navidad cuando cumpliste tres años. Lloraste tres horas y solo te calmaste cuando te canté Duerme Negrito.
La mención de la bicicleta y la canción fue la llave que abrió la cerradura oxidada de la memoria de Diego. Un flashazo. Él, pequeño, llorando. Unos brazos cálidos. Olor a lavanda y a leche. Una voz suave cantando.
Esa voz.
Diego miró a la anciana frente a él. Ya no veía a la bruja del río. Veía el fantasma de su infancia.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo de tierra, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Mamá! —el grito fue desgarrador, un lamento de niño atrapado en el cuerpo de un hombre.
Inés se arrojó al suelo con él. Lo abrazó con una fuerza desesperada, envolviéndolo, meciéndolo.
—Aquí estoy, mi vida. Aquí estoy. Perdóname. Perdóname por tardar tanto. Perdóname por dejarte solo.
—¡Me dijeron que no me querías! —sollozó Diego, aferrándose a su ropa vieja como un náufrago a una tabla—. ¡Crecí creyendo que era un estorbo!
—Nunca. Nunca fuiste un estorbo. Eras mi luz. Fuiste lo único bueno que saqué de esa casa maldita. Te busqué, te juro que te busqué, pero él tenía tanto poder… y yo tenía tanto miedo…
Se quedaron ahí, abrazados en el suelo sucio, llorando treinta años de ausencia. Madre e hijo, reunidos por un capricho del río, lavando con lágrimas las mentiras que los habían separado.
Afuera, los gritos de los hombres de seguridad se empezaron a escuchar cerca.
—¡Señor Diego! ¡Señor Diego! —voces autoritarias, rompiendo la magia.
Diego se separó un poco de ella, con los ojos rojos e hinchados. La miró con una intensidad nueva, feroz.
—Están aquí —dijo, secándose las lágrimas con rabia—. Los hombres de mi padre.
—Tienes que irte —dijo Inés, acariciándole la cara—. Si te ven conmigo… si él sabe que me encontraste… te va a hacer daño. O a mí. Vete, hijo. Haz como que no pasó nada. Yo me quedaré aquí. Saber que estás vivo y que sabes la verdad me basta.
Diego se puso de pie y ayudó a Inés a levantarse. Su postura había cambiado. Ya no era el niño herido. Era un hombre que acababa de descubrir quién era el verdadero enemigo.
—No —dijo con voz gélida, una voz que recordaba a la de Sergio, pero cargada de una justicia nueva—. No me voy a ir a ningún lado sin ti. Y no voy a fingir nada.
—Diego, es peligroso…
—Se acabó el miedo, mamá —tomó las manos callosas de Inés entre las suyas—. Treinta años te escondiste. Treinta años me mintió. Hoy se acaba la farsa.
La puerta de la cabaña se abrió de golpe. Tres hombres vestidos de negro, con armas holgadas y radios, entraron apuntando con linternas tácticas a pesar de ser de día.
—¡Señor Diego! —gritó el primero, bajando el arma al verlo—. ¡Gracias a Dios! Su padre está histérico. El helicóptero espera. Vámonos, rápido.
Miraron a Inés con desprecio.
—¿Esta vieja le hizo algo? ¿Le robó?
Uno de los guardias avanzó hacia Inés, empujándola con el hombro.
—Quítese, señora. A un lado.
—¡No la toques! —el grito de Diego resonó como un trueno.
El guardia se detuvo, sorprendido.
—Señor, solo queremos sacarlo de este agujero…
—Este “agujero” —dijo Diego, poniéndose frente a Inés, cubriéndola con su cuerpo— es la casa de mi madre. Y más les vale que la traten con el respeto que se merece la señora Rubín. O juro por Dios que los despido a todos y me aseguro de que no vuelvan a trabajar ni de franeleros.
Los guardias intercambiaron miradas confusas y aterradas.
—¿Su… su madre, señor? ¿La difunta?
Diego sonrió, una sonrisa fría y peligrosa.
—No estaba muerta. Solo estaba esperando. Y ahora, vamos a ver a mi padre. Mamá —se giró hacia Inés y le ofreció el brazo, como un caballero invitando a una dama a un baile—, ¿nos vamos a casa? O mejor dicho… ¿vamos a recuperar lo que es nuestro?
Inés miró a su hijo. Vio la fuerza en sus ojos, la determinación. El miedo seguía ahí, agazapado en su estómago, pero por primera vez en tres décadas, la esperanza rugía más fuerte.
Se alisó el pelo, levantó la barbilla y tomó el brazo de su hijo.
—Vamos, hijo. Tenemos una larga plática pendiente con tu padre.
PARTE 3: EL JUICIO FINAL
CAPÍTULO 7: EL REGRESO DEL FANTASMA
El vuelo en helicóptero fue un viaje surrealista a través del tiempo y el espacio. Inés, la mujer que había vivido tres décadas con los pies hundidos en el lodo del río y las manos curtidas por el trabajo, ahora miraba las nubes desde asientos de cuero color crema, sosteniendo la mano de un hombre que vestía harapos pero que emanaba un poder que ella había olvidado.
Diego no soltó su mano ni un solo segundo. Mantenía la mirada fija en el horizonte, con la mandíbula tensa, masticando una rabia fría. Los guardias de seguridad, incómodos y silenciosos, evitaban mirar a la “vieja sucia” que el heredero del imperio Rubín trataba como a una reina.
Cuando la Ciudad de México apareció bajo ellos, una mancha gris y gigantesca devorando el valle, Inés sintió que el aire le faltaba.
—Es el monstruo —susurró, pegándose a la ventanilla.
Diego le apretó la mano.
—Ya no, mamá. Ahora tú eres más grande que el monstruo. No vas sola.
El helicóptero descendió sobre el helipuerto privado de la Torre Rubín, el rascacielos de cristal negro en Santa Fe que servía de cuartel general y, a veces, de residencia para Sergio. El viento de las aspas azotó el vestido viejo de Inés, pero ella bajó con la cabeza en alto. Ya no tenía nada que perder; ya lo había perdido todo y, milagrosamente, lo había recuperado.
—Mi padre está en el penthouse —dijo Diego al jefe de seguridad—. Avísale que subo. Y que no subo solo.
—Señor Diego… su padre está furioso. Tiene a los abogados y a los médicos esperándolo. No creo que sea prudente que la señora…
—Nadie te pidió tu opinión, Ramírez —cortó Diego con una autoridad que hizo que el hombre diera un paso atrás—. Haz lo que te digo.
El elevador privado subió cincuenta pisos en segundos. Cuando las puertas de acero pulido se abrieron, Inés reconoció el olor. No era el olor de la mansión de Las Lomas, pero era el mismo aroma a dinero rancio, a aire acondicionado excesivo y a soledad cara.
Entraron en la inmensa sala de juntas convertida en salón principal. Y allí estaba él.
Sergio Rubín.
Treinta años habían pasado, pero el diablo envejece lento. Su cabello estaba completamente blanco y perfectamente peinado. Su traje italiano impecable no tenía una sola arruga. Estaba de pie junto al ventanal, con un vaso de whisky en la mano, mirando la ciudad que creía poseer.
Al escuchar los pasos, se giró. Su rostro, una máscara de furia contenida, se suavizó apenas un milímetro al ver a Diego, pero sus ojos seguían siendo hielo.
—¡Por fin! —bramó Sergio, dejando el vaso con fuerza sobre una mesa de vidrio—. ¿Tienes idea del circo que tuve que armar? ¡La Marina, la Guardia Nacional! ¡Pensé que te habías matado, inútil! ¡Destrozaste una lancha de medio millón de dólares!
Diego no se inmutó. Caminó hacia el centro de la habitación, llevando a Inés del brazo.
—Estoy vivo, padre. Gracias por preguntar. Un poco golpeado, pero vivo.
Sergio frunció el ceño, notando por primera vez a la figura encorvada junto a su hijo. Su mirada recorrió a Inés con un asco visceral.
—¿Y esto qué es? —preguntó, señalándola con el dedo índice como si fuera una bolsa de basura—. ¿Te golpeaste tan fuerte la cabeza que trajiste a una pordiosera a mi casa? Ramírez, ¡saca a esta vieja de aquí y desinféctala antes de darle unos pesos!
Inés sintió que las rodillas le temblaban. La voz de Sergio todavía tenía ese poder paralizante, ese tono que la hacía sentirse pequeña, insignificante. Bajó la mirada, instintivamente queriendo esconderse.
Pero entonces sintió la mano de Diego apretando su brazo, transmitiéndole fuerza.
—Cuidado cómo le hablas, Sergio —dijo Diego. Su voz no tembló. No gritó. Fue un susurro letal.
Sergio se quedó perplejo. Nadie, nunca, lo llamaba por su nombre. Menos su hijo.
—¿Cómo me llamaste? ¿Te volviste loco? ¡Saca a esa indigente de mi vista ahora mismo!
Diego soltó a Inés suavemente y dio un paso adelante, interponiéndose entre su padre y su madre.
—Mírala bien, papá. Ponte los lentes si los necesitas. Mírala.
Sergio resopló, impaciente, y volvió a mirar a la mujer. Inés, impulsada por la valentía de su hijo, levantó la cara. Apartó los mechones de pelo gris de su frente y clavó sus ojos en los de su ex marido.
Hubo un silencio sepulcral.
El tiempo se congeló.
Los ojos de Sergio se abrieron desmesuradamente. El color huyó de su rostro. El vaso de whisky que había vuelto a tomar resbaló de sus dedos, cayendo sobre la alfombra blanca, manchándola como una herida abierta.
—No… —susurró Sergio, retrocediendo un paso, como si hubiera visto un espectro—. No es posible. Tú estás muerta. O desaparecida. O en el infierno.
—Estoy aquí, Sergio —dijo Inés. Su voz salió ronca, pero clara—. Sobreviví a tu infierno.
—¡Inés! —Sergio pronunció el nombre como una maldición—. ¿Qué broma es esta? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?
Miró a Diego, buscando complicidad, buscando una explicación lógica.
—¿Tú sabías? —preguntó Sergio, con la voz temblando de ira—. ¿Sabías que esta… esta mujer estaba viva?
—Me enteré ayer —dijo Diego, cruzándose de brazos—. Cuando me salvó la vida. Cuando me sacó del río donde casi me mato por tu estupidez de lancha. Y ¿sabes qué es lo curioso, papá? Que en 24 horas, ella me ha contado más verdades que tú en 30 años.
Sergio recuperó la compostura. Su mente de tiburón financiero empezó a trabajar a mil por hora. Negación. Ataque. Control de daños.
Se alisó el saco y soltó una risa nerviosa, cruel.
—Ah, ya veo. Ya veo por dónde va esto. —Caminó alrededor de ellos, como un depredador—. La vieja táctica. La madre sufrida aparece de la nada cuando ve que el hijo tiene dinero. ¡Bravo, Inés! ¡Siempre fuiste una actriz mediocre, pero esto supera tus estándares!
Se acercó a Diego, ignorando a Inés.
—Hijo, escúchame. Estás confundido. El golpe en la cabeza te tiene vulnerable. Esta mujer es una oportunista. Te dije que nos abandonó. Se largó con un tipo, se llevó el dinero…
—¡Cállate! —gritó Inés.
El grito resonó en el salón de cristal. Fue tan potente que Sergio se detuvo en seco.
Inés avanzó, con el dedo en alto, temblando de rabia pura.
—¡Miente todo lo que quieras sobre mí, Sergio! ¡Di que soy fea, que soy pobre, que soy ignorante! ¡Pero no te atrevas a decirle a mi hijo que no lo amé!
—¡Lo abandonaste! —rugió Sergio, perdiendo los estribos, su cara roja de furia—. ¡Te fuiste!
—¡Me echaste! —contestó ella, y esta vez no hubo miedo, solo fuego—. ¡Me echaste a la calle sin nada! ¡Me amenazaste con matarlo si me acercaba! “Si cruzas esa puerta, no lo vuelves a ver”. ¿Te acuerdas, Sergio? ¿Te acuerdas de cómo te reías mientras cargabas a Dieguito para que no corriera hacia mí?
Sergio bufó, despectivo.
—Lo hice por su bien. Eras una inútil. Un lastre. Mírate ahora. Mírate, Inés. Das pena. Eres una vieja de monte. ¿Qué le puedes ofrecer a un hombre como Diego? ¿Miseria? ¿Pulgas? Yo lo hice un príncipe. Yo le di el mundo.
—Le diste una jaula —intervino Diego, su voz cortante como el hielo—. Me diste cosas, papá. Cosas caras. Pero me quitaste a mi madre. Me robaste mi historia. Me hiciste creer que no era digno de ser amado.
—¡Te di un imperio! —gritó Sergio, golpeando la mesa—. ¡Todo esto es para ti! ¡Eres un Rubín! ¡No puedes mezclarte con esta gente!
—Esta “gente” es mi madre —dijo Diego, parándose hombro con hombro junto a Inés—. Y prefiero ser hijo de una vieja de monte que heredero de un mentiroso patológico.
Sergio los miró a los dos. Vio la similitud en sus posturas, en sus ojos desafiantes. Se dio cuenta de que estaba perdiendo el control, y eso lo aterraba más que nada.
—Bien —dijo Sergio, bajando la voz, volviéndose frío y calculador—. Bien. Si eso es lo que quieres, Diego, adelante. Quédate con ella. Pero si sales por esa puerta con esta mujer… te olvidas de todo. Te desheredo. Te quito las cuentas, los coches, las acciones, el puesto en la junta directiva. Te vas a quedar en la calle, igual que ella hace 30 años. A ver cuánto les dura el amor maternal cuando tengan que comer frijoles en una choza.
Sergio sonrió, seguro de su victoria. Nadie renunciaba al dinero. Nadie renunciaba al poder. Era la ley de su mundo.
—Elige, Diego. O el imperio… o la bruja.
CAPÍTULO 8: LA CAÍDA DEL REY
El silencio en el penthouse se hizo denso, pesado. Se podía escuchar el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido acelerado del corazón de Inés.
Ella miró a su hijo. Vio su ropa sucia, su vendaje. Sabía lo que era la pobreza. Sabía lo duro que era vivir sin saber si comerías mañana. No quería eso para él.
—Diego… —susurró Inés, tirando suavemente de su manga—. Diego, no lo hagas. Él tiene razón. No puedes dejar todo esto. Yo… yo estaré bien. Puedo volver al río. Tú quédate. Con que sepas la verdad, me basta. No arruines tu vida por mí.
Sergio sonrió triunfante, cruzándose de brazos.
—Escucha a tu madre, Diego. Por una vez en su vida está siendo sensata. Vete, Inés. Te daré un cheque por las molestias. Cómprate una casa lejos y no vuelvas.
Diego miró a Inés. Vio el sacrificio en sus ojos. Vio a la mujer que estaba dispuesta a desaparecer de nuevo solo para que él no perdiera su comodidad. Y en ese momento, Diego entendió lo que realmente significaba ser rico.
Soltó una carcajada. Una risa genuina, liberadora, que desconcertó a Sergio.
—¿De qué te ríes, imbécil? —espetó su padre.
—Me río de ti, Sergio. —Diego se metió la mano en el bolsillo del pantalón sucio y sacó su cartera de piel de cocodrilo, su reloj Rolex de oro y las llaves del Ferrari que tenía estacionado en el sótano.
Caminó hacia la mesa de cristal y dejó caer los objetos uno por uno. Clac. Clac. Clac.
—¿Crees que esto es lo que me importa? —preguntó Diego—. ¿Crees que soy como tú? Llevo años sintiéndome vacío en esta torre de marfil. Años rodeado de gente que solo quiere mi dinero, igual que tú solo querías un heredero trofeo.
—Estás cometiendo el error de tu vida… —advirtió Sergio, pálido de ira.
—No, papá. El error fue no haberte dejado antes. —Diego regresó junto a Inés y le pasó el brazo por los hombros, abrazándola con orgullo—. Ayer, en el río, comí unas gorditas de nata que me supieron mejor que todo el caviar que me has dado. Dormí en un catre duro y me sentí más seguro que en esta fortaleza. Porque estaba con alguien real.
Miró a Sergio a los ojos, con una lástima infinita.
—Quédate con tu dinero, Sergio. Quédate con tus edificios, tus abogados y tu soledad. Te vas a pudrir aquí arriba, solo, rodeado de cosas caras que no te pueden abrazar. Yo me voy con mi madre. Vamos a recuperar los treinta años que nos robaste. Y no necesitamos ni un centavo tuyo para ser felices.
—¡Eres un estúpido! —gritó Sergio, desesperado, viendo cómo su propiedad se le escapaba—. ¡Vas a volver arrastrándote! ¡En una semana vas a estar llorando en mi puerta!
—No me esperes despierto —dijo Diego.
Se giró hacia Inés y le sonrió. Una sonrisa luminosa, de niño travieso.
—Vámonos, jefa. Este lugar apesta a podrido.
—Vámonos, mijo —respondió Inés, sintiéndose la mujer más rica del universo.
Salieron del penthouse sin mirar atrás.
Sergio se quedó en el centro de la sala, temblando.
—¡Diego! —gritó cuando las puertas del elevador se cerraban—. ¡Diego, regresa aquí ahora mismo! ¡Soy tu padre! ¡Soy Sergio Rubín!
Pero las puertas de acero se cerraron, silenciando sus gritos y dejándolo atrapado en su jaula de oro, el rey de un reino vacío.
EPÍLOGO: EL RÍO NO OLVIDA
Pasaron seis meses.
En la orilla del río Bobos, donde antes solo había una cabaña destartalada, ahora se levantaba una estructura hermosa de madera y bambú. No era un hotel de lujo, ni un resort pretencioso. Era un parador ecoturístico, sencillo pero acogedor, llamado “El Renacer”.
El lugar estaba lleno de vida. Turistas extranjeros y nacionales comían en las mesas al aire libre, disfrutando del sonido del río y del olor a comida casera. En la cocina, Inés, con un delantal blanco impecable y el cabello recogido en una trenza digna, dirigía a dos ayudantes del pueblo con mano firme pero cariñosa.
—¡Esas tortillas más rápidas, Lupe! ¡Que la mesa 4 pidió mole! —gritaba con alegría.
Diego entró en la cocina cargando una caja de verduras frescas del huerto. Ya no vestía trajes italianos. Llevaba jeans, botas de trabajo y una camiseta sencilla. Estaba bronceado, más musculoso por el trabajo físico, y tenía una mancha de tierra en la mejilla. Pero lo más notable era su sonrisa. Era una sonrisa que le llegaba a los ojos.
—Jefa, llegaron los proveedores de café. ¿Los recibes tú o yo? —preguntó, dejando la caja sobre la mesa.
Inés se limpió las manos y se acercó a él. Le acomodó el cuello de la camiseta y le limpió la mancha de la cara con un gesto maternal que ya se había vuelto rutina.
—Recíbelos tú, mijo. Tú eres el gerente. Yo soy la artista de la cocina.
Diego se rió y le dio un beso en la frente.
—Claro que sí, artista. Oye… llamó el abogado de la ciudad.
Inés se tensó un poco.
—¿Sergio?
—No. Sergio sigue encerrado en su torre, cambiando de enfermera cada semana según dicen los chismes. —Diego se encogió de hombros, indiferente—. Es sobre los papeles del terreno. Ya es oficial. Todo esto es nuestro. Tuyo y mío. Nadie nos lo puede quitar.
Inés miró a través de la ventana de la cocina. Vio el río fluir, poderoso y eterno. El mismo río que le había traído a su hijo de vuelta. Pensó en los treinta años de soledad, en el dolor, en el miedo. Y luego miró a Diego, bromeando con las cocineras, feliz, libre.
Valió la pena. Cada lágrima, cada noche fría, valió la pena para llegar a este momento.
—Gracias, Diosito —susurró Inés—. Y gracias, río.
—¿Dijiste algo, má? —preguntó Diego desde la puerta.
Inés sonrió, una sonrisa plena, radiante.
—Dije que te apures, chamaco, que los clientes tienen hambre y aquí no se viene a flojear. ¡Órale!
Diego soltó una carcajada y salió corriendo.
—¡Voy, voy!
Y así, entre el aroma de las gorditas de nata y el rugido del agua, Inés y Diego Rubín empezaron a escribir el mejor capítulo de sus vidas. Lejos del oro frío, cerca del calor humano. Juntos, por fin.
FIN