
CAPÍTULO 1: SENTENCIA DE MUERTE (Y UNA SONRISA EN LA SOMBRA)
El edificio de los Juzgados de lo Familiar en la Ciudad de México, ubicado en esa zona gris y caótica de la Avenida Juárez, siempre tenía el mismo olor. Una mezcla rancia de cera para pisos barata, café quemado de máquina expendedora, sudor frío y, sobre todo, desesperación. Era el aroma inconfundible de los sueños que iban allí a morir. Para Marco Antonio Valdés, sin embargo, esa mañana el aire tenía un matiz diferente. Olía a final. Pero también, muy en el fondo, donde nadie más podía percibirlo, olía a pólvora. A una guerra que estaba a punto de empezar y de la que solo él conocía la estrategia.
Marco permanecía de pie frente al estrado, rígido como una estatua de bronce olvidada en un parque bajo la lluvia. Su traje, un gris marengo que había visto mejores días, le quedaba un poco holgado en los hombros, testigo silencioso de los diez kilos que había perdido en los últimos seis meses de litigio infernal. A su lado, apenas llegándole a la cintura, estaba Jazmín. Su hija de diez años se aferraba a su mano izquierda con tal fuerza que los nudillos de Marco estaban blancos. La niña mantenía la cabeza gacha, con la vista clavada en las puntas raspadas de sus zapatos escolares, intentando desaparecer, intentando que el suelo se la tragara para no tener que escuchar lo que venía.
—Se dicta sentencia definitiva en el expediente 1402/2024 —anunció el Juez Cárdenas, un hombre corpulento con la piel brillante de grasa y unos lentes que se deslizaban constantemente por su nariz chata. Su voz era monótona, burocrática, desprovista de cualquier empatía humana. Para él, esto era solo otro trámite antes de su torta de milanesa del almuerzo. Para Marco, era la disección de su vida.
Al otro lado de la mesa de caoba rayada, Clara Iturbide brillaba con luz propia, aunque fuera una luz artificial y venenosa. Llevaba un vestido de diseñador color crema que costaba más de lo que la mayoría de los empleados del juzgado ganaban en un año. Sus piernas estaban cruzadas con elegancia estudiada, y en sus labios se dibujaba esa media sonrisa, esa mueca de suficiencia que Marco había aprendido a detestar con cada fibra de su ser. No lo miraba a él. Miraba su manicura perfecta, rojo sangre, como si estuviera aburrida, como si destruir a su familia fuera un trámite tedioso que le quitaba tiempo para ir al spa.
—En atención a las pruebas presentadas y al régimen de sociedad conyugal —prosiguió el juez, arrastrando las palabras—, se procede a la liquidación de los bienes de la siguiente manera…
El silencio en la sala era sepulcral. Solo se escuchaba el zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba en el techo, como un corazón arrítmico.
—Se adjudica a la ciudadana Clara Iturbide la totalidad de las acciones representativas del capital social de la empresa “Grupo Valdés-Innova S.A. de C.V.”, incluyendo sus filiales, patentes registradas y cuentas corporativas asociadas.
El golpe fue seco, brutal. Veinte años. Veinte años de despertarse a las cuatro de la mañana, de comer sándwiches fríos frente a una computadora, de viajar en autobuses de segunda clase para cerrar tratos en pueblos olvidados de la sierra, de construir ladrillo a ladrillo un imperio de tecnología y logística. Todo eso, entregado en bandeja de plata a una mujer que nunca había pisado la bodega de carga, que pensaba que el dinero crecía en los cajeros automáticos.
El abogado de Clara, un tipo joven con demasiada gomina en el pelo y un traje azul eléctrico que gritaba “nuevo rico”, se inclinó hacia ella y le susurró algo. Clara soltó una risita. Fue un sonido breve, cristalino, pero en la acústica del juzgado sonó como un disparo.
—¡Silencio! —ordenó el juez sin levantar la vista, y continuó—. Asimismo, se le adjudica la propiedad residencial ubicada en Lomas de Chapultepec, con todo su menaje; el departamento vacacional en la zona hotelera de Cancún; y los vehículos de lujo descritos en el anexo A: la camioneta Mercedes Benz G-500 y el deportivo Porsche 911.
Marco sintió cómo la bilis le subía por la garganta. No por los coches. Los coches eran fierros. Era por la injusticia, por la obscenidad del despojo. Habían alegado “daño moral” y “abandono emocional”, mentiras fabricadas por un equipo legal de tiburones pagados con el mismo dinero que Marco había ganado. Habían pintado a Marco como un monstruo adicto al trabajo que descuidaba a su “frágil y devota” esposa. Qué chiste. La única devoción de Clara era hacia su propia imagen en Instagram.
Jazmín apretó más su mano. Marco se agachó levemente, sin romper su postura militar, y le acarició el cabello con el pulgar.
—Tranquila, mi amor —susurró, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Respira. Ya casi acaba.
—En cuanto a las cuentas bancarias líquidas —la voz del juez parecía un martillo neumático—, se ordena el traspaso del 80% de los fondos a la cuenta designada por la actora. El 20% restante se destinará a un fideicomiso para la menor, bajo la administración… —hizo una pausa dramática— de la madre.
Marco cerró los ojos un segundo. Le habían quitado hasta el derecho de administrar el futuro de su hija. Lo habían dejado desnudo frente al mundo.
—Finalmente —dijo el juez, y por primera vez pareció haber un atisbo de burla en su tono—, al demandado, Marco Antonio Valdés, se le asigna la propiedad rústica ubicada en el Kilómetro 14 de la Carretera Vieja al Desierto de los Leones, conocida catastralmente como “Ex-Hacienda San Gabriel”.
Un murmullo recorrió la sala. Los pasantes que estaban al fondo, esperando sus propios casos, se codearon.
—¿La San Gabriel? —susurró uno—. ¿No es esa la que se está cayendo a pedazos?
—Sí, güey, dicen que está embrujada o que se la comen las termitas. Pobre cabrón, lo dejaron en la calle.
Clara ya no disimuló. Se llevó una mano a la boca, fingiendo una tos elegante, pero sus hombros se sacudían. Se estaba riendo. Se estaba riendo de él, de su derrota absoluta, de la humillación pública. Se giró hacia su abogado y dijo, con un volumen calculado para que Marco la escuchara perfectamente:
—Bueno, al menos tendrá dónde criar a sus ratas. Siempre le gustó la basura.
El juez golpeó el mazo.
—Se levanta la sesión.
El sonido de la madera contra la madera marcó el final de la vida de Marco tal como la conocía. O al menos, eso es lo que todos creían.
Marco abrió los ojos. Eran oscuros, insondables. No había lágrimas. No había ira visible. Solo un vacío calmado, como el ojo de un huracán. Se giró lentamente hacia Clara. Ella ya estaba de pie, recogiendo su bolso Louis Vuitton. Cuando sus miradas se cruzaron, ella alzó la barbilla, desafiante, esperando verlo roto, esperando verlo suplicar.
—Felicidades, Clara —dijo Marco. Su voz era ronca, pero firme. No tembló.
Ella parpadeó, sorprendida por la falta de veneno en su tono.
—No seas patético, Marco. No necesito tus felicitaciones. Solo desaparece. Y llévate a la niña, hoy tengo una cena y no puedo lidiar con sus berrinches. Mañana mando al chofer por ella… si es que el chofer encuentra esa ruina en el monte sin perder las llantas.
Jazmín se encogió detrás de la pierna de su padre. Marco sintió una punzada de dolor, no por él, sino por la crueldad casual con la que Clara trataba a su propia hija.
—No te preocupes por nosotros —dijo Marco, y esta vez, una sombra de sonrisa cruzó su rostro. Fue algo casi imperceptible, un tic en la comisura de los labios—. Disfruta tu cena. Disfruta todo. Mientras dure.
Clara frunció el ceño, confundida por un segundo, pero rápidamente recuperó su arrogancia.
—Pobre diablo —masculló, y se dio la media vuelta, saliendo de la sala con el repiqueteo de sus tacones resonando como disparos de victoria.
Marco se quedó ahí un momento más, absorbiendo la atmósfera. Miró al juez, que ya estaba devorando una torta envuelta en papel aluminio, ajeno a la tragedia que acababa de presidir. Miró las paredes descascaradas del juzgado, los archiveros repletos de historias rotas.
“Que se rían”, pensó Marco. “Que se lleven el papel, los títulos, las tarjetas de crédito. No saben lo que es el valor real. Creen que la riqueza es lo que brilla. No saben que la verdadera riqueza es lo que se esconde en la oscuridad”.
—Papá… —la voz de Jazmín lo sacó de sus pensamientos. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas—. ¿Ya nos vamos? No me gusta este lugar.
Marco se arrodilló frente a ella, sin importarle ensuciarse los pantalones en el suelo polvoriento. Le tomó la cara entre las manos.
—Sí, mi vida. Nos vamos. Y no vamos a volver nunca.
—Pero… mamá se quedó con la casa bonita. ¿A dónde vamos a ir? Escuché lo que dijeron… dijeron que la otra casa es una ruina.
Marco la miró a los ojos, transmitiéndole toda la seguridad que le quedaba en el alma.
—Jazmín, escúchame bien. Las cosas no siempre son lo que parecen. A veces, los castillos son prisiones, y las ruinas… las ruinas pueden ser fortalezas. ¿Confías en mí?
La niña dudó un segundo, mirando la cara cansada de su padre, las arrugas prematuras alrededor de sus ojos, pero también vio ese fuego tranquilo que siempre la hacía sentir segura.
—Sí, papá.
—Entonces vámonos. Tenemos trabajo que hacer.
Salieron del edificio. El cielo de la Ciudad de México los recibió con su habitual manto de smog gris y una llovizna fría que calaba los huesos. El tráfico rugía en la Avenida Juárez, una bestia de mil cabezas de metal y claxonazos.
Marco buscó instintivamente las llaves de su auto en el bolsillo, pero sus dedos solo encontraron pelusa y unas monedas. Recordó que había entregado las llaves del Mercedes al abogado de Clara esa misma mañana. Un último acto de sumisión exigido por el tribunal.
—¿Pedimos un Uber? —preguntó Jazmín.
Marco revisó su celular. La notificación del banco había llegado hacía diez minutos: “Cuenta bloqueada por orden judicial”. Le quedaban doscientos pesos en efectivo en la cartera.
—No, hoy no —dijo Marco, guardando el teléfono—. Vamos a tomar un taxi de la calle. A la antigüita.
Caminaron hasta la esquina. El viento movía los puestos de periódicos donde los titulares gritaban escándalos políticos y crímenes pasionales. Marco vio su reflejo en el escaparate de una tienda de conveniencia OXXO. Se veía acabado. Un hombre de cuarenta y cinco años con un traje viejo y una niña de la mano, parado en una esquina bajo la lluvia. La imagen perfecta del fracaso.
Un taxi Tsuru, de esos viejos pintados de rosa y blanco que ya casi no se veían, se detuvo frente a ellos. El chofer, un señor mayor con bigote de morsa y una gorra de béisbol, los miró por la ventanilla bajada.
—¿A dónde, jefe?
—Al Desierto de los Leones —dijo Marco—. Por la Carretera Vieja. Kilómetro 14.
El taxista silbó, un sonido largo y agudo.
—Uff, eso está lejos, patrón. Y esa carretera está bien fea, llena de baches. Me va a salir caro el viaje de regreso porque allá no levanto pasaje.
—Le doy todo lo que traigo —dijo Marco, sacando el billete de doscientos y las monedas—. Es todo lo que tengo. Por favor.
El taxista miró el dinero, luego miró a la niña mojándose bajo la llovizna, y suspiró. El corazón mexicano, a veces duro, a veces blando como el pan dulce.
—Súbale pues. Pero nomás porque trae a la nena.
El interior del taxi olía a aromatizante de pino y a tabaco viejo. Los asientos estaban hundidos y la suspensión rechinaba con cada tope. Mientras el auto se abría paso entre el tráfico denso del Eje Central, Marco miraba por la ventana. Pasaron frente a los rascacielos de Reforma, esos edificios de cristal donde él solía tener oficinas en el piso treinta. Vio los restaurantes de lujo en Polanco donde solía llevar a Clara a cenar, donde los meseros conocían su nombre y le guardaban la mejor mesa.
Todo eso parecía ahora una vida ajena, una película que vio hace mucho tiempo.
Vio un espectacular gigante con la publicidad de “Grupo Innova”. El eslogan decía: “El futuro es nuestro”. La cara de Clara no estaba ahí, pero Marco sabía que pronto lo estaría. Ella amaba los reflectores.
“Que se lo queden”, pensó. “Que se atraganten con el futuro”.
Su mente viajó diez años atrás. Recordó el día que compró la Ex-Hacienda San Gabriel. En ese entonces, Grupo Innova apenas estaba despegando. Habían conseguido su primer contrato gubernamental grande. El dinero empezaba a fluir como agua. Pero Marco siempre había sido un hombre paranoico, o quizás, previsor. Había crecido en un barrio bravo, en Iztapalapa, donde aprendió que lo que tienes hoy te lo pueden quitar mañana a punta de pistola o a punta de decretos.
Mientras Clara se dedicaba a gastar el primer millón en remodelar la cocina, Marco buscaba un seguro de vida. No una póliza de papel, sino algo tangible. Encontró la hacienda en un remate bancario. Nadie la quería. Estaba en litigio, invadida por la maleza, con fama de estar maldita. Perfecta.
La compró a través de una empresa fantasma registrada en Panamá, sin que su nombre apareciera en ningún lado. Le dijo a Clara que era una “inversión a largo plazo”, un terreno para tal vez construir una casa de campo algún día. Clara fue a verla una vez. Se bajó del auto, vio el lodo, olió la humedad del bosque y se volvió a subir sin decir una palabra.
—Véndela, Marco. Es horrible. Huele a viejo —le había dicho con asco.
Marco le dijo que sí, que la vendería. Nunca lo hizo.
En lugar de eso, contrató a un equipo de contratistas retirados, gente de la vieja escuela que trabajaba por efectivo y no hacía preguntas. Durante dos años, mientras Clara viajaba a Nueva York y Milán, Marco pasaba sus fines de semana “trabajando en la oficina”. En realidad, estaba en el sótano de la hacienda.
Reforzó los cimientos con concreto armado. Instaló generadores eléctricos industriales subterráneos. Y construyó la bóveda. Una cámara acorazada de grado bancario, escondida detrás de una pared falsa en la biblioteca.
Y luego, empezó a llenarla.
No confiaba en los bancos. Había visto el Fobaproa, había visto las devaluaciones, había visto cómo el gobierno congelaba cuentas por capricho. Así que cada vez que cerraba un trato grande, desviaba una parte de sus ganancias personales (legítimas, pero discretas) hacia activos físicos.
Compraba oro. Centenarios. Lingotes pequeños. Diamantes certificados por la GIA. Relojes Rolex y Patek Philippe que mantenían su valor mejor que cualquier moneda. Y efectivo. Dólares y euros en paquetes sellados al vacío para que no se pudrieran con la humedad.
Durante una década, fue su ritual secreto. Su válvula de escape. Cada vez que Clara le gritaba porque no le había comprado el bolso correcto, cada vez que sentía que el estrés de la empresa lo iba a matar, iba a la hacienda. Bajaba a la bóveda, se sentaba en el suelo frío y miraba su “pila de libertad”.
Sabía que el día llegaría. El día en que todo se iría al diablo. Y ese día era hoy.
—Ya merito llegamos, jefe —dijo el taxista, sacándolo de sus recuerdos.
El paisaje había cambiado radicalmente. Ya no había edificios ni tráfico. Estaban subiendo por la carretera de montaña hacia el Desierto de los Leones. La niebla se cerraba sobre el camino, espesa y blanca. Los pinos gigantes se alzaban a los lados como centinelas oscuros. La temperatura había bajado diez grados.
Jazmín temblaba un poco en su suéter delgado. Marco se quitó el saco y la cubrió.
—Mira, hija —señaló por la ventana—. Ya estamos en el bosque. Aquí hay ardillas, y mapaches. Es mejor que la ciudad.
Jazmín miró por la ventana empañada.
—Parece una película de miedo, papá.
—Solo si tú quieres que lo sea. Para mí, parece paz.
El taxi giró bruscamente a la izquierda en un camino de terracería. Las llantas patinaron en el lodo. Avanzaron unos quinientos metros dando tumbos hasta que los faros iluminaron una estructura masiva y oscura.
La Ex-Hacienda San Gabriel.
A la luz gris de la tarde, se veía imponente y terrorífica. Una casona de piedra volcánica negra, con balcones de hierro forjado oxidados y enredaderas que colgaban como cabellos de bruja. El techo de tejas tenía agujeros visibles. Una de las ventanas del segundo piso golpeaba con el viento: Clac, clac, clac.
El taxista frenó, pero no apagó el motor. Se persignó rápidamente.
—Ay, caray, jefe. ¿De verdad va a quedarse aquí? Está… está medio tétrico, ¿no? Dicen que aquí espantan. Que se aparecen los monjes del convento.
Marco sonrió mientras abría la puerta.
—Los vivos son más peligrosos que los muertos, amigo. Créame.
Le entregó el dinero al conductor.
—Gracias por traernos.
—Que Dios lo bendiga, jefe. Lo va a necesitar.
El taxi dio la vuelta en U, patinando en la grava, y salió disparado de regreso a la carretera como si el diablo lo persiguiera. El sonido del motor se desvaneció, dejando un silencio profundo, pesado, solo roto por el viento silbando entre los árboles y el graznido lejano de un cuervo.
Marco y Jazmín se quedaron solos frente a la reja torcida.
—Bienvenida a casa, Jaz —dijo Marco.
Empujó la reja. El chirrido del metal oxidado fue agónico, un lamento que resonó en todo el bosque. Caminaron por el sendero lleno de maleza que les llegaba a las rodillas.
Al llegar a la puerta principal, una enorme hoja de madera de encino tallada a mano, Marco buscó una llave que llevaba colgada al cuello, debajo de la camisa, junto a una medalla de San Judas Tadeo. Era una llave antigua, de hierro, larga y pesada.
La metió en la cerradura. Giró con dificultad, raspando los mecanismos internos que llevaban meses sin moverse. Clonc. El cerrojo cedió.
Empujó la puerta.
El interior estaba en penumbras. Olía a polvo, a madera vieja y a humedad. Rayos de luz gris entraban por las rendijas de las ventanas tapiadas, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire. El vestíbulo era enorme, con una escalera doble que subía al segundo piso, pero los escalones estaban cubiertos de escombros y yeso caído del techo.
Jazmín se tapó la nariz.
—Huele feo, papá. Y hace frío.
—Vamos a arreglar eso pronto —prometió Marco.
Cerró la puerta tras de sí y echó el cerrojo. El sonido retumbó en la casa vacía.
—Ven.
No la llevó a las habitaciones de arriba, donde los colchones seguramente tendrían nidos de ratones. La llevó directamente hacia la biblioteca, en la planta baja, al fondo del pasillo.
La biblioteca era una sala vasta con techos de doble altura. Las estanterías llegaban hasta el techo, pero estaban vacías, salvo por algunas telarañas. Había una chimenea enorme llena de ceniza vieja.
Marco se dirigió a la estantería del fondo, la que estaba pegada a la pared norte.
—Jazmín, quiero que veas algo. Y quiero que me prometas que esto será nuestro secreto. De nadie más. Ni de tus abuelos, ni de tus primos, y mucho menos de tu mamá. ¿Me lo juras?
Jazmín, asustada por la seriedad de su padre, asintió.
—Lo juro.
Marco se agachó. No buscó un libro falso como en las películas. Buscó en el suelo. Levantó una tabla suelta del piso de duela, justo en la esquina. Debajo había un pequeño panel numérico, moderno, iluminado con una luz azul tenue que contrastaba violentamente con la antigüedad de la casa.
Jazmín abrió la boca, sorprendida.
Marco tecleó el código. Sus dedos se movieron rápidos: 1-9-8-4-0-5-2-1. La fecha de nacimiento de su padre fallecido y el día que fundó su primera empresa.
Se escuchó un bip suave. Y luego, un zumbido hidráulico profundo.
Whirrrrrr…
La estantería entera, que parecía pesar toneladas, se separó de la pared unos centímetros y luego se deslizó suavemente hacia la izquierda sobre rieles silenciosos ocultos.
Detrás de la estantería no había pared. Había una puerta de acero macizo, redonda, como la de un banco suizo. Brillaba impecable, sin una mota de polvo.
Marco giró la volante de tres radios. Los pernos de acero se retrajeron con un sonido metálico satisfactorio: Clank-clank-clank.
Empujó la puerta.
Una luz automática se encendió dentro, cálida y dorada.
—Entra —dijo Marco.
Jazmín dio un paso vacilante y cruzó el umbral.
El aire dentro era diferente. Estaba climatizado, seco, a 22 grados exactos. Olía a papel limpio y a metal.
La habitación era de unos cuarenta metros cuadrados. Las paredes estaban forradas de estantes de metal industrial.
Y en los estantes…
Jazmín nunca había visto tanto dinero junto, ni siquiera en las películas.
Había pilas de billetes de 500 y 1000 pesos, empaquetados en ladrillos perfectos. Había columnas de dólares estadounidenses, verdes y nítidos.
En el estante central, brillaban los lingotes. Oro puro. Pesados, densos, reflejando la luz cenital.
Y en una mesa de trabajo al fondo, había cajas de terciopelo abiertas. Diamantes, rubíes, zafiros. Relojes que valían más que la casa de su madre en Lomas.
Marco entró detrás de ella y cerró la puerta de la bóveda, sellándolos del mundo exterior, del frío, de la lluvia y de la derrota.
—Papá… —Jazmín susurró, tocando con un dedo tembloroso un lingote de oro—. ¿Somos piratas?
Marco soltó una carcajada, la primera en meses. Una risa genuina, que le liberó el pecho.
—No, mi amor. No somos piratas. Somos sobrevivientes.
Se agachó y la miró a los ojos, rodeado por 150 millones de dólares en activos líquidos.
—Tu mamá cree que me quitó todo. Cree que me dejó en la calle con una casa vieja. Pero se le olvidó una regla básica de los negocios: nunca juzgues un libro por su portada.
Tomó un fajo de billetes y lo sopesó en la mano.
—Con esto, Jazmín, no solo vamos a vivir bien. Con esto vamos a recuperar lo que es nuestro. Vamos a dejar que ella crea que ganó. Vamos a dejar que se confíe. Y cuando menos se lo espere…
Marco no terminó la frase. No hacía falta. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.
—Pero primero —dijo, cambiando el tono a uno más práctico—, tenemos que pedir unas pizzas. Me muero de hambre. Y creo que vi una moto de Domino’s allá abajo en el pueblo.
Jazmín sonrió, una sonrisa cómplice que borraba el miedo de la tarde.
—¿Pizza de pepperoni?
—Doble queso —afirmó Marco—. Hoy celebramos. Hoy es el primer día de nuestra nueva vida.
Afuera, la tormenta arreciaba sobre la vieja hacienda, golpeando las ventanas y haciendo crujir las vigas. Cualquiera que pasara por la carretera vería solo una ruina oscura y triste. Pero en las entrañas de la tierra, bajo toneladas de piedra y secretos, el Rey estaba afilando su espada. Y la Reina, en su palacio de cristal, no tenía ni la menor idea de que el invierno se acercaba.
CAPÍTULO 2: LA MÁSCARA DEL MENDIGO
La primera noche en la Ex-Hacienda San Gabriel no fue la aventura romántica que Marco le había prometido a Jazmín. Fue una prueba de resistencia.
A pesar de la riqueza incalculable que dormía bajo sus pies, blindada por acero y concreto, la realidad de la superficie era brutal. La calefacción de la casa principal llevaba veinte años muerta. El viento de la sierra bajaba por la chimenea como un animal buscando refugio, silbando y arrastrando ceniza fría hacia la sala. Las ventanas, mal selladas con tablones podridos, vibraban con cada ráfaga, creando una sinfonía de golpes y crujidos que mantenía los ojos de Jazmín abiertos como platos en la oscuridad.
Marco había improvisado un campamento en la biblioteca, la única habitación que sentía segura por su proximidad a la bóveda. Habían arrastrado un par de colchones viejos que encontraron en una de las habitaciones de servicio —sorprendentemente secos, aunque olían a naftalina— y se taparon con todas las cobijas que traían en las maletas y sus propios abrigos.
—Papá… ¿escuchaste eso? —susurró Jazmín cerca de las dos de la mañana.
—Es solo una rama golpeando el techo, mi amor. Duérmete.
—No, sonó como pasos.
Marco aguzó el oído. En efecto, el suelo de madera del piso de arriba crujía. Cric… Crac… Pero no eran pasos humanos. Eran los sonidos de una casa vieja asentándose con el frío, contrayéndose como un anciano con reumas. O quizás, alguna zarigüeya buscando refugio.
—Aquí no entra nadie, Jaz. Te lo prometo. Yo estoy vigilando.
Marco no durmió. Se quedó sentado en el suelo, con la espalda recargada contra la estantería falsa, montando guardia. En su mano no tenía un arma, sino su viejo reloj Casio, contando los segundos.
Pensó en Clara. A esa hora, ella estaría durmiendo en la cama King Size con sábanas de hilo egipcio en la casa de Las Lomas. Probablemente con la calefacción a 24 grados y el humidificador de esencias de lavanda encendido. La imagen le provocó una punzada en el estómago, no de envidia, sino de ira fría.
“Duerme bien, Clara”, pensó, mirando las vigas oscuras del techo donde una araña tejía su red con paciencia infinita. “Disfruta la comodidad. Porque cuando despierte el invierno para ti, no vas a tener ni una cobija vieja para taparte”.
La mañana siguiente trajo consigo una realidad cruda: la logística de la pobreza fingida.
Marco despertó con el cuerpo entumecido. La luz del sol entraba por las rendijas, revelando el polvo que flotaba en el aire. Jazmín seguía dormida, hecha un ovillo.
Tenían dinero para comprar el país entero, pero no tenían agua caliente.
Marco tuvo que calentar agua en una olla vieja sobre una parrilla eléctrica que había conectado a la toma de corriente de la bóveda (la única fuente de electricidad estable, alimentada por los generadores subterráneos). Se bañaron a jicarazos en un baño con azulejos rotos de los años setenta. El agua estaba tibia, pero el aire del baño estaba helado.
—Esto es como ir de campamento, ¿verdad? —dijo Jazmín, tiritando mientras se secaba con una toalla áspera.
—Exacto. Es un entrenamiento de supervivencia —respondió Marco, frotándole la espalda para que entrara en calor—. Los guerreros espartanos vivían así para hacerse fuertes.
—Pero yo no quiero ser espartana, quiero ir a la escuela y que no se burlen de mí porque huelo a humedad.
Ese comentario golpeó a Marco más fuerte que la sentencia del juez.
Sacó de la maleta el uniforme escolar de Jazmín. Estaba arrugado. Con paciencia, usó el vapor de la olla hirviendo para alisar los pliegues lo mejor que pudo. Le boleó los zapatos hasta que brillaron, cubriendo los rasguños del cuero viejo.
—Vas a ir con la cabeza en alto, Jazmín Valdés. Tu ropa no te define. Tu apellido no te define. Lo que tienes aquí adentro —le tocó la frente— y aquí —le tocó el corazón—, eso es lo que eres. Y tú eres una reina disfrazada. Nunca lo olvides.
Salieron de la hacienda a las 6:30 AM. La niebla del Desierto de los Leones era tan densa que no se veía a más de dos metros. Caminaron hasta la carretera para esperar el camión que bajaba hacia Santa Fe.
El transporte público iba atascado. Gente trabajadora, albañiles, empleadas domésticas, estudiantes, todos apretados, oliendo a sueño y a café barato. Marco abrazó a Jazmín para protegerla de los empujones. Nadie lo reconoció. Para ellos, era solo otro hombre cansado llevando a su hija a la escuela.
Pero al llegar al colegio privado en Santa Fe —el único lujo que el juez había obligado a Clara a seguir pagando, aunque Marco sabía que ella intentaría cortar ese gasto pronto—, el escenario cambió.
El “Desfile de la Vanidad” estaba en su apogeo. Camionetas Suburban blindadas, choferes de traje abriendo puertas, madres con ropa deportiva de marca que costaba más que un auto compacto.
Marco y Jazmín llegaron a pie desde la parada del autobús.
El contraste fue inmediato. Las miradas se clavaron en ellos como alfileres.
—¿Ya viste? —susurró una mujer rubia con lentes de sol gigantes, codeando a otra—. Es el ex de Clara.
—Ay, no mames. ¿Llegaron caminando? Qué oso.
—Dicen que lo dejó en la calle. Literal. Mira su traje, se ve súper viejo.
—Pobre niña. Deberían cambiarla de escuela, no encaja con el nivel, ¿sabes?
Marco escuchó cada palabra. Tenía el oído entrenado para captar rumores en salas de juntas, y el tono de desprecio de la alta sociedad mexicana era inconfundible. Apretó la mano de Jazmín.
—No voltees —le ordenó suavemente—. Mira al frente. Saluda al guardia. Buenos días, don Chema.
El guardia de seguridad, un hombre mayor que conocía a Marco desde hacía años, le devolvió el saludo con un respeto genuino, ignorando su apariencia.
—Buenos días, Licenciado. Que tenga buen día, señorita Jazmín.
Marco dejó a su hija en la puerta. Se agachó para darle un beso en la frente.
—Paso por ti a la salida.
—¿Vienes en el camión otra vez? —preguntó ella, bajando la voz.
—Sí. Hasta que arreglemos el “asunto”.
Jazmín asintió, tragándose su vergüenza infantil con una valentía que a Marco le rompió el corazón.
Cuando ella entró, Marco se dio la vuelta para enfrentar el pasillo de las miradas juzgonas. Caminó entre las camionetas de lujo con paso firme. No bajó la mirada. Miró a los ojos a un par de ex-socios que estaban dejando a sus hijos. Ellos desviaron la mirada rápidamente, fingiendo revisar sus celulares. El olor a miedo y a hipocresía era sofocante.
“Mírenme bien”, pensó Marco. “Guarden esta imagen del hombre derrotado. Porque va a ser la última vez que me vean así”.
Mientras Marco lidiaba con el transporte público, Clara Iturbide estaba viviendo su sueño. O al menos, la versión de Instagram de su sueño.
Esa mañana llegó a las oficinas de Grupo Innova a las 11:00 AM. Entró como un huracán de perfume Chanel No. 5.
—¡Buenos días, equipo! —gritó al entrar al piso ejecutivo, aunque nadie le respondió con entusiasmo.
Los empleados la miraban con recelo. En solo una semana, el ambiente de la empresa había cambiado de una maquinaria eficiente y silenciosa a un circo de nerviosismo.
Clara entró a la que había sido la oficina de Marco. Se detuvo en seco y arrugó la nariz.
—Ugh. Huele a viejo. A tabaco y a estrés. Quiero que cambien todo esto —le ordenó a su nueva asistente, una chica de 22 años contratada más por sus seguidores en TikTok que por sus habilidades administrativas.
—¿Todo, señora?
—Todo. Tira ese escritorio de caoba, es horrible, parece de abuelo. Quiero algo de cristal, moderno. Muebles blancos. Y quita esos cuadros de barcos, pon algo abstracto, colorido. Que se note que aquí hay energía femenina, chingada madre.
Se sentó en la silla de Marco, giró un par de veces y puso los pies sobre el escritorio. Sacó su celular y se tomó una selfie haciendo la señal de la victoria.
Caption: “New era. Boss Lady. #CEO #GirlPower #Innova”
Subió la foto y esperó a que llegaran los likes.
La puerta se abrió y entró el Director de Finanzas, el Sr. Montiel, un hombre canoso que llevaba en la empresa desde que Marco la fundó en un garaje.
—Señora Iturbide, necesitamos hablar sobre los pagos a proveedores de la próxima semana.
Clara rodó los ojos sin bajar el celular.
—Ay, Montiel, qué intensidad. Acabo de llegar. ¿No puedes resolver eso tú? Para eso te pago.
—Es que no hay flujo, señora. Las cuentas operativas están al límite porque se autorizó la compra de los autos nuevos para la gerencia y la remodelación del lobby. Si no pagamos a “Logística del Norte” el viernes, van a parar los camiones.
Clara bajó el celular y lo miró con desdén.
—Pues diles que se esperen. Somos Grupo Innova, no la tiendita de la esquina. Que agradezcan que les damos trabajo. Y si se ponen pesados, buscamos otros. Hay miles de camiones allá afuera.
—Pero señora, tenemos un contrato de exclusividad y penalizaciones por mora…
—¡Ya, Montiel! Me das dolor de cabeza. Resuélvelo. Vende algo si hace falta. O pide un crédito. Los bancos se mueren por prestarnos dinero.
Montiel apretó la carpeta contra su pecho. Sabía que eso no era verdad. Los bancos ya estaban nerviosos por el cambio de administración.
—Como usted diga, señora.
Cuando Montiel salió, Clara bufó. “Viejos inútiles”, pensó. “Marco los tenía malacostumbrados. Aquí hace falta mano dura”.
Su celular vibró. Era un mensaje de “Beto”, su instructor de yoga y actual “consultor de bienestar corporativo”.
Beto: ¿Lista para el almuerzo? Reservé en el Suntory. Pide la botella cara, bebé.
Clara sonrió. Esto era vida. Marco siempre estaba demasiado ocupado para almorzar. Marco siempre estaba ahorrando, reinvirtiendo, preocupado por “el fondo de contingencia”. Qué aburrido. El dinero era para usarse.
Lejos del glamour de Polanco, Marco caminaba por las calles del Centro Histórico, cerca de la Plaza de Santo Domingo. La zona era un laberinto de imprentas viejas, puestos de comida y edificios coloniales que se hundían lentamente en el lago antiguo.
Llevaba una mochila deportiva al hombro. Dentro, envuelto en una sudadera vieja, llevaba un solo objeto sacado de la bóveda: un reloj Patek Philippe Nautilus, de oro rosa, todavía en su caja original. Valor de mercado: unos 120 mil dólares.
No podía ir a una casa de empeño normal. No podía dejar rastro de su nombre ni de sus activos. Necesitaba efectivo, sucio, rápido y anónimo.
Entró en un pasaje comercial que olía a tinta y garnachas. Subió por una escalera estrecha hasta el tercer piso, donde un letrero despintado decía: “Reparación de Relojes y Joyería La Esmeralda”.
Tocó el timbre. Una cámara de seguridad giró hacia él.
La puerta zumbó y se abrió.
Detrás del mostrador, rodeado de relojes desarmados, estaba Arturo. Un hombre pequeño, calvo, con gafas de aumento pegadas a los ojos y dedos manchados de aceite. Arturo era una leyenda en el subsuelo financiero de la ciudad. No hacía preguntas, cobraba comisiones altas, pero su lealtad era de hierro… siempre y cuando pagaras.
—Marco Valdés —dijo Arturo sin levantar la vista del mecanismo de un reloj de bolsillo—. Hacía años que no te veía por este lado de la ciudad. Te vi en las noticias. Te fue de la chingada, ¿no?
—Hola, Arturo. Digamos que estoy en una etapa de “reestructuración”.
Arturo soltó una risa seca, como tos de fumador.
—Reestructuración. Esa es nueva. Normalmente dicen “me dejaron encuerado”. ¿Qué traes?
Marco puso la caja de terciopelo sobre el mostrador. Arturo la abrió. Sus ojos se abrieron ligeramente detrás de las lupas.
—Vaya. Un Nautilus 5711. Sin uso. Papeles en blanco.
—Necesito efectivo, Arturo. Billetes de baja denominación. Y necesito que esto desaparezca en el mercado asiático o ruso. Que no se venda aquí.
—Entiendo. No quieres que tu ex se entere de que tenías juguetes guardados.
Arturo hizo sus cálculos mentales rápidos.
—Te puedo dar 80 mil dólares. Cash. Ahora mismo.
Era un robo. El reloj valía mucho más. Pero Marco no estaba en posición de negociar centavos. Estaba comprando anonimato y velocidad.
—Hecho. Pero quiero el pago en pesos y en dólares. Mitad y mitad.
Arturo asintió y fue hacia la trastienda. Regresó con una bolsa de papel de estraza, de esas que se usan para el pan, llena de fajos de billetes.
—Siempre fuiste el más listo del cuarto, Marco —dijo Arturo mientras contaba el dinero—. Sabía que no eras de los que se dejaban matar tan fácil. Si necesitas mover cosas más grandes… oro, piedras… tengo contactos.
Marco guardó el dinero en su mochila.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, Arturo.
—Oye —dijo el relojero antes de que Marco saliera—. Cuidate. La calle está perra. Y tú hueles a presa herida.
—No te preocupes —respondió Marco, colgándose la mochila—. Ya no soy la presa. Ahora soy el cazador.
Con la mochila llena de efectivo (casi un millón y medio de pesos), Marco no regresó directo a la hacienda. Primero hizo paradas estratégicas.
Fue a una tienda de electrónica en el Eje Central y compró tres laptops de alta gama, varios discos duros encriptados, módems satelitales y un sistema de cámaras de vigilancia autónomo. Pagó todo en efectivo, repartido en diferentes tiendas para no llamar la atención.
Luego fue a un Home Depot. Compró herramientas, aislante térmico, calentadores eléctricos industriales, cerraduras de alta seguridad y productos de limpieza industrial. Contrató una camioneta de fletes exterior, pagando extra al chofer para que no hiciera preguntas sobre el destino.
Llegaron a la Ex-Hacienda San Gabriel al atardecer.
El chofer del flete descargó las cajas en la entrada, mirando con recelo la casa.
—Oiga, jefe, ¿aquí vive gente? —preguntó, viendo una rata cruzar el patio.
—Estamos remodelando —dijo Marco secamente, dándole una propina generosa para que se fuera rápido.
Esa noche, cuando Jazmín regresó de la escuela (Marco la recogió en taxi, pero se bajaron antes para que nadie viera el vehículo), la casa ya era diferente.
Marco había trabajado como un poseso durante las tres horas que tuvo libres.
Había sellado las ventanas de la biblioteca y de dos habitaciones contiguas con el aislante térmico. Había instalado los calentadores eléctricos. La temperatura en esa sección de la casa había subido a unos agradables 20 grados.
Había limpiado a fondo el baño y la “cocina improvisada”. Y lo más importante: había internet.
—¡Hay Wi-Fi! —gritó Jazmín, viendo las barras llenas en su tablet vieja.
—Internet satelital de alta velocidad —dijo Marco, sonriendo—. Starlink. Lo instalé en el tejado, oculto tras la chimenea para que no se vea desde la calle.
Jazmín corrió a abrazarlo.
—Gracias, papá. Ya no se siente tan feo.
—Ven, quiero mostrarte algo más.
La llevó al sótano, a la bóveda. Pero ahora la antesala de la bóveda había cambiado. Marco había montado las tres laptops en una mesa plegable. Las pantallas brillaban con gráficas, noticias financieras y, lo más inquietante, un feed de redes sociales que monitoreaba en tiempo real cada mención de “Clara Iturbide” y “Grupo Innova”.
—¿Qué es esto? —preguntó Jazmín.
—Es nuestra torre de control. Desde aquí vamos a ver el show.
Marco se sentó frente a las pantallas.
—Hoy vendí un reloj, Jaz. Solo uno. Con eso tenemos para vivir tranquilos un año entero si somos austeros. Pero no vamos a ser solo austeros. Vamos a ser inteligentes.
Señaló una gráfica en la pantalla que mostraba una línea roja descendiendo ligeramente.
—Esas son las acciones de la empresa de tu mamá. Hoy bajaron un 2%. Los mercados están nerviosos. Ella cree que ser dueña es gastar. No entiende que el dinero es cobarde; si lo asustas, se va.
Jazmín miró la pantalla, fascinada. A sus diez años, empezaba a entender el juego.
—¿Y nosotros vamos a hacer que baje más?
Marco negó con la cabeza.
—No, nosotros no vamos a hacer nada ilegal. Ella lo va a hacer sola. Nosotros solo vamos a estar ahí para cachar las piezas cuando se rompan.
Su teléfono, un modelo desechable que había comprado en el centro, vibró. Era un mensaje de un antiguo contacto en el banco, alguien que le debía favores.
Mensaje: “Acaban de solicitar una línea de crédito por 50 millones contra los activos de la planta de Querétaro. El banco está dudando, pero lo van a aprobar por el historial de la empresa.”
Marco sonrió.
—Acaba de pedir prestado para pagar sus caprichos —murmuró—. Está hipotecando el motor del barco para pintar la cubierta.
Miró a Jazmín.
—¿Tienes hambre? Hoy traje tacos de canasta del centro. Los mejores de la ciudad.
—¡Siii!
Cenaron tacos sobre la mesa llena de computadoras millonarias, rodeados de oro, en el sótano de una mansión en ruinas. Afuera, la noche era fría y hostil. Adentro, padre e hija reían, planeando, esperando.
Marco sabía que la paciencia era un arma. Y él tenía el arsenal lleno.
Días después…
La rutina se estableció.
Marco se convirtió en el “fantasma” del vecindario. Los vecinos de las casas de campo cercanas, gente adinerada que usaba sus propiedades solo los fines de semana, veían a veces una luz tenue en la vieja hacienda y murmuraban.
—Pobre Valdés, se volvió loco. Vive como un ermitaño.
Marco fomentaba esa imagen. Se dejó crecer la barba. Cuando salía a barrer las hojas secas de la entrada (una tarea inútil, pero visible), usaba ropa desgastada. A veces, si veía pasar un auto lujoso, se quedaba mirando al vacío, actuando desorientado.
La gente dejó de saludarlo. Se convirtió en parte del paisaje, como un árbol seco.
Nadie sospechaba que ese “vagabundo” manejaba una cartera de inversiones global desde su sótano.
Desde su centro de comando, Marco comenzó a mover las piezas.
Creó “Fénix Holdings”, una sociedad anónima constituida en Delaware con filiales en Panamá y Singapur. Todo legal, pero imposible de rastrear hasta él.
Con el dinero de la venta del reloj y algo de efectivo de la bóveda que fue depositando en cuentas “mula” (cuentas de terceros que luego transferían a Fénix), empezó a comprar.
No compró acciones de Innova todavía. Eso levantaría sospechas.
Compró la deuda de los proveedores.
Localizó a “Transportes y Logística del Norte”, la empresa a la que Clara no le quería pagar. Llamó al dueño, un viejo conocido llamado Don Rogelio.
—Rogelio, habla un representante de Fénix Holdings. Sabemos que Grupo Innova te debe lana.
—Me deben tres meses, los cabrones. Estoy a punto de parar los camiones.
—No los pares. Fénix te compra la deuda. Te pagamos el 90% en efectivo hoy. Y tú nos cedes los derechos de cobro y los pagarés.
—¿En serio? ¿Quiénes son ustedes?
—Inversionistas que apuestan al fallo. ¿Aceptas?
—¡Donde firmo! Prefiero perder el 10% que perderlo todo.
Así, Marco se hizo dueño de la primera soga que ahorcaría a Clara.
Esa tarde, Marco subió al techo de la hacienda. El sol se estaba poniendo sobre el bosque, tiñendo el cielo de un rojo sangre.
Se sentía poderoso. Pero también sentía una extraña tristeza. Estaba destruyendo la empresa que construyó con sus manos para salvarla de la mujer que alguna vez amó.
—Papá —Jazmín subió detrás de él. Llevaba una taza de chocolate caliente—. ¿Estás bien?
—Sí, mi amor. Solo pensando.
—¿En mamá?
—En el futuro.
Jazmín se recargó en el barandal oxidado.
—Hoy vi una foto de ella en Instagram. Estaba en una fiesta. Se veía feliz.
Marco tomó un sorbo de chocolate.
—La felicidad de Instagram dura lo que tarda en bajar el feed, Jaz. La nuestra… la nuestra va a ser real.
Se escuchó el sonido de un motor potente en la carretera. Un Ferrari rojo pasó rugiendo, rompiendo la paz del bosque. Seguramente algún junior probando su juguete nuevo.
Marco miró el auto alejarse.
—Pronto, Jaz. Pronto no tendremos que escondernos. Pero por ahora, deja que se rían. Deja que crean que somos sombras.
La noche cayó sobre la Ex-Hacienda San Gabriel. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, ajenas al drama que se gestaba en la montaña. El Rey estaba despierto. Y la cacería había comenzado
CAPÍTULO 3: EL ARTE DE SER INVISIBLE
El tiempo en el Desierto de los Leones no se mide en horas, sino en capas de niebla. Habían pasado tres meses desde la sentencia, y para el mundo exterior, Marco Antonio Valdés había dejado de existir. O mejor dicho, había mutado en algo que la sociedad mexicana prefiere ignorar: un fracasado.
La rutina de Marco y Jazmín se había convertido en una coreografía de supervivencia y engaño, ejecutada con precisión militar.
A las 5:30 de la mañana, el despertador del viejo celular Nokia de Marco (un “cacahuatico” que usaba para su identidad pública) sonaba en la oscuridad helada de la biblioteca. Afuera, el bosque respiraba humedad y silencio. Adentro, en la “zona segura” aislada térmicamente, Marco se levantaba de su catre. Lo primero que hacía no era prender la luz, sino revisar los monitores del sótano.
Las pantallas brillaban en la oscuridad como ojos de cíclope, mostrando el pulso financiero de Asia y Europa que ya estaban cerrando mercados. Marco revisaba sus posiciones en futuros de litio y criptomonedas, ajustaba un par de algoritmos de trading que había programado él mismo, y luego, cerraba todo.
Volvía a subir. Se quitaba la pijama térmica de alta tecnología y se ponía su “disfraz”: unos pantalones de mezclilla desgastados en las rodillas (comprados en un tianguis de segunda mano), una camisa de franela que había visto mejores tiempos y unas botas de trabajo llenas de lodo seco. Se dejaba la barba de tres días, cuidando que se vieran las canas. Se despeinaba un poco.
—El diablo está en los detalles, Jaz —le decía a su hija mientras le preparaba el desayuno: avena con agua, porque la leche se echaba a perder rápido sin un refrigerador grande.
Jazmín, con sus diez años, había aprendido a jugar su papel a la perfección. Ya no se quejaba del frío. Se ponía su uniforme escolar, que Marco lavaba a mano y secaba frente al calentador eléctrico, y guardaba en su mochila un sándwich de jamón y queso. Nada de luncheras térmicas de marca, nada de termos Yeti. Una bolsa de papel y una botella de agua reciclada.
—Recuerda —le dijo Marco esa mañana, mientras caminaban hacia la parada del camión, iluminando el sendero con una linterna vieja—, si te preguntan qué hiciste el fin de semana…
—Les digo que ayudé a mi papá a arreglar el techo porque se metía el agua —recitó Jazmín con tono aburrido.
—Exacto. Nada de mencionar que vimos películas en 4K con sonido envolvente ni que comimos sushi importado.
—Entendido, papá. Soy la niña pobre de la casa embrujada.
Subirse al camión “Guajolotero” que bajaba del pueblo de Santa Rosa hacia Santa Fe era una experiencia sensorial. Olía a diesel quemado, a perfume barato y a tamales de verde. Marco pagaba los pasajes contando las monedas lentamente, como si cada peso le doliera. La gente lo miraba con esa mezcla de lástima y desprecio que los mexicanos reservan para los que “ya dieron el viejazo”.
—Ese señor se parece al que salía en las revistas, ¿no? —susurró una señora con bolsas de mandado a su comadre.
—¡Ay, cómo crees! Ese era millonario. Este pobre tiene cara de que no le alcanza ni para los frijoles. Dicen que el Valdés se fue a vivir a Miami.
Marco sonrió para sus adentros, escondido tras el cuello de su chamarra. La invisibilidad era su superpoder.
La Jungla de Asfalto: Escuela y Sociedad
Dejar a Jazmín en la escuela seguía siendo el momento más difícil del día. El colegio “San Patricio” era una pasarela de estatus. Mientras Marco se alejaba caminando hacia la avenida para tomar otro transporte, veía cómo Jazmín entraba al patio.
Ese día, el conflicto estalló a la hora del recreo.
Jazmín se sentó en una banca alejada, sacando su sándwich aplastado. Un grupo de niñas, lideradas por Regina, la hija de una de las mejores amigas de Clara, se acercó. Regina llevaba una lunchera que parecía un bolso de diseñador.
—Oye, Jazmín —dijo Regina con esa voz chillona y cruel que solo las niñas ricas pueden modular—. Mi mamá dice que tu papá es un “looser”. Que perdió todo porque es tonto.
Las otras niñas se rieron.
—¿Es cierto que viven en una cueva? —preguntó otra—. Huele a humedad tu suéter. Iugh.
Jazmín sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Quería gritarles. Quería decirles que su papá no era tonto, que era un genio. Que en su “cueva” tenía más dinero en efectivo del que sus papás verían en toda su vida. Quería sacar el iPhone 15 Pro que su papá le había regalado y que tenía estrictamente prohibido sacar de la casa, solo para verles la cara.
Pero recordó la voz de Marco: “La verdadera fuerza es el control. El que se enoja, pierde.”
Jazmín respiró hondo. Mordió su sándwich con calma.
—Mi papá dice que el dinero va y viene, Regina —dijo con una madurez que descolocó a las niñas—. Pero la educación, esa se nota que a ti ni con todo el dinero te la compraron.
Hubo un silencio de shock. Regina se puso roja de furia, pero no supo qué contestar. Se dio la media vuelta y se fue, seguida de su séquito.
Jazmín sonrió. Esa tarde, tendría una gran historia que contarle a Marco.
Mientras tanto, en el Tianguis de Mixcoac…
Marco estaba comprando verduras. No iba al Superama ni al City Market. Iba al mercado sobre ruedas. Allí, entre los puestos de lonas rosas, el olor a cilantro fresco y el grito de “¡Pásele marchantita!”, Marco se sentía extrañamente libre.
Estaba escogiendo jitomates, buscando los que estuvieran maduros pero no golpeados, cuando sintió una mano en su hombro. Se tensó. Su instinto de pelea se activó, pero se obligó a relajarse.
Se giró.
Era Roberto, un antiguo proveedor de papelería de Grupo Innova. Un hombre honesto, sencillo, al que Marco siempre había tratado con respeto.
—¿Don Marco? —preguntó Roberto, incrédulo, mirando la ropa vieja de Marco y la bolsa de mandado ecológica sucia.
Marco bajó la mirada, actuando avergonzado.
—Hola, Roberto. ¿Cómo estás?
—Híjole, don Marco… no sabía que la cosa estaba tan dura. —Roberto miró los jitomates en la bolsa de Marco—. Escuché lo del divorcio, pero… caray.
—Así es la vida, Beto. A veces estás arriba, a veces abajo. Ahorita toca apretarse el cinturón.
Roberto, conmovido, sacó su cartera.
—Oiga, jefe… no es mucho, pero… si necesita algo, un préstamo, o chamba… mi cuñado anda buscando chofer para su Uber. Usted maneja re bien.
Marco sintió un nudo en la garganta. No de humillación, sino de gratitud. En un mundo de tiburones como Clara, la decencia de este hombre era un diamante.
—Te lo agradezco mucho, Roberto. De verdad. Pero ya saldré adelante. No te preocupes por mí.
—Tenga —Roberto le metió un billete de 200 pesos en la bolsa de la camisa a la fuerza—. Para unos dulces para la niña. No me lo desprecie.
Marco quiso negarse, pero sabía que rechazarlo rompería su personaje y ofendería al hombre.
—Gracias, Beto. Nunca voy a olvidar esto. —Y lo decía en serio. Marco tenía una memoria de elefante para los agravios, pero también para los favores. Ese billete de 200 pesos valía más que los lingotes de su bóveda.
Marco se alejó entre la gente, con el billete quemándole el pecho. “Algún día, Roberto”, pensó. “Algún día te voy a devolver esto multiplicado por mil”.
El Circo de Clara: La “Nueva Era”
Mientras Marco contaba centavos en el mercado, Clara Iturbide estaba quemando millones en Polanco.
Las oficinas de Grupo Innova habían sufrido una transformación radical, y no para bien. El lobby, antes sobrio y elegante con mármol y madera, ahora parecía la entrada de un antro de moda: luces neón moradas, música lounge a todo volumen y recepcionistas que parecían modelos de pasarela y que no sabían ni contestar el conmutador.
En la sala de juntas principal, Clara presidía una reunión “creativa”. Había despedido al Sr. Montiel, el director financiero, la semana anterior.
—Era un aguafiestas —le dijo a sus amigas—. Todo el tiempo con sus “no hay presupuesto”, “cuidado con el flujo de caja”. ¡Qué hueva! Necesito gente con vibra positiva.
En su lugar, había contratado a “Sasha”, un gurú de estilo de vida y coach ontológico que había conocido en un retiro en Tulum. Sasha, un tipo con chongo, barba perfectamente perfilada y pulseras de madera, estaba sentado a la derecha de Clara, descalzo.
—El problema de Innova —dijo Sasha, moviendo las manos como si estuviera tejiendo energía— es que su aura es muy masculina, muy patriarcal. La logística es cuadrada. Necesitamos fluir.
—¡Exacto! —exclamó Clara, aplaudiendo—. Eso es lo que yo digo. ¿Por qué nuestros camiones son blancos y aburridos? Deberíamos pintarlos de colores. O ponerles frases inspiradoras.
El Gerente de Operaciones, un ingeniero veterano llamado ingeniero Salas, se atrevió a levantar la mano. Estaba sudando frío.
—Señora… pintar la flotilla costaría unos doce millones de pesos. Y tenemos trescientos camiones parados en la frontera porque no se ha pagado el diesel. La tarjeta de combustible corporativa fue rechazada ayer.
Clara rodó los ojos y miró a Sasha buscando apoyo.
—¿Ves? —dijo ella—. Pura negatividad. Salas, eres un vibras bajas.
—Pero señora, el diesel…
—¡Resuélvelo! —gritó Clara, perdiendo su máscara zen—. Pídelo a crédito. O usa la caja chica. No me vengas con problemas, venme con soluciones. Y por cierto, la próxima semana es la fiesta de relanzamiento de la marca. Quiero que todo el equipo directivo esté ahí. Código de vestimenta: “Futurista Chic”.
El ingeniero Salas bajó la cabeza, derrotado. Sabía que la caja chica estaba vacía porque Clara la había usado para pagar el anticipo de su nuevo departamento (un penthouse rentado en Santa Fe, ya que no podía comprar).
—Sí, señora.
La Torre de Control: Viendo el Desastre en 4K
Esa noche, en el sótano de la Ex-Hacienda San Gabriel, Marco y Jazmín estaban sentados frente al muro de monitores. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor azul de las pantallas y las luces LED ámbar de los servidores.
Comían pizza artesanal que Marco había aprendido a hacer en un horno de leña improvisado en el jardín trasero (para no gastar en delivery y mantener el perfil bajo).
—Mira esto, Jaz —dijo Marco, señalando el monitor central.
Tenían acceso a las cámaras de seguridad de las oficinas de Innova. Marco nunca había entregado las contraseñas maestras del sistema de vigilancia; simplemente había creado usuarios nuevos para Clara con permisos limitados, mientras él mantenía el acceso “Dios” oculto en el código fuente.
En la pantalla, veían la oficina de Clara vacía. Eran las 8:00 PM. Ella se había ido a las 4. Pero sobre el escritorio de cristal, había dejado una carpeta abierta.
Marco hizo zoom con la cámara 4K hasta que el texto de los documentos fue legible.
—¿Qué es eso, papá?
—Es el contrato de la fiesta de lanzamiento —dijo Marco, analizando las cifras—. Va a gastar cinco millones de pesos en una noche. Catering de lujo, DJ internacional, barra libre de champaña Dom Perignon.
—¿Y tiene dinero para eso?
—No. Está usando el dinero de la nómina de la próxima quincena. —Marco tecleó algo en su laptop—. Acabo de entrar al sistema bancario de la empresa. El saldo en la cuenta de nómina es de seis millones. Si se gasta cinco en la fiesta…
—Los empleados no van a cobrar —concluyó Jazmín, horrorizada—. Pobre señor Salas. Él siempre me regalaba dulces cuando iba a tu oficina.
—Exacto. Y cuando los empleados no cobran, la lealtad se muere. Y cuando la lealtad muere, la empresa colapsa.
Marco abrió otra ventana en su navegador. Era la interfaz de Fénix Holdings, su empresa fantasma.
—Es hora de apretar la tuerca, hija.
—¿Qué vas a hacer?
—La empresa de catering que contrató Clara se llama “Banquetes Imperiales”. Son buenos, pero cobran por adelantado el 50%. El otro 50% lo cobran el día del evento.
Marco investigó rápidamente a “Banquetes Imperiales”. Descubrió que el dueño tenía una deuda fiscal grande y estaba desesperado por liquidez.
Marco sonrió.
—Voy a comprar la factura del evento.
—¿Cómo?
—Voy a llamar al dueño del catering mañana. Le voy a ofrecer pagarle el 100% de lo que Clara le debe, ahora mismo, en efectivo, a cambio de que me ceda los derechos de cobro con un interés moratorio del 20% semanal si no le pagan el día del evento.
—El dueño va a aceptar porque necesita el dinero ya —dedujo Jazmín.
—Exacto. Y como sé que Clara no va a tener dinero para pagar el resto el día de la fiesta porque se lo va a gastar en vestidos y pendejadas… Fénix Holdings se convertirá en acreedor de Innova por otros 2.5 millones, más intereses.
—La estás rodeando, papá. Como en el juego de Risk.
—Mejor que Risk, mi amor. Esto es ajedrez. Y ella está jugando a las damas chinas.
La Fiesta del Siglo (y el Fantasma en la Máquina)
La noche del “Gran Relanzamiento de Innova” llegó dos semanas después. El lugar era un salón de eventos exclusivo en Polanco. Alfombra roja, paparazzis contratados, influencers invitados que no sabían ni qué vendía la empresa pero iban por la barra libre.
Clara llegó en una limusina, vestida con un traje plateado metálico que parecía papel aluminio de alta costura. Se veía espectacular, pero sus ojos denotaban un nerviosismo frenético, amplificado por varias copas de más antes de llegar.
Marco no estaba ahí, por supuesto. Estaba en la hacienda, sentado en su sillón ergonómico Herman Miller (uno de los pocos lujos que se había traído de la oficina meses antes, alegando problemas de espalda), viendo la transmisión en vivo a través de las historias de Instagram de los invitados.
—Mira qué ridículo —dijo Marco, señalando la pantalla donde Sasha, el gurú, estaba haciendo una “ceremonia de cacao” en medio de la pista de baile para “bendecir las utilidades”.
Jazmín se reía, tapándose la boca.
—Papá, eso es vergonzoso.
Pero la verdadera acción no estaba en la pista de baile. Estaba en la cocina del salón.
A las 11:00 PM, el jefe de meseros se acercó a Clara, que estaba brindando con un grupo de socialités.
—Disculpe, señora Iturbide.
—¿Qué pasa? Estoy ocupada —dijo ella, molesta.
—Es el pago final, señora. El contrato estipula que debe liquidarse antes de servir el plato fuerte. Son dos millones y medio. La terminal rechazó su tarjeta corporativa tres veces. Dice “Fondos Insuficientes”.
Clara se puso pálida bajo el maquillaje.
—¡Imposible! Debe ser un error del banco. Intenten otra vez.
—Ya intentamos con la American Express, la Visa y la Master. Todas rebotan. El dueño de la banquetera dice que si no hay pago en diez minutos, se retira el servicio y se llevan la comida.
El silencio en el grupo cercano fue incómodo. Las socialités intercambiaron miradas. “¿Tarjeta rechazada? Qué oso”.
Clara sintió que el mundo giraba. Corrió al baño para llamar a su contador (el nuevo, no Montiel).
—¡Sasha! —le gritó al teléfono, confundiendo el nombre—. ¡Digo, contador! ¡Transfiere dinero a la tarjeta ya!
—Señora… no hay dinero. La cuenta de operaciones está en ceros. Solo queda lo de la nómina, pero está en un fideicomiso que se libera hasta el lunes. No puedo tocarlo hoy.
—¡Maldita sea! —Clara golpeó el espejo del baño. Se le estaba corriendo el rímel.
Tuvo que salir y hacer lo impensable. Fue con el jefe de meseros y se quitó el collar de diamantes que llevaba puesto (uno que Marco le había regalado en su décimo aniversario).
—Ten —dijo temblando de rabia—. Esto vale el doble de tu estúpida cena. Tómalo como garantía. Mañana te pago.
El jefe de meseros examinó el collar. Llamó a su jefe.
—Acepta la garantía —dijo el dueño de la banquetera al teléfono—. Pero hazle firmar un pagaré por el total más penalización. Y asegúrate de que el pagaré esté a nombre de nuestro nuevo socio financiero… Fénix Holdings.
Clara firmó el papel sin leerlo, desesperada por volver a la fiesta y fingir que nada pasaba. No vio el nombre “Fénix”. Solo vio una salida.
En la hacienda, Marco recibió un mensaje de texto.
Transacción completada. Pagaré firmado. Garantía en custodia.
Marco dejó el teléfono sobre la mesa y tomó un sorbo de su té.
—Jaque, Clara.
—¿Ganamos? —preguntó Jazmín.
—Todavía no. Pero acabamos de ponerle el primer clavo a su ataúd financiero. Mañana va a tener resaca… y no va a ser por la champaña.
El Despertar de la Conciencia
A la mañana siguiente, la resaca de Clara fue, en efecto, monumental. Pero la de la empresa fue peor.
Los rumores de la tarjeta rechazada se esparcieron como pólvora. En el mundo de los negocios, la reputación es más frágil que el cristal. Los proveedores empezaron a llamar exigiendo pagos por adelantado. “Si no le pagó a los del catering, no nos va a pagar a nosotros”, decían.
El lunes, cuando los empleados llegaron y vieron que sus depósitos de nómina no habían caído (porque el banco retuvo los fondos automáticamente ante las señales de insolvencia que Marco había, sutilmente, ayudado a disparar con sus compras de deuda), el caos estalló.
Hubo paro de labores en la planta. Los choferes apagaron los motores.
Clara estaba encerrada en su oficina, con Sasha haciéndole una limpia con huevo para “quitarle el mal de ojo”.
—Es que alguien nos tiene envidia, Clarita —decía Sasha—. Son energías oscuras.
—Es Marco —masculló ella, con los ojos inyectados de sangre—. Estoy segura de que me está echando una maldición.
Sasha asintió solemnemente.
—Seguro hizo brujería en esa casa vieja.
Lo que Clara no entendía es que la “brujería” de Marco se llamaba Interés Compuesto y Apalancamiento Financiero.
En la Ex-Hacienda San Gabriel, Marco estaba en el jardín, enseñándole a Jazmín a podar un rosal antiguo que había sobrevivido al abandono.
—Para que una rosa florezca hermosa, Jazmín, a veces tienes que cortar las ramas muertas. Duele, se ve feo al principio, pero es necesario para que la planta sobreviva.
—¿Mamá es una rama muerta? —preguntó la niña, con una inocencia brutal.
Marco se detuvo, con las tijeras en la mano. Miró hacia el horizonte, donde la contaminación de la ciudad formaba una nube gris.
—Tu mamá… tu mamá es una flor que quiso crecer sin raíces. Y cuando viene el viento, las flores sin raíces se vuelan. Nosotros somos las raíces, Jaz. Estamos bajo tierra, sucios, oscuros… pero nosotros sostenemos todo.
El teléfono de Marco vibró. Era Arturo, el relojero.
Mensaje: “Oye, tengo un cliente interesado en un lote de oro. Paga en Euros. Discreto.”
Marco respondió: “Voy para allá. Prepara el café.”
Se limpió las manos en su pantalón viejo.
—Ve por tu mochila, hija. Hoy vamos al centro. Y de paso… vamos a comprarte esos tenis que querías. Pero los vas a usar solo aquí adentro, ¿ok?
—¡Siii! —Jazmín corrió hacia la casa.
Marco se quedó un momento más mirando la casa. Ya no se veía tan ruinosa. Había limpiado el camino. Había arreglado las tejas. Poco a poco, la fortaleza exterior empezaba a reflejar la fuerza interior.
La partida estaba a la mitad. Clara estaba cometiendo errores forzados, pero todavía tenía el control legal de la empresa. Faltaba el golpe final. El movimiento que la obligaría a vender.
Y Marco sabía exactamente cuál sería ese movimiento.
—Cuidado con lo que deseas, Clara —susurró al viento—. Querías ser dueña de todo. Ahora vas a ser dueña de tus deudas.
El sol rompió la niebla por un instante, iluminando la fachada de piedra negra de la hacienda. Por primera vez en décadas, la casa no parecía un lugar de muerte. Parecía un lugar de espera. Un volcán a punto de despertar.
CAPÍTULO 4: EL ERROR DE LOS MILLONES Y LA BASURA DE ORO
El invierno llegó temprano al Desierto de los Leones. En esa zona de la montaña, el frío no es solo temperatura; es una entidad física que se cuela por debajo de las puertas y muerde los huesos. La neblina se volvió permanente, convirtiendo el bosque en un paisaje fantasmal donde los árboles parecían espectros vigilando la vieja Ex-Hacienda San Gabriel.
Para Marco, el frío era un aliado. Mantenía a los curiosos alejados. Nadie en su sano juicio subía por la carretera vieja si no tenía que hacerlo.
Dentro de la hacienda, sin embargo, el ambiente era muy distinto. Con las ganancias de sus inversiones de bajo perfil y el “rescate” de deudas, Marco había logrado rehabilitar discretamente el sistema de calefacción central. No era perfecto —las tuberías viejas gemían como almas en pena cuando el agua caliente circulaba—, pero la casa ya no era un refrigerador.
Jazmín estaba sentada en la alfombra de la biblioteca (una alfombra persa antigua que Marco había sacado de un baúl olvidado), haciendo su tarea de matemáticas.
—Papá, ¿cuánto es el 15% de 50 millones? —preguntó, mordiendo la punta de su lápiz.
Marco, que estaba soldando un componente en una placa base de servidor, ni siquiera levantó la vista.
—Siete millones y medio. ¿Por qué la pregunta? ¿Problemas de la escuela?
—No —dijo Jazmín con naturalidad—. Es que en las noticias dijeron que Grupo Innova va a vender la división de “Investigación y Desarrollo” por 50 millones de pesos para pagar deudas. Y quería saber cuánto se va a quedar el banco de comisión.
Marco soltó el cautín. El humo del estaño subió en una espiral delgada.
—¿Qué dijiste?
—Salió en el Twitter de un periodista financiero. Dice: “Clara Iturbide remata la joya de la corona de Innova”.
Marco se levantó de un salto y fue hacia los monitores. Sus dedos volaron sobre el teclado.
—Maldita sea, Clara —murmuró—. Estás vendiendo el cerebro para comprar maquillaje.
La división de I+D (Investigación y Desarrollo) no eran solo laboratorios. Era el futuro. Ahí estaban las patentes de logística automatizada, los prototipos de drones de carga, los algoritmos que Marco había escrito durante noches de insomnio. Venderla por 50 millones era un insulto. Valía diez veces más. Pero Clara estaba desesperada por liquidez rápida.
—Jazmín —dijo Marco, con esa voz que usaba cuando entraba en “modo guerra”—. Prepara tu mochila. Mañana no vas a la escuela.
—¿Vamos a una misión? —Los ojos de la niña brillaron.
—Vamos a ir de compras. Pero no al centro comercial. Vamos a ir al deshuesadero.
La Fuga de Cerebros (y un Café en el Sanborns)
Antes de detener la venta, Marco necesitaba asegurar el activo más importante: el talento.
La división de I+D estaba dirigida por el Ingeniero Felipe Salas, el mismo que había intentado advertir a Clara sobre el diesel. Salas era un genio de la robótica, un hombre de sesenta años que usaba camisas de cuadros y bolígrafos en el bolsillo. Un “Godínez” de pura cepa, pero con un cerebro nivel NASA.
Marco sabía dónde desayunaba Salas todos los martes: en el Sanborns de los Azulejos, en el centro.
A las 8:30 AM, Marco entró al restaurante. Llevaba su disfraz habitual: chamarra de mezclilla vieja, gorra de beisbol y barba crecida. Se veía como un obrero que acababa de salir del turno de noche.
Localizó a Salas en una mesa del rincón, frente a unos molletes con salsa mexicana. El ingeniero se veía devastado. Tenía ojeras profundas y miraba su café como si fuera veneno.
Marco se acercó y se sentó frente a él sin pedir permiso.
—Está buena la salsa hoy, ¿no, Inge?
Salas levantó la vista, molesto.
—Disculpe, señor, estoy esperando a… —Se detuvo. Entornó los ojos detrás de sus lentes gruesos—. ¿Licenciado Valdés? ¿Es usted?
—Shhh —Marco puso un dedo sobre sus labios—. Baja la voz, Felipe. Aquí las paredes oyen.
—¡Dios santo! —susurró Salas, mirando a Marco de arriba abajo—. Los rumores eran ciertos. Lo dejaron en la calle. Mírese nada más… perdone que lo diga, pero parece que vive debajo de un puente.
Marco sonrió y tomó una tostada de la canasta de pan.
—Las apariencias son herramientas, Felipe. A veces conviene parecer un león, y a veces conviene parecer un ratón. Ahorita soy un ratón. Pero un ratón con mucha hambre.
El ingeniero suspiró y dejó caer los hombros.
—Pues usted está mejor que nosotros, jefe. La empresa es un manicomio. Esa mujer… la señora Clara… está loca. Despidió a la mitad del equipo técnico porque dijo que “no tenían buena vibra”. Y ahora quiere vender el laboratorio de Querétaro a una empresa china. Van a desmantelar todo, Marco. Veinte años de trabajo a la basura.
—Lo sé —dijo Marco, poniéndose serio—. Por eso estoy aquí. No voy a dejar que eso pase.
—¿Y qué va a hacer? Con todo respeto, Licenciado, no tiene ni para pagar estos molletes. —Salas sacó su cartera—. Déjeme invitarle el desayuno, por los viejos tiempos.
Marco detuvo la mano del ingeniero con suavidad.
—Guarda tu dinero, Felipe. Lo vas a necesitar cuando renuncies hoy mismo.
—¿Renunciar? Si renuncio pierdo mi liquidación. Y a mi edad, ¿quién me va a contratar? Tengo hipoteca, tengo nietos…
—Yo te contrato —dijo Marco.
Salas lo miró con lástima.
—Jefe… no tiene oficina.
—Tengo algo mejor. Tengo una visión. Y tengo capital. —Marco sacó de su bolsillo un sobre manila arrugado y lo deslizó por la mesa—. Ábrelo. Pero hazlo aquí abajo, que no se vea.
Salas abrió el sobre con desconfianza. Dentro había un contrato. Membretado con el logo de un fénix dorado. Y un cheque.
Cuando Salas vio la cifra del cheque (un bono de contratación por adelantado), casi se ahoga con el café.
—Esto… esto es… ¿Son dólares?
—Son dólares. Y el contrato es por el doble de tu sueldo actual. Vas a trabajar para Fénix Holdings. Es una empresa nueva, perfil bajo. Nadie sabe quién es el dueño.
—¿Y quién es el dueño?
Marco se inclinó sobre la mesa, sus ojos oscuros brillando bajo la visera de la gorra.
—Digamos que es alguien que sabe que los robots valen más que los zapatos de diseñador. ¿Te unes al equipo, Felipe? Tu única misión es salir de Innova hoy mismo y traerte a los tres mejores ingenieros contigo. Pero no se traigan nada físico. Ni una USB, ni un papel. Solo lo que traigan en la cabeza.
Salas miró el cheque, miró a Marco, y luego miró alrededor del restaurante, a los meseros con sus trajes típicos, al ruido de la ciudad. Sintió una inyección de adrenalina que no sentía desde que era pasante.
—¿Hoy mismo?
—Hoy mismo. Antes de que Clara venda el laboratorio. Quiero que cuando los chinos lleguen a inspeccionar, encuentren cascarones vacíos y computadoras formateadas.
Salas sonrió. Una sonrisa traviesa de conspirador.
—A las 12 del día presento mi carta. Y jefe… —Salas se levantó—. Gracias.
—No me des las gracias todavía. El trabajo va a ser duro. Vamos a reconstruir el mundo desde un sótano.
—Donde sea, Licenciado. Donde sea.
La Venta de Garaje Corporativa
Mientras Salas ejecutaba la “Operación Éxodo” en las oficinas, Marco y Jazmín se dirigían a la zona industrial de Vallejo.
Clara, en su infinita ignorancia, había ordenado “limpiar” el almacén central de archivos muertos.
—Todo eso huele a viejo —había dicho—. Papeles, cajas, maquetas viejas. Tiren todo. Quiero ese espacio para hacer un gimnasio para ejecutivos.
Lo que Clara llamaba “basura” era el archivo histórico de la empresa. Planos originales, bitácoras de patentes, estudios de mercado de diez años. Legalmente, al tirar esos documentos, estaba perdiendo la protección de propiedad intelectual de muchos proyectos.
Marco no podía entrar a la empresa a recogerlos. Pero sabía quién recogía la basura industrial.
“Reciclados El Gato”, una chatarrera enorme en el norte de la ciudad.
Llegaron en un taxi viejo. El lugar era un mar de metal retorcido, montañas de cartón y olor a óxido.
—Ponte el cubrebocas, Jaz —dijo Marco—. Aquí hay mucho polvo.
Entraron a la oficina, una caseta de lámina donde un hombre gordo contaba monedas.
—Buenas, patrón —saludó Marco con acento de barrio—. Oiga, me dijeron que hoy le trajeron un viaje grande de Grupo Innova. Papel y fierro viejo.
El hombre escupió al suelo.
—Simón. Llegaron dos camiones hace rato. Puro archivo muerto y unas computadoras que no sirven pa’ nada. Lo van a hacer pulpa mañana.
—Mire, mi hija necesita material para una tarea de arte… ya sabe, reciclaje —mintió Marco—. ¿Me deja echarle un ojo a ver si me sirve algo? Le pago el kilo al doble de lo que le dan en la planta.
El hombre le brillaron los ojos.
—Pásale, güero. Está en la bodega 4. Pero apúrale que cierro a las 6.
Marco y Jazmín corrieron hacia la montaña de cajas con el logotipo de Innova. Era doloroso ver el trabajo de su vida tirado así, como desperdicio.
—Busca las cajas rojas, Jaz. Las que dicen “Confidencial” o “Prototipo”.
Trabajaron durante dos horas, sudando bajo el techo de lámina, moviendo cajas pesadas.
—¡Papá! —gritó Jazmín desde lo alto de una pila—. ¡Mira esto!
Jazmín sostenía una caja negra, sellada con cinta de seguridad. Decía: PROYECTO COLIBRÍ – 2022.
Marco sintió que el corazón se le detenía.
El “Proyecto Colibrí” era un diseño revolucionario de micro-baterías de larga duración para drones. Nunca lo habían patentado porque Marco estaba perfeccionándolo cuando llegó el divorcio. Clara no sabía qué era. Para ella, era solo una caja con cables y diagramas feos.
Si esa caja se destruía, la tecnología se perdía para siempre. Si alguien más la encontraba, podían robarle la idea.
—¡Bien hecho, hija! —Marco trepó y tomó la caja como si fuera el Santo Grial.
Siguieron buscando. Encontraron los libros de actas originales de la empresa (que Clara, estúpidamente, había desechado por ser “viejos”), discos duros externos con los respaldos de 2018 a 2023, y carpetas con los contratos originales de los clientes más grandes.
Llevaron todo a la báscula. Eran 200 kilos de “basura”.
—¿Se lleva todo eso, jefe? —preguntó el chatarrero—. Son puros papeles viejos.
—Me sirve pa’ envolver regalos —bromeó Marco, pagando en efectivo—. Quédese con el cambio.
Subieron las cajas a una camioneta de fletes que Marco contrató ahí mismo. Mientras se alejaban, Marco acarició la caja negra del Proyecto Colibrí.
—Clara acaba de tirar el boleto de lotería ganador —dijo—. Y nosotros lo acabamos de recoger.
La Caída de la “Vibra Alta”
Mientras Marco rescataba su legado de la basura, en las oficinas de Innova, el caos reinaba.
Felipe Salas había presentado su renuncia a las 12:00 PM en punto. Y tal como Marco predijo, no se fue solo.
A las 12:15, el Gerente de Sistemas presentó su renuncia.
A las 12:30, la Jefa de Laboratorio.
A la 1:00 PM, cinco ingenieros senior dejaron sus gafetes en recepción y salieron caminando en fila, como un desfile fúnebre de talento.
Clara estaba en medio de una sesión de “Mindfulness Corporativo” cuando su asistente (la tiktoker) entró corriendo, pálida, interrumpiendo el sonido de los cuencos tibetanos.
—¡Señora! ¡Se están yendo!
—¿Quiénes? —preguntó Clara, abriendo un ojo.
—Los ingenieros. Salas y todo su equipo. Dicen que renuncian. Que se van a otra empresa.
—¡Déjalos que se larguen! —gritó Clara, levantándose furiosa—. ¡Traidores! ¡Malagradecidos! Nadie es indispensable. Contrata a otros. Busca en LinkedIn, hay miles de ingenieros muertos de hambre que querrían trabajar aquí.
—Pero señora… —la asistente temblaba—. Los inversionistas chinos llegan mañana. Vienen a ver el laboratorio. Si no hay ingenieros… ¿quién les va a explicar la tecnología? Yo no sé nada de robots.
Clara se quedó helada.
Los chinos. La venta de 50 millones. Si ellos veían el laboratorio vacío, sin el personal clave, cancelarían el trato.
—¡Llámales! ¡Ofreceles más dinero! ¡Diles que les doy un aumento!
—Ya lo intenté, señora. El Ingeniero Salas dijo… —la chica tragó saliva—… dijo que prefería vender chicles en el metro que trabajar un minuto más para usted.
Clara gritó de frustración y lanzó un vaso de agua contra la pared. El vaso, de cristal cortado importado, se hizo añicos.
—¡Sasha! —llamó a su gurú—. ¡Haz algo! ¡Limpia la energía!
Sasha, que estaba viendo su celular preocupado por si su cheque iba a rebotar, solo se encogió de hombros.
—Clarita, nena… creo que el karma está un poco denso hoy. Me tengo que ir, tengo una clase de Reiki a las 4.
Sasha salió de la oficina, dejando a Clara sola en su torre de cristal, rodeada de muebles caros y un silencio aterrador.
La Cena de los Conspiradores
Esa noche, la Ex-Hacienda San Gabriel estaba más viva que nunca.
Marco había habilitado el comedor principal. Había quitado los plásticos de los muebles, encendido la chimenea real con leños de encino, y puesto la mesa con la vajilla de porcelana que había estado guardada en cajas.
No era una cena de gala. Era una cena de trabajo.
Alrededor de la mesa estaban: Marco (ya afeitado y con ropa limpia), Jazmín, el Ingeniero Salas, y tres de los ingenieros principales que habían renunciado.
Comían pozole. Un pozole rojo, espeso y delicioso que Marco había preparado en una olla gigante.
—Entonces… —dijo uno de los ingenieros, mirando las paredes de piedra y luego a Marco—. ¿Esta es la sede de Fénix Holdings?
—Por ahora —respondió Marco, sirviéndose más lechuga—. Es nuestra incubadora. Aquí no pagamos renta, no pagamos luz comercial, y lo más importante: aquí no hay “vibras altas” ni gurús descalzos. Aquí hay ingeniería pura.
Salas levantó su copa de tequila.
—Por la ingeniería pura. Y por el jefe que sí sabe lo que hace.
Todos brindaron.
—Tengo una noticia —dijo Marco, poniéndose de pie—. Hoy recuperamos el Proyecto Colibrí.
Hubo un grito colectivo de asombro. Los ingenieros sabían que ese proyecto era mítico.
—Lo encontré en la basura —continuó Marco, disfrutando la ironía—. Literalmente. Clara lo tiró.
—No puede ser tan estúpida… —murmuró una ingeniera.
—Lo es. Y gracias a su estupidez, tenemos la base para nuestra primera patente. Pero no vamos a venderla. Vamos a mejorarla. —Marco miró a su equipo—. Quiero que el Colibrí vuele el doble de tiempo. Quiero que sea solar. Y quiero que esté listo en tres meses. ¿Pueden hacerlo?
—Jefe… —dijo Salas con una sonrisa depredadora—. Con este equipo y sin burocracia, se lo tenemos en dos meses.
De repente, el teléfono de Marco sonó con una alerta estridente.
Todos callaron.
Marco revisó el mensaje. Su rostro se endureció. Luego, una sonrisa fría, casi cruel, apareció en sus labios.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó Jazmín.
—Es una alerta del Registro Público de la Propiedad.
Marco giró el teléfono para mostrarles la pantalla.
—Clara acaba de hipotecar la casa de Lomas.
Hubo un murmullo en la mesa. La casa de Lomas era la mansión familiar. El símbolo máximo del estatus de los Valdés-Iturbide. Hipotecarla era el último recurso de un ahogado.
—¿Por cuánto? —preguntó Salas.
—Por 20 millones. Con una tasa de interés variable del 18%. Es un suicidio financiero. Lo hizo con una financiera “patito”, porque los bancos grandes ya no le prestan.
Marco se sentó lentamente.
—Necesita el dinero para pagar la nómina y evitar la huelga, ahora que se le cayó la venta con los chinos. Está tapando un hoyo abriendo otro más grande.
Jazmín miró a su padre.
—Esa era nuestra casa, papá. Ahí crecí.
—Era una casa, Jaz. Ladrillos y cemento. —Marco le tomó la mano—. Pero no te preocupes. Esa financiera “patito” a la que le pidió el dinero…
Marco hizo una pausa dramática.
—…es una subsidiaria de Fénix Holdings.
El silencio en la sala fue total. Salas soltó una carcajada nerviosa.
—Jefe… usted es el diablo.
—No, Salas. Soy el banco. Y el banco siempre gana.
Marco miró el fuego de la chimenea. Podía ver, en su mente, a Clara firmando los papeles de la hipoteca con manos temblorosas, pensando que se había salvado, sin saber que acababa de entregarle las llaves de su castillo al enemigo.
—Señores —dijo Marco, levantando su copa una vez más—. Coman bien. Mañana empezamos a construir el futuro. Y Clara… Clara empieza a pagar la renta.
Afuera, el viento aullaba contra los muros de la hacienda. Pero adentro, el calor era intenso. Era el calor de la victoria cocinándose a fuego lento. El “Rey de la Basura” tenía ahora el control total del tablero, y la Reina estaba a un movimiento del Jaque Mate.
CAPÍTULO 5: LA DANZA DE LOS BUITRES Y EL DRON QUE VINO DEL FRÍO
El invierno en la Ciudad de México no es de nieve, es de smog y cielos grises que aplastan el ánimo. Pero en la Ex-Hacienda San Gabriel, el ambiente era eléctrico.
Habían pasado cuatro meses desde la “Venta de Garaje” donde Marco recuperó el Proyecto Colibrí. La antigua biblioteca, antes húmeda y lúgubre, se había transformado en un laboratorio de alta tecnología que haría llorar de envidia a cualquier startup de Silicon Valley.
Mesas de trabajo de acero inoxidable brillaban bajo luces LED de espectro completo. Impresoras 3D de resina zumbaban suavemente, esculpiendo piezas aerodinámicas. Y en el centro de la sala, suspendido en el aire por su propia fuerza, flotaba el prototipo.
Era pequeño, del tamaño de una paloma, negro mate y silencioso. No tenía las hélices ruidosas de un dron normal; usaba un sistema de propulsión iónica experimental que el Ingeniero Salas y Marco habían perfeccionado durante noches enteras de café y tacos.
—Estabilidad al 99% —cantó Salas desde su monitor, con una sonrisa que le llegaba a las orejas—. Consumo de batería: insignificante. Jefe, esta cosa puede volar doce horas seguidas sin recargar. Y con los paneles solares en las alas… teóricamente es perpetuo mientras haya sol.
Marco, con los brazos cruzados y una barba ya bien recortada que le daba un aire de patriarca bíblico moderno, asintió.
—Es hermoso, Felipe.
—Es una mina de oro —corrigió Salas—. Amazon mataría por esto para sus entregas. El ejército mataría por esto para vigilancia.
—Y Clara lo tiró a la basura —dijo Jazmín desde un rincón, donde estaba haciendo su tarea en una tablet nueva (comprada con las ganancias de criptomonedas).
La mención de Clara bajó la temperatura de la sala unos grados.
Marco tomó el control remoto y aterrizó el dron suavemente sobre la mesa.
—Hablando de Clara… hoy es día 15.
Salas miró su reloj.
—Día de corte.
—Día de pago de la primera mensualidad de la hipoteca de la casa de Las Lomas —corrigió Marco con frialdad—. La hipoteca que tiene con Fénix Holdings.
Marco caminó hacia su “Torre de Control”. Abrió la interfaz bancaria.
La cuenta receptora parpadeaba en rojo: PENDIENTE.
Eran las 4:55 PM. Los bancos cerraban operaciones a las 5:00 PM.
—Cinco minutos —murmuró Marco—. Si no paga en cinco minutos, entran los intereses moratorios. Y si no paga en 48 horas, entra la cláusula de ejecución anticipada.
—No va a pagar, papá —dijo Jazmín sin levantar la vista—. Vi sus historias. Está en Tulum en un retiro de “Desintoxicación del Alma”.
Marco soltó una risa seca.
—El alma le va a salir carísima.
A las 5:01 PM, el sistema emitió un pitido.
ESTADO: INCUMPLIMIENTO DE PAGO.
ACCIÓN AUTOMÁTICA: ACTIVAR COBRANZA EXTRAJUDICIAL.
Marco tecleó un comando. No envió un cobrador amable. Envió una notificación legal certificada a los abogados de Clara y, simultáneamente, activó a los “perros de presa”.
—Que empiece el show —dijo Marco.
La Cruda Realidad (y un Mojito en la Playa)
A mil doscientos kilómetros de distancia, en un hotel eco-chic de Tulum donde la noche costaba mil dólares, Clara Iturbide estaba acostada en un camastro, con un mojito en la mano y unas gafas Gucci puestas.
Su teléfono, que había puesto en “No Molestar”, vibraba incesantemente sobre la mesita de madera rústica.
—Ay, qué intensidad —se quejó, estirando la mano para ver la pantalla.
Veinte llamadas perdidas del contador. Quince de la oficina. Tres de su abogado.
—¿Qué quieren ahora? —bufó.
Contestó la llamada del abogado, Licenciado Pineda.
—¡Clara! ¡Por fin contestas! —la voz de Pineda sonaba al borde del pánico.
—Pineda, estoy en un retiro espiritual. Me estás cortando la vibra. ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? ¡Pasa que no pagaste la hipoteca de la casa! Me acaban de notificar los de Fénix Holdings.
Clara rodó los ojos detrás de las gafas oscuras.
—Ay, por favor. Se me pasó la fecha. Mañana les transfiero. Que no sean dramáticos. Es solo un día.
—¡No, Clara, no entiendes! Leíste el contrato que firmaste, ¿verdad?
—Tú lo leíste, para eso te pago.
—¡Te dije que era un contrato leonino! —gritó Pineda—. Tienen una cláusula de “Aceleración de Deuda”. Si fallas un pago, tienen derecho a exigir la totalidad del préstamo de inmediato o embargar bienes equivalentes para cubrir el riesgo. ¡Y ya empezaron!
Clara se sentó en el camastro, derramando un poco de mojito.
—¿Qué quieres decir con que “ya empezaron”?
—Están en las oficinas de Innova, Clara. Con una orden judicial. Van por los autos.
Clara sintió que el sol del Caribe se volvía frío de repente.
—¿Mis autos?
—El Porsche, la G-Wagon, y la flotilla ejecutiva. Clara… tienes que regresar a México ya. Esto se está hundiendo.
El Circo en Polanco: #LadyDeudas
La escena en las oficinas corporativas de Grupo Innova, en pleno corazón de Polanco, era digna de una película de acción, pero sin héroes.
Dos camiones de plataforma estaban estacionados frente al edificio de cristal, bloqueando el tráfico de la Avenida Masaryk. Una docena de hombres con chalecos que decían “Poder Judicial” y “Recuperación de Activos” estaban discutiendo con los guardias de seguridad.
Pero lo peor no eran los camiones. Lo peor eran los celulares.
Decenas de peatones, oficinistas que habían bajado por un café y curiosos se habían detenido a grabar. En la era de TikTok, la desgracia ajena es el contenido más viral.
Marco estaba viendo todo en vivo desde la hacienda, a través de la cámara de seguridad del lobby y de un stream en Facebook Live de un repartidor de Rappi que narraba los hechos.
—“¡No manchen banda! Se están llevando la nave de la dueña. Chequen nada más, están subiendo el Porsche a la grúa. ¡Qué oso!” —decía el repartidor en el video.
En la pantalla, se veía al Actuario, un hombre bajito con un traje brilloso y una carpeta bajo el brazo, dando instrucciones.
—Súbanla con cuidado, no quiero que la rayen. Es garantía de pago.
La recepcionista tiktoker de Clara salió corriendo, con el teléfono en la oreja, llorando.
—¡No se la pueden llevar! ¡La señora Clara va a llegar en cualquier momento! ¡Saben quién es ella!
El Actuario ni siquiera la miró.
—Señorita, dígale a su jefa que si quiere su coche, pague los 20 millones más intereses. Y apúrense con la camioneta blindada, que estorba.
El momento cumbre llegó cuando intentaron sacar la Mercedes G-Wagon del estacionamiento subterráneo. Sasha, el gurú de las vibras, estaba intentando salir en ella con sus maletas (huyendo del barco antes de que se hundiera del todo).
Los cargadores le bloquearon el paso.
—Bájese del vehículo, joven. Es propiedad embargada.
—¡Oigan, oigan! ¡Namasté! —gritaba Sasha—. ¡Esto es un atropello a mis derechos humanos! ¡Tengo cuarzos muy caros ahí adentro!
La policía tuvo que intervenir para bajar a Sasha, quien salió pataleando y gritando maldiciones que no tenían nada de zen.
El video de “Sasha el Gurú” siendo arrastrado por dos policías mientras gritaba “¡Me están ensuciando el chakra!” se hizo tendencia en Twitter en menos de una hora. El hashtag #LadyDeudas (refiriéndose a Clara) y #LordChakra se posicionaron en el top 10 de México.
Marco, comiendo palomitas en su sótano, negó con la cabeza.
—Pobre diablo. Nunca entendió que en los negocios, el karma no es místico. Es matemático.
La Soledad del Trono Vacío
Clara aterrizó en el aeropuerto de Toluca esa misma noche en un vuelo privado que tuvo que pagar con su reloj Cartier, porque todas sus tarjetas estaban bloqueadas.
Nadie fue a recibirla.
No había chofer. No había camioneta blindada.
Tuvo que pedir un Uber. El conductor, un chico joven, la miraba por el retrovisor con curiosidad.
—Oiga… usted se parece a la del video, ¿no? La de los coches embargados.
Clara se puso las gafas oscuras, aunque era de noche.
—No sé de qué me hablas. Conduce.
Llegó a su casa en Lomas de Chapultepec. La casa que Marco había comprado con tanto esfuerzo y que ella había convertido en un escaparate de revista.
Al intentar abrir la reja eléctrica, el control no funcionó.
—Maldita sea —gruñó.
Bajó del Uber y empujó la puertecita peatonal. Estaba abierta.
Caminó por el sendero de piedra. La casa estaba a oscuras.
—¿Servidumbre? —gritó al entrar—. ¡Lupita! ¡Juana! ¿Dónde demonios están?
En la cocina, encontró una nota sobre la isla de mármol. Estaba escrita en una hoja de cuaderno escolar.
“Señora Clara: Nos fuimos. No nos ha pagado en tres quincenas y vimos en las noticias que se están llevando todo. Nos llevamos la vajilla de plata y la Thermomix como pago de lo que nos debe. Que Dios la bendiga.”
Clara se dejó caer en el suelo frío de la cocina.
La casa estaba en silencio. Un silencio aterrador. No era el silencio de paz de la hacienda de Marco; era el silencio del abandono.
Abrió el refrigerador. Estaba vacío, salvo por una botella de champaña abierta y sin gas y un limón seco.
Sintió una opresión en el pecho. No era tristeza. Era pánico. Pánico puro y duro.
—¿Cómo pasó esto? —susurró—. Yo lo tenía todo. Yo gané. El juez dijo que yo gané.
Su celular sonó. Era el único “amigo” que le quedaba: un promotor de eventos llamado Kike, que siempre andaba buscando dinero.
—¿Clara? Oye, nena, vi lo de las noticias. Qué mal plan. Oye, solo para avisarte… la mesa que tenías reservada para el Fashion Week… la cancelaron. Dicen que tu imagen ya no va con la marca. Sorry, bye.
Clara lanzó el teléfono contra la pared. La pantalla se estrelló, pero el aparato siguió sonando. Una notificación de Instagram.
La tomó con manos temblorosas.
Era una foto de Marco.
Pero no una foto actual. Era una foto vieja, de hacía cinco años, que alguien había reposteado. Marco salía en la planta, con casco y chaleco, sonriendo con los obreros.
El comentario decía: “Cuando Innova tenía líder. Extrañamos al Ingeniero Valdés. #InnovaSeHunde”.
El Contraataque desde las Sombras
A la mañana siguiente, Marco convocó a una junta de guerra en la Ex-Hacienda.
El Ingeniero Salas, los otros cuatro ingenieros y Jazmín estaban presentes.
—La situación es crítica —dijo Marco, proyectando la gráfica de acciones de Grupo Innova en la pared de piedra. Era una línea roja en caída libre—. La acción vale hoy 2 pesos. Hace un año valía 45.
—Es basura —dijo Salas.
—Es una oportunidad —corrigió Marco—. La empresa está técnicamente en quiebra. Los acreedores (que somos nosotros, vía Fénix Holdings y las deudas que compramos) tenemos derecho a solicitar un concurso mercantil.
—¿Eso qué significa, papá? —preguntó Jazmín.
—Significa que un juez interviene la empresa. Quita a la administración actual (o sea, a tu mamá) y nombra a un administrador para salvar lo que queda.
—¿Y ese administrador serías tú?
—No directamente. Sería un representante de Fénix. Pero el objetivo final es la subasta. Cuando la empresa se declare en quiebra total, sus activos se rematarán. Y ahí es donde entraremos nosotros.
Pero había un problema.
—Hay un rumor —dijo uno de los ingenieros jóvenes, levantando la mano—. Tengo un amigo que todavía está en Sistemas allá. Dice que Clara está desesperada. Que está tratando de vender la base de datos de clientes a la competencia. A Logística Global.
Marco golpeó la mesa con el puño.
—¡Eso es ilegal! ¡Esos datos tienen cláusulas de confidencialidad!
—A ella no le importa la ley, jefe. Necesita efectivo ya. Si vende la lista de clientes, Innova no vale nada. Los clientes son el alma del negocio.
Marco se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro. La chimenea crepitaba.
—Tenemos que detenerla. No podemos esperar al concurso mercantil. Tenemos que forzarla a ceder el control voluntariamente.
—¿Cómo? —preguntó Salas—. Esa mujer es orgullosa. Preferiría quemar la empresa antes que dársela a usted.
—A mí no —dijo Marco, deteniéndose frente al retrato al óleo de un antepasado desconocido que colgaba en la pared—. Pero tal vez se la ceda a su “salvador”.
Marco miró a Jazmín.
—Hija, necesito que me prestes tu tablet. Voy a hacer una videollamada. Pero no como Marco Valdés.
—¿Como quién?
Marco sonrió, una sonrisa de tiburón.
—Como el CEO de Fénix Holdings. El misterioso inversionista extranjero que tiene su hipoteca y sus deudas. Es hora de que conozca al dueño de su pesadilla.
La Llamada del Fénix
Clara estaba en la sala de su casa vacía, envuelta en una bata de seda, bebiendo whisky a las 10 de la mañana.
Su laptop zumbó. Una solicitud de Zoom de un usuario desconocido: Fénix Holdings – Dirección General.
Clara dudó. Tenía miedo. Pero también tenía esperanza. Tal vez querían negociar. Tal vez podía pedir una prórroga.
Se arregló el cabello rápidamente, se puso un poco de labial y aceptó la llamada. No encendió su cámara.
—¿Hola? —dijo con voz temblorosa.
La pantalla mostró una oficina moderna, minimalista (en realidad, era un fondo virtual generado por IA que Marco estaba usando). En el centro, una silueta a contraluz. La voz estaba distorsionada digitalmente, grave y metálica.
—Señora Iturbide. Gracias por atender.
—Mire, si es por lo de los coches… ya estoy viendo cómo pagarles. Solo necesito tiempo. Tengo unos inversionistas interesados en…
—Sabemos que no tiene inversionistas —interrumpió la voz—. Y sabemos que está intentando vender la base de datos de clientes a Logística Global. Le advierto: si envía ese archivo, la demandaremos penalmente y pasará los próximos diez años en el penal de Santa Martha Acatitla. Y créame, ahí no hay servicio a la habitación.
Clara sollozó.
—¡Entonces qué quieren! ¡Me han quitado todo!
—No queremos meterla a la cárcel, señora Iturbide. Somos hombres de negocios. Queremos una transición ordenada.
—¿Transición?
—Le ofrecemos un trato. Fénix Holdings absorberá la totalidad de la deuda personal y corporativa de Grupo Innova. Liberaremos la hipoteca de su casa en Las Lomas. Le devolveremos sus vehículos. Y le daremos una pensión mensual de 50 mil pesos por los próximos dos años para que pueda… rehacer su vida.
Clara dejó de llorar. 50 mil pesos no era nada para su nivel de vida anterior, pero comparado con la cárcel y la indigencia, sonaba a gloria. Y recuperar la casa… eso era lo más importante. La apariencia.
—¿A cambio de qué? —preguntó, desconfiada.
—A cambio de que ceda el 100% de las acciones de Grupo Innova a Fénix Holdings hoy mismo. Y renuncie irrevocablemente a su puesto de CEO.
—¡Es mi empresa! —gritó ella—. ¡El juez me la dio!
—Y usted la destruyó en seis meses —respondió la voz fría—. Tiene dos opciones, Clara. Opción A: Acepta el trato, se queda con su casa y con un poco de dignidad. Opción B: Ejecutamos la deuda total hoy a las 12:00 PM. Le quitamos la casa, la demandamos por fraude corporativo y administración fraudulenta, y termina en la cárcel antes de la cena.
Hubo un silencio largo. Solo se escuchaba la respiración agitada de Clara.
—¿Tengo que… tengo que verlos?
—No. Un notario llegará a su casa en una hora con los papeles. Firme y todo termina.
—Está bien —susurró ella, derrotada—. Firmo.
La pantalla se fue a negro. La llamada terminó.
En el sótano de la hacienda, Marco se quitó los auriculares y apagó el modulador de voz.
Jazmín lo miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Aceptó?
—Aceptó.
—¿Le vas a devolver la casa? —preguntó Salas, incrédulo—. ¿Después de todo lo que le hizo?
Marco se sirvió un vaso de agua.
—La casa de Lomas tiene una hipoteca oculta por problemas estructurales que ella nunca arregló. Y los impuestos prediales no se han pagado en cinco años. Esa casa es un pasivo, no un activo. Que se la quede. Será su jaula de oro.
—¿Y los 50 mil pesos mensuales?
—Es más barato que pagar abogados para sacarla de la cárcel. Además… —Marco sonrió—. Quiero que vea cómo Innova renace. Quiero que vea desde su ventana cómo nosotros volamos alto mientras ella se queda en tierra. Eso duele más que la pobreza.
El Retorno del Rey (Versión Beta)
A las 2:00 PM, el notario confirmó la firma.
Grupo Innova pertenecía oficialmente a Fénix Holdings.
Marco no perdió el tiempo.
—Salas, llama al equipo. A todos. A los que despedimos, a los que renunciaron, a los choferes, a las secretarias que lloraban en el lobby. Diles que Fénix Holdings compró la empresa.
—¿Qué les digo sobre el nuevo dueño?
—Diles que el nuevo dueño convoca a una asamblea general mañana a las 8:00 AM en la planta industrial. No en las oficinas de Polanco. En la planta. Donde está la grasa y el sudor.
—¿Y usted va a ir?
—Yo voy a ir. Pero no como el dueño. Todavía no.
La Mañana Siguiente: La Asamblea
La planta industrial de Innova en Vallejo era un hangar inmenso, lleno de camiones parados y maquinaria silenciosa.
Doscientos empleados estaban reunidos, murmurando, asustados. Habían escuchado rumores de la venta. Temían despidos masivos.
En una tarima improvisada con tarimas de madera, subió el Licenciado Pineda (el ex-abogado de Clara, que Marco había “convencido” para trabajar para Fénix bajo amenaza de exponer su mala praxis).
—Buenos días a todos —dijo Pineda por el micrófono—. Como saben, la empresa ha cambiado de manos. La administración anterior… ha salido.
Hubo aplausos tímidos y algunos silbidos de alegría.
—Los nuevos dueños, Fénix Holdings, tienen un compromiso: pagar los sueldos atrasados hoy mismo.
Un rugido de aprobación sacudió el hangar. Gente llorando, abrazándose.
—Y para dirigir esta nueva etapa —continuó Pineda—, los dueños han designado a un Director General Interino. Alguien que conoce esta empresa mejor que nadie.
La puerta lateral se abrió.
No entró un hombre de traje italiano.
Entró Marco.
Llevaba sus botas de trabajo, jeans limpios y una camisa blanca arremangada. Llevaba su casco de seguridad bajo el brazo.
Caminó hacia la tarima.
El silencio fue absoluto por tres segundos. Y luego, estalló.
No fueron aplausos de cortesía. Fue una ovación. Gritos de “¡Jefe!”, “¡Ingeniero!”, “¡Regresó!”.
Los choferes levantaban los puños. Las señoras de limpieza se persignaban.
Marco subió a la tarima. Se le hizo un nudo en la garganta, pero lo tragó. Tomó el micrófono.
—Gracias —dijo, y su voz resonó con una autoridad natural que ninguna escuela de negocios enseña—. Escuché que andaban diciendo que este barco se hundía.
Risas nerviosas.
—Pues les tengo noticias. El barco tiene agujeros, sí. Nos robaron la brújula, sí. Pero el motor… —se golpeó el pecho y señaló a la multitud—. El motor son ustedes. Y el motor está intacto.
Miró a Salas, que estaba en primera fila con el equipo de ingenieros “rebeldes”.
—Traemos nuevas ideas. Traemos tecnología que nadie ha visto. Vamos a trabajar el doble. Vamos a sudar. Pero les prometo algo: nadie se va a quedar sin comer. Y Innova va a volver a ser el número uno. ¿Quién está conmigo?
El grito de “¡YO!” fue tan fuerte que hizo vibrar las láminas del techo.
Marco bajó de la tarima y fue rodeado por abrazos.
En ese momento, su celular vibró.
Un mensaje de Clara.
Clara: Vi el video en vivo de la asamblea. Eras tú. Siempre fuiste tú. Fénix eres tú. Maldito seas, Marco.
Marco leyó el mensaje. No sintió odio. No sintió placer. Sintió cierre.
Respondió con dos palabras:
Marco: Fénix somos todos. Menos tú.
Bloqueó el número. Guardó el teléfono.
Se puso el casco.
—¡A trabajar, señores! —gritó—. ¡Hay que sacar esos camiones a la carretera!
El Fin del Colapso, El Inicio del Vuelo
Esa tarde, en la Ex-Hacienda, Marco y Jazmín vieron el atardecer desde el techo, ahora reparado.
—¿Ya somos ricos otra vez, papá? —preguntó Jazmín.
—En papel, somos dueños de una empresa quebrada con mucho potencial —dijo Marco—. Pero en realidad… sí. Somos ricos en lo que importa. Tenemos el control.
—¿Y qué va a pasar con la casa de mamá?
—Se va a quedar ahí. Sola. Recordando lo que perdió. Es su castigo, Jaz. El olvido.
Un zumbido suave interrumpió la conversación.
El Colibrí, el dron prototipo, despegó desde el jardín, controlado por Salas desde abajo. Subió rápido, ágil, brillando bajo la luz naranja del sol.
Marco lo siguió con la mirada mientras ascendía sobre el bosque, más alto que los árboles, más alto que la niebla, más alto que los problemas del pasado.
—Mira eso, hija —señaló Marco—. Así es como se ve el futuro.
El colapso había terminado. La cimentación estaba limpia. Ahora, solo quedaba construir el rascacielos. Y esta vez, sería a prueba de terremotos, de divorcios y de traiciones.
CAPÍTULO 6: CENIZAS DE ORO Y EL VUELO DEL COLIBRÍ
Dicen que en México el éxito se perdona, pero el fracaso se celebra en secreto. Sin embargo, lo que estaba ocurriendo en la zona industrial de Vallejo no era un éxito cualquiera; era una resurrección bíblica, sudada y ruidosa.
Seis meses habían pasado desde la “toma de posesión” de la planta por parte de Fénix Holdings. Seis meses en los que Marco Antonio Valdés no había dormido más de cuatro horas seguidas.
La planta de Innova, que bajo la gestión de Clara parecía un museo de arte moderno vacío y silencioso, ahora era un hormiguero caótico y vibrante. El olor a aromatizante de lavanda había sido reemplazado por el aroma honesto de la grasa industrial, la soldadura de arco y el café de olla hirviendo las 24 horas.
Marco caminaba por la línea de ensamblaje a las 2:00 de la tarde. No llevaba traje. Llevaba unos jeans Levi’s, botas de seguridad con punta de acero y una playera polo negra con el nuevo logotipo de la empresa bordado en el pecho: un fénix estilizado, minimalista, de líneas geométricas naranjas.
—¡Jefe! —le gritó “El Tuercas”, un veterano de la línea de montaje que había recuperado su empleo gracias a Marco—. ¡La máquina tres está haciendo un ruido raro, parece matraca vieja!
Marco no llamó a un supervisor. Se agachó él mismo, sacó una llave inglesa de su cinturón y se metió debajo de la maquinaria.
—Es el rodamiento del eje secundario, Tuercas —dijo Marco, con la voz resonando desde el suelo—. Pásame la grasa de litio. Y no le digas matraca, trátala con cariño que nos da de comer.
Los empleados lo miraban con una mezcla de respeto y devoción. Habían pasado de tener una jefa que les prohibía mirarla a los ojos a tener un dueño que se manchaba las manos de aceite junto a ellos. La moral estaba por las nubes. La productividad se había triplicado.
Pero el verdadero milagro no estaba en la planta baja, donde se reparaban los camiones de la flotilla logística. El milagro estaba ocurriendo en el “Nido”, el nuevo nombre que le habían dado al laboratorio de I+D en el mezanine, donde el Ingeniero Salas y su equipo de “rebeldes” estaban a punto de cambiar la historia.
El Nido: Donde Nacen los Drones
El ambiente en el laboratorio era tenso. Había silencio, solo roto por el zumbido de los servidores y el tecleo frenético de los programadores.
En el centro de la sala, sobre una plataforma de pruebas, descansaba la versión final del Colibrí Mark-IV. Ya no era el prototipo rústico hecho en la hacienda. Este era una bestia elegante de fibra de carbono, con celdas solares integradas en la “piel” de las alas y una cámara de espectro térmico en el vientre.
—Estamos listos para la prueba de resistencia de carga, Ingeniero —dijo una de las chicas nuevas, una becaria brillante del Politécnico que Marco había reclutado personalmente.
Salas miró a Marco, que acababa de subir limpiándose la grasa de las manos con una estopa.
—Jefe, si esto falla, se nos queman los circuitos de navegación. Son 50 mil dólares en componentes.
Marco se acercó al dron. Lo acarició como si fuera un caballo de carreras.
—No va a fallar, Felipe. Lo diseñamos para aguantar tormentas, no brisas. Cárgalo con los cinco kilos.
El equipo contuvo el aliento. El Colibrí era un dron de mensajería ligera y vigilancia, diseñado para pesar poco pero cargar mucho. Cinco kilos era el límite teórico.
Engancharon una pesa de plomo al arnés magnético del dron.
—Iniciando secuencia de despegue en 3, 2, 1…
Los rotores iónicos, mucho más silenciosos que las hélices tradicionales, emitieron un silbido agudo, casi imperceptible para el oído humano, pero que hizo vibrar los cristales de la cabina de control.
El dron se elevó. Tambaleó un segundo, luchando contra la gravedad y la física.
—Estabilizadores al 80%… 90%… —cantaba la becaria con la voz temblorosa.
El dron se niveló. Quedó suspendido en el aire, firme, sólido, sosteniendo el peso muerto sin aparente esfuerzo.
—Consumo de energía —pidió Marco.
—Estable en 12% de capacidad. Los paneles solares están compensando el 40% del drenaje gracias a las luces UV del techo.
Marco sonrió.
—Ahí está. Tenemos un producto.
Salas soltó un suspiro que llevaba meses conteniendo.
—¿Sabe qué significa esto, Marco?
—Sí —respondió Marco, mirando al dron—. Significa que ya podemos dejar de vender camiones y empezar a vender el futuro. Llama a los de Mercado Libre. Y llama a la Guardia Nacional. Diles que tenemos la solución a sus problemas de logística y vigilancia. Diles que el Fénix ya sabe volar.
La Jaula de Oro en Las Lomas
Mientras en Vallejo se celebraba el futuro, en Lomas de Chapultepec el pasado se estaba pudriendo.
Clara Iturbide caminaba por los pasillos de su mansión. La casa, que alguna vez fue escenario de fiestas exclusivas y portadas de Hola!, ahora se sentía como un mausoleo.
El acuerdo con Fénix Holdings (o sea, con Marco, aunque ella trataba de bloquear ese pensamiento de su mente) le había devuelto la casa y le daba 50 mil pesos al mes.
50 mil pesos.
Para el 90% de los mexicanos, era un sueldo soñado. Para Clara, no alcanzaba ni para pagar la luz y el mantenimiento del jardín.
La “Jaula de Oro” tenía barrotes invisibles.
Clara había tenido que despedir al jardinero y al mozo de alberca. El agua de la piscina, antes cristalina, ahora tenía un tono verdoso y hojas flotando. El pasto, siempre cortado al ras como campo de golf, estaba creciendo desordenado, con maleza asomando por las esquinas.
Pero lo peor era el interior.
Clara entró en su vestidor gigante. Miles de prendas de diseñador colgaban ahí. Vestidos de noche que usó una sola vez. Bolsos Birkin que valían más que un coche.
Se sentó en el taburete de terciopelo y abrió una aplicación en su celular: GoTrendier.
Había creado un perfil anónimo llamado “LuxuryClosetMX”.
—Maldita sea —murmuró, tomando fotos a un par de zapatos Louboutin—. Me costaron 25 mil y esta naca me ofrece 3 mil.
Era humillante. Estaba vendiendo su “piel” para poder pagar el recibo de la CFE, que había llegado por 8 mil pesos debido a los aires acondicionados centrales que no sabía cómo apagar por zonas.
Esa tarde, tenía una cita. No una cita romántica, ni de negocios. Una cita de “piedad”.
Paulina, una de sus antiguas “mejores amigas” (la misma que se burló de ella cuando embargaron los coches), la había invitado a tomar un café. Clara aceptó porque estaba desesperada por contacto humano y porque, secretamente, esperaba que Paulina la invitara a algún evento para volver al ruedo.
Se vistió con lo mejor que le quedaba: un vestido Chanel vintage y gafas oscuras para ocultar las ojeras de insomnio. Pidió un Uber X (ya no Black) y se bajó una cuadra antes del restaurante en Polanco para llegar caminando y fingir que traía chofer.
El encuentro fue un desastre desde el primer minuto.
Paulina ya estaba sentada, revisando su iPhone 15.
—¡Clara! —exclamó con esa falsedad chillona de la alta sociedad—. ¡Qué milagro! Te ves… descansada.
“Descansada” era el código para “te ves jodida pero no te lo voy a decir”.
—Hola, Pau. He estado en un retiro —mintió Clara, pidiendo un agua mineral porque no quería gastar en vino—. Conectando conmigo misma. Ya sabes, el estrés del divorcio y todo eso.
—Ay, sí, pobre. Oye, me enteré de que vendiste la empresa. ¿Qué tal te fue con eso? Dicen que los nuevos dueños son unos salvajes.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—Me fue… bien. Fue una decisión estratégica. Quería simplificar mi vida.
—Qué bueno, amiga. Porque, la verdad, todos decían que eso de los negocios no era lo tuyo. Zapatero a tus zapatos, ¿no?
La frase dolió más que una bofetada.
—Y… ¿qué hay de nuevo? —cambió de tema Clara, desesperada—. ¿Vas a ir a la gala del Museo Soumaya la próxima semana?
Paulina hizo una mueca incómoda.
—Híjole, Clau… sí voy, pero las mesas ya están cerradas. Y como ya no eres “patrocinadora corporativa”… pues creo que no estás en la lista. Ya sabes cómo es la Sra. Slim, súper estricta con el protocolo.
Clara entendió el mensaje. Ya no era bienvenida. Sin dinero y sin empresa, era un fantasma.
—Entiendo —dijo, tragándose las lágrimas con un sorbo de agua—. Bueno, igual tengo la agenda llena. Estoy planeando un viaje a Europa.
—¡Ay, qué padre! —fingió Paulina, mirando su reloj—. Oye, perdóname, pero tengo que volar. Tengo cita para el bótox. ¿Nos vemos luego?
Paulina dejó un billete de 500 pesos en la mesa para pagar su café y el agua de Clara, como si le estuviera dando una limosna.
—Quédate con el cambio, nena. Bye.
Clara se quedó sola en la mesa, con el billete de 500 pesos mirándola burlonamente.
Salió del restaurante con la cabeza baja. Caminando hacia la parada del camión (porque el Uber de regreso estaba en tarifa dinámica y costaba 200 pesos), pasó frente a un puesto de periódicos.
El titular de El Financiero la detuvo en seco.
En la portada, una foto de un dron negro volando sobre un bosque.
El título decía: “EL RENACER DE INNOVA: LA MISTERIOSA EMPRESA ‘FÉNIX’ LOGRA CONTRATO MILLONARIO CON EL GOBIERNO FEDERAL”.
Clara compró el periódico con las manos temblorosas.
Leyó la nota en la banqueta.
“Grupo Innova, bajo la nueva y discreta dirección de Fénix Holdings, ha firmado un contrato de 500 millones de pesos para reforestación inteligente y vigilancia de ductos con su nueva tecnología de drones. Las acciones de la empresa se han disparado un 300% en la última semana.”
500 millones.
Clara sintió que le faltaba el aire.
Ella había vendido la empresa por una renta de 50 mil pesos y una casa que se estaba cayendo a pedazos.
Marco la había engañado. No, peor aún. Marco había jugado con las reglas que ella firmó y le había ganado legalmente.
Tiró el periódico a la basura y se subió al camión, apretada entre la gente, llorando en silencio detrás de sus lentes Chanel.
La Negociación del Siglo
Mientras Clara lloraba en el transporte público, Marco estaba sentado en una sala de juntas blindada en la Torre Mayor.
Frente a él estaban los representantes de una de las empresas de logística más grandes del mundo (digamos, una transnacional tipo DHL o Amazon, pero llamémosla “Global Cargo”). Y también, dos generales del Ejército Mexicano.
Marco vestía un traje nuevo. No era gris y holgado como el del juicio. Era un traje azul marino hecho a medida, corte italiano, impecable. En su muñeca, ya no llevaba el Casio; llevaba un Audemars Piguet Royal Oak que se había comprado como “auto-regalo” de cumpleaños (aunque seguía viviendo en la hacienda).
—Ingeniero Valdés —dijo el CEO de Global Cargo, un americano con acento marcado—. Su tecnología es impresionante. Pero el precio… es alto.
—La calidad es alta, Mr. Jones —respondió Marco en un inglés perfecto—. Ustedes pierden el 5% de sus paquetes en zonas rurales por robos y accidentes. Mi sistema Colibrí reduce esa pérdida al 0.1%. Hagan las cuentas. Mi precio no es un gasto, es un ahorro.
El General intervino.
—A nosotros nos interesa la capacidad de vigilancia térmica. Pero necesitamos exclusividad en el sector de defensa.
—La tendrán —dijo Marco sin dudar—. Innova es una empresa mexicana. La prioridad es la seguridad nacional. Pero la logística comercial es para Global Cargo. Podemos servir a dos amos si los amos no se pelean entre sí.
Hubo un silencio tenso. Marco mantuvo la mirada. Había aprendido que en esas mesas no se pide permiso; se vende certeza.
El americano extendió la mano.
—Trato hecho, Marco. Queremos 500 unidades para empezar en enero.
El General asintió.
—Nosotros queremos 200 unidades para la frontera sur.
Marco estrechó las manos. Su agarre era firme.
—Bienvenidos a la nueva era de Innova.
Al salir de la reunión, Jazmín lo estaba esperando en la sala de espera, haciendo tarea. Ya tenía 11 años y había dado un estirón. Vestía ropa de adolescente normal, pero con una seguridad en la mirada que había heredado de su padre.
—¿Cómo te fue, papá?
Marco le guiñó un ojo.
—Digamos que vamos a tener que contratar a más gente en la planta. Y tal vez… tal vez ya podamos arreglar la alberca de la hacienda.
Jazmín sonrió.
—¿Y comprarme un caballo? Prometiste un caballo si cerrabas el trato grande.
Marco se rió.
—Vamos a ver el caballo el fin de semana.
La Visita Inesperada en la Hacienda
Esa noche, Marco y Jazmín regresaron a la Ex-Hacienda San Gabriel.
Ya no era una ruina.
La fachada había sido limpiada con chorro de arena, revelando la piedra volcánica negra en todo su esplendor gótico. Las ventanas nuevas de doble vidrio aislaban el frío. El jardín, antes una selva, ahora era un bosque cuidado, con luces indirectas que iluminaban los árboles centenarios.
Era una fortaleza. Un castillo moderno.
Estaban cenando en la cocina (ahora equipada con electrodomésticos Viking de acero inoxidable) cuando sonó el interfón de la reja principal.
Marco frunció el ceño. Nadie venía a visitarlos sin avisar. Y la seguridad perimetral era estricta.
Revisó el monitor de la cocina.
En la pantalla, bajo la luz de la cámara de seguridad, había un auto modesto. Un Nissan Versa.
Y bajándose del auto, una figura familiar.
Un hombre mayor, con bigote de morsa.
Marco sonrió.
—Abre la reja, Jaz. Es una visita VIP.
Cinco minutos después, Roberto, el proveedor de papelería que le había regalado 200 pesos a Marco en el mercado meses atrás, entraba a la cocina con los ojos como platos.
Marco salió a recibirlo con los brazos abiertos.
—¡Don Marco! —Roberto estaba temblando—. Recibí su mensaje… el chofer que mandó por mí me trajo aquí… yo pensé que me iban a secuestrar, oiga. ¡Qué casota!
—Pásale, Roberto, pásale. Estás en tu casa. ¿Gustas un tequila?
Roberto se quitó la gorra, nervioso.
—Pero… ¿qué pasó? Yo lo vi… lo vi en el mercado, andaba usted bien amolado.
Marco le sirvió un tequila Don Julio Real.
—Las cosas cambian, Beto. Pero los amigos no. ¿Te acuerdas de los 200 pesos que me diste?
—Ay, don Marco, ni me lo recuerde, qué pena. Fue poquito.
—Fue todo. —Marco se puso serio—. En ese momento, ese billete valía más que todo el oro del mundo para mí. Fue fe.
Marco sacó una carpeta de piel de su escritorio.
—Roberto, Innova está creciendo. Necesitamos un Director de Logística Interna. Alguien que maneje los almacenes, los inventarios de papelería, de insumos, todo. Necesito a alguien honesto. Alguien que no me robe ni un clip.
Roberto se quedó mudo.
—Yo… yo solo tengo mi puestito en el mercado, don Marco. No tengo estudios de universidad.
—Tienes un doctorado en decencia, Beto. Eso no se estudia. ¿Aceptas? El sueldo es de 40 mil mensuales, más prestaciones, y coche de la empresa.
A Roberto se le llenaron los ojos de lágrimas. Se le doblaron las rodillas.
—¿Es en serio?
—Tan en serio como el hambre que tenía ese día.
Roberto abrazó a Marco. Un abrazo fuerte, de hombre a hombre, oliendo a trabajo y a gratitud.
—No le voy a fallar, jefe.
—Lo sé. Ahora siéntate, que Jazmín hizo quesadillas.
La Invitación al Infierno
Un mes después.
La ciudad estaba empapelada con anuncios misteriosos. Un fondo negro, una silueta de fuego y una fecha.
“GALA FÉNIX – EL RENACIMIENTO. MUSEO SOUMAYA. 15 DE DICIEMBRE.”
Era el evento del año. Nadie sabía quién estaba detrás de Fénix Holdings, y el misterio había creado una histeria colectiva en la alta sociedad. Todos querían ir.
Clara, en su casa de Lomas, vio la invitación llegar por correo.
No por correo electrónico. Por correo físico. Un sobre negro, pesado, con letras doradas en relieve.
Su corazón dio un vuelco.
“La habían invitado”.
—¡Lo sabía! —gritó, corriendo por la sala—. ¡Sabía que no podían dejarme fuera! ¡Soy Clara Iturbide!
Abrió el sobre con manos ansiosas.
Dentro había una tarjeta elegante.
“Señora Clara Iturbide:
Se le extiende una invitación personal a la Gala Fénix.
Su presencia es requerida para atestiguar el futuro.
Mesa: 45 (Zona General).”
Clara frunció el ceño. ¿Zona General? ¿Mesa 45? Esas eran las mesas del fondo, cerca de la cocina. Ella siempre se sentaba en la Mesa 1, con los dueños.
Pero no importaba. Estaba invitada. Era su oportunidad de volver. De cazar a un nuevo marido millonario. De demostrarle a Marco (donde quiera que estuviera ese perdedor) que ella seguía siendo la reina.
Corrió a su vestidor. Necesitaba un vestido nuevo. Pero no tenía dinero.
Miró los vestidos viejos. “Ya me los vieron todos”, pensó con horror.
Entonces, tuvo una idea terrible.
—La hipoteca… —murmuró—. Si dejo de pagar la luz y el agua dos meses… y vendo el reloj que me quedó… me alcanza para un vestido de alquiler de alta gama y un peinado profesional.
Era una apuesta arriesgada. Ir a la fiesta significaba quedarse a oscuras en su casa literalmente.
Pero la vanidad es una droga potente.
—Vale la pena —se dijo frente al espejo—. Una noche de gloria vale mil noches de oscuridad.
La Víspera
En la Ex-Hacienda, Marco se probaba un smoking de terciopelo azul medianoche.
Jazmín, vestida con un traje sastre juvenil hecho a medida, lo miraba con aprobación.
—Te ves como James Bond, papá. Pero en mexicano.
—James Bond no sabe hacer pozole, yo sí —respondió Marco, ajustándose los gemelos de ónix.
Estaban en la biblioteca. Marco miró los monitores por última vez.
La acción de Innova había cerrado en 85 pesos. Habían recuperado todo el valor perdido y lo habían duplicado.
Pero faltaba lo más importante. La cara pública.
Mañana, el mundo sabría que Marco Antonio Valdés no estaba muerto.
Mañana, Clara vería al Fénix salir de las llamas.
—¿Estás nervioso? —preguntó Jazmín.
—No —dijo Marco, apagando las luces del laboratorio—. Estoy ansioso. Mañana se cierra el círculo, hija. Mañana, los que se rieron van a tener que aplaudir. Y los que nos ayudaron, van a ser recompensados.
Salieron de la habitación, dejando atrás la oscuridad del sótano.
Arriba, la luna llena iluminaba el bosque del Desierto de los Leones. El viento movía las ramas de los pinos como si estuvieran aplaudiendo.
La bestia estaba despierta. El escenario estaba listo.
Y la venganza, fría y elegante, estaba a punto de servirse en plato de porcelana.
CAPÍTULO 7: LA GALA DE LAS SOMBRAS Y EL DIOS DE LA MÁQUINA
La noche del 15 de diciembre, la Ciudad de México se vistió de gala, pero no por la Navidad. El epicentro del glamour, la envidia y el poder se concentró en la Plaza Carso. El Museo Soumaya, esa imponente estructura de escamas plateadas que parece una nube metálica aterrizada en Polanco, brillaba bajo los reflectores morados y naranjas, los colores corporativos de Fénix Holdings.
La alfombra no era roja. Era negra. Un terciopelo oscuro y profundo que absorbía la luz de los flashes, dando a la entrada un aire de misterio y sofisticación que intimidaba incluso a los socialités más experimentados.
Los invitados llegaban en una procesión de autos blindados: Mercedes, Teslas, Bentleys. Bajaban empresarios, políticos, actrices de telenovela y los “nuevos ricos” del mundo tech. Todos murmuraban lo mismo:
—¿Quién es el dueño? ¿Ya lo viste?
—Dicen que es un árabe.
—No, güey, dicen que es el hijo perdido de Slim.
—Yo escuché que es una inteligencia artificial que se hizo autónoma.
En medio de este desfile de vanidades, llegó un Uber X, un sedán gris con un golpe en la defensa. Se detuvo discretamente en la esquina, lejos del valet parking.
De él bajó Clara Iturbide.
Iba espectacular. Había quemado sus últimos cartuchos financieros en esa noche. Llevaba un vestido alquilado de Dolce & Gabbana, dorado, ceñido al cuerpo, con un escote de infarto. Su cabello estaba peinado en ondas perfectas y el maquillaje cubría magistralmente las ojeras y la delgadez de meses de mala alimentación.
Caminó hacia la alfombra negra con la cabeza alta.
—¡Clara! ¡Clara, por aquí! —gritó un fotógrafo veterano que la reconoció de los viejos tiempos.
Clara posó, sonriendo, girando para mostrar la espalda. Por un segundo, sintió que el tiempo había retrocedido. Era la Reina otra vez. Los flashes la amaban.
Pero al llegar a la entrada, la realidad le dio el primer golpe.
La recepcionista, una chica joven con una tablet, escaneó su invitación.
—Señora Iturbide… sí. Mesa 45.
—¿Podrías checar si hay espacio en la zona VIP? —susurró Clara—. Soy… bueno, fui la CEO de Innova. Seguramente es un error.
La chica la miró con una sonrisa amable pero firme.
—No hay errores esta noche, señora. Su mesa está asignada. Por favor, avance, está bloqueando la entrada al Secretario de Economía.
Clara se apartó, roja de vergüenza, mientras el Secretario pasaba sin siquiera mirarla.
Entró al museo. El interior era impresionante. Una orquesta sinfónica tocaba música electrónica suave en la rampa espiral. Meseros con máscaras venecianas servían champaña Krug.
Clara buscó su mesa. Caminó y caminó, alejándose del centro, alejándose de las esculturas de Rodin, hasta llegar casi a la zona de servicio, detrás de una columna.
La Mesa 45.
Sus compañeros de mesa no eran empresarios. Eran… extraños.
Había un hombre mayor con bigote (Roberto), vestido con un traje nuevo que le quedaba un poco grande, pero que lucía con orgullo. Había un grupo de ingenieros jóvenes (el equipo de Salas) que se reían nerviosos. Y había un par de señoras humildes, muy bien arregladas, que Clara reconoció vagamente como las antiguas encargadas de limpieza de la planta.
—¿Esta es mi mesa? —preguntó Clara, horrorizada.
Roberto se levantó y le ofreció la silla.
—Buenas noches, señora Clara. Siéntese. Aquí se ve bien la pantalla.
Clara se sentó, rígida. Estaba sentada con la servidumbre. Con los empleados.
—¿Qué haces aquí, Roberto? —preguntó con desdén—. ¿Te colaste?
Roberto sonrió, mojando sus labios en la copa de vino tinto.
—No, señora. Soy el Director de Logística de Innova. Me invitaron.
Clara parpadeó. ¿Director? ¿El vendedor de papelería?
—¿Y ustedes? —miró a las señoras de limpieza.
—Somos las Jefas de Mantenimiento de la Planta, señora —dijo una, con dignidad—. Y accionistas minoritarias. El nuevo patrón nos dio acciones.
Clara sintió que el mundo se volvía loco. ¿Acciones para la limpieza? ¿Directores de mercado?
—¿Quién es este “nuevo patrón”? —siseó—. ¿Es un comunista o qué?
En ese momento, las luces del museo se apagaron.
Un silencio expectante cayó sobre las 500 personas.
En la pantalla gigante curva que dominaba el atrio, apareció un conteo regresivo: 10, 9, 8…
Al llegar a cero, la pantalla explotó en imágenes.
No eran gráficas aburridas. Eran videos de alta velocidad. Drones volando sobre la selva, sobre el mar, sobre la ciudad. Drones entregando medicinas en la sierra, vigilando ductos de Pemex, rescatando a un excursionista perdido.
La voz en off, profunda y vibrante, narraba:
“Caímos. Nos rompimos. Nos dijeron que éramos basura. Pero en la basura encontramos el oro. En la oscuridad encontramos la luz. Y del fuego… renacimos.”
La pantalla se fue a negro.
Un reflector solitario iluminó el escenario central.
Una figura emergió de abajo, en un elevador hidráulico.
No estaba solo. De su mano, caminaba una niña (ahora una jovencita) con un vestido plateado.
El hombre llevaba un smoking azul medianoche. Tenía canas en la barba, arrugas de experiencia en los ojos, y una postura de emperador.
La sala contuvo el aliento.
Alguien en la primera fila (tal vez Carlos Slim, tal vez Ricardo Salinas) susurró:
—No mames. Es Valdés.
Clara, en la mesa 45, soltó su copa. El cristal se rompió contra el piso, pero nadie escuchó el ruido por la música dramática que subía de volumen.
—Marco… —susurró. Se llevó las manos a la boca.
Marco Antonio Valdés caminó hacia el micrófono. Esperó a que los aplausos iniciales (tímidos, confundidos) se apagaran.
—Buenas noches —dijo. Su voz llenó el espacio sin esfuerzo—. Veo muchas caras conocidas. Veo amigos que me apoyaron. Veo socios que confiaron. Y veo… —sus ojos recorrieron la sala y, por un milagro de la óptica o del destino, parecieron clavarse directamente en la oscuridad de la Mesa 45—… veo fantasmas del pasado.
La sala estaba hipnotizada.
—Hace un año, perdí todo —continuó Marco—. Perdí mi empresa, mi casa, mi reputación. Me dijeron que estaba acabado. Me mandaron a vivir a una ruina.
Hubo un murmullo incómodo. Todos sabían la historia, o la versión de la revista Quién.
—Pero lo que no sabían es que esa ruina tenía cimientos fuertes. Y lo que no sabían es que el verdadero valor de una empresa no está en los edificios de cristal de Polanco. Está en la gente.
Marco hizo un gesto y las luces iluminaron la Mesa 45.
Clara se encogió, queriendo desaparecer. Pero la luz no era para ella. Era para Roberto y el equipo.
—Quiero pedirle al señor Roberto Méndez y al Ingeniero Felipe Salas que se pongan de pie —dijo Marco.
Roberto y Salas se levantaron, nerviosos.
—Estos hombres —dijo Marco con voz quebrada por la emoción— me dieron de comer cuando no tenía nada. Me dieron lealtad cuando no podía pagarles. Ellos son Fénix. Un aplauso para ellos.
La sala estalló en ovaciones. Los millonarios de la primera fila se pusieron de pie para aplaudir al vendedor de papelería y al ingeniero viejo.
Clara se quedó sentada, petrificada, en medio de la luz, siendo la única sombra en un círculo de brillo. Se sentía desnuda. Todos la veían, pero nadie la miraba. Era invisible en su propia mesa.
Marco retomó la palabra.
—Hoy, Fénix Holdings y Grupo Innova se fusionan para crear Valdés Aerospace.
El nuevo nombre apareció en la pantalla.
—Ya no somos una empresa de camiones. Somos una empresa de tecnología. Hemos firmado contratos con tres gobiernos y dos transnacionales. Nuestras acciones valen hoy diez veces más que hace un año.
Hubo jadeos de asombro. Los analistas financieros en la sala sacaban cuentas mentales rápidas. Marco Valdés ya no era millonario. Era multimillonario.
—Y todo esto —Marco miró a Jazmín, que le sonreía con orgullo—, todo esto es para ella. Porque me enseñó que cuando el mundo te dice “no”, tú tienes que construir tu propio “sí”.
Marco levantó su copa.
—Disfruten la noche. La cena corre por mi cuenta. Y recuerden: nunca subestimen a un hombre que no tiene nada que perder, porque es el único que tiene todo por ganar.
La música estalló. Confeti dorado cayó del techo. Marco bajó del escenario y fue inmediatamente rodeado por una horda de admiradores, socios y prensa.
—¡Marco! ¡Una foto!
—¡Ingeniero Valdés! ¿Es cierto que va a salir a bolsa en Nueva York?
—¡Señor Valdés! ¿Qué se siente estar de regreso?
En la Mesa 45, Clara Iturbide estaba temblando.
Roberto se sentó, secándose una lágrima de felicidad.
—¿Vio eso, señora Clara? —le dijo, sin malicia—. Qué hombre, ¿verdad? Qué señorón.
Clara no respondió. Se levantó bruscamente.
Necesitaba aire. Necesitaba salir de ahí. El éxito de Marco la asfixiaba más que el humo.
Corrió hacia el baño. Se encerró en un cubículo y vomitó.
Vomitó el miedo, la envidia, la rabia.
Se miró al espejo. El maquillaje perfecto se había corrido. Se veía vieja. Se veía derrotada.
—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué él y no yo? Yo soy bonita. Yo soy lista. Yo me lo merecía.
Pero en el fondo, sabía la respuesta. Ella era un parásito. Marco era un creador.
Salió del baño, limpiándose la cara. Decidió irse. No podía soportar verlo triunfar.
Pero al salir al pasillo, se encontró de frente con ellos.
Marco y Jazmín caminaban hacia la salida lateral, escoltados por seguridad, huyendo del tumulto.
Se detuvieron.
El pasillo quedó en silencio.
Marco la miró. Llevaba el smoking con una elegancia natural. Se veía más guapo que nunca, más hombre, más pleno.
Jazmín la miró. Ya no era la niña asustada que se escondía detrás de las piernas de su papá. Era una joven alta, hermosa, con la mirada inteligente de Marco.
—Hola, Clara —dijo Marco. Su tono no era de burla. Era de una calma absoluta. Neutral. Como si saludara a una vecina lejana.
—Marco… —Clara intentó sonreír, intentó usar sus viejos trucos de seducción. Se alisó el vestido, echó el hombro hacia adelante—. Felicidades. Qué… qué show tan impresionante.
—Gracias.
—Oye… te ves muy bien. La vida te ha tratado bien.
—La vida trata bien a quien la trabaja, Clara.
Clara dio un paso hacia él.
—Marco, sé que cometí errores. Fui una tonta. Me dejé llevar por gente mala, por consejos estúpidos. Pero… te extraño. Extraño nuestra familia. Extraño a Jazmín.
Miró a su hija.
—Jazmín, mi amor… ¿no quieres darle un abrazo a tu mamá?
Jazmín la miró fríamente.
—Tuviste un año, mamá. Un año entero. Nunca llamaste. Nunca fuiste a verme. Ni en mi cumpleaños.
—¡Estaba en crisis! ¡Me quitaron todo!
—Papá también perdió todo —dijo Jazmín, implacable—. Y él me construyó un castillo con basura. Tú te construiste una prisión con oro. No te extraño, mamá. Me das lástima.
Las palabras de su hija fueron cuchillos. Clara se tambaleó.
Miró a Marco, buscando compasión.
—Marco… por favor. Estoy sola. La casa se cae a pedazos. No tengo luz. Estoy vendiendo mi ropa para comer. ¿No puedes… no puedes ayudarme? Aunque sea por los viejos tiempos.
Marco la miró fijamente. Recordó la risa en el juzgado. Recordó el “disfruta tu castillo de ratas”. Recordó el frío, el hambre, la humillación.
Pero también recordó quién era él.
Sacó su chequera del bolsillo interior del saco. Y una pluma Montblanc.
Escribió un cheque. Lo arrancó.
Se lo extendió.
Clara lo tomó con manos temblorosas.
Vio la cifra.
150 millones de pesos.
Sus ojos se abrieron como platos. ¡Era rica otra vez! ¡Todo estaba perdonado! ¡Marco seguía siendo el tonto enamorado!
—¡Marco! —gritó, a punto de abrazarlo—. ¡Gracias! ¡Sabía que me amabas! ¡Sabía que…!
Marco levantó una mano, deteniéndola.
—Lee el beneficiario, Clara.
Clara bajó la vista al cheque.
“Páguese a la orden de: FUNDACIÓN JAZMÍN VALDÉS PARA MUJERES EMPRENDEDORAS DE BAJOS RECURSOS.”
Clara se quedó helada.
—¿Qué?
—Ese dinero —dijo Marco suavemente— es para ayudar a mujeres que de verdad quieren trabajar. Mujeres que construyen, no que destruyen. No es para ti.
Le quitó el cheque de las manos con suavidad.
—Pero no te preocupes. No te voy a dejar en la calle.
Marco sacó un billete de su cartera. Un billete de 200 pesos.
El mismo billete (o uno igual) que Roberto le había dado en el mercado.
Se lo puso en la mano a Clara.
—Esto es para tu taxi. Y para que te compres algo de cenar. Unos tacos, tal vez. Son muy buenos para el alma.
Clara miró el billete arrugado en su mano manicurada.
—¿Doscientos pesos? —susurró, indignada—. ¿Esto es lo que valgo para ti?
—No, Clara —dijo Marco, dándose la media vuelta y tomando la mano de Jazmín—. Eso es lo que vales tú sola. Lo demás… lo demás te lo inventaste.
Marco y Jazmín siguieron caminando por el pasillo. No miraron atrás.
Clara se quedó sola en el pasillo del museo, rodeada de obras de arte que valían millones, con un billete de 200 pesos en la mano y el sonido de los aplausos a lo lejos, celebrando al hombre que ella despreció.
Se dejó caer de rodillas. Y por primera vez en su vida, lloró de verdad. No por lo que perdió, sino porque se dio cuenta de que nunca tuvo nada.
Epílogo del Capítulo: La Última Lección
Al salir del museo, el aire frío de la noche golpeó la cara de Marco. Se sentía limpio.
Jazmín se abrazó a su brazo.
—Fuiste duro con ella, papá.
—Fui justo, hija. La justicia a veces se siente dura, pero es necesaria. Si le hubiera dado dinero, la habría destruido más. El dinero fácil es veneno para gente como ella. Tal vez… tal vez ahora aprenda a ganárselo.
—¿Crees que cambie?
—La gente no cambia, Jazmín. Pero a veces, se rompe y se vuelve a armar de otra forma. Ojalá lo haga.
El chofer (Roberto, que había salido corriendo para manejar el nuevo Bentley de la empresa) abrió la puerta trasera.
—¿A dónde, jefe? ¿A la Hacienda?
Marco miró la luna sobre la ciudad.
—No, Roberto. Llévanos a los tacos del Borrego Viudo. Tengo antojo de pastor. Y quiero celebrar con mi equipo.
—¡Eso es todo, jefe!
El Bentley se alejó suavemente, deslizándose por la noche de la Ciudad de México.
Atrás quedó el museo, la gala, la falsa sociedad.
Adelante estaba la vida. Real, sabrosa, complicada y maravillosa.
Marco Antonio Valdés, el hombre que fue ruina, ahora era leyenda. Y su historia apenas comenzaba.
CAPÍTULO 8: EL REY EN SU MONTAÑA Y LA REINA DE NADA
I. El Banquete de los Vencedores
La limusina Bentley, con su interior de cuero color crema y olor a triunfo, no se detuvo frente a un restaurante con estrellas Michelin. No fue al Pujol ni al Quintonil. El vehículo de cinco millones de pesos se estacionó, levantando polvo, en el estacionamiento de asfalto grasiento de “El Borrego Viudo”, la legendaria taquería de la Ciudad de México que nunca cierra.
Era la 1:00 de la madrugada. El lugar era un caos de taxistas, fiesteros borrachos, familias desveladas y meseros corriendo con platos de plástico llenos de carne al pastor.
Cuando Marco bajó del auto con su smoking impecable y Jazmín con su vestido plateado, las cabezas giraron. Parecían realeza perdida en el barrio. Pero Marco no se sintió fuera de lugar. Respiró hondo el aroma a carbón, cilantro y salsa roja.
—Huele a gloria —dijo.
Roberto, el ahora Director de Logística, bajó del asiento del conductor riendo.
—Jefe, ¿neta vamos a cenar aquí? Se va a manchar el smoking.
—El smoking se lava, Roberto. El hambre no se quita con canapés de salmón —respondió Marco—. ¡Joven! ¡Cinco de pastor con todo y dos gringas para la señorita! ¡Y Boings de guayaba para todos!
Se comieron los tacos recargados en el cofre del Bentley, rodeados por el equipo de ingenieros que había llegado en sus propios autos.
Ahí, entre mordidas a tortillas grasosas y risas estruendosas, Marco se sintió más millonario que en el museo.
—Brindo por esto —dijo Salas, alzando su refresco—. Por no tener que fingir.
—Salud —dijo Marco.
Jazmín miraba a su padre. Tenía salsa en la comisura del labio y una mancha de grasa en la camisa de 20 mil pesos. Y nunca lo había visto tan feliz.
—Papá —le susurró—, ¿crees que mamá esté cenando ahora?
La pregunta flotó en el aire frío de la noche. Marco miró hacia la ciudad, hacia las luces lejanas de Las Lomas.
—No lo sé, hija. Pero espero que ese billete de 200 pesos le alcance para algo caliente. Porque la noche va a ser muy larga para ella.
II. La Resaca de la Realidad
Clara Iturbide no cenó tacos. No cenó nada.
Llegó a su casa en Las Lomas pasada la medianoche. El taxi le cobró 180 pesos. Le sobraron veinte pesos del billete que Marco le había dado.
Veinte pesos. Eso era todo su capital líquido.
Entró a la casa a oscuras. La compañía de luz había cortado el suministro esa misma tarde, mientras ella se arreglaba para la gala usando la batería de su celular como linterna.
Caminó a tientas por el vestíbulo de mármol. Se tropezó con una maleta que había dejado en la entrada.
El silencio de la casa era aplastante. No había zumbido de refrigerador, ni luces de stand-by en las televisiones. Era una tumba de concreto.
Subió a su habitación, se quitó el vestido dorado alquilado con cuidado (si lo dañaba, perdía el depósito que no tenía) y se dejó caer en la cama.
Hacía frío. La calefacción no funcionaba.
Se cubrió con un edredón de plumas de ganso, pero no podía dejar de temblar.
La imagen de Marco en el escenario, brillante, poderoso, adorado, se repetía en su mente como un GIF tortuoso. Y luego, la mirada de Jazmín. Me das lástima.
—No —sollozó Clara contra la almohada—. No soy digna de lástima. Soy Clara Iturbide. Voy a salir de esta. Siempre salgo.
Pero esta vez, no había a quién llamar.
A la mañana siguiente, la realidad tocó a la puerta. Literalmente.
No era el notario, ni el banco. Era la dueña de la boutique de alquiler de vestidos.
—Señora Iturbide, vengo por el vestido. Se venció el plazo a las 10:00 AM.
Clara bajó, demacrada, y entregó la prenda.
—Oiga… tiene una mancha de maquillaje en el cuello —dijo la encargada, revisando la tela.
—Se quita con agua —dijo Clara, defensiva.
—Se cobra de la garantía. Y por cierto… su tarjeta de crédito rebotó el cargo extra. Me debe 500 pesos.
Clara sintió que el suelo se abría.
—No tengo efectivo ahorita. Pásame tu cuenta y te deposito mañana.
La mujer la miró con desdén. Conocía los chismes.
—Mire, señora… mejor déjeme esos zapatos que trae puestos y quedamos a mano. Son Ferragamo, ¿no? Aunque ya están medio tallados.
Clara se quitó los zapatos. Se quedó descalza en la puerta de su propia mansión.
—Tómalos y lárgate.
Cuando cerró la puerta, Clara supo que era el fin.
Esa tarde, tomó una decisión. No podía mantener la casa. Vivir ahí sin luz y sin agua era una locura. Y el orgullo no pagaba las cuentas.
Llamó a un agente inmobiliario de segunda (los de primera ya no le contestaban).
—Réntala —le dijo—. Renta la casa. Amueblada.
—Señora, con los problemas legales y el estado de mantenimiento… solo puedo conseguirle unos 60 mil pesos al mes. Y usted tendría que pagar los arreglos antes de que entre el inquilino.
—¡No tengo para arreglos! —gritó—. Réntala como está. “Estilo vintage”, “oportunidad de remodelar”, inventa algo. Consigue a alguien que pague 40 mil, pero que pague ya.
Una semana después, Clara salió de la casa de Las Lomas por última vez.
Llevaba dos maletas. Todo lo demás (muebles, cuadros, recuerdos) se quedó ahí para el inquilino: un productor de reguetón que pagó seis meses por adelantado en efectivo y que planeaba usar la mansión para fiestas.
Clara se mudó a un departamento de una recámara en la colonia Narvarte. Un edificio viejo, sin elevador, en un tercer piso. El alquiler era de 12 mil pesos.
Le quedaban 28 mil pesos para vivir el mes. Y la pensión de 50 mil pesos de Marco no llegaría hasta el día 15.
Se sentó en su nuevo sofá (usado, comprado en Facebook Marketplace) y miró la pared manchada de humedad.
—Esto es temporal —se dijo—. Solo temporal.
III. El Vuelo del Águila
Mientras Clara descendía a los infiernos de la clase media baja, Valdés Aerospace ascendía a la estratosfera.
Pasaron dos años.
La empresa ya no operaba solo desde Vallejo. Habían construido un campus tecnológico en Querétaro, un complejo de cristal y acero autosustentable que la prensa llamaba “El Silicon Valley Mexicano”.
Marco Antonio Valdés era portada de Forbes, Expansión y Time.
El título: “EL HOMBRE DE HIERRO LATINO”.
Sus drones Colibrí patrullaban las selvas de Brasil contra la tala ilegal. Sus sistemas de logística automatizada movían el 40% de la carga terrestre en México. Y su nuevo proyecto, “Quetzalcóatl”, un dron de transporte de pasajeros, estaba en fase de pruebas.
Pero Marco no se había mudado a un penthouse en Nueva York. Seguía viviendo en la Ex-Hacienda San Gabriel.
La casa estaba terminada. Era una joya arquitectónica que mezclaba el pasado colonial con el futuro minimalista.
Jazmín, ahora de 13 años, ya no iba a la escuela en Santa Fe. Iba a un colegio internacional, pero sus tardes las pasaba en la fundación que Marco había creado a su nombre.
La Fundación Jazmín Valdés daba becas a niñas de bajos recursos para estudiar robótica y programación.
El cheque de 150 millones que Marco le mostró a Clara en el museo se había cobrado íntegro para construir tres escuelas.
Un sábado por la mañana, Marco estaba en el jardín, leyendo el periódico con un café.
Jazmín llegó corriendo con su iPad.
—Papá, tienes que ver esto. Es tendencia.
—¿Qué cosa? ¿Otro meme mío con cara de Tony Stark?
—No. Es mamá.
Marco tomó la tablet.
Era un video de TikTok grabado por alguien en una tienda departamental de lujo en Polanco, tipo Palacio de Hierro.
En el video, se veía a una mujer con uniforme de vendedora, arrodillada, poniéndole un zapato a una clienta prepotente.
La clienta gritaba:
—¡Te dije que del 4, inútil! ¡Me estás lastimando! ¿Sabes cuánto cuestan mis pies?
La vendedora levantó la cara. Era Clara. Se veía más vieja, con arrugas visibles y poco maquillaje. Pero sus ojos… sus ojos no tenían la arrogancia de antes. Tenían cansancio. Y resignación.
—Perdone, señora —decía Clara en el video, con voz sumisa—. Ahorita le traigo el otro número.
El video tenía el título: “¡OMG! ¿Esa no es la dueña de Innova? De millonaria a cenicienta. #Karma”.
Marco dejó la tablet sobre la mesa.
Sintió una punzada. No de placer, sino de tristeza.
—Está trabajando —dijo Marco suavemente.
—La están humillando, papá. Mira los comentarios. Se burlan de ella.
—Está trabajando, Jazmín —repitió Marco con firmeza—. No está robando. No está pidiendo prestado. Se está ganando la vida poniendo zapatos. Eso es más digno que todo lo que hizo en los últimos diez años.
—¿Vas a hacer algo? —preguntó Jazmín.
Marco miró hacia el bosque.
—Sí. Voy a dejarla tranquila. Es la primera vez que veo a Clara Iturbide siendo una persona real. Si voy y la “rescato”, le quito su única oportunidad de redención. Tiene que aprender que el dinero cuesta sudor. Y parece que por fin lo está entendiendo.
IV. El Encuentro Inevitable
Tres meses después, Marco tuvo que ir a esa misma tienda departamental. Necesitaba comprar un regalo para la boda de Salas (quien se casaba con su novia de toda la vida, pagado todo por la empresa).
Entró a la sección de zapatería de damas.
La vio de inmediato.
Clara estaba acomodando cajas en el almacén, al fondo. Llevaba el uniforme gris, el cabello recogido en un chongo estricto y zapatos cómodos de goma.
Se veía delgada, pero fuerte. Sus manos, antes suaves y llenas de manicura, se veían ásperas.
Marco se acercó.
—Disculpe, señorita. Busco unos zapatos para una novia.
Clara se giró mecánicamente.
—Sí, claro, tenemos…
Se detuvo. La caja de zapatos se le resbaló de las manos.
Marco.
Ahí estaba. Oliendo a perfume caro, con esa aura de poder que ahora lo acompañaba a todos lados.
Clara sintió el impulso de correr. De esconderse. De gritar.
Pero no lo hizo. Respiró hondo. Se agachó y recogió la caja.
Se levantó y lo miró a los ojos.
—Hola, Marco.
—Hola, Clara.
Hubo un silencio largo. Los clientes pasaban alrededor, ajenos a la tensión nuclear entre esas dos personas.
—¿Vienes a burlarte? —preguntó ella. Su voz no tenía veneno, solo cansancio.
—Vengo a comprar unos zapatos. Talla 5. Blancos.
Clara asintió.
—Tengo unos Manolo que acaban de llegar. Son bonitos.
Fue al almacén y regresó con la caja. Se arrodilló frente a él (o frente al fantasma de la novia imaginaria) para mostrarle el zapato.
Marco la detuvo.
—Levántate, Clara. No te arrodilles ante mí. Nunca más.
Clara se puso de pie. Sostuvo el zapato con manos firmes.
—Es un buen trabajo, Marco. Tengo seguro social. Tengo comisiones. Pago mi renta yo sola. Nadie me mantiene.
Lo dijo con un orgullo extraño, un orgullo pequeño pero sólido como una piedra.
—Lo sé —dijo Marco—. Y te respeto por eso.
Clara bajó la mirada.
—El otro día… vi a Jazmín en la tele. Ganó el premio nacional de robótica.
—Sí. El diseño fue suyo.
—Se parece a ti. Gracias a Dios no se parece a mí.
A Marco se le estrujó el corazón.
—Se parece a lo mejor de los dos, Clara. Tiene tu encanto… pero tiene mi terquedad.
Clara sonrió, una sonrisa triste y fugaz.
—¿Eres feliz, Marco?
Marco pensó la respuesta.
—Soy libre, Clara. Y eso es mejor que ser feliz. ¿Y tú?
Clara miró la tienda, miró su uniforme, miró sus manos trabajadoras.
—Yo duermo tranquila, Marco. Por primera vez en mi vida, llego a mi casa tan cansada que no tengo tiempo de odiar a nadie. Supongo que eso es un tipo de felicidad.
Marco sacó su tarjeta de crédito. La famosa Centurion negra.
—Me llevo los zapatos. Y quiero que la comisión sea para ti.
Clara procesó el pago. Le entregó la bolsa.
—Gracias por la compra, señor Valdés.
—Cuídate, Clara.
Marco caminó hacia la salida.
—Marco —lo llamó ella.
Él se detuvo.
—Tenías razón —dijo ella, con la voz quebrada pero clara—. El castillo de ratas… era yo. Tú siempre fuiste el rey. Perdóname.
Marco no se dio la vuelta. Solo asintió levemente, un gesto de absolución final.
Salió de la tienda.
Clara se quedó parada un momento, secándose una lágrima solitaria. Luego, escuchó a su supervisora gritar:
—¡Iturbide! ¡Atienda a la señora de la mesa 4!
Clara se enderezó, se alisó el uniforme y puso su mejor cara de vendedora.
—Voy enseguida —dijo.
Y siguió trabajando.
V. La Bóveda del Tiempo
Años después.
Jazmín cumplía 18 años.
La fiesta no fue en un salón. Fue en la Ex-Hacienda San Gabriel.
No hubo prensa. Solo amigos, familia (la familia elegida: Salas, Roberto, los ingenieros) y mucha alegría.
A media noche, Marco llamó a Jazmín.
—Ven. Hay un regalo más.
Bajaron al sótano. A la vieja biblioteca.
Marco movió el libro falso (que ahora era un escáner de retina biométrico).
La pared se abrió. La puerta de la bóveda de acero brilló.
Marco la abrió.
Jazmín esperaba ver dinero. Oro. Diamantes.
Pero la bóveda estaba vacía.
Los estantes de metal estaban desnudos. No había billetes. No había lingotes.
Solo había una cosa.
En el centro de la habitación, sobre un pedestal de madera simple, había un marco con un objeto adentro.
Jazmín se acercó.
Era un billete de 200 pesos.
Viejo, arrugado, pegado con cinta adhesiva.
—¿Qué es esto, papá? —preguntó Jazmín, confundida.
—Este es el billete que Roberto me dio en el mercado hace ocho años —dijo Marco—. Cuando yo tenía 150 millones de dólares escondidos aquí, me sentía pobre. Me sentía perseguido. Pero cuando Roberto me dio este billete… me sentí rico. Porque alguien creía en mí cuando yo no era nada.
Marco rodeó los hombros de su hija con el brazo.
—El dinero de esta bóveda se fue, Jazmín. Lo invertimos. Construimos escuelas, fábricas, futuro. El dinero es energía; si lo guardas, se pudre. Si lo mueves, crea vida.
Señaló el billete.
—Pero esto… esto es el recordatorio.
—¿De qué?
—De que nunca debes olvidar de dónde vienes. Y de que la verdadera fortuna no es lo que guardas en una caja fuerte. La verdadera fortuna es tener a quién llamar cuando la caja está vacía.
Marco sacó una llave del bolsillo. Una llave maestra dorada.
—Esta empresa es tuya ahora, Jazmín. Yo me retiro. Me voy a viajar, a pescar, a leer todos los libros que no leí por estar trabajando. Tú eres la CEO de Valdés Aerospace.
Jazmín tomó la llave. Le temblaba la mano.
—Papá… es mucha responsabilidad. ¿Y si fallo? ¿Y si lo pierdo todo como tú al principio?
Marco sonrió y señaló las paredes vacías de la bóveda.
—Si lo pierdes todo, regresas aquí. A tu ruina. A tu fortaleza. Y empiezas de nuevo. Porque llevas el secreto más grande de todos dentro de ti.
—¿Cuál secreto?
—Que tú no necesitas el dinero para ser una reina. Tú eres la reina. El dinero es solo tu súbdito.
Jazmín apretó la llave. Miró a su padre y lo abrazó.
—Gracias, papá.
Subieron las escaleras, dejando la bóveda abierta, vacía y en paz.
Salieron al jardín. Los fuegos artificiales estallaron sobre el Desierto de los Leones, iluminando la noche.
Marco miró hacia el cielo, donde un enjambre de drones Colibrí realizaba una danza de luces coordinada, dibujando un fénix gigante en las estrellas.
Suspiró, satisfecho.
La historia se había contado. El dolor se había pagado. Y el futuro… el futuro era un cielo abierto esperando ser conquistado.
FIN