
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL PESO DEL POLVO EN SAN OLVIDO
San Olvido no era un lugar donde la gente vivía; era un lugar donde la gente se quedaba porque el resto del mundo les había cerrado la puerta en la cara. Si buscabas este pueblo en un mapa moderno, probablemente no lo encontrarías, o aparecería apenas como una línea delgada y gris que conectaba la nada con el vacío. Estaba incrustado en la parte más árida del estado, una tierra de nadie donde el sol no calentaba, sino que castigaba, y el viento no refrescaba, sino que arrastraba el polvo de los sueños rotos de tres generaciones.
Me llamo Alicia. Tengo veintiocho años, aunque mis huesos a veces sienten que llevan cargando este cuerpo por un siglo. Soy negra, una herencia de mi padre que llegó de la costa de Veracruz buscando trabajo en las minas y terminó encontrando una tumba temprana y una mujer que lo amó lo suficiente para darme la vida antes de consumirse de tristeza. En San Olvido, mi piel es mi uniforme y mi condena. Aquí, donde el apellido y la “buena cuna” se valoran más que la honestidad, ser morena, pobre y mujer es la trinidad perfecta para ser invisible… o peor, para ser el blanco de todas las miradas cuando algo sale mal.
Esa mañana de martes, el cielo amaneció con un color extraño, un gris panza de burro que prometía una tormenta que, como todo lo bueno aquí, probablemente nunca llegaría. Me levanté a las cinco de la mañana, como siempre, antes de que el gallo del vecino tuviera ganas de cantar. La casa estaba en silencio, salvo por el crujido rítmico de las vigas de madera que se enfriaban tras el calor del día anterior.
Nuestra casa —si es que se le puede llamar así a esta estructura de adobe remendado y lámina— está en la última calle del pueblo, justo donde el pavimento se rinde y empieza el camino de terracería que lleva al monte. Es una casa vieja, heredada por mi abuela, Doña Edna, la única madre que he conocido. Pero no vivimos solas.
Mientras caminaba de puntillas hacia la cocina para no despertar a nadie, me detuve en el umbral de la habitación grande. Allí, en catres improvisados y colchones donados, dormían doce razones para no rendirme.
Estaba Miguelito, de seis años, que se chupaba el dedo mientras dormía. Sus padres lo dejaron en la puerta de la iglesia con una nota que decía “No podemos más”. Tiene parálisis cerebral leve; arrastra la pierna izquierda y le cuesta hablar, pero tiene la sonrisa más luminosa que he visto.
Estaba Sofía, una adolescente de catorce años que ya había visto más violencia en su corta vida que un soldado veterano.
Estaban los gemelos, Luis y Paco, que comían como si nunca se fueran a llenar porque durante sus primeros cinco años de vida, nunca se llenaron.
Ellos son el “Refugio Esperanza”. Mi abuela y yo le pusimos el nombre, aunque el pueblo lo llama “El Jacal de los Recogidos”.
Entré a la cocina y encendí la estufa con un cerillo, rezando para que el gas durara un par de días más. Puse agua a hervir para el café. Café aguado, “agua de calcetín” como decía mi abuela, para engañar al estómago. Abrí la alacena y sentí ese hueco familiar en el pecho.
Había medio kilo de arroz.
Una bolsa de frijoles con gorgojos que tendría que limpiar.
Tres huevos.
Y nada más.
—Buenos días, hija —la voz de Doña Edna me sobresaltó.
Entró arrastrando los pies, apoyada en su bastón de madera de mezquite. Su cabello blanco estaba trenzado con la precisión de quien no deja que la pobreza le quite la dignidad. A sus setenta y tantos años, sus manos estaban deformadas por la artritis, pero seguían siendo las manos más fuertes que conocía.
—Buenos días, abuela. ¿Cómo amanecieron tus rodillas?
—Como el clima, traicioneras —respondió ella, sentándose con dificultad en la silla de plástico—. ¿Qué hay de desayuno?
—Arroz con leche… sin leche —bromeé, aunque no tenía gracia—. Y voy a hacer unas tortillas a mano con la masa que sobró ayer.
Nos sentamos en silencio mientras el agua hervía. El sonido de las burbujas era lo único que llenaba el espacio entre nosotras y nuestra realidad.
—Se acabó el dinero, Alicia —dijo ella de pronto, sin rodeos. Doña Edna nunca doraba la píldora.
—Lo sé.
—El del gas dijo que no fiaba más. Y Don Beto me dijo ayer que si no pagamos la cuenta de la farmacia, no hay más medicina para las convulsiones de Anita.
Sentí un nudo en la garganta. Anita, la más pequeña, necesitaba ese medicamento para vivir.
—Voy a salir hoy —dije, sirviendo el café en tazas despostilladas—. Imprimí unos volantes nuevos. Voy a ir hasta la zona de los restaurantes de carretera, a ver si los traileros o los turistas dejan algo.
—Ten cuidado, mi hija. La gente anda muy arisca. Dicen que han asaltado en la federal.
—No tengo nada que me roben, abuela —respondí con una sonrisa triste—. Solo mi terquedad.
Salí de la casa a las siete en punto. El aire ya estaba caliente y pesado, cargado de polvo y olor a leña quemada. Me ajusté los tenis; la suela del derecho tenía un agujero que había tapado con un pedazo de cartón, pero sentía cada piedra del camino como una penitencia.
Llevaba los volantes bajo el brazo, protegidos dentro de una carpeta de plástico vieja para que no se ensuciaran. Eran mi única arma. Papel bond barato, tinta negra que empezaba a borrarse, con una foto granulada de la fachada de la casa y un texto que escribí con el corazón en la mano: “Ayúdanos a ayudar. Refugio Esperanza necesita comida, ropa y medicinas. Dios te lo multiplicará”.
Caminar por San Olvido es como caminar por un cementerio de buenas intenciones. Pasé frente a las casas del centro, las que todavía tenían pintura en las paredes y rejas en las ventanas. Aquí vivía la “gente de bien”, los comerciantes, el médico, la familia del alcalde.
Al pasar frente a la panadería “La Espiga de Oro”, el olor a pan dulce recién horneado me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Mi estómago rugió, traicionándome.
Doña Chona estaba barriendo la banqueta. Era una mujer corpulenta, de cara redonda y ojos pequeños que siempre parecían estar buscando un defecto en los demás. Me vio venir y detuvo la escoba, plantándose en medio de la acera como un guardián del orden moral.
—Ya vas otra vez a molestar a la gente, ¿verdad? —me soltó antes de que pudiera darle los buenos días.
—Buenos días, Doña Chona. Solo voy a trabajar.
—¿Trabajar? —soltó una carcajada seca, como el crujido de una hoja muerta—. A pedir limosna le llamas trabajar ahora. Deberías tener vergüenza. Una muchacha joven y fuerte como tú, viviendo de la caridad, manteniendo a ese montón de niños ajenos que ni son tu sangre.
—Alguien tiene que cuidarlos, señora.
—Pues que los cuide el gobierno. O que los cuiden sus madres, esas lagartonas que los fueron a tirar. Tú nada más traes mala imagen al pueblo con ese jacal tuyo. Huele mal, se ve mal. Deberían cerrarlo.
Apreté la carpeta contra mi pecho, sintiendo cómo la ira me subía por el cuello, caliente y punzante. Quería gritarle. Quería decirle que Sofía lloraba por las noches preguntando por qué nadie la quería. Quería decirle que el gobierno ni siquiera sabía que existíamos. Pero me mordí la lengua. En San Olvido, contestarle a una “señora respetable” era firmar tu sentencia social.
—Que tenga buen día —murmuré, rodeándola y bajando a la calle para no tocar su “banqueta limpia”.
—¡Y no vayas a dejar tu basura de papeles en mi puerta! —me gritó a la espalda.
Seguí caminando, con el sol empezando a picar en la nuca. El pueblo se extendía a lo largo de la carretera principal, una cicatriz de asfalto que partía el desierto en dos. A medida que me alejaba del centro, las casas se volvían más tristes. Talleres mecánicos con coches desguazados que parecían esqueletos metálicos, tienditas con rejas que parecían cárceles, y perros callejeros, flacos y sarnosos, que me miraban pasar con la misma resignación que yo sentía.
Llegué a la plaza. Bueno, lo que quedaba de ella. Un kiosco despintado donde los jóvenes se juntaban a tomar cerveza por las noches y a fumar cosas que olían dulce y químico.
Ahí estaba Don Beto, sentado afuera de su ferretería, leyendo el periódico de ayer.
Me acerqué con el corazón latiendo rápido. Don Beto era un hombre duro, pero a veces, solo a veces, tenía momentos de piedad.
—Don Beto…
Él bajó el periódico lentamente y me miró por encima de sus lentes.
—Alicia. Si vienes por fiado, ya te dije que no.
—No es fiado, Don Beto. Es… quería pedirle si podía pegar un volante en su ventana. Solo uno. A lo mejor alguien que venga a comprar herramientas…
—No —me cortó, volviendo a subir el periódico—. No quiero que mi negocio parezca beneficencia. Además, a mis clientes no les gusta ver esas cosas. Fotos de niños enfermos… deprime a la gente. Y la gente deprimida no compra clavos.
Sentí que las lágrimas me picaban en los ojos, pero me obligué a tragármelas. No iba a llorar. No delante de él.
—Está bien. Gracias de todos modos.
Me alejé rápido, sintiendo la mirada de otros comerciantes en mi espalda. Podía escuchar sus susurros.
“Ahí va la negra Alicia”.
“Pobre diabla”.
“¿Por qué no se va del pueblo? Aquí nadie la quiere”.
Esa era la pregunta del millón. ¿Por qué me quedaba? Podría irme a la ciudad, conseguir trabajo limpiando casas o en alguna fábrica. Podría desaparecer en la multitud, ser una anónima más y no la “paria” de San Olvido. Pero luego pensaba en Miguelito y cómo me apretaba la mano cuando tronaban los truenos. Pensaba en Doña Edna, que había dado su vida por mí y por esos niños.
Irse era fácil. Quedarse y pelear, eso era lo difícil. Y Doña Edna no crió cobardes.
Caminé dos kilómetros más, hasta las afueras del pueblo. Mis pies ardían dentro de los tenis. El calor era sofocante, casi 38 grados a la sombra, y no había sombra. Mi destino era la gasolinera “El Oasis”, que de oasis no tenía nada. Era la última parada antes de entrar al tramo largo de desierto, el lugar donde paraban los viajeros que no tenían otra opción.
El plan era simple: pararme cerca de la entrada de la tienda de conveniencia, sonreír (aunque no tuviera ganas) y ofrecer un volante a cualquiera que bajara de un coche con placas foráneas.
“Una moneda para los niños, señor”.
“Dios lo bendiga, señora, ¿nos ayuda con un kilo de arroz?”
Era humillante. Cada “no”, cada ventana que se subía apresuradamente al verme acercar, cada mirada de asco, me arrancaba un pedazo de alma. Pero cada moneda de diez pesos era un huevo más. Cada billete de veinte era un litro de leche. Y por eso valía la pena.
Llegué a la gasolinera sudando a mares. Mi camiseta gris estaba pegada a mi espalda. Me sequé la cara con el dorso de la mano y tomé aire.
El lugar estaba tranquilo. Un par de camiones de carga estacionados en la orilla, con los choferes durmiendo la siesta. Un sedán familiar llenando el tanque.
El despachador de turno era “El Tuercas”. Su nombre real era Rogelio, pero nadie lo usaba. Era un hombre amargado, de esos que disfrutan tener un gramo de poder. Y en esa gasolinera, él era el rey.
Me vio llegar y de inmediato salió de su caseta con cara de pocos amigos.
—¡Órale, órale! ¿Qué haces aquí, Alicia?
—Solo voy a repartir volantes, Tuercas. No molesto a nadie.
—Sí molestas. Molestas a la vista. El dueño ya me dijo que no quiere pedigüeños aquí. Espantas a la clientela.
—No estoy pidiendo para mí. Es para el refugio.
—Ese refugio es una farsa —escupió él, acercándose demasiado. Olía a cebolla y sudor rancio—. Es puro cuento para que tú y tu abuela vivan de a gratis sin trabajar.
—Eso no es cierto y lo sabes —le sostuve la mirada, aunque por dentro temblaba—. Trabajamos más que nadie. Cuidamos a los hijos que este pueblo tiró a la basura.
El Tuercas se rió, una risa fea que mostró sus dientes amarillos.
—Vete a la orilla de la carretera. Si te veo cerca de las bombas o de la tienda, llamo a la patrulla y les digo que andas robando.
—No tienes derecho…
—¡Tengo derecho porque yo mando aquí! —gritó, manoteando hacia la carretera—. ¡Órale! ¡A la tierra, que es donde perteneces!
Me retiré, mordiéndome el labio hasta casi sangrar. Me paré en la orilla, bajo el sol inclemente, donde el asfalto terminaba y empezaban los matorrales secos.
Desde ahí, vi pasar las horas.
Un coche azul paró. Me acerqué corriendo.
—Señora, disculpe, ¿tendría una ayuda para…?
La mujer al volante ni siquiera me miró. Subió el vidrio eléctrico y aceleró, casi machucándome los dedos.
Un hombre en una camioneta bajó a comprar cigarros. Lo abordé cuando salía.
—Jefe, una ayudita para unos niños huérfanos…
—No traigo cambio —masculló sin detenerse, aunque acababa de escuchar el tintineo de las monedas en su bolsillo.
Para el mediodía, tenía la garganta seca como lija y la cabeza me daba vueltas por el hambre y el sol. Había conseguido treinta y cinco pesos. Treinta y cinco miserables pesos. No alcanzaba ni para medio kilo de carne.
Me senté un momento sobre una piedra caliente, sintiendo la derrota pesar más que el cansancio.
Miré al cielo gris.
—Dios —susurré—, si estás ahí, necesito una señal. No por mí. Por ellos. Mándame algo. Lo que sea.
Fue entonces cuando lo escuché.
No fue un trueno. Fue algo más constante, más rítmico. Un ronroneo profundo que venía del horizonte, creciendo hasta convertirse en un rugido.
Me puse de pie, sacudiéndome el polvo de los pantalones.
Un punto negro apareció en la carretera, vibrando con el calor. Se hizo más grande, más ruidoso.
Era una motocicleta. Pero no una de esas motonetas que usaban los repartidores del pueblo. Era una bestia de máquina. Negra, cromada, enorme.
El motociclista entró a la gasolinera, reduciendo la velocidad. El motor petardeó una vez, un sonido seco como un disparo, y luego se detuvo junto a la bomba número tres.
El hombre se quitó el casco.
Mi respiración se detuvo un segundo.
No se parecía a nadie de San Olvido.
Tenía el cabello largo, negro y recogido en una coleta, pegado a la cabeza por el sudor del casco. Su piel estaba curtida por el sol de mil carreteras. Pero lo que más impresionaba eran sus brazos. Llevaba un chaleco de cuero negro sobre una camiseta sin mangas, y cada centímetro de piel visible estaba cubierto de tatuajes. Calaveras, serpientes, rosas negras, nombres que no alcanzaba a leer.
Se veía peligroso. Se veía como el tipo de hombre del que Doña Edna me diría que corriera en dirección contraria.
Pero había algo en la forma en que se bajó de la moto. No se bajó con arrogancia. Se bajó despacio, estirando la espalda con una mueca de dolor, como si llevara días conduciendo sin parar.
Se acercó a la bomba y buscó la ranura para tarjetas. No la encontró. Buscó algún letrero de “se acepta pago móvil”. No había.
Miró hacia la caseta donde El Tuercas lo observaba con los ojos entrecerrados, como un perro guardián viendo a un lobo.
El motociclista caminó hacia él. Vi sus botas pesadas levantar polvo.
Me quedé quieta, observando. Algo en mi instinto me dijo que la rutina de mi día, y quizás de mi vida, estaba a punto de romperse. La tensión en el aire cambió. Ya no era solo calor y polvo. Ahora había electricidad.
El Tuercas salió de la caseta, inflado de esa falsa valentía que le daba estar en su territorio.
El motociclista levantó las manos, palmas abiertas. Un gesto de paz.
Pero en San Olvido, la paz a veces se confunde con debilidad. Y la debilidad se castiga.
Me acerqué unos pasos, atraída como una polilla al fuego, sin saber que estaba a punto de presenciar el inicio de una leyenda. O quizás, una tragedia.
CAPÍTULO 2: LA LEY DE LA SELVA Y UNOS BILLETES ARRUGADOS
El silencio que siguió a la llegada del motociclista no era de paz; era el tipo de silencio que precede al trueno. Era un silencio cargado, espeso, que se te pegaba a la piel junto con el sudor.
Desde mi posición, a unos diez metros de las bombas, protegida por la sombra raquítica de un mezquite seco, podía ver cada detalle de la escena como si fuera una película en cámara lenta. El hombre, Jacobo, seguía de pie junto a su máquina. Visto de cerca, era aún más intimidante. No era solo su tamaño —que fácilmente rozaba el metro noventa— ni la anchura de sus hombros bajo el cuero desgastado; era la energía que irradiaba. Una mezcla de violencia contenida y fatiga extrema.
El Tuercas, en cambio, era todo nervios y bravuconería barata. Se había plantado con las piernas abiertas, una mano cerca del teléfono celular que llevaba colgado al cinto en una funda de plástico corriente, como si fuera un revólver.
—No me estás entendiendo, carnal —repitió El Tuercas, alzando la voz para que su audiencia, los mirones de siempre, no perdiera detalle—. Aquí no aceptamos tus plásticos. Aquí manda el rey efectivo. Si no traes lana, hazte a un lado. Estás estorbando a la gente decente.
Miré alrededor. No había nadie esperando. Solo los curiosos que se relamían los bigotes esperando el pleito.
Jacobo se pasó una mano por el cuello, limpiándose el sudor que brillaba sobre un tatuaje de un águila devorando una serpiente. Su paciencia se estaba agotando, podía verlo en la tensión de su mandíbula, en cómo se le marcaba una vena en la sien. Pero no explotó. En lugar de eso, suspiró, un sonido profundo y cansado.
—Mira, jefe —dijo Jacobo, su voz raspando como llantas sobre grava—, no quiero problemas. Vengo rodando desde la frontera. Me desvié por la libre porque hubo un accidente en la autopista y me quedé seco. Mi jefa… mi mamá está internada en la capital. Le dio un infarto anoche.
La mención de la madre suele ablandar hasta al corazón más duro en México. La madre es sagrada. Pero San Olvido no es México; es un purgatorio con código postal.
—Uy, qué triste historia —se burló El Tuercas, haciendo un puchero exagerado—. ¿Oyeron eso? Al grandulón se le enfermó su mami.
Una risita cruel recorrió el grupo de espectadores. Doña Chona se tapó la boca con su rebozo para esconder una sonrisa maliciosa.
—Seguro es mentira —dijo un hombre con sombrero de paja—. Esos vatos siempre traen el mismo cuento para estafar. Luego te asaltan.
Jacobo cerró los ojos un segundo. Vi cómo sus puños se cerraban a los costados. Eran puños del tamaño de marros. Si quisiera, podría haber aplastado a El Tuercas con un solo golpe. Podría haber destrozado la caseta y tomado la gasolina. Pero no lo hizo. Y eso fue lo que me clavó al suelo. Esa contención. Esa dignidad de quien sabe que es peligroso, pero elige no serlo.
—Me gasté el efectivo hace dos pueblos —continuó Jacobo, abriendo los ojos de nuevo. Eran grises, fríos como el acero, pero llenos de una urgencia dolorosa—. Había una familia con una llanta ponchada y sin gato hidráulico. Les di lo que traía para que pagaran una grúa. Pensé que aquí habría señal para la terminal.
—Pues pensaste mal, Einstein —escupió El Tuercas—. Y a mí me vale madre tu vida, tu mamá y tus buenas obras. Esto es un negocio, no la beneficencia pública. Si no tienes dinero, lárgate. ¡Vámonos! ¡Súbete a tu chatarra y piérdete!
El insulto flotó en el aire caliente. Jacobo dio un paso adelante. Solo uno. Pero fue suficiente para que El Tuercas retrocediera dos, chocando su espalda contra la bomba de gasolina. El miedo cruzó la cara del despachador, rápido y agudo, pero luego vio a los hombres del pueblo acercarse, cerrando filas. Se sintió respaldado por la manada.
—¡Llamen a la patrulla! —gritó Doña Chona—. ¡Está amenazando a Rogelio!
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Sabía lo que iba a pasar. La policía de San Olvido no hacía preguntas. Si llegaban y veían a un fuereño tatuado discutiendo con un local, lo primero que harían sería golpearlo y luego averiguarían su nombre. Lo encerrarían, le quitarían la moto, y su madre moriría sola en un hospital mientras él se pudría en una celda municipal oliendo a orines.
Sentí el peso de mi cartera en el bolsillo de mis jeans. Doscientos pesos.
Era todo lo que teníamos.
Eran dos kilos de frijol.
Era un kilo de huevo.
Era el jarabe para la tos de Miguelito.
Si daba ese dinero, esta noche cenaríamos aire. Mañana desayunaríamos vergüenza.
Mi mente me gritaba: “No lo hagas, Alicia. No es tu problema. Tienes doce bocas que alimentar. Tienes goteras. Tienes deudas. Date la vuelta”.
Pero luego miré a Jacobo.
Estaba solo. Rodeado de gente, pero completamente solo.
Lo miraban como si fuera basura. Como si fuera un animal rabioso que había que sacrificar.
Yo conocía esa mirada. La recibía todos los días. La había recibido hace diez minutos de la misma Doña Chona.
Ese hombre, con todos sus músculos y sus tatuajes de calaveras, era igual que yo en ese momento: un paria. Un indeseable.
Y Doña Edna siempre decía: “Cuando veas a alguien pateado en el suelo, más te vale que sea para ayudarlo a levantarse, o no te atrevas a entrar en mi casa”.
Mis piernas se movieron solas, desobedeciendo a mi instinto de supervivencia. Salí de la sombra del mezquite y caminé hacia la luz cegadora de la gasolinera. El asfalto irradiaba calor a través de mis suelas rotas.
—¡Ya basta! —mi grito salió rasposo, pero cortó el murmullo de la gente.
Todos se giraron. El Tuercas me miró con fastidio, como quien ve una mosca en la sopa. Jacobo giró la cabeza lentamente, y sus ojos se encontraron con los míos. Había sorpresa en ellos, y una cautela animal.
—¿Ahora qué quieres, Alicia? —ladró El Tuercas—. ¿No te dije que te largaras a pedir limosna a otro lado? Estamos ocupados con este delincuente.
Ignoré el insulto. Caminé hasta quedar entre el despachador y el motociclista, creando una barrera física con mi cuerpo delgado.
—No es un delincuente —dije, tratando de que no me temblara la voz—. Es un cliente. Y tú lo estás tratando como si fuera ganado.
—Es un cliente si paga —replicó El Tuercas—. Y este vato no trae ni en qué caerse muerto.
Metí la mano en mi bolsillo. Mis dedos rozaron los billetes de a cincuenta y de a veinte, suaves y gastados por tanto uso. Sentí una punzada de pánico. ¿Qué estás haciendo, Alicia? Los niños…
Cerré los ojos un microsegundo, pedí perdón mentalmente a Miguelito, y saqué el dinero.
—Yo pago —dije, extendiendo el puño cerrado.
El silencio volvió, pero esta vez era de incredulidad.
Doña Chona soltó una carcajada aguda.
—¡Ay, por favor! Si la muerta de hambre quiere jugar a ser millonaria. ¿De dónde sacaste eso, niña? ¿Se lo robaste a tu abuela?
Sentí el calor subirme a las mejillas, ardiente y vergonzoso.
—Es dinero honrado —dije, mirando fijamente a El Tuercas—. Es mío. Y quiero pagar la gasolina del señor.
El Tuercas me miró con una mezcla de asco y diversión.
—¿Tú? ¿Pagarle a él? —señaló a Jacobo con el pulgar—. Míralo. Es un Hell’s Angel o algo así. Seguro come gente. ¿Y tú lo vas a defender? ¿Qué, te gustó el grandulón o qué?
Las risas de los hombres fueron vulgares, sucias. Jacobo dio un paso al frente, y la atmósfera se oscureció de golpe. Su sombra cayó sobre El Tuercas, eclipsándolo.
—Cierra el hocico —gruñó Jacobo. No fue un grito. Fue un susurro que sonó como piedras triturándose.
El Tuercas palideció y cerró la boca de golpe.
Me acerqué a la bomba. Mis manos temblaban, así que las apreté contra mi cuerpo.
—Póngale doscientos pesos. Es todo lo que tengo.
Extendí los billetes hacia El Tuercas. Él los miró con desdén, luego me los arrebató de un manotazo brusco, rozando mis dedos con sus uñas sucias.
—Tú sabrás en qué tiras tu dinero, loca —masculló—. Pero no hay devoluciones. Y no quiero quejas cuando este tipo se vaya y te deje ahí parada como estúpida.
—Solo pon la gasolina —dije, firme.
El Tuercas tecleó los números en la bomba con violencia, refunfuñando maldiciones. Quitó la pistola despachadora y se la tendió a Jacobo de mala gana, casi tirándosela.
—Órale. Doscientos varos. Ni una gota más.
Jacobo tomó la manguera. Sus movimientos eran precisos, controlados. Mientras el combustible empezaba a fluir hacia el tanque de la bestia de acero, él se giró hacia mí.
Ahora que estaba cerca, podía olerlo. Olía a cuero viejo, a gasolina, a tabaco negro y a algo más… algo como ozono, como el aire antes de la lluvia.
Me miró desde su altura. Yo apenas le llegaba al pecho. Sus ojos grises barrieron mi cara, deteniéndose en mis ojos oscuros, en mi cabello rizado recogido a la prisa, en mi ropa desgastada.
—No tenías por qué hacerlo —dijo. Su voz era diferente ahora. Ya no había amenaza. Había una perplejidad genuina.
—Lo sé —respondí, abrazando mi carpeta de volantes como si fuera un escudo—. Pero nadie debería quedarse tirado en este pueblo. Este lugar… este lugar se come a la gente que muestra debilidad.
Jacobo asintió levemente, entendiendo más de lo que yo decía.
—Esa lana… —señaló el surtidor donde los números corrían—. Se ve que no te sobra.
—No —admití, bajando la vista a mis tenis rotos—. No me sobra. Pero a veces hay cosas más importantes que el dinero.
—¿Como qué?
—Como que su mamá lo vea llegar.
Jacobo se quedó callado. La bomba hizo clac, indicando que los doscientos pesos se habían consumido. Eran apenas unos litros, lo justo para llegar a la siguiente ciudad grande, pero suficiente para sacarlo de este infierno.
Colgó la manguera lentamente. El Tuercas ya se había metido a su caseta, contando mis billetes con avaricia, asegurándose de que no fueran falsos.
La gente empezaba a dispersarse, decepcionada de que no hubiera habido sangre ni patrullas. Solo quedábamos él y yo, dos extraños en una isla de concreto caliente.
Jacobo se rebuscó en los bolsillos de su chaleco. Sacó un paquete de cigarros aplastado, un encendedor y nada más.
—Me da vergüenza, oiga —dijo, y sonaba sincero—. No traigo ni un peso para devolverle. Ni una joya, nada. Todo se fue en el camino.
—No quiero que me lo devuelva —dije rápido—. Tómelo como un regalo. Un regalo de San Olvido, para que no se vaya pensando que aquí todos somos como El Tuercas.
Él sonrió. Fue una sonrisa pequeña, ladeada, que transformó su cara. De pronto, ya no parecía un demonio de la carretera. Parecía solo un hombre. Un hombre agradecido.
—Pues San Olvido tiene suerte de tenerte, Alicia —dijo, usando mi nombre como si fuera algo valioso.
En ese momento, una ráfaga de viento caliente, de esos remolinos que se levantan en el desierto, me golpeó de lado. La carpeta que llevaba bajo el brazo se abrió. Traté de cerrarla, pero fue tarde. Uno de los volantes salió volando, bailando en el aire como una hoja muerta.
—¡No! —exclamé, tratando de atraparlo. Cada volante costaba cincuenta centavos. No podía perder ni uno.
El papel revoloteó hacia las botas de Jacobo. Él se agachó con una agilidad sorprendente para su tamaño y lo atrapó contra el asfalto.
Se incorporó, sacudiendo el polvo del papel. Iba a dármelo, pero sus ojos se clavaron en el texto.
“Refugio Esperanza. Hogar para niños abandonados y discapacitados. Necesitamos ayuda urgente: comida, medicinas, material de construcción. Callejon del Olvido #12.”
Lo leyó en silencio. Sus ojos se movieron de la foto borrosa de los niños a mi cara, y luego de vuelta al papel. Su ceño se frunció, profundizando las arrugas alrededor de sus ojos.
—¿Esto es tuyo? —preguntó, su voz grave resonando en mi pecho.
—Es… es donde vivo. Con mi abuela. Cuidamos a los niños que nadie quiere.
—¿Doce niños? —preguntó, leyendo la letra chiquita.
—Sí. Doce.
—¿Y el gobierno?
Solté una risa amarga. —El gobierno ni sabe dónde está San Olvido en el mapa, señor.
Jacobo miró hacia la caseta donde El Tuercas se reía viendo un video en su celular. Luego miró hacia el pueblo, hacia las casas grises y cerradas. Y finalmente, me miró a mí.
Había una intensidad nueva en su mirada. No era lástima. Odio la lástima. Era… respeto. Y algo más. Algo que parecía cálculo.
—¿Te gastaste el dinero de la comida de esos niños en mi gasolina? —preguntó directamente.
Sentí un nudo en la garganta. No quería mentirle.
—Dios proveerá —dije, desviando la mirada—. Siempre sale algo. Hoy cenaremos tortillas con sal, pero mañana será otro día. Lo importante es que usted llegue con su madre.
Jacobo guardó silencio un largo rato. Luego, dobló el volante con cuidado, con una delicadeza que no pegaba con sus manos enormes y tatuadas, y se lo guardó en el bolsillo interior de su chaleco, justo sobre su corazón.
—No se te olvide ese volante —le dije, extendiendo la mano—. Necesito repartirlos.
—Este me lo quedo yo —dijo él—. Considéralo mi recibo.
Se subió a la moto. La máquina crujió bajo su peso. Giró la llave y el motor cobró vida con un estruendo que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. Era un sonido poderoso, un rugido de libertad.
Se puso el casco negro mate, ocultando sus ojos, pero antes de bajar la visera, me miró una última vez.
—Me llamo Jacobo —dijo, gritando sobre el ruido del motor—. Pero en mi club me dicen “El Cuervo”.
—Vaya con Dios, Cuervo —grité yo para que me oyera.
—No creo que Dios me quiera cerca —respondió él, y juraría que guiñó un ojo—. Pero el Diablo me debe favores. Gracias, Alicia. En serio.
Aceleró. La llanta trasera levantó una nube de polvo y grava, y la moto salió disparada hacia la carretera federal, convirtiéndose en un punto negro que se hacía pequeño rápidamente, hasta desaparecer en la bruma de calor del horizonte.
Me quedé ahí parada, sola otra vez.
El silencio regresó, pero ya no era el mismo.
El Tuercas salió de la caseta, sacudiéndose las manos.
—Bueno, ya se fue tu novio —se burló—. Y tú te quedaste sin dinero y sin dignidad. Qué desperdicio. Anda, vete a tu jacal antes de que llame a la perrera para que te recojan.
No le contesté. No valía la pena.
Me di la vuelta y empecé el largo camino de regreso a casa. El sol estaba en su punto más alto. El hambre me retorcía el estómago, un dolor agudo y familiar.
Mientras caminaba, mi mente empezó a hacer cálculos frenéticos.
Si hiervo las cáscaras de papa, puedo hacer un caldo. Si le pido fiado dos huevos a la vecina y le prometo lavarle la ropa el fin de semana…
Llegué al refugio una hora después, agotada, cubierta de polvo y con las manos vacías.
Doña Edna estaba en el porche, remendando un pantalón de Miguelito. Levantó la vista y vio mi cara. Vio que no traía bolsas. Vio que no traía dinero.
Pero no me regañó.
—¿Qué pasó, hija? —preguntó suavemente.
Me senté en el escalón, recargando la cabeza en sus rodillas huesudas.
—Ayudé a alguien, abuela.
—¿A quién?
—A un hombre que lo necesitaba más que nosotros hoy.
Doña Edna suspiró y acarició mi cabello.
—Entonces hiciste bien. Dios no se queda con nada de nadie, Alicia. Lo que das, regresa. A veces tarda, pero regresa.
Esa noche, cenamos té de canela y las últimas tortillas duras calentadas en el comal. Los niños no se quejaron; estaban acostumbrados a las “cenas de aventura”, como yo les llamaba.
Me fui a la cama con el estómago vacío y el corazón lleno de dudas. ¿Había sido una estúpida? ¿Había condenado a mi familia por un impulso de heroína?
Cerré los ojos y escuché el viento aullar fuera, golpeando las láminas sueltas del techo.
Parecía el rugido de un motor lejano.
Pasó un día.
Pasaron dos.
El hambre apretó. Tuvimos que pedir fiado en la tienda de la esquina, dejando mi único par de aretes de oro —los que eran de mi mamá— como garantía.
El pueblo seguía igual. Las burlas seguían igual. “Ahí va la tonta que le regaló su dinero a un criminal”, decían. El Tuercas se había encargado de contar la historia a todo el mundo, adornándola para hacerme ver más ridícula.
Pero al tercer día…
Al tercer día, el aire cambió.
Estaba lavando ropa en el patio trasero, tallando con fuerza para sacar las manchas de tierra de los pantalones de los niños, cuando el suelo empezó a temblar.
Primero pensé que era un temblor. Aquí tiembla a veces.
Pero luego oí el sonido.
No era el viento. No era un camión.
Era un trueno. Pero el cielo estaba despejado.
Era un trueno continuo, grave, que se acercaba desde la carretera principal. Crecía y crecía, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas.
Doña Edna salió de la casa, asustada.
—¿Qué es eso, Alicia? ¿Se cayó el cerro?
Me sequé las manos en el delantal y corrí hacia la parte delantera de la casa, hacia la reja de alambre oxidado.
Miré hacia la calle principal, esa calle polvorienta donde nunca pasaba nada.
Y entonces los vi.
El sol de la tarde se reflejaba en el cromo como si fueran espejos.
Eran diez.
Veinte.
Cincuenta.
Una columna interminable de motocicletas avanzaba por la calle, ocupando ambos carriles, majestuosas, aterradoras, hermosas. El ruido era ensordecedor, un himno de pistones y escapes libres que anunciaba el fin del mundo o el comienzo de algo nuevo.
La gente del pueblo salía de sus casas, pálida, con los ojos desorbitados. El Tuercas, que vivía a dos casas, salió en camiseta interior, con la boca abierta.
Las motos no se detuvieron en el centro. No fueron a la cantina.
Venían hacia acá.
Hacia el final del camino.
Hacia la casa de la “negra loca”.
Y al frente de todos, montado en su bestia negra, con el chaleco ondeando al viento y una mirada que prometía retribución, venía él.
Jacobo. El Cuervo.
Y no venía solo.
Traía al infierno con él, pero esta vez, el infierno traía regalos.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA INVASIÓN DE LOS ÁNGELES NEGROS
El sonido no era solo ruido; era una vibración que te sacudía los muelas y te hacía temblar las rodillas. Cincuenta motores V-Twin de alto cilindraje rugiendo al unísono en una calle de tierra compactada no es algo que se escuche todos los días en San Olvido. Es algo que se siente en el esqueleto.
Me aferré a la cerca de alambre de gallinero que delimitaba el terreno del refugio. Mis nudillos estaban blancos. Detrás de mí, en el porche, Doña Edna había sacado a los niños. Los más pequeños se escondían tras sus faldas largas, con los ojos abiertos como platos. Miguelito se tapaba los oídos, pero no dejaba de mirar con una mezcla de terror y fascinación absoluta.
La caravana se detuvo frente a nuestra puerta. Fue una maniobra casi militar. Sin órdenes verbales, solo con señales de mano y una sincronización telepática, las motocicletas se acomodaron en fila, bloqueando completamente la calle. El polvo que levantaron tardó unos segundos en asentarse, creando una neblina dorada a través de la cual solo se veían siluetas de cromo y cuero.
El silencio volvió de golpe cuando apagaron los motores, uno tras otro, en una cascada de clacs metálicos y el siseo de los escapes calientes enfriándose.
El pueblo entero había salido. Estaban a una distancia prudente, claro. Nadie quería estar cerca si empezaban los balazos. Vi a El Tuercas asomado desde la esquina de su casa, pálido como una hoja de papel, con el celular en la mano pero sin atreverse a marcar. Doña Chona estaba persignándose frenéticamente, murmurando letanías a una velocidad récord.
Entonces, se bajaron.
Eran hombres grandes. Inmensos. Algunos gordos y barbudos como osos, otros flacos y nervudos como alambres de púas. Todos vestían chalecos de cuero negro con parches que yo no entendía, pero que irradiaban autoridad: Sgt. at Arms, Road Captain, President. Había calaveras, alas, dagas y frases en inglés. Llevaban paliacates en la cabeza, cadenas colgadas de los cinturones y botas que pesaban más que mi pierna entera.
Parecía que una horda de vikingos modernos había decidido saquear mi casa.
Uno de ellos, un gigante con una barba roja trenzada que le llegaba al pecho, se quitó los lentes oscuros y escupió al suelo. Miró la fachada despintada de mi casa, luego miró a los niños en el porche, y finalmente me miró a mí. Su cara era un mapa de cicatrices.
Tragué saliva. Dios mío, ¿qué he hecho?, pensé. ¿Traje la guerra a mi puerta?
Pero entonces, desde el centro de la formación, una figura caminó hacia mí. Caminaba despacio, con esa cojera leve que yo recordaba. Se quitó el casco negro mate y sacudió la cabeza. El cabello largo y negro se liberó.
Era Jacobo. El Cuervo.
Se acercó a la reja. Yo no me moví. Estaba paralizada.
Él se detuvo a un metro de mí. Su cara estaba cubierta de polvo del camino, y tenía ojeras profundas, pero sus ojos grises brillaban con una luz diferente a la de hace tres días. Ya no había angustia. Había una determinación feroz.
—Te dije que no se me olvidaba, Alicia —dijo. Su voz era grave, pero no amenazante. Era la voz de un hombre que cumple su palabra.
—Jacobo… —susurré. Mi voz apenas salió—. ¿Qué… qué es todo esto? ¿Qué está pasando?
Él sonrió, esa media sonrisa que le daba un aire de niño travieso atrapado en el cuerpo de un gigante. Se giró hacia su ejército de cuero y metal y levantó un brazo.
—Muchachos —gritó, su voz resonando en la calle silenciosa—, ¡a trabajar!
Lo que pasó después fue algo que mi cerebro tardó en procesar.
Yo esperaba violencia. Esperaba reclamos. Esperaba problemas.
En lugar de eso, vi cómo dos camionetas pick-up enormes, que venían cerrando la caravana y que yo no había visto por el polvo, se echaron en reversa hasta la entrada del patio.
Los motociclistas, esos hombres que parecían salidos de una pesadilla carcelaria, empezaron a moverse con una eficiencia hormiga.
Abrieron las bateas de las camionetas. Y lo que vi me hizo soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
No eran armas. No era droga.
Eran cajas. Cientos de cajas.
Cajas de cartón con logotipos de supermercados mayoristas. Costales de arroz de veinte kilos. Garrafones de agua. Paquetes de pañales que llegaban hasta el techo. Cajas de leche. Juguetes.
Vi una bicicleta rosa nueva brillando al sol. Vi una silla de ruedas plegable, moderna, no como la tartana vieja que usaba Paquito.
Jacobo abrió el cerrojo de mi reja oxidada. La puerta chilló al abrirse, un sonido agudo que rompió mi trance.
—Permiso para entrar, señorita —dijo con una formalidad exagerada.
—P-pero… —balbuceé, mirando la montaña de suministros que empezaba a moverse hacia mi patio—. Jacobo, esto es… esto es demasiado. No puedo pagar esto.
Él se detuvo y me miró a los ojos, muy serio.
—Tú pagaste cuando nadie más quiso. Tú me diste gasolina para llegar con mi jefa. Llegué a tiempo, Alicia. Pude despedirme. Pude sostenerle la mano antes de que se fuera.
Sentí un vuelco en el corazón.
—Lo siento mucho… —dije instintivamente.
Él negó con la cabeza.
—No lo sientas. Se fue en paz. Pero mientras estaba ahí, le conté de ti. Le conté de la muchacha negra en el pueblo olvidado que se gastó el dinero de su comida para ayudar a un desconocido. Mi jefa… ella siempre fue de ayudar. Antes de morir, me hizo prometerle que no dejaría que tú ni tus niños pasaran hambre. Y un Hell’s Angel nunca, nunca rompe una promesa a su madre.
Se le quebró la voz un segundo, pero se recompuso rápido.
—Así que llamé a mi capítulo. Y llamé a los capítulos vecinos. Les conté la historia. Y bueno… —gesticuló hacia la actividad frenética a su alrededor—. A los muchachos les gusta rodar por una buena causa.
—¡Abran paso! —gritó el de la barba roja, pasando junto a nosotros con dos costales de frijol de cincuenta kilos, uno en cada hombro, como si fueran plumas—. ¿Dónde va la despensa, jefa? —me preguntó, sonriéndome. Le faltaba un diente, pero su sonrisa era extrañamente cálida.
—En… en la cocina —señalé, aturdida—. Al fondo a la derecha.
La “invasión” comenzó.
Fue un caos organizado. Hombres tatuados con calaveras y serpientes entraban y salían de mi pequeña casa. Las tablas del piso crujían bajo sus botas pesadas.
“Con permiso, señora”. “Cuidado con el escalón, carnal”. “Oiga, ¿dónde ponemos estas cajas de atún?”.
Doña Edna seguía en el porche, con su bastón levantado como un arma, protegiendo a los pollitos.
Jacobo se acercó a ella. Se quitó el guante de cuero y extendió la mano desnuda.
—Señora —dijo con un respeto reverencial—. Soy Jacobo. Alicia me salvó el pellejo el otro día. Venimos en son de paz.
Doña Edna lo escaneó de arriba abajo. Sus ojos de águila no perdían detalle. Miró los tatuajes, la ropa sucia, el cuchillo que llevaba al cinto. Pero también vio los ojos. Y vio las cajas de comida que entraban a su cocina vacía.
Bajó el bastón lentamente.
—Más te vale que se limpien los pies antes de entrar, muchacho —dijo ella con su voz de mando—. Acabo de trapear.
Jacobo soltó una carcajada genuina.
—¡Ya oyeron a la patrona! —gritó a sus hombres—. ¡Límpiense las patas o se las corto!
La tensión se rompió como una burbuja de jabón.
Los niños, que tienen un radar infalible para detectar la bondad real detrás de las máscaras, empezaron a salir de su escondite.
Miguelito fue el primero. Se acercó a una moto estacionada cerca de la entrada. Era una Harley azul eléctrico. El dueño, un tipo con cara de pocos amigos y un paliacate en la cabeza, estaba bajando una caja de herramientas.
Vio al niño mirando la moto.
—¿Te gusta, chavito? —le preguntó con voz ronca.
Miguelito asintió, con el dedo en la boca.
—Es una Softail. ¿Quieres subirte?
Miguelito abrió los ojos enormes y me miró buscando permiso. Yo asentí, todavía sin poder creerlo.
El hombre levantó a Miguelito con una delicadeza sorprendente y lo sentó en el asiento de cuero.
—Agárrate fuerte de aquí. Eso es. ¡Mira nomás, todo un biker!
La risa de Miguelito, cristalina y pura, resonó en el patio. Fue la señal para que los demás niños perdieran el miedo.
En cuestión de minutos, mi patio se convirtió en una feria surrealista.
Había motociclistas sentados en el suelo jugando con carritos.
Había otro grupo, los que parecían saber de construcción, examinando el techo con cara crítica.
—Oye, Cuervo —gritó uno que estaba subido en una escalera que traían en la camioneta—. Estas láminas ya no sirven. Están podridas. Y la viga principal tiene termita.
—Pues cámbienlas —ordenó Jacobo—. Traemos material en la segunda troca, ¿no?
—Simón. Traemos lámina galvanizada y barrotes.
—Pues a darle. Que no nos agarre la noche sin techo.
Miré hacia la calle. El pueblo seguía ahí, observando. Pero su actitud había cambiado.
El miedo se había transformado en una confusión absoluta. Sus cerebros no podían procesar la imagen. Los “monstruos” no estaban quemando el pueblo. Estaban… ¿reparando el techo de la negra Alicia? ¿Estaban cargando cajas de leche?
Vi a El Tuercas salir de su escondite, acercándose unos pasos, boquiabierto.
Jacobo lo vio también.
Su expresión se endureció al instante.
—Tengo un asunto pendiente —me dijo Jacobo en voz baja.
—Jacobo, no… —le puse una mano en el brazo. Su bíceps era duro como una piedra—. No hagas nada. No vale la pena.
—No voy a pegarle, Alicia. Aunque ganas no me faltan. Pero hay cosas que duelen más que un golpe.
Se separó de mí y caminó hacia la reja, hacia donde estaba El Tuercas y el grupo de mirones. Tres de sus hombres, los más grandes, lo siguieron instintivamente, flanqueándolo como guardaespaldas.
El Tuercas se detuvo en seco, y vi cómo sus piernas temblaban. Quiso retroceder, pero tropezó con sus propios pies.
Jacobo se paró en el límite de mi propiedad.
—¡Oye, tú! —le gritó a El Tuercas.
El hombre dio un respingo.
—¿S-sí?
—El otro día dijiste que mi dinero no valía aquí. Que los de mi clase no éramos bienvenidos.
El Tuercas no respondió. Estaba sudando frío.
Jacobo metió la mano en su chaleco y sacó un fajo de billetes. Billetes nuevos, crujientes.
—Aquí traigo para pagar —dijo Jacobo, alzando la voz para que todo el pueblo oyera—. Pero ¿sabes qué? Mi dinero se queda aquí. En el Refugio Esperanza.
Se giró hacia la multitud de vecinos que murmuraban.
—Escúchenme bien todos —bramó. Su voz tenía la autoridad de un trueno—. Esta mujer, Alicia, tiene más valor en un dedo que todo este pueblo junto. Mientras ustedes nos juzgaban a mí y a ella, ella me ayudó. Ustedes le dan la espalda a estos niños, ella les da un hogar.
Hubo un silencio avergonzado. Algunos bajaron la mirada.
—A partir de hoy —continuó Jacobo—, el Refugio Esperanza está bajo la protección del Motorcycle Club. Cualquiera que se meta con ella, cualquiera que la insulte, o que le niegue un servicio… se las verá con nosotros. Y créanme, nosotros no olvidamos.
Se giró hacia Doña Chona, que estaba pálida.
—Señora, la escuché decir el otro día que este lugar era un basurero. Pues mire bien. Lo vamos a dejar como un palacio. Y si le molesta el ruido… cómprese tapones. Porque vamos a venir seguido.
Regresó hacia mí, dándole la espalda al pueblo, desestimándolos como si no existieran.
El Tuercas se quedó ahí, humillado, empequeñecido, dándose cuenta de que su pequeño reinado de terror psicológico se había acabado en un instante.
Jacobo llegó a mi lado.
—¿Fue mucho? —preguntó, con una chispa de travesura en los ojos.
—Fue… perfecto —admití, sintiendo una lágrima rodar por mi mejilla. Me la sequé rápido.
—No llores, jefa. Que se me oxidan los tornillos —dijo él, dándome una palmada suave en la espalda que casi me tira al suelo—. Mejor dime dónde quieres esta estufa nueva que traemos. La tuya vi que tenía fugas.
Esa tarde, el sol de San Olvido no quemaba tanto. O tal vez era que, por primera vez en años, no me sentía desnuda frente a la intemperie.
El ruido de los martillos golpeando, las sierras cortando madera y las risas de los motociclistas jugando fútbol con los niños llenaron el aire.
Era una sinfonía caótica y maravillosa.
Me senté un momento en el escalón del porche, viendo cómo el gigante pelirrojo le enseñaba a Paquito a hacer “vroom vroom” con la boca.
Doña Edna se sentó a mi lado. Tenía una lata de duraznos en almíbar en la mano, una de las muchas que habían traído.
—¿Sabes qué, Alicia? —me dijo, mirando a Jacobo que estaba subido en el techo clavando láminas nuevas.
—¿Qué, abuela?
—Creo que me equivoqué.
—¿Con qué?
—Siempre te dije que los ángeles tenían alas blancas y tocaban el arpa.
Sonrió, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Resulta que tienen alas de cuero negro y huelen a gasolina.
Me reí. Una risa que venía desde el fondo de mi alma, liberando años de tensión.
Miré hacia la calle. La gente seguía ahí, mirando. Pero ya no era con desprecio. Era con esa curiosidad humana que precede al cambio. Algunos niños del pueblo se habían acercado a la reja, mirando con envidia a los huérfanos que jugaban con los motociclistas.
Vi a la dueña de la panadería dudar un momento, y luego entrar a su tienda y salir con una charola de pan dulce, caminando tímidamente hacia la reja.
Las cosas estaban cambiando.
El muro de prejuicios no se había caído por completo, pero tenía una grieta enorme. Una grieta con forma de motocicleta.
Y yo, Alicia, la “negra loca”, estaba justo en medio de todo, viendo cómo mi mundo gris se pintaba de colores.
Pero la tarde apenas comenzaba. Y Jacobo tenía una sorpresa más.
—¡Alicia! —me gritó desde el techo—. ¡Ven a ver esto!
Me levanté y fui hacia donde señalaba.
Había sacado una lata de pintura de su camioneta. Pintura azul brillante. El color del cielo cuando no hay nubes.
—Pensé que a la fachada le faltaba vida —dijo—. ¿Qué opinas? ¿Pintamos o qué?
—Pintamos —dije.
Y así, con brochas en mano, codo a codo con un hombre al que todos temían, empecé a pintar sobre las manchas de humedad y los años de abandono.
Cada brochazo era un grito de victoria.
Cada gota de pintura cubría un insulto.
San Olvido nunca volvería a ser el mismo.
Y yo tampoco.
CAPÍTULO 4: FUEGO, SAL Y LA PRIMERA GRIETA EN EL MURO
La noche cayó sobre San Olvido, pero por primera vez en años, la oscuridad no se tragó al Refugio Esperanza.
Normalmente, a esta hora, mi casa era una boca de lobo. Ahorrábamos luz porque el recibo llegaba carísimo y la Comisión Federal no perdonaba ni un día de retraso. Cenábamos casi a oscuras, con una sola bombilla de cuarenta watts parpadeando en la cocina, proyectando sombras largas que asustaban a los más chiquitos.
Pero hoy no.
Hoy, el patio brillaba como si fuera Navidad en julio. Los hombres de Jacobo habían sacado reflectores de baterías de sus camionetas y los habían colgado en los árboles de mezquite y en los postes de la cerca. La luz blanca y potente cortaba la noche, iluminando el polvo que flotaba en el aire, el humo de los escapes que se disipaba y, sobre todo, la actividad frenética que no cesaba.
El sonido de San Olvido solía ser el de los grillos y los perros ladrándole a la nada. Ahora, era el sonido de la reconstrucción. Sierras eléctricas zumbando, martillos golpeando clavos con ritmo militar, y voces graves gritando instrucciones.
—¡Pásame el taladro, “Calavera”!
—¡Cuidado con esa viga, que no se te caiga encima, güey!
—¡Ese ángulo está chueco, enderézalo!
Yo estaba en la cocina, tratando de organizar la montaña de despensa que habían traído. Me sentía abrumada, mareada de gratitud. Tenía las manos ocupadas acomodando latas de atún en una alacena que llevaba meses vacía, pero mis ojos se llenaban de lágrimas cada vez que veía la etiqueta de una bolsa de arroz.
Comida, pensé. Comida real. No sobras. No caridad caducada.
Doña Edna entró, apoyándose pesadamente en su bastón. Se veía cansada, pero sus ojos brillaban con una juventud que no le veía desde antes de que se enfermara mi abuelo.
—Hija —me dijo, señalando hacia el patio con la barbilla—. Esos hombres tienen hambre. Han trabajado como mulasen todo el día. Y nosotros no tenemos gas para cocinarles a cincuenta pelados.
Me limpié las manos en el delantal. Tenía razón. Nos habían traído la comida, pero cocinarla era otra historia. Mi estufa de cuatro quemadores apenas servía, y el tanque de gas estaba en las últimas.
Salí al porche para buscar a Jacobo. Lo encontré hablando con dos de sus hombres frente a una de las camionetas. Se había quitado el chaleco de cuero y la camiseta. Su torso estaba desnudo, brillando por el sudor, un lienzo de músculos y tinta bajo la luz de los reflectores. Tenía una cicatriz larga en el costado, vieja y fea, y un tatuaje enorme en el pecho que decía “Only God Can Judge Me”.
Me acerqué, sintiéndome repentinamente tímida.
—Jacobo —llamé.
Él se giró, secándose la frente con un trapo sucio de grasa.
—¿Qué pasó, Alicia? ¿Te están molestando los muchachos?
—No, no… es solo que… tienen hambre. Y yo quiero cocinarles, pero mi estufa no da para tanto y el gas…
Jacobo soltó una carcajada y me puso una mano pesada en el hombro. Su piel estaba caliente.
—No te preocupes por eso, mujer. Nosotros venimos preparados. En la carretera se aprende a sobrevivir. ¡Oye, “Gordo”! —le gritó a un hombre inmenso que estaba revisando la presión de las llantas de su moto—. ¡Saca el asador! ¡Hoy hay carne asada!
Lo que siguió fue un espectáculo que San Olvido jamás olvidaría.
De la nada, armaron un asador improvisado con medio tambo de metal y una rejilla. Sacaron bolsas de carbón, y de una hielera gigantesca que traían en la pick-up, empezaron a salir paquetes de carne. Diezmillo, costillas, chorizo, arrachera.
El olor.
Dios mío, el olor.
En un pueblo donde la carne se come una vez a la semana si bien te va, el aroma de la grasa cayendo sobre el carbón encendido, del humo mezclándose con el olor a cebollas asadas y tortillas de harina calentándose, fue como una sirena llamando a los marineros.
El humo blanco y delicioso se elevó desde mi patio, saltó la barda, cruzó la calle y se metió por las ventanas abiertas de los vecinos chismosos. Se metió en las narices de El Tuercas, de Doña Chona, de los niños que miraban desde lejos.
Vi cómo la gente empezaba a salir de sus casas, atraída por el instinto primario del hambre y la curiosidad. Se paraban en la banqueta de enfrente, en la oscuridad, mirando hacia nuestra fiesta de luz y comida.
Mis niños estaban extasiados. Paquito tenía una tortilla con carne en una mano y un refresco en la otra, sentado en las rodillas del “Gordo”, que le contaba chistes mientras volteaba la carne con unas pinzas enormes.
Jacobo se me acercó con un plato de cartón rebosante.
—Come, Alicia. Estás muy flaca. Necesitas fuerza para aguantarnos.
Tomé el taco, y al primer bocado, sentí que la vida regresaba a mi cuerpo. No había comido carne en un mes. El sabor a humo, a sal, a salsa picante… cerré los ojos y gemí de placer.
—Está bueno, ¿verdad? —dijo él, sonriendo con orgullo—. Mi receta secreta del marinado.
—Está… es lo mejor que he probado —admití, con la boca llena.
Fue entonces cuando sucedió el milagro. O la grieta, como le dije después a Doña Edna.
Alguien carraspeó en la puerta de la reja.
Me giré, esperando ver a algún vecino quejoso o a la policía.
Pero era Doña Martita. La dueña de la panadería “La Espiga de Oro”. La misma que me había negado el saludo tantas veces. La misma que cruzaba la calle para no ver a mis niños “sucios”.
Estaba parada ahí, con el delantal puesto y una charola enorme cubierta con un paño blanco en las manos. Se veía aterrorizada. Miraba a los motociclistas con ojos desorbitados, como si fueran demonios comiendo carne humana.
Un silencio cayó sobre el patio. Los motociclistas dejaron de reír. El “Gordo” dejó las pinzas. Cincuenta pares de ojos se clavaron en la mujer pequeña y regordeta en la entrada.
Jacobo dio un paso adelante, poniéndose serio.
—¿Se le ofrece algo, señora?
Doña Martita tembló, pero levantó la barbilla.
—Huele… huele a carne asada hasta mi casa —dijo, con voz chillona por los nervios.
—¿Y viene a quejarse del humo? —preguntó Jacobo, cruzándose de brazos.
—No —dijo ella, y su voz se suavizó un poco—. Vengo… es que… vi que trajeron comida, pero no vi pan. Y una carne asada sin bolillos ni tortillas no es comida de cristianos.
Hubo un segundo de tensión absoluta. Yo contuve el aliento.
Doña Martita levantó el paño. Debajo había docenas de bolillos recién horneados, doraditos y crujientes, y conchas de vainilla y chocolate.
—Me sobró de la venta del día —mintió, porque yo sabía que ella nunca le sobraba tanto pan fresco—. No quería que se hiciera duro. Pensé que… bueno, que los niños podrían querer un postre.
Jacobo la miró fijamente. Luego, su cara dura se rompió en una sonrisa encantadora.
—Señora, usted acaba de salvar la noche. Pase, por favor. Sea bienvenida.
Abrió la reja él mismo. Doña Martita entró con pasos vacilantes.
—¡Muchachos! —gritó Jacobo—. ¡Llegó el pan! ¡Traten a la señora como a una reina!
Los “demonios” aplaudieron. Uno corrió a quitarle la charola pesada. Otro le acercó una silla de plástico, limpiándola con su paliacate antes de que se sentara.
—Siéntese aquí, madrecita. ¿Quiere un taco? ¿Un refresco?
Doña Martita, roja como un tomate, aceptó un plato con un taco de costilla.
—Gracias, joven —murmuró, mirando al motociclista lleno de tatuajes en la cara—. Tienen… tienen buen sazón.
Miré a Jacobo. Él me guiñó el ojo.
Ese fue el primer ladrillo que cayó.
Porque detrás de Doña Martita, vino Don Anselmo, el de la tienda de abarrotes. Traía un paquete de servilletas y unos vasos desechables. “Para que no batallen”, dijo, sin mirar a nadie a los ojos.
Luego vinieron dos señoras de la iglesia, con una olla de frijoles charros que, según ellas, “ya tenían hechos y era mucha comida para ellas solas”.
Poco a poco, tímidamente, con vergüenza pero con el hambre venciendo al orgullo, algunos vecinos entraron al patio.
No fue una integración total. Se sentaron en grupos separados, los del pueblo de un lado, los motociclistas del otro. Pero comieron de la misma carne. Compartieron el mismo fuego. Y vieron, con sus propios ojos, cómo esos hombres “malvados” le limpiaban la boca a los niños con ternura y le servían refresco a Doña Edna con respeto.
La noche avanzó. El aire se enfrió, pero las fogatas y el calor humano mantuvieron el frío a raya.
Alrededor de las once, el cansancio empezó a vencer a los niños.
Estaba llevando a Anita a su cama cuando sucedió el susto.
Anita tiene epilepsia. Las medicinas habían escaseado las últimas semanas, y el estrés de los días anteriores le pasó factura.
Justo en el pasillo, cayó al suelo, convulsionando violentamente.
—¡Anita! —grité, tirándome al suelo para sostenerle la cabeza y que no se golpeara.
Doña Edna gritó pidiendo ayuda.
El caos estalló. Los vecinos se asustaron, retrocediendo. “¡Se le metió el diablo!”, gritó una vieja ignorante.
Pero entonces, una sombra inmensa me cubrió.
—¡Abran paso! ¡Hagan espacio, carajo!
Era uno de los motociclistas. Le decían “Veneno”. Era calvo, con una serpiente tatuada que le rodeaba todo el cráneo y bajaba por el cuello. Daba miedo solo de verlo.
Se arrodilló a mi lado con una agilidad sorprendente.
—Suéltala, Alicia. No la sujetes fuerte, solo protege la cabeza. Ponla de lado. Así.
Su voz era calmada, profesional. Sus manos grandes y toscas se movieron con una delicadeza increíble. Checó su pulso, le revisó las pupilas mientras pasaba la crisis.
Sacó un estuche médico profesional de su chaleco.
—¿Toma fenitoína? —me preguntó rápido.
—Sí… pero se nos acabó hace tres días —lloré.
—Tranquila. Yo traigo. Soy paramédico de combate.
“Veneno” sacó una jeringa y un frasco. Con precisión quirúrgica, le administró el medicamento. Poco a poco, Anita dejó de temblar. Su respiración se normalizó. Se quedó dormida, exhausta.
Veneno la levantó en brazos como si fuera una muñeca de trapo y la llevó a su cama. La tapó, le tomó el pulso una vez más y se quedó vigilándola unos minutos.
Cuando salió de la habitación, el patio estaba en silencio total.
Los vecinos miraban al hombre con la serpiente en la cabeza con la boca abierta.
—¿Está bien la niña? —preguntó Doña Martita, con voz temblorosa.
—Está estable —dijo Veneno, secándose el sudor—. Solo necesita descanso y que no le falte su medicina. Yo le dejé tres cajas en la cocina.
Doña Martita se levantó de su silla y caminó hacia él. Veneno se tensó, esperando un reclamo o un insulto por su apariencia.
Pero la panadera le agarró la mano tatuada con sus dos manos enharinadas.
—Dios lo bendiga, hijo —le dijo—. Dios lo bendiga.
Veneno, el hombre que parecía capaz de matar con las manos desnudas, se puso rojo hasta las orejas y miró al suelo.
—Solo hago mi chamba, señora.
Ese fue el momento. El momento exacto en que San Olvido se rompió.
Porque no puedes seguir odiando a quien salva a una niña. No puedes seguir llamando “monstruo” a quien le da medicina a los enfermos.
Los vecinos empezaron a despedirse poco después. Pero ya no se iban con la nariz en alto. Se iban dando las gracias.
—Buenas noches. Gracias por el taco.
—Que descansen. Mañana… mañana si quieren les traigo más pan.
Cuando el último vecino se fue, el silencio regresó, pero era un silencio cálido, lleno de brasas y promesas.
Los motociclistas sacaron sleeping bags y cobijas. Se acomodaron en el porche, en el patio, bajo los árboles. Iban a montar guardia.
—Nadie entra y nadie sale sin que nosotros sepamos —ordenó Jacobo.
Me senté en los escalones del porche, agotada hasta la médula, pero incapaz de dormir.
Jacobo se sentó a mi lado, pasándome una taza de café caliente que había rescatado de la olla.
—Vaya nochecita, ¿eh? —dijo, mirando las estrellas que empezaban a verse ahora que apagaron los reflectores.
—Parece un sueño —susurré—. Tengo miedo de despertar y que sigan las goteras y el hambre.
—No es un sueño, Alicia. El techo está arreglado. La despensa está llena. Y nosotros no nos vamos a ir mañana.
Lo miré de reojo. Su perfil era duro, marcado por la vida, pero sus ojos buscaban los míos con una intensidad que me aceleraba el pulso.
—¿Por qué? —le pregunté—. Entiendo lo de la gasolina. Entiendo el agradecimiento. Pero esto… esto es mucho. Trajiste a cincuenta hombres. Gastaste una fortuna. Te enfrentaste a un pueblo entero. ¿Por qué te importa tanto?
Jacobo tomó un sorbo de su café y miró hacia donde dormían sus hombres.
—¿Ves a Veneno? —señaló al paramédico que roncaba suavemente en una hamaca—. Su papá lo golpeaba hasta dejarlo inconsciente. Huyó de casa a los quince.
Señaló a otro, el “Gordo”.
—Ese creció en un orfanato del estado. Nunca lo adoptaron porque decían que era muy feo y comía mucho. Vivió en la calle diez años.
Se giró hacia mí.
—Y yo… yo no conocí a mi padre. Mi madre hizo lo que pudo, pero la pobreza es cabrona, Alicia. Te quita todo. Te quita la infancia. Crecí con rabia. Crecí peleando contra el mundo porque sentía que el mundo no me quería.
Apretó la taza con fuerza.
—Cuando encontré al Club, encontré a mi familia. No somos santos. Hemos hecho cosas… cosas de las que no estoy orgulloso. Pero nos cuidamos. La sangre te hace pariente, Alicia, pero la lealtad te hace familia.
Me miró profundamente.
—Cuando vi tu volante… cuando vi tu casa… me vi a mí mismo. Vi a ese niño asustado que nadie quería. Y te vi a ti, peleando sola contra todos, defendiendo a esos niños como una leona. Y pensé… “Esa mujer es más biker que cualquiera de nosotros”. Tienes el mismo fuego. Y no se deja solo a alguien de la tribu.
Sentí una lágrima correr por mi mejilla. Él extendió la mano y, con su pulgar rasposo, la limpió suavemente. Su tacto fue eléctrico.
—No estás sola, Alicia. Ya no. San Olvido puede decir misa. Pero ahora tienes cincuenta hermanos mayores que le van a partir la cara al que se atreva a mirarte feo.
Nos quedamos en silencio un largo rato, compartiendo el café y la cercanía. No hubo besos. No hubo declaraciones románticas de telenovela. No hacían falta. Lo que había entre nosotros, nacido en una gasolinera y forjado entre láminas y carne asada, era algo más sólido. Era respeto. Era una alianza de almas rotas que decidieron sanarse juntas.
—Mañana va a ser otro día pesado —dijo él, poniéndose de pie y estirándose. Sus huesos crujieron—. Vamos a pintar los interiores. Y quiero ver si podemos arreglar la fontanería del baño, que huele a demonios.
Me reí, una risa cansada pero feliz.
—Buenas noches, Cuervo.
—Descansa, Jefa.
Entré a la casa. Pasé por las habitaciones revisando a los niños. Todos dormían profundamente, con el estómago lleno y sintiéndose seguros por primera vez en sus vidas.
Me acosté en mi catre. El olor a humo de leña y a la loción barata pero limpia de Jacobo se había quedado impregnado en mi ropa.
Cerré los ojos y dormí. Dormí como no lo había hecho en años. Sin miedo al mañana.
A la mañana siguiente, el sol salió distinto.
No era ese sol castigador y gris. Era un sol dorado, brillante.
Me despertó el ruido, pero no de motores. Ruido de gente.
Salí al porche, tallándome los ojos.
Jacobo ya estaba despierto, con una taza de café en la mano, recargado en la reja, mirando hacia la calle.
Me acerqué a él.
—¿Qué pasa?
Miré hacia afuera y me quedé helada.
En la banqueta de enfrente, había una fila de gente.
No eran mis vecinos habituales.
Eran otros. Gente de las rancherías cercanas, gente humilde que bajaba al pueblo a vender sus cosechas. Y también algunos del pueblo, los que no habían venido anoche.
Un señor mayor, con sombrero de paja, se acercó tímidamente a la reja cuando me vio.
—Buenos días, señorita Alicia.
—Buenos días, Don Genaro.
—Oiga… escuchamos lo que pasó anoche. Escuchamos que… que están arreglando el refugio.
—Así es.
El señor se quitó el sombrero y lo retorció en sus manos callosas.
—Pues… yo no tengo dinero. Pero soy carpintero. Y traje mi herramienta. Si… si ocupan ayuda para lijar o barnizar, aquí estoy. No cobro. Nomás… nomás quiero ayudar.
Detrás de él, una señora levantó una bolsa.
—Yo traje naranjas de mi huerta. Para que desayunen los muchachos.
Otro joven levantó una pala.
—Yo puedo ayudar a limpiar el terreno de atrás, que está lleno de hierba.
Miré a Jacobo. Él estaba sonriendo, esa sonrisa ladeada y arrogante pero tierna.
—Parece que el contagio ya empezó —murmuró.
—¿El contagio?
—La bondad es contagiosa, Alicia. Más que la gripe. Solo necesitaban que alguien tuviera los huevos de dar el primer paso. Tú lo diste en la gasolinera. Nosotros lo dimos anoche. Ahora… ahora les toca a ellos.
Abrí la reja.
—Pasen —dije, con la voz quebrada por la emoción—. Pasen todos. Hay café y hay trabajo para todos.
Ese día, el Refugio Esperanza dejó de ser una isla.
Ese día, San Olvido empezó a despertar de su pesadilla de indiferencia.
Y mientras veía a Don Genaro enseñarle al “Gordo” cómo lijar una mesa sin rayarla, y a Doña Martita trayendo más pan, supe que habíamos ganado.
No habíamos ganado una batalla con armas.
Habíamos ganado la guerra más difícil de todas: la guerra contra el corazón duro de un pueblo olvidado.
Pero todavía faltaba lo más difícil. Mantenerlo.
Y Jacobo tenía una idea más. Una idea loca, peligrosa y brillante, que involucraba al alcalde, a la prensa y una fiesta que haría temblar hasta los cimientos de la iglesia.
CAPÍTULO 5: DE POLÍTICA, PRENSA Y OTRAS PLAGAS
Dicen que en pueblo chico, el infierno es grande. Pero en San Olvido, el infierno tenía aire acondicionado y despachaba desde la Presidencia Municipal.
Había pasado una semana desde “La Invasión”, como los vecinos empezaron a llamar cariñosamente a la llegada de Jacobo y su tropa. Una semana donde el tiempo pareció acelerarse. Mi casa, ese jacal que se caía a pedazos y que olía a humedad y desesperanza, ya no existía. En su lugar, se alzaba una estructura firme, pintada de un azul rey brillante que desafiaba al gris del desierto.
El techo era nuevo, de lámina galvanizada de calibre grueso que brillaba como plata bajo el sol. Las ventanas, antes cubiertas con plásticos para que no entrara el chiflón, ahora tenían vidrios claros y mosquiteros. El patio, que era un muladar de tierra y hierba seca, había sido limpiado a machete y azadón por Don Genaro y tres de sus nietos, dejando un espacio plano donde los motociclistas habían improvisado una cancha de fútbol con porterías hechas de tubo de PVC.
Pero el cambio más grande no estaba en los ladrillos; estaba en el aire.
San Olvido había despertado de un coma de apatía. Al principio fue por curiosidad, luego por vergüenza, y finalmente, por un orgullo extraño que nacía de ver que sí se podía. La tienda de Don Anselmo nos mandaba cajas de fruta que ya no estaban podridas. La señora de la tortillería nos regalaba dos kilos diarios. Incluso el cura, el Padre Tomás, que nunca me había querido bautizar a los niños porque “sus papeles no estaban en regla”, se apareció un martes con una garrafa de agua bendita y una bolsa de dulces, diciendo que “los caminos del Señor son misteriosos, aunque vengan en dos ruedas”.
Sin embargo, tanta felicidad hacía demasiado ruido. Y el ruido despierta a las bestias que duermen en las oficinas gubernamentales.
Era miércoles a mediodía. El calor estaba en su punto máximo, ese momento del día en que las chicharras cantan tan fuerte que te duele la cabeza. Yo estaba en la cocina nueva —con azulejos blancos donados por una ferretería del pueblo vecino— ayudando al “Gordo” a preparar sándwiches para el ejército de voluntarios.
De pronto, el ruido de los martillos y las sierras cesó. Fue un silencio súbito, antinatural, como cuando se corta la luz en una fiesta.
Me limpié las manos en el mandil y salí al porche.
En la entrada, bloqueando el paso con una camioneta blanca inmaculada que tenía el escudo del municipio en la puerta, estaba el problema.
Bajó un hombre. Bajito, regordete, enfundado en una guayabera blanca de lino que costaba más que todo el presupuesto anual de mi refugio. Llevaba lentes oscuros de marca y el cabello engominado hacia atrás, brillando tanto que parecía casco.
Era el Licenciado Valenzuela, el Alcalde de San Olvido. O “El Rata”, como le decíamos todos en voz baja.
Detrás de él, bajaron dos policías municipales con uniformes despintados y cara de no querer estar ahí, y una mujer con una carpeta y cara de vinagre.
Jacobo estaba en el techo, terminando de impermeabilizar. Lo vi detenerse, dejar el rodillo y bajar por la escalera con una calma que me dio más miedo que si hubiera gritado. Se limpió las manos llenas de chapopote en un trapo y caminó hacia la reja.
Yo corrí para ponerme a su lado. No iba a dejar que enfrentara esto solo.
—Buenas tardes —dijo el Alcalde, quitándose los lentes con un gesto teatral. Tenía esa sonrisa de político: dientes blancos, ojos muertos—. ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
—Estamos arreglando la casa, Licenciado —dije yo, adelantándome antes de que Jacobo hablara. Mi voz temblaba un poco, pero mantuve la barbilla en alto. Ya no era la Alicia sumisa de la semana pasada—. ¿Se le ofrece algo?
El Alcalde me miró como quien mira una mancha en su zapato, pero luego desvió la vista hacia Jacobo y los diez motociclistas que se habían acercado, cruzándose de brazos detrás de nosotros. La presencia física de los Hell’s Angels era abrumadora. Músculos, tinta y miradas de “atrévete a moverte”.
El Licenciado tragó saliva, pero recuperó la compostura. El poder es una droga fuerte.
—Mire, señorita Alicia. He recibido quejas. Muchas quejas.
—¿De quién? —preguntó Jacobo. Su voz era un rugido bajo.
—De ciudadanos preocupados —dijo el Alcalde, sacando un pañuelo para secarse el sudor del cuello—. Dicen que hay ruido excesivo, gente de… dudosa procedencia ocupando la vía pública, y lo más importante: obras de construcción sin permiso.
La mujer de la carpeta dio un paso al frente.
—Según el reglamento de obras públicas del municipio —leyó con voz nasal—, cualquier remodelación estructural requiere un permiso tipo B, el pago de derechos y la inspección de Protección Civil. Ustedes no tienen nada de eso.
—Además —interrumpió el Alcalde—, este lugar… el “Refugio”… nunca ha tenido sus papeles en regla. Lo hemos tolerado por lástima, Alicia, pero esto ya es un circo. Tienen gente durmiendo en el patio, condiciones insalubres… Tengo la autoridad para clausurar esto ahora mismo por el bien de los menores.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Clausurar. Eso significaba que se llevarían a los niños. Al DIF estatal. Los separarían. Miguelito terminaría en un centro masivo, lejos de mí, lejos de su “hermana” Sofía.
—No puede hacer eso —dije, sintiendo las lágrimas picar—. Los niños están mejor que nunca. Tienen comida, tienen techo nuevo…
—La ley es la ley, hija —dijo el Alcalde con falsa tristeza—. Y si estos señores… —hizo un gesto de desdén hacia Jacobo— no desalojan la propiedad y detienen la obra inmediatamente, voy a tener que usar la fuerza pública.
Jacobo soltó una risa. Fue una risa corta, seca, sin humor.
—¿Fuerza pública? —preguntó, mirando a los dos policías municipales que, honestamente, se veían aterrorizados de enfrentarse a cincuenta motociclistas—. ¿Con ellos dos?
—Puedo llamar a la Estatal —amenazó el Alcalde, poniéndose rojo—. No me provoquen. Soy la autoridad aquí. Quiero ver los permisos de construcción. Ahora.
Jacobo dio un paso hacia la reja. Quedó cara a cara con el Alcalde, separados solo por la malla ciclónica.
—Mire, “Licenciado”. No tenemos permisos. Tiene razón.
—¡Ajá! —exclamó la mujer de la carpeta—. ¡Lo admite! Procedemos a la clausura…
—Pero —interrumpió Jacobo, alzando un dedo manchado de negro—, lo que sí tenemos es memoria.
El Alcalde parpadeó. —¿De qué habla?
Jacobo se giró y le hizo una seña a “Veneno”, el paramédico. Veneno sacó su teléfono celular y se acercó.
—Verá, Alcalde —dijo Jacobo, apoyándose casualmente en la reja—. Mis muchachos son muy curiosos. Cuando llegamos y vimos las condiciones en las que vivían estos niños, nos dio mucho coraje. Y cuando uno tiene coraje y señal de internet, empieza a investigar.
Jacobo tomó el celular que le daba Veneno y lo sostuvo frente a la cara del Alcalde.
—Aquí dice que el municipio de San Olvido recibió una partida federal hace seis meses. Dos millones de pesos etiquetados para “Asistencia Social y Apoyo a Grupos Vulnerables”.
El Alcalde palideció. Su sonrisa se borró de golpe.
—Y aquí —continuó Jacobo, deslizando el dedo por la pantalla—, hay una factura de una empresa fantasma por “remodelación de centros comunitarios”. Pero Alicia me dice que usted nunca ha puesto un pie aquí, y menos ha dado un peso. Entonces, Licenciado… ¿dónde están esos dos millones? Porque en este techo no estaban.
El silencio que siguió fue absoluto. Los policías intercambiaron miradas nerviosas. La mujer de la carpeta cerró la carpeta de golpe.
—Eso… eso es información confidencial —tartamudeó el Alcalde—. Están malinformados. Esas partidas se usaron para… gastos administrativos.
—¿Gastos administrativos? —Jacobo sonrió, mostrando los dientes—. Pues qué administración tan cara. Mire, jefe. Vamos a hacer un trato. Usted se olvida de los permisos, de la clausura y de las pendejadas burocráticas. Se sube a su camioneta con aire acondicionado y se va a “administrar” a otro lado.
—¿Me está chantajeando? —siseó el Alcalde—. ¿Sabe con quién se mete?
—No es chantaje —dijo Jacobo, poniéndose serio, sus ojos grises clavados en los del político—. Es negociación. Porque si usted insiste en cerrar este lugar, mañana mismo le mando esta información y las fotos de cómo vivían los niños antes de que llegáramos, a mis contactos en la prensa de la capital. Tengo un amigo en el noticiero nacional que se muere por una historia de “Político corrupto roba a huérfanos discapacitados”. ¿Se imagina el titular?
El Alcalde parecía que se iba a infartar. Abrió la boca y la cerró como un pez fuera del agua. Miró a Jacobo, miró a los motociclistas que esperaban la orden para sacar los celulares y grabar, y luego me miró a mí.
Había odio puro en sus ojos, pero también miedo. Sabía que había perdido. En la era de las redes sociales, un escándalo así acabaría con su carrera y quizás lo mandaría a la cárcel.
—Esto es irregular —masculló, ajustándose el saco—. Completamente irregular. Pero… por el bienestar de los niños… voy a permitir que terminen las obras. Como una… excepción especial.
—Qué generoso —dijo Jacobo con sarcasmo—. Ah, y una cosa más, Licenciado.
—¿Qué? —ladró el Alcalde, ya dando la vuelta para irse.
—El sábado vamos a hacer una fiesta. Una inauguración. Queremos cerrar la calle. Así que vamos a necesitar que sus muchachos —señaló a los policías— vengan a dirigir el tráfico. Para que todo sea legal y ordenado, ¿verdad?
El Alcalde se subió a su camioneta dando un portazo que casi rompe el vidrio. La mujer y los policías corrieron tras él. El vehículo arrancó chillando llantas, levantando una nube de polvo que nos hizo toser a todos.
Cuando la camioneta desapareció en la curva, el patio estalló en vitores.
Los motociclistas chocaban las manos, los niños gritaban sin entender bien qué pasaba, pero sabiendo que habíamos ganado.
Yo me dejé caer en una silla de plástico, sintiendo que las piernas se me hacían de gelatina.
Jacobo se acercó y se acuclilló frente a mí.
—¿Estás bien, Alicia?
—Pensé que nos cerraban —confesé, con la voz temblorosa—. Pensé que se llevaban a los niños. Jacobo, tú… ¿de verdad tienes un amigo en el noticiero nacional?
Jacobo sonrió, guiñando un ojo.
—Ni idea. Pero el miedo tiene ojos grandes, Alicia. Y los corruptos son los más cobardes de todos.
—Estás loco —le dije, pero le sonreí. Una sonrisa enorme, de oreja a oreja—. Estás completamente loco.
—Puede ser —admitió, levantándose—. Pero ahora tenemos un problema más grande.
—¿Cuál?
—Le dije al Alcalde que tendríamos una fiesta el sábado. Y hoy es miércoles. Tenemos tres días para organizar la mejor fiesta que este pueblo haya visto en su triste historia.
Ahí empezó la segunda revolución.
Si la construcción había unido al pueblo, la preparación de la “Gran Kermés del Refugio Esperanza” lo fusionó.
La noticia de que el Alcalde había salido con la cola entre las patas corrió como pólvora. En San Olvido, nadie se atrevía a toserle al Alcalde. Que unos forasteros y “la Alicia” lo hubieran puesto en su lugar nos convirtió, de la noche a la mañana, en héroes populares.
El jueves y el viernes fueron un borrón de actividad frenética.
Los motociclistas se dividieron en comités. Sí, comités. Era hilarante ver a tipos rudos discutiendo seriamente sobre el color de los manteles o la logística de los juegos mecánicos.
Veneno quedó a cargo de la comida. Organizó a las señoras del pueblo. Doña Martita, la panadera, se convirtió en su teniente.
—¡A ver, señoras! —gritaba Veneno con un cucharón en la mano—. ¡Necesito trescientas tamales para el sábado! Doña Chona, ¿usted dijo que su mole era el mejor? ¡Pues pruébelo! ¡A pelar pollos!
Y ahí estaba Doña Chona, la que me odiaba, sentada pelando pollos y riéndose de los chistes colorados del paramédico tatuado.
El “Gordo” y otro biker al que llamaban “Tuercas” (irónico, porque odiaban a mi vecino el despachador) se encargaron de los juegos. No teníamos dinero para rentar una feria, así que la construyeron.
Con madera sobrante, llantas viejas y cuerdas, armaron columpios, un subibaja gigante y una estructura para trepar. Arreglaron las bicicletas viejas que teníamos arrumbadas y organizaron un circuito de carreras alrededor del patio.
Jacobo se encargó de lo más difícil: la electricidad y el sonido.
—Una fiesta sin música es un velorio —dijo.
Consiguió prestado (o “gestionó”, como él decía) un equipo de sonido de un sonidero del pueblo vecino que, resulta, era primo de uno de los Prospects (aspirantes) del club.
Yo… yo me encargué de los niños. Teníamos que prepararlos.
—Van a venir muchas personas —les explicaba a Miguelito y a Sofía mientras les probábamos la ropa “nueva” (ropa de segunda mano en perfecto estado que venía en las cajas)—. No tengan miedo. Vienen a felicitarlos. Vienen a ver su casa bonita.
Sofía, que siempre había sido huraña y desconfiada, se miró en el espejo con un vestido amarillo de flores.
—Alicia —me dijo bajito—. ¿Me veo bonita?
—Te ves hermosa, mi amor. Como una princesa.
—El “Gordo” dice que me veo cool —dijo ella sonriendo—. Dice que si alguien me molesta, él lo aplasta.
—Y tiene razón —le dije, abrazándola—. Nadie te va a molestar nunca más.
Pero entre todo el caos, hubo un momento de calma. Un momento que se me quedó grabado en el alma más que cualquier victoria política.
Fue el viernes por la noche. Todo estaba casi listo. El patio estaba decorado con banderines de papel picado que los niños habían recortado. Las luces estaban probadas. El olor a tamales cocinándose llenaba la casa.
Salí al patio trasero, buscando un poco de aire. Me alejé de la luz, hacia donde empezaba el monte y la oscuridad era completa.
Allí estaba Jacobo, sentado en el tronco de un árbol caído, fumando un cigarro. La brasa roja brillaba en la oscuridad.
Me senté a su lado sin decir nada. El silencio entre nosotros era cómodo, familiar.
—Mañana va a ser una locura —dijo él, soltando el humo hacia las estrellas.
—Sí. Va a ser increíble.
—Y después… —se detuvo.
Sentí un frío en el estómago. Sabía lo que venía.
—Después se van a ir —completé la frase por él.
Jacobo asintió lentamente.
—Tenemos vidas allá afuera, Alicia. Trabajos, familias, el Club. No podemos quedarnos para siempre.
—Lo sé.
—Pero no te vamos a dejar sola. Ya hablamos. El capítulo va a “adoptar” oficialmente el refugio. Vamos a mandar dinero cada mes. Vamos a venir a dar vueltas para que el Alcalde no se le ocurra ninguna estupidez. Veneno quiere organizar jornadas médicas cada dos meses.
Era más de lo que jamás podría haber soñado. Seguridad. Apoyo. Futuro.
Debería estar saltando de alegría.
Pero sentía un hueco en el pecho. Un hueco con forma de hombre gigante con coleta.
—Gracias —dije, mirando mis manos—. Por todo. No solo por el dinero o el techo. Gracias por… por hacerme sentir que existo.
Jacobo tiró el cigarro y lo pisó con su bota. Se giró hacia mí. En la penumbra, sus ojos grises brillaban intensamente.
—Tú me salvaste a mí primero, Alicia. Yo venía enojado con la vida. Venía pensando que el mundo era una mierda y que la gente solo quería joderte. Y tú, con tus veinte pesos y tu dignidad, me diste una cachetada sin tocarme.
Extendió la mano y, con una suavidad que contradecía todo su aspecto, me acarició la mejilla. Su pulgar trazó la línea de mi mandíbula.
Mi respiración se detuvo. El corazón me latía tan fuerte que pensé que él podía escucharlo.
—Eres una mujer increíble, Alicia Bennett. Cualquier hombre tendría suerte de estar a tu lado.
—Soy una mujer complicada —susurré, cerrando los ojos ante su tacto—. Con doce hijos y un carácter de los mil demonios.
—Los mejores tesoros siempre están bien custodiados —murmuró él, acercándose un poco más.
Podía olerlo. Tabaco, menta y piel. Sus labios estaban a centímetros de los míos. El aire se cargó de electricidad estática. Quería besarlo. Quería aferrarme a él y pedirle que no se fuera, que se quedara aquí, en este pueblo olvidado, y construyéramos algo juntos.
Pero Jacobo Rivers era un espíritu libre. Un nómada de asfalto. Atarlo sería matarlo.
Él pareció leer mis pensamientos. Se detuvo justo antes de besarme. Apoyó su frente contra la mía, respirando hondo.
—Si te beso… —susurró roncamente—, no sé si voy a poder subirme a esa moto el domingo.
—Entonces no lo hagas —dije, con la voz quebrada—. Porque tienes que subirte. Tu vida está allá.
Se separó lentamente, con una mueca de dolor, como si le costara físicamente alejarse.
—Maldita sea la geografía —dijo con una sonrisa triste.
—Maldita sea —convine.
Nos quedamos ahí un rato más, hombro con hombro, viendo la luna salir sobre los cerros pelones. No hubo beso, pero hubo una promesa tácita. Un lazo que no se rompería con la distancia.
El sábado amaneció con un cielo tan azul que parecía pintado por los mismos ángeles.
Desde las siete de la mañana, San Olvido era un hervidero.
La calle frente al refugio fue cerrada (efectivamente, por los policías del Alcalde, que dirigían el tráfico con cara de resignación).
Pusimos mesas largas con manteles de colores. El equipo de sonido empezó a tocar cumbias y música norteña que alegraban el alma.
A las diez de la mañana, la gente empezó a llegar.
Y no pararon de llegar.
Vino todo el pueblo. Y vino gente del pueblo vecino.
Los motociclistas, vestidos con sus chalecos pero con camisetas limpias (algunos incluso se habían peinado), hacían de anfitriones.
Era surrealista ver al “Calavera” sirviendo vasos de agua de jamaica a las señoras del rosario. O ver a Veneno organizando el concurso de “Póngale la cola al burro” con veinte niños gritando a su alrededor.
La prensa llegó a mediodía. Jacobo no había mentido del todo; había llamado a un contacto de un periódico regional. Un reportero joven y un fotógrafo andaban por ahí, entrevistando a la gente, tomando fotos de los motociclistas cargando a los niños, documentando el milagro.
El momento cumbre llegó a las dos de la tarde.
Jacobo subió al pequeño escenario improvisado que habían armado con tarimas de madera. Bajó la música.
Tomó el micrófono.
—Buenas tardes a todos —dijo. Su voz retumbó en las bocinas—. Gracias por venir. Gracias por demostrar que San Olvido no hace honor a su nombre.
Hubo aplausos y chiflidos.
—Queremos entregarle algo a la verdadera jefa de este lugar. A la mujer que, con un corazón más grande que cualquier motor, mantuvo este barco a flote cuando se estaba hundiendo. Alicia, sube por favor.
Mis piernas temblaban mientras subía los escalones. Doña Edna me empujó suavemente. “Ándale, mija, es tu momento”.
Llegué al centro del escenario. Jacobo me miró con ese orgullo brillante y me entregó una placa de madera tallada a mano. Olía a cedro y barniz fresco.
Decía: “A Alicia Bennett. Guardiana de la Esperanza. De tus hermanos del MC y de tu pueblo que te admira.”
No pude contener las lágrimas. Lloré. Lloré frente a todo el pueblo que me había despreciado. Lloré frente a los hombres que me habían salvado. Lloré de alivio, de felicidad, de amor.
La gente aplaudió. Y no fue un aplauso de compromiso. Fue un aplauso estruendoso, real. Escuché gritos de “¡Bravo Alicia!”, “¡Sí se pudo!”.
Vi a Doña Chona aplaudir. Vi al dueño de la ferretería quitarse el sombrero.
Jacobo tomó el micrófono una vez más.
—Y tenemos un anuncio más. El refugio cambia de nombre hoy.
Me miró sorprendida. —¿Qué?
Él señaló hacia la entrada.
Dos motociclistas jalaron una lona que cubría el nuevo letrero sobre el arco de la reja.
Ya no era una tabla despintada. Era un letrero de metal forjado, hermoso, eterno.
Decía: HOGAR LOS ÁNGELES DE ALICIA.
Me tapé la boca con las manos. Los niños gritaban de emoción.
Jacobo se acercó a mi oído y susurró, solo para mí:
—Porque tú eres el ángel, Alicia. Nosotros solo somos los mecánicos.
La fiesta duró hasta que salió la luna. Hubo baile. Hubo risas. Hubo piñatas.
Fue el día más feliz de la historia de San Olvido.
Pero en el fondo de mi alegría, había una cuenta regresiva.
Mañana era domingo.
Mañana se iban.
Y yo no sabía si mi corazón recién remendado aguantaría ver esas luces traseras alejarse por la carretera.
Lo que no sabía era que el destino todavía tenía una última carta bajo la manga. Una carta que involucraba una llamada telefónica a medianoche, un secreto del pasado de Jacobo, y una decisión que yo tendría que tomar antes del amanecer.
CAPÍTULO 6: EL PRECIO DE LA SALVACIÓN Y UN SECRETO EN LA NOCHE
La música se apagó a las dos de la mañana. El último vecino borracho se fue tambaleando a su casa, cantando desafinado pero feliz. El silencio regresó al “Hogar Los Ángeles de Alicia”, pero era un silencio distinto al de antes. Ya no era un vacío hueco y temeroso; era un silencio lleno, satisfecho, como el suspiro después de una buena comida.
Los motociclistas se habían acomodado donde podían. Había cuerpos envueltos en sleeping bags por todo el porche, en el pasto recién cortado, incluso algunos dormían sobre las mesas plegables. El ronquido colectivo sonaba como un motor diésel en ralentí.
Yo estaba en la cocina, fregando platos. Mis manos estaban arrugadas por el agua y el jabón, mis pies palpitaban dentro de los tenis, pero mi mente corría a mil por hora. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la sonrisa de Jacobo, sentía su aliento en mi cara, escuchaba esa frase: “Si te beso, no sé si voy a poder subirme a esa moto”.
Mañana se irían. A las diez de la mañana, después del desayuno, encenderían sus máquinas y la caravana de cromo y cuero desaparecería en la carretera, dejando atrás solo polvo y recuerdos. Volveríamos a la normalidad. Una normalidad mejorada, sí, con techo nuevo y despensa llena, pero una normalidad sin él.
El teléfono de la casa sonó.
Me sobresalté tanto que casi tiro un plato. Era un teléfono viejo de disco que colgaba en la pared, de esos que suenan como una alarma de incendio.
Miré el reloj de pared. Las 3:15 AM.
¿Quién llama a esta hora? En San Olvido, las llamadas de madrugada solo traen malas noticias. Muerte, accidentes o deudas.
Me sequé las manos en el delantal y descolgué con miedo.
—¿Bueno?
—¿Hablo al Hogar Esperanza? —una voz de mujer, tensa, profesional pero con un trasfondo de pánico.
—Sí… bueno, ahora se llama Los Ángeles de Alicia, pero sí, es aquí. ¿Quién habla?
—Soy la doctora Medina, del Hospital General de la Capital. Busco al señor Jacobo Rivers. Me dijeron que podría estar ahí. Su celular está apagado.
Sentí un escalofrío. Jacobo me había dicho que su mamá había muerto hacía unos días. ¿Quién podía llamarlo del hospital?
—Sí, aquí está. Está durmiendo. ¿Es urgente?
—Muy urgente. Dígale que es sobre su hermano. Hubo… hubo un incidente en el penal. Lo trasladaron aquí hace una hora. Está crítico. Necesitamos autorización para operar.
El auricular se sintió pesado en mi mano. Su hermano. Jacobo nunca había mencionado un hermano. Había hablado de su madre, de su soledad, de su “familia” del club. Pero nunca de un hermano de sangre.
—Voy por él —dije—. No cuelgue.
Salí corriendo al patio, esquivando cuerpos dormidos. La noche estaba fresca. Encontré a Jacobo durmiendo en una hamaca que habían colgado entre dos mezquites. Dormía con un brazo colgando, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Se veía más joven dormido, sin el ceño fruncido de preocupación constante.
Me dio dolor despertarlo, pero no tenía opción.
Le toqué el hombro suavemente.
—Jacobo. Jacobo, despierta.
Abrió los ojos de golpe, con ese instinto de alerta de quien ha vivido en peligro. Me agarró la muñeca antes de reconocer quién era. Su agarre fue fuerte, instintivo, pero se suavizó al instante al ver mi cara.
—¿Alicia? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Los niños?
—Es el teléfono. Del Hospital General. Dicen que es urgente. Es sobre tu hermano.
Vi cómo el color desaparecía de su cara bronceada. Sus ojos grises se oscurecieron, volviéndose pozos de angustia.
—¿Mi hermano? —susurró, como si la palabra fuera un fantasma.
Se levantó de un salto, casi tirando la hamaca, y corrió hacia la casa descalzo. Yo lo seguí.
Lo vi tomar el teléfono con manos temblorosas.
—¿Bueno? Sí, soy yo. ¿Qué? —hubo una pausa larga, agónica—. ¿Cuándo? … Maldita sea. Maldita sea, se los dije. Les dije que lo cuidaran. … Sí. Sí, operen. Hagan lo que tengan que hacer. Voy para allá. Llego en… llego en tres horas.
Colgó el teléfono con fuerza, apoyando la frente contra la pared. Sus hombros se sacudían. No estaba llorando, estaba respirando con furia, tratando de controlar un volcán interno.
Me acerqué despacio.
—Jacobo…
Él se giró. Su cara era una máscara de dolor y rabia.
—Tengo que irme. Ya.
—¿Qué pasó?
—Es Mateo. Mi hermano menor. —Se pasó las manos por el pelo desesperado—. Está en la cárcel. Se metió en problemas con unos narcos adentro. Lo apuñalaron. Dicen que… dicen que tal vez no pase la noche.
—Dios mío… —me tapé la boca.
—Tengo que irme, Alicia. Perdón. Sé que la despedida era mañana, pero…
—Vete —le dije, tomándole las manos—. No pidas perdón. Es tu hermano. Vete ya.
Jacobo corrió al patio. Empezó a gritar órdenes en voz baja pero imperiosa.
—¡Veneno! ¡Gordo! ¡Despierten, carajo!
En dos minutos, el campamento estaba despierto. La disciplina de los Hell’s Angels era impresionante. Sin preguntas estúpidas, sin quejas por la hora. Al escuchar “hermano herido”, se movieron como un solo organismo.
Veneno ya estaba empacando el botiquín. El Gordo estaba revisando las motos.
Yo corrí a la cocina y empaqué lo que pude en una bolsa: unas botellas de agua, los sándwiches que sobraron, unas manzanas.
Salí y se lo di a Jacobo, que ya se estaba poniendo el casco.
—Para el camino —le dije.
Él tomó la bolsa y la ató a su moto. Luego me miró. La luz de la luna se reflejaba en el cromo de su máquina y en la tristeza de sus ojos.
—No quería irme así, Alicia. Sin despedirme bien de los niños. Sin… sin decirte muchas cosas.
—Lo importante es que llegues. Ve con cuidado. Por favor, no corras más de lo necesario.
Él asintió. Se subió a la moto. El motor rugió, rompiendo el silencio de la madrugada. Los otros cuarenta y nueve motores le respondieron.
—Alicia —me gritó sobre el ruido—. ¡Esto no es un adiós! ¡Volveré! ¡Te lo juro por mi madre que volveré!
Y entonces, aceleró. La caravana salió disparada, una serpiente de luces rojas que se alejaba a toda velocidad, devorando la oscuridad.
Me quedé en la reja hasta que el último eco del último motor se desvaneció.
El polvo se asentó.
El silencio volvió. Pero ahora sí, se sentía vacío. Terriblemente vacío.
Me fui a la cama, pero no pegué el ojo.
¿Quién era Mateo? ¿Por qué estaba en la cárcel? Jacobo era un libro lleno de páginas arrancadas y capítulos escritos en tinta invisible.
El domingo fue extraño. Los niños se despertaron preguntando por sus amigos gigantes.
—Tuvieron una emergencia, mi amor —le expliqué a Miguelito, que lloraba abrazado a la moto de juguete que le había regalado el Gordo—. Tuvieron que ir a ayudar a alguien más.
El día pasó lento, pegajoso. La ausencia de los motociclistas se sentía en cada rincón. En el plato de comida que sobraba. En el silencio del patio.
Pero la vida sigue. Había que limpiar el desorden de la fiesta. Había que lavar los manteles. Había que cuidar a Anita.
El lunes pasó igual. Sin noticias.
El martes, tampoco.
Empecé a sentir esa vieja amiga llamada duda, susurrándome al oído. Se olvidó de ti. Fue una aventura de fin de semana. Regresó a su vida real, a sus problemas reales. Tú solo fuiste la obra de caridad del mes.
Trataba de ignorarla, pero dolía.
El miércoles por la tarde, estaba en la oficina del refugio (un cuartito que antes era bodega y ahora tenía un escritorio donado), revisando las cuentas. Gracias al dinero que habían dejado y a las donaciones del pueblo, teníamos fondos para tres meses. Era un alivio enorme.
Alguien tocó a la puerta principal.
No era el golpe de un vecino. Era un golpe seco, autoritario.
Fui a abrir.
Afuera había un coche negro, elegante, con vidrios polarizados. Un hombre de traje estaba de pie en el porche.
—¿Señorita Alicia Bennett?
—Sí, soy yo.
—Tengo un paquete para usted. De parte del Señor Rivers.
Mi corazón dio un salto mortal.
—¿De Jacobo? ¿Está bien? ¿Cómo está su hermano?
El hombre no respondió. Solo me entregó un sobre manila grueso y sellado con cinta.
—Solo soy el mensajero, señorita. Que tenga buena tarde.
Se subió al coche y se fue.
Entré a la casa con el sobre temblando en mis manos. Me senté en la mesa de la cocina. Doña Edna me miraba desde su mecedora, con los ojos entrecerrados.
—Ábrelo, hija. A ver qué dice el muchacho.
Rompí el sello.
Adentro había un fajo de papeles legales y una carta escrita a mano en una hoja de cuaderno arrancada.
La letra de Jacobo era grande, inclinada y fuerte.
Alicia:
Perdón por el silencio. Han sido días de infierno. Mateo salió de la cirugía, pero perdió mucha sangre. Estuvo en coma dos días. Apenas despertó hoy. Va a vivir, pero va a ser un camino largo.
No puedo regresar todavía. Tengo que estar aquí, vigilando que no intenten matarlo otra vez, y moviendo abogados para sacarlo por razones humanitarias. Es un buen chico, Alicia. Solo tomó malas decisiones tratando de impresionar a la gente equivocada. Un poco como yo a su edad.
Te mando estos papeles. Léelos con cuidado. Es lo único que puedo hacer por ahora para cumplir mi promesa.
Te extraño. Extraño el café aguado de tu cocina. Extraño tu voz regañándome porque no me pongo bloqueador solar. Extraño cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.
Espérame.
Tuyo,
El Cuervo.
Debajo de la carta, había una escritura notarial.
Leí el encabezado y tuve que leerlo dos veces porque mi cerebro se negaba a procesarlo.
ESCRITURA DE DONACIÓN DE PROPIEDAD.
DONANTE: Jacobo “El Cuervo” Rivers.
BENEFICIARIO: Refugio Los Ángeles de Alicia A.C.
OBJETO: Predio rústico de 5 hectáreas colindante al norte con la propiedad actual…
—Abuela… —dije, sintiendo que me faltaba el aire.
—¿Qué pasa?
—Jacobo… Jacobo compró el terreno de atrás. Las cinco hectáreas del monte. Y… y las puso a nombre del refugio.
Doña Edna dejó de mecerse.
—¿Compró el terreno de Don Hilario? ¿Ese viejo tacaño que pedía las perlas de la virgen?
—Sí. Aquí está la escritura. Ya está pagado.
Miré los papeles. Había planos adjuntos. Un proyecto arquitectónico bosquejado.
“Fase 2: Dormitorios separados para niños y niñas”.
“Fase 3: Taller de oficios y escuela técnica”.
“Fase 4: Huerto autosustentable”.
Me eché a llorar. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de pura incredulidad. Ese hombre, ese ángel tatuado, mientras velaba a su hermano moribundo en un hospital, había estado pensando en el futuro de mis niños. Había gastado quién sabe cuánto dinero para asegurarse de que tuviéramos espacio para crecer.
—Ese hombre te quiere, Alicia —dijo Doña Edna suavemente—. Y no te quiere para un rato. Te quiere para construir una vida.
Guardé la carta en mi pecho, pegada a la piel.
—Lo sé, abuela. Y yo también lo quiero.
Pasaron dos semanas.
El trabajo en el refugio seguía. Los vecinos seguían ayudando, aunque el fervor inicial había bajado un poco, la solidaridad se mantenía. La doctora del pueblo venía los martes a checar a los niños gratis. El panadero seguía mandando bolillos.
Pero yo vivía con la mirada puesta en la carretera.
Cada vez que oía un motor, corría a la ventana.
Pero eran camiones. O repartidores de pizza. Nunca era esa Harley negra.
Y entonces, llegó el problema que nadie vio venir.
No vino del Alcalde. No vino de la policía.
Vino del pasado.
Era un martes lluvioso. Una de esas tormentas raras que convierten el polvo de San Olvido en un lodo pegajoso.
Estábamos cenando cuando alguien golpeó la puerta con violencia.
—¡Abran! ¡Abran o tiro la puerta!
Reconocí la voz. Y sentí que la sangre se me helaba en las venas.
Era Ricardo.
El padre de los gemelos, Luis y Paco.
Un hombre violento, alcohólico, que los había abandonado hacía tres años después de golpear a su madre hasta mandarla al hospital. La madre huyó al norte y nos dejó a los niños para protegerlos.
Ricardo tenía orden de restricción. Se suponía que estaba en la cárcel en otro estado.
—¡Abran! —golpeó de nuevo. La puerta vibró.
Hice señas a los niños para que corrieran a la habitación del fondo. Sofía, valiente como ella sola, agarró a los gemelos y se los llevó, cerrando la puerta con llave. Doña Edna agarró su bastón con ambas manos, lista para pelear.
Yo agarré el teléfono. Iba a marcar a la policía, pero la línea estaba muerta. La tormenta.
Maldición.
Fui a la puerta, agarrando un cuchillo de cocina que escondí en mi espalda.
—¡Vete, Ricardo! —grité a través de la madera—. ¡No tienes nada que hacer aquí! ¡Voy a llamar a la policía!
—¡Llama a quien quieras, perra! —rugió él—. ¡Vengo por mis hijos! ¡Me enteré que les están dando dinero! ¡Que unos narcos en moto les dieron lana! ¡Ese dinero es mío! ¡Es para mis hijos!
Ahí estaba. La codicia. La noticia del “milagro” del refugio había llegado a oídos equivocados. Ricardo no quería a sus hijos; quería la supuesta fortuna que creía que teníamos.
Pateó la puerta. La cerradura vieja, aunque reforzada, crujió.
—¡Ricardo, lárgate! —advertí—. ¡Tengo un arma! (Mentira, pero tenía que intentarlo).
—¡Tú no tienes nada!
Pateó de nuevo. La madera se astilló. La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared.
Ricardo entró, empapado, con los ojos inyectados en sangre y oliendo a mezcal barato. Traía un machete oxidado en la mano.
—¡¿Dónde están?! —gritó, tirando una silla—. ¡Denme a los niños y denme el dinero!
—¡No te acerques! —le grité, mostrando el cuchillo. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo.
Ricardo se rió.
—¿Me vas a picar con eso, negrita? No me hagas reír.
Se abalanzó sobre mí. Intenté esquivarlo, pero era rápido y fuerte. Me dio un manotazo que me mandó contra la mesa. El cuchillo voló de mi mano. Me golpeé la cabeza y vi estrellas.
—¡Deja a mi nieta! —gritó Doña Edna, y le soltó un bastonazo en la espalda con todas sus fuerzas.
Ricardo rugió de dolor y se giró. Empujó a mi abuela.
Doña Edna cayó al suelo con un grito seco. Su cadera.
—¡Abuela! —grité, tratando de levantarme, pero el mundo me daba vueltas.
Ricardo caminó hacia el pasillo donde estaban los niños.
—¡Salgan, escuincles! ¡Papá vino por su herencia!
—¡No! —me arrastré y me agarré de su pierna—. ¡No los toques!
Me pateó en las costillas. El aire se me escapó. El dolor fue cegador.
Estaba llegando a la puerta de la habitación. Escuchaba a los niños llorar adentro. Sofía gritaba.
Dios mío, ayúdanos. Jacobo, ¿dónde estás?
Y entonces…
El sonido.
Ese sonido bendito.
No era una caravana esta vez. Era un solo motor. Pero sonaba como si el mismo diablo viniera conduciendo.
El rugido se acercó a una velocidad suicida. Frenazo de llantas en la grava mojada afuera.
Pasos corriendo en el porche. Pesados. Botas.
Ricardo se detuvo, con la mano en el picaporte de la puerta de los niños, y se giró hacia la entrada.
En el marco de la puerta rota, recortado contra la lluvia y los relámpagos, había una figura inmensa. Empapado, con el casco en la mano usándolo como arma, el pecho subiendo y bajando por la adrenalina.
No era Jacobo.
Era Veneno.
El paramédico con la serpiente en la cabeza.
—¿Te perdiste, compa? —dijo Veneno. Su voz era tranquila, aterradoramente tranquila.
Ricardo levantó el machete.
—¡Lárgate! ¡Esto es asunto familiar!
—Familia es la que cuida —dijo Veneno, dando un paso adentro. El agua escurría de su chaleco de cuero—. Tú eres solo basura. Y yo soy el encargado de sacar la basura.
Ricardo, estúpido por el alcohol, se lanzó contra él con el machete.
Fue un error fatal.
Veneno esquivó el golpe con un movimiento fluido de boxeador. Antes de que Ricardo pudiera recuperar el equilibrio, Veneno le estampó el casco en la cara con un sonido sordo y brutal de fibra de vidrio contra hueso.
Ricardo cayó como un costal de papas, inconsciente antes de tocar el suelo.
Veneno no se detuvo a rematarlo. Corrió hacia mí.
—Alicia, ¿estás bien?
Se arrodilló, revisándome los ojos, tocándome las costillas con manos expertas.
—Estoy bien… creo. Revisa a mi abuela. La empujó.
Veneno fue con Doña Edna.
—Tranquila, jefa. No se mueva. Ya estoy aquí.
En ese momento, llegaron dos motos más. El Gordo y el Calavera entraron corriendo.
—¿Qué pasó? Vimos la puerta… —El Gordo vio a Ricardo tirado en el suelo—. ¡Hijo de su…! ¿Quién es ese?
—El papá de los gemelos —dijo Veneno—. Quiso pasarse de listo. Sáquenlo de aquí. Amárrenlo y llamen a la policía. Si se mueve, duérmalo otra vez.
El Gordo arrastró a Ricardo hacia la lluvia como si fuera una bolsa de basura.
Yo miré a Veneno, confundida, adolorida, pero inmensamente aliviada.
—¿Qué… qué hacen aquí? Pensé que estaban en la capital con Jacobo.
Veneno me sonrió mientras le ponía un cojín bajo la cabeza a Doña Edna.
—El Cuervo nos mandó de regreso ayer. Dijo: “No me gusta cómo se siente el ambiente. Vayan a cuidar el fuerte”.
Me guiñó el ojo.
—El jefe tiene un sexto sentido, Alicia. Nunca se equivoca.
Lloré de nuevo. Pero esta vez era de puro agradecimiento.
—¿Y él? ¿Cuándo viene él?
Veneno se puso serio.
—Las cosas se complicaron allá, Alicia. Pero me dijo que te dijera algo si preguntabas.
—¿Qué?
—Me dijo: “Dile que estoy arreglando el camino para que ella nunca tenga que volver a caminar sola”.
Esa noche, dormí en el hospital, al lado de la cama de Doña Edna (solo fue una contusión fuerte, nada roto, gracias a Dios). Veneno se quedó de guardia en la puerta de la habitación toda la noche, sentado en una silla de plástico, con los brazos cruzados y cara de “atrévanse a pasar”.
San Olvido ya no era un pueblo olvidado.
Era un pueblo protegido.
Y yo sabía, con una certeza absoluta, que la tormenta había pasado. Y que pronto, muy pronto, mi Cuervo volvería al nido.
CAPÍTULO 7: CEMPASÚCHIL, CENIZAS Y EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO
Después de la noche de la tormenta y el machete, San Olvido entró en una especie de tregua con el destino. Ricardo, el padre de los gemelos, no volvió a molestar. Veneno y sus muchachos se aseguraron de que la policía lo recibiera con un “paquete de bienvenida” lo suficientemente claro como para que, incluso desde la celda del reclusorio estatal donde lo refundieron por intento de homicidio y violación de orden de restricción, no se le ocurriera ni mirar hacia el sur.
Pero la paz tiene su propio peso.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. El verano ardiente dio paso a un otoño ventoso que levantaba remolinos de polvo dorado en las calles sin pavimentar. Mi vida, antes solitaria y silenciosa, se había convertido en una rutina compartida con tres guardaespaldas tatuados que, para sorpresa de todo el pueblo, resultaron ser mejores amas de casa que yo.
Veneno, el hombre que había noqueado a un agresor con un casco, se había adueñado de la enfermería improvisada. Resultó que su aspecto de convicto escondía una paciencia infinita. Pasaba las tardes enseñándole a Sofía cómo limpiar heridas y tomar la presión.
—Mira, chava —le decía con su voz rasposa, mientras vendaba la rodilla raspada de Miguelito—. La sangre asusta, pero no muerde. Lo que mata es el miedo y la mugre. Mantén la cabeza fría y las manos limpias, y salvarás vidas.
El Gordo se hizo cargo de la cocina y del mantenimiento. Y el Calavera, un tipo flaco y alto que casi nunca hablaba, se convirtió en la sombra de Doña Edna. Donde quiera que mi abuela fuera con su bastón, el Calavera iba dos pasos atrás, cargando su bolsa de tejido o acercándole una silla.
—Ese muchacho es muy acomedido —decía Doña Edna—. Feo como una blasfemia, pero tiene buen corazón.
El pueblo también cambió. La “Fase 2” del proyecto, esa que Jacobo había dibujado en una hoja de cuaderno, empezó a tomar forma en el terreno de atrás. Pero esta vez no fueron solo los motociclistas.
Don Genaro, el carpintero, trajo a sus hijos. El albañil del pueblo, un señor llamado Don Roque que siempre nos había cobrado el doble, se presentó un lunes con su cuadrilla y dijo: “No voy a cobrar mano de obra, nomás pongan los materiales y las cocas”.
Ver los cimientos de los nuevos dormitorios elevarse del suelo era como ver un milagro en cámara lenta. Ladrillo a ladrillo, el Refugio Los Ángeles de Alicia dejaba de ser un sueño desesperado para convertirse en una institución.
Pero en medio de todo ese ruido de construcción y risas infantiles, había un silencio que me taladraba el alma.
El silencio de Jacobo.
No es que hubiera desaparecido. Llamaba. Oh, sí, llamaba cada vez que podía. Pero eran llamadas cortas, apresuradas, con mala señal y mucho ruido de fondo.
—¿Estás bien, Alicia?
—Estoy bien, Cuervo. Te extrañamos.
—Ya merito, negra. Ya merito salimos de esta bronca. Mateo está mejorando, pero el abogado dice que el juez es un hueso duro de roer. No puedo dejarlo solo todavía.
—No lo dejes. Aquí te esperamos. Aquí te espero.
Colgaba el teléfono y sentía un hueco en el pecho del tamaño de una motocicleta Harley-Davidson. Me preguntaba si su vida allá, en la gran ciudad, con sus problemas legales y su “familia” del club, terminaría por absorberlo. Me preguntaba si yo, con mis vestidos de segunda mano y mis manos ásperas de cloro, sería suficiente razón para que volviera.
Llegó octubre. Y con octubre, llegó el olor a copal y a flor de muerto.
En México, la muerte no se esconde; se invita a cenar. Y en San Olvido, el Día de Muertos era la fiesta más grande del año.
Este año, el refugio iba a poner la ofrenda más grande del pueblo.
—Vamos a hacer un altar monumental —anunció Veneno un martes—. En honor a todos los que no tienen quien les ponga una flor.
Los niños se entusiasmaron. Pasamos días recortando papel picado de colores brillantes: naranja, morado, rosa mexicano. Hicimos calaveritas de azúcar. Cocinamos pan de muerto, con ese sabor a azahar y mantequilla que inunda la casa y te hace salivar.
El 1 de noviembre, el “Día de los Inocentes”, dedicado a los niños difuntos, el patio del refugio se transformó.
Habíamos montado una estructura de siete niveles forrada de tela negra y satín morado. Cientos de velas parpadeaban contra el viento de la tarde.
Pusimos fotos. Fotos de los padres de mis niños, esos que se fueron demasiado pronto o que nunca pudieron cuidarlos. Fotos de mis propios padres, a los que apenas recordaba.
Y en el nivel más alto, junto a la Virgen de Guadalupe, puse una foto que Veneno me había dado.
Era una foto vieja, en blanco y negro. Una mujer joven, hermosa, con los ojos grises y una sonrisa cansada pero dulce.
La madre de Jacobo.
—Se llamaba Elena —me dijo Veneno cuando me dio la foto—. Ella fue la que le enseñó al jefe a no rendirse. Le hubiera encantado conocerte.
Esa noche, abrimos las puertas.
El pueblo entero vino. No vinieron a juzgar ni a criticar. Vinieron a recordar.
La calle se llenó de gente con velas. El olor a cempasúchil era tan intenso que mareaba. Había música de mariachi suave, respetuosa.
Doña Martita trajo chocolate caliente. El Alcalde (que seguía siendo el mismo corrupto, pero ahora nos tenía un miedo reverencial) mandó arreglos florales enormes con su nombre bien grande, claro está.
Yo estaba parada junto al altar, acomodando unas flores que se habían caído, cuando sentí ese escalofrío.
No era frío de temperatura. Era esa electricidad estática que sientes cuando va a caer un rayo.
El mariachi dejó de tocar. El murmullo de la gente bajó de volumen hasta convertirse en un susurro y luego en silencio.
Me giré hacia la entrada.
La multitud se estaba abriendo, como las aguas del Mar Rojo, dejando un pasillo libre desde la reja hasta el altar.
No había ruido de motor esta vez.
No había rugido, ni luces cegadoras, ni entrada triunfal de Hollywood.
Solo había un hombre caminando.
Llevaba botas llenas de polvo. Unos jeans negros desgastados. Una camiseta blanca sencilla y su chaleco de cuero, que parecía pesarle más que antes. Traía el casco en una mano y una mochila de viaje colgada al hombro.
Se veía cansado. Tenía barba de varios días y ojeras profundas. Había perdido peso.
Pero era él.
Jacobo.
Caminaba despacio, mirando a la gente, asintiendo levemente a los vecinos que lo saludaban con respeto. “Buenas noches, Cuervo”, escuché decir a Don Genaro. “Bienvenido a casa, hijo”, dijo Doña Martita.
Él seguía caminando, con los ojos fijos en mí.
Sentí que las piernas me fallaban. Me agarré de la mesa del altar para no caerme.
Llegó hasta donde yo estaba. Soltó la mochila al suelo. Dejó el casco sobre una silla.
El olor a copal y flores nos envolvía. La luz de las velas bailaba en sus ojos grises, haciéndolos brillar como plata líquida.
—Tardaste —le dije. Mi voz sonó estrangulada, un hilo de sonido.
Jacobo sonrió, esa sonrisa ladeada que me había robado el corazón en una gasolinera.
—Había mucho tráfico en la salida del infierno, Alicia.
—¿Llegaste para quedarte? —pregunté, con el miedo atorado en la garganta.
Él no respondió con palabras.
Dio un paso adelante, acortando la distancia que nos había separado durante tres meses eternos. Sus manos grandes y callosas tomaron mi cara con una delicadeza que me hizo temblar.
Y entonces, me besó.
No fue un beso de película. Fue un beso de hambre. Un beso de náufrago que encuentra tierra firme. Sabía a cansancio, a café de carretera y a promesa cumplida.
Me aferré a su chaleco, hundiendo mis dedos en el cuero, atrayéndolo hacia mí como si quisiera fundirme con él. Escuché vagamente los aplausos de la gente, los chiflidos de los motociclistas, la risa de Doña Edna. Pero en ese momento, el mundo podía haberse acabado y no me hubiera importado.
Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento. Él apoyó su frente contra la mía.
—No me voy a ir, Alicia. Ya no. Mi casa está donde estás tú.
Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
—Bienvenido a casa, Jacobo.
Él se separó un poco y se giró hacia la oscuridad de la entrada, donde la gente seguía mirando.
—No vine solo —dijo.
Hizo una seña con la mano.
De entre las sombras, cojeando visiblemente, apoyado en un bastón de metal, salió otro hombre. Era mucho más joven que Jacobo, casi un niño, con la cara pálida y una cicatriz reciente que le cruzaba el cuello, asomando por encima del cuello de su camisa. Se veía asustado, mirando al suelo, como un perro apaleado que espera el siguiente golpe.
Jacobo fue hacia él y le pasó un brazo por los hombros, dándole fuerza.
—Alicia —dijo Jacobo, trayendo al muchacho hacia la luz de las velas—. Este es Mateo. Mi hermano.
Mateo levantó la vista. Tenía los mismos ojos grises que Jacobo, pero sin el fuego. Estaban apagados, llenos de vergüenza.
—Buenas noches, señorita —murmuró.
—Logramos la libertad condicional —explicó Jacobo rápido, con un tono protector—. El juez aceptó que cumpliera el resto de su sentencia bajo custodia familiar y trabajo comunitario. Le dije que conocía el lugar perfecto para eso.
Me miró, buscando mi aprobación, temiendo que lo rechazara.
—Necesita un hogar, Alicia. Necesita aprender que la vida no es solo golpes. Yo… yo me hago responsable.
Miré al muchacho. Vi sus manos temblorosas. Vi la cicatriz. Vi el miedo. Y recordé a Miguelito cuando llegó. Recordé a Sofía. Recordé mi propia imagen en el espejo hace años.
Todos somos rotos. Todos necesitamos remiendos.
Me acerqué a Mateo. Él se tensó, esperando un regaño o un rechazo.
En lugar de eso, lo abracé.
Fue un abrazo torpe, rápido, pero sincero.
—Bienvenido, Mateo —le dije—. Llegas justo a tiempo. Mañana empezamos a colar el techo del nuevo taller y nos faltan manos.
Mateo parpadeó, sorprendido. Miró a su hermano, luego me miró a mí, y por primera vez, una pequeña chispa de vida se encendió en sus ojos.
—Gracias… gracias.
La fiesta de Día de Muertos se convirtió en una fiesta de bienvenida.
Veneno sacó una botella de mezcal “para el susto”. El Gordo empezó a repartir pan de muerto como loco. Los niños rodeaban a Jacobo, trepándose en él como si fuera un árbol humano.
—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¿Me trajiste algo? —gritaba Paquito.
—¡Les traje a mi hermano feo! —bromeó Jacobo—. Y dulces. Muchos dulces.
Más tarde, cuando la fiesta bajó de intensidad y los niños se fueron a dormir (con el estómago lleno de azúcar), Jacobo y yo nos sentamos en el porche, en la misma banca donde nos habíamos despedido meses atrás.
La noche estaba fría, pero su brazo alrededor de mis hombros me mantenía caliente.
Miramos el altar iluminado, donde la foto de su madre parecía sonreírnos entre el humo del copal.
—¿Fue muy difícil? —le pregunté, tocando su mano.
—Fue un infierno —admitió—. Sacar a Mateo, lidiar con los abogados, vender mi parte del taller en la ciudad para tener dinero…
—¿Vendiste tu taller? —me enderecé, alarmada—. Pero Jacobo, eso era tu vida.
Él negó con la cabeza, tomando mi mano y besando mis nudillos, uno por uno.
—Eso era mi trabajo, Alicia. Mi vida… mi vida empezó el día que se me acabó la gasolina en este pueblo olvidado de Dios.
Suspiró, mirando hacia el terreno de atrás, donde se veían las estructuras de la construcción a medio terminar bajo la luz de la luna.
—Tengo un plan, jefa.
—Miedo me das cuando tienes planes.
—Es un buen plan. Vendí el taller, pero me traje la herramienta. Toda.
Señaló hacia la oscuridad, donde estaba estacionada una camioneta de mudanzas enorme que yo no había visto llegar.
—Vamos a poner un taller aquí. En el refugio.
—¿Un taller mecánico?
—Mecánica, soldadura, electricidad. Voy a enseñarles a estos niños un oficio. A los tuyos y a los del pueblo que andan de vagos. Quiero que aprendan que con estas manos —levantó sus manos grandes— se puede construir, no solo destruir. Mateo me va a ayudar. Es el mejor eléctrico que conozco, cuando no está metiendo la pata.
La idea floreció en mi mente. Un taller escuela. Un futuro real para Sofía, para los gemelos, para tantos jóvenes de San Olvido que terminaban yéndose de “mojados” o metiéndose al narco por falta de oportunidades.
—Es perfecto —susurré—. Es… es más de lo que soñé.
—Y hay otra cosa —dijo él, poniéndose nervioso de repente. El gran Jacobo Rivers, el terror de las carreteras, estaba nervioso.
Metió la mano en su chaleco y sacó una cajita de terciopelo negro, manchada de grasa de motor en una esquina.
Mi corazón se detuvo. Otra vez.
—No es un diamante —advirtió rápido, abriendo la caja—. No me alcanzó para eso después de pagar la fianza de Mateo y la mudanza.
Adentro había un anillo de plata. Grueso, rústico. Tenía grabado unas alas pequeñas y una pequeña piedra turquesa en el centro.
—Lo hizo un artesano amigo mío en el norte. La plata es para protegerte. La turquesa es para la buena suerte. Y las alas… bueno, para que sepas que siempre tienes quien vuele contigo.
Me miró a los ojos, vulnerable, desnudo de alma.
—Alicia Bennett, ¿te casarías con este motociclista loco, ex-convicto y lleno de deudas, pero que te ama más que a su propia madre?
Me reí. Me reí y lloré al mismo tiempo.
—Te ama más que a su madre… —repetí—. Si Doña Elena te escuchara, te daba una cachetada desde el altar.
—Probablemente —sonrió él—. Pero se la aguantaría. ¿Qué dices, negra? ¿Te animas a rodar conmigo?
Miré el anillo. Miré el refugio iluminado. Miré al hombre que había transformado mi soledad en una fortaleza.
—Sí —dije—. Sí, acepto. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó él, ya poniéndome el anillo en el dedo (me quedaba un poco grande, pero era perfecto).
—Que la boda sea aquí. En el patio. Y que Veneno sea la dama de honor.
Jacobo soltó una carcajada que despertó a los perros de la cuadra.
—Trato hecho. Aunque no sé si encontremos un vestido de su talla.
Nos besamos de nuevo, bajo la luz de la luna y las velas de los muertos.
Y mientras lo abrazaba, sentí que los fantasmas de mi pasado, esos que me decían que no valía nada, que estaba destinada a estar sola y pobre, se desvanecían como el humo del copal.
San Olvido ya no era un lugar de paso. Era un destino.
Y nosotros… nosotros éramos los cimientos de algo que duraría mucho más que nosotros mismos.
Pero la historia no termina con un anillo. Porque la vida real no es un cuento de hadas.
Al día siguiente, empezaríamos a trabajar. Había un techo que colar, un hermano que rehabilitar, una boda que planear y un pueblo que seguir convenciendo.
Y, por supuesto, faltaba ver qué diría el Padre Tomás cuando le dijéramos que queríamos meter cincuenta motocicletas a la iglesia para la ceremonia.
CAPÍTULO 8: EL RUGIDO DEL AMOR Y EL SILENCIO DE LA PAZ
Dicen que Roma no se construyó en un día, y el “Taller y Escuela de Oficios El Cuervo” tampoco. Pero Roma no tenía a cincuenta motociclistas, un pueblo lleno de culpa redimida y a una negra terca dirigiendo la obra.
El mes siguiente a la llegada de Jacobo y Mateo fue una vorágine de cemento, varilla y soldadura. San Olvido, que antes dormía la siesta eterna del abandono, ahora se despertaba con el sonido de la esperanza: el zzzzzt de las máquinas de soldar y el clac-clac de las palas mezclando concreto.
Pero no todo era miel sobre hojuelas.
Mateo, el hermano menor, era una nube gris en medio de nuestro cielo azul. Los primeros días se la pasaba sentado en una pila de ladrillos, fumando un cigarro tras otro, mirando al vacío con esos ojos grises apagados. La cicatriz en su cuello, todavía roja y fea, era un recordatorio constante de lo cerca que estuvo de no contarla.
Los niños le tenían miedo. No porque fuera malo, sino porque irradiaba una tristeza tan densa que se sentía física.
Un martes por la mañana, el calor estaba insoportable. Jacobo estaba en el techo de la nueva estructura instalando el cableado eléctrico. Mateo estaba abajo, supuestamente ayudando a desenredar unos cables, pero en realidad estaba peleando con el rollo, frustrado, maldiciendo por lo bajo.
De pronto, tiró las pinzas al suelo con furia.
—¡No sirvo para esta mierda! —gritó, pateando la tierra—. ¡Ni siquiera puedo pelar un maldito cable sin que me tiemblen las manos!
El patio se quedó en silencio. Los albañiles de Don Roque se detuvieron. Jacobo se asomó desde el techo, preocupado.
Yo estaba cerca, revisando el inventario de la comida. Cerré mi libreta y caminé hacia él.
Mateo me vio venir y se puso a la defensiva, encogiendo los hombros como esperando un golpe.
—Perdón, señora Alicia. Ya me voy. Mejor me voy a mi cuarto a no estorbar.
—Levanta las pinzas —le dije. Mi voz fue suave pero firme, el mismo tono que usaba con Miguelito cuando no quería comer verduras.
Mateo parpadeó. —¿Qué?
—Que levantes las pinzas. No se van a levantar solas.
Él resopló, se agachó y las recogió, limpiándoles el polvo con desgana.
—Mira, Mateo —le dije, acercándome hasta quedar frente a él—. Aquí nadie sobra. Y nadie es inútil. ¿Te tiemblan las manos? Está bien. A Paquito le tiemblan las piernas y ayer metió su primer gol en la cancha. A tu hermano le temblaba el alma cuando llegó aquí.
Señaló su cicatriz.
—Esa marca que traes no es de vergüenza. Es de supervivencia. Pero si te quedas ahí sentado lamiéndote las heridas, entonces sí te vas a morir. No por el cuchillo, sino de pena.
Mateo bajó la mirada, apretando la mandíbula.
—No sé hacer nada, Alicia. Jacobo es el genio. Yo solo soy el desastre. Siempre he sido el desastre.
—Pues aquí nos encantan los desastres —le sonreí—. Porque los desastres se pueden arreglar. Ven conmigo.
Lo llevé a la parte trasera, donde Miguelito estaba tratando de arreglar la cadena de su bicicleta vieja, manchándose todo de grasa sin éxito.
—Miguelito —llamé—. Mateo te va a ayudar. Él sabe de mecánica.
El niño miró al hombre joven con ojos grandes y esperanzados.
—¿Tú sabes arreglarla?
Mateo miró la bici, luego me miró a mí con pánico.
—Yo…
—Ándale —lo empujé suavemente—. Enséñale cómo se tensa la cadena.
Mateo se arrodilló junto al niño. Sus manos todavía temblaban un poco. Pero cuando tomó la llave inglesa y tocó el metal, algo cambió. Su memoria muscular se activó.
—A ver, chavo… —murmuró, su voz perdiendo el filo—. El problema no es la cadena, es el eje que está chueco. Pásame ese desarmador.
Me quedé observando desde lejos. Diez minutos después, Mateo estaba sonriendo por primera vez en semanas, explicándole a Miguelito y a otros dos niños cómo funcionaban los engranajes.
Jacobo bajó del techo y se paró a mi lado, limpiándose el sudor. Vio a su hermano rodeado de niños, sucio de grasa pero vivo.
Me pasó un brazo por los hombros y me dio un beso en la sien.
—Eres bruja, mujer.
—No soy bruja. Soy madre de doce. Sé reconocer a un niño asustado, aunque tenga veinte años y barba.
La construcción terminó en noviembre. El “Taller y Escuela” era una realidad. Un galerón amplio, bien ventilado, con mesas de trabajo, herramientas ordenadas y un olor a futuro.
Pero faltaba el evento principal.
La boda.
Si la Kermés había sido grande, la boda de “La Negra Alicia y El Cuervo” amenazaba con ser el evento del siglo en el estado.
El problema principal, como predije, fue el Padre Tomás.
Fuimos a verlo a la sacristía un jueves por la tarde. Jacobo iba “decente” (camisa de botones, aunque se le notaban los tatuajes del cuello, y jeans limpios).
—Padre, queremos casarnos —dije, yendo al grano.
El Padre Tomás, un hombre mayor con cara de perpetuo estreñimiento, nos miró por encima de sus lentes.
—Bueno, hijos, eso es motivo de alegría. Pero… hay ciertos protocolos. Las amonestaciones, el curso prematrimonial…
—Hacemos todo —dijo Jacobo—. Lo que pida.
—Bien. ¿Y la ceremonia? Supongo que será algo discreto.
Jacobo y yo intercambiamos miradas.
—Pues… no exactamente, Padre —dijo Jacobo—. Verá, van a venir mis hermanos del Club.
—¿Los motociclistas? —el Padre se persignó instintivamente.
—Sí. Y queremos que entren a la iglesia.
—¿Las personas? Claro, la casa de Dios es para todos.
—No, Padre. Las motos.
El Padre Tomás casi se traga su dentadura postiza.
—¡¿Qué?! ¡¿Meter máquinas infernales al templo?! ¡Es un sacrilegio! ¡Van a manchar el piso! ¡El ruido va a tirar a los santos!
—No las vamos a prender adentro, Padre —mentí piadosamente (o casi)—. Solo las empujaremos. Harán una valla de honor. Es… es una tradición de nuestra orden.
—¿Orden? ¿Qué orden? —preguntó confundido.
—La Orden de los Caballeros del Asfalto —inventó Jacobo con una cara tan seria que casi me río—. Muy devotos de la Virgen de los Caminos.
El Padre lo dudó. Pero luego recordó (o quizás Jacobo le recordó sutilmente con una donación generosa para reparar el campanario que llevaba años roto) que la caridad cubre multitud de pecados.
—Está bien. Pero si veo una sola mancha de aceite en mi atrio, los excomulgo a todos.
El gran día llegó el segundo sábado de diciembre.
El clima era perfecto. Fresco, pero con un sol radiante.
Desde el amanecer, San Olvido era un caos.
Veneno estaba histérico. Se había autoproclamado Wedding Planner.
—¡Gordo! —gritaba por el radio—. ¡Esas flores de cempasúchil no van ahí! ¡Dije en el arco, no en las mesas! ¡Parece velorio, animal!
—¡Ya no hay cempasúchil, Veneno! —contestaba el Gordo—. ¡Es diciembre! Conseguí nochebuenas.
—¡Pues ponlas bonitas!
En la casa, Doña Edna y Sofía me estaban vistiendo.
No tenía dinero para un vestido de diseñador. Pero no lo necesitaba.
Doña Martita, la panadera, resultó ser una costurera secreta. Había tomado el vestido de novia de mi madre (que Doña Edna guardaba en un baúl con naftalina, amarillento y viejo) y lo había transformado.
Le quitó las mangas abombadas de los ochenta. Ajustó el talle. Y lo más importante: le bordó flores de colores en el ruedo. Flores mexicanas. Rosas, girasoles, dalias.
Era un vestido que contaba una historia. Mi historia. Raíces viejas floreciendo de nuevo.
—Estás preciosa, mija —dijo Doña Edna, con los ojos llenos de lágrimas—. Tu mamá estaría tan orgullosa.
Me miré al espejo. El vestido blanco contrastaba con mi piel oscura de una manera que me hizo sentir, por primera vez, no solo fuerte, sino hermosa. Me recogieron el pelo en un chongo alto, adornado con unas orquídeas frescas que Mateo había ido a buscar al monte esa mañana.
—Ya es hora —dijo Sofía, asomándose por la puerta. Llevaba un vestido rosa pastel y se veía radiante. Ella sería mi dama de honor real (aunque Veneno seguía diciendo que él era la dama de honor espiritual).
Salimos de la casa.
Y lo que vi me robó el aliento.
No íbamos a ir en coche a la iglesia.
En la entrada, me esperaba una carroza moderna.
El “Triciclo” del club. Una moto modificada de tres ruedas, enorme, con un asiento trasero acolchado en cuero blanco (puesto solo para hoy).
Conduciendo iba Mateo, afeitado, peinado y con un traje negro que le quedaba un poco grande pero que lo hacía ver como un príncipe.
—Su carruaje, madmban —dijo Mateo, haciendo una reverencia torpe pero encantadora.
—Gracias, chofer —le sonreí, subiéndome con cuidado de no ensuciar el vestido.
El recorrido hacia la iglesia fue un desfile.
La gente salía de sus casas y aplaudía. Nos aventaban confeti, arroz, pétalos de flores.
“¡Vivan los novios!”, gritaban. “¡Viva la Alicia!”.
Vi a Doña Chona en primera fila, agitando un pañuelo y llorando como si fuera mi tía. El poder del chisme y la redención es una cosa curiosa.
Llegamos a la iglesia.
Y ahí estaban.
Cien motos. Cien.
Habían venido capítulos de todo el estado. De Monterrey, de Saltillo, incluso unos de Texas.
Estaban estacionadas en dos filas perfectas, creando un pasillo de cromo y acero que llevaba hasta la puerta de madera del templo.
Los motociclistas, vestidos con sus mejores chalecos (algunos incluso con corbata sobre la camiseta negra), estaban parados firmes, sosteniendo sus cascos contra el pecho como si fueran soldados en una boda real.
Jacobo me esperaba en el altar.
Si yo me sentía hermosa, él se veía… devastador.
Llevaba jeans negros nuevos, botas boleadas hasta parecer espejos, una camisa blanca impecable y, por supuesto, su chaleco de cuero.
Se había soltado el pelo. Su melena negra y larga caía sobre sus hombros, dándole un aire salvaje y noble.
Cuando me vio entrar del brazo de Don Genaro (a quien le pedí que me entregara porque fue el primero del pueblo en ayudarnos), a Jacobo se le llenaron los ojos de agua. No le importó que lo vieran cien hombres rudos. Lloró.
La ceremonia fue extraña y perfecta.
El Padre Tomás hablaba de amor y obediencia. Pero luego le cedió la palabra a Veneno, que subió al ambón con su tatuaje de serpiente brillando bajo la luz de los vitrales.
—La Biblia dice muchas cosas bonitas —dijo Veneno, carraspeando—. Pero en la carretera aprendemos otras. Aprendemos que si se te poncha una llanta, no tiras la moto. La parchas y sigues. Aprendemos que nunca dejas atrás a un hermano. Y aprendemos que el destino no es a dónde vas, sino con quién ruedas. Jacobo y Alicia… ustedes son el mejor equipo que he visto. Que el asfalto siempre sea plano para ustedes.
Todos gritaron “¡Amén!” con una fuerza que hizo vibrar las bancas.
Llegó el momento de los votos.
Jacobo tomó mis manos. Sus pulgares acariciaron mis palmas.
—Alicia —dijo, y su voz resonó en la iglesia silenciosa—. Yo era un perro callejero. Vivía corriendo, pensando que la libertad era no tener a nadie. Pero tú me enseñaste que la verdadera libertad es elegir dónde te quedas. Te prometo cuidarte, respetar tus sueños y nunca dejar que te falte gasolina, ni en el tanque ni en el corazón. Te prometo amar a tus hijos como míos, porque ya lo son. Te amo, mi Negra.
Yo tuve que tragar saliva para poder hablar.
—Jacobo. Yo era una isla. Pensaba que podía sola contra el mundo. Pero tú construiste un puente. Te prometo ser tu copiloto, tu refugio y tu hogar. Te prometo curarte las heridas cuando te caigas y celebrar contigo cada kilómetro. Te amo, mi Cuervo.
—Por el poder que me confiere la Iglesia… —dijo el Padre Tomás, apresurándose porque veía que Veneno estaba haciendo señas raras a los de afuera.
—… los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Jacobo me besó. Y en ese instante, el mundo estalló.
Veneno bajó la mano.
Y afuera, cien motores se encendieron al mismo tiempo.
No tocaron campanas.
El rugido de las cien motocicletas fue nuestra música de salida. Un sonido gutural, poderoso, que hizo temblar los cimientos de la iglesia y, estoy segura, se escuchó hasta el cielo, donde la mamá de Jacobo y mis padres debían estar brindando con tequila.
Salimos de la iglesia bajo una lluvia de arroz y el estruendo de los motores acelerando en vacío. Vroom, vroom, vroom. Era la sinfonía de nuestra vida.
La fiesta fue en el patio del refugio, ahora techado y hermoso.
Fue una mezcla cultural digna de estudio antropológico.
Había mole con pollo y carne asada estilo norteño.
Había mariachis tocando “El Son de la Negra” y luego una banda de rock tocando ZZ Top.
Vi al Alcalde (que vino a tomarse la foto, por supuesto) bailando una cumbia con una de las tías de Jacobo.
Vi a Mateo bailando con Sofía (castamente, bajo la mirada vigilante de Jacobo).
Vi a Doña Edna sentada en su trono (una silla especial que le decoraron), bebiendo un “piquete” de tequila y riéndose con el Calavera.
En un momento de la noche, me escapé del bullicio. Necesitaba respirar.
Fui hacia la parte de atrás, hacia el nuevo taller.
Estaba oscuro y silencioso, oliendo a aceite nuevo y a madera.
Jacobo me encontró ahí cinco minutos después.
—¿Te estás fugando de tu propia boda, señora Rivers? —preguntó, abrazándome por la cintura desde atrás.
—Solo estoy comprobando que es real —dije, recargándome en su pecho sólido—. Que mañana no voy a despertar y va a ser un sueño.
Él me giró y me besó suavemente.
—Es real, Alicia. Mira.
Señaló hacia el patio iluminado, donde se veía a la gente bailando, comiendo, viviendo.
—Mira lo que hiciste.
—Mira lo que hicimos —corregí.
—Tengo un regalo de bodas más —dijo él—. No te lo pude dar allá porque no cabía en la caja.
Me llevó de la mano hacia una esquina del taller, donde había algo cubierto con una lona.
Quitó la lona.
Era una motocicleta. Pero no una monstruosidad como la de él.
Era una Sportster más pequeña, pintada de un azul profundo, casi negro, con detalles en plata.
En el tanque, con letras elegantes, decía: La Jefa.
—No vas a ir de paquete toda la vida, Alicia —dijo él serio—. Tienes que aprender a manejar. Tienes que sentir el manubrio. Porque tú no eres copiloto de nadie. Tú eres la capitana de tu propio destino.
Me subí a la moto. El asiento de cuero se sentía perfecto. Agarré los manubrios. Me sentí poderosa. Me sentí libre.
—Enséñame —le dije.
—Mañana empezamos las clases. Pero hoy… hoy tenemos un baile pendiente.
EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS
El sol de San Olvido sigue siendo fuerte, pero ya no quema; ahora ilumina.
Estoy sentada en la oficina del “Centro Comunitario y Escuela Técnica Los Ángeles”. A través de la ventana, veo el patio.
Ya no somos solo un refugio. Somos el corazón del pueblo.
En el taller, Mateo (que ahora es el Jefe de Taller y está estudiando ingeniería en la universidad abierta los fines de semana) le está enseñando a soldar a un grupo de cinco muchachos. Entre ellos está uno de los hijos de El Tuercas. Sí, hasta El Tuercas cambió; ahora nos hace descuento en la gasolina.
En el huerto, Doña Edna supervisa la cosecha de tomates. Sigue mandando con su bastón, aunque ahora usa una silla de ruedas eléctrica que Veneno le “tuneó” para que corriera más rápido.
Sofía se graduó de la secundaria con honores y quiere ser enfermera, inspirada por Veneno (quien, por cierto, se casó con la hija de la panadera el año pasado; quién lo hubiera dicho).
¿Y nosotros?
Jacobo entra a la oficina, sucio de grasa, con una sonrisa cansada pero feliz.
Trae a un niño en brazos. Un niño pequeño, de piel café con leche y cabello rizado negro.
Nuestro hijo. Tomás (en honor al Padre, que al final nos cayó bien).
—Este chamaco va a ser mecánico —dice Jacobo, sentando al bebé en el escritorio—. Ya sabe cómo agarrar el desarmador.
—Va a ser doctor —replico yo, limpiándole una mancha de grasa de la mejilla al bebé—. O arquitecto.
—Va a ser lo que él quiera —dice Jacobo, besándome—. Porque va a tener algo que nosotros no tuvimos al principio.
—¿Qué?
—Opciones. Y una manada que lo respalde.
Salimos al patio.
El letrero de la entrada brilla bajo el sol.
De vez en cuando, todavía pasa algún viajero perdido. Ven el lugar, ven las motos estacionadas, ven a los niños jugando y a los aprendices trabajando.
A veces paran, con miedo, pensando que es un lugar peligroso.
Y yo salgo a recibirlos.
—Bienvenidos —les digo—. Aquí no se juzga a nadie. Aquí se repara todo. Desde motores hasta corazones.
A lo lejos, se escucha el rugido de un motor en la carretera. Jacobo levanta la cabeza, como un perro de caza, reconociendo el sonido.
—Es el Calavera. Trae los suministros del mes.
Sonrío.
San Olvido ya no existe. Al menos no en nuestros corazones.
Ahora vivimos en San Esperanza.
Y todo empezó con veinte pesos, un litro de gasolina y el valor de no mirar hacia otro lado.
El amor no es solo un sentimiento bonito. El amor es gasolina. Es lo que te mueve cuando el tanque está vacío. Es lo que te hace pararte frente a un pueblo entero y decir: “Él es conmigo”.
Y mientras tenga gasolina, y mientras tenga a mi Cuervo, sé que podemos llegar a cualquier parte.
FIN