Ella creía que yo era un tonto enamorado, pero mientras ella borraba mensajes, yo borraba su nombre de mis cuentas: La brutal venganza de un esposo traicionado.

CAPÍTULO 1: El Espejismo de la Vida Perfecta 

La vida, según dicen los viejos en las cantinas del centro, no te avisa cuando te va a soltar un golpe; primero te soba la espalda, te invita un trago y te hace sentir que eres el rey del mundo. Así se sentía Arturo aquella tarde de viernes, con el sol poniente bañando de naranja los edificios de la Colonia del Valle, en la Ciudad de México.

Arturo miró a Larisa desde el marco de la puerta de la cocina. Ella estaba ahí, tarareando una canción de Luis Miguel que sonaba bajito en la bocina inteligente, mientras cortaba unos limones con esa precisión quirúrgica que la caracterizaba. La luz entraba por la ventana, iluminando su cabello castaño y haciéndola ver, a ojos de Arturo, como la misma musa que lo había cautivado hacía más de una década en los pasillos de la UNAM.

Se quedó observándola un momento, con esa sensación cálida en el pecho que te da el saber que, después de tanta friega, por fin “la hiciste”. No eran millonarios, ni de lejos, pero ya no eran esos dos estudiantes jodidos que contaban las monedas para completar un orden de tacos de canasta afuera del metro Copilco.

—¿Qué tanto me ves, gordo? —preguntó Larisa sin voltear, sintiendo la mirada de su esposo en la nuca. Su tono era juguetón, cariñoso.
—Nada, flaca. Nomás pensaba que la vida nos ha tratado bien, ¿no? —respondió Arturo, acercándose para rodearle la cintura y darle un beso en el cuello. Ella olía a su perfume de siempre, una mezcla de vainilla y algo floral que para Arturo significaba “hogar”.

La historia de Arturo y Larisa era la clásica historia de éxito de la clase media mexicana, esa que se cuenta con orgullo en las reuniones familiares. Se habían conocido en la Facultad. Él estudiaba Ingeniería Civil y ella Contaduría. Ambos venían de familias trabajadoras, de las que te enseñan que “el que no transa no avanza” es mentira, y que lo único que te saca adelante es partirte el lomo.

Arturo recordaba con nostalgia y un poco de risa aquellos primeros años. Vivían en un cuartito de azotea cerca de Ciudad Universitaria que se morían de frío en invierno y se asaban en primavera. Recordaba las noches en vela estudiando para los finales, compartiendo una maruchan porque no había para más, y prometiéndose el uno al otro que algún día saldrían de ahí.
—Un día, Lari, te voy a poner una cocina donde quepamos los dos sin chocarnos —le había prometido él una noche lluviosa, mientras intentaban arreglar una gotera con una cubeta.
—Y yo te voy a llevar de viaje donde no tengamos que contar los pesos para el boleto del camión —había respondido ella.

Y cumplieron. Vaya que cumplieron.

Fueron años de “picar piedra”. Arturo empezó su negocio de materiales de construcción con una camioneta pick-up que se caía a pedazos y dos chalanes que a veces llegaban crudos los lunes. Se comió el polvo de las obras, aguantó a arquitectos prepotentes que le regateaban hasta los centavos y se peleó con proveedores informales en los depósitos de Iztapalapa. Pero Arturo era terco como una mula. Poco a poco, “Materiales y Construcciones López” dejó de ser un sueño guajiro para convertirse en una empresa respetable, con una flotilla de tres camiones y contratos con constructoras serias.

Larisa no se quedó atrás. Entró como auxiliar contable en un corporativo monstruoso en Santa Fe, de esos edificios de cristal que se ven desde la carretera. Al principio era la clásica “Godínez” que salía a las 9 de la noche sin pago de horas extra, pero su obsesión por el detalle y su capacidad para encontrar errores que a otros se les pasaban la hicieron indispensable. Ahora era Gerente de Auditoría. Ya no viajaba en metrobus apretada como sardina; ahora manejaba su propio auto híbrido y vestía trajes sastre que costaban lo que antes gastaban en comida de un mes.

Juntos compraron el departamento. Un lugar amplio, de techos altos y pisos de madera. Lo habían remodelado con sus propias manos los fines de semana. Arturo recordaba, mientras abría una botella de vino tinto mexicano del Valle de Guadalupe, la anécdota de las repisas.

—¿Te acuerdas de cuando casi me mocho el dedo poniendo estas repisas? —dijo Arturo, señalando los estantes de madera rústica donde ahora descansaban las copas.
Larisa soltó una carcajada, dejando el cuchillo en la tabla.
—¡Cómo olvidarlo! Te sentías muy “Don Chingón” con el taladro y le pegaste a la tubería del gas. Tuvimos que llamar al plomero de emergencia a las once de la noche y nos cobró un ojo de la cara.
—Bueno, pero quedaron derechitas, ¿no? —se defendió él, sirviendo el vino.
—Sí, amor, quedaron derechitas. Después de que el plomero las arregló —bromeó ella, tomando la copa que él le ofrecía.

Ese era su ritual de los viernes. La “Noche Sagrada”. Podía caerse el mundo, podía haber crisis económica, temblores o pandemia, pero los viernes eran de ellos. Nada de celulares, nada de trabajo, nada de amigos. Solo ellos dos, una buena cena (generalmente cortes que Arturo asaba en la parrilla eléctrica de la terraza o una pasta que Larisa preparaba), y plática. Mucha plática.

Se sentaron en la terraza. La noche estaba fresca. Se escuchaba el rumor lejano del tráfico de la ciudad, ese zumbido constante que nunca duerme, pero ahí, en su refugio, todo era paz.
—¿Cómo estuvo la semana en la obra? —preguntó Larisa, subiendo los pies al regazo de Arturo.
—Pesada. El arquitecto del proyecto en Polanco se puso necio con el tipo de varilla, quiere ahorrar costos, pero le dije que yo no firmo responsivas con material chafa. Si se cae esa madre, la bronca es mía. Así que nos agarramos del chongo, pero al final entendió. ¿Y tú?
—Ay, ni me digas. Auditoría fiscal. Todo el mundo anda paranoico con el SAT. Tengo a tres juniors a mi cargo que no saben ni usar Excel, me paso el día corrigiendo sus tonterías. A veces me dan ganas de mandar todo al diablo y poner una panadería.

Rieron. Era una broma recurrente. La fantasía de escapar de la carrera de ratas y vivir una vida simple. Pero ambos sabían que amaban lo que habían construido. O al menos, eso creía Arturo.

Para él, la estabilidad era el premio mayor. Había crecido viendo a sus padres tronarse los dedos cada fin de mes, viendo cómo las deudas se comían la tranquilidad de su casa. Por eso, para Arturo, tener el refrigerador lleno, las cuentas pagadas y un seguro de gastos médicos mayores no eran cosas aburridas; eran trofeos de guerra. Eran la paz mental que nunca tuvo de niño.

Sin embargo, en esa paz, Arturo no notaba las grietas invisibles que empezaban a formarse. No veía que para Larisa, esa estabilidad, esa rutina perfecta de viernes de vino y sábados de súper, empezaba a sentirse no como un logro, sino como una jaula de oro.

Larisa dio un trago largo a su copa, sus ojos se perdieron un momento en las luces de los edificios vecinos. Hubo un silencio, no de esos cómodos que solían compartir, sino uno cargado, denso.
—Oye… —dijo ella, rompiendo el silencio con una voz que intentaba sonar casual, pero que tenía un filo extraño.
—¿Mande? —respondió Arturo, concentrado en verificar el término de la carne.
—El otro día, en el desayuno con las de la oficina, Maricarmen estaba contando que su esposo le puso un GPS en el coche. Dice que es “por seguridad”, pero todas sabemos que es porque es un celoso de lo peor. Se armó un debate en la mesa.
Arturo resopló.
—Pinche gente loca. Eso no es amor, es posesión. Pobre Maricarmen.
—Sí, eso dije yo… —Larisa giró la copa, viendo cómo el líquido rojo dejaba lágrimas en el cristal—. Pero luego, Sofía dijo que, en el fondo, que te celen un poquito se siente bien. Que significa que les importas, que tienen miedo de perderte.

Arturo dejó las pinzas de la carne y la miró, frunciendo el ceño levemente.
—Eso es una tontería, flaca. El miedo a perder a alguien se demuestra cuidándolo, no vigilándolo como si fuera un reo.
Larisa lo miró fijamente, con una intensidad que a Arturo le erizó la piel sin saber por qué.
—Arturo… ¿tú eres celoso? —soltó la pregunta de golpe.

Arturo parpadeó, sorprendido por el cambio de tono. Se echó a reír, una risa franca y abierta.
—¿Yo? ¡Por favor, Larisa! Llevamos quince años juntos, doce de casados. Si fuera celoso, ya te habrías dado cuenta. ¿A qué viene eso? ¿Tengo motivos para ponerme celoso? —bromeó, guiñándole un ojo.

Esperaba que ella riera también, que le dijera “ay, tonto” y cambiaran de tema. Pero Larisa no rió de inmediato. Se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario, como si estuviera evaluando su respuesta, o buscando algo en su cara.
—No, obvio no —dijo ella al fin, soltando una risita nerviosa que sonó como cristal rompiéndose—. Es solo que… a veces eres tan tranquilo. Tan seguro de ti mismo, de nosotros. Nunca me preguntas dónde estoy, ni con quién hablo, ni a qué hora llego. A veces… a veces parece que te da igual.

Esa frase golpeó a Arturo en el pecho. “Que te da igual”. ¿Cómo podía decirle eso? Él, que trabajaba 12 horas al día para que no les faltara nada. Él, que había aprendido a cocinar porque a ella le daba flojera. Él, que aguantaba las visitas de su suegra los domingos sin chistar.
—A ver, barájamela más despacio —dijo Arturo, bajando el tono, poniéndose serio—. ¿Me estás diciendo que porque confío en ti ciegamente, sientes que no me importas? Larisa, la confianza es lo más cabrón que se le puede dar a una persona. Si yo te celara, sería porque creo que eres capaz de fallarme. Y yo sé que tú no eres así. Nosotros no somos así.

Él se acercó y le tomó la mano.
—Tú eres mi equipo, Larisa. Yo no vigilo a mi equipo, yo respaldo a mi equipo. Si no confío en ti, ¿entonces qué diablos estamos haciendo aquí?

Larisa bajó la mirada, avergonzada, o tal vez culpable. Apretó la mano de Arturo.
—Tienes razón. Perdóname. Es que esas viejas de la oficina me llenan la cabeza de ideas taradas. Ya sabes cómo es el radio pasillo. Olvídalo.
—Olvidado está. Salud por nosotros, y por que nunca seamos como el tóxico del esposo de Maricarmen —brindó Arturo.
—Salud —murmuró ella.

Siguieron cenando. Arturo contó una historia graciosa sobre uno de sus albañiles que se había encontrado un billete de 500 pesos en una mezcla de cemento, y Larisa rió, pero Arturo notó algo. La risa no le llegaba a los ojos. Había una sombra ahí, algo nuevo, algo oscuro.

Esa noche, después de hacer el amor —un acto que se sintió mecánico, eficiente, pero falto de esa chispa eléctrica de antes—, Arturo se quedó despierto mirando el techo. Escuchaba la respiración regular de Larisa a su lado.
“¿Por qué me preguntó eso?”, pensaba. “¿Realmente cree que no me importa?”.

La duda es como una gotera. Al principio, es solo un “plip… plip” molesto que puedes ignorar. Pero si no la arreglas, esa gotita pudre la madera, humedece el muro y, cuando menos te das cuenta, el techo se te viene encima.

A la mañana siguiente, sábado, la rutina continuó. Arturo se levantó temprano para ir a correr al parque de los Venados, como siempre. Regresó con barbacoa y consomé para el desayuno.
—¡Ya llegó el desayuno! —gritó al entrar al departamento.
Nadie contestó.
Entró a la cocina. Larisa estaba sentada en la barra, con una taza de café en una mano y el celular en la otra. Estaba tan absorta en la pantalla, tecleando furiosamente con los pulgares, que no oyó la puerta. Tenía una media sonrisa en los labios, una expresión bobalicona que Arturo no le veía desde que eran novios.

—¿Buenos días? —dijo Arturo, poniendo la bolsa de la barbacoa sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.
Larisa dio un brinco en el banco, casi tirando el café. Bloqueó el teléfono de inmediato y lo puso boca abajo sobre la barra, cubriéndolo con la mano.
—¡Ay, Arturo! Me asustaste. No te oí entrar.
—Sí, ya vi. ¿Qué tanto haces? ¿Resolviendo la crisis mundial o qué? —preguntó él, tratando de sonar bromista, pero con el estómago hecho nudo.
—Nada, nada… cosas del grupo de la familia. Mi tía que manda piolines de buenos días y cadenas de oración, ya sabes —dijo ella, levantándose rápidamente para buscar platos—. Qué rico huele, ¿trajiste de “El Hidalguense”?

Arturo la observó. Conocía a Larisa mejor que a nadie. Sabía cuando mentía. Cuando mentía, le temblaba ligeramente la comisura izquierda del labio. Y justo ahora, ese labio estaba temblando. Además, Larisa odiaba el grupo de la familia; siempre lo tenía silenciado. ¿Desde cuándo sonreía contestando cadenas de oración?

—Sí, de los de siempre —respondió él, decidiendo no presionar. Todavía.
Se sentaron a desayunar. La barbacoa estaba deliciosa, la salsa borracha picaba rico, pero a Arturo la comida le supo a cartón. Durante todo el desayuno, el celular de Larisa vibró varias veces sobre la mesa. “Bzzzt… Bzzzt…”. Cada zumbido era como un golpe en la mesa.
Ella no lo revisaba, pero sus ojos se desviaban hacia el aparato cada vez.
—Reísalo si quieres, no vaya a ser una emergencia —dijo Arturo, probando el terreno.
—No, no importa. Luego veo. Ahora estamos desayunando —dijo ella, pero su pie se movía nerviosamente bajo la mesa.

Arturo sintió un frío en la nuca. Ese instinto primitivo, ese que le había servido para detectar cuando un proveedor lo quería transar o cuando una estructura estaba mal calculada, se encendió con todas sus luces rojas. La mujer que tenía enfrente, su compañera de batalla, su flaca, le estaba ocultando algo.

Y Arturo López no era un hombre que dejara las cosas a medias. Si había una grieta en su estructura, la iba a encontrar. No sabía aún que lo que estaba a punto de descubrir no era una grieta, sino un socavón que se tragaría su vida entera.

La “vida perfecta” de la Colonia del Valle, con sus viernes de vino y sus domingos de barbacoa, acababa de firmar su sentencia de muerte

CAPÍTULO 2: La Grieta en el Concreto

Esa noche, el sueño se le escapó a Arturo como agua entre los dedos. Se quedó tumbado boca arriba, mirando las sombras que las luces de la calle proyectaban en el techo de la recámara, escuchando el zumbido del refrigerador a lo lejos y, más cerca, demasiado cerca, la respiración rítmica y tranquila de Larisa.

¿Cómo podía ella dormir así? ¿Cómo podía desconectarse tan fácilmente después de haber lanzado esa pregunta venenosa durante la cena? “¿Tú eres celoso?”. La frase rebotaba en las paredes del cráneo de Arturo. No era la pregunta en sí, sino el tono. Ese tono de quien tantea el terreno, de quien revisa si la cerca está electrificada antes de intentar saltarla.

Se giró hacia ella. En la penumbra, Larisa parecía un ángel. El cabello desparramado sobre la almohada, la boca entreabierta, una mano relajada sobre la sábana. “Estás loco, Arturo”, se dijo a sí mismo, sintiéndose un imbécil. “Es tu mujer de toda la vida. La que te ayudó a cargar bultos de cemento cuando no tenías chalanes. La que te cuidó cuando te dio dengue. Deja de hacerte películas en la cabeza”.

Pero la intuición es un animal terco. Y esa noche, el animal estaba despierto y gruñendo.

La mañana del lunes llegó con una realidad gris y pesada, típica de la contaminación de la Ciudad de México. Arturo se levantó con el cuerpo adolorido, como si en lugar de dormir hubiera estado cargando vigas toda la noche. Se metió a bañar con agua helada para espabilarse, intentando lavar esa sensación pegajosa de desconfianza.

Cuando salió a la cocina, vestido con sus botas de trabajo y unos jeans desgastados, Larisa ya estaba ahí. Llevaba su traje sastre azul marino, impecable, y se estaba terminando de maquillar frente al espejo de la entrada.
—Se te hace tarde, amor —dijo ella, lanzándole un beso al aire para no arruinarse el labial—. Te dejé café en el termo.

Todo parecía normal. Demasiado normal.
—Gracias —murmuró Arturo, tomando el termo. Dudó un segundo en la puerta—. Oye, hoy voy a salir tarde de la obra en Interlomas. ¿Tú a qué hora llegas?

Larisa se tensó. Fue un movimiento casi imperceptible, un microsegundo en el que su mano se detuvo sobre el bolso antes de cerrarlo. Arturo, que llevaba años supervisando estructuras, sabía que las grietas más peligrosas son las que apenas se ven.
—No sé, tengo cierre mensual. Ya sabes cómo se pone el jefe. Igual y ceno algo por allá con las chicas. No me esperes despierto.

No lo miró a los ojos al decirlo. Se concentró en buscar las llaves del coche.
—Va. Con cuidado —dijo él.

Salió del departamento, bajó al estacionamiento y se subió a su camioneta. Arrancó el motor, pero no avanzó. Se quedó ahí, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. “Cierre mensual”, pensó. “Estamos a día 12. Los cierres son a fin de mes”.

El tráfico hacia Interlomas estaba del asco. Una fila interminable de luces rojas, cláxones y mentadas de madre. Normalmente, Arturo aprovechaba ese tiempo para hacer llamadas a proveedores o escuchar las noticias, pero hoy el radio estaba apagado. Su mente era un hervidero.

Llegó a la obra con un humor de los mil demonios. El polvo, el ruido de la revolvedora y los gritos de los albañiles, que usualmente eran su ambiente natural, hoy le taladraban la cabeza.
—¡Don Arturo! —le gritó el “Chuy”, su maestro de obras, un hombre de sesenta años con la piel curtida por el sol y un colmillo largo y retorcido—. ¡Qué bueno que llega! El arquitecto anda preguntando por las facturas del acero.

Arturo bajó de la camioneta y se ajustó el casco.
—Ahorita lo veo, Chuy. Oye… —Arturo se detuvo. No solía hablar de su vida personal con los empleados, pero el Chuy era casi familia. Había estado con él desde el inicio.
—¿Qué pasó, patrón? Lo veo medio agüitado. ¿Mala noche?
—Algo así, Chuy. Oiga, una pregunta pendeja… ¿Usted cree que cuando una mujer empieza a preguntar si uno es celoso, es por algo?

El Chuy se quitó la gorra, se rascó la cabeza llena de canas y soltó una risa seca, de esas que suenan a grava.
—Ay, patrón. Como dicen en mi pueblo: cuando el río suena, es porque agua lleva. O piedras. Mire, las mujeres son más listas que uno. Si preguntan, es porque ya midieron el terreno. O quieren que usted se ponga celoso para sentirse deseadas, o…
—¿O qué?
—O quieren ver qué tanto margen de maniobra tienen para hacer sus dagas. Pero no me haga caso, yo ya estoy viejo y mañoso. Usted tiene una buena mujer, la licenciada es a todo dar. No se me malviaje.

Arturo asintió, pero las palabras del Chuy se le quedaron clavadas. Margen de maniobra. Eso era exactamente lo que había sentido.

El día se arrastró. Entre revisar colados, pelearse por precios de varilla y supervisar acabados, Arturo intentó no mirar su celular. Pero la tentación era más fuerte. Abrió el WhatsApp. Larisa estaba “En línea”.
Eran las 11:00 AM. Se supone que debería estar en juntas.
Escribió: ¿Cómo va el día?
Vio el “escribiendo…” aparecer y desaparecer varias veces. Finalmente, llegó la respuesta, seca y cortante:
Full de chamba. Hablamos al rato.

Pero siguió en línea diez minutos más.

Arturo sintió una punzada de ira caliente en el estómago. Guardó el teléfono en el bolsillo con rabia, tanta que casi rompe la pantalla. Se obligó a trabajar. Cargó bultos que no le correspondía cargar solo para quemar la adrenalina, para cansar al cuerpo y ver si así callaba a la mente.

Al caer la tarde, decidió terminar antes. No fue a cenar, no pasó a ver amigos. Manejó directo a casa. Necesitaba verla. Necesitaba verle la cara y saber si se estaba volviendo loco o si su vida se estaba desmoronando.

Llegó al departamento a las 8:30 PM. Las luces estaban encendidas. ¿No había dicho que llegaría tarde?
Abrió la puerta con sigilo. El olor a comida casera lo recibió. Larisa estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, el celular en la mano y una copa de vino en la mesa.
Al escuchar la puerta, dio un respingo tan violento que casi tira la copa. Bloqueó el teléfono de un manotazo y lo deslizó debajo de un cojín. El movimiento fue rápido, fluido, ensayado.

—¡Arturo! —exclamó, con la voz una octava más aguda de lo normal—. ¡Llegaste temprano! Dijiste que ibas a salir tarde.
—Terminé antes —dijo él, quedándose de pie en la entrada, observándola. Sus ojos fueron directo al cojín donde ella había escondido el aparato—. ¿Y tú? ¿No tenías cena con las chicas?

Larisa se levantó, alisándose la falda con nerviosismo.
—Ah, sí… se canceló. A Maricarmen se le enfermó el niño y pues ya sabes, se desorganizó todo. Mejor me vine a descansar.
—Ya veo.

Arturo caminó hacia la cocina, pasó junto a ella y sintió la tensión irradiando de su cuerpo como calor de un radiador. Se sirvió un vaso de agua, dándole la espalda para darle tiempo de recomponerse.
—¿Y qué tal el trabajo? —preguntó él, girándose.
—Bien, bien. Pesado. Ya sabes.

En ese momento, el cojín vibró.
Un zumbido sordo, ahogado por la tela, pero inconfundible en el silencio del departamento.
Larisa se quedó congelada. Arturo miró el cojín. Luego la miró a ella.
—Te vibra el cojín, Larisa —dijo él, con un sarcasmo que no pudo contener.

Ella soltó una risa nerviosa y metió la mano para sacar el teléfono.
—Ay, sí. Debe ser el grupo de la oficina. Qué lata, de verdad, no respetan horarios.
Miró la pantalla rápidamente, sus dedos se movieron como relámpagos rechazando una llamada o borrando una notificación, y luego dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo.
—Listo. Ya. Que esperen hasta mañana.

Arturo sintió que la sangre le subía a la cabeza. Quería gritarle: ¡Enséñame el teléfono! ¡Dime quién carajos te escribe tanto!. Pero se contuvo. Si estallaba ahora, sin pruebas, ella le daría la vuelta. Le diría que es un paranoico, un celoso, justo lo que ella había “predicho” con su pregunta del viernes. Ella se haría la víctima y él quedaría como el loco.
No. Arturo era un hombre de estrategias. En la construcción, si quieres tirar un muro mal hecho, primero buscas dónde está la falla estructural.

—Oye, flaca —dijo, sentándose en el sillón frente a ella, adoptando una postura relajada que no sentía—. He notado que andas muy pegada al cel estos días. ¿Segura que todo está bien? Digo, si tienes algún bronca en la chamba o algo, sabes que me puedes decir.

Larisa lo miró, y por un segundo, Arturo vio culpa en sus ojos. Pero fue fugaz. Inmediatamente, la máscara cayó de nuevo. Esa máscara de inocencia que él tanto había amado y que ahora empezaba a odiar.
—Ay, Arturo, por favor. Ya vas a empezar con tus interrogatorios. Te dije que es trabajo. Tengo mucha presión, ¿sí? No todos tenemos tu horario de dueño de negocio, yo tengo que rendir cuentas a un corporativo.

Se puso a la defensiva. La táctica clásica. Atacar para no tener que defenderse.
—No te estoy atacando, Lari. Solo me preocupa. Antes cuando llegábamos a casa, aventábamos los teléfonos y platicábamos. Ahora parece que vives en esa pantalla.
—Pues los tiempos cambian, Arturo. Necesito estar conectada. No seas anticuado. Además, ¿qué tanto te preocupa? ¿Crees que tengo un amante o qué? —soltó ella, retándolo, usando la verdad como si fuera un chiste absurdo.

Arturo sostuvo su mirada.
—No lo sé, Larisa. Tú dime.
El aire en la sala se volvió denso, irrespirable. Larisa sostuvo la mirada un segundo, dos, tres… y luego parpadeó. Perdió el duelo. Se levantó bruscamente.
—Sabes qué, estoy muy cansada para tus tonterías. Me voy a bañar. Cenas lo que hay en el refri.

Se fue al cuarto dando taconazos. Arturo se quedó solo en la sala. Miró el teléfono de ella, que seguía en la mesa.
Era su oportunidad.
Extendió la mano. El corazón le latía en la garganta como un martillo neumático. Sus dedos rozaron el metal frío del iPhone.
Solo tenía que voltearlo. Ver las notificaciones en la pantalla bloqueada.
Lo tomó.
La pantalla se iluminó automáticamente al detectar movimiento.

3 notificaciones de WhatsApp.
El nombre estaba oculto. Solo decía “Notificación”.
Maldita sea. Antes ella tenía la previsualización activada. Lo había cambiado.
Intentó desbloquearlo.
0000. Incorrecto.
1234. Incorrecto.
La fecha de aniversario. Incorrecto.

Se le heló la sangre. Había cambiado la contraseña. Esa contraseña que había sido la misma durante seis años, la fecha en que se mudaron juntos.
Dejó el teléfono exactamente donde estaba, con las manos temblorosas.
Ya no era una sospecha. Era una confirmación.
Nadie cambia la cerradura de su puerta si no tiene algo valioso o prohibido guardado adentro.

Arturo se levantó y fue a la cocina. Abrió el refrigerador y sacó una cerveza. Se la tomó de un solo trago, sintiendo cómo el líquido frío bajaba por su garganta, pero no apagaba el incendio que tenía dentro.
Se sentía sucio. Se sentía traicionado. Pero sobre todo, se sentía estúpido.
“¿Tú eres celoso?”.
Ahora entendía la pregunta. No era curiosidad. Era una advertencia.
Ella estaba cambiando las reglas del juego y él ni siquiera sabía que la partida había empezado.

Esa noche, Arturo se acostó en el sofá.
—Me duele la espalda, voy a ver la tele un rato y me quedo aquí para no despertarte —le gritó a Larisa a través de la puerta del baño.
No hubo respuesta, solo el ruido de la regadera.

Acostado en la oscuridad, con los ojos abiertos como platos, Arturo López, el hombre que creía tener la vida resuelta, sintió cómo la primera lágrima de rabia le escurría por la sien hasta la oreja.
La imagen de su “familia perfecta” se estaba descarapelando como pintura barata en una pared húmeda.
Y ahí, en la soledad de su sala, tomó una decisión.
No iba a llorar. No iba a rogar.
Iba a observar.
Iba a convertirse en una sombra en su propia casa. Iba a esperar el error. Porque todos cometen errores. Y cuando ella lo cometiera, él iba a estar ahí para cobrar cada mentira con intereses.

La grieta en el concreto ya estaba hecha. Ahora solo faltaba ver cuánto tardaba en derrumbarse el edificio completo.

CAPÍTULO 3: El Arte de la Guerra Silenciosa

La semana siguiente al incidente del celular se sintió como caminar descalzo sobre vidrios rotos. El departamento en la Colonia del Valle, que antes era su refugio, se había convertido en una zona de guerra fría. No había gritos, no había platos rotos, pero el aire estaba tan cargado de tensión que casi se podía masticar. Era ese silencio pesado, eléctrico, que precede a los temblores fuertes.

Arturo adoptó una estrategia nueva: la del observador pasivo. Recordó algo que le había enseñado su padre, un viejo comerciante de la Central de Abastos que se las sabía de todas todas: “Mijo, cuando quieras agarrar a un ratón, no corras detrás de él con la escoba. Quédate quieto, pon el queso y espera. El hambre siempre los hace salir”.

Y Arturo esperó.

Pero la espera era una tortura. Cada mañana, veía a Larisa arreglarse con un esmero que ya no era para él. Se ponía esos perfumes caros que guardaba para ocasiones especiales, se alisaba el cabello hasta que brillaba como espejo y elegía su ropa interior… bueno, Arturo notó que la ropa interior de algodón, la cómoda de “diario”, había desaparecido de la rotación. Ahora todo eran encajes y conjuntos que combinaban.

—Te ves muy guapa hoy —le dijo un martes por la mañana, mientras ella se ponía unos aretes de plata frente al espejo.
Larisa se tensó, como si el cumplido fuera una acusación.
—Gracias. Tengo junta con los directores regionales. Hay que dar buena imagen —respondió seca, sin mirarlo.
—Claro. La imagen es todo.

Arturo se tragó la bilis. Salió hacia la obra manejando como autómata por el Periférico. El tráfico estaba detenido a la altura de San Antonio. Miles de coches, miles de historias. Se preguntó cuántos de esos conductores atrapados en el caos de las 8:00 AM estaban pasando por lo mismo. ¿Cuántos maridos cornudos iban escuchando las noticias mientras sus esposas se mensajeaban con otro? ¿Cuántas mujeres iban llorando en silencio detrás de sus gafas oscuras? La ciudad de repente le pareció un monstruo lleno de secretos sucios.

Llegó a la oficina de su constructora, un despacho pequeño pero funcional en la colonia Nápoles. Se encerró y trató de revisar los planos de una remodelación en Coyoacán, pero las líneas se le mezclaban.
Sacó su celular. Abrió la aplicación del banco.
Larisa y él tenían cuentas separadas para sus gastos personales, pero mantenían una cuenta mancomunada para los gastos de la casa y el ahorro a largo plazo. Arturo, que siempre había sido el administrador, tenía las claves de acceso de todo. Nunca se le había ocurrido revisar los movimientos con lupa, confiaba en que Larisa solo sacaba lo necesario para el súper o algún gusto.

Entró al historial.
Liverpool – $4,500. Ropa. Bien.
Superama – $2,300. Despensa. Normal.
Uber – $350. Ruta: Oficina – Polanco.
Uber – $420. Ruta: Polanco – Casa.

Arturo frunció el ceño. ¿Polanco? Larisa trabajaba en Santa Fe. Su casa estaba en la Del Valle. Polanco no estaba de paso, estaba completamente fuera de ruta, especialmente a las horas registradas: viernes, 9:30 PM.
Siguió bajando en el estado de cuenta.
Restaurante “La Única” – Polanco. $3,200.

El corazón le dio un vuelco. Esa cena había sido pagada con la tarjeta de crédito adicional que él le había dado para emergencias.
Revisó la fecha. Fue hace dos viernes.
Recordó ese día. Larisa le había dicho que se quedaría en la oficina pidiendo sushi con sus compañeras porque tenían que cerrar la auditoría trimestral.
“Pedimos sushi y nos quedamos en la sala de juntas, qué hueva”, le había escrito por WhatsApp.

Arturo sintió que le faltaba el aire. Tres mil doscientos pesos en una cena un viernes por la noche en Polanco. Eso no era sushi de oficina. Eso era una cena en forma, con vino y postre.
Y lo peor: lo había pagado con la tarjeta compartida.
¿Descuido? ¿Cinismo? O tal vez, pensó Arturo con amargura, ella estaba tan segura de que él era un imbécil que ni siquiera se molestaba en cubrir sus huellas financieras.

Imprimió el estado de cuenta. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una furia fría y calculadora. Agarró un plumón rojo y marcó el cargo.
Esa tarde, Arturo no regresó temprano a casa. Se fue a una cantina cerca de su oficina, pidió un tequila derecho y se quedó mirando la televisión sin verla. Necesitaba calmarse. Si llegaba a casa ahora y le restregaba el papel en la cara, ella inventaría algo. Diría que invitó a un cliente, que fue una comida de negocios que olvidó mencionar.
Necesitaba más. Necesitaba verla. Necesitaba que la mentira fuera tan evidente que no hubiera excusa que valiera.

Regresó a casa pasadas las 10 de la noche. Larisa ya estaba en pijama, sentada en la sala con la luz apagada, solo iluminada por el resplandor azul de su celular.
Al oír la llave en la cerradura, el resplandor desapareció. El celular fue a parar bajo su muslo en el sofá.
—Hola —dijo ella, con voz neutra.
—Hola —respondió Arturo, quitándose el saco. Olía ligeramente a tequila y tabaco, aunque él no fumaba. El olor de la cantina se le había pegado.
—Hueles a alcohol —acusó ella, arrugando la nariz.
—Me eché un trago con un proveedor. ¿Algún problema?
—No, ninguno. Solo avisa. Me tenías preocupada.

“Preocupada”, pensó él. “Si estuvieras preocupada, me hubieras llamado. No tengo ni una llamada perdida tuya”.
Se sentó en el sillón frente a ella.
—Oye, Lari. Estaba checando los gastos del mes, ya ves que hay que pagar la tarjeta la próxima semana.
Ella se puso rígida.
—Ajá. ¿Y?
—Vi un cargo medio raro en “La Única”, en Polanco. De hace dos semanas. ¿Te acuerdas? Fueron tres mil varos. Pensé que ese día te habías quedado en la oficina comiendo sushi.

Larisa palideció. Fue solo un instante, pero Arturo lo vio. Sus ojos se abrieron un milímetro más de lo normal, su respiración se detuvo. Su cerebro estaba trabajando a mil por hora buscando la salida de emergencia.
—Ah… sí… eso —tartamudeó, y luego soltó una risa nerviosa—. Ay, Arturo, qué bueno que me dices, se me olvidó por completo contarte. Resulta que al final, el jefe se puso guapo y nos invitó a cenar a todos los del equipo a Polanco para celebrar el cierre. Pero su tarjeta corporativa no pasaba, ya sabes, temas de los bancos, y me pidió que yo pagara y luego me lo reembolsan por viáticos.
—¿Ah, sí? —Arturo mantuvo la cara de póker—. ¿Y ya te lo reembolsaron? Porque no veo el depósito.
—Es que tardan, amor. Ya sabes cómo es Finanzas, son unos burócratas. Seguro cae en la quincena. No seas codo, es dinero que va a volver.

Mentira.
Arturo sabía que en su empresa, si un director invita, paga el director o se arregla con el gerente del restaurante. Ningún director de una transnacional le pide a su subordinada que pague una cuenta de tres mil pesos con su tarjeta personal por un “problema de banco”.
—Va. Solo quería saber. Se me hizo raro —dijo Arturo, levantándose—. Voy a dormir.

La dejó ahí, con el corazón seguramente latiéndole a mil. Arturo se fue a la cama, pero no cerró los ojos. Sabía que ella estaba asustada. Y cuando la gente se asusta, comete errores.
Esa noche, Larisa tardó mucho en ir a la cama. Arturo escuchó murmullos en la sala. Estaba hablando por teléfono, muy bajito.
“…casi me cacha… sí… qué le digo… no, no sospecha tanto, es solo por el dinero…”.
Arturo apretó los puños bajo la sábana hasta clavarse las uñas en las palmas.
Ya no era una sospecha. Era una conspiración. Ella y alguien más se estaban riendo de él, planeando cómo mantenerlo en la ignorancia mientras se gastaban su dinero y su dignidad.


Pasaron tres días. Era jueves.
Arturo decidió que era hora de subir la apuesta.
Esa tarde, salió de la obra a las 5:00 PM. No fue a casa. Manejó hacia Santa Fe.
El tráfico de Constituyentes era un asco, como siempre, pero Arturo sentía una claridad mental absoluta. Llegó a la zona de corporativos cuando el sol empezaba a caer, pintando los edificios de cristal de tonos naranjas y morados.
Se estacionó en una calle lateral desde donde podía ver la salida del estacionamiento del edificio de Larisa. Sabía qué coche tenía ella: un Mazda gris. Sabía sus placas de memoria.

Apagó el motor, reclinó un poco el asiento y esperó.
Se sentía como un criminal. Un acosador. “¿En qué momento me convertí en esto?”, pensó. “Soy un hombre de trabajo, carajo. Debería estar viendo el fútbol o descansando. No aquí, espiando a mi propia esposa como un detective de película barata”.
Pero la necesidad de saber, de ver con sus propios ojos, era más fuerte que la vergüenza.

A las 6:30 PM, el flujo de gente saliendo de las oficinas aumentó. Hombres de traje, mujeres en tacones, todos con cara de cansancio, todos queriendo llegar a casa.
A las 7:15 PM, vio el Mazda gris.
Salió del estacionamiento subterráneo. Arturo se enderezó.
El corazón le latía en la garganta.
Larisa iba manejando. Iba sola.
Arturo arrancó su camioneta y dejó que pasaran dos autos entre ellos antes de seguirla.
El tráfico ayudaba. En la Ciudad de México es difícil perder a alguien porque nadie avanza rápido.

Larisa no tomó el camino a casa.
En lugar de bajar hacia Reforma para ir al sur, tomó la desviación hacia Bosques de las Lomas.
Arturo la siguió a una distancia prudente. Sus manos sudaban sobre el volante.
El Mazda se detuvo frente a un restaurante italiano pequeño, muy elegante, en una plaza comercial discreta.
Larisa no se bajó de inmediato. Se quedó en el coche, revisando el espejo, retocándose el maquillaje. Arturo se estacionó tres filas atrás, en un lugar oscuro.

Cinco minutos después, llegó otro coche. Un BMW negro, serie 3.
Se estacionó justo al lado de Larisa.
Del BMW bajó un hombre. Alto, delgado, con el cabello bien peinado y esa actitud de “soy dueño del mundo” que Arturo detestaba. Vestía un saco casual y camisa desabotonada.
Arturo entrecerró los ojos. La luz de las farolas no era muy buena, pero lo reconoció.
Román.
El exnovio. El “amor de juventud”. El tipo que, según Larisa, era “historia antigua”.

Arturo sintió un golpe físico en el estómago, como si le hubieran dado un batazo. Una cosa es sospechar, otra cosa es ver el fantasma del pasado materializarse en un BMW.
Vio cómo Larisa bajaba de su auto. Llevaba un vestido que Arturo no había visto esa mañana; se había cambiado en la oficina.
Román la recibió con una sonrisa de oreja a oreja. No se dieron la mano. Román la tomó por la cintura con una familiaridad que a Arturo le revolvió las tripas, y le dio un beso en la mejilla que duró demasiado, casi rozando la boca.
Larisa se rió. Esa risa coqueta, ligera, que Arturo no escuchaba en su casa desde hacía años.

Entraron al restaurante.
Arturo se quedó en su camioneta, temblando.
Tenía dos opciones.
Opción A: Bajarse, entrar al restaurante, armar un escándalo, golpear a Román, gritarle a Larisa y terminar la noche en el Ministerio Público.
Opción B: Tragarse el orgullo, documentar todo y destruirlos fríamente.

Arturo respiró hondo. Uno, dos, tres… diez veces.
Sacó su celular. Abrió la cámara. Hizo zoom.
Tomó fotos del coche de Larisa junto al de Román. Tomó fotos de las placas del BMW.
Luego, esperó.
Sabía que no podía entrar. Si entraba, perdía la ventaja. Ella sabría que él sabía. Y Arturo quería que ella se confiara. Quería que ella creyera que seguía ganando, para que siguiera cometiendo errores hasta que él tuviera todo listo para dejarla sin nada.

Esperó dos horas.
Dos horas eternas viendo la puerta del restaurante.
A las 9:45 PM, salieron.
Caminaban despacio. Román la tenía abrazada por los hombros. Se detuvieron junto al auto de ella.
Y ahí ocurrió.
Román la giró hacia él, le tomó la cara con ambas manos y la besó.
No fue un beso de amigos. No fue un beso de despedida. Fue un beso de amantes. Hambriento, posesivo. Larisa se colgó de su cuello, correspondiendo con la misma intensidad.

Arturo sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No de tristeza, sino de pura y absoluta humillación.
Grabó el video. Diez segundos de prueba irrefutable.
“Ahí está”, pensó. “El fin de mi vida como la conocía”.
Guardó el teléfono.
Vio cómo se separaban. Román le dio una nalgada juguetona antes de que ella subiera al coche. Arturo apretó los dientes tan fuerte que creyó que se le rompería una muela.

Esperó a que ambos se fueran.
Arrancó la camioneta y manejó hacia el sur.
En el camino, el dolor dio paso a una claridad helada. Ya no había dudas. Ya no había “quizás”.
Larisa, su esposa, su compañera, estaba muerta para él. La mujer que había visto besándose con otro era una extraña, una enemiga que dormía en su cama y comía de su mesa.

Llegó a casa antes que ella. Se quitó la ropa, se puso la pijama y se metió a la cama.
Apagó la luz.
Veinte minutos después, escuchó la puerta.
Larisa entró en la recámara de puntitas. Olía a cigarro (ella no fumaba, Román sí) y a mentas para el aliento.
Se deslizó bajo las sábanas.
—¿Estás despierto? —susurró.
Arturo no se movió. Respiró lenta y profundamente, fingiendo estar dormido.
Sintió cómo ella se relajaba a su lado. Seguramente pensaba: “Qué tonto es. No se da cuenta de nada”.

Arturo abrió los ojos en la oscuridad.
“Disfrútalo, Larisa”, pensó. “Disfruta tu mentira mientras puedas. Porque te juro, por lo más sagrado, que te vas a arrepentir cada día del resto de tu vida”.

Al día siguiente, Arturo se levantó con un propósito.
Ya no era el marido dolido. Ahora era un estratega en campaña.
Desayunaron juntos.
—¿Qué tal tu noche? —preguntó él, untando mantequilla a un pan tostado con total calma.
—Bien, tranquila. Me quedé a terminar unos reportes y luego me vine directo. ¿Y tú?
—Bien. Dormí como bebé —mintió él, mirándola directamente a los ojos y sonriendo.

Larisa le devolvió la sonrisa, aliviada.
Ese fue el momento en que Arturo supo que ganaría. Ella lo subestimaba. Ella creía que él era el mismo Arturo bonachón y confiado de siempre.
No sabía que ese Arturo había muerto anoche en un estacionamiento de Bosques de las Lomas.

Esa mañana, en lugar de ir a la obra, Arturo fue al banco.
—Quiero ver mis opciones para mover fondos a una cuenta de inversión personal —le dijo al ejecutivo—. Y necesito que sea confidencial.
Luego, llamó a un abogado amigo de la familia.
—Licenciado, necesito verlo. Es sobre un divorcio. Y quiero que sea, como dicen los gringos, “scorched earth”. Tierra quemada. No quiero dejarle nada.

La maquinaria de la venganza se había puesto en marcha. Y Larisa, ocupada mandando mensajitos de “buenos días” a su amante, no escuchó el ruido de los engranajes que empezaban a triturar su futuro.

Arturo se sentó en su camioneta después de salir del banco. Miró el video en su celular una vez más.
Lo vio besándola. Vio la mano de Román en la cintura de su esposa.
Borró una lágrima solitaria que se le escapó.
—Se acabó el luto —dijo en voz alta, para sí mismo—. Ahora empieza la cacería.

Encendió el motor y puso música. Una canción de banda sinaloense sonó en la radio, hablando de traición y despecho. Arturo le subió al volumen.
Por primera vez en semanas, se sintió fuerte.
Tenía el control. Tenía la verdad. Y pronto, tendría su libertad.

El fin de semana se acercaba, y con él, el plan maestro de Arturo comenzaba a tomar forma. Iba a ser una obra de arte. Una demolición controlada. Y él iba a ser el ingeniero que apretara el botón, mirando todo caer desde la primera fila.

CAPÍTULO 4: La Arquitectura del Despojo

Los días siguientes al descubrimiento en el estacionamiento de Bosques de las Lomas, Arturo se movió por la vida con la precisión mecánica de una máquina de demolición. Por fuera, seguía siendo el mismo Arturo de siempre: el ingeniero trabajador, el esposo un poco distraído, el hombre que llegaba a casa con el periódico bajo el brazo y ganas de cenar. Pero por dentro, sus engranajes giraban en sentido contrario. Ya no construía cimientos para un futuro compartido; estaba desmantelando la estructura ladrillo a ladrillo, asegurándose de que, cuando todo colapsara, él fuera el único que quedara de pie.

La primera parada de su “gira de despedida” no fue un bar, ni la casa de su madre para llorar, sino un edificio de oficinas discreto en la colonia Del Valle, donde despachaba Roberto “El Beto” Salinas, su amigo de la infancia y, más importante aún, un tiburón de las finanzas y los vericuetos fiscales mexicanos.

Arturo llegó a la cita con una carpeta bajo el brazo y ojeras de tres días.
—¡Arturo! ¡Milagro que te dejas ver, cabrón! —lo saludó Beto, dándole un abrazo palmeario—. ¿A qué debo el honor? ¿Vas a ampliar la empresa? ¿Quieres invertir en bitcoins como los chavos?

Arturo se sentó, rechazó el café que le ofrecía la secretaria y puso la carpeta sobre el escritorio de caoba.
—Cierra la puerta, Beto. Y dile a Lupita que no nos pase llamadas.
Beto notó el tono. La sonrisa se le borró de inmediato. Hizo una seña a su secretaria, cerró la puerta con seguro y se sentó frente a su amigo, entrelazando los dedos.
—¿Qué pasó? ¿Te metiste en broncas con el SAT? ¿Alguna demanda de obra?

Arturo negó con la cabeza y soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde hacía una semana.
—Larisa me está poniendo el cuerno.
El silencio en la oficina fue sepulcral. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
—No mames, Arturo… —susurró Beto, con los ojos abiertos como platos—. ¿Larisa? Pero si son la pareja del año. ¿Estás seguro? Mira que a veces uno se hace ideas…
—La vi, Beto. La vi besándose con su exnovio, ese tal Román, afuera de un restaurante. Tengo fotos, tengo videos, tengo los estados de cuenta donde paga cenas de tres mil pesos en Polanco mientras me dice que está tragando sushi en la oficina. No son ideas. Me está viendo la cara de pendejo en mi propia casa.

Beto se recargó en su silla, procesando la información. Conocía a Larisa. Habían ido a las bodas, a los bautizos. La traición le dolía incluso a él por extensión.
—Lo siento mucho, hermano. De verdad. ¿Qué vas a hacer? ¿La vas a confrontar?

Arturo se inclinó hacia adelante, y sus ojos brillaron con una luz dura, metálica.
—No. Todavía no. Si la confronto ahorita, se va a armar el drama. Ella va a llorar, va a decir que fue un error, o peor, se va a poner a la defensiva y va a querer pelear por los bienes. Estamos casados por bienes mancomunados, Beto. La mitad de mi constructora, la mitad de los camiones, la mitad de mis ahorros de toda la vida… todo es “nuestro”. Si me divorcio hoy, ella se lleva la mitad de mi esfuerzo para gastárselo con el imbécil ese en Tulum. Y eso, Beto, eso no va a pasar.

Abrió la carpeta. Adentro había estados de cuenta, escrituras, pólizas de seguros.
—Quiero blindarme. Quiero sacar hasta el último centavo que no sea estrictamente necesario para la operación diaria. Quiero que, cuando le ponga los papeles del divorcio en la mesa, la cuenta mancomunada tenga lo justo para que no se muera de hambre, y mi patrimonio esté intocable. ¿Se puede?

Beto revisó los papeles, asintiendo lentamente mientras su cerebro de financiero empezaba a trazar rutas.
—Se puede, pero hay que hacerlo con cirugía fina, Arturo. Si sacas todo de golpe, el juez lo va a ver como “fraude a la sociedad conyugal”. Tenemos que justificar los movimientos.
—Justifícalos como quieras. Compra de maquinaria, inversión en futuros, fideicomisos para la educación de sobrinos inexistentes… tú eres el mago. Yo solo firmo.

Pasaron las siguientes tres horas diseñando la estrategia. Decidieron crear un fideicomiso privado a nombre de una sociedad anónima donde Arturo no figuraba como socio mayoritario en papel, pero tenía el control total. Moverían los ahorros fuertes bajo el concepto de “reserva para contingencias de obra” y “adquisición de activos a largo plazo”.
—Va a dolerle en los impuestos, pero vas a salvar el capital —dijo Beto, tecleando furiosamente en su laptop—. Y con la casa…
—La casa se vende —interrumpió Arturo—. Esa no la quiero. Está manchada. Que se venda, pagamos la hipoteca y nos repartimos lo que sobre. Pero mis cuentas personales y la empresa… eso no lo toca.

Al salir de la oficina de Beto, Arturo sintió que le habían quitado diez kilos de encima. Ya no era una víctima pasiva. Ahora tenía un plan. Y cada día que Larisa pasaba mintiéndole, le daba a él un día más para mover el dinero a lugar seguro.

Regresó a casa esa tarde con una pizza y una sonrisa ensayada.
—¡Llegó la cena! —anunció.
Larisa salió de la recámara. Llevaba el celular en la mano, como siempre, pero al verlo sonreír, se relajó visiblemente.
—Ay, qué rico, moría de hambre. Oye… te ves de mejor humor hoy.
—Sí, fíjate que cerramos un contrato bueno para unos departamentos en la Narvarte. Va a ser mucha chamba, voy a tener que invertirle lana a la maquinaria y voy a estar saliendo tarde, pero va a valer la pena.

Larisa sonrió, y Arturo vio el brillo de la oportunidad en sus ojos.
—¡Qué bueno, amor! Felicidades. Si tienes que trabajar más, no te preocupes por mí. Yo también ando con mil cosas en la oficina.
“Claro”, pensó Arturo. “Te acabo de dar la excusa perfecta para tus revolcones: el marido va a estar ocupado y gastado”.
—De hecho —continuó Arturo, sirviendo refresco en vasos de vidrio—, voy a tener que mover una lana fuerte de la cuenta de ahorros para dar el enganche de una retroexcavadora. Es un gasto fuerte, pero necesario.
—Sí, sí, tú eres el experto. Lo que sea mejor para el negocio —respondió ella, sin siquiera preguntar cuánto ni cuándo. Estaba tan aliviada de que él no sospechara nada, que le estaba dando carta blanca para desfalcar su propio patrimonio conyugal.

La Trampa Tecnológica

Unos días después, Arturo decidió que necesitaba ojos donde no podía estar. La incertidumbre de los detalles lo estaba carcomiendo. Sabía el “quién” y el “dónde”, pero necesitaba saber el “cuándo” con exactitud para no dar pasos en falso.

Llegó a casa con cara de preocupación, fingiendo leer noticias en su celular.
—No manches, está cañón la cosa —dijo, sentándose en el sofá junto a ella.
—¿Qué pasó? —preguntó Larisa, levantando la vista de su revista.
—Secuestraron a la esposa de un conocido de la obra. Ahí por Perisur. Un secuestro exprés, le vaciaron las tarjetas y la trajeron paseando tres horas. Está bien, pero el susto nadie se lo quita.

Larisa se estremeció. La inseguridad en México era el monstruo debajo de la cama de todos, una realidad que no necesitaba mucha actuación para ser creíble.
—Ay no, qué horror. Pobre mujer.
—Sí. Me quedé pensando… tú andas mucho en la calle, sales tarde de Santa Fe, vas a ver clientes… Me daría mucha paz si instalamos una de esas apps de seguridad familiar. Ya sabes, Life360 o algo así. Solo por si acaso. Para saber que llegaste bien si no contestas el teléfono.

Larisa dudó. Arturo vio el engranaje girar en su cabeza. Si decía que no, parecería sospechoso. Si decía que sí, él podría rastrearla.
—Ay, amor, no sé… se me hace medio invasivo, ¿no? Como que me vas a estar vigilando.
—Nombre, ¿cómo crees? —Arturo soltó una risa ligera—. Yo ni tiempo tengo de ver el cel con la obra nueva. Es solo para emergencias. Mira, yo también me la pongo. Así, si me pasa algo en una obra o me asaltan, tú sabes dónde estoy. Es por seguridad, flaca. No quiero estar con el Jesús en la boca cada vez que sales tarde.

La culpa y el miedo jugaron a favor de Arturo. Además, ella pensó: “Puedo apagar el GPS o dejar el celular en la oficina cuando me escape”.
—Bueno, está bien. Tienes razón, está muy feo todo afuera.
Instalaron la aplicación. Arturo vio cómo su punto azul y el de ella aparecían en el mapa de la Ciudad de México.
—Listo. Así dormimos tranquilos —dijo él, dándole un beso en la frente.

Lo que Larisa no sabía era que Arturo había comprado un segundo dispositivo: un pequeño localizador GPS magnético, del tamaño de una caja de cerillos, que venden para flotillas de camiones. Esa misma madrugada, mientras ella dormía profundamente, Arturo bajó al estacionamiento, se deslizó bajo el Mazda gris y adhirió el dispositivo en el chasis, oculto cerca de la llanta de refacción.
Ahora tenía dos rastreadores. Uno que ella podía manipular (el celular) y otro que decía la verdad absoluta. Si los puntos discrepaban, bingo.

El Fin de Semana de la Mentira

El viernes llegó con una propuesta que a Arturo casi le provoca náuseas, pero que tuvo que aplaudir como si fuera la mejor noticia del mundo.
—Oye, Arturo… —empezó Larisa durante el desayuno, untando mermelada con demasiada concentración—. En la empresa van a hacer un “Team Building”. Un retiro de fin de semana en Valle de Bravo. Es obligatorio para los gerentes. Salimos hoy en la tarde y regresamos el domingo. Qué flojera, ¿no? Pero bueno, es chamba.

Arturo bebió su café para esconder la mueca de asco. “Team Building” en Valle de Bravo. El código universal para “fin de semana de sexo salvaje con el amante en una cabaña con jacuzzi”.
—Uy, qué mala onda que te hagan ir en fin de semana —dijo él, con voz compasiva—. Pero bueno, Valle está bonito. Igual y te sirve para relajarte un poco del estrés. ¿Vas con las de siempre?
—Sí, sí, con Maricarmen, Sofía y todo el equipo. Nos vamos a ir en camionetas de la empresa.

Mentira.
—Ah, va. Pues diviértete. Yo voy a aprovechar para adelantar cosas aquí en la casa y ver el partido del América con mis compadres.
—¡Ay, qué bueno! Así no te aburres solo —dijo ella, visiblemente aliviada de que él tuviera planes y no estuviera marcándole cada cinco minutos.

Arturo la ayudó a hacer la maleta. Fue un acto de masoquismo puro. La veía doblar esa lencería fina que él ya no tocaba, empacar un traje de baño nuevo que supuestamente era para la alberca del hotel corporativo.
—¿Llevas bloqueador? El sol de Valle pega duro —le recordó él, servicial.
—Sí, aquí va. Gracias, gordo.

Cuando ella se fue, arrastrando su maleta hacia el elevador, le dio un beso rápido en los labios.
—Te porto bien, eh. Me mandas fotos —dijo él.
—Sí, te escribo en cuanto llegue. Te amo.

La puerta se cerró.
“Te amo”.
Esas dos palabras resonaron en el pasillo vacío como un eco burlón. Arturo se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo la ira fría se convertía en una determinación de acero.
—Y yo a ti te voy a destruir —murmuró.

Corrió a la ventana. Vio salir el Mazda.
Abrió la laptop y activó el rastreador del coche.
El punto azul se movió por Insurgentes, pero no tomó la salida a la carretera a Toluca (camino a Valle de Bravo).
En su lugar, el coche se dirigió hacia la salida a Cuernavaca.
Arturo sonrió con amargura.
—Cuernavaca. Claro. La ciudad de la eterna primavera… y de los eternos infieles.

Siguió el punto en la pantalla durante una hora. El coche se detuvo en una casa privada en el fraccionamiento Las Brisas. Un lugar caro, exclusivo, discreto. Seguramente una casa rentada por Airbnb o propiedad de la familia de Román.
Arturo hizo zoom en el mapa. Tomó capturas de pantalla de la ubicación exacta. Cruzó la información con el celular de Larisa.
El celular de Larisa (Life360) marcaba que estaba “Sin señal” o aparecía congelado en un punto intermedio de la carretera a Toluca. Había usado una app para falsear la ubicación o simplemente había apagado los datos de esa aplicación específica. Muy lista. Pero no lo suficiente.

Arturo pasó ese fin de semana solo en el departamento, pero no estuvo ocioso.
Convirtió la sala en su centro de operaciones.
Mientras Larisa vivía su fantasía romántica bajo el sol de Morelos, Arturo desmantelaba su vida financiera.
Desde su laptop, hizo las transferencias grandes que había planeado con Beto.
Transferencia a “Inmobiliaria del Sur S.A. de C.V.” (su empresa fantasma): $450,000 MXN. Concepto: Compra de Materiales.
Transferencia a “Fideicomiso Educativo”: $200,000 MXN.
Vació la cuenta de ahorros mancomunada hasta dejarla con 15,000 pesos. Lo suficiente para que no rebotaran los pagos automáticos de la luz y el internet, pero nada más.

Si Larisa intentaba pagar algo grande este fin de semana, la tarjeta pasaría porque era de crédito, pero el efectivo… el efectivo ya no estaba.
Arturo se sentó en el balcón con una cerveza el sábado por la noche. Miró la ciudad iluminada. Se sentía extraño. Debería estar devastado. Debería estar llorando borracho. Pero la acción le daba poder. Cada peso que salvaba era una pequeña victoria. Cada mentira que detectaba era munición para el juicio final.

El domingo por la tarde, Larisa regresó.
Venía bronceada, con el cabello un poco más claro por el sol y una sonrisa relajada que intentó ocultar en cuanto entró al departamento.
—¡Hola! ¡Qué cansancio! —exclamó, dejando la maleta en la entrada—. El seminario estuvo pesadísimo, puras conferencias aburridas.
—Pobrecita —dijo Arturo, desde el sofá, sin dejar de ver el fútbol—. ¿Pero comiste rico al menos?
—Ay, equis. La comida del hotel estaba fatal. Extrañé tus asados.

Arturo la miró. Vio la marca del bikini bajo la blusa ligera. Vio un pequeño moretón, un “chupetón” mal disimulado con maquillaje en la base del cuello.
Sintió asco. Un asco físico, visceral.
—Pues qué bueno que ya estás aquí. Oye, por cierto… —dijo Arturo, como quien no quiere la cosa—. Me llamó el contador ayer. Dice que hubo un tema con el sistema del banco y que igual y rebotan algunas transferencias. No te asustes si ves la cuenta de ahorros medio vacía, es un error del sistema que están arreglando. Ya ves cómo son los bancos en fin de semana.

Larisa se congeló un instante.
—¿Ah sí? ¿Pero las tarjetas funcionan?
—Sí, las tarjetas sí. Solo es el saldo a la vista. Mañana lunes voy a ir a gritarles para que lo arreglen.
—Ah, bueno. Mientras no nos dejen sin dinero… —dijo ella, restándole importancia. Claro, ella tenía a Román y su BMW. El dinero de Arturo ya no era su prioridad inmediata, era su red de seguridad. Y acababa de perderla sin saberlo.

—Voy a bañarme, quiero quitarme la vibra de oficina —dijo ella, caminando al baño.
Arturo esperó a oír la regadera. Se levantó, fue a su bolsa, sacó su celular (que ella había dejado confiada, creyendo que él no sabía la contraseña).
Pero Arturo había estado observando.
Había visto cómo ella desbloqueaba el teléfono el jueves por la noche. Había visto el patrón. Una “L” invertida. Simple. Estúpido.
Tomó el teléfono. Trazó la “L”.
Desbloqueado.

Sus manos volaron a la galería de fotos.
Ahí estaban.
No había fotos de conferencias. No había fotos de “Team Building”.
Había fotos de una alberca infinita. Fotos de dos copas de champagne brindando frente al atardecer. Selfies de ella y Román en la cama, envueltos en sábanas blancas, riendo.
Y un video.
Un video corto, de 15 segundos. Ella bailando en bikini en la terraza de la casa de Cuernavaca, mientras Román la grababa y le decía: “Muévete así, mi amor, así me gustas, libre”.

Arturo se envió todo a su propio correo. Fotos, videos, capturas de chats de WhatsApp donde ella se burlaba de él.
“El tonto de mi marido se tragó lo del seminario jaja”, leía en un mensaje a Román.
“Ya quiero que lo dejes, nena. Ya vente conmigo bien”, respondía Román.
“Paciencia, amor. Deja que cobre el bono de fin de año y vemos cómo lo dejamos sin hacer tanto ruido”.

Arturo sintió que el pecho se le abría. Ella no solo lo engañaba. Planeaba dejarlo después de exprimirlo un poco más.
Borró el rastro del envío en el celular de ella. Lo dejó en la bolsa exactamente como estaba.

Cuando Larisa salió del baño, envuelta en una toalla y oliendo a jabón de lavanda, Arturo estaba en la cocina, picando cebolla para unos huevos a la mexicana.
—¿Todo bien, amor? —preguntó ella.
Arturo se giró. Tenía los ojos rojos y llorosos.
—Sí —dijo, levantando el cuchillo y la cebolla—. Es la cebolla. Pica un chingo.

Larisa sonrió, pensando que tenía al marido más inofensivo del mundo.
Arturo volvió a picar la cebolla con golpes secos y rítmicos contra la tabla.
Toc. Toc. Toc.
Cada golpe era un segundo menos que le quedaba a Larisa en esa casa.
La evidencia estaba asegurada. El dinero estaba a salvo.
La trampa estaba lista para cerrarse.

Solo faltaba el golpe final. El momento en que la echaría de su vida para siempre. Y Arturo decidió que no sería una discusión privada. No. La humillación tenía que ser pública. Tenía que doler tanto como le había dolido a él leer ese “jaja” en el chat.
Se limpió las lágrimas de “cebolla” con el dorso de la mano.
—Oye, flaca —dijo, con voz tranquila—. Estaba pensando… ya casi es mi cumpleaños. ¿Por qué no hacemos una cena aquí? Algo íntimo, pero con la familia. Tus papás, mis papás.
Larisa, secándose el cabello, asintió.
—Me parece perfecto, amor. Yo me encargo de todo.
—Sí —pensó Arturo—. Tú te encargas de cavar tu tumba, yo me encargo de empujarte.

El escenario estaba montado para el último acto.

CAPÍTULO 5: La Danza de las Máscaras

Vivir con una mentira es como vivir con un cadáver escondido debajo de la alfombra de la sala. Al principio, el miedo es que alguien tropiece con él y lo vea. Pero después, lo que te vuelve loco es el olor. Un olor dulzón, rancio y constante que impregna las cortinas, la ropa, la comida. Para Arturo, ese cadáver era la infidelidad de Larisa, y el hedor de su traición llenaba cada rincón del departamento de la Colonia del Valle.

Las semanas que siguieron al descubrimiento en Cuernavaca fueron una clase magistral de autocontrol. Arturo se levantaba cada mañana junto a la mujer que le había jurado amor eterno, sentía el calor de su cuerpo bajo el edredón, escuchaba su respiración tranquila, y tenía que reprimir el impulso visceral de sacudirla, de gritarle, de escupirle la verdad en la cara.

Pero no. El plan era sagrado. “Cabeza fría, corazón de piedra”, se repetía como un mantra mientras se lavaba los dientes frente al espejo, viendo cómo las ojeras se le marcaban cada vez más.

La Rutina del Engaño

La dinámica en casa se había vuelto un teatro del absurdo. Larisa, confiada en que su marido era un pobre diablo ciego y trabajador, se había vuelto descuidada. O quizás, simplemente arrogante.

—Amor, hoy tampoco llego a cenar —dijo ella un martes, mientras se ponía unos zapatos de tacón que Arturo sabía que costaban lo que ganaba un albañil en un mes—. Tengo una revisión con los auditores externos y ya sabes, quieren cenar y platicar.
Arturo, sentado en la mesa con su café negro, asintió sin levantar la vista del periódico.
—Dale, no te preocupes. Yo me hago unas quesadillas. ¿Te diviertes, va?
—No es diversión, Arturo, es trabajo —respondió ella con un tono de indignación ensayada, tomando su bolso de marca.

Arturo esperó a que la puerta se cerrara. Contó hasta diez. Se levantó, fue a la ventana y la vio subir al Uber. No iba a ninguna auditoría. El rastreador GPS que le había pegado al chasis del Mazda (que hoy había decidido dejar para no manejar en el tráfico) le indicaba que el coche seguía en el estacionamiento, pero la ubicación de su celular en tiempo real —que había logrado clonar gracias a un software que Beto le recomendó— marcaba una ruta directa hacia un hotel boutique en la Condesa.

Arturo regresó a la mesa. El café le supo a ceniza.
Esa noche, mientras ella se revolcaba con Román en sábanas de hilo egipcio, Arturo se sentó en la sala a oscuras. No encendió la tele. No puso música. Simplemente se sentó a sentir el silencio de su casa vacía.
Miró las paredes que habían pintado juntos. Los cuadros que habían elegido en bazares de Coyoacán. El sofá donde habían visto maratones de series abrazados.
Todo eso ya no era su hogar. Era un escenario. Y la obra estaba a punto de ser cancelada.

El Abogado del Diablo

A mitad de semana, Arturo tuvo la cita definitiva con el Licenciado Morales, un abogado de lo familiar con fama de ser un perro de pelea en los juzgados de la Ciudad de México. Morales tenía su despacho en un edificio viejo del Centro Histórico, de esos con elevadores de reja y olor a papel antiguo y tabaco.

—Pásale, Arturo, siéntate —dijo Morales, un hombre calvo, de lentes gruesos y tirantes, que parecía sacado de una película de los años 50—. Beto ya me puso al tanto de la situación. Me dice que quieres sangre.
—No quiero sangre, Licenciado. Quiero justicia. Y quiero que ella se vaya con lo que traía puesto cuando llegó: nada.

Morales revisó la carpeta que Arturo había preparado. Fotos, capturas de pantalla, estados de cuenta, el reporte del investigador privado (que Arturo contrató solo para certificar legalmente lo que él ya sabía).
El abogado silbó, impresionado.
—Cabrón… hiciste la tarea completa. Con esto tenemos para empapelarla por adulterio, daño moral y lo que se nos ocurra. En la Ciudad de México el adulterio ya no es delito penal como antes, y el divorcio es “incausado” (no necesitas probar nada para divorciarte), PERO… —Morales levantó un dedo índice manchado de tinta— estas pruebas son oro molido para la negociación de bienes y, sobre todo, para cerrarle la boca si intenta ponerse brava.

—¿A qué se refiere?
—Mira, Arturo. La ley dice que los bienes se reparten al 50% si están en sociedad conyugal. Pero… si demostramos que ella gastó dinero de la sociedad conyugal en su amante (las cenas, los viajes, los hoteles), eso se llama “distracción de caudales”. Podemos exigir que ella reembolse ese dinero a la masa común antes de repartir. O sea, le descontamos sus parrandas de su parte.
Arturo sonrió por primera vez en días. Una sonrisa fría.
—Me gusta cómo suena eso.
—Y lo más importante —continuó Morales—, es la presión social. Si ella sabe que estas fotos pueden llegar a manos de sus papás, de sus jefes en ese corporativo tan “fifi” donde trabaja… te va a firmar lo que sea con tal de que guardes el secreto. El miedo a la vergüenza, mi amigo, es más poderoso que el miedo a la pobreza.

Redactaron el convenio. Arturo se quedaría con la empresa (que ya había blindado), los vehículos de trabajo y el 80% de los ahorros (recuperando lo que ella había gastado y más). El departamento se vendería para pagar deudas y lo que sobrara, si sobraba algo, se dividiría.
—Ten los papeles listos para el sábado —dijo Arturo—. Es mi cumpleaños.
—¿Se los vas a dar en tu cumpleaños? —preguntó Morales, arqueando una ceja.
—Es el único regalo que quiero.

La Prueba de Fuego

El jueves, la tensión en casa subió de nivel. Larisa llegó temprano, extrañamente, y de un humor de perros. Aventó el bolso en el sofá y se quitó los zapatos con furia.
—¿Qué pasó? —preguntó Arturo, que estaba “trabajando” en la laptop (en realidad, monitoreando las cuentas bancarias).
—¡Román es un imbécil! —gritó ella, y se tapó la boca al instante.
El silencio cayó como una guillotina.
Arturo levantó la vista, despacio. El corazón le martilleaba, pero mantuvo la cara inexpresiva.
—¿Román? ¿Tu ex? ¿Qué tiene que ver él?

Larisa se puso pálida. Sus ojos buscaron una excusa en el aire, en el techo, en el suelo.
—No… o sea… Román… un cliente. Se llama Román. Un proveedor. Me tiene harta. Es un inútil.
Arturo la miró fijamente. Podía ver los engranajes de su cerebro patinando, tratando de corregir el error.
—Ah, un cliente. Qué coincidencia. Pensé que hablabas del otro Román.
—¡Ay, no! ¿Cómo crees? Ese tipo ya ni figura en mi vida —dijo ella, con una risa nerviosa, agitando la mano como espantando una mosca—. Es este proveedor de papelería, un idiota. Me hizo quedar mal con el jefe. Necesito una copa de vino.

Fue a la cocina. Arturo la escuchó descorchar la botella con manos temblorosas.
Había tenido una pelea con el amante. “Problemas en el paraíso”, pensó Arturo. Seguramente Román se estaba cansando de esconderse, o Larisa le estaba exigiendo más tiempo, o simplemente eran dos personas egoístas chocando sus egos.
Larisa regresó con la copa llena hasta el borde. Se sentó junto a Arturo, demasiado cerca. Olía a estrés y a vino barato.
—Oye, gordo… —empezó, suavizando la voz—. Perdón si ando de malas. Es que la chamba me tiene loca. Necesito vacaciones. ¿Te acuerdas que dijimos de ir a Tulum?
Arturo sintió una náusea repentina. ¿Tenía el descaro de pedirle vacaciones a él, justo después de pelearse con el amante? Quería que Arturo pagara el viaje para consolarse de los desprecios del otro.
—Tulum suena bien —dijo Arturo, tecleando algo en la compu—. Pero ahorita no hay lana, flaca. Ya ves que invertí todo en la maquinaria. Estamos tablas.

La cara de Larisa se transformó. De la seducción pasó a la frustración en un segundo.
—¿Cómo que no hay lana? Arturo, trabajas todo el día. ¿Para qué te matas tanto si nunca podemos disfrutar nada? ¡Me tienes harta con tu “austeridad”! Mis amigas se van a Europa, cambian de coche cada año, y nosotros aquí, contando centavos para una maquinaria estúpida.
Ahí estaba. La verdadera Larisa. La que se sentía merecedora de todo sin dar nada a cambio.
Arturo cerró la laptop despacio.
—Esa maquinaria estúpida paga este departamento, Larisa. Paga tus tarjetas, tu coche híbrido y tus vinos. Si quieres Europa, pues ahorra de tu sueldo, ¿no? Eres gerente, te debe ir bien.

Larisa se levantó de un salto, ofendida.
—¡Eres un codo! ¡Un mediocre! ¡Por eso a veces siento que me asfixio aquí!
Se fue al cuarto azotando la puerta.
Arturo se quedó en la sala. No estaba enojado por los insultos. Al contrario, se sentía aliviado.
—Sácalo todo, Larisa —murmuró—. Grita, patalea. Hazlo más fácil. Mientras más me odies hoy, menos te va a doler cuando te mande a la calle el sábado. Ah, no… espera. Te va a doler más.

La Visita de la Suegra

El viernes, un día antes del “Gran Día”, la madre de Arturo, Doña Carmen, fue a visitarlos. Era una señora de campo, sabia, de esas que te ven a los ojos y saben si comiste bien o si traes penas en el alma.
Llegó con tuppers de mole y arroz.
—Mijo, te veo muy flaco —le dijo, pellizcándole el cachete—. ¿Esta mujer no te da de comer?
—Larisa trabaja mucho, mamá. Casi no cocinamos.
En ese momento, Larisa salió de la recámara. Había estado evitando a su suegra últimamente, pero no podía ser grosera.
—¡Hola, suegrita! Qué milagro —dijo, dándole un beso al aire, sin tocarla realmente.

Doña Carmen la escaneó de arriba a abajo. Las madres tienen un radar especial para las nueras, y Doña Carmen nunca había confiado del todo en la “sonrisa de comercial” de Larisa.
—Hola, hija. Aquí, trayéndole comida a mi muchacho, que se me está desapareciendo.
—Ay, suegra, es que Arturo se obsesiona con la dieta y el trabajo. Yo le digo que se cuide, pero es necio.
Arturo vio cómo Larisa mentía con una naturalidad espantosa frente a su madre.
Se sentaron a comer el mole.
—¿Y qué van a hacer mañana para el cumpleaños? —preguntó Doña Carmen.
—Una cenita aquí, tranquila —dijo Arturo—. Van a venir mis suegros también, y un par de amigos. Quiero que estemos todos.
—Qué bueno, mijo. La familia es lo primero —dijo Doña Carmen, pero se quedó mirando a Larisa, que estaba texteando bajo la mesa—. Hija, deja ese aparato un ratito, ¿no? Estás comiendo con la gente.

Larisa rodó los ojos, guardó el celular y forzó una sonrisa.
—Perdón, suegra. Es el trabajo.
Cuando Doña Carmen se fue, abrazó a Arturo en la puerta y le susurró:
—Ten cuidado, mijo. Esa mujer tiene la mirada muy inquieta. No me gusta.
—Ya lo sé, mamá. No te preocupes. Mañana se arregla todo.
Doña Carmen no entendió, pero le dio la bendición y se fue. Arturo sintió un nudo en la garganta. Mañana, su madre vería colapsar el matrimonio de su hijo. Le dolería, sí, pero era mejor que ella supiera la verdad a que viviera engañada.

La Víspera

La noche del viernes fue la más larga de la vida de Arturo.
Larisa salió “a comprar cosas para la cena” a las 6 de la tarde. Regresó a las 10. Cuatro horas para comprar servilletas y vino.
Llegó oliendo a jabón de hotel y con el cabello húmedo.
—Había un tráfico horrible en el súper, no te imaginas —dijo, pasando de largo hacia el baño.
Arturo ni siquiera contestó. Estaba sentado en el comedor, acomodando unos papeles en un sobre manila amarillo.
—¿Qué haces? —preguntó ella desde el pasillo.
—Organizando papeles. Facturas, recibos… ya sabes. Limpieza de fin de año adelantada.
—Ah, qué aburrido eres. Ya vente a dormir.

Arturo apagó la luz de la sala.
Se metió en la cama. Larisa ya estaba dormida, o fingía estarlo.
Arturo miró el reloj digital en la mesita de noche. 11:59 PM.
Cambió a 12:00 AM.
—Feliz cumpleaños a mí —susurró en la oscuridad.

Repasó el plan mentalmente por enésima vez.

  1. La cena a las 8:00 PM.
  2. Llegada de los invitados: sus papás, los papás de Larisa (Don Gregorio y Doña Estela, gente decente que adoraba a Arturo), y Beto con su esposa.
  3. Cena tranquila, copas, anécdotas. Dejar que Larisa actúe su papel de esposa perfecta.
  4. El brindis.
  5. El sobre.

Era cruel. Sí, era increíblemente cruel hacerlo frente a sus padres. Pero Arturo necesitaba testigos. Necesitaba que los padres de ella vieran las pruebas antes de que Larisa pudiera inventar una historia donde Arturo fuera el monstruo golpeador o el abusador psicológico. Necesitaba neutralizar su narrativa desde el minuto uno.
Don Gregorio era un hombre de honor, un militar retirado. Si veía a su hija engañando a su marido de esa manera, la vergüenza sería absoluta. Y eso era lo que Arturo buscaba: la aniquilación moral de su enemiga.

Se giró en la cama dándole la espalda a Larisa.
Sintió una extraña paz. La paz del soldado que sabe que, al amanecer, se acaba la trinchera y empieza el ataque frontal. Ya no había vuelta atrás. Ya no había miedo. Solo quedaba la ejecución.

—Disfruta tu última noche en esta cama, Larisa —pensó Arturo mientras cerraba los ojos—. Mañana vas a dormir en la realidad

CAPÍTULO 6: El Juicio Final

El sábado amaneció con un cielo despejado, de ese azul intenso y engañoso que a veces regala la Ciudad de México, como si el clima mismo quisiera burlarse de la tormenta que estaba por desatarse dentro del departamento 402.

Arturo abrió los ojos. 35 años. Hoy cumplía 35 años. Se suponía que era la mitad del camino, el punto de madurez, el momento de disfrutar lo cosechado. En cambio, se sentía como si estuviera a punto de prenderle fuego a su propia cosecha para que la plaga no se la comiera.

—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —cantó Larisa, entrando a la habitación con una charola. Traía unos hot cakes quemados (nunca aprendió a cocinar bien), jugo de naranja de cartón y un regalo envuelto en papel brillante.
Arturo se sentó en la cama, frotándose los ojos. La actuación de ella era digna de un Oscar.
—Gracias, flaca —dijo, forzando una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.
—Ábrelo, ábrelo —insistió ella, sentándose a los pies de la cama.

Arturo rasgó el papel. Era un reloj. Un Apple Watch de última generación.
—Para que midas tus tiempos en la obra y cuides tu salud, ya ves que andas muy estresado —dijo ella, dándole un beso en la mejilla.
Arturo miró el reloj. Costaba unos diez mil pesos. Pagado, seguramente, con la tarjeta de crédito que él mismo pagaría a fin de mes. Qué ironía: ella le regalaba un dispositivo para “cuidarlo” con su propio dinero, mientras usaba el suyo para esconderse.
—Está increíble. Gracias —dijo él, poniéndoselo en la muñeca. Se sentía como ponerse unas esposas.

La Calma Tensa

El día transcurrió en una neblina surrealista. Limpiaron el departamento juntos. Arturo aspiraba la alfombra mientras Larisa acomodaba flores en los jarrones. Parecían un equipo perfecto, sincronizado. Si un alienígena bajara y los viera a través de la ventana, pensaría que eran la pareja más feliz de la Tierra.
—Oye, ¿crees que a tu papá le guste el vino que compré? Es un Ribera del Duero —preguntó ella desde la cocina.
—Sí, le va a encantar —respondió Arturo. “Le va a encantar más saber que su hija no tiene honor”, pensó.

A las 7:00 PM, Arturo se metió a bañar. Dejó que el agua caliente le golpeara la nuca durante diez minutos. Repasó su discurso. No quería gritar. No quería perder los estribos. Quería ser frío, quirúrgico. Quería que su silencio doliera más que sus palabras.
Se vistió con una camisa blanca impecable y un pantalón de vestir. Se miró al espejo.
—Estás listo, Arturo. No tengas piedad. Ella no la tuvo.

La Cena

A las 8:00 PM en punto sonó el timbre.
Llegaron los padres de Larisa. Don Gregorio, un hombre alto, canoso, exmilitar, con esa rectitud de antaño que inspira respeto solo de verlo. Doña Estela, una señora dulce, bajita, que siempre olía a talco de rosas.
—¡Yerno querido! ¡Feliz cumpleaños! —Don Gregorio le dio un apretón de manos que casi le tritura los huesos y un abrazo palmeario—. Mírate nada más, estás hecho un roble.
—Gracias, suegro. Pasen, están en su casa.

Luego llegaron los padres de Arturo. Doña Carmen con su tupper de mole (porque nunca iba a una fiesta con las manos vacías, aunque hubiera banquete) y Don Manuel, el papá de Arturo, un hombre callado pero observador.
Finalmente, llegaron Beto y su esposa, Laura. Beto traía una cara de funeral que apenas podía disimular con una sonrisa nerviosa. Sabía lo que iba a pasar. Arturo le había pedido que estuviera ahí como “testigo de calidad” y apoyo moral.
—¿Todo listo? —le susurró Beto al oído cuando se abrazaron.
—El gatillo está puesto —respondió Arturo.

La cena comenzó. Larisa se lució como anfitriona. Servía vino, contaba chistes, elogiaba a su marido frente a todos.
—Es que Arturo es un trabajador incansable, papá —le decía a Don Gregorio—. De verdad, a veces lo tengo que regañar para que descanse. Pero bueno, gracias a eso tenemos todo esto.
Don Gregorio asentía orgulloso.
—Así debe ser, mija. El hombre es el pilar de la casa. Y tú eres su soporte. Me da gusto verlos tan bien. En estos tiempos, los matrimonios duran lo que un suspiro. Ustedes son un ejemplo.

Arturo sintió ganas de vomitar. “Un ejemplo”. Sí, un ejemplo de podredumbre.
Beto tosio incómodo y se empinó la copa de vino de un trago. Laura le dio un codazo discreto.
El ambiente era cálido, lleno de risas y anécdotas familiares. Arturo participaba lo justo, sonriendo, asintiendo.
—¿Y para cuándo los nietos? —preguntó Doña Estela, con esa imprudencia inocente de las abuelas.
El silencio se hizo en la mesa. Larisa se puso roja.
—Ay, mamá, ya vas a empezar. Estamos enfocados en nuestras carreras ahorita. Ya vendrán.
Arturo la miró fijamente.
—Sí, suegra. Ya vendrán. Pero primero hay que estar seguros de con quién los tiene uno, ¿no?
La frase quedó flotando en el aire, ambigua, pesada. Larisa lo miró con el ceño fruncido, extrañada por el comentario, pero nadie más pareció notarlo… excepto Beto, que cerró los ojos como esperando el impacto.

El Discurso

Terminaron de cenar. Larisa trajo el pastel. Un pastel de chocolate con 35 velas.
Todos cantaron “Las Mañanitas”. Arturo sopló las velas.
—¡Mordida! ¡Mordida! —gritaron todos.
Arturo no le dio la mordida. Se limpió la boca con la servilleta, se puso de pie y golpeó suavemente su copa con un tenedor.
Ting, ting, ting.

—Familia, amigos… gracias por estar aquí —comenzó Arturo. Su voz era firme, tranquila, pero tenía una vibración extraña que hizo que todos guardaran silencio—. Cumplir 35 años te hace pensar. Te hace evaluar qué has construido y qué es real en tu vida.

Larisa lo miraba con una sonrisa bobalicona, esperando un discurso romántico de agradecimiento.
—Quiero agradecerles a mis padres por enseñarme el valor de la verdad. A mis suegros, Don Gregorio, Doña Estela, por haberme recibido como un hijo todos estos años. Los respeto profundamente.
Don Gregorio levantó su copa, agradecido.
—Y a ti, Larisa… —Arturo se giró hacia ella.
Ella sonrió más amplio, inclinando la cabeza.
—A ti quiero agradecerte por quitarme la venda de los ojos.

La sonrisa de Larisa vaciló.
—¿De qué hablas, amor?
Arturo se agachó y sacó de debajo de la mesa el sobre manila amarillo. Lo puso en el centro de la mesa, apartando el florero.
—Durante las últimas semanas, he estado viviendo en una obra de teatro. Una muy mala, por cierto. He escuchado mentiras sobre horas extra, sobre viajes de trabajo, sobre “proveedores” llamados Román.

El nombre “Román” cayó como una bomba atómica en la sala. Larisa se puso blanca como la cera. Se levantó de golpe, tirando su silla.
—Arturo… ¿qué estás haciendo? Estás borracho. No hagas esto.
—Siéntate, Larisa —ordenó Arturo. No gritó, pero su voz sonó como un latigazo. Don Gregorio, al ver la reacción de su hija, frunció el ceño, confundido y alarmado.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó el suegro, con voz de mando.

Arturo abrió el sobre. Sacó las fotos. Las fotos de Bosques de las Lomas. Las fotos de Cuernavaca. Las fotos de la cama.
Las deslizó por la mesa hacia Don Gregorio.
—Pasa esto, suegro. Pasa que su hija, la “esposa ejemplar”, lleva meses acostándose con su exnovio, Román, pagando los hoteles con mi dinero y riéndose de mí a mis espaldas.

Don Gregorio tomó las fotos. Sus manos, manos de viejo soldado, empezaron a temblar. Doña Estela se asomó a verlas y soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la boca.
En las fotos no había duda. Eran explícitas en su intimidad.
Larisa intentó arrebatárselas.
—¡Papá, no! ¡Es mentira! ¡Son trucadas! ¡Arturo está loco!

Don Gregorio se puso de pie, apartando a Larisa con un brazo rígido. Miró las fotos, luego miró a Arturo, y finalmente miró a su hija. Sus ojos, que minutos antes brillaban de orgullo, ahora estaban llenos de una decepción tan profunda que parecía dolor físico.
—Larisa… —dijo Don Gregorio, con la voz rota—. ¿Qué es esto?
—¡Papá, te juro que…!
—¡Cállate! —gritó Don Gregorio. El grito retumbó en las paredes—. No me mientas a mí. Te conozco. Veo tu cara. ¿Es verdad?
Larisa rompió a llorar, un llanto histérico, de animal acorralado.
—¡Fue un error! ¡Arturo me tenía abandonada! ¡Me sentía sola!

—¿Sola? —interrumpió Arturo, caminando alrededor de la mesa—. ¿Sola cuando te llevaba a cenar cada viernes? ¿Sola cuando trabajaba 12 horas para pagar este departamento? ¿Sola cuando te regalaba viajes? No, Larisa. No estabas sola. Estabas aburrida. Estabas aburrida de la vida decente.

Doña Carmen, la mamá de Arturo, se levantó y, con una calma impresionante, caminó hasta Larisa y le dio una bofetada. Un golpe seco, sonoro.
—¡Carmen! —gritó Don Manuel, tratando de detenerla.
—¡No! —dijo Doña Carmen—. Tú no sabes lo que es criar a un hijo para que sea un hombre de bien, para que venga una… una cualquiera a burlarse de él en su propia mesa. ¡Desvergonzada!

La escena era un caos. Larisa lloraba en el suelo. Doña Estela trataba de consolarla pero también lloraba de vergüenza. Don Gregorio estaba petrificado, mirando a la nada.
Arturo se mantuvo de pie, inmóvil en el centro del huracán. No sentía placer. No sentía alegría. Sentía un vacío inmenso, pero también una limpieza. La verdad estaba fuera. El cadáver ya no estaba bajo la alfombra; estaba pudriéndose en medio de la sala para que todos lo vieran.

—Ya basta —dijo Arturo, alzando la voz por encima del llanto—. Se acabó el show.
Sacó otro documento del sobre. El convenio de divorcio.
—Larisa, aquí está el convenio. Te vas a ir hoy. Ahora. Vas a firmar esto donde renuncias a cualquier reclamo sobre la empresa y aceptas que el departamento se venda para liquidar la sociedad conyugal. Si no firmas, si quieres pelear… —Arturo señaló las fotos en manos de Don Gregorio— estas fotos y los videos que tengo en la nube se van directito al correo de Recursos Humanos de tu corporativo en Santa Fe. ¿Qué crees que pase con tu puesto de Gerente cuando vean que usaste la tarjeta corporativa para pagar moteles? Ah, sí, porque también tengo esos recibos.

Larisa levantó la cara, manchada de rímel. Lo miró con odio puro.
—Eres un monstruo, Arturo. Planeaste todo esto.
—Aprendí del mejor maestro: tú.
Larisa miró a su padre, buscando apoyo.
—Papá…
Don Gregorio negó con la cabeza y se dio la vuelta, dándole la espalda.
—Firma, hija —dijo el viejo, con voz cansada—. Firma y vete. No tienes dignidad para pelear nada. Me has avergonzado. Nos has avergonzado a todos.

Ese fue el golpe final. El rechazo de su padre la rompió por completo.
Larisa tomó la pluma temblorosa que Arturo le ofrecía. Firmó el papel sin leerlo. Sus lágrimas caían sobre la tinta, corriendo la firma.
—Toma tus cosas —dijo Arturo, recogiendo el papel y guardándolo como si fuera un cheque al portador—. Tienes 15 minutos. Lo que no saques hoy, lo tiro a la basura mañana.

Larisa corrió a la recámara. Se oían cajones abriéndose y cerrándose con violencia, sollozos, cosas cayendo al suelo.
Los invitados se quedaron en un silencio fúnebre.
—Perdónenme por hacerles pasar este mal trago —dijo Arturo a sus suegros—. Pero ustedes merecían saber por qué su hija va a regresar a su casa esta noche. Yo no la estoy echando por malo. La estoy echando por traidora.
Don Gregorio se acercó a Arturo. Le puso una mano en el hombro.
—Hiciste lo correcto, muchacho. Un hombre tiene que defender su honor. Perdónanos tú a nosotros. Fallamos en educarla.
—No, suegro. Ustedes son buenos. La manzana salió podrida, no el árbol.

Diez minutos después, Larisa salió arrastrando dos maletas y aventando bolsas de basura llenas de ropa.
Se detuvo en la puerta. Miró el departamento, miró a sus padres que no le devolvieron la mirada, y finalmente miró a Arturo.
—Espero que te pudras solo con tu dinero —escupió.
—Mejor solo que mal acompañado —respondió Arturo, cerrando la puerta en su cara.

El sonido del pestillo al cerrarse fue el sonido más hermoso que Arturo había escuchado en su vida. Click.
Se acabó.

El Aftermath (Las secuelas inmediatas)

Beto se acercó con una botella de tequila.
—¿Un trago, hermano?
—Sí. Doble.
Los padres de Larisa se despidieron avergonzados, disculpándose una y otra vez. Se llevaron a su hija (que estaba esperando abajo en la banqueta, porque Arturo no dejó que se quedara en el lobby).
Los padres de Arturo se quedaron un rato más, ayudando a recoger los platos de la cena que nadie terminó.

Cuando todos se fueron, a eso de la medianoche, Arturo se quedó solo en el departamento.
Estaba hecho un desastre. Había fotos tiradas en el suelo, servilletas arrugadas, copas a medio terminar.
Pero se sentía… espacioso.
El aire ya no pesaba. El olor a mentira se había ido con el perfume de Larisa.
Arturo se sentó en el sofá, con su tequila en la mano. Miró el reloj nuevo, el regalo de ella. Se lo quitó y lo lanzó al bote de basura.
—Feliz cumpleaños, Arturo —se dijo a sí mismo.

Se recostó y, por primera vez en meses, cerró los ojos y no vio pesadillas. Vio un camino vacío, largo y difícil, pero suyo. Completamente suyo.
Durmió en el sofá, porque la cama todavía olía a ella. Mañana quemaría las sábanas. Mañana vendería el departamento. Mañana empezaría de cero.
Pero esta noche, Arturo López durmió el sueño de los justos.

CAPÍTULO 7: La Resaca del Huracán

El silencio que sigue a una explosión es, a veces, más ensordecedor que el estruendo mismo.

Arturo despertó en el sofá, con el cuello torcido y la boca seca, con ese sabor metálico que dejan el tequila barato y las verdades caras. La luz del sol entraba sin piedad por la ventana de la sala, iluminando el campo de batalla de la noche anterior: copas con restos de vino oxigenado, servilletas arrugadas como banderas de rendición, y el espacio vacío donde antes estaba el cuadro favorito de Larisa, que ella se había llevado en su huida frenética.

Se sentó despacio. Le dolía la cabeza, pero no era una “cruda” de alcohol. Era una “cruda moral”, pero no por culpa, sino por el peso de la realidad. Quince años. Quince años de su vida acababan de ser empaquetados en bolsas de basura y expulsados por la puerta.

Se levantó y caminó hacia la recámara. La puerta estaba abierta. Entró como quien entra a una escena del crimen. El olor de ella seguía ahí, impregnado en las cortinas, una mezcla de su perfume caro y ese aroma dulce que tienen las mentiras cuando te acostumbras a ellas.
Vio la cama. Las sábanas estaban revueltas, testigo de la última noche que ella durmió ahí, seguramente soñando con el otro.
Arturo sintió una oleada de asco.
Arrancó las sábanas con violencia, haciendo saltar los botones del edredón. Hizo una bola con todo: sábanas, fundas, colcha. No iba a lavarlas. Iban a la basura. No quería que nada que hubiera tocado la piel de la traición tocara la suya de nuevo.

La Limpieza (Literal y Metafórica)

Pasó el domingo haciendo talacha. Puso música a todo volumen —rock en español, Caifanes, Soda Stereo— para llenar el vacío del departamento.
Empezó a sacar las cosas que Larisa había “olvidado” o despreciado. Sus cremas en el baño, sus revistas de moda, los imanes de viajes que habían hecho juntos en el refri.
Cada objeto era un dardo.
El imán de Cancún: El primer viaje que pagó con las ganancias de la constructora.
La taza de “Mejor Esposa”: Un regalo de broma que le hizo hace tres navidades.
Una nota en el corcho de la cocina: “Te amo, gordo. Compra leche”.

Arturo tomó la nota. La letra redonda y perfecta de Larisa. “Te amo”. Qué fácil era escribirlo y qué difícil sostenerlo. Arrugó el papel y lo tiró al bote negro junto con los restos del pastel de cumpleaños que nadie comió.
A las 4 de la tarde, el departamento se sentía diferente. Menos hogar, más casa. Más paredes, menos recuerdos.
Llamó a un flete.
—¿Para cuándo, joven?
—Para mañana a primera hora. Me mudo.
—Pero es domingo, jefe. Le sale más caro.
—No importa. Pago doble. Pero sácame de aquí mañana.

No quería pasar ni una noche más de las necesarias en ese mausoleo de la Colonia del Valle. Ya había hablado con Beto, quien le ofreció un departamento pequeño que tenía en renta en la Narvarte, algo sencillo, de soltero. Justo lo que necesitaba. Un búnker para lamerse las heridas.

El Exilio de la Princesa

Mientras Arturo limpiaba su vida, Larisa estaba viviendo su propia pesadilla al otro lado de la ciudad, en la casa de sus padres en Coyoacán.
La casa de Don Gregorio siempre había sido un lugar de orden y disciplina, pero ahora se sentía como una prisión de máxima seguridad.
Larisa había pasado la noche llorando en su antigua recámara, esa que todavía tenía posters de su adolescencia y una cama individual donde ahora sus pies colgaban fuera.

Salió a la cocina con los ojos hinchados, buscando café.
Su madre, Doña Estela, estaba lavando trastes con una energía nerviosa. Al verla entrar, se secó las manos en el delantal y suspiró.
—Hay café en la jarra —dijo, sin mirarla a los ojos.
—Gracias, mamá.
Larisa se sirvió una taza. Le temblaban las manos.
—¿Dónde está mi papá?
—En el jardín. Y te aconsejo que no salgas. Está… está muy dolido, hija. Nunca lo había visto así.

Larisa sintió un nudo en la garganta.
—Mamá, tienen que entenderme. Arturo me tenía abandonada. Yo soy joven, necesito vivir, necesito pasión. Ustedes no saben lo que es vivir con alguien que solo piensa en tabiques y cemento.
Doña Estela se giró, y por primera vez en su vida, Larisa vio decepción en los ojos de su madre.
—No me vengas con eso, Larisa. Arturo te adoraba. Te dio todo. Esa “pasión” de la que hablas… ¿es revolcarse con un vago a escondidas? Eso no es pasión, hija. Eso es calentura. Y la calentura sale cara.

Larisa azotó la taza en la mesa.
—¡Tú siempre de su lado! ¡Soy tu hija! Deberías apoyarme.
—Te apoyo, por eso estás aquí y no en la calle. Pero no me pidas que te aplauda tus gracias. Tienes 32 años, Larisa. Actúa como tal.

En ese momento entró Don Gregorio. Venía de podar los rosales, con sus tijeras de jardinería en la mano. Se detuvo al ver a Larisa.
El silencio duró un siglo.
—Papá… —intentó decir ella.
Don Gregorio pasó de largo, se sirvió un vaso de agua y se dirigió a su despacho.
—Mientras vivas bajo mi techo, respetarás las reglas —dijo sin voltear—. Y la primera regla es: no quiero ver a ese tipo, al tal Román, ni a cien metros de esta casa. Si lo veo, le suelto a los perros. ¿Entendido?
Larisa asintió, humillada. Se sentía como una niña regañada de 15 años, no como la ejecutiva exitosa que creía ser.

La Realidad Financiera

El lunes llegó con la brutalidad de un lunes de quincena.
Arturo supervisó la mudanza. En tres horas, su vida cupo en veinte cajas y un par de muebles. Dejó el departamento vacío, listo para que la inmobiliaria le pusiera el letrero de “SE VENDE”.
Se fue a la oficina. Al llegar, sus empleados lo miraron raro. Sabían algo. Los chismes vuelan, y seguramente algún invitado a la cena había soltado la sopa. O quizás solo le veían la cara de perro atropellado.
—Buenos días, Inge —le dijo Chuy, el maestro de obras.
—Buenos días, Chuy. A chambear, que las deudas no esperan.

Arturo se enterró en el trabajo. Era su terapia. “Terapia Ocupacional”, le llamaba él. Si tu mente está ocupada calculando cargas estructurales y presupuestos de varilla, no tiene tiempo para pensar en ella.
A mediodía, recibió la notificación del banco.
Cargo rechazado: TARJETA CRÉDITO TERMINACIÓN 4589. MONTO: $12,500. COMERCIO: PALACIO DE HIERRO.

Arturo sonrió. Había cancelado las tarjetas adicionales a las 9:00 AM en punto. Larisa había intentado comprar algo —seguramente ropa para sentirse mejor o reponer lo que tiró— y la tarjeta había rebotado.
Cinco minutos después, su celular sonó. Era ella.
La dejó sonar.
Volvió a sonar.
Y otra vez.
Arturo puso el teléfono en silencio y siguió revisando planos. No era crueldad, se dijo. Era educación financiera. Bienvenida al mundo real, flaca.

El Príncipe Azul se Destiñe

Larisa estaba en el centro comercial, en la caja de la tienda departamental, con una bolsa llena de cosméticos y una blusa nueva.
—Señorita, su tarjeta fue declinada —dijo la cajera, mirándola con esa mezcla de pena y fastidio típica de quien tiene gente en la fila.
—Imposible. Intente de nuevo.
—Ya van tres veces. Dice “Fondos Insuficientes” o “Tarjeta Bloqueada”.

Larisa sintió que la cara le ardía. La gente en la fila empezaba a resoplar.
—Tenga —dijo, sacando otra tarjeta. La suya de nómina.
Esa sí pasó. Pero le dolió. Eran casi tres mil pesos de su propio dinero. Dinero que ahora, sin el respaldo de Arturo, tendría que cuidar.

Salió de la tienda furiosa y marcó el número de Román. Necesitaba desahogarse. Necesitaba que él le dijera que Arturo era un idiota y que ellos dos contra el mundo iban a estar bien.
—¿Bueno? —contestó Román, con voz de dormido. Eran las 12 del día.
—Román, mi amor. Estoy pasándola fatal. Arturo me canceló las tarjetas, mis papás me tratan como a una leprosa… necesito verte.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Híjole, nena… hoy se me complica. Tengo… eh… una comida con unos inversionistas.
—¿Inversionistas? Román, por favor. Necesito un abrazo. Vente a comer conmigo. Yo invito… bueno, algo barato porque ando corta.

Otra pausa. Más larga esta vez.
—Mira, Lari… la neta, mejor nos vemos luego, ¿no? Es que… pues está muy caliente la cosa ahorita. Si tu marido anda en plan psicópata, capaz que me manda golpear o algo. Mejor bajamos el perfil un rato.
Larisa se detuvo en medio del pasillo del centro comercial. La gente pasaba a su alrededor como un río rápido, pero ella se sintió estática, congelada.
—¿Bajar el perfil? Román, me corrieron de mi casa por ti. Me estoy divorciando por ti. ¿Y tú quieres “bajar el perfil”?
—Oye, tranquila. Nadie te pidió que te divorciaras. Tú solita te dejaste cachar. Yo te dije que fueras discreta.
—¿Qué? —Larisa no podía creer lo que oía—. ¿Me estás culpando?
—No, nena, no te culpo. Pero pues… la neta, yo no estoy listo para dramas de divorcios y papás enojados. Yo quería pasarla bien, tú querías pasarla bien. No compliquemos las cosas. Hablamos en una semana, ¿va? Cuando se calmen las aguas.

Click.
Román le colgó.
Larisa miró el teléfono como si fuera un objeto extraterrestre.
Ahí estaba la realidad, desnuda y fea. Román no la amaba. Román amaba la adrenalina, lo prohibido, la disponibilidad de una mujer casada que pagaba las cuentas y no pedía compromiso. Ahora que ella era una mujer libre, con problemas reales y sin la chequera del marido… la magia se había esfumado.
Se sentó en una banca y, por primera vez, lloró no por rabia, sino por la inmensa estupidez de lo que había hecho. Había cambiado un diamante real por un vidrio de colores que se acababa de romper en sus manos.

El Nuevo “Hogar” de Arturo

Mientras tanto, Arturo llegaba a su nuevo departamento en la Narvarte. Era un tercer piso sin elevador, viejo pero bien conservado. Tenía piso de granito y ventanales grandes.
Sus amigos, Beto y el “Gordo” Sánchez, lo esperaban ahí con cervezas y pizzas.
—¡Bienvenido a la soltería, compadre! —gritó el Gordo, pasándole una caguama.
Arturo sonrió. Esta vez, la sonrisa fue un poco más genuina.
—Gracias, cabrones. No sé qué haría sin ustedes.
—Pues estarías llorando en un rincón —dijo Beto, riendo—. Pero para eso estamos. Oye, el departamento está chido. Tiene buena vibra.
—Sí. Está… tranquilo.

Se sentaron en cajas de mudanza a comer pizza. Hablaron de fútbol, de política, de viejas anécdotas de la universidad. Evitaron hablar de Larisa. Era un pacto tácito de caballeros: hoy no se invoca al demonio.
A la mitad de la noche, Arturo se levantó para ir al baño. Se miró en el espejo del botiquín. Se veía cansado, más viejo que ayer, pero en sus ojos había algo que no veía hacía mucho tiempo: hambre.
Hambre de comerse al mundo. Hambre de recuperar el tiempo perdido. Hambre de demostrarse a sí mismo que Arturo López no era “el esposo de Larisa”, sino Arturo López, el chingón que había levantado una empresa de la nada.

Regresó con sus amigos.
—Salud, cabrones —brindó, levantando la cerveza—. Por los nuevos comienzos.
—¡Salud! —respondieron ellos.

El Desmoronamiento Social

La semana avanzó y las noticias corrieron.
En el corporativo de Larisa, el ambiente cambió. Arturo no había enviado las fotos a Recursos Humanos —todavía—, pero el “radio pasillo” es más rápido que el internet. Alguien conocía a alguien que estuvo en la cena, o tal vez fue Román abriendo la boca en algún bar.
El caso es que, cuando Larisa llegó a trabajar el miércoles, notó las miradas.
Las secretarias cuchicheaban cuando ella pasaba.
Sus compañeros varones la miraban con una mezcla de morbo y falta de respeto. Ya no la veían como la “Licenciada inalcanzable”, sino como la “fácil”.
Su jefe, el Director Financiero, la llamó a su oficina.
—Larisa, siéntate.
—¿Qué pasa, jefe?
—He notado que tu rendimiento ha bajado este mes. Errores en los reportes, llegadas tarde… y bueno, se escuchan rumores sobre tu situación personal.
—Mi vida personal no afecta mi trabajo —se defendió ella, aunque sabía que era mentira.
—Todo afecta, Larisa. Mira, la empresa valora mucho la imagen. No queremos escándalos. Tómate unos días. A cuenta de vacaciones. Arregla tus asuntos y regresa cuando estés centrada.
No fue un despido, pero se sintió como uno. La estaban mandando a la banca.
Larisa salió de la oficina temblando. Fue al baño y se encerró en un cubículo.
Sacó el celular. Entró a Instagram.
Vio una historia de Arturo.
Era una foto de él en una obra, con casco y chaleco, bañado en sol, sonriendo con sus albañiles mientras comían tacos en la banqueta.
El texto decía: “Levantando cimientos nuevos. Lo que no te mata, te hace más fuerte”.
Tenía 200 likes. Comentarios de amigos, de colegas, incluso de algunas amigas de ella poniéndole emojis de fuego.
Larisa sintió una envidia corrosiva. Él estaba bien. Él seguía siendo el héroe trabajador. Ella era la villana exiliada.
Bloqueó a Arturo. No quería ver su felicidad. Le dolía demasiado porque sabía que esa felicidad, hasta hace una semana, era suya.

La Firma Final

Dos semanas después, se vieron las caras en el juzgado familiar.
El trámite fue rápido. Divorcio incausado. Convenio de disolución de sociedad conyugal.
Arturo llegó con el Licenciado Morales. Llevaba un traje azul marino que le quedaba pintado (había bajado un par de kilos por el estrés, y le sentaban bien). Se veía pulcro, serio, inalcanzable.
Larisa llegó con su padre, Don Gregorio, quien insistió en acompañarla “para que no hiciera más estupideces”. Se veía demacrada. Llevaba ropa holgada y poco maquillaje. Las ojeras no se las tapaba ni el corrector más caro.

Se sentaron frente al secretario del juzgado.
—¿Están de acuerdo con los términos del convenio?
—Sí —dijo Arturo, firme.
—Sí —susurró Larisa.

Firmaron.
Larisa miró la mano de Arturo al firmar. Ya no llevaba el anillo. Quedaba una marca blanca en el dedo anular, una cicatriz de piel pálida donde el sol no había tocado en años. Esa marca era lo único que quedaba de su matrimonio.
Al salir, en el pasillo frío y lleno de eco de los juzgados, se detuvieron un momento.
Don Gregorio le dio la mano a Arturo.
—Cuídate, muchacho. Te deseo lo mejor.
—Igualmente, Don Gregorio. Mis respetos siempre.

Arturo miró a Larisa. Ella esperaba… no sabía qué. ¿Un insulto? ¿Un abrazo de despedida? ¿Una señal de que todavía le importaba?
Arturo la miró con una indiferencia que congelaba los huesos. La miró como se mira a un extraño en el metro.
—Adiós, Larisa. Que encuentres lo que buscabas.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida, donde el sol de la tarde brillaba con fuerza. Sus pasos resonaban firmes: Tac, tac, tac. Pasos de un hombre libre.

Larisa se quedó parada ahí, junto a su padre, viendo cómo la espalda de su exmarido se alejaba.
—Vámonos, hija —dijo Don Gregorio, tomándola del brazo con severidad—. Ya no hay nada que ver aquí.
Larisa sintió una lágrima correr por su mejilla.
Se dio cuenta, demasiado tarde, de que Arturo tenía razón.
Román no la quería. Sus amigas la juzgaban. Su trabajo pendía de un hilo. Y el hombre que hubiera dado la vida por ella acababa de salir por esa puerta sin mirar atrás ni una sola vez.

La vida de soltera que tanto anhelaba había llegado. Pero no sabía a libertad. Sabía a soledad absoluta.

El Renacer

Esa tarde, Arturo no fue a celebrar. Fue a la obra.
Subió al último piso del edificio que estaban construyendo en la Narvarte. El viento soplaba fuerte.
Desde ahí, se veía toda la ciudad. El caos, el smog, las luces que empezaban a encenderse.
Sacó su celular.
Borró el contacto de Larisa.
Borró las fotos de la infidelidad. Ya no las necesitaba. Ya habían cumplido su función.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire sucio pero libre de la Ciudad de México.
—Bueno, Arturo —se dijo—. ¿Y ahora qué?
Miró el horizonte.
—Ahora, a construir algo que nadie pueda tirar.

Bajó las escaleras silbando. Tenía hambre. Se le antojaban unos tacos al pastor. Y por primera vez en años, podía ir a comerlos sin tener que avisarle a nadie, sin tener que llevar a nadie, y sin tener que pedir perdón por llegar con olor a cebolla.
La vida, pensó Arturo mientras mordía su taco en el puesto de la esquina, a veces te quita todo para que te des cuenta de que, en realidad, no te quitó nada que valiera la pena conservar.

CAPÍTULO 8: El Eco de las Decisiones

Dicen que el tiempo no cura nada, que solo te enseña a vivir con el dolor. Pero Arturo descubrió que eso es mentira. El tiempo, si lo usas bien, es el mejor albañil del mundo: tapa las grietas, resana los muros y, si los cimientos son buenos, te deja la casa más fuerte que antes.

Pasaron seis meses. Seis meses que parecieron seis años.

La Nueva Vida de Arturo

Arturo estaba en su oficina de la constructora. Ya no era el despacho pequeño y amontonado de la Nápoles. Habían rentado un piso completo en un edificio nuevo en Insurgentes Sur. El negocio había explotado. Después de soltar el lastre emocional (y financiero) de su divorcio, Arturo había canalizado toda esa energía rabiosa en trabajar.

Se había vuelto más agresivo en los negocios, pero también más astuto. Ganó licitaciones que antes le daban miedo pelear. Se asoció con arquitectos jóvenes que traían ideas frescas. Su cuenta bancaria, esa que había vaciado casi por completo para salvarla de Larisa, ahora tenía más ceros que nunca.

Pero el cambio más grande no estaba en la cartera, sino en el espejo.
Arturo se había metido al gimnasio. Al principio fue para sacar el coraje, para golpear el saco de boxeo imaginando la cara de Román. Pero luego le agarró el gusto. Había bajado diez kilos de “panza de casado” y ahora se veía más atlético, más duro. Se había dejado la barba un poco más larga, bien cuidada, y cambió las camisas de cuadros aguadas por trajes a la medida.

—Ingeniero, lo buscan de la desarrolladora “Alterra”. Quieren ver lo del proyecto en Querétaro —le dijo su nueva asistente, una chica eficiente llamada Mariana que no le daba dolores de cabeza ni dramas.
—Diles que paso en una hora. Oye, Mariana, ¿me confirmaste la reservación para la cena de hoy?
—Sí, Inge. En el “Suntory”. Mesa para cuatro.
—Gracias.

Esa noche, Arturo no cenaría solo. Ni cenaría con gente falsa. Iba a cenar con Beto, Laura y una prima de Laura que acababa de llegar de Guadalajara. “Sin presiones, solo para que la conozcas”, le habían dicho. Y Arturo, por primera vez en mucho tiempo, dijo: “¿Por qué no?”.
Ya no le dolía el corazón. La cicatriz estaba ahí, sí, pero ya no ardía. Era solo un recordatorio de que sobrevivió.

El Purgatorio de Larisa

Al otro lado de la moneda, la vida de Larisa se había estancado en un pantano gris.
Después de vivir dos meses de pesadilla en casa de sus padres, soportando los silencios acusadores de su papá y los sermones de su mamá, decidió mudarse. No podía más.
Rentó un departamento pequeño en la colonia Narvarte (irónicamente, cerca de donde Arturo vivió al principio, aunque ella no lo sabía). Pero no era un departamento bonito. Era interior, oscuro, con vecinos ruidosos y humedad en el baño. Era para lo que le alcanzaba.

En el trabajo, la “congeladora” se volvió permanente. Su jefe nunca la despidió formalmente, pero le quitaron las cuentas importantes. La relegaron a supervisar auditorías menores. Ya no había viajes, ya no había bonos jugosos. Sus compañeros la trataban con una cortesía fría, de esas que duelen más que un insulto.

Y Román… Román fue el golpe de realidad más duro.
Intentó buscarlo un par de veces más.
—Vamos a tomar un café, solo amigos —le escribió.
—Ando full, luego vemos —fue la última respuesta que recibió, hace tres meses.
Se enteró por Instagram (porque se hizo un perfil falso para espiarlo) que Román ya andaba con otra: una chica de 22 años, modelo, con la que subía historias en los mismos lugares donde llevaba a Larisa.
Vio las fotos y sintió ganas de vomitar. No por amor, sino por asco de sí misma. Se había vendido por migajas a un tipo que cambiaba de mujer como cambia de calcetines. Arturo le daba el mundo entero, y ella lo cambió por un boleto de feria vencido.

Larisa pasaba sus noches sola, pidiendo Uber Eats y viendo series que no le importaban. A veces, con un par de copas de vino encima, desbloqueaba el contacto de Arturo. Escribía mensajes:
“Hola, ¿cómo estás?”
“Te extraño.”
“Perdón.”
Pero nunca los enviaba. Sabía que estaba bloqueada. Y sabía, en el fondo, que no tenía derecho a molestar su paz.

El Encuentro Inevitable

La Ciudad de México es un monstruo de 20 millones de cabezas, pero a veces es un pañuelo.
Un viernes por la tarde, Arturo decidió ir a caminar por el Parque Hundido. Le gustaba ese parque; le traía paz. Iba con ropa deportiva, audífonos puestos, escuchando un podcast de finanzas.
Iba tan metido en lo suyo que casi choca con alguien que venía distraída, paseando a un perro pequeño.

—Perdón, no te vi… —dijo Arturo, quitándose un audífono.
La mujer levantó la vista.
El tiempo se detuvo. Los ruidos de la Avenida Insurgentes desaparecieron.
Era Larisa.
Pero no era la Larisa brillante y altiva de antes. Se veía… apagada. Llevaba pants viejos, el cabello amarrado en un chongo despeinado y nada de maquillaje. Se veía cansada. Más vieja.

Arturo, en cambio, brillaba. El sol de la tarde le daba en la cara, se veía fuerte, saludable, tranquilo.
Larisa se quedó helada, sujetando la correa del perro (un perro que Arturo no conocía).
—Arturo… —susurró ella. Su voz tembló.

Arturo la miró. Esperaba sentir algo. Odio, quizás. O tristeza. O nostalgia.
Pero no sintió nada.
Absolutamente nada.
Era como ver a una compañera de la primaria con la que no hablas hace décadas. Alguien que conoces, sí, pero que ya no forma parte de tu historia.
—Hola, Larisa —dijo él, con una cortesía seca, educada.
—Wow… te ves… te ves muy bien —dijo ella, recorriéndolo con la mirada. Había arrepentimiento en sus ojos. Un hambre desesperada de conectar.
—Gracias. El ejercicio ayuda. Tú también te ves bien.
Mentira piadosa.

Larisa soltó una risa nerviosa.
—No mientas, me veo fatal. Han sido… meses difíciles.
Arturo asintió, pero no preguntó por qué. No le interesaba saber los detalles de su miseria.
—Me imagino.
Hubo un silencio incómodo. El perro ladró.
—Arturo… —Larisa dio un paso hacia él—. He pensado mucho en ti. En nosotros. Fui una estúpida. Lo sé. No pasa un día en que no me arrepienta de lo que hice. Perdí al mejor hombre del mundo por una tontería.

Arturo la escuchó. Sus palabras flotaron en el aire. Hace seis meses, esas palabras lo habrían matado o lo habrían hecho dudar. Hoy, solo eran ruido.
—Larisa, no te tortures —dijo él, con una calma que a ella le heló la sangre—. Lo que pasó, pasó. Tú tomaste decisiones, yo tomé decisiones. Ya está.
—¿Pero tú… tú me odias?
Arturo sonrió levemente. Una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero no por maldad, sino por distancia.
—No. No te odio. Odiarte requeriría energía, y la verdad, ya no te dedico tiempo en mi cabeza. Te deseo que estés bien. De verdad. Que encuentres tu camino.

Larisa sintió que esas palabras dolían más que una bofetada. La indiferencia. El olvido. Eso era el verdadero final.
—¿Ya no hay… ninguna oportunidad? ¿De hablar? ¿De un café?
Arturo miró su reloj (un Garmin deportivo, no el que ella le regaló).
—Se me hace tarde, Larisa. Tengo una cena. Cuídate mucho.
—Arturo, espera…
—Adiós, Larisa.

Se puso el audífono de nuevo, le dio un asentimiento leve con la cabeza y siguió trotando.
No volteó.
Siguió corriendo, sintiendo el ritmo de sus tenis contra el pavimento. Uno, dos, uno, dos.
Sintió el aire fresco en los pulmones.
Sintió la libertad.

Larisa se quedó parada en medio del parque, viendo cómo la figura de Arturo se hacía pequeña entre los árboles hasta desaparecer. El hombre que una vez fue su esposo, su roca, su plan de vida, ahora era un extraño que corría hacia un futuro donde ella no existía.
El perro tiró de la correa, impaciente.
—Vámonos, Pancho —murmuró ella, con los ojos llenos de lágrimas.
Dio la media vuelta y caminó hacia su departamento oscuro y vacío.

Epílogo: La Justicia del Universo

Arturo llegó a su cena. La prima de Laura era simpática, inteligente, arquitecta. Hablaron de edificios, de viajes, de música. Se rieron.
En un momento de la noche, Arturo levantó su copa de vino. Miró el líquido rojo y se acordó, fugazmente, de esas cenas de viernes con Larisa.
Pero el recuerdo ya no tenía peso. Era como una foto vieja que ya no te provoca emoción.

Se dio cuenta de que la venganza no fue quitarle el dinero, ni exponerla frente a sus padres, ni dejarla sola.
La verdadera venganza fue ser feliz sin ella.
La verdadera venganza fue demostrarse a sí mismo que él era el premio, no ella.

Arturo brindó con sus amigos.
—Por lo que viene —dijo.
—Por lo que viene —respondieron todos.

Y mientras Arturo reía bajo las luces cálidas del restaurante, rodeado de gente que lo valoraba, Larisa, en algún lugar de la Narvarte, calentaba una sopa en el microondas, sola, comprendiendo finalmente el precio real de la traición:
El precio no es lo que pagas cuando te atrapan.
El precio es todo lo que pierdes para siempre y que el dinero no puede volver a comprar.


FIN

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