
Parte 1: El Choque de Dos Mundos
CAPÍTULO 1: La Jungla de Asfalto y el Oso de Santa Fe
En el corazón financiero de la Ciudad de México, donde los rascacielos de cristal intentan tocar el smog y las esperanzas de miles de “Godínez” se pierden entre reportes de Excel y Tuppers con comida fría, se alzaba la Torre Román. Un monstruo de acero y vidrio en pleno Santa Fe, esa zona de la ciudad donde el lujo convive irónicamente con la falta de agua y el tráfico infernal.
El dueño de todo aquello no era un junior heredero de una fortuna, ni un extranjero con maestría en Harvard que no sabía distinguir un taco de una quesadilla. No. El dueño era Don Rogelio “El Oso” Román.
Rogelio era una leyenda urbana hecha carne y hueso. Un hombre de casi dos metros de altura, con una espalda tan ancha que parecía cargar él solo con el PIB del país. Tenía manos grandes y callosas, herencia de sus años mozos cargando cajas en la Central de Abastos antes de descubrir que tenía un don sobrenatural para los negocios tecnológicos. A sus cincuenta y tantos años, Rogelio seguía teniendo esa vibra de barrio que el dinero no puede borrar. Usaba trajes italianos de cincuenta mil pesos, sí, pero los usaba como quien usa una chamarra de mezclilla: arremangados, con el botón del cuello desabrochado y, a veces, con una mancha imperceptible de salsa verde en la corbata.
Para sus empleados, Rogelio era un enigma. Algunos lo veían como un padre estricto pero justo; otros, como un volcán a punto de estallar. Él creía fervientemente en la “raza”. Su filosofía de gestión no venía de libros de Peter Drucker, sino de la vida misma: “Si comemos juntos, jalamos parejo”. Por eso, obligaba a sus directivos a ir a convivencias en La Marquesa, a comer sopa de hongos y montar a caballo, intentando que los de Finanzas dejaran de mirar por encima del hombro a los de Soporte Técnico.
Pero, a pesar de sus esfuerzos, la Torre Román era una selva con castas muy marcadas.
En la cima de la cadena alimenticia, justo debajo de Dios (o sea, Don Rogelio), estaba Brenda. Ah, Brenda… Si la Torre Román fuera el infierno de Dante, Brenda sería el cancerbero con manicura francesa. Era la secretaria ejecutiva, la guardiana de la puerta, la “cadenera” de la oficina más importante del edificio.
Brenda era una “fresa” de manual, o al menos eso aparentaba. De esas que hablan con la papa en la boca, que alargan las vocales al final de las frases (“O sea, güey, no manchesss”) y que miran a cualquiera que gane menos de treinta mil pesos como si fuera una bacteria resistente a los antibióticos. Brenda no caminaba, levitaba sobre tacones de doce centímetros, dejando una estela de perfume caro y desprecio. Ella decidía quién entraba a ver al jefe y quién se quedaba esperando tres horas en el lobby para luego ser despachado con un “El Licenciado está en junta”.
Brenda tenía su propio séquito: “Las Divinas de Recursos Humanos”. Un grupo de mujeres que se dedicaban a criticar la ropa de los demás, a organizar tandas en las que nunca dejaban entrar a los “nacos” y a hacerle la vida imposible a cualquiera que no encajara en sus estándares estéticos.
Y en el extremo opuesto de este universo, a dos horas de distancia en transporte público, vivía María.
María no sabía lo que era un Starbucks, ni le importaba. Su preocupación diaria era estirar los doscientos pesos que le quedaban en la bolsa para que ella y su hermana menor, Anita, comieran toda la semana. Vivían en un cuartito de azotea en Iztapalapa, donde el agua caía a cubetadas (literalmente) y la música de los sonideros retumbaba hasta el amanecer.
María era una sobreviviente del sistema. Creció en una Casa Hogar del gobierno, el “DIF”, donde aprendió dos cosas fundamentales: la primera, que nadie te va a salvar si no te salvas tú misma; y la segunda, que llorar no sirve de nada, pero gritar y exigir a veces sí funciona. A sus 22 años, tenía la piel curtida por el sol y el carácter forjado en hierro. No tenía estudios universitarios, no hablaba inglés, pero tenía una dignidad que brillaba más que los pisos de mármol que solía trapear en sus trabajos anteriores.
Esa mañana de martes, María se levantó a las 4:30 AM. El gallo del vecino ni siquiera había cantado todavía. Se bañó a jicarazos con agua fría —porque el gas se había acabado el domingo— y se puso su “armadura”: unos jeans que ya habían visto mejores épocas, unos tenis Converse piratas que compró en el tianguis de la San Felipe y una playera blanca que lavaba con tanto cloro que ya casi era transparente.
—¿A dónde vas tan temprano, mana? —preguntó Anita, adormilada, desde el colchón que compartían. Anita era la luz de los ojos de María. Una niña de 16 años, inteligente, que soñaba con ser doctora para curar a la gente pobre.
—Voy a buscar chamba, flaca —respondió María, peinándose su cabello rebelde, una melena color castaño rojizo que parecía tener vida propia—. Me dijeron que allá en Santa Fe, en esos edificios grandotes que se ven desde el micro, pagan bien. Y dicen que el dueño de una empresa de computadoras es medio loco pero paga chido.
—Pero está re lejos, María. Y esa gente es bien especial. No te vayan a hacer el feo.
María se agachó y le dio un beso en la frente a su hermana.
—Que me hagan lo que quieran, Anita. Mientras paguen, yo aguanto vara. Necesitamos lana para tu inscripción a la prepa y para los libros. Tú no te preocupes, yo me encargo.
María salió de su casa con la determinación de un general espartano. Tomó una combi que iba atascada de gente, donde un señor iba durmiendo en su hombro y el chofer iba escuchando cumbias a todo volumen. Luego, el metro, empujones, calor humano, vendedores de audífonos a diez pesos. Y finalmente, el camión que subía hacia Santa Fe, ese trayecto donde el paisaje cambia drásticamente: de las casas grises de obra negra en las barrancas a los edificios relucientes y los centros comerciales de lujo.
Al bajarse frente a la Torre Román, María se sintió pequeña por un segundo. El edificio era imponente, un gigante de acero que reflejaba el sol de la mañana. Veía entrar a hombres de traje y mujeres con bolsos que costaban más de lo que ella ganaría en cinco años.
—Pues aquí es —se dijo a sí misma, sacudiéndose el polvo del camino—. Con permiso, mundo, ahí te voy.
No sabía que ese día, su destino iba a chocar de frente con el del “Oso” de Santa Fe, y que la onda expansiva de ese choque sacudiría los cimientos de esa torre de cristal.
CAPÍTULO 2: La Entrevista que Nadie Pidió
El lobby de la Torre Román era intimidante. Pisos de mármol tan pulidos que podías ver tus propios pecados reflejados en ellos, aire acondicionado a una temperatura polar y un silencio que solo se rompía por el “clac-clac” de los zapatos caros.
En la entrada, custodiando los torniquetes de acceso como si fueran las puertas del cielo, estaba Ramírez, el jefe de seguridad. Un hombre robusto, con uniforme táctico y una actitud de quien ha visto demasiadas películas de acción. Su trabajo consistía en asegurarse de que solo la “gente bien” pasara. Y María, definitivamente, no encajaba en su perfil de “gente bien”.
María caminó directo hacia los torniquetes, ignorando la fila de repartidores de Uber Eats que esperaban en una esquina lateral.
—¡Hey, hey! ¡Párale ahí, güerita! —ladró Ramírez, interponiéndose en su camino con la mano en la macana—. ¿A dónde cree que va con tanta prisa? La entrada de servicio es por el sótano 2.
María se detuvo en seco. Levantó la vista y miró a Ramírez directo a los ojos. Sus ojos verdes centellearon.
—Buenos días a usted también, oficial. Y no voy a la entrada de servicio. Voy a la oficina del Director General. Tengo una cita.
Ramírez soltó una risa burlona, de esas que hacen que te hierva la sangre.
—¿Cita? ¿Tú? —miró a María de arriba abajo, deteniéndose en sus tenis desgastados—. Mira, mija, no estoy para bromas. El Licenciado Román no recibe a… gente como tú. ¿Qué vendes? ¿Dulces? ¿Pides para la caridad? Ándale, circula, que estás estorbando a los licenciados.
Atrás de María, un par de ejecutivos con sus vasos de café miraban la escena con impaciencia, revisando sus relojes inteligentes.
María sintió el calor subirle por el cuello. Podía haberse dado la vuelta. Podía haber ido al sótano 2 como le dijeron. Pero María tenía hambre, y no solo de comida. Tenía hambre de justicia.
—Mire, don… —leyó el gafete— Don Ramírez. Yo no vendo dulces. Vengo a trabajar. Y me dijeron que el señor Román es el que manda aquí, no usted. Así que, o me deja pasar por las buenas y le aviso que llegué, o me salto este torniquete y armo un Pancho Villa aquí mismo que va a salir hasta en las noticias. Usted decide: ¿quiere ser el que me dejó pasar o el que dejó que una flaca de Iztapalapa le armara un escándalo en su lobby de lujo?
Ramírez dudó. Había algo en la voz de esa chica. No era la típica voz suplicante. Era una amenaza velada, pero dicha con una seguridad aplastante. Y Ramírez, en el fondo, prefería evitar problemas.
—Está bien, está bien, bájale dos rayitas —refunfuñó Ramírez, pasando su tarjeta maestra por el lector—. Sube. Pero si te sacan a patadas, yo no te conozco. Piso 40. Y suerte, la vas a necesitar con la bruja de arriba.
María sonrió, una sonrisa torcida y victoriosa.
—Gracias, jefe. Ahorita le bajo un café.
María subió al elevador. Mientras los números cambiaban (10, 20, 30…), ella ensayaba su discurso frente al espejo dorado del ascensor. “Buenos días, soy María…”, “No, muy formal”. “Qué onda, patrón…”, “No, muy naco”.
—Ay, que sea lo que Dios quiera —suspiró cuando las puertas se abrieron en el piso 40.
El piso ejecutivo era otro mundo. Olía a lavanda y dinero. Había obras de arte abstracto en las paredes que María pensó que eran manchas de humedad hasta que vio la firma del artista. Al fondo, un escritorio enorme de madera blanca, y detrás de él, Brenda.
Brenda estaba limándose una uña microscópica, con un auricular Bluetooth en la oreja.
—O sea, sí, gordo, ya sé… pero es que no puedo creer que Fulanita haya ido a la boda con ese vestido de la temporada pasada… ¡Qué oso! —decía Brenda, sin notar la presencia de María.
María carraspeó fuerte.
Brenda ni se inmutó. Siguió hablando.
María carraspeó más fuerte, casi como si tuviera tuberculosis.
Brenda levantó la vista lentamente, escaneando a María con su radar de “nacos”. Hizo una mueca de asco, colgó la llamada y se quitó el auricular.
—¿Se te ofrece algo? La paquetería se deja en recepción, no aquí. Y no compramos galletas, gracias.
—No vendo galletas —dijo María, acercándose al escritorio—. Vengo a ver a Don Rogelio.
—¿Al Licenciado Román? —Brenda soltó una risita nerviosa—. Ay, ternurita. ¿Tienes cita?
—No.
—Entonces bye. El Licenciado está ocupadísimo cerrando un trato con unos alemanes. No tiene tiempo para… esto.
En ese momento, la puerta doble de caoba detrás de Brenda se abrió de golpe. No salieron alemanes. Salió Don Rogelio, en mangas de camisa, con el cabello alborotado y cara de desesperación.
—¡Brenda! —rugió el oso—. ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está el reporte de ventas de Guadalajara? Y, ¿por qué demonios mi café sabe a agua de calcetín? ¡Te dije que quería café de grano, no de cápsula!
Brenda saltó de su silla, pálida.
—Licenciado, yo… es que la cafetera italiana se descompuso y… el reporte…
—¡Excusas! ¡Puras excusas! —Rogelio se pasaba la mano por la cara—. Estoy rodeado de incompetentes. Necesito gente que resuelva, carajo, no que me dé problemas.
Fue ahí cuando María vio su oportunidad. Era ahora o nunca.
Pasó por un lado de Brenda, esquivándola con una finta de futbolista, y se plantó frente al gigante.
—¡Buenas! —dijo María fuerte y claro.
Rogelio se detuvo en seco. Bajó la vista y se encontró con esos ojos verdes desafiantes.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, más sorprendido que enojado—. ¿Eres la de sistemas? ¿Vienes a arreglar la cafetera?
—No, señor. Soy María. Y vengo porque usted necesita ayuda y yo necesito chamba. Así que somos tal para cual.
La oficina se quedó en silencio. Brenda estaba boquiabierta, esperando que Rogelio llamara a seguridad y sacara a la intrusa a patadas. Rogelio, sin embargo, frunció el ceño, intrigado.
—¿Ah sí? —Rogelio cruzó los brazos, marcando sus bíceps—. ¿Y qué sabes hacer tú, María? ¿Sabes de finanzas? ¿De programación en Python? ¿De marketing digital?
—No sé nada de eso —admitió María sin bajar la mirada—. Pero sé que usted tiene hambre. Se le nota en la cara. Y sé que está harto de que le digan “sí señor, no señor” todo el día. Yo soy muy buena limpiando, soy rápida, no soy ratera y, lo más importante, sé dónde venden los mejores tacos de canasta de la zona, porque los vi al bajar del camión y se ve que tienen buena salsa.
Rogelio parpadeó una, dos veces. De repente, una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro barbudo. Luego, una carcajada. Una risa estruendosa que hizo vibrar los vidrios.
—¡Jajajaja! ¡Tacos de canasta! —se golpeó el muslo—. ¡Me lleva la tostada! Llevo tres horas aquí encerrado con hambre y nadie ha tenido la decencia de ofrecerme comida de verdad. Brenda solo me trae ensaladas de quinua que saben a pasto.
Rogelio miró a María con otros ojos. Vio el hambre en ella, esa misma hambre que él tenía hace treinta años.
—Me caes bien, chamaca. Tienes agallas. Entrar así a mi oficina… podías haber salido volando.
—El que no arriesga no gana, patrón —respondió ella.
Rogelio se giró hacia Brenda, que seguía en estado de shock.
—Brenda.
—¿S-sí, licenciado?
—Dale a esta señorita el puesto de intendencia que quedó libre. El de la señora Conchita que se jubiló. Que empiece hoy mismo.
—Pero… Licenciado… —balbuceó Brenda, mirando los tenis de María con horror—. No tenemos el uniforme listo… y… mire cómo viene vestida… da mala imagen…
—¡Me vale un cacahuate la imagen! —gritó Rogelio, aunque sonriendo—. Quiero gente con sangre en las venas. Y tú, María…
—¿Mande?
—Dijiste que sabías de los tacos. Toma —sacó un billete de quinientos pesos de su cartera y se lo extendió—. Tráeme cinco de chicharrón, cinco de papa y cinco de adobo. Y una Coca-Cola bien fría. Y cómprate lo que quieras para ti. Tienes veinte minutos. Si llegas tarde, estás despedida antes de empezar. ¿Jalas o te rajas?
María agarró el billete como si fuera un trofeo.
—Jalo, patrón. En quince estoy aquí.
María salió corriendo, dejando a Brenda con la boca abierta y a Rogelio soñando con salsa verde. Mientras bajaba en el elevador, María apretó el billete contra su pecho.
—Ya la hicimos, Anita. Ya la hicimos.
Pero María no sabía que acababa de declararle la guerra a la mujer más vengativa de Santa Fe. Brenda la miró irse y, con los ojos entrecerrados, murmuró:
—Disfruta tus tacos, gata. Porque te voy a hacer la vida un infierno hasta que te largues por donde viniste.
Parte 2: Sueños de Seda y Pesadillas de Oficina
CAPÍTULO 3: El Aparador de los Sueños Rotos
Los primeros meses de María en la Torre Román fueron una prueba de resistencia digna de un maratón olímpico, pero sin medalla de oro al final. Si bien Don Rogelio, “El Oso”, había sido su salvador, él vivía en las alturas, ocupado en juntas interminables, viajes a Silicon Valley y comidas de negocios en el Puerto Madero. Mientras tanto, María vivía a ras de suelo, en las trincheras, bajo el mando directo de la Generalísima Brenda.
Brenda no era tonta; sabía que no podía despedir a María. Don Rogelio había dado una orden directa y contradecir al patrón era suicidio laboral. Así que optó por una estrategia más sutil y venenosa: el desgaste psicológico.
—María, este piso está manchado. ¿Qué no ves? —decía Brenda, señalando una mota de polvo invisible en el mármol inmaculado—. Pásale el trapo otra vez. Y usa el limpiador caro, no el que huele a limón barato que te gusta. Aquí huele a lavanda o no huele a nada.
María apretaba los dientes, respiraba hondo y volvía a trapear.
—Sí, señorita Brenda. Ahorita queda.
El “Séquito de las Divinas”, conformado por Karla (de Nóminas) y Sofía (de Marketing), se unía al juego. Cuando María entraba al comedor de empleados —un espacio moderno con microondas y mesas de colores—, las conversaciones se detenían bruscamente.
—Huele a garnacha, ¿no? —decía Karla en voz alta, abanicándose la nariz con la mano—. Como que se metió el olor de la calle.
—Ay, sí, qué asco. Ojalá pongan un extractor más potente —respondía Sofía, mirando a María de reojo mientras picaba su ensalada orgánica de doscientos pesos.
María comía sola en una esquina, masticando su torta hecha en casa con frijoles y huevo, tragándose el coraje junto con cada bocado. “No llores, María”, se repetía. “Esto es por Anita. Piensa en la colegiatura, piensa en los libros de Biología, piensa en la bata blanca que va a usar tu hermana”.
La rutina era brutal. Levantarse a oscuras, pelear por un lugar en el metro Pantitlán, hacer transbordo en Tacubaya, subir al camión atascado hacia Santa Fe, trabajar diez horas aguantando humillaciones, y luego el regreso eterno a casa. Llegaba a Iztapalapa casi a las diez de la noche, con los pies palpitando y las manos resecas por el cloro y el fabuloso.
Pero en medio de ese gris agotamiento, María tenía un momento de luz. Un ritual secreto.
De camino al metro, al salir de la zona corporativa, había una calle exclusiva: Avenida Masaryk. Era el “Rodeo Drive” de México. Las tiendas ahí no tenían precios en los escaparates, porque si tenías que preguntar el precio, es que no podías pagarlo. Gucci, Prada, Louis Vuitton… nombres que para María sonaban a idiomas extraterrestres.
Sin embargo, había una boutique en particular, Elegancia y Estilo, que tenía algo que la hipnotizaba. En el maniquí central, iluminado por luces cálidas que lo hacían brillar como una joya, estaba El Vestido.
No era un vestido cualquiera. Era una obra de arte. De seda azul cobalto —ese azul profundo que tienen los cielos de los pueblos mágicos en la noche—, con un corte asimétrico: corto por delante para lucir las piernas, y con una cola larga y vaporosa por detrás que ondeaba con cualquier brisa. Tenía un escote discreto pero sensual y un cinturón de pedrería que destellaba como estrellas.
María se detenía frente al cristal todas las noches, religiosamente. Ponía sus manos sobre el vidrio frío y dejaba volar su imaginación. En su mente, el reflejo del vidrio no le devolvía la imagen de una chica cansada con uniforme de limpieza y mochila desgastada. No. El reflejo le mostraba a una María diferente. Una María peinada, maquillada, caminando con seguridad por un salón de baile, con ese vestido azul abrazando su figura. En esa fantasía, nadie la miraba con asco. La miraban con admiración. “Miren a esa mujer”, decían en su sueño. “Qué elegancia, qué porte”.
Ese vestido representaba todo lo que ella no tenía: respeto, belleza, un lugar en el mundo.
Una tarde lluviosa de abril, el destino decidió jugar sucio. María estaba ahí, paraguas roto en mano, admirando el vestido, cuando un claxon sonó agresivamente a sus espaldas. Un BMW blanco se detuvo junto a la acera, salpicando un poco de agua sucia en los tenis de María.
La ventanilla bajó. Era Brenda. Y no venía sola; Karla y Sofía iban con ella, risueñas, probablemente yendo a un “after office” en algún bar de moda.
—¡No puede ser! —chilló Brenda, asomando la cabeza con sus lentes de sol puestos, aunque estaba lloviendo—. Chicas, miren esto. ¡La Cenicienta se cree princesa!
Las risas estallaron dentro del coche.
—Oye, María —gritó Brenda, asegurándose de que la gente que pasaba escuchara—, ¿qué haces ahí? ¿Estás viendo si tienen trapos para limpiar el piso que combinen con tu cubeta?
Karla se asomó desde el asiento trasero.
—No seas mala, Bren. A lo mejor está ahorrando. Si juntas tus sueldos de… ¿qué te gusta? ¿Veinte años? A lo mejor te alcanza para comprar el cierre del vestido. ¡Jajaja!
María sintió que la cara le ardía. La vergüenza era un líquido caliente que le recorría la espalda. Quiso gritarles, quiso romperles el espejo retrovisor de una patada, pero el miedo a perder el trabajo la paralizó. Solo bajó la cabeza y apretó el mango de su paraguas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Ya vete a tu casa, gata! —remató Brenda—. ¡Que se te va a ir el último guajolotero!
El BMW arrancó acelerando a fondo, dejándole a María una nube de humo y una sensación de humillación tan profunda que dolía físicamente.
Pero lo que Brenda no vio, y María tampoco en ese momento, fue que unos metros atrás, una camioneta negra blindada, una Suburban, estaba parada en el semáforo. Dentro, en el asiento trasero, Don Rogelio había visto todo.
Rogelio bajó su tablet. Había escuchado los gritos. Había visto la postura derrotada de María frente al aparador. Y había sentido una punzada en el estómago. No era lástima. Era coraje.
—Chofer —dijo Rogelio con voz grave—. ¿Vio eso?
—Sí, patrón. Las señoritas de la oficina se pasaron de lanza con la muchacha.
—Se pasaron de lanza… —repitió Rogelio, mirando cómo María se alejaba caminando bajo la lluvia, pequeña y solitaria—. Anota el nombre de esa tienda, Beto. Y averigua cuánto cuesta ese trapo azul que estaba mirando la muchacha.
—¿El vestido, jefe?
—Sí, el vestido. Y Beto… mañana quiero que pases a Recursos Humanos y pidas el expediente de Brenda. Quiero ver cuántas faltas tiene. Nadie trata así a mi gente. Nadie.
Rogelio se recargó en el asiento de piel. La imagen de María frente al lujo inalcanzable se le quedó grabada. Él sabía lo que era desear algo que no puedes tener. Él había sido ese niño pegado al vidrio de las jugueterías. Y juró, en ese semáforo en rojo, que esa historia tendría un final diferente.
CAPÍTULO 4: La Convocatoria y la Trampa
Mayo llegó a la Ciudad de México con su calor sofocante y sus jacarandas perdiendo las últimas flores moradas. En la Torre Román, el ambiente vibraba con una electricidad especial. Se acercaba el evento sagrado del año: El “Retiro de Integración y Liderazgo”.
Este año, el chisme corría por los pasillos a la velocidad de la luz (gracias al chat de WhatsApp no oficial de la empresa). El destino no era el habitual hotel de cadena en Acapulco. No. Este año, Don Rogelio se había volado la barda. Había rentado la “Hacienda Los Arcángeles” en Cuernavaca. Un lugar histórico, con hectáreas de jardines, caballerizas, albercas climatizadas y un chef privado contratado para el fin de semana.
—Dicen que va a haber barra libre de tequila Don Julio —susurraba Karla en el baño—. Y que van a contratar un grupo de salsa en vivo.
—Yo ya me compré tres bikinis —respondía Brenda, retocándose el labial rojo frente al espejo—. Obvio tengo que lucir el cuerpazo. Además, ¿viste que van a ir los socios nuevos? Hay un argentino guapísimo. Ese es mío, eh, ni lo vean.
La circular oficial llegó por correo electrónico a todos los empleados… o casi a todos.
“Estimados colaboradores: Se les invita al Retiro Anual… Salida: Viernes 7:00 AM… Todo pagado… Objetivo: Fortalecer lazos y crear sinergia…”
María estaba limpiando la sala de juntas cuando escuchó el alboroto. Todos hablaban del viaje. Ella siguió tallando la mesa de cristal, sintiéndose invisible como siempre. Sabía que esos correos no le llegaban a ella. El personal de limpieza era subcontratado o, en su caso, contratado directo pero en la categoría más baja. Ellos no eran “colaboradores”, eran “insumos”.
Brenda entró a la sala con una lista en la mano, seguida de Karla.
—A ver, revisemos la lista del camión VIP y la del camión normal —decía Brenda—. Los gerentes van en la Sprinter de lujo. La prole va en el autobús grande.
María se hizo pequeña, tratando de desaparecer detrás de una planta artificial.
—Oye, Bren —preguntó Karla—, ¿y qué onda con la de limpieza? ¿María? ¿El jefe dijo que iba “todo el personal”, no?
Brenda soltó una carcajada seca.
—Ay, por favor, Karla. “Todo el personal” se refiere a la gente que piensa, no a la que trapea. ¿Te imaginas a esa naca en traje de baño en la alberca? ¡Qué horror! Seguro se mete con playera y short de mezclilla. Además, ¿quién va a limpiar aquí si todos nos vamos? Alguien tiene que quedarse de guardia.
—Pero… ¿y si el jefe pregunta?
—El jefe ni se va a acordar de que ella existe. Yo me encargo. Le voy a decir a María que le toca guardia el fin de semana para encerar los pisos. Así nos ahorramos la vergüenza ajena.
María escuchó todo. Sintió un nudo en la garganta. No es que muriera de ganas por ir a ver a esa gente emborracharse, pero la exclusión dolía. Dolía saber que para ellos, ella no valía ni un asiento en el autobús.
Esa tarde, cuando María estaba por irse, Brenda la interceptó en el pasillo.
—María, ven acá.
—Dígame, señorita Brenda.
—Fíjate que este fin de semana es el retiro de la empresa. Pero bueno, obviamente tú no vas.
—¿Por qué no, señorita? —se atrevió a preguntar María, recordando las palabras de Don Rogelio sobre “la raza”.
—Pues porque alguien tiene que cuidar la oficina, ¿no? —Brenda sonrió con malicia—. Además, es un evento de etiqueta casual-elegante. Y seamos honestas… tú no tienes ropa para eso. No querrás hacernos pasar un mal rato a todos, ¿verdad? Así que te puse en la lista de guardia. Vienes sábado y domingo a encerar el piso 40 y 41. Te pagamos las horas extra, claro. Si es que las trabajas bien.
María bajó la mirada. La necesidad del dinero extra era real. Anita necesitaba zapatos nuevos.
—Está bien, señorita. Yo me quedo.
Brenda se dio la vuelta triunfante, haciendo sonar sus tacones.
Pero el viernes por la mañana, el destino —y Don Rogelio— intervinieron.
Todos estaban reunidos en el estacionamiento subterráneo, con sus maletas Samsonite y sus lentes oscuros, listos para abordar los autobuses. El ambiente era de fiesta escolar. Brenda estaba organizando, tabla en mano, sintiéndose la dueña del circo.
De pronto, el elevador privado se abrió y salió Don Rogelio. No venía solo. Traía de la mano a un niño pequeño, de unos cinco años, con el cabello alborotado y una playera de Spiderman. Era Carlitos, su hijo.
—¡Buenos días, equipo! —gritó Rogelio con su voz de trueno—. ¡Vámonos que se hace tarde y los tacos de cecina en Tres Marías no esperan!
Todos vitorearon. Rogelio empezó a saludar de mano a la gente, uno por uno. Tenía una memoria prodigiosa.
—¿Qué pasó, Martínez? ¿Cómo sigue tu mamá?… ¡Quiubo, Sánchez! ¿Ya nació el bebé?
De repente, Rogelio se detuvo frente a Brenda. Frunció el ceño y miró alrededor, escaneando el grupo como un radar.
—Brenda.
—Dígame, licenciado. Todo listo. Las hieleras están llenas y…
—¿Dónde está María?
El silencio se hizo en el círculo cercano. Brenda tragó saliva.
—¿M-María? ¿La de limpieza?
—Sí, Brenda. María. La chica que me consigue las mejores tortas y que mantiene mi oficina impecable. No la veo.
—Ah, es que… ella… ella pidió permiso para no ir —mintió Brenda rápidamente—. Dijo que tenía… un compromiso familiar muy importante. Una boda de una prima en su pueblo, creo. Y pues se ofreció a hacer guardia.
Rogelio entrecerró los ojos. Conocía a Brenda. Y conocía a María. Esa historia no le cuadraba. María jamás faltaría al trabajo, pero tampoco rechazaría una oportunidad así sin decírselo a él.
—¿Ah, sí? —Rogelio sacó su celular—. Qué raro. Porque ayer hablé con ella y no me dijo nada de bodas.
—Beto —le gritó a su chofer—, ¿dónde vive María?
—En Iztapalapa, jefe. Tengo la dirección en el GPS porque la otra vez la llevamos cuando se le hizo tarde.
—Sube a Carlitos a la camioneta. No nos vamos hasta que venga María.
—¡Pero jefe! —protestó Brenda, perdiendo la compostura—. ¡Se nos va a hacer tarde! ¡La reservación del restaurante! No podemos retrasar a cien personas por… por una sirvienta.
Rogelio se giró lentamente hacia Brenda. Su mirada era fría como el hielo.
—Brenda, te lo voy a decir una vez. En esta empresa no hay “sirvientas”. Hay colaboradores. Y si María no va, yo no voy. Y si yo no voy, nadie va y se cancela el fin de semana. ¿Quedó claro?
Brenda asintió, roja de ira y vergüenza.
—Voy por ella —sentenció Rogelio—. Ustedes adelántense. Los alcanzo allá. Beto, ¡vámonos a Iztapalapa!
Mientras tanto, en el cuartito de azotea, María estaba en pijama (una playera vieja de una campaña política), lavando ropa a mano en el lavadero de piedra. Anita estaba estudiando en la mesita.
—¿No vas a ir a trabajar, mana? —preguntó Anita.
—Hoy no. Me dijeron que fuera mañana a la guardia. Hoy me dieron el día “libre” sin goce de sueldo —suspiró María, tallando con fuerza una mancha difícil—. Mejor, así lavo todo esto.
De repente, se escuchó un ruido inusual en la calle. No era el claxon del gas, ni el de los tamales. Era un motor potente. Y luego, toquidos fuertes en el portón de lámina de la vecindad.
—¡María! ¡Te buscan! —gritó la vecina de abajo, Doña Pelos—. ¡Es un señorzote en una camioneta del año! ¡Creo que es la policía o un narco, corre!
María se asomó por el barandal. Su corazón se detuvo. Ahí abajo, en medio de la calle sin pavimentar, esquivando un perro callejero, estaba Don Rogelio, con su traje impecable, mirando hacia arriba.
—¡María! —gritó el empresario, haciendo bocina con las manos—. ¡Baja! ¡Se nos va el camión!
María bajó las escaleras de caracol corriendo, casi tropezando. Abrió la puerta de metal oxidado.
—¡Patrón! ¿Qué hace aquí? ¡Es peligroso! ¡Le van a robar los rines!
Rogelio se rio.
—Nadie me va a robar nada, María. Vengo por ti. ¿Por qué no estás en la oficina para ir al viaje? Brenda me dijo que tenías boda.
—¿Boda? —María frunció el ceño—. No, patrón. Ella me dijo que no podía ir. Que no había lugar para mí y que mejor me quedara a encerar.
La cara de Rogelio se ensombreció por un segundo, una furia contenida cruzó sus ojos, pero la disimuló rápido.
—Esa Brenda… luego ajusto cuentas con ella. Mira, María, tú vienes. Es una orden. Y… ¿quién es ella? —preguntó, viendo a Anita que se asomaba tímida detrás de su hermana.
—Es mi hermana, Anita.
—Pues Anita también viene. Empaquen. Tienen diez minutos. Trajes de baño, chanclas y ganas de comer.
—Pero patrón… —María se miró las manos llenas de jabón—. No tenemos dinero para gastar allá. Y no tenemos ropa “casual-elegante”. Vamos a hacer el ridículo.
—María, escúchame —Rogelio le puso una mano en el hombro, un gesto paternal y firme—. El ridículo lo hace la gente que juzga a los demás por su ropa. Tú vales más que todos ellos juntos. Y allá no vas a gastar ni un peso, todo corre por mi cuenta. Es más, Carlitos viene conmigo y necesita a alguien que juegue con él porque yo voy a estar ocupado un rato. ¿Me haces el paro? ¿O me vas a dejar solo con el chamaco que es un torbellino?
María miró a Anita. Los ojos de la niña brillaban con una esperanza que le partió el alma. Una alberca. Un fin de semana lejos de la pobreza.
—Está bien, patrón. Vamos. Pero si me dejan entrar a la alberca con short, eh.
Rogelio sonrió.
—Entra como quieras, María. Pero entra con la cabeza en alto.
Diez minutos después, la camioneta negra salía de Iztapalapa rumbo a la autopista del sol, llevando a un millonario, a su hijo, y a dos hermanas que estaban a punto de vivir el fin de semana más transformador —y trágico— de sus vidas.
Parte 3: Sangre, Sudor y Lágrimas en la Eterna Primavera
CAPÍTULO 5: Un Sol para Pocos y Sombras para Muchos
La llegada a la “Hacienda Los Arcángeles” fue un espectáculo digno de alfombra roja, pero versión “Godínez en primavera”. El lugar era un paraíso terrenal escondido en las afueras de Cuernavaca: muros de piedra volcánica cubiertos de buganvilias fucsias, pavorreales paseando con arrogancia por los jardines y una alberca infinita que parecía fundirse con el cielo azul de Morelos.
Los empleados habían llegado en los autobuses alquilados. Bajaban estirando las piernas, poniéndose sombreros de paja y lentes oscuros, listos para la barra libre. Brenda, por supuesto, había bajado de la camioneta Sprinter de lujo (reservada para gerentes) como si fuera una celebridad de Hollywood evitando a los paparazzis.
—¡Ay, qué calor! —se quejaba, abanicándose con su mano perfectamente manicurada—. Ojalá el aire acondicionado de las habitaciones funcione, porque si sudo se me arruina el alaciado permanente. Karla, pásame el bloqueador factor 50, no quiero arrugarme.
El grupo de “Las Divinas” ya estaba asignando las mejores habitaciones, dejando las que estaban cerca de la cocina o del ruido para los de Soporte Técnico y Contabilidad.
Pero el verdadero show comenzó cuando la Suburban negra blindada de Don Rogelio entró por el portón principal, levantando un poco de polvo y mucha expectación.
Todos se detuvieron. Los meseros con charolas de micheladas se congelaron. Brenda se acomodó el pareo, lista para recibir al jefe con su mejor sonrisa falsa.
El chofer, Beto, abrió la puerta trasera. Bajó Don Rogelio, cargando a un Carlitos dormilón.
—¡Llegamos, raza! —gritó el jefe—. ¡Que empiece el desmadre!
Pero entonces, Beto abrió la otra puerta. Y de ahí no bajó un socio comercial, ni un inversionista extranjero.
Bajó María.
Y detrás de ella, Anita, con su mochila de Dora la Exploradora (la única que tenían) y los ojos abiertos como platos, maravillada por el lujo.
El silencio fue sepulcral. Se podía escuchar el zumbido de una mosca volando sobre el guacamole.
Brenda sintió que se le bajaba la presión. Se quitó los lentes de sol lentamente, como en una escena dramática de “La Rosa de Guadalupe”.
—No. Puede. Ser. —susurró, con voz temblorosa de ira—. ¿Trajo a la sirvienta? ¿En su camioneta?
El “Radio Pasillo” se activó inmediatamente. Los murmullos corrían como pólvora:
“¿Ya viste? Es la de limpieza.”
“¿Qué hace aquí? ¿Vino a limpiar los cuartos?”
“No manches, viene con el patrón. ¿Será que… ya sabes…?”
“¡Cállate! El patrón no tiene esos gustos.”
María bajó del vehículo sintiendo las miradas clavadas en su nuca como dardos venenosos. Se alisó su playera vieja y agarró fuerte la mano de su hermana. Se sentía como un intruso en una fiesta a la que no fue invitado, pero recordó las palabras de Rogelio: “Entra con la cabeza en alto”.
—¡Brenda! —gritó Rogelio, rompiendo la tensión—. ¡Acomódame a María y a su hermana en la suite del jardín! La que tiene dos camas. Y quiero que les den sus brazaletes de “Todo Incluido” ahorita mismo.
Brenda apretó la mandíbula tan fuerte que casi se rompe una muela.
—Claro, licenciado. Enseguida.
Mientras caminaban hacia la recepción, María escuchó el comentario viperino de Karla:
—Seguro la trajo para que le cuide al niño. De niñera sí pasa, porque de invitada… qué oso.
La tarde transcurrió bajo una extraña tregua. La “segregación social” se hizo evidente en la zona de la alberca. En un lado, los gerentes y los “populares” bebían tequila y escuchaban reguetón a todo volumen, presumiendo sus cuerpos de gimnasio y sus tatuajes de diseño. En el otro extremo, los empleados de menor rango, los tímidos y los “invisibles”, disfrutaban del agua con más recato.
María y Anita se instalaron en un rincón apartado del jardín, bajo la sombra de un árbol de tabachín. Anita estaba feliz, comiendo un helado de limón que un mesero amable (que le guiñó el ojo a María) les había llevado.
—¡Es como en las películas, María! —decía la niña—. ¡Mira cuánta comida! ¿Podemos pedir lo que sea?
—Lo que quieras, flaca. Aprovecha.
María no se metió al agua. Le daba vergüenza su traje de baño, uno de una pieza que había comprado hacía tres años en el mercado y que ya estaba un poco descolorido. Prefería observar. Observaba cómo Brenda coqueteaba descaradamente con el nuevo Director de Finanzas, un argentino presumido. Observaba cómo los demás se reían, bebían y olvidaban por un rato que el lunes tendrían que volver a la realidad.
De pronto, una pelota de playa aterrizó en su regazo.
—¡Perdón! —gritó una vocecita.
Era Carlitos. El hijo del jefe estaba aburrido. Su papá había sido secuestrado por un grupo de inversionistas japoneses que habían llegado de sorpresa para una “reunión informal” en la terraza. El pobre niño de cinco años estaba vagando solo, ignorado por los adultos que estaban más interesados en quedar bien con el jefe que en cuidar a su hijo.
—Hola, Carlitos —dijo María, devolviéndole la pelota—. ¿Qué haces solito?
—Mi papá está trabajando. Y esa señora, la tal Brenda, me dijo que me fuera a jugar “por allá” porque le iba a mojar el pelo —dijo el niño, haciendo un puchero.
María sintió una punzada de ternura. Carlitos, a pesar de tener todos los juguetes del mundo, estaba tan solo como ella se sentía a veces.
—¿Quieres jugar con nosotras? Anita sabe hacer coronas de flores con las buganvilias.
Los ojos de Carlitos se iluminaron.
—¿Sí? ¿Y saben jugar a las atrapadas?
—¡Soy la campeona mundial de las atrapadas de Iztapalapa! —presumió Anita, saltando de su silla.
Y así, mientras los adultos discutían sobre acciones, bonos y chismes de oficina, se formó el grupo más improbable y genuino de la fiesta: una conserje, una estudiante de prepa y el heredero de un imperio tecnológico, corriendo por el pasto, riendo a carcajadas y ensuciándose las rodillas.
Desde la terraza alta, Don Rogelio los observaba con una copa de whisky en la mano, ignorando momentáneamente al japonés que le hablaba sobre criptomonedas. Ver a su hijo reír así, con esa libertad, le provocó una sonrisa que no tenía precio.
“Esa mujer tiene magia”, pensó Rogelio. “No sé qué es, pero tiene algo que esta bola de hipócritas jamás tendrá”.
Pero la paz en México es como un aguacate perfecto: dura muy poco.
El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rojo sangre. La atmósfera se volvió pesada, cargada de electricidad estática. Los grillos empezaron a cantar, anunciando la noche. Y en los límites de la hacienda, donde la barda perimetral tenía un hueco olvidado cubierto de maleza, algo observaba. Algo con hambre. Algo salvaje.
CAPÍTULO 6: Sangre en el Paraíso
El reloj marcaba las 6:30 PM. La mayoría de los empleados habían salido de la alberca para ir a cambiarse para la cena baile. El jardín estaba casi desierto, salvo por los meseros recogiendo vasos vacíos.
Don Rogelio seguía atrapado en la reunión. Los japoneses eran incansables y exigentes.
—Rogelio-san, necesitamos revisar los proyecciones del Q3 antes de la cena —insistía el Sr. Tanaka.
—Claro, claro… —Rogelio miraba su reloj, impaciente. Quería ir a ver a su hijo, quería asegurarse de que María y Anita estuvieran bien. Tenía un mal presentimiento, esa “chiripiorca” que le daba en la rodilla cuando algo iba a salir mal.
Mientras tanto, en el jardín, el juego había llevado a los niños lejos de la zona segura.
—¡A que no me alcanzas! —gritaba Carlitos, corriendo hacia la zona trasera de la hacienda, donde el pasto bien cuidado daba paso a matorrales altos y árboles viejos. Era una zona que colindaba con un terreno baldío, separado apenas por una alambrada vieja y oxidada.
—¡Carlitos, espera! —gritó María, que se había quedado atrás recogiendo las sandalias de Anita—. ¡No te alejes tanto! ¡El patrón dijo que no pasaras de los columpios!
Pero Carlitos, con la energía inagotable de los cinco años, vio algo que le llamó la atención cerca de la alambrada.
—¡Mira, María! ¡Un perrito!
María sintió un escalofrío. “Perrito”. Esa palabra activó todas sus alarmas internas. En Iztapalapa, los perros callejeros no son mascotas; son sobrevivientes, y a veces, son peligrosos.
—¡Carlitos, no! —gritó María, echando a correr con todas sus fuerzas, olvidándose del dolor de pies y del cansancio.
Carlitos se había agachado frente a un agujero en la cerca. Del otro lado, entre la maleza seca, brillaban dos ojos amarillos. No era un “perrito”. Era un animal enorme, una mezcla de pastor alemán con quién sabe qué bestia del monte. Estaba flaco, con las costillas marcadas, el pelaje lleno de lodo y sarna, y una cicatriz vieja que le cruzaba el hocico.
Era un perro feral. Un animal que había olvidado la mano del hombre o que solo la conocía para recibir golpes. Y tenía hambre. Mucha hambre.
El perro no ladró. Los perros peligrosos no avisan. Solo emitió un gruñido bajo, gutural, que hizo vibrar el aire.
—Ven, perrito… —dijo Carlitos inocentemente, extendiendo su manita regordeta.
—¡CARLITOS, QUÍTATE! —el grito de María fue desgarrador.
El perro atacó.
Fue un borrón de movimiento. La bestia cruzó el hueco de la alambrada con una agilidad terrorífica y se lanzó directo hacia el niño, buscando el cuello, buscando presa fácil.
Carlitos gritó, un sonido agudo de terror puro, y se tropezó cayendo de espaldas.
El perro saltó.
Pero no aterrizó sobre el niño. Aterrizó sobre María.
En el último segundo, María se había lanzado en una tacleada suicida, interponiendo su cuerpo entre los colmillos y el pequeño.
Sintió el impacto caliente y pesado del animal contra su pecho. Y luego, el dolor. Un dolor agudo, ardiente, como si le hubieran clavado clavos al rojo vivo en el antebrazo izquierdo.
—¡CORRE! —bramó María, golpeando el hocico del animal con su puño libre—. ¡ANITA, LLÉVATE A CARLITOS!
El perro, enfurecido por la resistencia, sacudió la cabeza, desgarrando la piel y el músculo del brazo de María. La sangre brotó a borbotones, manchando su playera blanca, salpicando su cara.
Anita, paralizada por el horror un segundo, reaccionó al grito de su hermana. Agarró a Carlitos, que lloraba histérico, y lo arrastró lejos.
—¡AYUDA! ¡AYUDA! —gritaba la niña con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡EL PERRO ESTÁ MATANDO A MARÍA!
María estaba en el suelo, luchando por su vida. El perro soltó su brazo y buscó su garganta. María levantó la pierna instintivamente y le metió una patada en las costillas al animal, pero el perro, ciego de furia, mordió su pantorrilla, clavando los dientes profundos hasta el hueso.
—¡Aaaahhhhh! —el grito de dolor de María resonó en toda la hacienda, interrumpiendo la música lounge y las risas de los borrachos.
Desde la terraza, Rogelio escuchó los gritos. No necesitó que nadie le dijera qué pasaba. El instinto de padre se activó. Soltó la copa de whisky, que se hizo añicos en el suelo, y saltó el barandal de la terraza (un salto de casi dos metros) cayendo en el jardín como un superhéroe enojado.
—¡CARLITOS! —rugió Rogelio, corriendo hacia los gritos con una velocidad que nadie creía posible para un hombre de su tamaño.
Detrás de él venían los de seguridad y varios meseros armados con palos y sillas.
Cuando Rogelio llegó, la escena era dantesca. María estaba en el suelo, cubierta de tierra y sangre, usando su brazo bueno para mantener las fauces del perro lejos de su cara. El animal gruñía, tirando mordidas al aire.
—¡SÚELTALA, MALDITO! —gritó Rogelio.
El “Oso” no se detuvo. Sin pensar en su propia seguridad, le propinó una patada brutal al perro en el costado, levantándolo del suelo. El animal, sorprendido por la fuerza del impacto y viendo que llegaban más hombres, soltó a su presa.
Gimió, miró a Rogelio con odio, y salió corriendo de vuelta hacia el agujero de la cerca, perdiéndose en la oscuridad del monte.
Rogelio se arrodilló junto a María. Lo que vio le heló la sangre. El brazo de María estaba destrozado, la carne abierta de forma grotesca. Su pierna sangraba profusamente. Ella estaba pálida, sudando frío, con los ojos a punto de cerrarse.
—María… María, mírame —Rogelio se quitó su saco Armani de treinta mil pesos y lo usó para presionar la herida del brazo, sin importarle la sangre—. ¡Una ambulancia! ¡Llamen a una puta ambulancia ya! —gritó a los mirones que empezaban a llegar.
—El niño… —susurró María, con los labios temblando—. ¿Dónde está… Carlitos?
—Está bien, está con Anita. Está a salvo. Tú lo salvaste, María. Tú lo salvaste.
Carlitos, llorando a moco tendido, se escapó de los brazos de Anita y corrió hacia su papá.
—¡Papá! ¡El perro malo quería comerme! ¡María le pegó! ¡María es valiente!
Rogelio abrazó a su hijo con un brazo y sostuvo a María con el otro. Miró a su alrededor. Ahí estaba Brenda, que acababa de llegar corriendo (lo mejor que podía en tacones), con la cara pálida. Y Karla. Y el argentino. Todos miraban con horror y culpa. Nadie se había movido para ayudar antes. Solo la chica de la limpieza.
—¡Traigan la camioneta! —ordenó Rogelio—. No voy a esperar a la ambulancia de pueblo. Me la llevo yo. ¡Muévanse, carajo!
El viaje al hospital fue una pesadilla borrosa. Beto conducía como piloto de Fórmula 1, tocando el claxon y pasándose los altos. Rogelio iba atrás, sosteniendo la cabeza de María en su regazo, hablándole para que no se durmiera.
—No te me vayas, María. Aguanta. Piensa en Anita. Piensa en… en los tacos que me debes. No te puedes morir debiéndome unos tacos.
María sonrió débilmente, una mueca de dolor.
—Ya están pagados, patrón…
Llegaron al Hospital Privado de Cuernavaca. Rogelio entró a urgencias cargando a María en brazos, gritando órdenes, exigiendo al mejor cirujano plástico, al mejor traumatólogo, al mejor todo.
—¡Salvenle el brazo y la pierna! ¡No me importa cuánto cueste! ¡Si es necesario compro el hospital!
Las horas siguientes fueron eternas. Rogelio se paseaba por la sala de espera como un león enjaulado, con la camisa blanca manchada de la sangre de María. Carlitos dormía en un sillón, con la cabeza en las piernas de Anita, que lloraba en silencio rezando un Rosario.
Nadie de la oficina se atrevió a ir al hospital. Sabían que no eran bienvenidos. La fiesta en la hacienda se había acabado. El silencio reinaba en Los Arcángeles. Brenda se había encerrado en su cuarto, temblando, dándose cuenta de que sus burlas y su desprecio ahora pesaban como lápidas. Había llamado “gata” a la única persona que tuvo el valor de salvar al hijo del dueño.
A las 3:00 AM, el cirujano salió.
—Señor Román.
—¿Cómo está?
—Fue difícil. Perdió mucha sangre. Tuvimos que reconstruir parte del músculo del antebrazo y suturar cuarenta puntos en la pierna. Pero… es fuerte. Muy fuerte. Se va a recuperar. Va a tener cicatrices, sí, pero conservará la movilidad.
Rogelio soltó el aire que llevaba horas conteniendo. Se dejó caer en una silla y se tapó la cara con las manos. Lloró. Lloró de alivio, de culpa y de gratitud.
Tres días después, María estaba lista para ser dada de alta. Estaba débil, dolorida, pero viva. Rogelio había convertido su habitación de hospital en una florería. Había globos, peluches gigantes que le había mandado Carlitos, y chocolates.
Pero había algo más.
Rogelio entró a la habitación con una caja rectangular, grande y elegante, con el logo de Elegancia y Estilo.
—Buenos días, heroína —dijo Rogelio suavemente.
—Patrón… digo, Don Rogelio. No tenía que venir.
—María, por favor. Si no fuera por ti, hoy estaría enterrando a mi hijo. Todo lo que tengo es tuyo. Pero… quería darte algo personal. Algo que sé que querías.
Puso la caja sobre la cama.
—Ábrelo.
María, con su brazo bueno, desató el lazo dorado. Levantó la tapa. El olor a papel de seda nuevo inundó la habitación. Y ahí estaba.
El azul cobalto. La seda brillante. Las piedras del cinturón destellando bajo la luz clínica.
Era El Vestido.
María se llevó la mano a la boca. Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero esta vez no eran de dolor.
—Es… es el del aparador.
—El mismo. Mandé a investigar cuál era tu talla. Sé que ibas a verlo todas las noches.
—Pero… señor… —María acarició la tela con miedo de ensuciarla—. ¿A dónde voy a llevar yo esto? Mireme. Estoy toda remendada, llena de cicatrices. Ya no soy bonita para esto. Soy… soy la de limpieza.
Rogelio se acercó, le levantó la barbilla con suavidad y la miró a los ojos con una intensidad que hizo que el corazón de María se saltara un latido.
—Las cicatrices son el mapa de tu valentía, María. Eres la mujer más hermosa y valiente que he conocido. Y créeme… vas a usar ese vestido. Muy pronto. Porque tengo un plan. Y en ese plan, tú ya no vas a limpiar el piso. Tú vas a hacer que el piso tiemble cuando camines sobre él.
María abrazó el vestido contra su pecho, llorando, mientras Rogelio le sonreía con complicidad. Afuera, el sol de Cuernavaca brillaba, pero dentro de esa habitación, una nueva María estaba naciendo. Una que ya no bajaría la cabeza ante nadie.
La guerra contra Brenda y los prejuicios de la oficina apenas comenzaba. Y María ahora tenía armadura de seda y un aliado poderoso.
Parte 4: La Reina de Seda y el Jaque Mate
CAPÍTULO 7: La Transformación de la Cenicienta de Iztapalapa
La semana después del accidente, la Torre Román parecía un funeral. Nadie hablaba en voz alta. El “Retiro de Integración” había terminado abruptamente y el chisme corría por los pasillos, pero esta vez con un tono diferente. Ya no había burlas hacia María; había culpa. Y miedo. Miedo porque Don Rogelio había regresado a la oficina con una mirada que podía congelar el infierno.
María, por su parte, estaba en su casa en Iztapalapa, recuperándose. Don Rogelio, fiel a su palabra, le había dado incapacidad con goce de sueldo completo y un bono extra “por servicios heroicos” que le permitió a María pagar las deudas de tres años y comprarle a Anita una laptop nueva para la escuela.
Pero María estaba inquieta. Miraba la caja de Elegancia y Estilo sobre su mesa de madera vieja. El vestido azul dormía ahí, esperando.
—Te lo tienes que probar, mana —le insistía Anita—. Ya te quitaron las vendas del brazo, solo te queda la curita grande. Y cojeas poquito. ¡Ándale!
—No, Anita. Ese vestido es para una señora de las Lomas, no para mí. Seguro me veo ridícula, como mona vestida de seda.
Mientras tanto, en la oficina, el caos se estaba gestando.
Se acercaba el miércoles, el “Día D”. La firma del contrato con TechKyoto, el conglomerado japonés. Era el trato que pondría a la empresa de Rogelio en las ligas mayores globales. Todo tenía que ser perfecto.
Brenda estaba nerviosa. Sabía que su posición pendía de un hilo. Rogelio apenas le dirigía la palabra; solo le ladraba órdenes. Para tratar de redimirse, Brenda decidió organizar la recepción de los japoneses ella misma.
—Voy a contratar el catering más exclusivo —decía por teléfono, estresada—. Quiero sushi, pero sushi de verdad, no esas cosas con queso crema que comemos aquí. Y quiero sake caliente. Y geishas… ¿se pueden rentar geishas? No, mejor no, se ve muy falso.
La noche anterior a la reunión, Brenda decidió “relajarse” con sus amigas “Las Divinas” en un bar de moda en Polanco.
—Ay, güey, estoy estresadísima. El Oso me trae en jaque —decía Brenda, empinándose un shot de tequila—. Pero mañana voy a brillar. Esos japoneses van a comer de mi mano.
—Salud por eso, amiga —brindó Karla—. Tú eres la reina de la oficina. La gata esa de María ya ni va a volver, seguro le dieron una lana y la mandaron a su pueblo.
Pero el tequila es traicionero, y Brenda no tenía límites. La “copita para relajarse” se convirtió en una borrachera monumental.
Miércoles, 8:00 AM.
La sala de juntas principal estaba impecable. Don Rogelio revisaba los contratos, caminando de un lado a otro como tigre enjaulado. Los japoneses llegaban a las 9:00 en punto.
—¿Dónde está Brenda? —preguntó Rogelio a su asistente junior—. Necesito los expedientes traducidos y el protocolo de bienvenida.
Silencio.
—No ha llegado, señor.
—¿Cómo que no ha llegado? —Rogelio sintió que le estallaba una vena en la frente—. Márcale.
Tres llamadas después, Brenda contestó.
—¿Bueno? —su voz sonaba pastosa, ronca y claramente adormilada. Se escuchaba música de fondo, probablemente seguía en el “after” o acababa de despertar en un lugar desconocido.
—Brenda. Dime que estás en el estacionamiento —dijo Rogelio con voz gélida.
—Ay, jefe… cof, cof… me siento fatal. Creo que me dio… eh… salmonela. Sí, comí algo malo. No puedo ir. Me muero. Bye.
Colgó.
Rogelio miró el teléfono con incredulidad y furia. Faltaban 45 minutos. Estaba solo. Karla y Sofía no sabían nada del protocolo; eran inútiles sin su líder. La asistente junior estaba temblando de pánico.
—¡Estamos fritos! —exclamó Rogelio, golpeando la mesa—. Estos japoneses son súper tradicionales. Si no los recibe alguien con el protocolo adecuado, se van a ofender y se cae el trato. Necesito a alguien que tenga… que tenga tacto, carajo. Que tenga alma.
Y entonces, la imagen de María en el hospital le vino a la mente. “Usted se ve cansado, señor”, le había dicho al doctor, ofreciéndole agua. Esa empatía natural. Esa calidez mexicana que desarma a cualquiera.
—¡Beto! —gritó Rogelio por el intercomunicador—. ¡Vete a Iztapalapa volando! ¡Lleva a la maquillista de mi ex esposa, págale lo que pida, pero que vaya en la camioneta contigo!
Rogelio marcó el número de María.
—¿Bueno? —contestó ella, sorprendida.
—María. No preguntes, solo escucha. Te necesito.
—¿Pasó algo con Carlitos?
—No. Pasó algo con el futuro de la empresa. Y tú eres la única que puede salvarme. ¿Tienes el vestido?
—Sí, pero…
—Beto va para allá. Tienes 30 minutos. Ponte el vestido. Péinate. Y ven para acá. Hoy no vas a limpiar. Hoy vas a ser la dueña del lugar.
—¡Pero patrón! Yo no sé hablar con japoneses. Yo apenas terminé la prepa abierta.
—María, tú enfrentaste a un perro rabioso para salvar a mi hijo. Unos empresarios japoneses no son nada comparados con eso. Confío en ti. Por favor.
María colgó el teléfono, con el corazón latiendo a mil por hora. Miró a Anita.
—¡Saca la plancha, corre! ¡Y ayúdame con el cierre!
El trayecto fue de película. Beto conducía la Suburban blindada por el segundo piso del Periférico esquivando el tráfico como si fuera Rápido y Furioso. Atrás, una maquillista profesional (que iba agarrada del asiento rezando) le aplicaba base y rímel a María mientras la camioneta daba volantazos.
—¡No te muevas, chula! —decía la maquillista—. ¡Te voy a dejar divina! Tienes unos ojos preciosos, vamos a resaltarlos.
Cuando la camioneta derrapó en la entrada de la Torre Román, faltaban dos minutos para las 9:00.
María bajó. Pero ya no era María “la de limpieza”.
El vestido azul cobalto era un escándalo. Se ajustaba a su cintura y caía con una elegancia líquida. El corte asimétrico dejaba ver sus piernas tonificadas por años de caminar y subir escaleras. En su pantorrilla izquierda, la venda blanca había sido reemplazada por un vendaje discreto color piel, y sus cicatrices en el brazo estaban cubiertas por las mangas largas de encaje del diseño.
Llevaba unos tacones plateados (que la maquillista traía de repuesto y que, por milagro de la Virgen de Guadalupe, le quedaron). Su cabello rojo estaba recogido en un chongo alto, despeinado a propósito, moderno y chic.
Ramírez, el guardia de seguridad que meses atrás casi no la deja entrar, se quedó con la boca abierta, tanto que casi se le cae el radio.
—¿Señorita… María? —tartamudeó.
—Buenos días, oficial Ramírez. ¿Me abre la puerta o me tomo la foto aquí? —dijo ella con una sonrisa traviesa.
María subió al elevador. Al llegar al piso 40, las puertas se abrieron.
El pasillo estaba lleno de empleados curiosos que sabían que Brenda había fallado y que el jefe estaba furioso. Cuando vieron salir a esa mujer despampanante, hubo un silencio colectivo. Karla dejó caer su café al suelo. Sofía se tuvo que sostener de la pared.
—¿Esa es… la trapeadora? —susurró alguien.
—Cállate, se ve increíble. Parece actriz de cine.
María caminó hacia la sala de juntas. Sus tacones resonaban con autoridad. No caminaba con arrogancia como Brenda; caminaba con dignidad. La dignidad de quien ha sobrevivido al fuego (o a los perros) y sabe que nada puede lastimarla ya.
Entró a la sala justo cuando los japoneses estaban tomando asiento, con caras serias e impasibles. Rogelio estaba sudando frío.
—Disculpen la demora, caballeros —dijo María. Su voz no tembló. Sonó clara y dulce.
Rogelio se giró y sus ojos brillaron. Ahí estaba. Su reina.
—Señores —dijo Rogelio, recuperando el aliento—, permítanme presentarles a mi… socia y mano derecha, la Señorita María.
Los japoneses, hombres de honor que valoran la presencia y el respeto, se pusieron de pie. El Sr. Tanaka, el CEO de TechKyoto, la miró. Vio algo en ella. No vio a una ejecutiva agresiva. Vio a una mujer con un aura de bondad y fuerza.
—Konnichiwa —dijo Tanaka, haciendo una reverencia profunda.
María, recordando las novelas y por puro instinto, juntó las manos e inclinó la cabeza con respeto genuino.
—Es un honor tenerlos en nuestra casa —dijo ella—. Sé que vienen de un viaje largo y cansado. Antes de hablar de negocios, me gustaría ofrecerles algo para el alma.
María chasqueó los dedos (un gesto que le salió del alma) y entraron los meseros con té de manzanilla y unas galletas artesanales de amaranto que ella misma había sugerido comprar de camino a Beto en un puesto de la calle. Nada de sushi pretencioso. Sabores de México, sencillos y honestos.
—Mi abuela decía que no se pueden tomar decisiones con el estómago vacío ni el corazón frío —dijo María, sirviéndole el té al Sr. Tanaka personalmente, rompiendo el protocolo de dejar que los meseros lo hicieran.
Tanaka probó la galleta de amaranto. Sonrió.
—Me recuerda a los dulces de mi pueblo en Okinawa —dijo el japonés en un inglés pausado—. Sencillo. Dulce. Real. Señor Román, tiene usted una asociada con gran sabiduría.
La reunión fue un éxito rotundo. María no entendía de proyecciones financieras, pero entendía de personas. Cuando la tensión subía, ella hacía un comentario ligero que relajaba el ambiente. Cuando dudaban de la honestidad de la empresa, ella los miraba a los ojos y les daba su palabra, y ellos le creían, porque la verdad se le notaba en la mirada.
A las 12:00 PM, el contrato estaba firmado.
CAPÍTULO 8: Un Final de Telenovela (Y un Tacos Date)
Cuando los japoneses se fueron, haciendo reverencias y prometiendo volver pronto, la oficina estalló en aplausos. Esta vez no eran aplausos forzados. Eran reales. Los empleados rodeaban a María, felicitándola.
—¡Te viste increíble, María!
—¡Qué bárbaro, cómo manejaste al viejito ese!
—Oye, ¿dónde compraste ese vestido? ¡Está divino!
Incluso Karla y Sofía se acercaron, con la cola entre las patas.
—Oye, María… perdón por lo de la otra vez… es que… ya sabes, cosas de Brenda. Nosotras no queríamos ser mala onda.
María las miró. Podría haberlas humillado. Podría haberles dicho sus verdades. Pero María tenía clase.
—No se preocupen, chicas. El pasado, pisado. Pero la próxima vez que tiren café al piso, recójanlo ustedes, ¿va? —les guiñó un ojo y siguió caminando.
Rogelio la observaba desde la puerta de su oficina, recargado en el marco, con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero faltaba el último acto de esta obra.
El elevador se abrió y salió Brenda.
Venía despeinada, con lentes oscuros para tapar las ojeras, y con un vaso de café en la mano. Había decidido presentarse tarde, pensando que podría inventar alguna excusa y salvar el pellejo.
Se topó de frente con la celebración. Y en medio de todos, vio a la mujer de azul.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —preguntó Brenda, quitándose los lentes. Sus ojos inyectados en sangre se abrieron al máximo al reconocer a María—. ¿Tú? ¿Qué haces con mi puesto? ¡Seguridad! ¡Saquen a esta intrusa!
Nadie se movió.
Rogelio se adelantó, abriéndose paso entre la multitud como Moisés abriendo las aguas.
—Nadie va a sacar a nadie, Brenda. Bueno, miento. A alguien sí vamos a sacar.
Brenda palideció.
—Jefe… yo… le juro que me sentía mal…
—Ahórratelo, Brenda. Sé que estuviste bebiendo anoche. Vi tus historias de Instagram. Se te olvidó bloquearme —Rogelio levantó el celular mostrando una foto de Brenda bailando sobre una mesa con la leyenda “¡Al diablo el trabajo!”.
La oficina soltó un “¡Uuuuhhhh!” colectivo.
—Estás despedida, Brenda. Por incompetente, por mentirosa y, sobre todo, por ser una mala persona. Recoge tus cosas. Tienes cinco minutos. Y déjame decirte algo: María no tiene tu puesto. Ella tiene uno mucho mejor. Ella es la nueva Gerente de Relaciones Humanas. Porque es la única humana que conozco en este edificio.
Brenda intentó protestar, llorar, gritar, pero la mirada de desprecio de todos sus ex-compañeros la calló. Agarró su bolsa Louis Vuitton (que probablemente era falsa) y caminó hacia el elevador, humillada, mientras el sonido de sus tacones, antes intimidante, ahora sonaba triste y hueco.
Cuando las puertas del elevador se cerraron, llevándose a la villana de la historia, Rogelio se giró hacia María.
La multitud se dispersó discretamente, dándoles espacio.
—Lo hiciste, María. Nos salvaste.
—Hicimos buen equipo, patrón.
—Deja de decirme patrón. Por favor. Me haces sentir viejo y lejano.
Rogelio le tomó la mano. Sus manos grandes y fuertes envolvieron la mano pequeña y llena de callitos de María.
—Tengo hambre —dijo Rogelio de repente.
María se rio.
—Yo también. De tanto nervio ni desayuné.
—Te debo una cena. Una cena de verdad. No de negocios. Una cita. Tú y yo.
María sintió que se ponía roja como un tomate.
—¿Una cita? ¿Usted y yo? Pero Don Rogelio… somos de mundos diferentes. Usted vive en un penthouse y yo en Iztapalapa. Usted come caviar y yo sopes.
—¿Y? A mí me chocan el caviar. Y me encantan los sopes. Además, los mundos no importan cuando las personas se encuentran. Y yo… bueno, yo creo que me encontré contigo desde el día que entraste a mi oficina exigiendo trabajo.
María lo miró a los ojos. Vio sinceridad. Vio amor.
—Está bien, Rogelio. Acepto la cita. Pero con una condición.
—Lo que quieras. Pide. ¿París? ¿Nueva York?
—No. Quiero que vayamos a los tacos de “El Paisa”, ahí por mi casa. Los que tienen la salsa que pica rico. Y quiero que vaya así, de traje, para que presuma que ando con el guapo de la oficina.
Rogelio soltó una carcajada y la levantó en el aire, girando con ella en medio de la oficina, haciendo que la cola del vestido azul volara como una bandera de victoria.
—¡Trato hecho! ¡A los tacos se ha dicho!
EPÍLOGO: Un Año Después
La boda no fue en un salón cerrado. Fue en la misma Hacienda Los Arcángeles, pero esta vez, no hubo zonas VIP ni exclusión. Había mesas largas donde se sentaron los inversionistas japoneses junto a Doña Pelos (la vecina de María) y los chicos de Soporte Técnico.
Carlitos, ahora con seis años y faltándole un diente, llevó los anillos vestido con un mini-smoking. Anita, radiante en un vestido color lila, era la dama de honor y presumía con orgullo que había sido aceptada en la Facultad de Medicina de la UNAM.
Cuando María caminó hacia el altar, no llevaba un vestido de diseñador europeo. Llevaba un vestido hecho por manos artesanas mexicanas, bordado con flores de colores. Pero en su cabello, llevaba un pequeño lazo de seda azul cobalto. Un recuerdo de la batalla que la trajo hasta aquí.
Rogelio la esperaba en el altar, llorando como una magdalena, sin importarle que sus socios lo vieran.
—Te ves hermosa, mi reina —le susurró cuando llegó a su lado.
—Y tú te ves bien guapo, mi oso —respondió ella.
Y así, la chica que limpiaba los vidrios para ver el mundo desde afuera, terminó siendo dueña del mundo, no por casarse con un millonario, sino por tener el coraje de ser ella misma, de amar sin miedo y de nunca, nunca, agachar la cabeza.
Ah, ¿y Brenda? Cuentan las malas lenguas que ahora trabaja vendiendo tiempos compartidos por teléfono. Y cada vez que le toca limpiar su propio escritorio, se acuerda de María y suspira. Porque el karma, amigos míos, es como la salsa de los tacos: a veces tarda en bajar, pero cuando pica, pica sabroso.
FIN