
CAPÍTULO 1: LA CITA PERFECTA Y EL NIÑO DEL KILÓMETRO 40
El calor de julio en los Altos de Jalisco no perdonaba a nadie. Eran las seis de la tarde, pero el sol seguía aferrado al horizonte como una moneda de cobre fundido, bañando la carretera federal con una luz anaranjada y cegadora. El aire, denso y seco, hacía vibrar el asfalto, creando esos espejismos líquidos que engañan a los viajeros cansados.
Pero Arturo Solís no estaba cansado. Al contrario, sentía una electricidad recorriendo su cuerpo que nada tenía que ver con la cafeína. A sus treinta y dos años, Arturo conducía su camioneta Grand Cherokee último modelo con la seguridad de quien siente que por fin tiene las riendas de su vida. El aire acondicionado mantenía la cabina a unos perfectos veintiún grados, un oasis de frescura con olor a cuero nuevo y a su propia loción cara, contrastando violentamente con el mundo polvoriento y sudoroso que desfilaba al otro lado de los cristales tintados.
—Hoy es el día, compadre. Hoy sí —se dijo a sí mismo, mirándose de reojo en el espejo retrovisor para acomodarse el cuello de la camisa.
Regresaba de Guadalajara. Tres días de negociaciones infernales con proveedores de acero y cemento habían terminado en un triunfo absoluto. Su constructora, “Solís y Asociados”, acababa de cerrar el contrato para pavimentar y urbanizar un nuevo fraccionamiento residencial. Era mucha lana. Demasiada, quizás, para alguien que hace veinticinco años no tenía ni dónde caerse muerto. Pero el dinero, aunque daba tranquilidad, no era lo que le hacía sonreír como un adolescente enamorado mientras tamborileaba los dedos sobre el volante al ritmo de una balada de Luis Miguel que sonaba bajito en la radio.
Su mente estaba a kilómetros de distancia, en la terraza del restaurante “El Molino”, el lugar más exclusivo de la ribera, donde en menos de dos horas se encontraría con Elena.
Elena. Solo pronunciar su nombre en su mente hacía que el nudo de su corbata se sintiera más apretado. Se habían conocido hacía un mes en una conferencia para emprendedores en el centro de convenciones. Él estaba en el escenario, hablando sobre la importancia de la cimentación en terrenos difíciles, tratando de sonar profesional y seguro. Y entonces la vio. Estaba en la tercera fila, con un traje sastre azul marino y una pluma mordisqueada entre los labios. Cuando levantó la mano para preguntar sobre la volatilidad de los precios del acero, Arturo sintió que el piso se le movía. No fue solo su inteligencia, que era afilada como un bisturí, ni sus ojos color miel que parecían leerle el alma; fue esa risa franca y sonora que soltó cuando el micrófono de Arturo hizo un acople agudo.
Desde ese día, habían hablado a diario. Mensajes de “Buenos días” a las seis de la mañana, llamadas de dos horas antes de dormir hablando de todo y de nada, memes tontos y confesiones serias. Pero hoy… hoy era la primera cita “oficial”. Cena, vino, velas. El paquete completo. Arturo sabía que Elena era especial. No era como las otras mujeres con las que había salido, interesadas en su camioneta o en sus tarjetas de crédito. Elena tenía su propia carrera, su propio dinero y, lo más importante, un corazón que parecía demasiado grande para este mundo cínico.
Arturo miró el reloj digital del tablero. 6:25 PM.
—Chingada madre —murmuró.
El tiempo se le estaba viniendo encima. Tenía que llegar a su casa, bañarse, rasurarse esa sombra de barba que le salía a las cinco de la tarde y llegar al restaurante antes de las ocho. Odiaba la impuntualidad. Para él, llegar tarde era una falta de respeto, una señal de debilidad.
Fue entonces cuando un pensamiento le golpeó el estómago como un puñetazo. Frenó un poco, aunque la carretera estaba casi vacía.
—¡Las flores! —gritó, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¡No mames, Arturo, las pinches flores!
¿Cómo diablos se le había podido olvidar? Había pasado por tres florerías “fifís” en Zapopan antes de salir a carretera. Había visto los arreglos de rosas rojas, de orquídeas blancas, de tulipanes importados. Y en todas pensó: “Ahorita de regreso paso, para que no se marchiten con el calor”. Pero la emoción del contrato y las prisas por salir del tráfico de la ciudad le habían borrado el pendiente de la cabeza.
Llegar a la primera cita sin un detalle era impensable. No para Arturo. Él era un hombre chapado a la antigua, criado —o mejor dicho, reeducado— por Doña Carmen y Don Pedro, los padres adoptivos que lo habían sacado del infierno cuando tenía siete años. “A una mujer se le trata como a una reina, mijo”, le decía siempre Don Pedro, que en paz descanse. “No por lo que ella te pueda dar, sino por el hombre que tú quieres ser”.
Miró a los lados de la carretera desesperado. Solo veía campos de agave azul, nopales secos y alguna que otra bodega abandonada con grafitis descoloridos. No había ni un Oxxo, mucho menos una florería.
—Eres un idiota, Solís. Un completo imbécil —se recriminó.
La carretera empezó a curvarse, acercándose a la zona de los poblados más humildes. A lo lejos, vio una estructura que conocía bien: la vieja parada de camiones del Kilómetro 40. Un techo de lámina oxidada que rechinaba con el viento, sostenido por dos postes de concreto carcomidos. Era un lugar donde la gente esperaba el camión “pollero” que pasaba cada dos horas hacia los rancherías.
Y ahí, en medio de la nada, como un espejismo provocado por la desesperación, vio una mancha de color.
Arturo entrecerró los ojos. Bajó la velocidad. Sí. Había alguien ahí.
Era un niño. Sentado sobre una cubeta de pintura vacía, bajo la sombra escasa de la lámina. Frente a él, otra cubeta, esta llena de agua turbia, de donde sobresalían varios ramos de flores.
No eran rosas de invernadero. No eran tulipanes holandeses. Eran flores de monte. Girasoles silvestres con los centros oscuros y grandes, margaritas de pétalos desiguales, y esas florecillas moradas y amarillas que crecen tercas a la orilla del camino, bebiendo solo agua de lluvia y polvo.
Arturo sintió un alivio que casi lo mareó.
—Salvado por la campana —suspiró.
Puso las intermitentes y se orilló. Las llantas de la Grand Cherokee trituraron la grava del acotamiento, levantando una nube de polvo blanco que envolvió momentáneamente la parada de autobús.
El niño se puso de pie de un salto, como si tuviera un resorte en las nalgas. Arturo bajó el vidrio del copiloto. El golpe de calor fue instantáneo; el aire acondicionado se escapó y entró el olor a tierra seca, a estiércol de vaca quemado por el sol y a humo de leña lejana.
—¡Patrón! ¡Jefe! ¿Va a querer flores? —gritó el niño, corriendo hacia la ventanilla.
Arturo apagó el motor y se bajó. Necesitaba estirar las piernas y ver bien la mercancía.
Al acercarse, el corazón se le encogió un poquito. El niño no debía tener más de siete u ocho años. Estaba flaco, de esa flacura fibrosa de los niños de campo que comen frijoles y tortillas y corren todo el día. Tenía la piel morena, tostada por horas y horas bajo el sol inclemente. Vestía una camiseta de fútbol de las Chivas, pirata y deslavada, que le quedaba dos tallas grande, y unos shorts de mezclilla con agujeros en las rodillas. Sus pies calzaban unos huaraches de llanta que ya habían visto mejores días.
Pero lo que más impactó a Arturo fueron los ojos. Grandes, negros, profundos. No eran ojos de niño. Eran ojos de viejo, ojos que habían visto cosas que ningún chamaco debería ver. Había una urgencia en ellos, un miedo velado que intentaba disfrazarse de sonrisa comercial.
—Buenas tardes, amigo —dijo Arturo, tratando de sonar amable. Se quitó los lentes de sol para mirar al niño a la cara—. ¿A cómo los ramos?
El niño señaló la cubeta con una mano que tenía las uñas negras de tierra.
—A cien varos, jefe. Pero son de las buenas, eh. Yo merito las corté en la mañana allá atrás del cerro. Están fresquitas. Mire los girasoles, están bien grandotes.
Arturo miró las flores. Estaban un poco tristes por el calor, algunos pétalos empezaban a rizarse en las orillas, pero tenían una belleza rústica, honesta. Tal vez a Elena le gustarían más que un arreglo pretencioso. Ella siempre hablaba de “autenticidad” y “conexión con la naturaleza”.
—Están bonitas —admitió Arturo. Se llevó la mano a la bolsa del pantalón y sacó la cartera de piel. El niño siguió el movimiento con la mirada, como un halcón acechando a un conejo—. Oye, ¿y tú solo estás aquí? ¿No está tu mamá o tu papá?
El niño se tensó visiblemente. Su sonrisa flaqueó por un milisegundo.
—Mi abuela está en la casa, aquí cerquita —dijo rápido, señalando vagamente hacia el monte—. Ella me mandó. Dijo que si no vendía, no había cena.
Mintió. Arturo lo supo de inmediato. Había aprendido a leer a la gente en el duro mundo de la construcción, donde cada contratista intenta verte la cara. Ese niño mentía, pero no por malicia, sino por defensa propia.
—Ya veo —dijo Arturo, decidiendo no presionar. Sacó un billete de quinientos pesos, el azul con la cara de Benito Juárez—. Dame el ramo más grande, ese que tiene más girasoles. Y quédate con el cambio.
El niño abrió la boca, incrédulo. Tomó el billete con ambas manos, como si fuera una reliquia sagrada. Sus dedos temblaban ligeramente.
—¿Neta, jefe? ¿Todo? Son quinientos…
—Sí, todo. Cómprate un helado, o unos tacos. O llévaselo a tu abuela. Pero ya vete a tu casa, ¿sale? Ya va a oscurecer y esta carretera es peligrosa.
El niño asintió frenéticamente, sacando el ramo elegido de la cubeta. Chorreaba agua. Lo sacudió un poco y se lo tendió a Arturo.
—Gracias, patrón. Dios se lo pague. De veras. —El niño se quedó mirando a Arturo a los ojos, y su expresión cambió. La máscara de vendedor callejero cayó y dejó ver una vulnerabilidad aterradora—. Voy a rezar por usted. Para que le vaya bien. Para que… para que sea feliz.
Arturo sintió un escalofrío, a pesar del calor.
—Gracias, chamaco. ¿Cómo te llamas?
—Max. Maximiliano.
—Mucho gusto, Max. Yo soy Arturo. Ándale, córrele a tu casa.
Arturo subió a la camioneta. Vio por el retrovisor cómo el niño se quedaba parado en el acotamiento, apretando el billete contra su pecho, mirándolo alejarse. Una sensación de inquietud se instaló en el estómago de Arturo, pero la sacudió. “Hiciste tu buena obra del día”, pensó. “Le diste lana, le alegraste el día. Ya no le des vueltas”.
Aceleró. El motor V8 rugió y la camioneta devoró el asfalto.
Faltaban veinte minutos para llegar a la ciudad. Arturo puso el ramo en el asiento del copiloto. El olor a campo llenó el coche, desplazando al olor a cuero y loción. Era un olor verde, a savia y a vida.
Cinco minutos después, el tráfico se detuvo un poco por un camión de carga lento. Arturo aprovechó para acomodar mejor el ramo, que se había ladeado en una curva.
—A ver, bonitas, pónganse guapas para Elena —murmuró.
Acarició los pétalos ásperos de un girasol. Fue entonces cuando vio el hilo.
Era un hilo rojo, delgado, de esos de costura baratos, amarrado fuertemente alrededor del tallo más grueso, casi escondido entre las hojas grandes y peludas. De él colgaba un papel doblado. No era una tarjeta de regalo. Era una hoja arrancada de un cuaderno escolar, de esos de cuadrícula chica, doblada minuciosamente en cuatro partes hasta formar un cuadrado pequeño y compacto.
La curiosidad pudo más que él.
—¿Qué es esto? —se preguntó.
Desató el hilo con cuidado, rompiéndolo con los dientes. Desdobló el papel. El papel estaba suave, manoseado, con una mancha de grasa en una esquina.
Arturo alisó la hoja sobre su pierna. La letra era infantil, torpe, escrita con un lápiz de grafito que apenas marcaba en algunas partes, y en otras había perforado el papel por la fuerza usada.
Leyó.
“Señor que compró las flores:
Gracias. Si usted está leyeendo esto es porque es bueno.
Por favor allúdeme. No tengo a nadie.
Mi abuela no sabe qué hacer. Dicen que mañana me llevan al DIF.
Tengo miedo. No quiero ir al orfanato. Dicen que ahí pegan.
Sálveme. Por favor.
Max.”
El mundo se detuvo.
Literalmente. Arturo dejó de escuchar el motor, dejó de ver la carretera, dejó de sentir el frío del aire acondicionado.
Su visión se redujo a ese pedazo de papel cuadriculado temblando en su mano.
“No quiero ir al orfanato.”
La frase detonó en su cerebro como una granada.
De golpe, Arturo no estaba en su Grand Cherokee de lujo.
Tenía seis años. Estaba en el pasillo largo y frío del Orfanato Estatal “Luz y Esperanza”. Olía a cloro barato, a orines viejos y a sopa de col hervida.
Recordó el sonido de los pasos de la Directora, el taconeo que anunciaba castigos.
Recordó la noche en que llegó, arrastrado por una trabajadora social que ni siquiera lo miraba a los ojos.
Recordó el miedo. Ese miedo viscoso, negro, que se te mete en los huesos cuando sabes que estás solo en el mundo. Cuando sabes que nadie va a venir por ti. Cuando te das cuenta de que para el sistema no eres un niño, eres un expediente, un número, una boca más que alimentar.
Recordó a “El Tuercas”, el niño grande que le robaba el postre y le pegaba en las costillas donde los moretones no se veían.
Recordó llorar bajo la sábana áspera, mordiéndose el puño para no hacer ruido, rezándole a una madre que no recordaba y a un Dios que parecía sordo.
—No… —gimió Arturo, volviendo al presente. Su respiración era agitada, errática. Tenía las manos sudadas aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.
Miró la nota otra vez. “Sálveme”.
Su celular vibró en el portavasos, sacándolo del trance. La pantalla se iluminó con una foto de Elena sonriendo y el nombre “Elena ❤️”.
Era la hora. Ella seguramente ya estaba llegando al restaurante. O quizás le estaba mandando un mensaje para decirle que ya había salido.
Arturo miró el teléfono. Luego miró la nota. Luego miró el camino frente a él, que lo llevaba directo a la cena perfecta, a la mujer perfecta, a la vida perfecta que tanto le había costado construir.
Y luego miró por el retrovisor. La carretera vacía que se perdía en la oscuridad que ya empezaba a caer sobre los campos.
Allá atrás, a veinte kilómetros, había un niño sentado en una cubeta. Un niño con los mismos ojos que él tenía a los seis años. Un niño que acababa de lanzar una botella al mar con un mensaje de auxilio, y esa botella había caído en las manos del único hombre que sabía exactamente lo que significaba ahogarse en esa soledad.
—Perdóname, Elena —susurró Arturo, con la voz quebrada.
Agarró el teléfono y contestó.
—¿Bueno? —La voz de Elena sonaba cristalina, alegre—. ¡Hola guapo! Ya estoy en el estacionamiento. ¿Tú por dónde vienes?
Arturo tragó saliva. Sentía un nudo del tamaño de una piedra en la garganta.
—Elena… escúchame. No voy a llegar.
Hubo un silencio breve. Una pausa confundida.
—¿Cómo que no vas a llegar? ¿Pasó algo? ¿Tuviste un accidente? —Su tono cambió instantáneamente a preocupación.
—No, no es un accidente. Bueno… no mío. Es… —Arturo buscó las palabras, pero todas parecían ridículas—. Surgió algo. Una emergencia. Tengo que regresar.
—¿Regresar a dónde? ¿A Guadalajara? Arturo, no te entiendo.
—No. A la carretera. Encontré a alguien. A un niño.
—¿Un niño? —La voz de Elena se endureció un poco, oscilando entre la incredulidad y la sospecha—. Arturo, si te arrepentiste de la cita, dímelo de frente. No inventes historias.
—¡No es eso! —gritó él, golpeando el tablero—. ¡Te juro por mi vida que no es eso! Me muero por verte. Llevo esperando esto toda la semana. Pero… compré unas flores en la carretera. Y había una nota. El niño pide ayuda. Dice que lo van a llevar al orfanato.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó ella, más suave—. ¿Llamar a la policía?
—No. La policía no va a hacer nada. Se lo van a llevar al DIF de todas formas. Tengo que ir yo. Tengo que ver qué pasa. Yo… yo estuve ahí, Elena. Yo sé lo que es. No puedo dejarlo.
El silencio al otro lado de la línea fue largo, pesado. Arturo cerró los ojos, esperando el sonido de la llamada cortada. Esperando perderla antes de siquiera haberla tenido.
—Ve —dijo ella finalmente. Su voz sonaba diferente. Ya no había coquetería, ni duda. Había respeto—. Ve y haz lo que tengas que hacer.
—Te lo voy a explicar todo, te lo prometo. Te llamo luego.
—Cuidate, Arturo. Mándame tu ubicación en tiempo real. Por si acaso.
Arturo colgó. El corazón le latía a mil por hora.
Miró la carretera. No había retorno hasta dentro de cinco kilómetros, pero no le importó.
Giró el volante bruscamente a la izquierda. La camioneta saltó sobre el camellón de tierra y pasto seco, rebotando violentamente. Los amortiguadores crujieron, pero aguantaron. Invadió el carril contrario, provocando que un tráiler que venía a lo lejos tocara su claxon de aire con furia.
Arturo pisó el acelerador a fondo. El motor rugió como una bestia despertada.
La aguja del velocímetro subió. 100… 120… 140 km/h.
La noche caía rápido sobre Jalisco. Las sombras se alargaban, convirtiendo los árboles en fantasmas.
—Aguanta, Max —dijo Arturo, apretando los dientes—. Aguanta, cabrón, que ahí voy.
No sabía qué iba a hacer. No sabía qué iba a encontrar. No sabía si era una trampa, si había gente mala involucrada, o si simplemente era la tragedia común y corriente de la pobreza mexicana.
Solo sabía una cosa: esa noche, nadie iba a llevarse a ese niño. Primero tendrían que pasar por encima de él.
La parada del Kilómetro 40 apareció en la distancia, una silueta negra contra el cielo morado.
Arturo encendió las luces altas, barriendo la oscuridad.
Y rezó. Por primera vez en años, rezó para que el niño siguiera ahí.
CAPÍTULO 2: OJOS DE PERRO AZUL Y LA PROMESA BAJO LA LUNA
La noche en la carretera federal no cae de golpe; se arrastra. Primero se traga los colores de los cerros, volviéndolos siluetas dentadas contra un cielo que pasa del naranja quemado al violeta amoratado. Luego, devora la distancia, borrando el horizonte hasta que el mundo se reduce a lo que alcanzan a morder los faros de halógeno.
Arturo Solís conducía como si el diablo viniera sentado en el asiento trasero. El velocímetro de la Grand Cherokee marcaba ciento cuarenta, ciento cincuenta kilómetros por hora. El motor rugía con una potencia contenida, una bestia de ingeniería alemana diseñada para el Autobahn, pero forzada a pelear contra el asfalto irregular y bacheado de los Altos de Jalisco.
Cada poste de luz que pasaba era un latigazo en su conciencia.
“Sálveme. Por favor.”
La nota seguía ahí, arrugada en su puño derecho, sudada, pegajosa. Arturo sentía el papel como si fuera una brasa ardiente. No podía soltarlo. Sentía que si lo soltaba, el vínculo invisible que se había formado en los últimos quince minutos se rompería y el niño desaparecería en la nada, tragado por la indiferencia del mundo, tal como casi se lo traga a él hace veinticinco años.
—No te muevas, Max. No te muevas, por favor —murmuraba Arturo, con la mandíbula apretada hasta que le dolieron las muelas.
El tráfico en sentido contrario era una sucesión de luces cegadoras. Tráilers de doble remolque pasaban zumbando a su lado, desplazando columnas de aire que hacían vibrar la camioneta pesada como si fuera de juguete. Arturo no parpadeaba. Sus ojos, secos y enrojecidos por la tensión, escaneaban la oscuridad buscando la parada del kilómetro 40.
En su mente, las imágenes del pasado se superponían con la carretera. Veía el asfalto, pero también veía el piso de mosaico frío del orfanato. Escuchaba el zumbido del viento, pero también escuchaba los sollozos ahogados de “El Pecas”, su compañero de litera que se orinaba del miedo cada vez que llovía.
¿Por qué regresaba? Arturo se consideraba un hombre lógico, un hombre de negocios. En la construcción, si un cimiento está podrido, no le echas más cemento encima; lo demueles. Su pasado era ese cimiento podrido. Lo había enterrado bajo capas de éxito, trajes de marca y una cuenta bancaria con muchos ceros. Regresar por ese niño era agarrar un pico y empezar a picar ese concreto que tanto le había costado fraguar para protegerse. Era exponerse. Era doler.
—Porque nadie regresó por mí —se respondió en voz alta, y su propia voz sonó extraña en la cabina silenciosa—. Porque yo me pasé mil noches esperando ver unos faros detenerse en la entrada del albergue, y nunca frenaron. Pasaban de largo. Todos pasaban de largo.
Vio el letrero verde reflejante: “Poblado El Refugio – 5 km”.
Ya estaba cerca.
Bajó la velocidad, no por prudencia, sino porque el miedo a lo que iba a encontrar (o a no encontrar) lo paralizó. ¿Y si el niño ya no estaba? ¿Y si alguien más se lo había llevado? En estas carreteras pasaban cosas. Cosas malas. No solo era el DIF. Eran las camionetas sin placas, los “mañosos” que reclutaban halconcitos a la fuerza, o simplemente la oscuridad que se traga a los vulnerables.
El corazón le martilleaba contra las costillas.
La estructura de la parada de autobús emergió de las sombras como un esqueleto metálico. El techo de lámina, torcido y oxidado, apenas se distinguía.
Arturo clavó los frenos. El ABS vibró bajo su pie y las llantas chirriaron sobre la gravilla suelta del acotamiento, levantando una nube de polvo que se iluminó de rojo con las luces traseras.
La camioneta se detuvo. Silencio.
Solo el tic-tic-tic del motor caliente enfriándose y el canto ensordecedor de los grillos en el monte.
Arturo encendió las luces altas. Los dos haces de luz blanca cortaron la noche como espadas, iluminando la parada, las cubetas, la basura tirada en la zanja…
Estaba vacío.
El aire se le congeló en los pulmones.
—No… —susurró. Abrió la puerta y saltó al suelo. El calor de la noche lo golpeó en la cara—. ¡Max!
Nadie respondió.
Arturo corrió hacia la estructura. Las cubetas seguían ahí. La del agua se había volteado, creando un charco de lodo oscuro que la tierra sedienta bebía con avidez. Algunos ramos de flores estaban tirados, pisoteados, con los pétalos de los girasoles aplastados contra la grava.
—¡Maximiliano! —gritó con más fuerza, girando sobre sus talones, iluminando con la lámpara de su celular hacia los matorrales—. ¡Soy yo! ¡El de las flores! ¡Volví!
Nada. Solo el viento moviendo las ramas secas de los huisaches.
Arturo sintió una náusea repentina. Llegó tarde. Por pendejo, por dudar, por pensar primero en su cita y en su reputación, llegó tarde. Se llevó las manos a la cabeza, frustrado, sintiendo cómo la culpa le subía por la garganta como bilis.
—¡Chingada madre! —gritó, pateando la cubeta de plástico que salió volando hacia la oscuridad.
—¿Patrón?
La voz fue un hilo, un susurro tembloroso que vino de atrás, de la zanja que separaba la carretera del campo de cultivo.
Arturo giró en redondo, apuntando la luz hacia el suelo.
Ahí estaba.
Hecho una bolita, camuflado entre la hierba alta y seca, abrazándose las rodillas. Estaba temblando, aunque no hacía frío. Sus ojos grandes reflejaban la luz del celular como los de un animalito acorralado en la carretera. Tenía una piedra en la mano derecha, apretada con fuerza, listo para defenderse.
El alivio que sintió Arturo fue tan grande que casi se le doblan las piernas.
—Max… —Arturo bajó la luz para no cegarlo y se agachó lentamente, levantando las manos abiertas para mostrar que no era una amenaza—. Soy yo, Max. Arturo. El que te compró los girasoles. Tranquilo, hijo. Tranquilo.
El niño parpadeó, incrédulo. Bajó la piedra lentamente, pero no la soltó.
—¿Volvió? —preguntó, con la voz quebrada por el llanto contenido—. Pensé que era la camioneta de los malos. O la del DIF.
—Volví, Max. Leí tu nota.
Al escuchar eso, el niño soltó la piedra. Su cuerpo se destensó de golpe y un sollozo seco escapó de su pecho. Se tapó la cara con las manos sucias de tierra y empezó a llorar. No era un llanto de berrinche; era el llanto silencioso y doloroso de quien ha aguantado demasiado tiempo siendo fuerte.
Arturo no lo pensó. El instinto le ganó a la etiqueta. Se acercó y se sentó en la tierra, junto al niño, sin importarle que el polvo arruinara su pantalón de vestir italiano de trescientos dólares. Le puso una mano en el hombro. El niño estaba huesudo, frágil bajo la camiseta enorme de fútbol.
—Ya pasó, campeón. Ya estoy aquí. Nadie te va a llevar.
Max levantó la cara, llena de lágrimas y mocos que brillaban bajo la luz de la luna que empezaba a asomar.
—Es que mi abuela… ella llora mucho —dijo Max, atropellándose con las palabras—. Ella dice que no, que no me van a llevar, pero yo la escuché rezar anoche. Le decía a la Virgen que ya no tenía fuerzas. Que no tenía dinero. Y hoy vino la señora gorda del gobierno, la que trae carpeta, y le gritó. Le dijo que mañana venían por mí a las ocho. Que me iban a llevar a un hogar temporal porque mi abuela es pobre.
Arturo sintió cómo la sangre le hervía. Conocía a ese tipo de burócratas. Gente que había perdido la humanidad entre sellos y oficios, que seguían protocolos sin mirar a las personas.
—Eso no va a pasar —dijo Arturo con voz firme, esa voz que usaba para dar órdenes a cien albañiles en una obra—. Escúchame bien, Max. Mírame a los ojos.
El niño lo miró.
—Yo también estuve en un lugar de esos. Yo crecí sin papás, igual que tú. Sé lo que se siente tener miedo de que te lleven. Y te juro, por lo más sagrado, que mientras yo respire, tú no vas a pisar un orfanato. ¿Me crees?
Max lo escrutó. Los niños saben cuando un adulto miente. Tienen un radar especial para la falsedad. Pero en los ojos de Arturo solo vio una determinación feroz, casi aterradora.
El niño asintió, despacio.
—Le creo, patrón.
—No me digas patrón. Dime Arturo. —Se puso de pie y le tendió la mano—. Ándale. Levántate. Vamos a ir a ver a tu abuela. Tenemos que hablar con ella antes de que amanezca.
—¿En su camioneta? —Max miró la Grand Cherokee con reverencia—. Estoy todo sucio, Arturo. La voy a manchar.
—La camioneta se lava, Max. Las personas no. Súbete.
Caminar hacia el vehículo fue como cruzar un portal entre dos mundos. De la oscuridad polvorienta y hostil de la carretera, al interior hermético y lujoso de la camioneta.
Cuando Max se subió al asiento del copiloto, se quedó rígido. No quería recargarse en el respaldo de piel color miel. Miraba las luces del tablero, la pantalla táctil, los botones iluminados, como si estuviera dentro de una nave espacial.
Arturo subió, arrancó el motor y puso el aire acondicionado en modo suave.
—Ponte el cinturón, Max. —El niño obedeció torpemente. Arturo notó que sus manos seguían temblando—. ¿Tienes hambre?
Max asintió, avergonzado.
—No he comido desde la mañana. Mi abuela me dio un taco de frijoles antes de venirme, pero…
Arturo estiró la mano hacia el asiento trasero, donde tenía una bolsa con unos sándwiches gourmet y unas galletas importadas que había comprado en Guadalajara para el camino, pero que con los nervios no había tocado.
—Ten. Come. Son de jamón serrano y queso, a ver si te gustan. Y aquí hay agua.
Max devoró el sándwich con una voracidad que a Arturo le dolió ver. Comía rápido, sin masticar casi, protegiendo la comida con el brazo como si alguien fuera a quitársela. Otro hábito de la calle. Otro hábito del orfanato.
—¿Por dónde es, Max? —preguntó Arturo, metiendo la primera velocidad.
—Es pa’l monte, Arturo. En el Ejido “La Esperanza”. Tiene que meterse por la brecha que está pasando el puente seco. Pero está bien feo el camino, su carro va a pegar abajo.
—No te preocupes por el carro. Tú nomás dime por dónde.
La camioneta salió de la carretera federal y entró a la brecha. El mundo cambió de nuevo. El pavimento desapareció, reemplazado por tierra compactada, piedras de río y baches que parecían cráteres lunares. La suspensión de aire de la Cherokee trabajó horas extras, amortiguando los golpes, pero el camino era brutal.
Avanzaron entre maizales altos que parecían murallas a los lados del camino. La oscuridad era absoluta, solo rota por los faros. De vez en cuando, unos ojos brillantes cruzaban el camino: un tlacuache, un perro flaco, un coyote.
—¿Tu abuela vive sola contigo? —preguntó Arturo, tratando de mantener la conversación para que el niño no se durmiera o se asustara más.
—Sí. Desde que mi mamá… se fue. —Max bajó la mirada, dejando el sándwich a medio terminar sobre sus rodillas—. Mi papá nos dejó aquí y ya no volvió. Mi abuela dice que mi mamá está en el cielo, pero… yo a veces sueño que no.
—¿Sueñas que no?
—Sí. Sueño que está encerrada. Que me grita. Pero mi abuela dice que son pesadillas nomás.
Arturo sintió un escalofrío. Instinto, pensó. O trauma.
—¿Y tu abuela cómo se llama?
—María. Doña María le dicen en el pueblo. Ella lava ropa ajena y hace tortillas para vender, pero ya le duelen mucho las manos. Por eso yo me fui a vender las flores. Quería juntar dinero para… no sé. Para darle. Para que viera que yo sí sirvo, que puedo ayudar.
—Tú sirves mucho, Max. Eres un hombrecito muy valiente.
Siguieron avanzando por veinte minutos que parecieron horas. El camino se volvía cada vez más estrecho, las ramas de los mezquites arañaban la pintura costosa de la camioneta con un chirrido agudo que a Arturo le importó un bledo. Finalmente, Max señaló hacia adelante.
—Allí es. Donde está el pirul grande.
La casa —si se le podía llamar así— era una construcción precaria en medio de un claro. Las paredes eran de adobe viejo, remendadas con tablas de madera y láminas de cartón negro. El techo era de lámina galvanizada, sostenido por piedras para que el viento no se lo llevara. No había luz eléctrica; solo el resplandor anaranjado y vacilante de un candil de petróleo o unas velas que se filtraba por las rendijas de la puerta de madera.
El patio era de tierra barrida, inmaculado a pesar de la pobreza. Había macetas hechas de botes de Cloralex cortados, llenas de geranios y “teléfonos” que colgaban frondosos. Un perro corriente, flaco y de color indefinido, salió de abajo de una carreta vieja ladrando con furia, defendiendo su territorio ante el monstruo de metal y luces que acababa de llegar.
Arturo apagó el motor y las luces para no asustar más a los habitantes. La oscuridad regresó de golpe, pesada y silenciosa.
—Quédate aquí un segundo, Max —dijo Arturo.
Pero antes de que pudiera abrir la puerta, la puerta de la casa se abrió de golpe.
Salió una figura pequeña, encorvada pero rápida. Era una mujer mayor, con el pelo blanco recogido en un chongo apretado. Vestía un mandil a cuadros sobre un vestido desgastado. En sus manos, nudosas y firmes, sostenía un machete oxidado.
—¡Quién anda ahí! —gritó la mujer. Su voz temblaba, no de miedo, sino de rabia. De esa rabia protectora de quien ya no tiene nada que perder—. ¡Lárguense! ¡No voy a dejar que se lo lleven hoy! ¡Dijeron que hasta mañana! ¡Lárguense buitres!
Arturo sintió el peso de la desesperación en esa voz. Era una leona vieja defendiendo al último cachorro de la manada.
—¡Abuela! —gritó Max, abriendo la puerta y saltando de la camioneta—. ¡Abuela, no! ¡Es el señor bueno!
El niño corrió hacia la luz tenue del porche. El perro, al reconocerlo, cambió los ladridos por chillidos de alegría y empezó a lamerle las manos.
La mujer bajó el machete, confundida, entrecerrando los ojos para ver en la penumbra.
—¿Maximiliano? —Su voz se quebró—. ¿Hijo? ¿Qué haces aquí? ¿Quién es ese hombre?
Arturo bajó del auto lentamente, con las manos en alto, mostrando las palmas abiertas. Caminó despacio hacia la luz, dejando que la mujer lo viera bien. No quería parecer el empresario rico que viene a comprar tierras; quería parecer un ser humano.
—Buenas noches, señora María —dijo Arturo, deteniéndose a unos tres metros, respetando su espacio—. Soy Arturo Solís. Nadie viene a llevarse a Max. Vengo a traerlo a casa.
Doña María lo escaneó de arriba abajo. Vio los zapatos caros cubiertos de polvo, la camisa de marca arrugada, el reloj que brillaba en su muñeca. Pero sobre todo, vio su cara. Y en la cara de Arturo no había prepotencia. Había cansancio y preocupación genuina.
Soltó el machete, que cayó al suelo de tierra con un golpe sordo. Se llevó las manos a la cara y se tambaleó.
—Ay, Dios mío… pensé que eran los del DIF. Pensé que venían por él en la noche para que no gritara.
Max corrió y la abrazó por la cintura, enterrando la cara en su mandil.
—No, abue. Arturo leyó mi carta. Él dice que nos va a ayudar.
La anciana acarició el pelo del niño con una ternura infinita, sus dedos deformes por el trabajo peinando los remolinos rebeldes. Luego, miró a Arturo con una mezcla de gratitud y desconfianza profunda. La vida le había enseñado que nadie ayuda gratis. Que los milagros no existen en el Ejido La Esperanza.
—¿Ayudar? —repitió ella, con un tono amargo—. Señor, aquí nadie ayuda a nadie. Si viene buscando algo, no tenemos nada. Ni dinero, ni tierras. Esa camioneta vale más que todo este pueblo junto.
—No quiero nada, señora —dijo Arturo, dando un paso más—. Solo quiero hablar. Max me contó lo que va a pasar mañana. Y yo… yo no puedo permitirlo.
El viento sopló, moviendo las láminas del techo con un gemido metálico. El perro se echó a los pies de Max, vigilando a Arturo.
—Pásele —dijo finalmente Doña María, haciéndose a un lado—. No es mucho, pero es techo. Y el sereno hace daño.
Arturo entró.
La casa por dentro era aún más humilde que por fuera, pero tenía una dignidad aplastante. El piso era de tierra apisonada, tan duro y liso que parecía cemento. Las paredes estaban encaladas, blancas y limpias. En una esquina, un altar dominaba la habitación: una imagen de la Virgen de Guadalupe rodeada de veladoras, flores frescas (seguramente cortadas por Max) y fotografías viejas en blanco y negro.
Olía a leña quemada, a tortillas recién hechas y a hierbas medicinales. Había una mesa pequeña de madera con un hule de frutas, dos sillas despintadas y un catre en el fondo cubierto con colchas de parches tejidas a mano.
Era la pobreza extrema, esa que Arturo recordaba vagamente de antes del orfanato, esa que duele en los huesos. Pero también había hogar. Había amor en cada remiendo de la colcha, en cada flor del altar.
—Siéntese, señor —dijo Doña María, señalando una de las sillas. Ella se quedó de pie, apoyada en la mesa, como si sus piernas ya no pudieran sostener el peso de su historia—. ¿Quiere un café? Es de olla, con canela. No tengo azúcar, pero tengo piloncillo.
—Sí, por favor. Gracias. —Arturo se sentó. La silla crujió bajo su peso. Se sentía un intruso, un gigante torpe en una casa de cristal.
Doña María sirvió el café en un jarrito de barro despostillado. El vapor subía, aromático y reconfortante. Max se sentó en el suelo, junto al perro, mirando a Arturo con adoración absoluta.
—Mire, señor Arturo —empezó la anciana, sus manos temblando ligeramente al agarrar su propio jarro—. No sé por qué hizo esto. No sé por qué un hombre como usted se pararía por un chamaco mugroso en la carretera. Pero tiene que saber que esto… —señaló la casa, su pobreza— esto no tiene arreglo.
—Todo tiene arreglo, Doña María —interrumpió Arturo suavemente—. En la construcción decimos que mientras los cimientos aguanten, la casa no se cae. Y ustedes tienen buenos cimientos. Se tienen el uno al otro.
—Mañana ya no —dijo ella, y una lágrima solitaria rodó por el mapa de arrugas de su mejilla—. La licenciada del DIF dice que soy “inapta”. Que estoy vieja. Que el niño no va a la escuela porque no tengo para los uniformes. Y tiene razón. —Su voz se quebró—. A veces no comemos, señor. A veces le doy mi plato a él y le digo que ya comí, pero es mentira.
Arturo sintió un nudo en la garganta.
—¿Y el papá? Max me dijo que los abandonó.
La atmósfera en el cuarto cambió instantáneamente. La tristeza de Doña María se transformó en algo más oscuro, más denso. Miedo. Un miedo antiguo y profundo. Miró hacia la puerta cerrada, como si esperara que alguien la derribara.
—Víctor… —susurró el nombre como si fuera una maldición—. Ese hombre no es un padre. Es un demonio.
Se persignó rápidamente.
—Él nos trajo a Max hace tres años. Llegó en una camioneta negra, con los vidrios polarizados. Traía al niño dormido en brazos. Me lo aventó como si fuera un bulto y me dio unos papeles.
—¿Qué papeles? —preguntó Arturo, inclinándose hacia adelante.
Doña María se levantó, caminó hacia un viejo ropero de madera que estaba en la esquina y abrió un cajón que rechinó. Sacó una caja de zapatos de cartón, atada con una liga. Regresó a la mesa y la puso frente a Arturo.
Sus manos acariciaron la tapa de la caja con reverencia y dolor.
—Aquí está todo. La vida y la muerte de mi hija.
Abrió la caja. Olía a papel viejo y a naftalina.
Sacó una hoja, una fotocopia borrosa y maltratada, y la deslizó sobre el hule de frutas hacia Arturo.
—El acta de defunción de mi Olga —dijo, con la voz ahogada—. Dice que murió en un accidente allá en el norte, en Sinaloa. Que se volteó el autobús.
Arturo tomó el papel. La luz de las velas bailaba sobre las letras.
“Certificado de Defunción. Nombre: Olga María Ramírez. Causa de muerte: Traumatismo craneoencefálico severo. Lugar: Carretera Mazatlán-Culiacán.”
Parecía oficial. Sellos, firmas, fechas.
Pero Arturo había firmado y revisado miles de contratos en su vida. Tenía ojo para los detalles. Algo en ese documento le picó la curiosidad. El sello del registro civil se veía… empastado. Demasiado negro. Como si fuera una copia de una copia de una copia. Y la firma del médico legista era un garabato ilegible, sin número de cédula profesional visible.
—No me dejaron verla —continuó Doña María, y ahora lloraba abiertamente, sin vergüenza—. Víctor dijo que el ataúd venía sellado por salubridad. Que quedó… deshecha. Que mejor la recordara como era. Me trajo una urna dos semanas después. Dijo: “Ahí está tu hija, vieja loca”. Y se fue.
Arturo levantó la vista del papel.
—¿Y usted le creyó?
Doña María clavó sus ojos en los de él. Ojos de madre. Ojos que ven más allá de la muerte.
—Señor Arturo… yo parí a esa muchacha. Yo sentí cuando le salió el primer diente, sentí cuando se enamoró por primera vez, sentí cuando tuvo a Max. —Se golpeó el pecho con el puño cerrado, sobre el corazón—. Y aquí, aquí adentro, yo no siento que ella esté muerta. Una madre sabe cuando un hijo se le va. Se siente un frío, un hueco que no se llena. Y yo tengo tristeza, sí, pero no tengo ese hueco. Yo… yo a veces la escucho. En mis sueños, ella me llama. Me dice: “Mamá, ven por mí”.
Max se levantó del suelo y se pegó a su abuela.
—Yo también sueño eso —susurró el niño—. Sueño que está en una casa de madera. Y que llora.
Arturo sintió un escalofrío eléctrico recorrerle la espalda, erizándole los pelos de los brazos. Miró el documento falso, miró a la anciana que desafiaba a la muerte con su intuición, y miró al niño que vendía flores para salvarse.
Esto no era solo un caso de pobreza. Esto no era solo el DIF.
Aquí había algo podrido. Algo criminal.
—Doña María —dijo Arturo, y su voz sonó grave, peligrosa—. ¿Víctor sigue mandando dinero?
—No. Hace seis meses dejó de mandar. Desapareció. Nadie sabe dónde está. Por eso el DIF dice que es abandono total.
Arturo sacó su celular. Tenía una barra de señal apenas.
—Mañana a las ocho vienen por Max, ¿verdad?
—Sí —asintió ella, aterrada—. A las ocho en punto.
Arturo se puso de pie. Guardó el acta de defunción en la caja, pero le tomó una foto con el celular antes.
—Nadie se va a llevar a Max mañana. Se lo prometo.
Marcó un número.
—¿A quién llama? —preguntó Doña María, asustada.
—A un amigo. Al mejor abogado de Jalisco. Es un tiburón. Y le debe varios favores a mi constructora.
El teléfono sonó tres veces.
—¿Qué pedo, Arturo? —contestó una voz adormilada al otro lado—. Son las diez de la noche, güey. Estaba viendo la serie con Sandra. ¿Pasó algo con el contrato de Guadalajara?
—No, Román. Olvida el contrato. Necesito que vengas. Ahora mismo.
—¿Qué? ¿Estás pedo? ¿Dónde estás?
—Estoy en el Ejido La Esperanza, cerca de Zapotlanejo. Te voy a mandar la ubicación. Tráete tu portafolio, tu laptop y todos tus sellos de notario. Y tráete café, mucho café.
—Arturo, no mames. ¿Para qué?
—Para detener al gobierno, cabrón. Y Román… —Arturo bajó la voz, mirando a Max—. Investígame a un tal Víctor Ramírez. Quiero saber todo. Antecedentes, propiedades, multas de tránsito. Todo. Y búscame a un médico legista que firmó un acta en Sinaloa hace tres años.
Colgó.
Se volvió hacia Doña María, que lo miraba como si fuera un ángel vengador bajado del cielo.
—Señora, ponga más café. Va a ser una noche muy larga.
—¿Usted… usted se va a quedar? —preguntó Max, con los ojos brillando de esperanza.
—Me voy a quedar, Max. Aquí en esta silla. Y si alguien quiere entrar por esa puerta, va a tener que pasar por encima de mí.
Arturo se quitó el saco, lo colgó en el respaldo de la silla de pino, se arremangó la camisa blanca impoluta y se sentó, cruzando los brazos.
Afuera, los coyotes aullaron a la luna. Adentro, por primera vez en tres años, el miedo dejó espacio a algo más poderoso: la esperanza. Y Arturo supo, con una certeza absoluta, que la cena en “El Molino” y su vida anterior habían quedado en otro universo. Su verdadera vida, su propósito real, acababa de empezar en ese cuarto con piso de tierra.
CAPÍTULO 3: LA BATALLA DEL AMANECER
El amanecer en el campo no es romántico como en las películas; es frío, húmedo y ruidoso. A las cinco de la mañana, los gallos del vecindario empezaron una competencia de gritos que taladraba el cerebro, y el frío de la madrugada se colaba por las rendijas de las paredes de adobe, calando hasta los huesos.
Arturo despertó con el cuello torcido y la espalda gritando piedad. Había dormido—si a eso se le podía llamar dormir—sentado en la silla de pino, con los brazos cruzados sobre el pecho y un ojo medio abierto, vigilando la puerta como un perro guardián.
Se estiró, y sus articulaciones tronaron como ramas secas.
—Ay, güey… ya no tienes veinte años —se quejó en un susurro ronco.
La casa estaba en silencio, salvo por la respiración rítmica de Max y Doña María. La abuela le había cedido el catre al niño y ella se había acomodado en un colchón de espuma tirado en el suelo, cubierto con sarapes viejos. Ver esa escena le estrujó el corazón a Arturo otra vez. Pobreza digna, sí, pero pobreza al fin y al cabo.
Se levantó con cuidado para no despertar a nadie y salió al patio. El aire estaba fresco, olía a rocío y a leña quemada de los fogones vecinos que empezaban a encenderse para las tortillas del desayuno. El cielo estaba de un azul pálido, casi gris, y la niebla baja cubría los maizales como una sábana fantasma.
Arturo sacó su celular. Tenía tres por ciento de batería.
—Chingada madre —masculló.
Revisó los mensajes. Tenía uno de Román de las 4:30 AM:
“Ya voy saliendo. Llevo a la caballería. Mándame ubicación exacta otra vez, el GPS se pierde en ese cerro.”
Y otro de Elena. De las 2:00 AM.
“No pude dormir. No dejo de pensar en lo que me dijiste. Voy para allá. Espérame.”
Arturo sintió una mezcla de alivio y pánico. Elena venía. La mujer perfecta, la ejecutiva bancaria acostumbrada al aire acondicionado y los pisos de mármol, venía a este ejido perdido donde el baño era una letrina en el patio y el polvo se te metía hasta en los pensamientos. ¿Qué iba a pensar? ¿Saldría corriendo al ver la realidad?
—Pues que piense lo que quiera —se dijo Arturo, encendiendo un cigarro que tenía guardado para emergencias—. Si se va, es que no era para mí.
A las 7:00 AM, el estruendo de un motor rompió la paz del ejido. No era un tractor. Era el rugido inconfundible de un motor alemán sufriendo en la terracería.
Arturo sonrió.
Salió a la entrada justo cuando un BMW negro, lleno de polvo hasta el techo, se detenía detrás de su Grand Cherokee. La puerta del conductor se abrió y bajó Román.
Román era un espectáculo. Vestía un traje gris impecable de tres piezas, zapatos italianos que costaban más que la casa de Doña María, y unos lentes oscuros de aviador aunque apenas había sol. Traía un portafolio de cuero bajo el brazo y una cara de pocos amigos.
—¡No mames, Arturo! —gritó Román, sacudiéndose el polvo del saco—. ¡Casi dejo el cárter en la entrada! ¿Qué pinche necesidad de venir hasta Narnia? ¿Aquí vive el niño o estás escondiendo un cadáver?
Arturo soltó una carcajada y fue a abrazar a su amigo.
—Gracias por venir, cabrón. Te debo una.
—Me debes una botella de Blue Label y una suspensión nueva para el Beemer —refunfuñó Román, pero le devolvió el abrazo con fuerza—. ¿Dónde está el cliente?
—Adentro. Desayunando frijoles. Pásale.
—Espera —dijo Román, mirando hacia el camino—. Traigo compañía. O mejor dicho, ella me alcanzó en la carretera y me siguió.
Detrás del polvo que había levantado el BMW, apareció otro coche. Un Audi blanco, pequeño y deportivo.
El corazón de Arturo dio un vuelco.
El Audi se estacionó con cuidado. La puerta se abrió y bajó Elena.
Llevaba unos jeans, unas botas de montaña (que se veían sospechosamente nuevas) y una chamarra ligera. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo y ni una gota de maquillaje, pero a los ojos de Arturo, se veía más hermosa que la noche anterior con su vestido de gala imaginario.
Arturo se quedó paralizado.
Elena caminó hacia él. Su mirada recorrió la casa humilde, el techo de lámina, el perro flaco que ladraba sin ganas, y finalmente se posó en los ojos de Arturo.
—Hola —dijo ella, suavemente.
—Hola —respondió él, sintiéndose como un idiota—. Elena, yo… perdón por la cita. Perdón por el lugar. Esto no es…
—Cállate, Arturo —lo interrumpió ella. Y antes de que él pudiera reaccionar, lo abrazó.
No fue un abrazo de saludo. Fue un abrazo de “estoy aquí”. Arturo hundió la cara en su cuello, oliendo su perfume mezclado con el aire del campo, y sintió que las piernas le temblaban.
—Pensé que estabas loco —susurró ella al oído—. Pero cuando me mandaste la foto de la nota… Arturo, eres un buen hombre. Y yo quiero estar con un buen hombre.
Se separaron cuando escucharon un carraspeo incómodo.
—Ejem, perdón por interrumpir la telenovela —dijo Román, mirando su reloj de oro—. Pero según me dijiste, la bruja del DIF llega a las ocho. Faltan veinte minutos. ¿Entramos a armar la estrategia o qué?
Entraron a la casa.
La presencia de Román y Elena llenó el pequeño cuarto de una energía extraña. Doña María estaba asustada al principio, limpiándose las manos en el mandil una y otra vez, avergonzada de sus visitas de lujo. Pero Elena, con una naturalidad sorprendente, se acercó a ella.
—Buenos días, señora María. Soy Elena. Huele riquísimo su café. ¿Me regala una tacita?
Ese gesto simple rompió el hielo. Doña María sonrió, mostrando sus encías desdentadas.
—Claro que sí, señorita. Siéntese, por favor.
Mientras Elena distraía a Max y a la abuela, Román desplegó su oficina portátil sobre la mesa de hule. Laptop, hotspot de internet satelital (porque ahí no llegaba ni la señal de radio), libretas y sellos.
—A ver, Arturo. Resumen rápido —dijo Román, tecleando furiosamente—. Situación legal del menor.
—Abandono paterno hace tres años. Madre supuestamente fallecida. Abuela sin custodia legal formalizada. El DIF dice que hay “riesgo social y económico”.
—Riesgo mis huevos —masculló Román—. La pobreza no es delito, aunque en este país parezca. Ok. Tengo listo un amparo provisional. Si se lo quieren llevar, les aviento el Código Civil en la cara. Pero necesito ver los papeles de la madre. Esa es la clave.
Doña María trajo la caja de zapatos. Román se puso sus lentes de lectura y empezó a examinar los documentos como un cirujano forense.
—Ajá… acta de nacimiento… cartilla de vacunación… aquí está. Acta de defunción.
Román sostuvo el papel contra la luz que entraba por la ventana. Frunció el ceño. Sacó una lupa pequeña de su portafolio.
—Interesante —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Arturo.
—Ahorita te digo. Primero atendamos a la visita.
En ese momento, se escuchó un motor afuera. No era un coche de lujo. Era el sonido asmático de un Tsuru oficial, de esos que traen el escape roto.
—Llegaron —dijo Doña María. Su rostro perdió todo el color. Max se aferró a su pierna.
Arturo se puso de pie y se abotonó el saco.
—Tranquila, Doña María. Siéntese ahí y no diga nada. Román y yo nos encargamos.
Salieron al patio.
Del Tsuru blanco con logotipos del Gobierno Estatal bajó una mujer. Era corpulenta, con un traje sastre color beige que le quedaba apretado y una carpeta bajo el brazo. Tenía esa expresión de cansancio crónico y autoridad prestada que tienen algunos burócratas. Detrás de ella venía un policía municipal, un muchacho joven que se veía aburrido, masticando chicle.
La mujer caminó hacia la casa con paso firme, esquivando las gallinas. Cuando levantó la vista y vio a Arturo (un metro ochenta, espalda ancha, mirada de acero) y a Román (traje impecable, actitud de dueño del mundo) bloqueando la entrada, se detuvo en seco.
—Buenos días —dijo la mujer, con tono defensivo—. Soy la Licenciada Pineda, de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Vengo por el menor Maximiliano Ramírez. Tengo una orden de resguardo.
—Buenos días, Licenciada —dijo Román, adelantándose con una sonrisa que tenía más dientes que alegría—. Soy el Licenciado Román De la Torre, representante legal de la señora María y del menor Maximiliano. Y me temo que hoy no se va a llevar a nadie.
La Licenciada Pineda parpadeó. No estaba acostumbrada a encontrar abogados de alto perfil en chozas de adobe.
—Oiga, esto es un procedimiento administrativo. La señora no tiene condiciones para…
—¿Condiciones? —interrumpió Arturo, dando un paso al frente. Su voz era grave—. ¿Se refiere a que es pobre? Porque el artículo 4 de la Constitución no dice que solo los ricos pueden criar a sus nietos.
—Señor, no se meta —dijo la mujer, intentando recuperar el control—. El niño está en abandono. El padre no aparece y la abuela es de la tercera edad. El protocolo indica resguardo inmediato. Oficial, por favor…
El policía dio un paso adelante, pero se detuvo cuando Román sacó un papel de su portafolio y se lo puso en el pecho a la licenciada.
—Lea esto, colega. Es una suspensión provisional otorgada por el Juzgado Tercero de Distrito en Materia Familiar. Cualquier intento de remover al menor sin una orden judicial específica firmada por un juez federal será considerado secuestro y abuso de autoridad. Y créame, me encantará demandarla a usted personalmente, no a la institución. A usted. Por daños y perjuicios.
La Licenciada Pineda tomó el papel. Sus manos temblaban un poco. Leyó los términos legales, los sellos, la firma electrónica. Sabía que estaba derrotada. En el mundo legal, un amparo de ese calibre era como sacar una bazuca en una pelea de cuchillos.
—Esto… esto es irregular —balbuceó—. Acabo de recibir el caso ayer.
—Pues actualice sus archivos, licenciada —dijo Román, guardando sus lentes—. El niño se queda con su abuela. Nosotros nos haremos cargo de regularizar la tutela. Si necesita algo más, aquí está mi tarjeta. Llámeme a mi despacho. Pero si vuelve a poner un pie en esta propiedad sin invitación, la demando por allanamiento.
La mujer miró a Arturo, luego a Román, y finalmente a la casa donde Max y Elena los observaban por la ventana. Bufó, frustrada.
—Está bien. Pero esto no se acaba aquí. Voy a reportar esto al juez.
—Hágalo —sonrió Arturo—. Le aseguro que el juez y yo nos vamos a entender muy bien.
La mujer dio media vuelta, subió al Tsuru azotando la puerta, y el coche se alejó levantando polvo.
Arturo soltó el aire que había estado conteniendo.
—Se fueron —dijo.
Entraron a la casa. Doña María estaba llorando, pero esta vez de alivio. Abrazaba a Max y le besaba la cabeza repetidamente.
—Gracias, gracias, gracias —repetía como un mantra.
Elena se acercó a Arturo y le apretó la mano.
—Estuvieron increíbles. Parecían Batman y Robin, pero con trajes caros.
Arturo sonrió, pero su mirada se dirigió a Román, que había vuelto a sentarse frente a la computadora y ya no sonreía. Estaba muy serio, mirando la pantalla.
—¿Qué pasa, Román? —preguntó Arturo.
—Siéntense todos —dijo el abogado. Su tono heló la sangre de los presentes—. Tenemos que hablar de los papeles de Olga.
Doña María se sentó despacio, con el miedo volviendo a sus ojos.
—¿Qué pasa con mi hija?
Román giró la laptop para que vieran.
—Doña María, Arturo… este documento —señaló el acta de defunción— es más falso que un billete de tres pesos.
—¿Cómo? —preguntó Elena.
—Miren aquí —Román hizo zoom en la imagen—. El folio del acta no corresponde a la serie de ese año en Sinaloa. Pero lo más importante es el médico que firma. Dr. Ernesto Valenzuela. Busqué su cédula en el Registro Nacional de Profesionistas.
Hizo una pausa dramática.
—El Doctor Valenzuela falleció en 2019. Esta acta está fechada en 2021. Los muertos no firman actas de defunción.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Solo se escuchaba el zumbido de una mosca y el latido acelerado del corazón de Arturo.
—Eso significa… —empezó Arturo.
—Significa que legalmente, Olga María Ramírez no está muerta —sentenció Román—. No hay registro de su muerte en la base de datos nacional del Registro Civil. Solo existe este papel falso.
Doña María soltó un grito ahogado y se llevó las manos al pecho.
—¡Está viva! —gritó—. ¡Se los dije! ¡Mi niña está viva!
Max empezó a llorar, confundido y esperanzado. Elena abrazó a la abuela para que no se cayera de la silla.
—Espera —dijo Arturo, sintiendo que la adrenalina le subía de nuevo—. Si no está muerta, ¿dónde está? ¿Por qué Víctor fingió su muerte?
—Para desaparecerla —dijo Román, tecleando de nuevo—. Y hablando del tal Víctor… acabo de entrar a la base de datos judicial. Tengo amigos en la Fiscalía que me prestaron sus accesos.
En la pantalla apareció una ficha policial. Una foto de frente y otra de perfil de un hombre con cara de pocos amigos, cicatriz en la ceja y mirada torva.
NOMBRE: VÍCTOR MANUEL KRAVTSOV (Alias “El Ruso”)
ESTATUS: RECLUSO
UBICACIÓN: CEFERESO No. 2 “Puente Grande”
DELITOS: Robo calificado, lesiones dolosas, portación de arma de fuego.
—Está en el bote —dijo Arturo, leyendo la pantalla.
—Sí. Lo agarraron hace seis meses en una redada en un bar de mala muerte en Tlaquepaque. Le rompió la cara a un tipo y traía una 9mm fajada. Por eso dejó de mandar dinero, Doña María. No porque se olvidara, sino porque está encerrado.
Doña María miraba la foto del hombre con odio puro.
—Maldito… maldito sea. Él me dijo que la enterró. Me trajo una urna con cenizas.
—Cenizas de chimenea, seguramente —dijo Román con asco—. Este tipo es una joyita. Pero aquí hay algo más en su expediente. Miren las notas del oficial que lo detuvo.
Román leyó en voz alta:
“El detenido, en estado de ebriedad, amenazó a los oficiales diciendo que si lo encerraban, ‘la perra se iba a morir de hambre en el cerro’. Cuando se le interrogó al respecto, se negó a declarar y dijo que eran alucinaciones.”
Arturo sintió un frío glacial recorrerle la espalda.
—”La perra se iba a morir de hambre en el cerro” —repitió Arturo—. Doña María… ¿Víctor tenía algún lugar? ¿Algún terreno? ¿Algo fuera de la ciudad?
La anciana negó con la cabeza, temblando.
—No… él vivía aquí y allá. Pero… —Se detuvo, pensando—. Una vez, cuando trajo a Max, venía en una camioneta llena de lodo rojo. Lodo colorado, como el de la Sierra de Tapalpa. Y traía olor a pino. Me acuerdo porque olía como a Navidad, pero apestaba a alcohol.
—Sierra de Tapalpa —dijo Arturo, mirando a Román.
—Es un pajar muy grande para buscar una aguja, Arturo —dijo el abogado—. Hay miles de cabañas abandonadas, cuevas, terrenos ejidales.
Arturo miró a Max. El niño estaba pálido, escuchando todo.
—Max… piensa. Haz memoria. Cuando tu papá te trajo aquí, ¿te dijo algo? ¿Escuchaste algo?
El niño cerró los ojos, concentrándose.
—Yo venía dormido casi todo el camino… pero antes… antes de llegar aquí… paramos.
—¿Dónde pararon?
—En una gasolinera. Mi papá se bajó a comprar cigarros. Y habló por teléfono. Estaba enojado. Gritaba.
—¿Qué gritaba, Max? —preguntó Elena suavemente.
—Gritaba… “No la voy a matar, soy cabrón pero no asesino. Mejor que se pudra ahí. Nadie va a encontrar la cabaña del viejo aserradero. Ahí nadie sube.”
Arturo y Román intercambiaron una mirada eléctrica.
—El viejo aserradero —dijo Arturo—. Conozco esa zona. Mi constructora hizo un estudio de suelos ahí hace dos años para un proyecto que se canceló. Está en medio de la nada, arriba de “Las Piedrotas”. Es zona de difícil acceso.
—Si ella está ahí… —dijo Elena, cubriéndose la boca con horror— lleva tres años ahí.
—O seis meses sola, desde que a él lo agarraron —corrigió Román, y la gravedad de sus palabras cayó como plomo—. Si estaba encerrada y él le llevaba comida… y él lleva seis meses en la cárcel…
No necesitó terminar la frase. La posibilidad de que Olga hubiera muerto de hambre y sed en los últimos seis meses era altísima.
Pero Arturo vio los ojos de Doña María. Brillaban con esa fe irracional, terca y poderosa.
—Está viva —dijo la anciana—. Yo soñé con ella anoche. Me pedía agua. “Mamá, tengo sed”, me decía. Está viva, pero se nos acaba el tiempo.
Arturo se puso de pie de un salto. Agarró las llaves de la Grand Cherokee.
—Vámonos.
—¿A dónde? —preguntó Román.
—A Puente Grande. Vamos a hacer que ese infeliz cante.
—Arturo, no te van a dejar entrar así como así. Necesitas pases, oficios…
—Tengo dinero, Román. Y tú tienes contactos. Vamos a ir a ese penal y le voy a sacar la verdad a ese desgraciado, aunque tenga que comprar a todo el sistema penitenciario.
Miró a Elena.
—Tú quédate aquí con Max y Doña María. No quiero que se queden solos por si regresa la del DIF. Llévatelos a un hotel en la ciudad, al Camino Real. Yo pago todo. Que coman, que se bañen, que estén seguros.
Elena asintió, con determinación militar.
—Déjamelo a mí. Cuídate, Arturo.
Arturo se inclinó y le dio un beso rápido en la frente a Elena, luego se agachó frente a Max.
—Max, me voy a ir un rato. Pero te prometo que voy a traer a tu mamá.
—¿De verdad? —preguntó el niño.
—Te lo juro por mi vida.
Arturo salió de la casa seguido por Román.
El sol ya estaba alto, quemando la niebla. Subieron a la camioneta.
—Maneja tú, Román —dijo Arturo—. Yo voy haciendo llamadas. Necesito liquidez. Mucha liquidez. Si ese tipo quiere dinero para hablar, le voy a dar hasta el último centavo que tengo.
—Estás loco, Solís —dijo Román, arrancando el motor—. Pero es la locura más chingona que he visto. Vámonos.
La camioneta y el BMW (que se quedaría ahí guardado) quedaron atrás. Arturo miró el camino polvoriento. Veinticuatro horas antes, su mayor preocupación era qué vino pedir en la cena. Ahora, iba camino a una prisión de máxima seguridad para confrontar a un secuestrador y encontrar a una mujer que, contra toda lógica, podría estar esperando un milagro en una cabaña olvidada por Dios.
—Aguanta, Olga —susurró Arturo mirando el horizonte—. Aguanta un poquito más.
CAPÍTULO 4: EN LA BOCA DEL LOBO
El camino hacia el Complejo Penitenciario de Puente Grande no es un paseo turístico. Es una carretera ancha y caliente que parece diseñada para aplastar el espíritu. El paisaje cambia sutilmente conforme uno se acerca: los negocios familiares y las tiendas de conveniencia van desapareciendo, reemplazados por llanuras áridas, mallas ciclónicas con alambre de púas oxidado y torres de vigilancia que se alzan como dedos acusadores contra el cielo azul de Jalisco.
Arturo Solís manejaba con las manos pegadas al volante, los nudillos blancos por la presión. Román iba en el asiento del copiloto, con el teléfono pegado a la oreja, haciendo malabares con tres llamadas a la vez.
—Sí, Comandante. Lo entiendo. No, no queremos pasar por aduana normal. Queremos el acceso rápido… Sí, ya sé que es irregular. —Román hizo una pausa, escuchando la voz rasposa al otro lado de la línea—. Mira, Chema, dejémonos de rodeos. Hay cincuenta mil razones para que nos abras la puerta en veinte minutos y nos des un cuarto privado con el interno. Cincuenta mil. En efectivo. Ahora mismo.
Román colgó y suspiró, aflojándose la corbata de seda.
—Está hecho. Nos va a recibir el subdirector de seguridad. Pero Arturo, esto nos va a salir caro. No solo el dinero. Estamos quemando favores muy grandes.
—No me importa el dinero, Román. Me importa el tiempo. —Arturo miró el reloj del tablero. Las 11:30 AM—. Cada minuto que pasamos discutiendo con burócratas es un minuto menos que Olga tiene de vida. Si es que sigue viva.
El aire acondicionado de la Grand Cherokee trabajaba a marchas forzadas, pero Arturo sudaba frío. No era miedo físico; Arturo había crecido en las calles antes del orfanato, sabía pelear. Era un miedo existencial. Iba a entrar a uno de los lugares más oscuros de México para negociar con un hombre que había sido capaz de enterrar viva a la madre de su hijo.
Llegaron al primer retén. Soldados de la Guardia Nacional con armas largas y caras de pocos amigos les hicieron señas para que se detuvieran. El perro de la unidad K9 olfateó las llantas.
Román bajó la ventanilla y mostró una credencial dorada y un oficio que había impreso en su impresora portátil hacía media hora.
—Abogado Román De la Torre. Vengo a una diligencia urgente con la Dirección. Nos esperan.
El soldado revisó los nombres en una lista, habló por radio y, tras un minuto que pareció eterno, asintió y levantó la pluma.
Avanzaron. Segundo retén. Tercer retén. Muros de concreto gris de diez metros de altura. Torres con vidrios polarizados. El peso del lugar caía sobre los hombros como una losa de plomo. Aquí adentro, las reglas del mundo exterior no aplicaban. Aquí adentro, la vida valía lo que trajeras en la bolsa o lo que pudieras ofrecer a cambio.
Estacionaron en la zona administrativa. Un hombre bajo, rechoncho, con el uniforme de custodio mal abotonado y una sonrisa grasienta, los esperaba.
—Licenciado De la Torre —dijo el hombre, extendiendo una mano húmeda—. Soy el Comandante Chema. Pásenle, pásenle. Aquí no hacen fila los amigos.
Pasaron por un detector de metales que no sonó (o que Chema apagó discretamente). Arturo tuvo que dejar su celular, pero Román logró meter el suyo alegando “herramientas de trabajo judicial”. Caminaron por pasillos largos, pintados de ese color verde institucional que deprime el alma, oliendo a limpiador de pino barato, sudor rancio y frijoles refritos.
Se escuchaban gritos lejanos, golpes metálicos de rejas cerrándose, ecos de un mundo subterráneo. Arturo sintió una opresión en el pecho. Le recordaba al orfanato, pero con esteroides. La misma sensación de encierro, la misma desesperanza, pero aquí no había niños inocentes; aquí había depredadores.
Chema los llevó a una sala pequeña, un locutorio especial reservado para abogados de narcos y políticos corruptos. Había una mesa de metal atornillada al piso, tres sillas y un espejo que seguramente era de doble vista.
—Ahorita les traen al “Ruso” —dijo Chema, guiñando un ojo—. Tienen media hora. Y las cámaras… —señaló una en la esquina— están en “mantenimiento” por un rato. Pero no lo maten, eh. Mucho papeleo.
Chema salió y cerró la puerta pesada. El sonido del cerrojo fue definitivo.
Arturo se sentó, tamborileando los dedos sobre el metal frío de la mesa.
—Déjame hablar a mí primero —dijo Román—. Vamos a tantear el terreno legal. Si no coopera, entras tú con la billetera.
—Si no coopera, entro yo con los puños —gruñó Arturo.
—No, Arturo. Si lo tocas, nos meten al bote a nosotros. Y ahí sí no le servimos de nada a Max. Cabeza fría, cabrón. Cabeza fría.
Diez minutos después, la puerta se abrió de nuevo.
Dos custodios entraron empujando a un hombre esposado de manos y pies.
Víctor Manuel Kravtsov, alias “El Ruso”.
No se parecía a la foto de la ficha policial. Estaba más flaco, con la piel cetrina de quien no ha visto el sol en meses. Tenía la cabeza rapada y tatuajes carcelarios recientes en el cuello. Pero los ojos… los ojos eran los mismos. Ojos de tiburón. Fríos, muertos, burlones.
Lo sentaron en la silla opuesta. Los custodios le quitaron las esposas de las manos, pero dejaron las de los pies. Salieron y cerraron.
Víctor se soba las muñecas, mirándolos con una sonrisa torcida que mostraba unos dientes amarillos.
—Vaya, vaya. Visitas de lujo. —Su voz era rasposa, como si hubiera tragado vidrios—. ¿Quiénes son ustedes? No son de la Defensoría de Oficio, eso se nota por los trajes. ¿Son de la maña? ¿Vienen a cobrar? Porque ya les dije a los de adentro que no tengo un peso.
—No venimos a cobrar, Víctor —dijo Román, abriendo su portafolio con calma—. Venimos a ofrecerte un trato. Soy el abogado de tu suegra, la señora María.
Víctor soltó una carcajada seca, un sonido desagradable como el de una tos crónica.
—¿La vieja loca? ¿Todavía vive? Pensé que ya se había muerto de hambre junto con el mocoso.
Arturo sintió una oleada de violencia pura. Tuvo que agarrarse del borde de la mesa para no saltar sobre él. Román le puso una mano en el brazo para detenerlo.
—Están vivos, Víctor. Y están bien —dijo Román—. Pero no venimos a hablar de ellos. Venimos a hablar de Olga.
La sonrisa de Víctor vaciló por un segundo. Solo un segundo. Luego recuperó su máscara de indiferencia.
—Olga está muerta. Se mató en un accidente hace tres años. Tengo los papeles. Caso cerrado.
—Sabemos que los papeles son falsos —soltó Román, poniendo una copia de la investigación sobre la mesa—. Sabemos que el médico legista estaba muerto cuando firmó. Sabemos que no hay registro en el cementerio. Y sabemos que te escucharon hablar de la “cabaña del aserradero” cuando te arrestaron.
Víctor se quedó callado. Miró los papeles sin tocarlos. Su expresión cambió de burla a cálculo. Era un animal acorralado, evaluando sus opciones.
—¿Y qué? —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Digamos que los papeles son chuecos. Eso es falsificación de documentos. Me dan dos años más. Ya tengo cuarenta encima por el robo y la lesiones. ¿Qué más me da?
—Te da mucho —intervino Arturo. Habló por primera vez, y su voz sonó grave, cargada de una autoridad que hizo que Víctor lo mirara directamente—. Te da la diferencia entre pudrirte en este agujero comiendo rancho podrido y siendo la perra de los capos, o vivir como rey el tiempo que te quede.
Víctor entrecerró los ojos.
—¿Tú quién eres?
—Soy alguien que tiene lo que tú no tienes: recursos. —Arturo sacó un sobre amarillo del bolsillo interior de su saco. Lo abrió y deslizó una foto sobre la mesa. No era una foto de dinero. Era una foto del patio general de la prisión, tomada desde arriba—. Sé cómo funcionan las cosas aquí, Víctor. Sé que debes dinero por protección. Sé que te rompieron dos costillas la semana pasada en las regaderas porque no pagaste la cuota.
Víctor se tocó el costado instintivamente. Arturo había acertado. La información que Román había comprado a los custodios era precisa.
—Te van a matar, Víctor —siguió Arturo, implacable—. En cuanto se corra la voz de que ya no tienes a nadie afuera, te van a filetear por un par de tenis. A menos… a menos que tengas un patrocinador.
El recluso se pasó la lengua por los labios secos. La arrogancia se estaba desmoronando, dejando ver al cobarde que había debajo.
—¿Qué ofrecen?
—Protección —dijo Román—. Depósitos semanales a tu cuenta en la tienda del penal. Cigarros, comida limpia, televisión en tu celda. Y el pago de tu “cuota” de seguridad con los que mandan aquí adentro. Arturo puede garantizar que nadie te toque un pelo en los próximos diez años.
—¿A cambio de qué? —preguntó Víctor, aunque ya sabía la respuesta.
—Ubicación exacta —dijo Arturo—. ¿Dónde está Olga? Y más te vale que me digas la verdad, porque si voy y no está, o si me mandas a una trampa, retiro la protección y le pago al jefe de tu módulo el doble para que te haga la vida un infierno.
Víctor miró a Arturo. Vio que no estaba blofeando. Vio en los ojos de ese extraño una oscuridad que reconocía, porque era la misma que él tenía, pero enfocada hacia el bien.
Se recargó en la silla, suspirando.
—Está muerta —dijo Víctor.
Arturo apretó los puños.
—¡No me mientas!
—¡No te miento, pendejo! —gritó Víctor—. ¡Escúchame! La dejé ahí hace seis meses. ¡Seis meses! Era una cabaña vieja, con candados industriales. Le dejaba comida para un mes: latas de atún, galletas, garrafones de agua. Iba cada mes a verla, a… a divertirme un rato. Y a amenazarla con que si gritaba, mataba al niño.
Arturo sintió náuseas. El nivel de crueldad era incomprensible.
—¿Y luego?
—Luego me agarraron. —Víctor hizo un gesto con las manos esposadas—. Me torcieron en el bar. No pude volver. Nadie más sabía dónde estaba. Ella no tiene llave. Las ventanas están tapiadas con madera de dos pulgadas y rejas por dentro. No hay señal de celular. Está en medio de la Sierra de Tapalpa, donde ni los narcos suben.
Víctor se inclinó hacia adelante, y su voz bajó a un susurro macabro.
—Tiene seis meses sin comida, güey. Seis meses encerrada en la oscuridad. Si llegan, van a encontrar un esqueleto. Así que ahórrate tu dinero y déjame en paz. Ya no hay nada que salvar.
Arturo se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás. El ruido metálico resonó en el cuarto.
—¡Dime dónde es! ¡Exactamente!
Víctor dudó.
—El dinero. Primero quiero ver el dinero.
Arturo sacó su chequera. Escribió una cifra que hizo que a Román se le abrieran los ojos. Arrancó el cheque y lo estampó contra la mesa.
—Cincuenta mil pesos para empezar. Román se encarga de que te lo depositen hoy mismo. Si la encuentro, te doy el resto. ¡Habla!
Víctor miró el cheque. Sonrió.
—Sierra de Tapalpa. Subes por la desviación a “Las Piedrotas”. Pasas el pueblo de Atacco. Sigues el camino forestal viejo, el que va hacia la presa abandonada. Hay una brecha a la izquierda, marcada con una cinta amarilla en un pino quemado. Sigues esa brecha cinco kilómetros. Topas con pared. Ahí está la cabaña del viejo aserradero alemán. Ahí está tu “bella durmiente”.
Arturo memorizó cada palabra.
—Vámonos —dijo a Román.
—Oye, ¿y mi tele? —gritó Víctor mientras salían.
Arturo se detuvo en la puerta. Se giró y miró a Víctor con un desprecio absoluto.
—Reza porque esté viva, Víctor. Porque si está muerta, voy a usar ese dinero para pagarle a alguien que te visite en la noche. Y no va a ser para llevarte cigarros.
Salieron del penal casi corriendo.
El sol del mediodía los golpeó al salir, pero Arturo sentía un frío interior que no se le quitaba.
—Seis meses, Román —dijo Arturo mientras subían a la camioneta. Su voz temblaba—. Seis meses sin comida. Nadie sobrevive a eso.
—El cuerpo humano es resistente, Arturo. Tal vez tenía reservas. Tal vez pudo cazar ratas. Tal vez… —Román se calló, sabiendo que sonaba ridículo.
Arturo encendió el motor.
—Llama a Elena. Dile que prepare a Max. Y consígueme una ambulancia privada. Que nos vean en la entrada de Tapalpa. Quiero equipo de reanimación avanzado.
—¿Crees que…?
—Creo en los milagros, Román. Hoy en la mañana no creía, pero ahora es lo único que me queda.
Mientras la camioneta devoraba el asfalto rumbo a la sierra, Arturo marcó el número de Elena.
—¿Arturo? —contestó ella al primer timbrazo. Se escuchaba ruido de fondo, como de caricaturas en la televisión.
—Elena, ya sabemos dónde está. Vamos para allá.
—¿Cómo te fue? ¿Qué dijo?
—Dijo que lleva seis meses sola. Sin provisiones.
Escuchó el grito ahogado de Elena al otro lado.
—Dios mío… Arturo.
—Escúchame bien. No le digas a Max ni a Doña María los detalles. Solo diles que vamos por ella. Necesito que seas fuerte, Elena. Si la encontramos… puede que no sea bonito.
—Soy fuerte, Arturo. Más de lo que crees. Cuídate en la sierra. Esa zona es peligrosa.
—Te llamo cuando la tenga.
Colgó.
La carretera se estiraba frente a él, subiendo hacia las montañas verdes que se veían a lo lejos. Tapalpa. Un “Pueblo Mágico” turístico, lleno de cabañas de lujo y chimeneas acogedoras. Pero en sus entrañas escondía una cabaña del terror.
Arturo pisó el acelerador a fondo. La Grand Cherokee respondió, lanzándose al ataque.
Iba a ser una carrera contra la muerte. Y Arturo Solís no estaba acostumbrado a perder.
INTERLUDIO: EL HOTEL Y LA ESPERA
Mientras Arturo desafiaba las leyes de velocidad en la carretera a Colima para desviarse a la sierra, Elena estaba librando su propia batalla en una suite del Hotel Camino Real en Guadalajara.
Había logrado convencer a Doña María de salir del ejido con el pretexto de “arreglar papeles” en la ciudad. La verdad era que Arturo tenía razón: si Víctor tenía cómplices, la casa de adobe era un blanco fácil.
La suite era inmensa, con alfombras suaves y ventanales que daban a los jardines. Doña María estaba sentada en un sillón de terciopelo, con el cuerpo rígido, sin atreverse a tocar nada. Parecía un pajarito asustado fuera de su nido. Max, en cambio, estaba fascinado. Había descubierto el frigobar y la televisión por cable.
—Abuela, ¡mira! ¡Hay cocas chiquitas! —gritó Max, sosteniendo una botella de vidrio en miniatura.
—Deja eso, hijo, cuesta mucho dinero —regañó Doña María.
—Déjelo, señora María —dijo Elena, saliendo del baño donde había estado preparando la tina—. Todo está pagado. Que agarre lo que quiera. Arturo dijo que hoy Max es el rey.
Elena se acercó a la anciana y se arrodilló frente a ella. Le tomó las manos callosas y ásperas entre las suyas, suaves y manicuradas.
—Señora, necesito que confíe en nosotros. Arturo va a traer a Olga.
—Señorita… —Doña María la miró con ojos llorosos—. Usted es muy buena. ¿Por qué hacen esto? Ni nos conocen.
—Porque a veces la vida te pone pruebas, María. Y Arturo… Arturo necesitaba esto tanto como ustedes. Él necesitaba salvar a alguien para salvarse a sí mismo.
—¿De qué?
—De su propia soledad. —Elena suspiró—. Venga, le preparé un baño caliente con sales. Necesita relajarse. Yo cuido a Max.
Mientras la abuela entraba al baño, atónita ante el lujo de agua caliente ilimitada, Elena se sentó junto a Max en la alfombra.
—Oye, Max.
—¿Mande, Elena? —El niño masticaba un chocolate Toblerone con deleite.
—Tu mamá… ¿cómo es?
Max tragó el chocolate y sonrió. Una sonrisa que iluminó el cuarto.
—Es bonita. Tiene el pelo como el sol, güerito. Y canta. Cantaba canciones de Cri-Cri cuando me dormía. Y huele a vainilla. Siempre olía a vainilla porque hacía pasteles para vender, antes de que mi papá… antes de que nos viniéramos al rancho.
Elena sintió una punzada en el corazón. “Huele a vainilla”. Detalles tan pequeños que mantienen viva la memoria de una persona.
—Vamos a recuperarla, Max. Vas a ver que sí.
—Yo sé —dijo el niño, con una confianza absoluta—. Arturo me lo prometió. Y los hombres de verdad cumplen sus promesas. Mi papá nunca cumplía, pero Arturo sí.
Elena acarició el cabello del niño.
—Sí, Max. Arturo cumple.
El teléfono de Elena vibró con un mensaje. Era una ubicación en tiempo real de Arturo. Estaba entrando a la zona de curvas de la sierra. El punto azul se movía rápido, peligrosamente rápido.
Elena cerró los ojos y mandó una plegaria muda al cielo, o al universo, o a quien fuera que estuviera escuchando.
“Cuídalos. Por favor, que no lleguen tarde.”
REGRESO A LA SIERRA
La Grand Cherokee dejó el asfalto y entró a la terracería. El GPS había muerto hacía diez minutos. Ahora se guiaban por las instrucciones de memoria de Arturo y el instinto.
—Desviación a las Piedrotas… listo —dijo Román, agarrándose del asidero de la puerta mientras la camioneta saltaba—. Pueblo de Atacco… listo. Vamos bien.
El paisaje cambió. Dejaron atrás los pinos ordenados y entraron a una zona de bosque denso, viejo. Encinos retorcidos y pinos gigantes que bloqueaban la luz del sol. El camino era apenas una huella de llantas cubierta de hierba y lodo.
—Ahí —señaló Arturo—. El pino quemado. Y la cinta amarilla.
Era una cinta vieja, de esas de “Peligro”, casi deshecha por el sol y la lluvia, atada a una rama baja. La entrada a la brecha parecía la boca de un lobo. Oscura, estrecha, empinada.
—Esto es territorio de nadie, Arturo —dijo Román, sacando una pistola Glock de su portafolio.
Arturo lo miró sorprendido.
—¿Traes cohete?
—Soy abogado penalista en México, Arturo. Claro que traigo cohete. Y tengo porte legal. —Cargó la recámara—. Por si nos sale un puma… o algo peor.
La camioneta subió la cuesta patinando. El motor rugía, las ramas golpeaban el parabrisas. Cinco kilómetros. Parecían cincuenta.
De pronto, el bosque se abrió en un claro.
Y ahí estaba.
El viejo aserradero alemán. Ruinas de maquinaria oxidada, trocos podridos y, al fondo, pegada a la pared de roca de la montaña, una cabaña.
No era una cabaña bonita. Era un búnker de madera negra y podrida. No tenía ventanas visibles, solo tablones clavados. La puerta tenía una cadena gruesa y tres candados de alta seguridad que brillaban, nuevos, contrastando con la madera vieja.
El silencio era total. No había pájaros. No había viento. Solo la muerte esperando.
Arturo detuvo la camioneta. Bajó de un salto. Román bajó con la pistola en mano, escaneando el perímetro.
Arturo corrió hacia la puerta.
—¡OLGA! —gritó. Golpeó la madera con el puño. —¡OLGA!
Silencio.
Arturo pegó la oreja a la puerta. Nada. Ni un rasguño, ni una respiración.
—Está muerta —dijo Román detrás de él, bajando el arma—. Arturo, mira el lugar. Huele a muerte.
—¡Cállate! —gritó Arturo.
Corrió a la camioneta y sacó una barreta de acero y un marro que siempre traía en la caja de herramientas de la obra.
Regresó a la puerta.
—¡Dale! —le dijo a Román—. ¡Apunta a los candados!
Román disparó. ¡Bang! ¡Bang! El ruido fue ensordecedor. Las balas mordieron el acero de los candados, pero no los rompieron. Eran de grado industrial.
—¡A un lado! —gritó Arturo.
Levantó el marro de cinco kilos. La adrenalina le dio la fuerza de diez hombres.
Golpeó la aldaba. Una, dos, tres veces. La madera crujió.
—¡Ábrete, maldita sea! —rugió.
Golpeó de nuevo. La madera alrededor de los tornillos cedió. La aldaba saltó volando.
Arturo soltó el marro y pateó la puerta.
La puerta se abrió con un gemido de bisagras oxidadas, revelando una oscuridad absoluta y un hedor que los golpeó en la cara.
No olía a cadáver.
Olía a encierro, a excremento, a humedad rancia… y a algo más. Olía a vida aferrándose.
Arturo encendió la linterna del celular y entró.
—¡Olga!
El haz de luz barrió el cuarto.
Había un colchón sucio en el rincón. Montañas de latas vacías. Botellas de plástico con orina.
Y en el colchón, un bulto bajo una cobija gris.
Arturo se acercó despacio, con el corazón en la garganta.
—Olga…
El bulto se movió. Apenas un espasmo.
Una mano esquelética, pálida como el papel, salió de debajo de la cobija. Los dedos se curvaron, tratando de alcanzar la luz.
Y una voz, que no era voz, sino un silbido de aire escapando de unos pulmones colapsados, susurró:
—…agua…
Arturo cayó de rodillas.
—¡Román! ¡La ambulancia! ¡Ya! ¡Está viva!
Arturo tomó la mano de la mujer. Estaba helada. Levantó la cobija y vio el rostro de Olga. Era una calavera con piel pegada. Los ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, los labios partidos y sangrantes. Pero los ojos… los ojos grises, idénticos a los de Max, se abrieron y lo miraron.
No había locura en ellos. Había una paz terrible. La paz de quien ya se había despedido.
—Max… —susurró ella.
—Max está bien —dijo Arturo, llorando, pegando la botella de agua a los labios resecos de ella, mojándolos apenas—. Max te espera. Soy Arturo. Vengo a llevarte a casa.
Olga intentó sonreír, pero la piel de su cara estaba demasiado tirante.
—Ángel… —susurró—. Viniste.
Arturo la levantó en brazos. Pesaba menos que un niño. Sentía cada hueso, cada costilla frágil bajo su ropa sucia.
Salió de la cabaña hacia la luz del sol.
—¡Aguanta, Olga! ¡No te atrevas a morirte ahora! —le gritó mientras corría hacia la camioneta—. ¡Ya pasaste lo peor! ¡Quédate conmigo!
Román ya tenía la puerta trasera abierta y los asientos abatidos.
—La ambulancia viene en camino, los topamos en la entrada del pueblo. ¡Maneja tú, Arturo! ¡Tú manejas mejor en chinga!
Colocaron a Olga en la parte trasera, sobre chamarras. Román se fue atrás con ella, monitoreando su pulso.
—Es muy débil, Arturo. El pulso es un hilo. Se nos va.
Arturo saltó al asiento del conductor.
—No se va. No hoy. Hoy nadie se muere.
Arrancó la Grand Cherokee. Las llantas escupieron tierra y piedras.
La carrera de regreso empezó. Pero esta vez, no era una carrera por un contrato o por una cita. Era una carrera contra la parca, y Arturo Solís iba dispuesto a ganarle la partida, kilómetro a kilómetro.
CAPÍTULO 5: CARRERA CONTRA LA PARCA
La Sierra de Tapalpa es hermosa, un paraíso de pinos y aire puro que huele a resina y libertad. Pero para Arturo Solís, en ese momento, era un infierno verde que intentaba tragárselos.
La camioneta Grand Cherokee bajaba por la brecha como un meteoro de dos toneladas y media. La suspensión neumática gemía en cada bache, trabajando al límite de su ingeniería, absorbiendo impactos que habrían partido el eje de cualquier otro vehículo. Arturo no manejaba con técnica; manejaba con rabia. Sus manos, aferradas al volante forrado en piel, eran una extensión de su voluntad.
—¡Román! —gritó Arturo sin apartar la vista del camino, esquivando una roca del tamaño de una sandía—. ¡Dime que sigue respirando!
En el asiento trasero, el abogado penalista más caro de Guadalajara había perdido toda su compostura. Román, con el saco manchado de polvo y sudor, sostenía la cabeza de Olga sobre su regazo para amortiguar los golpes del camino. Tenía dos dedos presionados contra la arteria carótida de la mujer, en ese cuello tan delgado que parecía de cristal.
—¡Apenas, Arturo! —respondió Román, con la voz temblorosa por el miedo y el movimiento violento del coche—. ¡El pulso es una mierda! Es irregular… rápido, luego lento… ¡Se nos va, cabrón! ¡Písale más!
—¡Voy a fondo! —rugió Arturo.
El motor V8 Hemi rugía a seis mil revoluciones. Las ramas de los encinos azotaban los costados de la camioneta, rayando la pintura de lujo con chillidos agudos, pero a Arturo le importaba un bledo. Podía comprar diez camionetas más; no podía comprar otra vida para la madre de Max.
Arturo miró por el retrovisor. Vio el rostro de Olga, pálido, casi azulado bajo la luz moteada que entraba por las ventanas. Parecía una muñeca rota, desechada.
—¡Olga, escúchame! —gritó Arturo, golpeando el tablero—. ¡No te atrevas! ¡Max te está esperando! ¡Max está comiendo chocolates en un hotel y te está esperando! ¡No le hagas esto!
El cuerpo de Olga tuvo un espasmo. Un suspiro ronco salió de su pecho.
—¡Agua…! —susurró de nuevo, apenas audible.
—No le des más agua, Román —advirtió Arturo, recordando un curso de primeros auxilios que había tomado hace años para las obras—. Si traga mal se ahoga. Solo mójabele los labios. ¡Ya casi llegamos!
La brecha terminaba. El asfalto de la carretera estatal apareció frente a ellos como una bendición gris. Arturo no frenó al entrar a la curva; derrapó. Las llantas traseras patinaron sobre la grava suelta, la camioneta se ladeó peligrosamente hacia el barranco, pero el sistema de tracción corrigió la trayectoria en el último segundo.
Ya en el pavimento, Arturo hundió el pie hasta el fondo. El velocímetro trepó: 140, 160, 180 km/h.
—¡Llama a la ambulancia! —ordenó Arturo—. ¡Diles que estamos a cinco minutos de la entrada del pueblo! ¡Que preparen la vía intravenosa!
Román, haciendo malabares con el teléfono y el cuello de Olga, marcó.
—¡Estamos bajando! —gritó al operador—. ¡Código rojo! ¡Desnutrición severa, deshidratación crítica! ¡Paciente femenina, aproximadamente 35 kilos! ¡Sí, escuchaste bien, pendejo, 35 kilos! ¡Tengan todo listo!
Esos cinco minutos fueron los más largos de la vida de Arturo. Más largos que las noches en el orfanato. Más largos que la espera de los resultados de licitaciones millonarias. Eran minutos que pesaban plomo.
Cada vez que miraba por el espejo, temía ver que el pecho de Olga había dejado de subir y bajar.
—Ahí están —dijo Arturo, viendo las luces rojas y azules destellando a la entrada de Tapalpa, junto al letrero de “Bienvenido Pueblo Mágico”.
Frenó en seco, quemando llanta, dejando dos líneas negras de caucho en el asfalto. La camioneta se detuvo a centímetros de la defensa de la ambulancia privada.
Las puertas traseras de la unidad médica se abrieron y bajaron dos paramédicos con chalecos tácticos. No eran novatos; eran veteranos de la Cruz Verde contratados por el servicio privado. Pero cuando Arturo abrió la puerta trasera de la Cherokee y vieron a Olga, se quedaron petrificados un segundo.
El olor que salió del interior del coche era una mezcla de encierro, enfermedad y humanidad degradada.
—¡Virgen Santa! —exclamó uno de los paramédicos, un hombre barbudo—. ¡Traigan la camilla rígida y el oxígeno! ¡Rápido!
La sacaron con una delicadeza extrema. Al moverla, la cobija gris se deslizó y reveló uno de sus brazos. Era puro hueso forrado de piel traslúcida, lleno de moretones viejos y cicatrices.
—Signos vitales débiles —cantó el segundo paramédico, colocándole el oxímetro en un dedo huesudo—. Saturación al 70%. Presión 60 sobre 40. Está en shock hipovolémico. Necesitamos canalizar ya.
Le pusieron una mascarilla de oxígeno. La aguja de la vía intravenosa entró en su brazo sin resistencia, buscando una vena colapsada.
—¡No le pasen glucosa de golpe! —gritó Arturo, acercándose—. ¡Sindrome de realimentación! ¡Cuidado con el potasio!
El paramédico lo miró sorprendido.
—Sabe de lo que habla, jefe. Vamos a usar solución salina isotónica suave primero.
Subieron la camilla a la ambulancia.
—¿Quién viene con ella? —preguntó el paramédico.
—Yo —dijo Román—. Arturo, tú ven en la camioneta. Yo voy aquí para firmar lo que sea y para que no la dejen sola ni un segundo.
—Llévatela al Hospital Puerta de Hierro en Guadalajara. Ya hablé con el director. Nos esperan en Urgencias. No pares por nada, Román.
Las puertas de la ambulancia se cerraron. La sirena aulló, un sonido desgarrador que hizo volar a una bandada de pájaros de los cables de luz.
La ambulancia arrancó a toda velocidad. Arturo corrió a su camioneta, se limpió el sudor de la frente con la manga de la camisa (que ya estaba negra de mugre) y arrancó detrás de ellos, siguiendo la estela de luces y ruido.
El viaje a Guadalajara fue un borrón de adrenalina.
Arturo seguía a la ambulancia como un guardaespaldas, abriendo paso, bloqueando a los coches que no se quitaban rápido. Su mente, sin embargo, estaba en otro lado.
Estaba en la cabaña. En las marcas de uñas en la puerta. En las latas vacías que Olga debió haber lamido para sobrevivir.
¿Cómo un ser humano puede hacerle eso a otro? ¿Cómo Víctor pudo dormir tranquilo sabiendo que la madre de su hijo se estaba consumiendo en la oscuridad?
Arturo sintió una lágrima caliente rodar por su mejilla. No era tristeza. Era una mezcla de dolor y gratitud. Gratitud porque llegó. Porque ese maldito instinto que le hizo dar la vuelta en el kilómetro 40 no le falló.
—No te mueras —repetía en voz baja—. No te mueras ahora que ya eres libre.
El Hospital Puerta de Hierro es una fortaleza de cristal y acero en la zona más exclusiva de Zapopan. Cuando la caravana llegó a Urgencias, un equipo de choque ya estaba esperando en la rampa.
Arturo bajó de la camioneta, dejando las llaves puestas y la puerta abierta para que el valet parking se hiciera cargo (o se la robara, le daba igual). Corrió hacia la camilla.
—Paciente femenino, edad estimada 30 años, peso 34 kilos —gritaba el paramédico mientras corrían por el pasillo blanco—. Historia de inanición prolongada, encierro de 36 meses. Posible falla renal aguda.
Los doctores y enfermeras se movían como un enjambre coordinado alrededor de Olga.
Arturo intentó seguirlos hasta el área de trauma, pero una enfermera robusta le puso una mano en el pecho.
—Hasta aquí, señor. Necesitamos espacio para trabajar. Vaya a admisión.
—¡Soy responsable de ella! —protestó Arturo.
—Si quiere ayudarla, déjenos hacer nuestro trabajo. —La enfermera lo miró a los ojos, firme pero compasiva—. Vaya a hacer el papeleo. Necesitamos su nombre real, tipo de sangre, alergias. Todo lo que sepa.
Las puertas batientes se cerraron, tragándose a Olga y al caos médico.
Arturo se quedó solo en el pasillo, respirando agitadamente. El olor a antiséptico le revolvió el estómago. Se miró las manos: estaban temblando. Se miró la ropa: su traje caro estaba arruinado, manchado de polvo de la sierra, grasa de la puerta y fluidos de la ambulancia. Parecía un vagabundo.
Román apareció a su lado, igual de desaliñado.
—Ya entraron —dijo el abogado, pasándose una mano por el cabello revuelto—. Arturo, tienes que ver esto.
Román le mostró su celular. Era una foto que había tomado dentro de la ambulancia, del brazo de Olga.
Había una cicatriz vieja, pero también había algo escrito con pluma, casi borrado por el sudor y la mugre, en la palma de su mano.
Arturo hizo zoom.
Era un número de teléfono. El número de la casa de Doña María.
Y abajo, una sola palabra: “MAX”.
Arturo sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en una de las sillas de plástico de la sala de espera.
—Se lo escribió para no olvidarlo —susurró Arturo—. O por si encontraban su cuerpo… para que supieran a quién avisar.
—Esa mujer es de acero, Arturo —dijo Román, sentándose a su lado y aflojándose la corbata—. Cualquier otra persona se habría dejado morir al primer mes. Ella aguantó seis meses sin comida regular, bebiendo agua podrida, sola en la oscuridad. Lo hizo por el niño.
Arturo asintió. Se cubrió la cara con las manos.
—Necesito llamar a Elena.
Sacó su teléfono. Tenía 10% de batería. Marcó.
—¡Arturo! —La voz de Elena sonó al primer tono, angustiada—. ¿Dónde están? El GPS se detuvo en el hospital.
—Ya estamos aquí, Elena. Está viva.
Escuchó un sollozo de alivio al otro lado.
—Gracias a Dios… ¿Cómo está?
—Mal —admitió Arturo. No quería mentir—. Está muy grave. Los doctores dicen que es un milagro que el corazón le siga latiendo. Tiene falla en los riñones y desnutrición grado tres. Pero está luchando.
—Voy para allá. —La voz de Elena se volvió ejecutiva—. Ya pedí un Uber Black. Traigo a Doña María y a Max.
—Espera, Elena. —Arturo se enderezó—. No sé si sea buena idea que Max la vea así. No se parece a su mamá, Elena. Pesa treinta kilos. Parece… parece un cadáver. No quiero que se asuste.
—Arturo, ese niño vendía flores en la carretera para salvarse del DIF. Es más fuerte de lo que crees. Y necesita verla para saber que es real. Para saber que no es otro sueño.
Arturo lo pensó un segundo. Tenía razón.
—Está bien. Pero prepáralo. Dile que mamá está muy enfermita, que se ve diferente.
—Ya lo sabe. Doña María le está explicando. Llegamos en veinte minutos.
Arturo colgó.
—Román, necesito un favor. —Se volvió hacia su amigo—. Quédate aquí “de guardia”. Si sale un doctor, grábame todo lo que diga. Voy al baño a lavarme la cara y a cambiarme. No puedo recibir a Max viéndome así. Huelo a miedo.
—Vete. Yo cuido el fuerte. Y Arturo… —Román le sonrió levemente—. Buen trabajo, Batman.
Arturo fue al baño de la sala de espera. Se miró en el espejo. Tenía ojeras profundas, polvo en las cejas y los ojos inyectados en sangre. Se lavó la cara con agua fría y jabón líquido rosa que olía a chicle. Se quitó el saco arruinado y lo tiró a la basura sin pensarlo. Se quedó con la camisa blanca, la arremangó hasta los codos y trató de limpiarse lo mejor posible.
Cuando salió, Román estaba hablando con dos agentes de la Fiscalía del Estado.
—Licenciado De la Torre —decía uno de los agentes—. Nos reportaron un ingreso por privación ilegal de la libertad y tortura. El hospital activó el protocolo.
—Exacto, oficiales. Y tengo al culpable confeso y ubicado en Puente Grande. Aquí está mi declaración y la evidencia preliminar. —Román les entregó una memoria USB que sacó de su portafolio mágico—. Quiero medidas de protección para la víctima y la familia. Ya.
Arturo se acercó.
—¿Alguna noticia de adentro?
—Salió una enfermera hace un minuto —dijo Román—. La estabilizaron. La pasaron a Terapia Intensiva. Está sedada, entubada, pero estable. Dicen que las próximas 24 horas son críticas. Si los riñones aguantan, la libra.
En ese momento, las puertas automáticas de la entrada principal se abrieron.
Arturo giró la cabeza.
Ahí venían.
Elena caminaba al frente, llevando a Doña María del brazo. La abuela caminaba despacio, con los ojos muy abiertos, asustada por el lujo del hospital, pero con la cabeza alta. Y junto a ellas, Max.
El niño llevaba ropa nueva que Elena seguramente había comprado en el hotel: unos jeans limpios, tenis blancos y una sudadera azul. Pero lo que llamó la atención de Arturo fue lo que traía en las manos.
El ramo de flores.
El mismo ramo de girasoles marchitos y flores de campo secas que Arturo había comprado en la carretera. Lo había guardado todo este tiempo.
Arturo caminó hacia ellos. Se arrodilló frente a Max.
—Campeón.
Max lo miró. Sus ojos oscuros estaban llenos de preguntas.
—¿Está aquí? —susurró el niño.
—Sí, Max. Está aquí. Está durmiendo. Los doctores la están curando.
—¿Se va a morir?
La pregunta fue directa, brutal.
Arturo le tomó los hombros.
—Tu mamá es la persona más fuerte que he conocido en mi vida, Max. Más fuerte que tú, más fuerte que yo. Ella aguantó todo esto solo para volver a verte. No se va a morir. No la voy a dejar.
Doña María se acercó a Arturo. Tomó su mano y la besó antes de que él pudiera retirarla. Sus lágrimas mojaron la piel de Arturo.
—Señor Arturo… usted es un ángel. Dios se lo va a pagar con creces.
—No soy un ángel, Doña María. Soy un hombre terco.
Arturo miró a Elena. Ella tenía los ojos rojos, pero le sonrió con una calidez que le derritió el último bloque de hielo que tenía en el pecho.
—Gracias por traerlos —le dijo.
—No podía dejarlos solos. Somos un equipo, ¿no?
—Somos un equipo.
Un médico salió por las puertas de Terapia Intensiva. Era un hombre mayor, con canas y bata blanca impecable.
—¿Familiares de Olga María Ramírez?
Todos se volvieron hacia él.
—Nosotros —dijo Arturo, poniéndose de pie.
—Soy el Doctor Cárdenas, internista. La paciente está grave, pero estable. Logramos hidratarla sin colapsar el sistema. Sus riñones están funcionando al 40%, lo cual es una buena noticia dadas las circunstancias. Tiene anemia severa y atrofia muscular, pero no hay daño cerebral aparente. Responde a estímulos dolorosos.
El doctor miró al grupo.
—Es un caso de estudio. La voluntad de vivir de esta mujer es… inexplicable clínicamente. Debería haber muerto hace semanas por fallo cardíaco. Algo la mantuvo aquí.
—Su hijo —dijo Doña María, señalando a Max—. Su hijo la mantuvo aquí.
—Doctor, ¿podemos verla? —preguntó Arturo.
El médico dudó. Miró a Max.
—Es Terapia Intensiva. Normalmente no dejamos entrar niños. Y la paciente… bueno, su aspecto es impactante. Tiene sondas, tubos, monitores.
—Doctor —dijo Arturo, acercándose y bajando la voz—. Este niño lleva tres años pensando que su madre estaba muerta. Necesita ver que respira. Aunque sea cinco minutos. Yo me hago responsable.
El doctor suspiró y asintió.
—Cinco minutos. Solo uno por uno. O el niño con un adulto. Pero no la toquen mucho, su piel es muy frágil. Y pónganse batas y cubrebocas.
Arturo miró a Doña María.
—Usted primero, abuela. Ella necesita escuchar su voz.
Doña María asintió, temblando. Elena la ayudó a ponerse la bata azul y el cubrebocas. La anciana entró por las puertas batientes, persignándose.
Arturo, Elena y Max se quedaron esperando. Los minutos pasaban lentos.
Arturo se sentó junto a Max.
—Oye, Max. Esas flores…
—Están feas —dijo el niño, mirando el ramo seco—. Ya se murieron.
—No están muertas. Están secas. Y son las flores más bonitas del mundo, porque gracias a ellas estamos aquí. —Arturo tocó un girasol marchito—. Cuando tu mamá despierte, le vamos a comprar un campo entero de girasoles nuevos. Pero estas… estas las vamos a guardar para siempre.
Diez minutos después, Doña María salió. Venía llorando, pero era un llanto de paz. Se dejó caer en los brazos de Elena.
—Es ella… es mi niña. Está flaquita, puro huesito… pero es ella. Le hablé y le apretó la mano. Me escuchó.
—Vas tú, Max —dijo Arturo.
El niño se puso de pie. De pronto, se veía muy pequeño. El miedo volvió a sus ojos.
—Tengo miedo, Arturo. ¿Y si no me conoce?
—Te conoce, Max. Eres lo único en lo que pensó todo este tiempo.
—¿Vienes conmigo? —preguntó el niño, estirando su mano pequeña.
Arturo miró esa mano. Era la misma mano que le había dado el cambio de quinientos pesos en la carretera. La mano que había escrito la nota de auxilio.
—Siempre, Max.
Arturo y Max se pusieron las batas azules, los gorros y los cubrebocas. Parecían astronautas.
Caminaron por el pasillo de la UCI. El sonido de los monitores era constante: bip… bip… bip…
Llegaron al cubículo 4.
Arturo abrió la cortina.
Ahí estaba Olga.
La cama parecía enorme para ella. Estaba conectada a tres máquinas diferentes. Tenía un tubo en la garganta para ayudarla a respirar. Su piel era transparente, revelando la red de venas azules debajo. Tenía los ojos cerrados, hundidos en sombras violáceas. El cabello rubio estaba opaco, cortado a trasquilones (obra de Víctor, seguramente), pero limpio ahora.
Max se detuvo en la entrada. Se quedó paralizado.
El ramo de flores secas cayó de sus manos al suelo estéril.
—Mamá… —susurró.
Arturo sintió que se le rompía el corazón. El niño estaba viendo a un monstruo, a un esqueleto.
Pero entonces, Max caminó. No corrió. Caminó despacio hacia la cama.
Ignoró los tubos. Ignoró las máquinas.
Vio más allá.
Se subió al banquito que había junto a la cama. Quedó a la altura de la cara de Olga.
Se quitó el cubrebocas un segundo, desobedeciendo las reglas.
Se acercó al oído de su madre.
—Mami… soy yo. Soy Max. Ya vine.
El monitor cardíaco se aceleró. Bip-bip-bip-bip.
Los párpados de Olga temblaron. Se abrieron lentamente. Una rendija de gris plata.
Sus ojos no enfocaban bien al principio, vagaban por el techo. Pero luego, bajaron. Encontraron los ojos de Max.
Y en ese momento, Arturo vio el milagro.
Vio cómo la vida volvía a entrar en ese cuerpo roto. Vio cómo una lágrima se formaba en el lagrimal de Olga y rodaba hacia la almohada.
Ella intentó mover la mano. No pudo levantarla, pero movió el dedo índice, rozando la mejilla de Max.
El niño tomó ese dedo y lo besó.
—Hueles a medicina —dijo Max, llorando y riendo a la vez—. Pero ya no importa. Te voy a traer vainilla. Te voy a traer mucha vainilla para que huelas rico otra vez.
Arturo se quedó en la esquina, observando, sintiéndose un intruso en el momento más sagrado que había presenciado jamás.
Olga movió los labios alrededor del tubo. No salió sonido, pero Arturo leyó perfectamente lo que dijo.
“Mi amor”.
Arturo sintió una mano en su hombro. Era el Doctor Cárdenas, que había entrado en silencio.
—Señor Solís —susurró el médico—. Lo que está pasando aquí… la oxitocina, la adrenalina emocional… esto es mejor medicina que cualquier cosa que yo tenga en mis farmacias. Déjelos un momento más.
Arturo asintió. Se limpió las lágrimas que empapaban su cubrebocas.
Salió del cubículo, dejando a madre e hijo reconectando sus almas.
En el pasillo, se recargó contra la pared y se dejó deslizar hasta el suelo.
Se sentó ahí, abrazando sus rodillas, igual que Max en la carretera.
Pero esta vez, no había miedo. Solo un agotamiento inmenso y una satisfacción que le llenaba el pecho.
Elena apareció en el pasillo. Lo vio sentado en el suelo.
Se acercó, se sentó a su lado sin decir nada y le puso la cabeza en el hombro.
Arturo le tomó la mano.
—Lo logramos, Elena.
—Lo lograste tú, Arturo.
—No. —Arturo cerró los ojos—. Fue el niño. Yo solo manejé el coche. Él tuvo el valor de pedir ayuda.
Se quedaron ahí, en silencio, en el piso frío del hospital, mientras adentro del cuarto, un niño le contaba a su madre dormida sobre un perro llamado “Ruso” (no, tendrían que cambiarle el nombre al perro, pensó Arturo), sobre una abuela que hacía tortillas y sobre un señor alto que compraba flores marchitas y cumplía promesas imposibles.
CAPÍTULO 6: APRENDER A CAMINAR OTRA VEZ
El tiempo en el hospital no se mide en horas, se mide en hitos. El día que le quitaron el tubo a Olga. El día que pudo sentarse sola. El día que comió su primera gelatina sin vomitarla.
Habían pasado tres semanas desde el rescate. Arturo Solís había convertido la sala de espera de Terapia Intermedia del Hospital Puerta de Hierro en su segunda oficina. Román se encargaba de la constructora durante el día, pero Arturo pasaba las tardes y noches en el hospital, alternándose con Elena y Doña María.
Arturo entró a la habitación 304 con un ramo de girasoles frescos. Esta vez no eran comprados en la carretera, sino traídos del mercado de abastos, enormes y brillantes como soles amarillos.
—Buenas tardes a la paciente más guapa del piso —dijo Arturo, cerrando la puerta con el pie.
Olga estaba sentada en un sillón reclinable junto a la ventana. Ya no tenía sondas, aunque seguía conectada a un suero vitaminado. Había ganado cinco kilos, lo cual no era mucho, pero era suficiente para que su cara dejara de parecer una calavera. Su piel había recuperado un tono humano, aunque seguía pálida. Su cabello, que había estado opaco y quebradizo, ahora estaba limpio y brillante, peinado en un corte pixie que Elena le había pagado con su estilista personal.
Olga sonrió al verlo. Su sonrisa todavía era tímida, como si temiera que la felicidad fuera una trampa, pero llegaba a sus ojos.
—Hola, Arturo. —Su voz seguía siendo ronca, secuela del tubo y del desuso, pero ya tenía fuerza—. Huele a campo.
—Son para ti. Max me dijo que te gustan grandes.
—Gracias. —Olga tocó los pétalos con reverencia—. Son hermosos.
Arturo puso las flores en un jarrón con agua y se sentó frente a ella.
—¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor. El doctor Cárdenas dice que mis riñones ya están al 80%. Me van a dar de alta la próxima semana.
—Eso es excelente noticia. Doña María va a estar feliz. Ya tiene la casa lista.
Olga bajó la mirada, jugando con el borde de su bata.
—De eso quería hablarte, Arturo.
Arturo notó el cambio de tono. Se inclinó hacia adelante.
—Dime.
—No puedo volver al ejido. —Olga levantó la vista, y Arturo vio el terror puro en sus ojos grises—. Sé que Víctor está en la cárcel. Sé que Román me dijo que le van a dar cien años. Pero… no puedo. Cierro los ojos y siento que estoy en la cabaña. Siento el olor a pino y me falta el aire. Si vuelvo al campo, me voy a morir de miedo.
Arturo asintió lentamente. Entendía perfectamente. El trauma no desaparece con un acta de sentencia. El trauma se queda en los lugares, en los olores, en la luz.
—Te entiendo, Olga. Y no tienes que volver si no quieres.
—Pero no tengo a dónde ir. Mi mamá no quiere dejar su casa, es lo único que tiene. Y yo no tengo dinero, no tengo trabajo… perdí tres años de mi vida. Soy una carga.
—Nunca vuelvas a decir eso —la cortó Arturo, con suavidad pero firmeza—. No eres una carga. Eres una sobreviviente. Y sobre dónde vivir… bueno, Elena y yo hemos estado hablando.
—¿Elena? —Olga sonrió levemente—. Esa mujer es un ángel. Viene todos los días a peinarme y a platicarme cosas de moda que no entiendo, pero me hace sentir… normal.
—Elena tiene un departamento en la ciudad que usa para rentar. Está en la colonia Providencia, planta baja, con un jardincito. Está vacío ahorita. Queremos que te mudes ahí con Max y Doña María.
Olga abrió los ojos desmesuradamente.
—Arturo, no. No puedo aceptar eso. Providencia es carísimo. No tengo cómo pagarte.
—No vas a pagar renta. Al menos no por ahora. Tómalo como un préstamo a largo plazo. Cuando te recuperes, cuando consigas trabajo, hablamos. Pero necesito que estés segura. Y ese edificio tiene vigilancia 24 horas.
Olga empezó a llorar en silencio.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué haces tanto por nosotros? No somos tu familia.
Arturo se levantó y miró por la ventana hacia la ciudad de Guadalajara.
—Porque cuando yo tenía seis años, Olga, yo esperaba que alguien hiciera esto por mí. Y nadie lo hizo hasta que fue casi demasiado tarde. No quiero que Max pase por lo mismo. Además… —Se volvió y le sonrió—. Max me cae bien. Tiene madera de ingeniero. Ayer me preguntó cómo funcionaba el elevador.
Olga se rió entre lágrimas.
—Gracias, Arturo. No sé si algún día podré pagarte esto.
—Ya me pagaste. Ver a Max sonreír es mi paga.
El día del alta fue una fiesta.
Arturo llegó en su camioneta (ya lavada y pulida), Elena en su Audi y Román en su BMW. Parecía una comitiva diplomática.
Max corría por los pasillos del hospital con una energía inagotable, saludando a las enfermeras que lo habían consentido con galletas durante tres semanas.
—¡Ya nos vamos! —gritaba—. ¡Mi mamá ya camina!
Olga salió en silla de ruedas (protocolo del hospital), empujada por Doña María, que lucía un vestido nuevo floreado que Elena le había regalado.
Al salir al sol, Olga cerró los ojos y respiró profundo. Era la primera vez que sentía el sol en la cara siendo libre, realmente libre, en tres años.
—Libertad —susurró.
La llevaron al departamento en Providencia. Era un lugar acogedor, moderno, con mucha luz. Elena se había encargado de amueblarlo y de llenar el refrigerador. Había puesto juguetes en el cuarto de Max y una televisión enorme.
—Es un palacio —dijo Doña María, tocando las cortinas de lino—. Hija, ¿aquí vamos a vivir?
—Aquí vamos a vivir, mamá. Sin miedo.
Esa noche, hicieron una cena de inauguración. Pidieron pizzas y refrescos.
Arturo observaba la escena desde la cocina, con una cerveza en la mano. Veía a Max enseñándole a Román cómo jugar Minecraft en la tablet. Veía a Elena y Olga riéndose en el sofá, viendo revistas. Veía a Doña María rezando discretamente frente a una nueva imagen de la Virgen que había puesto en la repisa.
Se sentía… lleno.
Durante años, su vida había sido trabajo, gimnasio, y citas vacías. Había llenado su tiempo con éxito para no sentir el vacío de su propia orfandad. Pero ahora, en este departamento prestado, rodeado de esta familia improvisada y rota que se estaba sanando, sentía que por fin pertenecía a algo.
Elena se acercó a él.
—¿En qué piensas? —le preguntó, tomando un trago de su cerveza.
—En que hace un mes iba a una cita contigo para impresionarte con mi coche y mi dinero. Y mírame ahora. Comiendo pizza fría con un niño que me dice “tío Arturo” y una abuela que me quiere cebar con tamales.
Elena se rió y le acomodó el cuello de la camisa.
—Me impresionas más ahora, Arturo. Mucho más. Ese hombre de negocios era guapo, sí. Pero este hombre… este hombre que salva familias y se preocupa por los demás… de este hombre me estoy enamorando.
Arturo la miró a los ojos. El ruido de la sala desapareció.
—Yo también, Elena. Creo que me enamoré de ti el día que te vi llegar al ejido en tus botas nuevas, dispuesta a meterte al lodo por nosotros.
Se besaron. Fue un beso suave, lento, con sabor a cerveza y promesa. No fue un beso de película de Hollywood; fue un beso real, de dos adultos que han encontrado su lugar en el mundo.
—¡Iuuug! —gritó Max desde la sala—. ¡Se están besando!
Todos se rieron. El hechizo se rompió, pero la magia se quedó.
El proceso legal contra Víctor fue una carnicería, gracias a Román.
El juicio se llevó a cabo dos meses después. Arturo no dejó que Olga fuera sola. La acompañó en cada audiencia, sentado en primera fila, mirándola con orgullo mientras ella declaraba.
Olga fue valiente. Se paró frente al juez y contó todo. Contó el secuestro. Contó el hambre. Contó las amenazas. Leyó fragmentos del diario que había escrito en las paredes de la cabaña con un clavo.
Víctor, sentado en el banquillo de los acusados dentro de una cabina de cristal blindado, ya no se reía. Había perdido peso. Los “amigos” que Arturo le había pagado dentro del penal se habían asegurado de que entendiera su nueva realidad: si cooperaba y se declaraba culpable, viviría tranquilo. Si no, su vida sería un infierno.
Víctor se declaró culpable de todos los cargos: secuestro agravado, intento de feminicidio, falsificación de documentos y violencia familiar.
El juez, un hombre severo que había leído el expediente con horror, dictó sentencia.
—Víctor Manuel Kravtsov. Por la crueldad inusitada de sus actos y el peligro que representa para la sociedad, lo condeno a setenta años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Además, pierde permanentemente la patria potestad del menor Maximiliano.
Cuando sonó el mazo del juez, Olga soltó el aire que había contenido por años. No celebró. No sonrió. Simplemente cerró los ojos y asintió.
—Se acabó —le dijo a Arturo cuando salieron del juzgado.
—Se acabó, Olga. Ya no te puede hacer daño. Nunca más.
La vida siguió.
Olga empezó a trabajar en la biblioteca municipal. Era el trabajo perfecto para ella: tranquilo, rodeada de libros, sin ruidos fuertes. Max entró a una escuela privada cerca del departamento, becado por la fundación de la constructora de Arturo (una fundación que Arturo creó específicamente para casos como el de Max).
Doña María, incapaz de estar quieta, empezó a vender tamales y atole en la entrada del edificio por las mañanas. Los vecinos de Providencia, acostumbrados a comida gourmet, se volvieron adictos a sus tamales de rajas con queso. En poco tiempo, tenía una fila de ejecutivos esperando su “guajolota” antes de ir a trabajar.
Arturo y Elena consolidaron su relación. Ya no eran solo citas; eran compañeros de vida. Pasaban los fines de semana juntos, a veces en casa de él, a veces en la de ella, y muchas veces con la familia de Olga.
Arturo descubrió que le gustaba ser una figura paterna para Max. Le enseñó a andar en bicicleta sin rueditas. Le enseñó a jugar fútbol (aunque Arturo era pésimo). Le ayudaba con la tarea de matemáticas.
Max floreció. Dejó de ser el niño asustado de la carretera y se convirtió en un niño normal, travieso, curioso, que se reía a carcajadas.
Pero Arturo tenía una cuenta pendiente consigo mismo.
Seis meses después del rescate, en una tarde de domingo, Arturo estaba en su estudio revisando planos. Elena entró con dos tazas de café.
—Tienes esa cara —dijo ella, sentándose en el borde del escritorio.
—¿Qué cara?
—La cara de que estás planeando algo grande. La misma cara que tenías antes de ir a Puente Grande.
Arturo suspiró y dejó el lápiz.
—Me conoces demasiado bien.
—¿Qué es?
—Quiero pedirte algo. Pero es algo serio.
Elena dejó la taza y lo miró fijamente.
—Dime.
—Quiero adoptar a Max.
Elena parpadeó, sorprendida.
—¿Adoptar? Pero Olga está viva. Ella es su madre.
—Lo sé. No quiero quitarle a su hijo. Quiero… quiero ser su padre legalmente, si Olga está de acuerdo. Una adopción compartida, o una tutela. Quiero asegurarme de que si algo me pasa a mí, él quede protegido. Quiero darle mi apellido, si él quiere. Quiero que tenga el futuro que yo no tuve asegurado.
Elena sonrió con ternura.
—Arturo Solís, eres increíble. ¿Ya hablaste con Olga?
—No. Quería hablar contigo primero. Porque si hago esto… Max va a ser parte de mi vida para siempre. Y si tú y yo vamos a seguir juntos… él va a ser parte de tu vida también.
Elena se bajó del escritorio y se sentó en sus piernas, rodeándole el cuello con los brazos.
—Tonto. Max ya es parte de mi vida. Y tú eres mi vida. Hazlo. Habla con Olga.
La conversación con Olga fue emotiva.
Arturo la invitó a cenar, solo ellos dos, para hablar. Cuando le planteó la idea, Olga se quedó callada mucho tiempo, mirando su copa de vino.
—¿Quieres ser su papá? —preguntó finalmente.
—Quiero ser la figura paterna que necesita. No quiero sustituir a nadie, bueno, a Víctor sí, que se pudra. Pero quiero darle seguridad jurídica, Olga. Quiero pagarle la universidad, quiero dejarle herencia. Quiero que sea un Solís, si tú me dejas.
Olga le tomó la mano.
—Arturo, tú has sido su papá desde el momento en que le compraste esas flores. Víctor le dio la vida, pero tú le devolviste la vida a él y a mí. —Olga sonrió con lágrimas en los ojos—. Habla con Max. Si él quiere, yo estoy feliz. Sería un honor que llevara tu apellido.
Esa noche, Arturo fue al cuarto de Max. El niño estaba construyendo una nave espacial de Lego.
—Hola, campeón.
—Hola, Arturo. Mira, le puse cañones láser.
—Está padrísima. Oye, Max… ¿puedo preguntarte algo serio?
Max dejó el Lego y lo miró con esos ojos grises inteligentes.
—¿Es sobre la escuela? Ya hice la tarea.
—No, no es sobre la escuela. Es sobre nosotros.
Arturo se sentó en la alfombra junto a él.
—Max, tú sabes que yo te quiero mucho, ¿verdad?
—Sí. Y yo a ti. Eres mi mejor amigo adulto.
—Gracias, amigo. Mira… he estado pensando. Tu mamá y yo hablamos. Y… me gustaría saber si te gustaría que yo fuera tu papá. De verdad. Con papeles y todo. Que te llamaras Maximiliano Solís.
Max se quedó callado. Procesando la información con su lógica de ocho años.
—¿Eso significa que vivirías con nosotros?
—Bueno, no en la misma casa todavía, pero significa que siempre voy a estar ahí. Que voy a ir a tus festivales, que te voy a enseñar a manejar cuando seas grande, que nunca te voy a dejar solo.
—¿Como un papá de verdad? ¿No como Víctor?
—Como un papá de verdad. Un papá que te cuida y te quiere.
Max sonrió. Se lanzó a los brazos de Arturo y lo abrazó con fuerza.
—¡Sí! ¡Sí quiero! Quiero ser Solís. ¡Suena como superhéroe! “Max Solís, defensor del universo”.
Arturo se rió, abrazándolo fuerte, sintiendo que una pieza que faltaba en su propia alma encajaba por fin en su lugar.
—Trato hecho, Max Solís.
El trámite de adopción tomó otro año (la burocracia no perdona, ni con Román ayudando), pero finalmente llegó el día.
En el juzgado familiar, el juez leyó la sentencia.
—Se concede la adopción plena del menor Maximiliano Ramírez por parte del ciudadano Arturo Solís. A partir de hoy, el menor llevará los apellidos Solís Ramírez.
Hubo aplausos. Doña María lloraba (como siempre), Olga sonreía radiante, y Elena abrazaba a Arturo.
Max firmó sus propios papeles con una letra grande y redonda: MAX SOLÍS.
Salieron a celebrar. Pero no fueron a un restaurante de lujo.
—¿A dónde quieres ir, Max? —preguntó Arturo.
—¡Al kilómetro 40! —dijo el niño.
—¿Qué? —preguntaron todos.
—Quiero ir a donde nos conocimos. A la parada.
Y así fue. La extraña caravana de coches de lujo volvió a la carretera federal, al kilómetro 40.
La parada de autobús seguía igual de vieja y oxidada. El calor era el mismo. El polvo era el mismo.
Pero ellos no eran los mismos.
Se bajaron del coche. Max corrió al lugar donde solía sentarse con sus cubetas.
—Aquí —dijo Max—. Aquí estaba yo sentado, pensando que nadie me iba a ver nunca. Y luego llegaste tú.
Arturo se acercó y le puso la mano en el hombro.
—Te vi, Max. Y fue lo mejor que me ha pasado.
Olga sacó un ramo de flores que habían traído. Girasoles, margaritas y flores de campo.
—Vamos a dejar esto aquí —dijo Olga—. Como ofrenda. Para dar gracias porque aquí cambió nuestro destino.
Pusieron las flores en la banca vieja.
Mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y violeta, Arturo miró a su familia.
A Olga, sana y libre.
A Doña María, tranquila y segura.
A Max, su hijo, feliz y con futuro.
Y a Elena, su compañera, su amor.
Elena le tomó la mano.
—¿Y ahora qué, Arturo Solís?
Arturo sonrió, mirando la carretera que se extendía hacia el horizonte.
—Ahora… ahora vamos a vivir. Pero primero, tengo una pregunta para ti.
Arturo se metió la mano al bolsillo y sacó una cajita de terciopelo azul.
Elena se llevó las manos a la boca.
—Arturo…
Arturo se arrodilló ahí mismo, en la tierra y la grava del kilómetro 40, con el ruido de los tráilers pasando a lo lejos.
—Elena, me has acompañado al infierno y de regreso. Me has enseñado a amar y a confiar. No quiero pasar un solo día más sin saber que eres mi esposa. ¿Te quieres casar conmigo?
Elena lloraba y reía.
—¡Sí! ¡Claro que sí, tonto!
Arturo le puso el anillo. Max aplaudía y saltaba. Doña María y Olga se abrazaban.
Se besaron bajo la luz dorada del atardecer jalisciense.
Y en ese momento, justo cuando el sol tocaba el horizonte, un arcoíris apareció en el cielo, aunque no había llovido. Un arcoíris tenue, casi invisible, pero real.
—Miren —dijo Max, señalando el cielo—. Mi abuela dice que el arcoíris es la sonrisa de Dios.
Arturo miró el arcoíris, miró a su mujer y a su hijo.
—Creo que tu abuela tiene razón, Max.
Subieron a los coches. La noche caía, pero ya no daba miedo. La oscuridad ya no era un enemigo, solo era el preludio de un nuevo amanecer.
Arturo arrancó la camioneta, con Elena a su lado y Max en el asiento trasero.
Puso música. Esta vez no eran noticias ni negocios. Puso una canción alegre, y cantaron todo el camino de regreso a casa.
A casa.
CAPÍTULO 7: EL CAMINO DE REGRESO A “EL REFUGIO”
La noticia de la boda de Arturo Solís y Elena Montes corrió por la alta sociedad de Guadalajara más rápido que un chisme en lavadero. No era para menos: él, uno de los constructores más jóvenes y exitosos del estado; ella, una ejecutiva bancaria de familia “bien”, con apellido de abolengo y una agenda de contactos que valía oro.
La madre de Elena, Doña Cecilia de Montes, una mujer que parecía flotar siempre diez centímetros por encima del suelo para no ensuciarse los zapatos Chanel, tomó el control de la situación inmediatamente.
—Arturo, querido —dijo Cecilia una tarde, sentada en la sala del departamento de Arturo, sosteniendo una taza de té con el dedo meñique levantado—. Ya hablé con el wedding planner de los Fernández. Nos consiguió fecha en la Hacienda Benazuza para noviembre. Es divino. Jardines versallescos, menú de seis tiempos, y la orquesta sinfónica de Zapopan. Solo necesitamos un depósito de medio millón para apartar la fecha.
Elena, sentada junto a Arturo, suspiró. Llevaba una semana discutiendo colores de manteles (que si “blanco ostión” o “blanco hueso”) y probando pasteles que sabían a jabón caro.
Arturo miró a su futura suegra. Cecilia era una buena mujer, en el fondo, pero vivía en una burbuja de cristal.
—Suegra —dijo Arturo, con esa paciencia que había perfeccionado negociando con sindicatos de albañiles—. La Hacienda Benazuza es preciosa. Pero no somos nosotros.
Cecilia parpadeó, ofendida.
—¿Cómo que no son ustedes? Elena merece lo mejor. Y tú, Arturo, tienes una imagen que mantener. Van a venir el Gobernador, los socios del Club de Industriales…
—Mamá —interrumpió Elena, poniéndose de pie—. Arturo tiene razón. Estamos hartos de eventos de “networking” disfrazados de fiestas. Queremos una boda real. Con gente que nos quiera de verdad, no con gente que viene a ver qué saca.
—¿Y qué sugieren? —Cecilia se llevó la mano al collar de perlas—. ¿Una boda en la playa? Ay no, qué naco, se te llena el vestido de arena.
Arturo tomó la mano de Elena y sonrió. Ya lo habían platicado la noche anterior, bajo las sábanas, susurrando como conspiradores.
—No playa, Cecilia. Rancho.
—¿Rancho? —La mujer se iluminó un poco—. Ah, ¿te refieres al Rancho San Bernardo? ¿El de los Larios? Esos caballos son preciosos.
—No —dijo Arturo—. Nos vamos a casar en el Ejido El Refugio. En el patio de la casa de Doña María.
El silencio que siguió fue tan denso que se podría haber cortado con un cuchillo taquero. Cecilia abrió la boca y la cerró dos veces, como un pez fuera del agua.
—¿El… el ejido? —balbuceó—. ¿Donde… donde encontraron al niño? Arturo, por Dios santo. ¡Es un muladar! ¡No hay pavimento! ¡Huele a vaca! ¿Dónde van a estacionar los Mercedes? ¿Dónde van a hacer pipí los invitados? ¿En la letrina?
Arturo se rió.
—No se preocupe por la logística, suegra. Soy constructor, ¿recuerda? Voy a pavimentar la entrada. Voy a poner baños de lujo portátiles. Voy a poner una carpa con aire acondicionado si hace falta. Pero nos vamos a casar ahí. Bajo el pirul grande. Porque si no fuera por ese lugar y por esa gente, Elena y yo no estaríamos aquí.
Cecilia se levantó, indignada.
—Elena, dile algo. Es una locura. ¡Tus tías se van a infartar!
Elena sonrió, radiante.
—Pues que se tomen una aspirina antes de ir, mamá. Porque nos casamos en El Refugio. Y va a ser la mejor boda del siglo.
Los siguientes tres meses fueron una operación militar. Arturo no bromeaba. Movilizó a una cuadrilla de sus mejores trabajadores hacia el Ejido El Refugio. No solo arreglaron la casa de Doña María; arreglaron el pueblo.
Bachearon el camino de entrada (para alivio de la suspensión del BMW de Román), pintaron la fachada de la escuela rural, arreglaron el kiosco de la plaza principal que se estaba cayendo a pedazos.
El pueblo estaba en shock. Acostumbrados a que los políticos solo fueran a regalar gorras cada tres años, ver a un empresario invirtiendo dinero real en su comunidad solo porque “ahí se iba a casar” era algo inaudito.
Doña María se convirtió en la celebridad local.
—Sí, mija —le decía a la vecina chismosa mientras barría su banqueta nueva—. Mi nieto adoptivo, el ingeniero Arturo, se casa aquí. Y quiere que yo haga el mole. Imagínate nomás.
Olga, por su parte, había florecido. La mujer tímida y asustada había desaparecido, reemplazada por una organizadora nata. Asumió el rol de “Coordinadora de la Boda en Sitio”. Con su libreta en mano, dirigía a los vecinos.
—Don Chuy, esas vacas no pueden estar ahí el día de la boda. Muévalas al potrero de atrás. Señora Lupe, necesitamos cincuenta docenas de sus flores de papel, las que hace para el día de muertos, pero en blanco y dorado.
Max era el mensajero oficial. Iba y venía en su bicicleta nueva, llevando recados entre Olga, los albañiles y Doña María.
—¡Mamá! —gritaba Max, derrapando en la entrada—. Dice el Arturo que si el mariachi cabe en el patio o si tienen que tumbar la barda del corral.
—Dile que tumbe la barda —respondía Olga, riendo—. De todos modos ya estaba chueca.
Una semana antes de la boda, Arturo y Elena se mudaron temporalmente al pueblo para supervisar los detalles finales. Se quedaron en la casa de Doña María, que ahora tenía dos cuartos extra construidos por Arturo y un baño completo con azulejos de talavera.
La noche del jueves, mientras cenaban tamales de ceniza (una especialidad local que Doña María preparaba envolviendo la masa en hojas de acelga), Arturo notó a Elena pensativa.
Estaban sentados en el porche, bajo el cielo estrellado que en el campo se ve infinito, lejos de la contaminación lumínica de Guadalajara.
—¿Te estás arrepintiendo? —preguntó Arturo, medio en broma, medio en serio.
Elena negó con la cabeza, envolviéndose en su rebozo.
—No. Para nada. Es solo que… mi mamá vino hoy en la tarde a ver el lugar.
—¿Y? ¿Le dio el infarto prometido?
—Casi. Se quejó del polvo, se quejó de las moscas, se quejó de que el hotel más cercano está a cuarenta minutos. Pero… cuando vio a Olga y a Doña María trabajando, se quedó callada.
Elena tomó un trago de café de olla.
—Mi mamá siempre ha creído que el dinero lo compra todo, Arturo. Que la clase se define por la marca de tu bolsa. Pero hoy vio a Doña María regalarle comida a los albañiles, vio a Olga cosiendo los manteles a mano… y creo que le dio vergüenza. Me dijo: “Elena, esta gente tiene algo que nosotros perdimos hace mucho”.
Arturo sonrió.
—Dignidad. Eso tienen.
—Sí. Y comunidad. En mi edificio en Providencia, no sé ni cómo se llama el vecino de enfrente. Aquí, si a alguien le falta azúcar, medio pueblo corre a llevarle. Quiero que nuestros hijos crezcan viendo esto, Arturo. No quiero que sean unos “juniors” insoportables.
—Max ya es parte de esto —dijo Arturo—. Y los que vengan, también lo serán.
De pronto, escucharon música. Una guitarra y un acordeón desafinado.
Venían caminando por la calle de tierra Don Pancho, el tendero, y sus hijos. Traían una botella de tequila casero.
—¡Ingeniero! ¡Elena! —gritó Don Pancho, un hombre con bigote de morsa—. Venimos a traer la serenata pre-boda. Es tradición aquí. El novio no puede dormir la noche antes de que lleguen los suegros.
Arturo se rió y se levantó.
—Pásenle, Don Pancho. Saquen los vasos.
Esa noche, bajo el pirul, ricos y pobres brindaron con el mismo tequila rasposo. Arturo Solís, el hombre que firmaba contratos millonarios, terminó cantando “El Rey” a todo pulmón, abrazado de un tendero y un albañil, mientras Elena bailaba descalza en la tierra apisonada con Olga y Doña María.
Fue la mejor despedida de soltero que pudo haber tenido.
El día de la boda amaneció con un cielo azul insultante de lo perfecto que era. Ni una nube. El sol de agosto pegaba fuerte, pero una brisa fresca bajaba de la sierra para aliviar el calor.
El pueblo de El Refugio se había transformado.
La calle principal estaba adornada con “papel picado” blanco que cruzaba de techo a techo, bailando con el viento. Los vecinos habían barrido sus frentes y sacado sus mejores macetas a la calle. Parecía día de fiesta patronal.
En la casa de Doña María, el caos era absoluto pero feliz.
Elena estaba en el cuarto principal, rodeada de estilistas que habían venido desde Guadalajara (concesión a su madre) y de sus amigas “fresas” que miraban todo con curiosidad antropológica.
—O sea, ¿es neta que se va a casar en un jardín de tierra? —susurraba una dama de honor, retocándose el lipstick.
—Es jardín rústico-chic, gorda —le contestaba otra—. Es la última moda en Europa. Muy boho.
Elena, sentada frente al espejo, las ignoraba. Estaba mirando su vestido.
No era el vestido de diseñador francés que su madre quería. Era un vestido hecho a medida por una costurera local, diseñado por Olga. Era de encaje sencillo, corte imperio, fresco y elegante. Pero lo más especial era el velo.
Doña María había sacado de su baúl un encaje antiguo, tejido por su propia abuela hacía cien años. Estaba un poco amarillento por el tiempo, pero Olga lo había restaurado.
—Es el velo de mi familia —le había dicho Doña María esa mañana, con lágrimas en los ojos—. Nunca tuve una hija que se casara con él. Olga… bueno, Olga no tuvo boda. Tú eres como mi hija ahora, Elena. Úsalo.
Elena se puso el velo. Se miró en el espejo y se vio no como una princesa de cuento, sino como una mujer real, conectada con generaciones de mujeres fuertes.
—Estás hermosa —dijo Olga, entrando al cuarto. Llevaba un vestido color lavanda que ella misma se había hecho. Se veía guapísima, saludable, radiante.
—Gracias a ti, Olga. Tú diseñaste todo esto.
—Tú diseñaste mi nueva vida, Elena. Estamos a mano.
Mientras tanto, en el patio trasero, Arturo se peleaba con el nudo de su corbata.
—Deja eso, te vas a ahorcar —le dijo Román, dándole un manotazo. El abogado vestía un traje de lino beige impecable y, sorprendentemente, parecía estar disfrutando el ambiente rural.
—Estoy nervioso, cabrón —confesó Arturo—. Más nervioso que cuando fui a Puente Grande.
—Es normal. El matrimonio da más miedo que la cárcel. En la cárcel al menos tienes fecha de salida —bromeó Román.
Max entró corriendo al cuarto improvisado de los novios. Llevaba un trajecito de lino igual al de Arturo y una gran sonrisa.
—¡Papá! ¡Ya llegó el padre! ¡Y ya llegó tu mamá!
La madre adoptiva de Arturo, Doña Carmen (o Nina, como le decían), había llegado en un taxi especial, ya que usaba andadera.
Arturo salió a recibirla. La anciana, pequeña y frágil, lo abrazó con una fuerza sorprendente.
—Mírate nomás —dijo ella, tocándole la cara—. Mi niño. Te ves tan guapo como tu padre el día que nos casamos. Estaría tan orgulloso de ti, Arturo. No por el dinero, sino por el corazón que tienes.
Arturo sintió que se le humedecían los ojos.
—Gracias, ma. Pásale, te guardamos el mejor lugar.
La ceremonia fue al atardecer.
El patio de Doña María se había convertido en una catedral al aire libre. Habían puesto sillas blancas de madera (alquiladas, por supuesto) en filas ordenadas. El altar estaba bajo el pirul gigante, decorado con guirnaldas de girasoles y telas blancas que colgaban de las ramas.
No había alfombra roja. Había un camino de pétalos de flores silvestres: cempasúchil, girasol, nube. El olor era embriagador.
El mariachi, vestido de gala, empezó a tocar “La Marcha Nupcial” pero en versión ranchera, con trompetas suaves y violines llorosos.
Arturo estaba de pie en el altar, junto al sacerdote del pueblo, un hombre bonachón llamado Padre Tomás que conocía a todos por su nombre.
Vio entrar a Elena.
Y el mundo se detuvo otra vez, como aquel día en la carretera.
Elena caminaba del brazo de su padre, Don Ricardo, un hombre serio de negocios que hoy tenía los ojos brillantes. El vestido de encaje se movía con la brisa. El velo antiguo le daba un aire etéreo.
No miraba a los invitados, ni a las cámaras, ni a los adornos. Miraba a Arturo.
Cuando llegó al altar, Don Ricardo le entregó la mano de su hija a Arturo.
—Cuídala, hijo —le dijo Don Ricardo, con la voz quebrada—. Me costó mucho criarla para que fuera tan terca como tú.
Arturo sonrió y tomó la mano de Elena. Estaba fría por los nervios, pero la apretó con calidez.
—Siempre —prometió.
La misa fue sencilla, emotiva. El Padre Tomás no habló de teología complicada. Habló de la tierra.
—El amor es como la siembra —dijo el cura, mirando a los campesinos y a los millonarios mezclados en la audiencia—. Hay que preparar la tierra, hay que quitar las piedras, hay que regar todos los días. A veces viene la sequía, a veces viene la plaga. Pero si la raíz es fuerte, la planta aguanta. Ustedes dos… ustedes dos tienen raíces que se enredaron en el momento más difícil. Y de esas raíces salió este árbol nuevo.
Llegó el momento de los votos. No habían escrito nada en papel. Querían hablar desde el corazón.
Arturo tomó las dos manos de Elena.
—Elena… hace un año y medio, te dejé plantada en nuestra primera cita. Pensé que me ibas a odiar. Pero en lugar de eso, me enseñaste lo que es el amor incondicional. Te subiste a mi locura, te manchaste los zapatos de lodo, abrazaste a un niño que no era tuyo y curaste las heridas de una familia que no conocías. Eres mi brújula, Elena. Prometo seguirte a donde vayas, prometo cuidarte cuando estés enferma y reírme contigo cuando estemos viejos y arrugados. Te amo.
Elena se limpió una lágrima que se escapó bajo el velo.
—Arturo… tú me enseñaste que el éxito no es lo que tienes en el banco, sino a quién tienes a tu lado. Me enseñaste que la valentía no es no tener miedo, sino hacer lo correcto aunque tiembles. Prometo ser tu socia, tu amante y tu mejor amiga. Prometo amar a Max como si hubiera nacido de mí, y prometo que nunca, nunca dejaremos de comprar flores en la carretera.
—¡Vivan los novios! —gritó Max, que estaba parado junto a ellos con los anillos, rompiendo el protocolo y haciendo reír a todos.
El cura sonrió.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Arturo besó a Elena. Y el pueblo entero estalló en aplausos, chiflidos y vivas. El mariachi rompió con “El Son de la Negra” a todo volumen. Lluvia de arroz y pétalos cayó sobre ellos.
Era una fiesta de colores, sonidos y emociones.
La recepción fue en el mismo patio, pero transformado. Mientras los novios se tomaban fotos, un ejército de vecinos quitó las sillas de la misa y puso mesas largas, tipo kermés, cubiertas con manteles de colores brillantes.
No hubo menú de seis tiempos francés. Hubo un banquete mexicano glorioso.
Cazuelas enormes de barro con mole poblano (hecho por Doña María, claro), carnitas estilo Michoacán, arroz rojo, frijoles charros y tortillas hechas a mano al momento por tres señoras del pueblo que palmeaban la masa con un ritmo hipnótico.
La mezcla de invitados era un estudio sociológico fascinante.
En una mesa, Román (el abogado tiburón) le enseñaba a Don Pancho (el tendero) cómo catar un tequila reserva especial que había traído. En otra, la mamá de Elena, Doña Cecilia, estaba probando el mole con desconfianza al principio, y luego repitiendo plato con entusiasmo, platicando animadamente con Doña Carmen sobre sus nietos.
Max corría por todos lados con una cámara desechable que le habían regalado, tomando fotos a las rodillas de la gente, a los perros, a la comida.
Olga estaba sentada en la mesa principal, junto a los novios. Se veía feliz, tranquila.
Arturo se inclinó hacia ella.
—Gracias, Olga. Todo está perfecto.
—Gracias a ti, Arturo. —Olga brindó con su vaso de agua de jamaica—. Por darnos un motivo para celebrar.
La noche cayó y se encendieron las luces. Cientos de foquitos colgaban de los árboles, creando una atmósfera mágica.
El grupo versátil (una banda local que tocaba desde cumbias hasta rock en español) empezó a tocar.
Arturo sacó a bailar a Elena.
Bailaron despacio, pegados, ignorando al mundo.
—¿Eres feliz, señora Solís? —le preguntó él al oído.
—Inmensamente feliz, señor Solís. ¿Y tú?
—Yo no pido nada más. Tengo todo aquí.
De pronto, el cielo retumbó. Un trueno seco, lejano.
La gente miró hacia arriba.
—¡Va a llover! —gritó alguien.
En agosto, en Jalisco, las lluvias son torrenciales y repentinas.
Las primeras gotas, gordas y tibias, empezaron a caer.
Doña Cecilia gritó: —¡Mi peinado!
La gente empezó a correr buscando refugio bajo las carpas y los techos de la casa.
Pero Arturo y Elena no corrieron.
Se quedaron en medio de la pista de tierra, bajo la lluvia que empezaba a arreciar.
—¡Se van a mojar! —gritó Román desde la carpa—. ¡El vestido!
Arturo miró a Elena. El agua le escurría por la cara, mojando el encaje, pegándole el cabello a la frente. Se veía salvaje y hermosa.
—¿Te importa mojarte? —le preguntó Arturo.
Elena se rió, echando la cabeza hacia atrás, bebiendo la lluvia.
—¡Es agua bendita! —gritó—. ¡Que llueva!
El mariachi, contagiado por la locura de los novios, no dejó de tocar. Siguieron tocando “Si nos dejan” bajo el techo del kiosco.
Arturo y Elena bailaron bajo la tormenta. Y poco a poco, Max se unió a ellos, saltando en los charcos. Y luego Olga. Y luego Doña María, quitándose los zapatos. Y luego Román, arruinando su traje de lino.
Y al final, hasta Doña Cecilia salió con una bolsa de plástico en la cabeza, riéndose como no lo hacía en años.
Fue una catarsis colectiva. El agua lavó las pretensiones, las diferencias sociales, las penas pasadas. Solo quedó la alegría pura de estar vivos y juntos.
La lluvia duró diez minutos, tan intensa como breve.
Y cuando paró, el cielo se abrió de golpe. La luna llena salió entre las nubes, iluminando el campo mojado que brillaba como plata.
Y ahí, a la luz de la luna (un fenómeno raro y hermoso llamado “arcoíris lunar” o simplemente el reflejo de la luz en la bruma), se formó un arco tenue en el horizonte.
—Miren —dijo Max, empapado y feliz—. El cielo nos sonríe.
Arturo abrazó a su familia mojada.
El Capítulo 7 terminaba no con un banquete perfecto, sino con un desastre perfecto.
Porque la vida no es un evento planeado; es una tormenta que te agarra bailando. Y Arturo Solís había aprendido a bailar.
CAPÍTULO 8: LA COSECHA DE UNA VIDA
La lluvia se detuvo tan abruptamente como había comenzado, dejando tras de sí ese olor inconfundible que solo existe en México: petricor, tierra mojada, leña húmeda y ozono. El patio de Doña María, ahora convertido en una pista de baile lodosa, brillaba bajo la luz de la luna llena y las series de foquitos que parpadeaban, tercas, resistiéndose al cortocircuito.
Nadie corrió a secarse. Había una electricidad en el aire, una comunión silenciosa entre los doscientos invitados. Los trajes de lino estaban arruinados, los peinados de salón deshechos, y los zapatos de marca cubiertos de lodo, pero nadie se veía miserable. Al contrario, se veían purificados.
Arturo Solís subió a una silla de madera, con el pantalón empapado pegado a las piernas y la camisa blanca transparente. Sostuvo una copa de tequila en alto. El mariachi guardó silencio. El pueblo calló.
—¡Familia! —gritó Arturo, y su voz resonó sin necesidad de micrófono—. Y digo familia porque, después de esta mojada, ya todos somos parientes.
Hubo risas y aplausos.
—Quiero decir unas palabras. No las preparé, así que van a salir del pecho. —Arturo miró a Elena, que estaba a su lado, exprimiendo el agua de su velo centenario con una sonrisa de oreja a oreja—. Hace casi dos años, yo era un hombre que creía tenerlo todo. Tenía la constructora, tenía la camioneta del año, tenía la cuenta bancaria llena. Pero estaba vacío. Era un edificio de pura fachada, sin cimientos, hueco por dentro.
Arturo buscó a Max entre la gente. El niño estaba sentado en las piernas de Olga, envuelto en una toalla, temblando un poco pero con los ojos muy abiertos.
—Ese día, iba tarde. Iba con prisa. Iba pensando en mí, en mi imagen, en quedar bien. Y se me olvidó lo más básico: las flores. —Arturo se rió, negando con la cabeza—. Qué ironía, ¿no? Un olvido. Un error. Una estupidez.
—Pero ese error me llevó al kilómetro 40. Me llevó a un niño sentado en una cubeta que tenía más valor en su dedo meñique que yo en todo mi cuerpo. —La voz de Arturo se quebró, y tuvo que tomar aire—. Compré un ramo por lástima. Eso creí. Pero la verdad es que Max no me vendió flores. Me vendió un boleto de regreso a la vida. Me vendió la oportunidad de ser humano otra vez.
Levantó la copa hacia Olga.
—Olga… tu resistencia, tu amor de madre que te hizo aguantar el infierno, me enseñó que no existen los imposibles. A Doña María, que con sus rezos y sus tamales sostuvo este techo cuando todo se caía, gracias.
Y finalmente, miró a Elena.
—Y a ti, mi amor. Que no tuviste miedo de ensuciarte las manos. Que cambiaste los banquetes por los tacos y la soledad por el caos de esta familia loca. Gracias por decir que sí.
—¡Salud! —gritó Arturo.
—¡Salud! —respondió el coro de doscientas voces.
Entonces, Max se soltó de su madre y corrió hacia Arturo. Le jaló el pantalón. Arturo se bajó de la silla y se agachó.
—¿Qué pasa, hijo?
Max metió la mano en el bolsillo de su saco mojado y sacó algo. Estaba húmedo y arrugado. Era un dibujo. Un dibujo hecho con crayolas, protegido apenas por una bolsa de plástico de sándwich.
—Es mi regalo de bodas —dijo Max—. Lo hice ayer.
Arturo lo desdobló con cuidado.
Era un dibujo sencillo, de trazos infantiles. Se veía una carretera negra. A un lado, una camioneta gris. Al otro, un niño con flores. Y arriba, uniendo a los dos, un arcoíris gigante de siete colores. Debajo, con letras chuecas, decía:
“Mi papá Arturo y yo. El día que me encontraste.”
Arturo, el hombre de acero, el constructor que negociaba con tiburones, se rompió. Abrazó a Max y lloró en su hombro pequeño, mezclando sus lágrimas con el agua de lluvia.
—Es el mejor regalo que me han dado en mi vida, Max. Lo voy a enmarcar.
EL PASO DE LAS ESTACIONES
La vida, después de la boda, no fue un cuento de hadas estático. Fue vida real, con sus lunes por la mañana, sus gripes, sus facturas y sus alegrías cotidianas. Pero fue una vida buena.
Arturo y Elena se establecieron en Guadalajara, pero compraron un terreno grande en el Ejido El Refugio, justo al lado de la casa de Doña María. Allí, Arturo diseñó y construyó una casa de campo. No una mansión ostentosa, sino una casa de estilo hacienda, abierta, llena de corredores y luz, donde Max pudiera correr y donde Doña María pudiera tener un jardín digno de su mano verde.
Olga terminó la preparatoria abierta con un promedio perfecto y, para sorpresa de todos, decidió estudiar Derecho.
—Quiero ayudar —le dijo a Arturo una noche—. Quiero ser la abogada que mi mamá no tuvo. Quiero que ninguna mujer se quede sola porque “no le alcanza” para defenderse.
Román, encantado, la tomó bajo su tutela. Olga estudiaba en las mañanas y trabajaba como asistente legal en el despacho de Román por las tardes. Era meticulosa, feroz y tenía una empatía que los abogados de ciudad habían perdido hacía mucho.
Max creció. Los niños crecen rápido, dicen, pero Max creció con prisa, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Dejó de ser el niño flaco y se estiró. Entró a la secundaria, luego a la preparatoria.
Nunca olvidó de dónde venía. Cada fin de semana, pedía ir al pueblo. Se sentaba con Doña María a desgranar maíz o ayudaba a Arturo a reparar cosas en la casa.
Llevaba el apellido Solís con orgullo, pero nunca negó a su madre.
—Tengo un papá que me eligió y una mamá que sobrevivió por mí —decía—. Soy invencible.
CINCO AÑOS DESPUÉS: EL ADIÓS A LA MATRIARCA
El tiempo no perdona, y el cuerpo cobra facturas.
Doña María empezó a cansarse. Primero fueron las rodillas, luego la respiración. Un día, simplemente no se levantó para hacer el café.
El doctor fue claro: su corazón, ese corazón enorme que había aguantado penas insoportables, estaba cansado. Insuficiencia cardíaca congestiva.
Arturo llevó a los mejores cardiólogos. Ofreció cirugías, marcapasos, trasplantes.
Pero Doña María, acostada en su cama en la casa del pueblo (la original, de adobe, porque nunca quiso dormir en la casa nueva), le tomó la mano.
—Ya no, mijo. Ya no le muevas.
—Pero Doña María, podemos intentar…
—Arturo… —La anciana sonrió, con esa paz que solo tienen los que han cumplido—. Yo le pedí a la Virgen que me dejara vivir hasta ver a mi Olga a salvo y a mi Max hombrecito. Ya me dio eso y más. Me dio una nieta nueva —señaló a Elena, que estaba embarazada de seis meses— y me dio un hijo como tú. Ya estoy pagada. Déjame ir a descansar. Quiero ver a mi viejo.
Falleció tres días después, dormida, rodeada de su familia. No hubo agonía. Simplemente dejó de respirar, como quien apaga una vela al amanecer.
El funeral fue el evento más grande que había visto el Ejido El Refugio. No vinieron políticos ni empresarios por compromiso. Vino gente. Gente a la que ella había alimentado, gente a la que había consolado.
Arturo cargó el ataúd junto con Max (que ya tenía 15 años y era casi tan alto como él).
La enterraron en el panteón del pueblo, bajo un árbol de jacaranda.
Olga no lloró hasta que bajaron el cajón. Entonces, se derrumbó en brazos de Elena.
—Ahora eres tú la matriarca, Olga —le susurró Elena—. Ella te dejó la estafeta.
DIEZ AÑOS DESPUÉS: EL LEGADO
El auditorio de la Universidad de Guadalajara estaba a reventar. Era la ceremonia de graduación de la Facultad de Ingeniería Civil.
Arturo Solís, con las sienes ya plateadas y algunas arrugas alrededor de los ojos, estaba sentado en la segunda fila, sosteniendo la mano de Elena. Junto a ellos estaba Olga, ahora Licenciada en Derecho Penal, vestida con toga de profesora invitada. Y a su lado, una niña de nueve años, Valentina Solís, la hija biológica de Arturo y Elena, que no paraba de moverse.
—A continuación —dijo el rector por el micrófono—, el mejor promedio de la generación, con mención honorífica por su tesis sobre “Vivienda digna y sustentable para comunidades rurales”: Ingeniero Maximiliano Solís Ramírez.
Arturo sintió que el pecho le estallaba. Se puso de pie antes que nadie, aplaudiendo hasta que le ardieron las manos.
Max subió al estrado. Era un hombre hecho y derecho. Alto, moreno, con esa sonrisa franca que había conservado desde los siete años. Llevaba la toga con elegancia, pero debajo traía una camisa bordada por artesanos de su pueblo.
Tomó el micrófono para dar el discurso de la generación.
—Buenas tardes —dijo Max. Su voz era grave, segura—. Dicen que la ingeniería es el arte de construir estructuras que resistan el tiempo. Pero yo aprendí que las estructuras más fuertes no están hechas de concreto ni de acero.
Max buscó a Arturo entre el público.
—Están hechas de voluntad. De promesas cumplidas. De manos que se extienden cuando estás abajo.
—Dedico este título a mi abuela María, que me enseñó a trabajar. A mi madre Olga, que me enseñó a resistir. Y a mi padre, Arturo Solís… —La voz se le quebró un poco, pero siguió—. Que me enseñó que un cimiento roto se puede arreglar si tienes el valor de bajar al lodo. Papá, esto es por ti. Porque tú construiste mi vida cuando yo era solo escombros.
El auditorio se puso de pie. Arturo lloraba abiertamente, sin vergüenza. Valentina le jalaba el saco.
—Papá, ¿por qué lloras? ¡Max ganó!
—Sí, mi amor. Max ganó. Todos ganamos.
EPÍLOGO: EL CÍRCULO SE CIERRA
Un domingo por la tarde, la familia completa viajó de regreso al kilómetro 40.
El lugar había cambiado.
Ya no era una parada de autobús oxidada y triste.
Ahora había una construcción bonita, de piedra y madera, con techo amplio y bancas cómodas. Había un jardín de polinizadores alrededor, lleno de lavanda y romero.
Y un letrero grande de metal forjado que decía:
FUNDACIÓN GIRASOLES
Centro de Apoyo y Esperanza
Arturo y Max habían diseñado y construido ese lugar. No era solo una parada. Era un centro comunitario. En la parte de atrás, había un pequeño consultorio médico gratuito (atendido por voluntarios los fines de semana) y una oficina legal donde Olga y su equipo daban asesoría pro-bono a familias de la zona para evitar abusos, para arreglar papeles, para defender a los niños.
Arturo estacionó la camioneta. Ya no era la Grand Cherokee de hace años, era una nueva, pero siempre traía un ramo de flores en el asiento.
Bajaron todos.
Olga abrió la oficina legal. Ya había tres mujeres esperándola, sentadas en las bancas, con papeles en la mano y cara de angustia. Olga les sonrió.
—Pásenle, señoras. Aquí nadie está solo. Vamos a arreglarlo.
Max se fue a revisar los planos de la ampliación del centro comunitario. Iban a poner una biblioteca y un comedor infantil. Valentina corría detrás de él, queriendo ayudar.
Arturo y Elena se quedaron parados frente a la carretera. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de esos colores imposibles de Jalisco.
—¿Te acuerdas? —preguntó Elena, recargando la cabeza en su hombro.
—Como si fuera ayer —dijo Arturo—. Eran las seis y cuarto. Yo era un idiota con prisa.
—Eras un hombre buscando su destino, Arturo. Y lo encontraste.
Arturo miró hacia el acotamiento. Por un segundo, le pareció ver un fantasma. Vio a un niño flaquito, con una camiseta de fútbol enorme, sentado en una cubeta, ofreciendo flores marchitas a los coches que pasaban de largo a ciento veinte kilómetros por hora.
Vio sus ojos tristes. Vio su soledad.
Arturo parpadeó y el fantasma desapareció. En su lugar, estaba su hijo Max, el ingeniero, riendo con su hermana pequeña, dibujando el futuro en un cuaderno de notas.
Arturo sacó el ramo de girasoles que traía. Caminó hacia un pequeño altar de piedra que habían construido bajo el pirul, dedicado a la memoria de Doña María. Puso las flores ahí.
—Misión cumplida, abuela —susurró.
De pronto, una llovizna ligera empezó a caer, a pesar de que había sol. Esa lluvia dorada, mágica.
Elena señaló al cielo.
—Mira.
Un arcoíris perfecto, brillante, completo de punta a punta, se dibujó sobre el valle, enmarcando el Centro Girasoles, el pueblo de El Refugio y la carretera que los unía a todos.
Arturo abrazó a su esposa por la cintura.
—¿Sabes qué, Elena?
—¿Qué?
—Creo que nunca llegué a esa cena en El Molino.
Elena se rió y lo besó bajo la lluvia dorada.
—Llegaste a donde tenías que llegar, Arturo. Llegaste a casa.
Y mientras el arcoíris brillaba sobre ellos, Arturo Solís supo que esa era la única verdad que importaba. Que a veces, perderse es la única manera de encontrarse. Y que, a veces, la salvación de un hombre cabe en una nota arrugada escondida dentro de un ramo de flores de cien pesos.
FIN