
PARTE 1: LA SEMILLA EN EL DESIERTO
CAPÍTULO 1: El Hallazgo bajo la tormenta
La lluvia en el campo mexicano no es como la de la ciudad. Aquí, el agua golpea con una furia que parece querer limpiar los pecados de la tierra. Don Pedro y Doña Chayo conocían bien esa furia. Llevaban cuarenta años caminando los mismos senderos de terracería, vendiendo el pescado que traían desde la costa para repartirlo en los ranchos más apartados.
Esa tarde, el cielo se había puesto del color de un moretón viejo. Pedro empujaba el carrito de madera, cuyas ruedas chirriaban protestando por el peso y el lodo.
—¡Ándale, Chayo! Que el cielo se nos viene encima —gritó Pedro, acomodándose el sombrero de palma que ya goteaba.
Chayo no respondió. Ella siempre había tenido un “sexto sentido”, un don que a Pedro le daba miedo y risa a la vez. De repente, ella se detuvo. Sus ojos, cansados por la edad pero agudos como los de un halcón, se clavaron en un matorral de zacate alto, justo a la orilla del camino.
—Hay algo ahí, Pedro —dijo ella, con la voz apenas por encima del viento.
—¡Hay puro lodo y espinas, mujer! Vámonos, que el río va a crecer y no vamos a poder cruzar el vado.
Pero Chayo ya se estaba metiendo al monte. El llanto comenzó entonces. Era un sonido fino, casi musical, que se filtraba entre los truenos. No era el llanto de un animal herido. Era el llanto de la vida reclamando su lugar.
Cuando Chayo apartó las ramas, lo vio. Un bebé, de apenas unos meses, envuelto en una tela que brillaba bajo la luz de los relámpagos. No era un trapo cualquiera; era seda blanca, bordada con hilos de plata. La niña tenía los ojos abiertos, negros y profundos como el universo, y en cuanto vio la cara surcada de arrugas de Chayo, dejó de llorar.
—Es una niña, Pedro… mira qué cosa más hermosa —susurró Chayo, envolviéndola en su propio rebozo para darle calor.
Pedro se acercó, temblando. —Esto no es normal, Chayo. Alguien la tiró. O alguien la perdió. Mira esa manta, eso cuesta más que nuestra casa. Si nos la quedamos, nos van a acusar de robo. Si la dejamos, se muere.
—Dios no nos dio hijos en treinta años, Pedro. Y hoy, bajo la lluvia, nos pone esta bendición en las manos. ¿Tú crees que es coincidencia? Yo no la dejo. Si la ley me quiere meter a la cárcel por salvar una vida, que me lleven.
Caminaron de regreso a su jacal bajo la tormenta más fuerte que recordaran. En el carrito, entre cajas vacías de pescado y el olor a sal, iba el secreto que cambiaría la historia de dos familias: una que lo tenía todo y otra que no tenía nada más que amor.
CAPÍTULO 2: La Niña que hablaba con las estrellas
Pasaron seis años. En el pueblo, nadie preguntaba mucho. Don Pedro y Doña Chayo habían dicho que la niña era hija de una sobrina que murió en el parto, y la gente, acostumbrada a las tragedias del campo, lo aceptó sin más. La llamaron Angelita.
Pero Angelita no era una niña común. Mientras los otros niños jugaban a las canicas o correteaban a los pollos, Angelita se sentaba con Don Pedro mientras él arreglaba los aparatos viejos que la gente desechaba.
—Papá, ese cable no va ahí —dijo Angelita un día, señalando un ventilador destartalado que Pedro intentaba revivir—. Si lo pones así, va a hacer corto y se va a quemar el motor.
Pedro se rascó la cabeza, confundido. —¿Y tú cómo sabes eso, mija?
—No sé, solo lo veo. Es como si el ventilador me hablara. El motor necesita que el aire fluya, no que lo aprietes.
Angelita no solo arreglaba cosas. A los cuatro años ya leía los periódicos viejos con los que Chayo envolvía el pescado. A los cinco, hacía las cuentas de las ventas más rápido que Pedro con su libreta y su lápiz.
—Chayo, esta chamaca está bendecida —decía Pedro por las noches, mientras veían a Angelita dormir en su catre—. A veces me da miedo. Sabe cosas que ni yo, que ya soy viejo, entiendo.
—Es porque tiene un alma vieja, Pedro. Pero tenemos que cuidarla. Ella no nació para estar cargando canastos de pescado toda la vida.
La vida era dura, pero feliz. Sin embargo, la pobreza siempre acecha. El ventilador viejo que Pedro arreglaba cada semana era el símbolo de su lucha: cosas remendadas para una vida que apenas alcanzaba.
—No te preocupes, papá —le dijo Angelita una tarde, dándole un beso en la mejilla—. Algún día te voy a comprar un ventilador que nunca se descomponga. Y a mamá le voy a comprar una estufa de esas que brillan.
Pedro sonrió con tristeza. No sabía que el destino ya estaba moviendo las piezas para sacar a Angelita de aquel jacal y llevarla al lugar donde realmente pertenecía, aunque eso significara enfrentarse a monstruos que vestían de seda.
CAPÍTULO 3: El Genio que no pudo ser ocultado
La escuela del pueblo era pequeña, con paredes de adobe y un techo de lámina que crujía con el sol. La maestra, la señorita Elena, se dio cuenta el primer día de que Angelita era diferente.
—Angelita, ¿puedes decirme cuánto es 15 por 15? —preguntó la maestra, tratando de probar a la niña de nuevo ingreso.
—Doscientos veinticinco, maestra —respondió Angelita sin despegar la vista de su cuaderno.
La maestra se quedó muda. —¿Y la raíz cuadrada de 144?
—Doce. Y si le suma 8, da 20.
En menos de tres meses, Angelita ya no tenía nada que aprender en esa escuela. La voz corrió. “La hija de los pescadores es un genio”, decían en el mercado. El rumor llegó a los oídos de una fundación en la Ciudad de México: la Fundación Hodzen.
Una tarde, una camioneta negra, lujosa y brillante, se estacionó frente al humilde jacal de Pedro y Chayo. Del vehículo bajó una mujer joven, vestida con un traje sastre impecable. Se llamaba Diana.
—Buenas tardes. ¿Ustedes son los padres de Angelita Palikpig? —preguntó Diana con una sonrisa profesional.
Pedro se puso al frente, protegiendo su puerta. —Depende de quién pregunte, señorita. No debemos nada a nadie.
—No vengo a cobrar, Don Pedro. Vengo a ofrecer. Mi jefe, el Dr. José Hodzen, ha tenido noticia del increíble talento de su hija. Queremos ofrecerle una beca completa en el Colegio Internacional Hodzen en la Ciudad de México. Todo pagado: estudios, vivienda para ustedes, transporte y una mensualidad.
Chayo salió de la cocina, limpiándose las manos en el delantal. —¿Llevarse a mi niña a la capital? Ni lo piense.
—No se la queremos quitar, Doña Chayo. Queremos que ustedes vayan con ella. Una niña con ese cerebro es un tesoro nacional. El Dr. José cree firmemente que el talento no tiene clase social.
Pedro y Chayo se miraron. Sabían que sus días de vender pescado estaban contados; sus cuerpos ya no aguantaban. Pero más que eso, miraron a Angelita, que desde la ventana observaba la camioneta con ojos llenos de curiosidad.
—¿Es cierto que allá hay libros de ciencia de verdad? —preguntó la niña, saliendo a la puerta.
—Hay bibliotecas enteras solo para ti, Angelita —respondió Diana.
Ese fue el inicio del viaje. Dejaron el polvo del camino, el olor a pescado y la paz del campo para meterse en la boca del lobo: la alta sociedad de la Ciudad de México, donde el apellido Hodzen era ley, pero también era una maldición.
CAPÍTULO 4: El Nido de Víboras en Polanco
El cambio fue brutal. De vivir en un jacal con piso de tierra, Pedro y Chayo pasaron a un departamento de lujo en un edificio inteligente. Pedro no sabía cómo usar el elevador y Chayo se negaba a usar la estufa de inducción porque “no veía la flama”.
—Pedro, aquí no hay aire —se quejaba Chayo, mirando por el ventanal del piso 15—. Todo está cerrado. Siento que estoy en una pecera.
—Pero mira el colchón, vieja. Está más suave que una nube. Angelita tiene su propio cuarto con computadora. Esto es lo que ella merece.
Pero mientras los padres se maravillaban con el lujo, Angelita se enfrentaba a la realidad del Colegio Internacional. El primer día, al entrar al salón, el silencio fue sepulcral. Los niños, vestidos con uniformes que costaban más que el carrito de pescado de Pedro, la miraron de arriba abajo.
—¿Quién es esa? ¿La hija de la limpieza? —susurró una niña rubia con voz de desprecio.
—Parece una minion —dijo un niño alto, de cara prepotente. Se llamaba Dexter.
Dexter era el líder. Era el hijo de Olivia, la actual esposa del Dr. José Hodzen. Nadie sabía, ni siquiera el Dr. José, que Angelita no era una becada cualquiera.
Angelita caminó hacia su asiento, pero Dexter le puso el pie. La niña tropezó y sus libros cayeron al suelo. Las risas estallaron en el salón.
—Fíjate por dónde caminas, “pueblerina” —se burló Dexter.
Angelita se levantó. No lloró. Sus padres le habían enseñado que el honor no se compra. Se sacudió el polvo de la falda y miró a Dexter directamente a los ojos.
—Mi nombre es Angelita. Y si me vuelves a poner el pie, te vas a arrepentir. No porque te vaya a pegar, sino porque voy a hacer que te sientas muy tonto frente a todos cuando veas que no puedes ni resolver una ecuación de primer grado.
Dexter se puso rojo de rabia. —¿Sabes quién es mi papá? Es el dueño de esta escuela. Te puedo echar mañana mismo.
—Tu papá será el dueño de los ladrillos —respondió Angelita con una calma que asustaba—, pero nadie es dueño de mi cabeza.
Esa tarde, Angelita regresó a casa con un moretón en el brazo y una determinación de hierro. No les dijo nada a Pedro y Chayo para no asustarlos. Pero el conflicto apenas comenzaba. En las sombras, Olivia, la madre de Dexter, comenzó a investigar quién era esa niña que había osado retar a su hijo.
Cuando Olivia vio las fotos de Angelita en el sistema de la escuela, se le cayó la copa de vino de la mano. El parecido era innegable. Angelita tenía los mismos ojos que la mujer que Olivia había intentado desaparecer hacía siete años.
—No puede ser… —susurró Olivia, con el rostro pálido—. Esa maldita gata y su bastarda deberían estar muertas.
PARTE 2: EL RUGIDO DE LA SANGRE
CAPÍTULO 5: La Mordida de la Justicia
En el Colegio Internacional Hodzen, las paredes eran de cristal, pero el ambiente era de plomo. Angelita pronto descubrió que ser un genio no te salvaba de los “mirreyes” que se sentían dueños del mundo. Dexter y su cómplice, un niño llamado Gelo, se habían propuesto hacerle la vida imposible a la “niña del pescado”.
Un martes, en la cafetería, Angelita comía una torta de jamón que Chayo le había preparado con mucho amor. Dexter pasó caminando y, como quien no quiere la cosa, le soltó un manotazo a la charola. El jugo se derramó sobre el uniforme de Angelita y la torta terminó en el suelo.
—¡Ups! Perdón, se me olvidó que la gente de tu clase come del piso —se burló Dexter, mientras sus amigos soltaban la carcajada.
Angelita sintió un calor que le subía desde el estómago. No era miedo, era rabia pura. Recordó las palabras de Don Pedro: “Hija, nosotros somos pobres, pero no somos tapetes de nadie”.
—Recógelo, Dexter —dijo Angelita, levantándose lentamente.
—¿Qué dijiste, escuincle?
—Dije que lo recojas. Mis papás trabajaron mucho para pagar esa comida. No tienes derecho.
Dexter, acostumbrado a que todos le rindieran pleitesía por ser el hijo del dueño, se acercó a ella y le picó la frente con el dedo índice, una y otra vez. —¿Y si no qué? ¿Vas a ir a llorarle a tus papás los pescadores? Eres una naca, Angelita. Aquí no perteneces.
Angelita no lo pensó dos veces. En un movimiento rápido como el de una víbora de cascabel, agarró el dedo de Dexter y le hundió los dientes con todas sus fuerzas.
—¡AAAAAAAAAHHHH! —el grito de Dexter se escuchó hasta la dirección.
La sangre empezó a brotar. Angelita no lo soltaba. Era su manera de decir “ya basta”. Gelo trató de intervenir, pero Angelita, con una agilidad que nadie esperaba, le soltó una patada en la espinilla que lo dejó chillando.
Diez minutos después, Angelita estaba sentada en la oficina de la orientadora, la psicóloga Romualdez. Dexter estaba en la enfermería, llorando como si le hubieran arrancado la mano.
—Angelita, hija, ¿por qué hiciste eso? —preguntó la psicóloga, tratando de no sonar tan sorprendida—. Eres una niña brillante, no puedes andar mordiendo a tus compañeros.
—Maestra, él me humilló. Él tiró mi comida. Mis manos son chiquitas y yo soy bajita, no puedo pelear como los grandes, pero mis dientes sí funcionan. Si él me vuelve a tocar, lo vuelvo a morder. Es defensa propia.
La psicóloga suspiró. Sabía que Angelita tenía razón, pero también sabía que la madre de Dexter, Olivia, no se iba a quedar de brazos cruzados. El nido de víboras acababa de ser alborotado, y Angelita no tenía idea de que su mordida había despertado a un monstruo mucho más peligroso.
CAPÍTULO 6: El Sabio del Jardín y la Amenaza
A pesar de los problemas, Angelita encontraba paz en el jardín botánico de la escuela. Ahí conoció a Don Rolly, el jardinero, un hombre de manos callosas y sombrero de paja que le recordaba mucho a su papá Pedro.
—Esas plantas están tristes, Don Rolly —dijo Angelita un día, acercándose a unas azaleas marchitas.
Don Rolly se limpió el sudor. —Así es, chamaca. No sé qué les pasa. Les pongo agua, les pongo abono de ese químico caro que me dan aquí, y nada.
Angelita se agachó y tomó un poco de tierra entre sus manos. La olió y la deshizo con los dedos. —Es que la tierra está muy apretada, Don Rolly. Las raíces no pueden respirar. Además, el abono que usa tiene mucho nitrógeno. Eso solo hace que crezcan hojas, pero no flores. Necesita fósforo y potasio. Y écheles un poco de cal para quitarle lo ácido a la tierra.
Don Rolly se quedó con la boca abierta. —¿Y tú dónde aprendiste de química, niña?
—En los libros de la biblioteca. Es fácil si sabes observar. Las plantas son como las personas: si les das lo que no necesitan, se mueren de tristeza.
Mientras Angelita le daba lecciones de botánica al jardinero, en la mansión Hodzen se gestaba una tormenta. Olivia había descubierto que su marido, el Dr. José, estaba pasando más tiempo supervisando el progreso de “la becada” que atendiendo sus propios negocios.
Olivia decidió que era hora de actuar. Fue al departamento donde vivían Pedro y Chayo. Cuando Pedro abrió la puerta, se encontró con una mujer que exudaba odio bajo un perfume carísimo.
—Escúchenme bien, par de muertos de hambre —dijo Olivia, entrando sin invitación—. No sé qué clase de embrujo le hicieron a mi marido, pero quiero a esa niña fuera de esta ciudad mañana mismo.
—Mire, señora, nosotros no estamos aquí por gusto —respondió Chayo, poniéndose en jarras—. Estamos por el futuro de la niña. El Dr. José nos dio su palabra.
—¡Me importa un bledo la palabra de José! —gritó Olivia, sacando un cheque en blanco—. Pongan la cifra que quieran. Un millón, dos millones de pesos. Llévensela a su pueblo y desaparezcan. Si no lo hacen, me voy a encargar de que esa niña termine en un orfanato y ustedes en la cárcel por robo de infante. Porque yo sé… que ella no es su hija.
Pedro sintió un frío en la columna. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía estar tan segura? Olivia se fue dejando un rastro de veneno en el aire. Pedro y Chayo se abrazaron, aterrados. El sueño de Angelita se estaba convirtiendo en una pesadilla de cristal.
CAPÍTULO 7: La Bomba de Tiempo: La tía Patricia
Angelita desapareció al día siguiente de la escuela. Pedro y Chayo estaban al borde del infarto. Llamaron a Diana, la asistente, pero nadie sabía nada. Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta. No era Olivia, ni la policía. Era una mujer joven, con uniforme de enfermera y los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Tú eres Patricia? —preguntó Pedro, recordándola vagamente del pueblo.
—Sí, Don Pedro. Soy yo. Vine lo más rápido que pude desde el hospital —dijo Patricia, entrando exhausta—. Sé dónde está Angelita. Olivia se la llevó a una casa de campo en Cuernavaca. Dijo que era un “premio”, pero es una trampa para alejarla mientras convence al Dr. José de enviarla a un internado en el extranjero.
—¡Esa mujer está loca! —gritó Chayo—. ¡Vamos por ella!
—Esperen —dijo Patricia, tomando aire—. Hay algo que tienen que saber antes de ir. Algo que me ha carcomido el alma durante seis años.
Patricia sacó una fotografía vieja y arrugada. En ella se veía a una mujer joven, muy parecida a Angelita, sosteniendo a una bebé. —Esa era mi hermana, Georgina. Ella trabajaba como asistente personal del Dr. José Hodzen hace años. Se enamoraron. Pero Olivia se enteró y amenazó con destruirlos a ambos.
Pedro y Chayo escuchaban sin parpadear.
—Mi hermana quedó embarazada. Olivia le pagó a unos hombres para que la “desaparecieran” después del parto. Yo era enfermera en la clínica donde nació la niña. Esa noche de tormenta, vi cuando se llevaban a mi hermana y a la bebé. Logré rescatar a la niña en un descuido de esos hombres, pero no pude salvar a mi hermana. Me perseguían. Entré en pánico y vi su carrito de pescado en la carretera… Los vi a ustedes, dos personas con cara de buenos. Dejé a Angelita en el matorral sabiendo que ustedes la salvarían.
Chayo se soltó a llorar. —Entonces… Angelita es…
—Angelita es la única hija de sangre del Dr. José Hodzen —confirmó Patricia—. Olivia lo sabe. Por eso la odia. Porque Angelita es el vivo retrato de la mujer que José realmente amó. Ella no es una becada, Don Pedro. Ella es la heredera de todo esto.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. El Dr. José Hodzen estaba ahí, de pie, habiendo escuchado las últimas palabras. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de una mezcla de horror y esperanza.
—¿Qué dijiste? —preguntó José con la voz quebrada.
CAPÍTULO 8: El Imperio de Angelita
El viaje a Cuernavaca fue el más largo de sus vidas. El Dr. José conducía como un loco, seguido por Pedro, Chayo y Patricia. Cuando llegaron a la finca, encontraron a Angelita tranquilamente sentada junto a la alberca, dándole lecciones de aritmética al guardia de seguridad.
—¡Papá Pedro! ¡Mamá Chayo! —gritó la niña, corriendo a abrazarlos—. Sabía que vendrían. La señora Olivia me dijo que esto eran vacaciones, pero aquí no hay libros de ciencia, así que me aburrí.
José se acercó a ella. Por primera vez, no la miró como a una estudiante talentosa, sino como a su propia sangre. Se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.
—Angelita… perdóname por haber tardado tanto en encontrarte.
Olivia salió de la casa, altiva, pero cuando vio a la policía que Diana había llamado por órdenes de José, su máscara se derrumbó.
—¡Esto es un malentendido, José! —gritó Olivia—. ¡Lo hice por nuestra familia! ¡Por Dexter!
—Tú no tienes familia, Olivia —dijo José con una frialdad que cortaba el aire—. Mañana mismo tramito el divorcio. Te quiero fuera de mi casa y de mi vida. Y si te acercas a Angelita o a estos señores otra vez, te pudrirás en la cárcel por el secuestro de mi hija y lo que le hiciste a Georgina.
Pasaron los meses. La justicia en México a veces tarda, pero esta vez llegó con fuerza. Olivia huyó a Europa con Dexter, lejos de la vergüenza. El Dr. José, en un acto de justicia poética, nombró a Don Pedro y a Doña Chayo como los tutores legales permanentes de Angelita, integrándolos a la familia Hodzen.
El jacal de madera quedó atrás, pero Pedro y Chayo nunca perdieron su humildad. Ahora, Angelita vive en la mansión, pero todos los domingos pide que le preparen pescado frito y sale al jardín a platicar con Don Rolly.
—¿Y qué vas a hacer cuando seas grande, Angelita? —le preguntó su padre biológico, el Dr. José, mientras la veía estudiar en la biblioteca.
Angelita cerró su libro de medicina y sonrió. —Voy a ser doctora, papá. Pero no de las que cobran caro. Voy a ser una doctora que cure a la gente de los pueblos, para que ningún niño tenga que ser abandonado en un matorral nunca más.
Don Pedro y Doña Chayo, sentados en unos sillones de terciopelo que todavía sentían “demasiado suaves”, se miraron con orgullo. Habían recogido una semilla en el lodo, y ahora, ante sus ojos, veían cómo se convertía en el árbol más fuerte y hermoso de todo México.
FIN.