
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Juramento Olvidado y la Ira del Director
El quirófano número tres olía a lo que siempre huelen los quirófanos cuando las cosas van mal: a miedo metálico, a sangre oxidada y a esa mezcla penetrante de antiséptico industrial que se te mete en los poros y no sale ni con tres duchas. El monitor cardíaco marcaba un ritmo errático, un bip-bip-bip acelerado que parecía una cuenta regresiva hacia el desastre.
—Aspiración, Lenita. ¡Rápido, que no veo nada! —grité, aunque mi voz salió amortiguada por el cubrebocas azul.
La sangre brotaba a borbotones de la cavidad abdominal. La paciente, una mujer de edad indefinida, con la piel curtida por el sol y las manos callosas de quien ha trabajado la tierra o escarbado en la basura, se nos estaba yendo. Técnicamente, ni siquiera debería estar ahí. No tenía nombre en su ficha, solo un frío “NN” (Ningún Nombre) y un número de folio garabateado con prisa.
—La presión está cayendo, doctor. 60 sobre 40 —avisó el anestesiólogo, un residente joven llamado Beto que sudaba la gota gorda detrás de los paños verdes. Sus ojos me miraban con pánico.
—No me des números, Beto, dame soluciones. Pásale dos unidades de sangre y mete dopamina. ¡Ahora! —ordené, mientras mis manos, enguantadas y resbaladizas, buscaban a ciegas el origen de la hemorragia.
Era una peritonitis fecal. El intestino se había perforado, probablemente hacía días, y la infección estaba devorando sus órganos internos. El olor era nauseabundo, capaz de tumbar a cualquiera que no tuviera el estómago de acero, pero yo ni siquiera lo registraba. Estaba en “la zona”. Ese lugar mental donde el mundo desaparece y solo existen el tejido, la aguja y el hilo.
En ese momento de tensión absoluta, cuando la vida de la mujer pendía de un hilo, las puertas abatibles del quirófano se abrieron con un estruendo violento que rompió la concentración de todo el equipo.
—¡Sánchez!
No necesité voltear para saber quién era. Ese tono de voz chillón, prepotente y cargado de una autoridad inmerecida solo podía pertenecer a una persona: Yuri Antonovich Cantú, el director del Hospital General.
—Estoy ocupado, Director —respondí sin levantar la vista del campo quirúrgico—. Cierre la puerta, está contaminando el área estéril.
—¡Me vale madre tu área estéril! —bramó Cantú, entrando hasta la zona prohibida sin siquiera ponerse una bata o un cubrebocas. Sus zapatos italianos de piel lustrada resonaron sobre el piso de linóleo—. ¡Te di una orden directa, Nicolás! ¡Te dije que no quería más indigentes en los quirófanos de especialidad!
Lenita, la enfermera instrumentista, se encogió, aferrando la charola de metal como si fuera un escudo. Beto, el anestesiólogo, parecía querer volverse invisible.
Sentí una oleada de calor subirme por el cuello. La audacia de este tipo no tenía límites.
—Esta mujer tiene una sepsis abdominal severa —dije, tratando de mantener la voz firme mientras pinzaba una arteria—. Si no operaba, se moría en la sala de espera. ¿Eso es lo que prefiere? ¿Un cadáver pudriéndose junto a las máquinas de refrescos?
Cantú se acercó tanto que pude oler su colonia cara, una mezcla empalagosa de madera y cítricos que chocaba violentamente con el olor a muerte de la mesa de operaciones.
—Lo que prefiero es que no gastes el presupuesto del hospital en gente que no paga impuestos, Sánchez. Esta mujer es una vagabunda. Una “nadie”. ¡Mira esto! —señaló con asco la ropa sucia de la paciente que habíamos cortado y dejado en una esquina—. Es una piojosa. ¿Sabes cuánto cuestan los antibióticos de amplio espectro que le vas a tener que poner?
Detuve mis manos por un segundo. Solo un segundo. Levanté la mirada y, por primera vez, conecté mis ojos con los suyos.
—Es un ser humano, Yuri. Hice un juramento. Primum non nocere. Primero, no hacer daño. Dejarla morir es hacer daño. Y mientras yo tenga un bisturí en la mano, en este quirófano mando yo, no su suegro ni el sindicato.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo el monitor cardíaco se atrevió a interrumpirlo: bip… bip… bip… El ritmo se estaba estabilizando. La hemorragia había parado.
El rostro de Cantú pasó del rojo al púrpura. Le temblaba la papada de pura rabia. Se sentía humillado frente a los subordinados, y para un hombre como él, con el ego inflado a base de palancas políticas y dinero heredado, eso era imperdonable.
—Muy bien, Nicolás. Muy bien —susurró, con una voz que destilaba veneno puro—. Eres muy valiente, ¿verdad? El héroe de los pobres. El salvador de los desamparados. Pues disfrútalo. Disfruta cada segundo de esta cirugía.
Dio un paso atrás y se alisó el traje impecable.
—Porque es la última que vas a hacer en este hospital. Y me voy a encargar personalmente de que no vuelvas a operar ni un perro en todo el estado. Termina con tu “mascota” y vete a mi oficina. Estás despedido.
Dio media vuelta y salió, azotando las puertas con tal fuerza que una de las lámparas cialíticas osciló sobre nuestras cabezas.
—Doctor… —la voz de Lenita temblaba bajo la mascarilla. Vi lágrimas en sus ojos—. No debió contestarle así. Usted sabe cómo es. Es un rencoroso, un hijo de la…
—Pinzas y sutura 3-0, Lenita —la interrumpí, aunque por dentro sentía que el estómago se me hacía un nudo—. Vamos a cerrar. Ya no hay vuelta atrás.
Las siguientes dos horas trabajé en piloto automático. Mis manos cosían, limpiaban y vendaban, pero mi mente estaba en otro lado. Estaba pensando en mis deudas, en mi apartamento vacío, en los años que había desperdiciado tratando de “hacer carrera” en un sistema podrido hasta la médula.
Cantú tenía razón en una cosa: estaba acabado. A mis 42 años, con mi historial de “conflictivo” por defender a los pacientes, y con el poder político que tenía su familia, me iban a cerrar todas las puertas.
Cuando terminamos, trasladamos a la paciente a recuperación. Me quité los guantes llenos de sangre y los tiré al bote de basura con fuerza. Me sentía sucio, y no era por la cirugía. Me sentía sucio por haber formado parte, durante tanto tiempo, de un lugar donde la vida humana valía menos que una hoja de cálculo en Excel.
Me senté en el vestidor, con la cabeza entre las manos.
—¿Valió la pena, Nicolás? —me pregunté al espejo. El hombre que me devolvía la mirada tenía ojeras profundas, canas prematuras en la barba y una tristeza infinita en los ojos.
—Sí —me respondí, aunque la voz me temblaba—. Sí, carajo. Valió la pena.
CAPÍTULO 2: La Profecía de Rosa y el Camino a la Sierra
La noche cayó sobre el hospital como una losa de concreto. El bullicio del día dio paso al zumbido monótono de los refrigeradores y al eco de pasos lejanos en los pasillos desiertos. Yo no me fui a la oficina de Cantú. Sabía que mi carta de despido ya estaba redactada y firmada. No tenía caso humillarme más. En lugar de eso, decidí quedarme a hacer guardia junto a la cama de la mujer que me había costado la carrera.
La habíamos instalado en una habitación compartida al final del pasillo oeste, la zona donde ponían a los pacientes que el hospital prefería olvidar. La luz de la luna entraba por la ventana sucia, iluminando el rostro de la desconocida. Ahora, limpia y descansada, sus facciones se veían nobles, casi aristocráticas a pesar de la pobreza evidente.
Me senté en una silla de plástico duro, con un café rancio en la mano, observándola.
—Espero que vivas —murmuré—. Porque si te mueres, entonces sí que todo esto habrá sido una estupidez.
Cerca de las tres de la mañana, la hora en la que dicen que el velo entre los mundos es más delgado, ella abrió los ojos.
No fue un despertar lento. Fue de golpe. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo derramar un poco de café sobre mi bata. Eran ojos negros, profundos, antiguos.
—No te quemes, doctor —dijo. Su voz era rasposa, como arrastrar piedras de río, pero sorprendentemente fuerte para alguien que acababa de salir de una peritonitis.
—Despertó —dije, poniéndome de pie y sacando mi estetoscopio—. No se mueva, por favor. Tiene una herida grande en el abdomen.
—El cuerpo sana rápido cuando el espíritu es fuerte —respondió ella, ignorando mi orden e intentando incorporarse—. Gracias.
—Es mi trabajo.
—No, no lo es. Ya no —soltó una risa seca que terminó en una mueca de dolor—. Ese hombrecito… el que huele a cítricos y a dinero robado… te corrió, ¿verdad?
Me quedé helado.
—¿Estaba despierta en el quirófano?
—No con el cuerpo, mijo. Pero el alma oye. El alma siempre está escuchando. —Me miró con una ternura extraña, maternal—. Perdiste tu “chamba”. Tu estatus. Tu seguridad.
—No se preocupe por eso, señora…
—Rosa. Me llamo Rosa. Y claro que me preocupo. Porque tú eres un hombre bueno, Nicolás. Un hombre bueno en un mundo de lobos. Y los lobos siempre se comen a las ovejas que se creen leones.
Suspiré y me volví a sentar, derrotado. Había algo en esa mujer que desarmaba mis defensas lógicas de médico.
—Tengo 42 años, Rosa. No tengo familia. No tengo ahorros. Y a partir de mañana, no tengo trabajo. Creo que los lobos ya me comieron.
Rosa me sostuvo la mirada. En la penumbra, sus ojos brillaron.
—No. Te liberaron. —Extendió una mano huesuda, llena de venas saltadas, y agarró mi muñeca. Su piel estaba caliente—. Escúchame bien, doctor. Tú no perteneces aquí. Esta ciudad te está chupando la vida. Te veo el aura gris, apagada. Tienes el corazón roto, ¿verdad?
Intenté retirar la mano, pero ella apretó con fuerza.
—Hay una mujer… —susurró, cerrando los ojos como si estuviera viendo una película en su mente—. Una mujer del pasado. Pelo castaño, risa fácil… Vera.
El nombre me golpeó como un electroshock. Retrocedí, tirando la silla hacia atrás. El ruido resonó en el silencio de la habitación.
—¡Cállese! —exclamé, más fuerte de lo que pretendía—. ¿Quién es usted? ¿Cómo sabe ese nombre? Nadie aquí lo sabe.
Mi respiración se aceleró. Vera. Mi Vera. La mujer que amé con locura hace dieciséis años, cuando hacía mi servicio social en un pueblo perdido. La mujer a la que abandoné porque mis padres me dijeron que “un médico de apellido” no podía casarse con la hija de un campesino. La dejé llorando bajo la lluvia, prometiendo volver, sabiendo que era mentira. Fui un cobarde. Un maldito cobarde clasista.
—Nadie lo sabe, pero tú lo gritas en silencio cada noche —continuó Rosa, implacable—. La culpa te pesa más que esa bata blanca. La dejaste ir. Y por eso estás solo. Por eso, aunque salvas vidas, la tuya está muerta.
Me recargué contra la pared, sintiendo que las piernas me fallaban. Las lágrimas, que había contenido durante años, amenazaban con salir.
—¿Qué quiere de mí? —pregunté con voz rota.
—Quiero pagarte el favor de salvarme la vida. —Rosa se acomodó en la almohada, su expresión se volvió solemne—. El destino es curioso, Nicolás. A veces te quita todo para que puedas encontrar lo único que importa. Mañana, cuando salgas de aquí, no busques otro hospital. No busques quedarte en la ciudad.
—¿Entonces qué hago? ¿Me muero de hambre?
—Vete a la sierra. Al monte. Donde el aire huele a pino y a tierra mojada. Compra una casa vieja, una de esas que nadie quiere porque dicen que están embrujadas o porque están lejos de la “civilización”.
—Eso es una locura.
—¿Y qué es la cordura, doctor? ¿Vivir triste y amargado aguantando a jefes idiotas? —Sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos—. Hazme caso. Compra esa casa. Arréglala con tus propias manos. Suda la fiebre de la ciudad. Y te prometo… te juro por lo más sagrado… que lo que perdiste, te va a encontrar ahí.
Al día siguiente, la profecía comenzó a cumplirse.
Fui a la oficina de Recursos Humanos. Me entregaron mi liquidación: una miseria para veinte años de servicio, descontando “daños y perjuicios” inventados por Cantú. Me boletinaron. Llamé a dos colegas de hospitales privados y, al escuchar mi nombre, colgaron o inventaron excusas baratas. “La cosa está difícil, Nico”, “Cantú habló con el consejo, mejor deja que se enfríe”.
Estaba en la calle. Literalmente.
Subí a mi auto, un sedán gris que necesitaba servicio, y manejé sin rumbo. Las palabras de la gitana resonaban en mi cabeza: “Vete a la sierra”.
Pasé frente a una agencia inmobiliaria de esas pequeñas, de barrio. En el escaparate, pegado con cinta adhesiva, había un anuncio amarillento, casi desteñido por el sol:
“Oportunidad. Casa de campo en San José de la Montaña. Remate bancario. Necesita reparaciones. Precio de terreno.”
San José de la Montaña. Un pueblo a cuatro horas de la ciudad, metido en lo más profundo de la sierra madre. Un lugar donde la señal de celular llega cuando quiere y la gente todavía se saluda por su nombre.
Entré. Compré la casa casi sin verla, gastando gran parte de mi ridícula liquidación. El agente inmobiliario me miró como si estuviera loco.
—Doctor, esa casa lleva diez años abandonada. Dicen que ahí se oyen cosas. Que está en medio de la nada.
—Perfecto —dije, firmando el cheque—. Justo lo que necesito. Nada.
Tres días después, cargué mi coche con ropa, mis libros de medicina, unas cuantas herramientas que no sabía usar muy bien y una caja de víveres.
Mientras conducía por la carretera serpenteante, viendo cómo los edificios grises de la ciudad se hacían pequeños en el espejo retrovisor, sentí algo que no había sentido en décadas: miedo. Pero debajo del miedo, había algo más. Una chispa. Una esperanza absurda, irracional.
Llegué a la casa al atardecer. Era más que una ruina; era un esqueleto de madera y adobe devorado por la hiedra. El techo tenía agujeros, las ventanas estaban rotas y el jardín era una selva de maleza de un metro de altura.
Me bajé del coche. El silencio era absoluto, solo roto por el canto de los grillos y el viento entre los pinos. Hacía frío.
—Bueno, Rosa —dije al aire, mirando mi nueva “mansión”—. Ya estoy aquí. En medio de la nada. Espero que tu bola de cristal funcione, porque si no, me voy a morir de frío o de hambre antes de que termine la semana.
Entré, limpié un rincón de la sala principal, tiré un colchón inflable y me preparé para mi primera noche en la soledad de la montaña.
No sabía que esa noche, la primera noche, el destino iba a tocar a mi ventana de la forma más aterradora y milagrosa posible.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: Ecos en la Montaña y la Primera Noche
La primera impresión que tuve al entrar en la casa no fue de alivio, sino de un arrepentimiento profundo y visceral. “¡Qué pendejo eres, Nicolás!”, me dije en voz alta, y mi voz rebotó en las paredes desnudas, burlándose de mí.
La “hacienda rústica con encanto” que prometía el anuncio era, en términos médicos, un paciente terminal. El piso de madera crujía como si tuviera artritis crónica, había más telarañas que pintura en las esquinas, y el olor a humedad era tan denso que casi se podía masticar. No había luz eléctrica conectada, solo la luz dorada y moribunda del atardecer que se colaba por las ventanas rotas.
Dejé mi caja de cartón —esa que contenía los restos de mi vida: un estetoscopio Littmann, un par de libros de anatomía viejos, una foto de mis padres ya fallecidos y una botella de tequila a medio terminar— sobre una mesa coja que alguien había abandonado a su suerte.
—Bueno, Rosa —susurré, mirando al techo donde una mancha de humedad formaba un mapa abstracto—. Dijiste que arreglara la casa para que sanara mi alma. Espero que mi alma sea buena para la albañilería, porque yo no sé ni cambiar un foco.
La realidad de la sierra te golpea diferente que la de la ciudad. En la ciudad, la soledad se disimula con ruido: cláxones, televisiones de vecinos, sirenas. Aquí, el silencio es absoluto. Es un silencio pesado, antiguo, que te obliga a escuchar tus propios pensamientos, esos que llevas años evitando.
Me puse manos a la obra porque si me quedaba quieto, el frío de la montaña me iba a congelar hasta los huesos. Saqué una escoba vieja que encontré en el patio trasero y empecé a barrer años de polvo y olvido. El esfuerzo físico, la talacha dura, resultó ser extrañamente terapéutica. Sudar no por estrés de quirófano, sino por mover muebles y arrancar hierba mala, me hizo sentir vivo de una manera primitiva.
Cuando cayó la noche, la oscuridad fue total. No había alumbrado público, ni resplandor de ciudad en el horizonte. Solo yo, una vela que había comprado en la tienda del pueblo antes de subir, y la inmensidad del bosque.
Me preparé una cena miserable: atún de lata y galletas saladas, bajado todo con un trago largo de tequila caliente. Me senté en el pórtico, envuelto en una cobija que olía a naftalina.
Fue entonces cuando conocí a mi primer “vecino”. O más bien, él me encontró a mí.
—¡Buenas noches le dé Dios, patrón!
Salté de la silla, tirando la lata de atún. De entre las sombras del camino de terracería surgió una figura pequeña, un anciano con sombrero de paja y un zarape echado al hombro. Llevaba un perro flaco amarrado con un mecate.
—¡Carajo! —exclamé, llevándome la mano al pecho—. Me asustó, jefe.
El anciano soltó una risita chimuela.
—Dispense, no era mi intención espantar al nuevo dueño. Me llamo Don Goyo. Vivo bajando la loma. Vi luz y dije: “Pos, habrá que ver quién es el valiente que compró la Casa de los Suspiros”.
—¿La Casa de los Suspiros? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no era por el viento—. El vendedor no me dijo que se llamaba así.
—Esos de la ciudad no dicen nada con tal de vender —Don Goyo se recargó en el barandal podrido—. Le dicen así porque aquí vivía una familia hace muchos años. Se fueron de la noche a la mañana. Dicen que el silencio los volvió locos. O la tristeza.
Me ofreció un cigarro de hoja, que rechacé amablemente.
—Yo soy médico, Don Goyo. No creo en fantasmas, y la tristeza se cura con ocupación.
—¿Médico? —Los ojos del viejo brillaron bajo la luz de la luna—. ¡Ah, qué milagro! Hace años que no tenemos doctor por estos rumbos. El de la clínica del pueblo viene una vez al mes y siempre anda de malas. Pos, bienvenido, doctor. Le va a hacer falta suerte.
Don Goyo se fue tan silenciosamente como llegó, dejándome con una sensación de inquietud. “La Casa de los Suspiros”. Qué nombre tan apropiado para un hombre que vivía suspirando por un pasado que no podía cambiar.
Me acomodé en el colchón inflable que había tirado en medio de la sala. El viento silbaba por las rendijas de las ventanas, creando una melodía lúgubre. Cerré los ojos, intentando dormir, pero la cara de Cantú, el director del hospital, se me aparecía, riéndose de mi desgracia. “Mírate, Nicolás, durmiendo en el suelo como un perro. ¿Dónde quedó tu dignidad?”.
El sueño me venció por agotamiento. Soñé con Vera. No la Vera joven de mis recuerdos, sino una Vera sin rostro, que me daba la espalda y caminaba hacia la niebla mientras yo intentaba correr, pero mis pies estaban pegados al suelo con cemento quirúrgico.
De repente, un sonido real rompió la pesadilla.
Toc, toc, toc.
Abrí los ojos de golpe. El corazón me latía en la garganta. ¿Era parte del sueño?
Toc, toc, toc.
Más fuerte. Insistente. En el cristal de la ventana principal.
Miré mi reloj: las 2:30 de la mañana. ¿Quién diablos sube a la montaña a esta hora? Recordé las historias de asaltos en carreteras, de gente mala que aprovecha la soledad. Busqué algo para defenderme. Solo tenía el palo de la escoba.
Me acerqué a la ventana con sigilo, el miedo erizándome la piel.
—¿Quién es? —grité, intentando sonar autoritario.
—¡Por favor! —una voz de mujer. Desesperada, quebrada por el llanto y el pánico—. ¡Ayúdeme! ¡Me dijeron que aquí llegó un médico!
Bajé la guardia un poco. No sonaba como una amenaza, sonaba como angustia pura. Abrí la puerta de madera, que rechinó en protesta.
Afuera, bajo la lluvia fina que había empezado a caer, había una mujer envuelta en un rebozo oscuro. Estaba empapada y temblaba. La oscuridad no me dejaba verle la cara, solo notaba que era menuda y que estaba aterrorizada.
—¿Usted es el doctor? —preguntó, jadeando.
—Sí, soy yo. Nicolás Sánchez. ¿Qué pasa?
—Es mi hija… mi niña. Se cayó. Se resbaló en la barranca buscando una chiva que se nos escapó. La pierna… la tiene muy mal, doctor. Grita mucho. ¡Por favor, venga!
El instinto se activó. El miedo, el frío, la autocompasión… todo desapareció. Volví a ser el cirujano jefe de guardia.
—Espéreme un segundo.
Corrí adentro. Agarré mi maletín médico —mi fiel compañero de batallas—, una linterna potente y me puse una chamarra impermeable.
—Vamos —le dije al salir—. Lléveme.
La mujer no esperó. Echó a correr por una vereda estrecha llena de lodo y piedras, monte adentro. Yo la seguí a duras penas, resbalando, llenándome las botas de fango, con la lluvia golpeándome la cara.
—¿Está muy lejos? —grité para hacerme oír sobre el viento.
—¡No, aquí nomás tras la loma! —respondió ella sin voltear.
Mientras corríamos, una extraña sensación de déjà vu me invadió. La forma en que ella corría, la inclinación de su cabeza… había algo familiar, dolorosamente familiar en su silueta. Pero mi mente racional lo descartó. “Estás cansado, Nicolás. Estás viendo fantasmas donde no los hay”.
Llegamos a una casita pequeña, de adobe y teja, mucho más modesta que mi ruina, pero se veía cuidada. Había luz en el interior.
Al entrar, el calor de una estufa de leña me golpeó, junto con el olor a hierbas medicinales y angustia.
—¡Mamá! ¡Me duele mucho! —el grito agudo de una adolescente me taladró los oídos.
En un sofá viejo, cubierto con mantas tejidas a mano, yacía una chica de unos quince o dieciséis años. Estaba pálida como el papel, sudando frío, agarrándose la pierna derecha.
Me acerqué de inmediato, arrodillándome junto a ella.
—Tranquila, ya estoy aquí. Soy médico. ¿Cómo te llamas?
—Alejandra… —gimió la chica, apretando los dientes.
—Muy bien, Ale. Voy a ver tu pierna. Necesito que seas valiente, ¿va?
Corté la tela de su pantalón de mezclilla con mis tijeras de trauma. Lo que vi me hizo fruncir el ceño. Una fractura de tibia y peroné, cerrada pero con un desplazamiento evidente. La pierna estaba angulada de forma antinatural. Debía doler como el infierno.
—Escúchame, Ale —dije, mirándola a los ojos para establecer conexión. Y ahí, me detuve.
Esos ojos.
Eran ojos color miel. Grandes. Expresivos. Con una forma almendrada muy particular.
Eran mis ojos.
O los de mi madre.
Sacudí la cabeza. “Concéntrate, imbécil”.
—Mamá, trae agua caliente y toallas limpias, por favor —ordené sin voltear a ver a la mujer, que sollozaba en un rincón—. Ale, te voy a poner una inyección para el dolor. Va a picar un poquito, como una hormiga brava, y luego te vas a sentir como si flotaras en una nube. ¿Sale?
La chica asintió, llorando.
Preparé la lidocaína con movimientos precisos. Le inyecté alrededor de la zona de la fractura. Esperé unos minutos, acariciando su frente para calmarla, mientras la anestesia hacía efecto.
—¿Ya sientes dormido? —pregunté suavemente.
—Sí… ya no duele tanto —murmuró ella, sus párpados pesaban.
—Perfecto. Ahora viene la parte difícil, Ale. Tengo que poner el hueso en su lugar. Vas a sentir un jalón fuerte. Grita si quieres, aprieta mi mano, mientame la madre si hace falta, pero no te muevas.
Hice la maniobra de reducción. Un movimiento seco, fuerte y preciso.
Crak.
El hueso volvió a su sitio. Ale soltó un grito ahogado y luego suspiró, relajándose casi de inmediato. Inmovilicé la pierna con una férula improvisada usando cartón rígido y vendas que traía en el maletín.
—Listo, campeona. Lo peor ya pasó —dije, limpiándome el sudor de la frente.
Me puse de pie, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso al cansancio extremo.
—Señora —dije, girándome hacia la madre que estaba parada junto a la estufa, dándome la espalda mientras preparaba algo—. Necesita reposo absoluto. Mañana tendremos que ver cómo la llevamos al pueblo para que le pongan un yeso de verdad, pero por ahora…
La mujer se giró lentamente. Traía una taza de té en las manos. La luz del foco desnudo que colgaba del techo le iluminó el rostro por primera vez.
El mundo se detuvo.
El sonido de la lluvia desapareció.
El dolor de mis rodillas se esfumó.
Se me cayó el maletín de las manos.
—¿Vera? —susurré. Mi voz sonó tan frágil que parecía de cristal.
CAPÍTULO 4: El Encuentro Imposible y la Verdad en la Mirada
El tiempo es relativo, eso lo dicen los físicos, pero los médicos y los enamorados lo sabemos mejor que nadie. Hay segundos que duran horas, como cuando esperas que un corazón vuelva a latir tras una descarga, o como este momento, donde dieciséis años de ausencia se comprimieron en un solo instante de reconocimiento brutal.
Vera estaba ahí.
No era la niña de veinte años con trenzas y vestidos de flores que yo recordaba. La vida le había pasado por encima, dejando huellas. Tenía líneas de expresión alrededor de los ojos y la boca, su piel estaba un poco más morena por el sol de la sierra, y sus manos… sus manos se veían trabajadas, fuertes. Pero era ella. Esa mirada que mezclaba dulzura y una fiereza oculta. Esa boca que yo había besado mil veces bajo los árboles del río.
Llevaba el pelo suelto, revuelto por la lluvia, y me miraba con una expresión indescifrable. No había sorpresa en su rostro. Solo una resignación dolorosa, como quien ve llegar una tormenta que sabía que era inevitable.
—Hola, Nicolás —dijo. Su voz era más grave, más madura, pero seguía teniendo ese timbre musical que me había perseguido en sueños durante casi dos décadas.
—Vera… —di un paso hacia ella, temblando como un interno en su primera cirugía—. ¿Eres tú? ¿De verdad eres tú? No… no puede ser. Estoy soñando. Rosa me dijo… pero no creí…
—No estás soñando —respondió ella, dejando la taza de té sobre la mesa con mano firme—. Y baja la voz, que Ale se acaba de dormir.
Miré hacia el sofá. La chica dormía plácidamente, con el rostro relajado por el analgésico y el agotamiento. Volví a mirar a Vera. Mi cerebro intentaba procesar la imposibilidad estadística de este encuentro. De todos los pueblos de México, de todas las montañas, de todas las casas en ruinas… ¿había venido a caer justo a la puerta de la mujer que destruí?
—¿Qué haces aquí? —pregunté estúpidamente.
Vera soltó una risa corta, carente de humor.
—Vivo aquí, Nicolás. Siempre he vivido aquí. Esta es la casa de mi abuela. Tú fuiste el que se fue, ¿recuerdas? Tú fuiste el que huyó a la ciudad para ser un gran señor doctor y se olvidó de que existíamos.
Sus palabras fueron bisturís oxidados clavándose en mi pecho.
—Vera, yo… —Tragué saliva, buscando excusas, pero no las había. Todas habían caducado hace años—. Yo fui un imbécil. Un cobarde. Lo sé. No pasa un día sin que me arrepienta de lo que hice.
—Ah, ¿te arrepientes? —Cruzó los brazos sobre el pecho, defensiva—. Qué bueno saberlo. Supongo que eso arregla todo, ¿no? Supongo que tu arrepentimiento pagó las cuentas todos estos años, o cuidó a Ale cuando le daba fiebre, o le explicó por qué su papá nunca vino a verla ni en una foto.
Me quedé paralizado. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el plexo solar.
Miré a Vera. Luego miré a la chica dormida en el sofá.
Alejandra.
Unos quince o dieciséis años.
Ojos color miel. Mis ojos.
La forma de la barbilla… la misma hendidura que tengo yo.
—Vera… —sentí que las rodillas se me doblaban y tuve que apoyarme en el respaldo de una silla vieja—. Alejandra… ¿es…?
Vera no bajó la mirada. La mantuvo alta, desafiante, orgullosa.
—¿Tú qué crees, “Doctor Sánchez”? Eres un hombre de ciencia. Haz las matemáticas. Dieciséis años. Te fuiste en agosto. Ella nació en mayo.
Me cubrí la boca con la mano, sintiendo náuseas. No por asco, sino por el vértigo de la realidad. Tenía una hija. Una hija de la que me había perdido todo. Sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus caídas, sus risas. Todo porque fui demasiado cobarde para enfrentarme a mis padres clasistas, demasiado ambicioso para quedarme en un pueblo “sin futuro”.
—Dios mío… —susurró—. Tengo una hija.
—Sí. Tienes una hija —dijo Vera con frialdad—. Y ella no sabe nada de ti. Para ella, su padre murió antes de que naciera. Fue más fácil contarle eso que explicarle que su padre prefirió un consultorio con aire acondicionado a una familia.
—¿Por qué no me buscaste? —pregunté, con lágrimas quemándome los ojos—. ¿Por qué no me dijiste? Hubiera venido. Te juro por mi vida que hubiera venido.
Vera dio un paso adelante, y por un momento vi el fuego de la ira en sus ojos.
—¿Ah sí? ¿Hubieras venido? Fui a buscarte, Nicolás. Fui a la ciudad cuando tenía cuatro meses de embarazo. Junté lo poco que tenía para el pasaje. Llegué a tu hospital, ese donde hacías tu residencia. Te vi.
—¿Me viste? —No recordaba haberla visto jamás.
—Te vi en la cafetería. Estabas con tus amigos, otros doctores, y con una chica rubia, muy guapa, muy “de sociedad”. Se estaban riendo. Uno de tus amigos hizo un chiste sobre los “indios bajados del cerro” que llegaban a urgencias. Y tú te reíste, Nicolás. Te reíste con ellos.
Cerré los ojos, avergonzado. Podía imaginar la escena perfectamente. Yo, joven, inseguro, desesperado por encajar en ese mundo elitista, riéndome de chistes crueles para no ser excluido.
—En ese momento entendí que ya no eras el Nicolás del que me enamoré —continuó Vera, su voz suavizándose un poco, pero cargada de tristeza—. Entendí que si te decía del bebé, lo verías como una carga. Como un error que arruinaría tu brillante futuro. Así que me di la vuelta y me regresé al pueblo. Decidí que mi hija no necesitaba un padre que se avergonzara de ella.
Caí de rodillas. No pude evitarlo. El peso de la culpa era insoportable. Lloré. Lloré como no lo había hecho desde que era niño. Lloré por el tiempo perdido, por el hombre miserable que había sido, por la mujer maravillosa que tenía enfrente y que había tenido que cargar sola con mi responsabilidad.
—Perdóname… —sollocé, con la frente apoyada en mis manos sucias de tierra y sangre—. Perdóname, Vera. No tengo perdón de Dios, lo sé. Pero perdóname.
Sentí una mano en mi cabeza. Un toque ligero, dubitativo.
Levanté la vista. Vera me miraba, y aunque no había una sonrisa, tampoco había odio. Había cansancio. Y tal vez, solo tal vez, un rastro muy leve de la compasión que solía tener.
—Levántate, Nicolás —dijo en voz baja—. No le sirves a nadie ahí tirado llorando. Ale te necesita fuerte. Si vas a estar aquí… si de verdad vas a estar aquí, tienes que comportarte como un hombre, no como un niño regañado.
Me puse de pie, limpiándome las lágrimas con la manga de mi chamarra.
—Estoy aquí. Compré la casa de arriba. La ruina esa. Me corrieron del hospital, Vera. Perdí todo. O eso creía. —Miré a Alejandra—. Pero ahora veo que la vidente tenía razón. Vine a buscar lo que perdí.
—¿Vidente? —Vera frunció el ceño.
—Una paciente. Rosa. Ella me dijo que viniera. Dijo que mi destino estaba aquí.
Vera se quedó callada un momento, procesando la información. Luego suspiró profundamente.
—Mira, Nicolás. No sé qué juegos traiga el destino. No sé si vas a aguantar la vida aquí. Eres un hombre de ciudad, acostumbrado a comodidades. Esto es duro. Aquí se va la luz, se acaba el agua, hay que cortar leña.
—Aprenderé —dije con firmeza—. Te juro que aprenderé. No me voy a ir. No esta vez.
—Eso ya lo veremos. —Vera caminó hacia la puerta y la abrió—. Por ahora, vete a tu casa. Ale necesita dormir y yo necesito pensar. Mañana ven a revisarla.
—¿Puedo… puedo volver mañana? —pregunté, sintiendo una chispa de esperanza.
—Eres el único médico en cincuenta kilómetros a la redonda, Nicolás. Tienes que venir. Es tu paciente. —Hizo una pausa y me miró a los ojos, esta vez con una intensidad que me recordó por qué me había enamorado de ella—. Y es tu hija. Pero escúchame bien: no le vas a decir nada todavía. No tienes derecho a entrar en su vida y ponerla de cabeza hasta que yo vea que has cambiado de verdad. Hasta que vea que no vas a salir corriendo a la primera dificultad.
—Te doy mi palabra —dije solemne—. No le diré nada hasta que tú me lo permitas. Pero no me voy a ir, Vera. Voy a arreglar esa maldita casa y voy a arreglar mi vida. Y voy a hacer todo lo posible para merecerlas. A las dos.
Vera asintió levemente.
—Buenas noches, doctor. Cierre bien al salir.
Salí a la noche lluviosa, pero ya no sentía frío. Caminé de regreso a mi casa en ruinas, resbalando en el lodo, pero esta vez no me importó. Mi corazón, que había estado muerto durante años, latía con una fuerza brutal. Dolía, sí. La culpa dolía, el arrepentimiento quemaba. Pero estaba vivo.
Tenía una hija. Alejandra.
Tenía una misión.
Y tenía una segunda oportunidad, la más improbable de todas.
Al llegar a mi pórtico, miré hacia el cielo oscuro y sonreí entre lágrimas.
—Gracias, Rosa —grité al viento—. ¡Gracias, vieja bruja maravillosa!
Esa noche, dormí en el suelo duro, rodeado de polvo y arañas, pero dormí mejor que en mi cama ortopédica del ático de la ciudad. Porque por primera vez en dieciséis años, sabía exactamente quién era y dónde tenía que estar.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Peso de la Madera y la Sangre que Llama
Despertar al día siguiente fue como emerger de un coma etílico, aunque no había bebido ni una gota más de tequila. Me dolía todo. La espalda protestaba por el suelo duro, el cuello estaba rígido y los ojos me ardían. Pero lo que más pesaba no era el cuerpo, sino la realidad que me había caído encima la noche anterior como una tonelada de ladrillos: era padre.
Me levanté sacudiéndome el polvo de la ropa. La luz de la mañana entraba sin piedad por las ventanas rotas de la “Casa de los Suspiros”, revelando la magnitud del desastre que había comprado. Si anoche parecía una ruina romántica, hoy parecía simplemente un basurero caro. Había vigas podridas, nidos de ratones en las esquinas y una humedad que había dibujado mapas de moho negro en las paredes.
—Buenos días, papá —murmuré al aire, probando la palabra en mi boca. Me supo extraña, ajena, pero con un retrogusto dulce.
Salí al pórtico para respirar. El aire de la sierra era tan puro que casi dolía en los pulmones acostumbrados al smog de la ciudad. El paisaje era imponente: montañas verdes cubiertas de neblina matutina, pinos gigantescos y, allá abajo, en el valle, el humo de las chimeneas de las casas comenzando el día. Y ahí, a unos quinientos metros, se veía el techo de teja roja de la casa de Vera.
Mi hija estaba ahí.
—¡Quihubo, doc! ¿Sobrevivió o se lo comieron los nahuales?
La voz de Don Goyo me hizo saltar. El anciano estaba recargado en mi cerca (o lo que quedaba de ella), masticando una ramita. Traía una olla de barro humeante en las manos.
—Sobreviví, Don Goyo. Apenas.
—Le traje café de olla y unas gorditas de nata que hizo mi vieja. Dijo: “Llévale al doctor, se le ve cara de hambre y de que no sabe ni prender un fogón”.
Acepté la comida como si fuera maná del cielo. Mientras comía con una avidez vergonzosa, Don Goyo observó la casa y negó con la cabeza.
—Tiene mucha chamba, doc. Esta casa es como las mujeres bravas: necesita mano firme pero mucho cariño, si no, se te cae encima.
—Voy a arreglarla, Don Goyo. No me voy a ir.
—Eso dicen todos los de ciudad. Aguantan una semana sin internet y sin agua caliente, y salen corriendo.
—Yo no tengo a dónde correr —dije, y hablaba en serio.
Después de desayunar y recibir una cátedra de Don Goyo sobre cómo sacar agua del pozo sin matarse en el intento, agarré mi maletín médico. Me rasuré con agua fría, me puse la camisa menos arrugada que tenía y caminé hacia la casa de Vera.
Cada paso era una batalla entre el deseo de verlas y el terror de enfrentar a Vera.
Al llegar, la puerta estaba abierta. Se escuchaba música de radio, una de esas rancheras viejitas que hablan de amores perdidos.
—¡Buenos días! —grité desde la entrada, respetuoso.
Vera salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Me miró de arriba abajo, evaluando si había cumplido mi promesa de regresar o si ya estaba haciendo las maletas.
—Llegas temprano —dijo seca.
—Soy puntual. Es defecto profesional. ¿Cómo está la paciente?
—Amaneció con dolor, pero ya comió. Pásale.
Entré. La casa de Vera olía a canela, a leña y a limpieza. Era humilde, pisos de cemento pulido y muebles sencillos, pero tenía ese calor de hogar que mi departamento de lujo jamás tuvo.
Alejandra estaba en el sofá, con la pierna elevada sobre cojines. Tenía un libro en las manos, pero lo bajó en cuanto me vio.
—Hola, doctor.
—Hola, Ale. ¿Cómo te sientes del uno al diez?
—Como un siete. Me punza mucho.
Me acerqué y empecé a revisar el vendaje. Sus dedos tenían buen color y temperatura, señal de que la circulación estaba bien. Mientras palpaba, no podía dejar de mirarla de reojo. Tenía mis manos. Dedos largos, hábiles. ¿Sería cirujana algún día? ¿O artista? ¿Qué le gustaba? No sabía nada de ella.
—¿Eres de la ciudad, verdad? —preguntó ella, rompiendo el silencio incómodo.
—Sí. De la capital.
—¿Y qué haces aquí en “San José de Nadie”? Aquí nunca viene gente nueva, menos doctores.
—Me cansé del ruido, Ale. A veces uno necesita silencio para escuchar lo que es importante. —La miré a los ojos—. Además, me dijeron que el aire de aquí cura todo.
Ella soltó una risita.
—Pues a mí el aire no me curó la pierna, me la rompí.
—Buen punto. —Sonreí—. Pero para eso estoy yo. Para ayudar al aire.
Vera nos observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada era un muro de contención. Veía cómo interactuábamos, vigilando cualquier desliz, cualquier palabra que pudiera revelar el secreto.
—Necesitamos ir al pueblo por yeso de verdad y unos analgésicos más fuertes —dije, levantándome—. Y también necesito materiales para mi casa. ¿Dónde puedo conseguir cosas?
—En la ferretería de Don Chucho, junto a la plaza —dijo Vera—. Pero cuidado, doctor. En este pueblo las noticias vuelan más rápido que el viento. Ya todos saben que llegaste. Si vas, prepárate para el interrogatorio.
—No tengo nada que ocultar —mentí. Tenía el secreto más grande de mi vida oculto en la garganta.
Bajé al pueblo en mi coche. San José era pintoresco: calles empedradas, una iglesia colonial amarilla y una plaza con un kiosco oxidado. La gente se me quedaba viendo descaradamente. Era “el fuereño”.
Entré a la ferretería. Don Chucho, un hombre con bigote de morsa, me atendió.
—Así que usted es el que compró la Casa de los Suspiros… y el que le arregló la pata a la hija de la Vera.
—Las noticias vuelan, en efecto. Soy Nicolás.
—Mucho gusto. Oiga, doc… —Don Chucho se inclinó sobre el mostrador, bajando la voz—. ¿Es cierto que lo corrieron de un hospital grandote por salvar a una bruja?
Me quedé helado.
—¿Cómo sabe eso?
—Aquí se sabe todo, doc. La Doña Rosa tiene familia en el pueblo de al lado. Dicen que usted es un santo o un loco. Aquí respetamos a los dos.
Compré cemento, cal, clavos, madera y el yeso médico que necesitaba en la farmacia contigua. Sentía las miradas en mi nuca. Ya no era solo “el nuevo”. Era una leyenda urbana en construcción.
Regresé a casa de Vera para ponerle el yeso definitivo a Ale. Fue un procedimiento rápido. Ella fue valiente, mordiendo un trapo para no gritar cuando tuve que manipular la pierna.
—Eres muy fuerte, Ale —le dije, limpiándole una lágrima de la mejilla—. Tienes madera de guerrera.
—Mi mamá dice que soy terca como una mula —respondió ella, sonriendo débilmente—. Dice que lo saqué de mi papá.
Sentí que el suelo se abría.
—¿Ah, sí? —pregunté, tratando de sonar casual, mientras Vera tensaba la mandíbula en la esquina—. ¿Y tu papá era terco?
—No sé. No lo conocí. Se murió antes de que yo naciera. —Ale se encogió de hombros con esa indiferencia adolescente que duele más que el llanto—. Mamá dice que era un hombre muy listo, pero que la vida se lo llevó rápido.
Miré a Vera. Sus ojos me desafiaban: “Atrévete a desmentirme”.
—Seguro que sí era listo —dije con la garganta cerrada—. Y seguro estaría muy orgulloso de ti.
Salí de esa casa sintiéndome el hombre más miserable del planeta. Mi hija creía que estaba muerto. Y en cierto modo, el “Nicolás” que pudo haber sido su padre sí murió hace dieciséis años. Ahora tenía que nacer uno nuevo.
Esa tarde, me dediqué a trabajar en mi casa con una furia maníaca. Arranqué la madera podrida del piso hasta que mis manos, manos de cirujano acostumbradas a la delicadeza, sangraron por las astillas. Necesitaba el dolor físico para acallar el dolor emocional.
—¡Órale, doc! ¡No se desquite con el suelo! —Don Goyo apareció de nuevo, esta vez con un martillo—. A ver, preste acá. Usted agarra el martillo como si fuera bisturí. Así no entra el clavo.
Me enseñó. Trabajamos juntos hasta que cayó el sol.
—¿Por qué me ayuda, Don Goyo? —pregunté, sudando y lleno de polvo.
—Porque aquí en la sierra, si no nos ayudamos, nos lleva la chingada, doc. Además… —me guiñó un ojo— me cae bien. Se ve que trae penas de amor. Y un hombre con penas de amor trabaja duro para olvidar.
Esa noche, caí rendido. Pero antes de dormir, miré por la ventana hacia la casa de Vera. Una luz estaba prendida. Imaginé a Ale durmiendo y a Vera velando su sueño.
—Voy a arreglar esto —juré a la oscuridad—. Aunque me cueste la vida, voy a arreglarlo.
CAPÍTULO 6: El Juramento de la Sierra
Pasaron dos semanas. Dos semanas donde mi rutina se volvió monástica: levantarme al alba, trabajar en la reconstrucción de la casa hasta el mediodía, ir a ver a Ale para revisar su pierna y hacer terapia física, comer algo rápido y volver a trabajar hasta caer desmayado.
La gente del pueblo empezó a perder el miedo. Primero fue Doña Chuy, la de la tienda, que me pidió que le revisara unas varices. Luego el cura, que tenía una tos crónica. Como no tenía consultorio, los atendía en el pórtico de mi casa, sentado en cajas de madera, usando mi maletín. No les cobraba. ¿Con qué me iban a pagar? Me traían huevos, gallinas vivas, tamales, queso fresco. Mi despensa estaba más llena que cuando ganaba cien mil pesos al mes.
Pero la verdadera prueba de fuego, la que definiría mi destino en San José, llegó un martes por la tarde.
Estaba arriba del techo, intentando tapar goteras antes de que llegara la temporada de lluvias fuertes, cuando escuché un motor rugiendo y cláxones desesperados.
Una camioneta pickup vieja subía la cuesta a toda velocidad, derrapando en la grava.
—¡Doctor! ¡Doctor, ayúdenos!
Bajé de la escalera casi matándome. De la camioneta saltaron dos hombres cubiertos de polvo y sangre. En la caja de la pickup, un tercero se retorcía gritando.
—¿Qué pasó? —grité corriendo hacia ellos.
—¡El machete, doc! ¡Se le fue el machete limpiando la milpa! ¡Se rebanó la pierna!
Miré al herido. Era un muchacho joven, no más de veinte años. Tenía un corte profundo en el muslo, justo encima de la rodilla. La sangre salía a borbotones, pulsátil. Arteria femoral comprometida o muy cerca de estarlo.
—¡Bájenlo! ¡Rápido! —ordené.
—¿A dónde, doc? ¿A su casa? ¡Está todo sucio!
—¡Al pórtico! ¡Pónganlo sobre la mesa de madera!
No había tiempo de esterilizar nada. No había anestesiólogo. No había enfermera. Solo yo y el monte.
—¡Don Goyo! —grité, sabiendo que el viejo siempre andaba cerca—. ¡Traiga agua hirviendo y todo el alcohol que tenga! ¡Ustedes, agárrenlo fuerte!
Corrí por mi maletín. Saqué el torniquete, las pinzas hemostáticas y el hilo de sutura.
El chico se estaba poniendo pálido, entrando en shock hipovolémico.
—Mírame, hijo. Mírame —le grité, dándole unas cachetadas leves para que no perdiera la consciencia—. Te llamas Pedro, ¿verdad? Pedro, no te vas a morir hoy. No en mi guardia.
Apliqué el torniquete con fuerza. El sangrado disminuyó, pero no paró. Tenía que ligar el vaso.
—Voy a tener que abrir un poco más para encontrar la arteria. Va a doler como el diablo. ¡Agárrenlo!
En ese momento, sentí una presencia a mi lado. Unas manos expertas colocaron un paño limpio sobre la herida y me pasaron una gasa.
Volteé. Era Vera.
—Escuché los gritos —dijo, pálida pero firme—. Fui enfermera auxiliar un tiempo en el centro de salud antes de… bueno, antes. Dime qué hago.
No hubo tiempo para preguntas.
—Irriga con alcohol. Presiona aquí. No sueltes aunque grite.
Vera asintió. Sus manos no temblaban. Trabajamos en perfecta sincronía, como si hubiéramos operado juntos toda la vida. Ella anticipaba mis movimientos. “Gasa”. “Tijera”. “Limpia”.
Encontré la arteria desgarrada. Era un desastre, pero reparable. Con paciencia infinita, bajo la luz del sol que empezaba a caer, suturé el vaso sanguíneo.
—Suelta el torniquete despacio… —murmuré.
Vera obedeció.
La sangre fluyó, pero ya no escapó. El vaso aguantó.
—¡Eso es! —exhalé, sintiendo que las piernas me temblaban—. Está hecho.
Terminé de cerrar la piel y vendé la pierna. Pedro se había desmayado del dolor, pero su pulso era fuerte y estable.
Los hombres, campesinos rudos que probablemente habían visto de todo, me miraban con los ojos como platos.
—Le salvó la pierna, doc… Le salvó la vida.
Me dejé caer en el suelo del pórtico, manchado de sangre ajena, respirando agitadamente. Vera se sentó a mi lado, limpiándose las manos en su delantal.
Nos miramos. Por primera vez en dieciséis años, no había reproche en sus ojos. Había respeto. Había una chispa de admiración.
—No has perdido el toque, Nicolás —dijo suavemente.
—Tú tampoco. Eres una excelente instrumentista.
—Se hace lo que se puede. —Hizo una pausa—. Pedro es novio de una prima de Ale. Si se moría… hubiera sido una tragedia para la familia. Gracias.
—Es mi trabajo, Vera.
—No. Tu trabajo era en un hospital con aire acondicionado y sueldo seguro. Esto… —señaló al muchacho, la sangre, el caos— esto es vocación. Tal vez Rosa tenía razón. Tal vez sí sirves para esto.
Esa noche, la noticia corrió como pólvora. “El Doctor de la Sierra”, me empezaron a decir. Vinieron los padres de Pedro a traerme un guajolote vivo y una botella de mezcal. Agradecí, pero mi mente estaba en otro lado.
Vera me invitó a cenar. “Ale quiere verte”, dijo. “Y yo creo que te ganaste una cena caliente”.
Estábamos sentados a la mesa. Ale, con su yeso, nos miraba a los dos con curiosidad.
—Oye, doc… —dijo Ale, picando su comida—. ¿Por qué mi mamá y tú se entienden tan bien? Parecían un equipo hoy.
Vera y yo nos congelamos.
—Cuando uno trabaja en medicina, Ale, aprende a entenderse con cualquiera para salvar una vida —dije rápido, demasiado rápido.
—Mmm. —Ale entrecerró los ojos—. Mi mamá nunca le cae bien nadie de la ciudad. Dice que son unos presumidos. Pero contigo es diferente.
—Come, Alejandra —ordenó Vera, nerviosa.
—Es que… —Ale insistió—. Hay algo raro. Te pareces a alguien. No sé a quién, pero cuando te veo, siento que ya te conocía.
Sentí un nudo en la garganta. La sangre llama. Dicen que la sangre siempre reconoce a la sangre.
—Tengo una cara común, Ale —dije con una sonrisa triste—. Cara de doctor cansado.
Después de la cena, ayudé a Vera a lavar los platos. El roce de nuestros brazos en el fregadero pequeño era eléctrico.
—Estuvo cerca —susurró ella.
—Ella es lista, Vera. Se va a dar cuenta.
—No si tú no abres la boca.
—No puedo seguir mintiendo para siempre. Hoy, cuando vi a ese muchacho casi morir, pensé… si yo me muero mañana, ella nunca sabrá que la amo. Que es mi hija.
Vera dejó el plato y se giró hacia mí. Sus ojos estaban cristalizados.
—Si le dices ahora, la vas a confundir. La vas a lastimar. Ella te idealiza, Nicolás. Idealiza al padre muerto que fue un héroe. Si se entera que su padre está vivo y que simplemente la abandonó… la vas a destruir.
—No la abandoné a ella. Te abandoné a ti. No sabía que ella existía.
—Para una niña de quince años es lo mismo. —Vera me puso una mano en el pecho, sobre el corazón—. Gánatela. Gánate el derecho a ser su padre. No por sangre, sino por amor. Sigue haciendo lo que hiciste hoy. Demuéstrame que este “Nicolás de la Sierra” es el verdadero, y que el “Doctor Sánchez” de la ciudad se murió para siempre.
—Te lo juro, Vera. Ese hombre ya no existe.
—Más te vale. Porque si la lastimas… te mato yo misma.
Salí de su casa bajo un cielo estrellado impresionante. Me sentía agotado, adolorido, pero extrañamente en paz. Tenía un camino largo por recorrer. Tenía que reconstruir una casa, reconstruir mi reputación y, lo más difícil, reconstruir la confianza de las dos mujeres de mi vida.
Pero mientras caminaba hacia mi ruina, escuché el sonido de un teléfono celular. El mío.
Era extraño, casi nunca había señal.
Lo saqué del bolsillo. Número desconocido.
Contesté.
—¿Bueno?
—¿Doctor Sánchez? —Una voz familiar. Una voz que me heló la sangre. La voz chillona y arrogante de Yuri Antonovich Cantú.
—¿Qué quiere? —gruñí.
—Vaya, así que sigues vivo. Me costó encontrarte. Escuché rumores… dicen que estás ejerciendo en un pueblo perdido.
—No estoy ejerciendo. Estoy ayudando. Es diferente.
—Da igual. Solo llamaba para avisarte… no creas que te libraste de mí tan fácil. Estoy moviendo mis influencias. Voy a asegurarme de que te quiten la licencia médica. No vas a poder recetar ni una aspirina en todo México. Voy a destruirte, Nicolás. Nadie me humilla y se va de rositas.
Colgó.
Me quedé parado en medio del camino oscuro, con el teléfono en la mano.
El miedo intentó volver. El viejo miedo al poder, al dinero, a la injusticia.
Pero luego miré hacia la casa de Vera. Miré hacia mi casa, donde Don Goyo había dejado una lámpara prendida para mí.
Y sentí algo nuevo. Una rabia fría y dura.
—Inténtalo, infeliz —susurré al teléfono muerto—. Ven a buscarme a la sierra. Aquí no valen tus apellidos ni tus palancas. Aquí valen los hombres. Y yo ya no estoy solo.
Apreté el teléfono hasta que crujió el plástico. La guerra no había terminado. Apenas empezaba. Pero esta vez, yo tenía algo por qué pelear.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: La Tormenta y el Juicio de la Sierra
La paz en la sierra es engañosa. Uno se acostumbra al silencio de los pinos y al canto de los grillos, y olvida que allá abajo, en la ciudad de concreto, la envidia nunca duerme.
Habían pasado tres meses. Mi casa, la antigua “Casa de los Suspiros”, ya no suspiraba de tristeza. Ahora olía a madera barnizada, a café recién hecho y a pintura fresca. Con la ayuda de Don Goyo y otros vecinos que me pagaban las consultas con mano de obra, había levantado el techo, resanado las paredes y puesto ventanas nuevas. Ya no era una ruina; era un hogar. Un refugio.
Mi relación con Vera y Alejandra había entrado en una rutina dulce y peligrosa. Ale ya caminaba sin muletas, aunque cojeaba un poco todavía. Iba a mi casa casi todas las tardes para sus ejercicios de rehabilitación y, de paso, para curiosear mis libros de medicina.
—¿Y esto para qué sirve, Nico? —preguntaba, señalando un diagrama del corazón.
—Para bombear sangre, Ale. Y para romperse cuando uno se enamora de la persona equivocada —respondía yo, y ella reía, sin saber que hablaba de su madre y de mí.
Pero esa tarde de martes, el cielo se puso negro. No era lluvia, era algo peor.
Desde mi pórtico, vi una caravana de tres camionetas negras, lujosas, subiendo por el camino de terracería, levantando una nube de polvo que asfixiaba el aire limpio de la montaña. Detrás de ellas, una patrulla de la policía estatal y una ambulancia privada.
El corazón se me heló. Sabía quién venía.
Bajé las escaleras del pórtico y me planté en medio del camino, cruzado de brazos. Si iban a venir por mí, me encontrarían de pie.
Las camionetas se detuvieron frente a mi cerca. Se bajaron varios hombres de traje, con carpetas bajo el brazo, mirando con asco el lodo en sus zapatos. Y del vehículo principal, descendió él. Yuri Antonovich Cantú.
Se veía fuera de lugar, ridículo con su traje italiano en medio del monte, pero su sonrisa era la de un tiburón que huele sangre.
—Te lo dije, Sánchez —gritó, ajustándose la corbata—. Te dije que te iba a encontrar hasta debajo de las piedras.
—¿Qué quieres, Cantú? —pregunté tranquilo, aunque por dentro me temblaban las rodillas—. Aquí no tienes jurisdicción. Esto es propiedad privada.
—¿Ah, no? —Se rio y señaló a los hombres de las carpetas—. Te presento a los inspectores de la COFEPRIS y al fiscal del estado. Tenemos una orden de cateo y una orden de aprehensión.
—¿Aprehensión? ¿Por qué?
—Ejercicio indebido de la profesión, establecimiento de clínica clandestina sin permisos sanitarios, poner en riesgo la salud pública… —Empezó a enumerar con los dedos—. Y robo de insumos del Hospital General. Esa me la inventé yo, pero ¿quién le va a creer a un doctor despedido?
Hizo una seña a los policías.
—Espósenlo.
Dos oficiales se acercaron. No opuse resistencia. Sabía que si peleaba, me iría peor. Me pusieron las esposas frías en las muñecas, apretándolas más de lo necesario.
—¡Déjenlo! —El grito desgarrador vino de la casa de abajo.
Vera corría cuesta arriba, con el rostro desencajado. Detrás de ella, Alejandra intentaba seguirle el paso, cojeando.
—¡No tienen derecho! —Vera se interpuso entre los policías y yo, empujando a uno con una fuerza de leona—. ¡Él no ha hecho nada! ¡Solo ayuda a la gente!
—Vaya, vaya… —Cantú miró a Vera con lujuria mal disimulada—. Así que esta es la famosa “falsa enfermera” que te ayuda en tus carnicerías. Llévensela también por complicidad.
—¡A ella no la toques! —bramé, intentando zafarme—. ¡Cantú, te juro que si la tocas te mato!
—¡Uy, qué miedo! —se burló—. Súbanlos a la patrulla. Clausuren este chiquero. Y si la niña estorba, llamen al DIF para que se la lleven.
Al escuchar eso, algo se rompió dentro de mí. Pero antes de que pudiera hacer una locura, sucedió el milagro. El milagro de la sierra.
—¡Nadie se lleva al doctor!
La voz retumbó como un trueno. De entre los árboles, de los caminos vecinales, de las milpas, empezó a salir gente.
Primero fue Don Goyo con su machete en la mano. Luego los hermanos Pérez con palas. Doña Chuy con un palo de amasar. El muchacho al que le salvé la pierna, Pedro, llegó apoyado en un bastón, acompañado de veinte hombres más.
En cuestión de minutos, la policía y la comitiva de Cantú estaban rodeadas por más de cien personas. No gritaban. No insultaban. Solo estaban ahí, formando un muro humano, con rostros curtidos por el sol y miradas que decían: “De aquí no pasas”.
—¿Qué es esto? —Cantú retrocedió, pálido—. ¡Oficiales, dispérsenlos! ¡Disparen al aire!
El comandante de la policía, un hombre viejo que conocía la sierra, negó con la cabeza.
—Licenciado, con todo respeto… si disparo, no salimos vivos de aquí. Esta gente no es de la que se asusta. Esta gente defiende lo suyo.
—¡Son unos salvajes! —chilló Cantú, perdiendo la compostura—. ¡Sánchez, diles que se quiten!
Miré a mi pueblo. Mi gente.
—No puedo, Cantú —dije con una sonrisa torcida—. Yo solo soy el doctor. Ellos son la autoridad moral aquí. Y parece que no les caes bien.
El ambiente estaba tenso como cuerda de violín. Un movimiento en falso y correría sangre.
Pero el destino, o tal vez la maldición de Rosa, tenía un último giro preparado.
Cantú, rojo de ira y frustración, empezó a jadear. Se llevó la mano al pecho.
—Me… me falta el aire… —balbuceó.
—Es la altura, señor, cálmese —dijo uno de sus asistentes.
—No… es… —Cantú se dobló sobre sí mismo y cayó de rodillas al suelo polvoriento. Su rostro se tornó grisáceo. Se agarraba el brazo izquierdo.
Yo sabía lo que era. Lo había visto mil veces.
Infarto agudo al miocardio. Masivo. El estrés, la altura y su mala condición física le habían cobrado factura en el peor momento.
—¡Se está muriendo! —gritó el fiscal—. ¡Llamen a la ambulancia!
El paramédico de la ambulancia privada corrió, pero se detuvo en seco.
—¡No traemos equipo de reanimación avanzada! ¡Solo es una ambulancia de traslado! ¡Pensamos que veníamos a un arresto!
Cantú estaba en el suelo, boqueando como un pez fuera del agua. Sus ojos, llenos de terror, me buscaron. Ya no había arrogancia en ellos. Solo miedo puro a la muerte.
—¡Quítenme las esposas! —grité a los policías.
—Pero… —dudó el oficial.
—¡Se les va a morir el Director del Hospital General en la cara! ¿Quieren cargar con esa culpa? ¡Quítenmelas, carajo!
El comandante me liberó.
Me sobé las muñecas un segundo y corrí hacia Cantú. Me arrodillé en la tierra junto a él.
—Yuri, escúchame —le dije, abofeteándole la cara suavemente—. No te vas a morir. No te voy a dar el gusto de convertirte en mártir en mi patio.
—Ayúdame… —susurró, con lágrimas en los ojos—. No quiero morir…
—Vera, maletín. ¡Ahora! —ordené sin mirar atrás. Sabía que ella reaccionaría.
En segundos, tenía mi estetoscopio y mis medicamentos. No tenía desfibrilador. No tenía oxígeno. Solo tenía mis manos y mi cerebro.
—Mastica esto —le metí tres aspirinas en la boca—. ¡Don Goyo, tráigame la botella de mezcal, rápido! El alcohol dilata los vasos. No es nitroglicerina, pero servirá.
Le di primeros auxilios ahí mismo, en el polvo, rodeado de sus matones y de mis defensores. Le di masaje cardíaco cuando su pulso bajó peligrosamente. Le inyecté un anticoagulante que guardaba como oro.
Fueron veinte minutos eternos. Veinte minutos donde la vida de mi peor enemigo estuvo en mis manos. Podría haberlo dejado ir. Podría haber fingido que no podía hacer nada. Nadie me hubiera culpado.
Pero recordé las palabras de Rosa: “El odio te ata, Nicolás. El perdón te libera”.
Y recordé los ojos de mi hija, que me miraba desde la barrera, aterrorizada y fascinada.
Finalmente, el color volvió un poco a las mejillas de Cantú. Su respiración se estabilizó.
—Está estable —anuncié, poniéndome de pie y limpiándome las manos en el pantalón—. Súbanlo a la ambulancia y llévenlo al hospital más cercano. Si manejan rápido, se salva.
Los hombres de traje me miraron con asombro. El fiscal cerró su carpeta.
—Doctor Sánchez… —dijo, visiblemente incómodo—. Creo que… creo que no vamos a proceder con la clausura hoy.
—Lárguense —dije en voz baja—. Llévenselo y no vuelvan nunca.
El comandante de policía se tocó el ala del sombrero.
—Mis respetos, doc.
La caravana se fue, mucho más rápido y menos arrogante de lo que llegó.
Cuando el último coche desapareció en la curva, el pueblo estalló en vítores. Don Goyo me abrazó. Pedro me dio la mano.
Pero yo solo tenía ojos para dos personas.
Vera estaba llorando en silencio. Alejandra me miraba con una intensidad que me atravesaba el alma.
Me acerqué a ellas.
—¿Están bien? —pregunté.
Alejandra dio un paso al frente.
—¿Por qué lo salvaste? —preguntó con voz temblorosa—. Era malo. Quería llevarte preso. Quería lastimarnos.
—Porque soy médico, Ale —respondí, acariciándole el pelo—. Y porque si lo dejaba morir, yo no sería mejor que él.
Ella me miró un largo rato. Luego, miró a su madre.
—Mamá… —dijo Ale, y su voz cambió. Se volvió la voz de alguien que acaba de entender un secreto universal—. Tú dijiste que mi papá era un hombre listo y bueno, pero que se había ido.
—Sí, hija —susurró Vera, bajando la cabeza.
—Dijiste que se llamaba Nicolás. Como el doctor.
El silencio que siguió fue más fuerte que la tormenta que acabábamos de pasar.
Ale me miró. Miró mis ojos. Sus ojos. Miró mis manos. Sus manos.
—Tú no llegaste aquí por casualidad, ¿verdad? —preguntó, con lágrimas rodando por sus mejillas.
Miré a Vera. Ella asintió, dándome permiso. Dándome la absolución.
Me arrodillé frente a Alejandra para estar a su altura.
—No, mi amor. No fue casualidad. Fue el destino. Y fue la mejor decisión de mi vida.
CAPÍTULO 8: El Final del Círculo y la Visita Inesperada
La confesión no fue fácil. Hubo gritos, hubo llanto, hubo portazos. Alejandra tenía quince años y todo el derecho del mundo a estar furiosa. Me gritó que era un mentiroso, que me odiaba, que por qué había esperado tanto.
Yo aguanté todo. Aguanté cada reproche porque me lo merecía. No me defendí. Solo le dije la verdad: que fui un cobarde, que no sabía de ella, y que desde el momento en que supe que existía, mi único objetivo era ser digno de ella.
Pasaron días en los que no me habló. Vera actuó de mediadora, llevándole mis recados, explicándole cosas que solo una madre puede explicar.
Pero el tiempo, y el amor constante, ablandan hasta las piedras más duras de la sierra.
Un domingo por la tarde, mientras yo estaba pintando el barandal del pórtico, Ale apareció. Traía dos vasos de limonada.
Se sentó en el escalón, sin decir nada, y dejó un vaso a mi lado.
—Está haciendo calor —murmuró.
—Sí, mucho —respondí, tomando el vaso. Mis manos temblaban un poco.
—Mamá dice que vas a hacer un consultorio de verdad en el anexo de la casa.
—Ese es el plan. Si el arquitecto da el visto bueno.
—¿Quién es el arquitecto?
—Tú. —Sonreí—. Necesito que me digas dónde quieres las ventanas.
Ale sonrió. Fue una sonrisa pequeña, tímida, pero fue la primera sonrisa de “hija” que me regaló.
—Bueno… pero que sean grandes. Para que entre mucha luz.
Ese fue el comienzo.
Los meses siguientes fueron los mejores de mi vida. No recuperé los quince años perdidos, eso es imposible, pero empecé a construir los siguientes cincuenta. Cantú sobrevivió, pero quedó tan avergonzado (y probablemente asustado de que lo demandara por negligencia o abuso de poder) que pidió su traslado a otro estado. El nuevo director me envió una carta ofreciéndome restituirme mi licencia y dándome permisos para operar una clínica rural oficial.
La “Casa de los Suspiros” se convirtió en la “Clínica San José”. Vera, después de mucho rogarle y cortejarla como si fuéramos novios de secundaria, aceptó casarse conmigo. No hubo gran fiesta, solo una barbacoa con todo el pueblo, música de banda y mucho mezcal.
Pero la historia no podía terminar sin cerrar el último cabo suelto.
Era el día de mi boda. Estaba en el pórtico, ajustándome la corbata frente al espejo, nervioso como un adolescente. Vera estaba adentro vistiéndose. Ale corría de un lado a otro organizando a los invitados.
De repente, vi a alguien en la entrada del camino.
Una mujer mayor, con un vestido de flores y un rebozo colorido. Caminaba despacio, apoyada en un bastón de madera tallada.
El corazón me dio un vuelco.
Corrí hacia ella.
—¡Rosa! —grité—. ¡Rosa!
Ella levantó la vista y sonrió. Esa misma sonrisa enigmática, con sus dientes blanquísimos, que había visto en la cama del hospital aquella noche fatídica.
—Hola, doctor. O debería decir… ¿esposo y padre?
La abracé. La abracé fuerte, levantándola del suelo. Ella rio con su risa rasposa.
—¡Bájame, loco, que me vas a romper los huesos que tú mismo arreglaste!
—Pensé que no la volvería a ver —dije, con los ojos húmedos—. Usted… usted sabía todo. Todo lo que me dijo. Todo se cumplió.
—Yo solo leí el libro de tu vida, mijo. Tú fuiste el que tuvo los… el valor de escribir los capítulos que faltaban.
Miró hacia la casa, que ahora resplandecía llena de flores y gente feliz.
—Bonita casa. Ya no tiene fantasmas.
—Gracias a usted.
—No. Gracias a ti. Porque hiciste caso. Porque entendiste que la medicina no solo es curar cuerpos, sino curar destinos.
Vera salió al pórtico, vestida de blanco sencillo, hermosa como un amanecer. Ale estaba a su lado. Ambas miraron a Rosa con curiosidad.
—Nico, ¿quién es? —preguntó Vera.
Tomé la mano de Rosa y la llevé hacia ellas.
—Vera, Ale… les presento a la mujer que me salvó la vida para que yo pudiera encontrarlas a ustedes. Ella es Rosa. La vidente.
Rosa miró a Vera y asintió con respeto.
—Tienes buena mano para los puntos, mujer. Y para los hombres difíciles.
Vera rio y la abrazó.
—Bienvenida, Rosa. Quédese a la fiesta. Hay mole.
Rosa se quedó un rato. Comió, bailó una pieza con Don Goyo (que casi se infarta de la emoción) y bendijo nuestra unión con unas palabras en una lengua antigua que nadie entendió pero que todos sintieron en el corazón.
Cuando cayó la noche y la fiesta estaba en su apogeo, la busqué para agradecerle de nuevo, pero ya no estaba. Se había ido tan silenciosamente como había llegado.
Pregunté a los invitados si la habían visto salir.
—¿Cuál señora, doc? —me dijo Pedro, ya medio borracho—. Aquí no vino ninguna señora vieja. Solo estábamos nosotros.
Sonreí. Miré hacia la montaña oscura, hacia el camino donde se perdía la vista.
—Claro —susurré—. Gracias, Rosa. Donde quiera que estés.
Vera se acercó y me abrazó por la espalda. Ale se unió al abrazo, recargando su cabeza en mi hombro.
—¿En qué piensas, papá? —preguntó Ale.
Miré a mis dos mujeres. Miré mi casa. Miré mi pueblo.
—Pienso que la gitana tenía razón —dije, besando la frente de mi hija—. Me dijo que si compraba esta casa, lo que había perdido me iba a encontrar. Y vaya que me encontró.
El viento sopló entre los pinos, y por un momento, solo por un momento, me pareció escuchar una risa rasposa y una voz que decía: “Te lo dije, doctor. Te lo dije”.
FIN