
PARTE 1: LA JAULA DE ORO Y EL ECO DEL PASADO
CAPÍTULO 1: LA MANSIÓN DEL SILENCIO
El eco de los tacones de Larisa resonaba contra el mármol italiano del vestíbulo como si fueran disparos en una catedral vacía. Era una casa impresionante, de eso no había duda. Ubicada en uno de los fraccionamientos más exclusivos de la ciudad, con vigilancia armada en la entrada y vecinos cuyos apellidos aparecían frecuentemente en las revistas de sociales. Tenía ventanales de piso a techo que miraban hacia un jardín de diseño minimalista, candelabros que costaban lo que una familia promedio ganaba en un año y una cocina equipada con tecnología que Larisa dudaba que alguna vez fueran a usar.
Pero para ella, no era un hogar. Era un mausoleo.
—¿Qué tal, eh? —La voz de Igor rompió el silencio, cargada de esa autocomplacencia que últimamente lo definía—. ¿No te late? Mira la altura de los techos, Lari. Aquí se respira éxito. Huele a “ya la hicimos”, ¿a poco no?
Igor estaba parado en medio de la sala principal, con los brazos abiertos como si quisiera abarcar todo el espacio, como un emperador admirando su nuevo dominio. Llevaba un traje hecho a la medida, el reloj suizo brillando en su muñeca y esa sonrisa de comercial de pasta de dientes que usaba para cerrar tratos y encantar a las esposas de sus socios.
—Está increíble, Igor. De verdad… es inmensa —respondió Larisa, forzando una sonrisa que sentía tirante, como si tuviera la piel de la cara hecha de cartón. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos sobre el suéter de cachemira. Hacía frío. Un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado centralizado.
—¡Pues claro que es inmensa! —Igor caminó hacia ella, sus pasos firmes y sonoros—. Tres recámaras con baño propio, sala de cine, cava subterránea… Y lo mejor, mi reina, es que ya no vamos a tener que escuchar a los vecinos nacos del departamento anterior. Aquí pura gente bien.
Se acercó y le dio un beso rápido en la frente, un beso de trámite, seco y sin pasión. Luego, su mirada recorrió el cuerpo de su esposa, deteniéndose brevemente en su vientre plano antes de desviar la vista con una mueca casi imperceptible de incomodidad.
—Espero que con esto se te acaben las ganas de llorar, mujer —soltó, con un tono que pretendía ser bromista pero que destilaba impaciencia—. Ya estuvo suave, ¿no? Llevas dos meses con la cara larga. Entiendo que te dolió, pero la vida sigue. El negocio no se detiene por… bueno, por los contratiempos de la naturaleza.
Larisa sintió como si le hubieran dado una bofetada con un guante de seda. “Contratiempos de la naturaleza”. Así llamaba él a la muerte de su hijo.
Hacía ocho semanas, Larisa había estado en una sala de urgencias, gritando de dolor y terror mientras sentía que la vida se le escapaba entre las piernas. Habían sido cinco años de intentos, de tratamientos hormonales que la hinchaban y la ponían de mal humor, de calendarios marcados y esperanzas rotas. Y cuando por fin la prueba salió positiva, cuando por fin escucharon ese latido rápido y fuerte en el ultrasonido, ella pensó que Dios los había bendecido.
Pero el milagro duró diez semanas. Y mientras ella se desangraba emocionalmente en esa cama de hospital, Igor estaba en el pasillo hablando por celular, preocupado porque se perdería una cena con unos inversionistas de Monterrey.
—No son solo ganas de llorar, Igor —susurró ella, desviando la mirada hacia las cajas de mudanza apiladas en una esquina—. Es… duelo.
—¡Ay, ya vas a empezar! —Igor bufó, sacando su celular que acababa de vibrar—. Mira, nena, te compré la casa de tus sueños. Tienes la tarjeta negra sin límite. Tienes el coche del año. ¿Qué más quieres? A ver, dime, ¿qué te falta? Porque yo me parto el lomo trabajando para que tú vivas como reina, y lo único que recibo son caras largas.
—No me falta nada material, Igor. Solo… tiempo.
—Pues tómate el tiempo que quieras, pero con otra cara, por favor. Hoy vienen los Villarreal a conocer la casa. Quiero que estés despampanante. Nada de ojos rojos ni dramas de telenovela. Ponte ese vestido rojo que me gusta, el escotado.
Sin esperar respuesta, contestó el teléfono.
—¡Quihubo, licenciado! No, hombre, ¿cómo crees? Ya estamos instalados… Sí, la casa está de huevos, tienes que venir…
Larisa aprovechó que él estaba distraído presumiendo su nueva adquisición para escapar. Subió la escalera flotante de madera y cristal, sintiendo que las piernas le pesaban toneladas. Entró en la recámara principal, un espacio que parecía más un lobby de hotel que un cuarto íntimo, y se dirigió al vestidor.
Necesitaba aire. Necesitaba esconderse.
Caminó hacia el fondo del vestidor, pasando filas de sus propios zapatos de diseñador y los trajes impecables de Igor ordenados por color. Al final, en un rincón oscuro destinado a “cosas varias”, los mudanceros habían dejado una pila de cajas que no encajaban en ninguna categoría.
Larisa se dejó caer al suelo, sobre la alfombra afelpada. Suspiró profundamente, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con arruinarle el maquillaje antes de la cena.
—Maldita sea —murmuró, recargando la cabeza en una caja de cartón maltratada.
La caja estaba fuera de lugar. No tenía el logotipo de la empresa de mudanzas de lujo que habían contratado. Era una caja vieja, de esas de huevo que se consiguen en el mercado, amarrada con un mecate fibroso. Larisa frunció el ceño. Igor era un maniático del orden y la estética; odiaba todo lo que se viera “viejo” o “chafa”. ¿Cómo había llegado eso ahí?
La curiosidad, o quizás el simple deseo de distraer su mente del dolor, la impulsó a desatar el nudo. El mecate estaba áspero y polvoriento. Al abrir las tapas de cartón, un olor peculiar emergió de su interior. No olía a la casa nueva, a pintura y lavanda. Olía a papel viejo, a humedad, a hierbas secas y… a humo de leña.
Larisa tosió un poco y empezó a sacar el contenido.
Lo primero que encontró fueron libros. Pero no eran los libros de negocios de Igor, ni sus novelas best-sellers. Eran libros de texto de primaria, de esos que daba la SEP en los años 90, con las portadas desgastadas y las esquinas dobladas.
—¿De quién es esto? —se preguntó en voz alta.
Debajo de los libros había cuadernos. “Cuaderno de Tareas – Igor – 3ro B”. La letra era infantil, redonda y aplicada. Larisa sonrió melancólicamente. Igor nunca hablaba de su infancia. Siempre decía que había sido “normal y aburrida” antes de que sus padres murieran en aquel accidente cuando él estaba en la universidad.
Siguió escarbando. Encontró un trompo de madera con la punta oxidada, una honda hecha con una rama y un pedazo de cuero, y un suéter tejido a mano, de lana cruda, que picaba solo de verlo pero que se sentía increíblemente cálido.
Y al fondo, protegido por un plástico amarillento, había un sobre de manila abultado.
Larisa lo tomó con cuidado, sintiendo que estaba violando una intimidad sagrada, pero incapaz de detenerse. Abrió el broche metálico y deslizó el contenido sobre su regazo.
Eran fotografías. Docenas de ellas.
La mayoría eran en blanco y negro o en un color sepia desvaído por el sol. Mostraban paisajes que Larisa jamás asociaría con su esposo: campos de maíz bajo un sol inclemente, caminos de tierra, una escuela rural con techo de lámina, gallinas corriendo por un patio de tierra apisonada.
Pero fue una foto en particular la que le robó el aliento.
Era un retrato de estudio, de esos antiguos donde pintaban las mejillas a mano. En ella aparecía una mujer joven. Tenía la piel morena, tostada por el sol, los pómulos altos y unos ojos negros profundos, llenos de una ternura infinita. Llevaba el cabello negro recogido en dos trenzas gruesas que caían sobre un pecho cubierto por una blusa bordada con flores de colores brillantes. En sus brazos, sostenía a un bebé regordete, desnudo, que miraba a la cámara con ojos asustados.
Larisa volteó la foto. Al reverso, con una caligrafía temblorosa pero cuidada, decía:
“Mi pedacito de cielo y yo. Primer año de mi Igor. Que la Virgencita me lo cuide siempre.”
El corazón de Larisa empezó a galopar. Miró al bebé. Tenía el mismo lunar en la oreja izquierda que su esposo. Era él. Sin duda alguna.
Pero Igor le había dicho que sus padres eran profesionistas. Que su papá era ingeniero y su mamá enfermera. Que vivían en la ciudad de Puebla. Que murieron en la carretera México-Puebla un día de lluvia. Esa era la historia oficial. La historia que Larisa le había contado a sus amigas, a sus padres.
—¿Quién es ella? —susurró, tomando otra foto.
En esta, el niño ya tenía unos siete años. Estaba recibiendo un diploma en el patio de una escuela rural. La misma mujer, ahora un poco más mayor, lo abrazaba con orgullo, vestida con un rebozo sencillo y huaraches.
Igor no venía de una familia de clase media urbana. Igor venía del campo. De la pobreza profunda.
—¡Larisa! ¿Dónde te metiste? ¡Los Villarreal llegan en media hora!
La voz de Igor, ahora cerca de la puerta de la habitación, la hizo saltar. El pánico la invadió. Intentó meter las fotos de regreso al sobre, pero las manos le temblaban tanto que se le cayeron varias al suelo.
Igor entró al vestidor ajustándose la corbata. Su sonrisa se borró instantáneamente al ver el desorden.
—¿Qué haces ahí tirada? Te dije que te arreglaras, no que te pusieras a jugar con… —Se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en la foto que Larisa sostenía: la de la mujer de trenzas—. ¿De dónde sacaste eso?
Su voz no sonó enojada al principio, sino aterrorizada. Pero el terror en Igor rápidamente se transformaba en ira.
—Estaba… estaba en esta caja —balbuceó Larisa, poniéndose de pie con la foto en la mano—. Igor… esta mujer… dice que es tu mamá.
Igor se abalanzó sobre ella. No la golpeó, pero le arrancó la foto con tal violencia que rasgó una esquina.
—¡Te dije que tiraran esa maldita caja! —gritó, su rostro poniéndose rojo, las venas del cuello saltadas—. ¡Le pagué extra a los cargadores para que se deshicieran de la basura! ¡Inútiles!
—¿Basura? —Larisa sintió una indignación fría nacer en su estómago—. Igor, es una foto de tu madre. Se ve… se ve que te adora. ¿Por qué me mentiste? Me dijiste que tus padres murieron cuando estabas en la uni. Me dijiste que eran de ciudad.
—¡Y murieron! —bramó él, arrugando la foto en su puño como si quisiera triturar el recuerdo—. Para mí están muertos. Esa mujer… esa mujer no existe en mi mundo, Larisa. ¿Me oyes? ¡No existe!
—Pero está viva… —Larisa dio un paso atrás, asustada por la violencia contenida en los ojos de su esposo—. ¿Está viva y la niegas? ¿Por qué? ¿Porque es humilde? ¿Porque es indígena?
Igor soltó una risa amarga, cruel.
—¿Humilde? ¡Es una ignorante! ¡Una india que no sabe ni hablar español bien! —La palabra “india” salió de su boca cargada de un veneno racista que Larisa jamás le había escuchado—. Mira dónde vives, Larisa. Mira este piso, mira tu ropa. ¿Crees que esto se consigue pidiendo limosna o vendiendo tortillas? Yo salí del lodo. Me costó sangre quitarme el acento de pueblo, me costó años aprender a comer con cubiertos, a vestirme, a ser alguien. No voy a dejar que una vieja con rebozo venga a ensuciar mi imagen.
—Es tu madre, Igor… Ella te dio la vida.
—Me dio la vida en un petate, Larisa. En un suelo de tierra. Yo elegí mi destino. Ella eligió quedarse ahí, en su miseria, rezándole a sus santos y criando gallinas. Yo le mandé dinero una vez, le dije que se comprara algo decente. ¿Y sabes qué hizo? Se compró una vaca. ¡Una vaca! —Igor tiró la foto arrugada al rincón, junto a la caja—. No tenemos nada en común. Ella es el pasado. Un pasado vergonzoso que enterré hace mucho. Y tú vas a hacer lo mismo.
Larisa lo miró como si fuera un extraño. El hombre elegante, el empresario exitoso, se desmoronaba frente a ella, revelando a un niño asustado y cruel, avergonzado de su propia sangre.
—No puedo creer que seas así… —susurró ella.
—Pues créelo. Y arréglate la cara. Si le dices una palabra de esto a los Villarreal, o a cualquiera, te juro que te vas a arrepentir. Aquí no pasó nada. Esa caja se va a la basura mañana mismo.
Igor dio media vuelta, se acomodó el saco con un movimiento brusco y salió del vestidor, dejándola sola con el eco de su crueldad.
Larisa se quedó inmóvil un momento. Luego, corrió hacia la foto arrugada. La alisó con lágrimas en los ojos. La mujer de la foto sonreía, ajena al desprecio de su hijo. Larisa miró la caja. Había algo más al fondo. Un cuaderno grueso, de pastas duras, con el lomo desgastado.
Lo tomó. Al abrirlo, leyó la primera página:
“Diario de María. Para cuando me fallen los ojos y la memoria. Aquí guardo a mi hijo.”
Larisa supo entonces que esa noche no dormiría. Y supo también que su matrimonio, esa jaula de oro perfecta, acababa de romperse para siempre.
CAPÍTULO 2: LAS CARTAS DEL OLVIDO
La cena con los Villarreal fue una tortura china. Larisa se sentó a la cabecera de la mesa de caoba, con el vestido rojo que Igor había elegido, sonriendo mecánicamente cada vez que alguien elogiaba el vino o la decoración. Escuchaba a Igor hablar de “retorno de inversión”, “mercados emergentes” y “networking”, y cada palabra le sonaba falsa, hueca.
Mientras él brindaba con copas de cristal de Bohemia, Larisa solo podía pensar en la caja escondida en el fondo de su vestidor.
A las dos de la mañana, cuando los invitados por fin se fueron e Igor cayó rendido en la cama, narcotizado por el whisky y su propio ego, Larisa se levantó. No encendió las luces principales. Con la linterna de su celular, fue al vestidor, sacó el cuaderno y se encerró en el baño de visitas, el lugar más alejado de la recámara principal.
Se sentó en el suelo frío, abrazada al cuaderno como si fuera una tabla de salvación en medio de un naufragio.
Abrió la primera página. La letra de María era grande, con faltas de ortografía ocasionales, pero llena de una expresividad dolorosa.
“12 de Agosto. Hoy se fue mi Igor. Se subió al camión que va pa’ la capital. Llevaba su maleta nueva y los zapatos que le compramos con la venta de la cosecha. No volteó pa’ atrás. Yo quería correr y abrazarlo, pero él me dijo: ‘No llores, jefa, que me avergüenzas’. Se fue mi niño. La casa se siente muy grande y muy fría sin sus gritos.”
Larisa sintió un nudo en la garganta. Siguió leyendo. Pasaron las horas y las páginas. El diario abarcaba diez años. Diez años de soledad documentada.
“Navidad. Hice los tamales de dulce que le gustan. Maté al guajolote más gordo pa’l mole. Esperé todo el día en la carretera a ver si pasaba el camión. Don Chucho, el chofer, me dijo que no venía nadie más. Mi Igor no vino. Seguro tiene mucho estudio. Él va a ser licenciado, un hombre importante. Diosito, cuídamelo mucho y que coma bien.”
Las lágrimas de Larisa caían libremente sobre el papel. Podía imaginar a esa mujer, sola en una cocina humilde, calentando tortillas para un hijo que estaba cenando en restaurantes de lujo, avergonzado de ella.
Las entradas se volvían más tristes con el paso de los años. La esperanza de María se iba desgastando, convirtiéndose en una resignación mansa.
“Vino Igor. Fue de rápido. Trajo una muchacha güera, muy bonita, pero que no quiso bajarse del coche porque dijo que había mucho lodo. Igor entró, no quiso agua, no quiso café. Me dio un sobre con dinero y me dijo: ‘Ten, cómprate algo, y arregla la casa que se ve muy fea’. Me dolió más eso que si me hubiera pegado. No quiero su dinero, quiero que me abrace. Se fue a los diez minutos. Dice que le urge regresar a su mundo.”
Larisa cerró los ojos. “Su mundo”. Ese mundo de plástico en el que ella vivía. Ella era parte de ese mundo que había lastimado a María.
Llegó a las últimas páginas, escritas hacía apenas unas semanas. La caligrafía era más temblorosa, quizás por la edad, quizás por la tristeza.
“Ya me canso mucho. Las piernas me duelen con el frío de la sierra. El doctor Valerio dice que es la reuma, pero yo sé que es la pena. La pena se mete en los huesos. Ya casi es mi cumpleaños. Sesenta años. ¡Quién lo diría! Seis décadas de bregar. Nadie se acuerda ya. Aquí en el pueblo quedan puros viejos. Solo le pido a mi Virgencita que me deje ver a mi Igor una vez más. Que venga a mis sesenta. Es este sábado. Le tejí una bufanda azul. Sé que a él no le gusta lo tejido, prefiere lo comprado, pero es lana virgen, calienta bonito. Si no viene ahora, ya no creo que venga nunca.”
Larisa miró la fecha de la entrada. Era de hace tres días. Miró su celular. Hoy era miércoles. El sábado era el cumpleaños de María.
Faltaban tres días.
—Él lo sabe —murmuró Larisa, sintiendo una furia helada—. Él sabe cuándo es el cumpleaños de su madre y no piensa ir. Ni siquiera lo mencionó.
Se levantó del suelo. Las piernas se le habían dormido, pero su mente estaba más despierta que nunca. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y miró a su alrededor. La cafetera de 50 mil pesos, el refrigerador inteligente… todo le daba asco.
—Se acabó, Igor —dijo al aire.
A la mañana siguiente, el desayuno fue tenso. Igor leía las noticias financieras en su tablet mientras comía papaya picada.
—Igor… —empezó Larisa, untando mantequilla en un pan tostado con una calma que no sentía—. Este fin de semana pensaba ir a Valle de Bravo. Claudia, mi amiga de la prepa, se está divorciando. Está fatal, la pobre. Me pidió que la acompañara unos días a su casa del lago.
Igor ni siquiera levantó la vista.
—¿Ah, sí? Mmm. Pues ve. Me sirve.
—¿Te sirve?
—Sí, tengo mucho trabajo. Voy a estar todo el fin encerrado en la oficina revisando los contratos de la fusión con los japoneses. Mejor que no estés para que no te aburras aquí sola. Además, así no me distraes.
Larisa notó cómo a Igor se le escapaba una media sonrisa. “Trabajo”. Sabía perfectamente que ese trabajo tenía nombre y apellido, y probablemente unas piernas largas y menos escrúpulos que ella. Hace meses le hubiera dolido. Hoy, solo sintió alivio. Le estaba dando el pase de salida en bandeja de plata.
—Perfecto. Me llevo la camioneta grande, por si necesitamos mover cosas de Claudia.
—Llévatela. Solo no me estés llamando a cada rato, ¿va? Voy a estar en modo avión mucho tiempo. Reuniones confidenciales.
—No te preocupes. No te voy a molestar.
Ese mismo día, Larisa hizo algo que jamás había hecho. Fue al mercado de abastos. Compró chocolates finos, pero también compró fruta fresca, una botella de buen tequila, y en una tienda departamental, compró un rebozo de seda gris perla, elegante pero tradicional, y un relicario de plata donde puso una foto suya, la única que tenía donde se veía genuinamente feliz.
En el diario venía la dirección: “San Juan de las Manzanas, Sierra Norte. Preguntar por la casa de la Maestra Mari, junto a la escuela vieja.”
El viernes por la mañana, Larisa cargó la camioneta SUV de lujo y salió de la ciudad.
El viaje fue una transición entre dos mundos. Primero, las autopistas perfectas de cuota, rodeadas de fábricas y anuncios espectaculares. Luego, las carreteras estatales, más angostas, flanqueadas por campos de agave azul que se extendían hasta el horizonte. Y finalmente, la sierra.
El camino empezó a subir. El aire acondicionado del coche se volvió innecesario; el aire de afuera era fresco y olía a pino y tierra mojada. La carretera se convirtió en una serpiente de asfalto llena de baches, rodeada de bosques densos donde la niebla se agarraba a las copas de los árboles como fantasmas.
Larisa manejaba con los nudillos blancos. Nunca había manejado en carretera de montaña. Las curvas eran cerradas y peligrosas. El GPS de la camioneta había perdido la señal hacía una hora. Solo la guiaban los letreros oxidados que aparecían de vez en cuando: “San Juan de las Manzanas – 40 km”.
De repente, al tomar una curva cerrada, sintió un golpe brutal. La camioneta se sacudió violentamente hacia la derecha. El volante se puso rígido. Larisa frenó a fondo, el corazón latiéndole en la garganta.
Bajó del vehículo. El silencio de la sierra la golpeó. No había ruido de motores, ni bocinas, solo el viento silbando entre los pinos y el canto lejano de un pájaro.
Miró la llanta delantera derecha. Estaba destrozada, desgarrada por una piedra afilada que había caído de la ladera. El rin de aluminio de lujo estaba doblado.
—No puede ser… —Larisa quiso llorar.
Sacó su celular. “Sin Servicio”. “Solo llamadas de emergencia”. Intentó marcar al 911, pero ni siquiera eso conectaba. Estaba sola, en medio de la nada, con una camioneta de dos millones de pesos que ahora servía lo mismo que una piedra.
Abrió la cajuela. Sí, había llanta de refacción, pero al ver el gato hidráulico y la llave de cruz, se dio cuenta de su completa inutilidad. Igor siempre se burlaba de ella: “Para qué aprendes eso, nena, si para eso están los seguros o los choferes”.
Pasó media hora. El sol empezaba a bajar y las sombras de los árboles se alargaban, convirtiéndose en garras oscuras sobre el asfalto. El frío empezaba a calar a través de su ropa ligera.
—Voy a morir aquí congelada —pensó, con un dramatismo que empezaba a sentirse real.
Entonces, escuchó algo. Un ruido asmático, como de una tos mecánica. Puf-puf-puf-puf.
A lo lejos, saliendo de una curva, apareció un Volkswagen Sedán blanco, un “vochito” clásico, de esos que ya casi no se veían en la ciudad. Venía lleno de lodo, con una canastilla en el techo cargada de cajas.
Larisa corrió al centro de la carretera agitando los brazos.
—¡Ayuda! ¡Por favor!
El vochito frenó con un chirrido agudo. La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre.
Larisa retrocedió un paso por instinto. El hombre era alto, llevaba botas de trabajo llenas de tierra, unos jeans gastados y una camisa de franela a cuadros. Tenía barba de un par de días y el cabello negro un poco alborotado.
Pero cuando él sonrió, el miedo de Larisa se disipó.
—¡Híjole, señorita! —exclamó el hombre, mirando la camioneta—. Se ve que la montaña le dio una mordida a su nave. ¿Está bien? ¿No le pasó nada?
Tenía una voz grave pero amable, con ese acento cantadito de la gente de la sierra, franco y directo.
—Estoy bien… solo es la llanta. No tengo señal y… la verdad no tengo idea de cómo cambiarla —admitió ella, sintiéndose la mujer más inútil del mundo.
El hombre soltó una risita y se acercó.
—No se agüite. Estas carreteras son traicioneras, hasta a los coyotes se les ponchan las patas. Me llamo Valerio. Soy el médico del pueblo de allá arriba. A ver, déjeme ver el daño.
Valerio se agachó frente a la llanta, inspeccionándola con ojo clínico.
—Uff, sí, le dio con ganas. Pero tiene arreglo. ¿Trae refacción?
—Sí, está en la cajuela.
—Perfecto. Ahorita en un dos por tres queda.
Valerio se arremangó la camisa, revelando unos brazos fuertes, curtidos por el trabajo, no por el gimnasio como los de Igor. Sacó sus propias herramientas del vocho, mucho más viejas y gastadas que las de Larisa, pero las manejaba con una destreza hipnotizante.
Mientras aflojaba los birlos, platicaba para calmarla.
—¿Y qué anda haciendo una catrina como usted tan lejos de la civilización? Por acá no sube mucho turismo, a menos que se hayan perdido buscando las cabañas de Mazamitla.
Larisa dudó. No quería decir quién era.
—Voy a San Juan de las Manzanas. Busco a… a una persona.
—Pues va por buen camino, nomás que le falta un tramo feo. ¿A quién busca? Digo, si no es indiscreción. Allá todos nos conocemos.
—Busco a la maestra María. María Danilovna.
Valerio detuvo la llave de cruz en el aire. Levantó la vista y la miró directamente a los ojos. Su expresión cambió de la amabilidad casual a una curiosidad intensa.
—¿A Doña Mari? —Su rostro se iluminó con una sonrisa genuina—. ¡Ah, caray! Pues va usted a visitar a la mera mera del pueblo. Yo voy para allá, soy su vecino. De hecho, le llevo sus medicinas.
Larisa sintió un alivio inmenso.
—¿La conoces bien?
—¿Que si la conozco? Es como mi segunda madre. Esa mujer es una santa. Ha enseñado a leer a medio pueblo, incluyéndome a mí cuando era chamaco. —Valerio volvió a apretar los birlos con fuerza—. Pero me sorprende… Doña Mari casi no recibe visitas de fuera. ¿Es usted pariente? Porque que yo sepa, su hijo… —Valerio se calló de golpe, mordiéndose la lengua—. Bueno, mejor no meto la pata.
Larisa bajó la mirada.
—Soy… una amiga de la familia. Vengo a darle una sorpresa por su cumpleaños.
—¡Eso es todo! —Valerio se puso de pie y se limpió las manos en un trapo rojo—. Le va a dar un gusto enorme. La pobre Doña Mari pasa sus cumpleaños muy solita. Pero este año va a ser diferente, ya verá.
Terminó de asegurar la llanta y guardó todo en la cajuela de la camioneta. Larisa sacó su cartera.
—¿Cuánto te debo, Valerio? De verdad, me salvaste la vida.
Valerio negó con la cabeza, riendo.
—Guarde eso, señorita. Aquí en la sierra no cobramos por ayudar al prójimo. Hoy por ti, mañana por mí. Además, si va a ver a Doña Mari, ya es amiga mía.
—Gracias… soy Larisa.
—Mucho gusto, Larisa. Mire, el camino se pone más feo adelante. Hay mucha neblina y baches que parecen cráteres lunares. Sígame. Yo me voy despacito en el vocho y usted se pega atrás de mí. No la voy a dejar sola hasta que lleguemos a la puerta de la maestra.
Larisa asintió, conmovida por la generosidad de ese extraño.
—Gracias, Valerio.
Subió a su camioneta de lujo, que ahora se sentía más humilde con esa llanta de refacción delgada. Arrancó el motor y siguió las pequeñas luces rojas del vocho viejo que se adentraba en la niebla.
Mientras subían la montaña, Larisa sintió que dejaba atrás no solo la ciudad, sino toda su vida anterior. Iba hacia lo desconocido, guiada por un médico de pueblo, para conocer a la madre que su esposo había “asesinado” en su memoria.
El destino estaba a la vuelta de la curva.
CAPÍTULO 3: EL SANTUARIO DE ADOBE Y LA MENTIRA PIADOSA
La niebla en la Sierra Norte no cae, te abraza. Es una blancura espesa, húmeda y fría que borra el mundo y te obliga a mirar solo lo que tienes justo enfrente. Larisa conducía su camioneta SUV aferrada al volante, siguiendo las dos lucecitas rojas y tenues del viejo vocho de Valerio, que parpadeaban como luciérnagas moribundas en medio de la nada.
Habían dejado el asfalto hacía veinte minutos. Ahora, las llantas de la camioneta crujían sobre una brecha de tierra roja y piedras sueltas. A los lados, las siluetas de los ocotes gigantes se alzaban como guardianes espectrales. No había señal de celular, ni luces de alumbrado público, ni una sola indicación de que el siglo XXI hubiera llegado a ese rincón del mundo.
De pronto, el vocho se detuvo frente a una tranca de madera vieja. Valerio bajó, iluminado por los faros de la camioneta de Larisa. La lluvia había comenzado a caer, una llovizna fina y helada, el famoso “chipi-chipi” que cala hasta los huesos. El médico abrió la tranca, le hizo una señal con la mano para que pasara y volvió a cerrar tras ella.
Avanzaron cien metros más hasta que llegaron a un pequeño claro. Allí, en medio de la oscuridad y el silencio del bosque, se alzaba una casita.
No era una ruina, pero estaba lejos de ser la mansión que Igor habitaba. Era una construcción de adobe encalado, con techo de teja a dos aguas que mostraba el musgo de los años. El humo blanco salía perezosamente de una chimenea, llevando consigo el olor inconfundible a leña de encino y café tostado. En el corredor frontal, macetas hechas con botes de manteca y latas de chiles en vinagre desbordaban geranios rojos y blancos, cuidados con un amor que desafiaba la pobreza del entorno.
Larisa apagó el motor. El silencio regresó, solo roto por el ladrido lejano de un perro y el goteo de la lluvia en las hojas.
Valerio se acercó a la ventanilla de Larisa, que bajó el cristal sintiendo el golpe frío del aire de la montaña.
—Llegamos, señorita Larisa —dijo él en voz baja, como si temiera romper el encanto del lugar—. Esta es la casa de Doña Mari.
Larisa sintió que el estómago se le hacía pequeño. Estaba a punto de enfrentar la verdad que su esposo había ocultado durante años. Se miró en el espejo retrovisor: el maquillaje perfecto, el cabello de salón, el suéter de marca. Se sentía ridícula. Una intrusa disfrazada de riqueza en un lugar donde la autenticidad se respiraba en el aire.
—Gracias, Valerio —susurró.
Bajaron de los vehículos. Antes de que pudieran llamar a la puerta de madera, esta se abrió.
Una figura pequeña apareció en el umbral, recortada contra la luz cálida y amarilla del interior. Era ella. La mujer de las fotos. Pero el tiempo no había perdonado. Su espalda estaba un poco encorvada, y el cabello, que en las fotos eran trenzas negras como el azabache, ahora era una cascada de plata recogida en un chongo bajo. Llevaba un vestido sencillo de flores, cubierto por un delantal a cuadros y un chal de lana gris sobre los hombros.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la mujer, entrecerrando los ojos hacia la oscuridad—. ¿Eres tú, Vale?
—Soy yo, Doña Mari —respondió el médico con una ternura que a Larisa le conmovió—. Y no vengo solo. Le traigo visita.
—¿Visita? —La mujer se ajustó los lentes, que colgaban de una cadena en su cuello, y dio un paso adelante.
Larisa salió de la sombra.
—Buenas noches, señora María —dijo, con la voz temblorosa.
María se quedó quieta un segundo, examinando a la mujer elegante que tenía enfrente. Larisa esperó el rechazo, la desconfianza. Pero lo que recibió fue una sonrisa que iluminó la noche, una sonrisa llena de huecos dentales pero rebosante de calidez.
—¡Válgame Dios! ¡Qué muchacha tan chula! —exclamó María, abriendo los brazos—. Pásenle, pásenle, que se me van a congelar. ¡Qué milagro que alguien venga a este cerro olvidado!
Entraron a la casa. El interior era humilde, con piso de tierra apisonada tan duro y limpio que parecía cemento pulido. Las paredes estaban adornadas con calendarios de carnicerías de años pasados y un altar enorme en una esquina, lleno de veladoras, flores frescas y una imagen de la Virgen de Guadalupe.
Pero lo que detuvo el corazón de Larisa fue la otra pared.
Era un santuario dedicado a Igor.
Había fotos escolares enmarcadas en marcos baratos de plástico dorado. Diplomas de aprovechamiento de la primaria pegados con cinta adhesiva. Una foto de Igor graduándose de la universidad, recortada de algún periódico local borroso. Y en el centro, la única foto reciente que parecía tener: un recorte de una revista de negocios donde Igor salía dando la mano a un político, que María había enmarcado con un marco de madera tallada a mano.
—Siéntense, hijos, siéntense —insistía María, moviendo sillas de paja alrededor de una mesa de madera cubierta con un hule de frutas—. Ahorita les sirvo un cafecito de olla para el frío. Vale, tú ya sabes dónde están las tazas.
—No se preocupe, Doña Mari, yo le ayudo —dijo Valerio, moviéndose por la cocina con la familiaridad de un hijo.
Larisa se quedó de pie, hipnotizada por las fotos.
—Es mi orgullo —dijo María, notando la mirada de Larisa. Se acercó a ella, limpiándose las manos en el delantal—. Mi Igor. Es un hombre muy importante allá en la ciudad. Licenciado y empresario. ¿Verdad que es guapo?
—Sí… muy guapo —respondió Larisa, sintiendo que la bilis le subía a la garganta.
—Usted perdone la pobreza, señorita… ¿cómo me dijo que se llamaba?
—Larisa. Soy… —Larisa dudó. Tenía el “soy su esposa” en la punta de la lengua, pero al ver la devoción inocente en los ojos de María, no pudo hacerlo. No podía destruirle la ilusión de golpe. No podía decirle: “Tu hijo te niega, dice que estás muerta y tiró tus fotos a la basura”.
—Soy una… conocida de Igor —mintió, improvisando sobre la marcha—. Trabajo en… en temas sociales. Estoy haciendo un estudio sobre la zona y… bueno, Igor me habló alguna vez de este pueblo. Y vine a ver si podía… conocer.
No era la mejor mentira, pero a María le bastó. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Él le habló de aquí? —preguntó, juntando las manos como en plegaria—. ¿Mi hijo se acuerda de su pueblo?
—Sí —mintió Larisa de nuevo, sintiendo que se condenaba al infierno con cada palabra—. Él… él tiene mucho trabajo, ya sabe cómo son los negocios, pero… bueno, yo pasaba por aquí y quería saludarla.
—¡Bendito sea Dios! —María se persignó—. Vale, ¿escuchaste? ¡Mi Igor habla de nosotros! ¡No nos ha olvidado!
Valerio, que servía el café en jarritos de barro, cruzó una mirada con Larisa. Había duda en sus ojos, pero también complicidad. Él sabía que Igor no hablaba de esto. Él sabía que Larisa estaba mintiendo para proteger el corazón de la anciana.
—Claro que no, Doña Mari —dijo Valerio, poniéndole una mano en el hombro—. Un hijo nunca olvida a su madre. Tómese su café.
Se sentaron a la mesa. María sacó un canasto con pan dulce, conchas y orejas que seguramente había comprado días atrás, esperando una visita que nunca llegaba. El pan estaba un poco duro, pero Larisa lo mojó en el café de olla —dulce, con canela y piloncillo— y le supo a gloria. Le supo a hogar.
—¿Y cómo está él? —preguntó María, con avidez—. Hace… hace tiempo que no sé nada. El teléfono de la caseta del pueblo se descompuso y… bueno, él es un hombre ocupado.
—Está bien —dijo Larisa, tragando saliva—. Tiene mucho éxito. La casa… tiene una casa muy grande.
—¡Me lo imagino! Él siempre dijo que iba a vivir en un palacio. Desde chiquito me decía: “Mamá, cuando sea grande te voy a comprar una casa de oro”. —María rió, una risa cantarina y juvenil—. Yo no quiero casa de oro, con que él esté sano y coma bien, me basta. ¿Come bien? Lo veo flaquito en las fotos de la revista.
—Come bien, Doña María. Demasiado bien, a veces.
La conversación fluyó. María no paraba de hablar de la infancia de Igor. De cómo era el mejor de la clase, de cómo se peleaba con los niños que mataban pájaros, de cómo la cuidaba cuando ella se enfermaba.
Larisa escuchaba cada anécdota como si le estuvieran contando la vida de un extraño. El niño noble y cariñoso que describía María no tenía nada que ver con el hombre egoísta y materialista con el que ella vivía. “¿En qué momento cambiaste, Igor? ¿En qué momento el dinero te pudrió el alma?”, pensó.
—Señorita Larisa —dijo María de repente, poniéndose seria—, ¿usted sabe si él… si él es feliz?
La pregunta tomó a Larisa por sorpresa.
—¿Feliz?
—Sí. Tiene dinero, tiene fama… pero, ¿tiene paz? En sus ojos, en las fotos, se ve… se ve duro. Como si estuviera enojado con el mundo.
Larisa sintió las lágrimas picarle los ojos. Esa mujer sencilla, que apenas había terminado la primaria, conocía a su hijo mejor que nadie. Veía a través de los trajes caros y las sonrisas falsas.
—Creo que… creo que le falta algo, Doña María. A veces, cuando uno tiene todo, se da cuenta de que no tiene nada.
María asintió lentamente, mojando su pan en el café.
—La soledad del rico es la más fea, mija. Porque está llena de ruido, pero vacía de amor. Yo aquí estoy sola, pero tengo a mis vecinos, tengo a mi Vale que me cuida, tengo a mis recuerdos. No me siento sola. Él… él me preocupa.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento y lluvia.
Una niña de unos ocho años, empapada y llorando a gritos, entró corriendo.
—¡Doña Mari! ¡Doña Mari! —gritó la pequeña, con la cara manchada de lodo y lágrimas.
Valerio se levantó de un salto, sus instintos médicos activándose al instante.
—¿Qué pasa, Lupita?
—¡Es mi papá! —sollozó la niña, señalando hacia afuera—. ¡Se cayó! Estaba arreglando el techo de las gallinas porque se metía el agua y… ¡se cayó y no se mueve! ¡Está gritando muy feo!
—¡Santo Cielo! —María se llevó las manos a la boca.
—¡Vamos! —ordenó Valerio. Tomó su maletín médico que había dejado junto a la puerta—. Larisa, quédese con Doña Mari.
—¡No! —Larisa se levantó impulsada por una adrenalina desconocida—. Yo voy. Puedo ayudar.
—Está lloviendo y hay lodo…
—¡Dije que voy! —Larisa no esperó respuesta.
Salieron corriendo a la noche lluviosa. Larisa olvidó sus zapatos de diseñador, olvidó el frío, olvidó quién era. Solo corrió detrás de la luz de la linterna de Valerio y la niña que sollozaba.
Corrieron unos doscientos metros entre matorrales y caminos resbalosos hasta llegar a una casa vecina, aún más humilde que la de María. En la parte trasera, junto a un corral de madera vieja, un hombre yacía en el suelo, retorciéndose de dolor bajo la lluvia.
Valerio se arrodilló junto a él inmediatamente.
—¡Tranquilo, Chuy, ya estoy aquí! —gritó Valerio para hacerse oír sobre la lluvia—. ¡No te muevas!
—¡Me rompí la pata, Vale! ¡Ay, diosito, cómo duele! —gritaba el hombre, agarrándose el muslo derecho.
Larisa llegó jadeando. La escena era caótica. La esposa del hombre lloraba histérica, tratando de levantarlo, lo cual era lo peor que podía hacer.
—¡Señora, no lo mueva! —gritó Larisa con autoridad, sorprendiéndose a sí misma. Agarró a la mujer de los hombros y la apartó suavemente—. Déjele espacio al doctor.
Larisa se arrodilló en el lodo junto a Valerio. Su pantalón beige de lino se arruinó al instante, pero no le importó.
—¿Qué hago? —preguntó a Valerio.
El médico la miró un segundo, evaluando si iba a desmayarse o a ayudar. Vio determinación en sus ojos.
—Alúmbrame aquí con tu celular, el mío se mojó. Y sosténle la cabeza. Necesito ver la fractura.
Larisa sacó su teléfono, encendió la linterna y se acercó. La pierna del hombre estaba en un ángulo antinatural. El hueso no había salido, pero la deformidad era evidente.
—Es fractura de fémur —diagnosticó Valerio rápidamente—. Necesitamos inmovilizarlo antes de moverlo, o el dolor lo va a matar. Larisa, necesito tablillas. ¡Busca madera! ¡Lo que sea!
Larisa miró a su alrededor. Vio unas estacas de madera tiradas cerca del corral. Corrió, resbalándose en el lodo, las tomó y regresó.
—¡Aquí están!
—Bien. Ahora necesito vendas o tela. ¡Rápido!
La esposa de Chuy estaba en shock. Larisa no lo pensó dos veces. Se quitó su rebozo de seda gris, ese que le había costado tres mil pesos esa misma mañana, y se lo entregó a Valerio.
—Úsalo. Es seda, es resistente.
Valerio la miró con asombro por una fracción de segundo, pero asintió. Con destreza, improvisó una férula usando las estacas y el rebozo de diseñador, atándolo firmemente alrededor de la pierna del hombre.
—¡Chuy, esto va a doler un chingo, hermano, pero aguanta! —advirtió Valerio.
El hombre gritó cuando Valerio ajustó la pierna, un grito que se mezcló con un trueno. Larisa le sostenía la cabeza, acariciándole el pelo empapado y sucio.
—Respire, Chuy, respire. Ya pasó lo peor. Míreme a mí. Respire conmigo —le decía Larisa, con una voz calmada y maternal que no sabía que tenía.
Entre los dos, y con ayuda de la esposa que reaccionó gracias a la calma de Larisa, lograron subir a Chuy a una carretilla plana para moverlo hasta donde pudiera entrar el vocho de Valerio.
Fue una operación titánica. Larisa empujaba, cargaba, se llenaba de barro hasta las orejas. Sus uñas de manicura perfecta se rompieron, su cabello era un desastre, pero se sentía más viva y útil que en los últimos cinco años organizando cócteles de beneficencia.
Finalmente, lograron subir a Chuy al asiento trasero del vocho, quitando el asiento del copiloto.
—Tengo que llevarlo al hospital regional, está a una hora —dijo Valerio, empapado y jadeando—. Larisa… estuviste increíble.
Larisa se miró las manos llenas de tierra y sangre seca (de un rasguño de Chuy).
—Ve con cuidado, Valerio. Yo… yo me quedo con María y con Lupita.
—¿Segura? Voy a tardar.
—Segura. No te preocupes por nosotras. Salva a Chuy.
Valerio arrancó el vocho y se perdió en la lluvia. Larisa se quedó allí, bajo la tormenta, abrazando a la esposa de Chuy y a la pequeña Lupita. Se sentía agotada, pero extrañamente limpia por dentro. El lodo había ensuciado su ropa, pero había lavado su culpa.
CAPÍTULO 4: LA VERDAD FRENTE AL FUEGO
Regresaron a casa de María media hora después, cuando la lluvia amainó un poco. Larisa llegó temblando de frío.
María las recibió con toallas calientes y más preocupación que una madre gallina.
—¡Ay, hijas de mi vida! ¡Mírense nada más! —decía, secándole el pelo a Larisa con una toalla áspera pero que olía a sol—. ¿Cómo está Chuy?
—Mal, pero Valerio ya se lo llevó. Va a estar bien —dijo Larisa, dejándose cuidar.
—Ven, mija, quítate esa ropa mojada. Te vas a enfermar. Te voy a prestar algo mío, aunque te va a quedar grande porque tú eres muy finita.
Larisa se cambió en el pequeño cuarto que había sido de Igor. Se puso un vestido de franela viejo de María y unos calcetines de lana gruesa. Se miró en el espejo manchado del ropero. Parecía otra persona. Parecía… real.
Cuando salió a la cocina, María estaba recalentando el café y haciendo unas tortillas a mano en el comal. El olor a masa cocida era reconfortante.
—Siéntate junto al fuego, mija, para que se te seque el alma —dijo María.
Larisa se sentó en un banquito bajo, cerca de la estufa de leña. El calor le devolvió el color a las mejillas.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando el crepitar de la leña.
—Eres buena mujer, Larisa —dijo María de repente, sin dejar de palmear las tortillas—. Se nota en cómo corriste a ayudar. No cualquiera se ensucia las manos por un extraño.
Larisa bajó la mirada. La culpa regresó con fuerza.
—No soy tan buena, María. Si supiera…
—¿Si supiera qué? —María se sentó frente a ella, ofreciéndole una tortilla recién hecha con sal—. Los ojos no mienten, mija. Tienes ojos tristes, pero corazón bueno.
Larisa tomó la tortilla. El calor le quemó los dedos, un dolor bienvenido. Miró a esa mujer anciana, pobre, abandonada, que le ofrecía su comida, su ropa y su casa sin pedir nada a cambio. Y pensó en Igor, en su mansión vacía, en su egoísmo. Pensó en cómo ella había sido cómplice de ese silencio durante cinco años, disfrutando del dinero que Igor ganaba mientras ignoraba de dónde venía.
No podía seguir mintiendo. No a ella. No después de haber compartido el pan y la emergencia.
—María… —la voz de Larisa se quebró—. Le mentí.
María dejó de sonreír, pero no se apartó. Se quedó quieta, esperando.
—¿En qué me mentiste, hija?
Larisa soltó el aire que había estado conteniendo desde que llegó.
—No soy una trabajadora social. No estoy haciendo un estudio.
—Me lo imaginaba —dijo María suavemente—. Nadie viene a este cerro por gusto, menos con esa ropa que traías.
—Conozco a Igor, sí. Pero… —Larisa levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas—. Soy su esposa, María. Soy Larisa. Soy su nuera.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo el chasquido de la leña. Larisa esperó el grito, el reproche. Esperó que María le preguntara por qué no habían venido antes, por qué Igor la había abandonado, por qué ella había permitido esa crueldad.
Pero María solo se llevó una mano al pecho, sobre el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza, sino de una emoción indescriptible.
—¿Su esposa? —susurró, como si no pudiera creer el milagro—. ¿Eres… eres la mujer de mi hijo?
—Sí. Llevamos cinco años casados.
—¡Cinco años! —María se levantó lentamente y se acercó a Larisa. Larisa se tensó, esperando el golpe. Pero María se arrodilló frente a ella, a pesar del dolor de sus rodillas, y le tomó las manos entre las suyas, callosas y calientes—. ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! No está solo. Mi niño no está solo. Tiene a alguien.
Larisa se quedó helada.
—María… ¿no está enojada? Igor… Igor no le habla. Igor dice que usted murió. Igor la ha tratado como… —Larisa no pudo terminar. Rompió a llorar, sollozando con fuerza, sacando todo el dolor del aborto, del desamor, de la vergüenza—. ¡Es un mal hijo! ¡Y yo soy una mala persona por no haberla buscado antes!
María la abrazó. Un abrazo fuerte, sólido, con olor a humo y a madre. Larisa hundió la cara en el hombro de la anciana y lloró como una niña.
—Shhh, ya, ya, mija. No llores —le acariciaba la espalda—. No eres mala. Estás aquí, ¿no? Viniste. Cruzaste el cerro, te llenaste de lodo, estás aquí en mi cocina. Eso es lo que cuenta.
—Pero Igor… él la niega. Me dijo que era huérfano. Encontré sus fotos en una caja que iba a tirar a la basura.
María suspiró, un sonido largo y doloroso, pero sin rencor.
—Yo sé cómo es mi Igor, mija. Siempre tuvo vergüenza. Vergüenza de nuestra pobreza, de mi ignorancia, de mis manos sucias. Él quería volar alto, y pensaba que yo era el peso que lo ataba al suelo. —María se separó un poco y le secó las lágrimas a Larisa con sus pulgares ásperos—. A veces, los hijos tienen que matar a sus padres en su corazón para poder ser lo que quieren ser. Duele, sí. Duele mucho. Pero yo soy su madre. Mi trabajo es amarlo, aunque él no me ame a mí. Mi trabajo es esperar. Y mira… mi espera valió la pena. Me mandó a ti.
La sabiduría y el perdón de esa mujer eran abrumadores. Larisa se sintió pequeña ante tal magnitud de espíritu.
—Vine a felicitarla —dijo Larisa, hipando—. Sé que mañana es su cumpleaños. Y sé que él no iba a venir.
—Viniste tú —repitió María, sonriendo con ternura—. Y eso es el mejor regalo que me ha dado la vida en diez años. Trajiste noticias de él. Sé que está vivo, que está casado con una mujer buena y valiente. Ya no pido más.
—Merece más, María. Merece mucho más. Y se lo voy a dar.
Larisa se puso de pie, con una determinación nueva brillando en sus ojos enrojecidos.
—Mañana vamos a celebrar sus sesenta años como se debe. No va a estar sola. Voy a hacer que este día sea inolvidable. Y le prometo una cosa, María… —Larisa tomó las manos de su suegra—. Igor va a saber de esto. Y si tiene un gramo de corazón todavía, se va a arrepentir. Pero si no… usted me tiene a mí ahora. No la voy a volver a dejar sola.
María lloró entonces, lágrimas silenciosas de gratitud.
En ese momento, se escuchó el motor del vocho regresando. Valerio entró, empapado y agotado, pero con buenas noticias.
—Ya lo enyesaron. Va a estar bien. Se va a quedar unos días en observación, pero la libró —dijo, dejándose caer en una silla. Luego, miró a las dos mujeres. Vio los ojos rojos, las manos entrelazadas, la intimidad del momento—. ¿Me perdí de algo?
Larisa miró a Valerio. Ya no era la señora rica y perdida. Era parte de esa familia extraña y rota que se estaba recomponiendo.
—Te perdiste de mucho, Valerio —dijo Larisa, sonriendo por primera vez con sinceridad en meses—. Pero siéntate. Hay café, hay tortillas… y hay mucha historia que contar.
Esa noche, Larisa no durmió en sábanas de hilo egipcio. Durmió en un catre viejo, tapada con cobijas de lana pesadas que picaban, escuchando la respiración tranquila de su suegra en la cama de al lado. Y por primera vez en años, durmió sin pastillas, sin angustia, sabiendo que estaba exactamente donde tenía que estar.
Mañana sería el cumpleaños. Y Larisa tenía un plan. Igor había construido una vida sobre mentiras; ella iba a celebrar la verdad, costara lo que costara.
PARTE 2: LA FIESTA DE LOS OLVIDADOS
CAPÍTULO 5: SOMBRAS DE SOSPECHA Y LUCES DE ESPERANZA
El amanecer en la Sierra Norte no entra por la ventana; se cuela por las rendijas de madera y huele a pino mojado y a café recién tostado. Larisa despertó no con la alarma de su iPhone, sino con el canto desafinado de un gallo que parecía estar justo al lado de su oreja.
Por un segundo, al abrir los ojos y ver las vigas de madera carcomida del techo, sintió pánico. No sabía dónde estaba. Buscó a tientas las sábanas de seda de 800 hilos, pero sus dedos encontraron la lana rasposa de una cobija San Marcos con el dibujo de un tigre deslavado.
Entonces, la memoria la golpeó. La llanta ponchada. Valerio. La pierna rota de Chuy. Y María. Su suegra.
Se sentó en el catre. Le dolía la espalda —ese colchón tenía más años que ella—, pero curiosamente, el dolor que sentía en el pecho desde el aborto había disminuido. Se sentía ligera.
Salió a la cocina. María ya estaba ahí, trajinando con una energía que desafiaba sus sesenta años a punto de cumplirse.
—Buenos días, dormilona —saludó María, volteando desde el fogón. Tenía las mejillas sonrosadas por el calor de la leña—. Te dejé dormir porque anoche fue una batalla campal. ¿Cómo amaneciste?
—Bien, Doña Mari. Mejor que en mucho tiempo —admitió Larisa. Se acercó al fogón para calentarse las manos—. ¿Necesita ayuda?
—Tú eres visita, mija. Siéntate. Pero si quieres ser útil, pica esa cebolla para los huevos a la mexicana.
Larisa tomó el cuchillo. En su casa, la empleada doméstica hacía todo. Ella ni siquiera sabía dónde guardaban las tablas de picar. Pero allí, en esa cocina humilde, picar cebolla se sentía como un acto sagrado de pertenencia.
Mientras desayunaban —huevos con chile, frijoles de la olla y tortillas que sabían a gloria—, Larisa trazó su plan.
—María, hoy es la víspera. Mañana cumple sesenta años.
María se encogió de hombros, restándole importancia.
—Un año más, un año menos. Lo importante es que estamos vivas.
—No, María. Sesenta años es un hito. Y vamos a celebrarlo. Quiero hacerle una fiesta.
María soltó una risita nerviosa.
—¿Fiesta? ¡Uy, mija! ¿Con qué ojos, divino tuerto? Aquí no hay dinero pa’ fiestas. Con que comamos un pollito, me doy por bien servida.
—Yo tengo dinero —dijo Larisa con firmeza. Pensó en la tarjeta negra de Igor, esa que él le daba para que se comprara “cosas bonitas” y lo dejara en paz. Bueno, iba a comprar algo muy bonito—. Y tengo una camioneta que, si Valerio me ayuda a cambiarle la llanta hoy mismo, nos puede llevar al pueblo grande a comprar todo lo necesario.
—Pero hija… no quiero que gastes por mí.
—No es gasto, es inversión. Inversión en alegría. Además… —Larisa le tomó la mano—, quiero conocer a sus amigos. A la gente que la ha cuidado cuando… cuando nosotros no estábamos.
María la miró con los ojos aguados y asintió.
—Está bien. Pero nada de lujos, ¿eh? Algo sencillito. Pozole. A la gente de aquí le encanta mi pozole.
—Pozole será. Y pastel. Y música.
Mientras tanto, a trescientos kilómetros de distancia, en la frialdad climatizada de la mansión, Igor se despertaba con un dolor de cabeza punzante.
A su lado, Tamara dormía boca abajo, con el cabello rubio teñido desparramado sobre la almohada. Igor la miró con una mezcla de deseo y fastidio. Tamara era divertida, sí. Era joven, ambiciosa y le aplaudía todos sus chistes. Era el accesorio perfecto para su crisis de la mediana edad. Pero era desordenada. Había dejado su copa de vino en la mesita de noche sin portavasos, dejando un cerco rojo en la madera fina.
—Maldita sea —murmuró Igor, levantándose.
Fue al baño y se miró al espejo. Las ojeras eran evidentes. El estrés de la fusión con la empresa japonesa lo estaba matando, y los auditores habían empezado a hacer preguntas incómodas sobre ciertos movimientos en las cuentas de las Islas Caimán.
—Todo está bajo control —se dijo a su reflejo, ensayando su sonrisa de tiburón—. Eres Igor, el rey del mundo.
Salió del baño y buscó su celular. Tenía cinco llamadas perdidas de su abogado y un mensaje de Larisa de hacía dos días: “Llegué bien. No hay mucha señal. Te aviso cuando regrese”.
—Vaya, la mosca muerta se dignó a escribir —bufó.
La ausencia de Larisa le convenía, por supuesto. Le daba libertad para traer a Tamara a la casa. Pero algo le molestaba. Larisa siempre era pegajosa, siempre llamaba, siempre mandaba fotos de “mira qué bonito paisaje”. Este silencio era… sospechoso.
Abrió una aplicación oculta en su teléfono: FindMyFamily. Había instalado el rastreador en el celular de Larisa hacía un año, no porque le importara su seguridad, sino por puro control. Quería saber dónde estaba su “inversión” en todo momento.
El mapa cargó lentamente. El punto azul que representaba a Larisa no estaba en Valle de Bravo, donde se suponía que estaba la casa de su amiga Claudia. El punto estaba en medio de una mancha verde y gris en el mapa, en la Sierra Norte de Puebla.
Igor frunció el ceño y amplió la imagen.
—¿Qué demonios? —murmuró.
El punto estaba clavado en una zona que él conocía demasiado bien. Una zona que había intentado borrar de su memoria con whisky y terapia barata.
“San Juan de las Manzanas”.
Igor sintió un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—¿Qué hace ahí? —se preguntó en voz alta, despertando a Tamara.
—¿Mmm? ¿Qué pasa, papi? —murmuró ella, estirándose como una gata.
—Nada. Duérmete.
Igor salió al balcón. Su mente trabajaba a mil por hora. ¿Larisa sabía? Imposible. Él nunca le había dicho el nombre del pueblo. Le había dicho que sus padres eran de Puebla capital.
“Seguro se perdió”, pensó, tratando de racionalizar. “Esa mujer no sabe ni usar el Waze. Se perdió y se le acabó la pila”.
Pero el punto azul seguía ahí, parpadeando acusadoramente. Estaba justo donde solía estar la casa de adobe. La casa de ella.
Una paranoia creciente se apoderó de él. ¿Y si Larisa había encontrado algo? ¿Y si la vieja seguía viva y le había contado… cosas? No, imposible. Su madre era una campesina ignorante. Larisa era una mujer de sociedad. No tenían nada en común. Si Larisa la veía, sentiría asco. Seguramente saldría huyendo.
—Pero lleva ahí dos días —susurró Igor.
Marcó el número de Larisa.
“El número que usted marcó se encuentra fuera del área de servicio o apagado”.
Igor apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No eran celos de amor. Eran celos de propiedad. Larisa era suya. Y su pasado era suyo para mantenerlo enterrado. Si esos dos mundos chocaban, el castillo de naipes que había construido podía derrumbarse.
—Más te vale que estés perdida, Larisa —gruñó—. Porque si estás jugando a la detective, te vas a arrepentir.
En la sierra, ajena a la tormenta que se gestaba en la ciudad, Larisa vivía su propia revolución.
Valerio llegó temprano en su vocho, trayendo un gato hidráulico industrial prestado del taller mecánico del pueblo de abajo.
—¡Buenos días a la gente bonita! —saludó, con esa energía inagotable—. ¿Cómo amaneció la abogada del pueblo? —bromeó, refiriéndose a cómo Larisa había defendido el tratamiento de Chuy la noche anterior.
—Amanecí con ganas de fiesta, doctor —respondió Larisa, saliendo al porche. Ya se había puesto su ropa “de ciudad” (unos jeans y una blusa sencilla), pero se había dejado el cabello suelto, sin alisar, y la cara lavada.
Valerio se detuvo un momento al verla. La luz de la mañana le sentaba bien. Se veía menos como una estatua de porcelana y más como una mujer de carne y hueso.
—Pues si hay fiesta, hay que chambearle. Vamos a arreglar esa llanta.
Entre los dos cambiaron la llanta. Larisa no se quedó mirando; Valerio le enseñó a colocar el gato, a aflojar los birlos (parándose sobre la llave de cruz para hacer palanca) y a asegurar la refacción.
—Listo. Ya eres una mujer de la sierra —dijo Valerio, limpiándose la grasa de la frente—. Ya no necesitas a nadie que te rescate.
Esa frase resonó en Larisa más de lo que Valerio imaginaba. Ya no necesito que me rescaten.
Subieron a la camioneta de Larisa para ir al pueblo grande, Zacatlán, a una hora de camino, para comprar las provisiones.
El viaje fue una revelación. Sin radio (la señal seguía muerta), llenaron el silencio con historias.
—¿Por qué te quedaste aquí, Valerio? —preguntó Larisa, manejando con cuidado por las curvas—. Eres un médico excelente. Podrías estar en un hospital privado en la Ciudad de México, ganando dinerales. Podrías tener… lo que tiene Igor.
Valerio miró por la ventana, hacia los barrancos profundos cubiertos de neblina.
—¿Lo que tiene Igor? —sonrió con tristeza—. ¿Te refieres a la prisa? ¿A la úlcera estomacal? ¿Al miedo de perderlo todo?
—Me refiero a la comodidad.
—La comodidad está sobrevalorada, Larisa. Mira, yo nací aquí. Mi papá, Don Andrés, era el único carpintero de la zona. Cuando yo era chico, hubo un incendio en el taller. Yo estaba adentro, jugando. Mi viejo se metió entre las llamas, me sacó cargando, me cubrió con su cuerpo. Él se quemó la mitad de la espalda y una pierna. Quedó cojo y con dolores crónicos para siempre.
Valerio hizo una pausa. Larisa sintió un nudo en la garganta.
—Él me salvó la vida. Sacrificó su cuerpo por mí. Crecí viéndolo sufrir, pero nunca quejarse. Él me pagó la carrera con cada mesa que lijaba, con cada silla que vendía. Cuando me gradué, tuve ofertas en Puebla. Pero un día vine a visitarlo y lo vi… lo vi viejo. Lo vi solo. Mi mamá ya había muerto. Y vi a la gente de aquí, muriéndose de cosas curables porque no había médico en cincuenta kilómetros.
Valerio se volvió hacia ella, sus ojos oscuros brillando con intensidad.
—Decidí que mi éxito no se iba a medir en pesos, sino en vidas. Me quedé por él. Para cuidarlo como él me cuidó. Y me quedé por Doña Mari, y por Chuy, y por todos. Aquí soy útil, Larisa. En la ciudad sería uno más. Aquí soy la diferencia entre la vida y la muerte para alguien. Eso… eso no se paga con American Express.
Larisa tuvo que orillarse un momento porque las lágrimas no la dejaban ver el camino.
—Perdón… es que… —sollozó—. Igor se avergüenza de su madre porque es pobre. Y tú… tú te quedaste por amor a tu padre. Son… son polos opuestos.
—Igor es un pendejo —dijo Valerio, suavemente pero con firmeza—. Perdón por la palabra. Pero dejar a una mujer como Doña Mari… eso no tiene nombre. Ella es oro puro. Y él cambió oro por espejitos.
Valerio puso una mano sobre el hombro de Larisa. No fue un gesto romántico, sino de apoyo humano.
—Pero tú no eres como él, Larisa. Tú estás aquí. Tú la estás rescatando.
—Yo no sabía…
—Pero ahora sabes. Y lo que hacemos con lo que sabemos es lo que nos define.
Llegaron a Zacatlán y arrasaron con el mercado. Larisa compró kilos de carne de puerco para el pozole, bolsas gigantes de maíz cacahuazintle, rábanos, lechugas, orégano. Compró cinco kilos de tortillas, cartones de cerveza, refrescos y una piñata de estrella. Compró papel picado de colores brillantes.
Y en una pastelería, encargó el pastel más grande que tenían: uno de tres leches con durazno y nuez, que decía “Felicidades María – 60 Años”.
De regreso, el coche iba cargado de olores y colores. Larisa se sentía eufórica.
—Oye, Valerio… —dijo, rompiendo el silencio—. Sobre tu papá… ¿él sigue vivo?
—Sí, claro. Vive conmigo, en la casa de junto al consultorio. Es un cascarrabias, pero tiene un corazón de pollo.
—¿Y es cierto lo que me dijo María? ¿Que él estaba enamorado de ella?
Valerio soltó una carcajada.
—¡Uff! ¡Es el chisme del siglo en el pueblo! Mi papá siempre estuvo templado de Doña Mari. Desde que eran chamacos. Pero ella se casó con el papá de Igor (que en paz descanse, aunque era medio borracho), y mi papá se casó con mi mamá. Pero ahora que los dos están solos… bueno, mi viejo no se anima. Dice que está muy “amolado” para ella. Que una mujer tan buena no merece un viejo cojo.
Larisa sonrió con picardía.
—Pues mañana vamos a arreglar eso también. Trae a tu papá a la fiesta. Y dile que se ponga guapo.
—¿De alcahueta también le haces, Larisa? —rió Valerio.
—De cupido, doctor. De cupido.
CAPÍTULO 6: LA DANZA DE LOS RECUERDOS
El sábado amaneció despejado, como si el cielo mismo quisiera pedir perdón por la lluvia de los días anteriores.
Desde temprano, la casa de María se transformó. Larisa, Valerio y un par de vecinas (Doña Chona y su hija) tomaron el control. Barrieron el patio de tierra hasta dejarlo impecable. Colgaron el papel picado de árbol a árbol, creando un techo de colores que bailaba con el viento. Pusieron mesas largas hechas con tablones y sillas prestadas de toda la vecindad.
El olor del pozole hirviendo en una olla gigante de barro en el patio empezó a atraer a los perros y a los niños del vecindario.
Larisa estaba en su elemento. No estaba organizando una gala benéfica para la alta sociedad tapatía, donde tenía que preocuparse si el vino era de la cosecha correcta. Aquí, se preocupaba de que hubiera suficientes limones y de que la salsa tuviera el picor exacto.
María estaba abrumada. Se sentaba en una silla en el corredor, con su vestido de domingo (uno azul marino con flores blancas), y se abanicaba, mirando el ajetreo con ojos incrédulos.
—Mija, es mucho… es demasiado —decía cada vez que Larisa pasaba con un ramo de flores.
—Nada es demasiado para usted, suegra. Disfrute. Hoy es su día.
A las tres de la tarde, empezaron a llegar los invitados.
Y no eran cinco o seis. Era el pueblo entero.
Llegó el cura del pueblo vecino. Llegó el maestro de la escuela rural con su guitarra. Llegaron los alumnos de María, desde niños pequeños hasta hombres hechos y derechos a los que ella había enseñado a leer hacía treinta años. Todos traían algo: una botella de refresco, un kilo de tortillas hechas a mano, un ramo de flores silvestres, o simplemente un abrazo.
—¡Maestra Mari! ¡Feliz cumpleaños! —le gritaban.
Larisa observaba desde la cocina, sirviendo platos de pozole humeante. Veía cómo la cara de María se transformaba. Ya no era la viejita solitaria que escribía en un cuaderno. Era la matriarca, la maestra, el corazón de esa comunidad. La gente la besaba, la abrazaba, le agradecía.
—Mira eso —le dijo a Valerio, que estaba abriendo cervezas.
—Te lo dije. Ella es una leyenda. Lo único que le faltaba era creérselo.
Entonces, llegó el invitado especial.
Un hombre mayor, apoyado en un bastón de madera tallada, avanzaba lentamente por el camino. Llevaba un traje gris, pasado de moda y un poco grande, pero impecablemente planchado. Su cabello blanco estaba peinado con gomina.
—¡Papá! —exclamó Valerio, yendo a ayudarlo.
Era Don Andrés.
María se levantó de su silla al verlo. Se alisó el vestido, nerviosa como una colegiala.
—Andrés… viniste.
—Pues claro que vine, María —dijo el anciano, con voz rasposa pero firme—. No me iba a perder tus quince años… digo, tus sesenta. —Le guiñó un ojo—. Estás… estás muy guapa, María.
María se ruborizó violentamente.
—Ay, Andrés, no seas mentiroso. Estoy vieja.
—Los vinos buenos se ponen mejores con el tiempo, mujer. Y tú eres de la mejor cosecha.
Larisa sintió que el corazón se le derretía. Eso era amor. No los diamantes que Igor le regalaba para callar sus culpas. Eso, esa mirada tímida entre dos ancianos con cicatrices, era amor de verdad.
La fiesta estalló. La música de guitarra llenó el aire. Comieron pozole hasta reventar. Rompieron la piñata, y Larisa se lanzó al suelo a ganar dulces con los niños, riéndose como no lo hacía desde que tenía diez años.
Cayó la tarde y encendieron una fogata. El ambiente se volvió más íntimo. El maestro de escuela empezó a tocar boleros.
Larisa se acercó a María con una cajita envuelta en papel brillante.
—Tengo un regalo para usted —dijo, pidiendo silencio a los presentes.
María tomó la cajita con manos temblorosas. La abrió.
Dentro, brillaba un relicario de plata fina.
—Ábralo —instó Larisa.
María abrió el relicario. En un lado, había una foto de Igor de niño (la que Larisa había rescatado del escáner antes de salir). En el otro lado, había una foto de Larisa sonriendo.
—Para que sepa que no está sola —dijo Larisa, con la voz quebrada—. Para que sepa que tiene una hija. Yo soy su hija ahora, María. Y prometo que nunca más va a pasar un cumpleaños sin familia.
María rompió a llorar y abrazó a Larisa con una fuerza sorprendente. El pueblo entero aplaudió. Valerio se limpió una lágrima disimuladamente. Don Andrés asintió con aprobación solemne.
Fue el momento perfecto. El momento de la felicidad absoluta.
Y entonces, el sonido de un motor potente rompió la magia.
Unos faros de xenón, blancos y cegadores, cortaron la oscuridad del camino. Un coche deportivo, bajo y agresivo, rugió al entrar en el claro, patinando sobre la tierra suelta y levantando una nube de polvo que cubrió el pozole y las flores.
El silencio cayó sobre la fiesta como una guillotina.
La puerta del conductor se abrió hacia arriba. De ella bajó Igor.
Llevaba un traje de diseñador que costaba más que todas las casas del pueblo juntas, pero estaba arrugado. Tenía los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tensa. Parecía un demonio descendiendo en un jardín de paz.
—¡Qué bonito! —gritó Igor, su voz cargada de sarcasmo y furia, rompiendo el aire—. ¡Qué bonita estampa costumbrista!
Larisa sintió que la sangre se le helaba. Se separó de María y dio un paso al frente, poniéndose como escudo entre su suegra y su esposo.
—Igor… —dijo ella, con voz firme.
—¡Cállate! —Igor caminó hacia el centro de la fiesta, pateando una silla de plástico—. Así que aquí estabas. Jugando a la caridad con los pobres. ¿Te diviertes, Larisa? ¿Te diviertes revolcándote en la mugre de la que yo salí?
María se llevó las manos a la boca, temblando.
—¿Hijo? —susurró—. ¿Eres tú, Igor?
Igor se detuvo y miró a su madre. No hubo reconocimiento, ni amor, ni piedad en su mirada. Solo un asco profundo y una vergüenza antigua.
—No me digas hijo —escupió—. Yo no soy tu hijo. Mi madre murió hace mucho. Tú eres solo una vieja que no supo morirse a tiempo.
El jadeo colectivo de los invitados fue audible. Valerio dio un paso adelante, con los puños cerrados, listo para matar.
—¡Cállate el hocico, infeliz! —rugió Don Andrés, levantando su bastón.
—¡Tú no te metas, viejo cojo! —le gritó Igor—. ¡Lárguense todos de aquí! ¡Esta fiesta se acabó! ¡Lari, vámonos! ¡Ahora mismo!
Igor extendió la mano para agarrar a Larisa del brazo. Pero ella no se movió. No retrocedió.
Larisa miró al hombre que había amado. Y no vio nada. Solo un cascarón vacío. Un niño asustado disfrazado de monstruo.
—No —dijo Larisa.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no. No me voy a ir. Y tú… tú no tienes derecho a arruinar esto.
—¡Soy tu esposo! ¡Todo lo que traes puesto lo pagué yo!
—Pues quédate con tu ropa —Larisa se quitó el reloj de diamantes que llevaba y lo tiró al suelo, a los pies de Igor. Cayó en el polvo junto a un plato de pozole—. Quédate con tu dinero, Igor. Es lo único que tienes. Porque familia… familia ya no tienes. La acabas de perder para siempre.
Igor se quedó paralizado, con la cara roja de ira y humillación. Miró a su alrededor. Vio los rostros de desprecio de los campesinos. Vio a Valerio, fuerte y digno, parado junto a Larisa. Vio a su madre, llorando en silencio, sostenida por Don Andrés.
Estaba completamente solo.
En ese instante, su celular sonó. El tono estridente resonó en el silencio tenso.
Igor, por reflejo, contestó.
—¿Qué?
—Señor Igor… —era la voz de su secretaria, histérica—. Señor, tiene que venir. Está la policía aquí. Es la unidad de delitos financieros. Están incautando todo. Dicen… dicen que hay una orden de aprehensión contra usted por fraude y lavado de dinero. Señor… ¿dónde está?
El color desapareció del rostro de Igor. El teléfono se le resbaló de la mano y cayó al suelo, justo al lado del reloj.
Miró a Larisa. Ya no había furia en sus ojos. Había terror.
—Lari… —susurró—. Lari, ayúdame.
Larisa lo miró con una calma infinita.
—Lo siento, Igor. Aquí no hay señal para tus negocios. Aquí solo hay gente decente. Y tú… tú no perteneces aquí.
El sonido de sirenas lejanas empezó a escucharse en la carretera, acercándose, subiendo la montaña como lobos hambrientos. Pero no venían por la fiesta. Venían por el hombre del traje caro.
La justicia, divina o humana, había llegado a San Juan de las Manzanas.
PARTE 3: LA COSECHA DE LA VIDA
CAPÍTULO 7: EL DERRUMBE DEL GIGANTE DE PAPEL
El sonido de las sirenas en la sierra tiene un eco fantasmagórico. Rebota en las paredes de los barrancos, se multiplica entre los pinos y anuncia la desgracia mucho antes de que las luces aparezcan.
En el patio de la casa de María, el tiempo pareció detenerse. La fiesta, que minutos antes era un remolino de risas, música de guitarra y olor a pozole, se congeló en una estampa de tensión absoluta.
Igor seguía allí, parado junto a su deportivo de lujo, con el teléfono tirado a sus pies y la cara descompuesta por el terror. El “hombre de éxito”, el que había prometido una “nueva vida” sin lágrimas, ahora temblaba como una hoja seca en el viento.
—¡Lari! —gritó de nuevo, su voz rompiéndose en un falsete patético—. ¡Vámonos! ¡Súbete al coche! ¡Si nos vamos ahorita por la brecha vieja podemos salir a la autopista antes de que lleguen!
Larisa lo miró desde la distancia que ella misma había marcado. No sintió el impulso de correr. Sus pies estaban plantados firmemente en la tierra de ese patio, la misma tierra que Igor despreciaba.
—No voy a ir a ningún lado, Igor —respondió ella, con una calma que le heló la sangre a él—. Yo no he hecho nada malo. Tú sí.
—¡Estúpida! —bramó él, corriendo hacia el coche para intentar abrir la puerta—. ¡Me van a quitar todo! ¡Si me agarran, se acabó! ¡Soy tu esposo, me debes lealtad!
Pero antes de que pudiera meter la llave, el camino de entrada se iluminó con un resplandor azul y rojo cegador. Dos patrullas de la Guardia Nacional y una camioneta negra sin rotular bloquearon la salida, cerrando la única vía de escape.
El deportivo de Igor, esa máquina alemana de ingeniería perfecta, se vio ridículo y atrapado frente a la fuerza bruta de la ley.
Varios agentes bajaron con armas largas, apuntando hacia el suelo pero listos. Un hombre de traje, con una placa colgada al cuello, avanzó entre el polvo.
—¿Igor Villaseñor? —preguntó el agente, con esa voz burocrática y cansada de quien ha hecho esto mil veces.
Igor se recargó contra su coche, levantando las manos. Intentó recuperar su arrogancia habitual, esa máscara que había usado toda su vida, pero se le resbalaba.
—¡Soy yo! ¡Y esto es un error! —gritó, sudando a pesar del frío—. ¡No saben con quién se están metiendo! ¡Conozco al Gobernador! ¡Mi abogado los va a hacer pedazos!
—Guárdese el discurso para el juez, licenciado —dijo el agente, sin inmutarse—. Tenemos una orden de aprehensión por fraude fiscal, lavado de dinero y desvío de recursos. Y créame, sus amigos políticos son los primeros que lo echaron de cabeza.
El agente hizo una señal y dos oficiales se acercaron, esposando a Igor con las manos en la espalda. El clic metálico de las esposas resonó más fuerte que cualquier grito.
Fue entonces cuando sucedió lo más desgarrador.
María, que había estado paralizada en los brazos de Don Andrés, se soltó. Con sus piernas cansadas, caminó hacia donde tenían a su hijo. Los policías, al ver a esa anciana pequeña y digna, bajaron la guardia y le abrieron paso.
Igor vio a su madre acercarse. Por primera vez en la noche, sus ojos se encontraron sin el velo del desprecio. Ahora solo había miedo en la mirada de él.
—¡Mamá! —gimió Igor, volviendo a ser un niño asustado—. ¡Mamá, diles! ¡Diles que soy buena persona! ¡Ayúdame!
El silencio fue sepulcral. El pueblo entero observaba: los campesinos que él había insultado, el médico al que había despreciado, la esposa a la que había traicionado.
María se detuvo frente a él. Levantó una mano temblorosa y le acarició la mejilla, esa mejilla rasurada con lociones caras que ahora estaba empapada de sudor y lágrimas.
—Hijo… —susurró ella, con una tristeza infinita—. Yo te perdono. Como madre, te perdono por haberme olvidado. Pero la vida… la vida no perdona las deudas, mijo. Y tú debes mucho.
—¡No me dejes! —sollozó él.
—No te dejo. Voy a rezar por ti todos los días, como lo he hecho siempre. Pero no puedo detener esto. Cosechaste lo que sembraste, Igor. Y la cosecha salió podrida.
María se inclinó y le dio un beso en la frente, una bendición final. Luego, se dio la vuelta y regresó al porche, caminando despacio, como si cada paso le pesara toneladas.
Los oficiales empujaron a Igor hacia la camioneta negra.
—¡Larisa! —gritó él una última vez antes de que lo metieran—. ¡Llama a Tamara! ¡Ella tiene los papeles de la cuenta en Suiza! ¡Llama a Tamara!
La puerta se cerró. Las patrullas dieron la vuelta y se alejaron, llevándose al “gigante” que resultó ser de papel.
Larisa se quedó parada en medio del patio. Sintió una mano en su hombro. Era Valerio.
—¿Estás bien? —le preguntó suavemente.
Larisa soltó un suspiro largo, expulsando cinco años de mentiras.
—Me pidió que llamara a su amante —dijo ella, con una risa seca, sin humor—. Hasta en el último segundo, fue él mismo.
—Se acabó, Larisa. Ya no te puede hacer daño.
Larisa miró hacia la carretera vacía. Sabía que la pesadilla legal apenas comenzaba, pero la pesadilla emocional había terminado.
—Sí. Se acabó.
Esa noche, la fiesta no continuó, pero tampoco se disolvió en tragedia. Se transformó en una velada de consuelo. Los vecinos no se fueron. Se quedaron a recoger las sillas, a lavar los platos del pozole, a acompañar a María en su dolor. Nadie juzgó a la madre por los pecados del hijo. Al contrario, la arroparon más que nunca.
Larisa entendió entonces la verdadera riqueza de ese lugar: la solidaridad. En su mundo de ciudad, cuando alguien caía en desgracia, los “amigos” huían como ratas. Aquí, cuando alguien caía, la comunidad se cerraba para sostenerlo.
A la mañana siguiente, Larisa tuvo que tomar decisiones rápidas.
—Tengo que ir a la ciudad —le dijo a María y a Valerio mientras tomaban café—. Tengo que enfrentar el desastre. La casa, las cuentas… seguramente van a incautar todo.
—No vayas sola —dijo Valerio inmediatamente—. Te acompaño.
—No, Valerio. Tienes pacientes. Tienes a tu papá.
—Mi papá está más feliz que nunca cuidando a Doña Mari —señaló hacia el patio, donde Don Andrés le estaba ayudando a María a regar las plantas, haciéndola reír—. Y mis pacientes pueden esperar un día. No voy a dejar que te enfrentes a los lobos tú sola.
Larisa no tuvo fuerzas para negarse. En el fondo, le aterrorizaba volver a esa casa vacía.
El viaje de regreso fue silencioso. Al llegar a la ciudad, el contraste fue brutal. El tráfico, el smog, el ruido.
Cuando llegaron a la mansión en el fraccionamiento exclusivo, se encontraron con una escena que parecía sacada de una película de comedia negra.
La puerta principal estaba abierta de par en par. Había una camioneta de mudanzas barata estacionada en la entrada, y dos tipos estaban sacando cuadros y electrodomésticos a toda prisa.
En el vestíbulo, una mujer rubia, vestida con ropa deportiva cara, metía frenéticamente cubiertos de plata en una bolsa de gimnasio.
Era Tamara.
Larisa entró, seguida de Valerio.
—Vaya, vaya —dijo Larisa, cruzándose de brazos—. Sabía que las ratas eran las primeras en abandonar el barco, pero no sabía que también se llevaban la platería.
Tamara saltó del susto y tiró la bolsa. Los tenedores de plata repiquetearon contra el mármol.
—¡Larisa! —Tamara intentó recomponerse, arreglándose el pelo—. Yo… yo solo vine a recoger unas cosas que Igor me prestó.
—¿Te prestó la licuadora y los candelabros? —preguntó Larisa con sarcasmo—. ¿Y también te prestó mi joyería? Porque veo que traes puesto mi collar.
Tamara se llevó la mano al cuello, cubriendo el collar de perlas.
—Mira, estúpida, no te hagas la digna. Igor está acabado. Me llamó anoche desde los separos, llorando como una nena. Me dijo que sacara lo que pudiera antes de que el banco embargue la casa. Tengo derecho a una indemnización por… por mis servicios.
Larisa miró a esa mujer. Joven, bonita, vacía. Se vio a sí misma hace unos años, quizás no tan cínica, pero igual de ciega por el brillo del dinero.
Sintió una pena profunda por ella.
—Lévatelo —dijo Larisa.
Valerio la miró sorprendido. Tamara también.
—¿Qué?
—Llévatelo todo. La plata, la tele, los cuadros horribles de arte moderno. Llévate el collar. Llévatelo todo, Tamara.
—¿Es… es una trampa?
—No. Es un regalo de despedida. Esa basura… —Larisa señaló el lujo que la rodeaba— es el precio de tu alma. Yo ya recuperé la mía, así que no necesito esto. Pero tú… tú vas a necesitar vender todo eso cuando te des cuenta de que Igor no te va a dejar ni un centavo porque no tiene nada.
Tamara la miró con desconfianza, pero la codicia pudo más. Agarró la bolsa, le gritó a los cargadores que se apuraran y salió corriendo, dejando un rastro de perfume barato y dignidad perdida.
Valerio se acercó a Larisa, que miraba la sala desvalijada.
—¿Estás segura de eso? Eso valía mucho dinero.
—No, Valerio. Eso valía dolor. Y ya no quiero cargar con nada de esto.
Las siguientes semanas fueron un torbellino legal. Larisa cooperó con la fiscalía. Entregó documentos, firmó papeles, declaró. Como estaba casada por bienes separados y no tenía firma en las empresas fantasmas de Igor, logró salir limpia, pero quebrada.
El banco se quedó con la casa. La agencia se llevó la camioneta de lujo (la que tenía la llanta parchada). Las cuentas de Igor fueron congeladas.
Larisa se quedó literalmente en la calle. Con dos maletas de ropa, su coche personal (un sedán modesto que tenía antes de casarse) y unos pocos ahorros en una cuenta propia que Igor nunca tocó porque le parecía “dinero de chicles”.
Era pobre de nuevo. Y nunca se había sentido tan libre.
CAPÍTULO 8: RAÍCES Y ALAS
Seis meses después.
El aire de la mañana en San Juan de las Manzanas olía a pan recién horneado y a café con canela.
Larisa abrió la puerta de su negocio: “La Casona de María”.
No era una gran empresa. Era el antiguo granero de la casa de María, que Larisa y Valerio habían remodelado con sus propias manos. Habían encalado las paredes, puesto piso de madera y abierto ventanales hacia el bosque.
Ahora funcionaba como una cooperativa.
En los estantes de madera rústica se exhibían los productos del pueblo, que antes se malbarataban o se pudrían: frascos de mermelada de manzana y tejocote con etiquetas elegantes diseñadas por Larisa; manteles y rebozos bordados por las mujeres de la zona, que ahora se vendían a precio justo; miel orgánica, licores de hierbas y artesanías de madera tallada por Don Andrés.
Larisa se ajustó el delantal. Ya no usaba trajes de sastre. Llevaba unos jeans cómodos, botas de trabajo y una blusa bordada que le había regalado su suegra. Su cabello estaba trenzado, y su piel tenía ese color dorado saludable que solo da el sol de la sierra.
—¡Buenos días, patrona! —gritó Chuy, entrando con una caja de manzanas. Ya caminaba bien, aunque cojeaba un poco cuando hacía frío.
—¡Nada de patrona, Chuy! Aquí todos somos socios —le corrigió Larisa, ayudándole a cargar la caja—. ¿Cómo va la cosecha?
—Bonita, Doña Lari. Gracias al sistema de riego que nos ayudó a instalar el ingeniero que trajo, las manzanas están saliendo grandotas.
Larisa sonrió. Había usado sus conocimientos de administración y sus últimos ahorros no para comprarse zapatos, sino para traer a un ingeniero agrónomo que enseñara a los campesinos a mejorar sus cultivos sin pesticidas. El proyecto había sido un éxito. Los turistas empezaban a subir los fines de semana, atraídos por la “Ruta de la Manzana” que Larisa promocionaba en redes sociales.
—Lari, teléfono —gritó María desde la casa principal.
Larisa corrió a la casa. María estaba en la cocina, por supuesto, preparando el almuerzo para Don Andrés, que ahora prácticamente vivía allí. Los dos ancianos se comportaban como adolescentes enamorados, tomándose de la mano debajo de la mesa y riéndose de chistes que solo ellos entendían.
Larisa tomó el teléfono. Era el abogado de oficio.
—¿Sí? … Entiendo. Gracias por avisarme, licenciado.
Colgó el teléfono despacio.
—¿Qué pasó, mija? —preguntó María, deteniendo el cucharón en el aire.
—Ya salió la sentencia —dijo Larisa.
El silencio llenó la cocina. A pesar de todo, Igor seguía siendo el hijo de María y el esposo (en proceso de divorcio) de Larisa.
—Le dieron quince años —informó Larisa—. Sin derecho a fianza por la magnitud del fraude. Lo van a trasladar al Reclusorio Norte.
María bajó la mirada y se persignó.
—Que Dios lo ampare —murmuró—. Quince años… saldrá siendo un viejo. Ojalá… ojalá le sirvan para encontrar su alma, porque la perdió hace mucho.
—¿Quiere ir a verlo? —preguntó Larisa.
María negó con la cabeza lentamente.
—Ya fui. Fui el mes pasado, ¿recuerdas? Y él no quiso salir. Me mandó decir con el guardia que no quería que lo viera así, vestido de beige y sin sus lujos. Sigue siendo el mismo, Lari. Su orgullo es su verdadera celda. Hasta que no rompa eso, ni aunque salga libre será libre. Yo le escribo cartas. Le cuento del pueblo, de ti, de las manzanas. Algún día, quizás, las lea.
Larisa abrazó a su suegra. Admiraba la fortaleza de esa mujer. Había aceptado que no podía salvar a quien no quería ser salvado.
—Bueno —dijo María, secándose una lágrima furtiva y volviendo a la estufa—. La vida sigue, y este mole no se va a menear solo. Ándale, ve que ahí viene tu “socio” y te anda buscando.
Larisa miró por la ventana. El vocho blanco de Valerio venía subiendo la cuesta.
Salió al porche. Valerio bajó del coche con su bata de médico en el brazo. Se veía cansado; había tenido guardia nocturna en el hospital regional, pero su cara se iluminó al verla.
—Hola —dijo él, recargándose en el cerco de madera.
—Hola, doctor. ¿Mucha chamba?
—Dos partos y una apendicitis. Noche movida. Pero no podía irme a dormir sin ver a la mujer más guapa de la sierra.
Larisa se rió, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que pensó que había muerto con su juventud.
—Lisonjero. Vienes por el café de María.
—Vengo por la nuera de María —corrigió él, acercándose. Le tomó la mano. Sus manos eran fuertes, cálidas y honestas—. Oye, Lari…
—¿Mmm?
—Me ofrecieron la dirección del hospital en Zacatlán. Es un puesto administrativo. Buen sueldo, horario fijo, aire acondicionado.
Larisa sintió una punzada de miedo.
—¿Ah, sí? ¿Y… y vas a aceptar?
Valerio la miró a los ojos, con esa intensidad tranquila que la desarmaba.
—Les dije que no.
—¿Por qué? —preguntó ella, aunque el corazón le latía de esperanza.
—Porque mi lugar está aquí. En el lodo, en la brecha, visitando a los viejitos que no pueden bajar al pueblo. Y porque aquí estás tú. Y yo no me veo en ningún lugar donde tú no estés.
Larisa sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero esta vez eran dulces.
—Yo tampoco me voy a ir a ningún lado, Valerio. Aquí encontré lo que busqué toda mi vida en la ciudad y nunca hallé.
—¿Qué encontraste?
—Raíces —dijo Larisa, mirando alrededor: la casa de adobe, los manzanos cargados de fruta, el humo de la chimenea, Don Andrés y María riendo en la cocina—. Encontré raíces. Y curiosamente, al echar raíces… me salieron alas.
Valerio sonrió y le acarició la cara, quitándole un mechón de pelo rebelde.
—Pues volemos juntos, entonces. Pero despacito, que mi vocho no corre mucho.
Larisa soltó una carcajada y lo besó. Fue un beso suave, sin la urgencia desesperada de las pasiones tóxicas, sino con la promesa lenta y segura del amor verdadero. Un beso que sabía a café, a esperanza y a tierra mojada.
EPÍLOGO
Un año después, la revista de sociales donde Igor solía pagar para salir publicó una pequeña nota en la sección de “Escándalos del Ayer”:
“El ex-empresario Igor Villaseñor cumple su primer año en prisión, abandonado por sus socios y amigos. Se dice que está en bancarrota total.”
Nadie en San Juan de las Manzanas leyó esa nota, porque nadie compraba esa revista.
En el pueblo, la noticia importante era otra: La cooperativa “Manos de la Sierra” había exportado su primer lote de mermeladas artesanales a Europa.
En la fiesta de celebración, bajo el cielo estrellado y libre de la sierra, una familia muy peculiar brindaba con ponche de frutas.
Una maestra jubilada que ya no estaba sola.
Un carpintero cojo que había recuperado el amor de su juventud.
Un médico rural que había encontrado su cura.
Y una mujer, Larisa, que había perdido una mansión de papel para construir un hogar de verdad.
Mientras bailaban al ritmo de un huapango, Larisa miró hacia la luna y tocó su vientre, donde una nueva vida, esta vez fuerte y segura, comenzaba a crecer.
—¿Lista para la nueva vida, mi Lari? —le susurró Valerio al oído, repitiendo sin saberlo la frase con la que empezó esta historia, pero con un significado totalmente diferente.
Larisa sonrió, radiante.
—Esta vez sí, mi amor. Esta vez sí es una vida de verdad.
Y en la casa de adobe, las luces permanecieron encendidas, brillando en la montaña como un faro de que, al final, el amor y la verdad siempre encuentran el camino a casa.
FIN