
CAPÍTULO 1: LA TORMENTA Y EL PESO DEL MUNDO
La lluvia no caía; atacaba. Era una de esas tormentas de verano en el Valle de México que no piden permiso, que llegan con la furia de un dios azteca ofendido, convirtiendo el cielo en una losa de plomo gris y las calles en ríos traicioneros. Eran las ocho y media de la mañana, pero la luz era tan escasa que parecía el anochecer.
Dentro de la cabina de su Chevrolet Silverado ’98, a la que cariñosamente llamaba “La Gorda”, Mateo Rivas sentía cada gota como un martillazo en el techo de lámina. El vehículo olía a una mezcla rancia de tabaco viejo —un hábito que había dejado hacía años por su hijo—, gasolina quemada y la humedad penetrante que se filtraba por los empaques desgastados de las ventanas. El aire acondicionado había muerto hacía dos veranos, así que Mateo tenía que luchar una batalla constante contra el empañamiento del parabrisas, pasando un trapo viejo y grasiento por el cristal cada dos minutos mientras conducía con una mano.
Sus nudillos estaban blancos sobre el volante. No era por la tormenta. Mateo había conducido convoys militares a través de huracanes en la costa y tormentas de arena en el desierto durante sus años de servicio. No, el clima no le asustaba. Lo que le tenía el estómago hecho un nudo, apretado y frío como una piedra, era el reloj digital del tablero que parpadeaba con un número cruel: 08:35 AM.
Su entrevista en Logística Castillo estaba programada para las 9:00 AM en punto.
—Vamos, vamos, muévete… —murmuró, golpeando suavemente el volante con la palma de la mano.
El tráfico en la carretera federal hacia Santa Fe estaba prácticamente detenido. Las luces rojas de los frenos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, una serpiente infinita de frustración brillando bajo la lluvia torrencial. Mateo sabía lo que estaba en juego. No era solo un trabajo. Era el trabajo.
Durante los últimos seis meses, la vida de Mateo se había convertido en un acto de malabarismo imposible. Desde que cerró el taller mecánico —quebrada por las extorsiones y la mala economía—, había estado sobreviviendo a base de “chambitas”: reparaciones a domicilio, fletes ocasionales, pintar casas. Pero el dinero entraba a cuentagotas y salía a chorros.
Pensó en Leo, su hijo de ocho años. Esa mañana, mientras le servía el desayuno —un plato de avena con agua porque la leche se había acabado dos días antes—, Leo le había sonreído con esa inocencia que le partía el alma a Mateo.
—Suerte hoy, papá. Vas a ser el jefe, ¿verdad?
—El mero mero, mijo —le había contestado Mateo, revolviéndole el cabello para ocultar la preocupación en sus ojos.
Leo necesitaba zapatos nuevos para la escuela; los que tenía estaban tan gastados que Mateo había tenido que pegarles un pedazo de cartón en la suela interior para que no sintiera el frío del suelo. Y peor aún, el inhalador para el asma de Leo estaba casi vacío. Cada vez que escuchaba a su hijo toser por las noches, Mateo sentía un pánico silencioso, una garra helada que le apretaba el pecho. Sin seguro social, sin dinero fijo, estaban caminando por la cuerda floja sin red de seguridad.
Esta entrevista era la red. Logística Castillo ofrecía prestaciones, seguro de gastos médicos mayores y un sueldo que les permitiría no solo sobrevivir, sino vivir. Mateo se había preparado como si fuera una misión táctica. Había lavado y planchado su única camisa de vestir decente la noche anterior, había lustrado sus botas de trabajo hasta que parecían casi nuevas, y había ensayado sus respuestas frente al espejo roto del baño hasta que sonaban naturales.
“Soy disciplinado. Resuelvo problemas. No me quiebro bajo presión.”
Repitió el mantra en su mente mientras el limpiaparabrisas de la camioneta chirriaba agónicamente contra el cristal, luchando contra el diluvio.
El tráfico avanzó unos metros y se detuvo de nuevo. Mateo miró hacia el acotamiento. Estaba inundado, convertido en un lodazal peligroso donde el agua marrón se arremolinaba con fuerza, arrastrando basura y ramas. Fue entonces cuando la vio.
A unos cien metros más adelante, un sedán negro, un modelo alemán de lujo que brillaba incluso bajo la lluvia sucia, estaba inclinado en un ángulo grotesco. Se había salido del asfalto y las ruedas derechas estaban profundamente enterradas en una zanja de lodo pegajoso. El agua le llegaba casi a la mitad de la puerta.
—Pobre diablo —pensó Mateo, sintiendo una punzada de simpatía, pero manteniendo la vista al frente—. Ojalá llegue la grúa pronto.
No podía detenerse. No hoy. Si paraba, perdería minutos vitales. Ya iba con el tiempo justo. “No es tu problema, Mateo. Tienes una misión. Leo depende de esto”.
Pero mientras su camioneta avanzaba lentamente al paso de rueda, vio abrirse la puerta del conductor del sedán atascado. Una mujer salió. O más bien, intentó salir.
Llevaba un abrigo gris marengo que gritaba “diseñador exclusivo” y unos zapatos de tacón que eran completamente inútiles para esa situación. En cuanto puso un pie fuera, el tacón se hundió en el barro blando como un cuchillo en mantequilla caliente. La mujer trastabilló, agitó los brazos para mantener el equilibrio y casi cae de bruces en el agua negra.
Mateo vio su rostro a través de la cortina de lluvia. No era solo enojo lo que veía; era pánico puro. Estaba sola, en medio de la nada, con una tormenta eléctrica cayendo sobre ella y los autos pasando a su lado sin siquiera bajar la velocidad, salpicándola con agua sucia.
El teléfono de Mateo vibró en el asiento del copiloto. Una notificación del calendario: 15 MINUTOS PARA LA ENTREVISTA.
Su cerebro militar analizó la situación en milisegundos.
Opción A: Seguir conduciendo. Llegar a la entrevista (tal vez un poco tarde, pero llegaría). Conseguir el trabajo. Salvar a su familia.
Opción B: Detenerse. Ayudar a la extraña. Perder tiempo. Llegar tarde. Probablemente perder la oportunidad de su vida.
Era una elección lógica. Darwiniana. La supervivencia del más apto. Él necesitaba sobrevivir.
Apretó el acelerador suavemente para seguir avanzando.
Pero entonces, vio a la mujer llevarse las manos a la cabeza, un gesto de desesperación total, y la vio gritar algo que el trueno ahogó. Se veía pequeña contra la inmensidad gris del cielo.
La imagen de su propia madre le vino a la mente de golpe. Recordó una vez, hacía veinte años, cuando el viejo vocho de su mamá se había quedado tirado en una tormenta similar. Ella le había contado cómo estuvo horas llorando en el auto hasta que un camionero se detuvo a ayudarla. “Siempre hay ángeles, mijo”, le había dicho ella. “Asegúrate de ser uno cuando puedas”.
—Maldita sea —gruñó Mateo, golpeando el volante con fuerza.
No podía hacerlo. Simplemente no estaba en su ADN dejar a alguien atrás. “Nadie se queda atrás”. Ese lema se lo habían tatuado en el alma en el batallón, y ni la pobreza ni la desesperación habían logrado borrarlo.
Giró el volante bruscamente hacia la derecha, sacando a “La Gorda” de la fila de tráfico y metiéndola en el acotamiento lodoso. Las llantas todo terreno de su camioneta mordieron el barro con facilidad. Se detuvo unos metros delante del sedán de lujo, dejando el motor encendido.
Respiró hondo, sabiendo que estaba cometiendo un error financiero terrible, pero un acierto moral necesario.
Abrió la puerta y el ruido de la tormenta invadió la cabina, ensordecedor. El viento frío le golpeó la cara, empapando su camisa de franela en segundos. Mateo bajó, sus botas de trabajo chapoteando pesadamente en el agua que le llegaba a los tobillos. Se ajustó la gorra de béisbol para protegerse los ojos y corrió hacia ella.
La mujer estaba peleando con su zapato, jalando la pierna con una frustración frenética.
—¡No! ¡Muévete, cosa estúpida! —gritaba ella, su voz aguda por el estrés.
—¡Deje de jalar así! —gritó Mateo para hacerse oír sobre el estruendo de un trueno cercano—. ¡Se va a lastimar!
Ella se giró de golpe, con los ojos muy abiertos. Por un segundo, Mateo vio miedo en su mirada. Vio a un hombre grande, empapado y sucio acercándose a ella en una carretera solitaria. Instintivamente, ella retrocedió, chocando contra el marco de su auto.
—¡Aléjese! —gritó ella, levantando una mano como barrera.
Mateo se detuvo a dos metros, levantando las manos abiertas para mostrar que no llevaba nada. El agua le escurría por la barba de tres días.
—Tranquila, señorita. No le voy a hacer nada. Solo quiero ayudarla a sacar su coche.
Ella lo miró, escaneándolo de arriba abajo. Su ropa era humilde, sus jeans estaban manchados de grasa y pintura, pero había algo en su postura, firme y respetuosa, que pareció calmarla un poco. O tal vez era simplemente que no tenía otra opción.
—Estoy atorada —dijo ella, su voz temblando, ya no de miedo, sino de frío y rabia—. Mi maldito tacón está atorado y el auto no se mueve.
—Ya vi —dijo Mateo. Se acercó con cuidado y se arrodilló en el lodo, sin importarle que el agua sucia empapara sus rodillas. Sus pantalones de vestir negros, los que llevaba debajo de los jeans para la entrevista, se arruinarían. Adiós a la buena impresión, pensó con amargura.
Miró el pie de ella. El tacón de aguja se había enganchado en una raíz oculta bajo el lodo.
—No se mueva —ordenó él con voz tranquila pero firme—. Voy a soltarlo. A la de tres. Una, dos… ¡tres!
Con un movimiento de muñeca experto, giró el zapato y lo liberó. La mujer perdió el equilibrio por un segundo y Mateo la sostuvo del brazo con firmeza para que no cayera al fango. Sintió la tela fina y costosa de su abrigo bajo sus dedos ásperos.
—Tenga —le dijo, entregándole el zapato lleno de lodo. Ella lo tomó con dos dedos, haciendo una mueca de asco.
—Gracias —murmuró, tiritando violentamente. Sus labios estaban empezando a ponerse azules.
—Súbase a su auto —instruyó Mateo, poniéndose de pie y limpiándose las manos en sus jeans mojados—. Ponga la calefacción. Yo la saco de aquí.
Ella lo miró con escepticismo, observando su vieja camioneta oxidada.
—¿Con eso? —preguntó, señalando a “La Gorda”—. Mi auto pesa dos toneladas y está enterrado hasta el eje. Necesito una grúa de plataforma.
Mateo casi sonrió. Casi.
—Señorita, esa camioneta tiene más fuerza que la mitad de los coches en esta carretera juntos. Y yo he sacado cosas peores de lugares peores. Usted solo súbase, ponga el auto en neutral y no toque el freno. ¿Entendido?
Ella asintió, derrotada por el frío, y se refugió en el interior de cuero de su sedán.
Mateo corrió de regreso a su camioneta. Fue a la caja trasera y sacó una cadena de acero pesada, oxidada pero inquebrantable. La lluvia le pegaba en la espalda como perdigones de hielo. Sus manos, entumecidas por el frío, trabajaron rápido. Se tiró al suelo, arrastrándose bajo la defensa trasera del auto de lujo para encontrar el gancho de remolque. El lodo se le metió en las orejas, en el cuello, dentro de la camisa.
—Ah, qué maravilla —masculló, escupiendo agua sucia—. Justo como quería pasar mi mañana.
Aseguró la cadena, corrió a su camioneta y enganchó el otro extremo. Subió a la cabina, empapado hasta los huesos. Miró el reloj: 08:50 AM. Faltaban diez minutos. Estaba a veinte minutos de distancia sin tráfico. Con tráfico… era imposible.
Sintió una oleada de desesperación tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos un momento. Lo perdí. Perdí el trabajo. La imagen de los zapatos rotos de Leo volvió a su mente, y sintió ganas de golpear el tablero hasta romperlo. Pero no lo hizo. Respiró hondo, metió primera velocidad y soltó el embrague despacio.
La cadena se tensó con un chasquido metálico. Mateo aceleró suavemente. Las llantas de “La Gorda” patinaron un instante en el lodo antes de encontrar tracción. El motor V8 rugió, un sonido profundo y gutural.
—Vamos, vieja, no me falles ahora —le rogó al vehículo.
Poco a poco, centímetro a centímetro, el sedán de lujo comenzó a deslizarse fuera de la zanja. El sonido de succión del lodo liberando los neumáticos fue audible incluso sobre la lluvia. Un último tirón fuerte y el auto quedó libre, con las cuatro ruedas sobre el pavimento firme del acotamiento.
Mateo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Bajó de la camioneta bajo la lluvia incesante para desenganchar la cadena. La mujer bajó la ventanilla eléctrica de su auto. El interior se veía cálido y seco, un mundo completamente diferente al caos exterior.
—¡Lo logró! —dijo ella, pareciendo genuinamente sorprendida. Ya no se veía tan altiva; el alivio le había suavizado las facciones.
Mateo enrolló la cadena y la lanzó a la caja de su camioneta con un estruendo metálico. Se acercó a la ventanilla de ella, chorreando agua.
—Ya está libre. Tenga cuidado al reincorporarse, el asfalto está muy resbaloso.
Ella lo miró a los ojos por primera vez, realmente viéndolo. Vio el cansancio, la ropa mojada, la humildad digna.
—Espere —dijo ella, buscando apresuradamente en su bolso de cuero que descansaba en el asiento del copiloto—. No puedo dejar que se vaya así. Se empapó por completo.
Sacó un billete. Un billete de quinientos pesos.
Mateo lo vio. Quinientos pesos. Eso era comida para tres días. Eran medicinas. Era mucho más de lo que había ganado en toda la semana anterior. Su mano tuvo el impulso de levantarse para tomarlo. Su estómago rugió, recordándole que no había desayunado para dejarle más comida a Leo.
Pero luego miró la cara de ella. Había gratitud, sí, pero también había esa distancia transaccional. Te pago por el servicio, peón. Y Mateo, a pesar de todo, a pesar del hambre y las deudas, tenía su orgullo. Era un Rivas.
Negó con la cabeza, el agua salpicando desde la visera de su gorra.
—No es necesario, señorita.
—Por favor —insistió ella, extendiendo el billete a través de la lluvia—. Es lo menos que puedo hacer. Arruinó su ropa.
—Mi ropa se seca —dijo él con voz ronca—. Guárdese su dinero. Úselo para comprarse unas botas para la lluvia la próxima vez.
Ella parpadeó, sorprendida por el rechazo y por el tono seco del consejo. Retiró la mano lentamente.
—Usted… usted tiene prisa, ¿verdad? Lo vi mirando su reloj todo el tiempo.
Mateo miró su muñeca. 08:58 AM.
Una risa amarga escapó de sus labios. Una risa sin humor.
—Sí. Tenía prisa.
—¿Tenía?
—Iba a una entrevista de trabajo —confesó, no sabía por qué. Quizás porque ya no tenía nada que perder—. La más importante que he tenido en años. Pero… —se encogió de hombros, un gesto pesado— ya no llego. A las nueve cierran la puerta.
La mujer lo miró fijamente, sus ojos oscuros analizando cada microexpresión en el rostro de él.
—¿Faltó a una entrevista importante para sacarme del lodo? ¿A mí? ¿A una desconocida?
—No podía dejarla ahí —dijo Mateo simplemente, como si fuera la ley de la física más obvia del mundo—. No hubiera estado bien.
El silencio se estiró entre ellos, solo roto por el repiqueteo de la lluvia.
—¿Cómo se llama? —preguntó ella de repente.
—Mateo. Mateo Rivas.
Ella asintió, como archivando el dato en una carpeta mental.
—Gracias, Mateo Rivas. En serio. No mucha gente hubiera parado.
—Vaya con cuidado —dijo él, dando un paso atrás y tocando el borde de su gorra a modo de despedida.
Caminó de regreso a su camioneta, sintiendo el peso de la derrota en cada paso. Sus botas hacían un sonido esponjoso, llenas de agua. Subió a la cabina y cerró la puerta, aislándose momentáneamente del ruido de la tormenta, pero no del frío que sentía por dentro.
Vio por el espejo retrovisor cómo el sedán negro se incorporaba al tráfico con elegancia y se alejaba, sus luces traseras rojas desapareciendo entre la bruma.
Mateo se quedó ahí sentado un momento, con las manos sobre el volante, temblando. No de frío, sino de impotencia. Quería gritar. Quería golpear algo. Había hecho lo correcto, sí. Su madre estaría orgullosa. Pero el orgullo no pagaba la renta. La bondad no compraba inhaladores.
—Eres un idiota, Mateo —se dijo a sí mismo, su voz quebrándose—. Un buen samaritano idiota y desempleado.
Arrancó el motor de nuevo. Aún iría. Iría a la entrevista empapado, sucio y tarde. Sabía que lo rechazarían. Sabía que la recepcionista lo miraría con desdén. Pero tenía que intentarlo. Tenía que poder mirar a Leo a los ojos por la noche y decirle: “Papá hizo todo lo que pudo”.
Puso la camioneta en marcha y se unió al tráfico lento, un pequeño punto oxidado en un mar de autos brillantes, sin saber que ese acto de “idiotez” acababa de poner en marcha engranes que él ni siquiera podía imaginar. Porque en esta ciudad, donde todos miran hacia otro lado, mirar al prójimo a veces tiene consecuencias inesperadas. Y el karma, aunque a veces tarda, tiene una memoria excelente.
CAPÍTULO 2: CIUDAD DE CRISTAL Y PUERTAS CERRADAS
El tráfico en la Ciudad de México no es simplemente una congestión vehicular; es una entidad viva, un monstruo de mil cabezas que respira smog y se alimenta del tiempo y la paciencia de millones de almas. Para Mateo Rivas, atrapado en la cabina de su vieja Chevrolet Silverado, ese monstruo estaba devorando su futuro, minuto a minuto.
Eran las 9:15 AM cuando “La Gorda” finalmente logró salir del embotellamiento de la carretera federal y entrar a la zona de Santa Fe. El paisaje cambió drásticamente, como si hubiera cruzado una frontera invisible entre dos mundos. Atrás quedaron las casas de ladrillo gris sin terminar, los cables de luz colgando como telarañas negras y los perros callejeros refugiándose de la lluvia bajo puestos de lámina.
Frente a él se alzaba la “Ciudad de Cristal”. Rascacielos inmensos perforaban las nubes bajas, edificios de formas geométricas imposibles que reflejaban el cielo tormentoso en sus fachadas de espejo. Era el distrito financiero, el reino del dinero, donde las decisiones que movían al país se tomaban en salas con aire acondicionado a dieciocho grados, muy lejos del lodo y el sudor de la gente común.
El motor de la camioneta tosió, un sonido áspero y metálico que hizo que un valet parking, resguardado bajo un paraguas gigante a la entrada de un hotel de lujo, lo mirara con desdén. Mateo apretó la mandíbula. Sentía que no pertenecía allí. Su camioneta, con el golpe en la defensa y el óxido en los estribos, era una mancha fea en ese lienzo de asfalto perfecto y autos blindados.
—Aguanta un poco más, vieja —le susurró al tablero—. Solo necesitamos llegar.
Pero llegar no era el problema. El problema era el tiempo.
9:22 AM.
Su mente, traicionera como siempre en los momentos de estrés, voló hacia Leo. Recordó la noche anterior. Habían estado sentados en la pequeña mesa de la cocina, cenando quesadillas sencillas. Leo estaba haciendo su tarea de matemáticas bajo la luz amarillenta de un foco desnudo.
—Papá —había dicho Leo sin levantar la vista del cuaderno—, la maestra dijo que para el lunes necesitamos el juego de geometría nuevo. El mío se rompió.
—No te preocupes, campeón —había respondido Mateo, sintiendo el peso de la mentira en su lengua—. Para el lunes tendrás el mejor juego de geometría del salón. Con compás de precisión y toda la cosa.
Esa promesa ahora le quemaba en el estómago más que el hambre. Si no conseguía este trabajo, no habría juego de geometría. No habría zapatos. No habría nada más que más excusas y esa mirada de decepción silenciosa que Leo trataba de ocultar para no hacer sentir mal a su papá.
Mateo giró el volante con fuerza, entrando al estacionamiento subterráneo del complejo corporativo Torre Horizon, donde se encontraban las oficinas de Logística Castillo.
La pluma de acceso no se levantó.
Un guardia de seguridad se acercó, mirando la camioneta con sospecha.
—¿A dónde va, jefe? —preguntó el guardia, un hombre mayor con uniforme que le quedaba grande.
—Vengo a una entrevista en el piso 40. Logística Castillo.
El guardia miró la batea de la camioneta, donde descansaba la cadena oxidada y un par de herramientas viejas. Luego miró a Mateo, empapado y con la gorra puesta.
—Este estacionamiento es solo para empleados y visitas ejecutivas con pase, joven. Proveedores y… —hizo una pausa, buscando una palabra que no sonara tan ofensiva— …vehículos de carga, tienen que usar la entrada de servicio o buscar lugar en la calle.
—No soy proveedor. Vengo a una entrevista corporativa —insistió Mateo, sintiendo cómo la paciencia se le escapaba.
—Sin pase no entra. Son reglas de la administración. Lo siento.
Mateo golpeó el volante, frustrado.
—Está bien. Gracias.
Tuvo que dar la vuelta en “U”, una maniobra torpe que hizo chirriar las llantas mojadas sobre el concreto pulido, bajo la mirada atenta del guardia. Salió de nuevo a la lluvia. Tardó otros quince minutos en encontrar un lugar en una calle lateral, a cuatro cuadras del edificio, donde un “franelero” le cobró cincuenta pesos por adelantado para “echarle un ojo” a la camioneta.
—Cuídamela bien, carnal —le dijo Mateo al chico, entregándole una de las pocas monedas que le quedaban.
—Seguro, jefe. Aquí no le pasa nada.
Mateo bajó de la camioneta. La lluvia había disminuido un poco, convirtiéndose en una llovizna fría y constante, de esa que cala hasta los huesos. Se miró en el reflejo de la ventanilla.
Era un desastre.
Sus botas de trabajo, que había lustrado con tanto esmero la noche anterior, estaban cubiertas de una capa de lodo grisáceo. Sus jeans estaban empapados desde las rodillas hacia abajo, pesados y fríos, pegándose a sus piernas con cada paso. La camisa de franela, que llevaba sobre la de vestir para protegerla, estaba chorreando. Se quitó la franela y la gorra, dejándolas en el asiento.
La camisa de vestir blanca de abajo estaba algo seca, pero tenía manchas de humedad en los puños y el cuello. Se pasó la mano por el cabello corto, tratando de peinarse, pero sabía que parecía lo que era: un hombre que había peleado con una tormenta y había perdido.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire húmedo de la ciudad.
—Eres un Rivas —se dijo—. Cabeza en alto. Espalda recta.
Comenzó a caminar hacia la torre. Cada paso era un recordatorio físico de su situación: squish, squish, squish. El sonido de sus calcetines empapados dentro de las botas era humillante. La gente pasaba a su lado corriendo con paraguas, hombres en trajes impecables de lana italiana, mujeres con abrigos de trinchera y bolsos de diseñador, todos oliendo a perfume caro y éxito. Nadie lo miraba a los ojos. Él era invisible, o peor, una molestia visual que sus cerebros filtraban automáticamente.
Llegó a la entrada giratoria de la Torre Horizon. El lobby era inmenso, una catedral al capitalismo moderno. Techos de triple altura, muros de mármol blanco veteado, y una escultura abstracta de metal en el centro que probablemente costaba más de lo que Mateo ganaría en diez vidas. El aire acondicionado estaba a tope, y el cambio de temperatura golpeó a Mateo como una bofetada helada. Empezó a temblar, no de nervios, sino por la reacción física de su cuerpo mojado ante el frío artificial.
Se acercó a la recepción principal. Sus botas dejaban huellas de barro sutiles pero innegables sobre el piso inmaculado. Vio cómo un conserje, que estaba pasando una mopa mecánica a lo lejos, lo miraba con ojos de águila, listo para limpiar su rastro en cuanto se moviera.
Detrás del mostrador de granito negro había dos recepcionistas. Una hablaba por teléfono con un auricular inalámbrico, riendo suavemente. La otra, una mujer joven con el cabello recogido en un chongo tan apretado que parecía doloroso y unas gafas de pasta gruesa, tecleaba furiosamente en su computadora.
Mateo se aclaró la garganta.
—Buenos días.
La recepcionista no levantó la vista.
—Un momento, por favor.
Mateo esperó. Un minuto. Dos minutos. El reloj en la pared detrás de ella marcaba las 09:55 AM.
Finalmente, ella dejó de teclear, suspiró como si el mundo le pesara y lo miró por encima de sus gafas. Su mirada recorrió a Mateo de arriba abajo, deteniéndose en las manchas de agua de su camisa y, aunque no podía verlas desde ahí, Mateo sintió que ella sabía del estado de sus botas.
—¿Sí? ¿Entregas de comida o paquetería? —preguntó ella, estirando la mano como esperando un paquete.
El orgullo de Mateo recibió el golpe, pero él no se inmutó. Mantuvo la postura militar, firme.
—No, señorita. Soy Mateo Rivas. Tengo una entrevista programada con el Licenciado Cárdenas para el puesto de Coordinador de Operaciones Logísticas.
La recepcionista parpadeó, sorprendida. Volvió a mirar su pantalla, luego a él, luego a la pantalla.
—¿Rivas? —tecleó algo—. Ah, sí. Mateo Rivas. Cita a las 9:00 AM.
Ella giró la muñeca para mirar su reloj de pulsera, un gesto teatral e innecesario dado el reloj gigante en la pared.
—Son las diez menos cinco, señor Rivas.
—Lo sé —dijo Mateo, tratando de que su voz sonara calmada y profesional, no desesperada—. Tuve un incidente en la carretera federal. Hubo una tormenta muy fuerte y me detuve a auxiliar a una persona que tuvo un accidente. El tráfico se colapsó.
La recepcionista hizo una mueca, una especie de sonrisa triste y condescendiente que se reserva para los niños que cuentan mentiras obvias.
—Mire, señor Rivas. Logística Castillo es una empresa de clase mundial. La logística se trata de precisión, de tiempos, de exactitud. Si no puede llegar a su propia entrevista…
—Señorita, entiendo la política —la interrumpió él, dando un paso adelante y apoyando las manos en el mostrador. Sus manos se veían rojas y ásperas contra el granito negro—. Pero estoy aquí. Conozco el trabajo. Tengo experiencia manejando cadenas de suministro en zonas de conflicto y tengo tres años manejando mi propio negocio. Solo pido diez minutos con el Licenciado Cárdenas. Si después de cinco minutos él quiere que me vaya, me voy.
La mujer suspiró de nuevo, visiblemente molesta por la persistencia.
—El Licenciado Cárdenas ya entró a junta con los directivos. Su agenda está bloqueada el resto del día. Después de usted había otros tres candidatos y ya los entrevistó.
—Por favor —la voz de Mateo se quebró, solo una fracción de segundo, dejando escapar la desesperación cruda que llevaba dentro—. Por favor, llámele. Dígale que estoy aquí.
La recepcionista lo miró a los ojos. Por un segundo, Mateo pensó ver un destello de humanidad, una grieta en la armadura corporativa. Ella levantó el teléfono.
El corazón de Mateo saltó. Gracias, Dios.
Ella marcó una extensión y habló en voz baja.
—Sí, Licenciado… Aquí está el candidato de las nueve… Sí, el señor Rivas… Ajá… Sí, viene… bueno, viene un poco desaliñado y mojado… Entiendo. Sí, señor. Yo le digo.
Colgó el teléfono. La cara de póker había vuelto.
—Lo siento, señor Rivas. El Licenciado dice que el proceso de selección para esta etapa ha cerrado. Han pasado a los siguientes filtros con los candidatos puntuales.
—¿Así nada más? —preguntó Mateo, sintiendo un vacío en el estómago.
—Así nada más. Le agradecemos su interés. Puede revisar nuestras vacantes en LinkedIn dentro de seis meses.
Seis meses.
Esas dos palabras resonaron en la cabeza de Mateo como una sentencia de muerte. En seis meses ya no tendrían casa. En seis meses quién sabe qué pasaría con la salud de Leo.
—Gracias por su amabilidad —dijo, con un sarcasmo que ella no captó o decidió ignorar.
Mateo se dio la vuelta. El camino hacia la puerta giratoria se sintió kilométrico. Sus botas seguían haciendo squish, squish, pero ahora el sonido le parecía el eco de su propio fracaso.
Salió del edificio. La lluvia había parado por completo, dejando ese cielo blanco y brillante que lastima los ojos. El aire olía a tierra mojada y a gases de escape.
Se quedó parado en la acera un momento, sin saber qué hacer. No quería volver a la camioneta. No quería volver a casa y ver la cara de Leo. Se sentía, por primera vez en su vida, completamente derrotado. Había sobrevivido a emboscadas, a crisis económicas, a la muerte de su esposa… pero esto, este rechazo frío y burocrático por haber hecho algo bueno, lo había roto.
“¿Por qué paraste, Mateo?”, se recriminó mentalmente, golpeándose el muslo con el puño cerrado. “¿Por qué tenías que ser el héroe? Esa mujer ni siquiera te dio las gracias bien. Te ofreció dinero como si fueras un limpiaparabrisas y tú, idiota orgulloso, no lo tomaste. Ahora no tienes trabajo y no tienes los quinientos pesos.”
Metió las manos en los bolsillos, buscando las llaves de la camioneta, listo para largarse de esa ciudad de cristal que solo le devolvía reflejos distorsionados de sí mismo.
Fue entonces cuando escuchó el ronroneo.
No era el sonido de un motor cualquiera. Era el zumbido bajo y potente de un motor de alto rendimiento, suave como la seda pero con una bestia dormida dentro. Una camioneta SUV negra, enorme, blindada, con vidrios tan oscuros que parecían tinta negra, se deslizó junto a la acera y se detuvo justo a su lado, bloqueando su camino.
Mateo se tensó. Su instinto de la calle se activó. ¿Secuestro? ¿Asalto? En México nunca se sabe. Dio un paso atrás, listo para correr o pelear.
Pero la puerta trasera no se abrió. En su lugar, la ventana del pasajero trasero comenzó a bajar con un zumbido eléctrico silencioso.
Primero apareció el interior de cuero color crema, impecable. Luego, un folder con un logotipo plateado que Mateo reconoció al instante: una “C” estilizada dentro de un hexágono. El logo de Corporativo Castillo.
Y finalmente, apareció ella.
La mujer del lodo.
Pero ya no era la mujer desesperada y sucia que había visto hace una hora. La transformación era total. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás en un estilo elegante y severo que resaltaba sus pómulos afilados. Su maquillaje había sido retocado a la perfección, ocultando cualquier rastro de la tormenta. Llevaba una blusa de seda color marfil y un saco negro que gritaba autoridad.
Solo sus ojos eran los mismos. Oscuros, inteligentes, analíticos. Lo miraban con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.
Mateo se quedó helado, con la boca entreabierta. El agua goteaba de su nariz al suelo.
—Te lo perdiste, ¿verdad? —preguntó ella. Su voz era suave, pero tenía ese timbre inconfundible de alguien acostumbrado a que la gente guarde silencio cuando habla.
Mateo tardó un segundo en encontrar su voz.
—Sí —admitió, sintiendo una oleada de vergüenza. Ahí estaba él, pareciendo un perro mojado frente a la realeza—. Llegué tarde. Me cerraron la puerta.
Ella lo escaneó. Miró sus botas sucias, sus pantalones mojados, la postura derrotada de sus hombros. No había burla en su mirada, solo un cálculo frío.
—Pero ya vas de salida —observó ella—. ¿Tan rápido te rindes?
—No me rindo, señora —respondió Mateo, recuperando un poco de su dignidad—. Me echaron. Es diferente. La recepcionista dijo que el Licenciado Cárdenas no recibe a impuntuales. Políticas de la empresa.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de los labios de la mujer.
—Cárdenas siempre ha sido muy… cuadrado. A veces olvida que los relojes sirven para medir el tiempo, no para gobernar a las personas.
Mateo no sabía qué responder a eso. Se sentía incómodo, expuesto.
—Bueno… supongo que valió la pena para usted —dijo él, señalando el auto impecable—. Ya llegó a donde iba.
—Sí —dijo ella—. Gracias a ti.
Hubo un silencio breve. El ruido de la ciudad parecía amortiguado alrededor de la SUV.
—Sube —dijo ella de repente.
Mateo parpadeó.
—¿Disculpe?
—Que subas al auto —repitió ella, con un tono más imperativo—. No puedo devolverte el tiempo que perdiste, pero puedo ofrecerte un aventón a tu camioneta. Asumo que la dejaste lejos para no pagar el estacionamiento de la torre.
Mateo dudó.
—Estoy todo sucio, señora. Voy a manchar sus asientos.
Ella rodó los ojos, un gesto extrañamente humano que rompió un poco la barrera de hielo entre ellos.
—Es piel, Mateo. Se limpia. Además, me debes una. O mejor dicho, yo te debo una. Y no me gusta tener deudas.
Algo en la forma en que lo dijo, tranquila pero decisiva, como si fuera un hecho consumado, hizo que Mateo dejara de discutir. Además, sus pies estaban helados y la idea de sentarse en algo suave era demasiado tentadora.
—Está bien. Pero solo hasta la esquina.
Abrió la puerta pesada (blindaje nivel 5, notó su cerebro militar por el peso) y se subió. El interior olía a vainilla y a “nuevo”. El aire acondicionado estaba a una temperatura perfecta. Se sentó en el borde del asiento, tratando de tocar lo menos posible.
El chofer, un hombre robusto con cuello de toro y gafas oscuras que miraba por el retrovisor, no dijo nada, pero Mateo notó cómo sus ojos vigilaban cada movimiento.
La mujer, sentada al otro lado, cerró una carpeta que tenía en el regazo. En la portada, en letras plateadas, decía: Reporte Trimestral de Operaciones – Confidencial.
—Soy Clara —dijo ella, extendiendo una mano perfectamente manicurada—. Clara Dalton.
—Mateo Rivas —repitió él, estrechando su mano con cuidado de no apretar demasiado. Su piel estaba tibia y seca.
—Dime, Mateo —dijo Clara, mirándolo fijamente mientras el auto arrancaba suavemente, deslizándose como un tiburón en el agua—, si supieras que ibas a perder esta entrevista… ¿hubieras parado a ayudarme de todos modos?
La pregunta flotó en el aire. Mateo miró por la ventana polarizada. Veía a la gente afuera, luchando contra el día a día, ajenos a la burbuja de lujo en la que él estaba ahora. Pensó en Leo. Pensó en la renta.
La respuesta lógica, la respuesta inteligente, era “No”.
Pero Mateo no sabía mentir bien.
Se volvió hacia ella, con esa honestidad brutal que a veces es su mayor defecto.
—La verdad… lo pensé. Pensé en seguirme de largo. Necesito este trabajo más que aire para respirar.
Hizo una pausa, tragando saliva.
—Pero sí. Hubiera parado. Porque si dejo de ayudar a alguien que lo necesita solo para salvar mi propio pellejo… entonces no merezco el trabajo de todos modos. Y no podría mirar a mi hijo a la cara.
Clara lo sostuvo la mirada. Sus ojos brillaron con algo indescifrable. Respeto, quizás. O sorpresa.
—Interesante respuesta —murmuró ella.
Luego, tocó un botón en el panel de la puerta. El cristal que separaba a los pasajeros del chofer se oscureció, dándoles privacidad total.
—¿Sabes qué, Mateo? —dijo ella, recostándose en su asiento y cruzando las piernas—. Creo que vamos a cambiar de planes.
—¿Cómo? —preguntó él, confundido—. ¿A dónde vamos? Mi camioneta está hacia el otro lado.
Clara sonrió. Esta vez fue una sonrisa completa, enigmática y peligrosa.
—Olvida tu camioneta por un momento. Vamos al estacionamiento privado de la Torre Horizon.
—Pero… acabo de salir de ahí. Me dijeron que me fuera.
—A ti te dijeron que te fueras —corrigió ella suavemente—. Pero tú veniste a una entrevista en Logística Castillo, ¿no?
—Sí, pero…
—Bueno —dijo Clara, señalando el edificio que se acercaba de nuevo, inmenso y brillante—. Resulta que yo también voy para allá. Y odio llegar sola.
Mateo frunció el ceño, tratando de procesar la información.
—Señora Clara… con todo respeto, ¿usted trabaja ahí? ¿Es gerente? Porque si conoce al tal Cárdenas, tal vez podría…
Clara soltó una carcajada suave, musical.
—¿Gerente? —repitió la palabra como si fuera un chiste privado—. Algo así, Mateo. Digamos que tengo llaves de la oficina.
El auto giró bruscamente, ignorando la entrada de visitas y dirigiéndose a una rampa exclusiva marcada con un letrero que decía: ACCESO PRESIDENCIA Y CONSEJO DIRECTIVO SOLAMENTE. La barrera se levantó automáticamente al leer el chip del auto.
Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Miró el folder en el regazo de ella de nuevo. Dalton. El nombre le sonaba. Logística Castillo… subsidiaria de Grupo Dalton.
El aire se le atoró en la garganta.
Miró a la mujer a su lado, la mujer a la que había sacado del lodo, a la que le había rechazado quinientos pesos y a la que casi había regañado por sus zapatos.
—Usted es… —empezó a decir, su voz apenas un susurro.
Clara Dalton lo miró, y sus ojos brillaron con una intensidad feroz.
—Bienvenido a mi mundo, Mateo. Vamos a ver si eres tan bueno resolviendo desastres logísticos como lo eres sacando autos del lodo. Porque tengo un desastre allá arriba que ni todos mis MBAs han podido arreglar. Y tengo el presentimiento de que tú eres exactamente la herramienta que me faltaba.
El auto se detuvo en un cajón marcado con el número “01”.
—¿Listo para tu entrevista real? —preguntó ella.
Mateo tragó grueso, asintió lentamente y, por primera vez en todo el día, sintió que la tormenta, tal vez, solo tal vez, había valido la pena.
CAPÍTULO 3: EL CAOS EN LA CIMA DEL MUNDO
El ascensor no subía; levitaba.
Era una cápsula de cristal y acero cepillado que ascendía por el exterior del edificio a una velocidad que desafiaba la gravedad. Mateo Rivas se pegó instintivamente a la pared trasera, sintiendo cómo sus oídos se tapaban por el cambio de presión. A través del cristal panorámico, la Ciudad de México se desplegaba como un mapa infinito y gris, una bestia de concreto bajo la lluvia que ahora, desde esta altura, parecía mansa y diminuta.
Los autos en la carretera federal, esos mismos autos que lo habían atrapado hacía una hora, ahora eran meros puntos de luz roja y blanca, juguetes olvidados en una alfombra oscura. Mateo sintió un vértigo repentino, y no era por la altura. Era por la distancia abismal que acababa de recorrer en cuestión de minutos: de estar arrodillado en el lodo, peleando por quinientos pesos, a estar encerrado en una caja de cristal con una de las mujeres más poderosas del país.
Miró sus botas. Dejaban un charco pequeño y oscuro en el piso de mármol del elevador. El contraste era doloroso.
—Voy a ensuciar todo —murmuró, casi para sí mismo, sintiendo la vergüenza subirle por el cuello.
Clara Dalton, de pie junto al panel de control digital, ni siquiera miró hacia abajo. Estaba revisando mensajes en su teléfono con una velocidad vertiginosa, su pulgar deslizándose sobre la pantalla como si dirigiera una orquesta.
—El piso se limpia, Mateo —dijo ella sin levantar la vista, como si le hubiera leído la mente—. La reputación de mi empresa, si no arreglamos lo que está pasando allá arriba, eso no se limpia tan fácil.
El ascensor emitió un suave ding melódico. Una voz sintética anunció: Piso 40. Presidencia y Centro de Operaciones Logísticas.
—Prepárate —advirtió Clara, guardando su teléfono en el bolsillo del saco y enderezando su postura. Su rostro cambió en un instante: la curiosidad y la leve diversión que había mostrado en el auto desaparecieron, reemplazadas por una máscara de autoridad fría y calculadora. Era la general entrando al campo de batalla—. Lo que vas a ver no es bonito. Es un gallinero sin cabeza.
Las puertas se deslizaron abiertas.
Lo primero que golpeó a Mateo fue el ruido.
Si el lobby de abajo era una catedral silenciosa, el piso 40 era una zona de guerra bursátil. El aire estaba cargado de electricidad estática y pánico humano.
Docenas de personas corrían de un lado a otro en un espacio abierto, inmenso y moderno, lleno de islas de trabajo con monitores curvos. Teléfonos repicaban incesantemente, creando una cacofonía de ringtones que nadie contestaba a tiempo. Voces se alzaban sobre otras, gritando órdenes, reclamos y cifras.
Pero lo que dominaba la sala era la “Pared de Mando”: una pantalla gigante de LED que ocupaba toda la pared del fondo. Normalmente, supuso Mateo, mostraría mapas verdes y azules, rutas fluidas de camiones y barcos moviéndose en armonía.
Ahora, la pantalla era un mar de rojo.
Alertas parpadeantes. Iconos de advertencia. Y en el centro, una caja de texto que rezaba: ERROR DE SINCRONIZACIÓN – SISTEMA CRÍTICO DETENIDO.
—¡Necesito a TI en la línea dos ahora mismo! —gritaba un hombre con camisa azul empapada en sudor de axila, agitando un auricular—. ¡Los de Monterrey dicen que los camiones no tienen guía de ruta!
—¡Señor, el sistema no reconoce los códigos QR de los envíos! —respondía una chica joven, al borde de las lágrimas, tecleando furiosamente—. ¡Están parados en la aduana!
Nadie notó que la dueña del edificio acababa de entrar. El caos era tal que la jerarquía se había disuelto en pura supervivencia.
Clara dio tres pasos firmes hacia el centro de la sala. Sus tacones (ahora limpios, habiendo dejado los otros en el auto) golpearon el piso de madera pulida con un sonido seco y autoritario.
—¡Atención! —su voz no fue un grito, pero tuvo la proyección y el filo suficiente para cortar el ruido ambiental como una navaja.
El efecto fue inmediato. Como si alguien hubiera bajado el interruptor general, el silencio se propagó desde el centro hacia las orillas. Las cabezas giraron. Los teléfonos siguieron sonando, pero las voces humanas se apagaron. Treinta pares de ojos se clavaron en ella. Y luego, inevitablemente, se deslizaron hacia el hombre alto, sucio y empapado que estaba parado un paso detrás de ella, luciendo como si acabara de salir de una trinchera.
Un hombre de traje gris, con el cabello engominado y cara de haber dormido tres horas en la última semana, se abrió paso entre la multitud. Se ajustaba la corbata con nerviosismo.
Mateo lo reconoció al instante, aunque solo lo había visto en fotos de LinkedIn cuando investigaba para la entrevista. Era el Licenciado Roberto Cárdenas. El Director de Operaciones. El hombre que había decidido que Mateo no valía ni diez minutos de su tiempo por llegar tarde.
—Señora Dalton… Clara —dijo Cárdenas, tratando de recuperar el aliento y la compostura—. No… no te esperábamos hasta el mediodía. El reporte que te envié…
—El reporte decía “inconvenientes técnicos menores”, Roberto —lo cortó Clara, señalando la pantalla gigante teñida de rojo sangre—. Eso de ahí atrás parece una hemorragia, no un rasguño.
Cárdenas tragó saliva. Su mirada nerviosa saltó de Clara a Mateo. Sus ojos se entrecerraron con confusión y luego con un destello de disgusto al reconocer el estado deplorable de la ropa de Mateo.
—Clara, estamos manejando una situación delicada. No es momento para… —hizo un gesto vago con la mano hacia Mateo— …visitas de caridad o personal de mantenimiento. Por favor, que seguridad escolte a este hombre a la salida de servicio. El piso está resbaloso y no queremos accidentes.
Mateo sintió el golpe en el orgullo, pero se mantuvo firme. Posición de descanso, manos atrás, barbilla arriba. Había aguantado gritos de sargentos instructores que harían llorar a este tipo. Un comentario clasista no iba a derribarlo.
Clara ni siquiera parpadeó.
—Este hombre —dijo ella, enfatizando las palabras con una calma peligrosa— acaba de salvarme de pasar la mañana atrapada en un lodazal en la carretera federal, mientras tú me enviabas correos diciendo que todo estaba bajo control.
Un murmullo recorrió la sala. Cárdenas se puso pálido.
—Yo… no sabía. Lo siento mucho, Clara. Pero, insisto, la situación aquí es crítica. El sistema Oracle de distribución colapsó a las 04:00 AM. Tenemos trescientos camiones parados en seis estados. Carga perecedera. Walmart y Soriana ya llamaron amenazando con penalizaciones por incumplimiento de contrato. Estamos hablando de pérdidas de…
—Millones —completó Mateo.
La palabra salió de su boca antes de que pudiera detenerla. Fue un instinto. Su cerebro ya había empezado a trabajar, ignorando la política y enfocándose en el problema.
Cárdenas se giró hacia él, furioso.
—¿Disculpa? ¿Quién te dio permiso de hablar?
—Millones —repitió Mateo, dando un paso adelante, ignorando la mirada asesina de Cárdenas y enfocándose en la pantalla—. Si tienen perecederos parados desde las cuatro de la mañana, la cadena de frío en las unidades más viejas ya está en riesgo. Si no mueven esa carga en las próximas dos horas, no solo van a pagar penalizaciones por retraso. Van a pagar por merma total y destrucción de producto sanitario. Y eso, sin contar el daño a la marca. Así que sí, millones.
El silencio en la sala se hizo más profundo. Cárdenas abrió la boca para replicar, para gritarle que se callara y se largara a limpiar baños, pero Clara levantó una mano.
—Déjalo hablar —ordenó ella. Se giró hacia Mateo, cruzándose de brazos—. Continúa.
Mateo sintió la adrenalina correr por sus venas. Era esa sensación familiar, la misma que sentía antes de una operación en el ejército o cuando un motor complejo llegaba a su taller haciendo un ruido que nadie más podía identificar. El mundo se volvía nítido. El ruido desaparecía. Solo quedaba el problema y la solución.
Caminó hacia la mesa de conferencias que estaba en el centro del área abierta, donde varios ingenieros jóvenes estaban amontonados sobre laptops abiertas. Se acercó sin pedir permiso. El agua de sus pantalones goteaba sobre la alfombra antiestática, pero a nadie le importó esta vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Mateo, señalando un diagrama de flujo complejo proyectado en una de las laptops.
Un chico con gafas gruesas y una camiseta de Star Wars lo miró con miedo.
—Es… es el algoritmo de ruteo dinámico. Se supone que debe reasignar las unidades automáticamente cuando hay bloqueos o mal clima. Pero… se trabó.
—¿Se trabó o se confundió? —preguntó Mateo.
Cárdenas soltó una risa burlona y nerviosa.
—Por Dios, Clara. Esto es ridículo. Este tipo es… ¿qué? ¿Un mecánico? ¿Un chofer? No tiene idea de lo que es un algoritmo de red neuronal. Estamos esperando a los consultores de IBM, llegan en una hora. Ellos van a reiniciar los servidores centrales.
—Reiniciar los servidores no va a servir de nada si la orden de origen está mal —dijo Mateo, sin mirar a Cárdenas, sus ojos fijos en la pantalla gigante—. Miren el mapa.
Todos voltearon hacia la pantalla roja.
—¿Qué tiene el mapa? —preguntó Clara, acercándose a él.
Mateo señaló con un dedo calloso y sucio hacia la zona del Bajío en el mapa digital.
—Ahí. En Guanajuato y Querétaro. Y allá, en Veracruz. Los puntos rojos no son aleatorios. Están agrupados en nodos de intersección secundaria.
Mateo se giró hacia el ingeniero joven.
—¿Hicieron una actualización de software anoche, verdad?
El chico de las gafas palideció aún más.
—Sí… bueno, sí. Un parche de seguridad. A las 03:30 AM. Pero era rutina. No debió afectar la operación logística.
—No afectó la seguridad —explicó Mateo, su voz ganando fuerza y autoridad—. Afectó la prioridad de las carreteras. El sistema piensa que todas las carreteras federales están cerradas o son de “alta peligrosidad” por algún error en la base de datos del parche. Por eso los camiones están parados. El sistema no los deja avanzar porque cree que no hay camino seguro. Está tratando de mandarlos a todos por autopistas de cuota que no conectan con los centros de distribución locales. Es un cuello de botella digital.
Cárdenas bufó, cruzándose de brazos.
—Eso es absurdo. El sistema es inteligente. Si fuera un error de mapas, nos daría una alerta de “Ruta no encontrada”, no un fallo general del sistema. Estás adivinando, amigo. Vete a cambiar el aceite a algún lado y deja que los profesionales trabajen.
Mateo se giró lentamente hacia Cárdenas. La paciencia se le había acabado. Ya no le importaba el trabajo, ni la entrevista, ni el dinero. Le molestaba la incompetencia arrogante.
—Señor Cárdenas —dijo Mateo, con una calma que daba más miedo que un grito—. En el ejército, cuando un convoy se detiene, no esperamos a que “el consultor” venga a decirnos por qué. Nos bajamos, revisamos el terreno y buscamos una ruta. Usted está mirando el código. Yo estoy mirando el terreno.
Mateo miró a Clara.
—¿Me permite? —preguntó, señalando la laptop del ingeniero.
Clara sostuvo su mirada. Había un riesgo enorme. Si este desconocido tocaba el sistema y lo rompía más, sería su culpa. Pero había visto sus ojos. Había visto cómo resolvió el problema de su auto: sin quejarse, con lógica simple y fuerza bruta aplicada en el punto exacto.
—Adelante —dijo ella.
—¡Clara, no! —protestó Cárdenas—. ¡Por políticas de seguridad, ningún externo puede…!
—¡Cállate, Roberto! —gritó ella. La sala se congeló—. Si no lo arreglamos en treinta minutos, estamos muertos de todos modos. Adelante, Mateo.
Mateo se sentó en la silla ergonómica de mil dólares. Se sentía extraña bajo su cuerpo mojado. Sus manos grandes y toscas flotaron sobre el teclado delicado.
—A ver… —murmuró.
No era un hacker. No sabía programar en C++ o Python al nivel de un ingeniero de software. Pero sabía de logística. Sabía cómo funcionaban los sistemas de gestión de flotas porque había usado versiones antiguas en el ejército y versiones piratas en su taller para rastrear refacciones.
—Muéstrame la tabla de parámetros de ruta —le dijo al chico de las gafas.
El chico, temblando, abrió una ventana llena de líneas de código y casillas de verificación.
—Ahí está —dijo Mateo, señalando una línea oscura en medio del mar de datos—. “Restricción de Zona: Nivel 5 Global”.
—¿Qué significa eso? —preguntó Clara, inclinándose sobre su hombro. Olía a jazmín, un contraste abrumador con el olor a sudor rancio de la sala.
—Nivel 5 es restricción total. Guerra, desastre natural, pandemia —explicó Mateo—. El parche de seguridad que instalaron anoche debió tener activada por defecto la configuración de “Bloqueo de Emergencia”. El sistema cree que el país entero está en estado de sitio. Por eso no deja mover ni un camión. No es que el sistema esté roto. Es que está asustado. Está protegiendo los activos inmovilizándolos.
—¿Y cómo lo quitamos? —preguntó el ingeniero—. El botón de “Desactivar Emergencia” está gris. Requiere autorización de dos niveles y confirmación física de zona segura.
Mateo negó con la cabeza.
—No necesitas desactivarlo. Necesitas engañarlo.
Mateo empezó a teclear. No estaba escribiendo código nuevo. Estaba cambiando los valores de entrada.
—Si le decimos al sistema que la fecha no es hoy, sino ayer… antes del parche…
—¡Vas a corromper la base de datos histórica! —gritó Cárdenas, acercándose peligrosamente.
—No —dijo Mateo sin dejar de teclear—. Solo voy a forzar una re-evaluación de las rutas. Mira.
Mateo cambió la fecha del servidor local de ruteo a “24 horas antes”. Luego, presionó Enter.
La sala contuvo el aliento.
En la pantalla gigante, nada pasó durante tres segundos eternos.
Cárdenas soltó una risa triunfal.
—¿Lo ves? Te lo dije. Es un imbécil que no sabe…
De repente, la pantalla parpadeó.
El rojo intenso comenzó a desvanecerse.
Un punto en el mapa, cerca de Querétaro, cambió de rojo a amarillo. Luego a verde.
Luego otro. Y otro.
Como una ola de alivio, el mapa de la República Mexicana comenzó a iluminarse con líneas azules y verdes. Los iconos de “ERROR” desaparecieron, reemplazados por iconos de camiones en movimiento.
Los teléfonos dejaron de sonar todos al mismo tiempo, reemplazados por el sonido de notificaciones de “Sincronización Exitosa”.
—¡El nodo de Monterrey está en línea! —gritó alguien desde el fondo.
—¡Veracruz reporta movimiento! —gritó la chica de la aduana—. ¡Los códigos QR ya funcionan!
—¡El sistema se está reiniciando con los parámetros corregidos! —exclamó el chico de las gafas, mirando a Mateo como si fuera un hechicero—. ¡Engañaste al protocolo de seguridad para que hiciera un “soft reset”! ¡Es brillante!
Mateo se alejó del teclado lentamente. Sus manos temblaban un poco, ahora que la adrenalina bajaba. Se puso de pie, sintiéndose de repente muy cansado y muy consciente de su ropa sucia otra vez.
—No es brillante —dijo en voz baja—. Es solo sentido común. Si la puerta está atascada, no tratas de tirar la pared. Buscas la ventana.
Se hizo un silencio reverencial en la sala. Los treinta empleados miraban a Mateo con asombro. Habían estado corriendo en círculos durante cuatro horas, aterrorizados por la tecnología, y un hombre con botas lodosas acababa de arreglarlo en cinco minutos entendiendo la lógica detrás de la máquina.
Clara Dalton miraba la pantalla verde, iluminando su rostro con un resplandor de victoria. Luego, se giró lentamente hacia Mateo. Había un brillo en sus ojos que no estaba ahí antes. No era solo gratitud. Era el reconocimiento de un igual. De un depredador reconociendo a otro en la selva.
Cárdenas, por su parte, parecía haberse encogido diez centímetros. Estaba rojo de ira y vergüenza.
—Bueno… —balbuceó el director—. Fue un golpe de suerte. Cualquiera podría haber…
—Cállate, Roberto —dijo Clara, sin mirarlo, su voz suave pero letal—. Recoge tus cosas.
—¿Qué? —Cárdenas parpadeó.
—Recoge tus cosas. Estás despedido.
—No puedes… llevo diez años aquí… tengo una familia…
—Tuviste una crisis y entraste en pánico. Mentiste sobre la gravedad del problema. Y lo peor de todo, juzgaste a la única persona en esta sala capaz de salvarnos basándote en sus zapatos. No necesito gente que mire zapatos, Roberto. Necesito gente que mire el camino. Fuera.
Cárdenas miró alrededor, buscando apoyo, pero nadie le sostuvo la mirada. Derrotado, bajó la cabeza y caminó hacia su oficina de cristal, un rey destronado en su propio castillo.
Clara se acercó a Mateo. Se paró frente a él, ignorando el olor a humedad y lodo.
—Hiciste más que arreglar un sistema, Mateo —dijo ella, lo suficientemente alto para que todos escucharan—. Acabas de ahorrarle a esta compañía unos quince millones de pesos en multas. Y probablemente salvaste mi reputación con los accionistas.
Mateo se encogió de hombros, incómodo con la atención.
—Solo hice lo que había que hacer.
—Sí. Eso es lo que me temo —dijo ella con una media sonrisa—. Que para ti esto es normal.
Ella tomó el folder que había traído consigo y lo puso sobre la mesa, justo encima de la laptop que Mateo había usado.
—Vamos a mi oficina —dijo ella—. Tenemos que hablar de tu sueldo. Y creo que vas a necesitar una camisa seca.
Mateo la miró, incrédulo.
—¿Sueldo? Señora, yo… ni siquiera terminé la entrevista.
—La entrevista terminó en el momento en que te sentaste en esa silla y le enseñaste a mi equipo de ingenieros cómo pensar —respondió Clara—. Ahora solo estamos negociando los términos de tu rendición. No voy a dejar que te vayas de este edificio sin un contrato firmado.
Clara comenzó a caminar hacia la gran oficina de la esquina, la que tenía la mejor vista de la ciudad. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.
—¿Vienes, Gerente de Operaciones?
Mateo sintió que el piso se movía bajo sus pies, y esta vez no era el elevador. Era su vida entera, cambiando de eje, reajustándose como el sistema que acababa de arreglar.
Miró sus manos sucias. Luego miró a Clara.
Sonrió.
—Sí, señora. Ahí voy.
Mientras caminaba tras ella, cruzando el piso de operaciones que ahora zumbaba con productividad y alivio, Mateo pensó en Leo. Pensó en los zapatos nuevos. Pensó en el juego de geometría. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Mateo Rivas se permitió pensar en el futuro no como una amenaza, sino como una promesa.
Pero lo que Mateo no sabía, mientras la puerta de cristal se cerraba tras ellos, aislándolos del ruido, era que arreglar el sistema logístico era la parte fácil. Entrar al mundo de Clara Dalton, con sus intrigas, sus envidias y sus secretos, sería el verdadero desafío. Y el lodo de la alta sociedad a veces es más difícil de limpiar que el de la carretera.
CAPÍTULO 4: LA FIRMA Y EL FANTASMA
La oficina de Clara Dalton no era una habitación; era una declaración de principios.
Si el piso de operaciones afuera era una jungla de ruido y estrés, este espacio era un templo de silencio minimalista. Las paredes eran de cristal de piso a techo, ofreciendo una vista panorámica de la Ciudad de México que, irónicamente, hacía que la ciudad pareciera ordenada y pacífica desde las alturas. El caos del tráfico, los vendedores ambulantes, el ruido de los cláxones… todo desaparecía a cuarenta pisos de altura, filtrado por cristales dobles a prueba de balas.
Mateo se quedó de pie junto a la puerta cerrada, sintiendo cómo el agua fría de sus calcetines empapados hacía un contacto desagradable con la piel arrugada de sus pies. Se sentía como un intruso, un oso torpe que había entrado por error en una galería de arte y tenía miedo de romper algo con solo respirar.
El mobiliario era escaso pero intimidante: un escritorio enorme de madera oscura que parecía flotar sobre una base de acero, dos sillones de cuero blanco que costaban más que su camioneta entera, y una estantería llena de libros de arquitectura y negocios que parecían no haber sido tocados nunca.
—Siéntate, por favor —dijo Clara, caminando hacia un pequeño mueble bar disimulado en la pared de madera—. ¿Quieres algo de beber? ¿Agua? ¿Café? ¿Un whisky para el susto?
Mateo miró los sillones blancos. Miró sus pantalones de mezclilla llenos de lodo seco y manchas de grasa vieja.
—Prefiero quedarme de pie, señora. No quiero arruinar sus muebles. Son… muy blancos.
Clara se giró, sosteniendo una botella de agua mineral de cristal. Lo miró con esa intensidad analítica que empezaba a poner nervioso a Mateo.
—Son muebles, Mateo. Se limpian o se reemplazan. La gente, el talento real… eso es lo que es difícil de encontrar. Siéntate. Es una orden de tu nueva jefa.
Mateo tragó saliva y obedeció, sentándose en el borde del sillón con una delicadeza cómica para un hombre de su tamaño, tratando de minimizar el contacto de su ropa sucia con el cuero inmaculado.
Clara le extendió la botella de agua y se sentó detrás de su escritorio, cruzando las manos sobre la superficie pulida. El silencio se estiró durante unos segundos, denso y cargado.
—No tienes idea de lo que acabas de hacer allá afuera, ¿verdad? —preguntó ella, rompiendo el hielo.
Mateo desenroscó la tapa de la botella, sus manos temblando ligeramente. Bebió un trago largo antes de responder.
—Reinicié un servidor con la fecha cambiada. Es un truco viejo. Lo hacíamos con las radios encriptadas en el ejército cuando perdían la señal del satélite. Engañas a la máquina para que busque una nueva conexión. No es ciencia nuclear.
—Para Roberto Cárdenas, un hombre con una maestría en el ITAM y diez años de experiencia corporativa, era imposible —replicó Clara con una sonrisa irónica—. Él veía el problema a través del manual. Tú viste el problema a través de la realidad. Eso, Mateo, se llama pensamiento lateral. Y es algo que no puedo enseñar en seminarios de liderazgo.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó una hoja de papel membretado y una pluma Montblanc negra. Empezó a escribir notas rápidas.
—Háblame de ti. Y no me recites el currículum que traías para Recursos Humanos. Quiero la verdad. ¿Por qué un hombre con tu capacidad para resolver problemas está manejando una camioneta que se cae a pedazos y aceptando trabajos de pintura?
La pregunta fue directa, como un golpe al hígado. Mateo sintió el impulso de defenderse, de inventar una excusa digna. Pero algo en la mirada de Clara le decía que ella detectaría la mentira al instante.
Suspiró, dejando caer los hombros. La postura militar se desvaneció un poco, dejando ver al hombre cansado que había debajo.
—Tenía un taller —comenzó a decir, su voz ronca—. “Mecánica Rivas”. Era bueno. Teníamos contratos con dos flotillas de taxis y una empresa de repartos local. Durante tres años nos fue bien. Compré la casa donde vivimos, metí a Leo en una escuela privada… pensé que ya la había hecho.
Hizo una pausa, mirando el agua en la botella como si ahí estuvieran las respuestas.
—¿Y qué pasó? —insistió Clara, su voz suave pero implacable.
—Pasó lo que pasa en este país, señora —dijo Mateo con amargura—. Llegaron unos tipos. Dijeron que eran del “sindicato”. Querían una cuota mensual por “protección”. Al principio pagué. Luego subieron la cuota. Luego querían que arreglara camionetas robadas y que no hiciera preguntas. Me negué.
Mateo apretó la botella con fuerza, el vidrio crujiendo bajo la presión de sus dedos callosos.
—Una noche, incendiaron el taller. Perdí tres autos de clientes, toda mi herramienta, los escáneres… todo. El seguro no cubrió nada porque dictaminaron que fue “vandalismo provocado por actividades ilícitas”, aunque yo era la víctima. Me quedé con las deudas de los clientes, sin negocio y con amenazas de muerte si volvía a abrir. Vendí todo lo que me quedaba para pagar a los dueños de los autos quemados. Y aquí estoy. Sobreviviendo.
Clara lo escuchaba sin pestañear. No había lástima en su rostro, lo cual Mateo agradeció. La lástima es para los perros atropellados. Lo que veía en ella era una comprensión fría y dura.
—El famoso “derecho de piso” —murmuró ella—. Una plaga.
—Así que, sí —continuó Mateo, levantando la vista para mirarla a los ojos—. Tengo una camioneta vieja porque tuve que vender la nueva para pagar abogados. Y pinto casas porque es lo único que puedo hacer en efectivo sin que nadie me rastree o me pida cuotas. Pero necesito algo seguro. Leo… mi hijo… él no tiene la culpa de mis errores.
—No fueron errores, Mateo —dijo Clara con firmeza—. Fue mala suerte y un sistema podrido. Pero la resiliencia… eso sí es tuyo.
Clara terminó de escribir en la hoja y la giró sobre el escritorio, deslizándola hacia él.
—Hablemos de negocios.
Mateo miró el papel. Estaba escrito a mano, con una caligrafía elegante y angulosa.
Puesto: Gerente de Operaciones Logísticas Especiales.
Reporta a: Dirección General (Clara Dalton).
Funciones: Resolución de crisis, optimización de rutas, supervisión de campo.
Sus ojos bajaron hasta donde estaba el símbolo de pesos.
Se detuvo. Parpadeó. Volvió a leer.
—Señora… creo que se equivocó en un cero —dijo Mateo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—No me equivoco con los números —respondió ella tranquilamente—. Ochenta mil pesos mensuales, netos. Más prestaciones superiores a la ley, seguro de gastos médicos mayores extensivo a familiares directos, vales de despensa y un bono trimestral por desempeño del 15%.
Mateo sintió un zumbido en los oídos. Ochenta mil pesos.
En su cabeza, las matemáticas estallaron como fuegos artificiales.
La renta: pagada.
La luz: pagada.
La deuda con el prestamista del barrio: liquidada en dos meses.
Los zapatos de Leo. El inhalador. El juego de geometría. Carne para la cena. Un techo sin goteras.
Sintió ganas de llorar. Una presión inmensa detrás de los ojos que tuvo que contener mordiéndose el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—Es… es demasiado —balbuceó. El síndrome del impostor le gritaba que él no valía eso, que él era un mecánico manchado de grasa, no un ejecutivo—. Señora, yo no tengo título universitario. No hablo inglés fluido. No sé usar Excel avanzado.
—Mateo, escúchame bien —Clara se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, invadiendo su espacio personal con una intensidad feroz—. Puedo contratar a cien recién graduados del Tec de Monterrey que saben usar Excel y hablan tres idiomas. ¿Sabes qué hacen cuando el sistema se cae? Lloran. Me llaman pidiendo instrucciones. Se paralizan.
Señaló hacia la puerta.
—Allá afuera, tengo gente que gana la mitad de eso y me costaron millones en pérdidas hoy porque no tienen instinto. Tú tienes instinto. Tienes hambre. Y tienes lealtad. Eso no se aprende en la universidad. Te estoy pagando por lo que traes en las tripas, no por lo que dice un papel.
Mateo miró la cifra de nuevo. Era un salvavidas. No, era un yate de rescate en medio del océano donde se estaba ahogando.
—¿El seguro médico… cubre condiciones preexistentes? —preguntó, su voz apenas un hilo—. Mi hijo tiene asma crónica. Los medicamentos son caros.
La expresión de Clara se suavizó por primera vez, una grieta real en su armadura de hierro.
—Cubre todo, Mateo. Desde una aspirina hasta una cirugía a corazón abierto. Tu hijo va a estar bien.
Mateo tomó la pluma Montblanc. Pesaba. Se sentía fría y sólida, una herramienta de poder. Su mano, que había desarmado motores y cargado fusiles, temblaba al sostener ese pequeño cilindro de resina negra.
Firmó al pie de la página. Su firma, un garabato rápido y fuerte, quedó plasmada en el papel.
—Bienvenido a Dalton Tech —dijo Clara, tomando la hoja y guardándola en una carpeta de piel—. Recursos Humanos te tendrá el contrato formal mañana, pero esto es un preacuerdo vinculante. Empiezas ahora mismo.
—Gracias —dijo Mateo. La palabra se sentía insuficiente, ridícula—. No sé cómo…
—Trabajando —lo cortó ella, volviendo a su tono de negocios—. Vas a desquitar cada centavo, te lo aseguro. No soy una jefa fácil.
Ella abrió un cajón lateral y sacó un talonario de cheques. Escribió rápido, arrancó el cheque y se lo extendió.
—Esto es un adelanto de nómina. Sé que los trámites bancarios tardan unos días en darte de alta y supongo que… bueno, que hay cosas urgentes.
Mateo tomó el cheque. Veinte mil pesos.
—Cómprale lo que necesite a tu hijo —dijo ella, desviando la mirada hacia su computadora para darle privacidad en ese momento de vulnerabilidad—. Y cómprate ropa. Mañana te quiero aquí a las 8:00 AM, y te quiero ver vestido como el gerente que eres. Nada de franela.
—Entendido —dijo Mateo, guardando el cheque en su bolsillo mojado con cuidado de que no se deshiciera—. A las 8:00 en punto.
—Ahora vete. Tengo que limpiar el desastre administrativo que dejó Roberto.
Mateo se levantó. Sus piernas se sentían ligeras, como si la gravedad hubiera disminuido. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo de acero frío.
—Señora Dalton… Clara.
Ella levantó la vista.
—Gracias por atorarse en el lodo hoy.
Ella sonrió, una sonrisa genuina y cansada.
—Vete ya, Rivas. Antes de que me arrepienta.
Salir de la oficina de Clara fue como regresar a la atmósfera terrestre después de un viaje espacial.
El piso de operaciones estaba más tranquilo ahora. El pánico había dado paso a un murmullo productivo. Pero cuando Mateo cruzó la sala hacia los elevadores, notó el cambio.
Ya no lo miraban como al intruso sucio.
Lo miraban con curiosidad, con respeto, y algunos con miedo. Habían visto cómo la dueña despedía a su jefe y se encerraba con este desconocido. El rumor corre más rápido que la luz en las oficinas corporativas: “El nuevo favorito”, “El salvador”, “El mecánico genio”.
Mientras esperaba el elevador, las puertas de servicio se abrieron y salió Roberto Cárdenas.
Llevaba una caja de cartón en las manos. Dentro se veía una foto enmarcada de su familia, una planta de escritorio marchita y una taza que decía “World’s Best Boss”. Se veía devastado, con la corbata deshecha y los ojos rojos.
Se detuvo al ver a Mateo.
El encuentro fue tenso. Cárdenas, el hombre que una hora antes lo había mandado a sacar con seguridad, ahora estaba en la calle, y Mateo tenía su puesto (o una versión mejorada de él).
Cárdenas apretó la caja, sus nudillos poniéndose blancos.
—Disfrútalo mientras dure, amigo —escupió Cárdenas con veneno—. Clara es una trituradora de carne. Hoy eres el héroe, mañana eres basura. Ella no tiene lealtad, solo intereses.
Mateo lo miró desde su altura, tranquilo. Ya no sentía la necesidad de pelear.
—La lealtad se gana, licenciado. Y el respeto también. Que le vaya bien.
El elevador llegó. Mateo entró y las puertas se cerraron, dejando a Cárdenas solo en el pasillo con su caja de cartón y su resentimiento.
El viaje de regreso a “La Gorda” fue surrealista. La lluvia había parado por completo y el sol del mediodía intentaba romper las nubes, iluminando los charcos en las calles de Santa Fe.
Cuando llegó a su camioneta, el “franelero” estaba recargado en ella, comiéndose una torta.
—Todo en orden, jefe. Nadie la tocó.
Mateo sacó una moneda de diez pesos, lo único que le quedaba en morralla, y se la dio.
—Gracias, carnal.
Subió a la cabina. El olor a humedad y tabaco viejo lo golpeó, pero esta vez se sintió diferente. Ya no era el olor de la derrota. Era el olor de una etapa que estaba terminando.
Tocó el cheque en su bolsillo para asegurarse de que era real. El papel estaba un poco húmedo, pero la tinta era indeleble.
Arrancó el motor. El V8 rugió y Mateo dio un grito.
—¡SÍ! ¡A HUEVO! ¡SÍ!
Golpeó el volante, riendo como un loco. Las lágrimas que había contenido en la oficina finalmente salieron, calientes y rápidas, mezclándose con la risa. Se limpió la cara con la manga sucia.
—Tranquilo, Rivas. Tranquilo. Primero lo primero.
Condujo hasta el banco más cercano. Cambió el cheque. Sentir el efectivo en la mano, el fajo de billetes, fue una experiencia casi religiosa. Pagó la luz desde la app del banco en su celular con pantalla estrellada. Pagó la mensualidad atrasada de la tarjeta.
Y luego, fue al supermercado.
No fue al mercado de abastos donde solía regatear por la fruta “macada” (golpeada) que vendían a mitad de precio. Fue a un Walmart.
Entró con su ropa sucia, ignorando las miradas de los guardias de seguridad. Tomó un carrito.
Fue directo al pasillo de juguetes y papelería.
Agarró el juego de geometría más caro que encontró. Uno de marca alemana, en estuche de metal, con compás de precisión.
Luego fue por un par de zapatos deportivos. Nike. Negros, resistentes. Del número de Leo.
Luego al pasillo de comida.
—Carne —murmuró—. Hoy comemos carne.
Agarró un paquete de bisteces de res, un cartón de leche (entera, no fórmula láctea), cereal de caja (del que tiene azúcar y chocolate, el favorito de Leo que nunca podían comprar), y un paquete de galletas.
Cuando llegó a la caja y pagó en efectivo, la cajera lo miró con sospecha al revisar los billetes con el plumón detector de falsos.
—Son buenos, señorita —dijo Mateo con una sonrisa cansada—. Me los acabo de ganar.
Llegó a su casa a las 2:00 PM.
Era una casita pequeña en una colonia popular de la periferia, con fachada de cemento gris y una reja que él mismo había soldado.
Abrió la puerta.
—¡Leo! ¡Ya llegué!
Se escucharon pasos rápidos corriendo desde la recámara. Leo apareció en el pasillo, con su uniforme escolar todavía puesto, los ojos grandes llenos de expectativa.
—¡Papá!
Leo corrió y abrazó las piernas de Mateo, sin importarle que estuvieran sucias.
—¿Cómo te fue? ¿Te dieron el trabajo? —preguntó el niño, mirando hacia arriba.
Mateo se arrodilló para quedar a la altura de su hijo. Le quitó un poco de pelo de la frente.
—Mijo… —Mateo hizo una pausa dramática, sonriendo—. Ve a la camioneta. Traje bolsas.
—¿Comida? —preguntó Leo, sus ojos brillando.
—Comida. Y algo más.
Leo corrió a la entrada. Mateo lo siguió.
Vio a su hijo asomarse a la bolsa del supermercado.
—¡No manches! ¡Es el cereal de tucán! —gritó Leo. Luego sacó la caja metálica—. ¡El juego de geometría! ¡Papá, es el de metal! ¡Este es el que tiene el niño rico del salón!
Y finalmente, la caja de zapatos.
Leo la abrió y se quedó callado. Sacó los tenis nuevos, oliendo el aroma a goma nueva.
Se giró hacia Mateo, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Eres el jefe ahora, papá?
Mateo sintió que el corazón se le hinchaba hasta doler. Levantó a su hijo en brazos, abrazándolo fuerte, sintiendo lo delgado que estaba, prometiéndose que nunca más volvería a tener hambre.
—Sí, campeón. Soy el jefe. Y todo va a estar bien. Te lo prometo. Todo va a estar bien.
Esa noche, cenaron bisteces con papas y leche fría. Fue el mejor banquete de sus vidas.
Pero mientras Mateo acostaba a Leo y apagaba la luz, su mente no pudo evitar volver a la oficina de cristal. A la mirada de Clara Dalton. Y a la amenaza de Roberto Cárdenas.
Sabía que el dinero resolvía el hambre, pero también sabía que acababa de entrar en un juego peligroso. Había saltado de la sartén al fuego. Y aunque ahora tenía zapatos nuevos y la panza llena, tenía el presentimiento de que la verdadera tormenta apenas estaba comenzando.
Mateo se acostó en su cama, mirando el techo con una mancha de humedad.
—Mañana —susurró—. Mañana empieza la guerra.
CAPÍTULO 5: TRAJE NUEVO, VIEJOS LOBOS
La alarma del celular sonó a las 5:30 AM, pero Mateo ya estaba despierto. Llevaba diez minutos mirando las grietas del techo en la penumbra, escuchando la respiración suave de Leo en la cama de al lado. El cambio en su vida era tan repentino que su cerebro todavía esperaba despertar y descubrir que todo había sido un sueño febril provocado por el estrés y el hambre.
Pero no. Ahí, colgado en la puerta del armario, estaba la prueba: un traje azul marino, una camisa blanca impecable y una corbata discreta que había comprado ayer en una tienda departamental. No era un traje italiano a medida como los que usaban en Torre Horizon, pero era digno. Le quedaba un poco apretado en la espalda y los hombros —consecuencia de años cargando motores y cajas—, pero le daba una silueta de autoridad.
Mateo se levantó en silencio, el piso frío de cemento pulido bajo sus pies descalzos. Fue a la cocina, puso agua a hervir para el café y comenzó el ritual de transformación.
Se rasuró con cuidado, eliminando la barba de tres días que había sido su compañera durante los meses de desempleo. Se puso loción —una barata que olía a cítricos y madera— y se peinó con gel.
Cuando se miró en el espejo del baño, apenas se reconoció. El “Maestro Rivas”, el mecánico de manos negras y overol, había desaparecido. Frente a él había un hombre que parecía listo para cerrar tratos, no para cambiar aceites.
—Te ves bien, papá —dijo una vocecita adormilada desde la puerta.
Leo estaba ahí, frotándose los ojos, con el pijama de superhéroes.
Mateo sonrió y lo cargó, con cuidado de no arrugar la camisa.
—¿Tú crees, campeón? ¿No parezco pingüino?
Leo soltó una risita.
—No. Pareces… importante.
Mateo sintió un nudo en la garganta.
—Lo importante es que tú vayas a la escuela y estrenes esos tenis. Ándale, a desayunar. Hoy hay cereal del bueno.
El trayecto a Santa Fe fue diferente. Mateo decidió no llevar a “La Gorda” hasta el corporativo. No quería darle municiones a nadie el primer día. La dejó estacionada en una calle segura cerca de una estación de Metro y tomó un Uber para el último tramo. Fue un gasto extra, pero una inversión necesaria en imagen.
Llegó a la Torre Horizon a las 7:45 AM.
El mismo guardia de seguridad de ayer estaba en la entrada del lobby. Cuando vio a Mateo acercarse con traje y maletín, se enderezó, listo para pedir identificación. Luego, sus ojos se abrieron con reconocimiento.
—¿Joven… joven Rivas? —preguntó el guardia, incrédulo.
Mateo sonrió y le estrechó la mano con firmeza.
—Buenos días, Don Chuy. ¿Cómo va el turno?
—¡Ay, caray! ¡Mírelo nada más! —exclamó el guardia, sonriendo de oreja a oreja—. Ayer parecía que se había peleado con el Tláloc, y hoy viene hecho un pincel. Me contaron el chisme, oiga. Dicen que usted arregló el relajo de ayer.
—Solo hice mi trabajo, Don Chuy.
—Pues pásele, pásele. Ya tiene su gafete esperándolo en recepción. Y oiga… qué bueno que le tapó la boca a la de la entrada. Esa mujer es bien especial.
Mateo caminó hacia la recepción. La recepcionista de ayer no estaba; había otra chica, más amable, que le entregó un gafete magnético con su nombre y una foto que le habían tomado de su INE.
Mateo Rivas – Gerente de Operaciones Logísticas.
Pasar el gafete por el torniquete y ver cómo se encendía la luz verde fue uno de los momentos más satisfactorios de su vida. Subió al elevador, rodeado de otros empleados que revisaban sus correos en iPhones de última generación. Nadie le habló. El olor a perfume caro y la tensión silenciosa llenaban la cabina. Era el ambiente “Godínez” de alto nivel: competencia pasiva-agresiva envasada al vacío.
Al llegar al piso 40, el ambiente era distinto al caos de ayer. Todo estaba en orden. Demasiado orden.
Clara Dalton no estaba. Su asistente, un joven llamado David que vestía mejor que el 90% de la población, lo recibió.
—Bienvenido, Señor Rivas. La Señora Dalton está en una reunión externa con inversionistas. Llegará después del mediodía. Me instruyó que lo llevara a su oficina y lo presentara con el equipo senior.
—Gracias, David.
David lo guio a través del piso de operaciones. Mateo sentía las miradas. No eran miradas de admiración como las del día anterior; eran miradas de evaluación, de sospecha. Los rumores habían mutado. Ya no era solo el héroe; era el intruso. El tipo sin título que había tomado el puesto del Licenciado Cárdenas.
Llegaron a una oficina con paredes de cristal, más pequeña que la de Clara pero con una vista impresionante.
—Esta es su oficina —dijo David.
En el escritorio había una laptop nueva, un monitor doble y una pila de carpetas.
Pero lo que llamó la atención de Mateo no fue la oficina, sino el hombre que estaba parado en la puerta, recargado en el marco con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Era joven, quizás unos veintiocho años, con un traje gris claro de corte italiano slim fit, reloj Apple Watch y ese aire de confianza arrogante que solo tienen los que nunca han tenido que preocuparse por pagar la renta.
—Así que tú eres el famoso “Mateo” —dijo el hombre, pronunciando el nombre como si fuera una marca de detergente barato.
Mateo dejó su maletín en el escritorio y se giró.
—Mateo Rivas. A tus órdenes.
—Julián Sotomayor —dijo el hombre, sin descruzar los brazos—. Subdirector de Planificación Estratégica. O lo que queda del departamento después de la purga de ayer.
Mateo captó el tono de inmediato. Julián era el “delfín” de Cárdenas. El heredero aparente que acababa de ver cómo un extraño le robaba la corona.
—Escuché que ayer hiciste un buen truco con el servidor —continuó Julián, entrando a la oficina como si fuera suya—. Cambiar la fecha. Muy ingenioso. Un poco… rústico, pero funcionó.
—A veces lo rústico es lo que funciona cuando lo sofisticado falla —respondió Mateo con calma.
Julián soltó una risita seca.
—Claro. Pero aquí en Dalton Tech no solemos operar con trucos de taller mecánico. Usamos metodologías Six Sigma, análisis predictivo, Big Data. La señora Dalton puede estar impresionada por tu… acto de heroísmo, pero la operación diaria es otra cosa.
Julián se acercó, invadiendo el espacio personal de Mateo.
—Roberto Cárdenas era mi mentor. Él construyó este departamento. Y tú… bueno, tú estás aquí porque tuviste suerte un día de lluvia.
—Estoy aquí para trabajar, Julián. No para competir contigo.
—Eso espero —dijo Julián, con una frialdad repentina—. Porque tengo una “bronca” que requiere tu atención inmediata. Ya que eres el nuevo Gerente de Resolución de Crisis, te toca.
Julián dejó caer una carpeta gruesa sobre el escritorio de Mateo. Hizo un ruido sordo al caer.
—Centro de Distribución Norte. Tultitlán. Tenemos una discrepancia de inventario del 15% en componentes electrónicos. Los gerentes del almacén no contestan correos y los datos del sistema no cuadran. Cárdenas iba a enviar a una auditoría externa la próxima semana, pero ya que tú eres el experto en “ver el terreno”, supongo que querrás ir personalmente.
Mateo miró la carpeta. Tultitlán. Una zona industrial dura, complicada.
—¿Por qué no han ido ustedes? —preguntó.
—Nosotros somos analistas, Rivas. Vemos los datos. Ir allá es… peligroso y sucio. No es nuestro ambiente. Pero supongo que tú te sentirás como en casa, ¿no?
Era un insulto velado, pero también un reto. Julián lo estaba mandando al matadero. O al menos, a un lugar donde esperaba que Mateo fracasara o se intimidara.
Mateo sonrió. Esta vez, la sonrisa fue genuina. Julián acababa de cometer su primer error táctico: amenazar a un hombre de la calle con la calle.
—Tultitlán —dijo Mateo, tomando la carpeta—. Perfecto. Me sirve para estirar las piernas. ¿Me prestas una camioneta de la flotilla o me voy en Uber?
Julián parpadeó, desconcertado por la falta de miedo.
—Toma una unidad de la flotilla. Llaves en recepción.
—Gracias, licenciado —dijo Mateo, usando el título con una pizca de ironía—. Cuídame la oficina. Regreso en un rato.
Mateo condujo una Nissan NP300 de la empresa hacia el Estado de México. El tráfico era brutal, pero Mateo conocía los atajos. Se metió por calles secundarias, esquivando baches y puestos de tacos, sintiéndose extrañamente aliviado de estar lejos del aire acondicionado y las alfombras del piso 40.
Se quitó el saco y la corbata, arremangándose la camisa blanca.
El Centro de Distribución Norte era una nave industrial gigantesca rodeada de muros de concreto y alambre de púas. En la entrada, camiones de carga entraban y salían en una danza de diésel y polvo.
Mateo se estacionó y caminó hacia la entrada de personal.
Adentro, el almacén era un monstruo de estanterías de diez metros de altura. Montacargas zumbaban por los pasillos. El ruido era ensordecedor.
Mateo localizó la oficina del jefe de almacén, una pecera de vidrio sucio en medio de la nave.
Entró sin tocar.
Adentro había tres hombres. Dos estaban jugando cartas sobre un escritorio lleno de papeles. El tercero, un hombre gordo y calvo con un chaleco de seguridad que apenas le cerraba, estaba hablando por teléfono.
—Sí, sí, dile que sale mañana… no, no registres eso en el sistema todavía…
Cuando vieron a Mateo, el hombre colgó el teléfono de golpe.
—¿Quién eres tú? ¿De parte de quién vienes? —ladró el gordo.
Mateo cerró la puerta tras de sí. El ruido del almacén se amortiguó.
—Soy Mateo Rivas. Nuevo Gerente de Operaciones de Dalton Tech. Vengo a ver qué pasa con el inventario de electrónicos.
Los tres hombres intercambiaron miradas. Una mirada de complicidad pesada.
El gordo, cuyo gafete decía “Antonio ‘El Toño’ Guzmán”, se echó a reír.
—¿Gerente? ¿Tú? Pero si vienes solo, chavo. ¿Dónde está tu auditor? ¿Dónde están tus hojitas de Excel?
—No necesito Excel, Toño —dijo Mateo, acercándose al escritorio—. Vengo a contar cajas.
—Aquí no entra nadie sin autorización escrita del Licenciado Cárdenas —dijo uno de los hombres de las cartas, poniéndose de pie. Era grande, con tatuajes en los brazos. Intimidación física básica.
Mateo no retrocedió. Mantuvo el contacto visual con Toño.
—Cárdenas ya no trabaja aquí. Lo corrieron ayer. Ahora estoy yo. Y tengo dos opciones: o revisamos el inventario por las buenas y vemos cómo cuadramos los números… o llamo a Clara Dalton y le digo que traiga a la policía federal para una auditoría fiscal completa.
La mención de la policía cambió el aire en la habitación. Toño se puso pálido. Sabía que una auditoría fiscal no solo encontraría errores; encontraría delitos.
—Bájale de huevos, carnal —dijo Toño, cambiando de táctica, ahora intentando ser conciliador—. Mira, Rivas… la operación aquí es complicada. A veces las cajas se “pierden”, ya sabes cómo es la zona. Los robos hormiga, los choferes… nosotros hacemos lo que podemos.
—El reporte dice 15% de faltante. Eso no es robo hormiga, Toño. Eso es saqueo industrial.
Mateo se inclinó sobre el escritorio.
—¿Dónde están las palets de microchips? Las que llegaron de Taiwán la semana pasada.
Toño dudó. Miró a sus matones. Luego miró a Mateo y vio algo en sus ojos que no esperaba en un “gerente”. Vio calle. Vio a alguien que no se iba a asustar con un empujón.
—Pasillo 4, nivel 3 —murmuró Toño—. Están “bloqueadas” en el sistema como producto dañado.
—¿Están dañadas?
—No. Están nuevas.
—¿Entonces?
—Cárdenas… —Toño bajó la voz—. El Licenciado nos dijo que las marcáramos como dañadas para que el seguro pagara la merma. Luego él las “vendía” como chatarra a una empresa recicladora… que en realidad es de su cuñado. Nosotros solo seguíamos órdenes, jefe. Nos daba una comisión para que nos calláramos.
Mateo sintió una mezcla de asco y triunfo. Julián lo había mandado aquí pensando que los del almacén lo comerían vivo o que se perdería en el desorden. No sabía que lo estaba enviando directo a la pistola humeante del fraude de su mentor.
—Quiero verlas —dijo Mateo—. Y quiero una copia de las órdenes de salida de “chatarra” de los últimos seis meses.
—Si te doy eso, me hundo —dijo Toño.
—Si no me lo das, te hundo yo —replicó Mateo—. Si cooperas, le digo a Clara que fuiste informante y que te obligaron. Tal vez conserves el trabajo. Si no… te vas a la cárcel con Cárdenas. Tú decides.
Cinco minutos después, Mateo tenía los documentos en la mano y fotos de las cajas de microchips intactas, escondidas detrás de unas cajas de detergente.
El regreso a Santa Fe fue más lento. Mateo tenía la evidencia en el asiento del copiloto. Su cerebro trabajaba a mil por hora. Julián Sotomayor había intentado humillarlo y, sin querer, le había entregado la cabeza de Cárdenas en bandeja de plata.
Pero Mateo sabía algo más: Julián no podía ser inocente. Si era la mano derecha de Cárdenas, tenía que saberlo.
Cuidado, Mateo, se dijo. Esto ya no es mecánica. Esto es ajedrez con navajas.
Llegó a la oficina a las 4:00 PM.
Clara Dalton ya estaba ahí. Se la veía a través de las paredes de cristal de su oficina, hablando por teléfono, caminando de un lado a otro.
Julián estaba en su propio cubículo, riendo con otros dos empleados, tomando café de Starbucks. Cuando vio entrar a Mateo, con la camisa arremangada y polvo de almacén en los zapatos, sonrió con suficiencia.
—¿Qué pasó, Rivas? —gritó Julián para que todos escucharan—. ¿Te perdiste en Tultitlán? ¿Te robaron la cartera? Te ves un poco… polvoriento.
Las risitas de los aliados de Julián resonaron en la oficina silenciosa.
Mateo no se detuvo. Caminó directo hacia Julián.
—Todo bien, Julián. Gracias por el dato.
—¿Qué dato?
—El de la “discrepancia”. Resulta que tenías razón. Había un problema grave.
Mateo levantó la carpeta con las pruebas.
—Toño te manda saludos, por cierto. Dice que espera que no te hayas gastado tu parte de la comisión de la “chatarra”.
La sonrisa de Julián se congeló. Su cara pasó de la burla al terror absoluto en un segundo.
—¿De qué estás hablando? Estás loco.
En ese momento, la puerta de la oficina de Clara se abrió.
—¡Mateo! —llamó ella—. David me dijo que fuiste a Tultitlán. Entra. Quiero el reporte.
Mateo miró a Julián.
—¿Vienes, Julián? —preguntó Mateo en voz baja—. Creo que esto te interesa. Como Planificación Estratégica, deberías saber por qué estábamos perdiendo millones en “basura”.
Julián se quedó clavado en su silla, incapaz de moverse.
Mateo entró a la oficina de Clara y cerró la puerta.
Clara estaba sentada en su escritorio, impecable como siempre.
—¿Y bien? —preguntó ella—. Julián me dijo que te fuiste a pasear al almacén en tu primer día en lugar de revisar los protocolos de seguridad. Estaba a punto de llamarte la atención por falta de prioridades.
Mateo puso la carpeta sobre el escritorio de Clara.
—Con todo respeto, señora, mi prioridad era saber por qué el inventario no cuadraba.
Abrió la carpeta y desplegó las fotos y las facturas falsas.
—Cárdenas tenía un esquema de robo interno. Marcaba mercancía de alto valor como “dañada”, cobraba el seguro, y luego vendía el producto por fuera a través de una empresa fantasma. El almacén de Tultitlán era su bodega personal. Aquí están las pruebas. Nombres, fechas y montos.
Clara tomó los papeles. Sus ojos se movían rápido, leyendo, procesando. Su expresión se endureció. La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados.
—¿Cuánto? —preguntó ella.
—Calculo unos cuatro millones de pesos en los últimos seis meses. Solo en microchips.
Clara cerró la carpeta despacio. Respiró hondo.
—Ese hijo de perra… —susurró. Luego miró a Mateo. Sus ojos brillaban, pero esta vez no con furia, sino con una mezcla de admiración y algo más… ¿miedo? Miedo de lo cerca que había estado de ser estafada por años sin darse cuenta.
—Julián me dijo que era un error de sistema —dijo Clara—. Me juró que era un problema de software.
—Julián era el protegido de Cárdenas —dijo Mateo, neutral—. No tengo pruebas de que él estuviera cobrando, pero… sabía dónde enviarme para que yo “fallara”. Lo que no calculó fue que la gente de abajo, los del almacén, respetan más a uno de los suyos que a un licenciado con traje apretado.
Clara se levantó y caminó hacia la ventana. Miró la ciudad a sus pies.
—Acabas de empezar una guerra, Mateo. Cárdenas tiene amigos en el consejo directivo. Si presento esto, van a rodar cabezas, no solo la de él.
—Mejor que rueden las de ellos que la suya, ¿no?
Clara se giró y lo miró. Hubo un momento de silencio, una conexión eléctrica entre los dos. Él, el hombre rudo que traía la verdad sucia. Ella, la mujer poderosa que necesitaba esa verdad para sobrevivir.
—Tienes razón.
Clara presionó el intercomunicador.
—David, llama a Jurídico y a Seguridad. Y que traigan una caja de cartón para el escritorio de Julián Sotomayor. Ahora.
Mateo sintió un escalofrío. Otro caído.
—Si me permite, jefa —dijo Mateo—. No corra a Julián.
Clara arqueó una ceja.
—¿Perdón? Es cómplice. O al menos encubridor.
—Si lo corre, se va a ir a avisarle a Cárdenas. Van a destruir evidencia en otros almacenes antes de que lleguemos. Mejor manténgalo aquí. Asustado. Vigilado. Que crea que me engañó, o que no encontré nada sobre él. Úselo de carnada.
Clara lo estudió durante unos segundos largos. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus labios.
—Eres maquiavélico, Rivas. Me gusta.
—Supervivencia, señora. En el barrio se aprende que al enemigo se le tiene cerca hasta que tienes el cuchillo en la mano.
—Está bien. Julián se queda. Pero tú eres su jefe ahora. Quiero que lo hagas sudar.
—Eso déjemelo a mí.
Clara volvió a su escritorio.
—Vete a casa, Mateo. Ha sido un día largo. Y… gracias. Otra vez.
—Hasta mañana, Clara. —Esta vez, se le escapó el nombre sin el “señora”. Ella no lo corrigió.
Mateo salió de la oficina. Julián lo miraba con terror desde su cubículo. Mateo pasó a su lado, le guiñó un ojo y siguió caminando hacia el elevador.
Se sentía agotado, sucio otra vez (a pesar del traje), pero vivo.
Había sobrevivido al primer día. Había desmantelado un fraude millonario. Y había salvado su puesto.
Mientras bajaba en el elevador, su celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió.
“Disfruta tu victoria, mecánico. Pero te metiste con la gente equivocada. Cuida a tu hijo. Cárdenas no perdona.”
La sangre de Mateo se heló. El elevador llegó al lobby, pero él se quedó inmóvil, mirando la pantalla del celular. La euforia desapareció, reemplazada por un instinto asesino primario.
Habían mencionado a Leo.
Ya no era un trabajo. Ya no era corporativo.
Ahora era personal.
Mateo salió del edificio, aflojándose la corbata, sus ojos escaneando la calle en busca de amenazas. La guerra no empezaba mañana. La guerra ya estaba aquí.
CAPÍTULO 6: SOMBRAS EN EL RETROVISOR
El mensaje de texto brillaba en la pantalla del celular de Mateo como una herida abierta en la oscuridad de la tarde: “Disfruta tu victoria, mecánico. Pero te metiste con la gente equivocada. Cuida a tu hijo. Cárdenas no perdona.”
Mateo no respondió. No cometió el error de novato de llamar, de insultar, de mostrar miedo. Apagó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco y respiró. Una, dos, tres veces. Inhalar en cuatro tiempos, retener en cuatro, exhalar en cuatro. La “respiración táctica” que le habían enseñado en la Infantería de Marina para bajar el ritmo cardíaco antes de una emboscada.
Pero esto no era la sierra de Guerrero ni un puesto de control en Tamaulipas. Era la Avenida Reforma, rodeada de turistas y oficinistas que salían a buscar un taxi. Y la amenaza no era contra él. Si fuera contra él, Mateo se hubiera reído; había esquivado balas de verdad. Pero era contra Leo. Y eso cambiaba las reglas del juego. Eso convertía el ajedrez corporativo en una cacería de sangre.
Caminó hacia el estacionamiento público donde había dejado la camioneta de la empresa, la Nissan NP300. Mientras caminaba, sus ojos, entrenados para detectar anomalías, escaneaban todo. El hombre vendiendo cigarros en la esquina: limpio. La pareja discutiendo frente al Starbucks: limpia. El sedán gris con vidrios polarizados que avanzaba despacio a treinta metros detrás de él: sucio.
Mateo no aceleró el paso. Mantuvo el ritmo constante, pero su mano derecha se deslizó discretamente hacia su cintura, buscando un arma que ya no portaba. Se maldijo por estar desarmado. En el mundo civil, un gerente de logística no carga una 9mm.
Llegó a la camioneta, subió y puso los seguros inmediatamente. Arrancó y se incorporó al tráfico. Miró por el retrovisor. El sedán gris estaba ahí, a dos autos de distancia.
—Así que quieren jugar —murmuró Mateo, sintiendo cómo el frío acero de la determinación reemplazaba al miedo.
No fue directo a casa. No podía llevar la cola hasta la puerta donde dormía su hijo. Dio vueltas. Se metió en calles estrechas de la colonia Juárez, hizo cambios de carril bruscos, se pasó un alto en amarillo que dejó al sedán gris atrapado en el rojo detrás de un camión de basura.
Giró a la izquierda, luego a la derecha, y aceleró a fondo.
Los perdió. Por ahora.
Cuando llegó a su casa, la pequeña construcción de cemento gris le pareció repentinamente frágil. Lo que antes era su refugio, ahora le parecía una caja de zapatos hecha de papel, vulnerable a cualquier lobo que quisiera soplar.
La reja estaba oxidada. La cerradura de la puerta principal era barata, de esas que se abren con una tarjeta de crédito y un empujón fuerte.
—Dios mío —pensó Mateo—. Estamos regalados.
Entró corriendo.
—¡Leo!
—¡Aquí estoy, pa! —gritó el niño desde la cocina. Estaba dibujando en la mesa, con el juego de geometría nuevo desplegado como un tesoro.
Mateo lo abrazó con una fuerza que sorprendió al niño.
—¿Qué pasa, papá? ¿Estás jugando a las luchitas?
—Algo así, campeón —dijo Mateo, separándose y tratando de sonreír, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—. Escúchame bien. Vamos a jugar a “Misión Secreta”. ¿Te acuerdas de ese juego?
Los ojos de Leo se iluminaron.
—¿Como cuando nos escondimos de la señora de la renta?
—Mejor. Esta es una misión de nivel experto. Tienes cinco minutos para empacar tu mochila. Ropa, tu cepillo de dientes, el inhalador y tus juguetes favoritos. Nada más.
—¿A dónde vamos?
—A un hotel de lujo —mintió Mateo—. Parte del nuevo trabajo. Pero es secreto. Nadie puede saber que nos fuimos. Apaga la luz de tu cuarto y no hagas ruido. ¡Corre!
Mientras Leo corría a su habitación, Mateo fue a la suya. Sacó una maleta vieja de deportes. Metió ropa suya, documentos importantes (actas de nacimiento, la cartilla militar, el contrato de la casa) y, de debajo del colchón, sacó una caja de metal. Adentro había una navaja táctica plegable y un gas pimienta industrial que le había quedado de sus tiempos de guardia.
Se guardó la navaja en el bolsillo. No era una pistola, pero en manos de Mateo, era suficiente para deshabilitar a un agresor en tres segundos.
Salieron de la casa quince minutos después. Mateo dejó una luz encendida en la sala y la radio prendida a volumen bajo para simular presencia. Cerró con doble llave, sabiendo que eso no detendría a nadie decidido, pero ganaría tiempo.
Subieron a la camioneta.
—Acuéstate en el asiento de atrás, Leo. Tápate con esta cobija. No te levantes hasta que yo te diga. Es parte de la misión: invisibilidad.
—¡Entendido, comandante! —susurró Leo, emocionado por la aventura, ignorante del peligro mortal que los acechaba.
Mateo condujo hacia el norte, lejos de su barrio, lejos de Santa Fe, perdiéndose en la inmensidad anónima de la ciudad nocturna. Buscó un motel de paso en una zona industrial, uno de esos lugares discretos donde nadie hace preguntas y se paga en efectivo.
No durmió en toda la noche. Se sentó en una silla junto a la puerta, con la navaja en la mano, escuchando cada paso en el pasillo, cada auto que entraba al estacionamiento, velando el sueño de su hijo como un perro guardián herido pero letal.
La mañana siguiente, el sol salió sobre una ciudad indiferente. Mateo tenía los ojos rojos y el cuerpo adolorido por la tensión, pero estaba vivo. Y Leo también.
El problema era qué hacer ahora.
No podía dejar a Leo en la escuela. Si Cárdenas sabía dónde vivían, sabía a qué escuela iba. Era un blanco fácil.
Tampoco podía dejarlo en el motel.
Solo había un lugar en el mundo donde Mateo sentía que podía controlar el terreno. Un lugar con guardias armados en la entrada, cámaras de seguridad en cada esquina y muros de cristal blindado.
La oficina.
—¿Vamos a tu trabajo, papá? —preguntó Leo mientras comían unos tamales que Mateo compró en la esquina.
—Sí. Pero tienes que portarte muy bien. Es una oficina de gente muy seria. No puedes correr, no puedes gritar. Tienes que ser un ninja silencioso.
—Soy experto en ninjas —aseguró Leo con la boca llena de masa.
Llegar a Torre Horizon con un niño de ocho años, una mochila de Spiderman y ojeras de mapache no era la imagen ejecutiva que Mateo quería proyectar en su segundo día, pero no tenía opción.
Entró por el estacionamiento subterráneo usando la tarjeta de acceso que le habían dado ayer.
Al llegar al lobby, Don Chuy, el guardia, abrió los ojos como platos.
—Joven Rivas… ¿y este recluta?
—Es mi asistente ejecutivo, Don Chuy —dijo Mateo, guiñándole un ojo—. Día de “trae a tu hijo al trabajo”. Emergencia familiar. Le encargo que no le diga a nadie que me vio entrar con él, porfa.
Don Chuy, que tenía tres nietos y entendía de emergencias, asintió solemnemente.
—Aquí no pasó nadie, jefe. Pasen rápido antes de que baje la de Recursos Humanos, que esa sí ladra.
Mateo subió al piso 40. Afortunadamente, eran las 7:30 AM y la oficina estaba casi vacía. Metió a Leo en su pequeña oficina, cerró la puerta y bajó las persianas.
—Aquí es tu base, Leo. Tienes tu tablet, tienes tus cuadernos. Si necesitas ir al baño, me dices. Si alguien entra que no soy yo, te metes debajo del escritorio y no sales. ¿Entendido?
—Entendido. Oye, pa, ¿tu jefa es mala?
—No es mala. Es… complicada. Como un volcán. Bonita de lejos, pero peligrosa si te acercas mucho.
Mateo se sentó a trabajar. Tenía que justificar su sueldo. Revisó los reportes de Tultitlán, empezó a cruzar datos con otros almacenes. Tal como sospechaba, el fraude no era local; era sistémico. Cárdenas había creado una red de “merma fantasma” en al menos cuatro estados.
Estaba tan concentrado que no escuchó la puerta abrirse a las 9:00 AM.
—Mateo, necesito que revises estos…
La voz de Clara se congeló en el aire.
Mateo levantó la vista de golpe. Leo, que estaba coloreando en el suelo, levantó la cabeza.
Clara Dalton estaba parada en el umbral, vestida con un traje sastre blanco impecable que la hacía ver como una diosa del hielo. Miraba a Leo con una expresión de desconcierto total, como si hubiera encontrado un pingüino en medio del desierto.
—Hola —dijo Leo, rompiendo el silencio con esa falta de filtro que tienen los niños—. ¿Tú eres el volcán?
Mateo cerró los ojos un segundo, deseando que la tierra se lo tragara.
—Leo, silencio —ordenó suavemente. Se puso de pie—. Señora Dalton. Puedo explicarlo.
Clara entró a la oficina y cerró la puerta tras de sí. Su mirada pasó del niño a Mateo.
—¿Un volcán? —preguntó, arqueando una ceja perfecta.
—Es una metáfora geológica —improvisó Mateo—. Por… la fuerza de la naturaleza que usted representa.
Clara ignoró el halago torpe.
—Mateo, esto es un corporativo de alto nivel. No una guardería. Sabes que por políticas de seguridad y seguros no puede haber menores en el piso de operaciones.
—Lo sé. Y le pido una disculpa. Pero no tenía opción.
—Siempre hay opción. Niñeras, guarderías, familia…
—No tengo familia —la cortó Mateo, su voz endureciéndose—. Mi esposa murió hace tres años. Mis papás viven en el pueblo y están muy viejos. Y no tengo dinero para una niñera de confianza.
Clara suspiró, cruzándose de brazos.
—Mateo, te di un adelanto ayer. Puedes pagar una niñera. Llévatelo a casa y trabaja remoto hoy. No puedo tener niños corriendo por aquí mientras estamos auditando un fraude millonario.
Mateo rodeó el escritorio y se paró frente a ella. Bajó la voz para que Leo no escuchara los detalles.
—No puedo llevarlo a casa, Clara. Porque no podemos volver a casa.
Sacó su celular, buscó el mensaje de texto y se lo puso frente a la cara.
—Lea esto.
Clara tomó el teléfono. Sus ojos recorrieron las líneas de texto. “Cuida a tu hijo. Cárdenas no perdona.”
Su expresión cambió. La máscara de CEO, la frialdad ejecutiva, se agrietó. Sus ojos se oscurecieron con una furia genuina.
—¿Cuándo llegó esto? —preguntó en un susurro.
—Ayer, saliendo de aquí. Me siguieron un rato. Saqué a Leo de la casa anoche. Dormimos en un motel. No voy a dejarlo en una escuela donde cualquiera puede levantarlo, y no voy a dejarlo con una desconocida. El único lugar donde sé que está seguro es aquí, detrás de sus guardias y sus vidrios blindados. Así que, con todo respeto, jefa: o se queda él, o me voy yo. Pero no nos separamos.
Clara le devolvió el teléfono lentamente. Miró a Leo, que había vuelto a sus dibujos, ajeno a que su padre estaba negociando su vida.
Algo en la postura de Clara se suavizó. Una sombra de dolor antiguo cruzó su rostro por un instante, tan rápido que Mateo casi se la pierde.
—Nadie amenaza a mi gente —dijo ella, su voz baja y vibrante—. Y menos a un niño.
Se giró hacia la puerta y la abrió.
—¡David! —gritó.
El asistente apareció corriendo.
—¿Sí, señora?
—Cancela mi comida con los inversores japoneses. Y llama a Seguridad. Quiero al Comandante Rangel aquí en cinco minutos. Código Rojo.
—¿Código Rojo, señora? Pero eso es solo para amenazas directas a la Presidencia…
—¡Hazlo! —ordenó ella. Luego se volvió hacia Mateo—. Tu hijo se queda. Pero no aquí en esta pecera. Se va a mi oficina. Hay más espacio y tengo un baño privado. Además, tengo chocolates escondidos que necesito que alguien se coma para no comérmelos yo.
Mateo sintió un alivio tan grande que le temblaron las rodillas.
—Gracias, Clara.
—No me des las gracias. Estamos en guerra, ¿recuerdas? Y en la guerra se protegen los activos valiosos. —Miró a Leo y sonrió, una sonrisa triste pero dulce—. Y él parece ser el activo más valioso que tienes.
La siguiente hora fue una lección de poder. Mateo vio a Clara Dalton en acción, no como administradora, sino como una reina protegiendo su castillo.
El Comandante Rangel, un exmilitar de las Fuerzas Especiales, llegó a la oficina. Era un hombre de pocas palabras, con una cicatriz en la mejilla y ojos que no parpadeaban.
—Analizamos el número del mensaje —dijo Rangel—. Es un celular desechable, comprado en un Oxxo en Iztapalapa ayer. Imposible de rastrear. Pero el lenguaje… “Mecánico”. Eso es específico. Alguien de adentro le dio tu perfil a los de afuera.
—Julián —dijo Mateo inmediatamente.
—Probablemente —coincidió Clara—. Pero no podemos tocarlo todavía. Necesitamos que cometa un error.
Rangel asintió.
—Voy a poner vigilancia discreta 24/7 sobre el señor Rivas y el menor. Y sugiero cambiar sus rutas y vehículos. La camioneta de la empresa ya está quemada.
—Dales la Blindada 4 —ordenó Clara—. La Suburban que usábamos para las visitas diplomáticas. Nadie se mete con un nivel 7 de blindaje.
—Entendido, señora.
Mientras los adultos hablaban de estrategias de seguridad, Leo estaba sentado en la alfombra persa de la oficina de Clara, comiéndose una barra de chocolate suizo de doscientos pesos y dibujando en una hoja membretada de la empresa.
—¿Qué dibujas? —preguntó Clara, acercándose a él cuando Rangel salió. Se quitó el saco blanco y se sentó en el borde de su escritorio, quedando menos imponente.
Leo levantó su obra. Eran dos figuras de palitos. Una grande y fuerte, y una pequeña. Estaban dentro de un edificio cuadrado. Afuera, había garabatos negros que parecían monstruos.
—Somos mi papá y yo. En el castillo. Y afuera están los malos, pero no pueden entrar porque el castillo es mágico.
Clara tomó el dibujo. Sus manos, siempre firmes, temblaron levemente.
—Es un castillo muy fuerte —dijo ella con voz suave—. Yo voy a asegurarme de que la magia no se acabe, Leo.
—¿Tú eres la reina del castillo? —preguntó el niño.
Clara sonrió con melancolía.
—Algo así. Pero las reinas a veces están muy solas en sus castillos.
—Mi papá dice que es mejor estar solo que mal acompañado —dijo Leo con sabiduría infantil—. Pero también dice que un buen equipo no deja a nadie atrás. Tú eres de nuestro equipo ahora, ¿verdad?
Mateo, observando la escena desde la esquina, sintió algo extraño en el pecho. Ver a la “Dama de Hierro” interactuando con su hijo, viendo cómo se le caía la armadura ante la inocencia de Leo, le hizo verla de otra manera. Ya no era solo la jefa millonaria. Era una mujer que, por alguna razón que él desconocía, entendía la soledad mejor que nadie.
Clara levantó la vista y cruzó miradas con Mateo. Hubo un entendimiento silencioso. Un pacto de sangre sellado sin necesidad de firmas ni abogados.
—Sí, Leo —dijo ella sin dejar de mirar a Mateo—. Soy de su equipo.
A la hora de la comida, el ambiente se rompió por la realidad del trabajo.
Julián Sotomayor entró a la oficina de Clara sin tocar, como solía hacer en los viejos tiempos, con un folder en la mano.
—Clara, tenemos que firmar los…
Se detuvo en seco al ver la escena. Mateo estaba revisando planos en la mesa de conferencias. Leo estaba jugando con una tablet en el sofá. Y Clara estaba trabajando en su escritorio, con un dibujo de palitos pegado con cinta adhesiva en su lámpara de diseñador.
Julián miró al niño con disgusto evidente.
—¿Qué es esto? ¿Ahora somos una guardería? Clara, esto es poco profesional. Si los socios se enteran…
Mateo se levantó despacio. Se interpuso entre Julián y Leo.
—Hola, Julián. ¿Cómo va tu día? ¿Ya le avisaste a tus amigos que recibí el mensaje?
Julián palideció, pero intentó mantener la compostura.
—No sé de qué hablas, Rivas. Estás paranoico.
—¿Paranoico? —Mateo dio un paso adelante, obligando a Julián a retroceder—. Déjame decirte algo, “licenciado”. Si algo, lo que sea, un rasguño, un susto, le pasa a mi hijo… no voy a venir a Recursos Humanos. No voy a llamar a la policía. Voy a ir a buscarte. Y te juro por la memoria de mi madre que vas a desear estar en la cárcel.
Julián tragó saliva, mirando hacia Clara buscando protección.
—Clara, ¿vas a permitir que me amenace así?
Clara ni siquiera levantó la vista de su laptop.
—Yo no escuché ninguna amenaza, Julián. Escuché una promesa de gestión de riesgos. Y te sugiero que la tomes muy en serio. Ahora, deja los papeles y lárgate. Tu perfume barato está mareando al niño.
Julián dejó los papeles, temblando de rabia y miedo, y salió casi corriendo.
—Eso fue… intenso —comentó Clara cuando la puerta se cerró.
—Es el lenguaje que entienden —dijo Mateo—. El miedo.
De repente, el teléfono de escritorio de Clara sonó. Ella contestó en altavoz.
—¿Sí?
—Señora Dalton —era la voz de la recepcionista del lobby, la amable—. Llegó un paquete para el señor Rivas. Dice “Urgente”.
Mateo y Clara se miraron.
—¿Quién lo manda? —preguntó Mateo.
—No dice. Lo trajo un mensajero en moto. Dijo que era un regalo de bienvenida.
—No lo subas —ordenó Mateo—. ¡No lo toques! ¡Aléjate del paquete!
—¿Qué? Pero es una caja bonita, con un moño…
—¡Rangel! —gritó Clara hacia el pasillo—. ¡Paquete sospechoso en recepción! ¡Protocolo de explosivos!
El caos se desató. Las alarmas silenciosas se activaron. Rangel bajó corriendo con su equipo. Mateo quería bajar, pero Clara lo detuvo del brazo.
—¡No! Tú te quedas con Leo. Si es una distracción para que bajes, te matan ahí mismo. ¡Quédate aquí!
Fueron los diez minutos más largos de su vida. Mateo abrazó a Leo en el rincón más alejado de las ventanas. Clara se quedó parada junto a la puerta, escuchando la radio de seguridad.
—Aquí Rangel… Paquete asegurado. El perro no detecta explosivos. Vamos a abrirlo con el robot.
Silencio. Estática.
—Paquete abierto… Falsa alarma de bomba. Pero… el contenido es negativo.
—¿Qué es? —preguntó Clara.
—Es… una corona de flores fúnebres. Pequeña. Como para un niño. Y una nota.
Mateo sintió que la sangre se le iba a los pies.
—¿Qué dice la nota? —preguntó Clara con voz helada.
—Dice: “Tic tac. El tiempo corre. Renuncia o enterramos al escuincle”.
Clara cortó la comunicación.
Se giró hacia Mateo. Él estaba pálido, con la mandíbula tan apretada que parecía que se le iban a romper los dientes. Leo lo miraba asustado.
—Papá, ¿por qué estás llorando? —preguntó el niño, tocándole la cara.
Mateo no se había dado cuenta de que una lágrima de pura impotencia y furia le corría por la mejilla.
—No lloro, hijo. Estoy pensando.
Se levantó. Miró a Clara.
—Tengo que renunciar. No puedo exponerlo a esto. Me voy a llevar a Leo al pueblo, lejos de aquí.
Clara caminó hacia él y le dio una bofetada.
Fue un golpe seco, rápido, que le giró la cara.
Mateo se quedó atónito. Leo soltó un grito ahogado.
—¡No te atrevas! —siseó Clara, sus ojos echando fuego—. ¡No te atrevas a huir! Si te vas, ganan. Si te vas al pueblo, te van a encontrar allá y allá no tienes muros blindados ni guardias. Allá estás solo.
Clara lo agarró de las solapas del saco y lo sacudió.
—¿Crees que esto es por un puesto de gerente? ¡No! Esto es porque descubriste algo mucho más grande que un robo de microchips. Si te vas, te matan para callarte. La única forma de salir de esta es hacia adelante. Tenemos que destruirlos.
—Es mi hijo, Clara… —gimió Mateo.
—Y por eso mismo —dijo ella, soltándolo y suavizando la voz—. No vas a volver a tu casa. Ni a un motel.
Fue a su escritorio y sacó un juego de llaves magnéticas.
—Tengo un penthouse en Polanco. Seguridad privada del edificio, elevador directo codificado, vidrios antibalas. Nadie sabe que es mío, está a nombre de una sociedad anónima. Se van a quedar ahí.
—Clara, no puedo…
—No es una oferta. Es una orden logística. Estoy reubicando activos críticos a una zona segura. —Le puso las llaves en la mano—. Tú y Leo se van a mi casa. Rangel los llevará en la blindada por la salida de carga. Yo me quedo aquí a dar la cara y hacer creer que sigues trabajando.
Mateo miró las llaves. Luego miró a Clara. Esa mujer acababa de ofrecerle su santuario personal, su refugio secreto, para salvar a su hijo.
—¿Por qué haces esto? —preguntó él.
Clara desvió la mirada hacia la ventana, hacia la ciudad gris.
—Porque yo perdí a alguien una vez… por no tener los recursos para protegerlo. Y no voy a dejar que eso te pase a ti.
Se hizo un silencio denso. Un secreto antiguo flotaba en el aire, pero no era momento de preguntar.
—Vete. Rangel está esperando.
Mateo cargó a Leo y su mochila.
—Gracias —dijo.
—No me falles, Rivas. Atrapa a estos bastardos.
—Lo haré. Aunque sea lo último que haga.
Mateo salió por la puerta trasera con su hijo en brazos, dejando atrás su vida anterior para siempre. Ya no era solo un empleado. Era un soldado en una guerra privada, y ahora tenía una general que estaba dispuesta a quemar el mundo con tal de ganar.
Mientras la camioneta blindada salía a toda velocidad del edificio, Mateo miró por la ventana. La ciudad parecía diferente. Ya no era un lugar de oportunidades. Era un campo de batalla. Y él estaba listo para cazar.
CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DEL ORO
El departamento de Clara Dalton no estaba en un edificio; estaba en la cima del mundo.
Ubicado en la calle de Rubén Darío, en el corazón de Polanco, el penthouse ocupaba los dos últimos pisos de una torre que miraba directamente al Bosque de Chapultepec. Cuando el elevador privado se abrió —sin botones, activado solo por la llave magnética que Clara le había dado—, Mateo sintió que el aire cambiaba. Allí arriba no había smog, no había ruido de cláxones, no había vendedores ambulantes gritando “¡tamales oaxaqueños!”.
Solo había silencio. Un silencio caro, denso y perfumado a té blanco y madera de sándalo.
Mateo dio un paso adelante, cargando a Leo, que se había quedado dormido en el trayecto blindado, y su vieja maleta de deportes. Se sintió ridículo. Sus botas de trabajo, aunque limpias, parecían objetos alienígenas sobre el piso de mármol de Carrara blanco que se extendía como un lago congelado hasta donde alcanzaba la vista.
—Pásale, jefe —dijo el escolta que los había subido, un tipo llamado Vega que no había dicho más de tres palabras en todo el camino—. La despensa está llena. El sistema de seguridad está armado en modo perimetral. Nadie entra sin que usted lo autorice desde el panel.
—Gracias, Vega —dijo Mateo en voz baja.
—Cualquier cosa, estamos en el lobby. Buenas noches.
El elevador se cerró y Mateo se quedó solo con su hijo en aquel palacio de cristal.
Caminó despacio por la sala. Los ventanales eran inmensos, muros de vidrio de cinco metros de altura que encuadraban la ciudad nocturna como si fuera una obra de arte en movimiento. Las luces de los edificios lejanos parpadeaban como estrellas caídas.
—Vaya… —susurró Mateo.
Bajó a Leo en un sofá gris que parecía diseñado por arquitectos que odiaban la comodidad humana, pero que sorprendentemente era suave como una nube. El niño se removió un poco, abrazando su mochila de Spiderman, pero siguió durmiendo.
Mateo decidió explorar el terreno. Hábito militar: asegura el perímetro, conoce las salidas, ubica los recursos.
La cocina era más grande que toda su casa. Tenía dos refrigeradores industriales de acero inoxidable, una isla de granito negro y electrodomésticos que Mateo no sabía ni para qué servían. Abrió uno de los refrigeradores. Estaba lleno, pero de una manera extraña: botellas de agua Voss, jugos orgánicos de espinaca, quesos importados, champán y… nada más. No había comida real. No había tortillas, no había huevos, no había guisados en tuppers. Era el refrigerador de alguien que come en restaurantes o que simplemente no come.
Siguió caminando. Encontró tres habitaciones. Dos estaban vacías, amuebladas como cuartos de hotel de cinco estrellas, sin un solo objeto personal. La tercera, la principal, estaba cerrada con llave.
—Privacidad —respetó Mateo.
Regresó a la sala y se dejó caer en un sillón individual frente al ventanal.
La belleza del lugar era innegable, pero también lo era su frialdad. Esta casa no era un hogar. Era una vitrina. Un lugar para ser admirado, no para ser vivido. Mateo pensó en su pequeña casa de cemento, con las paredes llenas de dibujos de Leo y las manchas de humedad que contaban historias de inviernos pasados. Era fea, sí, pero tenía calor.
Este lugar gritaba soledad. La soledad de Clara Dalton.
—¿Qué haces aquí, Mateo? —se preguntó a sí mismo, mirando su reflejo en el cristal oscuro—. ¿En qué te metiste?
Sacó los papeles que había robado del almacén de Tultitlán y que había guardado en su maletín. Si no podía dormir, al menos podía trabajar. No iba a ser un huésped pasivo. Si Clara le estaba dando refugio, él le daría resultados.
Encendió una lámpara de diseño minimalista, se sentó en la mesa del comedor —una losa de madera de una sola pieza que probablemente costaba lo que un auto— y empezó a desplegar su guerra.
Pasaron las horas. El reloj digital de la cocina marcaba las 2:00 AM.
Mateo tenía la mesa cubierta de facturas, hojas de cálculo impresas y notas escritas en servilletas. Sus ojos estaban rojos, pero su mente estaba afilada como una navaja.
Había encontrado el patrón.
No era solo el almacén de Tultitlán. Cárdenas no era tan estúpido para robar solo de un lugar. El esquema era triangular.
- El producto “dañado” salía del almacén con una orden de baja.
- Una empresa de transportes externa, llamada “Transportes El Fénix”, recogía la carga para llevarla a “reciclaje”.
- La carga nunca llegaba a la recicladora. Desaparecía en el trayecto.
- Pero aquí estaba el truco: “Transportes El Fénix” facturaba a Dalton Tech por el servicio de flete.
—Descarados —murmuró Mateo—. Nos roban la mercancía y nos cobran por llevársela.
Buscó la dirección fiscal de “Transportes El Fénix”. Era un lote baldío en Ecatepec. Una empresa fantasma clásica. Pero los camiones eran reales. Tenían que serlo. Había registros de entrada y salida con placas, nombres de choferes y pesos de báscula.
Mateo anotó las placas de los camiones recurrentes. Eran siempre los mismos tres: un Kenworth rojo, un Freightliner blanco y un Volvo azul.
Si encontraba esos camiones, encontraba la mercancía. Y si encontraba la mercancía, encontraba a los compradores.
El sonido del elevador lo sobresaltó.
Mateo se levantó de un salto, instintivamente poniéndose en guardia.
Las puertas se abrieron y Clara entró.
Se veía agotada. Ya no era la diosa de hielo de la mañana. Su cabello estaba un poco despeinado, su saco blanco tenía una mancha de café en la manga y caminaba arrastrando los pies, descalza, con los tacones colgando de una mano.
Se detuvo al ver a Mateo en su comedor, rodeado de papeles, con la camisa desabotonada y las mangas arremangadas.
—Sigues despierto —dijo ella, su voz ronca.
—No podía dormir —respondió Mateo—. Y no me gusta estar de ocioso.
Clara asintió lentamente. Dejó sus zapatos en el suelo y caminó hacia la cocina.
—¿Leo?
—Dormido en el sofá. No quise despertarlo para llevarlo al cuarto. Parecía cómodo.
Clara se asomó a la sala. Vio al niño hecho bolita bajo una manta de cachemira. Una sonrisa leve y cansada cruzó su rostro.
—Se ve tan… pequeño en ese sofá gigante.
Abrió el refrigerador, miró el vacío de comida real y suspiró con frustración. Cerró la puerta con un golpe.
—Maldita sea. Olvidé cenar. Y mi asistente olvidó hacer el súper.
—Yo cociné —dijo Mateo.
Clara se giró, sorprendida.
—¿Cocinaste? ¿Con qué? Si ahí solo hay agua de manantial y queso apestoso.
Mateo sonrió, una sonrisa de medio lado, modesta.
—Encontré una bolsa de harina de hot cakes caducada hace un mes en la alacena, unos huevos, leche y mantequilla. Hice unos hot cakes. No son gourmet, pero llenan. Están en el horno, para que no se enfriaran.
Clara lo miró como si le hubiera dicho que había descubierto la fusión nuclear en su estufa.
Fue al horno, sacó el plato tapado con papel aluminio. El olor a vainilla y mantequilla caliente llenó la cocina estéril, dándole vida por primera vez en años.
Se sentó en un banco de la barra y tomó un tenedor. Probó un pedazo.
Cerró los ojos y soltó un gemido de satisfacción que hizo que Mateo se sintiera extrañamente acalorado.
—Dios mío —murmuró ella con la boca llena—. Esto sabe a… hogar.
—Mi mamá decía que la harina no caduca, solo se añeja —bromeó Mateo, recargándose en la encimera frente a ella—. ¿Día difícil?
—El peor —admitió Clara, atacando el segundo hot cake—. Los abogados están histéricos con tu hallazgo. Quieren demandar a Cárdenas, pero dicen que las pruebas son circunstanciales. Dicen que Cárdenas puede alegar que él firmó las salidas de buena fe basándose en los reportes de almacén. Necesitan una “pistola humeante”. Algo que lo vincule directamente con la venta ilegal.
—Ya lo tengo —dijo Mateo.
Clara detuvo el tenedor a medio camino.
—¿Qué?
—Ven a ver.
Clara se llevó el plato al comedor. Mateo le mostró el mapa que había trazado con las facturas y las rutas de los camiones.
—Mira esto. Transportes El Fénix. Son tres camiones. Siempre los mismos. Recogen la supuesta chatarra los jueves por la noche.
—¿Y?
—Y mira los tiempos de viaje. De Tultitlán a la supuesta recicladora en Lerma son dos horas. Pero los camiones registran un viaje de cuarenta minutos y luego un paro de motor de tres horas.
—¿Se detienen?
—No solo se detienen. Descargan. Cuarenta minutos desde Tultitlán… eso los pone en la zona de bodegas de Vallejo. Ahí es donde tienen la mercancía robada. Ahí es donde hacen la venta.
Clara miró los números, fascinada por la lógica implacable de Mateo.
—Eres increíble, Rivas. Mis auditores ven dinero; tú ves movimiento.
—La logística es movimiento, Clara. El dinero solo es la consecuencia.
Clara dejó el tenedor y se frotó las sienes. El cansancio volvía a caer sobre ella.
—Entonces tenemos que mandar a la policía a Vallejo.
—No —dijo Mateo—. Si mandas a la policía, les van a dar el pitazo. Cárdenas tiene gente en la nómina de la fiscalía, te lo aseguro. Si llega una patrulla, van a encontrar la bodega vacía y tú vas a quedar como una loca paranoica.
—¿Entonces qué hacemos?
—Tenemos que agarrarlos con las manos en la masa. Mañana es jueves. Mañana sale un embarque de “merma”.
Mateo se inclinó sobre la mesa, sus ojos oscuros brillando con intensidad.
—Voy a seguir ese camión.
—Es peligroso, Mateo. Ya te amenazaron.
—Por eso mismo. No esperan que el gerente de traje vaya a ensuciarse las manos a Vallejo. Esperan que esté escondido bajo mi escritorio o aquí, en tu torre de marfil. El mejor lugar para esconderse es a la vista del enemigo.
Clara lo estudió en silencio. El ambiente en la habitación cambió. Ya no eran jefa y empleado. Eran dos conspiradores a las tres de la mañana, unidos por el peligro y por unos hot cakes fríos.
—¿Por qué? —preguntó ella suavemente—. Podrías haber tomado el dinero de tu liquidación e irte. ¿Por qué te arriesgas tanto por una empresa que te trató como basura el primer día?
Mateo miró hacia la sala, donde Leo dormía.
—Porque amenazaron a mi hijo. Y porque tú… —se detuvo, buscando las palabras—. Tú me diste una oportunidad cuando nadie más lo hizo. Y me abriste tu casa para proteger a lo único que me importa. En mi código, eso se paga con lealtad absoluta.
Clara bajó la mirada, conmovida.
—Hace mucho que nadie era leal a mí, Mateo. Todos quieren algo. Dinero, poder, influencia. Tú… tú eres diferente.
—Yo soy simple, Clara.
—No. No eres simple. Eres real. Y eso es lo más valioso que hay en mi mundo de plástico.
Se hizo un silencio largo, pero no incómodo. Mateo notó algo en la pared detrás de Clara. Una foto pequeña, en blanco y negro, enmarcada discretamente en una estantería.
Era una foto vieja. Una niña de unos doce años, abrazando a un niño pequeño, de unos cinco. Estaban en un parque humilde, mal vestidos, pero sonriendo.
—¿Eres tú? —preguntó Mateo, señalando la foto.
Clara se tensó. Miró la foto y su rostro se ensombreció.
—Sí. Y mi hermano. Gabriel.
—No sabía que tenías hermanos. Nunca lo mencionan en las revistas de negocios.
—Porque murió hace quince años.
La temperatura de la sala pareció bajar.
—Lo siento mucho —dijo Mateo con sinceridad.
Clara se levantó y caminó hacia la ventana, dándole la espalda.
—Teníamos hambre, Mateo. Mucha hambre. Mi mamá nos abandonó. Mi papá era alcohólico. Yo trataba de cuidarlo. Gabriel se enfermó. Una infección simple. Apendicitis. Pero no teníamos dinero para el hospital privado, y en el público nos tuvieron esperando en urgencias seis horas porque no había camas.
Su voz se quebró, pero continuó.
—Se le reventó el apéndice en la sala de espera. Murió en mis brazos, gritando de dolor. Tenía ocho años. La misma edad que Leo.
Mateo sintió un golpe en el pecho. Ahora entendía todo. La frialdad. La obsesión por el control. La riqueza extrema. Y por qué había reaccionado así con Leo.
Se levantó y caminó hacia ella. Se detuvo a un paso de distancia, respetando su espacio pero ofreciendo su presencia.
—Por eso trabajas tanto —dijo él—. Para que nunca te falte nada. Para que nunca tengas que esperar.
Clara se giró. Tenía lágrimas en los ojos, pero no las dejó caer.
—Me prometí que nunca más sería pobre. Que nunca más sería impotente. Construí este imperio sobre la tumba de mi hermano, Mateo. Y Cárdenas… Cárdenas está robando a mi empresa. Está robando el legado que construí para que nadie más sufra lo que yo sufrí. Por eso quiero destruirlo. No por el dinero. Sino porque él representa todo lo que odio: la corrupción que mata a los débiles.
Mateo levantó la mano, dudando, y luego, con suavidad, le puso una mano en el hombro. Un gesto simple de consuelo humano.
—Lo vamos a destruir, Clara. Te lo prometo. Por Gabriel. Y por Leo.
Ella no se apartó. Al contrario, se inclinó imperceptiblemente hacia su toque, buscando calor en medio de su palacio de hielo.
—Gracias, Mateo.
Se quedaron así un momento, suspendidos en el tiempo, hasta que Clara se separó suavemente, recuperando su máscara.
—Bueno. Mañana es jueves. Si vas a cazar camiones, necesitas descansar. Y necesitas equipo.
—Tengo mi camioneta vieja.
—No. Esa cosa hace mucho ruido y se ve a kilómetros. Vamos a usar algo más discreto.
Clara caminó hacia un panel en la pared y presionó un botón. Una sección de la estantería se abrió, revelando una caja fuerte.
Sacó un juego de llaves y una tarjeta de crédito negra ilimitada.
—En el sótano 3 hay un Audi A4 gris. Es de los autos de la flotilla ejecutiva que casi no se usan. Es rápido, blindado y pasa desapercibido en la ciudad. Úsalo.
—Entendido.
—Y Mateo… —ella lo miró a los ojos, muy seria—. Ten cuidado. No quiero tener que poner otra foto en esa estantería.
A la mañana siguiente, la dinámica en el penthouse fue extraña pero funcional.
Mateo se levantó a las 6:00 AM, preparó café y despertó a Leo.
—Leo, hoy te quedas con la Señora Clara —le dijo mientras le ponía los zapatos—. Ella va a trabajar desde casa hoy.
—¿En serio? —Leo miró a Clara, que salía de su habitación en bata de seda, con una taza de café en la mano—. ¿Vamos a ver caricaturas?
Clara sonrió, ya más relajada después de dormir unas horas.
—Vamos a hacer algo mejor. Vamos a analizar el mercado de valores de Tokio. Y si te portas bien, pedimos pizza.
Leo abrió los ojos como platos.
—¡Pizza de desayuno! ¡Eres la mejor reina del mundo!
Mateo se despidió de su hijo con un abrazo fuerte.
—Pórtate bien. Protege el castillo.
—Sí, papá.
Mateo bajó al sótano 3. Encontró el Audi A4. Era una máquina hermosa, discreta pero potente. Se subió, oliendo el cuero nuevo.
Se quitó el saco del traje y se puso una chamarra de mezclilla y una gorra que había traído en su maleta. Hoy no era el Gerente Rivas. Hoy era Mateo, el del barrio.
Revisó su equipo: celular con batería llena, cargador, la navaja en el bolsillo, y una cámara pequeña que Clara le había dado para documentar todo.
Salió del edificio y se dirigió hacia Tultitlán.
Se estacionó a dos cuadras del Centro de Distribución, en una calle lateral desde donde podía ver la salida de camiones sin ser visto.
Esperó.
Una hora. Dos horas.
El sol empezaba a calentar el asfalto. Mateo compró unos tacos de canasta a un vendedor ambulante para no perder su posición.
A las 11:45 AM, la puerta del almacén se abrió.
Un camión Kenworth rojo salió rugiendo. Las placas coincidían con su lista: 784-EZ-2.
—Ahí estás, maldito —susurró Mateo, arrancando el Audi.
El camión tomó la autopista México-Querétaro, pero en lugar de seguir hacia el norte, tomó la desviación hacia la Vía López Portillo.
Mateo lo siguió a una distancia prudente. El tráfico le ayudaba a camuflarse.
El camión se movía con pesadez. Iba cargado.
Cuarenta minutos después, tal como Mateo predijo, el camión entró a la zona industrial de Vallejo. Calles llenas de baches, bodegas viejas, muros con grafitis.
El camión giró en una calle sin salida y se detuvo frente a un portón azul oxidado sin letreros.
El portón se abrió. El camión entró.
Mateo pasó de largo para no levantar sospechas y se estacionó a la vuelta de la esquina.
Bajó del auto. Se puso la gorra bien calada.
Caminó hacia el portón. Había una rendija entre las láminas oxidadas.
Se asomó.
Lo que vio le heló la sangre.
No era solo una bodega de descarga.
Adentro había al menos cinco camiones más. Y hombres armados. No guardias de seguridad privada; hombres con armas largas, cuernos de chivo, y chalecos tácticos sin insignias.
Estaban descargando las cajas de Dalton Tech y subiéndolas a camionetas tipo van más pequeñas.
Pero había algo más.
En el centro de la bodega, supervisando la operación, estaba un hombre que Mateo conocía muy bien.
Julián Sotomayor.
Julián estaba ahí, sin su traje, vistiendo jeans y una camisa polo, riendo con uno de los hombres armados y revisando una tablet.
Mateo sacó la cámara y empezó a tomar fotos a través de la rendija.
Click. Click. Click.
Tenía a Julián. Tenía la mercancía. Tenía las armas.
De repente, sintió algo frío y metálico presionando la parte trasera de su cabeza.
El sonido inconfundible de un martillo de pistola montándose resonó en su oído.
—Buena cámara, compa —dijo una voz ronca detrás de él—. Pero aquí no se permiten fotos.
Mateo se congeló.
Había cometido un error. Se había concentrado tanto en el objetivo que olvidó cubrir su retaguardia.
—Manos arriba. Despacio.
Mateo levantó las manos, soltando la cámara que quedó colgando de la correa en su muñeca.
—Date la vuelta.
Mateo giró lentamente.
Frente a él había dos hombres. Uno le apuntaba con una 9mm a la cara. El otro, un tipo joven con tatuajes en el cuello, le sonreía mostrando dientes de oro.
—Miren nada más lo que trajo el gato —dijo el de los dientes de oro—. El jefe Julián dijo que tal vez vendrías a husmear. Nos ganamos el bono, muchachos.
—Caminen. Adentro —ordenó el de la pistola.
Mateo caminó hacia el portón azul. Mientras entraba a la boca del lobo, su mente corría a mil por hora buscando una salida. Pero por ahora, solo había una certeza: la investigación había terminado. La supervivencia acababa de empezar.
Y Clara Dalton, allá en su torre de cristal, no tenía idea de que su caballero acababa de ser capturado.
CAPÍTULO 8: LA LEY DE LA GRAVEDAD
El olor a óxido y sangre tiene un sabor metálico que se queda pegado en la garganta. Mateo lo conocía bien; era el sabor de la guerra.
Abrió los ojos con dificultad. El izquierdo estaba hinchado, palpitando al ritmo de su corazón acelerado. Estaba sentado en una silla de madera vieja, en el centro de la bodega. Sus manos estaban atadas a la espalda con cinchos de plástico industriales, de esos que cortan la circulación si intentas moverte demasiado. Sus pies también estaban amarrados a las patas de la silla.
Frente a él, la escena era casi teatral. Cajas de Dalton Tech apiladas como muros de una fortaleza robada. Hombres armados fumando y riendo en las sombras. Y en el centro, bajo la luz cenital de una lámpara colgante que oscilaba levemente, estaba el Licenciado Roberto Cárdenas.
Cárdenas ya no vestía su traje de oficina. Llevaba una chamarra de cuero cara y jeans, tratando de verse rudo, pero sus manos limpias y manicuradas lo delataban. Junto a él, Julián Sotomayor se veía pálido, nervioso, moviendo el pie compulsivamente.
—Despertó la Bella Durmiente —dijo Cárdenas con una sonrisa torcida. Dio una calada a un cigarro y soltó el humo hacia la cara de Mateo—. Bienvenido a la realidad, Rivas. Aquí no hay aire acondicionado ni Derechos Humanos.
Mateo escupió un coágulo de sangre al suelo. Levantó la vista, desafiante.
—Cárdenas. Me imaginé que eras tú. Aunque debo admitir que me sorprende que tengas los huevos para venir a ensuciarte las manos. Pensé que mandarías a tus gatos.
Cárdenas se rió, pero la risa no llegó a sus ojos fríos. Se acercó y le dio una bofetada con el dorso de la mano. No fue fuerte, fue humillante.
—Eres un dolor de muelas, Rivas. Un simple mecánico de barrio que se creyó ejecutivo. ¿De verdad pensaste que podías entrar a mi mundo, robar mi puesto y desmantelar mi negocio sin consecuencias?
—Tu “negocio” es robarle a la mujer que te dio de comer —respondió Mateo—. Eso en mi barrio se llama ser una rata. Y a las ratas se las extermina.
Julián dio un paso adelante, tratando de impresionar a su jefe.
—¡Cállate! Estás aquí porque eres estúpido. Te pusimos el cebo y caíste redondito. “Sigue al camión”. Qué cliché.
—Y tú, Julián… —Mateo lo miró con lástima—. Eres el más triste de todos. Un niño rico jugando a ser gángster. ¿Qué te prometió Cárdenas? ¿La dirección general cuando quebraran a Clara?
Julián se sonrojó, furioso.
—¡Me prometió respeto! ¡Clara nunca me respetó! Siempre me trató como a un secretario.
—El respeto se gana, Julián. No se roba.
Cárdenas hizo un gesto de impaciencia.
—Basta de charla motivacional. Vamos a lo que importa.
Sacó un teléfono.
—Vas a llamar a Clara. Le vas a decir que te surgió una emergencia familiar en el pueblo. Que renuncias y que te llevas a tu hijo. Y luego, vas a desaparecer.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces mi amigo aquí presente… —señaló al hombre de los dientes de oro, que limpiaba una navaja con un trapo sucio— …te va a cortar los dedos uno por uno. Y mientras gritas, vamos a grabar un video y se lo vamos a mandar a Clara. Y después, vamos a ir por el niño. Sabemos que está en el penthouse.
La mención de Leo fue como un interruptor.
El miedo de Mateo desapareció. En su lugar, entró una calma helada, absoluta. La “Zona”. Ese estado mental donde el tiempo se ralentiza y solo existen objetivos y trayectorias.
Su cerebro militar evaluó la situación: Cinco hostiles. Dos armados con pistolas al cinto (sin funda de seguridad), tres con armas largas en las mesas (lejos de su alcance inmediato). Cárdenas y Julián desarmados.
El cincho en sus muñecas estaba apretado, pero era plástico barato. Si aplicaba la tensión correcta…
—Está bien —dijo Mateo, bajando la cabeza, fingiendo derrota—. Ganaron. Déjenme llamar.
Cárdenas sonrió triunfal.
—Sabía que eras razonable. Suéltenle una mano para que marque.
El hombre de los dientes de oro se acercó con la navaja.
Error número uno: Acercarse al prisionero con un arma blanca sin asegurar el perímetro.
El hombre cortó el cincho de la mano derecha de Mateo.
—Marca. Y pon el altavoz.
Mateo tomó el teléfono que le ofrecían. Pero no marcó.
Dejó caer el teléfono.
Y en el segundo en que el hombre de los dientes de oro bajó la mirada por instinto para ver el aparato caer… Mateo se movió.
Fue una explosión de violencia controlada.
Con la mano libre, Mateo agarró la muñeca del hombre, torciéndola hasta escuchar el crujido del hueso. El hombre gritó y soltó la navaja. Mateo la atrapó en el aire antes de que tocara el suelo.
De un movimiento fluido, cortó el cincho de su mano izquierda y se lanzó hacia adelante, clavando la navaja en el muslo del hombre, quien cayó al suelo aullando.
—¡Mátenlo! —gritó Cárdenas, retrocediendo y tropezando con una caja.
Mateo no se quedó quieto. Movimiento es vida.
Se tiró al suelo, rodando detrás de una pila de tarimas justo cuando las primeras balas de los guardias impactaban la silla donde había estado sentado un segundo antes.
Bang. Bang. Bang.
Las astillas de madera volaron. El ruido en la bodega cerrada era ensordecedor.
—¡Cuidado, idiotas, le van a dar a la mercancía! —chilló Julián, escondiéndose detrás de un montacargas.
Mateo estaba descalzo (había perdido un zapato en el forcejeo inicial), herido y superado en número. Pero tenía algo que ellos no: conocía el terreno. Había visto el diagrama de la bodega. Sabía dónde estaba el panel eléctrico.
Gateó rápido entre las sombras, respirando polvo y adrenalina.
Llegó a la pared trasera. Ahí estaba la caja de fusibles.
Con el mango de la navaja, rompió el candado y bajó la palanca principal.
La bodega se sumió en la oscuridad total.
Solo entraban unos rayos de luz sucia por las rendijas del techo.
—¡No veo nada! —gritó uno de los guardias.
—¡Prendan las linternas de los celulares! —ordenó Cárdenas, su voz temblando.
Mateo sonrió en la oscuridad. Ahora era su juego.
Se movió silenciosamente, sus pies descalzos no hacían ruido sobre el concreto.
Localizó al primer guardia por el brillo de su celular. Se acercó por detrás. Un golpe seco en la carótida. El hombre cayó sin hacer ruido. Mateo tomó su pistola, una Glock 9mm.
Ahora estamos parejos.
Mientras tanto, en el penthouse de Polanco, la calma se había roto.
Clara Dalton estaba de pie frente a la pantalla de su laptop, sus uñas clavadas en la mesa de madera. El punto del GPS del Audi A4 llevaba tres horas inmóvil en una zona industrial de Vallejo. Y el monitor cardíaco del reloj inteligente que le había regalado a Mateo (y que le había obligado a ponerse esa mañana “para monitorear su salud”) mostraba un pico de 160 pulsaciones por minuto, seguido de una caída abrupta y luego… silencio. Se había quitado el reloj o lo habían destruido.
—Lo tienen —dijo ella. Su voz no tembló, pero su corazón estaba galopando.
Rangel, el jefe de seguridad, estaba a su lado, con el radio en la mano.
—Señora, el equipo de extracción está listo. Tenemos dos camionetas blindadas y seis elementos tácticos a cinco minutos de la ubicación. Pero no tenemos jurisdicción. Si entramos disparando y llega la policía…
—¡Al diablo la jurisdicción! —gritó Clara, girándose hacia él. Sus ojos brillaban con una ferocidad que asustó al exmilitar—. Están matando a mi gerente. Están matando al hombre que salvó a mi empresa. Entren. Entren con todo. Yo pago las fianzas. Yo pago los sobornos. ¡Pero saquen a Mateo de ahí!
Rangel asintió.
—Equipo Alfa, tienen luz verde. Repito: Luz verde. Ejecuten Protocolo Martillo.
Clara se sentó, temblando. Miró hacia el sofá donde Leo estaba viendo la televisión con audífonos, ajeno a que su padre estaba luchando por su vida.
—Resiste, Mateo —susurró ella—. Por favor, resiste. No me hagas poner otra foto en la estantería.
En la bodega, el silencio oscuro se rompió con el sonido de sirenas lejanas.
Cárdenas, escondido detrás de las cajas de microchips, estaba sudando frío.
—Vámonos —le susurró a Julián—. Deja a los matones que se encarguen. Si llega la policía, no nos pueden encontrar aquí.
—¿Y Rivas? —preguntó Julián, aterrorizado.
—¡Que se pudra! ¡Corre hacia la salida trasera!
Los dos ejecutivos corrieron hacia la puerta de emergencia.
Pero cuando Cárdenas empujó la barra de pánico, la puerta no se abrió.
—¿Qué carajos?
—La bloqueé —dijo una voz grave desde la oscuridad, a sus espaldas.
Cárdenas y Julián se giraron lentamente, iluminando con sus celulares.
Mateo estaba ahí, a cinco metros de distancia. Sangraba de un corte en la ceja y su camisa estaba rota, pero sostenía la Glock con una estabilidad de roca. A sus pies, yacían dos guardias inconscientes.
—La fiesta no se acaba hasta que yo lo diga —dijo Mateo.
—¡Espera! ¡Espera! —chilló Cárdenas, levantando las manos—. Podemos negociar. Tengo dinero. Mucho dinero. Cuentas en las Islas Caimán. Te doy la mitad. Son dos millones de dólares. Puedes irte con tu hijo a donde quieras. Nunca más tendrás que trabajar.
Mateo dio un paso adelante.
—¿Sabes cuál es tu problema, Roberto? Crees que todo tiene un precio. Crees que porque tienes trajes caros y hablas bonito, eres intocable. Pero aquí, en la oscuridad, el dinero no sirve para nada. Aquí solo cuenta quién aguanta más.
—¡Dispara, Julián! —gritó Cárdenas, empujando a Sotomayor hacia adelante—. ¡Traes la pistola en el tobillo!
Julián, temblando, intentó agacharse para sacar una pequeña pistola que tenía escondida.
Mateo no dudó. Disparó una vez.
La bala impactó en el suelo, a centímetros del pie de Julián. El estruendo fue brutal.
Julián soltó un grito agudo y se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza, llorando.
—¡No me mates! ¡Por favor! ¡Él me obligó!
Mateo miró a Cárdenas. El exdirector estaba solo. Sin guardias. Sin aliados. Sin dignidad.
—Se acabó, Roberto.
Cárdenas, acorralado como una rata, sacó una navaja de su bolsillo y se lanzó hacia Mateo en un último acto de desesperación suicida.
Fue un movimiento torpe, lento.
Mateo ni siquiera disparó. Simplemente dio un paso lateral, esquivó el ataque, agarró el brazo de Cárdenas y usó la inercia del hombre contra él. Lo estrelló contra una pila de cajas. Luego, le dio un rodillazo en el estómago que le sacó todo el aire.
Cárdenas cayó al suelo, boqueando como un pez fuera del agua, retorciéndose en el polvo sucio del almacén.
—Mira nada más —dijo Mateo, mirándolo desde arriba—. El gran ejecutivo, revolcándose en el lodo. Irónico, ¿no?
En ese momento, el portón principal de la bodega estalló.
Una camioneta blindada de Dalton Tech embistió la lámina oxidada, arrancándola de sus bisagras.
Hombres vestidos de negro con chalecos tácticos entraron gritando.
—¡SEGURIDAD PRIVADA! ¡AL SUELO! ¡AL SUELO!
Las luces tácticas de los rifles barrieron la bodega.
—¡Aquí! —gritó Mateo, levantando las manos vacías (había dejado la pistola en el suelo en cuanto escuchó el motor)—. ¡Área asegurada!
Rangel entró corriendo, con el arma lista. Vio a Mateo de pie, ensangrentado pero entero, y a Cárdenas y Julián en el suelo.
El comandante bajó el arma y soltó un suspiro de alivio.
—Jefe Rivas… usted sí que es duro de matar.
—Vienen de familia, Rangel —dijo Mateo, dejándose caer sentado en una caja, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba su cuerpo de golpe, dejándolo exhausto—. ¿Clara?
—Está en la camioneta. No la dejamos bajar por seguridad, pero está gritando órdenes por la radio como si fuera el Día D.
Mateo sonrió, cerrando los ojos.
—Llévenme a casa. Tengo que devolver un Audi.
Dos horas después, la escena afuera de la bodega era un circo de luces rojas y azules. La policía federal había llegado (tarde, como siempre) para hacerse cargo de los detenidos que la seguridad privada les entregó “en bandeja de plata”.
Mateo estaba sentado en la parte trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros, mientras un paramédico le limpiaba la herida de la ceja.
—Va a necesitar tres puntos, joven. Pero no hay conmoción. Tuvo suerte.
De repente, la multitud de policías se abrió.
Clara Dalton caminaba hacia la ambulancia. Llevaba puesto un chaleco antibalas sobre su ropa de oficina, lo que se veía ridículo y heroico al mismo tiempo. Su cara estaba pálida, pero sus ojos buscaban frenéticamente.
Cuando vio a Mateo, se detuvo.
Mateo intentó levantarse, pero ella corrió los últimos metros y, rompiendo cualquier protocolo de distancia social corporativa, lo abrazó.
No fue un abrazo de felicitación. Fue un abrazo de desesperación, de alguien que acaba de recuperar algo que creía perdido. Clara hundió la cara en el cuello de Mateo, sin importarle la sangre o el sudor. Mateo sintió que ella estaba temblando.
Él levantó los brazos y la rodeó, sintiendo la dureza del chaleco antibalas pero la calidez de la mujer debajo.
—Te dije que tuvieras cuidado, idiota —susurró ella contra su oído, su voz quebrada.
—Y yo te dije que iba a atrapar a los bastardos —respondió él suavemente—. Misión cumplida, jefa.
Clara se separó un poco, tomándole la cara con las manos para examinar sus heridas.
—Estás hecho un desastre.
—Tú te ves bien con chaleco táctico. Te queda el look de SWAT.
Clara soltó una risa entre lágrimas y le dio un golpe suave en el hombro.
—Cállate. Sube al auto. Nos vamos.
—Tengo que dar mi declaración…
—Mis abogados darán la declaración. Tú te vienes conmigo. Leo está preguntando por qué tardamos tanto con la pizza.
Al mencionar a Leo, Mateo sintió que el mundo volvía a su eje.
—Vamos a casa.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
La lluvia caía suavemente sobre la Ciudad de México, lavando el polvo de los edificios y haciendo brillar el asfalto. Pero esta vez, Mateo Rivas no la veía desde la cabina de una camioneta vieja con goteras.
La veía desde el ventanal de su oficina en el piso 40 de Torre Horizon.
Su oficina ya no era el cubículo pequeño. Ahora ocupaba la antigua oficina de Cárdenas, redecorada sin los muebles pretenciosos y con fotos de Leo y dibujos infantiles en las paredes.
El letrero en la puerta decía:
Mateo Rivas – Vicepresidente de Operaciones.
La puerta se abrió y entró Clara.
Se veía diferente. Más relajada. Llevaba el cabello suelto y sonreía con más frecuencia.
—Señor Vicepresidente —dijo ella, dejando una carpeta sobre su escritorio—. Los reportes del trimestre. Las pérdidas por robo bajaron a cero. La eficiencia de ruta subió un 20%. Los accionistas están preguntando si eres un mago.
—No soy mago. Solo contraté a Toño y a los chicos del almacén como consultores de seguridad. Nadie sabe mejor cómo robar que un ladrón arrepentido.
Clara se sentó en el borde de su escritorio.
—¿Estás listo para esta noche?
—¿La cena de gala de la industria? —Mateo hizo una mueca—. Odio los esmóquines. Me siento como pingüino.
—Te ves muy guapo de pingüino. Además, Leo va a ir. Quiere presumir sus zapatos nuevos.
—Ese niño se ha vuelto un sibarita gracias a ti. Ayer me pidió sushi de anguila en lugar de tacos.
—Es un niño con buen gusto —dijo Clara, guiñándole un ojo.
Hubo un momento de silencio cómodo entre ellos.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Mateo.
Clara lo pensó.
—¿Jueves?
—Hoy hace exactamente seis meses que se te atascó el auto en la carretera.
Clara se quedó quieta. Su mirada se suavizó, viajando al pasado.
—El día que casi pierdo un zapato y gané… bueno, gané mucho más.
Se inclinó hacia él. Sus rostros quedaron a centímetros.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella—. ¿De haber parado? ¿De haber perdido esa primera entrevista?
Mateo sonrió, tomando la mano de Clara. Sus callos seguían ahí, recordatorios de dónde venía, pero ahora sostenían la mano de la mujer que amaba.
—No. Fue la mejor decisión de mi vida. Aunque sigo pensando que deberías aprender a cambiar una llanta.
—Para eso te tengo a ti —susurró ella antes de besarlo.
Fue un beso suave, sin prisa, el beso de dos personas que han pasado por el infierno y han salido del otro lado juntas.
El teléfono de la oficina sonó, rompiendo el momento.
Mateo suspiró y contestó.
—Operaciones, Rivas… Sí… ¿Un camión atascado en la carretera a Puebla?
Miró a Clara y sonrió.
—No se preocupen. Manda al equipo de rescate. Y diles que lleven botas extra. Nadie se queda atrás.
Colgó el teléfono y se levantó, ajustándose el saco.
—¿Vamos?
Clara le tomó el brazo.
—Vamos. Pero tú manejas. No quiero ensuciarme los zapatos.
Mateo rió y caminaron juntos hacia el elevador, mientras afuera, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, limpiando el lodo, pero dejando las historias que valían la pena contar.
FIN