
CAPÍTULO 1: Lluvia en la Ciudad de los Palacios
El cielo sobre la Ciudad de México parecía haberse desgarrado. No era una lluvia normal; era una de esas tormentas de octubre que golpean el Valle de México con la furia de un dios azteca ofendido. El agua caía en cortinas densas, frías y grises, convirtiendo las avenidas en ríos de asfalto y desesperación.
Para Alina, esa lluvia no era algo poético ni melancólico. Era su enemiga.
Pedaleaba con fuerza sobre su vieja bicicleta de montaña, esquivando los baches invisibles bajo los charcos de la Avenida Insurgentes. Sus piernas, enfundadas en unos jeans que ya pesaban tres kilos más por el agua absorbida, ardían con un fuego láctico insoportable. Llevaba doce horas seguidas trabajando, doce horas con esa maldita caja térmica naranja a la espalda que rezaba “Pizza Express – Calientita o es gratis”.
—Maldita sea, maldita sea, maldita sea —murmuraba Alina entre dientes, cerrando un ojo para evitar que el agua sucia salpicada por un camión se le metiera en la pupila.
El destino final parpadeaba en la pantalla rota de su celular, protegido precariamente con una bolsa de plástico Ziploc pegada al manubrio: Fraccionamiento “Los Encinos”, Calle Bosque de Niebla 44.
Era el fin del mundo. Literalmente. “Los Encinos” era la zona más exclusiva, pretenciosa y lejana de la ciudad, allá donde el smog se disipa y huele a pinos y a dinero viejo. Un lugar donde la gente no camina, se transporta en camionetas blindadas con chofer. Y ella, Alina Lomelí, de 17 años, habitante de una unidad habitacional en Iztapalapa que se caía a pedazos, estaba a punto de cruzar esa frontera invisible entre los que tienen todo y los que no tienen nada.
El viento aulló, golpeándola de costado y casi tirándola contra la banqueta. Se aferró al manubrio con los nudillos blancos. No podía caerse. Si la pizza llegaba hecha un puré, se la descontarían. Y si se la descontaban, no habría dinero para las medicinas de su mamá esta semana. Esa simple ecuación matemática —pizza intacta igual a vida— era lo único que mantenía sus piernas moviéndose.
Finalmente, tras una subida agónica que le quemó los pulmones, vio las luces de la entrada del fraccionamiento. No era una simple caseta de vigilancia; parecía la entrada a una fortaleza militar o a la embajada de un país paranoico. Muros de piedra volcánica de tres metros de altura, cámaras de seguridad que giraban como ojos de reptil y guardias armados que parecían sacados de una película de acción.
Alina frenó, sus tenis “chafas” y empapados rechinaron contra el adoquín perfecto de la entrada. El guardia ni siquiera salió de su cabina climatizada. Solo bajó un milímetro el cristal polarizado.
—¿A dónde? —ladró una voz distorsionada por el interfón.
—Entrega para la familia Covarrubias. Calle Bosque de Niebla 44 —gritó Alina, intentando sobreponerse al ruido de la lluvia.
El guardia la escaneó con desprecio. Una repartidora empapada, temblando de frío, con una bicicleta oxidada. Éramos la plaga que ellos debían mantener a raya, pensó Alina con amargura.
—Identificación.
Alina tuvo que hacer malabares para sacar su credencial de la escuela mojada de su bolsillo interior. El guardia tardó una eternidad en verificarla, dejándola ahí, bajo el diluvio, como un perro callejero esperando sobras. Finalmente, la reja de hierro forjado se abrió con un zumbido eléctrico lento y pesado.
—Pásale. Y no te salgas del camino principal. Nada de andar “viboreando” las casas, ¿oíste?
Alina no contestó. Solo asintió y volvió a pedalear.
Adentro, el mundo cambió. El ruido de la ciudad desapareció, reemplazado por el susurro de los árboles y el sonido de la lluvia cayendo sobre jardines que costaban más de lo que su madre ganaba en diez años de maestra. Las casas no eran casas; eran declaraciones de poder. Mansiones de estilo minimalista, haciendas coloniales modernas, castillos de cristal.
La número 44 estaba al final de una calle cerrada. Era imponente. Una estructura de concreto aparente y madera, con ventanales enormes que brillaban con una luz cálida y dorada, como si el sol viviera atrapado ahí dentro. Había dos coches estacionados bajo el pórtico techado: un Mercedes negro reluciente y un deportivo rojo que parecía listo para despegar.
Alina dejó la bicicleta recargada en una columna de cantera. Se quitó el casco, dejando que su cabello castaño oscuro, empapado y revuelto, le cayera sobre la cara. Intentó acomodárselo, pero era inútil. Estaba impresentable.
Subió los escalones de mármol travertino con pasos pesados. Sus tenis hacían un sonido obsceno —squish, squish— cada vez que pisaba. Se sentía pequeña, sucia e insignificante frente a esa puerta de madera maciza que medía al menos tres metros de alto.
Tocó el timbre. Una melodía suave resonó en el interior.
Esperó. Un minuto. Dos. El frío empezaba a calarle hasta los huesos, haciendo que sus dientes castañearan. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos sobre la chamarra térmica naranja.
—Por favor, abran ya… —susurró, sintiendo las lágrimas de frustración mezclarse con la lluvia en sus mejillas. Estaba tan cansada. Cansada de pedalear, cansada de estudiar hasta las tres de la mañana para los exámenes, cansada de ver a su madre deteriorarse día tras día, cansada de ser pobre.
La puerta se abrió.
No apareció la dueña. Alina se encontró de frente con una mujer de unos cincuenta años, vestida con un uniforme gris impecable y un delantal blanco almidonado. La ama de llaves.
La mujer la miró con una mueca de disgusto absoluto, como si Alina fuera una bolsa de basura que alguien hubiera dejado en el pórtico.
—Llegas tarde —espetó la mujer sin saludar—. La señora Irina pidió esto hace cuarenta minutos.
—La lluvia… el tráfico está imposible… —intentó excusarse Alina, su voz temblando por el frío.
—Excusas. Siempre son excusas con ustedes —la interrumpió la mujer, suspirando con impaciencia—. Pasa, rápido. No dejes que entre el frío. Y por el amor de Dios, límpiate los pies. No quiero lodo en el mármol.
Alina entró. El cambio de temperatura fue un golpe físico. El aire adentro estaba climatizado, seco y olía a una mezcla embriagadora de flores frescas, cera para madera y un perfume caro, tal vez sándalo o jazmín.
—Espera aquí en el vestíbulo. Voy por el dinero. La señora está en la biblioteca y no le gusta que la molesten —ordenó la ama de llaves, dándose la vuelta y caminando con pasos rápidos y silenciosos hacia el interior de la casa.
Alina se quedó sola en el vestíbulo. Era un espacio cavernoso, con techos de doble altura y una lámpara de araña que parecía una cascada de diamantes congelados. Se sentía como una intrusa en un templo sagrado. Gotas de agua caían de su ropa al suelo de mármol beige, formando un pequeño charco a su alrededor que la hacía sentir culpable.
“Solo respira”, se dijo a sí misma. “Toma el dinero, da las gracias y lárgate. En una hora estarás en casa con mamá”.
Pero el destino, ese guionista cruel de las telenovelas de la vida real, tenía otros planes para esa noche.
CAPÍTULO 2: El Fantasma en el Muro
El silencio de la casa era pesado, casi opresivo, solo roto por el tic-tac rítmico de un reloj de péndulo antiguo que se alzaba en una esquina como un centinela de madera oscura. Alina, tratando de no moverse para no ensuciar más, dejó que sus ojos vagaran por el lugar.
Todo gritaba riqueza. Pero no una riqueza nueva y vulgar, sino una riqueza asentada, segura de sí misma. Había un jarrón con orquídeas blancas sobre una mesa de entrada que parecía una obra de arte. Cuadros abstractos adornaban las paredes, manchas de color que probablemente costaban millones.
Sin embargo, lo que llamó la atención de Alina no fue el arte moderno, sino una pared lateral, más íntima, dedicada a la familia.
Estaba cubierta de fotografías en marcos de plata y madera fina. Alina, impulsada por una curiosidad que no podía controlar, dio un paso fuera del tapete de la entrada. Se acercó lentamente, con el corazón latiendo un poco más rápido por la transgresión.
Las fotos contaban la historia de una vida perfecta.
Había una pareja: un hombre alto, de cabello entrecano y mirada de acero, vestido con trajes italianos impecables; y una mujer rubia, de una belleza fría y aristocrática, siempre sonriendo con moderación, como si reír demasiado fuera de mal gusto. Los dueños de la casa.
Y luego estaba el hijo.
Había fotos de él en todas las etapas.
Un bebé rozagante en un ropón de bautizo de encaje antiguo.
Un niño de tres años montado en un pony.
Un niño de diez años recibiendo una medalla de kárate.
Un adolescente guapo, alto y atlético, saliendo de una alberca olímpica, con los brazos en alto en señal de victoria.
Alina frunció el ceño. Había algo en ese chico… algo en la forma de sus ojos, en la estructura de su cara. Una sensación de déjà vu le recorrió la espalda, como un escalofrío que no tenía nada que ver con su ropa mojada.
Su mirada descendió y se detuvo en una foto en particular. Estaba colgada a la altura de sus ojos. Era una foto de estudio, en blanco y negro, coloreada a mano en ciertas partes. Mostraba al niño, de unos cinco o seis años, sosteniendo un avión de juguete antiguo. Estaba sonriendo a la cámara con una expresión traviesa, con el cabello un poco revuelto.
El mundo de Alina se detuvo.
El sonido de la lluvia afuera desapareció.
El tic-tac del reloj se detuvo.
Se acercó más, tanto que su nariz casi tocó el cristal del marco. Su respiración empañó levemente el vidrio y lo limpió con un dedo tembloroso.
No era posible.
No podía ser.
El niño de la foto tenía sus ojos. Esos ojos grises grandes, con pestañas largas y oscuras, que ella veía cada mañana en el espejo del baño despostillado de su casa. Tenía su misma nariz, recta pero con esa pequeñísima y casi imperceptible desviación en el puente. Tenía su misma barbilla, con un hoyuelo sutil en el centro.
Pero lo que hizo que las piernas de Alina flaquearan y tuviera que apoyarse en la pared fue el detalle final.
Sobre la ceja derecha del niño, había un lunar. Pequeño, oscuro, perfectamente redondo.
Alina levantó su mano, fría y húmeda, y tocó su propia frente, justo sobre su ceja derecha. Su dedo encontró el pequeño bulto familiar de su propio lunar.
—Soy yo… —susurró, con la voz estrangulada por el pánico—. Ese soy yo.
Pero era imposible. Ella era una niña. Él era un niño. Ella nunca había estado en esta casa, nunca había tenido ropa tan fina, nunca había sostenido un avión de juguete así. Sin embargo, la cara era la suya. Era como mirarse en un espejo que distorsionaba el género y el tiempo, pero conservaba la esencia intacta.
Un mareo violento la asaltó. Las preguntas empezaron a dispararse en su mente como fuegos artificiales. ¿Quién era ese niño? ¿Por qué tenía su cara? ¿Era un pariente? ¿Un primo lejano del que su madre nunca le había hablado? ¿O era algo más oscuro?
—¿Qué estás haciendo?
La voz resonó en el vestíbulo como un latigazo. Alina saltó, girándose bruscamente, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
En lo alto de la escalera principal, de pie como una reina juzgando a un campesino, estaba la mujer de las fotos.
Irina Covarrubias.
En persona era aún más intimidante. Llevaba una bata de seda color champaña que fluía alrededor de su cuerpo delgado. Su cabello rubio estaba recogido en un chongo perfecto. Su rostro era una máscara de porcelana fría, pero sus ojos azules estaban clavados en Alina con una mezcla de sorpresa y molestia.
—Te hice una pregunta —dijo Irina, comenzando a bajar las escaleras. Sus pantuflas de terciopelo no hacían ruido sobre los escalones—. ¿Qué haces husmeando en mis fotos familiares? Te dijeron que esperaras en la puerta.
—Yo… lo siento, señora… yo solo… —Alina tartamudeó, retrocediendo instintivamente. Se sentía atrapada. Quería salir corriendo, pero sus pies parecían de plomo.
Irina llegó al pie de la escalera y caminó hacia ella. Su perfume, caro y abrumador, llenó el espacio entre ellas.
—¿Solo qué? ¿Buscabas algo que robar? —preguntó Irina con desdén, deteniéndose a dos metros de Alina.
—No, no, ¡claro que no! —se defendió Alina, ofendida a pesar del miedo—. Estaba viendo la foto… la del niño.
Irina frunció el ceño, confundida. Siguió la mirada de Alina hacia la foto del niño con el avión. Luego, volvió a mirar a Alina.
Y entonces sucedió.
Irina la vio. Realmente la vio.
Sus ojos recorrieron el rostro de Alina, no como se mira a una repartidora anónima, sino analizando cada rasgo. Vio los ojos grises empapados. Vio la nariz. Vio la boca. Y finalmente, sus ojos se clavaron en el lunar sobre la ceja derecha de Alina.
El rostro de Irina se transformó.
La máscara de arrogancia se rompió en mil pedazos, revelando debajo un terror puro, absoluto y primitivo.
Su piel, ya pálida, se volvió del color de la ceniza. Sus labios se separaron en un grito silencioso. Se llevó una mano al pecho, agarrando la seda de su bata como si quisiera arrancarse el corazón.
—No… —susurró Irina. Su voz temblaba—. No puede ser…
Dio un paso atrás, tambaleándose, como si Alina fuera un fantasma que acababa de salir de la tumba para atormentarla.
—¿Quién eres? —preguntó Irina, pero esta vez no había desdén en su voz, solo pánico—. ¿Quién te envió? ¿Es una broma? ¿Quién eres?
—Soy Alina… la repartidora de Pizza Express… —respondió Alina, asustada por la reacción de la mujer. ¿Por qué la miraba así? ¿Por qué parecía que iba a desmayarse?
Irina negó con la cabeza frenéticamente.
—No, no, no. Tú no deberías estar aquí. Tú no existes…
La mujer respiraba con dificultad, hiperventilando. Sus ojos iban de la foto a Alina, una y otra vez, confirmando la pesadilla. La similitud era innegable. La verdad, enterrada bajo años de mentiras y dinero, acababa de entrar por su puerta principal, empapada y pidiendo una propina.
—¡Vete! —gritó Irina de repente. El grito fue tan agudo y desesperado que resonó en toda la casa.
Alina dio un salto hacia atrás.
—Pero… el pedido…
—¡Lárgate de mi casa! ¡Ahora mismo! —chilló Irina, perdiendo completamente la compostura. Señaló la puerta con un dedo que temblaba violentamente—. ¡Fuera! ¡No quiero verte nunca más! ¡Si vuelves a acercarte a esta casa, llamaré a la policía!
En ese momento, la ama de llaves apareció corriendo desde el pasillo, con un fajo de billetes en la mano y cara de espanto.
—Señora Irina, ¿qué pasa? ¿La muchacha le hizo algo?
—¡Sácala, Martha! —gritó Irina, retrocediendo hasta chocar con la pared—. ¡Sácala y cierra la puerta con llave! ¡Que se vaya!
Martha, confundida pero obediente, agarró a Alina del brazo con una fuerza sorprendente. Le empujó los billetes en la mano de mala gana.
—¡Ya oíste a la señora! ¡Ándale, muévete!
—¡Pero yo no hice nada! —protestó Alina mientras era arrastrada hacia la puerta.
—¡Cállate y camina! —Martha abrió la puerta pesada y empujó a Alina hacia la noche tormentosa.
Alina tropezó y casi cayó por los escalones mojados. La puerta se cerró detrás de ella con un golpe sordo y definitivo, seguido inmediatamente por el sonido del cerrojo girando.
Alina se quedó allí, bajo la lluvia torrencial, con el dinero arrugado en su puño y el corazón latiendo a mil por hora. El agua fría le golpeaba la cara, mezclándose con las lágrimas de confusión y miedo.
Miró hacia la casa. A través de una de las ventanas delgadas junto a la puerta, vio a Irina Covarrubias. La mujer estaba pegada al cristal, mirándola desde adentro. Su rostro estaba desencajado por el terror. Pero no era solo terror. Alina, a pesar de su juventud y su inexperiencia, reconoció otra cosa en la mirada de esa mujer rica y poderosa.
Culpa.
Una culpa vieja, podrida y profunda.
Alina bajó los escalones lentamente. Tomó su bicicleta, sus manos temblando tanto que apenas podía sostener el manubrio. Mientras comenzaba el largo y doloroso camino de regreso a la zona pobre de la ciudad, una certeza se instaló en su pecho, fría y dura como el acero.
Ese niño de la foto era ella. O una parte de ella.
Y esa mujer sabía exactamente por qué.
Alina no sabía cómo, ni cuándo, pero juró por la memoria de su padre ausente y la salud de su madre enferma que iba a descubrir la verdad. Aunque esa verdad destruyera todo lo que conocía.
CAPÍTULO 3: El Eco en la Caja de Zapatos
El viaje de regreso desde “Los Encinos” fue un descenso a los infiernos, tanto geográfico como emocional.
La lluvia había cesado, dejando tras de sí una neblina fría que se pegaba a la ropa y a la piel como un sudario húmedo. Alina descendía por las curvas peligrosas de la carretera que conectaba la zona exclusiva con el resto de la ciudad. A su izquierda, barrancos oscuros llenos de árboles que valían millones; a su derecha, muros de contención con grafitis que nadie se molestaba en limpiar.
Sus piernas se movían por pura memoria muscular. El dolor en los muslos era agudo, punzante, pero Alina apenas lo registraba. Su mente estaba atrapada en un bucle frenético, rebobinando una y otra vez los últimos treinta minutos.
El rostro de la mujer. El grito. La forma en que la habían sacado como a una delincuente. Pero, sobre todo, la foto.
El niño del avión.
—Es imposible —susurró al viento, su voz perdiéndose en el ruido de un camión de carga que pasó rozándola a toda velocidad, levantando una cortina de agua sucia—. Estoy loca. Es el cansancio. Llevo tres días durmiendo cuatro horas. Estoy alucinando.
Intentó convencerse de eso. Intentó racionalizarlo. Seguro es un primo lejano. O simplemente una coincidencia genética absurda. Dicen que todos tenemos un gemelo malvado en alguna parte del mundo, ¿no?
Pero su instinto, esa voz primitiva en la base de su cerebro que le advertía cuando un perro callejero iba a morder o cuando un cliente no iba a pagar, le gritaba que no. No era una coincidencia. El lunar. La maldita marca de nacimiento sobre la ceja. Eso no se copiaba. Eso era una firma biológica.
A medida que la bicicleta devoraba kilómetros, el paisaje cambiaba. Las mansiones de piedra y cristal dieron paso a edificios de oficinas genéricos, luego a centros comerciales iluminados con neón, y finalmente, a la realidad cruda de su mundo.
La Colonia Obrera la recibió con sus baches eternos, sus banquetas rotas levantadas por las raíces de árboles viejos y ese olor inconfundible a tacos de suadero, gas de escape y drenaje. Eran las diez de la noche, pero el barrio seguía despierto. Una cumbia sonaba a todo volumen desde una vecindad cercana. Un grupo de hombres bebía caguamas en la esquina bajo la luz parpadeante de un farol.
Alina se sentía una extraña en su propio barrio. Como si en las últimas horas hubiera visto detrás del telón de la realidad y ya no pudiera encajar en el escenario habitual.
Llegó a su edificio, un bloque de departamentos de interés social pintado de un color durazno deslavado que se estaba cayendo a pedazos. Encadenó la bicicleta al barandal de la escalera con tres candados diferentes —en este barrio, si pestañeabas, te robaban hasta las agujetas— y subió los cuatro pisos hasta su departamento.
Al abrir la puerta, el olor la golpeó. No era vainilla ni sándalo. Olía a Vick VapoRub, a tortillas rancias y a humedad encerrada. Era el olor de la pobreza digna, de la lucha constante por no dejarse vencer.
—¿Ali? —la voz de su madre, Elena, flotó desde la pequeña sala, débil y quebradiza.
Alina cerró los ojos un momento, recargando la frente contra la puerta metálica fría. Respiró hondo, componiendo su máscara. No podía dejar que su madre la viera alterada. El estrés era veneno puro para la esclerosis múltiple.
—Soy yo, ma —respondió, forzando un tono alegre que le raspó la garganta—. Ya llegué.
Entró en la sala. El departamento era minúsculo. La cocina y la sala eran básicamente el mismo cuarto, separados por una barra desayunadora que servía de escritorio, mesa de planchar y farmacia. Elena estaba sentada en el sofá hundido que habían rescatado de un tianguis hace años, envuelta en una cobija de lana a cuadros. La televisión estaba encendida en un canal de noticias, pero el volumen estaba bajo.
Elena giró la cabeza con dificultad. Sus movimientos eran lentos, como si el aire a su alrededor fuera melaza. A los 45 años, la enfermedad le había robado la vitalidad, dejando un cuerpo frágil y dolorido, pero sus ojos grises —los mismos ojos que Alina había visto en la foto del niño— seguían teniendo esa chispa de inteligencia y amor incondicional.
—Estás empapada, hija —dijo Elena, frunciendo el ceño con preocupación—. Te vas a enfermar. ¿Por qué tardaste tanto? Estaba preocupada.
—El último pedido fue hasta donde da vuelta el aire, ma. Allá por los cerros —Alina se quitó la chamarra naranja empapada y la colgó en el respaldo de una silla—. Y luego se soltó el cielo. Ya sabes cómo se pone el tráfico.
—¿Te pagaron bien? —preguntó Elena, con esa mezcla de esperanza y vergüenza que siempre acompañaba el tema del dinero.
Alina sintió el peso de los billetes arrugados en su bolsillo. La “propina” de culpa que le había dado la ama de llaves. Eran quinientos pesos. Más de lo que ganaba en dos días.
—Sí, ma. Me fue bien —mintió, omitiendo la parte de los gritos y la expulsión—. Hubo buena propina. Con esto completamos para el Interferón de la otra semana.
Elena suspiró aliviada, recargando la cabeza en el respaldo.
—Gracias a Dios. Ya me estaba doliendo la cabeza de nomás pensar en eso.
Alina fue a la cocina. Abrió el refrigerador, que zumbaba como un tractor viejo. Adentro había medio litro de leche, un tupper con frijoles refritos, un poco de queso panela y un par de huevos. La abundancia de los pobres.
Sacó los frijoles y los puso a calentar en la estufa. Mientras movía la cuchara de palo, su mente regresó a la mansión. Recordó la cocina de allá, enorme, brillante, con electrodomésticos de acero inoxidable que probablemente nunca se usaban. Recordó el olor a comida rica, compleja, especiada.
—Mamá… —dijo Alina, sin voltear, mirando cómo los frijoles burbujeaban—. ¿Alguna vez… conociste a gente rica?
El silencio que siguió fue un poco más largo de lo normal. Solo se oía el borboteo de los frijoles y el zumbido del refri.
—¿Rica? —la voz de Elena sonó tensa—. ¿Cómo rica?
—Rica de verdad. De mansiones, choferes, viajes a Europa. De esa gente que sale en las revistas.
—Pues… —Elena carraspeó—. Tu padre trabajaba en la construcción, Ali. Hacía trabajos para gente así a veces. Y yo di clases particulares en algunas zonas buenas antes de… bueno, antes de enfermarme. ¿Por qué preguntas?
Alina sirvió los frijoles en dos platos despostillados y sacó unas tortillas del comal.
—Curiosidad. Hoy fui a una casa en Los Encinos. Era… era como otro planeta, ma. La señora tenía cuadros que valían más que todo nuestro edificio.
Llevó los platos a la mesita de centro y se sentó en el suelo, a los pies de su madre. Era su costumbre. Cenaban así, viendo la tele o platicando.
—La gente rica es diferente, Alina —dijo Elena, tomando la tortilla con manos temblorosas—. Tienen otros problemas. El dinero no compra todo.
—Compra salud —soltó Alina con amargura, antes de poder detenerse.
Elena bajó la mirada a su plato. La culpa cruzó su rostro como una sombra.
—Sí. Compra salud. Perdóname, hija. Si yo pudiera…
—No, no, ma. No quise decir eso —Alina se apresuró a tomar la mano de su madre—. Tú no tienes la culpa de nada. Yo voy a trabajar duro. Voy a ser periodista, ¿te acuerdas? Y te voy a llevar a los mejores doctores. Vamos a ir a Houston, o a Cuba, donde sea.
Elena sonrió tristemente y le acarició la mejilla húmeda a su hija.
—Eres buena, Alina. Demasiado buena para la vida que te tocó. Te pareces tanto a…
Elena se detuvo en seco.
El corazón de Alina dio un vuelco.
—¿A quién, mamá? ¿A quién me parezco?
Elena retiró la mano y tomó un bocado de frijoles, evitando su mirada.
—A tu abuela. Tienes su carácter fuerte.
Mentira. Alina lo sabía. Había visto fotos de su abuela. Era bajita, morena, de ojos cafés. No se parecían en nada. Su madre estaba ocultando algo. Y esa omisión fue la chispa que encendió la mecha de la sospecha que ya estaba plantada en su pecho.
Terminaron de cenar en silencio. Alina ayudó a su madre a ir al baño, cepillándole el cabello ralo con delicadeza, ayudándola a cambiarse la ropa por el camisón de franela. Cada movimiento era un recordatorio de la fragilidad de su mundo. Si Alina faltaba un día al trabajo, si Alina se enfermaba, todo este delicado ecosistema colapsaría.
Cuando finalmente acostó a Elena y le dio sus pastillas, Alina se quedó parada en el marco de la puerta de la recámara, observándola.
—Descansa, ma.
—Descansa, mi niña. Cierra bien la puerta.
Alina fue a su propia habitación, que era poco más que un armario con una ventana que daba a un cubo de luz. Se sentó en su cama individual, con el colchón vencido en el centro.
No podía dormir. La imagen del niño del avión le quemaba los párpados cada vez que cerraba los ojos.
Necesitaba pruebas. Necesitaba saber que no estaba loca.
Se levantó y se arrodilló en el suelo. Buscó debajo de la cama, apartando bolas de polvo y zapatos viejos, hasta que sus dedos tocaron el cartón frío de una caja.
Era una caja de zapatos de la marca “Canadá”, vieja y desgastada, reforzada con cinta canela en las esquinas. El archivo histórico de la familia Lomelí.
Se sentó en el suelo con la caja en el regazo. Sus manos temblaban ligeramente al abrirla.
Olió a papel viejo y a nostalgia.
Empezó a sacar las fotos. La mayoría estaban desordenadas. Recibos de luz de 1999. Una carta de su padre fechada meses antes de irse. Fotos de cumpleaños tristes con pasteles caseros.
Buscó frenéticamente.
—¿Dónde estás? ¿Dónde estás? —murmuraba.
Encontró una foto de ella a los tres años, en un caballito de madera en la Alameda Central. Se la acercó a la cara. Sí, ahí estaba la nariz. Ahí estaban los ojos.
Siguió buscando. Necesitaba un primer plano. Algo que mostrara la frente.
Y entonces, al fondo de la caja, debajo de una boleta de calificaciones de la primaria, encontró un sobre amarillo. Dentro había fotos tipo credencial y algunas instantáneas.
Sacó una foto de tamaño infantil. Era para la inscripción del kínder. Tenía cinco años. Llevaba el cabello relamido con gel y una camisa blanca de cuello redondo. Miraba a la cámara con seriedad, como si supiera que la vida iba a ser difícil.
Alina encendió la linterna de su celular y la enfocó sobre la pequeña foto.
Ahí estaba.
Innegable.
Sobre su ceja derecha, un pequeño punto oscuro. El lunar.
Cerró los ojos y visualizó la foto de la mansión. El niño tenía el mismo peinado, pero hacia el otro lado. La misma sonrisa seria. El mismo lunar.
Alina sintió un vértigo tan fuerte que tuvo que poner las manos en el suelo para no caerse de lado. No era un parecido familiar. Era una copia.
Se levantó de golpe, guardando la foto en su bolsillo como si fuera un arma cargada. Fue a la mesa de la cocina y abrió su laptop, una máquina vieja y pesada que le habían regalado en la escuela, que tardaba diez minutos en arrancar y sonaba como una turbina de avión.
Mientras la pantalla azul parpadeaba, Alina miró hacia el cuarto de su madre. La puerta estaba entreabierta. Escuchaba su respiración rasposa.
¿Por qué no me dijiste?, pensó Alina con una mezcla de dolor y furia. ¿Qué pasó, mamá? ¿Quién es él?
La computadora finalmente arrancó. Alina abrió el navegador Chrome. El cursor parpadeaba en la barra de búsqueda, esperando.
Escribió: Familia Covarrubias Los Encinos.
Enter.
El internet lento de la vecindad se tomó su tiempo. La barra de carga avanzaba a tirones.
Finalmente, aparecieron los resultados.
Noticias de Sociedad: La Gala Benéfica de la Fundación Covarrubias.
Artículo de Negocios: Víctor Covarrubias inaugura nuevo complejo residencial.
Perfil de LinkedIn: Irina Covarrubias, Directora Médica.
Alina hizo clic en la sección de “Imágenes”.
Ahí estaban. Los padres. En fiestas, en cortes de listón, en viajes. Se veían perfectos, intocables.
Alina refinó la búsqueda. Escribió: Hijo familia Covarrubias.
Aparecieron varias fotos de escuelas privadas y clubes deportivos. Y entonces, un artículo de un periódico local de deportes de hace seis meses.
“Joven promesa de la natación busca el oro estatal: Camilo Covarrubias rompe récord en los 100 metros libres”.
Alina hizo clic en el enlace.
La página se abrió. Había una foto grande.
El chico estaba saliendo de la alberca. Tenía el torso desnudo, musculoso y definido por años de entrenamiento. Se estaba quitando los goggles. El agua le escurría por la cara. Estaba riendo, chocando la mano con un compañero.
Alina acercó su cara a la pantalla pixelada.
Era él. El niño del avión, pero ya crecido. Tenía 17 años, igual que ella.
Era guapo. Muy guapo. Pero verlo era perturbador, casi obsceno. Era ver su propia cara masculinizada. La mandíbula era un poco más cuadrada, el cuello más grueso, pero los rasgos fundamentales eran los mismos.
Leyó el artículo ávidamente, devorando cada palabra como si fuera agua en el desierto.
“Camilo Covarrubias, estudiante del Instituto Cumbres, ha demostrado ser un atleta formidable…”
“Hijo único del magnate Víctor Covarrubias…”
“Conocido por sus compañeros como un líder nato…”
Alina buscó su fecha de nacimiento en una biografía de la escuela que apareció en los resultados.
14 de octubre de 2008.
Alina sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
Ella había nacido el 14 de octubre de 2008.
Se dejó caer hacia atrás en la silla de plástico, que crujió bajo su peso.
—Gemelos —susurró. La palabra flotó en la cocina oscura, pesada y aterradora.
No era un primo. No era una coincidencia.
Tenía un hermano gemelo.
Se levantó y caminó de un lado a otro de la pequeña cocina, pasándose las manos por el cabello. La realidad de su vida, su pobreza, su soledad, de repente tomó un matiz diferente, más siniestro.
Si eran gemelos… ¿por qué él vivía en un palacio y ella en un tugurio?
¿Por qué él nadaba en clubes privados mientras ella repartía pizzas bajo la lluvia para comprar medicinas?
Recordó la mirada de terror de Irina Covarrubias. Ella sabe. Ella sabe quién soy.
Una oleada de rabia caliente subió por su garganta, desplazando al miedo. Habían sido separados. Alguien había tomado una decisión, hace diecisiete años, de partir un huevo en dos y tirar una mitad a la basura mientras la otra era puesta en un pedestal de oro.
Alina miró hacia el cuarto de su madre de nuevo.
¿Tú sabías, mamá?, pensó, sintiendo una punzada de traición. ¿Me vendiste? ¿O te lo robaron?
Regresó a la computadora. Sus dedos volaban sobre el teclado ahora. Buscó a Camilo en redes sociales.
Instagram: @Camilo_Cova.
Perfil público.
Ahí estaba su vida, desplegada en un mosaico de colores brillantes.
Camilo en un yate en Acapulco.
Camilo esquiando en Vail.
Camilo con una chica rubia y guapa en una fiesta de graduación.
Camilo abrazando a Irina Covarrubias con la leyenda: “Gracias mamá por todo, eres la mejor”.
Esa última foto hizo que Alina quisiera vomitar. Esa mujer, la que la había corrido como a un perro, abrazaba a su hermano con posesión.
Alina pasó horas esa noche viendo las fotos. Estudiando sus gestos, su forma de vestir, su sonrisa. Notó que él también tenía el hábito de morderse el labio inferior en algunas fotos desprevenidas, igual que ella cuando estaba nerviosa. Notó que sus manos tenían la misma forma, dedos largos y delgados, aunque las de él no tenían callos ni quemaduras de horno.
Eran las tres de la mañana cuando Alina cerró la laptop. Sus ojos ardían. Su cabeza palpitaba.
Pero ya no tenía dudas.
Fue a la ventana de la cocina y miró hacia afuera, hacia el mar de luces amarillentas de la Ciudad de México. Allá, a lo lejos, en las lomas oscuras donde vivían los ricos, estaba su otra mitad. Durmiendo en sábanas de hilo egipcio, sin saber que ella existía.
—Hola, hermano —susurró Alina al cristal frío—. Disfruta tu sueño. Porque pronto vas a despertar.
Alina Lomelí, la repartidora de pizza, la chica invisible, había dejado de existir esa noche. En su lugar había nacido alguien nuevo. Alguien con una misión.
Mañana no iría a la escuela. Mañana iría a buscar respuestas. Y si su madre no se las daba, iría directamente a la fuente.
Camilo Covarrubias iba a conocer a su hermana, quisiera o no.
Se metió en la cama vestida, abrazando la foto de su infancia. Escuchó el zumbido de un mosquito y el lejano aullido de una sirena de policía. La ciudad seguía igual, pero su mundo había cambiado de eje. Y la tormenta que se avecinaba no iba a ser de agua, sino de fuego
CAPÍTULO 4: El Precio de una Vida
La mañana siguiente llegó con una calma engañosa, como la marea baja antes de un tsunami.
El sol de octubre, ahora brillante y sin rastro de la tormenta de la noche anterior, se filtraba a través de las cortinas delgadas de poliéster, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire del pequeño departamento. Afuera, la vida de la Colonia Obrera seguía su curso ruidoso: el grito grabado del vendedor de “¡Tamales oaxaqueños, tamales calientitos!”, el silbido agudo del afilador de cuchillos y el rugido de los camiones bajando por Eje Central.
Alina no se movió de la cama cuando sonó su alarma a las seis. La apagó con un golpe seco. Hoy no habría escuela. Hoy no habría reparto de pizzas. Hoy no había espacio para la rutina, porque su realidad se había fracturado.
Se levantó pesadamente. Se sentía vieja. Fue al baño y se lavó la cara con agua fría, mirándose en el espejo manchado de sarro. Se tocó el lunar sobre la ceja. Ya no era solo una marca; era un código de barras, una prueba de origen.
Salió a la cocina. Su madre ya estaba despierta, sentada en la mesa con su habitual taza de té de manzanilla. Elena se veía un poco mejor que la noche anterior, con ese breve respiro que a veces le daba la esclerosis por las mañanas antes de que la fatiga la aplastara de nuevo.
—Buenos días, mi vida —dijo Elena, sonriendo débilmente al ver a su hija—. ¿No vas a ir a la prepa? Se te hizo tarde.
Alina no respondió el saludo. Se quedó parada en el umbral de la cocina, sosteniendo su celular como si fuera una granada sin seguro.
—No voy a ir hoy, ma —dijo Alina. Su voz sonó extraña, plana, desprovista de la calidez habitual de “hija abnegada”.
Elena notó el tono de inmediato. La sonrisa se le borró lentamente, reemplazada por esa vigilancia ansiosa de quien guarda un secreto terrible y vive con el miedo constante a ser descubierto.
—¿Te sientes mal? —preguntó Elena, dejando la taza sobre el hule de flores que cubría la mesa—. ¿Es por la lluvia de ayer? Te dije que te secaras bien el pelo.
Alina caminó hacia la mesa y se sentó frente a su madre. El espacio entre ellas, apenas medio metro de mesa barata, se sentía de repente como un abismo insondable.
—Siéntate bien, mamá. Necesito que me mires.
Elena se acomodó la bata, nerviosa. Sus manos, deformadas por la enfermedad y el trabajo duro de años pasados, empezaron a temblar.
—Me estás asustando, Alina. ¿Qué pasó? ¿Te corrieron del trabajo? ¿Pasó algo con tu papá?
Alina soltó una risa corta, sin humor.
—No, esto no tiene nada que ver con papá… bueno, tal vez sí. Tiene que ver con nosotros. Conmigo.
Alina desbloqueó su celular. Tenía lista la galería de imágenes. En una pantalla dividida (que había editado en la madrugada), puso su foto de kínder a la izquierda y la foto de Camilo Covarrubias a la derecha.
Deslizó el teléfono sobre el hule de la mesa, empujándolo suavemente hasta que quedó frente a los ojos de Elena.
—Dime quién es él, mamá.
Elena bajó la vista.
Alina observó cada micromovimiento en el rostro de su madre. Vio cómo sus pupilas se contraían. Vio cómo la sangre drenaba de sus mejillas, dejándola de un color grisáceo, como ceniza vieja. Vio cómo su boca se abría ligeramente, buscando aire que de repente faltaba en la habitación.
—Es… —Elena tragó saliva, sus ojos llenándose de lágrimas instantáneas—. Es… se parece a tu papá de joven.
—No me mientas —cortó Alina. Su voz no se alzó, pero fue dura como el concreto—. No me mientas más, por favor. Ya estoy grande. Ya no soy una niña a la que le cuentas cuentos para que se duerma.
Alina se inclinó hacia adelante.
—Ese chico se llama Camilo Covarrubias. Vive en una mansión en Los Encinos. Tiene 17 años. Nació el 14 de octubre de 2008. El mismo día que yo. Tiene mis ojos. Tiene mi nariz. Y tiene este lunar.
Alina se señaló la frente con violencia.
—Míralo, mamá. ¡Míralo bien!
Elena soltó un sollozo ahogado. Fue un sonido terrible, el sonido de una presa que se rompe bajo la presión del agua. Se cubrió la boca con una mano, mientras con la otra apartaba el celular como si quemara.
—¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío, perdóname! —gimió Elena, cerrando los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar la imagen de la pantalla y los últimos diecisiete años.
—¿Es mi hermano? —preguntó Alina. Necesitaba escucharlo. Necesitaba que la palabra saliera de la boca de su madre para que fuera real.
Elena asintió. Un movimiento lento, doloroso, de cabeza.
—Sí… —susurró, apenas audible—. Es tu hermano. Tu hermano gemelo.
El mundo de Alina se detuvo. La confirmación, aunque esperada, golpeó con la fuerza de un mazo. Sintió un zumbido en los oídos. La cocina se inclinó.
—Tengo un hermano… —repitió, sintiendo las lágrimas picar en sus propios ojos—. ¿Por qué? ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué vive con ellos?
Elena se dobló sobre la mesa, escondiendo la cara entre los brazos, llorando con un desconsuelo que sacudía sus hombros frágiles. Alina se quedó inmóvil, luchando contra el impulso de abrazarla y el impulso de gritarle. La rabia y la compasión libraban una guerra en su pecho.
Esperó. Esperó a que los sollozos de su madre bajaran de intensidad. Se levantó, fue a la estufa, sirvió un vaso de agua y regresó.
—Toma —dijo, poniéndolo frente a ella.
Elena se incorporó lentamente. Tenía la cara hinchada y roja. Se veía derrotada, destruida. Bebió un sorbo de agua con manos temblorosas.
—Cuéntame todo —exigió Alina—. Desde el principio. Y no te atrevas a omitir nada.
Elena respiró hondo, un sonido rasposo y húmedo. Miró por la ventana, hacia el cielo azul, como buscando las palabras en el pasado.
—Hace diecisiete años… —empezó Elena, con la voz rota—. Tu padre y yo éramos muy jóvenes. Y muy pobres. Mucho más que ahora. Vivíamos en un cuartito de azotea en la Doctores. Tu papá era ayudante de albañil y yo apenas empezaba a dar clases en una primaria de gobierno.
Elena hizo una pausa, sus ojos perdidos en el recuerdo.
—Cuando supimos que estaba embarazada, nos dio miedo, pero también mucha alegría. Éramos felices, Alina. De verdad lo éramos. Pero el embarazo se complicó. Desde el quinto mes me sentía mal. Dolores, sangrados. Los doctores del Seguro Social decían que era normal, que reposara. Pero yo sentía que algo andaba mal.
Alina escuchaba, hipnotizada. Imaginaba a sus padres jóvenes, asustados, en un mundo hostil.
—Rompí fuente a las 32 semanas —continuó Elena—. Fue una noche de tormenta, igual que la de ayer. Tu padre no pudo conseguir taxi. Tuvimos que irnos en el camión al hospital. Cuando llegamos, yo ya estaba convulsionando. Tenía preeclampsia severa. Mi presión estaba por las nubes. Me estaba muriendo, Alina.
Elena miró a su hija con intensidad.
—Los médicos dijeron que tenían que operar de urgencia para sacar a los bebés y tratar de salvarme. Pero en el hospital público no tenían el equipo necesario esa noche. El quirófano estaba lleno, faltaban insumos… ya sabes cómo es este país. Nos dijeron que tenían que trasladarme, pero que no había ambulancias.
—¿Y qué pasó? —preguntó Alina, sintiendo un nudo en la garganta.
—Tu padre… Ricardo… él se volvió loco de desesperación. Salió corriendo, cargándome, buscando ayuda. Por casualidad, o por desgracia, cerca de ahí había una clínica privada. Una clínica muy cara, de especialidades. Él me llevó ahí en brazos. Entró gritando que me ayudaran.
Elena cerró los ojos, reviviendo el trauma.
—Me atendieron. Me estabilizaron. Pero dijeron que necesitaba una cirugía muy compleja. No solo la cesárea, sino una intervención vascular porque tenía una hemorragia interna. Costaba una fortuna. Cientos de miles de pesos. Tu padre vació sus bolsillos: tenía doscientos pesos y una tarjeta del metro.
—¿Y entonces? —insistió Alina.
—Entonces apareció ella. —El rostro de Elena se endureció al pronunciar el pronombre—. La doctora Irina Covarrubias. Ella era la dueña de la clínica junto con su esposo. Ella me revisó. Vio mi estado. Y vio los ultrasonidos. Vio que eran dos.
Elena tomó otro sorbo de agua, como si quisiera lavarse el sabor amargo de la memoria.
—Irina no podía tener hijos. Llevaba años intentándolo. Tratamientos, inyecciones, todo fallido. Estaba obsesionada. Cuando vio a los gemelos… y vio nuestra miseria… vio una oportunidad.
Alina sintió un frío glacial recorrerle la espalda.
—¿Qué les propuso?
—Habló con tu padre mientras yo estaba inconsciente. Le dijo que yo iba a morir si no me operaban en la siguiente hora. Le dijo que el sistema público no llegaría a tiempo. Le puso el precio sobre la mesa. Tu padre lloró, suplicó, prometió trabajar toda su vida para pagarles. Pero ella no quería dinero a plazos. Ella quería un hijo.
—Maldita… —susurró Alina.
—Le propuso un trato —dijo Elena, mirándose las manos—. Ella haría la cirugía. Pondría a su mejor equipo. Salvaría mi vida y la de los bebés. Cubriría todos los gastos, la incubadora, los medicamentos… todo. A cambio… a cambio, nosotros le daríamos a uno de los gemelos en adopción plena. Renunciaríamos a él para siempre.
—¿Y papá aceptó? —preguntó Alina, sintiendo una punzada de odio hacia el hombre que la abandonó.
—Tu padre me amaba, Alina. Más que a nada. Él… él sintió que no tenía opción. Era eso o verme morir desangrada en una camilla y perder a los bebés también. Firmó los papeles. Firmó todo lo que le pusieron enfrente sin leer.
—Me vendieron… —dijo Alina. La frase salió seca, definitiva.
—¡No! —Elena se estiró y agarró la mano de Alina. Su agarre era sorprendentemente fuerte—. No fue una venta, hija. Fue un rescate. Un rescate horrible, pero un rescate.
Alina retiró la mano bruscamente.
—¿Y por qué él? —preguntó, con la voz temblando—. ¿Por qué se quedaron con Camilo y no conmigo? ¿Lanzaron una moneda al aire? ¿Jugaron a los dados con nuestras vidas?
Elena bajó la cabeza, avergonzada.
—Ellos querían un varón. Víctor Covarrubias quería un heredero para su imperio. Cuando nacieron, tú eras más chiquita, más frágil. Camilo pesó un poco más. Irina lo eligió a él. Dijo: “Me llevo al niño”. Así de simple. Como quien escoge fruta en el mercado.
Las lágrimas de Alina finalmente se derramaron. Lloraba de rabia, de humillación. Saber que había sido la “sobra”, la que nadie quiso robar, dolía de una manera que no podía explicar.
—Cuando desperté de la anestesia… —continuó Elena, llorando también—, pregunté por mis bebés. Me trajiste a ti. Eras tan pequeñita… tan hermosa. Pregunté por el otro. Y tu padre, con la cara deshecha, me dijo que había muerto.
Alina levantó la vista de golpe.
—¿Te dijo que murió?
—Al principio sí. No tuvo el valor de decirme la verdad. Me dijo que no había sobrevivido al parto. Yo lloré a mi hijo muerto durante meses. Le pusimos una cruz vacía en el panteón. Pero Ricardo… Ricardo no aguantaba la culpa. Empezó a beber. Dejó de dormir. Y una noche, borracho, me confesó la verdad. Me dijo lo que había hecho.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Alina.
—Me volví loca. Fui a la clínica. Grité, amenacé. Pero Irina sacó los papeles firmados por tu padre. Y me amenazó. Me dijo que si abría la boca, nos metería a la cárcel por intento de extorsión. Que nos quitaría también a ti, alegando que éramos drogadictos o incompetentes. Tenían abogados, jueces comprados… tenían todo el poder. Nosotros no éramos nadie.
Elena se cubrió la cara.
—Tuve miedo, Alina. Miedo de perderte a ti también. Así que me callé. Me tragué el dolor y el odio. Y tu padre… él no pudo con eso. Cada vez que te veía, veía al hijo que había entregado. Por eso se fue. No porque no te quisiera, sino porque no podía perdonarse a sí mismo.
La habitación quedó en silencio. Un silencio pesado, cargado de polvo y de tragedias antiguas.
Alina se puso de pie y caminó hacia la ventana. Miró hacia la calle, donde unos niños jugaban fútbol con una botella de plástico aplastada. Pensó en Camilo, nadando en su piscina climatizada. Pensó en Irina, comprando hijos con chequeras. Pensó en su padre, huyendo de sus propios fantasmas.
Y pensó en su madre. Esa mujer rota que estaba sentada en la mesa.
Alina sintió que el enojo hacia ella se disipaba, reemplazado por una tristeza infinita. Su madre había sido una víctima también. Una moneda de cambio en el juego de los ricos.
Pero la resignación de su madre no sería la suya.
—¿Sabes dónde están ahora, verdad? —preguntó Alina sin voltear.
—Regresaron hace unos años —dijo Elena en voz baja—. Los vi en las noticias. Sabía que estaban en Los Encinos. A veces… a veces he ido hasta allá. Solo para ver la casa de lejos. Para imaginarme que él está bien.
Alina se giró. Sus ojos grises brillaban con una determinación nueva, dura como el diamante.
—Está bien, mamá. Entiendo por qué pasó. Entiendo que tenías miedo. Pero eso se acabó.
—¿Qué vas a hacer? —Elena la miró con pánico—. Alina, no hagas tonterías. Esa gente es peligrosa. Te van a aplastar.
—No, mamá. No me van a aplastar. Porque tengo algo que ellos no tienen.
Alina tomó su celular de la mesa.
—Tengo la verdad. Y tengo la cara de su precioso hijo.
—Alina, por favor… —suplicó Elena, intentando levantarse, pero sus piernas fallaron y tuvo que volver a sentarse.
—Voy a conocerlo —dijo Alina, firme—. Es mi hermano. Tengo derecho a verlo. Tengo derecho a que él sepa quién soy. No voy a pedir dinero. No voy a pedir caridad. Solo quiero mi otra mitad.
—Si Irina te ve…
—Ya me vio —interrumpió Alina—. Por eso me corrió ayer. Ella tiene miedo, mamá. Mucho más miedo que nosotros. Porque sabe que su vida perfecta es una mentira construida sobre el dolor de una familia pobre.
Alina fue a su cuarto y tomó su mochila. Metió la foto de su infancia. Se cambió la pijama por unos jeans limpios y una playera negra. Se recogió el pelo en una coleta alta, dejando su cara despejada. El parecido con Camilo era aún más evidente así.
Regresó a la cocina y le dio un beso en la frente a su madre.
—Voy a salir. No me esperes a comer.
—Hija, ten cuidado —sollozó Elena—. No te enfrentes a ellos sola.
—No estoy sola, ma —dijo Alina, tocándose el pecho—. Lo tengo a él. Aunque él todavía no lo sepa.
Salió del departamento y bajó las escaleras de dos en dos.
El aire de la calle le pegó en la cara, fresco y lleno de posibilidades. Se sentía ligera, a pesar de la carga de la verdad. Durante años había sentido un vacío, una soledad inexplicable incluso cuando estaba acompañada. Ahora sabía por qué.
Le faltaba una extremidad fantasma.
Caminó hacia la parada del microbús. No iría a Los Encinos hoy. No podía entrar ahí sin invitación.
Pero sabía dónde encontrarlo.
El artículo decía: “Entrena todas las tardes en el Club Deportivo Aguas Claras”.
Alina contó las monedas en su bolsillo. Le alcanzaba para el pasaje y tal vez para una botella de agua.
Subió al microbús que la llevaría al metro. Mientras el vehículo avanzaba entre el tráfico de la ciudad monstruo, Alina miró su reflejo en la ventanilla.
Ya no veía a la repartidora pobre. Veía a la hermana de un príncipe.
Y estaba a punto de reclamar su lugar en la historia.
CAPÍTULO 5: El Santuario de Agua y Cloro
La Ciudad de México es un monstruo de mil cabezas, y cruzarla de un extremo a otro es una odisea que solo los “chilangos” entienden. Para Alina, el viaje desde la Colonia Obrera hasta la zona exclusiva de Polanco, donde se encontraba el Club Deportivo “Aguas Claras”, fue un recordatorio brutal de la distancia que separaba su vida de la de su hermano.
No era una distancia de kilómetros, sino de galaxias.
Primero, el microbús verde, destartalado y ruidoso, que la llevó hasta la estación del Metro Chabacano. El olor a gasolina quemada y sudor ajeno se le pegaba a la ropa. Luego, el “gusano naranja”, el Metro, atascado de gente a pesar de ser las once de la mañana. Alina viajó de pie, apretada contra la puerta, viendo pasar las estaciones como diapositivas de la decadencia urbana: viaductos grises, edificios multifamiliares con ropa tendida en las ventanas, vendedores ambulantes ofreciendo audífonos “originales” a diez pesos.
Hizo el transbordo en Tacubaya y luego tomó un “pesero” hacia Polanco.
El paisaje comenzó a mutar. El concreto gris y sucio dio paso a camellones con flores que sí regaban. Los cables de luz enmarañados desaparecieron, enterrados bajo banquetas limpias y anchas. Las tienditas de abarrotes con rejas de seguridad se transformaron en boutiques con escaparates minimalistas y guardias de seguridad privada en traje.
Al bajar del transporte público, Alina se sintió inmediatamente fuera de lugar. Sus jeans, aunque limpios, estaban desgastados en las rodillas. Su playera negra era de algodón barato. Sus tenis, los mismos con los que repartía pizzas, tenían la suela un poco despegada. Aquí, la gente caminaba con ropa deportiva de marca que costaba más que la renta de su departamento: Lululemon, Nike de colección, Adidas de diseñador.
Caminó tres cuadras hasta llegar al Club Deportivo “Aguas Claras”.
Era una fortaleza de cristal y acero, rodeada de muros verdes de hiedra perfectamente recortada. No había letreros estridentes, solo una placa de bronce discreta junto a la entrada. Alina sabía, por su investigación en internet, que los miércoles permitían el acceso a las gradas de la alberca olímpica para “fomentar el deporte juvenil”, una forma elegante de decir que dejaban entrar a la plebe para que aplaudiera a los hijos de los ricos.
Se detuvo frente a la caseta de vigilancia. El guardia, un hombre robusto con uniforme táctico, la miró con escepticismo.
—¿A dónde, señorita? —preguntó, bloqueándole el paso con su cuerpo.
Alina tragó saliva. El síndrome del impostor le gritaba que diera la media vuelta y corriera. No perteneces aquí. Hueles a pobreza. Pero entonces recordó la foto en su bolsillo. Recordó a su madre llorando en la cocina. Recordó que la mitad de su ADN estaba nadando ahí dentro.
Levantó la barbilla, imitando la altivez fría de Irina Covarrubias.
—Vengo a la práctica abierta de natación. A ver al equipo juvenil.
El guardia la escaneó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en sus tenis viejos.
—Es solo para familiares o invitados —mintió, o tal vez simplemente aplicó la regla no escrita del clasismo mexicano: “como te ven, te tratan”.
—La página web dice que es entrada libre los miércoles de 11 a 1 —replicó Alina, sacando su celular con la pantalla estrellada y mostrándole la captura de pantalla—. ¿O la información oficial del club está mal?
El guardia frunció el ceño, molesto por ser desafiado por una “niña cualquiera”. Miró la pantalla, luego a ella.
—Pase. Pero directo a las gradas. Nada de andar paseando por los jardines ni la cafetería. Y mochila revisada.
Alina dejó que le revisaran la mochila, aguantando la humillación con estoicismo. Cuando finalmente cruzó el torniquete, sintió que entraba en otra dimensión.
El club olía a limpio. No a cloro barato, sino a una mezcla de ozono, eucalipto y césped recién cortado. A lo lejos, se oía el sonido rítmico de pelotas de tenis golpeando raquetas. Señoras de las Lomas, con viseras y ropa blanca inmaculada, pasaban caminando rápido, hablando por sus iPhones de última generación sobre viajes a Vail o la remodelación de la cocina.
Alina siguió los letreros hacia el “Centro Acuático”.
Al entrar al recinto de la alberca, el aire cambió. Se volvió cálido y húmedo. El espacio era inmenso, techado con una estructura de vigas blancas y tragaluces que dejaban entrar una luz difusa y perfecta. La alberca olímpica de 50 metros brillaba como una joya turquesa, el agua tan quieta y clara que parecía cristal líquido.
Alina subió a las gradas de concreto pulido. Había poca gente. Unas cuantas madres sentadas leyendo revistas o mirando sus celulares, un par de entrenadores con cronómetros y silbatos.
Se sentó en la última fila, en la esquina más oscura, tratando de hacerse invisible.
Y entonces los vio.
El equipo juvenil estaba calentando a la orilla de la alberca. Eran unos doce chicos, todos con cuerpos esculpidos por el ejercicio, riendo y bromeando entre ellos con esa confianza despreocupada de quienes saben que el mundo les pertenece.
Alina buscó con la mirada. No tardó en encontrarlo.
Estaba de pie junto al banco de salida del carril 4, el carril del líder. Llevaba un traje de baño negro profesional, ajustado, y una gorra de natación plateada que le cubría el cabello. Se estaba ajustando los goggles.
Camilo.
Verlo en persona fue un golpe físico, como recibir un balonazo en el estómago.
Desde la distancia, el parecido era perturbador. La forma en que se paraba, cargando el peso en la pierna izquierda, era idéntica a la de Alina cuando esperaba el camión. La curva de su espalda, la forma de sus hombros… era ella, pero en una versión más grande, más fuerte, mejor alimentada.
El entrenador sopló el silbato.
—¡Al agua! ¡Serie de 400 metros combinado! ¡Ahora!
Los doce nadadores saltaron al unísono. Camilo entró al agua con una limpieza técnica asombrosa, apenas levantando salpicaduras.
Alina lo observó nadar. Era hipnótico. Sus brazos cortaban el agua con precisión quirúrgica. Sus patadas levantaban una estela de espuma blanca. Iba a la cabeza del grupo, liderando con una facilidad que parecía insultante.
Ese es mi cuerpo, pensó Alina, fascinada y horrorizada a la vez. Esas son mis piernas. Esos son mis pulmones.
Se preguntó si ella podría nadar así si hubiera tenido esa vida. Si hubiera tenido entrenadores, nutriólogos, albercas climatizadas en lugar de trabajar cargando cajas de pizza. Se preguntó si el talento venía en la sangre o se compraba con la mensualidad del club.
Camilo tocó la pared al final de los 400 metros, sacando medio cuerpo fuera del agua de un impulso poderoso. Se quitó los goggles y se pasó la mano por la cara mojada, sacudiendo el agua.
Y ahí estaba. La cara.
Mojada, roja por el esfuerzo, sonriendo mientras bromeaba con el nadador del carril vecino.
Alina sintió que le faltaba el aire. Era como verse en un espejo de feria, pero la imagen era real, respiraba, vivía.
—¡Bien hecho, Covarrubias! —gritó el entrenador—. ¡Mejoraste dos segundos!
Camilo sonrió. Una sonrisa amplia, blanca, perfecta. La misma sonrisa que Alina veía en el espejo cuando sacaba una buena calificación, aunque la suya solía ser más tímida, más contenida.
La práctica duró una hora más. Alina no se movió. Observó cada gesto, cada tic. Notó que cuando el entrenador lo regañaba por la técnica de la vuelta, Camilo se mordía el labio inferior y miraba hacia abajo.
Yo hago eso, pensó Alina. Hago exactamente eso cuando mamá me regaña.
Cuando el entrenamiento terminó, los nadadores salieron de la alberca y se dirigieron a los vestidores. Alina miró el reloj. Eran las 12:45. Tenía que interceptarlo. Pero no podía entrar a los vestidores de hombres.
Bajó de las gradas con las piernas temblorosas. Su plan era vago: “encontrarlo”. Ahora que estaba ahí, la realidad de la confrontación la aterraba. ¿Qué le iba a decir? “Hola, soy tu hermana gemela que tus papás compraron”? No, eso sonaba a locura.
Decidió esperar afuera del edificio de la alberca, cerca de una pequeña cafetería al aire libre donde había mesas con sombrillas blancas. Compró una botella de agua a precio de oro (cuarenta pesos, lo que le dolió en el alma) solo para tener derecho a sentarse.
Esperó veinte minutos. Veinte minutos eternos donde cada persona que salía la hacía saltar.
Y entonces salió él.
Ya no llevaba el traje de baño. Vestía unos pants grises de marca Under Armour y una sudadera azul marino del equipo del club. Llevaba una mochila deportiva colgada al hombro y el cabello húmedo, despeinado, cayéndole sobre la frente.
Iba solo, revisando su celular, con audífonos grandes puestos alrededor del cuello.
Alina se puso de pie. Su corazón latía tan fuerte que sentía las pulsaciones en la garganta.
Camilo caminaba hacia la salida, pasando justo por donde estaba ella.
—Camilo —dijo Alina.
Su voz salió débil, un susurro ahogado por el ruido de una podadora de pasto a lo lejos.
Él no la escuchó. Siguió caminando.
Alina dio un paso adelante, impulsada por la desesperación.
—¡Oye! —gritó más fuerte, casi agresiva por los nervios.
Camilo se detuvo. Giró la cabeza, buscando quién lo llamaba.
Sus ojos barrieron la zona de las mesas. Y se detuvieron en Alina.
El tiempo hizo esa cosa extraña que hace en las películas: se estiró, se deformó y luego se detuvo de golpe.
Camilo frunció el ceño. Entrecerró los ojos, confundido.
Alina se quedó quieta, con los brazos a los costados, dejándose ver. Dejó que él la viera.
Camilo dio un paso hacia ella, lento, vacilante. Se quitó los audífonos del cuello y los sostuvo en la mano.
—¿Te conozco? —preguntó. Su voz era un poco más grave de lo que Alina imaginaba, pero tenía una cadencia familiar.
Alina no respondió de inmediato. Solo lo miró.
Camilo se acercó más, hasta quedar a dos metros de distancia. Su expresión de confusión se transformó en asombro puro. Sus ojos grises se abrieron desmesuradamente al recorrer la cara de Alina.
Vio los ojos. Vio la nariz. Vio la boca.
Y luego, inevitablemente, su mirada subió a la frente de Alina. Al lunar.
Instintivamente, Camilo se llevó la mano a su propia frente, rozando su propio lunar idéntico.
—No manches… —susurró Camilo. Una expresión muy mexicana de incredulidad absoluta.
—Hola —dijo Alina, intentando sonreír, pero sus labios temblaban.
—Tú eres… tú eres la chica de la pizza —dijo Camilo de repente, como si un rayo de memoria lo golpeara—. Martha, la empleada, dijo que vino una repartidora rara el otro día. Que mi mamá se puso histérica.
—Sí. Soy yo.
Camilo dio otro paso, invadiendo su espacio personal, pero no de forma amenazante, sino con una curiosidad científica, casi biológica.
—Te pareces un chingo a mí —soltó él, olvidando sus modales de niño rico.
—Tú te pareces a mí —corrigió Alina—. Y tenemos la misma edad.
Camilo parpadeó, procesando la información. Miró alrededor, como buscando una cámara escondida o a alguien que le gritara “¡Sorpresa!”. Pero solo estaban las señoras ricas tomando café y los jardineros cortando el pasto.
—Siéntate —dijo Camilo, señalando la silla frente a Alina—. Por favor.
Se sentaron. La mesa de metal blanco los separaba, pero la tensión eléctrica entre ellos era palpable. Alina podía oler su jabón, una fragancia cítrica y limpia. Podía ver las pequeñas gotas de agua que aún brillaban en las puntas de su cabello.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Alina.
—Yo soy Camilo.
—Lo sé.
Hubo un silencio incómodo. Camilo tamborileaba los dedos sobre la mesa, un ritmo nervioso que Alina reconoció porque ella hacía lo mismo con el pie cuando estaba ansiosa. Mismo tic, anotó mentalmente.
—¿Eres… pariente mía? —preguntó Camilo, bajando la voz—. ¿Una prima ilegítima de mi papá? He escuchado historias… ya sabes, hombres de negocios con “casas chicas”.
Alina sintió una punzada de dolor. Casa chica. Así los veían.
—No soy tu prima, Camilo. Y no soy una historia sucia de tu papá.
—Entonces, ¿qué eres? Porque nadie se parece tanto a alguien por casualidad. Tienes mi cara, literal. Es como verme con… bueno, con el pelo largo y más bonita —intentó bromear, pero su risa fue nerviosa.
Alina se inclinó hacia adelante.
—Camilo, ¿alguna vez has sentido que te falta algo? —preguntó, ignorando su broma—. ¿Como si tuvieras un hueco aquí? —se tocó el pecho—. ¿Como si estuvieras solo incluso cuando estás con gente?
La sonrisa de Camilo se desvaneció. Su rostro se puso serio, vulnerable. Esa máscara de “niño dorado” se cayó.
—Sí —admitió en voz baja, mirando sus manos—. Todo el tiempo. Mis papás dicen que soy un malagradecido, que lo tengo todo. Pero… a veces siento que estoy esperando a alguien.
Los ojos de Alina se llenaron de lágrimas.
—Yo también. Toda mi vida.
Camilo levantó la vista y la miró fijamente. En ese momento, la conexión fue total. No necesitaban pruebas de ADN. No necesitaban confesiones firmadas. La sangre llamaba a la sangre con un grito silencioso y ensordecedor.
—¿Cuándo naciste? —preguntó él.
—14 de octubre.
—Yo también.
Camilo se recargó en el respaldo de la silla, pasándose las manos por el cabello, despeinándolo aún más.
—No mames… —murmuró, mirando al cielo—. Mis papás me dijeron que fui prematuro. Que fue un milagro que naciera. Nunca hay fotos mías de bebé en el hospital. Solo fotos ya en la casa, cuando tenía meses.
—Yo tengo una foto —dijo Alina.
Sacó su celular. Mostró la foto de ella en el kínder.
Camilo tomó el teléfono. Sus manos eran grandes, cuidadas, pero temblaban ligeramente.
—Soy yo… —dijo, viendo la foto—. O sea, eres tú, pero parece que soy yo disfrazado. El lunar…
Le devolvió el celular como si fuera un objeto sagrado.
—Alina… ¿somos hermanos?
Alina asintió. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Gemelos.
La palabra quedó flotando entre ellos, pesada y brillante.
—¿Y por qué…? —Camilo empezó a preguntar, pero se detuvo. Su cerebro inteligente, entrenado para la lógica y las matemáticas, empezó a conectar los puntos. La reacción de su madre el otro día. La falta de fotos. El parecido. La diferencia de clases sociales evidente en la ropa de Alina.
—¿Mis padres saben? —preguntó, su voz endureciéndose.
—Tu madre me vio el otro día —dijo Alina—. Me corrió como si fuera una delincuente. Tenía miedo, Camilo. Tenía pánico. Ella sabe quién soy. Ella sabe lo que hicieron.
Camilo apretó los puños sobre la mesa. Los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Me abandonaron? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Nuestros padres verdaderos? ¿Me tiraron a la basura y se quedaron contigo?
Alina negó con la cabeza vehementemente.
—No. No te tiraron. Te salvaron. O eso creyeron. Fue… fue complicado. Mamá se estaba muriendo. Necesitaban dinero para operarla. Tus padres… los Covarrubias… ellos pagaron. Pero el precio fuiste tú.
Camilo se quedó en silencio, procesando la brutalidad de la transacción.
—Me compraron —dijo, con asco—. Como a un perro de raza.
—Y a mí me dejaron —añadió Alina, con suavidad—. Porque tú eras el varón. El heredero que querían.
Camilo la miró, y por primera vez, Alina vio una furia volcánica en sus ojos grises. No contra ella, sino contra el mundo que los había separado.
Pero luego, la furia dio paso a algo más suave. Se estiró sobre la mesa y, tentativamente, rozó la mano de Alina con sus dedos.
—Tengo una hermana —dijo, como si estuviera probando el sabor de la palabra—. Una hermana gemela.
—Y yo tengo un hermano —sonrió Alina, secándose la lágrima—. Aunque sea un “fresa” que nada en club privado.
Camilo soltó una carcajada, una risa real, liberadora.
—Y tú una “chaira” que se mete a los clubes sin pagar.
Ambos rieron. Fue un momento de alivio absurdo en medio de la tragedia.
—Oye —dijo Camilo de repente, mirando su reloj—. Mi chofer va a llegar en diez minutos. Si te ve aquí, le va a decir a mi mamá. Y si mi mamá sabe que hablamos… se va a armar un pedo monumental.
—Lo sé. No quiero causarte problemas.
—No me importan los problemas —dijo Camilo, serio—. Me importa saber la verdad. Pero necesito tiempo. Necesito… digerir esto. Y necesito confrontarlos.
Se levantó y buscó en su mochila. Sacó un bolígrafo y agarró una servilleta de papel del dispensador de la mesa. Anotó un número.
—Es mi celular personal. No el que paga mi papá, uno que tengo escondido para… cosas mías. Escríbeme ahí.
Le dio la servilleta a Alina. Sus dedos se rozaron de nuevo, y esa corriente eléctrica volvió a saltar.
—No te pierdas otra vez, Alina —dijo Camilo, mirándola a los ojos con intensidad—. Te acabo de encontrar. No te voy a dejar ir.
—No me voy a ir —prometió ella—. Vivo en la Obrera. No tengo a dónde ir de todos modos.
Camilo sonrió, un poco triste.
—Ya no. Vamos a arreglar esto. Te lo juro.
Se colgó la mochila al hombro.
—Vete antes de que llegue el coche. Sal por la puerta de servicio, por allá, detrás de las canchas de tenis. Es más fácil.
—Gracias.
Camilo se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. Regresó, se inclinó y, torpemente, le dio un beso en la mejilla a Alina.
—Encantado de conocerte, hermanita.
Luego se alejó caminando rápido, con esa zancada atlética y segura.
Alina se quedó sentada un momento más, tocándose la mejilla donde él la había besado. Miró la servilleta con el número escrito en tinta azul.
Era un papelito endeble, manchado de grasa, pero para ella valía más que todo el oro de los Covarrubias.
Se levantó y caminó hacia la salida de servicio, sintiendo que flotaba. El guardia de la entrada, las señoras ricas, sus tenis viejos… nada importaba ya.
La soledad se había roto.
La guerra contra los Covarrubias iba a comenzar, sí. Pero ya no era Alina contra el mundo.
Ahora eran dos.
Mientras salía del club y el ruido de la ciudad la envolvía de nuevo, Alina sacó su celular y guardó el número bajo el nombre: “Camilo (Hermano)”.
Sonrió.
La lluvia podía volver cuando quisiera. Ella ya no tenía frío.
CAPÍTULO 6: El Príncipe y la Mendiga
El regreso a casa fue, para Camilo Covarrubias, como entrar en un museo donde todas las exhibiciones eran falsas.
El chofer, Don Rogelio, conducía la camioneta Suburban blindada con la suavidad de quien transporta nitroglicerina. El interior olía a cuero nuevo y aire acondicionado purificado. Afuera, el tráfico de la Ciudad de México era un caos de cláxones y gente apresurada, pero dentro de la cabina, el silencio era absoluto, aislado por cristales de cinco centímetros de grosor.
Camilo miraba por la ventana, pero no veía la ciudad. Veía el rostro de Alina. Veía su propio rostro, pero sin las ventajas de la nutrición premium y los dermatólogos caros. Veía la verdad impresa en un lunar sobre una ceja.
Al llegar a la mansión en “Los Encinos”, la reja se abrió automáticamente. Los jardineros saludaron con la cabeza. Todo era perfecto. El pasto estaba cortado al milímetro, la fachada de cantera brillaba bajo el sol de la tarde. Antes, esto era simplemente “casa”. Ahora, se sentía como un escenario de televisión.
Entró. El aire acondicionado lo golpeó, frío y aséptico.
—¿Camilo? ¿Eres tú, mi amor? —la voz de Irina llegó desde la sala de estar.
Camilo sintió un nudo en el estómago. Una mezcla de náusea y una rabia fría que no sabía que era capaz de sentir. Caminó hacia la sala. Su madre estaba sentada en un sillón de terciopelo azul, revisando unos papeles del hospital con sus lentes de lectura puestos. Se veía elegante, compuesta, la imagen misma de la matriarca perfecta.
—Hola, mamá —dijo Camilo. Su voz sonó extraña en sus propios oídos, ronca.
Irina se quitó los lentes y le sonrió. Esa sonrisa que él siempre había adorado, esa sonrisa que le decía que él era el centro de su universo. Ahora, le parecía una máscara.
—¿Cómo te fue en el entrenamiento? El entrenador me mandó un mensaje diciendo que tus tiempos mejoraron. Tu papá va a estar muy contento.
—Bien —respondió Camilo, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera para ocultar que le temblaban—. Estuvo bien.
Se quedó parado allí, mirándola. Analizándola. ¿Cómo podía alguien sonreír así después de haber comprado a un ser humano? ¿Cómo podía dormir por las noches sabiendo que la otra mitad de su “compra” vivía en la miseria?
Irina notó su mirada fija. Su sonrisa titubeó un poco.
—¿Pasa algo, cielo? Te ves… pálido. ¿Te sientes mal? ¿Quieres que pida que te preparen algo ligero?
—No —dijo Camilo rápidamente—. Solo estoy cansado. Me voy a mi cuarto.
Subió las escaleras de dos en dos, huyendo. Al entrar a su habitación —una suite con baño propio, balcón, una PC gamer que costaba lo que un coche pequeño y una cama King Size— cerró la puerta y le echó el seguro.
Se recargó contra la madera, respirando agitadamente.
Sacó la servilleta arrugada de su bolsillo. El número de Alina.
Se sentó en el borde de su cama y sacó su “teléfono quemador”, un Android barato que usaba para cosas que no quería que sus padres rastrearan (generalmente fiestas o chats con chicas, pero ahora, para conspirar contra su propia familia).
Agregó el número a WhatsApp.
La foto de perfil de Alina apareció. Era una selfie borrosa, con poca luz, pero ahí estaba. Su cara.
Camilo escribió:
“Soy yo. Ya estoy en la cárcel. Digo, en mi casa. ¿Llegaste bien?”
La respuesta llegó dos minutos después.
“Sí. Voy en el micro. Todavía me falta un tramo. Tu cárcel se ve más cómoda que mi libertad, la neta.”
Camilo soltó una risa nerviosa.
“No tienes idea. Aquí el aire se siente falso. Mi mamá me preguntó cómo me fue. Casi le vomito encima.”
“Tranquilo, Junior. No hagas olas todavía. Necesitamos un plan.”
Junior. Así le decían a los hijos de papi. Pero viniendo de ella, no sonaba como un insulto. Sonaba como un apodo cariñoso.
Camilo se tiró de espaldas en la cama, mirando el techo pintado de blanco inmaculado.
Tenía una hermana.
Y por primera vez en su vida, no se sentía solo en esa casa enorme.
Esa noche, la cena fue una tortura medieval disfrazada de banquete familiar.
Víctor Covarrubias, su padre (o el hombre que pagó por ese título), estaba de buen humor. Había cerrado un trato para construir un nuevo centro comercial en Querétaro. Cortaba su filete mignon con precisión quirúrgica, hablando de tasas de interés y permisos de uso de suelo.
—Y tú, campeón, ¿qué tal la escuela? —preguntó Víctor, señalándolo con el tenedor—. ¿Ya decidiste a qué universidad vas a aplicar? Sabes que el MIT es una opción real si sigues con esas calificaciones en matemáticas.
Camilo jugaba con sus espárragos. El apetito se le había ido por completo.
—No sé, papá. A veces pienso que la ingeniería no es lo mío.
Víctor soltó una carcajada, como si Camilo hubiera contado un chiste excelente.
—¡Qué ocurrencias! Llevas la construcción en la sangre, hijo. Es el legado Covarrubias.
No llevo tu sangre, pensó Camilo, y tuvo que morderse la lengua para no gritarlo. Llevo la sangre de un albañil y una maestra.
—Oye, mamá —dijo Camilo de repente, girándose hacia Irina.
Irina levantó la vista de su ensalada de quinoa.
—Dime, amor.
—Hoy en el club… —Camilo hizo una pausa dramática. Vio cómo los hombros de Irina se tensaban imperceptiblemente—. Hoy en el club vi un documental sobre partos múltiples. Gemelos y eso.
El silencio cayó sobre la mesa. Fue un silencio denso, pesado. Víctor dejó de masticar. Irina se quedó con la copa de vino a medio camino de sus labios.
—¿Ah, sí? —dijo Irina, con una voz demasiado aguda—. Qué… qué interesante. ¿Por qué veían eso en el club?
—Estaba en la tele de la cafetería. Decían que los gemelos tienen una conexión telepática. Que si a uno le duele algo, el otro lo siente. —Camilo clavó sus ojos en los de ella—. ¿Tú crees en eso, mamá?
Irina bajó la copa. El vino tinto se agitó dentro del cristal, delatando el temblor de su mano.
—Son tonterías, Camilo. Supersticiones de gente sin educación.
—A mí me parece fascinante —insistió Camilo, disfrutando con crueldad del miedo que veía en los ojos de su madre—. Imagínate tener a alguien idéntico a ti en el mundo. Alguien que te entienda sin hablar. Sería… no sé, como estar completo.
Víctor carraspeó ruidosamente y se limpió la boca con la servilleta de lino.
—Bueno, basta de pláticas raras. Camilo, enfócate en tus estudios y en la natación. Esas son las únicas conexiones que te van a servir en la vida real.
La cena terminó en un silencio incómodo. Camilo se excusó temprano y volvió a su refugio.
Su celular vibró. Era una videollamada de Alina.
Camilo se puso los audífonos y contestó.
La cara de Alina llenó la pantalla. Estaba en su cuarto, con una luz amarilla y tenue detrás. Se veía cansada, con ojeras marcadas, pero sonreía.
—Hola, extraño —dijo ella.
—Hola, clon —respondió él.
Se quedaron mirando un momento a través de las pantallas, maravillados de nuevo por el parecido.
—¿Dónde estás? —preguntó Camilo, escrutando el fondo de su video. Se veían paredes despintadas, un póster viejo de alguna banda de rock y ropa colgada en una silla.
—En mi mansión —dijo Alina con sarcasmo, girando el celular para mostrarle su cuarto—. Cuatro por tres metros de puro lujo. Esa es mi cama, ese es mi escritorio que también es mesa de planchar, y esa ventana da a un cubo de luz donde viven las ratas más gordas de la colonia.
Camilo sintió una punzada de culpa. Él estaba sentado en una silla gamer ergonómica de diez mil pesos.
—Alina… perdón.
—¿Por qué? Tú no tienes la culpa de dónde te tocó dormir, Camilo. Ni yo tampoco. Es lo que es.
—No es justo —dijo él—. No es justo que yo tenga todo esto y tú…
—¿Y yo tenga qué? ¿Libertad? —Alina se rió—. Mira, no te voy a mentir. A veces apesta no tener dinero. Apesta contar las monedas para el metro. Apesta ver que a mi mamá le faltan medicinas. Pero… al menos sé quién soy. Tú apenas estás descubriéndolo.
Hablaron durante horas.
Camilo le contó sobre la presión de ser el “hijo perfecto”, sobre las expectativas asfixiantes de Víctor, sobre cómo Irina controlaba cada aspecto de su vida, desde su ropa hasta sus amigos.
Alina le contó sobre el abandono de su padre, sobre las noches en vela cuidando a Elena, sobre su sueño de ser periodista para “contar las historias que nadie quiere oír”.
Eran dos caras de la Ciudad de México. El norte rico y el sur obrero. Polanco e Iztapalapa. Pero hablaban el mismo idioma emocional.
—Quiero verla —dijo Camilo de repente, cerca de las dos de la mañana.
—¿A quién?
—A nuestra madre. A Elena.
Alina se quedó callada.
—Camilo, es arriesgado. Si te ve… le puede dar algo. Está muy débil. Y si tus papás se enteran…
—No se van a enterar. Mañana tengo “estudio en grupo” después de la escuela. Le diré al chofer que me deje en casa de un amigo en la Del Valle. De ahí me muevo.
—No sabes andar en la ciudad, Camilo. Te van a asaltar en cuanto pises la calle. Tienes cara de que traes tarjeta Platinum en la frente.
—Aprenderé. Mándame la ubicación. Por favor, Alina. Necesito ver de dónde vengo. Necesito ver… qué es lo que compraron.
Alina suspiró, derrotada por la intensidad en los ojos de su hermano.
—Está bien. Pero te vienes vestido normal. Nada de marcas, nada de relojes caros. Y traes cambio, monedas. Si llegas en Uber Black a mi calle, van a pensar que eres narco o político, y las dos cosas son peligrosas.
El día siguiente fue una lección de espionaje para Camilo.
Salió de la escuela privada “Instituto Cumbres” a las tres de la tarde. Le dijo a Don Rogelio que iría a casa de “Santi”, un amigo que vivía en una zona segura de la Colonia Del Valle.
En cuanto el chofer se alejó, Camilo se metió a un Starbucks, entró al baño y se cambió. Guardó su reloj Tag Heuer en el fondo de la mochila. Se puso unos jeans viejos (bueno, unos Levi’s que tenían un año, lo más viejo que tenía) y una playera gris lisa sin logotipos. Se despeinó un poco el cabello engominado.
Pidió un Uber “X”, el más barato.
—A la Colonia Obrera, calle Dr. Barragán —le dijo al conductor.
El chofer lo miró por el retrovisor.
—¿Seguro, joven? Esa zona está medio caliente a esta hora.
—Seguro.
El viaje fue un descenso a la realidad. Camilo vio cómo la ciudad se transformaba. Los edificios de cristal se volvieron bloques de cemento gris. Los árboles desaparecieron. Las calles se llenaron de baches que hacían brincar el coche.
Bajó en la ubicación que le mandó Alina.
Se sintió desnudo sin su camioneta blindada. El ruido era ensordecedor: música de banda saliendo de una tlapalería, gente gritando, perros ladrando en las azoteas. El olor a grasa de tacos y basura fermentada le picó en la nariz.
Caminó dos cuadras, apretando la mochila contra su pecho. Sentía las miradas de la gente. Saben que no soy de aquí, pensó con pánico. Huelo a jabón caro.
—¡Camilo!
La voz de Alina fue su salvación.
Estaba parada en la entrada de un edificio despintado color durazno, vestida con unos pants grises y una sudadera holgada.
Camilo corrió hacia ella como un náufrago hacia la costa.
—Llegaste —dijo ella, mirándolo con una mezcla de alivio y diversión—. Y sigues vivo. Milagro.
—Casi me hago pipí cuando pasé junto a unos tipos en la esquina —admitió Camilo, recuperando el aliento.
—Son los mecánicos del taller, son inofensivos. Ven, entra rápido.
El edificio por dentro olía a humedad y a comida de muchos tipos mezclada. Subieron cuatro pisos por una escalera estrecha de concreto. Camilo notó las paredes rayadas, la pintura descascarada, los barandales oxidados.
Aquí creció mi hermana, pensó. Aquí debí crecer yo.
Alina abrió la puerta del departamento 402.
—Bienvenido a tu verdadero hogar, principito —susurró ella, haciéndose a un lado.
Camilo entró.
Era pequeño. Diminuto. Su baño en la mansión era más grande que toda la sala-comedor-cocina de este lugar. Pero estaba limpio. Había carpetas tejidas sobre los muebles viejos. Había fotos en las paredes.
Y ahí estaba ella.
Elena estaba dormida en el sofá, con la boca ligeramente abierta, respirando con dificultad. Se veía frágil, como una muñeca de porcelana que ha sido pegada demasiadas veces. Su cabello estaba canoso y ralo. Su piel, pálida y fina como papel.
Camilo se acercó lentamente, con el corazón en la garganta.
Se arrodilló junto al sofá.
Esta era la mujer que lo había llevado en su vientre. Esta era la mujer cuya vida había sido el precio de su propia existencia.
Elena se movió en sueños y abrió los ojos.
Eran grises. Idénticos a los de él.
Tardó un momento en enfocar. Vio el rostro joven frente a ella.
—¿Ricardo? —murmuró, confundida por el sueño, nombrando a su exesposo.
Camilo negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
—No… soy Camilo.
Elena se despertó de golpe. El shock cruzó su rostro. Se intentó incorporar, pero estaba débil.
—¿Camilo? —su voz fue un hilo de asombro—. ¿Mi niño?
—Hola… mamá —dijo Camilo. La palabra salió torpe, extraña, pero correcta.
Elena estiró una mano temblorosa y tocó la cara de Camilo. Trazó la línea de su mandíbula, sus pómulos, y finalmente, el lunar sobre su ceja.
—Estás vivo… estás aquí… —empezó a llorar, un llanto silencioso y feliz—. Eres idéntico a tu padre cuando lo conocí.
Alina observaba desde la puerta, llorando también.
Camilo tomó la mano de Elena. Estaba áspera, con las articulaciones inflamadas. Nada que ver con las manos suaves y manicuradas de Irina. Pero esta mano tenía calor. Tenía historia.
—Perdóname —dijo Camilo, enterrando la cara en la palma de la mano de Elena—. Perdóname por no saber. Perdóname por tener una vida fácil mientras tú sufrías.
—Tú no tienes nada que perdonar, mi amor —dijo Elena, acariciándole el cabello—. Tú eres la víctima de esto, no el culpable. Yo solo quería que vivieras. Que fueras feliz. ¿Eres feliz, Camilo?
Camilo levantó la cara. Miró a Elena, luego a Alina, y luego al pequeño departamento que se caía a pedazos pero que estaba lleno de una verdad aplastante.
—No —dijo Camilo—. No era feliz. Pero creo que ahora puedo empezar a serlo.
Estuvieron juntos una hora. Elena le contó historias de su embarazo, de cómo pateaban juntos él y Alina. Camilo les contó de sus competencias de natación, omitiendo los lujos, enfocándose en lo que le gustaba hacer.
Por una hora, fueron una familia. Rota, remendada, extraña, pero familia.
Pero el reloj de la Cenicienta marcaba el tiempo.
El celular de Camilo vibró.
Mensaje de Irina: “Don Rogelio ya va por ti a la casa de Santiago. Sal en 20 minutos.”
—Me tengo que ir —dijo Camilo, poniéndose de pie con pesar—. Si no estoy ahí, mi madre… Irina… va a sospechar.
—Vete, hijo —dijo Elena, besándole la mano—. No te arriesgues. Verte ha sido el mejor regalo de mi vida. Ya me puedo morir tranquila.
—No te vas a morir —dijo Camilo con una determinación feroz—. No mientras yo tenga algo que decir al respecto.
Alina lo acompañó a la calle.
—¿Estás bien? —le preguntó ella en la banqueta.
Camilo miró el edificio, memorizando cada grieta.
—No. Estoy furioso, Alina. Estoy encabronado. Tienen dinero para comprar yates, pero dejaron a mi madre biológica pudrirse aquí sin medicinas.
Sacó su cartera. Era una billetera de piel fina. Sacó todo el efectivo que traía. Eran como tres mil pesos.
—Toma. Cómprale lo que necesite. Comida, medicinas, lo que sea.
Alina dudó.
—Camilo, no quiero tu dinero…
—No es mi dinero. Es dinero de los Covarrubias. Y nos deben mucho más que esto. Tómalo, por favor. O lo tiro a la coladera.
Alina tomó los billetes.
—Gracias.
Camilo pidió el Uber. Mientras esperaban, se miraron.
—Esto apenas empieza, hermana —dijo Camilo. Su mirada había cambiado. Ya no era el niño confundido de la alberca. Ahora tenía la mirada de alguien que va a quemar el reino para salvar a los suyos—. Voy a hacer que paguen. Voy a hacer que paguen cada centavo y cada lágrima.
—Ten cuidado —advirtió Alina—. Irina es lista. Y Víctor es poderoso.
—Yo soy su hijo —sonrió Camilo con una mueca fría—. Sé sus debilidades. Sé dónde guardan los esqueletos.
El Uber llegó (un Nissan Versa abollado).
Camilo subió. Bajó la ventanilla.
—Te escribo al rato. Te quiero, carnala.
—Te quiero, carnal.
Alina vio alejarse el coche entre el tráfico de la tarde. Apretó los billetes en su mano hasta que le dolieron los dedos.
Arriba, su madre lloraba de felicidad. En el norte de la ciudad, una mujer rica empezaba a sentir que su castillo de naipes temblaba. Y en medio del caos de la Ciudad de México, dos gemelos acababan de declarar la guerra al destino
CAPÍTULO 7: La Jaula de Oro y el Hospital Gris
Los secretos en una casa rica son como el polvo bajo la alfombra: puedes esconderlos un tiempo, pero tarde o temprano, alguien tropieza y todo sale volando.
Habían pasado tres días desde la visita clandestina de Camilo a la Colonia Obrera. Tres días de una calma tensa y quebradiza en la mansión Covarrubias. Camilo sentía que caminaba sobre hielo delgado. Cada cena, cada “buenos días”, cada pregunta casual de Irina sobre la escuela, venía cargada de un subtexto peligroso.
Camilo había cambiado. Ya no era el chico dócil que obedecía sin rechistar. Sus respuestas eran cortantes. Pasaba horas encerrado en su cuarto. Y lo peor, Irina había notado cómo miraba las cosas: los muebles de diseño, la comida gourmet que se desperdiciaba, la ropa de marca. Los miraba con un desprecio nuevo, con una culpa que no era suya.
La tarde del sábado, el destino jugó su carta más cruel.
Camilo estaba en la ducha después de entrenar. Había dejado su “celular quemador” —el barato que usaba para hablar con Alina— cargando debajo de su almohada, oculto, o al menos eso creía. Pero la paranoia de una madre que siente que pierde a su hijo es un radar infalible.
Irina entró al cuarto de Camilo con la excusa de dejar ropa limpia. Al acomodar las almohadas, sintió el bulto duro y caliente del aparato conectado.
Su corazón se detuvo. Lo sacó. No era el iPhone 15 Pro que ellos le pagaban. Era un Motorola viejo con la pantalla rayada.
La pantalla se iluminó con una notificación de WhatsApp.
El remitente no tenía nombre, solo un emoji de una rebanada de pizza 🍕.
El mensaje decía:
“Mamá amaneció mal hoy. Le duelen mucho las piernas. Gracias por el dinero que mandaste, le compramos el Ensure y las pastillas. Te extraña. Yo también. 👯♀️”
Irina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
“Mamá amaneció mal”.
“Te extraña”.
No hablaban de ella. Hablaban de la otra. De la mujer que ella creía haber borrado de la existencia con un cheque hace diecisiete años.
Irina desbloqueó el teléfono; la contraseña era “1410”, la fecha de cumpleaños de los gemelos. Entró al chat.
Leyó. Leyó las fotos de la visita. Vio la selfie de Camilo abrazando a Elena en ese departamento miserable. Vio la sonrisa de su hijo, una sonrisa genuina, cálida, que ella no había visto en años.
—Maldita sea… —susurró, dejando caer la ropa limpia al suelo—. Maldita sea.
Cuando Camilo salió del baño, con una toalla a la cintura y el cabello goteando, encontró a Irina sentada en su cama. Tenía el teléfono barato en la mano y una expresión que helaba la sangre: una mezcla de dolor de madre herida y furia de dueña traicionada.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella, con voz temblorosa pero letal.
Camilo se quedó paralizado. El vapor del baño se disipó rápido, reemplazado por un frío súbito. No intentó mentir. No tenía caso.
—Una semana —dijo, irguiéndose. Ya no era el niño asustado. Era un hombre joven defendiendo su verdad.
—¿Fuiste a verla? —Irina levantó el teléfono como si fuera la prueba de un crimen—. ¿Fuiste a ese… a ese chiquero?
—Fui a ver a mi madre —corrigió Camilo, remarcando la palabra—. Y no es un chiquero. Es donde vive la mujer que me dio la vida.
Irina se levantó de un salto, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
—¡Yo te di la vida, Camilo! ¡Yo te cuidé cuando tenías fiebre! ¡Yo te llevé a tus clases de natación! ¡Yo te he dado todo lo que eres! ¿Y así me pagas? ¿Yendo a ver a esa desconocida a mis espaldas?
—Esa desconocida es mi madre biológica, Irina —soltó Camilo. Llamarla por su nombre fue como una bofetada—. Y Alina es mi hermana. Mi gemela. La que ustedes dejaron atrás como si fuera basura.
—¡Lo hicimos por ti! —gritó Irina, acercándose a él—. ¡Para salvarte de esa miseria! ¡Mírate! Eres un príncipe. Tienes futuro. Si te hubieras quedado con ellos, ¿qué serías? ¿Un albañil? ¿Un delincuente?
—Sería libre —respondió Camilo—. Y tendría a mi hermana.
—¡Esa niña es una vividora! —escupió Irina—. ¡Solo quiere tu dinero! ¿No lo ves? En cuanto vio que tenías lana, te engatusó. “Gracias por el dinero que mandaste”, dice el mensaje. ¡Ya te están sacando dinero, Camilo!
—Yo se lo di. Porque se están muriendo de hambre mientras nosotros comemos en platos de oro. ¡Es inmoral, mamá! ¡Lo que hicieron es un crimen!
En ese momento, Víctor Covarrubias apareció en la puerta, atraído por los gritos. Vio la escena: su esposa al borde de la histeria y su hijo desafiante.
—¿Qué está pasando aquí? —tronó su voz de mando.
—¡Tu hijo nos traicionó! —lloró Irina, lanzándole el teléfono a Víctor—. ¡Ha estado viendo a esa gente! ¡A la familia Lomelí!
Víctor atrapó el teléfono. Su rostro se endureció, volviéndose la máscara de piedra del hombre de negocios despiadado. Miró a Camilo con decepción fría.
—Creí que eras más inteligente, Camilo. Creí que entendías lo que estaba en juego.
—Entiendo perfectamente —dijo Camilo—. Entiendo que compraron un bebé. Entiendo que se aprovecharon de la pobreza de alguien para llenar su propio vacío.
—Cuidado con tu tono —advirtió Víctor, dando un paso adelante—. Todo lo que tienes, la ropa que traes puesta, la escuela a la que vas, el futuro que te espera… todo sale de mi bolsillo. Y así como lo doy, lo puedo quitar.
—¡Pues quítalo! —gritó Camilo—. ¡No quiero su dinero sucio!
Camilo se dio la vuelta para ir a su clóset y vestirse, con la intención de irse. Pero Víctor fue más rápido. Cerró la puerta del cuarto y se paró frente a ella, bloqueando la salida.
—Tú no vas a ningún lado —dijo Víctor con calma amenazante—. Estás castigado, Camilo. Indefinidamente.
—Tengo 17 años, no me pueden encerrar.
—Tengo la custodia legal. Y tengo guardias en la puerta. Si intentas salir, te detendrán. Y a esa gente… —Víctor sacó su propio celular—. Voy a llamar a mis abogados. Les voy a poner una orden de restricción. Si esa niña o su madre se te vuelven a acercar, las meto a la cárcel por acoso y extorsión. Y créeme, tengo los jueces para hacerlo.
Camilo sintió el terror real por primera vez. Sabía que su padre no amenazaba en vano.
—No les hagas nada… —susurró.
—Entonces compórtate —dijo Víctor—. Dame tu otro celular. El iPhone. Y la computadora. Vas a estar incomunicado hasta que se te quite esta rebeldía adolescente.
Irina, limpiándose las lágrimas, tomó los aparatos electrónicos de la mesa de noche. Salió del cuarto sin mirar a Camilo. Víctor la siguió.
La puerta se cerró. Camilo escuchó el clic del seguro por fuera.
Estaba preso en su propia habitación. En su jaula de oro.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la tragedia no necesitaba llaves ni guardias. Entraba por la puerta rota y se sentaba en el sofá.
En el departamento de la Colonia Obrera, Alina estaba preparando té. Su madre había tenido un buen día gracias a las medicinas que pudieron comprar con el dinero de Camilo. Habían comido pollo rostizado, un lujo raro.
—¿Te gustó la comida, ma? —preguntó Alina desde la cocina.
No hubo respuesta.
—¿Ma?
Alina se asomó a la sala. Elena estaba sentada en el sillón, con la cabeza echada hacia atrás en un ángulo antinatural. Su brazo derecho colgaba inerte, y la taza de té se había volcado en el suelo, creando un charco oscuro.
—¡Mamá!
Alina corrió hacia ella. Elena estaba pálida, con los labios azules. Respiraba, pero con un sonido ronco, gorgoteante, terrible. Sus ojos estaban abiertos pero no enfocaban; una de sus pupilas estaba dilatada más que la otra.
—¡Mamá, mírame! ¡Mamá!
Alina la sacudió suavemente, pero Elena se deslizó hacia un lado, como un muñeco de trapo.
Pánico. Pánico puro y líquido recorriendo sus venas.
Alina buscó su celular. Marcó al 911 con dedos torpes.
—¡Emergencia! ¡Mi mamá no reacciona! ¡Creo que es un derrame o algo del corazón! Calle Doctor Barragán 402… ¡Rápido, por favor!
—Mantenga la calma, señorita. Estamos enviando una unidad. ¿La paciente respira?
—¡Sí, pero hace ruidos raros! ¡Se está poniendo azul!
—La ambulancia va en camino. Tiempos de espera estimados… veinte a treinta minutos debido al tráfico y la lluvia.
—¡En treinta minutos se muere! —gritó Alina, colgando.
Salió al pasillo y golpeó la puerta de la vecina.
—¡Doña Chuy! ¡Doña Chuy, ayúdeme!
La vecina, una señora robusta en bata, salió asustada. Entre las dos y el hijo adolescente de Doña Chuy, cargaron a Elena escaleras abajo. Pesaba poco, demasiado poco, pero se sentía como plomo muerto.
En la calle, pararon un taxi a gritos. El taxista, al ver el estado de la mujer, no quería llevarlos.
—Joven, si se me muere aquí es un problema legal…
—¡Llévenos al Hospital General! —gritó Alina, metiéndose a la fuerza con su madre en brazos—. ¡Le pago doble! ¡Pero arranque!
El taxi arrancó, zigzagueando entre los coches bajo la lluvia que empezaba a caer de nuevo. Alina abrazaba a su madre, llorando, rogándole a un Dios en el que a veces dudaba.
—Aguanta, mamá. Por favor, aguanta. Ahora que te encontramos… no te puedes ir.
El Hospital General era el purgatorio.
Luces fluorescentes que parpadeaban, olor a cloro barato que no lograba tapar el olor a enfermedad, a sudor y a miedo. Había gente sentada en el suelo, gente con sueros improvisados en las sillas de espera.
Alina entró gritando pidiendo ayuda. Unas enfermeras con cara de cansancio eterno trajeron una camilla. Se llevaron a Elena detrás de las puertas batientes que decían “Solo Personal Autorizado”.
Alina se quedó sola en la sala de espera. Temblando. Mojada. Con la ropa manchada del té que se le cayó a su madre.
Pasó una hora. Dos.
Nadie salía.
Alina intentó llamar a Camilo al “celular quemador”.
Buzón de voz.
Buzón de voz.
Buzón de voz.
—Contesta, maldita sea… —sollozó Alina, apretando el teléfono.
Finalmente, un médico joven, con ojeras profundas, salió y gritó:
—¿Familiares de Elena Lomelí?
Alina saltó.
—Yo. Soy su hija.
El médico la miró con lástima. Esa mirada que dicen “lo siento, somos un hospital público y no tenemos recursos”.
—Tu mamá tuvo un evento cerebrovascular isquémico masivo. Un derrame fuerte, complicado por su condición de base.
—¿Se va a poner bien?
—Está muy grave, Alina. La estabilizamos, pero necesita una cirugía de descompresión urgente y terapia intensiva especializada. Aquí… aquí no tenemos camas en terapia intensiva ahorita. Tenemos tres pacientes adelante de ella. Y el neurocirujano de guardia está en otra operación.
—¿Qué me está diciendo? —preguntó Alina, sintiendo que el mundo se le venía encima.
—Que si se queda aquí, esperando turno… lo más probable es que no pase de la noche. Necesita un traslado. A un hospital privado o a uno de especialidades que tenga cupo, pero todos los públicos están saturados.
Alina sintió que le faltaba el aire.
Dinero. Otra vez el maldito dinero. La vida de su madre dependía de una tarjeta de crédito que ella no tenía.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó, con voz muerta.
—En un privado… la pura admisión te va a pedir cien mil pesos de depósito. La cirugía… medio millón, tal vez más.
Alina se recargó en la pared sucia, deslizándose hasta el suelo.
Medio millón. Podría trabajar cien años repartiendo pizzas y no juntaría eso.
Miró su celular. Camilo no contestaba.
Sabía que algo había pasado. Sus padres lo habían descubierto.
Pero no tenía opción. Tenía que intentarlo todo.
Recordó que Camilo le había dado el número de casa de la mansión, “por si acaso una emergencia extrema”.
Era una emergencia extrema.
Fue al teléfono público de monedas del pasillo (no tenía saldo para llamadas a fijos). Metió cinco pesos.
Marcó el número de la mansión Covarrubias.
Tuu… tuu…
—Residencia Covarrubias, buenas noches —contestó la voz de Martha, la ama de llaves.
—Martha, por favor, no cuelgue —suplicó Alina, hablando rápido—. Soy Alina. La chica de la pizza. La hermana de Camilo.
Hubo un silencio al otro lado.
—Niña… no deberías llamar. Hay muchos problemas aquí. El señor está furioso.
—Martha, es de vida o muerte. Mi mamá… la mamá de Camilo… se está muriendo en el Hospital General. Necesito hablar con él. Por favor. Por lo que más quiera. Es su madre también.
Martha dudó. Era una empleada leal, pero tenía corazón. Había visto crecer a Camilo. Había visto su tristeza.
—El joven está encerrado en su cuarto. Le quitaron todo.
—¿Hay alguna extensión en su cuarto?
—La desconectaron. Pero… —Martha bajó la voz—. Él está en el balcón. Lo veo desde la cocina. Está tratando de… ay Dios, creo que se quiere brincar.
—¡Dígale! ¡Gritele que mamá se muere! ¡Por favor!
La línea se quedó en silencio unos segundos. Luego escuchó a Martha dejar el teléfono y gritar a lo lejos, en el jardín:
—¡Joven Camilo! ¡Joven Camilo! ¡Es su hermana! ¡Su mamá Elena se está muriendo!
En el balcón de su habitación, en el segundo piso, Camilo estaba midiendo la distancia hacia la rama del roble más cercano. Estaba lloviendo y la rama estaba resbalosa. Era una locura. Podía romperse una pierna.
Pero estaba desesperado. Llevaba horas caminando como león enjaulado.
Entonces escuchó el grito de Martha.
“¡Su mamá Elena se está muriendo!”
Esas palabras fueron el combustible que necesitaba.
Camilo no lo pensó. No calculó.
Saltó.
Voló por el aire, un salto de fe hacia la rama del roble. Sus manos se aferraron a la corteza mojada. El impacto le sacudió los hombros, raspándole la piel de las palmas. La rama crujió peligrosamente, doblándose bajo su peso.
Camilo se balanceó, ignorando el dolor, y se dejó caer al pasto del jardín.
Rodó para amortiguar la caída. Se levantó cubierto de lodo, con la playera rota.
Las luces de seguridad se encendieron. Los perros empezaron a ladrar.
—¡Hey! —gritó un guardia desde la caseta.
Camilo corrió. No hacia la puerta principal, que estaba cerrada. Corrió hacia el muro perimetral trasero, el que daba al barranco. Era alto, de piedra volcánica.
Pero Camilo era nadador. Tenía la fuerza en la espalda y los brazos. Trepó, buscando huecos entre las piedras, impulsado por la adrenalina pura.
—¡Joven Camilo, deténgase! —escuchó a sus espaldas.
Llegó a la cima del muro. Abajo, la carretera oscura.
Saltó hacia la libertad.
Aterrizó mal, torciéndose el tobillo, pero el dolor era irrelevante. Se levantó cojeando y corrió hacia la avenida principal para parar un taxi.
Una hora después. Hospital General.
Alina estaba sentada en el suelo del pasillo, abrazando sus rodillas, llorando en silencio. Había perdido la esperanza. El doctor le había dicho que Elena estaba entrando en coma.
De repente, las puertas automáticas de la entrada se abrieron de golpe.
Un chico entró corriendo. Estaba empapado, cubierto de lodo, cojeando, con una playera de diseñador rasgada y sangre en las manos. Parecía un ángel caído en desgracia.
La gente se apartó, asustada.
Alina levantó la vista.
—¡Camilo!
Se abrazaron en medio de la sala de espera. Un abrazo desesperado, húmedo, sucio. Dos mitades de un mismo corazón colapsando juntas.
—¿Cómo está? —preguntó Camilo, jadeando.
—Mal. Se muere, Camilo. Necesita un privado. Necesita cirugía ya. Y no tengo dinero.
Camilo se separó de ella. Su rostro cambió. La angustia dio paso a una frialdad ejecutiva, esa que había heredado —irónicamente— de Víctor Covarrubias.
—¿Dónde hay un teléfono? —preguntó.
Alina señaló el teléfono público.
Camilo fue hacia él. No tenía monedas. Golpeó el aparato con frustración.
—¡Ten! —Alina le dio sus últimas monedas.
Camilo marcó. No a la casa. Marcó al celular personal de su padre.
Contestó al segundo tono.
—¿Camilo? ¿Dónde demonios estás? Tengo a toda la seguridad buscándote. Estás en graves problemas, muchacho.
—Cállate y escúchame, papá —dijo Camilo. Su voz resonó en el pasillo silencioso del hospital. La gente volteó a ver a ese chico lodoso que le hablaba así a alguien—. Estoy en el Hospital General. Elena se está muriendo. Necesita un traslado a la Clínica Santa Fe. A la clínica de mamá.
—Estás loco —dijo Víctor—. Regresa a casa inmediatamente. No voy a pagar ni un centavo para esa mujer. Ya pagamos suficiente hace años.
—Si no mandas una ambulancia de terapia intensiva en diez minutos y autorizas su ingreso… —Camilo hizo una pausa, tomando aire—. Voy a ir a la prensa.
—¿Qué dijiste?
—Tengo fotos, papá. Tengo los documentos que Elena guardó. Tengo mi propia cara. Voy a ir a Tv Azteca, a Televisa, a las redes sociales. Voy a contar cómo el gran Víctor Covarrubias y la inmaculada Irina compraron un bebé ilegalmente y dejaron morir a la madre biológica. Voy a destruir tu reputación, tus negocios, y la carrera de mamá. Los voy a meter a la cárcel por tráfico de menores.
Hubo un silencio sepulcral en la línea. Víctor sabía cuándo alguien estaba blofeando. Y sabía que su hijo no lo estaba haciendo.
—Hijo… no sabes lo que dices. Estás alterado.
—No soy tu hijo ahora. Soy el testigo que te va a hundir. Tienes diez minutos, Víctor. O la ambulancia llega, o mañana sales en primera plana.
Camilo colgó el teléfono con fuerza.
Se recargó en la pared, temblando, pero esta vez no de miedo, sino de la réplica del terremoto que acababa de provocar.
Alina lo miró con asombro y admiración.
—¿Lo harías? —preguntó ella—. ¿Destruirías tu vida con ellos?
Camilo la miró, con los ojos grises brillando con lágrimas contenidas.
—Ellos destruyeron la nuestra primero. Es hora de nivelar la balanza.
Diez minutos después, el sonido de una sirena bitonal, diferente a las ambulancias públicas, se escuchó acercarse.
Una ambulancia de alta tecnología, con el logo “Clínica Santa Fe”, se detuvo en la entrada.
Dos paramédicos con uniformes impecables bajaron corriendo.
—¿Paciente Elena Lomelí? —preguntaron. —Tenemos orden de traslado inmediato a la suite de terapia intensiva. Cortesía de la Dra. Covarrubias.
Camilo tomó la mano de Alina.
—Vámonos, hermana. Nos vamos a la zona VIP.
Subieron a la ambulancia junto con su madre inconsciente. Las puertas se cerraron, aislándolos del ruido y la suciedad del hospital público.
Mientras la ambulancia arrancaba hacia el norte, hacia el mundo de los ricos, Alina supo que habían ganado una batalla.
Pero la guerra… la guerra apenas iba a comenzar cara a cara con Irina y Víctor.
CAPÍTULO 8: Lazos que no se Rompen
La Clínica Santa Fe no olía a muerte ni a desesperación, como el Hospital General. Olía a lavanda, a cera para pisos importada y a ese silencio respetuoso que solo el dinero puede comprar.
Cuando la ambulancia privada se detuvo en la entrada de urgencias —un pórtico techado con iluminación arquitectónica—, un equipo de seis médicos y enfermeras ya estaba esperando. No hubo formularios que llenar, no hubo preguntas sobre seguros médicos, no hubo esperas en pasillos fríos.
—¡Paciente femenina, 45 años, ACV isquémico en evolución! —gritó el paramédico mientras bajaban la camilla con tecnología de suspensión de aire.
Alina y Camilo bajaron tras ella. Parecían dos sobrevivientes de un naufragio entrando a un hotel de cinco estrellas. Camilo, con su ropa de marca rota y cubierta de lodo y sangre seca de sus manos; Alina, con sus tenis viejos y la cara lavada por las lágrimas.
—Doctora Covarrubias dio instrucciones precisas —dijo el jefe de guardia, un neurocirujano de renombre, dirigiéndose a Camilo con deferencia, ignorando su aspecto—. Vamos directo al Quirófano 1. Es el mejor equipado. Haremos lo imposible, joven Camilo.
Se llevaron a Elena. Las puertas automáticas de cristal esmerilado se cerraron, separando el mundo de la ciencia milagrosa del mundo de la espera angustiosa.
Alina se dejó caer en uno de los sillones de cuero italiano de la sala de espera privada. Era más cómodo que su cama.
—Esto es irreal —murmuró, mirando el techo decorado con plafones de luz indirecta—. Hace una hora estábamos en el infierno.
Camilo se sentó a su lado, sin importarle manchar el cuero de barro.
—Bienvenida a mi mundo, Alina. Aquí los milagros se facturan a fin de mes.
Se quedaron en silencio un rato, tomados de la mano. La adrenalina de la huida y la confrontación telefónica empezaba a bajar, dejando paso al agotamiento y al miedo residual.
—¿Qué va a pasar cuando lleguen tus papás? —preguntó Alina—. Porque van a venir.
—Que vengan —dijo Camilo, recargando la cabeza en el respaldo y cerrando los ojos—. Ya no les tengo miedo. Se rompió el hechizo, hermana. Ya vi que el Mago de Oz es solo un señor bajito detrás de una cortina.
Treinta minutos después, el sonido de tacones rápidos y zapatos de suela dura resonó en el pasillo.
Irina y Víctor Covarrubias entraron en la sala de espera.
Irina venía con el maquillaje corrido, algo inaudito en ella. Víctor tenía el rostro rojo de furia contenida, la vena de su frente palpitando peligrosamente.
Alina se tensó, soltando la mano de Camilo por instinto, pero él la volvió a agarrar con fuerza, entrelazando sus dedos. No te sueltes, decía ese gesto. Somos un frente unido.
Víctor se detuvo frente a ellos. Miró a Camilo de arriba abajo con desprecio.
—Mírate —escupió—. Pareces un pordiosero. Has avergonzado a esta familia esta noche como nunca imaginé.
—Le salvé la vida a mi madre —respondió Camilo, sin levantarse, mirándolo a los ojos—. Si eso te avergüenza, el problema es tuyo, Víctor.
—¡Soy tu padre! —gritó Víctor, perdiendo la compostura—. ¡Yo te crié! ¡Yo te di ese apellido que estás arrastrando por el lodo!
—Me compraste —corrigió Camilo con frialdad—. Hay una diferencia. Un padre no compra hijos para tapar los traumas de su esposa. Un padre no amenaza con dejar morir a una mujer enferma.
Irina soltó un gemido herido y se cubrió la boca. Víctor dio un paso amenazante hacia Camilo, levantando la mano como si fuera a golpearlo.
Alina se puso de pie de un salto, interponiéndose entre los dos. Era pequeña, delgada y pobre, pero en ese momento, tenía la ferocidad de una leona.
—Ni se le ocurra tocarlo —dijo Alina, con voz temblorosa pero firme—. Si lo toca, grito. Grito tan fuerte que se van a enterar hasta en la recepción. Y le juro que Camilo no bromeaba con lo de la prensa. Yo tengo las copias de los papeles en un lugar seguro. Si algo nos pasa, mañana todo México sabe quiénes son los Covarrubias en realidad.
Víctor se detuvo, sorprendido por la audacia de esa niña que tenía la misma cara que su hijo. La miró, realmente la miró, y vio la fuerza que le faltaba a Camilo. Vio a Elena, pero también vio algo de sí mismo: la determinación de sobrevivir a toda costa.
Bajó la mano. Se ajustó el saco de su traje Brioni.
—Muy bien —dijo Víctor, recuperando su tono de negociador—. Ustedes ganan esta ronda. Elena será operada. Recibirá el mejor tratamiento. Pero esto tiene un precio.
—Siempre es dinero con ustedes —dijo Camilo con asco.
—No es dinero —dijo Víctor—. Es silencio. Quiero discreción absoluta. Nadie fuera de esta sala debe saber la verdad sobre el origen de Camilo. Si esto se filtra, retiro el apoyo médico y los hundo a todos. ¿Trato hecho?
Camilo y Alina intercambiaron una mirada. La salud de Elena era lo primero. La venganza pública podía esperar, o tal vez, transformarse en algo más.
—Trato hecho —dijo Camilo—. Pero con una condición. Alina y Elena son parte de mi vida ahora. No me van a prohibir verlas. No me van a encerrar de nuevo. Si quiero ir a comer a la Obrera, voy. Si ellas vienen a la casa, entran por la puerta grande, no por la de servicio.
Víctor apretó la mandíbula, evaluando los daños. Perder el control sobre su hijo era un golpe duro, pero perder su reputación sería fatal.
—De acuerdo —gruñó—. Pero límpiate. Das asco.
Víctor se dio la media vuelta y salió de la sala para hablar con el administrador del hospital, buscando retomar el control de la única forma que sabía: firmando cheques.
Irina se quedó.
Estaba parada en medio de la sala, mirando a los gemelos. Miraba sus manos entrelazadas. Miraba esa conexión invisible pero indestructible que brillaba entre ellos.
—Camilo… —susurró, con voz rota.
Camilo la miró. Ya no había odio en sus ojos, solo una profunda tristeza.
—Vete a descansar, mamá —le dijo, usando la palabra “mamá” con una suavidad que la desarmó—. Elena va a estar bien. Tú asegúrate de que los doctores hagan su trabajo. Es lo único que te pido.
Irina asintió, con lágrimas rodando por sus mejillas perfectas. Se dio cuenta, en ese instante, de que había perdido a su hijo “pequeño”, al niño que podía moldear a su antojo. Pero tal vez, solo tal vez, podía ganarse al hombre que tenía enfrente si dejaba de intentar poseerlo.
Se dio la vuelta y salió, dejando a los gemelos solos en su vigilia.
La operación duró seis horas.
Fueron las seis horas más largas de la vida de Alina. Pero no estaba sola. Camilo no se movió de su lado. Se durmieron un rato recargados el uno en el otro, hombro con hombro, respirando al mismo ritmo.
Al amanecer, el neurocirujano salió.
—Fue un éxito —dijo, quitándose el gorro quirúrgico—. Logramos descomprimir el área afectada. El daño cerebral parece mínimo gracias a la intervención rápida y a la tecnología que usamos. Va a necesitar mucha rehabilitación, pero… va a vivir. Y va a estar bien.
Alina soltó el aire que parecía haber estado conteniendo toda la noche y abrazó a Camilo. Lloraron juntos, esta vez lágrimas de alivio puro.
Dos días después, Elena despertó.
Estaba en una suite privada con vista a los jardines de Santa Fe. Tenía tubos y monitores conectados, pero cuando abrió los ojos y vio a sus dos hijos sentados a los lados de la cama, sonrió.
—Mis niños… —susurró con voz pastosa.
—Hola, ma —dijo Alina, besándole la mano izquierda.
—Hola, mamá —dijo Camilo, besándole la derecha.
Estaban ahí, completando el círculo que se había roto diecisiete años atrás.
La puerta de la habitación se abrió suavemente.
Irina entró.
Llevaba un ramo de flores blancas, sencillo, sin pretensiones. Se detuvo al pie de la cama, sintiéndose una intrusa en su propio hospital.
Alina se tensó, pero Elena, con esa sabiduría que da el haber visto a la muerte a los ojos, le hizo un gesto suave para que se calmara.
—Pásale, Irina —dijo Elena. Su voz era débil, pero tenía autoridad.
Irina se acercó. Dejó las flores en la mesita. Miró a Elena, esa mujer a la que había despreciado, a la que había comprado y amenazado. Vio su fragilidad, pero también vio el amor inmenso con el que Camilo la miraba.
—Gracias —dijo Elena—. Gracias por salvarme la vida. Otra vez.
Irina negó con la cabeza, avergonzada.
—No me des las gracias, Elena. Solo pagué una deuda. Una deuda muy vieja.
Hubo un silencio cargado de significado. Las dos madres se miraron. La biológica y la adoptiva. La pobre y la rica. La víctima y la victimaria. Pero ambas unidas por el mismo hilo irrompible: el amor por ese chico de ojos grises.
—Él te quiere —dijo Elena, mirando a Camilo—. A pesar de todo, te quiere. Eres su madre también, Irina. Madre es la que cría, la que cuida las fiebres, la que regaña. Tú hiciste todo eso. Yo solo le di la sangre.
Irina rompió a llorar. Se cubrió la cara con las manos, sollozando con una culpa que llevaba cargando casi dos décadas.
—Tenía miedo… —sollozó Irina—. Tenía tanto miedo de que si te conocía, me dejara de querer. Que se diera cuenta de que yo soy… falsa.
Camilo se levantó y rodeó la cama. Abrazó a Irina. No fue un abrazo rígido. Fue un abrazo real.
—No eres falsa, mamá —le dijo al oído—. Cometiste errores horribles. Pero me amaste. Eso es real. Y no te voy a dejar de querer. Pero tienes que hacer espacio. Mi corazón es grande. Cabe Elena, cabe Alina y cabes tú.
Irina se aferró a él como un náufrago a una tabla.
—Lo haré —prometió—. Haré espacio.
Alina observaba la escena desde su silla. Sentía una punzada de celos, sí, pero también de paz. La guerra había terminado. No con una explosión, sino con un abrazo en una habitación de hospital.
Epílogo: Un Año Después
La terraza del Museo Soumaya brillaba bajo la luz de la luna y las luces de la ciudad. Era la noche de la gala benéfica “Lazos de Sangre”, el evento social del año.
Camilo ajustó su corbata de moño frente al espejo del baño del museo. Se veía impecable en su esmoquin, pero esta vez, el brillo en sus ojos no era el de un niño rico aburrido. Era el brillo de alguien que tiene un propósito.
—¿Estás listo, galán? —preguntó Alina, entrando al baño de hombres sin importarle el letrero.
Camilo sonrió al verla a través del espejo.
Alina estaba deslumbrante. Llevaba un vestido largo color rojo intenso que contrastaba con su piel y su cabello oscuro. Ya no había rastro de la repartidora cansada y ojerosa. Había una joven segura, fuerte, estudiante de primer año de Periodismo en la UNAM (porque rechazó la Ibero, diciendo que quería ver el mundo real).
—Te ves increíble, carnala —dijo Camilo, girándose—. ¿Nerviosa por el discurso?
—Siempre. Pero tú hablas bonito, yo solo pongo la cara dramática.
Salieron juntos a la terraza. Cientos de personas aplaudieron. La crema y nata de la sociedad mexicana estaba ahí, mezclada con activistas y beneficiarios de la nueva fundación que los gemelos habían creado.
En una mesa principal, una escena extraña pero hermosa tenía lugar.
Víctor Covarrubias, todavía un poco rígido pero claramente orgulloso, conversaba con Elena Lomelí. Elena se veía radiante, aunque caminaba con un bastón elegante. Llevaba un vestido sencillo pero fino. Ya no vivía en la Obrera; Camilo y Alina la habían convencido de mudarse a un departamento cómodo en la Narvarte, pagado a medias por el fideicomiso de Camilo y el trabajo de Alina en la fundación.
Junto a ellos, Irina Covarrubias reía de algo que Elena había dicho. La relación entre ellas no era de “mejores amigas”, pero era de un respeto sólido y una cordialidad genuina. Compartían los domingos familiares. Compartían las graduaciones. Compartían a los hijos.
Camilo subió al estrado y tomó el micrófono. Alina se paró a su lado, hombro con hombro. Eran dos gotas de agua, reflejando la luz de los reflectores.
—Buenas noches a todos —dijo Camilo. Su voz resonó clara y fuerte—. Hace un año, yo no sabía quién era. Vivía en una burbuja, pensando que el mundo terminaba en los muros de mi casa.
—Y yo —tomó la palabra Alina— pensaba que estaba sola en el universo. Que me faltaba una mitad que nunca encontraría.
—Nuestra historia —continuó Camilo— es una historia de separación, de dolor y de errores cometidos por miedo. Pero también es una historia de reencuentro.
Alina miró a la multitud, sus ojos grises brillando con intensidad.
—Fundamos “Lazos de Sangre” no solo para ayudar a niños a encontrar a sus familias biológicas, sino para redefinir qué significa esa palabra. Familia no es solo ADN. Familia no es solo quién paga las cuentas.
—Familia —dijo Camilo, mirando hacia la mesa donde estaban sus dos madres y su padre— son las personas que se quedan cuando todo se derrumba. Son los que están dispuestos a cambiar, a perdonar y a abrir el corazón, aunque duela.
—Hoy —dijo Alina—, celebramos que el amor es más fuerte que el dinero, más fuerte que el orgullo y más fuerte que el tiempo.
Los aplausos estallaron. Alina y Camilo se abrazaron en el escenario.
Camilo le susurró al oído:
—¿Te acuerdas de la pizza fría?
Alina rió, una risa libre y feliz.
—Nunca me vas a dejar olvidar eso, ¿verdad?
—Jamás. Fue la mejor pizza de mi vida.
Bajaron del escenario y se unieron a su familia. A su extraña, complicada y maravillosa familia.
Víctor levantó su copa.
—Por mis hijos —dijo, y por primera vez, miró a Alina con el mismo orgullo con el que miraba a Camilo.
—Por mis hijos —repitieron Elena e Irina al unísono.
Más tarde, cuando la fiesta terminaba, Alina y Camilo se escaparon al balcón del museo para ver la ciudad. La Ciudad de México se extendía ante ellos, un mar de luces infinito, caótico y hermoso.
Ya no había norte y sur para ellos. Ya no había barreras de clase.
Había una ciudad completa.
Y ellos, por fin, estaban completos también.
—¿En qué piensas? —preguntó Camilo, recargándose en el barandal.
Alina tocó el lunar sobre su ceja derecha.
—En que a veces, la vida te rompe en dos para que puedas aprender a armarte de nuevo, pero mejor.
Camilo sonrió y tocó su propio lunar.
—Doble o nada, hermanita. Doble o nada.
Se quedaron allí, bajo las estrellas y el smog, dos reflejos de sangre que habían desafiado al destino y habían ganado. Y en el silencio de la noche, supieron que, pasara lo que pasara, nunca más volverían a estar solos.
FIN