
PARTE 1: Ecos de una Ciudad que no Perdona
CAPÍTULO 1: El Peso de los Sueños en la Espalda
El cielo de la Ciudad de México tenía ese color particular de las tardes de octubre: una mezcla de gris plomizo por el esmog y un naranja cobrizo donde el sol intentaba, sin mucho éxito, perforar la nata de contaminación. En la colonia Doctores, lejos de los rascacielos de cristal de Reforma, la luz caía de manera diferente, resaltando las grietas en las banquetas y el óxido en los zaguanes.
Ana Lebedeva estaba sentada en la pequeña mesa de formica de su cocina, un mueble que había visto mejores décadas y que ahora se mantenía firme gracias a un par de calzas de cartón bajo una pata. Frente a ella, el caos organizado: tres libros de medicina prestados de la biblioteca —que debía devolver mañana sin falta—, un cuaderno de espiral con apuntes frenéticos en tinta azul y roja, y un marcador amarillo que ya estaba dando sus últimos suspiros.
—”La encefalopatía hepática se caracteriza por…” —murmuró Ana, frotándose las sienes. Sus ojos ardían. No era solo cansancio; era esa fatiga crónica que se te mete en los huesos y que no se quita con dormir ocho horas, principalmente porque Ana no recordaba la última vez que había dormido ocho horas seguidas.
El tic-tac del reloj de pared, un viejo aparato con forma de gato cuyos ojos se movían de lado a lado, marcaba el ritmo implacable de su existencia. Eran las cuatro de la tarde. Faltaban dos horas para su turno en la cafetería. Dos horas equivalían a treinta páginas de neurología, si no se distraía.
A su lado, el sonido rítmico de unos frijoles siendo escogidos sobre la mesa servía de banda sonora. Doña Tita, su abuela, tarareaba “Caminos de Guanajuato” con esa voz que, aunque cascada por los años y el humo de la leña de su juventud, todavía conservaba una dulzura infinita.
—¿No se te antoja un cafecito, mi niña? —preguntó la abuela sin levantar la vista de los frijoles negros. Sus manos, deformadas por la artritis, se movían con una destreza que desafiaba al dolor. Separaba las piedras de los frijoles con la precisión de un cirujano, una herencia de paciencia que Ana esperaba haber heredado.
—Ahorita no, abue. Si tomo más café me va a dar taquicardia —respondió Ana, estirando el cuello. Escuchó un crujido satisfactorio en sus cervicales—. Necesito terminar este capítulo. El examen del Dr. Salgado es el lunes y ya sabes que ese viejo disfruta reprobando gente. Dice que si no aguantamos la presión del examen, menos aguantaremos la sala de urgencias.
—Ese doctor necesita una buena limpia —refunfuñó Doña Tita, persignándose—. Pura mala vibra. Tú eres la más lista de tu clase, mijita. Lo traes en la sangre.
Ana sonrió con melancolía. Su mirada se desvió involuntariamente hacia el trinchador de madera oscura que ocupaba la pared del fondo. Allí, entre figuritas de porcelana y una Virgen de Guadalupe con un rosario al cuello, estaba la foto. Su madre. Lucía joven, radiante, con su bata blanca inmaculada y el estetoscopio alrededor del cuello como si fuera la joya más preciosa del mundo.
—A veces siento que no voy a poder, abue —confesó Ana, su voz apenas un susurro. La duda era un fantasma que la visitaba seguido, especialmente a fin de mes, cuando las cuentas se apilaban como una torre de Jenga a punto de caer—. La colegiatura subió otra vez. Los libros son carísimos. Y el turno en “El Cafetal” apenas me da para lo básico.
Doña Tita dejó los frijoles y se limpió las manos en su delantal de cuadros. Caminó despacio hacia Ana y le tomó el rostro entre sus manos frías y suaves, como papel de china arrugado.
—Escúchame bien, Ana Lebedeva. Tu padre era un hombre trabajador que se partió el lomo en la fábrica, y tu madre tenía el don de curar. Tú eres la suma de los dos. No estamos solas. Dios aprieta pero no ahorca. Mira, hoy me pidieron tres docenas de tamales para el velorio de Don Chuy, el de la tiendita. Con eso sacamos lo de la luz.
—Pero abue, tus manos… —Ana tomó las manos de su abuela, notando la inflamación en los nudillos—. El doctor dijo que no puedes estar amasando tanto. Te lastimas.
—El doctor no sabe que si no amaso, no comemos —sentenció Tita con una sonrisa pícara—. Además, el movimiento me sirve para que no se me entuman. Tú estudia, que esa será tu forma de sacarnos de aquí. Yo me encargo de los tamales.
En ese momento, el silbido agudo de la tetera en la estufa rompió el momento. Ana se levantó de un salto, agradecida por la distracción para no llorar. La presión de ser la única esperanza de la familia a veces se sentía como una losa de concreto en el pecho.
Mientras servía el agua caliente en una taza despostillada que decía “Recuerdo de Veracruz”, el celular de Ana vibró violentamente sobre la mesa, desplazando un lápiz. La pantalla estaba estrellada en la esquina superior derecha, una cicatriz de aquella vez que corrió para alcanzar el Metrobús y se le cayó.
Mensaje de Marisol:
“¡WEY! ¡URGENTE! ¡PARO CARDÍACO! Bueno, no literal, pero casi. Se nos enfermó el Paco y no llegó el de la barra. Don Pedro está que echa humo por las orejas. ¿Puedes caerle ya? Hay evento en el salón de fiestas de al lado y van a empezar a llegar los fresas. Va a haber propina chida.”
Ana suspiró, mirando el libro de neurología. La página 342 la miraba con reproche.
—¿Quién es, hija?
—Es Marisol, abue. Se les juntó el ganado en la cafetería. Me pide que vaya antes.
—Ve, mi vida. —Doña Tita ya estaba sacando la harina de maíz—. Sirve que te despejas. Pero llévate el paraguas, que mis rodillas me dicen que va a caer un tormentón.
Ana corrió a su cuarto, un espacio minúsculo dividido de la sala por una cortina. Se quitó la ropa de casa y se puso el uniforme: pantalón negro de vestir (que ya brillaba un poco por el uso), camisa blanca planchada con almidón casero para que aguantara más, y el delantal verde con el logo bordado de “El Cafetal de Don Pedro”. Se miró al espejo de cuerpo entero que tenía una grieta en medio.
Ojeras moradas. Piel pálida por falta de sol. Pero los ojos… los ojos negros seguían teniendo ese brillo de “no me rindo”. Se recogió el cabello en un chongo apretado, se puso un poco de rímel para no parecer un cadáver, y agarró su mochila. El libro de neurología pesaba como un ladrillo, pero siempre iba con ella. Los trayectos en transporte público eran sus horas de estudio.
—¡Ya me voy, abue! —gritó desde la puerta.
—¡Que la Virgen te cubra con su manto! ¡Y no te vayas a dormir en el pesero, que te bolsean!
Al salir del edificio, el aire frío la golpeó en la cara. La unidad habitacional estaba llena de vida: niños jugando fútbol con una botella de plástico, señoras platicando de balcón a balcón, y el sonido inconfundible del camión del “fierro viejo que vendan” pasando a lo lejos.
Caminó rápido hacia la avenida, esquivando los charcos de agua negra y aceite.
El pesero venía atascado, como siempre a esa hora. El chofer traía una cumbia sonidera a todo volumen que hacía vibrar los vidrios.
—¡Súbale, súbale, todavía hay lugar atrás! —gritaba el “cacharpo” colgado de la puerta.
Ana se subió y logró hacerse un hueco entre un señor que cargaba dos cubetas de pintura y una señora con un bebé dormido en el rebozo. Se agarró del tubo con una mano y con la otra protegió su mochila contra el pecho.
Mientras el vehículo se sacudía por los baches de la Avenida Cuauhtémoc, Ana intentaba repasar mentalmente los nervios craneales.
“Olfatorio, óptico, motor ocular común…”
El pesero frenó de golpe y Ana casi cae sobre el señor de las pinturas.
—¡Fíjate, animal! —le gritó el chofer a un taxista.
“Troclear, trigémino…” continuó Ana, cerrando los ojos. Así era su vida: estudiar medicina en medio de la jungla de asfalto, repasando anatomía mientras cuidaba que no le robaran el celular.
La ciudad pasaba por la ventana, transformándose. Dejaron atrás los barrios populares, las paredes con grafitis y los puestos de tacos de canasta, y poco a poco entraron a la zona más acomodada. Los edificios se volvieron más altos, las calles más limpias, los coches más nuevos. Era como cruzar una frontera invisible pero brutalmente real. Ana siempre sentía esa punzada en el estómago al ver el contraste. Unos vivían, otros sobrevivían. Ella estaba decidida a cruzar esa frontera, no en pesero, sino con su título bajo el brazo.
CAPÍTULO 2: El Instinto que Salva Vidas
“El Cafetal de Don Pedro” no era un Starbucks, pero tampoco era una fonda cualquiera. Estaba ubicado en una zona estratégica, cerca de varios despachos de abogados y clínicas privadas, lo que atraía a una clientela mixta. Tenía pretensiones de bistró francés, con mesas de madera rústica, pizarrones con el menú escrito en tiza artística y un olor constante a pan recién horneado que era su mejor marketing.
Cuando Ana entró por la puerta de servicio, el caos ya estaba desatado.
El sonido de la máquina de espresso era constante, un siseo agresivo de vapor y presión. Los platos chocaban, las voces se mezclaban en un zumbido de “un americano descafeinado”, “dos molletes con chorizo”, “la cuenta de la cuatro”.
—¡Aleluya, llegó la salvación! —exclamó Marisol, pasando corriendo con una charola llena de vasos de jugo de naranja. Marisol era bajita, robusta y con una energía nuclear. Era la única amiga de verdad que Ana tenía fuera de la facultad—. ¡Cámbiate en chinga, Anita! El Paco se intoxicó con unos mariscos y Don Pedro está atendiendo la caja, así que imagínate el humor que trae.
Ana se puso el delantal en tiempo récord y salió al ruedo.
Las siguientes dos horas fueron un borrón de movimiento eficiente. Ana tenía un sistema: tomaba tres órdenes, las pasaba a cocina, servía las bebidas, cobraba, limpiaba mesa, repetía. No había tiempo para pensar, solo para actuar.
Sin embargo, su mente médica nunca se apagaba. Era su juego secreto para no aburrirse.
Mesa 2: Hombre de 50 años, rubicundo, venas frontales dilatadas, pide mucha sal. Posible hipertensión.
Mesa 6: Chica adolescente, pálida, pide solo agua y revisa las calorías en el celular. Signos de trastorno alimenticio.
Barra: Señor mayor con temblor en reposo que desaparece al agarrar la taza. Parkinson en etapa temprana.
Eran las siete de la noche cuando el ritmo bajó un poco. La lluvia había empezado a caer fuerte afuera, tamborileando contra los ventanales y creando una atmósfera acogedora dentro del local.
La campanilla de la puerta sonó con ese tintineo agudo que anunciaba nuevos clientes.
Ana levantó la vista y vio entrar a una pareja que desentonaba un poco, no por el lugar, sino por la vibra que traían.
Era una mujer joven, de unos treinta y tantos, vestida con un abrigo color camello que gritaba “cachemira italiana” y un bolso de diseñador colgado del antebrazo. Era guapa, pero su rostro estaba tenso, con esas líneas alrededor de la boca que denotan estrés crónico.
De su mano venía un niño pequeño, tal vez de siete u ocho años. Llevaba una chamarra azul marino impecable y zapatitos boleados.
—Por aquí, Max, cuidado con el escalón —dijo la madre, con un tono de voz que mezclaba cariño y una ansiedad latente.
El niño, Max, caminaba despacio. Demasiado despacio para un niño que ve un mostrador lleno de pasteles. Arrastraba ligeramente los pies.
—Siéntate aquí, mi amor —la mujer le ayudó a subir a la silla alta de la mesa 8, cerca de la ventana—. ¿Estás bien? ¿Tienes frío?
Max negó con la cabeza lentamente. Tenía la mirada un poco vidriosa, como si estuviera viendo algo muy lejos, más allá de la lluvia en la ventana.
Ana se acercó con la libreta y su mejor sonrisa de “bienvenidos a El Cafetal”.
—Buenas tardes. Aquí tienen el menú. Les recomiendo el chocolate caliente, lo hacemos con cacao de Oaxaca.
La mujer ni siquiera miró el menú.
—Para mí un café americano doble, muy caliente. Y para el niño… —miró a su hijo con preocupación—. ¿Qué se te antoja, Max?
—Quiero… quiero papas —dijo el niño. Su voz era suave, un poco pastosa.
—Y una malteada de fresa —añadió Max, y por un segundo, una chispa de entusiasmo infantil cruzó sus ojos oscuros.
—Pero que no esté muy fría, señorita, por favor —pidió la madre, mirándola por primera vez. Tenía ojos tristes—. Y poquitas papas, sin mucha sal.
Ana anotó todo.
—Enseguida. ¿Les gustaría que le ponga chispas de chocolate a la malteada? Cortesía de la casa para el caballero —dijo Ana, guiñándole un ojo a Max.
El niño intentó sonreír, pero el movimiento fue extraño. La comisura de su labio derecho tembló, un espasmo rítmico, tic-tic-tic, y luego paró.
Ana se congeló un microsegundo. Su cerebro cambió de modo “mesera” a modo “estudiante de medicina”.
Observó al niño con atención clínica. Palidez peribucal. Ese parpadeo… era demasiado rápido, luego una pausa, luego rápido otra vez.
“Ausencias”, pensó Ana. “Petit mal… o el pródromo de algo más fuerte”.
—Señorita, ¿todo bien? —preguntó la madre, notando la pausa de Ana.
—Sí, disculpe. Enseguida les traigo todo —Ana se forzó a sonreír y se retiró hacia la barra.
Mientras preparaba el café, no podía dejar de mirar hacia la mesa 8. Sentía una inquietud en la boca del estómago, esa intuición que el Dr. Salgado decía que no existía, que todo era evidencia, pero que Ana sabía que era real.
—Oye, Marisol —dijo Ana mientras acomodaba la taza en la charola—. Échale un ojo a la mesa 8. El niño se ve raro.
—¿Raro cómo? ¿Borracho o qué? —bromeó Marisol.
—No, en serio. Se ve enfermo. Si pasa algo, avísame.
Ana tomó la charola. Dio tres pasos fuera de la barra.
Miró a Max.
El niño estaba sosteniendo un servilletero metálico. De repente, su mano se abrió. Los dedos se estiraron de forma antinatural, como garras. El servilletero cayó a la mesa con un golpe seco.
Max se quedó rígido. Su cabeza giró lentamente hacia la derecha, con el cuello tenso, los tendones marcados. Sus ojos se fueron hacia arriba, dejando solo el blanco visible.
—¿Max? —la madre se inclinó hacia él—. ¡Max, mírame!
El grito gutural que salió de la garganta del niño no pareció humano. Fue el sonido del aire siendo expulsado a la fuerza a través de cuerdas vocales contraídas.
—¡AHORA! —gritó el cerebro de Ana.
La charola voló de sus manos. No le importó que el café hirviendo le salpicara los tobillos ni que el vaso de la malteada estallara contra el piso. Corrió.
Saltó sobre un bolso que alguien había dejado en el pasillo.
Llegó a la mesa justo cuando el cuerpo de Max comenzaba la fase tónica. Estaba rígido como una tabla, cayendo de lado desde la silla alta.
La madre gritaba, paralizada por el horror, con las manos en la boca.
Ana se lanzó al suelo como una portera de fútbol. Sus rodillas impactaron contra la loseta dura, pero sus manos llegaron a tiempo.
Atrapó la cabeza de Max a centímetros de la base de hierro forjado de la mesa. El golpe sordo de la cabeza del niño cayó sobre las palmas abiertas de Ana, amortiguando un impacto que podría haber sido fatal.
—¡SE ESTÁ MURIENDO! ¡AYUDA! —gritaba la madre, intentando agarrar al niño y sacudirlo.
—¡SUÉLTELO! —ordenó Ana con una voz que resonó en todo el local, autoritaria, feroz—. ¡No lo mueva! ¡Déjele espacio!
El niño comenzó a sacudirse violentamente. Fase clónica. Sus brazos y piernas golpeaban el suelo con fuerza. Espuma rosada empezaba a salir de su boca; se había mordido la lengua.
Alrededor, el caos.
—¡Métele un trapo! —gritó un señor de traje.
—¡Se traga la lengua! —chilló una señora.
—¡NO! —rugió Ana, sin dejar de proteger la cabeza del niño con sus propias manos, usando sus muslos para amortiguar los golpes del cuerpo—. ¡Nadie le meta nada! ¡Lo van a ahogar! ¡Marisol, llama al 911! ¡Di que es un estatus epiléptico en curso! ¡Ahora!
Ana miró el reloj en su muñeca. 19:15. Tenía que cronometrarlo.
El niño se sacudía. Sus ojos estaban en blanco. La madre lloraba histéricamente, arrodillada al lado.
—Señora, escúcheme —dijo Ana, buscando la mirada de la mujer—. Soy estudiante de medicina. Él está teniendo una crisis. Va a pasar. Necesito que se calme y me ayude. ¿Puede?
La mujer asintió frenéticamente, aunque temblaba.
—Desabróchele la chamarra con cuidado. Que pueda respirar bien.
La mujer obedeció, con manos torpes.
Un minuto. Dos minutos. Parecían horas.
Ana sentía los golpes de la cabeza del niño contra sus manos, pero no se movía. Le susurraba cosas suaves, sabiendo que probablemente no la escuchaba, pero necesitaba mantener un ancla humana en medio de esa tormenta eléctrica cerebral.
—Ya pasa, Max. Ya pasa, campeón. Respira.
A los tres minutos y medio, los espasmos cesaron. El cuerpo de Max se relajó de golpe, quedando flácido, pesado.
Ana inmediatamente lo giró en posición de recuperación, de lado, para que la saliva y la sangre de la lengua drenaran y no se broncoaspirara.
Revisó el pulso. Rápido, pero fuerte. Respiración superficial y radosa, pero presente.
—Ya pasó —susurró Ana, secándose el sudor de la frente con el hombro.
La cafetería estaba en silencio sepulcral. Todos miraban.
Cuando los paramédicos llegaron diez minutos después, encontraron a Ana sentada en el suelo, con la cabeza de Max en su regazo, limpiándole la cara suavemente con unas servilletas húmedas. El niño empezaba a despertar, llorando, confundido, sin saber dónde estaba ni por qué le dolía todo el cuerpo.
—¿Qué tenemos? —preguntó el paramédico entrando con la maleta naranja.
—Masculino, aprox 8 años. Crisis tónico-clónica generalizada. Duración 3 minutos 30 segundos. Periodo post-ictal actual. Se mordió la lengua, sangrado leve controlado. Sin traumatismo craneal, logré amortiguar la caída. Signos vitales estables post-crisis —recitó Ana, poniéndose de pie. Le temblaban las piernas.
El paramédico la miró, luego miró al niño perfectamente posicionado.
—Buen trabajo, colega. Le salvaste de una fractura de cráneo seguro con ese piso.
La madre de Max se acercó a Ana. Tenía el maquillaje corrido y los ojos rojos. Agarró las manos de Ana, manchadas de café y un poco de sangre del niño.
—No sé… no sé quién eres, pero gracias. Gracias, gracias, gracias —repetía, y abrazó a Ana con una desesperación que le rompió el corazón.
—Soy Ana. Todo va a estar bien. Llévenlo al hospital para que le ajusten su tratamiento.
Cuando se llevaron a Max, Ana se fue al baño del personal. Cerró la puerta, se recargó contra los azulejos fríos y, por primera vez en la noche, se permitió respirar. Se miró las manos. Todavía temblaban.
Se lavó la cara con agua fría, se acomodó el chongo y salió. Había mesas que limpiar. La vida seguía.
Dos días después, un jueves lluvioso, la puerta del café se abrió y el mundo de Ana cambió para siempre, aunque ella aún no lo sabía.
Entró un hombre que parecía dueño del aire que respiraba. Alto, de hombros anchos, con un traje gris oscuro de corte italiano impecable. Tenía el cabello negro con algunas canas en las sienes, peinado hacia atrás. Sus rasgos eran duros, angulosos, pero sus ojos tenían una profundidad inquietante.
En sus manos llevaba un ramo de rosas blancas tan grande que parecía obsceno en aquel café modesto.
Caminó directo hacia la barra.
—Buenas tardes. Busco a la señorita Ana Lebedeva.
Su voz era grave, de esas que retumban en el pecho.
Ana, que estaba secando tazas, se giró.
—Soy yo.
El hombre la miró de arriba abajo, no con lascivia, sino como quien evalúa a un testigo en el estrado. Luego, su expresión se suavizó.
—Soy Igor Orlov. El padre de Maximiliano.
Ana sintió un escalofrío. El apellido le sonaba. Orlov… el abogado tiburón que salía en las noticias. El que ganaba casos imposibles.
—Mucho gusto, señor.
—Igor, por favor —dijo él, extendiendo el ramo—. Esto es para usted.
Ana tomó las flores, abrumada.
—Mi ex esposa me contó lo que pasó. Dijo que usted voló para atrapar a mi hijo. Que evitó que se abriera la cabeza.
—Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho.
—No —Igor se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal con una intensidad abrumadora—. “Cualquiera” se quedó grabando con el celular. “Cualquiera” gritaba estupideces. Usted actuó. Usted lo salvó. Eso… eso no tiene precio para mí.
Sacó una cartera de piel negra y extrajo una tarjeta. Era gruesa, con bordes dorados.
—Soy abogado. Penal, civil, corporativo. Resuelvo problemas que nadie más puede resolver. Si alguna vez usted o su familia necesitan algo… lo que sea… esta tarjeta es un cheque en blanco de mi tiempo.
Ana miró la tarjeta. Igor M. Orlov. Socio Director.
—Espero no tener que cobrar ese cheque nunca, licenciado —dijo Ana con una sonrisa nerviosa.
Igor la miró a los ojos, una mirada intensa y oscura.
—Uno nunca sabe cuándo la vida da vueltas, Ana. Guárdela. Por si acaso.
Ana guardó la tarjeta en el bolsillo de su delantal, junto a las propinas del día. No sabía que acababa de guardar la llave de su futuro, y también, quizás, la de su perdición. Porque en la Ciudad de México, los favores de hombres poderosos siempre tienen dos filos.
PARTE 2: La Caída del Cielo
CAPÍTULO 3: Un Domingo Negro
El domingo amaneció con esa calma engañosa que a veces tiene la Ciudad de México. Era uno de esos raros días en los que el esmog daba tregua y el cielo se pintaba de un azul intenso, casi insultante. En el pequeño departamento de la Unidad Habitacional “El Rosario”, el aire olía a masa de maíz y salsa verde.
Ana despertó tarde, un lujo que solo se permitía los domingos. El reloj marcaba las diez de la mañana. Se estiró en la cama, sintiendo cómo sus músculos agradecían el descanso después de una semana brutal de exámenes finales y turnos dobles en “El Cafetal”. Por primera vez en días, no le dolía la cabeza.
Salió de su cuarto arrastrando los pies, guiada por el aroma. En la cocina, Doña Tita estaba en su elemento. La radio vieja, sintonizada en La Z, tocaba cumbias a volumen bajo. Sobre la estufa, una vaporera gigante soltaba fumarolas de olor delicioso: tamales de rajas con queso y de dulce.
—Buenos días, bella durmiente —saludó Tita con una sonrisa radiante, aunque Ana notó las ojeras profundas bajo sus ojos—. Siéntate, que ya están los de dulce calientitos. Te aparté uno de piña, que son tus favoritos.
—Ay, abue, te dije que hoy yo hacía el desayuno —reprochó Ana, dándole un beso en la mejilla arrugada—. Te la pasas trabajando.
—El trabajo es salud, mija. Además, hoy es día de entregas. La señora Lupe de la estética me pidió dos docenas. Con eso completamos para el gas.
Se sentaron a desayunar. Era un momento sagrado. Entre bocado y bocado de tamal y sorbos de atole de champurrado, Ana sentía que todo valía la pena. Ese pequeño espacio, con sus paredes despintadas y sus muebles viejos, era su refugio. Era el único lugar del mundo donde se sentía segura.
—Oye, mija —dijo Tita, limpiándose la boca con una servilleta de tela—, ayer vino el cartero. Dejó un sobre ahí en la mesa de la entrada. Se me olvidó decirte. Trae logotipos del banco, de esos rojos grandotes. Yo ni lo abrí, ya ves que luego mandan pura publicidad de tarjetas de crédito que uno ni quiere.
Ana terminó su atole y se levantó sin mucha preocupación.
—Seguro es eso, abue. O algún estado de cuenta viejo.
Caminó hacia la mesita del teléfono, donde se acumulaban recibos de luz y propaganda electoral. Ahí estaba el sobre.
Era grueso. Papel bond de alta calidad. Logotipo de “Banco Nacional del Norte”. Y una leyenda en letras rojas y mayúsculas que le heló la sangre antes de abrirlo:
“AVISO URGENTE: REQUERIMIENTO DE PAGO Y EJECUCIÓN DE GARANTÍA HIPOTECARIA”.
Ana sintió una punzada fría en el estómago. Rompió el sobre con dedos torpes. Desdobló la hoja.
Leyó el primer párrafo.
Parpadeó.
Lo leyó de nuevo, esta vez moviendo los labios, como si al pronunciar las palabras pudiera entenderlas mejor.
“Estimada Sra. Tatiana Ivanova Lebedeva… incumplimiento de contrato de crédito hipotecario número 8839-B… monto adeudado: $2,150,000.00 MN… intereses moratorios… plazo de 72 horas para liquidación total o desalojo voluntario…”
El mundo se inclinó sobre su eje. El ruido de la calle, los gritos de los niños jugando, la música de la radio… todo se convirtió en un zumbido sordo, como cuando te explota un cohete cerca del oído.
—¿Ana? —la voz de la abuela sonó lejana, distorsionada—. ¿Qué pasa, hija? Te pusiste pálida como un papel.
Ana se giró lentamente. Tenía las manos temblando tanto que el papel crujía ruidosamente.
—Abue… —su voz era un hilo—. ¿Tú… tú pediste un préstamo?
—¿Qué? —Tita soltó una risita nerviosa—. ¿Yo? ¿Un préstamo? ¿Y para qué quiero yo dinero, hija? Si apenas me alcanza para el gasto. ¿De qué hablas?
—Aquí dice… —Ana tragó saliva, sintiendo un nudo de pánico en la garganta—. Aquí dice que hipotecaste el departamento. Que pediste dos millones de pesos hace cuatro meses. Y que no has pagado nada. Dicen que… que nos van a quitar la casa.
La sonrisa de Doña Tita se desmoronó. Se levantó de la silla con dificultad, apoyándose en la mesa.
—No, no, eso es un error. Yo no he ido al banco en años, Ana. Tú sabes que yo le tengo miedo a esos lugares. Yo no firmé nada. Déjame ver.
Ana le pasó la carta. Tita buscó sus lentes de lectura, que colgaban de una cadena en su cuello. Leyó las letras pequeñas.
—Pero… mira, aquí está mi nombre. Y mi RFC. Pero yo no fui, te lo juro por la Virgen, Ana. Yo no fui.
Ana corrió a buscar la carpeta donde guardaban los documentos importantes: las escrituras (que sus padres habían pagado con tanto sacrificio antes de morir), las actas de nacimiento, los pagos del predial.
Revisó todo. Las escrituras originales no estaban.
En su lugar, había unas copias fotostáticas simples.
—Abue… ¿dónde están las escrituras originales? Las del sello rojo.
Tita se llevó las manos a la cabeza, haciendo memoria. Su rostro reflejaba una confusión dolorosa.
—Estaban ahí… yo no las he sacado… espera. Espera.
Los ojos de la anciana se abrieron con horror. Se sentó de golpe en el sofá, como si le hubieran cortado las piernas.
—¿Te acuerdas… te acuerdas hace como tres o cuatro meses? Cuando tú estabas en semana de exámenes finales y casi no venías a comer.
—Sí, me acuerdo. ¿Qué pasó?
—Vino una señorita. Muy amable, muy bien vestida. Traía un chaleco así como del gobierno, color guinda. Dijo que venía del programa de “Bienestar para el Adulto Mayor”. Dijo que estaban actualizando los datos para darnos un apoyo extra para remodelar la casa. Que era un fondo perdido, que no se tenía que pagar.
Ana sintió que le faltaba el aire. Se arrodilló frente a su abuela y le tomó las manos.
—Abue… ¿qué le diste?
—Me pidió ver las escrituras, para comprobar que yo era la dueña y que vivía aquí. Dijo que necesitaba llevarlas a escanear a la camioneta que tenían afuera. Se tardó como diez minutos y me las regresó. Y luego… luego me dio a firmar unos papeles para el trámite del apoyo. Eran muchas hojas, Ana. Letras chiquitas. Ella me dijo dónde firmar. Dijo que era pura burocracia.
—¿Te dejó copia de lo que firmaste?
—No… dijo que me llegarían por correo junto con la tarjeta del apoyo.
Ana cerró los ojos y recargó la frente en las rodillas de su abuela. Quería gritar. Quería golpear la pared hasta romperse los nudillos.
Era la estafa perfecta. La estafa clásica.
“La Ayuda del Gobierno”.
Se aprovechaban de los ancianos solos, de su necesidad, de su confianza ingenua. Esa mujer no escaneó las escrituras; las cambió. Se llevó las originales y le devolvió copias. Y lo que Tita firmó no fue una solicitud de apoyo; fue un poder notarial o directamente un contrato de hipoteca con un prestamista usurero o un banco coludido.
—Soy una tonta… soy una vieja tonta —empezó a llorar Tita, un llanto desgarrador, de culpa y vergüenza—. Perdóname, mi niña. Perdí la casa de tus papás. Perdí todo.
—No, abue, no. —Ana se levantó y la abrazó con fuerza, conteniendo sus propias lágrimas—. Tú no tienes la culpa. Esos malditos son unos criminales. No llores, por favor, te va a subir la presión.
Ana corrió a la cocina, sacó el baumanómetro de su mochila y le tomó la presión. 170/100. Crisis hipertensiva.
—Tómate la pastilla, abue. Ahora. Acuéstate.
—Pero la casa… nos van a echar a la calle…
—Nadie nos va a echar. Voy a arreglar esto. Te lo juro.
Ana pasó el resto del domingo convertida en un sabueso.
Fue al internet café de la esquina porque no tenía datos en el celular. Imprimió su reporte de buró de crédito especial de Tita.
Ahí estaba. Un crédito hipotecario por 2.1 millones de pesos, otorgado por una financiera sofom que luego vendió la deuda al banco. Fecha de apertura: hace 4 meses. Destino del crédito: Liquidez.
Buscó en foros, en noticias locales.
Encontró decenas de casos. “La Banda de los Notarios”. Un grupo delictivo que operaba en la delegación Azcapotzalco y Gustavo A. Madero. Falsificaban identidades, usaban notarios corruptos, engañaban a ancianos y sacaban créditos millonarios sobre propiedades libres de gravamen. Cuando el dinero se depositaba, lo transferían a cuentas fantasma y desaparecían. La deuda quedaba. La casa se perdía.
Ana sintió una náusea profunda. Eran profesionales.
Tenían 72 horas.
El lunes por la mañana, en lugar de ir a la facultad, Ana fue al banco.
Fue una pesadilla kafkiana.
Hizo fila por dos horas. Cuando llegó a la ventanilla, el cajero la miró con indiferencia.
—Señorita, eso no se ve aquí. Tiene que ir al área de cobranza especializada o jurídico.
Fue a jurídico.
—No podemos hacer nada. Hay un contrato firmado ante notario público. La firma coincide con la INE de la señora. El dinero se dispersó. Si ella dice que fue un fraude, tiene que levantar una denuncia en el Ministerio Público, pero eso no detiene el proceso de embargo del banco. El banco prestó de buena fe.
—¡Pero es un robo! ¡Mi abuela tiene 75 años! ¡Nunca recibió ese dinero!
—Lo siento. Traiga la denuncia y vemos. Siguiente.
Salió del banco con ganas de incendiar el edificio.
Fue al Ministerio Público (MP). Peor aún.
Olor a orina y a desesperanza. Gente amontonada.
—Uy, güerita, de aquí a que se investigue… esos fraudes son bien complicados. Necesitamos peritaje en grafoscopía, citar al notario… esto va pa’ largo. Un año, dos años.
—No tengo dos años. El banco me va a quitar la casa en tres días.
El agente del MP, un tipo gordo con una mancha de mole en la camisa, se encogió de hombros.
—Pues consígase un buen abogado y meta un amparo. O pague. Aquí solo levantamos el acta. ¿Va a querer copia certificada? Son quinientos pesos pa’ los refrescos, porque la copiadora no sirve.
Ana salió del MP a las seis de la tarde. El cielo estaba negro y comenzaba a llover.
Caminó bajo la lluvia sin abrir el paraguas. El agua fría se mezclaba con las lágrimas calientes que por fin dejaba salir.
Se sentía diminuta. Insignificante. El sistema estaba diseñado para aplastar a gente como ella. Gente sin dinero, sin influencias, sin voz.
Iban a perder la casa. El lugar donde su papá le enseñó a andar en bici en el pasillo. Donde su mamá cocinaba. Donde Tita la había criado. Todo por una firma robada.
Llegó a casa empapada. Tita estaba sentada en el sofá, con la mirada perdida, sosteniendo un rosario.
—¿Qué te dijeron, hija?
Ana no tuvo corazón para decirle la verdad completa.
—Ya puse la denuncia, abue. Ya se está investigando.
—Pero la carta… decía 72 horas.
—No te preocupes. Voy a conseguir un abogado. Uno bueno.
Esa noche, Ana no durmió.
Sacó la caja de zapatos donde guardaba sus ahorros. Tres mil pesos. No alcanzaba ni para la consulta de un abogado de oficio corrupto.
Revisó en internet: “Abogados defensa hipotecaria”. Los honorarios eran imposibles. 50 mil pesos de anticipo. 10% del valor de la propiedad.
Estaba acorralada.
Fue entonces, a las tres de la mañana, mientras revolvía su uniforme sucio buscando una moneda que se le había caído, cuando sus dedos rozaron un cartón rígido en el bolsillo del delantal.
Lo sacó.
Era una tarjeta negra con letras doradas.
Apenas se veía con la luz de la luna que entraba por la ventana.
LIC. IGOR M. ORLOV.
Socio Director.
Y abajo, escrito a mano con una pluma fuente de tinta azul real, un número de celular directo.
Recordó sus palabras: “Si alguna vez necesita algo, lo que sea… ayuda legal… es un cheque en blanco”.
Ana miró la tarjeta como si fuera un objeto radiactivo.
Era Igor Orlov. El abogado de los millonarios. El hombre que salía en las revistas de sociales y en las columnas de política.
¿De verdad le ayudaría a una mesera de barrio a pelear contra un banco por un departamentito de interés social?
Probablemente le había dado la tarjeta por cortesía. Por compromiso. Seguro ni se acordaba de ella.
Pero luego recordó los ojos de ese hombre cuando le dio las gracias por salvar a su hijo. Había verdad en esos ojos.
Ana apretó la tarjeta contra su pecho.
—Es la última carta —susurró a la oscuridad—. O nos salva él, o nos hundimos.
CAPÍTULO 4: La Llamada del Tiburón
A la mañana siguiente, Ana pidió permiso en “El Cafetal” para llegar tarde. Don Pedro refunfuñó, pero al verle la cara de funeral, accedió.
Ana se puso su mejor ropa. No tenía trajes sastre, así que optó por un pantalón negro limpio, una blusa blanca y un saco gris que había comprado en la paca del tianguis, pero que lucía decente. Se peinó el cabello en una coleta baja, seria. Quería parecer una clienta, no una pordiosera.
Se sentó en una banca del parque frente a su edificio. Tenía el celular en la mano. Le sudaban las palmas.
Marcó el número escrito a mano.
Uno, dos, tres timbres.
“Buzón de voz…”
Colgó antes de que sonara el pitido.
—Cobarde —se regañó a sí misma.
Respiró hondo. Pensó en Tita llorando. Pensó en la foto de sus padres siendo arrojada a la basura por un actuario judicial. La rabia le ganó al miedo.
Marcó de nuevo.
Dos timbres.
—¿Sí?
La voz era seca, profesional, cortante.
—¿Bueno? ¿Hablo con el licenciado Orlov?
—Él habla. ¿Quién es? Estoy en medio de una reunión, sea breve.
Ana sintió que se le cerraba la garganta.
—Soy… soy Ana. La mesera del café. La que… la que ayudó a Max con su ataque.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que duró tres segundos eternos donde Ana pensó que él iba a colgar.
El tono de voz cambió radicalmente. Dejó de ser el abogado ocupado y se convirtió en otra cosa. Más cálido, pero alerta.
—¿Ana? Por supuesto. Discúlpeme, no reconocí el número. ¿Pasa algo? ¿Está bien?
—No… no, no estoy bien. —La voz se le quebró, maldita sea—. Usted me dio su tarjeta. Dijo que si necesitaba ayuda legal…
—¿Dónde está?
—En mi casa, en Azcapotzalco, pero…
—Venga a mi oficina. ¿Sabe dónde están las Torres Virreyes en las Lomas? El edificio que parece un dorito invertido.
—Sí, sé cuál es. Pero yo no puedo pagar…
—No le pregunté si podía pagar. Le dije que viniera. Piso 24. Voy a dejar su nombre en recepción. Traiga todos los papeles que tenga. Nos vemos en una hora.
Colgó.
Ana se quedó mirando el teléfono. ¿Una hora? Para llegar a las Lomas desde Azcapotzalco en transporte público necesitaba alas.
Corrió al metro. Transbordó en Tacuba. Tomó el camión que sube por Reforma. Iba rezando para que no hubiera tráfico.
Llegó a las Torres Virreyes sudando, con el cabello alborotado por el viento. El edificio era imponente, de cristal y acero, un monumento al dinero y al poder.
En la recepción, los guardias de seguridad la miraron con desdén por sus zapatos desgastados, pero cuando dio su nombre, la actitud cambió instantáneamente.
—Ah, sí, señorita Lebedeva. El licenciado Orlov la espera. Pase por favor al elevador privado A.
El elevador subió tan rápido que se le taparon los oídos.
Al abrirse las puertas en el piso 24, Ana entró a otro mundo.
La recepción del despacho “Orlov & Asociados” era más grande que todo su departamento. Pisos de mármol italiano, obras de arte abstracto en las paredes, y una vista panorámica de toda la Ciudad de México, incluido el Bosque de Chapultepec, que quitaba el aliento.
Olía a dinero. Una mezcla de cuero caro, café gourmet y aire acondicionado perfumado.
—¿Señorita Ana? —una recepcionista que parecía modelo de revista se levantó—. Pase, por favor. El licenciado está en la sala de juntas.
Ana caminó por un pasillo largo, sintiéndose pequeña, fuera de lugar. Veía abogados en trajes de tres piezas hablando por teléfono en inglés, asistentes corriendo con tablets. Este era el mundo donde se decidían los destinos de las empresas y los políticos. ¿Qué hacía ella ahí con sus copias arrugadas y su historia de fraude barrial?
La recepcionista abrió una puerta doble de cristal esmerilado.
Dentro, alrededor de una mesa de caoba inmensa, había tres personas recogiendo documentos. Igor Orlov estaba en la cabecera, sin saco, con las mangas de la camisa blanca remangadas, luciendo un reloj que costaba lo mismo que un coche.
Al verla, Igor dejó lo que estaba haciendo y se levantó inmediatamente.
—Déjennos solos —ordenó a sus asociados.
—Pero licenciado, la fusión de la empresa minera…
—Dije que nos dejen solos. Ahora.
Los abogados salieron rápido, lanzándole miradas de curiosidad a Ana.
Igor rodeó la mesa y se acercó a ella. No le dio la mano; le ofreció una silla y le sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal.
—Siéntese, Ana. Respire. Se ve pálida.
—Gracias —Ana tomó el agua. Le temblaba la mano tanto que derramó un poco en la mesa—. Perdón, perdón…
—No importa la mesa. Dígame qué pasó.
Ana sacó el sobre del banco y las copias de las escrituras falsas. Empezó a hablar. Al principio tartamudeaba, pero a medida que contaba la historia de la “trabajadora social”, de la firma de Tita, de la burocracia del banco y la indiferencia del MP, su voz fue ganando fuerza. La indignación sustituyó al miedo.
Le contó todo. Los 2.1 millones. El desalojo en 72 horas. La amenaza de quedarse en la calle.
Igor escuchaba en silencio. No la interrumpió ni una vez. Su rostro era inescrutable, una máscara de piedra, pero sus ojos recorrían los documentos con una velocidad aterradora. Leía, analizaba, conectaba puntos.
Cuando Ana terminó, hubo un silencio pesado en la sala.
—Me dijeron en el banco que no hay nada que hacer —dijo Ana, con la voz apagada—. Que la firma es legal ante notario.
Igor soltó una risa seca, sin humor.
—”Legal”. Esa es una palabra muy flexible en este país, Ana.
Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad a sus pies.
—¿Sabe por qué me dedico al derecho penal, Ana?
—No, señor.
—Porque odio a los abusivos. Y lo que le hicieron a su abuela no es solo un fraude. Es una depredación.
Se giró hacia ella, con una energía renovada. Sus ojos brillaban con una luz peligrosa.
—Permítame ver el nombre del notario.
Ana le señaló el documento.
—Notaría 148. Licenciado Braulio Meneses.
Igor entrecerró los ojos.
—Meneses… —murmuró—. Ese tipo tiene fama de firmar actas hasta de muertos si le llegan al precio. Y la financiera… “Crédito Veloz S.A. de C.V.”. Una fachada clásica.
Igor tomó el teléfono de la sala de conferencias y presionó un botón.
—Sandra, que venga Mendoza y el equipo de litigio civil. Y comunícame con el Director Jurídico del Banco del Norte. Sí, a su celular personal. Dile que es Igor Orlov y que si no me contesta en cinco minutos, voy a almorzar mañana con el titular de la Comisión Nacional Bancaria.
Colgó y miró a Ana.
—Ana, escúcheme bien. No van a perder su casa.
—Pero el dinero… son dos millones… yo no tengo…
—No se trata de dinero. Se trata de que falsificaron la voluntad de una persona vulnerable. Y cometieron un error muy grave.
—¿Cuál error?
—Se metieron con la familia de la persona que salvó a mi hijo.
En los siguientes veinte minutos, Ana vio cómo operaba el poder real.
Entraron tres abogados jóvenes (juniors) con laptops. Igor empezó a ladrar órdenes.
—Quiero un amparo contra la ejecución hipotecaria presentado hoy antes de las 2 PM. Mendoza, busca antecedentes de la Notaría 148, quiero cada queja que tengan en el Colegio de Notarios. Tú, investiga a la empresa “Crédito Veloz”, busca a los socios reales, rastrea la ruta del dinero. Quiero saber a qué cuenta se fueron esos dos millones.
Luego, sonó el teléfono. Igor contestó en altavoz.
—¿Igor? Qué milagro. ¿A qué debo el honor? —dijo una voz masculina al otro lado.
—Hola, Roberto. Te llamo porque tu banco está a punto de cometer una estupidez mediática que te va a costar tu bono anual.
—¿De qué hablas?
—Están ejecutando una hipoteca fraudulenta contra una anciana de 75 años en Azcapotzalco. Crédito originado por “Crédito Veloz”. Suplantación de identidad. Fraude procesal.
—Igor, por favor, tenemos miles de carteras vencidas…
—Sí, pero esta anciana es… mi tía —mintió Igor sin pestañear, mirándo fijamente a Ana—. Y si tu gente pone un pie en su casa mañana, voy a convocar a una rueda de prensa en la puerta del edificio con la abuelita llorando y voy a mostrar cómo tu banco no valida sus protocolos de seguridad. ¿Quieres ser tendencia en Twitter mañana como #BancoDelFraude?
Hubo un silencio tenso al otro lado.
—Mándame el número de crédito. Voy a suspender la ejecución por 15 días para revisión interna. Pero Igor, si los papeles están en orden…
—No lo están, Roberto. Te están viendo la cara tus propios ejecutivos o tus socios comerciales. Hazme caso. Investiga tú también.
—Está bien. 15 días. Mándame los datos.
Igor colgó.
La sala estaba en silencio. Los abogados juniors tecleaban frenéticamente.
Ana estaba boquiabierta.
—¿Dijo que era su tía? —susurró.
Igor se encogió de hombros, una media sonrisa apareció en su rostro por primera vez.
—En el litigio, a veces hay que… dramatizar para ganar tiempo. Ganamos 15 días. El desalojo se detiene.
Ana sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en la silla y rompió a llorar. No de tristeza, sino de un alivio tan intenso que dolía.
Igor se acercó y le puso una mano en el hombro. Un gesto torpe, pero sincero.
—No llore, Ana. Apenas estamos empezando. Esto no fue un simple robo. Es una mafia. Y vamos a ir por ellos. No solo para cancelar la deuda. Vamos a meterlos a la cárcel.
—¿Por qué hace esto? —preguntó Ana, limpiándose las lágrimas—. Usted cobra millones. Yo solo le di primeros auxilios a su hijo.
—Usted le dio a mi hijo la oportunidad de seguir viviendo —dijo Igor, y su voz se volvió suave—. Y me dio a mí la oportunidad de seguir siendo padre. No hay dinero en este edificio que pague eso. Además… —su mirada se endureció de nuevo, volviendo al modo depredador—, me gusta cazar a los que se creen intocables. Y estos tipos acaban de meterse en el territorio equivocado.
Igor se dirigió a su equipo.
—Señores, tienen trabajo. Quiero resultados para mañana a primera hora. Ana se queda con nosotros. Sandra, pide comida para todos. Y consigue un chofer para que lleve a la señorita Ana a su casa y traiga a su abuela. Necesito que firme el poder legal hoy mismo. Y pon seguridad en su puerta. Si alguien se acerca a ese departamento a intimidar, quiero que lo detengan.
Ana miró a través del ventanal. La ciudad, que horas antes parecía un monstruo dispuesto a devorarla, ahora se veía diferente desde las alturas. Seguía siendo peligrosa, sí. Pero ahora, Ana tenía a un monstruo de su lado.
Y por primera vez, sintió que podían ganar.
CAPÍTULO 5: La Danza de los Buitres
El Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, ubicado en la colonia Doctores, es un monstruo de concreto que huele a estrés, a copias fotostáticas baratas y a desinfectante industrial que no logra ocultar el aroma del miedo. Es un lugar donde los destinos se deciden entre cerros de expedientes atados con hilo cáñamo y donde la justicia, a menudo, se subasta al mejor postor.
Ana sostenía la mano de su abuela con fuerza. La mano de Doña Tita estaba helada, a pesar del calor sofocante que hacía en los pasillos repletos de gente. Abogados corriendo con sus togas bajo el brazo, gestores ofreciendo “agilizar trámites” por una propina, y familias enteras esperando sentadas en el suelo, con la mirada perdida.
—Tranquila, abue. No va a pasar nada —susurró Ana, aunque ella misma sentía que el corazón se le iba a salir por la garganta.
—Es que me miran feo, hija. Siento que todos saben que debo dinero —murmuró Tita, encogiéndose en su chalina.
—Tú no debes nada. A ti te robaron. Levanta la cabeza.
Igor Orlov apareció al final del pasillo y el ambiente pareció cambiar. Caminaba flanqueado por dos abogados jóvenes de su firma, Mendoza y Salinas, quienes cargaban maletines de piel. Igor vestía un traje azul marino impecable que contrastaba violentamente con la ropa desgastada de la mayoría de los litigantes. Caminaba con tal seguridad que la gente se apartaba instintivamente a su paso.
—Buenos días —saludó Igor, deteniéndose frente a ellas. Su voz era tranquila, firme—. ¿Cómo durmieron?
—No mucho, licenciado —admitió Ana—. Mi abuela tuvo pesadillas.
—Es normal. Hoy es la audiencia incidental. No vamos a resolver todo el caso hoy, pero el objetivo es mantener la suspensión del desalojo y obligar al banco a mostrar sus cartas.
Igor se agachó un poco para quedar a la altura de Doña Tita.
—Señora Tatiana, usted no tiene que decir nada a menos que el juez le pregunte directamente. Y si le pregunta, solo diga la verdad: que usted no firmó. Yo me encargo de los perros de presa.
Entraron a la sala de oralidad civil. Era un espacio frío, con muebles de madera clara y micrófonos en las mesas.
Del lado contrario ya estaba la contraparte.
Ana sintió un golpe de adrenalina.
Ahí estaba.
La mujer.
No llevaba el chaleco guinda de “Bienestar” esta vez. Vestía un traje sastre gris perla, llevaba el cabello teñido de un rubio cenizo perfecto y tecleaba en su celular con uñas de acrílico largas y decoradas. Se veía sofisticada, profesional.
Doña Tita ahogó un grito y apretó el brazo de Ana.
—Es ella… —susurró con voz temblorosa—. Es la señorita Brenda. La que fue a la casa.
—Shh, tranquila —dijo Ana, sintiendo una rabia caliente subirle por el cuello. Quería cruzar la sala y arrancarle esas extensiones de cabello una por una.
Junto a la mujer estaba el abogado del banco, un hombre calvo con cara de bulldog y un traje que le quedaba un poco apretado. Y otro hombre, delgado, con aspecto de comadreja: el notario.
—Todos de pie —anunció el secretario de acuerdos.
El juez entró. Era un hombre mayor, con lentes gruesos y cara de aburrimiento perpetuo. Se sentó y revisó los papeles sin mucho interés.
—Expediente 459/2024. Juicio Especial Hipotecario. Banco Nacional del Norte contra Tatiana Ivanova Lebedeva. Se abre la audiencia.
El abogado del banco, el Licenciado Vargas, tomó la palabra primero. Hablaba con ese tono pomposo y enredado típico de los abogados viejos.
—Su Señoría, esto es una táctica dilatoria. Tenemos un contrato de mutuo con interés y garantía hipotecaria, firmado en escritura pública número 45,890 de la Notaría 148. La demandada recibió 2.1 millones de pesos mediante transferencia electrónica. El incumplimiento es claro. Pedimos que se levante la suspensión y se proceda al remate del inmueble. El banco actuó de buena fe.
El juez asintió, aburrido.
—Licenciado Orlov, tiene la palabra.
Igor se puso de pie. No usó notas. No tartamudeó.
—Su Señoría, el banco alega “buena fe”. Pero la buena fe se acaba cuando se ignora la realidad física. Mi cliente, la señora Tatiana, de 75 años, supuestamente firmó esa escritura en las oficinas de la Notaría 148, ubicada en la colonia Del Valle, el día 14 de junio a las 11:30 de la mañana. ¿Es correcto?
—Así consta en el instrumento notarial —respondió Vargas con desdén.
—Bien. —Igor sacó una hoja de su carpeta—. Aquí tengo un informe certificado del Instituto Mexicano del Seguro Social, Clínica 18. El día 14 de junio, desde las 9:00 AM hasta las 1:00 PM, la señora Tatiana estaba conectada a una máquina de hemodiálisis y recibiendo tratamiento para su hipertensión en la sala de urgencias. Aquí está la bitácora firmada por el jefe de guardia y el video de seguridad de la entrada de la clínica.
Un murmullo recorrió la sala.
Igor caminó hacia el estrado y dejó los documentos frente al juez.
—A menos que mi cliente tenga el don de la bilocación, Su Señoría, es físicamente imposible que ella estuviera firmando una hipoteca en la Notaría 148 al mismo tiempo que estaba siendo atendida por una crisis médica a 15 kilómetros de distancia, en hora pico de tráfico.
El abogado del banco se puso rojo. El notario, la comadreja, empezó a sudar y a aflojarse la corbata. La mujer rubia, Brenda, dejó de mirar su celular y clavó una mirada de odio puro en Igor.
—¡Objeción! —gritó Vargas—. ¡Esos documentos pudieron ser fabricados! ¡La fe pública del notario prevalece!
—La fe pública no está por encima de las leyes de la física, abogado —replicó Igor con frialdad—. Además, solicitamos peritaje en grafoscopía. La firma en la escritura es una falsificación burda. Y solicitamos a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores el rastreo de la transferencia. El dinero entró a una cuenta a nombre de mi cliente, sí, una cuenta abierta ese mismo día con una credencial de elector falsa, y fue vaciada diez minutos después hacia una cuenta concentradora en las Islas Caimán.
El juez, que hasta ese momento parecía dormido, se ajustó los lentes y miró al notario con severidad.
—Licenciado Meneses… ¿usted certificó personalmente la identidad de la compareciente?
—Eh… bueno, Su Señoría, mi personal… yo superviso… es un volumen alto de operaciones… —balbuceó el notario.
—Se mantiene la suspensión del desalojo —dictaminó el juez, golpeando el mazo—. Se abre el periodo probatorio por 30 días. Se ordena girar oficios al IMSS y al banco para cotejar pruebas. Y advierto a las partes… si detecto fraude procesal, voy a dar vista al Ministerio Público Federal. Se levanta la sesión.
Cuando salieron de la sala, Ana sentía que podía volar.
—¡Lo logramos! —exclamó, abrazando a su abuela.
—Ganamos tiempo —corrigió Igor, aunque una leve sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro—. Los exhibimos. Ahora saben que no será fácil.
En el pasillo, se toparon de frente con el grupo contrario.
La mujer rubia, Brenda, se detuvo frente a Ana. De cerca, se veía mayor, el maquillaje no lograba ocultar la dureza de sus rasgos. Olía a perfume caro y cigarro mentolado.
—Disfruten su victoria pírrica, querida —dijo Brenda con una voz rasposa—. Pero esto no se acaba aquí. La casa ya está vendida en papel. Ustedes solo son un estorbo. Y los estorbos se quitan.
—Si vuelve a dirigirle la palabra a mi cliente o a acercarse a ella —intervino Igor, dando un paso al frente y usando su altura para intimidar—, le voy a poner una orden de restricción que la obligará a mudarse a Tijuana. Y créame, señora “Quiroz” o como se llame hoy, ya tengo a mis investigadores rascando en su pasado. Sé que trabajó en una inmobiliaria fantasma en 2019. Sé lo de los terrenos en Morelos.
La mujer palideció visiblemente. Sus ojos, antes arrogantes, ahora destilaban veneno.
—Tenga cuidado, licenciado Orlov. Los accidentes pasan. En esta ciudad, nadie es intocable. Ni siquiera usted.
Se dio la vuelta y se marchó, taconeando fuerte, seguida por su séquito de abogados derrotados.
—¿Nos amenazó? —preguntó Ana, sintiendo un frío repentino.
—Son patadas de ahogado —dijo Igor, pero Ana notó cómo su mandíbula se tensaba—. Nicolás, mi jefe de seguridad, los va a llevar a casa. No quiero que se vayan en taxi ni en metro.
—Pero…
—Sin discusiones, Ana. Esa gente acaba de perder un negocio de dos millones de pesos. Están enojados. Y la gente enojada comete estupideces.
Esa noche, en el departamento, la victoria sabía agridulce.
Ana miraba por la ventana hacia la calle oscura. Una patrulla pasó con la sirena apagada, solo con las luces destellando en las fachadas de los edificios viejos.
Su celular sonó. Número desconocido.
—¿Bueno?
—Dile a tu abogadito que le baje de huevos —dijo una voz masculina, distorsionada, fea—. O la próxima vez que el niño tenga un ataque, a lo mejor no hay nadie para cacharlo.
La llamada se cortó.
Ana se quedó helada, con el teléfono pegado a la oreja.
No la habían amenazado a ella.
Habían amenazado a Max.
CAPÍTULO 6: Sin Marcha Atrás
Los siguientes días transcurrieron en una neblina de paranoia. Ana intentaba seguir con su vida. Iba a la facultad, tomaba apuntes, hacía sus guardias en el hospital, pero siempre miraba por encima del hombro.
Cada moto que se acercaba demasiado a la banqueta la hacía saltar.
Cada auto con vidrios polarizados le parecía sospechoso.
No le había dicho a Igor sobre la llamada. No quería asustarlo, no quería que pensara que ella era un problema o, peor aún, que se alejara por miedo a poner en riesgo a su hijo. “Es solo para asustar”, se decía a sí misma. “No saben nada de Max, solo lo dijeron porque saben cómo nos conocimos”.
Pero el miedo es un parásito que crece en el silencio.
El jueves por la noche, Ana salió tarde de “El Cafetal”. Había sido un día pesado. Don Pedro la había regañado por romper un plato (le temblaban las manos) y las propinas habían sido miserables.
Llovía. Esa lluvia terca y fría de noviembre en la Ciudad de México.
Caminaba hacia la parada del metrobús sobre Insurgentes. Las calles estaban semi vacías, con los reflejos de neón de los anuncios espectaculares bailando en el asfalto mojado.
Sintió esa punzada en la nuca. La sensación primitiva de ser observada.
Se detuvo frente a un aparador de una tienda de novias cerrada, fingiendo acomodarse el zapato, y miró el reflejo en el vidrio.
Un sedán negro, modelo antiguo, tal vez un Tsuru o un Chevy, iba a paso de hombre unos veinte metros atrás. Sin luces.
Ana se enderezó y caminó más rápido.
El auto aceleró.
El corazón de Ana empezó a bombear adrenalina pura.
Cruzó la calle sin fijarse si venían coches. Un taxi le pitó e insultó a su madre, pero ella no se detuvo.
Entró en una calle lateral, más oscura, buscando acortar camino hacia una avenida más transitada. Error.
La calle estaba desierta. Solo botes de basura y cortinas metálicas de negocios cerrados con grafitis.
Escuchó el motor del auto detrás de ella. Un rugido ronco. Luego, el chillido de llantas.
El auto se subió a la banqueta, bloqueándole el paso unos metros adelante.
Dos hombres bajaron. Llevaban sudaderas con capuchas y cubrebocas quirúrgicos.
—¡Quieta ahí, pendeja! —gritó uno, sacando algo que brilló con la luz de una lámpara callejera. Una navaja.
Ana no pensó. No razonó. Dio media vuelta y corrió como nunca había corrido en su vida. Tiró su mochila con los libros de medicina para perder peso.
—¡Agárrala!
Escuchaba los pasos pesados de los hombres chapoteando en los charcos detrás de ella.
Ana vio un OXXO abierto en la esquina, a unos cien metros. Era su única salvación. La luz fluorescente de la tienda parecía un faro en medio de la tormenta.
—¡Ayuda! —gritó, pero el aire le quemaba los pulmones y el grito salió ahogado.
Sintió una mano agarrar su chamarra.
Se zafó con un tirón violento, escuchando la tela rasgarse.
Entró al OXXO tropezando, casi tirando el exhibidor de papas.
—¡Ayúdenme! ¡Me vienen siguiendo! —le gritó al cajero, un chico joven con acné que estaba mirando TikTok en su celular.
El chico se asustó.
—¿Qué pedo? —dijo, mirando hacia la puerta.
Los dos hombres se detuvieron en la entrada de cristal. Miraron hacia adentro. Vieron las cámaras de seguridad. Vieron al cajero agarrar el teléfono fijo.
Dudaron un segundo.
Uno de ellos señaló a Ana con el dedo índice, simulando una pistola, y luego se pasó el dedo por el cuello.
Se dieron la vuelta y corrieron hacia la oscuridad.
Ana se deslizó hasta el suelo, temblando incontrolablemente.
—¿Estás bien, flaca? ¿Llamo a la patrulla? —preguntó el cajero.
—No… —Ana sacó su celular con manos torpes—. No a la patrulla.
Marcó el número de Igor.
Contestó al primer timbre.
—¿Ana?
—Me… me siguieron. Eran dos hombres. Con navajas. Estoy en un OXXO en Insurgentes y Eje 2. Tengo miedo, Igor. Tengo mucho miedo.
—No te muevas. Voy para allá. No salgas por nada del mundo. Pásale el teléfono al cajero.
Ana le dio el teléfono al chico.
—Es mi abogado. Quiere hablar contigo.
El chico tomó el teléfono, escuchó un momento, y sus ojos se abrieron como platos.
—Sí, señor. Sí, claro que sí. No, yo cierro la puerta con seguro ahorita mismo. Sí, aquí me quedo con ella. No se preocupe, licenciado.
Veinte minutos después, que parecieron veinte años, un convoy de dos camionetas Suburban blindadas se detuvo frente a la tienda con un rechinido de llantas autoritario.
Igor bajó del primer vehículo antes de que este se detuviera por completo. No traía corbata, y su camisa estaba desabotonada en el cuello. Su rostro era una máscara de furia y preocupación.
Entró a la tienda. Al ver a Ana sentada en el suelo, abrazándose las rodillas, su expresión se rompió.
—Ana —se arrodilló junto a ella—. ¿Te lastimaron? ¿Estás herida?
Ana negó con la cabeza y se lanzó a sus brazos, rompiendo a llorar.
—Querían agarrarme… dijeron que me detuviera…
Igor la envolvió en sus brazos. Olía a sándalo y a seguridad. Ana sintió los músculos de su espalda tensos como acero.
—Ya estás a salvo. Ya pasó. Nicolás —le gritó a su jefe de seguridad sin soltarla—, recupera los videos de seguridad de la tienda. Quiero la placa, el modelo del auto, todo. Y manda a alguien por la abuela de Ana. Ahora.
—¿Mi abuela? —Ana levantó la vista, limpiándose las lágrimas—. ¿Por qué?
—Porque ya no pueden volver a ese departamento. Saben dónde viven. Saben tus rutas. Esto ya no es una intimidación legal, Ana. Esto es una cacería.
—Pero no tenemos a dónde ir… no tengo dinero para un hotel…
—Se vienen a mi casa.
—No, Igor, no puedo… eso es demasiado…
—Ana —Igor le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo a los ojos. Sus ojos grises eran intensos, magnéticos—. Intentaron secuestrarte o matarte. No te estoy preguntando. Te estoy informando. Tú y Doña Tita se vienen a mi casa hasta que esta gente esté tras las rejas. No voy a permitir que les pase nada. No otra vez.
La mención de “no otra vez” fue un susurro doloroso que Ana captó, pero no hubo tiempo de preguntar.
La logística fue rápida y militar. Nicolás, el jefe de seguridad, un ex militar de pocas palabras y mirada de escáner, coordinó la extracción de Doña Tita.
Una hora después, Ana estaba sentada en el asiento de piel color crema de la camioneta de Igor, viendo cómo la ciudad pasaba a través de los vidrios polarizados y blindados. El silencio en el auto era denso. Igor iba tecleando furiosamente en su celular, moviendo cielo, mar y tierra.
Llegaron a la casa de Igor en Bosques de las Lomas. No era una casa; era una fortaleza. Muros altos de piedra volcánica, cámaras en cada esquina, una caseta de vigilancia con guardias armados.
Al entrar, el contraste con la Unidad Habitacional El Rosario fue brutal. Jardines perfectamente cuidados, una fuente minimalista, y una arquitectura moderna de concreto y cristal que gritaba exclusividad.
—Bienvenidas —dijo Igor al abrir la puerta principal.
Doña Tita venía aferrada a su bolso y a una jaula con su canario, “Panchito”, lo único que le permitieron sacar rápido. Miraba todo con la boca abierta, asustada por tanto lujo.
—Ay, licenciado… esto es muy fino. Me da pena pisar con mis zapatos viejos.
—Esta es su casa, señora Tatiana. Por favor.
De repente, un misil pequeño en pijama de dinosaurios bajó corriendo las escaleras.
—¡Ana! —gritó Max.
El niño corrió y abrazó a Ana por la cintura, casi derribándola.
—¡Papá dijo que venías a una pijamada! ¿Te vas a quedar mucho tiempo?
El abrazo de Max fue el bálsamo que Ana necesitaba. Se agachó y lo abrazó fuerte, enterrando la cara en su cabello que olía a shampoo de bebé.
—Hola, campeón. Sí… me voy a quedar un ratito.
Igor observaba la escena desde la puerta, y por un momento, la máscara de abogado implacable cayó. Se veía cansado, pero aliviado.
Esa noche, después de instalar a Tita en una habitación de huéspedes que era más grande que todo su departamento anterior, Ana no podía dormir. La cama era demasiado suave, el silencio de la zona residencial era demasiado profundo. Le faltaba el ruido de los camiones y los ladridos de los perros callejeros.
Salió a la terraza. La vista de la ciudad desde ahí era espectacular, un mar de luces parpadeantes que parecían estrellas caídas.
Igor estaba ahí, sentado en un sillón de exterior, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el horizonte.
—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó él sin girarse.
—Es demasiado silencio —confesó Ana, acercándose. Se abrazó a sí misma por el frío de la noche.
Igor se quitó su saco y se lo puso sobre los hombros a ella. El saco estaba tibio y guardaba su aroma.
—Gracias por traernos. Sé que esto te complica la vida.
—Me complicaría más la vida tener que identificarte en la morgue, Ana —dijo él con brutal honestidad. Bebió un trago largo.
—En el OXXO… dijiste “no otra vez”. ¿A qué te referías?
Igor se quedó callado mucho tiempo. Ana pensó que no iba a responder, que se había pasado de la raya.
Finalmente, suspiró. Un sonido roto.
—Tengo una hermana. Tenía. Se llamaba Elena. Hace diez años… yo era un abogado joven, arrogante. Pensaba que podía ganarle a cualquiera solo con leyes. Elena tuvo un problema con un novio… un tipo metido en cosas turbias. Ella me pidió ayuda. Yo le dije que lo demandaríamos, que lo aplastaríamos en el tribunal.
Igor apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—El tipo no fue al tribunal. La esperó afuera de su trabajo un día. Yo no le puse seguridad porque pensé que eran “solo amenazas”. La policía la encontró dos días después en un lote baldío.
Ana se llevó la mano a la boca.
—Dios mío… Igor…
—Por eso me volví quien soy. Por eso construí esta fortaleza. Por eso cobro lo que cobro y destruyo a quien tengo que destruir. Prometí que nunca más subestimaría a un matón.
Se giró hacia Ana. Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas y una intensidad feroz.
—Cuando Max tuvo el ataque y tú lo salvaste… sentí que la vida me daba una segunda oportunidad. Una oportunidad de proteger algo bueno. Y ahora, esos infelices te amenazan a ti. A la persona que salvó a mi hijo.
Dio un paso hacia ella, acortando la distancia.
—No voy a fallar esta vez, Ana. Te lo juro por la memoria de mi hermana. Voy a quemar el cielo y la tierra si es necesario, pero tú y tu abuela van a estar a salvo. Y esos bastardos van a desear no haber nacido.
Ana sintió un nudo en la garganta. Sin pensarlo, levantó la mano y tocó suavemente la mejilla de Igor. Él cerró los ojos ante el contacto, inclinando ligeramente la cabeza hacia su mano, como buscando consuelo.
En ese momento, bajo la luz de la luna y con la ciudad a sus pies, Ana supo que ya no había vuelta atrás. Ya no eran solo abogado y cliente. Eran dos supervivientes aferrándose el uno al otro en medio de la tormenta.
—Te creo —susurró ella.
Igor abrió los ojos y la miró. Hubo un segundo de tensión eléctrica, un momento donde el aire se cargó de algo que no era miedo, sino deseo. Pero él se apartó suavemente, respetuoso, recordando quién era y la situación en la que estaban.
—Intenta dormir. Mañana Nicolás nos enseñará protocolos de seguridad. La guerra apenas empieza.
Igor entró a la casa, dejando a Ana en la terraza, envuelta en su saco, con el corazón latiendo a mil por hora, consciente de que su vida acababa de cambiar para siempre, y de que quizás, solo quizás, se estaba enamorando del hombre más peligroso y protector que había conocido.
CAPÍTULO 7: La Jugada Maestra
La vida en la fortaleza de Igor Orlov en Bosques de las Lomas era una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo. Habían pasado tres semanas desde el intento de ataque. Tres semanas en las que Ana había cambiado el ruido de los camiones de basura de Azcapotzalco por el canto de pájaros exóticos en el jardín de Igor.
Doña Tita se había adueñado de la cocina industrial de la mansión. Al principio, el chef personal de Igor, un francés llamado Jean-Luc, se mostró horrorizado cuando la anciana sacó su olla de barro para hacer frijoles. Pero después de probar su mole poblano, Jean-Luc se había convertido en su humilde aprendiz, anotando recetas de salsas molcajeteadas en su libreta Moleskine.
Para Ana, la situación era más compleja. Ver a Igor cada mañana, bajando las escaleras con el cabello húmedo y oliendo a loción cara, se estaba convirtiendo en una tortura dulce. Desayunaban juntos con Max y Tita, pareciendo una familia extraña y disfuncional pero perfecta.
—¿Cómo vas con el estudio para el profesional? —le preguntó Igor una mañana, sirviéndole café. Se había vuelto más relajado, menos “abogado tiburón” y más humano dentro de casa.
—Bien. Nerviosa. Pero me preocupa más el caso. Mañana es la audiencia de desahogo de pruebas y… siento que nos falta algo.
Igor dejó la taza sobre la mesa. Su rostro se ensombreció.
—Tienes razón. Tenemos indicios, tenemos la bitácora del hospital, pero nos falta el “arma humeante”. El notario Meneses es escurridizo. Ha borrado archivos, intimidado testigos. Necesitamos a alguien de adentro.
En ese momento, Nicolás, el jefe de seguridad, entró al comedor con un iPad en la mano. No solía interrumpir los desayunos a menos que fuera vital.
—Licenciado, apareció.
Igor se puso de pie de inmediato.
—¿Dónde?
—En Iztapalapa. Colonia Ejército de Oriente. Está escondido en casa de una tía. Mis contactos en la policía local dicen que tiene miedo. Los de la banda lo están buscando para “cerrarle la boca”.
Igor miró a Ana.
—Es Pavel. El asistente personal del notario Meneses. El que redactaba las escrituras falsas. Llevamos semanas buscándolo. Él es la clave. Si testifica, se cae todo el teatro.
—Voy contigo —dijo Ana, levantándose también.
—No. Es peligroso. Iztapalapa no es territorio neutral, y menos donde él está.
—Es mi casa la que está en juego, Igor. Es mi vida. Además —Ana tomó su mano, un gesto que se estaba volviendo peligrosamente habitual—, si él está asustado, no va a confiar en un abogado de traje que llega en camioneta blindada. Necesita ver que somos personas reales. Necesita ver a la víctima.
Igor dudó un segundo, evaluando el riesgo. Luego asintió.
—Nicolás, prepara el convoy. Chalecos para todos. Y quiero apoyo perimetral.
El viaje hacia el oriente de la ciudad fue un descenso a los infiernos urbanos. Dejaron atrás los edificios de cristal de Santa Fe y se adentraron en el laberinto de concreto gris y cables enmarañados de Iztapalapa.
Llegaron a una vecindad de fachada despintada. Nicolás y dos escoltas bajaron primero, armas largas discretamente ocultas bajo las chamarras.
—Despejado —dijo Nicolás por el radio.
Igor y Ana bajaron. Ana sentía el peso del chaleco antibalas bajo su suéter.
Entraron a un cuarto pequeño, con techo de lámina, donde olía a humedad y veladoras.
En un rincón, sentado en un huacal de plástico, estaba un joven no mucho mayor que Ana. Estaba temblando, con los ojos inyectados en sangre por no dormir.
—¿Tú eres Pavel? —preguntó Igor, con voz suave pero autoritaria.
El chico asintió, abrazándose a sí mismo.
—Si saben que hablé con ustedes, me matan. La señora Brenda no perdona. Ella… ella tiene gente en la Unión.
—Sabemos quién es Brenda —intervino Ana, dando un paso adelante. Se quitó los lentes oscuros para que él la viera a los ojos—. Y sabemos lo que te obligaron a hacer. Yo soy Ana. La nieta de la señora a la que le robaron su casa hace un mes.
Pavel levantó la vista. Vio a Ana. Vio la honestidad y el miedo en sus ojos.
—Perdóname… —susurró el chico, rompiendo a llorar—. Yo solo necesitaba el trabajo. Mi mamá tiene diabetes y el notario me dijo que era solo “agilizar trámites”. Cuando me di cuenta de que eran fraudes, ya estaba embarrado. Me dijeron que si hablaba, le harían daño a mi jefa.
Igor se agachó frente a él.
—Pavel, escúchame. Si te quedas aquí, te van a encontrar. Y no van a ser amables. Yo te ofrezco protección. Testigo protegido de la Fiscalía. Te sacamos de la ciudad, a ti y a tu mamá. Pero necesito que me des todo. Nombres, cuentas, fechas. Y necesito el libro de registro real, no el que le enseñan a los inspectores.
Pavel sorbió por la nariz.
—Tengo… tengo una copia de seguridad en la nube. Y grabaciones. Grabé a Brenda dándole dinero al notario.
Igor sonrió. Una sonrisa depredadora.
—Eso es jaque mate.
El regreso fue tenso, pero triunfal. Tenían la prueba.
La mañana del juicio final, el Tribunal Superior de Justicia parecía un campo de batalla. Había prensa. Igor se había encargado de filtrar que el “Abogado de Hierro” iba contra una mafia inmobiliaria, y los noticieros estaban hambrientos de sangre.
Al entrar a la sala, la atmósfera era eléctrica.
Del lado de la defensa, el notario Meneses sudaba profusamente. Brenda, la “falsa trabajadora social”, lucía impecable y arrogante, confiada en que sus conexiones la salvarían.
—Se abre la audiencia de juicio oral —anunció el juez.
Los abogados del banco presentaron sus peritajes (comprados), sus testigos (falsos) y sus argumentos técnicos.
Cuando llegó el turno de Igor, se levantó con una calma que asustó a todos.
—Su Señoría, la contraparte ha hablado de legalidad y fe pública. Nosotros venimos a hablar de crimen organizado.
Igor hizo una seña. Las puertas se abrieron y Nicolás entró escoltando a Pavel.
Un murmullo recorrió la sala. El notario Meneses se puso blanco como el papel y dejó caer su pluma. Brenda perdió su sonrisa de hielo.
Pavel subió al estrado. Con la voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza gracias a la mirada de apoyo de Ana desde la banca, contó todo.
Describió cómo seleccionaban a las víctimas: ancianos solos en colonias populares.
Cómo falsificaban las credenciales de elector.
Cómo el notario recibía un 10% de cada hipoteca fraudulenta en efectivo.
Y cómo el banco, a través de ejecutivos corruptos, hacía la vista gorda ante las inconsistencias.
—¿Tiene pruebas de lo que dice? —preguntó el juez, visiblemente impactado.
—Sí, Su Señoría —dijo Igor—. Solicitamos la reproducción de la prueba material A-1.
El audio retumbó en las bocinas de la sala. Era la voz inconfundible de Brenda y la del notario.
“Ya cayó la vieja de Azcapotzalco. Dos melones. Mañana firmamos. Si la nieta se pone pendeja, le damos un susto. Ya sabes que al banco le vale madre mientras cobren el seguro.”
El silencio que siguió fue absoluto.
Brenda se levantó de golpe.
—¡Esto es un montaje! ¡Es ilegal!
—¡Siéntese! —gritó el juez, golpeando el mazo con furia—. Alguaciles, aseguren las salidas. Nadie sale de esta sala.
Igor no terminó ahí. Proyectó los estados de cuenta de las Islas Caimán, rastreados por su equipo forense, que coincidían con las fechas de los fraudes.
—Su Señoría —concluyó Igor, mirando fijamente a Brenda a los ojos—, no solo pedimos la nulidad de la hipoteca y la restitución de la propiedad. Pedimos que se gire orden de aprehensión inmediata por fraude procesal, delincuencia organizada y lavado de dinero contra todos los presentes en la mesa de la defensa.
El juez asintió lentamente.
—La evidencia es abrumadora. Se declara la nulidad absoluta de la escritura 45,890. Se ordena al Registro Público de la Propiedad cancelar el gravamen. Y… —miró a los policías procesales— detengan a los imputados. Se da vista inmediata a la Fiscalía para el proceso penal.
Ana sintió que las piernas le fallaban. Doña Tita lloraba en silencio, apretando su rosario.
Vio cómo esposaban a Brenda, quien gritaba amenazas e insultos mientras la arrastraban fuera. Vio al notario llorar como un niño.
Y vio a Igor.
Él estaba de pie, acomodándose los gemelos de la camisa, tranquilo, como si acabara de terminar un trámite burocrático cualquiera.
Pero cuando se giró y la vio, sus ojos brillaron.
Ana no le importó el protocolo, ni la gente, ni las cámaras. Corrió hacia él y lo abrazó.
Fue un abrazo desesperado, lleno de alivio, de adrenalina y de algo más.
—Gracias —susurró en su oído—. Gracias por salvarme la vida.
Igor la apretó contra su pecho, hundiendo el rostro en su cabello.
—Tú salvaste la mía primero, Ana. Estamos a mano.
CAPÍTULO 8: Un Nuevo Amanecer
Habían pasado doce meses desde aquel día en el tribunal. Un año entero.
El tiempo, dicen, lo cura todo, o al menos lo acomoda en su lugar.
La vida había vuelto a una extraña normalidad. Ana y Doña Tita habían regresado a su departamento en Azcapotzalco. Igor había insistido en que se quedaran en la mansión, o en comprarles un departamento nuevo en una zona mejor, pero Ana se había negado rotundamente.
—Ese departamento es la historia de mis padres, Igor. Y ahora que lo recuperamos, no puedo dejarlo. Además, necesito demostrarme a mí misma que no tengo miedo.
Igor, a regañadientes, aceptó, pero mandó remodelar todo el sistema de seguridad del edificio. Puertas blindadas, cámaras conectadas a su central, y un botón de pánico que Ana llevaba siempre en el llavero.
Durante ese año, la relación entre Ana e Igor había entrado en un limbo confuso.
Eran amigos. Mejores amigos.
Él iba a comer tamales a casa de Doña Tita los domingos (llegando en su BMW blindado que escandalizaba a los vecinos). Ella ayudaba a Max con sus tareas y lo acompañaba a sus citas médicas.
Pero no habían cruzado la línea.
Había un muro invisible. Él era el abogado millonario, viudo y complicado. Ella era la estudiante becada, joven y con toda la vida por delante. Igor parecía contenerse, frenarse cada vez que estaban demasiado cerca, como si sintiera que no tenía derecho a “arruinarle” la vida a alguien tan luminosa como ella.
Y Ana… Ana estaba harta de esperar.
Era junio. El día de la graduación.
El auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM estaba a reventar. El calor era sofocante, pero la emoción lo superaba.
—¡Ana Lebedeva! —anunció el decano por el micrófono.
Ana subió al estrado, con su toga negra y la banda dorada de “Mención Honorífica”. Al recibir el diploma, sintió que cerraba un ciclo titánico. Los turnos dobles, el estudio en el pesero, el miedo a perder su casa… todo había valido la pena.
Buscó entre el público.
Ahí estaban.
Doña Tita, con un vestido nuevo de flores, llorando a mares y aplaudiendo con sus manos deformadas.
Y junto a ella, Igor.
Llevaba un traje gris claro, sin corbata, sonriendo con un orgullo que no le cabía en el pecho. En sus hombros cargaba a Max, quien agitaba una pancarta hecha a mano con diamantina que decía: “FELICIDADES DRA. ANA, ERES LA MEJOR”.
El corazón de Ana dio un vuelco.
Después de la ceremonia, el caos. Abrazos, fotos, flores.
Igor se acercó a ella cargando un ramo de girasoles inmenso.
—Felicidades, Doctora —dijo él. La palabra “Doctora” sonó en sus labios como el título nobiliario más alto del mundo.
—Gracias, licenciado —bromeó ella, aceptando las flores.
—Max y Tita están en el coche. Dijeron que te tenemos una sorpresa. ¿Nos acompañas?
—¿A dónde?
—Tú solo confía.
La sorpresa no fue un restaurante de lujo en Polanco, como Ana esperaba.
Igor condujo hacia las afueras, hacia su casa de campo en el Ajusco, un lugar rodeado de pinos y aire frío de montaña.
Al llegar, el jardín estaba decorado con luces cálidas colgadas entre los árboles. Había una mesa puesta para cuatro.
—¡Fiesta! —gritó Max, corriendo por el pasto.
Fue una tarde perfecta. Comieron, rieron, recordaron el juicio como quien recuerda una vieja película de acción.
Cuando cayó la noche y Max se quedó dormido en el sofá de la sala, y Doña Tita, cómplice eterna, se retiró a “ver la novela” (aunque la TV estaba apagada), Ana e Igor se quedaron solos en la terraza.
Hacía frío. El aire olía a pino y leña quemada.
—Ha sido un año loco, ¿no? —dijo Ana, recargándose en el barandal de madera.
—El más loco de mi vida —admitió Igor, parándose a su lado. Estaban cerca. Demasiado cerca.
—Sabes… —empezó Ana, sintiendo que el valor que usó para enfrentar a los delincuentes volvía a ella—. He estado pensando mucho.
—¿Sobre qué? ¿Sobre tu especialidad? Sé que te aceptaron en Neurología en el Siglo XXI.
—No, Igor. Sobre nosotros.
Igor se tensó. Miró hacia el bosque oscuro.
—Ana… eres joven. Tienes una carrera brillante por delante. Yo… yo soy un hombre con mucho equipaje. Tengo enemigos, tengo un hijo enfermo, tengo diez años más que tú y un montón de fantasmas.
—¿Y eso qué? —lo interrumpió ella.
—Que mereces algo simple. Algo fácil. Alguien que no tenga que poner guardaespaldas en tu puerta.
Ana soltó una risa incrédula y se giró para quedar frente a frente con él.
—¿Tú crees que yo quiero “fácil”? Igor, mírame. Vengo de abajo. He peleado por cada cosa que tengo. Lo fácil me aburre. Lo fácil no es real.
Ella dio un paso adelante, invadiendo su espacio vital, tal como él lo hizo aquel día en el café.
—Tú me salvaste la casa, sí. Pero estuviste ahí cuando nadie más estuvo. Cuidaste a mi abuela como si fuera tu madre. Quieres a Max más que a tu propia vida. Eso es lo único que me importa. No me importa tu dinero, ni tus enemigos, ni tus fantasmas. Me importas tú.
Igor la miró. Sus defensas, esas murallas que había construido durante años tras la muerte de su hermana y su divorcio, empezaron a agrietarse.
—Tengo miedo, Ana —confesó, con una vulnerabilidad que solo mostraba ante ella—. Tengo terror de que te pase algo por mi culpa. De perderte.
—Pues acostúmbrate al miedo —dijo ella con firmeza—. Porque la única forma de perderme es que seas un cobarde y no hagas lo que te mueres por hacer desde hace seis meses.
Igor sonrió. Una sonrisa rendida, maravillada.
—Eres imposible, Ana Lebedeva. Tan terca como tu abuela.
—Es genética.
Y entonces, sucedió.
Empezó a caer algo del cielo.
No era lluvia.
Eran copos blancos, suaves, que brillaban con las luces del jardín.
—¿Está… nevando? —preguntó Ana, incrédula, extendiendo la mano.
—Es granizo suave —dijo Igor, mirando al cielo—. Pasa a veces aquí arriba en el Ajusco, incluso en verano. Un frente frío raro.
Era un momento mágico, surrealista. Nieve en junio en la Ciudad de México. Como si el universo decidiera que necesitaban un escenario de película.
—Es una señal —dijo Igor.
—¿De qué?
—De que lo imposible pasa. De que las reglas se pueden romper.
Igor metió la mano en el bolsillo de su saco. No sacó un anillo, todavía no. Sacó la vieja tarjeta de presentación que le había dado en el café, arrugada y gastada por el tiempo. Ana se la había devuelto el día que ganaron el juicio.
—Me devolviste esto. Dijiste que la deuda estaba saldada.
—Sí.
—Pues quiero abrir una cuenta nueva —dijo él, rompiendo la tarjeta en dos y dejando caer los pedazos a la nieve—. Ya no quiero ser tu abogado, Ana. Quiero ser… quiero ser el hombre que te espere cuando salgas de tus guardias. Quiero ser el que te haga café en las mañanas.
Se acercó a ella. Su mano, cálida y grande, acunó su rostro.
—Te amo, Ana. Te he amado desde el momento en que te vi pelear como una leona por tu abuela en mi oficina. Solo que era demasiado estúpido para admitirlo.
Ana sintió que el corazón le estallaba.
—Yo también te amo, Igor. Y ya era hora de que lo dijeras, abogado lento.
Él se rió y la besó.
Fue un beso que sabía a victoria, a café, a nieve y a promesas cumplidas. Un beso bajo la extraña nevada de verano, sellando un pacto no escrito.
Habían vencido a la mafia. Habían vencido al sistema. Y ahora, por fin, habían vencido al miedo.
Desde la ventana de la sala, Doña Tita y Max observaban la escena.
—¡Te dije que se iban a besar! —susurró Max, pegando la nariz al vidrio.
—Shh, niño, no empañes el vidrio que no veo —le regañó Tita cariñosamente, secándose una lágrima con su pañuelo—. Bendito sea Dios. Ahora sí, ya me puedo morir tranquila.
—¡No, Tita! ¡Ahora tienes que hacer el pastel para la boda!
—Tienes razón, mijito. De tres leches. Y bien grande.
Afuera, bajo la nieve improbable, Ana y Igor se abrazaban, sabiendo que la vida no sería fácil, que habría más juicios, más guardias y más problemas, pero que mientras se tuvieran el uno al otro, no había nada en este mundo —ni en este país— que no pudieran enfrentar.
Y así, la historia de la mesera y el abogado se convirtió en leyenda en la colonia, una prueba viviente de que, a veces, solo a veces, los buenos ganan y el amor, contra todo pronóstico, encuentra su camino a casa.
FIN