EL PARALÍTICO MILLONARIO HUMILLÓ A SU NUEVA ENFERMERA SIN SABER QUE ESA MUJER, RECIÉN SALIDA DE LA CÁRCEL, GUARDABA EN SUS MANOS EL PODER OCULTO PARA DEVOLVERLE LA VIDA QUE ÉL CREÍA PERDIDA PARA SIEMPRE EN UN JUEGO DE TRAICIONES Y MILAGROS

PARTE 1

CAPÍTULO 1: LA SALIDA DEL INFIERNO Y EL PESO DE LA SOLEDAD

El sonido metálico del portón de seguridad del Centro Femenil de Reinserción Social Santa Martha Acatitla retumbó a sus espaldas con una finalidad que hizo vibrar hasta los huesos de Ximena. Clanc, clanc, buuum. Ese ruido, ese maldito ruido de hierro contra hierro, había sido la banda sonora de sus pesadillas durante mil noventa y cinco días. Pero ahora, al escucharlo desde el otro lado, desde el lado de “afuera”, no sintió el alivio que había imaginado tantas veces mientras miraba las manchas de humedad en el techo de su celda. No hubo música celestial, ni un coro de ángeles. Solo hubo silencio, un silencio espeso y aterrador, roto apenas por el zumbido lejano de los camiones de carga sobre la Calzada Ignacio Zaragoza.

El sol del mediodía caía a plomo, inclemente, sobre el asfalto agrietado. Ximena entrecerró los ojos, cegada por una claridad a la que ya no estaba acostumbrada. Adentro, la luz siempre era gris, filtrada por rejas, muros altos y la tristeza perpetua de las reclusas. Aquí afuera, el sol quemaba. “La libertad pica”, pensó Ximena, sintiendo cómo el calor le atravesaba la tela barata de la blusa que le habían devuelto en la aduana de salida, la misma ropa con la que había entrado tres años atrás. Le quedaba grande ahora. La cárcel te consume, te chupa la grasa, el músculo y, si te descuidas, hasta el alma. Ella había perdido diez kilos, pero había ganado una dureza en la mirada que antes no tenía.

Aferró con fuerza la bolsa de plástico transparente donde llevaba toda su vida: un cambio de ropa interior, un peine de dientes rotos, un cepillo de dientes gastado y una fotografía arrugada y manchada por las lágrimas. Era una foto de su madre, Doña Carmen, sonriendo frente a un pastel de tres leches en su cumpleaños número sesenta.

Ximena miró a su alrededor, buscando instintivamente, aunque su cerebro racional sabía que era inútil. Sus ojos barrieron la banqueta polvorienta, los puestos ambulantes de tacos de guisado que olían a manteca y cilantro, y los taxis despintados que pasaban a toda velocidad.

Nadie.

No había nadie esperándola.

El dolor le golpeó el pecho como un puñetazo físico, dejándola sin aire por un segundo. Durante los primeros meses de su encierro, soñaba con este día. En sus sueños, Doña Carmen estaba allí, con su rebozo azul y esa sonrisa chimuela que le iluminaba la cara, extendiendo los brazos para recibirla. “Ya pasó, mi niña, ya pasó, vámonos a la casa que te hice mole”, le diría.

Pero el cáncer no sabe de tiempos judiciales, ni de apelaciones, ni de inocencias. El cáncer se la llevó seis meses antes de que Ximena recibiera su carta de liberación anticipada por buena conducta. Su madre murió sola en un hospital público, angustiada, creyendo que su única hija era una delincuente. Ese pensamiento era una espina clavada en el corazón de Ximena que ni el mejor cirujano podría sacar. Y su padre… bueno, ese hombre era solo un recuerdo borroso, un fantasma que se fue por cigarros hacía veinte años y nunca regresó.

—¿Vas a querer taxi, güerita? —le gritó un taxista desde un “Vocho” verde con blanco que parecía que se iba a desarmar si frenaba de golpe.

Ximena negó con la cabeza, asustada por la voz repentina.
—No, gracias. Voy al metro.

—Ta’ lejos, madre. Súbale, le cobro barato.

Ximena apretó el paso, alejándose. No tenía dinero para taxis. En su bolsillo tintineaban unas pocas monedas y un par de billetes de a veinte pesos que había logrado ahorrar haciendo trabajos de costura y enfermería clandestina dentro del penal. “Tengo que cuidar cada centavo”, se dijo. “La calle es más cara que el tambo”.

Caminó hacia la parada del microbús. El aire olía a smog, a basura quemada y a esa mezcla indescriptible que es el aroma de la Ciudad de México: una mezcla de esperanza y desesperación. Un microbús destartalado, decorado con calcomanías de Piolín y frases como “Si ya sabes que me la paso en la boba, ¿pa’ qué te enamoras?”, se detuvo frente a ella rechinando las balatas.

Ximena subió, pagando su pasaje con dedos temblorosos. El chofer, un tipo gordo con la camisa desabotonada hasta el ombligo y salsa de taco en la barbilla, ni la miró. Ella se deslizó hacia el asiento trasero, junto a la ventana. El vinil del asiento estaba roto y la espuma amarilla se asomaba como una herida infectada. Se sentó y se hizo chiquita, tratando de ocupar el menor espacio posible, un hábito adquirido en la celda compartida con doce mujeres donde el espacio personal era un lujo inexistente.

Mientras el microbús avanzaba, dando tumbos entre los baches que parecían cráteres lunares, Ximena recargó la frente en el cristal vibrante. La ciudad pasaba ante sus ojos como una película rápida y caótica. Gente corriendo, vendedores gritando “¡Lleve la vara, lleve la vara para el selfie!”, niños limpiando parabrisas por una moneda. La vida seguía. El mundo no se había detenido porque Ximena estuviera encerrada. Eso era lo más cruel: darse cuenta de que para el universo, su tragedia no significaba nada.

Y entonces, sin previo aviso, el recuerdo de Carlos la asaltó.

No pudo evitarlo. Pasaron frente a un espectacular publicitario de una marca de relojes caros, y la imagen de un hombre elegante le trajo a la memoria al culpable de su desgracia. Carlos. Maldito seas, Carlos.

Recordó el día que lo conoció. Ella trabajaba cuidando a la señora Olga, una anciana dulce con principios de Alzheimer en la colonia Del Valle. Carlos era el “sobrino lejano” que apareció de la nada. Alto, bien vestido, con ese acento “fresa” que a ella, una chica humilde de Iztapalapa, le parecía tan sofisticado, tan de otro mundo.

—Tienes unas manos hermosas, Ximena —le había dicho él la primera vez que la vio sobarle las piernas a su tía—. Manos que curan.

Qué estúpida había sido. Qué ingenua. Se dejó deslumbrar por las cenas en Polanco, por los regalos que seguramente compraba con dinero robado, por las promesas de una vida mejor. “Tú no mereces estar limpiando colas de viejitos, mi amor. Tú mereces ser la dueña de la clínica”, le decía él, mirándola con esos ojos verdes que mentían tan bien.

Nunca sospechó. O tal vez sí, pero prefirió no ver. Había señales. Las llamadas misteriosas a medianoche, el dinero en efectivo que siempre traía en fajos, los cambios de humor. Pero el amor es ciego, y el amor de una mujer sola y trabajadora que por primera vez se siente una princesa, es doblemente ciego.

La noche del arresto fue la peor de su vida. Carlos le había robado las llaves de las casas de sus pacientes de su bolsa mientras ella se bañaba. Cuando la policía pateó la puerta de su pequeño departamento a las tres de la mañana, Ximena pensó que era una pesadilla. Los gritos, las armas largas apuntándole a la cara, su madre llorando en camisón, suplicando que no se llevaran a su hija.

Y luego, en el Ministerio Público, la traición final. Vio a Carlos esposado en la otra silla. Pensó que él la defendería. Pensó que diría: “Ella no sabe nada, déjenla ir”. Pero cuando el fiscal le preguntó, Carlos la miró con una frialdad reptiliana y dijo:

—Ella me dio las llaves. Ella planeó todo. Yo solo soy el ejecutor, ella es la mente maestra. Es la enfermera, ella sabe dónde guardan las joyas los viejos.

Esa frase. “Ella es la mente maestra”. Esa mentira le costó tres años de su juventud. Tres años de escuchar rejas cerrarse, de comer rancho podrido, de defenderse de las “chaca” del penal que querían robarle los zapatos.

El microbús frenó de golpe, sacándola de sus recuerdos.

—¡Bajan en Iztapalapa centro! —gritó el chofer.

Ximena bajó, sintiendo las piernas entumecidas. Caminó por las calles familiares de su barrio. Aquí no había lujo. Aquí las casas estaban a medio terminar, con las varillas de acero asomando hacia el cielo como brazos pidiendo ayuda. Los perros callejeros ladraban en las esquinas y los murales de la Virgen de Guadalupe decoraban las paredes para proteger a la banda.

Llegó a su edificio, un bloque de departamentos de interés social pintado de un color melón que el sol ya había desteñido hasta dejarlo casi blanco. Subió las escaleras, contando los escalones. Uno, dos, tres… el escalón siete siempre rechinaba. Creeecc. Sí, seguía rechinando. Nada había cambiado, y sin embargo, todo era distinto.

Sacó la llave que le habían guardado en sus pertenencias. Su mano temblaba tanto que tardó casi un minuto en atinarle a la cerradura. Cuando la puerta se abrió, un olor a encierro, a polvo acumulado y a tiempo detenido la golpeó en la cara.

Entró.

El departamento estaba en penumbras. Las cortinas estaban cerradas. Ximena encendió la luz y un foco desnudo en el techo parpadeó antes de iluminar la sala. Todo estaba exactamente como lo recordaba, pero cubierto por una capa gris de polvo. Los tapetes de croché que su madre tejía estaban grises. La televisión vieja, la mesa con el hule de frutas… todo estaba ahí, congelado en el tiempo, como un museo de su vida anterior.

Pero faltaba lo más importante. El silencio era ensordecedor. No se escuchaba la radio con las rancheras de Pedro Infante que a su mamá le encantaban. No estaba el olor a frijoles de olla.

Ximena caminó lentamente hacia la pequeña mesa en la esquina que servía de altar. Allí estaba la urna con las cenizas de su madre, una caja de madera sencilla, junto a una veladora apagada hace mucho tiempo y unas flores de plástico que habían perdido su color.

Las rodillas le fallaron. Cayó al suelo, no como una mujer fuerte, sino como una niña perdida.

—Perdóname, mamita… —susurró, y su voz se quebró en un sollozo gutural, un aullido que llevaba guardando tres años—. Perdóname por no estar aquí. Perdóname por ser tan tonta. Perdóname por dejarte morir sola. ¡Perdóname, jefa!

Lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Lloró la injusticia, lloró la vergüenza, lloró el tiempo perdido. Lloró por la Ximena que era antes, la chica alegre que creía en el amor, y que había muerto en esa celda para dar paso a esta nueva mujer, rota y recelosa.

Pero Ximena tenía algo que Carlos nunca tendría: dignidad. Y tenía las enseñanzas de “La Madrina”, esa vieja homicida que la adoptó en la cárcel y le enseñó a sobrevivir. “Mija, cuando sientas que te ahogas, no patalees a lo pendejo. Flota. Y cuando agarres aire, nada como tiburón”.

Se levantó del suelo, limpiándose la cara con el dorso de la mano sucia. Se miró en el espejo manchado del pasillo. Vio a una mujer de treinta años que parecía de cuarenta. Ojeras profundas, piel pálida por falta de sol, cabello opaco. Pero sus ojos… sus ojos brillaban con una furia fría.

—Se acabó la chilladera, Ximena —dijo en voz alta, y su voz resonó en el departamento vacío—. Ya lloraste. Ahora a chingarle. No te van a ver derrotada. Ni Carlos, ni el juez, ni el diablo.

Se quitó la ropa de la cárcel, sintiendo asco al tocar la tela. La metió en una bolsa de basura para tirarla después. Se metió a la regadera. El agua estaba helada porque no había gas, pero no le importó. Talló su piel con el estropajo hasta dejarla roja, queriendo arrancarse el olor a penal, el olor a miedo, el olor a fracaso.

Salió del baño temblando de frío, pero sintiéndose un poco más humana. Se puso unos jeans viejos que encontró en su armario y una camiseta de su madre que aún conservaba, muy levemente, su olor a lavanda.

Llenó una cubeta con agua. No tenía jabón bueno, solo un poco de detergente en polvo que se había hecho piedra en la bolsa. Empezó a limpiar. Barrió, trapeó, sacudió. Limpió como si al quitar el polvo pudiera borrar el pasado. Talló el piso de rodillas hasta que le dolieron las articulaciones, pero ese dolor era bueno. Era un dolor limpio, un dolor de trabajo, no de castigo.

Pasaron los días. La comida se acababa. Los pocos pesos se esfumaron en tortillas, huevos y pasajes. Ximena salió a buscar trabajo.

Fue a clínicas, a consultorios, a agencias de enfermería. En todos lados la misma historia.

—Tiene muy buen currículum, señorita Ximena. Sus referencias técnicas son impecables —decía el entrevistador de turno, mirando sus papeles—. Pero… necesitamos la Carta de Antecedentes No Penales actualizada.

Y ahí se acababa todo. En cuanto Ximena sacaba el papel que decía “Robo Calificado”, las sonrisas se borraban. Las miradas cambiaban de interés a desconfianza y luego a desprecio.

—Nosotros le llamamos.
—La plaza ya se ocupó.
—No contratamos gente con… su perfil.

Una tarde, regresó a casa con el estómago pegado a la espalda de hambre y el corazón hecho pedazos. Se sentó en la banqueta, afuera de su edificio, viendo pasar a la gente. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver a robar? No, nunca. ¿Pedir limosna? Prefería morirse.

Sonó el teléfono público de la esquina. Nadie contestaba. Ximena, por inercia, se acercó. No era el público, era su celular viejo que había logrado reactivar con 20 pesos de saldo, sonando en su bolsillo.

Era Mariana.

Mariana había sido su compañera en la escuela de enfermería. Una chica alegre, chismosa, pero de buen corazón.

—¿Bueno? —contestó Ximena con voz apagada.

—¡Pinche Ximena! ¡Hasta que te dignas a prender el celular! —la voz de Mariana chilló al otro lado—. Ya me contaron las del barrio que te vieron. ¿Por qué no me hablas, cabrona? ¿Te da pena o qué?

—No es pena, Mariana… es que… —Ximena no sabía qué decir.

—Cállate la boca. Sé todo. Sé que saliste, sé que estás jodida y sé que necesitas chamba. Deja de hacerte la mártir y ven a mi casa ahorita. Tengo un café caliente y un chisme que te va a interesar. Y más te vale que vengas, porque se trata de mucha lana.

—¿Lana? —Ximena sintió una chispa de interés.

—Mucha lana, amiga. Pero el trabajo es un infierno. Es cuidar al hijo de un millonario en Las Lomas. Dicen que el tipo está loco, que es un monstruo. Pero pagan en dólares, o casi.

Ximena miró al cielo gris de Iztapalapa. Un monstruo. Un millonario loco. Sonaba peligroso. Pero luego miró sus zapatos rotos y sintió el hueco en su estómago.

—Voy para allá —dijo Ximena.

No sabía que esa llamada era el inicio de algo mucho más grande que un simple trabajo. No sabía que estaba a punto de entrar en la boca del lobo, y que ese lobo, ese “monstruo” paralítico, tenía cicatrices tan profundas como las suyas.

CAPÍTULO 2: LA ENTREVISTA CON EL DIABLO Y EL ÁNGEL CAÍDO

El trayecto desde Iztapalapa hasta Las Lomas de Chapultepec es más que un simple recorrido geográfico de veinte kilómetros; es un viaje interplanetario. Es cruzar la frontera invisible pero electrificada que divide al México de los olvidados del México de los intocables.

Ximena se bajó del metro en la estación Auditorio, sintiendo cómo el aire cambiaba. Abajo, en los túneles del metro, el aire era denso, caliente, una sopa de sudor humano y garnacha frita. Al salir a la superficie en Paseo de la Reforma, el aire se sentía extrañamente más ligero, aunque igual de contaminado. Pero aquí, el smog se mezclaba con el olor a gasolina de alto octanaje de las camionetas blindadas y el perfume caro de las señoras que paseaban perros que comían mejor que ella.

Mariana le había prestado dinero para el pasaje y le había dado instrucciones precisas: “Toma el camión que sube por Palmas, bájate en la iglesia y camina dos cuadras. No te pierdas, Xime, porque ahí la policía te detiene nada más por caminar despacio y tener cara de pobre”.

Ximena caminaba apretando su bolsa contra el pecho. Se había puesto su mejor ropa: un pantalón negro de vestir que le quedaba un poco holgado por la pérdida de peso en prisión y una blusa blanca, planchada con tanto esmero que las líneas parecían filos de navaja. Quería verse profesional, quería ocultar bajo la ropa almidonada a la ex convicta temblorosa que llevaba dentro. Pero sus zapatos… sus zapatos la delataban. Eran unos mocasines viejos, desgastados en el talón, que había intentado lustrar con betún barato, pero que gritaban “miseria” a cada paso.

Las calles de Las Lomas eran anchas, arboladas y aterradoras por su silencio. No había puestos de tacos, no había música de sonidero, no había niños jugando fútbol en la calle. Solo había muros. Muros altos de piedra volcánica, muros cubiertos de hiedra venenosa, muros coronados con cercas eléctricas que zumbaban bajito, como avispones esperando atacar. Detrás de esos muros vivía la gente que manejaba el país, y ahora, Ximena iba a pedirles permiso para limpiarles la cola.

Se detuvo frente al número que Mariana le había anotado en un papelito arrugado. No era una casa; era una fortaleza. Un portón negro de acero sólido, de tres metros de altura, bloqueaba la vista. Cámaras de seguridad, negras y redondas como ojos de insecto, giraron lentamente para enfocarla.

Ximena tragó saliva. Sintió el impulso de dar la media vuelta y correr. “¿Qué haces aquí, Ximena? Te van a pedir la carta de antecedentes. Se van a dar cuenta. Van a llamar a la patrulla”. El miedo, ese viejo compañero de celda, le susurró al oído. Pero luego pensó en su madre, en la tumba sin lápida, en el departamento vacío y lleno de polvo. Apretó los puños.

Tocó el timbre.

—¿Sí? —una voz metálica y distorsionada salió del interfón.

—Soy… soy Ximena. Vengo de parte de Mariana. Para la entrevista de enfermería.

Hubo un silencio largo. Ximena sudaba frío.

—Identificación a la cámara.

Ximena sacó su INE. Rezó para que no notaran que la dirección era de una zona roja.

El portón emitió un zumbido grave y se abrió lentamente, revelando un camino de adoquines grises flanqueado por jardines que parecían recortados con tijeras de manicura. Un guardia de seguridad privada, vestido con un traje táctico que parecía de policía federal, la esperaba con una tabla de registro en la mano. Tenía una pistola en el cinto. Ximena se estremeció. Odiaba las armas. Le recordaban la noche del arresto.

—Pase, señorita. El señor Montemayor la espera en el despacho. Siga al mayordomo.

Un hombre mayor, vestido de negro impecable, con guantes blancos (¿de verdad usaban guantes blancos o estaba alucinando?), apareció en la entrada principal. La casa era obscenamente grande. Columnas de mármol, ventanales de doble altura, una fuente en la entrada que costaba más que todo el edificio donde vivía Ximena.

—Por aquí —dijo el mayordomo, sin mirarla a los ojos. Para él, ella era transparente. Solo un servicio más.

Entraron. El interior olía a madera vieja, a cera para pisos y a flores frescas. El silencio adentro era eclesiástico. Sus pasos sobre el mármol resonaban tac, tac, tac, un sonido solitario en la inmensidad del vestíbulo.

El mayordomo abrió una puerta doble de caoba tallada.

—El señor la recibirá ahora.

Ximena entró al despacho. Era una habitación oscura, con cortinas pesadas de terciopelo que bloqueaban el sol. Las paredes estaban forradas de libros que parecían no haber sido leídos nunca. Detrás de un escritorio gigantesco, que parecía la proa de un barco, estaba sentado un hombre.

Don Rogelio Montemayor.

Tenía el cabello completamente blanco, peinado hacia atrás, y un rostro surcado por arrugas profundas que no eran de risa, sino de tensión. Vestía un chaleco de lana gris y camisa azul. No se levantó. No sonrió. Sus ojos, de un gris acero penetrante, se clavaron en Ximena como dos taladros. Estaba fumando un puro, y el humo azulado flotaba alrededor de su cabeza como una corona tóxica.

—Siéntate —ordenó. Su voz era grave, rasposa, acostumbrada a mandar.

Ximena se sentó en la orilla de una silla de piel que se sentía demasiado suave, demasiado cómoda. Puso las manos sobre sus rodillas para que no se notara que le temblaban.

Don Rogelio no habló de inmediato. Abrió una carpeta que estaba sobre el escritorio. Ximena reconoció la fotocopia de su currículum que le había dado a Mariana.

—Ximena… —leyó él lentamente—. Tienes treinta años. Egresada del Politécnico con mención honorífica. Especialista en geriatría y rehabilitación física. Trabajaste cinco años en el Hospital General y tres años cuidando particulares.

Hizo una pausa dramática. Levantó la vista.

—Y luego… un hueco de tres años. Tres años en blanco en tu historial laboral. Desde el 2023 hasta hoy.

El corazón de Ximena se detuvo. El aire se atoró en su garganta. Ahí estaba. La pregunta. El fin.

—Yo… —Ximena intentó hablar, pero la voz le salió como un hilo—. Tuve… problemas familiares, señor. Tuve que cuidar a mi madre. Estaba muy enferma.

Era una verdad a medias. Una mentira piadosa.

Don Rogelio soltó una risa seca, sin alegría. Le dio una calada profunda a su puro y expulsó el humo hacia el techo.

—No me mientas, niña. Tengo amigos en la fiscalía. Sé leer a la gente. Tienes esa mirada.

Ximena se congeló. Ya sabe. Me va a correr.

—La mirada del que ha estado encerrado —continuó Don Rogelio, bajando la voz—. La mirada del perro apaleado que todavía tiene dientes para morder si lo acorralan.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La luz de la lámpara iluminó su rostro, revelando una desesperación oculta bajo la máscara de arrogancia.

—Escúchame bien. No me importa dónde estuviste estos tres años. No me importa si robaste, si mataste o si te fuiste de monja al Tíbet. Me importa un carajo tu carta de antecedentes no penales. Esos papeles son para las empresas mediocres de recursos humanos.

Ximena parpadeó, confundida. ¿Estaba escuchando bien?

—Mi hijo, Julián… —la voz de Don Rogelio cambió. Se volvió más humana, cargada de un dolor antiguo—. Julián es un caso perdido para los médicos normales. Está paralítico de la cintura para abajo. Accidente de auto. Pero ese no es el problema. El problema es que su alma está podrida. Se ha convertido en un monstruo. Ha escupido a enfermeras, ha lanzado platos de sopa hirviendo a los cuidadores, ha hecho llorar a ex militares. Nadie le dura más de una semana.

Don Rogelio se puso de pie y caminó hacia la ventana, dándole la espalda a Ximena.

—Necesito a alguien que no se rompa. Alguien a quien la vida ya haya golpeado tan fuerte que los insultos de un niño rico le resbalen. Alguien que necesite el dinero con tanta desesperación que esté dispuesta a aguantar el infierno con tal de cobrar el cheque.

Se giró bruscamente y la señaló con el dedo, el puro humeante en la mano.

—Tú tienes hambre, Ximena. Lo veo en tus zapatos, lo veo en tus manos, lo veo en tus ojos. Tienes hambre de dinero y hambre de redención. La pregunta es: ¿tienes los ovarios para aguantar a mi hijo? Porque si vas a salir corriendo llorando al primer grito, mejor vete ahorita. No tengo tiempo para dramas.

Ximena sintió una extraña mezcla de ofensa y alivio. Este hombre la estaba insultando, la estaba llamando “perro apaleado”, pero le estaba ofreciendo una oportunidad. Y tenía razón. Tenía hambre. Mucha hambre.

Levantó la barbilla. Recordó a “La Madrina” en el patio de la cárcel, diciéndole: “Nunca bajes la cabeza ante nadie, mija, a menos que sea para agarrar impulso y darle un cabezazo”.

—No soy un perro, señor Montemayor —dijo Ximena con voz firme, sorprendiéndose a sí misma—. Soy enfermera. Y soy muy buena en lo que hago. He lidiado con cosas peores que un joven malcriado. Si usted paga lo que dice Mariana que paga, yo me encargo de que su hijo no se llague, coma y haga sus ejercicios. Lo que salga de su boca me tiene sin cuidado. Las palabras no rompen huesos.

Don Rogelio la miró durante unos segundos eternos. Luego, una leve sonrisa torció su boca.

—Bien. Me gusta. Tienes agallas.

Escribió una cifra en un papel y se lo deslizó por el escritorio.

—Ese es tu sueldo mensual. Pagos quincenales. Tienes seguro, cuarto propio y comida. Descansas un día a la semana, pero vives aquí. ¿Trato?

Ximena miró la cifra. Era obscena. Era más de lo que ganaba en un año antes de la cárcel. Con dos meses de eso, pagaba la lápida de su madre y arreglaba el departamento.

—Trato —dijo ella.

—¡Eloísa! —gritó Don Rogelio hacia la puerta, sin usar el teléfono.

La puerta se abrió casi al instante. Entró una mujer bajita, regordeta, con un uniforme gris y un delantal blanco inmaculado. Tenía cara de abuela bondadosa, pero sus ojos eran vivos y alertas.

—Dígame, señor.

—Ella es Ximena. La nueva. Llévala a su cuarto, dale uniformes y enséñale la casa. Que empiece hoy mismo. Y preséntala con mi esposa y con Julián.

—Sí, señor. Acompáñeme, niña.

Ximena se levantó. Don Rogelio ya había vuelto a sus papeles, ignorándola de nuevo. Para él, la transacción estaba completa. Había comprado un escudo humano para su hijo.

Ximena siguió a Eloísa por los pasillos laberínticos de la mansión. La casa era un museo de excesos. Cuadros al óleo, jarrones chinos, alfombras persas. Todo gritaba dinero, pero se sentía frío, vacío. No era un hogar, era una escenografía.

—No te asustes por el patrón, mijita —le susurró Eloísa mientras subían una escalera de servicio—. Ladra mucho, pero en el fondo está desesperado. Adora a ese muchacho, aunque no sepa cómo demostrarlo.

Llegaron al área de servicio. La habitación de Ximena era pequeña comparada con el resto de la casa, pero para ella era un palacio. Tenía una cama individual con colcha limpia, un baño privado con agua caliente (¡agua caliente a voluntad!) y una ventana que daba al jardín trasero.

—Aquí tienes los uniformes —Eloísa le entregó tres juegos de filipinas y pantalones blancos—. Cámbiate. Deja tu ropa en el armario. Aquí, niña, lo que pasa afuera se queda afuera. En esta casa se ve, se oye y se calla. Es la regla de oro. ¿Entendido?

—Entendido, Doña Eloísa.

Ximena se quedó sola. Se quitó la ropa de calle. Al verse en el espejo con el uniforme blanco, limpio y nuevo, sintió que recuperaba un pedazo de su alma. Se recogió el cabello en un chongo apretado, se lavó la cara y respiró hondo.

—Tú puedes, Ximena. Eres enfermera. Esto es lo que eres.

Cuando salió, Eloísa la llevó a la sala principal. El sol empezaba a caer y la luz dorada de la tarde entraba por los ventanales gigantes. En un sofá de terciopelo color crema estaba sentada una mujer joven, no mucho mayor que Ximena.

Era Elena, la esposa de Don Rogelio.

Era bellísima. Rubia, delgada, con esa elegancia natural de quien nunca ha tenido que preocuparse por pagar la renta. Leía una revista de modas y bebía té de una taza de porcelana tan fina que parecía transparente.

—Señora Elena —anunció Eloísa—, ella es Ximena, la nueva enfermera de Julián.

Elena levantó la vista y sonrió. Su sonrisa era cálida, genuina, pero había algo triste en sus ojos azules.

—Hola, Ximena. Bienvenida al manicomio —dijo Elena con un tono de complicidad, dejando la revista a un lado—. Qué bueno que llegaste. La última enfermera salió corriendo ayer a media noche. Julián le aventó el orinal.

Ximena alzó una ceja.

—Vengo preparada, señora.

—Por favor, dime Elena. Aquí todos somos víctimas del mal genio de los hombres de esta casa —Elena suspiró—. Mira, Ximena, te voy a ser sincera. Julián me odia. Dice que soy una cazafortunas, que me casé con su papá por interés. Y bueno, Rogelio es… difícil. Pero Julián, antes del accidente, era un sol. La amargura se lo comió vivo. Solo te pido que le tengas paciencia. Mucha paciencia. En el fondo, es un niño asustado que no puede moverse.

—Haré mi trabajo, señora Elena. No se preocupe.

En ese momento, un zumbido eléctrico cortó la conversación. Zzzzzzz.

Ximena giró la cabeza. Por una rampa lateral que conectaba con el pasillo de las habitaciones, apareció una silla de ruedas motorizada de última generación. Negra, cromada, parecía un pequeño tanque.

Y en ella, el “monstruo”.

Julián Montemayor.

Ximena contuvo el aliento. Esperaba ver a un ogro deforme, pero lo que vio la desconcertó. Julián era guapo. Terriblemente guapo. Tenía los mismos rasgos fuertes de su padre, pero suavizados por la juventud. Cabello negro, rizado, un poco largo y despeinado. Pero su rostro… su rostro era una máscara de odio puro. Tenía ojeras marcadas y una palidez enfermiza de quien no ha visto el sol en meses. Vestía unos pantalones de pijama de seda y una camiseta negra. Sus piernas, inertes, descansaban sobre los soportes de la silla.

Se detuvo en medio de la sala. Sus ojos negros recorrieron a Ximena de arriba abajo con un desprecio tan palpable que se sentía como una bofetada. No la miró como a una mujer, ni siquiera como a una persona. La miró como se mira a una mancha en la alfombra.

—Otra —dijo Julián. Su voz era seca, cortante—. Mi padre no se cansa de tirar el dinero.

—Julián, por favor… —empezó Elena.

—Tú cállate, postiza —le espetó él sin mirarla—. Nadie te dio vela en este entierro.

Luego, clavó sus ojos en Ximena. Avanzó con la silla hasta quedar a medio metro de ella. Olía a colonia cara, a medicina y a sudor agrio de encierro.

—Y tú… —dijo con asco—. ¿De dónde te sacaron? Tienes cara de que vienes de robar en el metro. ¿Cuánto te van a pagar? ¿Sabes limpiar culos? Porque eso es lo único que vas a hacer aquí hasta que te largues llorando como la otra estúpida.

Ximena sintió que la sangre le subía a la cara. El insulto fue directo. Sus manos se cerraron en puños a los costados. Tres años de cárcel le habían enseñado a pelear, a defenderse. Su instinto le gritaba que le soltara un golpe en esa cara bonita y amargada.

Pero respiró. Uno, dos, tres… piensa en el dinero. Piensa en tu mamá.

Ximena relajó las manos. Se irguió cuan alta era. No retrocedió ni un milímetro. Lo miró directo a los ojos, con esa frialdad clínica que usaba con los drogadictos en abstinencia dentro del penal.

—Buenas tardes, Joven Julián —dijo con voz calmada, pero con un filo de acero—. Me llamo Ximena. Y sí, sé limpiar lo que haga falta. También sé inyectar, curar llagas y hacer que gente que se cree muy ruda llore con un masaje de rehabilitación.

Julián se sorprendió. Esperaba miedo. Esperaba sumisión. No esperaba esa respuesta.

—¡Vaya, la gata tiene garras! —se burló él, soltando una risotada cruel—. ¿Te crees muy valiente? Ya veremos cuánto duras. ¡Lárgate de mi vista! ¡Quiero estar solo!

Julián manipuló el joystick de su silla para dar la vuelta y marcharse, golpeando “accidentalmente” la espinilla de Ximena con la rueda.

El dolor fue agudo. Ximena no gritó. Pero algo dentro de ella hizo “clic”. Se acabó la cortesía.

Con un movimiento rápido, Ximena dio un paso adelante y, antes de que Julián pudiera acelerar, accionó la palanca de desbloqueo manual de las ruedas traseras de la silla eléctrica. La silla se detuvo en seco, apagando el motor.

Julián sacudió el control.

—¿Qué carajos…? ¡Se trabó esta porquería!

—No se trabó —dijo Ximena, poniéndose detrás de la silla y agarrando los manubrios con fuerza—. Yo la apagué.

Julián giró la cabeza, furioso, con los ojos desorbitados.

—¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Toca esa silla y te juro que te mato!

—Usted no va a matar a nadie, joven —dijo Ximena, empujando la pesada silla con fuerza hacia el pasillo—. Usted tiene una revisión médica pendiente. Y yo tengo un trabajo que hacer. En esta casa, yo soy la autoridad médica. Usted es el paciente. Y mientras yo traiga este uniforme, se hace lo que yo digo.

—¡Papá! ¡Elena! ¡Quítenme a esta loca de encima! —gritó Julián, pataleando inútilmente con su torso, mientras sus piernas colgaban inertes.

Elena miraba la escena con la boca abierta, entre el horror y la admiración. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a tocar a Julián sin su permiso.

—¡Cállese la boca! —le ordenó Ximena mientras lo empujaba por el pasillo—. Gasta mucha energía gritando. Mejor guárdela para la terapia, porque le va a doler.

—¡Te voy a destruir! —bramaba él—. ¡Eres una muerta de hambre! ¡Una… una…!

—Sí, sí, lo que usted diga —dijo Ximena, doblando la esquina hacia el consultorio—. Pero ahora, a trabajar.

Y mientras empujaba la silla hacia el destino de ambos, Ximena sintió una extraña chispa de vida. Por primera vez en tres años, no era la víctima. Tenía el control. Y ese muchacho grosero, ese “monstruo”, iba a conocer a la verdadera Ximena. La guerra había comenzado, y Ximena no planeaba perderla.


PARTE 2

CAPÍTULO 3: LA GUERRA DE LOS ORGULLOS Y EL DOLOR QUE DESPIERTA

El consultorio privado de la mansión Montemayor era más grande y estaba mejor equipado que la sala de urgencias de cualquier hospital público donde Ximena hubiera trabajado. Había monitores de signos vitales de última generación, una cama de exploración eléctrica, estantes de cristal repletos de medicamentos importados y un olor a antiséptico con fragancia a lavanda que intentaba disfrazar la realidad: que ese lugar era una jaula de oro para un león herido.

Ximena empujó la silla de ruedas con determinación, ignorando los manotazos de Julián que intentaba frenar las ruedas con sus manos, quemándose la piel contra la goma en el proceso.

—¡Suéltame, maldita sea! ¡Te dije que me sueltes! —gritaba él, con la cara roja de ira y vergüenza. Para un hombre que había sido el rey de las fiestas, el atleta, el conquistador, ser arrastrado por una mujer desconocida era la humillación suprema.

Ximena no se detuvo hasta que estuvieron dentro. Cerró la puerta con un golpe seco y, sin dudarlo, giró el seguro. Clac. El sonido resonó como un disparo en la habitación insonorizada.

Se recargó contra la puerta, cruzándose de brazos, respirando agitadamente pero manteniendo el rostro inexpresivo.

—Ya estamos aquí —dijo ella, con esa calma peligrosa que antecede a la tormenta—. Ahora sí, grite todo lo que quiera. Aquí nadie lo va a oír. Y yo no me voy a ir hasta que terminemos su revisión.

Julián giró la silla violentamente para encararla. Sus ojos negros brillaban con lágrimas de rabia contenida.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —siseó él, bajando la voz a un tono venenoso—. Estás despedida. Estás muerta en esta ciudad. Voy a hacer que mi padre te boletine. No vas a volver a limpiar ni un baño en una gasolinera. ¡Eres una igualada! ¡Una gata de barrio que se cree doctora!

Ximena sintió el insulto como un latigazo. “Gata”. Cuántas veces había escuchado esa palabra. En la cárcel, las “fresas” que caían por fraude se lo decían a las que venían por robo. Afuera, la gente rica se lo decía a la gente como ella. Pero Ximena ya no era la chica que bajaba la cabeza.

Se despego de la puerta y caminó lentamente hacia él. Sus pasos eran silenciosos gracias a las suelas de goma, lo que la hacía parecer un depredador acechando.

—Mire, “Joven” Julián —dijo, haciendo comillas con los dedos al pronunciar el título—. Ahorita, en este cuarto, su dinero no sirve de nada. Su papá no está aquí. Sus abogados no están aquí. Solo estamos usted, yo y sus piernas muertas.

Julián se echó hacia atrás en la silla, sorprendido por la crudeza de sus palabras. Nadie, nunca, se atrevía a mencionar sus piernas así. Todos usaban eufemismos: “su condición”, “el accidente”, “la lesión”. Ximena le aventó la verdad a la cara sin anestesia.

—¿Cómo te atreves…? —balbuceó él.

—Me atrevo porque me pagan para que usted no se pudra en esa silla —lo cortó ella—. Usted tiene dos opciones, principito. Opción A: Sigue haciendo su berrinche, me avienta cosas, me insulta y perdemos dos horas peleando. Al final, lo voy a revisar igual, porque soy más terca que una mula. Opción B: Se calla la boca, coopera, terminamos en veinte minutos y lo dejo en paz para que siga llorando por su ex novia en su cuarto.

La mención de la ex novia fue un golpe bajo. Julián palideció.

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada de Vanessa!

—Sé lo suficiente. Sé que lo dejó tirado y que usted, en lugar de demostrarle que es un chingón que puede salir adelante, se dedica a amargarle la vida a su madrastra y a las enfermeras. ¡Qué valiente! —Ximena soltó una risa sarcástica—. Muy hombre para gritarle a las mujeres, pero muy cobarde para enfrentar su realidad.

Julián, ciego de furia, agarró lo primero que tuvo a la mano: una charola de acero inoxidable con gasas y tijeras que estaba en una mesa auxiliar. La lanzó con todas sus fuerzas hacia la cabeza de Ximena.

El objeto voló girando en el aire. Ximena, con reflejos agudizados por años de esquivar golpes en el patio del penal, apenas ladeó la cabeza. La charola se estrelló contra la pared detrás de ella con un estruendo metálico, y las tijeras cayeron al suelo tintineando.

Ximena no parpadeó. Ni se movió. Se quedó mirándolo fijamente, con los ojos oscuros y profundos como un pozo.

—Tiene buena puntería —dijo con voz gélida—. Lástima que la desperdicie.

Se agachó lentamente, recogió las tijeras y la charola, y las puso de nuevo en su lugar con una delicadeza exagerada. Luego, comenzó a preparar una jeringa con complejo B y analgésicos. Rompió la ampolleta con un crac experto, succionó el líquido ámbar y le dio unos golpecitos a la jeringa para sacar el aire.

Se acercó a él con la aguja en alto.

Julián la miró, y por primera vez, hubo un destello de duda en sus ojos. Esa mujer no era normal. No reaccionaba como las demás. No lloraba, no se asustaba, no corría.

—¿Qué… qué me vas a hacer? —preguntó él, intentando sonar desafiante, pero con un hilo de nerviosismo.

—Le voy a poner su vitamina. Y le voy a revisar la espalda para ver si no tiene úlceras por presión. Así que, bájese el pantalón o se lo bajo yo. Y créame, no tengo delicadeza.

Julián apretó los dientes. El orgullo le impedía obedecer, pero el miedo a que esa loca cumpliera su amenaza lo paralizaba.

—Aléjate de mí —advirtió.

Ximena se detuvo a un paso de él. Bajó la jeringa y suspiró.

—¿De qué tiene miedo, Julián? —preguntó, cambiando el tono. Ya no era burla, era curiosidad genuina—. ¿Cree que le voy a hacer daño?

—No te tengo miedo a ti, gata —escupió él.

—Sí, sí me tiene. Me tiene miedo porque no sabe quién soy. Me tiene miedo porque no bajo la cabeza. —Ximena se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal—. Usted cree que ha sufrido mucho, ¿verdad? Cree que la vida es injusta.

—¡Lo es! —gritó él—. ¡Mírame! ¡Tengo 25 años y no puedo ir al baño solo! ¡Tenía todo y ahora no soy nada!

—Usted está sentado en una silla de diez mil dólares, en una casa con calefacción, comiendo tres veces al día —dijo Ximena suavemente—. Yo pasé los últimos tres años durmiendo en una plancha de cemento, comiendo frijoles con gorgojos y cuidando mi espalda para que no me picaran con un cepillo de dientes afilado mientras dormía.

El silencio cayó sobre el consultorio como una manta pesada. Julián se quedó con la boca abierta, procesando la información.

—¿Qué dijiste?

—Dije que vengo de la cárcel, Julián —Ximena lo soltó. Así, sin adornos. Era su carta de triunfo, o su sentencia de despido. Pero necesitaba nivelar el terreno—. Salí hace una semana. Santa Martha Acatitla. Por robo calificado. Inocente, por cierto, pero eso allá adentro no importa. Allá adentro importa sobrevivir.

Julián la miró como si le hubieran salido dos cabezas.

—¿Eres… una criminal?

—Soy una sobreviviente. Igual que usted. —Ximena le sostuvo la mirada—. Yo perdí a mi madre mientras estaba encerrada y no pude despedirme. Perdí mi casa, perdí mi nombre. A usted le quitaron las piernas y a la novia. A mí me quitaron la vida entera. Así que no me venga con cuentos de que su dolor es más grande que el del mundo. Aquí todos cargamos costales, joven. El suyo pesa, sí. Pero el mío también.

Julián no supo qué decir. Su burbuja de autocompasión acababa de ser pinchada por una aguja de realidad brutal. Esa enfermera “naca”, esa “gata”, había vivido en el infierno. Y estaba ahí, parada, sin llorar.

—Ahora —dijo Ximena, recuperando su tono profesional como si no hubiera confesado nada—, gírese. Vamos a poner esa inyección.

Julián, aturdido, obedeció mecánicamente. Se inclinó hacia adelante. Sintió el algodón frío con alcohol en su cadera, y luego el piquete. Ximena tenía mano ligera. Apenas dolió.

Cuando terminó, Ximena tiró la jeringa en el contenedor rojo.

—Listo. Ahora la terapia física.

—No —dijo Julián, recuperando un poco de su compostura—. Los terapeutas vienen los martes y jueves. Hoy es lunes. No me toca. Además, sus terapias no sirven. Solo me mueven las piernas como muñeco de trapo y me cobran una fortuna.

—Esos son los terapeutas de libro —dijo Ximena, arremangándose la filipina hasta los codos, revelando unos brazos delgados pero fibrosos—. Yo tengo mi propio método. Lo inventé en la cárcel, con las señoras que tenían ciática de tanto dormir en el suelo. Es diferente.

—¿Diferente cómo?

—Diferente porque duele —dijo ella con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Sus nervios no están muertos, Julián, están dormidos. Están en coma profundo. Si los acariciamos, no despiertan. Hay que gritarlos. Hay que sacudirlos.

Se acercó a la camilla.

—Súbase. O lo subo yo.

Julián, movido por una mezcla de curiosidad mórbida y el deseo de no dejarse intimidar por la ex presidiaria, se impulsó con sus fuertes brazos y se transfirió de la silla a la camilla con un movimiento fluido. A pesar de la parálisis, su torso era poderoso, resultado de años de natación antes del accidente.

Ximena tomó un frasco de aceite de árnica que ella misma había traído (el aceite caro de la casa olía demasiado bien y no calentaba el músculo). Se frotó las manos para calentarlas.

—Va a doler —advirtió de nuevo—. Si quiere llorar, llore. No le voy a contar a nadie. Pero no me pida que pare. Porque si paro, perdemos.

—Haz lo que quieras —desafió él, apretando los dientes—. No voy a llorar por un masajito.

Ximena comenzó.

No fue un masaje relajante. Fue un ataque.

Sus dedos, fuertes y expertos, se clavaron en los músculos atrofiados de las pantorrillas de Julián. Buscaba los puntos gatillo, los nudos profundos, las conexiones nerviosas olvidadas. Presionaba con los nudillos, arrastraba los pulgares con fuerza bruta, separando las fibras musculares.

Julián jadeó. Al principio no sintió mucho, solo la presión mecánica. Pero luego, Ximena subió hacia los muslos, hacia la zona donde la lesión había cortado la señal, pero donde aún quedaban “ecos” de sensibilidad.

Ella encontró un punto en el nervio ciático y presionó con saña.

—¡Aghhh! —Julián soltó un grito ahogado.

—¿Sintió eso? —preguntó Ximena sin detenerse, sudando por el esfuerzo.

—¡Me estás lastimando, estúpida! —gritó él, intentando empujarla.

—¡No! —Ximena le apartó las manos—. ¡No lo estoy lastimando, lo estoy despertando! ¡Ese dolor es bueno! ¡Si duele es porque hay vida!

Siguió trabajando. Manipulaba las piernas, doblándolas hacia el pecho de Julián hasta el límite de la articulación, estirando los tendones acortados. Julián sentía como si le estuvieran arrancando las piernas, pero al mismo tiempo, sentía una corriente eléctrica, un hormigueo caliente que no había sentido en meses. Era una tortura exquisita.

Julián cerró los ojos, apretando las mandíbulas hasta que le dolieron las muelas. El sudor le corría por la frente. Quería gritarle que parara, quería golpearla, pero su orgullo de macho herido se lo impedía. No iba a llorar frente a ella. No le iba a dar el gusto.

Ximena lo observaba mientras trabajaba. Veía la mueca de dolor, veía cómo se le marcaban las venas del cuello. Y lo respetó. Cualquier otro niño rico hubiera pedido a gritos a su mamá. Él aguantaba.

—Eso es… —jadeaba Ximena, aplicando presión en la planta de los pies—. Aguante, Julián. No se raje.

Estuvieron así cuarenta minutos. Fue una batalla campal silenciosa. Ella contra la atrofia. Él contra el dolor. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el cuarto.

Finalmente, Ximena se detuvo. Estaba empapada en sudor, con mechones de cabello pegados a la frente. Julián estaba tirado en la camilla, exhausto, como si hubiera corrido un maratón.

Ximena tomó una toalla y se secó las manos. Luego, tomó otra y, con un gesto inesperadamente suave, le secó el sudor de la frente a Julián.

Él abrió los ojos. Estaban rojos, pero ya no tenían ese odio asesino. Tenían confusión.

—Estás loca… —murmuró él, con voz ronca.

—Puede ser —admitió ella—. Pero dígame la verdad. ¿Sintió el hormigueo?

Julián se quedó callado un momento. Miró sus pies inmóviles. Todavía sentía un eco fantasma, una vibración cálida que recorría sus dedos. No era movimiento, pero no era la nada fría de siempre.

—Un poco —admitió a regañadientes.

Ximena sonrió. Una sonrisa verdadera, cansada pero satisfecha.

—Mañana a la misma hora. Y mañana le voy a dar más duro.

Ayudó a Julián a pasarse a la silla. Él no se resistió esta vez. Se dejó ayudar. Había una tregua tácita. No eran amigos, ni de lejos. Pero se habían medido las fuerzas y ninguno había salido corriendo.

Al salir del consultorio, se encontraron con Don Rogelio en el pasillo. El patriarca los miró con sorpresa. Esperaba encontrar gritos, llanto o a la enfermera renunciando. En cambio, vio a su hijo despeinado y sudado, pero tranquilo, y a Ximena empujando la silla con la cabeza en alto.

—¿Todo bien? —preguntó Don Rogelio, arqueando una ceja poblada.

—Todo bien, patrón —dijo Ximena—. Su hijo es un chillón, pero aguanta vara.

Julián soltó un bufido, pero no la contradijo.

—Ella es una salvaje, papá —dijo Julián, mirando hacia el frente—. Tiene manos de albañil. Pero… creo que sabe lo que hace. Que se quede. Por ahora.

Don Rogelio ocultó una sonrisa de satisfacción.

—Bien. Vamos a cenar.

Los días siguientes se convirtieron en una extraña rutina bélica. Las mañanas eran de insultos. Julián criticaba la ropa de Ximena, su forma de hablar, su origen humilde.
—Oye, “Reina del Sur”, ¿hoy qué vamos a comer? ¿Tacos de canasta o ya aprendiste a usar los cubiertos? —decía él mientras desayunaba.

Ximena no se quedaba callada.
—Vamos a comer lo que cocinó Doña Eloísa, y usted se lo va a tragar calladito si no quiere que le ponga un supositorio en lugar de la inyección. Y por cierto, se le está cayendo la baba, “Don Juan”.

Se insultaban con creatividad. Era su forma de comunicarse. Pero en las tardes, en el consultorio, la dinámica cambiaba. Era trabajo duro. Ximena no tenía piedad, y Julián empezó a ver los resultados. Su espasticidad disminuyó. Sus piernas, antes flacas y pálidas, empezaron a recuperar tono muscular gracias a los ejercicios violentos.

Pero la verdadera prueba de fuego llegó dos semanas después.

Era una noche de tormenta. La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión y los truenos retumbaban haciendo vibrar el suelo. Julián odiaba las tormentas. Le recordaban la noche del accidente. Estaba en su cuarto, inquieto, dando vueltas con la silla.

Ximena entró para llevarle sus pastillas para dormir.

—Tómese esto, se ve nervioso.

—No estoy nervioso, lárgate —gruñó él, mirando la lluvia.

—Sí, sí está. Le tiemblan las manos. ¿Le da miedo el agua, sirenita?

—¡Que te largues! —gritó él, tirando el vaso de agua al suelo. El cristal se rompió en mil pedazos.

Ximena suspiró. Se agachó para recoger los vidrios.

—¿Sabe qué? Me cansa. Me cansa tener que aguantar sus traumas. Todos tenemos fantasmas, Julián. Pero no todos los usamos de excusa para ser unos patanes.

En ese momento, un trueno brutal sacudió la casa y la luz se fue. Todo quedó en tinieblas.

Se escuchó un grito de Julián. No fue un grito de enojo, fue de pánico puro.

—¡No! ¡Luz! ¡Prendan la luz!

Ximena, en la oscuridad, escuchó la respiración hiperventilada de Julián. Estaba teniendo un ataque de pánico. En la oscuridad, él volvía a estar atrapado en el coche destrozado, prensado entre los fierros, sin poder moverse, esperando la muerte.

Ximena sacó su celular y encendió la linterna. El haz de luz iluminó a Julián. Estaba pálido, agarrándose el pecho, con los ojos desorbitados.

—Me ahogo… no puedo respirar… —boqueaba.

Ximena olvidó los insultos, olvidó que era el “patrón”. Se acercó a él rápidamente.

—Julián, mírame. Mírame a mí. —Le puso la luz en la cara para que la viera, y luego puso su mano libre en el pecho de él, sobre el corazón que latía desbocado—. ¡Julián! ¡Aquí estoy! No estás en el coche. Estás en tu cuarto.

—No… no… está oscuro… Vanessa… sangre… —Julián deliraba, atrapado en el recuerdo.

Ximena hizo lo único que se le ocurrió. Soltó el celular y lo abrazó.

Lo abrazó con fuerza, envolviendo la cabeza de él contra su pecho, meciéndolo como si fuera un niño chiquito.

—Shhh, tranquilo. Ya pasó. Aquí está la Ximena. Nadie te va a hacer nada. Respira conmigo. Uno, dos. Uno, dos.

Julián se resistió un segundo, rígido como una tabla, pero luego se rompió. Se aferró a la cintura de Ximena con desesperación, enterrando la cara en su uniforme, y soltó un sollozo desgarrador. Lloró como no había llorado en meses. Lloró el miedo, la culpa, la soledad.

Ximena le acarició el pelo sudado.

—Sácalo, mi niño. Sácalo todo. Eso envenena.

Estuvieron así diez minutos, en la oscuridad, iluminados solo por el celular en el piso. La ex presidiaria y el millonario. La enfermera y el monstruo. Abrazados en medio de la tormenta.

Cuando la luz regresó, parpadeando, se separaron bruscamente.

Julián se limpió la cara rápidamente, avergonzado. No podía mirarla a los ojos. Había mostrado su debilidad máxima ante la enemiga.

—No… no le digas a nadie —murmuró, con la voz rota.

Ximena recogió los vidrios que faltaban. Se levantó y lo miró con una suavidad que nunca había mostrado antes.

—¿Decir qué? Aquí no pasó nada. Se fue la luz y usted se tropezó. Buenas noches, joven.

Salió del cuarto, cerrando la puerta suavemente.

Julián se quedó solo, escuchando la lluvia. Pero por primera vez, el sonido no le dio miedo. Se tocó el pecho donde ella había puesto la mano. Sentía una extraña calma. Y se dio cuenta de algo que lo asustó más que la parálisis: esa mujer, esa “gata” insolente y vulgar… era lo único real que tenía en su vida.

Y la odiaba por eso. O tal vez, empezaba a sentir algo completamente opuesto al odio, y eso era mucho más peligroso.

CAPÍTULO 4: EL MILAGRO, LA CONFESIÓN Y LA SOMBRA DE LOS CELOS

La tormenta había pasado, tanto afuera en los jardines de Las Lomas como adentro, en la habitación de Julián. Pero como sucede después de cualquier huracán, el aire que quedó vibrando en la casa era diferente: estaba cargado de ozono, de estática y de una tensión nueva que nadie sabía cómo nombrar.

Había pasado un mes desde que Ximena cruzó el portón de la mansión Montemayor. Treinta días. En ese tiempo, la “gata de Iztapalapa” y el “príncipe roto” habían establecido una rutina que oscilaba entre la guerra de trincheras y un matrimonio viejo y gruñón.

Ya no había platos volando por los aires, pero los insultos seguían ahí, aunque habían cambiado de tono. Ya no eran puñales oxidados lanzados para matar; ahora eran como pelotas de tenis en un partido amistoso pero agresivo.

—¡Levanta esa pierna, inútil! —gritaba Ximena en el gimnasio privado, con el sudor pegándole la filipina a la espalda—. ¡No te estoy pidiendo que corras un maratón, te estoy pidiendo que muevas el dedo gordo! ¡Haz que valga mi sueldo!

—¡Cállate, bruja! —respondía Julián, con la cara roja por el esfuerzo, colgado de las barras paralelas, temblando como gelatina—. ¡Si no fuera porque me tienes amarrado, te ahorcaba!

—¡Ahorque lo que quiera, pero mueva el pie!

Y entonces, sucedió.

Fue un martes cualquiera, un día gris y aburrido. Julián estaba exhausto, a punto de tirar la toalla. Llevaba una hora intentando conectar su cerebro con su pie derecho, esa conexión que los médicos de Houston habían declarado “irreversiblemente cortada”.

—Ya no puedo… —jadeó Julián, dejándose caer sobre la colchoneta—. Es inútil, Ximena. Eres una necia. Esto es carne muerta. Acéptalo de una vez.

Ximena se secó la frente con el antebrazo. Se veía cansada también. Sus ojeras eran profundas, marcadas por noches de guardia y días de pelea. Se acercó a él, se hincó en la colchoneta y le agarró el tobillo con fuerza.

—Mire, Julián. Yo no acepté tres años de cárcel siendo inocente para venir aquí a rendirme con un niño berrinchudo. Usted dice que es carne muerta. Yo digo que es carne huevona. —Le clavó la uña en la planta del pie—. ¡Muévalo! ¡Ordénele! ¡Grítele a su pie como me grita a mí!

Julián cerró los ojos, frustrado. Visualizó su pie. Visualizó la rabia que sentía. Rabia contra Vanessa, rabia contra el conductor del otro auto, rabia contra su padre, rabia contra Ximena por darle esperanzas falsas.

—¡MUÉVETE, CARAJO! —gritó con todo el aire de sus pulmones.

Y el dedo gordo del pie derecho… tembló.

No fue un movimiento grande. No fue una patada. Fue un espasmo. Una contracción minúscula, casi invisible. Pero Ximena lo sintió en la palma de su mano como si hubiera sido un terremoto de 8 grados.

Ella se congeló.

—Hágalo otra vez —susurró, con la voz temblorosa.

—¿Qué? —Julián abrió los ojos, sudado y confundido.

—¡Que lo haga otra vez, chingada madre! ¡Concéntrese!

Julián, contagiado por la urgencia en la voz de ella, volvió a intentarlo. Frunció el ceño, apretó los dientes hasta que rechinaron. Envió toda su energía, todo su odio y todo su amor hacia ese punto lejano de su anatomía.

El dedo se movió. Esta vez, fue claro. Se flexionó hacia abajo y volvió a subir.

El silencio que siguió fue absoluto. Julián se quedó mirando su pie como si fuera un alienígena que acabara de aterrizar en su cuerpo.

—Se movió… —dijo él, en un susurro incrédulo.

—Se movió… —repitió Ximena. Y entonces, la ex presidiaria dura, la mujer de hielo, se rompió. Se llevó las manos a la boca y una lágrima gorda y solitaria rodó por su mejilla—. ¡Se movió, cabrón! ¡Se lo dije! ¡Se lo juré por mi madre!

Julián empezó a reír. Era una risa histérica, que se mezclaba con llanto. Se tapó la cara con las manos.

—¡No estoy muerto! ¡Ximena, no estoy muerto!

Ximena, olvidando por completo las barreras sociales, las reglas de la casa y el sentido común, se lanzó sobre él y lo abrazó. Lo abrazó ahí, en el suelo del gimnasio, rodeados de pesas y aparatos caros.

—¡Claro que no, menso! —le dijo al oído, llorando y riendo—. ¡Está más vivo que nunca!

Julián le devolvió el abrazo, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla. Olía a sudor, a jabón barato y a esperanza. En ese momento, no importaba el dinero, no importaba la cárcel. Eran dos seres humanos celebrando un milagro construido a base de dolor.

Cuando se separaron, hubo un momento incómodo. Sus caras quedaron muy cerca. Ximena vio en los ojos de Julián algo que la asustó más que la ira: vio adoración. Vio una gratitud tan inmensa que rayaba en el amor.

Se apartó rápidamente, poniéndose de pie y alisándose el uniforme.

—Bueno… —dijo, carraspeando para recuperar su tono de sargento—. No se emocione tanto. Falta un chingo. Eso fue un dedo. De ahí a caminar hay mil kilómetros. Mañana le vamos a dar el doble de duro.

Julián la miró desde el suelo, con una sonrisa torcida que lo hacía ver devastadoramente guapo.

—Eres una tirana, Ximena.

—Y usted es mi paciente. Arriba. Hora del baño.


Esa noche, Don Rogelio mandó llamar a Ximena a su despacho.

El ambiente en la oficina del patriarca era denso, como siempre. Humo de puro, olor a cuero viejo y whisky. Pero esta vez, Don Rogelio no estaba detrás del escritorio. Estaba de pie, mirando por la ventana hacia el jardín iluminado.

—Siéntate, muchacha —dijo sin voltear.

Ximena se sentó, nerviosa. ¿Había hecho algo mal? ¿Julián se había quejado? Aunque después del “milagro” de la tarde, lo dudaba.

Don Rogelio se giró. Tenía los ojos rojos, brillantes.

—Lo vi —dijo con voz ronca.

—¿Mande?

—Vi las grabaciones de la cámara del gimnasio. —Don Rogelio señaló una pantalla en la pared—. Vi que movió el pie. Y vi… vi cómo lo abrazaste.

Ximena sintió un frío en el estómago.

—Señor, disculpe, fue la emoción, yo sé que no debo tocar al joven así, no volverá a…

—¡Cállate! —Rogelio levantó una mano—. No te estoy regañando. Te estoy agradeciendo.

El millonario caminó hacia ella y, para sorpresa de Ximena, le sirvió un vaso de tequila de una botella de cristal tallado.

—Tómatelo. Es del bueno. Reserva de la familia.

Ximena lo tomó. El líquido quemó su garganta de forma deliciosa.

—Ximena… —Rogelio se sentó frente a ella, suspirando con el peso de los años—. Tú eres lista. Eres de barrio. Sabes que nadie hace dinero en este país persignándose y yendo a misa los domingos.

Ximena asintió lentamente, sosteniendo la mirada del viejo lobo.

—Yo construí este imperio en los 90. Tiempos duros. Hice cosas… cosas de las que no se habla en las revistas de sociales. —Rogelio miró su vaso—. Tengo sangre en las manos, Ximena. Mucha. Y no toda es mía. Por eso entiendo la cárcel. Por eso te contraté. Porque sé que a veces uno hace lo necesario para sobrevivir, y la “justicia” es solo una palabra que usan los ricos para chingar a los pobres.

Hizo una pausa, dejando que el peso de su confesión llenara la sala.

—Julián es mi castigo. Su accidente, su dolor… es el karma cobrándome las facturas. Su madre, mi primera esposa, era una santa. Murió de tristeza, creo yo. De miedo por mis negocios. Julián se quedó solo conmigo, viendo cómo yo compraba el mundo pero no podía comprar paz.

—Julián es un buen muchacho, Don Rogelio —dijo Ximena suavemente—. Solo está enojado.

—Está envenenado. Y no solo por el accidente. —Rogelio apretó el vaso—. Está envenenado por Vanessa, esa vibora que lo dejó. Y eso lo ha cegado contra Elena.

—La señora Elena…

—Elena es mi segunda esposa. Es joven, sí. Fue modelo. Todos dicen que está conmigo por la lana. Y a lo mejor al principio sí. ¿Quién se enamora de un viejo con pasado criminal gratis? —Rogelio soltó una risa amarga—. Pero Elena ha demostrado ser leal. Ha aguantado los insultos de Julián, mis borracheras, el aislamiento. Ella quiere ser una madre para él, pero Julián la ve como el enemigo. Piensa que ella quiere quedarse con la herencia. Piensa que todas las mujeres son como Vanessa.

Rogelio miró a Ximena a los ojos.

—Tú eres la única mujer a la que Julián escucha ahora. Eres su ancla. Te pido un favor, Ximena. Un favor de gente de nuestra calaña.

—Dígame, patrón.

—No dejes que el odio de Julián destruya esta casa. Elena no es mala. Protégela de él si es necesario. Y protégelo a él de sí mismo. Allá en el penal, un viejo amigo me dijo una vez: “Haz el bien y échalo al agua”. Yo nunca pude hacerlo. Siempre cobré mis favores. Pero tú… tú tienes luz, Ximena. A pesar de todo lo que te hicieron, tienes luz. Úsala.

Ximena salió del despacho con el sabor del tequila en la boca y una misión en el corazón. Don Rogelio, el hombre de hierro, le había mostrado su armadura oxidada.


Pasaron los días. El progreso de Julián era lento pero constante. Ya podía sostenerse de pie en las barras paralelas por diez segundos sin que las piernas le fallaran.

Pero con la recuperación física, vino una complicación emocional inesperada.

Julián se estaba enamorando.

Y para un hombre como él, orgulloso y herido, el amor no se sentía como mariposas en el estómago; se sentía como un ataque de pánico. Se sentía vulnerable. Y Julián odiaba ser vulnerable.

Empezó a notar detalles en Ximena que antes ignoraba. La forma en que se mordía el labio cuando estaba concentrada leyendo su expediente. El olor de su cabello, un olor sencillo a shampoo de manzanilla que le parecía mejor que cualquier perfume francés. La fuerza de sus manos.

Y eso lo aterrorizaba. “Es la enfermera. Es una ex convicta. Es pobre. Y tú eres un inútil en silla de ruedas”, le susurraba su inseguridad. “Ella solo está aquí por el dinero. En cuanto te cures, se va a ir. O peor, se va a burlar de ti como Vanessa”.

Una tarde, Ximena entró al cuarto de Julián con una expresión seria. No traía el uniforme, sino su ropa de calle: unos jeans limpios y una blusa negra sencilla.

—Julián, necesito hablar con usted.

Julián sintió un vuelco en el corazón. Va a renunciar. Se acabó.

—¿Qué quieres? —preguntó, poniéndose a la defensiva inmediatamente, girando la silla para no mirarla.

—Necesito pedirle un permiso. Bueno, a su papá ya le dije y me dijo que sí, pero quería avisarle a usted por respeto a la terapia.

—¿Permiso de qué? ¿Vacaciones? ¿Ya te cansaste de limpiarme los zapatos?

—No empiece con sus dramas —dijo Ximena, ignorando el tono—. Es algo personal. Mañana se cumple el aniversario luctuoso de mi mamá.

El silencio se hizo en el cuarto. Julián se giró lentamente. Recordó lo que Ximena le había contado: que su madre murió mientras ella estaba en la cárcel.

—Voy a ir al panteón —continuó Ximena, con la voz un poco quebrada pero firme—. Junté mi sueldo de estos dos meses. Mandé hacer una lápida bonita. De granito rosa, como a ella le gustaba. Y una reja de herrería para que no se roben las flores. Tengo que ir a supervisar que la pongan bien. Voy a estar fuera tres días. Regreso el viernes.

Julián sintió una mezcla de alivio (no renunciaba) y un pánico absurdo e infantil: Me va a dejar solo tres días.

—Tres días es mucho tiempo —soltó él, bruscamente—. ¿Y mi terapia? ¿Y mis medicinas? ¿Quién me va a cuidar? ¿Eloísa? Eloísa está vieja y ciega.

—Ya le dejé todo anotado a Eloísa y contrataron a una enfermera de guardia para las noches. Solo son tres días, Julián. No se va a morir.

—No me voy a morir, pero voy a perder ritmo. Justo ahora que empecé a mover el pie. Eres una irresponsable. Te vas a ir a emborrachar a tu barrio con tus amigos delincuentes, seguro.

Ximena apretó los labios. Sus ojos destellaron con furia.

—Mire, joven —dijo, dando un paso hacia él—. Puede insultarme a mí todo lo que quiera. Pero no se meta con mi madre. Voy a ir a ponerle una cruz a la mujer que me dio la vida y que murió sola porque una injusticia me separó de ella. Usted tiene a su papá vivo. Tiene a Elena que se desvive por usted aunque usted la trate como basura. Yo no tengo a nadie. Solo tengo esa tumba. Así que con su permiso o sin él, me voy.

Julián se sintió como una cucaracha. Sabía que estaba siendo un patán, pero no podía evitarlo. Su mecanismo de defensa era atacar antes de que lo abandonaran.

—Vete entonces —murmuró, desviando la mirada—. Haz lo que se te dé la gana. Al fin y al cabo, solo eres una empleada.

Ximena lo miró con tristeza.

—Sí. Solo soy una empleada. Que no se le olvide.

Se dio la media vuelta y salió del cuarto. Julián se quedó solo, golpeando el brazo de la silla con el puño hasta que le dolió la mano.


Al día siguiente, Ximena se fue muy temprano. La casa se sintió vacía de inmediato. Era ridículo, pensó Julián. La casa tenía mil metros cuadrados, vivían cinco personas de servicio, su padre y Elena. Pero sin el ruido de los pasos firmes de Ximena, sin su voz mandona resonando en los pasillos, el lugar parecía un mausoleo.

Julián estaba insoportable. Le gritó a la enfermera suplente porque el café estaba frío. Le gritó a Eloísa porque le planchó mal una camisa. Y luego, su ira encontró el blanco perfecto: Elena.

Fue durante la cena. Don Rogelio no estaba, había salido a una cena de negocios. Elena y Julián compartían la mesa inmensa del comedor, sentados en extremos opuestos.

Elena intentaba ser amable.

—¿Te sientes mejor, Julián? Supe que ya mueves el pie. ¡Es una noticia maravillosa! —dijo ella con una sonrisa genuina.

Julián la miró con odio. Sin Ximena ahí para actuar como amortiguador, sus demonios se soltaron la correa.

—Deja de fingir, Elena —dijo él, cortando su carne con violencia—. Sé que te revienta que me recupere. Tú lo que quieres es que me muera o me quede tullido para siempre para quedarte con todo el dinero de mi padre.

—Eso no es cierto, Julián… —Elena bajó los cubiertos, dolida—. Yo te quiero.

—¡Tú eres una interesada! —gritó él—. Eres igual que Vanessa. Igual que todas. Mujeres bonitas que se venden al mejor postor. ¿Cuánto te paga mi papá por acostarse contigo? Porque seguro no es por amor. Míralo, es un viejo. Te da asco, ¿verdad?

—¡Basta! —Elena se puso de pie, con lágrimas en los ojos—. No voy a permitir que me hables así. Yo respeto a tu padre y te respeto a ti, pero tienes el alma negra, Julián. Por eso Ximena se fue. Hasta ella, que viene de la cárcel, debe estar harta de ti.

Ese comentario fue la gota que derramó el vaso.

—¡No menciones a Ximena con tu boca sucia! —Julián aventó la copa de vino. El líquido rojo manchó el mantel blanco como una herida de sangre—. ¡Lárgate! ¡Fuera de mi vista!

Elena salió corriendo del comedor, llorando.

Julián se quedó solo, respirando agitadamente. Se sentía poderoso por un segundo, pero inmediatamente después se sintió vacío. Miserable.

Fue entonces cuando su mente paranoica, alimentada por la soledad y el alcohol que había estado bebiendo a escondidas, empezó a maquinar.

“Elena tiene la culpa. Ella provocó esto. Ella quiere que Ximena no regrese. Seguro ella le dijo algo. Tengo que sacarla de aquí. Tengo que proteger mi territorio”.

Julián rodó con su silla hacia el despacho de su padre. Sabía la combinación de la caja fuerte. Su padre, en un momento de confianza (o de ebriedad), se la había dado hace años.

Abrió la caja. Había fajos de billetes, dólares y joyas de su madre fallecida. Pero también había unas joyas nuevas, un collar de diamantes que Rogelio le había comprado a Elena por su aniversario.

Julián tomó el collar. Sus manos temblaban, no por la parálisis, sino por la adrenalina de la maldad.

“Si ella es una ladrona, mi papá la va a correr. Y seremos solo mi papá y yo. Y Ximena… cuando regrese, Ximena verá que yo tenía razón. Que Elena era la mala”.

Era un plan estúpido, infantil y cruel. Un plan nacido de un cerebro enfermo de celos y dolor.

Julián se deslizó hacia la habitación de Elena. Sabía que ella estaba en el jardín, llorando. Entró en su cuarto. Olía a perfume floral. Abrió uno de los cajones del tocador, debajo de la ropa interior de seda, y escondió el collar.

Luego, salió rodando, con el corazón latiéndole a mil por hora.

Se sentía como el villano de una película. Pero en su mente retorcida, él era el héroe que estaba salvando a su familia de la intrusa. No se daba cuenta de que, en realidad, estaba cavando su propia tumba emocional y que, cuando Ximena regresara y descubriera lo que había hecho, la decepción en sus ojos sería peor que cualquier condena de prisión.

Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en un panteón humilde de Iztapalapa, Ximena acariciaba la piedra fría de la tumba de su madre.

—Ya estoy aquí, jefa —susurraba Ximena, poniendo un ramo de cempasúchil—. Ya te puse tu casita bonita. Perdón por la tardanza.

Ximena sentía paz. No sabía que, en la mansión de Las Lomas, el infierno se había desatado en su ausencia. No sabía que su “paciente” acababa de cometer una vileza que pondría a prueba todo lo que habían construido.

Su teléfono vibró. Era un mensaje de Julián.

“Regresa pronto. La casa se siente grande.”

Ximena sonrió tristemente al leerlo. Guardó el teléfono.

—Ay, Julián… si supieras que yo también te extraño, niño tonto.

Pero el destino ya había tirado los dados. Y el regreso de Ximena no sería el reencuentro dulce que ella imaginaba, sino el inicio de la crisis final.

CAPÍTULO 5: EL REGRESO A LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS

Ximena regresó a la Ciudad de México un viernes por la tarde, con el alma un poco más ligera y los bolsillos vacíos. Los tres días en Iztapalapa habían sido una mezcla agridulce de nostalgia y despedida. La lápida de granito rosa ya estaba colocada sobre la tumba de su madre, firme y digna, brillando bajo el sol contaminado de la capital. Había llorado todo lo que tenía que llorar, había comido tacos de suadero en su puesto favorito y había dormido en su cama vieja, que ahora sentía extraña después de acostumbrarse al colchón ortopédico de su cuarto de servicio en la mansión.

El trayecto en camión hacia Las Lomas se sintió diferente esta vez. Ya no iba con miedo. Iba con una extraña sensación de pertenencia. Extrañaba la rutina. Extrañaba las peleas con Julián. Extrañaba ver cómo ese dedo del pie se movía, un milagro minúsculo que solo ella y él compartían. Incluso se sorprendió sonriendo al recordar la última vez que le gritó “bruja”.

—Ya voy, niño berrinchudo —murmuró para sí misma mientras el microbús subía por Palmas—. A ver si no mataste a la enfermera suplente.

Al llegar al portón negro de la residencia Montemayor, notó algo raro. El guardia de seguridad, usualmente estoico y aburrido, la miró con una expresión de incomodidad, casi de lástima. Le abrió la puerta peatonal sin saludarla con su habitual “¿Qué onda, Xime?”.

—¿Todo bien, Ramírez? —preguntó ella, sintiendo una punzada de alerta en la nuca.

—Pásale rápido, Ximena. La cosa está que arde adentro. —El guardia bajó la voz—. Hay gritos desde la mañana. Parece zona de guerra.

Ximena apretó el paso. El jardín, impecable como siempre, parecía ominoso bajo las nubes grises que amenazaban lluvia otra vez. Al entrar al vestíbulo, el silencio la golpeó. No era un silencio de paz, era el silencio que queda después de una explosión, cuando el polvo todavía está asentándose.

Encontró a Eloísa, la ama de llaves, sentada en un banco de la cocina, llorando sobre un pañuelo bordado.

—¡Eloísa! ¿Qué pasó? ¿Julián está bien? —Ximena soltó su maleta y corrió hacia ella.

La anciana levantó la cara, roja e hinchada.

—Ay, mija… qué bueno que llegaste. Es el fin del mundo. El patrón corrió a la señora Elena.

—¿Qué? —Ximena sintió que el piso se le movía—. ¿Cómo que la corrió? Si Don Rogelio la adora.

—La acusaron de ratera, Ximena. Y de… de wilainas. —Eloísa se persignó—. El joven Julián le dijo a su papá que la señora Elena le estaba robando joyas y dinero de la caja fuerte para dárselo a un amante. El patrón revisó el cuarto de la señora y… encontró el collar de diamantes escondido en sus calzones.

Ximena sintió un golpe de náusea. Recordó su propia historia. Las joyas encontradas, la acusación falsa, la policía. La historia se repetía, pero ahora en una mansión de mármol.

—Eso es imposible —dijo Ximena tajante—. Elena no necesita robar. Es su esposa. Y ese collar se lo regaló Don Rogelio. ¿Para qué lo escondería?

—El patrón estaba como loco. Dijo que tenía pruebas, mensajes en el celular… Julián se los enseñó. Don Rogelio se encerró en su despacho con una botella de tequila y no ha salido. La señora Elena está arriba, haciendo sus maletas. Se va hoy mismo.

La mente de Ximena trabajó a mil por hora. Mensajes. Joyas escondidas. Julián enseñando las pruebas. Julián, que odiaba a Elena. Julián, que le había dicho que haría lo que fuera para sacarla de la casa. Julián, que se había quedado solo y resentido.

“Maldito escuincle”, pensó Ximena, y la sangre le hirvió con una furia que no sentía desde el día de su propio juicio.

Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor en las piernas. Fue directo a la habitación de huéspedes, donde Elena solía dormir cuando Rogelio roncaba mucho. La puerta estaba abierta.

Elena estaba ahí, de pie frente a una cama llena de ropa desordenada. Ya no parecía la modelo elegante y segura de sí misma. Parecía una niña perdida. Tenía los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos. Estaba doblando una blusa de seda con manos temblorosas, soltando hipidos de llanto incontrolable.

—Elena… —susurró Ximena desde el marco de la puerta.

Elena levantó la vista. Al ver a Ximena, se derrumbó. Se sentó en la orilla de la cama y se cubrió la cara.

—Ximena… diles que no es cierto. Por favor… tú me conoces… —balbuceó entre sollozos—. Yo no robé nada. Yo amo a Rogelio. ¡Juro por Dios que yo no puse ese collar ahí! ¡Alguien lo puso!

Ximena entró y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo. Sintió el cuerpo de Elena temblar como una hoja al viento. Era la misma sensación que ella tuvo cuando la esposaron. La impotencia absoluta ante una mentira bien construida.

—Yo le creo, señora. Yo le creo.

—Rogelio no me quiso escuchar. Me llamó… me dijo cosas horribles. Dijo que soy una cualquiera, que solo quería su dinero. Me escupió, Ximena. —Elena se aferró a la mano de la enfermera—. Julián estaba ahí. Estaba en su silla, mirando. Y se reía. Tenía esa sonrisa torcida… Él lo hizo. Estoy segura de que él lo hizo. Me odia.

—Ese collar no llegó solo a su cajón —dijo Ximena, con la voz endurecida por la rabia—. Y Julián es el único que sabe la combinación de la caja fuerte además de su papá.

—Ya no importa… —Elena se secó las lágrimas con rabia—. Ya perdí. Él ganó. Me voy. No me voy a quedar en una casa donde me tratan como delincuente. Me voy a casa de mi mamá.

—No se vaya así. Luche.

—¿Luchar contra qué? Contra la palabra del hijo lisiado y mártir? Rogelio siempre va a elegir a Julián. La culpa lo ciega. —Elena cerró su maleta con un zip definitivo—. Cuídate, Ximena. Tú eres la única que puede con él. Pero ten cuidado. Ese muchacho está roto por dentro, y sus pedazos cortan.

Elena tomó su maleta y salió de la habitación sin mirar atrás, arrastrando su dignidad hecha pedazos. Ximena se quedó ahí, escuchando el sonido de las ruedas de la maleta sobre el piso de madera. Rrrr, rrrr, rrrr. El sonido de la injusticia.

Ximena se levantó. No sentía tristeza. Sentía fuego.

Recordó a Carlos, su ex novio, sonriendo mientras la policía se la llevaba. Recordó al juez dictando sentencia. Recordó tres años de vida robada. Y ahora, veía a Julián haciendo lo mismo. Julián, a quien ella había empezado a querer. Julián, el que había llorado en sus brazos durante la tormenta.

Era un traidor. Un cobarde. Un “poco hombre”.

Salió del cuarto de Elena y caminó por el pasillo hacia la habitación de Julián. Sus pasos eran pesados, firmes. No iba como enfermera. Iba como juez, jurado y verdugo.

Llegó a la puerta de Julián. Estaba cerrada.

No tocó.

CAPÍTULO 6: LA EXPLOSIÓN, EL GOLPE Y EL MILAGRO DE SANGRE

Ximena abrió la puerta de una patada. O al menos, con un empujón tan violento que la manija golpeó la pared y dejó una marca en el yeso. ¡BAM!

Julián estaba en su silla, frente a la ventana, dándole la espalda a la puerta. Estaba escuchando música clásica a todo volumen, tal vez para no oír los gritos de abajo, o tal vez para celebrar su victoria. Al escuchar el golpe, giró la silla lentamente.

Tenía una copa de vino en la mano. Su rostro estaba tranquilo, casi angelical, pero sus ojos delataban una inquietud febril.

—Ah, regresaste —dijo él, bajando el volumen de la música con el control remoto—. Te tardaste. ¿Cómo te fue con tus muertos?

Ximena no contestó. Entró al cuarto y cerró la puerta tras de sí, quedándose parada en medio de la habitación como una estatua de la venganza. Respiraba agitadamente por la nariz.

—Acabo de ver a Elena —dijo ella, con una voz tan baja que Julián tuvo que inclinarse para oírla—. Se fue llorando. Destrozada. Dice que tú le pusiste una trampa.

Julián se encogió de hombros y tomó un sorbo de vino.

—Elena es una actriz. Y una ladrona. Mi papá por fin se dio cuenta. Deberías estar contenta, Ximena. Ahora la casa es más tranquila. Solo estamos nosotros. Mi papá, tú y yo. Como debe ser.

—¿Tú pusiste el collar en su cajón? —preguntó Ximena. No era una pregunta, era una acusación.

—¿Yo? —Julián soltó una risita nerviosa—. Yo soy un paralítico, Ximena. ¿Cómo voy a ir al cuarto de Elena, abrir sus cajones y esconder cosas? No digas estupideces.

—¡No me mientas! —gritó Ximena, y el grito hizo que Julián derramara un poco de vino—. ¡Te conozco! ¡Sé que puedes moverte más de lo que dices! ¡Sé que tienes las manos hábiles para robar, igual que tenías la lengua hábil para insultar! ¡Mírame a los ojos y dime que no fuiste tú!

Julián sostuvo su mirada unos segundos, pero luego flaqueó. Dejó la copa en la mesa con un golpe seco. Su máscara de indiferencia se rompió, dejando ver al niño caprichoso y cruel que llevaba dentro.

—¿Y qué si fui yo? —desafió él, levantando la barbilla con arrogancia—. ¿Qué te importa a ti? Ella no es nada tuyo. Era una intrusa. Estaba robando el cariño de mi padre. ¡Estaba estorbando!

—¡Estaba estorbando! —repitió Ximena, incrédula—. ¡Es una persona, Julián! ¡Es una mujer que te limpió el vómito cuando estabas borracho, que te defendió de tu papá! ¡Y tú le arruinas la vida por un berrinche de celos!

—¡Lo hice por nosotros! —gritó Julián de repente.

Ximena se quedó helada.

—¿Qué?

—¡Lo hice por nosotros! —Julián se impulsó hacia ella con la silla, desesperado—. Ella te quería correr. Ella le metía ideas a mi papá. Decía que eras una ex convicta, que eras peligrosa. ¡Yo tenía que sacarla para que tú te pudieras quedar! ¡Para que nadie nos molestara!

Ximena sintió un asco profundo. Era la lógica retorcida de un psicópata.

—Eres… eres un monstruo —susurró ella—. Pensé que eras solo un muchacho herido. Pensé que el dolor te había hecho duro. Pero no. Eres malo, Julián. Tienes el alma podrida, como dijo tu papá.

Se acercó a él. Julián vio la furia en sus ojos y, por primera vez, sintió miedo real.

—Ximena, espera…

—¡Cállate! —Ximena levantó la mano.

No lo pensó. Fue un reflejo visceral. Toda la rabia acumulada por su propia injusticia, por los tres años de cárcel, por la traición de Carlos, por las lágrimas de Elena, se canalizó en su palma derecha.

¡PLAF!

La cachetada sonó seca, brutal. La cabeza de Julián giró hacia un lado con la fuerza del impacto. Su mejilla se puso roja instantáneamente.

Se hizo un silencio sepulcral en el cuarto. Julián se llevó la mano a la cara, atónito. Le ardía la piel, pero le ardía más el orgullo.

Ximena se miró la mano. Le temblaba.

—Eres un poco hombre —escupió ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Un cobarde que se esconde detrás de una silla de ruedas para hacer daño. Carlos, mi ex novio, me vendió a la policía para salvarse él. Tú eres igual. Eres igual a la basura que me metió a la cárcel.

Julián la miró con los ojos llorosos.

—No… no me compares con él… yo te…

—¡Tú nada! —lo interrumpió ella—. Renuncio. Me largo. Quédate con tu dinero, con tu mansión y con tu soledad. Ojalá te pudras en esa silla, porque te mereces cada segundo de tu parálisis. No por el accidente, sino por lo que eres por dentro.

Ximena dio la media vuelta y caminó hacia la puerta. Iba en serio. Ya no le importaba el sueldo, ni la tumba de su madre, ni nada. No podía respirar el mismo aire que él.

—¡No! —gritó Julián. El pánico lo invadió. Era un pánico frío, absoluto. La única persona que lo hacía sentir vivo se iba. Y se iba odiándolo. —¡Ximena, no te vayas! ¡Te prohíbo que te vayas!

—¡A mí nadie me prohíbe nada! —gritó ella sin detenerse, agarrando la perilla de la puerta.

—¡TE AMO, MALDITA SEA!

El grito de Julián la detuvo un segundo. Ximena se quedó quieta, con la mano en el pomo. ¿Qué había dicho?

Pero la rabia era más fuerte. “Mentiras”, pensó. “Es otra manipulación”.

—Púdrete —dijo ella, y abrió la puerta.

Julián vio cómo la puerta se abría. Vio cómo la luz del pasillo entraba, marcando la salida de Ximena de su vida para siempre. Su cerebro se desconectó. Ya no pensó. Solo sintió. Sintió una necesidad biológica, animal, de detenerla.

—¡NO TE VAS A IR!

Julián se agarró de los descansa-brazos de la silla. Sus músculos, tensos por la adrenalina y fortalecidos por semanas de terapia brutal con Ximena, se activaron.

Gritó. Fue un rugido de esfuerzo inhumano.

¡AAAAHHHHH!

Se impulsó. Su mente envió una orden de emergencia a sus piernas dormidas: “¡LEVÁNTENSE O MUERAN!”. Y las piernas, despertadas por el odio, el amor y el miedo, obedecieron.

Julián se levantó.

No fue elegante. No fue bonito. Se lanzó hacia adelante como un torpedo descontrolado. Sus piernas temblaron violentamente, incapaces de sostenerlo del todo, pero el impulso fue suficiente.

Ximena escuchó el grito y el ruido de algo pesado moviéndose. Se giró justo a tiempo para ver lo imposible.

Julián ya no estaba en la silla. Estaba en el aire, o más bien, cayendo hacia ella, pero de pie.

—¡Julián! —gritó ella.

Él chocó contra ella. El peso de su cuerpo la empujó contra la puerta cerrada. Ambos cayeron al suelo con un golpe sordo, enredados en un caos de extremidades.

Ximena quedó abajo, con Julián encima de ella. El impacto le sacó el aire.

Se quedaron ahí, tirados en la alfombra. Julián jadeaba como si se estuviera ahogando. Su cara estaba a centímetros de la de ella. Estaba sudando a mares, pálido, temblando incontrolablemente.

—Te… te paraste… —susurró Ximena, con los ojos desorbitados por el shock.

Julián no pensaba en sus piernas. Solo pensaba en que la tenía ahí, atrapada, que no se había ido.

—No te vayas… —sollozó él, enterrando la cara en el cuello de Ximena—. Perdóname… soy una basura… soy todo lo que dijiste… pero no te vayas. Me muero si te vas. Me muero, Ximena.

Ximena sintió el peso de su cuerpo. Sintió sus piernas, pesadas y rígidas, entrelazadas con las suyas. Sintió el corazón de él latiendo contra su propio pecho como un martillo loco.

La ira se le fue escapando, reemplazada por el asombro médico y emocional. El milagro había ocurrido. No de la forma bonita que sale en las películas, con música de violines. Había ocurrido de la forma mexicana: a chingadazos, con gritos, dolor y una caída estrepitosa.

Julián levantó la cara. Tenía el labio partido por el golpe contra el suelo o tal vez se lo había mordido. La sangre le manchaba la boca.

—Me paré —dijo él, dándose cuenta apenas—. Me paré para detenerte.

—Estás loco… —dijo Ximena, y le pasó la mano por el pelo sudado, sin poder evitarlo. Era su instinto de enfermera, y también su instinto de mujer—. Te pudiste matar.

—Ya estaba muerto antes de que llegaras tú —dijo Julián, mirándola a los ojos con una intensidad que quemaba—. Hice lo de Elena por celos. Sí, fui yo. Estaba celoso de cualquiera que te quitara tiempo, de cualquiera que tuviera tu atención. Estoy enfermo de ti, Ximena. Desde el día que me paraste la silla y me dijiste tus verdades.

Ximena tragó saliva. Estaba furiosa por lo de Elena, pero conmovida por la confesión y atónita por el avance físico. Era un nudo de emociones imposible de desatar.

—Lo que hiciste fue horrible, Julián. No se borra con que te hayas parado. Tienes que arreglarlo.

—Lo arreglo —dijo él rápido, desesperado—. Le digo a mi papá. Le digo la verdad. Me humillo. Hago lo que quieras. Pero júrame que no te vas.

Ximena lo miró. Vio al niño roto tratando de pegar sus pedazos con desesperación.

—Quítate de encima, pesas mucho —dijo ella, pero su voz ya no tenía veneno.

Julián intentó moverse, pero sus piernas ya no respondían. La adrenalina se había acabado y eran de plomo otra vez.

—No puedo… —se rió él, una risa dolorosa—. Se me acabó la pila.

—Ay, Dios mío… —Ximena suspiró, resignada.

Con esfuerzo titánico, Ximena logró salir de debajo de él. Se puso de rodillas y luego lo ayudó a sentarse en el suelo. Lo revisó rápidamente. No había huesos rotos, solo moretones.

—Vamos a tener que llamar a Ramírez para que nos ayude a subirte a la cama —dijo ella—. Yo sola no puedo con este bulto.

—Ximena… —Julián le agarró la mano—. ¿Te quedas?

Ximena miró la silla de ruedas vacía, volcada a un lado. Miró la puerta cerrada. Miró al hombre que había cometido un crimen por amor (o por obsesión) y que había desafiado a la ciencia por pánico a perderla.

—Me quedo —dijo ella seriamente—. Pero con una condición.

—La que sea.

—Mañana mismo vas con tu papá y le confiesas todo. Y le pides perdón a Elena de rodillas. Bueno… —miró sus piernas inútiles—… de rodillas no, pero le pides perdón. Si no lo haces, Julián, te juro que me voy y no me vuelves a ver ni en pintura.

—Lo haré —prometió él.

Ximena sacó su celular para llamar al guardia, pero antes, Julián la jaló suavemente y le dio un beso. No fue un beso de película. Fue un beso con sabor a sangre, a lágrimas y a suelo polvoriento. Fue un beso de pacto.

—Gracias —susurró él.

Ximena se tocó los labios, aturdida.

—Cállese y déjese revisar, imprudente.

Esa noche, Julián durmió con dolor en todo el cuerpo, pero con una paz extraña. Había caminado (o saltado) hacia el abismo, y ella lo había atrapado. Pero la verdadera prueba sería al día siguiente: enfrentar a Don Rogelio y limpiar el nombre de Elena. Y Don Rogelio, el ex criminal, no perdonaba la traición fácilmente, ni siquiera a su propia sangre.

CAPÍTULO 7: LA VERDAD BAJO EL FUEGO CRUZADO

La mañana siguiente amaneció nublada y fría en Las Lomas, como si el clima de la ciudad estuviera en sintonía con la resaca emocional que se vivía dentro de la mansión Montemayor.

Julián despertó con el cuerpo molido, como si le hubiera pasado encima un camión de carga. Cada músculo le gritaba, pero era un dolor diferente al de la atrofia; era dolor de uso, dolor de vida. Recordó la noche anterior: el salto, la caída, el beso con sabor a sangre. No había sido un sueño.

Ximena entró a la habitación a las ocho en punto. Traía ojeras profundas y una charola con café negro y pan tostado. No sonreía. Su actitud era profesional, distante, la de una enfermera que está a punto de administrar una medicina amarga.

—Buenos días —dijo secamente, dejando la charola en la mesa de noche.

—Buenos días, Ximena —respondió Julián, tratando de buscar su mirada—. ¿Cómo estás?

—Yo estoy bien. El que va a estar mal es usted si no cumple su promesa. —Ximena cruzó los brazos—. Su papá está desayunando en la terraza. Elena ya se fue a casa de su madre, pero Don Rogelio sigue aquí. Es ahora o nunca.

Julián tragó saliva. El café le supo a ceniza. Enfrentar a su padre era peor que cualquier terapia física. Rogelio Montemayor era un hombre que perdonaba errores de negocios, pero la deslealtad familiar la castigaba con el destierro emocional.

—Ayúdame a vestirme —pidió Julián.

Ximena lo ayudó en silencio. Le puso una camisa blanca, impecable, y pantalones de vestir. Lo peinó. Mientras le abotonaba los puños de la camisa, Julián le agarró las manos.

—Tengo miedo, Ximena.

—Más le vale —dijo ella, soltándose suavemente—. Pero el miedo no quita lo valiente. Andando.

Ximena empujó la silla hacia la terraza. El sonido de las ruedas sobre el mármol sshhhh, sshhhh sonaba como una cuenta regresiva.

Don Rogelio estaba sentado frente a una mesa de cristal, leyendo el periódico financiero y bebiendo jugo de naranja. Se veía cansado, envejecido diez años en una sola noche. Al ver llegar a su hijo, dejó el periódico y se quitó los lentes de lectura.

—Buenos días, hijo. ¿Dormiste bien? Porque yo no pegué el ojo —dijo Rogelio con voz rasposa—. La casa se siente vacía sin esa mujer. Pero bueno, mejor solos que mal acompañados, ¿no? Una ladrona menos.

Julián sintió que se le cerraba la garganta. Miró a Ximena. Ella estaba parada detrás de la silla, firme como un soldado, con una mano apoyada en su hombro. Un apoyo silencioso, pero también una presión: Habla.

—Papá… tengo que decirte algo —empezó Julián, con la voz temblorosa.

—Dime. ¿Necesitas dinero? ¿Quieres cambiar de coche? Pide lo que quieras, para eso trabajo.

—No es dinero. Es sobre Elena.

El rostro de Rogelio se endureció instantáneamente.

—No quiero oír ese nombre en esta casa, Julián. Esa mujer está muerta para mí.

—No, papá. Escúchame. —Julián apretó los descansa-brazos de la silla—. Elena no te robó nada.

Rogelio soltó una risa sarcástica y golpeó la mesa con la mano.

—¡Por favor! ¡Vi el collar en sus cajones con mis propios ojos! ¡Tú me enseñaste los mensajes! ¡No seas ingenuo, hijo! Las mujeres son así, te lavan el cerebro y luego te apuñalan.

—¡Fui yo! —gritó Julián. El grito salió desgarrado, rompiendo el aire matutino.

Rogelio se quedó congelado, con la taza de café a medio camino de la boca.

—¿Qué dijiste?

—Fui yo, papá —Julián empezó a llorar, lágrimas de vergüenza que le quemaban las mejillas—. Yo puse el collar en su cajón. Yo falsifiqué los mensajes con una aplicación en mi celular. Elena no hizo nada. Ella te ama. Ella me cuidaba. Y yo… yo la destruí por celos.

El silencio en la terraza fue absoluto. Solo se escuchaba el canto lejano de un pájaro y el zumbido de la ciudad. Ximena apretó el hombro de Julián, dándole fuerza.

Rogelio se puso de pie lentamente. Su silla rechinó contra el piso de piedra. Su cara pasó de la sorpresa a una furia roja, volcánica.

—¿Tú…? —la voz de Rogelio era un susurro peligroso—. ¿Tú le hiciste eso a mi esposa? ¿A la mujer que te limpió el culo cuando estabas en coma? ¿A la mujer que aguantó tus gritos y tus insultos solo para verme feliz a mí?

—Estaba celoso, papá… pensé que ella quería tu dinero… pensé que Ximena se iba a ir por su culpa… —balbuceó Julián.

Rogelio caminó hacia él. Por un momento, Ximena pensó que lo iba a golpear. Se puso tensa, lista para interponerse. Pero Rogelio se detuvo frente a la silla de ruedas y miró a su hijo con una decepción tan profunda que era peor que un golpe.

—Eres un miserable —dijo Rogelio. Cada palabra era una piedra—. Yo maté gente en mi pasado, Julián. Hice negocios sucios. Pero nunca, nunca traicioné a mi familia. Nunca acusé a un inocente. Eso es de cobardes. Eso es de ratas. Y tú… tú eres mi hijo, pero hoy me das asco.

Julián bajó la cabeza, sollozando.

—Perdóname, papá…

—No me pidas perdón a mí —gritó Rogelio—. ¡Pídeselo a ella! ¡Y más te vale que ella te perdone, porque si no regresa, tú te vas de esta casa! ¡Me oíste! ¡Te vas a un asilo del gobierno y te olvidas de mi dinero!

Rogelio se dio la media vuelta, temblando de ira.

—¡Prepara la camioneta! —le gritó al mayordomo—. ¡Vamos a casa de la madre de Elena! ¡Y tú vienes conmigo, infeliz!

El viaje a la colonia Del Valle, donde vivía la madre de Elena, fue un funeral. Nadie hablaba. Julián iba en la parte trasera de la camioneta adaptada, con la cabeza gacha. Ximena iba a su lado, sosteniéndole la mano fría.

Llegaron a una casa sencilla pero bonita. Rogelio tocó el timbre con urgencia. Salió la madre de Elena, una señora bajita y brava, que al ver a Rogelio intentó cerrarle la puerta en la cara.

—¡Lárguese de aquí, viejo grosero! ¡Ya le hizo suficiente daño a mi hija!

—Señora, por favor… vengo a pedir perdón. Traigo al culpable.

Rogelio empujó la silla de Julián hacia el frente.

Elena salió al pasillo, con los ojos rojos y una maleta a medio deshacer. Al ver a Julián y a Rogelio, se detuvo, temerosa.

—Elena… —Julián levantó la vista. Su cara estaba bañada en lágrimas—. Perdóname. Fui yo. Yo puse el collar. Yo inventé todo. Soy una basura, Elena. Perdóname por favor.

Elena se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. Miró a Rogelio, quien asintió con vergüenza.

—Hijo… —Elena se acercó lentamente. No había odio en sus ojos, solo una tristeza infinita—. ¿Por qué? Yo solo quería que fuéramos una familia.

—Porque soy un idiota —sollozó Julián—. Porque tengo miedo de quedarme solo. Porque Ximena se iba y me volví loco.

Y entonces, ocurrió lo impensable. Julián, impulsado por la culpa y la necesidad de redención, hizo un esfuerzo sobrehumano. Se agarró de los barandales de la entrada de la casa.

—Julián, no… —advirtió Ximena.

Pero él no escuchó. Apretando los dientes, gruñendo de esfuerzo, Julián se levantó de la silla. Sus piernas temblaron como varas verdes, pero se sostuvieron.

Se soltó de un barandal. Dio un paso tambaleante. Luego otro.

Rogelio y Elena se quedaron paralizados. Era la primera vez que lo veían caminar desde el accidente.

Julián dio tres pasos y cayó de rodillas frente a Elena. El golpe contra el concreto fue duro, pero él ni lo sintió. Se abrazó a las piernas de su madrastra.

—Perdóname, mamá… —susurró, llamándola así por primera vez—. Perdóname.

Elena se derrumbó al suelo con él, abrazándolo, llorando.

—Te perdono, mi niño… te perdono… —decía ella, acariciándole la cabeza.

Rogelio, el hombre de hierro, se cubrió la cara y lloró como un niño. Ximena, recargada en la camioneta, sonrió entre lágrimas. Su trabajo estaba hecho. No solo había curado las piernas; había curado el alma podrida de esa familia.

CAPÍTULO 8: EL FINAL Y EL NUEVO COMIENZO

Seis meses después.

La vida en la mansión Montemayor había cambiado radicalmente. Ya no era una casa de silencios y sombras. Ahora había ruido, había música, había vida. Elena había regresado y, curiosamente, ella y Julián se habían convertido en cómplices. Bromeaban, veían películas juntos y Elena lo ayudaba a elegir corbatas. El odio se había transformado en un cariño sólido, forjado en el fuego del perdón.

Julián caminaba. No corría maratones, y todavía usaba un bastón elegante con empuñadura de plata para distancias largas, pero caminaba. Se movía por la casa, subía escaleras despacio y, lo más importante, se mantenía de pie por sí mismo.

Ximena… bueno, Ximena ya no usaba el uniforme blanco.

Esa tarde, había una fiesta en el jardín. Pero no era una fiesta de la alta sociedad. Era una mezcla extraña y maravillosa. Había meseros de etiqueta sirviendo canapés, pero también había un puesto de tacos al pastor que Julián había insistido en contratar. Había señoras de Las Lomas con perlas, y había amigas de Ximena del barrio de Iztapalapa, incluyendo a Mariana, bebiendo tequila y riéndose fuerte.

Rogelio tomó el micrófono.

—Atención todos, por favor. —El patriarca sonreía, rejuvenecido—. Hoy celebramos dos cosas. Primero, la inauguración de la “Clínica de Rehabilitación Carmen y Rogelio”. Un proyecto que mi hijo Julián va a dirigir. Es una clínica de primer nivel en Iztapalapa, gratuita para la gente que no tiene recursos. Porque el dolor no distingue códigos postales.

Hubo aplausos. Ximena, sentada en primera fila con un vestido azul que le quedaba espectacular, sintió que el corazón le estallaba de orgullo. La clínica llevaba el nombre de su madre. Era el mejor homenaje posible.

—Y segundo… —Rogelio le guiñó el ojo a su hijo—. Julián, el micrófono es tuyo.

Julián se levantó de su asiento. Caminó hacia el centro del escenario improvisado, apoyándose apenas en su bastón. Se veía guapo, fuerte, pero sobre todo, se veía feliz.

Tomó el micrófono y buscó a Ximena entre la gente.

—Hace medio año, yo era un hombre muerto en vida. Estaba sentado en una silla, odiando al mundo, odiando a mi familia y odiándome a mí mismo. Entonces llegó ella. —Señaló a Ximena—. Llegó una mujer que venía del infierno, de la cárcel, acusada injustamente. Una mujer que tenía todas las razones para odiar al mundo, y sin embargo, traía las manos llenas de curación.

Ximena se tapó la boca, emocionada.

—Ella no me tuvo lástima. Me tuvo fe. Me gritó, me pegó —risas de la audiencia—, y me obligó a pararme. Me enseñó que la verdadera prisión no son los barrotes, ni una silla de ruedas. La verdadera prisión es el rencor.

Julián bajó del escenario y caminó hacia ella. Se detuvo frente a Ximena, soltó el bastón (que cayó al pasto) y sacó una cajita de terciopelo negro.

Se arrodilló. Esta vez, sin dolor, con la gracia de un caballero.

—Ximena… tú me salvaste la vida. Tú me enseñaste a caminar, pero sobre todo, me enseñaste a amar. No tengo nada que ofrecerte que se compare con lo que tú me diste. Pero te ofrezco mi vida, mis piernas y mi corazón, para que caminen a tu lado siempre. ¿Te quieres casar con este lisiado rehabilitado y berrinchudo?

Ximena lloraba abiertamente. Miró a Elena, que le hacía señas de “¡Di que sí!”. Miró a Rogelio, que sonreía como un padre orgulloso. Miró a sus amigas del barrio, que gritaban “¡Beso, beso!”.

—Claro que sí, menso —dijo ella, con su voz ronca de emoción—. ¡Sí, acepto!

Julián le puso el anillo. Se levantó y la besó. Fue un beso largo, apasionado, bajo el cielo de la Ciudad de México. Un beso que unía dos mundos, dos clases sociales, dos pasados dolorosos en un futuro brillante.

La fiesta siguió hasta el amanecer.

Un año después, la Clínica Carmen y Rogelio estaba llena. Ximena era la directora operativa. Julián se encargaba de la administración y de dar pláticas motivacionales a los pacientes.

Una tarde, mientras Ximena revisaba a una ancianita con artritis, usando su famosa técnica de masaje “rompehuesos”, entró Julián.

—Jefa, tenemos un problema —dijo él sonriendo.

—¿Qué pasó? ¿Se rompió la máquina de café otra vez?

—No. Es que llegó una solicitud de empleo. De un tal Dr. Monroy. Dice que te conoce del penal.

Ximena soltó una carcajada.

—¿El flojo ese? Dile que no hay vacantes. Aquí solo contratamos gente trabajadora.

Julián se acercó y la abrazó por la cintura.

—Te amo, Ximena.

—Y yo a ti, Julián. Pero apúrate, que hay mucha gente esperando. Y acuérdate lo que decía La Madrina: “Haz el bien y échalo al agua”.

—Y a ver qué te regresa la marea —completó él.

—Exacto. A mí me regresó a ti. Y con eso, salí ganando.

FIN

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