
PARTE 1
Capítulo 1: El Olor de la Ausencia
Ese aroma me encontró mucho antes de que mi mente pudiera procesar qué estaba pasando. Se escapó de ese ropero de madera vieja y chueca que siempre estuvo en la esquina del cuarto, como si no quisiera asustarme, como si hubiera estado ahí sentado, guardando silencio durante décadas, esperando el momento exacto para volver a respirar. Yo no estaba buscando nada esa mañana. Ni siquiera se suponía que debía estar en esa habitación. Estaba ahí para empacar, para cerrar ciclos, para vender lo que quedaba de una vida que ya no me pertenecía.
Pero el duelo te mueve de formas extrañas. Te empuja como el viento mueve una puerta floja: lento, sin rumbo, sin avisar. La casa, una casona vieja en el corazón de San Ángel, se sentía más fría de lo normal. Las casas viejas en México tienen esa maña de retener el frío por más tiempo, como si hubieran memorizado la soledad demasiado bien y no quisieran soltarla. Cuando empujé la puerta, las bisagras soltaron un quejido largo, cansado, un sonido casi humano que me reconoció al instante.
La luz del sol de mediodía luchaba por entrar a través de la ventana empolvada. Entraba en tiras delgaditas, cortando las sombras como verdades que se dicen en voz baja. Di un paso y el piso de madera crujió bajo mis botas. Fue una protesta suave, un “aquí estás de nuevo”. El piso de esta casa recordaba más de mi infancia que yo misma. Mi mano rozó la mesita lateral, levantando el polvo que se había asentado como ceniza de volcán.
El polvo se elevó en el aire, formando nubes diminutas que brillaban con la luz débil, bailando como si quisieran disfrutar de un último vals antes de volver a caer. No sé por qué abrí el ropero. Mis dedos simplemente encontraron la manija de metal oxidado y mi mano se movió con la memoria muscular de quien ha vivido mil vidas en un solo cuarto. La madera se sentía familiar: rasposa por el tiempo, pero suave por las manos de la gente que ya no vivía.
Cuando la puerta se abrió, el olor me dio la bienvenida. No era solo olor a viejo. Era olor a papel antiguo, a tinta que se había vuelto color café, a polvo calentado por los veranos olvidados de los años noventa. Un aroma tan gentil, tan dolorosamente familiar, que sentí como si alguien me estuviera llamando por mi apodo de niña, ese que solo mi abuela usaba. Me golpeó suavemente, casi pidiéndome permiso para entrar en mis pulmones. Y entonces, la realidad empezó a tambalearse.
Sentí un tirón en el pecho, como si el tiempo fuera una liga que alguien acababa de soltar. Los bordes de la habitación se volvieron borrosos. El aire se espesó y un calorcito nostálgico me rodeó. Cerré los ojos. No fue algo planeado, fue que mi cuerpo supo que para ver lo que venía, necesitaba dejar de mirar el presente. El recuerdo estaba brotando, y los recuerdos de este tipo necesitan oscuridad para poder florecer con toda su fuerza.
Capítulo 2: El Santuario de Papel
De pronto, ya no tenía treinta y tantos años. Volví a ser la “Nena”. Tenía 8 años y estaba sentada con las piernas cruzadas en el piso de madera fría de la biblioteca de mi abuela Lucha. Mis rodillas rozaban el dobladillo de mi vestido de manta blanca. La luz en esos días era distinta, ¿saben? Era más brillante, más limpia, como si el cielo de la Ciudad de México no tuviera smog en ese entonces.
Las ventanas estaban abiertas de par en par. Afuera, el jardín olía a tierra mojada por el “chipichipi” de la tarde y a las hojas de los fresnos que se calentaban con el poco sol que quedaba. Mi abuela siempre decía que la lluvia de julio hacía que el corazón recordara cosas que uno ni sabía que guardaba. Y ahí, en esa biblioteca llena de libros que para mí eran rascacielos de papel, yo le creía todo.
Podía oír el ventilador de techo, ese viejo aparato de aspas negras que cortaba el aire pesado del verano, moviéndolo por el cuarto como un guardián cansado que ya no quiere pelear. Podía sentir la suavidad del piso bajo mis palmas pequeñas, frío y reconfortante. Veía los patrones de luz bailando en las paredes mientras las hojas de los árboles se mecían afuera. Pero no fue lo visual lo que me terminó de romper. Fue el olor.
Era el mismo aroma que acababa de salir del ropero en el presente. Un aroma que pertenecía a una vida que nunca aprendí a agarrar bien, que se me escapó entre los dedos como el agua. Cuando abrí los ojos, estaba de pie otra vez en el ahora. Más vieja, más callada, cargando demasiados años en mis huesos. El cuarto de la casona se sentía mucho más frío que mi recuerdo. Las paredes parecían haberse encogido. El aire pesaba quintales.
Estiré la mano y saqué el primer libro que alcancé. Al abrirlo, el lomo crujió suavemente, como una articulación tiesa que despierta después de décadas de sueño profundo. El polvo saltó de la portada en una nube dorada que brilló cuando la luz la atrapó. Mis dedos temblaban. No era miedo, no era tristeza… era reconocimiento. Los libros recuerdan lo que la gente olvida. Ellos guardan el tiempo de otra manera. No piden nada a cambio, solo que alguien los sostenga.
Este libro que tenía en las manos… todavía tenía la mancha tenue de aquel día en que le tiré el té de canela a mi abuela por andar corriendo. Yo no debía andar tomando té a los 8 años, pero ella siempre decía que “algunas reglas están hechas para doblarse si el corazón necesita un apapacho”. Mi pulgar rozó la mancha. Estaba descolorida, pero ahí seguía. Y así, de la nada, el aire volvió a cambiar.
El olor se volvió más profundo, más antiguo, dándome un consuelo que hizo que mis ojos empezaran a arder. Me tuve que sentar en el piso porque mis piernas ya no podían con el peso de ese momento. La madera debajo de mí gimió, como si recordara el peso de la niña que yo solía ser. Por un buen rato, no abrí el libro. Solo lo apreté contra mi pecho, dejando que el aroma se me metiera por los poros, dejando que llenara esos huecos que yo había mantenido vacíos por puro miedo a sentir.
No me había dado cuenta de cuánto extrañaba ese olor, o cuánto extrañaba a la niña que corría hacia él. La casa estaba en un silencio total, excepto por el “tic-tac” lento del reloj del pasillo. Un sonido que no hacía preguntas, que solo sabía esperar. Solté un suspiro que no sabía que tenía atorado en la garganta. Es curioso cómo un simple olor puede desenrollar toda tu infancia frente a tus pies como si fuera una alfombra vieja.
PARTE 2
Capítulo 3: El Eco de las Páginas
Mi abuela Lucha siempre decía que los recuerdos son criaturas tímidas. Solo aparecen cuando se sienten seguros, cuando saben que nadie los va a juzgar. Y en ese momento, con el libro en mi regazo y el silencio abrazándome, me di cuenta de que finalmente les había abierto la puerta. Mis dedos, por fin, se atrevieron a pasar la primera hoja. Las páginas soltaron un suspiro, como si hubieran estado conteniendo el aliento esperando este segundo exacto.
La tinta se había desvanecido a un color café cálido. Los bordes estaban amarillentos y las esquinas se enrollaban hacia adentro, como manos cansadas que buscan refugio. Conforme pasaba las hojas, una por una, me parecía escuchar ecos de risas. Mi risa, brillante y sin grietas. Y la de mi abuela, constante y segura como un arrullo tallado en los cimientos de la casa.
Una lágrima se me escapó antes de que pudiera detenerla. No era de tristeza amarga, era de algo más dulce, algo agridulce que dolía pero que se sentía bien. Cerré el libro despacio, poniendo mi palma sobre la portada de piel desgastada. El aroma se quedó flotando a mi alrededor, envolviéndome los hombros como ese rebozo que mi abuela se ponía en las noches largas de invierno mientras tejía frente a la tele.
“Está bien”, susurré al aire, sin saber a quién le hablaba. Quizás a la habitación, quizás a mí misma, o quizás a esa niña de 8 años que todavía vivía en algún rincón de mi alma. La casa crujió en respuesta, como dándome la razón. Miré alrededor: el cuarto estaba oscuro, lleno de polvo y marcas de humedad, pero todavía guardaba pedacitos de quién era yo mucho antes de que la vida adulta me enseñara a hacerme chiquita para encajar.
Me di cuenta de algo muy fuerte en ese instante. No solo extrañaba mi infancia. Extrañaba a la versión de mí que creía que el mundo era bueno, la que pensaba que las tardes de domingo duraban para siempre, la que estaba convencida de que las historias vivían dentro de los libros y no en ese vacío que uno siente detrás de las costillas cuando crece. El olor me encontró por una razón. Quizás era hora de recordar. O quizás, era hora de volver.
Capítulo 4: Las Cartas que el Viento no se Llevó
No se puede volver al pasado, eso lo sabemos todos, pero sí puedes volver a las partes de ti que dejaste botadas en el camino sin querer. Puse el libro con cuidado en el piso, recargué la cabeza en la pared y cerré los ojos otra vez. La casa respiraba conmigo. Por primera vez en años, sentí que ese nudo que traía en el pecho se aflojaba un poquito. Solo un poquito, pero era suficiente para no ahogarme.
Me levanté despacio y caminé hacia el escritorio de madera de caoba que estaba en el rincón. Era el mueble donde mi abuela escribía sus cartas, esas que siempre decía que mandaría pero que terminaban guardadas en cajones secretos. Pasé los dedos por la superficie, sintiendo los rayones y las marcas de los años. Cada cicatriz en la madera era una historia: una mañana de café derramado, una tarde de estudio intenso, una noche de pensamientos demasiado pesados para decirlos en voz alta.
Encontré una fotografía boca abajo. La levanté con miedo. El papel estaba tieso y las esquinas se doblaban como hojas secas en otoño. Al voltearla, me vi a mí misma. No tendría más de siete años, parada en medio de los rosales que la abuela cuidaba con tanto amor. Estaba sonriendo, pero mis ojos… mis ojos ya tenían esa pregunta que todavía no sé cómo contestar.
Abrí el cajón principal y ahí estaban: pilas de cartas amarradas con listones descoloridos. Algunas abiertas, otras selladas como si guardaran un tesoro o una bomba. La tinta se había corrido un poco, como si el papel mismo hubiera llorado por estar encerrado tanto tiempo. Saqué una. Estaba dirigida a un nombre que no reconocí. Las palabras eran sencillas, pero pesaban como piedras de río.
Me puse a pensar en cuántas cartas he dejado de escribir yo, cuántas palabras me he tragado para no causar problemas, y cuántos recuerdos he escondido bajo los tablones de mi propio corazón. El viento cambió afuera, golpeando el vidrio roto de la ventana, trayendo ese aroma a tierra mojada de la Ciudad de México que tanto amo. Se sintió como una mano tocándome el hombro.
Di un respingo, asustada por lo real que se sintió. Guardé la carta en el cajón con un respeto casi religioso. Hay cosas que no deben sacarse de golpe. Algunos recuerdos necesitan tiempo para respirar, para encontrar el momento de atravesarte el alma con suavidad en lugar de desgarrarte. Caminé hacia la ventana y cada paso que daba era como una confesión que le hacía a la casa
Capítulo 5: El Jardín de los Susurros
Afuera, el jardín era una selva que se había rebelado contra el olvido. Las flores que mi abuela Lucha plantó con tanto esmero —esas gardenias que perfumaban mis pesadillas y mis sueños— se habían rendido ante el paso de los años, pero unas cuantas buganvilias tercas seguían ahí, trepando por las paredes de piedra volcánica, presumiendo un color fucsia que hería la vista por lo vivo que estaba.
Caminé entre la maleza, sintiendo cómo el pasto mojado me acariciaba los tobillos. El mundo olía a tierra, a lluvia reciente y a esos nuevos comienzos que te dan miedo porque no sabes si estás lista para ellos. Me senté en la vieja banca de madera al fondo del jardín. Estaba áspera, gastada por el sol de mediodía y las tormentas de agosto, astillada en partes pero todavía firme, aguantando mi peso como si me hubiera estado esperando todo este tiempo.
Me quedé ahí, dejando que el viento me despeinara y que el aroma de la tierra se me pegara a la piel. Tenía la carta en mis manos, esa que encontré en el escritorio, y me di cuenta de algo: la confrontación no siempre es a gritos. A veces, la pelea más dura es sentarte en silencio con tus propias verdades, dejando que el pasado hable sin que tú le pongas peros, dejando que el dolor te enseñe en lugar de encadenarte.
Cerré los ojos y el ruido de la ciudad desapareció. El viento se detuvo, como si el mismo San Ángel estuviera escuchando mi respiración. Y entonces, como una burbuja que sube desde el fondo de un lago, emergió un recuerdo que yo había jurado enterrar bajo mil toneladas de concreto: una discusión. La última gran pelea que tuve con alguien a quien amé con toda el alma.
Había terminado en un silencio de años. Un silencio espeso, de esos que se te meten en los oídos y no te dejan escuchar nada más. Entendí entonces que el silencio es un arma de doble filo: puede esconder verdades o puede revelártelas si tienes la paciencia de esperar a que el polvo se asiente. Acaricié el papel amarillento de la carta y pedí perdón. Me perdoné a mí misma por haber esperado tanto para regresar. Perdoné al pasado por haberme dejado sola.
Capítulo 6: La Niña que Perseguía el Sol
Mientras estaba ahí sentada, sentí una presencia a mi lado. No era un fantasma de película, era algo más real: la sombra de la niña que fui. Esa chiquilla inquieta que corría por estos mismos pasillos tratando de atrapar los rayos del sol que entraban por las ventanas, pensando que si los tocaba, el calor se quedaría con ella para siempre. El sol nunca se detuvo por mí, se movía lento pero constante, y yo aprendí a perseguirlo de todos modos.
Esa niña me miraba con una pregunta en los ojos: “¿En qué momento dejamos de creer que las historias terminaban bien?”. Quise decirle que la vida es más complicada que los libros de la biblioteca de la abuela, pero las palabras se me quedaron atoradas. En lugar de hablar, simplemente respiré con ella. Dejé que su presencia se acomodara a mi lado como una sombra que ya no asusta, sino que acompaña.
Me levanté y volví a entrar a la casa. Mis pasos eran cuidadosos, como si no quisiera despertar a los recuerdos que dormían en las esquinas. El piso crujió de nuevo, murmurando quejas o memorias, ya no sabía distinguir. Fui directo a la repisa de libros y dejé que mis dedos rozaran los lomos. Cada uno tenía su propio aroma, su propio eco de las manos que lo abrieron antes que yo.
Había libros gruesos, pesados, que se sentían como anclas. Otros eran delgaditos y frágiles, con las orillas temblorosas como si fueran a romperse bajo el peso de mis pensamientos. Saqué un pequeño volumen encuadernado en cuero. Estaba desgastado y el color se había ido, pero al abrirlo no busqué leer las palabras. Solo inhalé. Las palabras tienen su lugar, pero ese día era el olor lo que importaba: la textura del tiempo prensada en papel.
Recordé las tardes en que mi abuela se sentaba conmigo y tarareaba canciones viejas mientras leíamos. Su voz no era fuerte, pero tenía peso. Podía doblar el aire a su alrededor. Incluso cuando no decía nada, el silencio que dejaba era rico, lleno de cosas. Su presencia tenía una forma que yo podía recordar, un aroma que podía sentir incluso ahora, años después de que se fuera.
Capítulo 7: La Tormenta que Limpia el Alma
La lluvia empezó de nuevo. No era una tormenta eléctrica de esas que asustan, sino un “chipichipi” constante, rítmico, íntimo. Ese golpeteo contra el techo de tejas se convirtió en una especie de latido que combinaba con el mío. Me recordó que incluso las cosas más pequeñas —una gota de agua, un suspiro del viento, el crujido de un libro— pueden cargar con el peso del mundo entero.
Me di cuenta de que los recuerdos son como el agua de lluvia que se filtra por una pared vieja. No llegan de golpe. Empiezan con una gota, un susurro, un olor… y luego viene otra, y otra, hasta que la pared está marcada con una historia que finalmente puedes ver. El olor de los libros viejos fue esa primera gota para mí. Cerré los ojos y dejé que la inundación llegara.
Recordé a mi abuela Lucha, pero no como una foto de esas que están en la sala. La recordé en sus gestos: la forma en que doblaba las sábanas con un cuidado exagerado aunque nadie la viera; la forma en que susurraba mientras lavaba los trastes; la forma en que su mano se quedaba un segundo más sobre la mía cuando me pasaba un plato, ligera como un pensamiento pero firme como una promesa.
La extrañaba más de lo que me había atrevido a admitir. Los libros olían más fuerte ahora, como si supieran que necesitaba sentirla cerca. Pasé los dedos por los lomos una vez más y un libro cayó en mi regazo casi por su propia voluntad. Al abrirlo, vi su letra en los márgenes. Trazos pequeños, notas que nunca leí pero que siempre sentí. El papel estaba suave bajo mi piel. Llevaba su calor. La llevaba a ella.
El tiempo pasó lento en ese cuarto. No me di cuenta de cuándo dejó de llover ni de cómo las sombras se empezaron a alargar mientras la tarde se metía como un intruso silencioso. Lo único que noté fue que mi pecho, que por tanto tiempo se sintió como si tuviera una piedra encima, se sentía un poco más ligero. No estaba curada, no estaba completa, pero ya no me faltaba el aire.
Capítulo 8: El Reencuentro con la Verdad
La niña invisible que vivía dentro de mí seguía ahí, sentada a mi lado. No hablábamos, no hacía falta. Su mano descansaba sobre la mía, un cable a tierra hacia lo que se había perdido pero que, de alguna manera, seguía vivo. Entendí que esta casa, estos libros, el aroma y la lluvia eran vasijas. No arreglaban nada por sí solos, no contestaban preguntas, pero sostenían el pasado. Me sostenían a mí.
Caminé hacia la ventana y puse la mano contra el vidrio frío. Afuera, el jardín ya era solo sombras chinescas contra el cielo oscuro de la Ciudad de México. Vi mi reflejo, como un fantasma encimado sobre el mundo exterior. La niña que fui y la mujer que soy se miraban a la cara, y por primera vez en décadas, ninguna de las dos se sintió decepcionada de la otra. Sonreí. No fue una sonrisa de victoria, sino de paz.
El pasado no es una cadena que te arrastra, es un lugar donde te puedes parar para mirar hacia adelante. Es un maestro que te enseña a caminar sin miedo, aunque te duelan los pies. Me senté en el sillón orejero, dejando que el aroma a papel y cera me llenara los pulmones por última vez esa noche. La habitación se oscureció por completo, pero ya no tenía miedo de las sombras.
Sentí el latido del tiempo conectando lo que fue, lo que es y lo que está por venir. Apreté la carta contra mi pecho y sentí un calorcito. Era el recordatorio de que sobreviví, de que me permití recordar y de que ahora podía cargar con la tristeza y la gratitud al mismo tiempo. La casa respiró conmigo, y me dejé llevar por esa ola de quietud, hacia un mañana donde ya no tendría que esconderme de mis propios recuerdos.
Solté un suspiro largo, de esos que sueltan el peso de los años. Me sentía lista para empezar de nuevo, no desde cero, sino desde aquí, desde este lugar lleno de libros, de olores viejos y de un amor que ni la muerte pudo borrar. Gracias por acompañarme en este viaje al fondo del ropero. Tu tiempo y tu apoyo significan todo para mí. Si esta historia tocó algo en tu corazón, no olvides darle like y compartirla con alguien que necesite un apapacho en el alma.
Mantente enfocado, sigue creciendo y nos vemos en el próximo recuerdo.
FIN DE LA HISTORIA